AD MEMORIAM

Pedro Sevylla de Juana

pedrosevylla.com

Ad memoriam, desarrolla de principio a fin la vida de un pensador, y es por tanto una biografía; pero analiza su obra, y en ese concreto aspecto pertenece al ensayismo. Pedro Sevylla de Juana cuenta en este libro, una historia de rico argumento dotado de intriga, y por ese lado es una novela. Biografía, ensayo ficción o novela cultivada, el autor somete al análisis filosófico las principales interrogantes que abre la existencia a quien busca explicaciones, y al examen literario aspectos fundamentales de la creación y la lingüística.
Poeta y narrador, nacido en Valdepero (Palencia) en 1946, Pedro Sevylla de Juana utiliza al protagonista para explicar su propia visión del tiempo que le ha tocado vivir. Beligerante con la creciente desigualdad económica, cercana a los límites soportables; los principios desarrollados por el autor en su obra: la justicia social, el hombre en busca de acomodo sin hallar fronteras, la bondad del mestizaje y la defensa de la naturaleza libre, adquieren en este trabajo la máxima expresión.
El amor, más que eso, la convivencia de dos personas que quieren estar juntas pero sin dejar de ser ellas mismas; las dificultades que plantea la persecución de ese equilibrio inestable, la cotidiana reconstrucción del edificio derrumbado cada día, forman el carril que sigue la trama. Geografías diversas de un mundo en agitación constante, dan la mano a espacios concretos, aldeas minúsculas, donde las raíces del viajero siguen ahondando. Razones y emociones, lógica e impulso, actúan unidos, superpuestos, enfrentados; desarrollando conductas que sorprenden a la voluntad.

A la generación de mis nietos,
que deberá hacer y exigir mucho más que la nuestra
para reducir las crecientes diferencias sociales.

 

 

 

 

© Maquetación y diseño: Egartorre, 2007.
© Texto: Pedro Sevylla de Juana
© Ilustración de portada: Elvira Sanz Esteban.
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Mis coordenadas

“Para eterna memoria de mis padres muertos” debí titular este libro; pero la frase resultaba larga y el profesor que me asesora la desaconsejó. ¿Quién soy? Tratando de acallar pregunta tan compleja hallé hace tiempo una respuesta simple, eximente de cualquier otro esfuerzo. Soy Alba Gutiérrez Peña, natural de Salamanca, hija de un escritor de talento y de una arqueóloga aventajada, ambos fallecidos a deshora. He cumplido veintitrés años de edad y curso estudios universitarios en Madrid; suelo aprovechar el tiempo y mi conducta se empeña en obedecer más a la lógica que a las emociones. El tiempo que cruzamos corresponde a los balbuceos del siglo XXI; y la organización social imperante es la conjunción de capitalismo y democracia representativa. Se trata de una simbiosis, en extremo fructífera, que basa su diario actuar en la moldeable opinión pública y constituye un hallazgo histórico destinado a perpetuarse.

Prefiero la luna llena, aunque en la noche cerrada me serviría una luciérnaga. La desafortunada circunstancia de no haber conocido a mis padres, espolea inquietudes desde que alcancé la conciencia: pregunto, indago, rastreo, escudriño en pos de información fiable. La ausencia de recuerdos alimenta una insondable necesidad de verdades destinadas a resolver las incógnitas. La escasez de elementos de juicio propicia la búsqueda exhaustiva, el renovado intento de establecer una teoría sobre la que situarme, suelo sólido, tierra firme, plataforma continental de mis actos. Madre y padre dotados de rostros impresos en papel fotográfico, su manera particular de vida, la irregular pareja que formaban, andando el tiempo han ido incrementando mis preocupaciones.
Poseo un trabajo escolar que agrupa y ordena lo sabido en el momento de su elaboración. Me enfrentaba yo a uno de los últimos cursos en el colegio, cuando la profesora de Literatura impuso a las alumnas una tarea de investigación centrada en algún escritor ya fallecido. Decidí escribir sobre Cesáreo Gutiérrez Cortés, mi padre; y al parecer, quienes habían despachado hasta entonces mis preguntas con vaguedades o mentirillas, hicieron un esfuerzo mayor. Se pensará que opté por tomar un atajo, y no fue así. Mi interés era doble: pretendía una puntuación aceptable y adentrarme en tan misteriosa espesura. Me preocupé por la persona envuelta en sus circunstancias, pensamiento y acción. Un cuaderno cuadriculado recoge el estudio, una veintena de hojas, cuarenta páginas rellenas de letra menuda, como hecha a propósito para que en el continente cupiera el contenido. Tan a gusto de la profesora realicé el trabajo, que un ocho perfilado en lápiz rojo resalta sobre el título de la portada; y la consideraban una mujer exigente. Lo guardo en la profundidad recóndita del armario, pues se trata de mi labor más valiosa, la joya de los ejercicios escolares. Pero doy con él aun cerrando los ojos, pues resulta tan emotivo que recurro a su lectura si las preocupaciones me cercan, si la indefinición del futuro me acobarda y entristece.
La composición literaria está fechada en diciembre de mil novecientos noventa y cinco; un mes después de cumplir yo los dieciséis años. El título supuso, antes que nada, una declaración de intenciones. De él partí, primera línea escrita, “Estudio sobre Cesáreo Gutiérrez Cortés”: sencillo y expresivo pero carente de originalidad. Es cierto, no puedo hablar de aspectos simples en la elaboración de la tarea; tuve a mi disposición casi todas las obras publicadas, y lo poco que las solapas o las contraportadas revelan de la biografía, generalidades de dominio público. Mis abuelos paternos, en ayunas de gran parte de los asuntos concernientes a su hijo pasada la juventud, poca información podían darme; pues sus recuerdos no sobrepasan las travesuras propias del niño o los méritos del adolescente. Hasta cumplir los diecisiete años mi padre era un muchacho como los demás, iba y venía poniendo sus pies en la vereda marcada; pero a partir de entonces su forma de expresarse, su forma de hacer, denotaban una personalidad definida y diferenciada. Luego comenzó a viajar, y el alejamiento se rasgaba en las esporádicas visitas, reducidas de modo progresivo hasta quedar en dos anuales: fechas opuestas de la Navidad y el corazón del verano. Su muerte, sorprendente, sumió a los suyos en un mutismo que me costaba Dios y ayuda romper.
Correspondientes a mi madre, me fueron revelados gestos sin alcance y hechos distinguidos: la afición a los estudios y la necesidad de aprender, el dominio de las situaciones difíciles con la sola herramienta de la facilidad verbal, su imperioso deseo de vivir, su amor a la naturaleza. Más abierta ella a la familia que mi padre, más próxima, la tuvo al corriente de su constante ajetreo. Puedo decir que, debido al desconocimiento de particularidades acerca de la vida de Cesáreo y de su convivencia con Úrsula, en aquella época del colegio sentí el peso de la orfandad en cualquiera de las facetas consideradas. Cuántas noches me desperté en medio de pesadillas que transitaban esa vía; cuántas. Sorprendía reservas, rumores, palabras apenas unidas que cortaban su hilo al acercarme, y me supuse hija de amores ilícitos, desdeñados por la sociedad. Quizás sucumbiera mi madre a una pasión desbordante de la que se hizo deudora, y mi padre resultase ser un aventurero escapado de sí mismo, hecho a la vida fácil y a la francachela, que murió, como suele ocurrir a individuos así, víctima de su mal gobierno. Creí inferir del silencio reinante en ambas casas una confabulación, tapadera de culpas; y no forcé el avance de mi pesquisa, temerosa de descubrirlas. Las fotos de mi madre, retratos de distintas edades, algún paisaje roto por su presencia en traje de faena, rodeada del equipo de colaboradores junto a cualquier yacimiento, revelan, sin embargo, una evidente cordura, un equilibrio alejado de la imagen asociada en general al frenesí y al libertinaje.

Niña aún, me bastaba la aclaración escueta, la manta explicativa que cubre el bozo a costa de abandonar los pies; el exceso embotaba mis sentidos y la mente no digería lo embuchado. Hoy poseo dos arcones de documentos, mi verdadero patrimonio, fuste y nervio de la preciada existencia, llegados en el momento oportuno. Recibidos antes hubiera pasado sus páginas miles de veces sin provecho; es más, ocasionándome el daño de la timidez y la melancolía que distinguen el rostro de los infantes aislados. Los abuelos de una y otra rama, puestos de acuerdo, quizá por desviarme de la conjetura errónea, persona asentada en la plenitud de derechos, pusieron en mis manos en forma de regalo del vigésimo primer cumpleaños, contenidos en dos baúles candados, centenares de manuscritos que dicen mucho de la trayectoria vital de Cesáreo y Úrsula, mis progenitores. Recibí, candiles de la luz que me faltaba, lo que puedo considerar mis raíces y empecé a ser alguien. El fulgor llegó de pronto a mis pupilas, cegador; y durante las dos semanas siguientes, retazos, ráfagas, la claridad excesiva impidió hacerme una idea de conjunto o hallar el cabo del enmarañado ovillo. Con esos mimbres, tan desparejos, tan indóciles, tejeré el tabaque de mi cuna.
En el fondo del cajón singularizado con el nombre de Úrsula Peña, envuelto en papel de barba, he hallado un grueso manuscrito en cuya portada aparece el título que aquí anoto: “Cesáreo Gutiérrez Cortés, vida y obra”, revelador de su objeto con claror manifiesto. Establece el texto un riguroso análisis de ambos dominios, conjunto sólido que va de la teoría de su arraigada escala de valores a la contigua práctica que la asienta y remacha. Destaca la conformidad existente entre el mensaje extraído de los diversos escritos y la noble conducta del escritor; trazo único que define una vida de avance y complacencia. Apoyando la iniciativa de Úrsula lo encauzó Osvaldo Páez, colaborador, discípulo y una especie de secretario personal del propio Cesáreo; y recoge testimonios pormenorizados de quienes convivieron con el autor y conocían la génesis de sus obras, mi madre entre ellos. Perseguían sus amigos la salvaguardia del hombre consecuente, cuya desaparición, temprana, trágica y repentina, le robó el justo reconocimiento de su honda faceta humana. La inesperada muerte de mi madre, ocurrida tan sólo seis meses después, y la marcha de Osvaldo a su país de origen, motivaron que el libro resultante quedara inédito.

Me rodea el desierto inacabable, el mar inmenso ciñe mi cintura, las estrellas amenazan con desprenderse sobre la cabeza, depositaria e intérprete de cuatro de los cinco sentidos. El primero de los deberes aceptados por mi desorientada conciencia filial, consiste en establecer nítida la andadura de mis padres, tanto en el aspecto individual como en su relación de pareja. Tras él, un milímetro y un segundo después nada más, se sitúa la publicación del manuscrito hallado. Cualquiera procedería del mismo modo; estoy convencida de ello. Una hija como tantas otras lo daría a la imprenta tal cual lo halló. Pero yo, autora a los dieciséis años de una tarea escolar que, sin saberlo, acaso perseguía el mismo fin, me creo obligada a añadir mi particular punto de vista, interesado y complementario, y a enriquecerlo con nuevos aportes. Sin duda el tiempo pasado, capa de arena disipadora de matices, cachazudo rasero, se situó al costado de la olvidadiza memoria colectiva haciendo precisa una actualización del contenido. Afianzada en esa razón, armada de suficiente energía y fiada de mis potencias, me dispongo a explicar la compleja personalidad de Cesáreo Gutiérrez Cortés, el amor profundo que el hombre comprometido con la palabra profesó a mi madre y la posición de compañera y esposa asumida por ella. La concreción de mi biografía actuará como acicate y herramienta.
Nací de un padre ya muerto y de una madre agonizante, y ahora sé que la infancia de los huérfanos se parece poco a la de los niños llegados a una familia intacta, hogar sin fisuras que cierra el paso al frío y las insidias. Das lástima y se desviven haciéndotelo saber a cada rato; quieren protegerte, mimarte, y en ese ejercicio caritativo te dañan. Mi niñez transcurrió entre la villa de El Escorial, al amparo de los abuelos maternos; y el señorío de Valdepero, junto a la familia de mi padre. Me vi rodeada de cariños disímiles que me hicieron despegada y a la vez egoísta; pero aunque deseaba materializar mis numerosos caprichos, apreciaba lo poco y me alejaba de los excesos. Ne quid nimis. El despilfarro estaba condenado en ambas casas; se huía de él con naturalidad, de manera instintiva, en manifiesta independencia de la situación económica. El gasto desmedido se veía pecado, transmitía la mala suerte y propiciaba el regreso de los tiempos de escasez, esperados con temor por recurrentes. Tal proceder constituía actitud refleja, como el respirar o el ceder a la invasión del sueño nocturno. El aseo y la correcta presentación formaban parte de una cortesía elemental, debida por igual a los otros y a una misma. La formación primera, a cargo de maestros esforzados, reveló en mí un carácter despierto que se hacía visible. El colegio de Madrid me puso al tanto de las materias y los modos necesarios para destacar y defenderme, en una sociedad perseguidora de la abundancia renovada.

Cumplieron los educadores el encargo de convertirme en mujer de provecho, es decir, en una hija dócil adiestrada para ser esposa y madre. Me dibujaron una sociedad compuesta a imagen de las pirámides escalonadas, peldaños desiguales que los individuos tratan de escalar con distinto resultado. Diferencias lógicas provenientes de la manera de ser opuesta de las personas: inteligentes u obtusas, buenas o malas, trabajadoras o perezosas, ahorradoras o pródigas, reflexivas o alocadas. Debía ser puntual contribuyente de la hacienda pública, electora de mis representantes, temerosa de Dios y defensora del orden. Sin embargo, quizá no prendieron en mí sus enseñanzas, porque acabado el adoctrinamiento, cuando la realidad se adueñó del espacio, olvidé la teoría y me hice refractaria a la creencias. No deseo mandar ni ser mandada, tengo por invención humana la compleja idea de la divinidad, siento que el Estado me oprime y me encarrila, que la propiedad privada alcanza con frecuencia altos niveles de injusticia y opino que el federalismo es la mejor forma de organización social para encauzar la marcha de un país tan variopinto como el nuestro. Me considero, pues, contestataria, aunque procuro que nadie lo note. Claro está que no soy pura ni ortodoxa en mi alineación, y que los contestatarios, de estar congregados, no me admitirían en el seno de sus organizaciones, teniéndome acaso por una disidente cuando no por una completa hereje.
Veo avanzar el mundo hacia la uniformidad, monotonía del gris, agitado por los antagonismos nacidos de las diferentes interpretaciones del dogma imperante. El enemigo común, acicate del conjunto, es una idea abstracta que cada colectivo concreta teniendo en cuenta sus propios miedos. Nos espera un inquietante porvenir, idóneo para incrementar las diferencias sociales, desencadenante de cataclismos que pondrán a prueba la quebradiza individualidad. Se acercan a marchas forzadas la globalización de la economía y el pensamiento único, principios que se irán adueñando de la voluntad de los ciudadanos, votantes cuando corresponda y consumidores de aquello que el sistema ofrezca a través de los medios de comunicación. Pero siempre habrá personas capaces de enfrentarse a las doctrinas aceptadas por la mayoría, y yo aspiro a estar entre ellas.

Excediendo la noción de meta perseguida, interpreto la libertad como un sueño renovado, horizonte escondido detrás del horizonte. Por eso divido el itinerario en etapas y marcho con los cinco sentidos puestos en el suelo que piso. Es la perseverancia indomable la que apunta a la llegada, cotas sucesivas alcanzadas por los pasos intermedios. Procedo sirviéndome de mi propia cabeza, de la experiencia acumulada, ya que la lógica es el único instrumento de quien desea actuar por cuenta propia. Pero debo estar ojo avizor y analizar con lupa las premisas del silogismo; el dogma puede haberlas tergiversado. Sí, hasta esa cota temible llega mi desconfianza cuando, indefensa, siento el Universo alineado contra los más por los menos.
Dígase lo que se diga, en nuestro mundo la violencia somete cada día a la razón. Si bien la brutalidad del individuo aislado, mal que bien se va neutralizando, el atropello colectivo acaba siendo un medio válido para conseguir cuanto la razón y la justicia niegan. Prueba este aserto un hecho evidente: entre los humanos, la prohibición de matar congéneres no es absoluta; caben excepciones tan alarmantes como la guerra. En ella el término congénere no engloba al conjunto de los hombres, se reduce a los del mismo bando excluyendo a los otros. Las leyes, civiles y religiosas, eximen de culpa a quien mata en tiempo de conflagración; incluso se conceden medallas y privilegios por ello. Y sabemos que en la actualidad las guerras se caracterizan por su imprecisión. No se declaran, esperadas o sorprendentes empiezan en cualquier momento; se desconocen con exactitud los contendientes, el campo de batalla no posee límites ni lugares francos, hasta los niños pueden ser soldados, cualquier persona es un enemigo encubierto y cuanto existe pasa a ser objetivo militar. Pido poco en ese terreno, tan sólo que las autoridades religiosas consideren pecado matar en toda circunstancia, que las leyes civiles castiguen las conductas violentas en cualquier situación. La guerra, dada su condición de río revuelto, despreciada por innoble, merecería la consideración de agravante.

Inicié los estudios de Filosofía y Letras porque tales materias complacen a quienes desean verme universitaria -los valedores, abuelos de los dos gajos- y colman mi ansia de conocimientos. De haber nacido varón, en El Escorial hubiera sido un buen ganadero, de los que logran mejorar la cabaña sirviéndose de cruces sabios y mucha paciencia, agregando a la explotación los beneficios de la agricultura extensiva; y en Valdepero, un labrador excelente, de los que toman de la tierra el sobrante, sin empobrecerla, y se sirven del provechoso complemento de la ganadería. Pero soy mujer y puedo ahondar sin trabas en la Filosofía, en las Artes y en las Letras, a salvo de las labores agricultoras y ganaderas, fatigosas e interminables, que lograrán su continuidad por mediación de algún primo.
Depositario de buenas intenciones más que de información clarificadora, de un envite leo una vez más el ensayo encargado por la profesora de literatura. De él extraigo el estímulo preciso para componer un manifiesto que agregue enjundia y matices a la memoria de mis padres, defendiendo sus nombres ante aquellos cuya opinión pueda estar viciada. Me parece muy conveniente, pues los silencios culpables que se abren cuando me acerco a grupos de conversadores, los pueblo yo de tornadizas teorías, perniciosas para mi propia estima. Aunque se apoyara sólo en ese soporte, quedaría justificada la investigación; pues debo deshacer la incertidumbre que me cerca y descubrir si son fundados o no mis temores. Estudio en la Universidad Complutense, privilegiada periferia del noroeste capitalino; un autobús me lleva cada día desde El Escorial hasta las proximidades del aula. Pretendiendo un equilibrio que contente a todos, paso en Palencia la mayor parte de las vacaciones; y este fluctuante escenario, en vez de resultar un lastre para mi escudriñamiento, lo favorece.
Coinciden ahora circunstancias que atenúan en mí la vacilación propia de la juventud. El nacimiento del nuevo siglo, por ejemplo, punto de arranque del mañana tan cacareado; inicio de centuria y de milenio, perteneciendo a la continuidad representa también un salto. A esa realidad temporal, externa, es preciso añadir el hecho íntimo de la constatación, sirviéndome incluso de medidores científicos, de haber alcanzado –a las diez de la mañana, a las cuatro de la tarde o al filo de la media noche- la madurez precisa para poner en práctica proyectos largo tiempo pensados. En paralelo avanzan, además, mis propios conocimientos; eso dicen los catedráticos, sembradores satisfechos de hallar en mi persona tierra agradecida, una alumna interesada en el progreso, esforzada, capacitada para la necesaria acción. Leo cualquier escrito caído en mis manos, y quizá por un deseo de imitación filial o porque me sale de dentro, no sé; el caso es que fijo al papel desde hace tiempo mis impresiones, mis sentimientos, las reacciones internas que provoca lo exterior. Quiero y puedo, en resumen; y el momento actúa de catalizador, de resorte, de estímulo, de punto de partida; resistente estribo hincado en la tierra para que los pies impulsen el cuerpo.

Hay tesoros en el acervo heredado; cuadernos de cuadrícula tenue donde las letras resaltan, que recogen testimonios únicos: la agonía de su abuela Julia cuando Cesáreo era aún adolescente, teorías sociales como la que limita la herencia al ajuar doméstico, engrosando el resto las arcas de un Estado rico, nivelador de las oportunidades. Hay libros; escritos unos por mis padres, y otros ajenos, regalo de sus amigos escritores. Hay cartas, tarjetas postales, relatos de los momentos atrayentes o de los odiosos, de los idos y de los no llegados; hay documentos oficiales, recortes de prensa, testimonios claros de la efímera gloria alcanzada en vida, opiniones acerca de la profundidad de su trabajo. Esos dos preciosos depósitos -madera noble y herrajes robustos- son idénticos, no hay duda. Los trabajó una misma mano artesana, dotándolos de adornos egipcios y relacionándolos con El Cairo por medio de una chapita que señala en inglés la ubicación de la tienda. Hasta el contenido se asemeja; dueños sin distinción alguna de la memoria de uno o de otro –cartas de Úrsula a Cesáreo que mi padre guardó con celo tras emitir la respuesta adecuada, regalos de Cesáreo a Úrsula que reposan en el arcón de mi madre, recuerdos de viajes comunes- la suma de ambas arquillas, de su contenido íntimo, me habla de un amor intenso y entregado, de una pareja unida por nexos resistentes. La pequeña diferencia estriba en los lemas grabados en la tapa por encargo: “Lucha hasta el equilibrio”, “La vida antes que nada”.

 

 

