Obra final y censurada de Pedro Sevylla de Juana

Contenido: Pedro Sevylla de Juana después de todo. Biografía y obra actualizadas. Análisis de Renata Bomfim, Ester Abreu,  Maria Mirtis Caser y Silvana Athayde Pinheiro. Relatos y poemas en castellano e português y una novela inédita. Algunos ejemplos de la obra censurada que el lector irá descubriendo.

Introducción: A principio de este siglo, cambié mi nombre de escritor utilizado hasta entonces, Pedro Sevilla de Juana, por otro que solo se diferenciaba en una letra. Puse una Y griega donde había una I latina: Pedro Sevylla de Juana. Trataba de reconocer la admiración por la cultura griega clásica, que tanto me ha aportado. Al término de mi etapa de escritor, sabiendo que el homenaje permanecerá en mi obra, regreso a quien fui para seguir siéndolo. Pongo aquí una simplificación de la biografía, y algunos textos más acompañándola, explicándola y, acaso, justificándola. Las condiciones síquicas y físicas obligan sin remedio. Setenta y seis años cumplidos cuando pierdo la memoria más reciente y, con frecuencia, la antigua. Las dificultades de visión, después de tres cirugías, no me permiten leer ni escribir más allá de unos minutos. Lo que ha sido fundamental en mi vida deja de serlo. Deseo poner en el blog algunos de los escritos pocos conocidos por censurados, junto a otros nuevos. Añadiré una novela aún no publicada. Dudo si conservar o no dos novelas comenzadas hace años, porque desconozco la situación del contenido e ignoro si pueden tener interés para el lector. Llevan título: Solo de voz en La Habana y Secretos de familia. La foto principal corresponde a la biblioteca de El Escorial, villa donde moro desde hace años y escribí buena parte de mi obra.

Biografía

Los lectores lo saben, escribí en pedrosevylla.com: La autobiografía es una película histórica, en la que el biografiado representa el papel protagonista, escribe el guion, localiza los escenarios, fotografía las escenas, dirige el montaje y, a veces, es el único espectador.

 

 

 

 

 

 Pedro,  29 años, publicitario, poeta y escritor, dejando de fumar

 

 

 

Académico Correspondiente de la Academia de Letras del Estado de Espírito Santo en Brasil y Premio Internacional Vargas Llosa de novela, descendiendo de agricultores y artesanos de la forja, Pedro Sevylla de Juana nació en plena agricultura de secano el 16 de marzo de 1946. Sucedió allá donde se juntan la Tierra de Campos y El Cerrato, en Valdepero, provincia de Palencia y España. Es cierto, el médico del pueblo me obligó a nacer a los ocho meses de gestación. Puso en peligro las vidas de mi madre y la mía. El especialista de la capital llegó para salvarnos, y lo consiguió. De ese modo la impaciencia nació en mí. Con la intención de entender los misterios de la existencia, aprendí a leer a los tres años. A los nueve inicié los estudios en el internado del colegio La Salle de Palencia: siete cursos, desde el ingreso hasta la reválida de bachillerato superior. Aficionado a la lectura y, deseoso de fijar al papel los hallazgos y contrariedades, comencé a escribir muy temprano. A los doce, castigado por descreído a estudiar durante la misa diaria, escribí una novela corta, hija de las abundantes lecturas emprendidas. El asunto, creo recordar, se refería a las dificultades vencidas por la vida en el campo agricultor. Me rendí a la poesía sin condiciones, siendo la prosa poética el resquicio por donde me llegaron los relatos breves. Ellos, y las sorprendentes facilidades del procesador de textos, me acercaron, ya asentado en la madurez, a la verdadera novela. El idioma portugués, gemelo del castellano, dormía en mí; solo tuve que despertarlo. El interés por el país vecino, lengua y cultura, posibilitó la actividad de traductor de autores portugueses y el regreso a la poesía. Me sentí labrador desde la niñez. Labrador se decía, separando la preparación de la tierra de la recogida de la cosecha, año tras año insegura. Me entendí de maravilla con los animales domésticos. Las mulas y las personas teníamos vidas complementarias. Sequía, heladas, pedrisco; la economía de los recursos a la espera de tiempos peores ajustó mi comportamiento.
A los diecisiete años me trasladé a Madrid para seguir los estudios. Alojado en una pensión de estudiantes, di nuevos límites a mi vida. Durante el curso preuniversitario, en la clase tradujimos La Ilíada y La Eneida, puertas de entrada de mundos admirados, imitados y compartidos. A los dieciocho comencé a trabajar como personal contratado en el Ministerio de Hacienda, compaginando estudio y trabajo.
Tras los más diversos aprendizajes me hice publicitario, Escuela Oficial de Publicidad, añadiendo, luego, en Icade, la especialización en marketing. Me diplomé en sicología en Eos, un curso completo de tres horas diarias. Añadiendo, luego, los diplomas de fotografía profesional y diseño gráfico en el Centro de Enseñanzas de la Imagen durante otro año. Convertí en herramientas todo lo aprendido, para seguir haciendo y aprendiendo. Siendo trabajador y estudiante de publicidad, para adquirir experiencia, publiqué artículos en una de las revistas de comunicación más difundidas y, con otros compañeros de clase di cuerpo a una mínima agencia publicitaria llamada Ideaplán.
Trabajé en varias empresas multinacionales de primer rango, hasta que, antes de cumplir los cincuenta, dejé el último trabajo, jefe del departamento de publicidad de un fabricante de coches, para dedicarme a escribir a tiempo completo. En esa empresa lancé la revista Subcultura que, escrita manualmente por trabajadores, llegó al número diecinueve. Era la época de la transición de la dictadura a lo nuevo, y mis lecturas sociales en el Ateneo dieron lugar a artículos críticos con el lavado de cara en que iba quedando la evolución.
Viajero por gusto y por obligación, conocí España palmo a palmo, los países próximos y los señalados por las circunstancias. Portugal en la revolución de los claveles y la caída de Espínola, Checoslovaquia tras el telón de acero, Marruecos durante el ramadán, la encrucijada de Israel, el refugio de Ginebra en la primera guerra del golfo y algunos más.
Tras conocer Cuba con gran aprovechamiento, el descubrimiento de Brasil, la desbordante vitalidad de ese país enorme: geografía, historia, miscigenação y cultura; supuso un impulso para mi trayectoria vital y literaria.
Además de en mi pueblo viví en Palencia, Valladolid, Barcelona y Madrid; pasando temporadas en Cornwall, Ginebra, Estoril, Tánger, París, Ámsterdam, La Habana, Vitória ES Brasil y Villeneuve sur Lot, Aquitania Francia. Publicitario, conferenciante, traductor, articulista, poeta, ensayista, crítico y narrador; he publicado treinta libros, y colaboro con diversas revistas de Europa y América, tanto en lengua española como portuguesa. Trabajos míos integran siete antologías internacionales. A los setenta y seis años transito la etapa de mayor libertad y osadía. No obstante, setenta y seis años vividos intensamente por un organismo nacido con restricciones, unen al abanico de enfermedades dos de ellas imprescindibles para leer y escribir: la falta de memoria y las dificultades de visión. Conservar el blog literario pedrosevylla.com y difundirlo serán mis ocupaciones perentorias.

 

 

 

 

Pedro a los 76 años

 

 

Biografia

Pedro Sevylla de Juana nasceu em plena agricultura de sequeiro, onde se juntam a Terra de Campos e El Cerrato, Valdepero, província de Palencia e Espanha. Acadêmico Correspondente da Academia de Letras do Estado do Espírito Santo no Brasil e Prêmio Internacional Vargas Llosa de novela, descende de agricultores e artesãos da forja. Com a intenção de entender os mistérios da existência, aprendeu a ler aos três anos. Aos nove, iniciou seus estudos no internado do colégio La Salle de Palencia, sete cursos desde o ingresso à revalidação de bacharelato superior. Conquistado pela leitura e, desejoso de fixar ao papel seus achados e contrariedades, escreve desde muito cedo. Aos doze, castigado a estudar durante a missa diária, termina uma novela com as leituras assimiladas. Rendeu-se à poesia sem condições, e a prosa poética foi a porta por onde lhe chegaram os relatos breves. Eles, e as surpreendentes facilidades do processador de textos, o levaram, já assentado na maturidade, aos verdadeiros romances. O interesse pela língua e a cultura portuguesas, possibilitou sua atividade de tradutor de autores portugueses e o retorno à poesia. A economia dos recursos à espera de tempos piores, ajustou seu comportamento. Em Madrid cursou publicidade na Escola Oficial de Publicidade. Cursando, depois, em ICADE, os estudos de Márketing. Se diplomou em psicologia, fotografia e desenho gráfico. Pertenceu a várias empresas multinacionais de primeira classe, até que, antes de completar 50 anos, deixou o último trabalho, chefe do Departamento de Publicidade de um fabricante de carros, para dedicar-se a escrever a tempo inteiro.
A descoberta do Brasil, a vitalidade transbordante desse país enorme: geografia, história, miscigenação e cultura; representou um impulso para sua trajetória literária.
Completou setenta e seis anos, e atravessa a etapa de maior liberdade e ousadia; tem poucas responsabilidades e sujeita temores e esperanças. Além de na sua cidade viveu em Palencia, Valladolid, Barcelona e Madrid; passando temporadas em Cornwall, Genebra, Estoril, Tânger, Paris, Amsterdã, Havana, Vitória ES Brasil e Villeneuve sur Lot, Aquitânia França. Publicitário, conferencista, tradutor, articulista, poeta, ensaísta, crítico e narrador; publicou trinta livros, e colabora com diversas revistas da Europa e América, tanto em língua espanhola como portuguesa. Seus trabalhos integram sete antologias internacionais. Reside em El Escorial, dedicado a suas paixões mais arraigadas: viver, ler e escrever.
Blogue literário: https://pedrosevylla.com

 

 

 

 

Renata Bomfim presentando O Coração da Medusa.

 

A propósito del último libro de Pedro Sevylla, la artista integral, activista de la defensa del medio ambiente, poeta destacada, la doctora y profesora brasileña Renata Bomfin dice en su blog literario:

Amor en el río de la vida é a mais recente obra do escritor e tradutor Pedro Sevylla de Juana. Pedro é um escritor de fôlego, seus romances são profundos, filosóficos e nessa sua obra mais recente ele retoma a história do personagem, seu alter-ego, Cesáreo Gutiérrez Cortés, que tem a sua intimidade desnudada por um narrador onisciente.
Pedro Sevylla de Juana é um escritor de grande talento e muitas vezes premiado. O seu percurso como poeta, romancista, tradutor e crítico literário pode ser acompanhado no seu site pessoal. O poeta nasceu em Valdepero, província de Palência, na Espanha, em 16 de março de 1946. Trabalhou muitos anos como publicitário em várias multinacionais, em Madri e Barcelona, e antes de completar cinquenta anos deixou seu último posto de chefia na profissão para dedicar-se somente à escrita. Pedro Sevylla de Juana é um escritor apaixonado por descobrir novos lugares e conviver com as pessoas, entre os seus escritos podem ser encontrados estudos sobre obras de escritores de vários países, em especial do Brasil. Tenho a alegria de ter a amizade dessa pessoa maravilhosa que adotou o Espírito Santo como sua segunda casa e tornando-se querido entre os intelectuais capixabas. Pedro ocupa um posto como Acadêmico Correspondente na Academia Espírito-santense de Letras e tem sido o tradutor dos meus poemas há mais de dez anos. Em agosto de 2021, publicamos em parceria o poemário bilíngue O Coração da Medusa, primeiro lugar no Edital de Cultura da Secult/ES.
https://letraefel.blogspot.com/2022/01

 

Obra

Traducción:
. Cuarenta autores de los idiomas castellano y portugués, publicados en su blog literario
. O coração da Medusa (2021), Poesía (bilingüe), Renata Bomfim autora em português
y Pedro Sevylla de Juana traductor al castellano.

Narrativa:
. Los increíbles sucesos ocurridos en el Principado (1982),
. Pedro Demonio y otros relatos (1990),
. En defensa de Paulino (1999),
. El dulce calvario de la señorita Salus (2001),
. En torno a Valdepero (2003),
. La musa de Picasso (2007),
. Ad Memoriam (2007),
. Del elevado vuelo del halcón (2008),
. La pasión de la señorita Salus (2010),
. Pasión y muerte de la señorita Salus (2012),
. Las mujeres del sacerdote (2012),
. Estela y Lázaro vertiginosamente (2014),
. Los gozosos amores de Virginia Boinder y Pablo Céspedes (2019),
. El destino y la señorita Salus (2019),
. 24 cuentos pluscuamperfectos (2020),
. Amor en el río de la vida (2022),

Poesía:
. Lágrimas de amor para regar trigo y amasar pan,
parte de los seis mil versos primeros que no se llegaron a publicar.
. El hombre en el camino (1978)
. Relatos de piel y de palabra (1979)
. Poemas de ida y vuelta (1981)
. Mil versos de amor a Aipa (1982)
. Somera investigación sobre una enfermedad muy extendida (1988)
. El hombre fue primero la soledad vino después (1989)
. Madrid, 1985 (1989)
. Aiñara (1993)
. La deriva del hombre (2006)
. Trayectoria y elipse (2011)
. Elipse de los tiempos (2012)
. Brasil, sístoles y diástoles (2016)
. Imago universi mei (2018)

 

Pondré aquí trabajos valorados por motivos distintos, algunos todavía no difundidos.

 

1.La visita de la divinidad

Es este el relato que más aprecio de todos los escritos por mí.

En la vasta extensión cercada de arbolado, sedosa pradera dividida por el curso en arco de un regato bien nutrido, a principios de otoño, cuando la Luna perseguía su plenitud circular, enigmático y apacible apareció el Ente. El viejo Liparus Glabirostris, de la familia de los Curculiónidos, profundo pensador y profesor eximio, receló siempre. Desconfiaba del Ser, presunto dios, inclusive en la época de general arrobamiento. No era para menos, la extraña apariencia: tanto el tamaño como la forma; ayudaba en alto grado despertando brazados de sospecha.
El Ente, delimitado por líneas suaves y planos carentes de ángulos, aceptaba las miradas interrogantes sin suspender la emisión de sonidos acompasados, sugerentes incluso para oídos insensibles a la cadencia ordenada. En su interior impenetrable abrigaba, sin asomo de duda, algún tipo de vida alejada de la convencional. Libre de hambre y sed, en armonía con la agradable temperatura ambiente, actuaba como cualquier recién nacido satisfecho, aunque sin el gracioso braceo y el gesto encantador. Permanecía en el propio lugar de su aparición, se expresaba utilizando un complejo lenguaje de signos visuales y acústicos y no manifestaba dependencia alguna del exterior. Resulta comprensible que cientos de conjeturas se tejiesen alrededor de su naturaleza.
El viejo Liparus pudo reconocer en él determinadas cualidades de la condición divina. Saltaba a la vista que era ajeno a todo lo conocido. Cierto, difería de las peculiaridades primordiales de los tres reinos; no parecía piedra ni planta ni animal. El estado de reposo en que se encontraba sumido debía de ser transitorio, pues había llegado hasta allí desde algún lugar tan remoto que no le precedió noticia de su existencia. La aptitud para trasladarse al dictado del deseo le proporcionaba una independencia amplísima: rasgo que distingue a los seres superiores. Único, autónomo e inexplicable: semejantes atributos constituían los hilos que bordaban la perfección de su índole. Carecía, por el contrario, de la primera cualidad que los dioses exhiben: la capacidad sin límites de influir en el curso de los acontecimientos, generadora de prodigios que resaltan una trayectoria extraordinaria. Actitud opuesta a la de un demiurgo amoroso de su obra, exteriorizaba, añadida, una inexcusable despreocupación por la hermosura de la verde floresta y los inverosímiles rayos de sol que filtraba, por el rumor armonioso del agua al acometer meandros, desniveles y estrecheces; incluso por los curiosos que le cercaban con ánimo investigador. En ese punto exacto, equidistante del sí y del no, imposibilitada para desprenderse, anclaba Liparus su duda.
Quizás fuera sólo un destello de la movilidad potencial, pero la agitación se enseñoreaba del interior. Lo que podía ser tomado por el rostro, superficie circular de un cilindro achatado, espejo del corazón sensible, efectuaba raras muecas a cada instante. Los reflexivos investigadores, encabezados por Calathus Melanocephalus, perteneciente a la familia de los Carabídos, y su más directo colaborador, Agonun Dorsale, primo suyo; constataron que cambiaba la forma siguiendo un proceso repetido cada día. Tomando el anochecer como punto de referencia, la metamorfosis reproducía sus pasos, uno tras otro, de crepúsculo a crepúsculo; reiteración, método.
«¿Prodigios?; consigue ser portento suficiente la conmoción ocasionada por su venida hasta en los más escépticos»: argumentaban los partidarios, dirigidos por el coordinador de familias Prionus Coriarius, el mayor de los Longicórneos: «¿Negligencia ante la creación? Vino para permanecer a nuestro lado; he ahí el gran ejemplo de cariño que necesitaba este mundo egoísta». «Sí, su existencia es monótona y repetitiva, pero, hechos a su imagen y semejanza, nuestra propia existencia es repetitiva y monótona. Nos desplazamos persiguiendo el alimento, nos agita el deseo de copular y corremos para huir o atacar. La Divinidad reposa porque se basta a sí misma: nada le falta y a nada teme».
Los religiosos vincularon con ese argumento más que con ningún otro, el meritorio modo de alinear las conductas personales tras la forma de ser atribuida a la Divinidad. «Aquilatemos el proceso de nutrición rechazando la gula»: pidieron: «Limitemos la cópula a las exclusivas exigencias de la propagación de la especie. Abracemos a los enemigos. Sólo de esta manera seremos capaces de amansar nuestra agitación culpable». Y sentenciaron: «La calma es el bien y el tumulto el mal; en la reducción de las necesidades se apoya la virtud».
Sorprende la inestabilidad de las convicciones generalizadas en la sociedad: los Escolítidos, cavadores de galerías corticales, tachados de simples y parsimoniosos pasaron a ser percibidos como coherentes y equilibrados. «Vivir para ver»: pensaban los suspicaces.
El Círculo de Teólogos, por encargo del estamento creyente, soldó entre sí varias cavilaciones formando un verdadero cuerpo de doctrina, dogma de inmediata difusión y obligado conocimiento. Avanzaba el credo por la senda racional hasta el límite de sus posibilidades, momento en que hacía uso de la fe. «La Divinidad existe desde antes de los inicios, porque es el inicio; y seguirá cuando todo se extinga, porque lo conocido y lo sospechado tienen en ella su raíz y su tumba. La Divinidad no necesita engendrar descendientes, porque siendo única al tiempo es eterna».
Dytiscus Latissimus, de la familia de los Ditíscidos, aparecía en público luciendo la casulla amarilla y negra de apariencia solemne, flanqueado por sus acólitos, dos luminosos Lampíridos. Partiendo de las verdades teológicas recién propagadas, había fundado el Inmovilismo Expectante, hermandad integrada por un creciente número de adeptos. Subido a cualquier prominencia y dueño de todas las respuestas, preguntaba: «¿Qué razones tuvo la Divinidad para tomar cuerpo y venir con nosotros? Misterio. Enigma que las mentes corrientes como las nuestras no pueden comprender. Vino, y eso debe henchirnos de orgullo y regocijo; quiso servirnos de guía y ejemplo y eso debe bastarnos. Pero, ¡cuidado!, podría irse; debemos cumplir al instante y hasta el último pormenor los dictados de su temperamento. Me encargaré de interpretar y divulgar sus mensajes con la asistencia de los discípulos más comprometidos. Ellos y yo renunciamos desde este preciso momento a aparearnos, y nuestra movilidad rozará el límite de la estática. Los hermanos en la fe construirán un Ara donde los fieles puedan adorar a la Divinidad y pedirle dones. Además, contribuirán a nuestro parco sostenimiento».
Mientras todo lo dicho sucedía en la hierba que bordea el arroyo, el extravagante Ser continuaba su escasa actividad. La deidad, una cabeza redonda y plana de la cual surgían dos grandes apéndices desiguales, amorosos brazos dispuestos a cerrarse alrededor de cualquier elegido, daba leves señales de vida. La extraña entidad encarnada de esa guisa, carente de tronco y extremidades traseras, insensible al interés suscitado continuaba la sistemática reforma de los rasgos faciales y la emisión entrecortada de sonidos.
Sin estorbos dignos de ser tenidos en cuenta, Carabus Coriaceus, cazador astuto y guerrero de tenacidad reconocida, tomó el mando de los soldados en una ceremonia memorable. Al pie del altar, arcilla todavía húmeda recubierta con piedrecitas de colores, una charanga formada por Gryllus Campestris y Oecanthus Pellucens, músicos extranjeros, golpeaba los élitros en homenaje a la Divinidad. Animosa, atacaba con brío marchas capaces de alertar a los casacas verdes, guardia compuesta por Lytta Vesicatoria; y a los casacas moradas, escolta de Meloë Violaceus. A su compás, la cohorte de feroces machos Lucanus Cervus desfilaba en estado de excitación combativa. Jefes, soldados y buena parte de la población, veían en la Divinidad el gran caudillo que volvería respetado y temido al orden Coleóptero; orgulloso de la compleja diversidad de las familias que lo integran, de las poderosas mandíbulas de sus individuos, de la belleza de las alas, de la funcionalidad de antenas y escudo y del notable modo de vida conseguido. Por último, se presentaba la ocasión de someter a los pueblos vecinos, exigiendo tributos. Iba a presentarse la oportunidad de vengar la histórica afrenta de los odiados Himenópteros, en particular de los Apócritos, en extremo laboriosos y rápidos viajeros.
Distanciados durante una larga temporada, Dytiscus, Prionus y Carabus, habían de dilucidar quién de los tres ostentaría la supremacía. La fuerza proporcionaba argumento a Carabus, Prionus esgrimía su representatividad, la genuina voluntad del pueblo; mostraba Dytiscus en su mano la llave de la vida eterna. Reunidos en parlamento siendo ya noche ciega, tras ásperas discusiones se descubrieron compartiendo objetivos: la permanencia de la Divinidad, la protección de la identidad coleóptera y el establecimiento de una nueva organización social. Acordaron unir sus esfuerzos y tomar el poder formando un triunvirato de pares. Como primera medida sopesaron las consecuencias de ilegalizar la investigación filosófica, actividad superflua cuando se conoce cada palmo de las ramificaciones de la verdad. Sólo el temor al rechazo de los puristas les inclinó a penalizar las conductas en vez de los principios. Al día siguiente, Calathus Melanocephalus, obstinado practicante de la lógica; y Liparus Glabirostris, docente perseguidor de la certidumbre de los hechos probados; habían sido acusados de intrigantes quedando confinados en su domicilio.
Un extranjero, Lygaeus Saxatilis, gran Sacerdote del aliado orden Heteróptero, con el propósito de introducir el nuevo culto entre los suyos, solicitó licencia para estudiar la naturaleza de la Divinidad y las teorías que la explicaban. Locusta Migratória, jefe de los Quelíferos, por el contrario, denunció que el incremento del ejército coleóptero –soldados, armas y equipamiento–¬ transgredía los acuerdos del pacto firmado después de la Gran Derrota. Se sumaron a la desaprobación, Tettigonia Viridissima en nombre de los Ensíferos, Blatta Orientalis, gran chambelán de los Blatarios; y muchos otros: Dermápteros, Odonatos, Apterigotos y Efemerópteros, que en el creciente belicismo de los Coleópteros veían un peligro para preservar la paz existente entre los diferentes Órdenes.
Calathus y Agonum, en el intento de escapar de una muerte cierta, burlaron el cerco impuesto a sus domicilios. Se ocultaron luego en la dermis telúrica y siguiendo túneles larguísimos surgieron en el territorio dominado por el orden de los Himenópteros, vencedor de la Gran Guerra, que, tras un largo periodo de coexistencia pacífica, volvía a ser considerado hostil a causa de la portentosa movilidad de sus individuos. Allí prosiguieron Agonum y Calathus el estudio de los numerosos datos recogidos, ayudados por concienzudos investigadores locales, un grupo de Apis Mellifera y el controvertido Vespula Vulgaris, disidente himenóptero amparado al asilo de los coleópteros, retornado a su patria de modo encubierto. Tal escrutinio derivó en un mejor conocimiento de la sustancia divina, de cuyas características podía derivarse utilidad práctica. Las rayas de forma cambiante dibujadas en el círculo capital, coincidentes una y otra vez en momentos semejantes de diferentes días, servirían para dividir el tiempo en fracciones exactas y alcanzar la tan deseada simultaneidad de las actividades comunes.
Siguiendo indicaciones de Véspula, dos veces traidor, la incursión nocturna de los Lamia Textor puestos al servicio de Carabus Coriaceus, encontró el laboratorio, destruyó los valiosos documentos y degolló a los investigadores absortos en sus cosas. Sufrieron los opositores un revés próximo al desastre y el Ser fue adorado en cualquier lugar, pues los fieles reproducían ad líbitum la sagrada imagen trazando el círculo capital y las dos rayas laterales de su emblema.
Extendido el culto, generalizados los sentimientos piadosos, sincronizada la intención común, el orden de los Coleópteros entró en la etapa más fructífera de su historia, cargada de motivos para dar gracias a la Divinidad. Era indudable que, protectora de los crédulos, propiciaba el progreso con su sola presencia. Entre esto y aquello se desnudaron los árboles de hoja caducada, orgulloso de su fuerza paralizante llegó el frío y en un lapso breve fue expulsado por los días radiantes de sol y sosegados de vientos. La vida eclosionaba de nuevo y un grupo de críos de Homo Sapiens se presentó en la explanada con su ordinaria algarabía. Desde los más profundos rincones de las huras, desde las copas más altas de los árboles, miedosos, cautelosos, los insectos todos percibieron la renovada calistenia de las evoluciones lúdicas. Al atardecer oyeron con nitidez las siguientes palabras, cuyo significado desconocían: «Mirad, un nicho de arcilla adornado con piedrecitas de colores. Dentro hay un reloj de pulsera. La pila está ya en las últimas. Los números cambian muy despacio y la música casi no se oye, me lo llevo de recuerdo».
Horas más tarde, apaciguado el contorno, cayó la noche y la normalidad se hospedó en la pradera, en el arbolado circundante, en el arroyo que los cruza. Sólo entonces los insectos se atrevieron a salir de sus escondrijos: un pie y después otro, recelosos o temerarios. Todo para descubrir que la Deidad había partido dejando vacío el altar adornado con cantos coloreados. El Jefe Religioso Dytiscus Latissimus, recordó haber vaticinado no hace tanto lo que acababa de ocurrir. Alguna acción u omisión ofendería a la Divinidad. Únicamente la penitencia podía favorecer su retorno. Comenzó entonces un reiterado ejercicio de laboriosidad y obediencia ciega a las autoridades civiles, religiosas y militares. Todavía quedaba alguna esperanza.

 

 

 

 Explanada en la Mata capixaba

 

1.A visita da divindade

É este o relato que mais aprecio de todos os escritos por mim.

Na vasta extensão cercada de terreno arborizado, sedosa pradaria dividida pelo curso em arco de um regato bem nutrido, no início do outono, quando a Lua perseguia sua plenitude circular, enigmático e pacífico, na Mata capixaba, apareceu o Ente. O velho Liparus Glabirostris, da família dos Curculiónidos, profundo pensador e professor exímio, receou sempre. Desconfiava do Ser, suposto deus, inclusive na época de general arroubamento. Não era para menos, a estranha aparência —tamanho e forma— ajudava em alto grau despertando braçadas de suspeita.
O Ente, delimitado por linhas suaves e planos carentes de ângulos, aceitava as olhadas interrogantes sem suspender a emissão de sons compassados, sugestivos até para ouvidos insensíveis à cadência ordenada. No seu interior impenetrável abrigava, sem sombra de dúvida, algum tipo de vida afastada da convencional. Livre de fome e sede, em harmonia com a agradável temperatura ambiente, atuava como qualquer recém-nascido satisfeito, embora sem o gracioso bracejo e o gesto encantador. Permanecia no próprio lugar de sua aparição, se expressava utilizando uma complexa linguagem de signos visuais e acústicos, e não manifestava dependência do exterior. É compreensível que centenas de conjeturas se tecessem em torno da sua natureza.
O velho Liparus pôde reconhecer nele determinadas qualidades da condição divina. Saltava à vista que era alheio a tudo o conhecido. Certo, diferia das peculiaridades primordiais dos três reinos; não parecia pedra, nem planta, nem animal. O estado de repouso em que se encontrava imerso podia ser transitório, pois chegou até ali desde algum lugar tão remoto que não lhe precedeu a notícia de sua existência. A aptidão para se deslocar ao ditado do desejo lhe proporcionava uma independência amplíssima: caraterística que mostram os seres superiores. Único, autônomo e inexplicável: semelhantes atributos constituíam os fios que bordavam a perfeição de sua índole. Carecia, pelo contrário, da primeira das qualidades que os deuses exibem: a capacidade sem limites de influenciar no curso dos acontecimentos, geradora de prodígios que ressaltam uma trajetória extraordinária. Atitude oposta à de um demiurgo amoroso de sua obra, exteriorizava uma inexcusável despreocupação pela beleza da verde floresta e dos inverossímeis raios de sol que filtrava, pelo rumor harmonioso da água ao acometer meandros, desníveis e estreitezas; inclusive pelos curiosos que o cercavam com ânimo pesquisador. Nesse ponto exato, equidistante do sim e do não, impossibilitada para se desprender, ancorava Liparus sua dúvida.
Talvez fosse apenas um vislumbre da mobilidade potencial, mas a agitação dominava o interior. O que podia ser tomado pelo rosto, superfície circular de um cilindro achatado, espelho do coração sensível, efetuava estranhos trejeitos a cada instante. Os reflexivos pesquisadores, encabeçados por Calathus Melanocephalus, pertencente à família dos Carabídeos, e seu mais direto colaborador, Agonun Dorsale, primo seu; constataram que mudava a forma seguindo um processo repetido a cada dia. Tomando o anoitecer como ponto de referência, a metamorfose reproduzia seus passos, um após o outro, de crepúsculo a crepúsculo; reiteração, método.
«Prodígios? Consegue ser portento suficiente a comoção ocasionada pela sua vinda até nos mais céticos»: argumentavam os partidários, dirigidos pelo eleito coordenador de famílias Prionus Coriarius, o maior dos Longicórneos: «Negligência ante a criação? Veio para permanecer ao nosso lado; eis o grande exemplo de carinho que necessitava esta geração egoísta. Sim, sua existência é monótona e repetitiva, mas, feitos à sua imagem e semelhança, nossa própria existência é repetitiva e monótona. Nos deslocamos em busca do alimento, nos agita o desejo de copular e corremos para fugir ou atacar. A Divindade repousa porque se basta a si mesma: nada lhe falta e a nada teme».
Os religiosos vincularam com esse argumento mais do que com qualquer outro, o meritório modo de alinhar as condutas pessoais atrás da forma de ser atribuída à Divindade. «Aquilatemos o processo de nutrição rejeitando a gula» pediram: «Limitemos a cópula às exclusivas exigências da propagação da espécie. Abracemos os inimigos. Só dessa maneira seremos capazes de amansar nossa agitação culpável». E sentenciaram: «A calma é o bem e o tumulto o mal; na redução das necessidades se apoia a virtude».
Surpreende a instabilidade das convicções generalizadas na sociedade: os Escolítidos, escavadores de galerias corticais, tachados de simples e parcimoniosos, passaram a ser percebidos como coerentes e equilibrados. «Viver para ver»: pensavam os suspicazes.
O Círculo de Teólogos, por encargo do estamento crente, soldou entre si várias reflexões formando um verdadeiro corpo de doutrina, dogma de imediata difusão e obrigado conhecimento. Avançava o credo pela senda racional até o limite de suas possibilidades, momento em que fazia uso da fé. «A Divindade existe desde antes dos começos, porque é o começo; e seguirá quando tudo se extinga, porque o conhecido e o suspeitado têm nela sua raiz e seu túmulo. A Divindade não necessita gerar descendentes, porque sendo única ao tempo é eterna.
Dytiscus Latissimus, da família dos Ditíscidos, aparecia em público ostentando a casula amarela e negra de aparência solene, flanqueado por seus acólitos, dois luminosos Lampíridos. Partindo das verdades teológicas recentemente propagadas, tinha fundado o Imobilismo Expectante, irmandade integrada por um crescente número de adeptos. Subindo a qualquer proeminência e dono de todas as respostas, perguntava: «Que razões teve a Divindade para tomar corpo e vir conosco? Mistério. Enigma que as mentes comuns como as nossas não podem compreender. Veio, e isso deve encher-nos de orgulho e regozijo; quis servir-nos de guia e exemplo e isso deve bastar. Mas, cuidado, poderia marchar; devemos cumprir ao instante e até o último detalhe os ditados de seu temperamento. Me encarregarei de interpretar e divulgar suas mensagens com a assistência dos discípulos mais comprometidos. Eles e eu renunciamos a partir deste momento a nos acasalar, e nossa mobilidade tocará o limite da estática. Os irmãos na fé construirão um Ara onde os fiéis possam adorar a Divindade e pedir-lhe dons. Além disso, contribuirão para nosso parco sustento».
Enquanto tudo o dito acontecia na grama que margina o arroio, o extravagante Ser continuava sua escassa atividade. A divindade, uma cabeça redonda e plana da qual brotavam dois grandes apêndices desiguais, amorosos braços dispostos a se fechar ao redor de qualquer eleito, dava leves sinais de vida. A estranha entidade encarnada dessa guisa, carente de tronco e extremidades traseiras, insensível ao interesse suscitado, continuava a sistemática reforma dos contornos faciais e a emissão entrecortada de sons audíveis a considerável distância.
Sem impedimentos dignos de consideração, Carabus Coriaceus, caçador astuto e guerreiro de tenacidade reconhecida, assumiu o comando dos soldados numa cerimônia memorável. Ao pé do altar, argila ainda úmida revestida com pedrinhas coloridas, uma charanga formada por Gryllus Campestris e Oecanthus Pellucens, músicos estrangeiros, batia os élitros em homenagem à Divindade. Corajosa, atacava com vigor marchas capazes de alertar os casacas verdes, guarda composta por Lytta Vesicatoria; e os casacas roxas, escolta de Meloë Violaceus. Ao seu compasso, a coorte de ferozes machos Lucanus Cervus desfilava em estado de excitação combativa. Chefes, soldados e boa parte da população, viam na Divindade o grande caudilho que tornaria respeitada e temida à ordem dos Coleópteros; orgulhosa da complexa diversidade das famílias que a integram, das poderosas mandíbulas de seus indivíduos, da beleza das asas, da funcionalidade de antenas e escudo e do notável modo de vida conseguido. Por último, se apresentava a ocasião de submeter os povos vizinhos, exigindo tributos. Teriam a oportunidade de vingar a histórica afronta dos odiados Himenópteros, em particular dos Apócritos, em extremo laboriosos e rápidos viajantes.
Distanciados durante uma longa temporada, Dytiscus, Prionus e Carabus deviam dilucidar quem dos três assumiria a superioridade. A força proporcionava argumento a Carabus, Prionus empunhava sua representatividade, genuína vontade do povo; mostrava Dytiscus em sua mão a chave da vida eterna. Reunidos em parlamento sendo já noite cega, após ásperas discussões se descobriram compartilhando objetivos: a permanência da Divindade, a proteção da identidade coleóptera e o estabelecimento de uma nova organização social. Eles acordaram unir seus esforços e tomar o poder formando um triunvirato de pares. Como primeira medida, ponderaram as consequências de ilegalizar a pesquisa filosófica, atividade supérflua quando se conhece cada palmo das ramificações da verdade. Só o temor à rejeição dos puristas lhes inclinou a penalizar os comportamentos em vez dos princípios. No dia seguinte, Calathus Melanocephalus, obstinado praticante da lógica; e Liparus Glabirostris, escrupuloso docente; perseguidores ambos da certeza dos fatos provados; acusados de intrigantes foram confinados no seu domicílio.
Um estrangeiro, Lygaeus Saxatilis, grande sacerdote da aliada ordem dos Heterópteros, com o propósito de introduzir o novo culto entre os seus, solicitou licença para estudar a natureza da Divindade e as teorias que a explicavam. Locusta Migratória, chefe dos Quelíferos, pelo contrário, denunciou que o crescimento do exército coleóptero —soldados, armas e bagagem— transgredia os acordos do pacto assinado depois da Grande Derrota. Se somaram à desaprovação Tettigonia Viridissima em nome dos Ensíferos, Blatta Orientalis, grande embaixador dos Blatarios, e muitos outros: Dermápteros, Odonatos, Apterigotos e Efemerópteros, que no crescente belicismo dos Coleópteros viam um perigo para preservar a paz entre as diferentes ordens.
Calathus e Agonum, na tentativa de escapar de uma morte certa, burlaram o cerco imposto a seus domicílios. Se ocultaram logo na derme telúrica e seguindo túneis longos surgiram no território dominado pelos Himenópteros. Ordem vencedora da Grande Guerra, que, trás um longo período de coexistência pacífica, voltava a ser considerada hostil por causa da portentosa mobilidade dos seus indivíduos. Ali prosseguiram Agonum e Calathus o estudo dos numerosos dados recolhidos, ajudados por conscienciosos investigadores locais, um grupo de Apis Mellifera e o controverso Vespula Vulgaris. Era Vespula um dissidente Himenóptero acolhido ao asilo dos Coleópteros, retornado a sua pátria de modo encoberto. Tal escrutínio derivou num melhor conhecimento da substância divina, de cujas características poderia se derivar utilidade prática. As raias de forma mutável, desenhadas no círculo capital, coincidentes uma e outra vez em momentos semelhantes de diferentes dias, serviriam para dividir o tempo em frações exatas e alcançar a tão desejada simultaneidade das atividades comuns.
Seguindo indicações de Véspula, duas vezes traidor, a incursão noturna dos Lamia Textor postos ao serviço de Carabus Coriaceus, encontrou o laboratório, destruiu os valiosos documentos e degolou pesquisadores absortos nas suas coisas. Sofreram os opositores um revés próximo ao desastre, e a Divindade foi adorada em qualquer lugar, pois os fiéis reproduziam ad líbitum a imagem sagrada, traçando o círculo capital e as duas raias laterais de seu emblema.
Estendido o culto, generalizados os sentimentos piedosos, sincronizada a intenção comum, a ordem dos Coleópteros entrou na etapa mais frutífera de sua história, carregada de motivos para dar graças à Divindade. Era indubitável que, protetora dos crédulos, propiciava o progresso com sua própria presença. Entre isto e aquilo se despiram as árvores de folha caducada, orgulhoso de sua força paralisante chegou o frio, e em um lapso breve foi expulso pelos dias radiantes de sol e sossegados de ventos. A vida eclodia de novo e um grupo de crianças de Homo Sapiens se apresentou na esplanada com a sua ordinária algaravia. Desde os mais profundos rincões das luras, desde as copas mais altas das árvores, medonhos, cautelosos, os insetos todos perceberam a renovada coreografia das evoluções lúdicas. Ao entardecer ouviram com nitidez as seguintes palavras, cujo significado desconheciam: «Olhem, um nicho de argila adornado com pedrinhas coloridas. Dentro há um relógio de pulso. A pilha já está nas últimas. Os números mudam muito lentamente e a música quase não se ouve, o levo de lembrança».
Horas mais tarde, apaziguado o contorno, caiu a noite e a normalidade se hospedou na pradaria, nas árvores circundantes, no arroio que os cruza. Só então os insetos ousaram sair de seus esconderijos: um pé após outro, desconfiados ou temerários. Tudo para descobrir que a Deidade havia partido deixando vazio o altar colorido. O Chefe Religioso Dytiscus Latissimus, lembrou-se de ter previsto não há muito tempo o que tinha acabado de acontecer. Alguma ação ou omissão ofenderia a Divindade. Unicamente a penitência podia favorecer seu retorno. Começou então um reiterado exercício de laboriosidade e obediência cega às autoridades civis, religiosas e militares. Ainda ficava alguma esperança.

 

 

 

En la despedida del señor Escala

 

 

2.La foto de La Ilíada

Relato inédito

BUSCABA yo un documento en el arcón traído de la otra casa, cuando encontré una fotografía antigua. Aparecía inserta en las páginas de un librito de enorme importancia. Se trataba de La Ilíada de Homero, séptima edición, Espasa y Calpe, Colección Austral, con anotaciones marginales de un estudiante lector muy próximo. En la foto se veía parte de un salón y una de las mesas ocupada por cinco comensales. Al lado, una cabeza de mujer en actitud de facilitar la acción del fotógrafo. Un joven compartía mantel con cinco chicas. Estaban ellas en el plato fuerte, pues usaban tenedor y cuchillo sobre una vianda plana rodeada de salsa. El chico debió de llegar cuando la mesa estaba formada y servida, porque aún utilizaba cuchara y se ayudaba con un pedazo de pan.
Pido ayuda a la titánide Mnemósine, y la diosa de la memoria en la mitología griega me la presta de buen grado. Entiendo así que la imagen corresponde al año 1965. Sé por ello que el muchacho había estado hablando con Federico sin llegar a reconocerlo. Alto, fuerte y de pelo ralo, el alcarreño Fede, amigo además de compañero, anunció su ausencia con la suficiente antelación, presentándose al festejo dotado de peluca y bigote a juego. Tras la charla con tan conocido desconocido, la comida empezada, en una mesa incompleta ocupaste satisfecho la silla vacía.
Si, muchacho, llamado Pedro como tu abuelo, te reconozco. Eras yo a los diecinueve años. Vivías en una pensión de la calle del Prado, frente al Ateneo, y llevabas un año trabajando en el Centro de Proceso de Datos del Ministerio de Hacienda, calle Montalbán de Madrid. El señor Escala, responsable de la oficina, se despedía; y los empleados lo agasajábamos en comida de homenaje. Era una excelente persona, capaz y seria, apreciada por todos, funcionarios y personal contratado.
Las chicas visibles de la mesa eran, Carmencita, Elena, Vigberta y Elvira. La cabeza de la otra podía pertenecer a cualquiera, ya que su peinado recogido estaba de moda. Percibo todo eso porque, pese a mis muchos años, conservo profunda memoria de los momentos vividos con mayor intensidad.
Me gusta tu aspecto mío de entonces: ojos vivos, curiosos, ademán activo trasluciendo un carácter inquieto y perseverante. Operador de las máquinas básicas informáticas, eras confidente y consejero habitual de diez o doce muchachas del numeroso grupo de perforistas; estudiabas por la tarde en la universidad, leías cada anochecer en el Ateneo y escribías poemas y relatos en cualquier momento.
Encontrarte ahora, tan seguro de ti, cargado yo de achaques e incertidumbres, meproduce un efecto revitalizador. Como querrás conocer tu futuro, te diré que un año después te echaste novia, esa vallisoletana de la foto. Matrimoniaste con ella a los veinticuatro años, tuvisteis cuatro hijos, de los que nacieron seis nietos, niños aún y ya mayores, que me cuentan sus avances en idiomas, matemáticas, física y comunicación, dándome impulso y reorientando mi vida.
Murió tu padre antes con antes, a fuerza de trabajar el campo para que estudiaras situándote bien en la vida. Hijo único, quedaste al frente de la casa, y de un porvenir enigmático que te miraba sorprendido. Resolviste la ecuación patrimonial de la mejor manera, ayudando a la madre a superar el golpe y rehacerse. Sí, viste mundo, tierras de cuatro continentes; y escribiste tanto como deseabas,numerosos libros y diversos artículos y traducciones que salieron en revistas prestigiosas. Suspendido en el espacio-tiempo, estas revelaciones te servirán de agarre, imagino; pondrán suelo y pasos a tus pies, pies tan ligeros como los del Pelida Aquiles cuando traducías la Ilíada en el curso preuniversitario.
Te perdiste los abundantes soplos de felicidad que hacen agradable la vida, es cierto y lo lamento. A cambio, soslayaste los años finales de la dictadura, cuando lo importante seguía pasando de noche o a puerta cerrada. Te libraste del continuismo representado por la democracia economicista actual, listas cerradas de candidatos a representantes y superioridad de lo privado sobre lo público. Te salvaste del contagioso sunami universal de 2020, cercados todos por el miedo irracional a lo invisible y a lo extraño, reclusión forzada y movimientos vigilados huyendo de una muerte cada vez más cercana. Sufrimos entonces una pandemia que los expertos llamaron Covid19, producto de un virus animal pasado a las personas. Compréndelo, la humanidad consumidora ha ido degradando la Naturaleza hasta convertirla en inhabitable e invivible. Y ese maltrato sufrido, ese agravio extremo, oprobio insoportable, produjo el esparajismo planetario, descomedido aspaviento de rechazo y sublime blasfemia para mostrar su horror.
Sí, la cosa fue a más. El anochecer del 16 de marzo de 2025 duró un minuto menos, y un minuto menos duró el amanecer del día siguiente. El fenómeno pasó desapercibido para la generalidad de la gente, aunque algunos animales lo notaron. Simple ejemplo, pastores como los de Villazalama quedaron muy sorprendidos, cuando las ovejas balaban confusas al ser llevadas al aprisco o sacadas de él alterando los momentos del ordeño.
El 16 de marzo vino, como siempre, seguido de los posteriores; y en todos, crepúsculo y amanecida se concretaban antes. El reloj del Ayuntamiento, los de sobremesa y los personales ni se inmutaban. Así que cada día perdía unos instantes que, sumados, impedían mantener las rutinas.
Desbarajuste y esparajismo son palabras tomadas de la niñez en el pueblo de la vieja Castilla donde nací, oídas a las vecinas Batilda y Micaela, señoras mayores que decían puisas por pavesas o antier como evolución de anteayer, hablando con mucha propiedad. Desconociendo el sentido exacto de desbarajuste lo interpreté como lío generalizado en el entorno. El diccionario de la RAE indica desorden, confusión. Y añade un verbo precioso: desbarajustar, que significa alterar el orden.
En dos semanas se turbó el orden establecido, y en cuatro hubo desbarajuste total, un lío generalizado en el entorno, en todos los entornos. Los relojes destinados a medir 12 y 24 horas hacían necesarios cálculos complejos de los necesitados de puntualidad, debido a esa sisa acumulada de dos minutos diarios. El tiempo y las costumbres se distanciaban más cada día hasta estabilizarse en 60 minutos, una hora de diferencia, el día 16 de abril de ese año. Los expertos del país y de la ciudad, de todas las ciudades y países, llegaron a la conclusión de que los días ya eran, e iban a seguir siendo, de 23 horas.
Modificación ocurrida, dijeron los científicos, porque la Tierra giraba más aprisa en su rotación. Parece ser que el deshielo de las zonas heladas y el aumento del rostro de los mares, alisaba un tanto la superficie total. Como consecuencia de un menor roce, hubo un ligero desplazamiento del eje terrestre y un giro más rápido, hasta acabar ganando una hora al tiempo empleado hasta entonces.
Sea por lo que sea, los imprescindibles y generalizados sincronismos no se producían y multitud de servicios quedaron a medias. Horarios de apertura y cierre de establecimientos, pensados para veinticuatro horas, quedaron desplazados. Los trabajadores pidieron una rectificación inmediata de las jornadas laborales. Las diversas actividades del mundo entero quedaron afectadas. Un parón planetario era algo previsible. Se temía que no iba a quedar títere con cabeza. Los gobernantes hablaban y hablaban, pero sin llegar a acuerdos que desembocaranen la acertada acción consecuente. Puestos los súbditos manos a la obra, seis meses duró armonizar actividades necesarias y horarios posibles. Sucedió entonces —buen momento para novedades— los físicos y matemáticos dedicados a la astronomía dieron con una fórmula que predecía un mínimo incremento en la velocidad de traslación planetaria, consecuencia, claro está, del incremento de la velocidad de rotación. Los cálculos más fiables pronosticaban una disminución de cinco días en la duración de la vuelta completa al Sol. Lo que daba, como si tal cosa, un año de 360 días.
Vuelta al lío y al desbarajuste, sabiendo que llovía sobre mojado, lo que alteraba aún más los ánimos ya exaltados. ¿Quitar fiestas? No, los obreros se echarían encima. ¿Quitar laborables? No, se echarían encima los patronos. Después de mucho cavilar, los que mandan decidieron, como suelen hacer, dejar la cuestión para más adelante, cuando los ánimos se hubieran calmado. Eso sí, ordenaron en sigilo a los que establecen los calendarios, que el correspondiente a 2026 comenzara el veintisiete de diciembre, presentando Navidad y Noche Vieja consecutivas. Y así quedó la cosa hasta llegar esas fechas tan familiares.
Supongo que la mayoría de la población es muy adaptable, pues llegada la navidad abreviada, apenas hubo quejas. La gente se había ido acostumbrando a las restricciones impuestas por los gobernantes, y aceptó la resta de días como inevitable. Hubo, eso sí, alguna chufla. Para los críticos, metidos de pronto en enero del nuevo año, el hecho fue considerado como una auténtica inocentada. Así que ni la inocentada del eliminado día veintiocho faltó.
Ahora, mozo Pedro, conoces lo que ignorabas y, habiendo cumplido ambos los ochenta, fundidos e inseparables, con tu energía y mi experiencia, sirviéndonos de los nietos como embajadores de esa sociedad nueva de la inteligencia artificial, sin caer en la esquizofrenia que parece amenazarnos, afrontaremos el último tramo existencial, tome el cariz que tome y dure cuanto dure.

 

2.A foto da Ilíada

Eu procurava um documento no baú trazido da outra casa, quando encontrei uma fotografia antiga. Aparecia inserida nas páginas dum livrinho de enorme importância. Tratava-se da Ilíada de Homero, sétima edição, Espasa e Calpe, Coleção Austral, com anotações marginais do estudante leitor. Na foto, via-se parte duma sala de jantar e uma das mesas ocupadas por cinco comensais. Ao lado, uma cabeça de mulher em atitude de facilitar a ação do fotógrafo. Um jovem compartilhava mesa com cinco moças. Estavam elas no prato forte, pois usavam garfo e faca sobre um prato plano com vianda rodeada de molho. O rapaz deve ter chegado quando a mesa estava pronta e servida, porque ainda usava uma colher e ajudava-se com um pedaço de pão. Peço favor à Titánide Mnemósine, e a deusa da memória na mitologia grega me ajuda de bom grado. Entendo assim que a imagem corresponde ao ano 1965. Sei por isso que o moço tinha estado falando com Federico sem chegar a reconhecê-lo. Alto, forte e de cabelo ralo, o alcarrenho Fede, amigo além de companheiro, anunciou sua ausência com bastante antecedência, apresentando-se ao festejo dotado de peruca e bigode a condizer.
Depois da conversa com um desconhecido tão conhecido, a comida começou, encontrou uma mesa incompleta e ocupou satisfeito a cadeira vazia.
Sim, garoto, chamado Pedro como teu avô paterno, te reconheço. Eras eu aos dezenove anos. Vivias numa pensão na rua do Prado, em frente do Ateneu de Madri, e trabalhavas há um ano no Centro de Processamento de Dados do Ministério de Fazenda, rua Montalbán. O senhor Escala, responsável pelo gabinete, despedia-se; e os empregados o agasalhavam em refeição de homenagem: era uma excelente pessoa, capaz e séria, apreciada por todos, funcionários e pessoal contratado.
As meninas visíveis da mesa eram, Carmencita, Elena, Vigberta e Elvira. A cabeça da outra podia pertencer a uma qualquer, já que seu penteado recolhido era a moda.
Sinto tudo isso porque, apesar dos meus muitos anos, conservo profunda memória dos momentos vividos com maior intensidade.
Eu gosto de teu aspecto meu de então: olhos vivos, curiosos, ademão ativo transluzindo um caráter inquieto e perseverante. Operador das máquinas básicas informáticas, eras confidente e conselheiro habitual de dez ou doze moças do numeroso grupo de mecanógrafas de cartões perfurados; estudavas pela tarde na universidade, lias cada anoitecer no Ateneu e escrevias poemas e relatos em qualquer momento.
Encontrar-te agora, tão seguro de ti, carregado eu de achaques e incertezas, produz-me um efeito revitalizador.
Como queres saber o teu futuro, digo-te que, um ano depois, tiveste uma namorada, a mais bonita da foto. Casaste com ela aos 24 anos, tiveste quatro filhos, dos quais nasceram seis netos que dão impulso à minha vida atual.
Sim, você viu o mundo, terras de quatro continentes; e escreveu tanto quanto queria, inúmeros livros e muitos ensaios e traduções publicadas em seu blogue. Suspenso no espaço-tempo, estas revelações te servirão de aderência, imagino; porão solo e passos a teus pés, tão leves como os do Pelida Aquiles quando traduzias a Ilíada no curso pré-universitário.
Você perdeu aqueles sopros de felicidade que fazem a vida agradável, é verdade e eu o sinto muito. Em troca, escapaste daqueles tempos duros, últimos da ditadura; os iniciais da democracia atual de pobres e ricos e os do ano 2020, de reclusão forçada e movimentos vigiados fugindo do contágio e da morte vizinha. Sofremos então uma pandemia que os especialistas chamaram Covid19, produto de um vírus animal passado às pessoas.
Compreende, a humanidade economicista tem degradado a Natureza até convertê-la em inabitável e inviável. E esse maltrato sofrido, esse agravo extremo, opróbio insuportável, produziu o cenho planetário, descomedido espavento de rejeição e sublime blasfêmia para mostrar seu horror.
Sim, a coisa foi a mais. O anoitecer de 16 de março de 2025 durou um minuto menos, e um minuto menos durou o amanhecer do dia seguinte. O fenômeno passou despercebido para a generalidade das pessoas, embora alguns animais o notaram. Simples exemplo, pastores como os de Villazalama ficaram muito surpreendidos, quando as ovelhas balavam confusas sendo levadas ao aprisco ou tiradas dele alterando os momentos da ordenha.
O 16 de março veio, como sempre, seguido dos posteriores; e em todos, crepúsculo e amanhecida compareciam antes. O relógio da Prefeitura, os de sobremesa e os pessoais não se imutavam. Cada dia perdia alguns instantes que, somados, impediam manter as rotinas.
Desarranjo no seu equivalente castelhano, desbarajuste, é palavra tirada da infância na cidade da velha Castela onde nasci, própria das vizinhas Batilda e Micaela, senhoras maiores que falavam com muita propriedade. Desconhecendo o sentido exato interpretei-a como uma confusão generalizada no ambiente. O dicionário da RAE indica desordem, confusão. E acrescenta um verbo precioso: desbarajustar, que significa alterar a ordem. Em duas semanas, a ordem estabelecida foi perturbada e, em quatro, houve uma agitação total, um agitamento generalizado no ambiente, em todos os ambientes.
Os relógios destinados a medir 12 e 24 horas faziam necessários cálculos complexos dos necessitados de pontualidade, devido a esse oco acumulado de dois minutos diários. O tempo e os costumes se distanciavam mais a cada dia até se estabilizar em 60 minutos, uma hora de diferença, no dia 16 de abril desse ano. Os especialistas do país e da cidade, de todas as cidades e países, chegaram à conclusão de que os dias já eram, e continuariam sendo, de 23 horas.
Modificação ocorrida, disseram os cientistas, porque a Terra girava mais rapidamente em sua rotação. Parece que o degelo das zonas geladas e o aumento do rosto dos mares, alisavam um pouco a superfície total. Como consequência do menor atrito, houve um ligeiro deslocamento do eixo terrestre e um giro mais rápido, até acabar ganhando uma hora ao tempo gasto até então.
Seja pelo que for, os imprescindíveis e generalizados sincronismos não se produziam e muitos serviços ficaram pela metade. Horários de abertura e fechamento de estabelecimentos, pensados para 24 horas, ficaram deslocados. Os trabalhadores pediram uma retificação imediata dos dias de trabalho. As diversas atividades do mundo inteiro foram afetadas. Uma parada planetária era algo previsível. Temia-se que não ia ficar fantoche com cabeça.
Os governantes falavam e falavam, mas sem chegar a acordos que conduzissem à correta ação consequente. Postos todos à obra, seis meses durou harmonizar atividades necessárias e horários possíveis.
Aconteceu então –bom momento para novidades– os físicos e matemáticos dedicados à astronomia deram com uma fórmula que predizia um mínimo incremento na velocidade de translação planetária, consequência, claro está, do aumento da velocidade de rotação. Os cálculos mais fiáveis previam uma redução de cinco dias na duração da volta completa ao Sol. O que dava, como se tal coisa, um ano de 360 dias.
Retorno à bagunça e ao desarranjo, sabendo que chovia sobre molhado, o que alterava ainda mais os ânimos já exaltados. Tirar festas? Não, os operários se deitariam em cima. Tirar dias laborais? Não, os patrões cairiam em cima.
Depois de muita reflexão, os que mandam decidiram, como costumam fazer, deixar a questão para mais tarde, quando os ânimos se tivessem acalmado. Isso sim, ordenaram em sigilo aos que estabelecem os calendários, que o correspondente a 2026 começasse o 27 de dezembro, apresentando Natal e Noite Velha consecutivas. E assim ficou a coisa até chegar essas datas tão familiares.
Não sei se acontece que a maioria da população é muito adaptável, pois chegando o natal abreviado, quase não houve reclamações. As pessoas se acostumaram com as restrições impostas pelos governantes, e aceitaram o resto dos dias como inevitável. Houve, isso sim, alguma confusão. Para os críticos, metidos de repente em janeiro do novo ano, o fato foi considerado como uma autêntica inocentada. Então, nem a inocentada do eliminado dia 28 faltou.
Agora, moço Pedro, sabes o que ignoravas e, havendo cumprido ambos os oitenta, fundidos e inseparáveis, com tua energia e minha experiência enfrentaremos o resto, dure este quanto dure.

