La sorprendente boda de la Albigense
Pedro Sevylla de Juana

Introducción
Pedro Sevylla de Juana, después de todo lo vivido, al acercarse al límite de su búsqueda, se descubre en la entrañable encrucijada elíptica de la biblioteca personal y familiar. Ahí reposan muchos de los libros que leyó o consultó a lo largo de la vida. Dos mil seiscientos veinticuatro en el último recuento. La mayoría fueron comprados a modo de coleccionista, aquí y allá a libreros de segunda mano, y pueden estar dedicados o contener anotaciones útiles. Los menos, no obstante, numerosos, forman parte de la obra de grandes autores portugueses y brasileños. Los amigos de ambos continentes han ido añadiendo sus publicaciones. Hay una buena representación de ejemplares en francés, catalán e italiano. Destacan por su tamaño los dedicados a la pintura, láminas preciosas mostrando cuadros con gran fidelidad, maestros y museos de diversos países. En gran formato y grosor están, El templo de Salomón y Dios arquitecto, J.B. Villalpando, de Ediciones Siruela como tesoros magníficos. Y más, mucho más, muchos más. Ignora cuántos ausentes regaló, y cuántos de los prestados no fueron devueltos, porque su hueco era ocupado a los pocos días. Tiempo y espacio, las historias protagonizadas por los personajes, principales o secundarios, van mezclándose en el recuerdo hasta formar otras nuevas confusas, laberinto sin hilo que convierta en salida a la entrada. Le tranquiliza saber que, mientras dure, el blog https://pedrosevylla.com/ dará cobijo a su escritura, apéndice de la obra de los escritores de renombre que conoce y traduce. Entusiasmado por la difusión que está teniendo Amor en el río de la vida, y la progresión evidente de los nietos, las dificultades actuales se suavizan. Lo último escrito va detrás de la biografía, acompañándola, explicándola y, acaso, justificándola. Las debilitadas condiciones síquicas y físicas obligan sin remedio. Son setenta y seis años los cumplidos cuando la facilidad de concentración se diluye, apareciendo la pérdida de memoria reciente y, con frecuencia, de la antigua. El pensamiento queda frenado por la búsqueda infructuosa del recuerdo, palabras concretas y hechos ocurridos. Episodios de la niñez en Valdepero y Palencia, acuden raudos a su búsqueda, trayéndole una verdad recién elaborada. Las dificultades de visión, después de tres cirugías, no le permiten leer ni escribir más allá de unos minutos. Lo que ha sido fundamental en su vida deja de serlo. Consta este trabajo de una novela inédita, La sorprendente boda de la albigense, que le satisface del todo.

 

 

 

La sorprendente boda de la Albigense
Pedro Sevylla de Juana

Se trata de una novela inédita que hace el número 31 en la obra de Pedro Sevylla de Juana. Relata poco más de dos días y medio en la vida de los protagonistas y de los personajes secundarios. Fueron ellos convocados a una boda que sorprende a extraños y propios. Los españoles, padres y hermanos del testigo principal, parten del centro de España para llegar al corazón del Languedoc, comarca de Albi, en Francia. En la tierra de los albigense o cátaros se producen los hechos de la trama, ceremonia en la histórica iglesia de Rabastens y celebración en el célebre chateau de Mauriac. El desarrollo de los actos, tejidos por las relaciones entre los asistentes, locales y foráneos, crea un intríngulis de mucho interés. El lenguaje sencillo y preciso, unido al esclarecedor retrato interior de los personajes, ofrecen al lector una sabrosa lectura. ¿Existen aún personas fieles a aquella doctrina medieval, considerada herética por el papado de entonces y, por ello, aplastada hasta la aniquilación? Queda el lector convidado a conocer la actualidad de los hechos.

 

 

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Nosotros, los García Movellán

Varias veces cuestioné nuestra presencia en la boda del hijo de Odile; pues, a mi entender, no daba para tanto una relación intermitente, fruto del favor recíproco más que de la verdadera amistad. Pero Isabel, mi esposa, me recordó que aún no sospechaban los Movellán la existencia de los García, cuando ella ya era íntima de Odile y tuteaba a sus padres y al tío Armand. La amistad, en su relato minucioso, viene de antiguo; se remonta el primer contacto al verano de mil novecientos sesenta. Estudiaba Isabel en el colegio más prestigioso de Valladolid, donde se forman las jóvenes que cuentan en sociedad, una sociedad restringida, exclusiva, integrada por personas conocidas a causa de la cantidad y calidad de sus propiedades. Era alumna del liceo en cuyas aulas, aquellas adolescentes poseedoras de un nombre y, sobre todo, de un apellido, se preparaban para el ejercicio de funciones tan primordiales como la de esposas de hombres distinguidos y madres de vástagos atendidos por niñeras de uniforme, pequeños herederos de un futuro prometedor asegurado. Recibían una base cultural sólida y un brillante barniz de elegancia que las capacitaban para edificar el hogar acogedor y respetado que las correspondía. Nueva familia en la que las apariencias suelen ser más apreciadas que la realidad. La profesora de francés —hermosa señora que conocí por estar casada con otro ingeniero de mi empresa— facilitó, a las alumnas que quisieran escribirse con ellas, los nombres y direcciones de estudiantes de la Bourgogne, que, en una institución muy estimada aprendían castellano como segunda lengua.
Tal era el caso de Odile, con quien Isabel, por puro azar como queda reflejado, comenzó a cartearse. De la afinidad descubierta en las irregulares misivas –cada una realizaba el dificultoso ejercicio de escribir en la lengua de la otra– nació en ambas el deseo de conocerse. Acompañaron sus padres a la muchacha francesa en el primer viaje, y se comprende, pues acababa de cumplir quince años, siendo, por añadidura, hija sola. Cerciorados de la idoneidad del entorno, regresaron ellos a Francia dos días más tarde, encontrándose la adolescente, de pronto, con una libertad impensada. Sometida de continuo a una férula demasiado rígida, las riendas sueltas del país extranjero, llevadas por la nueva familia, ni se notaban. Un mes pasó entre la finca de El Pinar y la casa de la calle Duque de la Victoria, en Valladolid; tiempo suficiente, a la vista de los resultados, para enamorarse profundamente de un joven que frecuentaba a los Movellán. Cuatro años tardé yo aún en conocer a Isabel; así que tenía razón mi esposa: una arraigada camaradería justificaba nuestra presencia en lugar tan remoto, rodeados de gente extraña.
Isabel y yo comenzamos a salir juntos por pura casualidad, pues de haber sucedido los hechos de manera lógica, mi novia hubiera sido Ana Gamazo, la íntima amiga. En casa de Ana me encontraba ayudando a mi padre, encargado por el suyo de renovar la instalación eléctrica. No frecuentábamos los mismos ambientes, pero el meollo de la ciudad se reduce a ocho o diez calles, cuatro plazas, un paseo y el parque; así que resulta explicable que al ver a Ana en el espléndido comedor cambiando de lugar un cuadro, estuviera seguro de haberme cruzado con ella en múltiples ocasiones, y de haberla mirado, hembra deseable, con escrutadores ojos de macho.
—Joven —me dijo su madre, que la acompañaba activa— díganos, usted que no está influido por la rutina, cuál de las dos pinturas causa mejor efecto en este rincón.
El mismo tamaño, marcos parejos en color y anchura, estoy por asegurar que el mismo autor francés. Uno de ellos representaba una escena campestre titulada déjeuner sur l´herbe. El otro explicaba su asunto en un salón con piano y bailarina; de título danseuse, una muchacha plegada sobre sí misma, componía un hermoso gesto mil veces repetido, al parecer en trance de recibir los aplausos del público tras una perfecta ejecución.
—El que usted sostiene en sus manos, señora, actúa de espejo, al mostrar una actividad que bien pudiera desarrollarse en esta misma sala. El que sujeta la señorita abre una ventana al exterior, a los espacios despejados y a las actividades ajenas. Siendo los dos adecuados como sin duda lo son, teniendo ambos cabida, personalmente me inclino por la colación en el césped. —Me escuché sorprendido mientras salía esta parrafada de mis labios, cargada de afectación y diplomacia.
—¿Ves, mamá!, tiene razón; es lo mismito que yo te decía.
— No se hable más, Anita; tú y este joven tan juicioso me habéis convencido.
Me agradó la forma de ser de la hija, natural y desenvuelta. Nos presentamos corteses, pero con evidente satisfacción: Juan y Ana, perfectamente encantados de haberse conocido. Tras lo cual, sin más demora, volví a introducirme de lleno en la tarea, contento de haber salido airoso del inesperado examen. Estudiaba yo por aquel entonces el último año de carrera; pronto iba a ser ingeniero industrial en la rama de electricidad. Especialidad que mi padre dominaba, asentado en la modesta empresa creada por él a partir de la nada: una herencia adecuada y algunos ahorros; levantada día a día con la materia prima de su esfuerzo incansable. Es cierto, yo colaboraba con él o lo entorpecía, no sé muy bien. Sucedía en los días sin clase, cuando regresaba a Valladolid para practicar a su lado y aprender de su dominio práctico.
Trabajar con mi padre me servía de experiencia insustituible, una clara ventaja sobre los compañeros de aula; y con esa mirada le hacía yo ver la cuestión para que me permitiera acompañarlo en algunos trabajos de sábados o festivos. Se mostraba él renuente a tales asistencias, por temor a alejarme de la estimada teoría, previa siempre a la práctica y, en verdad, su mayor carencia.
La hija del dueño de la vivienda, la bella, simpática y abierta Ana; a quien poco después encargaron mostrarme un cuadro eléctrico de interruptores, resolvía en esos momentos su aseo personal. Actividad perentoria que la obligó a delegar la tarea en su amiga Isabel. La chica conocía la casa a la perfección, y esperaba a Ana para salir de paseo. De rostro agradable y pelo rubio, resultó ser alegre y expansiva, una chica como había muchas, con un exterior configurado centímetro a centímetro por la moda. De su mirada se desprendían, al parecer sin ella saberlo, una bondad ingenua y, no obstante, algo pícara. Todo ello sazonado con una dulzura muy femenina salpicada de un toque agraz, como de pámpano tierno. Méritos atrayentes que, combinados en la justa proporción, resultan capaces de producir violentas sacudidas en los corazones de muchachos poco duchos en asuntos femeninos; y ese era mi caso.
Bajamos al sótano y, al tiempo de mostrarme el cuadro empotrado en la pared del cuarto de máquinas, hablamos de naderías. Ah, las naderías… esas bagatelas en algunos trances cobran una importancia esencial. Esperó ante la puerta entornada, mientras manipulaba yo los distintos enchufes e interruptores. No debió de considerarme muy diestro, porque me llegó su risa contenida tras recibir mi mano izquierda una descarga carente de peligro. Ocurrió que me puse nervioso, realicé una sencilla maniobra de manera opuesta a lo establecido en las normas y no me atreví a explicárselo. El caso es que, en el camino de vuelta al vestíbulo principal, subiendo escaleras y recorriendo un pasillo que hubiera deseado interminable, aunque cruzamos tan solo unas pocas frases, establecimos una corriente de simpática complicidad. Conectamos, por decirlo en términos profesionales.
Quiso comprobar con sus ojos el alcance del accidente y tomó con delicadeza la mano que suponía dañada; pero al no percibir señal alguna pensó que la embromaba mostrándole la otra. Al ver las dos abiertas, simétricas e intactas, quedó tranquila. Ignoro la iniciativa que tuve para arreglármelas así de bien, ya que soy tímido por naturaleza. Creo que logré causarle buena impresión, pues al salir con su amiga se despidió como si fuéramos viejos conocidos. Imagino que Ana haría a Isabel alguna pregunta relativa a mi identidad. Lo pienso, porque la respuesta dada me convertía en asiduo de una conocida tertulia literaria. En concreto de la que un grupo de aficionados al teatro celebraba en una cafetería abierta junto a Fuente Dorada. Cosa falsa y bien falsa. Al instante temí que esa orientación pudiera confundir a Ana, haciéndola creer que habíamos llegado a hablar en profundidad de asuntos serios.
El próximo movimiento se deslizó por la fácil pendiente iniciada. No tuve más que anotar el número de teléfono escrito en el propio aparato, unos centímetros más abajo del colgador, en el centro mismo del disco giratorio. Lo embarazoso se presentó el domingo siguiente a la hora de la comida. La sabía convidada y no por una confidencia o aviso interesado que ella me hiciera; lo entresaqué de la conversación mantenida a lo largo del pasillo que yo deseaba carretera a Palencia, a Santander, barco sobre el Cantábrico hasta Brest, hasta Plymouth, hasta las Hébridas o Islandia. Isabel estaba en el elegante comedor de la amiga. El mismo donde, gracias a mí, el cuadro colgado en la pared mostraba un pedazo de edén y a tres damas en compañía de algunos caballeros tomando un refrigerio.
Tembloroso como una hoja a merced del viento, sin tener la menor idea de lo que iba a decir, haciendo de tripas corazón la llamé. Una criada, a juzgar por el tono respetuoso de la voz, tomó el recado; y a pesar de no tener ninguna confianza en que quisiera ponerse, pude oír su voz cristalina al pronunciar mi nombre con alegría no disimulada. Espero no haberte cortado el viaje del tenedor a la boca, dije sin saber lo que decía. No, están sirviendo los aperitivos, y se toman de pie en el vestíbulo. Es solo un momento, añadí, quería preguntarte por donde vas a estar esta tarde para hacerme el encontradizo. Vamos a ir al Calderón, pero antes tomaremos algo por ahí. Date una vuelta, a lo mejor nos vemos. Al término, oí que Ana quería agradecerme el apoyo de su opinión sobre el cuadro, y así me lo dijo Isabel. Percibí en la educación del servicio una muestra de la casa y de sus habitantes, gente de posibles sin lugar a dudas.
Tampoco nosotros andábamos descalzos. A su constructora de renombre oponía yo nuestra empresa de dos operarios: un aprendiz y mi propio padre. A su palacete enfrentaba nuestra casa con patio y anexo, situada en una calle secundaria. A su vasta finca, podría yo haber opuesto la antigua vivienda del pueblo —paredes de adobe sobre cimientos de piedra— y las diez obradas de vega; claro que había sido vendido todo ello para comprar la propiedad del barrio de Las Delicias. Por último, enfrentaría a su histórico Movellán nuestro medieval García, mucho más difundido, amplísima familia. De una manera o de otra lograba establecer el equilibrio; incluso en acentos se igualaban nuestros apellidos, uno por cada lado.
Comprendí al instante la trivialidad de argumentos tan prosaicos, porque a la hora de la verdad el que contaba era yo: excelente hijo, sería buen esposo. No, no quedaban cojas mis aspiraciones respecto al futuro, dedicaría todo mi esfuerzo a disponer para mi compañera el bienestar como yo lo entendía: un buen pasar enmarcado en protección y cariño. Para muestra bastaba un botón: en unos meses me convertiría en ingeniero superior con las mejores calificaciones, y había presentado una solicitud de empleo en la fábrica de automóviles radicada en la ciudad.
Algo de cierto llevaban mis presunciones, pues cumpliendo por completo las expectativas filiales y paternas, a finales de junio obtuve el título y en el mes de septiembre me llamaron de la factoría para someterme a una selección larga, enrevesada y ardua. Un triunfo más del trabajo desarrollado con deleite, de la firme dedicación a lo que satisface: alcancé el número uno entre más de cincuenta seleccionados, y me dieron un destino envidiable en la sección de prototipos. Logré saber por uno de los examinadores, que me diferenciaba de los otros el conocimiento práctico que yo poseía debido a lo aprendido de mi padre. El lugar de trabajo era un taller de reducidas dimensiones, laboratorio pulcro sumido en un relajante silencio, rodeado de despachos. Situado a cien metros de las instalaciones principales, quedaba muy cerca de un concesionario de la misma marca en cuya cafetería solían desayunar los compañeros.
Observando los coches nuevos expuestos allí para la venta, comparándolos con los accidentados que esperaban reparación, analizando el resultado de los distintos choques, su destrozo, experiencia aprovechable en mi trabajo, conocí a Benito Rivero, dueño de la concesión. Vi en él a un empresario hecho día a día desde el mecánico más rudimentario, llave de tuercas y una afición desmedida. Había ido creciendo merced a su tesón y a las condiciones favorables del mercado. Deseoso de explicar la dura trayectoria seguida hasta llegar a la holgada posición en que se encontraba, y de hacerlo a alguien que hablara su propio idioma y lo entendiera, se explayó en dos o tres ocasiones de las que nació una creciente amistad. No detenía su esforzada carrera; satisfaciéndole lo obtenido veía aún lejos la meta. Se debía a tres herederos y quería dejar situados a los tres. Pretendía lo imposible: que los tres empezaran en la cota que el alcanzase, tomando el relevo; y eso le obligaba a proseguir una lucha sin descanso. Su esposa, ahorradora y sacrificada, empujó siempre el carro del mismo lado que el hombre, de modo que, el mundo entero hubieran movido juntos, valles y montañas, ríos caudalosos y volcanes activos.
Para que los asuntos familiares vayan bien, los hijos han de encontrarse a sí mismos en los padres, los padres han de hallarse a sí mismos en los hijos. Lo sé por experiencia. Virtudes que se consideran irrenunciables se trasvasan, la abnegación, la perseverante defensa de la familia, la laboriosidad, la honestidad de acción. Sus dos muchachotes, fuertes y engreídos —los conocí en esos días— ignoraban con cuánto empuje se encarrila la vida, con cuánto deseo de superación; habían sacado un título universitario a trancas y barrancas, y sus manos, perfectamente cuidadas, parecían ajenas a la grasa de los motores y al esfuerzo físico. El padre era consciente de la carencia de entusiasmo de sus vástagos, de la falta de aspiraciones, de ensueños, de ilusiones; y sufría. Mas ellos, en cuanto se refiere a las dificultades, vivían en permanente inconsciencia; confiados en la habilidad del porvenir para acomodarse a su propio paso cansino.
La pequeña era aún adolescente y no apuntaba intenciones claras. Comprobé que el proyectado desarrollo empresarial y la ambición cultivada, unidos, lo desasosegaban haciéndole infeliz; así que en mi interior sensible sentí lástima de aquel hombre envidiado.
Por entonces —efecto de la famosa ley de la oferta y la demanda— debido a una fabricación insuficiente que no había previsto el aumento desusado de las peticiones, el hoy sencillo hecho de adquirir un coche se convertía en una prolongada aventura. En la época dorada a que me refiero, de feliz recuerdo para los vendedores mediocres, la compra se iniciaba por la solicitud de modelo, sin precisar versión, equipamiento o color; aspectos que se concretarían unos meses después cuando la entrega se hiciera efectiva. Pues bien, en circunstancias tales, mi mediación ante el concesionario amigo hizo que el padre de Isabel, la muchacha con quien salía yo de manera regular y asidua, recibiera su vehículo de forma casi inmediata; ingeniándomelas para que supiera que era yo el artífice del milagro.
—Los amigos de don Juan García Cabeza, lo son también de esta humilde casa. –Algo así debió de manifestar el antiguo mecánico, quien a mi ruego lo atendió en persona, dándole bastante jabón y un trato excelente.
Me imagino a Benito Rivero pronunciando una frase tan contundente al referirse a mí que soy Juan García. Eficaz o no, lo constatado es que a partir de aquel momento el futuro suegro me consideró un joven digno de confianza, capaz de salir adelante sin ayuda y, por tanto, apropiado acompañante de su hija; estoy seguro. Nuestro incipiente noviazgo contaba ya con su aprobación tácita, e Isabel, que se temía mayores contratiempos, fue feliz por entero. De mí no hablemos, sin saber por qué, soslayada Ana por el destino, había yo depositado en Isabel mi caudal de proyectos, toda mi capacidad de aventura, encontrando en ella el verdadero y único sentido de mi existencia. El brillo cálido de sus pupilas, el rictus cambiante de sus labios mimosos, el gesto suave y distendido de niña que se sabe amparada, a resguardo de cualquier peligro, su caminar acompasado a mi tranco, me situaban, cuando iba con ella, en los senderos que conducen a los arrabales del Paraíso, un paraíso visible y palpable.
No se oponía el padre con claridad a lo nuestro, una relación incipiente que aún tenía fácil interrupción; no se enfrentaba de manera visible, eso era todo. Pero tampoco contábamos con su beneplácito. El acaudalado prohombre no allanaba el sendero al pretendiente advenedizo; nada más se abstenía de situar estorbos en nuestro progreso amoroso. Donde no había otra cosa que pasividad, Isabel y yo veíamos aceptación comprometida. Podía tratarse de una añagaza su proceder; quizá en su interior esperase el hombre que el amor, sin lucha, no enraizara de modo conveniente o lo hiciera en superficie, con cierta debilidad. Rostro impenetrable, no daba pistas palmarias. Me turbaba yo en su presencia, es cierto; lo veía tan grave y preciso en su hablar, tan seguro de sí, tan fuerte, que me comparaba con él y mi valor decrecía hasta situarse a ras de suelo, a un metro por debajo de la tierra. Su mirada, a veces dura, a veces cándida, me desarmaba de mi escaso bagaje mundano, quedando yo a su merced sin saber a qué atenerme. Cuestión de tiempo, me decía; acortaré las distancias. Pero calle mi boca y sea él quien se dibuje. En el vecino retazo de su conducta hay substancia, muestra bastante de su forma de ser. La anécdota lo definirá con matices que los calificativos no aportan en modo alguno.
Respecto al que iba a ser mi suegro en cuanto se descuidara una pizca, yo poco sabía; y me costó tiempo hacerme una idea que me diera indicios acerca de su posterior conducta. Años llevábamos casados cuando Isabel me contó, quizá porque venía a cuento, un episodio que relaciona a su padre con uno de los pastores de la finca. Tratábase de un joven tan amoroso de la hija del dueño como los zagales de las églogas lo eran de las bucólicas pastoras. Tanto amor albergaba su corazón que no cedía en los agasajos y miradas dolientes cuando la joven visitaba la casa de campo. Buscando darle una lección correctora, o por razones que aun hoy se me ocultan, propuso el hacendado al gañán un juego muy simple: tirar a lo alto una moneda y observar la posición que tomaba en el suelo. De mostrar la cara del Jefe del Estado y Gobierno, caudillo de España por la gracia de Dios, el padre de Isabel se comprometía a entregar al encariñado la propiedad del rebaño que a diario apacentaba –una porción separada del grueso, que ya había subido a los corrales de verano— de forma que algo tuviera que ofrecer a Isabel como sustento de amor tan sincero. Pero si era el águila de alas disímiles lo que enseñaba, marcharía el mancebo en busca de fortuna con la idea de no volver sin caudales. Aceptó el mozo la propuesta demostrando la firmeza de su impulso amoroso, la confianza puesta en la propia habilidad para la ganancia pronta y abundante. Segundos después, la redonda cara del dictador los miraba desde una gruesa moneda de diez duros de níquel, haciendo dueño al pobretón de medio centenar largo de ovejas, entre madres, corderos y machos de apareo.
—Poco es lo que tienes —dijo el hacendado— pero como punto de partida basta. Si estás de acuerdo lanzaremos una vez más la moneda, y el azar, por análogo procedimiento, te dará el resto de mi ganado, trescientas cabezas, o te quitará las que acaba de darte.
Fuera la codicia la que apoyaba la aceptación del nuevo ensayo, fuera el deseo de ofrecer un mejor pasar a una Isabel ignorante de los paternos manejos, el caso es que los diez duros giraron de nuevo en el aire. La cara y la cruz se entreveían a intervalos ínfimos mostrando el todo o la nada, vergel o desierto para sembrar sus ilusiones, quizá sus delirios. Los sueños que pudieron poblar la mente del pastor durante esos breves instantes no tiene relación con el tiempo escaso del que disponían, pues magnitudes son que se comprimen lo indecible. Esta vez el guía de España por expreso deseo del Altísimo, quedó escrutando la hierba del pasto, de modo que el escudo patrio fue lo que vieron los ávidos ojos. Aprehendida la moraleja, desistió el pastor de cortejar a la hija del amo, en cuya presencia bajaba la vista mientras sus atezadas mejillas se poblaban de rubor.
Conocida la inestabilidad del asiento utilizado por la fortuna —silla de dos patas que el sujeto perseguidor de favores ha de equilibrar con sus piernas al sentarse— comenzó a tolerar mejor su sino, pues le fue aumentado, ya sin juegos, el salario percibido hasta entonces, suficiente para procurarse sustento y vestido, hasta para convidar a un vaso a los amigos los días de fiesta. En ayunas yo de las causas profundas en las que la manera de ser de mi suegro enraizaba, esta anécdota contada por mi esposa me dio algunas claves que, entonces, a falta de otras, consideré importantes.
Percibí inteligencia sobrada en el hombre, percibí sobrado orgullo de clase en su comportamiento, un desprecio desmedido por aquellos a quienes consideraba menos que él, inferiores. Pero el azar que puso la moneda cara abajo me impidió conocer otros rasgos, esenciales a buen seguro, los desprendidos de su conducta si el juego cruel hubiera favorecido al pastor con el rebaño íntegro, añadiendo luego los corrales y las tenadas, después las tierras de labor, y por último las casas que completan la finca. Mi curiosidad no ha descendido en estos años: nada me hubiera satisfecho tanto como ver donde ponía el límite el propietario que iba dejando de serlo a pasos de gigante.
Había roto Isabel un noviazgo de mucho compromiso seis meses antes de conocerme. Descubrió la muchacha que no amaba al novio, y antes de que la situación llegara a un punto de retorno imposible, tomó una decisión dolorosa haciendo gala de gran valentía. Era el pretendiente un arquitecto, hijo y nieto de arquitectos, cuyo porvenir se acercaba pisando alfombra de raso. El padre disponía ya del futuro yerno como si fuera un hijo, y la ruptura de las relaciones representó un duro golpe que le costó Dios y ayuda amortiguar. Agradecí a Isabel la sinceridad de tal confidencia, que tenía la virtud añadida de explicar a las claras la actitud, un poco hostil, del hombre que yo respetaba y temía a partes iguales.
No puedo precisar el día en que se casaron Odile y Étienne Bondois, ni la razón por la que no asistimos a su boda; pero sé que ellos estuvieron en la nuestra. Recuerdo incluso el regalo que nos hicieron: un pesado bloque cilíndrico de cristal sueco, que en su parte superior abría un seno útil como recipiente mínimo. Durante años estuvo en el vestíbulo, sobre el taquillón de madera lacada, dedicado a recibir las llaves y las monedas sueltas. Tuvimos una duda permanente sobre si ese cometido era o no el pensado por el fundidor.
El arquitecto, del que mi novia y yo no volvimos a hablar, parecía haberse perdido en la niebla, una bruma que iba ganando densidad hasta convertirse en sólido olvido. Sabidas de los amigos y aceptadas sin reticencias por la familia de Isabel, pasado un año fueron un hecho cierto nuestras relaciones. Su madre, a la chita callando, debió de influir en el renuente marido que se fue ablandando día a día. Mi humilde persona ya lo parecía menos, había ganado aplomo como era de esperar; mi personalidad adquirió consistencia, mi charla se hizo fluida, incluso atravesando regiones anodinas, desiertos carentes de interés plagados de convenciones sociales. Ingeniero bien considerado en la fábrica de coches, desarrollando prototipos, no estaba todavía en disposición de hablar de tú a tú al padre de mi amada, pero le hice pared cuando creí conveniente; de buenas maneras, pero oposición, al fin y al cabo.
La petición de mano constituyó una prueba de fuego a la que me enfrenté con actitud honrosa: ni oveja en el matadero ni león enjaulado. El salón de recibo de los Movellán, el de los muebles de nogal macizo, fue el escenario de la ceremonia. Estuve en mi lugar igual que mis padres, pues sin dejar de ser ellos fueron lo que las circunstancias requerían. El noviazgo, a partir de entonces, se contaminó de rutina y discurría por cauces sabidos: paseos, visitas, alguna sesión de cine donde las manos se extraviaban en recovecos carnales, y vuelta al hogar a la hora fijada.
Cuando llegó el día de la boda, entre el padre que hacía de padrino y el novio que era yo, las suspicacias parecían haberse esfumado. La iglesia de San Pablo acogió la ceremonia a la que asistieron el secretario personal del Gobernador y un concejal del Ayuntamiento, personalidades de segunda fila que estuvieron escoltadas en todo momento por cuatro o cinco empresarios de los de renombre. Preparado por la cocina del hotel Felipe IV, un entoldado de lona al estilo moro acogió el convite en la finca de El Pinar; y en sus dependencias –dos salones unidos por las puertas abiertas— se celebró el baile. Isabel adornaba su rostro con un leve rasgo de melancolía —tristura de novias lo llaman— que la dotaba de una seriedad muy apropiada para ese momento. Asistió, como ordenaba la lógica, Ana Gamazo; y estaba bellísima. Vestía un traje largo de un tono pálido del color verde, ligeramente entallado, que la revelaba en toda su rotundidad: firmezas y morbideces. Sencilla y natural, dueña de una sonrisa amplia, sincera; se acercó a desearnos toda la felicidad del mundo. Al dejarnos acertó a deslizar a Isabel, su mejor amiga, una frase corta, acaso una broma espontánea que yo hice mía al instante: «No olvides que yo lo vi primero».
Vinieron los hijos: Francisco Javier nació a los diez meses, y después, tan solo trece meses después, Sofía. Es fácil imaginar el agobio en que nos vimos sumidos. Tres años tardó Octavio en presentarse, y otros tres Anita; amplitud de intervalo que nos procuró algún respiro. Pidió Ana a su amiga Isabel, mi esposa, ser madrina de la pequeña a la que pondríamos su nombre. Me parecía de perlas, pero cuando preguntaron mi opinión dejé que decidiera la voluntad de la madre; no quise empujar un carro que ya iba cuesta abajo. «Una ahijada es una hija en cierto modo», manifestó Ana cuando mecíamos ambos la cuna, nuestras manos muy próximas, porque Isabel preparaba un biberón, «y quiero que ésta, que ha sacado tus ojos y tu boca, sea un poco mía». Si había alguna intención oculta, segunda o tercera, en sus palabras, yo no la aprecié, aunque lo deseara.
Cuando el mayor estuvo en edad de estudiar idiomas y se aplicó al inglés con aprovechamiento, entró en nuestra mente la idea de llegar al francés a través de Jean Pierre, el hijo de Odile; reverdeciendo una amistad mantenida en la distancia, confiada al correo y al hilo telefónico en llamadas esporádicas. Es bien cierto, fue Isabel, mi esposa, quien apuntó la idea; y lo hizo con una vehemencia que no admitía objeción. Se sucedieron cinco estíos en los que fue constante el ajetreo de un país a otro, llevando o trayendo a los niños, el nuestro o el de Étienne y Odile. Íbamos o venían; ganamos en hospitalidad en una proporción inusual: de ciento a uno. Era nuestro carácter, y el suyo. Después nos fue enfriando su egoísmo, y cuando, con medio año de antelación, recibimos la invitación verbal a la boda de su vástago, mi respuesta fue terminante:
—Nuestros hijos pueden obrar según prefieran, pero yo no voy ni atado al asiento del coche en marcha.
—A mí también me duele su manera de ser, qué crees. —Expresó mi esposa.
—Es como la punzada de una espina. –Añadió con sentimiento.
Ciertamente se trataba del orgullo herido, del amor propio magullado. En Valladolid tuvieron los Bondois todo dispuesto: la mesa, el ocio, una alcoba amplia que saca un balcón a Duque de la Victoria, nuestra disposición a servirlos; y los desplazamientos a los lugares turísticos los hacían en nuestro coche. Lo mismo en El Pinar.
Una habitación de hotel ocupábamos en su ciudad; un hotelucho de mala muerte y peor trato personal, pegado a su casa por el lado derecho, llamado, para más inri, La bonne vie. En cuanto a las comidas, dependíamos de los restaurantes, porque, como es sabido, Odile no cocina. Ellos nos acompañaban con manifiesta voluntad y claro deleite, pero pagábamos nosotros la factura, propina incluida. La diferencia de trato resultaba ofensiva. Coincidimos en el juicio a pesar de conservar Isabel por la amiga un extraño cariño que la lleva a la indulgencia.
—La boda de Jean Pierre podrá celebrarse sin nosotros. —Aseguró mi esposa y yo me mantuve en silencio, un silencio aquiescente.

 

 