Las hondas raíces de Úrsula y Cesáreo

En mi opinión, somos hijos de un pretérito que es el de la humanidad entera y el del Universo al completo, producto de unas normas naturales en las que el azar juega un papel primordial. Lo diré con palabras de mi padre, sacadas de sus cuadernos juveniles, cuajados de referencias a la compleja identidad del hombre, a los innumerables lazos que unen a las personas entre sí y a su vinculación con el resto del Cosmos.
“Se creó el Universo en seis días, y se concibió imperfecto a sabiendas. Una Providencia solícita –nada distinto de las leyes iniciales de la Naturaleza- un entramado de órdenes inexorables -las mismas para todos, pero adaptadas a cada especie y a cada individuo- quedó encargado de terminar la creación mejorándola. De ello hace millares de millones de años; mucho si se compara con la duración de una persona, nuestra referencia más inmediata. O partía el progreso de una situación en verdad caótica o lleva un paso cansino, con desvíos que no añaden nada y retrocesos que restan. Costó lo suyo enfriar la Tierra; sopla que te sopla el viento, poniendo los labios en forma de o mínima, produciendo un silbido aterrador. Costó condensar los vapores en gotas que fluyeran juntas por arroyos y ríos hasta el mar. Costó iniciar la vida en las inquietas aguas de los océanos. Pero cuando la savia vital aleteó desorientada, ya fue coser y cantar sacarla a tierra firme para que se esparciera -cualquier clima, cualquier atmósfera oxigenada, cualquier geografía- dispuesta a poblar el aire.
“Ciñéndonos al planeta Tierra, donde nos consta la ocurrencia de tal fenómeno, se provocaron cataclismos que estuvieron en un tris de acabar con el trascendental hallazgo retrasando el proceso. La evolución derivó sin orden ni concierto abarcando muchos frentes, con la intención clara de sacar al menos uno de ellos a flote. Se logró; ese engendro es el hombre tal como hoy lo conocemos. Nació el envanecido con vocación de centro del cosmos, y el equilibrio reinante hasta entonces, destinado a sucederse aventajado sine die, per saecula saeculorum, se quebró. Ocurre que el hombre, desdeñando al resto de los animales, excluyéndolos de la configuración del futuro, sostiene que la lucha selectiva se organizó para procurarle cauce y afecta sólo a su propia especie.
“Contemplando de cerca a quienes formamos la familia humana, entre nosotros se observan diferencias, mínimas si se quiere, pero diferencias al fin y al cabo. El descubrimiento dio pie a los estudiosos para ahondar en las disimilitudes, divulgándolas. Nacieron en consecuencia comunidades de afines, dedicadas a preservar y acentuar esos delgados matices de la identidad común: rayas trazadas en las palmas de las manos, huellas de los dedos, factor Rhesus, dibujo del iris; y algún otro análogo, aunque de mayor trascendencia, como el color de la piel.
“La cosa no quedó ahí, fue a más. El lugar y las condiciones atmosféricas, uniformes en espacios reducidos, ahondaron las grietas abiertas entre los hombres. Eso mismo sucedió con la memoria de cada tribu desde su nacimiento; historia que perfila raleas bien diferencias, distanciadas al máximo cuando la jerga de sus parloteos, resultó ininteligible para quien no perteneciera al núcleo o a sus aledaños. Por si fuera poco, los distintos dioses –entes de razón diseñados por sus adoradores para suplir las propias carencias- terminaron tomando partido y entraron en abierta liza, elevando el tono y la causa de la pendencia.
Estas palabras de mi padre me pertenecen. Forman una herencia que hago mía no sólo por hija, sino también, y en mayor medida, debido a que formo parte de la raza humana. Las enseñanzas de los escritores nos tienen a los demás como destinatarios; sus reflexiones, las conclusiones a las que logran llegar, la porción de verdad que atrapan, corresponden por igual a los actuales habitantes del mundo y a los venideros. El futuro se construye con los materiales que el presente añade a los recogidos del pasado; y no olvidemos que el hoy, efímero, tan sólo ayer fue mañana y mañana mismo se convertirá en ayer. Pretendía en su juicio el joven Cesáreo mostrar grosso modo el árbol de la historia, cuyas raíces, para asegurarse el abastecimiento de humedad y la resistencia al viento, se hunden en las profundidades del tiempo y del espacio. Nada se ha perdido, nada de cuanto cayó en desuso puede considerarse inútil; tanto los aciertos como los errores han servido al avance, al progreso. El propio Gutiérrez Cortés añade reflexiones a su reflexión primera, escrita en los cuadernillos cuadriculados, al decir, años después, en un artículo publicado en la revista “Pensamiento”, lo siguiente:
“Piedra, madera, arcilla, hueso, hierro, bronce: la necesidad aguza el ingenio. Mesopotamia, Egipto, China, Persia, Caucasia, Fenicia, Palestina, Etiopía. Sujetándonos al continente europeo, Grecia se yergue y camina; sus pasos dejan una marca indeleble. Roma toma el relevo e incrementa la cadencia del paso. La afición al comercio trae a los fenicios; todavía humean sus hogueras llamando compradores para las mercaderías desplegadas. Tras los cartagineses llega el momento de Roma, y sus legiones arrasan, saquean, someten y preparan el terreno a la cultura común. Del Norte bajan los bárbaros como una marea desbordante que desbarata vidas y proyectos. Los visigodos sustituyen a los romanos, y son relevados por los árabes en la ocupación del terreno y en la formación de una impedimenta característica. Cristianos, musulmanes y hebreos coexisten y conviven. Castilla, bajel movido por el azar y la necesidad, se topa con América, nao anclada en medio de la mar océana. Del puente de mando surge con saña un grito miles de veces escuchado: ¡Al abordaje! Se da y se toma con palpable desequilibrio, pero la historia prosigue y la paupérrima actualidad –construido y desmoronado el imperio- nos facilita la ocasión de enmendar yerros y despojos resarciendo a los herederos de los perjudicados.
“La teoría y la práctica, una enmendando la plana a la otra, marchan en zigzag tomadas de la mano. La filosofía griega procede, en parte, de Oriente: Egipto, Babilonia; mas Pitágoras y Demócrito son ya científicos originales. Un escultor y una comadrona engendraron a Sócrates: `Conócete a ti mismo´. Sócrates engendró a Platón. Platón fue vendido como esclavo por un tirano temeroso de que las ideas del filósofo se concretaran. Si Aristóteles no fue generado por Platón, sucedió porque el hijo no aceptó un progenitor único. Alejandro, en su juventud, tuvo a Aristóteles como maestro; pero puso en práctica las enseñanzas de la cuna. Teoría y acción, enfrentadas e inseparables.
“Un romano de Córdoba, estoico ecléctico y práctico, fue maestro y consejero de Nerón; y Nerón ordenó matarlo. Es indudable que se produjo un fallo en la progresión de la enseñanza: `amarás a tu maestro´ debió ser su primera sentencia o el punto en que coincidieran todas. Filosofía es estudio, análisis, búsqueda; y exige libertad para buscar, analizar y estudiar. De otro modo deriva en aleccionamiento y sujeción. La palabra de Cristo representa un peligro para la historia sagrada en la que se apoya, de ahí que se abran contra él tantos frentes simultáneos. El camino que conduce a Dios, para San Agustín, parte del hombre. El camino que lleva al hombre, para San Agustín, parte de sí mismo, de su palpable y palpada realidad. Juan Escoto pasa a través de las obras de San Agustín como las aguas de un chaparrón sobre la tierra desnuda; arrastra consigo un humus muy rico, que puesto al servicio de la lógica y distribuido a su alrededor, proporciona una copiosa cosecha. Abelardo posee el brillo del oro y la firmeza de la roca en la que funda su dialéctica: Dios no da puntada sin hilo; del mejor hilo y la perfecta puntada nace la eterna costura. Las culturas árabe y hebrea se aproximan también en la filosofía; ambas forman parte de la escolástica latina, ambas se interesan por la relación existente entre lógica y fe, Dios y su obra, la inteligencia y el espíritu. Tomás de Aquino se hace cauce para que el agua del río aristotélico, filtrada por depuradoras musulmanas y hebraicas, pueda ser bebida con provecho y deleite.
“Sobre las turbulentas aguas del río que fue la Edad Media, sobre su corroído lecho, el Renacimiento eleva un puente que conduce al añorado mundo de griegos y latinos. El Renacimiento sale al campo y se encuentra, junto a las ovejas que pacen y al vigilante lobo, al hombre trazador de caminos que le hacen uno con la naturaleza madre y nodriza: el Humanismo ya tiene raíz, la hiedra ya puede elevarse sobre el tronco erguido del árbol muerto, reverdeciéndolo. Si Dante `renace´ del fundamento medieval, y Petrarca no desea otro señor que el Humanismo, Valla llega al extremo de considerar el placer como motor único del hombre. Maquiavelo, Erasmo, Lutero, Telesio, Bruno; Renacimiento y Humanismo propician la modernidad; nace la Ciencia hija del naturalismo renacentista: Leonardo, Galileo, Bacon; y la modernidad, sucediéndose a sí misma, se desentiende de ambos. La Economía sube a los altares y ocupa los tronos, dicta los códigos e impulsa las acciones. Y en tal momento nos encontramos, tras Descartes, Hobbes, Spinoza, Leibniz, Kant, Schopenhauer y otros muchos que contribuyeron al triunfo del materialismo o no fueron suficiente valladar, Kierkegaard, Marx, Proudhon, Nietzsche, Bergson, Unamuno, Ortega, Jaspers o Sartre.
“El mundo, estimando un momento concreto de su trayectoria, es como hoy puede apreciase, en parte per se, en parte por las influencias del pasado y de sus reacciones. Eso sucede también con las personas; hijas de miles de variables que, en esta España tan contradictoria como los individuos que la forman, tratan de olvidar una guerra civil, en vigor aún tras callar los fusiles que respondían a los fusiles. Un solo bando atacaba al amanecer, un solo bando moría al amanecer; el inclemente destino ponía especial cuidado en que cada grupo permaneciera fiel a las esencias de su cometido. La dictadura militar y la dictadura religiosa, unidas en extraño matrimonio de conveniencia, se convirtieron en el padre y la madre de un pueblo cansado de arengas y consignas, escéptico, que admitía la situación sólo porque prometía mejorar la precedente.
Haciendo línea con la trayectoria del hombre descrita por mi padre, en los cuadernos iniciales de leve cuadrícula y en el artículo posterior de la revista “Pensamiento”, itinerario de la humanidad aquí recogido, enfiladas, sitúo yo su propia existencia y la de mi madre para afianzadas al enraizar su cepa.
En la Península Ibérica, Celtas e Iberos se cruzaron, abriendo un mestizaje que con el aporte de los recién llegados de América, África y Europa Central, ahora parece ir en serio. Producto y resultado de un pretérito imperfecto, historia y pensamiento de múltiples castas, en la provincia de Palencia, a una legua escasa de la capital -villa de Valdepero- el seis de marzo de mil novecientos treinta y nueve, nace un niño, hijo de campesinos hechos a las dificultades. Le ponen el nombre de varios antepasados y se llama Cesáreo. En sus primeros años apunta maneras de infante inquieto, curioso de la naturaleza y de sus modos, de la hechura de las cosas y de sus entresijos. Estudiante en un colegio de frailes de la ciudad, puede dar mucho de sí, pues posee inteligencia y empeño. La historia y la geografía despiertan su interés; y las ciencias naturales, la literatura y la filosofía. Cuando llegue a la edad precisa el mozalbete se convertirá en viajero; irá y vendrá recogiendo sabiduría y experiencia, y con ellas dará cuerpo a numerosos libros, sacando de la tarea un disfrute renovado.
Cinco años después de nacer Cesáreo, el cinco de mayo de mil novecientos cuarenta y cuatro, en el seno de una familia de ganaderos y labradores inicia su existencia Úrsula. Nace en la sierra madrileña, pueblo de El Escorial, dentro de una casa con muros de piedra, dotada de herrén y pozo, a dos pasos –es un decir- de la dehesa de La Herrería y del famoso monasterio levantado en ella por Felipe II. El devenir la va mostrando sensible y delicada, curiosa de los escondites y de los objetos ocultados en ellos, de la génesis de las situaciones, de los motivos de su esencia y configuración, de las consecuencias que arrastran tras sí. Sus padres, propietarios de vacas en una heredad que produce buen pasto al cruzarla varios arroyos, y de tierras de labor de calidad mediana tirando a buena, forman un matrimonio conforme con la marcha de los días, pues buscando un buen pasar –esposa y marido complementándose- han alcanzado el equilibrio entre lo necesitado y lo poseído. Inicia los estudios la pequeña en un prestigioso colegio cuando alcanza la edad, porque su natural despierto la pone siempre dos zancadas por delante de las otras niñas. El planeta Tierra, enorme casa de vecinos, va despertando su interés; también los inquilinos que se han ido sustituyendo en el sostenimiento y en la ocupación de aposentos. Quiere ser arqueóloga, ansía encontrar la respuesta que los tiempos pretéritos guardan entre sus pliegues, destinada a satisfacer la curiosidad del futuro por algún momento preciso del recorrido, por ciertos aspectos de un lejano estadio de eso que se ha dado en llamar, con rigor escaso, la civilización.
Se dieron entre los antecesores de Cesáreo dos personajes notables, que pusieron carriles al derrotero de la familia. Hicieron tanto por ella, que si a nadie se puede descartar sin pretender que la estirpe sea otra, a estos mucho menos. Hubo un bisabuelo por parte de padre, tatarabuelo acaso, que fue boticario y componía fórmulas magistrales para enfermedades de curación difícil, de ésas que por una causa o por otra no estaban descritas en los libros. De todas partes llegaban enfermos, de todas se acercaban aprendices de sanadores. Puede que no fueran los preparados su verdadera obra, sino la inteligencia con los afligidos y las justas palabras dichas en voz queda, sosegando. Debido a esa disposición, el dinero entraba en la casa a la vez que la fama se extendía por la provincia. Hubo otro ascendiente, del mismo tronco aunque quizá algo anterior, que dominaba el temple y las aleaciones, en especial la de cobre, estaño y un poco de cinc. Hablo del artífice de un hierro resistente a la fatiga y de un bronce capaz de proporcionar sonidos cristalinos o graves, dependiendo de la posición tomada por el agente provocador en el acto del estímulo. De su taller salieron martillos, rejas y otros útiles de uso campesino, muy apreciados por los destinatarios. Herramientas protegidas del desgaste hasta alcanzar fama de eternas, años y años en su mismo ser. Con todo, una menudencia al lado de las campanas; unidades sueltas y carillones demandados desde lugares diversos del mapa nacional. Arruinado por el éxito al no poder su industria dar tan amplio suministro, le llamó el ejército para fundir cañones; pero los asuntos de la guerra quedaban muy lejos de su natural pacífico, y declinó la invitación alegando la lejanía de sus años mozos, los que gozan al completo de voluntad y energía. Ambos parientes debieron tener calle en el pueblo, porque contribuyeron de manera notable a difundir el nombre de la villa por los cuatro costados patrios y crearon riqueza de la que parte ayudó a convecinos.
Por el lado de Úrsula me jacto de un antepasado alpinista, quien una vez dominado el macizo del Guadarrama se atrevió a subir a los más renombrados picos del país, y hasta participó en una expedición nacional al Mont Blanc, cima dificultosa situada en la Alta Saboya francesa, rayando con Italia y Suiza. Sucedió una desgracia en la cordada y regresó mi pariente acompañando a un cadáver sin haber llegado a la cumbre. De aquel percance vino su temprano retiro, su dedicación posterior al magisterio de aficionados y al oficio de guía. Existe memoria de una monja, ésta ya pariente lateral, tía abuela o algo así, que tuvo su lugar de apostolado en la India, donde murió ahogada después de salvar a más de cincuenta niños en una crecida del caudaloso río Krishna.
Úrsula y Cesáreo, jóvenes, bien parecidos, educados a la usanza rural pero libres de prejuicios gazmoños, profesionales comprometidos con sus propios valores, se conocieron por la sola iniciativa del albur. Estaba previsto que un azar amigo preparara las circunstancias con sumo cuidado, poniendo en ello el mayor esmero de que fuera capaz. Varón y mujer, con sus diferencias, encajaron; entrantes y salientes, aficiones y rechazos. El amor llegó a ellos como el sol en la amanecida, como la marea alta sobre la orilla llana, imparable, inundándolos. Soy hija póstuma de un viajero que murió seis meses antes de nacer yo, y de una mujer que dio su vida a cambio de la mía en el propio parto. No se casaron, y si lo hicieron en algún lugar remoto no existe constancia en los registros españoles. Puede que tal singularidad de su vida en común, o el desdén mostrado por ellos a las convenciones sociales más arraigadas, originen el silencio advertido en torno a su memoria, comportamiento residual de una cultura campesina lastrada por el pasado, que mi generación desecha de su forma de ser.

 

 

Infancia y adolescencia de Cesáreo

El relato de su primera memoria, titulado “Mi pequeño mundo”, penetra con agudeza en el interior de una España rural hoy desaparecida. Las imágenes reales que la visión en blanco y negro endurece, se suavizan al pasar a través del ingenuo tamiz de los ojos de un niño; una ligera saudade las dulcifica. Se evocan pigmentos, fragancias, sabores, tactos y sonidos de una naturaleza integrada, madre para quien la tierra y la piedra que conforman el agreste suelo, son tan esenciales como los cereales y las bestias que nutren. Las personas conocidas, dibujadas con trazo grueso: varones y mujeres, infantes de su edad, adultos, venerados ancianos; animan existencias que son como cursos de ríos: unos, de alta montaña, cortos y agitados por el desnivel, dispuestos a abrir su propio cauce; otros, mesetarios, de cuantioso caudal, abandonados al lecho permanente, escasos de iniciativa. En el librito aparecen, soterrados, rizomas que explican la posterior evolución de Cesáreo: virtudes y defectos conformadores de su infrecuente personalidad.
El poblado originario, punto de partida del escritor para entrever lo que el mundo podía dar de sí, vuelve a ser objeto de su escritura en un libro publicado diez años después. Me refiero al llamado “En torno a Valdepero”: nueve círculos concéntricos sus nueve relatos, en los que espacio y tiempo están poblados por personajes a los que la tierra ata, sustenta y, por último, engulle. La ambición, el rencor y el afán de progreso los mueven; pero más que ningún otro estímulo el amor, un amor capaz de ponerlos al borde del abismo y de incitarlos a dar un paso adelante. Al servicio de las historias dispone una prosa sencilla, pulcra y precisa que facilita el trabajo al lector.
De ambos textos me he servido en el intento de reconstruir los primeros años de mi padre. Igualmente del cuento “La invicta espada de Bernardo” y de las notas autobiográficas que contiene la novela “El amor en la Plazuela de San Miguel”. También de las páginas supervivientes de un breve diario dado al fuego que el fuego respetó, hallado en el arcón de mi madre sin la menor referencia a las vicisitudes sufridas por el cuadernillo.
Debo tener en cuenta que mi padre poseía una memoria agujereada, compelida a perder un reguero de hechos que cualquier otro consideraría relevantes. Sinfonías oídas pasaban por nuevas una segunda y una tercera vez; textos que supusieron hitos cardinales en sus abundantes lecturas se escurrieron por el desagüe del olvido; quizá un poso, una corteza fina quedaba de ellos, obra de la incompleta sedimentación. Lo dejó escrito: “Páginas enteras del libro de mi vida fueron borradas por el incesante paso del tiempo, hojas de un árbol que aguaceros y vendavales abaten. Me acerco a ellas mediante la recreación literaria, labor regeneradora de la fantasía. Mi enorme capacidad de olvido favorece mi potencial de aprendizaje, estoy convencido; y el motor de mi escritura no es otro que mi mala memoria”. Consciente de esa particularidad añado a la cesta de testimonios sus anotaciones marginales; corregidas, eso sí, por la visión de quienes habiendo sido testigos están a mi disposición, colaboradores y amigos.
Tuvo Cesáreo dos hermanos, mis tíos, hoy residentes en Palencia, donde uno dirige la explotación agrícola familiar y el otro ejerce de abogado. A ellos recurro, pero nacidos seis y ocho años después de mi padre, sus palabras provienen de acopios formados por lo oído a otros, hechos y anécdotas de variadas procedencias que suplantan con éxito a los originales. Ciertos vecinos de entonces me han ayudado confirmando detalles, rectificándolos o ampliándolos. La redacción última estará influida por mi propia experiencia vital, incluso por mi deseo de mejorar cualquier aspecto del retrato paterno; y es lástima, porque hubiera querido una fotografía fiel de aquel tiempo, pero sé que resulta imposible. De todas formas, la infancia de Cesáreo, época inflexible de la posguerra, no se distanciará gran cosa de la que a continuación dibujo.
Para alcanzar la mayor parte de las características que concretaban su individualidad, hubo de nacer Cesáreo en Valdepero, pueblo próximo a la capital de la provincia, la antiquísima ciudad de Palencia, con cuyo término municipal hace frontera. En él se dan la mano la Tierra de Campos y los Valles del Cerrato, que es tanto como decir León y Castilla. El antiguo camino real de Cantabria, convertido en carretera de Santander, pasa por las traseras de la enorme casona que acogió sus vagidos. La conocida como Casa Grande albergaba por entonces cuatro viviendas, la residencia de los dueños y el entramado de cuadras, paneras, corrales y tenadas, esencial para mantener activa una labranza de doce pares de mulas: al pie de cuatrocientas obradas de tierra cereal, veinte de majuelos y un bien nutrido rebaño de ovejas.
Dentro de ese cosmos abundante nació Cesáreo, últimos días de un invierno indiferente al hecho, cuando su padre se afanaba en desempeñar a satisfacción de los señores las tareas propias del puesto de encargado. Sin llegar a ser administrador, mi abuelo llevaba las cuentas de los jornales cumplidos, señalaba las tierras de sementera y los barbechos, compraba abonos minerales y los aperos mejor adaptados a cada labor, resolviendo cuestiones relativas al mantenimiento del ganado. Impartía instrucciones precisas al capataz, su ayudante, para que las hiciera cumplir auxiliado por los obreros primero y segundo. El trabajo exhaustivo y la buena marcha de las labores, desembocaban, al albur de los meteoros, en paneras y pajares de desigual contenido, más o menos cubas henchidas de mosto y apriscos ocupados por un número fluctuante de ovejas productoras de leche y tiernos lechazos. En las casas de labrador la libertad daba justo para decidir el destino de los animales domésticos; pero la falta de comida, una de las penurias que oprimían al país, se aliviaba de modo considerable. Disponían los campesinos de alimentos; intervenidos por la autoridad claro, pero fáciles de escamotear.
Mi abuelo, el capataz que era su brazo derecho y los dos obreros principales, con sus esposas e hijos, ocupaban viviendas adyacentes cerca de las cuadras. Había de ser el enlosado patio, plaza concurrida a la que se abrían las cuatro portadas, lugar de los infantiles roces que ponen en peligro la convivencia de las madres y, también, de los arreglos que la restauran. Escuela sería, imagino; espacio favorable al ensayo de ataques y defensas, a la práctica del entendimiento. La propiedad privada: medio para el desarrollo personal, caudal que compartido incrementa el disfrute; tomaría en esa plaza la restringida posición que luego ocupó en la escala de valores de Cesáreo. Nada consideró suyo del todo ni de manera definitiva.
Cuenta mi abuela que, llegado el verano y con él los señores y los señoritos, ella se crecía, duplicándose. Era el ama de su hogar y, además, la gobernanta de las doncellas: mozas contratadas en el pueblo para servir a los dueños durante su estancia. Vigilaba el bienestar de los patronos, el orden de las piezas comunes y la manutención de los agosteros: obreros eventuales ajustados para la temporada de recolección, noventa días cabales. Recibía eficaz ayuda, ¡menos mal!, de cocineras y fregonas: madres de familia que, cansadas como perros, en cuanto acababan la tarea ajena, recogidas en sus casas, iniciaban la propia.
En su entero provecho deseó alinear el abuelo las potencias que le hacían persona intuitiva y trabajador incansable. Pero no estaba solo: sabía que la esposa, reflexiva y discreta, podía dirigir en beneficio exclusivo de la familia su renovado afán y las innatas habilidades para la intendencia. Así que tomando a su cargo las tierras propias y otras arrendadas, se hizo labrador de par y medio de mulas. Razón tan sólida forzó el cambio de vivienda. Tenía Cesáreo tres años a lo sumo, y la mudanza se grabó en su mente con perfiles inalterados por el tiempo.
En el Arrabal, frente al arco de la muralla, se asentaron Cesáreo y sus padres. Iban a compartir la casa ancestral con quien la habitaba, una mujer de edad mediana que a más de madre era abuela, la única bisabuela que llegué a conocer. El recuerdo que de ella guardo, procedente quizá de sus últimos días, me entrega la imagen de una viejecita, centenaria o casi, arrugada y dulce como uva pasa. Pero entonces, cuando sucedió la llegada a su lado de los acogidos, debía de ser una persona enérgica que andaba, según mis estimaciones, por los cincuenta y dos o cincuenta y tres años, viuda dilatada de un hombre fuerte, muerto en plena sazón bajo el carro entornado en una cárcava de las laderas del páramo. Entre marrón y sepia conservo una foto del marido, padre de mi abuelo, con quien, a la vista de la cartulina, compartía rasgos bien marcados: la frente abierta, el arco pronunciado de las cejas, la mueca optimista de los labios y una estructura corporal bien desarrollada. Muestra el retrato, disparado en estudio, el cuerpo entero de un mocetón que ya ha cumplido con la patria. En actitud envarada, dueño de unos largos y poblados bigotes, sujetan sus manos un sombrero que a todas luces es simple atrezo.
Los tiempos difíciles que atravesaban los labradores condicionaron la formación de mi padre, moldeándolo en el supremo amor a la tierra y en la esperanzada espera de los que consumen su existencia temerosos de la falta de lluvia o de la aparición del granizo. Los recuerdos de esos momentos ya tienen raíces, profundizan en una realidad sin adornos forjadora de su carácter austero. “Mi pequeño mundo” recoge en pasado, mimadas por Cesáreo Gutiérrez Cortés, las páginas concernientes a su estancia en la Casa Grande, pues se supone que el relator es el niño y el relato se inicia con el traslado. A partir de esa marcha, que adquiere en su mente dimensiones de “hégira”, ya no es el adulto quien rescata del desván las vivencias antiguas, es el niño el que describe en presente cuanto recogen los sentidos en sus periódicas descubiertas, y se sirve del muchacho y del mozo que será, para comparar los distintos tramos del camino y valorar el avance. De ahí que el análisis, en ocasiones frecuentes, no sea el que haría un rapaz avispado sino el de un muchacho dado al razonamiento.
“Guarece la casa, con los correspondientes distingos, a diversos animales. Sirven unos y otros al beneficio de la familia, pero las bestias de carga son los medios de que se auxilia la vida rural para cerrar el círculo de su permanencia, y reciben, por ello, los mejores cuidados. Destaca el caballo, noblote, plácido, calmo, de fuertes patas y andar cansino; favorecido por un pecho ancho que revela a la bestia de arrastre. ¿Quién va a pensar, al verlo así de manso, que no hace tanto, en una noche aciaga mató de una coz, descargada en la cabeza por mala fortuna, a la Jardinera, una mula joven, juguetona, que lo incomodaba con su manoteo, con sus cambios de sitio? No obstante la desgracia ocasionada, había dado `Lucero´ tanto de sí, que consideramos la patada como un accidente y no se la tuvimos en cuenta. La Torda y la Francesa son muy distintas: agrisada y alocada una, y asentada y parda la otra. La Torda sustituye a la Jardinera, y su compra hizo necesaria la solicitud de un préstamo, un anticipo a cuenta de la cosecha inminente, de dos o tres cosechas si vienen mal dadas.
“Forman la cuadra siete pesebres de los que sólo tres reciben pienso: paja de trigo abundante y la ración cabal de cebada, fijando en su espacio a las caballerías. Los restantes, mientras llega la prosperidad que permita incrementar las obradas de tierra y, por ende, las mulas, se aprovechan para usos bien distintos: los extremos, próximos a las paredes laterales, simétricos, sirven de nidales a las gallinas; y los otros dos, uno a cada lado del hueco central, posesión de Lucero, acogen una bola de sal pétrea. Cuando regresan los animales de la faena o en día festivo, suelo pasar algún rato acomodado entre el caballo y la mula Francesa, pegadas mis asentaderas a la esfera salada que las dos bestias acarician con su larga lengua roja, blanca, negra, gris, desgastándola de manera irregular, excavando grutas en ella. Quedo allí largos ratos viendo como hurgan con el morro y los belfos entre la paja de trigo, buscando los alimenticios granos y apartando las granzas, ásperas y desagradables al tacto.
“En un rincón próximo a la puerta del pajar, expuesto a las corrientes de aire, descansa el burro Lepe; así llamado porque conoce cuanta artimaña fue descubierta o inventada desde que los asnos poblaron la tierra. Animal doméstico más que labrador, se encuadra en el universo de las mujeres y de los niños. Usa a modo de comedero un poyato acotado con ladrillos recubiertos de yeso, hecho a su medida, de juguete casi. Por repetidas, ha de conocer a la perfección sus obligaciones, que no son tantas: tirar del carrillo entoldado camino de Palencia, ida y vuelta agotando el día; cargar las alforjas repletas de ropa sucia para lavarla en las aguas del río Carrión, soportando el peso añadido de herrada, banca, estaca y fiambrera; y seguir a las mulas cuando corresponde, al dictado impreciso del mochil encargado de las vituallas. Posee un carácter desconfiado e independiente el jumento, ¡ah! y tozudo. Los sembrados linderos del camino, las descollantes espigas, la alfalfa tierna y las brácteas sabrosas de las zarzas constituyen sus bocados preferidos. No hace cuentas con nadie y vive a su aire, amigo de la independencia y en clara oposición a los arreos que fijan su indócil voluntad al trabajo. Yo me inclino por Lucero o la plácida Francesa, y si he de montarlos para ir a la era o regresar a casa, lo hago complacido y seguro de no sufrir ningún percance.
“Están las gallinas; torpes, espantadizas, en número difícil de precisar; salvo para mi madre que las conoce una a una por los nombres dados: la manchada, la saltarina, la picotera, y otros de ese estilo. Se trata de aves grandes, ponedoras de huevos que con frecuencia guardan dos yemas en el interior de una cáscara fuerte y oscura; madres y pollas escandalosas cuando cacarean la hazaña cotidiana del alumbramiento. Nos dejan a diario un huevo caliente junto al reclamo de yeso, burda imitación que no logra engañarlas. Su puesta procura existencias para el consumo, y un excedente que se vende a los vecinos carentes de corral, obreros casi siempre. Las preside un gallo orgulloso y porfiador, que anda buscando pelea con un oponente a la medida, sabedor de su ausencia. La áspera barda acostumbra a ser el púlpito que engrandece sus arengas o sus peroratas, según avance el día. No ve adversarios en el futuro inmediato, porque los aprendices de sus tretas son aún capones y las festividades suelen dar con ellos en la cazuela.
“Súmanse unos conejos grises o pardos, de piel suave, roedores constantes de amapolas y mielgas, cebada entera o pienso compuesto de harinas mezcladas. Entregan, a cambio del forraje, de los cereales, de una conejera limpia y abundante agua fresca -sucede la donación en el momento último, el que culmina su vida- una carne blanca y rosada y una piel por la que paga el pellejero de Villarramiel al menos dos reales. Si es bien cierto que chicharro y bocartes se sirven casi a diario en las mesas de los labradores pudientes, festín de solemnidades es el conejo, situado casi a la altura de la merluza y el pollo.
“Ocupa un cobertizo pegado a la leña un animal indómito, de pelo negro y áspero, de ágil y huidizo trote, enemigo de los senderos marcados: la chiva; hembra dotada de una ubre generosa, repleta de sabrosa leche al regreso de la pastura. La ordeña mi madre entre intentos de huida y empellones que, en desagradables ocasiones dan con el albo líquido en el suelo. Hace gala de una cierta debilidad por los sitios altos, y sorprende a mi padre encaramándose a lugares que hasta para los humanos resultan inaccesibles.
“Pequeño o grande, criamos un cerdo de oscura pelambrera, sustituto de otro gruñón por el que el año pasado vertí cuantiosas lágrimas: ocasión triste de su muerte violenta y posterior chamusquina. Hoza el cebón en el abono húmedo con sus poderosos hocicos, revolviendo el corral entero en un santiamén; y se alimenta de patatas cocidas o harina de titos y cebada, masa consistente que el agua hirviente diluye.
“Aunque no pertenece a la casa, ni produce en ella nada que vaya más allá del estiércol de sus excrementos, fertilizante muy apreciado si he de ser sincero; ocupa la tenada un hatajo de ovejas vacías. Ocurre que un primo carnal de mi padre nos las confía para no mezclarlas con las preñadas, merecedoras de un mejor trato. Preferiría yo que fueran lechazos, nubecillas de algodón en rama o corderas de las que inician su andadura autónoma al margen de las madres. Pero no, sólo nos deja las cancinas. Hay algunas negras, de lana burda, menos vistosas, que por su número escaso destacan en los descarríos; presa fácil del ojo del pastor y de los dientes del perro.
“Ponen punto final a la nómina de los irracionales, los gatos: dos, macho y hembra. Es vivaracha la gatita, hábil cazadora, de cabeza triangular y corta alzada. El macho, formidable ejemplar, perezoso y manso, gasta facha de león y actúa como si en verdad lo fuera. Al calor de la estufa en invierno, a la fresca sombra del umbral de la bodega en el estío, pasa las horas muertas descansando de inciertos cansancios de sus antepasados. No comparten los michos ningún parentesco ni los une la menor simpatía. Siendo un cachorrillo juguetón al que resultaba fácil tomar cariño, porté yo al gato desde la Casa Grande; y la gata, primera en la ocupación del territorio, pertenecía ya a mi abuela.
“La vivienda del Arrabal exhibe una fachada notable que yo esbozo en la escuela sobre el papel blanco del cuaderno de dibujo, otorgándole un buscado aspecto de rostro femenino. De boca hace la ancha puerta de dos hojas de roble, los ojos son los ventanales abiertos de las alcobas de arriba; y un ventanuco redondo, localizado en el centro del ángulo que forman las dos vertientes del tejado, semeja ese adorno que algunas mujeres llevan sobre la frente en La India. La piedra labrada y el ladrillo dispuesto de forma artística ennoblecen el frontispicio, dotándole de un aspecto singular. Otras paredes, sin embargo -las correspondientes a paneras, pajares y lagar- están hechas de dura paramera, de pedregal estéril, recio tapial resistente a lluvias y granizos. Oculta recovecos el interior que voy conquistando: misteriosos rincones y el polvoriento desván, espacio angosto al que no me permiten subir pero subo.
“El corral es el campo acotado; muros llevados a la orilla de un terreno con las dimensiones justas, las que permiten al carro maniobrar. De día me atrae la vida que bulle en su interior, mas de noche, dueñas del espacio las inquietantes sombras, me da miedo adentrarme en su enigma movedizo. Las paneras son habitaciones en cuyas ventanas los cristales rotos tardan tiempo y tiempo en reponerse, alcobas donde las telarañas que ornan los rincones no causan el desdoro del ama. ¡Cuánta gloria da verlas colmadas –metro y veinte de altura- cebada o trigo! ¡Qué tristeza recorrerlas vacías; un montoncillo de titos o avena ocupando un rincón insignificante!
“Mediado el otoño, a la espera de una nueva campaña, queda en el lagar, solitaria e inútil, la enológica industria. La ilumina apenas la luz que filtran las rendijas de la puerta y una ventana mal ajustada. En cuanto los ojos se hacen a las tinieblas, vislumbran apilados los tablones, los maderos y el tentemozo, en la cavidad abandonada por los racimos. Sobre sus apoyos descansa la luenga viga, señora de la invención, soberbio tronco de haya a salvo de alabeo. Asido a ella en el extremo libre por un eje espiral, se intuye el pilón, pesado cilindro de piedra blanquecina, ahora estático e inofensivo, ajeno a la amenazadora apariencia patente cuando levita a dos palmos del suelo, últimas vueltas de tuerca, máxima presión ejercida sobre el orujo apelmazado. Destinado a acoger el mosto extraído de las uvas, el pocillo aminora su peligrosidad con una tapadera de chopo forrada de hojalata. Disfraza mi imaginación tales trebejos con la apariencia de instrumentos usados por gigantes ya idos, dueños de extremidades disformes, de torsos que hablan de tú a las erguidas montañas.
“Bajo la peña resistente sobre la que se asienta la casa, con entrada desde el corral, se abre paso la espléndida bodega; amplia y fresca galería acogedora del perezoso milagro –incomprensible para mí- del azúcar mudado en alcohol, transubstanciación que atribuyo a los mágicos manejos de mi padre, llevados a cabo siguiendo fórmulas arcanas, extraídas de alguno de los varios tomos de un tratado encuadernado en piel que lleva por título el ambicioso y clarificador de `Agricultura´. Tras una hojeada somera me adentro en él texto a través de los párrafos más próximos al inicio. Así sé que su historia es muy larga, pues fue escrito por Gabriel Alonso de Herrera en el año 1513, y desde entonces se han hecho de él múltiples reediciones. La que nos asesora, en cuyo enriquecimiento trabajaron los mejores especialistas del país por encargo de la Sociedad Económica Matritense, data de 1818. Ha de ser viernes para que acuda con mi padre a rellenar las fervientes cubas, aprendiendo que las fases de la Luna ponen acción indirecta, catalizadora acaso, en el proceso. Iluminan nuestros pasos en el tenebroso interior de la espaciosa caverna, velas y candiles, proyectores de terroríficas sombras muy alejadas de las nuestras, engrandecidas hasta alcanzar el curvo techo.
“Forman el espacio destinado a las personas, cinco habitaciones, una cocina, la estufa y el vasto portal; rectángulo que abre puertas a todas las estancias, incluso a las superiores, pues de él parten los quince banzos de la escalera, hecha de tablas enceradas. Asimismo admite, acaso con recelo, el temido brocal del pozo y la pila adyacente, cuyo desagüe evacua las aguas sucias a la ronda mediante un albañal. Roca del páramo vaciada del sobrante por algún cantero de los que ya no quedan, la capacidad considerable de la pila sirve a mi madre de fregadero; y en un hueco abierto en la base, la ordenada mujer guarda el estropajo de esparto destrenzado de alguna soga inservible, arena áspera traída de los arenales abiertos al otro lado del cementerio y un jabón algo tosco hecho por ella con tocino rancio y sosa cáustica. La cocina, dotada de una trébede más bien pequeña, mira al corral por la única ventana disponible y cuenta con un horno de pan en desuso, una alacena y el hogar de guisos y frituras. Reposa en mi alcoba un arca eclesiástica de nogal macizo, en cuyo interior se guardan las mantelerías, las sábanas de hilo y las bordadas colchas: una herencia que viene de antiguo. El suelo de la estufa cubre un hipocausto que la caldea, y la pared del sur abre frente al arco su ventana, por la que se filtra el sol radiante que convierte en primavera las horas centrales del día invernal. El resto carece de importancia, salvo una sala ambigua, entre alcoba y panera, usada para conservar parte de la matanza: primero sumergida en el pozal de salmuera, luego oreándose al relente nocturno.
La nueva casa, en la que, hasta el nacimiento del primero de sus hermanos, Cesáreo fue el único infante; tuvo la virtud de ponerlo frente al espejo, delimitándolo en todas sus vertientes, concretándolo. Ya no hubo comparaciones ni posiciones relativas, y un factor nuevo se introdujo en la valoración del progreso: sin entrar en cotejos con los otros niños, las tareas encomendadas debían realizarse mejor que en la ocasión precedente. De natural despierto, se convirtió en un chaval responsable, empeñado en aprender a leer aun antes de iniciar la asistencia a la escuela. Objetivo alcanzado con una pequeña ayuda inicial y la cartilla encontrada buscando otras cosas. Fueron memorables las representaciones, cuasi circenses, protagonizadas al anochecer ante una concurrencia de interesados en lo acontecido y en las gracias del mocoso -enredador en grado sumo- capaz de añadir a los verdaderos sucesos leídos en el periódico, fantásticas improvisaciones que alarmaban a los oyentes o los cargaban de esperanza infundada.
También pudo malcriarlo su hogar, está claro; pero poseía defensas. Se hubiera hecho egoísta, egocéntrico inclusive, si no viniera de la convivencia extrema. El rincón de la arena, teatro de los primeros juegos en el patio de la Casa Grande, espacio comunal abrazado por las cuatro viviendas que a él salían; donde el caballo de cartón, el aro metálico, la pequeña pala y el caldero de juguete que dio forma en la fragua su abuelo Leoncio, padre de su madre; es decir, el limitado conjunto de las infantiles propiedades, tenía sucesivos dueños que sabían efímero y parcial su dominio: eran ellos los hijos del capataz convertido al fin en encargado, y los vástagos de los promocionados obreros primero y segundo. Del abuelo materno, un hombre de acción que se enfrentaba a cualquier dificultad con ánimo decidido, guardaba Cesáreo entrañables recuerdos; memoria facilitada por la extendida presencia de ideas suyas puestas al servicio de las tareas del hogar, facilitándolas. Hasta cumplidos los seis años, momento en que nació el segundo de sus hermanos, fue Cesáreo un crío mimado por la intención de sus padres; pero habían ellos de vérselas con la escasez de todo: ropa y juguetes. Durante ese tiempo fue hijo único, pero sus primos, sobrinos de su madre, mucho más que amigos, eran capaces de mentir en su favor, de simular por defenderlo, de recibir castigos para evitarle disgustos. Estuvo tan unido a ellos, que debieron de nacer los hermanos verdaderos para que aprendiera a diferenciarlos.
Cotejadas las incomodidades con las satisfacciones pudo apreciarse el beneficio de la mudanza, pues sirviéndose mi abuelo de su profundo conocimiento de la agricultura, del singular ingenio y de un esfuerzo reiterado que agotaba a las bestias; y sacando adelante mi abuela la casa con el mínimo gasto, ahorraron dinero bastante para comprar algunas tierras y poner interno a Cesáreo en el mejor colegio de la capital. Nueve años tenía el muchacho cuando se produjo este segundo desplazamiento, poco más largo que el primero, siete escasos kilómetros. No obstante, la reiteración le descubrió la bondad de los cambios, incorporando a su manera de ser el gusto por los viajes y el deseo de enfrentarse a nuevas situaciones, que sobre proporcionar saber y experiencia rompen la nefasta rutina.