 

 

3.El elevado vuelo del velero Nova Era

Adnotatio Praevia:
Envié a varios amigos el poema que aquí va, y sus reacciones fueron muy distintas. Desde la de aquellos que pidieron plaza en el velero, para ellos o para otros; hasta la de quienes establecían cierto paralelismo con el viaje de Cristóbal Colón. Preguntaban detalles sobre el objeto del éxodo y la marcha de la nave, y tuve que precisar ciertos aspectos inconcretos. El título, adecuado a más no poder, procede de mi buen amigo Remisson Aniceto, pensador, cuentista y poeta residente en São Paulo y nacido en Nova Era, estado de Minas Gerais. Renata Bomfim, una amiga, de Vitória, en Espírito Santo, experta en la vida y la obra de Florbela Espanca: «Um ente de paixão e sacrifício», quiso que incluyera a la poeta portuguesa y, conociendo sus méritos sobrados, lo hice. Carme Esther, compañera de trabajo radicada en Barcelona, quería huir del economicismo imperante, de las enormes y crecientes desigualdades sociales, del deterioro insostenible del equilibrio vital; y tuve que habilitar cuatro plazas más, para ella, su marido y los dos hijos. Debo añadir que Aurora, la capitana, nació en Salvador de Bahia de padre castellano y madre mediterránea. Por último, decir que mi Iberismo cultural, origen de mi Universalismo, me llevó de Portugal a Brasil, estados de São Paulo, Rio, Minas, Bahía, Pernambuco y Espírito Santo. Allí, en ES, Montanhas Capixabas, surgió de mi mente el poema que dibuja el rumbo seguido a través de los elípticos campos siderales, y la llegada a la Tierra Prometida.

Un barco de vela de tres palos, cuyo nombre
es Nova Era,
impulsado por el viento cósmico
que origina un agujero negro,
abandona el Sistema Solar para dejar
en unos días
muy atrás la Vía Láctea.

Resuena El Universo, sinfonía imposible
compuesta e interpretada
por ciento veinte músicos de la familia Bach

Los palos Trinquete, Mayor y Mesana,
de aleación tan ligera y firme como el casco,
proporcionan confianza a Aurora Maris,
la capitana más intrépida que engendró
Naturaleza;
indómita mujer,
forjada en la aventura marina
al circundar La Tierra por los siete mares
comerciando en sedas y especias,
con ese barco sin remos ni cañones
que, al navegar,
sencillamente,
vuela.

John Coltrane llena la inmensidad
con el sonido de Blue Train

Olavo Bilac y Florbela Espanca, de lengua
portuguesa; Odiseo, el esperado,
y su amada Penélope;
Erik, llamado el Rojo; Virgilio, Confucio,
o Rei dom Sebastião, Jules Verne, intuitivo
practicante; Maria Skłodowska, científica;
la maestra, poeta y diplomática Lucila Godoy,
el ingente Picasso, Galileo, un grande
del Renacimiento; y el escritor romántico
José Ignacio de Espronceda, dueño
de un bajel pirata, son algunos
de los treinta y dos buscadores del planeta
despoblado, dotado de agua y vida,
en el que puedan respirar, alimentarse,
reír y soñar;
donde la humanidad amenazada
consiga comenzar de nuevo, trocando
las pistolas y espadas de las panoplias,
por flautas, plumas y pinceles.
Donde la filosofía, la investigación
y la docencia sean labores aventajadas,
los beneficios fabriles y comerciales respeten
el ambiente y permanezcan ajustados,
se restrinja la herencia,
y los salarios mínimo y máximo caminen
de la mano. Una sociedad
que reciba más del más capaz,
y entregue más al más necesitado.

Suena envolvente Money Jungle,
de Duke Ellington

Animales y plantas ocupan
la parte central de la bodega, bajo
la claraboya que tamiza la luz cambiante.
Se proponen los viajeros salvar
de la acción de los depredadores
humanos
esa vida:
huevos, embriones e individuos adultos,
de una extinción segura, alimentándose
con su crecimiento:
brotes, ramas, frutos.
Y en la preparación de las personas,
a más de conocimientos de navegación
y sicología de la convivencia, hubo clases
de latín para entenderse, y prácticas
de un lenguaje de signos.

Resuena What a Wonderful World,
de Louis Armstrong

Viajando a la velocidad del Viento,
tercera parte de la que alcanza la Luz,
las velas múltiples y diversas,
deben resistir el empuje, y son de ese
nuevo material que dicen grafeno.

Circundante llega el sonido de
Round Midnight, por Ella Fitzgerald

Valiéndose del bien pensado mapa sideral,
sin timón que sirva a la derrota,
ni previsiones atmosféricas
donde no hay atmósfera,
la pericia de Aurora gobierna las velas,
la nave y el rumbo, acercándose
a los planetas de los distintos tonos
del color azul.

Muda el sonido a Summertime, interpretado
por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong

Entre la constelación de Orión
y la estrella Sirius
durante un mínimo instante
los tripulantes perciben,
imagen y semejanza del hombre,
al Demiurgo andrógino
acostado en suave lecho de nubes,
roncando acompasadamente
su sueño sin fin. Grandes, muy grandes
la cabeza, el cuerpo y las extremidades,
dotados de una belleza gloriosa.
Ojos límpidos, piel tersa
en la desnudez
luminosa que muestra.

Se escucha Birth of the Cool, de Miles Davis

Constatan los tripulantes
que el reloj de la nave marca quince años
de navegación, y ellos no envejecen.
Piensan que avanzando como avanzan
hacia el momento crítico
en que la materia comenzó a expandirse
una vez más,
los lapsos transcurren de forma distinta.

Llena las proximidades cambiantes
Rhapsody in Blue, de Gershwin y Whiteman

Calor o frío insoportables, empujes laterales,
subidas o bajadas bruscas
y tormentas silenciosas,
tuercen el rumbo miles de veces.
Al temor a un catastrófico naufragio
oponen los tripulantes la firmeza
de su voluntad humana y el afán
de supervivencia.
Cada navegante realiza una tarea
acorde con sus capacidades y deseos,
de forma que el progreso depende
más de ellos que del azar,
grato e ingrato como tiene demostrado.

Benny Goodman interpreta Sing, Sing, Sing

El premio a la resistencia heroica es la placidez
entrecortada, la belleza luminosa incomparable
vista en las fotografías, miles, que llegan
a la pantalla
de grandes dimensiones,
y a través de los ojos de buey, ventanas
y escotillas transparentes.
El atractivo de los paisajes sucesivos,
la cambiante complejidad cromática y formal,
el vértigo de lo que viene de frente
escapando por los lados in extremis,
no es algo sentido antes por ninguno
de los arriesgados tripulantes.

Se oye a Django Reinhardt
en Sweet Georgia Brown

Armonía, equilibrio, deslizamientos
piruetas lógicas e inesperadas
derivaciones, despliegues, hermosura
del contraste, líneas
puras e impuras persiguiéndose,
actualizándose, crepúsculos y amanecidas
filtrando emociones, la belleza
del espacio creándose y recreándose:
El Velero Va.

Darius Milhaud interpreta La Création
du Monde

Sueño y despertar, ilusión y desilusión
se siguen en los ánimos,
temor y esperanza.
Recoger trapo al llegar a un planeta algo
azul para acercarse y recibir fotografías
de conjunto y de detalle,
proporciona expectativas que se rompen
cuando la aridez encontrada obliga
a seguir rumbo
con todo el trapo desplegado.

Se enlazan Ebony Concerto de Igor Stravinsky
y Jazz suite número 1 de Dmitri Shostakóvich

En un momento de fortuna, después
de cien avistamientos infructuosos,
en la claridad promiscua de la pantalla
puede verse un planeta azul y verde,
de una belleza extraordinaria, única.
Y desgarra el silencio la voz enérgica
de Aurora Maris:
¡Todos a sus puestos!
¡Maniobra de aproximación!
Arriad la mayor —refiriéndose
a las velas— la mesana, la trinquete.
En la acción, rauda, desencadenada de repente
se oyen términos marineros de oculta belleza:
verga, cangreja, bauprés, arboladura, jarcia,
botavara; gavia y muchos más: sonoros
y contundentes como latigazos.

Suena Maurice Ravel, Jazz (pieza
desconocida) para Mme. Révelot

Un sencillo mecanismo ideado
por la capitana
en el Mar de China,
para que
un tifón
elevara
el velero,
permitía a las vergas de distinto mástil
alinearse a lo ancho y,
a unas velas añadidas,
alcanzar la posición horizontal
frenando
la bajada
en un descenso
acompasado.

La visión aparecida ante sus ojos,
paisaje verde
de la superficie firme, y temblorosos
azules
de los mares,
pone a cavilar a los más inquietos acerca
de la elipse que su incierta derrota
ha ido completando.
Las fotografías vistas, acercan
elementos tranquilizadores: agua copiosa
y vida vegetal exuberante y diversa.

Comienza Concertino for Jazz Quartet
and Orchestra de Gunther Schuller

Circunvalando el planeta en el descenso,
ven montañas elevadas con penachos
de nieve,
volcanes en erupción, seísmos,
vastos lagos, ríos caudalosos;
pero no hallan signos
que revelen la existencia de vida animal.

En las proximidades descubren árboles
vigorosos crecidos sobre escombros,
arbustos ocultando a medias
material de guerra
debilitado por el paso del tiempo;
troncos retorcidos sobre ruinas pétreas.

Y a poca distancia del mar interior
elegido para posarse,
identificado por la mediterránea
Aurora Maris como el Mare Nostrum,
ven una torre, firmemente erguida,
reconociendo en ella, Aurora y otros,
la genuina expresión románica
de Sant Climent de Tahüll.
Estalla la alegría al romper la nave el agua:
ignis fatuus de aparición impredecible
y duración muy breve.
«Alegría, hermosa llama de los dioses»,
había escrito Schiller.

Se escucha entonces en todo el Orbe
la «Oda a la Alegría», cuarto movimiento
de la Novena sinfonía de Beethoven.

Post Scriptum
Regresada la nave, contado y oído el relato de la peripecia, pude pasar varios días viendo las fotos recogidas por las cámaras al llegar a la Tierra. Descubrí intacta la iglesia de San Martin de Frómista.
Sorprendiéndome que, en el lugar de mi nacimiento, Valdepero, se apreciaran las piedras diseminadas de lo que pudo ser el poderoso Castillo y, ¡oh maravilla! la espadaña románica, sola ella en pie, de lo que fue la ermita de San Pedro y de la Virgen del Consuelo.

Montanhas Capixabas, ES, Brasil, 2015

 

 

 

 El velero en el espacio interestelar

 

 

3.O elevado voo do Veleiro Nova Era

Adnotatio Praevia:
Enviei a vários amigos o poema que aqui vai, e suas reações foram muito diferentes. Desde a daqueles que pediram praça no veleiro, para eles ou para outros; até a de quem estabelecia verdadeiro paralelismo com a viagem de Cristóbal Colón. Perguntavam detalhes sobre o objeto da viagem e a marcha da nave, e tive que precisar certos aspectos indefinidos. O título, muito adequado, procede de Remisson Aniceto, um amigo pensador, contista e poeta, residente em São Paulo e nascido na bela cidade de Nova Era, estado de Minas Gerais.
Renata Bomfim, uma amiga, de Vitória, em Espírito Santo, versada na vida e na obra de Florbela Espanca: “Um ente de paixão e sacrifício”, quis que incluísse à poeta portuguesa e, conhecendo seus méritos sobrados, acedi. Carme Esther, companheira de trabalho radicada em Barcelona, queria fugir do economicismo imperante, das enormes e crescentes desigualdades sociais originadas, do estrago insustentável no equilíbrio vital; e tive que habilitar mais quatro praças, para ela, seu marido e os seus filhos.
Devo acrescentar que Aurora, a capitão, nasceu em Salvador de Bahia de pai castelhano e mãe mediterrânea. Por último, dizer que meu Iberismo cultural, origem do meu Universalismo, me levou de Portugal a Brasil, estados de São Paulo, Rio, Minas, Bahia, Pernambuco e Espírito Santo. Ali, em ES, Montanhas Capixabas, surgiu na minha mente, o poema que desenha o rumo seguido através dos elípticos campos siderais, e a chegada à Terra Prometida

Um barco de vela de três mastros, cujo nome
é Nova Era,
impulsionado pelo vento cósmico
que origina um buraco negro de atividade
assaz intensa,
abandona o Sistema Solar para deixar
nuns dias
muito atrás
a Via Láctea.

Ressoa O Universo, sinfonia impossível
composta e interpretada
por cento e vinte músicos da família Bach

Os três mastros sólidos e fortes,
de liga tão ligeira e inalterável como o casco,
proporcionam confiança a Aurora Maris,
a capitão mais intrépida que engendrou Natureza;
indómita mulher,
forjada na aventura marinha
circundando A Terra pelos sete mares
para comerciar em sedas e especiarias,
com esse barco
sem remos nem canhões
que ao navegar
simplesmente voa.

Se ouve na imensidade Blue Train,
de John Coltrane

Olavo Bilac e Florbela Espanca,
de língua portuguesa;
Odisseu, o Esperado, e sua amada Penélope;
Erik, chamado de Vermelho; Virgílio,
Confúcio,
o Rei dom Sebastião, Jules Verne,
imaginativo praticante;
Maria Salomea Sklodowska, científica;
a pedagoga,
poeta, diplomata e escritora Lucila Godoy,
o enorme Pablo Picasso,
Galileo, um dos grandes do Renascimento;
e o escritor romântico
José Ignacio de Espronceda,
dono dum baixel pirata;
são alguns
dos trinta e dois buscadores
dum planeta
despovoado, doado de água e vida,
onde possam respirar, se alimentar,
rir e sonhar;
onde a humanidade ameaçada
consiga começar de novo,
trocando as pistolas e espadas das panóplias
por flautas, plumas de cálamo
partido e pinceles.
Onde a filosofia, a investigação
e a docência sejam ocupações avantajadas,
os benefícios industriais e comerciais
respeitem o ambiente e permaneçam ajustados,
se restrinja a herança,
e os salários mínimo e máximo
caminhem da mão.
Uma sociedade que receba mais
do mais capaz,
e entregue
mais ao mais necessitado.

Soa envolvente Money Jungle,
de Duke Ellington

Animais e plantas ocupam
a parte central da adega, baixo
a claraboia que tamisa a luz cambiante.
Se propõem os viajantes salvar essa vida:
ovos, embriões e indivíduos adultos,
de uma extinção segura,
se alimentando com seu crescimento:
brotos, ramos e frutos.
E na preparação, as pessoas,
a mais de conhecimentos de navegação
e psicologia da convivência, tiveram lições
de latim para se entender, e práticas
da linguagem de signos.

Resoa What A Wonderfull World,
do grande Louis Armstrong

Indo à velocidade do Vento, terceira parte
da que atinge a Luz,
as velas múltiplas e diversas,
devem resistir o empuxo, e são
desse novo material que dizem grafeno.

Circundante chega o som de
Round Midnight, por Ella Fitzgerald

Se auxiliando dos imaginados mapas
astronómicos,
sem timão que sirva na derrota,
nem previsões atmosféricas onde
não há atmosfera,
a perícia de Aurora governa as velas,
a nave
e o rumo nas aproximações
aos planetas dos diferentes tons
da cor azul.

O som muda a Summertime, interpretado
por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong

Entre a constelação de Orião
e a estrela Sirius
durante um mínimo instante os tripulantes
percebem,
imagem e semelhança do homem,
ao Demiurgo andrógino
deitado em suave leito de nuvens,
roncando compassadamente
seu sonho sem fim.
Grandes,
muito grandes
a cabeça,
o corpo e as extremidades,
dotados duma esplêndida beleza;
olhos límpidos,
pele tersa na desnudez luminosa que mostra.

Se escuta Birth of the Cool, de Miles Davis

Constatam os tripulantes
que o relógio terrestre da nave assinala quinze anos
de navegação, e eles não envelhecem.
Pensam que avançando como avançam,
tempo e espaço, para o momento crítico
em que a matéria começou a se expandir
mais uma vez,
os lapsos decorrem de diferente forma.

Enche as mudáveis proximidades
Rhapsody in Blue, de Gershwin y Whiteman

Calor ou frio insuportáveis, empurrões laterais
subidas ou baixadas bruscas,
tormentas silenciosas
torcem o rumo cem vezes, mil quiçá,
e ao temor a um catastrófico naufrágio
opõem os tripulantes a firmeza da sua
vontade humana e o afã de sobrevivência.
Cada um dos navegantes realiza uma tarefa
conforme com suas capacidades e desejos,
de forma que o progresso depende
mas deles que do destino,
grato e ingrato.

Benny Goodman, interpreta Sing, Sing, Sing

O prêmio pela resistência heroica é o sossego
entrecortado, e a beleza luminosa incomparável
vista nas fotografias, milhares, que chegam
à pantalha de grandes dimensões,
e através dos olhos de boi, janelas
e escotilhas transparentes.
O atrativo das paisagens sucessivas,
a cambiante complexidade cromática e formal,
a vertigem do que vem de frente
escapando pelos lados in extremis,
é algo não sentido antes por nenhum
dos arriscados tripulantes.

Se ouve Django Reinhardt
en Sweet Georgia Brown

Harmonia, equilíbrio, deslizamentos
piruetas lógicas e inesperadas
derivações, desdobramentos,
formosura do contraste,
linhas puras e impuras se servindo,
atualizando-se,
crepúsculos e amanhecidas destilando emoções,
Poesia, Pintura
e Música se criando e se recriando:
O Veleiro Vai.

Darius Milhaud interpreta La Création
du Monde

Sonho e realidade, ilusão e desilusão
se seguem nos ânimos, o temor e a esperança.
Recolher velas quando sobrevoam um planeta
ligeiramente azul
para se acercar e receber fotografias do conjunto
e dos detalhes,
proporciona expectativas que rompe
a aridez encontrada, forçando
a prosseguir o rumo com todo velame despregado.

Se entrelaçam Ebony Concerto de Igor Stravinsky e
Jazz suíte número 1 de Dimitri Shostakovich

Num momento de fortuna, após
cem descobertas infrutuosas,
na clareza promiscua da pantalha
se pode ver um planeta azul e verde,
de uma beleza
extraordinária,
única.

Então rasga o silêncio
a voz enérgica de Aurora Maris:
¡Todos a seus postos!
¡Manobra de aproximação!
Arreiem vocês a maior –se referindo
à vela desse mastro– e as demais.
Na ação, rápida,
desencadeada de improviso,
se ouvem termos marinheiros
de oculta beleza:
sonoros e contundentes
como lategadas.

Soa Maurice Ravel, Jazz
(peça desconhecida) pour Mme Révelot

Um singelo mecanismo criado pela capitão
no Mar de China, para que um tufão elevasse
o veleiro,
permitia que as vergas de diferente mastro
se alinharam ao comprido e,
a umas velas acrescentadas,
atingir a posição horizontal
freando a baixada
num descenso
compassado.
A visão aparecida ante seus olhos,
paisagem verde
da superfície firme, e trêmulos azuis
dos mares, põe a cavilar aos mais
inquietos, respeito da elipse
que sua incerta derrota foi completando.
As fotografias vistas, acercam
elementos tranquilizadores: água
em abundância
e vida vegetal exuberante e diversa.

Principia Concertino for Jazz Quartet
and Orchestra de Gunther Schuller

Circunvalando o planeta no descenso,
veem montanhas elevadas
com penachos de neve,
vulcões em erupção, sismos, vastos
lagos, rios caudalosos;
mas não acham
signos que revelem
a existência de vida animal.

Nas proximidades descobrem árvores
vigorosas crescidas sobre escombros,
arbustos
ocultando material de guerra debilitado
pelo passo do tempo,
troncos retorcidos que superam ruínas pétreas.
E a pouca distância do mar interior eleito
para aterrissar, identificado pela mediterrânea
Aurora Maris como o Mare Nostrum,
veem uma torre, firmemente erguida,
reconhecendo nela, Aurora e alguns mais,
a genuína expressão românica
de Sant Climent de Tahüll.

Estoira a alegria ao contato da nave com a água:
ignis fatuus de aparecimento imprevisível
e duração muito breve.
«Alegria, formoso lume dos deuses»,
tinha escrito Schiller.

Se escuta então em todo o Universo
a Ode à Alegria, quarto movimento
da Sinfonia Nona de Beethoven.

Post Scriptum:
Regressada a nave, falado e ouvido o relato da peripécia, pude passar vários dias vendo as fotos recolhidas pelas câmaras ao chegar à Terra. Descobri intacta a igreja de San Martin de Frómista, me surpreendendo que, no lugar de meu nascimento, Valdepero, se apreciassem as pedras disseminadas do que pôde ser o poderoso Castelo e, oh maravilha! a espadanha românica, só ela em pé, do que foi a ermida de San Pedro e da Virgen del Consuelo.

PSdeJ, Montanhas Capixabas, faz muito,
muito, muito tempo.

 

 

4.El Gran Grito (Desequilibrio insostenible)

Nos quieren emocionales para dominarnos,
pero nos tendrán pensadores resistiendo
(PSdeJ)

Los inicios

Aire, agua, tierra, fuego.
Sólido, líquido, gases,
espacio-tiempo.
El hoy tiene una leyenda
calculada en trece mil setecientos
setenta
millones de años.

Rotación y traslación, discurrian
los mundos a su debido ritmo
satisfechos de la lograda rutina
atrayentes y atraídos
cantando la universal cantiga
como estaba previsto.

Materia y energía
en su cópula engendraron
el primer hálito de vida.

Las causas

Emoción y lógica caminaban juntas,
humanas complementarias facultades,
codo con codo por valles y llanuras,
y mi interior se creía invulnerable.

A veces el pensamiento parecía tomar la delantera,
hasta que el sentimiento avanzaba decidido
alcanzando una ventaja manifiesta
que trataba de mantener como objetivo.

Así se produjeron los impetuosos desafíos
comenzaron imparables las pendencias
y tuvo fin el necesario equilibrio
alimentándose el odio con las guerras.

Ganó lo baladí el protagonismo cotidiano
aumentaron los emocionales entre los individuos
se inició el trasvase de lo común a los avaros
y los pensadores fueron desde entonces perseguidos.

Las consecuencias

Mi grito es un grito de desasosiego
macho erguido y hembra valerosa
ciudad o campo abierto
calles, plazas y rondas
valle, ladera o cerro
las manos en altavoz sobre la boca.

Mi grito es el grito del día y de la noche
en este pequeño globo tan errado,
siete mil millones de voces
fundidas en sonoro abrazo.

Mi grito es el rugido del tigre y la ballena
de seísmos y volcanes
el grito de la lava interna,
del viento que inflama las velas de las naves
el desgarrador alarido del huracán y la galerna.

Mi grito es el grito de la masa vegetal
grito de araucaria, encina y ceiba,
cactus del desierto y majagua del manglar;
un coro enorme que eleva
su voz descomunal

Mi grito es el grito de la tierra estable
y del inquieto mar,
de las nubes cambiantes
y el azul desigual,
la queja suave
y el bramido estelar.

Mi grito es el grito animal
el grito de los vegetales
y de las piedras sin labrar.

Planetas habitados o infecundos
mi grito brota del desespero universal
demandando al hipotético demiurgo
sin nuevas perífrasis ni una disculpa más,
que aclare si el dominio de lo privado sobre lo público
goza de su apoyo o tiene cerca el final.

PSdeJ Aquí y ahora

 

 

 

 

El gran grito,  dibujo mío de mi hijo mayor gritando

 

 

4.O Grande Grito (Desequilíbrio insustentável)

Nos querem emocionais para dominar-nos,
mas nos terão pensadores resistindo.
(PSdeJ)

 

Os inícios

Gases, líquido, sólido,
espaço-tempo,
ar, água, terra, fogo.
O hoje tem uma lenda
calculada em treze mil setecentos
e setenta
milhões de anos completos.

Rotação e translação iam
os mundos a seu devido ritmo
satisfeitos da alcançada rotina
atraentes e atraídos
cantando a universal cantiga
como estava previsto.

Matéria e energia,
na sua cópula engendraram,
o inicial sopro de vida.

As causas

Emoção e lógica caminhavam juntas.
¬humanas complementárias faculdades,
unidas sempre por vales e planuras,
e a inteligência se pensava invulnerável.

Às vezes o pensamento parecia tomar a dianteira,
até que o sentimento avançava decidido
alcançando uma vantagem manifesta
que tentava manter como objetivo.

Assim se produziram os tristes desafios,
começaram irreduzíveis as pendências,
teve fim o necessário equilíbrio
alimentando-se o ódio com as guerras.

O vão ganhou protagonismo nos medíocres,
cresceram os emocionais entre os indivíduos
começou o transvase do comum para os acumuladores
e os pensadores foram doravante perseguidos.

As consequências

Meu grito é um grito de desassossego
macho erguido e fêmea valorosa
cidade ou campo aberto
ruas, praças e rondas
vale, ladeira ou cerro
as mãos em megafone sobre a boca.

Meu grito é o grito do dia e da noite
neste pequeno globo tão errado
sete mil milhões de vozes
fundidas em sonoro abraço.

Meu grito é o rugido do tigre e a baleia
de vulcões e sismos
o grito da lava interna,
do vento que inflama as velas dos navios
o desgarrador alarido do furacão e a galerna.

Meu grito é o grito da massa vegetal
grito de araucária, choupo e catuaba,
dos cactos do deserto e o mangue do mangal,
um coro enorme que alça
sua voz descomunal.

Meu grito é o grito da terra estável
e do inquieto mar,
das nuvens cambiantes
e o azul desigual,
a queixa suave
e o bramido estelar.

Meu grito é o grito animal
o grito dos vegetais
e das pedras sem lavrar.

Planetas habitados e infecundos
meu grito brota do desespero universal
exigindo ao suposto demiurgo
sem novas perífrases nem desculpas vãs,
que aclare se o domínio do privado sobre o público
goza do seu apoio ou tem perto o final.

PSdeJ Aqui e agora

 

5.Concordia de clases

HIC ET NUNC
Cuerpo de pan y leche, cabeza de bronce:
campanas fundidas
con cañones.
Ah, mi España; mi tierna e impetuosa España,
paulatina síntesis atroz de este Planeta,
lugar donde al nacer estuve a punto de morir
y hoy, de impotencia y dolor, acaso muera.

PLANTEAMIENTO
Era jueves, catorce,
cuando
tout à coup, de repente
conocimos el rumor
que aseguraba la posible inmortalidad
de los ricos más ricos;
y supimos que alcanzando en euros
los cien millones
de capital uno o diverso,
Dios había decidido
que los ricos más ricos vivieran
por lo siglos de los siglos.

Sentimos, y hay que destacarlo,
la mayor alegría
de nuestra pobre vida de pobres,
contribuyentes natos y netos
al enriquecimiento creciente y bien crecido
de los contrariados,
permanentemente insatisfechos,
ricos.

Alegría sí, mucha, inenarrable
-ancianos, adultos y niños-
pues, al fin,
nuestro esfuerzo íntegro y constante:
un día después de otro, hora tras hora
dedicado a alimentarnos con lo mínimo
y a enriquecerlos al máximo,
cumplió su elevado objetivo.

Quedaba claro,
no éramos tan inútiles
como nos hizo creer su descaro.

NUDO
Hubo multitud de comentarios
y algunas
especulaciones;
incluso se llegó a pensar en la existencia
de letra pequeña en el acuerdo,
-fruto de la intervención del Demonio,
negociación a dos: Cielo e Infierno-
que añadiera requisitos más difíciles
de cumplir, por ejemplo:
que hubiera un límite hacia arriba,
verbigracia:
alcanzados los millones
ciento veinte
por el capital del rico
el derecho a la inmortalidad
se perdiera facto ipso.

Imaginando el apresurado
proceso de enriquecimiento
y el parón consecuente
-las argucias: esas limosnas repentinas
carentes de continuidad,
y la vuelta al crecimiento ya sin prisas
con moderación-
soltábamos la risa.

Parón y limosnas
que no debían ser excesivos,
ya que se trataba de conseguir
la difícil armonía, el equilibrio;
pues si bajaba la fortuna de los cien
millones limpios
la muerte llevaría a los desafortunados
a su cubil estrecho y frio.

Acostumbrados a sufrir
un averno de angustia y zarandeo
en nuestra subsistencia de exiguos;
lamentamos al instante, los pobres,
tan insólita situación, pues en ella vimos
el insufrible tártaro
incrustado en la ansiosa sobrexistencia de los ricos.

DESENLACE
Por si acaso; no fuera a ser
cierto el rumor difundido,
muchos acumuladores, moderando
su extraordinario apetito
adoptaron mi viejo lema:
“Lucha hasta el equilibrio”.

PSdeJ El Escorial 30 de agosto de 2017

 

 

5.Concórdia de classes

HIC ET NUNC
Corpo de pão e leite, cabeça de bronze:
sinos fundidos
com canhões.
Ah! minha Espanha; minha terna e impetuosa Espanha,
paulatina síntese atroz deste Planeta,
lugar onde ao nascer estive a ponto de morrer
e talvez morra hoje de dor y de impotência.

EXPOSIÇAO
Era quinta-feira, catorze,
quando
tout à coup, de repente
conhecemos o rumor
que assegurava a possível imortalidade
dos ricos mais ricos;
e soubemos que alcançando em euros
os cem milhões
de capital uno o diverso,
tinha decidido Deus
que os ricos mais ricos viveram
pelos séculos dos séculos.

Sentimos, e há que destacá-lo,
a maior alegria
de nossa pobre vida de pobres,
contribuintes natos e netos
para o enriquecimento crescente e bem crescido
dos contrariados
permanentemente insatisfeitos
ricos.

Alegria sim, muita, inenarrável
-idosos, adultos e meninos-
pois ao fim
nosso esforço íntegro e constante:
um dia apos de outro, hora trás de hora,
dedicado a nos alimentar com o mínimo
e a enriquecê-los ao máximo,
cumpriu seu elevado objetivo.

Ficava claro,
não éramos tão inúteis.
como nos fez crer seu descaro.

CRISE
Houve multidão de comentários
e algumas
especulações;
inclusive se quis pensar na existência
de letra pequena no acordo,
-fruto da intervenção do Demônio,
negociação a dois: Céu e Inferno-
que acrescentasse requisitos mais difíceis
de cumprir, por exemplo:
que tivesse um limite acima,
verbi gratia:
alcançados os milhões
cento e vinte
pelo capital do rico
o direito à adquirida imortalidade
se perdesse facto ipso.

Imaginando o apressado
processo de enriquecimento
e o freado consequente
-os sofismas: essas esmolas repentinas
carentes de continuidade,
e a volta ao crescimento já sem correria
com moderação-
soltávamos uma risada muito ativa.

Retenção e esmolas
que não deviam ser excessivos,
já que se tratava de conseguir
a difícil harmonia, o equilíbrio;
pois se a fortuna baixava de cem
milhões limpos
a morte levaria os desafortunados
a seu covil estreito e frio.

Acostumados a sofrer
um averno de angústia e bamboleio
em nossa subsistência de exíguos;
lamentamos ao instante, os pobres,
tão insólita situação, pois nela vimos
o insofrível tártaro
incorporado na ansiosa sobrexistência dos ricos.

DESENLACE
Por se acaso; não fora a ser
verdadeiro
o rumor difundido,
muitos acumuladores, moderando
seu extraordinário apetito
adoptaram o meu lema:
“Luta até o equilíbrio”.

PSdeJ 31 de agosto de 2017

 

6.La Ley de la Relatividad General

Cuando mi desbordante imaginación
imaginó oír el primero de los tres avisos
–campanas celestiales repicando y doblando,
apocalípticos tambores y trompetas
capaces de llenar con su grito bronco los enormes
huecos del silencio cósmico;
y en el Planeta Tierra
los recursos humanos
todos
en poder de unos pocos
individuos inhumanos–
advertencias anunciadoras del fin del Universo;
mi desbordante imaginación sintió la necesidad
de disponer de un Ser sabio, justo y fuerte
que impidiese la continuidad de tan destructor proceso.

Entendí la explicación, al parecer, científica,
que la imaginación tuvo a bien confiarme
sobre el origen del fin universal,
y aquí la expongo:
Habiendo llegado a su término la expansión
de los casi infinitos cuerpos celestes,
alcanzadas unas distancias, entre sí, descomedidas,
la Ley de la Gravitación Universal de Isaac Newton,
–utilísima hasta entonces–
perdía sus efectos y, desorientados, estrellas y planetas,
comenzaron a chocar unos con otros
a velocidad exorbitada,
cayendo en los agujeros negros
más absorbentes.

Algo había que pensar y muy aprisa
para evitar el cataclismo,
mientras se daba con una solución definitiva.
Se propuso, ínterin, poner en marcha
la Teoría de la Relatividad
de Albert Einstein, ya desarrollada.

Aceptada la propuesta
mi imaginación seguía a lo suyo.
Conducir el rebaño de planetas
de regreso al punto original
es tarea de un Ser tan fuerte o más
que el Demiurgo Creador,
dormido al terminar
aquellas extenuantes tareas
de Arquitecto Universal.

Me pareció laudable su intención sustitutiva,
pero creí obligado advertir
que un Ser así se había imaginado
miles de veces,
quizá millones,
colectivo o individualizado;
disponiendo alrededor de él
una parafernalia envolvente, con apariencia
de caparazón de tortuga, tan pesado,
que le impedía avanzar.

Veo necesario, en ese caso, respondió,
incorporar los conocimientos obtenidos
en los intentos anteriores,
y de la parte crítica de la humanidad
las lógicas alegaciones.

Luz será, expuso, ya puesta manos a la obra,
todo Él luz: un resplandor de máxima intensidad
que elimine la materia oscura
tan difícil de pastorear.

De arena será el Ser imaginado:
de arena recogida grano a grano de una playa de Vitória:
la amplia Camburi: hierro y carbón diluidos;
y de los arenales ásperos que, en Valdepero,
se encuentran detrás del Camposanto y la Ermita.

Arena todo Él, goteando por el orificio
central, unión separadora de dos conos opuestos
en posición mudable –aurícula y ventrículo–
continuidad, Él, del tiempo intermitente
en gigantesco reloj de arena contado y medido.

De esa manera
continuaba el proyecto mi imaginación,
desbocado ya su impulso creativo:
Un pozo de sabiduría será; de donde el hombre
extraiga
innumerables
calderadas.
Un libro grueso donde se pueda consultar
cualquier asunto,
cualquier fecha, cualquier significado
que cualquier persona, animal, planta o piedra,
electrones, fotones y neutrinos;
necesiten conocer para un fin preciso
o impreciso, próximo o remoto.

Un recipiente capaz, una hondonada también;
para que el hombre arroje todos sus desafectos;
sumidero
de elementos
residuales
reciclados.

Espejo espacial en el cielo nítido, charcos de lluvia
o láminas de obsidiana en cada trecho, será;
para que las criaturas animadas e inanimadas
puedan conocer como el Ser las ve en el momento;
de forma que cada uno sepa lo que puede esperar
del Omnipotente y corregir su propia andadura
si fuera necesario y así lo deseara.

Ya que no puede existir democracia representativa
en la elección del Ser, debido a su unicidad irrepetible;
Él mismo nombrará consejeros a personas
capaces de añadir
la sensatez humana en las cuestiones
que a la Humanidad afecten: mi inteligencia dijo,
asombrándome una vez más.

Serán designados consejeros aquellos
impulsores de la convivencia activa
que entiendan lo propio como parte
de lo colectivo,
rotación y traslación a un tiempo,
pensamiento y acción, sostén y desarrollo.

Con la creación del Ser Omnipotente
acaba el bucólico relato,
esa manera poética de decir
lo que la ciencia acabará sabiendo,
y a continuación escribo
uniendo dos teorías
que parecían contrapuestas.

Eternidad adelante
los fenómenos de escape y concentración
se sucederán sin fin, me dijo
la imaginación ya desbordada.

Comenzará ahora el retroceso:
agujeros negros sumándose
a otros agujeros negros para dar
el Agujero Negro enorme y único
que lo absorbe Todo.

La materia convertida en energía
se concentrará en un solo punto,
esfera ingente y mínima,
a la espera de una nueva Gran Explosión,
gobernada, por la ya incuestionable
Ley de la Relatividad General.

Refiriéndose a los actuales habitantes
del Planeta Tierra, la imaginación añadió:
llegado el primer aldabonazo,
para evitar el segundo:
apocalípticos tambores y trompetas
resonando,
tañendo las campanas celestiales;
distribuirán los acaparadores,
de manera inmediata y eficaz, los recursos
tan injusta y afanosamente concentrados
en las manos de una minoría ínfima
de individuos inhumanos.

Y dicho lo ideado por mi imaginación,
escrito con las manos simétricas
gobernando cada una la mitad del teclado,
quede aquí como propuesta de solución
mi deseo asentado.

PSdeJ España, 2018

 

 

 

Agujero negro  foto Nasa

 

 

6.A Lei da Relatividade Geral

Quando a minha desbordante imaginação
imaginou ouvir o primeiro dos três avisos
–sinos celestiais repicando e dobrando,
apocalípticas trombetas e tambores
capazes de encher com seu grito bronco
os enormes
ocos do silêncio cósmico;
e no Planeta Terra
os recursos humanos
todos
em poder duns poucos
indivíduos desumanos–
advertências anunciadoras do fim do Universo;
minha desbordada imaginação
sentiu a necessidade
de dispor dum Ser sábio, justo e forte
que impedisse a continuidade
do processo destruidor.

Entendi a explicação, aparentemente, científica,
que a imaginação teve a bem me confiar sobre
a origem do fim universal,
e aqui a exponho:
Tendo chegado a seu termo a expansão
dos quase infinitos corpos celestes,
atingidas umas distâncias, entre si, descomedidas,
a Lei da Gravitação Universal de Isaac Newton,
–utilíssima até então–
perdia os seus efeitos e, desorientados,
planetas e estrelas,
começaram a chocar uns com outros
a velocidade exorbitada,
caindo nos buracos negros
mais absorventes.

Algo tinha que pensar e muito a pressa
para evitar o cataclismo,
enquanto se dava com uma solução
definitiva.
Propôs-se, ínterim, pôr em marcha
a Teoria da Relatividade
de Albert Einstein, já desenvolvida.

Aceitada a proposta
minha imaginação seguia em seu empenho.
Conduzir o rebanho de planetas
de regresso ao ponto original
é tarefa de um Ser tão forte ou mais
que o Demiurgo Criador,
dormido ao término
daquelas extenuantes tarefas
de Arquiteto Universal.

Me pareceu laudável sua intenção substitutiva,
mas adverti
que, um Ser assim,
tinha sido imaginado milhares de vezes,
quiçá milhões,
coletivo ou individualizado;
dispondo ao redor dele
uma parafernália envolvente com jeito
de concha de tartaruga, tão pesada,
que lhe impedia avançar.

Se faz necessária, nesse caso,
respondeu reflexiva,
incorporar os conhecimentos obtidos
nos intentos anteriores,
e os reparos
da parte inconformista da humanidade,
suas lógicas alegações.

Luz será, expôs, já postas as mãos na obra,
todo Ele luz: um resplendor de intensidade máxima,
que ilumine a matéria e a energia escuras
tão difíceis de pastorear.

De areia será o Ser imaginado:
de areia recolhida grão a grão duma praia de Vitória:
a ampla Camburi: ferro e carvão diluídos;
e nos areais ásperos que, em Valdepero,
se encontram trás o Campo-santo e a Ermida.

Areia todo Ele, gotejando pelo orifício
central, união separadora de dois
cones opostos
em posição mudável –aurícula e ventrículo–
continuidade, Ele,
do tempo intermitente
medido e contado em gigantesco
relógio de areia
grãos finos e ásperos mesclados.

Desse modo
continuava o projeto minha imaginação,
desbocado já seu impulso criativo:
Um poço de sabedoria será;
de onde o homem
extraia
inumeráveis
caldeiros.
Um livro grosso onde se possa consultar
qualquer assunto,
qualquer data, qualquer significado
que qualquer pessoa, animal, planta ou pedra,
electrões, fotões e neutrinos;
necessitem conhecer para um fim preciso
ou impreciso, próximo ou afastado.

Um recipiente capaz, uma profundeza, também;
para que o homem arremesse todos seus desafetos;
sumidouro
de substâncias
residuais
reciclados.

Espelho espacial no céu nítido, charcos de chuva
ou lâminas de obsidiana a cada trecho, será;
para que as criaturas animadas e inanimadas
se possam ver como o Ser as vê no momento;
para que a cada sujeito saiba o que pode esperar
do Ser e corrigir sua própria andadura
se fosse necessário e assim o desejasse.

Já que não pode existir democracia representativa
na eleição do Ser, por sua unicidade exclusiva;
Ele mesmo elegerá conselheiros humanos,
que acrescentem
a sensatez da humanidade nas questões
que à humanidade afetem: a imaginação disse,
me assombrando uma vez mais.

Serão designados conselheiros aqueles
impulsores da convivência ativa
que entendam o próprio como parte
do coletivo
rotação e translação em um tempo,
pensamento e ação,
sustentação e desenvolvimento.

Com a criação do Ser Onipotente
termina o bucólico relato,
essa maneira poética de dizer
o que a ciência acabará sabendo
e a continuação escrevo
unindo duas teorias
que pareciam contrapostas.

Eternidade adiante
os fenômenos de escape e concentração
se sucederão sem fim, me disse
a imaginação já transbordada.

Começará agora o retrocesso:
buracos negros somando-se
a outros buracos negros para dar
o Buraco Negro enorme e único
que absorve Tudo.

A matéria convertida em energia
se concentrará em um só ponto,
esfera ingente e mínima,
à espera de uma nova Grande Explosão,
governada, pela já inquestionável
Lei da Relatividade Geral.

Referindo-se aos atuais habitantes
do Planeta Terra, a imaginação acrescentou:
chegado o primeiro golpe de aldrava,
para evitar o segundo:
apocalípticos tambores e trombetas
ressonando,
bramando os enormes sinos celestiais;
distribuirão os açambarcadores,
de maneira imediata e eficaz, os recursos
tão injusta e empenhadamente concentrada
nas mãos de uma minoria ínfima
de indivíduos desumanos.

E dito o que a minha imaginação idealizou,
escrito com as mãos simétricas
governando cada uma a metade do teclado,
fique aqui como proposta de solução
o meu desejo assentado.

PSdeJ Espanha 2018

 

 

 

Ester Abreu y María Mirtis Caser

 

Anais do VIII Congresso Brasileiro de Hispanistas.

Estudos de literatura e cultura / Organização de Luciana Maria Almeida de Freitas et al. Rio de Janeiro: ABH, 2016.
934 p. E-book. ISBN 978-85-66188-07-3
1. Hispanismo. 2. Letras. 3. Título.
Editoração: Luciana Maria Almeida de Freitas
Arte: Alessandra Tissoni
Gestão da ABH 2012-2014
Diretoria
Luciana Maria Almeida de Freitas (UFF) – Presidente
Elzimar Goettenauer de Marins Costa (UFMG) – Vice-presidente
Renato Pazos Vazquez (UFRRJ) – 1º secretário
Graciela Alicia Foglia (UNIFESP) – 2ª secretária
Antonio Francisco de Andrade Júnior (UFRJ) – 1º tesoureiro
Andrea Silva Ponte (UFPB) – 2ª tesoureira
Conselho

ENTRE AMANHECERES E DISSIDÊNCIAS: A POESIA DE PEDRO SEVYLLA DE JUANA

Ester Abreu Vieira de Oliveira e Maria Mirtis Caser

ENTRE AMANHECERES E DISSIDÊNCIAS: A POESIA DE PEDRO SEVYLLA DE JUANA
Ester Abreu Vieira de Oliveira
Maria Mirtis Caser
UFES – CCHN/ DLL/ PPGL
Pedro Sevylla de Juana (1946, Fuente de Valdepero, Palencia Espanha), vive em El Escorial, Madri, é publicitário, conferencista, articulista, poeta, romancista, ensaísta e tradutor do espanhol para o português, catalão, inglês e francês e do português para o espanhol. Colabora em revistas na Europa e América. Move-nos a apresentar esse poeta espanhol primeiro sua poesia, reconhecida pelos críticos e laureada com prêmios literários e depois seu amor à língua portuguesa e à cultura brasileira, explicitado pela tradução de vários poemas de poetas portugueses e brasileiros e na produção de seus próprios poemas na língua portuguesa.
Homem de seu tempo, Pedro Sevylla de Juana se sensibiliza com o ser humano, sua vida e sua complexidade, o que pode ser comprovado na leitura de seus escritos ficcionais y poéticos. Com linguagem simultaneamente elaborada e acessível, Sevylla de Juana é reconhecido como poeta de grande sensibilidade. Revitalizando em sua poesia o seu lugar de origem, o “pueblo” Valdepero, como espaço vivido e reelaborado pela imaginação, o poeta ratifica a ideia defendida por Bachelard (1988a, p. 50) de que « (t)oda grande imagem tem um fundo onírico insondável e é sobre esse fundo onírico que o passado pessoal coloca cores particulares».
O multiculturalismo, que marca as relações entre os homens na contemporaneidade, não poderia estar ausente da produção desse poeta que vive a globalização, se reconhece no seu semelhante e respeita as diferenças que existem entre todos. Marca-se essa postura, entre outros sinais, no plurilinguismo com que se expressa o poeta, como se vê em Elipse de los tiempos, onde se encontram nove poemas do próprio autor em autotradução para o português (páginas 99, 103, 167, 186, 194, 202, 204, 207, 210 e 212) uma para inglês (página 75), e uma para o catalão (página 132).
Além de publicações coletivas, on-line e impressas, Sevylla de Juana tem publicados os seguintes romances: Los increibles sucesos ocurridos en el Principado (1982); Pedro Demonio y otros relatos (1990); En defensa de Paulino (1999); El dulce calvario de la señorita Salus (2001); En torno a Valdepero (2003); La musa de Picaso (2007); Del elevado vuelo del halcón (2008); La boca del infierno (2011); Pasión y muerte de la señorita Salus (2012); Las mujeres del sacerdote (2012); Estela y Lázaro vertiginosamente (2014).
Pedro Sevylla de Juana é dono de uma linguagem elaborada e clara e de um vocabulário preciso, ao mesmo tempo clássico e popular (metáforas, provérbios, ciência e folclore). No seu tecer literário filosofa sobre a vida, pontua críticas políticas e literárias, revive arquétipos, conceitua a arte e a poesia, revive o seu passado e despe a própria alma. Entre as narrativas acima enumeradas, destacamos:
Em torno a Valdepero (2003) é uma obra organizada com uma seleção de relatos nos quais a realidade e o mito são fronteiras para o escritor elaborar personagens históricos e lendários de Valdepero. O amor, o ódio, a morte e o progresso afetam a vida tranquila e paradisíaca de Fuentes de Valdepero e arredores em Pasión y muerte de la señorita Salus (2012), 3ª ed
Como a poesia encarna a dor humana, é a realidade poética de uma emoção e sua mensagem é um canto íntimo da alma que a produz, os impulsos proporcionados pelo conhecimento da boa poesia encontram nesse poeta terreno fértil na tarefa de tecer seus versos.
No diálogo de Sócrates a Fedro (PLATÃO, 19??, p. 182) aprende-se que aquele que não possui nada de valioso, senão o que escreveu e passou largo tempo a rever, tirando uma coisa aqui e acrescentando outra acolá, a esse homem se chamará poeta. Mas não é só tirar e acrescentar, Sócrates sabia. É muito mais: é ter uma linguagem poética autêntica, é mover as palavras com a propriedade de um regente de orquestra, para produzir harmonia. É lançar silêncios em palavras e palavras que subam, que voem até as nuvens e aos espaços siderais e desçam ao interior da terra, aos pântanos, aos lamaçais, aos mais infernais caminhos dantescos. É ter uma linguagem que não fuja do cotidiano, mas que não seja o falar comum. É representar e imaginar no “irreal’. É projetar-se na verdade de uma maneira peculiar. É instaurar a verdade, oferecendo o novo e fundando ideias. O poeta instaura uma aventura, planeja-a e realiza-a com a palavra, pessoal e histórica, e com silêncios, que revelam seu inconsciente. Segundo Octavio Paz (1982, p. 212), «as revelações do inconsciente pressupõem um tipo de consciência dessas revelações». Elas vêm à luz na recriação do mundo por um ato livre e voluntário que se liberta do inconsciente nas palavras para serem absorvidas pela ação do leitor.
Pedro Sevylla (2014b) também teoriza sobre a arte de escrever: «Los poemas son jaulas que el lector abre, para que el águila o el colibrí escapen». O eu lírico, de Elipse, poema nº CUARENTA Y OCHO (p. 53-54), assinalando a importância do olhar do outro na compreensão de sua mensagem, assim se manifesta: «Soy la oscuridad que me oculta a los ojos del mundo/ y el esperado rayo de luz que me pondrá en el centro de todas las miradas».
Se o poema oculta o poeta, as palavras nele contidas serão a sua revelação nos olhos do leitor. E elas são o resultado de sua vivência e da absorção de suas leituras. Pedro Sevylla assim o declara no poema já mencionado (p.54): « Soy la vida y la muerte que hay en mí/ y las injusticias que descubro/ las rutinas que me atan a los días/ y las lecturas que desarrollan mi intelecto». Como o poeta pernambucano João Cabral de Melo Neto, que em sua Morte e vida Severina profetiza: «Trabalhando nessa terra, /tu sozinho tudo empreitas: /serás semente, adubo, colheita», o poeta palentino também se reconhece como o tudo e o todo, a terra e o cosmo, o corpo e as ferramentas, como se pode ver no fechamento do poema SETENTA Y DOS:
[…]
Soy la ubérrima simiente
que en el barbecho germina,
soy la brizna verde,
soy el tallo erguido, soy la preñada espiga,
soy el grano desgranado
en el redondel de la trilla;
soy el Cierzo enfurecido que separa el bálago del grano,
soy trigo molido, soy la blanca harina.
Soy la masa inerte, soy la levadura
soy el fuego, soy la leña encendida,
soy el pan del sacrificio,
sacerdote, altar y víctima.
Tomo el color del día que me cerca,
y soy azul, rojizo, gris o cárdeno,
como la tornadiza faz de la Naturaleza.
p. 77
Emparento con mogoles y bactrianos
griegos, árabes
generosos persas,
e incorporo a la suya mi sangre
en beneficiosa mezcla
p.84
23). Se Darío canta uma terra de “paraíso terrestre” de “ventura”, um passado de conquistadores e conquistados, o eu lírico de Amanecer de amaneceres descreve Valdepero como lugar “lleno de verdades, límpida mirada” e, no poema VEINTIDÓS, disputas, de guerras e suas consequências: “mata la vida en la vida engastada/ modifica la liturgia y desparrama la miel de las colmenas// Cada puñado de tierra/ oculta una gota de sangre (p. 30). Se Antonio Machado (1955, p. 118) em “Encina”, contrasta essa árvore (o carvalho, em português) dos campos de Castela, com outras árvores – pino, palmera, hayas, manzano – com sua “copa ancha redonda/ rama sin color/ en el campo sin verdor” o eu lírico em Amanecer de amaneceres menciona os campos de Valdepero de “cosecha perdida entre los dedos” e onde “Las últimas encinas del monte confinan el espacio/ alrededor no hay nada”. Cada um desses poetas fala de uma “Castilla” de um solo ingrato “un suelo sin piedad, un cielo azul cruzado de gorriones/ un siglo y otro iguales” (SEVYLLA DE JUANA, p. 14-15); “campo sin verdor” onde a “encina” sempre a mesma “ya bajo el sol que calcina […] siempre firme, siempre igual” (MACHADO 1955, p. 118-119) e cada um deles apresenta o seu amor por Castilla, em determinado lugar, destacando a respectiva paisagem Sevylla de Juana de Valdepero, Machado de Soria.
De sua veia filosófica, destacamos alguns pensamentos, exemplificados nos versos: “En lo fugaz tengo mi suelo,/ lo huidizo me ofrece su morada,/ columna, pared y techo.” (p. 60) “La realidad/ en el crudo invierno de la vida/ no es más que la estepa inabarcable de los sueños.” (p. 75). “El odio/ es la memoria amarga de una herida,/ y el amor -última gota de agua cedida en el desierto,/ salvadora de quien desea arrebatarnos la vida-/ es favor sin condiciones” […]. Segue o eu lírico demostrando engajamento social: “No se exhiben las chozas,/ consecuencias/ del dispendio habido en los palacios;/ se ven descomunales megalitos/ que hablan de pobres y de esclavos,/ ingente mármol victorioso/ extraído a latigazos” (p. 161). E continua o eu lírico constatando a solidão do homem pós-moderno: “la soledad, parásito perpetuo,/ habita al hombre y está donde él está;” (p. 163) “La soledad reduce afectos y recados,/ borra las mudables coordenadas/ que sitúan el mundo en algún lado” (p. 175) “ “la soledad / al hombre encarcelado/ le viene ya de fuera/ y es su condena más antigua/ haya o no paredes, con rejas o sin rejas.” (p. 180)
Na terceira seção, ‘Dispersión y búsqueda”, Valdepero e o eu lírico se amalgamam no desvendar das entranhas. Suas vozes são gritos dilacerantes da mescla de universalidade e cosmopolitismo, como se constata no Poema SETENTA Y CINCO:
Emparento con mogoles y bactrianos;
griegos, árabes, beneficiosa mezcla.
En las vegas llanas
y en las inclinadas cuestas
jóvenes labriegos de los campos feraces
declaman melódicos poemas
tras el último esfuerzo recolector de cosechas.
Voy sentando
con mi palabra y ejemplo
–solo, sin ayuda de nadie–
un linaje abierto a lo externo
pleno de posibilidades.
Por eso reconocen mi voz
y me llaman hermano;
soy ascendiente del magnífico Iskender

la muerte/ tan callando,/ cuán presto se va el placer,/ cómo, después de acordado,/ da dolor;” (MANRIQUE, 2014). Nos dois poemas identifica-se a situação vivida ao tempo de cada um:
Pero dónde están los huérfanos,
dónde las viudas de los obreros muertos en el tajo;
qué ocurre con los padres y hermanos,
qué hay de los familiares, de los amigos y compañeros;
y de todos cuantos amamos
aquí, allá y acullá,
a los obreros muertos en el tajo (p. 203-204).
Entre os vários poetas e seus “cantos humanos” a que o autor faz referência não está arrolado o nome de Borges, intertextualmente presente, no entanto, pelo tema da eternidade e da biblioteca no tom confessional de Sevylla: “Hay poemas que dicen todo de los caminos borrados,/ de los pasos perdidos,/ firmados por…” (p. 216).
Como já observamos, a polifonia se faz presente já na inauguração dos versos de Elipse de los tiempos, quando em “Amanecer de amaneceres”, composto de 25 poemas, Sevylla de Juana faz a sua Valdepero um canto cuja técnica estilística reporta a El canto general de Pablo Neruda (1949), já que nos dois textos a terra, nasce, cresce, sofre e se modifica. A Bíblia é ainda outra fonte de intertextualidade: em Sevylla de Juana o “Faça-se a luz”, do Gênesis, 3, transforma-se, no poema UNO, em fusão eterna de espaço e luz. O eu poético expande o espaço, na imagem da primitiva rosa dos ventos e o tempo é infinito.
En su propio final inalcanzable
se enraíza el imposible principio del tiempo
y los bordes del espacio se alejan a la velocidad de la luz
siguiendo los treinta y dos rumbos de la rosa de los vientos.
La eternidad es el tiempo que tarda la luz en recorrer
el espacio infinito,
la infinitud es el extremo espacio
que la luz alcanza en su eterno recorrido;
se explican juntas ambas […] (p. 10)
No poema OCHO o eu lírico apresenta a vida que nasce “sosegada, selectiva/imparable” na terra onde Pedro Sevylla de Juana nasceu, Valdepero “piedra angular, síntesis, columna”, a terra onde se juntam La Tierra de Campos e El Cerrato. Valdepero, de “valles, páramo, llanura” “provincia” de Palencia, na Espanha, onde “floreciera una especie humanizada/ capaz de llorar ante el crepúsculo / y de sonreír al Alba” (p. 15). Não cabe fazer aqui interpretação que associe autor ficcional com autor real, mas é inevitável sentir a pulsação da terra do poeta na sua escritura.
O poeta recria o seu próprio mundo poético e histórico. Menciona lugares de Castela que guardam a história dos primeiros habitantes e terras vizinhas de Valdepero. Tierra de Campos (lugar onde os visigodos se fixaram no século V e que era conhecido na Idade Média como Campos Góticos) e Cerrato (lugar onde viveram os primeiros povos com presença estável no planalto de Castilha do norte (planalto do vale do Doro, do grupo celta peninsular, de origem centro-europeia, com atividade agrícola), como documenta a História. O poeta menciona a agricultura desses povos e a paisagem árida da “Meseta Castellana”, a escassa flora e fauna e a terra árida da planície: “
Las últimas encinas del monte confinan el espacio
alrededor no hay nada:
un agujero informe y vacío,
una liviana noche de soledad,
el profundo abismo.
Un suelo sin piedad, un cielo azul cruzado de gorriones

Podemos dizer enfim que, humano e sensível, o poeta é “capaz de llorar ante el crepúsculo y de sonreír al alba” (p. 15), político e solidário com a humanidade sofrida, se identifica com ela e, de forma poética, denuncia a visível realidade, por ela sofre, e tenta consolar-se da dor de existir por meio dos caminhos poéticos.
Referências
BACHELARD, G. A poética do espaço. Tradução de Antonio de Pádua Danesi. São Paulo: Martins Fontes, 1988a.
BACHELARD, G. Devaneio. Tradução de Antonio de Pádua Danesi. São Paulo: Martins Fontes, 1988b.
DARÍO, Rubén. Canto a la Argentina. Ode a Mirtre. Canto épico a la gloria de Chile. Buenos Aires; México: Espasa Calpe Argentina, 1949.
GARCÍA LORCA, Federico. Obras completas. Madrid: Aguilar, 1985. Prólogo de Jorge Guillén.
MACHADO, Antonio. Poesía completa. 7. ed. Madrid: Espasa-Calpe, 1955.
MANRIQUE, Jorge. Coplas por la muerte de su padre. (1476) Disponível em: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/ obra-completa–0/html/ff6c9480-82b1-11df-acc7-002185ce6064_ 4.html. Acesso em julho de 2014.
PAZ Octavio. O arco e a lira. Tradução de Olga Savary. 2. ed. Rio de Janeiro: Nova Fronteira, 1982.
PLATÃO. Manon. Banquete. Fedro. Rio de Janeiro: Tecnoprint, 19??.
PESSOA, Fernando. Ode maritima. In: ______ O eu profundo e os outros eus. Rio de Janeiro, Nova Fronteira, 2006, p. 261-290.
SEVYLLA DE JUANA, Pedro. En torno a Valdepero. Madrid: Huerga & Fierro, 2003.
______. Del elevado vuelo del halcón, Madrid: Incipt, 2008.
______. Elipse de los tiempos. Madrid: Bubok, 2012 a.
______. Pasión y muerte de la señorita Salus. 3 ed. Madrid: Bubok, 2012 b.
______. Las mujeres del sacerdote. Madrid: Bubok, 2012.
______. Estela y Lázaro vertiginosamente. Madrid: Ediplic, 2014 a.
______. Baixam versos como ríos de montaña.
EL ESCRITOR EN SU descendente ascenso Pedro Sevylla de Juana

 

 

IV Congreso Internacional LITERATURA Y CULTURA ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
OTROS DIÁLOGOS TRANSATLÁNTICOS: DESDE Y HACIA ESPAÑA
22-24 NOVIEMBRE 2017 A 90 años de la Generación del 27

ENTRE PALENCIA Y ESPÍRITO SANTO La poesía de Sevylla de Juana

Maria Mirtis Caser y Silvana Athayde Pinheiro

En Brasil. Sístoles y diástoles, Pedro Sevylla de Juana hace un homenaje a Brasil, estableciendo un diálogo con la cultura y la producción literaria del país. Desde el título y el epígrafe del libro, se evidencia lo contrastante de las realidades brasileñas:

Isto que vejo, tão complexo, tão exuberante, tão diverso, tão pobre, tão rico, tão escuro, tão colorido, tão árido, tão fértil, tão débil, tão forte, tão violento, tão terno; isto e mais: um conjunto de energias que somam e restam, um enigma intrigante que devo interpretar por mim mesmo; todo isso e bem mais, que não vou compreender nunca, é BRASIL. (Sevylla de Juana, 2016, p. 15)

Los adjetivos presentes en el epígrafe parecen indicar contrastes que, menos que revelar polarizaciones, afirman la dinámica disonante de un mismo movimiento: pobre/rico, oscuro/colorido, árido/fértil, débil/fuerte, violento/tierno, eso y más.
Esa percepción la refuerza también el juego verbal suman/restan, que caracteriza el conjunto de energía que permanece como enigma único, al cual el poeta llama Brasil.
Partiendo de esa comprensión / no comprensión de lo que sea Brasil, Sevylla de Juana destaca las metáforas del título, sístoles y diástoles, como partes de la composición del movimiento que lo instiga. La metáfora se saca del contexto de la biología y se relaciona al latido del corazón de los seres vivos. Pero, el corazón, en el inconsciente colectivo y en el sentido común, está asociado al centro de los sentimientos y pensamientos humanos. La doble metáfora remite, de esa manera, a la pulsación de la vida, a los flujos y reflujos de la existencia, al ir y venir de las caminatas humanas.
Las consideraciones del poeta portugués Fernando Pinto do Amaral acerca de la metáfora del corazón nos ayudan a componer el entendimiento de las bases sobre las cuales Sevylla de Juana construye sus versos:

[D]e todas essas metáforas (ou campos metafóricos) que utilizamos todos os dias, mas também na literatura, talvez a metáfora-rainha (ou a mãe de todas as metáforas) continue a ser, ainda hoje, a que se serve do coração. A Metáfora do Coração é, de resto, o título de um dos mais belos volumes de ensaios da filósofa espanhola María Zambrano, que o encara como uma das metáforas fundamentais da nossa cultura, a imagem na qual se condensa um longo percurso de conhecimento: ‘O coração tem sido tudo, até lugar do pensamento em Aristóteles, tudo poeticamente e nas religiões’. Nessa obra, María Zambrano fala-nos do coração como a mais intensa metáfora da comunicação e da criação literária, sublinhando a sua profunda vocação interior, o apelo da sua interioridade. Para María Zambrano, ‘o coração é o símbolo e a representação máxima de todas as entranhas da vida, a entranha onde todas encontram a sua unidade definitiva e a sua nobreza (…). O coração é a víscera mais nobre porque arrasta consigo a imagem de um espaço, de um dentro obscuro, secreto e misterioso, que em algumas ocasiões se abre’. (Amaral, 2011, p. 440)
De esa forma, transitando alrededor del principio generador de la vida del ser humano y de sus angustias, el poema no resiste a la presión vital, expandiéndose por medio de los movimientos y de los desplazamientos de la existencia, llegando a otros tiempos y espacios, uniendo distintas lenguas y lugares. El español y el portugués se amalgaman en versos y traducciones, en el homenaje a la pequeña provincia de Espírito Santo, su tierra y su gente. Este estado litoral, al sudeste de Brasil, sin gran proyección en el escenario cultural brasileño, tal vez por estar encogido entre grandes expresiones culturales, como Rio de Janeiro, Minas Gerais, Bahia y São Paulo, fue elegido por Sevylla de Juana para representar las contradicciones brasileñas.
La presencia del estado de Espírito Santo en el libro ya se anuncia en la dedicatoria a Ester Abreu. El nombre de esa capixaba, poeta y profesora de literatura española está en la dedicatoria y también en el poema “Vida é obra, obra é vida”. Ester, así, más que una homenajeada, integra una referencia metafórica de los entrelugares del libro:
sístole/diástole, Brasil/España, Portugués/Español, individual/social,poesía/prosa, etc. El poema en sí mismo constituye una metáfora de ese eje de encuentro en el libro, en la vida, en la literatura. Vida y obra.
La constatación de Franscisco Aurelio Ribeiro sobre “Vida é obra, obra é vida” refuerza ese entendimiento: “No es por casualidad que el poema se encuentra en el centro del libro e inicia el segundo movimiento de la obra de Pedro Sevylla de Juana en que portugués y español se amalgaman como en el principio de los tiempos en que era una y mezclada” (Ribeiro, 2016, p. 23).
El poema es simple, predominantemente biográfico y halagüeño, y relata la historia de la profesora y poeta. Los versos de las dos primeras estrofas dan cuenta de un evento, la conmemoración de los 80 años de la poeta. En ese contexto, se instaura la ficción y el yo lírico, presente en la fiesta, da alas a la imaginación, a partir de la tercera estrofa, divagando acerca de la biografía de Ester Abreu Vieira de Oliveira. Posiblemente, el poeta cogió los datos biográficos con los amigos capixabas, pero esos datos, aunque mantienen relación con los hechos reales, se ficcionalizan en el poema.
De la tercera estrofa en adelante, hay una constancia en la organización del poema. Sevylla de Juana intercala estrofas de pocos versos y versos de una sola sílaba. Los primeros tipos traen lecturas sobre los datos reales del nacimiento de Ester, su infancia y adolescencia, la salida del interior de Espírito Santo, el paso por Rio de Janeiro y el regreso a Vitoria, donde estructura su trabajo entre la poesía y la enseñanza de la literatura, y finalmente la llegada a los 80:

Não o parece, mas passaram
oitenta anos
plenos;
oitenta, oitenta, oitenta.
E a Ester Abreu é uma jovem
de oitenta primorosas primaveras.
(Sevylla de Juana, 2016, p. 72)

Como se ha podido ver los versos están fuertemente marcados por un discurso de reconocimiento por la historia privada y pública de la homenajeada. Los monósticos que aparecen entre las demás estrofas son interludios menos corrientes, que demarcan el paso de una fase a otra de la vida de la poeta:

A ilusão assoma no horizonte (…) / Um galo canta (…) / Um galo sobe acima da taipa (…) / Um galo salta à rua (…) / Lá vem o trem (…) / Rufam os tambores (…) / Vibram os clarins (…) / As águas surgem e vão (…) / A fé move montanhas (…) / O silêncio fala (…) / O silêncio cala (…) / As águias não levam ferraduras (…) / Baixamversos como rios de montanha (…) / No caminho dos segredos (…) / A vida marca o rastro a seus passos (…) / A vida segue o rastro de
seus passos (…).
(Sevylla de Juana, 2016, pp. 72-78)

Algunos versos refuerzan la figura de Ester como metáfora divisoria del libro, especialmente los versos que indican su nacimiento:
“Não teve estrelas agourando / nem um Sol escurecido,
/ só um estalido / que partiu o dia em dois”
(Sevylla de Juana, 2016, p. 73).