2
Ellos, los Bondois

Los García Movellán, es decir, nosotros, cuando hablamos de los Bondois nos referimos en especial al núcleo formado por tres de sus miembros: Odile, la mujer fuerte; Étienne, el hombre débil; y Jean Pierre, partícipe de ambas conductas o predisposiciones, brote resultante de su unión. Otros individuos de ese mismo apellido van apareciendo a lo largo del relato, pero como se trata de personas que gozan de independencia y autonomía, con las que apenas mantenemos relación, los consideramos por separado y de manera superficial. La excepción es Vincent, con quien intercambiamos postales cuando, en vacaciones, visitamos lugares exóticos; pues antes de ser trasladado a Puerto Rico trabajó unos años en Madrid y nos visitaba en Valladolid con alguna frecuencia.
Odile, madre de Jean Pierre, esposa de Étienne, se muestra ante mí como un libro abierto. Puede que sea un enigma para la generalidad de los que la tratan, pero yo sé leer cada una de sus capítulos; al menos eso creo. Hace casi treinta años que la conozco, y logré explicar su comportamiento egoísta desde el primer día. No hizo falta un análisis de su letra, ni levantar una carta astral o leerle la mano para establecer, sobre cimentación sólida, una teoría referente a la razón de su proceder con nosotros. Mi esposa no ayudó en absoluto al esclarecimiento; y de haber necesitado yo su concurso, ella no hubiera podido aportar nada revelador que fuera más allá de algún hecho ignorado por mí, cualquiera de esos que ayudan a las chicas a establecer su complicidad. Relacionadas durante casi cuatro décadas –desde la lejana fecha en que iniciaron la primera sesión de intercambio para el recíproco estudio de sus idiomas– resulta natural que posea claves valiosas, sin embargo, carece de un juicio bien estructurado.
Cierto es que no lo precisa, pues en estos asuntos Isabel apenas se muestra cerebral; la discreción crea una barrera en torno al comportamiento de Odile: es su amiga y se acabó, se estiman ambas y punto final. En una palabra, la admira; y no es cuestión de detenerse buscando la existencia de una cepa nutricia de tal admiración, no hay raíz, no hay sustento. Posee Odile una personalidad fuerte y está acostumbrada a ser obedecida, y he comprobado que, en esas condiciones, las voluntades dóciles se doblegan. Además, tiene un orgullo que viene de cuando era pequeña, infundado a mi entender, pero evidente. La comparo con el oro: puede llegar a mezclarse con cualquiera si eso la beneficia, pero no se combina con nadie, no establece intimidad.
Es Odile una persona mezquina, también egoísta. Capaz de mentir, de fingir, de dar pena para obtener cualquier ventaja. Se comporta como una planta rastrera que busca la pared apropiada para mudar a trepadora. No fue Étienne su verdadero muro; a él llegó después de un amor contrariado. El favorecido con sus cándidas primicias fue un joven español que temía de Odile el carácter árido, las laderas sin vegetación; un buen mozo que huyó de su lado, llevándose la idea de amor forjada por ella en los días de encierro en el internado normando, rodeada de consentidas herederas, susurros nocturnos, confidencias.
Su madre, Pascale, no ha sido un ejemplo de alma sensible a los mimos; teniendo una sola hija la dejó abandonada a su soledad en un colegio para señoritas de buena familia. Ya, pensaba en el futuro, pero el porvenir ha resultado ser una excusa que ampara muchas desuniones del presente. Puede que observe a su madre más de lo que debiera, que su conducta sea en parte un proceder imitado. Y es que, si nos referimos al padre, el hombre pasó por la vida como una brisa fresca o cálida según le pidieran, soplando a favor de los suyos, persona muy buena, siempre obediente a los dictados de la esposa dominante. Esa idea de la bondad guarda aún Odile, y ella no quiere ser buena; prefiere guiar los actos todos de la familia por su mismo sendero, teniendo razón porque los demás la imiten.
Muy lejos lleva el mimetismo; siendo hija única, es madre de un solo vástago. El aborto de una niña no desmiente este hecho; uno hubiera tenido en cualquier circunstancia, el primero que sobreviviera sería hijo solo. Hubo predeterminación y convencimiento en el hecho, no fue una emulación impensada: dividida entre uno, la herencia queda entera. Pero el vignoble, las cincuenta hectáreas de cepas en la Côte d´Or, la mansión de los dueños, la modesta casa de los encargados, conjunto que estaba destinada a heredar, se esfumaron.
Por eso el juego encrespa a Odile. El juego fue el refugio del padre, su único escape. Búsqueda de propiedades nuevas que le dieran la libertad e independencia ansiadas en su fuero íntimo. Juego de pronósticos firmados con un grupo de jugadores ya ricos, buscadores de más. Apuestas sobre hechos al margen de toda lógica que, en raras ocasiones, se producían. El equipo de la ciudad ganará el partido del jueves contra el campeón. El tren de las ocho y cuarto, tan puntual, llegará el domingo con media hora de retraso. Durante el mes agosto granizará al menos un día. Pronósticos de difícil cumplimiento y fácil comprobación, cuya gestión apenas ocupaba un momento. De ahí que la infausta consecuencia tardara en aflorar. Sí, el juego permitía al progenitor los sueños, y el juego la dejó a ella desnuda.
Dependen del mediocre salario de Étienne pues, aunque su madre conserva un deslizar digno de una dama –se salvaron algunas acciones de Suez que ha ido liquidando– nada comparte con ella. Frustró Odile el intento de emparentar con alguna de las antiguas amistades, y aunque colaboró su madre, después de la muerte paterna su precaria situación se hizo transparente.
Intuyó el amor en el dormitorio del pensionado, escuchando los ruidos oscuros que se incorporaban al silencio, diluyéndose en él; pero no descubrió los aspectos carnal y emotivo hasta llegar a España. Hubiera sido un fracaso de haber prosperado ese idilio. De vuelta a casa se puso a estudiar el terreno, y en el horizonte no halló donde sustentar ninguna expectativa razonable. Pasaban los días y la inactividad atacó la solidez de principios, Étienne poseía un grado de juventud adecuado –tres años menor que ella– y era alto y guapo, alegre e ingenioso; sin duda sería el compañero bueno, sustituto del buen amigo que, deseándolo, nunca halló. Calculó la maternidad a su antojo y, tras el parto fallido, tras la fallida preñez, con Jean Pierre en el vientre, en los brazos, en la cuna, Odile fue otra. Explotó en su interior una ternura que trataba de encubrir por todos los medios, y como las actitudes mantenidas crean hábito, cuando el pequeño cumplió cuatro años ya no quedaban vestigios de su debilidad. En adelante, el hijo, si no fue un estorbo tampoco constituyó una diversión; lo dejaremos en una tarea tediosa que trataba de eludir.
Creció Jean Pierre víctima de un ligero abandono, carente de una alimentación ajustada a su edad y sin un cariño agobiante que hubiera cerrado caminos. El colegio que le dio cobijo tenía entre sus dependencias un dormitorio capaz de albergar a cien chavales; no todos fueron sus hermanos, pero sí hizo un par de amigos: dos adolescentes situados junto a él en la clase de solfeo. Se refugió en la música: madre, hermana, amiga; e hizo de ella, religión y esperanza. No fue necesario utilizar en su ayuda el aprendizaje basado en la repetición, que era entonces regla pedagógica; las melodías, amadas por el niño, arraigaban en su interior sin esfuerzo. Tocaba el piano cuando apenas contaba diez años, y le daba un matiz propio que se consigue de adulto y tras mucha práctica. Los frailes pretendían dirigir su voluntad, y cuando Odile quiso llevarse al hijo porque se le hacía gravoso el pago mensual, redujeron el importe hasta adaptarse a las disponibilidades. En Jean Pierre se creció Odile, sobre el futuro músico de prestigio se subió. Programó in pectore la carrera del hijo hasta llegar a los grandes teatros, abarrotados de seguidores deseosos de apretar sus manos prodigiosas. Miembro del grupo en los conciertos, solista en la tournée anual que recorría durante los veranos medio país; los premios de honor sembraron su camino de rosas empujándolo cuesta abajo. La desilusión, de pronto, bajó a la madre del carro y la puso a caminar. En el momento de pasar a mayores, instante escogido para tomar una decisión irrevocable sobre su profesión, Jean Pierre prefirió la arquitectura. Tenía edad suficiente para equivocarse solo, y a pesar de las reiteradas exhortaciones de la madre, eligió sin apreturas, sin que nadie le mostrara el empíreo profesional o el origen laboral de la miseria. En adelante la música sería su única devoción, el exclusivo manantial de sus sueños, pero iba a ganarse la vida diseñando ciudades completas o populosas barriadas, edificios singulares o sencillas casas de vecinos.
En cuanto a Étienne, me pregunto: ¿Qué fuerza le ayuda a soportar una situación matrimonial que muchos considerarían humillante? Puede que sea en el amor donde prende el motivo de su resistencia, de su particular aguante. Sucede desde los primeros tiempos de casado: con una conformidad digna de quien ha consagrado su vida a la divinidad, todo lo acepta de buen grado viniendo de Odile. En cuanto regresa de sus viajes profesionales, las labores del hogar son cosa suya: lavar y planchar, limpiar las habitaciones, abastecer la despensa. Bien es verdad que es negado para la cocina, pero la casa y sus enseres mantienen la apariencia de un cierto orden y una limpieza aceptable. No le gusta el gas como combustible –tiene una fobia imprecisa al fuego que aparece de pronto al final del conducto– prefiere el rojo carbón de la barbacoa. Es un modesto utensilio portátil que coloca Étienne en uno u otro lugar del jardín, y con él alcanza resultados más que mediocres: logra el punto de cocción, consigue un dorado agradable a la vista, pero la monotonía gana la mano.
Chuletas ricas en lípidos, especiadas salchichas y tortitas de carne picada a las que suma algún pescado, completan su círculo gastronómico. Los guisos se concretan en efemérides de alto contenido emocional; y con carácter inalterable los cumpleaños, incluido el suyo, el cinco de octubre. Domina, sin embargo, el imperio de las salsas; cuenta con ocho o nueve muy sabrosas –unas aprendidas y otras de su propia invención– que favorecen cualquier sabor originario, hasta el más pobre, el correspondiente al desabrido arroz blanco que suele añadir a los pescados insípidos. ¡Lástima que la materia prima sea tan limitada! A veces se compadece de Odile que no prueba otra cosa, pues al fin y al cabo él come y cena en restaurantes tres días a la semana, y esa compensación va salvando su estómago de gastritis y úlceras. Pone en juego Étienne su experiencia y el mayor esmero en el jardín y en la huerta. Iza bandera de los resultados palmarios y los muestra a los visitantes como si se tratara de piezas únicas, flores y verduras por igual ornamentales, por igual lucrativas, pues vende el sobrante.
En apariencia, Étienne, comercial de servicios en una empresa de transportes internacionales, es un sujeto anodino, sin personalidad, nacido para satisfacer los caprichos de su esposa y las inusitadas exigencias de su suegra. Pero, ¡cuidado!, va acumulando resentimientos sin que nadie lo note. Atentos estos días nuestros ojos como nunca estuvieron, perciben detalles indicadores de que el vaso está llegando al colmo. Percibimos su espera paciente del día de la liberación, sin concretar aún, pendiente de un suceso cualquiera que actúe como desencadenante, de una señal que marque el principio del fin, de una simple excusa. Entonces la rebelión estallará en todos los campos y la venganza será terrible. En nuestra mente se alza erguido sobre el rojo tejado de la casa, blandiendo una espada flamígera que ilumina la noche de cólera activa. No olvida los agravios tantos; uno por uno con sumo cuidado los anota en su mente, preparada para aguantar los apuntes escritos. Figuran en tinta roja los años aquellos en que era Odile más joven y mantenía un eficaz atractivo. Salía ella cada tarde con un grupo de frívolos, y recorría a su lado los lugares de diversión hasta ya abierta la madrugada. Los conocidos piensan que si no brincó la encogida autoestima de Étienne con tales espuelas, ya no es posible que salte persiguiendo torcer el curso de los acontecimientos. Pero nosotros, visitantes esporádicos y ajenos a la mayoría de las situaciones, tenemos una visión congelada de cinco o seis momentos, que para los demás se derriten sin dejar marca alguna en el día a día. No llegará, a pesar de las quejas de Odile, el anunciado momento de la silla de ruedas; su enfermedad se quedará en el calzado ortopédico, y eso la salva. Sedente, no tendría en Étienne al compañero bueno con quien matrimonió, guía capaz de someterse a los derroteros trazados con antelación por ella. Impondría él los recorridos y las horas de reposo obligado. Qué pavor hallaría ella entonces en las cuestas, subida o bajada; qué temor inconfesado la abatiría hasta llegar al llano. Cómo odiaría los muros situados al fin de la bajada, los despeñaderos sin cerco. Creemos al marido capaz de permitir el raudo deslizar del desprecio hasta el abismo, arrastrando en su caída a una Odile indefensa y ya muerta de miedo. Hasta ahí pensamos que se extiende en Étienne su capacidad de desquite.
Sin posibles omisiones recuerda los momentos aquellos en que la madre de Odile –a espaldas del esposo que era un santo y lo hubiera impedid– o le mandaba lavarle los pies con agua de sales, y darle a conciencia un ungüento oleoso que los resucitara tras el largo paseo. Se colocaba de rodillas delante de Pascale Aboab, la belle-mère, abriendo y cerrando sus manos varoniles, flexibles y enérgicas, en busca del alivio deseado por la suegra; recorriendo la planta arqueada, las sensibles junturas de los dedos, el encallecido talón; aceptando como inevitable travesura infantil el chapoteo de los pies en la palangana, y las consecuentes salpicaduras que bañaban el contraído rostro y el cabello ralo.
Consiguió, sin embargo, que la madre se alejara, utilizando la sencilla fórmula de alejarse ellos. Logró de sus jefes ser nombrado inspector en una ciudad situada a seiscientos kilómetros. Ese traslado, obra paciente, revela hasta qué punto puede llegar cuando su capacidad de aguante se satura.
¡Y pensar que yo le había considerado juicioso cuando lo conocí! No debía de llevar más allá de un año casado con Odile y se mostraba animoso, tratando de empujar un carro, el de su matrimonio, que llevaba la galga echada y desde fuera se percibía. Llegó a España en viaje de restablecimiento de la convivencia familiar, después de la leve crisis producida a manera de las fallas que ocasionan suaves seísmos de ajuste. Acompañaba Étienne a Odile y a los padres de ella, que deseaban juzgar por sí mismos el futuro de esa unión. Me acompañaba Isabel cuando, procedentes de Barcelona, los recibimos en Madrid. Camino de Valladolid, en concreto de El Pinar, residencia en que pasábamos aquellos días de calor; quisimos mostrarles los parajes más destacados. Tras haber visitado el monasterio de El Escorial, recorríamos en grupo los jardines de la abadía que se levanta a los pies de la gigantesca cruz del Valle de los Caídos. Paseábamos al borde de un estanque cuajado de peces de colores, entre los que predominaban los de tono rojizo. Rezagados respecto a los otros, Étienne y yo avanzábamos despacio, argumentando en francés una tesis novedosa sobre las crecientes relaciones de nuestros dos países.
Étienne no hablaba entonces y sigue sin hacerlo, más allá de tres palabras en castellano: hola, adiós y gracias. Me defiendo yo con desahogo en su lengua, aprendida durante el bachillerato y practicada por razón de mi cometido en la compañía francesa que me emplea. A pesar de ello, no lograba expresar con claridad mi punto de vista; y en ese momento –cuando los demás llegaban ya al inicio del sendero que sube a la base de la cruz, y no eran visibles desde nuestra posición– me sorprendió con una frase que, llevaba toda la apariencia de romper el diálogo y el asunto mantenidos hasta entonces.
–La vida en el agua resulta en extremo sencilla; los peces, para alimentarse, tan solo han de nadar con las mandíbulas abiertas, de ese modo la cavidad bucal se les va llenado de comida. Deben realizar un esfuerzo pequeño, el mínimo de cerrar la boca de cuando en cuando y tragar.
–Eso parece; siguiendo sus caprichosas evoluciones, nadie diría que tienen problemas similares a los nuestros. –Logré expresar en un claro acto de improvisación, porque desconocía su punto de partida y también el de llegada. Siguiéndolos en su ir y venir despreocupados, haciendo gala de esa soltura, de esa suficiencia, no me atrevería a afirmar que son, en algún sentido, infelices.
–El único inconveniente, tanto para los de su especie como para nosotros los humanos –añadió– es que, si no pertenecemos a la reducida familia de los poderosos, podemos entrar en la boca abierta de otros peces de mayor tamaño sin advertirlo, siendo allá dentro digeridos y asimilados por un estómago repleto de substancia y ferviente de lucha.
Advertí la pirueta dialéctica y cualitativa dada por Étienne a su inserto. Nos colocaba, al menos en lo referente al verbo, en el lugar de los peces, como si hubiéramos saltado un instante antes al caldo de la alberca, y las escamas nos hubieran salido por ensalmo; o los personificaba a ellos, dotándoles de un traje de raya impecable y dos filas de botones, asidos a un portafolio repleto de documentos confidenciales.
Creí entender que la parábola reflejaba punto por punto mi situación, moviéndome yo a mi aire en la empresa con la boca abierta, hasta que llegaban orgullosos ejecutivos de su país, a los que servíamos los españoles de alimento. Me sentí cohibido al instante, y le atribuí una facilidad de análisis y una expresión a través de ejemplos, poco frecuentes. Dejaba las explicadas teorías reducidas a unos mínimos vocablos, a un silogismo desnudo y meridianamente claro. Lo supuse en poder de una facilidad de exposición útil en el ejercicio del magisterio. Activado un desconocido sentimiento de inferioridad, me creí en la obligación de añadir cualquier cosa para ganar tiempo.
–Nunca pensé que en el agua se diera una lucha por la supervivencia idéntica a la de la tierra; tundra o sabana, no lejos de nosotros los animales han de matar para vivir. A no ser el hombre que, suavizando las duras leyes naturales, ha llegado con sus congéneres a un acuerdo de mutuo respeto.
–No hay tal, el hombre actúa por miedo, nunca por clemencia. Finge para ocultar el profundo egoísmo que mueve sus actos. Además, sus duelos suelen ser a muerte, y en las peleas que sostiene no existen ganadores netos.
Ahora, transcurridos veintiséis años de aquello, pienso que bien pudieron ser tales frases un inciso debido al inesperado descubrimiento del estanque agitado de vida; un apunte al margen más que un intento de simplificar mi enredado discurso. No tuve ocasión en los contactos sucesivos de calibrar la solidez de sus opiniones, pues si es verdad que nos vimos múltiples veces, ya en Francia, ya en España, casi siempre participamos en charlas colectivas sobre nimiedades asépticas, a la manera civilizada que dicta la diplomacia.
Percibí, en retazos de esas mismas conversaciones insulsas, el discurrir de su ajetreada vida; desde el nacimiento en Auxerre, entre la iglesia de Saint Germain y el río Yonne, frente al parquecito que los separa; hasta el momento actual, a un paso de trasladarse a Bordeaux por deseo de sus jefes. Había hecho Étienne un paraíso de la casa de rojo tejado en la ciudad borgoñona, donde su familia habitaba dos piezas insuficientes para cuatro hermanos. Un edén recreó, jardín poblado de exuberante flora y polícroma fauna, esculpido en la pálida piedra que conforma la ciudad antigua. Desde que, a los diecisiete años, salió de ella para seguir a los suyos, fugitivos de la desgracia incansable; desde que inició la prodigiosa peregrinación en que se convirtió su juventud, estuvo soñando con un imposible regreso. Tras vivir en Limoges, Reims, Tours, Amiens y otros veinte lugares, hospitalarios todos hasta que las dificultades se hacían con la familia, continuaba reclamando para sí la zona de Auxerre. Un jefe, inhumano hasta la crueldad, le mostraba tal caramelo cuando necesitaba un auxilio que nadie estaba dispuesto a prestar; y después, alegando cualquier incorrección de conducta, lo retiraba.
Despierto yo con cuantas personas me topo, ojo clínico, digamos; llegué a convencerme de mi impericia para formular un juicio exacto sobre la personalidad de Étienne; iba a tardar una eternidad en descifrarlo, tan plano él y tan simple. Llegué a pensar que su secreta pasión era el arte, la arquitectura y la escultura para ser más exacto; y todo por una conversación mantenida en Poitiers, visitando el Futurescope a los pocos meses de abrirse. Comparaba aquella modernísima construcción con la Tour de l´Horloge, la Porte Saint-Père o la catedral dedicada a Saint Etienne de su Auxerre natal; trabajadas en piedra, pero tan ligeras en su inmaterialidad, que el cristal, el acero y el cemento, aun dispuestos como estaban para aparentar el aire o el cielo, resultan de una mayor pesadez, hija del materialismo que los orienta. Me pasó igual con la historia; de él vino la mención a Jeanne d´Arc y a Napoleón, que por su ciudad pasaron. No, no se trataba de simple cultura. En secreto había preparado unas oposiciones al Ayuntamiento y era primordial el conocimiento de la ciudad y de cada una de sus singulares edificaciones. Me quedaba una vez más sin razón que amparase su manera de ser y conducirse, sumisa a más no poder, sometida a conciencia, y frené mi curiosidad antes de verla indagando, escudriñando, interrogando día y noche, como si me fuera en ello el sosiego.
Me llegó la ayuda, sin buscarla, de una discusión banal entre esposos. Iba a ser una tormenta de verano sin más consecuencia que unas gruesas gotas de lluvia matando el polvo, y un pequeño descenso de la temperatura. Una palabra se forma con la unión íntima de unas cuantas letras. Las palabras, ¡ay las palabras!, lenitivo o alfanje, más todos los intermedios. Persona y momento, de ellos depende derivación atribuida y lograda, los efectos causados, sosiego o derrumbe. Quizá una palabra de aspecto neutro movió un resorte escondido, el caso es que un rayo cayó en la habitación donde nos encontrábamos, el suelo se movió bajo los pies, cedieron los muros. A veces ocurre; una palabra tomada en su desfigurado sentido despierta el rencor, y el resentimiento grita un insulto desproporcionado del que luego la cabeza se arrepiente. Una pulla lanzada por Odile con intención malévola, llevaba en sí misma un ponzoñoso veneno que si no causaba la muerte producía dolorosos espasmos. En esa lanzada quise ver una de las claves que pueden explicarme el turbio carácter de Étienne, incógnito hasta entonces, enigmático.
–Acabarás disparándote un tiro en la sien, como hizo tu padre.
Agudísima imprecación llegada como una flecha a mi cerebro rastreador de verdades, a mi impresionable corazón desprotegido. Una saeta, sí; pero una saeta que portaba atada al cuello, cual paloma mensajera, a más de la firma demoníaca de la mujer capaz de escupirla, un escrito aclaratorio de los más negros misterios en los que Étienne arraiga su extraña manera de ser, su infrecuente conducta. Calló, y en su silencio calculé, intensidad y tiempo, la penitencia que estaba dispuesto a soportar aún por un matrimonio errado, por una equivocada elección. Jean Pierre es hijo de ambos y de ambos habrá recibido lo bueno y lo malo.

 

 

 

3
Los preparativos

Decir que los trámites de la boda comenzaron hace casi un año puede parecer exagerado, pero fue en los primeros días de agosto de mil novecientos noventa y siete, cuando eligieron los novios el momento y el lugar. Consultaron a los padres como en los antiguos tiempos, pero más por cortesía que por sentirse necesitados de su parecer y aquiescencia. Pertenecen ya al mundo de los adultos y pueden decidir por sí mismos. Lo racional y lo emocional se mezclaron a la hora de dar con una fecha inmóvil y un suelo estable. Desde el primer momento fijaron su intención a Notre Dame du Bourg, la histórica iglesia parroquial de Rabastens, a orillas del río que da nombre al departamento, el Tarn. Patrimonio Cultural en la ruta del camino de Santiago, muestra en sus magníficos frescos escenas de la vida del Apóstol. Coincide su elección con la de Jacques y Delphine, padres de la novia, en aquellas fechas lejanas en las que contrajeron matrimonio. El sobresaliente día veinticinco de julio fue el designado por un azar poco activo. Miel sobre hojuelas si coincide que en la jornada escogida se celebra la festividad de Santiago, muy venerado en la comarca y patrón del pueblo. Razón esta del patronazgo que convierte a Jacques en un nombre frecuente entre los varones, siendo el más cercano ejemplo el propio padre de Vivy, la joven desposada. Toma él a buen seguro el patronímico del santo, ya que nació en tal día de hace cincuenta y cuatro años, y sus ascendientes directos se llamaron Louis y Albert. Es su cumpleaños, aunque me temo que nadie le va a prestar atención por ese hecho, es padre de la novia y motor de todos los acontecimientos, ese encargo ensombrece cualquier añadido.
Me figuro que, debido a esas causas coincidentes, y algunas más que desconozco, pero intuyo, como la necesidad de tener el buen tiempo asegurado, la fecha acumula conmemoraciones diversas. Así que hubo de apalabrarse la ceremonia en la parroquia con tiempo suficiente, aunque quedaran asuntos capitales sin resolver. Incluso actuando así de precavidos, llegado el momento iban a coincidir tres enlaces que se repartirían la jornada con la misa mayor. Se trata de una ceremonia de marcado interés popular por ser cantada y oficiarla varios sacerdotes llegados de fuera. Se suman las circunstancias de contar con la presencia de un magnífico organista y predicar un fraile dominico, miembro de una orden, la de los predicadores, que en tiempos de los cátaros fue papista y, por tanto, enemiga de la autonomía regional. Rechazo y curiosidad sumados.
Debido a la escasez de ocasiones, resultan las bodas celebradas en las zonas rurales, muy participativas. Las personas más próximas se involucran en el desarrollo de los hechos, dándoles un carácter por demás emotivo, que los fija con fuerza a la memoria de los protagonistas. Quien organiza la boda apechuga con los gastos, se dice en mi tierra, y como el campo de acción lo pone la familia de la novia, está llamada a dar más. Si a la particularidad, de por sí importante, de vivir a doscientos cincuenta y cuatro kilómetros de distancia, incorporamos la natural pasividad de los progenitores de Jean Pierre, obtendremos el cuadro de colaboraciones.
Inicia la dejadez la madre, Odile, incapaz de entregar el mínimo esfuerzo sea cual sea la causa. Nació negada para tomar la menor iniciativa, escudándose, en la presente ocasión, tras la lejanía de su domicilio y las dificultades que una enfermedad poco conocida opone a su caminar. El padre, Étienne, respeta la inacción de la esposa y la prolonga en lo que a él concierne; vendedor de servicios en una empresa de transportes, más que nada mudanzas internacionales, se convierte en viajero constante y, sometido como está desde siempre a la voluntad de la esposa, un mueble resulta en casa, un arbusto agitado por el viento en el jardín, un perrillo faldero acurrucado a los pies de la dueña. El colofón lo añade la carencia de allegados en el lugar, o de compañeros que se sientan obligados a echar una mano.
Imaginemos a los activos organizadores comprometidos en un proceso incontenible, en un trajín que no admite más dilaciones que las perentorias, aquellas nacidas de la fluctuante disponibilidad de los partícipes, todos ellos dotados de la mejor voluntad. A veces, prisas; a veces, pausas. Ánimo y desánimo se suceden; y cuando parece que nada sale como estaba previsto, se solucionan los insolubles problemas mostrando su cara amable.
Los amigos, los primos dilectos de Violette, es decir de Vivy, repiten a escondidas una obrita de teatro que será representada en la fiesta. Van para cuatro los meses dedicados a los ensayos, a escribir una y otra vez escenas completas, a reducir o prolongar los papeles en función de que pueda sustraer más o menos tiempo a las ocupaciones diarias quien sustenta el personaje. Es sin duda una labor viva y, por ello, también arriesgada. Tengamos en cuenta, que las personas imitadas la verán, y ellas y los demás espectadores podrán comparar lo cierto con lo fingido. Esperan los actores, cuando menos, un juicio benevolente de los espectadores. Desean ser valorados con magnanimidad, cuando pongan de manifiesto el grado de perfección alcanzado. El papel de Jean Pierre, el esposo, lo desempeña Karl; y su prometida, Laure, hermana de Vivy, actúa como si fuera la verdadera esposa. Así que serán dignas de observar sus cualidades artísticas; todo lo destacables que cabe exigir a quienes confiesan una honda afición y velaron sus armas formando parte de un grupo de estudiantes aficionados a la escena. No solo eso; también podrá evaluarse el conocimiento adquirido por los actuantes acerca de la forma de ser y portarse de los novios, y la opinión que de ellos como pareja se han ido formando. Asimismo, podrá apreciarse en la figuración la forma de moverse de Karl y Laure, ya en capilla, por el espacio angosto del matrimonio; reflejo y anticipo de lo que será el suyo, una realidad cercana vislumbrada en lo acontecido en el terreno ficticio.
Preparan una gaceta, un periodiquillo o revista destinada a conservar viva la emotividad que en el entorno de los novios desata el enlace. Recogerá, eso pretenden, los elementos tangibles y los impalpables que impregnan el ambiente condicionando la unión de Violette y Jean Pierre, distinguiéndola de otras, haciéndola única. Es de esperar que pasados los años, cuando los esposos abran el protector cartapacio y pasen una por una las hojas leyendo lo expresado en ellas, liberarán los sentimientos puestos allí por parientes y amigos, renovando y reviviendo afectos.
Resultará útil, porque esas dos personas, extrañas la una para la otra hasta hace poco menos de un lustro, vienen de lugares diferentes y habrán de caminar juntas en lo sucesivo. Hay más, aunque resulte dificultoso formarán un solo equipaje con las maletas de ambos, es tan solo un decir metafórico. En la recopilación participan quien quiere y quien puede con unas líneas o un dibujo de cosecha propia, quizá con un poema recogido de un libro porque viene al caso o una ilustración adecuada. Abundan quienes tienen algo que contar, y de uno u otro modo intentan decirlo en el hueco disponible.
No es costumbre seguida en la comarca, pero allí donde Karl ha nacido, en el corazón de Alemania, es cosa corriente. Pretendiendo tal contribución, remitieron una carta a los integrantes de la lista provisional de invitados, borrador proporcionado con todas las cautelas por los padres de Vivy y Jean Pierre. Son conscientes del riesgo que corren, inseparable de la acción emprendida, y lo asumen. Resulta imposible evitar que los receptores de la demanda se sientan ya convidados, que se vean en los primeros bancos de la iglesia vestidos de gala; de modo que contando con ello decidieron efectuar una criba. Al parecer, el remedio adoptado no parece del todo inofensivo, ya que llegan alarmas de los que se piensan orillados y reclaman una oportunidad que creen merecer más que nadie. Esperan los organizadores que, uniendo a los unos y a los otros, pueda elaborarse una lista adecuada, la que satisface a todos.
Las fotos acopiadas por los organizadores en ambos círculos, en el entorno íntimo de los muchachos –álbumes de los vecinos inclusive, con los que fraternizaron alguna temporada– van formando un documento audiovisual que desgrana a poquitos la vida de los novios.
Recorre el incompleto camino que va desde el nacimiento hasta el día de la boda, y trata de mostrar la pericia desplegada por el azar para dirigir separados los pasos infantiles, las zancadas adolescentes y el juvenil zigzagueo. Sigue el curso seguido por los arroyuelos desde la fuente hasta hacerse arroyos y luego ríos, confluentes en un lugar y momento cruciales, a partir del cual ya van juntos, conociéndose, enamorándose, perfilando proyectos, uniéndose en matrimonio para convertirse en el núcleo originario de una nueva rama familiar. Acompañará a las imágenes una melodía sencilla, interpretada a lo vivo por uno de los grupos que se ocupan en la música sacra de la baja Edad Media. Pondrá la voz una prima de Vivy que la posee cálida y nítida, rica en matices.
Los conocedores de los ritos religiosos desean dar cuerpo a un cuadernillo con las canciones que se escucharán en la iglesia. Algunas son de dominio público, pero la mayoría pertenece a la personal invención; predominando, por expreso deseo de la novia, los motivos bíblicos. La portada llevará un dibujo muy delicado, obra de una Violette de espíritu artístico, que Laure, a hurto de su hermana, aporta. Representa una vistosa pareja de mariposas –macho y hembra sugieren el distinto tamaño y los vivos colores: más claros en la menuda, más fuertes en la grande– par armónico que sobrevuela un prado cuajado de florecillas. En bulto quieren imprimir la ilustración de cierre: un esmalte de tonos pastel que ha de quedar firmemente adherido a la contraportada. Representará, si encuentran al pintor idóneo, un cupido regordete y travieso que, sirviéndose de una de sus flechas a modo de batuta, dirige un simpático coro de rosáceos angelotes.
Laure, impulsada por el cariño que profesa a su hermana Violette, al que suma el placer obtenido cuando organiza y conduce proyectos, participa una por una en todas las iniciativas. Acaba de rematar con varios galardones la carrera de abogado, y a mediados de septiembre iniciará unas prácticas de pasante. Remuneradas, claro; amplía de inmediato para disipar dudas. Será en el despacho recién abierto en Toulouse por unos conocidos de la familia.
De modo que dispone de mes y medio para trazar las líneas principales y acometer su desarrollo. Entre ella, un primo que trabaja en el sector de las artes gráficas y una amiga recién licenciada en historia, han tomado a su cargo la confección de las invitaciones. Piensan diseñar dos tarjetones de aspecto antiguo y distinguido; resaltando en ellos el consistente papel pergamino y la letra gótica.
Sirven las piezas para convidar a los esponsales a un centenar y medio de privilegiados. Informarán, además, en un tono desenfadado y ágil –en claro contraste con la rigidez de formas– de cómo el mutuo amor los lleva a casarse y a compartir el futuro. Añadirán la nutrida historia de los lugares previstos para la ceremonia religiosa y la fiesta derivada: el templo de Rabastens y el cercano castillo de Mauriac. Tratan de insuflar un soplo de informalidad unos dibujos que vienen como anillo al dedo, pues muestran a los novios en una justa medieval: él, campeón de la bellísima dama; ella, señora de su esforzado caballero. Son autores los infantes que portarán las arras vestidos de pajes, niña y niño, nueve y diez años su edad respectiva.
Se extenderá el convite a lo largo de la tarde y de la madrugada, pues la misa de los desposorios comienza a las cuatro. Vivy y Jean Pierre se casan los segundos cumpliendo el capricho del albur, manifestado a través de los naipes en el sorteo acordado por las tres parejas cuyos esponsales coinciden ese preciso día veinticinco de julio. En relación con la cena diseña Jean Pierre una cartulina que detalla el infrecuente menú. Se trata, de acuerdo con su idea, de una cuartilla de color salmón plegada por el centro para formar un díptico. En la portada figurarán, bajo el anuncio del contenido, la fecha, el lugar y los nombres de los desposados. Las carillas interiores deben acoger un texto abundante, en el que se cuidarán con esmero tanto la redacción como la tipografía, con el fin de darle un carácter serio, próximo a las descripciones técnicas o científicas. Y es que está destinado a descubrir a los comensales, las beneficiosas propiedades atribuidas a las materias primas y a los ingredientes utilizados en la confección de los platos; soslayando, eso sí, las secretas razones de la novia para elegirlos. La última página acogerá una frase de cierre e irá salpicada de tenues siluetas: parejas de objetos que cobran sentido en cuanto se juntan, siendo inútiles por separado. A Vivy le gusta el bosquejo y lo hace suyo, sugiriendo algunas modificaciones aceptadas al segundo por un Jean Pierre más complaciente que de ordinario.
Unas flores muy laboriosas de hacer, que llevan impreso el nombre de cada invitado, unas palabras de agradecimiento y la firma manuscrita de Vivy; son la aportación de Séverine, tía de la novia y propietaria de una floristería. Tiene pensado confeccionarlas partiendo de alambre y papel de colores, y las irá plegando una a una con sus manos después de la hora de cierre. Ha ideado, asimismo, sumar a cada flor repartida en la fiesta, dos figuritas de barro cocido –trabajo de un artesano de Salvagnac– que ella decorará con pintura acrílica y finos pinceles de pelo de marta. Representan las imágenes una noble pareja vestida a la antigua usanza occitana, y poseen un hueco interior que irá relleno de varias golosinas aún no decididas, pero que, en cualquier caso, han de ser un poco saladas en la figura de hombre, y en la figura de la mujer algo dulces.
Las estatuillas, enlazadas por dos cordones de distinto color, simbolizan la conjunción de los esposos ante el proyecto común. Se entregarán formando unidad con la flor dentro de una envuelta de transparente celofana, imagen de un matrimonio protector y, sin embargo, abierto a las miradas que llegan del exterior y a las que salen.
Mientras los dotados de un espíritu artístico dibujan y pintan, aquellos que poseen el don de la buena letra escriben en un cartel los apellidos de los comensales, precedidos de la inicial del nombre. Predominan los colores ocres, aunque van combinados con los marrones en abierto contraste no exento de armonía. Los bloques de letras, trazados sirviéndose de un rotulador de punta fina, se sitúan, de forma bien comprensible, alrededor de unos círculos que representan las mesas del convite: tableros redondos cubiertos de blanco mantel, suficientes para facilitar ocho espacios. Se aprecian detalles que en ocasiones llegan a la minuciosidad artística: en la mesa presidencial, de mayor tamaño que las otras, en lugar de escribir los nombres han dibujado con plumilla y tinta china los retratos de la pareja de recién casados y los de sus padres.
Como Jacques, el progenitor de Violette, es veterinario y conocido en la comarca por su solicitud con los animales, imagina la llegada de inesperados regalos, incluso de ofertas de colaboración desinteresada, que en el momento del himeneo hallarán su acomodo. «Esta buena pieza por la curación de mi caballo», le dirá –piensa– un agricultor soltando un pavo vivo con las patas anudadas y cabeza abajo. «Cuando al anochecer me siento a la puerta del establo, y con la gubia doy forma precisa a un tronco informe, oigo al potrillo moverse junto a la yegua, y me digo, aquí hay treinta horas de trabajo encerradas, serán de quien dejó todo para atender un parto que se presentaba difícil», añadirá un convecino trayendo una figura de madera tallada a mano con paciencia y buen arte. «Me pongo a su disposición», manifestará un tercero, «para lo que usted mande, no he olvidado la noche que pasó junto a mi vaca cuando le dio el cólico». Jacques se encarga de conseguir los permisos y firmar los contratos que comprometen pagos y, unido a su mujer, supervisa la marcha de las tareas, de forma que cada proyecto tenga su ejecutor y todas las voluntades cometido. En fin, parientes y amigos se emplean en el desarrollo de cuanto proyecto concibe la imaginación, sabiendo que el día de la boda, cuando dominados los inconvenientes vean la utilidad de su esfuerzo, habrá suficiente satisfacción para completar el reparto que a todos llegue a modo de compensación.

 

 

 

4
La ida

Faltaban cuatro meses aún para la fecha de los esponsales, y Odile conminaba a Isabel a adquirir un compromiso firme de asistencia. Apelaba a los recuerdos más íntimos, a la memoria de mayor emotividad, momentos claves de una amistad que, de ser cierta, lo fue hace tiempo. Ganada mi esposa quiso Odile convencerme a mí; pues me consideraba la piedra angular de nuestra presencia en la boda. Abogó Isabel a favor de escucharla, sin que viera yo en ese apoyo más que la consideración adeudada a la amiga. De modo que, por deferencia a mi esposa, escuché en el teléfono las razones que aún no había escuchado.
Me abrió la mujer una intimidad doblegada por la angustia, confesando un mal progresivo que la iba a situar a no tardar mucho en una silla de ruedas, si es que la muerte no se anticipaba a la invalidez. En estas circunstancias no hay corazón humano que se niegue; última voluntad de un ser moribundo, por demás respetable y digno de obediencia.
Llegado el momento, concebimos el viaje como si de una peregrinación religiosa se tratara; de modo que las dificultades y el sacrificio inherente dejaron de ser freno para convertirse en acicate. Nos aguijó la dificultad del recorrido: dos mil trescientos kilómetros sumando la ida a la vuelta. Nos impulsó el riesgo, incrementado por la situación familiar, pues los compromisos de Francisco Javier y Sofía obligaban a utilizar dos coches. Nuestro hijo mayor, en su condición de testigo de la ceremonia civil, intervenía el viernes por la mañana en el juzgado. Nuestra hija y su novio concluían la semana laboral a las tres de la tarde de ese mismo día. Diferencias de tiempo inconciliables por muchos cálculos que hiciéramos. Y los hicimos, claro está, sin resultado práctico.
Partió Isabel al amanecer del jueves por la ruta de Burgos camino de San Sebastián y Toulouse, acompañada de los dos muchachos y de Anita. Los cuatro poseen permiso de conducir y, careciendo de práctica tan extensa como la entonces requerida, pensaban sucederse al volante en cuanto asomara el cansancio en el rostro del conductor. Sofía y yo, con la intención de entrar en Barcelona para recoger a Roger, hijo del primo mayor de Isabel, salimos a primera hora de la tarde del viernes por Aranda, pasamos por El Burgo de Osma hacia Calatayud. Ella un poco triste, pues esperaba mayor compañía. Sucedió que su novio debía trabajar la mañana del sábado y, llevando en el puesto menos de un mes, no era cuestión de indisponerse con los superiores. Parando en Zaragoza el tiempo mínimo de relajar los músculos tensos y tomar un bocado a modo de merienda, llegamos a Barcelona a eso de las once de la noche. Habíamos previsto dormir en casa del más joven de los primos. Lo hicimos así, pero el calor excesivo nos mantuvo desasosegados y no pegamos ojo. No obstante, nos levantamos a las siete como estaba previsto. Tras el desayuno, esperamos a Roger en la esquina de la casa donde habíamos quedado. Después de media hora llamamos a los padres, y aseguraron ellos que había salido a tiempo de casa para encontrarnos. Tras esperar otra media hora, desesperados por la falta de noticias, partimos sin él. Puede ser que hubiera equivocado el lugar del encuentro, puede ser, pero no lo sabemos.
Pasado el mediodía del sábado, avistamos sin ningún contratiempo una urbe extensa que por fuerza había de ser Toulouse. Tomamos la autopista que conduce a Albi, para abandonarla muy pronto, en la salida número siete, por una carretera departamental poco transitada. Imagino a Francisco Javier levantando el mapa del trayecto al dictado del novio; las dudas y rectificaciones, sus peticiones de nueva explicación, el traslado a limpio, y la sensación sentida al final de que algo no concordada.
Así que el croquis trazado en esas circunstancias se convertía en la única referencia válida, pues el mapa de carreteras que nos había guiado no contemplaba detalles locales. Nuestra velocidad fue normal hasta situarnos en el pueblo de Giroussens, quizá hasta la aldea de Peyrieres, hasta la rue Cèdre inclusive; a partir de allí la lentitud, el titubeo, la parada para efectuar consultas y el retroceso para tomar otro rumbo, fueron consecuencia de la deficiente interpretación que fuimos capaces de dar al plano manuscrito.
Desde la esquina de la calle Cèdre debíamos recorrer seiscientos metros hasta llegar a un cruce de carreteras; en esa intersección tomaríamos a la izquierda después de ver una casa caída. Así obramos; sin embargo, pese a la meticulosidad puesta en el seguimiento de las instrucciones, no encontramos el pórtico de ladrillo ni la alameda que había de llevarnos a la casa grande coronada por un soberbio palomar, domicilio de monsieur Peyrepertuse, padre de Violette, la mariée, que se casaba ese día con Jean Pierre, amigo de nuestros hijos, más concretamente de Francisco Javier, témoin de la boda.
Faltaba poco más de una hora para que diera comienzo el ritual de los esponsales, liturgia que en nuestra ingenuidad de extranjeros pensábamos tan exótica como si tuviera lugar en la Arabia antigua o en la India de Tagore. No, no era cosa de perderse el ceremonial, menos aún tras el enorme esfuerzo realizado. Necesitábamos la hora perdida en Barcelona y disponíamos de un tiempo que se reducía sin provecho. Así que, temeroso yo de acumular errores, una vez más confronté el día establecido en la invitación con el marcado por el reloj de pulsera; y una vez más coincidían. La duda me asaltaba en las carreteras estrechas, en los cruces sin definición, en las calles breves, en las esquinas anónimas. Mi vacilante entusiasmo se expresaba por medio de frenazos bruscos y giros repentinos.
La preocupación era abstracta, inconcreta; y mi temor sufría la posible ruptura de las frágiles piezas, el desorden que acaba con el orden dictado por el protocolo. Ciertamente ignoraba si mi ansiedad provenía del compromiso tomado por mí en concreto, Juan García Cabeza, persona responsable, el último valladar conquistado por la invitación de Odile a la boda de su hijo, celebrada lejos de nuestro entorno habitual. Ignoraba si mi preocupación brotaba de la que, como es natural, ocuparía a estas alturas a Isabel y a los hijos, a quienes era fácil imaginar inquietos y desorientados por nuestra tardanza.
Cualquiera que fuese el arranque de mi inquietud, este incidente de la búsqueda del lugar de la cita, sin aparente trascendencia de suyo, estuvo ligado por hilos invisibles a los inconvenientes surgidos desde el inicio de la forzada excursión. Tener que venir separados y en dos coches, la espantada de Roger y el tiempo perdido en Barcelona, las lagunas e incorrecciones del mapa descrito al dictado; son hechos de por sí fastidiosos. A mayores, su valor acumulativo incrementa el temor de no llegar a tiempo a la ceremonia. De ese particular estoy convencido.
Un joven campesino recolector de cereales, en cuya finca entramos al descubrir sobre el tejado de la casa el palomar hecho torre indicado en el dibujo; un labrador servicial y cortés, abandonando la tarea cosechadora que desarrollaba, se acercó a nosotros con clara intención de asistencia. Estudió el mapa abocetado sin precisión, y oyó, vertidas a su idioma, explicaciones agregadas; siendo incapaz, a la postre, de reconocer la finca o identificar a la novia que, en un rato, por desventura para nosotros demasiado breve, iba a dejar de serlo.
Viendo que la consulta se alargaba, con afán de servir o movida por la curiosidad, se acercó la madre: una señora mayor, entendida, a tenor del resultado, en acontecimientos sociales de esa índole; ella sí supo.
–Claro, una de las novias se llama Violette Peyrepertuse, es hija del veterinario; desde hace días la casa parece un hormiguero. No estoy muy segura, pero creo que su boda es la próxima; pronto llegarán a la iglesia, de modo que, si vienen ustedes para verlos casar, habrán de apresurarse. La chica, alta y hermosa como es, lucirá con elegancia el vestido. Lo pasarán bien; estoy convencida. ¡Allez vite!
Tal aclaración, salida de los labios mustios en un francés sencillo, coincidía de manera asombrosa con el aprendido por mí en el colegio, perfeccionado en el ir y venir de los veranos que duró el intercambio y la práctica reiterada en la sede central de mi empresa. Esa parla, en el francés asentado de la madre curiosa, orientó al hijo. Subió el hombre a una bicicleta, pequeña para su considerable humanidad, y nos precedió con el encargo materno de encauzar el coche hasta la casa del albéitar. Había hecho ese recorrido a todas las horas del día y de la noche, cuando la prolífica cerda, tan propensa a las hemorragias, paría. Comprobamos en ese momento que los términos de nuestro plano estaban invertidos; era dentro del cercado sin puerta donde los árboles bordeaban un camino que llevaba a la casa. La realidad corregía sin reservas su retrato mal copiado, y posaba para uno nuevo que yo fijé enmendando el antiguo.
Nos recibió Delphine Peyrepertuse en el punto medio del personal aderezo. Las prendas elegantes y las de faena, coincidentes en su indumentaria, le daban un aire gracioso. Me presenté, e hice lo propio con mi hija Sofía. Pregunté por Isabel y los tres hijos, y al momento supimos por boca de la mujer francesa, deseosa de colaborar, que algunos invitados del novio se alojaban en hoteles de pueblos cercanos. Eso sí, mi esposa, los muchachos y Ana dormían en viviendas de familiares suyos o de Jacques, su esposo. A veces me ocurre, sin darme cuenta llamo Ana a quien todos decimos Anita y, en esas ocasiones, me viene a la memoria la Ana amiga de Isabel, origen del nombre.
Cuarenta y tres minutos nos separaban de la ceremonia, cuando la madre de Violette telefoneó a los Bondois para anunciarles nuestra aparición. Debió de pedir Odile que fuéramos a su albergue para asearnos y cambiarnos de ropa, pues una muchacha, empleada de la casa al parecer, subiendo a nuestro coche nos orientó por un dédalo de carreteras bordeadas de fincas. Un breve paseo de olmos nos puso al pie del soberbio edificio, antigua casa grande de terrateniente convertida en hospedería. Desde ese punto hubo de regresar la sirvienta; pero en su delicadeza entraba el hecho de explicarnos que, sin direcciones prohibidas, la marcha a pie duraba cosa de diez minutos.