 

 

 La carretera de Valdeolmillos

Estudiante en vacaciones, vería Cesáreo con ojos seducidos, como quien observa el efecto de la piedra arrojada al estanque, brigadas de obreros en trance de ensanchar el carril que, desde el antiguo camino real de Cantabria, atravesando la ruta de Astudillo, conducía al monte. Llamamos así a una elevación de tierra rojiza sita en el confín oriental de Valdepero, poblada de encinas sobre todo, que perteneció al municipio antes de pasar a manos de una familia rica de la capital. Hallaría sorprendente encontrar peones armados de picos y palas; parejas bien avenidas en las que uno removía la tierra y el otro la apartaba, extendiéndola como quien siembra, imprimiendo a sus brazos, a su cintura, ese movimiento de abanico que se abre y se cierra. Se trataba de la primera consecuencia de una acción administrativa iniciada meses antes: la expropiación de los linderos labrantíos. Germinaría en ese período, a buen seguro, un tema único de conversación, absorbente o imán de los otros, fuente de disgustos sin cuento; porque las autoridades, insensibles a las emociones generadas por sus actos, puestas las miras en el bien común, obligaban a ceder unos metros de la orilla, derecha o izquierda, de un terreno fértil en su mayoría, excepcional en el caso de la vega formada por el Arroyo Mayor. Se mejoraba un camino transitable y cómodo, pues en él, siendo llano el terreno que recorría y estando afirmado a conciencia, la erosión malgastaba su esfuerzo. De manera que no se desprendía gran ventaja del hecho de ensancharlo y consolidarlo. Es cierto que alcanzaba el monte, pero al monte, salvo los que poseían alguna tierra en sus laderas o los que bajaban leña para el hogar una vez al año, pocos subían. De ahí que, nutrida por el avance de las cuadrillas destinadas a marcar el recorrido y eliminar obstáculos, anidara entre los vecinos la sospecha de que la vía proyectada podía atravesar el monte y alcanzar la otra vertiente, llegando hasta Valdeolmillos.
Era Valdeolmillos poco más que un nombre, un nombre de pueblo apenas oído en aquellos días; el nombre nunca escrito en los mapas usuales, de una villa que presentaba no pocas incógnitas: la ubicación exacta, el tamaño de su población y la ocupación de los vecinos. La curiosidad llevó a recabar datos, y los datos dijeron que su término municipal lindaba con el de Valdepero, que los cascos urbanos de ambos distaban tan sólo una legua y que el monte hacía de frontera infranqueable. El monte y la inexistente necesidad de contacto, claro. Nadie, que se supiera, había ido de Valdepero a Valdeolmillos. Nadie, que se supiera, había hecho el camino inverso. Sin embargo, quienes subían al monte a por ramas de encina, destinadas a cebar el fuego del hogar durante todo el año, acercándose al extremo situado a levante, podían ver las casas rodeando la iglesia si tenían ese capricho.
Que la proyectada carretera perseguía la línea recta quedó acreditado ya en los primeros desmoches. Taludes se originaban en los altozanos, inclinaciones pronunciadas desprovistas de vegetación. Antiguas curvas, acaso las menos despejadas, aparecían de pronto sustituidas por una tangente, por una calzada que las empujaba dentro de las tierras de labor. Algunas parcelas sufrían una división drástica y se las veía partidas en dos por el trazado nuevo, tieso como una vela. La propiedad privada a la que se sometía el viejo camino, recibía un buen empellón en aras del bien común y de la lógica. El cerro conocido por «La Campiña», que sin duda sirvió de pared al foso del castillo en la lejana época del furor guerrero, hubo de ser acometido hasta lograr una pared vertical que permitiera el paso a los carros cargados de nías, los que alcanzaban un volumen mayor.
Descubrieron los cavadores en ese tramo multitud de calaveras, tibias, radios, costillares, y la diversidad de huesos que da forma a cualquier esqueleto humano, incluidos aquellos que vivieron hace mil años o más. Descubrieron los azadones utensilios domésticos antiquísimos, y monedas en vigor en épocas pretéritas, restos romanos y celtibéricos que las palas cubrían o las manos escamoteaban depositándolos en las faltriqueras si lo permitía el tamaño, o en los amplios fardeles destinados al transporte de la fiambrera; pues los capataces trasladaron a los peones la orden recibida de callar el hallazgo, debido a las consecuencias perjudiciales que podían producirse.
Vería Cesáreo, curioso como era de cuanto acaecía en su entorno, que a los trechos terminados de allanar, los ya ensanchados, en los que la tierra presentaba un color más oscuro, llegaban los burreros. Vería hombres altos, altivos, sirviéndose de una vara fina, entre aguijón y bastón de mando, para guiar con imperio largas reatas de jumentos portadores de piedras. Observaría los pedruscos, irregulares, dotados de caprichosas formas, sacados a barrenazo limpio y golpe de pico de los inacabables yacimientos del páramo por trabajadores toscos, obstinados, capaces de arrancar a la naturaleza la materia prima de las invenciones humanas en verdad duraderas: cimiento y muro, puente y arco, estatua y obelisco. Hasta medio centenar de asnos vería Cesáreo avanzar, seguros del oficio adquirido por la repetición de gestos; jumentos escépticos ordenados en hileras de cinco, de siete, de ocho; parsimoniosos hasta ser aguijados o momentos después, ya olvidado el estímulo. Vería admirado a los cuidadores que los sendereaban, maestros de un arte que en las empinadas laderas de las altas montañas se muestra en toda su belleza y dificultad. Vería a los muchachos de doce o trece años, todavía en edad de ir a la escuela, que cambiaban, acaso con inexplicable placer, el aprendizaje suave de la teoría, de las primeras letras, de los primeros números y de los últimos juegos; por el atajo arduo y monótono de la práctica, por la cruda realidad del trabajo y de la vida adulta. Los vería Cesáreo descender desde las canteras del páramo hasta los tramos lisos y anchos de la calzada nueva, decididos a cumplir a rajatabla la orden de callar los hallazgos de monedas y piezas de cerámica antigua, huella y testimonio del paso del hombre imperecedero, de su forma arcaica de vida, origen de la nuestra. Vería los baqueteados serones, trabajo de artesanos del esparto, cuyo sustento dependía de que las carreteras llegaran a su término justo, sin demoras originadas por percances graves o descubrimientos que obligaran a investigación. Senos repletos de piedras blancas manchadas de tierra roja, colocadas por manos expertas de forma que se ajustaran a los huecos y el transporte ahorrara algún viaje. Vería vaciar las alforjas, y crecer los montones resultantes a intervalos parejos, medidos con pasos forzados. Vería Cesáreo Gutiérrez Cortés la sincronía de los movimientos de unos y otros, y tomaría nota mental para luego, llegado a casa, reflejarlo en sus ensayos de escritura, notario del diario acontecer.
Cuando los picapedreros: varones de diversas edades, calzando botas de cuero y vistiendo pantalones de tejido consistente, pana o lona, tocados con boinas o viseras, portando anteojos entelados de alambre para protegerse de las temidas esquirlas; cuando los picapedreros, sirviéndose de martillos de mango alargado comenzaron a dividir las piedras íntegras, convirtiéndolas en cantos del tamaño de un puño; cuando la primera cuadrilla de esos ásperos vareadores rompió el silencio con sus acompasados golpes, ya hubo sobre la carretera en ciernes tres actividades distintas, cada una de ellas ocupando una sección no más larga de setenta metros.
Pero no paró ahí la cosa. La maquinaria pesada hizo acto de presencia, estableciendo otro eslabón, en cuanto el primer tramo quedó cubierto de piedras disgregadas y los picadores llegaron al segundo, recién abandonado por los burreros que ya tomaban el tercero, liberado éste de la presencia de los hombres del pico y de los hombres de la pala, que conquistaban en ese preciso instante el cuarto cantero. La calcadora: un monstruo con hechuras de máquina de tren, que avanzaba bufando, expulsando vapor por sus narices; la apisonadora, nombre usado por los propios operarios, dotada de un enorme cilindro de hierro a modo de rueda delantera, compactaba las piedras y la tierra. Avance, retroceso, lentos giros a derecha o izquierda: un maquinista experto movía el impreciso timón de hierro, y dirigiría con admirable pericia el rumbo del provocador armatoste. Acosaba su lenta marcha, perseguidora impaciente, una cisterna subida a un carro de varas. El gitano que encaminaba a la mula marcándole el ritmo, y dosificaba el caudal de espitas y bitoques, cumplía sin despilfarros el encargo de regar la calzada en busca de su inmediato apelmazado.
Los vecinos que estaban al tanto de la evolución y el desarrollo de las técnicas fabriles, quienes habían oído hablar de las ventajas del trabajo en serie implantado en las factorías, al ver la acometida equilibrada de los cuatro oficios, uno tras otro, día a día, pensaron: “Eso es; ahí está la cadena industrial traducida a las obras, acercándose al campo; los adelantos de la producción ya llegaron, sólo falta que los apliquemos a las tareas agrícolas y la prosperidad se instalará entre nosotros”. Iba a suceder, sí; pero de otra manera. El tres de julio de unos años después, pudo verse, girando en cuadrada espiral, midiendo sin pausa el perímetro cada vez más reducido de un extenso terreno sembrado de cebada cervecera, una máquina capaz de segar, trillar, aventar y ensacar casi de forma simultánea.
Los peones contratados para el movimiento de tierras, hombres y muchachos amoldables, habituados a llevar a cabo cualquier tarea que requiriera fuerza y habilidad, eran vecinos de Valdepero y dormían en sus viviendas. Burreros y picapedreros, especialistas retribuidos con mejores salarios, iban de obra en obra, de carretera en carretera, y estaban habituados a alojarse a pie de tajo en los pueblos limítrofes. Originarios de lugares lejanos, comarcas deprimidas que los expulsaban faltas de ocupaciones bastantes, los había que ahorraban para la familia, esposa e hijos necesitados de sus duros; y quien gastaba en jaranas nocturnas lo ganado en el tajo durante el día. Los servidores de la calcadora se daban una importancia que los distanciaba de los otros, y llegaban al corte en grupo desde Palencia, caballeros sobre motocicletas que avanzaban despacio y sumaban su ruido, alborotando.
Un buen número de casas valdeperinas acogió huéspedes; en general los hogares obreros, pero también los de algún labrador pequeño, de esos que pasan apuros para cubrirse todo el año con la capa de la cosecha. Ciertos alojados conocían los inconvenientes de vivir en el domicilio de otro, y habían desarrollado desdeñables mañas, opuestas con clara ventaja a la imperceptible desconfianza desplegada por los lugareños. Salvo estimables excepciones pretendían los foráneos, según fuera su índole, darse buen trato en la mesa a bajo precio, enamorar a las muchachas deseosas de pretendiente o incrementar la soldada a costa de los jugadores bisoños. Ganaban en osadía los burreros; los pedreros, pareciéndose, quedaban lejos de mostrar conductas perversas. Derivación de tales presencias venía a ser el hecho inusitado de que el pueblo anduviese revuelto, convertido en un mar de hablillas que relacionaban a unos y a otros en lances situados fuera de los usos aceptados por la comunidad. Las tiendas, los vecinos que vendían alimentos de temporada, las cantinas y los que recibieron a personas decentes, que las había entre tanto desvergonzado, aprovecharon la oportunidad de sacar en limpio cuatro perras, y las destinaban a echar algún remiendo a la casa o al ajuar.
La nueva calzada, ancha, recta y plana; avanzaba mostrando patentes ventajas sobre el antiguo camino: motos y bicicletas circulaban con una suavidad desacostumbrada; hasta coches y camiones alcanzaban una razonable velocidad sin peligro. El traslado de los ingenios de labranza sobre el nuevo firme ganó en viveza y comodidad. Quedó claro: se ahorraba tiempo evitando el deterioro de los enseres y disminuían los percances sufridos antes por las personas. Eliminados los baches y cubierta la alterable arcilla de una capa de piedra sólida, se eludían peligros ciertos para los carros, como volcar o quedar presos por las ruedas en un hoyo de lodo. Las mulas caminaban sueltas, llegando descansadas a los pagos alejados del pueblo. Incluso el esfuerzo extremo de subir la cuesta del monte, antaño tan temido por bestias y dueños, se aminoraba considerablemente. Por añadidura, suavizada la inclinación y empedrado el suelo, esa bajada, tiempo atrás la más peligrosa del término para los carros que volvían al pueblo cargados de leña, mejoraba su seguridad; el efecto de la galga bastaba para evitar que se precipitaran dando tumbos.
Poniendo la innata buena intención de la gente a valorar los logros de la carreterilla, como se dio en llamarla en comparación con la otra, la que va y viene de Palencia a Santander, podía entenderse que llegara al monte, pues aunque se cifraran en cincuenta los viajes hechos al cabo del año por los vecinos de Valdepero, concentrados, además, en el período otoñal previo a los fríos invernales, la ganancia se palpaba. Que la vía alcanzara Valdeolmillos ya era otro cantar. En su último tramo los efectos beneficiosos de la obra se desplazaron al pueblo de arribo: contratación de operarios, demanda de hospedaje y las compras de alimentos. Y el prometido interés por la contraria vertiente, vencedor de la secular indiferencia, ni asomó el flequillo: los habitantes de Valdeolmillos y Valdepero daban aún la espalda a los otros, sin pararse a tasar los beneficios del conocimiento mutuo. En conjunto, el bien público resultaba menos evidente que el privado. Los propietarios del monte, dueños también de una casa de recreo levantada en la finca, tuvieron un acceso acomodado a las sensibles ruedas de sus coches. Llevar la carretera más allá de la entrada, obligarla a llegar a Valdeolmillos, no parecía tener un objeto distinto del disimulo y la justificación. La propiedad privada, herida en las rectas iniciales o en las intermedias, tierras correspondientes a labradores comunes, donde cruzan parcelas sin miramientos, buscando el bien común; la propiedad privada, digo, triunfaba a la postre, demostrando así la relatividad del derecho a la tenencia y disfrute de bienes, que es, a ojos vistas, menos vulnerable en el caso de los ricos.
Debió de impresionar a Cesáreo el revuelo nacido en torno al afirmado de la referida carretera, pues en su libro de primeras memorias trata el asunto con minuciosidad. Dedica un capítulo entero a los sucesivos trabajos, y en el apartado correspondiente a las personas, destaca, por encima de todas las conocidas durante el maremagno constructor, al burrero Máximo; un soñador que desde el pastoreo de ovejas por cuenta ajena, iba en su cabeza para propietario de una bien nutrida recua de asnos de transporte, estando ya en seis bestias de buena estampa, añadidas a la cola de la reata a modo de apéndice que él consideraba indispensable. Marido desviado de la mujer por desgaste del primitivo amor, y falto de hijos a quien inducir con el ejemplo, hizo Máximo buenas migas con el joven Cesáreo, hasta el punto de relatarle sus ajetreadas vivencias y las penurias y riquezas sufridas o gozadas por otras personas, a quienes el relator había conocido en sus viajes interminables por la geografía quebrada del Norte de España.
Hija interesada por las razones del padre, pensé, nada más acabar la lectura de sus recuerdos, que la comprobada inutilidad del cabo de la calzada, el trecho que va a Valdeolmillos desde el monte, pudo fijar a su carácter alguna porción de pesimismo. Pero ¡quia!; por aquel entonces veía mi padre a la humanidad bien orientada, alcanzando el ramal apropiado del laberinto, enredo próximo a la salida. La decepción no llegó a anidar en él; mantuvo viva la utopía de una improbable distribución de la riqueza. Es de creer, yo así lo pienso, que la carretera de Valdeolmillos, verdadera expresión del quebranto de la justicia social, victoria de los poderosos sobre el pueblo llano, supuso para él un desafío que exigía acción permanente.
Admiró Cesáreo la vida de los burreros, trashumantes que recorrían con sus jumentos la geografía regional, conociendo gentes y costumbres diversas, lugares que eran tonos múltiples de un mismo color y hasta colores distintos de una paleta enriquecida. No había comenzado a viajar mi padre, pero procuraba entablar conversación con quienes pasaban a su lado, escuchando embebecido sin importar cuanto se alargara el relato. Leyó un compendio de “La descripción de las maravillas del mundo”, en una edición española titulada “El libro de Marco Polo”, propiedad inicial del antepasado boticario; y al instante quiso emular al viajero. Lo cuenta al inicio del tercer artículo perteneciente a una serie de cuatro, dedicada a Venecia y aparecida en una revista difundida en todo el país; donde resalta el aspecto fabril de la ciudad lacustre, patria del inquieto comerciante del siglo XIII.
Si en la vida de cualquier persona, aspiraciones y realidades se entrecruzan apoyándose, dando y recibiendo en especial simbiosis; en el caso concreto de Cesáreo Gutiérrez Cortés, ese entreverado se hizo de modo consciente. Amalgamadas iban en su persona las experiencias con las imaginaciones, y pareciéndome bien, así las dejo. Confío, no obstante, en la habilidad del lector para deslindarlas si lo desea.

