EN EL RÍO DE LA VIDA
Pedro Sevylla de Juana

En el río de la vida es el vigésimo noveno libro publicado por Pedro Sevylla de Juana, académico correspondiente de la Academia de Letras del Estado de Espírito Santo en Brasil y Premio Internacional Vargas Llosa de novela. En él, Cesáreo, protagonista de otra novela, explica al autor su descontento con la muerte recibida, heroica sí, pero en la flor de la existencia. Cree Pedro que los personajes poseen el derecho de rectificación y, en el hospital en que murió, pluma sobre papel, los mismos médicos lo salvan, pasando a ser un personaje más de la actual novela. En Madrid residen el autor y su amada, una actriz recién reencontrada, a quien ama desde la adolescencia al verla actuar en un teatro de marionetas. La acción se desarrolla en una casa de vecinos de Palencia, cuyas vidas entrecruza con muchísimo detalle. Tomando como referencia los años cincuenta en la Meseta Norte, el espacio tiempo, magnitud única, se adapta al argumento ensanchando los conocimientos, profundizándolos. Durante la escritura, el personaje de la amada lee y juzga lo escrito, de modo que el autor deja de estar frente a sí mismo para ponerse junto al lector. La mujer, su pareja, los conocimientos y la maternidad, son los verdaderos protagonistas. El río de la vida transcurre de manera inexorable, aunque algunos personajes nadan contra corriente o en zigzag. Suceden realidad y ficción en un mismo plano, gozando personas y personajes de idéntica naturaleza, por lo que las historias cobran una nueva dimensión vivificante. La novela, una y múltiple, escrita con un lenguaje vivo y sencillo, rompe moldes para que el lector conozca la vida tal como era.

A Valdepero,
agradeciendo las palabras que me dio,
mi verdadero patrimonio.

Copla III
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en el mar,
que es el morir:
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí, los ríos caudales,
allí, los otros, medianos
y más chicos;
allegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.
(Jorge Manrique)

 

 

 

 

 

EN EL RÍO DE LA VIDA
Pedro Sevylla de Juana

1.- ORÍGENES

Artista pensador él, concebí a Cesáreo Gutiérrez Cortés como protagonista de una novela anterior. Lustros después, en una larga conversación me reveló su conformidad con el análisis que hice de la obra, y el descontento nacido por la forma de contar hechos esenciales de la vida, en especial su muerte prematura.
Para que el lector tenga conocimiento de primera mano, pongo aquí los términos concretos con que Cesáreo explicó su propia muerte, sucedida en un barrio de la ciudad de Madrid:
«Corregía yo en esos días las pruebas de la edición en marcha, cubierta y tripas, participando en cada una de las partes del proceso como suelo hacer. Por eso salía de la sede que la editorial tiene en el Paseo del Prado, y acababa de hablar por teléfono con Úrsula. Calle Moratín arriba, deambulaba aquel atardecer satisfecho, deslizándome por callejas donde la vida desarrolla su lucha cotidiana, cuando el griterío de una pendencia llamó mi atención. Salían las voces del lado derecho de la calle angosta -hilera de casas de mediana altura- y llegaban, sin duda, a los pisos altos y a las esquinas. Provenían los gritos de la parte central, originados a menos de treinta metros de mi vagar errático. Los oía, abstraído yo, puesta la cabeza en las historias de un artificio absorbente. Sin intención inspectora advertí, en las paredes de ladrillo cubierto de masa pardusca, la existencia de unos desconchados profundos, heridas causadas por una intemperie de años sin defensa ni corrección. A medida que me acercaba se iban definiendo los matices de las exclamaciones, identificándose con más exactitud el lugar del alboroto.
«Mi pésima memoria dibujaría con todo pormenor la puerta pintarrajeada, porque sobre ella destaca un cartel que saca del anonimato al local dándole nombre; cuyo tamaño, excesivo, sobrepasa en anchura las dimensiones del dintel. Pensaba salir de aquel laberinto aligerando el paso, en el preciso momento en que el ayear fue de hembra angustiada y reclamaba auxilio. De dos zancadas me puse en la cancela, la abrió mi impulso y presencié una escena que resultaría indignante a cualquier persona sensible. De un vistazo corrido abarqué la parte baja de un bar, compuesto, según deduje, por dos plantas. Una mujer yacía en el suelo al pie de la escalera, a cuyo arambol de hierro trataba de asirse. Giró la cabeza y percibí un trazo de sangre reciente cruzando sus labios. Un cardenal índigo, derivado de algún manotazo, enmarcaba el ojo izquierdo; y era imposible no apreciar el maquillaje disperso y la expresión aterrada. Miraba impotente a un energúmeno que blandía el brazo de un sillón hecho añicos. Un camarero situado tras la barrera de cinc del mostrador, y seis o siete parroquianos sentados en torno a dos mesas, tensos, inmóviles y a simple vista asustados, observaban el ataque. Me interpuse, recuerdo, con un gesto instintivo, y esquivé el primer golpazo agachándome a tiempo. El ímpetu puesto por el mozo en el ataque se volvió contra él, derribándolo sobre el suelo de baldosas moteadas. La mujer, asida a la barandilla como a clavo ardiendo, inició una mueca triste que deseaba ser una sonrisa dirigida a mí, el bienintencionado david dispuesto a enfrentarse al malvado goliat. Percibió mi retina la escena y la grabó indeleble, fui el testigo que repetiría mil veces los detalles capaces de proporcionar verosimilitud al conjunto. Los ojos del fanfarrón enrojecieron de rabia; se levantó raudo y corrió hacia la parte del mostrador que, junto a un cuchillo jamonero, ofrecía raciones de guisos oreados y una tabla a medio formar de embutidos y quesos. La ira, su ira más profunda, la menos esclarecida, empuñó la herramienta cambiando su uso al de arma. La ira y acaso el orgullo le empujaron, sorprendido el rufián en su propio terreno. Sucedió todo tan de improviso, que tras un pequeño giro y dos rectos enviones del brazo agresor, abiertas por la hoja punzante, acogía mi vientre dos cuchilladas.
«Enterada ya de todo, vendrá mi amadísima Úrsula. Quisiera quedarse conmigo, y los médicos, debido a su estado, no lo permiten. Ha sido imposible guardar más silencio. La ausencia inexplicada era aún peor. Temiendo algún mal añadido la siento sufrir su sufrimiento grande, aumentado porque lleva el mío y el de ella juntos. Calmantes e inconsciencia son todo uno. Cuando vuelvo en mí, me duele mi dolor, pero me duele más el dolor de Úrsula, de quien no puedo retrasar más su llegada, porque deseo verla, aunque la quiero a la vez reposando el embarazo en Salamanca. Hablamos un poco algunos días, aunque insiste en verme para quedar tranquila. Los médicos aceptan el doble efecto, bueno y malo, de lo que será el encuentro en estas circunstancias.
«Me refiero a Perla, ya sé su nombre y sé de ella. Su rostro no parece el mismo, ha ganado suavidad; como si la tensión y el miedo la hubieran angulado en mármol. Ha venido a verme, se ha explicado con verdadera intención en todos los sentidos, imagen que mira desde el interior azogado del espejo. Conozco sus frentes variados, desde el nombre con el que la distinguen, hasta los rincones escondidos que ignora. Ha venido a amparar mi defensa, a dar razón a mi gesto, como excusándose por haber gritado llamando mi atención. Sabe que me operan una vez a la semana, controlando las constantes vitales con aparatos sin responsabilidad que eximen de la suya a los cirujanos. Es merecedora de mi ayuda; lo hubiera sido en todo caso, desvalida y desgraciada; pero aprovechó el tiempo disponible para sí y los demás. Entiende que a los actos no los justifican sus consecuencias, sino el empeño que impulsa la buena intención. Viene de lejos, del continente africano y de una cultura arcaica; viene de la arrogancia ancestral y del empuje inquebrantable. Permanece en su lugar, forcejeando con un destino hostil que cierra de día los huecos que ella abre de noche. Está en este país, porque aquí está su batalla presente, y sabe que no hay lugar en la tierra donde pueda vivir sin lucha. Ha venido a dárseme, y ya soy suyo. He querido que Úrsula coincidiera unos momentos con ella. Pretendía que se conocieran para que sumaran ambas significado a mi acción, haciendo a mi defensa mejor entendida y aceptada. Así debe de haber sido, porque mi amada, al preguntarla, ha respondido sonriendo con una mueca triste. Imagino que entiende mi gesto espontáneo y lo justifica, aunque mejor sería que no hubiera ocurrido.
«Hasta ahora me ignoraba activado por un hígado y un páncreas; y hoy, cuando los médicos los nombran con sigilo, siento a ambos órganos sufrir. Mas no es el dolor físico el que me acucia, agudo, intermitente; no son las palpitaciones, reflejo del corazón, sístoles y diástoles puestos en las heridas, en las aberturas que reclaman cuidados; no, no es el dolor físico el dañino, con ser tan fuerte que a intervalos cortos exige calmantes. Me duele más la violencia impuesta a los débiles, a quienes olvidan sus potencias paralizados por la continua opresión; produce más daño la tortura de la injusticia que protege al codicioso, atenazando a los desabrigados, postrándolos bajo las acharoladas botas humillantes. Sí, es mayor el suplicio del desafuero que paga con el miedo inspirado las uvas agraces que arranca. Sometimiento en vez de afecto, pasividad en lugar de adhesión y cuerpos inertes en sustitución de las voluntades anudadas por la fraternidad.
«La desolladura de mi vientre demuestra la momentánea intención de herir, el improvisado deseo de causar daño que invadieron de repente a mi atacante; nada dicen de su índole perversa, por eso no la doy por probada. La precisión de las hendiduras penetrando órganos vitales, pudo buscarla el experto por puro placer competitivo, a la manera en que el tirador al blanco reúne sus disparos en un mínimo espacio, situado en el centro de la diana. La precisión pudo ser perseguida, y aun así no revela de él la habilidad sino la torpeza; pues su existencia habrá tomado un giro impensado. Imagino un humillo acre producto de la dilución de los tejidos, de la lenta ignición; y siendo mi carne inerte la receptora del corrosivo derramado, puedo disculpar la ineptitud de las manos temblorosas que manejan el ácido sulfúrico o el agua regia. Excuso a mi agresor, que en un segundo borró todos sus proyectos, frenó todas sus carreras y, mero instrumento de la ira, estará arrepentido. Una madre tiene, sin duda; una esposa, acaso. De ser así, habrán de sufrir ellas cada día la permanencia del hijo o marido en la cárcel. Perdono de todo corazón su proceder alocado y, si mi olvido reduce siquiera una pizca su pesar, yo olvido.
«Desde la atalaya privilegiada a la que han subido mi cabeza –mullido cojín colocado bajo la nuca– mis ojos advierten las vendas entintadas de aguadija sanguínea, huella del desbarajuste que el cuchillo, dos veces hendido, ha causado en mis entrañas. Ven mis ojos las piernas inclinadas hacia el mismo lado, paralelas, simétricas, incapaces de escapar a las querencias de una camaradería que cuenta ya ocho lustros. Perciben mis retinas el pecho híspido cruzado de rasgaduras superficiales, repujado de postillas. Miran mis cristalinos los pies descalzos, como inquiriendo; ¿qué se hizo de los calcetines, de los zapatos de piel ovina?, ¿qué fue del tejido suave, del cuero bien curtido, flexible piel de ternera condenada al vil garrote para venderla por partes?
«Observan mis ojos las puntas de la barba, espesura crecida a su entender, sin otro estorbo que el tijeretazo semanal destinado a volverla a su sitio, dibujando los límites de su entusiasmo, de su libertad vigilada. Este paisaje me pertenece, soy yo examinado por mi criterio concluyente, ejercicio tantas veces intentado sin éxito debido a la transitoriedad de las convicciones. En la habitación existe un espejo que atrapa mi figura desencajada antes de que lo hagan las pupilas, y en él las pupilas me sorprenden con una mirada nueva, metafísica, que saca conclusiones contradictorias de cuanto me afecta.
«El sueño brusco de la consciencia posibilitó que mi mente guardase sensaciones fragmentarias, carentes de pedazos mínimos. Durmió la curiosidad en el instante preciso, en el momento álgido, siguiendo itinerarios previstos por la naturaleza para evitar el sufrimiento de las personas. Desperté en un entorno aséptico dominado por el color blanco, suelo, techo y paredes, objetos y personas. El lecho del hospital es arena costera, lugar de naufragio de la ballena varada; y la ballena es un delfín crecido de apetencias, agigantado de codicias. Presentimientos y temores aceleran el desarrollo de los propósitos, mientras el tiempo escapa como arena seca por entre los dedos de las manos abiertas. El lecho del hospital es la tumba de los trabajos que el hombre se toma para diferenciarse de sus iguales, es el hipogeo de su ambición desmedida, espada y martillo sumando impulso a la penetración. No somos nada extraídos del conjunto, y súbitamente nos damos cuenta de esa realidad, momento en que el cirujano se sirve de sus facultades para frenar el avance de la muerte. Somos un erial que el agricultor se obliga a roturar, sacando a las peñas una fertilidad que no han tenido nunca porque no está en su esencia esa virtud. La cama del hospital es un pozo insondable al que desciende el moribundo en las elucubraciones de su duermevela. Lenta es la caída, propia de plumón ventral, de papel ligero, de cabello sutilísimo. Una ráfaga de viento frena la evolución y el tránsito se retrasa, supuesta merced pedida con los brazos en cruz a quien tiene la responsabilidad de prolongar la vida. Soy un agonizante que no sabe ya si quiere o no quedarse en este valle de abundancia, ribera de río que riega cereales, raíces, bulbos, y los crece alimento suficiente para que el repartidor hierre, a propósito, su acción distribuidora; dejando más a los semejantes a él, y nada, o tan poco que casi es nada, a aquellos que poseen un rostro desviado de su estética mal definida.
«Se manifiestan en las heridas —de modo simultáneo en cada una de ellas— las miserias inherentes al ser humano que soy: pequeñas debilidades sobre las que he venido haciendo la vista gorda, y fallos de bulto disculpados como corresponde a una criatura solidaria con quienes sufren las mismas deficiencias. En estos momentos cruciales es preciso hacer arqueo; y calibrándome con los ojos tolerantes de medir a los míos, cargado de benevolencia, me juzgo y me absuelvo. La indulgencia alcanza a mi verdugo; como yo, víctima. Mi cariño abraza a la mujer caída en el suelo, macerada a golpes a lo largo de su irregular trayectoria. ¡Cuánta ternura ha sembrado y cuánta la queda aún sin desenvolver! Se corresponde mi corazón con el suyo, ambos se superponen; aurículas y ventrículos coinciden. Los amigos y la amada Úrsula se resisten a abandonar el interior de mi pecho a través de las tajaduras, troncos erguidos de una misma arboleda de la que el hacha me separa. Quisiera conocer la vida que va a sucederme, quisiera ser testigo de su evolución junto a la madre y ayudar con todas mis fuerzas a su crecimiento.
«El cerebro no ceja en la actividad, interrogatorio invariable dirigido a los misterios del Universo, esperando que tanta insistencia logre entreabrirlos. Elabora así, apresurado, preguntas que parecen esenciales; aunque vienen ya sin urgencia, sin que importe a la demanda ser o no atendida, que la respuesta sea una u otra, convincente o improvisada para salir del paso. Desconocemos si existen sogas a la medida de los pozos profundos, puentes que crucen las corrientes más anchas, placidez para cada dolor y fin previsto a cualquier principio. Nadie asegura que las contingencias estén numeradas, y que su ordenamiento obedezca a alguna sensatez. ¿Se sabe qué ramal hemos de aceptar en la bifurcación, adónde conduce el situado en el centro, cuál es el sentido de nuestra agonía? Percibimos entonces, no la verdad, que no es perceptible, sino su extraño lenguaje, su aparente dimensión; como si flotara arriba cuando nosotros gateamos, como si los signos con los que expresa su profundidad formaran también dibujos de una historia baladí, aceptada en sustitución de la auténtica, biografía provisional que pasa a ser, sin darnos cuenta o equivocándonos, la definitiva.
«En el lecho de muerte se representan las diversas vidas: la propia, dirigida hacia adentro, sin fingimientos ni imposturas; la vida que los demás vieron, la constituida en ejemplo de otras retrasadas, la que pudo ser y no fue según revela el nuevo inventario emprendido; y en el lúcido torpor que invade la mente se unifican todas, se intercambian confusas, se aclaran con una luz misteriosa que las ilumina desde el interior, por el lado de las causas. Intentamos con desesperación raspar las tachaduras de los signos escritos, blanquear los borrones, alisar la superficie arrugada, tornarla tersa en un pispás, mostrarla presentable. Procuramos sacudir las alfombras polvorientas, sacar las mantas al balcón para que la polilla vuele hacia los arcones herméticos, disimular las telas de araña; dándonos cuenta enseguida de la inutilidad del empeño, pues nuestra transparencia nada oculta.
«Un golpe de tos acerca un vaso de agua a nuestros labios, alejados más que nunca de la sed y de las líquidas necesidades; y unas manos blancas levantan con suavidad la cabeza y esponjan la almohada, como si el enfermo aspirara a morir bien acomodado, a entregarse al sueño inacabable sin molestias. Tras la mínima interrupción nos ponemos a elaborar planes, válidos cuando la convalecencia pierda la razón que la justifica, cuando la salud tome la circunvalación de la vida o el atajo de la muerte, siguiendo uno u otro de los sentidos opuestos. Fallido el intento de ordenar el futuro próximo en línea con la perfección exigida al pasado inmediato, aparece un tejido rojo y blanco. Sus colores son los colores aislados de la seda, puros, sin el pigmento que los soporta; rojo y blanco definidos, acabados, concretos. Un tejido de seda así, inmaterial, pasa a través de nuestras pupilas tiñendo de blanco y de rojo todo el universo. concentrado en la habitación; tonos virginales, prístinos, ora sueltos ora mezclados, reunidos por fuerzas telúricas y a la vez separados en individualidades contradictorias.
«Soy consciente de mi equivocación, un error que dura hasta ahora: corrí en todo instante tras las situaciones aisladas. Comprendo, de pronto, como iluminado por un relámpago, que la propia esencia del mundo es la mezcla de los enemigos, los contrarios abrazados, el bien y el mal, el blanco y el negro, la vida y la muerte, siempre y nunca negándose indefinidamente en el espacio etéreo. Se dan estas formas, conciliadas como los opuestos polos de la piedra imán, tanto en las personas como en las cosas. Los afines poco tienen que entregarse, el intercambio para ellos es ciertamente inútil.
«Advierto que si, a pesar de las heridas mortales, continuara viviendo, pues muestra ahora mi deseo clara predilección por la permanencia… Si después de todo continuara yo mi camino inconcluso, probabilidad crecida al conocer que en el vientre de mi amadísima Úrsula bulle una vida nueva, prolongación y síntesis de la nuestra… Sí, si pudiera emprender una nueva exploración, buscaría de manera distinta, en otras partes, fijándome en pormenores que dejé sin atención, y hallaría, ¡vaya si hallaría! Iba a encontrar pruebas donde solía mirar perspectivas y horizontes: el sitio apropiado para el giro del viento, el porqué del graznido del cuervo, la razón última del galope del caballo -silla de montar cortada por la cincha y caballero herido- regresando al cuartel después de la batalla. Encontraría el sentir de la roca enorme que rueda montaña abajo porque una hormiga ahuecó el mínimo terrón que la frenaba, o la avidez con que las gotas de lluvia se unen para formar torrentes. Imagino, en este instante mínimo, que fenómenos tan insignificantes puede ser los que almacenan, diáfana, la explicación disimulada del mundo.
«Se me ha revelado un nuevo método de exploración entendido como infalible. Por este hecho noto que es irreversible la fase en que me encuentro; debo de estar entrando en la misteriosa eternidad de la que nadie vuelve. He traspasado -apenas albergo dudas respecto a tal punto- la barrera sobre la que nunca se han dado explicaciones, y todo me resulta discernible en este momento crítico. Soy capaz de medir la enorme distancia existente entre dos granos de arena vecinos, entre dos cabellos de un mismo mechón. Por contra, la indiferencia pinta de un solo color cada una de las revelaciones del trance. Busqué sentido a las marchas agitadas de las personas, diferenciando en décimas de grado la inclinación sobre la norma, y sé, al parecer, algo tarde, que nada tiene importancia: la imparcialidad es la única regla universal, la no intervención es el mandato supremo; y no porque esté todo previsto, que puede no estarlo, sino debido a que la tolerancia es grande. Nuestra rigidez en los pesos y medidas resulta absurda cuando en el Universo mil toneladas es polvo estelar, y mil millones de kilómetros son el palmo cósmico. La clasificación exhaustiva y el orden invariable se revelan contraproducentes, el intervencionismo ocasiona efectos desastrosos; conozco, ahora, que retrasan el desarrollo y el progreso.
«Varón o mujer, al sucesor que va a sobrevivirme me dirijo: Permite que la naturaleza entera fluya según sus propios deseos, no te vacíes para convertirte en cauce, no cruces presas a la corriente, no alces muros; deja surgir, deja ir, deja llegar. Limítate a ver sin sobresaltos como todo marcha hacia su propia justificación. El caos resultante es el orden verdadero. El azar es el auténtico señor de piedras, plantas y animales, de tiempos y distancias».
Esto dije como autor que dijo Cesáreo, o lo dijo realmente; poco importa el origen si no puede impedir el fin último y la conclusión. Murió temprano, ciertamente temprano. Tras su queja, comprendí que debía concederle el derecho de rectificación que asiste a cualquier personaje. De modo que el trabajo expuesto a continuación, aunque no es global, puedo decir que es íntegro. Parte de mi conocimiento personal sobre él, crecido tras la lectura de su esclarecimiento llamado Convicciones de quien ha vivido. Persona de un gran ingenio, con esas dos fuentes principales, en el capítulo siguiente me propongo explicarlo tal como lo vi, tal como lo veo.

 

 

2.- MIRADA AMIGA SOBRE CESÁREO GUTIÉRREZ CORTÉS

Todo cambia, nada es igual más allá de un tiempo breve. Y así hasta que te acostumbras, hasta que te haces a las cosas. Y a las circunstancias. Cesáreo Gutiérrez Cortés, nació de Felicitas y Antimo. Sí, Antimo. A su padre se lo pusieron y lo llevó con indiferencia, hasta con un poco de orgullo al conocer la antigüedad del nombre. Hijo y nieto de pastores, sabía Antimo a qué atenerse en las fluctuaciones del día a día. También cuando llegaban mal dadas. Felicitas era hija y nieta de labradores. Unión poco común, antes y ahora. Se avenían bien, complementándose en casi todas las ocasiones. Tuvieron cinco hijos, dos varones y tres hembras. El padre de Cesáreo poseía ovejas propias de la raza churra. La madre heredó la casa familiar a más de un terreno próximo al agua. Ganado bien atendido, casa apropiada y huerta agradecida al riego. Disfrutaron un buen pasar; no podían quejarse del fluctuante destino. Así que Cesáreo fue, fue y fue, hasta que yo, convirtiéndolo en héroe di fin a su esfuerzo. Corto recorrido, desde su punto de vista interesado y conocedor.

 Es invierno tanto para mí como para Cesáreo. Habréis leído cosas sobre él, pero quiero poner los puntos sobre las íes y las haches donde corresponde. De los números me he ocupado menos, aunque suficiente para saber que ceros y comas cambian de valor, como las personas, dependiendo del lugar ocupado. Las personas, sí, las demás, los otros: arrimo y reserva. Ellas nos obligan al zigzag en el avance. Y al retroceso. Las tienes a favor, en contra o indiferentes. En el ejercicio de aumentar favorables y disminuir opuestas pasamos lo más de la vida. La experiencia me dice que muchos lo consiguen. Tengo en cuenta que cada individualidad es el centro de su mundo y, en casi todo, muy parecidas a nosotros. Buscan y desechan algo similar a lo que buscamos o rechazamos, por eso pueden parecernos competidoras sin serlo. Amigos, esa posición que es recíproca o no es, fue haciendo Cesáreo sin dificultad, porque se da mucho. Mujeres y varones sin distinción. A estas alturas, ya sabe que el amor verdadero no necesita ser correspondido, por eso sufre menos si no encuentra su imagen en el espejo de la amada.
Pudo contar con sus familiares. Y eso es importante, porque depende mucho de la familia a la que pertenezcas. Hijo único o una decena de hermanos. También considero sustancial el lugar de nacimiento. En su caso y en el mío, Europa para empezar y España para continuar. Dentro de España, la Meseta Norte, provincia de Palencia. Allí, un señorío pegado a la capital por arriba, en el antiguo camino real de Cantabria, con iglesia, castillo y ermita. Guarda Cesáreo recuerdos imborrables: los pastos de Villazalama, los corrales y el chozo del páramo, las muchas fuentes del campo, el arroyo mayor y el monte. También de los peligrosos juegos del castillo, de los baños en la acequia, donde aprendíamos a nadar los chavales a fuerza de no ahogarnos. A mayores, guarda la desorientación de las ovejas cuando ladraban los perros, amigos con apariencia de enemigos para ellas. Aunque, algunas estaban al tanto y apreciaban los desvelos caninos por mantenerlas unidas. Suma su memoria los días incómodos de lluvia, la salida y la puesta del sol vistas en el mismo día de trabajo; el esfuerzo hecho para cumplir los plazos propios, los itinerarios y los procesos íntegros. Sí, Cesáreo fue y será un perfeccionista de esos que no se conforman con lo aproximado, de los que quieren lo exacto. Sufre y goza por ello en muchas ocasiones. La vida es así, paradójica; se hace larga o corta dependiendo de uno mismo, de los acontecimientos atravesados en pos de la culminación. Culmen que no llega porque nada hay definitivo y la destrucción nunca es completa.
Hizo muchas cosas, por lo menos intentó hacer muchas cosas.

Pocos lo sabemos, pero fue actor de teatro, sí, de esos que se acercan a la ficción sin olvidar la realidad. Interpretó personajes de dramas y comedias vanguardistas, en un teatro de ensayo ya desaparecido. Una noche soñó que era director de cine reconocido internacionalmente. El equipo había acabado de rodar Las almas de don Juan, visión de los variados “don Juan” literarios. Iban a visionar el último montaje. Estaban todos. Todos no, faltaba la taquillera del cine Principal. María Luisa le había dado su opinión en tales momentos de sus quince últimas películas. En cuanto comenzaba la sesión y cerraba la ventanilla, ya estaba ella en su mirilla empapándose de imágenes y juzgando la calidad de la fotografía, la coherencia del argumento y la sinceridad de la representación. Veía Cesáreo en ella, además, el alma del pueblo, si es que tal elucubración adquiere forma. No era superstición propia, tenía razones ciertas: mujer sencilla, para ella las películas eran la vida contada por una amiga. Al fin llegó rompiendo la espera del grupo. Sentada a su lado, no movió los ojos de la pantalla. Cesáreo no movió sus ojos de la mirada de ella. No hizo falta que hablara, sugirió él los cambios al montador, y el montador estuvo de acuerdo. Última revisión y María Luisa apretó los labios complacida. Las almas de don Juan fue un éxito de taquilla.
Triste destino: un día aciago supo que María Luisa había ingresado, sobre una silla de ruedas, en una residencia de ancianos. Ignora el soñador si la ausencia de la taquillera tuvo algo que ver en su siguiente fracaso: una película de alto presupuesto y conocidos intérpretes de primera fila. No duró veinte días más allá del estreno en las principales salas de las ciudades importantes. En el circuito secundario resistió algo más. Hubo crédito aún para montar la que iba a devolverle a su lugar de prestigio en las pantallas. Fue una película histórica definitiva sobre Cristóbal Colón. Histórica, sí. Se recordará durante mucho tiempo. Es un ejemplo de lo que no se debe intentar como salvavidas en un naufragio. Definitiva, también: le retiraron y se retiró. Se trataba de un sueño, pero Cesáreo tomaba muy en serio los sueños.

Hace un tiempo, antes de irme a dormir, vi un documental de National Geographic. Se titulaba Calentamiento Global Continuado. Conocimiento del presente y visión del futuro que me dejó sin aliento y con muy poca esperanza. Me sentí culpable, corresponsable al menos, de lo que se nos viene encima. Sucede que las siglas CGC, coinciden con las de Cesáreo Gutiérrez Cortés. Qué ocurrirá si aumenta un grado la temperatura del planeta… Y si aumenta dos… O tres, o cuatro… Ahí no llegué, me sentí indispuesto. Prefiero no vivir para verlo. Y lo peor es que quienes pudieran hacer mucho, por puros motivos económicos, no lo hacen. Ocurre, en añadido, que los demás no exigimos lo necesario. Las iniciales me recuerdan a mi amigo; no por similitud, acaso por contraste. Porque él es muy cuidadoso del consumo y los desperdicios. Considera el despilfarro como el mayor pecado humano, en estos tiempos de insuficiencias crecientes para la mayoría de la población. El derroche dando continuidad a la acumulación de recursos innecesarios. Al respecto le oí decir.: «Hay enfermos mentales que se crecen en el crecimiento de su creciente fortuna crecida. ¿Qué harán con su cúmulo, cuando posean ellos todos los recursos y los demás mueran de ignorancia, enfermedades, hambre y condiciones ambientales extremas? Porque, al paso que vamos, eso ocurrirá más pronto que tarde». Estuve de acuerdo con él una vez más.
La casa era sencillamente compleja a sus ojos de niño. No hay contradicción, es definición esencial. Las chicas, sus hermanas, vivían en cofradía de secretitos. Tardó mucho en entenderlas y no pudo entrar del todo en su círculo cambiante. Su hermano y él, cada uno a su aire. El padre era más cercano a los chicos. La madre protegía a las chicas, azuzándolas para que fueran curiosas y valientes. Jugaban a juegos distintos y distantes: pepitas, canicas, cartones, tabas, aro, pinche, ellos. Ellas, teja y campana, comba, muñecas, comiditas y cosas así, insustanciales en la opinión de los muchachos. Escalaban ellos paredes para alcanzar nidos, saltaban tapias de cercados en busca de manzanas, peras, higos. Ellas apenas se salían del sendero marcado con líneas finísimas, casi imperceptibles. Ni punto de comparación. Aunque, mirándolo bien, la adolescencia de las hermanas resultó burbujeante, casi tanto como la de los hermanos. Los cambios de actitud femeninos sorprendían a Cesáreo y a su hermano. Risa y llanto alternándose, pesimismo y seguridad en ellas mismas, arriba y abajo, derecha e izquierda. Llegaron antes que los chicos a la madurez, eso es bien cierto. Pero una madurez que no abarcaba todas las facetas por igual; seguían llevando en brazos, como una muñeca, a la niña que fueron. Se preparaban para esposas y madres, unas veces sin querer y otras con visible intención.

Un día de octubre nos llevaron a Cesáreo y a mí a la escuela de párvulos. Habíamos cumplido 3 años el día 16 de marzo. Estaba situada en la plaza del Corro, entre el salón de baile, la casa del alguacil y el ayuntamiento. Niños y niñas juntos. Así sucedía, de verdad; podíamos entendernos y hasta comprendernos. Allí las niñas no eran como las hermanas y primas en casa, se parecían a los caramelos envueltos en brillante papel de colores de la capital. Llevaban ropas limpias, iban recién peinadas, sonreían a la mínima. Estaba Cesáreo sentado junto a Domi, simpatizaron y, pronto, se consideraron amigos: iban y venían juntos por el tramo de calle común. El encerado de la pared era enorme. Sobre él pintábamos con clariones de todos los colores. En el dibujo destacó Cesáreo enseguida, y yo a la hora de inventar historias. Nos gustaba la escuela, primer piso sobre de la casa del alguacil, pupitres a nuestro tamaño, un perchero, el encerado y un armario de material escolar en el esconce. Salían dos ventanas a la plaza, una puerta iba al vestíbulo y, desde él, se llegaba a la escalera de bajada y al retrete. El retrete era un poyato de madera, con un agujero en medio, abierto sobre un rincón del corralillo. Los banzos bajaban hasta la plaza, junto a la entrada del ambigú y del baile. En la escuela de párvulos nos encontrábamos los niños muy a gusto; todo el tiempo nos parecía recreo.
De la casa de Cesáreo conozco cada rincón, cada mueble y cada hueco de arriba y de abajo. En invierno jugábamos allí al juego del escondite llamado treinta y una. Nombre recibido del número hasta el que debíamos contar, cuando nos habían pillado, antes de comenzar la nueva búsqueda. Recuerdo que había dieciocho escalones para subir a lo de arriba. La casa tiene fachada de piedra hasta llegar al ladrillo de la planta alta. El lateral izquierdo abre otra calle con ventanas hasta llegar a la casa del vecino. La puerta trasera da a un callejón estrecho donde coinciden, además, dos primos. Abajo y adelante, la vivienda: portal, estufa, cocina, trastero y los dormitorios principales. Arriba dos habitaciones que dan a la calle, y las paneras que, estando sobre la cuadra, abren ventanas al corral. Habitaban la cuadra una mula, dos burros y un cerdo. A un paso se encuentra el corral y la tenada donde guardaban las ovejas en tiempo frío, porque en verano iban a los corrales del páramo. Fui con Cesario muchas veces a la tierra de su madre. Está junto al arroyo de las adoberas, en Valdegayán. Es un huerto de tamaño suficiente para el gasto familiar. Si se da sobrante lo regalan o lo venden a bajo precio a las amistades. Diversos árboles frutales en las orillas lo identifican diferenciándolo. Es como si los hubieran plantado allí para fijarlo al lugar y que ni las riadas lo arrastren.
Durante una temporada, Cesáreo Gutiérrez Cortés estuvo en un campamento juvenil. No nos vimos en ese tiempo, así que, cuando nos encontramos de nuevo, le pregunté por su actividad en ese espacio. Me explicó con detalle el lugar y las actividades. Había dibujado y pintado con pinceles y diversas clases de pintura. Traía algunos trabajos, los mejor conseguidos, imagino. Así fue como leí un poema de esos días, que conjuga dos de sus aficiones, escritura e ilustración. Le gustó al componerlo, pero ahora no sabe si le gusta. Lo reescribirá para adaptarlo a su gusto nuevo, si resulta que su evolución se mantiene quieta y lo permite.

Practicando el arte de la pintura
Poema de Cesáreo Gutiérrez Cortés

La belleza lánguida del crepúsculo
nos descubre las armónicas
arrugas del día
a quienes amamos el amanecer prístino
de las jornadas otoñales.

Nada es por completo
como lo imaginan los sueños,
las pinceladas no se suman
al lienzo,
no llegan a integrarse
en la urdimbre ni en la trama.

Óleo sobre el óleo y la acuarela,
óleo acrílico,
pinceles de pelo de marta,
espátula para distribuir con justicia,
madera de roble el soporte
que sonríe marrones agradecidos.

La firma, tres trazos de ausencia
sobre una línea de soporte.
Si la comprueba un experto
hallará que no define
al autor como el autor quisiera.

Y por encima de la obra
un lienzo cobertor
protegiéndola de las miradas profanas
capaces de juzgar lo ajeno
sin dominar lo propio.

Invierno. Serían las diez de la mañana cuando llegó el matachín. Era diario y Cesáreo no había ido a la escuela. Un festivo más, tolerado por la maestra una y otra vez. Podía llamarse Teófilo el encargado de dar fin a la holgada vida del animal, pero no era ese su nombre. Cuchillos largos, cortos, anchos, delgados… y el gancho. El gancho le daba más miedo que los cuchillos. Su padre, su madre, sus hermanos, sus tías y dos vecinas. Él era el objeto de las miradas. Cuando el gancho lo agarró por la papada, los berridos del cerdo le hicieron llorar. No es extraño, le había dado harina de almortas disuelta en agua caliente, cada día, con patatas pequeñas. Lo sujetaron varios, y el matachín clavó el cuchillo apropiado en el lugar exacto del corazón. En un balde caía la sangre a borbotones. Su madre la removía para evitar que coagulara. Serían las once cuando lo vio chamuscar, tumbar en el banco y afeitar con cuchillos afilados, puchíteras ya arrancadas con el gancho. Había un chaval que iba de matanza en matanza recogiendo esas uñas negras de las pezuñas; ignoraba Cesáreo qué hacía con ellas, pero había oído decir que del cerdo se aprovecha todo.
Vio como izaban sus quince arrobas, abierto en canal cabeza arriba, dejándolo colgado de la viga más fuerte, la que soporta el tejado al inicio de la tenada. Así pasaría la helada de la noche congelándose. A las doce del día siguiente regresó el matachín para destazarlo. Observó mi amigo su destreza en los tajos y en las secciones. Iba pieza a pieza y, en una mesa que pusieron al lado, daba forma precisa a los perniles, al jamón, al lomo. Cortó de un solo giro las orejas y el morro. Se detenía en el sabroso pernil de la cabeza, ese del que salían los torreznos de hebra que tanto gustaban a todos. Las hermanas, un poco nerviosas, ayudaban en lo que podían. El hermano no se separaba de Cesáreo, observando y sintiendo una curiosidad dolorosa, debido al hecho de ser el menor y quedar al margen de las iniciativas. Al día siguiente, ya oreado al relente nocturno, entraban las piezas en el pozal de salmuera o en la sal envolvente. Las mujeres no paraban: lavaban las tripas en la fuente de San Pedro, picaban la carne para los chorizos, cortaban las cebollas de las morcillas y cocinaban las pruebas. Cesáreo, su hermano y las chicas, llevaban la ración a los familiares y amigos, al cura, al médico y al veterinario. El certificado del veterinario sobre la ausencia de triquina, debía dar luz verde al consumo que ya habían comenzado sin precaución alguna. Y así sucedía año tras año. Lo sabían todos, pero como si no.

 De la escuela de párvulos, al término de los seis años, pasamos, Cesáreo y yo, a la de mayores, en el arrabal. Escuela unitaria de niños, sesenta chavales entre los seis y los catorce años. Pared con pared aprendían las niñas. Ambas escuelas disponían de un patio de tierra donde sembrábamos flores y plantábamos tallos. Utilizábamos escasos medios que se concretan así: enciclopedia, pizarra y Paramijo (libro de lectura este, cuyo nombre verdadero era Para mi hijo). Todos los días de todos los años yendo y viniendo esas herramientas en la cartera junto a un lápiz, un pizarrín, un palillero y la correspondiente pluma; quizá una goma de borrar. Hay que pensar que, al término de la escuela, esperaba el trabajo adulto o, con mucha suerte, un aprendizaje serio. Los niños trabajábamos en casa desde pequeños, dependiendo de la familia. Yo comencé a los diez años, quizá antes. Los ratos libres servían para llevar a cabo tareas sencillas, y para jugar. Don Roque era el maestro que se empeñaba en hacernos hombres de provecho, seguros de nosotros mismos. Iba y venía de Monzón de Campos en bicicleta. Traía y llevaba una cesta con la comida y el agua. Lo recordaré siempre, nos dio tanto… En Cesáreo debió de ver algo de destreza para las tareas manuales, porque se las arregló para que, al llegar los catorce, entrara en la Escuela de Artes y Oficios de Palencia, donde fue cada día en bicicleta a aprender la teoría y la práctica de la matricería.
Completados con interés y provecho los años de estudios en la Escuela de Artes y Oficios, entró mi amigo como aprendiz en un taller de montaje de elementos industriales. El maestro le puso a su lado para enseñarle. Aunque, en realidad, también de Cesáreo aprendía. Era honesto y lo reconoció. Tiempo después supo que una fábrica de automóviles franceses buscaba operarios titulados en su especialidad. Presentó la solicitud y fue aceptado. Allá que se fue, con un sentimiento agridulce en las hermanas y padres. El hermano se alegró por él, apremiándole a que le encontrara a su lado un trabajo. En aquel tiempo de emigración generalizada, Alemania era el país que ganaba como destino. Dentro de Europa, Francia quedaba algo lejos en ese aspecto. Yo estaba al tanto de todo el proceso, instruyéndole en las bases del idioma de allí, no muy distante del nuestro. Le proporcioné una gramática y un diccionario elementales, de modo que partió sabiendo cuatro palabras corrientes y con muchas ganas de aprender.
Se me olvidaba que, en el tiempo de la escuela de mayores, durante una larga temporada fuimos monaguillos. Las misas eran en latín, lo que nos causó gran contratiempo. No paró Cesáreo hasta conseguir un misal que decía lo mismo, pero en castellano. Comprendido el intríngulis, salíamos de la iglesia satisfechos de cada representación. No lo digo así con intención de juzgar lo hecho y dicho por el cura como si fuera acto único y definitivo. No, era representación porque repetía la fórmula y la forma cada día, como en los teatros. Sin embargo, nos parecía serio y cierto porque quien lo decía, don Jesús Fernández Pinacho, verdadero sacerdote, era un hombre incapaz de mentir. Así que lo creíamos en el sentido estricto de la definición de fe, aceptar lo que no vimos basado en la confianza que tenemos en quien lo dice, convencido él de la certidumbre de lo dicho. Cada día hacia nueva realidad de la carne y la sangre del Hijo de Dios, alimentándose con ellas a la vista de todos. Los feligreses que lo veían una y otra vez, no daban muestras de sorprenderse. Yo terminé por tocar la esquila en la consagración, para llamar la atención sobre lo que estaba sucediendo. Cesáreo parecía no dar importancia a lo extraordinario del hecho.

A los dieciocho años publicó el primer relato breve; una revista de Palencia le hizo ese favor, atendiendo al interés popular del tema abordado: vivencias de un pastor joven, en lo referente al cuidado de las ovejas, el ordeño, el esquilado y la elaboración del queso. Otros vieron la luz en los meses posteriores; puede que algún poema. De modo que, en vísperas de salir para Francia, una editora de ámbito regional le imprimió cien ejemplares de un libro completo. El orgullo ocupó su pecho sin apreturas ni reboses. Recogía memorias escritas a modo de crónicas y, aunque está salpicado de los defectos propios de una escritura primeriza, contiene un aderezo de frescura y candor muy a propósito para el asunto desarrollado. Resultaba prematuro hablar de estilo, porque a lo largo de las ciento sesenta páginas pueden distinguirse claras y distintas influencias. Un ejemplar dedicado por el autor, viajó conmigo durante años, hasta que se lo regalé a un jardinero de Timimoun. Sucedió en un hospital de París. Convalecía yo de unas fiebres infecciosas y él había sido operado in extremis por él único médico capaz de salvarlo, viaje pagado a escote por los miembros de su comunidad. La persona más noble de todas las que he conocido en mis viajes, no entendía el castellano, por eso se lo leí a trozos traduciéndolo al francés. Le gustó tanto que quise entregárselo. Lo aceptó como testimonio de nuestro encuentro. Prometí visitarlo en su ciudad del desierto argelino, y estaba decidido a cumplir la promesa. Lo escribí al hospital desde uno de mis viajes, y su carta no pudo dar conmigo. Volví a escribir, esta vez a su ciudad, y un pariente me anunció la muerte cuando ya se consideraba recuperado.
Buscando entre mis papeles para explicarme aquí sobre Cesáreo, hallé un texto escrito por él cuando, había recorrido medio mundo y aún pensaba. Dice así: «Soy un buscador de partes para hacer con ellas el todo. Mitades y mitades sumadas hasta el cansancio. Divido los pedazos grandes hasta conseguir partículas asequibles a mi capacidad reducida. Pongo la vista abajo, arriba y en el medio, porque la mirada puede abarcar todo lo existente, lo inexistente incluso, aquello que la mente es capaz de imaginar. Mi terreno de búsqueda es el mar; allá donde llegan los rayos de sol llego yo apresando irisados reflejos, el pigmento mínimo del coral que, unido a miríadas de minúsculos hermanos, forma enormes colonias y la gran barrera de arrecifes. Mi campo de batalla es la tierra, comprometida con el futuro a través del esperma y las esporas, por medio de la selección y el crecimiento. El lugar de mi aventura es el aire, las corrientes que impulsan mis alas hacia arriba, a la conquista de los mundos y de los espacios interestelares. Yo soy humano y mis manos unen los mimbres en cestos, las piedras en catedrales y la tierra en barreras que sujetan el agua. Abren mis manos canales que riegan los campos sedientos, pescan peces huidizos y los llevan al mercado en un cesto de mimbres. Yo soy la persona y, en el altar de las ofrendas, mis manos sacrifican una gacela inocente al deletéreo dios de la vida».
Este es el relato breve elegido como muestra de la infancia de pastoreo, importantísima en su vida. Lo presentó a un concurso adulto niño aún. Creo que no entendieron del todo la intención.

 Chuzo y la oveja Negra
Relato de Cesáreo Gutiérrez Cortés

Me lo regaló la mujer del herrero, una vecina a quien vendíamos hortalizas y yo añadía una pieza porque me caían bien sus cucamonas. Así que Chuzo vino ya con nombre. Arma arrojadiza o herramienta, me pareció de perlas el apelativo. Mestizo y sin senderear conseguí que obedeciera. Chuzo, ¡allá! Y marchaba como una flecha hacia el alboroto imponiendo el orden. Se crecía erguido, ojo avizor y su estampa imponía. Enseñaba los dientes, ladraba con ímpetu y tardaba un segundo en llegar y alinear. Me costó alcanzar eso día tras día. Las ovejas colaboraron.
La Negra, no. Nada iba con ella ya desde cordera. Me desobedecía a mí y se plantaba ante Chuzo. Caso perdido de rebeldía. Para ella era un juego la desobediencia. Cuando todas buscaban la concentración, ella subida a la loma, nos desafiaba.
Chuzo lo intentó por las buenas. A mí no se me había ocurrido. En los momentos de rumia y descanso, Chuzo se situaba meloso a su lado. Le daba confianza y se fue acostumbrando a su presencia. Llegó un momento sorprendente. Si Chuzo permanecía a mi lado, Negra venía con nosotros. Se hicieron inseparables. En una desbandada vi a Negra empujar hasta el redondel general a un grupo escapado. Entonces hice una cruz en el agua, dejando de considerar imposibles.

En Francia, de haber sido destinado a la cadena de montaje, ahora tendría Cesáreo una parte de autómata carente de iniciativa. Pero su preparación superó las pruebas iniciales y, a falta de suficiencia en el idioma, entró de ayudante en la oficina de Estudios y proyectos. Cosa de poco al principio, aprendía los tejes y manejes del departamento y, como estudiaba francés hasta las tantas de la madrugada, avanzaba en expresión y entendimiento. Oía la radio -partes informativos y radionovelas- alcanzando una cierta fluidez que sorprendió a su jefe. Comenzó a leer escritores de la literatura en francés, y a interesarse por los viajes casi a un tiempo. Ignoraba que esas dos aficiones y su gusto por el dibujo iban a darle una forma de vida interesante. En Estudios y proyectos tenía un puesto afirmado cuando comenzó a colaborar en revistas de viajes con artículos bien recibidos. Tenía una limitación geográfica, pues viaja los días festivos y en vacaciones. Cuando los países próximos estuvieron trillados, dejó el trabajo fijo y se dedicó a viajar por los cuatro puntos cardinales. Esa ha sido su vida en la mayor parte.

En su libro, Francia, una sociedad en quiebra, puso de relieve la invariable contradicción de un país que escudriñó cuanto pudo. Cita a pensadores de la talla de Rimbaud, Michaux, Fourier, Alfieri, Balzac y Maquiavelo, para destacar el abismal alejamiento existente entre una intelectualidad: trazadora de directrices, indicadora de caminos, aunque comprometida con el sistema y privada de vertientes de inocencia; y una gran masa iletrada falta de interés por cuanto le es ajeno. Resulta ser egoísta individual y colectivamente considerada, vive encerrada en su país-aldea, es corta de miras y avanza en círculo creyéndose, a más del centro del mundo, el mundo entero. Constató la existencia de un empresariado que, en el interior, vive con la vocación, la voluntad y las inquietudes del tendero de barrio; sin otras aspiraciones que la continuidad y la presencia de un remanente de caja después de efectuar los pagos; y en el exterior, como colonizador de unos mercados menores a los que desprecia, imponiendo en ellos las normas y directrices de la metrópoli sin otro aval que el origen.
Todo ello propiciado por la acción de una clase política que, salvo honrosas y bien conocidas excepciones, no ha superado la medianía tecnocrática y el oportunismo; poniéndose, sin muchos remordimientos, al servicio de la vulgaridad generalizada por mor de los votos imprescindibles para recibir al futuro desde el poder. Quiebra social llamó a este efecto, que los medios de comunicación, empeñados en ganar audiencia aun a costa de los principios éticos, aceleran. Los grandes creadores que Francia ha dado al mundo, y los que el mundo ha entregado a Francia, que Francia ha aceptado con generosidad, no logran romper la coraza de la apatía y el corsé del desprecio por el progreso intelectual, que la clase media y la alta burguesía han exhibido sin contrición.
Sucede que concretó en Francia un problema generalizado; realidad de cualquier país que queramos considerar: una por una todas las democracias modernas.
En la época gala, atendiendo a las necesidades laborales, pudo conocer los países cercanos: Bélgica, Holanda, Inglaterra, Alemania, Suiza, Italia. Recorridos de los que se empapó su espíritu ávido de belleza, trasladados luego en forma de artículos enviados a varias revistas especializadas. Más tarde se hicieron libro con el título de Caminos encontrados. La explicación del éxito obtenido en forma de guía de viajes, puede hallarse en la complementariedad de los elementos volcados, de las diversas técnicas utilizadas en la ilustración. Una de tales es la fotografía: profusión de escenas de la vida diaria, tomadas en sus recorridos y reveladas por él mismo. «La mirada ha aprehendido con firmeza al sujeto, se ha apoderado de él –cosa, escena de la vida o paisaje- y lo ha interpretado, porque el deseo quiere que el sujeto baile a su son. Se abre el diafragma para recibir la realidad inficionada de fingimiento, y la emulsión la captura bañada de luz, mordida por las sombras. Se ciñe a la inspiración la ampliadora, acomodando la imagen a mi estética. La foto sugiere un asunto distinto al primitivo —pieza, panorama o suceso— diferente al buscado, sin duda; y descubre a las nuevas miradas atributos insospechados por insospechables». Palabras escritas por Cesáreo que reflejan su propósito de hacerse cangilón de noria, y subir desde el subsuelo una interpretación personal de los contornos, para situarla al alcance del lector. Poseía mi amigo el dominio de recursos que necesitan cierta disposición artística, como el encuadre y la composición; y de ahí surge la colección de retratos campesinos expuesta en el Primer Salón Provincial de Artes Modernas y Contemporáneas, celebrado en Salamanca con la inestimable colaboración de Úrsula, su amada muy amada.

Caminos encontrados incluye la pintura. Dijeron los críticos que dominaba el dibujo, y aunque sus cuadros mostraban cierto matiz academicista por entonces, se percibía una evolución que los iba dotando de alma. Es cierto, a manera de explicación, como si se tratara de acotaciones al margen, añadió algunas acuarelas y varios de sus óleos más acertados. Creo ver en ellos conquistas parciales de los áureos, del siena tostado, incluso del rico carmesí; alcances moderados en la delimitación del espacio y una persecución provechosa de la luz; aciertos que proporcionaban obras sencillas, agradables y bellas como quería Renoir, del que se consideraba Cesáreo seguidor forzosamente alejado. Algo aporta su pincel a la obra, pues deja así de ser un libro convencional de viajes. Muestra espacios captados en toda su poética llaneza, figuras contagiadas de la espontaneidad de los habitantes rurales. Añade a lo dicho minuciosos dibujos perfilados con plumilla, para mostrar la riqueza de la flora y la fauna inaccesibles. Con todo, los elementos ilustrativos reciben un apoyo fundamental de la agilidad narrativa. No lo digo yo, lo dijo un crítico. Caminos encontrados amalgama historias de transmisión oral escuchadas a los lugareños de raído traje de faena y cráneo perfilado. Incluye descripciones ajustadas del entorno y razones de la tradición establecida. Va sembrado el conjunto de adagios y chascarrillos populares; mostrando la escritura a un hombre europeo alentado por equivalentes esperanzas y frenado por temores idénticos. Un individuo, por añadidura, expuesto a los mismos o parecidos mensajes, empujado por estímulos generalizados. Escribió Cesáreo novelas, relatos y poemas. Hay una historia de amor en ellos, porque en la vida siempre hay una historia de amor. Redactó cientos de artículos y recorrió medio mundo sirviéndose de sus oficios.
A regañadientes aceptaría Cesáreo que añadiera los complementos que van a continuación. Los pongo con el fin de ayudar a comprender su visión de las cosas y su inteligente concisión. Tanto es así, que los encargué la introducción de mis escritos en varios libros con el fin de enfatizar.

 

Frases de Cesáreo Gutiérrez Cortés

LAS COSAS son como son y, a veces, ni siquiera eso.
El HAMBRE es la prueba del nueve de la Democracia.
EI HAMBRE y las Grandes Fortunas, tan dispares, tienen relación de causa-efecto.
TODOS pudimos ver el cadáver del dictador, pero nadie vio el cadáver de la dictadura.
LA DUDA está entre circunferencia o elipse, pero queda claro que la Transición en España fue una curva cerrada.
DIJO EL POETA: “Una de las dos Españas, ha de helarte el corazón”. Y lo peor sucede cuando te lo hielan las dos, añado rimando.
CONFIRMADO: el futuro será aún más selectivo. La justicia distributiva se aleja.
CADA día trae algo a alguien, cada día se lleva algo de muchos.
SI LA POESÍA no nos da un poco de lo que nos quitan, nos quita un poco de lo que nos dan.
LA POESÍA es la salida que la persona da a su laberinto.
LA IZQUIERDA de este país lleva demasiado tiempo siendo simplemente zurda.
ESTOY convencido de que si fuéramos ganado tampoco seríamos ganado bravo.
LA SOLEDAD contempla el desfile de la vida desde su castillo interior.
EL AMOR puede llegar a ser el más sutil de los egoísmos.
………………….…ascendente
…………………catarata
………….es una
EL AMOR

 

Pensamientos de Cesáreo Gutiérrez Cortés

LO MALO ocurre porque las contradicciones neutralizan nuestra acción.
CUANDO la economía de mercado construyó el Mundo – seis días de trabajo y materiales baratos- no cobró mucho. El verdadero negocio estaba en las reparaciones.
AL DESPERTAR, la Democracia iba ya por el tercer acto, los actores eran otros y me habían despedido como encargado del guardarropa.
CUANTO más y mejor nos distraigan las marionetas, menos nos ocuparemos de quienes mueven los hilos.
DESCUBRIMOS los problemas de la regla de tres. Sucedió en la clase de dibujo, cuando los tres necesitamos trazar rectas al mismo tiempo y pedimos tres reglas.
SIN EMBARGO, la propiedad común y el uso ordenado, consiguen un ahorro significativo y un mejor aprovechamiento.
DISTRIBUIR o amontonar la riqueza. He aquí el permanente dilema que la humanidad resuelve igual que el Universo: periódicos Bigbang y concentración de agujeros negros.
EL AMOR es una sucesión de ecuaciones que deben resolverse entre dos para llegar a la siguiente.
EL SUICIDA se mató en defensa propia. El juez lo tuvo en cuenta y lo absolvió. El suicida, arrepentido, prometió no reincidir.
EN LAS PELÍCULAS vistas en la infancia, sabía enseguida quienes eran el bueno y el malo. En el complejo teatro de la sociedad global, ya no acierto a distinguirlos.
HE AQUÍ el origen de la pesadumbre humana: Lo esperado se retrasa, lo inesperado sucede.
LA DEMOCRACIA actual ha sido comparada con el oro. Y es que ha resultado ser aún más dúctil y maleable.
EL HOY, ayer mismo fue mañana, y mañana se convertirá en ayer. Ese proceso nos desorienta.
SOBRE LA realidad mundial, la duda me consume. Es mejor esto que nada, o es mejor nada que esto.
SOCIALMENTE hablando, arriba y abajo sustituirán a derecha e izquierda.
AL DESPERTAR supe que el monstruo ya me había devorado, formaba yo parte de su cuerpo y me alimentaba de los otros que el monstruo devoraba.
NO ABRIÓ nunca los ojos, por miedo a descubrir que estaba ciego.

Pongo aquí unas líneas que reflejan el acuerdo más importante de mi vida, considerado imprescindible para afrontar el futuro, sea cual sea, porque, sin lugar a dudas, lo habrá.
Decidido a cumplir la voluntad de Cesáreo en lo referente a dar a su río de la vida un cauce más largo, pensamos, él y yo juntos, la mejor manera. No había ninguna forma con ventajas solas, todas arrastraban inconvenientes. Evitar su muerte por manos de los doctores, tratándose de heridas necesitadas de un largo y complejo periodo de operaciones y curas, iba a dejar secuelas de difícil arreglo, así lo dijeron los expertos. Evitar el ataque recibido por el sencillo método de no entrar en ese local, dejaría a la mujer sin ayuda inmediata y, acaso, futura.
Digamos que, persona rigurosa con los hechos y la justicia que los procura, aceptó salvarse por las manos de la medicina savia y persistente, aceptando los problemas derivados como inevitables. Físicos y síquicos por igual, aunque ya no volviera a ser el mismo. Es consciente de que su vuelta a la vida representará en el entorno más cercano un verdadero seísmo.

 

 

3.- EL CIELO QUE ME COBIJA Y EL SUELO QUE PISO

Avanza el mes de mayo y llueve con tiento; debido al refugio prestado por el alero, son gotas indirectas las que llegan al cristal desde el alféizar. Dividida la masa, su finura crece; y necesitadas del peso de otras se deslizan con lentitud a la espera de compañía que haga su ruta. La temperatura es algo fría, impropia de la época: principios de noviembre parece. El día posee un color gris e invita a la escritura densa y meditada; a la lectura profunda. Aunque sea respuesta a una hipotética pregunta que algún lector se haga, o testimonio destinado a los amigos a quienes me debo; aunque su utilidad no pase de mi entorno cercano, creo positivo fijar al papel –razonado hasta agotar la capacidad lógica– mi pensamiento sobre los asuntos de médula y contenido, los que se reclaman trascendentes. Hablo de cuestiones que revolotean alrededor de la existencia, viniendo de antes y con expectativa de ir más allá. Más allá de donde acaba el término municipal de Valdepero, tres mil trescientas hectáreas. Más allá de los términos vecinos, de los contiguos a ellos: tres leguas en redondo o algo así.
En lo referente a lo que creemos sustancial, cabe pensar, me digo, que, siendo el Universo materia y energía, susceptibles ambas de pasar de un estado al otro, finito añadido o restado al infinito sin producir crecimiento ni merma; la materia, limitada y efímera como la conocemos, nació, cabe pensarlo, de la energía inacabable. Bueno, ya no era un niño cuando escribí esto. Era un mozalbete con sombra de bigote. Labor y mérito de don Roque, mi primer y mejor maestro. Es lícito pensar que el Creador, preexistente, hizo punto de partida universal de su sola esencia; energía eterna e infinita la divinidad matriz, susceptible de transformarse en materia inestable sin detrimento de sí misma. Llamamos Leyes Naturales a la forma de comportarse de ambas, y Creación al momento inicial de la metamorfosis. Cabe pensar que el hombre está constituido de ese material transitorio, carente de voluntad e inteligencia; y de energía, divino ingrediente libre de servidumbres. Algo de sensatez poseerá esta teoría si ha llegado hasta ahora y continúa extendiéndose por los siglos y los espacios; alguna necesidad satisface, algún vacío llena.
Prosigo en lo serio. Conciliando en sí misma los contrarios, el alma ha de poseer capacidad de sufrimiento y de goce. Debe estar preparada para padecer o gustar los premios y castigos eternos que la lleguen según merecimientos. Pura lógica ordenando emociones. En las encrucijadas mi inteligencia se queda perpleja un buen rato, sin saber qué camino tomar. Me distrae una avecilla minúscula, poco mayor que un abejorro, menor que un gorrión; amarillenta, verdosa, rojiza, de alas breves y pico alargado. Es posible que haya escapado de una jaula vecina. Puede que esperara algún descuido, cuando hace un rato la joven que mima su cárcel añadía alpiste al cuenco mermado. Se posa buscando un refugio momentáneo a la lluvia que cae sin resquicios y -al percibir el movimiento de mi cabeza, quizá la cambiante atención de mi mirada- reanuda el torpe aleteo sin claro objetivo. ¿Quitan el alma al esclavo? Me hago esta pregunta, insensata en apariencia, porque supuestos en la persona el conocimiento bastante para decidir sin errores -que no se da siempre como es bien sabido- y el propósito preciso de llevar o no las decisiones a efecto, la clave viene a descansar sobre la tan traída y llevada independencia, verdadero ídolo de la juventud humana. Conquista del individuo y de los pueblos, aparece constreñida sin ambigüedades que induzcan a la confusión. Restringen autonomía las normas sociales, reduce el instinto animal que conservamos, fuerza incontrolable en su actuar reflejo; y la razón resta, ya que transita carriles tirados a su paso, facultad del cerebro movida por estímulos ajenos a la voluntad.
La lluvia declina su sencilla labor hasta llegar a la quietud completa. Sin refuerzos, se van evaporando de manera imperceptible las gotitas que salpican el cristal. A su marcha dejan trazas del polvo que vino en ellas diluido, carbonato cálcico o alguna sal hermana. Y si después de su constante ceder, quedara de la independencia una huella tenue; si a la postre no fuera otra cosa que agua disipada; ¡ay!, entonces, mi corazón y mi cerebro, confabulados en su búsqueda y defensa, ¡cuánto sufrirían!
Debido a que el alma, falta de independencia, no puede ser juzgada; el premio o el castigo perpetuos se hacen imposibles, y en contexto tal, la condición de eterna reclamada para el alma carecería de sentido. Voy un poco más lejos; fallida su eternidad, en hálito vital se queda, común a plantas y animales. Me compadezco a menudo de los minerales; distante yo de la razón sin duda, pues son imprescindible suelo y conveniente alimento de personas, bichos y matojos.
Finalizado el chaparrón, la avecilla de húmedas y pesadas plumas, a duras penas encuentra el camino de la jaula vacía. La joven cuidadora celebra sonriente su regreso. No cierra la puerta de golpe; confiada, parsimoniosa, empuja despacio la reja hacia su ajuste, deleitándose. De suceder así, de discurrir por este lecho el río de la vida, que lo dudo; la verdad tan buscada, el Demiurgo, necesario creador de las cosas, redactor meticuloso de las leyes naturales, termina ahí su tarea. Ya no es definidor de bondades, ya no es juez, ya no clausura el círculo infinito y eterno. Se quedan en poco las teorías tejidas a su alrededor, las mismas que explican la divina substancia milímetro a milímetro. Las creencias y el intelecto son contendientes en el continuo transitar de los días. Dispara el credo salvas que no dan en el blanco ni en las inmediaciones. Dardos lanza la inteligencia que acaso atinen en el centro de la diana equivocada. Por eso se hace necesario diferenciar y deslindar pensamientos y emociones, sirviéndonos de ambos en los momentos adecuados.
Cereales, amapolas, cardos y gatuñas. Trigo, cebada, avena, lentejas, garbanzos, yeros, titos. En el mismo espacio y en el mismo tiempo que Cesáreo, nací en plena agricultura de secano, con todo dispuesto para cerrar la pausa del invierno y comenzar la actividad vital de la primavera, un resurgir repetido cada año de manera distinta, por lo que resultaba difícil acumular experiencias. Nací, por fortuna, cuando la dura posguerra empezaba a suavizarse, marzo de 1946. Vi, apenas, al escapar, las cartillas de racionamiento; y oí hablar, de manera indirecta, del estraperlo y de la fiscalía de tasas. No obstante, la mejora no dio para llegar a lo nuevo en casi nada. Se estrenaban calcetines con ocasión del Domingo de Ramos. «El Domingo de Ramos, quien no estrena nada se queda sin manos».
De niños, la calle, las eras, las bodegas, el castillo, las adoberas o la carretera, más aún que la casa, constituían nuestro espacio. Fuera nunca estábamos solos. Jugábamos juntos, avanzábamos y nos defendíamos en cuadrilla. En el grupo habitual nos sentíamos libres de hablar y obrar. No teníamos secretos entre nosotros. El aro era la bicicleta que alguno tenía en sueños. Ese círculo metálico nos permitía correr la Vuelta a España y el Tour de Francia. Éramos Loroño o Berrendero en las etapas llanas, y Bahamontes subiendo cuestas empinadas. Había que marchar deprisa manteniendo el aro en el guía, impulsándolo, dirigiéndolo con la muñeca para no perder al pelotón, encabezándolo de vez en cuando para ser tenidos en cuenta. Corríamos durante horas. Tanto, que correr era sinónimo de pasear o jugar. Cuando salíamos después de la escuela, íbamos “a correr”. “Dame la merienda, que me voy a correr con los amigos”.
La cuadrilla era el grupo estable, al que los miembros supeditábamos todas las relaciones, las familiares incluso. Usábamos dos lenguajes, dos maneras de ser y comportarse, una cuidada con los adultos, otra libre con los amigos. La edad definía la cuadrilla. Llegamos a ser catorce, nacidos en el mismo año o uno antes o después. Circunstancia favorable que nos unió a Cesáreo y a mí del todo amigos. muchachos y muchachas seguíamos un mismo patrón. A cada cuadrilla de chicos correspondía una de chicas. Las chicas de esa cuadrilla eran nuestras chicas. Ellas lo sabían y aceptaban. Los forasteros en las fiestas no tardaban en enterarse. Peleas individuales que, enseguida, se hacían de grupo. A pedradas los empujábamos cuesta abajo hacia su pueblo si trataban de conquistar a alguna chica de las nuestras. Un baile o dos con la misma, de acuerdo; pero más de eso ni soñarlo. Por eso, no era de extrañar que, consecuencia o causa, cuando íbamos a los pueblos cercanos en fiestas, nos trataran de un modo parecido.
En diversas ocasiones tuvimos roces serios, pasando a los hechos desde las palabras. Podíamos haber quedado en las palabras porque teníamos las de todos y, por añadidura, las nuestras. Palabras expresivas muy arraigadas que tuve que sustituir por otras cuando salí, atesorándolas en el desván de la memoria. Arambol, royega, chiguito, costrollo, ligaterna, coscorito, saltacapas, chicharra, esparajismo, galbana, pardal, corito, sinapismo, tabones, pilistrajo, cernada y otras más: puisas, derivada de pavesas y antier de anteayer. Ese pañuelo que llevábamos los domingos en el bolso del pantalón, se llamaba moquero. Bolsos eran los que en la capital llamaban bolsillos. Tal vez, lo más duro de mis primeros tiempos de inmigrante, fue el constante esfuerzo, esa permanente autocensura de los lenguajes oído y dicho, simultánea traducción de unos términos por otros. No estaba dispuesto a olvidar los míos, consciente de su sonoridad, de la precisión de su significado, de la riqueza cultural que guardaban.
Podíamos haber quedado en las palabras, pero en las desavenencias llegamos a las piedras. Lanzábamos piedras a los pardales, a los perros vagabundos, a los gatos que bajaban de los tejados para cruzar la calle y a las puertas de los vecinos intransigentes; con ellos buscábamos que nos corrieran sin alcanzarnos. Por último, afinada ya la puntería, apedreábamos a las bombillas de las esquinas apartadas. Donde poníamos el ojo allí iba la piedra; el canto decíamos. Practicábamos enfrentados en dos bandos. Era puro ejercicio de mantenimiento del tino y la distancia alcanzada, pero no parecía raro que alguno resultara descalabrado. El agujero en el cuero cabelludo cubierto por una venda constituía honorable medalla de los heridos en combate.
Una lámpara de carburo usaba Ciriaco, el almendrero, para iluminar la venta de almendras y el juego de seis cartas sobre las que se colocaban las apuestas. Ponía su tinglado de arcones en el Corro, al lado del baile nocturno en las fiestas importantes. La venta de almendras era la actividad legal. Aunque las apuestas, algunas fuertes, suponían la verdadera ganancia de Ciriaco. Estas ocurrían de tapadillo, a escondidas de la pareja de la guardia civil. El dado tamborileando en el bote, al salir, mostraba la esquiva fortuna del apostante o la más dócil del almendrero. La lámpara de carburo iluminaba a satisfacción de todos, por lo que comenzó a usarse para bajar a las bodegas.
Por esa razón, la materia prima usada, el carburo, se puso fácilmente a nuestra disposición. En alguna de las eras, ociosas casi todo el año, vivíamos la aventura. Un bote vacío de los de leche condensada, varias piedras de carburo cálcico, un poco de agua y una cerilla, nos convertían en expertos lanzadores de naves espaciales. Alguno de nosotros conseguía el bote en su casa, solía ser el hijo pequeño del secretario. El hijo mayor del herrero dejaba expedita la abertura quitando del todo la chapa, y hacía el pequeño agujero imprescindible en el lado opuesto. Entre varios, sacando la tierra y los cantos con navajas, lográbamos un hueco en el suelo firme del tamaño aproximado del bote. Luego, lo colocábamos dentro invertido, con la piedra carburo. Lo atacábamos, presionando a conciencia tierra y barro, para que no quedara debilidad alguna. Cuando estaba a gusto de todos, sobre la parte superior echábamos agua. El agua entraba en el bote por el agujero mojando la piedra carburo. Se producía abundante gas acetileno que acababa presionando las paredes y el suelo con una fuerza extraordinaria. En el momento crítico el bote salía por el único lado posible, hacia arriba, ascendiendo muy alto. Nos hicimos expertos, dueños de conocimientos de variables como la altura conseguida, la rectitud o la inclinación. Pensábamos que, de un modo parecido, obraban los americanos en Cabo Cañaveral con sus naves enviadas a la Luna.
Los vínculos de la cuadrilla llegaban hasta la vejez, siendo el instrumento eficaz que hacía posible la celebración de las conmemoraciones. Se añadían las cofradías religiosas de vírgenes, cristos y santos, promotoras de las actividades festivas celebrabas por todo el vecindario: misa, procesión y verbena. Nuestros padres llegaron, por aquel entonces, a fundar un casino de socios al modo de la capital. Con vivienda para el encargado incluida y anexa.
El baile de las fiestas menores era amenizado por dos músicos, padre e hijo, dulzaina y tamboril. En la noche de San Juan sucedían, con gran bullicio, el salto de las hogueras encendidas en la calle mayor y el baile nocturno junto al cementerio y la ermita. En ese lugar cargado de misterio, las evoluciones festivas entorno al ardiente pipote de estopa y brea, tenía un sentido trascendental que, sintiéndolo, no podíamos entender.
Mención aparte requiere la nueva fiesta del pueblo, celebrada a finales de septiembre. Víspera, día de la patrona y segundo día. No solo los concejales con su alcalde, el pueblo entero andaba metido de lleno en esa celebración: calzadas limpias, balcones adornados, mozos asidos a su condición masculina, muchachas deseosas de agradar, niños incapaces de conservar la quietud más allá de un breve momento, padres desazonados por la estrechez de los zapatos finos y el deficiente anudado de la corbata, madres ocupadas en el adecentamiento de la casa, en la disposición de las blanquísimas mudas y la ropa elegante, en la preparación de ingredientes para completar las recetas de un menú extraordinario. Una o dos casetas de atracciones, frontón en el atrio, tanguilla, corto recorrido de bicicleta buscando el límite del equilibrio sin poner pie en tierra, pues ganaba el último en llegar a la meta; tiro al plato, concurso de arada y otras actividades relacionadas con el pueblo y el común de sus gentes. Misa solemne, dotada de sermón a cargo de un predicador de altura y profundidad. Danzas. Orquesta de nombre conocido, pasacalles matinales y verbena hasta la media noche. Después de cenar, el baile pasaba al salón de pago y los menores de edad no entrábamos.
Asimismo, se veían afectados los vecinos todos por los sucesos particulares, bodas, bautizos, primeras comuniones, confirmación, incendios y muerte. La celebración de las bodas duraba tres días. La casa de la novia se constituía en sede del jolgorio y allí se veía salir la casa por la ventana. Pollos y conejos pagaban el pato, como suele decirse. De ahí viene el dicho «donde es la boda es el gasto». Mostraban los mozos un interés especial por no dejar a solas a los recién casados. Procuraban saber dónde iban a dormir para darles la murga.
Pienso ahora que nuestro pueblo estaba facultado para actuar unido hacia un fin común. Esas uniones parciales de niños, muchachos y mayores, hacían posible la celebración de fiestas únicas, ignoradas en los pueblos limítrofes, como el inolvidable día de las rosquillas, lunes de pascua de Resurrección. De entre ellas destaco una cuyo sentido no llegué a entender: el día de la vieja. Íbamos los chavales a las casas de las ancianas, golpeábamos con palos las puertas de madera y gritábamos frases ofensivas si tardaban en abrir. El caso es que salían contentas, moño y delantal, vestido oscuro, para darnos algún dinero. Entendía que pagaban a los jóvenes una tasa por haber vivido un año más. Los jóvenes, señores de la vida; las mujeres mayores, sobrevivientes de los maridos por lo general, señoras de la muerte.
Entre las actividades lúdicas de las fiestas, recuerdo, al escapar porque quisiera olvidarla, el concurso de caza de gallos. En una soga sujeta, a la altura adecuada, a dos esquinas del Arrabal, colgaban los gallos atados por las patas. Grandes, bellos y vigorosos, se agitaban desesperados. Los mozos, a lomos de caballerías, llegaban al trote. A ese paso rápido debían alcanzar la inquieta cabeza y, de un tirón suficiente, arrancarla del pescuezo. El circuito comprendía esa parte de la calle principal, la bajada por la carretera y la subida por la ronda hasta el arco, más el trozo de calle mayor que enlazaba con las esquinas, la soga cruzada y los gallos desesperados. En unas cuantas vueltas de los mozos a caballo no quedaba gallo con cabeza. Ganaba, como cabía esperar, el ensangrentado que más cabezas arrancaba. Debió de procurar algún desasosiego, dentro y fuera, esa atracción festiva, porque al poco, bajaron el nivel de la cuerda, y a la cuerda ataron llamativas cintas de colores terminadas en una argolla. El asunto, del todo razonable, estaba en atrapar la cinta por la argolla y llevársela. Disponían los concursantes de un lápiz para ensartarlas. El recorrido era el mismo, pero, en vez de caballos o mulas, los jóvenes montaban bicicletas. El ganador llevaba, con el premio, las cintas ensartadas y el añadido, muy valorado por la madre, de la ropa intacta, sin gota de sangre.
La edad y el género, masculino o femenino, eran barreras infranqueables. Niños y adultos, mujeres y hombres. No obstante, había tolerancia, si bien, si mal, en un único sentido: una mujer podía ejecutar una tarea de hombre sin demasiado alboroto, haciéndose imprescindible, incluso, en la recolección de las cosechas. Ellas atropaban mieses en la siega, trillaban, arrancaban titos, vendimiaban. Ahora que, si un macho llevaba a cabo una tarea considerada de hembra, barrer, cocinar, lavar ropa, fregar y muchas más, estaba en boca de todos y se le miraba con prevención.
Las mujeres, siempre lo he pensado, aprendieron desde niñas a perder ganando. La mujer madrugaba, colocaba en el hogar la chamada de leña y añadía la paja sobre los palos de encina, encendía la lumbre, ponía el puchero con los variados elementos del cocido, al que a la hora del almuerzo añadía el relleno, probaba algo sobrante como desayuno, iba a la pescadería y a la tienda de ultramarinos, hacía las labores, paría hijos, los criaba, cosía a la puerta con las vecinas o en la estufa junto a la ventana, fregaba después de la cena, ponía los garbanzos a remojo y se acostaba la última pensando en el día siguiente. Lo he visto, por lo general, cuando hablaba el hombre, ella callaba. El hombre, el padre, aparentemente, dirigía. Sí, nada se movía en casa sin su consentimiento, todo lo bueno era para él, permanente trabajador del campo, día y noche caminando detrás de la cosecha. Ahora bien, si estabas al tanto de todo, descubrías las más de las veces un suave y flexible matriarcado, donde el marido tomaba las decisiones sugeridas, en el momento oportuno y las veces necesarias, por la esposa.
Éramos labradores. No teníamos cualquier oficio. Cuando equivocaba la forma de realizar una tarea en el campo, alguien me decía, pareces hijo de un sastre, sin despreciar a los sastres, contraponiendo. Yo me sentía contento de trabajar en el campo durante las vacaciones del colegio. Ignoro si cantar es consecuencia de la felicidad, pero cantábamos en todos los trabajos, más en los del verano. La gente estaba alegre la mayor parte del día. Claro, acarrear mieses durante la noche se hacía en silencio, poniendo el cuidado en colocar bien los brazados en las redes, prietos, formando unidad sólida para que, llevando el máximo, no se perdiera nada por el camino. Las mulas conocían bien su trabajo.
Estaban, aunque no lo pareciese, los motes familiares. Sí, los había ocultos y afloraban en las desavenencias, convertidos en dagas penetrantes. Se llevaban como un estigma y los niños conocíamos todos, ajenos y propios. Constituían el último insulto de los mayores, acabados los insinuantes, los certeros y los insoportables. Si no terminaba allí la pendencia, afloraban las navajas. Las navajas, herramientas personales, salían a luz como un alarde, casi nunca con malas intenciones. Rabín era el nuestro, y yo debía enfadarme mucho si me lo llamaban. Luego supe que un mandatario de Israel lo llevaba como apellido: Isaac Rabin. Así que ese apodo no debía de ser para tanto.
Las lavanderas, yendo en el despunte de la mañana y regresando entre las dos luces del anochecer, Sendero de Vallejo o la Cuesta, abajo y arriba, grabaron en mi recuerdo su estampa animada. Yendo a la acequia o al río, se servían de un burro dócil, hecho a obedecer a todo humano, salvo en ocasiones imprevisibles de rebuznos, chospidos y coces al aire. Solían ir al río por parejas, madre e hija, hermanas o vecinas. Cincha sobre la albarda y sobre ella las alforjas con la ropa sucia, las herradas metálicas mediadas de jabón hecho a mano con sosa cáustica y grasa de cerdo, más una moña de lienzo viejo que contenía el imprescindible azulete. Encima de todo iban las bancas, una a cada lado, sujetas con la cadena de la estaca; y en ellas, sin muchos miramientos, algo de comida. Las mujeres que carecían de jumento, hacían de jumento ellas mismas, banca, ropa sucia y jabones en la herrada. No iban al río, por el sendero de Vallejo llegaban a la acequia, quedándose cerca del puente temerosas de la llegada del guarda sobre la bicicleta. El señor Sotero, un hombre rígido -lo conocí siendo yo muchacho regante- las amenazaba con tirar las bancas a la corriente rauda, alta y ancha. A la vista, rompía los huecos escarbados por unas y otras con tanto trabajo, volviendo a alisar las orillas. Como mal menor y para compensarlas, dejaba abierto un desagüe mínimo que servía para llenar un hoyo al otro lado del camino, junto al junqueral del Río Viejo, cauce antiguo del Carrión que se llenaba en las crecidas invernales. En ese espacio se situaban las lavanderas el tiempo que tardaba Sotero en completar su ronda. Y vuelta a empezar.
Canteras, arenales, adoberas y yeseras nos ayudaban en el empeño de bastarnos a nosotros mismos. Casetas, viviendas pobres y casas solariegas, corrales y tenadas. Cuando llegaron los ladrillos y el cemento, ya no fue lo mismo. Parecía un adelanto: en apariencia ahorraban trabajo. Pero ca, costaban caro y había que trabajar más para pagarlo.
Debo referirme a los aromas de mi tierra con humildad. Orégano avanzando a la cabeza de las plantas, espliego, manzanilla, romero, tomillo, salvia; encontrados, laderas del páramo y del monte, recogiendo setas. Del horno de Florentín recuerdo los olores de la leña ardiendo para cocer el pan y el del pan recién cocido. Le sigue en importancia, el del lechazo asado en las meriendas del día de las rosquillas o san Blas, con los amigos. Y está entre ellos el olor de la tierra en el surco recién abierto, cuando acompañaba a mi padre en la preparación del barbecho para la siembra. Debo decir que en el verano las tormentas rompían la imprescindible rutina, siega o trilla, poniendo en peligro las cosechas. Pero me llenaban los olores del aire, el de la tierra húmeda y el de las nías mojadas; cielo oscuro rompiéndose a latigazos de luz. Acerca de los sabores: fue mucho tiempo el que mantuve en la mente el del lomo embuchado, llevado por mi madre al internado para que me alimentara. Y el del hueso de pique que iba en el cocido, espinazo de cerdo adobado en salmuera. Ahí sigue, en el hipotálamo, el de las morcillas que cocía la familia en casa de mi abuela materna.
En esa tierra mía, aprendí a ser autosuficiente, a bastarme con mi maña y mis fuerzas. Porque, si allí teníamos todo lo que necesitábamos, fue a base de necesitar únicamente lo que teníamos. Verdad que conozco por experiencia propia y por lo visto en el entorno: limitábamos las necesidades y ahorrábamos lo escaso temiendo épocas peores que, con frecuencia, llegaban. Aprovechábamos todo, desde las granzas cereales hasta los granos del llamado “infierno”, que las aventadoras de zanca entregaban a parte, intentando dejar limpio el grano bueno, evitando los descuentos a la hora de venderlo. En cualquier desecho descubríamos varias utilidades antes de darlo por inservible. La ropa de vestir podía ser un ejemplo, usada del modo previsto, servía de nuevo vuelta del revés; y habiendo vestido a los grandes pasaba a vestir a los pequeños. Ni el agua se desperdiciaba, no hubo despilfarro.
Venían de fuera, itinerantes. Vendedores del ajuar doméstico, practicantes de diversos oficios, charlatanes, quincalleros. A mí me interesaba todo de ellos, en especial sus relatos, lo aprendido, visto y oído, siguiendo caminos interminables que parecían girar sobre sí mismos. El componedor pregonaba por las calles: se arreglan piezas desconchadas o desportilladas, se tapan agujeros pequeños, con estaño, en sartenes y toda clase de objetos de chapa. El afilador: se afilan cuchillos, navajas, hachas, hoces, dalles y cualquier instrumento cortante. El melonero: traigo melones de Villaconejos como la miel, una raja a cata para estar seguros, se venden por arrobas. Los trilleros, tres o cuatro miembros de la misma familia: se venden trillos nuevos de Cantalejo, hechos en primavera con el mejor pino seco de Valsaín. Se empiedran trillos usados, cambiamos travesaños y tablas. El cacharrero montaba su exposición de ollas, pucheros, cazuelas, barreños, botijos, algún adorno pintado, en el Callejón de Castaño. Vendía o cambiaba por aperos viejos o chatarra, las piezas más necesitadas. Los gitanos acampaban junto a la carretera, al lado de la fuente del pozo, durante dos días, tres a lo sumo. Siempre pendientes ellos de la pareja de la guardia civil, porque los hacía seguir camino, un camino que iba a todas partes y a ninguna. En el mismo Callejón, repitiendo sesión si se daba el interés suficiente, actuaban los titiriteros en su carro de títeres. Llevaba la batuta Teudenio, un adulto de buena presencia y hablar convincente. A quien ayudaba -acogida a su generoso amparo- Marina, muchacha huérfana de tez rosada, mirada luminosa, naricilla chata y rubias trenzas.
Valdepero, con todas sus enseñanzas y recuerdos representa el Norte de mi vida, el punto al que dirijo la mirada cuando me dispongo a avanzar. Allí me hice de yeso, arcilla y peñas, allí aprendí a ser. Y quien dice Valdepero, como arranque; dice Palencia como extensión. De allí soy, de allí vengo y allí quiero volver.
La prolongación de la vida de Cesáreo, como escritor, está en mi mano hacer si se dan suficientes razones. Porque no deja de ser un milagro de resurrección que rompe los hechos previstos, abriendo un futuro desconocido en el entorno. Configurarlo y darlo a conocer, a estas alturas de mi vida se convierte en un viaje que ni yo mismo esperaba emprender. Todo cambia, nada permanece, la muerte solo es una parada para mi amigo y compañero. Una parada para tomar aliento y continuar las previsiones y los actos nuevos. Su continuidad es la piedra arrojada al estanque y las ondas que se inician con voluntad de seguir produciéndose. Cesáreo elige la vía de la curación de las heridas, mortales de necesidad, y la aceptación de las secuelas que ellas y su largo periodo de recuperación van a infringirle. Tales son los periodos imprecisos de dolores musculares que le postran en el lecho o al lado, sillón de orejas que ha tomado su figura. Duran una temporada más o menos larga, más o menos corta, en función de las expectativas y del empuje puesto en su logro. Dificultad, que sabida de antemano allana en parte el recorrido.
Murieron sus padres cuando Cesáreo se sometía a las cirugías en la primera parte de su recuperación malograda. Él debe saberlo ahora y aceptarlo. En cuanto a ellos, poco cabe decirles de la nueva vida del hijo, pues ya no poseen sentidos que sientan ni mente que piense. Los padres murieron de vejez y de armonía, rodrigón y planta, planta y rodrigón el uno del otro, con el último pensamiento puesto en el hijo atravesado de cuchilladas y en la esperanza de un milagro. Aquí, amigo Cesáreo, te dejo esta novedad que debes conocer para sentirte satisfecho: tus padres concluyeron de la mejor manera. Se habían hecho a las ausencias producidas por tus frecuentes viajes, y murieron esperando tu curación para seguir esperándote.