 

 

 

5
La ceremonia

Lo recordaré tiempo y tiempo, pues se imprimió en mi mente el episodio. Recién llegados mi hija y yo a la casa de labor convertida en hospedería, lugar de alojamiento de los Bondois, padres del novio, me enfrenté a la maestresa por impedirnos subir a la habitación de Odile o avisarla por teléfono. Sentía los nervios colocados de través: el tiempo se nos echaba encima y la encargada oponía su tozudez a nuestra urgencia. Sofía y yo nos aseamos y cambiamos de ropa en uno de los cuartos vacíos, situado debajo de la habitación de Odile. Al poco bajó la reina seguida de Étienne, príncipe consorte o primer paje. Esa impresión daba, alto, estirado, embutido en la levita oscura de las recepciones, siguiéndola cuando descendía ella tocada con un sombrero de alto copete. Su leve cojeo nos sorprendió. Era una inclinación o ladeo que no aumentó a través del jardín, desde la recepción hasta el lugar donde habían estacionado el coche, acaso treinta metros. Nos dijo: «Seguidnos, que vamos tarde y soy la madrina». Así fue el saludo de bienvenida, cuando nos quedaba un margen temporal escasísimo hasta el comienzo de la misa de bodas.
Pues bien, utilizando la intuición para seguir a los Bondois, que salieron del albergue como alma perseguida por el diablo y nos perdieron en el primer cruce, llegamos a la iglesia. Descubrí en mi hija Sofía un deseo inconsciente de alcanzar esa meta parcial, consumación de la complicada travesía geográfica. Por fin compartiríamos con el resto de la familia, las emociones que un lapso, tan denso como el transcurrido desde que salimos de Valladolid, había producido o albergado.
Buscándolos entre la muchedumbre inquieta, en la portalada del templo, cerca de la puerta, nos vimos de pronto frente a Isabel, Octavio y Ana. Se movían escudriñando la multitud con la mirada, deseosos de encontrarnos. Sin esperar oportunidad más conveniente, Anita, inteligente y sensible, destapó el tarro de los sentimientos para mostrar la indignación acumulada.
Nos reveló con vehemencia, la decepción más profunda. En su manera apasionada de ver las cosas, entendía que nadie los tomaba en cuenta. Denunció ante la paterna jurisdicción, muestra y resumen de los males sobrellevados, que a pesar de la hora tardía no habían comido. Mi esposa, menos enardecida, quiso restar importancia a los sucesos; y de su relato deduje que Armand los ayudaba, que los padres de Vivy se mostraron amables y solícitos ante cada una de las dificultades surgidas. Ellos, extraños, ajenos por completo a nuestra invitación, aun insertos en la vorágine de los preparativos como estaban, suavizaron el trance penoso de la avería del coche; rotura que pudo tener consecuencias trágicas ya que afectaba a elementos de seguridad. En añadido simultáneo, procuraron albergue a los nuestros pidiendo favores a los suyos.
Por fortuna, el dueño del taller era pariente de Jacques y estaba invitado a la boda; un operario suyo trabajó fuera del horario laboral, de manera que, en el vehículo ya reparado, pudo Francisco Javier acercar al novio a la iglesia. Debido a la tardanza no presenciamos su llegada, aunque le veíamos de cerca junto al novio. Estaba elegante nuestro hijo mayor con su traje negro, de chaleco gris, estrenado para el compromiso. Digo la verdad, no es pasión de padre: merced a la aventajada estatura y recia planta llamaba la atención. Hasta hubo quien pensó que se trataba del novio, según oyó decir Sofía. Su hermano Octavio, tercero de nuestros hijos, de natural tolerante, menos afectado que Anita por la conducta de los Bondois, iba colmando su curiosidad, su abierto deseo de saber, y parecía estar viviendo una atractiva aventura. De ese modo su juicio sobre el tiempo pasado en tierra extraña era el más favorable.
Los alrededores del templo aparecían tomados por un gentío insólito en tan pequeña aglomeración urbana. Ni sumando a los vecinos de Peyrieres y Giroussens, de donde veníamos, con los de Coufoulex, que acabábamos de cruzar, y los de Rabastens, en cuya iglesia tenía lugar la ceremonia; ni reuniéndolos a todos con el señuelo de un espectáculo gratuito, se congregaba tal número de personas. Es de suponer, en consecuencia, que los venidos de fuera éramos mayoría. A los invitados de la boda precedente que abandonaban con retraso el templo, parsimoniosos, joviales, laxos; y a los que esperábamos la entrada tensos, intranquilos; se habían unido los residentes en los alrededores, fisgones del revuelo formado y afectados por la general alegría que, sabiéndola ajena, nadie les impedía compartir.
Cuando indagaba en mi mente buscando el origen de tanto bullicio, recordé que las ferias de Saint Jacques vertebran un repertorio festivo sin parangón en el año.
Éramos unos perfectos anónimos allí. Al menos eso pensamos Sofía y yo, porque los demás parecían llevar allí meses y estar al cabo de la calle en cuestión de nombres y personas.
Violette nos conocía de su estancia en nuestras casas de El Pinar y Valladolid, ocurrida el verano anterior. Inseparable compañera de Jean Pierre, se mostraba entonces satisfecha de la posición ocupada, novia del amigo de nuestro hijo mayor. Nos recordaría con cariño y cuando la saludáramos quedaría claro.
Vimos a la madre, Delphine, quien nos recibió al llegar y avisó a los Bondois de nuestra venida. Ella nos presentó a su hija Laure, y al esposo, Jacques Peyrepertuse, un hombre fuerte en todos los sentidos de la palabra: resistente, robusto, saludable, animoso. Debió de decirle al esposo algo simpático relativo a nuestra aparición en la puerta de su casa, precedidos del amable vecino que nos guiaba subido a su bicicleta, porque los labios del hombre se abrieron en una sonrisa admirativa, potenciada a risa franca por la tensión propia del instante. Isabel los muchachos y Anita, agradecidos por su hospitalidad, saludaron a los esposos como si los conocieran de toda la vida.
Supimos que Violette estaba en el coche con amigas y aceptaba de buen grado el retraso de su entrada en la iglesia porque suponía que así iba a ocurrir. En ese intervalo hueco, a salto de caballo de ajedrez la madre nos dio a conocer a otros invitados. Procuraba mantenerse en todo momento junto a los suyos, pero echaba de cuando en cuando un ávido vistazo a la puerta de hierro adornada de cruces, donde esperaban Jean Pierre y Odile junto a nuestro hijo mayor, el solícito Francisco Javier.
Indicándonos su posición familiar respecto a los novios, algunos de los presentados nos mostraban a los contiguos, cuyos nombres franceses resultaban difíciles de retener, a no ser los que suenan de modo parecido en castellano, como Bastien y Fabien; o los de idéntica pronunciación, Daniel o Nicolas a modo de ejemplo. Acaso por exigirnos un desacostumbrado esfuerzo mental, deseábamos breves esos prolegómenos, pero se alargaban como si fueran de goma, debido a la demora producida en el inicio de la misa. Una dilación capaz de anular la enorme importancia que yo daba a nuestra propia tardanza.
Paso a paso comenzamos el ingreso en el templo, pues aún salían rezagados de la ceremonia anterior, y los sacristanes ordenaban los bancos sustituyendo cintas y flores. Avanzábamos al lado de desconocidos y delante de extraños, arracimados, comprimidos, formando con ellos una marea que nos llevó en volandas a los asientos previstos para los convidados. Entonces nos asaltó una duda que exigía rápida determinación: o decidíamos con premura o se disolvía como terrón de azúcar en agua caliente. Dudamos entre situarnos atrás, prudentes, modestos, discretos, comedidos, tímidos, vergonzosos, insignificantes, perdiendo la vistosidad de la ceremonia; o vanidosos, fatuos, altivos, ocupando los puestos delanteros, destinados con toda probabilidad a los familiares.
Como veníamos de fuera y para nosotros los usos locales constituían en sí mismos un singular atractivo, optamos por el riesgo y nos colocamos en el segundo banco; tampoco era cuestión de exagerar. No se atreverán a enviarnos a la retaguardia, pensamos, no llegarán a humillarnos de ese modo, somos los García Movellán. ¿Derecha o izquierda?; ahí nació el segundo titubeo. Atribuíamos a cada una de las secciones de invitados –del novio o de la novia– una mitad del universo; y dado que apenas distinguíamos a los unos de los otros, escogimos lo cómodo, es decir nos quedamos en el lado izquierdo, pero lo más cerca posible de la frontera, próximos al centro. Sabia decisión, sí; pero carente de mérito, confieso. Habiendo tomado partido por acercarnos al altar con peligro cierto de postergación, tal disyuntiva, a simple vista de menor calado, se resolvió sin cálculo apenas. A la hora de la verdad resultó que ocupábamos plaza en el costado previsto para acoger a los seguidores de la mariée, pero nos mantuvimos firmes en nuestro error, conscientes de que rectificar cuando en la iglesia no cabía un suspiro, significaba nuestra anulación, el suicidio como espectadores.
La iglesia de Rabastens –elegida como escenario de la boda por razones explicadas en los tarjetones de invitación– posee unos frescos que el paso del tiempo ha deslucido en alguna medida que no supimos calibrar. Se trata de figuras piadosas en las que predominan los colores derivados, por mezcla, del rojo y del azul; espacios sometidos a unas líneas que la acción de la humedad, filtrada a través del techo seguramente, desdibuja. Por esa causa su primitivo esplendor se presenta algo opaco o desvaído, necesitado de una cuidadosa restauración para volver a su atractivo original. Nuestros ojos iban de arriba hacia abajo recorriendo la bóveda y las paredes, deteniéndose luego en las personas que nos rodeaban, en el retablo principal, en la disposición del ara y del sagrario. En esta ocupación nos sorprendieron los acordes del órgano, que anunciaban, sirviéndose de un tono apremiante, el inicio de la ceremonia.
Ante nosotros, en el primer banco –alcanzábamos a hablarles al oído de ser preciso– a un palmo de nuestras narices se situaron los miembros más relevantes de la familia de la novia: Jacques Peyrepertuse, padre y padrino con un protagonismo restringido respecto a la costumbre española, y su esposa Delphine; Laure, emocionadísima hermana; una anciana acicalada de manera juvenil y Séverine, la florista, tía y madrina de bautismo de Vivy, a quien nos presentaron mientras esperábamos en la portalada del templo. Es cierto, lo dijo Isabel: no podíamos habernos equivocado con más provecho.
En el estrado –si no es una irreverencia nombrar así al espacio elevado del altar– de espaldas al público, se encontraba el novio flanqueado por algunos jóvenes que supuse los testigos, dado que uno de ellos era nuestro hijo Francisco Javier. Un poco más adelante, a la izquierda, es decir, frente a nosotros, de cara al público, se situaba una veintena larga de chicos y chicas de la edad de Vivy y Jean Pierre. Eran los miembros de la coral. Parecían encontrase una pizca nerviosos, y no sin causa, porque en ese preciso instante entraron en acción.
Música y voces se arrancaron con la marcha triunfal, dando entrada a una novia intacta e impoluta. Cuatro infantes elevaban la cola del vestido añadiendo vistosidad a su lento avance. Ritmo espontáneo, liviana energía y altiva solemnidad al paso de una Violette transfigurada, que parecía mirar a todos y, probablemente, no veía a nadie.
Llegó junto al novio y al poco entonaron los compañeros el Aspérges me, Dómine, hysopo, et mundabor; lavábis me et super niven dealbábor, de la Antífona. Supuse que la llegada al ara de los dos sacerdotes revestidos de capas pluviales, había sido consecuencia de la señal convenida para iniciar la actividad.
Continuaron el canto mientras el aumonier joven, el llamado padre Barthélemy, rociaba el altar con un hisopo mojado en agua bendita; rociaba, a continuación, al viejo sacerdote Faux; rociaba a los contrayentes y a sus testigos; rociaba al coro de juveniles voces; rociaba a los fieles en general, representados por los colocados en las primeras filas. Los jóvenes de la coral siguieron dando cumplimiento exacto al primer himno del librito de cánticos: Defensor alme Hispaniae, Jacobe, vindex hostium, Tonitrui quem filium Dei vocavit filius. En ese momento recibí sendos codazos de complicidad, uno en cada costado, el proveniente de Isabel y el que me dirigió Sofía; deseaban señalarme, utilizando ese peculiar lenguaje, el uso del anacrónico latín en el oficio religioso, o la referencia a nuestro país hecha en el himno, que seguíamos sin pestañear marcando con el dedo el verso alcanzado.
Se despojaron los oficiantes de la capa para colocarse sendas casullas; y de esa guisa iniciaron el Introitus. Vino luego la Oratio, a la que siguieron la Lectio Epistolae beati Pauli Apostoli ad Corinthios, el Graduale, la Sequentia sancti Evangelii secundum Matthaeum, Ofertorium, Secreta, Communio y Postcommunio. Todo ello, como se ve, en latín; lo que a muchos asistentes chocaba, pues, aunque en Francia se utiliza todavía en algunos pasajes de la misa, tal profusión de términos y frases, acompañados de canciones en la misma anacrónica lengua madre, tenía a los presentes en constante escucha. Y no solo eran los insólitos vocablos, se sumaban la música de órgano, el virtuosismo del organista, la voz magnífica de la soprano, la unidad armónica que formaba el coro, para llevar a los oídos, incluso a los más renuentes, a constantes atención y goce.
Volvía a nombrar a nuestro país uno de los himnos, contribuyendo a que Anita comenzara a pactar en su interior con los franceses: Beatum Apostolum, qui inter primos electus, primus omnium Apostolorum Domini calicen bibere meruit. O gloriosum Hispaniae regnum, decía el texto leído en el cuaderno.
Si semejaba una soberana de leyenda la novia, el novio parecía un rey de leyenda. Alto, esbelto, elegante, erguido. Solo el dulce mirar de sus ojos marinos suavizaba la grave majestad del semblante. En el momento solemne de dar el consentimiento, verdadero corazón de la ceremonia, cuando el sacerdote lee la fórmula del compromiso y los novios conocen que están ante un paso irrevocable; en ese preciso instante en que los anillos hacen su aparición como símbolos de unión indisoluble, entonces sucedió algo insólito.
Fue tan honda la impresión recibida, que al rememorarlo lo veo de nuevo, de nuevo lo vivo. El novio se hinca de rodillas ante la novia, y una Violette transformada toma su mano derecha y coloca en el dedo anular, de tres envites progresivos, un sello de oro que luce un escudo grabado. De los labios femeninos surge una oración, un conjuro acaso, que se renueva en cada respiro dado al avance de la insólita alianza. Pronuncia ella tres frases en tono solemne, claras, rotundas, impresionantes; palabras sacadas del idioma occitano, la célebre lengua de Oc. Eleva la mirada Vivy a la bóveda santa, y en ese instante supremo debió de ocurrir un milagro que le fue dado presenciar.
Fijo mi vista en su rostro y puedo apreciar la transfiguración: boca, ojos y nariz iluminados desde dentro, rebosando beatitud y arrobo. Inundan el templo finísimos rayos de luz que las vidrieras filtran cuidadosas, tiñéndolos de su propia variedad cromática, coloreándolos con los tonos completos del iris, los principales y su enredo. Al etéreo velo de la esposa, urdimbre y trama formadas por hilos de luz de un rosa pálido, de un azul muy leve, de un amarillo pajizo cercano al blanco y de un blanco purísimo, casi celestial; a ese impalpable tul le mece un aura que no viene de ningún lado ni va a ninguna parte. Y no es únicamente la luz; la música del órgano añade solemnidad: las notas que emergen raudas de los tubos se quedan en lo alto de la nave, revoloteando, para caer al instante como copos de nieve, lentas, balanceándose armoniosas.
Chocan en su descenso con las que suben, rompiéndose en puntitos luminosos que se confunden con las partículas de luz nacidas de las cristaleras. Los armónicos ecos se añaden al caudal de motitas resplandecientes, pasando de ser captados por el sentido del oído a serlo por el de la vista, para concluir disolviéndose en el aire y facilitar el hecho insólito de ser respirados por Vivy. Abre ella su pecho de novia y admite en él, profundo, anchuroso, un inagotable caudal de pasión. Le llegan torbellinos, torrentes, cataratas de amor; ríos, mares, océanos de etéreo cariño, de afecto constante e indestructible. Ama sin pretenderlo, como nacido el sentimiento de un acto reflejo; ama a su esposo, a los dos sacerdotes, a los testigos, a familiares próximos y lejanos, a los invitados presentes y ausentes y a la humanidad diseminada por geografías incontables; ama, en suma, a quienes el sacerdote roció con su hisopo en la Antífona.
En un abrazo intelectual, extremidades desplegadas hasta coincidir con los imposibles límites del universo, abarca al género humano, porque en ese lapso inconmensurable los principios independientes del bien y del mal, unidos sin costuras, forman uno solo al que llamamos prójimo; contradictorio por ello, elevado y abyecto. Dura un solo segundo el éxtasis vislumbrado en el rostro de Vivy, y quizá fuera de mí no lo percibe nadie. Demanda licencia Jean Pierre inclinando apenas la cabeza, y Violette la concede con una naturalidad inexplicable en quien acaba de visitar los arrabales del Paraíso. El novio, ya de pie, recibe de su amada un beso en la frente inclinada. Sorprendió a los asistentes el ritual. Solamente los sacerdotes parecían conocer la variación introducida; y mi memoria lo guarda en presente perpetuo, dotado de un realismo desusado.
Daba paso a la Homilía propia de los esponsales, un himno basado en el Génesis que relata el tan deseado matrimonio de Jacob con Raquel, a quien el pretendiente amó durante catorce años antes de recibirla de Labán, el padre. Cerró la prédica, convertida por mor del sentimiento en plática íntima ajena a toda liturgia, otro himno extraído de la Biblia; originario del Génesis también, pero esta vez relacionado con la creación de un varón solo, desparejado, el descubrimiento de la soledad, la consecuente creación de la compañera, y la unión final de ambos, de forma que, abandonando sus propósitos individuales, vinieran a ser una sola carne y una sola intención.
Sobre el propio altar y ante todos los presentes rubricaron los novios su decisión en el libro de firmas. Junto al tabernáculo mismo firmaron los testigos su fidedigno testimonio. Como un segundo asperjado, desde el ara derramaron su bendición los dos sacerdotes, benéfico ademán destinado a novios, testigos, familiares y a la grey entera de Cristo desperdigada en busca de la felicidad. Y después de un último himno sacado del Levítico, que exhorta a cumplir todas las leyes y mandamientos divinos, momento en que el organista alcanzó el techo artístico con el prodigio de su música, seguido por la soprano que liberaba en las alturas sus agudos más excelsos, arropados ambos por los jóvenes componentes de una coral contagiada de tanta magnificencia; concluido en suma el armonioso fluir, el sacerdote joven nos mandó ir en paz guiados por nuestro deseo.
Comenzó entonces el retroceso. Los últimos serán los primeros, y así sucedió al salir. Los primeros serán los últimos. Y si no fuimos los últimos fue porque algunos asistentes se quedaron contemplando los frescos o hablando de la boda presenciada. No fuimos los últimos porque en el altar quedaban los recién casados, los padres y los testigos junto al celebrante que los adoctrinaba con las recomendaciones últimas. Avanzábamos a pasitos metidos en la ola que nos arrastraba, esquivando a los quietos y a los que cambiaban de fila pretendiendo ir algo menos lentos. Los sacristanes comenzaban a cambiar las cintas con los nombres de los desposados, poniendo otras con los nombres de los novios siguientes. Entraban ya grupos de convidados de la próxima boda, lo que retrasaba más nuestro progreso. De esa manera tan torpe llegamos a la salida por la que habíamos entrado y, aunque parezca un milagro, los seis juntos, Isabel, los chicos y yo.
Cuando los asistentes a la boda habíamos salido del templo, pasando bajo un arco de enramada tejido en la puerta, sobre una alfombra de flores tendida en el suelo, salieron los novios. Los seguían sus padres y los testigos de ambos lados. Caminaban Violette y su marido tomados de la mano, mientras parientes y amigos arrojábamos pétalos a su paso airoso. Momentos antes, recogidas en cestas de mimbre, los primos habían repartido, violentadas, deshojadas, púdicas rosas y delicadas camelias. Los cuatro infantes encargados alzaban la cola del vestido, procurando que no se manchara del polvo dejado por los pies innúmeros que a esa hora habían pasado. Irradiaba felicidad Vivy; restos, no obstante, de la nacida en el momento cumbre de la ceremonia, cuando en ministerio de sacerdotisa oficiante tenía al amado a sus pies. Potestad y orgullo denotaba Jean Pierre, opuestos a la sumisión y humildad exhibidas en el instante en que de hinojos se sometía a la amada. La lluvia de pétalos, sin sacarlos del todo de la ensoñación de la ceremonia, los ponía ya en el umbral amable de la realidad cotidiana, mitigado tránsito que Octavio detuvo prendido en la emulsión sensible de su carrete de fotos.
Es de justicia decir que la ceremonia nos conmovió, y por primera vez hallamos ventajosa nuestra condición de extranjeros. Debía verse la boda como la vimos nosotros, con unos ojos nuevos no hechos a las cosas de cada día, abiertos a la renovada belleza, capaces de atraparla para conservarla en la memoria más íntima.

 

 

 

6
La fiesta

La explanada que se abre ante la puerta del castillo recibe invitados vestidos de etiqueta. Endomingados campesinos y elegantes ciudadanos se acercan indecisos, hasta que, cerciorados de su acierto, sabidos en el exacto lugar de la cita, se mezclan en improvisadas conversaciones mientras toman con delicadeza manifiesta –dedos índice y pulgar solo– unos canapés minúsculos. Debido a la uniformidad que muestran las tortitas se descubre que no son caseras, sino la industrial conjunción de una base de hojaldre y sucedáneos de salmón ahumado y caviar, que la esponjosa masa sostiene.
Avanzado el mes de julio, cae la tarde de manera muy lenta y el sol camina despacio hacia su ocaso. Las personas congregadas en el descampado forman corros inestables, ya que van de uno en otro saludando y gastando ligeras bromas verbales que son aceptadas con patentes muestras de alegría. De manera invariable la mano diestra cumplimenta a otras manos en posición difícil, pues se han de sujetar los vasos de refresco, mimetizados del color que el cristal toma de su contenido: negro, rojo o dorado. Forman las fuentes de aprovisionamiento tres oblongas mesas situadas de modo estratégico, y varias bandejas portadas por camareros ágiles, hechos a sortear a los invitados que se mueven sin haberlos visto, y a acercarse a los que muestran intención de servirse de ellos, bien sea para aceptar vasos llenos, bien para devolver los vacíos.
La vecina plaza del pueblo y los bordes del corto camino que lleva a la fortaleza van llenándose de coches; de su interior salen los apremiados ocupantes que, unidos a otros, completan círculos jubilosos. Visten todos ellos la ropa de ceremonia como si se tratara de una pesada armadura que es preciso aligerar; de modo que, disimulando cuanto es posible sin que la excesiva reserva llame la atención, aflojan los nudos opresores de los pies, la cintura y el cuello. Corbata y cinto obedecen al instante, mas los zapatos se comportan de manera bien distinta; estrenados a buen seguro para la solemnidad, tardarán una buena temporada en adaptarse a la forma particular de los pies.
Prosper Danquin y su esposa han llegado hace un rato, y charlan, transmitiendo un apego perceptible, con el matrimonio formado por Victorine y Paul Lantier; ellas son parientes de Violette, llamada Vivy en familia, la joven desposada cuyas nupcias celebran. Los cuatro comentan detalles del castillo, piedra desmoronada y vuelta a colocar en su sitio por el propietario actual durante treinta y cinco años. «Il a été créé par Guiraudus de Mauriaco, un templier», se oye decir.
Evocan al escritor bordelés cuyo apellido quizá provenga del nombre del pueblo, François Mauriac; tal vez vecino en algún momento, dedicado a dar contenido a alguna de sus obras. Puede que, en una habitación luminosa del castillo, dotada de vistas al campo, compusiera El niño cargado de cadenas, El Hijo del Hombre o tal vez El río de fuego, quién sabe si Genitrix, Desierto de amor o Nudo de Víboras, títulos en castellano de novelas católicas, ortodoxas, impecables; por cuya espiritualidad y perfecta factura le concedieron el premio Nobel. De ser así, habrá anécdotas del niño: momento distante en que no asomaba todavía el escritor, pero ya estaba presente el moralista. Tal es la recién imaginada por Prosper y adornada por Victorine, que corresponde a un día memorable en el que tuvo lugar un ataque de la criatura al pecado, utilizando como arma su ingenio abundante.
Inventan que François, infante catequista, en ausencia del padre desató la cadena, fuerte sujeción de la pesada lámpara de siete brazos que pendía del techo a una altura mediana; propiciando que ésta aplastara la recia mesa de roble, gruesa tabla redonda. Se sentaban a ella con demasiada frecuencia unos comensales insaciables, capaces de permanecer activos durante horas frente a un menguante becerro asado, decididos a adorarlo de la manera más convincente, apropiándose de las cualidades, asumiendo virtudes y defectos, dejando mondos los huesos a bocados cada vez menos ávidos.
Devoraban en la referida ocasión un cordero asado a la manera medieval, guarnecido con hojas enteras de lechuga, blancas, amarillas y verdes; y su expresión numérica alcanzaba, correcta, matemática, la cifra cabalística de siete. Siete orondos amigotes del mayordomo infiel, colocados a una distancia apropiada para que encima de cada comensal quedara uno de los siete brazos de la luminaria; de modo que sobre las cabezas embotadas por el vino descendió el destino con violencia, dispuesto a poner fin a los excesos, al pecado execrable de gula y a la vida regalada de los comilones. Y esto último se hubiera cumplido, si la fortuna o la providencia no tuvieran entre sus funciones la de poner remedio anticipado a los desastres. Con todo, el testarazo arrojó un saldo de siete cabezas magulladas y siete frentes cruzadas de brechas, en un punto cercano a las seseras escasas.
Quienes debieron casarse entre sí y no lo hicieron, Prosper y Victorine, se llevan a las mil maravillas y entreveran su imaginación recreando paisajes vividos o deseados, momentos de gloria conjunta, felicidad intermitente. Los imposibles esposos suman figuraciones añadiendo a la anécdota anterior otra del mismo jaez. Presentan un suceso que dan por conocido y comentado en la comarca sin serlo del todo, ocurrido un veintitrés de abril. Las fechas y lugares concretos que mencionan sin intención aparente, tienen el encargo de acrecentar la credibilidad del relato. El día ya dicho, dentro de las dependencias destinadas a la servidumbre, el niño Mauriac escarmentó para el resto de sus días a una mujer peligrosa en lo tocante al doméstico equilibrio, armonía de suyo inestable ya que los criados no permanecían mucho tiempo al servicio de la casa.
Sucedió que el niño de los hechos de adulto encerró en la oscura mazmorra a la intrusa reincidente. Tratábase de una fácil conquista del sensual mayordomo, consumada a espaldas de su esposa, la bonachona cocinera que dormía en la habitación contigua con la placidez de los que conservan sosegada la conciencia. Acunaba esa tranquilidad infantil gozada por la buena mujer, el hecho de creer, fiada de su propio ejemplo, infundadas todas las sospechas levantadas por el marido, hasta las denuncias completas recibidas, anónimas sí, pero dotadas de pelos y señales: día, hora y lugar que casaban con la ausencia del desleal.
Usando la añagaza del juego del escondite, el chiquillo hizo entrar en un calabozo a la humana piedra de escándalo, dueña de una belleza caduca sustentada en cuantiosos afeites. La voz infantil, cargada de apremio, facilitó el ingreso de la incauta en el negro reducto, deshabitado durante los últimos cien años, a no ser que se considere moradoras a las ratas que fijan su residencia en celda tan sombría. La traviesa criatura cerró con rapidez la pesada puerta, cuyos goznes chirriaron con alarma de la casa, y arrojó la única llave existente al profundo pozo, dueño de un fondo cubierto por diez codos de agua.
Con gran alboroto y general regocijo de la servidumbre, hubo de ser extraída la fatua por la alta claraboya abastecedora de luz a las profundidades. Asido a unas lías de esparto, con el visible esfuerzo de dos criados jóvenes y membrudos, bamboleante, fue izado el cuerpo mórbido entre burlas y abucheos de los observadores, quienes, molestos por el deficiente trato recibido a diario del mayordomo, soltaban rienda al desquite. Aunque es preciso reconocer que, con venganza o sin ella, los aspavientos de la mujer, sus gritos de espanto y la rojiza vergüenza que congestionaba el rostro –impropia de quien tiene costumbres laxas– facilitaban la cuchufleta. Juraba la infortunada desde lo alto de sus ataduras, usando palabras indignas de una dama, no volver a poner sus pies, sus piernas, cabeza, tronco o extremidades, ni su pensamiento corto en aquella mansión, por más que el mayordomo la llamara con ruegos diversos o promesas de regalos, tan valiosos como el entregado en tal oportunidad, un brillante de la señora del castillo, caído ante todos de entre los pliegues del corpiño de la burlada al recomponer la prenda tras las sacudidas.
Del mismo modo, los que eran pareja natural y no la formalizaron por error del destino, imaginan y recitan ante sus consortes una historia distinta para resaltar la manera en que el laureado novelista, siendo adolescente, acometió con saña y uno por uno la íntegra nómina de los abominables pecados capitales.
Fábulas verosímiles a tenor de la obra posterior del niño catequizado, cuando ya escritor alcanza el primor y la excelencia en un arte claramente valioso y digno de recibir los máximos honores. Ríen sin descanso los cuatro, dos amigos conquistadores de dos amigas, que tuvieron la mala fortuna de sentarse mal, de colocarse a trasmano en la mesa del matrimonio, debido a la confusión de los primeros momentos. Han hablado en alguna ocasión de ello, camaradas por encima de todo; han hablado y han tenido en cuenta la solución que enmendara el disparate; se quieren dos a dos, es bien cierto, el esposo de una y la mujer del otro, pero se quieren los cuatro y, viviendo tan próximos como viven, están convencidos de componer un único universo de fronteras externas ahondadas en la tierra húmeda, a la manera de los fosos rebosantes de agua que circundaban en el medioevo las inviolables fortalezas.
Concluida la restauración del castillo a que el dueño se entregó en cuerpo y alma, se suceden en él actos lúdicos que llegado el buen tiempo pueden ser constantes. Son bodas, comuniones, bautizos, banquetes y homenajes dispensados a personas eminentes de los contornos. Recepciones en sí, como puede apreciarse, de escaso prestigio para la fortaleza, se contrarrestan con ceremonias de empaque entre las que cabe citar exposiciones de pintura, presentaciones de libros, jornadas literarias o justas poéticas llevadas a cabo al estilo juglaresco. Actividades capaces por sí solas, de justificar los cuantiosos francos empleados en la culminación de las almenas, la reconstrucción de las dependencias aisladas y las áreas de paso. Más la paciencia y dedicación puestas en la adquisición de los muebles: una pieza aquí y otra allá, un día y otro, años y años.
A mayores se suceden dos turnos de visita por jornada, destinados a turistas que recorren curiosos el grueso de las habitaciones. La decoración, próxima a la existente en los lejanos días de gloria, permite hacerse una idea del discurrir de la vida en los tiempos remotos. Guía los recorridos un tío segundo o tercero del propietario, que describe, con su palabra simple, detalles propios de quien conoce aquello de lo que habla porque lo ha vivido: los hechos cotidianos y los excepcionales, la extraordinaria aventura y la reiterada rutina, lo que ocurrió junto a lo que pudo ocurrir.
Metido de lleno en esas ocupaciones de excitar la curiosidad, no le vendría mal establecer relación entre el castillo y tan galardonado escritor, ilustrándola por medio de las anécdotas recién improvisadas por los cuatro amigos, cuyos ecos aún flotan en la explanada. Pero partió esta mañana de visita el anciano, y aburrido en casa de la cuñada, inconsolable viuda de un ferroviario fallecido en accidente, no las ha escuchado. Son grupos de escolares su auditorio o autocares completos de extranjeros a los que habla muy despacio, expurgando del francés el occitano que de ordinario intercala, a la espera de que el empleado de la agencia de viajes lo traduzca. Son tropeles de observadores atentos, pero atiende de modo semejante a las parejas y a los individuos solos, menos proclives a conmoverse por los adornados relatos, estando como están inmersos en la propia intimidad de sus pensamientos.
Resulta probable que, situado sobre sólidas patas de hierro, al borde de la carretera que une Albi con Toulouse, un cartelón imitando un manuscrito antiguo dé a conocer la existencia del sitio; es posible que lo haya, pero yo no lo vi. Asimismo, de menor tamaño sin duda, pero compartiendo forma y color, unas flechas de hierro oxidado dibujadas sobre el nombre del lugar al que empujan, indicarán a intervalos el camino que se ha de tomar en los cruces, de forma que los viajeros lleguen al destino sin ningún contratiempo. Será de esa manera, pues parece lógico, pero yo pasé por alto tales ayudas.
Siguiendo indicaciones tan profusas y precisas llegaron en distintos coches, encabezando grupos afines, Séverine Garnaud, madrina de bautizo de la novia Vivy, y Liliane Blot, madrina de bautizo de Jean Pierre, el afortunado novio. Y ahora, con voz medida para no hacerse notar en demasía –simulan por coquetería una inexistente timidez– discuten a punto fijo asuntos propios de madrinas; en primer lugar, la manera idónea de comportarse en obligaciones de tanta trascendencia como los esponsales de los ahijados. Se compenetran las mujeres a la perfección, pero su fuerte personalidad las lleva a porfiar con espontáneo apasionamiento; de manera que el observador ajeno a ambas puede considerarles rivales cuando no abiertamente enemigas.
Se ve que los principios de la amistad son universales. Pues los diversos miembros de una misma familia, estando unidos por las leyes aleatorias de la herencia –rasgos comunes, predisposiciones, filias y fobias– se amigan entre sí de verdad, se hermanan como ocurre entre extraños, cuando el roce continuado descubre afinidades de indiscutible importancia para afrontar el delicado día a día.
A menos de diez metros de las madrinas, situadas en una calva terrosa rodeada de hierbajos secos, concentradas en una desértica península que propicia una mayor intimidad, Ludivine Froissard y Jennifer Arnaud charlan reticentes con Evelyne y Christiane Bondois, tías todas ellas de Jean Pierre. Llevan las cuatro mujeres quince años reñidas y, a pesar de ello, les agrada el encuentro y lo aprovechan para intercambiar frases de doble sentido. Es espontáneo su alborozo, aunque lo disimulen, pues hasta que no consumen el arqueo de novedades, una larga lista iniciada tras el último encuentro, el silencio no se hace palpable otra vez entre ellas. Pero se hace, después de todo se hace; y es que se sienten incapaces de afrontar de manera definitiva el problema que las encara: aquella cubertería de plata que Evelyne se quedó en propiedad. Con las ciento dos piezas de metal macizo, sólidas cual argénteos lingotes, perseguía la mujer resarcirse, en una mínima parte, de la penosa asistencia procurada a la anciana impedida, abuela de todas ellas.