 

 

 

 Juventud y primeras salidas

De cuatro pinceladas verbales se traza el retrato físico de Cesáreo, correspondiente a la etapa temprana de sus primeras salidas. Contiene el arcón que lleva su nombre, mitad inexacta de mi preciada herencia, fotografías que algún transeúnte debió de dispararle por favor, tomadas ante fondos de interés documental: iglesias románicas de perpetua belleza, acantilados insondables para la mirada propensa al vértigo, picos nevados desde el inicio de los días, grupos de personas en actitud insólita, ríos excedidos de sus riberas, desérticas planicies cuarteadas de sed o albergues rústicos bien conservados; objetivos fotográficos de suficiente valor para relegar la presencia humana a la categoría de referente añadidura. Varios retratos trazados al vuelo por un amigo caricaturista, se mezclan en sus carpetas con hojas sueltas que recogen pensamientos y reflexiones reveladores de su forma de ser y sentir.
Puedo asegurar, apoyándome en tales elementos, que mi padre no era un mozalbete al uso, como acostumbra a decirse. Suelen reproducir los jóvenes los guiños de los fetiches de moda: gestos, dichos y ropa de vestir; de forma que los unos se parecen a los otros como las gotas de una misma nubada. El prototipo, acaso cantante de rock o actor de cine, lucía un cabello de largura moderada y prolongadas patillas, camisa ajustada de solapas espléndidas y pantalón entallado con perneras en forma de campana. En Cesáreo, la melena que cubría por completo las orejas, y la negra barba hirsuta crecida en libertad, procuraban un aspecto rebelde y bohemio a toda la figura. Unas arrugas, dos más largas y otra tercera algo menor, dibujaban una frente reflexiva y adulta. Jugándose algo más que la reputación, leía a Sartre y a Marcuse, al mejor Nietzsche, algo de Marx, mucho de Bakunin y Kropotkin, alternando a Hegel y a Proudhon con los clásicos y los premios Nobel más difundidos. Asistía a recitales furtivos de cantautores opuestos al sistema dominante, colaboraba con ellos aportando la letra de su queja, y está claro, ciertos gestos airados acaban por fijarse. Los abiertos ojos marrones que muestran las fotos bajo pestañas y cejas pobladas, se atenúan, tímidos, tras unas gafas de metal adelgazado y cristales sometidos al círculo del armazón; anteojos traídos por encargo desde alguno de los bazares hindúes que tanto proliferan en Canarias. Se insinúa un hundimiento de la piel perfilando las mejillas, con promesa seria de profundizar en surco. Los labios finos y la boca pequeña, sometidos a una nariz sólida de suave perfil, proporcionan una armonía rotunda al centro del rostro. El resto carece de interés, a no ser que alguien valore un cuello fuerte situado sobre unos hombros y un tórax afines, es decir, pujantes, vigorosos; a no ser que alguien conceda importancia a unos brazos robustos, reveladores de un pasado de trabajos agrícolas, y a las cuidadas manos, de una rara perfección y hermosura, difusoras de continuos mensajes referidos a la apacible ocupación de aquel presente. En suma, podía pasar por un muchacho agradable, abierto a la conversación y al trato espontáneo, carente de ataduras visibles e interesado tanto por el entorno inmediato como por las culturas alejadas. Había en su época miles así: oprimidos por el enorme peso de la vida iban y venían en pos de quimeras, sin exteriorizar con claridad cuando se trataba de uno u otro ejercicio, y acaso sin saberlo.
Tomó posición frente al poder, y lo hizo como firmante de manifiestos en pro de la libertad de los presos políticos que se resistían en las cárceles; o asistiendo a manifestaciones en defensa de los derechos humanos. Delitos por los que fue retenido en comisaría y condenado a pagar elevadas multas. Varios integrantes de organizaciones fascistas, le hirieron en brazos y espalda al salir de una reunión clandestina con miembros destacados del sindicato C.N.T. Empleaban cadenas los violentos, y por suerte o habilidad pudo esquivar los golpes dirigidos a la cabeza. Sufrió dolorosas contusiones de color cambiante, que tardaron en desaparecer veintitantos días; pero no pasó de ahí la cosa, porque el régimen perdía a chorros la fortaleza y el rigor primitivos. Ni un encarcelamiento sufrió Cesáreo, ni una detención de aquellas alargadas por una ley previsora de arduos interrogatorios, poco cuidadosa de las formas. Y lo sentía; pues de tal galardón se hubiera preciado ante las amistades. De modo que la única anécdota que consta escrita en este sentido, termina acomodando una sonrisa triste en los labios del oyente.
Un anochecer sangriento en que el horizonte occidental parecía herido de muerte, rojizo hasta después de marcharse el Sol cuesta de Husillos abajo, siendo Cesáreo todavía un niño, la pareja uniformada se apoderó de él. La Guardia Civil quiso custodiarlo, arrebatándoselo a los padres sin mayor fuerza que la de su presencia temible. La autoridad se adueñó del intimidado chiquillo, devolviéndolo ya de madrugada a unos progenitores, a unos hermanos, tíos y primos a quienes la camisa no llegaba al cuerpo.
Ínterin, un preocupante murmullo recorría las rejas de las ventanas, saltaba las tapias de los corrales y se adentraba en las mentes, agitándolas. Ese rumor reunió en el amplio portal de la casa a los allegados, quienes, sin pretenderlo, excitados hasta lo insoportable, resucitaban la memoria de los juicios sumarísimos celebrados en la oscuridad de sótanos húmedos. Juicios cuyos veredictos recibían continuidad en los paseos forzados: hilera discontinua nutrida de miles de ciudadanos que ya no volvían por su pie, remitidos al otro mundo mediante el uso del fusil y el tiro de gracia encargado a las pistolas. En escenarios pavorosos situados al pie de las zanjas de las cunetas o junto a las tapias del cementerio, siniestros pelotones de ejecución, siguiendo un fatídico ritual que los eximía de culpa, se encargaban de dar cumplimiento inmediato a las inapelables sentencias.
Metidos en esos temores, los parientes no encajaban dentro de sí. Era un niño y esa circunstancia extrema no redujo el desasosiego. Pero un niño, se preguntaban, qué delito puede haber cometido, qué castigo puede merecer. No había respuesta portadora de consuelo, y la madre lloraba sin límite, resuelta a recorrer las calles, a ir al cuartelillo más cercano para reclamar al hijo, carne de su carne, que tantos desvelos había costado sacar adelante, situarlo en los nueve años, de estatura mediana, complexión fuerte, carácter vivaracho e incansable en los juegos. Lo libertaron de noche ciega: luna y estrellas, compadeciéndose, temblorosas, indignadas, huyeron ocultas tras unas nubes tupidas.
Era un mocoso aún Cesáreo, y los guardias, un cabo y un número, ignorando el recelo provocado en los vecinos y sin explicar las razones, sin tenerlas acaso, se lo llevaron. Era primavera y participaba el chaval con otros niños en el juego del escondite: plazoleta del Arrabal, desde las sombrías rondas hasta el lóbrego camino de las bodegas. Le obligaron a subir a un coche verde, casi nunca visto en el pueblo, ya que la pareja solía patrullar en bicicleta. Recorrieron las calles, desiertas a pesar de la hora temprana y de las apacibles condiciones atmosféricas, levantando recelos, sembrando ansiedad. Pararon en cinco zaguanes, golpearon llamadores de hierro, y en el interior del vehículo, en sus asientos corridos, juntaron a seis adolescentes de los que Cesáreo era el menor. Si temblaban, los guardias no debieron percibirlo, pues siendo ellos padres de infantes, a buen seguro los hubieran tranquilizado con expresiones mesuradas.
Comenzaron a caer las preguntas como gotas de lluvia, una lluvia mezclada con el granizo de las advertencias y amenazas. Advertencias y amenazas que, unidas por el tono agrio y la aviesa mirada, se convertían en la misma cosa: una espantosa promesa que se cumpliría en el caso improbable de no aparecer la sencilla desnudez de la verdad inquirida: una verdad inmutable y única buscada por ellos. Confesaron los chavales la posesión de carabina de aire comprimido, pero ninguno admitió haber disparado en la carretera, frente a la fuente de el Pozo, sobre la señal de tráfico que prohíbe a los vehículos adelantar en la curva.
Cumplidas tres horas de interrogatorio, los guardias daban muestras de ir perdiendo la paciencia y los niños de alcanzar un grado de sufrimiento irresistible. Sucedió entonces: el menor de los dos hermanos presentes, tuvo la fortuna de recordar que en la anterior primavera prestó la carabina a un forastero; y él sí, él probó su puntería disparando ora al coche negro, ora al coche rojo, dibujados en la pasta aglomerada que componía el cartel circular. Los perdigones se quedaban adheridos sin penetrar del todo, y unos empujaron a los otros hasta perforar el tablero de pasta resistente a la intemperie. Hubo un silencio roto por una nueva ráfaga de preguntas: filiación completa, domicilio, costumbres, señas particulares. Vivía en algún pueblo cercano y le decían «el rubio». Uniendo las palabras sueltas que alguno de los niños dijo sin pensar, con otras inducidas por la intención de los interrogadores, podía deducirse que llegaba los domingos y festivos cabalgando una bicicleta. Al parecer pretendía a la hija de un obrero y solía pasear con ella camino de la ermita. Se oyeron seguidos un nombre de mujer y una circunstancia física referida a la posición de los hombros, y los guardias apuntaron lo oído en una libreta de papel rayado y tapas de brillante hule negro. La muchacha alta, vecina de las calles que bordean el pueblo por el lado de levante, podía ser el hilo que llevara la investigación al ovillo del culpable. Sin salir del vehículo señalaron la casa de la cortejada, y al doblar la esquina, siendo ya las tantas, junto a un corral de ovejas los dejaron ir.
Aquellos que se hicieron fuertes en la inquisición lloraron a lágrima viva; incluso el muchacho de catorce años que se las daba de aguerrido, mordiéndose el labio, reprimió algún sollozo. Redimidos de la tirantez, cada uno respondió a lo que en su interior había: rieron, saltaron, dejaron salir de su boca expresiones soeces o bendiciones a la Virgen del Consuelo, cuya imagen ocupa en la ermita el altar mayor. El incidente los había hermanado, pero, minutos más tarde, con paso vivo, hubieron de separarse. Tomaron direcciones distintas para regresar a sus casas, donde las familias permanecían reunidas esperándolos.
Superado el trance, determinado a seguir el proceso ineludible para cuajar algún día como hombre emancipado, Cesáreo respondió a las expectativas de sus padres, quienes deseaban situar a los tres hijos en mejor posición que ellos. Le observaron recorrer a buen ritmo la vereda que desde la adolescencia lleva a la juventud, alejándose día tras día de la tierra que ellos tanto amaban. Irregular estudiante de bachillerato, escritor de unos poemas que se parecían cada vez menos a los leídos; practicante avanzado del dibujo artístico y aprendiz de solfeo con resultados precarios; se encontró de pronto a las puertas de la Universidad. En las aulas abarrotadas fue descubriendo la vastedad del mundo, las preguntas que agitan sus partes infinitas y las respuestas que las ordenan.
Durante los años de estudiante, justo es decirlo, no faltó a la cita con los trabajos de recolección: rastrojo, era y acarreos. Pasaba las vacaciones doblando el espinazo como cada hijo de vecino, y en las horas de descanso aliviaba las heridas de los artejos, las irritaciones de los pies y las ampollas abiertas en las palmas de las manos: roces, arañazos y magulladuras causados por la falta de costumbre. Y así verano tras verano hasta que sucumbió a la fiebre de los viajes.
Sus padres y hermanos, los tíos de uno y otro lado y algunos primos preferidos al resto, constituyen el mundo afectivo que protege a Cesáreo hasta el momento en que otras devociones penetran en su corazón: cuatro, cinco amigos fraternos, entre los que siempre destacó Bruno Merino, el poeta de Carrión de los Condes, un espíritu ejercitado que, veinte años mayor, se convirtió en su referencia y refugio. Cuánto hubiera dado mi padre, cuánto daría yo para que la muerte no nos separara en estos días, para que la edad nos colocara cerca y siendo padre e hija adultos compartiéramos el tiempo y el espacio, lecturas y escrituras, proyectos, decepciones y logros. La influencia familiar colocó en su índole tierna cualidades que no abandonaría nunca: la sobriedad de sus apetencias físicas y una enorme capacidad de adaptación, persona dispuesta a resistir sin deterioro los embates de la realidad adversa.
Viajaba hostigado por un impulso imparable; iba tras algo que espejeaba a lo lejos. El llamado seguido cambiaba el origen persistiendo el efecto. Sus botas de cuero bovino bien curtido, primero de un color teja claro y brillante, después oscuro y reluciente, y por último sin tonalidad definida a fuerza de rozadas; recorrieron, provincia a provincia, el país entero: de Finisterre al Cabo de Gata, de Tarifa a Port-bou o a Hondarribia, acercándose a las islas con la fruición del seducido. Su pantalón de pana, reforzado en la parte correspondiente a las rodillas y a las asentaderas, fue dejando hilachas sobre las piedras de portaladas señoriales o en claustros de escondidos monasterios, ufanía del solar patrio. Hubo de conformar su paladar a la disparidad de la dieta, ya que un día se deleitaba ante manteles de hilo repletos de delicadezas, despensa de hacendados; y al siguiente la geografía le reservaba fiambreras de escasas vulgaridades. Compensaban mermas y excesos las dilatadas sobremesas, pasadas en compañía de coterráneos de toda laya, relatores de historias que no se cuentan en los libros. Sabido y dominado el entorno del que extraía datos sobre sí mismo, como quien ha cumplido una fase indispensable para emprender otras arduas y dificultosas, pensó en salir al extranjero.
De espíritu inquieto y curioso del recorrido de la vida, cualidades que su travesía interior lejos de calmar acentuó, Cesáreo Gutiérrez Cortés quiso trasladarse a la capital francesa siendo ya bachiller y licenciado. Contrataron sus brazos en una fábrica de automóviles como operario de cadena; llegando allí movido más por conocer el ambiente social y perfeccionar el idioma, que por las necesidades habituales en sus compañeros, con los que, no obstante, llegó a compartir inquietudes e ilusiones. Tiempo después, en una agencia de publicidad consiguió el empleo de fotógrafo y redactor de sencillos folletos destinados al desarrollo turístico. Viajaba por ello, y teniendo a París como centro alcanzó la Francia esencial y la restante Europa. Casi cuatro años permaneció junto a los ciudadanos que tanto había envidiado al descubrirlos por primera vez en calles y plazas, amplios espacios cuajados de jardines y bordeados de edificios monumentales. Tardaría aún en llegar a los países socialistas: Polonia, Alemania, Checoslovaquia; vedados por entonces a los españoles, exceptuados como lugar de destino en una larga lista impresa con sello de caucho en el pasaporte, decreciente a medida que la dureza del régimen se suavizaba y se instalaba anónima una tímida tolerancia.
Peregrinó Cesáreo a la India, Nepal y Tíbet, siguiendo impulsos no tanto místicos cuanto humanos, pues interesándole sobremanera la experiencia vital que de cultura tan rica podía extraerse, sentía, sumada, una profunda curiosidad por el contenido de los macutos que en aquella época de búsquedas portaban sus compañeros de caravana: espíritus generosos y hospitalarios, incansables viajeros hacia sí mismos. Halló una naturaleza extrema influyendo en el pensar de las gentes, estériles desiertos junto a oasis fecundos y nieves perpetuas, tiempo eterno adormecido en esperas interminables, cúpulas de monasterios emergiendo de la niebla, ciudades prontas a la convivencia del amor con la muerte, ríos de misteriosas biografías y montañas en cuyas cumbres se apoya el cielo. Escuchó historias de hombres que fueron como dioses y leyendas de divinidades agobiadas bajo el peso de las pasiones humanas, llegando a comprender que las existencias de unos y otros estaban trabadas de manera inexorable. Cogniciones valiosas trajo consigo al regreso: descreimiento y escepticismo respecto a los asuntos divinos y una fe sin reservas en el hombre.
Invitado por una de las múltiples organizaciones altruistas existentes, cooperante en África y América: Guinea, Ecuador; puso brazos y cabeza al servicio de la comunidad desnutrida. La palabra fue su dádiva: paciente maestro de la lengua española, de la literatura expresada por su mediación. En el adiestramiento de los indígenas trató de conocer los rudimentos de sus idiomas ancestrales: quechua, bubi; cimientos sobre los que quería asentar los ladrillos, pues intuía que de esa forma el edificio levantado perduraba. La brevedad de su estancia impidió el desarrollo de semejante proyecto, así que todo quedó en buenas intenciones y un centenar de palabras aprendidas. Tanto recibía de las gentes a quienes pretendía ayudar, que cuanto entregaba se diluía incoloro: apenas unas reglas mil veces rotas por las excepciones y, en añadido, de complicada aplicación.
Las escapadas habituales a parajes recónditos de la geografía rural, efectuadas obedeciendo estímulos heterogéneos, completan el itinerario de una vida en gran parte itinerante. Actuaba Cesáreo como si la permanencia fuera, a partir de una cierta amplitud, reiteración y pérdida de tiempo. Hizo del camino una meta alcanzada cada día, y se esforzó por comprender, por comprenderse acaso, mientras intentaba ser comprendido. Cabe dentro de lo posible que su caminar respondiera al profundo impulso de atravesar una barrera, de escapar a la invariabilidad obligada, de sentir nuevos vientos en el rostro, de conocer la otra ladera del monte, de acompañar al río en su búsqueda del mar. Perdió el interés por los campos carentes de huellas humanas, por las calzadas muy concurridas; ni explorador ni turista fue.
Quiso vivir en compañía; pero al modo de la isla en el archipiélago no del grano de trigo en la panera. Difundió sus experiencias y llenándose en todo momento siempre halló en sí algo que dar; recibió con largueza y entregando sin tope siempre pudo aceptar más. Alcanzó mediante esa fórmula una riqueza que, acumulada de manera selectiva, los cercanos apreciaban a diario: la auténtica y sincera humildad, el aprecio afectuoso de lo ajeno. No valoraba sus facultades más allá de la habilidad y la maña heredadas, fuera de la capacidad expandida por mediación del continuado ejercicio. Cuántas confidencias hubiera yo precisado, cuánto desahogo paterno, cuánta observación filial para vislumbrar los indicios que me permiten avanzar opiniones como éstas: delicadas y rotundas a un tiempo, nacidas de la intuición y del rastreo, producto de un cariño creciente. Hay una expresión que me gusta repetir cuando se trata de definir su actitud en pocas palabras: «Iba atento a cuanto sucedía, su baúl era un macuto».
Los relatos maduros, casi novelas ateniéndonos a su estructura y extensión, recogidos en los libros “En torno a Valdepero” y “La musa de Picasso”, se distancian una enormidad de los primeros cuentos que escribió Cesáreo. Pero he leído algunos, y estoy por asegurar que contienen el germen de su narrativa posterior. Breves, esquemáticos, primorosos, titubeantes; defienden personajes arrastrados por fervores primarios que no dejan resquicio a la cordura. Algún aspecto desarrollado en ellos me los hace queridos más allá de su valía: simplicidad, franqueza, candor, temeridad. Mozos agitados por el propio empuje, pastores y campesinos viven una existencia agria, que los beneficiosos efectos del amor correspondido dulcifican. Pero la culminación de los deseos, dado el rigor de las condiciones impuestas, resulta poco menos que imposible. En unos casos la ambición y el cálculo se apoderan del padre de la novia, mercader dispuesto a entregar la mano de la hija al pretendiente rico, poseedor de copiosos caudales que no logran disimular la pobreza mental, las prácticas arteras o la edad provecta. En otras ocasiones, familias enemistadas de antiguo, separan a sus hijos, rendidos a la pasión común, mediante un muro de odio que deviene insalvable. En ambos supuestos la desdicha siembra sal en los campos; llueve granizo sobre el trigo espigado. Muerte y vida contrapuestas y arrebatos que porfían con los encumbrados por la literatura a través de los siglos.
Por lo general, esas narraciones breves, nacen de leyendas oídas en los chozos del páramo, junto a los apriscos colmados de ovejas; o de confidencias recibidas en las noches oscuras vigilando el grano ya limpio en la era. Desconocen los protagonistas el pretérito e ignoran como será el porvenir, no han ido a la escuela; reducen el dominio de las cuatro reglas a sumar o restar con los dedos las pequeñas cantidades cotidianas, y el escribir a trazar una cruz en lugar del nombre en oportunidades tan exiguas que no forman hábito. Pero el amor, caballo indomable, nacido de pronto, modifica el diseño de sus vidas y las ilustra con dibujos llenos de colorido, despertando los sueños hacederos que dormían en su interior. Sí, es cierto; el amor, aunque resulte pueril, en los primeros cuentos de Cesáreo Gutiérrez Cortés, finalmente, triunfa.

 

 

El magisterio de don Ramón del Valle-Inclán

(Artículo publicado por Cesáreo Gutiérrez Cortés, en la entonces decana de las revistas literarias de Argentina).

¿Qué porción del ingenio de Valle procedía de la herencia paterna? ¿Cuál o cuáles de sus facultades aportaba la madre siguiendo unas reglas poco estudiadas? ¿Cuánta experiencia de la acumulada al final de sus días era hija del esfuerzo propio, y cuánta le venía del entorno –maestros incluidos- o de las copiosas lecturas?
Antes que nada nacería el poeta, procedente de una visión sensitiva de las cosas, sensible, tierna, afectiva; y ahí estaba la madre entregando su forma de ser contradictoria: insistente, voluble, emotiva, práctica. Asido el poeta a la mano fuerte, dispuesto a imitar sus gestos característicos, seguiría al padre por el incómodo camino de la vida diaria; descubriendo las dificultades a las que se iba a enfrentar y la manera desarrollada por la humanidad para sortearlas. De esos paseos y de las lecturas iniciales arrancan el novelista y el dramaturgo, reforzados por las consejas escuchadas con deleite a los ancianos de calavera pelada y ojos hundidos.
La calle, la escuela, los compañeros, el maestro, los vecinos, la familia: en definitiva, el creciente trato humano, las relaciones personales, van alimentando al conversador agradable aficionado al baile y a los toros, alimentan al articulista que conoce asuntos variados y sobre ellos indaga, al contertulio capaz de entrar en opuestas materias, al hombre público que luego mostraría, al político cuyas perspectivas frenaron las urnas.
Unas facultades ayudan a otras, y entre todas –dos pasos adelante y uno atrás- van desarrollando una personalidad sui generis que cada vez da menos oportunidades a la influencia exterior, de la que, sin embargo, acepta esencias y elixires. Sucede que si el novelista y el dramaturgo parten del niño que iba a la escuela siguiendo angostos senderos, del muchacho que enfrentaba su manera de ser a las conductas ajenas; el conferenciante posterior se ase con fuerza a las materias aprendidas del estudio y trasiego cotidianos, a las disposiciones que los conocimientos contribuyen a aflorar. Sucede que si el poeta se aficiona a la pintura, el narrador y el autor de teatro le dan el espaldarazo preciso para convertirse en experto; y el articulista, el conversador ameno, el conferenciante solicitado, el tertuliano influyente y el hombre público, facilitan que sea nombrado responsable de la conservación del tesoro artístico nacional y director de la Academia de Bellas Artes en la ciudad de Roma.
Hubo de vencer oposiciones: acres ironías, renuencias tozudas, el plúmbeo ancla de la inercia; frenos que de haber unido su actuación lo habrían retenido en la alcoba escribiendo poemas intimistas, relatos fondeados en el entorno inmediato, en su vida gris; empeñado en dar vuelta a lo escrito, juzgándolo desde otro punto de vista recién descubierto, recreando lo creado. Pero el carácter recio, el amor propio, la confianza puesta en sí mismo y el apoyo de quienes lo apreciaban de veras, defendieron su iniciativa con eficacia y ganaron.
Las causas y las consecuencias del caminar zigzagueante, en don Ramón del Valle y Peña se entrelazaban de modo duradero, influyendo las unas en las otras, trastocándose. El genio innumerable de Villagarcía llegó a decir, sincero y equivocado a partes iguales, que carecía de vocación literaria, que no obtenía deleite en el ejercicio de la escritura. Conocía él mejor que nadie las contrariedades del rastreador, el dolor sufrido ante la perfección imposible, el enorme derroche de energía; sus lectores descubren ese sacrificio en cada página, en cada párrafo, y lo valoran alto. Forzado por las circunstancias, galeote encadenado al banco, agita la péndola a modo de remo; pero, en cualquier caso, es él quien marca el ritmo de las paladas. Luchador, inconformista, gallego, emigrante, bohemio, irónico, austero, tierno, implacable, hidalgo, católico, pendenciero, bolchevique, federalista, conservador, revolucionario; del Valle era dueño de cien facetas contrapuestas que aceptaba con orgullosa resignación y defendía sirviéndose de su temible pluma convertida en espada y, de creerlo conveniente, con el propio acero. La alegoría de su peculiar figura, era, no más, el llamativo mascarón de proa que disimulaba un tajamar indómito.
El análisis de su escritura me condujo a esenciales hallazgos en el tratamiento del lenguaje. De Valle aprendí -eterno aprendiz él y constante maestro de la técnica- a no dar por concluida una novela, puliéndola, descosiéndola, virándola, volviéndola del revés –a la manera del montador de cine- hasta alcanzar la propia aceptación, prolongada lectura tras lectura. De él aprendí a alterar, a experimentar, a innovar. Sus escritos me han hecho comprender el valor de la elegancia, de la musicalidad y del colorido. A veces llego a asegurar que, en el aspecto literario, es el mejor encuentro que podía tener, y lo tuve. Y no es que su estilo afecte al mío de forma que no haya podido asumirlo, y se vea bajo mis barnices su madera recia; no, no es eso. Su obra es el manantial profundo en el desierto, pero también la soga y el caldero dejados junto al inexistente brocal, y es el palmeral que proporciona alimento, sombra y cobijo. Es la fogata prendida arriba de la montaña costera, cuando mi barco ignora la derrota que ha de seguir; y además el puerto abrigado y la carne, las verduras y el pescado frescos, rebosantes de vitaminas, que permiten continuar la travesía; y es la aguja de marear y el astrolabio que fijan mi rumbo llevándome a buen puerto.
Primero Tirano Banderas: versos de pedernal narrativo, aguafuertes, pirograbados, obra del ácido, del incendio sometido a la voluntad del autor; litografías prendidas en las paredes pugnando por descolgarse y conformar la realidad. Las Sonatas antes que nada. Confieso debilidad por la de Primavera; debido quizá al deseo irrefrenable, nacido cuando llegué a ella por primera vez, de recibir en los brazos a la pequeña que cae por la ventana. Admito mi inclinación por el fuerte Estío; correría enamorado tras la niña Chole si se dignara mirarme. Primero las Sonatas y el Tirano Banderas, después los Esperpentos y las Novelitas. ¡Qué de idioma hay en el escritor gallego!, ¡cuánto pueblo metido en su acervo hasta las raíces¡, ¡qué de exploración¡, ¡cuánto hallazgo!
Meditando acerca de don Ramón, tanto invento su juventud desconocida como su ignorada niñez en Arousa. Me veo, me palpo, me oigo, me huelo y me gusto en la cabecera del lecho recibiendo su ahogo en Santiago, aquel año que tan mal empezaba. Sobre su primera mocedad, ignota como una isla alejada de otras tierras, sitúo la ciudad de Pontevedra y un océano inmenso abierto a los audaces que imaginan en él sus pretendidas aventuras. Y alzado al balcón de la ría pinto un cuarteto de muchachas amables, ruborosas doncellas que toman su atrevimiento del grupo, sonriendo al mozuelo enérgico que azorado tuerce su paso decidido y apenas se atreve a observarlas. Sabe el muchacho que si sus ojos miran y ven, su corazón retraído y huraño se enamorará –sentimental y generoso- hasta el delirio. Sobre su infancia, poblada de barcos que se van a América, pescadores, contrabandistas, acomodo a un maestro de escuela que lee poemas bien trazados, bellísimos pedazos de prosas maduras o representa retazos amables de la comedia de la vida.
Sus amores, su fe, ¿cómo serían?, ¿cuál era el objeto reiterado o sucesivo?; ¿cuántos los cuidados linderos a la generosa dádiva? Le pinto un rostro seductor bajo la barba y entonces ya no necesita ese velo, ya puede ir por la calle al descubierto, pues su timidez se esconde en el abismo oscuro del alma y sale la arrogancia desechando el brazo sobrante. Voy a las tertulias donde representa el personaje por él encarnado, cuyo diálogo cambia cada día, y le apunto un papel que desconoce, escondido yo bajo la concha de nácar.
Es, sin embargo, la noche -trabajador incansable- su terreno; olvidado del hambre y del frío, escribe, repite, imagina, desarrolla, inventa, crea, recrea y al alba alcanza la maestría; ya da lecciones, ya es ejemplo. ¡Sus líneas rotas quiero! Busco en sus residuos, bajo las tachaduras, sus palabras erradas; hago mío cuanto él ha superado, aquello que dejó de apreciar en algún momento. ¡Ah! su bolsa de basura, ¡qué rica! Estoy por tomarla y recorrer la ciudad con ella al hombro, presumiendo.