 

4.- DIBUJANDO A ÚRSULA PEÑA

Dos años antes de nacer Cesáreo, el cinco de mayo de mil novecientos cuarenta y cuatro, en el seno de una familia de ganaderos y labradores inicia su existencia Úrsula. Nace en la Sierra de Guadarrama, en el pueblo de El Escorial, y sucede dentro de una casa con muros de piedra, dotada de herrén y pozo, a la vista de la dehesa de La Herrería y del grandioso monasterio levantado en ella por obra y gracia del taciturno Felipe II.
A su debido tiempo quiere ser arqueóloga, ansía encontrar la respuesta que los tiempos pretéritos guardan entre sus pliegues, destinada a satisfacer la curiosidad del futuro por algún momento preciso del recorrido, y por ciertos aspectos de un lejano estadio de eso que se ha dado en llamar, con rigor escaso, la civilización. Civilización, nombre engañoso de quien no ha llegado y ya pretende estar de vuelta. Al término del tiempo preciso, Úrsula Peña acaba los estudios académicos que la facultan para lo que desea hacer y, con una copia del título en la cartera, va mostrándolo despacho tras despacho, hasta que en uno la contratan y se pone a escudriñar y a escudriñar.

Úrsula y Cesáreo, jóvenes, bien parecidos, educados a la usanza rural, pero libres de prejuicios gazmoños, profesionales comprometidos con sus propios valores, se conocieron por la sola iniciativa del albur. Sucedió en un espacio neutral, ni de él ni de ella, de ambos; estaba determinado o lo parecía. Úrsula iría al encuentro de la aldea itinerante, aquella que, perseverando, parte de la etapa anterior y propicia la siguiente; la que desarrolla las habilidades heredadas y las coloca al alcance de las generaciones venideras. Cesáreo, recién retornado de Francia tras casi cuatro años de residencia en la capital de la nación, seguía buscando al hombre actual, el que sobrepasaba a todos, lleno aún de miserias. Y al parecer, pasado y presente confluían en Portugal, escenario de su próximo trabajo. Acababa Úrsula de trasladar al aeródromo a una compañera de nacionalidad brasileña en trance de regresar a su país, y volvía de Lisboa sola en el coche. Iba camino de Vilanova de San Pedro, yacimiento al que dedicó casi tres meses: veintiocho días del mes de mayo, junio entero y tres cuartas partes de julio, que iniciaba entonces su cuenta. Tuvo hambre, y en la carretera secundaria por la que iba se detuvo ante una fonda que conocía de ocasiones previas. Dada la época, la hora y el pequeño espacio del local, no le extrañó que todas las mesas estuvieran ocupadas; incluso una auxiliar que, por lo común, servía como depósito de utensilios.
Junto a la ventana abierta al huerto de la casa, un joven fijaba en ella su mirada de manera insistente. Se sintió incómoda, parada bajo el dintel como estaba, dificultando el trasiego del servicio y de los comensales. Alzó el joven la mano y, sirviéndose del pulgar, señaló un asiento vacío frente al suyo, en su propia mesa. Únicamente pretendía Úrsula franquear el paso y salir de su turbación, nada más eso, cuando se dirigió por el pasillo abierto entre las sillas de enea, hacia el punto en que él comía: cercano a la puerta de acceso al jardín, espacio previo a los surcos cuajados de hortalizas, donde dos o tres personas esperaban a que alguien acabase. Es muy probable que careciera de una intención distinta a la de dispersar las miradas en ella coincidentes.

No tenía la joven mucho mundo; era la primera salida al extranjero, recién terminada la carrera, y notó, preocupada, que un cierto rubor le encendía las mejillas. Pensó salir al patio florido, porque el lugar prometía una rusticidad íntima y agradable que los dueños, seguramente, no compartían con cualquiera. Pero al llegar frente a él y situarse a un metro de la tupida barba, espesura tintada de un negro encendido, brillante; el joven se elevó cortés y abrió los labios finos en una sonrisa franca, hospitalaria, tranquilizadora; gesto que tuvo continuidad en el ademán de invitarla a compartir la mesa, tablero redondo del que a todas luces malgastaba una parte. Sobre el mantel de cuadros vio Úrsula humear un guiso casero de los que tan ávida había sido, y su apocamiento comenzó a retroceder. Sin desearlo del todo, pero sin poder eludirlo, ocupó la silla vacía al tiempo de entregar la mano, el nombre y la razón de su presencia. Es decir, los datos que el otro estaba esperando conocer.
Sorprendida por tal atrevimiento, que chocaba de frente con su innata timidez, escuchó a medias que se llamaba Cesáreo, venía de Tánger y subía desde el Algarve, realizando alguna extraña gestión, a Porto. Tuvo Úrsula a su disposición, sin apercibirse apenas, dos platos superpuestos, pan, el servicio de cubiertos y una jarra de agua que al parecer había pedido. Dibujando una graciosa mueca como las que se forman en el rostro para solicitar permiso, el gentil muchacho la sirvió, tratando de evitar el derrame de alguna gota, dos cazos de la olla que compartían. Vuelta en sí, dueña ya de los actos y de los pensamientos, tuvieron ambos una sencilla conversación prometedora.

Estaba previsto que un azar amigo preparara las circunstancias con sumo cuidado, poniendo en ello el mayor esmero de que fuera capaz; eso resultaba evidente, Varón y mujer, con sus diferencias, encajaron; entrantes y salientes, aficiones y rechazos. El amor llegó a ellos como el sol en la amanecida, como la marea alta sobre la orilla llana, imparable, inundándolos.  Luego se separaron, y creció en Cesáreo el temor a perderla sin haberla descifrado. La imaginaba como un teorema indemostrable, como un silogismo de proposición única. Por eso, cuando él regresó, se unieron por las manos, y ella se le concretó célula a célula, piel y sentimiento. Así supo que carecía de doblez y de artificio. Regresaron a Madrid y se sucedieron los viajes incómodos, de aquí para allá, buscando por separado algo que entre los dos poseían. Por eso se detuvieron en un recodo, curva cerrada, junto a la corriente cansada del río. Allí se perseguían sin reposo unos peces que aún no habían visto imagen igual en la orilla.

No se casaron, y si lo hicieron en algún lugar remoto no existe constancia en los registros españoles. No obstante, se unieron en la ciudad que ambos eligieron. Salamanca es rica en matices. Posee el bullicio contagioso de los estudiantes jóvenes y el monótono sosiego de los días iguales; la continuada reflexión del investigador y la queja inútil del abatido que se adhiere a la desgracia, prohijándola; la meridiana penumbra de los libros abiertos a la verdad y la turbia luz del contradictorio proceder humano. El tiempo en Salamanca resulta ser dúctil y maleable; cubre bajo la misma capa de paño los territorios de la piedra labrada y del cristal hermanado con el acero. El espacio proporciona verticalidad a los sentidos, apropiándose de alturas intocables para proyectarlas sobre el lienzo de la Plaza Mayor. Salamanca es sencilla y fuerte como ama labradora, y fue dotada de un alma tan grande que las casas, los palacios, las iglesias, las aulas, están sobre el ánima sólida edificados.
Cuando en el interior marchito de la biblioteca donde trabaja Cesáreo, de improviso cantan pajarillos y murmuran arroyuelos con tintineo de campanas cristalinas, es Úrsula quien toca el piano. Cuando, tras un largo cavilar improductivo, de repente la pluma del escritor consigue alinear las letras aisladas en frases cargadas de sentido, sucede que la mujer va de un sitio a otro etérea y constante. Es su influjo, es su presencia el catalizador que hace posible los pensamientos acertados. Encuentro asideros al amor que están afianzados en la mujer, porque de ella parte la dicha que me corresponde. Pongo la mirada en los objetos con la decidida intención de mudarles el nombre y, sin deseo de obtener respuesta, formulo una duda reiterada. Cómo separar en mi entendimiento a la mujer del amor, de la belleza y de la poesía; si en la poesía, en la belleza y en el amor la mujer toma cuerpo; si en la poesía, en la belleza y en el amor, la mujer se concreta.

Parece costumbre arraigada entre algunos científicos: zoólogos, geógrafos, botánicos; la de tomar nota de las cuestiones técnicas, especialmente de los hallazgos o constataciones ocurridos fuera de los despachos, en las áreas habituales de su investigación. Suelen llamar a estas anotaciones “cuadernos de campo”, y resultan ser base importante de las tesis posteriores. He comprobado que Úrsula daba cabida en sus apuntes a ciertos aspectos puramente personales. Así que, junto al relato de la lentitud de los progresos y las interrupciones bruscas propios de la exploración de yacimientos arqueológicos, hallazgos, derrumbes, dificultades conducidas de la mano por las inclemencias meteorológicas; ella reflejaba su estado de ánimo y las reflexiones suscitadas al hilo del cotidiano discurrir de la vida. Hasta la forma de ir vestida o peinada describe como muestra de su disposición y firmeza en la búsqueda de huellas. Anota, como ejemplo añadido, que cambia de mano el anillo colocado en el dedo corazón, para recordar que debe hacer o no hacer tal o cual ejercicio. Soy frágil; “alas de mariposa, copo de nieve”, bellísimas alabanzas de Cesáreo, “pruno florecido, rocío al alba”. “Un cuerpo delicado enfundado en una voluntad de hierro. El empeño que la naturaleza pone en perpetuar los elementos efímeros y quebradizos haciéndolos insustituibles para eternizarlos”, también expresión de Cesáreo. Para quien desee saberlo, esa soy yo, la débil indoblegable arqueóloga.
Puede entenderse que Úrsula añadía al documento una especie de diario íntimo, estoy convencido de que el contenido estaba destinado a darse ánimos. Era, por decirlo así, un estímulo necesario en el duro trabajo que la esperaba. La explicación lógica es que estos originales que ella guardaba, habían sido copiados en su parte profesional, solo contenido entregado a la entidad patrocinadora.
Lo revelado a continuación forma parte de una misiva de amor, de las que con frecuencia recibía de Cesáreo, según me consta: “Conociendo que, en tu vientre, mi amada Úrsula, bulle una vida que es prolongación de la mía, renuevo nuestro, destinada a expandirnos, mi cuerpo y mi mente se han llenado de energía. Como tú, soy otro bien distinto. Juntos recorreremos esta parte tan sugestiva del río de la vida. Amor, amor, amor, cuatro letras y todo un poema, una novela y una declaración de futuro que no es más que el presente continuo”.

Debido a alguna razón desconocida para mí o acaso sin fundamento alguno, Gutiérrez Cortés imaginaba que Úrsula iba a sobrevivirlo. Probablemente se trataba únicamente de un deseo, pero esa conjetura le indujo a adquirir parte de la editora de sus libros, cuando los dueños quisieron asegurarse la continuidad de tan fructífera colaboración. Vio en la oportunidad una forma de ahorro vinculada de algún modo a su propio trabajo, y pensó que dispondría de una bolsa capaz de poner a la mujer a resguardo de las adversidades económicas, una alcancía hecha de vasos comunicantes que potenciaban su caudal.
Úrsula murió a consecuencia del parto en el que nació la niña, una personita, felizmente, llena de salud. Fueron, los últimos, unos meses de desasosiego y sufrimiento y, el hecho de no poder acompañar a Cesáreo en los momentos terminables, debió influir de manera importante en su propio final, aunque los médicos ni lo acepten ni lo descarten. Así que Cesáreo debe conocer esta noticia y poner al día sus pensamientos y emociones. “Dura est realitas, sed realitas”. Ayudando, además, a su hija en la adaptación a la nueva realidad del padre, tras esa especie de resurrección milagrosa. La hija tiene que volver su mundo patas arriba para recomponerlo y asentarlo, teniendo en cuenta que, de su padre, ella hizo el eje vital.

 

 

5.- DE MADRID A MARINA Y A LA INFANCIA

En la vasta y cambiante ciudad de Madrid, donde moro desde hace años, bien avanzado ya este siglo convulso, el que hace el número veinte de la era cristiana, acaban de confirmarme por carta la concesión de un premio literario, cuyo anuncio llegó hace unos días a través del teléfono. Me voy formando, y premian ya una novela hija del esfuerzo y de los aportes recibidos por todos los cauces que en mi desembocan. Valoran en la obra el trabajo de recolector de elementos; mar yo, embalse de caudales que vienen de fuera. De suministros que asimilo lo mejor que sé, para devolverlos transformados en jugos nutricios, producto reciclado y listo para ser consumido. Porque, no lo olvidemos, nada se crea ni se destruye. Soy un mero operario que manipula las esencias, un simple químico en mi laboratorio, tierra de labor a la que han abonado y sembrado; y ellos, los jueces, me consideran creador de personajes que actúan como personas, de sus obras y relaciones, de ambientes y escenarios.
Comunican los promotores de la recompensa la existencia de otros galardonados, un poeta desconocido para mí, un autor teatral de los que ya han estrenado la primera de sus obras y una actriz llamada Marina. Será una coincidencia, pero el nombre me trae a la memoria otro idéntico, oído en el arranque de mi disposición escritora. Correspondía aquel a una muchacha huérfana, tímida, expansiva e ingenua a un tiempo, en cuya presencia soñada he tramado mil planes exploradores del equilibrio precario y de la frágil armonía que la vida ofrece. En la representación acompañaba ella a Teudenio, verdadero acicate para mi fantasía, pues mediante unos cuantos muñecotes y la modulación de voces, explicaba a los espectadores una leyenda medieval conmovedora, historia de amor que superaba a la muerte trascendiéndola.

La cabeza se hace hervidero de emociones, percibo el desarrollo de mi autoestima y en estos instantes me creo capaz de escribir una novela cargada de sentimiento, donde los recuerdos se hagan presente y los deseos se cumplan en todas sus particularidades. Arquitecto sin título ni práctica, me atrevo a edificar un inmueble sobre los sólidos cimientos de la memoria acopiada en mi infancia. Será una casa de vecinos donde los habitantes entrecrucen sus biografías tan baqueteadas, haciendo de ella un reflejo del mundo entero y verdadero. Más aún, del universo íntegro, compuesto de miríadas de planetas habitados por unos seres que se sospechan únicos, aislados y rodeados de éter. Me refiero a esa mínima atmósfera cada vez menos respirable, y a las inconmensurables distancias inexploradas. Seres que se ilusionan y sufren aun careciendo de causa suficiente, llevados de acá para allá por lo visible y lo invisible, por lo de arriba y lo de abajo.
Palencia es mi segunda casa, mi cálido hogar agregado, refugio sólido al que acudo cuando la vida me empuja y me puede. Perseguían mis padres -primer objetivo de su vida dura y propósito, en lo que a mí se refiere, portentoso- el comprometido ideal de labrarme un porvenir, como se decía entonces. Debido a su iniciativa llegué a la ciudad desde Valdepero, donde la escuela unitaria de niños y el maestro esforzado, ya no me podían ayudar con sus lecciones. Sucedió unos meses después de la actuación de Teudenio y Marina; el día concreto e inolvidable del tres de octubre de mil novecientos cincuenta y cinco.
Tal fecha se ha ido consolidado como el segundo mojón en importancia de mi existencia, continuidad del primordial, correspondiente al nacimiento. El traslado del colchón y el ajuar completo en el carro, desde la casa del Arrabal, junto al Arco, hasta la calle San Bernardo de Palencia, inicia el derrumbe del mundo tranquilo que me cobijaba, sustituido por otro de ataques y defensas continuos.

Las primeras noches del colegio soñaba con los animales del corral, esas gallinas ponedoras gobernadas por un gallo en traje de solemnidad, cantando su quiquiriquí orgulloso de la posición alcanzada sin esfuerzo. Con los conejos, a los que alimentaba de amapolas y mielgas, dando utilidad a las malas hierbas de los sembrados. Los gatos aparecían en el sueño, ávidos de caricias, rozándose el lomo con mis piernas; juguetones y serios según requiriera el momento. Con los amigos más acordes soñaba, Cesáreo a la cabeza del grupo, cometiendo diabluras. Así llamaban a nuestras hazañas las mujeres mayores. Quemar la paja de algún rastrojo al anochecer, imitando al sol rojizo que se escondía paso a paso. Coger nidos, saltar las tapias de los cercados y comer las brevas maduras, soltar las presas de los arroyos para liberar el agua retenida, cazar palomas en el castillo, esconder las cadenas y las tornaderas bajo las nías en el verano de las eras. Sí, diabluras y gordas pienso yo ahora que eran, cuando recuerdo que las recordaba en las noches primeras de cada trimestre en el internado de La Salle. Diabluras sin sentido, para las que no encuentro lógica ni la más simple explicación.
En Palencia, con razón bastante, fijaré la acción principal del presente relato: monumentos notables, edificaciones divididas en múltiples viviendas a modo de celdillas de una colmena, calles pavimentadas y paseos ajustados a las riberas del río Carrión. El pasado reciente será el cauce temporal del despliegue literario, suelo movedizo aún sin afianzar. Calibro los mimbres que poseo y aprecio su longitud, flexibilidad y consistencia; si con ellos no trenzo un buen cesto habré de examinar mis manos, es probable que carezcan de la soltura necesaria. Sucede que guardo aún, sin explicación concreta, la huella indeleble de unas experiencias comunes a todos mis amigos, chavales de Valdepero, que no se diferenciaban de los de otros pueblos. Atesoro la impronta de unas enseñanzas pobres que acaso abrían resquicios por donde entraba la luz. Es de suponer que mi mente niña actuaba a la manera de la emulsión en una película fotográfica, donde lo visto y oído quedaban impresos de manera indeleble.

Había libros en casa y los leía por curiosidad y placer. Vaya esa circunstancia por delante, ya que la creo significativa. Muchacho nacido en territorio rural, hijo y nieto de labradores y artesanos de la forja, gente industriosa que se ponía a todo con buenos resultados, en mi primera visita a la urbe de Palencia la encontré evolucionada y moderna. La hallé asentada, eso es bien cierto, en un estadio superior al ocupado por los pueblos próximos. Movida en exceso si la enfrentaba en la balanza a villas como la mía o menores, llegué a ella temeroso, dominado por un recelo incierto ante todo lo que la apartaba de lo conocido. Tal era el número y longitud de sus calzadas limpias, de las plazas ajardinadas, el misterio imponente de las oficinas públicas y el trasiego imparable de personas y vehículos.
Los hechos acaban siendo sus consecuencias: las sensaciones que producen, la profundidad de penetración, la intensidad con que se graban. Los recuerdos procedentes de mi niñez, relacionados con la ciudad, se refieren a sonidos, colores y sentimientos. Nos dormía a los infantes a trechos en la ida y en la vuelta, el monótono runrún de las llantas de hierro al rodar sobre el asfalto, mordiendo el arcén empedrado de la carretera de Santander, antiguo camino real de Cantabria. Fuera cual fuera la luminosidad, la ilusión convertía esos días de viaje en resplandecientes; incluso aquellos teñidos de oscuro por causa de nubes inquietantes. Parecerá exagerado, pero el camino formaba ya parte de la meta; una meta parcial que los chavales deseábamos próxima y lejana al mismo tiempo. Encontrábamos, no obstante, incómodos los preparativos: el aseo profundo, la muda de ropa, el avance de las tareas ordinarias. Llegar hasta las afueras capitalinas en carro nos llevaba en torno a los tres cuartos de hora; y los nombres dados a cada tramo del recorrido, al ser alcanzados, evidenciaban la consistencia de la progresión y la presteza del avance. Consideraba yo numerosos jalones: la Ronda, el corral de Baldomero, el camino de Husillos, el pozo de la Villa, el camino Carrío, las Alcantarillas, el palomar de don Manuel, el Altillo, las Altas, Mambres, la cuesta de la Media Legua, las casillas de los camineros: muchos, es cierto, y tengo la sensación de olvidar alguno. La soberbia vista del Cristo del Otero –fanal de verticalidad- desautorizaba cualquier duda nacida en mi interior más íntimo, acerca de la dichosa existencia de una ciudad encantada, conocida en el orbe por el sonoro y melódico nombre de Palencia. Allí, acababa convenciéndome hasta los bordes de mi capacidad emotiva, de que el prodigioso territorio y su admirable contenido seguían en su sitio de siempre, y a ellos, final y principio, llegábamos.

Comenzaba la aglomeración urbana, arribando desde el Norte, en el pago de El Barredo. Hacía de muralla endeble una fila inclinada de casuchas bajas, rurales aún; avanzadilla o retaguardia ciudadana desilusionante debido a la humildad de su presencia. La acequia, que discurría paralela a la línea de viviendas, siendo por allí subterránea, aparecía al otro lado de la carretera provocando un sonoro rumor de cascada. Siendo cada noche distintas las circunstancias, y hasta diversos los escenarios, en sueño recurrente del que aún hoy me acuerdo, estaba yo en un tris de entrar en la oscuridad de su recorrido oculto, impetuoso torrente que pugnaba por alcanzar la hondura y la libertad de cauce, cuando me despertaba tembloroso y sudado. Origen o resultado, a los nueve o diez años temía yo más que a cualquier otro peligro: caída desde lo alto de un árbol o una tapia, bajada de los lobos del monte, coces y pisadas de las mulas, entornado del carro; a la amenaza representada por el sumidero de entrada. Me imaginaba sumergido en la líquida negrura, hundiéndome y elevándome sin pausa, empujado de pared a pared, lento avance en vertiginoso zigzag, agregando mis gritos al barboteo del flujo, braceando desesperado bajo el agua hasta perder el conocimiento y acaso la vida, una vida apenas gastada. Tal desasosiego me abandonó en el camino de la adolescencia; etapa que, alcanzada, incorporó insensatez a mis actos, pues tomaba a broma los peligros ciertos, al considerar exageraciones de adultos las alarmas recibidas de padres y tíos.

A partir de entonces, un buen trecho antes de alcanzar el carro la vertical de la acequia en su avance tranquilo, encaramado yo a la carga sobre una manta de cuadros parduscos, oía el zumbido intenso del agua despeñándose, y al no ver el pie del tajo lo imaginaba, por lo misterioso, fascinante. ¡Cuánto hubiera dado porque mi padre me dejara bajar hasta la desembocadura! ¡Cuánto por ver de cerca el salto enorme del rabión! ¡Cuánto!, por ser espeleólogo y acompañar, iluminándome con una lámpara autónoma, al alborotado torrente desde la boca negra. Todas mis canicas, seguro, daría; las acumuladas pepitas de albérchigo, los billetes usados de tren y la peonza de aguijón templado. Carente de temor alguno a que me calaran las salpicaduras o terminara ensopada la blusa azul de las fiestas, naufragando el barquito bordado por mi madre sobre el bolsillo del pecho. Bajo un cielo insensible a la dificultad recién superada, con presteza menguante proseguía la corriente su marcha. Avanzaba donándose a las huertas halladas a su paso, activando en ellas la vida vegetal, postrer beneficio proporcionado a la naturaleza, previo a la entrega del remanente líquido al río Carrión, su verdadero padre.
Subido a la torre de costales repletos de grano, carga valiosa que llevábamos al Servicio Nacional del Trigo, único comprador autorizado, niño yo atraído por las novedades, me venía al pelo mi puesto de vigía.

Descubrí desde lo alto del carro, en aquel punto fronterizo de El Barredo, vagonetas cargadas de arcilla -una, dos, tres, cuatro- arrastradas por mulos sobre carriles de una vía férrea demasiado estrecha para tomarla en serio. Su lugar de destino era la cercana cerámica conocida por el nombre del dueño, don Cándido. Factoría productora de ladrillos y tejas de formas variadas, que liberaba, engreída, un humo denso y oscuro, sinónimo por aquel entonces de industrialización y progreso. Observaba –chaval a la conquista de las causas últimas- la merma paulatina del cúmulo de aprovisionamiento de la caravana, un terroso altozano que junto al otero del Cristo se elevaba abreviado, semejando desde mi punto de vista su hermano pequeño. Lo imaginaba transformándose día a día en materiales de construcción; muerte gloriosa recibida a manos de obreros que cavaban sin descanso para alimentar miles y miles de vagonetas, instrumentos ellas –por fuerza encarriladas- de un destino inexorable. Me maliciaba yo, que una vez agotada la arcilla de la más pequeña de las colinas, consumida la menos alta, iban a continuar su labor devoradora en el cerro soporte de le ermita del Cristo. Perjudicando así, a la imagen colosal del Corazón de Jesús, que ofrece o demanda sosiego con las manos abiertas; y el malestar producido por tal posibilidad me agobiaba en secreto.
De la cerámica en adelante la carretera iniciaba un descenso patente, de manera que los carros aligeraban la marcha en ese tramo final de firme adoquinado. Los mayores elevaban entonces el tono del parlamento, tratando de contrarrestar el ruido derivado del golpeteo de las llantas sobre la piedra. Al tiempo, los niños iniciábamos algún cantar que mostraba sin reservas el máximo desarrollo de una alegría nacida a la salida del pueblo. Llegados a la estación de ferrocarril, debíamos cruzar un considerable entramado de carriles resbaladizos. De ellos, la parte superior, estrecha banda de rodadura, mostraba un brillante tono metálico del color gris. Siendo la base de tonalidad oscura a punto de virar al negro, suciedad largo tiempo acumulada.

Si la suerte nos acompañaba y el encargado erguía los varales de la barrera -rígidos dedos que señalaban de manera inequívoca la bóveda del cielo, un techo inestable en cuanto se refiere al matiz y a la forma- apresurábamos el paso, no fuera cosa que bajaran de improviso atrapándonos dentro. Resultaba harto frecuente la imposición de una larga espera: quedábamos quietos tiempo y tiempo con los ojos puestos en los vagones –de común destinados a trasladar mercancías- que realizaban maniobras prolongadas arrastrados o empujados por máquinas de vapor pesadas y ruidosas. En casos extremos, bien porque se hubiera olvidado el guardabarrera de franquear el tránsito, o debido al retraso de un tren que no daba muestras de presentarse, habíamos de iniciar un largo rodeo hasta alcanzar el cruce de los Tres Pasos. La empinada pasarela de Villalobón no era alternativa, por representar un impedimento insalvable para el carro cargado hasta más arriba de las teleras.
A primera vista Palencia presentaba un caserío amplio, cuya disposición en filas e hileras daba lugar a calles de desigual longitud; vías que se entrecruzaban formando en las intersecciones plazas de muy diversa apariencia. Las había sencillas: cuatro esquinas muy juntas; y espléndidas: capaces de albergar vistosos jardines. Calles y plazas que yo veía hormigueadas de gente anónima, transitadas por coches y asaeteadas de sonidos estridentes. Recuerdo con transparencia meridiana -cómo no hacerlo- la calle Mayor y la plaza del Ayuntamiento, ambas distinguidas de las demás por los soportales saturados de tiendas, donde cualquier necesidad podía satisfacerse con dinero.
Irresistibles mensajes me enviaban las pastelerías, ante cuyos escaparates tentadores –ojos brillantes, boca encharcada por el estímulo- me detenía goloso. Arrastré a mi madre más veces de las que acepta la razón –debo mencionarlo, aunque la confesión obre en mi contra- hacia el interior cautivante de un paraíso de aromas, con la insistente demanda de un bollo suizo de peseta; aunque una vez dentro, situado frente al pastelero, cuando ya la suerte estaba echada y todo dependía de mi honestidad y de la tolerancia materna, pedía un empalagoso mil hojas que costaba, a mayores, setenta y cinco céntimos, tres reales exactos más, un poco menos del doble.

Sucedido un día cualquiera, y como muestra del atractivo que sobre mí ejercía la ciudad con su oferta inacabable de objetos maravillosos, menciono aquí otro hecho pintado de un mismo trazo. Ante un vaciador, situado a dos pasos de la Delegación de Hacienda de donde salíamos, vertí lágrimas cuantiosas dirigidas a ablandar la firmeza de mi padre, lagrimones brotados con el fin de convertir su negativa en compasión, ya que no me era dado alcanzar la aquiescencia verdadera y plena. Trataba yo de conseguir con pujos de llanto una mínima navaja, de adorno casi, que en el campo sería objeto de bromas. Pero me llamaban con voz mimosa sus atrayentes colores desde la vitrina, cortaplumas esmaltado en tonos verde, marrón y amarillo. Dos escudos, cortados siguiendo un patrón semejante, que se adherían por la espalda a las cachas, tiraban de mis ojos, ellos de la voluntad y ésta de los pies, dirigiéndolos hacia el interior del establecimiento. Su brillante acero enviaba irisadas ilusiones, envoltorio de mensajes cifrados que solamente yo entendía. Capricho fugaz que, una vez satisfecho, tras pasar una semana de uso intensísimo alejado de mis ocupaciones principales, olvidó la navajita en el cajón del abandono. En esos días tan bien aprovechados, confeccioné chiflos partiendo de una rama de chopo, seccioné los juncos con los que pude tejer un vergajo, usado luego para mantener el orden en el juego de las tabas del castillo y grabé un triángulo dentro de un cuadrado en un álamo seco de los que marcan la dirección a la carretera. Ofrecía la tienda ante la que se manifestó mi antojo vano, la trastienda para ser más preciso, una maravilla de muchísimo mayor interés. Recuerdo aún con nitidez la pintura verde esmeralda que preservaba la chapa de su cajón, el hierro fundido de la boca de entrada, los dos puentes, el molino, los petacos y las cuatro columnas del soporte. Se trataba nada más y nada menos que de las piezas pertenecientes a un juego de la rana perfecto. Un cartelito explicaba su origen: obra artesanal realizada por Nicanor Vallejo en su fragua de Mazariegos. Pues bien, por hacerme con la propiedad de tal sueño, no liberé siquiera un suspiro dado el alto precio de mi tasación, una cifra inaccesible que solo establecimientos dedicados a entretener el ocio de su clientela podían pagar: una cantina o acaso una fonda.

Durante las esporádicas visitas a Palencia –con tal carácter las tomaba; y de cumplido, pues nos endomingábamos- en los viajes realizados a la ciudad, solíamos dejar el carro en las dependencias de la Plaza de Toros, dentro del patio de caballos, arranque de los pasillos que llevaban a los vomitorios y a las gradas pétreas. Algún lejano parentesco debía de unirnos a la familia encargada de la custodia, que tenía allí aposento cómodo: una madre viuda y sus hijas solteras, cuyos nombres me esfuerzo en recordar sin éxito, aunque uno de ellos podía ser Sofía o algún otro coincidente en sonido. Existía, muy próxima, una avenida de considerable anchura, capaz de permitir el tránsito de vehículos y personas. Sumando una banda sin asfaltar, destinada por la Municipalidad al estacionamiento de los carruajes llegados de los pueblos; área que nosotros usábamos cuando, por alguna razón, el coso nos estaba vedado.
En este segundo supuesto quedaba abarloado nuestro carro al costado de otros –de varas o de par, más pesados éstos, más voluminosos- rueda contra rueda, eje con eje, tratando de evitar el roce. Si la estancia iba a ser corta las mulas permanecían enganchadas, trabadas inclusive; era el caso de la Torda, una de esas bestias inquietas de las que cabecean, avanzan o cejan sin venir a cuento. Colgábamos de sus pescuezos las cebaderas, cuyo contenido traíamos ya mezclado. Se formaba la mezcla con abundante paja de trigo y cebada en grano, todo el grano que era capaz de acoger una lata vacía de atún en conserva, un kilo corrido. El pienso, hasta que era unas pocas granzas inalcanzables en el fondo, servía, a más de alimento, para entretener la impaciencia animal y evitar trastornos al vigilante. Era este un mutilado de guerra, empleado municipal de edad mediana, falto del brazo derecho arrancado por la metralla en el frente del Ebro o en la toma de Bilbao –él mismo se contradecía- a quien habíamos de pagar cinco reales en concepto de tasa. En su trabajo debía entrar advertirnos acerca de los ladrones de taleguillas y carteras; prevenciones inútiles, pues eran ellos tan hábiles que no estaba en nuestra mano impedir su trabajo.

Al mediodía, cuando cerraban los comercios, comíamos. Sentados en las tablas reforzadas de la parte trasera del carro, o recostados sobre la pared de la acera, en torno a una manta desplegada a modo de mantel, dábamos buena cuenta del contenido de la fiambrera. Unas veces era lomo en aceite y chorizos curados al humo de la cocina y al débil sol invernizo. Otras, tajadas de carne de vaca con patatas en jugo de tomate, según se terciara. Hacían de tenedor o cuchara y hasta de escudilla, los pedazos de pan oreado, absorbente miga blanca y resistente corteza. Embuchábamos los bocados con la ayuda de algunos tragos de vino de la propia cosecha, traqueteado clarete, que desde la botella o la bota llegaba tibio a nuestra garganta. En ocasiones, la manduca se iba con algún randa hambriento, de modo que nos veíamos obligados a buscar un arreglo rápido. Dábamos unos mordiscos al pedazo de pan relleno de finas rajas de mortadela, comprados –pan y embutido- en la Plaza de Abastos vecina, ahogando el orgullo herido con buches de agua de las fuentes públicas.
El verdadero ambiente ciudadano lo encontraba yo en los comercios de telas y utensilios para el hogar, en las ferreterías antiguas y en los almacenes de aperos de labranza. Las casas tristes y oscuras de los distintos artesanos, tejedor, cacharrero, herrador, guarnicionero, a las que iba acompañando a mi padre, refugiándome tras sus palabras y acciones, eran aún pueblerinas. En particular la del nombrado el último, un anciano achacoso que, sirviéndose de lezna, aguja y bramante embadurnado de pez, confeccionaba arreos resistentes, olorosos del recio cuero que les daba cuerpo. Vivía, en compañía de una hija soltera, en la buhardilla que era su taller, comedor y alcoba; cuyo techo caía hasta el suelo siguiendo la dictadura del tejado. En su parte más baja, cercadas por una alambrera, se criaban las aves. Eran ocho o diez gallinas abastecedoras de huevos frescos, y unas cuantas parejas de palomas, involuntarias donantes de sus tiernos pichones a la gula despertada por celebraciones muy señaladas. Constituían testimonio permanente de la presencia animal, un vulturno cálido, el tufillo característico de los nidales y la algarabía de cacareos y arrullos. Los almacenes, de surtido en apariencia inagotable, me parecían los representantes genuinos de las grandes poblaciones, cabeceras naturales de las aldeas diseminadas por el amplio terreno de su influencia.

Por lo visto y oído nacemos desnudos y desprovistos de defensas, pero quienes nos rodean, familiares o simples allegados, considerándonos parte de sí, tratan con todas sus fuerzas de facilitarnos lo necesario para salir adelante. Cuando nos dejan solos, si no hemos desarrollado nuestras potencias o no sabemos utilizarlas, el miedo al futuro dirige los comportamientos. Dominados por un temor incierto, llegamos a la madurez acumulando objetos carentes de uso inmediato, reservas ficticias que hacemos crecer tanto como nuestro vacío requiere. Asimismo, para no sufrir en demasía, compensamos el constante abandono de proyectos con una creciente capacidad de olvido. Ambas conductas han sido estudiadas por concienzudos especialistas.
Si bien no he caído aún en el acopio enfermizo de provisiones, mi memoria, depósito de tamaño encogido para evitar sufrimiento, se llena con poco; de modo que para admitir nuevos aportes ha de olvidar los antiguos. Y así voy tirando.
No obstante, al leer el nombre de la actriz premiada junto al poeta incógnito y al autor de teatro ya estrenado, al lado del novelista que soy, despiertan en mi mente los recuerdos desvanecidos. Se enciende de nuevo el claror apagado, relacionando a esa tal Marina con la muchachita que despertó mi amor adolescente. No para ahí la cosa; estimulado por los sentimientos y emociones renacidos, seguro de mí, pretendo cobijar a los personajes de la novela que ahora comienzo, en un edificio levantado, ladrillo a ladrillo, con mi propia industria narrativa.
Según mi manera actual de entender la función de narrador, creo necesario mostrar al lector las piedras cimentales. Colabore a ello, pues, esta somera pintura del conjunto vecinal que tan honda impresión me causó en los primeros encuentros. Hablo de la Palencia de mis tanteos adolescentes, territorio interpretado en la época de estudiante interno. Cursé el curso de ingreso y seis años de bachillerato, condenado a prisión mitigada que, no obstante, en los dos paseos semanales y en las vacaciones, me permitió conocer las causas de lo que observaba falto de la explicación oportuna.

En mi cabeza se contraponen la verticalidad y la transversalidad representada por Jolie, la francesa de Auxerre que conocí en el Ateneo de Madrid en algún descanso de lectura, quizá de El Contrato Social. Yo pretendía vivir en profundidad, yendo a las raíces familiares desde el momento, cualquier momento de un mismo espacio, estratos y más estratos que nos cuentan el origen y la evolución intuyendo un futuro consecuente. Le llamaba Jolie y no recuerdo su nombre cierto. Ella decía que debíamos extendernos, ampliarnos a lo ancho, conocer más ambientes, más geografías. El fin era hacernos, en la medida de lo posible, personas universales del momento, de los sucesivos momentos. Eso implicaba cambios en las relaciones personales, amistad y amor sin continuidad asegurada, ausencia voluntaria de hijos. La duda estaba entre ser arqueólogos y constructores de nuestra existencia o exploradores de geografías y de costumbres que nos dieran más posibilidades de acertar. Esa era la disyuntiva. Ahora sé que conjugar las dos actitudes y las acciones consiguientes hubiera sido de mayor utilidad, pero tengo claro que sucedería a costa de alcanzar una intensidad menor. La existencia es un recipiente que el conocimiento debe ir llenando. No se trata únicamente de formar conocimiento y evolución, hay que dirigir la formación recibida, para procurar lo favorable y evitar lo contraproducente. Todo nos influye y debemos elegir. Para incorporar hay que conocer, estudiar, analizar y elegir. Pero la vida es breve y las opciones limitadas. Profundizar o ensanchar: tomemos la decisión que tomemos, estamos condicionados por el transcurrir del tiempo: rápido o lento largo o corto según la impresión de cada uno.
El fin del segundo milenio –veinticuatro años escasos faltan para que concluya- despojado de magia y aún sin definir en sus términos exactos, sin afinar del todo, ha de constituir suficiente atalaya para escudriñar el futuro inmediato. Serán tiempos de esperanza fundada que situarán a los personajes frente a sus propios actos, provechosos, perjudiciales o indiferentes según la condición de cada uno. Va perfilando mi cabeza el discurrir del argumento embutido en su armazón adaptable, cuando se me cruzan obstinadas, interfiriendo, las estampas antiguas de Marina y sus títeres en el callejón de Castaño de Valdepero, en trance de representar la obrita que desencadenó una galerna en mi inquieto interior. A todo ese batiburrillo de mi mente, llega Cesáreo con lo suyo a cuestas. Bueno será que dé cauce a ese surgir espontáneo y vaya luego, ya sin estorbos, a la invención pretendida.

 

 

6.- ALBA GUTIÉRREZ PEÑA

Alba nació en la ciudad de Salamanca, hija de un escritor de talento y de una arqueóloga aventajada, ambos fallecidos a deshora. Es una joven de buena estampa y cursa estudios universitarios en Madrid. Suele aprovechar el momento y su conducta se empeña en obedecer más a la lógica que a las emociones. Está convencida, de que vamos, si nada cambia la trayectoria, hacia una nueva organización social. Ella la ve formada por la conjunción de capitalismo y democracia representativa. Se trata de una simbiosis, en extremo fructífera, que basa su diario actuar en la moldeable opinión pública y constituye un hallazgo histórico destinado a perpetuarse. Eso piensa, y, con ese pensamiento en bandolera, actúa socialmente: ver, oír, pensar, entender y, lo más importante, actuar en consecuencia.
Escribió una frase que pongo aquí, destacada, porque revela la posible síntesis de su herencia: “Prefiero la luna llena, aunque en la noche cerrada me serviría una luciérnaga”. El objetivo máximo como empeño, aunque contempla alternativas asequibles por si la realidad acabara concretándose de otra manera.
La circunstancia de no haber conocido a sus padres, espoleaba inquietudes desde que alcanzó la consciencia, muy pronto porque maduró temprano. “Pregunto, indago, rastreo, escudriño, y lo hago en pos de información fiable. La ausencia de recuerdos alimenta un manantial de preguntas. Todas ellas giran en torno a un solo asunto, mi necesidad de autoafirmarme. La escasez de elementos de juicio propicia la búsqueda exhaustiva, el intento renovado de establecer un suelo sólido, tierra firme, plataforma continental de mis convencimientos y de mis actos. Madre y padre dotados de rostros fijados al papel fotográfico, su manera particular de vida, la irregular pareja que formaban, andando el tiempo han ido debilitando mi confianza”.
Hasta cumplir los diecisiete años Cesáreo fue un muchacho como los demás, cortado por el mismo patrón, cosido con puntadas similares. A partir de entonces su forma de expresarse, su manera de hacer, denotaban una personalidad definida y bien diferenciada. Luego comenzó a viajar, Francia como primero de sus destinos. El alejamiento y la separación se rompían en las esporádicas visitas, reducidas de modo progresivo hasta quedar en dos anuales: fechas opuestas de la Navidad y el corazón del verano. Desde allí, París y periferia, llegó a la Europa más cercana. Oros países de otros continentes lo recibieron a continuación por motivos de trabajo.
De Úrsula destacaban, en la primera juventud, la afición a los estudios y la necesidad de aprender, el dominio de las situaciones difíciles con la sola herramienta de la facilidad verbal, su imperioso deseo de vivir y, por encima de todo, su amor a la naturaleza. Alba confiesa que, debido al desconocimiento de particularidades acerca de la vida de Cesáreo y de su convivencia con Úrsula, en la época del colegio sintió el peso de la orfandad en cualquiera de las facetas consideradas. Sorprendía reservas, rumores, palabras apenas unidas que cortaban su hilo al acercarse, y se supuso hija de amores ilícitos, desdeñados por la sociedad. De ahí, a pensar que su padre fue un aventurero escapado de sí mismo, hecho a la vida fácil y a la francachela, que murió, como suele ocurrir a individuos así, víctima de su mal gobierno; solo había un paso y, en determinados momentos, lo dio. En contra de esa suma de ecuaciones mentales, las fotos vistas por Alba pertenecientes a la madre, retratos de distintas edades, algún paisaje roto por su presencia en traje de faena, rodeada del equipo de colaboradores junto a cualquier yacimiento, revelaban una evidente cordura, un equilibrio bien visible.
Pasó Alba su niñez entre la villa de El Escorial, al amparo de los abuelos maternos; y el señorío de Valdepero, junto a la familia de su padre. Se vio rodeada de cariños disímiles que le hicieron despegada y a la vez egoísta. El despilfarro estaba condenado en ambas casas; se huía de él con naturalidad, de manera instintiva, en manifiesta independencia de la situación económica. El gasto desmedido se veía pecado, transmitía la mala suerte y propiciaba el regreso de los tiempos de escasez, esperados con temor por recurrentes. Tal proceder constituía actitud refleja, como el respirar o el ceder a la invasión del sueño nocturno. El colegio le puso al tanto de las materias y los modos necesarios para destacar y defenderme, en una sociedad perseguidora de la abundancia renovada.
Escribió la hija pensamientos que la revelan inteligente y pensadora, muy por encima de lo que cabía pensar dada su aparente desorientación. “No deseo mandar ni ser mandada, y tengo por invención humana la compleja idea de la divinidad. Es cierto, siento que el Estado me oprime y me encarrila, y que la propiedad privada alcanza con frecuencia altos niveles de injusticia. Sí, opino que el federalismo es la mejor forma de organización social, si hemos de encauzar la marcha de un país tan variopinto como el nuestro. Veo avanzar el mundo hacia la uniformidad, monotonía del gris, agitado por los antagonismos nacidos de las diferentes interpretaciones del dogma imperante. El enemigo común, acicate del conjunto, es una idea abstracta que cada colectivo concreta teniendo en cuenta sus propios miedos. Nos espera un inquietante porvenir, idóneo para incrementar las diferencias sociales, desencadenante de cataclismos que pondrán a prueba la quebradiza individualidad que trata de levantar cabeza”.
Excediendo la noción de meta perseguida, interpretaba la libertad como un sueño renovado, horizonte escondido detrás del horizonte. “Debe saberse que divido el itinerario en etapas y marcho con los cinco sentidos puestos en el suelo que piso. Dígase lo que se diga, en nuestro mundo la violencia somete cada día a la razón. Si bien la brutalidad del individuo aislado, más mal que bien se va neutralizando, el atropello colectivo acaba siendo un medio válido para conseguir cuanto la razón y la justicia niegan. Prueba este aserto un hecho evidente: entre los humanos, la prohibición de matar congéneres no es absoluta; caben excepciones tan alarmantes como la guerra, donde se ordena esa conducta y se premia”. Aun así, añado yo, seguimos considerándonos demócratas y civilizados.
Leía cualquier escrito caído en sus manos, y quizá por un deseo de imitación filial o porque la sale de dentro, no sé; el caso es que fija al papel desde hace tiempo sus impresiones, sus sentimientos, las reacciones internas que le provoca lo exterior. “Quiero y puedo, en resumen; y el momento actúa de catalizador, de resorte, de estímulo, de punto de partida. Resistente palanca los pies, hincados en el punto de apoyo de la tierra, para que las piernas impulsen el cuerpo”. He leído varias veces esta declaración y la hago mía; así me siento yo cuando escribo. Supongo que les sucede lo mismo a otros escritores.
“Lucha hasta el equilibrio”, “La vida antes que nada”. Alba hizo propios estos lemas, el primero de Cesáreo y el segundo de Úrsula. Aún permanecen, grabados en placas de cobre, sobre la tapa de dos arcones donde se guardan, separados, los recuerdos de ambos, sus progenitores. Siguen estando los documentos, en las casas de los abuelos, disponibles para los familiares y los investigadores que allí van.
Creo que no ha cambiado mucho la Alba que conocemos por lo leído en este capítulo cuando la encuentra Cesáreo, su padre, superviviente de un ataque a cuchilladas tras meses de recuperación hospitalaria entre la vida y la muerte. Vamos a ser testigos afortunados, lectores ustedes que hasta aquí han llegado, y yo relator emocionadísimo. Se trata de presenciar el momento crucial de la existencia de ambos, hija y padre desconocidos el uno para el otro hasta ese mismo momento. Instante del conocimiento mutuo, del abrazo eterno destinado a fundirse para separarse distintos.
Sucede en Madrid, salón de actos del Ateneo, donde se citaron para la esa ocasión irrepetible, como si se tratara de dos amigos que van a oír una conferencia de su orador preferido. No llegaron a entrar, se sentaron juntos en la sala de la Cacharrería, vacía en esos momentos. No hay abrazo fuerte en el inicio, ni un apretón de manos, solamente miradas cruzadas y silencio a punto de romperse. Se rompe de repente, grita los nombres de ambos cruzados y, entonces sí, la fusión física y química de los tiempos y los espacios. Hablan los dos a la vez, hasta que se dan cuenta y los dos callan para comenzar de nuevo con algo de orden. No hay llegada a los orígenes ni al ahora, se dicen la impresión recibida y la alegría desbordante desbordada. Se refieren a la madre, la arqueóloga incansable, y a lo que la hija estudia y lo que la gustaría hacer. Bendicen a los médicos que han permitido el milagro del encuentro imposible, y ella relata a su padre, casi palabra por palabra todos los libros que él escribió y ella ha leído: Con mayor énfasis, Guerrillero en Chiapas, La viga del Carpintero y Desde el centro de la Tierra, denotando sus preferencias. Termina la conferencia y la Cacharrería se llena. Ellos se van a donde los pies los lleven y los pies los suben por la calle del Prado a la plaza de Santa Ana. Se sientan en un banco vacío y Cesáreo pide a su hija que le ponga al día de lo que ha sido su vida. Alba va desgranando, comedida y exaltada en momentos inmediatos, poco más o menos lo que al principio de este capítulo he tenido el acierto de poner.
Sobre la madre, oye Alba decir a su padre lo que en el capítulo Úrsula Peña se explica, asegurando que fue una mujer extraordinaria, dotada de inteligencia y capacidad de trabajo fuera de lo común. Se amaron con un amor inacabable, cuya intensidad no aflojaba en las periódicas separaciones, que hubo muchas más de las que estaban dispuestos a aceptar. Hicieron planes de trabajo tendentes a coincidir el mayor tiempo posible, pero ni así. No se casaron, es cierto. Fue una decisión aceptada por ambos desde el principio. El matrimonio, convertido en el cementerio del amor y de la libertad, los asustaba. Rutina tras rutina y obligación subida a la obligación: no querían eso en forma alguna. Lo entendió Alba, aceptándolo como razón terminante. Quiso Cesáreo explicar las consecuencias de su curación final señaladas por los médicos. Episodios intermitentes de dolor muscular intenso, que le postrarán en el lecho durante semanas. Exigió la hija la promesa de acudir a ella cuando eso sucediera, para compartir el dolor, suavizándolo con su presencia y atenciones.