En los versos citados, las imágenes, además de sugerir un marco delimitador en el libro, hacen referencia a los eventos impactantes relativos al nacimiento y a la muerte de Cristo, divisor de aguas en la historia de la cultura judeocristiana. Hay una sugerencia de correlación con Ester en el pasaje, pero el poema indica que la capixaba no divide eras, sino divide solamente el día en dos, el instante, el presente del yo lírico, entre los movimientos de ir y venir, flujos y reflujos de la existencia.
El poema subdivide, de esa manera, la obra en los dos movimientos mencionados anteriormente, sístoles y diástoles. Como lo explica Ribeiro, en la primera parte
(…) constituída de 16 poemas mas em tamanhos diversos e um texto em prosa poética (“A visita de Deus”), o poeta busca recriar o que chama de “movimentos sistólicos (que) concentram o universo, desde um instante anterior ao ponto de não volta na ex-pansão, até conseguir que toda a matéria e a energia toda ocupem um espaço mínimo”. Assim, os poemas iniciais têm uma marca filosófica do princípio gerador do universo e seus títulos dialogam com o conteúdo ontogênico dos seres: “O homem essencial”, “O primeiro princípio”, “A humanidade e as suas coisas”, “O mito da amada”, “O triunfo da primavera”, “O jogo da vida”, dentre outros. (Ribeiro, 2016, pp. 19-20).
Intercalando poemas cortos y largos, que se acercan a la prosa, Sevylla de Juana dialoga con la Filosofía y las Ciencias Sociales, en búsqueda de comprender las grandes cuestione instauradas a lo largo de los siglos en el corazón de los seres humanos, respecto de la vida, la muerte, el sufrimiento, el paso del tiempo, de las realidades e injusticias.
Huyendo al revestimiento de prosa que caracteriza a mucho de sus textos, Sevylla de Juana trae en su poema “Fome”/“Hambre”, destacados recursos fónicos, jugando con la sonoridad de las palabras fome e homem [hambre/hombre] y con el resonar de la nasalidad que marca el paso de los versos:

Fome,
Fome, fome
Duas sílabas apenas
E rompem o fluir do homem.

Agente ou paciente
Aprofundam a cisão do homem
Apagam os caminhos do homem
dessangram coração do homem.

Tão só duas sílabas
e desdizem, invalidam, desautorizam,
rejeitam,
revogam,
anulam, negam o homem.
(Sevylla de Juana, 2016, p. 52)

Hambre
Hambre,
hambre, hambre;
dos sílabas apenas,
y truncan el devenir del hombre.

Agente o paciente
ahondan la escisión del hombre
borran los caminos del hombre
desangran
el corazón del hombre.

Tan sólo dos sílabas y desdicen,
invalidan,
desautorizan, rechazan,
anulan,
revocan, niegan al hombre.
(Sevylla de Juana, 2016, p. 52).

Los fonemas nasalizados a lo largo de toda la secuencia de los versos parecen reforzar la idea de un proceso continuo de arrastre en la existencia de los humanos, tanto material como espiritual, cuando están afectados por el hambre. Hambre que es, a la vez, agente y paciente, ya que es producida por el hombre y produce ella misma realidades humanas. Hace falta registrar la reflexión metalingüística en el texto, al tratar el poeta de la palabra fome/hambre compuesta por dos sílabas solamente. La plurisignificación del vocablo permite leer el poema por la doble vía del hambre: como problema social y como realidad existencial de cada ser humano. En ambos sentidos, el hambre significa una ruptura de la continuidad, una paralización o prórroga de las posibilidades humanas. Las dos vías de sentido “anulan, niegan al hombre”.
Aún sobre temática correlativa, vale destacar el poema “As mães famintas” [“Las madres famélicas”]. En el texto el ser humano se encarna en género, se localiza en las figuras maternas por el mundo. Son las madres que “trabajan la tierra, trabajan la casa, trabajan los niños”
(Sevylla de Juana, 2016, p. 53) y, sin embargo, son famélicas. En contraposición, los versos presentan la figura de los machos. Machos, no padres. Con esa elección de vocabulario, el yo lírico contrasta mujeres y hombres. Ellas, jugando en la existencia el papel donador de la vida, “suben a sus machos”, que se reconocen por el lugar de dominación, “suben a sus machos al arrogante infinito” (Sevylla de Juana, 2016, p. 53). El contraste se encuentra en la esfera de la imagen: “E as mães famintas voltam do infinito, / com seus filhos sem pai nos braços” pues, aunque el ejercicio del gozo sea vivido por ambos, el macho se mantiene en el arrogante infinito. La mujer, madre, vuelve de ese infinito a la tierra en que trabaja y alimenta a los hijos. Pero lleva dentro lo vacío, es madre famélica.
Y prosiguen los versos con reflexión sobre las cuestiones que se instauran en el corazón de las madres famélicas, en la relación con sus machos, con sus hijos, a quienes también llevan al “sañudo infinito” (Sevylla de Juana, 2016, p. 53). Pero las madres acaban con “olhos vãos”, “sem mirada”, “olhar ausente”, porque los hijos van y quedan.
Hay incluso los que agonizan en el infinito, inmaturos, sin tiempo de madurar. Y las madres “abrem tumbas nos próprios ventres” (Sevylla de Juana, 2016, p. 56), y en el infinito quedan para siempre. En el poema de Sevylla de Juana se ponen al descubierto algunas realidades de la condición en que viven muchas mujeres.
La segunda parte de la obra, “Diástole”, en las palabras del propio poeta, está relacionada a la “(…) tendencia centrífuga cuyo punto extremo resulta imposible de mantener en el tiempo, sin escapar a la ley de la Gravitación Universal, momento en el que se inician los movimientos sistólicos de concentración. Y así una y otra vez” (Sevylla de Juana, 2016, p. 69), que empieza con el poema dedicado a la capixaba Ester, ya mencionado en este estudio.
Los poemas adquieren en esta parte, entre otras características, un perfil de diálogo con importantes nombres de la cultura brasileña, ya por medio de referencias explícitas a sus nombres, ya por medio de citas u otras marcas intertextuales. El movimiento diastólico ocurre en las vivencias del poeta/yo lírico junto a la cultura brasileña. El diálogo con muchos íconos nacionales, por medio de sus obras, principalmente aquellas concernientes al movimiento modernista en Brasil, se hace movimiento de expansión existencial y literaria. “Vida é obra, obra é vida”. Al retornar, entonces, a su realidad histórica y existencial, ya no puede ser el mismo, como humano, como poeta.
Uno de los más significativos poemas, dentro de esa perspectiva, es “Trabalhos do tradutor”, en que la presencia de Carlos Drummond de Andrade está fuertemente marcada. Los versos, como pasa en la mayoría de los otros poemas de la obra, son libres, asimétricos, de lenguaje sencillo, orden directo y ritmo imprevisible, lo que demuestra la adhesión a la lírica modernista. La referencia a Drummond, como nombre de la más importante expresión en la lírica modernista brasileña, refuerza la intención del diálogo con los cánones del modernismo.
Ese diálogo se construye también en la traducción llevada a cabo por Sevylla de Juana en Brasil. Sístoles y diástoles como en otras producciones suyas que se encuentran impresas o disponibles en su blog.
Un minucioso inventario da cuenta del camino seguido por el poeta en la experiencia de traducir a la lengua castellana los versos del brasileño Carlos Drummond de Andrade en su audaz y celebrado “A máquina do mundo”. Se atreve con Drummond después de traducir, según sus propias palabras “desde o idioma português vários centos / de poemas, filhos de muito diferentes / bardos”. En la segunda estrofa de “Trabajos de traductor” el lector se ve frente a una dificultad que Sevylla de Juana considera “insuperable” en aquel momento. ¿Cómo solucionar la “premeditada falta de concordancia” en el cierre del poema drummoniano “Seguía vagaroso, mão pensas”? (Sevylla de Juana, 2016, p. 90). El hecho de que el poeta español asentara en el inicio de su texto el desafío que enfrentaba da al lector una pista de la importancia de dicho fragmento.
Pero Sevylla de Juana deja al lado el fragmento y se entrega a los demás versos, entusiasmado con el nuevo poema que surge:
En medio al gozo de la constatación de su capacidad poética en hacer del poema de Drummond otro poema, “conozco el sendero” (2016, p. 92), lo de “mão pensas” deja desvelado al poeta:

Descobria admirável o nexo literário,
o ritmo, a paixão,
a veemência sujeitada; mas na amanhecida
me intrigava mais ainda
o sentido exato que o poeta
quis dar às indômitas palavras
de mão pensas, sua concreção abstrata.
(Sevylla de Juana, 2016, p. 94)

Y la búsqueda por descifrar la significación del sintagma oscuro lo lleva a su Valdepero, donde está la máquina que transforma “tierra y piedra sueltas en calzada resistente”. Tal vez allí estuviese la explicación del enigma, “Isso era, aí estava o quid” (Sevylla de Juana, 2016, p. 95). Entre las preguntas, respuestas, análisis minuciosos, incertidumbres y noches insomnes, la verdad se presenta, tan clara que no se podía ver:
Ainda habitava eu a dúvida, quando Carlos Machado, poeta difusor de poetas, grande pesquisador de Drummond, com firme conhecimento de causa, me enviou o carinhoso e esclarecedor aviso:
‘Essa falta de concordância não existe:’ as edições certas incluem o ‘s’ de mãos. (Sevylla de Juana, 2016, p. 96) La superación de la dificultad insuperable anima al poeta que logra por fin el cierre para su “Máquina del Mundo” castellana y el verso “Seguia vagaroso, de mãos pensas” del poeta brasileño se convierte en “permanecía indolente, mano sobre mano” (Sevylla de Juana, 2016, p. 97) del poeta español.
Haroldo de Campos, teórico, crítico, traductor y poeta brasileño, en el artículo “Da tradução como criação e como crítica”, haciendo consideraciones sobre proposiciones del filósofo y crítico Max Bense con respecto a las informaciones documentarias, semánticas y estéticas, realiza un análisis de los versos de “A aranha tece a teia”, del poeta brasileño João Cabral de Melo Neto. Tratando de la fragilidad de la información estética, en la cual se apoyaría el embrujo de la obra de arte, Campos esclarece:
Enquanto a informação documentária e também a semântica admitem diversas codificações, podem ser transmitidas de várias maneiras (…), a informação estética não pode ser codificada senão pela forma em que foi transmitida pelo artista (…). A fragilidade da informação estética é, portanto, máxima (de fato, qualquer alteração na sequência de signos verbais do texto transcrito de João Cabral perturbaria sua realização estética, por pequena que fosse, de uma simples partícula). (Campos, 1992, p. 33)
De esa forma, vemos que la alteración de la secuencia de signos, por error de una edición, provocó un camino proficuo de reflexión metalingüística sobre los matices de la lengua, del lenguaje poético y del hacer estético. Ratificando la idea de que el poeta juega, miente y
usa máscaras, Sevylla de Juana aprovecha el descuido de una edición que le llegó a las manos como materia de poesía y acaba por hacer de su texto una poética del desliz o del equívoco.
Como argumenta Marcelo J. de Moraes (2013, p. 82), la relación entre lenguas y culturas no está solamente en la “contaminación de diferencias” sino en la experiencia de la afirmación “de la irreductibilidad de esas diferencias”. Y en el caso del español/portugués lo que pasa es que a veces vemos menos diferencias de las que hay y a veces queremos ver diferencias más importantes de las que realmente existen.
La intertextualidad se encuentra también en el poema “O meu sonho sertanejo”, en el cual el diálogo se articula alrededor del poeta Manuel Bandeira y de sus versos más famosos. El texto de Sevylla de Juana trae como referencia Mor, Bandeira, pero también son citados Euclides da Cunha, Guimarães Rosa y Graciliano Ramos, importantes nombres de la producción literaria brasileña, en la órbita del modernismo. Sorprendentemente, aparece también citada la capixaba Jô Drummond, desplazada en el tiempo y en el espacio, ya que es escritora contemporánea y vive en un estado (provincia) periférico culturalmente. Pero la referencia a esa poeta se traduce, sobre todo, por el diálogo proficuo que establece con los autores citados, tanto en la literatura como en la crítica literaria que produce. Además de ello, refuerza la elección intencional de Sevylla de Juana de dialogar con Brasil a partir de un estado que, aunque de menor proyección nacional, acogió al poeta y le permitió estrechar intercambio con las realidades de nuestro país.
Otros dos importantes nombres de la poesía brasileña son homenajeados en otro poema, “Solta de pombas” / “Suelta de palomas”: Cecília Meirelles, mayor representante femenina de la lírica modernista, y Castro Alves, último gran poeta de la Tercera Generación Romántica en Brasil, “O Poeta dos Escravos”. Además de esas referencias, en los versos del poema “Morri” / “Morí”, Gilberto Freyre, sociólogo brasileño, y su libro más famoso “Casa grande e senzala”, son mencionados, destacando las contribuciones que ese texto aporta al entendimiento de la formación de la familia brasileña, bajo el régimen de la economía patriarcal.
La relación amorosa es otro de los temas caros a la segunda parte del libro. Sobre el amor, merece la pena destacar el poema “Transparente confusão” (Sevylla de Juana, 2016, pp. 90-91). Es uno de los más cortos de la sección, aunque presente 53 versos, distribuidos en ocho estrofas de constituciones variadas. No hay regularidad en el tamaño de las estrofas ni en la métrica de los versos, como es común a los demás poemas del libro. Los versos son libres y blancos. El lenguaje del poema se acerca a la prosa, característica común a la lírica modernista brasileña, ampliamente citada en esa sección del libro, pero se aleja de esa vertiente poética por dirigirse a la mujer amada por medio del pronombre Tú. Tal característica se aproxima a la lírica de movimientos anteriores al Modernismo.
En el título del poema se encuentra una cierta contradicción que aparece implícita en los versos. Se puede hablar de una con-fusión, una fusión del yo lírico con su musa. Pero esa es una confusión transparente, incuestionable, una vez que el mismo yo lírico la explicita y asume. La relación entre los amantes implica alguna simbiosis, en la que el yo se pierde y, sin embargo, se encuentra como hombre. Por eso, se trata de un proceso a la vez confuso y transparente. Transparente también porque se revela como por un espejo. La elección del
término “espelho” en el primer verso es determinante en el poema, ya que es en la relación inversamente especular con el otro femenino que el poeta descubre quién es como hombre.
El otro se describe como femenino: “(…) fêmea de lábios nutrícios, peito generoso e cabelos em cascata sobre os ombros nus”, com quien el yo lírico masculino se relaciona en posición heredada de sus “antecesores sucesivos” / “(…) hembra de labios nutricios, / pechos vanidosos / y cabellos en cascada sobre los hombros / desnudos”; pero la musa está ausente, lo que provoca el sentimiento de no completitud en sí mismo. Pero ese inacabamiento no está determinado por quién es ella, sino por quien él deja de ser a causa de su ausencia: “Só, sem ti, / na obscuridade de tua ausência prolongada, / vazio desse brio promissor dos efeitos positivos, / sou incapaz de ser / quem em realidade / sou” [“Solo. Sin ti, / en la obscuridad de tu ausencia prolongada, / vacío de ese brío promisor de efectos positivos, / soy incapaz de ser / quien en realidad / soy”] (Sevylla de Juana, 2016, p. 88).
Un sutil pero elocuente tono erótico permea los versos, especialmente en el final del poema: “No teu interior, na fundura, / na profundidade de teus convencimentos / encontro fundamento firme / e sou / quem eu quero ser / depois do esforço / que me leva acima” [En tu interior, en tu hondura, / en la profundidad de tus convencimientos / encuentro fundamento firme / y soy / quién quiero ser / tras el esfuerzo / que me lleva arriba” (Sevylla de Juana, 2016, p. 91). La repetición en eco de la raíz “fund”, que compone los vocablos “fundura”, “profundidade” e “fundamento”, intensifica el sentido de la propia raíz, que se origina del latín fundus, “base, fundamento, parte más profunda”, como si el yo lírico excavase el sentido mismo. Y ese proceso exige empeño, lo que es corroborado también por la repetición de los recursos sonoros que indican fuerza: “firme”, “esforço”.
El acto sexual, la penetración en el interior de su amada, le garantiza la experiencia de mayor cimiento, mayor raíz de ser. En ella, el yo lírico se encuentra como hombre, descubre a sí mismo. En esta experiencia fundadora, puede decir: “Voo na tua esperança, / vou a ti, incólume, / vencendo a lei da gravitação universal / que nos atrai e nos separa / na infinita eternidade” [Vuelo en tu esperanza, / voy a ti, incólume, / venciendo la ley de la gravitación universal / que nos atrae y nos separa / en la infinita eternidad]” (Sevylla de Juana, 2016, p.
91). El poeta y su musa se atraen, se espejan, pero se distancian, se ausentan, en la experiencia de existir, de acogerse, de diferenciarse y de auto conocerse. También en el amor, como en la vida, se experimenta el movimiento de sístoles y diástoles.
La reutilización literaria del mito Leda da a “La victoria del deseo” el tono de sensualidad y de erotismo que caracteriza el asedio sexual de Zeus a Leda. De las varias representaciones en la pintura que retratan a la madre de Helena y Clitemnestra, Sevylla de Juana elige la de Rubens (1601, 1ª versión y 1602, 2ª versión) y la encaja como la cuarta Gracia del pintor. En la relectura del mito de Leda, a quien se acerca Zeus bajo la forma de un cisne, el poeta aprovecha los detalles de la historia fabulosa de los dioses, pero lo hace agregándole detalles que dan al mito un ropaje inesperado. En su artículo “Sobre la reinterpretación literaria de mitos griegos: ironía e inversión del sentido”, Carlos García Gual argumenta que la reutilización literaria de los mitos puede ocurrir por alusión, por amplificación novelesca, por prolongación del relato, por ironía o por reinterpretación subversiva del sentido. Para el estudioso, en la poesía se observa con más frecuencia el mito aludido, que se presenta como un eco de la trama mítica y que “se hace explícito con un tono peculiar, en el que el poeta nos deja sentir su propio sentir con un tono personal al evocar el personaje o el episodio mítico en cuestión” (García Gual, 1998, p. 36).
Llevando en cuenta los apuntes de García Gual, se puede tomar el mito de Leda en el poema de Sevylla de Juana como el mito aludi do, ya que allí el eco de la trama mítica es indiscutible: Leda, recién desposada, encanta al cisne y se deja encantar por él, esperándolo, “rebosante de melifluos deseos” (Sevylla de Juana, 2016, p. 79). El tono peculiar de que trata García Gual se logra encontrar en el traslado del mito, ubicado por el poeta español en la foresta tropical y el cisne que llega a la mujer lo hace después de vencer una batalla con otro cisne, pues eran dos los seductores, uno negro y el otro blanco. Veamos cómo lo diseña el poeta:

A floresta alumiava o dia,
a Mata-Atlântica, o remanso do rio,
o rumor da corrente
E os cisnes,
Blanco (sic) e Negro,
que ali se banhavam.

Se livrou Leda das insu[b]stanciais vestiduras
para não as molhar
e ficou tão nua como
quando ia vestida.
(Sevylla de Juana, 2016, p. 79)

La sensualidad de Leda realza sin las vestes, o con ellas, y la mujer enamora a los cisnes, a la vez que de ellos se enamora, encantada ella de las “plumas límpidas” y del misterio del “cuello de curva interrogante”, encantados ellos de los “Cabelos, rosto, ombros / (…) ventre, nádegas, coxas (…)” (Sevylla de Juana, 2016, p. 80). La complicidad natural entre machos se hizo entonces enemistad y el Cisne Negro, como vencedor de la lucha, “se acercó a la mujer de simetría perfecta, / figura de cálida y suave piel nacarada” (Sevylla de Juana, 2016, p. 81). La disputa entre los cisnes machos en el fragmento de Sevylla parece hacer eco a los versos 7300-7306 de Fausto, de Goethe, cuando solo uno, intrépido entre los demás cisnes, alcanza la gloria soñada:

¡Oh, maravilla! También a nado desde sus retiros llegan los cisnes, con movimientos puros y majestuosos; bogan dulcemente, tiernosy familiares; pero la cabeza y el pico se mueven como orgullosos y complacidos… Uno de ellos, sobre todo parece pavonearse con audacia, y nada rápidamente entre los demás; sus plumas se hinchan; impulsando las olas sobre las olas, avanzan hacia el asilo sagrado… (Goethe apud Bachelard, 2005)

Sorprendentemente, en el apogeo del “momento supremo da cópula”, la descripción del acto se interrumpe. El poeta es despertado por el ritmo de la sinfonía, “La victoria del deseo”, mencionada en los versos anteriores, aludiendo al propio título del poema. Tal sinfonía sería compuesta por Handel, posiblemente refiriéndose a la “Música de las Aguas”, representando la música barroca, y compuesta también por Afrodita, Apolo e Himeneo, como menciones al arte clásico.
La sinfonía suscita en el poeta la autocensura, que lo hace “evitar a descrição de tão apaixonado encontro”. Los últimos versos, entonces, deshacen el contrato ficcional propuesto hasta ese momento, de introducir al lector en una lírica tradicional. El cambio se da por medio de una cierta ironía y algunas reflexiones metalingüísticas, como parademarcar la adhesión a un discurso poético propio de la poesía contemporánea, para la cual nada nuevo se puede decir, sino releerse lo que ya fue dicho. Hay una reevaluación irónica del arte a lo largo del relato, recusándose el poeta a proponer caminos distintivos en relación a las producciones artísticas pasadas.
Como anotan Chevalier y Gheerbrant (1991, p. 257), el cisne es celebrado por un vasto conjunto de mitos en diferentes culturas y por su blancura que, deteniendo poder y gracia, está relacionado a la luz.
El cisne blanco, por su aproximación a la imagen desnuda de la mujer, es un símbolo que utiliza a menudo la literatura. Sevylla de Juana, sin embargo, elige el cisne negro como el símbolo de la belleza, de la magia, del encantamiento en la seducción de Leda. Aún según esos autores, existe “(…) un cisne negro, no desacralizado, cargado, sin embargo, de un simbolismo oculto e invertido”. ¿Se prestaría el cisne negro de Sevylla de Juana a una visión insubordinada del mito, dando a lo diferente, a la alteridad, a lo exótico un brillo que normalmente suele merecer el cisne clásico (in)cuestionable?
Como fue posible constatar, en Brasil. Sístoles e diástoles, Sevylla de Juana, valiéndose de la poesía, de la literatura, de la música, y del mito, compone su obra intertextual, traducida, bilingüe, grandiosa y corriente, a la vez, acercando Brasil a España y Espírito Santo a Valdepero. Como bien acentúa Ribeiro, “‘Sístoles e diástoles’ é uma obra híbrida em todos os sentidos (…) Pós-moderna em sua essência, apresenta a inquietação própria de nossa época” (2016, p. 21). El texto de Sevylla de Juana, en fin, apunta múltiples posibilidades de encuentros y tránsitos, y principalmente de lecturas.

Referencias bibliográficas
Amaral, F. P. do (2011). Das imagens do coração ao coração das imagens.
En I. Morujão y Z. Santos (Coords.), Literatura culta e popular em Portugal e no Brasil: homenagem a Arnaldo Saraiva (pp. 438-445). Porto: CITCEM – Centro de Investigação Transdisciplinar Cultura, Espaço e Memória. Recuperado de http://studylibpt.
com/doc/4098396/das-imagens-do-cora%C3%A7%C3%A3o-ao-cora%C3%A7%C3%A3o-das-imagens
Bachelard, G. (2005). El agua y los sueños: ensayo sobre la imaginaciónde la materia. Traducción de Ida Vitale. México: Fondo de Cultura Económica. Recuperado de https://books.google.com.br/books
Campos, H. de (1992). Meta linguagem & outras metas. Ensaios de teoria e crítica literárias. São Paulo: Perspectiva.
Chevalier, J. y Gheerbrant, A. (1991). Dicionário de símbolos. Rio de Janeiro: Editora José Olympio.
García Gual, C. (1998). Sobre la reinterpretación literaria de mitos griegos: ironía e inversión del sentido. En A. Navarro González,
J. C. Pueo Domínguez, A. Saldaña Sagredo y T. Blesa (Coords.), Mitos. Actas del VII Congreso Internacional de la Asociación Española de Semiótica (4 al 9 de noviembre de 1996), pp. 34-41.
Zaragoza: Universidad de Zaragoza.
Moraes, M. J. de (2013). A experiência em poesia e tradução: partilha(s), lugar(es) comum(ns). En M. Guimaraes, I. Leal y W.
Costa, No horizonte do provisório. Ensaios sobre tradução. Rio de Janeiro: Letras.
Ribeiro, F. A. (2016). Prefácio. En Sevylla de Juana, Pedro. Brasil. Sístoles e diástoles (pp. 21-25). Madrid: Verbum.
Sevylla de Juana, P. (2016). Brasil. Sístoles e diástoles. Madrid:
Verbum

 

 

6. Por su similitud con la dolorosa realidad actual pongo aquí un fragmento de Solo de voz en la Habana

Mi imaginación sitúa al aviador de regreso a Aviano, portando su mortífera carga apenas gastada; no ha descubierto objetivos intactos, los existentes muestran recientes heridas. Abajo percibe un campo de batalla donde sabe que luchan serbios contra albanos, hutus contra tutsis, normandos contra sajones, rojos contra nacionales, católicos contra protestantes; en ese punto la humanidad se encara a sí misma, costado izquierdo enfrentado al costado derecho del hombre. Sobrevuela Pec el bombardero; al lado de la urbe, aliándose con la oscuridad, una aldea trata de pasar desapercibida: se la ve cubriéndose las habitaciones superiores de las casas con tejados, las tejas pardas con corros de musgo verdinegro, colores del entorno más próximo. En una de las casas que las sombras defienden, dos ancianos, hombre y mujer, descansan satisfechos. Por primera vez desde el comienzo de los ataques duermen con los dos ojos cerrados por la confianza: saben firmada la paz y a la OTAN en pleno repliegue. Volverá en breves fechas el hijo que se refugió en Madrid, y vendrá acompañado de su mujer y las niñas; regresará de las montañas la hija, y los muchachos menores, también el inválido, se unirán a ellos. Isa no será considerado desertor por el nuevo orden, y como ha ejercitado la voz, si abren los teatros, volverá a cantar ópera.
Vuela raudo el F18 llevando sus alforjas repletas de bombas, cargamento intocado. En el visor aparece, nítido por milagro de la técnica, lo que ampliando criterios podría considerarse un objetivo militar. Se trata de un pequeño puente que cruza un riachuelo; con seguridad, piedras labradas por un cantero artesano situadas sobre el largo espejo cuajado de peces. Apacible paisaje de una belleza idílica que el aviador no puede apreciar. Percibe el soldado en su pantalla la última oportunidad de destruirlo. No hay tiempo para resolver la duda y la duda se extingue. En su lugar interviene la fuerza imparable de la rutina, una rutina crecida al sumar los ensayos de un fogueo casi fuego real, y la práctica con fuego de verdad cercano al fogueo. Invade el tablero de mando un fogonazo que parece engañoso, una explosión de cristal líquido, un chorro de electrones que dibuja, incruentos, los vientres abiertos de mil pececillos y las ruinas de un puente. Sus restos se convierten en presa momentánea del flujo que inunda el cráter recién abierto. Las quebradas rocas esculpidas, vistas de cerca, muestran las heridas del buril que las talló; segmentos del arco destinados a soportar la calzada.
Al mismo tiempo aparecen, contiguas, cuatro paredes abiertas y la techumbre que las cubre, desplomada al perder su sustento. Forman parte de los escombros dos cuerpos que no se ven desde lo alto; dos cuerpos ancianos sorprendidos en el lecho por la onda expansiva, por la metralla que hizo saltar maderas y tejas a la vez que un ajuar deslucido del uso prolongado. La visión de su acierto ocupa al piloto el lapso mínimo de una centésima de segundo, y en ese tiempo no se recapacita, aunque se esté predispuesto. Los rostros de los dos cadáveres, ¡si el aviador pudiera verlos!, presentan rota la sonrisa con la que se acostaron, un rictus afable en los labios levemente distendidos.
Honorio me lleva en su coche a visitar a Isa, para manifestarle el pesar que nos causa la muerte de sus padres; de ese modo conozco a su mujer y a las niñas. Poseen ellas un cutis tintado de rosa pálido, acorde con el pelo rubio y los ojos limpios, transparentes casi. Hablan muy poco y sonríen con timidez. Nos preguntan los esposos si dimos con la casa enseguida, y hemos de responderles que tardamos un rato; pues Honorio, pese a que ha venido otras veces, suele equivocarse y gira en una plaza sin asfaltar, tomando una calle en cuesta que, aunque se parece, no es la buscada.
Habita la familia un piso interior de reducido tamaño, necesitado noche y día de luz eléctrica, excepción hecha del dormitorio principal al que el sol llega en la tarde oblicuo a la ventana, imperfecto mirador desde el que la vista domina un trocito de la arteria llamada General Ricardos. Ceden los padres esta habitación a las hijas para el estudio, y ellos ocupan la pequeña, donde apenas cabe la cama de matrimonio y un armario desproporcionado, traído de no se sabe dónde por la asistente social. Las sillas, simples y escasas, obligan a la inteligencia a esforzarse para tomar asiento. Los cojines que el ama de casa ha confeccionado, repartidos por el suelo, incrementan el número de posibilidades.
En el testimonio del kosovar puse yo mis esperanzas de información sobre la guerra de su país, el maltratado Kosovo, causas y consecuencias; pero no es momento oportuno para las preguntas, pues allí se encuentran, con embajada similar a la nuestra, el matrimonio argentino y las mujeres, madre e hija, venidas de Cuba, que me saludan con un placer sincero. Completan la concurrencia un funcionario recién trasladado desde Almería a Madrid, una mujer de edad mediana, monja hasta hace un mes en un convento de Burgos, y un sastre nacido en Barbastro, provincia de Huesca. Las circunstancias no favorecen confidencias por más que me empeñe. Acaban triunfando los temas de interés general: las particularidades del clima o las novedades que atañen al coro. Los sigue el lamento del fatal bombardeo en el que perdieron la vida los padres de Isa, octogenarios llegados a esa noche última del todo satisfechos, persuadidos de que las preocupaciones huían.
Para formarme una opinión objetiva debiera viajar yo al corazón del conflicto, atravesar las áreas más devastadas, conocer a la perfección el idioma además de los usos en vigor, y ser aceptado sin reservas por una población a la que acucian las necesidades; y ese cúmulo de coincidencias propicias no cuenta con la menor posibilidad de producirse. De modo que lo aprendido de los medios de comunicación, y del primer relato del tenor kosovar metido a cantante en un coro de zarzuela, constituye todo el conocimiento posible; suficiente, según creo, para que los hechos recogidos en mi novela se entiendan.
Interroga el grupo al destino, a la parte oscura de la existencia no entendida, a las lagunas que el cerebro deja en su intento de aclarar misterios; y nos interrogamos unos a otros acerca de la oportunidad de estas muertes, sobre las que disponemos un duelo improvisado junto al dolor de Isa y su familia. Las distintas explicaciones se suceden al momento, orientadas conforme a las creencias individuales. Vemos los sucesos descabalados, cada cual, siguiendo una secuencia distinta a la acostumbrada, pues unos han de dar paso a otros de forma casi simultánea; verbi gratia, la firma de la paz y el alto el fuego, el alto el fuego y la expulsión de la violencia. Contrasta el júbilo por el regreso de la vida, la confianza con que se atiende la llamada escuchada en la puerta, y la inesperada presencia de la oscura muerte en el umbral. Si hay desgracias injustas, que las hay y son mayoría, la ocurrida a los padres de Isa se lleva la palma; muestra del desprecio que la sinrazón de la guerra tiene por la lógica y el derecho.
Salimos juntos los que llegamos separados, porque una vez dicho lo que es de obligación y lo que brota sincero, girar sobre el dolor no ayuda. Honorio se lleva a Rita; no es el mismo traje el que viste la mujer –los observo salir con un mínimo estudio, con un análisis somero– no es el mismo atuendo del castillo porque el de hoy es más simple, más liviano, pero dominan también los tonos amarillos. Me fijo en los collares y creo recordar las formas y las irisaciones desprendidas. Mireya se ofrece a trasladarnos a los argentinos y a mí a nuestros domicilios respectivos, situados a considerable distancia el uno del otro; su madre y ella vinieron en el coche de ocasión recién estrenado, y la hija ha de regresar sola. Los demás toman rutas diferentes, y el rumor alzado de las palabras de despedida se disuelve en el aire.

 

 

 7.La sorprendente boda de la Albigense

Se trata de una novela inédita que hace el número 31 en la obra de Pedro Sevylla de Juana. Relata poco más de dos días y medio en la vida de los protagonistas y de los personajes secundarios. Fueron ellos convocados a una boda que sorprende a extraños y propios. Los españoles, padres y hermanos del testigo principal, parten del centro de España para llegar al corazón del Languedoc, comarca de Albi, en Francia. En la tierra de los albigense o cátaros se producen los hechos de la trama, ceremonia y celebración en el castillo de Mauriac. ¿hay aún personas fieles a aquella doctrina aplastada hasta la desaparición? Queda el lector convidado a conocer los hechos.

 

Nosotros, los García Movellán

Varias veces cuestioné nuestra presencia en la boda del hijo de Odile; pues, a mi entender, no daba para tanto una relación intermitente, fruto del favor recíproco más que de la verdadera amistad. Pero Isabel, mi esposa, me recordó que aún no sospechaban los Movellán la existencia de los García, cuando ella ya era íntima de Odile y tuteaba a sus padres y al tío Armand. La amistad, en su relato minucioso, viene de antiguo; se remonta el primer contacto al verano de mil novecientos sesenta. Estudiaba Isabel en el colegio más prestigioso de Valladolid, donde se forman las jóvenes que cuentan en sociedad, una sociedad restringida, exclusiva, integrada por personas conocidas a causa de la cantidad y calidad de sus propiedades. Era alumna del liceo en cuyas aulas, aquellas adolescentes poseedoras de un nombre y, sobre todo, de un apellido, se preparaban para el ejercicio de funciones tan primordiales como la de esposas de hombres distinguidos y madres de vástagos atendidos por niñeras de uniforme, pequeños herederos de un futuro prometedor asegurado. Recibían una base cultural sólida y un brillante barniz de elegancia que las capacitaban para edificar el hogar acogedor y respetado que las correspondía. Nueva familia en la que las apariencias suelen ser más apreciadas que la realidad. La profesora de francés —hermosa señora que conocí por estar casada con otro ingeniero de mi empresa— facilitó, a las alumnas que quisieran escribirse con ellas, los nombres y direcciones de estudiantes de la Bourgogne, que, en una institución muy estimada aprendían castellano como segunda lengua.
Tal era el caso de Odile, con quien Isabel, por puro azar como queda reflejado, comenzó a cartearse. De la afinidad descubierta en las irregulares misivas –cada una realizaba el dificultoso ejercicio de escribir en la lengua de la otra– nació en ambas el deseo de conocerse. Acompañaron sus padres a la muchacha francesa en el primer viaje, y se comprende, pues acababa de cumplir quince años, siendo, por añadidura, hija sola. Cerciorados de la idoneidad del entorno, regresaron ellos a Francia dos días más tarde, encontrándose la adolescente, de pronto, con una libertad impensada. Sometida de continuo a una férula demasiado rígida, las riendas sueltas del país extranjero, llevadas por la nueva familia, ni se notaban. Un mes pasó entre la finca de El Pinar y la casa de la calle Duque de la Victoria, en Valladolid; tiempo suficiente, a la vista de los resultados, para enamorarse profundamente de un joven que frecuentaba a los Movellán. Cuatro años tardé yo aún en conocer a Isabel; así que tenía razón mi esposa: una arraigada camaradería justificaba nuestra presencia en lugar tan remoto, rodeados de gente extraña.
Isabel y yo comenzamos a salir juntos por pura casualidad, pues de haber sucedido los hechos de manera lógica, mi novia hubiera sido Ana Gamazo, la íntima amiga. En casa de Ana me encontraba ayudando a mi padre, encargado por el suyo de renovar la instalación eléctrica. No frecuentábamos los mismos ambientes, pero el meollo de la ciudad se reduce a ocho o diez calles, cuatro plazas, un paseo y el parque; así que resulta explicable que al ver a Ana en el espléndido comedor cambiando de lugar un cuadro, estuviera seguro de haberme cruzado con ella en múltiples ocasiones, y de haberla mirado, hembra deseable, con escrutadores ojos de macho.
—Joven —me dijo su madre, que la acompañaba activa— díganos, usted que no está influido por la rutina, cuál de las dos pinturas causa mejor efecto en este rincón.
El mismo tamaño, marcos parejos en color y anchura, estoy por asegurar que el mismo autor francés. Uno de ellos representaba una escena campestre titulada déjeuner sur l´herbe. El otro explicaba su asunto en un salón con piano y bailarina; de título danseuse, una muchacha plegada sobre sí misma, componía un hermoso gesto mil veces repetido, al parecer en trance de recibir los aplausos del público tras una perfecta ejecución.
—El que usted sostiene en sus manos, señora, actúa de espejo, al mostrar una actividad que bien pudiera desarrollarse en esta misma sala. El que sujeta la señorita abre una ventana al exterior, a los espacios despejados y a las actividades ajenas. Siendo los dos adecuados como sin duda lo son, teniendo ambos cabida, personalmente me inclino por la colación en el césped. —Me escuché sorprendido mientras salía esta parrafada de mis labios, cargada de afectación y diplomacia.
—¿Ves, mamá!, tiene razón; es lo mismito que yo te decía.
— No se hable más, Anita; tú y este joven tan juicioso me habéis convencido.
Me agradó la forma de ser de la hija, natural y desenvuelta. Nos presentamos corteses, pero con evidente satisfacción: Juan y Ana, perfectamente encantados de haberse conocido. Tras lo cual, sin más demora, volví a introducirme de lleno en la tarea, contento de haber salido airoso del inesperado examen. Estudiaba yo por aquel entonces el último año de carrera; pronto iba a ser ingeniero industrial en la rama de electricidad. Especialidad que mi padre dominaba, asentado en la modesta empresa creada por él a partir de la nada: una herencia adecuada y algunos ahorros; levantada día a día con la materia prima de su esfuerzo incansable. Es cierto, yo colaboraba con él o lo entorpecía, no sé muy bien. Sucedía en los días sin clase, cuando regresaba a Valladolid para practicar a su lado y aprender de su dominio práctico.
Trabajar con mi padre me servía de experiencia insustituible, una clara ventaja sobre los compañeros de aula; y con esa mirada le hacía yo ver la cuestión para que me permitiera acompañarlo en algunos trabajos de sábados o festivos. Se mostraba él renuente a tales asistencias, por temor a alejarme de la estimada teoría, previa siempre a la práctica y, en verdad, su mayor carencia.
La hija del dueño de la vivienda, la bella, simpática y abierta Ana; a quien poco después encargaron mostrarme un cuadro eléctrico de interruptores, resolvía en esos momentos su aseo personal. Actividad perentoria que la obligó a delegar la tarea en su amiga Isabel. La chica conocía la casa a la perfección, y esperaba a Ana para salir de paseo. De rostro agradable y pelo rubio, resultó ser alegre y expansiva, una chica como había muchas, con un exterior configurado centímetro a centímetro por la moda. De su mirada se desprendían, al parecer sin ella saberlo, una bondad ingenua y, no obstante, algo pícara. Todo ello sazonado con una dulzura muy femenina salpicada de un toque agraz, como de pámpano tierno. Méritos atrayentes que, combinados en la justa proporción, resultan capaces de producir violentas sacudidas en los corazones de muchachos poco duchos en asuntos femeninos; y ese era mi caso.
Bajamos al sótano y, al tiempo de mostrarme el cuadro empotrado en la pared del cuarto de máquinas, hablamos de naderías. Ah, las naderías… esas bagatelas en algunos trances cobran una importancia esencial. Esperó ante la puerta entornada, mientras manipulaba yo los distintos enchufes e interruptores. No debió de considerarme muy diestro, porque me llegó su risa contenida tras recibir mi mano izquierda una descarga carente de peligro. Ocurrió que me puse nervioso, realicé una sencilla maniobra de manera opuesta a lo establecido en las normas y no me atreví a explicárselo. El caso es que, en el camino de vuelta al vestíbulo principal, subiendo escaleras y recorriendo un pasillo que hubiera deseado interminable, aunque cruzamos tan sólo unas pocas frases, establecimos una corriente de simpática complicidad. Conectamos, por decirlo en términos profesionales.
Quiso comprobar con sus ojos el alcance del accidente y tomó con delicadeza la mano que suponía dañada; pero al no percibir señal alguna pensó que la embromaba mostrándole la otra. Al ver las dos abiertas, simétricas e intactas, quedó tranquila. Ignoro la iniciativa que tuve para arreglármelas así de bien, ya que soy tímido por naturaleza. Creo que logré causarle buena impresión, pues al salir con su amiga se despidió como si fuéramos viejos conocidos. Imagino que Ana haría a Isabel alguna pregunta relativa a mi identidad. Lo pienso, porque la respuesta dada me convertía en asiduo de una conocida tertulia literaria. En concreto de la que un grupo de aficionados al teatro celebraba en una cafetería abierta junto a Fuente Dorada. Cosa falsa y bien falsa. Al instante temí que esa orientación pudiera confundir a Ana, haciéndola creer que habíamos llegado a hablar en profundidad de asuntos serios.
El próximo movimiento se deslizó por la fácil pendiente iniciada. No tuve más que anotar el número de teléfono escrito en el propio aparato, unos centímetros más abajo del colgador, en el centro mismo del disco giratorio. Lo embarazoso se presentó el domingo siguiente a la hora de la comida. La sabía convidada y no por una confidencia o aviso interesado que ella me hiciera; lo entresaqué de la conversación mantenida a lo largo del pasillo que yo deseaba carretera a Palencia, a Santander, barco sobre el Cantábrico hasta Brest, hasta Plymouth, hasta las Hébridas o Islandia. Isabel estaba en el elegante comedor de la amiga. El mismo donde, gracias a mí, el cuadro colgado en la pared mostraba un pedazo de edén y a tres damas en compañía de algunos caballeros tomando un refrigerio.
Tembloroso como una hoja a merced del viento, sin tener la menor idea de lo que iba a decir, haciendo de tripas corazón la llamé. Una criada, a juzgar por el tono respetuoso de la voz, tomó el recado; y a pesar de no tener ninguna confianza en que quisiera ponerse, pude oír su voz cristalina al pronunciar mi nombre con alegría no disimulada. Espero no haberte cortado el viaje del tenedor a la boca, dije sin saber lo que decía. No, están sirviendo los aperitivos, y se toman de pie en el vestíbulo. Es solo un momento, añadí, quería preguntarte por donde vas a estar esta tarde para hacerme el encontradizo. Vamos a ir al Calderón, pero antes tomaremos algo por ahí. Date una vuelta, a lo mejor nos vemos. Al término, oí que Ana quería agradecerme el apoyo de su opinión sobre el cuadro, y así me lo dijo Isabel. Percibí en la educación del servicio una muestra de la casa y de sus habitantes, gente de posibles sin lugar a dudas.
Tampoco nosotros andábamos descalzos. A su constructora de renombre oponía yo nuestra empresa de dos operarios: un aprendiz y mi propio padre. A su palacete enfrentaba nuestra casa con patio y anexo, situada en una calle secundaria. A su vasta finca, podría yo haber opuesto la antigua vivienda del pueblo —paredes de adobe sobre cimientos de piedra— y las diez obradas de vega; claro que había sido vendido todo ello para comprar la propiedad del barrio de Las Delicias. Por último, enfrentaría a su histórico Movellán nuestro medieval García, mucho más difundido, amplísima familia. De una manera o de otra lograba establecer el equilibrio; incluso en acentos se igualaban nuestros apellidos, uno por cada lado.
Comprendí al instante la trivialidad de argumentos tan prosaicos, porque a la hora de la verdad el que contaba era yo: excelente hijo, sería buen esposo. No, no quedaban cojas mis aspiraciones respecto al futuro, dedicaría todo mi esfuerzo a disponer para mi compañera el bienestar como yo lo entendía: un buen pasar enmarcado en protección y cariño. Para muestra bastaba un botón: en unos meses me convertiría en ingeniero superior con las mejores calificaciones, y había presentado una solicitud de empleo en la fábrica de automóviles radicada en la ciudad.
Algo de cierto llevaban mis presunciones, pues cumpliendo por completo las expectativas filiales y paternas, a finales de junio obtuve el título y en el mes de septiembre me llamaron de la factoría para someterme a una selección larga, enrevesada y ardua. Un triunfo más del trabajo desarrollado con deleite, de la firme dedicación a lo que satisface: alcancé el número uno entre más de cincuenta seleccionados, y me dieron un destino envidiable en la sección de prototipos. Logré saber por uno de los examinadores, que me diferenciaba de los otros el conocimiento práctico que yo poseía debido a lo aprendido de mi padre. El lugar de trabajo era un taller de reducidas dimensiones, laboratorio pulcro sumido en un relajante silencio, rodeado de despachos. Situado a cien metros de las instalaciones principales, quedaba muy cerca de un concesionario de la misma marca en cuya cafetería solían desayunar los compañeros.
Observando los coches nuevos expuestos allí para la venta, comparándolos con los accidentados que esperaban reparación, analizando el resultado de los distintos choques, su destrozo, experiencia aprovechable en mi trabajo, conocí a Benito Rivero, dueño de la concesión. Vi en él a un empresario hecho día a día desde el mecánico más rudimentario, llave de tuercas y una afición desmedida. Había ido creciendo merced a su tesón y a las condiciones favorables del mercado. Deseoso de explicar la dura trayectoria seguida hasta llegar a la holgada posición en que se encontraba, y de hacerlo a alguien que hablara su propio idioma y lo entendiera, se explayó en dos o tres ocasiones de las que nació una creciente amistad. No detenía su esforzada carrera; satisfaciéndole lo obtenido veía aún lejos la meta. Se debía a tres herederos y quería dejar situados a los tres. Pretendía lo imposible: que los tres empezaran en la cota que el alcanzase, tomando el relevo; y eso le obligaba a proseguir una lucha sin descanso. Su esposa, ahorradora y sacrificada, empujó siempre el carro del mismo lado que el hombre, de modo que el mundo entero hubieran movido juntos, valles y montañas, ríos caudalosos y volcanes activos.
Para que los asuntos familiares vayan bien, los hijos han de encontrarse a sí mismos en los padres, los padres han de hallarse a sí mismos en los hijos. Lo sé por experiencia. Virtudes que se consideran irrenunciables se trasvasan, la abnegación, la perseverante defensa de la familia, la laboriosidad, la honestidad de acción. Sus dos muchachotes, fuertes y engreídos —los conocí en esos días— ignoraban con cuánto empuje se encarrila la vida, con cuánto deseo de superación; habían sacado un título universitario a trancas y barrancas, y sus manos, perfectamente cuidadas, parecían ajenas a la grasa de los motores y al esfuerzo físico. El padre era consciente de la carencia de entusiasmo de sus vástagos, de la falta de aspiraciones, de ensueños, de ilusiones; y sufría. Mas ellos, en cuanto se refiere a las dificultades, vivían en permanente inconsciencia; confiados en la habilidad del porvenir para acomodarse a su propio paso cansino.
La pequeña era aún adolescente y no apuntaba intenciones claras. Comprobé que el proyectado desarrollo empresarial y la ambición cultivada, unidos, lo desasosegaban haciéndole infeliz; así que en mi interior sensible sentí lástima de aquel hombre envidiado.
Por entonces —efecto de la famosa ley de la oferta y la demanda debido a una fabricación insuficiente que no había previsto el aumento desusado de las peticiones, el hoy sencillo hecho de adquirir un coche se convertía en una prolongada aventura. En la época dorada a que me refiero, de feliz recuerdo para los vendedores mediocres, la compra se iniciaba por la solicitud de modelo, sin precisar versión, equipamiento o color; aspectos que se concretarían unos meses después cuando la entrega se hiciera efectiva. Pues bien, en circunstancias tales, mi mediación ante el concesionario amigo hizo que el padre de Isabel, la muchacha con quien salía yo de manera regular y asidua, recibiera su vehículo de forma casi inmediata; ingeniándomelas para que supiera que era yo el artífice del milagro.
—Los amigos de don Juan García Cabeza, lo son también de esta humilde casa. –Algo así debió de manifestar el antiguo mecánico, quien a mi ruego lo atendió en persona, dándole bastante jabón y un trato excelente.
Me imagino a Benito Rivero pronunciando una frase tan contundente al referirse a mí que soy Juan García. Eficaz o no, lo constatado es que a partir de aquel momento el futuro suegro me consideró un joven digno de confianza, capaz de salir adelante sin ayuda y, por tanto, apropiado acompañante de su hija; estoy seguro. Nuestro incipiente noviazgo contaba ya con su aprobación tácita, e Isabel, que se temía mayores contratiempos, fue feliz por entero. De mí no hablemos, sin saber por qué, soslayada Ana por el destino, había yo depositado en Isabel mi caudal de proyectos, toda mi capacidad de aventura, encontrando en ella el verdadero y único sentido de mi existencia. El brillo cálido de sus pupilas, el rictus cambiante de sus labios mimosos, el gesto suave y distendido de niña que se sabe amparada, a resguardo de cualquier peligro, su caminar acompasado a mi tranco, me situaban, cuando iba con ella, en los senderos que conducen a los arrabales del Paraíso, un paraíso visible y palpable.
No se oponía el padre con claridad a lo nuestro, una relación incipiente que aún tenía fácil interrupción; no se enfrentaba de manera visible, eso era todo. Pero tampoco contábamos con su beneplácito. El acaudalado prohombre no allanaba el sendero al pretendiente advenedizo; nada más se abstenía de situar estorbos en nuestro progreso amoroso. Donde no había otra cosa que pasividad, Isabel y yo veíamos aceptación comprometida. Podía tratarse de una añagaza su proceder; quizá en su interior esperase el hombre que el amor, sin lucha, no enraizara de modo conveniente o lo hiciera en superficie, con cierta debilidad. Rostro impenetrable, no daba pistas palmarias. Me turbaba yo en su presencia, es cierto; lo veía tan grave y preciso en su hablar, tan seguro de sí, tan fuerte, que me comparaba con él y mi valor decrecía hasta situarse a ras de suelo, a un metro por debajo de la tierra. Su mirada, a veces dura, a veces cándida, me desarmaba de mi escaso bagaje mundano, quedando yo a su merced sin saber a qué atenerme. Cuestión de tiempo, me decía; acortaré las distancias. Pero calle mi boca y sea él quien se dibuje. En el vecino retazo de su conducta hay substancia, muestra bastante de su forma de ser. La anécdota lo definirá con matices que los calificativos no aportan en modo alguno.
Respecto al que iba a ser mi suegro en cuanto se descuidara una pizca, yo poco sabía; y me costó tiempo hacerme una idea que me diera indicios acerca de su posterior conducta. Años llevábamos casados cuando Isabel me contó, quizá porque venía a cuento, un episodio que relaciona a su padre con uno de los pastores de la finca. Tratábase de un joven tan amoroso de la hija del dueño como los zagales de las églogas lo eran de las bucólicas pastoras. Tanto amor albergaba su corazón que no cedía en los agasajos y miradas dolientes cuando la joven visitaba la casa de campo. Buscando darle una lección correctora, o por razones que aun hoy se me ocultan, propuso el hacendado al gañán un juego muy simple: tirar a lo alto una moneda y observar la posición que tomaba en el suelo. De mostrar la cara del Jefe del Estado y Gobierno, caudillo de España por la gracia de Dios, el padre de Isabel se comprometía a entregar al encariñado la propiedad del rebaño que a diario apacentaba –una porción separada del grueso, que ya había subido a los corrales de verano— de forma que algo tuviera que ofrecer a Isabel como sustento de amor tan sincero. Pero si era el águila de alas disímiles lo que enseñaba, marcharía el mancebo en busca de fortuna con la idea de no volver sin caudales. Aceptó el mozo la propuesta demostrando la firmeza de su impulso amoroso, la confianza puesta en la propia habilidad para la ganancia pronta y abundante. Segundos después, la redonda cara del dictador los miraba desde una gruesa moneda de diez duros de níquel, haciendo dueño al pobretón de medio centenar largo de ovejas, entre madres, corderos y machos de apareo.
—Poco es lo que tienes —dijo el hacendado— pero como punto de partida basta. Si estás de acuerdo lanzaremos una vez más la moneda, y el azar, por análogo procedimiento, te dará el resto de mi ganado, trescientas cabezas, o te quitará las que acaba de darte.
Fuera la codicia la que apoyaba la aceptación del nuevo ensayo, fuera el deseo de ofrecer un mejor pasar a una Isabel ignorante de los paternos manejos, el caso es que los diez duros giraron de nuevo en el aire. La cara y la cruz se entreveían a intervalos ínfimos mostrando el todo o la nada, vergel o desierto para sembrar sus ilusiones, quizá sus delirios. Los sueños que pudieron poblar la mente del pastor durante esos breves instantes no tiene relación con el tiempo escaso del que disponían, pues magnitudes son que se comprimen lo indecible. Esta vez el guía de España por expreso deseo del Altísimo, quedó escrutando la hierba del pasto, de modo que el escudo patrio fue lo que vieron los ávidos ojos. Aprehendida la moraleja, desistió el pastor de cortejar a la hija del amo, en cuya presencia bajaba la vista mientras sus atezadas mejillas se poblaban de rubor.
Conocida la inestabilidad del asiento utilizado por la fortuna —silla de dos patas que el sujeto perseguidor de favores ha de equilibrar con sus piernas al sentarse— comenzó a tolerar mejor su sino, pues le fue aumentado, ya sin juegos, el salario percibido hasta entonces, suficiente para procurarse sustento y vestido, hasta para convidar a un vaso a los amigos los días de fiesta. En ayunas yo de las causas profundas en las que la manera de ser de mi suegro enraizaba, esta anécdota contada por mi esposa me dio algunas claves que, entonces, a falta de otras, consideré importantes.
Percibí inteligencia sobrada en el hombre, percibí sobrado orgullo de clase en su comportamiento, un desprecio desmedido por aquellos a quienes consideraba menos que él, inferiores. Pero el azar que puso la moneda cara abajo me impidió conocer otros rasgos, esenciales a buen seguro, los desprendidos de su conducta si el juego cruel hubiera favorecido al pastor con el rebaño íntegro, añadiendo luego los corrales y las tenadas, después las tierras de labor, y por último las casas que completan la finca. Mi curiosidad no ha descendido en estos años: nada me hubiera satisfecho tanto como ver donde ponía el límite el propietario que iba dejando de serlo a pasos de gigante.
Había roto Isabel un noviazgo de mucho compromiso seis meses antes de conocerme. Descubrió la muchacha que no amaba al novio, y antes de que la situación llegara a un punto de retorno imposible, tomó una decisión dolorosa haciendo gala de gran valentía. Era el pretendiente un arquitecto, hijo y nieto de arquitectos, cuyo porvenir se acercaba pisando alfombra de raso. El padre disponía ya del futuro yerno como si fuera un hijo, y la ruptura de las relaciones representó un duro golpe que le costó Dios y ayuda amortiguar. Agradecí a Isabel la sinceridad de tal confidencia, que tenía la virtud añadida de explicar a las claras la actitud, un poco hostil, del hombre que yo respetaba y temía a partes iguales.
No puedo precisar el día en que se casaron Odile y Étienne Bondois, ni la razón por la que no asistimos a su boda; pero sé que ellos estuvieron en la nuestra. Recuerdo incluso el regalo que nos hicieron: un pesado bloque cilíndrico de cristal sueco, que en su parte superior abría un seno útil como recipiente mínimo. Durante años estuvo en el vestíbulo, sobre el taquillón de madera lacada, dedicado a recibir las llaves y las monedas sueltas. Tuvimos una duda permanente sobre si ese cometido era o no el pensado por el fundidor.
El arquitecto, del que mi novia y yo no volvimos a hablar, parecía haberse perdido en la niebla, una bruma que iba ganando densidad hasta convertirse en sólido olvido. Sabidas de los amigos y aceptadas sin reticencias por la familia de Isabel, pasado un año fueron un hecho cierto nuestras relaciones. Su madre, a la chita callando, debió de influir en el renuente marido que se fue ablandando día a día. Mi humilde persona ya lo parecía menos, había ganado aplomo como era de esperar; mi personalidad adquirió consistencia, mi charla se hizo fluida, incluso atravesando regiones anodinas, desiertos carentes de interés plagados de convenciones sociales. Ingeniero bien considerado en la fábrica de coches, desarrollando prototipos, no estaba todavía en disposición de hablar de tú a tú al padre de mi amada, pero le hice pared cuando creí conveniente; de buenas maneras, pero oposición, al fin y al cabo.
La petición de mano constituyó una prueba de fuego a la que me enfrenté con actitud honrosa: ni oveja en el matadero ni león enjaulado. El salón de recibo de los Movellán, el de los muebles de nogal macizo, fue el escenario de la ceremonia. Estuve en mi lugar igual que mis padres, pues sin dejar de ser ellos fueron lo que las circunstancias requerían. El noviazgo, a partir de entonces, se contaminó de rutina y discurría por cauces sabidos: paseos, visitas, alguna sesión de cine donde las manos se extraviaban en recovecos carnales, y vuelta al hogar a la hora fijada.
Cuando llegó el día de la boda, entre el padre que hacía de padrino y el novio que era yo, las suspicacias parecían haberse esfumado. La iglesia de San Pablo acogió la ceremonia a la que asistieron el secretario personal del Gobernador y un concejal del Ayuntamiento, personalidades de segunda fila que estuvieron escoltadas en todo momento por cuatro o cinco empresarios de los de renombre. Preparado por la cocina del hotel Felipe IV, un entoldado de lona al estilo moro acogió el convite en la finca de El Pinar; y en sus dependencias –dos salones unidos por las puertas abiertas— se celebró el baile. Isabel adornaba su rostro con un leve rasgo de melancolía —tristura de novias lo llaman— que la dotaba de una seriedad muy apropiada para ese momento. Asistió, como ordenaba la lógica, Ana Gamazo; y estaba bellísima. Vestía un traje largo de un tono pálido del color verde, ligeramente entallado, que la revelaba en toda su rotundidad: firmezas y morbideces. Sencilla y natural, dueña de una sonrisa amplia, sincera; se acercó a desearnos toda la felicidad del mundo. Al dejarnos acertó a deslizar a Isabel, su mejor amiga, una frase corta, acaso una broma espontánea que yo hice mía al instante: «No olvides que yo lo vi primero».
Vinieron los hijos: Francisco Javier nació a los diez meses, y después, tan sólo trece meses después, Sofía. Es fácil imaginar el agobio en que nos vimos sumidos. Tres años tardó Octavio en presentarse, y otros tres Anita; amplitud de intervalo que nos procuró algún respiro. Pidió Ana a su amiga Isabel, mi esposa, ser madrina de la pequeña a la que pondríamos su nombre. Me parecía de perlas, pero cuando preguntaron mi opinión dejé que decidiera la voluntad de la madre; no quise empujar un carro que ya iba cuesta abajo. «Una ahijada es una hija en cierto modo», manifestó Ana cuando mecíamos ambos la cuna, nuestras manos muy próximas, porque Isabel preparaba un biberón, «y quiero que ésta, que ha sacado tus ojos y tu boca, sea un poco mía». Si había alguna intención oculta, segunda o tercera, en sus palabras, yo no la aprecié, aunque lo deseara.
Cuando el mayor estuvo en edad de estudiar idiomas y se aplicó al inglés con aprovechamiento, entró en nuestra mente la idea de llegar al francés a través de Jean Pierre, el hijo de Odile; reverdeciendo una amistad mantenida en la distancia, confiada al correo y al hilo telefónico en llamadas esporádicas. Es bien cierto, fue Isabel, mi esposa, quien apuntó la idea; y lo hizo con una vehemencia que no admitía objeción. Se sucedieron cinco estíos en los que fue constante el ajetreo de un país a otro, llevando o trayendo a los niños, el nuestro o el de Étienne y Odile. Íbamos o venían; ganamos en hospitalidad en una proporción inusual: de ciento a uno. Era nuestro carácter, y el suyo. Después nos fue enfriando su egoísmo, y cuando, con medio año de antelación, recibimos la invitación verbal a la boda de su vástago, mi respuesta fue terminante:
—Nuestros hijos pueden obrar según prefieran, pero yo no voy ni atado al asiento del coche en marcha.
—A mí también me duele su manera de ser, qué crees. —Expresó mi esposa.
—Es como la punzada de una espina. –Añadió con sentimiento.
Ciertamente se trataba del orgullo herido, del amor propio magullado. En Valladolid tuvieron los Bondois todo dispuesto: la mesa, el ocio, una alcoba amplia que saca un balcón a Duque de la Victoria, nuestra disposición a servirlos; y los desplazamientos a los lugares turísticos los hacían en nuestro coche. Lo mismo en El Pinar.
Una habitación de hotel ocupábamos en su ciudad; un hotelucho de mala muerte y peor trato personal, pegado a su casa por el lado derecho, llamado, para más inri, La bonne vie. En cuanto a las comidas, dependíamos de los restaurantes, porque, como es sabido, Odile no cocina. Ellos nos acompañaban con manifiesta voluntad y claro deleite, pero pagábamos nosotros la factura, propina incluida. La diferencia de trato resultaba ofensiva. Coincidimos en el juicio a pesar de conservar Isabel por la amiga un extraño cariño que la lleva a la indulgencia.
—La boda de Jean Pierre podrá celebrarse sin nosotros. —Aseguró mi esposa y yo me mantuve en silencio, un silencio aquiescente.