 

Cesáreo conoce a Bruno Merino

-Perdone joven que intervenga, pero da usted por sentado que al martirizar a San Zoilo le arrancaron los riñones, pese a que en las Actas no se menciona este hecho. Tal brutalidad puede ser simple invención del pintor, recurso del lenguaje destinado a comunicar la crueldad de los verdugos que sometieron a tormento al Santo, persiguiendo su renuncia a la fe cristiana y el regreso al paganismo. En efecto, la fuerza aplicada resultó tan extrema, que al no lograr sus propósitos determinaron cortarle la cabeza. Y conste que me atrevo a inmiscuirme porque no parecen ustedes de los que se conforman con el error.
Era un señor de mediana edad, alto y delgado el que hablaba. Iba vestido de traje: un conjunto oscuro y sencillo que le daba apariencia de clérigo fuera de sus ocupaciones; y se dirigía a Cesáreo Gutiérrez Cortés, en la sacristía de la iglesia de La Magdalena. Allí, dentro del Monasterio de San Zolio, a las afueras de Carrión de los Condes, ante un lienzo antiguo se ocupaba mi padre en explicar a tres amigos: dos chicas muy jóvenes y un chico de su edad; la muerte del mártir, referida en las “Actas del Martirio de San Zoilo”. Era el tono de la enmienda tan amable que no enfadó la corrección al corregido, moviéndole por el contrario a expresar su agradecimiento; y es que no temía la menor mengua de estima en su auditorio y valoraba la verdad por encima de cualquier otra posesión.
-Nada, nada; si usted lo dice, así debe de ser. Es más, quiero expresarle mi agradecimiento por la rectificación. Me llamo Cesáreo Gutiérrez Cortés, y ellos, los beneficiarios de su ayuda, son mis amigos Mónica, Celia y Alberto. –Dijo Cesáreo mientras tendía la mano al intruso.
Se presentó, a su vez, el experto, y resultó ser Bruno Merino, un fraile, comboniano según tengo entendido, natural de la villa en que se encontraban, perteneciente a la provincia de Palencia. Destinado a misiones de Perú, Chile y México, iniciaba aquel día unas largas vacaciones junto a sus familiares. Lo acompañaba otro religioso, éste vestido a la usanza de su orden, con hábito talar de paño negro; y ambos se sumaron al grupo. Ganó la explicación en profundidad y altura, pues las referencias de uno daban pie al otro para emitir sabrosos añadidos, de modo que todos salieron gananciosos. Hablaron de Carrión de los Condes, de su arcaica existencia, remontada a la época prerromana y a la edad de piedra; de los famosos personajes allí nacidos y de los numerosos monumentos existentes. Surgió entre Cesáreo y Bruno tal corriente de simpatía, que la diferencia de edad no fue óbice para que al llegar al claustro ya se hubieran amistado y el joven invitara al otro a visitar su pueblo, titular de una historia, si no tan rica, pareja en antigüedad y asimismo cargada de interés; de modo que terminado el periplo intercambiaron direcciones y fijaron una fecha destinada a la visita, pues ninguno de los dos deseaba dejar al albur la posibilidad de un nuevo encuentro.
Así sucedió; una semana más tarde se vieron ante un conjunto urbano que destaca por su solidez: en los muros de las casas piedra arracada a las canteras del páramo vecino, tapial y adobe en las cercas de los corrales, ladrillo en las construcciones modernas y en las que fueron rejuvenecidas en fecha reciente. Doy por buenas las circunstancias expresadas, porque las extraigo del testimonio del propio Merino y de lo leído en los prólogos de las colaboraciones, trabajos editoriales surgidos de su fraterna relación con mis padres. Por eso conozco que, en su recorrido por Valdepero, partieron ambos amigos de la vivienda del Arrabal, donde Bruno conoció a mis abuelos y al mayor de mis tíos; bajando con ellos a la espaciosa bodega sólo por comprobar la certidumbre de las alabanzas que mi padre hacía, y claro está, por catar el vino, soberbio, de aquel año, y unas lonchas de jamón del cerdo criado en casa.
Admiró el carrionés la traza del arco medieval que, con la Puerta Hondón, ya sólo esbozada, en tiempos cerraba la muralla. Desde ese punto, pasando por la entrada principal de la Casa Grande, cuna de Cesáreo, llegaron a la formidable iglesia, heredera de los antiguos monasterios, de los templos románicos; y hablaron de los desaparecidos poblados anexos, de los Templarios, de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, del pasado esplendoroso de la villa, de su alcance histórico. Fueron a la ermita, arrimada al cementerio y distante del casco urbano apenas un kilómetro. Una joya recién restaurada: roca descarnada mostrando su elemental belleza, tallas de mucho valor artístico. Paseaban los dos solos, así que la conversación, libre de la autocensura que cualquier otra presencia hubiera impuesto, pudo tomar derivaciones inesperadas.
Las biografías se confiesan por costumbre antes de abordar los pensamientos; resultando el relato de la vida una alfombra desplegada para que las convicciones caminen sin tocar la tierra, rígida e inconmovible. Cierran el ciclo de las revelaciones, la exposición particularizada de los proyectos inmediatos y el esbozo con trazos toscos de los subsiguientes. Cuando ya conocía Cesáreo con cierto pormenor el ir y venir del religioso y los motivos que lo impulsaban, le participó éste una reserva que poco a poco iba dejando de serlo. Albergaba Bruno, en el interior recóndito del corazón, un depósito amargo: culminaba por aquellos días una crisis vocacional iniciada al menos siete años antes, cuando aún no había pronunciado los votos.
Hijo de labradores pobres, el noviciado abría una puerta que daba al futuro, y los padres de Bruno, en su rústica inteligencia, la descubrieron. A dos hijos empujaron para que entraran por ella: el mayor profesó en la congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, y él, segundo, novicio de los Misioneros Combonianos, respondió a la oportunidad recibida estudiando con verdadero ahínco. Primero de su aula, veían en Bruno los maestros, de persistir en el avance, a un miembro descollante de la comunidad destinado a alcanzar puestos de relieve. Se volcaron en su formación ayudándole a progresar en latín y humanidades, incluso en teología; mas resolvían sus dudas religiosas mermándolas, generalizando su difusión, quitándoles importancia: nimiedades circunstanciales, hojarasca, relleno; interesaba el cogollo, el corazón de la existencia y la latencia, el verdadero motor: Dios. Flaco favor le hicieron, pues Bruno se entrega a las causas con sinceridad y empeño, de manera que la niebla de los reparos embotaba su entendimiento impidiéndole ascender por la senda trazada. Terminada su preparación fue enviado a la América de habla española, donde consumió quince años largos que concluían entonces; pues venía a presentar su renuncia, a solicitar la dispensa de los votos hechos, y en esas gestiones andaba metido.
Describió una lucha interior que gota a gota desangraba sus venas y fibra a fibra desgarraba sus tejidos. No se refería a un puñal que penetrara en el corazón, ni a una lanza de las que piden borbotones de sangre y a cambio entregan una agonía rápida, ¡qué va!; se trataba de púas penetrando bajo las uñas, de ascuas aplicadas en las plantas de los pies, del ácido bañando, desollada, la carne abierta; jugo de limón en las pupilas. Pasaba muchas noches en blanco, asaltado por pesadillas y reflexiones que cuestionaban los cimientos de la fe. El propio Creador vio su existencia en peligro, y poco pudo hacer por afianzarla. Ocurre a menudo, el talento puesto en la mente de las personas exige evidencias o argumentos sólidos. Fe y razón echaban un pulso en el interior confuso de Bruno; las veía asirse las manos con violencia, entrelazados los sarmentosos dedos, los codos apoyados en la tabla. Un gesto de dolor acompañaba al correspondiente esfuerzo: ceño fruncido, cejas arqueadas, rictus amargo. Los ímprobos impulsos llevaban en alternancia los nudillos de una y de otra –fe y razón- a la horizontal; y una milésima de segundo antes de tocar la madera, invertían el sentido del vector resultante. Las victorias, acaso por venir siempre uncidas a complementarias derrotas, lo sumían en una confusión transformadora.
El rostro de un desconocido se dibujaba en su rostro, los ademanes de un extraño acompañaban la animación de las manos. Perdió la naturaleza amable del trato con las personas, olvidó la soltura en la conversación, y andaba siempre cabizbajo y triste. Como si se tratara de un depresivo común, cuidaron los médicos su mal sin que llegara a alcanzar alivio duradero. Tomaba los fármacos porque es disciplinado, pero los ingería a sabiendas de que para él eran simples mixturas térreas de principios inertes. Su problema no nacía del deterioro de la autoestima: el amor propio permanecía intacto; sino de un debilitamiento del mundo que le obligaron a construir empleando materiales mal equilibrados. El continuo roce con los gases de la atmósfera entorpecía la velocidad de rotación, la vertical del eje se inclinaba por efecto de una masa mal distribuida, los paralelos amenazaban con reunirse en el ecuador, los polos tendían a separarse un día sí y otro también. El mundo espiritual, esfera que él consideraba estrella central del Universo, resultó ser un globo pinchado perdiendo el aire que le proporcionaba la grandiosa apariencia.
Concediéndolas ambos suma importancia, de la fe y de la razón hablaron. No encontraba mi padre causa para enfrentarlas, como de común suele hacerse. “No comparten plano, son de distinta naturaleza. Si la razón, por ser facultad del hombre, nos resulta cercana; es ajena la fe, de fuera nos viene. Si la primera transita por los carriles de la lógica, normas ajustadas a los principios universales; la segunda no cumple regla alguna, sometiendo, por el contrario, todo cuanto existe a su arbitrariedad, a su inestable capricho. La razón, paso a paso, es camino; mientras que la fe, pretendiendo ser atajo, salta sobre un precipicio sin orillas, carente de plataforma inicial y de estable punto de arribo”.
“A la luz del entendimiento”, aventuraba Bruno con voz medida, “Dios es necesario, pero a la vez de existencia imposible; explica todo, pero no puede explicarse a sí mismo; no se justifica justificando la Creación entera de la que se margina. Tras un complejo análisis efectuado a la Divinidad, el criterio no aprecia más esencia que una contradicción irresoluble. La fe, al no hallar valedor bastante a su tesis, dando por segura la necesidad de un ser superior a todos los demás, creador y conservador, da por comprobada entre nosotros su presencia intangible”.
Respecto al Cielo, estación término, meta, lugar final de descanso y bienaventuranza, convinieron ambos pensadores, en que la función asignada al Paraíso en las diversas culturas, es cuestión de justicia; el premio debido a quienes con tanto empuje y paciencia lo ganan a diario, los que, cual colibríes, dedican sus fuerzas a proveerse de las energías gastadas en el aprovisionamiento. Cesáreo, confiado, sin reservas, mostraba sus opiniones a Bruno, interlocutor atento que de igual modo desgranaba las suyas, casi coincidentes. Del amor hablaron, del matrimonio; y en terrenos tan complejos Cesáreo se reveló entendido. Del nacimiento y la muerte, entrada y salida de este mundo, simétricos; apertura y cierre del paréntesis vital, ambos traumáticos para el hombre. Hablaron de la organización idónea de la sociedad, del individuo situado frente a ella, del reparto equitativo de censos y socorros, de la opresión que sufre la multitud de excluidos, del dolor esparcido por las guerras. Y todo para conocerse, para asirse al Universo y hallar su posición relativa.
Tenían los críticos a Bruno Merino por un poeta de fuste, dotado de un estro curtido; y en los iniciales momentos, aquellos en que el ardor quemaba sus vísceras, en un libro místico volcó los arrebatos piadosos. Remataba ya una segunda entrega, copiosa, y recitó a mi padre algunos fragmentos fiado de su retentiva. Sonoros, escuetos, pulidos; eran los versos el fiel reflejo de la batalla librada en su interior: lado izquierdo opuesto el lado derecho, testa contra corazón; cuerpo y espíritu enfrentados, lo efímero y lo eterno encarándose.
Nada estaba perdido: concebía planes y los estructuraba hacederos. Los conocimientos adquiridos en el noviciado alcanzaban en la vida civil para un título de letras, y la experiencia acumulada en la docencia embocaba su actividad al doctorado. Pensaba cursarlo en la Universidad de Puerto Rico, al remanso de su hermano mayor, conducido por él hasta que pudiera andar solo sin dar ningún traspié.
Cesáreo hilvanó un punto de partida casi idéntico al del acompañante: cereal agricultura, sendas estrechas para los de a pie, animales domésticos a punto de alcanzar la categoría humana: poca cosa en verdad, en aquel tiempo. Las penosas ocupaciones alcanzaban por igual a los ancianos, a los mayores y a los niños; y las sequías, las heladas, el pedrisco y las plagas devastadoras, constituían la constante preocupación colgada del cielo, un arco etéreo sorprendido del interés que despertaba en las personas. De modo que mi padre necesitó muy pocos trazos para describir su espacio de procedencia: paisaje gris y pardo cruzado por las rayas verdes de algunos regajos. Bruno Merino escuchaba avanzando en su mente suposiciones que se fortalecían instantes más tarde, palabras más tarde; prueba indiscutible de la proximidad existente entre ambos.
Cesáreo notaba que ante ese interlocutor no sentía escrúpulos si llevaba la plática al terreno personal y se refería a sí mismo. Razón que iba afianzando su discurso mientras recorrían el pueblo, hasta atreverse a exponer los proyectos intelectuales en que andaba ocupado, los argumentos de algunas narraciones recién esbozadas, los viajes previstos: Norte, Sur, Este y Oeste; y la esperanza puesta en el hallazgo de geografías y personas en conjunción beneficiosa.
Alabó el de Carrión el colosal castillo, de magnífica traza y meritoria construcción, pétreos muros que en el transcurso de la historia vieron ejemplos de fidelidad al orden establecido, voluntades opuestas a quienes se empeñaron en implantar uno nuevo, ya fueran el comunero Obispo Acuña o el bonapartista general Bonet. Tuvo palabras de elogio para la plaza del Corro, sede del Ayuntamiento, rectángulo expedito, ágora poseedora de las dimensiones justas para albergar la convivencia. Halló de su agrado la calle Mayor, prolongada rúa que divide en dos la villa; la empedrada cuesta del Pozo, el Patio de Castaño, las paneras del pósito y la casa del antiguo hospital.
Llamó su atención el abandono en que se encuentran los restos de la tejera, cuya fábrica se atribuye a los romanos: una chimenea y un horno rodeados de tierra rojiza. Pero lo que destacó, sobre toda obra humana, fue la conformación natural del término; una inexpugnable fortaleza cuyas almenas son los páramos y el monte circundantes, a cuyos pies se encuentran Palencia y los cercanos pueblos de Villalobón, Husillos y Monzón de Campos. Dedujo Bruno de la ventajosa posición del valle, húmedo de numerosas fuentes, sobrado de caza, que pudo albergar un asentamiento permanente desde muy antiguo. No iba desencaminado, porque avalan esa teoría los restos de cerámica y las monedas hallados someros en los pagos de la Campiña y el Cerro de la Miranda. Otra conjetura expuso Bruno, hombre intuitivo, a Cesáreo: debido a la adyacencia, el histórico condado de Valdepero y la capital de la provincia, habrán pasado en todo momento por idénticas vicisitudes.
Terminaron los paseantes su periplo en la carretera de Santander, antiguo camino real de Cantabria, cien metros arriba de las traseras de la Casa Grande, aquel caserón de labradores ahora en desuso, piedra labrada en las paredes, enormes tenadas de techo curvado por la inminente ruina, que a mí me da tanta pena constatar; y frente al edificio de Sindicatos, en la parada del coche de línea, se separaron inseparables. Cesáreo iniciaba un viaje de dos meses de duración, y a su vuelta Bruno ya estaría en Puerto Rico. Iban, pues, a tardar años en verse, y nada hacía suponer que una afinidad tan poco contrastada tuviera prolongado desarrollo. Entre tanto, el correo podía traer o llevar cualquier ocurrencia que quisieran contarse, y facilitar determinadas consultas sobre algún texto escrito en el que naciera la duda.

 

 

Úrsula y Cesáreo se descubren

(Parece costumbre arraigada entre algunos científicos: zoólogos, geógrafos, botánicos; la de tomar nota de las cuestiones técnicas, especialmente de los hallazgos o constataciones ocurridos fuera de los despachos, en las áreas habituales de su investigación. Suelen llamar a estas anotaciones “cuadernos de campo”, y resultan ser base importante de las posteriores tesis. Claro que mi madre daba cabida en sus apuntes a los aspectos personales; y así, junto al relato de los débiles progresos y las interrupciones bruscas propios de la exploración de yacimientos arqueológicos: hallazgos, derrumbes, dificultades conducidas de la mano por las inclemencias meteorológicas; reflejaba su estado de ánimo y las reflexiones suscitadas al hilo del cotidiano discurrir de la vida. Pero las cuartillas que a continuación reproduzco, estoy segura, trascienden la tolerancia de la que hablo, ese aporte subjetivo que Úrsula llevaba a sus comentarios profesionales; de modo que han de formar parte anexa, no dada a la lectura del equipo.
Las hallé en el arcón egipcio identificado con su nombre, depósito de recuerdos que mis abuelos me entregaron. Pensé al leerlas que estaban destinadas al libro “Cesáreo Gutiérrez Cortés, vida y obra”, de cuya redacción se ocupó Osvaldo, el secretario ecuatoriano de mi padre; aunque el alegato, escrutado, no las incluye. Tal vez, y me aferro a esta hipótesis con todas mis fuerzas; tal vez, digo, mi madre las escribió para mí. Tiene sentido la suposición, conocía ya su embarazo y había muerto Cesáreo. Ignoraba que mi nacimiento iba a causar su muerte, en efecto; mas el temor a que las desgracias ocurran lleva a la gente a actuar como si fueran irremediables. Viuda reciente, atravesando un desierto de pesimismo, no es de extrañar que su mente imaginara unas circunstancias duras en extremo, las que me convertían en huérfana. No obstante, de haber aceptado del todo tan fatídica eventualidad, estoy convencida, su misiva hubiera sido larga y profunda; querría decirme cuanto una madre dice a su hija durante los muchos años que permanecen juntas. Aun así, estas hojas manuscritas constituyen para mí un auténtico tesoro: mi potosí, mi eldorado; pues muestran con naturalidad y ternura los inicios de su relación con Cesáreo, el tiempo y lugar de arranque de su amor y de la voluntad inequívoca de originarme. Ahí van).

