Julio Cortázar vida y obra

Julio Cortázar vida y obra

Fui lector de Cortázar con precocidad manifiesta. Y lector reiterado a intervalos no muy largos. Gran parte de su obra: libros esenciales que siguen en mi biblioteca. Hubiera querido leer “El Examen” cuando lo escribió, para conocer aquel Buenos Aires rompiéndose en él; pero Losada-de Torre no quiso editarlo, y publicado treinta y seis años después ya no era lo mismo: Julio Cortázar consideraba que, leído en su momento, hubiera tenido cierta incidencia en lo que ocurría en la Argentina de entonces. Leí Rayuela a trancos distintos: rompecabezas, laberinto. Amé a la Maga y quise reencarnarla en un personaje mío que tuviera su vida a mi lado. Me gustó escuchar a Cortázar, humano, muy humano, entrevistado en la televisión. Aquella entrevista profunda y ancha, programa A Fondo, hecha de modo magistral por José Joaquín Serrano, que he conseguido poner en enlace al final de este trabajo. Hasta las erres, suyas o francesas, me gustaron en su voz. Luego las identifique oídas en Brasil; me gustan aún pues aún las oigo en otras voces. Considero a Rayuela entre las grandes novelas que he leído, y la subo a lo alto, si no en términos absolutos donde coloco a “Los hermanos Karamazov”, la gran obra de mi reverenciado Fiodor Dostoievski; sí en términos relativos, comparada con las escritas en castellano. Dejo al margen de las demás y para siempre a “Don Quijote de la Mancha” por múltiples motivos: no hay y no habrá punto de comparación: espacio y tiempo. Pongo a Rayuela a la altura de otro mito, “Cien años de Soledad”, y la dejo ahí, flotando, tan sólida y tan bien arraigada.

José Martí

José Martí

Hijo de los españoles Mariano Martí, natural de Valencia, y Leonor Pérez, natural de Tenerife; José Martí nació en La Habana, el 28 de enero de 1853.
Su muerte ocurrió en la guerra de independencia de Cuba, el 19 de mayo de 1895. José Martí, separado del grueso de las fuerzas cubanas, cabalgó hacia un grupo de españoles oculto en la maleza. Le alcanzaron tres disparos y, de resultas, murió.

Pudo estar, entre los que dispararon, el hermano de un bisabuelo mío de la rama materna, que allá fue entre voluntario y obligado. Sé que no murió, aunque pudieron matarlo las enfermedades, y los pobres pertrechos que llevaba: alpargatas de esparto como calzado para adentrarse en la manigua. Sé que no murió, porque hace unos años, un cubano, primo quinto mío según supe luego, logró contactar conmigo a través de internet. Llevaba ya muy avanzada la investigación, y yo la completé consiguiendo la Partida de Bautismo en un pueblo cerrateño cercano del mío, de aquel hermano de mi bisabuelo que, por no querer o no poder pagar las 2.000 pesetas que costaba librarse de tan trágico destino, fue y allí crió descendencia.