 

 

 

7.- PALENCIA

En mis años jóvenes, de natural inquieto y averiguador, Palencia y todo su significado, gentes, geografía e historia, me absorbían. Yo aceptaba la situación algo aturdido, puesto a resguardo, silencioso y prudente; pero en el fondo, contento, satisfecho y orgulloso de transitar el lugar y el momento. Seguía yo a mi madre distrayéndome a cada paso con lo visto y oído, hasta que ella, temiendo un extravío entre la gente, tomaba mi mano. Tras cruzar la férrea construcción de la Plaza de Abastos, nos dábamos de bruces con el bello edificio de la Diputación; luego venía don Sancho, una calle solemne, salpicada de comercios de empaque, llegando a las diversas posibilidades ofrecidas por los Cuatro Cantones que me desorientaban. Pasábamos ante la Oficina del Banco de España, y allí conducía a mi conductora hacia el portal, con el fin de ver los leones de mármol. En un periquete, por General Amor, llegábamos al pasaje privado de la fábrica de gaseosas Prádanos; lo recorríamos a hurtadillas procurando no ser vistos por el encargado y, al salir, ya estábamos en la Rinconada.
Mientras mi padre procuraba agua al ganado, sirviéndose de una herrada traída en el carro, yo, potrillo tras la yegua, nada más comer, hacía el recorrido mencionado. Iba mi madre al encuentro de sus hermanas, deseosa de conocer las novedades producidas en las circunstancias, la salud primando sobre las demás. Ocupación que llevaba el encargo añadido, de llenar el tiempo muerto existente entre el término de la comida y la apertura de los comercios.
La Rinconada de San Miguel -espacio libre tras la célebre iglesia, a medias fortaleza y templo- sus aceras de cantos rodados, el pedregoso suelo, duro tapiz sobre el que los muchachos jugaban al balón -mis primos compartiendo tiempo de asueto e inquietudes con otros de una edad pareja- me mostraron la verdadera animación de la ciudad. Sucede que la Rinconada, por aquel entonces, rebosaba vida. Cohibido yo ante chavales tan despiertos, tan osados, tan parlanchines; dueños de expresiones cortantes, definitivas, alejadas de las oídas por mí a diario, más sonoras, más actuales; apenas participaba. Apabullado por su palique y desenvoltura quedaba a la espera de una oportunidad que me tornara existente para ellos, digno de consideración. No sé qué porción del pretérito hubiera alterado con tal de dominar en aquellos momentos la técnica del juego, por saber contar chistes graciosos en tiempo propicio, por correr más rápido que ninguno de ellos; pero, acostumbrado a la muelle yerba de las eras, me encontraba torpe y los guijarros suponían para mí un obstáculo insalvable.
In illo témpore abundaban unos triciclos portadores del depósito de acarreo delante del ciclista; los vi en sucesivas ocasiones trasladando gruesas barras de hielo, artículos de limpieza, botellas de refresco, piezas de pan o cajas de frutas y verduras. Bordeaba junto a mi madre la plaza en dirección a las tiendas de la calle Mayor, y los observaba curioso, creyendo descubrir en ellos la más sencilla de las expresiones de actividad y progreso, el primero de los pasos dados en ese rumbo. Los jóvenes repartidores impulsaban aquellos velocípedos de carga merced al gran esfuerzo concentrado en los pies, y los conducían, carentes de manillar, forzando con las manos un tirante horizontal que iniciaba el arcón delantero. De modo que se contorsionaban como azogados cuando el peso de las mercancías era extremo, y exhibían su destreza dibujando florituras próximas a lo circense en sus cómodos viajes de vacío.
Uniforme de pana marrón y gorra de plato de la misma tela, si es que la memoria responde a mi requerimiento, me resultó insólito ver a los hacendosos barrenderos en plena tarea. Iban tras el carrito de chapa galvanizada y el escobón de ásperas raíces prendido en su engarce. Los veía empeñados en la recogida de un rosario de excrementos que las caballerías de tiro dejaban como testimonio incontestable de su paso. Bosta apreciada que ciertas vecinas algo atrevidas les solicitaban para abonar los tiestos: geranios, alegrías, begonias, reducidos rosas de pitiminí. Guardias del orden armados de su orgullo, inquietos agentes de la circulación, mujeres presurosas, varones desorientados, algún ocioso: gentes muy diversas recorrían tal encrucijada. La realidad quiso que mi imaginación llegara al paroxismo, cuando, en sucesivos días, acerté a cruzarme con dos personas insólitas. Un oriental de ojos rasgados, y una joven de piel tan oscura como la de las antropomórficas piezas de cerámica que hacían de hucha en la colecta del Domund.
La casa de mis tías se abría a la Rinconada, parte dorsal de la iglesia, mirándola de frente a las espaldas. Carente de sótanos, a ras de la calle el portal aceptaba las puertas de dos trasteros. Encima, accesible a través de una ancha escalera dotada de banzos de pino, barandilla de férreos balaustres y arambol de roble, se encontraba el piso de la tercera hermana de mi madre. Era ella una mujer fuerte, amable, abierta, sencilla, buena; y vivía allí con su marido, miembro de la policía armada, y dos hijos varones, primos de confianza plena. En la planta de arriba habitaba la mayor de los hermanos vivos, hembra sufrida, trabajadora, silente; que vivía entregada al cuidado del esposo, un mecánico experto en maquinaria y motores de explosión, y de los hijos, dos chicos y tres chicas. El primogénito, hasta entonces brillante ingeniero en una empresa nacional de automoción, padecía alguna deficiencia arterial que lo iba incapacitando. La escalera alcanzaba, según creo, en un último tramo apenas usado, un desván intuido al que no subí nunca o no guardo de ello memoria.
Desprovistas de corrales y paneras, así como de cualquier forma de alojamiento animal: cuadras, gallineros, conejeras, establos; en las viviendas de esa casa descubrí yo la original forma de vida doméstica imperante en la ciudad, tan distinta de la establecida en el pueblo que parecía de otro país, de otra época. Singulares sonidos y olores inconfundibles, desconocidos por mí en su totalidad, nacían en cocinas faltas de un hogar que diera cobijo a las chamadas de leña y a la paja de cereales, donde pucheros renegridos cocieran con parsimonia garbanzos o alubias, y sartenes dotadas de tres patas frieran los huevos añadidos al chorizo o a los torreznos de hebra. Asumía la función completa, un horno de carbón al que nombraban cocina económica o bilbaína, por ser en Bilbao donde se fabricaban, fundición salida de los hornos altos, según creo. Entreví su vientre en ignición perpetua, infierno dominado que calentaba el recinto a la vez que varios peroles, la olla a presión, una placa metálica y el agua contenida en un breve depósito equipado de grifo, mínimo surtidor que liberaba un chorrillo blanquecino a punto del hervor, provocando murmullos de ordeño.
Estuve muy grave de niño –alguna enfermedad relacionada con la garganta o el vientre, capaz de afectar al corazón de no oponer eficaz remedio de manera inmediata- y para tener a mano al médico me dejaron mis padres en casa de la tía del primer piso. El practicante debía inyectarme penicilina con exagerada frecuencia, y a mí se me hacía cuesta arriba indicar el punto exacto de la punzada, cuya elección, dentro de un área delimitada por él, pasó a ser cosa mía; ¡ya ven qué gran privilegio! Era don Basilio un adulto de mediana edad con talla de niño aventajado, y lo acompañaba su hijo, crecido muchachote que seguía los pasos profesionales del padre, aunque necesitara agacharse al cruzar el dintel de las puertas. La ele y la i; me hice amigo de ambos y terminé compartiendo sus bromas sutiles, las mismas que al principio herían sin saberlo mi orgullo encogido. Conquista de calidad, aunque no lo parezca, porque toleraron los sanitarios sin enojo grave, hasta con algo de broma, que arrancara de mi carne la aguja antes de inyectar el específico, la única vez que sentí el dolor del pinchazo, clavándola luego en el relleno insensible de la almohada. Hubieron de hervir de nuevo el aguijón y perdieron un tiempo, para ellos, en temporada de gripe, precioso.
Aprendí, en la época de mi convalecencia, que entre mis tías y mi madre primaba el parentesco sobre las diferencias aportadas por el modo de vida. Eran hermanas, y las concordancias de los recuerdos superaban a los desajustes que habían ido llegando. Mostraban la frente ancha de mi abuela, el delgado timbre de voz, la forma de disponer los cubiertos en la mesa, los padecimientos derivados de la mala circulación de la sangre y el rechazo del despilfarro y la mentira desarrollado en su niñez. Facetas opuestas al mayor o menor cuidado estético y al color de los vestidos: mi madre tonos variados del gris y del marrón, mis tías conquistando parcelas del azul, el verde, hasta del amarillo. Conocí en ese tiempo que mi padre y mis tíos compartían valores transcendentes, un crecido aprecio de la tierra y de los animales domésticos, la constante inquietud por el porvenir de los hijos, la prevención ante los cambios y las novedades: “quietos hasta ver”, parecía ser su lema ante lo imprevisto. Y ese convencimiento de homogeneidad me acercó a mis primos, chavales preocupados como yo por la posición lograda frente a los otros: inferioridad, equivalencia o predominio. Ciudad y campo: forma despareja pero idéntico fondo.
De improviso comprendí que, azacanes del campo y todo, nos necesitaban; y me invadió un orgullo de modo de vida nunca sentido, que pugnaba por exteriorizarse en las conversaciones. Agricultores y ganaderos de los pueblos próximos contribuíamos a proveer su despensa a diario. Pan del trigo cultivado en las tierras llanas, lentejas y garbanzos arrancados a las laderas, carnes tiernas y sabrosas de lechazos churros, pollos y conejos de nuestros corrales formaban el común de su dieta sana. Añado leche y queso de oveja, huevos de gallina, frutas y verduras regadas con el agua del Carrión, de los arroyos, de algún pozo. Aún hay más, nuestras compras salvaban los balances anuales de sus comercios. Por si fuera poco, el artesano que forjaba primores de hierro muy cerca del Puente Mayor, en cuyo taller compramos mi tía y yo soportes colgantes para los tiestos de los balcones, era un herrero que, en Ampudia, aguzaba las rejas de los arados o templaba goznes y cerrojos para las puertas. El jardinero encargado de regar las plantas del Salón, fue no hace tanto hortelano en Rivas de Campos. Nos proveían de aperos y herramientas, sí; aunque sin nosotros no podrían vivir esa vida fácil, ese cómodo pasar que sustituye el cultivo de los productos y el cuidado de los animales por la compra de lo necesario en las tiendas. Somos como ellos: me dije, por aquel entonces tan lejano: son como nosotros. Pero no acabó ahí el cotejo, prosiguió a lo largo del tiempo y a lo ancho del espacio, un año y otro, aquí y allá. Salíamos perdiendo, salíamos ganando.
Después vino la época de estudiante, agridulce; siete largos años, día y noche, sujeto a la disciplina del colegio, calle de San Bernardo esquina a Colón, estricta, incluso cruel con algunos y para otros laxa. Tortas, reglazos, capones, patadas, castigos humillantes; alfombras al paso a ciertos apellidos bien conocidos. Los compañeros, internos y externos, me descubrieron la gran variedad de caracteres existentes, los distintos orígenes y metas. Filias y fobias, coincidencias y disparidades, me entregaron compañeros de juegos y amigos entrañables. Ellos formaban parte de la ciudad, de la provincia, y por su mediación entendí a Palencia. En el recinto estudiantil conocí personas que habían encontrado allí su modo de vida, señoras de la limpieza, personal de la cocina, camareros, repartidores de los almacenes; y en las charlas mantenidas con ellos fui acumulando preciosos elementos de juicio.
Buhardillas, chimeneas, ropa tendida, alcobas abiertas a la ventilación y a la mirada, amas de casa en continuo trajín. Desde mi atalaya, ventanas altas de la clase, fui incorporando a mi acervo una ciudad poco vista, tejados de distintas hechuras y materiales, reveladores de las diferentes estructuras que los sustentaban.
Breves por necesidad, en el presente se van haciendo habituales mis estancias en la ciudad de Palencia. Me llaman para dar conferencias o voy por iniciativa propia con el fin de presentar mis libros. Suceden, además, acontecimientos familiares de suma importancia: antes bodas y bautizos, comuniones; ahora, enfermedades y muertes.
Si dispongo de tiempo, impulsada por la memoria, la voluntad me conduce a la Plaza de Abastos, estructura de hierro capaz de entusiasmarme casi tanto como la catedral. Aprecio la fábrica espléndida durante un buen rato, hasta que me saca del ensimismamiento el ajetreo incansable de quienes vocean las virtudes de los productos en venta: escasos, distintos, recién traídos del lugar de origen –tierra o mar- en posesión plena de los numerosos beneficios dietéticos y gastronómicos reconocidos. Se apodera de mi atención el inquieto ir y venir de los que buscan el precio más bajo: unos por necesidad, otros como aventura. Al modo de antes, la limpieza sigue encomendada al agua; calderadas, baldadas o chorros a presión arrastran cualquier impureza, dando al comprador confianza en la higiene y frescura de lo que allí se expone. No veo, sin embargo, aquellas plantas exóticas –alguna variedad de helecho, a mi entender- que servían de cama al pescado en cajas de madera con agarraderos flexibles, trenzas de esparto insertas en las tablas por ambos extremos, anudadas para evitar su escape y el derrame del contenido. El hielo, aunque se continúa usando, mejorado su efecto por las cámaras de refrigeración eléctrica, ya no se precisa en aquellas cantidades ingentes que desde la captura a la última entrega arropaban pescadillas, bocartes, sardinas, lirios, chicharros, fanecas, lochas y hasta carne de ballena en ocasiones contadas, una o dos veces al año. Compro lechazo de Baltanás, si sucede que no lo hay de mi pueblo, aún más gustoso. Lo encuentro en una carnicería que lo vende churro y de un tamaño apropiado: siete kilos y medio, ocho quizá; más livianos, han compartido ubre, seguro; y de mayor peso, pueden haber pastado junto a las madres. Con todo, Ángel, el cortador, conoció a mi padre y a mí no me engaña. O eso creo, pero vete a saber.
Frente al gran mercado echo en falta la antigua Plaza de Toros, construcción monumental que recorrí palmo a palmo cuando era aún un chiquillo. Puede que se formaran aglomeraciones de aficionados durante las fiestas, pero el valor del suelo liberado aceleró la demolición, de ello estoy convencido. Los propietarios, echando sus cuentas, verían claro el provecho: se iban a vender a precio de oro el espacioso solar y los materiales: hierro forjado y piedra labrada. Balconadas de férreo antepecho y adornos laterales, columnas trabajadas por artesanos, soporte de los techos en las andanadas. Traídos a carretadas desde Valdepero, los asientos de roca caliza formaban gradas y contrabarreras, circunferencias concéntricas seccionadas por los radios de los vomitorios. Yo dibujé su interior y don Roque, el maestro, premió mi trabajo, situado a medio camino entre lo lineal y lo artístico.
Una urbanización cerrada, embellecida por las plantas que proliferan en el patio central, ocupa el espacio donde en tiempos pasados se erguía severo el coso; un suelo embaldosado en vez de la arena de las dolorosas victorias; y multitud de ventanas y terrazas haciendo de palcos. Situado en el estudio de mi domicilio madrileño, apuntando cualquier ocurrencia aprovechable, pienso que un conjunto como ese bien podría acoger la trama de mi próxima novela, porque allí, en apariencia, cuadra. La nueva construcción, abierta al ágora central, resultaría el escenario adecuado para desenvolver a la perfección el argumento. Mas en cuanto me adentro en el reparto de los personajes veo que conviene un número reducido, porque en ese universo la convivencia no se estrechará tanto como mi historia demanda. Yo preciso una comunidad articulada, donde el territorio común y los intereses del conjunto propicien el entreverado de las conductas.
La Rinconada de San Miguel, por el contrario, se acerca a mi idea con acople de vaina para la espada, con ajuste de cauce para el río, funda de cuero flexible que adquiere la forma protectora del objeto enfundado, guante y dedos desnudos. Ya sé, no existe en ella la edificación necesaria. Pero un escritor abarca entre sus muchos oficios el de arquitecto, y pretendo construirla siguiendo los planos desplegados en mi mente. Por esta licencia argumental solicito el perdón del lector, a quien me debo una vez atendidas mis propias razones.
Sobre la bruma levanto la casa, sobre el cenagal inhabitable, sobre arenas movedizas, sobre las cambiantes formas marinas y, sin embargo, resulta sólida como un castillo aferrado a la roca que le da cimiento, asentado en la peña con la que suelda unidad perenne. Sucede así porque provengo de mi infancia y de mi tierra, y las amo a ambas con un amor sincero, que si no es el mismo se le parece como una gota de rocío a una lágrima. Resultará recreación para quienes conocen el lugar y el tiempo, porque se establece en la desvaída postal formada ante mis ojos durante aquellos años tan distanciados del hoy. Descansando en ella, y en algunos detalles grabados en mi cerebro virgen que actúan sin apenas percatarme, voy a fundar una sociedad que sirva a la fábula y se beneficie de ella, una convivencia propia de personas de carne y hueso, capaces de concebir sueños en apariencia irrealizables y de luchar con empeño por su concreción.
Espolea mi magín el acicate del premio recibido, vigoriza mi afán un amor traído por la casualidad al plano del presente; y tan alto grado de osadía alcanzo, que se manifiestan estos instantes previos con visos de ser los más favorables de mi vida. Puede que no sea cierto, pero si todas las potencias actúan orientadas por una misma batuta, la magnífica sinfonía resultante les corresponde. Y eso es a la postre lo que cuenta.
El veintitrés de abril, efeméride de fuertes resonancias literarias, Shakespeare y Cervantes uniendo sus biografías, encuentro a la actriz de nombre Marina en la entrega de los galardones: novela, teatro, poesía; y me esfuerzo en descifrar en su rostro las huellas antiguas. Conservando rasgos en las facciones que me hablan con alguna familiaridad: aquel cabello rubio, la misma mirada luminosa, su tez rosada y la naricilla chata; concluyo en afirmar que, Marina la actriz, es mi adorada Marina. La “Asociación Cultural Yunque de Papel” entrega sus premios anuales a última hora de la tarde. La ceremonia, celebrada en el salón noble de un hotel prestigioso, reúne a gente heterogénea: desde personalidades pertenecientes a cualquier parcela literaria, hasta aprendices de todo, pasando por directivos de distintas asociaciones, algunas recién promovidas, dispuestas a ser partidos políticos en cuanto lo autoricen. De manos del presidente, un marqués de ilustre apellido, Marina recibe la placa conmemorativa y la dotación económica correspondientes a la mejor actriz. Habla el entregador con encomio del papel defendido en “Tartufo o el Impostor”, la tan traída y llevada comedia de un Molière controvertido. Al parecer, bordaba Marina a diario la Mariana, hija de Orgón y prometida de Valerio.
A mí me entrega la placa, con el sobre económico de narrativa en la modalidad de novela, una dama de edad provecta, protectora financiera de “Yunque de Papel” en los azarosos momentos iniciales. Lee con voz temblorosa unas líneas en las que elogia “Ad memoriam”, doscientas ochenta y cuatro páginas que inventan la persona de un escritor intercalando el contenido de sus escritos. Nos ofrecen una cena íntima a la que asistimos, entre premiados y premiadores, unas treinta personas. A su término, actriz y novelista, Marina y yo, el niño que ella recordaba, paseamos sin prisa dejando al azar la tarea de fijar el itinerario, absortos en una conversación que primero iba para atrás y luego, afianzada, se atrevía a ir hacia adelante.
Liberando como libera en mí la mujer un cúmulo de emociones apretadas, embalsadas en las profundas interioridades: el cariño sentido por la muchachita huérfana, los poemas inspirados en la ingenuidad y en su belleza creciente; y desarrollando en el presente una simpatía que, a mi entender, se apoderó de la sala iluminando la ceremonia, hablamos de la importancia del premio recibido para pasar al instante a exponer nuestras propias vidas y llegar a la niñez. Allá coincidimos: en el callejón de Castaño de Valdepero, en la leyenda de La espada invicta de Bernardo, en Teudenio su protector. Ella es la adolescente que modulaba las voces infantiles y femeninas, emitía los sonidos más convenientes a la acción y llevaba los muñecos al son dictado por el argumento. Ella es la adolescente porque la lleva dentro de sí, junto a las otras Marinas que ha ido logrando ser con la intención y el empeño.
“Cuando la acción se enmarañaba de manera que los brazos de padrino y ahijada resultaban insuficientes, o cuando el argumento reunía en primer plano a un número desusado de personajes y se requería sumar voluntades diestras, Teudenio solicitaba voluntarios entre los entusiastas de su arte. En esas me hallaba aquel doce de junio, víspera de San Antonio Abad; pues nada más comenzar los preparativos quise iniciarme en los entresijos de técnica tan sorprendente. Debido al natural curioso acumulaba yo fama de muchacho despierto, dado a la historieta y a la fabulación; y revoltoso hasta un milímetro antes de lo intolerable. Nada extraño le resultará al lector que, con todo ese bagaje a mis espaldas, llegado el momento de reclutar colaboradores estuviera un servidor entre los elegidos”.
El entrecomillado obedece a que ha encontrado mi mente el texto que escribiré más tarde, formando parte del relato de la Espada de Bernardo, incluido con plena satisfacción en el libro que llevará por título: 24 cuentos pluscuamperfectos. Así me convenzo de ser yo el muchacho inquieto que ofrecía su voz aguda y sus manos ágiles; el precoz aventurero que quiso seguirlos en sus zigzagueos, rectas prolongadas, curvas abiertas y frecuentes cruces de caminos. Yo soy el chaval vivaracho y diligente que, en estos momentos es, además, el escritor premiado. Sucede que, como dice mi amigo Cesáreo: todo tiene un porqué. Me viene a la mente su nombre, supongo, porque otro de los niños que movía las manos convertidas en muñecos, en el fondo del carro de toldo, Callejón de Castaño, era él.
El amor, palanca y punto de apoyo, eleva el suelo de nuestras pisadas a la altura de las estrellas más altas, situándolo por encima de la Osa Mayor y de la constelación de Piscis. Es verdad, en el espacio no hay arriba y abajo. El amor, fuerza imparable, empuja el mundo hacia su objetivo, perpetuando las especies en una selección perseguidora de lo sublime a través de lo práctico. El amor, delicioso vino, enturbia el pensamiento y nos separa de la bestia acercándonos al ángel; de quien nos separa, si seguimos bebiendo, para regresarnos a la bestia. Se conoce de antiguo que la fe mueve elevadas montañas, pero es preciso decir que el amor, con ellas, rellena los profundos valles facilitando la marcha del hombre. El amor, cataclismo natural, con otros de su misma especie, ajuste de placas tectónicas, volcanes, terremotos, ciclones; ha configurado la geografía terrestre como hoy la conocemos.
Sin sombra de duda poseo el convencimiento de estar enamorado, y en tal estado de alucinación las personas desarrollamos la fuerza de los cíclopes, la intención pura de los dioses y la capacidad de trabajo de los héroes mitológicos. Digo amor y la palabra es todo; un punto ínfimo que contiene íntegro el Universo, enormidades y pequeñeces. Mi boca pronuncia el nombre del Cosmos, y lo veo compuesto por un sinnúmero de galaxias interminables, amenazadas por los agujeros negros llenándose. Sin duda soy un ayudante aventajado del Demiurgo que hace y deshace. Colaboradores los humanos, si no con nuestra conformidad, al menos con nuestra tolerancia.
“Murió al poco Teudenio”: me revela la ejercitada actriz; y al anunciarlo, sus ojos se bañan en lágrimas de pesadumbre y nostalgia. Se fueron en uno el concienzudo tutor de la niña, el hijo necesitado de la madre, el hermano pendiente de la hermana, el maestro dedicado a la alumna, el amigo preocupado por la amiga. Murió el protector, quien hacía las veces de padre, y hasta el verdadero padre si las sospechas de la niña poseían algún fundamento. Desapareció el rodrigón al que se agarraba su desarrollo, viéndose la adolescente sola; dueña, hasta la última cana, de un asno tozudo, de un carrillo de toldo preparado para la representación y de unos trapos tejidos con los sueños que la mente humana anima. Quiso continuar el derrotero emprendido, pero no halló a nadie que supiera historias y las compusiera para la representación, a nadie que moviera los muñecos con la naturalidad del anciano prematuro; no halló a nadie que la empujara sirviéndose del empuje de su ejemplo, a ninguno que convirtiera la rutina diaria en sugestivo episodio de un todo colmado de interés.
Recibió cuatro perras por asno y carro de unos buhoneros que, al casarse la hija, partían en dos la tribu. Las monjas de un convento al que entró a solicitar pan y agua se hicieron cargo de su educación de novicia, hasta que otras inquietudes y la mayoría de edad la pusieron de nuevo en el camino. Entonces representó comedias añadida a un grupo de teatro provinciano. De compañía en compañía, de papel en papel, fue perfilándose actriz, capaz de vestir cualquier piel ajena. Le concedieron el premio, hermano del mío, y nos premió el cielo con un encuentro soñado pero impensable. Nos vemos a diario desde aquella noche; incansables de la compañía que nos damos, felices de la felicidad vista en el otro. Nos queremos y formamos una alianza destinada a alcanzar la felicidad escribiendo historias y representándolas.
Progresamos rápido en el conocimiento y en el aprecio mutuos, lo digo porque tres semanas después, mi mente diseñó planes para vivir con mi amada. Habitante yo de una amplia buhardilla situada entre las plazas de Ópera y Oriente, dotada de un ventanal abierto a los jardines de Sabatini y a la Casa de Campo, es decir, localizada en el Madrid que más me gusta; convencido partidario, por añadidura, de la permanencia cuando se ha logrado la estabilidad; no sabré oponerme a su persuasiva manera de invitarme a seguirla si se produce algún día. Es que el amor tiene mucho de virtud teologal, y empuja a los enamorados, al igual que la fe, a emprender aventuras cuya conclusión requiere escalar montañas o adentrarse en procelosos mares con el ánimo de atravesarlos.
No es gran cosa su apartamento, pero cuenta con todo lo necesario para albergar nuestra vida en común, más los restos de individualismo, si algún día decidimos vivir juntos. Dos alcobas y un salón mediano, cocina, cuarto de baño y aseo, con otra habitación que hace las veces de escritorio, en cuyas paredes se pueden fijar anaqueles, improvisados a partir de tablas resistentes. Serían idóneos para soportar el peso de mis libros, los que releo a intervalos desiguales y me acompañan siempre. Tendríamos, si llega a serlo, una vivienda digna de ambos; integrada, y no es mal sitio, en el barrio que desde la calle de Alcalá y el Banco de España llega hasta la parte baja de la Carrera de San Jerónimo, junto a la plaza de Neptuno. Puede que, llegado el día, decidamos quedarnos en lo suyo porque está próximo al teatro donde ella trabaja, y si exceptuamos los días de sesión plenaria, cuando los alrededores del Palacio de las Cortes se convierten en un hormiguero de procuradores, periodistas, fotógrafos, curiosos y agentes de policía; salvo en esos momentos de verdadero caos, puede decirse que es acogedor y, comparado con otros, tranquilo.
Son simples planes que doy forma conveniente en mi cabeza, adiestrada a ser precavida y estar predispuesta ante lo que pueda venir. Porque, no debemos olvidar que, de todas formas, lo que debe venir vendrá, carro de bueyes o diligencia de correo. Vendrá más pronto si no lo esperamos, retrasándose si cada día creemos verlo cuando miramos a lo lejos. Por eso me olvido de encontrarnos con Cesáreo y conocer a Alba, su hija recién hallada. Lo desea Marina, mas comprendo que deben adaptarse primero el uno a la otra y la otra al uno, tiempo habrá.

 

 

8.- LA RINCONADA DE SAN MIGUEL

Es de Angora; un ejemplar de pura raza, idéntico al de la ilustración que aparece sobre el vocablo en el tomo segundo de la enciclopedia. Ella nunca lo hubiera comprado; debe de costar un dineral. Se trata de un regalo imprevisible, de una cortesía fortuita. Doña Catalina -entre vecinas se dan ese tratamiento- emplea con cierta asiduidad términos poco usuales en conversaciones de diario. Y más ahora, muerto su marido, el instruido viajante de comercio, pues tomando prestadas las expresiones que él hizo suyas a fuerza de manosearlas, trata, no tanto de acercarlo actualizando su memoria como de rendirle homenaje, pues se encontraba en la gloria con él. Una gloria terrenal, claro, cien veces más saludable y compensadora que la eterna; pues la pugna con lo discrepante aquilata el conocimiento y el contraste añade valor a lo poseído; ejercicios que, en el Cielo, quintaesencia de la perfección, ya no han de tener cabida. Eso cree la doña, y se atreve a decirlo.
La conquista de varón tan original, recuerda, fue un ejercicio de estrategia militar o, en todo caso, venatoria. Con propósito tal agitándose en su mente, se sirvió de una pitanza de categoría. Resultando vencedora la cocinera de mérito en la campaña destinada a la seducción, y vencida la mujer, ya que terminó rindiéndole un cariño firme, sin objeto hasta entonces. El léxico escogido se le quedó a doña Catalina pegado a las palabras heredadas; y a estas alturas se considera incapaz de distinguir unas expresiones de las otras. Carece de interlocutor dentro de las paredes que parcelan la vivienda; triste fatalidad la suya, pues la dama es de por sí locuaz. Mas la presencia del gato recién aparecido –como caído del cielo recibió obsequio tan inesperable- le permite expresarse en voz alta sin considerarse ida, y rescatar del corazón la ternura destinada a la niña de sus entrañas, minúsculo ser que se fue a destiempo dejándola huérfana de hija, si ello es posible. Ante el minino puede modular arrullos enmudecidos por los prejuicios sociales, o lanzar vigorosas interjecciones para interrumpir el curso de la acción ante incidentes de gravedad extrema. Reacciones que tras permanecer en su pecho largo tiempo reprimidas desatrancan los aliviaderos del alma.
Doña Cándida, la del segundo, inquieto rabo de lagartija, ligaterna en su decir rural, rastrea de manera permanente situaciones desfavorables para los vecinos. Se alegra si las encuentra porque –enemiga del mundo- cree que lo considerado perjudicial para los demás la beneficia. En un portal iluminado con cierta desgana por quien tiene esa obligación -más sombras que luces- territorio hostil; encontró al gato abandonado, huido, solo, temeroso del rumor de los pasos precavidos. Mayaba a intervalos breves, debido a los rasguños que el hambre produce en el estómago cuando se ha pasado un día entero privado de leche materna. Tan desorientado iba el animal que intentaba tomar tres o cuatro direcciones a un tiempo, ignorante de la buena, por ver si acertaba. Lo recogió, consciente ella de que su propósito se alejaba de las obras de misericordia: amparar al desvalido, dar cobijo al falto de techo; de dónde si no el sigilo, el fingimiento, el temor a ser vista por algún conocido. Lo llevó a casa y le dio leche de vaca en un platillo que el minino vació a lametones. Preparó la cama, inclusive, sirviéndose su limitada habilidad de una caja de zapatos, estuche de un par que la mancaba, comprado para estrenar en la feria de San Antolín. Pensaba devolverlos uno de aquellos días, pero sin conocer porqué transformó el embalaje en aposento para el gatito -luego supo que era gata- aun a riesgo de tener dificultades a la hora del cambio en la zapatería de Azofra.
Es posible que tuviera la intención de dar nueva oportunidad al calzado, y en ese sentido argumentaban el precio -disminuido en su quinta parte como maniobra comercial- y la rara flexibilidad del cuero; unos días en la horma serían suficientes para obtener un largo provecho. Puede que su voluntad, de manera inconsciente, tuviera decidido llevarlos al taller de Liborio, zapatero remendón; él sabría. De ahí el gesto de utilizar a manera de cuna el cartón del receptáculo.
Se peina doña Cándida obligando a los cabellos a ir hacia atrás, dividida en dos la mata, hasta alcanzar el cogote donde se cruzan y entrelazan formando un moño mustio. No se corresponde su indumentaria con las consideraciones debidas al luto o al alivio, pero así lo parece. Suele vestir de oscuro: negro, prietos tonos del gris, azules fuertes; suavizando la lobreguez cromática, en ocasiones, diversas reservas de blanco en forma de círculos diminutos o dibujos sencillos repetidos hasta la saciedad. Cruzan la llanura de su frente los cauces secos de dos riachuelos que los aluviones de octubre y abril profundizan al erosionarlos, viejas arrugas compañeras de otras jóvenes nacidas a ambos lados de la nariz chata. Se suman multitud de rayas trazadas por continuos fruncidos de la piel, esparajismos que suele dibujar con el menor motivo. Sus labios finos se unen a unos ojos sagaces del color impreciso del agua de mar -tornadizo, según dicen; dependiendo del estado de ánimo imperante- se unen mohín y mirada para poner en su rostro unos trazos de belleza que los demás agradecen.
Examinó de cerca doña Cándida su mano derecha, porque le escocía el espacio donde se unen los dedos índice y corazón, punto donde la piel, a resguardo de roces, resulta más sensible. Había olvidado el arañazo; tenía sangre seca, y para desinfectarla lavó varias veces la herida con agua abundante y jabón lagarto. «Cualquiera sabe la variedad de inmundicias que habrá escarbado», se dijo a modo de excusa. Sentía dos punzadas dolorosas -también la mordió- y al lado se veían dos puntos marrones, separados el uno del otro por una distancia coincidente a simple vista con la posición de los colmillos. Las heridas desvelaban el ataque que pretendía ocultar, dejando a la intemperie su teoría del presente infantil, obra de unos niños que por nada del mundo se hubieran desprendido del juguete vivo.
Pero nadie reparó en las magulladuras y la verdad quedó en el limbo, sin oportunidad alguna de nacer. Lo cierto es que el cachorrillo defendió, tembloroso y muerto de hambre como se encontraba, la preciada libertad. Usó las armas más eficaces recibidas de la Naturaleza: uñas y dientes; y lo hizo cumpliendo un impulso atávico, resorte activado por el miedo, pues la señora fue a propio intento al portalón de las escuelas donde se había resguardado el animalito, armada con una cesta de tapa y su gesto más adusto.
Una hora había pasado lo menos desde que salieron los alumnos, y otros eran los dueños del momento. Revolvían Roma con Santiago los encargados de la limpieza; mesas, sillas y papeleras tomaban posiciones alejadas de la de uso, y el olor a serrín húmedo predominaba. El encerado, extenso pizarrón sujeto a la pared frontal, a través de la puerta entreabierta mostraba dibujos grotescos y frases vejatorias para uno de los profesores: dictatorial e inflexible el calvo don Julio Revenga, si nos atenemos a lo escrito por el denunciante en su mensaje ofensivo.
Vivarachas, algunas mocitas entraban y salían con cierta premura; vestían uniforme de color azul oscuro y parecían dotadas de saludable fortaleza. Desde el espacio en sombras las veía la intrusa cruzar con alboroto el vestíbulo; pues, manifiestamente inclinadas para hacer contrapeso, portaban –colmados en la fuente próxima- calderos de agua que en los envites vertían goterones una vez superados los márgenes. Como consecuencia del tejemaneje incesante, hubo de andarse con ojo la mujer para no ser sorprendida en aventura tan poco digna de imitación. Pero su considerable destreza le permitió salir indemne del aprieto.
Doña Cándida hizo el cumplido a doña Catalina -se nombraban así eludiendo cualquier otra forma de intimidad- una semana después, cuando la gata, conocida ya la condición de hembra, salpicaba de jugos gástricos y leche devuelta los rincones oscuros y, lo que es peor, la funda color siena y la almohada marrón del sofá, cuyos soportes leñosos acribillaba a arañazos. Ignoraba doña Cándida la procedencia turca del animal -zona de la antigua Ancyra, hoy Ankara y antes Angora- y se encontraba confusa, prendida de una cierta preocupación, porque su hijo vino a comer y apoyó al padre, reforzando la teoría de desprenderse de él, de ella, devolviéndola al portal de la escuela. «Pertenecerá a algún vecino y cuando esté curado, curada, es verdad, y haya costado unos cuartos alimentarla, la perderemos»; así se expresaban ambos varones en coincidencia. Afligida porque si se apartaba de la recomendación, y el marido estaba en lo cierto; si hacía ella de la capa un sayo y el esposo acababa llevando razón, iban a zumbarle los oídos de mujer avezada a escuchar reconvenciones, excitados por nuevas críticas, durante tiempo y más tiempo.
Respecto al origen, imaginado por el escritor que encarno, del esposo de doña Cándida, y a la forma de ser que le atribuyo, existe una anécdota capaz de poner ambas circunstancias en claro. Me es forzoso advertir que a veces sueño la vuelta, por fortuna imposible, al colegio de mi adolescencia y primera juventud, espacio y tiempo que mi memoria intenta recrear en la dimensión onírica, evitando con la treta el regreso de una realidad indeseada. Vuelvo, el curso preuniversitario me recibe, y encuentro allí un bedel que no hubo en mis años de interno; un conserje, obra de mi capacidad imaginativa, alto y enjuto, vestido de gris, el andar desnivelado y un gesto entre amargo y ácido. Su rostro cetrino, fijándose bien, resulta, en realidad, la dura faz de aquel prefecto de disciplina del que los alumnos sospechábamos una estancia prolongada en la legión extranjera del país vecino, donde, por causa del rigor de las reglas, había criado una úlcera de estómago que le agriaba la manera de ser. No llevaba vocación oculta la piadosa ocurrencia de ingresar en la orden; tratábase, sin más, de la huida de un prófugo.
Sitúo, adrede, tal marido -mal encarado y con carácter de diablo- junto a tal esposa; y los veo a ambos entretejidos, sufriendo él las maliciosas manías de ella, y recibiendo ella los reproches de él, las mismas amonestaciones que en mi pesadilla de retorno a las aulas y al patio, el hombre ponía en su boca destinadas a los alumnos más díscolos, entre los que yo, estoy convencido, había de encontrarme. Y no es un decir sin fundamento, años de experiencia lo avalan.
Atravesamos una mentida primavera que a nadie contenta y, afuera, diluvia, si se me permite la exageración. Por eso, en un café de la madrileña glorieta de Bilbao, leo a mi amada Marina el capítulo redactado en los tres últimos días. Asegura ella que le parece de perlas la inclusión de la persona en el personaje. Opina que de esa manera cobra la novela un efecto de realidad harto difícil de conseguir sirviéndose de la invención pura. Cree con firmeza que, si al marido de doña Cándida lo pincharan con un alfiler, aun habiendo nacido ya mayor y en el universo ficticio de las páginas manuscritas, de su herida brotaría sangre de un rojo muy vivo. No tiene en cuenta, por creerlo indiferente para la obtención del provecho descriptivo, que mi personaje toma el cuerpo prestado de otro personaje; que el bedel rellena lo más de su pellejo con un supuesto legionario, luego fraile real y verdadero de turbio carácter por causa de una herida gástrica y, acaso, de su esencia personal. Replica que ambos, monje y soldado, son vasos comunicantes y se trasvasan virtudes y vicios. En ese punto guardo yo silencio por si sucediera que tiene razón.
Al hilo de lo hablado respecto al modo de concretar la idea narrativa, en la que ella participa de manera principal, mi amada, huérfana que ha sufrido lo suyo y lo ajeno, me explica las hechuras con que sus íntimos deseos integran, acomodan y ajustan la familia en cuyo seno quisiera haber nacido, posible reminiscencia de una verdad olvidada. Encabeza el conjunto armónico un padre amable y animoso, favorecido con un rostro dibujado a imitación del que mostraba Teudenio cuando el anciano prematuro, satisfecho e ilusionado, veía reír o llorar conmovidos a los espectadores de sus comedias y dramas. Es Teudenio, en la ficción disfrazada de realidad, un ganadero de ovejas tras los pastos más verdes, un comerciante próspero en caravana portadora de sedas, un marino descubridor de nuevos territorios; un hombre diligente y honesto, amante esposo de una mujer prudente y tenaz, dueña de un rostro perfeccionado copiando a las vírgenes de las estampas, madre de dos varones y de la propia Marina, niña adorada por todos. La viste el ideal, recalca la interesada en el tono exacto empleado en las confesiones, con prendas en apariencia contradictorias: voluble y obstinada, perseverante y tornadiza, amiga de las indagaciones y de los hallazgos. Vigorosa e indolente, juega en la portalada amplia de la casa familiar con los hermanos, chavales traviesos que se dan un aire a ella en los rasgos y en los modales.
“¿Lo ves?, tu Marina está tururú”. Dice ella en tono de broma de sí misma, mientras el dedo pulgar de la mano derecha hace mención de barrenar la sien más cercana. “Ignoro aún si en verdad Teudenio fue mi padre, aunque lo dejara entrever en cuanta oportunidad tuvo, y ya mi cabeza lo fija a un suelo firme con vínculos indisolubles”
Se hizo actriz, asegura, porque el viento de la vida soplaba en esa dirección; pero también para seguir una trayectoria mudable que le permitiera ser muchas personas siendo una sola. De esa manera podría escoger la que más la cuadrara. Cuando cae el telón recobra su singularidad, pero conserva en el interior algún aspecto considerado valioso, perteneciente al personaje cuyo papel ha representado.
No fue siempre titiritero Teudenio, asegura Marina. Pasó antes por mil oficios diversos, y todos tenían en común la necesidad de ir de acá para allá. Eso los unió; y el amor al trabajo bien hecho. El dinero era lo de menos para él, y ella sigue ese proceder aprendido, acaso heredado.
El bedel Malanda –apellido o apodo, a saber- marido en segundas nupcias de doña Cándida, vino al mundo en Villasur, pueblito del partido de Saldaña que abre en su término las fuentes del río Ucieza. Aprendió las cuatro reglas, y con ellas presentes calibró un futuro que nada bueno prometía, por lo que emigró a la capital y se empleó en una tienda de ultramarinos situada frente a la pared occidental del Ayuntamiento. Despachaba garbanzos de la mejor cochura procedentes de Fuentesaúco, alubias suaves de La Bañeza, pequeñas de El Barco, gordas de La Granja; lentejas y titos del terreno, chorizo de Salamanca, morcilla de Burgos, queso de Valdepero y Baltanás, vino de Cigales y Serrada. Añadió un contrapeso a la báscula y sisaba treinta gramos en cada despacho de comestibles, y los clientes, fiados de tendero tan fiable, no se percataban del escamoteo. Hizo buenos duros entre sueldo e ingresos extras, por lo que contaba con una cuadrilla de amigos a quienes convidaba en los numerosos bares de la calle Mayor, donde solía encontrar chicas a las que presentar batalla.
Casó con la muchacha mayor de una estirpe de negociantes, conocida en el barrio de la Puebla por tratar en caballerías. Cuatro años le sacaba al mozo, y se hacían patentes los cuatro en el rostro serio, en el gesto hosco. La boda se celebró en San Lázaro, y acudieron, a más de familiares y amigos, multitud de curiosos. Les nació una niña el primero de marzo siguiente, un primor al que el nombre de María de los Ángeles la venía como las flores al búcaro, pues mostraba el rostro, lleno y sonrosado, abierto en permanente sonrisa. Murió la madre –los disgustos del hombre no fueron ajenos, ni los malos tratos, según testimonio de numerosos vecinos- expiró la hija del tratante cuando Angelines llegaba a los doce; y a Malanda se le oyó decir unos días después del entierro, que la casa era asiento carente de una pata. Formaba sociedad con un cuñado que se hizo cargo del negocio, recibió el importe de sus derechos y entró de bedel en el colegio cercano. Limpiaba allí las clases una moza vieja metida en carnes que por nombre –mal puesto- llevaba el de Cándida. Como al hombre le resultaba incómoda la vida con la adolescente, pues carecía de respuestas que la orientaran en tramo tan complicado de la existencia, aceptó el acercamiento emprendido por la compañera y, persiguiendo dar a la hija una madre y tener así dos criadas, aportó al matrimonio una hija. Angelines comprendió en seguida lo que se esperaba de ella, y en las frecuentes disputas del matrimonio aprendió a ponerse de parte de ambos, y a tener, enjuiciadas y disponibles, dos razones opuestas.
El hijo de doña Cándida y del bedel Malanda, sin que las leyes de la herencia lo justifiquen, es un muchacho bonachón de cara redonda y frente despejada. Llegó a este mundo con unos meses de retraso sobre la voluntad de los padres, en el preciso momento en que cada miembro de la pareja achacaba la causa de la infertilidad al cónyuge. Calmo, espontáneo, el muchacho parecía haber sido destinado a equilibrar, con su sola presencia y la palabra suave, las situaciones más desquiciadas. Fiel de la balanza familiar, el bedel y su esposa se atienen al pie de la letra a lo dicho por él, sea lo que sea, en general juicios y recomendaciones apropiados, cuyo seguimiento proporciona arreglos milagrosos a problemas en apariencia insolubles. Le adorna una facilidad natural para los ejercicios manuales, y a pesar de que su empleo de encargado del mantenimiento en la fábrica le tiene todo el día de sección en sección, dando beneficio a los útiles y a las herramientas, cuando llega al hogar, situado en el barrio de San Juanillo, repara cualquier desperfecto; y en la casa de sus padres ordena las anomalías y suple carencias. Dice Marina, cuando se lo dibujo, que era así el dueño de una pensión en la que pasaban Teudenio y ella lo más del crudo invierno; cuando los caminos se tornaban intransitables para el carro, y las plazas mayores de los pueblos se sumían en la más deprimente soledad.

 

 

9.- EL NUEVO EDIFICIO

El inmueble escenario de esta historia, situado en la Rinconada de San Miguel de la ciudad de Palencia, se edificó sobre un viejo caserón de labradores, de cuando la villa era todavía agrícola y se daba poca importancia a los servicios; acaso cien años atrás, en las boqueadas del reinado de Isabel II. El dueño, hijo único, célibe, vive en el cercano barrio de Allende el Río. Heredó el caserón y los corrales de la Rinconada y, con no pocos motivos, se le sospecha aferrado a un arcón de duros que recuenta una vez por semana. Persona marcada por la necesidad de sacar el mayor beneficio a lo suyo, descubrió que todo ese espacio, por su situación céntrica, podía tener un mejor aprovechamiento. Así que lo reconstruyó modificando el uso. Se puso de acuerdo con un avisado contratista -de eso hace al menos una década- que le metió los perros en danza, quedándose con la parte del corral y los bajos, a cambio de la ejecución esmerada de la obra. Del corralón -espacio suficiente para que las mulas chozparan a gusto, incluso para que los carros evolucionaran sin dificultad- y de la parte inferior de las viviendas, a la altura de la calle, resultó una galería comercial ubicada sobre las cocheras del sótano. La componen doce tiendas de buen tamaño con entrada desde la Rinconada, y un pequeño patio de luces y ornamento -embellecido de arbustos y flores de temporada- que atiende doña Catalina por encargo de la Asociación de Comerciantes de la Rinconada de San Miguel.
El hueco correspondiente al portón de entrada –un arco de piedra que acogía dos pesadas hojas de madera tachonadas de clavos- desapareció en el nuevo muro, abriéndose en su lugar un pasadizo que da acceso a las tiendas por dos puertas de aluminio y cristal, situadas una a cada lado de la subida a las viviendas. Portal y escalera sustitutos de los antiguos, los que antaño, cada mes de agosto vieron subir a las paneras costales de lona repletos de grano, permaneciendo ensilado durante el invierno con el fin de aprovechar el precio algo crecido de la primavera. Ganando en altura se elevaron tres plantas de pisos; dos por planta, dotados de vestíbulo, comedor, cocina, cuartos de baño y aseo, salón y tres o cuatro dormitorios. Los superiores disfrutan de terraza, pero nada más cuentan con tres alcobas; los cuatro de abajo, poseen, compensando la falta de terraza, una pieza más. Existen balcones, y en ellos tiestos con geranios que embellecen la fachada, incluso en el primero; tan cercano a la calle en este caso, que los chavales del izquierdo se descuelgan hasta la acera cuando, por razones suficientes, son castigados a prolongar las tareas propias de sus estudios. Al final de las obras, sobre la marcha como quien dice, se modificó el proyecto, y de lo que estaba previsto tabicar como trasteros, un ático subido a la tercera planta, salieron una vivienda algo menor que las otras y un terrado común que, debido a deficiencias en la construcción, hubo de impermeabilizarse en dos o tres ocasiones. “Dura es la ley”, como dijo el romano. De haberse elevado los cuartuchos según estaba previsto, el volumen edificable se hubiera sobrepasado; por lo que el ayuntamiento negó los permisos apoyándose en la legislación vigente.
A la sala de estar o comedor, doña Catalina, que utiliza la cocina para servir las comidas informales, puede llamarle -y de hecho lo hace- con toda propiedad, recibidor; pues para acoger a las visitas sirve. No obstante, cuando llegan invitados de los de cumplido –ocurre dos o tres veces al año- pone la mesa en su sitio originario cuidando cada detalle de la presentación: mantel de hilo y el correspondiente juego de servilletas, bordados por ella, parte de su ajuar; vajilla de porcelana decorada con un filete dorado, círculo áureo situado justo en el borde; cubertería inoxidable del más fino acero y vasos y copas de cristal de roca labrado. Casi todo comprado en vida del difunto; pues, aficionadas unas a la astrología y a lo arcano, y conocidas otras de la época comercial, gozaban de numerosas amistades que se han ido disolviendo en el silencio de la dejadez. Esos días comprometidos, como complemento que a ella le parece importante, enciende una velita de cera roja a cada lado, y en el centro deja con naturalidad flores frescas: rosas, claveles, violetas o begonias, según vaya la temporada. A veces divaga sin riendas y pone la cabeza a la busca de recuerdos que provengan de entonces; hasta que –como ocurre ahora- algún suceso inoportuno la coloca de nuevo en la realidad. Suena el timbre dos o tres veces; y resulta imposible precisar, porque se suceden los sonidos segundo y tercero muy juntos, uno a caballo del otro.
– ¡Doña Catalina! ¡Doña Catalina! Soy yo, la señora de abajo. Buenas, mire, venía… ¡Voy a hacerle un regalo! Le traigo un gatito, bueno, una gatita que le hará compañía.
Sin percibirse el ruido habitual de la chapa giratoria que descubre la mirilla –gesto innecesario una vez escuchadas las palabras de aviso, o suprimido de la rutina por temor a que se note- se abre la puerta con palpable prevención; pero a medida que se ensancha el ángulo, la confianza y la franqueza llegan hasta donde las bisagras permiten.
-Pase, pase; buenas, pase. Usted dirá. Me encuentra de verdadero milagro, porque había hecho idea de ir temprano a la Plaza; ya sabe, si se llega a destiempo resulta difícil encontrar buen pescado y le dan a una la carne que nadie ha querido. Me puse a ordenar los armarios, ¡imagínese!, y se me ha pasado el tiempo sin sentir; usted conoce como yo que, si se pone intención, en pisos tan espaciosos como estos, no se acaba nunca. Dígame, a qué debo el honor, qué se le ofrece…
Tímida, encogida, como si la edad pusiera sobre sus hombros un pesado yugo o considerara de mucho compromiso el paso que estaba dando, doña Cándida no cruza el umbral y, situada bajo el dintel, prosigue:
-Como aún no ha pasado un año desde la muerte de su esposo, y falta de hijos debe de encontrarse usted muy sola, he pensado… ¡Mire!, es una preciosa gatita; y muy dócil. Vea que pelo más largo y esponjoso tiene; su tacto recuerda al de la rebeca de Angelines y no me había fijado.
Doña Cándida insiste de manera atropellada; se la advierte insegura, apocada, nerviosa; pone demasiado énfasis en lo dicho y emplea un tono falsamente meloso que resulta risible.
-Angelines, usted la conoce, es mi hija mayor; bueno, de mi marido. Estuvo en Palencia el pasado invierno con su esposo Manolo y su hijo Manolín, ¿va haciendo memoria?, y se compró algunas prendas, entre ellas la chaqueta peluda a que me refiero.
-Sí, ya caigo en la cuenta; nos cruzamos en la acera dos o tres veces, y una de ellas los acompañaba usted. Lo cual, que iba Angelines peinada de peluquería y de punta en blanco; la encontré muy fina. ¿Y qué es de esa familia, se sabe algo?
– ¡Ah!, no me extraña, es que ha salido muy presumida y algo manirrota; menos mal que les marcha bien el negocio: tienen una tienda de comestibles y hacen dinero, allá, en tierras de América. Residen en una ciudad que le dicen Dolores, cercana a un río muy ancho que lleva el nombre de San Salvador, en Uruguay según creo. Eso cuentan, pues a mí lo que está al otro lado del mar me parece una tierra perdida en los mapas, dándome la impresión de que solo en ellos existe. Un día de estos le enseñaré las fotos del niño. Siete añitos cumplirá el mes que viene, y es muy revoltoso, si usted viera…, no para a lo largo del día; y qué lengua, todo lo repite; hay que tener una precaución enorme cuando se habla estando él delante. Le llenan la cara unos ojazos marrones, unos labios finos, una nariz bien trazada y una frente amplia, pertenecientes al padre. Pero a lo que iba: mi hijo quiere…, mi marido dice…, no es como en los pueblos, estos preciosos animalitos cuestan dinero. Es un regalo de los nietos, los de mi hijo, los míos; y como vive sola, he pensado en usted. Le hará compañía, y en la terraza podrá criarla sin los inconvenientes propios del piso.
– ¡Oh, doña Cándida; se lo agradezco en el alma! Cómo no se me habrá ocurrido a mí. En vida de mi difunto le hubiera dicho que no; condescendiente como era, nada hubiera objetado, pero sé que, a él, tan metódico, le incomodarían las travesuras y enredos propios de la especie. Ahora que, en las actuales circunstancias, puede resultar buena idea. La soledad es mala acompañante, no se hace una por completo a ella; y un animal doméstico abre espacio alrededor, permite expresarse y sacar de dentro afectos enmohecidos. La verdad, es muy de reconocer su gesto. Aunque no debiera sacrificarse; para usted supondría también distracción y sus nietos vendrían más a menudo atraídos por los retozos y aspavientos de la gatita.
-Imagino el trato que le darían y se me quitan las ganas de exponerla a sus abusos. Los niños pueden llegar a ser brutales cuando encuentran a alguien más indefenso que ellos mismos. Es como si se vengaran de la permanente sujeción que padecen. Aunque mis nietos, lo dice todo el mundo, son un modelo de sensatez y no suelen propasarse. Bueno, tiene usted que salir y sé que no es el momento adecuado, pero debiéramos hablar más; considere que me debe una visita. Damos rienda suelta al palique en el descansillo, y ya se sabe, a las paredes les nacen oídos deseosos de coplas para ir contando.
-Conoce usted, doña Cándida, que el cuidado de las flores requiere su tiempo, y yo pongo un empeño que no ceja ante la brevedad de su lozanía. Esa misma limitación me estimula a preparar la venida de otras nuevas, que den continuidad al ornato de terraza y jardín. A más, los muebles y el ajuar han de mantenerse presentables. Quiero decir, que el tiempo se me va como humo por la chimenea, y no deja espacio al necesario trato vecinal.
-Razón tiene, que nosotras debemos estar unidas y conservar lo nuestro, porque hemos anidado en la casa y los demás son aves de paso. Hoy en Palencia y mañana en Plasencia, como suele decirse. Usted ya me entiende -y añadió, mirando desconfiada al hueco de la escalera y bajando la voz- no les importa nada el edificio y todo lo tratan a baquetazo limpio.
Se nota en ambas un cierto grado de desasosiego; como si el trance por el que pasan fuera el de tomar un jarabe, un bebedizo excelente para la salud, pero desagradable al gusto y al olfato. De modo consciente o sin darse cuenta van elevando el nivel de su charla, e intentando sorprender a la otra con palabras brillantes, consiguen deslumbrarse a sí mismas.
Resístese en este instante la gatita a pasar de unos brazos a otros. Se ase con uñas y dientes al regazo de doña Cándida, convencida de que el cambio –como todos los sufridos hasta ahora- la perjudica. Logra soltarla la donante, no sin merma de la urdimbre de su blusa, no sin deterioro de la trama, que por efecto del tirón se ven obligadas a desprenderse de algunos hilos quedando encogidas; los ve con desagrado la mujer doblados en bucle sin llegar a romperse, y con las manos ahora libres trata de volverlos a su posición correcta. Tensa, confusa, recelosa, sus ojos asustados reflejan el estado de ánimo con el que la michina acepta la mudanza: el derecho revela impotencia y sumisión, y el izquierdo manifiesta rechazo y rebeldía. La toma la receptora con gesto amistoso, y lo ha de percibir la morronga, porque corta en seco un zarpazo que ya iba por la mitad de su recorrido.
-Estoy en deuda, lo sé; y no tardaré en cumplir como se merece, pues a los bien nacidos corresponde ser agradecidos. -Añade doña Catalina con intención de remate.
-A seguir bien; que cuando no se tiene quien la cuide a una, una ha de ser su propia enfermera. –Ultima la conversación doña Cándida con éstas palabras dirigidas a doña Catalina, calculada expresión que otra en su lugar, mas quisquillosa -la misma doña Cándida, por ejemplo- hubiera tomado a mal.
Mis charlas con Marina producen un efecto adictivo; a veces me ocurre que no quiero separarme de ella y creo entender que el sentimiento es recíproco. La voy conociendo y la atracción inicial se incrementa de manera espontánea. Lo nuestro es amor; no me cabe duda. Tiene opiniones sobre lo que ocurre y, si encuentra interlocutor apropiado, las comparte exponiéndolas con rara precisión y maneras sencillas. El hombre débil la importa, quienes carecen de patria, los desarraigados; aquellos que sufren para que otros gocen. A la Evita Perón de la mejor época me recuerda, ahora que la de verdad atraviesa sus horas más tristes. Se viven en España momentos gloriosos, llegan los cambios que nos debía la historia y Marina los recibe con verdadero entusiasmo. Ha votado en las elecciones municipales del 25 de enero, pero no se fía; y va buscando las razones de su desconfianza en mis propios escritos. “El dictador ha muerto”, dice que dijo uno de mis personajes, “pero nadie ha encontrado el cadáver descompuesto de la dictadura”.
Viajamos a Barcelona –ida y vuelta en el tiempo de descanso- para ver la película de Chaplin, “El gran dictador”, realizada en 1936 y exhibida aquí únicamente de manera clandestina. Al verla, tan crítica con situaciones políticas similares a las nuestras, se entiende la razón del retraso en obtener los permisos. Por ver como respiran en Cataluña compramos en Las Ramblas el nuevo periódico nombrado “Avui”, hoy, dicho en catalán, lengua en que se expresa todo el contenido. En Madrid, saldrá otro diario muy pronto, pues ya está siendo anunciado. Va a llamarse “El País”; y aseguran que pretende ser el primero en cuanto hace a su difusión y objetividad. “¡Lo que nos estábamos perdiendo!”, exclama mi amada en un suspiro. Los intelectuales exilados siguen regresando, ahora le toca el turno a Salvador de Madariaga, escritor y diplomático de altura, que se expatrió al imponerse el régimen militar tras el fin de la guerra.
-Con la libertad, la cultura saldrá ganando. Estos serían buenos tiempos para Teudenio –afirma Marina con el dudoso pesar de quien cura una herida muy vieja a la que ya se ha hecho.
-También para la niña que fuiste –añado lacónico.
– ¿Me creerás si te digo, que jamás deseé una niñez distinta; incluso cuando estuve con las monjas? –pregunta mi amada.
-Te creo. No he de creerte, si me hubiera ido con vosotros en el carro por los poblados, ayudando a dar vida a los trapos como os veía hacerlo. No fue posible, pero se lo dije a Teudenio. Niño yo queriendo volar, fue Teudenio quien me puso los dos pies en la tierra, con explicaciones lógicas que nombraban a los padres, a los familiares y a los amigos.

 

 

10.- LOS VECINOS

El piso situado al lado derecho en la primera planta, debido a la muerte de don Roque y a la partida de su esposa hacia algún lugar menos oneroso, lleva una temporada disponible; y el balcón vacío, sin vida ni color, lo revela. Aprovechó el dueño la coyuntura para aumentar el precio del alquiler, y por ésta u otra circunstancia, dos meses más tarde, permanece sin arrendar.
La personalidad de don Roque, singular en todas las facetas, es recordada por los vecinos que tuvieron la suerte de conocerlo. No soy único, fuimos muchos los beneficiarios de su magisterio. Vinieron a la Rinconada, el maestro, jubilado tras una carrera profesional plagada de íntimas satisfacciones, y su protectora esposa, cuyo nombre ahora no recuerdo, aunque bien pudiera ser doña Jacoba o alguno así de serio. Pues bien, ambos llegaron a la Rinconada al filo del mediodía, tras dejar el último pueblo. Venían en la cabina de la camioneta que trasladaba los muebles. Doña Jacoba, dúctil y maleable como el oro, enjuta, vestida en tonos oscuros, más de cuarenta años de compañía, incluso en el asiento corrido parecía seguir al hombre. No conocían su interior limpio y ordenado más que los suyos. La naturaleza dispuso en la mujer una voluntad hecha de sensible nervio y fibra resistente, de modo que la adversidad no la amilanaba. Descansaba dentro de ella, a mayores, una bondad forjada en la renuncia de su provecho en favor de los demás: padres, hermanos, esposo e hijos. Emancipada de los unos, y en trance los otros de hostigar al porvenir, alineó sueños y habilidades con los del esposo. De aldea en aldea caminaron juntos; ella subordinada al varón que dependía en buena medida de la mujer. El zigzagueante vaivén de los designios ministeriales que los zarandeó sin aparente sentido, daba sus últimas boqueadas. Una vez más iría doña Jacoba allá donde pusiera el marido las miras y los pies; pero rogaba en silencio a la Virgen, de quien era devota, que los pies y las miras pararan en Palencia, donde la hija casada perseguía una rutina cómoda.
Varias generaciones de muchachos nacidos para ser labradores, albañiles, hortelanos, obreros de lo que surgiera –fuertes, sufridos, perseverantes- hijos y nietos de tenaces labriegos, recibieron el beneficioso influjo de don Roque en pueblos por los que pasaban docentes con grandes carencias, que poco podían entregar más allá de su buena voluntad y lo aprendido de la vida viviéndola. La gente de los municipios por los que pasó, de arriba y de debajo de la provincia, estaba tan agradecida a don Roque, que le atribuían el deseo de aprender y prosperar, la capacidad de defensa y las buenas maneras aparecidos en muchos de los adultos preparados por él, por él encaminados. Para don Roque la vida era a tercias tarea, compromiso y responsabilidad; de modo que llegada la jubilación continuó en la brecha. Vistiendo el traje oscuro raído en los extremos más rozados: perneras del pantalón y mangas de la chaqueta; cubierto el escaso pelo gris con un sombrero todavía en buen uso y calzados los zapatos de los días festivos; elegante a la antigua, se trasladó, en efecto, a la capital, donde sus muchos merecimientos eran desconocidos y los homenajes recibidos -lo constató entonces- se ignoraban.
Experiencia y honestidad constituyen capacidades susceptibles de ser bien aprovechadas en la docencia. Sin embargo, le hicieron encargos fútiles, que él, de naturaleza sencilla, valoró por encima de la realidad. Tales eran, el de custodiar a las niñas de las clases elementales durante los recreos, cumplido en un colegio de monjas a trasmano de su vivienda; y el de nutrir de material escolar las aulas del inmediato Centro San Isidoro, dedicado a la formación nocturna. Asimismo, en tan reconocido liceo, llenando el tiempo vacío de las vacaciones, ayudaba a los estudiantes suspendidos en los primeros cursos del Bachillerato. Actividades éstas que le tenían distraído sin cansarlo; permitiéndole ir mucho más allá de lo exigido. Proponía a las párvulas juegos infantiles de los que aúnan entretenimiento y utilidad, buscando el adiestramiento del ingenio y el gusto por la participación en tareas colectivas. Añadía anotaciones de su propia cosecha, en los márgenes de los apuntes entregados a los jóvenes acerca de las relegadas humanidades, procurándoles el provecho que se deriva de tener una visión de conjunto: la mejora de las calificaciones y, más que nada, el apego a los conocimientos.
El personaje de don Roque Mediavilla figura en mi novela premiada y en algunos cuentos que reflejan memorias de la niñez. Se corresponde con la persona del único maestro que tuve en la escuela del pueblo; y es el hombre bueno que -unido a don Jesús Fernández Pinacho, el cura santo- señaló a mis padres que merecía la pena llevarme al colegio para proseguir los estudios. Su carácter sobrio, la elegancia moral y su ecuanimidad en los juicios lo metieron muy hondo en mi aprecio y en mi memoria. Allí, en la intimidad de mi ser, está también el sacerdote, muerto a consecuencia de un tumor cerebral; proceso mórbido que supuso el calvario íntegro de las trepanaciones, la corona de espinas, la lanzada en el costado y el desgarro de la cruz sufridos por el Salvador a quien imitaba.
Marina, a mi lado en un Madrid florecido de jardines cuando escribo estas líneas, los conoció; pues en las representaciones de La invicta espada de Bernardo el maestro y el cura eran espectadores de primera fila, iniciadores de los parabienes dados a los intérpretes al término de la actuación. Ignoraba mi amor, en cambio, que don Roque escribió una versión de mayor complejidad partiendo de la representada por ellos; así es que se lo explico y le parece encomiable. Pregunta si poseo una copia y, por desgracia, mi respuesta ha de ser negativa. La esposa puede que haya muerto, habrá que indagar. No obstante, si vive o los hijos recibieron el manuscrito en herencia, es probable que lo conserven como oro en paño, a modo de reliquia. Complaceré a Marina con muy poco esfuerzo, aprovechando el viaje a mi tierra para comprobar ciertos extremos que afectan al desarrollo de la novela, aspectos algo difusos de la geografía recorrida por los personajes.
No puedo reprimirme e ignoro la causa, pero al llegar a este punto de la conversación y, tal vez sin orden de la voluntad, me oigo recitar estos versos:

En los reinos de León/ el Casto Alfonso reinaba:
hermosa hermana tenía, / doña Ximena llamada.
Enamoróse de ella/ ese conde de Saldaña,
mas no vivía engañado, / porque la Infanta lo amaba.
Muchas veces fueron juntos, / que nadie lo sospechaba;
de las veces que se vieron / la Infanta quedó preñada.
La infanta parió a Bernardo / y luego monja se entraba;
fizo el Rey prender al Conde / y ponerlo en grande guarda.

Me salen espontáneas las estrofas del romance anónimo, primeras de la introducción que Teudenio proporcionaba a la obrita; y noto que Marina las repite en su interior, pues sus labios se mueven en silencio y de los ojos se desprenden unas lágrimas hijas de la emoción sentida. Ahí está el pasado huidizo revolviéndose aún: recuerdos imborrables que pugnan con un presente incompleto. Páginas once y doce del libro de la vida, que, acaso porque a ellas volvió la lectora protagonista en repetidas ocasiones, hecho el lomo a esa postura, las muestra con reiteración, aunque el texto que las compone sea sabido y resabido. A partir de ahora lo leeremos juntos y yo iré modificando la acerba interpretación que ella hace, laminando el dolor hasta volverlo transparente y confundirlo con el paisaje filtrado.
“Puedo ser útil a Marina”. Con qué sencillez se expresa el epítome de la felicidad: cinco palabras unidas en frase, en oración, en capítulo, en tratado, en materia. Cuatro palabras añadidas al nombre propio, que al margen de él y tomadas una a una resultan insulsas, insípidas, carentes de significado. Doy y recibo, entrego y acepto; cuánto alborozo aporta su natural alegría a mi inconsistente estado de ánimo, cuánta energía su empuje a mi voluntad vacilante. Constituye un bálsamo sobre mis heridas la proximidad de su esencia, un catalizador resulta en el desarrollo de mi ingenio el deseo de superación que la estimula. Su aceptación del futuro a medida que viene supone un acicate para mi actividad cuestionada a diario. Marina tiene que saberlo: desde que está conmigo soy feliz y me doy cuenta. Debe de haberlo visto, oído y sentido.
Las lágrimas que en este instante abrillantan sus pupilas me hablan de un ser excepcional, el anciano prematuro que se encargó de ella cuando la memoria infantil todavía no registraba los sucesos: tres o cuatros años de edad. Niña indefensa y timorata, recibió los mimos de la madre de Teudenio mientras el hijo hacía de mulatero en una recua, llevando chacina desde los límites de Palencia con León hasta los de Valladolid con Soria. Era ella una viuda que asió su futuro al del muchacho aficionado a la lectura y a las artes escénicas, y la llegada de Marina la trajo al presente la maternidad olvidada. Debió de existir, previa, inicial, una madre verdadera, arranque de los afectos entregados y recibidos; pero Teudenio no la definió entonces por no necesitarlo la historia con la que explicaba a la niña su procedencia. Una moza echada a perder, moradora de cualquier población de las que él visitaba; una vecina rendida al rechazo de los padres, cuando mostró la cara el fruto de su noviazgo furtivo; una joven aturdida por la responsabilidad de sacar adelante a su hija sin ayuda: en esos supuestos se mueve, pero ignora el cierto.
A continuación, me refiero a mí porque así lo desea; y desmenuzo la parte de vida que ignora: briznas o terrones, dependiendo de la importancia dada a lo ocurrido. Al igual que Teudenio y ella misma, pasaban por Valdepero buhoneros de toda laya, gentes muy rodadas que pretendían hacerse con algo de lo que no estábamos sobrados. Pero se conformaban con tan poca cosa, que, hasta el hierro viejo, cubierto de orín, abandonado en cualquier esconce del corral o de la tenada, les venía bien para su negocio. Algo similar ocurría con la ropa caída en desuso, rala ya por haber pasado de padres a hijos y de los hijos mayores a los más pequeños; adaptada en cada ocasión a las dimensiones del nuevo usuario, cosida, recosida y vuelta del revés. Al peso la compraban, digo compraban, aunque en verdad el trueque –tan primitivo- era la base de los tratos, terreno en el que ellos, duchos, se movían a sus anchas. Cerámica desecho de algún alfar ofrecían a cambio, lustrada, vistosa: pucheros desportillados, cazuelas con mellas, botijos de pitorro herido. En los pueblos más pobres que el nuestro -si resultaban honrados con la visita de los comerciantes nómadas- podían verse las mismas prendas, tendidas sobre una manta en el suelo de la plaza mayor, individualizadas, tomadas en consideración una a una. Trocábanlas entonces por queso de la propia artesanía casera o chorizo de la última matanza. Aceptaban lana de algún colchón descompuesto; borra apelmazada, endurecida tras pasar medio siglo soportando cuerpos cansados, sudorosos, helados de frío. Incluso muebles de los abuelos admitían, si la madera se había salvado de las hormigas blancas -termes por nombre culto- y lo veían ventajoso.
Paso como por encima de brasas sobre los años duros del colegio caro, en los que compartí muchas alegrías con los compañeros; aunque las cubre la memoria con el manto oscuro de los frecuentes castigos, correctivos continuados que buscaban la uniformidad de conducta entre los alumnos. Consiguiendo, en añadido, el efecto de doblegar mi espíritu emprendedor y activo, la rebeldía innata, los imposibles sueños y el empuje puesto en alcanzarlos. La lesión que daña mis tímpanos, impidiéndome apreciar los sones más agudos y los más graves de una sinfonía, obra es del hermano Teodomiro y de sus tortazos. No teman, se despojaba el religioso del reloj de muñeca para prevenir el daño que la violencia pudiera llevar a maquinaria tan sensible. Yo ponía la mano como él dictaba, cabeza inclinada sujetándola, apoyando el carrillo de abajo. Contaba yo los golpes, y fueron seis en cada lado. Yeso de una pared me puse en la cara para atreverme a entrar en clase, solo, tarde y desencajado.
Voy de puntillas por esos años y a mi amada le descubro la llegada a Madrid, urbe y orbe ante mis ojos asombrados; el impacto sentido en mi arribada. Protegido me vi en la estación de Palencia, despidiéndome mis parientes, tíos y primos. Mis padres y yo cruzábamos las vías vestidos de domingo, portando él la pesada maleta de lona, brazo y mano izquierdos tensos. De repente, como un rayo –espectáculo de animación y sonido- percibimos el fulminante acercamiento del tren; una bala plateada venía hacia nosotros a mil por hora. Nos libramos del atropello, pero el viento resultante a punto estuvo de arrojarnos al suelo. No se trataba de mi unidad, sino de otra mucho más moderna conocida como Taf. Subí con mis padres al próximo, arrastrado por una oscura máquina de carbón que, divisada en la lejanía, tardó una eternidad en acercar los vagones al andén donde esperábamos.
Las cómodas butacas de los compartimentos cerrados de primera clase, se enfrentaban, más que a los de segunda, sin duda menos muelles y espaciosos, a los bancos corridos de tercera, donde se acomodaban apretujados los viajeros con menos posibles. El único espacio libre, destinado a nuestras tres personas con toda probabilidad, se hallaba allá donde la realidad se hacía ruidosa algarabía. Sentado en un esconce, las ventanillas sustituían al instante paisajes de indudable interés para mis ojos; sin posible estudio, sin reflexión, camino de la memoria. Dejándome mis padres acomodado, diecisiete años yo, en la pensión de doña Amparo, regresaron al pueblo. La gran ciudad, dominada ya la jungla del internado, supuso mi entrada en una selva ciudadana de mayores dimensiones y peligros. Ahora lo sé: la experiencia anterior me fue imprescindible. Cada día aprendía una cosa nueva, cada hora vivía una realidad hasta entonces desconocida. Temor y esperanza me dominaban a intervalos cada vez más largos, llevando encima la autorización paterna explicándome ante las autoridades. Me matriculé y comencé las clases. Allí todo era conocido, compañeros, profesores, libros, estudio y ejercicios.
En los largos ratos de sosiego hablamos, Marina y yo, actriz y novelista, del futuro inmediato, del estricto mañana, porque ninguno de los dos mostramos propensión a llevar la hipótesis personal a plazo más largo. Lo observo repetido y de la norma hago ley: cuando algo la inquieta sitúa su mirada en las yemas de los dedos, primero la mano derecha, luego la izquierda; en ésta durante menos tiempo. Voy aprehendiéndola, ya conozco algunos de sus gestos más característicos. “Hay que darse por entero a la tarea emprendida”: me dice, al punto de marcharse a sus ensayos teatrales. Por eso, salgo de ella y de Madrid y situando mi mente en la ciudad de Palencia, prosigo.
Un matrimonio joven habita el piso primero izquierda, casa de vecinos. Ambos esposos son de la Valdavia: ella de Buenavista y él de Congosto. Se conocieron en la fiesta del pueblo de la chica, y después de dos años largos de noviazgo en los que nada más se veían los domingos, faltos de los ahorros adecuados celebraron las correspondientes nupcias. Tiraron para arriba, hacia una geografía arrugada, asentándose en la zona minera. Acostumbrados a la montaña y a su gente, no hace todavía tres meses que llegaron desde Guardo con los cuatro hijos: doce, diez, siete y cinco años: todos varones. El esposo trabaja en la factoría que la empresa “Aislamiento Eléctrico del Cobre” tiene en las afueras de la capital, donde presentó solicitud y fue admitido. La mujer vive angustiada e insiste a cada instante en expresarlo: A mi pequeño no le baja la fiebre, ¡estoy desesperada! Mi marido no ha llegado y ya son las tantas, ¡estoy desesperada! Da las boqueadas el sueldo y aún faltan diez días para terminar el mes, ¡estoy desesperada! No deja de ser una exclamación rutinaria, claro; pero vive, real y verdaderamente, fuera de sí, de sobresalto en sobresalto. A decir verdad, maneja dos principios corroborados por los sucesos cotidianos: “La existencia no es ningún momio, y los que se mueren descansan”.
Sobre el piso de la pareja y los cuatro chavales se asienta el de doña Cándida, a la que hemos conocido en visita de buena vecindad. Moza de una larga soltería que rompió al casarse –como sabemos- con el conserje de un colegio de frailes, viudo; dio al hombre el hijo deseado, si bien uno solo a causa de la edad, inadecuada para esos afanes. Inducido por ella, el bedel hubo de vender el piso compartido con su primera esposa, y comprar éste segundo que pasó a gananciales: soleado y distraído al dominar la plaza desde los balcones. Al anochecer, apoyada de codos en la barandilla de hierro forjado, y respirando una atmósfera densa de aromas gratos –hierbabuena y orégano- procedentes de la jardinera, observa junto a su marido a los chicos del barrio, quienes cansados de correr tras la pelota se disponen a jugar al escondite. Escudriña con más detalle, dado su interés identificador, un oscuro reguero de mujeres tocadas de velos festoneados, que se dirige al rosario exhibiendo un aire piadoso.
Enfrente de doña Cándida, un matrimonio sin hijos recibió no hace mucho a una hermana de ella, distanciada en edad, que lleva por nombre el bíblico de Sara, universal y doméstico a un tiempo. Quince meritorios años confiesa muy ufana la alegría postrera de sus padres, y asegura que vino a la ciudad deseosa de aprender corte y confección con vistas a ejercer de sastra en Autilla del Pino, su pueblo. Allí se puede decir que no hay, pues la única que cose para otros es ya anciana y apenas ve a enhebrar la aguja. Durante los ratos ociosos, que suelen ser muchos, ayuda la mocita en las faenas menores de la casa: limpiar los suelos, recoger la cocina o acarrear la comida comprada en la Plaza de Abastos a mejor precio que en la Galería Comercial. Quien hasta su escapada ha sido Sarita, ya no permite que la nombren en diminutivo. Es una moza y exige trato de adulto para que su nombre no se desfigure. Como sucede con las colonias que se emancipan de la madre patria y reclaman su independencia, si se precisa una guerra para conseguirlo, una guerra habrá. Soñaba con instalarse en la capital y formarse un porvenir; y lo primero es cosa hecha. Ahora va a lo segundo: en Palencia conseguirá un novio rico que la libere de temores, propósito íntimo que alcanzará lo más tardar en un año. La lucirá el mozo a la salida de misa de doce y paseando bajo los soportales de la calle Mayor, porque los vestidos, cortados y cosidos por sus manos, serán los más vistosos y ella sabe llevarlos.
En la planta tercera, terminada de pagar, escriturada y anotada en el Registro de Propiedades, la vivienda de doña Catalina es una más en cuanto a superficie edificada: ciento veinticinco metros cuadrados; grande para las que se diseñan hoy día. Un vestíbulo mínimo -duplicado visualmente por un espejo lateral- da entrada a las visitas, que si resultan ser de poco trato pasan al recibidor. Nombra de ese modo –según queda dicho- a una pieza amueblada por una mesa oblonga que sirve a comensales de postín tres o cuatro veces al año, cuatro sillas y una cómoda de seis cajones soporte del televisor sobre un pañito trabajado a ganchillo. El moderno cajón de madera pulida, barnizado a modo, además de habladurías que no la interesan ni pizca, de cuando en cuando muestra programas culturales y obras de teatro de las que no se pierde ni una. En verano hace la vida en la terraza, entoldada y tan verde de plantas y fresca de riegos, que asegura no sentir en ella los rigores del clima.
Con doña Catalina comparten el tabique del salón -nexo de unión de las viviendas- y por tanto disfrutan de azotea, dos hermanos que alojan de continuo a tres pupilos, jóvenes estudiantes casi siempre. Son éstos, un mozo de Vertavillo, pueblo situado en el interior del Cerrato ceniciento y blanquecino -tierra de vegas fértiles y laderas yermas- y dos chavales de Rivas de Campos –término abundante de agua y arbolado- primos entre sí, que hablan de cultivos de regadío para el otro una rareza que únicamente se da junto al arroyo cangrejero.
Menciono Vertavillo y Rivas, y hablaría de esas poblaciones un buen rato si tuviera oportunidad, pues de manera espontánea surgen los recuerdos dormidos. En Rivas de Campos se había asentado una tía, hermana de mi padre, debido a que matrimonió con un mozo del terreno. Pertenecía el marido a una familia de labradores, numerosa y compenetrada, en la que el bien del conjunto constituía el interés individual: hogar entero y verdadero, que yo, hijo único y alumno interno acostumbrado a la permanente defensa de lo mío, he admirado siempre. Iba cada año a pasar las fiestas de San Martín con mis primos, quedándome al pie de una semana. En los corrales, cuadras y tenadas bullidos de animales, se me mostró en todo su esplendor el círculo de la existencia, la vida y la muerte alimentando sin pausa el equilibrio imprescindible para la continuidad, una continuación que se manifestaba tendente al progreso. Guardo memoria imperecedera de aquella simple arca de Noé, donde vi parir vacas, yeguas, ovejas y cerdas; fui aprendiz de etólogo durante largos ratos, observador incansable del natural actuar de terneros recién nacidos y potros que a duras penas lograban erguirse bajo el vientre de sus madres, forzados todos por la necesidad de alcanzar la ubre henchida. Tuve en mis brazos tiernos corderillos que instantes después iban a ser degollados por el pastor, navaja seccionando arterias fundamentales, en medio del guirigay que instauraban gallinas y patos. A manera de inocentes vedijas prendidas en las espinas de un endrino, rescato del olvido estas vivencias por si colaboraran a la explicación que intento dar.
En Vertavillo desempeñó durante años su oficio de maestra la hermana pequeña de mi padre, mientras la mayor se cuidaba de la intendencia de la casa; simbiosis fructífera que interesaba a ambas. Por esa razón, siendo yo adolescente, pasé parte de unas vacaciones de verano en villa tan singular, conociendo así el verdadero Cerrato esbozado apenas en mi pueblo. Por aquellos pagos, un día tras otro viví en permanente aventura, pues las jornadas transcurrían más abiertas que las rutinarias del colegio de Palencia, y ajenas, por añadidura, a los cansados trajines agrícolas de Valdepero. En compañía del guarda forestal recorrí la geografía escueta –páramos y valles, monte bajo y feraces vegas- y los pueblos vecinos. Escuché la charla de personas salidas de moldes afines, de cuyas palabras y gestos se desprendían un pensamiento bien asentado y un poso pesimista que había de venir de antiguo. Eran hombres y mujeres a los que pensé forjados a martillazos, magullados sobre el duro yunque, en el interior ardiente de alguna fragua destinada a esos usos desde los inicios del género humano. Pasaba la mañana entre chavales recién conocidos, con los que era preciso establecer antes que nada las reglas del juego, marcando los puntos cardinales y limpiando el suelo de cantos y abrojos, prejuicios pueriles que podían enfrentarnos. En el tiempo destinado a la siesta descubrí la Biblia junto a varios libros piadosos –mena entre ganga- y aunque no pasé de El Génesis me empapé bien de su poesía, sacando en limpio un refuerzo del anclaje que me une a la lectura y a lo antiguo. La pesca de cangrejos al anochecer, y en la noche ciega inclusive, llegó a apasionarme de tal modo que aquellas andanzas cuajaron en mi mente de muchacho en pleno desarrollo.
El ir y venir de las gentes en busca de sustento, cada uno a su manera, conformaba un paisaje dinámico que incrementaban los animales, enyugados ellos de manera permanente, tirando del carro o del arado, atados al pesebre exiguo. Solamente los perros podían elegir el sol o la sombra para tumbarse, pues sabían que alguien, siguiendo un mandato ineludible, lo dice la Biblia mentando a los lirios del campo, les arrojaría un mendrugo de pan llegado el momento crítico. Inteligentes canes, contemporizadores; toman partido a favor del que se queda contra el que va de paso. Y yo, nacido y criado en Valdepero, estudiante en Palencia, apreciaba mejor que nadie lo observado en Vertabillo y Rivas, de modo que me atrevía a generalizar y a hacer tabla rasa de los usos vigentes en el país.
Como si sucediera que el continente sirve de horma al contenido, ajustándose ambos día a día al milímetro, el ático de la Rinconada, de suyo distinto al resto, acoge a un matrimonio muy reservado que apenas se acerca a los demás. Él se llama Julián, y a primera vista parece orgulloso y altanero; quizá porque camina erguido, la mirada puesta en las estrellas, dando a entender que vigila el universo porque le pertenece. Abundan en esa imagen de hombre duro, la marca que le corta el labio y unos rasgos severos bien delineados. Ella, de nombre Teresa, baja las escaleras sin hacer ruido, paso a paso, medrosa, y va siempre muy limpia. Faltan por costumbre a las reuniones comunitarias, y no dicen más de dos palabras cuando se cruzan con algún vecino en la escalera o en los alrededores. Se diría de ellos que forman una pareja educada, pues no suelen dar motivo de queja, salvo por algún ruido aislado o una voz más alta que otra, motivados, quizá, por el comportamiento de los hijos: dos que tienen -niño y niña- tímidos y retraídos.
Si los siete domicilios pueden ser considerados en su complejidad siete pequeños países, la casa entera resulta un mundo diminuto, copiado a escala menuda. Juntos, el edificio que alberga a la comunidad, la Galería Comercial, las escuelas de la esquina derecha, y la fábrica de gaseosas de la izquierda, con la Rinconada y la iglesia, constituyen un sistema solar. Galería y Parroquia son los centros de atracción; uno, dedicado al sustento del cuerpo, y el otro a mantener el espíritu alerta porque la carne es débil. La carne es débil a fuerza de ser sensible a sus obligaciones, y el diablo anda ojo avizor, empeñado en un empeño muy pobre, llevar humanos a la tortura de las calderas de Pedro Botero. Los pecados del mundo al completo están representados en tan pequeño espacio: el puntito de la letra i, la cabeza de un imperceptible alfiler. Pero las virtudes humanas que oponen sus habitantes logran el equilibrio; un equilibrio inestable que, en su afán de recomponerse a cada momento, salpica de inquietud la existencia. Vendrían que ni pintados una gaceta impresa o una emisora de radio, medios de comunicación que tuvieran al día a los convecinos sobre las cuestiones privadas; pero no hay, y ellos mismos, en su ir y venir, difunden los rumores y las noticias sin hacer distingos.
A la vista de los vecinos que he ido delineando, mi amada Marina me dice, como quien no dice diciendo, que podía haber poblado el edificio con personajes puros de mis novelas. Pone algunos ejemplos que hacen comprender que está muy al tanto. No había caído, respondo. Pero, ahora que lo dices, veo un inconveniente insalvable: las circunstancias literarias están muy definidas. Su personalidad encaja a la perfección en aquel entorno, y aquí serían inadaptados. Pudiera ser que no llegaran a hablarse. No sé, responde ella, sería tu trabajo amoldarlos, sabrías hacerlo, seguro. Te creo bien capaz.