 

 

 

7
La fiesta se va animando

La jovial camaradería existente, y las efusiones de los que se descubren en esos instantes, se transforman en bullicio y carreras cuando llegan los novios a la explanada del castillo. Ocupan un coche, más que antiguo, viejo. Alguien lo ha ornado de giganteas atadas con sus propios tallos en forma de ristra. Las floraciones, formadas por un ambiguo e inocente centro de semillas y un cerco valiente de capítulos amarillentos, juegan un sugestivo contraste con el desvaído verde de la carrocería. Se trata del primer coche de los Peyrepertuse, un «dos caballos» de techo flexible comprado en los tiempos heroicos, mudo testigo de la formación de la familia. Lo usaba el padre para llegar a las granjas donde esperaban su eficacia en la cura de los animales; con esa intención lo adquirieron, pero prestó, además, múltiples servicios.
Acercó a la parturienta Delphine a la clínica para que las niñas nacieran, pues la madre se volvía lánguida y tardaba horas en echar al mundo a sus crías. No hubo, pues, necesidad de que entraran en este valle de lágrimas a través de la alcoba matrimonial, asistidas por un padre desasosegado, a quien apresaba la trascendencia de los acontecimientos a pesar de haberse visto en tal trance cientos de veces con vacas y yeguas. Facilitó el coche fiel que llegaran a tiempo al sepelio de los abuelos, en ocasiones que se distanciaron entre sí muy poco; y mostró a la familia, siguiendo carreteras que ahora estiman cercanas, localidades de las que habían oído hablar con admiración y algún paraje agreste que resultó apropiado para el solaz de las pequeñas.
Por añadidura, los hubiera puesto a la entrada de la misma iglesia, un día, como el de hoy, espléndido, en el que se unieron en sagrado vínculo Jacques y Delphine, de haberse decidido su compra con la antelación suficiente. Restaurado ahora por el pariente que posee un taller de reparaciones, se han respetado hasta los mínimos pormenores originales, y las piezas no existentes han sido trabajadas en el torno y ajustadas a fuerza de lima. Mas hasta hace dos días Jacques Peyrepertuse no ha logrado obtener la documentación obligatoria, la que autoriza su circulación sin trabas. En previsión de algún obstáculo insalvable engalanó también el lujoso automóvil actual, un modelo caro que conduce él, pues poseen las chicas otros dos de menor tamaño, muy cómodos para moverse por los alrededores.
Liberado de su capota, con el cielo por techo, el coche de los recién casados avanza con suavidad hacia las enormes puertas del alcázar. A duras penas le va abriendo paso la multitud que lo cerca. Llega a mitad del trayecto cuando el conductor se ve forzado a detenerse. Durante breves instantes, puesta de pie sobre los asientos, la pareja saluda a los congregados que la vitorean. Animoso desciende Jean Pierre Bondois, se acerca por delante al lado opuesto y abre la puerta correspondiente a la novia –esposa, siendo rigurosos– en el preciso momento en que ella se dispone a salir. Le ve inclinar en arco airoso su cabeza tocada de tul, su cuello de cisne, sus hombros y busto conformados a la perfección. Le observa salvar el metálico larguero con una armonía que en otra resultaría imposible, y se siente favorecido por un destino generoso que parece obrar por mero capricho, sin tener en cuenta los merecimientos.
Primero ante el marido, después ante los que rodean la original carroza: amigos y parientes, aparece Violette Peyrepertuse –o Vivy como ella prefiere– esbelta, hermosa en estricta verdad, erguida con evidente distinción, orgullosa de su buena estampa y a la vez empequeñecida ante la profusión de miradas y vítores. El sol parece haberse fijado en ella, iluminándola con un énfasis mayor.
Exhibe su albo vestido en el que el modisto no escatimó tela: cola y velo interminables, abundantes pliegues. Diríase una actriz con su corona de blancas florecillas. Es su segunda aparición y, a pesar de ello, los invitados se quedan expectantes durante los breves minutos que dura su puesta en escena. Radiante como se la vio en la iglesia, y ya distendida, sonríe a quienes, conociendo que se trata de la chiquilla que han visto crecer, la aclaman como si fuera una diva. Agita la mano derecha con entusiasmo crecido, ensaya un saludo compensador del recibimiento, y las palmadas se adueñan del espacio sobre la planicie. Pero ha de iniciar su andadura sobre el polvo y la hierba seca, y existe el peligro de que la figura del arquetipo de novia se descomponga, dando lugar a una mujer inquieta por el lamentable aspecto de la indumentaria nupcial. Se corre el riesgo de que el saludo de la soberana a sus súbditos se quede en nada, en un mínimo agitar de la mano derecha soporte del tul, ocupada la izquierda en recoger varios metros de apéndice, arrastrándolos sobre punzantes cardos y decoloradas margaritas.
Por el contrario, Violette Peyrepertuse, como si fuera una mariposa surgida al dejar atrás la crisálida, con medido gesto se desprende de la pieza superflua que Jean Pierre recoge y, esmerado de suyo el muchacho, la intenta plegar. Delphine y Jacques Peyrepertuse reciben a la pareja mostrando un sentido alborozo, y comienzan la tanda de fotografías.
Se han pensado múltiples combinaciones de asistentes, para que nadie quede sin testimonio gráfico. Entregaron al operador el cuadernillo que recoge el inventario de grupos, para que vaya tachando a los ya plasmados en el celuloide: clanes, familias, tribus, ramas, secciones, cuadrillas, castas, cepas y sangres. Tras un primer disparo dirigido a los cuatro –una Violette restituida a la imagen completa, velo y cola de nuevo; sus padres, exultantes de dicha; y un Jean Pierre que se sabe envidiado– descarga incruenta que origina un retrato en cierto modo histórico; tras esa instantánea inicial se añade Laure. Hermana y, aún más, amiga. Tributaria de sensatez y cordura durante estos últimos años a la vida de la osada Vivy, Laure opone ahora el desenfadado rojo de su vestido a la nívea envoltura de la novia. Quieren las dos hermanas hacerse una foto ellas solas; y sobran todos, Jean Pierre incluido. Abandona el novio su lugar con una arruga de asombro en el rostro y un rictus de pesar en los labios y, para no sentirse ocioso, se dispone a buscar con la mirada a sus padres: Odile y Étienne Bondois. Recorre su vista la campa entera sin encontrarlos, e indica al fotógrafo que prosiga el turno. Para la foto que viene a continuación todo se recompone, la asediada pareja —unida de nuevo hasta la muerte de ambos, que sucederá el mismo día de una vejez agotada— y los progenitores de Vivy, joviales, satisfechos. Esta vez aparecen con ellos Claire Mirepoix y Céline Peyrepertuse, abuelas de la novia; viudas ambas, y amigas ya en la vejez a fuerza de situarlas juntas en los actos familiares.
Son las ancianas dos viejitas dulces y animadas, portadoras en su rostro de una armonía que ha de corresponder por fuerza a un interior amable. Sin duda fueron hermosas y causaron estragos —como los violines de la Sagan— entre la población masculina de su juventud, porque conservan una belleza serena que las arrugas no ocultan. Cuando ellas terminan de colocarse a gusto, coquetas, presumidas, y el sonido metálico del obturador al abrirse y cerrarse indica que la foto está hecha, que la emulsión sensible aprisionó la realidad de las tres generaciones y su historia viva, raudo y en orden se desarregla el grupo.
Se desmorona la dorsal columna que tantos años costó vertebrar, y el fotógrafo tacha con un gesto firme la línea del cuadernillo correspondiente a la composición desecha: jóvenes, maduros y ancianas. ¡Qué efímero resulta el largo tiempo transcurrido!, opinan para sí, coincidentes, las compenetradas abuelas.
Es entonces el turno de Eugénie, Edith, Ivette, Jerémie, Roland y Christophe, los primos queridos de la novia, impulsores principales de la algarabía, de las bromas y del desarrollo de las ideas más descabelladas. Una de ellas es la ocurrencia que ha tenido el testigo español de Jean Pierre, consistente en una búsqueda del tesoro que tienen dispuesta para la madrugada, cuando el baile haya contribuido a digerir la cena y las personas mayores se hayan recogido en las alcobas asignadas. Seguros están de que, conocida la naturaleza del premio, la entrega será total; no habrá concesiones a los compañeros, convertidos por la ambición en diligentes rivales.
Concluyen su tanda los seis alborotadores, y vienen otros invitados distintos, y otros después de estos últimos. Calculan los sufridos novios que continuará la sesión a ritmo parejo, hasta dar fin a los cruces de los ciento cuarenta y tres nombres combinados en la libreta. Teme Violette que mucho antes de la conclusión se habrá convertido ella en su propio espectro: el rostro ajado por el cansancio, la cola del vestido maltrecha, el tul arrugado y los pies, incapaces de soportar tanto trajín, rendidos. Asegura Jean Pierre que, inexorable, el tiempo transcurre a su favor: la hora de la cena vendrá decidida a redimirlos. Frente a ellos permanece perseverante el fotógrafo, ante quien las sonrisas caen por sistema abatidas, convertido en pelotón de fusilamiento, disparando instantáneas ráfagas de luz.
Vigila el novio el orden jerárquico, impulsor de un turno riguroso que los impacientes intentan saltar; y atiende a la novia convertida en objeto de culto, en adorada imagen, acaparada por algunos con el fin de robarle una foto tomada con su propia cámara. Él impone la formalidad; es el marido, a estas alturas todos lo saben, y nadie osa resistirse.
Alcanza la vez a Vincent y Gustave Bondois, hermanos de Étienne y, por tanto, tíos de Jean Pierre. Ambos permanecen solteros y no se les conoce aventuras amorosas; misóginos o farsantes, a saber.
Siguen tras ellos la prima Brigitte y su amigo Olivier, pareja que presume de no someterse a la ceremonia del matrimonio después de seis años de vida en común y un hijo de cinco, dejado con la madre de ella para moverse con más libertad. Se mantiene el concierto, dirigido con mano de hierro en guante de seda por un disciplinado Jean Pierre, que da entrada a sus primas, las gemelas Joelle y Caroline, morenitas nacidas en Abidjan, capital de Costa de Marfil; atractivas, inteligentes, serias, asentadas, hijas de un controvertido enlace interracial vencedor de mil prejuicios, y estudiantes de medicina como su malogrado padre.
Continúan Geneviève y Hubert, la pareja que todos ponen como ejemplo de entendimiento humano, pues, aunque hayan tenido sus más y sus menos, nadie les ha oído una voz más alta que otra. Luego Daniel y Françoise, felices tras el éxito de la operación a corazón abierto sufrida por la bondadosa consorte, comadrona que ha ayudado a nacer a algunos de los jóvenes allí presentes, curioso detalle que, a buen seguro, los asistidos ignoran.
Posan los novios una y otra vez con admirable estoicismo, mientras a su lado se suceden los cambios, las esperas, las repeticiones obligadas por movimientos intempestivos o defectos de la iluminación; pues está el sol bajando a la horizontal del occidente y las sombras se alargan hasta el infinito.
Llegan al fin los esperados padres de Jean Pierre; distintos, distantes, como si formaran parte de grupos contiguos. Étienne, alto, magro, viene junto a un trío al que no conoce, caminando erguido como un abeto. Exhibe su cabeza un desierto que avanza inexorable, blandiendo amenazadora el hacha sobre el exiguo bosque de amedrentados cabellos. Intenta menguar el desastre dejándose barba, una barba ya entrecana y, a simple vista, contrariada, obstaculizada, constreñida. Es cierto; instrumento de una voluntad tensa, de una personalidad desorganizada, la tijera la somete a brutal tiranía: forma perfiles en ángulo recto, hirientes casi, y la priva de bigote desperdiciando la oportunidad de tallar un rostro íntegro, equilibrado y armónico.
Odile presenta la imagen de una mujer madura que no cuida su aspecto. Metida en carnes inconsistentes, blancas, espalda arqueada y un tanto encogida de hombros, a un metro escaso de dos mujeres mayores, sigue a Étienne cojeando un poco del pie derecho. Hace gala de una displicencia insolente, y exhibe esa sonrisa ambigua que ha ido fijando de manera firme a los labios en un prolongado empeño simulador de sosiego y despreocupación.
Se agregan a la madre de ella, Pascale Aboab, modelo físico y cerebral del que la hija es copia fiel, y posan los tres junto a los novios con exigida espontaneidad. Posee la mujer mayor una estructura corporal muy deteriorada, movida por un carácter que pierde vigor y resolución al paso áspero del tiempo; por eso Étienne, después de lustros de excesivos miramientos, tiene ahora con ella pocas atenciones. Retira a los retratados la presencia de Sophie Motté, madrina del padre de la novia, que ha retrasado la aparición en escena por insistir en la búsqueda de su ahijado a la salida de la iglesia, deseosa de viajar con él, única persona de su total confianza. Jacques Peyrepertuse ya había partido y hubo de conformarse con Armand Aboab, hermano de la abuela del novio, encargado de trasladar al viejo sacerdote venido desde la ciudad de Bordeaux.
La noche espera agazapada tras las escasas nubes, vigilante sobre las altas copas de los árboles, encaramada a las almenas del castillo, tensas las garras y concentrada la vista. Siguiendo los modos de los buitres y de los zopilotes acecha al día herido de muerte, indefenso, para caer sobre él y engullirlo. Pero queda aún un buen rato de sol y la noche deberá tener paciencia.
Pasan los minutos como el agua de un río que tras un agitado descenso fluye manso, lejos aún de la desembocadura; y continúan mezclándose la parsimonia y la precipitación, los pasos firmes de quienes están convencidos del buen sentido de su marcha y el desasosiego de unos pies que, ligeros e indecisos, cambian de lugar a cada instante. En su puesto siguen los novios, interpretando a las mil maravillas el papel asignado en la obra de sus esponsales. Ciertamente un papel protagonista que mueve como un ciclón cuanto les circunda, haciendo de ellos sujetos de deseo, apreciados amuletos que impregnarán de buena suerte a quien los conserve a su lado presos en la emulsión fotográfica.

 

 

 

8
La fiesta discurre por cauces previstos

Exceptuando a nuestro hijo mayor, requerido como testigo de la boda por su amigo Jean Pierre, que sigue a causa de ello una ruta trazada al margen de la nuestra, llegamos en familia a la explanada del castillo. Desde la iglesia que acogió la ceremonia de la boda, por vericuetos que suben y bajan la cinta de la carretera como si un gigante burlón jugara con ella, seguimos a Armand, tío de Odile, grand-oncle del novio. Circulábamos con la impresión repetida de conocer algunos lugares por haberlos cruzado momentos antes; no se trata del célebre déjà vu de los sicólogos, no; está sustentado el efecto en una marcha plagada de círculos. Es posible que exista un camino directo, pero Armand comienza a estar torpe y no conoce bien la comarca. Nos dimos cuenta de esta particularidad, grave para quienes íbamos con él, por las correcciones a que iba sometiendo su itinerario, por las entradas a contramano en los cruces, con peligro cierto de choque frontal. Poca ayuda representaron el viejo sacerdote y la madrina de Jacques, que lo acompañaban fiados de su competencia, pues iban culpando a los demás de las desatinos más serios, percibidos al cambiar el ritmo de manera brusca. Resulta que ellos no conducen ni han conducido vehículo alguno más allá de las bicicletas.
Recuerdo que siendo yo un adolescente inseguro, me dañaba el hecho de sentirme comprometido a un constante cotejo de la actividad emprendida con la señalada en las normas –desasosegada conciencia– obligado a su contraste inmediato; influjo sin duda del adiestramiento impuesto por los frailes mis educadores. Bien, aquí estamos; el sitio es el fijado en la invitación de boda para la fiesta, y el momento se corresponde con el de la cita. Ha pasado la hora de las confidencias sobre la desatención sufrida por Isabel y los tres hijos que con ella iban.
Conocemos que Étienne y Odile los dejaron a la voluntad ocupada de los Peyrepertuse, quienes facilitaron, ante la pasividad de los Bondois, el arreglo del coche averiado. Ya se ríen, pero confiesan que sintieron angustia; separados en casas distantes, sin medio de locomoción. Hubo de ser Armand Aboad quien llevara a mi esposa de una a otra casa para atender las necesidades de los hijos. Reflexionamos juntos y juntos concluimos que lo acaecido no debe afectarnos. Disponemos de una rara oportunidad de aprendizaje de usos diferentes a los conocidos, y de un cúmulo de elementos dispuestos para la relajación y el disfrute. Nosotros seremos los responsables si desperdiciamos tan favorable coyuntura.
Comimos apenas unos bocados que traíamos de Barcelona Sofía y yo. Los otros no habían probado bocado. Es un poco tarde, pero aún quedan refrescos y canapés; de modo que sin forzar el paso nos acercamos a una de las mesas de aprovisionamiento. En el comprometido instante de degustar las exquisiteces, cuando ambas manos están ocupadas y la boca se las ve y se las desea para quedar expedita y articular la voz; en ese momento de apuro se nos acerca Vincent. El hombre es hermano de Étienne; tío del novio, por tanto. Coincidimos en España cuando su empresa, una poderosa cementera internacional, decidió destacarlo en Madrid como responsable técnico de la Península Ibérica. Luego pasó a residir en San Juan de Puerto Rico, desde donde dirige el área de las Antillas –con la excepción de Cuba, pues allí no están implantados y el centro del continente. Tres aviones ha necesitado para asistir a la boda, y un coche de alquiler; complejidad que hace de él la única persona que nos aventaja en sacrificio, pues Karl Vogel, petit ami de Laure, aunque es alemán reside en Toulouse, y los invitados de Lille pasan en Sète sus vacaciones.
Superado el aprieto inicial, limpios los labios de migas y restos de salsa, hablamos con Vincent de las grandes coordenadas que definen un mundo convulso, del desarrollo lastrado de la América del Centro y del Sur, de México incluso, vecino del infernal paraíso. Pasamos revista a territorios que conoce muy bien; hablamos de Marruecos, de España, de Francia, de la nueva Europa. Echamos un vistazo mental al Oriente lejano, a la adormilada China, a la confusa Rusia; y concluido el análisis quedamos del todo intranquilos: el nuevo orden hallará su sendero, una vereda irresoluta orientada por la brújula inestable de la economía, y la ineficacia de los gobernantes: la selección de líderes que proporciona la democracia capitalista no lleva a mejores resultados.
Lamenta que desechen en las altas esferas de la empresa para la que trabaja, su idea de abrir una oficina en La Habana, pues entiende que a medio plazo se dará en la Isla una apresurada actividad regeneradora de las ciudades, de las carreteras y de la industria. Intuye que ahora es el momento, pues en un tiempo breve se habrá resuelto la indecisión española, y los estadounidenses entrarán con todas sus armas e impedimenta. Están los directores absortos en un ambicioso proyecto que afecta a todo el continente. Se trata de un cambio fundamental de estructura, originado por la expansión económica que se está dando en el llamado Cono Sur, unos cuantos países empeñados en sacar adelante un complejo mercado comunitario, y otros que permanecen a la expectativa.
Le habló de ese estudio un compañero que participa en él, pero no ha recibido ninguna información oficial; así que no sabe a qué atenerse. Hablando español y portugués además de inglés y el idioma propio, próximo a la geografía y conocedor de la sociedad, técnico experto por añadidura, podía él dirigir las prospecciones y los estudios de campo sin abandonar su tarea. Han elegido Sao Paulo para ubicar la sede de la filial y el centro de distribución, en detrimento de las dos delegaciones ahora existentes, la de Buenos Aires y la que Vincent dirige en Puerto Rico. De la nueva saldrán las iniciativas que atañan al Centro y al Sur, complementaria de la de Miami, que encauzará las actividades desplegadas en el norte continental, con el añadido de algunas islas.
–O mucho me equivoco –confiesa adolorido o al término de mi actual actividad las oficinas se cierran. Me veo en París ocupando un despacho abarrotado de papeles sin importancia, donde, ajeno a las decisiones de interés, participaré en las cotidianas intrigas palaciegas sin una realidad palpable que llevarme a la estima personal.
–No te aflijas sin motivo –digo yo por tranquilizar su ánimo– un plan tan ambicioso precisa tiempo para desarrollarse, y un capital enorme que no puede ser liberado de la noche a la mañana.
–Ocurrirá más pronto de lo que supones. El complejo industrial puede estar a punto en menos de un año si se trabaja en tres turnos, y los créditos ya se gestionan frente a un consorcio de bancos. Incluso antes pueden prescindir de San Juan si así lo deciden. Te darás una idea de la rapidez con que se actúa, si te digo que para abastecer de cemento la obra del puerto de Kingston, cuyo concurso acaba de ser fallado, el acuerdo con la empresa ganadora me ha llegado redactado desde París, cosa impensable hace unos meses.
–Lo que deba suceder sucederá por más que te incomodes y sufras. –añade Isabel, que permanece atenta a las palabras de Vincent– ¿No te parece?
–¡Ah!, la edad… Si tuviera diez años menos…, –se queja con modulación de plañido, sin dar respuesta a la abierta interrogante– Me consideran un viejo y acabo de cumplir cincuenta y tres años, ¿no es un disparate?
Armand Aboab rompe una charla que, agotados sus reducidos asuntos, ya no da más de sí. Llega hasta nosotros acompañando a dos españoles de la diáspora patria que nos presenta como Horacio y Asun, un matrimonio amigo, confiándolos a la supuesta solidaridad nacida entre los coterráneos. Vienen ellos de no sé dónde, desde un punto de partida más alejado que el nuestro; pero su trajín no es comparable pues tomaron el viaje como unas vacaciones y disfrutaron del recorrido. «Apenas hablan francés y se aburren», dice Armand como una acusación, culpándolos de un pecado que ellos aceptan en parte, pues se han movido lo suyo, han vivido con gente muy diversa y se esfuerzan por entenderse en cualquier sitio.
Y es que el tío de Odile conoce un lenguaje internacional, formado por palabras y modos sacados de los idiomas más extendidos, una especie de esperanto que ha ido depurando el uso. Los abandona a nuestra solicitud con palabras demasiado solemnes. «Horacio me salvó la vida y es para mí un hermano», explica, sin que lleguemos a tomarlo en serio, quizá por el tono añadido. Nos deja al matrimonio para su custodia, como quien confía a un amigo un animal doméstico hasta regresar de una gestión inaplazable; y ellos lo notan.
Están un poco molestos porque descubren a cada paso que, para Armand, su amigo del alma, parecen representar un estorbo. Los invitó, tomaron el tren hasta Madrid donde pernoctaron después de asistir al teatro; un avión los trasladó a Barcelona, y tres días después, empleados en conocer la ciudad, en un aparato casi de juguete aterrizaron en Toulouse. Hicieron noche en un hotel pulcro y apacible, a cargo de una mujer encantadora que les indicó los lugares de interés, soslayados casi siempre por los turistas. Un coche de línea los situó aquí, con tiempo suficiente para rememorar junto a Armand los antiguos sucesos, mientras recorrían los alrededores. Sí, tiempo hubo; faltó la voluntad. Les pidió el amigo que vinieran unos días antes de la boda para estar con él, y apenas lo han visto; de modo que los años idos, los heroicos momentos de búsqueda de un lugar para asentarse, los instantes dramáticos de los que el azar se sirvió para ponerlos en contacto, no han podido ser evocados.
¡Claro que tienen una furgoneta!; pero no anuncia ni de lejos su posición desahogada y, además, en ella los recorridos largos se tornan un tormento. Para llegar al castillo desde la iglesia tuvieron que abusar de otros invitados. Viendo que Armand había contraído algún compromiso previo y no los esperaba, subieron a un coche cuyas puertas abiertas invitaban a abordarlo. Fue un acto desesperado del que se arrepintieron al instante, pero su peripecia vital originó en el pasado reacciones parejas, en las que, sin importarles las conveniencias de la cortesía, tomaban por la calle del centro con los ojos cerrados ante lo irremediable. Dentro del automóvil, mediante algunas palabras desconectadas entre sí y ciertos signos que tuvieron interpretación correcta, se hicieron entender por los otros, un matrimonio obligado a acomodar a los esperados acompañantes en otro vehículo. Llegaron sumergidos en un mutismo asaz doloroso, y en la pradera, sin resultado práctico, buscaron interlocutores.
«No hablamos francés», se defienden, «pero no hemos encontrado a nadie que hablara inglés o español; así que no toda la culpa es nuestra». Por lo que el encuentro con Armand les despejara la cancela del Cielo, un portón que se obstruyó al instante ante sus propias narices. Tiene Horacio una conversación apasionada y Asun asiente, reforzando, dando fe a lo que dice el marido, y entre unas y otras anécdotas nos van relatando el tortuoso discurrir de su vida.
Puede que el mundo entero, toda su vasta extensión –la mar océana y la tierra firme– no sea más que un tablero formado por ocho filas luminosas y otras tantas columnas oscuras que, entreverándose en ángulo recto, forman un total de sesenta y cuatro casillas. Son perfectos cuadraditos –treinta y dos de ellos blancos como paredes encaladas, como nevadas cumbres; el resto, negros como las alas negras de los cuervos, como sus negras pechugas– y han sido dispuestos en alternancia de colores, de forma que estén rodeados de contrarios.
Puede que la acción en él desarrollada sea poco más que un juego, el enfrentamiento lúdico de dos rivales: caballero de divisa blanca, caballero de divisa negra, que mueven pieza el uno tras el otro. Peones seríamos en tal símil las personas, Alfiles, Caballos, Torres, Dama o Rey, de cada uno de los bandos. De este modo lo imagina Horacio, y se explica a sí mismo empujado por uno de los dos Principios intangibles que nos mueven a su antojo, Peón o Rey, según la suprema conveniencia. Resultan sus hechos teñidos de bondad o vileza, con arreglo a quien le haya impulsado a la acción; quedando su responsabilidad en nada, pues en cualquier caso es instrumento.
Para Horacio, su vuelo desde Camberra fue la maniobra de la soberana de las aves en el cielo; majestuosa, sorprendente, plena de dominio. Águila que había iniciado la cabriola en el monte Kosciusko y, erguida la cabeza, las alas extendidas, planeaba en busca de las corrientes favorables que le permitieran posarse suavemente en la sierra de Guadarrama. Tras una estancia de veintidós años en Australia, venía Horacio dispuesto a dar jaque mate a quienes lo empujaron fuera del tablero; y en las horas largas del viaje su mente rastreaba el origen de la emigración, las causas ciertas de su huida, las circunstancias agravantes.
En las noches de insomnio la mente de Horacio Bermejo vaga por la solitaria inmensidad del campo australiano; recorre sendas trazadas por los aborígenes y extensiones cruzadas por animales extraños en otras latitudes. Tierras rojas y sedientas que el tesón de emigrantes de toda laya, forzados por las circunstancias personales, ha convertido en un lugar donde el prometedor futuro puede palparse tan próximo al pasado que con frecuencia caminan juntos. Por la pendiente fácil de la añoranza, meditando, descubre Horacio la sospechada razón del contrasentido de su vida. La formula quedo, como si de un hondo pensamiento se tratara, pronunciándola con afectada voz cuando trata de resumir su existencia: «Siendo precoz en las partidas llegué tarde a las metas»; y es que nació fronterizo y ha vivido siempre a caballo de dos mundos que se repelen.
Añadía peso a los párpados un cansancio antiguo que él se empeñaba en neutralizar, experto ahora en enfrentamientos, en desvíos, en sortear peligros sin oponerse con claridad, sin escapar del todo. Nadie esperaba su presencia en el aeropuerto de Madrid Barajas. Una vez más sucedía anónima la llegada; con todo, debía hacerse un hueco donde no existía ningún lugar que llevara su nombre. Entre todos los amigos o deudos destacaba uno, con quien la existencia le unió firmemente antes de separarse. No del todo, porque se estuvieron carteando esporádicamente durante años. Se trata de Armand Aboab, quien podía ser en estas latitudes su mejor asidero.
Los miembros de las tres generaciones asistentes a la boda, cuatro en casos extremos, reemplazan con prontitud a quienes los preceden en la tarea de flanquear a los novios durante la sesión fotográfica. Unos novios que siendo únicos no tienen quien los sustituya y, como si se tratara de un sorprendente aguacero recibido a la intemperie, han de aguantar rebosantes de firmeza, estoicos, aunque haciendo gala de un continuado regocijo. Se irían en este momento, pues la familia cercana ha desfilado por el lugar en que ellos se encuentran. Ya poseen los más allegados escindido el codiciado pedazo de vida, testimonio de un tiempo en el que participaron de manera notoria.
Integrando un fondo de serena belleza, se alza a su espalda la puerta fuerte del castillo, el arco valiente que la cobija, y la pared principal que aclara su tono al llegar a la corona, donde se añadieron las piedras labradas por una prolongada restauración. Desean marcharse, pero sienten que se deben a los invitados. Por ellos, por los recién casados, Vivy y Jean Pierre unidos, y por lo que representan, pasado y futuro; los asistentes han roto su cotidiano amable, han mudado la cómoda rutina. Hay un gran esfuerzo tras el gesto de algunos; vienen de lejos o retrasan tareas de interés elevado.
Se quedan. Sí, se quedan. Permanecen porque se saben el origen de la aglomeración, responsables de la convocatoria; lo que no quita para que deseen retirarse a sus habitaciones, arrojar lejos de sí los zapatos nuevos que no han hecho buenas migas con los pies, despojarse de toda indumentaria, bañarse sin prisa, vestirse con ropa de invitados y salir al tumulto convertidos en una pareja cualquiera, parientes llegados a última hora cuando ya nadie les reserva el sitio, convidados normales de los que no tienen protagonismo.
Sí, en verdad de la buena quieren retirarse, pero faltan todavía unos primos que esperan un retrato capaz de retener ese día, apto para contagiar la magia encerrada en el momento. Vienen en tres coches, uno tras otro en alocada carrera, porque se perdieron y, buscando un castillo, han llegado a Castelnau de Montmiral, un beaux village. Ocurre que no siempre coincide en la misma persona la rapidez al volante y el fiel conocimiento de la región. Vivy sabe sus nombres y otras circunstancias, y con voz medida, haciendo un aparte, informa a Jean Pierre: «Se trata de Marguerite, Claude, Zoé, Filippe, Jean-François y Cécile, tres matrimonios muy jóvenes que se niegan a madurar y aprovechan al máximo las ocasiones de diversión». Eso y más le dice: «Con numerosos amigos y parientes de una edad muy próxima, abundan las fiestas de bodas y bautizos, y juntos recorren todas ellas, llevando la alegría allá donde van. No tienen hijos porque posponen el momento hasta dar con el más conveniente». Sin deshacer el grupo, tomados por los hombros o de las manos, se dirigen los primos y las primas consortes a una de las mesas de aprovisionamiento: la única que presta servicio entregando bebidas. En ella siguen alborotando con su permanente broma.
Coincide que concluyen su actuación los compañeros y amigos de la coral en que desde hace años participan los novios, y se acercan a Vivy y Jean Pierre evidenciando cariño. Con el pretexto de un examen profano, la concurrencia les pidió que fueran intérpretes de una canción de moda; fue tal el efecto de sus voces serias puestas al servicio de melodías ligeras, que de una en otra llegaron a completar un repertorio extenso. Forman el conjunto Eduard, Eugénie, Flore, Maurice, Beatrice, Camille, Didier, Pascale, Clair y otros quince que como Stéphanie y François Croisenois, debido a sus ocupaciones, participan menos.
Gérard y Simone, a punto de ser padres, están en capilla, pues se casan el próximo fin de semana, justo dentro de siete días y merecen un trato distinguido. Nicole Léon, la mimada soprano, quiere una foto para ella sola; extravagancia que obliga a retratarse solo también a Lucien Bourgeois, el organista. Lucien, enamorado en silencio de Nicole, esperaba ansioso esta ocasión para tener una foto con ella. ¡Vaya faena!
Si en su mano estuviera, Jean Pierre y Violette irían a cambiarse de ropa y a tenderse un buen rato, pues están rendidos. Una vez aliviados verían el castillo con extremo detalle. Su propia habitación, pues en ella dicen que unos reyes se amaron antes de partir hacia el destierro cruel. La Alcoba Magna, en la que se aloja la familia española, padres y hermanos del testigo, con quien Jean Pierre hizo una amistad entrañable en los años felices del intercambio de ciudades para el aprendizaje de idiomas. La sala de armas, cuyas paredes están forradas de espadones, alabardas y mosquetes unidos por cadenas. Las tétricas mazmorras, dotadas de férreos grillos y de crueles instrumentos de tortura, pavorosas reliquias de un pasado lóbrego que esperemos no vuelva a presentarse.
Si pudieran, después de recorrer las veinte dependencias oscuras que están presentables, o las seis o siete que por ahora no se abren al público, subirían al torreón del homenaje para recibir los vítores de los invitados.
Se irían, pero aún no se han retratado los sacerdotes. El anciano cura traído de Bordeaux por la familia de Jean Pierre y el padre Barthélemy, aumonier del colegio donde Vivy cursó la enseñanza media, están entre los que tienen pendiente la foto. Quedan agradecidos al joven cura: aceptó las propuestas de variación del rito y lo hizo de buen grado, alabando la idea. Es casi seguro que el otro, el pére Faux, que es muy conservador, las hubiera rechazado de estar a su cargo el dictamen. Puede que intervenga en ello la edad, pero el padre Barthélemy estuvo ocurrente en la misa, y en un tono entre festivo y solemne derramó encendidos elogios sobre los que recibían el sacramento.
El fotógrafo, ¿quién piensa en el fotógrafo? De acuerdo es un profesional que cobra por su trabajo, pero va de un lado a otro con la mirada inquieta cuando los invitados tardan en colocarse a su gusto. Es indudable que se desespera por dentro, pero exhibe una sonrisa que no parece forzada; y es de agradecer su paciencia si sucede que un niño se cruza e interrumpe la toma, o si uno cualquiera de los integrantes del grupo se mueve o cambia de lugar.
Cuantas más fotos hace más francos gana, de acuerdo; pero las confundidas, las que disgustan a los fotografiados, no se venden y tiene que destruirlas. Supongo que es deudor de una esposa, de unos hijos que se privan de él los días de fiesta; a veces le invitarán al ágape, pero en las más de las ocasiones observará con envidia como los endomingados se lo pasan en grande y se dan un festín de monarcas saboreando viandas poco frecuentes.
Me gustaría hablar con él, comprender su postura, mirar por el objetivo de su cámara y percibir el mundo que abarca su vista. Estudiará, mejor que la mayoría, la actitud de la gente frente a los acontecimientos esenciales de su existencia; habrá conocido la falsedad humana, sabrá de memoria los rostros de actores y actrices que presentan las personas del común cuando imaginan su gesto perpetuado ante los demás.
Es posible que, por mediación de tal empleo, gracias a esta tarea alimente a su familia, y en lo profundo de su alma duerma el deseo de hacer fotos artísticas, obras del ingenio, hijas de la inspiración, neutralizadoras de sus necesidades estéticas. Resulta admisible, a pesar de los pesares, que careciendo de encargos se permita abandonar la cámara, instrumento de la obligación; y en su lugar se sirva de óleos o acuarelas para fijar al presente los sueños de paisajes exóticos. ¡Va!, es solo el fotógrafo de la boda; y ahí se quedan los invitados faltos de interés por el prójimo. Cuánta paciencia derrocha, cuánto aguante muestra; ¿será su carácter o cuestión de oficio? Mide la luz cambiante, predispone la apertura del diafragma, enfoca y dispara; repite los gestos innumerables veces y, él, como los sufridos novios, no tiene quien lo sustituya.
Nos situamos nosotros, los García Movellán, de manera adecuada para una foto simétrica: a un costado de los novios, los hombres; y al otro, las mujeres; simple cuestión artística. Nada más terminar, Jean Pierre pide a Francisco Javier que repita con ellos como corresponde al témoin; y eso mismo hace con el testigo de Violette, Jules Marquier, el joven que rebosa encanto.
Un grupo llega tan retrasado que a punto está de quedarse sin instantánea; lo forman: Stéphane y Laeticia, Gerald y Carine, Ivonne y Michel, Eric y Helène, Suzette y Ronan, amigos de la infancia de uno u otro de los recién casados. Vienen así, por parejas, y piden el retrato por separado y luego todos juntos, ya que se acaban de conocer y hablando, hablando, han encontrado tan abundantes elementos comunes, tantas afinidades en gustos y manera de ser, que raro será si no sale de entre ellos algún noviazgo.
Y cuando el largo tiempo destinado al refrigerio toca a su fin, aún quedan fotos obligadas. Con Karl Vogel, segundo testigo de Jean Pierre y novio de Laure, ocupado hasta entonces en ordenar las mesas de la cena junto a Francisco Javier y los Peyrepertuse. Con la viuda Jeanne Saissac, que ha roto el luto adeudado a su esposo para asistir a la boda. Con Irène y Pierre-Louis, Eliane y Dominique, Rose y Romain, amigos de la familia de Vivy, matrimonios maduros, enamorados de Gaillac, viñedos e historia, a cuya enésima visita culpan del retraso.
Terminan los otros, y en ese instante son requeridos los novios para hacer la entrada triunfal en el castillo, abriendo el cortejo. Francis, Gracienda y la pequeña Louise, hija de ambos, se quedan con la miel de la foto en los labios, compuestos y sin fotógrafo, que se ha ido a la puerta para inmortalizar el momento de entrada. La cámara fotográfica de bolsillo que lleva la esposa, les servirá para retratarse con los recién casados y tener un recuerdo evidente de la boda, aunque, ciertamente, no sea lo mismo.

