El vuelo del velero Nova Era

El vuelo del velero Nova Era

No surgió de repente el poema; largo, alto, ancho y profundo poema titulado “El elevado vuelo del velero Nova Era”. Antes hubo de existir Valdepero y hubo de existir Brasil, y hubo de existir el Universo inacabado e inacabable; y la gente, los amigos, los sabios, los poetas, los educadores, los maltratados, los maltratadores, los esquilmados y los esquilmadores. Antes se tuvieron que poner mal, muy mal las cosas aquí, para que la gente quisiera marcharse; para que las personas, casi todas, en “algún momento de profundo desánimo”, como diría Manuel Bandeira, pensaran en Utopía, en la Vida Eterna o en el Más Allá.

Antes y después, son dos palabras, pero son dos tiempos, dos espacios, dos situaciones; los puntos de partida y llegada. «Paren este mundo, que me bajo», se oye decir a menudo cuando las cosas, las malas cosas van a más, cuando la solución se aleja, se aleja y se aleja. Cuando lo que se creía solución, incrementa el problema: teoría, proyecto, persona. Las ideas no paran; surgen y surgen atadas las cabezas a las colas. Representan un alivio para la fuente, esos manantiales llamados cerebros, que como el mío están en actividad constante, avanzando, dando vueltas en vacío o en lleno, descendiendo, elevándose; sin descansar ni de día ni de noche. Buscan soluciones al problema encontrado, dando vueltas a las cosas, mirándolas desde arriba y desde abajo, penetrando en el interior para llegar a su esencia, a su fundamento; creyendo que en la substancia, además del principio está el remate.

Dios Universo

Dios Universo

La noticia de Dios me llegó, creo, a través de la liturgia celebrada en la iglesia del pueblo: enorme, bella, misteriosa y fría. La realidad de la religión fue algo posterior; y apoyándome en la religión llegué a elaborar un sencillo concepto divino. Ese proceso fue obra de mi madre, una mujer buena, paciente y crédula, que trataba, hijo único yo, de darme lo mejor en el presente para el futuro. Iba con ella a los oficios religiosos, situándonos ambos en el área femenina familiar. Sepultura se llamaba el espacio, porque debajo había enterramientos antiguos bien delimitados. Detrás del hachero de la abuela, soporte de cirios y velas, estaban los reclinatorios. Se colocaban allí mis tías y los primos pequeños. Duró poco tiempo, porque enseguida quise pasar a los bancos de niños, enfrentados y simétricos de los ocupados por las niñas. En medio de ambos espacios escolares, quedaba el pasillo central y los puestos destinados a los miembros del Ayuntamiento.