 

 

11.- EN SORIA

Quienes conocen de años a doña Catalina cuentan algo que ella no suele referir. Afirman que, en Soria, regentaba una casa de comidas, cuidada y limpia como patena dorada. Buena moza, y dotada de una belleza serena de la que conserva restos cuantiosos, era entonces conocida por el nombre tomado del establecimiento: “El Hogar de Doña Andrea”. No era el suyo, eso está claro, pero pocos había en el secreto, y a ella misma le costaba rellenar de forma correcta, en este apartado, los documentos oficiales. Ocurre que tomó el traspaso a una anciana así llamada, cuyos hijos querían librarse de la penosa esclavitud de dar comidas y cenas a diario. Gozaba de notoriedad favorable el establecimiento, siendo muy conocido en los contornos; por lo que le recomendaron no dar voz a la mudanza. Estuvo de acuerdo en la permanencia del rótulo; ella era poco dada al protagonismo y así creía situarse en segundo plano.
Tras una semana de intenso trabajo, notó que con menos dineros se arreglaba; de manera que, buscando el sosiego propio y el mejor acomodo de los comensales, redujo a ocho las diez mesas del comedor y reservó las noches para que su voluntad hiciera y deshiciera. Pudo así, en los atardeceres alargados, tomar uno u otro paseo en compañía de una amiga, acercarse a la concatedral de San Pedro o a una u otra de las varias iglesias de mérito que existen, cumplir visitas o aceptarlas; dependiendo la elección, sin riendas, de su estado de ánimo en exclusiva. Pero la afición culinaria demostró estar bien anclada, y parte del tiempo libre lo utilizaba doña Catalina en ensayos de salsas y nuevos guisos.
Las tardes de los jueves recibía en tertulia animada a un reducido grupo de íntimos. Solía ser su convite un aromático chocolate de canela, dispuesto, a propósito, el día anterior. Iniciaba su confección partiendo las tabletas en trocitos pequeños, los disolvía luego con sumo cuidado en el agua precisa, añadía leche y canela, y sin dejar de remover hasta el primer hervor, lograba una pasta olorosa en su punto exacto de fusión, equidistante de los dos estados: sólido y líquido. Llegado el momento, calentábalo al baño maría y lo servía como recién hecho, pero con sus cualidades potenciadas por el reposo. Sumaba unas finas hojuelas, a cuya masa, por iniciativa propia, añadía anises dueños de un saborcillo agradecido. No es de extrañar que tal agasajo fuera ponderado, y algunas vecinas buscaran por diversos medios estar entre las personas aceptadas. Sin duda la noticia obraba a favor de la buena fama de la casa de comidas, pero no era eso lo que con verdadero empeño buscaba; quería contar en el barrio, hacerse un hueco, ser respetada. Y a fe que –premio pagador del empeño- lo iba consiguiendo.
La puerta principal del mesón -pues otra trasera daba a un patio, huerto o jardín, que era su orgullo íntimo junto con algunas recetas de invención propia- el portón de entrada, digo, estaba formado por tablones de roble labrado, figurando en relieve un cordón que se hacía lazada en las esquinas. Redondeaba su apariencia noble el cerco de piedra calcárea que le servía de marco, prestando a la casa un aspecto monacal muy apropiado para lo que allí se cocía. Las rejas forjadas, defensoras de ventanas simétricas, añadían al conjunto cierta solidez y firmeza. «Un asiento cómodo ya es la mitad de una comida gustosa», decía la mujer con orgullo, refiriéndose a las propios de madera de sabina, respaldo de cuero ajustado a la espalda y asentaderas de masiegas tejidas, suaves y resistentes. Sillas o sillones adecuados para la permanencia placentera de los cuerpos en las sobremesas, cuando los comensales piden café, yemas de Almazán con licor quemado y el puro, un excelente Farias.
En una ocasión desventurada se acercó al lugar de los recuerdos preciados y regresó abrumada de amargura, ya que le era imposible encajar la realidad en ellos. Un banco había adquirido el inmueble y en su solar edificó la oficina, de manera que escribientes y mecanógrafas se mueven donde antaño manejaba ella cazuelas y sartenes. Parte de la manzana había corrido una suerte pareja, y si las viviendas no se habían trasformado en establecimientos de crédito y ahorro, se habían convertido en una amuebladora o en un comercio de confecciones dotados de escaparates abiertos a la calle. Cualquiera de nosotros, lector, en su lugar, hubiera sufrido otro tanto. El mundo pretérito, tan grato, ya fenecido, se le aparece algunas noches, cuando el sueño cede el paso al ensueño, remiso aquel a cobijarse bajo los párpados.
Rememora en el corral el conjunto avícola formado por un gallo liberador de sus cantos sin orden ni concierto, y unas veinte compañeras, gallinas jóvenes alimentadas con grano -trigo y maíz- que procuraban huevos frescos a quien los pidiera en la mesa. Amiga de torreznos veteados de hebra servía parte de la puesta diaria, o frita en manteca de cerdo, añadiendo, en cualquier caso, la yema sobre la clara apenas batida; sirviéndose del fuego apropiado para que, en tres minutos, estuviera blanca la tela que cubre la yema y dorado el pie de la clara. Pasados por agua, escalfados en jugo de carne, al plato, revueltos, con tomate, rellenos y en infinidad de tortillas. Todo ese juego daban las aves generosas y el rey del corral, a más de incubar alguna pollada, que, metida en carnes, cuando las crías contaban cuatro meses, hacíase delicia para el entendido. Asaba doña Andrea los capones a vivo fuego, con un poco de nuez moscada y sal gorda por todo condimento; ofreciéndolos sobre un lecho de berros frescos de un arroyo próximo, que los criaba poco antes de entregarse al Duero. Paladares había que peregrinaban leguas para repetir la experiencia de saborearlos. Doña Andrea, doña Catalina en verdad, también los guisaba de cien maneras, todas ellas muy apetitosas.
Tres parejas de conejos poblaban el corral a mayores, permitiéndoles sucederse en suficientes gazapos, tiernas camadas destinadas a llenar cazuelas de barro con su carne suave y delicada. Los nutrían frescas hierbas del campo recogidas cada tarde por un pastorcillo y, aún jóvenes, constituían materia prima de un pastel de liebre muy afamado en las proximidades. Manjar beneficiario pasivo del recio sabor de un jamón de su propio cerdo -un puerco oscuro que tiempo atrás hozaba ajeno a su esperado provecho alimenticio- y de unas criadillas de tierra de las que le proveía el zagalejo en temporada. Las palomas del desván daban fin a una fauna que suponía, además de un ahorro, un complemento del mercado, en general escaso de primores.
La cava fresca situada en el sótano, al parecer, fue escenario de tremebundos hechos. El último, ocurrido lo menos medio siglo antes de ocupar la casa doña Catalina, es el que cuenta con más posibilidades de ser verídico. Sirvió de prisión a una moza arrestada por su propio padre, un industrial viudo de edad cercana a los cincuenta. Hasta fijar tal detalle afinaban las habladurías que recorrieron Soria cuando, en el curso de unas obras de solado que precisaban profundizar algo más de una cuarta, en uno de los rincones se encontró, así de somero –está escrito en los cuadernos de la policía- un esqueleto cuyas características, traducidas a personaje vivo, daban una moza esbelta que fue sometida a torturas, alimentación escasa y a una muerte violenta ocasionada por golpes propinados en el cráneo con un objeto cortante.
Mal amada por quien debía cuidarse de su honra y sustento, receptor de los cuidados filiales, la joven sacó novio en la pradera del Balonsadero durante las fiestas de San Juan o la Madre de Dios; lo supo el padre y cayó en una insania que no le permitía vivir de inquietud. En el momento en que la relación de los prometidos alcanzó la madurez precisa como para hablar de boda, consiguió el desequilibrado, mediante amenazas o dineros, que el mozo se alejara sin retorno privándose de un gesto que lo hubiera ennoblecido a los ojos de la abandonada, consistente en decir adiós explicando antes las razones de su marcha.
Ido el pretendiente, encarcelada la novia en la propia casa, oscuro subterráneo al que nadie bajaba; solo tuvo el padre que acusar a la pareja ante las autoridades: a él de mujeriego y raptor, a ella de seducida y raptada; cargos que, dada la condición de mayores de edad de ambos, fueron desestimados. Es de suponer que la reiterada negativa de la hija a someterse al amor imposible, llevara la locura del padre a su punto crítico. Un hombre –está escrito en los cuadernos médicos- fue sacado de esa vivienda y recluido en el manicomio, porque decía y obraba contra toda lógica. Las historias restantes, de un jaez parecido, han de ser invenciones de desocupados; pues de haber en ellas una pizca de verdad, los obreros encargados de la demolición de la casa y de las obras de construcción del banco, que vaciaron de tierra el solar hasta hacer hueco a dos plantas de cocheras, la hubieran advertido. Además, nada que las dé carta de existencia está apuntado, en ninguno de los libros en que estas cosas se registran para que así consten tiempo y tiempo después.
En esa bodega tan traída y llevada de boca en boca –el techo en arco y las paredes húmedas recubiertos de piedra basta, labrada por un cantero poco esmerado- en esa caverna de los rumores escalofriantes a la que evitaba bajar la servidumbre en cuanto percibía el halo de su misterio; en esa cavidad bien ventilada a través de una zarcera que subía al patio, doña Catalina, en los recordados tiempos del figón, almacenaba como si tal cosa un buen surtido de caldos. Se los acercaba un vinatero ambulante establecido en El Burgo, y habían sido elaborados en encomiendas y heredades de renombre. De Langa de Duero y de Bocigas de Perales llegaban los más solicitados, de San Esteban de Gormaz y de Castillejo de Robledo; mostos nacidos de la célebre uva Tinta del País con ribete de las variedades Tempranillo y Garnacha, madurados en tinos de roble. Tintos aterciopelados y sedosos, vestidos de tonos rubí, dueños de penetrantes aromas y un sabor equilibrado con ligero gusto a la madera de que estaba hecha la cuna; rosados nítidos, transparentes, robustos, aprendices de tinto al decir de vendedor tan versado.
Vinos nobles trasegados a los carrales en flexibles pellejos que viajaban derrengados –continentes de forma cambiante recibida del contenido- entreverados, abrazados en intimidad inerte sobre el duro fondo del carro. Vinos que permanecían en la bodega del sótano el justo tiempo establecido por los clientes con sus preferencias –paradojas muestra la vida- un lapso inverso a sus merecimientos; como si diéramos puerta antes a las visitas gratas que a las desagradables. Al servirlo, la dueña solía deshacerse en elogios -justos los encomios, todo hay que decirlo- a los que daba fin con un dicho medieval que ella hizo suyo poniendo algún matiz que lo mejoraba: “El agua fertiliza los desiertos, y este vino resucita a un muerto”. Ella, tan ponderada, nunca ponía al vino frente al agua con ventaja del jugo de la uva fermentado, como suele hacerse; porque sabe que el alcohol se apodera de la voluntad de quien lo consume sin tino, llegando a fraguar en torno a él la desgracia.
Los muchos viajeros que han parado en Soria saben que, como autor de estas líneas, no celebro lo mediocre; elogio, a lo más, todo aquello que en la provincia no precisa de alabanza para ser apreciado. Paso a paso he recorrido esa tierra y conozco el paño; se dan en mí la coincidencia estética y la identidad entre lo esperado y lo descubierto. De entrañables andurriales –naturaleza y artificio- pueden dar fe mis incansables pies. Rostros armónicos reflejo del alma que los alienta, inspiradas conversaciones a las que el hambre o el sueño marcan las cesuras. Eterna compañía sin dilución posible, de mis estancias en Soria, sensualidad e intelecto se beneficiaron por igual. Hay una tierra cuajada de pinos, que antes abrazó raíces de encinas, olorosas matas de espliego y tomillo; tierra seca que un día se empapó hasta rebosar en mil manantiales, padres de arroyos cangrejeros. Tierra marchita y esplendente, ávida de un agua que sigue dictados imprecisos y discurre por cauces de truchas y barbos, bajo un cielo azul o gris rayado de pardales, perdices y golondrinas. En fechas claves se enciende un fuego puro, altar del sacrificio alimentado de hojarasca y carrizo; ante él se adora el misterio que cerca la existencia del hombre, y se incineran el dolor, el abandono y la muerte. Soria: naturalezas inicial y última en coincidencia: Soria. Hago tabla rasa entre lo entregado por mí y lo recibido de esa geografía, abstracta a fuerza de concreción y de realismo; y esa equivalencia coloca a la ciudad en esta novela a modo de pantalla donde proyecto una parte de su asunto.
He de decir que visité la ciudad en la primera ocasión por motivos laborales, de una labor para cuyo desarrollo y conclusión no precisaba ni reloj exacto ni brújula acertada. Ese casi desierto que pasado a números arroja –arrojar es el verbo que emplean los peritos- una densidad de población cercana a los nueve habitantes por kilómetro cuadrado, desierto casi, se hizo entonces mi campo de operaciones, de estudio y de disfrute. Y si vuelvo una y otra vez, sucede porque hallo placer recorriendo las veredas que marcan surcos a las cuestas; porque me encuentro a gusto recorriendo campos y ciudades de su variada geografía, bordeando al padre Duero, rastreando escenarios de avatares históricos, hablando con gentes que no pueden marcharse de allí sin morir de añoranza, escuchándoles la relación de los meandros seguidos por su existencia, cansada y aburrida vista desde el exterior.
Tengo trato con sus naturales y me intereso por las tradiciones, en algún sentido distintas a las que perviven en mi pueblo, pero nacidas de un mismo núcleo formado de temores y esperanzas. Los seguí afectuoso tras unas sabrosas migas de pastor y un sencillo plato de ajo carretero, y me han dictado la manera de hacer los escabeches como ellos los preparan. Amigos originarios de diversas partes del país, y algunos extranjeros, exhiben en sus hogares –regaladas por mí- piezas de la cerámica torneada en Tajueco, Deza o Quintana Redonda, recuerdo de mis breves estadas en esas villas. Y poseo un álbum de fotos, disparadas unas –en los instantes previos al derrumbe- a monumentos que fueron únicos; y otras a parajes y edificios bien conservados, irrenunciable patrimonio de esa humanidad que orienta sus gustos por otros derroteros carentes de alma y enigma.
Sorprendo a Marina indolente y la propongo realizar una corta gira, en día de descanso, por la capital soriana y alguno de sus pueblos, entre los que es preciso incluir la pequeña aldea de Calatañazor. Pero elijo mal el momento de la propuesta y, tras escucharme sin aparente interés, continúa sumida en la inacción y el mutismo. Entiendo lo que la silencia y ante lo que la silencia callo.
Posee Marina un carácter animoso y optimista que pone de su lado a los inconvenientes y aparta del camino los problemas; eso es, junto a su preocupación por los necesitados -de cerca y de lejos- lo que más me gusta de ella, incluyendo la armonía de su rostro, su caminar decidido y el afán de permanente mejora. Pero hay días en que la melancolía la puede; una tristeza honda que, nacida de vete a saber qué asuntos materiales o intangibles, va apoderándose poco a poco de su ánimo y ella se rinde sin lucha. No existe cosa o ser vivo en el mundo que la dé satisfacción en ese estado letárgico; lo he probado todo: llevarla o traerla, regalarla, prometerla, someterme, oponerme. Al parecer no existe cura más allá del paso del tiempo, dos días por lo general. No está para nada ni para nadie cuando ese sentimiento la invade, y lo mejor es mimetizarse con el entorno y pasar desapercibido. Y sucede que, por torpeza o desconocimiento de lo que se avecinaba, en el inicio de una de esas crisis hago la propuesta de excursión a la ciudad de Soria y sus alrededores, sin obtener ningún resultado práctico.
Yo amo de Marina hasta sus debilidades; y ello porque me sé débil. Memoria tan frágil como la mía no merece mucho crédito, y yo, sabiéndolo, desconfío y hablo del pasado con una gran reserva. Así lo escribí: “La vida es un globo hinchado por un gas más ligero que el aire. Nos entregan a cada uno el que nos corresponde anudado a la muñeca en el momento de nacer, y cuando, quejándonos del tirón sufrido pretendemos soltarlo, nos explican su naturaleza esencial con advertencia seria de que es volátil e irrecuperable. Con él vamos a todas partes; en ocasiones nuestro hilo se enreda con otros y cuesta un triunfo separarlos. Un mal día, por causa de cualquier abuso o desgastado de tanto trajín, se rompe el cordón y nos quedamos con la boca abierta viendo al globo subir y subir, hasta que comprendemos su verdadera importancia y morimos de pena”. Creo yo original la alegoría que expongo, hija de mi caletre inspirado; pero me descubre Marina que las monjas en sus enseñanzas morales, explicaban a las novicias la misma metáfora referida a la inocencia. Quizá para las hermanas vida e inocencia fueran una misma cosa, y yo debí de escuchar la parábola en el colegio sin dar a lo oído ninguna importancia.
Debajo del columbario -arrullos y aleteos permanentes- y sobre el fragante comedor, en el piso considerado principal delimitó doña Catalina su residencia soriana. Es cierto, y lo dice sin pretender inclinar la balanza de su juicio, aquella vivienda era acogedora y cálida, pero frente a la actual de la rinconada palentina, ni punto de comparación. Y es que ha progresado de manera evidente en aspecto tan importante de la ciencia del bien pasar. Dos habitaciones poseía, a más del cuarto de aseo y una salita ajustada a las visitas solas, pequeña si eran parejas e incapaz si se reunían en tríos las amistades. De noche, espantamiedos más que defensa, era su acompañante una moza llegada de la Sierra de San Miguel, sollastre de día y cuidadora en todo tiempo de los animales según lo aprendido en su pueblo, Carrascosa, donde desempeñaba la misma tarea hasta que en casa fueron seis hermanos y tuvo que ponerse a servir.
Refería la zagala anécdotas de la aldea: algunas recientes, vividas por ella; y otras oídas, de cuando el duque de Alba nombraba alcalde mayor y se mantenían en pie las ermitas de la Virgen de la Soledad y San Gregorio. Entre las primeras, el relato de las esporádicas incursiones del lobo a los corrales y las consiguientes batidas de los vecinos, buscando en verdad, pese al pretexto, un despiadado desquite. De las segundas, trágicas historias de vecindad, que llevaban a rabadanes y zagales a desnudar las navajas amenazadoras en apoyo de una verdad indivisible. Pasando de las unas a las otras se iban acortando las largas noches invernales, y el frío de la soledad se tornaba más llevadero. Con vistas al matrimonio, la señora instruía a la criada en las labores propias de un hogar y en el arte de los bordados sencillos, que la aprendiza dominaba enseguida por ser de natural despierto. Del mismo modo, prestaba sus brazos a las labores propias de la fonda, una viuda de la capital, servidora de escudillas en el hospicio antes de caer enferma de tisis por la mucha tarea. Una vez curada entró en el figón, donde había de colmar los platos sin tener costumbre tan pródiga, echando una mano en el cocido de caldos y el desplumado de aves.
Ignoro los estímulos que activan los recuerdos, pero son ellos los que me llevan una y otra vez a mi pueblo, y a los tiempos aquellos en que yo no tenía otros horizontes y me bastaba. Las mulas eran tan seres vivos como nosotros. Seres vivos, es decir, sensibles. Respiraban, comían lo que tenían más a mano de lo que las gustaba, bebían agua, orinaban haciendo una breve pausa y defecaban sobre la marcha cuando sentían necesidad. En ocasiones ejercitaban su exclusiva voluntad y, con mayor frecuencia, obedecían. De jóvenes tendían a actuar a su capricho: se escapaban incluso trabadas, jugaban, daban coces y mordiscos. Hasta que se las enseñaba y aprendían. Entonces, lo suyo era ayudarnos en aquello que necesitábamos. Las vi tirar del arado, el rastro, la sembradora, la segadora y llevar el carro. Tiraban del carro y su carga; y cuando el carro entornaba ellas sufrían el daño. Si el carro se atestaba, se dejaban el alma tirando de él hasta sacarlo. Nos llevaban sobre su lomo, enfermaban preocupándonos como si fueran de la familia, envejecían hasta quedar sin fuerza y morían. Eran momentos de duelo, afecto, cariño y trastorno económico. Las mulas francesas fueron muy apreciadas entre nosotros, fuertes, nobles, trabajadoras. Paradojas de la vida, las mulas aquí retiradas al llegar los tractores, fueron exportadas a Francia, donde sirvieron de alimento hasta la extinción. El esquilado era toda una ceremonia que yo veía oficiar al esquilador conocido como el Rubio, artista de ingenio que terminaba su trabajo dando forma con la tijera a bellos dibujos sobre la grupa. Para herrarlas había que ir a Palencia, donde estaba el herrador vinculado, no sé de qué manera, a nuestro pueblo. Las mulas, ellas me hicieron sentirme labrador.

 

 

12.- DOÑA CATALINA

Por lo que va leyendo acerca de doña Catalina, asegura Marina que no la importaría haber nacido de semejante mujer. Se consideraría afortunada si una señora de esas cualidades fuese su madre: sensible, decidida, inteligente. La cabeza, que algunos días mustios da vueltas y vueltas imaginándola así o asá, llevándola, niña, de la mano, recobraría la calma. Pudo suceder: digo. Bastaría con que Teudenio, de ser tu padre como parece, hubiera llegado hasta ella ejerciendo cualquiera de los oficios desempeñados entonces. Y bien pudo ser.
En los tiempos idos del Hogar de doña Andrea, las vecinas conocían apenas la superficie de la dueña, pues de doña Catalina, a más del nombre postizo se sabía muy poco y ella no agregaba. Reservada o tímida, escondía que comenzó a navegar muy de mañana. Cortó amarras a los diecinueve años, forzada por la voluntad de parte de la familia dividida en dos facciones, sexo masculino frente al femenino. Se advertía privada de escapatoria, atrapada en las redes de una pasión rebelde, dominante. Toda ella hecha donación y renuncia de sí misma, voluntad solidaria con la del amado, se entregó sin condiciones en cuanto el objeto de su idolatría formuló promesas de futuro que cumpliría por encima de todo.
Las leyes de la Naturaleza alentaban su entusiasmo y se enamoró del cariño, del galanteo, de las mieles de unos besos carnales que la mostraban el paraíso con el que tanto y tanto había soñado. Una inquietud de entidad extraña, péndulo oscilante entre el cero y el infinito, la forzaba a escalar las montañas más altas y a profundizar en las más hondas simas, a ser reina y pordiosera en una misma tarde, a ir y venir a un tiempo sin discriminar entre ambos sentidos. El desencadenante y beneficiario de emociones tan generosas, el muchacho en quien concretaba las virtudes netas, al que lustraba las capacidades deslucidas, ofrecía a las tiendas las mercaderías llegadas de donde la abundancia perjudicaba su precio: hierbas medicinales contra distintas dolencias, abalorios, fruslerías, espejuelos, broches femeninos para la pechera, trabajos artesanos en madera de olivo, dulces y licores de convento. Repertorio variopinto que el afectuoso arriero ponía a disposición de la novia, en especial las suculentas yemas y los amarguillos desafinados. A ese muestrario, revelador de un carácter, se agarra Marina para convencerse de que el vendedor, tuviera el nombre que tuviera en aquellos días, tiempo después diría llamarse Teudenio.
De las muchas madrugadas que caben en dos meses, las más, el joven escaló la higuera hasta el cuchitril donde se sabía bien recibido. Dejó de hacerlo cuando un vecino insomne avisó a la familia de las cautas trepas, y conocedor de las intenciones aviesas de quien hubiera querido suegro comprensivo, de los tíos de la moza, primos y cuñados, quedó a la espera de lo que el porvenir deparara. Conocido el prodigio producido por su insistencia amorosa, sabida de primera mano la maravilla de la procreación, cuando Catalina decidió huir fue tras ella decidido a aminorar el perjuicio causado.
Las antiguas llamadas de la sangre oídas por los varones de la estirpe, machos de convencimientos trasnochados, los llevaron a buscar furibundos el nombre del seductor para exigirle una satisfacción imposible: no ya el matrimonio, como en los dramas medievales, sino la vuelta de la joven a la inocencia perdida. Interrogatorios que se prolongaban hiriendo, razones fugaces, sinrazones nimias, amenazas, promesas, maldiciones y algún bofetón sin dueño: eso sufrió; mas la acusación que perseguían los inquisidores no salió de los labios sellados de la muchacha. Las mujeres de la casa, obligadas a formar barrera con los hombres, a solas decían estar a su lado, entregándola palabras de apoyo y consuelo. Inmoral llamó el cura a la ausente desde el púlpito en la misa mayor. De inmoral la calificaron las beatas que lo oyeron; y hasta los suyos lo repetían, cuando, compadeciéndose de la infortunada, quisieron suavizar los insultos. Inmoral, se dijo ella, sospechando que la moralidad es una norma engañosa dada por los verdaderos inmorales para someter mejor a los pudibundos.
Desconocido para quienes pretendían de él lo imposible, el padre de la vida bullente en el seno de Catalina siguió a la mujer como una sombra, y ella se supo arropada porque a la hora de tomar decisiones aportaba una clara visión de las causas y de las consecuencias. Sin duda merecía el amante el costoso silencio de la amada. Desde El Royo, pasando por Soria, llegaron a Zaragoza. La ciudad maña a primera vista resultaba enorme: calles, plazas, monumentos gente, trasiego. Debían buscar alojamiento y, buscándolo tardaron muy poco en saber que una pareja lo es, solo si tiene un documento que lo atestigüe, eso aprendieron en la primera lección. Sin Libro de Familia no hay pareja, aunque ella amase más que a nadie en el mundo a quien la veneraba. Un amor tan grande como el suyo no servía de pasaporte. Probaba, eso sí, sin ningún atisbo de duda la sinceridad del hombre, capaz de recorrer los vericuetos del sendero escogido por ella, vueltas y revueltas sin mapa ni brújula. Habían de contraer matrimonio, así se decía en los círculos oficiales. Pues lo contraemos, dijeron. Partida de nacimiento, tener veintiún años o permiso paterno. Él casi veintiuno, ella a punto de cumplir los veinte. Dependía Catalina del padre hasta que pasara a depender del marido. Destino de mujer, nunca emancipada, dijo ella nada más conocer el significado de esa palabra nueva. Al hombre le esperaba el servicio militar obligatorio, y por la edad ya habría sido llamado a filas. Todo eso supieron en el espacio de unos días. Su gozo en un pozo, en un profundo pozo de aguas oscuras.
Quienes sabían, aconsejaron al novio que se presentara voluntariamente en la caja de reclutas, para someterse a la voluntad y a las órdenes del ejército. No sé si me pongo en su lugar, pero veo dos pozos en lugar de uno. Destino de hombre, dependiendo del padre hasta depender del ejército, añadió él a la queja de ella.
Catalina, sola, mudada la ocupación cambiaba de vivienda, pues necesitaba disponer en cualquier momento de un refugio cercano. Reconoce el alto costo emocional de abandonar aquellas pensiones que admitían huéspedes de paso, cuya característica más llamativa era la agitación constante. En cambio, sintió alivio al partir de otras, donde, desde el principio tenía claro que no se haría a sus usos: tristes sustitutos de un hogar bien asentado, colonizadas por pupilos que llevaban años metidos en la misma conversación intermitente, seguidores fieles de la rutina y de un horario rígido. Asimismo, ocupó habitaciones pertenecientes a familias necesitadas de un complemento económico, pero en seguida se cansaba de las miradas escrutadoras de los hospederos, quienes parecían llevar una contabilidad ajustada de los centímetros ganados por su cintura. Un día de suerte, después de iniciado el particular peregrinaje, en un hotelito próximo a las famosas basílicas –visitó con agrado La Seo a más de El Pilar- encontró un quehacer duradero. Primero sirvió como doncella en las habitaciones, limpiando los suelos y el baño, mudando la ropa de las camas y las toallas húmedas; y luego sería ayudante de cocina, actividad de más goce. Pudo desempacar, por fin, la maleta y prolongar la estancia; no porque viera su camino libre de exigencias, que lo marcaban muros paralelos, sino porque le gustaba la tarea y se ahorraba unos dineros en alojamiento. Dormía en el ático, dentro de un tabuco que miraba con un ojo, y pequeño, a un tejadillo perteneciente a la casa de al lado. Como en Zaragoza escasas veces diluvia, y se filtraban -reflejados en la ventana de una buhardilla- algunos rayos de sol; vislumbrándose, en añadidura, un retazo de cielo del tamaño de un moquero; se conformaron por el momento sus aspiraciones.
La verdad de su estado ya era evidente y lo asumió con orgullo sin mayor consecuencia mientras pudo desarrollar su trabajo.
Regresaba de noche por vía imaginaria a la casa de los padres. Iba su intención de alcoba en alcoba, de panera en panera, llegaba a la cuadra de las caballerías, jugaba con alguno de los gatos, con el perro rabón, echaba granzas a las gallinas, acunaba su muñeca de trapo y vigilaba el sueño de los durmientes. Añorados tiempos aquellos, felices y sosegados vistos desde lejos, desde el escenario de la lucha diaria por la supervivencia. Sin embargo, en ellos arraigaba ese combate; y sabiendo que algún capítulo de su comportamiento fue inadecuado, en modo alguno modificaría las circunstancias de su amor furtivo.
No pudo hallar en el ejército al padre de su criatura, disponía de un nombre, Diego, sin apellidos acompañantes. No fue suficiente. Con los pocos ahorros que su previsión destinaba al ajuar y a costear una boda sencilla: vestido, misa, banquete y adornos florales; a los que añadía los esporádicos ingresos obtenidos como acompañante de alguna anciana sola, vivió un tiempo agridulce. Se refiere al transcurrido desde que la despidieron del hotel porque el fruto de su vientre la entorpecía, hasta que su hijita cumplió quince meses y el Señor se apiadó de ella rescatándola de este valle de lágrimas. La madre puso Marina a la recién nacida, buscando un nombre adecuado a sus ojos grises, verdes o azules; cambiantes a lo largo del día como la inquieta superficie del mar. Mas la criatura resultó ser de natural quebradizo, de modo que fue contrayendo una tras otra el completo repertorio de enfermedades infantiles. La intervención divina la sacó de esos trances mediante milagros de efecto bien breve, porque las fiebres reumáticas traídas del nacimiento lograron lo que no pudo conseguir la tos ferina, dar fin a una existencia que, según se atisbaba, iba a ser dura.
A cada repaso dado a los recuerdos en los que goza de su pequeñuela, le pone méritos cuantiosos en alma y cuerpo, prendas que de vivir no tendría; y así, exclusiva y admirable, la ama tanto y tanto que amor de madre y escultor que se goza en su obra, se aúnan. Confidente, consejera y amiga hubiera sido doña Catalina para la pequeña; patrón, guía y sustento; madre que entrega todo el saber reunido como alcancía colmada de monedas: oro, plata, cobre y níquel. Desembarazada de obligaciones la desalentada Catalina, y sin recursos que la permitieran elegir, aceptó el empleo de sollastre en un comedor público sito en el Paseo de la Independencia, a cambio de un sueldo que cubría justito sus exiguos gastos.
– ¡Marina! -exclama mi amada Marina, que lee lo que yo escribo- claro, esa niña soy yo. ¿Lo ves?, Teudenio fue mi padre y mi madre es doña Catalina. Mi misterio, desvelado, se entiende y encaja.
-Pero la pequeña murió y tú gozas de una salud excelente
-No importa lo que diga el texto, seguramente está equivocado en ese punto. El novio, padre de la criatura, visto su carácter integro, me parece clavadito a Teudenio. Convéncete, aquella Marina vive, está en Madrid contigo y te quiere.
-Pudo suceder así, pero me cuesta creerlo. Cómo explicas que viviendo tu madre debiera criarte la abuela y de mocita te llevara tu padre en el carro de títeres. ¿Crees capaz a doña Catalina de perder de una vez a sus dos amores más puros? Se precisaría una catástrofe cuyos efectos aún hoy serían visibles en las cosas y en las personas.
-Así es porque así lo quiero.
–Digo por decir, ya que conozco la debilidad de las razones frente a la emoción, siempre dando batalla ellas y siempre vencidas, y viéndome perdido en porfía tan desequilibrada callo y prosigo mi tarea.
En éstas estábamos, cuando los pedazos de la vida rota de Doña Catalina de pronto concordaron dando un quiebro el destino. La oposición cedió en la casa familiar de El Royo, muerto el padre, viudo de una santa, su madre, a cuyo entierro el rencoroso patriarca no la había permitido asistir. Labranza de par y medio de mulas, vivienda de labrador y un rebaño de ovejas: con los hermanos partió la herencia, estrechada por los años de indolencia paterna en íntima colaboración con naipes hostiles de los cuatro palos. Recibió los dineros resultantes, cabales para tomar el traspaso de la casa de comidas que ofrecían en Soria; mudó de nombre a causa de un azar burlón y dio rienda suelta a su interior creativo, a su intuición inestimable, sirviéndose de lo aprendido en casa y de lo practicado en el hostal de Zaragoza para salir airosa de los complejos inicios. Que bien hubiera venido Diego, estuviera donde estuviera; piensa en él y en la hija de ambos, Marina, la niña de los ojos claros.
De su madre, que demostró tener mano para las salsas y los postres, Catalina, mocita hacendosa, aprendió cinco maneras al menos de preparar la bechamela, bien sea de vigilia o admita jamón, lleve setas de cardo si las hay en las laderas, con ajo o sin ajo. A ella debe la capacidad de obrar prodigios con un manojito de perejil, y es que «cuando una se siente a gusto en la cocina, a dos pasos está el arte», como ella dice. Tomaba el perejil muy verde, lo majaba en el mortero hasta conseguir una pasta viscosa, y diluía, por último, la verdusca masa en un caldo de gallina y jamón, al que había añadido con anterioridad unas gotas de vinagre al espliego y una pizca de cominos y ajo machacado. De manera tan sencilla conseguía un aderezo de lo más generoso con cualquier carne seca o de pobre sabor.
En los mismos años mozos ayudaba a los pastores a preparar una caldereta de cabrito, y solía repetirlo en ocasiones contadas, pero en verdad, memorables. Cruzaba un trípode en el corral, y con ramas de pino y encina encendía un fuego de llamas rojizas y azuladas, que en la caldera de cobre freía los trozos de un cabrito mamón. Espolvoreaba flor de tomillo sobre las tiernas tajadas, manzanilla verde, romero y una pizca de clavo; moviéndolo todo con cucharón de madera. A imitación de los zagales, la clientela tomaba sus porciones del perol común, apoyándolas sin miramientos en la miga de un zaraballo redondo como la luna llena, hogaza abierta a guisa de plato. Ataitones de bacalao servía, haciendo de entrante, y un postre último al que decía “obispo” la doncella serrana que ayudaba en las faenas. Menester era no haber comido en dos días para dar cuenta de todo el condumio y del pan que lo acompañaba, muy metido en harina, denso, de duro trigo candeal.
Los feligreses -de tal modo llamaba ella a su parroquia por devota y asidua- acudían al territorio amigo de doña Andrea o doña Catalina persiguiendo satisfacciones delicadas, debilidades perdonables de quien huye de la gula, pecado concerniente a la cantidad como se sabe, nunca a la exquisitez. Ellos, los refinados conocedores, se hacían lenguas de lo bien que trataban a los estómagos en aquel comedor; lo que permitió a la fama volar hasta los palacios más encumbrados. Decíase que un duque arribaba bien acompañado a tan humilde fonda; y así sucedía: disimulado de rentista, cada tres semanas poco más o menos, se presentaba el aristócrata persiguiendo el propósito de afianzar el tornadizo corazón de su amada. Se añadía que una familia principal de la capital del reino, de las que pasan el verano en la magnífica ciudad de San Sebastián, y desde la Concha escapan a París, es decir, gente de mundo; daba un rodeo para detenerse en aquel figón y degustar platos exclusivos, solicitados por correo a la renovada y renovadora doña Andrea.
A mayores, la cocinera resultante de biografía tan ardua, señora de una sola pieza, dominaba la ciencia de trinchar la caza de forma que presentara un aspecto favorable, el arte de mezclar en plena armonía colores y formas decorando el plato y la técnica de adornar con flores y frutos los manteles. Daba así vida a un bodegón frutal bien iluminado. Pero si había que destacar dos virtudes sobre todas las que constituían su acervo, éstas eran bien claras, la sencillez y la paciencia, conductoras últimas de su vida y trabajo. Con ellas –naturalidad y espera- alcanzaba el paraíso en la elaboración de una exquisitez, culmen de su entrega a tan profunda vocación. Tratábase de un tembloroso flan que se deshacía en la boca, liberando aromas ascendentes, y sabores que, a través de la lengua y las encías, se deslizaban hasta el lugar donde el sentido del gusto tiene su acomodo. Allí la sensación se abría por completo -muda explosión de fuegos de artificio- dispersando miles de puntos luminosos que conquistaban en un santiamén toda la gama del arcoíris gustativo.
Aunque ciertos detalles dieran pie a sospechas imprecisas, nadie supo con certidumbre que comenzó a verse con un representante de artículos textiles: piezas completas y ropa de confección. Un buen hombre en su sano juicio, a quien mostró ella, sin pretenderlo, sus amplias y diversas facultades. Visitante asiduo, en efecto, a quien la mujer ofrecía cada noche la sabrosa sustancia de los alimentos y el cariño de una esposa ya hecha. Abrazo doble y método eficaz, a tenor de los resultados, pues no tardando mucho se ataron con los lazos sagrados que convierten a los buenos amigos en perseverantes esposos. Las bendiciones religiosas, esta vez sí, lograron el milagro de transformarla en mujer casada, estado ideal para ella, cuyo beneficioso efecto llegó a todos ámbitos de la vida, tanto personales como familiares o sociales.
Una historia así, poco más o menos, oculta doña Catalina sin motivo de entidad; pues si no es una línea recta la representación de su recorrido, tampoco dibuja eses pronunciadas, dientes de sierra o espiras. El nacimiento de su hijita, fruto de su primer amor, de la entrega simultánea de dos voluntades, no fue un incidente desgraciado sino un punto de partida estimulante; el despliegue de su capacidad protectora, acción y pensamiento hechos riachuelo que busca el mar. Es una lástima que durara tan poco el ensayo; mas sacó partido de la experiencia y su juicio sobre el diario suceder de los hechos ya no fue el mismo. La pasión puesta por la naturaleza en las personas con la intención de que sea indeclinable, surtió efecto en ella, elemento previsto en la serie como acueducto destinado a salvar desniveles. Pero doña Catalina no lo entiende de la misma manera, y si habla de sus afectos nombra con tiento a su esposo legal, silenciando el período previo al matrimonio con él, cuando la sensualidad -culinaria tanto como amorosa- entraba y salía de la casa oculta en las sombras nocturnas. No menciona, claro está, nada de aquello, pero ni ha querido ni querrá olvidar por completo su auténtica pasión y el fruto malogrado. No obstante, aún alberga su pecho el eco de los latidos que en presencia del amante impulsaba su corazón; sístoles y diástoles que se apaciguaron cuando nació la niña, como si ese y no otro fuera el objetivo de tanta seducción, de tanto embeleso. Murió el angelito, y el padre, incapaz de localizarlas por resultar imposible dado su continuo vaivén, ni de ser por ellas encontrado dada la misma razón, dejó vivo su asidero en el alma de doña Catalina. De ahí el hueco abierto en ese esconce vital.
Por una errónea interpretación de la honra, censura la señora su biografía arrancándola páginas enteras; de modo que la pintura de sus afanes resulta más un cuadro conformado a brochazos que a pinceladas minuciosas. No tendría importancia si hiciera excepción con las personas de más trato, pero ni con ellas se abre. Nada hay inconfesable en su conducta, ni un ápice que deba permanecer oculto; y alguien ha de decir a la buena mujer –buena en el mejor sentido de la palabra- que, si en el proceder correspondiente al tiempo orillado, hubo alguna mancha, es de las que se quitan en contacto con el agua y el jabón.
“¡Prejuicios!, ¡obsesiones!”: Exclama Marina irritada cuando lee el capítulo; y achaca la actitud de doña Catalina, a quien en lo íntimo ha convertido en su madre sin más averiguaciones, a la intervención del censor que unos y otros -padres, educadores, la sociedad al completo- van fortaleciendo en las mentes humanas desde la cuna. ¡Prejuicios!, me digo, he aquí una palabra que equivale a un discurso; existen sellos acuñados cuya estampa obliga a las personas. Entiende la mojigatería que el pecado capaz de expulsar a Adán y Eva del Paraíso, y el que bajó de las alturas a los Ángeles malos para abandonarlos en los infiernos profundos, es uno solo: el pecado de lascivia inherente a la carne. Iguala el puritanismo deleite y pecado y, lo que es peor, sufrimiento y virtud. Convierte a la mortificación en paradigma y enfrenta con prevenciones absurdas al macho y a la hembra, fuego y estopa que es preciso mantener separados. Y continúa su resoplo mi amada: “El macho es complemento y acicate, el macho es rodrigón y pared, soporte de la hembra que es yedra; yedra es el macho asiéndose a la hembra que es su escala, su estímulo y pináculo. El varón es a la mujer lo que la mujer al varón: el fundamento imprescindible para constituir pareja; y la pareja pasa a ser patrulla potenciada que se defiende bien en la lucha diaria, módulo universal destinado a la conquista de la felicidad y a la prosecución de la vida”. Y en ese momento feliz de la arenga, quizá por demostrarse valiente, opuesta a las fórmulas que constituyen en las gentes los prejuicios, Marina me pide que vivamos juntos.
Así es: me pide Marina que vivamos en la misma vivienda compartiendo todo. Y yo, que no deseo con más fuerza otra cosa, temiendo que reflexione y se desdiga, por preservar las palabras sin otro matiz que las manche, llevo la conversación a los días llenos de los títeres, cuando nos conocimos y aprendí lo que era la admiración y el amor, el recuerdo permanente y la añoranza sin tregua. Deseosa acaso de saber sí otras niñas como ella la precedieron en mi corazón, pregunta Marina por los ambulantes que a lo largo del año arribaban a Valdepero. Y aunque puedo explayarme porque eran muchos y cada uno iba a sus asuntos, servidores de ocupaciones muy diversas, dada la alegría que configura el momento, me limito a confesar que ella era única y así la acunó mi memoria tiempo y tiempo trayéndola al hoy pleno.
Criba mi memoria los visitantes lúgubres, relatores de sucesos tremebundos. Pero no todos los vendedores ambulantes de crónicas voceaban sangre, los había que declamaban enjundiosos versos –los romances eran mis preferidos- modernos trovadores que relataban las cuitas de damas ultrajadas, socorridas por caballeros heroicos en la remota Edad Media. Ese pudo ser el caso de Teudenio, que con otros nombres habría pasado por allí varias veces, recitando sus poemas juglarescos. La diferencia consiste en que esa vez, y en compañía de Marina, más próspero acaso -sobre un carro llevado por un pollino de imponente envergadura, un mulo casi- movía los títeres y, a su compás, los corazones expectantes.
Entra Marina de soslayo en esa materia resguardada, emotiva a más no poder para ambos, y echando mano del recuerdo triste, con agitación de los cielos y estruendo similares a los del Gólgota, sucede la muerte de Roldán a manos de Bernardo en Roncesvalles, más la de Bernardo encaminada de manera simultánea por Roldán –final de la obrita que desplegaban Teudenio y la niña sensible y despierta- fuerza a las lágrimas a dar un salto breve desde sus ojos a los míos. Esa escena última quedó grabada en mi mente con fuego y, al poco más o menos, la he repetido, con esta, cien veces.

 

 

13.- LA REALIDAD ACABA IMPONIÉNDOSE

Doña Catalina y su marido hicieron duros el figón al poco de casarse, pues el viajante de comercio sufrió un accidente que le incapacitó para su oficio y precisaba ayuda. Se trasladaron a Palencia, ciudad de la que él era originario; compraron la nueva vivienda y el inválido abrió su alma a la ciencia y a lo oculto, con intención de desvelarlos, desvelándose. Inquiría respuestas precisas a las enseñanzas de Buda y Zoroastro, escudriñaba entre las ruinas de Persia, Caldea, Egipto, Grecia y Roma buscando las raíces de un presente insulso; iba a lo más profundo de la vida y obra de Platón y Sócrates, perseguía hasta los mínimos detalles de los misterios de Eleusis, se desvivía por conocer el oscuro período de la estancia de Jesucristo entre los esenios, alzaba cartas astrales, leía las manos y arriesgaba prospectivas sobre los asuntos sociales o políticos, acertando con frecuencia en sus predicciones.
Tras dejar el empleo de representante de tejidos, de la actividad de augur -arte y ciencia- no se lucraba, y podía. Pagábale el disfrute de su ejercicio, el conocer mejor a vecinos y amistades, el comprenderlos y aceptarlos tal como eran y hasta el hecho de asistirlos si se terciaba. De modo que, poseyendo los medios, la inclinación y el tiempo necesarios, dedicaba éste y los otros al servicio de quien precisase ver su futuro desnudo de misterio. Señores principales constituían, como es voz común, su clientela: políticos de todos los pelajes, banqueros, abogados metidos en pleitos difíciles, jueces en trance de despachar algún asunto peliagudo. No obstante, modistillas y ganapanes le pedían consejo sobre amores, y él se lo daba de su propio entender, sin necesidad de apoyarse en las estrellas ni en los sabios antiguos.
Se muestra como una de tantas lagunas del saber, irresoluta por las teorías -aun las más avanzadas- de la evolución de las especies, que tales inquietudes nacieran y se desarrollaran en el hijo de un empleado de Correos en Palencia, de un simple repartidor de cartas y paquetes postales a lo largo de la avenida de Valladolid y de las calles tributarias. Era un padre cargado de las mejores intenciones, pero falto de posibles en lo que respecta a la economía familiar, para dar a vástago tan despierto estudios superiores que fueran más allá de los impartidos en la escuela local. ¿Qué vivencias, qué estímulos pudieron mover a la acción escrutadora de las ecuaciones de la vida, al chaval nacido y crecido en la palentina calle de Los Pastores, amigo de descargadores y maleteros de la estación?; ¿cuáles eran las causas de esas consecuencias así de beneficiosas? Se ignoraba todo ello, pero ocurría; allí estaban –es un decir- como prueba fehaciente las constantes lecturas que el antiguo viajante de comercio, ávido de conocimientos, emprendió.
La mínima porción de tiempo y el espacio indivisible se unen en la expresión “aquí y ahora”. La visión de las cosas desde tal punto de vista es fugaz, porque un segundo más tarde o un paso más allá se modifica. El concepto de eterno e infinito corresponde al extremo opuesto y proporciona una perspectiva inmutable. Sería la posición permanente del Demiurgo. A mayor campo visual corresponde una visión más difusa. El hombre se mueve entre lo próximo y lo remoto y alcanza el equilibrio al conciliarlos. La encarnizada lucha que libran el Caos y el Orden terminará con la victoria de uno de los dos. Para los pesimistas el Caos dominará. Los optimistas esperan que el Orden se imponga. La mayor parte de las teorías religiosas son optimistas. Mas el Orden y el Caos, principios de un Universo dual, avanzan en círculo; de forma que no sabemos quién sigue a quien. Ambos se necesitan, porque la existencia de uno justifica la del otro.
Qué cuadrará el Orden cuando el Caos no desordene; qué enfilará o redondeará si el Caos acata sus normas. Qué desorganizará el Caos, cuando, fenecido el Orden, todo quede manga por hombro. Puede que el sobreviviente, liberando una enorme cantidad de energía al modo del núcleo atómico roto, se escinda; una parte inclinada al Concierto y la otra al Desorden. Y vuelta a la pendencia. Al hombre le ofrece más posibilidades de progreso el perfectible Caos que un Orden rígido y estático. El Universo se expande y se contrae. Las reglas que rigen la evolución de los astros no son las mismas que gobiernan el comportamiento de los electrones. Lo macro y lo micro caminan tomados de la mano y soltándose sin motivo aparente. Fe y razón no pueden enfrentarse porque habitan planos diferentes, son de naturaleza incomparable. La razón es herramienta de la mente humana, llave que abre cerraduras y candados; la fe obedece instrucciones del mundo emocional y tiene que ver con los deseos. La razón suma, resta, divide y multiplica; la fe manipula, ilusiona y sirve a trileros y prestidigitadores para llevar la apuesta a la cáscara de nuez equivocada, a la mano errónea. La razón es el sol que ilumina los paisajes, permitiendo descubrir, horizonte detrás del horizonte, que el mundo es una esfera. La fe es un manto oscuro tan vasto como la noche, y extendido sobre lo existente, una planicie inacabada, lo oculta a la mirada suplantando la realidad con invenciones improbables.
Al esposo de doña Catalina le interesaba la Naturaleza entera, el Universo al completo, de lo enorme a lo diminuto; sorprendiéndose con entusiasmo de sus pequeños descubrimientos, de los que hacía partícipe a doña Catalina mediante explicaciones prolijas. Ese ejercicio del magisterio le servía para reflexionar acerca de la intención exacta de las lecturas, valiendo al tiempo a la mujer para evitarlas. A tal proceder se debe que conocieran juntos la existencia de un mundo complejo y maravilloso, escondido entre la escoria y la hojarasca; tan cercano a nosotros que no lo vemos faltos de la conveniente perspectiva. Adquirió libros, se subscribió a revistas, asistió a conferencias, y fue arrastrándola tras él sin ella darse cuenta. La señora escuchaba los razonamientos con delectación, poniendo diligencia y esmero en las colaboraciones pedidas. Estaba el esforzado señor a punto de hacerse sabio, cuando una enfermedad que nunca dio la cara se alzó con su salud, cerrando la puerta a los felices augurios de los planetas. A ella le dejó, su venerada esposa, a falta de hijos, la casa ya pagada, un buen pasar fruto del ahorro y las economías, media pensión que se iba sin sentir y un camino trazado hasta el final por aficiones bien arraigadas.
Concluido el funeral, dichas las misas en pro del alma del finado, idos los últimos parientes, las escasas amistades y las personas meramente conocidas; vacía la casa, doña Catalina se descubrió, cualquiera que fuera el destino de su mirada, del todo sola. Escarbó en su entorno más inmediato y halló el cobijo de los libros de historia, el refugio de las obras de filosofía, la techumbre de los tratados astrológicos: diversos estudios sobre el movimiento de los Planetas, el famoso Alpherat, el Libro de las Casas, cien años de Efemérides, el saber de Sementovsky-Kurilo, de Alan Leo, de Georges Antarès y veinte más, cuyo contenido ponía en práctica el difunto con verdadera devoción logrando magníficos resultados.
Muere Pericles, el gran hombre de estado griego, y al mismo tiempo nace Platón, perseguidor de la Belleza y de la Armonía, metas a las que renuncia para someterse a la disciplina de Sócrates. Del maestro recibe el descendiente de Solón y de Codro, en tres años, el amor por la Verdad y la Justicia, raíces de una doctrina cuyo influjo nos alcanza. Muerte y vida simultáneas que doña Catalina intuye danzando a nuestro alrededor, asiéndose de la mano para ensayar nuevas piruetas que las unan en un abrazo íntimo o las separen durante el tiempo en que refulge un relámpago. Se ve por ello habitante de un mundo siempre renovado y en permanente avance, donde el sufrimiento nacido de los hechos puede ser evitado, porque nada en ellos es irreparable ni definitivo. Del culto de Isis en Eleusis, llamada allí Deméter; de su hija Perséfona, de los sacerdotes del Ática, retoños de la Luna, mediadores entre la Tierra y el Cielo, algo se sabe. De tales misterios se conocen pormenores que podrían llevar a una aceptación de la vida como lugar de paso, peregrinación o purgatorio, capaz de poner al hombre en las mejores condiciones de acceder al Paraíso. Edén individual que quizá se dé en la misma casa en que transcurrió la existencia, y acaso tenga que ver con el equilibrio conseguido entre el cuerpo y la mente o con la satisfacción procurada por el empleo del tiempo en actividades gratificantes. Doña Catalina, basándose en su pobre experiencia, sin ahondar tanto, ha llegado por su cuenta a una conclusión análoga: el Cielo está aquí, aquí está el Infierno.
Acerca de los hechos de Jesucristo desde los trece a los treinta años, que los evangelios soslayan y su marido pensaba entregados a la iniciación en compañía de los esenios, no puede argumentar en conversación alguna, y menos en las mantenidas con el párroco, que la trataría de hereje. No obstante, en ese período dio cuerpo el Mesías a una teoría fundamental para una parte significativa del género humano. Sucede que la mayoría es apática y quienes buscan explicaciones parecen bichos raros.
“…todas las acciones que la virtud inspira son bellas, y todas ellas están hechas en vista del bien y de la belleza. Así el hombre liberal y generoso dará, porque es bello dar…”, dice Aristóteles en su Ética, y el fenecido esposo de doña Catalina lo leyó. “¿Qué iba yo a poder crear si hubiera dioses? Mi ardiente voluntad de formar me impulsa siempre hacia los hombres como el cincel es impulsado hacia la piedra”, escribe Nietzsche en Así habló Zaratustra, y el viajante, ido a la fuerza, lo leyó. “Aquí dentro están siendo torturados Ulises y Diomedes; juntos sufren un mismo castigo como juntos se entregaron a la ira.”, manifiesta Dante en su Divina Comedia, y el hombre aquel, que compartió lo mejor de su vida con doña Catalina, penetró en ello. A imagen y semejanza del admirado compañero lee la mujer con atención creciente, vuelve una y otra vez sobre lo no entendido, indaga, reflexiona, intuye; y todo para imponer, al cabo del esfuerzo, su punto de vista frente a las contradicciones. Posee un carácter práctico –virtud añadida- y de las incursiones lectoras extrae la enseñanza que más conviene al momento. Resuelta y decidida, en las encrucijadas toma el camino del medio y avanza sin mirar atrás.
Acercándose cuanto resulta posible a una momentánea realidad cósmica, está capacitada doña Catalina para calcular -tras acometer las precisas correcciones de tiempo y espacio- la hora sideral de nacimiento; sabe situar los planetas en su lugar exacto, precisar el signo, el ascendente, el nodo, las cúspides de las casas, el medio cielo y la fortuna; se muestra entendida en el trazado de los aspectos, en la configuración de los mapas y en su minuciosa interpretación. Colón, en su derrota, tropieza con América un doce de octubre; estaba, por tanto, el sol en Libra, posición que confiere alto sentido de la igualdad y de la justicia, del equilibrio y del orden, predisposición a la armonía. Tiene, en consecuencia, gran confianza en el proceso que inician los países resultantes de la disgregación emancipadora, y augura una unión futura, voluntaria y fructífera de lo iberoamericano.
En ese contexto, la práctica culinaria queda, como se ve, relegada al ámbito de los recuerdos; memoria expurgada que doña Catalina rescata en incursiones dirigidas al otro lado de la inquebrantable pared, muro que ella misma levantó con el fin de preservar su intimidad afectiva. Deseó alejarse de los fogones, de los sabrosos guisos, a medias oficio e inspiración; y su voluntad acabó consintiendo. Satisfactoria tarea la eludida si el resultado roza lo sublime, si lo elaborado alcanza el equilibrio perseguido, situada la oficiante a milímetros del despeñadero sin caer. Sirvan de ejemplo las veces que estuvo a un palmo del desencanto, momentos cruciales en que hubiera bastado una imperceptible corriente de aire para cortar la salsa, descomponiendo su laboriosa ligazón; y pese a todo, no se abrió resquicio alguno que permitiera al gaseoso fluido penetrar, tijeras o cuchillo, en la homogeneidad de la mezcla. O cuando el incremento mínimo de la temperatura pudo modificar el gusto, poniendo un puntito de amargura o acidez, una leve aspereza en lo que era un milagro sensorial y, no obstante, el calor se detuvo con precisión en los grados cabales. Se ha alejado doña Catalina de la actividad culinaria, provechosa por igual para quien oficia el misterio y para quien comulga con arrobo, comensal que ha puesto todas sus expectativas en el contenido de la bandeja o ha cifrado sus esperanzas en lo que la cazuela portaba, sin ser en ningún aspecto defraudado. Situada ella al margen de los fogones y de la selección de las materias primas, en algún recipiente había de verter la inspirada creatividad, la sobrada capacidad de transformar o descubrir.
Separada, además, de los libros esotéricos que tan bien conoce, refugio de un universo mil veces más complejo que el real, mil veces más maravilloso; dotado de una existencia autónoma que tiene la facultad de alterar la marcha del verdadero, palpable e impalpable; apartada, recalco, doña Catalina de guisos y de libros, por algún lado había de romper su torrente interior, imparable como se ha venido demostrando a lo largo del recuento hecho a los actos de su vida.
El temor a la opinión de quienes la conocen equilibrada, y una prevención comprensible de allegar fama de bruja, la llevaron a las plantas. Para determinados vegetales se reconoce bien dispuesta y dotada de mano hábil. Primero fueron las plantas de interior, tiestos alineados en cualquier espacio de la casa rico en luz solar: geranios, alegrías, begonias, ciclámenes y hasta camelias y azaleas japónicas. La conquista de la terraza supuso un incremento de su actividad: tiestos y vasijas decorativos acogieron hortensias, jacintos, narcisos, helechos colgantes, incluso boj y tejo, que en el tiempo frío cubre con transparentes láminas de material plástico. De modo que el encargo de la Asociación vino a proporcionarle a mayores un verdadero jardín, un mundo pleno de posibilidades. Y si en los críticos momentos posteriores al entierro del esposo, solo los libros presentes en sus estantes, mudos mientras permanecían cerrados, pero locuaces en cuanto los abría; si nada más los libros heredados, en efecto, le dieron la orientación y fortaleza necesarias para seguir viviendo tras la viudez; ahora nutre su carácter de la energía que los vegetales reciben del sol, sintiéndose parte de un círculo cósmico en el que ella busca aún su lugar de encaje.
De ahí le viene la índole observadora a doña Catalina, de ese interés por conocer su espacio justo en el concierto general. De ahí el hecho repetido de pasar las horas muertas consultando estudios, para verificarlos en las propias plantas. Esa es la razón de que se incline tanto por las suyas como por las pertenecientes a la Galería Comercial. Y siendo todo relativo, aprendiza ella para sí, los demás la ven maestra; de manera que, con satisfacción en ningún caso fingida, proporciona plántulas, esquejes, semillas y consejos sobre flores a quien los pretende. “El exceso de riego ha hecho más daño a los jardines que el defecto”-advierte a quien le muestra hojas marchitas- “pues varios de los síntomas coinciden”. “Las corrientes de aire y los cambios bruscos de temperatura resultan fatales: con celeridad pasmosa las hojas pueden desprenderse del pecíolo dañado y cubrir el suelo”. “Contra pulgones, araña roja y larvas de polilla existen remedios naturales, correcciones que pueden prepararse en casa y resultan inocuas para el medio ambiente, atacado a diario por los pesticidas.”
Un haz de cálidas emociones –naturaleza en eclosión primaveral- a manera de los luminosos rayos de la alborada irrumpe en su consciencia de mujer afectiva y sensible, haciendo añicos la penumbra de melancolía en que se encuentra a menudo su alma. La compañera soledad, a cuyo costado pasa los días en conversación silente, en plática muda, se retrae, se comprime, y su predominio se va reduciendo a pasos de gigante. Los ojos se alegran en presencia de tanta hermosura, el olfato se ensancha abriendo las ventanas de la nariz a nuevos aromas y las yemas de sus dedos palpan las suavidades distribuidas por hojas, pétalos, estambres y pistilos. Siente un riachuelo cruzando su pecho, burbujeante corriente de un agua tan ligera que ha de estar formada por rocío, finísimas gotitas separadas entre sí por distancias mínimas, situadas al límite de la inexistencia, que a modo de niebla transparente la envuelve en luminosidad y frescura. Es feliz.
El lunes que viene, Marina comenzará los ensayos de Casa de Muñecas del noruego Henrik Ibsen; obra que en su día supuso un acontecimiento literario turbador del panorama intelectual, quedando en lo sucesivo como un hito dramático difícil de igualar. En esa obra maestra, va ella va a defender el papel de Cristina Linde, amiga de Nora, la mujer del abogado Helmer; sobre el matrimonio descansa el peso de la trama, pero el siguiente papel es el correspondiente a Marina. Ha estudiado la obra y tiene muy afianzadas sus intervenciones, cuantiosas y repartidas a lo largo de los tres actos. Goza de una prodigiosa memoria que le permite repetir palabra por palabra, buscando el tono y la cadencia más convenientes al momento de la acción.
Cristina – “¡Qué giro tan inesperado! ¿Quién lo iba a decir? ¡Ya tengo por quién trabajar, por quién vivir, un hogar del que ocuparme! ¡Y procuraré hacerlo bien!”
Persiguiendo la naturalidad modula esas líneas de la obra, y promete repetirlas como suyas en todas las funciones; puesto el pensamiento en mí, en nosotros. “¡Qué feliz me haces!”, exclamo, “las escucharé en cada ocasión como tuyas, como nuestras, préstamo involuntario de Ibsen, a quien, sin duda, le halagaría saberlo”. Continúa imparable recitando el texto, y yo la escucho embobado.
Desorientada, impedida o agotada, mi mente de escritor se cierra a cal y canto, falta de iniciativa. Como uno más de los personajes de mi novela, llegado el momento de plantear la encrucijada, el nudo, embalse al que llegan todos los arroyos y del que surge el río de la solución, miro al frente y a los lados de manera simultánea y no sé qué ramal tomar. Dudo entre seguir la abierta senda náutica en cuanto suba la marea, o bien el desfiladero angosto que la tierra impone con su áspero relieve cuando la marea baja. Necesito espacio, distancia, aire, distracción, trasladar mi atención a un punto alejado del argumento. Marina, para quien ese repentino borrado mental no es nuevo, propone desembotar el engranaje de mi cerebro viajando a Palencia y Valdepero. Me parece de lo más oportuno, pues disponemos de cuatro días para nuestro disfrute, hasta que los ensayos la absorban por completo.
Examinaremos la Rinconada de San Miguel y sus alrededores, levantando un mapa de las calles que allí desembocan, calzada y acera, esquinas y recodos; tomaremos nota de la longitud y altura de los muros, de las distancias medidas en pasos que unen la puerta de la casa de vecinos y la entrada a las escuelas, el portalón del Templo y el pasaje de la fábrica de gaseosas. Nos proponemos visitar la ciudad y los pueblos limítrofes, escenario principal de los hechos narrados. Coincide que en el triángulo formado por Valdepero, Husillos y Monzón, ocurre lo más florido de la peripecia narrada en La espada invicta de Bernardo, la obrita que Teudenio y Marina representaron en mi pueblo; de modo que podremos rememorar –carro y muñecos- los títeres raíz de nuestro amor y de mi vocación escritora. En la villa condal de Valdepero, desde lo alto de El Arrabal iniciaremos el recorrido de su larga calle Mayor, deteniéndonos al menos unos instantes en las escuelas de mi iniciación estudiantil, obra del estimado arquitecto Jerónimo Arroyo. Al paso veremos el arco norte de la muralla, la casa de los abuelos paternos, la Casa Grande, donde vine al mundo; la Casa de las Ánimas, origen de una leyenda terrible; y el callejón de Castaño, espacio escogido por el destino para unirnos a Marina y a mí. Entraremos en la Iglesia parroquial para admirar el magnífico retablo del altar mayor, en cuya imaginería, siendo yo niño, se coló San Isidro rompiendo el equilibrio existente. Justo al borde de ese plano elevado sobre el resto, por encargo de don Jesús y don Roque, declamé, niño yo, un poema de Gerardo Diego dedicado a la Virgen: ocurrió en la misa mayor del día quince de mayo, festividad de la Asunción, con el magnífico templo lleno de fieles.