 

 

 

9
El tío abuelo Armand Aboab

De buena estatura, atlético, elegante, con mucho mundo en su haber, de una edad mayor bien disimulada –sesenta y siete años según mis mejores cálculos— cortés, campechano y, por si eso no fuera bastante, rico. Dos divorcios y cuatro hijos desperdigados por ahí, le proporcionan una experiencia familiar difícil de obtener por quienes vivimos acomodados en una larga relación de pareja, cuyo suave oleaje más que causar sobresaltos distiende.
Isabel me había hablado mucho de él en términos elogiosos. Quince años tenía ella cuando lo conoció. Fue en su primer viaje de intercambio; y es de suponer que la ingenuidad de su alma por aquel entonces se conmoviera con suma facilidad. Guarda Isabel impresiones profundas de época tan remota. Una de ella es el terreno boscoso que circundaba la residencia familiar de Odile, lugar propicio al espontáneo surgir del champignon, seta de la que, en los frecuentes paseos, recogían ejemplares maduros, los que conservaban el velo intacto, a punto de separarse del sombrero y del pie. Las gentes, de apariencia huraña y huidiza hasta haber entrado en relación, forman otra de esas gratas huellas; amables luego, cuando los contactos se sucedían a diario.
La admirada personalidad del tío de Odile constituye la reminiscencia más perseverante. El que es grand-oncle de Jean Pierre, llegado de las colonias para pasar unas apacibles vacaciones, había acumulado ya el capital raíz de su actual fortuna, y pensaba asentarse con carácter indefinido en su ciudad. El invierno próximo al primitivo encuentro, subido a su madura juventud se situaba en la cima del mundo, sicario de la guerra y señor de la paz, compañero del riesgo y la aventura.
En cierto sentido, seguía siendo Armand Aboad un aventurero; por aventura estudió en París, por aventura dejó los estudios y se alistó en el ejército, y por aventura también, participó en las atroces revueltas de Argelia.
En esa ocasión solicitó el cese temporal y, afiliado a una organización clandestina, se opuso por la fuerza a la descolonización. Se dice que en aquel período tenía amores con una mujer distinguida, esposa de uno de los jefes locales, militante, por tanto, del bando contrario. Se dice, y estoy dispuesto a creerlo, que al entrar en liza no cambió de facción; con asombrosa sencillez sustituyó a la hembra nativa por otra de su cuerda. No sé si tal comportamiento le procura honra desde algún punto de vista, pero estoy seguro de que lo define.
Tras una temporada en la metrópoli, las islas de La Societé le hicieron guiños con insistencia; y los barcos, unos cuantos, los que no preguntaban el nombre verdadero al enrolarse, unieron los motores para acercarlo a su destino. Sin escrúpulos que se opusieran, de negocio en negocio juntó una suma apreciable de dinero, caudal que cualquiera podía considerar tranquilizador.
Hoy existe un hotel en la Costa Mediterránea que cuenta con su nombre en la presidencia del consejo de administración, participa Armand en la propiedad de una agencia de viajes muy conocida, posee un edificio de apartamentos en Chamonix y puede pagar un rescate de, al menos, veinte millones de francos que, en pesetas, para hacernos una idea, supone más de cuatrocientos ochenta millones.
Se ha batido, se jacta, en modernos duelos de diversa índole, provocados por maridos o novios de mujeres a las que conquistó. Encuentros que ponían en juego el honor, celebrados a la luz de la luna en un claro del bosque, o en descubiertos urbanos al amparo de la oscuridad. Más de diez cicatrices pespuntean su cuerpo como lagos de un mapa, y no provienen de heridas honrosas. Son mojones que marcan lugares, son fechas que hablan de las épocas idas en que transcurrieron las hazañas. Hablo de un personaje sacado de historias recogidas en libros de otros tiempos, dejado al albur en nuestros días. Y a pesar de ello, en nuestros días, triunfa.
Ese hombre, al que no concedía importancia más allá de la anécdota gustosa de escuchar, mito y leyenda alejados de la verdad neta, empieza a preocuparme. A la confidencia de Horacio se añade la alusión de Odile, su sobrina, que habla de un egoísta, movido por turbios intereses en el momento de trasladar a mi esposa en su coche. Influenciable yo, acabo influido. En presencia de Armand siento temblar a Isabel, y son palomas mensajeras las que me traen noticias de su fragilidad; se azora cuando habla con él, y el tantán de la selva me trae mensajes de una adolescencia insuperada. La noto sumisa como una colegiala ante la superiora que entrega las notas, ante el padre que aplica una reprimenda, ante el príncipe azul llegado desde sus sueños reiterados; y son señales de morse emitidas por una linterna desde el acantilado, las que me hablan en cifrado lenguaje de sus emociones más íntimas.
Asun, bueno; ¿pero Isabel?, tan noble, tan señora; no alcanzo a entender los motivos de la continuidad en la devoción, en los afectos, en la pasión si es que de pasión se trata.
Si tenemos en cuenta la edad, separada de otras circunstancias, puede considerársele anciano. Aunque, a estas alturas, mantiene el galán una apariencia notable: camina erguido por el engreimiento y peina abundante pelo gris sobre una cabeza de toro. Durante buena parte de la mañana hace ejercicio; un profesor de atletismo dirige sus movimientos en la habitación de la casa destinada a gimnasio. Siguiendo el método dictado por un médico de Lyón, bromatólogo, cuida sus comidas hasta el límite exacto de la exageración. Huye del exceso de hidratos de carbono y de cualquier forma que adopte la grasa, rechaza los dulces muy almibarados, pastelitos y tartas de frutas con los que antes se deleitaba. Modera el consumo de su bebida favorita, un cognac Napoleón que se hace servir por cajas desde la misma bodega, con el que obsequia a sus invitados en sobremesas alargadas por gusto.
He observado a Isabel mientras bailaba con él varias piezas. He seguido la sometida mirada de mi esposa en el eterno viaje que lleva hasta los ojos del hombre y, lo confieso, he sentido animosidad. Me hubiera enfrentado a Armand como uno más de sus retadores, pero en su actitud no había nada reprochable. Después de todo, conoció a Isabel antes que yo y conserva viva una vieja amistad. Jamás había pensado en ello, pero ahora que los celos me muerden, advierto que pudo obtener Armand Aboad lo que en estricto derecho me correspondía. Practicaba Isabel el ballet en la adolescencia, y en esa actividad resulta habitual —me dijo mi novia querida— que en un desafortunado plié se sufra un desgarro íntimo, mínimo si se quiere, pero que es necesario advertir al amado antes de la noche de bodas para que no se desazone.
Una conmoción extraña se produce en mí y va a más. Me invade una congoja, nacida en el interior orgulloso cuando me pienso engañado, tratado con menosprecio, utilizado como el cobertor inocente que se coloca sobre la colcha sucia. El novio arquitecto debió de enterarse y rompió por ello el compromiso firme. Explica esta tesis las aparentes reticencias y las facilidades reales dadas por el padre de Isabel para el matrimonio; quizá en su clase social la hija tuviera ya cerradas las puertas. Aclaran la suposición dos viajes que mi esposa hizo sin que yo, por cuestión de trabajo, la acompañara; llevaba a Francisco Javier con el fin de dejarlo en la casa de los Bondois, y sus estancias se alargaron en cada ocasión más allá de una semana.
Arroja la conjetura un puñado de luz sobre alguna insinuación maliciosa de Odile, que jamás escuché con interés ni comprendido en su sentido exacto. Es envidia; sin duda codicio la vida agitada de ese hombrón que se resiste a envejecer. Es resentimiento; decepción acumulada durante una existencia plana como la mía, carente de sorpresas. Es despecho, pues atraído yo por Ana Gamazo, amiga de Isabel, aquella en cuya casa conocí a mi esposa, no fui capaz de aproximarme al acantilado, no tuve empuje para saltar el muro, ahogué al sentimiento como a pajarillo en el nido. Pendiente yo de las mariposas que vestidas de palabras volaban de su boca, atento a las olas de sus brazos cuando se explicaba, pudo Ana conocer mi delirio, pero jamás recibió la confirmación de mis labios sellados. Salimos juntos, ella con Sergio —primero su novio y luego su marido— y nosotros, Isabel y yo, paradigma de pareja unida, compacto edificio carente de fisuras. Los visitábamos o recibíamos su visita, y estando todos juntos sufría en mi interior más íntimo el desasosiego producido por su presencia, sin permitirme en ningún momento la mínima manifestación exterior.
Son malintencionados mis celos y debo rechazarlos; puros trastornos de la cabeza. Jamás tuve motivos para desconfiar de Isabel, mujer discreta que me comunica sus leves travesuras, sus caprichosas compras de nimiedades que, consideradas hoy imprescindibles, mañana abandona. Conozco su vida mejor que la mía. De antemano sé sus reacciones. Sí, es posible que descubriera el amor encarnado en la persona de Armand, tío de Odile, galán en plena madurez, mozo colmado de atractivos, lo admito; es posible que así fuera, pero ni ella consentiría su avance, ni él se aprovecharía de una inocencia que tenía tan a mano.
Soy ingrato con Isabel, estoy convencido; pero la sospecha ha entrado en mi corazón, y si no logro arrancarla de su asidero la paz escapará de la casa y nada volverá a ser como antes.
Rompe la defensa que de Isabel elaboro con cuanto detalle exculpatorio encuentro, la confesión de Odile que acusa a mi esposa de haberme engañado respecto a su cojera, ella no dijo tal, fue capaz Isabel de esgrimir la enfermedad para hacer que asistiéramos a la boda.
Afirmación que desbarata la defensa e inclina la balanza del lado de la falsedad. Por eso recuerdo ahora, que a raíz de uno de sus viajes comenzó a lucir un juego de pendientes, anillo y collar, dotados de finísimas perlas que sirven de nexo entre las cuatro piezas, y las familiariza.
Me explicó Isabel que había comprado las joyas con economías hechas en los últimos meses, a un dinero que yo colocaba en su cartilla para los gastos corrientes de casa; y que sumó algunos ahorros nacidos de privaciones pequeñas, de su renuncia a objetos de poca importancia. Me hice el bobo, y fingí creer que el alto precio fue pagado con dinero distraído de su función, cuando en verdad sospechaba yo que había acudido a su padre para darse el capricho.
Interpreto ahora que debió de ser cosa de Armand. Pudo ser un regalo interesado, el ariete que empujara la puerta, la catapulta que zanjara el asedio. Pudo ser el sello de un pacto, la rúbrica de un juramento, la promesa de una eternidad discontinua, o la expresión material de un agradecimiento. Hasta el pago de unos instantes de intensa felicidad pudo ser el presente. Con ser mucho, ¡qué poco era para él que tanto poseía!, ¡Mezquino!
Ha conservado Isabel una extraña amistad contra viento y marea. Se trata de la afición demostrada hacia Amaia, una antigua compañera de estudios de San Sebastián, con quien se ha reunido en su casa varias veces durante estos años, sin que ella viniera a la nuestra ni la visitáramos juntos. Una decena de días duraba la ausencia y después, durante el resto del año, ni una llamada telefónica recibía de la que yo fuera testigo, ni una carta llegaba que pudiera mostrarme, ningún contacto añadido que fuera felicitación de compromiso intercambiada por el cumpleaños o con motivo de la Navidad.
Metido ya en la dinámica de la sospecha, creo haber encontrado el lugar de sus citas adúlteras con un Armand llegado allí de manera deliberada. Da la impresión de que, temeroso de poner más esfuerzo, tratara de compartir la distancia y hallar un equilibrio. Hubiera atravesado desiertos yo, vadeado mares, escalado montañas, circunvalado el mundo detrás de un amor aceptado y correspondido: el de Ana Gamazo si el de Ana Gamazo lo fuera. Por esa razón insisto una vez más en gritarle: ¡miserable!, ¡mezquino!
¿Quién me asegura que no se vieron en nuestra ciudad? ¿Qué razón me asiste para pensar que no visitó nunca Valladolid el amante? Participó en guerras despiadadas, escapó de la muerte centímetros antes del fin, y el peligro extremo le entrega un placer irrenunciable. Pudo hacerlo, de eso no hay duda. Isabel sale con frecuencia, rinde visitas de cortesía, corresponde a amistades, se ocupa en acciones caritativas, y no necesita excusas cuando se retrasa. Llega a veces sofocada, puebla sus mejillas un intenso rubor y atribuyo el acaloramiento, inocente yo y confiado, a la caminata o al paso acelerado para regresar cuanto antes.
Con ocasión de sus negocios o de propio intento pudo el taimado venir, y avisar a una Isabel impaciente por medio de un botones de hotel que entregaría en propia mano el recado. No iba a arriesgarse mi esposa a subir a las habitaciones, siendo como es conocida, pero existen albergues en las afueras que poseen entradas directas de la calle a los cuartos, y se alquilan por horas sin otros requisitos que el pago adelantado del alto precio.
Si Isabel supiera que en mi mente enfermiza es objeto de tantos vaivenes su honra, si conociera que la confianza sin fin ha terminado; si sospechara siquiera que mi corazón sospecha; si Isabel supiera, sería tal mi turbación que no me atrevería a sostener su mirada. Porque su virtud acendrada goza de fama entre nuestras amistades, porque me envidian los más su dedicación y ternura, la entrega sin tasa a los hijos. Soy inclemente con Isabel sin Isabel saberlo, y eso no deja de ser cobardía.
Repaso mi vida a su lado, el cambio de trato de novio a marido. Parece un mismo sendero continuo y, sin embargo, un abismo separa ambos tramos. Eran verdaderas cursiladas, —leíale poemas de un libro de Jules Laforgue, que ella me había regalado— por eso tras el matrimonio interrumpí la lectura.

Nous nous aimions comme deux fous,
On s’est quitté sans en parler,
Un spleen me tenait exilé,
Et ce spleen me venait de tout. Bon.

Le hablaba del cielo azul salpicado de nubes, de los luceros nocturnos cuyos nombres conozco; pasión humedecida una y otra vez en cuanto la veo amustiarse. Olas intrépidas ponía ante sus ojos, naufragios de bajeles piratas cargados de valioso botín, fondos repletos de arcoíris, un mar de alargadas orillas cubiertas de conchas nacaradas. Alejadas islas, misteriosas, paradisíacas, pintaba con palabras de matices exóticos. Valles dueños de una vegetación esmeralda y arroyos cayendo en cascada sobre estanques mínimos. Todo a la medida de nuestros retozos, de nuestro reverdecido deseo, causa y efecto.
Me perdía en recuerdos de la niñez, y ella los enlazaba con los suyos en una interminable trenza que se anudaba al porvenir. Ahondábamos, partiendo de la superficie, y no poníamos fondo a nuestra exploración. Cualquier circunstancia suya me interesaba, la más remota incluso. Preguntaba hasta conocerlo todo, y si era preguntado me extendía en explicaciones que estimulaban las suyas. Embebecidos en esos intercambios nos descubría, experto en capturas y entregas, el doloroso momento de la separación. ¡Oh! mis insignificantes presentes: amapolas crecidas en el parque a ocultas de los jardineros, rojas, negras, dotadas en sus capullos castos de una timidez rosada; la primera hierbabuena del amanecer despejado, cubierta aún de rocío y exhalando ya sus balsámicos aromas; la pluma perdida por el ave sobre nuestras cabezas, astil de ganso cortado para la escritura, barbillas suaves de marabú, afectuosas de su piel sensitiva; la torta amasada por la hija del panadero, que añadía a la harina de trigo un cuenco de leche y miel de alhelíes; piedrecitas preciosas halladas someras en el transparente manantial, cristalinas, húmedas, resplandecientes; atardeceres ocres tiznados de púrpura final, crepúsculos alargados de un otoño refugiado en el Campo Grande, detrás del banco donde nos acariciábamos besándonos, remanso vegetal. Eran verdaderas cursiladas.
Sí, en efecto, lo eran; pero Armand Aboad no hubiera podido nada contra esas ñoñerías. El corazón abre su puerta a quien, preguntado, dice de manera correcta la contraseña.
El día a día cubrió de polvo nuestro amor; y sobre el polvo Isabel y yo fuimos sumando capas de barniz año tras año. Amigos, camaradas, colegas: eso somos. Nos imaginamos unidos por lazos que nacen del mutuo afecto, pretendiendo con ello ocultar la pérdida de ternura, el paulatino deterioro de nuestros sentimientos más profundos.
Venía mi padre desde tiempo atrás pidiendo que me hiciera cargo del taller para transmitirle el impulso adecuado: el mercado pasaba por momentos propicios, pero él ya no podía: la edad, la falta de estudios apropiados, la carencia de fuerzas; y yo le daba objeciones evasivas, dilatorias.
Cuando mi suegro me situó al frente de parte de la constructora, la contratación de oficios —decenas de obreros especializados que convierten una estructura acabada en una casa habitable— cuando hube de dejar la satisfactoria tarea desarrollada en la fábrica de coches —adaptación a la cadena de los prototipos franceses— y me puse a sus órdenes, sentí un crepitar interno, la ruptura de alguna potencia íntima.
Transigí persiguiendo la complacencia de Isabel, pero rechinó mi autoestima despedazada bajo el peso de la sumisión. En su lugar nació un continuo disgusto que se traducía en mudos reproches destinados a mi esposa; y aunque participaba de los beneficios y asesoraba a su padre, no ponía yo ilusión en la tarea. Se sucedieron los años y el malestar crecía. Isabel y yo –simples socios— nos fuimos convirtiendo a los ojos de todos en un dechado de unión duradera. Llegaba yo a ella como quien cumple con pascua, sin acicate, sin pasión, sin desasosiego. Se avenía a mi búsqueda como el gato que arquea el lomo ante las caricias de los desconocidos, manso, conforme, pero sin producir ese ronroneo que revela la dicha completa.
Soy injusto con Isabel, me digo tras la somera revisión practicada a nuestra vida en común. Tal vez Ana se quedó con el novio y le dejó a su amiga el marido. No sé si el pozo que mi abuelo ahondó en el corral de la casa del pueblo —de cuya agua Isabel jamás se saciaba— sin aprovechamiento se habrá secado; desconozco si se borró el sendero que Isabel y yo iniciamos sobre la yerba rala de los campos próximos al colmenar –almendros, romeros— donde tan a gusto se sentía; pero estoy seguro de haber contribuido durante todos estos años a hacer más adorable la erguida figura de Armand. En mi reside una culpa que no hallaré en otro sitio.

 

 

 

10
La fiesta cambia de escenario

Penetramos en el castillo sin prisa, formando una columna cambiante del ancho de cuatro personas, de cinco, de tres, de parejas; siguiendo a los novios. Desordenado cortejo que se detiene en la puerta ante un cartel prendido con clavos dorados. Se trata de un certero dibujo del patio donde las mesas son círculos y a los comensales les representan sus nombres; y en algunos casos, los protagonistas, sus padres y testigos, un dibujo del rostro realizado a plumilla. Es necesario buscarse para observar el orden previsto y contribuir a la concordancia anhelada por los organizadores.
Son tableros de ocho plazas, pensados para la charla espontánea; en ellos es posible enlazar una conversación generalizada, o varias si así se decide. Han tenido en cuenta afinidades: la primera, el idioma; la edad, la segunda; y por fin, el sexo o el estado civil. Nos han asignado compañeros que despiertan en nosotros un cierto interés previo: el sacerdote oficiante y dos tías de Jean Pierre, hermanas de su padre. Una de ellas, la mayor, viuda de un prestigioso médico africano y madre de dos hijas gemelas que andan por ahí. Son preciosas, las he visto; esbeltas y gráciles, su color tostado sobre facciones finas de corte europeo, las convierte en figuras talladas por un artista con valores experimentados. A través de los ojos de mirada profunda asoma una inocencia que ha de venir de muy lejos. Su habla tiene un deje rítmico que resulta sobremanera agradable. Lo dicho: encantadoras, preciosas, ejemplares.
Corresponde a Odile estar con nosotros, y la noto alicaída, situada junto al sacerdote y a mi diestra. Ayudo a Isabel a acomodarse en la silla pegada a la mía, al costado de un matrimonio muy bien avenido: él, experto en vinos como comprobamos luego, y ella, embarazada diez años después del último parto, cuando lo creía imposible. Odile guarda con nosotros una cierta distancia, imagino que será para no establecer diferencias, consciente de su papel de madrina, un nombramiento entre honorífico y comprometido; y tras una efusión amistosa de Isabel, le pide calma instándola a bajar la voz.
Se dirige luego al aumônier refiriéndose con pasión a la homilía. Agradece enfática que al aludir al carácter afable de Jean Pierre le atribuyera a ella, la madre, en mayor medida que al esposo —debido a su viajar constante— el mérito de mantener el cálido fuego del hogar encendido, alcandora que tantas virtudes descubre y tan cristianas conductas propicia.
La mesa ha sido dispuesta con gusto; hay abundancia de piezas, pero entre ellas se da el equilibrio. Predominan los tonos suaves en los colores, y los manteles, sobre el tejido de calidad que los forma, presentan minuciosos bordados. De las diferentes copas arrancan cambiantes reflejos unas bombillas de luz temblorosa, que imita la voluble llama de las antiguas antorchas. Se ha hecho la noche sobre la tarde larga, y la indescifrable penumbra de la parte superior de las crecidas arcadas —balconada pétrea ornada de armaduras en posiciones diversas— sugiere figuras de forma imprecisa que concreta la imaginación. Magia y misterio descubre la vista en su entorno.
Nuestra hija Sofía tiene a su derecha el asiento del novio, y una tristeza visible se apodera de su gesto. Durante todo el viaje me ha hablado de él, sintió la ausencia en la ceremonia, pero es ahora cuando la separación marca el punto crítico, porque el nombre de Rafael escrito en la tarjeta acentúa el espacio vacío. Pobre, no conoce apenas el idioma francés, y su vecino de la izquierda no hace honor al dominio del castellano que le atribuyen los organizadores. Si al menos se expresara en inglés, lengua que nuestra hija domina; pero no va el muchacho en esa lengua más allá de formular un cortés saludo o los extendidos tópicos de los manuales referentes a situaciones similares: Good evening, young lady. The bride is a intelligent and fair woman. This is a beautiful celebration; we are very satisfied in this castle.
Son parejas de novios los seis compañeros, y se nota una clara tendencia a la conversación íntima.
Dos mesas más allá en dirección a las cocinas, juntos, vemos a Octavio y Anita; sonrientes, habladores. Me alegro por ella, pues tuvo ayer un día penoso y mantiene el ánimo algo apagado. Aprendió la lengua inglesa con la intención de abrir puertas en otros países, por eso la molesta no entender a la gente esta noche, no poder participar en las conversaciones abiertas y estar situada, en cierto modo, al margen de los hechos. Atribuye a la torpeza esa situación y se siente humillada. Existe algún motivo, no vamos a negarlo, pero de insuficiente trascendencia para que se encuentre tan a disgusto. Ahora, sin duda, aprovecha que los otros no la comprenden para embromarlos, ironizando sobre ellos en complicidad con su hermano. Los oigo y entiendo que los dos se expresan a ratos en inglés y a ratos en castellano.
Étienne se sienta en una mesa alejada de la nuestra; de esta manera se dividen Odile y él la tarea de la cortesía. Obran igual Jacques y Delphine, así que cuatro de los grupos cuentan con la presencia de un anfitrión. Laure y su prometido honran la mesa donde Sofía naufraga, y aunque la pareja ostenta menor jerarquía, el grupo está bien arropado. Los tíos del novio, Vincent y Gustave, entregan su presencia a mesas contiguas; de la misma manera otros familiares directos se encuentran diseminados por distintos grupos, de modo que nadie, en verdad, puede sentirse relegado. Cabe a Francisco Javier el máximo rango, situado a la derecha de la novia, la bella Vivy, quien, recobrada un tanto de la sesión fotográfica, está tan esplendorosa como un querubín.
Es el momento de echar una ojeada al menú descrito y explicado en la carta, una cartulina doblada por el centro e ilustrada con alegorías del matrimonio. No sé si es cierto que los franceses dominan el arte culinario como se oye a menudo, no he tenido el placer de comprobarlo porque dicen que su cocina auténtica es cara; mas estoy convencido de la supremacía lograda en la redacción de los nombres dados a los platos, cualidad exhibida hasta en el menor y más escondido de los comedores. Musicalidad y belleza se aúnan con la explicación detallada de los ingredientes, y de la manera de disponerlos. Es innecesario pedir la receta después de leer el enunciado explicativo de cada tentación gastronómica. Sin llegar a tanto, madame Peyrepertuse alcanza una cota muy digna. No resisto al impulso de transcribir uno de sus sencillos ejemplos:

La Trilogie Marine( délices du pêchers):
Aumônière de Saumon Marin au arôme de cèdre
Petit Tartare de Perche et Cabillaud au Gingembre,
Poirette de Crevettes du Océan aux Fruits de Mer.

Es el tronco central, pero en el conjunto sigue llamando la atención la ausencia de carnes. Vegetales, pescado y marisco, a más de frutas y dulces componen la cena, de una variedad hallada en las formas. El único alcohol corresponde a los excelentes vinos, pues las demás bebidas están desprovistas de él.
Los beneficios de tal menú se explican en las carillas interiores del impreso, y son notables. Se han elegido materias primas frescas y tiernas con el fin de facilitar la asimilación. El equilibrio nutritivo viene de las abundantes proteínas, de las vitaminas y minerales, incluidos calcio, fósforo y flúor, de efectos positivos sobre los huesos; y de los ácidos grasos saludables, que favorecen el flujo sanguíneo y el desarrollo de las células, reduciendo el riesgo de padecer enfermedades coronarias. Explica Odile que Violette es una convencida vegetariana, y con tan elemental propuesta pretende demostrar que una dieta sana no está reñida con el disfrute en la mesa. Miente o yerra, me digo; pero cualquiera sabe que mariscos y pescados no son vegetales.
Nos saludan desde su mesa los Gijón, un matrimonio mixto si nos referimos al aspecto geográfico. Él, aragonés, de Huesca, aporta una vida henchida de aventura; y ella la tranquilidad de quien desea todos los días idénticos, sin alejarse demasiado de su Tarn natal. Equilibrista en el trapecio circense, cinco heridas de muerte trajeron al temerario a este rincón remoto; y aquí halló el reposo en forma de mujer. Parece a simple vista una unión insalvable; los familiares auguraban la fractura y, sin embargo, llevan veinte años juntos y porque se conocieron tarde. Hemos hablado con ellos durante el refrigerio preliminar y en seguida se nota su compenetración. Se esforzaba Pierre —ha mutado legalmente su nombre como muestra de respeto a la patria de acogida— en el intento de transvasarnos las claves del espíritu francés, esencia que él cree tener aprehendida.
—Estos franceses no son lo que parecen; escogen cualquier apariencia con tal de engañarnos. —Se dirigía a nosotros simulando no desear ser oído por su esposa-. Hay que profundizar, rascar, frotar, hasta que aparece, bajo el barniz, la verdadera pasta de la que están hechos.
Es la mujer una muñeca de porcelana: delicada, espiritual, sensible; en una palabra, contrapunto de él, primario y abierto.
—Su aspecto es de monja, pero, si se la estimula comme il faut, puede resultar muy sensual. Es todo nervio y coraje, y si creen estar tratando con una mosquita muerta, cuidadito; cuando se enfada se convierte en una fierecilla salvaje. —Se refería a su esposa en tales términos, y hablaba esa vez sin importarle ser oído, consciente de no importunarla con sus confidencias.
Se hace el silencio del patio con la suma de los silencios individuales, es la ola insonora que avanza callándolo todo. Queda, viniendo de lejos, como filtrado por sordina, un rumor agudo de vajilla y cubertería, pero al chistar unos labios reclamando mutismo, alguien avisa a los de la cocina que paran sus manejos. Al piano se ha sentado Jean Pierre, quien a petición de Violette —lo explica la alzada voz de una prima— va a interpretar unos aires españoles, en concreto de El Sombrero de Tres Picos del compositeur Manuel de Falla.
Unos sonidos saltarines, parsimoniosos, que parecen esperar a los que vienen detrás, permanecen en el aire durante un tiempo alargado hasta un segundo antes de la fractura. De improviso caen al suelo y, resultando estar compuestos de vidrio, se rompen en mil pedazos cristalinos. Únense las notas, se adensan conformando armoniosas bandadas que sobrevuelan nuestros pensamientos. Poco a poco van disociándose en infinitos puntos luminosos que roban su esencia a las estrellas. Descienden y, para abrirse en finos chorros murmuradores, se hacen fuente.
Cae una elegía desgarrada sobre la concha de piedra, cae sobre el agua del estanque un romance de moros, y una cancioncilla de cuna se desliza por encima de la yerba temblorosa. No dura el ejercicio más de siete minutos, pero la maestría interpretativa de Jean Pierre queda patente, y los apasionados aplausos suenan sinceros repitiéndose y repitiéndose sin ganas de parar un solo instante.
Llegan los entrantes, unos hors-d´oeuvre hechos a partir de algas y gelatina vegetal de diversos colores, dispuestos de forma que bien pudieran pasar por pintura abstracta. A propósito del plato servido comento al sacerdote —¿a quién mejor?— que puede ser pecado comerlo, no de gula sino de brutalidad, por la destrucción de tan artística obra. Me habla él entonces del arte efímero así concebido, cuya vida se cuenta en segundos en casos extremos. Pero elude el tema importante que yo quiero abordar, el religioso. De modo que alargo su respuesta con una frase que estimo ingeniosa: «Breve como una jaculatoria y como ella eficaz». Ni por esas; él se evade haciendo puerta en la tangente y enuncia un aforismo francés que traducido quedaría en algo parecido a «lo bueno sí breve dos veces bueno».
Mas no me rindo y dirijo el intento por otro camino: «¿Podríamos decir eso mismo de la vida?», añado pintando en su rostro la sorpresa. Movida mi pieza quedo a la expectativa de su jugada, que se presenta de inmediato. «Una existencia reducida, recorrida en la dirección adecuada, puede alcanzar temprano objetivos de interés»: expresa, abriendo una rendija por donde entraría un camello, acaso el destinado a pasar por el ojo de la aguja evangélica mientras el rico espera a la puerta de los Cielos. Queda a mi merced y sitúo los cañones ante su vanguardia, alfil contra la torre: «La dirección adecuada, sí claro, la más conveniente; pero ¿cómo conocerla?» Da un quiebro, evita el impacto y dice: « Para cada uno es distinta, depende de los valores que formen nuestro criterio, y éstos, de la herencia y el entorno». Es escurridizo y tozudo; me cierra a conciencia las ventanas por las que quiero penetrar en sus convicciones.
O envío una flecha certera a su corazón, o se me escapa vivito y coleando.
¡Ahora!, me digo, y disparo: «Valores religiosos, morales, ¿de qué índole?»
Pero esquiva el dardo y sigue su camino. «No tienen que ser por obligación religiosos; morales sí, pero de una moral humana. Valores humanos podríamos decir, aquellos que tienen al hombre como un animal en evolución hacia formas superiores, que mejora en la dirección marcada por la naturaleza». Sin saber la razón, aunque puede que provenga de Horacio, de la charla previa a la cena, un lenguaje castrense se mezcla con el mío.
El bribón del cura evita el jaque mate utilizando a la reina, debe estar desorientado. Así que ataco a un tiempo con la torre, el caballo y el alfil, consciente de estar haciendo trampa: «¿Y el alma, qué lugar ocupa?» Temo una reacción inmediata y agresora y, sin embargo, cuando llega me sorprende: «Desde el punto de vista humano es el espíritu, la inspiración, la intuición, la capacidad de concebir ideas de progreso y la voluntad de llevarlas a cabo».
Descubro en la respuesta un movimiento vano tendente a retrasar la inevitable derrota, que su intimidad ya acepta. Así que apoyo mi posición sirviéndome de la reina que hasta ahora ha estado inactiva, y digo con una rapidez que hasta a mí me sorprende: «¿Es ese espíritu, inmortal?» Y le veo revolverse como una serpiente bajo el pie: «Inmortal es un concepto religioso, si hablamos del hombre en términos puramente animales, cuando él muere todas sus facultades mueren». No sé si aceptar que mi rey doble la rodilla en señal de rendición o atreverme a exigir tablas; al final opto por esto último. Más tarde regresaré a la lucha, ahora me aparto del espinoso asunto alabando el vino de Gaillac, un blanco de mérito.
Durante el interregno dedico mi atención a la familia: Francisco Javier charla con la nueva esposa, distendida por completo, acostumbrándose aún al trato adulto que por primera vez recibe de sus parientes más cercanos. Sofía me busca la mirada y dibuja una seña de fastidio que es todo un plañido, el gesto de quien a duras penas se adapta al entorno porque no hay otro remedio. Octavio, elevada la voz, está enfrascado en una controversia con la que disfruta. Observo a Anita entenderse por gestos con un chico que lleva coleta, un joven elegante y muy fino; a ella se la ve toda hueca y sonríe con un mohín mimoso que no puede fingir.
Mi esposa argumenta, en conversación animada con la pareja de su izquierda, a favor de los hijos tardíos que «retornan a los padres a la juventud y a las ansias de vida;» la oigo decir. Pone ejemplos diversos, en los cuales, los consortes, parejas maduras ya hechas al deslizar del tiempo, abocadas sin oposición a una madurez serena privada de alicientes, fueron sorprendidos por una gestación no buscada pero tampoco impedida, y reaccionaron asumiendo de nuevo la lucha, saliendo a la intemperie en busca del corregido futuro.
Ellos, a quienes concierne el asunto, en trance aún de hacerse a la idea, aceptan ese punto de vista; lo que no quita para que se sientan un estanque calmo al que alguien ha arrojado una piedra, un tanto convulsos y desorientados. Se resignan a cuanto supone de gasto añadido, que es mucho; pero temen la reacción de los otros tres hijos. Once años tendrá en el momento del parto el que hasta ahora ha sido el pequeño, y no saben si le afectará el hecho de ser desplazado. Los demás –una muchacha de quince que está ilusionada con tener un muñeco de carne y hueso, y el mayor, de dieciocho, desinteresado mozalbete a quien nada parece afectar— verán modificado el orden de la casa y a la hora de la verdad cabe esperar su rechazo.
En ese instante se aproxima Anita, sigilosa, emocionada, y confiesa a su madre, toda ella oídos maternos, juntando los labios al pabellón de la oreja, tan quedo que apenas puedo oírlo, alguna cuestión relativa al chico de al lado: la mira con buenos ojos y a ella la agrada; nació en Tours, ha vivido en varias ciudades, estudia en París, habla algo nuestro idioma y sabe tratar de modo cortés a las chicas.
Las hermanas de Étienne, situadas frente a mí, hablan entre ellas. Las observo durante un instante muy breve, pues notan mi interés y dejando su conversación me sonríen. Salvo la frente, común según parece, y la barbilla, de una redondez similar, el resto las diferencia: alta y delgada la viuda, entrada en carnes la menor; la mayor más seria, más elegante, más señora. Es la gordita quien me dirige unas palabras de cumplido que, sin embargo, suenan sinceras. Mi respuesta cierra el paréntesis abierto por la ronda de miradas, por el vuelo de reconocimiento del entorno cercano. Terminada la pausa destinada a ordenar los pertrechos vuelvo a la carga con el sacerdote.

 

 

 