 

Ellos, los Bondois

Los García Movellán, es decir, nosotros, cuando hablamos de los Bondois nos referimos en especial al núcleo formado por tres de sus miembros: Odile, la mujer fuerte; Étienne, el hombre débil; y Jean Pierre, partícipe de ambas conductas o predisposiciones, brote resultante de su unión. Otros individuos de ese mismo apellido van apareciendo a lo largo del relato, pero como se trata de personas que gozan de independencia y autonomía, con las que apenas mantenemos relación, los consideramos por separado y de manera superficial. La excepción es Vincent, con quien intercambiamos postales cuando, en vacaciones, visitamos lugares exóticos; pues antes de ser trasladado a Puerto Rico trabajó unos años en Madrid y nos visitaba en Valladolid con alguna frecuencia.
Odile, madre de Jean Pierre, esposa de Étienne, se muestra ante mí como un libro abierto. Puede que sea un enigma para la generalidad de los que la tratan, pero yo sé leer cada una de sus capítulos; al menos eso creo. Hace casi treinta años que la conozco, y logré explicar su comportamiento egoísta desde el primer día. No hizo falta un análisis de su letra, ni levantar una carta astral o leerle la mano para establecer, sobre cimentación sólida, una teoría referente a la razón de su proceder con nosotros. Mi esposa no ayudó en absoluto al esclarecimiento; y de haber necesitado yo su concurso, ella no hubiera podido aportar nada revelador que fuera más allá de algún hecho ignorado por mí, cualquiera de esos que ayudan a las chicas a establecer su complicidad. Relacionadas durante casi cuatro décadas –desde la lejana fecha en que iniciaron la primera sesión de intercambio para el recíproco estudio de sus idiomas– resulta natural que posea claves valiosas, sin embargo, carece de un juicio bien estructurado.
Cierto es que no lo precisa, pues en estos asuntos Isabel apenas se muestra cerebral; la discreción crea una barrera en torno al comportamiento de Odile: es su amiga y se acabó, se estiman ambas y punto final. En una palabra, la admira; y no es cuestión de detenerse buscando la existencia de una cepa nutricia de tal admiración, no hay raíz, no hay sustento. Posee Odile una personalidad fuerte y está acostumbrada a ser obedecida, y he comprobado que, en esas condiciones, las voluntades dóciles se doblegan. Además, tiene un orgullo que viene de cuando era pequeña, infundado a mi entender, pero evidente. La comparo con el oro: puede llegar a mezclarse con cualquiera si eso la beneficia, pero no se combina con nadie, no establece intimidad.
Es Odile una persona mezquina, también egoísta. Capaz de mentir, de fingir, de dar pena para obtener cualquier ventaja. Se comporta como una planta rastrera que busca la pared apropiada para mudar a trepadora. No fue Étienne su verdadero muro; a él llegó después de un amor contrariado. El favorecido con sus cándidas primicias fue un joven español que temía de Odile el carácter árido, las laderas sin vegetación; un buen mozo que huyó de su lado, llevándose la idea de amor forjada por ella en los días de encierro en el internado normando, rodeada de consentidas herederas, susurros nocturnos, confidencias.
Su madre, Pascale, no ha sido un ejemplo de alma sensible a los mimos; teniendo una sola hija la dejó abandonada a su soledad en un colegio para señoritas de buena familia. Ya, pensaba en el futuro, pero el porvenir ha resultado ser una excusa que ampara muchas desuniones del presente. Puede que observe a su madre más de lo que debiera, que su conducta sea en parte un proceder imitado. Y es que si nos referimos al padre, el hombre pasó por la vida como una brisa fresca o cálida según le pidieran, soplando a favor de los suyos, persona muy buena, siempre obediente a los dictados de la esposa dominante. Esa idea de la bondad guarda aún Odile, y ella no quiere ser buena; prefiere guiar los actos todos de la familia por su mismo sendero, teniendo razón porque los demás la imiten.
Muy lejos lleva el mimetismo; siendo hija única, es madre de un solo vástago. El aborto de una niña no desmiente este hecho; uno hubiera tenido en cualquier circunstancia, el primero que sobreviviera sería hijo solo. Hubo predeterminación y convencimiento en el hecho, no fue una emulación impensada: dividida entre uno, la herencia queda entera. Pero el vignoble, las cincuenta hectáreas de cepas en la Côte d´Or, la mansión de los dueños, la modesta casa de los encargados, conjunto que estaba destinada a heredar, se esfumaron.
Por eso el juego encrespa a Odile. El juego fue el refugio del padre, su único escape. Búsqueda de propiedades nuevas que le dieran la libertad e independencia ansiadas en su fuero íntimo. Juego de pronósticos firmados con un grupo de jugadores ya ricos, buscadores de más. Apuestas sobre hechos al margen de toda lógica que, en raras ocasiones, se producían. El equipo de la ciudad ganará el partido del jueves contra el campeón. El tren de las ocho y cuarto, tan puntual, llegará el domingo con media hora de retraso. Durante el mes agosto granizará al menos un día. Pronósticos de difícil cumplimiento y fácil comprobación, cuya gestión apenas ocupaba un momento. De ahí que la infausta consecuencia tardara en aflorar. Sí, el juego permitía al progenitor los sueños, y el juego la dejó a ella desnuda.
Dependen del mediocre salario de Étienne pues, aunque su madre conserva un deslizar digno de una dama –se salvaron algunas acciones de Suez que ha ido liquidando– nada comparte con ella. Frustró Odile el intento de emparentar con alguna de las antiguas amistades, y aunque colaboró su madre, después de la muerte paterna su precaria situación se hizo transparente.
Intuyó el amor en el dormitorio del pensionado, escuchando los ruidos oscuros que se incorporaban al silencio, diluyéndose en él; pero no descubrió los aspectos carnal y emotivo hasta llegar a España. Hubiera sido un fracaso de haber prosperado ese idilio. De vuelta a casa se puso a estudiar el terreno, y en el horizonte no halló donde sustentar ninguna expectativa razonable. Pasaban los días y la inactividad atacó la solidez de principios, Étienne poseía un grado de juventud adecuado –tres años menor que ella– y era alto y guapo, alegre e ingenioso; sin duda sería el compañero bueno, sustituto del buen amigo que, deseándolo, nunca halló. Calculó la maternidad a su antojo y, tras el parto fallido, tras la fallida preñez, con Jean Pierre en el vientre, en los brazos, en la cuna, Odile fue otra. Explotó en su interior una ternura que trataba de encubrir por todos los medios, y como las actitudes mantenidas crean hábito, cuando el pequeño cumplió cuatro años ya no quedaban vestigios de su debilidad. En adelante, el hijo, si no fue un estorbo tampoco constituyó una diversión; lo dejaremos en una tarea tediosa que trataba de eludir.
Creció Jean Pierre víctima de un ligero abandono, carente de una alimentación ajustada a su edad y sin un cariño agobiante que hubiera cerrado caminos. El colegio que le dio cobijo tenía entre sus dependencias un dormitorio capaz de albergar a cien chavales; no todos fueron sus hermanos, pero sí hizo un par de amigos: dos adolescentes situados junto a él en la clase de solfeo. Se refugió en la música: madre, hermana, amiga; e hizo de ella, religión y esperanza. No fue necesario utilizar en su ayuda el aprendizaje basado en la repetición, que era entonces regla pedagógica; las melodías, amadas por el niño, arraigaban en su interior sin esfuerzo. Tocaba el piano cuando apenas contaba diez años, y le daba un matiz propio que se consigue de adulto y tras mucha práctica. Los frailes pretendían dirigir su voluntad, y cuando Odile quiso llevarse al hijo porque se le hacía gravoso el pago mensual, redujeron el importe hasta adaptarse a las disponibilidades. En Jean Pierre se creció Odile, sobre el futuro músico de prestigio se subió. Programó in pectore la carrera del hijo hasta llegar a los grandes teatros, abarrotados de seguidores deseosos de apretar sus manos prodigiosas. Miembro del grupo en los conciertos, solista en la tournée anual que recorría durante los veranos medio país; los premios de honor sembraron su camino de rosas empujándolo cuesta abajo. La desilusión, de pronto, bajó a la madre del carro y la puso a caminar. En el momento de pasar a mayores, instante escogido para tomar una decisión irrevocable sobre su profesión, Jean Pierre prefirió la arquitectura. Tenía edad suficiente para equivocarse solo, y a pesar de las reiteradas exhortaciones de la madre, eligió sin apreturas, sin que nadie le mostrara el empíreo profesional o el origen laboral de la miseria. En adelante la música sería su única devoción, el exclusivo manantial de sus sueños, pero iba a ganarse la vida diseñando ciudades completas o populosas barriadas, edificios singulares o sencillas casas de vecinos.
En cuanto a Étienne, me pregunto: ¿Qué fuerza le ayuda a soportar una situación matrimonial que muchos considerarían humillante? Puede que sea en el amor donde prende el motivo de su resistencia, de su particular aguante. Sucede desde los primeros tiempos de casado: con una conformidad digna de quien ha consagrado su vida a la divinidad, todo lo acepta de buen grado viniendo de Odile. En cuanto regresa de sus viajes profesionales, las labores del hogar son cosa suya: lavar y planchar, limpiar las habitaciones, abastecer la despensa. Bien es verdad que es negado para la cocina, pero la casa y sus enseres mantienen la apariencia de un cierto orden y una limpieza aceptable. No le gusta el gas como combustible –tiene una fobia imprecisa al fuego que aparece de pronto al final del conducto– prefiere el rojo carbón de la barbacoa. Es un modesto utensilio portátil que coloca Étienne en uno u otro lugar del jardín, y con él alcanza resultados más que mediocres: logra el punto de cocción, consigue un dorado agradable a la vista, pero la monotonía gana la mano.
Chuletas ricas en lípidos, especiadas salchichas y tortitas de carne picada a las que suma algún pescado, completan su círculo gastronómico. Los guisos se concretan en efemérides de alto contenido emocional; y con carácter inalterable los cumpleaños, incluido el suyo, el cinco de octubre. Domina, sin embargo, el imperio de las salsas; cuenta con ocho o nueve muy sabrosas –unas aprendidas y otras de su propia invención– que favorecen cualquier sabor originario, hasta el más pobre, el correspondiente al desabrido arroz blanco que suele añadir a los pescados insípidos. ¡Lástima que la materia prima sea tan limitada! A veces se compadece de Odile que no prueba otra cosa, pues al fin y al cabo él come y cena en restaurantes tres días a la semana, y esa compensación va salvando su estómago de gastritis y úlceras. Pone en juego Étienne su experiencia y el mayor esmero en el jardín y en la huerta. Iza bandera de los resultados palmarios y los muestra a los visitantes como si se tratara de piezas únicas, flores y verduras por igual ornamentales, por igual lucrativas, pues vende el sobrante.
En apariencia, Étienne, comercial de servicios en una empresa de transportes internacionales, es un sujeto anodino, sin personalidad, nacido para satisfacer los caprichos de su esposa y las inusitadas exigencias de su suegra. Pero, ¡cuidado!, va acumulando resentimientos sin que nadie lo note. Atentos estos días nuestros ojos como nunca estuvieron, perciben detalles indicadores de que el vaso está llegando al colmo. Percibimos su espera paciente del día de la liberación, sin concretar aún, pendiente de un suceso cualquiera que actúe como desencadenante, de una señal que marque el principio del fin, de una simple excusa. Entonces la rebelión estallará en todos los campos y la venganza será terrible. En nuestra mente se alza erguido sobre el rojo tejado de la casa, blandiendo una espada flamígera que ilumina la noche de cólera activa. No olvida los agravios tantos; uno por uno con sumo cuidado los anota en su mente, preparada para aguantar los apuntes escritos. Figuran en tinta roja los años aquellos en que era Odile más joven y mantenía un eficaz atractivo. Salía ella cada tarde con un grupo de frívolos, y recorría a su lado los lugares de diversión hasta ya abierta la madrugada. Los conocidos piensan que si no brincó la encogida autoestima de Étienne con tales espuelas, ya no es posible que salte persiguiendo torcer el curso de los acontecimientos. Pero nosotros, visitantes esporádicos y ajenos a la mayoría de las situaciones, tenemos una visión congelada de cinco o seis momentos, que para los demás se derriten sin dejar marca alguna en el día a día. No llegará, a pesar de las quejas de Odile, el anunciado momento de la silla de ruedas; su enfermedad se quedará en el calzado ortopédico, y eso la salva. Sedente, no tendría en Étienne al compañero bueno con quien matrimonió, guía capaz de someterse a los derroteros trazados con antelación por ella. Impondría él los recorridos y las horas de reposo obligado. Qué pavor hallaría ella entonces en las cuestas, subida o bajada; qué temor inconfesado la abatiría hasta llegar al llano. Cómo odiaría los muros situados al fin de la bajada, los despeñaderos sin cerco. Creemos al marido capaz de permitir el raudo deslizar del desprecio hasta el abismo, arrastrando en su caída a una Odile indefensa y ya muerta de miedo. Hasta ahí pensamos que se extiende en Étienne su capacidad de desquite.
Sin posibles omisiones recuerda los momentos aquellos en que la madre de Odile –a espaldas del esposo que era un santo y lo hubiera impedid– o le mandaba lavarle los pies con agua de sales, y darle a conciencia un ungüento oleoso que los resucitara tras el largo paseo. Se colocaba de rodillas delante de Pascale Aboab, la belle-mère, abriendo y cerrando sus manos varoniles, flexibles y enérgicas, en busca del alivio deseado por la suegra; recorriendo la planta arqueada, las sensibles junturas de los dedos, el encallecido talón; aceptando como inevitable travesura infantil el chapoteo de los pies en la palangana, y las consecuentes salpicaduras que bañaban el contraído rostro y el cabello ralo.
Consiguió, sin embargo, que la madre se alejara, utilizando la sencilla fórmula de alejarse ellos. Logró de sus jefes ser nombrado inspector en una ciudad situada a seiscientos kilómetros. Ese traslado, obra paciente, revela hasta qué punto puede llegar cuando su capacidad de aguante se satura.
¡Y pensar que yo le había considerado juicioso cuando lo conocí! No debía de llevar más allá de un año casado con Odile y se mostraba animoso, tratando de empujar un carro, el de su matrimonio, que llevaba la galga echada y desde fuera se percibía. Llegó a España en viaje de restablecimiento de la convivencia familiar, después de la leve crisis producida a manera de las fallas que ocasionan suaves seísmos de ajuste. Acompañaba Étienne a Odile y a los padres de ella, que deseaban juzgar por sí mismos el futuro de esa unión. Me acompañaba Isabel cuando, procedentes de Barcelona, los recibimos en Madrid. Camino de Valladolid, en concreto de El Pinar, residencia en que pasábamos aquellos días de calor; quisimos mostrarles los parajes más destacados. Tras haber visitado el monasterio de El Escorial, recorríamos en grupo los jardines de la abadía que se levanta a los pies de la gigantesca cruz del Valle de los Caídos. Paseábamos al borde de un estanque cuajado de peces de colores, entre los que predominaban los de tono rojizo. Rezagados respecto a los otros, Étienne y yo avanzábamos despacio, argumentando en francés una tesis novedosa sobre las crecientes relaciones de nuestros dos países.
Étienne no hablaba entonces y sigue sin hacerlo, más allá de tres palabras en castellano: hola, adiós y gracias. Me defiendo yo con desahogo en su lengua, aprendida durante el bachillerato y practicada por razón de mi cometido en la compañía francesa que me emplea. A pesar de ello, no lograba expresar con claridad mi punto de vista; y en ese momento –cuando los demás llegaban ya al inicio del sendero que sube a la base de la cruz, y no eran visibles desde nuestra posición– me sorprendió con una frase que, llevaba toda la apariencia de romper el diálogo y el asunto mantenidos hasta entonces.
–La vida en el agua resulta en extremo sencilla; los peces, para alimentarse, tan sólo han de nadar con las mandíbulas abiertas, de ese modo la cavidad bucal se les va llenado de comida. Deben realizar un esfuerzo pequeño, el mínimo de cerrar la boca de cuando en cuando y tragar.
–Eso parece; siguiendo sus caprichosas evoluciones, nadie diría que tienen problemas similares a los nuestros. –Logré expresar en un claro acto de improvisación, porque desconocía su punto de partida y también el de llegada. Siguiéndolos en su ir y venir despreocupados, haciendo gala de esa soltura, de esa suficiencia, no me atrevería a afirmar que son, en algún sentido, infelices.
–El único inconveniente, tanto para los de su especie como para nosotros los humanos –añadió– es que, si no pertenecemos a la reducida familia de los poderosos, podemos entrar en la boca abierta de otros peces de mayor tamaño sin advertirlo, siendo allá dentro digeridos y asimilados por un estómago repleto de substancia y ferviente de lucha.
Advertí la pirueta dialéctica y cualitativa dada por Étienne a su inserto. Nos colocaba, al menos en lo referente al verbo, en el lugar de los peces, como si hubiéramos saltado un instante antes al caldo de la alberca, y las escamas nos hubieran salido por ensalmo; o los personificaba a ellos, dotándoles de un traje de raya impecable y dos filas de botones, asidos a un portafolio repleto de documentos confidenciales.
Creí entender que la parábola reflejaba punto por punto mi situación, moviéndome yo a mi aire en la empresa con la boca abierta, hasta que llegaban orgullosos ejecutivos de su país, a los que servíamos los españoles de alimento. Me sentí cohibido al instante, y le atribuí una facilidad de análisis y una expresión a través de ejemplos, poco frecuentes. Dejaba las explicadas teorías reducidas a unos mínimos vocablos, a un silogismo desnudo y meridianamente claro. Lo supuse en poder de una facilidad de exposición útil en el ejercicio del magisterio. Activado un desconocido sentimiento de inferioridad, me creí en la obligación de añadir cualquier cosa para ganar tiempo.
–Nunca pensé que en el agua se diera una lucha por la supervivencia idéntica a la de la tierra; tundra o sabana, no lejos de nosotros los animales han de matar para vivir. A no ser el hombre que, suavizando las duras leyes naturales, ha llegado con sus congéneres a un acuerdo de mutuo respeto.
–No hay tal, el hombre actúa por miedo, nunca por clemencia. Finge para ocultar el profundo egoísmo que mueve sus actos. Además, sus duelos suelen ser a muerte, y en las peleas que sostiene no existen ganadores netos.
Ahora, transcurridos veintiséis años de aquello, pienso que bien pudieron ser tales frases un inciso debido al inesperado descubrimiento del estanque agitado de vida; un apunte al margen más que un intento de simplificar mi enredado discurso. No tuve ocasión en los contactos sucesivos de calibrar la solidez de sus opiniones, pues si es verdad que nos vimos múltiples veces, ya en Francia, ya en España, casi siempre participamos en charlas colectivas sobre nimiedades asépticas, a la manera civilizada que dicta la diplomacia.
Percibí, en retazos de esas mismas conversaciones insulsas, el discurrir de su ajetreada vida; desde el nacimiento en Auxerre, entre la iglesia de Saint Germain y el río Yonne, frente al parquecito que los separa; hasta el momento actual, a un paso de trasladarse a Bordeaux por deseo de sus jefes. Había hecho Étienne un paraíso de la casa de rojo tejado en la ciudad borgoñona, donde su familia habitaba dos piezas insuficientes para cuatro hermanos. Un edén recreó, jardín poblado de exuberante flora y polícroma fauna, esculpido en la pálida piedra que conforma la ciudad antigua. Desde que, a los diecisiete años, salió de ella para seguir a los suyos, fugitivos de la desgracia incansable; desde que inició la prodigiosa peregrinación en que se convirtió su juventud, estuvo soñando con un imposible regreso. Tras vivir en Limoges, Reims, Tours, Amiens y otros veinte lugares, hospitalarios todos hasta que las dificultades se hacían con la familia, continuaba reclamando para sí la zona de Auxerre. Un jefe, inhumano hasta la crueldad, le mostraba tal caramelo cuando necesitaba un auxilio que nadie estaba dispuesto a prestar; y después, alegando cualquier incorrección de conducta, lo retiraba.
Despierto yo con cuantas personas me topo, ojo clínico, digamos; llegué a convencerme de mi impericia para formular un juicio exacto sobre la personalidad de Étienne; iba a tardar una eternidad en descifrarlo, tan plano él y tan simple. Llegué a pensar que su secreta pasión era el arte, la arquitectura y la escultura para ser más exacto; y todo por una conversación mantenida en Poitiers, visitando el Futurescope a los pocos meses de abrirse. Comparaba aquella modernísima construcción con la Tour de l´Horloge, la Porte Saint-Père o la catedral dedicada a Saint Etienne de su Auxerre natal; trabajadas en piedra, pero tan ligeras en su inmaterialidad, que el cristal, el acero y el cemento, aun dispuestos como estaban para aparentar el aire o el cielo, resultan de una mayor pesadez, hija del materialismo que los orienta. Me pasó igual con la historia; de él vino la mención a Jeanne d´Arc y a Napoleón, que por su ciudad pasaron. No, no se trataba de simple cultura. En secreto había preparado unas oposiciones al Ayuntamiento y era primordial el conocimiento de la ciudad y de cada una de sus singulares edificaciones. Me quedaba una vez más sin razón que amparase su manera de ser y conducirse, sumisa a más no poder, sometida a conciencia, y frené mi curiosidad antes de verla indagando, escudriñando, interrogando día y noche, como si me fuera en ello el sosiego.
Me llegó la ayuda, sin buscarla, de una discusión banal entre esposos. Iba a ser una tormenta de verano sin más consecuencia que unas gruesas gotas de lluvia matando el polvo, y un pequeño descenso de la temperatura. Una palabra se forma con la unión íntima de unas cuantas letras. Las palabras, ¡ay las palabras!, lenitivo o alfanje, más todos los intermedios. Persona y momento, de ellos depende derivación atribuida y lograda, los efectos causados, sosiego o derrumbe. Quizá una palabra de aspecto neutro movió un resorte escondido, el caso es que un rayo cayó en la habitación donde nos encontrábamos, el suelo se movió bajo los pies, cedieron los muros. A veces ocurre; una palabra tomada en su desfigurado sentido despierta el rencor, y el resentimiento grita un insulto desproporcionado del que luego la cabeza se arrepiente. Una pulla lanzada por Odile con intención malévola, llevaba en sí misma un ponzoñoso veneno que si no causaba la muerte producía dolorosos espasmos. En esa lanzada quise ver una de las claves que pueden explicarme el turbio carácter de Étienne, incógnito hasta entonces, enigmático.
–Acabarás disparándote un tiro en la sien, como hizo tu padre.
Agudísima imprecación llegada como una flecha a mi cerebro rastreador de verdades, a mi impresionable corazón desprotegido. Una saeta, sí; pero una saeta que portaba atada al cuello, cual paloma mensajera, a más de la firma demoníaca de la mujer capaz de escupirla, un escrito aclaratorio de los más negros misterios en los que Étienne arraiga su extraña manera de ser, su infrecuente conducta. Calló, y en su silencio calculé, intensidad y tiempo, la penitencia que estaba dispuesto a soportar aún por un matrimonio errado, por una equivocada elección. Jean Pierre es hijo de ambos y de ambos habrá recibido lo bueno y lo malo.

 

Los preparativos

Decir que los trámites de la boda comenzaron hace casi un año puede parecer exagerado, pero fue en los primeros días de agosto de mil novecientos noventa y siete, cuando eligieron los novios el momento y el lugar. Consultaron a los padres como en los antiguos tiempos, pero más por cortesía que por sentirse necesitados de su parecer y aquiescencia. Pertenecen ya al mundo de los adultos y pueden decidir por sí mismos. Lo racional y lo emocional se mezclaron a la hora de dar con una fecha inmóvil y un suelo estable. Desde el primer momento fijaron su intención a Notre Dame du Bourg, la histórica iglesia parroquial de Rabastens, a orillas del río que da nombre al departamento, el Tarn. Patrimonio Cultural en la ruta del camino de Santiago, muestra en sus magníficos frescos escenas de la vida del Apóstol. Coincide su elección con la de Jacques y Delphine, padres de la novia, en aquellas fechas lejanas en las que contrajeron matrimonio. El sobresaliente día veinticinco de julio fue el designado por un azar poco activo. Miel sobre hojuelas si coincide que en la jornada escogida se celebra la festividad de Santiago, muy venerado en la comarca y patrón del pueblo. Razón esta del patronazgo que convierte a Jacques en un nombre frecuente entre los varones, siendo el más cercano ejemplo el propio padre de Vivy, la joven desposada. Toma él a buen seguro el patronímico del santo, ya que nació en tal día de hace cincuenta y cuatro años, y sus ascendientes directos se llamaron Louis y Albert. Es su cumpleaños, aunque me temo que nadie le va a prestar atención por ese hecho, es padre de la novia y motor de todos los acontecimientos, ese encargo ensombrece cualquier añadido.
Me figuro que, debido a esas causas coincidentes, y algunas más que desconozco, pero intuyo, como la necesidad de tener el buen tiempo asegurado, la fecha acumula conmemoraciones diversas. Así que hubo de apalabrarse la ceremonia en la parroquia con tiempo suficiente, aunque quedaran asuntos capitales sin resolver. Incluso actuando así de precavidos, llegado el momento iban a coincidir tres enlaces que se repartirían la jornada con la misa mayor. Se trata de una ceremonia de marcado interés popular por ser cantada y oficiarla varios sacerdotes llegados de fuera. Se suman las circunstancias de contar con la presencia de un magnífico organista y predicar un fraile dominico, miembro de una orden, la de los predicadores, que en tiempos de los cátaros fue papista y, por tanto, enemiga de la autonomía regional. Rechazo y curiosidad sumados.
Debido a la escasez de ocasiones, resultan las bodas celebradas en las zonas rurales, muy participativas. Las personas más próximas se involucran en el desarrollo de los hechos, dándoles un carácter por demás emotivo, que los fija con fuerza a la memoria de los protagonistas. Quien organiza la boda apechuga con los gastos, se dice en mi tierra, y como el campo de acción lo pone la familia de la novia, está llamada a dar más. Si a la particularidad, de por sí importante, de vivir a doscientos cincuenta y cuatro kilómetros de distancia, incorporamos la natural pasividad de los progenitores de Jean Pierre, obtendremos el cuadro de colaboraciones.
Inicia la dejadez la madre, Odile, incapaz de entregar el mínimo esfuerzo sea cual sea la causa. Nació negada para tomar la menor iniciativa, escudándose, en la presente ocasión, tras la lejanía de su domicilio y las dificultades que una enfermedad poco conocida opone a su caminar. El padre, Étienne, respeta la inacción de la esposa y la prolonga en lo que a él concierne; vendedor de servicios en una empresa de transportes, más que nada mudanzas internacionales, se convierte en viajero constante y, sometido como está desde siempre a la voluntad de la esposa, un mueble resulta en casa, un arbusto agitado por el viento en el jardín, un perrillo faldero acurrucado a los pies de la dueña. El colofón lo añade la carencia de allegados en el lugar, o de compañeros que se sientan obligados a echar una mano.
Imaginemos a los activos organizadores comprometidos en un proceso incontenible, en un trajín que no admite más dilaciones que las perentorias, aquellas nacidas de la fluctuante disponibilidad de los partícipes, todos ellos dotados de la mejor voluntad. A veces, prisas; a veces, pausas. Ánimo y desánimo se suceden; y cuando parece que nada sale como estaba previsto, se solucionan los insolubles problemas mostrando su cara amable.
Los amigos, los primos dilectos de Violette, es decir de Vivy, repiten a escondidas una obrita de teatro que será representada en la fiesta. Van para cuatro los meses dedicados a los ensayos, a escribir una y otra vez escenas completas, a reducir o prolongar los papeles en función de que pueda sustraer más o menos tiempo a las ocupaciones diarias quien sustenta el personaje. Es sin duda una labor viva y, por ello, también arriesgada. Tengamos en cuenta, que las personas imitadas la verán, y ellas y los demás espectadores podrán comparar lo cierto con lo fingido. Esperan los actores, cuando menos, un juicio benevolente de los espectadores. Desean ser valorados con magnanimidad, cuando pongan de manifiesto el grado de perfección alcanzado. El papel de Jean Pierre, el esposo, lo desempeña Karl; y su prometida, Laure, hermana de Vivy, actúa como si fuera la verdadera esposa. Así que serán dignas de observar sus cualidades artísticas; todo lo destacables que cabe exigir a quienes confiesan una honda afición y velaron sus armas formando parte de un grupo de estudiantes aficionados a la escena. No sólo eso; también podrá evaluarse el conocimiento adquirido por los actuantes acerca de la forma de ser y portarse de los novios, y la opinión que de ellos como pareja se han ido formando. Asimismo, podrá apreciarse en la figuración la forma de moverse de Karl y Laure, ya en capilla, por el espacio angosto del matrimonio; reflejo y anticipo de lo que será el suyo, una realidad cercana vislumbrada en lo acontecido en el terreno ficticio.
Preparan una gaceta, un periodiquillo o revista destinada a conservar viva la emotividad que en el entorno de los novios desata el enlace. Recogerá, eso pretenden, los elementos tangibles y los impalpables que impregnan el ambiente condicionando la unión de Violette y Jean Pierre, distinguiéndola de otras, haciéndola única. Es de esperar que pasados los años, cuando los esposos abran el protector cartapacio y pasen una por una las hojas leyendo lo expresado en ellas, liberarán los sentimientos puestos allí por parientes y amigos, renovando y reviviendo afectos.
Resultará útil, porque esas dos personas, extrañas la una para la otra hasta hace poco menos de un lustro, vienen de lugares diferentes y habrán de caminar juntas en lo sucesivo. Hay más, aunque resulte dificultoso formarán un solo equipaje con las maletas de ambos, es tan solo un decir metafórico. En la recopilación participan quien quiere y quien puede con unas líneas o un dibujo de cosecha propia, quizá con un poema recogido de un libro porque viene al caso o una ilustración adecuada. Abundan quienes tienen algo que contar, y de uno u otro modo intentan decirlo en el hueco disponible.
No es costumbre seguida en la comarca, pero allí donde Karl ha nacido, en el corazón de Alemania, es cosa corriente. Pretendiendo tal contribución, remitieron una carta a los integrantes de la lista provisional de invitados, borrador proporcionado con todas las cautelas por los padres de Vivy y Jean Pierre. Son conscientes del riesgo que corren, inseparable de la acción emprendida, y lo asumen. Resulta imposible evitar que los receptores de la demanda se sientan ya convidados, que se vean en los primeros bancos de la iglesia vestidos de gala; de modo que contando con ello decidieron efectuar una criba. Al parecer, el remedio adoptado no parece del todo inofensivo, ya que llegan alarmas de los que se piensan orillados y reclaman una oportunidad que creen merecer más que nadie. Esperan los organizadores que, uniendo a los unos y a los otros, pueda elaborarse una lista adecuada, la que satisface a todos.
Las fotos acopiadas por los organizadores en ambos círculos, en el entorno íntimo de los muchachos –álbumes de los vecinos inclusive, con los que fraternizaron alguna temporada– van formando un documento audiovisual que desgrana a poquitos la vida de los novios.
Recorre el incompleto camino que va desde el nacimiento hasta el día de la boda, y trata de mostrar la pericia desplegada por el azar para dirigir separados los pasos infantiles, las zancadas adolescentes y el juvenil zigzagueo. Sigue el curso seguido por los arroyuelos desde la fuente hasta hacerse arroyos y luego ríos, confluentes en un lugar y momento cruciales, a partir del cual ya van juntos, conociéndose, enamorándose, perfilando proyectos, uniéndose en matrimonio para convertirse en el núcleo originario de una nueva rama familiar. Acompañará a las imágenes una melodía sencilla, interpretada a lo vivo por uno de los grupos que se ocupan en la música sacra de la baja Edad Media. Pondrá la voz una prima de Vivy que la posee cálida y nítida, rica en matices.
Los conocedores de los ritos religiosos desean dar cuerpo a un cuadernillo con las canciones que se escucharán en la iglesia. Algunas son de dominio público, pero la mayoría pertenece a la personal invención; predominando, por expreso deseo de la novia, los motivos bíblicos. La portada llevará un dibujo muy delicado, obra de una Violette de espíritu artístico, que Laure, a hurto de su hermana, aporta. Representa una vistosa pareja de mariposas –macho y hembra sugieren el distinto tamaño y los vivos colores: más claros en la menuda, más fuertes en la grande– par armónico que sobrevuela un prado cuajado de florecillas. En bulto quieren imprimir la ilustración de cierre: un esmalte de tonos pastel que ha de quedar firmemente adherido a la contraportada. Representará, si encuentran al pintor idóneo, un cupido regordete y travieso que, sirviéndose de una de sus flechas a modo de batuta, dirige un simpático coro de rosáceos angelotes.
Laure, impulsada por el cariño que profesa a su hermana Violette, al que suma el placer obtenido cuando organiza y conduce proyectos, participa una por una en todas las iniciativas. Acaba de rematar con varios galardones la carrera de abogado, y a mediados de septiembre iniciará unas prácticas de pasante. Remuneradas, claro; amplía de inmediato para disipar dudas. Será en el despacho recién abierto en Toulouse por unos conocidos de la familia.
De modo que dispone de mes y medio para trazar las líneas principales y acometer su desarrollo. Entre ella, un primo que trabaja en el sector de las artes gráficas y una amiga recién licenciada en historia, han tomado a su cargo la confección de las invitaciones. Piensan diseñar dos tarjetones de aspecto antiguo y distinguido; resaltando en ellos el consistente papel pergamino y la letra gótica.
Sirven las piezas para convidar a los esponsales a un centenar y medio de privilegiados. Informarán, además, en un tono desenfadado y ágil –en claro contraste con la rigidez de formas– de cómo el mutuo amor los lleva a casarse y a compartir el futuro. Añadirán la nutrida historia de los lugares previstos para la ceremonia religiosa y la fiesta derivada: el templo de Rabastens y el cercano castillo de Mauriac. Tratan de insuflar un soplo de informalidad unos dibujos que vienen como anillo al dedo, pues muestran a los novios en una justa medieval: él, campeón de la bellísima dama; ella, señora de su esforzado caballero. Son autores los infantes que portarán las arras vestidos de pajes, niña y niño, nueve y diez años su edad respectiva.
Se extenderá el convite a lo largo de la tarde y de la madrugada, pues la misa de los desposorios comienza a las cuatro. Vivy y Jean Pierre se casan los segundos cumpliendo el capricho del albur, manifestado a través de los naipes en el sorteo acordado por las tres parejas cuyos esponsales coinciden ese preciso día veinticinco de julio. En relación con la cena diseña Jean Pierre una cartulina que detalla el infrecuente menú. Se trata, de acuerdo con su idea, de una cuartilla de color salmón plegada por el centro para formar un díptico. En la portada figurarán, bajo el anuncio del contenido, la fecha, el lugar y los nombres de los desposados. Las carillas interiores deben acoger un texto abundante, en el que se cuidarán con esmero tanto la redacción como la tipografía, con el fin de darle un carácter serio, próximo a las descripciones técnicas o científicas. Y es que está destinado a descubrir a los comensales, las beneficiosas propiedades atribuidas a las materias primas y a los ingredientes utilizados en la confección de los platos; soslayando, eso sí, las secretas razones de la novia para elegirlos. La última página acogerá una frase de cierre e irá salpicada de tenues siluetas: parejas de objetos que cobran sentido en cuanto se juntan, siendo inútiles por separado. A Vivy le gusta el bosquejo y lo hace suyo, sugiriendo algunas modificaciones aceptadas al segundo por un Jean Pierre más complaciente que de ordinario.
Unas flores muy laboriosas de hacer, que llevan impreso el nombre de cada invitado, unas palabras de agradecimiento y la firma manuscrita de Vivy; son la aportación de Séverine, tía de la novia y propietaria de una floristería. Tiene pensado confeccionarlas partiendo de alambre y papel de colores, y las irá plegando una a una con sus manos después de la hora de cierre. Ha ideado, asimismo, sumar a cada flor repartida en la fiesta, dos figuritas de barro cocido –trabajo de un artesano de Salvagnac– que ella decorará con pintura acrílica y finos pinceles de pelo de marta. Representan las imágenes una noble pareja vestida a la antigua usanza occitana, y poseen un hueco interior que irá relleno de varias golosinas aún no decididas, pero que, en cualquier caso, han de ser un poco saladas en la figura de hombre, y en la figura de la mujer algo dulces.
Las estatuillas, enlazadas por dos cordones de distinto color, simbolizan la conjunción de los esposos ante el proyecto común. Se entregarán formando unidad con la flor dentro de una envuelta de transparente celofana, imagen de un matrimonio protector y, sin embargo, abierto a las miradas que llegan del exterior y a las que salen.
Mientras los dotados de un espíritu artístico dibujan y pintan, aquellos que poseen el don de la buena letra escriben en un cartel los apellidos de los comensales, precedidos de la inicial del nombre. Predominan los colores ocres, aunque van combinados con los marrones en abierto contraste no exento de armonía. Los bloques de letras, trazados sirviéndose de un rotulador de punta fina, se sitúan, de forma bien comprensible, alrededor de unos círculos que representan las mesas del convite: tableros redondos cubiertos de blanco mantel, suficientes para facilitar ocho espacios. Se aprecian detalles que en ocasiones llegan a la minuciosidad artística: en la mesa presidencial, de mayor tamaño que las otras, en lugar de escribir los nombres han dibujado con plumilla y tinta china los retratos de la pareja de recién casados y los de sus padres.
Como Jacques, el progenitor de Violette, es veterinario y conocido en la comarca por su olicitud con los animales, imagina la llegada de inesperados regalos, incluso de ofertas de colaboración desinteresada, que en el momento del himeneo hallarán su acomodo. «Esta buena pieza por la curación de mi caballo», le dirá –piensa– un agricultor soltando un pavo vivo con las patas anudadas y cabeza abajo. «Cuando al anochecer me siento a la puerta del establo, y con la gubia doy forma precisa a un tronco informe, oigo al potrillo moverse junto a la yegua, y me digo, aquí hay treinta horas de trabajo encerradas, serán de quien dejó todo para atender un parto que se presentaba difícil», añadirá un convecino trayendo una figura de madera tallada a mano con paciencia y buen arte. «Me pongo a su disposición», manifestará un tercero, «para lo que usted mande, no he olvidado la noche que pasó junto a mi vaca cuando le dio el cólico». Jacques se encarga de conseguir los permisos y firmar los contratos que comprometen pagos y, unido a su mujer, supervisa la marcha de las tareas, de forma que cada proyecto tenga su ejecutor y todas las voluntades cometido. En fin, parientes y amigos se emplean en el desarrollo de cuanto proyecto concibe la imaginación, sabiendo que el día de la boda, cuando dominados los inconvenientes vean la utilidad de su esfuerzo, habrá suficiente satisfacción para completar el reparto que a todos llegue a modo de compensación.

 

La ida

Faltaban cuatro meses aún para la fecha de los esponsales, y Odile conminaba a Isabel a adquirir un compromiso firme de asistencia. Apelaba a los recuerdos más íntimos, a la memoria de mayor emotividad, momentos claves de una amistad que, de ser cierta, lo fue hace tiempo. Ganada mi esposa quiso Odile convencerme a mí; pues me consideraba la piedra angular de nuestra presencia en la boda. Abogó Isabel a favor de escucharla, sin que viera yo en ese apoyo más que la consideración adeudada a la amiga. De modo que, por deferencia a mi esposa, escuché en el teléfono las razones que aún no había escuchado.
Me abrió la mujer una intimidad doblegada por la angustia, confesando un mal progresivo que la iba a situar a no tardar mucho en una silla de ruedas, si es que la muerte no se anticipaba a la invalidez. En estas circunstancias no hay corazón humano que se niegue; última voluntad de un ser moribundo, por demás respetable y digno de obediencia.
Llegado el momento, concebimos el viaje como si de una peregrinación religiosa se tratara; de modo que las dificultades y el sacrificio inherente dejaron de ser freno para convertirse en acicate. Nos aguijó la dificultad del recorrido: dos mil trescientos kilómetros sumando la ida a la vuelta. Nos impulsó el riesgo, incrementado por la situación familiar, pues los compromisos de Francisco Javier y Sofía obligaban a utilizar dos coches. Nuestro hijo mayor, en su condición de testigo de la ceremonia civil, intervenía el viernes por la mañana en el juzgado. Nuestra hija y su novio concluían la semana laboral a las tres de la tarde de ese mismo día. Diferencias de tiempo inconciliables por muchos cálculos que hiciéramos. Y los hicimos, claro está, sin resultado práctico.
Partió Isabel al amanecer del jueves por la ruta de Burgos camino de San Sebastián y Toulouse, acompañada de los dos muchachos y de Anita. Los cuatro poseen permiso de conducir y, careciendo de práctica tan extensa como la entonces requerida, pensaban sucederse al volante en cuanto asomara el cansancio en el rostro del conductor. Sofía y yo, con la intención de entrar en Barcelona para recoger a Roger, hijo del primo mayor de Isabel, salimos a primera hora de la tarde del viernes por Aranda, pasamos por El Burgo de Osma hacia Calatayud. Ella un poco triste, pues esperaba mayor compañía. Sucedió que su novio debía trabajar la mañana del sábado y, llevando en el puesto menos de un mes, no era cuestión de indisponerse con los superiores. Parando en Zaragoza el tiempo mínimo de relajar los músculos tensos y tomar un bocado a modo de merienda, llegamos a Barcelona a eso de las once de la noche. Habíamos previsto dormir en casa del más joven de los primos. Lo hicimos así, pero el calor excesivo nos mantuvo desasosegados y no pegamos ojo. No obstante, nos levantamos a las siete como estaba previsto. Tras el desayuno, esperamos a Roger en la esquina de la casa donde habíamos quedado. Después de media hora llamamos a los padres, y aseguraron ellos que había salido a tiempo de casa para encontrarnos. Tras esperar otra media hora, desesperados por la falta de noticias, partimos sin él. Puede ser que hubiera equivocado el lugar del encuentro, puede ser, pero no lo sabemos.
Pasado el mediodía del sábado, avistamos sin ningún contratiempo una urbe extensa que por fuerza había de ser Toulouse. Tomamos la autopista que conduce a Albi, para abandonarla muy pronto, en la salida número siete, por una carretera departamental poco transitada. Imagino a Francisco Javier levantando el mapa del trayecto al dictado del novio; las dudas y rectificaciones, sus peticiones de nueva explicación, el traslado a limpio, y la sensación sentida al final de que algo no concordada.
Así que el croquis trazado en esas circunstancias se convertía en la única referencia válida, pues el mapa de carreteras que nos había guiado no contemplaba detalles locales. Nuestra velocidad fue normal hasta situarnos en el pueblo de Giroussens, quizá hasta la aldea de Peyrieres, hasta la rue Cèdre inclusive; a partir de allí la lentitud, el titubeo, la parada para efectuar consultas y el retroceso para tomar otro rumbo, fueron consecuencia de la deficiente interpretación que fuimos capaces de dar al plano manuscrito.
Desde la esquina de la calle Cèdre debíamos recorrer seiscientos metros hasta llegar a un cruce de carreteras; en esa intersección tomaríamos a la izquierda después de ver una casa caída. Así obramos; sin embargo, pese a la meticulosidad puesta en el seguimiento de las instrucciones, no encontramos el pórtico de ladrillo ni la alameda que había de llevarnos a la casa grande coronada por un soberbio palomar, domicilio de monsieur Peyrepertuse, padre de Violette, la mariée, que se casaba ese día con Jean Pierre, amigo de nuestros hijos, más concretamente de Francisco Javier, témoin de la boda.
Faltaba poco más de una hora para que diera comienzo el ritual de los esponsales, liturgia que en nuestra ingenuidad de extranjeros pensábamos tan exótica como si tuviera lugar en la Arabia antigua o en la India de Tagore. No, no era cosa de perderse el ceremonial, menos aún tras el enorme esfuerzo realizado. Necesitábamos la hora perdida en Barcelona y disponíamos de un tiempo que se reducía sin provecho. Así que, temeroso yo de acumular errores, una vez más confronté el día establecido en la invitación con el marcado por el reloj de pulsera; y una vez más coincidían. La duda me asaltaba en las carreteras estrechas, en los cruces sin definición, en las calles breves, en las esquinas anónimas. Mi vacilante entusiasmo se expresaba por medio de frenazos bruscos y giros repentinos.
La preocupación era abstracta, inconcreta; y mi temor sufría la posible ruptura de las frágiles piezas, el desorden que acaba con el orden dictado por el protocolo. Ciertamente ignoraba si mi ansiedad provenía del compromiso tomado por mí en concreto, Juan García Cabeza, persona responsable, el último valladar conquistado por la invitación de Odile a la boda de su hijo, celebrada lejos de nuestro entorno habitual. Ignoraba si mi preocupación brotaba de la que, como es natural, ocuparía a estas alturas a Isabel y a los hijos, a quienes era fácil imaginar inquietos y desorientados por nuestra tardanza.
Cualquiera que fuese el arranque de mi inquietud, este incidente de la búsqueda del lugar de la cita, sin aparente trascendencia de suyo, estuvo ligado por hilos invisibles a los inconvenientes surgidos desde el inicio de la forzada excursión. Tener que venir separados y en dos coches, la espantada de Roger y el tiempo perdido en Barcelona, las lagunas e incorrecciones del mapa descrito al dictado; son hechos de por sí fastidiosos. A mayores, su valor acumulativo incrementa el temor de no llegar a tiempo a la ceremonia. De ese particular estoy convencido.
Un joven campesino recolector de cereales, en cuya finca entramos al descubrir sobre el tejado de la casa el palomar hecho torre indicado en el dibujo; un labrador servicial y cortés, abandonando la tarea cosechadora que desarrollaba, se acercó a nosotros con clara intención de asistencia. Estudió el mapa abocetado sin precisión, y oyó, vertidas a su idioma, explicaciones agregadas; siendo incapaz, a la postre, de reconocer la finca o identificar a la novia que, en un rato, por desventura para nosotros demasiado breve, iba a dejar de serlo.
Viendo que la consulta se alargaba, con afán de servir o movida por la curiosidad, se acercó la madre: una señora mayor, entendida, a tenor del resultado, en acontecimientos sociales de esa índole; ella sí supo.
–Claro, una de las novias se llama Violette Peyrepertuse, es hija del veterinario; desde hace días la casa parece un hormiguero. No estoy muy segura, pero creo que su boda es la próxima; pronto llegarán a la iglesia, de modo que, si vienen ustedes para verlos casar, habrán de apresurarse. La chica, alta y hermosa como es, lucirá con elegancia el vestido. Lo pasarán bien; estoy convencida. ¡Allez vite!
Tal aclaración, salida de los labios mustios en un francés sencillo, coincidía de manera asombrosa con el aprendido por mí en el colegio, perfeccionado en el ir y venir de los veranos que duró el intercambio y la práctica reiterada en la sede central de mi empresa. Esa parla, en el francés asentado de la madre curiosa, orientó al hijo. Subió el hombre a una bicicleta, pequeña para su considerable humanidad, y nos precedió con el encargo materno de encauzar el coche hasta la casa del albéitar. Había hecho ese recorrido a todas las horas del día y de la noche, cuando la prolífica cerda, tan propensa a las hemorragias, paría. Comprobamos en ese momento que los términos de nuestro plano estaban invertidos; era dentro del cercado sin puerta donde los árboles bordeaban un camino que llevaba a la casa. La realidad corregía sin reservas su retrato mal copiado, y posaba para uno nuevo que yo fijé enmendando el antiguo.
Nos recibió Delphine Peyrepertuse en el punto medio del personal aderezo. Las prendas elegantes y las de faena, coincidentes en su indumentaria, le daban un aire gracioso. Me presenté, e hice lo propio con mi hija Sofía. Pregunté por Isabel y los tres hijos, y al momento supimos por boca de la mujer francesa, deseosa de colaborar, que algunos invitados del novio se alojaban en hoteles de pueblos cercanos. Eso sí, mi esposa, los muchachos y Ana dormían en viviendas de familiares suyos o de Jacques, su esposo. A veces me ocurre, sin darme cuenta llamo Ana a quien todos decimos Anita y, en esas ocasiones, me viene a la memoria la Ana amiga de Isabel, origen del nombre.
Tan sólo cuarenta y tres minutos nos separaban de la ceremonia, cuando la madre de Violette telefoneó a los Bondois para anunciarles nuestra aparición. Debió de pedir Odile que fuéramos a su albergue para asearnos y cambiarnos de ropa, pues una muchacha, empleada de la casa al parecer, subiendo a nuestro coche nos orientó por un dédalo de carreteras bordeadas de fincas. Un breve paseo de olmos nos puso al pie del soberbio edificio, antigua casa grande de terrateniente convertida en hospedería. Desde ese punto hubo de regresar la sirvienta; pero en su delicadeza entraba el hecho de explicarnos que, sin direcciones prohibidas, la marcha a pie duraba cosa de diez minutos.