Por último, tras vislumbrar los vestigios del arco sur, nos acercaremos al legendario castillo, a su espléndida fábrica, a su interior herido y, por la carretera de Valdeolmillos, a la ermita de la Virgen del Consuelo, pegada al camposanto y a la explanada donde los mozos asentaban el ardiente pipote la noche de San Juan.
Al día siguiente, está en nuestro ánimo acercarnos en Palencia al barrio de Allende el Rio para saludar al propietario del edificio alzado en la Rinconada, un rico que hace vida de pobre, conocer algunas particularidades de los vecinos y preguntarle las señas de la viuda de don Roque. Las tendrá, eso es seguro; la buena mujer las dejaría escritas por si llegaba correo después de su marcha. A una hora apropiada para las visitas, en la recogida vivienda de la anciana –más mayor ella, puede que algo torpe, pero tan solícita y amable- hablando de su difunto esposo, sacaremos a colación la pieza escrita por él acerca de las aventuras del héroe medieval. Ha de guardarla, dado su alto valor, junto a las escrituras de propiedad y los documentos notariales; entre el título de maestro y los diplomas recibidos a lo largo de su vida llena. Daremos cumplimiento de esa forma al objeto principal del recorrido, el logro de una copia que nos permita aproximarnos a la pieza redactada por el ingenioso Teudenio.
No discurren con ese rumbo los acontecimientos, van a su aire; son independientes de nuestra voluntad y se producen de otra manera. El empresario de la Compañía de Comediantes, sociedad circunstancial para la que va a trabajar Marina, le anuncia un cambio notable sobre lo hablado. Por motivos estrictamente económicos, que él llama razones de producción, no será Casa de Muñecas la obra representada. Para ajustar las cuentas del capitalista dispuesto a arriesgar su caudal persiguiendo el mayor beneficio posible, y lograr que el balance dinerario tenga mejor encaje, se pondrá en cartel nada menos que La vida es sueño, el drama sin par de don Pedro Calderón de la Barca.
Como si fuera una simple pirueta sin importancia el triple salto mortal que ha de dar la actriz, le pide el director que se acomode cuanto antes a tan substancial giro. Así que comienza ella a estudiar las intervenciones, algunas largas, de su nuevo papel. Sucede este cambio, porque ha acordado el productor con el representante de los principales teatros de la América de habla castellana, que la compañía desarrolle por ellos una larga gira, y el agente impone el texto clásico español.
“Es cosa muy distinta”, me dice una Marina desolada, “escrita dos siglos antes y, además, en verso. Ya me había hecho al carácter de Cristina y conocía sus mañas. No sé cómo me las voy a arreglar”. Respecto al valor de la obra, coincidimos en que las dos son laudables: de ambas se seguirá hablando con elogio en lo venidero, acaso con elogio parejo; pero la de don Pedro, después del mucho tiempo transcurrido sigue haciendo mella en las personas sensibles y hay quien la compara con el “Hamlet” de Shakespeare. En lo que se refiere a la forma versificada, la bordará mi amada en cuanto adquiera un poco de práctica; estoy convencido.
Pese a todo, no se retrasa el estreno como cabía esperar, y los ensayos comienzan el lunes prolongándose una hora más cada día. De modo y manera que el fin de semana largo con que contaba para descanso y solaz, las breves vacaciones que hacían posible nuestro viaje, habrá de ocuparlas en aprender los parlamentos en los que participa, y los largos soliloquios cargados de médula que la corresponden, como el de la escena décima de la jornada tercera. Diálogos y monólogos, ahí está lo bueno, correspondientes a un papel principal que no es otro que el de la bella Rosaura. “En eso ganas de largo; de un tercer papel pasas a dar la réplica al protagonista. Si en Casa de Muñecas te hubieran dado el de Nora, todavía…”, argumento. No sé si debido a mis palabras o porque su capacidad de adaptación es muy grande, lo cierto es que añade. “Y para colmo, Cristina era viuda, no tenía hijos y se casó sin amar al marido”.

 

 

14.- NOTICIAS LLEGAN Y VAN

Llega carta de Cesáreo y Alba, padre e hija en una paternidad prolongada de manera sorprendente, cuando ni la hija ni el padre lo hubieran esperado. Lo deseaba el padre como se desea un milagro que rompa lo ocurrido, convencido de la imposibilidad. La hija ni por asomo albergó esa esperanza. Ni vislumbre ni imaginación. Así que, ahora, no caben en su piel de gozo, viviendo una existencia que la realidad los debía sin saberlo. Forcé la realidad, es cierto; privilegio de autor atrevido, de creador osado, si sucede que el lector lo permite, supremo juez de la creación literaria.
Han terminados los estudios de Alba, finalmente, Filosofía y Letras, según quienes la conocen bien, los más apropiados. Lee y escribe, curiosea por todos los lados, acumula conocimientos, reflexiona, quiere perfeccionar forma y fondo para difundirlos; así que esa carrera la viene como un guante a la mano en invierno: ajustada y oportuna: con su padre vivo.
Hay más. Aquel abogado en ciernes, uno de sus amigos más firmes, terminada la carrera y cumplidos los requisitos previos, ha abierto bufete en Madrid y, dada su facilidad para relacionarse, con buen pie. Pues bien, el llamado Valentín Vilasar, un muchacho prometedor, ha declarado su amor a Alba y Alba lo ha aceptado. Cuando se casen, y piensan en el otoño próximo, ella trabajará con él, tratando de preparase para iniciar su propio camino.
Las buenas noticias principian la carta. Entiendo que se trata de un proceder definido por el deseo de abrir la lectura con un buen sabor de boca, capaz de durar hasta el cierre. La mala nueva debiera ser acepta con ese estado de ánimo positivo, aunque bien quisieran los que la escriben no verse obligados a relatarla.
Cesario ya sabe lo que representan los dolores musculares que, como secuela de sus operaciones, de las que finalmente recibió el alta, los médicos le previnieron. Son días, a veces más de una semana, en los que no puede apenas levantarse del lecho. Lo acepta resignado como el alto precio de seguir en el río de la vida. Calmantes y distracción de la mente precisa sin tasa. Ha reiniciado la escritura con ese fin, poemas, relatos y una novela. Va a trancas y barrancas, pero va, asegura el mismo. La recaída, en estos momentos se produce en torno a los cuarenta días. Parecía que los episodios iban disminuyendo la intensidad, pero no, hay subidas y bajadas sin regla fija. Tiene previsto visitar la editorial que lo publicaba, para poner al día su participación en la propiedad adquirida y ver la posibilidad de seguir publicando.
La carta que echamos a la boca del buzón de Cibeles, firmada por Marina y Pedro, comunica, a las amistades de mayor arraigo, nuestro domicilio común; y el compromiso emocional que eso representa. Esa es la idea, aunque vaya envuelta en algo de relleno.
En esas estamos en Madrid, cuando en la Rinconada desciende doña Cándida del piso superior frotándose las manos, al modo de quien acaba de cerrar un trato favorable o se ha librado de un problema peliagudo. Desciende ajena a la verdadera naturaleza de la gatita indispuesta, al exotismo de su procedencia, apreciado por lo general entre los conocedores. Ignora que, curado el animal, podía haberse vendido a buen precio, sacando de su arriesgada captura una buena ventaja. Mejor así; pues, de saberlo, añadiría la merma económica al costo emocional que para ella representa hacer regalos.
Desde el vestíbulo al cuarto de baño va doña Catalina conteniendo un alborozo contaminado de inquietud; porta a la gata como si fuera un niño díscolo, a medio camino entre la prevención y la ternura. Sujeta a un tiempo testuz y patas, posibles puntos de arranque del peligro, dificultando los aspavientos con los que el animal libera sus deseos de escape, su necesidad de defensa. Ignora una cuestión fundamental: que padece algún mal del vientre, una enfermedad de las que proporcionan a los dueños mil quebraderos de cabeza. Pero ¡qué más da!, para cuidarla está ella; la ha adoptado y apechugará con la responsabilidad adquirida. Siente la manera sutil que la soledad tiene de estrecharse, y la percibe en retirada por vez primera desde la muerte de su marido. Derroteros bien conocidos toma entonces su mente autónoma, carente de bridas; el viajante de comercio se hace con su pensamiento una vez más, y el animalito, origen de la cavilación, pasa a un plano secundario durante breves momentos.
Instala doña Catalina a la gatita, de modo transitorio nada más, en la reducida estancia destinada a la satisfacción de las necesidades corporales, aseo y evacuación de residuos, llamada por buen nombre, yendo tras las palabras finas y el eufemismo, retrete. La introduce con prudencia en la bañera de acero esmaltado -redil o cárcel- de la que no puede salir por sí misma, ya que resbalan sus patas y no se agarran las uñas por más que reitera el intento. Permanecerá allí hasta que le compre comida y disponga de un cajón con arena o tierra de infusorios. ¡Que disparate!, ¿no? Conoce doña Catalina palabras poco dichas, casi nuevas; o las piensa y no se atreve a decirlas. Las libera o las guarda dependiendo del interlocutor o de la seguridad que posea acerca de su uso correcto. Tierra de infusorios le sale espontánea, procedente de alguna revista científica a las que tan dado era su esposo.
Como habrá de referirse a ella en múltiples ocasiones, debe identificar a la gata, individualizarla, distinguirla de sus semejantes. Piensa doña Catalina que un nombre libera de utilizar pronombres, descripciones minuciosas o expresiones genéricas que no especifican. Tuvo que consignar en el Registro Civil el nacimiento de su pequeña, y le dio un nombre distinto al que tenía pensando desde que conoció su preñez: Marina en lugar de Rocío. El color de los ojos, cambiante, aconsejó la modificación. En el trance actual se siente negada para la sentencia inmediata; más vale acertar tomándose un tiempo que apresurarse y errar: se dice. En cualquier caso, será un apelativo sonoro y concluyente. De hembra, sí; pero de hembra decidida, como ella, poseedora de un espíritu acostumbrado a seguir sus propios impulsos. Un patronímico de princesa adelantada a su tiempo, independiente del rey, su padre; capaz de poner a prueba a los pretendientes y en vez de casarse con quien persigue al dragón, lo hace con el que conquista la voluntad de la bestia y la inclina de su lado. Un nombre exótico, de deidad antigua, oriental a ser posible; arranque de algún culto mítico y misterioso, perteneciente a Caldea o a Babilonia, culturas señaladas como muestra clara de lo que quiere decir, pero sin comprometerse por una o por otra. Habrá de ofrecer cierta dificultad a la pronunciación para alejarlo de los abusos repetitivos que vulgarizan; pertenecerá a una lengua muerta, por tanto, o a la versión arcaica de una lengua viva.
¡Cuidado! sin exagerar, no vaya a ser el resultado tan extraño que nadie lo conozca y se vea obligada a aclararlo a cada paso: “Se llama –verbi gratia- Xania; era una princesa muy audaz de la apartada Calcedonia, ciudad del Asia Menor situada en la antigua Bitinia, frente a Bizancio, en el Bósforo»; forzada a aclarar cada nuevo nombre de manera indefinida. Quizá se encuentre ante una tarea demasiado compleja, pero de los libros cabe esperar asistencia eficaz. Puede serle válido el propio de Calcedonia, en la acepción de piedra preciosa, un ágata azul muy transparente. Lo mirará en el Diccionario Enciclopédico que su marido compró a plazos; veintidós tomos -todo el conocimiento de la humanidad- aceptados a un vendedor ambulante que sabía la manera de hacer el artículo. Estuvo pagándolo a mil pesetas de las de entonces cada mes, hasta que la muerte pasó el compromiso de pago a la viuda. O en los catorce volúmenes de la Historia del Pensamiento, adquiridos por un medio semejante, de los que sacó un saber engarzado y vertebrado que desde Hesíodo llega a nuestros días, pasando por la filosofía Patrística, la Escolástica, el Humanismo Renacentista, Ilustración, Romanticismo y Existencialismo. ¡Qué más da!, fuentes no le faltan, y de ellas se servirá con cautela, pues la cuestión del nombre tiene demasiada enjundia como para precipitarse; de momento se llamará Gatita, a secas.
Demostrando poseer un garbo impropio de su edad, camina aún doña Catalina con el cuerpo erguido. Si bien, de una altura más que mediana, se muestra ligeramente cargada de hombros; pero, empeñada en corregir el defecto, en cuanto nota que ha incurrido en él, rectifica. Sigue de cerca la marcha de los acontecimientos y está atenta a las noticias que difunden los medios de comunicación, tanto las de alcance nacional e internacional del telediario de la noche, como las del Cimbalillo, repertorio de sucesos locales radiado a medio día. La interesan los hechos y sus razones, ya se trate de un cataclismo con miles de víctimas ocurrido a enorme distancia o de un accidente doméstico, en el que un cortocircuito incendia el trastero de una vivienda deshabitada, quinta de recreo de unos hacendados que poseen otras. Así es, a medida que el luto alivia su rigor, vestido y costumbres, se va abriendo ella al presente, hasta importarla el hoy tanto como el ayer o el mañana. A veces se pregunta si, dominando a duras penas su contenido, no estará buscando en los libros al esposo muerto; ya que fuera de los libros doña Catalina apenas enlaza con nada. Teme habitar en exclusiva un mundo de papel impreso, de teorías plegadas en el arca a modo de sábanas de hilo bordadas, herencia de la madre, de la abuela y de la tatarabuela; y acaso su temor esté justificado, porque si sale de él, de ese mundo, de esa arca, se ve disminuida, pierde valor ante sus propios ojos, intempestiva visita a quien nadie permite pasar del umbral.
Habla con el párroco del origen de todo lo existente, de lo visible y de lo invisible, de Dios y del hombre, de la vida y de la muerte, de la fe, de la conducta, del sacrificio, del premio y del castigo. Lo hace mostrando un afán abierto, desplegado, totalizador, universal; pero advierte al clérigo en exceso sectario y se desanima. “La humanidad no continuará otros mil años sobre la faz de la Tierra, si pierde el espíritu religioso que muchos combaten”: expresa el sacerdote muy convencido. “No ocurrirá, no tema; siempre habrá personas necesitadas de un ser superior que sirva de explicación a los misterios más trascendentes; buscadores de una fuerza titánica que les saque de apuros, a los que la vida eterna les concede la inmortalidad”: replica ella con un leve tono de sorna. “Me dan pena los ateos que luchan contra la fe; pero me dan más pena aún quienes, creyendo, no defienden sus convicciones. ¡Ay de los tibios!, ¡ay de los timoratos!, porque la vida es lucha y ellos se rinden antes de entrar en batalla”: exclama el cura.
Si lo dice por mí, se equivoca; no soy atea, ni tibia, ni timorata. Pero coincidirá conmigo en que resulta difícil aceptar un Dios tan contradictorio; con la mano derecha levanta la espada amenazadora y con la izquierda cura las heridas de aquellos a quienes abate; dicta unas leyes a la Naturaleza de la que forma parte el hombre, y condena al hombre cuando se somete a ellas: la pasión amorosa por ejemplo”: acusa la mujer. “No hay contradicción: la conciliación de los contrarios es el trabajo de la armonía; y Dios representa la Armonía suprema, territorio equilibrado en el que multitud de fuerzas, las que mantienen en su posición relativa a cada estrella del Universo, se complementan buscando un fin común”: contraataca el religioso”. Y así un día y otro, pendencia intermitente, metidos ambos en un tira y afloja constante, sin alcanzar conclusiones.
La mujer, indagadora de suyo, intentaba ahondar, en vida de don Roque, en el maestro, en el hombre de letras, en el profesor de ciencias, en el humanista. El educador, algo literato, científico y filósofo, finalizada su carrera de enseñante, incapacitado ya para ejercer las tareas que le ocuparon tras la jubilación, carecía de afán didáctico porque era sencillo y modesto. Como se encontraba acribillado de achaques, veía ajenas, extrañas, las cosas del mundo situadas u ocurridas mil metros más allá de su corazón gastado, de sus huesos quebradizos, de su circulación obstruida. Pudo ocurrir que el anciano sintiera próximo el fin, que vislumbrara entreabierta la puerta de salida, y los problemas se hicieran relativos en su apreciación, invadiéndole un desapego renovado que resulta corriente en las personas llegadas a esa fase terminal; pudo suceder de tal manera, pudo suceder y doña Catalina así lo cree.
Don Roque; pero no solo él, también su esposa: leída, ilustrada, mujer oculta en la densa sombra del hombre; formando parte de él, llegando adonde él no llegaba, supliéndolo, yendo más allá. Intimó con ella, con ambos; pero ya lo doméstico constituía el único patrimonio de la pareja, y la mirada se quedaba en las proximidades. De haberlos hallado cuando la sangre aceleraba su paso con las dudas, cuando se adherían a todas las causas justas, se diera la batalla en la plaza del pueblo o en las islas antípodas; de haberlos conocido hace cinco años –fuertes aún, sólidos, íntegros- saltando de horizonte en horizonte hubieran sostenido numerosas e ilustradoras conferencias, discusiones de hondura perseguidoras de la verdad una y múltiple. Hace cinco años, incluso tres, hubieran llenado de reflexiones las vacuas anochecidas invernales, allanando el camino del sueño reposado, reparador.
El caso es que por más que lo intenta, doña Catalina no halla el alma gemela que resultó ser el viajante. Aquí, allá y acullá, doquiera que vaya o mire, una realidad escurridiza, carente de trascendencia, sin perfiles netos; una realidad hecha, todo lo más, de sucedáneos; tediosa como salmodia monocorde mil veces repetida, le fuerza a regresar al día a día en cuanto escapa tras su mente inquieta. Retorna ella a la cotidianidad de los dramas nimios, de la rutina reemplazada por otra anterior, tan olvidada que da la impresión de ser nueva a los ojos cansados; se disuelve en la niebla que no deja ver cosa alguna a cuatro pasos y acaba desapareciendo un segundo antes de ser engullida por el ambiente.
Era doña Catalina una niña cuando los mayores depositaron la fe en su alma inocente. Los mayores eran los padres, los tíos, la maestra y el cura; los libros de sus lecturas dirigidas eran también –y acaso más, por concederles un mayor crédito- los mayores. Mayor, en su percepción infantil, equivalía a superior, lo que está por encima y marca carriles. Pero ellos, los mismos mayores, pusieron al lado de la fe –su alma era extensa- el amor a la verdad del conocimiento. Y ahora, pasados los años, ambos depósitos libran una batalla tan silenciosa como cruel. La fe, fuerte aún, impide que su amor a la verdad interrogue a todo lo que la rodea, rocas, plantas y animales, dedicándose a la investigación pura y estricta. El amor a la verdad nacida de la reflexión, la libra de los excesos a que la fe, dado su carácter emotivo, la hubiera impulsado.
El atajo que supone la violencia para los impacientes sin principios, matón de barrio o ejército dotado de la más avanzada tecnología destructora, la enerva y la enardece, dejándola dolorosamente inactiva. A dos manzanas de su casa, es un decir; muy próximas, se suceden unas guerras en apariencia tribales que persiguiendo el poder y el dinero van salpicando el mundo de sangre y hambrunas. Tan cercanos suenan los tiros y el cortante silbido de los machetes, que podría oírlos si no tuviera cerrados los oídos a sones tan desagradables: se acusa a sí misma la señora de todo ello. No solo ocurre en Vietnam; se producen, más o menos larvadas, otras guerras en Asia. En África y América, como rescoldos que de cuando en cuando reciben leña seca, de manera intermitente aparecen los conflictos bélicos; sin olvidar los enfrentamientos callados de Europa. En la misma España, levantamientos y algaradas mueren por sofocación, treinta años después de terminada la contienda entre hermanos. Sí, cuando el Consejo de Ministros acaba de conceder la amnistía para las responsabilidades contraídas en ella, y Franco ha designado a Juan Carlos como sucesor suyo a título de Rey. No le interesa la política, aunque por lo leído de otros tiempos le preocupan los resultados del ejercicio político diario, la actuación de los que buscan medrar orillando a las personas honestas hasta que los honestos desisten.
Reconoce que la tragedia afecta a millones de personas entre muertos, sometidos y desplazados. Con carácter esporádico esas vastas regiones forman parte de la venerada actualidad y son objeto de análisis; el eco dura una o dos semanas y, al poco, el silencio más opaco las cubre como duna móvil. Cuando es el Occidente rico quien ataca en defensa de sus bastardos intereses económicos, disfraza la violencia como eficaz prevención de desgracias aún más graves. Doña Catalina, impulsada por su amor a la verdad, busca, sin encontrarlo, el punto exacto donde la civilización se torció, con objeto de volverla al camino recto. Su fe la empuja hacia el campo de batalla para tomar partido, retirando fusiles como pacifista o poniendo gasas y algodones en el papel de enfermera. Su voluntad y su inteligencia sufren lo indecible por el contrasentido que la mantiene apartada del compromiso. De ahí su insatisfacción ocasional, su pesadumbre esporádica; de ahí el retraimiento y la falta de trato continuado con los vecinos, de ahí su aparente e incomprendido orgullo, que la muestra de manera mentida observando a los demás por encima del hombro.
Se complace Marina, a la vista de las páginas acabadas de leer, en su idea primaria, elemental: ella es hija de señora tan fuera de lo común, y lo expresa como si el deseo se hubiera ya concretado y la revelación viniera de persona de altura, digna de crédito, cuyas palabras se hacen ley al salir de los labios y recogerse sobre papel pergamino plegado y lacrado. Encuentra en doña Catalina inequívocas raíces de su manera de ser y cita algunas: “Jamás he pertenecido a un grupo en cuerpo y alma, nunca me he alineado sin reservas con quienes muestran alguna característica similar a las mías, ya sea geográfica, social o religiosa. Siempre estuve contra el gremialismo que sirve de refugio a débiles y torpes, y hasta de plataforma a los más ambiciosos”:
Narrador preocupado por la mejora de la realidad, encuentro yo razón a sus temores. Cuando los naturales de una ciudad, región o país –los cito para ilustrar con ejemplos la tesis- los afiliados a partidos políticos o los seguidores de una doctrina religiosa, sin razón objetiva se consideran superiores a los integrantes de agrupaciones similares, están sembrando la discordia, sillar de la malquerencia y del odio. En estos días de apertura política, cuando se trata de legalizar a partidos y sindicatos, de redactar una verdadera constitución y de convocar elecciones legislativas, se debe tener mucho cuidado con las posiciones excluyentes. Expresiones en apariencia inocuas: nuestra religión es la única verdadera, vivimos en un país privilegiado, los de aquí somos tenaces y nadie nos ganará la partida, nos tienen envidia porque somos mejores; llevan a otras del siguiente tenor: si quieren lucha la tendrán. En momento tan delicado como el que vive el país, los líderes políticos que en estos momentos se inician en los tejemanejes y los medios de comunicación tributarios de las organizaciones que los sustentan, preparan una masa electoral capaz de aceptar la perversión de los principios democráticos y de apoyar las iniciativas de los legisladores, sus teóricos comisionados.
En esas estamos mi amada y yo, cuando el reloj que culmina el armario donde se guarda la loza, marca la una de la tarde y conduzco la plática por lugares nuevos introduciendo un elemento de distracción. Preparamos ambos la comida, cocinera y ayudante, y expongo a su crítica mi aversión por el pollo. Cae ella en la trampa y pregunta por la raíz de la manía, en su opinión, una de las pocas rarezas observadas en mi comportamiento. Y como si tuviera una inacabable reserva de minutos y hasta de horas, me explico.
Ahí va la razón colocada por mí en el deslizadero. La peste, una derivación de la padecida por el hombre –enfermedad incierta o recurso verbal de la ignorancia- en su fase más aguda, arrojaba a las afueras de mi pueblo -molederos del camino de Valdespina, tapias de los últimos corrales- los despojos de las gallinas más débiles, viejas o dolientes de otro mal. Pues bien, como en la escasez nada se desperdicia, hasta las gallinas y los pollos muertos tenían el aprecio de los más desventurados. Eran ellos, la señora Mere, pobres de pedir, arrinconados sociales, peregrinos sin rumbo ni concierto, para quienes, cocidas las aves durante horas, constituían un manjar que yo veía inmundo. Data de aquellas fechas mi aborrecimiento, considerado irracional de todo punto, de las aves de corral en la alimentación.

 

 

15.- MÁS SOBRE DOÑA CATALINA

No acepta doña Catalina cualquier tarea. Se compromete con aquellas de mayor capacidad de desarrollo, las dotadas de estabilidad, esas que prometen necesitarla tiempo y tiempo. El cultivo amoroso de las plantas cumple tal exigencia, porque, iniciado cuando el primitivo nómada se asentó en lugar favorable, perdurará en tanto su moderno sucesor mantenga el interés por aquello que le rodea, actitud radicada en la propia entidad humana. Otro tanto puede decirse del cuidado de los animales, pues el pastoreo ha de venir, sin duda, de tiempos aún más remotos. Así que sus pasos siguen en esos dos ejercicios un mapa levantado al detalle.
En clara contradicción con el desenlace previsto, debió de superar Gatita la pendiente de la bañera, usada a modo de corralito o cercado de pared bastante para impedir su escapada. Al menos en esa dirección señalan la ausencia del animal y los frascos volcados sobre los baldosines azules del suelo. Uno de ellos, antes mediado de colonia, aparece hecho añicos; y los cristales resultantes, desperdigados, anuncian un peligro inminente escondido a medias tras el fuerte aroma que avanza tomando, habitación tras habitación, el resto de la casa. Pretende medir doña Catalina el efecto del desaguisado, y a lo largo del pasillo percibe unas huellas blanquecinas. Estudia una de ellas con detenimiento de rastreador, y ve un semicírculo de cuatro elipses paralelas ceñido con holgura a una corona de tres crestas que precede a otra elipse sola. El esquema se repite en cada uno de los dibujos imperfectos, y sugiere el calco de las almohadillas plantares de un animal carnicero, zigzagueante desde el cuarto de baño a la cocina. Huele a leche ácida, a vómito; y procede, casi seguro, de la porción de yogur que dejó en un platillo sobre el sumidero, con el fin de tentar al animal e inducirle a lamer la cremosa sustancia, impidiendo, a mayores, que introdujera una de las extremidades por el agujero del desagüe.
En la cocina, protegida por las escobas –una vieja, mocha; y otra nueva, barbuda- intuye la presencia de Gatita, pues nota el zarandeo de las pajas flexibles, y al instante caen los dos mangos sobre el respaldo de una silla de madera, desde donde, con duplicada estridencia, se precipitan al suelo. Asustada por el efecto de su acción, toma la michina el camino más corto hacia la puerta. Llega a ella, la halla cerrada, gira sobre sí misma y adopta una postura amenazante. Un grito de guerra emite, un mayido que quiere ser baladro de un félido mayor, león o pantera. Lomo flexionado hasta formar un arco, rabo tieso, pelo imitando las púas de un erizo, fauces abiertas: con esa facha la observa maravillada doña Catalina: uñas marciales, desenfundadas del estuche acolchado, al que se repliegan cuando el peligro pasa y finaliza la alarma. Con ese disfraz de fiera salvaje quisiera fotografiarla para el recuerdo. Un impulso reflejo, propio de ama de casa amiga del orden, la lleva a colocar en su posición correcta las escobas, prestando escasa atención a la marcha emprendida por la gata, que, descompuesto ya el ademán enojado, se refugia bajo las faldillas de la mesa redonda.
Pasado el primer incidente, el segundo remacha el mismo clavo abriendo una grieta en la duela de la conformidad. Llega doña Catalina de la calle, viene de consultar una cuestión de pagos en la ventanilla del Recaudador de Impuestos, y en el preciso instante de cerrar la puerta y colgar las llaves del clavo previsto para ello -rutina repetida miles de veces hasta alcanzar la perfección- en ese momento justo le llega un olor desagradable que enseguida atribuye a Gatita. En el pasillo localiza lo que imagina el viscoso resultado de la diarrea. Forzó a la pobre, recuerda de pronto la mujer, a ingerir una porción abultada de un preparado con apariencia de carne picada o pasta de hígado, extraída de un bote semejante a los de albóndigas a la jardinera o lentejas estofadas. En su fuero íntimo, doña Catalina acepta la propiedad de la culpa en lo referente al problema gástrico de la miza, ya que pretendía alimentarla a base de comida económica, y es bien sabido: lo barato acaba resultando caro. Adquirió la lata en una de las tiendas de la galería, supermercado familiar donde suele aprovisionarse de patatas y huevos para las tortillas; de lechuga, tomate y pepino, base de las ensaladas; de pan, leche y condimentos. Estaba situada en lugar preferente de la estantería, ofreciéndose junto a otras integrantes de una larga muestra, y su única virtud, pregonada por un cartel llamativo, le venía de ser la de menor precio.
Cielo azul salpicado de nubes blancas, temperatura algo fresca; al día siguiente, mediada la mañana, tras comprar el saco de absorbente mullido alejado por fortuna de la inadecuada tierra de infusorios, en la sección de frutas le entregan una caja hecha de fina madera de chopo. Animada por el regalo sube presurosa las escaleras, y entra en casa tras rozar el quicio en dos ocasiones con las esquinas ásperas. La colitis prosigue haciendo estragos en la salud del animal, por lo que, paciente experimentada del mismo trastorno, le administra lo que su intención considera un octavo de pastilla, una pizca de las que suele tomar ella, fijando en la memoria la preocupación de repetir la dosis cada ocho horas. Se pasa lo más de la jornada envuelta en fastidiosas preocupaciones hijas del momento, y en otras que su interés por el futuro le adelanta: el pago de la contribución urbana vence a finales de mes, el día tres se celebra la festividad de San Gregorio y debe felicitar la onomástica al administrador de la Galería.
Anochece ya cuando baja a la calle con la intención imprecisa de caminar un rato y proporcionar a la cabeza ocasión de despejarse. Suele repetir el recorrido porque se reconoce y se quiere hecha de costumbres bien probadas. Dobla a la izquierda en cuanto sale, bordea las escuelas, llega a la iglesia de la Compañía, y por la acera derecha del seminario baja hasta el río, el viejo Nubis romano. Se detiene en la orilla para ver el siempre cambiante paso del agua bajo el puente Mayor y, un poco más adelante, subiendo hacia la portada de la iglesia de San Miguel, vuelve sosegada a su cobijo. Pero antes de pisar los cantos rodados de que está empedrada la acera, se da de bruces con doña Cándida, quien tras los habituales cumplidos pregunta por la salud de la gata, animado obsequio que tuvo a bien aceptar. Mostrando una naturalidad no ensayada, doña Catalina contesta con un «excelente» que mejora cualquier expectativa ya hecha; ocultando, es cierto, los inconvenientes gastrointestinales, pero sin afán de burla, por encubrir el pecado alimentario que se atribuye en su integridad. Ignorante doña Cándida del matiz, la respuesta la hiere en su amor propio, ya que podía darse el caso de haber regalado sin necesidad un animal bello y saludable.
Instalada de manera definitiva en el terrado, Gatita se acomoda con el ademán resuelto de una reina en el trono, utilizando para ello el interior de un cesto cuyo fondo cubren vellones de lana esponjosos y cálidos. Toma el alimento de un cuenco desportillado allí presente, con sus mellas y su desvaído color amarillento de tierra mal cocida; y bebe agua en otro, hermano hasta en los desconchados y en el tono deslucido. Suele depositar los excrementos –es proverbial la pulcritud de los gatos- en la caja usada para el transporte de frutas, olorosa de los melocotones que ha albergado, mediada, ahora, de la mezcla absorbente de arena y serrines. Curado su padecer digestivo a base de medicinas humanas -lo que reafirma a doña Catalina en la opinión de su difunto esposo sobre una misma naturaleza animal- y alimentada con los botes de carne y pescado más caros del estante, la micha crece feliz. Por ventura descubre un comportamiento dócil, limitando sus fechorías a dormir en cualquier parte menos en el lugar dispuesto, a romper, de cuando en cuando, una maceta; tronchar el tallo débil o desgajar la rama seca de una planta vigorosa. En sus incursiones, sirviéndose de la plataforma de una silla apoyada en la pared, llega a saltar el metro veinte de altura de la valla separadora. Todo ello con el objeto de llegar a la azotea vecina. Allí la convoca, usando un insistente bisbiseo inconfundible para ella, uno de los pupilos más jóvenes, juguetón como infante sano, con el que ha hecho buenas migas.
Prueba fortuna en la cultura griega; va doña Catalina a las leyendas más difundidas, y en torno a Perseo halla a la terrorífica Medusa, decapitada por el héroe. Unas líneas más tarde, se da de manos a boca con Dánae, encerrada en una torre por Acrisio, su padre. Trata el anciano con la extrema medida de evitar el cumplimiento del oráculo de Apolo, que vaticina un mal para él, rey de Argos, desprendido del matrimonio de su hija. Es Zeus quien burla la vigilancia convertido en lluvia de oro, engendrando en la doncella a Perseo. En un cofre pone el abuelo a hija y nieto, confiando al mar su alejamiento y extravío. Las mil aventuras vividas, cada una de ellas fatal para cualquiera de nosotros, no impiden que, por último, sin voluntad ninguna, Perseo cumpla el encargo del Destino. Discóbolo experto, un ligero desplazamiento del fuerte brazo hace que, en la lejanía, el disco halle la cabeza de su abuelo Acrisio dándole muerte. Los rayos del sol perturbaban la visión del anciano y le impidieron apartarse a tiempo. Es cierto, prueba doña Catalina fortuna en la cultura griega, pero Fortuna es romana y distribuye sus bienes sin mirar, sin ver al menos, ciega, voluble e inestable. Lo sabe ella y sabe que contra la realidad adversa solo la constancia ayuda.
No le pondrá el nombre de la mortal Medusa: serpientes sus cabellos, petrífica la mirada, colmillos de jabalí, manos de bronce; ni los de Euríale o Esteno, sus hermanas inmortales. Mira a Gatita con pena, la ve tan indefensa, tan noble, tan entregada a las caricias, que se siente incapaz de bautizarla de manera precipitada. Tal vez Dánae, pero ¿no sería premonitorio de una existencia desgraciada?
El caso es que Altea la encanta; lo mismo el sonido que el significado. Era esposa de Eneo, rey de Etolia, cuando Dionisios se enamoró de ella. Tan a conciencia disimuló el marido su disgusto, tanto cerró ojos y oídos a lo que ocurría en palacio, que el dios del vino engendró en la hembra humana a la hermosísima Deyanira, regalando al hombre la primera cepa de vid. Magnífico, ¿no? Claro, existe una bella ciudad en la costa mediterránea que lleva ese nombre. Así que, quienes lo oigan se extrañarán de que una gata lo haya copiado, pensando a continuación que la dueña cuenta con escasos recursos imaginativos y hasta con muy pocas luces para iluminarse.
Adquirió su marido el libro que ella hojea con deleite, movido por el prurito del coleccionista que se topa en su camino con un texto singular. Debido nada más que a la rareza de su contenido, y ya es mérito; clara anomalía en su trayectoria de comprador, el curioso representante compró un ejemplar falsificado. Respecto a este punto no cabe la menor duda: está redactado en un castellano tan poco científico como el que da forma a las recetas de cocina, no muestra pie de imprenta ni colofón y, lo que resulta concluyente, un charlatán se lo vendió durante la feria de San Mateo en Valladolid por cien duros. Se trata, pues, de un ejemplar apócrifo y bien apócrifo, estampado como si fuera genuino, del tratado conocido como la “Clavícula de Salomón”. Por desgracia le faltan –lo supo luego, al leerlo sin distracciones- unas páginas que constituyen su mayor merecimiento: la explicación del modo en que el Rey de Judá e Israel logró la ciencia infusa que hizo de él, en una noche, el hombre más sabio de su época. Recoge, eso sí, la extensa relación de oraciones y las exigentes penitencias previas al prodigio que el interesado debe repetir durante años.
¡Es una lástima!, exclama doña Catalina mientras acaricia la tibia piel de la cubierta; dedos corazón y anular hechos tacto puro, destilado esencial de las terminaciones nerviosas, pasando someros sobre la superficie dorada de las letras que componen el título y por la suave curvatura del lomo, cuando devuelve el volumen a su lugar preciso de la estantería. Constituye en verdad una desdicha que exista tal merma de páginas y de contenido, pues la vendría bien el milagro en un caso como éste, perentorio, en el que es preciso dar a toda costa con la palabra clave, un nombre que defina y resuma a la desguarnecida Gatita. Aunque bien mirado, incluso hecho realidad el supuesto favorable de hallarse íntegra y detallada la fórmula, y obrando, además, su lectura efectos prodigiosos, lo que lleva a recelar; la necesidad ineludible de un largo período de preparación del estado de ánimo, empleado en oraciones y penitencias, la inutiliza y desactiva para esta ocasión, impidiéndole mutar el orden lógico de las cosas.
Llega a este punto Marina en su lectura, culminando mi trabajo de escritor que se sabe leído y por ello aquilata sus palabras y las ideas que expresan, teniendo en cuenta a quien viene detrás con la vara de medir y el rasero. Mas la sé comprensiva y generosa y ese conocimiento me afianza en el argumento y la trama sin forzarme a retoque. La decepción de doña Catalina no es tal; se trata de una manera de hablar, simple desahogo, momentáneo deseo inconcreto: asegura mi amada. La mujer que quisiera por madre y tal vez lo sea, se esfuerza desde pequeña con el noble objeto de seguir progresando y no necesita las ventajas de ningún encantamiento. Acaba de darme su parecer sobre el último tramo de texto y se detiene pensativa. Quiero adivinar que la pausa, más que cautela, revela una duda sobre cómo afrontar el nuevo asunto. Sin duda la inquieta alguna cuestión de la que quiere hacerme partícipe – ha ocurrido otras veces- y está buscando el modo adecuado y el momento más conveniente. Esa manera de obrar ella y de entenderla yo, me dice que nuestra unión avanza. Es cierto, porque sin ser en modo alguno predecible, la voy adivinando.
Permanezco a la espera hasta que, con voz encogida, me dice que ha sabido por la prensa la noticia del asesinato cometido en la persona del embajador de Bolivia en París; venganza de quienes llevan el nombre del Che Guevara a modo de bandera. El general Joaquín Centeno, hace ahora casi nueve años, era comandante de la región militar de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia; y participo muy directamente en la eliminación del guerrillero. Más de ocho años parece demasiado tiempo para que el rencor actúe ahora como justiciero, y lo mismo para que la justicia no haya actuado en modo alguno. En ese lapso la justicia pudo y debió actuar evitando que el rencor se extendiera. La sinrazón engendra sinrazón y, a mayores, confunde las causas y las consecuencias terminando por justificar la acción perversa de los enemigos.
El héroe romántico, empeñado en iniciar la revolución en el campo para llevarla después a la ciudad, fue uno de los ídolos de mi amada en su cercana juventud. Lloró su muerte, confiesa, como si fuera la de un hermano. Me expone cuestión tan íntima porque la considera un atrevimiento juvenil del que ahora se acuerda; y espera de mis labios cualquier muestra de entendimiento y eso es lo que hago.
No revelo emoción que la sirva, pero me vienen a la memoria los versos iniciales de un poema dedicado al Che, escrito por mí en los días aquellos de solidaridad universal y los recito:

Estaré contigo en la lucha y seguiré tus pasos
en cuanto me deshaga del cobarde que llevo dentro
un infame que me contiene atándome pies y manos.

El cobarde a que me refería sigue conmigo, tan campante, llevando el timón de mis reivindicaciones.
-No te hagas reproches-, dice mi amada para consolarme, -la violencia se ha revelado ineficaz a lo largo de la historia; existen cuantiosos ejemplos.
-Por desgracia, también de lo contrario, -musito en voz baja que no sobrepasa el espacio alcanzado por mi barba.
Esas palabras son las últimas de verdadero contenido; la conversación languidece debido a la hora tardía, al cansancio y al sueño acumulados. No obstante, mi mente me hace ver que su afirmación es válida en lo que concierne a los infortunados, porque la violencia ha sido útil a los poderosos a lo largo de esa misma historia; y también existen ejemplos cuantiosos. En silencio cada uno vuelve a lo suyo. Lo mío es penetrar en mi memoria adolescente a buscar.
A las tahonas, a la fragua del herrero y a la barbería -anochecer o noche según la temporada- iban los hombres recién regresados del campo a charlar un rato, es decir a enterar y a enterarse. Empleaban antes el tiempo justo para desaparejar, dar agua y pienso a las mulas, cruzar cuatro palabras con la familia y asearse. Lo de menos era cambiar la harina por vales de pan, aguzar las rejas o ser afeitado. Allí, en un rato, se ponían al tanto de lo que se decía en el pueblo, al menos de lo que se podía decir y de los añadidos imaginados.

 

 

16.- MEMORIAS, DIFICULTADES Y COMPROMISOS

Releo la carta de Cesáreo y Alba, donde nombran la ermita del pueblo, pues la hija, que no es supersticiosa en modo alguno, desea hacer una ofrenda agradeciendo a la Vida la prolongada y dificultosa curación del padre, tras meses de cirugía y tratamientos. No será un exvoto como los que rodean el altar de la Virgen del Consuelo. Aún los recuerda Cesáreo por la apariencia inquietante. Cuelgan los símbolos del techo del altar, cubren las paredes, abarrotan la bóveda sobre la imagen venerada de la Virgen. Cabezas, piernas, brazos, niños enteros semejando muñecos infantiles de figura patética, que se curaron de dolencias graves en esa parte del cuerpo. Van a aportar hija y padre, tallada por ellos, la imagen de un angelote corito con aire travieso que sonríe como para equilibrar la tristeza del entorno.
Es la ermita de San Pedro y de la Virgen del Consuelo una reliquia románica, defendida y anunciada por la magnífica espadaña, mirador del pueblo desde la parte de arriba hasta la de abajo, destacando la iglesia y el castillo mellado. Llego desde Madrid a mi pueblo en un periquete. Claro, a la manera mental. La ermita, la casa arrimada de los ermitaños y el cementerio con el anexo del depósito de cadáveres, forman manzana. La ermitaña, mujer del ermitaño y enterrador, los domingos pasaba de casa en casa una pequeña hornacina portátil, soporte de la Virgen y el cepillo de limosnas al pie. Llegaba antes de misa, momentos de prisas y nervios dedicados al aseo semanal utilizando una palangana o un balde, y al aireado de la ropa de fiesta recién sacada del armario, olorosa de la naftalina preservadora del daño de la polilla.
Veíamos como ventaja de la ermita los chavales su pequeño tamaño, pues permitía oír misa desde fuera, junto a la puerta o en las escaleras de subida al campanario. A mí me hubiera gustado ser mozo entonces por muchas razones, pero una era esta que cito a continuación. Los mozos volteaban la campana con fuerza, cada vez más aprisa, hasta que daba la impresión de que iba a salirse de los goznes y echar a volar ventanal afuera. Me gustaba el altar de San Pedro, bello y, al parecer, de mucho mérito, valioso. Tanto que un mal día se lo llevaron recogiendo las migajas de pintura soltadas en el traslado. Iban a exponerlo en un museo diocesano porque alguien dijo que lo había tallado Berruguete. No dejaron el hueco vacío. Al revés, lo llenaron demasiado, con una figura sin mérito traída de Tordehumos. Eso sí, más grande, lo que no contentó a los vecinos, dueño el municipio de la ermita y su contenido. Mi memoria guarda el recuerdo de un Cristo de madera que llamábamos de los pastores, porque los afiliados de su cofradía eran casi todos pastores. Las jóvenes casaderas rezaban a la imagen de San Antonio, y en la de San Roque figuraba un perro, seguramente el único perro venerado en una iglesia.
Jugábamos los chicos en la tejera hundida, a la vista de la ermita, o en los arenales de arena casi abrasiva, abiertos muy cerca del cementerio. Asperón de granos duros y gruesos, utilizados en las obras del pueblo y por las mujeres en el fregado de suciedades difíciles junto al estropajo. En ocasiones íbamos por aquellos andurriales al salir de la escuela, merendando por el camino un buen pedazo de pan y una pastilla de chocolate, marca La Colonial, que traía cromos de jugadores de fútbol: Zarra, Gainza, Quincoces, Ramallets o Iribar, conocido como el chopo.
Voces a las que se denomina gritos, agudas, fuertes, alzadas sobre todos los sonidos del entorno, extemporáneas, agresivas, de riña; en la casa de la Rinconada apenas se oyen: los vecinos tratan por todos los medios de evitar el espectáculo. No quiere eso decir que se excluyan las desavenencias, pues las hay, y persistentes. Se dan, tanto en el portal, entre vecinos, como surgidas en el interior de las viviendas, protagonizadas por miembros de una misma familia. De las primeras resultan desencadenantes el riego excesivo de los tiestos situados en los balcones, y la ropa tendida al sol cuando de las prendas más esponjadas escurren gotas. También el orden cierto de los trabajos rotativos comunes, la basura sacada a destiempo, el volumen elevado de la radio, el insistente golpear de un balón contra el suelo, el subir y bajar de objetos grandes o pesados y otras actividades por el estilo. Dificultades económicas que complican el intento de llegar a fin de mes sin acumular deudas, suelen causar las segundas, las de puertas adentro familiares; y los más variados celos o las formas adoptadas por los deseos de dominio y de autonomía en el arreglo diario, su difícil conjunción, la patente resistencia.
Poco más agita el agua recogida en el embalse que es el edificio. Ni siquiera inquietan el ambiente de manera excesiva los trompicones que Julián, el perdonavidas del ático -del que la gente empieza a murmurar- algo miope según parece, da al subir cuando llega tarde y el silencio domina la noche. Si esos ruidos secos, aislados, indescifrables, no incomodan en demasía, cuanto menos lo harán la algarabía de los cuatro hermanos revoltosos, el bullicio festivo de los estudiantes o la animación de Sara, la aprendiza de modista, por citar a los más proclives dado el excedente de energía que los zarandea. Su plétora es espontánea y natural, y los mayores, unos más que otros, han sido protagonistas de excesos similares a la edad correspondiente; por eso no incide en la ruptura de la necesaria cordialidad y de la armonía indispensable. Lo que no quita para que alguno, de los de más quisquillosos diga y diga, señale y señale. Compensado por otros, los de mayor aguante, que si se les pregunta sobre si se encuentra a gusto en la casa o perciben molestias, llegan a responder: “ni fu ni fa, la tranquilidad es la dueña del ambiente”.
Gatita, aún sin nombre propio -que ha de ser original pero no rebuscado, de sonoridad compleja para sortear la frivolidad; formado por tres sílabas a ser posible, pues ello imprime a la pronunciación un ritmo más vivo; y terminado en vocal, e ó a si así se halla- Gatita, digo, falta de un patronímico preciso que su dueña espera hallar pronto, cansada de comer, duerme; cansada de dormir, se despereza y dobla hacia arriba el espinazo, encorvándose, sacando joroba. Al instante comienza a saltar y a correr como si huyera de un perro o jugara con un compañero que no tiene, va y viene casi a la vez, contentando a su dueña que le ha tomado cariño. Goza la doña sobremanera al verla hacer cabriolas y pasos de danza, tratando de alcanzarse a sí misma persiguiendo el rabo que huye de la boca, boca que está a punto de alcanzar la cola. A doña Catalina la explotan dentro estrellitas de colores al observar sus traslaciones y esos movimientos tan felinos. Confirmado el saludable efecto inicial de las medicinas, su cuerpo crece armoniosamente cabeza, patas, lomo y cola. Le sentaría como un golpe duro de la mala suerte a doña Cándida, conocer el magnífico estado actual de la micha, para recriminarse como lo hace por andar regalando animales caros sin contrapartida alguna; mujer nacida para sufrir la infelicidad propia y la dicha ajena.
Tratando de actuar doña Catalina como una tutora responsable, en pos de la mejora diaria de su proceder, sustituye la comida de las latas de conserva, guiso gelatinoso de carne o pescado elaborado al gusto de las personas hasta en los incitantes aromas añadidos; por bolitas compactas, secas, duras, crujientes, vendidas en saquitos de papel de tres kilos; pues cree que salen más a cuenta. Resulta cierto, y no exclusivamente en el aspecto de la comodidad y limpieza; ya que descubre en el nuevo pienso una ventaja manifiesta, después de suministrar a Gatita tres o cuatro raciones, se ha hecho a esos sabores y los reclama. Por tal razón regala los botes aún no consumidos a otras propietarias de gatos. Propietarias, que mal la suena ese calificativo, por demás inexacto, terminados los tiempos de la esclavitud. Ella es tutora, ejerce la tutela y nada más.
Las variaciones que ha ido introduciendo en la alimentación de la gata hace perceptible el desarrollo del animal; suma peso a ojos vistas, endurece sus carnes y muestra un lomo muy lucido. Adquiere, en suma, toda su belleza y dimensión el largo pelo esponjoso propio de la raza, alcanzando un brillo saludable y una lisura que da gloria ver y acariciar. En raras ocasiones dibuja su rostro una mueca mimosa, perfilada al cerrar los ojos y quedar, en apariencia, dormida; y esa pose infrecuente cautiva y embelesa a su dueña. A ojos vista va convirtiéndose en gata joven deseosa de saltar de la terraza a los tejados, y de investigar por su cuenta lo que hay debajo de las tejas rojas o al otro lado del caballete central.
Una curiosidad parecida, y aspectos similares de la evolución corporal, rigen la conducta de Sara, la hermana adolescente agregada al piso segundo derecha, que ya es una mozuela de buen ver y lo sabe. Se despreocupa de las tareas hogareñas y de su propio aprendizaje en el taller de costura. Lo cierto es que Sara -descubridora de algunos aspectos de la vida y de las personas en los que no había caído hasta el momento- lleva, a la vista de cualquier espectador, una temporada pasando de la euforia desbordante al decaimiento total, sin estadios intermedios. Comenzó una saludable mañana de mediados de mayo a mirar hacia arriba, interesándose, de pronto, por las posibilidades que ofrece la terraza del tercero derecha para el oreo y blanqueado de la ropa recién lavada. Ese descubrimiento y sus pequeñas intrigas, propiciaron una creciente amistad entre los hermanos hospederos y el matrimonio sin hijos. Veintitrés años celebra en estos días primaverales la causa y objeto del desasosiego de Sara, y será pedagogo a final de curso, si sucede que la suerte existe y se pone de su lado, porque con tanto trajín se detiene poco el estudiante ante los libros abiertos.
Piensa doña Catalina que ha llegado la hora de devolver visita a doña Cándida, pues se lo tiene prometido desde el día en que aceptó la gata, presente de los nietos, hijos de su verdadera sangre, dos y cuatro años, niño y niña. Aseveración de la abuela que los arañazos y mordiscos desmentían, y ¡qué caray!, la propia conducta anterior, poco dada a regalos estériles. “Tenía que haber bajado hace siglos, pero lo he ido retrasado sin concretar fecha, carente de un motivo manifiesto; mañana o pasado bajo”. De forma parecida razonaba un lunes tras otro con decidida intención de cumplimiento. “De esta semana no pasa”. Y pasaba; no acababa de determinarse por alguna razón intuida. Doña Catalina no es mujer que deje para mañana lo que pueda hacer hoy; por lo que resulta fácil deducir que en este caso actúa contra su manera de ser frenada por algún prejuicio. “No es trigo limpio la mujer del bedel Malanda, no mira de frente y por su manga asoma la aguzada espina del puñal. Parece querer cobrarse el regalo a cada momento, requiere mi conformidad con sus dichos, busca que me ponga a su lado en lo relativo a la casa”. Y no; doña Catalina no necesita alinearse, ella es cabecera de su propia fila de a uno, y lo seguirá siendo.
Busco yo, mientras escribo estos párrafos, la razón de dar tanto protagonismo a un animal doméstico como es el gato, al que mucha gente considera zalamero, receloso, independiente, olvidadizo, vengativo y egoísta; y lo dicen así, larga serie de adjetivos, como si estuvieran describiendo a una persona, pintando con palabras su naturaleza humana. Desde que poseo recuerdos hubo gatos en mi casa; perros no: mi padre no era partidario de los canes por algún motivo que desconozco. En los corrales de los pastores formaban manada, y parece natural; sin embargo, los labradores como nosotros, si tenían uno, bastaba; y en ocasiones escasas le facilitaban compañía. Falto yo de hermanos, de algún modo había de entretenerme; y los felinos, en la época de su vida que, con licencia, podríamos llamar infancia -etapa felicísima de una duración cercana al año- son incansables, retozones, vivarachos, enredadores, imprevisibles y en extremo bulliciosos; en definitiva, traviesos como el chaval que yo era. Los cachorros de perro también se comportarán así, pero ya digo, no pude comprobarlo.
Pasada la infancia, recuerdo, las crías de gato alcanzaban la madurez, y los instintos comenzaban a traerlos y llevarlos por la calle de la amargura; pero cuando se encontraban satisfechos, careciendo de tareas pendientes que los atosigaran, tendíanse a mi lado reclamando alguna caricia, como si quisieran recordarme que, desde un día ya muy alejado, ellos han vivido con los humanos, corriendo la misma suerte y pasando las mismas fatigas. Conservar la amistad inicial con los gatos adultos resulta ser tarea en demasía laboriosa, que precisa, como condición esencial, mantener una conducta rectilínea, limpia de sospecha. Se debe procurar que ningún gesto hostil contamine miles de gestos aliados; y niño aún, acababa yo cayendo en algún modo de tentación que rompía el proceso y me obligaba a iniciarlo de nuevo. A la mínima trastada, que digo, al menor asomo de brusquedad que advirtieran en mí, desconfiados como son, hacían tabla rasa del acervo de un buen comportamiento continuado, desmoronándolo, castillo de arena que es preciso recomponer.
Hablo, en cualquier caso, de gatos que cruzan las calles medrosos, debido a las irregulares experiencias acumuladas en sus relaciones con las personas: niños y adultos que, en determinados momentos, los tratan a puntapiés o les arrojan piedras. Hablo de esos félidos vivarachos que, de inmediato, encuentran la brecha abierta a un escondite o una línea de escape. Los he visto encaramarse a las tapias con un vigor sorprendente, y alcanzar en dos o tres saltos ágiles los desvanes poblados de ratas y ratones, presas a las que aguardan inmóviles, dotados de una paciencia infinita, durante horas ante el umbral de la ratonera. Me refiero a esos gatos magros, vigorosos, resistentes a las enfermedades, únicos poseedores de las célebres siete vidas; miembros de la raza universal resultante de los millones de cruces que han tenido lugar durante miles de años. Han logrado, merced a la acción progresiva de las leyes naturales, unas características físicas bien definidas que admiten un corto número de variaciones en mañas, forma y pelaje, porque están ya muy cerca del ideal.
Lo descubrí al leerlo en algún libro o en revistas especializadas: existen razas llamadas puras -siameses, persas, angora y otras que ni del nombre me acuerdo- apreciadas por conservar, individuo tras individuo y generación tras generación, unas características invariables de estampa y comportamiento. Al enterarme creí estar ante casos de particularidades genéticas conseguidas en laboratorio, cercenando de uno u otro modo el derecho a la evolución. Igualaba yo a los biólogos capaces de trabajar en esos experimentos, con los jardineros escultores de bonsáis, que recortan de aquí y de ahí el crecimiento que llevaría las plantas a la normalidad. Vi en el incomprensible empeño, perversiones de la investigación puestas al servicio de los adinerados que pueden pagar caros sus caprichos extravagantes.
Consumida la materia de esta dilatada cavilación, me inclino a creer que las circunstancias personales expuestas en los párrafos precedentes, explican por sí solas la decisión de encomendar embajada tan vertebral a los gatos de la novela: Gatita y los hijos que la nacerán si la naturaleza se adelanta a las intrusiones humanas, a esa manía nuestra de intervenir en cuanto proceso conocemos. Mi amada Marina –lectora en trance de alcanzar al escritor con sus pasos curiosos, indagadores; seguidora inmediata de los trazos en cuanto son corregidos y afirmados- comparte el razonamiento y considera que a buen seguro estoy en lo cierto: de las ricas vivencias procedentes de la niñez y primera juventud toma la tinta mi pluma.
Al hilo me habla mi amada de la fascinación que siente por los animales australianos llamados koalas, unos ositos de peluche que hasta hace poco ignoraba marsupiales. Se mueven con agilidad en las copas de los árboles, prefieren las ramas de eucalipto para alimentarse y pasan la mayor parte del tiempo dormidos. Desarrollaron un olfato excelente, son del todo pacíficos, poseen hábitos nocturnos y pueden comunicarse entre sí mediante rugidos. Desea, dice, y no es antojo inalcanzable -tomo yo nota de él para hacerlo efectivo en la primera ocasión que se presente- poner a caminar los dedos abiertos de sus manos sobre la gruesa piel de un ejemplar soberbio y, en reiterada caricia abridora de surcos, ocultar las dos primeras falanges en la jungla amiga formada por el pelo lanudo y oloroso. Es un capricho individualizado, cuajado tras largo tiempo de maduración en el conjunto anónimo de los antojos.
Marina ha dado con un nombre de koala muy propio del macho tranquilo que ella idea, y se lo pondrá cuando goce de su compañía. Se trata de una palabra capaz de sugerir por sí sola las cualidades de que estará conferido. Y a pesar de considerar un acierto su ocurrencia, no me la revela. Ignoro las razones que fuerzan la reserva, pero no las pregunto, pues cada día renuevo el propósito de dejarle una parcela propia en la que se mueva a gusto su intimidad, círculo donde penetraré, bienaventurado de mí, en el caso de que ella tenga la deferencia de invitarme a pasar. Y a veces lo hace; así que mi estrategia no anda muy errada. Aprendió a tocar la dulzaina y me lo descubre en el interior de una anécdota. Aprendió, pero de manera imperfecta; porque se precisa un considerable tiempo de ensayo para adquirir la maestría y no lo tuvo.
Resulta que uno de los buhoneros a los que, tras la muerte de Teudenio en tierras de Valladolid, vendió el carro y el asno canoso de considerable alzada; un mozo fornido, se empeñó en acompañarla hasta lugar seguro, “no fuera cosa que la asaltaran para robarla o algo peor”. Así que caminó a su lado los dos días que tardaron en dar con las tapias del convento donde la acogieron. Las monjas guardaron el dinero recibido en una caja de madera cerrándola con llave, y de ese modo la tranquilidad volvió al acompañante de la chica. Mozo viejo que sacaba buen partido a la capacidad extraordinaria de sus pulmones y a la habilidad de labios y lengua para dosificar el flujo del aire en la boquilla, él la enseñó los preliminares de la dulzaina. Hacía hablar al instrumento musical porque sumaba a sus dotes la finura de oído; le hacía hablar, y llorar más que nada, pues era un hombre de esencia triste. Estaba obligado a tomar compañera si quería ser alguien en la tribu, requisito imprescindible para conquistar la plenitud de derechos: poseer carreta propia, entrar en el reparto del dinero y hacerse oír en las reuniones del clan. Por esos motivos y algún otro agregado, deseaba una hembra hace tiempo; pero, desgarbado y lacio, las mujeres le huían. No era el caso de Marina, que se mostraba amable, le sonreía sin esfuerzo y escuchaba con interés su torpe parloteo. Él se daba cuenta y ponía los ojos en ella, que, por si fuera poco, apuntaba formas atractivas, fruta a poca distancia de la sazón, cuya cosecha el dulzainero estaba dispuesto a retrasar lo que ella quisiera. Acaso por eso la cortejó de manera sutil; mas la mocita, cuya ingenuidad por entonces permanecía intacta, sometida a medias a la prudencia y al pudor, o no se percató o no quiso que él lo supiera.
Deriva mi amada la charla hacia cuestiones filosóficas, y adopta un tono serio que carga el ambiente de melancolía. La humanidad o la civilización, por decirlo de modo positivo, progresan si reparten su simpatía entre lo conocido y lo nuevo, si el hombre avanza hacia una meta más elevada que el punto de inicio. Lo aprendió de Teudenio y se lo confirman algunas obras de teatro. Aquel anciano prematuro, su instruido maestro, o padre según ella cree y quiere, le enseñó que la persecución del equilibrio entre lo poseído y lo anhelado, inestable como es notorio, proporciona impulso al esfuerzo humano y constituye el motor de sus conquistas. Teorías que caminan solas casi de continuo, pues la práctica no se suele acercar a ellas. Así nos va, añade con algo de retintín apesadumbrado.

 

 

17.- ASUNTOS DOMÉSTICOS

Cree sin la menor reserva doña Catalina, que dos planetas han entrado en trígono, y deben de estar derramando su influjo cósmico sobre las personas de la casa; pues actúa, y a lo que se ve de modo eficaz, en las relaciones domésticas; de suerte que la ceremoniosa frialdad va dando paso a un cordial acercamiento. El saludo forzado por la educación menos evolucionada, áspero y seco, arrojado como una piedra a quien resulta, en el mejor de los casos, indiferente; llega ahora al interés sincero por la marcha de las cosas, sedoso y ahuecado. No sabe qué pensar de cierto, pero intuye a doña Cándida y a la adolescente, servidoras de intereses opuestos, fragmentando la inercia del olvido despreocupado, la pesada roca puesta por el egoísmo en medio de todos para separarlos.
La aproximación de las voluntades permite emprender ciertas obras menores de remozado del inmueble. Tales son las que tienden a restaurar el arambol, enlucir las paredes y el techo del portal y afirmar las baldosas sueltas en los descansillos. Así que una cuadrilla de obreros, lo menos cuatro: dos albañiles, un cerrajero y un ebanista, a más del aprendiz que facilita al carpintero sus útiles antes de pedirlos; pelotón sin jefe, ha establecido turnos para no estorbarse. Es posible que el desconchado de las paredes pudiera esperar hasta acumular reservas ceñidas a ese rubro en el presupuesto, pero sucede que las visitas se llevan una pobre impresión de la casa y de sus habitantes, y los vecinos acuerdan en reunión general empolvarse una sola vez, aunque mientras, quince días acaso, los espacios comunes pierdan parte de su provecho. De ese modo, un fino trabajo de llana y el posterior enjalbegado vuelven las paredes a su ser original; y los dos albañiles se despiden hasta que llegue la hora de fijar las baldosas al suelo de los distribuidores, cuya inestabilidad se ha convertido en una verdadera trampa para los pies más torpes.
Toma el relevo el cerrajero, y con su arte y herramientas se enfrenta a los férreos balaustres desprendidos de la base que los solidariza al suelo, clara amenaza para quienes utilizan el arambol como apoyo al subir o bajar. El ebanista sucede al herrero y, en cuanto el ayudante extiende las herramientas como muestrario de mercader, añade los tramos rotos del barandal superior, los atornilla con nuevos tirafondos y lija de arriba abajo la madera del pasamanos, pues se ha ido oscureciendo en unos trechos debido a la suciedad y aclarándose en otros por el desgaste que supone el roce continuo. Pintado el hierro de negro y barnizada la tabla de color caoba, los albañiles regresan para rematar lo suyo. Levantan el piso de los descansillos y reponen el conjunto de las baldosas a pesar de no ser necesario, buscando antes que el ahorro la uniformidad. Terminada la restauración, los vecinos aprecian con agrado el valor añadido a la casa, que en lo referente a los elementos comunes ha quedado como nueva; y total con un gasto de cuatro perras al que contribuye -por supuesto, forzado- el dueño. La aportación del avaro es menor de lo que corresponde a su propiedad, llevándose, como acostumbra, raspaduras en sus garras de ave de rapiña, ocultas por el sencillo gesto de cerrar las manos volviéndolas puños.
Hasta ahora los bandos enfrentados han supuesto la constante. Primero y segundo contra el tercero, terracistas contra balconistas, los del lado izquierdo frente a los del lado derecho; propietarios, doña Catalina y doña Cándida, de una parte, y arrendados, todos los demás, de otra. Alianzas y hostilidades que no soportan la permanencia, siendo de consolidación difícil dado el natural individualista de los vecinos, que las prefieren variables, dispuestas conforme al proyecto tratado en cada ocasión. De esas rencillas se ha aprovechado en todo momento el ricacho, retrasando el cumplimiento de sus compromisos por falta de acuerdo. Los del ático, Julián y Teresa, que por lo visto y escuchado no resultan tan bien avenidos como parecía y hay quien los imagina librando una batalla sorda que el día menos pensado dejará de serlo; ese matrimonio extraño, ni cuenta: paga la cantidad que le asignan y se esconde detrás de la pasividad y el mutismo.
La nueva actitud, más abierta, más transparente, lleva a conocimiento general la naturaleza de los hábitos individuales consolidados día tras día; y de ambas circunstancias, causa y consecuencia, proviene una mayor adecuación de los recursos a las necesidades, pues entre los vecinos se producen préstamos y trueques de utensilios o alimentos, impensables unas semanas atrás. El desarrollo de la información relativa a los otros, lleva a dominio público que los dos hermanos duermen juntos en la sala de estar. Las cuentas son sencillas si alguien se empeña en echarlas: tres habitaciones y tres huéspedes ocupando alcobas separadas –así lo requiere la imprescindible concentración en el estudio- empujan a los hermanos fuera. No es tarea de la moral su comportamiento, aunque lo señale de esa forma una malintencionada doña Cándida, porque duermen vestidos y cada cual en un sofá; sino asunto económico: entrados en años de vejez y comido su pobre patrimonio -unas tierras de secano y un majuelo perdido- no disponen de la pensión que se les suponía y deben tapar los agujeros abiertos por la operación de hernia que él sufrió, toda de pago al no tener derechos en vigor, obreros del campo por los que ningún patrono quiso cotizar. Eso se sabe, y también, que aprovechando los ratos en que se ausentan los hermanos y los pequeños asisten a clase, encontrándose solo el mayor de los pupilos, Sara, la modistilla, toma el sol en la terraza. Se divulgan como cosa propia las dificultades matrimoniales surgidas en el hogar de la lejana Angelines -hija emigrante del marido de doña Cándida- casada con un aventurero emprendedor y enamoradizo, que concluye con éxito el intento de dar alcance a una chica seis años más joven que la legítima esposa. Paso a paso, la intrusa, desplazando a la derrotada, ha ido ocupando su sitio y apropiándose de la ya mentada chaquetilla de Angora.
Que el camino de las personas en el río de la vida desciende un declive cuajado de obstáculos, lo demuestra un hecho miles y miles de veces sucedido. Al llegar la senectud reflexiva, cuando miramos hacia atrás, abarcamos el conjunto de la existencia de un vistazo. Desde la atalaya que el tiempo ha levantado, lugar impreciso, mira su vida Angelines y se pregunta si valió la pena salir de casa a los dieciséis años, presentarse en Madrid, ser recomendada como dependienta de una mercería, aprender el oficio a marchas forzadas, casarse con el chofer de los dueños, y seguirle cuando el hombre se cansó de la rutina diaria. Llegando así a la joven América, tan enorme y tan viva. Se pregunta si lo alcanzado compensa los trabajos que se tomó para salir adelante en Dolores, departamento de Soriano en Uruguay, tierra fértil regada por el río San Salvador. Si algo compensa las privaciones y las carencias. Si mereció la pena dar tan prolongado tranco, y en el instante mismo en que lo pregunta, se acerca el fruto de sus entrañas, palpable carne de su carne, al lugar privado de coordenadas donde ella reflexiona. Trae el niño en su personita la viva respuesta en que se ha convertido. De uno u otro talante cumplimos instrucciones que sirven, en mayor o menor medida, a los ocultos proyectos ajenos; concluye muy filosófica, quizá más que nunca, quien ha dado un giro largo y está donde estaba al principio.
El niño majo, crecido un palmo desde la última visita, y en sazón aquel decir suyo tan gracioso, quebrado y lleno de indiscreciones; una maleta de ropa que el cambio de clima inutiliza en parte y algunos recuerdos destinados a entretener la sobremesa de las cenas; eso es todo lo que trae Angelines en su viaje de retirada pagado por el traidor con los ahorros de ella. Miles de kilómetros salvará su mente a través del océano, en un rápido recorrido abstracto que enlaza mundos por fuerza convergentes. Tardarán unos días aún en acercarse madre e hijo al reducido espacio familiar. Habrán de hacerse en él un hueco adaptado a sus medidas presentes, sin emplear codazos ni empellones que lo ensanchen; y encenderán un fuego capaz de dar calor e iluminar la estancia, ocultando en lo posible el humo consecuente. Por el bien de la armonía, el bedel, su padre, no debe recibir señales de alarma, y menos aún doña Cándida, la mujer destinada a reponer la servidumbre conyugal que el bedel perdió al morir su primera esposa.
Una caminata de diecisiete años de duración ha logrado madurar a Angelines: ya piensa como las mujeres de su edad y condición, ya ha adquirido sus temores, ya completó las defensas, muralla de cartón imitando a la piedra; y si no fuera porque aún existe la mancha –diluida, bien es verdad- que la naturaleza pintó entre la axila y el pecho cuando aún estaba en el útero, diría que ya no es la muchacha aquella de los parabienes dobles, uno destinado a dar gusto al padre y otro dirigido a contentar a la madrastra. Ahora está decidida a decir lo que siente; con tiento, sí, con buenos modales, pero lo que siente; sin aliños, sin importarle que uno de los dos se ofenda. Existe un muchacho en ciernes que no siendo suyo del todo la tiene únicamente a ella, y está dispuesta a enfrentarse al huracán, seísmo, alimaña o malhechor que representen para él un peligro. Entiende de pesar y medir lo bastante para emplearse en una tienda, y el dinero ganado de ese modo le dará independencia.
Hasta el crítico instante de regresar su hijastra, ignoraba por completo doña Cándida el quebranto producido en la unión de Angelines. No se lo descubrió su guía, la echadora de cartas a quien ella recurre cuando se siente insegura. Debilidad del comportamiento que en esos días abiertos del inmueble se da a conocer de forma inusual: lo confiesa ella misma presumiendo de mujer advertida que sobre el resto de vecinos lleva esa ventaja. Usa la vidente un nombre extravagante para estas fechas y latitudes, muestra la actitud enérgica y firme de quien está acostumbrada a mandar, posee un acento meloso que envuelve lo dicho en papel transparente a modo de regalo y quema unos inciensos que huelen igual que los santos del Cielo. Casandra se llama a sí propia, obligando a que los demás la nombren de ese modo. ¡Casandra!, y con tal aviso aún existen personas inclinadas a creer en sus augurios. Se sirve la pitonisa de una intuición preciosa para fijar las predicciones, y de los datos ciertos que, cercados por la emoción del instante decorado de intriga y misterio, a los bobos se les escapan sin notarlo. La maliciosa doña Cándida –mira por donde, el patronímico llega a adquirir su verdadero sentido- doña Cándida la mal pensada cree a pies juntillas las profecías que la vidente formula, y acepta como inevitable el futuro entrevisto en la penumbra del oscuro gabinete cargado de signos enigmáticos, de símbolos arcanos, parte mínima de un lujoso piso situado en la calle Becerro de Bengoa. Acepta doña Cándida los vaticinios como palabra divina, y si sucede que no se cumplen, halla siempre la manera de justificar el desvío, cerrando en círculo su defensa, reforzándola por medio de una lógica falsa que viste el yerro de acierto parcial, en cualquier caso, obra de los muchos méritos acopiados por la clarividente.
Claro que doña Cándida conoce la inclinación a la astrología de doña Catalina, incluso se le ha pasado alguna vez por la cabeza la idea de consultarla. La razón de no haberlo hecho se encuentra apuntalada por cuatro circunstancias de peso. La primera corresponde a que el trato entre ambas está todavía en mantillas; es, en cierto modo, superficial, justo es reconocerlo; y no avanza porque ninguna de las dos se sincera. La segunda obedece al largo tiempo que lleva en contacto con su guía, mujer fuerte que, sirviéndose de cartas, números y runas, incluso de los posos de las infusiones, le señala el camino más adecuado al momento, y ella se limita a seguir las indicaciones anotadas al margen. En tercer lugar, actúa la cuestión -nada insignificante según parece- de la inimaginable distancia existente entre los astros y las personas, que la obliga a dudar de la capacidad de cualquier diletante para captar los influjos individualizados. Por último, la que parece ser la de mayor trascendencia –indiscutible, concluyente, definitiva- no dará en su sano juicio dos duros al pregonero: protege sus secretos subida a un caballo, vistiendo férrea armadura, armada de espada y rodela; y está convencida de que, si pusiera a una vecina al tanto de ellos, tarde o temprano acabarían siendo dominio de la casa entera y hasta del barrio.
El matrimonio asentado en el ático, del que ya se sospechaba un tormentoso discurrir, parece que cruza pasajes angostos; entre Escila y Caribdis arrumba su embarcación. La proa golpea en una roca, luego en otra y en otra; el timón ya no trata de esquivar obstáculos, nadie lo dirige. Faltó roble para la quilla, se conformaron con eucalipto los carpinteros; dotaron a la barcaza de cuadernas desiguales en el grosor, algunas un tanto verdes; el mantenimiento, a cargo de neófitos, fue escaso. La nave sigue su derrota por inercia, desciende la arrancada, luego queda al pairo; una vía de agua se abre, desciende la regala para facilitar la entrada de las olas, dos manos achican y otras dos aumentan, pronto cambian de actividad; la nave no acusa apenas balance, el cabeceo es mínimo, bornea levemente, no la mecen ya las olas, aumenta perceptiblemente el calado, casi todo el casco es carena.
Se comenta que, dando término a las discusiones, él levanta la mano y la dirige hacia ella. Los tropezones en los peldaños, que retumban en el silencio de la noche cuando Julián vuelve tarde, no es cosa de la poca vista, sino de la visión distorsionada por el abuso del trago. Los ruidos y exclamaciones procedentes del interior del piso, son iracundos ataques que la mujer soporta resguardada en un rincón de la cocina, parapetada tras el mueble que oculta un esconce. Forma parte de ellos la insignificante defensa –verbal, casi siempre- que la mujer hace de su integridad. Se dice que el hombre tiene problemas en su trabajo y por eso bebe. Se dice que bebe y por eso tiene problemas laborales. Se dice que discuten y por eso bebe. Se dice que viene bebido y por eso la pega. Sucede a menudo que el progreso del deterioro suele intercambiar motivos y resultados hasta confundirlos. Trata de ocultar Teresa un cardenal aparecido en su barbilla, e inventa un origen absurdo que ya nadie cree.
Por airearse secretos, se ventila, haciéndose conocimiento común, incluso la existencia de enfermedades silenciadas; realidad hasta ahora íntima, vedada a los demás debido a una atávica creencia que considera castigo divino los padecimientos; males originados por execrables conductas que han de ser castigadas. Llegan así, hasta el dominio general, detalles concretos del mal que amenaza al pequeño, hijo amado de los que se promovieron desde el norte de la provincia, el infante de cinco años, el más modosito, el mejor educado, el que habla con juicio de muchacho mayor de lo que a su edad corresponde.
La transparencia de los tabiques, de las puertas, de las palabras, de las intenciones; la bolsa colectiva, en suma, que acoge las interioridades, propicia una tolerancia desconocida y una mayor libertad de actuación. Entra, por ello, la comunidad en un rodar más cómodo, sin excusa ya para fingir prácticas que en tan poco difieren. Ayudas se reciben de quien nunca se hubiera esperado, aun sin previa demanda. Como si se tratara de telúricos movimientos de encaje, la realidad, conocida en todos sus recovecos, hace sitio también a rupturas o enfriamientos temporales, que los no afectados en primera persona tratan de unir o caldear. Ajustada la falla, corregida la posición inestable, mudadas las opiniones, penetrada la manera de ser hasta la raíz primitiva, la que alcanza a padres y abuelos; hecha la luz sobre la penumbra engañosa, un orden de cosas distinto se establece y domina.
Enmiéndase la nefasta disposición inicial de los planetas, y las aguas desvían su caudal a cauces arenosos, marcando un lecho recto desprovisto de meandros. Pero cuidado, no nos engañemos; la ley de la gravitación universal no ha sido derogada, y en la esencia del agua habita aún el deseo de buscar la comodidad de descenso, camino del mar uno y vario, incapaz de rebose. Quiere esto decir, que el provecho propio continúa teniendo agarre; y que cada uno, por añadidura, sigue siendo cada uno.
La amada Marina disiente de mi modo de afrontar el pasaje, referida la disensión a algún aspecto formal, y me mueve por lo manso a ajustar aspectos relativos a la manera de dar a entender lo que pretendo. Ella sabe: ha estudiado y piensa. Las monjas, sor Benigna más que nadie, quisieron darle una formación que la sirviera en el mundo, porque para el convento ya nació perdida: viéndolo y todo, la cuesta creer lo que no es palpable. “Santa Teresa se aficionó a la lectura de los libros de caballería en la mocedad, y comenzó a redactar uno de ellos con su hermano Rodrigo; ¿alguien sabe los modos que el Señor emplea para convertirnos en sus instrumentos?”: la frase corresponde a la madre abadesa y mi amada la recuerda íntegra. Aritmética y gramática la explicaron junto a las novicias, historia sagrada, latín, nociones de griego y literatura religiosa: los místicos hasta la saciedad; y de filosofía, la vida y la obra de Pablo de Tarso, Juan Damasceno, Gregorio Nacianceno, Agustín de Tagaste e Hipona, Anselmo de Aosta, Alberto Magno y Tomás de Aquino. Ayudaba en la cocina sacando la sustancia oculta en los huesos cocidos tres veces, y quitaba a los cristales cualquier asomo de suciedad que los opacara; almas benditas parecían los vidrios, inmaculados, refulgentes. Estudió botánica para auxiliar mejor en la huerta: unos libracos de antigüedad intimidante que halló en la biblioteca dormidos. Hacia un saber práctico se ha orientado siempre su intención; conocimientos aplicables al instante que instantes después den fruto; ese y no otro objeto persigue. Y con esa base práctica se atreve a aconsejarme y yo, porque la sé preparada, acepto su punto de vista que corrige el mío.