11
La fiesta prosigue su andadura

En el interior del castillo, los primos jóvenes de Violette despliegan un vasto lienzo desde lo alto del muro, balconada de las habitaciones, de forma que cubre en gran medida el lateral cercano a la puerta. Se apagan las luces indirectas que alargan las sombras, se oscurecen las lámparas cuyas incandescencias simulan llamas agitadas por un viento hostil, y la iluminación del patio queda reducida a un testimonio válido para que las tinieblas no se hagan las dueñas creyendo estar solas.
Sujetando a la oscuridad surgen de ella unas candelas mínimas, disimuladas hasta ahora por los trenzados que sirven de adorno, firmes flores de lis labradas en los puntos centrales de los arcos. De todos ellos, los siete elevados sobre la rasante del patio y los siete superiores, más la arcada central que, de tamaño doble, acoge el portón de acceso entre sus pilares. Quince lucecitas en junto. Un techo muy alto, inalcanzable para las golondrinas y los vencejos, punteado de esplendores temblorosos se descubre sobre nuestras cabezas, acogedor de una belleza serena e imperturbable, de hecho, semejante a la que ilumina a la novia.
La reducida orquesta, formada por cuatro jóvenes venidos de Béziers, compone una música que me esfuerzo en identificar sin resultado dada mi escasa cultura sinfónica. Los acordes me llevan a la remota época medieval, emanados sin duda de instrumentos coetáneos de la composición. Un templo románico de sonidos inunda gradualmente el ámbito, haciendo presagiar la aparición de algún personaje de los considerados principales. En efecto, unas figuras de formidable tamaño, vez y media más que el natural, imagen clara de Violette y Jean Pierre, quedan fijadas al lienzo, forzoso término del abierto haz de luz que cruza el patio, proveniente de un proyector de diapositivas situado enfrente. Muestra Jean Pierre un brazo tendido sobre los hombros de Violette en actitud protectora, y sonríen ambos con la mirada puesta en el azul infinito que rodea el pétreo navío varado en el pico Falcón, castillo de Peñafiel, en nuestra propia provincia. Reconozco la foto que disparé con su cámara automática a pedido de ellos.
La música, venida de la antigüedad, se hace suave y melodiosa durante un minuto, quizá dos, y torna a ser solemne cuando la estampa se transforma en otra captada, al parecer, en Grecia, frente a las ruinas del templo de Apolo en Corinto. Torna la música a ser suave y una voz, por encima de ella, explica el lugar y el momento. Así, voz, música y fotografías se van sucediendo en un avance vital claramente invertido, que descubre lapsos de los novios por separado: servicio militar de Jean Pierre, curso de vuelo en Gaillac seguido por Violette, intrépida piloto, bella incluso ensabanada con el pardo tejido del equipo de faena. La música anuncia de nuevo el cambio de asunto, y aparecen en sus estudios: él de arquitecto, ella de restauradora de obras de arte. Retrocede más el recuento, y los lleva a jóvenes recién salidos de la adolescencia, momento en el que ya intervienen las familias en sus aventuras. Una excursión a algún lugar de los Alpes austríacos, protagonizada por Jean Pierre durante un verano impreciso; un viaje a Dinamarca, ciudad de Copenhague, y una Vivy de largos cabellos enmarcando un rostro armonioso, alta, delgada, ante el museo de escultura de Thorvaldsen. La londinense Piccadilly Circus y la plaza de San Marcos inundada, de una Venecia de suelo líquido. Él, niño, en la finca de mis suegros alimentando a un cordero que sostiene Francisco Javier; ella, niña de doradas trenzas, en la abadía de Monte Casino.
La voz, en los intervalos en que vence a la música, explica lo que las imágenes apuntan sin concretar, y deja entrever la diferente educación dada a los niños por las respectivas familias. Llega la ilustración a la bicicleta, al triciclo, a los infantiles juegos, y termina en las tomas tópicas de las bañeras portátiles, cuando apenas cuentan un año de vida, desnudos, en el momento de ser aseados por unas madres muy jóvenes.
La vida, dice la voz de una prima por los altavoces, ha ido preparando con mimo y sin prisa el encuentro de estas dos personas, Jean Pierre y Violette, para que en el instante de su descubrimiento se atrajeran, se sintieran a gusto el uno con el otro y, unidos, emprendieran la aventura del amor y de la convivencia. Los intensos aplausos, semejando un mar de olas que chocan entre sí elevándose por efecto del encontronazo, caen al abismo con repetido estrépito para elevarse de nuevo. La cerrada ovación oculta otros sonidos, todos los demás, cuando la foto inicial, al pie del Castillo de Peñafiel, en Valladolid, anega de nuevo el lienzo de la pared en precipitado regreso al presente.
Mientras sirven el segundo plato la conversación junta en la mesa los granos que cada uno aporta, generalizándose. Del vino se habla, a propósito del blanco Gaillac, cosecha de 1.996, y de un reserva de René Laforets, Bordeaux de 1.990, que han sido dispuestos para escoltar a las viandas hasta su gástrico destino. Se echan de menos unas carnes rojas que acompañen a tinto tan renombrado. Lleva la añoranza gastronómica a una controversia que inicia una de las tías de Jean Pierre, la menor, al intentar señalar la estricta frontera trazada por el uso entre rosados y tintos. Alcanzada esa cota me resulta sencillo introducir los caldos españoles en el coloquio; un empujoncito y ya está.
Buenos son los franceses en tocante a lo suyo; no toleran la mínima insinuación; y al minuto se cae en el simple cotejo, era inevitable, de los vinos franceses con los nuestros. El padre Barthélemy que entiende de los asuntos del cielo sin olvidar los de la tierra, un bon vivant al parecer, campechano y culto, da prioridad a los caldos galos, pues los de España, en especial los Rioja, de ellos derivan. Se refiere al modo de hacer de los maestros bodegueros, a las barricas de roble, y a los famosos palos llevados a tierra española. Encuentra, no obstante, más serio el control de calidad ejercido en nuestro país; aunque en honor a la verdad, cabe decir que el francés ha ganado rigor. Bueno, sin comentarios, una de cal y otra de arena, me parece justo. No comparte la opinión el tardío procreador situado a la izquierda de Isabel, quien afirma de forma vehemente, que comparar unos vinos con otros, ya procedan de Burdeos, Borgoña, Rioja o Ribera de Duero —asegura conocer los Vega Sicilia, insuperables— resulta tarea tan desatinada como equiparar un cava con un champagne. Y tratando de reducir el parangón al absurdo, formula una pregunta:
—En una hipotética carrera de méritos pictóricos, ¿quién resultará mejor colocado, Picasso o Ingres? Cada uno posee una herencia distinta, un entorno y un equipaje cultural privativos, una técnica y una personalidad diferenciadas; todas estas características y alguna más que no he nombrado, los convierten en únicos: la situación del atelier o estudio, por ejemplo, el espacio al que se abre su puerta, el paisaje visto desde sus ventanas y hasta las visitas recibidas. Eso no estorba que, en el plano de la mera subjetividad, nos guste, como en el caso de los vinos, uno más que otro.
Iba el padre Barthélemy a intervenir de nuevo, cuando lo que parecía ser en el otro parada y fonda, resultó nada más una pausa, un alto en el largo camino emprendido.
—Por otra parte, los vinos cobran su verdadera importancia en el momento de abrir la botella; cuando el vaso queda mediado y el producto de mil variables permite a los cinco sentidos valorarlo, el oído inclusive, al chocar el líquido con el cristal. Hasta entonces son potencia; la esencia se la da el gourmet, y sucede, liturgia y ceremonial incluidos, en ese preciso acto, fundamental sin duda, en que el sacrificio de las posibilidades de mejora produce el goce del oficiante. El padre ha de saberlo por experiencia.
Nos alegra su intervención y brindamos por la agudeza y oportunidad del discurso. A partir de este momento cualquier coloquio serio que se intente parecerá fuera de lugar, de suerte que abandona el padre Barthélemy la réplica, y yo cejo en el meditado intento de abordar al sacerdote sobre el asunto de las herejías, que aquí florecieron en la turbia Edad Media.
Un revuelo se produce de pronto en la mesa de los chicos, y acudimos a ella, Isabel y yo, porque es Octavio quien parece estar comprometido. El otro contendiente de la escaramuza es el estirado que lleva coleta, el parisino que sabe tratar a las chicas. Llegamos a tiempo de oírle proferir lo que desea un insulto: Espagnol de merde; a tiempo de ver como otros chicos sujetan su airado brazo, obligando al violento a tomar la puerta que lleva al descampado. Explica nuestro hijo que la discusión comenzó por un motivo trivial, tan alejado del momento como la llamada Guerra de la Independencia librada en España contra el sanguinario ejército de Napoleón. Casi dos siglos hace de aquello, un episodio que ambos tienen poco claro. Durante cinco años habíamos sido una provincia más del imperio, con José Bonaparte como soberano, dice Octavio que afirmó el de París. No se hizo esperar la réplica de nuestro hijo: «Sirviéndose de manejos indignos se apropió Napoleón de la monarquía, pero el pueblo restableció el orden antiguo y, tras la batalla de Vitoria, Pepe Botella hubo de marcharse». Sentados de nuevo en nuestra mesa nos vemos apremiados a repetir lo que acabamos de escuchar, quitando importancia al incidente. Una de las hermanas de Étienne, una Bondois, la viuda del sociólogo, explica su punto de vista.
—Los de arriba, y más los de París, son unos fatuos; se creen el ombligo del mundo y nos miran a los demás por encima del hombro. En Francia, nos dice, es fácil orientarse: si preguntas por un lugar cercano al que deseas ir, y te responden de mala gana o de forma imprecisa, no hay duda, estás en el Norte; pero si la gente es afectuosa y deja la tarea para acompañarte, entonces has llegado al Mediodía.
Odile tiene, como suele acontecer a menudo, otro punto de vista.
—Se trata de un joven muy afable —asegura— Jean-Pierre y él son amigos desde el internado. Siendo como es, hijo de militar, supongo que Octavio ha herido su arraigado sentimiento patriótico. Hay que medir las palabras cuando se está en un país extranjero.
—Sin duda el alcohol ha contribuido a que se exciten los ánimos de por sí inquietos -tercia el vecino de Isabel— algunos jóvenes beben para vencer el freno de la timidez y, desenfrenados, siguen bebiendo con una indiferencia que puede llegar a resultar peligrosa.
No decimos que nuestro hijo es abstemio, sería echar leña a la hoguera. De modo que guardamos silencio y, callados nosotros, no interviene nadie. El sacerdote Barthélemy alcanza a romper la momentánea tensión, con unas palabras que resultan ser un salvavidas arrojado a la cordialidad.
—Yo estuve en España el verano pasado; en la abadía de El Escorial pasé quince días. ¡Qué pureza de líneas, qué soberbia estructura! ¿Quién diría que nació como un panteón?
—La razón de ser —rectifico su aserto— se muestra borrosa, y quizá albergue varias, todas ellas fundadas. La eternidad se persigue por muy diversos caminos: puede que el monarca quisiera construir un mausoleo, y así quedó escrito; puede que un templo, pues el decreto publicado al colocar la primera piedra eso asegura; un templo que mostrara a Dios la España agradecida por los dones recibidos del Cielo. Puede que deseara un palacio para fijar en él su residencia. Hasta en un voto puede hallarse la justificación; una ofrenda hecha a la divinidad el día de San Lorenzo, fecha del triunfo de sus tropas en la batalla de San Quintín. Y puede, también, que la idea del monasterio naciera de la desavenencia existente entre España y Francia. Pugna dada, y hay constatación fidedigna, entre dos hombres: Felipe II, emperador de las Españas, y Enrique II, rey de Francia; rivalidad heredera de la paradigmática que enfrentó a sus progenitores Carlos I y Francisco I.
—Podían haberse retado en ambos casos a duelo los encarados, haberla emprendido a trompadas de uno contra otro, o conversar largo y tendido sobre sus diferencias hasta alcanzar la cordura; pero no, hubieron de enfrentar a sus pueblos en pendencias muy costosas. Historiadores hay que sospechan una sola obra, colosal eso sí, que sirve a todas las razones: alcázar real de arrogante magnificencia, templo testimonio de religiosa gratitud, faraónico mausoleo para sí y su familia y fiel cumplimiento del voto esbozado tras una victoria. Tardó años en elegir el lugar y en ese tiempo se fundirían los diferentes motivos.
Añado, y quedo descansado al acabar, como quien sale del interior del agua tras unos minutos de inmersión.
Para evitar recelos inútiles, que sin duda iban a actuar en nuestra contra —Isabel y yo el lado más débil de la mesa como puede constatarse— me abstengo de nombrar a los seis mil soldados franceses muertos en la memorable batalla de San Quintín, y a los dos mil hechos prisioneros. Claro que cubro de un mismo silencio las atrocidades cometidas por los mercenarios alemanes al mando del español, al degollar, a más de a los militares, a mujeres y niños. Y es que las guerras llevan la desgracia a ambos contendientes, pues si sume a los vencidos en la desdicha, al tiempo descubre la barbarie de los vencedores; un deshonor que éstos se aprestan a limpiar y, en general, con buen resultado, no en vano parten de una posición privilegiada.
—Parece increíble —añade el sacerdote— pero las personas, reyes, trabajadores o mendigos, actuamos por motivos recónditos que, con frecuencia, son insubstanciales. Sucesos irrelevantes ocurridos en la remota niñez, de los que no somos conscientes -la visión de un pajarillo agonizando en una trampa, el insatisfecho deseo de un objeto cualquiera, aquel cortaplumas del escaparate que los padres no quisieron comprarnos- pueden influir en nuestras obras llegados a ellas por derroteros alejados del sentido común.
—¿Sabe usted que un corsario con su mismo apellido aparece en una memorable novela titulada El siglo de las luces, del escritor cubano Alejo Carpentier?
—Lo ignoraba hasta ahora. Pero, ya ve, acaso deba yo compensar con buenas obras los pillajes de aquel malandrín, mi antepasado.
Anita se acerca en esto a su madre y, sin importarle que alguien la oiga, disimulando una contrariedad bien tangible, le dice al oído: «Ha resultado ser un estúpido ese chico de París, pero yo me he dado cuenta enseguida. Un inmaduro, eso es; un chulillo; y no sé a santo de qué, total porque sabe decir cuatro frases bonitas, acaso recitadas de memoria y aprendidas de algún manual, que, por el tono empleado, además, resultan bastante cursis».
Se está ya en los postres. La tímida conversación generalizada que era un murmullo al comienzo, es ya un cruce de palabras altas, un bullicio sin freno eficaz. Varios camareros recorren las mesas empujando carritos repletos de pasteles variados, de frutas diversas, de unos quesos sorprendentes a los que la carta atribuye un origen ajeno a la leche. Servidos los comensales, retirados los servidores, un grupo de mozos reclama la atención de los presentes con el anuncio de algún acontecimiento nuevo, uno más de la tanda nutrida con que la noche se ha despachado en la idea de amenizar la velada.
Son seis o siete, y vienen de las habitaciones rodeando a un muchacho al que abandonan a su suerte en el corazón libre del patio. Para vestirlo de modo conveniente han confeccionado una sencilla indumentaria de cartón. No es otra cosa que una lámina del grosor de un dedo delgado que, doblada evidenciando habilidad, cubre pecho y espalda a manera de caparazón de tortuga, permitiendo a la cabeza mostrarse a través de un corte practicado buscando ese fin. Adecentan el efecto de desnudez unas cintas que cierran a intervalos el hueco dejado en los flancos. De entre las ataduras surgen los brazos, que se agitan tratando de llevar interés a un cuaderno abierto por sus páginas centrales.
Viene a cuento la singular vestimenta, en ningún modo estrafalaria como asegura a mi lado Odile, pues en ella aparecen escritas, a modo de anuncios, varias frases alusivas al contenido del periódico que los demás muchachos van distribuyendo. Por si alguno, dada su posición frente a él, no alcanzara a leer lo escrito en ambas superficies, delantera y trasera, vocea el joven una explicación coherente. Por ambos conductos, pues estamos próximos, nos llega la definición del asunto que se traen entre manos. Se trata de un florilegio de profanos más o menos habilidosos, encuadernado a la manera artesanal, es decir, poniendo en el hacer la mejor intención y cierta maestría nada despreciable. Se trata de una abundante recopilación de los mensajes dirigidos a los novios por los invitados. Los editores señalan en la introducción, que se trae la costumbre de más allá del Rhin, y encabezan el prefacio con un interrogante en alemán: warum?; para luego dar las razones y el porqué del compendio, cuestiones que parecen ser demandas por la pregunta. El objeto es ofrecer a los novios, para ser consultado en las melancólicas tardes invernales de la serena madurez –acabará por llegar, aunque ahora nadie ose anunciarla— o de la aún lejana ancianidad —suele presentarse si el tiempo acompaña— un conjunto de buenos deseos, tiernas sugerencias y declaraciones de amistad eterna, producto de la confluencia irrepetible de unas personas queridas, en el hic et nunc en que nos encontramos.
Acogen las páginas poemas, párrafos muy cortos, largos textos de quien no encuentra sin esfuerzo inmediato una conclusión brillante, y dibujos cargados de buenos propósitos. Hasta un árbol genealógico que en realidad son dos, fundidos al fin en los recién casados. Profundas raíces occitanas aparecen en el legado recibido por Violette, pues los apellidos Peyrepertuse y Mirepoix desembocan en él como ríos de profundo cauce, entregándole la savia esencial de la historia recogida en el medioevo. Nómada parece haber sido la familia del novio; se encuentran en ella apellidos judíos, polacos y suizos, acumulados en un azaroso itinerario vital. La unión de ambas ramas, tan dispares, tendrá, dicen los entendidos, efectos beneficiosos para los descendientes.
Es una lástima que el bosquejo —obra de Jean Pierre realizada cuando apenas contaba siete años— tomado por Odile para escribir sobre él una carta dirigida a su hijo, no se entienda con claridad en la gaceta. Quiso la fatalidad que en la impresión perdiera algunos detalles valiosos. Representa un bucólico paisaje campestre donde la realidad ha sido forzada. Quizá provenga de un sueño la idea, porque tanta placidez descubre una chispa ilusoria. Creo posible que el trabajo del petit bijoux de Odile –era el niño una joya para la madre— de su tendre alouette —tierna golondrina, también— es un suponer aceptable, que el dibujo persiga un deseo inconsciente de vivir de manera sencilla, inclinación que el adulto presente puede estar reprimiendo.
Se distingue entre las líneas escritas una casa aislada, rodeada de campo de labor, cereales a punto de cosecha. Un sendero se abre hasta el postigo; va atravesando un arroyo sobre un puente de madera. El verde se justifica en la orilla, pero no las flores rojas salpicando el sembrado. Cuando la vereda está a punto de alcanzar su destino, cuatro árboles la reciben ocultándola, y el verde se eleva vertical hasta el azul del cielo. Un niño viene a primer plano, sendero adelante, caminando animoso desde la vivienda.
No obstante, el texto añadido desmiente la interpretación que yo hago; se trata —escribe Odile en su dedicatoria— del Parque Pommery, en la ciudad de Reims: la profesora pidió un trabajo que relatara de forma visual algún episodio vivido durante las vacaciones estivales, y el sicoanálisis sobra. Hace la madre una evocación nostálgica de la niñez del hijo, que a buen seguro Jean Pierre, en estos momentos, no comparte. Je t´embrasse, Odile: firma la mujer enternecida; y observo que el nombre está sustentado por una raya horizontal trazada rozando la parte inferior de las letras, desgarrada y con final en gancho abierto hacia la izquierda. Quien sepa interpretarlo desde el punto de vista grafológico, que lo haga. Yo ya lo hice.
El aporte de Jacques, padre de Vivy, consiste en una proyección al futuro de la trayectoria de su matrimonio con la activa Delphine, de eterna sonrisa. Cuatro versos de Molière separan en dos mitades el texto de un pronóstico cargado de expectativas espléndidas para el nuevo matrimonio, alcanzables, sin duda, con algo de esfuerzo. Hay quince o veinte trabajos más; un poema, entre ellos, llama mi atención por la perfección de su forma. Lleva la firma de Laure, la hermana se queda sola en la casa y la casa, como un dragón de fauces enormes, tratará de engullirla. De esta manera se expresa en metáfora inclemente, pues pierde a una hermana que ha sido compañera, confesora y guía. Le sirve de consuelo la felicidad apreciada en el brillo de las pupilas de Vivy, y el hecho de que ella seguirá sus pasos nupciales no tardando mucho.

 

 

 

12
La fiesta se acerca a su término

El patio del castillo habrá conocido muchas fiestas; tanto en épocas antiguas como en el uso festivo presente, habrá oído frases nacidas en el corazón y otras dictadas por las buenas maneras. Habrá sentido resonar en sus muros brindis diversos, alzando copas de champagne de muy distintas calidades, pero la sentida locución pronunciada por Jacques, el veterinario de Giroussens y Peyrieres, padre de la novia, padrino de la boda, eran novedad en los alrededores:
—Deseaba con todas mis fuerzas un varón que me prolongara cuando nació Violette, pero con el paso de los días, ella, la niña adorada, me ha ido haciendo mudar el anhelo y a partir de entonces no he vuelto a desear un hijo. Por ella, por su carácter noble, por su sincera entrega a las causas que emprende, por su marido que está llamado a ser feliz a su lado, por ambos, por mi esposa, por mí mismo y los padres de Jean Pierre, por mi hija Laure que pasa a ser durante un tiempo breve hija sola, por los parientes y amigos de las dos familias, por los presentes y los ausentes, levanto mi copa de un vino producto de la tierra generosa y de la labor sabia del hombre; y bebo hasta apurar las últimas burbujas, las que se suelen adherir al cristal del fondo, en pro del esperanzado futuro que acaba de empezar en este mismo instante.
Claro que estaba preparada la arenga, incluso estudiada y aprendida de memoria –no quería dejar a nadie significativo en el tintero— pero ese esfuerzo no resta mérito, sino que es razón de más, añadida a la muestra de cariño de las palabras. Suceden otras manifestaciones de aprecio, de amistad, de sincera admiración tras la dedicatoria del padre; y esas muestras vivas, esas exteriorizaciones emocionales, esponjan de orgullo a Violette y, por tanto, a Jean Pierre, que se siente a cada momento que pasa más satisfecho de ella, más cautivado. En nuestra mesa se comentan las intervenciones, pero nadie hace mención de secundarlas: el sacerdote ya contribuyó a los elogios iniciando la rueda en la homilía, y Odile no alcanza suficiente ánimo para hablar en público, según nos confiesa a Isabel y a mí cuando la instamos a hacerlo. Los demás —juzgo por nosotros— desconocidos para la generalidad de los asistentes, no nos creemos con derecho a tal prerrogativa.
Séverine y unos cuantos muchachos portadores de cestas, recorren las mesas repartiendo un recuerdo de los esponsales. A Isabel y a mí nos entregan un envoltorio de transparente celofana, en cuyo interior se distinguen dos muñequitos de barro —una pareja de nobles vestidos a la antigua usanza occitana— enlazados por dos cordones, azul y rojo su color, y una primorosa flor de alambre recubierta de papel, que comparada con ellas ha de causar la envidia de las naturales.
Observamos un pequeño gesto que al no darse otro de mayor entidad nos llama la atención: a quienes se les considera desparejados de manera habitual, los tíos de Jean Pierre, por ejemplo, les corresponde un regalo menor, una de las dos figuritas nada más: el hombre si es mujer, y la mujer si se trata de un hombre. Recibe el sacerdote, en una primera entrega desafortunada, un regalo simple; mas luego alguien considera impropio entregarle una señora, y corrige el reparto cambiando el envoltorio por uno íntegro. Él los ha casado, él ha bendecido su unión, justo es que guarde íntegra a la pareja.
Odile reclama el correspondiente a su matrimonio, y nos hace notar que son huecas las figuras, albergando el interior un relleno: avellanas y almendras saladas en el correspondiente al galán, y en el de la dama, confites y peladillas. Existe una simbología evidente, que cada uno interpreta según su modo personal de sentir. Nos contraría la tristeza percibida en la mirada de nuestra hija Sofía, cuando, desde el inadecuado lugar que ocupa, rodeada de enamorados que pueden demostrarse el afecto sentido, nos enseña el regalo, el envoltorio íntegro –la silla vacía proporciona al parecer ese derecho— obsequio poseedor de una dolorosa virtud, la de hacer más palpable la soledad que envuelve a la muchacha.
Los camareros, con una precipitación a la que parecen estar habituados, en un periquete dejan el centro del patio libre de mesas y sillas; algún acto nuevo precisa el espacio. El grupo musical, venido con el solo objeto de solazar a los invitados, aunque formalizado y prendido en Béziers cuenta con dos músicos nacidos en Cordes, según se desprende de lo explicado en su presentación. Los cuatro miembros se sitúan con sus instrumentos dando la espalda a la entrada, al portalón alto y pesado tachonado de clavos recubiertos de una tenue capa de herrumbre; y como un solo cuerpo inician el despliegue de su arte: sacro al principio, a modo de introducción; para continuar por derroteros bien diferentes.
Sobre los acordes, y acaso instado por ellos, Jacques Peyrepertuse se dirige a la mesa de la novia. Entre capitán de húsares que va a recibir su despacho, y poeta premiado en los juegos florales a quien los miembros del jurado entregan la flor natural, avanza decidido hacia su hija Vivy, la niña de dorados rizos, la adolescente de coletas de oro, la mujercita de fúlgidos rayos en los cabellos; su valquiria, su ángel.
Llega ante ella, y cuando la orquesta ejecuta una pirueta artística iniciando el vals, el padre se inclina en un gesto galante; a continuación, tiende a la hija unas manos cuidadas que Violette acepta conmovida. Se pone la casada en pie y aparece su vestido blanco. Carente de la tela superflua ya no es traje de novia; sin los ampulosos pliegues y dotado de la justa elegancia, es el vestido de una debutante que cruza ese día el umbral de la mayoría de edad y, en el baile de gala, está siendo presentada a los jóvenes.
Camina unos pasos siguiendo a su padre, un galán maduro que, dentro del oscuro atuendo de ceremonia, tan bien acomodado, semeja un pretendiente. Observa la hija una sonrisa suspendida en los finos labios paternos, una sonrisa que sale de dentro y se extiende por el rostro calmo de quien ha demostrado no tener miedo a la vida. El atezado pelo de Jacques aparece salpicado de canas, las justas para incrementar su varonil atractivo. Y a ella, la hija mimada, la invade una innegable satisfacción que no sabe concretar en un sentimiento único; ni uno solo, todos son encontrados.
La versátil orquesta va deslizando el vals, un vals cualquiera carente de autor prestigioso, pero ese particular no inquieta a nadie; los músicos no están obligados a los aires modernos, pues lo suyo, aquello que los ha reunido y los lleva de un lado para otro, investigando, rescatando cantos populares del común olvido, recogiéndolos de la memoria de los más ancianos, tiene mucho que ver con la época antigua.
Ha estado ensayando en secreto Jacques esta danza, en una academia de Albi; dos veces por semana acudía a las clases con Delphine, simulando ampliar los conocimientos de su profesión, pretextando un aggiornamento que no necesita, pues los animales permanecen fieles a sus modos de enfermar, y los dueños no leen las revistas especializadas a que él está suscrito desde siempre.
Se nota que fue buen alumno y aprovechó el tiempo, pues lleva a Violette en volandas. Esa Vivy ligera y esbelta parece una doncella recién desposada; queda claro que no imprimían aspecto de novia el vaporoso velo blanco y la larga cola, de los que hace tiempo se ha desprovisto. Algo indefinido surge de los labios suaves y reafirma los gestos cuidados barnizando su semblante, algo que revela un sentir interior equilibrado al asomar por los ojos, y trasciende al suave rubor de las mejillas. Trátase del pudor de las vírgenes inexploradas; un recato, un comedimiento, una mesura de cristal a punto de quebrarse. El corto vuelo de su largo sayo, ajustado al talle, en los giros airosos, permite ver los zapatos blancos dotados de minúsculos adornos: florecitas de nácar ocultando el cierre plateado. Permite admirar más arriba, el tobillo esculpido por un incógnito artista griego, que antes ensayó para lograr la maestría en la «Victoria atándose la sandalia», soberbio logro estético descubierto al lado de Jean Pierre en el Museo de Atenas.
Es competente la orquestina; demuestran afición y ganas sus componentes, tanto las dos muchachas que recogen su pelo en forma de cola de caballo, como los dos muchachos de barba incipiente, salteada de pequeñas lagunas en uno, y del todo rala en el otro.
Toma Jean Pierre el relevo y acepta a Violette en sus brazos, arcos doblados a la medida exacta de la cintura que reciben; la intuye palmo a palmo, la ama gesto a gesto. Usando el pie de rey calibra la infrecuente proporción de sus medidas, se mira en los ojos, entra en ellos, va a la parte más profunda y allí, en el asiento de la intimidad, se funde con ella.
Forman pareja Delphine y Jacques, y se nota que ella practicó con peor resultado, pues retrasa su paso y dificulta los giros. De todos modos, se complementan a las mil maravillas, y de los pequeños errores hacen motivo de júbilo. Odile, que en razón del pie enfermo se queda sentada, sigue con la vista a los danzarines, vigilando de reojo a sus dos cuñadas que se van juntas y no sabe adónde. Étienne pasa bailando con una joven de amplias caderas, y dirige un cumplido saludo a su esposa, insensible al inclinar de cabeza, al musitar de los labios. Isabel y yo permanecemos en la mesa para no dejarla sola, pues el sacerdote explicó que debía leer su breviario y se ausentó en cuanto la música dio comienzo a los bailables.
El matrimonio vecino –embarazada ella cuando ya no cabía espera— gira sin pausa tras unos compases imposibles; yerran, pero el afán que ponen compensa su falta de destreza. Se suceden las piezas y los bailarines cambian de pareja en pos de una diversión generalizada. Jacques invita a mi esposa cuando suena un pasodoble que la orquesta trata con descuido. Isabel va tras él, satisfecha de haber sido solicitada tan pronto, preferida a otras mujeres del entorno inmediato, familiares y amigas.
Sin ánimo de entrar en polémica, resignado a su carácter, lo aseguro; deseando entablar conversación y nada más que eso, pregunto a Odile por su pie, y ella me responde con una pregunta del todo defensiva:
—¿Habrías venido si Isabel no hubiera dramatizado un poco mi enfermedad?
Tu situación es llevadera y no corres peligro de acabar inválida; vaya por delante mi contento. Pero sabes de sobra que no deseaba hacer este viaje; tampoco Isabel estaba animada. De manera que todo hubiera quedado entre jóvenes: Jean Pierre y Violette pedían la presencia de nuestros hijos, y ellos estaban deseosos de acompañarlos; máxime, cuando Francisco Javier iba a participar como testigo.
—¡Ya!, pero os veo disfrutar del día y eso me satisface. Cuando todo esto termine, el trastorno habrá merecido la pena y os mostraréis agradecidos.
—Siendo por completo sincero, te diré que nuestro ánimo fluctúa de un extremo al otro; del decaimiento de la llegada al gozo de la ceremonia y la fiesta. En la valoración definitiva incluiremos en la columna del debe, a más del coste económico, el cansancio y el peligro que supone recorrer dos mil quinientos kilómetros en dos días por carreteras muy transitadas en razón de las fechas. Figurará en el haber la acogida dispensada por la familia Peyrepertuse, la ayuda recibida de tu tío Armand y la oportunidad de conocer, siquiera por encima, la región en que nos hallamos: los interesantes vestigios de un pasado cuajado de hechos heroicos y de atrocidades. Quedará flotando en nuestro juicio, como hilacha de niebla, vuestra atención, tibia, por decirlo en términos que quieren ser amables antes que ajustados a una realidad con certeza más dura.
—Conoces las precarias condiciones en las que nos desenvolvemos: fuera de nuestra ciudad, simples invitados de nuestro hijo, sin medios propios; de modo que poca ayuda podemos prestar. Estoy convencida de que me comprendes.
—Isabel, Anita y Octavio durmieron anoche en casas de amables desconocidos, que en atención a los Peyrepertuse los recibieron en sus alcobas reavivando el viejo sentido de la hospitalidad; y eso que con dos meses de antelación aceptamos vuestra oferta de buscarnos hotel.
—Primero veníais ocho, luego siete, al final seis; esperamos hasta conocer el número definitivo y se hizo tarde. Se celebran fiestas en la comarca y no quedan habitaciones libres.
—No se te escapa, que, en esos hogares acogedores, situados en localidades cercanas, a los que con toda seguridad Isabel y los chicos no saben volver, permanece todavía su equipaje. No siendo posible recogerlo hasta bien entrada la mañana, y debido al trabajo de Sofía las chicas y yo hemos de salir a primera hora. Así que no podremos regresar a Valladolid todos juntos. Iremos por Barcelona, aunque no haya venido Roger, el hijo de los primos de Isabel. Es un recorrido que conocemos y allí podremos descansar durante un rato tras el almuerzo.
—Las casas que los acogieron son amistades de los Peyrepertuse; yo ignoro sus nombres y desconozco el lugar en que viven, y ni facilitándome las direcciones los encontraría. Así que poca solución puedo dar al problema.
—Te consta, sería necio negarlo, que sufrieron una avería grave en el coche. Ese imprevisto les impidió cumplir su deseo de visitar los alrededores, en tanto Francisco Javier firmaba junto a Jean Pierre y Violette el documento civil que los convertía en esposos. Acto simple al que asisten contrayentes y testigos. De un mínimo sentido de la reciprocidad, de una elemental gratitud, cabía esperar que les mostraras el entorno sirviéndote de vuestro automóvil.
—Étienne hizo esa sugerencia, pero a mí me dolía la cabeza y nos quedamos en el hotel; yo acostada, y él a mi lado leyéndome unos pasajes de Chateaubriand; pues, aunque te parezca un disparate, “Atala” y la “Vida de Rancé” son textos que cuando estoy alterada me procuran bienestar.
—Para vestirnos de fiesta, Sofía y yo, utilizamos un cuartucho donde podían pasar empleados; mientras tú, Odile querida, aunque te avisó de nuestra llegada Delphine Peyrepertuse, permanecías en la habitación sin descender al vestíbulo de entrada, donde tu presencia hubiera hecho entrar en razón a la encargada solventando la contrariedad que sufrimos.
—No di ninguna orden a la encargada, si eso lo que sospechas. Quizá el aviso colgado en la puerta de la habitación, le hizo negarse a molestar. Además, ocurre que soy la madrina, ¿sabes? Y faltaba menos de un cuarto de hora para que se iniciara la ceremonia; veinte minutos lo más.
—Es un eslabón, uno solo, en la cadena de desaires. Por el contrario, estamos muy agradecidos a los Peyrepertuse, quienes han hecho posible la reparación del coche, buscaron alojamiento para Isabel y los chicos, y nos han tratado como si perteneciéramos a su familia. Su acogida facilita una amistad duradera, porque es fácil comprender que estaban añadiendo nuestras dificultades a las suyas, las concernientes a los esponsales. Incluso nos debemos a Armand, que les facilitó los traslados.
—Mi tío no da paso sin sentido; desconfía, porque sin duda tiene razones que tú ni sospechas. Y en lo que respecta a los Peyrepertuse, se ve, están animados, y esa animación los empuja en varios frentes. Diciéndolo de otra manera, habéis llegado en el momento oportuno, cuanto todo estaba dispuesto para atender a los invitados, vinieran de donde vinieran.
—Tu proceder carece de justificación. No trates de empañar la nitidez de los comportamientos ajenos, pues esa conducta empeora, si aún es posible, el tuyo.
—Ya veo, sigues herido; y temo que en tales circunstancias no encontrarás conveniente que Étienne y yo os acompañemos a Valladolid como pensábamos…
—¿Tienes la desfachatez de proponer que os aceptemos en nuestra casa durante las vacaciones? ¿Es que te parece corto el relato de tus menosprecios recientes? No, y mil veces no. Es innecesario consultar a Isabel, sin duda es de mi opinión.
—Está bien, si no hay más remedio iremos a Barcelona, ellos también estaban invitados. Verás que los primos de Isabel, aunque apenas hayamos tenido trato, nos reciben con los brazos abiertos.
Tras esta pueril declaración de intenciones con la que pretende castigarme, Odile, dolida, me da la espalda. Sin pretenderlo ha mostrado su juego más sutil; por si la primera erraba, disponía de una segunda flecha. Permanece en silencio durante varios minutos; meditando, según parece. Pasado ese tiempo breve que la tensión prolonga, a la vez que se levanta, me espeta:
—Te lo repito: estás en las nubes. Fue Isabel quien tuvo la idea de utilizar mi enfermedad para convencerte. Ella sabrá por qué actuó así. Pregúntala.
Sin esperar la réplica, a modo de un torero que ha salido airoso del último pase, fin de una tanda comprometida, inicia Odile con un descarado desplante el breve recorrido que lleva al cuarto de baño. Recibo el restallante latigazo, la descarga eléctrica, el hiriente dardo en el centro mismo de mi sorprendido corazón, en medio del desconcertado cerebro. «Isabel, fue Isabel; ella sabrá».
No me da tiempo a reaccionar a tan vigoroso estímulo, ya que en ese exacto momento llega una de las hermanas, la viuda, madre de las preciosas gemelas. La Bondois gordita se ha echado en la cama, quiere descansar un rato porque el ajetreo la tiene rendida. Me place la circunstancia, de hecho, esperaba la ocasión de charlar con la mujer, una verdadera dama si la apariencia no miente, cuya biografía merecerá los esfuerzos que se hagan por conocerla.
Debieron enfrentarse a las aguas del océano que se oponían. Debieron oponerse a las mayores tempestades, galernas y tifones, que se enfrentaban a su voluntad. La arena toda del desierto los sepultaba, y arañaron túneles inestables que se desplomaban al momento. Una niebla densa envolvía sus pasos para perderlos, y caminaron días y días antes de vislumbrar de nuevo el punto de partida. Días y días caminaron en un segundo intento, ya en línea recta, cruzando ríos de incomprensión y campos sembrados de asechanzas.
Con medio mundo cerrándoles el paso, caían en el pesimismo y llegaban a pensar que el orbe entero, gentes de toda clase y condición, conocidos y desconocidos, formaban muro frente a ellos. También la familia, ambas ramas sin distinción, blancos y negros por igual, alegando, eso sí, opuestas razones, estuvieron a punto de unir los esfuerzos destinados a separarlos, a romper su amor, su deseo de vivir juntos, de formar un matrimonio al que le nacieran hijos, fueran del color que fueran, blancos, negros o de tonos agrisados.
Me maravillo yo de mi habilidad para entrar en materia, para llegar al cogollo apartando las hojas verdinegras que no me interesan, para alcanzar el placer aurífero en unas cuantas cavadas. Pero ella, la persona más interesante de la fiesta, Albertine, hermana de Étienne, de Vincent, de Gustave, y de la mujer que reposa en la alcoba, cuyo nombre no he sido capaz de retener, sin duda enrevesado y poco frecuente; pero ella, la reina altiva, sin duda está acostumbrada a que la gente quiera indagar en sus extraños amores, y orgullosa de ellos, desea contarlos; de modo que, si el interlocutor no le parece un simple curioso, si cree estar ante un investigador serio, colabora.
Servía bocadillos, refrescos e infusiones en el café de la Facultad de Medicina, perteneciente a una de las universidades de París-Sorbona. Así se pagaba los estudios de sociología que tanto la agradaban. Esbelta, grácil, comunicativa, muchos jóvenes deseaban intimar con ella y se las veía y deseaba para rechazarlos sin violencia.
Pidió él un café denotando firmeza, seguro de sí mismo, al contrario de otros: atrevidos leones en grupo y tímidas gacelas cuando van solos. Fue la curiosidad, la que propicióla mirada ineludible de la joven; tan fija y detenida que él se vio obligado a presentarse.
«Me llamo Leopold,» dijo, «como Sedar Sénghor, el poeta de la negritud. J´écoute au fond de moi le chant à voix d´ombre des `saudades´; ¿acaso lo has leído?»
«Sí, yo también escucho en mi interior una voz sombría que dice tu nombre: Leopold, como el padre del rey de Bélgica;» recuerda ella que respondió con sorna, «y al menos queda claro que tienes el orgullo de un rey.» Era un joven negro, alto y fuerte, que había nacido en Costa de Marfil y estudiaba el último año de medicina. Y allí empezó todo.
Tener al mundo en contra de su unión anima a unirse a los valientes. Se doctoró Leopold cuando Albertine culminaba el tercer año de sociología. Él quería poner en práctica el largo sueño de acabar con las enfermedades endémicas de su país, y ella, a esas alturas de su relación, amaba al médico y estaba dispuesta a seguir sus pasos hasta los propios infiernos.
En Costa de Marfil, uno de los países más estables de África, donde el gasto de la educación supera al de defensa y las importaciones equilibran las exportaciones; la esperanza de vida es, sin embargo, poco más de la mitad que en Francia. La gente vive en su mayoría del campo y el analfabetismo lastra a la mitad de la población. Ese desnivelado escenario pintaba el novio a la chica con lenguaje de lección, lo malo y lo bueno, para que decidiera sin engaños.
Las mujeres aún son consideradas servidoras del hombre, más de la mitad sufre ablación clitoridiana y paren una media de seis niños, de los que tres no conocerán la escuela. Abidján es una gran ciudad en todos los sentidos, y está situada al borde del mar, en el Golfo de Guinea. Allí hay campo para los dos: el médico tiene pasto suficiente para tres vidas, para ocho brazos; la socióloga feminista puede avanzar años y años tratando de mejorar los datos que la estadística arroja. A Albertine no le quedaban dudas: iría.
El ejemplo de Sedar Shéngord arrastró a su marido. No basta ver, no basta condenar, no basta asumir, no basta idear; hay que poner en práctica las ideas, hay que hacer, hay que cambiar. El gobierno de Houphouet Boigny derivó con claridad hacia la dictadura: ampliaba el número de electores reduciendo los candidatos a uno, cayó en la dispendiosa megalomanía de las obras públicas inútiles, defendía los intereses de las compañías francesas, se oponía a los países socialistas africanos y mantenía excelentes relaciones con el régimen racista de Suráfrica. Leopold salió a la calle, se reunió con demócratas y corrigió al gobierno en las ocasiones que se presentaron. El temible miedo de los débiles armados abatió al mocetón, padre ya de unas gemelas que heredaron su color y la estampa de Albertine. Expiró dentro de su casa, en brazos de la esposa y en presencia de las infantas, cuando un grupo de mercenarios, asesinos a sueldo, acribilló su pecho a balazos poco antes de las nueve de la noche.
Dos meses después, con el peso enorme de las niñas sobre sus espaldas, regresó a París. Pasa el tiempo sin sentir cuando se escucha a esta mujer bella, elegante, honesta, decidida, orgullosa del orgullo de raza de su marido, princesa de un reino que acaso no sea de este mundo. El tiempo vuela para quienes oímos su verbo cálido mientras los demás invitados bailan, ríen o conversan.