Nos conoceríamos en un espacio neutral, ni suyo ni mío, de ambos; estaba determinado. Yo iría al encuentro de la civilización única, de la aldea itinerante, aquella que, perseverando, parte de la etapa anterior y propicia la siguiente; la que desarrolla las habilidades heredadas y las coloca al alcance de las generaciones venideras. Cesáreo, recién retornado de Francia tras casi cuatro años de residencia en la capital de la nación, seguía buscando al hombre actual, el que sobrepasaba a todos, lleno aún de miserias. Y al parecer, pasado y presente confluían en Portugal, escenario de su próximo trabajo.
Acababa yo de trasladar al aeródromo a una compañera de nacionalidad brasileña en trance de regresar a su país, y volvía de Lisboa sola en el coche. Iba camino de Vilanova de San Pedro, yacimiento al que dediqué casi tres meses: veintiocho días del mes de mayo, junio entero y tres cuartas partes de julio, que iniciaba entonces su cuenta. Tuve hambre, y en la carretera secundaria por la que iba me detuve ante una fonda que conocía de ocasiones anteriores. Dada la época, la hora y la pequeñez del local, no me extrañó que todas las mesas estuvieran ocupadas; incluso una auxiliar que de común servía como depósito de utensilios.
Junto a la ventana abierta al huerto de la casa, un joven fijaba en mí su mirada de manera insistente. Me sentí incómoda, parada bajo el dintel como estaba, dificultando el trasiego del servicio y de los comensales. Alzó el joven la mano, y sirviéndose del pulgar señaló un asiento vacío frente al suyo, en su propia mesa. Sólo pretendía franquear el paso y salir de mi turbación, nada más eso, de verdad, cuando me dirigí por el pasillo abierto entre las sillas de anea hacia el punto en que él comía: cercano a la puerta de acceso al jardín, espacio previo a los surcos cuajados de hortalizas, donde dos o tres personas esperaban a que alguien acabase. Carecía de otra intención que la de dispersar las miradas en mi coincidentes.
No tenía yo mucho mundo; era la primera salida al extranjero, recién terminada la carrera, y noté, preocupada, que un cierto rubor me encendía las mejillas. Pensé salir al patio florido, porque el lugar prometía una rusticidad íntima y agradable que los dueños, casi con seguridad, no compartían con cualquiera. Pero al llegar frente a él y situarme a un metro de su tupida barba, espesura tintada de un negro encendido, brillante; se elevó cortés y abrió los labios finos en una sonrisa franca, hospitalaria, tranquilizadora; gesto que tuvo continuidad en el ademán de invitarme a compartir la mesa, tablero redondo del que a todas luces malgastaba una parte. Sobre el mantel de cuadros vi humear un guiso casero de los que tan ávida he sido, y mi apocamiento comenzó a retroceder.
Sin desearlo del todo, pero sin poder eludirlo, ocupé la silla vacía al tiempo de entregarle la mano, el nombre y la razón de mi presencia. Sorprendida por tal atrevimiento, que chocaba de frente con mi innata timidez, escuché a medias que se llamaba Cesáreo, venía de Tánger y subía desde el Algarve, cumpliendo no sé que extraña misión, a Oporto. Tuve a mi disposición, sin apercibirme apenas, dos platos superpuestos, pan, el servicio de cubiertos y una jarra de agua que al parecer yo había pedido. Dibujando una graciosa mueca como las que se forman en el rostro para solicitar permiso, el gentil muchacho me sirvió, tratando de evitar el derrame de alguna gota, dos cazos de la olla que compartíamos. Vuelta en mí, dueña ya de los actos y de los pensamientos, tuvimos él y yo una conversación prometedora. Retrocedió hacia el Sur después de despedirnos, y se presentó en el yacimiento dos días más tarde. Lloviznaba cuando llegó, y sin embargo eran flores lo que caía, unas margaritas minúsculas destinadas a embellecer el instante floreciendo el campo. Sentí alegría al ver su figura de nuevo, un contento que esponjaba mi interior receloso, ablandándolo. Había modificando sus planes primeros, los de quedarse en Oporto. Mediante una ligera corrección geográfica en el desarrollo de su próxima novela, pudo quedarse conmigo hasta que el intempestivo vislumbre de agosto dio por finalizada mi estancia. Iba y venía el hombre hablando con los lugareños, visitando museos, bibliotecas, archivos; y tomando unos apuntes que, al anochecer, con voz pausada, me leía.
En Madrid pudimos vernos con la pobre frecuencia consentida por el trasiego en que ambos andábamos metidos. Apresurados almuerzos, cenas algo sosegadas, bucólicos paseos por el Retiro o la Casa de Campo, excursiones a pueblos abandonados o a lugares turísticos. Por último, el monasterio de El Escorial y sus alrededores, territorio de mi niñez, mi propia casa. Al principio desde fuera, piedra sobre piedra; en otras ocasiones el interior y sus habitantes, mi adorada familia. Nos entregamos de lleno a una creciente amistad que iba armonizando en lo posible vidas tan dispares y a la vez tan relacionadas. Frente por frente llegamos a habitar cuando Cesáreo, abandonando el aposento provisional que ocupaba desde su regreso de Francia, alquiló una vivienda arreglada de precio, situada junto al parque que yo veía en la alargada diagonal de mi terraza.
Si tras los viajes coincidían nuestras estancias en la capital, nos encontrábamos al anochecer, entrando por el postigo de una ligera charla acerca de lo ocurrido en el día, en conversaciones serias que solían llegar hasta la madrugada. Hablábamos del origen del Universo y de la aparición de la vida; acerca del azar y los métodos de búsqueda, de la recién definida cladística, de la historia, de la sociología, de la sicología acaso. De la civilización universal hablábamos, de los hitos representados por Egipto, Asiria, Persia, Grecia, Roma; de las grandes culturas que albergaron y de su influencia. Sobre las distintas teorías originadas por los mismos hechos o ante idénticos problemas, de los felices encuentros con antiguas realidades ya olvidadas. De la enorme diversidad de formas que adquiere la vida, de la imparable evolución, de la deriva de los continentes y de los caminos seguidos por el desarrollo tecnológico en los distintos períodos, divergentes sólo en apariencia.
Tales conversaciones nos conducían al hombre, crecido animal que aún ha de forzar sus instintos, individuo social capaz de sacrificarse por otros. Todo ello, asunto del interés de ambos, preocupación mutua, nos acercaba, finalmente, al poema de Gilgamesh, a Homero y a Virgilio o al anónimo autor del Libro de los Muertos, a Shakespeare, a Cervantes o Dostoyevski. Sucede, si queremos verlo así, que la naturaleza es una y una su larga trayectoria, resultado de avances y retrocesos; y unidas como están las generaciones sucesivas en una misma raya continua y sinuosa, sirven por igual los aciertos que impulsan y los errores que detienen. Entrábamos en el análisis somero de las religiones, de las filosofías hilvanadas en el transcurso de los siglos, de las ideas que han movido y mueven a la acción a las generaciones sucesivas. A nosotros nos referíamos, dotados de un renovado afán indagador, buscadores incansables de los resquicios que permiten descubrir explicaciones, para trenzar con ellas, a modo de mimbres, consistentes teorías. Las horas se suceden presurosas si nos sentimos completos, es de dominio público; y el miedo a perder la felicidad alcanzada la hiere y nos disminuye.
Sucedió en aquellos anocheceres, en aquellas madrugadas: elaboramos un mapa de intereses mutuos, de valiosas coincidencias, que contenía mil jalones al menos. Eran éstos los logros científicos nacidos de la perseverante observación de la naturaleza; sencillos, considerados uno a uno desde nuestra posición, pero prodigiosos para su tiempo; eslabones de una cadena que pasando por nuestros días se dirige a un mañana inconcebible. El tosco labrado de las hachas de sílex, el posterior pulido y la incorporación del astil. El descubrimiento de las propiedades del fuego, su recreación por medio de la herida que el eslabón causa al pedernal, el dominio y aprovechamiento. La fundición de los metales destinada a moldear útiles precisos y resistentes. La aplicación, en el traslado de cargas imposibles de arrastrar, del incansable giro del círculo sobre su propio eje. Los primeros balbuceos del habla, la aprehensión de la realidad por medio del dibujo y la pintura, el desarrollo de las grafías, la paulatina comprensión de la naturaleza, el beneficioso influjo de las migraciones, las normas de convivencia que la necesidad dicta, los sueños perseguidos y las quimeras.
Todo ello, la fracción abstracta y el pedazo concreto, constituía el tablero donde jugábamos nuestra entrecortada partida, interrumpida durante meses por los viajes, míos y suyos, que tratábamos de hacer coincidentes. Sucedía nuestra amistad, crecía el afecto, como en el escenario de un teatro sin concha y sin apuntador; espacio cerrado al que daban varias puertas por las que hacíamos mutis y a través de las cuales regresábamos.
Jericó, la más antigua de las ciudades que en el mundo han sido, Kirokitia, Cukurkent, Hacilar y Egina, me atraen por temporadas; imán se hacen, también, Bucak, Biblos, Cnosos, Arpachiyah. En ellas, sedimentos y estratos, las excavaciones representan el penoso esfuerzo; y los hallazgos el premio estimulante, la restauración del optimismo. Cráneos, utensilios, monedas: vestigios diversos del errante caminar humano, de las prolongadas permanencias en un lugar concreto, originan apuntes, dibujos, fotografías que dilatan el equipaje en el regreso. Ya en mi escritorio, releo, modifico, compruebo, añado, suprimo; elaborando, espinoso colofón de mi tarea, teorías que, contrastadas debidamente con otros expertos, se editan en revistas prestigiosas o en libros que consultan los estudiosos.
Éramos ambos poco dados al comportamiento convencional; transgresores, desobedientes de las normas inflexibles, las de estrechez caprichosa e inútil. Nos considerábamos a nosotros mismos progresistas, cifrando el progreso en la conquista y extensión de la felicidad, una felicidad real y posible, de andar por casa. Defendíamos los valores humanos de palabra y de obra, y por encima de todo, defendíamos al hombre, al indómito y al doblegado. Partidarios del cuidado de los animales, de plantas y rocas; y del consumo responsable de los recursos puestos a nuestra disposición. Sensibles al amor, sí; sin especificar o específico: afinidad, confianza y entrega. Pero el enamoramiento y esas cosas, paparruchas surgidas de meras reacciones químicas, quedaba para gente poco evolucionada. No obstante, se vio alterado el resultado de nuestro trabajo; retrasado en su progreso, ganaba en belleza y hondura. Circunstancia que si bien adornaba las narraciones de Cesáreo, en mis informes, ajenos en general al tono poético, resultaba chocante.
Viajar juntos; he ahí nuestro primer sueño. Cesáreo y yo lo proyectamos con sumo cuidado. Habría de darse coincidencia geográfica entre su idea inicial, su historia recién hilvanada, su embrionario argumento y mi lugar de búsqueda; entre el escenario de su fantasía y el yacimiento de mis investigaciones. Pensábamos en novela histórica, aunque cualquier trama ambientada por entero o de manera parcial fuera de nuestro ambiente, habría de servir del mismo modo. Si su trabajo de campo, la parte de la tarea que en él es estudio del espacio, toma de datos y colecta de testimonios; si esa fase inicial durase un lapso próximo al que toma la mía; podríamos partir juntos, vernos cada noche, ponernos al corriente de nuestros avances y regresar a la vez. Es más, en ese supuesto, la elaboración definitiva de nuestras tesis coincidiría sin ejercer ninguno de los dos demasiada fuerza.
¡Oh!, la vana fiesta de las ilusiones; al perfecto plan lo abofetea una realidad sin alma. Desdibujada por nuestra voluntad la confundimos con el deseo, hecho frecuente en el comportamiento humano, que seduce durante breves momentos e incrementa el dolor del desengaño lindante. Nos parecían similares los procesos seguidos, y en esa similitud apoyábamos nuestra pretensión. Lo intentamos en dos oportunidades y en ambas resultó, de manera simultánea, una pérdida de tiempo para uno y un agobio para el otro; pues se sentía observado y presionado en una tarea que exige, como primera condición, caminar al propio ritmo, navegar a impulsos del aire soplado por las circunstancias. La serenidad languidecía agostada por la inquietud. Éramos demasiado responsables para situar nuestra actividad profesional en segundo término, supeditada a unos sentimientos afectados por esa misma postergación.
Examinando las razones del error, descubrimos un cúmulo de discrepancias que salaban el terreno destinado al cultivo de las coincidencias. La Universidad decide el perímetro de mi próximo encargo, y parte, por obligación, de la pobreza de alternativas; pues si el número de excavaciones es de suyo reducido, mi propia especialización lo amengua. Partía Cesáreo de un pensamiento, de una visión general más o menos nítida del asunto, mejor o peor delimitada; obedecía a un estímulo recibido durante un paréntesis de insomnio en el reposo nocturno, cruzando una calle, al hablar con un desconocido, leyendo cualquier libro, en medio de una discusión o escuchando las noticias del parte en la radio.
Porque si descomponemos sus relatos, encontraremos dos porciones complementarias: una inventada, hija de los convencimientos y de las experiencias, de sus apetencias y rechazos, afectada por el estado de ánimo; y otra real y verdadera que, normalidad y excepción, se rige por las reglas del comportamiento humano, resistiéndose a cuanto la bordea. En la práctica de mi profesión todo ha de ser método, orden, lógica. Debo analizar el terreno para conocerlo y abrirlo mejor; y situada ya en el lugar preciso, levanto con suavidad cada piedra, cada cantillo, cado grano de arena o de gres, hasta dar con alguna pieza de presumible utilidad, decidida a hablarme de sus cosas, válida en la ordenación del rompecabezas que explique el ambiente de su entorno, las circunstancias que la propiciaron y destruyeron.
El tiempo empleado por Cesáreo en la fase narrativa no era previsible. Fluctuaba dependiendo de la complejidad de las historias contadas y de los personajes creados. Debía ajustar en dosis mudadizas la razón con la emoción; debía equilibrar los distintos comportamientos, acechando constantemente la progresión del argumento y la verosimilitud de las situaciones. Un párrafo podía ocuparle varias horas de trabajo y, en otro momento, culminadas a su gusto, de un tirón desgranaba cuatro o cinco páginas. Por contra, el producto acabado es para mí un edificio sólido, levantado ladrillo a ladrillo sobre inamovibles cimientos, siguiendo unos planos trazados y aceptados por la inflexible comunidad científica.
Buscando la coincidencia de espacio Cesáreo adaptaba su proyecto a mi posición. “Cuestión de matices, no hay más”: afirmaba; pero percibía yo a su generosidad corrigiendo las circunstancias definitorias del protagonista, desviando el asunto de sus carriles para llevarlo a los míos. Prolongaba la investigación previa, escudriñando con empeño de policía en plena pesquisa, el escenario destinado al despliegue de los papeles protagonistas y los secundarios. Sucedía entonces que el marco era tan preciso, estaba tan bien detallado, que los personajes debían hacer filigranas para amoldarse a él. Y puedo asegurar, que con tal de iniciar la próxima andadura a mi lado, aceleraba la fase de sedimento y redacción, de mayor amplitud, como es sabido, en la novela que en los informes arqueológicos.
Reflexionamos acerca de la quimera de nuestro deseo, pero no desistimos; y como las trayectorias paralelas no nos aprovechaban cuanto habíamos previsto, lo intentamos con las tangencias y las intersecciones. Algunos de sus trabajos se valieron de mi preparación científica y de mi conocimiento del devenir histórico. A los míos les vino bien su escritura precisa y limpia, bandeja de plata para servir mis investigaciones a las revistas de divulgación, en cuyas páginas, un público amplio, interesado pero inexperto, las comprendía sin lugar a dudas. Reproduje el mundo celta, y es solamente un ejemplo, para que situara en él a los personajes de una de sus novelas, dejándolos actuar como personas de entonces.
La decisión de abandonar Madrid, alejándonos de las personas y organizaciones que activan el mundo cultural; y el acuerdo de establecer en Salamanca el lugar de residencia, tomados casi de manera simultánea, representaron, de hecho, una sólida declaración de intenciones. Nuestro trabajo iba a ser en adelante tan sólo un medio de vida, una ocupación dedicada a dar alcance a la cercana felicidad. Permaneceríamos juntos mientras quisiéramos, sin sentirnos forzados por ningún compromiso.
Despacho, biblioteca, salón, alcoba, patio y alameda: de Salamanca hicimos nuestro hogar. Día a día íbamos conformándolo: la Plaza Mayor el primer mes, el Barrio Viejo y la Universidad; el segundo las derruidas murallas, el arco sobre el Tormes, las catedrales, la Casa de las Muertes, las iglesias, los conventos y el Palacio de Monterrey. Salamanca fue nuestra calle estrecha, nuestra espléndida avenida, nuestra ciudad antigua y moderna, elegante y popular; un espacio de amistad y convivencia con personas de diversos países y culturas, agricultores, tenderos, oficinistas, estudiantes, profesores; unos de aquí al lado, otros venidos de lejos.
En la hospitalaria isla salmantina nos creíamos a salvo de asechanzas; pero los prejuicios preceden a los juicios y los condicionan. Nuestra singular manera de vestir, la distinta forma de obrar y las particulares circunstancias de nuestro amor, terminaron por dañarnos. Recibíamos visitas que se quedaban en casa varios días, de noche llegaban personas estrafalarias que se iban de noche. Eran perseguidos del poder debido a sus ideas o creencias, pero la gente, por fortuna, lo ignoraba. Así acumulamos fama de promiscuos: partidarios del amor libre y de las llamadas camas redondas, inclinaciones atribuidas a los hippies con quien nos identificaban. Los conocidos veían el apéndice menos escandaloso de nuestra conducta. Vivíamos juntos sin que sacerdote alguno, de cualquier rito, hubiera bendecido nuestra unión; de modo que rebasábamos el concepto de amigos sin llegar al de esposos: imprecisa tierra de nadie, indigna mezcla de posturas que jamás habían visto de cerca. Puso en evidencia la vida abierta de Salamanca, lo que el anonimato de Madrid silenciaba, la irregularidad de nuestras vidas. Amigos formados en la moral imperante, nos recomendaron mayor discreción en las visitas y someternos al matrimonio religioso, el único existente: “porque con poca cesión las ganancias son considerables”. Tan alto hablaban los difamadores que alcanzaron los ecos a ambas familias. Pero no se trataba sólo de los familiares, de los vecinos y amigos; nosotros mismos acabamos siendo nuestros censores. La educación recibida de frailes y monjas, pese a nuestro rechazo, obraba su efecto.
Soy frágil; “alas de mariposa, copo de nieve”, alabanzas de Cesáreo, “pruno florecido, rocío al alba”. Un cuerpo delicado enfundado en una voluntad de hierro; “el empeño que la naturaleza pone en perpetuar incluso los elementos efímeros y quebradizos”, también expresión de Cesáreo: eso soy. Padezco desde la adolescencia dolores musculares y jaquecas, y ya no está él para aliviarme. Ponía su palabra en mi oído convenciéndome de un bienestar inexistente, hasta que, sugestionada, veía alzar el vuelo a mis males; al África cálida iban, pájaros que regresaban debilitados, temerosos de la acción ahuyentadora de su voz pausada. Cualquier dolor escapaba a la suave presión de sus manos fuertes, flexibles, delicadas. Bajo sus caricias sucumbían mi tensión, mi malestar y mi cansancio.
Por inesperada, la muerte de Cesáreo me lanzó con violencia al despeñadero. Él, como escritor, quedó habitando su obra, encarnando cualquiera de sus bien perfilados personajes, facultado aún para dar y recibir. Sin embargo, mi disolución fue absoluta: me alejaba a la velocidad de la luz por el vacío sin límites, mis moléculas se separaban unas de otras con una rapidez asombrosa. Pero en la pared vertical del abismo crece un arbusto por demás arraigado, y en él afianzo mis fuerzas crecidas. La gestación día a día se vigoriza en mi vientre, afirmando el suelo a mis pies, dibujando sobre la cabeza el techo cósmico, tejado de parpadeantes estrellas. Luz que se enciende en la oscuridad, y tras descubrir la materialización de los sueños se apaga; así debió de ser la noticia de mi preñez para Cesáreo, elevado por ella, poco antes de morir, a la más alta de las posiciones humanas. Dentro de mí germina su esencia, en mis entrañas alienta una vida, hija y heredera de las nuestras. Nos nacerá un vástago, niña si mi deseo y el de Cesáreo se cumplen, fruto de la voluntad de perpetuarnos, mezcla de capacidades y potencias, su vivo retrato; y Cesáreo permanecerá en ella junto a mí tiempo y tiempo.
(Mujer en una sociedad masculinizada, rodeada de hombres, rudos con frecuencia, Úrsula, mi madre, se las había ingeniado para utilizar esa circunstancia en su favor; y la feminidad, enaltecida y halagada a cada momento, lejos de sufrir menoscabo se fortalecía de continuo. La sutileza de su esencia, su belleza de obra artística, la aparente fragilidad, la manera de estar por encima de los hechos y su fortaleza de carácter, hicieron que los hombres, atraídos por la perfección apreciada, reservaran unos metros a modo de tierra de nadie, distancia de seguridad, temerosos de no estar a la altura requerida. Sensible y cálida, protagoniza con Cesáreo uno de esos amores de leyenda, único, a buen seguro, de quienes hicieron de la búsqueda su vida. Pasión sublimada, tan cristalizada, tan convertida en afecto, tan entregada; que quienes los conocían daban por supuesta la existencia de la felicidad rodeándolos. Mi padre aminoró sus viajes hacia el universo de la cultura por vivir con ella en Salamanca, y ella sacrificó parte de las investigaciones arqueológicas, las ubicadas en los territorios alejados, por permanecer en Salamanca junto a él. Eligieron una ciudad de la meseta, desligada de los grandes núcleos, aunque en ella su tarea resultara difícil; y la escogieron como podían haber escogido una isla del Pacífico, acaso por las mismas razones.
El matrimonio no puede sustituir al amor, pero el amor puede sustituir al matrimonio. Y lo que son las cosas, hasta la virtud sirve a quienes manchan las famas ajenas para amasar elementos de confirmación personal, para justificar su actitud ante la vida, esclavos protectores del orden y de la moral imperantes. La hospitalidad sumaba motivos de crítica a la manera de vivir adoptada por mis padres. Hoy día la tolerancia es conducta extendida y la libertad alcanzada, todavía escasa, ha roturado las tierras donde arraigaba la sospecha. Pero en su tiempo debió de constituir un drama, e intuyo los efectos negativos de tal osadía. Soy hija del amor según señalan todos los indicios; de un amor absolutamente libre al que las convenciones sociales no lograron constreñir ni mancillar un ápice. Y me conforta saber, que Cesáreo, mi padre, murió conociendo la realidad vivificante de mi embrionaria existencia).

 

 

 Donde Cesáreo deja constancia de sus convencimientos en materias principales

(En mil novecientos setenta y uno, un editor mexicano, acaso de segunda fila, estimó conveniente publicar una guía de los autores de expresión castellana representantes del momento cultural. Buscaba, creo, una forma de orientar a sus lectores que, en añadido, favoreciera el negocio. Solicitó a mi padre unos folios destinados a ilustrar el análisis de su obra que el manual incluía; y de aquel compendio he sacado las páginas que a continuación expongo, las mismas que él envió).

Avanza el mes de abril y llueve con tiento; debido al refugio prestado por el alero, son gotas indirectas las que llegan al cristal desde el alféizar. Dividida la masa, su finura crece; y necesitadas del peso de otras se deslizan con lentitud a la espera de compañía que haga su ruta. La temperatura es algo fría, impropia de la época: principios de noviembre parece. El día posee un color gris e invita a la escritura densa y meditada.
Aunque sea tan sólo respuesta a una hipotética pregunta que algún lector se haga, o testimonio destinado a los amigos, aquellos a quienes me debo; aunque su utilidad no pase de mi entorno cercano; creo positivo fijar al papel -razonado hasta agotar la capacidad lógica- mi pensamiento sobre los asuntos de médula y contenido, los que se reclaman transcendentes. Hablo de cuestiones que revolotean alrededor de la existencia, viniendo de antes y con expectativa de ir más allá.
Cabe pensar que, siendo el Universo materia y energía, susceptibles ambas de pasar de un estado al otro, finito añadido o restado al infinito sin producir crecimiento ni merma; la materia, limitada y efímera como la conocemos, nació de la energía inacabable.
Cabe pensar que el Creador, preexistente, hizo punto de partida universal de su sola esencia; energía eterna e infinita la divinidad matriz, susceptible de transformarse en materia inestable sin detrimento de sí misma. A la forma de ser y comportarse de ambas llamamos leyes naturales, y creación al momento inicial de la metamorfosis. Cabe pensar que el hombre está constituido de ese material transitorio, carente de voluntad e inteligencia; y de energía, divino ingrediente libre de servidumbres. Algo de sensatez poseerá esta teoría si ha llegado hasta ahora y continua extendiéndose.
A pesar de todo alcanza mi magín a formular preguntas, que abren nuevas incógnitas retrasando la aceptación de conclusiones. Se muestra capaz de concebir eternidad e infinitud, de modo que acepta esos extremos, sólo porque está cansado de ir tras los límites sucesivos del aquí y ahora y desea librarse de la angustia provocada por la permanente persecución de los confines del Universo. No obstante, tiempo y espacio, tampoco puede mi cerebro aceptarlos inacabables: la suma de elementos finitos es finita. Y en esa encrucijada mi inteligencia se queda perpleja un buen rato sin saber que camino tomar.
Para mayor complejidad, en opinión de muchos, esa energía de origen divino nos hace a los humanos discordantes con el resto del cosmos. Es más, nosotros, personas de cualquier condición: ignaros e instruidos, menesterosos y acaudalados, según ellos estamos por encima de monos, álamos y piedra imán. Dándonos verdadero fundamento, envolviendo la carne, penetrándola; aletea lo que llaman, desde un punto de vista religioso, el alma: soplo vital que confiere a los seres humanos disposiciones contiguas a las del Creador. De esa alma intangible, de su naturaleza, cometido, potencias y necesidades; de esa entelequia vaga hago el quid de la cuestión. Conciliando en sí misma los contrarios, ha de poseer el alma capacidad de sufrimiento y de goce, para padecer o gustar los premios y castigos eternos que la lleguen según merecimientos.
Me distrae una avecilla minúscula, poco mayor que un abejorro, menor que un gorrión; amarillenta, verdosa, rojiza, de alas breves y alargado pico. Es posible que haya escapado de una jaula vecina. Puede que esperara algún descuido, cuando hace un rato la joven que mima su cárcel añadía alpiste al cuenco mermado. Se posa buscando un refugio momentáneo a la lluvia que cae sin resquicios y -al percibir el movimiento de mi cabeza, quizá la cambiante atención de mi mirada- reanuda el torpe aleteo sin claro objetivo.
¿Tiene alma el esclavo? Me hago esta pregunta, insensata en apariencia, porque, supuestos en la persona el conocimiento bastante para decidir sin errores -que no se da siempre como es bien sabido- y el propósito preciso de llevar o no las decisiones a efecto, la clave viene a descansar sobre la tan traída y llevada independencia, verdadero ídolo de la juventud humana. Conquista del individuo y de los pueblos, aparece constreñida sin ambigüedades que induzcan a la confusión. Restringen autonomía las normas sociales, reduce el instinto animal que conservamos, fuerza incontrolable en su actuar reflejo; y la razón resta, ya que transita carriles tirados a su paso, facultad del cerebro movida por estímulos ajenos a la voluntad.
La lluvia declina su sencilla labor hasta llegar a la quietud completa. Sin refuerzos, se van evaporando de manera imperceptible las gotitas que salpican el cristal, y a su marcha dejan trazas del polvo que vino en ellas diluido, carbonato cálcico o alguna sal hermana.
Y si después de su constante ceder, quedara de la independencia sólo una huella tenue; si a la postre no fuera otra cosa que agua disipada; ¡ay!, entonces, mi corazón y mi cerebro, confabulados en su búsqueda y defensa, ¡cuánto sufrirían! Debido a que el alma, falta de independencia, no puede ser juzgada; el premio o el castigo perpetuos se hacen imposibles, y en contexto tal, la condición de eterna reclamada para el alma carecería de sentido. Voy un poco más lejos; fallida su eternidad, en hálito vital se queda, común a plantas y animales. Me compadezco a menudo de los minerales; distante yo de la razón sin duda, pues son imprescindible suelo y conveniente alimento de bichos y matojos.
Finalizado el chaparrón, la avecilla de húmedas y pesadas plumas, a duras penas encuentra el camino de la jaula vacía. La joven cuidadora celebra sonriente su regreso. No cierra la puerta de golpe; confiada, parsimoniosa, empuja despacio la reja hacia su ajuste, deleitándose.
De suceder así, de discurrir por este lecho el río de la vida, que lo dudo; la verdad tan buscada, el Demiurgo, necesario creador de las cosas, redactor meticuloso de las leyes naturales, termina ahí su tarea. Ya no es definidor de bondades, ya no es juez, ya no clausura el círculo infinito y eterno. Se quedan en poco las teorías tejidas a su alrededor, las mismas que explican la divina substancia milímetro a milímetro.
Las creencias y el intelecto son contendientes en el continuo transitar de los días. Dispara el credo salvas que no dan en el blanco ni en las inmediaciones. Dardos lanza la inteligencia que atinan en el centro de la diana equivocada. Si Dios existe, el hombre no es libre; como yo soy libre, Dios no existe: dice el anarquista agrandando al hombre que las religiones empequeñecen. Si Dios se ocupa de todo, convertido el hombre en simple instrumento movido por la pieza anterior, su única satisfacción estribará en facilitar sin fallos el movimiento a la pieza siguiente.
Soy un buscador de partes para hacer con ellas el todo. Divido los pedazos grandes hasta conseguir partículas asequibles a mi capacidad reducida. Mi terreno de búsqueda es el mar; allá donde llegan los rayos de sol llego yo apresando irisados reflejos, el pigmento mínimo del menudo coral que, unido a miríadas de minúsculos hermanos, forma enormes colonias y la gran barrera de arrecifes. Mi campo de batalla es la tierra, comprometida con el futuro a través del esperma y las esporas, por medio de la selección y el crecimiento. El lugar de mi aventura es el aire, las corrientes que impulsan mis alas hacia arriba, a la conquista de los mundos y de los espacios interestelares. Yo soy el hombre y mis manos unen los mimbres en cestos, los cantos en catedrales y la tierra en diques que sujetan el agua; abren mis manos canales que riegan los campos sedientos, pescan peces huidizos y los llevan al mercado en un cesto de mimbres. Yo soy el hombre, y en el altar de piedra, mis manos sacrifican una gacela inocente al deletéreo dios de la vida.