 

 

18.- DE VALDEPERO A MADRID Y UNA VISITA MUY ESPERADA

Resultado de esa temporada de relación franca, es el chisme que sobre el dueño de la casa – poseedor de tierras en varios pueblos y de algunos edificios de pisos en la ciudad- corre en círculo con visos de ser cierto. Lo contó, según dicen, sin duda para apoyar su verosimilitud, la señora de don Roque, el difunto maestro. Se lo había oído referir a su marido antes de que el buen anciano tomara el camino sin retorno. Luego ella se fue adónde van las viudas que han de dividir una pensión escasa: a lugar más favorable, a un piso económico en un barrio extremo, a un pasar liviano. Personas y personajes de este discurrir literario, se marcharon ambos –ella tras él- del piso primero derecha y no lo pueden desmentir.
Sucedió en los meses posteriores a la fecha del retiro, recién instalada la familia en la casa. La burocracia torpe consideró perdidos los documentos de solicitud del subsidio, y hubo necesidad de comenzar de nuevo su tediosa recolecta. En consecuencia, cuatro meses alcanzó la demora del primer cobro. Recuperado el dinero, don Roque, deseoso de abonar los alquileres adeudados, se dirigió al barrio de Allende el Río, donde tiene su domicilio el propietario. Dista unos kilómetros del centro de la capital, plaza del ayuntamiento, un cuarto de legua según dijo el adinerado. Me choca esa unidad de medida porque la oí de niño en mi pueblo. En el campo, al menos los más viejos, usaban todavía algunas unidades antiguas, expresándose en onzas, celemines, cargas, cuartas, obradas, arrobas, azumbres o cántaros. No conoce de antes a don Roque, pero respeta el magisterio que ha ejercido. A él, su maestro le enseñó cinco de las reglas más importantes: cuatro pertenecientes a la aritmética y la regidora de la ortografía, muy consideradas por el educador y origen de múltiples quebraderos de cabeza para los chavales. En aquel entonces tiene raíz la consideración que muestra a tal inquilino; de ahí que le permitiera contraer una deuda cuantiosa, impensable en otro. Suerte distinta corrieron los sagrados réditos.
Vive el hacendado próximo al conjunto urbano del barrio, pero algo separado, y por la solidez del edificio se nota que allí habita gente de dinero. Es su morada una soberbia vivienda de tres alturas, encerrada dentro de un espacioso corral. Todo el perímetro aparece vallado por un muro de piedra de la alzada de un gigante mediano, y sobre él, encaramada a lo largo de lo más alto, destaca una faja de alambre de espino. Se encargan tapia y red, según explicación liberada por el dueño, de impedir que salten los chiquillos y se lleven hortalizas y verduras. Teme también -y lo obstaculiza la tapia- que sentados a horcajadas sobre las ramas, coman las brevas de una higuera que da mucha sombra y poco fruto, pues unas veces florece pronto y se hiela, retrasando otras su madurez hasta que el otoño se va haciendo invierno destemplado y terminan entonces por caerse los higos sin llegar a la sazón. Le mostró el cercado: mitad jardín, la parte delantera: peonías, rosales, tuyas esmeralda; mitad tierra de labor, la parte de atrás: huerta de ajos y cebollas, patatas, alubias verdes, lechugas, tomates y pimientos; mezcla atropellada de los ambientes rural y ciudadano que no acababan de encajar.
Guió sus pasos, a continuación, hacia la vivienda; y sobre una mesa del cuarto que el inquilino moroso consideró escritorio, el propietario recogió el dinero y rellenó cuatro recibos, uno por cada mes. Al inquirir don Roque la razón del exceso, contestó que convenía hacer las cosas como siempre: un mes, un recibo; un recibo, una anotación. Intuyó el maestro, dibujada en la mente cerrada del casero, una interna cuadrícula regidora de sus actos, y unos carriles trazados en el suelo por donde los pies se deslizaban sin aventura. Por último, llegó el turno a los intereses nacidos de la demora, similares a los cobrados por los establecimientos bancarios en los descubiertos; aunque para ellos ya no hubo comprobante. Lo comprendió de inmediato don Roque: más allá de toda estratagema que impidiera reclamaciones como cabría pensar, lo cierto es que no había desarrollado el casero costumbre al respecto, la tolerancia demostrada con don Roque era simple excepción.
El transcurrir inexorable de los días convirtió al solterón que el inquilino tenía ante sí, en el último superviviente de tres o cuatro ramas familiares sin descendencia, confluentes en él aportando sus bienes. A la manera de un apasionado guía de museo que intuye la cancelación próxima del recinto o su propio cese, ávido de mostrar su grandeza, poniendo calor en la explicación, alardeando, el rico comenzó a mostrarle la casa por el despacho en que se encontraban, escritorio cierto como había imaginado el visitante.
De él pasaron a un comedor dotado de sólidos muebles, reflejo de una posición que no se improvisa; aparador, mesa y sillas heredados de quien los heredó, es decir, muy antiguos. Albergaba la sala de estar y biblioteca, a más de unos sillones de orejas, cientos de volúmenes encuadernados en una piel cálida, flexible, carente de roces. Habían sido igualados hasta en la impresión dorada de sus correspondientes títulos y de los nombres de los autores. Aparecían en los estantes dispuestos siguiendo un orden plegado a los dictados de la estética y de la simetría. Un faro los vigilaba y orientaba, un faro que era en esencia un reloj de pared cuya envergadura alcanzaba el alto de la habitación. En su vaivén equilibrado, el péndulo destellante cubría y descubría, siguiendo una inexorable alternancia, un círculo de figuras policromas: agosteros en trance de realizar faenas de la recolección del trigo. Unos dormitorios vio el impresionado visitante, verdaderas alcobas de señores poderosos. En ellas encontró lechos de auténtico nogal macizo y armarios murales repletos de ropa cara. Era el ajuar bordado por unas monjas de clausura sobradas de tiempo y paciencia, trajes pasados de moda desprendiendo un olor intenso, persistente y desagradable a insecticida; manteles, sábanas, colchas de frunces indelebles y bordes tostados por una luz concentraba siempre sobre los mismos hilos.
En la amplia cocina, completa de aparatos electrodomésticos, se asentaba, bien holgado, un comedor rústico de madera de olivo, destinado al uso diario de los señores o de una servidumbre digna de ellos, allí inexistente. Formaba el mobiliario una mesa y sus sillas, haciendo juego; y en los rincones muertos, adaptados al espacio disponible, se apreciaban basares atestados de resistentes útiles de batalla. Nombran los relatores unas vajillas de cerámica artesana, cristalerías de cristal de roca y cuberterías de múltiples piezas acostadas, insertas en huecos forrados de terciopelo rojo, algunas de ellas de plata oscurecida. En el cuarto de higiene reclamaba la atención una bañera ovalada, equipada con un mecanismo de los que agitan intensamente el agua produciendo corrientes tranquilizadoras. Por no extenderme más en descripción tan minuciosa, dicho en cuatro palabras, le mostró un espléndido palacio, amueblado a la antigua, iluminado con arañas de cristal de diseño recargado, que difractaban los rayos solares dibujando en las paredes arcoíris cambiantes. Absorto quedó don Roque ante tanta ostentación, ante tal magnificencia.
No sé por qué albur hubieron de bajar al sótano, sombrío espacio donde se desnudan columnas de piedra -prueba fehaciente de la fortaleza de su fábrica- clareadas por la luz que introducían unas troneras abiertas en lo alto de los laterales. Allí las distintas dependencias convivían sin tabiques. Cochera albergando un antiguo modelo de coleccionista con los neumáticos desinflados; cuarto de calderas para el agua caliente y la calefacción, cañería en cuyo sesgo más alejado se vislumbraba una regadera con apariencia de ducha. Un trastero abarrotado de enseres en desuso y baúles cubiertos de una densa capa de polvo; adecuado habitáculo para el perro, un esbelto ejemplar de galgo cazador; y el área humanizada que estaba empeñado en ocultar.
Pudo el invitado abarcar de una sola mirada todo lo necesario para desenvolverse una persona. Vio un sofá de color oscuro con la cubierta raída y una mesa de chopo blanquecino sucia de derrames diversos; un armario cuya aldabilla de cierre aparecía rota y sustituida por alambre enrollado; una pila sobre la que descendían, desprendiéndose del grifo en suave caída y precipitándose al fin con sonido monótono, una gota y otra y otra y otra, indefinidamente, en infernal tortura. Además, un recipiente de gas inflamable, una cocina de chapa esmaltada, salpicada de círculos descascarillados, un basar de madera sujetando cacharros ennegrecidos por el uso continuo y una limpieza deficiente. Al lado, vio, una máquina de coser plegada sobre su eje, soporte involuntario de un receptor de imágenes de televisión de diseño pasado de moda. Ambos espacios antagónicos, vistos por el docente, inquilino pagador de sus deudas, mostraban el positivo y el negativo de una misma foto; lo de arriba proyectado abajo con toda su carga simbólica; el cenit traducido a nadir. El lujoso museo y el espacio austero de uso diario oponiéndose, afirmándose y negándose, haciéndose uno de dos mitades disímiles e inconciliables.
En contra de lo que pudiera pensarse, no constituía el plano superior del caserón el Cielo de quien, a la vista de los propios pecados, cree su deber penar todavía durante un tiempo en el Purgatorio, plano inferior. No, el sótano era la Gloria real y verdadera para el codicioso casero, y en él se encontraba a sus anchas. Confesó hacer en ese espacio la vida por hallar más gusto y mejor acomodo, libre de la precaución constante de preservar los valiosos objetos y, más que nada, por darse la oportunidad de tener a su lado al perro, acompañándolo, rompiendo la soledad envolvente.
Sitúo la extremada heredad del Harpagón moderno próximo a los inquilinos, porque teniendo más casas de vecinos en la ciudad del mismo modo alquiladas, tendrá que seguir de cerca la marcha de su negocio. Bien saben los que allí residen, que un personaje tal no se encuentra en cuarenta kilómetros a la redonda. Si acaso hecho de retazos. Puede que sumadas las manías de unos y otros, unidos los defectos que en el sentido del ahorro exagerado apuntan los menos -quizá más acusados en generaciones anteriores, hijas de una agricultura a expensas de los meteoros, gente forzada a guardar para épocas de mayor penuria- acaso así podríamos componer un espécimen como el descrito en la narración. Desde luego, a Marina, que conoció en sus andaduras por esos parajes gente de toda laya, no la sale de ojo.
Es verdad, podía haber suavizado yo la denuncia, introduciendo una razón religiosa que justificara la manera de ser del sujeto, un seguimiento estricto de los evangelios a modo de muestra. Pero en tal supuesto procedía vender la casa solariega y entregar el dinero resultante a los pobres. Tal vez, añadiendo el hallazgo durante la visita de algún elemento poético situado por mi imaginación a lo largo del recorrido: un lienzo pintado por él, la cría delicada de gusanos de seda, el cultivo de rosas hasta dar con una variedad única que llevara su nombre; pero no lo aceptaría la lógica de la situación relatada y no lo pongo. Me hubiera gustado, claro; mis dotes poéticas son abundantes. Debo señalar que inicié el recorrido de escritor en la poesía; cientos de versos dedicados al amor primero, a la mujer recién descubierta, a la muchacha que ponía voz a Ximena, Aldonza y Elvira, personajes femeninos de la leyenda explicada por Teudenio. Ella es Marina, mi musa, mi lectora, mi enamorada. Sé añadir almíbar al pastel desabrido, sé insuflar músicas a los corazones tristes; me hubiera gustado dar al casero otro retrato, más aún, tratándose de un personaje que pude haber conocido de coincidir en el tiempo; pero este es el chisme que corrió en aquellos momentos por la casa de la Rinconada, y limar las asperezas de una realidad punzante, equivale a esconder la cabeza bajo el ala o la arena y engañar engañándome.
No todos los inquilinos aceptan la hablilla; doña Catalina, sin alejarnos ni un palmo del lugar de los hechos, rehúsa participar en ese juego indecente. Valora ella las cabezas hechas a buscar asideros, las voluntades empeñadas en superar contratiempos a diario; se interesa por las actuaciones corrientes de la gente de a pie. Escéptica hasta donde le han ido haciendo los años, la discreta mujer, cuando se propalan intimidades envueltas en rumores que dañan la fama de las personas, opone sus dudas y se muestra incapaz de dar pábulo a lo oído. Jamás entra en esos tejemanejes; ella descompone los trazos y trata de comprender las razones de unos y otros por si pudiera serles útil. Para penetrar en lo angosto pide ayuda a la intuición, se sirve de la perspicacia, su gran aliada; interroga a la psicología –le gusta pronunciarla y escribirla con la anacrónica pe proveniente de la letra griega originaria- y la ciencia que estudia uno a uno los comportamientos, acaba por desvelarle los impulsos que animan a la gente. Con todos esos útiles analiza el proceder del casero, si sucede que el proceder del casero se corresponde con el descrito en la burla, cosa que no acaba de aceptar en toda su extensión, aunque algo admita a la vista de la pobre indumentaria del hombre: raída y pasada de moda incluso vestido de domingo. Ha estado atenta a su ir y venir y a su estarse quieto, y estima que el peculiar carácter del rústico enriquecido en los tiempos recientes, proviene, como en tantos otros casos, de los años jóvenes, niñez y adolescencia. La abundancia le ha llegado cuando ya se había hecho a la escasez, y en la demasía no sabe moverse. Porque está convencida de que al hombre no le apocan defectos que ante los demás disfraza con sumo cuidado: una leve cojera, incontinencia urinaria, dientes cariados, la creciente calvicie, una pasión amordazada por los convenios sociales, ningún vicio que le someta a su imperio. A destejer una teoría así de completa llega la antigua cocinera, si se propone analizar el camino de una conducta puesta en la picota por quienes ni saben ni quieren saber. Es más, si don Roque hubiera descubierto el secreto que el dueño oculta, el secreto seguiría siendo secreto. Él mismo hubiera puesto intención en olvidarlo; lo mismo que su esposa de haberlo ella conocido.
Viendo cómo ve en doña Catalina una mujer prudente y muy bondadosa para los usos actuales, insiste en quererla y creerla su madre mi amada. Por eso engarza la propia vida en varios episodios favorables de la biografía materna. Ella y yo hablamos de ambas, de la supuesta madre y de la hija supuesta, de su encuentro posible; y metidos en harina, a través de la levadura, de la masa bregada y del horno ardiente, la conversación llega al obrador del monasterio donde estuvo Marina; es decir, donde a mí me interesa, punto de partida de su posterior itinerario. Con los dineros del carro y el burro acrecidos por el favor de las monjas depositarias, salió del cenobio para servir de muchacha de compañía a doña Angustias, una señora de edad mediana, falsa esposa de un general que tenía prometida a las monjas una manda en su testamento. Se trataba de una dama galante, esbelta y aún atractiva; buena porción de quien fue, justificada por sus deseos más que por sus actos. La desviaba del comportamiento originario el interés desmedido por la buena opinión de sus amistades. Marina, en el año que estuvo a su lado, trató de desnudarla de la coraza añadida a la piel, y con las tijeras filosas de los sentimientos mutuos cortó uno a uno los vestidos superpuestos que adornándola la encorsetaban.
Confidente más que amiga, aceptó la joven particularidades íntimas de doña Angustias cuyo conocimiento la servía de mucho. Corista, actriz del género chico, tuvo a sus pies las más saneadas fortunas de Valladolid. No halló marido en tal ambiente, pero ese universo la ayudó a encontrar un protector apropiado. Se fue distanciando de la vida alegre y trató de hacerse olvidar la época de francachelas, con tan buen resultado que el general, viudo y padre de varios hijos, no tuvo inconveniente en desposarse con quien empezó siendo su querida. Así fue, en contra de lo que pudiera parcer, propuso él casarse. Sin embargo, no llegaron al sacramento porque ella, dándose cuenta de que los inconvenientes iban a ser mayores que las ventajas, le fue dando largas. Tiraba el escenario aún de Marina, y conociendo el militar la afición de la joven, quiso ayudarla. Así fue como mi amada entró en una compañía dedicada al teatro de autores españoles, de esas que confían los papeles protagonistas a actores bien conocidos, y el resto a principiantes prometedores; y cuando el interés por la obra decae en la capital, ya sin las estrellas, van a los pueblos en fiesta, cabezas de partido que juntan una población suficiente. Resultó, sin duda, una escuela excelente. Por un lado, el trabajo propio; y por el otro, el ejemplo de los ya formados.
Nos visitan, ya iba siendo hora, Cesáreo y Alba, su hija. Teníamos Marina y yo unas ganas enormes de verlos. También ellos querían que nos encontráramos, pero obedecían a un recelo que hasta ahora no han vencido. Curiosidad y cariño simple y llanamente en nuestro caso, dadas las circunstancias tan especiales. Tras la carta enviada y recibida, era cuestión de decidirse y, al comenzar la vida en común, nosotros queríamos darlo a conocer a los cuatro vientos; y ellos aparecían en la dirección de los cuatro puntos cardinales.
Abrir la puerta de nuestro piso, verlos y vernos fue todo un acontecimiento, aparición que ocupó un minuto largo alargándose sin pronunciar palabra. El abrazo simultáneo que nos dimos los dos amigos fue el detonante de la expresión. Las palabras salían de las bocas calladas, las manos se entregaban a las manos. Nos abrazamos no sé cuántas veces y nos dijimos yo no sé cuántas cosas. Si nos atenemos a las fechas de su nacimiento y de hoy, Cesáreo está más joven de lo que, por su edad, cabía esperar. Parece ser que el tiempo que estuvo en el limbo no cuenta, pues solamente nosotros lo conocemos. Su documento de identidad habrá perdido vigor y efecto, por más que le atribuya una edad mayor. Hablamos de ello desde todas las posiciones, en todos los supuestos, y es que se trata de una discordancia preocupante.
Es posible que en los registros civiles figure como fallecido tras una estancia en el hospital que se fue alargando. Primero que nada, se debe acudir al hospital. Allí probarán que el hoy Cesáreo Gutiérrez Cortés, es el mismo que el enfermo dado como fallecido. Va a costar dios y ayuda, pero la insistencia ganará. Cuando esa prueba sea fehaciente y se considere un error aquel comunicado, vendrá la tarea de comunicarlo a las autoridades y que sea conocido como vivo oficialmente.
Hablan Marina y Alba como en un aparte, y la pregunta mi amada por Valentín Vilasar, su novio abogado. Pues bien, pues mal. Siendo una pieza clave aún no han sabido cómo afrontar con él la cuestión. “Como yo te lo digo, directa y sencillamente”. Así se expresa mi Marina con esa voz que sabe poner tan creíble y convincente, aprendida en los títeres. “Se trata solo de aclarar un error hospitalario y anular un certificado de defunción erróneo. Aquel enfermo y este vivo son la misma persona, física y médicamente comprobable. Valentín ha de saber los trámites y los vericuetos”. Tan sencillo lo ve Alba que se lo muestra naturalmente a su padre, y Cesáreo, con los ojos muy abiertos, lo entiende laborioso pero posible e inexcusable. La reunión cambia su tono y aparecen los recuerdos revoloteando y entremezclándose. No lo advertimos ninguno de los cuatro, pero estamos marcando en estos momentos un punto vital de inflexión.

 

 

19.- GATITA, SARA Y ACONTECIMIENTOS NOTABLES

Indagadora, doña Catalina no saca nada en limpio del rastreo emprendido por el interior de la mitología incaica. Si Amarú, que la gusta como nombre destinado a concretar la personalidad de su michina, designa, aunque sagrada, a una serpiente; Cupay, resulta ser una especie de demonio. Da con Laica, armónico sonido: una deidad benéfica que libra a las personas de sus dolencias; pero en castellano la hermosa palabra se emplea para señalar a la mujer que, perteneciendo a una congregación, no ha recibido las órdenes sagradas; y a la escuela que por voluntad carece de enseñanza religiosa. Vocablos halla de sonido áspero y significado admirable, o de bello timbre que distinguen a espíritus maléficos. De modo que abandona la búsqueda un tanto contrariada.
Gatita, anónima aún, y sin esperanza de ostentar de inmediato un apelativo sonoro, cuando su dueña la acoge en el regazo y la acaricia desde la cabeza hasta el extremo de la cola o en la zona suave que aparece al levantar el mentón, se estira perezosa y sensual para que el contacto con la mano no se pierda y se prolongue por tiempo indefinido. Ronronea satisfecha y se mueve agitando las patas, abriendo y cerrando los dedos de forma mecánica, mostrando encorvadas las uñas y ocultándolas, aprehendiendo y soltando la ropa, viviendo el momento, apurándolo como si fuera consciente de la brevedad de los instantes tocados por la varita mágica de la felicidad. Durante largos ratos se ausenta, tabique separador de las terrazas arriba, hacia el tejado; y desde allí se dirige a procelosos mares, a inconmensurables desiertos, lugares incógnitos para doña Catalina que la espera preocupada. Noches enteras y parte de algunos días falta de su lugar privilegiado: oasis carente de peligros y abundante de alimentación vitaminada. Total, para irse a la aventura, a la caza de ratones, y en sospecha fundada de su cuidadora, al amor, al instinto, a las relaciones animales. A veces son los gatos los que rondan su entorno devolviendo visita, siendo ellos los audaces conquistadores. Oye sus gritos de llamada, imperiosos, urgentes, lastimeros. Destaca sobre los demás uno blanco de gran corpulencia al que doña Catalina, que para él sí tiene nombre, identifica como Cordero por su tamaño y mansedumbre.
Una situación paralela se da en el piso segundo derecha, donde la esposa y hermana representa el papel sufrido de doña Catalina en defensa de Gatita. La joven Sara -que acaba de deslizar la enraizada vocación de modista hacia otra, más profunda aún, de peluquera- desarrolla el papel de la micha. Y lo hace sin mayor esfuerzo que el de hurtar su presencia a la hermana, mientras sigue el dictado de su voluntad indómita. El cuñado y marido queda al margen de los frecuentes forcejeos fraternos, atrincherado, en la reserva, esperando paciente a que algún suceso en verdad importante reclame su acción y le saque de la pasividad. Lleva años en ese lugar prominente sin que ningún aprieto de trascendencia haya ascendido hasta él con el propósito de solicitar su mediación decisiva.
Sara, recordemos, consiguió contra viento y marea venir a la ciudad y que todo el mundo dijera su nombre entero y verdadero; propósitos ambos avecinados en su cabeza largo tiempo. Esta actitud de firmeza, acreditada en otros ejercicios con excelente resultado, debiera dar el amparo de la seriedad -seriedad y juventud no son excluyentes- al asunto de su mudada inclinación por uno u otro oficio; pero el dictamen de la hermana no lo separa de los antojos infantiles. Existe reflexión, sin embargo; la cosa tiene fundamento. Sara observa que hoy día la gente compra la ropa ya hecha y la arrincona en cuanto la moda sopla nuevos aires sobre el sentido estético. Se ve: el oficio de sastra, antaño muy valorado, está cayendo en desuso. Los encargos, en su mayor parte, se refieren a cortar lo largo o a estrechar lo ancho; y provienen de personas de pocos posibles que suelen pagar tarde cuando no se olvidan por completo de la deuda. Peluquera, en cambio, es una profesión que está en auge y va a más. Las mujeres que se creen alguien, y las que quieren que los demás piensen que lo son, se peinan en peluquerías de postín y presumen de tener peluquera fija a la que citan por su nombre de pila. Hoy, un buen peinado se firma y hace famoso al estilista que lo moldeó. En casa, ante su cuñado y su hermana, Sara intenta explicar las razones que hacen bueno el trastrueque de planes; y las razones desoídas indican que el desvío no es producto de la volubilidad.
Marina, quien escucha de mi boca, con evidente agrado, lo escrito desde su última lectura, en el pleito abierto entre las hermanas de Autilla del Pino, se pone de parte de Sara. Disculpa a la moza su ondeante proceder y, en ocasiones, lo alaba sin salvedades. Parece sentir una debilidad indeterminada por la chica, y no sé el porqué del afecto ni el territorio estricto de donde la viene. Quizá esté sustentado en alguna coincidencia que no alcanzo a descubrir. Por eso repaso su vida tal como ella la cuenta, agujereada de olvidos y suposiciones no confirmadas. Careció mi amada de un hogar auténtico, donde la leche y la miel procuraran, junto al colchón de lana, la sensación de nido que hasta los pájaros poseen: cuatro ramitas, unas briznas de plumón y un pico acarreando insectos o gusanos. Antes que las monjas, Teudenio y la propia experiencia la instruyeron en aquellas materias que la vida exige conocer a los desamparados; y ella las aprendió con aprovechamiento desprendido. En Marina, su saber le viene del esfuerzo, y si no ahonda cuanto quisiera, es cierto que abarca cualquier disciplina. El conocimiento procede de la desconfianza y la duda: le decían sus verdades las monjas y se dirigía a otras fuentes para contrastar; y solo las coincidencias aceptaba para servirse de ellas. Forcejeo y suspicacia la ponen en el camino del avance y la mejora. Mi amada posee una filosofía escéptica que, no obstante, posibilita el hecho valioso de ser feliz; pues deja resquicios para que penetre la ilusión a raudales; más, mucho más, que la albergada por la muchacha de la novela. Sara lo ha tenido todo: un hogar pulcro y el ejemplo de quienes con el modelo señalaban lo que de ella querían. Sara lo ha tenido todo; aunque, eso sí, sin excesos, sin sobras. De modo que no sé en qué aspecto se da la coincidencia, si es que existe. Puede que admire la resolución de la muchacha cuando tiene claras las cosas, pues es cierto que la chica no acepta carriles ni férulas y obedece sus propios impulsos. Puede que alabe su conducta espontánea, su sinceridad en el trato con las personas; y en ese juicio sí que estoy con Marina. Sara resulta admirable si hablamos de llaneza, naturalidad y osadía; algo menos si nos referimos a las buenas maneras.
Operan a vida o muerte al hijo pequeño de los asentados en la primera planta, y durante las horas más críticas tiene a los habitantes de la casa, incluidos los moradores del ático, metidos en un puño. A la mismísima doña Cándida la agita el suceso, si resulta que no es consumada actriz, fingidora de mérito e impertérrita farsante. En su caso, el infante templado atraviesa toda la gama de sentimientos que van desde la euforia a la desesperación. Si los preparativos observados en casa le parecen una fiesta, el preludio de una excursión divertida; la llegada al hospital, la vista de la habitación y el trasiego de doctores y enfermeras, le inquietan tanto que cohíbe sus impulsos por lo general francos y desinhibidos. El quirófano, su aspecto gélido y escueto y, sobre todo, los ritos oficiados allí por el equipo médico, le muestran una realidad, por fortuna, indescifrable a sus pocos años. De manera que no los calibra con justeza. Así y todo, se angustia y grita llamando a la madre. El instrumental quirúrgico, esterilizado, sí, pero punzante, filoso, le nombra todos los matices del miedo. Parte del lobo de los cuentos, llegando a los cadáveres que en las películas de terror se levantan contra los vivos; creciente negrura de sus ojos que, aumentando el pesar, permite percibir sombras móviles armadas de cuchillos y garfios. Sale con bien de la intervención, y la convalecencia, vivida por los vecinos como propia, vuelve a enlazarlos. Se turnan en las atenciones, vigilias y presentes; y el niño se esponja y se expande tornándose mimoso y hasta posesivo. Aun así, resulta adorable y lo adoran; pero no de manera homogénea, hay quien lo adora más y quien lo adora menos; coincido en ese punto con Marina. Mi amada se quedaría junto al niño, tiempo y tiempo, jugando a juegos instructivos, enseñándolo y aprendiendo de él.
Doña Cándida, sin esperar la devolución de visita de doña Catalina –gesto ordenado por las buenas maneras que, sin explicación alguna, no acaba de producirse: un lunes y otro proponiéndoselo en vano- doña Cándida, digo, cumplimenta de nuevo a doña Catalina, esta vez en el terrado. Mas el encuentro no rinde beneficio, pues la reunión concluye sin alcanzar el compromiso que busca: un apoyo firme, capaz de ordenar las voluntades a su favor, en la elección de presidente de la comunidad de vecinos. “En justicia”, argumenta, “una de las dos debe representar los intereses comunes, pues nosotras ponemos más en juego que los alquilados”. Palabras estas, textuales, con las que doña Cándida, voluntariosa, abnegada, se ofrece plena de altruismo para un cargo que a doña Catalina no tienta ni pizca.
En los lánguidos momentos de la sobremesa, cuando Gatita abre las ventanas de los ojos, su dueña percibe a través de ellos un incierto orgullo. Acaso una arrogancia imprecisa que puede provenir del género, hallarse en la especie o ser privativa del individuo concreto que es: la comprobada suavidad del pelo, una fortaleza concentrada en las garras, ojos perspicaces, astucia disfrazada de vivacidad y la distinción de quien está hecha a pasear por desvanes palaciegos. Poseedora en propiedad de caracteres tan valorados, a buen seguro se sabe ella apreciada a pesar de su anonimato; y con ese capital la basta. En cualquier caso, parece patrimonio sobrado el hecho de ser félido, de Angora, dueña de un rostro armónico, y de una decoración de la piel, de cabeza a rabo, simétrica; limpia, eficaz cazadora y hembra fértil.
La fertilidad, hasta ahora supuesta como el valor en el soldado antes de la batalla, termina un buen día por constatarse: vientre endurecido, inflamados pezones, melosidad y languidez de movimientos. Sospecha doña Catalina lo que aún desconoce, pone los medios a su alcance para confirmarlo y cuando adquiere certeza, la buena mujer trata a Gatita con un mimo que para sí quisiera Sara, la aprendiza de peluquera, en idéntico estado.
Al final de los exámenes que ponen el punto final a los estudios, conseguido el título que ha ido acorralando año tras año, el pupilo del tercero se hace cargo de la situación, y asume la paternidad de la criatura que nazca, niño o niña, enteco o rebosante de salud. Primogénito del señor alcalde de una villa alzada sobre pálidas laderas, uno de esos pueblos que salpican de tonos cárdenos el sobrio campo cerretano: elevado mirador del valle abierto por un arroyo poblado de cangrejos, adobe y piedra, rollo del siglo XV: de casta le viene al mozo la hidalguía. Decidido y consecuente como la familia exige, se sitúa en su lugar exhibiendo firmeza y hombría de bien. Encontrará empleo en el Instituto de Enseñanza Media que lleva el nombre del insigne paredeño Jorge Manrique, pues un hermano de su madre es allí catedrático y puede arreglarlo. Han previsto celebrar la ceremonia de la boda, en la cercana iglesia de San Miguel, tal como hicieron, según se dice, Jimena y Rodrigo. Incluso tienen fecha reservada: el preciso día en que la novia –temblorosa, palpitante, conmovida- cumple dieciséis años.
A pesar de tener los remiendos a punto para los desgarrones, y estar atajado el mal hasta donde es posible, el impacto resulta tan demoledor que los principios profundos del edificio -cercano a la iglesia y punto de mira del barrio, si tomamos en serio el comentario malicioso de doña Cándida- se resquebrajan. Responsables del campo de acción, los dos hermanos pupileros miran al espejo y se descubren cubiertos de oprobio; un confuso bochorno pinta rojizos sus rostros ante los demás y, en la medida en que las circunstancias comprometen su buen nombre, humillados se piensan in aeternum. Única oportunidad en el curso del matrimonio, los del primero, padres del pequeño que se recupera mejor de lo esperado, sin saber a ciencia cierta los motivos, unas causas que olvidan la responsabilidad de ambos sexos en el asunto de la procreación, se consuelan del hecho ingrato de no haber tenido niñas. Afecta menos el suceso a doña Cándida de lo que corresponde a su temperamento, pues en estos días instala en su casa a los refugiados provenientes de Uruguay; no obstante, su rostro denota un cierto regocijo cuando, incapaz de quedarse al margen de cualquier suceso, prevenida ella como de costumbre, añade al primer comentario cinco palabras que en su boca adquieren tintes trágicos: “Estaba cantado; se veía venir”. Subleva a Marina la frasecita y lo expresa: “Ya ves que salida de pata de banco; como para propinarle unos cachetes y quedarnos tan a gusto”.
Por último, a doña Catalina la conmueve la noticia, quizá porque vive con intensidad la evolución de Gatita, acaso porque rememora su propia biografía amorosa. Mujer que se sabe punto ínfimo en la línea de uno de los minúsculos cuadrados de la enorme retícula del Universo, integrada por elementos como el hidrógeno, el hierro, la marga y el liquen, la orquídea y el tapir, las bacterias y el elefante; doña Catalina experimenta un alto grado de complicidad, de tolerancia comprensiva con la muchacha gestante, para quien tiene vibrantes palabras de ánimo que tratan de ilusionarla. Por añadidura, la ceremonia que debe retornar las cosas al lugar debido, excita su imaginación. Sucederá en la iglesia de San Miguel, de la que los juglares y algún hombre docto contaron que sirvió de escenario a la boda de Rodrigo, el célebre Cid Campeador, y doña Jimena. Cierto, la noticia antigua puede ser invención de trovadores, rapsodas que pintaban el mundo y los sucesos a su modo, procurando halagar el oído de los nobles cuya protección pretendían. Ella ha mirado en los libros y sabe que la torre gótica actual data del siglo doce, mientras que la boda debió de celebrarse al comienzo del último cuarto del once. Ve por ello otra iglesia, menos esbelta, más fornida, de un estilo que es del todo románico. Admite, porque así lo desea, que en ese lugar se dio el matrimonio; aunque en un templo anterior, elevado sobre el mismo suelo, del que se conserva el pórtico.
Con todo, imagina la escena sin escatimar detalle. Ha examinado la estampa y los ropajes del Campeador en una pintura que quiere representar la jura de Santa Gadea, y con ellos lo viste. Es alto el paladín y camina erguido; su fortaleza no le viene de un excesivo desarrollo muscular sino de la voluntad resuelta. Los largos cabellos y la barba hirsuta agrandan su cabeza, y enmarcan una faz armoniosa, tensada por el gesto grave de quien es capaz de exigir la verdad tanto al rey como a cualquiera de sus vasallos. Una túnica azul de cielo sin nubes viste sobre un sayal que tira a dorado y llega hasta los tobillos; y en la cintura, ceñida por un cinto de cuero, aparece la embocadura vacía de la espada invencible. En un rincón yacen la célebre Tizona, la loriga, la lanza de fresno de férrea punta, el yelmo pulido. Repican las campanas locas de alegría, y ramas de mirto adornan a intervalos la piedra desnuda de los muros recios.
Viene el Campeador aún sudoroso de una batalla sostenida muy cerca, donde ha tomado partido por Sancho II contra su hermano Alfonso VI; y la intervención de sus huestes se ha revelado decisiva para la victoria. Jimena, la dama, a su lado, es el contrapunto: dotada de una tenacidad bien probada, su apariencia es frágil; y la considerable energía que desprende se ve neutralizada por la dulzura del rostro. El velo, ceñido a un cordón trenzado, oculta el cabello, de cuyo conjunto escapa un bucle de oro. Destaca en el rostro la armonía del óvalo: barbilla ajustada a los labios finos y una nariz, de trazo perfecto, que lleva suavemente a los ojos; unos ojos grandes de mirar sosegado. De los hombros cae en cascada un manto, bordado por novicias a punto de profesar en una abadía de monjas de clausura; llega a los pies, oculta el calzado y se pliega manso en las losas frías del suelo. Porta el oficiante mitra de obispo, y su atavío realza una dignidad que el clérigo trasmite sin esfuerzo. El rito al que se debe la ceremonia es aún mozárabe. Una veintena de invitados, nobles de probada lealtad, rodea el ara; niños y doncellas vestidos de blanco forman un grupo musical y canoro; y se aglomera entorno a la puerta una cuajada multitud de plebeyos gozosos.
A Marina, sabiendo que asistiría encantada a la ceremonia, la sitúo a resguardo de miradas tras una celosía que permite dominar la escena sin despertar desconfianza. Allí, al lado, la propia inventora, doña Catalina, se empapa ya de lo que sucede, sin que se percate la persona, llegada después, que pretende ser su hija. No es aún el momento de que se conozcan. Terminada la liturgia del rito, por el Camino Real de Cantabria avanza la comitiva y, en Valdepero, toma el camino de la villa cercana donde van a celebrarse las fiestas de los esponsales. Las tierras y el caserío que la forman, propiedad de don Rodrigo, forma parte del regalo del marido a la esposa; y el nombre de la esposa llevan desde entonces caserío y tierras de labor: Villajimena. Para adaptar esa pintura a la actualidad vigente ha de hacer doña Catalina grandes transformaciones; y sustituir a Jimena por Sara no resulta la menor ni la más sencilla de las ineludibles.
Sara -arrollada por la estampida de cuadrúpedos, pisoteada por miles de pezuñas que huyen despavoridas de una amenaza incógnita, ensordecida por el fragor de miles y miles de impotentes bramidos, sepultada bajo las toneladas de nieve que el deshielo ha deslizado, aplastada por el frío manto cuyo desplome ha dado nombre al alud y lo ha estimado temible- la niña Sara no encuentra relación directa ni proporcionada entre la causa y sus efectos. Acción y reacción, a sus ojos, no se corresponden; y las ve medidas en magnitudes disímiles y alejadas entre sí kilómetros y kilómetros. Miradas tiernas, palabras dulces, inocentes besos, leves caricias, pensamientos excitantes, el profundo abrazo y, pasado el tiempo previsto por la naturaleza, un hijo que agita sus entrañas insuflando ilusión y ganas de vivir. No entiende a qué ton vienen los reproches, las malas caras, la erupción del volcán pavoroso, el dilatado temblor del terremoto y la extraña locura colectiva reservada para los cataclismos que ponen en peligro el mundo.
Un domingo carente de cualquier otro adorno festivo, en la misa de once, se leen las amonestaciones; formalidad a la que los novios, y más que los novios sus familiares, encomiendan la limpieza del borrón caído sobre ellos. Buscan eliminar la mancha, pero en realidad consiguen lo contrario, pues la noticia, circunscrita aún a la casa, anega en minutos el territorio íntegro de la parroquia. La noche de ese preciso domingo, alrededor de las dos de la madrugada, Gatita, siguiendo ancestrales impulsos que le han sido comunicados en el lenguaje de los genes, comprende que ha llegado la hora del parto y dirige sus esfuerzos en tal sentido. Uno tras otro –con una pausa de horas entre tercero y cuarto- van llegando los cachorros, y son cinco nada menos: tres gatos -esta vez, parece no existir duda acerca del sexo- iguales que ella, copias reducidas; una hembra jaspeada en fondo blanco, y otra, réplica de Cordero. Con los ojos sellados duermen y maman; incluso –actos ambos en verdad reflejos- mamando ávidamente son capaces de dormir de forma placentera.
La apertura esperada de los ojos ciegos, principio de la percepción visual que refuerza la auditiva, marca el inicio de lo que será un constante desfile de los vecinos ante la paridera de la terraza. Doña Cándida sugiere -quizás con una intención íntegra que en ella no se sospecha- reducir la camada en beneficio de la madre, ahogando a tres de los recién nacidos como era costumbre –sociedad rural cargada de hábitos primitivos, algunos muy concluyentes- en su lejana niñez. Haciendo caso omiso de recomendaciones tan crueles, doña Catalina decide dejar la función selectiva a la propia Naturaleza, pues la madre y nodriza de todo lo existente, si lo estima eficaz, puede ejercerla con indiscutibles criterios, en cualquier caso, favorables al conjunto.
Aún convaleciente de la cirugía a que se sometió ignorando las incomodidades anejas, el infante pide para sí la cría jaspeada. La madre del niño y la tutora de la minúscula hembra, acuerdan llevársela, cuando se complete el período de lactancia, a sus dominios infantiles. Estos se concretan en un cajón que será vaciado con ese propósito, receptor de juguetes situado en el balcón. Quiere saber el niño, cuando se lo dicen, si están ahí sus útiles preferidos: un parchís con el juego de la oca al otro lado, un rompecabezas y un juego de herramientas de madera a tamaño real. La madre los toma en la mano y va nombrando uno por uno. De este modo queda tranquilo el niño y confirma moviendo la cabeza: sí, están todos.
Marina y yo decidimos encontrarnos con Cesáreo y Alba, y ellos deciden encontrarse con nosotros. No tenemos nada nuevo que hablar, es la curiosidad sobre las novedades suyas la que nos impulsa cada día, el deseo de saber. El lugar lo propone Alba, el conocido y firme espacio del Café Comercial de la Glorieta de Bilbao. Al fin somos cinco. Miel sobre hojuelas, viene con ellos el abogado y novio de la hija Valentín Vilasar. Marina lo observa a las calladas durante algunos minutos, y lo escucha con afán de estudiosa. Valentín Vilasar, ya Valentín para nosotros, explica que los asuntos se van encarrilando. Usa palabras técnicas y, en resumidas cuentas, anuncia que el señor juez, a la vista de las pruebas médicas presentadas y de los testimonios de gente que conoce a Cesáreo de antiguo, ha determinado que el llamado Cesáreo Gutiérrez Cortés de antes y el de ahora, son la misma persona. Dada la fortaleza de mi amistad con Cesáreo, por si esa amistad fuera un obstáculo, decidió no utilizarme como testigo. El papeleo de los registros y los documentos de identidad definitivos siguen los trámites. Un escrito da fe sobre el DNI tanto tiempo caducado. Observo a Marina, sentada enfrente, quien con un simple gesto de aprobación me comunica su plácet, Valentín la gusta.
Cesáreo ha vuelto a escribir, y me trae en un papel su:
“Palabra Escrita. Digo y oigo decir, son palabras lo qué he oído, y su efecto dura un instante, el que emplean para disolverse en el aire los sonidos. La palabra dicha se la lleva el viento. Lo que permanece es la palabra escrita. La justicia así lo requiere, debe constar por escrito lo dicho si se pretende que sirva y permanezcan su fuerza y su eficacia. Tanto es así, que las Tablas de la Ley, bajadas por Moisés del Monte Sinaí, pensamiento y deseo del mismísimo Dios, fueron palabras escritas por el autor. Es más, reforzando la importancia extrema de lo escrito, rotas las tablas por la desesperación de Moisés al ver en su descenso que el pueblo ha caído en la idolatría, sube de nuevo, para que de nuevo Dios las escriba en la piedra con su propio dedo divino. Es de suponer que, antes, mucho antes, al principio de los principios, cuando aún nada había y el espíritu de Dios planeaba crearlo todo, su Fiat dicho tomó valor imperecedero, cuando el Creador lo escribió con letras de fuego sobre el espacio informe y vacío”.

 

 

20.- MAESTRA Y DISCÍPULA SE COMPLEMENTAN

Ni un momento se olvida Sara de sí, de la situación singular en que se encuentra: en cinta, comprometida, las amonestaciones purificadoras ya publicadas, reservados en la iglesia de San Miguel el día y la hora de las nupcias. En cinta, ¡qué finura tan tonta!, piensa ella. Preñada, sí preñada, como las gatas, las perras y las ovejas. Quizá porque no logra arrinconar sus circunstancias y ha de atenderlas de modo permanente, abandona la confección del ajuar y pasa largos ratos ante el recién creado hogar de los felinos: una caja de laterales altos y suelo acolchado por dos bayetas de algodón superpuestas. Observa absorta las peleas de los mamones, luchas sin cuartel para conseguir un pezón abierto del que mane leche en abundancia, que los hay secos e inflamados y al simple tacto no se distinguen. Se pregunta la razón que impide a las relaciones humanas deslizarse de manera tan sencilla, tan natural como en el mundo de los animales domésticos, conocido a fondo por haber convivido en el pueblo con perros, gatos, gallinas, conejos y palomas, entre los que nadie malmete ni esgrime como cinta métrica las buenas costumbres; tan variables, por otra parte, de una latitud a otra, de una época a otra, de una clase social a otra. Se pregunta el origen de la manía de dar vuelta a las cosas buscándoles la falla. “Todos los vestidos tienen costuras”: dice en frase hecha para defenderse. Desea conocer el beneficio que los censores obtienen de su actitud represora. Sí, se pregunta, profundiza y, aun así, sigue sin la respuesta adecuada. Será que no hay respuesta, será que el ejemplo no funciona como debiera, el ejemplo de padres a hijos y todo lo demás sobra.
La Rinconada no es Autilla del Pino, pero casi: las mismas ojeadas escudriñadoras, idénticas críticas, prejuicios similares. Sobresale el caso de doña Cándida, una señora dañina, a todas luces infeliz, que vive pendiente de los otros, a los que ha ligado su propia existencia. Permanece atenta a las debilidades ajenas; y no para ofrecer apoyo, sino con el fin de resaltarlas y facilitar su percepción desde lejos aumentando el detalle que, de otro modo, pasaría desapercibido. Se mantiene vigilante de las carencias; y no para suplirlas que sería lo humano, sino para agrandarlas sirviendo de caja de resonancia. Destaca el caso de doña Cándida, dedicada a los que pueblan su alrededor, espuela, fusta y bocado, para domeñarlos; aguijón, cuchilla y ácido, para zaherirlos allí donde más duele, en el lugar preciso donde ya existe llaga. Despunta, pero el caso de doña Cándida no es único: personas así existen en cantidad suficiente para que, bien distribuidas, cada comunidad tenga la suya. Las envuelve la desdicha porque se saben poca cosa y quisieran ser más; y ante situaciones como la de Sara se deleitan deshilachando en un rato la fama trenzada durante largos años, y hacen pie –por desgracia- en hechos que, de ser las circunstancias otras, darían motivo a los parabienes: una madre joven que establece un nuevo hogar.
Desprendida, generosa, en el terrado desmenuza Sara su tiempo comprimido y hostil en detrimento del adeudado al novio; y es que encuentra al muchacho algo frío y, en apariencia al menos, distante. No parece el mismo que un día muy próximo asumió con gallardía su responsabilidad. Incluso ella, ahora que no tiene impedimento para verlo y hablar de lo suyo, se halla remisa y falta de ganas. No es que no lo quiera, es que el muchacho ya no encarna el amor de que se enamoró la niña con todas sus potencias. No es que no lo quiera, lo quiere, pero de otra forma; más apacible, menos abstraída, sin tanta pasión, de un modo sereno y apaciguado. De todas maneras, va viendo que el amor no es uno igual para todos y para siempre, es una sola palabra, pero designa a sentimientos múltiples y bien diversos que siguen evolucionando.
Por ver si consigue animarla y darle el aliento que le es tan necesario, doña Catalina convida a comer a la adolescente, y a propósito compra en la plaza de abastos cangrejos y truchas. Disfruta por partida doble guisándolos, pues al rescatar del pasado las antiguas recetas, con ellas vienen vivencias de las que permanecen en su memoria escritas con cincel. Los cangrejos; ¡ah, los cangrejos! Cebolla, ajos, guindilla, tomates y aceite de oliva del llamado flor de almazara. Se me olvidaba la sal: una pizca sí, pero de grano grueso; y sé que añade, aunque no lo mencione, un corto chisguete de un vino añejo que revive a una momia egipcia. Une esos ingredientes en una salsa que los cangrejos, autóctonos, nacidos en el alto Ucieza, reciben con deleite, ya que dilata sus propios merecimientos culinarios: la rica carne de sus colas, la sabrosa parte inferior de tronco y cabeza, el interior gustoso de las patas. A la vista de tan buen recibimiento se crece la salsa, potenciando sus efectos elevadores del gusto -si todavía cabe el alzado- hasta llevarlo sin desdoro a paladares hechos a las exquisiteces: cardenales, príncipes, gobernadores, abades; cuanto más a los de ellas, anfitriona y agasajada, que no suelen alejarse en cuestión alimenticia de sopas, legumbres y algún extraordinario de bacalao a la vizcaína o vaca guisada en su propio moje.
Las truchas, ¡qué delicia! Las toman en su lecho encebollado cubiertas de una mixtura de limón, ajo, perejil y orégano frescos, el jugo virgen de la oliva y el más dorado de los vinos blancos. Se chupan los dedos las dos mujeres, incluso teniendo a mano servilletas de hilo bordadas con el nombre de la dueña. ¡Por qué mancharlas!, se dicen; servirán así, como están, en nuevas ocasiones. De bocas ancianas escuchó pormenores de los pasos que se suelen dar, a propósito de estos guisos, en las tierras serranas de Soria, donde los riachuelos son rápidos y conservan las aguas límpidas. La joven Sara, acostumbrada a una larga rutina nutricia que viene de bisabuelas y tatarabuelas, intuye que existen grados crecientes en la tarea de cocinar comestibles, y que la cuidada elaboración de fórmulas experimentadas ayuda a avanzar por ellos.
Como ama de casa en ciernes, descubre entera una responsabilidad de la que no tenía el menor aviso y, consecuente con su buena predisposición, pide a doña Catalina un escrito de recetas y algunas lecciones como inicio en la maña de mejorar los platos más pobres. Agrada en extremo tal petición a la cocinera, y se va su reflexión a la época feliz del Hogar, donde, en temporada de matanzas, a más del cerdo criado a capricho por ella a la vista de todos, en secreto entraban en la cocina otros cuatro o cinco, traídos de la majada de Juan Gil en la noche ciega para que nadie advirtiera el engaño. Fardel hacía y jijas, un bodrio de manteca e higos que enviaba el aroma a dos leguas; y el chichurro sanador de enfermos, ya en caldo ya tomado como origen de una sopa retinta, robusta de tropezones. Las migas completaban la variada oferta de esos días, y güeñas, morcillas, perniles y jamones prestaban su caldo a sabrosos cocidos a lo largo del año. Tomando el congrio como materia prima, obraba verdaderos prodigios; el congrio rancio, se entiende. Ya fuera guisado o en potaje, le regalaba ella unos preciosos estigmas de auténtico azafrán que lo hacían diferente. Con el entusiasmo crecido comienza doña Catalina en ese mismo instante a ejercer el magisterio solicitado por la joven prometida.
Cuando, estando las dos solas, su hermana le pregunta acerca de lo hablado con la doña, Sara se expresa como si no fuera ella ni atravesara esos días: “La instrucción es ajuar, tanto o más que sábanas y manteles, porque éstos pueden comprarse”. Continuando crecida; “aprender a guisar es sumar conocimientos, y los conocimientos independizan a la mujer y equilibran el matrimonio”. Calla su hermana porque encuentra verdad en lo oído, y Sara sube donde doña Catalina y aprende. Va de lo sencillo a lo complicado; y de lo complicado -que no sale ni a la de tres- regresa a lo simple; y al ver que lo domina avanza deprisa atacando a lo complejo como si llevara carrerilla, asaltándolo. Plantea, luego, cuestiones de aritmética, de geografía, de la historia antigua y de la más reciente. La viuda del viajante, erudita, resurge en cien lecciones, granos de trigo caídos en tierra deseosa de alimentar raíces que sustenten tallo, flor y fruto sazonado.
No trata de enseñarla, solamente desea que se interese por lo que nos rodea, quiere despertar esa curiosidad que imagina al acecho de lo sorprendente. Con maneras suaves y palabras sencillas habla doña Catalina a Sara de ciencias tan sugestivas como la física, la química y la astronomía. Estática, dinámica, electricidad, ondas, reflexión de la luz. Materia, moléculas, átomos; protones, neutrones, electrones: el territorio de lo pequeño, maravilloso, movido por unas leyes naturales del todo prodigiosas. Ley de la gravitación universal, estrellas, planetas, satélites; las similitudes que los engloban y las diferencias que los separan. Miríadas de mundos, distancias cósmicas, inconcebibles para mentes no avezadas a la difícil práctica de la abstracción. De la A a la Z, la enciclopedia abarca, a tamaño reducido, el universo al completo. Si dispusiera de tiempo bastante, doña Catalina no tendría más que abrir sus páginas y liberarlo, partido en lecciones, para que ella quisiera avanzar. Así que sus explicaciones se adaptan a quien las recibe. Quien las recibe entiende que navega en una nave llamada pensamiento por esos mundos de Dios, tan enormes y tan numerosos. Quien las recibe, ensanchando su mente solo entiende que hay más, que lo de Autilla del Pino es una minucia, un principio, un punto de apoyo donde ajustar la palanca que lleva el pensamiento a la acción.
Sin querer se introduce a veces, doña Catalina, en el terreno acotado por la astrología, donde lo científico sufre engañosas distorsiones debido a que la persona, una más de las especies que pueblan la Tierra, se endiosa cuando se trata de practicar el arte de la adivinación, un vaticinio que utiliza el conocimiento -todavía en pañales- del influjo que los astros ejercen sobre las personas: sus congéneres y el mismo sujeto. Los humanos, sí, esos aprendices de demiurgo, se yerguen por encima de todas cosas, de todos los minerales, de todas las plantas, situándose al frente del reino animal, haciéndose primeros de la larga fila. El hombre desnudo y desasistido, al que un microbio imperceptible mata en un santiamén; el hombre rebosante de orgullo injustificado, cuando se trata de estudiar el futuro por medio de las interpretaciones hechas a la carta astral, mero residente en este planeta extraviado, se erige en centro del Cosmos.
Nota su trasgresión doña Catalina y regresa a la ciencia pura para hablar a Sara de Venus: “El segundo planeta del sistema si se tiene en cuenta la distancia que los separa del Sol, hermano de La Tierra en masa y tamaño, es el objeto celeste más brillante de los vistos desde aquí; claro está, tras el Sol y la Luna. Venus parece atractivo desde la distancia, pero de cerca, como algunos humanos, viene a ser inhóspito a más no poder”; y le basta citar a la profesora los quinientos grados centígrados de temperatura alcanzados por su corteza, la altísima presión atmosférica y las nubes portadoras de ácido sulfúrico, para que la alumna exclame: “Venus y yo seguiremos sin tratarnos por más que los adelantos lo hagan posible.” Marte, el planeta rojo, con años de casi setecientos días más largos que los nuestros y una temperatura media muy fresca, no obstante, le parece a Sara conveniente como segundo planeta, lugar apropiado para levantar una cerca y, en su interior, una casa rodeada de amplio jardín donde pasar los veranos terrestres. Llaman su atención los asteroides -más de cuarenta mil- que juntos no dan la masa de la Luna. Se hallan situados entre las órbitas de Marte y Júpiter; y sus nombres, sacados de la mitología griega, indican a doña Catalina que no va desencaminada cuando emplea esas fuentes para buscar apelativo a Gatita. Hay tanta belleza en las láminas mostradas, revela tanto misterio lo conocido, que Sara no acaba de hacerse una idea del conjunto porque la resulta inabarcable; pero tiene la virtud lo enseñado de ponerla frente a sí misma, y el conocimiento de su relatividad hace que los graves problemas, presentes un momento antes, acosadores, pierdan parte de su trascendencia o queden en nada.
Conocidos por medio de los dos volúmenes de “Vidas ejemplares”, textos de cabecera en el convento, encantan a Marina los gestos nobles que jalonan el itinerario humano desde sus orígenes remotos. Y mezcla con ellos desde hoy, el ejemplo recogido por partida doble -lo convexo y lo cóncavo, entrega y recepción- en el pasaje recién escrito. Corresponde a la divulgación emprendida por doña Catalina con la esposa en capilla, y al descubrimiento que inicia la moza: ventana abierta en la niebla que la envolvía. Complace a mi amada lo leído en las últimas hojas de la novela, historia que avanza tomando forma y llenándose de contenido. Tuvo ella que libar de flor en flor, a modo de industriosa abeja, un néctar no siempre saludable -lugares y épocas distantes entre sí- para recibir lo que a Sara se le entrega en un solo punto y en unas cuantas semanas. Es como si las monjas en vez de darle su saber a sorbos durante años, se lo hubieran dado a beber de un trago largo y profundo, líquido harto concentrado; o como si la tutela de Teudenio, limitada por arte de birlibirloque a unos días, vaciara su enseñanza en la cuantía alcanzada en tiempo tan dilatado. No dice, sin embargo, que se ve en el lugar de Sara sin ningún esfuerzo, que se cambiaría por ella, hija deseosa de recibir de la boca materna los conocimientos guardados en la vieja memoria.
Trata mi amada de concretar lo que podrían haber sido su deseo y su sospecha hechos realidad. Ella, Marina, compartiendo afectos y espacio con doña Catalina y Teudenio. Claro que faltarían el carro de varas y el burro cano de considerable alzada; claro que no existirían títeres ni viajes continuos por la geografía y las gentes. Habría de renunciar a la esencia de su forma de ser, y eso no, a eso no quiere llegar. No se figura la vida confinada en una casita de un pueblo mesetario o en los arrabales de una ciudad; prefiere el continuo vagar distribuyendo la alegría y el saber, prefiere la imaginación desplegada y las experiencias recogidas en los lugares de paso. Imagina a Teudenio bracero del campo, labrando el soto y la majada, el valle y el monte; o peor aún, obrero en una fábrica, trabajador de una larga cadena, pajarillo enjaulado. Y eso no; eso lo mataría. Parece que las hipótesis no mejoran una realidad tan viva, tan abierta y tan ajustada como la que ella tuvo la suerte de vivir. Y no es que se conforme, es que se siente orgullosa y complacida de aquel derrotero. Pero, rectifica al instante, bien pudiera doña Catalina haber viajado con ellos en un carro más capaz, acogedor de los padres, de la niña y de representaciones mayores, de más muñecos. Con su ingenio, que es mucho según ha comprobado, doña Catalina habría supuesto una ayuda en la elección y adaptación de las obras, en la recaudación de las aportaciones, en la economía del gasto.
Acto seguido doña Catalina explica a Sara como ve ella el principio de todo, el famoso estallido iniciador, los sístoles y diástoles que agitan el Cosmos sin término, la división de la masa única y su dispersión aún inacabada, la posterior inversión del proceso en un juego imparable; el enfriamiento de la materia y de las condiciones que exigió la vida para surgir en el agua, el salto a los otros medios, la evolución de las especies; el hombre, la tribu, la sociedad, el progreso; las filosofías distintas que tratan de explicar las razones últimas, las teorías sociales y los movimientos que originan, el carácter de los diversos individuos, el amor y el odio, las múltiples guerras, la paz disfrutada en los interregnos, el estudio, el estar al corriente del porqué de lo que sucede, la conquista de la libertad. Libertad entendida como concepto solamente. Uno de eso grandes conceptos que los humanos tomamos de lo más alto, para trasplantamos al día a día, viendo, con dolor, que en el nuestro suelo diario no arraigan. Ve mi amada el peligro de embotar la inteligencia de Sara, produciéndose un aprovechamiento mínimo de las explicaciones.
Habla la mujer madura con una lentitud sedante, y lo hace en un lenguaje sencillo que la mujer joven se esfuerza en comprender. Son tan oportunos los ejemplos utilizados, tan nítidas las figuras mostradas que, sucediéndose los descubrimientos de manera lógica, los unos se explican en los otros. Al concluir las lecciones Sara ya sabe que ama a la niña -porque ha de ser una niña el ser que va adquiriendo forma y esencia en su vientre- sabe que ama a la niña que bulle en su interior, y concibe el propósito de enseñarle, en cuanto nazca, una por una las maravillas existentes en el entorno cercano del que parten los innúmeros caminos de los humanos.
De los gatitos, que ya abren los ojos posiblemente sin ver, hay una hembra, para doña Catalina llamada Panda, por ser blanca y negra y así de esponjada. Esa es la que gusta a Manolito, el nieto del marido de doña Cándida, asentado en la casa de los abuelos con su madre al partirse el matrimonio allá en Dolores como ya sabemos. A la tutora de los gatos le parece de perlas que se interese por uno de los michos, justamente el nieto recién llegado de quien le regaló Gatita. La agrada, además, que escoja para sí a una gata rolliza. De ese modo se cierra el círculo que ella no sabía cómo cerrar. Toda una paradoja, que quizá suponga un trance difícil para doña Cándida frente a su marido y su hijo. Se interesa Marina por el niño de manera personal. Alegrándose por él y por el animalito, pues viviendo juntos serán compañeros de juegos y podrán darse mucho cariño.