 

 

La ceremonia

Lo recordaré tiempo y tiempo, pues se imprimió en mi mente el episodio. Recién llegados mi hija y yo a la casa de labor convertida en hospedería, lugar de alojamiento de los Bondois, padres del novio, me enfrenté a la maestresa por impedirnos subir a la habitación de Odile o avisarla por teléfono. Sentía los nervios colocados de través: el tiempo se nos echaba encima y la encargada oponía su tozudez a nuestra urgencia. Sofía y yo nos aseamos y cambiamos de ropa en uno de los cuartos vacíos, situado debajo de la habitación de Odile. Al poco bajó la reina seguida de Étienne, príncipe consorte o primer paje. Esa impresión daba, alto, estirado, embutido en la levita oscura de las recepciones, siguiéndola cuando descendía ella tocada con un sombrero de alto copete. Su leve cojeo nos sorprendió. Era una inclinación o ladeo que no aumentó a través del jardín, desde la recepción hasta el lugar donde habían estacionado el coche, acaso treinta metros. Nos dijo: «Seguidnos, que vamos tarde y soy la madrina». Así fue el saludo de bienvenida, cuando nos quedaba un margen temporal escasísimo hasta el comienzo de la misa de bodas.
Pues bien, utilizando la intuición para seguir a los Bondois, que salieron del albergue como alma perseguida por el diablo y nos perdieron en el primer cruce, llegamos a la iglesia. Descubrí en mi hija Sofía un deseo inconsciente de alcanzar esa meta parcial, consumación de la complicada travesía geográfica. Por fin compartiríamos con el resto de la familia, las emociones que un lapso, tan denso como el transcurrido desde que salimos de Valladolid, había producido o albergado.
Buscándolos entre la muchedumbre inquieta, en la portalada del templo, cerca de la puerta, nos vimos de pronto frente a Isabel, Octavio y Ana. Se movían escudriñando la multitud con la mirada, deseosos de encontrarnos. Sin esperar oportunidad más conveniente, Anita, inteligente y sensible, destapó el tarro de los sentimientos para mostrar la indignación acumulada.
Nos reveló con vehemencia, la decepción más profunda. En su manera apasionada de ver las cosas, entendía que nadie los tomaba en cuenta. Denunció ante la paterna jurisdicción, muestra y resumen de los males sobrellevados, que a pesar de la hora tardía no habían comido. Mi esposa, menos enardecida, quiso restar importancia a los sucesos; y de su relato deduje que Armand los ayudaba, que los padres de Vivy se mostraron amables y solícitos ante cada una de las dificultades surgidas. Ellos, extraños, ajenos por completo a nuestra invitación, aun insertos en la vorágine de los preparativos como estaban, suavizaron el trance penoso de la avería del coche; rotura que pudo tener consecuencias trágicas ya que afectaba a elementos de seguridad. En añadido simultáneo, procuraron albergue a los nuestros pidiendo favores a los suyos.
Por fortuna, el dueño del taller era pariente de Jacques y estaba invitado a la boda; un operario suyo trabajó fuera del horario laboral, de manera que, en el vehículo ya reparado, pudo Francisco Javier acercar al novio a la iglesia. Debido a la tardanza no presenciamos su llegada, aunque le veíamos de cerca junto al novio. Estaba elegante nuestro hijo mayor con su traje negro, de chaleco gris, estrenado para el compromiso. Digo la verdad, no es pasión de padre: merced a la aventajada estatura y recia planta llamaba la atención. Hasta hubo quien pensó que se trataba del novio, según oyó decir Sofía. Su hermano Octavio, tercero de nuestros hijos, de natural tolerante, menos afectado que Anita por la conducta de los Bondois, iba colmando su curiosidad, su abierto deseo de saber, y parecía estar viviendo una atractiva aventura. De ese modo su juicio sobre el tiempo pasado en tierra extraña era el más favorable.
Los alrededores del templo aparecían tomados por un gentío insólito en tan pequeña aglomeración urbana. Ni sumando a los vecinos de Peyrieres y Giroussens, de donde veníamos, con los de Coufoulex, que acabábamos de cruzar, y los de Rabastens, en cuya iglesia tenía lugar la ceremonia; ni reuniéndolos a todos con el señuelo de un espectáculo gratuito, se congregaba tal número de personas. Es de suponer, en consecuencia, que los venidos de fuera éramos mayoría. A los invitados de la boda precedente que abandonaban con retraso el templo, parsimoniosos, joviales, laxos; y a los que esperábamos la entrada tensos, intranquilos; se habían unido los residentes en los alrededores, fisgones del revuelo formado y afectados por la general alegría que, sabiéndola ajena, nadie les impedía compartir.
Cuando indagaba en mi mente buscando el origen de tanto bullicio, recordé que las ferias de Saint Jacques vertebran un repertorio festivo sin parangón en el año.
Éramos unos perfectos anónimos allí. Al menos eso pensamos Sofía y yo, porque los demás parecían llevar allí meses y estar al cabo de la calle en cuestión de nombres y personas.
Violette nos conocía de su estancia en nuestras casas de El Pinar y Valladolid, ocurrida el verano anterior. Inseparable compañera de Jean Pierre, se mostraba entonces satisfecha de la posición ocupada, novia del amigo de nuestro hijo mayor. Nos recordaría con cariño y cuando la saludáramos quedaría claro.
Vimos a la madre, Delphine, quien nos recibió al llegar y avisó a los Bondois de nuestra venida. Ella nos presentó a su hija Laure, y al esposo, Jacques Peyrepertuse, un hombre fuerte en todos los sentidos de la palabra: resistente, robusto, saludable, animoso. Debió de decirle al esposo algo simpático relativo a nuestra aparición en la puerta de su casa, precedidos del amable vecino que nos guiaba subido a su bicicleta, porque los labios del hombre se abrieron en una sonrisa admirativa, potenciada a risa franca por la tensión propia del instante. Isabel los muchachos y Anita, agradecidos por su hospitalidad, saludaron a los esposos como si los conocieran de toda la vida.
Supimos que Violette estaba en el coche con amigas y aceptaba de buen grado el retraso de su entrada en la iglesia porque suponía que así iba a ocurrir. En ese intervalo hueco, a salto de caballo de ajedrez la madre nos dio a conocer a otros invitados. Procuraba mantenerse en todo momento junto a los suyos, pero echaba de cuando en cuando un ávido vistazo a la puerta de hierro adornada de cruces, donde esperaban Jean Pierre y Odile junto a nuestro hijo mayor, el solícito Francisco Javier.
Indicándonos su posición familiar respecto a los novios, algunos de los presentados nos mostraban a los contiguos, cuyos nombres franceses resultaban difíciles de retener, a no ser los que suenan de modo parecido en castellano, como Bastien y Fabien; o los de idéntica pronunciación, Daniel o Nicolas a modo de ejemplo. Acaso por exigirnos un desacostumbrado esfuerzo mental, deseábamos breves esos prolegómenos, pero se alargaban como si fueran de goma, debido a la demora producida en el inicio de la misa. Una dilación capaz de anular la enorme importancia que yo daba a nuestra propia tardanza.
Paso a paso comenzamos el ingreso en el templo, pues aún salían rezagados de la ceremonia anterior, y los sacristanes ordenaban los bancos sustituyendo cintas y flores. Avanzábamos al lado de desconocidos y delante de extraños, arracimados, comprimidos, formando con ellos una marea que nos llevó en volandas a los asientos previstos para los convidados. Entonces nos asaltó una duda que exigía rápida determinación: o decidíamos con premura o se disolvía como terrón de azúcar en agua caliente. Dudamos entre situarnos atrás, prudentes, modestos, discretos, comedidos, tímidos, vergonzosos, insignificantes, perdiendo la vistosidad de la ceremonia; o vanidosos, fatuos, altivos, ocupando los puestos delanteros, destinados con toda probabilidad a los familiares.
Como veníamos de fuera y para nosotros los usos locales constituían en sí mismos un singular atractivo, optamos por el riesgo y nos colocamos en el segundo banco; tampoco era cuestión de exagerar. No se atreverán a enviarnos a la retaguardia, pensamos, no llegarán a humillarnos de ese modo, somos los García Movellán. ¿Derecha o izquierda?; ahí nació el segundo titubeo. Atribuíamos a cada una de las secciones de invitados –del novio o de la novia– una mitad del universo; y dado que apenas distinguíamos a los unos de los otros, escogimos lo cómodo, es decir nos quedamos en el lado izquierdo, pero lo más cerca posible de la frontera, próximos al centro. Sabia decisión, sí; pero carente de mérito, confieso. Habiendo tomado partido por acercarnos al altar con peligro cierto de postergación, tal disyuntiva, a simple vista de menor calado, se resolvió sin cálculo apenas. A la hora de la verdad resultó que ocupábamos plaza en el costado previsto para acoger a los seguidores de la mariée, pero nos mantuvimos firmes en nuestro error, conscientes de que rectificar cuando en la iglesia no cabía un suspiro, significaba nuestra anulación, el suicidio como espectadores.
La iglesia de Rabastens –elegida como escenario de la boda por razones explicadas en los tarjetones de invitación– posee unos frescos que el paso del tiempo ha deslucido en alguna medida que no supimos calibrar. Se trata de figuras piadosas en las que predominan los colores derivados, por mezcla, del rojo y del azul; espacios sometidos a unas líneas que la acción de la humedad, filtrada a través del techo seguramente, desdibuja. Por esa causa su primitivo esplendor se presenta algo opaco o desvaído, necesitado de una cuidadosa restauración para volver a su atractivo original. Nuestros ojos iban de arriba hacia abajo recorriendo la bóveda y las paredes, deteniéndose luego en las personas que nos rodeaban, en el retablo principal, en la disposición del ara y del sagrario. En esta ocupación nos sorprendieron los acordes del órgano, que anunciaban, sirviéndose de un tono apremiante, el inicio de la ceremonia.
Ante nosotros, en el primer banco –alcanzábamos a hablarles al oído de ser preciso– a un palmo de nuestras narices se situaron los miembros más relevantes de la familia de la novia: Jacques Peyrepertuse, padre y padrino con un protagonismo restringido respecto a la costumbre española, y su esposa Delphine; Laure, emocionadísima hermana; una anciana acicalada de manera juvenil y Séverine, la florista, tía y madrina de bautismo de Vivy, a quien nos presentaron mientras esperábamos en la portalada del templo. Es cierto, lo dijo Isabel: no podíamos habernos equivocado con más provecho.
En el estrado –si no es una irreverencia nombrar así al espacio elevado del altar– de espaldas al público, se encontraba el novio flanqueado por algunos jóvenes que supuse los testigos, dado que uno de ellos era nuestro hijo Francisco Javier. Un poco más adelante, a la izquierda, es decir, frente a nosotros, de cara al público, se situaba una veintena larga de chicos y chicas de la edad de Vivy y Jean Pierre. Eran los miembros de la coral. Parecían encontrase una pizca nerviosos, y no sin causa, porque en ese preciso instante entraron en acción.
Música y voces se arrancaron con la marcha triunfal, dando entrada a una novia intacta e impoluta. Cuatro infantes elevaban la cola del vestido añadiendo vistosidad a su lento avance. Ritmo espontáneo, liviana energía y altiva solemnidad al paso de una Violette transfigurada, que parecía mirar a todos y, probablemente, no veía a nadie.
Llegó junto al novio y al poco entonaron los compañeros el Aspérges me, Dómine, hysopo, et mundabor; lavábis me et super niven dealbábor, de la Antífona. Supuse que la llegada al ara de los dos sacerdotes revestidos de capas pluviales, había sido consecuencia de la señal convenida para iniciar la actividad.
Continuaron el canto mientras el aumonier joven, el llamado padre Barthélemy, rociaba el altar con un hisopo mojado en agua bendita; rociaba, a continuación, al viejo sacerdote Faux; rociaba a los contrayentes y a sus testigos; rociaba al coro de juveniles voces; rociaba a los fieles en general, representados por los colocados en las primeras filas. Los jóvenes de la coral siguieron dando cumplimiento exacto al primer himno del librito de cánticos: Defensor alme Hispaniae, Jacobe, vindex hostium, Tonitrui quem filium Dei vocavit filius. En ese momento recibí sendos codazos de complicidad, uno en cada costado, el proveniente de Isabel y el que me dirigió Sofía; deseaban señalarme, utilizando ese peculiar lenguaje, el uso del anacrónico latín en el oficio religioso, o la referencia a nuestro país hecha en el himno, que seguíamos sin pestañear marcando con el dedo el verso alcanzado.
Se despojaron los oficiantes de la capa para colocarse sendas casullas; y de esa guisa iniciaron el Introitus. Vino luego la Oratio, a la que siguieron la Lectio Epistolae beati Pauli Apostoli ad Corinthios, el Graduale, la Sequentia sancti Evangelii secundum Matthaeum, Ofertorium, Secreta, Communio y Postcommunio. Todo ello, como se ve, en latín; lo que a muchos asistentes chocaba, pues, aunque en Francia se utiliza todavía en algunos pasajes de la misa, tal profusión de términos y frases, acompañados de canciones en la misma anacrónica lengua madre, tenía a los presentes en constante escucha. Y no sólo eran los insólitos vocablos, se sumaban la música de órgano, el virtuosismo del organista, la voz magnífica de la soprano, la unidad armónica que formaba el coro, para llevar a los oídos, incluso a los más renuentes, a constantes atención y goce.
Volvía a nombrar a nuestro país uno de los himnos, contribuyendo a que Anita comenzara a pactar en su interior con los franceses: Beatum Apostolum, qui inter primos electus, primus omnium Apostolorum Domini calicen bibere meruit. O gloriosum Hispaniae regnum, decía el texto leído en el cuaderno.
Si semejaba una soberana de leyenda la novia, el novio parecía un rey de leyenda. Alto, esbelto, elegante, erguido. Sólo el dulce mirar de sus ojos marinos suavizaba la grave majestad del semblante. En el momento solemne de dar el consentimiento, verdadero corazón de la ceremonia, cuando el sacerdote lee la fórmula del compromiso y los novios conocen que están ante un paso irrevocable; en ese preciso instante en que los anillos hacen su aparición como símbolos de unión indisoluble, entonces sucedió algo insólito.
Fue tan honda la impresión recibida, que al rememorarlo lo veo de nuevo, de nuevo lo vivo. El novio se hinca de rodillas ante la novia, y una Violette transformada toma su mano derecha y coloca en el dedo anular, de tres envites progresivos, un sello de oro que luce un escudo grabado. De los labios femeninos surge una oración, un conjuro acaso, que se renueva en cada respiro dado al avance de la insólita alianza. Pronuncia ella tres frases en tono solemne, claras, rotundas, impresionantes; palabras sacadas del idioma occitano, la célebre lengua de Oc. Eleva la mirada Vivy a la bóveda santa, y en ese instante supremo debió de ocurrir un milagro que le fue dado presenciar.
Fijo mi vista en su rostro y puedo apreciar la transfiguración: boca, ojos y nariz iluminados desde dentro, rebosando beatitud y arrobo. Inundan el templo finísimos rayos de luz que las vidrieras filtran cuidadosas, tiñéndolos de su propia variedad cromática, coloreándolos con los tonos completos del iris, los principales y su enredo. Al etéreo velo de la esposa, urdimbre y trama formadas por hilos de luz de un rosa pálido, de un azul muy leve, de un amarillo pajizo cercano al blanco y de un blanco purísimo, casi celestial; a ese impalpable tul le mece un aura que no viene de ningún lado ni va a ninguna parte. Y no es únicamente la luz; la música del órgano añade solemnidad: las notas que emergen raudas de los tubos se quedan en lo alto de la nave, revoloteando, para caer al instante como copos de nieve, lentas, balanceándose armoniosas.
Chocan en su descenso con las que suben, rompiéndose en puntitos luminosos que se confunden con las partículas de luz nacidas de las cristaleras. Los armónicos ecos se añaden al caudal de motitas resplandecientes, pasando de ser captados por el sentido del oído a serlo por el de la vista, para concluir disolviéndose en el aire y facilitar el hecho insólito de ser respirados por Vivy. Abre ella su pecho de novia y admite en él, profundo, anchuroso, un inagotable caudal de pasión. Le llegan torbellinos, torrentes, cataratas de amor; ríos, mares, océanos de etéreo cariño, de afecto constante e indestructible. Ama sin pretenderlo, como nacido el sentimiento de un acto reflejo; ama a su esposo, a los dos sacerdotes, a los testigos, a familiares próximos y lejanos, a los invitados presentes y ausentes y a la humanidad diseminada por geografías incontables; ama, en suma, a quienes el sacerdote roció con su hisopo en la Antífona.
En un abrazo intelectual, extremidades desplegadas hasta coincidir con los imposibles límites del universo, abarca al género humano, porque en ese lapso inconmensurable los principios independientes del bien y del mal, unidos sin costuras, forman uno solo al que llamamos prójimo; contradictorio por ello, elevado y abyecto. Dura un solo segundo el éxtasis vislumbrado en el rostro de Vivy, y quizá fuera de mí no lo percibe nadie. Demanda licencia Jean Pierre inclinando apenas la cabeza, y Violette la concede con una naturalidad inexplicable en quien acaba de visitar los arrabales del Paraíso. El novio, ya de pie, recibe de su amada un beso en la frente inclinada. Sorprendió a los asistentes el ritual. Sólo los sacerdotes parecían conocer la variación introducida; y mi memoria lo guarda en presente perpetuo, dotado de un realismo desusado.
Daba paso a la Homilía propia de los esponsales, un himno basado en el Génesis que relata el tan deseado matrimonio de Jacob con Raquel, a quien el pretendiente amó durante catorce años antes de recibirla de Labán, el padre. Cerró la prédica, convertida por mor del sentimiento en plática íntima ajena a toda liturgia, otro himno extraído de la Biblia; originario del Génesis también, pero esta vez relacionado con la creación de un varón solo, desparejado, el descubrimiento de la soledad, la consecuente creación de la compañera, y la unión final de ambos, de forma que, abandonando sus propósitos individuales, vinieran a ser una sola carne y una sola intención.
Sobre el propio altar y ante todos los presentes rubricaron los novios su decisión en el libro de firmas. Junto al tabernáculo mismo firmaron los testigos su fidedigno testimonio. Como un segundo asperjado, desde el ara derramaron su bendición los dos sacerdotes, benéfico ademán destinado a novios, testigos, familiares y a la grey entera de Cristo desperdigada en busca de la felicidad. Y después de un último himno sacado del Levítico, que exhorta a cumplir todas las leyes y mandamientos divinos, momento en que el organista alcanzó el techo artístico con el prodigio de su música, seguido por la soprano que liberaba en las alturas sus agudos más excelsos, arropados ambos por los jóvenes componentes de una coral contagiada de tanta magnificencia; concluido en suma el armonioso fluir, el sacerdote joven nos mandó ir en paz guiados por nuestro deseo.
Comenzó entonces el retroceso. Los últimos serán los primeros, y así sucedió al salir. Los primeros serán los últimos. Y si no fuimos los últimos fue porque algunos asistentes se quedaron contemplando los frescos o hablando de la boda presenciada. No fuimos los últimos porque en el altar quedaban los recién casados, los padres y los testigos junto al celebrante que los adoctrinaba con las recomendaciones últimas. Avanzábamos a pasitos metidos en la ola que nos arrastraba, esquivando a los quietos y a los que cambiaban de fila pretendiendo ir algo menos lentos. Los sacristanes comenzaban a cambiar las cintas con los nombres de los desposados, poniendo otras con los nombres de los novios siguientes. Entraban ya grupos de convidados de la próxima boda, lo que retrasaba más nuestro progreso. De esa manera tan torpe llegamos a la salida por la que habíamos entrado y, aunque parezca un milagro, los seis juntos, Isabel, los chicos y yo.
Cuando los asistentes a la boda habíamos salido del templo, pasando bajo un arco de enramada tejido en la puerta, sobre una alfombra de flores tendida en el suelo, salieron los novios. Los seguían sus padres y los testigos de ambos lados. Caminaban Violette y su marido tomados de la mano, mientras parientes y amigos arrojábamos pétalos a su paso airoso. Momentos antes, recogidas en cestas de mimbre, los primos habían repartido, violentadas, deshojadas, púdicas rosas y delicadas camelias. Los cuatro infantes encargados alzaban la cola del vestido, procurando que no se manchara del polvo dejado por los pies innúmeros que a esa hora habían pasado. Irradiaba felicidad Vivy; restos, no obstante, de la nacida en el momento cumbre de la ceremonia, cuando en ministerio de sacerdotisa oficiante tenía al amado a sus pies. Potestad y orgullo denotaba Jean Pierre, opuestos a la sumisión y humildad exhibidas en el instante en que de hinojos se sometía a la amada. La lluvia de pétalos, sin sacarlos del todo de la ensoñación de la ceremonia, los ponía ya en el umbral amable de la realidad cotidiana, mitigado tránsito que Octavio detuvo prendido en la emulsión sensible de su carrete de fotos.
Es de justicia decir que la ceremonia nos conmovió, y por primera vez hallamos ventajosa nuestra condición de extranjeros. Debía verse la boda como la vimos nosotros, con unos ojos nuevos no hechos a las cosas de cada día, abiertos a la renovada belleza, capaces de atraparla para conservarla en la memoria más íntima.

 

La fiesta

La explanada que se abre ante la puerta del castillo recibe invitados vestidos de etiqueta. Endomingados campesinos y elegantes ciudadanos se acercan indecisos, hasta que, cerciorados de su acierto, sabidos en el exacto lugar de la cita, se mezclan en improvisadas conversaciones mientras toman con delicadeza manifiesta –dedos índice y pulgar tan sólo– unos canapés minúsculos. Debido a la uniformidad que muestran las tortitas se descubre que no son caseras, sino la industrial conjunción de una base de hojaldre y sucedáneos de salmón ahumado y caviar, que la esponjosa masa sostiene.
Avanzado el mes de julio, cae la tarde de manera muy lenta y el sol camina despacio hacia su ocaso. Las personas congregadas en el descampado forman corros inestables, ya que van de uno en otro saludando y gastando ligeras bromas verbales que son aceptadas con patentes muestras de alegría. De manera invariable la mano diestra cumplimenta a otras manos en posición difícil, pues se han de sujetar los vasos de refresco, mimetizados del color que el cristal toma de su contenido: negro, rojo o dorado. Forman las fuentes de aprovisionamiento tres oblongas mesas situadas de modo estratégico, y varias bandejas portadas por camareros ágiles, hechos a sortear a los invitados que se mueven sin haberlos visto, y a acercarse a los que muestran intención de servirse de ellos, bien sea para aceptar vasos llenos, bien para devolver los vacíos.
La vecina plaza del pueblo y los bordes del corto camino que lleva a la fortaleza van llenándose de coches; de su interior salen los apremiados ocupantes que, unidos a otros, completan círculos jubilosos. Visten todos ellos la ropa de ceremonia como si se tratara de una pesada armadura que es preciso aligerar; de modo que, disimulando cuanto es posible sin que la excesiva reserva llame la atención, aflojan los nudos opresores de los pies, la cintura y el cuello. Corbata y cinto obedecen al instante, mas los zapatos se comportan de manera bien distinta; estrenados a buen seguro para la solemnidad, tardarán una buena temporada en adaptarse a la forma particular de los pies.
Prosper Danquin y su esposa han llegado hace un rato, y charlan, transmitiendo un apego perceptible, con el matrimonio formado por Victorine y Paul Lantier; ellas son parientes de Violette, llamada Vivy en familia, la joven desposada cuyas nupcias celebran. Los cuatro comentan detalles del castillo, piedra desmoronada y vuelta a colocar en su sitio por el propietario actual durante treinta y cinco años. «Il a été créé par Guiraudus de Mauriaco, un templier», se oye decir.
Evocan al escritor bordelés cuyo apellido quizá provenga del nombre del pueblo, François Mauriac; tal vez vecino en algún momento, dedicado a dar contenido a alguna de sus obras. Puede que, en una habitación luminosa del castillo, dotada de vistas al campo, compusiera El niño cargado de cadenas, El Hijo del Hombre o tal vez El río de fuego, quién sabe si Genitrix, Desierto de amor o Nudo de Víboras, títulos en castellano de novelas católicas, ortodoxas, impecables; por cuya espiritualidad y perfecta factura le concedieron el premio Nobel. De ser así, habrá anécdotas del niño: momento distante en que no asomaba todavía el escritor, pero ya estaba presente el moralista. Tal es la recién imaginada por Prosper y adornada por Victorine, que corresponde a un día memorable en el que tuvo lugar un ataque de la criatura al pecado, utilizando como arma su ingenio abundante.
Inventan que François, infante catequista, en ausencia del padre desató la cadena, fuerte sujeción de la pesada lámpara de siete brazos que pendía del techo a una altura mediana; propiciando que ésta aplastara la recia mesa de roble, gruesa tabla redonda. Se sentaban a ella con demasiada frecuencia unos comensales insaciables, capaces de permanecer activos durante horas frente a un menguante becerro asado, decididos a adorarlo de la manera más convincente, apropiándose de las cualidades, asumiendo virtudes y defectos, dejando mondos los huesos a bocados cada vez menos ávidos.
Devoraban en la referida ocasión un cordero asado a la manera medieval, guarnecido con hojas enteras de lechuga, blancas, amarillas y verdes; y su expresión numérica alcanzaba, correcta, matemática, la cifra cabalística de siete. Siete orondos amigotes del mayordomo infiel, colocados a una distancia apropiada para que encima de cada comensal quedara uno de los siete brazos de la luminaria; de modo que sobre las cabezas embotadas por el vino descendió el destino con violencia, dispuesto a poner fin a los excesos, al pecado execrable de gula y a la vida regalada de los comilones. Y esto último se hubiera cumplido, si la fortuna o la providencia no tuvieran entre sus funciones la de poner remedio anticipado a los desastres. Con todo, el testarazo arrojó un saldo de siete cabezas magulladas y siete frentes cruzadas de brechas, en un punto cercano a las seseras escasas.
Quienes debieron casarse entre sí y no lo hicieron, Prosper y Victorine, se llevan a las mil maravillas y entreveran su imaginación recreando paisajes vividos o deseados, momentos de gloria conjunta, felicidad intermitente. Los imposibles esposos suman figuraciones añadiendo a la anécdota anterior otra del mismo jaez. Presentan un suceso que dan por conocido y comentado en la comarca sin serlo del todo, ocurrido un veintitrés de abril. Las fechas y lugares concretos que mencionan sin intención aparente, tienen el encargo de acrecentar la credibilidad del relato. El día ya dicho, dentro de las dependencias destinadas a la servidumbre, el niño Mauriac escarmentó para el resto de sus días a una mujer peligrosa en lo tocante al doméstico equilibrio, armonía de suyo inestable ya que los criados no permanecían mucho tiempo al servicio de la casa.
Sucedió que el niño de los hechos de adulto encerró en la oscura mazmorra a la intrusa reincidente. Tratábase de una fácil conquista del sensual mayordomo, consumada a espaldas de su esposa, la bonachona cocinera que dormía en la habitación contigua con la placidez de los que conservan sosegada la conciencia. Acunaba esa tranquilidad infantil gozada por la buena mujer, el hecho de creer, fiada de su propio ejemplo, infundadas todas las sospechas levantadas por el marido, hasta las denuncias completas recibidas, anónimas sí, pero dotadas de pelos y señales: día, hora y lugar que casaban con la ausencia del desleal.
Usando la añagaza del juego del escondite, el chiquillo hizo entrar en un calabozo a la humana piedra de escándalo, dueña de una belleza caduca sustentada en cuantiosos afeites. La voz infantil, cargada de apremio, facilitó el ingreso de la incauta en el negro reducto, deshabitado durante los últimos cien años, a no ser que se considere moradoras a las ratas que fijan su residencia en celda tan sombría. La traviesa criatura cerró con rapidez la pesada puerta, cuyos goznes chirriaron con alarma de la casa, y arrojó la única llave existente al profundo pozo, dueño de un fondo cubierto por diez codos de agua.
Con gran alboroto y general regocijo de la servidumbre, hubo de ser extraída la fatua por la alta claraboya abastecedora de luz a las profundidades. Asido a unas lías de esparto, con el visible esfuerzo de dos criados jóvenes y membrudos, bamboleante, fue izado el cuerpo mórbido entre burlas y abucheos de los observadores, quienes, molestos por el deficiente trato recibido a diario del mayordomo, soltaban rienda al desquite. Aunque es preciso reconocer que, con venganza o sin ella, los aspavientos de la mujer, sus gritos de espanto y la rojiza vergüenza que congestionaba el rostro –impropia de quien tiene costumbres laxas– facilitaban la cuchufleta. Juraba la infortunada desde lo alto de sus ataduras, usando palabras indignas de una dama, no volver a poner sus pies, sus piernas, cabeza, tronco o extremidades, ni su pensamiento corto en aquella mansión, por más que el mayordomo la llamara con ruegos diversos o promesas de regalos, tan valiosos como el entregado en tal oportunidad, un brillante de la señora del castillo, caído ante todos de entre los pliegues del corpiño de la burlada al recomponer la prenda tras las sacudidas.
Del mismo modo, los que eran pareja natural y no la formalizaron por error del destino, imaginan y recitan ante sus consortes una historia distinta para resaltar la manera en que el laureado novelista, siendo adolescente, acometió con saña y uno por uno la íntegra nómina de los abominables pecados capitales.
Fábulas verosímiles a tenor de la obra posterior del niño catequizado, cuando ya escritor alcanza el primor y la excelencia en un arte claramente valioso y digno de recibir los máximos honores. Ríen sin descanso los cuatro, dos amigos conquistadores de dos amigas, que tuvieron la mala fortuna de sentarse mal, de colocarse a trasmano en la mesa del matrimonio, debido a la confusión de los primeros momentos. Han hablado en alguna ocasión de ello, camaradas por encima de todo; han hablado y han tenido en cuenta la solución que enmendara el disparate; se quieren dos a dos, es bien cierto, el esposo de una y la mujer del otro, pero se quieren los cuatro y, viviendo tan próximos como viven, están convencidos de componer un único universo de fronteras externas ahondadas en la tierra húmeda, a la manera de los fosos rebosantes de agua que circundaban en el medioevo las inviolables fortalezas.
Concluida la restauración del castillo a que el dueño se entregó en cuerpo y alma, se suceden en él actos lúdicos que llegado el buen tiempo pueden ser constantes. Son bodas, comuniones, bautizos, banquetes y homenajes dispensados a personas eminentes de los contornos. Recepciones en sí, como puede apreciarse, de escaso prestigio para la fortaleza, se contrarrestan con ceremonias de empaque entre las que cabe citar exposiciones de pintura, presentaciones de libros, jornadas literarias o justas poéticas llevadas a cabo al estilo juglaresco. Actividades capaces por sí solas, de justificar los cuantiosos francos empleados en la culminación de las almenas, la reconstrucción de las dependencias aisladas y las áreas de paso. Más la paciencia y dedicación puestas en la adquisición de los muebles: una pieza aquí y otra allá, un día y otro, años y años.
A mayores se suceden dos turnos de visita por jornada, destinados a turistas que recorren curiosos el grueso de las habitaciones. La decoración, próxima a la existente en los lejanos días de gloria, permite hacerse una idea del discurrir de la vida en los tiempos remotos. Guía los recorridos un tío segundo o tercero del propietario, que describe, con su palabra simple, detalles propios de quien conoce aquello de lo que habla porque lo ha vivido: los hechos cotidianos y los excepcionales, la extraordinaria aventura y la reiterada rutina, lo que ocurrió junto a lo que pudo ocurrir.
Metido de lleno en esas ocupaciones de excitar la curiosidad, no le vendría mal establecer relación entre el castillo y tan galardonado escritor, ilustrándola por medio de las anécdotas recién improvisadas por los cuatro amigos, cuyos ecos aún flotan en la explanada. Pero partió esta mañana de visita el anciano, y aburrido en casa de la cuñada, inconsolable viuda de un ferroviario fallecido en accidente, no las ha escuchado. Son grupos de escolares su auditorio o autocares completos de extranjeros a los que habla muy despacio, expurgando del francés el occitano que de ordinario intercala, a la espera de que el empleado de la agencia de viajes lo traduzca. Son tropeles de observadores atentos, pero atiende de modo semejante a las parejas y a los individuos solos, menos proclives a conmoverse por los adornados relatos, estando como están inmersos en la propia intimidad de sus pensamientos.
Resulta probable que, situado sobre sólidas patas de hierro, al borde de la carretera que une Albi con Toulouse, un cartelón imitando un manuscrito antiguo dé a conocer la existencia del sitio; es posible que lo haya, pero yo no lo vi. Asimismo, de menor tamaño sin duda, pero compartiendo forma y color, unas flechas de hierro oxidado dibujadas sobre el nombre del lugar al que empujan, indicarán a intervalos el camino que se ha de tomar en los cruces, de forma que los viajeros lleguen al destino sin ningún contratiempo. Será de esa manera, pues parece lógico, pero yo pasé por alto tales ayudas.
Siguiendo indicaciones tan profusas y precisas llegaron en distintos coches, encabezando grupos afines, Séverine Garnaud, madrina de bautizo de la novia Vivy, y Liliane Blot, madrina de bautizo de Jean Pierre, el afortunado novio. Y ahora, con voz medida para no hacerse notar en demasía –simulan por coquetería una inexistente timidez– discuten a punto fijo asuntos propios de madrinas; en primer lugar, la manera idónea de comportarse en obligaciones de tanta trascendencia como los esponsales de los ahijados. Se compenetran las mujeres a la perfección, pero su fuerte personalidad las lleva a porfiar con espontáneo apasionamiento; de manera que el observador ajeno a ambas puede considerarles rivales cuando no abiertamente enemigas.
Se ve que los principios de la amistad son universales. Pues los diversos miembros de una misma familia, estando unidos por las leyes aleatorias de la herencia –rasgos comunes, predisposiciones, filias y fobias– se amigan entre sí de verdad, se hermanan como ocurre entre extraños, cuando el roce continuado descubre afinidades de indiscutible importancia para afrontar el delicado día a día.
A menos de diez metros de las madrinas, situadas en una calva terrosa rodeada de hierbajos secos, concentradas en una desértica península que propicia una mayor intimidad, Ludivine Froissard y Jennifer Arnaud charlan reticentes con Evelyne y Christiane Bondois, tías todas ellas de Jean Pierre. Llevan las cuatro mujeres quince años reñidas y, a pesar de ello, les agrada el encuentro y lo aprovechan para intercambiar frases de doble sentido. Es espontáneo su alborozo, aunque lo disimulen, pues hasta que no consumen el arqueo de novedades, una larga lista iniciada tras el último encuentro, el silencio no se hace palpable otra vez entre ellas. Pero se hace, después de todo se hace; y es que se sienten incapaces de afrontar de manera definitiva el problema que las encara: aquella cubertería de plata que Evelyne se quedó en propiedad. Con las ciento dos piezas de metal macizo, sólidas cual argénteos lingotes, perseguía la mujer resarcirse, tan sólo en una mínima parte, de la penosa asistencia procurada a la anciana impedida, abuela de todas ellas.

 

La fiesta se va animando

La jovial camaradería existente, y las efusiones de los que se descubren en esos instantes, se transforman en bullicio y carreras cuando llegan los novios a la explanada del castillo. Ocupan un coche, más que antiguo, viejo. Alguien lo ha ornado de giganteas atadas con sus propios tallos en forma de ristra. Las floraciones, formadas por un ambiguo e inocente centro de semillas y un cerco valiente de capítulos amarillentos, juegan un sugestivo contraste con el desvaído verde de la carrocería. Se trata del primer coche de los Peyrepertuse, un «dos caballos» de techo flexible comprado en los tiempos heroicos, mudo testigo de la formación de la familia. Lo usaba el padre para llegar a las granjas donde esperaban su eficacia en la cura de los animales; con esa intención lo adquirieron, pero prestó, además, múltiples servicios.
Acercó a la parturienta Delphine a la clínica para que las niñas nacieran, pues la madre se volvía lánguida y tardaba horas en echar al mundo a sus crías. No hubo, pues, necesidad de que entraran en este valle de lágrimas a través de la alcoba matrimonial, asistidas por un padre desasosegado, a quien apresaba la trascendencia de los acontecimientos a pesar de haberse visto en tal trance cientos de veces con vacas y yeguas. Facilitó el coche fiel que llegaran a tiempo al sepelio de los abuelos, en ocasiones que se distanciaron entre sí muy poco; y mostró a la familia, siguiendo carreteras que ahora estiman cercanas, localidades de las que habían oído hablar con admiración y algún paraje agreste que resultó apropiado para el solaz de las pequeñas.
Por añadidura, los hubiera puesto a la entrada de la misma iglesia, un día, como el de hoy, espléndido, en el que se unieron en sagrado vínculo Jacques y Delphine, de haberse decidido su compra con la antelación suficiente. Restaurado ahora por el pariente que posee un taller de reparaciones, se han respetado hasta los mínimos pormenores originales, y las piezas no existentes han sido trabajadas en el torno y ajustadas a fuerza de lima. Mas hasta hace dos días Jacques Peyrepertuse no ha logrado obtener la documentación obligatoria, la que autoriza su circulación sin trabas. En previsión de algún obstáculo insalvable engalanó también el lujoso automóvil actual, un modelo caro que sólo él conduce, pues poseen las chicas otros dos de menor tamaño, muy cómodos para moverse por los alrededores.
Liberado de su capota, con el cielo por techo, el coche de los recién casados avanza con suavidad hacia las enormes puertas del alcázar. A duras penas le va abriendo paso la multitud que lo cerca. Llega a mitad del trayecto cuando el conductor se ve forzado a detenerse. Durante breves instantes, puesta de pie sobre los asientos, la pareja saluda a los congregados que la vitorean. Animoso desciende Jean Pierre Bondois, se acerca por delante al lado opuesto y abre la puerta correspondiente a la novia –esposa, siendo rigurosos– en el preciso momento en que ella se dispone a salir. Le ve inclinar en arco airoso su cabeza tocada de tul, su cuello de cisne, sus hombros y busto conformados a la perfección. Le observa salvar el metálico larguero con una armonía que en otra resultaría imposible, y se siente favorecido por un destino generoso que parece obrar por mero capricho, sin tener en cuenta los merecimientos.
Primero ante el marido, después ante los que rodean la original carroza: amigos y parientes, aparece Violette Peyrepertuse –o Vivy como ella prefiere– esbelta, hermosa en estricta verdad, erguida con evidente distinción, orgullosa de su buena estampa y a la vez empequeñecida ante la profusión de miradas y vítores. El sol parece haberse fijado en ella, iluminándola con un énfasis mayor.
Exhibe su albo vestido en el que el modisto no escatimó tela: cola y velo interminables, abundantes pliegues. Diríase una actriz con su corona de blancas florecillas. Es su segunda aparición y, a pesar de ello, los invitados se quedan expectantes durante los breves minutos que dura su puesta en escena. Radiante como se la vio en la iglesia, y ya distendida, sonríe a quienes, conociendo que se trata de la chiquilla que han visto crecer, la aclaman como si fuera una diva. Agita la mano derecha con entusiasmo crecido, ensaya un saludo compensador del recibimiento, y las palmadas se adueñan del espacio sobre la planicie. Pero ha de iniciar su andadura sobre el polvo y la hierba seca, y existe el peligro de que la figura del arquetipo de novia se descomponga, dando lugar a una mujer inquieta por el lamentable aspecto de la indumentaria nupcial. Se corre el riesgo de que el saludo de la soberana a sus súbditos se quede en nada, en un mínimo agitar de la mano derecha soporte del tul, ocupada la izquierda en recoger varios metros de apéndice, arrastrándolos sobre punzantes cardos y decoloradas margaritas.
Por el contrario, Violette Peyrepertuse, como si fuera una mariposa surgida al dejar atrás la crisálida, con medido gesto se desprende de la pieza superflua que Jean Pierre recoge y, esmerado de suyo el muchacho, la intenta plegar. Delphine y Jacques Peyrepertuse reciben a la pareja mostrando un sentido alborozo, y comienzan la tanda de fotografías.
Se han pensado múltiples combinaciones de asistentes, para que nadie quede sin testimonio gráfico. Entregaron al operador el cuadernillo que recoge el inventario de grupos, para que vaya tachando a los ya plasmados en el celuloide: clanes, familias, tribus, ramas, secciones, cuadrillas, castas, cepas y sangres. Tras un primer disparo dirigido a los cuatro –una Violette restituida a la imagen completa, velo y cola de nuevo; sus padres, exultantes de dicha; y un Jean Pierre que se sabe envidiado– descarga incruenta que origina un retrato en cierto modo histórico; tras esa instantánea inicial se añade Laure. Hermana y, aún más, amiga. Tributaria de sensatez y cordura durante estos últimos años a la vida de la osada Vivy, Laure opone ahora el desenfadado rojo de su vestido a la nívea envoltura de la novia. Quieren las dos hermanas hacerse una foto ellas solas; y sobran todos, Jean Pierre incluido. Abandona el novio su lugar con una arruga de asombro en el rostro y un rictus de pesar en los labios y, para no sentirse ocioso, se dispone a buscar con la mirada a sus padres: Odile y Étienne Bondois. Recorre su vista la campa entera sin encontrarlos, e indica al fotógrafo que prosiga el turno. Para la foto que viene a continuación todo se recompone, la asediada pareja —unida de nuevo hasta la muerte de ambos, que sucederá el mismo día de una vejez agotada— y los progenitores de Vivy, joviales, satisfechos. Esta vez aparecen con ellos Claire Mirepoix y Céline Peyrepertuse, abuelas de la novia; viudas ambas, y amigas ya en la vejez a fuerza de situarlas juntas en los actos familiares.
Son las ancianas dos viejitas dulces y animadas, portadoras en su rostro de una armonía que ha de corresponder por fuerza a un interior amable. Sin duda fueron hermosas y causaron estragos —como los violines de la Sagan— entre la población masculina de su juventud, porque conservan una belleza serena que las arrugas no ocultan. Cuando ellas terminan de colocarse a gusto, coquetas, presumidas, y el sonido metálico del obturador al abrirse y cerrarse indica que la foto está hecha, que la emulsión sensible aprisionó la realidad de las tres generaciones y su historia viva, raudo y en orden se desarregla el grupo.
Se desmorona la dorsal columna que tantos años costó vertebrar, y el fotógrafo tacha con un gesto firme la línea del cuadernillo correspondiente a la composición desecha: jóvenes, maduros y ancianas. ¡Qué efímero resulta el largo tiempo transcurrido!, opinan para sí, coincidentes, las compenetradas abuelas.
Es entonces el turno de Eugénie, Edith, Ivette, Jerémie, Roland y Christophe, los primos queridos de la novia, impulsores principales de la algarabía, de las bromas y del desarrollo de las ideas más descabelladas. Una de ellas es la ocurrencia que ha tenido el testigo español de Jean Pierre, consistente en una búsqueda del tesoro que tienen dispuesta para la madrugada, cuando el baile haya contribuido a digerir la cena y las personas mayores se hayan recogido en las alcobas asignadas. Seguros están de que, conocida la naturaleza del premio, la entrega será total; no habrá concesiones a los compañeros, convertidos por la ambición en diligentes rivales.
Concluyen su tanda los seis alborotadores, y vienen otros invitados distintos, y otros después de estos últimos. Calculan los sufridos novios que continuará la sesión a ritmo parejo, hasta dar fin a los cruces de los ciento cuarenta y tres nombres combinados en la libreta. Teme Violette que mucho antes de la conclusión se habrá convertido ella en su propio espectro: el rostro ajado por el cansancio, la cola del vestido maltrecha, el tul arrugado y los pies, incapaces de soportar tanto trajín, rendidos. Asegura Jean Pierre que, inexorable, el tiempo transcurre a su favor: la hora de la cena vendrá decidida a redimirlos. Frente a ellos permanece perseverante el fotógrafo, ante quien las sonrisas caen por sistema abatidas, convertido en pelotón de fusilamiento, disparando instantáneas ráfagas de luz.
Vigila el novio el orden jerárquico, impulsor de un turno riguroso que los impacientes intentan saltar; y atiende a la novia convertida en objeto de culto, en adorada imagen, acaparada por algunos con el fin de robarle una foto tomada con su propia cámara. Él impone la formalidad; es el marido, a estas alturas todos lo saben, y nadie osa resistirse.
Alcanza la vez a Vincent y Gustave Bondois, hermanos de Étienne y, por tanto, tíos de Jean Pierre. Ambos permanecen solteros y no se les conoce aventuras amorosas; misóginos o farsantes, a saber.
Siguen tras ellos la prima Brigitte y su amigo Olivier, pareja que presume de no someterse a la ceremonia del matrimonio después de seis años de vida en común y un hijo de cinco, dejado con la madre de ella para moverse con más libertad. Se mantiene el concierto, dirigido con mano de hierro en guante de seda por un disciplinado Jean Pierre, que da entrada a sus primas, las gemelas Joelle y Caroline, morenitas nacidas en Abidjan, capital de Costa de Marfil; atractivas, inteligentes, serias, asentadas, hijas de un controvertido enlace interracial vencedor de mil prejuicios, y estudiantes de medicina como su malogrado padre.
Continúan Geneviève y Hubert, la pareja que todos ponen como ejemplo de entendimiento humano, pues, aunque hayan tenido sus más y sus menos, nadie les ha oído una voz más alta que otra. Luego Daniel y Françoise, felices tras el éxito de la operación a corazón abierto sufrida por la bondadosa consorte, comadrona que ha ayudado a nacer a algunos de los jóvenes allí presentes, curioso detalle que, a buen seguro, los asistidos ignoran.
Posan los novios una y otra vez con admirable estoicismo, mientras a su lado se suceden los cambios, las esperas, las repeticiones obligadas por movimientos intempestivos o defectos de la iluminación; pues está el sol bajando a la horizontal del occidente y las sombras se alargan hasta el infinito.
Llegan al fin los esperados padres de Jean Pierre; distintos, distantes, como si formaran parte de grupos contiguos. Étienne, alto, magro, viene junto a un trío al que no conoce, caminando erguido como un abeto. Exhibe su cabeza un desierto que avanza inexorable, blandiendo amenazadora el hacha sobre el exiguo bosque de amedrentados cabellos. Intenta menguar el desastre dejándose barba, una barba ya entrecana y, a simple vista, contrariada, obstaculizada, constreñida. Es cierto; instrumento tan sólo de una voluntad tensa, de una personalidad desorganizada, la tijera la somete a brutal tiranía: forma perfiles en ángulo recto, hirientes casi, y la priva de bigote desperdiciando la oportunidad de tallar un rostro íntegro, equilibrado y armónico.
Odile presenta la imagen de una mujer madura que no cuida su aspecto. Metida en carnes inconsistentes, blancas, espalda arqueada y un tanto encogida de hombros, a un metro escaso de dos mujeres mayores, sigue a Étienne cojeando un poco del pie derecho. Hace gala de una displicencia insolente, y exhibe esa sonrisa ambigua que ha ido fijando de manera firme a los labios en un prolongado empeño simulador de sosiego y despreocupación.
Se agregan a la madre de ella, Pascale Aboab, modelo físico y cerebral del que la hija es copia fiel, y posan los tres junto a los novios con exigida espontaneidad. Posee la mujer mayor una estructura corporal muy deteriorada, movida por un carácter que pierde vigor y resolución al paso áspero del tiempo; por eso Étienne, después de lustros de excesivos miramientos, tiene ahora con ella pocas atenciones. Retira a los retratados la presencia de Sophie Motté, madrina del padre de la novia, que ha retrasado la aparición en escena por insistir en la búsqueda de su ahijado a la salida de la iglesia, deseosa de viajar con él, única persona de su total confianza. Jacques Peyrepertuse ya había partido y hubo de conformarse con Armand Aboab, hermano de la abuela del novio, encargado de trasladar al viejo sacerdote venido desde la ciudad de Bordeaux.
La noche espera agazapada tras las escasas nubes, vigilante sobre las altas copas de los árboles, encaramada a las almenas del castillo, tensas las garras y concentrada la vista. Siguiendo los modos de los buitres y de los zopilotes acecha al día herido de muerte, indefenso, para caer sobre él y engullirlo. Pero queda aún un buen rato de sol y la noche deberá tener paciencia.
Pasan los minutos como el agua de un río que tras un agitado descenso fluye manso, lejos aún de la desembocadura; y continúan mezclándose la parsimonia y la precipitación, los pasos firmes de quienes están convencidos del buen sentido de su marcha y el desasosiego de unos pies que, ligeros e indecisos, cambian de lugar a cada instante. En su puesto siguen los novios, interpretando a las mil maravillas el papel asignado en la obra de sus esponsales. Ciertamente un papel protagonista que mueve como un ciclón cuanto les circunda, haciendo de ellos sujetos de deseo, apreciados amuletos que impregnarán de buena suerte a quien los conserve a su lado presos en la emulsión fotográfica.