 

 

 

13
La fiesta da las últimas boqueadas

Cuando la viuda Bondois se levanta para ir en busca de su hermana pequeña, Horacio viene hacia mí con una copa en la mano. Hemos hablado él y yo a pasitos sin rumbo en la pradera, precedidos por Asun y mi esposa, y me ha pintado su vida a brochazos. Se sienta a mi lado, apura el trago e inicia el lamento. Armand no quiso al matrimonio en su mesa, y los compañeros que un criterio lógico situó a la derecha de los españoles, veraneantes asiduos en la Costa del Sol, y los que puso a la izquierda, normandos también, hablaban entre sí sorteándolos, hasta que mudaron los puestos y los nuevos vecinos se entendieron con quienes ya se entendían. Parece que el vino ingerido por Horacio durante el banquete, si bien le traba la lengua en cuanto a la forma, en lo referente al fondo se la suelta.
De modo que el retornado emigrante nacido en Zamora, pegando a la raya de Portugal, con voz de estropajo recupera el recuento de su vida y la censura del amigo del alma, el francés que se manifiesta su eterno deudor por haberle salvado la vida y, sin embargo, pospone la atención debida y asegurada a los huéspedes.
Persiguiendo el solo objeto de llenar bocas de hermanos y calzar sus pies —pantalón y camisa se confeccionaban con retales mínimos— abandonó Horacio la escuela siendo aún un chaval. Pastor se hizo, y de paso contrabandista —riberas del río Maças, donde Zamora toca a Portugal— vigilante de las carabinas portadas al hombro por la ley. La escuela intermitente le entregó una muestra reducida de las reglas que rigen el universo mundo, el tira y afloja universal; le abrió una ventana al exterior para mostrarle a través de ella las incertidumbres que se enseñorean de la geografía. Era activo y de natural despierto, por lo que de existir continuidad en el aprendizaje hubiera destacado.
Miro sus rojos carrillos, su dilatada nariz, la comisura de los labios carnosos blanqueada de espuma, y atiendo su confidencia con creciente interés.
A los dieciocho años se desligó Horacio del hogar paterno —techo de pizarra sobre muros de piedra carentes de ventanas— último rincón del mapa nacional y término de las carreteras, lugar al que los abuelos vizcaínos arribaron, quizá hostigados por el mismo sino insufrible. Todavía se le representa la persistente escena, cuadro último del drama doméstico, si insiste en buscar su imagen con los ojos cerrados. Encrespados los ánimos, el padre de Asun maldecía el noviazgo de la niña —dieciséis años— fertilizada por un aventurero desprovisto de porvenir. Desgarradas, la madre y la hija escuchaban los trallazos de la denuncia, fundidas en el más profundo de los abrazos; y él, reo sin esperanza de absolución, cabizbajo, sujetaba con los dientes la lengua para que no replicara sin permiso.
Tras una boda tristona y de tapadillo en el pueblo, sin murgas ni jolgorios, partió el joven Horacio hacia Bilbao, valedor de la esposa tímida y resuelta, niña encinta de una niña. Sin oficio ni beneficio que pudieran dar fruto, por medio de unos primos entró como peón en la factoría de Altos Hornos. Se sintió, desde ese momento, hijo de aquella tierra abundante, templada a golpes de mar y enérgicos martillazos; cobrando los dos apellidos, castellano y vasco, de repente, su auténtico sentido: Bermejo y Elguézabal.
Fue Santander el puerto desde el que Horacio y Asun desertaron sin saberlo a ciencia cierta. Desconociendo donde estaba el bien y donde se escondía el mal, temerosos de que la cría sufriera algún trastorno, fugitivos por los siete mares, a bordo de un mercante con bandera liberiana, dejaron que la rosa de los vientos decidiera el lugar de su arribo.
En tales navegaciones, tortuosas sin remedio, la fortaleza corporal y la destreza en los desafíos cuerpo a cuerpo adquiridas por medio de ensayos continuos, le dotaron de una fama que los situaba —marido y mujer, Horacio y Asun, doble escudo de la pequeña Jimena— a salvo de asechanzas. Se originaban en la nave frecuentes peleas por causa del aburrimiento, de la clandestinidad de los negocios de contrabando que llevaban a cabo, o de la ambición personal que les inducía a interesar el salario completo en el juego.
Sospecha Horacio que Armand Aboad persiguió a Asun en el tiempo aquel de los barcos. Su esposa deja entrever ciertos detalles reveladores, lo que da pie para creerla inocente, opositora de eficaz defensa. «Parece que cuando estaba en edad, el hoy tranquilo rentista, perseguía a las damas sin que el estado civil o los pocos años supusieran impedimento bastante. Se enamoraba y desenamoraba en cuestión de días». Coloca Horacio en un platillo de la balanza la dura pelea en la que se vio involucrado, el peligro arrostrado por defender a Armand en el difícil trance; y en el otro la actitud del amigo en estos días del reencuentro.
Al instante desciende el fiel hasta alcanzar la posición horizontal, evidenciando la desproporción existente. «Trató el indecente de birlarme la mujer como si fuera papel moneda o un paquete de cigarrillos. ¡Qué ciego estuve!», exclama ofendido.
Recuerda aún a Armand, el borgoñón, y a Vasilios, el cretense, situados el uno frente al otro. Se estudian, se tantean, se acometen llenos de energía y de rabia. En un principio Horacio no toma partido; desea que gane el más diestro, aquel que tenga la razón de su parte; como si la razón fuera indivisible y la habilidad la acompañara de continuo, como si confiara en la justicia de los medievales Juicios de Dios. Luego, al reflexionar sobre su posición, se inclina por el francés con quien ha iniciado una amistad intermitente, un guadiana afectuoso que aparece y desaparece, porque Armand es de natural inconstante. Dirigir la simpatía hacia uno no significa, por fuerza, oponerse al otro. Mas en el caso de Horacio, emocional, emotivo, sucede; y ve en Vasilios a un extraño, aunque momentos antes le haya mostrado las fotos más íntimas del álbum: unos padres griegos y una novia turca vestidos de fiesta, un pueblo que ha engalanado sus calles para la celebración local.
Algo debió de decir el francés acerca de Asun; alguna relación estableció entre ella y el griego que el español interpretó como un asalto a lo más sagrado, puesto por él a la par que la madre, la esposa. El caso es que Horacio, viendo a Armand en apuro, acometió a Vasilios sin apenas pensarlo. Con su embestida impidió que las fuertes manos del griego cerraran el paso al aire del respiro, que la tráquea del francés fuera obstruida. Al verse agredido, una daga brilló en manos de Vasilios durante unos instantes. Un tajo trazó Horacio, ya en defensa propia, sobre el rostro del improvisado enemigo; dos pinchazos se hincaron en el cuello del recién descubierto rival, infligidos con la herramienta de sanear la jarcia que el borgoñón acertó a poner en su mano.
El presente comportamiento de Armand, egocéntrico y olvidadizo, deja en nada el valiente gesto de Horacio, que para evitar una muerte ajena puso en juego la propia vida. Lo veo, la sangre hirviente de sus venas emprende una carrera acelerada hacia el rostro. «Hay momentos», revela el zamorano, «en los que pienso al griego inocente de la acusación de Armand, previniéndome contra el francés, verdadero culpable». ¡Ah! los idiomas distintos, ¡ah! las dispares entendederas. Puede que Armand acuciara a Asun —una Asun joven, única mujer en la embarcación, madre de una niña de pecho—- con un deseo malsano. En los momentos de mayor pesimismo sospecha que su impulso ayudó al auténtico malhechor, dañando al amigo verdadero. Y ahora, dominado por la nostalgia, siente no haber ahondado en el corazón del marinero Vasilios, originario de la isla de Creta.
Impidiendo la continuidad del monólogo desovillado por Horacio, al que poco desarrollo cabe, llegan en ese preciso momento a la mesa las dos hermanas, su cuñada Odile, una Violette sonriente e Isabel.
«Mi tío no da paso sin sentido». «Fue Isabel, pregúntala». «Estás en las nubes». Mi esposa, concluido su baile con Jacques, fue solicitada por otros invitados y se confiesa cansada. Violette me invita a danzar la pieza que inicia la orquesta, una polca que yo no domino. Me encuentro, por esa razón, un poco envarado; tratando de observar el movimiento de las parejas cercanas para reproducirlo. Si hubiera sonado uno de tantos bailes tropicales, caribeños, cálidos, podría lucirme; aun con el difícil tango. Los centroeuropeos y los nórdicos me resultan impracticables. Mas pronto me rehago y dejo a mis pies seguir el ritmo según su entender; tengo en mis brazos a la mujer más codiciada y no es cosa de desaprovechar la ocasión de oírla expresarse. Parece un ángel, me digo; y emana efluvios angélicos. Hablo del día, del castillo, de la ceremonia; y recibo respuestas que revelan un juicio acertado, coincidente con mi modo de ver el momento. Quisiéramos seguir juntos la pieza siguiente, pero otro invitado lo impide solicitando el cambio de pareja.
Me siento cuando el sacerdote regresa de sus rezos junto a los padres tardíos, instante en que los altavoces anuncian la interrupción del baile. Será una pausa breve, suficiente para que los músicos puedan recobrar su aliento y unos actores noveles, de probada afición, representen una obrita de teatro. Isabel me habla y, perdido por las trochas de mis pensamientos, le doy una contestación desajustada. Se encoge de hombros mi esposa, y ríe sin dar al hecho mayor trascendencia. Es tan reciente mi herida, que me he dejado arrastrar por la cólera y he sido cruel con Odile.
Recapacito; me arrepiento. Un látigo he usado con ella, una fusta en su espalda, y puedo haber oprimido su corazón. Si me apoyaba yo en un argumento válido, la expresión desajustada redujo su valor. Mi indignación disponía –me malicio yo ahora— de más raíces que las nacidas de su negligencia. En otra dirección habrá que mirar para hallar razón suficiente y justificación legítima. No puedo olvidar que la he negado nuestra casa; el pan y la sal como quien dice, que no se niegan a los renegados ni a los traidores. ¿Qué pensarán mis hijos?, ¿cómo se manifestarán los encontrados sentimientos de Isabel?
«Sin decorado, que todo lo fían a la libre imaginación del espectador; sin mobiliario apenas: una mesa y seis sillas; sin vestimenta especial, salvo unos muchachos caracterizados de ancianos; los comediantes se aprestan a hacer pasar un rato agradable a la concurrencia, y van a escenificar para ustedes: `Noces d´or´, episodio que han ensayado durante largo tiempo con enorme cariño». Se expresa así el altavoz situado en la arcada, que engrandece la palabra modulada y tibia de la prima de Vivy.
Los que ponen intención se imaginan ante un altar elevado en el frontis. De pie, ante la mesa, se mueve un joven caracterizado de cura, figurando un sacerdote anciano que avanza con claridad lo que será en el futuro l´aumonier Barthélemy, más viejo sí cabe que el actual padre Faux, y dueño, acaso, de una apatía similar. El título dado a la obra ayuda a los espectadores a imaginar el contenido, de manera que todos ven en las sillas a los testigos y a los esposos, situándolos en una ceremonia reproducida cincuenta años más tarde. Bastaría este cuadro para sugerir el mensaje. Los invitados de hoy somos, además, los invitados futuros; viajeros del tiempo, medio siglo en unos instantes. ¡Sublime!, oigo que exclama el sacerdote verdadero, el auténtico padre Barthélemy.
Aunque innecesarios de todo punto, se recitan textos de bella redacción, de los que se desprende, volátil, una delicada poesía. Hay algunas palabras de recuerdo para los padres, aún vivos, aunque ya centenarios. Se nombra a los cinco hijos habidos en el matrimonio de Violette y Jean Pierre —unidos a ejemplares consortes y en posición social envidiable— que han dado diez nietos, a los que hoy son dos recién casados cargados de sueños que acabarán por cumplirse. Y nosotros, espectadores de excepción de presente y porvenir en un mismo acto, vamos y venimos de una a otra boda sin envejecer. Si tenemos en cuenta, además, que Jean Pierre es en la realidad Karl, el novio de Laure; y siendo Vivy, Laure en la realidad; otro mensaje se lanza, a otra boda se asiste. Pasando el tiempo necesario alcanzará semejantes frutos, el que ahora parece indudable, el vecino himeneo de Laure y Karl.
No cabe más contenido en tan pequeño espacio, en tan corto tiempo. Su efecto alcanza a los invitados abriéndoles el corazón, y no es de extrañar que los actores, creadores de la idea, sean aplaudidos durante tres minutos lo menos, y se vitoree a los padres que les dieron el respiro y a los maestros que pusieron lejanos horizontes a su imaginación despierta.
Decaen de forma paulatina los vivísimos aplausos y los intensos vítores, dedicados a autores y actores de la piececita de teatro; son retiradas mesas y sillas, se instalan de nuevo los instrumentos musicales y los bailarines reanudan la danza. Se mezclan, se entremezclan y vuelven a mezclarse los danzarines, formando parejas a veces insólitas que no tienen en cuenta parentesco o edad. Cuando la velada está a punto de concluir se puede afirmar que todos han bailado con todos. Hay una excepción, no obstante, Isabel y yo no hemos bailado juntos. No ha sido razón suficiente el intento de no dejar sola a Odile, ni siquiera sumada a las peticiones de muchos de los invitados, hombres y mujeres, que deseaban conocer de cerca a los españoles. Una cierta renuncia debe de haber ayudado. Me duele la constatación de este hecho anómalo, pero ya es tarde para corregirlo, son las tres y diez minutos de la madrugada y los músicos nos abandonan sacando su instrumental por el portón que se acaba de abrir. Algunos de los invitados que no tienen aquí aposento, salen también. Son matrimonios maduros que dan por concluida la larga jornada.
Isabel y yo, tras despedirnos de nuestros hijos que van a seguir la diversión con los de su edad, nos retiramos a la Alcoba Magna y, tras asearnos, tomamos el lecho dando muestras de una gran fatiga. En el extremo de la amplia sala se encuentra un tálamo de madera cubierto de palio de seda con pilares labrados; sus dimensiones, poco frecuentes, nos permiten estar alejados y juntos al mismo tiempo. En el costado derecho del aposento noble, disimulada tras una recia columna de piedra, se abre la puerta que da acceso a una cámara dotada de cuatro camas convencionales, carentes de adornos y de vestiduras excesivas; en ella dormirán nuestros hijos si es que llegan en algún momento a acostarse.
Extenuado por el esfuerzo dedicado al viaje, y la tensión acumulada en el largo día –robador de buena parte de la noche— parece natural que el sueño se apodere de mi organismo poco después de acostarme. No obstante, cerrados los ojos, es el desvelo quien acude a la cita. De nada sirven los conocidos ejercicios destinados a relajarme, las prácticas respiratorias y musculares que en otras circunstancias actuaron con éxito. Cavilo y las cavilaciones me desvelan más si cabe; porque se trata de reflexiones vacías, de las que giran sobre su propio eje inasible. Regresa mi mente a buscar las razones reales que me han impedido bailar con mi esposa, dos meses después de asistir a una fiesta, en que la madrugada nos sorprendió amantes tras haber danzado juntos la velada entera. Gira la mente por el amplio campo de operaciones, sin hallar el porqué de mi actitud pasiva, coincidente con la vislumbrada en el espejo de Isabel, desgana simétrica de su misma desgana. En la penumbra envolvente se eterniza mi esposa ocupada en inútiles actividades sucesivas; sin duda renuncia a la presente oportunidad de allanar el sendero y limpiarlo de cardos.
Mi cerebro, por más que lo intenta, no halla los fundamentos que persigue; en su lugar tropieza con otros, aquellos que no conviene descubrir. No quisimos estar frente a frente, las manos en las manos o los brazos en el talle, los ojos puestos en los ojos y los labios cerca de los labios; sintiendo el aliento y la mirada, notando el ardor del reproche silente, sufriendo ambos el dolor causado por un descubrimiento de perfiles difusos. Sí, allí estaba la causa de que hubiéramos huido el uno del otro.
Recorro los momentos más destacados de la jornada, sigo las huellas dejadas por nuestro entrecruzar de pasos, voy a los encuentros con otros invitados y me dispongo a escuchar de nuevo, como en una cinta magnética, las palabras dichas y las oídas. Sobre todas ellas destacan las pronunciadas por Odile, ruptura radical del estoicismo con que soportó mi ataque. «Fue Isabel quien tuvo la idea de utilizar mi enfermedad para convencerte. Ella sabrá sus razones. Pregúntala». «Mi tío no da paso sin sentido». «Estás en las nubes». También las de Horacio referidas al ingrato Armand: «Perseguía a las damas sin que el estado civil o los pocos años supusieran impedimento bastante».
La sequedad agrieta la tierra baldía, resquebraja la corteza de los árboles sin sombra, agosta la yerba del pasto, mata a los animales y al hombre. La muerte del amor, que es lluvia, convierte la vega del matrimonio en erial. Armand sí, en él se justifica cualquier sospecha; y con Asun lo creo. Isabel posee una personalidad hecha a desbaratar engaños. En su adolescencia acaso; pero ni eso. El primer viaje a Francia, la edad temprana, la ilusión por las cuestiones francesas: idioma, historia, geografía, ciudades y personas; ¿quién sabe? Si así fuera, duraría la aventura un suspiro; y aunque él haya querido estos días soplar el rescoldo, ella habrá apartado al seductor a empujones. Es increíble, de todo punto increíble; y a pesar de saber lo que sé, me mortifico. Debo deshacer la duda que nos empuja a los extremos de la mesa y del lecho, el resquemor que nos impide hablar sin reservas. He de indagar en su vida hasta borrar los indicios de culpa.
Oigo fuera a los jóvenes en su francachela sin fin, y me hiere su júbilo al chocar de frente con la aflicción que me invade. Han puesto en marcha un pasatiempo que es idea de Francisco Javier; parados bajo mi ventana los oigo explicarlo. Se trata de una búsqueda del tesoro que a todos enciende. El juego en sí no aporta novedad categórica, se dan unas pistas que de ser bien seguidas ponen al buscador frente al premio. El premio, ahí está el busilis de la diversión, el argumento que azuza el interés general, el incentivo bastante para emprender el rastreo según el personal entender.
Cada uno de los presentes, siguiendo su razonamiento lógico o sus corazonadas, busca arriba y abajo, recorre los dormitorios ocupados, y las tétricas salas oscuras de los sótanos húmedos. Actúan en pareja, porque habrá dos ganadores, chico y chica. Sucede que se pone en juego la ropa interior de los novios. Sedosas, perfumadas, mórbidas, las prendas llevan bordadas las iniciales de ambos y no han sido estrenadas. Laure las ha sacado en secreto de una bolsa que guardaba en el coche. En el cuarto de los maniquíes, donde señores y pajes de madera duermen un sueño perdurable, un caballero y una dama se visten por dentro a la usanza moderna. Se hace de carreras la battue, de sigilosos pasos, de un pensar apremiante. Se cruzan los exploradores y, al verse, cambian de sentido queriendo engañar a los contrarios. Chicos y chicas intentan una colaboración necesaria. Miran debajo de los lechos, en el interior de los equipajes, revuelven los trajes colgados en sus perchas, y los más osados bajan a las frescas mazmorras. Penetran en la guardarropía y descubren un mundo mentido, una historia disfrazada a petición de los espectadores. Figuras de nobles luciendo indumentaria elegante se mezclan sin ningún miramiento con desaliñados campesinos. Soldados que portan espada y adarga se enfrentan a otros armados de mosquetes. Ante tal maremagno algunos desisten y se van escaleras arriba. Eric y Suzette tienen más paciencia, y una a una van desnudando todas las figuras. Son los dos ganadores y, avisados los otros, se detiene el entretenimiento.
Celebran el hallazgo y se oyen frases pícaras que a esas horas no consiguen eco. La fatiga aparece de golpe y, aturdidos por tantos elementos extraños a su diario quehacer, los muchachos van quedando diseminados por pasillos y habitaciones, para recibir al sueño acostados sobre cualquier mullido horizontal capaz de acogerlos.
Mi cabeza acompañaba a los jóvenes en las idas y venidas, subiendo y bajando, risas y silencios. Intentaba calibrar el éxito de la broma propuesta por nuestro hijo, para descubrir en el grado de seguimiento de su idea la popularidad alcanzada por su persona. ¡Vaya ocurrencia con fuste! En las voces confusas y en las opuestas carreras escudriñaba yo el número de buscadores, en la premura de los pasos encontraba la ilusión que los movía. Mas concluido el concurso se queda mi mente sin actividad perentoria y retorna a las dudas, al girar sin objeto. De modo que, para no sufrir tal tormento, me levanto tomando la precaución de no hacer ruido, y desciendo al patio.

 

 

 

14
Violette Peyrepertuse Mirepoix

Cortada la maroma a sablazos, el puente levadizo cae con súbito estruendo. Obliga el ruido a elevar su vuelo a las rapaces nocturnas, cautas vigilantes de los ardides humanos. La traición ha sido consumada. Caballeros entran a galope en el patio abatiendo al alevoso de un mandoble que le cercena limpiamente el pescuezo. En ese instante postrero, cuando la cordura ilumina el cerebro, separada la cabeza como está del corazón más de quince pies, comprende que los desleales no vuelven jamás a ser creídos. Tienen enfrente a los dos bandos en liza, y su única duda consiste en saber quién de ellos ejecutará la sentencia dictada por el destino.
La incertidumbre del renegado se resuelve en cuestión de segundos: es el invasor quien blande la hoja homicida, pagando con perfidia la perfidia; y la que rueda por el suelo empedrado, escindida, amoratada, es su propia testa. La alargada pica penetra por la cuenca de un ojo, y el globo blanquecino se aparta para no interferir. Un caballero sin entrañas, de pie sobre la cabalgadura, eleva la lanza hasta una altura próxima a la de las almenas mostrando el trofeo. Rubios cabellos teñidos de sangre, el rostro macilento y un ojo saltado, revelan a los suyos la naturaleza del premio concedido a los traidores. Grana y oro mezclados, la cabeza emancipada del cuerpo y el pensamiento aligerado del lastre de las pasiones, se hacen bandera inicial de una matanza sin parangón en la historia, representando para los sitiados el aviso de lo que se avecina.
¡Sangre sobre la sangre! Salvaje es el grito de los invasores; y se aprecia la gama íntegra de tonos bárbaros porque el dolor ahoga en el pecho los alaridos de los sitiados. Ágiles sombras se descuelgan de los muros, fantasmas armados de espadas espectrales se deslizan por las escaleras, toman las salas, hunden las hojas de acero en los cuerpos dormidos. ¡Sangre y exterminio!: claman los asaltantes; y al oír la llamada sale la sangre a borbotones dejando exangües los cuerpos.
¡Alerta! ¡Alerta!: se oye gritar en la torre al vigía: Qué nos atacan, ¡alerta! Los confiados centinelas apostados en barbacanas, almenas y adarves caen sin exhalar un gemido. Saetas imparables surgen de la noche buscando antes que nada las gargantas, para enmudecerlas. Ya en la caída, cuando las manos sueltan las armas para acudir al pescuezo, flechas hermanas de las predecesoras atraviesan los corazones dolientes sin calmar la hostilidad de los arqueros. La explanada del castillo es un hormiguero de soldados inquietos que van y vienen portando copioso aparato de guerra.
Rejones endurecidos invaden pechos generosos, los capaces de mayor indulgencia; la carne palpitante se abre a las picas como flor de doncella forzada, suspiros agónicos ablandan las piedras del muro. Las sanguinarias huestes enviadas por el Papa de Roma, a quienes se han unido las del Rey de Francia —se mueven por razones diferentes pero el ansia de poder es común— atropellan los derechos todos matando la vida. Los mercenarios pagados con limosnas extraídas de cepillos abiertos en miles de iglesias, los mozos reclutados a la fuerza en las labranzas más pobres, los desalmados acogidos al favor de la Cruzada contra los Albigenses y los engañados desde el púlpito, sorprendidos en su buena fe por la santa palabra que esta vez promete un botín generoso e inmediato; todos ellos, sacudidos con arengas de los caudillos, con marchas militares o himnos religiosos, abren en canal el vientre de las mujeres preñadas, prenden teas en los vestidos de las ancianas caducas y machacan los débiles cráneos de pequeñuelos desconsolados sirviéndose de mazas de madera y férreos pinchos.
Bajan, más tarde, el paso marcial y el ademán decidido, a las mazmorras; y asombrados de que no haya cautivos ni presos, se dan un carnal festín con las tiernas muchachas que han sobrevivido al ataque y desconocen la naturaleza de la agresión soportada.
Quienes sufren de modo tan cruel e inhumano, son los Cátaros: Perfectos y Creyentes. Los que reciben este trato brutal son los más puros seguidores de un Cristo espíritu, los amantes de la Concordia y de la Libertad, los hospitalarios, los que creen que el bien de los demás es el suyo. Los perseguidos como alimañas van en parejas cantando su doctrina, se higienizan a diario en contra de la costumbre extendida, trabajan con ahínco y huyen de los lujos; respetan la vida y no ofrecen sacrificios cruentos, ignoran los dogmas y la autoridad de reyes y pontífices, representan sin gaje ni ventaja a los ciudadanos cuando son elegidos y votan cada año a sus representantes.
Mas una bula papal declara pecaminosa toda compasión sentida por la suerte de esos herejes. Las órdenes dadas desde la bicéfala jerarquía son terminantes: ¡Caiga la piedra que soporta la piedra!, ¡cese el latido que impulsa la vida! Nunca la historia hubo de relatar tanta saña; por ello los historiadores, en su juicio ecuánime, suavizaron los hechos.
Al poco de dormirse, atemorizada, despertó Vivy. Las imágenes sangrientas de su dolorosa pesadilla, irrumpieron en la mente como en cenobio confiado. Soldados lúbricos forzaban a las novicias acogidas al amparo de los altares, caídas de hinojos a los pies de una divinidad impasible. En la sagrada presencia se formuló la lujuria, concupiscencia acreedora de la consideración más lasciva. Ante las miradas huecas de los santos fue derramada la sangre virtuosa, reservada desde siempre al Amado.
Trató Jean Pierre de sosegar a Violette, pues debido a la insistencia puesta en establecer su carnal dominio de esposo, se juzgaba culpable de la agitación. El esponjoso lecho de la Cámara Real, su protector baldaquín, la memoria de los soberanos que en su intimidad se amaron antes de partir hacia el destierro y, más que nada, el encanto irresistible de la virginal doncella; llevaron al novio, tributario de una osadía irreconocible para la amada, a romper el compromiso adquirido. Antes de los esponsales convino la tregua Jean Pierre con una Vivy intacta: tres días y tres noches habían de retener aún el deseo en su cárcel, antes de permitirse los goces sensuales.
Violette ha transitado como entre asperezas selváticas a lo largo de una jornada turbadora, ha visto el cielo desde dentro a lo largo de la misa y su mente mezcla las sensaciones y los convencimientos, aunándolos pese a la discrepancia de naturalezas. En un lado aparece la pasión excedida de Jean Pierre, un ardor poco menos que combatiente, nominado señor de la fortaleza que ella aún preserva. En el otro las históricas matanzas producidas en escenarios abiertos, obra de cruzados e inquisidores, cuyas víctimas eran gentes a quienes en razón de sus apellidos cree ella pertenecer. La imaginación encendida de Vivy sumó, mezcló, agitó; transformando el amoroso requerimiento de Jean Pierre en un asalto brutal.
Lo aprecio por la ventana de cortinas abiertas, dura un suspiro y me sorprende. Relámpagos de estaño plateado rompen en mil pedazos la lobreguez de la noche, inasibles, huidizos. Siguen unas culebrillas de luz y un trueno sordo. Quizá unas gotas de agua que no bastan para matar el polvo del suelo. En eso queda lo que había podido llegar a ser una tormenta entera y verdadera.
Expulsado yo del lecho por el entrechocar del sueño con los malos pensamientos, para propiciar el giro de las emociones desciendo a la penumbra del patio vacío, al silencio custodiado por las armaduras armadas. Usurpando el sillón que en la mesa presidencial ocupó el desposado, me llegan las quejas de Vivy, fruto agraz de una pesadilla terrible.
Igual que a parientes nos ha recibido Violette en el seno de su familia, en el entorno de escogidas amistades. Puede que la amabilidad de trato corresponda a su manera de ser, cortés y hospitalaria; cabe que esté compensando la acogida dispensada por nosotros el pasado verano en Valladolid. Permanecieron ella y Jean Pierre tres días en nuestra casa de Duque de la Victoria; y durante otros diez les cedimos la quinta de El Pinar, de la que hicieron punto de partida para sus itinerarios turísticos. De cualquier forma, en mi nombre y en el de los míos, me siento obligado.
En el Museo Nacional de Escultura quiso Violette ver las joyas de la imaginería exhibidas, únicas en el mundo; mientras que Jean Pierre prefirió estudiar el estuche que las alberga, el Colegio de San Gregorio, un soberbio edificio prerrenacentista.
Mudado yo en guía de la muchacha, hablamos de lo divino y lo humano; hicimos buenas migas y me descubrió una intimidad sensible y enigmática. Por eso deseo indagar en algunas originalidades de la boda que mostraban su huella. Como por ensalmo, al llamado de mi pensamiento sale Violette de la cámara nupcial, encontrándome absorto en esas cosas mías que tanto se relacionan con ella. Han de ser el lugar y el momento oportunos, porque pasado el instante inicial de sorpresa, deseosa la mujer de desahogarse, entra en conversación y se explaya con revelaciones muy personales. Tras explicar la pavorosa alucinación sufrida, sueño violento velado por Jean Pierre, creyendo que las palabras pueden tornar lo confuso en comprensible, inicia la exposición de las convicciones más arraigadas:
«Procedente de varias generaciones de antepasados instruidos, poseíamos una biblioteca abundante y bien seleccionada: más de tres mil volúmenes cerrados en sus alacenas, arropando las cuatro paredes, desde el suelo de tarima hasta el artesonado del techo». Creyendo llegado el instante de desvelar su enigma, se arranca del alma Violette los jirones más adheridos. «Puertas acristaladas, cerradas dos a dos con una aldabilla, libraban de polvo y humedad tratados de filosofía e historia, novelas de los grandes autores. Me escondía en esa estancia cuando jugaba con Laure y mis primos, porque había esconces que permitían a una niña ocultarse y se respiraba una atmósfera de quietud y reserva. Curiosa de los enigmas encerrados tras las ventanitas, de puntillas, sirviéndome de uno de los sillones que bordeaban la gran mesa central o de la escalera que facilitaba el alcance de los volúmenes altos, mi mano derecha extraía el pasador inserto en el anillo. Al principio fue un entretenimiento que formaba parte del juego. Pasó a ser cosa seria cuando vistas las estampas dibujadas leía las líneas que, al pie, explicaban su significado. Debían de ser sugerentes las frases, ya que, por lo común, lograban intrigarme hasta el punto de buscar en el texto el sentido completo. Como si se tratase de un vicio, a escondidas fue progresando mi dedicación.
Apenas contaba once años cuando adquirí la costumbre de la lectura. Sin duda exageraba, pues desaparecía durante horas y, cuando se cansaban de llamarme, llegaba con los ojos rojizos como si hubiera llorado. Me atraían historias cuyos protagonistas llevaban una vida azarosa, libros religiosos repletos de piadosos ejemplos, dados por personas que orientaban los sacrificios constantes a la causa de su salvación. Descubría crónicas cuyas descripciones me aterraban, matanzas causadas a unas gentes buenas por hombres armados al servicio de soberanos ambiciosos.
«Dejaron de interesarme los juegos que antes me absorbían, realizados en el exterior, y la palidez de mi rostro iba a más. El médico hizo preguntas cuyo alcance no vislumbraba, y mi respuesta consistió en un inocente alzar de hombres que no le serviría gran cosa. El mundo de los adultos era una cueva amplia de entrada angosta, donde yo no iba a entrar por las buenas. Así lo pensaba en mi ignorancia de todo lo extraño que los mayores mostraban.
«Después de varias pruebas que no arrojaron síntomas claros de enfermedad, recomendó reposo y una alimentación reforzada; pues coincidía el escrutinio con un estirón de tal envergadura, que dejé pequeños por comparación a los niños de mi edad, primos y amigos. Sin consultarme siquiera me enviaron con unos tíos que vivían al borde del océano, en una casa soleada y abierta a los vientos, sobre una pequeña ensenada que hacía de puerto pesquero. Saludable, sin duda la vivienda, pero carente de biblioteca. El mueble de uso extendido que en otros hogares mostraba sobre sus estantes algunos libros, en general novelas de amor, manuales de medicina doméstica y algún diccionario enciclopédico; allí acogía figuras de porcelana suaves y brillantes, animales muy bien reproducidos.
«Sin historias que prestaran alas a mi imaginación, y sin la compañía de otros niños por estar ya avanzado el año escolar, me aburría durante casi toda la jornada. Para evitar la pérdida de curso, el cura del lugar dirigía mis repasos con explicaciones cortadas por el patrón religioso. Intentó llevarme a su terreno e hizo de mí una niña piadosa que se interesaba por los asuntos de los santos. Conocí los principios generales, y me topé con propuestas que necesitaban la colaboración ineludible de la fe para ser aceptadas. En ellas me detuve. De algo serviría la asistencia del sacerdote, no obstante, porque tuve éxito en los exámenes y pude pasar a la siguiente etapa escolar sin contratiempos. Mi aspecto fue, al cabo de esos meses, el de una jovencita despierta y vigorosa».
En lo que a mí corresponde, invitado a la boda venido sin ganas, a la postre me complace que el sueño abandonara mis ojos o no acudiera a la cita con la madrugada. Me alegra que la cabeza se haya poblado de dudas perdiéndose en divagaciones; porque tales hechos forzaron mi salida de la Alcoba Magna. Puedo así beber de bruces el agua en el propio manantial, fresca y pura. Una esponja soy absorbiendo la esencia de cuanto libera la boca de Violette, una cámara fotográfica captando los detalles. Distingo matices, útiles en el empeño de interpretar el conjunto: el tono preciso de su voz, la expresión exacta de las manos, el inigualable rictus de los labios rojos; signos todos tributarios de un eje capital: la franqueza que anima a la apacible mujer hace unos instantes tan atormentada.
Observando el interés despertado en mí por su relato, prosigue Vivy sus confidencias. «Dice el Pandnamak i Zartust: Llegados a la edad de quince años, hombre y mujer han de conocer las respuestas a las preguntas siguientes: quién soy, a quién me debo, de dónde vine, adónde iré; a qué linaje y familia pertenezco; para qué he venido, cuál es mi obligación en este mundo; ¿soy de Ormuz o de Arimán? Mi padre debía de tener noticia de este pasaje, que me llegó mucho después, pues al alcanzar yo esa edad crítica, era él mismo, mi propio progenitor, quien estimulaba tales lecturas descubridoras de múltiples respuestas y nuevos interrogantes confluentes».
Devoró –según me dice— libros históricos que describían lugares cercanos en épocas remotas, cuyos nombres oía en boca de viajeros que los visitaban: Peyrepertuse, Montségur, Puivert, Puilaurens, Quéribus; fortalezas cuarteadas por los antiguos embates guerreros y la no menos demoledora acometida de los siglos, las expoliaciones del hombre añadidas. Trasladó su inclinación a las leyendas –asegura— y a la época en que se desarrollaban, siglos XII y XIII. Cruzadas papales destinadas a acabar con los Albigenses, y batidas ordenadas por el Rey contra la independiente nobleza occitana. A través de las narraciones se acercó a las personas principales que promovían los ejércitos enemigos. Descubrió sus conductas abominables presididas por la ambición, la envidia y el odio; trinidad de estímulos disimulada tras algunas acciones nobles que lograban engañar al pueblo llano.
Se refiere a los papas Inocencio III e Inocencio IV; a los reyes de Francia, Louis VIII y Louis IX, hijo éste de Blanca de Castilla, que sería luego –sorpresa del destino— elevado a los altares; a Pierre de Castellnau, legado papal, cuyo asesinato pudo ser el desencadenante de la intervención armada; a Simón de Montfort y a su hijo, quienes dirigieron las cruzadas contra la independencia religiosa y territorial del Languedoc; y a Arnaud Amaury, representante de Inocencio III en Ocitania, jefe espiritual de los cruzados.
Cita una terrible anécdota de Amaury, reveladora de la actitud más extendida en el bando papista. Unos soldados preguntan la manera de distinguir en la batalla a los amigos de los enemigos; y Amaury, convencido de estar siendo escuchado por la mismísima historia, contesta: «Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos»”.
En tiempo tan provechoso para la formación, removió algunas capas de sedimentos antiguos hasta descubrir sus profundas raíces. Daba así cumplimiento parcial al mandato del texto mazdeo: dominaba aquello que, llegada a la edad de quince años, estaba obligada a conocer acerca de sí misma. Los suyos no eran otros que Guillaume de Peyrepertuse, una de las ramas del apellido paterno, cuyo origen se remonta a épocas arcaicas de fluir desconocido. Guillaume, acusado de rebelde y hereje, se enfrentó al Rey y al Papa con un temple muy propio; y por no someterse a sus designios fue excomulgado. Los suyos no eran sino ambos Pierre Roger de Mirepoix, el viejo y el joven. El muchacho organizó una expedición destinada a vengar a sus correligionarios, víctimas de la Santa Inquisición, algunos de cuyos miembros pertenecían a la Orden de Predicadores, fundada por el castellano Domingo de Guzmán, también santo. De ellos le viene el materno apellido que no puede utilizar en sociedad. Quizá ese mismo origen unió a los padres, es de suponer.
El caso es que la suma de arranques la situaba con claridad frente a los reyes de Francia y los papas de Roma. Su nombre, la cepa del árbol del que se considera una simple hoja de un sencillo vástago, la colocaban en definitiva junto a los Cátaros o Albigenses. ¡Mucho se ha dicho de ellos!, y en buena parte equívoco: dualistas, místicos, relacionados con los bogomilos eslavos y los maniqueos, caracterizados por su extrema sencillez y la pureza de sus costumbres. Por eso indagó, para buscar su ejemplo. Era su patria el Languedoc, y prefería la amistad de catalanes y aragoneses a la hermandad con los franceses del Norte. Fue adentrándome ella poco a poco en las ideas, en las columnas cardinales de religión tan hostigada: la dualidad de principios, la prevención contra el mundo perverso en que nos ha tocado vivir, la inconveniencia de apoyar su andadura, la castidad sostenida y el proceder austero. De pronto se abrió una ventana en su mente, por la que veía con toda nitidez los supremos misterios que encierra la vida que nos toca vivir, ya sea con nuestra aquiescencia o con nuestro rechazo.
Violette apenas se toma respiro; desea acabar cuanto antes, temerosa de no dar término a su confidencia si algunos invitados se nos añaden. Exploró los vastos territorios de la historia, y advirtió la existencia de cientos de dioses, unos y otros verdaderos para sus devotos, unos y otros falsos para los infieles. Tomaban formas infinitas, y colores, los del arco iris mezclados con insistencia. Los símbolos diversos llevaban a confusión, y los dogmas se contradecían entre sí. Hasta en el mismo credo observaba opiniones diferentes vertidas por tal o cual profeta.
Hubo un tiempo en el que creía en un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un tiempo en que creía en Jesucristo, hijo primogénito de Dios y Dios Él mismo, que se hizo hombre con el fin de ser ejemplo de vida y lograr nuestra salvación. Creyó con firmeza en su evangelio, y aceptó –pese a lo que tienen de trágico— la crucifixión y la muerte. Creyó en la resurrección, en la elevación a los cielos y en la eternidad de su reino. Sí, estaba llamada a ser cristiana hasta acabar sus días; y católica ferviente hubiera sido; de haber estado en su mano olvidar la implacable persecución emprendida por la Iglesia Católica contra su pueblo. Cómo pasar por alto la bárbara matanza que fue perpetrada contra su propia sangre, cómo creerla religión inspirada por Dios, a la vista de los violentos métodos practicados para convencer. ¡Imposible! De todo punto imposible.
De no serlo la religión católica, todas podían ser su religión; o ninguna. Así ha ocurrido. Con la apariencia de un mercader que va de puesto en puesto a través de la plaza del mercado observando las mercaderías, y compra a cada vendedor lo que considera adecuado para sus necesidades; así Violette Peyrepertuse Mirepoix, como ella se nombra, de cada religión ha tomado una frase, una creencia, un capítulo, una solución, un punto de vista. Hoy vive sin dogma consolidado siguiendo unos cuantos principios que tienden alfombra a su conducta. Es dual como el mundo gobernado por los opuestos principios del mal y del bien, ambos conviviendo en igualdad de fuerzas, en equilibrio inestable. La mansedumbre, el perdón, la tolerancia, son virtudes que guían sus actos, sus relaciones con los demás. La castidad, la templanza, son virtudes que encarrilan su comportamiento íntimo, el ascetismo es su norma de conducta. El mal y el bien conviven mezclados, y para diferenciarlos es necesario saber. El conocimiento es la fuente de la virtud, por eso lee. Para poder discernir, lee. Lee para alcanzar el bien y despreciar el mal.
«Todo con mesura; esa es mi máxima»: anuncia muy convencida la doncella; dotando a sus palabras de un énfasis justo.
«De todo, una muestra»: se dice. En el exceso encuentra el mal, porque la aleja del conveniente equilibrio. Está bien probado que el mestizaje potencia las mejores predisposiciones de cada persona.
Apreciando Violette mi entusiasmo ante el surtir incesante de las aguas encerradas en su manantial, límpidas y renovadas, continúa: «Espero que mis palabras contesten las preguntas que tu mente habrá formulado al ver ciertas formas de liturgia en la ceremonia de la boda, aceptadas por el padre Barthélemy haciendo gala de una gran tolerancia. Entenderás la elección del menú dispuesto en la cena, donde pescado y ese concreto marisco eran los únicos animales presentes, saciando la muestra específica nuestro apetito porque su procreación no es carnal. Este desahogo te permitirá entender mi peculiar conducta ante Jean Pierre, a quien al salir he pedido que no me siguiera porque quería estar sola con mis pensamientos, y me ha obedecido. Ha querido la casualidad que te encontrar a ti, y mi reflexión ha resultado más fácil. Me alegro y te estoy agradecida por escucharme».
«Jean Pierre es un hombre que me atrae como me atraen el otoño y las puestas de sol; de la misma manera que me fascinan los pergaminos receptores de la antigua sabiduría, como las flores mínimas de las altas cumbres, el frágil rocío y las fresas silvestres. Amo su interior oculto porque si mis ojos se sumergen en la profundidad marina de los suyos y lanzo las redes, mis redes apresan reminiscencias de antiguas soledades. Amo su exterior visible como amo a los míos: mis padres, mi hermana, los antepasados cátaros. Soy feliz cuando estoy a su lado, y con su actitud complaciente me sienta en un trono.
Despiertan en mí sus caricias sensaciones que temo por lo seductoras. Si sus manos me buscan inquietas, y sus labios ardientes persiguen mis labios, mi voluntad deja de pertenecerme y mi dueño es él. Disculpo al macho que, habiendo sometido el instinto al poder de la mente durante demasiado tiempo, humano al fin, se ha rendido a los embates de un cuerpo tirano. En ocasiones quise haber nacido deforme, poseer un rostro feo y carecer de atractivos. Pensé arañar con abrojos mis rosadas mejillas hasta ensangrentarlas, cubrir de ceniza mis rubios cabellos, esparcir el olor de la carne en descomposición sobre mi piel, para que nadie se acercara a mí llevado por la concupiscencia. Es terrible la lucha que soporto entre lo interno y lo externo. Mi voluntad se debe a ambos, pero toma partido por la virtud. «¿Soy de Ormuz o de Arimán? Esa será mi duda constante. Intento cada día alinearme con Ormuz, dios del bien y de la luz para los antiguos persas, contrapuesto a Arimán, el adverso principio. Pero, ¿quién sabe el lugar exacto del Bien y la Verdad?»
Al llegar a interrogación de tal trascendencia se oye el cercano piar de unos pajarillos, y la realidad circundante reclama atención. Despunta el día introduciendo su difusa claridad a través de las rendijas de las puertas, alzándola sobre los altos muros, de modo que en claroscuros de una gran belleza se perfilan los arcos que tengo delante. Ha salido Jean Pierre y desciende las escaleras acercándose a la presencia de Vivy. Trae con él una charla invasora referida al inmediato futuro: el viaje a Lanzarote que emprenderán esta tarde, tierra volcánica de belleza única. Va, luego, al piso alquilado para residir hasta que rematen la reforma del viejo casón comprado en Toulouse, al trabajo de ambos, al regreso a la vivienda de los padres los fines de semana. Ante el entusiasmo verbal del novio, el reposado testimonio de la novia nada puede hacer para sobrevivir y se repliega. Con el fin de facilitarlos la intimidad que sin duda necesitan, y necesitado de preparar mi inmediata partida, vuelvo a la Alcoba Magna donde descansa Isabel, pues he de vestirme de forma adecuada, recoger el equipaje y despertar a mis hijas.