 

 

21.- EL PASADO Y EL PRESENTE RECONCILIÁNDOSE

Ciertos días, los escasos en que la nieve -copos titubeantes o manto mullido- se adueña de la mirada, llenándola; o aquellos en que la tarde se alarga indolente esperando una noche serena; tales jornadas, alejadas entre sí, doña Catalina añora los tiempos de la ciudad de Soria. Los dibuja su mente con perfiles nítidos, sin flecos de penumbra, mejorados de modo manifiesto. Ocupaba los días desde muy temprano, entraba en ellos con las primeras luces del alba. Las labores de limpieza, tan repetidas en sus gestos, tan nuevas en su intención; la compra diaria, el ir y venir hasta muy tarde, ya oscurecido; metida de lleno en menesteres que procuran alegría íntima y reconocimiento externo. Los breves momentos de descanso, tan apreciados: sabrosos y reparadores; las charlas anodinas sobre cuestiones fundamentales que dejaban de serlo en cuanto acababa el análisis. Las gentes, las calles, las amistades: superficiales a pesar de su esfuerzo, sabidas de antemano, incapaces de generar sorpresas dignas de trascender, de ocupar un lugar en la memoria.
El frío llegaba adelantándose al invierno, heraldo; y ella oponía a su acción devastadora tres capas de ropa: suave, cálida y burda. Un frío configurado a su medida: sano, tonificante, venido a lomos del viento desde el Moncayo. Nieve y hielo; atmósfera rica en oxígeno, pura, límpia; transparencia infinita que mostraba el azul del verdadero cielo, el séptimo. Doña Catalina respiraba a pulmón abierto hasta la llegada de la primavera mínima. De pronto el incandescente sol maduraba los cereales –trigo dorado y áspera cebada, esponjosa avena de bello trazo algo más tardía- era verano y doña Catalina daba inicio a los paseos por la hoz del Duero, sendero entre ermitas, bordeando el río a trechos, intuyendo las evoluciones de los barbos en las aguas opacas. Anochecía el día despacio, acaso deleitándose en el sobrio proceso, saboreándolo; quizá por obligación, comprometido, sin ganas. Quedaban jirones de día prendidos en los arbustos, vedijas tendidas sobre las cuestas, y ella los recogía animosa, feliz inclusive, apurando el crepúsculo con satisfacción.
En esas jornadas inciertas, de características enfrentadas, nota más que nunca el hueco dejado por el representante de comercio, al partir el hombre hacia su postrer recorrido sin torna, atendiendo a la nueva clientela de la ruta asignada de manera definitiva. Busca doña Catalina un equilibrio imposible entre lo recibido y lo entregado, y valora por encima de todo -y es un buen cálculo- mostrados por él, el pretérito que la investigación hace presente y el porvenir entrevisto en las predicciones. Se siente atada al compañero ido por un lazo que, primero el amante y luego el esposo, supieron anudar sin opresión; un vínculo que los unía –macho y hembra humanos- con la naturaleza íntegra. De hormiga la sacó, de abeja obrera, de la ignorancia que encadena la voluntad de los más a la de los menos. Gas, agua, arcilla, árbol, saurio, mono: el camino de la persona le mostró, lleno de obstáculos hoy y siempre.
Ni la lluvia fina, ni los violentos chaparrones originados en el tiempo transcurrido desde que su hombre se fue dejándola sola, han logrado diluir el deseo de aprehender. Tampoco invalidaron los conocimientos obtenidos por medio de la práctica: terrazas parciales y escalones que permiten continuar ascendiendo en la investigación. Atribuye a los estudios, esas fisuras abiertas en el muro que la rodea, rendijas que muestran la vida en plena ebullición; y a las lecturas, la sensación de soledad que la envuelve. Se encuentra sitiada, distinta de cuantos la rodean; puesta en el centro de los demás, admirada por los mismos que rechazan su manera de ser: responsable, profunda, inquisitiva. No es el azar, no son las apariencias sociales, no es la inercia lo que la mueve; sus obras tienen cimiento pensado, columna vertebral y un significado metido de lleno en el conjunto, abrir y cerrar de compuertas, largo canal de irrigación, latido ancho del universo. El amor uno y múltiple la mueve. El amor a la vida renovada a diario, a las personas y a los lugares hospitalarios que las personas habitan, a los animales y plantas que los hacen habitables. Consciente de su esencia tanto como de su existencia, sufre las limitaciones de la fortaleza, barreras levantadas a su enorme poder; y avanza en espiral sin llegar a confiarse a ninguno. ¡Ah!, pero ella es capaz de soñar, de imaginar, de encontrar senderos de estrellas suspendidos en el aire; de crear un mundo completo, las tierras rugosas y los tersos mares, dentro de su reducida vivienda acogedora, donde se encuentra así misma siempre que se busca.
De la aldea en que se crio y se hizo moza se acuerda doña Catalina, de El Royo, de las labores aldeanas, de las fiestas que siendo chicuela tanto la complacían. Revive, más que ninguna otra, la peregrinación a la ermita de la Virgen del Castillo; romería dicha del Voto, por tener en una promesa su origen. Se ve entre los vecinos revueltos metida de lleno en la bulla; su vestido es el de volantes, aquel rosa y blanco que tanto la gustaba; sus zapatos los de una brillante imitación del charol. La llegan imágenes vivas destacadas sobre un fondo difuso: cuadrillas de danzantes que ejecutan, en el espacio destinado al juego de pelota, las danzas de los palos y el trenzado del cordón siguiendo el compás marcado por los músicos. Salta la niña sobre un pie que repite apoyo y pasa la vez al compañero, éste en el aire hasta entonces; adelanta y retrocede imitando los pasos que ve dar a los más sueltos. Un ritmo interior, coincidente con el que mueve al grupo, le dicta, director y tirano, las pausas y los arranques. Se mezclan los colores de muy diversas formas, componiendo estampas que llaman la atención de sus ojos sorprendidos. Las risas y chirigotas, el timbre festivo de las voces, le incitan a seguir y la divierten.
Un mundo multicolor gira dentro de su cabeza -rotación y traslación a un tiempo- cuando, rendida, se va a la cama. Tarda en dormirse, porque, en plena oscuridad, sus ojos cerrados perciben las evoluciones de un cambiante caleidoscopio, remolino en espiral que no termina de mostrar sus cuadros infinitos. Luego, sueña; y el sueño tergiversa lo que ella conoce: muda el lugar de los hechos, coloca a su lado gentes incógnitas y se nota más alta, más crecida, cuarta dimensión inexplicable. Es una moza que interpreta los sucesos de manera ajustada; sus padres no la reprenden pues actúa con tino y los hermanos demandan su consejo en asuntos de mujeres, sus compañeras de siempre, de las que ella conoce el interior tapado y sabe muy bien como respiran. Ve a un forastero dirigirse a ella y sacarla a bailar; es alto y delgado, y en la profunda mirada asoma el cielo de sus ojos azules; la toma por el talle y como si fuera pluma logra elevarla por encima de los que forman corro alrededor. A la expectativa queda de lo que va a suceder, sin dar continuidad a lo iniciado, pues los cohetes y pasacalles la rescatan de la fantasía poniéndola ante una realidad bien distinta.
Algarabía, nerviosismo, gozo desbordante, contagioso. De improviso se presenta el lunes; el día grande viene de golpe, todo de una vez pisando una alfombra roja. De Langosto llegan, de Derroñadas, Hinojosa y Vilviestre; los cuatro pueblos que con El Royo forman la Hermandad de la Virgen. Seguida de cerca por la mirada protectora de sus padres, tras los hermanos mayores la niña Catalina camina animosa en medio de los romeros, asida la mano derecha a la izquierda de su mejor amiga: ella conduce, está claro.
Avanza la mañana y el calor aumenta; hay descansos, paradas para tomar respiro, y ella bebe de un botijo exiguo -no más que en vaso en contenido- comprado por su padre a un vendedor ambulante de peteretes y bagatelas. Se detienen las autoridades y aquellos que portan los pendones de los cinco pueblos; y tras ellos todos se detienen. Arroja al montón crecido, como ve hacer a cada cristiano, una piedra de singular volumen con la que apenas puede; y reza, a continuación, un padrenuestro por el alma del moro que yace allí, según la tradición, muerto y sepultado.
Baila en el fresco pastizal que bordea el camino, corre, salta, enreda; y la complicidad de algún equilibrista amigo le salva de un merecido cachete: sin querer ha empujado en sus evoluciones a un adulto irascible y cascarrabias. Prosigue la marcha; y la columna desordenada, a pie o a caballo, ataviada con trajes de otra época, sube hasta el robledal de Rollanuela. En la pradera, del lado en que el santuario se abre, la romería desarrolla su acción más animada. Hermanados, hechos la una al otro, suenan gaita y tamboril; y lo hacen, si cabe, con mayor brío: se nota que los músicos no han de caminar mientras soplan o golpean; y al son que la murga arranca de los instrumentos, los danzantes ejecutan sus piezas y los mayores bailan imitados por los más chicos. Música, danza, miradas, voces, risas, correteos, descansos: sucede como si la alegría flotara, leve cuanto es, y contagiara su chispeante burbujeo, su inflamable aliento a los presentes.
Pregonan los buhoneros las mercaderías; al modo de un novillo bravo se agita la campana, alzando sus tañidos sobre todos los sones que enciende el momento; algún payador espontáneo saca de su guitarra coplas, presto coreadas por un grupo de entusiastas que se arracima en su entorno; curas y monaguillos rezan en latín, botas y porrones levantan la parábola de sus chorros de vino, irrigando gargantas sedientas; sobre mantas nuevas que tienen lo menos cien años, se extienden viandas sabrosas que invitan a la gula. Aunque de pronto, la seriedad y el recogimiento se adueñan de los fieles, porque del templo sale en procesión la venerada imagen de la Virgen. Es un giro corto; un paseo que sirve a la Madre de Dios para conocer las contrariedades que los cinco pueblos soportan a diario, y la fe esperanzada que oponen. Las piezas de oro traídas de América por emigrantes recién regresados, ganan la subasta de andas; y son ellas, monedas de curso legal, subidas a la devoción, las que ingresan a la Virgen del Castillo en la ermita, depositándola con oscilaciones medidas en el hueco libre de su retablo. Tras la salve, coreada por voces discordantes –mayores y pequeños, señoras y señores- la algazara revienta de nuevo. Se canta, se grita, se come, se baila; y agotados o casi, los romeros disponen el regreso. La venerable voluntad de los peregrinos se apodera del orden, y la muchedumbre, dejando de serlo, se divide en parejas, en cuadrillas, en solitarios andarines que no esperan ni son esperados; y cada uno llega al pueblo cuando sus pies se lo permiten.
Perdonó doña Catalina hace tiempo a un padre ceñudo que la apremiaba a marcharse del pueblo, abandonando la casa propia para servir en ajena, cuando aún no empezaba a notársele en el vientre la huella del pecado culpable. Decían pecado los hipócritas, los puritanos; decían pecado a la vez que arrojaban piedras sin contrición, mientras clavaban las navajas de sus ojos en el vientre vivo. Mas ella se supo sin culpa; amorosa de un idealizado amador a quien dio con cariño los diezmos y primicias de un goce muy breve. Tiempo después, ya sin fuerzas para iniciar un nuevo período de rencor, para renovar una aversión desgastada, perdonó a su padre. Le llegó al hombre la culpa de fuera, de la tradición y la costumbre, esclavo de una manera de pensar antigua, heredera de los tiempos oscuros y de las convicciones faltas de análisis. Hubo de dedicar mayor esfuerzo a descargar de culpa a los traidores, aquellos que iban cebados de envidia. Pues ellos, al remanso del padre, escondiéndose tras sus anchas espaldas, echaron leña al fuego hasta verlo prender la casa familiar por los cuatro costados.
Una niña de salud delicada le viene a doña Catalina al presente, esos días lánguidos, desde el limbo que la inocente habita; una pequeña que fue su hija en los tiempos oscuros que no quiere abrir a la luz del sol. Campanita de plata su primer vagido, el rumor de la lluvia sobre el río Duero, chisporroteo de una llama que el viento mece. Pétalos de rosa, alas de colibrí, sus manos, sus pies, inquietos, mínimos. Su risa marcaba la cúspide, lo hondo era el llanto; y el mundo flotaba y flotaba ajeno a todo lo demás. Su propia sangre, su carne recreada, su respiro; un milagro, una conquista. Iba a ser, venía para eso, quien ordenara el caos; investigadora, poeta, cirujana, primera de una nueva tradición de sacerdotisas en la Iglesia Católica, la voz que todos siguen, la voluntad que no va tras ninguna. No oyó, sin embargo, la madre, sus tiernas palabras, aquellas con las que la niña pudo haberla llamado; no fue testigo, la madre, de sus hechos libres, de sus vacilaciones, de sus dardos certeros. Se cebó la desgracia en la presa y la criatura quedó al margen del camino, sin haber dado muestras de su manera de ser, persona diferenciada del resto, orgullo de cuantos la conocían. Con todo, como si el cordón umbilical no hubiese sido cortado, un hilo invisible la une a la pequeña, cualquiera que sea el cielo que la cobije; y esos días lánguidos tira del cordón y su niña viene. Viene su niña andando por un sendero carente de principio, y la acompaña, hembra recién alumbrada, un buen rato en silencio; y con esos momentos aislados, la madre teje la ilusión impulsora de sus actos sin que los demás lo sepan.
Corazón agujereado por miles de cristalitos, Marina siente la ruptura interior de una concha de nácar que en él guardaba. El jarrón chino, perteneciente a una dinastía conocida por la perfección de su porcelana, invertidos los términos, yace a los pies del pedestal que lo exhibía, pedazos minúsculos de imposible compostura. Lee lo escrito sobre las relaciones de quien pudo ser su madre con la hijita verdadera, descubre en la pequeña bautizada por doña Catalina con el precioso nombre de Marina, ojos de color cambiante como el tornadizo mar, una criatura cuya muerte prematura la diferencia de ella; y libera unas lágrimas, aflicción y desesperanza de quien se queda huérfana de manera definitiva. “No, no puede ser, y no es. Si Teudenio, es mi padre; y estoy convencida… Si Teudenio es mi padre, como su alma gemela es doña Catalina, en el modo que sea soy hija de ambos”.
Calla, luego; y dura el efecto lo que tarda un suspiro en abandonar el pecho a través de la boca. Dura tan poco o sucumbe ante el disimulo: mi amada es actriz y yo no lo olvido. Al instante parece repuesta y en animada conversación nos adentramos por los vericuetos que trazaron al irse los tiempos antiguos. Mi interés va tras asunto tan nimio como es la duda, nunca resuelta, de si Teudenio y ella tenían o no perro, cuando iban por los pueblos llevando sus títeres. Me da Marina una respuesta que poca luz arroja sobre el momento preciso: no tuvieron can que pudiera llamarse suyo, aunque hubo alguno de los que viven a su libre albedrío, sin senderear, carentes de dueño asentado, que debido al trato cariñoso dispensado por ellos los siguió unos cuantos días; y en su breve estancia en Valdepero pudo darse esa coincidencia. La hubiera gustado, asegura, tener uno propio, cuidar de él, enseñarle a buscar objetos escondidos a propio intento, a recoger un palo lanzado con fuerza, a saludar entregando la mano, a ejecutar variadas monerías en cuanto le hiciese una seña disimulada, a dar volteretas y a caminar erguido como las personas; pero entiende que podía incorporar un estorbo a las representaciones, distrayendo al modo del burro o de manera distinta: juegos con los muchachos o ladridos en los momentos cruciales; y a mayores, cualquier laborada llevada a cabo en los corrales o en las casas, podría enemistarles con las gentes cuyos corazones trataban de abrir a la par que sus extenuadas bolsas.
Al hilo pregunta mi amada por Bernardo del Carpio, de quien ignora si existió en realidad; cuestión que el buen Teudenio no dejó zanjada. Me conmueven los reparos de Marina porque solicita el concurso de mis explicaciones históricas para disiparlos; y poseído yo por una inestable mezcla de vanidad huera y temor inconsciente a no estar a la altura esperada, me refiero a personaje tan íntegro sin desuncir la leyenda de los anales fidedignos. Y es que soy un fabulista decidido a servirse de sus invenciones para rellenar las lagunas de la investigación. Encuentro
lícita la práctica si se dan, al menos, tres condiciones. Ha de efectuarse un esfuerzo previo de búsqueda, debe seguir lo inventado la misma vereda de lo notorio y se advertirá al lector de la licencia tomada destruyendo los malentendidos antes de producirse.
Existió, claro está que existió; estudiosos de renombre lo afirman. Apelo a la definitiva autoridad de Cervantes, respetuoso con la veracidad de lo tratado en sus obras. Sí, fue un héroe de talla, patriota esforzado, ariete de la oposición a los usurpadores carolingios. Encarnó Bernardo el mito creado en el medievo, opuesto por los españoles del siglo XVI al famoso Roldán de los franceses, a quien, según la tradición, el nuestro dio muerte en la batalla de Roncesvalles: choque sangriento donde perecieron -se dice- por si fuera poco, los muy valerosos y renombrados Doce Pares de Francia, gloria y prez del pujante ejército invasor. Teudenio y don Roque facilitaron en sus respectivas narraciones una muerte honrosa a Bernardo, acaso la única que le cuadraba. Recibió la estocada última del mismo Roldán que él había atravesado un segundo antes, gesto nacido de la vida que la muerte arrastra tras sí, la inercia de la que hablan los físicos. Los autores consultados coinciden en permitir al héroe seguir batallando por tierras lejanas; pero a mí me gusta más el final que presencié en el callejón de Castaño, villa condal de Valdepero, siendo niño.
De Bernardo, Señor del Carpio, se han ocupado incógnitos versificadores de romances, que el pueblo llano secundaba añadiendo o restando al recitar; y autores de tanto renombre como Alfonso X el Sabio, Lope de Vega y hasta el ya mencionado Miguel de Cervantes. A ellos se suma una pléyade extensa cuyos méritos no viene a cuento detallar y no detallo. Baste decir que acerca de su persona y aventuras se han escrito libros de caballería, obras de teatro, novelas y una epopeya en octavas reales, extensísima obra de Bernardo de Balbuena, un manchego de Valdepeñas nacido en la segunda mitad del siglo XVI, que fue cura virtuoso en México, abad mayor de Jamaica y obispo de Puerto Rico, donde murió y está enterrado. Bachiller, licenciado y doctor en Teología; de él dijo don Marcelino Menéndez y Pelayo: “…es a un tiempo el verdadero patriarca de la poesía americana y, a despecho de los necios pedantes de otros tiempos, uno de los grandes poetas castellanos”.
Con su obra El Bernardo o victoria de Roncesvalles, levantó Bernardo de Balbuena un monumento épico al legendario paladín. Si con todo, Bernardo del Carpio no existió, no seré yo quien dé fe sobre la presencia en este mundo de algunos conocidos con los que me cruzo a diario, cuya mano estrecho en prueba de amistad.
El rostro de Marina muestra en la frente una arruga que antes no tenía: hija de la incertidumbre en que lo endeble de mi razonamiento hunde a mi amada, supongo. A modo de ruego, deseando ilustrar lo explicado, entrego a la actriz los siguientes versos de Lope, en los que la enamorada Ximena da cuenta al amado Conde de Saldaña de la inminencia de su parto:

“Famoso don Sancho Díaz / Conde y Señor de Saldaña
y Rey desta infanta triste / desdichada en ser Infanta.
Un año hace justo, Conde / que enlazó nuestras dos almas
Amor con lazos estrechos / que es Dios quien todo lo iguala.
Y nueve meses también / en que entiendo estoy preñada
esperando cada día /el fruto de mis entrañas.
Todo ello ha estado en secreto / que Amor, aunque niño, calla
porque sé que ha de abrir puerta / a vuestra muerte y mi infamia.
No porque no merezcáis / don Sancho, prendas tan altas,
más porque Alfonso es cruel / Vos vasallo, y yo su hermana.
Que hay razones de su parte / que me han de ser muy contrarias
no perdonando por casto / los yerros de no ser casta”.

Dándoles un tinte dramático los recita Marina con voz templada por el oficio. De la destreza exhibida no me extraño ni poco ni mucho; puesto que la sé avanzando con buen pie por el teatro en verso, progreso debido al ensayo reiterado -cinco horas diarias- del papel de Rosaura en La vida es sueño. El director fuerza a los actores más de lo usual, pues se previene así de una crítica adversa que acortaría el largo previsto a la gira, llegando, inclusive, a impedir la provechosa temporada americana.
Irán a Argentina, y de esa tierra tan querida lee Marina en el nuevo periódico llamado “El País” noticias poco tranquilizadoras: secuestros de periodistas, asesinatos de autoridades, torturas de personas que tienen significación política. Aparecen nuevos cadáveres flotando en el Río de la Plata, cuerpos mutilados que llevan vendados los ojos y las manos atadas. Y al lado, en Uruguay, los militares han cesado al Presidente. Las dictaduras parecen apoyarse las unas en las otras y, protegidas las otras por las unas, logran extenderse. Me lo comenta con un temor que en modo alguno es egoísta; y yo, que sufro como ella lo que la situación tiene de funesto para el común de la gente, trato de consolarla con el relato de la actualidad más próxima. Aquí las cosas se van encarrilando: la legalización de los partidos políticos, que celebran sus congresos en lugares públicos, parece ir en serio; se publican artículos antes reservados a la prensa extranjera y se producen debates abiertos acerca de temas que hasta ahora se trataban en privado y con suma precaución. Se entrevista a intelectuales que hace muy poco eran silenciados por sospechosos. Pongo aquí, entendiéndola clarificadora, la respuesta dada por Cesáreo Gutiérrez Cortés a una pregunta sobre lo que ya es un clamor, la democracia llama fuerte a la puerta de la dictadura.
“La materia prima de cualquier sistema es el hombre, y el hombre emocional es manipulable. Si la dictadura es el gobierno del individuo y la democracia el gobierno de la sociedad, yo prefiero la democracia; una democracia directa mientras sea posible, y representativa cuando no haya otro remedio. Yo prefiero la ley; una ley que sea la voluntad de los más y respete el deseo de los menos; una ley aplicada con justicia independiente, a cuyo influjo nadie escape. Yo prefiero la separación de poderes, de forma que se garantice el buen funcionamiento del sistema. Pero el individuo actúa de forma interesada, y hay que estar ojo avizor para denunciar los abusos; por eso se necesitan medios de comunicación vigilantes, bien pertrechados de principios para que no se pongan al servicio de los manipuladores. Un muelle, un resorte resultan ser las teorías; la práctica y el uso atemperan las reacciones, y su ejercicio, que en los inicios se quiere limpio y terso, va contaminándose de forma progresiva hasta diluirse o provocar una reacción contraria. En la medida en que la democracia pierde pureza se acerca a la dictadura”.
Es una definición que se ajusta a mi manera de verlo, es la opinión meditada de un demócrata a quien no le dan oropel con el nombre de oro. Veo que, mi amigo, se encuentra seguro de sí mismo con los papeles en regla. Marina siente una preocupación indefinida por la gira. No referida a su papel, sino por el desarrollo previsto, países y ciudades que en algún momento pueden dar un portazo a la cultura. La tranquilizo, o al menos eso trato con estas palabras: “tratándose de un drama del siglo XVII, tan valorado y representado, que ha sido comparado con el Hamlet de Shakespeare, no creo que se atrevan a suspenderlo”. Su respuesta muestra la fuerza de las dudas que alberga: “cualquier verso que consideren crítico puede despertar el instinto censor, ya sabes cómo se las gastan. Yo estoy sobre ascuas”.

 

 

22.- LA REALIDAD Y SUS DISTINTAS ENVOLTURAS

De nuevo el drama se cierne sobre los vecinos del piso primero izquierda. Parece que la desgracia entra en las casas siguiendo oscuros designios, tan oscuros que al infortunio no le resulta posible guardar memoria de sus pasos; y cuando busca la salida, torpe como es, no la encuentra hasta después de pasar una larga temporada dando tumbos dentro y rompiendo cacharros. Justamente cuando el benjamín se recupera de la difícil operación a la que fue sometido, nace un temor fundado a que la fábrica rompa el compromiso firmado a su padre. Escasea el trabajo, y a los progenitores, preocupados por el futuro de sus vástagos, les costó muchas noches de insomnio decidirse; se quebraron la cabeza estudiando los pros y los contras hasta tomar una decisión que creyeron buena. Levantar la casa no es ningún juego, y al optar por el cambio aceptaron los riesgos que es preciso correr para atrapar la mejora. Podía ocurrir que se equivocaran, nunca se tienen todas consigo; a veces ocurren imprevistos que tuercen lo recto.
Días después se hace realidad lo que era tan sospecha y cautela; al final del mes entrante dejará su puesto acompañando a veinte compañeros afectados; la imprevista anulación de un pedido hecho en firme, empuja a los directivos a tomar decisión tan radical. Hay razones –económicas, claro- casi siempre las hay; pero los débiles, sin pizca de culpa, acaban pagando el grueso de la vajilla hecha añicos. La mujer, encallecida y estoica, entiende justificada como nunca su expresión en tantas ocasiones repetida: ¡Estoy desesperada!
Acerca de la oscura situación reflexiona el esposo, una persona de carácter confiado, a quien su mujer no logra contagiar ni una mínima parte del pesimismo que la agobia. Espera el hombre que la fama de intuitivo, esmerado y trabajador, ganada donde quiera que la necesidad o el deseo le llevan, se ponga ahora de su lado. Tal vez la eficiencia que los jefes de antes le reconocen -ideó un método que sigue ahorrando cuantiosos duros en costos de explotación- rinda ahora beneficios. A lo mejor, la recta conducta que es su modo de vida, influye en la decisión y lo aceptan de nuevo en la Central Térmica. Si hiciera puente de ese modo sobre el tiempo roto, el mal quedaría reducido a un traslado infructuoso y a un breve retraso en la educación de los niños; quienes, por fortuna, no alcanzan edad de mayores necesidades. Con tales tintes pintado, rosa y azul muy vivos, se lo explica a la recelosa mujer, quien se estima realista y no puede creer que se dé la buena suerte en el mundo, ni la justa compensación de los méritos. ¡Dios te oiga!, exclama ella pidiendo una intervención divina irreemplazable.
Herida en su amor propio, influida por la envidia, después de la primera ojeada doña Cándida no ha vuelto a subir a la azotea, donde los gatos continúan congregando a los vecinos. Mantiene una pendencia con el resto del mundo, una personal cruzada contra el Orbe completo, que arranca, acaso, de sus primeros días. Vivían en una casita del barrio de El Cristo, cuando un espanto cortó el fluir de la leche materna, siendo desde entonces su alimento una papilla –leche, harina y azúcar tostado- que la mujer enfriaba en su propia boca para que no llegara quemando al buche infantil. El padre trabajaba de peón en el taller de un marmolista, y se daba maña para unir las piezas sueltas de las sepulturas. Una mañana lluviosa de fines de noviembre, resbalaron sus pies en el mármol de la cúpula que coronaba un panteón -base ésta de la cruz que estaba afianzando- con tan mala fortuna que cayó de espaldas a lo profundo del hoyo vecino. El enterrador halló el cuerpo frío, desnucado, cuando, horas después, pasó por allí y observó el abandono en que se encontraban las herramientas, desorden estimado impropio de quien las usa a diario. Dejada al cuidado de vecinas que no llegaban a terminar su labor por falta de tiempo, puede decirse que doña Cándida creció sola. Asistió a la escuela a temporadas, y lo aprendido apenas daba para leer despacio sin comprender del todo y firmar de dos trazos titubeantes.
A los doce años se puso a trabajar, sirviendo a varias familias antes de encargarse de la limpieza de aulas en un colegio de chicos. La ocurre a menudo: se distancia de los otros por motivos incógnitos hasta para ella misma. Unas palabras acres, dichas sin poner intención, la suben a lo alto del tobogán; y en cuanto se descuida, zás, ya está en el suelo con las piernas en alto. Así y todo, prefiere esa situación a la contraria, la que descubre afinidad suficiente con otras personas y la obliga a tantear el terreno pisado. Sin embargo, nada la impide enjuiciarse de forma severa echándose la culpa. Lástima que se defienda de los propios ataques con excesivo ardor, y concluya el alegato personal con una frase que a su juicio lo fundamenta todo: ¡Es mi carácter!
“¿Lo ves?”, me dice Marina, “debes reconocer que tenía explicación su índole agria, y justificación suficiente su afán enredador de los hilos que mueven las conductas ajenas”. Y me lo dice ella, que salvó al ángel que aún es de una infancia carente de progenitores, llena de días en que un mendrugo de pan y un pedazo de tocino era todo lo que se llevaba a la boca. Es una santa capaz de justificar cualquier maldad de otros. “Ya”, replica a mi cotejo, “pero yo tuve a las monjas y a Teudenio.”
Gatita, es una madre orgullosa de sus vástagos. La satisface que vayan encontrando buenas familias de adopción, pues tres de los cachorros ya tienen afianzado el destino. De no ser del todo cierto que Gatita valore el interés de niños y mayores por sus crías, diremos que doña Catalina lo valora por ambas. No ha tenido que difundir la noticia de la camada, ha sido la propia camada la que, saludable y alegre se ha dado a conocer en todo el edificio. La hembra jaspeada se irá en unos días con el niño convaleciente y sus padres, si sucede que el padre vuelve al antiguo trabajo. Se produce una fiesta generalizada cuando los gatos retozan ajenos a su separación inminente. La señora de abajo, al ver que hasta su nieto Manolín participa en el reparto, recibiendo agradecido un retoño de la gata que ella donó, se siente muy arrepentida de haber regalado la micha. Y no es para menos, pues, según explicación reciente de Angelines -ya acomodada- es de pura casta y, a la vista está, madre de una descendencia que ha heredado su belleza. Hasta la galería comercial llega la noticia de la camada y unas clientas se lo cuentan a otras. Hay que verlos en su salsa antes de que se separen, son un primor, se dicen.
Rayos y truenos, viento huracanado, lluvia torrencial; un seísmo de elevado índice ha de estar agitando el ático. Se librará una batalla recia, de las que levantan polvo al paso de los caballeros sobre las cabalgaduras: muévese la tierra con estrépito bajo los cascos de los caballos, se percibe el entrechocar de las lanzas. La noche rompe el mutismo reinante gritando quejas y lamentos, insultos soeces y su inmediata respuesta. Los dos niños sollozan y Teresa, la mujer, la madre, intenta calmarlos mientras el padre los empuja contra ella. Estrépito de cacharros rotos y carreras que acaban de pronto con un portazo de Julián, el marido, el padre. Por fin el silencio se adueña del tiempo y del espacio, y la tranquilidad firma el armisticio con los vecinos que han de madrugar.
Sucede, no obstante, que todo es relativo y el bien y el mal pueden mezclarse y convivir; lo digo porque llegada la mañana, a eso de las once, el casero va presentando a la entera comunidad, puerta por puerta como tiene por costumbre, a una familia de nuevos vecinos: gitanos pudientes, titulares de un almacén de hierro viejo. Componen una dinastía de chatarreros formada por tres generaciones y seis miembros: abuelo, padres e hijos. Sucederán –tras el intervalo ya sabido- a la familia del maestro en el piso primero derecha. Buena estampa lucen, altos, morenos, noblotes; los varones parecen cortados por el mismo patrón, pero el anciano porta una vara que maneja con soltura. La única mujer recoge su pelo en rodete y viste de oscuro; es de suponer que por guardar luto a sus muertos. Vienen de barrios extremos, de calles sin asfaltar, de solares abiertos donde resulta fácil dejar agrupados los deshechos que forman la materia prima de su negocio. Compraron un corralón al otro lado del río, un trozo de huerta y una tenada. Han arraigado en la ciudad, respetan los tratos y adaptan sus ancestrales reglas a los tiempos modernos.
El abuelo, un patriarca grave e impasible, posee la apariencia que en mi recuerdo atribuyo a Julián el hojalatero. Era el hombre, cuya memoria me trae el viejo gitano, un componedor que arreglaba cualquier utensilio metálico: platos y cazuelas de acero esmaltado, alcuzas, espumaderas, palanganas. Mostraba un rostro cobrizo surcado de profundas arrugas, y una piel curtida por la continuada intemperie; su aspecto –como el de éste- correspondía al de un hombre sabio que ha recorrido el mundo cien veces y conoce el secreto de vivir según los propios deseos. Visitaba mi pueblo tres o cuatro veces al año, y yo lo acompañaba en su recorrido por calles y rondas, ayudándole a trasladar cachivaches. Por estar a su lado, escuchando un repertorio muy variado de anécdotas, llegaba yo tarde a la escuela y desazonaba a mi madre que, sin resultado, me buscaba para comer. Compartíamos –él anfitrión y yo convidado- en una cueva horadada en la Campiña, mirando al castillo, un arenque y un trozo de pan algo duro. No resulta insólito, pues, que al mayor de los recién llegados –alto, delgado, enhiesto, finos labios, miembros nervudos, de andar pausado y elegante- lo pinte yo con pinceles que se van sin querer a reproducir lo apreciado; y el abuelo gitano -honorable, de carácter recto- sea en mis ojos un trasunto de aquel Julián, componedor que me contaba historias de su juventud cuando luchó en una guerra y le dieron por muerto. Aprendí de él a dominar el estaño hasta hacerlo instrumento apropiado para el arreglo de objetos dispares. La falta de práctica llevó al olvido tal habilidad, pero bastaría intentarlo de nuevo para recordarla.
A los restantes miembros de la familia recién llegada los traza mi pluma fijándose en la memoria de los trilleros; estoy convencido. Componían aquellos una tribu de artesanos de la madera procedente de Cantalejo, pueblo de Segovia, y en sus varios periplos anuales, al llegar a la comarca del bajo Carrión, se alojaban desde tiempo inmemorial en nuestra casa. Los que eran padres siendo yo niño, correspondían con los hijos que acompañaban a los adultos en tiempo de mis abuelos. Se sucedían ellos, nos relevábamos nosotros, y el conjunto del universo proseguía de igual modo los giros y mutaciones previstos, sin desviarse un ápice de la derrota marcada. Formaban parte, por tanto, del imperturbable devenir del que tanto se ha escrito.
El carro entoldado seguía a un mulo hecho a la parsimonia, un mulo desengañado ya de las prisas humanas, porque el verano llega siempre a su debido tiempo, y las prestezas todo lo más alargan la espera en el lugar de arribada. La protección de aquel mundo ambulante quedaba a cargo de dos perros hijos de cien mezclas, chuchos ladradores que huían al primer amago de ataque. Los trilleros, fiados de la docilidad de la bestia de tiro, durante el viaje trabajaban al trantrán de las ruedas: martillos esgrimían, tenazas, escoplos y un útil apropiado para sacar esquirlas a la piedra sílice. Y en esas condiciones se hacían presentes en nuestra portada sin aviso previo. Si se daba el caso de haber salido nosotros al campo, con un dedo niño deslizaban la clavija hacia el interior de su alojamiento y abrían la trasera tomando posesión del corral y las cuadras.
De calle en calle iba el padre pregonando la mercancía: curvos tablones de pino, empedrados, secos y carentes de nudos. Complementaba la oferta comercial con la de mantenimiento, consistente en la reposición de las piedras desprendidas en los trillos usados. Los nuevos, olorosos de la resina que rezumaban, apoyados en los muros de nuestra casa exhibían la airosa curva del cabezal, la fortaleza de gancho y travesaños o el perfecto mosaico de mil hendiduras ocupadas por otros tantos añicos de pedernal; anverso o reverso, según la posición que ocupasen. Los labradores necesitados de abastecerse, y los simples curiosos, realizaban una inspección minuciosa y preguntaban el precio en duros. Rompió la rutina la mecanización del campo, proceso imparable que daba fin en la labranza a la tracción animal. Cambiarían de oficio, es de suponer; quizá se inclinaron por la industria del mueble, quién sabe. El caso es que su recuerdo, y el de las historias recogidas en el quebrado itinerario seguido, dejadas como pago único de la posada, me dan pie a perpetuarlos, trasplantados. De modo que con esas mismas hechuras y unas mañas que difieren poco, pinto a los gitanos, nuevos vecinos de la casa que mi relato sitúa dando cara a la Rinconada frente al dorso de la iglesia.
Transcurridos dos días desde de la primera marcha, la segunda hembra felina sigue idéntico camino hasta llegar al hogar nuevo: cajón y manta, biberones, caricias. La supuesta hija de Cordero alcanza el borde del cajón a duras penas, hasta que uñas y madera acaban por complementarse. Dominaba ya la técnica de desplazar las bocas a su alrededor, en lucha franca por el alimento que posibilita la supervivencia y da curso a la selección natural. Invade a doña Catalina una emoción de doble vertiente. Por un lado, el haz; se van a lugar amable y seguro. Por el otro, el envés; abandonan el paraíso que ella levantó donde nacieron. No parecen existir coincidencias de las que se deduzca la forma de obrar con acierto. Observa la marcha del tercer michino, al que considera suyo porque quería dejárselo a la madre, cuando dos hermanos de un hogar cercano a la casa, descubren un ejemplar a su gusto. Es entonces cuando, con una sola voz, dicen que no se moverán si el gato no va con ellos. Los padres los apoyan con fuerza, una fuerza que parece ser causa o consecuencia de la de los hijos. Gatita no opone gestos en contra y los niños enérgicos y decididos, gemelos como son, lo llevan en brazos intercambiables, dando a doña Catalina cada uno, con los ojos, mil gracias.
En el primer piso, a los recién llegados y a quienes se van no les concede tiempo el destino para congraciarse. Todavía suben muebles los del piso del costado derecho desde la carriola, cruzándose en la escalera con los del izquierdo que los bajan a una camioneta, cuando empieza el revuelo de las despedidas. Breve ha sido la estancia, pero intensa; los niños, y más que ninguno el chiquitín, abrieron a los vecinos de par en par la ventana azul y blanca de los sentimientos, que en este instante afloran más tiernos que nunca sin precaución que los oculte. De fuente profunda surgen espontáneos los besos y abrazos, de cálida lana se trenzan sinceros los deseos de felicidad futura, y en corazones tan generosos nacen vehementes las promesas de futuros encuentros; mas todo ello será humo que el viento dispersa si el azar no procura otras circunstancias favorables, porque la condición humana tiende de suyo, tras situaciones como la que ahora viven, a la inacción y al olvido.
La melancolía que inunda las tardes tiñéndolas de tonos terrosos, impide a Sara preparar el ajuar como indican la corrección y la cordura. «Algo aprenderías en la academia; vamos, digo yo”: le espeta entre mandato y reproche la hermana emboscada en el límite de su paciencia. “Supongo que te habrán enseñado el modo de sacar provecho a la aguja. Pues a ello; que no te vendrá mal un poco de ejercicio.» Pero la joven, pese al acicate, permanece inactiva; su mirada se pierde en un punto inconcreto de la labor pendiente –el bastidor, el tenso lienzo curado, los vistosos carretes de hilo- y se queda mano sobre mano sentada en una silla baja al pie del balcón, junto a la censuradora que teje una pieza para el sobrino sin atreverse a confesarlo. En alguna parte del mundo puede que esté sucediendo una escena opuesta a la que describo –alegría activa- y a Sara le gustaría formar parte de aquella, pero se ve que no es posible.
Piden los vecinos de la Rinconada para sus hijos, o lo hacen los propios niños, un gatito juguetón como amigo. Un parto de veinte hubiera sido necesario para complacer a todos. Gatita, que ya no tendrá nombre ni le hace falta, se ha quedado sola. Sus cinco hijos se independizaron pronto. Está muy delgada, y eso que come con gusto las bolas de comida, esos esféricos pedazos de esperanza que la volverán a su ser. Falta la madre de objetivo, lame sus pezones aún llenos, y echa de menos las peleas libradas para ocuparlos. La maternidad cortada de pronto, la vuelve una gata del montón cuando más singular era. Parecerá comportamiento humano, pero Gatita esta triste, apartada no solamente de la acción sino también del estímulo que a ella conduce. Apenada la observa doña Catalina. La ve lamerse, alisarse los largos pelos blancos y negros de las patas, del pecho consumido, del lomo huesudo. La abandonan los ánimos y, sin ellos, se le hace cuesta arriba ocupar un espacio fuera de su castillo prisión o emprender una actividad distinta. Aún los ve en su mente vigorosos, terminada la succión o ahítos, abandonar la caja y conquistar el espacio limítrofe y aun el distante. Los piensa Gatita enfrentados, calibrando sus fuerzas, sus destrezas recién adquiridas. Iniciando carreras alocadas sin dirección determinada los ve, o cambiantes persecuciones de los unos tras los otros hasta que todos ruedan abrazados. Se levantan al punto, para poner por medio una distancia que les parece suficiente, iniciando el próximo movimiento del lance: trepar un buen tramo de muro antes de precipitarse sobre un enemigo hipotético. Sí, el de Gatita parece un comportamiento humano, y seguramente lo es, por ser su conducta simplemente animal.
Con el fin de trasladar, desde el piso del barrio de San Juanillo, el armario de tres cuerpos y la cama, cedidos a Angelines por su medio hermano, hijo de doña Cándida; la señora solicita a los nuevos vecinos la carriola. Resulta más caro, en comparación estricta, el servicio interno que el largo recorrido, y no está dispuesta a fomentar abusos. Por el tono dominante de la demanda, parece destinada a favorecer a los demandados. Cosa que no extraña a quienes la conocemos: familiares, vecinos, lectores de lo escrito, entre los que incluyo a Marina, y quien trata de captar los matices de su forma de ser para dejar de ellos memoria, es decir, yo mismo, el escritor; aunque el resto del mundo, de oírla, se sorprendería. No es de extrañar, por tanto, que la sorpresa alcance a quienes acaban de llegar. Sorprendidos y todo, los comerciantes del hierro se portan con una amabilidad que la mujer desconoce, pues no entra en sus cálculos proporcionar un favor sin contraprestación bastante, y jamás entrega ayuda que no cobre de uno u otro modo.
Finaliza agosto cuando Gatita desaparece del territorio colindante. Aporta al cajón un considerable hueco que sus hijos idos dejaron ya de llenar. Tras cuatro días de ausencia doña Catalina se va haciendo a la idea dolorosa de un abandono definitivo. La que fue su tutora justifica la aventura de la gata, y halla sobrada razón en la búsqueda de alguno de sus pequeñines para no quedarse sola. Herida en su orgullo de raza la piensa, perdida la posición alcanzada con sus cinco hijitos y las visitas haciendo de ellos el centro de atracción. La soledad iba apagando el brillo de sus ojos, iluminados hasta entonces por la dicha.
Los hospederos de enfrente, separados o juntos, nunca llegaron a entrar en el terrado. Ausencia notoria que, dada la abundancia de interesados, nadie notó. Visitan de manera regular a los vecinos más afines, desde que el estío los liberó de estudiantes. Por los asuntos de la charla comprenden los otros su manera coja de ver la existencia. Si hablan sobre los gatos, asunto absorbente para todos hasta hace unos días, nada tienen que decir sobre ellos; ni una caricia entregaron, ni un comentario elogioso o despectivo. Parecen pensar que, al fin y al cabo, se trata de animales, seres puestos ahí por la naturaleza para provecho o fastidio del hombre. Moscas aplastadas con una bayeta, conejos desnucados de un manotazo certero, lechazos indefensos degollados a la vista de sus madres, gatos estrellados al poco de nacer, galgos cazadores condenados a la horca al término de la temporada de caza. La violencia embotó su escasa sensibilidad en una niñez ya lejana.
En realidad, buscan los hospederos la compañía de otros para alejarse de sí, la situación de los demás los deja indiferentes. Persiguen el ronroneo sedante de la conversación insulsa, la distracción transitoria y el olvido momentáneo. Sin huéspedes que entreguen, además de sustento, el sentido de los días; con el alma abierta se hallan, en carne viva, expuestos a la acción de los sentimientos contrarios y de los propios, enemigos éstos aún más encarnizados. Refiere la hermana las rarezas del hermano proporcionando ejemplos indiscutibles, y él describe la conducta impropia de ella en la cocina, donde su falta de atención a los fogones pone a todos los vecinos en peligro de incendio. Se transmiten soledad el uno al otro, y si no se necesitaran tanto como se necesitan, hace tiempo que cada uno iría por su lado.
Doña Catalina descubre una ocasión adecuada para emplear los saberes acumulados favoreciendo a los necesitados. Puede dar buen uso a la preparación conseguida, y redondea consejos ajustados al conflicto, que no son tenidos en cuenta, es posible que ni comprendidos. Tarde ya, entiende que los hermanos se vacían soltando lastre que, a ella, con escuchar la sobra. Vendrá septiembre a su debido tiempo, todo lo más con un leve retraso, empezará el nuevo curso, y unos u otros pupilos exigirán a los hospederos una ocupación que llene la mente por completo. Los graves problemas de convivencia pasarán a ocupar el rincón donde guardan las escobas, las rodeas destinadas a recoger el polvo y un largo plumero de paloma y perdiz que él, mañoso desde la infancia, ha ido formando en los ratos libres.
Sara, quien por las cuentas hechas espera ser madre al poco de casarse, distribuye su desgana por toda la casa y al mismo tiempo la sufre íntegra. Es en la terraza de doña Catalina donde se desembaraza de la indolencia por completo. Allí la tiende sobre los tiestos floridos y, sobre los que albergan orégano, albahaca y perejil. Allí, fresco el recuerdo de la camada, recibe un ánimo que ya apenas la resulta familiar. Prosigue el aprendizaje de las distintas materias, poniendo en práctica aquellas, como la cocina, susceptibles de ejercitar con los medios puestos a su disposición. Pero la noche se convierte en perro rabioso, en sigilosa víbora, en buitre atento a su agonía. En cuanto cierra la puerta de su alcoba, el pensamiento arrastra colchas negras y las coloca formando círculo delante de los ojos. Allá donde mire hay negrura: arriba y abajo, derecha e izquierda. Los malos sueños, reiterados, alejan el descanso reavivando unas pesadillas que, terminadas, enlazan con otras más dañinas si cabe. Trata de sobreponerse con lo escuchado a doña Catalina, se relaja algo, da vueltas a lo oído y, algunas veces, lo consigue.
Marina sufre con la muchacha y me acusa sin sutilezas de someterla a tortura prevaliéndome de mi posición elevada: soy el creador y tengo en mi mano el destino de los personajes. Marina sufre con Sara y yo peno porque pena Marina. Estoy por endulzar el acíbar que toma la desorientada a la fuerza; obstruyo su nariz con el pulgar y el índice apretados, para obligar a la boca a abrirse y tragar. Estoy por convertirme en cireneo y portar la parte larga del leño, dejándola a ella, una vez descompuesta la cruz, el travesaño corto, el más ligero. Soy el creador de los caracteres, pero las reglas del comportamiento humano me vienen dadas y no puedo actuar a mi antojo.
Lo entiende mi amada, calmado su temor por la situación de los países que visitará, y su índole de actriz, sobrepuesta, me habla de Calderón, de La vida es sueño y del papel de Rosaura –mujer y desdichada según la definen los versos- que en estos días asume como si fuera su propia vida, su identidad verdadera. Asegura haber estado en un tris de modificar las estrofas que recita, con el único fin de favorecer la suerte de la dama. Si no lo hizo fue porque la alteración resultaría, por efímera, inútil; pues tras su despido cualquier actriz la llevaría con gusto a la literalidad. Pero se abstiene de enmendar la plana al genial escritor, más allá de las otras razones, porque Calderón creó a Rosaura fuerte, la dotó de un carácter capacitado para defenderse por sí y a su lado situó a Segismundo. Sara, sin embargo, es apenas una adolescente y está sola. Nadie la ayuda aparte de doña Catalina, que se esfuerza en proporcionarle la herramienta eficaz de los conocimientos sin disponer del tiempo preciso. Habla la cordura por boca de Marina una vez más, de modo que me comprometo a atender sus indicaciones razonadas en lo que la tolerancia argumental consienta.
Recibimos carta de invitación a una boda. Se casan Alba Gutiérrez Peña y Valentín Vilasar Acebo. La ceremonia se celebrará en una iglesia de la ciudad de Salamanca, la de San Marcos.
No habrá banquete de boda, se hará un recorrido por diversos establecimientos de la capital tomando tapas, pinchos y refrescos que ya han sido ajustados. Alba ha explicado a Marina, en llamada telefónica, que por sus convicciones no se casaría, pero sufrió mucho de niña al saber que sus padres no estaban casados, de modo que, casándose ella, casa a su vez a los padres. La iglesia posee singularidades que la hacen atractiva a sus ojos, pero se niega desvelarlos. Piensan vivir en Salamanca como vivieron sus padres. La casa está situada en la plaza de Anaya, y con ayuda, de la familia de Valentín y lo que pueda Cesáreo, piensan pagar la entrada; porque, trabajando los dos, con la cuota mensual pueden. Eso piensan, porque él se hace cargo del bufete de un anciano, y ella asistirá en la preparación de las clases a los profesores en la Universidad. Valentín se ha plegado a todos sus deseos porque, en alguna medida, coinciden con los suyos. Cesáreo ha tenido oportunidad de comprobar la memoria que la ciudad guarda de la pareja formada por la arqueóloga y el escritor. Era muy buena en su terreno, le dicen algunos que la conocieron, pero murió muy joven. De él están sus libros, sus artículos desperdigados, sus traducciones; aunque de la persona se han ido olvidando. Se siente como si hubiera partido hacia un país situado al otro lado del mundo, regresando ahora.

 

 

23.- ¿QUIÉN ROMPIÓ LOS PLATOS DE PORCELANA?

Julián, el vecino del ático, pasada la una de la madrugada llega a casa repleto de alcohol. El silencio y la oscuridad se apoderan de la noche dejándola en nada, un estorbo para los distraídos; y los guijarros de la acera se hacen enemigos de quien no despliega todo su cuidado al andar. Tras varios intentos fallidos no atina con el interruptor que enciende las bombillas de la escalera, y ha de subir algunos tramos a gatas, porque, erguido, trastabilla y cae. Por fortuna la puerta está abierta y entra en el piso sin más inconveniente que un golpazo dado con el hombro en el marco. A voces llama a Teresa y a los niños, pero no recibe respuesta. Los imagina acurrucados en el ángulo de la librería o parapetados dentro del armario. Desde la Rinconada se percibe luz en las ventanas de algunas viviendas, son las que pertenecen a quienes han despertado por la brusquedad de los primeros desórdenes, ensayos flojos del inminente seísmo, e inquieren la causa de tanto alboroto. Va Julián al dormitorio con clara intención de vengarse de su mala suerte golpeando a la esposa; y al no encontrarla, enfurecido, la toma con muebles y aparatos electrodomésticos. Rompe, originando un estruendo, el receptor de televisión y algunos cuadros que cuelgan de las paredes en el pasillo; luego arroja por la ventana una plancha con el cordón enrollado sobre el asa en giros caprichosos.
Provenientes del hueco de la escalera, dotados de sordina forzada, le llegan gritos que reclaman silencio; y él ni siquiera contesta a los peticionarios: en su desprecio de cuanto no sea él mismo, los ignora bien ignorados, no existen. Vuelca los sillones y el sofá del tresillo, y a continuación la mesita de cristal y bronce. En ese momento, bajo el cenicero de barro cocido halla un cuaderno de hojas manuscritas. Imagina al instante la mano de Teresa deslizándose por el papel, y a pesar de la confusión de su mente, en gran parte obscurecida, la letra menuda le habla de ella tanto como la armonía de los renglones. Imagina un diario de la ausente, tal vez confiese los motivos de su marcha o diga el lugar adonde ha llevado a los niños. Ignora, no obstante, que esas hojas juntas, una a continuación de otra, llegarán tan lejos como puedan. No las ve yendo a desnudar la verdad para ofrecerla desnuda; aunque a eso van. No imagina que una tras otra, en fila de a una, buscan las razones en lo más profundo para hacerse públicas. Comienza la lectura el hombre con escasa aplicación y, cuando aún no llega a la mitad del primer párrafo, despreciando más que el papel inocente el hiriente recado, plagado de mentiras y exageraciones según imagina, hace con el cuaderno un rebujo y lo arroja por la ventana entreabierta.
Quiere el destino que el diario de Teresa se quede en el balcón de doña Cándida, pues ella, si el viento no lo cambia de lugar, lo encontrará mañana y dará completa difusión al contenido. Julián, en cuya cabeza no entra que la esposa tome la iniciativa, sigue buscando a los que callan dominados por un temor culpable, una madre angustiada y sus hijos; pues solo esperan que el marido desista y abandone el rastreo. A marchas forzadas recorre los cuartos, inspecciona cada rincón, mira en el armario y detrás de las puertas, y cuando se cerciora de que no hay nadie en casa, dando un portazo sale al descansillo e inicia un peligroso descenso. El ímpetu desmedido le lleva a abarcar tres peldaños de una sola zancada; cae, se levanta con un esfuerzo que excede en mucho a la necesidad y, el nuevo impulso, repitiendo el tambaleo vuelve a derribarlo.
Se oyen el fluir del agua en los grifos abiertos y el característico soplido de las cisternas cuando restablecen su nivel; y un rato más tarde oscuridad y silencio vuelven a fundirse en una noche que trata de ser ella misma. Doña Cándida, avanzada la mañana, a eso de las doce, cuando las labores llegan a su término, encuentra en el balcón el cuaderno arrugado. Si fuera otra la favorecida podría perderse el mensaje, cabe esa eventualidad; y en tal caso nos quedaríamos ayunos de lo en él tratado. Pero ella es curiosa y lo devora por completo. Quiere el destino que sea la lenguaraz doña Cándida -y no otra- quien halle el manuscrito; quiere que la mujer se empape de su contenido de principio a fin, que lo valore como un secreto de interés general, y que motu proprio, ya sin influencia ajena, lo difunda. Una jornada tarda la pregonera en facilitar a los vecinos, yendo casa por casa, la lectura íntegra del completo testimonio llegado de arriba. Al cabo de ese lapso alargado, chicos y grandes conocen en sus más íntimos detalles la evolución de una convivencia imposible: la triste historia del maltrato que Teresa y los niños han estado soportando.
Historia triste que yo imagino aproximadamente de esta manera, variante arriba o abajo. Escribe Teresa su confesión con letra cuidada, destinada a servir de testimonio: Me encontraba contigo, Julián, a diario; sucedía cuando sonaba el timbre indicador de la pausa para el almuerzo, y nos reuníamos los empleados pertenecientes a las distintas secciones. La seriedad asentada en tu rostro, dimanante de unos ojos huidizos, y la rigidez de tus movimientos cuidados, no invitaban siquiera al saludo. En la sala destinada a comedor, moviendo juntos la mesa que pretendías separar de la mía para desayunar solo, derramamos torpemente un vaso de café sobre tu pantalón beis recién estrenado. Fuesen mi gesto compasivo, mi palabra sentida, mi disculpa entregada sin razón verdadera, o tu azoramiento ante el accidente; lo cierto es que desde ese día comenzamos a hablar. Era una charla sincera, exclusiva; propia de los que tienen necesidad de comunicarse y reinician la conversación en el lugar en que la dejaron el día anterior. Encontré en ti nobleza de corazón, germen de la honradez avalada por algunos testimonios; y establecimos una corriente de intimidad que nos llevaba a entendernos sin palabras. Hasta te di a leer algunos de mis poemas. Yo, Teresa, única hija de una costurera viuda que se había dejado los ojos en el zurcido para darme estudios, leía cuanto libro caía en mis manos, prestando a la empresa mis servicios de administrativa avanzada, en progresión constante hacia la cabeza de la Dirección Contable cuando menos. Tú ibas para ingeniero técnico y Jefe Superior del Centro Operativo; estudiabas de noche, y a lo largo de la jornada laboral ponías en práctica las teorías encontradas en los libros de texto. Teníamos en común las intenciones de ir hacia arriba y, a mayores, un vehemente deseo de abandonar el espacio que nos comprimía.
De modo irregular superamos la etapa de tanteo y aproximación que constituye el noviazgo: períodos apasionantes se alternaron con otros dominados por la inercia y el sentimiento de haber adquirido un compromiso firme, vínculo del que ya resultaba imposible librarse: parientes, compañeros y amigos se habían hecho a la idea. Por lo que entonces creímos verdadera fortuna, estábamos en disposición de acortar el tiempo de indagación mutua y lo acortamos. La ceremonia de nuestra boda resultó insulsa, desabrida; algo mejor fue el convite. A los postres la alegría tomó la sala, y tú, Julián, contabas graciosas anécdotas, presumiendo de esposa al estilo del labrador llegado de la feria sobre la mula torda recién comprada. Brindaste con tus amigotes en memoria de cuanto suceso antiguo os tuvo por testigos, y terminaste achispado. Yo estaba espléndida, y eso que mi vestido no era de los caros; pero poseo habilidad para lucir con elegancia la ropa sencilla. Me sentía atolondrada; todo lo veía aparente, fingido, como sacado de un sueño. Cuando abrí los ojos a la realidad, nos encontrábamos solos en un apartamento de la playa del Saler, próximo a la ciudad de Valencia, refugio que mis amigos Eugenio y Charo nos cedieron. Por fuerza el tren hubo de dejarnos en la estación un buen rato antes, un taxi nos acercaría, es bien seguro, a las cañas de la Albufera, al viento salobre del mar, a la playa estrecha y alargada. Encima de la mesita descubrí una botella de vino espumoso. Brindamos, y de manera simultánea te sentí reclamar tus derechos con vehemencia: no existía razón para la duda, la luna de miel había comenzado.
Durante ocho meses fuimos felices; luego el malestar llenó la alacena. Tus palabras duras, y a continuación las mías; mi voz alta, y luego la tuya. Es posible que tu caja de resonancia estuviera algo descompuesta; tal vez permanecías anclado a la memoria de tus padres, muertos ambos con unos meses de intervalo. Dabas un rodeo, te defendías del ataque inexistente juntando una frase alargada que mi cabeza interpretaba de la peor manera; tomando el significado más hiriente. Tal vez mi caja de resonancia estuviera descompuesta: es posible que yo me viera aún en las garras del malnacido que quiso forzarme; el dueño del piso arrendado, un furtivo que hallándome sola intentó tomarme como moneda de cobro.
Debiste de percibir, Julián, el incipiente rechazo, apenas un gesto algo brusco. Sin embargo, te necesitaba amante, suave, cariñoso, considerado, para recorrer el camino de vuelta al placer y al equilibrio. En tu paulatino alejamiento sospeché un amor furtivo y me negué a conocer la verdad. Ignoré tus primeras ausencias, tus explicaciones increíbles, y fui levantando una pared que sumaba adobes a los adobes muy rápido.
Ahorraron los tuyos duro a duro: guarda de noche tu padre, tu madre limpiadora de escaleras; para darte unos estudios que te llevaran lejos. Mecánico de máquinas electrónicas te hiciste, una profesión limpia -vestías bata blanca cuando te conocí- de mucho futuro. Resultó cierto, lo has ganado bien. No, no era el dinero un problema; yo sumaba lo mío y juntábamos más de lo que resulta corriente. Cuando vinieron los hijos, tú, Julián, ¿recuerdas?, me obligaste a dejar la oficina. Eras muy hombre; cumplirías como fue mandado tu tarea de alimentar a la prole y defender el territorio de ataques externos; área de tu exclusiva responsabilidad que yo integraba. Te veías cazador enarbolando el hacha de sílex o tendiendo trampas en la enramada; guardián de la cueva. Saliste victorioso: abandoné el trabajo; coacciones y chantajes sin cuento hube de soportar antes de rendir mi voluntad a la tuya. Ahora, supongo que lo sientes, me encuentro indefensa frente a los gastos diarios; me veré obligada a administrar algunas comunidades vecinales y a dar clase de contabilidad a opositores para sacar adelante a mis hijos.
A partir de ese instante comenzó el deterioro: descuidabas la higiene y bebías ya sin excusa. Si tu carrera profesional no avanzaba conforme a las previsiones, en casa repartías órdenes a diestro y siniestro: tú el altivo jefe y yo la humilde empleada. Se hizo arisco tu trato hasta romper la imagen del Julián que yo quería, y dejé de ser la esposa amable para convertirme en la odiosa criticona de tus múltiples fallos. Quién diría que las palabras, tan inocentes, se preñan de perdigones, de postas, de balas. Con ellas nos prometimos eterna felicidad y cantamos nanas a los niños, ¡quién lo diría! ¡Quién diría que se trata de la misma boca! Pero es así, las palabras inertes se movilizan con la intención, con el tono empleado, haciéndose bálsamo o veneno.
Tus padres te mimaron; de su necesidad salía tu abundancia, de su tolerancia tus travesuras. Ejercías violencia contra sus escasas negativas, y observaste que en tus arrebatos anidaba la ganancia. Por eso buscas la razón en la victoria y la fuerza de tus brazos avala tus acciones; asienta tu lógica su base firme en la brutalidad de los puños. Éramos iguales, almas gemelas, siameses unidos por la espalda recién separados: asegurabas tú en los inicios de nuestra amistad. Éramos iguales, sí; pero mucho de lo tuyo me resultaba extraño. La música subida de tono te atraía con fuerza, los vivos acordes repetidos sin cambios tras intervalos muy breves, el ritmo invariable; yo prefería las melodías armónicas o el silencio. Me interesaba, ahora ya no me ocurre, por todo lo que fuera consistente y llevara conocimiento. A ti, Julián, te importaba aquello que representase juego y evasión, el ruido carente de base, la charla anodina, la nada envuelta en celofán. Yo retenía con gran esfuerzo mi vocación de águila para estar a tu lado, y tú no querías ser otra cosa que un gallo en el corral de la vida. Cuando te veía pasar en un periquete de la euforia al decaimiento, buscaba el desencadenante y casi siempre lo hallaba en mí. Creía que la aridez de tu carácter únicamente se mostraba conmigo, pero pronto supe que en el trabajo tenías enfrentamientos muy serios. Aumentaba de modo visible tu afición a la bebida, engañosa botica cargada de contraindicaciones; buscabas en el olvido la negación de los hechos adversos y la tranquilidad extraviada. No sé si el alcohol influyó en tu ataque al encargado; pero de los insultos pasaste a los golpes, y con cuatro perras te alejaron de la empresa. Saliste del edificio, orgulloso como eres, sin echar siquiera una mirada al pasado; por eso no viste que en los compartimentos vacíos de tu taquilla dejabas olvidado el sueño de alcanzar la cumbre.
En unos meses encontraste otro trabajo, pero no era en lo tuyo dijiste. En esas circunstancias fuimos capaces de tener dos hijos; responsables de su existencia somos. Lanzas arrojadizas hicimos de sus tiernas voluntades. Su formación nos ha entregado incontables motivos, todavía más, para el desacuerdo. Al aparecer mi voluntad por entre las cortapisas, surgió el agresor que en tu interior albergas. Te hiciste atacante cuando mi personalidad asomó tozuda. Existe un sentimiento que recoge íntegro lo que hace a la concordia imposible. Resentimiento es la palabra que han asignado a ese efecto devastador, y se entiende como un malestar que va acumulando contenido día a día; un silo de heridas pequeñas, una panera de humillaciones y desprecios. El resentimiento se oculta bajo la hojarasca de las apariencias, y prosigue su acción insidiosa hasta hacer imposible cualquier intento de arreglo durable; es un muro emocional contra el que se estrellan las buenas intenciones, la reflexión y el arrepentimiento.
Una noche te anuncié mi hallazgo: debido a tus frecuentes extracciones la cuenta corriente había traspasado hacia abajo la barrera del cero. Y esa madrugada culminaste tu tanda de insultos con un empellón. Aceptado el envite porque necesitaba creerlo acto único, el tortazo de días después afloró junto con la sangre un temor escondido. De mi nariz manaba una trencilla roja, un fleco de sangre que, sin embargo, me permitía percibir en tu aliento el alcohol ingerido. Hui en cuanto pude; pero tu llamada, tan dulce como las del primer período, puso alegría en la noche triste de mi interior magullado. Pedías perdón, pero buscabas silencio; así que iniciamos la etapa del disimulo: la familia no debía ver las llamas del infierno que nos abrasaba, su calor no calentaría a quienes nos conocieran. Nuestros hijos no saben fingir, y a través de su testimonio se oyeron desde la calle el batir de las espadas y el contener de los escudos. Los cardenales pintados por tu puño en mi rostro dejaron entonces de inquietarte; tenías razones que cualquiera podía comprender: yo me desmandaba y tú me ibas a encarrilar: dijiste como explicación.
La costumbre se adueña de las casas y reina en ellas una generación tras otra; los que llegan la adoptan sin preguntar y la toman como regla. Te forjamos entre todos, Julián. Jactancioso te hicimos; arrogante, bravucón, egoísta; orgulloso de una virilidad que no se arruga porque la fuerza bruta la respalda. Fraguamos en ti ese tirano fatuo que va por la vida entre ráfagas de viento y luminosos destellos; contribuimos todos a afianzar tu pedestal, y tú ocupaste el lugar de la estatua. Buscando que nadie te hiciera de menos, era tu padre quien costeaba tus diversiones. Los amigos se sentían seguros a tu sombra, y amparándose en tus anchas espaldas iniciaban peleas en las que, sabedores de su debilidad, por ellos mismos nunca hubieran entrado. Yo también me culpo de someter mi voluntad a la tuya en la época despreocupada del cortejo, cuando decía que sí a tus propuestas, aunque no acabaran de gustarme.
Los mitos que la historia antigua elevó a los altares, no se desgastan de manera visible. Madres, hermanas, esposas e hijas recibimos el proyecto de hombre en nuestros brazos; y resulta estar hecho de barro moldeable, página en blanco donde todo ha de escribirse. Nos rendirnos a sus encantos desde el primer balbuceo, acaso desde el primer vagido; y multiplica su hechizo nuestra propia mirada. En él impulsamos al hermano, al hijo, al padre, al marido; en nuestras manos está hacerle opresor o compañero. Sí, somos nosotras las que hemos de romper la costumbre, quienes debemos destruir la fábula.
Partiendo de la responsabilidad común y de los errores cometidos por ambos, en múltiples ocasiones intenté que recapacitáramos juntos. Tentativa inútil: las bromas y los improperios enfrentaban tu inocencia a mi culpabilidad, fragmentando una esperanza que poco a poco iba siendo neutralizada, desactivada, paralizada, rota. Tu conducta obedece a un principio inamovible; lo sé, lo has dicho infinidad de veces: soy tuya y tú eres mi dueño; mi vida y mis acciones te pertenecen por entero y en exclusiva. En consecuencia, cualquier conversación que tienda a cuartear tan sólidos cimientos está condenada una y otra vez al fracaso.
En mi interior, dos fuerzas secuestradoras de la voluntad, condicionantes de mi conducta, suman sus tirones: el temor y la esperanza. Temo actuar, porque tu reacción volverá contra mi cualquier acto. Y hasta pensar temo; porque si pienso, actúo; y tu oposición se hará presente al instante. Siempre esperé que se produjera un cambio en tu conducta. Me explicaba a mí misma: Julián es noble y me quiere a su manera; tiene rarezas, sí; y un carácter fuerte que no logra dominar; pero de natural es sensible y afectuoso. Creía posible el regreso de los tiempos felices, aquellos en que me ofrecías flores y -debo decirlo, aunque no lo crea nadie- me recitabas poemas. Acababas de pegarme y te odiaba; pero en cuestión de horas creía posible la muda de tu comportamiento. El miedo es muy tímido y se esconde tras la sumisión y la sonrisa fingida; el miedo calla porque se le forma un nudo en la garganta que lo paraliza y ahoga. La esperanza se sienta en el último peldaño de la escalera, para cerciorarse, en cuanto llega el enemigo, de si viene o no cambiado para calibrar el tamaño y la calidad de la muda. Miedo y esperanza conducen a un mismo silencio, un silencio de cuchicheos y medias palabras que me impide revelar tu conducta torcida. De la denuncia que voy a presentar en cuanto salga a la calle, espero un efecto inmediato: miedo y esperanza, librarme de su forcejeo.
Estas líneas, colocadas para que se encuentren fácilmente, explicarán a quien lo lea tú u otras personas, lo que nunca dejaste que te contara, la lógica acumulada de mi querella. A partir de ahora nadie ignorará tus desprecios, insultos, coacciones y golpes; quienes nos conocen sabrán que me encerrabas en casa por celos o que amenazabas con desfigurarme el rostro sirviéndote de ácidos corrosivos; y te creerán, como yo te creo, capaz de cumplir tus amenazas.
Se iniciará, soy consciente de ello, un proceso doloroso; quisiera evitártelo y evitármelo y, por encima de todo, librar de tal tribulación a los hijos, verdaderas víctimas de nuestra falta de entendimiento. Los llevo a un centro de acogida donde proseguirán sus estudios, y si encuentro trabajo iniciaré con ellos una vida de libertad y respeto, ajena a la violencia, carente de rencor.
Así lo escribió, poco más o menos, Teresa. Resulta increíble que, a modo de témpano helado, una parte mínima de lo que ocurría en el ático haya trascendido. Apariencias, puras apariencias; disimulo, todo disimulo; el piso era un infierno y no se oían ni el chisporroteo de los leños ni el rechinar de dientes. Si la policía o el juez buscan circunstancias que beneficiando a los inocentes acusen al culpable, nada podrán añadir los vecinos que signifique avance en la aclaración de los hechos. Por supuesto, si de doña Cándida hablamos, la entremetida señora, capaz de ver agua transparente en la realidad cambiante, está dispuesta a hablar con los periodistas y a exponer su opinión acerca de tan peliagudo asunto:
-Lo intenté, bien sabe Dios que lo intenté. Quise hacerme la encontradiza para que me invitaran a subir, pero nada, no recibían. Apenas hablaban con nadie: buenos días y hasta más ver; si acaso una queja debida al calor excesivo el día que pasamos de los cuarenta. Nunca los vi juntos. Él salía de buena mañana para ir a lo suyo, y regresaba muy tarde. Dos días seguidos debió de dormirse: me tocaba limpiar la escalera y lo vi bajar adormilado, anudándose la corbata con movimientos torpes. A los niños los sacaba siempre ella, cabizbajos, tristes; eso me hizo sospechar. Luego vinieron los continuos escándalos, las noches toledanas, las peleas en que se arrojaban cualquier cosa que tuvieran a mano. Teresa, así se llama la mujer, miraba con insolencia; tendría motivos, supongo. Por cierto, era guapilla y tenía buen tipo; pero desde la semana pasada su cara era la de una aparecida: sobre la piel pálida cardenales rojos, morados y amarillos, dependiendo del paso del tiempo; a veces sangre reciente: la figura propia de un cristo en el calvario.
Claro, se veía venir, no eran trigo limpio; pero a mí no me la daban, desde luego. –De este tenor hubieran sido sus respuestas a las preguntas siguientes:
– ¿Tenía usted relación con Teresa o con Julián, oyó alguna discusión entre los esposos, presenció escenas de malos tratos o, al menos, tuvo sospecha de lo que pasaba?
Puede ayudar, por eso le fastidia que los gacetilleros no se acerquen a la Rinconada; parece no interesarles ampliar la noticia bebiendo en la fuente. Doña Cándida, como vemos, sí; pero el resto de los habitantes de la casa, no se apercibió de la erupción hasta sentir que la lava descendía por los escalones inundando los descansillos y el portal. Y es que el olor a azufre, tan característico, que los hubiera colocado en posición de alarma, se camufló con el de la cera roja, presente en los escalones. El misterio dominaba los actos del matrimonio, una pareja de lo más corriente, poco dada a las habladurías; y los pequeños, pobrecillos, retraídos y mustios no se abrían a nadie.
En nuestra vivienda de Madrid, sin palabras se queda Marina ante el episodio de malos tratos ocurrido en el ático. Tras la lectura de la confesión escrita por Teresa en el diario, su corazón contagia al resto del cuerpo el malestar sentido, y la cabeza no puede quedar al margen del prorrateo. Alegando jaqueca mi amada se acuesta temprano, y hasta regresar del ensayo al día siguiente no expresa su preocupación. “Los niños, ¡qué será de esos niños!”, exclama a unos pasos de mí. “Pudo la mujer participar en la culpa, ella misma lo acepta, por acción u omisión; pero esos angelitos, nacidos en alguna tregua de la ofensiva, son inocentes”. Sí, esos inocentes mamaron pesadumbre del pecho afligido, tomaron biberones de angustia, se alimentaron con la papilla del desasosiego. Amaron el rostro fiero del padre a quien ellos temían, enemigo interior cuyo nombre sonaba a amenaza. Junto a números y letras aprendieron que su familia no era como otras: gritos y silencio, un secreto de hermanos que los unía a la madre frente al lobo disfrazado de persona. Apocados, tímidos, retraídos, no sé cómo afrontarán el futuro, tan poca cosa ellos que apenas son nada. Ojalá el padre siga obrando sin remordimientos, que, si se arrepiente a intervalos y quiere ejercitar su responsabilidad paterna, acabarán los niños desgarrados, víctimas tempranas de la esquizofrenia.
El temor de mi amada llega a contagiarme y estoy por prolongar el papel de los niños. Quisiera evitar un mal añadido, la reproducción del papel del padre, llegado el momento, por los hijos. Leo en mi imaginación que el padre se va al extranjero y ellos estudian en colegios públicos. La madre encuentra un empleo acorde con sus capacidades, y el amor pinta la casa y la perfuma, un piso soleado al lado de un parque donde viven los tres. La tentación me acucia durante un buen rato, pero al cabo desiste y se marcha; camina despacio hacia el lugar de reposo de los buenos propósitos carentes de continuidad.
En mi pueblo solo supe de un asunto así. Y la gente no intervino. Era cosa del matrimonio. Luego me marché y so sé cómo acabó aquello.