 

La fiesta discurre por cauces previstos

Exceptuando a nuestro hijo mayor, requerido como testigo de la boda por su amigo Jean Pierre, que sigue a causa de ello una ruta trazada al margen de la nuestra, llegamos en familia a la explanada del castillo. Desde la iglesia que acogió la ceremonia de la boda, por vericuetos que suben y bajan la cinta de la carretera como si un gigante burlón jugara con ella, seguimos a Armand, tío de Odile, grand-oncle del novio. Circulábamos con la impresión repetida de conocer algunos lugares por haberlos cruzado momentos antes; no se trata del célebre déjà vu de los sicólogos, no; está sustentado el efecto en una marcha plagada de círculos. Es posible que exista un camino directo, pero Armand comienza a estar torpe y no conoce bien la comarca. Nos dimos cuenta de esta particularidad, grave para quienes íbamos con él, por las correcciones a que iba sometiendo su itinerario, por las entradas a contramano en los cruces, con peligro cierto de choque frontal. Poca ayuda representaron el viejo sacerdote y la madrina de Jacques, que lo acompañaban fiados de su competencia, pues iban culpando a los demás de las desatinos más serios, percibidos al cambiar el ritmo de manera brusca. Resulta que ellos no conducen ni han conducido vehículo alguno más allá de las bicicletas.
Recuerdo que siendo yo un adolescente inseguro, me dañaba el hecho de sentirme comprometido a un constante cotejo de la actividad emprendida con la señalada en las normas –desasosegada conciencia– obligado a su contraste inmediato; influjo sin duda del adiestramiento impuesto por los frailes mis educadores. Bien, aquí estamos; el sitio es el fijado en la invitación de boda para la fiesta, y el momento se corresponde con el de la cita. Ha pasado la hora de las confidencias sobre la desatención sufrida por Isabel y los tres hijos que con ella iban.
Conocemos que Étienne y Odile los dejaron a la voluntad ocupada de los Peyrepertuse, quienes facilitaron, ante la pasividad de los Bondois, el arreglo del coche averiado. Ya se ríen, pero confiesan que sintieron angustia; separados en casas distantes, sin medio de locomoción. Hubo de ser Armand Aboad quien llevara a mi esposa de una a otra casa para atender las necesidades de los hijos. Reflexionamos juntos y juntos concluimos que lo acaecido no debe afectarnos. Disponemos de una rara oportunidad de aprendizaje de usos diferentes a los conocidos, y de un cúmulo de elementos dispuestos para la relajación y el disfrute. Nosotros, y sólo nosotros, seremos los responsables si desperdiciamos tan favorable coyuntura.
Comimos apenas unos bocados que traíamos de Barcelona Sofía y yo. Los otros no habían probado bocado. Es un poco tarde, pero aún quedan refrescos y canapés; de modo que sin forzar el paso nos acercamos a una de las mesas de aprovisionamiento. En el comprometido instante de degustar las exquisiteces, cuando ambas manos están ocupadas y la boca se las ve y se las desea para quedar expedita y articular la voz; en ese momento de apuro se nos acerca Vincent. El hombre es hermano de Étienne; tío del novio, por tanto. Coincidimos en España cuando su empresa, una poderosa cementera internacional, decidió destacarlo en Madrid como responsable técnico de la Península Ibérica. Luego pasó a residir en San Juan de Puerto Rico, desde donde dirige el área de las Antillas –con la excepción de Cuba, pues allí no están implantados y el centro del continente. Tres aviones ha necesitado para asistir a la boda, y un coche de alquiler; complejidad que hace de él la única persona que nos aventaja en sacrificio, pues Karl Vogel, petit ami de Laure, aunque es alemán reside en Toulouse, y los invitados de Lille pasan en Sète sus vacaciones.
Superado el aprieto inicial, limpios los labios de migas y restos de salsa, hablamos con Vincent de las grandes coordenadas que definen un mundo convulso, del desarrollo lastrado de la América del Centro y del Sur, de México incluso, vecino del infernal paraíso. Pasamos revista a territorios que conoce muy bien; hablamos de Marruecos, de España, de Francia, de la nueva Europa. Echamos un vistazo mental al Oriente lejano, a la adormilada China, a la confusa Rusia; y concluido el análisis quedamos del todo intranquilos: el nuevo orden hallará su sendero, una vereda irresoluta orientada por la brújula inestable de la economía, y la ineficacia de los gobernantes: la selección de líderes que proporciona la democracia capitalista no lleva a mejores resultados.
Lamenta que desechen en las altas esferas de la empresa para la que trabaja, su idea de abrir una oficina en La Habana, pues entiende que a medio plazo se dará en la Isla una apresurada actividad regeneradora de las ciudades, de las carreteras y de la industria. Intuye que ahora es el momento, pues en un tiempo breve se habrá resuelto la indecisión española, y los estadounidenses entrarán con todas sus armas e impedimenta. Están los directores absortos en un ambicioso proyecto que afecta a todo el continente. Se trata de un cambio fundamental de estructura, originado por la expansión económica que se está dando en el llamado Cono Sur, unos cuantos países empeñados en sacar adelante un complejo mercado comunitario, y otros que permanecen a la expectativa.
Le habló de ese estudio un compañero que participa en él, pero no ha recibido ninguna información oficial; así que no sabe a qué atenerse. Hablando español y portugués además de inglés y el idioma propio, próximo a la geografía y conocedor de la sociedad, técnico experto por añadidura, podía él dirigir las prospecciones y los estudios de campo sin abandonar su tarea. Han elegido Sao Paulo para ubicar la sede de la filial y el centro de distribución, en detrimento de las dos delegaciones ahora existentes, la de Buenos Aires y la que Vincent dirige en Puerto Rico. De la nueva saldrán las iniciativas que atañan al Centro y al Sur, complementaria de la de Miami, que encauzará las actividades desplegadas en el norte continental, con el añadido de algunas islas.
–O mucho me equivoco –confiesa adolorido o al término de mi actual actividad las oficinas se cierran. Me veo en París ocupando un despacho abarrotado de papeles sin importancia, donde, ajeno a las decisiones de interés, participaré en las cotidianas intrigas palaciegas sin una realidad palpable que llevarme a la estima personal.
–No te aflijas sin motivo –digo yo por tranquilizar su ánimo– un plan tan ambicioso precisa tiempo para desarrollarse, y un capital enorme que no puede ser liberado de la noche a la mañana.
–Ocurrirá más pronto de lo que supones. El complejo industrial puede estar a punto en menos de un año si se trabaja en tres turnos, y los créditos ya se gestionan frente a un consorcio de bancos. Incluso antes pueden prescindir de San Juan si así lo deciden. Te darás una idea de la rapidez con que se actúa, si te digo que para abastecer de cemento la obra del puerto de Kingston, cuyo concurso acaba de ser fallado, el acuerdo con la empresa ganadora me ha llegado redactado desde París, cosa impensable tan sólo hace unos meses.
–Lo que deba suceder sucederá por más que te incomodes y sufras. –añade Isabel, que permanece atenta a las palabras de Vincent– ¿No te parece?
–¡Ah!, la edad… Si tuviera diez años menos…, –se queja con modulación de plañido, sin dar respuesta a la abierta interrogante– Me consideran un viejo y acabo de cumplir cincuenta y tres años, ¿no es un disparate?
Armand Aboab rompe una charla que, agotados sus reducidos asuntos, ya no da más de sí. Llega hasta nosotros acompañando a dos españoles de la diáspora patria que nos presenta como Horacio y Asun, un matrimonio amigo, confiándolos a la supuesta solidaridad nacida entre los coterráneos. Vienen ellos de no sé dónde, desde un punto de partida más alejado que el nuestro; pero su trajín no es comparable pues tomaron el viaje como unas vacaciones y disfrutaron del recorrido. «Apenas hablan francés y se aburren», dice Armand como una acusación, culpándolos de un pecado que ellos aceptan sólo en parte, pues se han movido lo suyo, han vivido con gente muy diversa y se esfuerzan por entenderse en todas partes.
Y es que el tío de Odile conoce un lenguaje internacional, formado por palabras y modos sacados de los idiomas más extendidos, una especie de esperanto que ha ido depurando el uso. Los abandona a nuestra solicitud con palabras demasiado solemnes. «Horacio me salvó la vida y es para mí un hermano», explica, sin que lleguemos a tomarlo en serio, quizá por el tono añadido. Nos deja al matrimonio para su custodia, como quien confía a un amigo un animal doméstico hasta regresar de una gestión inaplazable; y ellos lo notan.
Están un poco molestos porque descubren a cada paso que, para Armand, su amigo del alma, parecen representar un estorbo. Los invitó, tomaron el tren hasta Madrid donde pernoctaron después de asistir al teatro; un avión los trasladó a Barcelona, y tres días después, empleados en conocer la ciudad, en un aparato casi de juguete aterrizaron en Toulouse. Hicieron noche en un hotel pulcro y apacible, a cargo de una mujer encantadora que les indicó los lugares de interés, soslayados casi siempre por los turistas. Un coche de línea los situó aquí, con tiempo suficiente para rememorar junto a Armand los antiguos sucesos, mientras recorrían los alrededores. Sí, tiempo hubo; faltó la voluntad. Les pidió el amigo que vinieran unos días antes de la boda para estar con él, y apenas lo han visto; de modo que los años idos, los heroicos momentos de búsqueda de un lugar para asentarse, los instantes dramáticos de los que el azar se sirvió para ponerlos en contacto, no han podido ser evocados.
¡Claro que tienen una furgoneta!; pero no anuncia ni de lejos su posición desahogada y, además, en ella los recorridos largos se tornan un tormento. Para llegar al castillo desde la iglesia tuvieron que abusar de otros invitados. Viendo que Armand había contraído algún compromiso previo y no los esperaba, subieron a un coche cuyas puertas abiertas invitaban a abordarlo. Fue un acto desesperado del que se arrepintieron al instante, pero su peripecia vital originó en el pasado reacciones parejas, en las que, sin importarles las conveniencias de la cortesía, tomaban por la calle del centro con los ojos cerrados ante lo irremediable. Dentro del automóvil, mediante algunas palabras desconectadas entre sí y ciertos signos que tuvieron interpretación correcta, se hicieron entender por los otros, un matrimonio obligado a acomodar a los esperados acompañantes en otro vehículo. Llegaron sumergidos en un mutismo asaz doloroso, y en la pradera, sin resultado práctico, buscaron interlocutores.
«No hablamos francés», se defienden, «pero no hemos encontrado a nadie que hablara inglés o español; así que no toda la culpa es nuestra». Por lo que el encuentro con Armand les despejara la cancela del Cielo, un portón que se obstruyó al instante ante sus propias narices. Tiene Horacio una conversación apasionada y Asun asiente, reforzando, dando fe a lo que dice el marido, y entre unas y otras anécdotas nos van relatando el tortuoso discurrir de su vida.
Puede que el mundo entero, toda su vasta extensión –la mar océana y la tierra firme– no sea más que un tablero formado por ocho filas luminosas y otras tantas columnas oscuras que, entreverándose en ángulo recto, forman un total de sesenta y cuatro casillas. Son perfectos cuadraditos –treinta y dos de ellos blancos como paredes encaladas, como nevadas cumbres; el resto, negros como las alas negras de los cuervos, como sus negras pechugas– y han sido dispuestos en alternancia de colores, de forma que estén rodeados de contrarios.
Puede que la acción en él desarrollada sea poco más que un juego, el enfrentamiento lúdico de dos rivales: caballero de divisa blanca, caballero de divisa negra, que mueven pieza el uno tras el otro. Peones seríamos en tal símil las personas, Alfiles, Caballos, Torres, Dama o Rey, de cada uno de los bandos. De este modo lo imagina Horacio, y se explica a sí mismo empujado por uno de los dos Principios intangibles que nos mueven a su antojo, Peón o Rey, según la suprema conveniencia. Resultan sus hechos teñidos de bondad o vileza, con arreglo a quien le haya impulsado a la acción; quedando su responsabilidad en nada, pues en cualquier caso es instrumento.
Para Horacio, su vuelo desde Camberra fue la maniobra de la soberana de las aves en el cielo; majestuosa, sorprendente, plena de dominio. Águila que había iniciado la cabriola en el monte Kosciusko y, erguida la cabeza, las alas extendidas, planeaba en busca de las corrientes favorables que le permitieran posarse suavemente en la sierra de Guadarrama. Tras una estancia de veintidós años en Australia, venía Horacio dispuesto a dar jaque mate a quienes lo empujaron fuera del tablero; y en las horas largas del viaje su mente rastreaba el origen de la emigración, las causas ciertas de su huida, las circunstancias agravantes.
En las noches de insomnio la mente de Horacio Bermejo vaga por la solitaria inmensidad del campo australiano; recorre sendas trazadas por los aborígenes y extensiones cruzadas por animales extraños en otras latitudes. Tierras rojas y sedientas que el tesón de emigrantes de toda laya, forzados por las circunstancias personales, ha convertido en un lugar donde el prometedor futuro puede palparse tan próximo al pasado que con frecuencia caminan juntos. Por la pendiente fácil de la añoranza, meditando, descubre Horacio la sospechada razón del contrasentido de su vida. La formula quedo, como si de un hondo pensamiento se tratara, pronunciándola con afectada voz cuando trata de resumir su existencia: «Siendo precoz en las partidas llegué tarde a las metas»; y es que nació fronterizo y ha vivido siempre a caballo de dos mundos que se repelen.
Añadía peso a los párpados un cansancio antiguo que él se empeñaba en neutralizar, experto ahora en enfrentamientos, en desvíos, en sortear peligros sin oponerse con claridad, sin escapar del todo. Nadie esperaba su presencia en el aeropuerto de Madrid Barajas. Una vez más sucedía anónima la llegada; con todo, debía hacerse un hueco donde no existía ningún lugar que llevara su nombre. Entre todos los amigos o deudos destacaba uno, con quien la existencia le unió firmemente antes de separarse. No del todo, porque se estuvieron carteando esporádicamente durante años. Se trata de Armand Aboab, quien podía ser en estas latitudes su mejor asidero.
Los miembros de las tres generaciones asistentes a la boda, cuatro en casos extremos, reemplazan con prontitud a quienes los preceden en la tarea de flanquear a los novios durante la sesión fotográfica. Unos novios que siendo únicos no tienen quien los sustituya y, como si se tratara de un sorprendente aguacero recibido a la intemperie, han de aguantar rebosantes de firmeza, estoicos, aunque haciendo gala de un continuado regocijo. Se irían en este momento, pues la familia cercana ha desfilado por el lugar en que ellos se encuentran. Ya poseen los más allegados escindido el codiciado pedazo de vida, testimonio de un tiempo en el que participaron de manera notoria.
Integrando un fondo de serena belleza, se alza a su espalda la puerta fuerte del castillo, el arco valiente que la cobija, y la pared principal que aclara su tono al llegar a la corona, donde se añadieron las piedras labradas por una prolongada restauración. Desean marcharse, pero sienten que se deben a los invitados. Por ellos, por los recién casados, Vivy y Jean Pierre unidos, y por lo que representan, pasado y futuro; los asistentes han roto su cotidiano amable, han mudado la cómoda rutina. Hay un gran esfuerzo tras el gesto de algunos; vienen de lejos o retrasan tareas de interés elevado.
Se quedan. Sí, se quedan. Permanecen porque se saben el origen de la aglomeración, responsables de la convocatoria; lo que no quita para que deseen retirarse a sus habitaciones, arrojar lejos de sí los zapatos nuevos que no han hecho buenas migas con los pies, despojarse de toda indumentaria, bañarse sin prisa, vestirse con ropa de invitados y salir al tumulto convertidos en una pareja cualquiera, parientes llegados a última hora cuando ya nadie les reserva el sitio, convidados normales de los que no tienen protagonismo.
Sí, en verdad de la buena quieren retirarse, pero faltan todavía unos primos que esperan un retrato capaz de retener ese día, apto para contagiar la magia encerrada en el momento. Vienen en tres coches, uno tras otro en alocada carrera, porque se perdieron y, buscando un castillo, han llegado a Castelnau de Montmiral, un beaux village. Ocurre que no siempre coincide en la misma persona la rapidez al volante y el fiel conocimiento de la región. Vivy sabe sus nombres y otras circunstancias, y con voz medida, haciendo un aparte, informa a Jean Pierre: «Se trata de Marguerite, Claude, Zoé, Filippe, Jean-François y Cécile, tres matrimonios muy jóvenes que se niegan a madurar y aprovechan al máximo las ocasiones de diversión». Eso y más le dice: «Con numerosos amigos y parientes de una edad muy próxima, abundan las fiestas de bodas y bautizos, y juntos recorren todas ellas, llevando la alegría allá donde van. No tienen hijos porque posponen el momento hasta dar con el más conveniente». Sin deshacer el grupo, tomados por los hombros o de las manos, se dirigen los primos y las primas consortes a una de las mesas de aprovisionamiento: la única que presta servicio entregando bebidas. En ella siguen alborotando con su permanente broma.
Coincide que concluyen su actuación los compañeros y amigos de la coral en que desde hace años participan los novios, y se acercan a Vivy y Jean Pierre evidenciando cariño. Con el pretexto de un examen profano, la concurrencia les pidió que fueran intérpretes de una canción de moda; fue tal el efecto de sus voces serias puestas al servicio de melodías ligeras, que de una en otra llegaron a completar un repertorio extenso. Forman el conjunto Eduard, Eugénie, Flore, Maurice, Beatrice, Camille, Didier, Pascale, Clair y otros quince que como Stéphanie y François Croisenois, debido a sus ocupaciones, participan menos.
Gérard y Simone, a punto de ser padres, están en capilla, pues se casan el próximo fin de semana, justo dentro de siete días y merecen un trato distinguido. Nicole Léon, la mimada soprano, quiere una foto para ella sola; extravagancia que obliga a retratarse solo también a Lucien Bourgeois, el organista. Lucien, enamorado en silencio de Nicole, esperaba ansioso esta ocasión para tener una foto con ella. ¡Vaya faena!
Si en su mano estuviera, Jean Pierre y Violette irían a cambiarse de ropa y a tenderse un buen rato, pues están rendidos. Una vez aliviados verían el castillo con extremo detalle. Su propia habitación, pues en ella dicen que unos reyes se amaron antes de partir hacia el destierro cruel. La Alcoba Magna, en la que se aloja la familia española, padres y hermanos del testigo, con quien Jean Pierre hizo una amistad entrañable en los años felices del intercambio de ciudades para el aprendizaje de idiomas. La sala de armas, cuyas paredes están forradas de espadones, alabardas y mosquetes unidos por cadenas. Las tétricas mazmorras, dotadas de férreos grillos y de crueles instrumentos de tortura, pavorosas reliquias de un pasado lóbrego que esperemos no vuelva a presentarse.
Si pudieran, después de recorrer las veinte dependencias oscuras que están presentables, o las seis o siete que por ahora no se abren al público, subirían al torreón del homenaje para recibir los vítores de los invitados.
Se irían, pero aún no se han retratado los sacerdotes. El anciano cura traído de Bordeaux por la familia de Jean Pierre y el padre Barthélemy, aumonier del colegio donde Vivy cursó la enseñanza media, están entre los que tienen pendiente la foto. Quedan agradecidos al joven cura: aceptó las propuestas de variación del rito y lo hizo de buen grado, alabando la idea. Es casi seguro que el otro, el pére Faux, que es muy conservador, las hubiera rechazado de estar a su cargo el dictamen. Puede que intervenga en ello la edad, pero el padre Barthélemy estuvo ocurrente en la misa, y en un tono entre festivo y solemne derramó encendidos elogios sobre los que recibían el sacramento.
El fotógrafo, ¿quién piensa en el fotógrafo? De acuerdo es un profesional que cobra por su trabajo, pero va de un lado a otro con la mirada inquieta cuando los invitados tardan en colocarse a su gusto. Es indudable que se desespera por dentro, pero exhibe una sonrisa que no parece forzada; y es de agradecer su paciencia si sucede que un niño se cruza e interrumpe la toma, o si uno cualquiera de los integrantes del grupo se mueve o cambia de lugar.
Cuantas más fotos hace más francos gana, de acuerdo; pero las confundidas, las que disgustan a los fotografiados, no se venden y tiene que destruirlas. Supongo que es deudor de una esposa, de unos hijos que se privan de él los días de fiesta; a veces le invitarán al ágape, pero en las más de las ocasiones observará con envidia como los endomingados se lo pasan en grande y se dan un festín de monarcas saboreando viandas poco frecuentes.
Me gustaría hablar con él, comprender su postura, mirar por el objetivo de su cámara y percibir el mundo que abarca su vista. Estudiará, mejor que la mayoría, la actitud de la gente frente a los acontecimientos esenciales de su existencia; habrá conocido la falsedad humana, sabrá de memoria los rostros de actores y actrices que presentan las personas del común cuando imaginan su gesto perpetuado ante los demás.
Es posible que, por mediación de tal empleo, gracias a esta tarea alimente a su familia, y en lo profundo de su alma duerma el deseo de hacer fotos artísticas, obras del ingenio, hijas de la inspiración, neutralizadoras de sus necesidades estéticas. Resulta admisible, a pesar de los pesares, que careciendo de encargos se permita abandonar la cámara, instrumento de la obligación; y en su lugar se sirva de óleos o acuarelas para fijar al presente los sueños de paisajes exóticos. ¡Va!, es sólo el fotógrafo de la boda; y ahí se quedan los invitados faltos de interés por el prójimo. Cuánta paciencia derrocha, cuánto aguante muestra; ¿será su carácter o cuestión de oficio? Mide la luz cambiante, predispone la apertura del diafragma, enfoca y dispara; repite los gestos innumerables veces y, él, como los sufridos novios, no tiene quien lo sustituya.
Nos situamos nosotros, los García Movellán, de manera adecuada para una foto simétrica: a un costado de los novios, los hombres; y al otro, las mujeres; simple cuestión artística. Nada más terminar, Jean Pierre pide a Francisco Javier que repita con ellos como corresponde al témoin; y eso mismo hace con el testigo de Violette, Jules Marquier, el joven que rebosa encanto.
Un grupo llega tan retrasado que a punto está de quedarse sin instantánea; lo forman: Stéphane y Laeticia, Gerald y Carine, Ivonne y Michel, Eric y Helène, Suzette y Ronan, amigos de la infancia de uno u otro de los recién casados. Vienen así, por parejas, y piden el retrato por separado y luego todos juntos, ya que se acaban de conocer y hablando, hablando, han encontrado tan abundantes elementos comunes, tantas afinidades en gustos y manera de ser, que raro será si no sale de entre ellos algún noviazgo.
Y cuando el largo tiempo destinado al refrigerio toca a su fin, aún quedan fotos obligadas. Con Karl Vogel, segundo testigo de Jean Pierre y novio de Laure, ocupado hasta entonces en ordenar las mesas de la cena junto a Francisco Javier y los Peyrepertuse. Con la viuda Jeanne Saissac, que ha roto el luto adeudado a su esposo para asistir a la boda. Con Irène y Pierre-Louis, Eliane y Dominique, Rose y Romain, amigos de la familia de Vivy, matrimonios maduros, enamorados de Gaillac, viñedos e historia, a cuya enésima visita culpan del retraso.
Terminan los otros, y en ese instante son requeridos los novios para hacer la entrada triunfal en el castillo, abriendo el cortejo. Francis, Gracienda y la pequeña Louise, hija de ambos, se quedan con la miel de la foto en los labios, compuestos y sin fotógrafo, que se ha ido a la puerta para inmortalizar el momento de entrada. La cámara fotográfica de bolsillo que lleva la esposa, les servirá para retratarse con los recién casados y tener un recuerdo evidente de la boda, aunque, ciertamente, no sea lo mismo.

 

El tío abuelo Armand Aboab

De buena estatura, atlético, elegante, con mucho mundo en su haber, de una edad mayor bien disimulada –sesenta y siete años según mis mejores cálculos— cortés, campechano y, por si eso no fuera bastante, rico. Dos divorcios y cuatro hijos desperdigados por ahí, le proporcionan una experiencia familiar difícil de obtener por quienes vivimos acomodados en una larga relación de pareja, cuyo suave oleaje más que causar sobresaltos distiende.
Isabel me había hablado mucho de él en términos elogiosos. Quince años tenía ella cuando lo conoció. Fue en su primer viaje de intercambio; y es de suponer que la ingenuidad de su alma por aquel entonces se conmoviera con suma facilidad. Guarda Isabel impresiones profundas de época tan remota. Una de ella es el terreno boscoso que circundaba la residencia familiar de Odile, lugar propicio al espontáneo surgir del champignon, seta de la que, en los frecuentes paseos, recogían ejemplares maduros, los que conservaban el velo intacto, a punto de separarse del sombrero y del pie. Las gentes, de apariencia huraña y huidiza hasta haber entrado en relación, forman otra de esas gratas huellas; amables luego, cuando los contactos se sucedían a diario.
La admirada personalidad del tío de Odile constituye la reminiscencia más perseverante. El que es grand-oncle de Jean Pierre, llegado de las colonias para pasar unas apacibles vacaciones, había acumulado ya el capital raíz de su actual fortuna, y pensaba asentarse con carácter indefinido en su ciudad. El invierno próximo al primitivo encuentro, subido a su madura juventud se situaba en la cima del mundo, sicario de la guerra y señor de la paz, compañero del riesgo y la aventura.
En cierto sentido, seguía siendo Armand Aboad un aventurero; por aventura estudió en París, por aventura dejó los estudios y se alistó en el ejército, y por aventura también, participó en las atroces revueltas de Argelia.
En esa ocasión solicitó el cese temporal y, afiliado a una organización clandestina, se opuso por la fuerza a la descolonización. Se dice que en aquel período tenía amores con una mujer distinguida, esposa de uno de los jefes locales, militante, por tanto, del bando contrario. Se dice, y estoy dispuesto a creerlo, que al entrar en liza no cambió de facción; con asombrosa sencillez sustituyó a la hembra nativa por otra de su cuerda. No sé si tal comportamiento le procura honra desde algún punto de vista, pero estoy seguro de que lo define.
Tras una temporada en la metrópoli, las islas de La Societé le hicieron guiños con insistencia; y los barcos, unos cuantos, los que no preguntaban el nombre verdadero al enrolarse, unieron los motores para acercarlo a su destino. Sin escrúpulos que se opusieran, de negocio en negocio juntó una suma apreciable de dinero, caudal que cualquiera podía considerar tranquilizador.
Hoy existe un hotel en la Costa Mediterránea que cuenta con su nombre en la presidencia del consejo de administración, participa Armand en la propiedad de una agencia de viajes muy conocida, posee un edificio de apartamentos en Chamonix y puede pagar un rescate de, al menos, veinte millones de francos que, en pesetas, para hacernos una idea, supone más de cuatrocientos ochenta millones.
Se ha batido, se jacta, en modernos duelos de diversa índole, provocados por maridos o novios de mujeres a las que conquistó. Encuentros que ponían en juego el honor, celebrados a la luz de la luna en un claro del bosque, o en descubiertos urbanos al amparo de la oscuridad. Más de diez cicatrices pespuntean su cuerpo como lagos de un mapa, y no provienen de heridas honrosas. Son mojones que marcan lugares, son fechas que hablan de las épocas idas en que transcurrieron las hazañas. Hablo de un personaje sacado de historias recogidas en libros de otros tiempos, dejado al albur en nuestros días. Y a pesar de ello, en nuestros días, triunfa.
Ese hombre, al que no concedía importancia más allá de la anécdota gustosa de escuchar, mito y leyenda alejados de la verdad neta, empieza a preocuparme. A la confidencia de Horacio se añade la alusión de Odile, su sobrina, que habla de un egoísta, movido por turbios intereses en el momento de trasladar a mi esposa en su coche. Influenciable yo, acabo influido. En presencia de Armand siento temblar a Isabel, y son palomas mensajeras las que me traen noticias de su fragilidad; se azora cuando habla con él, y el tantán de la selva me trae mensajes de una adolescencia insuperada. La noto sumisa como una colegiala ante la superiora que entrega las notas, ante el padre que aplica una reprimenda, ante el príncipe azul llegado desde sus sueños reiterados; y son señales de morse emitidas por una linterna desde el acantilado, las que me hablan en cifrado lenguaje de sus emociones más íntimas.
Asun, bueno; ¿pero Isabel?, tan noble, tan señora; no alcanzo a entender los motivos de la continuidad en la devoción, en los afectos, en la pasión si es que de pasión se trata.
Si tenemos en cuenta la edad, separada de otras circunstancias, puede considerársele anciano. Aunque, a estas alturas, mantiene el galán una apariencia notable: camina erguido por el engreimiento y peina abundante pelo gris sobre una cabeza de toro. Durante buena parte de la mañana hace ejercicio; un profesor de atletismo dirige sus movimientos en la habitación de la casa destinada a gimnasio. Siguiendo el método dictado por un médico de Lyón, bromatólogo, cuida sus comidas hasta el límite exacto de la exageración. Huye del exceso de hidratos de carbono y de cualquier forma que adopte la grasa, rechaza los dulces muy almibarados, pastelitos y tartas de frutas con los que antes se deleitaba. Modera el consumo de su bebida favorita, un cognac Napoleón que se hace servir por cajas desde la misma bodega, con el que obsequia a sus invitados en sobremesas alargadas por gusto.
He observado a Isabel mientras bailaba con él varias piezas. He seguido la sometida mirada de mi esposa en el eterno viaje que lleva hasta los ojos del hombre y, lo confieso, he sentido animosidad. Me hubiera enfrentado a Armand como uno más de sus retadores, pero en su actitud no había nada reprochable. Después de todo, conoció a Isabel antes que yo y conserva viva una vieja amistad. Jamás había pensado en ello, pero ahora que los celos me muerden, advierto que pudo obtener Armand Aboad lo que en estricto derecho me correspondía. Practicaba Isabel el ballet en la adolescencia, y en esa actividad resulta habitual —me dijo mi novia querida— que en un desafortunado plié se sufra un desgarro íntimo, mínimo si se quiere, pero que es necesario advertir al amado antes de la noche de bodas para que no se desazone.
Una conmoción extraña se produce en mí y va a más. Me invade una congoja, nacida en el interior orgulloso cuando me pienso engañado, tratado con menosprecio, utilizado como el cobertor inocente que se coloca sobre la colcha sucia. El novio arquitecto debió de enterarse y rompió por ello el compromiso firme. Explica esta tesis las aparentes reticencias y las facilidades reales dadas por el padre de Isabel para el matrimonio; quizá en su clase social la hija tuviera ya cerradas las puertas. Aclaran la suposición dos viajes que mi esposa hizo sin que yo, por cuestión de trabajo, la acompañara; llevaba a Francisco Javier con el fin de dejarlo en la casa de los Bondois, y sus estancias se alargaron en cada ocasión más allá de una semana.
Arroja la conjetura un puñado de luz sobre alguna insinuación maliciosa de Odile, que jamás escuché con interés ni comprendido en su sentido exacto. Es envidia; sin duda codicio la vida agitada de ese hombrón que se resiste a envejecer. Es resentimiento; decepción acumulada durante una existencia plana como la mía, carente de sorpresas. Es despecho, pues atraído yo por Ana Gamazo, amiga de Isabel, aquella en cuya casa conocí a mi esposa, no fui capaz de aproximarme al acantilado, no tuve empuje para saltar el muro, ahogué al sentimiento como a pajarillo en el nido. Pendiente yo de las mariposas que vestidas de palabras volaban de su boca, atento a las olas de sus brazos cuando se explicaba, pudo Ana conocer mi delirio, pero jamás recibió la confirmación de mis labios sellados. Salimos juntos, ella con Sergio —primero su novio y luego su marido— y nosotros, Isabel y yo, paradigma de pareja unida, compacto edificio carente de fisuras. Los visitábamos o recibíamos su visita, y estando todos juntos sufría en mi interior más íntimo el desasosiego producido por su presencia, sin permitirme en ningún momento la mínima manifestación exterior.
Son malintencionados mis celos y debo rechazarlos; puros trastornos de la cabeza. Jamás tuve motivos para desconfiar de Isabel, mujer discreta que me comunica sus leves travesuras, sus caprichosas compras de nimiedades que, consideradas hoy imprescindibles, mañana abandona. Conozco su vida mejor que la mía. De antemano sé sus reacciones. Sí, es posible que descubriera el amor encarnado en la persona de Armand, tío de Odile, galán en plena madurez, mozo colmado de atractivos, lo admito; es posible que así fuera, pero ni ella consentiría su avance, ni él se aprovecharía de una inocencia que tenía tan a mano.
Soy ingrato con Isabel, estoy convencido; pero la sospecha ha entrado en mi corazón, y si no logro arrancarla de su asidero la paz escapará de la casa y nada volverá a ser como antes.
Rompe la defensa que de Isabel elaboro con cuanto detalle exculpatorio encuentro, la confesión de Odile que acusa a mi esposa de haberme engañado respecto a su cojera, ella no dijo tal, fue capaz Isabel de esgrimir la enfermedad para hacer que asistiéramos a la boda.
Afirmación que desbarata la defensa e inclina la balanza del lado de la falsedad. Por eso recuerdo ahora, que a raíz de uno de sus viajes comenzó a lucir un juego de pendientes, anillo y collar, dotados de finísimas perlas que sirven de nexo entre las cuatro piezas, y las familiariza.
Me explicó Isabel que había comprado las joyas con economías hechas en los últimos meses, a un dinero que yo colocaba en su cartilla para los gastos corrientes de casa; y que sumó algunos ahorros nacidos de privaciones pequeñas, de su renuncia a objetos de poca importancia. Me hice el bobo, y fingí creer que el alto precio fue pagado con dinero distraído de su función, cuando en verdad sospechaba yo que había acudido a su padre para darse el capricho.
Interpreto ahora que debió de ser cosa de Armand. Pudo ser un regalo interesado, el ariete que empujara la puerta, la catapulta que zanjara el asedio. Pudo ser el sello de un pacto, la rúbrica de un juramento, la promesa de una eternidad discontinua, o la expresión material de un agradecimiento. Hasta el pago de unos instantes de intensa felicidad pudo ser el presente. Con ser mucho, ¡qué poco era para él que tanto poseía!, ¡Mezquino!
Ha conservado Isabel una extraña amistad contra viento y marea. Se trata de la afición demostrada hacia Amaia, una antigua compañera de estudios de San Sebastián, con quien se ha reunido en su casa varias veces durante estos años, sin que ella viniera a la nuestra ni la visitáramos juntos. Una decena de días duraba la ausencia y después, durante el resto del año, ni una llamada telefónica recibía de la que yo fuera testigo, ni una carta llegaba que pudiera mostrarme, ningún contacto añadido que fuera felicitación de compromiso intercambiada por el cumpleaños o con motivo de la Navidad.
Metido ya en la dinámica de la sospecha, creo haber encontrado el lugar de sus citas adúlteras con un Armand llegado allí de manera deliberada. Da la impresión de que, temeroso de poner más esfuerzo, tratara de compartir la distancia y hallar un equilibrio. Hubiera atravesado desiertos yo, vadeado mares, escalado montañas, circunvalado el mundo detrás de un amor aceptado y correspondido: el de Ana Gamazo si el de Ana Gamazo lo fuera. Por esa razón insisto una vez más en gritarle: ¡miserable!, ¡mezquino!
¿Quién me asegura que no se vieron en nuestra ciudad? ¿Qué razón me asiste para pensar que no visitó nunca Valladolid el amante? Participó en guerras despiadadas, escapó de la muerte centímetros antes del fin, y el peligro extremo le entrega un placer irrenunciable. Pudo hacerlo, de eso no hay duda. Isabel sale con frecuencia, rinde visitas de cortesía, corresponde a amistades, se ocupa en acciones caritativas, y no necesita excusas cuando se retrasa. Llega a veces sofocada, puebla sus mejillas un intenso rubor y atribuyo el acaloramiento, inocente yo y confiado, a la caminata o al paso acelerado para regresar cuanto antes.
Con ocasión de sus negocios o de propio intento pudo el taimado venir, y avisar a una Isabel impaciente por medio de un botones de hotel que entregaría en propia mano el recado. No iba a arriesgarse mi esposa a subir a las habitaciones, siendo como es conocida, pero existen albergues en las afueras que poseen entradas directas de la calle a los cuartos, y se alquilan por horas sin otros requisitos que el pago adelantado del alto precio.
Si Isabel supiera que en mi mente enfermiza es objeto de tantos vaivenes su honra, si conociera que la confianza sin fin ha terminado; si sospechara siquiera que mi corazón sospecha; si Isabel supiera, sería tal mi turbación que no me atrevería a sostener su mirada. Porque su virtud acendrada goza de fama entre nuestras amistades, porque me envidian los más su dedicación y ternura, la entrega sin tasa a los hijos. Soy inclemente con Isabel sin Isabel saberlo, y eso no deja de ser cobardía.
Repaso mi vida a su lado, el cambio de trato de novio a marido. Parece un mismo sendero continuo y, sin embargo, un abismo separa ambos tramos. Eran verdaderas cursiladas, —leíale poemas de un libro de Jules Laforgue, que ella me había regalado— por eso tras el matrimonio interrumpí la lectura.

Nous nous aimions comme deux fous,
On s’est quitté sans en parler,
Un spleen me tenait exilé,
Et ce spleen me venait de tout. Bon.

Le hablaba del cielo azul salpicado de nubes, de los luceros nocturnos cuyos nombres conozco; pasión humedecida una y otra vez en cuanto la veo amustiarse. Olas intrépidas ponía ante sus ojos, naufragios de bajeles piratas cargados de valioso botín, fondos repletos de arcoíris, un mar de alargadas orillas cubiertas de conchas nacaradas. Alejadas islas, misteriosas, paradisíacas, pintaba con palabras de matices exóticos. Valles dueños de una vegetación esmeralda y arroyos cayendo en cascada sobre estanques mínimos. Todo a la medida de nuestros retozos, de nuestro reverdecido deseo, causa y efecto.
Me perdía en recuerdos de la niñez, y ella los enlazaba con los suyos en una interminable trenza que se anudaba al porvenir. Ahondábamos, partiendo de la superficie, y no poníamos fondo a nuestra exploración. Cualquier circunstancia suya me interesaba, la más remota incluso. Preguntaba hasta conocerlo todo, y si era preguntado me extendía en explicaciones que estimulaban las suyas. Embebecidos en esos intercambios nos descubría, experto en capturas y entregas, el doloroso momento de la separación. ¡Oh! mis insignificantes presentes: amapolas crecidas en el parque a ocultas de los jardineros, rojas, negras, dotadas en sus capullos castos de una timidez rosada; la primera hierbabuena del amanecer despejado, cubierta aún de rocío y exhalando ya sus balsámicos aromas; la pluma perdida por el ave sobre nuestras cabezas, astil de ganso cortado para la escritura, barbillas suaves de marabú, afectuosas de su piel sensitiva; la torta amasada por la hija del panadero, que añadía a la harina de trigo un cuenco de leche y miel de alhelíes; piedrecitas preciosas halladas someras en el transparente manantial, cristalinas, húmedas, resplandecientes; atardeceres ocres tiznados de púrpura final, crepúsculos alargados de un otoño refugiado en el Campo Grande, detrás del banco donde nos acariciábamos besándonos, remanso vegetal. Eran verdaderas cursiladas.
Sí, en efecto, lo eran; pero Armand Aboad no hubiera podido nada contra esas ñoñerías. El corazón abre su puerta a quien, preguntado, dice de manera correcta la contraseña.
El día a día cubrió de polvo nuestro amor; y sobre el polvo Isabel y yo fuimos sumando capas de barniz año tras año. Amigos, camaradas, colegas: eso somos. Nos imaginamos unidos por lazos que nacen del mutuo afecto, pretendiendo con ello ocultar la pérdida de ternura, el paulatino deterioro de nuestros sentimientos más profundos.
Venía mi padre desde tiempo atrás pidiendo que me hiciera cargo del taller para transmitirle el impulso adecuado: el mercado pasaba por momentos propicios, pero él ya no podía: la edad, la falta de estudios apropiados, la carencia de fuerzas; y yo le daba objeciones evasivas, dilatorias.
Cuando mi suegro me situó al frente de parte de la constructora, la contratación de oficios —decenas de obreros especializados que convierten una estructura acabada en una casa habitable— cuando hube de dejar la satisfactoria tarea desarrollada en la fábrica de coches —adaptación a la cadena de los prototipos franceses— y me puse a sus órdenes, sentí un crepitar interno, la ruptura de alguna potencia íntima.
Transigí persiguiendo la complacencia de Isabel, pero rechinó mi autoestima despedazada bajo el peso de la sumisión. En su lugar nació un continuo disgusto que se traducía en mudos reproches destinados a mi esposa; y aunque participaba de los beneficios y asesoraba a su padre, no ponía yo ilusión en la tarea. Se sucedieron los años y el malestar crecía. Isabel y yo –simples socios— nos fuimos convirtiendo a los ojos de todos en un dechado de unión duradera. Llegaba yo a ella como quien cumple con pascua, sin acicate, sin pasión, sin desasosiego. Se avenía a mi búsqueda como el gato que arquea el lomo ante las caricias de los desconocidos, manso, conforme, pero sin producir ese ronroneo que revela la dicha completa.
Soy injusto con Isabel, me digo tras la somera revisión practicada a nuestra vida en común. Tal vez Ana se quedó con el novio y le dejó a su amiga el marido. No sé si el pozo que mi abuelo ahondó en el corral de la casa del pueblo —de cuya agua Isabel jamás se saciaba— sin aprovechamiento se habrá secado; desconozco si se borró el sendero que Isabel y yo iniciamos sobre la yerba rala de los campos próximos al colmenar –almendros, romeros— donde tan a gusto se sentía; pero estoy seguro de haber contribuido durante todos estos años a hacer más adorable la erguida figura de Armand. En mi reside una culpa que no hallaré en otro sitio.

 

La fiesta cambia de escenario

Penetramos en el castillo sin prisa, formando una columna cambiante del ancho de cuatro personas, de cinco, de tres, de parejas; siguiendo a los novios. Desordenado cortejo que se detiene en la puerta ante un cartel prendido con clavos dorados. Se trata de un certero dibujo del patio donde las mesas son círculos y a los comensales les representan sus nombres; y en algunos casos, los protagonistas, sus padres y testigos, un dibujo del rostro realizado a plumilla. Es necesario buscarse para observar el orden previsto y contribuir a la concordancia anhelada por los organizadores.
Son tableros de ocho plazas, pensados para la charla espontánea; en ellos es posible enlazar una conversación generalizada, o varias si así se decide. Han tenido en cuenta afinidades: la primera, el idioma; la edad, la segunda; y por fin, el sexo o el estado civil. Nos han asignado compañeros que despiertan en nosotros un cierto interés previo: el sacerdote oficiante y dos tías de Jean Pierre, hermanas de su padre. Una de ellas, la mayor, viuda de un prestigioso médico africano y madre de dos hijas gemelas que andan por ahí. Son preciosas, las he visto; esbeltas y gráciles, su color tostado sobre facciones finas de corte europeo, las convierte en figuras talladas por un artista con valores experimentados. A través de los ojos de mirada profunda asoma una inocencia que ha de venir de muy lejos. Su habla tiene un deje rítmico que resulta sobremanera agradable. Lo dicho: encantadoras, preciosas, ejemplares.
Corresponde a Odile estar con nosotros, y la noto alicaída, situada junto al sacerdote y a mi diestra. Ayudo a Isabel a acomodarse en la silla pegada a la mía, al costado de un matrimonio muy bien avenido: él, experto en vinos como comprobamos luego, y ella, embarazada diez años después del último parto, cuando lo creía imposible. Odile guarda con nosotros una cierta distancia, imagino que será para no establecer diferencias, consciente de su papel de madrina, un nombramiento entre honorífico y comprometido; y tras una efusión amistosa de Isabel, le pide calma instándola a bajar la voz.
Se dirige luego al aumônier refiriéndose con pasión a la homilía. Agradece enfática que al aludir al carácter afable de Jean Pierre le atribuyera a ella, la madre, en mayor medida que al esposo —debido a su viajar constante— el mérito de mantener el cálido fuego del hogar encendido, alcandora que tantas virtudes descubre y tan cristianas conductas propicia.
La mesa ha sido dispuesta con gusto; hay abundancia de piezas, pero entre ellas se da el equilibrio. Predominan los tonos suaves en los colores, y los manteles, sobre el tejido de calidad que los forma, presentan minuciosos bordados. De las diferentes copas arrancan cambiantes reflejos unas bombillas de luz temblorosa, que imita la voluble llama de las antiguas antorchas. Se ha hecho la noche sobre la tarde larga, y la indescifrable penumbra de la parte superior de las crecidas arcadas —balconada pétrea ornada de armaduras en posiciones diversas— sugiere figuras de forma imprecisa que concreta la imaginación. Magia y misterio descubre la vista en su entorno.
Nuestra hija Sofía tiene a su derecha el asiento del novio, y una tristeza visible se apodera de su gesto. Durante todo el viaje me ha hablado de él, sintió la ausencia en la ceremonia, pero es ahora cuando la separación marca el punto crítico, porque el nombre de Rafael escrito en la tarjeta acentúa el espacio vacío. Pobre, no conoce apenas el idioma francés, y su vecino de la izquierda no hace honor al dominio del castellano que le atribuyen los organizadores. Si al menos se expresara en inglés, lengua que nuestra hija domina; pero no va el muchacho en esa lengua más allá de formular un cortés saludo o los extendidos tópicos de los manuales referentes a situaciones similares: Good evening, young lady. The bride is a intelligent and fair woman. This is a beautiful celebration; we are very satisfied in this castle.
Son parejas de novios los seis compañeros, y se nota una clara tendencia a la conversación íntima.
Dos mesas más allá en dirección a las cocinas, juntos, vemos a Octavio y Anita; sonrientes, habladores. Me alegro por ella, pues tuvo ayer un día penoso y mantiene el ánimo algo apagado. Aprendió la lengua inglesa con la intención de abrir puertas en otros países, por eso la molesta no entender a la gente esta noche, no poder participar en las conversaciones abiertas y estar situada, en cierto modo, al margen de los hechos. Atribuye a la torpeza esa situación y se siente humillada. Existe algún motivo, no vamos a negarlo, pero de insuficiente trascendencia para que se encuentre tan a disgusto. Ahora, sin duda, aprovecha que los otros no la comprenden para embromarlos, ironizando sobre ellos en complicidad con su hermano. Los oigo y entiendo que los dos se expresan a ratos en inglés y a ratos en castellano.
Étienne se sienta en una mesa alejada de la nuestra; de esta manera se dividen Odile y él la tarea de la cortesía. Obran igual Jacques y Delphine, así que cuatro de los grupos cuentan con la presencia de un anfitrión. Laure y su prometido honran la mesa donde Sofía naufraga, y aunque la pareja ostenta menor jerarquía, el grupo está bien arropado. Los tíos del novio, Vincent y Gustave, entregan su presencia a mesas contiguas; de la misma manera otros familiares directos se encuentran diseminados por distintos grupos, de modo que nadie, en verdad, puede sentirse relegado. Cabe a Francisco Javier el máximo rango, situado a la derecha de la novia, la bella Vivy, quien, recobrada un tanto de la sesión fotográfica, está tan esplendorosa como un querubín.
Es el momento de echar una ojeada al menú descrito y explicado en la carta, una cartulina doblada por el centro e ilustrada con alegorías del matrimonio. No sé si es cierto que los franceses dominan el arte culinario como se oye a menudo, no he tenido el placer de comprobarlo porque dicen que su cocina auténtica es cara; mas estoy convencido de la supremacía lograda en la redacción de los nombres dados a los platos, cualidad exhibida hasta en el menor y más escondido de los comedores. Musicalidad y belleza se aúnan con la explicación detallada de los ingredientes, y de la manera de disponerlos. Es innecesario pedir la receta después de leer el enunciado explicativo de cada tentación gastronómica. Sin llegar a tanto, madame Peyrepertuse alcanza una cota muy digna. No resisto al impulso de transcribir uno de sus sencillos ejemplos:
La Trilogie Marine( délices du pêchers):
Aumônière de Saumon Marin au arôme de cèdre
Petit Tartare de Perche et Cabillaud au Gingembre,
Poirette de Crevettes du Océan aux Fruits de Mer.
Es sólo el tronco central, pero en el conjunto sigue llamando la atención la ausencia de carnes. Vegetales, pescado y marisco, a más de frutas y dulces componen la cena, de una variedad hallada en las formas. El único alcohol corresponde a los excelentes vinos, pues las demás bebidas están desprovistas de él.
Los beneficios de tal menú se explican en las carillas interiores del impreso, y son notables. Se han elegido materias primas frescas y tiernas con el fin de facilitar la asimilación. El equilibrio nutritivo viene de las abundantes proteínas, de las vitaminas y minerales, incluidos calcio, fósforo y flúor, de efectos positivos sobre los huesos; y de los ácidos grasos saludables, que favorecen el flujo sanguíneo y el desarrollo de las células, reduciendo el riesgo de padecer enfermedades coronarias. Explica Odile que Violette es una convencida vegetariana, y con tan elemental propuesta pretende demostrar que una dieta sana no está reñida con el disfrute en la mesa. Miente o yerra, me digo; pero cualquiera sabe que mariscos y pescados no son vegetales.
Nos saludan desde su mesa los Gijón, un matrimonio mixto si nos referimos al aspecto geográfico. Él, aragonés, de Huesca, aporta una vida henchida de aventura; y ella la tranquilidad de quien desea todos los días idénticos, sin alejarse demasiado de su Tarn natal. Equilibrista en el trapecio circense, cinco heridas de muerte trajeron al temerario a este rincón remoto; y aquí halló el reposo en forma de mujer. Parece a simple vista una unión insalvable; los familiares auguraban la fractura y, sin embargo, llevan veinte años juntos y porque se conocieron tarde. Hemos hablado con ellos durante el refrigerio preliminar y en seguida se nota su compenetración. Se esforzaba Pierre —ha mutado legalmente su nombre como muestra de respeto a la patria de acogida— en el intento de transvasarnos las claves del espíritu francés, esencia que él cree tener aprehendida.
—Estos franceses no son lo que parecen; escogen cualquier apariencia con tal de engañarnos. —Se dirigía a nosotros simulando no desear ser oído por su esposa-. Hay que profundizar, rascar, frotar, hasta que aparece, bajo el barniz, la verdadera pasta de la que están hechos.
Es la mujer una muñeca de porcelana: delicada, espiritual, sensible; en una palabra, contrapunto de él, primario y abierto.
—Su aspecto es de monja, pero, si se la estimula comme il faut, puede resultar muy sensual. Es todo nervio y coraje, y si creen estar tratando con una mosquita muerta, cuidadito; cuando se enfada se convierte en una fierecilla salvaje. —Se refería a su esposa en tales términos, y hablaba esa vez sin importarle ser oído, consciente de no importunarla con sus confidencias.
Se hace el silencio del patio con la suma de los silencios individuales, es la ola insonora que avanza callándolo todo. Queda, viniendo de lejos, como filtrado por sordina, un rumor agudo de vajilla y cubertería, pero al chistar unos labios reclamando mutismo, alguien avisa a los de la cocina que paran sus manejos. Al piano se ha sentado Jean Pierre, quien a petición de Violette —lo explica la alzada voz de una prima— va a interpretar unos aires españoles, en concreto de El Sombrero de Tres Picos del compositeur Manuel de Falla.
Unos sonidos saltarines, parsimoniosos, que parecen esperar a los que vienen detrás, permanecen en el aire durante un tiempo alargado hasta un segundo antes de la fractura. De improviso caen al suelo y, resultando estar compuestos de vidrio, se rompen en mil pedazos cristalinos. Únense las notas, se adensan conformando armoniosas bandadas que sobrevuelan nuestros pensamientos. Poco a poco van disociándose en infinitos puntos luminosos que roban su esencia a las estrellas. Descienden y, para abrirse en finos chorros murmuradores, se hacen fuente.
Cae una elegía desgarrada sobre la concha de piedra, cae sobre el agua del estanque un romance de moros, y una cancioncilla de cuna se desliza por encima de la yerba temblorosa. No dura el ejercicio más de siete minutos, pero la maestría interpretativa de Jean Pierre queda patente, y los apasionados aplausos suenan sinceros repitiéndose y repitiéndose sin ganas de parar un solo instante.
Llegan los entrantes, unos hors-d´oeuvre hechos a partir de algas y gelatina vegetal de diversos colores, dispuestos de forma que bien pudieran pasar por pintura abstracta. A propósito del plato servido comento al sacerdote —¿a quién mejor?— que puede ser pecado comerlo, no de gula sino de brutalidad, por la destrucción de tan artística obra. Me habla él entonces del arte efímero así concebido, cuya vida se cuenta en segundos en casos extremos. Pero elude el tema importante que yo quiero abordar, el religioso. De modo que alargo su respuesta con una frase que estimo ingeniosa: «Breve como una jaculatoria y como ella eficaz». Ni por esas; él se evade haciendo puerta en la tangente y enuncia un aforismo francés que traducido quedaría en algo parecido a «lo bueno sí breve dos veces bueno».
Mas no me rindo y dirijo el intento por otro camino: «¿Podríamos decir eso mismo de la vida?», añado pintando en su rostro la sorpresa. Movida mi pieza quedo a la expectativa de su jugada, que se presenta de inmediato. «Una existencia reducida, recorrida en la dirección adecuada, puede alcanzar temprano objetivos de interés»: expresa, abriendo una rendija por donde entraría un camello, acaso el destinado a pasar por el ojo de la aguja evangélica mientras el rico espera a la puerta de los Cielos. Queda a mi merced y sitúo los cañones ante su vanguardia, alfil contra la torre: «La dirección adecuada, sí claro, la más conveniente; pero ¿cómo conocerla?» Da un quiebro, evita el impacto y dice: « Para cada uno es distinta, depende de los valores que formen nuestro criterio, y éstos, de la herencia y el entorno». Es escurridizo y tozudo; me cierra a conciencia las ventanas por las que quiero penetrar en sus convicciones.
O envío una flecha certera a su corazón, o se me escapa vivito y coleando.
¡Ahora!, me digo, y disparo: «Valores religiosos, morales, ¿de qué índole?»
Pero esquiva el dardo y sigue su camino. «No tienen que ser por obligación religiosos; morales sí, pero de una moral humana. Valores humanos podríamos decir, aquellos que tienen al hombre como un animal en evolución hacia formas superiores, que mejora en la dirección marcada por la naturaleza». Sin saber la razón, aunque puede que provenga de Horacio, de la charla previa a la cena, un lenguaje castrense se mezcla con el mío.
El bribón del cura evita el jaque mate utilizando a la reina, debe estar desorientado. Así que ataco a un tiempo con la torre, el caballo y el alfil, consciente de estar haciendo trampa: «¿Y el alma, qué lugar ocupa?» Temo una reacción inmediata y agresora y, sin embargo, cuando llega me sorprende: «Desde el punto de vista humano es el espíritu, la inspiración, la intuición, la capacidad de concebir ideas de progreso y la voluntad de llevarlas a cabo».
Descubro en la respuesta un movimiento vano tendente a retrasar la inevitable derrota, que su intimidad ya acepta. Así que apoyo mi posición sirviéndome de la reina que hasta ahora ha estado inactiva, y digo con una rapidez que hasta a mí me sorprende: «¿Es ese espíritu, inmortal?» Y le veo revolverse como una serpiente bajo el pie: «Inmortal es un concepto religioso, si hablamos del hombre en términos puramente animales, cuando él muere todas sus facultades mueren». No sé si aceptar que mi rey doble la rodilla en señal de rendición o atreverme a exigir tablas; al final opto por esto último. Más tarde regresaré a la lucha, ahora me aparto del espinoso asunto alabando el vino de Gaillac, un blanco de mérito.
Durante el interregno dedico mi atención a la familia: Francisco Javier charla con la nueva esposa, distendida por completo, acostumbrándose aún al trato adulto que por primera vez recibe de sus parientes más cercanos. Sofía me busca la mirada y dibuja una seña de fastidio que es todo un plañido, el gesto de quien a duras penas se adapta al entorno porque no hay otro remedio. Octavio, elevada la voz, está enfrascado en una controversia con la que disfruta. Observo a Anita entenderse por gestos con un chico que lleva coleta, un joven elegante y muy fino; a ella se la ve toda hueca y sonríe con un mohín mimoso que no puede fingir.
Mi esposa argumenta, en conversación animada con la pareja de su izquierda, a favor de los hijos tardíos que «retornan a los padres a la juventud y a las ansias de vida;» la oigo decir. Pone ejemplos diversos, en los cuales, los consortes, parejas maduras ya hechas al deslizar del tiempo, abocadas sin oposición a una madurez serena privada de alicientes, fueron sorprendidos por una gestación no buscada pero tampoco impedida, y reaccionaron asumiendo de nuevo la lucha, saliendo a la intemperie en busca del corregido futuro.
Ellos, a quienes concierne el asunto, en trance aún de hacerse a la idea, aceptan ese punto de vista; lo que no quita para que se sientan un estanque calmo al que alguien ha arrojado una piedra, un tanto convulsos y desorientados. Se resignan a cuanto supone de gasto añadido, que es mucho; pero temen la reacción de los otros tres hijos. Once años tendrá en el momento del parto el que hasta ahora ha sido el pequeño, y no saben si le afectará el hecho de ser desplazado. Los demás –una muchacha de quince que está ilusionada con tener un muñeco de carne y hueso, y el mayor, de dieciocho, desinteresado mozalbete a quien nada parece afectar— verán modificado el orden de la casa y a la hora de la verdad cabe esperar su rechazo.
En ese instante se aproxima Anita, sigilosa, emocionada, y confiesa a su madre, toda ella oídos maternos, juntando los labios al pabellón de la oreja, tan quedo que apenas puedo oírlo, alguna cuestión relativa al chico de al lado: la mira con buenos ojos y a ella la agrada; nació en Tours, ha vivido en varias ciudades, estudia en París, habla algo nuestro idioma y sabe tratar de modo cortés a las chicas.
Las hermanas de Étienne, situadas frente a mí, hablan entre ellas. Las observo durante un instante muy breve, pues notan mi interés y dejando su conversación me sonríen. Salvo la frente, común según parece, y la barbilla, de una redondez similar, el resto las diferencia: alta y delgada la viuda, entrada en carnes la menor; la mayor más seria, más elegante, más señora. Es la gordita quien me dirige unas palabras de cumplido que, sin embargo, suenan sinceras. Mi respuesta cierra el paréntesis abierto por la ronda de miradas, por el vuelo de reconocimiento del entorno cercano. Terminada la pausa destinada a ordenar los pertrechos vuelvo a la carga con el sacerdote.