 

 

 Cesáreo Gutiérrez Cortés, escritor

Consecuente el escritor con sus ideas, obra y vida se explican entre sí; se comunican trasegando destilados esenciales. En esa particularidad de mi padre amparo el compromiso de redactar un libro que exculpe sus inexistentes faltas, aclarando las circunstancias de su muerte, proclamando, no ya su inocencia que poco sería, sino el heroísmo que supuso su gesto. Voy a pregonar una verdad deslumbradora de la mentira, ensombrecedora de su brillo falaz. Una verdad que sea eficaz defensa de la memoria relegada, que coloque en su pedestal la estatua de mi madre y me entregue el derecho a llevar con la cabeza bien alta el apellido paterno, conseguido en gestión judicial promovida por la unión de mis dos familias, basándose en las últimas anotaciones de mi padre, en concreto el párrafo manuscrito que dice: “…conociendo que en el vientre de mi amada Úrsula, bulle una vida que es prolongación de la mía, renuevo nuestro, destinada a expandirnos”.
Rastreo, en pos de ese triple propósito, el soplo de su apasionado aliento y el roce creador de sus manos; desparramados jirones, hálito y caricia, sobre el barbecho ocioso y el sembrado erguido. Sigo la orientación de los mapas-guía de su itinerario, maquetas de una geografía que se asemeja a ellos como el retrato al modelo: sabana, tundra, altiplano, taiga, desierto o vegas feraces formados por el aporte de caudalosos ríos que los inundan de loes. Las inconciliables contradicciones a las que no pudo escapar, el dolor sublimado en su corazón por los sucedidos adversos, las previsiones erradas, las inalcanzadas metas, incluso el análisis practicado a las razones que el hombre tiene para actuar como actúa y la constante persecución a que sometió a la huidiza felicidad: constituyen dimensiones que están presentes en sus escritos, unas veces soterradas, otras volando por encima de los tejados. A ellas iré. Pero también a la parte de su obra, roca dura, arcilla consistente, sobre la que discurrió su transitar comprometido: la protección del desvalido por lejos que se diera el ultraje, la estoica aceptación de la realidad como punto de partida, la rebeldía que al destino opuso, los miedos y esperanzas: hombre de su tiempo mi padre, tiempo uno que abarca desde el imposible principio hasta el final del pasado, y va del inicio del mañana al límite de lo venidero, si tal límite estuviera previsto.
A los dieciséis años publicó Cesáreo el primer relato breve; un periódico de Palencia le hizo ese favor, atendiendo al carácter popular del tema abordado. Otros vieron la luz en los meses posteriores; puede que algún poema. De modo que, cuando a los veinte, una editora de ámbito regional le imprimió y distribuyó doscientos ejemplares de un libro completo, el orgullo ocupó su pecho sin apreturas ni reboses. Recoge en él memorias escritas en un tiempo muy amplio, y aunque está salpicado de los defectos propios de una obra primeriza, contiene un aderezo de frescura y candor, muy a propósito para el asunto que desarrolla. Resultaba prematuro hablar de estilo, pues todavía no había desarrollado uno propio; a lo largo de las doscientas veinte páginas pueden distinguirse claras y distintas influencias: José María de Pereda, Emilia Pardo Bazán, Leopoldo Alas y cinco o seis maestros de la narrativa del primer tercio del siglo.
Su segundo libro, publicado cinco años después, es un ensayo equilibrado y comprometido. Hubo, y se nota, un esquema previo a la escritura; un boceto obediente de la lógica seguido con fidelidad. Las incorrecciones del trabajo anterior se esfumaban. En “Francia, una sociedad en quiebra”, puso Cesáreo de relieve la invariable contradicción de un país que escudriñó cuanto pudo; pues en su estancia, a más de empaparse de la mejor literatura, después de pasar ocho horas sujeto a la cadena de fabricación de coches o al publicitario pupitre, cooperaba con un grupo de curas obreros atendiendo a enfermos y ancianos faltos de recursos y de parientes.
Citando a pensadores de la talla de Rimbaud, Michaux, Fourier, Alfieri, Balzac y Maquiavelo, lamenta Cesáreo en su estudio el abismal alejamiento existente entre la escogida intelectualidad: referencia para el saber, el arte y las letras mundiales, trazadora de directrices, indicadora de caminos, pero comprometida con el sistema y privada de vertientes de inocencia; y una gran masa iletrada, falta de interés por cuanto le es ajeno, egoísta individual y colectivamente considerada, encerrada en su país-aldea, corta de miras; que avanza en círculo creyéndose, no sólo el centro del mundo sino el mundo entero.
Constata la existencia de un empresariado que, en el interior, vive con la vocación, la voluntad y las inquietudes del tendero de barrio; sin otras aspiraciones que la continuidad y la presencia de un remanente de caja después de efectuar los pagos; y en el exterior, como colonizador de unos mercados menores a los que desprecia, imponiendo en ellos las normas y directrices de la metrópoli sin otro aval que el origen.
Todo ello propiciado por la acción de una clase política que, salvo honrosas y bien conocidas excepciones, no ha superado la medianía tecnocrática y el oportunismo; poniéndose, sin muchos remordimientos, al servicio de la vulgaridad generalizada por mor de los votos imprescindibles para diseñar el futuro desde el poder. El panorama así trazado, círculo, espiral; es obvio que daña y de manera grave, la confianza puesta en alcanzar la individual independencia o al menos cierto grado de emancipación. Quiebra social llamó Cesáreo a este efecto, que los medios de comunicación, empeñados en ganar audiencia aun a costa de los principios éticos, aceleran.
“Los grandes creadores que Francia ha dado al mundo”, dice, “y los que el mundo ha entregado a Francia -que reconozcámoslo, Francia ha aceptado con generosidad- no lograron romper la coraza de la apatía y el corsé del desprecio por el progreso intelectual, que la dilatada clase media y la alta burguesía han exhibido sin contrición”.
Discrepantes de renombre acumuló esta tesis, no compartida por ellos en su totalidad; mas se ha creído ver, con el paso del tiempo, la concreción de un problema generalizado; válida, por tanto, para cualquier país que queramos considerar: una por una todas las democracias modernas.
En la época gala, atendiendo a las necesidades laborales, pudo conocer los países cercanos: Bélgica, Holanda, Inglaterra, Alemania, Suiza, Italia. Recorridos de los que se empapó su espíritu ávido de belleza, trasladados luego en forma de artículos escritos por una pluma amena y ágil a varias revistas especializadas; siendo a la postre agrupados en un libro bajo el revelador título de “Caminos encontrados”.
La explicación del éxito obtenido en forma de guía de viajes, seis veces reeditada, puede encontrarse en la complementariedad de los elementos volcados, de las diversas técnicas utilizadas en la ilustración. Una de tales es la fotografía: profusión de escenas de la vida diaria, tomadas en sus recorridos y reveladas por él mismo. “La mirada ha aprehendido con firmeza al sujeto, se ha apoderado de él –cosa, escena de la vida o paisaje- y lo ha interpretado, porque el deseo quiere que el sujeto baile a su son. Se abre el diafragma para recibir la realidad inficionada de fingimiento, y la emulsión la captura bañada de luz, mordida por las sombras. Se ciñe a la inspiración la ampliadora, acomodando la imagen a mi estética. La foto sugiere un asunto distinto al primitivo –pieza, panorama o suceso- diferente al buscado, sin duda; y descubre a las nuevas miradas insospechados atributos». Palabras que reflejan su propósito de hacerse cangilón de noria, y subir desde el subsuelo una interpretación personal de los contornos, para situarla al alcance del lector. Poseía el dominio de recursos que necesitan cierta disposición artística, como el encuadre y la composición; y sale en apoyo de este aserto, la soberbia colección de retratos campesinos expuesta en el Primer Salón Provincial de Artes Modernas y Contemporáneas, celebrado en Salamanca.
Da posada el manual de recorridos también a la pintura. Dominaba mi padre el dibujo, y aunque sus cuadros mostraban cierto matiz academicista por entonces, se percibía una evolución que los iba dotando de alma. A manera de explicación, como si se tratara de acotaciones al margen, se reproducen algunas acuarelas y varios de sus óleos más acertados. Hay en ellos conquistas parciales de los áureos, del siena tostado, incluso del rico carmesí; alcances moderados en la delimitación del espacio y una persecución provechosa de la luz; aciertos que le proporcionaban obras sencillas, agradables y bellas como quería Renoir, del que se consideraba seguidor forzosamente alejado. Aporta su pincel a la obra, que deja así de ser un libro convencional de viajes, espacios captados en toda su poética llaneza, figuras contagiadas de la espontaneidad de los habitantes rurales. Añade a lo dicho minuciosos dibujos perfilados con plumilla, que utiliza para mostrar la riqueza de la flora y la fauna inaccesibles. Con todo, los elementos ilustrativos reciben un apoyo fundamental de la agilidad narrativa. Hijas de la oportunidad, amalgama historias de transmisión oral escuchadas a los lugareños de raído traje de faena y cráneo mondo, con ajustadas descripciones del entorno e indagadas razones de la tradición establecida. De adagios y chascarrillos populares siembra el conjunto, liberando en su escritura, cualquiera que sea el techo bajo el que se cobija, a un hombre europeo alentado por equivalentes esperanzas y frenado por temores idénticos, un individuo, por añadidura, expuesto a los mismos o parecidos mensajes, empujado por generalizados estímulos.
A su regreso de Francia, bibliotecas, museos, conferencias, cursillos y seminarios supieron del interés que guiaba a los pies tras el hombre y su hábitat. Había logrado poner el tiempo de su parte, alargándolo hasta lo inverosímil por el sencillo método de dedicar a su propia persona muy poco: seis horas de sueño y tres comidas de una diligente frugalidad. La constante actividad revelaba una energía interna considerable que se desbordaba en borbotones, haciéndose, por evidente, contagiosa; a su lado, pienso, debía de ser trabajosa la molicie. Me imagino yo, hija seguidora de sus pasos, caminando al lado, asida a su mano; y no logro calibrar la magnitud exacta de la formación recibida, teoría y práctica, ni el alto grado de felicidad alcanzada.
“La Europa a la que vamos”, su cuarto libro, publicado en los inicios del sesenta y seis, incluye un análisis pormenorizado de los múltiples países que componen el pequeño continente, herederos de lenguas y culturas diversas y abocados a una unión más o menos temprana sobre el núcleo procedente de los acuerdos de Roma, firmados nueve años atrás. Su vocación europeísta, sin concesiones a la demagogia, se plasma en una prosa concisa y directa. Prevé reacciones contrarias a la progresiva disolución de los estados centrales, y al levantamiento de sus rígidas fronteras. “Es de esperar”, escribe Cesáreo, “el resurgir de los nacionalismos: respuesta desproporcionada a la pérdida paulatina de peculiaridades, cuyo efecto minimizarían la lentitud del proceso y la renovación generacional, si politicastros de aldehuela no la encauzaran en sentido contrario para su exclusiva ganancia. Tratarán ellos de alargar los agonizantes días de poder y gloria, forzando, con un gran despilfarro de tiempo y de dinero, la resurrección de las lenguas antiguas: elementos históricos, patrimonio universal, objetos de estudio especializado si se quiere, pero anacrónicas e ineficaces herramientas de la comunicación y el entendimiento entre los diferentes países. Alcanzará Europa la moneda única, logrará una sola política exterior, mientras crecen los idiomas a que se han de verter las disposiciones generales ”.
Siendo la razón comercial la impulsora de la unión, pronostica la llegada a los núcleos de poder de simples gestores, con ideas en lugar de ideales, dotados de un discurso económico en vez de político o religioso. Deberemos estar atentos, advierte, para que la estética no suplante a la ética, para preservar las conquistas sociales y evitar que el colectivo retroceda acosado por el individuo, que el individuo abandone empujado por el colectivo. De otro modo la capacidad de compra y endeudamiento de los ciudadanos establecerá un baremo de consideración y estima, y con él a la vista se adjudicarán derechos y deberes.
Quiere a Europa caminando, aunque sea a pasos cautos y medidos, hacia una diferenciada integración del conjunto de pueblos que adopte la forma federal. Desea un espacio de convivencia fluida, donde las líneas directrices dibujen un mapa abierto a gentes diversas que puedan conservar sus raíces si así lo quieren, y enriquecerse con el intercambio y el mestizaje. Preconiza una Europa inequívocamente democrática, en la que todas las personas, tanto nativas como llegadas de fuera, tengan las mismas oportunidades siendo iguales ante la ley. Para conseguirlo despliega una completa teoría del estado, muy elaborada en mi opinión de simple estudiante, cuya referencia filosófica puede hallarse en el positivismo social; evolucionado, eso sí, adaptado a las nuevas circunstancias y dotado de ligeros matices románticos.
Nutrió sus escritos de vivencias propias, y adquirió la parte sabrosa de la experiencia en los viajes. Ladrillos que hacían casa y capítulos de su obra trabada, libro a libro iba dando forma al personal universo: vasto territorio en el que ya no me extravío porque conozco sus perspectivas, sus ejes y prioridades.
En África del Sur mi padre rescató a Pablo Pintado, un fugitivo de sus propios pasos errantes, indecisos o quietos; un huido de la desventura llevado por el azar a la provincia de Gauteng. De las proximidades de Johannesburgo trajo Cesáreo al compatriota. Buscador de oro y diamantes en circunstancias pésimas, poco hacía por el desesperado su condición de blanco entre emigrantes negros, extranjeros clandestinos como él, mocetones de Lesotho, Swazilandia, Botswana o Nigeria, caballos percherones empleados ora en el empuje ora en el arrastre, con los que no podía entenderse, ignorante Pablo de cualquiera de los idiomas allí escuchados: las innumerables parlas de los aborígenes, las extendidas lenguas de los europeos, afrikáans o inglés, que lo hubieran sacado de la consideración de paria. Se arrimó a los mozambiqueños, sus intérpretes; mediadores ante los que hablaban zulú, ndebelé, swazi, twana o venda. Se ocupaba Pablo en el escudriñamiento del noble metal, del carbono cristalizado sin mácula, forzado a picar de por vida en una mina de actividad encubierta, atado a la falta de las autorizaciones de tránsito, residencia y trabajo. En un barracón de madera, privado de agua y electricidad, escaso de aseo y alimentación, malvivía el hombre. Temeroso de las autoridades del país, de la policía dedicada a la caza de los indeseables como él para deportarlos o ponerlos en prisión, no vio la enorme ciudad más que en fotos: los pobres barrios del centro poblados por el hombre negro y los elegantes suburbios de los blancos. La llamativa vecindad del hacinamiento inhumano de Alexandra con el distrito de Sandton, albergue de las mayores fortunas de África, explicaba mejor que diez tratados de sociología la desgarradora realidad del apartheit, degradación extendida por los cuatro costados del mundo. Ajeno el español a la ilusión de la escapada, había enterrado la esperanza en el profundo pozo, en las largas galerías, y aceptaba el sino guiado por un azar hostil. Bastábale a su mente enferma la sensación de estar penando unas culpas antiguas, de cumplir una justa condena.
Cesáreo, congresista en la cosmopolita Durban y, echándole una mano, su interés por la vida dura de los que arrancan recursos a la tierra, facilitaron el dificultoso encuentro. Coincidieron por casualidad en un almacén de suministros, alejado en todos los aspectos del poblado común, espacio que los patronos de las minas legales destinaban a albergue de sus braceros, cómodas viviendas dignas de seres humanos. Hablaron los dos compatriotas del regreso y fue una charla dilatada que iba, a la manera de los trenes que ejecutan maniobras en su intento de cambiar de vía, de atrás para adelante y viceversa, sin aparente sentido. Una hora y otra, memoria y olvido mezclados, hallaron primero un terreno copioso en vetas de mena florida; y sabiendo ya donde indagar, dieron con placeres intactos desde una solidificación lejana. Espejismos de otros tiempos reverberaban paisajes conocidos, y allí se quedó Pablo en un momento de duda: filo de la cuchilla, frontera, río, montaña elevada. Sacudió dulcemente, aparentando imprevisión, un golpe de viento soplado por mi padre y, ya en la vertiente de la lucidez, Pablo Pintado dio su acuerdo. Reintegrando Cesáreo a los captores el montante de una deuda inexistente, puesta en claro su situación ante las autoridades, tras mover hilos de influencia que pasaban por los organizadores del Congreso, agotados los trámites y el papeleo el liberado pudo regresar a su país.
Para Pablo constituyó una ardua tarea aclimatarse, no diré de nuevo, por si ocurre que nunca estuvo hecho al entorno. Reconocía los aguijones que le habían llevado tan lejos: la muerte violenta del padre en la carpintería, el axioma de su culpabilidad, el aislamiento en que se sumió, la desazón que impulsó el escape. Rechazadas por avivar tan lacerante memoria su Sanabria original y su antigua profesión de artesano del mueble, Cesáreo hubo de allanarle el sendero. Redondeando el favor del rescate le facilitó trabajo en una empresa de artes gráficas, la moderna imprenta utilizada habitualmente por Valdepero Ediciones, editora de la que el escritor era socio destacado, encargada de la publicación de sus libros. Dos novelas surgieron de esa relación: amistad interesada se dijo; pero sus amigos saben, Pablo, así lo acepta, que se trató de un regalo hecho al amigo recién reintegrado, con la función de elevar el ánimo débil, su declinada autoestima.
Desde la ciudad de Cuenca, en Ecuador, Cesáreo trajo a Osvaldo, joven conserje del hotel en que se hospedó tres días. Muchacho despierto y esforzado, se mostraba tan orgulloso de su legado indio como del injerto extremeño de los que era consecuencia. En su mundo sirvió de brújula a la ignorancia del escritor, mostrándole los órganos de la Catedral, la iglesia de las Carmelitas Descalzas, el Convento de la Concepción y los museos; acompañándolo, por último, a Ingapirca. Con ingenio llenó ese tiempo muerto del tránsito, refiriendo anécdotas de vecinos y desconocidos, leyendas corridas o historias de primera voz escuchadas directamente de los labios de los protagonistas y hablillas tan prolijas en sus detalles que parecían peripecias propias. Hizo de él mi padre una especie de secretario personal que nunca pensó tener, y el más directo de sus colaboradores. El conversador ameno e incansable se transformó en un baquiano lúcido y preciso, perseguidor de documentos perdidos y libros agotados en las grandes bibliotecas, elementos útiles para los asuntos sobre los que Cesáreo Gutiérrez Cortés escribía; integrándolo de manera paulatina en la nómina de sus verdaderos amigos.
De manera tan impensada el entorno de mi padre iba configurándose a su imagen, sirviendo a sus necesidades de escritor; y mi madre aceptaba ese mundo y lo hacía suyo con ligeras correcciones.

 

 

 Carta de Cesáreo a Úrsula dirigida desde Polonia

(Epístola escrita con pluma estilográfica y letra muy atendida, que muestra la solidez del cariño surgido entre mis padres, alimentado por ellos con mimo ya en la época previa a su establecimiento en Salamanca. Se aprecian, además, aspectos interesantes de su forma de trabajar; la hondura e intensidad puestas al servicio de la obra acabada. La fotografía agregada me habla de la vitalidad de Cesáreo, de su permanente entusiasmo juvenil).

Nysa, 11 de septiembre
Amada Úrsula: Te supongo en Egipto, en algún lugar situado entre Abu Simbel y Assuán, en las proximidades de Alejandría o El Cairo; ocupada quizás en los preparativos del inminente regreso. Un cúmulo de objetos dilatará tu equipaje: fotografías de tus valiosos hallazgos, folios y folios de apuntes, alguna pieza de menor tamaño escamoteada a las autoridades o autorizada por su condescendencia, souvenirs. Fruto de la satisfacción alcanzada, imagino tu sonrisa franca tensando los labios, amaneciendo oscuridades, desvaneciendo tormentas. Cuando llegues a Madrid la carta llevará unos días esperándote, sufriendo una ansiedad que es pálida copia de la que yo padezco. Pico espuelas al tiempo para que avance y nos una: labios, manos, palabras, pensamientos. Antes que la realización de cualquier otro deseo, mi voluntad me pide permanecer contigo durante una temporada extensa, pues necesito equilibrio y armonía para armar de manera definitiva el trabajo sobre Europa, y no tengo en mente, por esa causa, ningún otro destino inmediato.
Llevo unos días en Polonia, adonde he llegado, a través de una Alemania ya visitada desde París, tras un largo viaje en tren muy provechoso. En los trayectos largos la gente acaba por compartir viandas y sentimientos. Afloran entusiasmos y pesadumbres con intensidad afín, y el alma colectiva de los pueblos se abre como un libro que, orgulloso de su relato, quiere ser leído. Me encuentro en una pequeña ciudad del Sur, de cuarenta mil habitantes, tranquila y bella, edificada junto a la frontera checoslovaca; aspecto favorable que me permitirá visitar a la vuelta Brno, Praga y Plzen.
Mi anfitrión es un hombre poco corriente, se define así: “Católico, polaco, sesenta y dos años, veterano de guerra, jubilado con anticipación por motivos de salud y ex jefe de la parcela de planificación en una gran fábrica de maquinaria para la industria química”. El orden que imprime a la relación es en verdad intencionado, te advierto; habla, además de la suya, las lenguas alemana, inglesa, francesa, italiana y rusa, defendiéndose muy bien en la nuestra. La estudia a ratos en una vieja gramática dotada de un apéndice de vocabulario con menos de mil palabras. Se trata de un gran lector que ha terminado por contagiarse e intentar la escritura con verdadero ahínco. Sólo la carencia de papel puede frenar su entusiasmo.
“Tenemos” –afirma Mroczkowski Zygmunt, que así se llama el hombre- “un gran respeto a los poetas en Polonia. Durante el largo siglo de la desmembración del país por Rusia, Prusia y Austria, eran caudillos de la nación oprimida; la gente los consideraba profetas pues aventuraban el momento y la manera en que se daría la resurrección nacional. No hace tanto, en la contienda mundial, estos aedos desempeñaron un papel importante, encauzando el ánimo esperanzado del pueblo y manteniendo vivas las llamas de la religión y de la patria. Y metidos ya en la travesía del último desierto, la pasada posguerra, sus poemas indóciles, discrepantes con la doctrina del régimen, se declamaban entre amigos envalentonados por la emoción, alargando las cenas frugales y reduciendo las noches de invierno. Son versos dotados de nervio e intención, bien concebidos, impresos de manera clandestina y pasados de mano en mano como preciados productos de contrabando”.
Con gesto titubeante y voz de barítono, como homenaje intemporal a quienes practicaban esa forma de lucha, recita unos versos aprendidos de memoria que al instante traduce. Califica de soberbio un poema mío dedicado a la emancipación obrera, escrito durante el viaje, que ha querido leer para saber a que atenerse respecto a mí. Soberbio, dicho así, sin más, puede parecer un elogio. No lo es; refiriéndose al tono empleado, proveniente de su castellano estricto, aplica el calificativo en su acepción de altanero e iracundo. Posee el hombre cierta conformidad con la circunstancias y un optimismo radiante, extraños en alguien que ha pasado muchas penalidades y está sumergido de lleno en las privaciones.
Vine a él, te expliqué, recomendado por el grupo con quien yo colaboraba en Francia, personas piadosas y serviciales, católicos comprometidos. Con cierta frecuencia recibe víveres y ropas que distribuye entre los vecinos necesitados. Rememora en la charla su vida más acuñada, “la atormentada época ceñida de sangre fresca y cadáveres descompuestos, aportados por una pendencia sin sentido y un pueblo múltiples veces desgarrado, mientras humeaban las chimeneas de los crematorios vertiendo al aire denso los gases resultantes de incineraciones humanas. Idos los soldados, ocuparon la calle las pandillas rojas, propias y soviéticas, en algún sentido cercanas a los alemanes. La religión, la lengua, la historia y el deseo de mejora, nos permitieron seguir esperando la independencia verdadera y la libertad auténtica”. En la foto estamos, Zygmunt, mi guía, y yo, ante el curioso portal de la catedral de Sw. Jakuba (Santiago). Siento no poder apreciar el antiguo campanario y la fachada completa, erigidos en el siglo XV, destruidos en parte y vueltos a levantar en los siglos XVI y XIX, testimonio vívido del azaroso camino recorrido por tan sacrificado país.
Como te dije, deseaba asistir al Primer Congreso de la Unión Autónoma Independiente de Trabajadores, conocida por “Solidaridad”, que cuenta con más de diez millones de afiliados; y así ha sido. Regresamos esta mañana, Zygmunt y yo, de Oliwa, ciudad satélite de Gdansk, la antigua Danzig, en la desembocadura del Vístula ¡Qué órgano el de su catedral!, bellísimo. Vas a verlo, pues llevo fotos del conjunto y de las partes, incluida la vidriera central; te harás una idea de su magnificencia si te digo que tardaron en construirlo más de veinte años en el siglo XVIII.
Durante cinco días se han celebrado allí, en Oliwa, las reuniones del Congreso. Cabe destacar en ellas la inusual demostración de fe y el admirable empeño puesto en seguir un recorrido iniciado con dificultades que parecían insalvables. Intuyo en el singular sindicato, el germen de una nueva forma de estado que dará mucho juego político en el futuro. De hecho, ya es el bastidor de una oposición bien estructurada que cuenta con respaldo exterior; el propio Vaticano, con su Papa a la cabeza, apoya tal iniciativa a las claras. Aquí, ahora, religión y política forman tándem. Y no es un hablar gratuito o exagerado, el primer día precedió a todos los actos una misa celebrada por el primado de Polonia, huésped e invitado de honor; ¿ves lo que quiero decir? Las numerosas delegaciones de sindicalistas extranjeros, presentes en los actos, se sorprenderían; no te quepa duda.
Los japoneses, recibidos entre atronadores aplausos, regalaron al presidente Waigsa una antigua armadura provista de una espada de respetable presencia. Nada es convencional aquí en estos días, puedes creerme; merece la pena vivirlos. En la sala de deportes donde nos reuníamos para celebrar las sesiones, la que abría la segunda jornada comenzó asimismo con ceremonia religiosa. Oficiaba esta misa el propio capellán de Solidaridad y, pásmate, el texto del sermón titulado “Alabanza del trabajo y del amor a la Patria” -revelador enunciado- se aprobó como uno de los documentos oficiales del Congreso, ¡inaudito!, ¿no crees? Nada menos que novecientas personas asistíamos en calidad de invitados: observadores extranjeros, diputados, periodistas, fotógrafos, operadores de televisión, literatos, científicos, artistas, poetas.
La Organización había excluido de manera expresa a la Radiotelevisión Polaca, debido a su manifiesta parcialidad sectaria; no obstante, se presentó con setenta operarios y diversos vehículos de retransmisión móvil, quedándose dos días en la calle a la espera de una autorización que al fin y al cabo no se produjo. Junto a sus equipos aparecieron, de pronto, pintados con tinta negra y roja, improperios alusivos a su mendaz manera de informar; parece ser que alguno de los congresistas burló la vigilancia establecida alrededor de coches y camiones. Ninguna de las cadenas de televisión extranjeras, presentes en el acontecimiento, les ha cedido imágenes; llegando las noticias al resto de los ciudadanos a través de Eurovisión y con un retraso considerable.
El país atraviesa un momento de efervescencia cargado de interés: se conversa a media voz mirando de reojo, tienen lugar maniobras militares en la frontera y los carteles de avanzado diseño que cubren las desconchadas paredes, exhiben frases conminatorias dirigidas al gobierno. Exigen un plebiscito nacional sobre la autonomía de las empresas y nuevos comicios democráticos, originarios de una Dieta y de unos Consejos del Pueblo elegidos, sin exclusión de grados, con plena libertad. La situación abunda en paradojas; las posiciones de los dirigentes y de los dirigidos se permutan. Un ejemplo tan sólo: la frase de Lenin: “Todo el poder en manos de los consejos de trabajadores,” trazada hace tiempo por miembros del partido sobre muros bien conservados, se convierte en una irónica y actualizada petición a los dirigentes comunistas, proferida ahora por una gran porción del pueblo descontento. En suma, el país se mueve, una vez más, entre el temor y la esperanza; demostrando que la irritación popular y las demandas de los trabajadores se justifican, una y otra vez, con independencia de quien detente el poder; y utilizo el verbo en su acepción amarga. Tal efervescencia, y un entusiasmo colectivo similar, se viven al inicio de todas las transiciones; aunque suele acontecer que, poco tiempo más tarde, por desgracia, llega el desencanto con su caldero de agua helada enfriando el fervor.
Las cosechas de cereales, patatas, legumbres, remolacha y colza, han sido abundantes; a pesar de ello, el pan, la harina y sus derivados, de la noche a la mañana han doblado su precio creando malestar entre la población; y un artículo tan imprescindible como el carbón, del que los polacos hacen acopio en estas fechas en prevención de un crudo invierno, también ha subido. Ante condiciones tan dramáticas, los paquetes de víveres, ropas y medicinas recibidos del exterior, enviados por parientes, amigos u organizaciones caritativas, son apreciados porque palian en parte el problema de abastecimiento y moderan las colas para conseguir los productos esenciales. El gobierno, consciente de la precaria coyuntura, no se opone a este socorro en forma de pequeños envíos; por el contrario, facilita su recepción. Con este fin ha reducido al mínimo los controles, excluye los paquetes del pago de tasas aduaneras y promete entregar con celeridad suma todos los llegados.
Nysa, la ciudad en que me hallo, ofrece un meritorio conjunto de edificios y algunos rincones de interés: la plaza Mayor y, en ella, la Casa Vieja de la Báscula; la fontana de Neptuno, las antiguas casas de la calle Hermandad, las torres de la iglesia de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, y el Torreón de Wrociano, por destacar los de mayor relieve. Zygmunt me va mostrando cuanto según su entender puede impresionar a un extranjero, desgranando explicaciones tan precisas, que por fuerza ha de haberlas preparado poco antes de mi llegada. Ya privado de su grata compañía visitaré el santuario de Czestochowa, verdadero corazón del país; y las cinco grandes ciudades: Varsovia, más que nada la ciudad vieja y los museos Chopin y Nacional, rico éste último en pinturas polacas; Cracovia, y allí, con preferencia, el barrio del mercado central, las pinturas y esculturas del Museo, la catedral y el castillo de Wawel, elevado sobre el Vístula; en Lodz coincidiré con las jornadas folklóricas, cuando danzas y trajes regionales antiguos se complementan en la expresión plástica del gusto popular; dedicando, por último, una jornada a Poznan y otra a Wroclau. No sé aún si podré añadir Torun, en Pomerania, que al parecer posee un magnífico casco antiguo y un espléndido ayuntamiento gótico de ladrillo rojizo. Si tengo tiempo -desde Cracovia hay tan sólo setenta kilómetros- iré a Auschwitz, uno de los campos de exterminio humano concebido por el terror nazi; y a las minas de sal de Wieliczka, bajando los cien metros de profundidad existentes hasta alcanzar la cota de la capilla de Santa Kinga, perforada y tallada en la propia materia salífera.
Me hablan del frío invernal, con temperaturas de dieciocho grados bajo cero y copiosas nevadas. Imagínate: pasajes abiertos en la nieve que cubre las calles, cuyos muros sobrepasan los dos metros de altura; y trineos usados en las estaciones a modo de taxis: y así tiempo y tiempo, ¡con lo frioleros que somos! Me tranquiliza pensar que he llegado en vísperas de un suave otoño bullente de actividad.
Espero acopiar documentos, apuntes y memoria, suficientes en calidad y cantidad para elaborar una teoría del país que, en la próxima reedición, uniré a los otros escritos sobre esta Europa que va tomando nueva hechura. Artesanía y cocina, elementos populares reveladores del carácter, me salen al paso. Al final del recorrido que rematará mi gira, tras un corto paseo por Checoslovaquia llegaré a Madrid. Puedo anunciarte la inmediata salida a la luz de dos de mis libros; sucederá en cuanto corrija, a la vuelta, las galeradas. Te expondré mis nuevas ideas de palabra, en nuestro ya cercano encuentro.
Ansío verte. Estarás morena, ¡qué digo!, mucho más que morena; nueva Nefertiti, traerás la piel curtida por un sol adorado durante toda la antigüedad. El duro trabajo físico de las excavaciones, saludable no obstante, habrá fortalecido tu cuerpo. Deseo fundirme contigo en un abrazo interminable, y escuchar, sin otras pausas que las debidas a los besos, el recuento de los últimos trabajos de la expedición; relatándote, luego, mis andanzas de nómada.
Por encima de todo lo visible e invisible, te ama,
Cesáreo