 

 

24.- LA CASA SIGUE SU AFLUENCIA DE RÍO

Lenguaje de las campanas, esperado o temido, era oído e interpretado por todos. El toque a quema resultaba muy angustioso, y el de duelo o muerte. Pero las campanas no tocaron a rebato en mi pueblo, para poner al corriente a los vecinos de lo que ocurría en la pareja de los malos tratos. Campanas repicando o doblando, esa era la gran diferencia. Primeras, segundas y terceras de la misa mayor se daban repicando, sin subir a la torre, tirando de la soga con ritmo preciso, diferente en el orden de los sones, él ultimo muy breve.
Los hombres asistían a la misa con el traje completo, chaleco incluido. Zapatos de vestir, generalmente negros y bien lustrados, brillantes, obra de la esposa o alguna hija. Estaba mal visto faltar. Excepto en época de recolección, cuando nada más había dos fiestas de guardar, Santiago y la Asunción. Esperaban ellos al comienzo algo incómodos, debido a la opresión en el cuello y los pies, hablando en grupo, dentro del atrio. Los mozos quedaban en frente, en la esquina de la plaza, donde se colocaban los edictos del ayuntamiento. Hacían comentarios jocosos sobre las mozas que pasaban tocadas con el velo, llevando en algún caso el reclinatorio. Los chavales que habían terminado la escuela jugaban a saltar el pretil de dentro a fuera y de fuera hacia dentro. Entraban al comienzo, pero como si no. Se sentaban en los arcones de nogal y herrajes eclesiásticos junto a la escalera del coro. Allí charlaban bajito y comían pipas de girasol. De la mitad del templo hacia las puertas laterales, pendientes de los movimientos correspondientes, se sentaban los hombres. Utilizaban los bancos alargados dejando a su lado la boina. Al salir, los mozos jugaban a la pelota de frontón, utilizando las paredes en ángulo de la iglesia y la huesera. Los niños pequeños iban con las madres y, durante la ceremonia, se situaban en el área femenina familiar. Sepultura se llamaba el espacio, porque debajo había enterramientos antiguos bien delimitados. Detrás del hachero de la abuela, soporte de cirios y velas, estaban los reclinatorios. Se colocaban allí mis tías y los primos pequeños. Duró poco tiempo, porque enseguida quise pasar a los bancos de niños de escuela, enfrentados y simétricos de los ocupados por las niñas. En medio de ambos espacios escolares, quedaba el pasillo central y los puestos destinados a los miembros del Ayuntamiento. Son recuerdos muy vivos.
En la casa de la Rinconada, los inquilinos que ocupan el piso primero derecha, recién alojados, descienden de una vieja civilización de trashumantes, cuyo reino, venido a dar en moderna república, se extiende por el ancho mundo a través del tiempo interminable. Trátase de un pueblo gobernado por la experiencia que la vida proporciona, y le unen lazos invisibles que siguen el complejo trazado de una vasta red de caminos. Poseen los nuevos vecinos un estricto código de reglas no escritas, y en la duda siguen los dictados imperiosos de la estirpe a la cual pertenecen. De la tribu provienen, de la familia, de la propiedad compartida, del apoyo mutuo, de la defensa solidaria, de la palabra dada, del apretón de manos como rúbrica de cualquier acuerdo. También de la picaresca que torna precavidos a los extraños, de la añagaza que los defiende atacando.
No representan los gitanos motivo de discordia; muy al contrario, son aceite que evita el chirriante roce de los piñones en el engranaje. Están hechos a vivir ceñidos y se dan a todos como ninguno lo ha hecho. El padre estuvo en la cárcel; confiesa que hirió a un contrario en el transcurso de una pelea. Fue una disputa iniciada cuerpo a cuerpo, individuo contra individuo; pero el añadido incesante de partidarios del uno o del otro los convirtió en dos bandos. Prendió la chispa en una controversia marcada por el raro hecho de que los contendientes, sobremanera prácticos, defendieran una cuestión de principios. Un herido de cierta gravedad, incapacitado para el movimiento, y un atacante enceguecido que no halló el momento de huir: en eso se transformó el animado campo de batalla a la llegada de la policía. Después quedó claro que en los inicios coincidían ambos en el meollo del asunto; acaso en el color y textura de una cáscara plena de matices. La divergente manera de entender las razones de un suceso, el método confuso de exponer los puntos de vista y la permanencia terca en las respectivas posiciones, los separaron enfrentándolos. Alguien terció con ánimo de apaciguar, pero le vieron ellos tomando partido a favor del adversario y dejándolos en minoría. Las navajas se desnudaron en las manos de tan malos conversadores, salieron a la calle los garrotes de curiosos que hasta ese momento parecían imparciales, y al poco, en el teatro de operaciones no cabía un alfiler. Con todo, lo más triste es que de esa misma manera comienzan las guerras entre los países.
El patriarca sufre en su interior dolorido, porque la tradición se va diluyendo en lo nuevo. Se olvidan las reglas que los han regido desde que el mundo es mundo, y las palabras del antiguo idioma se olvidan. Los jóvenes asisten a colegios públicos y siguen enseñanzas oficiales, así que no conservan diferencias llamativas con los compañeros de aula. Incluso el tono tostado de la piel, seña que ayudaba a distinguirlos, sea por las mejoras introducidas en la alimentación o porque las nuevas ocupaciones les preservan de la intemperie, en los que nacen ahora, ese tono aceitunado se aclara.
Trata doña Cándida de indisponer a los vecinos antiguos contra los nuevos, los serviciales recién llegados –olvida que la prestaron la galera para el transporte de muebles- acusándolos de ser gitanos; particularidad que nadie ignora y ellos no ocultan. Cuando dice gitanos en realidad quiere decir indolentes y marrulleros, individuos que simulan amoldarse a las costumbres de los que ellos llaman payos, pretendiendo generar una corriente de confianza que les facilite el enredo. Gitanos son y, por tanto, en su opinión de mujer acribillada de prejuicios, culpables de todas las fechorías cometidas por los de su ralea desde tiempos inmemoriales. Trata de indisponer a los más contra los menos, pero nadie la secunda en sus manejos y recibe en pleno rostro, sin paliatorios que valgan, alguna que otra tarascada.
Tras ese impensado revés, apunta la perniciosa actividad hacia el ámbito doméstico; en el propio hogar ensaya distintas maneras de encizañar a su marido contra la sufrida Angelines, su hijastra, quien ha tomado la resolución, en esta su segunda oportunidad, de decir lo que piensa pese a quien pese; con cuidado sin duda, con tiento, tratando de no ofender, pero lo que siente y no otra cosa, soberbia ella o pusilánime. Queda muy lejos, pues, el comportamiento resignado de cuando era muchacha y formulaba verdades dobles, una para el progenitor y otra para su nueva esposa; y parece que la madrastra reclama la suya por costumbre. Trata doña Cándida de indisponer al padre con la hija, carne de su carne al fin y el cabo, sin reacción manifiesta; pero el hijo de doña Cándida, medio hermano de Angelines, sale con reiteración en defensa eficaz, obligando al bedel Malanda a darse por enterado y ponerse en su sitio.
Acontece entonces; después de los fracasos, la enrevesada señora adquiere una fe sobrevenida, una fe de intensidad muy alta, y se cobija en ella -alpinista a quien sorprende la primera nevada invernal en pleno otoño- como si se tratara de un refugio abierto a los excursionistas. Tórnase beata de pronto, y a diario asiste en la parroquia a los distintos oficios, permaneciendo en actitud piadosa largos ratos. Pero su irrefrenable religiosidad no se conforma con un templo, y visita asimismo la Sacra Iglesia Catedral y el convento de las Claras, donde la toma un temor supersticioso al Cristo yacente, al que le crecen -es voz común- las uñas y el cabello; por lo que dirige sus pasos a San Lázaro, San Pablo o Santa Marina, y en esas y en otras iglesias exhibe un extenso repertorio de devociones profundas.
Lleva doña Cándida los escapularios –espaldar y peto unidos con un cordón granate- como si fueran sinapismos del alma; y la fe a manera de amuleto que previene el rechazo. Por añadidura se somete a suplicios que nombra penitencia; y todo para hacerse perdonar sin arrepentimiento. La recia puerta, la pared amurallada de la iglesia y su torre del homenaje la reciben porque a nadie rechazan si no lleva visibles las armas ofensivas; y los demás templos ignoran de quien se trata. En bancos cercanos a la pila del agua bendita, los inmediatos a la puerta por si ha de salir en plena ceremonia, entre beatas de antiguo que musitan un rosario sin fin, deja deslizar las horas muertas meditando venganzas. Mujeres piadosas que habitan en el barrio, capaces por tanto de distinguir su disfraz, se santiguan al verla como si el demonio en cuerpo infernal estuviera frente a ellas.
De haberse percibido en doña Cándida un deslizamiento hacia otras posiciones más persuasivas –la caridad, verbi gratia; el trato amable- podría entenderse su repentino afán de disciplinas y rezos. Si se tratara de superstición, si la creencia ciega puesta en la adivina que guía sus actos más comprometidos, se hubiera mudado de lugar y habitara ahora los espacios santos; el sendero emprendido supondría evolución, y cabría esperar avances que la acercaran a la fe verdadera: la del “Amaos los unos a los otros”, para ella aún incomprensible. Aunque no; no espera del cielo ninguna señal que le indique el recorrido más recto, el de darse por entero a los demás. No; ha de obedecer la presente conducta a motivos discrepantes de los analizados, los que animan al lobo a disfrazarse de cordero; porque sigue visitando el cuarto oscuro del lujoso piso situado en la calle Becerro de Bengoa, y no da su brazo a torcer en las reuniones de la comunidad, cuando se defiende el bien común al que ella se opone hasta modificarlo, hasta hacerlo coincidente con el suyo, perfil a perfil, hueco a hueco, lomo a lomo.
El edificio, piensa doña Catalina, debe de haber pasado a la jurisdicción nefasta de dos planetas, Júpiter y Neptuno, situados en posición de destierro en el signo de Virgo, al que por fortuna damos fin. Las relaciones personales, a punto de llegar el otoño, entran en declive; amarillean las hojas, se quiebra el pedúnculo que las une a la rama y caen al suelo cubriéndolo de pesadumbre. Ocurre que, agotadas las posibilidades de unión –ceñidas como es sabido a los elementos comunes y a las zonas de intersección- las personas no son capaces de dar más de sí. Eso cree, porque ella misma atraviesa una etapa difícil en lo que hace a las emociones; pero luego recapacita y entiende que la realidad no es tan aciaga como la percibe. Los altibajos forman parte de la trayectoria; y acosando a los días cubiertos de nubes, emisarios aparentes de una tormenta inmediata, llegan días luminosos en que la naturaleza entera parece sonreír. No sucede nada especial, no; ocurre que el río de la vida prolonga su curso mudable.
Cuando parece que se ha pronunciado la última palabra acerca de la borrascosa vida marital de Julián y Teresa, la inconciliable pareja del ático; pues ella se fue al hogar de acogida llevándose a los hijos y de él nada más se supo; cuando la casa entera guarda ya el relato de lo sucedido en el baúl destinado a los nietos, resulta que todavía resta el epílogo. Fiados de las apariencias, en lo que enlaza con el asunto, los vecinos viven descuidados; mas producto de la casualidad o de un aviso traidor, el hombre malo se presenta en la casa y sube al último piso. No deja de ser sospechoso, que ese instante coincida con el aprovechado por la apaleada para recoger los cuatro trapos que no pudo llevarse en su escape; el apaleador la acechaba, seguro. Recordemos que ella actuó al fin con cabeza, y al salir a la calle para presentar la denuncia del maltrato, rompió en mil añicos una incertidumbre bien fundada. Recordemos que dejó bajo el cenicero de terracota un cuadernillo manuscrito cuyo contenido todos conocimos, carillas que el mismo desequilibrado, bebido como estaba, alelado, turbio, leyó en su principio sin alcanzar a entender lo que, en resumidas cuentas, pretendía la mujer. Así que, en ayunas de las intenciones de Teresa, sin trabajo ni ocupación que reclamasen su tiempo, dolido en su orgullo, debió de esperarla impaciente.
El primer insulto ataca su honestidad de hembra, y ante el silencio se crece el cobarde y se irrita, de modo que la segunda andanada va dirigida contra la misma virtud, pero esta vez perteneciente a la madre, aquella anciana que se dejó la vista cosiendo para que la hija estudiara. Silencio de nuevo, a buen seguro sigue la mujer instrucciones precisas de algún abogado: “silencio, si acaso buenas palabras, promesas, lo que sea con tal de calmar a la bestia”. Pero el bruto ase a la mártir por el hombro con su mano izquierda, y con la derecha le propina un bofetón. “Eres mía”, exclama exhalando un alarido, “no vas a dejarme, seré yo quien te abandone cuando me dé la gana. Y exijo, me oyes, exijo que traigas a los pequeños; ellos también son míos.”
Llaman a la puerta de manera insistente, con forzado apremio, gritan; es doña Catalina, que piensa conmover al irracional con razonamientos, con palabras de discurso que ella sabe juntar en la forma apropiada. Es doña Catalina pero no está sola: se ha añadido el patriarca de los gitanos, y lleva éste la vara de mando porque cree que a su autoridad no va a resistirse. Suben la hermana de Sara y los hospederos, y la propia Sara sube, ofendida en lo más íntimo, allí donde la mujer que es se siente solidaria con las otras. Y hasta Marina y yo nos hubiéramos acercado a la puerta del ático, de vivir en Palencia o haber hecho caso a mi amada que pretendía ir, dispuesta como estaba a que una actriz de segunda se hiciera cargo del papel de Rosaura y, lo que es más costoso, de los aplausos que en cada una de las dos representaciones diarias arranca a los espectadores. Troncos de árboles robustos, arietes enfrentan los vecinos a la cancela, que no se abre a los ruegos, a la lógica de las explicaciones ni a las órdenes de quien puede darlas; golpes oponen, empujones, puntapiés.
Se ve a simple vista, cualquier gesto resultará inútil mientras no se avise a la policía, El rufián, cerrado con criatura tan débil, ofuscado, puede ocasionar una desgracia. Siguiendo impulsos extraños, puesta al teléfono, una vecina marca el cero seguido del nueve y del uno, y explica al interlocutor que halla al otro lado, exagerando quizá, el drama que ya da por ocurrido. Es doña Cándida, doña Cándida, sí; ¡quién iba a pensarlo! Se personan los guardias y no se andan con paños calientes; de dos empellones la pareja de fornidos mozos rompe las bisagras y se adentra en lo más oscuro de la gruta, dimensión exacta donde el oso devora a su presa. En total un labio inflamado y una ceja partida, tal es el saldo negativo que la mujer presenta. Los agentes se llevan a Julián esposado, un Julián que parece no apreciar la realidad en la que se halla inmerso, porque camina gritando su derecho sobre la que todavía es su esposa, el derecho a retenerla y pegarla si ocurre que se lo merece.
Cuando el más grande, el más fuerte, el más juguetón de los de Angora tuvo que ser entregado en adopción por caridad, siendo su última baza, está claro que la protectora se quedó huérfana de gatos, sola. Así que se acerca doña Catalina a la consulta del veterinario sita en la calle Árbol del Paraíso, por si supiera de alguien dispuesto a ceder algún michino. La temporada en que ha hecho de tutora, primero de la madre, luego de la camada completa, ha sido una de las más llenas de su viudez.
Sola en casa, Sara, la adolescente forzada a pasar de la noche a la mañana a la condición adulta, de improviso siente necesidad de compañía. En un único lugar de ese limitado universo se encuentra a sus anchas, de modo que dispone una corta escapada al terrado, anterior territorio de los gatitos, donde llega en disposición de apoyarse en la dueña. Tristura, es la palabra utilizada por doña Cataliza para nombrar esa sensación envolvente, segunda piel acaso, dando a la palabra un significado que va más allá del sinónimo tristeza, llegando más profundo. Se entretiene allí un rato la joven y regresa casi a obscuras. Evita aclarar la penumbra porque su desconsuelo no quiere ser observado de reojo ni a través de la mirilla de las puertas. Tropieza torpemente en la escoba que, quien se encarga esa quincena de la limpieza, debió de dejar mal apoyada, deslizándose hasta la posición horizontal. En el mango y las barbas pajizas tropieza la muchacha y se precipita de bruces hacia abajo.
Rompiendo el gran silencio -el que permanece detrás de las conversaciones laxas, de los escapes de vapor, del rechinar de las sillas al ser mudadas de lugar, del entrechocar de coberteras y perolas, de alguna otra de las actividades propias de ajetreo matinal- quebrando el cristal oscuro que es el ámbito mudo de la calma completa, escaleras abajo se oye un ruido grave y seco. Sugiere un objeto blando que se ha precipitado desde lo alto de un carro, un saco de trigo caído de los hombros de quien lo portaba; es una resonancia de bombilla que se rinde a la implosión, como de un fardo de alfalfa seca arrojado al suelo de tierra batida desde la lastra. Pero es un cuerpo humano con todo lo que ello significa para sí y para los demás.
Surgen los vecinos asombrados en los quicios de las puertas, perciben un bulto que gime, encienden la luz y aprecian de improviso la desgracia. De la mejor manera recogen a la desdichada, y lo hacen con un pesar mayor por tratarse de ella. Los jóvenes pertenecientes a la familia de chatarreros, alquilando un coche de punto de los que esperan viajeros entre el Trompadero y la calle Mayor, la acercan con la premura precisa hasta la clínica.
Dos días después traen los suyos a Sara, y es una Sara distinta: pálida, demacrada, ligera de peso; negras ojeras adornan sus ojos, y en la frente muestra una arruga que antes no tenía. Diez años más aparenta, y forzando la intención sonríe a los que se interesan por su estado.
-Lo ha perdido. -Musita entre dientes su hermana como explicación concluyente.

 

 

25.- NADA SUCEDE POR CASUALIDAD

Me hago el remolón y privo a Marina de la fatal noticia, mientras se me ocurre la forma de empequeñecer el sufrimiento derivado de su lectura. Ignora por ello que, tras una semana larga de mirar sin ver, de oír sin escuchar, de pensar en todo y en nada a un mismo tiempo; vacío su vientre y la maternidad burlada, toma Sara la determinación –firme como todas las suyas- de modificar las constrictoras circunstancias que la envuelven, las que desarman su intimidad pieza a pieza: corazón, brazos, útero, pulmones. Pretende deshacer el nudo, seccionarlo si fuera preciso, para evitar que el nudo la sujete a ella fijándola a la casa de su hermana, al edificio, a la Rinconada; en fin, a una rutina de compromiso menguante con la realidad contigua. Secundada por la voluntad se orienta hacia un territorio más hospitalario, abstracción que tomará cuerpo en el momento oportuno -Norte, Sur, Levante o Poniente- cuando lo descubra. Respaldada por la inteligencia y la intuición unidas, se compromete con una resolución perturbadora, densa; con una osadía que, no obstante, tiene todas las trazas de querer alejarse de los problemas antes que correr hacia las soluciones.
Me hago el remolón, retraso el momento, pero a la postre, lo escrito, destinado a la lectura, se lee. Lo lee Marina y rompe en un llanto infantil, inconsolable. Ella, que defendía a capa y espada el derecho al amor de la jovencita, el derecho a la maternidad de la adolescente. Ella, que había puesto muchas esperanzas en la nueva pareja, en la niñita que iba a nacer para unir a los padres en su cuidado y adiestramiento. Ella, que veía en doña Catalina una maestra savia para la madre y la hija. Ella, la sensible actriz, ha sido defraudada. El destino es mil veces cruel para una que se muestra considerado: dice mi amada mientras enjugo sus lágrimas. Aunque el destino, en cierto modo, soy yo, el redactor de la catástrofe; y una vez más lo recuerdan sus reproches.
Orgullosa como es, no acepta Sara la insignificancia en que a sus ojos se ha convertido. Desdoblada, dividida en dos, la una no valora a la otra. Huye de sí misma y se dispone a abandonar el nido. No es que procure evadirse de su habitación -jaula de pajarillos que la apresa protegiéndola de los depredadores, que la preserva de las rapaces aprisionándola- no es que quiera partir del barrio íntegro y de la entera ciudad al modo -como sería deseable- de quien abandona el aula tras el examen fallido de una asignatura: dolida sí, pero experimentada, fortalecida y dispuesta a enfrentarse a otras pruebas de mayor dificultad. Más bien parece acometer la simple escapada del influjo que sobre ella ejerce aún Autilla del Pino: padres, tíos, amigos, simples conocidos; quienes acerca de su comportamiento siempre tendrán algo que decir. Queda claro, intenta desligarse del hogar donde la hermana y el cuñado se erigen en jueces benévolos, habituados a perdonar a regañadientes los malos pasos de sus pies, por principiantes, torpes. Busca apartarse de la terraza de los besos breves, de la piedra del templo donde se anunciaron sus amonestaciones, de las calles céntricas de Palencia, de las salas de cine o de baile frecuentadas; y lo hace porque intuye que los hechos seguirán tiempo y tiempo en vigor, dedo índice en ristre, acusadores; y la memoria, cuando callen los hechos, la perseguirá sin dejarla tranquila ni a sol ni a sombra.
En cuanto conoce doña Catalina decisión tan drástica, se hace en voz alta algunas preguntas, modo inequívoco de plantear tales cuestiones a la persona comprometida. Sara las oye en su mente y sube al terrado de los gatos, idos ellos también a la aventura. Oídas y comprendidas, la joven trata de responder las preguntas, primero a su propia inquietud, adolescente madurando a pasos de noventa centímetros, retrocediendo rauda hasta una niñez alejada de responsabilidades: doncella perdida de manera concluyente en el camino que une ambas etapas. Se va buscando un mirador amplio, desde el que se vea algo más que la Tierra de Campos al completo, como sucede en la atalaya de Autilla. Desea alcanzar un promontorio desde donde se divise el mundo con todos sus atolladeros, desiertos o mares sin fin y lugares poblados, quizá los más peligrosos.
La inteligente señora Catalina concede al momento una importancia decisiva, porque la actitud que muestre la joven facilitará la aparición de un porvenir más o menos favorable, más o menos próspero; y quiere incidir en la actitud. Sí, Sara ya está en condiciones de distinguir el bien del mal; pero el bien es escaso, impreciso y equívoco. Expresándolo de forma escueta: la muchacha siente el impulso y, sin oponerse lo mínimo exigible, se alinea con él y lo acompaña, aguas de un arroyo partidarias estrictas de la comodidad. El tiempo dirá, claro; pero cuando el tiempo diga ya será tarde para prevenir y no habrá vuelta de hoja. De ahí que la doña inteligente, alarmada, quiera poner toda la carne en el asador y desplegar a los ojos de Sara un amplio abanico de posibilidades, algunas de ellas aún sin analizar. Con voz de madre dibuja el futuro cercano, el de pasado mañana por la tarde, el de dentro de un mes o un año, unido a los lazos familiares, origen del resto. No basta, ese futuro no es mediodía en la Rinconada. Ni de mañana ni de nunca.
Debido a las reflexiones transmitidas, Sara desea despedirse de doña Catalina y de los inquilinos del primero; en cuanto hace a los otros vecinos no siente gratitud bastante que la obligue. Permanece un buen rato en la terraza mirando a lo lejos el camino que tomaron los gatitos. Los ve avanzar separados, los unos alejados de los otros, habitando casas nuevas con nuevas personas. Sus juegos sin término, lo han tenido; ya no hay persecuciones ni ataques fingidos con uñas y dientes. De su sombra se visten, agónica figura alejada del impulso vital incontenible y esplendoroso que los animaba. Así los ve Sara, que alarga la despedida buscando un cierre apropiado, merecedor de recuerdos posteriores. Así los ve y así se ve ella, por eso resultan tan útiles las imágenes dibujadas por amiga tan generosa.
Mece las hojas de las plantas y sus tallos un vientecillo suave, una leve brisa que no alcanza a distraer el pensamiento de la señora, absorbido por la ausencia de los animales y por la suerte de Sara. Puede que el soplo sea la palabra muda, el propio silencio de la joven, ahora desengañada y prudente; un silencio que ha cruzado el desierto y la mar océana, que se ha dejado vedijas prendidas en las zarzas y con la misma indiferencia ha recogido el néctar de las flores. “He crecido estos días y lo noto”, parece decir una voz tan delgada que apenas rompe el mutismo; “me siento por dentro más ancha, más alta, más profunda. Acepto verdades que antes desdeñaba, y desprecio evidencias que creí a pies juntillas”. Ésta u otra revelación gemela cree escuchar doña Catalina de los labios quietos de Sara, pues a la viuda del viajante, introducida en el complejo mundo de los sentimientos, le basta una mirada para comprender.
La adolescente no desea vivir con el novio-marido, asegura -ahora ya sí, convencida- porque cada día le trae un argumento contrario a la boda; lo deja el amanecer sobre la almohada y desde el alba va ella dándole vueltas, ora al derecho ora al revés, incorporándolo poco a poco a su razonamiento. A tan temprana edad no puede enfrentarse al matrimonio, a las responsabilidades recién enumeradas, a la sujeción; porque ella está todavía en la época del tanteo, de los ensayos, del aprendizaje. Dudas la asaltan en soledad imitando a los bandidos de rostro tapado, y una niebla espesa va poblando sus ojos que, en ocasiones, no ven nada nítido. En ellos se difumina el rostro de quien fue su amoroso inmaduro –remolino de aguas turbias- pasando a formar parte de una cara compuesta por otros ojos de los que deseó ser mirada, por labios distintos en los que quiso beber. El descubrimiento y la conquista ocurrieron de manera casi simultánea; la reflexión no halló espacio suficiente para mostrar el verdadero camino, careció de una perspectiva eficaz. El dulce sueño del amor sospechado, entrevisto quizá, envolvió la razón en férrea coraza, oscureció la mirada interna sirviéndose de un tupido lienzo y unió las fuerzas dispersas en una ansiosa llamada hecha al deseo impulsivo. Pero la pasión, perecedera ella, caediza como las hojas del chopo, de la higuera y del roble, refrescante bebida edulcorada que provoca nueva sed, no se acallaba; el ardor apasionado se sucedió a sí mismo tratando en vano de satisfacerse. En estas circunstancias comprende que cometería una locura si se uniera al muchacho, al que intuye, sin realizar ningún esfuerzo, atravesando una planicie árida –pedregal sobre arena reseca, sobre marga blanquecina- prolongación de la que ella cruza. Serían, así lo piensa, un ciego guiando a otro ciego en la travesía del río sin puente sobre piedras inestables y resbaladizas.
Es preciso preservar la esperanza, porque la esperanza alienta brasas en rescoldos tibios; porque clarifica las aguas estancadas y permite ver el fondo del embalse; porque tira con fuerza de la voluntad amodorrada. Por eso, porque no pierde la confianza, porque la trasmuta en expectativa, deja abierta una puerta al amor; sabiendo que, en lo sucesivo, quien le ofrezca la llama viva será sometido a cien pruebas hasta cerciorarse de que su esencia es genuina. Vivirá en Bilbao y no serán su trabajo el de modista ni el de peluquera; por mediación de una chica del pueblo que se fue antes, ha encontrado una casa de confianza donde servir, y se cree capaz de desempeñar las diversas funciones siguiendo el ejemplo recibido de la madre y la hermana. El permiso paterno, imprescindible, será conseguido al segundo intento.
Valora doña Catalina la madurez de criterio y el arrojo de la muchacha, pues sabiendo que todavía la espera un completo calvario, la cree dotada de suficientes fuerzas para llegar a la cima del cerro, donde la cruz soportada se transformará en palanca y mojón. Como el tiempo es incapaz de detenerse, y no permite a las gentes estirarlo cuando desean, fundidas en un abrazo fuerte –doña Catalina y Sara, tan iguales, tan distintas- se desean que todo ocurra en adelante según la voluntad proponga, como dicte la imaginación.
Libera a solas doña Catalina el pesar que ha logrado contener en presencia de Sara, producto de los obstáculos que el destino opone al paso aturdido de la chica. Suspira abarcando la profundidad plena de su pecho, derrama alguna lágrima, y el pensamiento, tras mariposear por todos los sucesos adversos que en los últimos tiempos han afectado a la moza, termina posándose en el más reciente, el de mayor alcance y hondura: la pérdida de la hija. Porque iba a ser una niña, sin duda; aunque, salvo la intuición materna, nadie lo haya dicho. Y es que se ve en esa mozuela triste cada vez que la mira; y acaba trasvasándola sus propias circunstancias para explicarla mejor. Se ve en su mirada esquiva como en espejo empañado, y se descubre atravesando la época más obscura de su existencia desigual. Así fue cuando, sumida en la desesperación, fue expulsada del hogar cálido donde todo iba a su paso, para caminar contra corriente por el laberinto de calles de la ciudad, fronda cuajada de peligros ciertos e inciertos, río raudo muy alejado de la desembocadura. Desprotegida y sin planos, ella, la anatematizada, descendía a las cloacas rebosantes de aguas sucias que las vecinas arrojaban a la calle al acabar sus fregados. Saboreó el fruto prohibido del árbol engañoso del bien y del mal, paraíso pintado con vivos colores selváticos, y la cólera del padre cayó sobre ella obligándola a separarse, a arrancarse de los hermanos y de la madre, de la mujer honesta que tanta enseñanza y amor desplegaba. La siguió el amante, quiso a su pequeña como padre esforzado, y cuando la pequeña murió, la ahora doña Catalina, dolida en lo más íntimo, desasió al macho de su lado; quizá porque, amándola como nadie, le descubrió el lado amargo del amor. Ahora lo sabe: el amor puede llegar a ser el más sutil de los egoísmos. Sabe que no obró a derechas, y se pregunta a menudo si, en su marcha, el arriero, explorador intrépido, tomó el largo camino de las Américas o se quedó, todavía enamorado, a la vuelta de la esquina, esperándola.
Sin un ápice de egoísmo, durante la descubierta cerebral fondea doña Catalina en su propia ensenada; y es que la semejanza con la mozuela resulta tan grande que hurgar en su interior equivale a hacerlo en el de la joven. La estremecieron las aguas bravas del embalse al invadir en plena noche el portal de la casa, la cocina y las cuadras; se amilanó ante las llamaradas prendidas en el techo, múltiple hoguera que convertía en antorchas los cuatro costados; y fue ella quien abrió las compuertas, quien aplicó a la madera reseca la cerilla incendiaria. Ella fue la responsable de que en la familia irrumpiera sin aviso el desconsuelo y se quedara. Enloqueció el padre, víctima de un honor mal proyectado que le obligaba a actuar en despropósito. El embarazo a deshora fue el desencadenante; y doña Catalina, si cierra los ojos y pone intención, ve aún el dedo rígido que la enviaba al destierro. Resulta posible que en el pecho paterno la contrición luchara desde el primer instante contra la tozudez. Por desgracia ésta última poseía más cepa y venció. Sospecha la afectada, y quizá con acierto, que el abandono de los cultivos agrícolas, la prolongada desidia y la tendencia al juego que conquistó al anciano, tuvieron el origen desgraciado en el remordimiento provocado por la expulsión. Con todo y con eso, paralelismo en declive, ella llevaba sobre Sara la ventaja de un vientre henchido de ilusión y cargado de las posibilidades que la vida libera.
Llega Sara al piso de los nuevos empujada por el afecto, y ellos, conscientes de estar ante una conversación irrepetible, quieren consumirla hasta los posos. Una fiebre espontánea potencia las simpatías iniciales, acelerando el procedimiento por medio del cual evolucionan los cariños. Muestran jalones de la vida ya pasada y desgranan de modo alternante, al hilo de lo escuchado, nuevos recuerdos sugeridos. Ponen sobre la mesa los dulces recién horneados y el álbum de fotos; y van intercambiando, como piezas inmarcesibles, las pertenencias a las que tienen más apego. En todo ello ocupan casi dos horas que se deslizan con marcada suavidad, etéreas, inadvertidas. Mientras, la hermana pasa tres veces a llamar a la chica; y es que se va haciendo la hora del tren y aún no ha decidido las prendas que llevará en la maleta y las que vestirá durante el viaje.
Mientras espera el momento de ir a la estación, da Sara una vuelta postrera a la Galería Comercial, convencida de estar a punto de emprender un viaje sin retorno, ya que en mucho tiempo no va a poder enfrentarse a memoria tan ingrata. Dice adiós al carnicero y al dependiente de la panadería, pues en el trato diario tuvieron ambos suficiente amabilidad para entregarle a ella una porción apreciable. Está en la estación, llega el tren, sube ella y el tren parte.
Vamos de boda. El viaje nos lleva a Salamanca. La ciudad del saber, del enseñar y el aprender. Aprender, para saber y enseñar; círculo o rueda que ha de tender al equilibrio y ampliar su órbita. Llegamos dos días antes de la ceremonia. Hablamos mucho, mucho. Tenemos tanto que decirnos… Nuestra charla parece salir de un manantial inagotable. Cesáreo dice que supera los dolores intermitentes con la fuerza nacida de la escritura, de las conferencias, de los planes de futuro. Alabanza de la serpiente alada, es el título de su próximo libro. Para documentarse y escribirlo ha de viajar nada menos que al Tíbet. En la ceremonia tiene un papel importante que desempeñar. Su sueño de antes, ahora va a ser cumplido. Presenciaré yo el momento más comprometido de su nueva vida. Es el padrino, llevará a la novia al altar, Alba, su hija querida, quien estuvo inventándolo y reinventándolo, corrigiéndolo durante años, sin saber que no iba a ser necesario pues la biografía, acabada, iba a seguir su despliegue y desarrollo.
Úrsula. La ausencia de Úrsula estará presente. Se moverá por el pasillo central de la iglesia, por los lugares de celebración. Irá disponiéndolo todo, y Cesáreo la verá satisfecha de ver a Cesáreo conduciendo a su hija al matrimonio, la hija de ambos, cuyo nacimiento, tras la muerte del padre, le costó a ella la vida, una vida de arqueóloga que la satisfacía. Y sucedió, precisamente, cuando la experta buscadora iba a ceder el paso a la madre. Marina será el brazo donde se apoye Alba, quien oiga sus reflexiones e inquietudes y ponga cordura donde haga falta. De madre, hermana y amiga hará la amada del mejor amigo de su padre, Pedro, el relator de la boda para que el futuro la lea. Estas líneas precisas quedarán a disposición de quien, dentro de un tiempo breve o largo, quiera saber lo que nosotros presenciamos.
Marina sabe lo que sabe y, además, lo que intuye. De modo que puede explicar a Alba, apoyándose en la experiencia propia, su manera de dar y recibir con cierto éxito. Decir y dejar decir, hacer y dejar hacer. Le da consejos de cómo actuar estando junto el enamorado Valentín en la nueva fase de casados, distinta, muy distinta al noviazgo. Hay que permitir al amado que ame cuando y como le salga de dentro. El amor fluye y no debe ser cortado ni conducido. Eso lo aprende a diario. Hay que amar verdaderamente, de dentro para fuera y de fuera para dentro. Entregar y aceptar con la misma disposición, con el mismo goce.
¿Cómo explicar la asistencia de doña Catalina a la boda? Pues, bien: de manera simple; con una sola palabra: Marina. Veo en el momento la ocasión. El encuentro de Marina con ella resulta de gran importancia para que analicen, en un ambiente neutral y en verdad amable, las posibilidades de que el primer compañero de doña Catalina fuese Teudenio. Comprobando que, entre las dos Marinas, niña muerta y niña viva, existe identidad y no simple parecido. Tomada la decisión, pedí a Cesáreo que la invitara con todos los gastos pagados, billete de tren incluido, y todo a mis expensas. Explicado a mi amigo el origen del interés, estuvo en todo de acuerdo. Así que llegó la doña, como nosotros, con la debida anticipación, alojándose en el mismo hotel, donde casi todos los huéspedes en esos días éramos invitados.
Pongámonos en situación. Firmes los pies en el suelo, con la mirada alrededor y en lo alto. Estamos en el área de la muralla antigua de la ciudad de Salamanca, en la llamada Puerta de Zamora, ya que por aquí se iba y se venía de la ciudad vecina. Pues, precisamente, en este espacio concreto se encuentra la Iglesia de San Marcos, monumento histórico-artístico nacional desde hace suficientes años. El templo posee una base redonda y un interior con tres ábsides y tres naves. Es muy antiguo, del siglo XII quizá. Pero se le fueron añadiendo elementos de cuando en cuando. Por ejemplo, la espadaña es del siglo XVIII. Me lo cuenta así, la propia Alba, con la clara intención de que lo ponga en mi relato.
El día preciso, a la hora precisa los hechos se desarrollan como estaba previsto. En ese instante al menos, pues damos por supuesto que, en determinados momentos, actuarán por su cuenta. Así son los hechos, difíciles de meter en cintura, como bien sabemos. El orden y el caos, de significado opuesto, caminan de la mano y avanzan a zancadas similares. Uno va arreglando lo que el otro desarregla, el otro desarregla lo que acaba de arreglar el uno, neutralizando los efectos. De ahí viene la lentitud del avance.
La novia y el padre de la novia forman unidad. La novia y el novio, separados al principio, van formando unidad indisoluble, o casi, depende de cada uno. La iglesia gusta a todos los invitados, y van descubriendo detalles suficientes para distraerlos, incluso, de la marcha de ceremonia. El sacerdote forma unidad testimonial, y como tal actúa. Los novios ofician por sí y para sí, ellos son el eje y la rueda, el suelo y el techo, el carro y la carga que llevan; ellos son el amor imprescindible que lubrica engranajes haciendo posible plantear objetivos y luchar para conseguirlos. Doña Catalina está en la fila de la familia, entre Marina y yo, y los tres, al lado de la ausente Úrsula, ocupando ella espacio y apenas visible. Oímos decir: lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre. Ite, misa est. Me parece que salimos todos un poco distintos de cómo entramos. Algo pasó allí dentro, me lo confirma Marina.

 

 

26.- EL TEATRO DE LA SUPERVIVENCIA

Confieso que enmendé sin tardanza el escamoteo de una hoja perteneciente al capítulo anterior, la que corresponde a la explicación del accidente de Sara y al malogro de su maternidad. Acepto mi culpa, porque la falta no se repara por loable que sea el fin perseguido o la inmediatez de la reacción reparadora. Marina afea mi comportamiento, apostado entre el que viene del marido y el usual en el padre; valorando, no obstante, el amor que lo provocó. En lo concerniente al daño evitado, puedo decir que no fue tanto como yo temía. Mi amada, por su condición femenina sintió lástima de Sara y se solidarizó con ella desde las primeras líneas, así que las sucesivas desgracias sufridas por la joven, no añadían tristeza, sino que reforzaban la razón de la ya sentida. Bien mirado, robustecían el acierto de haber tomado partido por ella. Han acechado impacientes sus ojos lectores el movimiento de mi mano escritora, la animación de mis dedos ágiles sobre el teclado alfabético, terminando su tarea seguidos y seguidores casi a la par.
Lo hablado entre Marina y doña Catalina en los días de Salamanca, debe de estar protegido por el secreto de algún sumario, porque de lo oído, palabras sueltas que no forman frase, apenas he podido sacar conclusión. En los actos de la boda actuaban como si fueran madre e hija, con la misma alegría y casi tanta intimidad. Eso es bien cierto. Ahora se escriben con frecuencia. Aunque eso puede significar que congenian, aceptándose y valorándose alto. Si hay más, lo ignoraré hasta que ella decide contármelo.
Reconoce mi adorada en el interior de En el río de la vida, el beneficioso efecto de sus correcciones, sugerencias, dicho por lo suave, nacidas de unos conocimientos, los suyos, que complementan los míos; sumando así la diversidad de los puntos de vista. La hubiera gustado que, en la urdimbre, la realidad y su reflejo progresaran juntos a través de un tiempo continuo carente de fisuras, o con rendijas estrechas por las que a lo sumo pasara de canto una perra chica, moneda de pago de los niños tras las representaciones del carro en el callejón de Castaño: cinco céntimos de peseta. Ella ve de esa traza su vida y le parece que lo novelado debe seguir tal camino. Somete a mi juicio su interpretación de los distintos pasajes, buscando la coincidencia entre los elementos volcados al escribir y los hallados en el rastreo lector. Agradezco en lo que vale el empeño puesto en la lectura, pero me ha visto trabajar y alaba de igual forma mi esfuerzo: los largos días empleados, las consultas frecuentes, la corrección profunda de las versiones sucesivas, la lucha sostenida contra los párrafos más insurrectos. Lectora ejemplar y modelo de compañera, con el hecho cierto de haber logrado su aprobación matizada me siento pagado.
Como una clara demostración de confianza en mi capacidad creativa, me pide Marina que dé a la narración forma teatral, modificando el recorrido de alguno de los personajes, de suerte que ella misma pueda representar el complejo papel de Sara. Habría que sacar de la adolescencia a la chica, o caracterizar a la actriz disminuyendo la edad aparente; en cualquier caso, la reforma representa un reto al ingenio y estoy dispuesto a asumirlo. Pero no soy autor de teatro; salvo un drama sencillo, una especie de auto sacramental, escrito hace lustros a imitación de los entregados a la estampa en el Siglo de Oro. Le di cumplida forma, prosa salpicada de poesía, a lo largo de una primavera de los tiempos felices en que yo era poeta y no de los malos. Más allá de esa piececita, que supongo perdida, no he hecho cosa alguna en forma dialogada.
Está, pero no me atrevo a proclamar por completo mi autoría, La Leyenda de la Espada de Bernardo, obrita de teatro hecha de retales: los cuadros, grabados a buril en mi mente, extraídos de la versión primera, la que daban vida Teudenio y la muchachita, hoy mi adorada; la redacción de don Roque, lo hallado en las bibliotecas y lo imaginado, nacido acaso de las otras partes. No se llegó a representar, aunque estuvo a punto en una o dos ocasiones. Por cierto, iban a ponerla en escena alumnos de enseñanza media, quienes, con motivo de las fiestas de Santo Tomás de Aquino, dirigidos por el tutor quisieron sorprender de manera grata a los padres. Murió el más anciano de los frailes pertenecientes a la comunidad, y ya no hubo celebraciones. Así es la vida: unas veces te empuja, y otras veces te arrastra. Como tengo escrito en algún lugar olvidado. Pongo aquí una escena capital de mi obrita, llave que da sentido a la vida y a la mayor parte de las gestas de Bernardo.
“En el salón del trono del castillo de Valdepero, el Conde don Sancho Díaz de Saldaña, revestido con sus signos de poder, ocupa el sitial de honor cuando Bernardo llega a besarle por primera vez la mano. Al fin padre e hijo frente a frente: una vida entera que decirse, todos los sentimientos que expresarse. La fría piel de las manos y del rostro, los cerrados ojos ciegos, la ausencia de aliento cálido, el color descolorido, macilento; le dicen, uno a uno y en conjunto, que su padre no es un hombre, que su progenitor es ya un cadáver y el cuerpo abrazado es el de un muerto. Enérgico y sensato, Bernardo domina la cólera y reacciona con presteza. Va a Fusiellos, se dirige a la Abadía, abraza a su madre confundida, y sin dar tiempo a las palabras, preguntas y respuestas miles, vuelve con ella hasta el Castillo. Junta las manos de los responsables de su vida: la mano amada, fría, deseada; mano muerta de amado ya extinguido, de anhelo vulnerado; y la mano amante, enamorada, trémula, entregada: nieve y sol fundidos. Y sin tiempo para ceremonias más prolijas, Bernardo de El Carpio, Caballero del Azor, en el salón del Trono del Castillo de Valdepero; con ayuda de un anciano sacerdote de pupilas cansadas, los declara, Conde Sancho Díaz de Saldaña y Ximena de Asturias, ante el Cielo y la Tierra eternamente unidos en santo matrimonio. Dura la ceremonia un lapso mínimo y en él se da la mutación, porque el bastardo, dejando de serlo, se convierte en legítimo heredero. Nada ni nadie se interpondrá en su camino hacia el regio trono y el amor de Elvira”.
Este es el hecho central de la pieza, corazón y base del argumento, y no es otro que la entorpecida boda de Sancho de Saldaña –enamorado sin aliento ni respiro- con Ximena de Asturias, oficiada finalmente, en el salón del trono de la antigua fortaleza erigida en mi pueblo, anterior con mucho a la soberbia fábrica del actual castillo, de la que los naturales de allí y los allí asentados procedentes de otros lugares, nos sentimos orgullosos.
Familiares y amigos de los colegiales iban a abarrotar el salón de actos. Se manifestaría papel bien perfilado, pleno de vigor, el correspondiente a Bernardo del Carpio; sobre todo en los momentos cruciales: cada vez que exige al Rey, el tío Alfonso II el Casto, la liberación de sus progenitores; y la escena donde el personaje, enérgico, dicta al sacerdote la fórmula matrimonial que el anciano repite vertida al latín. En la lengua religiosa, la mágica expresión queda capacitada para redimir al hijo del pecado de ilegitimidad, dejando expedita la vereda que le conduciría al trono por derecho propio. Estoy convencido de que la muerte simultánea de ambos héroes, Roldán y Bernardo, motivaría aplausos sinceros, ajenos a cualquier compromiso emocional.
“Allí la hecatombe se avecina. Los esforzados brazos de la granada Europa portan sus armas más preciadas. Allí, Durandal; allí, la Espada del Reino liberada de la piedra, castillo de Valdepero; allí, el fragor de la lucha encarnizada. Nervio y sangre; hostiles los metales, los miembros, los huesos que soportan los sensibles tejidos de los cuerpos, los gritos que desgarran las gargantas y las testas cercenadas. Caen soldados a los pies de los caballos. Ruedan por los suelos duros, ya sin alma, paladines. Los Doce Pares, caen. Cae Roldán, el protegido de los dioses, a manos del Caballero del Azor, Señor del Carpio.
Y a manos de Roldán,
cae Bernardo”.
Permanecería yo nervioso durante toda la función, y en silencio marcaría el tono de las intervenciones. Aunque, al suspenderse la representación, ni salí contento del progreso alcanzado en la pieza, ni dispuesto a seguir el dificultoso camino de los dramaturgos.
En el preámbulo escribí:
“Entre las imágenes que pueblan mi larga memoria, se encuentran las suscitadas por la leyenda de La invicta Espada de Bernardo, escuchada hace al pie de medio siglo -alcanzaba yo los doce o trece años de edad- a un titiritero conocido por Teudenio, barbado sujeto de una ancianidad adelantada dos o tres lustros, en cuya manera de ser convivían, habitándolo, un comediante de la legua y un juglar del medioevo que solían echarse una mano si la situación lo requería. Andaba Teudenio sobrado de conocimientos, comportándose de manera práctica en lo tocante a los grandes conceptos, obrando como un escéptico respecto a Dios y las particularidades que las religiones le atribuyen, siendo su sentir el de los desconfiados más que el de los indiferentes. No obstante, se descubría soñador a la hora de afrontar el día a día; tan lejos del utilitarismo como lo estuvo en la niñez, de la que aún conservaba algunos matices muy acusados. De modo que, comparado con la generalidad de la gente conocida, sobresalía.
Confío en que, si mi palabra no lo describe con claridad suficiente, su conducta añada la luz recomendable, ya que hombre tan singular iba de pueblo en pueblo, recorriendo el Bajo Carrión y El Cerrato más próximo a la ciudad de Palencia, recitando versos y representando obritas de teatro. Aspecto positivo de su estrella, lo ayudaba -acogida a su amparo- una muchacha huérfana de tez rosada, mirada luminosa, naricilla chata y trenzas rubias llamada Marina”. Sí, creo que la amo desde entonces.
Recuerdo que en el Cuadro Tercero puse:
“Un campo simulaban los fieltros bajo el toldo; llanuras y altozanos creaban sus pliegues. Se perdía en la lejura la vereda de lienzo pardusco delimitada por cuestas casi llanas. Caballeros en corceles de tafetán ceniciento la recorrían; y proseguía el narrador su discurso entre los ecos de una canción que Marina, la joven huérfana, desgranaba metida de lleno en la piel de la infeliz Ximena, dos veces torturada por el doble amor sentido”.
Hasta las canciones bordaba, ¿qué otra cosa podía hacer yo, sino amarla durante años? Trabajé hasta vaciarme y aporté soluciones narrativas, como la muerte de los héroes que ahí va, pero, insisto, en justicia no puedo llamarme autor porque recibí substanciosos aportes de diversos veneros muy ricos. Añadiendo lo mío, sería algo más que un recopilador, en cualquier caso.
Prometo a Marina acometer los trabajos tendentes a la metamorfosis del texto, la traducción al humilde lenguaje real, donde cualquier artificio se nota y es motivo de chanza. Pondré todo mi cuidado, y lo aprendido en las múltiples lecturas, al servicio de unos diálogos que parezcan oídos en la calle a personas de carne y hueso, gente de a pie y de a caballo que avanzan juntas. Acaso sometidos los coloquios a alguna corrección ligera, para que quienes los oigan mejoren el habla. No deseo retirar el telón que esconde a mis ojos su vida, y Marina se empeña en mostrarme el interior de un paréntesis abierto el día en que Teudenio y ella, subidos al carro entoldado del que tiraba un burro de considerable alzada y pelo cano hasta la última cerda, partieron del pueblo, seguidos, entra dentro de lo posible, por un perro callejero que no tenía nada mejor que hacer ni mejor compañía en esos momentos.
Se empeña mi amada en ilustrar mi desconocimiento, retratando con su palabra lo vivido en un tiempo que considera, para el asunto importante del amor, huero.
No, la digo, prefiero el misterio, el vacío, la laguna, el lapso oculto; así la tarea de descifrado durará el resto de mis días, y cualquier reacción ilógica de tu parte, si aparece de pronto, la atribuiré a maniobra derivada de lo ocurrido en los tiempos ignotos. Consiente por complacerme, y me habla del futuro, pues ese período pertenece a ambos en un régimen matrimonial de conocimientos gananciales como será, a buen seguro, el nuestro.
Se producen acontecimientos en este país, que arrancan esquirlas a un pasado reciente tan pétreo. Se suceden cambios de apariencia para los que estaban preparados muy pocos. La gran mayoría no tiene expectativas de esa índole. Salimos de una dictadura fraguada a conciencia en cuarenta años de actividad, sabemos lo que se debe decir y lo que se debe callar, de modo que la duda jugará un papel trascendente. Todos hemos podido ver moribundo y entubado al dictador, muchos han desfilado ante su cadáver expuesto; así que no hay duda, está muerto y enterrado en Cuelgamuros. No obstante, su sillón no quedará vacío; y me temo que es el sitial ocupado lo que hace al mandamás actuar de una manera determinada. Vamos a una época de cambios políticos y sociales cuyo alcance resulta arriesgado predecir. Permanecemos integrando el mapa de Europa, y en él seguimos figurando debajo de los Pirineos y arriba de Gibraltar. Ignoro si van a creer los demás países que, por arte de birlibirloque, ya no somos los mismos. Para dar la apariencia necesaria hemos de amoldarnos a sus organizaciones, tanto a las de contenido económico como militar. Esa es la parte fácil. Nos costará mucho más obtener el aval para las nuevas políticas puestas en vigor.
La gente anda muy desorientada, formando una mayoría recelosa que en las primeras elecciones no sabrá si esto va en serio, o es un paripé más destinado a descubrir a los enemigos del régimen; y votará con mucho tiento sin obedecer a deseos tanto tiempo reprimidos. Con ese mensaje dibujé, por mi cuenta y riesgo, unas octavillas y las fui repartiendo en las esquinas de un barrio pegado al mío, algo más obrero. Al dibujo, bien trazado, de una balanza desnivelada hacia el platillo del lado derecho, lo sustentaba una frase: En las primeras elecciones, la inercia jugará un papel fundamental, si quieres centro, vota izquierda. Creo que no llegaron a cincuenta octavillas. Aun así, me pensé preparado para lo nuevo si lo nuevo venía para quedarse un tiempo aceptable. A mí, que había aprendido lo que era democracia votando a mano alzada en las reuniones clandestinas de un sindicato ilegal, me parecía harto difícil hacer una democracia representativa sin demócratas. Veía lo difícil en el adjetivo de representativa, porque la mayoría de los representantes pertenecerían a distintos partidos nutridos de los antiguos beneficiarios de la dictadura. Porque la distancia existente entre unos y otros, votantes y elegidos, podría llegar a ser sideral. Los representantes hechos a mandar y los representados hechos a obedecer. Sería necesaria, pensaba yo entonces, una larga transición de ensayo y corrección de los errores. Pero eso, estaba claro que no iba a suceder.
Hasta este momento las fuerzas clandestinas surgidas con fuerza en los últimos tiempos, han hecho frente común contra el dictador, pero ahora cada cual entiende el futuro a su modo y encuentra enemigos entre los, hasta ahora mismito, compañeros de lucha. En tales circunstancias, organizar una democracia donde prime el bien común, y en ese común me refiero al pueblo entero, al país completo, acarreará no pocas dificultades de ser ello posible, que lo dudo bien dudado.
Desde la entrega de los galardones en la sede de Yunque de Papel, cuando las fuerzas unidas de todos los planetas, dieron carta de naturaleza al instante feliz de nuestro reencuentro –fallida la puesta en escena de Casa de Muñecas del noruego Ibsen- Marina ha representado aquí, en Madrid, con gran éxito, el papel de Rosaura en La vida es sueño, drama en verso de Calderón de la Barca. En cuanto a los dineros ingresados, es preciso explicar que se han sucedido meses de buena afluencia de espectadores, pero, a lo que parece, ya decae el flujo, quizá por agotamiento de aficionados de ese nivel. Así que, integrando la compañía formada para actuar una temporada completa, partirá Marina muy pronto hacia la enorme América. Y no solo ella: está empeñada en que yo la acompañe. Idea que me complace y me alarma a un tiempo mismo. Piensa seguir con verdadero detenimiento –mirando por encima del hombro mientras escribo- los progresos de la tragicomedia que acomodo a partir de En el río de la vida; sobre todo el personaje de Sara a quien ella está dispuesta a prestar alma y cuerpo. Posee recursos bastantes, asegura, para darme el envite que me ayude a continuar escribiendo, si llegara el caso de hallar yo algún obstáculo que frene mi avance, cualquier escollo de esos que a los autores nos dejan, durante momentos más o menos largos, varados en una playa tintada de ocre rojizo como pinto yo siempre a la desesperación. Sugiere un título de mucho compromiso: Los gatos. El caso es que me parece un buen reclamo, por no decir nada y sugerirlo todo. Gatos son, además, los madrileños bien arraigados, lo que elevaría el tono provinciano que pueda tener.
Únicamente porque trabajando a su lado me salen las frases bordadas, ajustadas al argumento, servidoras de él; solo porque el interés despertado lleva al lector en volandas en busca de un clímax que se produce en el capítulo adecuado, en el párrafo preciso, mediante la frase correcta; solamente porque lo leído deja una sensación placentera a más de enseñanzas; basándose nada más que en eso imagina sencillo el acto de escribir. Y no hay tal; yo sufro cien para gozar uno. No lo cree cuando se lo digo; me envidia. Sus agotadores ensayos y la doble función, no tienen a su juicio equivalente en mi quehacer casi lúdico. Olvida las horas que paso leyendo, investigando, conociendo hechos y lugares. No da importancia a los miles de folios primeros que entregué a las llamas. Ni siquiera a los ratos ocupados dando vueltas y vueltas a las páginas más resistentes, aquellas que no salen ni a la de tres, cruzadas, enfrentadas al autor como puntas de lanza, como flechas enemigas. Ignora que lleno dos veces por semana mi papelera con folios repletos de renglones torcidos.
Excluye Marina la posibilidad de actuar para el cine o la televisión; no se lo han propuesto aún, pero ya tiene preparada la respuesta que dará cuando ocurra. “Los actores de esos medios no viven la escena”, dirá, “actúan a trompicones y de manera dislocada, sin orden ni concierto; las secuencias no se ruedan íntegras, y pueden grabarse juntas escenas alejadas en el tiempo por el mero hecho de compartir escenario. Resulta corriente que los actores desconozcan la integridad del guion y, por si fuera poco, el ahorro de costos ejerce una influencia considerable sobre el resultado final”. Generaliza y, algo tímido, se lo hago notar. Acepta la observación y responde que se codea a diario con excepciones, pero no las tiene en cuenta por si, en el supuesto admisible de darse el caso, no estuviera su persona entre ellas. Y agrega, con ánimo de ampliar el argumento, que tanto las películas como los programas televisivos dependen de la técnica: un intermediario impasible.
Considera mi amada que el ojo de cristal, incluso utilizando lentes talladas con las técnicas más modernas y precisas, no se acerca ni de lejos a la sensibilidad alcanzada por el ojo humano, órgano que lleva milenios y milenios adaptándose a una realidad cambiante. Puede la cámara captar la escena íntegra, y también los matices; pero no al mismo tiempo. La panorámica y el plano de detalle se producen de manera consecutiva, nunca simultánea. Si el fotógrafo se ocupa del todo y registra el conjunto, pierde el mensaje emitido por cada una de las partes, y se le escapan señales tan reveladoras como el brillo de las pupilas y la humedad de los labios, el suave pestañeo y el sudor que humedece las palmas de las manos. El objetivo no aprecia las minúsculas reacciones físicas, indicios aclaratorios del estado de ánimo del que provienen; y lo que es peor, no se emociona por contagio ni contagia emociones como entre los espectadores ocurre en el teatro. Más aún, lo dicho para la cámara puede aplicarse, en distinta medida, al micrófono.
Marina es actriz de teatro; para ella resulta primordial conocer el terreno en que se desenvuelve, necesita estar al tanto de las virtudes y defectos de los demás personajes y saber el propósito que el autor encomendó a su papel para el buen desarrollo de la obra. Precisa mirarse de cuando en cuando en el espejo del público para saber si su forma de hacer y decir todavía conmueve. Los aplausos sinceros y las estimulantes sonrisas alimentan su provisión de firmeza; y vayan en contra o a favor de la interpretación los comentarios oídos –fondo y forma- espolean y estimulan su permanente afán de mejora.
-Si me apuras -puntualizo- te encuentras de verdad a tus anchas en los títeres, ante un público de niños y adolescentes, ante personas mayores capaces aún de ilusionarse y soñar.
-Justo, has dado en el clavo: me gustaría trabajar con muñecos de tela. Insuflaría en ellos el hálito de vida que les transmuta en personas corrientes, les dotaría del movimiento y los gestos privativos de los personajes de teatro, del tono adecuado a la simulación de los sentimientos cambiantes que hace a los actores. Sí, volvería a las marionetas –confirma ilusionada, niña por un instante- regresaría a la infancia, a Teudenio y a los pueblos comarcanos de Valdepero, para recitar la leyenda de Bernardo; pero ya no es posible.

 

 

27.- PARTIR O NO PARTIR…

Por más vueltas que doy en la cabeza a mi marcha, no me acabo de ver yo en América; y me gustaría. Naturaleza indómita en plena evolución, gentes sencillas decididas a entregarse a los demás y recelosas de hacerlo; multitud de historias fantásticas dispuestas a convertirse en soporte de mis novelas. Si Madrid me resulta agobiante y no suelo traspasar las fronteras nacionales sino en viajes puntuales a los países cercanos, ¿qué haré yendo de la ciudad de México a La Habana, a San Juan, Bogotá, Quito, Lima, Santiago, Asunción, Montevideo y Buenos Aires? Yo, que he conseguido dotarme de unas costumbres llanas y sencillas, cómo iba a encontrarme en mi salsa en el ambiente festivo de la farándula –lo he visto, y hasta lo he sentido en estos meses- me refiero al clima que se produce en cuanto las funciones terminan y la tensión acumulada pide un escape. Están hechos los actores a trasnochar y se levantan tarde; justo lo contrario de lo que yo suelo hacer. En las madrugadas mi cabeza piensa mejor y mis manos teclea sin errores. No puedo prescindir del suelo firme que piso a diario, y echaría de menos esa seguridad que mantengo ante las gentes con las que me relaciono a menudo. La novedad postergaría mi escritura, y yo soy porque escribo. Incomprendido e incapaz de comprender, me considerarían ellos un ser extravagante porque llevo un horario cambiado, mi amada incluida, que iba a encontrar mayor afinidad entre los compañeros.
Se lo expongo a Marina y lo entiende. ¡Con lo mal que me explico! Han de ser su tolerancia y su afecto, puestos a comprender mis razones, los que hacen posible el prodigio. Ella es quien encuentra el camino que conduce al futuro deseado por ambos. Renuncia a los viajes, a la gira americana, a separarse de mí. Ella va a salvar mi vida separándola del tedio y del agotamiento a que estaba abocada.
-Ya que acompañarme en mi recorrido por las Américas se te hace cuesta arriba, viviremos en Palencia si te parece bien.
Oigo su propuesta, una de tantas, pero bien rumiada, porque una intención así no se improvisa. Lleva un mundo completo de posibilidades, tan cuajado de ellas, que rodean mi ánimo dejándolo sin avituallamiento. Mi silencio estimula su temeridad, y manteniendo el tono prolonga la exposición de su plan de acción, que, por lo visto, me obliga y mucho.
-Hablarás con el casero que habita los sótanos de su magnífica residencia situada en el barrio de Allende el Río; ese hombre huraño que siendo rico lleva una existencia de menesteroso, y no teniendo herederos vive como un padre sacrificado en favor de su prole crecida. Me refiero al dueño, entre otras muchas propiedades, de la casa de vecinos descrita en tu novela, lugar de encuentro. Hablarás con él, y si aún no ha arrendado el ático que quedó libre cuando la policía arrestó al botarate llamado Julián, aquel sujeto tan desalmado, verdugo de la esposa y de sus hijos; y si el ático, que sin duda goza de unas vistas magníficas, aún está libre, y viéndolo, habitación a habitación y baldosa a baldosa, resulta de nuestro agrado, lo ocuparemos. Uniremos nuestro amor a los amores crecidos en esa casa; un completo muestrario. Pintaremos las paredes de color azul claro y tonos suaves del rosa, del verde pálido. Cultivaremos plantas durante todo el año y nos visitarán cientos de amigos.
Me lanza al regazo, sin ejercer violencia, un proyecto de vida que ha de satisfacer a la persona más fría, aun a quien carece de entrañas y no se hace a las cosas. A mí, que tengo los recuerdos de la niñez atornillados a la mente adulta, su proyecto, pensado y repensado hasta asegurarse de alcanzar un atractivo irresistible -encanto directo y derivado- me traspasa dejándome herido. Aprecio su condescendencia hasta en la envoltura, fino papel adornado con formas y colores propios de la cubierta en los regalos caros. Observo, palpo huelo; y el silencio se queda conmigo enmudeciendo mi boca, afirmándola tiempo y tiempo en el gesto lacio de la sorpresa. Acierto a mirarla y la veo: lejos Marina de divagar, su imaginación traza planes acerca de la manera futura de aprovechar el momento y ser feliz conmigo.
-Me imagino –confiesa- habitando la vivienda que termina el edificio y, en ella, impartiendo clases de interpretación a los jóvenes deseosos de ser actores. Divulgando la artesanía olvidada que compone muñecos de trapo vacíos, el arte de darles el movimiento ajustado a su papel. Ensayando, además, la manera de imitar diferentes voces de acuerdo con las necesidades de la obra. Experimentando la habilidad de producir los sonidos que sugieren el ambiente apropiado, hasta sujetar la acción al espacio y al tiempo. Y todo podré hacerlo a partir de ahora, mientras tú, en una estancia contigua, lees, piensas y escribes.
Cuelgo ese lienzo, recién pintado con palabras de colores por ella, en la pared de mi escritorio, y al margen anoto el título que acabo de darle: Felicidad recién amasada, oreándose. No ha nombrado, sin embargo, a doña Catalina, la persona que hace tiempo ha tomado por madre; y vivir con ella, verla y hablarla cada día, también puede ser un aliciente.
-Cabe que forme una compañía de aficionados, reuniéndome con sus componentes dos veces por semana. Ensayaremos días y días hasta sabernos preparados para mostrar en público nuestro progreso.
Sí, la creo; como no creerla cuando su voz camina al trote sobre un prado de tono esmeralda, donde no puede dar ningún traspiés, donde, si tropezara con la tierra extraída por un topo al cavar su madriguera, caería en mullido, sintiendo todo lo más un goce suficiente para equilibrar el susto al instante. La creo y callo; así que, suponiéndome dispuesto a escucharla, prosigue.
-En días señalados -anuncia mi amada- la fiesta grande del pueblo, la Virgen del Consuelo, el Cristo de Valrozado, San Antonio de Padua, San Isidro o San Roque, representaremos comedias de enjundia y regocijo en el Callejón de Castaño en Valdepero. Dominadas las escenas repetiremos obra en Palencia, Rinconada de San Miguel, nuestro barrio; tanto durante la feria de San Antolín como por la patrona, la Virgen de la Calle; o en las celebraciones tan entrañables de San Marcos o Santo Toribio.
Me arrastra su elocuencia, miel que sus labios destilan, fulgor confiado de sus ojos sinceros; y sin pensarlo dos veces salto hasta ponerme a su lado. Y estando junto a ella, como ella hablo y hablo.
-Yo -le digo- continuaré la tarea emprendida, observando el trasiego de los acontecimientos como a mí me gusta, subidos a sus propias causas, soporte de las consecuencias. Seguiré cavilando acerca de los secretos que la vida guarda a la investigación de los más osados, de aquellos que tienen fe en sí mismos y persiguen los sueños hasta darlos alcance.
Es cierto, esas serán mis principales ocupaciones, las que a modo de manto cubrirán las otras, incluidas las de darme a la gente y observar su ajetreo, hasta averiguar de qué alambiques provienen sus destilados. Pero todo lo dejaré si Marina reclama mi presencia. Sueño con un pasar así de simple, con un transcurrir tan venturoso. Regalaré a mi amada un koala plácido que ella llamará, según lo decidió hace tiempo: Amadul –revela por fin el nombre que tanto escondía- un cachorrillo vivaracho y tierno, que permita a la dueña mover bajo su pelo lanudo los rosáceos dedos y sacarlos fragantes, emitiendo efluvios balsámicos. Le ofreceré las primeras flores de la temporada, las irisaciones cambiantes –oro y miel mezclados- que el mineral de yeso atesora entre sus láminas finísimas; y los primeros copos de nieve, los encargados de romper el otoño en minúsculos fragmentos para componer con ellos un paisaje invernal.
Caminando hombro con hombro recorreremos la ribera del Carrión hasta sus fuentes, la del Duero hasta llegar a O Porto; haremos el Camino de Santiago, peregrinos que no ponen la atención en la meta sino en el recorrido. La ciudad será nuestra en su latir acompasado, mañanas repletas de inquietudes, tardes algo más tranquilas y la pactada tregua nocturna. Nos uniremos a los vecinos del barrio en una amistad sencilla y duradera: a doña Catalina, a doña Cándida inclusive, por muy dificultoso que resulte con tal mujer el intento. Conoceremos a los maestros de las escuelas vecinas, a los operarios de la fábrica de gaseosas, a los muchachos que juegan a retrasar aquello que resulta inevitable: tiempo y lugar, el fin de lo bueno. Iremos a otros barrios, trataremos a personas que se pasan la vida intentando compensar con alegrías mínimas las tristezas grandes; empujaremos su carro cuando vayan cuesta arriba, y aceptaremos sus manos si sucede que la falta de fuerzas nos impide arrastrar el nuestro.
Escogiendo el destino por razones diversas, al modo de la mariposa que en sus evoluciones llega a una flor, la cordura se posa en mi fantasioso cerebro y me ayuda a comprender que Marina y yo caminamos sobre alfombras flotantes, sobre nubes de algodón. Ha de llevar tiempo trabajando la oferta, carece de lagunas: territorio delimitado a mi medida. Y se percibe en su interior tanta cesión de derechos, que me obliga a declararla inviable. Si cede mi amada con daños, sufrirá su corazón sometido: pajarillo preso en la jaula, invisibles barrotes y tamaño engañoso. Mas si renuncia sin merma, por puro placer, entregada como está a su profesión, acaso suceda porque persigue lo que yo persigo, el espejismo reverberante de la niñez, los tiempos de la trashumancia. El amor, nuestro amor, depende de la firmeza de su engarce, de la solidez de los cimientos que lo sustentan. De afianzarse solo en el recuerdo de vivencias tan lejanas, resistirá lo que la amistad resista, porque no pasará de amistad.
Amor o amistad; ¿quién está capacitado para diferenciarlos? Amistad y Amor, dos caras de una misma medalla.
A pasos de gigante se aleja el amor verdadero del egoísmo, bandido que toma prestadas sus ropas para camuflarse. El amor lleva y el egoísmo empuja. El amor es abrazo que protege, no dogal que sujeta; es acicate y no freno. El amor es un río de fluir constante, libre de estiajes y avenidas. El amor se adapta al carácter ajeno sin intentar corregirlo.
Condiciones que cumple con poco esfuerzo la amistad.
Esas sí, pero hay otras. El amor es dinámico y tiende a expandirse, va a más y origina su propio avance.
Así veo yo las diferencias. La amistad camina, el amor galopa. La amistad llama a la puerta, el amor la derriba. La amistad se alimenta, el amor devora. La amistad comparte, el amor acapara. La amistad ilumina, el amor quema. El amor es salvaje, la amistad es civilizada. Los estudiosos de cuestiones tan resbaladizas clasifican en tres grupos las diferencias: de tiempo, de ámbito y de intensidad. El amor se apoya en el presente, mira de soslayo al pasado, pero tiende hacia el futuro. El amor no se conforma con una o dos facetas de la persona, le interesa el conjunto -forma y fondo- y lo quiere en exclusiva. El amor es un volcán en plena erupción cuando la amistad es el volcán dormido. La amistad llovizna y el amor diluvia. Cuando el amor se marcha la amistad se queda. Quizá sea la amistad el amor atemperado.
Madrid, Palencia, Venecia, Acapulco, Moorea, las islas Seycheles: amor o amistad, puede que la geografía actúe como catalizador, y lo mismo el clima que la ha conformado. Marina y yo, amadores cargados de vehemencia, tendemos ya a sosegarnos; y el giro que ella pretende dar a nuestra vida, uniéndonos en actividades próximas, es acaso el estímulo preciso. De un modo parecido intentaron conciliar el desarrollo de sus ocupaciones Úrsula y Cesáreo, según creo, sin conseguirlo del todo.
Ignoro si por el camino de Swann, imitando a Marcel Proust, busco el tiempo perdido; pero sé que en Palencia permanece la ciudad que Marina y yo amamos. Los soportales de la calle Mayor congregan aún a residentes y forasteros, paseo arriba y abajo, mañana y tarde, hasta fatigarse. El río Carrión acompaña al tiempo en su escapada utilizando el mismo cauce, algo mermado, eso sí; más sucio. La estación de ferrocarril continúa aceptando y despidiendo viajeros, y las calles, al recuperar los nombres que algún alcalde nombrado a dedo les arrancó, se acercan, al menos un poquito, a lo que fueron. La esencia permanece en la urbe a pesar de los barrios surgidos y del considerable incremento de la población. El casco antiguo, endeble y falto de encanto, desmoronado, cede el paso a edificios obligados con el entorno, respetuosos de la armonía y el equilibrio. De modo que cuando hablamos de Palencia, nos referimos a una ciudad nueva en cuyo interior se acomoda la originaria; a un cuerpo rejuvenecido que proporciona albergue al primitivo espíritu, a un alma gastada que impulsa los sístoles y diástoles del corazón robustecido.
Hijos y nietos, en ellos permanecen las personas que conocimos tiempo atrás. Su carácter abierto los capacita para entablar conversación con extraños, para ahondar en lo personal, en lo íntimo, mostrando sin torceduras ni tapujos tanto las heridas como los provechos. En los descendientes se encarnan quienes poseían una cortesía espontánea, un decir afable y sincero; varones y mujeres hechos a vivir en compañía, a sufrir y gozar con idéntico estoicismo. En el río de la vida todo tiene acomodo, hasta Los gatos. Unos y otros, los hijos de Gatita, y los del teatro que ya he comenzado.
Si el hombre imagina su futuro con reiteración, le resulta fácil aventurar las tareas precisas que llevará a cabo llegada la hora. Sin embargo, las más de las veces, los deseos acaban sometiéndose a las mañas empleadas por la realidad para imponerse a lo premeditado. Abandonamos Marina y yo el acogedor refugio que hemos ocupado en Madrid junto a la Plaza de las Cortes, donde los guardianes de las esencias patrias urden sus intrigas. Viajamos a mi tierra como quien va a someterse a las pruebas de un ensayo, y alquilamos el ático de la casa erigida en la Rinconada. Permanecía libre debido a la extensión de su fama, un bisbiseo imparable que habla del matrimonio deshecho a estocadas y mandobles, de la denuncia presentada por la esposa harta de aguantar humillaciones y de la lenta acción de la justicia, que permitió al agresor prolongar la tortura de la madre y los hijos. De ahí, de la charla mantenida con el dueño de la vivienda, del apretón de manos que sella el acuerdo, arranca nuestro ambicioso plan; su desarrollo queda a merced de la voluntad que pongamos.
Es preciso aceptar que la vida y la muerte no se enfrentan; se suceden en círculo interminable. Que los contrarios no son tales; conforman dos semiesferas que encajan a la perfección, positivo y negativo de una fotografía, día y noche. La pareja que formamos Marina y yo ha de asentarse sobre cuestiones así. Precisa unas cuantas coincidencias que se reducen a una sola, la necesidad de buscar nuestro lugar en el Universo. Partimos de puntos cercanos y hemos elegido un destino común, pero cada cual ha de escoger su ruta.
Cuando las cosas, apartada la envoltura, dan la cara; cuando el trasparente celofán que las cubre retira su brillo, la realidad se manifiesta moteada de matices. En firme amistad acaba dando lo que creíamos amor inalterable; rescoldo tras la llama. Nos visitan en la Rinconada el director de la obra, y quien en la representación hace de Segismundo. Hablan y hablan con Marina mientras espero impaciente el resultado de su parlamento. Al cabo, mi amada me anuncia que se va a América con los suyos, esos cómicos que llevan en la sangre la pantomima. “¡Cómo voy a dejarlos en trance tan comprometido!”: dice conquistada. Razón tiene, aunque a mí esa razón me hiera. “Serán nada más unos meses. Después regresaré a la Rinconada”. El lunes a las tres de la tarde sube al avión en el aeropuerto de Bajaras, y yo, esperando su prometido retorno, quedo en el ático de la ciudad de Palencia, con la mirada puesta en el cielo por el que regresará. Junto a la torre recia de la iglesia donde se unieron Jimena y el Cid, adapto al teatro porque ella me lo pide, la novela aquí contenida, cuyo título, La vida tal como era, parece ajustado al momento aquel, desplazando a Los gatos, que me sugirió la propia Marina. Pasados los días con una lentitud insufrible, en avión llega la primera carta escrita por mi amada desde tan lejos.
Coincidencia de las coincidencias, juego del destino para complicar lo sencillo, sucede en Buenos Aires que uno de los actores incorporados se llama Cesáreo. Y sucede que ese Cesáreo no es el nuestro, el que conmigo participó en los títeres del Callejón de Castaño conociendo a Teudenio y Marina. Marina sabe que Cesáreo Gutiérrez Cortés, habiendo casado a su hija Alba con el abogado Valentín Vilasar, partió para el Tíbet con el deseo de documentarse y dar forma al libro Alabanza de la serpiente alada. De todas formas, gustan a la actriz las anécdotas de su infancia en Guanajuato que cuenta el otro Cesáreo, tramoyista. Han hablado y hablado, congenian se aprecian y ya no está sola, puedo dejar de preocuparme.
Eso pienso, eso digo incluso, pero en secreto he ido a la agencia de viajes y he comprado un billete de ida para Buenos Aires.

 

 

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