 

La fiesta prosigue su andadura

En el interior del castillo, los primos jóvenes de Violette despliegan un vasto lienzo desde lo alto del muro, balconada de las habitaciones, de forma que cubre en gran medida el lateral cercano a la puerta. Se apagan las luces indirectas que alargan las sombras, se oscurecen las lámparas cuyas incandescencias simulan llamas agitadas por un viento hostil, y la iluminación del patio queda reducida a un testimonio válido para que las tinieblas no se hagan las dueñas creyendo estar solas.
Sujetando a la oscuridad surgen de ella unas candelas mínimas, disimuladas hasta ahora por los trenzados que sirven de adorno, firmes flores de lis labradas en los puntos centrales de los arcos. De todos ellos, los siete elevados sobre la rasante del patio y los siete superiores, más la arcada central que, de tamaño doble, acoge el portón de acceso entre sus pilares. Quince lucecitas en junto. Un techo muy alto, inalcanzable para las golondrinas y los vencejos, punteado de esplendores temblorosos se descubre sobre nuestras cabezas, acogedor de una belleza serena e imperturbable, de hecho, semejante a la que ilumina a la novia.
La reducida orquesta, formada por cuatro jóvenes venidos de Béziers, compone una música que me esfuerzo en identificar sin resultado dada mi escasa cultura sinfónica. Los acordes me llevan a la remota época medieval, emanados sin duda de instrumentos coetáneos de la composición. Un templo románico de sonidos inunda gradualmente el ámbito, haciendo presagiar la aparición de algún personaje de los considerados principales. En efecto, unas figuras de formidable tamaño, vez y media más que el natural, imagen clara de Violette y Jean Pierre, quedan fijadas al lienzo, forzoso término del abierto haz de luz que cruza el patio, proveniente de un proyector de diapositivas situado enfrente. Muestra Jean Pierre un brazo tendido sobre los hombros de Violette en actitud protectora, y sonríen ambos con la mirada puesta en el azul infinito que rodea el pétreo navío varado en el pico Falcón, castillo de Peñafiel, en nuestra propia provincia. Reconozco la foto que disparé con su cámara automática a pedido de ellos.
La música, venida de la antigüedad, se hace suave y melodiosa durante un minuto, quizá dos, y torna a ser solemne cuando la estampa se transforma en otra captada, al parecer, en Grecia, frente a las ruinas del templo de Apolo en Corinto. Torna la música a ser suave y una voz, por encima de ella, explica el lugar y el momento. Así, voz, música y fotografías se van sucediendo en un avance vital claramente invertido, que descubre lapsos de los novios por separado: servicio militar de Jean Pierre, curso de vuelo en Gaillac seguido por Violette, intrépida piloto, bella incluso ensabanada con el pardo tejido del equipo de faena. La música anuncia de nuevo el cambio de asunto, y aparecen en sus estudios: él de arquitecto, ella de restauradora de obras de arte. Retrocede más el recuento, y los lleva a jóvenes recién salidos de la adolescencia, momento en el que ya intervienen las familias en sus aventuras. Una excursión a algún lugar de los Alpes austríacos, protagonizada por Jean Pierre durante un verano impreciso; un viaje a Dinamarca, ciudad de Copenhague, y una Vivy de largos cabellos enmarcando un rostro armonioso, alta, delgada, ante el museo de escultura de Thorvaldsen. La londinense Piccadilly Circus y la plaza de San Marcos inundada, de una Venecia de suelo líquido. Él, niño, en la finca de mis suegros alimentando a un cordero que sostiene Francisco Javier; ella, niña de doradas trenzas, en la abadía de Monte Casino.
La voz, en los intervalos en que vence a la música, explica lo que las imágenes apuntan sin concretar, y deja entrever la diferente educación dada a los niños por las respectivas familias. Llega la ilustración a la bicicleta, al triciclo, a los infantiles juegos, y termina en las tomas tópicas de las bañeras portátiles, cuando apenas cuentan un año de vida, desnudos, en el momento de ser aseados por unas madres muy jóvenes.
La vida, dice la voz de una prima por los altavoces, ha ido preparando con mimo y sin prisa el encuentro de estas dos personas, Jean Pierre y Violette, para que en el instante de su descubrimiento se atrajeran, se sintieran a gusto el uno con el otro y, unidos, emprendieran la aventura del amor y de la convivencia. Los intensos aplausos, semejando un mar de olas que chocan entre sí elevándose por efecto del encontronazo, caen al abismo con repetido estrépito para elevarse de nuevo. La cerrada ovación oculta otros sonidos, todos los demás, cuando la foto inicial, al pie del Castillo de Peñafiel, en Valladolid, anega de nuevo el lienzo de la pared en precipitado regreso al presente.
Mientras sirven el segundo plato la conversación junta en la mesa los granos que cada uno aporta, generalizándose. Del vino se habla, a propósito del blanco Gaillac, cosecha de 1.996, y de un reserva de René Laforets, Bordeaux de 1.990, que han sido dispuestos para escoltar a las viandas hasta su gástrico destino. Se echan de menos unas carnes rojas que acompañen a tinto tan renombrado. Lleva la añoranza gastronómica a una controversia que inicia una de las tías de Jean Pierre, la menor, al intentar señalar la estricta frontera trazada por el uso entre rosados y tintos. Alcanzada esa cota me resulta sencillo introducir los caldos españoles en el coloquio; un empujoncito y ya está.
Buenos son los franceses en tocante a lo suyo; no toleran la mínima insinuación; y al minuto se cae en el simple cotejo, era inevitable, de los vinos franceses con los nuestros. El padre Barthélemy que entiende de los asuntos del cielo sin olvidar los de la tierra, un bon vivant al parecer, campechano y culto, da prioridad a los caldos galos, pues los de España, en especial los Rioja, de ellos derivan. Se refiere al modo de hacer de los maestros bodegueros, a las barricas de roble, y a los famosos palos llevados a tierra española. Encuentra, no obstante, más serio el control de calidad ejercido en nuestro país; aunque en honor a la verdad, cabe decir que el francés ha ganado rigor. Bueno, sin comentarios, una de cal y otra de arena, me parece justo. No comparte la opinión el tardío procreador situado a la izquierda de Isabel, quien afirma de forma vehemente, que comparar unos vinos con otros, ya procedan de Burdeos, Borgoña, Rioja o Ribera de Duero —asegura conocer los Vega Sicilia, insuperables— resulta tarea tan desatinada como equiparar un cava con un champagne. Y tratando de reducir el parangón al absurdo, formula una pregunta:
—En una hipotética carrera de méritos pictóricos, ¿quién resultará mejor colocado, Picasso o Ingres? Cada uno posee una herencia distinta, un entorno y un equipaje cultural privativos, una técnica y una personalidad diferenciadas; todas estas características y alguna más que no he nombrado, los convierten en únicos: la situación del atelier o estudio, por ejemplo, el espacio al que se abre su puerta, el paisaje visto desde sus ventanas y hasta las visitas recibidas. Eso no estorba que, en el plano de la mera subjetividad, nos guste, como en el caso de los vinos, uno más que otro.
Iba el padre Barthélemy a intervenir de nuevo, cuando lo que parecía ser en el otro parada y fonda, resultó nada más una pausa, un alto en el largo camino emprendido.
—Por otra parte, los vinos cobran su verdadera importancia en el momento de abrir la botella; cuando el vaso queda mediado y el producto de mil variables permite a los cinco sentidos valorarlo, el oído inclusive, al chocar el líquido con el cristal. Hasta entonces son potencia; la esencia se la da el gourmet, y sucede, liturgia y ceremonial incluidos, en ese preciso acto, fundamental sin duda, en que el sacrificio de las posibilidades de mejora produce el goce del oficiante. El padre ha de saberlo por experiencia.
Nos alegra su intervención y brindamos por la agudeza y oportunidad del discurso. A partir de este momento cualquier coloquio serio que se intente parecerá fuera de lugar, de suerte que abandona el padre Barthélemy la réplica, y yo cejo en el meditado intento de abordar al sacerdote sobre el asunto de las herejías, que aquí florecieron en la turbia Edad Media.
Un revuelo se produce de pronto en la mesa de los chicos, y acudimos a ella, Isabel y yo, porque es Octavio quien parece estar comprometido. El otro contendiente de la escaramuza es el estirado que lleva coleta, el parisino que sabe tratar a las chicas. Llegamos a tiempo de oírle proferir lo que desea un insulto: Espagnol de merde; a tiempo de ver como otros chicos sujetan su airado brazo, obligando al violento a tomar la puerta que lleva al descampado. Explica nuestro hijo que la discusión comenzó por un motivo trivial, tan alejado del momento como la llamada Guerra de la Independencia librada en España contra el sanguinario ejército de Napoleón. Casi dos siglos hace de aquello, un episodio que ambos tienen poco claro. Durante cinco años habíamos sido una provincia más del imperio, con José Bonaparte como soberano, dice Octavio que afirmó el de París. No se hizo esperar la réplica de nuestro hijo: «Sirviéndose de manejos indignos se apropió Napoleón de la monarquía, pero el pueblo restableció el orden antiguo y, tras la batalla de Vitoria, Pepe Botella hubo de marcharse». Sentados de nuevo en nuestra mesa nos vemos apremiados a repetir lo que acabamos de escuchar, quitando importancia al incidente. Una de las hermanas de Étienne, una Bondois, la viuda del sociólogo, explica su punto de vista.
—Los de arriba, y más los de París, son unos fatuos; se creen el ombligo del mundo y nos miran a los demás por encima del hombro. En Francia, nos dice, es fácil orientarse: si preguntas por un lugar cercano al que deseas ir, y te responden de mala gana o de forma imprecisa, no hay duda, estás en el Norte; pero si la gente es afectuosa y deja la tarea para acompañarte, entonces has llegado al Mediodía.
Odile tiene, como suele acontecer a menudo, otro punto de vista.
—Se trata de un joven muy afable —asegura— Jean-Pierre y él son amigos desde el internado. Siendo como es, hijo de militar, supongo que Octavio ha herido su arraigado sentimiento patriótico. Hay que medir las palabras cuando se está en un país extranjero.
—Sin duda el alcohol ha contribuido a que se exciten los ánimos de por sí inquietos -tercia el vecino de Isabel— algunos jóvenes beben para vencer el freno de la timidez y, desenfrenados, siguen bebiendo con una indiferencia que puede llegar a resultar peligrosa.
No decimos que nuestro hijo es abstemio, sería echar leña a la hoguera. De modo que guardamos silencio y, callados nosotros, no interviene nadie. El sacerdote Barthélemy alcanza a romper la momentánea tensión, con unas palabras que resultan ser un salvavidas arrojado a la cordialidad.
—Yo estuve en España el verano pasado; en la abadía de El Escorial pasé quince días. ¡Qué pureza de líneas, qué soberbia estructura! ¿Quién diría que nació como un panteón?
—La razón de ser —rectifico su aserto— se muestra borrosa, y quizá albergue varias, todas ellas fundadas. La eternidad se persigue por muy diversos caminos: puede que el monarca quisiera construir un mausoleo, y así quedó escrito; puede que un templo, pues el decreto publicado al colocar la primera piedra eso asegura; un templo que mostrara a Dios la España agradecida por los dones recibidos del Cielo. Puede que deseara un palacio para fijar en él su residencia. Hasta en un voto puede hallarse la justificación; una ofrenda hecha a la divinidad el día de San Lorenzo, fecha del triunfo de sus tropas en la batalla de San Quintín. Y puede, también, que la idea del monasterio naciera de la desavenencia existente entre España y Francia. Pugna dada, y hay constatación fidedigna, entre dos hombres: Felipe II, emperador de las Españas, y Enrique II, rey de Francia; rivalidad heredera de la paradigmática que enfrentó a sus progenitores Carlos I y Francisco I.
—Podían haberse retado en ambos casos a duelo los encarados, haberla emprendido a trompadas de uno contra otro, o conversar largo y tendido sobre sus diferencias hasta alcanzar la cordura; pero no, hubieron de enfrentar a sus pueblos en pendencias muy costosas. Historiadores hay que sospechan una sola obra, colosal eso sí, que sirve a todas las razones: alcázar real de arrogante magnificencia, templo testimonio de religiosa gratitud, faraónico mausoleo para sí y su familia y fiel cumplimiento del voto esbozado tras una victoria. Tardó años en elegir el lugar y en ese tiempo se fundirían los diferentes motivos.
Añado, y quedo descansado al acabar, como quien sale del interior del agua tras unos minutos de inmersión.
Para evitar recelos inútiles, que sin duda iban a actuar en nuestra contra —Isabel y yo el lado más débil de la mesa como puede constatarse— me abstengo de nombrar a los seis mil soldados franceses muertos en la memorable batalla de San Quintín, y a los dos mil hechos prisioneros. Claro que cubro de un mismo silencio las atrocidades cometidas por los mercenarios alemanes al mando del español, al degollar, a más de a los militares, a mujeres y niños. Y es que las guerras llevan la desgracia a ambos contendientes, pues si sume a los vencidos en la desdicha, al tiempo descubre la barbarie de los vencedores; un deshonor que éstos se aprestan a limpiar y, en general, con buen resultado, no en vano parten de una posición privilegiada.
—Parece increíble —añade el sacerdote— pero las personas, reyes, trabajadores o mendigos, actuamos por motivos recónditos que, con frecuencia, son insubstanciales. Sucesos irrelevantes ocurridos en la remota niñez, de los que no somos conscientes -la visión de un pajarillo agonizando en una trampa, el insatisfecho deseo de un objeto cualquiera, aquel cortaplumas del escaparate que los padres no quisieron comprarnos- pueden influir en nuestras obras llegados a ellas por derroteros alejados del sentido común.
—¿Sabe usted que un corsario con su mismo apellido aparece en una memorable novela titulada El siglo de las luces, del escritor cubano Alejo Carpentier?
—Lo ignoraba hasta ahora. Pero, ya ve, acaso deba yo compensar con buenas obras los pillajes de aquel malandrín, mi antepasado.
Anita se acerca en esto a su madre y, sin importarle que alguien la oiga, disimulando una contrariedad bien tangible, le dice al oído: «Ha resultado ser un estúpido ese chico de París, pero yo me he dado cuenta enseguida. Un inmaduro, eso es; un chulillo; y no sé a santo de qué, total porque sabe decir cuatro frases bonitas, acaso recitadas de memoria y aprendidas de algún manual, que, por el tono empleado, además, resultan bastante cursis».
Se está ya en los postres. La tímida conversación generalizada que era un murmullo al comienzo, es ya un cruce de palabras altas, un bullicio sin freno eficaz. Varios camareros recorren las mesas empujando carritos repletos de pasteles variados, de frutas diversas, de unos quesos sorprendentes a los que la carta atribuye un origen ajeno a la leche. Servidos los comensales, retirados los servidores, un grupo de mozos reclama la atención de los presentes con el anuncio de algún acontecimiento nuevo, uno más de la tanda nutrida con que la noche se ha despachado en la idea de amenizar la velada.
Son seis o siete, y vienen de las habitaciones rodeando a un muchacho al que abandonan a su suerte en el corazón libre del patio. Para vestirlo de modo conveniente han confeccionado una sencilla indumentaria de cartón. No es otra cosa que una lámina del grosor de un dedo delgado que, doblada evidenciando habilidad, cubre pecho y espalda a manera de caparazón de tortuga, permitiendo a la cabeza mostrarse a través de un corte practicado buscando ese fin. Adecentan el efecto de desnudez unas cintas que cierran a intervalos el hueco dejado en los flancos. De entre las ataduras surgen los brazos, que se agitan tratando de llevar interés a un cuaderno abierto por sus páginas centrales.
Viene a cuento la singular vestimenta, en ningún modo estrafalaria como asegura a mi lado Odile, pues en ella aparecen escritas, a modo de anuncios, varias frases alusivas al contenido del periódico que los demás muchachos van distribuyendo. Por si alguno, dada su posición frente a él, no alcanzara a leer lo escrito en ambas superficies, delantera y trasera, vocea el joven una explicación coherente. Por ambos conductos, pues estamos próximos, nos llega la definición del asunto que se traen entre manos. Se trata de un florilegio de profanos más o menos habilidosos, encuadernado a la manera artesanal, es decir, poniendo en el hacer la mejor intención y cierta maestría nada despreciable. Se trata de una abundante recopilación de los mensajes dirigidos a los novios por los invitados. Los editores señalan en la introducción, que se trae la costumbre de más allá del Rhin, y encabezan el prefacio con un interrogante en alemán: warum?; para luego dar las razones y el porqué del compendio, cuestiones que parecen ser demandas por la pregunta. El objeto es ofrecer a los novios, para ser consultado en las melancólicas tardes invernales de la serena madurez –acabará por llegar, aunque ahora nadie ose anunciarla— o de la aún lejana ancianidad —suele presentarse si el tiempo acompaña— un conjunto de buenos deseos, tiernas sugerencias y declaraciones de amistad eterna, producto de la confluencia irrepetible de unas personas queridas, en el hic et nunc en que nos encontramos.
Acogen las páginas poemas, párrafos muy cortos, largos textos de quien no encuentra sin esfuerzo inmediato una conclusión brillante, y dibujos cargados de buenos propósitos. Hasta un árbol genealógico que en realidad son dos, fundidos al fin en los recién casados. Profundas raíces occitanas aparecen en el legado recibido por Violette, pues los apellidos Peyrepertuse y Mirepoix desembocan en él como ríos de profundo cauce, entregándole la savia esencial de la historia recogida en el medioevo. Nómada parece haber sido la familia del novio; se encuentran en ella apellidos judíos, polacos y suizos, acumulados en un azaroso itinerario vital. La unión de ambas ramas, tan dispares, tendrá, dicen los entendidos, efectos beneficiosos para los descendientes.
Es una lástima que el bosquejo —obra de Jean Pierre realizada cuando apenas contaba siete años— tomado por Odile para escribir sobre él una carta dirigida a su hijo, no se entienda con claridad en la gaceta. Quiso la fatalidad que en la impresión perdiera algunos detalles valiosos. Representa un bucólico paisaje campestre donde la realidad ha sido forzada. Quizá provenga de un sueño la idea, porque tanta placidez descubre una chispa ilusoria. Creo posible que el trabajo del petit bijoux de Odile –era el niño una joya para la madre— de su tendre alouette —tierna golondrina, también— es un suponer aceptable, que el dibujo persiga un deseo inconsciente de vivir de manera sencilla, inclinación que el adulto presente puede estar reprimiendo.
Se distingue entre las líneas escritas una casa aislada, rodeada de campo de labor, cereales a punto de cosecha. Un sendero se abre hasta el postigo; va atravesando un arroyo sobre un puente de madera. El verde se justifica en la orilla, pero no las flores rojas salpicando el sembrado. Cuando la vereda está a punto de alcanzar su destino, cuatro árboles la reciben ocultándola, y el verde se eleva vertical hasta el azul del cielo. Un niño viene a primer plano, sendero adelante, caminando animoso desde la vivienda.
No obstante, el texto añadido desmiente la interpretación que yo hago; se trata —escribe Odile en su dedicatoria— del Parque Pommery, en la ciudad de Reims: la profesora pidió un trabajo que relatara de forma visual algún episodio vivido durante las vacaciones estivales, y el sicoanálisis sobra. Hace la madre una evocación nostálgica de la niñez del hijo, que a buen seguro Jean Pierre, en estos momentos, no comparte. Je t´embrasse, Odile: firma la mujer enternecida; y observo que el nombre está sustentado por una raya horizontal trazada rozando la parte inferior de las letras, desgarrada y con final en gancho abierto hacia la izquierda. Quien sepa interpretarlo desde el punto de vista grafológico, que lo haga. Yo ya lo hice.
El aporte de Jacques, padre de Vivy, consiste en una proyección al futuro de la trayectoria de su matrimonio con la activa Delphine, de eterna sonrisa. Cuatro versos de Molière separan en dos mitades el texto de un pronóstico cargado de expectativas espléndidas para el nuevo matrimonio, alcanzables, sin duda, con algo de esfuerzo. Hay quince o veinte trabajos más; un poema, entre ellos, llama mi atención por la perfección de su forma. Lleva la firma de Laure, la hermana se queda sola en la casa y la casa, como un dragón de fauces enormes, tratará de engullirla. De esta manera se expresa en metáfora inclemente, pues pierde a una hermana que ha sido compañera, confesora y guía. Le sirve de consuelo la felicidad apreciada en el brillo de las pupilas de Vivy, y el hecho de que ella seguirá sus pasos nupciales no tardando mucho.

 

La fiesta se acerca a su término

El patio del castillo habrá conocido muchas fiestas; tanto en épocas antiguas como en el uso festivo presente, habrá oído frases nacidas en el corazón y otras dictadas por las buenas maneras. Habrá sentido resonar en sus muros brindis diversos, alzando copas de champagne de muy distintas calidades, pero la sentida locución pronunciada por Jacques, el veterinario de Giroussens y Peyrieres, padre de la novia, padrino de la boda, eran novedad en los alrededores:
—Deseaba con todas mis fuerzas un varón que me prolongara cuando nació Violette, pero con el paso de los días, ella, la niña adorada, me ha ido haciendo mudar el anhelo y a partir de entonces no he vuelto a desear un hijo. Por ella, por su carácter noble, por su sincera entrega a las causas que emprende, por su marido que está llamado a ser feliz a su lado, por ambos, por mi esposa, por mí mismo y los padres de Jean Pierre, por mi hija Laure que pasa a ser durante un tiempo breve hija sola, por los parientes y amigos de las dos familias, por los presentes y los ausentes, levanto mi copa de un vino producto de la tierra generosa y de la labor sabia del hombre; y bebo hasta apurar las últimas burbujas, las que se suelen adherir al cristal del fondo, en pro del esperanzado futuro que acaba de empezar en este mismo instante.
Claro que estaba preparada la arenga, incluso estudiada y aprendida de memoria –no quería dejar a nadie significativo en el tintero— pero ese esfuerzo no resta mérito, sino que es razón de más, añadida a la muestra de cariño de las palabras. Suceden otras manifestaciones de aprecio, de amistad, de sincera admiración tras la dedicatoria del padre; y esas muestras vivas, esas exteriorizaciones emocionales, esponjan de orgullo a Violette y, por tanto, a Jean Pierre, que se siente a cada momento que pasa más satisfecho de ella, más cautivado. En nuestra mesa se comentan las intervenciones, pero nadie hace mención de secundarlas: el sacerdote ya contribuyó a los elogios iniciando la rueda en la homilía, y Odile no alcanza suficiente ánimo para hablar en público, según nos confiesa a Isabel y a mí cuando la instamos a hacerlo. Los demás —juzgo por nosotros— desconocidos para la generalidad de los asistentes, no nos creemos con derecho a tal prerrogativa.
Séverine y unos cuantos muchachos portadores de cestas, recorren las mesas repartiendo un recuerdo de los esponsales. A Isabel y a mí nos entregan un envoltorio de transparente celofana, en cuyo interior se distinguen dos muñequitos de barro —una pareja de nobles vestidos a la antigua usanza occitana— enlazados por dos cordones, azul y rojo su color, y una primorosa flor de alambre recubierta de papel, que comparada con ellas ha de causar la envidia de las naturales.
Observamos un pequeño gesto que al no darse otro de mayor entidad nos llama la atención: a quienes se les considera desparejados de manera habitual, los tíos de Jean Pierre, por ejemplo, les corresponde un regalo menor, una de las dos figuritas nada más: el hombre si es mujer, y la mujer si se trata de un hombre. Recibe el sacerdote, en una primera entrega desafortunada, un regalo simple; mas luego alguien considera impropio entregarle una señora, y corrige el reparto cambiando el envoltorio por uno íntegro. Él los ha casado, él ha bendecido su unión, justo es que guarde íntegra a la pareja.
Odile reclama el correspondiente a su matrimonio, y nos hace notar que son huecas las figuras, albergando el interior un relleno: avellanas y almendras saladas en el correspondiente al galán, y en el de la dama, confites y peladillas. Existe una simbología evidente, que cada uno interpreta según su modo personal de sentir. Nos contraría la tristeza percibida en la mirada de nuestra hija Sofía, cuando, desde el inadecuado lugar que ocupa, rodeada de enamorados que pueden demostrarse el afecto sentido, nos enseña el regalo, el envoltorio íntegro –la silla vacía proporciona al parecer ese derecho— obsequio poseedor de una dolorosa virtud, la de hacer más palpable la soledad que envuelve a la muchacha.
Los camareros, con una precipitación a la que parecen estar habituados, en un periquete dejan el centro del patio libre de mesas y sillas; algún acto nuevo precisa el espacio. El grupo musical, venido con el solo objeto de solazar a los invitados, aunque formalizado y prendido en Béziers cuenta con dos músicos nacidos en Cordes, según se desprende de lo explicado en su presentación. Los cuatro miembros se sitúan con sus instrumentos dando la espalda a la entrada, al portalón alto y pesado tachonado de clavos recubiertos de una tenue capa de herrumbre; y como un solo cuerpo inician el despliegue de su arte: sacro al principio, a modo de introducción; para continuar por derroteros bien diferentes.
Sobre los acordes, y acaso instado por ellos, Jacques Peyrepertuse se dirige a la mesa de la novia. Entre capitán de húsares que va a recibir su despacho, y poeta premiado en los juegos florales a quien los miembros del jurado entregan la flor natural, avanza decidido hacia su hija Vivy, la niña de dorados rizos, la adolescente de coletas de oro, la mujercita de fúlgidos rayos en los cabellos; su valquiria, su ángel.
Llega ante ella, y cuando la orquesta ejecuta una pirueta artística iniciando el vals, el padre se inclina en un gesto galante; a continuación, tiende a la hija unas manos cuidadas que Violette acepta conmovida. Se pone la casada en pie y aparece su vestido blanco. Carente de la tela superflua ya no es traje de novia; sin los ampulosos pliegues y dotado de la justa elegancia, es el vestido de una debutante que cruza ese día el umbral de la mayoría de edad y, en el baile de gala, está siendo presentada a los jóvenes.
Camina unos pasos siguiendo a su padre, un galán maduro que dentro del oscuro atuendo de ceremonia, tan bien acomodado, semeja un pretendiente. Observa la hija una sonrisa suspendida en los finos labios paternos, una sonrisa que sale de dentro y se extiende por el rostro calmo de quien ha demostrado no tener miedo a la vida. El atezado pelo de Jacques aparece salpicado de canas, las justas para incrementar su varonil atractivo. Y a ella, la hija mimada, la invade una innegable satisfacción que no sabe concretar en un sentimiento único; ni uno solo, todos son encontrados.
La versátil orquesta va deslizando el vals, un vals cualquiera carente de autor prestigioso, pero ese particular no inquieta a nadie; los músicos no están obligados a los aires modernos, pues lo suyo, aquello que los ha reunido y los lleva de un lado para otro, investigando, rescatando cantos populares del común olvido, recogiéndolos de la memoria de los más ancianos, tiene mucho que ver con la época antigua.
Ha estado ensayando en secreto Jacques esta danza, en una academia de Albi; dos veces por semana acudía a las clases con Delphine, simulando ampliar los conocimientos de su profesión, pretextando un aggiornamento que no necesita, pues los animales permanecen fieles a sus modos de enfermar, y los dueños no leen las revistas especializadas a que él está suscrito desde siempre.
Se nota que fue buen alumno y aprovechó el tiempo, pues lleva a Violette en volandas. Esa Vivy ligera y esbelta parece una doncella recién desposada; queda claro que no imprimían aspecto de novia el vaporoso velo blanco y la larga cola, de los que hace tiempo se ha desprovisto. Algo indefinido surge de los labios suaves y reafirma los gestos cuidados barnizando su semblante, algo que revela un sentir interior equilibrado al asomar por los ojos, y trasciende al suave rubor de las mejillas. Trátase del pudor de las vírgenes inexploradas; un recato, un comedimiento, una mesura de cristal a punto de quebrarse. El corto vuelo de su largo sayo, ajustado al talle, en los giros airosos, permite ver los zapatos blancos dotados de minúsculos adornos: florecitas de nácar ocultando el cierre plateado. Permite admirar más arriba, el tobillo esculpido por un incógnito artista griego, que antes ensayó para lograr la maestría en la «Victoria atándose la sandalia», soberbio logro estético descubierto al lado de Jean Pierre en el Museo de Atenas.
Es competente la orquestina; demuestran afición y ganas sus componentes, tanto las dos muchachas que recogen su pelo en forma de cola de caballo, como los dos muchachos de barba incipiente, salteada de pequeñas lagunas en uno, y del todo rala en el otro.
Toma Jean Pierre el relevo y acepta a Violette en sus brazos, arcos doblados a la medida exacta de la cintura que reciben; la intuye palmo a palmo, la ama gesto a gesto. Usando el pie de rey calibra la infrecuente proporción de sus medidas, se mira en los ojos, entra en ellos, va a la parte más profunda y allí, en el asiento de la intimidad, se funde con ella.
Forman pareja Delphine y Jacques, y se nota que ella practicó con peor resultado, pues retrasa su paso y dificulta los giros. De todos modos, se complementan a las mil maravillas, y de los pequeños errores hacen motivo de júbilo. Odile, que en razón del pie enfermo se queda sentada, sigue con la vista a los danzarines, vigilando de reojo a sus dos cuñadas que se van juntas y no sabe adónde. Étienne pasa bailando con una joven de amplias caderas, y dirige un cumplido saludo a su esposa, insensible al inclinar de cabeza, al musitar de los labios. Isabel y yo permanecemos en la mesa para no dejarla sola, pues el sacerdote explicó que debía leer su breviario y se ausentó en cuanto la música dio comienzo a los bailables.
El matrimonio vecino –embarazada ella cuando ya no cabía espera— gira sin pausa tras unos compases imposibles; yerran, pero el afán que ponen compensa su falta de destreza. Se suceden las piezas y los bailarines cambian de pareja en pos de una diversión generalizada. Jacques invita a mi esposa cuando suena un pasodoble que la orquesta trata con descuido. Isabel va tras él, satisfecha de haber sido solicitada tan pronto, preferida a otras mujeres del entorno inmediato, familiares y amigas.
Sin ánimo de entrar en polémica, resignado a su carácter, lo aseguro; deseando entablar conversación y nada más que eso, pregunto a Odile por su pie, y ella me responde con una pregunta del todo defensiva:
—¿Hubieras venido si Isabel no hubiera dramatizado un poco mi enfermedad?
Tu situación es llevadera y no corres peligro de acabar inválida; vaya por delante mi contento. Pero sabes de sobra que no deseaba hacer este viaje; tampoco Isabel estaba animada. De manera que todo hubiera quedado entre jóvenes: Jean Pierre y Violette pedían la presencia de nuestros hijos, y ellos estaban deseosos de acompañarlos; máxime, cuando Francisco Javier iba a participar como testigo.
—¡Ya!, pero os veo disfrutar del día y eso me satisface. Cuando todo esto termine, el trastorno habrá merecido la pena y os mostraréis agradecidos.
—Siendo por completo sincero, te diré que nuestro ánimo fluctúa de un extremo al otro; del decaimiento de la llegada al gozo de la ceremonia y la fiesta. En la valoración definitiva incluiremos en la columna del debe, a más del coste económico, el cansancio y el peligro que supone recorrer dos mil quinientos kilómetros en dos días por carreteras muy transitadas en razón de las fechas. Figurará en el haber la acogida dispensada por la familia Peyrepertuse, la ayuda recibida de tu tío Armand y la oportunidad de conocer, siquiera por encima, la región en que nos hallamos: los interesantes vestigios de un pasado cuajado de hechos heroicos y de atrocidades. Quedará flotando en nuestro juicio, como hilacha de niebla, vuestra atención, tibia, por decirlo en términos que quieren ser amables antes que ajustados a una realidad con certeza más dura.
—Conoces las precarias condiciones en las que nos desenvolvemos: fuera de nuestra ciudad, simples invitados de nuestro hijo, sin medios propios; de modo que poca ayuda podemos prestar. Estoy convencida de que me comprendes.
—Isabel, Anita y Octavio durmieron anoche en casas de amables desconocidos, que en atención a los Peyrepertuse los recibieron en sus alcobas reavivando el viejo sentido de la hospitalidad; y eso que con dos meses de antelación aceptamos vuestra oferta de buscarnos hotel.
—Primero veníais ocho, luego siete, al final sólo seis; esperamos hasta conocer el número definitivo y se hizo tarde. Se celebran fiestas en la comarca y no quedan habitaciones libres.
—No se te escapa, que, en esos hogares acogedores, situados en localidades cercanas, a los que con toda seguridad Isabel y los chicos no saben volver, permanece todavía su equipaje. No siendo posible recogerlo hasta bien entrada la mañana, y debido al trabajo de Sofía las chicas y yo hemos de salir a primera hora. Así que no podremos regresar a Valladolid todos juntos. Iremos por Barcelona, aunque no haya venido Roger, el hijo de los primos de Isabel. Es un recorrido que conocemos y allí podremos descansar durante un rato tras el almuerzo.
—Las casas que los acogieron son amistades de los Peyrepertuse; yo ignoro sus nombres y desconozco el lugar en que viven, y ni facilitándome las direcciones los encontraría. Así que poca solución puedo dar al problema.
—Te consta, sería necio negarlo, que sufrieron una avería grave en el coche. Ese imprevisto les impidió cumplir su deseo de visitar los alrededores, en tanto Francisco Javier firmaba junto a Jean Pierre y Violette el documento civil que los convertía en esposos. Acto simple al que sólo asisten contrayentes y testigos. De un mínimo sentido de la reciprocidad, de una elemental gratitud, cabía esperar que les mostraras el entorno sirviéndote de vuestro automóvil.
—Étienne hizo esa sugerencia, pero a mí me dolía la cabeza y nos quedamos en el hotel; yo acostada, y él a mi lado leyéndome unos pasajes de Chateaubriand; pues, aunque te parezca un disparate, “Atala” y la “Vida de Rancé” son textos que cuando estoy alterada me procuran bienestar.
—Para vestirnos de fiesta, Sofía y yo, utilizamos un cuartucho donde podían pasar empleados; mientras tú, Odile querida, aunque te avisó de nuestra llegada Delphine Peyrepertuse, permanecías en la habitación sin descender al vestíbulo de entrada, donde tu presencia hubiera hecho entrar en razón a la encargada solventando la contrariedad que sufrimos.
—No di ninguna orden a la encargada, si eso lo que sospechas. Quizá el aviso colgado en la puerta de la habitación, le hizo negarse a molestar. Además, ocurre que soy la madrina, ¿sabes? Y faltaba menos de un cuarto de hora para que se iniciara la ceremonia; veinte minutos lo más.
—Es un eslabón, uno solo, en la cadena de desaires. Por el contrario, estamos muy agradecidos a los Peyrepertuse, quienes han hecho posible la reparación del coche, buscaron alojamiento para Isabel y los chicos, y nos han tratado como si perteneciéramos a su familia. Su acogida facilita una amistad duradera, porque es fácil comprender que estaban añadiendo nuestras dificultades a las suyas, las concernientes a los esponsales. Incluso nos debemos a Armand, que les facilitó los traslados.
—Mi tío no da paso sin sentido; desconfía, porque sin duda tiene razones que tú ni sospechas. Y en lo que respecta a los Peyrepertuse, se ve, están animados, y esa animación los empuja en varios frentes. Diciéndolo de otra manera, habéis llegado en el momento oportuno, cuanto todo estaba dispuesto para atender a los invitados, vinieran de donde vinieran.
—Tu proceder carece de justificación. No trates de empañar la nitidez de los comportamientos ajenos, pues esa conducta empeora, si aún es posible, el tuyo.
—Ya veo, sigues herido; y temo que en tales circunstancias no encontrarás conveniente que Étienne y yo os acompañemos a Valladolid como pensábamos…
—¿Tienes la desfachatez de proponer que os aceptemos en nuestra casa durante las vacaciones? ¿Es que te parece corto el relato de tus menosprecios recientes? No, y mil veces no. Es innecesario consultar a Isabel, sin duda es de mi opinión.
—Está bien, si no hay más remedio iremos a Barcelona, ellos también estaban invitados. Verás que los primos de Isabel, aunque apenas hayamos tenido trato, nos reciben con los brazos abiertos.
Tras esta pueril declaración de intenciones con la que pretende castigarme, Odile, dolida, me da la espalda. Sin pretenderlo ha mostrado su juego más sutil; por si la primera erraba, disponía de una segunda flecha. Permanece en silencio durante varios minutos; meditando, según parece. Pasado ese tiempo breve que la tensión prolonga, a la vez que se levanta, me espeta:
—Te lo repito: estás en las nubes. Fue Isabel quien tuvo la idea de utilizar mi enfermedad para convencerte. Ella sabrá por qué actuó así. Pregúntala.
Sin esperar la réplica, a modo de un torero que ha salido airoso del último pase, fin de una tanda comprometida, inicia Odile con un descarado desplante el breve recorrido que lleva al cuarto de baño. Recibo el restallante latigazo, la descarga eléctrica, el hiriente dardo en el centro mismo de mi sorprendido corazón, en medio del desconcertado cerebro. «Isabel, fue Isabel; ella sabrá».
No me da tiempo a reaccionar a tan vigoroso estímulo, ya que en ese exacto momento llega una de las hermanas, la viuda, madre de las preciosas gemelas. La Bondois gordita se ha echado en la cama, quiere descansar un rato porque el ajetreo la tiene rendida. Me place la circunstancia, de hecho, esperaba la ocasión de charlar con la mujer, una verdadera dama si la apariencia no miente, cuya biografía merecerá los esfuerzos que se hagan por conocerla.
Debieron enfrentarse a las aguas del océano que se oponían. Debieron oponerse a las mayores tempestades, galernas y tifones, que se enfrentaban a su voluntad. La arena toda del desierto los sepultaba, y arañaron túneles inestables que se desplomaban al momento. Una niebla densa envolvía sus pasos para perderlos, y caminaron días y días antes de vislumbrar de nuevo el punto de partida. Días y días caminaron en un segundo intento, ya en línea recta, cruzando ríos de incomprensión y campos sembrados de asechanzas.
Con medio mundo cerrándoles el paso, caían en el pesimismo y llegaban a pensar que el orbe entero, gentes de toda clase y condición, conocidos y desconocidos, formaban muro frente a ellos. También la familia, ambas ramas sin distinción, blancos y negros por igual, alegando, eso sí, opuestas razones, estuvieron a punto de unir los esfuerzos destinados a separarlos, a romper su amor, su deseo de vivir juntos, de formar un matrimonio al que le nacieran hijos, fueran del color que fueran, blancos, negros o de tonos agrisados.
Me maravillo yo de mi habilidad para entrar en materia, para llegar al cogollo apartando las hojas verdinegras que no me interesan, para alcanzar el placer aurífero en unas cuantas cavadas. Pero ella, la persona más interesante de la fiesta, Albertine, hermana de Étienne, de Vincent, de Gustave, y de la mujer que reposa en la alcoba, cuyo nombre no he sido capaz de retener, sin duda enrevesado y poco frecuente; pero ella, la reina altiva, sin duda está acostumbrada a que la gente quiera indagar en sus extraños amores, y orgullosa de ellos, desea contarlos; de modo que, si el interlocutor no le parece un simple curioso, si cree estar ante un investigador serio, colabora.
Servía bocadillos, refrescos e infusiones en el café de la Facultad de Medicina, perteneciente a una de las universidades de París-Sorbona. Así se pagaba los estudios de sociología que tanto la agradaban. Esbelta, grácil, comunicativa, muchos jóvenes deseaban intimar con ella y se las veía y deseaba para rechazarlos sin violencia.
Pidió él un café denotando firmeza, seguro de sí mismo, al contrario de otros: atrevidos leones en grupo y tímidas gacelas cuando van solos. Fue la curiosidad, la que propicióla mirada ineludible de la joven; tan fija y detenida que él se vio obligado a presentarse.
«Me llamo Leopold,» dijo, «como Sedar Sénghor, el poeta de la negritud. J´écoute au fond de moi le chant à voix d´ombre des `saudades´; ¿acaso lo has leído?»
«Sí, yo también escucho en mi interior una voz sombría que dice tu nombre: Leopold, como el padre del rey de Bélgica;» recuerda ella que respondió con sorna, «y al menos queda claro que tienes el orgullo de un rey.» Era un joven negro, alto y fuerte, que había nacido en Costa de Marfil y estudiaba el último año de medicina. Y allí empezó todo.
Tener al mundo en contra de su unión anima a unirse a los valientes. Se doctoró Leopold cuando Albertine culminaba el tercer año de sociología. Él quería poner en práctica el largo sueño de acabar con las enfermedades endémicas de su país, y ella, a esas alturas de su relación, amaba al médico y estaba dispuesta a seguir sus pasos hasta los propios infiernos.
En Costa de Marfil, uno de los países más estables de África, donde el gasto de la educación supera al de defensa y las importaciones equilibran las exportaciones; la esperanza de vida es, sin embargo, poco más de la mitad que en Francia. La gente vive en su mayoría del campo y el analfabetismo lastra a la mitad de la población. Ese desnivelado escenario pintaba el novio a la chica con lenguaje de lección, lo malo y lo bueno, para que decidiera sin engaños.
Las mujeres aún son consideradas servidoras del hombre, más de la mitad sufre ablación clitoridiana y paren una media de seis niños, de los que tres no conocerán la escuela. Abidján es una gran ciudad en todos los sentidos, y está situada al borde del mar, en el Golfo de Guinea. Allí hay campo para los dos: el médico tiene pasto suficiente para tres vidas, para ocho brazos; la socióloga feminista puede avanzar años y años tratando de mejorar los datos que la estadística arroja. A Albertine no le quedaban dudas: iría.
El ejemplo de Sedar Shéngord arrastró a su marido. No basta ver, no basta condenar, no basta asumir, no basta idear; hay que poner en práctica las ideas, hay que hacer, hay que cambiar. El gobierno de Houphouet Boigny derivó con claridad hacia la dictadura: ampliaba el número de electores reduciendo los candidatos a uno, cayó en la dispendiosa megalomanía de las obras públicas inútiles, defendía los intereses de las compañías francesas, se oponía a los países socialistas africanos y mantenía excelentes relaciones con el régimen racista de Suráfrica. Leopold salió a la calle, se reunió con demócratas y corrigió al gobierno en las ocasiones que se presentaron. El temible miedo de los débiles armados abatió al mocetón, padre ya de unas gemelas que heredaron su color y la estampa de Albertine. Expiró dentro de su casa, en brazos de la esposa y en presencia de las infantas, cuando un grupo de mercenarios, asesinos a sueldo, acribilló su pecho a balazos poco antes de las nueve de la noche.
Dos meses después, con el peso enorme de las niñas sobre sus espaldas, regresó a París. Pasa el tiempo sin sentir cuando se escucha a esta mujer bella, elegante, honesta, decidida, orgullosa del orgullo de raza de su marido, princesa de un reino que acaso no sea de este mundo. El tiempo vuela para quienes oímos su verbo cálido mientras los demás invitados bailan, ríen o conversan.

 

La fiesta da las últimas boqueadas

Cuando la viuda Bondois se levanta para ir en busca de su hermana pequeña, Horacio viene hacia mí con una copa en la mano. Hemos hablado él y yo a pasitos sin rumbo en la pradera, precedidos por Asun y mi esposa, y me ha pintado su vida a brochazos. Se sienta a mi lado, apura el trago e inicia el lamento. Armand no quiso al matrimonio en su mesa, y los compañeros que un criterio lógico situó a la derecha de los españoles, veraneantes asiduos en la Costa del Sol, y los que puso a la izquierda, normandos también, hablaban entre sí sorteándolos, hasta que mudaron los puestos y los nuevos vecinos se entendieron con quienes ya se entendían. Parece que el vino ingerido por Horacio durante el banquete, si bien le traba la lengua en cuanto a la forma, en lo referente al fondo se la suelta.
De modo que el retornado emigrante nacido en Zamora, pegando a la raya de Portugal, con voz de estropajo recupera el recuento de su vida y la censura del amigo del alma, el francés que se manifiesta su eterno deudor por haberle salvado la vida y, sin embargo, pospone la atención debida y asegurada a los huéspedes.
Persiguiendo el solo objeto de llenar bocas de hermanos y calzar sus pies —pantalón y camisa se confeccionaban con retales mínimos— abandonó Horacio la escuela siendo aún un chaval. Pastor se hizo, y de paso contrabandista —riberas del río Maças, donde Zamora toca a Portugal— vigilante de las carabinas portadas al hombro por la ley. La escuela intermitente le entregó una muestra reducida de las reglas que rigen el universo mundo, el tira y afloja universal; le abrió una ventana al exterior para mostrarle a través de ella las incertidumbres que se enseñorean de la geografía. Era activo y de natural despierto, por lo que de existir continuidad en el aprendizaje hubiera destacado.
Miro sus rojos carrillos, su dilatada nariz, la comisura de los labios carnosos blanqueada de espuma, y atiendo su confidencia con creciente interés.
A los dieciocho años se desligó Horacio del hogar paterno —techo de pizarra sobre muros de piedra carentes de ventanas— último rincón del mapa nacional y término de las carreteras, lugar al que los abuelos vizcaínos arribaron, quizá hostigados por el mismo sino insufrible. Todavía se le representa la persistente escena, cuadro último del drama doméstico, si insiste en buscar su imagen con los ojos cerrados. Encrespados los ánimos, el padre de Asun maldecía el noviazgo de la niña —dieciséis años— fertilizada por un aventurero desprovisto de porvenir. Desgarradas, la madre y la hija escuchaban los trallazos de la denuncia, fundidas en el más profundo de los abrazos; y él, reo sin esperanza de absolución, cabizbajo, sujetaba con los dientes la lengua para que no replicara sin permiso.
Tras una boda tristona y de tapadillo en el pueblo, sin murgas ni jolgorios, partió el joven Horacio hacia Bilbao, valedor de la esposa tímida y resuelta, niña encinta de una niña. Sin oficio ni beneficio que pudieran dar fruto, por medio de unos primos entró como peón en la factoría de Altos Hornos. Se sintió, desde ese momento, hijo de aquella tierra abundante, templada a golpes de mar y enérgicos martillazos; cobrando los dos apellidos, castellano y vasco, de repente, su auténtico sentido: Bermejo y Elguézabal.
Fue Santander el puerto desde el que Horacio y Asun desertaron sin saberlo a ciencia cierta. Desconociendo donde estaba el bien y donde se escondía el mal, temerosos de que la cría sufriera algún trastorno, fugitivos por los siete mares, a bordo de un mercante con bandera liberiana, dejaron que la rosa de los vientos decidiera el lugar de su arribo.
En tales navegaciones, tortuosas sin remedio, la fortaleza corporal y la destreza en los desafíos cuerpo a cuerpo adquiridas por medio de ensayos continuos, le dotaron de una fama que los situaba —marido y mujer, Horacio y Asun, doble escudo de la pequeña Jimena— a salvo de asechanzas. Se originaban en la nave frecuentes peleas por causa del aburrimiento, de la clandestinidad de los negocios de contrabando que llevaban a cabo, o de la ambición personal que les inducía a interesar el salario completo en el juego.
Sospecha Horacio que Armand Aboad persiguió a Asun en el tiempo aquel de los barcos. Su esposa deja entrever ciertos detalles reveladores, lo que da pie para creerla inocente, opositora de eficaz defensa. «Parece que cuando estaba en edad, el hoy tranquilo rentista, perseguía a las damas sin que el estado civil o los pocos años supusieran impedimento bastante. Se enamoraba y desenamoraba en cuestión de días». Coloca Horacio en un platillo de la balanza la dura pelea en la que se vio involucrado, el peligro arrostrado por defender a Armand en el difícil trance; y en el otro la actitud del amigo en estos días del reencuentro.
Al instante desciende el fiel hasta alcanzar la posición horizontal, evidenciando la desproporción existente. «Trató el indecente de birlarme la mujer como si fuera papel moneda o un paquete de cigarrillos. ¡Qué ciego estuve!», exclama ofendido.
Recuerda aún a Armand, el borgoñón, y a Vasilios, el cret”ense, situados el uno frente al otro. Se estudian, se tantean, se acometen llenos de energía y de rabia. En un principio Horacio no toma partido; desea que gane el más diestro, aquel que tenga la razón de su parte; como si la razón fuera indivisible y la habilidad la acompañara de continuo, como si confiara en la justicia de los medievales Juicios de Dios. Luego, al reflexionar sobre su posición, se inclina por el francés con quien ha iniciado una amistad intermitente, un guadiana afectuoso que aparece y desaparece, porque Armand es de natural inconstante. Dirigir la simpatía hacia uno no significa, por fuerza, oponerse al otro. Mas en el caso de Horacio, emocional, emotivo, sucede; y ve en Vasilios a un extraño, aunque momentos antes le haya mostrado las fotos más íntimas del álbum: unos padres griegos y una novia turca vestidos de fiesta, un pueblo que ha engalanado sus calles para la celebración local.
Algo debió de decir el francés acerca de Asun; alguna relación estableció entre ella y el griego que el español interpretó como un asalto a lo más sagrado, puesto por él a la par que la madre, la esposa. El caso es que Horacio, viendo a Armand en apuro, acometió a Vasilios sin apenas pensarlo. Con su embestida impidió que las fuertes manos del griego cerraran el paso al aire del respiro, que la tráquea del francés fuera obstruida. Al verse agredido, una daga brilló en manos de Vasilios durante unos instantes. Un tajo trazó Horacio, ya en defensa propia, sobre el rostro del improvisado enemigo; dos pinchazos se hincaron en el cuello del recién descubierto rival, infligidos con la herramienta de sanear la jarcia que el borgoñón acertó a poner en su mano.
El presente comportamiento de Armand, egocéntrico y olvidadizo, deja en nada el valiente gesto de Horacio, que para evitar una muerte ajena puso en juego la propia vida. Lo veo, la sangre hirviente de sus venas emprende una carrera acelerada hacia el rostro. «Hay momentos», revela el zamorano, «en los que pienso al griego inocente de la acusación de Armand, previniéndome contra el francés, verdadero culpable». ¡Ah! los idiomas distintos, ¡ah! las dispares entendederas. Puede que Armand acuciara a Asun —una Asun joven, única mujer en la embarcación, madre de una niña de pecho—- con un deseo malsano. En los momentos de mayor pesimismo sospecha que su impulso ayudó al auténtico malhechor, dañando al amigo verdadero. Y ahora, dominado por la nostalgia, siente no haber ahondado en el corazón del marinero Vasilios, originario de la isla de Creta.
Impidiendo la continuidad del monólogo desovillado por Horacio, al que poco desarrollo cabe, llegan en ese preciso momento a la mesa las dos hermanas, su cuñada Odile, una Violette sonriente e Isabel.
«Mi tío no da paso sin sentido». «Fue Isabel, pregúntala». «Estás en las nubes». Mi esposa, concluido su baile con Jacques, fue solicitada por otros invitados y se confiesa cansada. Violette me invita a danzar la pieza que inicia la orquesta, una polca que yo no domino. Me encuentro, por esa razón, un poco envarado; tratando de observar el movimiento de las parejas cercanas para reproducirlo. Si hubiera sonado uno de tantos bailes tropicales, caribeños, cálidos, podría lucirme; aun con el difícil tango. Los centroeuropeos y los nórdicos me resultan impracticables. Mas pronto me rehago y dejo a mis pies seguir el ritmo según su entender; tengo en mis brazos a la mujer más codiciada y no es cosa de desaprovechar la ocasión de oírla expresarse. Parece un ángel, me digo; y emana efluvios angélicos. Hablo del día, del castillo, de la ceremonia; y recibo respuestas que revelan un juicio acertado, coincidente con mi modo de ver el momento. Quisiéramos seguir juntos la pieza siguiente, pero otro invitado lo impide solicitando el cambio de pareja.
Me siento cuando el sacerdote regresa de sus rezos junto a los padres tardíos, instante en que los altavoces anuncian la interrupción del baile. Será una pausa breve, suficiente para que los músicos puedan recobrar su aliento y unos actores noveles, de probada afición, representen una obrita de teatro. Isabel me habla y, perdido por las trochas de mis pensamientos, le doy una contestación desajustada. Se encoge de hombros mi esposa, y ríe sin dar al hecho mayor trascendencia. Es tan reciente mi herida, que me he dejado arrastrar por la cólera y he sido cruel con Odile.
Recapacito; me arrepiento. Un látigo he usado con ella, una fusta en su espalda, y puedo haber oprimido su corazón. Si me apoyaba yo en un argumento válido, la expresión desajustada redujo su valor. Mi indignación disponía –me malicio yo ahora— de más raíces que las nacidas de su negligencia. En otra dirección habrá que mirar para hallar razón suficiente y justificación legítima. No puedo olvidar que la he negado nuestra casa; el pan y la sal como quien dice, que no se niegan a los renegados ni a los traidores. ¿Qué pensarán mis hijos?, ¿cómo se manifestarán los encontrados sentimientos de Isabel?
«Sin decorado, que todo lo fían a la libre imaginación del espectador; sin mobiliario apenas: una mesa y seis sillas; sin vestimenta especial, salvo unos muchachos caracterizados de ancianos; los comediantes se aprestan a hacer pasar un rato agradable a la concurrencia, y van a escenificar para ustedes: `Noces d´or´, episodio que han ensayado durante largo tiempo con enorme cariño». Se expresa así el altavoz situado en la arcada, que engrandece la palabra modulada y tibia de la prima de Vivy.
Los que ponen intención se imaginan ante un altar elevado en el frontis. De pie, ante la mesa, se mueve un joven caracterizado de cura, figurando un sacerdote anciano que avanza con claridad lo que será en el futuro l´aumonier Barthélemy, más viejo sí cabe que el actual padre Faux, y dueño, acaso, de una apatía similar. El título dado a la obra ayuda a los espectadores a imaginar el contenido, de manera que todos ven en las sillas a los testigos y a los esposos, situándolos en una ceremonia reproducida cincuenta años más tarde. Bastaría este cuadro para sugerir el mensaje. Los invitados de hoy somos, además, los invitados futuros; viajeros del tiempo, medio siglo en unos instantes. ¡Sublime!, oigo que exclama el sacerdote verdadero, el auténtico padre Barthélemy.
Aunque innecesarios de todo punto, se recitan textos de bella redacción, de los que se desprende, volátil, una delicada poesía. Hay algunas palabras de recuerdo para los padres, aún vivos, aunque ya centenarios. Se nombra a los cinco hijos habidos en el matrimonio de Violette y Jean Pierre —unidos a ejemplares consortes y en posición social envidiable— que han dado diez nietos, a los que hoy son dos recién casados cargados de sueños que acabarán por cumplirse. Y nosotros, espectadores de excepción de presente y porvenir en un mismo acto, vamos y venimos de una a otra boda sin envejecer. Si tenemos en cuenta, además, que Jean Pierre es en la realidad Karl, el novio de Laure; y siendo Vivy, Laure en la realidad; otro mensaje se lanza, a otra boda se asiste. Pasando el tiempo necesario alcanzará semejantes frutos, el que ahora parece indudable, el vecino himeneo de Laure y Karl.
No cabe más contenido en tan pequeño espacio, en tan corto tiempo. Su efecto alcanza a los invitados abriéndoles el corazón, y no es de extrañar que los actores, creadores de la idea, sean aplaudidos durante tres minutos lo menos, y se vitoree a los padres que les dieron el respiro y a los maestros que pusieron lejanos horizontes a su imaginación despierta.
Decaen de forma paulatina los vivísimos aplausos y los intensos vítores, dedicados a autores y actores de la piececita de teatro; son retiradas mesas y sillas, se instalan de nuevo los instrumentos musicales y los bailarines reanudan la danza. Se mezclan, se entremezclan y vuelven a mezclarse los danzarines, formando parejas a veces insólitas que no tienen en cuenta parentesco o edad. Cuando la velada está a punto de concluir se puede afirmar que todos han bailado con todos. Hay una excepción, no obstante, Isabel y yo no hemos bailado juntos. No ha sido razón suficiente el intento de no dejar sola a Odile, ni siquiera sumada a las peticiones de muchos de los invitados, hombres y mujeres, que deseaban conocer de cerca a los españoles. Una cierta renuncia debe de haber ayudado. Me duele la constatación de este hecho anómalo, pero ya es tarde para corregirlo, son las tres y diez minutos de la madrugada y los músicos nos abandonan sacando su instrumental por el portón que se acaba de abrir. Algunos de los invitados que no tienen aquí aposento, salen también. Son matrimonios maduros que dan por concluida la larga jornada.
Isabel y yo, tras despedirnos de nuestros hijos que van a seguir la diversión con los de su edad, nos retiramos a la Alcoba Magna y, tras asearnos, tomamos el lecho dando muestras de una gran fatiga. En el extremo de la amplia sala se encuentra un tálamo de madera cubierto de palio de seda con pilares labrados; sus dimensiones, poco frecuentes, nos permiten estar alejados y juntos al mismo tiempo. En el costado derecho del aposento noble, disimulada tras una recia columna de piedra, se abre la puerta que da acceso a una cámara dotada de cuatro camas convencionales, carentes de adornos y de vestiduras excesivas; en ella dormirán nuestros hijos si es que llegan en algún momento a acostarse.
Extenuado por el esfuerzo dedicado al viaje, y la tensión acumulada en el largo día –robador de buena parte de la noche— parece natural que el sueño se apodere de mi organismo poco después de acostarme. No obstante, cerrados los ojos, es el desvelo quien acude a la cita. De nada sirven los conocidos ejercicios destinados a relajarme, las prácticas respiratorias y musculares que en otras circunstancias actuaron con éxito. Cavilo y las cavilaciones me desvelan más si cabe; porque se trata de reflexiones vacías, de las que giran sobre su propio eje inasible. Regresa mi mente a buscar las razones reales que me han impedido bailar con mi esposa, tan sólo dos meses después de asistir a una fiesta, en que la madrugada nos sorprendió amantes tras haber danzado juntos la velada entera. Gira la mente por el amplio campo de operaciones, sin hallar el porqué de mi actitud pasiva, coincidente con la vislumbrada en el espejo de Isabel, desgana simétrica de su misma desgana. En la penumbra envolvente se eterniza mi esposa ocupada en inútiles actividades sucesivas; sin duda renuncia a la presente oportunidad de allanar el sendero y limpiarlo de cardos.
Mi cerebro, por más que lo intenta, no halla los fundamentos que persigue; en su lugar tropieza con otros, aquellos que no conviene descubrir. No quisimos estar frente a frente, las manos en las manos o los brazos en el talle, los ojos puestos en los ojos y los labios cerca de los labios; sintiendo el aliento y la mirada, notando el ardor del reproche silente, sufriendo ambos el dolor causado por un descubrimiento de perfiles difusos. Sí, allí estaba la causa de que hubiéramos huido el uno del otro.
Recorro los momentos más destacados de la jornada, sigo las huellas dejadas por nuestro entrecruzar de pasos, voy a los encuentros con otros invitados y me dispongo a escuchar de nuevo, como en una cinta magnética, las palabras dichas y las oídas. Sobre todas ellas destacan las pronunciadas por »Odile, ruptura radical del estoicismo con que soportó mi ataque. «Fue Isabel quien tuvo la idea de utilizar mi enfermedad para convencerte. Ella sabrá sus razones. Pregúntala. «Mi tío no da paso sin sentido». «Estás en las nubes». También las de Horacio referidas al ingrato Armand: «Perseguía a las damas sin que el estado civil o los pocos años supusieran impedimento bastante».
La sequedad agrieta la tierra baldía, resquebraja la corteza de los árboles sin sombra, agosta la yerba del pasto, mata a los animales y al hombre. La muerte del amor, que es lluvia, convierte la vega del matrimonio en erial. Armand sí, en él se justifica cualquier sospecha; y con Asun lo creo. Isabel posee una personalidad hecha a desbaratar engaños. En su adolescencia acaso; pero ni eso. El primer viaje a Francia, la edad temprana, la ilusión por las cuestiones francesas: idioma, historia, geografía, ciudades y personas; ¿quién sabe? Si así fuera, duraría la aventura un suspiro; y aunque él haya querido estos días soplar el rescoldo, ella habrá apartado al seductor a empujones. Es increíble, de todo punto increíble; y a pesar de saber lo que sé, me mortifico. Debo deshacer la duda que nos empuja a los extremos de la mesa y del lecho, el resquemor que nos impide hablar sin reservas. He de indagar en su vida hasta borrar los indicios de culpa.
Oigo fuera a los jóvenes en su francachela sin fin, y me hiere su júbilo al chocar de frente con la aflicción que me invade. Han puesto en marcha un pasatiempo que es idea de Francisco Javier; parados bajo mi ventana los oigo explicarlo. Se trata de una búsqueda del tesoro que a todos enciende. El juego en sí no aporta novedad categórica, se dan unas pistas que de ser bien seguidas ponen al buscador frente al premio. El premio, ahí está el busilis de la diversión, el argumento que azuza el interés general, el incentivo bastante para emprender el rastreo según el personal entender.
Cada uno de los presentes, siguiendo su razonamiento lógico o sus corazonadas, busca arriba y abajo, recorre los dormitorios ocupados, y las tétricas salas oscuras de los sótanos húmedos. Actúan en pareja, porque habrá dos ganadores, chico y chica. Sucede que se pone en juego la ropa interior de los novios. Sedosas, perfumadas, mórbidas, las prendas llevan bordadas las iniciales de ambos y no han sido estrenadas. Laure las ha sacado en secreto de una bolsa que guardaba en el coche. En el cuarto de los maniquíes, donde señores y pajes de madera duermen un sueño perdurable, un caballero y una dama se visten por dentro a la usanza moderna. Se hace de carreras la battue, de sigilosos pasos, de un pensar apremiante. Se cruzan los exploradores y, al verse, cambian de sentido queriendo engañar a los contrarios. Chicos y chicas intentan una colaboración necesaria. Miran debajo de los lechos, en el interior de los equipajes, revuelven los trajes colgados en sus perchas, y los más osados bajan a las frescas mazmorras. Penetran en la guardarropía y descubren un mundo mentido, una historia disfrazada a petición de los espectadores. Figuras de nobles luciendo indumentaria elegante se mezclan sin ningún miramiento con desaliñados campesinos. Soldados que portan espada y adarga se enfrentan a otros armados de mosquetes. Ante tal maremagno algunos desisten y se van escaleras arriba. Eric y Suzette tienen más paciencia, y una a una van desnudando todas las figuras. Son los dos ganadores y, avisados los otros, se detiene el entretenimiento.
Celebran el hallazgo y se oyen frases pícaras que a esas horas no consiguen eco. La fatiga aparece de golpe y, aturdidos por tantos elementos extraños a su diario quehacer, los muchachos van quedando diseminados por pasillos y habitaciones, para recibir al sueño acostados sobre cualquier mullido horizontal capaz de acogerlos.
Mi cabeza acompañaba a los jóvenes en las idas y venidas, subiendo y bajando, risas y silencios. Intentaba calibrar el éxito de la broma propuesta por nuestro hijo, para descubrir en el grado de seguimiento de su idea la popularidad alcanzada por su persona. ¡Vaya ocurrencia con fuste! En las voces confusas y en las opuestas carreras escudriñaba yo el número de buscadores, en la premura de los pasos encontraba la ilusión que los movía. Mas concluido el concurso se queda mi mente sin actividad perentoria y retorna a las dudas, al girar sin objeto. De modo que, para no sufrir tal tormento, me levanto tomando la precaución de no hacer ruido, y desciendo al patio.