 

 

 

15
La evasión

Perseguido por la mañana que llega urgida, desde el patio del castillo regreso a la Alcoba Magna satisfecho de la confianza demostrada por Violette, al confesarme el conflicto que rige su existencia. Abro la puerta despacio para no hacer ruido; chirrían, a pesar de todo, las bisagras carentes de engrase o faltas de él. Cauteloso me acerco al lecho en que Isabel duerme, poniendo extremo cuidado en no equivocar las prendas que deben ir en mi equipaje, temeroso de llevarme alguna que necesite ella luego. No obstante, mi pie izquierdo tropieza con una de las patas traseras del que debió ser tálamo sin serlo esta noche, y como va embutido en un zapato fresco, acanalado, pero dotado de una suela sólida de resistente cuero, suena un golpe romo que no quiebra un sueño cuya superficialidad desconozco, siempre tan profundo que romperlo a destiempo precisa algún zarandeo.
Actúo como si esperara la mirada de mi esposa portando el reproche; no llega y me acerco a la habitación anexa, territorio de mis cuatro hijos. Anita regresará conmigo por la ruta de Barcelona, y ella y Sofía ocupan las camas del fondo. Así que para llegar hasta ellas es preciso caminar a tientas por entre el mobiliario. Pero he desarrollado la suficiente cautela en las maniobras de levantarme temprano para ir al trabajo, y al modo de los ladrones experimentados me acompaña el absoluto silencio; si acaso un rasguño de tela en la pared enyesada.
Los chicos pueden dormir hasta bien avanzado el día si así lo desean, pues han de recoger la ropa de las casas donde pasaron la noche del viernes. Deben entregar aún el regalo a los novios: una espléndida figura, exacta reproducción del original, obra de Pablo Gargallo, que se encuentra en casa de los Peyrepertuse. Por más que se esfuercen no se pondrán en camino antes de la hora del almuerzo, y lo siento de veras.
Cuando salimos de la Alcoba mis hijas y yo, Violette y Étienne ya no se encuentran en la escalera, tampoco en el patio; superada la primera desavenencia, sin duda regresaron al lecho conyugal a esperar el lento transcurrir del tiempo; en concreto dos días y medio. Las espadas rendidas y las armaduras despojadas de los cuerpos exhaustos, invaden estancias, pasillos, escaleras. Aquí y allá yacen maltrechos, conquistados por el letargo y el agotamiento, aguerridos cuerpos, víctimas de la dura contienda. El escenario festivo permanece calmo y silencioso, en franco contraste con la música alta y la algarabía general de hace unas horas. La claridad creciente se filtra a través de las finas rendijas que los cortinones no tapan; cuchillos de luz, espadas que tajan la oscuridad y la dividen. Descubrimos tres jóvenes –dos chicos y una chica— cuyas cabezas, troncos y extremidades, en irregular mezcolanza, se adaptan a la forma del continente: dos divanes unidos y enfrentados, que con peligro de fractura soportan un peso sobrado.
Llegan de la mano, bien avenidas, las siete de la mañana de un día que promete ser caluroso. Es la hora convenida con Odile para que el cuidador del castillo nos abra la puerta. Salieron los últimos cuando terminaron su placentero quehacer los músicos, y el responsable de las llaves se fue con ellos. Parten conmigo mis hijas. Mañana, lunes, a primera hora, Sofía ha de entregar a su jefe los informes elaborados por ella para la reunión mensual del Consejo; antes deberá verificar si la secretaria los ha pasado a limpio sin errores. Debemos salir cuanto antes, pues la frontera frenaba ayer el paso de miles y miles de turistas que comienzan estos días el disfrute de sus vacaciones. Me inquieta, con tal fundamento, que hoy siga el trasiego repitiendo su intensidad y lento ritmo.
Recorro los motivos que me empujan en este momento a la acción, y no son desdeñables. ¿Doy la espalda a la responsabilidad? ¿Huyo, acaso, de la proximidad de mi esposa? Convendría a nuestra concordia que regresáramos juntos; Isabel y yo debemos explicarnos y deshilvanar equívocos. Encontraríamos un recodo en el camino; nos detendríamos en él con el fin de dar un paseo y desentumecer las piernas. Allí tendríamos la oportunidad, ese sería el momento: alejados una decena de metros de los hijos para preservar el asunto de la conversación, conservando esa breve distancia de seguridad teniéndolos como referencia en la charla. Llegados a Valladolid la rutina puede volvernos cautos, posibilitando que, aun pesarosos, guardemos un silencio dañino. Me pregunto de nuevo y amplio la amplitud del cuestionario: ¿esquivo a mi esposa?, ¿me alejo por voluntad propia de su explicación? ¿es ella quién se separa de mí? ¿huye de la verdad de mi desahogo?
El portón, desde dentro, ofrece un aspecto de total reciedumbre. La madera parece más basta que en el exterior; se me ocurre que el cepillo la ha pulido menos. Muestra, además, remachados a lo burdo con desprecio de las apariencias, los extremos torcidos de unos clavos de bronce que la embellecen por fuera. No sé si habrá resistido asedios: el temible empuje de los arietes, lanzazos, golpes de venablo y los ígneos ataques arrasadores. No sé si habrá resistido insistentes embates guerreros. Aunque, dada su apariencia, bien podría soportarlos.
Componen la puerta principal dos hojas de roble de dimensiones parejas, sacadas de ejemplares corpulentos, abuelos de los que hoy proporcionan cama a los vinos más prestigiosos. Un cerrojo dispuesto en el centro, al borde de la hoja derecha, situado a la altura del pecho de un hombre fornido, las une a ambas entre sí; y su manija, cuando la barra entra en la última armella, perteneciente a la hoja hermana, queda sujeta con un candado. Otros dos cerrojos, verticales ellos, uno que adentra su barra en la piedra del umbral, y otro que la inserta en el centro del dintel, hacen solidarias las hojas con el pétreo muro, convirtiendo la pesada puerta en su prolongación.
A mayores, fijado en una argolla alojada en la piedra de la jamba izquierda, aparece, a la altura del cerrojo, un brazo de hierro móvil, que encajándose en dos soportes centrales llega hasta la jamba derecha; en ese punto el extremo curvo penetra en otra argolla hincada en la piedra, de la que le impide salir un nuevo candado, hermano del otro, de la misma factura.
La confusión invade mi mente, porque en ella se han mezclado a paladas alternas dos imágenes contradictorias. La ida y la permanencia. No sé si debo combinarlas o superponerlas, pero, en ambos casos, el resultado es una incógnita de solución imposible; al menos para mí y ahora.
Queda meridianamente claro que, para llegar al exterior, a la plaza donde dejamos el coche, necesitamos que alguien nos abra; y no parece existir persona alguna con esa ocupación perentoria. Viene de fuera la servidumbre, en el castillo duerme una parte de los invitados; el mismo guía, tío del dueño, que suele hacer aquí noche, ha cedido su alcoba. Avisado por Odile de nuestra partida temprana, hace un cuarto de hora que el encargado debía tener franca la puerta. Es posible que, sabiéndolo, se retrase por cualquier motivo; pero cabe, también, que Odile no cumpliera el encargo y llegue el hombre a las tantas.
Me enojo con el uno, con la otra y con ambos; así de grande es mi enfado. Tenemos el tiempo distribuido con precisión de agencia de viajes: salida a las siete, llegada a Barcelona, a medio día; comida con los primos de Isabel, y como hemos dormido muy poco esta noche una cabezadita nos vendrá de perlas, así que la partida hacia Valladolid, Anita añadida, no tendrá lugar hasta las cuatro de la tarde; y a media noche, si todo va bien, nos presentaremos en la calle Duque de la Victoria. De otro modo, para que Sofía cumpla con la entrega de un importante encargo de trabajo –sustituye ella a la compañera que lo hace habitualmente y está de baja por maternidad— deberemos conducir durante parte de la noche con un peligro cierto.
Siguiendo un orden lógico recorro las dependencias, sin percibir en ellas señal alguna de vida diligente; despojos, algún cuerpo dormido sobre desperdigados colchones, encina de los muebles lisos, aprovechando una alfombra, eso es todo. Se llena de entusiasmo Anita al hallar dos salidas de emergencia, para achicarse al instante, en cuanto, una a continuación de la otra, inspeccionadas por sus ojos atentos y sus manos industriosas, se muestran cerradas, como suele decirse, a cal y canto. Dos brazos de hierro nacen, de la mismísima piedra, uno por cada lado, en la parte alta. Sendas anillas, férreas también, encajadas en la roca, aprisionan las barras permitiéndolas, sin embargo, moverse. Sólidos candados asen los curvos extremos de los fierros largos que, formando una equis, cruzan la puerta con la misión de impedir la entrada o la salida. Y la otra, cercana —postigos las dos del señor del castillo para sus amores, para sus felonías— presenta idéntica alineación y un mismo o parecido entorpecimiento.
Sofía se suma a la difícil búsqueda de un resquicio mínimo, de una abertura suficiente a nuestros magros cuerpos, a nuestro sencillo equipaje. Trae el ánimo intacto y quiere descubrir una ventana sin rejas, un deslizadero que lleve desde arriba a la calle. No hay, se ve enseguida; y se comprende al instante que así sea: estamos en una fortaleza y aquello que impide el asalto impide la escapada. A pesar del desengaño que tal comprobación produce, estimulado por el ejemplo de mis hijas, no me rindo; continúo la batida iniciada, regresando sin intención ninguna al doloroso cavilar.
Isabel duerme o finge y se hace la dormida, imagino; y el cuchillo de la intuición ahonda en la herida recién abierta. Habrá decidido quedarse en la cama, pienso; simulará un sueño profundo que la evite enfrentarse a mis ojos; espacios mínimos en los que se muestra callada mi denuncia. Quizá duerma de veras, puede que vislumbre otras circunstancias vitales: una existencia diferente, un distinto amor; el transcurrir agitado que yo, por mi conducta ordenada, estorbo.
Pido a las muchachas que se queden junto a bolsos y maletas en el patio, esperándome, por si bajara Isabel mientras escudriño las paredes en pos de un paso que nos lleve al coche. La desolada perspectiva inferior, efecto de la contienda aquí celebrada, no parece que vaya a recobrar su ser antes del mediodía; y me persigue la visión de kilómetros y kilómetros de coches casi estáticos, recogida ayer en cuanto cruzamos la frontera.
Peldaños de piedra resbaladiza, pétreos muros: una escalera oscura baja a las mazmorras. En el distribuidor amplio que recibe las puertas rigurosas de las celdas, han instalado un salón de actos. Allí pantallas de proyección, atriles de lectura y grafía, una mesa de conferenciante y un nutrido grupo de sillas. Colocaron los asientos muy juntos, de forma que el color individual del plástico, sumado, extiende una mancha anaranjada impropia del lugar. Nuevas torturas, más refinadas; nuevos intentos de modificar conductas se practican aquí, es indudable; tendentes ahora a unos fines que el suceder del tiempo no ha variado: el pastoreo de las personas hacia el beneficio de quienes las contratan, el ordenamiento de las voluntades con la voluntad mayor.
Peldaño a peldaño, encontrando el dinamismo en la continuidad al modo de los fotogramas del cinematógrafo, desciende la escalera en caracol. Trata, quizá, de dar alcance a la intimidad más honda, y se sume en una oscuridad que se adensa a cada paso. Apoyo mal el pie avanzado y la precaria posición me lanza contra la pared en curva, a la que llego con fuerza golpeándome el codo y el costado izquierdos. Por fortuna no pierdo el equilibrio, aunque el traspiés me pone en guardia obligándome a ser más precavido.
A tientas me aproximo a un descansillo beneficiado de una iluminación enturbiada, que permite ver la negrura en toda su magnificencia, excepto una franja nítida que se va ampliando al alejarse de la fuente: una rendija que sin el sol de fuera –lado este, el preciso en estos momentos cercanos a su nacimiento— no sería perceptible. Es acaso mi esperanza la que así abre sus miras, agrandándose. Pero la luz que suma, al instante contiguo me resta. Aparece la misma férrea cruz de San Andrés, la misma aspa, símbolo del paso prohibido, del hasta aquí, no más, hemos llegado. Frente a ellas, puerta y salvaguardia, doloridos el hombro, el codo y el tobillo, me invade la sensación que se hizo conmigo arriba. Si pudiera ver mi rostro vería un rostro idéntico al que mostraba Anita, hace unos instantes, al descubrir la protección infranqueable que protege las cancelas de emergencia.
El estrechísimo rayo, el resquicio hecho luz, ampliándose a medida que se aparta de la rendija, me entrega la visión, perfecta por prometedora, de los extremos curvos carentes de candados. La misma cruz, la misma aspa, férreos brazos en nada diferentes a los vistos, a los sufridos, y sin embargo, tan distintos como la harina y la arena, la sal y la cal, la miel y la hiel. No se mueven los barrotes, derecho primero, izquierdo después, cuando lo intento.
Tiro yo de ellos poniendo todo mi afán, mis fuerzas todas; empujo, me agito incapaz, desesperanzado, hasta descubrir que el tiempo de inactividad, de quietud, yace allí muerto o dormido cerrando el paso hacia la calle, guardián impensado para el dueño. Ese tiempo de quietud, entiendo, es el mismo que duerme en las bodegas envejeciendo el vino, el mismo que pasa su mano incorpórea una y otra vez por los muebles hasta convertirlos en antigüedades, el que va por las calles, por los palacios, por los campos de batalla volviendo a los hechos historia, leyendas o mitos, según sea la índole de quien se acerque a ellos, dependiendo del espíritu con que se aproxime. Sin embargo, aquí, ese tiempo quieto se muestra como un enemigo auténtico, dedicado a soldar hierro con el hierro, el hierro y la piedra con la piedra.
Me encuentro al borde de la rendición y el abandono, dispuesto a subir hasta el patio de armas donde puede que a mis hijas se haya sumado mi esposa; cuando, recién nacido el desaliento, un ligero avance se convierte en daga para él, débil aún, hiriéndolo de muerte. Será que pongo más empuje, más irritación en el intento, pues desprendiendo un chirrido romo de hierro escapado de su engarce, se mueve la barra de la izquierda y admite un minúsculo cambio de posición que mi ilusión magnifica.
El sol debe de estar creciendo afuera al modo del chiquillo que come por dictado de la madre, con el único fin de convertirse en un muchacho grande y fuerte. Sé que el día avanza contra mis intereses. En un minuto me achico, pero en el siguiente me crezco. Así soy, voluble pero insistente; contradicción reversible.
Envalentonado hasta el summum, alzo el hierro curvo de su anclaje, sostengo el esfuerzo durante un tiempo que se me antoja eterno, y desprendiéndolo logro deshacer el aspa odiosa que contribuía a formar. La confianza se hace la remolona cuando la quieren empujar de mi costado y, aunque la otra barra no reacciona del mismo modo, me pide constancia.
Pongo la voluntad íntegra, la concentro en un punto, aplico juntas fuerza y maña, y el brazo que sigue en sus trece oponiéndose a mis intentos, cede o me lo parece. No solo lo parece, cede de verdad. Sí, cede de manera definitiva, cede, cede.

16
El regreso

Acerca del uso dado a mi mocedad, creía haberlo olvidado todo. Mas, de improviso, se presentan en el asiento de la memoria, nítidos, los impulsos trazadores de un itinerario tan complejo como este de ahora. Percibo en los brazos el fluir de la savia de entonces, ramas del árbol vigoroso que ahondó sus raíces buscando el agua escasa y elevó su follaje hasta la luz deslumbrante del cielo azul y blanco, nimbos opacos y transparentes unidos. Desde la hondura en que estoy sumergido, descubro los mares quietos. Subido de improviso a un elevado sitial sorprendo cambiante la tierra, vegas, ríos y montañas sucediéndose. Veo las nubes raudas, esponjosas, deshilachadas, desfigurando su forma imprecisa, amoldándose a los deseos del viento, abrazándose a otras que llevan la misma ruta; para luego ser arrancadas de ellas sin añoranza, sin rencor, mejorando los modos airados de las personas en ese mismo aprieto.
Acepto que Isabel no haya bajado al patio y esté aún en la Alcoba Magna, despierta, con la mente poblada de argumentos encontrados, opuestos. Me la imagino tratando de extraer el hilo de la madeja para ovillarlo e impedir que se enmarañe. Tan niña como en los momentos más comprometidos de nuestra existencia común, necesitada de una mano que se deslice por su cabello y descienda suavemente hasta el cuello, falta de unos labios que vayan a sus mejillas, de una palabra de aliento directa al corazón.
Si yo me acercara y dijera cuanto desea salir de mi garganta, de mi boca; si me atreviera… Vuelve la vacilación de los primeros momentos, la misma que me impedía avanzar pidiéndole una tarde de paseo; ella y yo solos, de la mano por el Campo Grande, por la Acera de Recoletos, por la calle Santiago y la plaza Mayor. Es la indecisión que me privó de la misma Ana y de la auténtica felicidad, cuando aún era posible desviar los dardos de un objetivo a otro, de uno a otro de los corazones. Si abandonara la locura de descender los peldaños buscando un escape a mis miedos, si regresara a la Alcoba Magna, y levantando la colcha y la sábana entrara en el lecho; si la hablara quedo en su oído más cercano, el nudo insoluble de la sospecha se resolvería cortado de un tajo por la razón evidente. No; mi amor propio, mi resentimiento y mi vieja indecisión se unen obligándome a una pasividad nefasta, y a la huida cobarde escaleras abajo.
Desembarazado de los fierros que se cruzaban sobre las dos hojas de madera, el postigo se abre; rompo su reposo de años, anulo su inercia. Un sol ya alto penetra entonces en el interior de los muros, y al volver atrás la mirada veo que capitulan entregándome su misterio. Con violencia penetra en mis ojos un patio silvestre: piedras desprendidas, cardos altos y enredadas hierbas. No imagino el Paraíso de otra hechura, espacio de libertad abierto a todos los caminos, a todas las posibilidades; plantas crecidas a su antojo, pajarillos solos buscando a otros.
Avanzo, ocupo, conquisto, hinco mi enseña en el terreno que desde este instante llevará mi nombre. Me separan de la calle una tapia alta y, sobre ella, alzada a su lomo, una verja trenzada, celosía severa de protector enrejado; barricada discontinua en un portillo que se divide en dos hojas de chapa. Amigo yo de puertas y ventanas, ésta de ahora se revela enemiga, anclada al resto del castillo y del mundo sólido que la inmoviliza y me para.
Muralla es cualquier obstáculo opuesto a mi paso; pero me encuentro crecido, marea alta que dobla mis fuerzas, y no considero estorbo a los impedimentos hasta hora insalvables. Ana Gamazo venía y yo iba, pudo ocurrir de otra manera, no sé con exactitud. Íbamos a encontrarnos sin remedio en una acera estrecha, a no ser que modificara el sentido de mi marcha antes de que me ella me viese.
Desconociendo la razón corregí el rumbo de mis pasos entre La Antigua y la Universidad. Había soñado esa noche que nos encontrábamos, y sin mediar palabra nuestros cuerpos se unían imitando a nuestras mentes. Era ella un imán que me atraía con fuerza y fui capaz de una fuerza mayor para eludir su influjo. Estaba decidido a cumplir el sueño en la primera ocasión que se presentara y, sin llegar a comprender la causa –la educación recibida rebosante de caducos convencionalismos, puede ser; la inercia de mi comportamiento obediente, hecho a seguir las reglas, quizá— sin entender las razones quebré mi paso forzando a mi estrella a la continuidad de una existencia insípida, que acabará, si nadie pone remedio, en una ruptura peor que la evitada en aquellos días; peor digo, porque ahora carece de objeto, ese amor que antes la justificaba.
No era Ana solamente, también era Sergio, su esposo. Con Sergio había hecho yo una amistad propia y directa. No tenían hijos y de eso hablamos un día. Me dijo que Ana quería dos desde siempre. Tenía los nombres incluso, y su rostro y su manera de ser; hasta su profesión. Aurora iba ser la primera, una niña preciosa con rizos dorados, actriz seguramente; y dos años después, Juanito, un chaval moreno de ojos marrones, llamado a ser inventor de artefactos y máquinas de gran utilidad para las personas. Entendí, entonces, la mirada que se iba haciendo Ana con el paso del tiempo, quieta, algo anclada en el pasado, rodeada de una neblina sutil que acaso solo yo veía.
El patio agreste forma un declive que tiene su punto bajo justo en el umbral de la puerta. Las tierras arrastradas por los chaparrones de la pasada primavera, sumadas a las desleídas en los aguaceros del último otoño, colman el hoyo semicircular previsto para el giro interno de las férreas hojas. Endurecidos arcilla y cantos en un solo cuerpo, las fijan en la posición de barrera, formando una línea recta que se suma al muro. Para mayor dificultad, un enorme pasador aherrojado por el óxido las suelda y unifica. Hasta aquí he llegado, me digo con vacilante orgullo. De hecho, no es plumón de ave, sino pluma caudal coloreada.
He salvado estorbos que para el común de los invitados hubieran sido insuperables. La cancela cautiva se convierte a mis ojos en el foso inexistente, en el agua corrompida que lo llena aislando al castillo, en los cien arqueros precisos que impiden el escape clavando en mi espalda cien flechas. Puede que sea el destino, interesado en un giro que me ponga de bruces ante la obligación, el artífice de tanto entorpecimiento.
Sin embargo, no es Isabel quien ocupa mi mente en estos instantes, es Ana. Ana, Ana, Ana; mi mente es una campana y tú eres el badajo que golpea el bronce yendo y viniendo de un lado al opuesto. Ana, Ana, Ana: mi cerebro es una campana y el repique pronuncia tu nombre: Ana, Ana, Ana. ¿Por qué, me pregunto y te pregunto, Ana? ¿Por qué las cosas llegan, con extraña frecuencia, a ser como tememos que sean, y casi nunca suceden como deseamos? Los temores se avienen sin apenas frenos con la realidad, y a los sueños les cuesta ajustarse al desfilar de los hechos.
Cierro los ojos a la adversidad, disuelvo su imagen en el conjunto existente, y la adversidad deja de existir al minuto diluida en el cosmos, impregnándolo de un rocío impalpable. Observo, acaso por vez primera, que los nombres, indiferentes al iniciar su mención, llegan a englobar a la persona nombrada, a abarcar su relieve íntegro, tanto la parte conocida como la sombreada por la mera sospecha.
Observo que el nombre estuche de la persona llamada Isabel, símbolo, alegoría, representación, resumen; el nombre evocador de la imagen que de ella poseo, verificada a través de los años o simple conjetura; y el nombre que es toda Ana, la Ana que yo he ido forjando con mi amor indeciso, confirmado o desmentido por ella a través de su conducta; observo que ambos nombres, Isabel y Ana, tienen en común una letra. En el acto la A se hace puente, un puente mayúsculo, muy a propósito para cruzar la corriente que discurre separando a las amigas, el secreto que no se han atrevido a confesarse, su amor improbable por mí, insostenible; asnilla de zapatero o de albañil se hace la A, también, sujeción y soporte de su amistad. Isabel posee la sexta parte de un capital que en Ana supone las dos terceras partes de su haber, cuatro veces más.
Ahí comparezco; ante la equiparación que coloca a Isabel como perdedora, cuando la adversidad me fuerza a retroceder, a encontrarla y mirarme en sus ojos hasta extraviar la mirada. Deja la “a” de ser puente, para convertirse en un tubo angosto dotado de asidero; el delgado conducto por el que la desventura me constriñe. Bajo el palenque que envuelve el castillo por la parte de atrás, como entrando en un sueño o en una niebla muy densa, un minero experto excavaría un túnel escueto que palmo a palmo le abriría la calle expedita. Utilizando una pértiga de fibra de vidrio un atleta saltaría el muro. Un preso reduciría a limaduras los barrotes de la verja. Mas careciendo de herramientas y habilidad, ninguna de esas soluciones puede ser la mía.
Derrotado por consideraciones tan pesimistas, con la visión hiriente de incontables coches detenidos en la carretera, haciendo gala de una sobrevenida torpeza vuelvo hacia atrás, subo escalón a escalón en viaje de regreso. Doy por seguro que Isabel –temor o desdén— continúa encamada y puedo agotar las posibilidades de arreglo.
Pero el caprichoso destino —¿existe quien comprenda su zigzagueante derrota?— utiliza a mis hijas para frenarme. Movidas por el ejemplo de una tenacidad que no poseo, bajan arrastrando sus cosas y mi bolsa de trajes. El empuje de Sofía, temerosa de no llegar a tiempo a casa para descansar antes de incorporarse mañana al trabajo, ha contagiado a su hermana. Mudar la marcha de las dos mujeres, invertir sus pasos, supone el quebranto de la confianza que me tienen, un tachón en la límpida plana de mi imagen. Anuncio, en consecuencia, el descubrimiento de una salida que me envía a buscarlas para salir por ella
Encontramos tejas rotas acabadas en pico que, utilizadas a derechas, como más conviene a la forma complementaria de sus dos extremos, permiten cavar y retirar la tierra. Es una tarea penosa que a su término nos deja agotados pero satisfechos, incluso lúcidos. La imaginación viene en nuestro socorro frente a la herrumbre. El simple estuche de mantequilla, previsto para el desayuno, que de una caja tomé al levantarme, nos ayuda. Su grasa, extendida sobre el cilindro anclado, suaviza el orín de manera que permite un giro pequeño. El juego inicial se va ampliando a medida que la manteca, fundiéndose, se hermana con el hierro firme.
En este preciso momento, muy apropiado al parecer, tengo presente al padre de Isabel y sus humillaciones; lo fueran o no para él, que lo ignoro, para mí lo eran. Me consideraba un peón. Ingeniero superior y todo, como a peón me trataba. Peón sí, pero como oí decir a Horacio en algún momento de su charla urgente, los peones, si ponen empeño suficiente y se mueven con inteligencia y mucha sensatez, pueden llegar a algo grande.
Son las últimas piezas del tablero, las de menos valor y utilidad, y avanzan pasito a pasito con la excepción de su arranque, sola ocasión en que les está permitido dar pasos largos de una longitud equivalente a dos de los habituales. Apoyándose en tal excepción buscan las reglas afianzar la confianza puesta por las gentes en el juego de la vida. Pero cuidado, esa facultad no será usada para escapar de la captura pretendida por un peón enemigo, pues cuando los infantes llegan a la quinta fila, pueden capturar al paso a los que intentan burlarlos con sus dos zancadas.
Se ve sin anteojos que el destino no acepta el provecho de las víctimas; en cuanto está a su alcance procura echar una mano al verdugo. Por más que sea dura la existencia de los peones, poseen, mientras viven, la esperanza de transformarse en Torres, Caballos, Alfiles o Damas. Difícil es, no vamos a engañarnos, pero se refieren casos que fueron muy enaltecidos, pues en su nuevo estado contribuyeron al mate y a la victoria de los suyos. Se les exige sobrevivir a los ataques hostiles, entrar en territorio enemigo y alcanzar la octava fila sin ser capturados. Sí, todavía puedo llegar a ser alguien.
Salimos a la calle más rústica que darse pueda, más nunca habrá calle tan bien acogida. Presos sacados de las mazmorras somos, penados libres de cadenas y grilletes, galeotes alejándose del banco y del remo. Un inculto terreno rodea en talud la parte baja de la robusta fábrica, construcción a medias guerrera, palaciega a medias, que fue levantada en la falda de la colina junto a la que creció el pueblo. Por esa razón, a la explanada de la puerta principal y al patio donde se celebró la cena, los separa del postigo por el que acabamos de salir, una vertical de al pie de veinte metros, salvados por la escalera utilizada por nosotros en el laborioso descenso.
Árboles, matojos, hierba hirsuta, disimulan el impensable escape. Miro hacia atrás con la esperanza de hallar a mi esposa, pero Isabel sigue sin dar muestras de pretender despedirse, prueba evidente de una culpa largo tiempo ocultada.
Las chicas y yo, trepando por un antiguo sendero del que apenas queda una línea marcando la continuidad discontinua, una vereda medio tapada de cantos rodados, de cardos punzantes; animosas mis hijas y yo animado, nos acercamos al espacio donde la víspera dejamos el coche, contiguo a la explanada y en su mismo plano.
A causa del pesar que la ausencia de Isabel en tan delicado momento me provoca, y de la excitación producida por nuestra reciente aventura, distraído, no pongo interés suficiente cuando mi hija Sofía me agradece en grado sumo el esfuerzo realizado esta mañana, tratando de salir cuanto antes y evitar las aglomeraciones de la carretera. Gracias a ese empeño, ahora está convencida de poder llegar a Valladolid con tiempo suficiente para descansar y presentarse en el trabajo despejada.
Mientras colocamos el equipaje en el maletero se me viene a la memoria la dificultad del primer tramo del recorrido. Un dédalo de carreteras comarcales, ineludible para alcanzar la autopista que une Albi con Toulouse. Son calzadas rurales, estrechas, carentes de arcén, transitadas por tractores y vehículos lentos, que atraviesan pueblitos y se bifurcan cada tres por dos en una maraña que comunica a todos con todos. Recordando, supongo, los tres, nos adaptamos a los asientos sumidos en un mutismo compacto, cúmulo de encontrados sentimientos.
Es posible que mis hijas pidieran demasiado a la boda, y que yo, por el contrario, esperara muy poco. Sofía deseaba pasar unos días con Rafael, su novio, fuera del camino trillado; en familia sí, pero solos, divirtiéndose juntos y obteniendo enseñanzas de la ceremonia ajena para aplicarlas en la propia. Esperaba Anita un encuentro singular, mágico acaso; encuentro de todo punto imposible con un personaje irreal, de película. Las noches previas soñó que sucedía: estaba en la fiesta, era uno de los invitados, y su rostro se fundía con el retrato del joven ideal perfilado en su mente desde hace meses.
Mirado por el espejo retrovisor, el castillo se aleja a marchas forzadas, haciéndose más pequeño a cada instante. Desbordada la tensión que las retenía, las palabras se empujan unas a otras en su intento de salir a la palestra y explicar la estancia con precisión absoluta. De modo que hablamos los tres a un tiempo. Sin esfuerzo notable, siete adjetivos calificativos se oponen de pronto a otros siete. Dos días y poco más, intensos y profundos, se resumen en la parrafada de un juicio afectado en mayor medida por las últimas horas. A mí se me ha colado un siglo en el deslizar cotidiano, en la rutina perseguida y denostada; pero no creo prudente confiar a mis hijas los motivos íntimos de tanta desmesura.
Cómo voy a decirles que valoro este lapso en hechos en lugar de en horas, que lo mido en experiencias extraídas de los acontecimientos, en claves despejadas que alumbran el oscuro sendero de la vida. Cómo decirles que esta noche he contemplado mi existencia pintada en el techo de la Alcoba Magna, y no me ha gustado; que me he visto intérprete en lugar de autor del guion; que mis pasos no son míos porque alguien me empuja hacia su rumbo; que mis sueños han ido cambiando para acomodarse a la realidad encargada de cumplirlos. Cómo decirles, en fin, que siendo la misma persona que vino, no veo el paisaje cruzado de la misma manera.
Por eso distraigo sus pensamientos rememorando la intensa biografía de la región, la llamada historia por los estudiosos. Hablo de las peculiaridades de la agricultura practicada en fincas de una sola pieza, dos decenas de hectáreas de tierra fértil ceñidas a la casa de labor y a los edificios de aprovechamiento ganadero. Contraste impensado por los labriegos de mi tierra de minifundios. Parcelitas allí, de unas pocas fanegas rodeadas de piedras para amurallarlas haciéndolas inaccesibles. Me refiero a la originalidad de la ceremonia religiosa, oficiada en latín, salpicada de algunos vocablos arcaicos, procedentes de la antigua lengua occitana, pronunciados al hilo de los cambios introducidos en la liturgia por Vivy. Digo de la curiosa e imposible pareja que forman los Gijón, de la belleza exótica de las gemelas, hijas del amor de un médico africano y una socióloga francesa, de personalidad fuerte ellas y mirada profunda, primas de Jean Pierre. En suma y resumen, para desviar su atención de la desavenencia surgida entre su madre y yo, que por fuerza han de haber observado, hablo a mis hijas de los antiquísimos frescos del templo, de la serena elegancia mostrada por los novios, de la animación lúdica de la fiesta recién concluida y labrada en nuestra memoria a buril.
Una vez incorporados a la autopista nos acercamos con suma facilidad a Toulouse, antiquísimo asentamiento humano junto al río Garona y hoy moderna ciudad de comercio y servicios, cabecera de un área fabril de importancia. La historia la relaciona con Aragón y Cataluña, antes que con la corona francesa. Hermanos en las creencias cátaras los más de sus nobles, fue sede del condado feudal que se sumó a los albigenses. La conozco; Isabel y yo recorrimos palmo a palmo su corazón. Asidos de la mano o descansando mi brazo sobre sus hombros, descubrimos las fuentes, la basílica de Saint Sernin y la catedral, a más de algunos otros monumentos, cuya fábrica de ladrillo, tintándolo de un tono rosáceo, da al casco antiguo un aspecto muy particular. Comimos, no se me olvidará su sabor mientras viva, una bullabesa que pongo en lo más alto, junto a otra gustada en Marsella. Nos alojamos en un hotel con nombre de rey, ocupando una habitación que daba a dos calles. Eran otros tiempos. Afectado por los recuerdos aún vivos, me quedo con las ganas de mostrar la ciudad a mis hijas.
Desde Toulouse, por la autopista que va a Barcelona y a Montpellier, todo marcha a pedir de boca. Hasta bien pasada la bifurcación, cuando faltan diez kilómetros para la frontera, el tránsito es fluido. A partir de ahí, llegar al conjunto de edificios que fue una rígida aduana, nos cuesta un esfuerzo ímprobo. La serpiente mecánica de la que formamos parte, torpe como es, exige una velocidad escasa y obliga a paradas frecuentes.
Tan incómoda resulta la situación, que culpándome de ella me introduzco sin tardanza en la mazmorra. De manera voluntaria ocupo el temible potro, y sin que nadie me obligue inicio mi propia tortura: estiramientos, presiones, cortes, flagelos, espinas bajo las uñas, gotas de plomo derretido sobre la cabeza. Una hora antes hubiéramos partido de ser yo más hábil, de haber desconfiado de la ayuda pedida a Odile. El veterinario Jacques lo hubiera resuelto a nuestra entera satisfacción. Impacientes, nerviosos, cruzamos la línea; mostrando los documentos de identidad a un funcionario poco interesado en verlos.
Llegamos a Barcelona sin contratiempos añadidos, tan solo una hora más tarde de la habitual para comer. Allí nos esperan con la mesa puesta y almorzamos. A los postres, nuestro relato de lo ocurrido durante la boda, suscita un interesante coloquio en el que salen a relucir Odile y su interés por visitarlos durante las vacaciones. Resulta que se considera aceptada a cambio de la invitación a la boda a la que no asistió Roger por equivocarse de lugar en nuestra cita. Tienen la decisión tomada, dirán que veranean en Andalucía. Tras echar una cabezadita recostados en el sofá, Sofía, Anita y yo partimos algo más frescos. Pese a turnamos al volante, rendidos por el cansancio, nos detenemos varias veces. Bordeamos Lleida, cruzamos Zaragoza junto a la soberbia Basílica, en Calatayud bebemos café bien cargado antes de tomar la carretera de El Burgo de Osma y Aranda de Duero.
Al filo de la una de la madrugada nos presentamos en la calle Duque de la Victoria, centro de Valladolid. Las hijas vienen frescas, han conducido menos que yo y han dormido algo más. Mi cansancio es bien visible para ellas. No obstante, ignoran mi preocupación, por la brecha abierta entre su madre y yo. Abrimos la puerta de la casa a tiempo de oír el insistente sonido del teléfono.
Llama una vez más Isabel. Debe de ser la cuarta o la quinta según dice. Pide perdón porque no me despidió como deseaba hacer en su fuero íntimo. Pasó mala noche y se durmió de madrugada despertando en la Alcoba Magna cuando ya habíamos salido de la fortaleza. El viaje, todos juntos en el mismo coche, comentando las experiencias vividas, hubiera sido más llevadero, incluso atractivo. Me llamó donde los primos en Barcelona, pero acabábamos de partir. Acompañados de Laure, los chicos y ella recogieron los equipajes en las casas de acogida y comieron donde Los Peyrepertuse, entregando a los postres el regalo destinado a los novios, ya esposos y camino de Lanzarote. Esa familia ha sido de lo más amable y debemos invitarlos a pasar unos días en El Pinar. Todo eso dice. Y asiento a todo.
Y añade que tuvo buena idea Anita al venir con nosotros, porque así se encuentran ellos más cómodos, turnándose al volante y en el asiento trasero para dormitar un poco. Han tenido un tráfico casi fluido y pasarán la noche en San Sebastián, en casa de Amaia, su antigua compañera y amiga, a la que ha visitado varias veces en estos años. Añade en un tono amable que, hablando en profundidad con Odile, ha comprendido la necesidad, existente entre nosotros, de echar una larga parrafada. Será en cuanto llegue, porque debemos aclarar las razones de mi enfado con ella, si es que yo las sé. Y hacer borrón y cuenta nueva.
La hora que es y no quería colgar. Lo he comprobado, salen unas cuantas palabras de la boca de Isabel dirigidas a mis oídos necesitados, aclarando el misterio de Amaia, y la memoria de Ana sube al desván para encerrarse en el baúl de los recuerdos, cerrándose con doble llave.
La situación se asemeja a uno de esos días de niebla que oscurece el paisaje y, al aparecer de nuevo el Sol, huye el velo como por arte de magia mostrando las maravillas que ocultaba.
Con todo, arriba y abajo, derecha e izquierda, blanco y negro; me siento obligado a confesar que, ajeno a las preocupaciones, dormí a pierna suelta.

 

 

 

Índice de capítulos

 Introducción

Novela

1.- Nosotros, los García Movellán
2.- Ellos, los Bondois
3.- Preparativos
4.- La ida
5.- La ceremonia
6.- La fiesta
7- La fiesta se va animando
8.- La fiesta discurre por cauces previstos
9.-El tío abuelo Armand Aboab
10.- La fiesta cambia de escenario
11.- La fiesta prosigue su andadura
12.- La fiesta se acerca a su término
13.- La fiesta da las últimas boqueadas
14.- Violette Peyrepertuse Mirepoix
15.- La evasión
16.- El regreso