 

Violette Peyrepertuse Mirepoix

Cortada la maroma a sablazos, el puente levadizo cae con súbito estruendo. Obliga el ruido a elevar su vuelo a las rapaces nocturnas, cautas vigilantes de los ardides humanos. La traición ha sido consumada. Caballeros entran a galope en el patio abatiendo al alevoso de un mandoble que le cercena limpiamente el pescuezo. En ese instante postrero, cuando la cordura ilumina el cerebro, separada la cabeza como está del corazón más de quince pies, comprende que los desleales no vuelven jamás a ser creídos. Tienen enfrente a los dos bandos en liza, y su única duda consiste en saber quién de ellos ejecutará la sentencia dictada por el destino.
La incertidumbre del renegado se resuelve en cuestión de segundos: es el invasor quien blande la hoja homicida, pagando con perfidia la perfidia; y la que rueda por el suelo empedrado, escindida, amoratada, es su propia testa. La alargada pica penetra por la cuenca de un ojo, y el globo blanquecino se aparta para no interferir. Un caballero sin entrañas, de pie sobre la cabalgadura, eleva la lanza hasta una altura próxima a la de las almenas mostrando el trofeo. Rubios cabellos teñidos de sangre, el rostro macilento y un ojo saltado, revelan a los suyos la naturaleza del premio concedido a los traidores. Grana y oro mezclados, la cabeza emancipada del cuerpo y el pensamiento aligerado del lastre de las pasiones, se hacen bandera inicial de una matanza sin parangón en la historia, representando para los sitiados el aviso de lo que se avecina.
¡Sangre sobre la sangre! Salvaje es el grito de los invasores; y se aprecia la gama íntegra de tonos bárbaros porque el dolor ahoga en el pecho los alaridos de los sitiados. Ágiles sombras se descuelgan de los muros, fantasmas armados de espadas espectrales se deslizan por las escaleras, toman las salas, hunden las hojas de acero en los cuerpos dormidos. ¡Sangre y exterminio!: claman los asaltantes; y al oír la llamada sale la sangre a borbotones dejando exangües los cuerpos.
¡Alerta! ¡Alerta!: se oye gritar en la torre al vigía: Qué nos atacan, ¡alerta! Los confiados centinelas apostados en barbacanas, almenas y adarves caen sin exhalar un gemido. Saetas imparables surgen de la noche buscando antes que nada las gargantas, para enmudecerlas. Ya en la caída, cuando las manos sueltan las armas para acudir al pescuezo, flechas hermanas de las predecesoras atraviesan los corazones dolientes sin calmar la hostilidad de los arqueros. La explanada del castillo es un hormiguero de soldados inquietos que van y vienen portando copioso aparato de guerra.
Rejones endurecidos invaden pechos generosos, los capaces de mayor indulgencia; la carne palpitante se abre a las picas como flor de doncella forzada, suspiros agónicos ablandan las piedras del muro. Las sanguinarias huestes enviadas por el Papa de Roma, a quienes se han unido las del Rey de Francia —se mueven por razones diferentes pero el ansia de poder es común— atropellan los derechos todos matando la vida. Los mercenarios pagados con limosnas extraídas de cepillos abiertos en miles de iglesias, los mozos reclutados a la fuerza en las labranzas más pobres, los desalmados acogidos al favor de la Cruzada contra los Albigenses y los engañados desde el púlpito, sorprendidos en su buena fe por la santa palabra que esta vez promete un botín generoso e inmediato; todos ellos, sacudidos con arengas de los caudillos, con marchas militares o himnos religiosos, abren en canal el vientre de las mujeres preñadas, prenden teas en los vestidos de las ancianas caducas y machacan los débiles cráneos de pequeñuelos desconsolados sirviéndose de mazas de madera y férreos pinchos.
Bajan, más tarde, el paso marcial y el ademán decidido, a las mazmorras; y asombrados de que no haya cautivos ni presos, se dan un carnal festín con las tiernas muchachas que han sobrevivido al ataque y desconocen la naturaleza de la agresión soportada.
Quienes sufren de modo tan cruel e inhumano, son los Cátaros: Perfectos y Creyentes. Los que reciben este trato brutal son los más puros seguidores de un Cristo espíritu, los amantes de la Concordia y de la Libertad, los hospitalarios, los que creen que el bien de los demás es el suyo. Los perseguidos como alimañas van en parejas cantando su doctrina, se higienizan a diario en contra de la costumbre extendida, trabajan con ahínco y huyen de los lujos; respetan la vida y no ofrecen sacrificios cruentos, ignoran los dogmas y la autoridad de reyes y pontífices, representan sin gaje ni ventaja a los ciudadanos cuando son elegidos y votan cada año a sus representantes.
Mas una bula papal declara pecaminosa toda compasión sentida por la suerte de esos herejes. Las órdenes dadas desde la bicéfala jerarquía son terminantes: ¡Caiga la piedra que soporta la piedra!, ¡cese el latido que impulsa la vida! Nunca la historia hubo de relatar tanta saña; por ello los historiadores, en su juicio ecuánime, suavizaron los hechos.
Al poco de dormirse, atemorizada, despertó Vivy. Las imágenes sangrientas de su dolorosa pesadilla, irrumpieron en la mente como en cenobio confiado. Soldados lúbricos forzaban a las novicias acogidas al amparo de los altares, caídas de hinojos a los pies de una divinidad impasible. En la sagrada presencia se formuló la lujuria, concupiscencia acreedora de la consideración más lasciva. Ante las miradas huecas de los santos fue derramada la sangre virtuosa, reservada desde siempre al Amado.
Trató Jean Pierre de sosegar a Violette, pues debido a la insistencia puesta en establecer su carnal dominio de esposo, se juzgaba culpable de la agitación. El esponjoso lecho de la Cámara Real, su protector baldaquín, la memoria de los soberanos que en su intimidad se amaron antes de partir hacia el destierro y, más que nada, el encanto irresistible de la virginal doncella; llevaron al novio, tributario de una osadía irreconocible para la amada, a romper el compromiso adquirido. Antes de los esponsales convino la tregua Jean Pierre con una Vivy intacta: tres días y tres noches habían de retener aún el deseo en su cárcel, antes de permitirse los goces sensuales.
Violette ha transitado como entre asperezas selváticas a lo largo de una jornada turbadora, ha visto el cielo desde dentro a lo largo de la misa y su mente mezcla las sensaciones y los convencimientos, aunándolos pese a la discrepancia de naturalezas. En un lado aparece la pasión excedida de Jean Pierre, un ardor poco menos que combatiente, nominado señor de la fortaleza que ella aún preserva. En el otro las históricas matanzas producidas en escenarios abiertos, obra de cruzados e inquisidores, cuyas víctimas eran gentes a quienes en razón de sus apellidos cree ella pertenecer. La imaginación encendida de Vivy sumó, mezcló, agitó; transformando el amoroso requerimiento de Jean Pierre en un asalto brutal.
Lo aprecio por la ventana de cortinas abiertas, dura un suspiro y me sorprende. Relámpagos de estaño plateado rompen en mil pedazos la lobreguez de la noche, inasibles, huidizos. Siguen unas culebrillas de luz y un trueno sordo. Quizá unas gotas de agua que no bastan para matar el polvo del suelo. En eso queda lo que había podido llegar a ser una tormenta entera y verdadera.
Expulsado yo del lecho por el entrechocar del sueño con los malos pensamientos, para propiciar el giro de las emociones desciendo a la penumbra del patio vacío, al silencio custodiado por las armaduras armadas. Usurpando el sillón que en la mesa presidencial ocupó el desposado, me llegan las quejas de Vivy, fruto agraz de una pesadilla terrible.
Igual que a parientes nos ha recibido Violette en el seno de su familia, en el entorno de escogidas amistades. Puede que la amabilidad de trato corresponda a su manera de ser, cortés y hospitalaria; cabe que esté compensando la acogida dispensada por nosotros el pasado verano en Valladolid. Permanecieron ella y Jean Pierre tres días en nuestra casa de Duque de la Victoria; y durante otros diez les cedimos la quinta de El Pinar, de la que hicieron punto de partida para sus itinerarios turísticos. De cualquier forma, en mi nombre y en el de los míos, me siento obligado.
En el Museo Nacional de Escultura quiso Violette ver las joyas de la imaginería exhibidas, únicas en el mundo; mientras que Jean Pierre prefirió estudiar el estuche que las alberga, el Colegio de San Gregorio, un soberbio edificio prerrenacentista.
Mudado yo en guía de la muchacha, hablamos de lo divino y lo humano; hicimos buenas migas y me descubrió una intimidad sensible y enigmática. Por eso deseo indagar en algunas originalidades de la boda que mostraban su huella. Como por ensalmo, al llamado de mi pensamiento sale Violette de la cámara nupcial, encontrándome absorto en esas cosas mías que tanto se relacionan con ella. Han de ser el lugar y el momento oportunos, porque pasado el instante inicial de sorpresa, deseosa la mujer de desahogarse, entra en conversación y se explaya con revelaciones muy personales. Tras explicar la pavorosa alucinación sufrida, sueño violento velado por Jean Pierre, creyendo que las palabras pueden tornar lo confuso en comprensible, inicia la exposición de las convicciones más arraigadas:
«Procedente de varias generaciones de antepasados instruidos, poseíamos una biblioteca abundante y bien seleccionada: más de tres mil volúmenes cerrados en sus alacenas, arropando las cuatro paredes, desde el suelo de tarima hasta el artesonado del techo». Creyendo llegado el instante de desvelar su enigma, se arranca del alma Violette los jirones más adheridos. «Puertas acristaladas, cerradas dos a dos con una aldabilla, libraban de polvo y humedad tratados de filosofía e historia, novelas de los grandes autores. Me escondía en esa estancia cuando jugaba con Laure y mis primos, porque había esconces que permitían a una niña ocultarse y se respiraba una atmósfera de quietud y reserva. Curiosa de los enigmas encerrados tras las ventanitas, de puntillas, sirviéndome de uno de los sillones que bordeaban la gran mesa central o de la escalera que facilitaba el alcance de los volúmenes altos, mi mano derecha extraía el pasador inserto en el anillo. Al principio fue sólo un entretenimiento que formaba parte del juego. Pasó a ser cosa seria cuando vistas las estampas dibujadas leía las líneas que, al pie, explicaban su significado. Debían de ser sugerentes las frases, ya que, por lo común, lograban intrigarme hasta el punto de buscar en el texto el sentido completo. Como si se tratase de un vicio, a escondidas fue progresando mi dedicación.
Apenas contaba once años cuando adquirí la costumbre de la lectura. Sin duda exageraba, pues desaparecía durante horas y, cuando se cansaban de llamarme, llegaba con los ojos rojizos como si hubiera llorado. Me atraían historias cuyos protagonistas llevaban una vida azarosa, libros religiosos repletos de piadosos ejemplos, dados por personas que orientaban los sacrificios constantes a la causa de su salvación. Descubría crónicas cuyas descripciones me aterraban, matanzas causadas a unas gentes buenas por hombres armados al servicio de soberanos ambiciosos.
«Dejaron de interesarme los juegos que antes me absorbían, realizados en el exterior, y la palidez de mi rostro iba a más. El médico hizo preguntas cuyo alcance no vislumbraba, y mi respuesta consistió en un inocente alzar de hombres que no le serviría gran cosa. El mundo de los adultos era una cueva amplia de entrada angosta, donde yo no iba a entrar por las buenas. Así lo pensaba en mi ignorancia de todo lo extraño que los mayores mostraban.
«Después de varias pruebas que no arrojaron síntomas claros de enfermedad, recomendó reposo y una alimentación reforzada; pues coincidía el escrutinio con un estirón de tal envergadura, que dejé pequeños por comparación a los niños de mi edad, primos y amigos. Sin consultarme siquiera me enviaron con unos tíos que vivían al borde del océano, en una casa soleada y abierta a los vientos, sobre una pequeña ensenada que hacía de puerto pesquero. Saludable, sin duda la vivienda, pero carente de biblioteca. El mueble de uso extendido que en otros hogares mostraba sobre sus estantes algunos libros, en general novelas de amor, manuales de medicina doméstica y algún diccionario enciclopédico; allí acogía figuras de porcelana suaves y brillantes, animales muy bien reproducidos.
«Sin historias que prestaran alas a mi imaginación, y sin la compañía de otros niños por estar ya avanzado el año escolar, me aburría durante casi toda la jornada. Para evitar la pérdida de curso, el cura del lugar dirigía mis repasos con explicaciones cortadas por el patrón religioso. Intentó llevarme a su terreno e hizo de mí una niña piadosa que se interesaba por los asuntos de los santos. Conocí los principios generales, y me topé con propuestas que necesitaban la colaboración ineludible de la fe para ser aceptadas. En ellas me detuve. De algo serviría la asistencia del sacerdote, no obstante, porque tuve éxito en los exámenes y pude pasar a la siguiente etapa escolar sin contratiempos. Mi aspecto fue, al cabo de esos meses, el de una jovencita despierta y vigorosa».
En lo que a mí corresponde, invitado a la boda venido sin ganas, a la postre me complace que el sueño abandonara mis ojos o no acudiera a la cita con la madrugada. Me alegra que la cabeza se haya poblado de dudas perdiéndose en divagaciones; porque tales hechos forzaron mi salida de la Alcoba Magna. Puedo así beber de bruces el agua en el propio manantial, fresca y pura. Una esponja soy absorbiendo la esencia de cuanto libera la boca de Violette, una cámara fotográfica captando los detalles. Distingo matices, útiles en el empeño de interpretar el conjunto: el tono preciso de su voz, la expresión exacta de las manos, el inigualable rictus de los labios rojos; signos todos tributarios de un eje capital: la franqueza que anima a la apacible mujer hace unos instantes tan atormentada.
Observando el interés despertado en mí por su relato, prosigue Vivy sus confidencias. «Dice el Pandnamak i Zartust: Llegados a la edad de quince años, hombre y mujer han de conocer las respuestas a las preguntas siguientes: quién soy, a quién me debo, de dónde vine, adónde iré; a qué linaje y familia pertenezco; para qué he venido, cuál es mi obligación en este mundo; ¿soy de Ormuz o de Arimán? Mi padre debía de tener noticia de este pasaje, que me llegó mucho después, pues al alcanzar yo esa edad crítica, era él mismo, mi propio progenitor, quien estimulaba tales lecturas descubridoras de múltiples respuestas y nuevos interrogantes confluentes».
Devoró –según me dice— libros históricos que describían lugares cercanos en épocas remotas, cuyos nombres oía en boca de viajeros que los visitaban: Peyrepertuse, Montségur, Puivert, Puilaurens, Quéribus; fortalezas cuarteadas por los antiguos embates guerreros y la no menos demoledora acometida de los siglos, las expoliaciones del hombre añadidas. Trasladó su inclinación a las leyendas –asegura— y a la época en que se desarrollaban, siglos XII y XIII. Cruzadas papales destinadas a acabar con los Albigenses, y batidas ordenadas por el Rey contra la independiente nobleza occitana. A través de las narraciones se acercó a las personas principales que promovían los ejércitos enemigos. Descubrió sus conductas abominables presididas por la ambición, la envidia y el odio; trinidad de estímulos disimulada tras algunas acciones nobles que lograban engañar al pueblo llano.
Se refiere a los papas Inocencio III e Inocencio IV; a los reyes de Francia, Louis VIII y Louis IX, hijo éste de Blanca de Castilla, que sería luego –sorpresa del destino— elevado a los altares; a Pierre de Castellnau, legado papal, cuyo asesinato pudo ser el desencadenante de la intervención armada; a Simón de Montfort y a su hijo, quienes dirigieron las cruzadas contra la independencia religiosa y territorial del Languedoc; y a Arnaud Amaury, representante de Inocencio III en Ocitania, jefe espiritual de los cruzados.
Cita una terrible anécdota de Amaury, reveladora de la actitud más extendida en el bando papista. Unos soldados preguntan la manera de distinguir en la batalla a los amigos de los enemigos; y Amaury, convencido de estar siendo escuchado por la mismísima historia, contesta: «Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos»”.
En tiempo tan provechoso para la formación, removió algunas capas de sedimentos antiguos hasta descubrir sus profundas raíces. Daba así cumplimiento parcial al mandato del texto mazdeo: dominaba aquello que, llegada a la edad de quince años, estaba obligada a conocer acerca de sí misma. Los suyos no eran otros que Guillaume de Peyrepertuse, una de las ramas del apellido paterno, cuyo origen se remonta a épocas arcaicas de fluir desconocido. Guillaume, acusado de rebelde y hereje, se enfrentó al Rey y al Papa con un temple muy propio; y por no someterse a sus designios fue excomulgado. Los suyos no eran sino ambos Pierre Roger de Mirepoix, el viejo y el joven. El muchacho organizó una expedición destinada a vengar a sus correligionarios, víctimas de la Santa Inquisición, algunos de cuyos miembros pertenecían a la Orden de Predicadores, fundada por el castellano Domingo de Guzmán, también santo. De ellos le viene el materno apellido que no puede utilizar en sociedad. Quizá ese mismo origen unió a los padres, es de suponer.
El caso es que la suma de arranques la situaba con claridad frente a los reyes de Francia y los papas de Roma. Su nombre, la cepa del árbol del que se considera una simple hoja de un sencillo vástago, la colocaban en definitiva junto a los Cátaros o Albigenses. ¡Mucho se ha dicho de ellos!, y en buena parte equívoco: dualistas, místicos, relacionados con los bogomilos eslavos y los maniqueos, caracterizados por su extrema sencillez y la pureza de sus costumbres. Por eso indagó, para buscar su ejemplo. Era su patria el Languedoc, y prefería la amistad de catalanes y aragoneses a la hermandad con los franceses del Norte. Fue adentrándome ella poco a poco en las ideas, en las columnas cardinales de religión tan hostigada: la dualidad de principios, la prevención contra el mundo perverso en que nos ha tocado vivir, la inconveniencia de apoyar su andadura, la castidad sostenida y el proceder austero. De pronto se abrió una ventana en su mente, por la que veía con toda nitidez los supremos misterios que encierra la vida que nos toca vivir, ya sea con nuestra aquiescencia o con nuestro rechazo.
Violette apenas se toma respiro; desea acabar cuanto antes, temerosa de no dar término a su confidencia si algunos invitados se nos añaden. Exploró los vastos territorios de la historia, y advirtió la existencia de cientos de dioses, unos y otros verdaderos para sus devotos, unos y otros falsos para los infieles. Tomaban formas infinitas, y colores, los del arco iris mezclados con insistencia. Los símbolos diversos llevaban a confusión, y los dogmas se contradecían entre sí. Hasta en el mismo credo observaba opiniones diferentes vertidas por tal o cual profeta.
Hubo un tiempo en el que creía en un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un tiempo en que creía en Jesucristo, hijo primogénito de Dios y Dios Él mismo, que se hizo hombre con el fin de ser ejemplo de vida y lograr nuestra salvación. Creyó con firmeza en su evangelio, y aceptó –pese a lo que tienen de trágico— la crucifixión y la muerte. Creyó en la resurrección, en la elevación a los cielos y en la eternidad de su reino. Sí, estaba llamada a ser cristiana hasta acabar sus días; y católica ferviente hubiera sido; de haber estado en su mano olvidar la implacable persecución emprendida por la Iglesia Católica contra su pueblo. Cómo pasar por alto la bárbara matanza que fue perpetrada contra su propia sangre, cómo creerla religión inspirada por Dios, a la vista de los violentos métodos practicados para convencer. ¡Imposible! De todo punto imposible.
De no serlo la religión católica, todas podían ser su religión; o ninguna. Así ha ocurrido. Con la apariencia de un mercader que va de puesto en puesto a través de la plaza del mercado observando las mercaderías, y compra a cada vendedor lo que considera adecuado para sus necesidades; así Violette Peyrepertuse Mirepoix, como ella se nombra, de cada religión ha tomado una frase, una creencia, un capítulo, una solución, un punto de vista. Hoy vive sin dogma consolidado siguiendo unos cuantos principios que tienden alfombra a su conducta. Es dual como el mundo gobernado por los opuestos principios del mal y del bien, ambos conviviendo en igualdad de fuerzas, en equilibrio inestable. La mansedumbre, el perdón, la tolerancia, son virtudes que guían sus actos, sus relaciones con los demás. La castidad, la templanza, son virtudes que encarrilan su comportamiento íntimo, el ascetismo es su norma de conducta. El mal y el bien conviven mezclados, y para diferenciarlos es necesario saber. El conocimiento es la fuente de la virtud, por eso lee. Para poder discernir, lee. Lee para alcanzar el bien y despreciar el mal.
«Todo con mesura; esa es mi máxima»: anuncia muy convencida la doncella; dotando a sus palabras de un énfasis justo.
«De todo, una muestra»: se dice. En el exceso encuentra el mal, porque la aleja del conveniente equilibrio. Está bien probado que el mestizaje potencia las mejores predisposiciones de cada persona.
Apreciando Violette mi entusiasmo ante el surtir incesante de las aguas encerradas en su manantial, límpidas y renovadas, continúa: «Espero que mis palabras contesten las preguntas que tu mente habrá formulado al ver ciertas formas de liturgia en la ceremonia de la boda, aceptadas por el padre Barthélemy haciendo gala de una gran tolerancia. Entenderás la elección del menú dispuesto en la cena, donde pescado y ese concreto marisco eran los únicos animales presentes, saciando la muestra específica nuestro apetito porque su procreación no es carnal. Este desahogo te permitirá entender mi peculiar conducta ante Jean Pierre, a quien al salir he pedido que no me siguiera porque quería estar sola con mis pensamientos, y me ha obedecido. Ha querido la casualidad que te encontrar a ti, y mi reflexión ha resultado más fácil. Me alegro y te estoy agradecida por escucharme».
«Jean Pierre es un hombre que me atrae como me atraen el otoño y las puestas de sol; de la misma manera que me fascinan los pergaminos receptores de la antigua sabiduría, como las flores mínimas de las altas cumbres, el frágil rocío y las fresas silvestres. Amo su interior oculto porque si mis ojos se sumergen en la profundidad marina de los suyos y lanzo las redes, mis redes apresan reminiscencias de antiguas soledades. Amo su exterior visible como amo a los míos: mis padres, mi hermana, los antepasados cátaros. Soy feliz cuando estoy a su lado, y con su actitud complaciente me sienta en un trono.
Despiertan en mí sus caricias sensaciones que temo por lo seductoras. Si sus manos me buscan inquietas, y sus labios ardientes persiguen mis labios, mi voluntad deja de pertenecerme y mi dueño es él. Disculpo al macho que, habiendo sometido el instinto al poder de la mente durante demasiado tiempo, humano al fin, se ha rendido a los embates de un cuerpo tirano. En ocasiones quise haber nacido deforme, poseer un rostro feo y carecer de atractivos. Pensé arañar con abrojos mis rosadas mejillas hasta ensangrentarlas, cubrir de ceniza mis rubios cabellos, esparcir el olor de la carne en descomposición sobre mi piel, para que nadie se acercara a mí llevado por la concupiscencia. Es terrible la lucha que soporto entre lo interno y lo externo. Mi voluntad se debe a ambos, pero toma partido por la virtud. «¿Soy de Ormuz o de Arimán? Esa será mi duda constante. Intento cada día alinearme con Ormuz, dios del bien y de la luz para los antiguos persas, contrapuesto a Arimán, el adverso principio. Pero, ¿quién sabe el lugar exacto del Bien y la Verdad?»
Al llegar a interrogación de tal trascendencia se oye el cercano piar de unos pajarillos, y la realidad circundante reclama atención. Despunta el día introduciendo su difusa claridad a través de las rendijas de las puertas, alzándola sobre los altos muros, de modo que en claroscuros de una gran belleza se perfilan los arcos que tengo delante. Ha salido Jean Pierre y desciende las escaleras acercándose a la presencia de Vivy. Trae con él una charla invasora referida al inmediato futuro: el viaje a Lanzarote que emprenderán esta tarde, tierra volcánica de belleza única. Va, luego, al piso alquilado para residir hasta que rematen la reforma del viejo casón comprado en Toulouse, al trabajo de ambos, al regreso a la vivienda de los padres los fines de semana. Ante el entusiasmo verbal del novio, el reposado testimonio de la novia nada puede hacer para sobrevivir y se repliega. Con el fin de facilitarlos la intimidad que sin duda necesitan, y necesitado de preparar mi inmediata partida, vuelvo a la Alcoba Magna donde descansa Isabel, pues he de vestirme de forma adecuada, recoger el equipaje y despertar a mis hijas.

 

La evasión

Perseguido por la mañana que llega urgida, desde el patio del castillo regreso a la Alcoba Magna satisfecho de la confianza demostrada por Violette, al confesarme el conflicto que rige su existencia. Abro la puerta despacio para no hacer ruido; chirrían, a pesar de todo, las bisagras carentes de engrase o faltas de él. Cauteloso me acerco al lecho en que Isabel duerme, poniendo extremo cuidado en no equivocar las prendas que deben ir en mi equipaje, temeroso de llevarme alguna que necesite ella luego. No obstante, mi pie izquierdo tropieza con una de las patas traseras del que debió ser tálamo sin serlo esta noche, y como va embutido en un zapato fresco, acanalado, pero dotado de una suela sólida de resistente cuero, suena un golpe romo que no quiebra un sueño cuya superficialidad desconozco, siempre tan profundo que romperlo a destiempo precisa algún zarandeo.
Actúo como si esperara la mirada de mi esposa portando el reproche; no llega y me acerco a la habitación anexa, territorio de mis cuatro hijos. Anita regresará conmigo por la ruta de Barcelona, y ella y Sofía ocupan las camas del fondo. Así que para llegar hasta ellas es preciso caminar a tientas por entre el mobiliario. Pero he desarrollado la suficiente cautela en las maniobras de levantarme temprano para ir al trabajo, y al modo de los ladrones experimentados me acompaña el absoluto silencio; si acaso un rasguño de tela en la pared enyesada.
Los chicos pueden dormir hasta bien avanzado el día si así lo desean, pues han de recoger la ropa de las casas donde pasaron la noche del viernes. Deben entregar aún el regalo a los novios: una espléndida figura, exacta reproducción del original, obra de Pablo Gargallo, que se encuentra en casa de los Peyrepertuse. Por más que se esfuercen no se pondrán en camino antes de la hora del almuerzo, y lo siento de veras.
Cuando salimos de la Alcoba mis hijas y yo, Violette y Étienne ya no se encuentran en la escalera, tampoco en el patio; superada la primera desavenencia, sin duda regresaron al lecho conyugal a esperar el lento transcurrir del tiempo; en concreto dos días y medio. Las espadas rendidas y las armaduras despojadas de los cuerpos exhaustos, invaden estancias, pasillos, escaleras. Aquí y allá yacen maltrechos, conquistados por el letargo y el agotamiento, aguerridos cuerpos, víctimas de la dura contienda. El escenario festivo permanece calmo y silencioso, en franco contraste con la música alta y la algarabía general de hace unas horas. La claridad creciente se filtra a través de las finas rendijas que los cortinones no tapan; cuchillos de luz, espadas que tajan la oscuridad y la dividen. Descubrimos tres jóvenes –dos chicos y una chica— cuyas cabezas, troncos y extremidades, en irregular mezcolanza, se adaptan a la forma del continente: dos divanes unidos y enfrentados, que con peligro de fractura soportan un peso sobrado.
Llegan de la mano, bien avenidas, las siete de la mañana de un día que promete ser caluroso. Es la hora convenida con Odile para que el cuidador del castillo nos abra la puerta. Salieron los últimos cuando terminaron su placentero quehacer los músicos, y el responsable de las llaves se fue con ellos. Parten conmigo mis hijas. Mañana, lunes, a primera hora, Sofía ha de entregar a su jefe los informes elaborados por ella para la reunión mensual del Consejo; antes deberá verificar si la secretaria los ha pasado a limpio sin errores. Debemos salir cuanto antes, pues la frontera frenaba ayer el paso de miles y miles de turistas que comienzan estos días el disfrute de sus vacaciones. Me inquieta, con tal fundamento, que hoy siga el trasiego repitiendo su intensidad y lento ritmo.
Recorro los motivos que me empujan en este momento a la acción, y no son desdeñables. ¿Doy la espalda a la responsabilidad? ¿Huyo, acaso, de la proximidad de mi esposa? Convendría a nuestra concordia que regresáramos juntos; Isabel y yo debemos explicarnos y deshilvanar equívocos. Encontraríamos un recodo en el camino; nos detendríamos en él con el fin de dar un paseo y desentumecer las piernas. Allí tendríamos la oportunidad, ese sería el momento: alejados una decena de metros de los hijos para preservar el asunto de la conversación, conservando esa breve distancia de seguridad teniéndolos como referencia en la charla. Llegados a Valladolid la rutina puede volvernos cautos, posibilitando que, aun pesarosos, guardemos un silencio dañino. Me pregunto de nuevo y amplio la amplitud del cuestionario: ¿esquivo a mi esposa?, ¿me alejo por voluntad propia de su explicación? ¿es ella quién se separa de mí? ¿huye de la verdad de mi desahogo?
El portón, desde dentro, ofrece un aspecto de total reciedumbre. La madera parece más basta que en el exterior; se me ocurre que el cepillo la ha pulido menos. Muestra, además, remachados a lo burdo con desprecio de las apariencias, los extremos torcidos de unos clavos de bronce que la embellecen por fuera. No sé si habrá resistido asedios: el temible empuje de los arietes, lanzazos, golpes de venablo y los ígneos ataques arrasadores. No sé si habrá resistido insistentes embates guerreros. Aunque, dada su apariencia, bien podría soportarlos.
Componen la puerta principal dos hojas de roble de dimensiones parejas, sacadas de ejemplares corpulentos, abuelos de los que hoy proporcionan cama a los vinos más prestigiosos. Un cerrojo dispuesto en el centro, al borde de la hoja derecha, situado a la altura del pecho de un hombre fornido, las une a ambas entre sí; y su manija, cuando la barra entra en la última armella, perteneciente a la hoja hermana, queda sujeta con un candado. Otros dos cerrojos, verticales ellos, uno que adentra su barra en la piedra del umbral, y otro que la inserta en el centro del dintel, hacen solidarias las hojas con el pétreo muro, convirtiendo la pesada puerta en su prolongación.
A mayores, fijado en una argolla alojada en la piedra de la jamba izquierda, aparece, a la altura del cerrojo, un brazo de hierro móvil, que encajándose en dos soportes centrales llega hasta la jamba derecha; en ese punto el extremo curvo penetra en otra argolla hincada en la piedra, de la que le impide salir un nuevo candado, hermano del otro, de la misma factura.
La confusión invade mi mente, porque en ella se han mezclado a paladas alternas dos imágenes contradictorias. La ida y la permanencia. No sé si debo combinarlas o superponerlas, pero, en ambos casos, el resultado es una incógnita de solución imposible; al menos para mí y ahora.
Queda meridianamente claro que, para llegar al exterior, a la plaza donde dejamos el coche, necesitamos que alguien nos abra; y no parece existir persona alguna con esa ocupación perentoria. Viene de fuera la servidumbre, en el castillo sólo duerme una parte de los invitados; el mismo guía, tío del dueño, que suele hacer aquí noche, ha cedido su alcoba. Avisado por Odile de nuestra partida temprana, hace un cuarto de hora que el encargado debía tener franca la puerta. Es posible que, sabiéndolo, se retrase por cualquier motivo; pero cabe, también, que Odile no cumpliera el encargo y llegue el hombre a las tantas.
Me enojo con el uno, con la otra y con ambos; así de grande es mi enfado. Tenemos el tiempo distribuido con precisión de agencia de viajes: salida a las siete, llegada a Barcelona, a medio día; comida con los primos de Isabel, y como hemos dormido muy poco esta noche una cabezadita nos vendrá de perlas, así que la partida hacia Valladolid, Anita añadida, no tendrá lugar hasta las cuatro de la tarde; y a media noche, si todo va bien, nos presentaremos en la calle Duque de la Victoria. De otro modo, para que Sofía cumpla con la entrega de un importante encargo de trabajo –sustituye ella a la compañera que lo hace habitualmente y está de baja por maternidad— deberemos conducir durante parte de la noche con un peligro cierto.
Siguiendo un orden lógico recorro las dependencias, sin percibir en ellas señal alguna de vida diligente; despojos, algún cuerpo dormido sobre desperdigados colchones, encina de los muebles lisos, aprovechando una alfombra, eso es todo. Se llena de entusiasmo Anita al hallar dos salidas de emergencia, para achicarse al instante, en cuanto, una a continuación de la otra, inspeccionadas por sus ojos atentos y sus manos industriosas, se muestran cerradas, como suele decirse, a cal y canto. Dos brazos de hierro nacen, de la mismísima piedra, uno por cada lado, en la parte alta. Sendas anillas, férreas también, encajadas en la roca, aprisionan las barras permitiéndolas, sin embargo, moverse. Sólidos candados asen los curvos extremos de los fierros largos que, formando una equis, cruzan la puerta con la misión de impedir la entrada o la salida. Y la otra, cercana —postigos las dos del señor del castillo para sus amores, para sus felonías— presenta idéntica alineación y un mismo o parecido entorpecimiento.
Sofía se suma a la difícil búsqueda de un resquicio mínimo, de una abertura suficiente a nuestros magros cuerpos, a nuestro sencillo equipaje. Trae el ánimo intacto y quiere descubrir una ventana sin rejas, un deslizadero que lleve desde arriba a la calle. No hay, se ve enseguida; y se comprende al instante que así sea: estamos en una fortaleza y aquello que impide el asalto impide la escapada. A pesar del desengaño que tal comprobación produce, estimulado por el ejemplo de mis hijas, no me rindo; continúo la batida iniciada, regresando sin intención ninguna al doloroso cavilar.
Isabel duerme o finge y se hace la dormida, imagino; y el cuchillo de la intuición ahonda en la herida recién abierta. Habrá decidido quedarse en la cama, pienso; simulará un sueño profundo que la evite enfrentarse a mis ojos; espacios mínimos en los que se muestra callada mi denuncia. Quizá duerma de veras, puede que vislumbre otras circunstancias vitales: una existencia diferente, un distinto amor; el transcurrir agitado que yo, por mi conducta ordenada, estorbo.
Pido a las muchachas que se queden junto a bolsos y maletas en el patio, esperándome, por si bajara Isabel mientras escudriño las paredes en pos de un paso que nos lleve al coche. La desolada perspectiva inferior, efecto de la contienda aquí celebrada, no parece que vaya a recobrar su ser antes del medio día; y me persigue la visión de kilómetros y kilómetros de coches casi estáticos, recogida ayer en cuanto cruzamos la frontera.
Peldaños de piedra resbaladiza, pétreos muros: una escalera oscura baja a las mazmorras. En el distribuidor amplio que recibe las puertas rigurosas de las celdas, han instalado un salón de actos. Allí pantallas de proyección, atriles de lectura y grafía, una mesa de conferenciante y un nutrido grupo de sillas. Colocaron los asientos muy juntos, de forma que el color individual del plástico, sumado, extiende una mancha anaranjada impropia del lugar. Nuevas torturas, más refinadas; nuevos intentos de modificar conductas se practican aquí, es indudable; tendentes ahora a unos fines que el suceder del tiempo no ha variado: el pastoreo de las personas hacia el beneficio de quienes las contratan, el ordenamiento de las voluntades con la voluntad mayor.
Peldaño a peldaño, encontrando el dinamismo en la continuidad al modo de los fotogramas del cinematógrafo, desciende la escalera en caracol. Trata, quizá, de dar alcance a la intimidad más honda, y se sume en una oscuridad que se adensa a cada paso. Apoyo mal el pie avanzado y la precaria posición me lanza contra la pared en curva, a la que llego con fuerza golpeándome el codo y el costado izquierdos. Por fortuna no pierdo el equilibrio, aunque el traspiés me pone en guardia obligándome a ser más precavido.
A tientas me aproximo a un descansillo beneficiado de una iluminación enturbiada, que permite ver la negrura en toda su magnificencia, excepto una franja nítida que se va ampliando al alejarse de la fuente: una rendija que sin el sol de fuera –lado este, el preciso en estos momentos cercanos a su nacimiento— no sería perceptible. Es acaso mi esperanza la que así abre sus miras, agrandándose. Pero la luz que suma, al instante contiguo me resta. Aparece la misma férrea cruz de San Andrés, la misma aspa, símbolo del paso prohibido, del hasta aquí, no más, hemos llegado. Frente a ellas, puerta y salvaguardia, doloridos el hombro, el codo y el tobillo, me invade la sensación que se hizo conmigo arriba. Si pudiera ver mi rostro vería un rostro idéntico al que mostraba Anita, hace tan sólo unos instantes, al descubrir la protección infranqueable que protege las cancelas de emergencia.
El estrechísimo rayo, el resquicio hecho luz, ampliándose a medida que se aparta de la rendija, me entrega la visión, perfecta por prometedora, de los extremos curvos carentes de candados. La misma cruz, la misma aspa, férreos brazos en nada diferentes a los vistos, a los sufridos, y sin embargo, tan distintos como la harina y la arena, la sal y la cal, la miel y la hiel. No se mueven los barrotes, derecho primero, izquierdo después, cuando lo intento.
Tiro yo de ellos poniendo todo mi afán, mis fuerzas todas; empujo, me agito incapaz, desesperanzado, hasta descubrir que el tiempo de inactividad, de quietud, yace allí muerto o dormido cerrando el paso hacia la calle, guardián impensado para el dueño. Ese tiempo de quietud, entiendo, es el mismo que duerme en las bodegas envejeciendo el vino, el mismo que pasa su mano incorpórea una y otra vez por los muebles hasta convertirlos en antigüedades, el que va por las calles, por los palacios, por los campos de batalla volviendo a los hechos historia, leyendas o mitos, según sea la índole de quien se acerque a ellos, dependiendo del espíritu con que se aproxime. Sin embargo, aquí, ese tiempo quieto se muestra como un enemigo auténtico, dedicado a soldar hierro con el hierro, el hierro y la piedra con la piedra.
Me encuentro al borde de la rendición y el abandono, dispuesto a subir hasta el patio de armas donde puede que a mis hijas se haya sumado mi esposa; cuando, recién nacido el desaliento, un ligero avance se convierte en daga para él, débil aún, hiriéndolo de muerte. Será que pongo más empuje, más irritación en el intento, pues desprendiendo un chirrido romo de hierro escapado de su engarce, se mueve la barra de la izquierda y admite un minúsculo cambio de posición que mi ilusión magnifica.
El sol debe de estar creciendo afuera al modo del chiquillo que come por dictado de la madre, con el único fin de convertirse en un muchacho grande y fuerte. Sé que el día avanza contra mis intereses. En un minuto me achico, pero en el siguiente me crezco. Así soy, voluble pero insistente; contradicción reversible.
Envalentonado hasta el summun, alzo el hierro curvo de su anclaje, sostengo el esfuerzo durante un tiempo que se me antoja eterno, y desprendiéndolo logro deshacer el aspa odiosa que contribuía a formar. La confianza se hace la remolona cuando la quieren empujar de mi costado y, aunque la otra barra no reacciona del mismo modo, me pide constancia.
Pongo la voluntad íntegra, la concentro en un punto, aplico juntas fuerza y maña, y el brazo que sigue en sus trece oponiéndose a mis intentos, cede o me lo parece. No solo lo parece, cede de verdad. Sí, cede de manera definitiva, cede, cede.

 

El regreso

Acerca del uso dado a mi mocedad, creía haberlo olvidado todo; mas de improviso se presentan en el asiento de la memoria, nítidos, los impulsos trazadores de un itinerario tan complejo como este de ahora. Percibo en los brazos el fluir de la savia de entonces, ramas del árbol vigoroso que ahondó sus raíces buscando el agua escasa y elevó su follaje hasta la luz deslumbrante del cielo azul y blanco, nimbos opacos y transparentes unidos. Desde la hondura en que estoy sumergido, descubro los mares quietos. Subido de improviso a un elevado sitial sorprendo cambiante la tierra, vegas, ríos y montañas sucediéndose. Veo las nubes raudas, esponjosas, deshilachadas, desfigurando su forma imprecisa, amoldándose a los deseos del viento, abrazándose a otras que llevan la misma ruta; para luego ser arrancadas de ellas sin añoranza, sin rencor, mejorando los modos airados de las personas en ese mismo aprieto.
Acepto que Isabel no haya bajado al patio y esté aún en la Alcoba Magna, despierta, con la mente poblada de argumentos encontrados, opuestos. Me la imagino tratando de extraer el hilo de la madeja para ovillarlo e impedir que se enmarañe. Tan niña como en los momentos más comprometidos de nuestra existencia común, necesitada de una mano que se deslice por su cabello y descienda suavemente hasta el cuello, falta de unos labios que vayan a sus mejillas, de una palabra de aliento directa al corazón.
Si yo me acercara y dijera cuanto desea salir de mi garganta, de mi boca; si me atreviera… Vuelve la vacilación de los primeros momentos, la misma que me impedía avanzar pidiéndole una tarde de paseo; ella y yo solos, de la mano por el Campo Grande, por la Acera de Recoletos, por la calle Santiago y la plaza Mayor. Es la indecisión que me privó de la misma Ana y de la auténtica felicidad, cuando aún era posible desviar los dardos de un objetivo a otro, de uno a otro de los corazones. Si abandonara la locura de descender los peldaños buscando un escape a mis miedos, si regresara a la Alcoba Magna, y levantando la colcha y la sábana entrara en el lecho; si la hablara quedo en su oído más cercano, el nudo insoluble de la sospecha se resolvería cortado de un tajo por la razón evidente. No; mi amor propio, mi resentimiento y mi vieja indecisión se unen obligándome a una pasividad nefasta, y a la huida cobarde escaleras abajo.
Desembarazado de los fierros que se cruzaban sobre las dos hojas de madera, el postigo se abre; rompo su reposo de años, anulo su inercia. Un sol ya alto penetra entonces en el interior de los muros, y al volver atrás la mirada veo que capitulan entregándome su misterio. Con violencia penetra en mis ojos un patio silvestre: piedras desprendidas, cardos altos y enredadas hierbas. No imagino el Paraíso de otra hechura, espacio de libertad abierto a todos los caminos, a todas las posibilidades; plantas crecidas a su antojo, pajarillos solos buscando a otros.
Avanzo, ocupo, conquisto, hinco mi enseña en el terreno que desde este instante llevará mi nombre. Me separan de la calle una tapia alta y, sobre ella, alzada a su lomo, una verja trenzada, celosía severa de protector enrejado; barricada discontinua tan sólo en un portillo que se divide en dos hojas de chapa. Amigo yo de puertas y ventanas, ésta de ahora se revela enemiga, anclada al resto del castillo y del mundo sólido que la inmoviliza y me para.
Muralla es cualquier obstáculo opuesto a mi paso; pero me encuentro crecido, marea alta que dobla mis fuerzas, y no considero estorbo a los impedimentos hasta hora insalvables. Ana Gamazo venía y yo iba, pudo ocurrir de otra manera, no sé con exactitud. Íbamos a encontrarnos sin remedio en una acera estrecha, a no ser que modificara el sentido de mi marcha antes de que me ella me viese.
Desconociendo la razón corregí el rumbo de mis pasos entre La Antigua y la Universidad. Había soñado esa noche que nos encontrábamos, y sin mediar palabra nuestros cuerpos se unían imitando a nuestras mentes. Era ella un imán que me atraía con fuerza y fui capaz de una fuerza mayor para eludir su influjo. Estaba decidido a cumplir el sueño en la primera ocasión que se presentara y, sin llegar a comprender la causa –la educación recibida rebosante de caducos convencionalismos, puede ser; la inercia de mi comportamiento obediente, hecho a seguir las reglas, quizá— sin entender las razones quebré mi paso forzando a mi estrella a la continuidad de una existencia insípida, que acabará, si nadie pone remedio, en una ruptura peor que la evitada en aquellos días; peor digo, porque ahora carece de objeto, ese amor que antes la justificaba.
No era Ana solamente, también era Sergio, su esposo. Con Sergio había hecho yo una amistad propia y directa. No tenían hijos y de eso hablamos un día. Me dijo que Ana quería dos desde siempre. Tenía los nombres incluso, y su rostro y su manera de ser; hasta su profesión. Aurora iba ser la primera, una niña preciosa con rizos dorados, actriz seguramente; y dos años después, Juanito, un chaval moreno de ojos marrones, llamado a ser inventor de artefactos y máquinas de gran utilidad para las personas. Entendí, entonces, la mirada que se iba haciendo Ana con el paso del tiempo, quieta, algo anclada en el pasado, rodeada de una neblina sutil que acaso solo yo veía.
El patio agreste forma un declive que tiene su punto bajo justo en el umbral de la puerta. Las tierras arrastradas por los chaparrones de la pasada primavera, sumadas a las desleídas en los aguaceros del último otoño, colman el hoyo semicircular previsto para el giro interno de las férreas hojas. Endurecidos arcilla y cantos en un solo cuerpo, las fijan en la posición de barrera, formando una línea recta que se suma al muro. Para mayor dificultad, un enorme pasador aherrojado por el óxido las suelda y unifica. Hasta aquí he llegado, me digo con vacilante orgullo. De hecho, no es plumón de ave, sino pluma caudal coloreada.
He salvado estorbos que para el común de los invitados hubieran sido insuperables. La cancela cautiva se convierte a mis ojos en el foso inexistente, en el agua corrompida que lo llena aislando al castillo, en los cien arqueros precisos que impiden el escape clavando en mi espalda cien flechas. Puede que sea el destino, interesado en un giro que me ponga de bruces ante la obligación, el artífice de tanto entorpecimiento.
Sin embargo, no es Isabel quien ocupa mi mente en estos instantes, es Ana. Ana, Ana, Ana; mi mente es una campana y tú eres el badajo que golpea el bronce yendo y viniendo de un lado al opuesto. Ana, Ana, Ana: mi cerebro es una campana y el repique pronuncia tu nombre: Ana, Ana, Ana. ¿Por qué, me pregunto y te pregunto, Ana? ¿Por qué las cosas llegan, con extraña frecuencia, a ser como tememos que sean, y casi nunca suceden como deseamos? Los temores se avienen sin apenas frenos con la realidad, y a los sueños les cuesta ajustarse al desfilar de los hechos.
Cierro los ojos a la adversidad, disuelvo su imagen en el conjunto existente, y la adversidad deja de existir al minuto diluida en el cosmos, impregnándolo de un rocío impalpable. Observo, acaso por vez primera, que los nombres, indiferentes al iniciar su mención, llegan a englobar a la persona nombrada, a abarcar su relieve íntegro, tanto la parte conocida como la sombreada por la mera sospecha.
Observo que el nombre estuche de la persona llamada Isabel, símbolo, alegoría, representación, resumen; el nombre evocador de la imagen que de ella poseo, verificada a través de los años o simple conjetura; y el nombre que es toda Ana, la Ana que yo he ido forjando con mi amor indeciso, confirmado o desmentido por ella a través de su conducta; observo que ambos nombres, Isabel y Ana, tienen en común una letra. En el acto la A se hace puente, un puente mayúsculo, muy a propósito para cruzar la corriente que discurre separando a las amigas, el secreto que no se han atrevido a confesarse, su amor improbable por mí, insostenible; asnilla de zapatero o de albañil se hace la A, también, sujeción y soporte de su amistad. Isabel posee la sexta parte de un capital que en Ana supone las dos terceras partes de su haber, cuatro veces más.
Ahí comparezco; ante la equiparación que coloca a Isabel como perdedora, cuando la adversidad me fuerza a retroceder, a encontrarla y mirarme en sus ojos hasta extraviar la mirada. Deja la “a” de ser puente, para convertirse en un tubo angosto dotado de asidero; el delgado conducto por el que la desventura me constriñe. Bajo el palenque que envuelve el castillo por la parte de atrás, como entrando en un sueño o en una niebla muy densa, un minero experto excavaría un túnel escueto que palmo a palmo le abriría la calle expedita. Utilizando una pértiga de fibra de vidrio un atleta saltaría el muro. Un preso reduciría a limaduras los barrotes de la verja. Mas careciendo de herramientas y habilidad, ninguna de esas soluciones puede ser la mía.
Derrotado por consideraciones tan pesimistas, con la visión hiriente de incontables coches detenidos en la carretera, haciendo gala de una sobrevenida torpeza vuelvo hacia atrás, subo escalón a escalón en viaje de regreso. Doy por seguro que Isabel –temor o desdén— continúa encamada y puedo agotar las posibilidades de arreglo.
Pero el caprichoso destino —¿existe quien comprenda su zigzagueante derrota?— utiliza a mis hijas para frenarme. Movidas por el ejemplo de una tenacidad que no poseo, bajan arrastrando sus cosas y mi bolsa de trajes. El empuje de Sofía, temerosa de no llegar a tiempo a casa para descansar antes de incorporarse mañana al trabajo, ha contagiado a su hermana. Mudar la marcha de las dos mujeres, invertir sus pasos, supone el quebranto de la confianza que me tienen, un tachón en la límpida plana de mi imagen. Anuncio, en consecuencia, el descubrimiento de una salida que me envía a buscarlas para salir por ella
Encontramos tejas rotas acabadas en pico que, utilizadas a derechas, como más conviene a la forma complementaria de sus dos extremos, permiten cavar y retirar la tierra. Es una tarea penosa que a su término nos deja agotados pero satisfechos, incluso lúcidos. La imaginación viene en nuestro socorro frente a la herrumbre. El simple estuche de mantequilla, previsto para el desayuno, que de una caja tomé al levantarme, nos ayuda. Su grasa, extendida sobre el cilindro anclado, suaviza el orín de manera que permite un giro pequeño. El juego inicial se va ampliando a medida que la manteca, fundiéndose, se hermana con el hierro firme.
En este preciso momento, muy apropiado al parecer, tengo presente al padre de Isabel y sus humillaciones; lo fueran o no para él, que lo ignoro, para mí lo eran. Me consideraba un peón. Ingeniero superior y todo, como a peón me trataba. Peón sí, pero como oí decir a Horacio en algún momento de su charla urgente, los peones, si ponen empeño suficiente y se mueven con inteligencia y mucha sensatez, pueden llegar a algo grande.
Son las últimas piezas del tablero, las de menos valor y utilidad, y avanzan pasito a pasito con la excepción de su arranque, sola ocasión en que les está permitido dar pasos largos de una longitud equivalente a dos de los habituales. Apoyándose en tal excepción buscan las reglas afianzar la confianza puesta por las gentes en el juego de la vida. Pero cuidado, esa facultad no será usada para escapar de la captura pretendida por un peón enemigo, pues cuando los infantes llegan a la quinta fila, pueden capturar al paso a los que intentan burlarlos con sus dos zancadas.
Se ve sin anteojos que el destino no acepta el provecho de las víctimas; en cuanto está a su alcance procura echar una mano al verdugo. Por más que sea dura la existencia de los peones, poseen, mientras viven, la esperanza de transformarse en Torres, Caballos, Alfiles o Damas. Difícil es, no vamos a engañarnos, pero se refieren casos que fueron muy enaltecidos, pues en su nuevo estado contribuyeron al mate y a la victoria de los suyos. Se les exige sobrevivir a los ataques hostiles, entrar en territorio enemigo y alcanzar la octava fila sin ser capturados. Sí, todavía puedo llegar a ser alguien.
Salimos a la calle más rústica que darse pueda, más nunca habrá calle tan bien acogida. Presos sacados de las mazmorras somos, penados libres de cadenas y grilletes, galeotes alejándose del banco y del remo. Un inculto terreno rodea en talud la parte baja de la robusta fábrica, construcción a medias guerrera, palaciega a medias, que fue levantada en la falda de la colina junto a la que creció el pueblo. Por esa razón, a la explanada de la puerta principal y al patio donde se celebró la cena, los separa del postigo por el que acabamos de salir, una vertical de al pie de veinte metros, salvados por la escalera utilizada por nosotros en el laborioso descenso.
Árboles, matojos, hierba hirsuta, disimulan el impensable escape. Miro hacia atrás con la esperanza de hallar a mi esposa, pero Isabel sigue sin dar muestras de pretender despedirse, prueba evidente de una culpa largo tiempo ocultada.
Las chicas y yo, trepando por un antiguo sendero del que apenas queda una línea marcando la continuidad discontinua, una vereda medio tapada de cantos rodados, de cardos punzantes; animosas mis hijas y yo animado, nos acercamos al espacio donde la víspera dejamos el coche, contiguo a la explanada y en su mismo plano.
A causa del pesar que la ausencia de Isabel en tan delicado momento me provoca, y de la excitación producida por nuestra reciente aventura, distraído, no pongo interés suficiente cuando mi hija Sofía me agradece en grado sumo el esfuerzo realizado esta mañana, tratando de salir cuanto antes y evitar las aglomeraciones de la carretera. Gracias a ese empeño, ahora está convencida de poder llegar a Valladolid con tiempo suficiente para descansar y presentarse en el trabajo despejada.
Mientras colocamos el equipaje en el maletero se me viene a la memoria la dificultad del primer tramo del recorrido. Un dédalo de carreteras comarcales, ineludible para alcanzar la autopista que une Albi con Toulouse. Son calzadas rurales, estrechas, carentes de arcén, transitadas por tractores y vehículos lentos, que atraviesan pueblitos y se bifurcan cada tres por dos en una maraña que comunica a todos con todos. Recordando, supongo, los tres, nos adaptamos a los asientos sumidos en un mutismo compacto, cúmulo de encontrados sentimientos.
Es posible que mis hijas pidieran demasiado a la boda, y que yo, por el contrario, esperara muy poco. Sofía deseaba pasar unos días con Rafael, su novio, fuera del camino trillado; en familia sí, pero solos, divirtiéndose juntos y obteniendo enseñanzas de la ceremonia ajena para aplicarlas en la propia. Esperaba Anita un encuentro singular, mágico acaso; encuentro de todo punto imposible con un personaje irreal, de película. Las noches previas soñó que sucedía: estaba en la fiesta, era uno de los invitados, y su rostro se fundía con el retrato del joven ideal perfilado en su mente desde hace meses.
Mirado por el espejo retrovisor, el castillo se aleja a marchas forzadas, haciéndose más pequeño a cada instante. Desbordada la tensión que las retenía, las palabras se empujan unas a otras en su intento de salir a la palestra y explicar la estancia con precisión absoluta. De modo que hablamos los tres a un tiempo. Sin esfuerzo notable, siete adjetivos calificativos se oponen de pronto a otros siete. Dos días y poco más, intensos y profundos, se resumen en la parrafada de un juicio afectado en mayor medida por las últimas horas. A mí se me ha colado un siglo en el deslizar cotidiano, en la rutina perseguida y denostada; pero no creo prudente confiar a mis hijas los motivos íntimos de tanta desmesura.
Cómo voy a decirles que valoro este lapso en hechos en lugar de en horas, que lo mido en experiencias extraídas de los acontecimientos, en claves despejadas que alumbran el oscuro sendero de la vida. Cómo decirles que esta noche he contemplado mi existencia pintada en el techo de la Alcoba Magna, y no me ha gustado; que me he visto intérprete en lugar de autor del guion; que mis pasos no son míos porque alguien me empuja hacia su rumbo; que mis sueños han ido cambiando para acomodarse a la realidad encargada de cumplirlos. Cómo decirles, en fin, que siendo la misma persona que vino, no veo el paisaje cruzado de la misma manera.
Por eso distraigo sus pensamientos rememorando la intensa biografía de la región, la llamada historia por los estudiosos. Hablo de las peculiaridades de la agricultura practicada en fincas de una sola pieza, dos decenas de hectáreas de tierra fértil ceñidas a la casa de labor y a los edificios de aprovechamiento ganadero. Contraste impensado por los labriegos de mi tierra de minifundios. Parcelitas allí, de unas pocas fanegas rodeadas de piedras para amurallarlas haciéndolas inaccesibles. Me refiero a la originalidad de la ceremonia religiosa, oficiada en latín, salpicada de algunos vocablos arcaicos, procedentes de la antigua lengua occitana, pronunciados al hilo de los cambios introducidos en la liturgia por Vivy. Digo de la curiosa e imposible pareja que forman los Gijón, de la belleza exótica de las gemelas, hijas del amor de un médico africano y una socióloga francesa, de personalidad fuerte ellas y mirada profunda, primas de Jean Pierre. En suma y resumen, para desviar su atención de la desavenencia surgida entre su madre y yo, que por fuerza han de haber observado, hablo a mis hijas de los antiquísimos frescos del templo, de la serena elegancia mostrada por los novios, de la animación lúdica de la fiesta recién concluida y labrada en nuestra memoria a buril.
Una vez incorporados a la autopista nos acercamos con suma facilidad a Toulouse, antiquísimo asentamiento humano junto al río Garona y hoy moderna ciudad de comercio y servicios, cabecera de un área fabril de importancia. La historia la relaciona con Aragón y Cataluña, antes que con la corona francesa. Hermanos en las creencias cátaras los más de sus nobles, fue sede del condado feudal que se sumó a los albigenses. La conozco; Isabel y yo recorrimos palmo a palmo su corazón. Asidos de la mano o descansando mi brazo sobre sus hombros, descubrimos las fuentes, la basílica de Saint Sernin y la catedral, a más de algunos otros monumentos, cuya fábrica de ladrillo, tintándolo de un tono rosáceo, da al casco antiguo un aspecto muy particular. Comimos, no se me olvidará su sabor mientras viva, una bullabesa que pongo en lo más alto, junto a otra gustada en Marsella. Nos alojamos en un hotel con nombre de rey, ocupando una habitación que daba a dos calles. Eran otros tiempos. Afectado por los recuerdos aún vivos, me quedo con las ganas de mostrar la ciudad a mis hijas.
Desde Toulouse, por la autopista que va a Barcelona y a Montpellier, todo marcha a pedir de boca. Hasta bien pasada la bifurcación, cuando sólo faltan diez kilómetros para la frontera, el tránsito es fluido. A partir de ahí, llegar al conjunto de edificios que fue una rígida aduana, nos cuesta un esfuerzo ímprobo. La serpiente mecánica de la que formamos parte, torpe como es, exige una velocidad escasa y obliga a paradas frecuentes.
Tan incómoda resulta la situación, que culpándome de ella me introduzco sin tardanza en la mazmorra. De manera voluntaria ocupo el temible potro, y sin que nadie me obligue inicio mi propia tortura: estiramientos, presiones, cortes, flagelos, espinas bajo las uñas, gotas de plomo derretido sobre la cabeza. Una hora antes hubiéramos partido de ser yo más hábil, de haber desconfiado de la ayuda pedida a Odile. El veterinario Jacques lo hubiera resuelto a nuestra entera satisfacción. Impacientes, nerviosos, cruzamos la línea; mostrando los documentos de identidad a un funcionario poco interesado en verlos.
Llegamos a Barcelona sin contratiempos añadidos, tan solo una hora más tarde de la habitual para comer. Allí nos esperan con la mesa puesta y almorzamos. A los postres, nuestro relato de lo ocurrido durante la boda, suscita un interesante coloquio en el que salen a relucir Odile y su interés por visitarlos durante las vacaciones. Resulta que se considera aceptada a cambio de la invitación a la boda a la que no asistió Roger por equivocarse de lugar en nuestra cita. Tienen la decisión tomada, dirán que veranean en Andalucía. Tras echar una cabezadita recostados en el sofá, Sofía, Anita y yo partimos algo más frescos. Pese a turnamos al volante, rendidos por el cansancio, nos detenemos varias veces. Bordeamos Lleida, cruzamos Zaragoza junto a la soberbia Basílica, en Calatayud bebemos café bien cargado antes de tomar la carretera de El Burgo de Osma y Aranda de Duero.
Al filo de la una de la madrugada nos presentamos en la calle Duque de la Victoria, centro de Valladolid. Las hijas vienen frescas, han conducido menos que yo y han dormido algo más. Mi cansancio es bien visible para ellas. No obstante, ignoran mi preocupación, por la brecha abierta entre su madre y yo. Abrimos la puerta de la casa a tiempo de oír el insistente sonido del teléfono.
Llama una vez más Isabel. Debe de ser la cuarta o la quinta según dice. Pide perdón porque no me despidió como deseaba hacer en su fuero íntimo. Pasó mala noche y se durmió de madrugada despertando en la Alcoba Magna cuando ya habíamos salido de la fortaleza. El viaje, todos juntos en el mismo coche, comentando las experiencias vividas, hubiera sido más llevadero, incluso atractivo. Me llamó donde los primos en Barcelona, pero acabábamos de partir. Acompañados de Laure, los chicos y ella recogieron los equipajes en las casas de acogida y comieron donde Los Peyrepertuse, entregando a los postres el regalo destinado a los novios, ya esposos y camino de Lanzarote. Esa familia ha sido de lo más amable y debemos invitarlos a pasar unos días en El Pinar. Todo eso dice. Y asiento a todo.
Y añade que tuvo buena idea Anita al venir con nosotros, porque así se encuentran ellos más cómodos, turnándose al volante y en el asiento trasero para dormitar un poco. Han tenido un tráfico casi fluido y pasarán la noche en San Sebastián, en casa de Amaia, su antigua compañera y amiga, a la que ha visitado varias veces en estos años. Añade en un tono amable que, hablando en profundidad con Odile, ha comprendido la necesidad existente entre nosotros, de echar una larga parrafada. Será en cuanto llegue, porque debemos aclarar las razones de mi enfado con ella, si es que yo las sé. Y hacer borrón y cuenta nueva.
La hora que es y no quería colgar. Lo he comprobado, salen unas cuantas palabras de la boca de Isabel dirigidas a mis oídos necesitados, aclarando el misterio de Amaia, y la memoria de Ana sube al desván para encerrarse en el baúl de los recuerdos, cerrándose con doble llave.
La situación se asemeja a uno de esos días de niebla que oscurece el paisaje y, al aparecer de nuevo el Sol, huye el velo como por arte de magia mostrando las maravillas que ocultaba.
Con todo, arriba y abajo, derecha e izquierda, blanco y negro; me siento obligado a confesar que, ajeno a las preocupaciones, dormí a pierna suelta.