 

 

 

Cesáreo en Himalaya

(Mención aparte reclama, dentro de la obra de mi padre, “Alabanza de la serpiente alada”, su primera novela entendida como tal; aunque no seré yo, una neófita, quien aventure en que apartado la encasillará el futuro; cuestión ésta, la de la ordenación literaria, tan resbaladiza e inestable. Novela, en consecuencia y por el momento, descolgada del resto de su excelsa producción de contenido mágico-simbólico, que le proporcionó fama internacional y tan merecido reconocimiento. Era ya valorado como pensador y ensayista, pero este su quinto libro manifiesta al narrador de carácter. Quiero destacar que en tan sólo catorce meses “Alabanza de la serpiente alada” entró en las universidades prestigiosas, y en ellas fue objeto de estudios completísimos; editándose al mismo tiempo vertida a los idiomas italiano y francés.
Alrededor del año seiscientos treinta y dos de nuestra era, el soberano del Tibet, Song-tsen Gam-po, envía a uno de sus ministros a Kashmir para aprender el arte de la escritura. Su viaje, la posterior implantación de la grafía en el reino y los beneficios derivados, vertebran la historia. Presenta ésta a un rey prudente, que pudiendo tener cuatro esposas, toma dos de ellas por motivos políticos, una china y otra nepalí: China y Nepal, sus vecinos; y las otras dos impulsado por una corriente sincera de verdadero amor; asegurándose de tal manera la dicha. Cubren la osamenta de tejidos, la vida de palacio y sus intrigas, a más de la propia mirada, sorprendida por una tradición milenaria poco divulgada en Occidente. Conjunción y síntesis de dos maneras dispares de interpretar el discurrir de la existencia: estática y dinámica, observadora y activa, pura y contaminada, religiosa y materialista; las impresiones que en tres meses largos de estancia en Himalaya recibió mi padre, van transcritas a continuación).

La tradición, alforjas repletas de objetos variopintos, de ideas, de hallazgos, de espejismos y supersticiones; baúl escondido en el desván, heredado de los ancestros por sus vástagos, gentes sencillas, dadas más a creer que a pensar; la fábula colectiva, granero del que toman las gentes lo necesario para extender su vida mísera; la leyenda asumida como verdad hecha y derecha, tan cargada de mérito que obtiene de los creyentes el regalo de aunar potencia, esencia y existencia; la epopeya popular, en definitiva, dice que Buda nació de su madre sin el concurso de varón. Un elefante blanco penetró en el seno femenino durante el sueño nocturno, y surgió de las entrañas convertido en infante. Un niño que vino a modificar las costumbres, a sustituir unas verdades viejas por otras nuevas. En adelante: ni Dios, ni jerarquía sacerdotal, ni castas. Todo en esta vida es contrariedad causada por el apego a los bienes terrenos. El Nirvana, estado último de iluminación, acaba con la angustia; y al Nirvana se llega siguiendo el Noble Sendero Óctuple, camino que exige, además de la práctica de la virtud: palabra, acción y sustento; la concentración mental: esfuerzo, abstracción y vigilancia; y la sabiduría: mirada y entendimiento. Hoy se venera la huella dejada en una roca por Sanga Dorge, predicador del budismo a los serpas de Shar, instante preciso en que tocó tierra al finalizar su viaje por los aires desde Rong-phu. Apenas hace cien años se erigió un santuario a la permanente marca que el paso del tiempo desvanece y los sacerdotes perfilan. La tradición es un tesoro entregado por los abuelos a los nietos con el mandato de preservarlo, enriquecerlo y ponerlo, formulando idéntico encargo, en manos de los descendientes.
El artista nómada se desplaza en Tíbet de unos templos a otros, embelleciendo a todos por igual. En su intención está la paridad pero también la mejora; de hecho, luchan en su alma sensible los dos objetivos contrapuestos. Termina por recorrerlos una y otra vez, en rueda, con el ánimo de igualarlos mejorando. ¿Cómo diferenciar estilos, épocas, influjos, dado este orden de cosas? Los tanka se firman, cierto; pero con frecuencia se superponen las telas cosidas que los forman o se pinta sin rodeos sobre la urdimbre y la trama. En tejidos de lino o de algodón bien tensos, se extiende de manera uniforme una mezcla formada por siete partes de yeso y una de cola. La masa establece íntima unidad con el lienzo y el aire del ambiente orea el conjunto en el bastidor. Dibujos hilvanados con carboncillo, el pintor errante libera allí la memoria de su arte milenario; primero el centro protagonista, el resto más tarde, encargándose los pinceles de distribuir los colores definitivos. El amarillo no es sino arsénico engrandecido por su primoroso acomodo; proviene el azul, del índigo; de la cochinilla, el rojo. La sabia y rica naturaleza provee al espíritu industrioso de los elementos precisos para su avance.
Los monjes llegan denotando una parsimonia que no es tal; van uno tras otro, flemáticos, desarraigados del entorno y del fluir cotidiano, hasta de la propia vivienda. Gotas de agua aisladas marcan el inicio del chubasco; son copos fundidos, predecesores de un invierno por fuerza níveo, helado e inactivo. Han sido invitados los cenobitas por una de tantas familias, nada especial la señala. Durante varios días recitarán los textos sagrados: su voz, monótona e incansable, dirigirá la cantinela sin fin como un río adulto que desciende manso a través de valles cada vez más profundos; y elevará una insignificancia el tono en imposible vuelta atrás, pero al fin la salmodia se disolverá en un mar sonoro, tranquilo y abundante.
Los vecinos se suman a la ceremonia, estamos en un pueblo alto del Himalaya difícil, próximo al cielo infinito; si la noche es clara, tocaremos las estrellas con la punta de los dedos y nuestro corazón alcanzará la felicidad. Las mujeres, esponjas que absorben con interés las enseñanzas, traen el té y el chang a intervalos irregulares en su deseo de no perder detalle. El ambiente es de recogimiento mental y de corporal reposo. Los niños se inician en el camino de la perfección, los mayores progresan en su instrucción religiosa. Son alargadas las páginas de los libros, ancho el lugar que ocupan sus renglones; han sido impresas con planchas de madera, y para grabar una tablilla dos personas meticulosas emplean cuatro jornadas completas. Es verdad, por añadidura, que dedican al cuidadoso esfuerzo todo el tiempo disponible: el que va desde el temprano inicio del día, hasta bien avanzadas las horas nocturnas; iluminándose con el medido resplandor de las lamparillas de aceite.
Penetro en Sum-tsek, templo de tres pisos de Alchi. Me atrae una pintura mural que descubrí al terminar el estudio de una mínima porción de techo y retirar de ella mi atención. Representa en forma geométrica, apoyándose en una simetría engañosa, el Universo íntegro o una parte que contiene el todo, pues en ella están las fuerzas impulsoras. Observo complacido el mandala Vajra-Dhatu, deteniendo el tiempo en mis pupilas. Primero una mirada de conjunto que se pierde en los mil detalles. Es preciso apartarla de los intereses particulares para que disfrute los beneficios del todo. Cuadrado que abraza un círculo, protector éste, dentro de su aro inflexible, de un cuadrado más pequeño dueño de otro círculo interior. Vairocana, el buda resplandeciente, sedente en su trono, es el centro de todos los círculos, el centro de todos los cuadrados. Otros cuatro budas, correspondientes a los cuatro puntos cardinales, ocupan su estratégico espacio, gobernando el arriba y el abajo, la izquierda y la derecha. Vértices y puntos intermedios sirven de asiento a divinidades femeninas. Los dieciséis bodhisattvas, protectores de la fe, símbolos de la acción beneficiosa, llenan uno de los círculos. Samanta-Bhadra y Vajrapani, están representados en la parte inferior. A la izquierda aparece una divinidad protectora. El argumento descrito se ve superado con creces por el insinuado; las figuras, numerosísimas, repetidas sólo en apariencia, son todas distintas y están dibujadas siguiendo las enseñanzas de los textos sagrados, donde el simbolismo adquiere una rígida jerarquía. El artista se considera afortunado, pues posee un pequeño espacio de libertad, un reducido plano de independencia, suficiente para dejar su impronta efectuando imperceptibles cambios sobre lo establecido.
La inquietud, el desasosiego y los variados puntos de vista llevan a visiones peculiares de la realidad; haciendo de ella otra muy diferente, postura inicial y consecuencias. Ya tenemos el punto de partida de un nuevo intento, que desemboca durante el postrer instante en una situación extrema, irreconciliable con la vivida hasta entonces. Partículas volátiles se disgregan de las convicciones arraigadas, abriéndose en catarsis profunda que cuestiona los principios de la globalidad existencial. De ello surge una limpieza de prejuicios que coloca al espíritu en completa inocencia frente al porvenir, página en blanco que desea ser escrita. El hombre es barro endurecido al sol y, frente al universo enorme, un minúsculo germen de grandeza: arrastrada larva, crisálida enclaustra y florida mariposa.
La ida y la vuelta, la noche y el día, la acción y la espera, la continuidad y el cambio: los eternos principios contrapuestos están aquí presentes como opción, y conviene tomar partido. Antigüedad y renovación luchan en Oriente; y una tercera vía de síntesis puede no ser el tercero en discordia sino la ruptura del dilema. Occidente quiere un Oriente próximo a sus gustos, a sus necesidades; y Oriente ha de romper su inercia y mudar el paso porque Occidente empuja con la fuerza arrolladora de las imprecisas leyes del comercio.
Aparece El Tíbet cercado por países que flotan en el mar de la modernidad como gigantescos bloques de hielo; a la deriva si creemos la impresión recibida de los sentidos, pero con un rumbo previsto por la llamada Economía de Mercado, que hace gala en este caso de una paciencia oriental. Es posible preservar a El Tíbet de todo influjo materialista. La transformación del entorno, el inminente cambio de sistema económico en Asia, reclama un Tíbet libre de contaminación, puro; reserva, referencia, mojón, contraste y faro encendido.

 

 

 “La viga del carpintero”

(Desarrolladas e innatas, Cesáreo ponía fronteras muy alejadas a la disposición del hombre, a su habilidad y aspiraciones. Partiendo de las facultades advertidas, le creía capaz de alcanzar metas tenidas tiempo y tiempo por quiméricas e inaccesibles; bastaba que una idea impulsara en algún sentido con fuerza suficiente. Y ello, sirviéndose del solo punto de apoyo de su propia voluntad. Es cierto, a veces se hace precisa una leve ayuda externa, el gesto mecánico de soltar algún freno, de arrancar de su asidero el ancla que las circunstancias adversas afianzaron. Pero no deja de empujar la excepción en el sentido de la regla. Convirtió mi padre al emigrante Pablo Pintado, a quien trajo de África del Sur, en protagonista de dos novelas. De la titulada “La viga del carpintero”, sexto libro publicado, extraigo algunos pasajes que refuerzan lo dicho. Me sirve la hermana, “Desde el Centro de la Tierra”, para destacar las directrices de su decidida andadura.)

“Son cuatro paredes, es un techo, es un suelo; pero no es todo. Hay una ventana que da al mundo y una puerta que recibe al resto de la casa; y no se agotan en sí mismas. La piedra vieja, desgastada, lustrosa del roce continuado de las personas; el adobe denso, aislante, barro endurecido, arcilla y paja cereal; y la madera, corazón desollado del árbol, rebanado en tablas; tres elementos aliados con la industria humana para hacerse hogar, espacio vivo bien delimitado, ambiente propicio que llena el cuarto, el cubo, el cubículo. Existe una atmósfera formada por retazos de las vidas allí desenvueltas, por el tira y afloja de las personas que conviven, por los logros alcanzados y los que, tocados con la punta de los dedos, huyeron al fin. Cientos, miles, acaso más, los proyectos pergeñados sin realización esperan turno en los rincones. Las ilusiones aún no concretadas se elevan sobre una fe que permanece dormida. Vagan sin encontrar el sitio justo los temores indefinidos, inconcretos; miedos abstractos que provocan un permanente desasosiego. El eco de los gritos desgarrados y de los íntimos susurros se aquieta miles de veces repetido”.
“En la penumbra del taller destaca el cuerpo laxo, estirado, casi inmóvil; un rayo de sol baja del ventanuco iluminando la horrible mueca del rostro violáceo, perfilando el cuello contraído, comprimido por la cuerda de resistente esparto que ciñe su pujanza. Un clavo hundido a medias en la viga del techo soporta el peso a duras penas; porque a los kilos de la carne, el hueso y los humores, se han de añadir cuantiosas libras de inquietudes, dueñas desde tiempo atrás del pensamiento y de los actos. Gira y retorna una y otra vez con la perezosa rotación que la soga acepta: tres vueltas en un sentido, tres en el inverso. Se repite un gemido apenas perceptible, roce continuo del hierro dulce y la desabrida fibra enroscada.
“Ebanista, artesano de la gubia; manos que llevan con gran fidelidad y maestría la idea a las formas ya determinadas. La sierra eléctrica no distingue los dedos ágiles, sensibles, precisos, del inerte leño que el operario ofrece a sus fauces aceradas en cuanto la energía eléctrica llega al corazón mecánico. Encontró un nudo de más ordinariez, de mayor dureza, y el movimiento irregular, el salto de un diente, cercenó sin darse cuenta apéndices insustituibles. Era padre el carpintero, y llevaba por nombre el evangélico de Pedro, premonitorio de una muerte violenta; inseparable del Pablo que puso a su hijo como quien formula un deseo. Sufrió el accidente, y su mano derecha, a partir de entonces, terminaba donde en la izquierda nacían los dedos, orilla de la palma rayada, espacio en el que estuvo escrita durante años y años -sin apercibirse nadie- esa quiebra lamentable del destino, cruel fortuna que tenía su persona reservada.
“Entró Pablo en el taller tras una búsqueda exhaustiva por la casa; antes había visitado la solana, pues allí acostumbraba su padre a escuchar, taciturno, las ocurrencias y los chascarrillos de los vecinos más resueltos. Inició el recorrido en el bar de sus medicinales bebedizos, sustitutos o extensión de los paliativos recetados por el médico. En la ebanistería –piedra, adobe, madera- descubrió Pablo a su padre ajusticiado por una mente enfermiza, víctima de la inacabable desazón. Hubo de ser Pablo quien lo encontrara; fatalidad añadida al infortunio de la enorme pérdida.
“Hubo de ser Pablo Pintado, el menor de los hijos, avanzado aprendiz de la pericia paterna en los antiguos días. Pablo, que se ocupó de los encargos pendientes antes de dominar la técnica, y fue testigo de los trajines del disminuido para salir de la manquedad, de sus infructuosos intentos de manejar el escoplo sirviéndose de la mano zurda; momento amargo de la deserción, cuando acabada la paciencia imprescindible para lograr los movimientos suaves, esmerados, refugió su evidente carencia en la actitud ausente y en la sobrevenida adoración por el interior mediado de la botella de vino. Sin remedio había de ser Pablo, porque, carentes de vocación, faltos de amor a los trabajos artesanos o dedicados a otros menesteres, ninguno de sus hermanos se interesó jamás por la carpintería. ¡Con su pan se lo coman!
“Tras el horrible descubrimiento Pablo recibió impetuoso el mundo sobre los hombros: las tierras habitadas con sus pobladores, las ajetreadas ciudades y sus edificios altos, los desiertos inhóspitos, los glaciares de movimiento imperceptible y las ingentes masas de agua de la mar océana, perforadas por miles y miles de naufragios, sometidas a galernas sin cuento. Envejeció cien año en unos días; precoz anciano sumido en el dolor de las articulaciones, doblado de pronto por el peso de las guerras habidas desde que el mundo es mundo, por los odios sin pausa y los malquereres de unas gentes con otras. Se hundió: cayó en las abismales fosas, en los ardientes cráteres, en el vacío infinito; y ya no fue quien era. Al rotar la puerta sobre su eje, y ver al padre pender de la soga junto a los estantes destinados a pinturas, disolventes, brochas y los diversos útiles del oficio, al instante fue otro. Allí estaba, espectro, aparición, fantasma; lo vio, sintió a un extraño en su interior y se dejo secuestrar por un ansia irracional de huida.
«La viga del carpintero», trabajo al que corresponden los fragmentos anteriores, es la novela más trágica de Gutiérrez Cortés. Narrador y protagonista se suceden en la tarea de exponer los hechos, consiguiendo una cadencia estimulante de la acción. No debió saciar con ella su ansia de ahondar en los desasosiegos, pues de tal venero surgió una compañera. Los dos libros recorren territorios diferentes, desarrollan asuntos distintos, sirven a estrategias alejadas entre sí. Los une, no obstante, el nexo que constituye Pablo Pintado. Su periplo vital, hijo de razones cambiantes en función de los estímulos, y la secuencia de su desquiciada aventura, los convierten en tramos de una misma corriente.
“Huérfano yo y culpable de mi orfandad, en la fuga buscaba el confín de las tierras, un espacio que me impidiera volver al menor contratiempo. No llegué tan allá; a Mozambique me llevó un barco porque en Maputo esperaban su carga; sumido en la desesperación ¡qué más daba! La travesía, merced a mi predisposición para el trabajo y a los conocimientos propios del oficio abandonado, fue aceptable. La desquiciada cabeza, que en las noches era mi enemiga, me llevó a una febril actividad muy valorada a bordo. Empleado en el mantenimiento ataqué el salitre, el óxido enemigo, los desconchados de pintura; cambié duelas, modifiqué formas torcidas, sustituí tornillos unidos de modo definitivo a la tuerca e iluminé focos oscuros, haciendo mías todas las reparaciones. Mientras, los compañeros de tarea descansaban de otras singladuras sin duda alguna de mayor agobio».
Huyó en barco, también, Horacio, uno de los invitados a los esponsales de la novela “La boda de la albigense”. Sí, por lo general prefería las naves Cesáreo Gutiérrez Cortés, en la escenificación concebida para las escapadas de sus personajes. Escogió el mar frente a la tierra y al cielo cuando se trataba de poner a salvo a sus atormentados, según pienso, debido a que las embarcaciones, en tales casos, poseen ventajas sobre cualquier otro medio de transporte. Ya sean de carga o pesqueras, en ellas el trabajo paga el pasaje y la comida, produciendo, además, algún excedente; pico sobrante que si no se arriesga en el juego como suele suceder, demostrará su utilidad en el momento del desembarco definitivo. La moderación de la marcha permite al fugitivo meditar, hacer planes y madurarlos, mientras se adapta a los lentos cambios de horizonte y clima. Y por encima de todo, los barcos conducen a los desesperados tan lejos como su desesperación precise, dejándolos en cualquiera de los puertos de atraque. Un barco de pabellón extranjero pudo poner a salvo -eso quedó sin dilucidar- al anarquista perseguido por las fuerzas del orden, padre del narrador en “Secretos de Familia”; novela donde los barcos y el trabajo en los muelles, proporcionan dimensión a la existencia de unos personajes situados al margen de ley, una ley excesivamente estrecha, para defender la legitimidad de sus ideas.
«Mas en la soledad del camastro, hecho a los ruidos de la vecina sala de máquinas, separado Pablo del resto de la tripulación, sus ojos cerrados veían con trasparente nitidez al padre colgado de la viga. A modo de un objetivo fotográfico, que apartándose del fondo agrandara el campo percibido, el desvarío daba cabida a las circunstancias que llevaron al hombre a tan irremisible determinación. Se intuía una buena dosis de egoísmo en su conducta, lindero de la momentánea ceguera, pincel que pinta de negro los paisajes; egoísmo y ceguera acaso vecinos de la sensación de aislamiento, mentida verdad que se sufre íntegra con daños reales. La casa ya no iba a ser la misma. Madre y hermanos, el padre hacía de mortero y los unía; la desgracia y el dolor se sentaban con ellos a la mesa común, alineándolos expectantes de un futuro incierto.
“El suicidio pudo prevenirse; alguien debió oponer su voluntad al galope del caballo desbocado, saltando a la grupa en la escapada para tirar de las riendas hasta detenerlo. Y a mí, el hijo menor, me fue dada esa oportunidad. Estaba a su lado y le veía buscar un escondite donde la vida no lo hallara. Me encontraba cerca y le sabía encerrado en el cuarto oscuro de su mente, dedicado por completo a lamentarse, provocarse heridas y compadecerse de la desdicha de sufrirlas. Yo seguía sus pasos, vi y callé. Nuestros silencios compartían origen y desembocaban en una misma ensenada. Sí, pude evitar la muerte, quise hacerlo y permanecí inactivo.
“En cuanto su cuerpo recibió sepultura en el espacio inculto, extremo innoble del cementerio, distante de los cristianos que aceptaron una muerte enviada por quien tiene ese poder; mi madre y mis hermanos pusieron reproche en sus pupilas al mirarme. El enterrador y los escasos vecinos que formaban un mínimo cortejo privado de sacerdote, mostraron conmigo una misma actitud acusadora. En el camino de vuelta, los que carecían de coraje para acompañar a un suicida al camposanto, disimulando tras los visillos los ojos fisgones, me mostraron su rechazo. La extendida censura estimuló en mi cerebro el roer de docenas de ratas inmundas, el venenoso entrecruzar de cientos de serpientes, el penetrante bocado de abrasadoras llamas amarillentas y rojizas.
“Había de conocer yo que el enfriamiento de las miradas era producto de mi invención, y que en verdad se compadecían los vecinos de mi desgracia; había de saberme mi peor enemigo, mi único acusador, mi solo verdugo; y el suplicio se hubiera hecho de igual modo insoportable en el barco. Tendido sobre las tablas de la litera, las grises tuberías y los sonidos romos formaban mi único horizonte. Si cerraba los ojos, visiones atormentadoras me ocupaban como a casa sin dueño, obligándome a salir del confuso letargo: espectros dotados de rostros conocidos que me señalaban con sus índices delatores. La actividad sin pausa dio sentido a mis días; un contenido hueco, extraviado, ajeno a cualquier propósito. Desasosegado, doliente, solitario, solo; las palabras se sublimaban en pensamientos y sorprendía a los compañeros evitando mi trato. Estorbó que me diera a la bebida el triste ejemplo recibido de mi padre, caído el desdichado bajo el peso de problemas que engordaba el alcohol. No necesité servirme de la manida excusa, que presenta soledad e insomnio trastocando el pensamiento y exigiendo olvido.
«En tan penosas condiciones llegó Pablo a Maputo. Dentro del recinto que engloba el puerto y los tinglados donde se almacenan las mercancías, trabó relación con hombres ruines que reclutaban brazos para bajar a la antesala del infierno. Habían de ser muchachos jóvenes y fuertes, y carecer de apego a la vida, ya que se obligaban con pacto de sangre a arrancar el oro y los diamantes al demonio ante sus hirsutas barbas y el sulfuroso aliento. Como la oferta de los comerciantes de esclavos convertía en indiferente su apurada situación de clandestino, sin cuidarse Pablo de inquirir otras posibilidades, siguió tras ellos la tortuosa ruta de los emigrantes indocumentados, veredas inseguras que llevaban a Johannesburgo cruzando dos fronteras. Dio con el pensamiento fijo y la continua agitación en el fondo de una mina ilegal, y la actividad delictiva desarrollada en su interior proporcionaba el cauce adecuado al desvarío de su mente. Los golpes de pico: secos, oscuros, rítmicos; caían sobre la conciencia insensibilizándola: roca fue, tierra compacta o disgregada. El esfuerzo se duplicaba en sus brazos emancipados del cerebro. El sudor y la humedad lo disolvían: ya era barro la frente hasta el cerebro, ya eran lodo los pies hasta la caña de las botas. El día se hacía noche en la madriguera; topo él que buscaba la salida hacia adelante caminando en círculo. Las noches eran luminosas bajo las estrellas; mas la espalda de Pablo, obligada a permanente curvatura, le impedía ver el cielo.
De las dos novelas que Cesáreo vinculó a la penosa experiencia de Pablo Pintado, la segunda despertó un interés singular en los ámbitos sindicalistas. Se trata de la que tituló “Desde el Centro de la Tierra”, ambientada en los degradados yacimientos de minerales preciosos. Por alegato y vindicación obreros la tomaron las fuerzas progresistas; convirtiéndola en bandera de la lucha contra las precarias condiciones laborales, rayanas de la esclavitud o pertenecientes a ella, existentes en determinados centros de extracción y producción diseminados por el mundo entero. Inhumanos abusos admitidos para sobrevivir por quienes no reciben oportunidades mejores, víctimas de cualquier forma de rechazo, emigrantes sobre todo, niños que las enfermedades, las guerras y la hambruna dejan huérfanos. Obra valiente y arriesgada, defensora de la plenitud de derechos de los extranjeros y de su sincera aceptación social, fue tenida por demagógica y delirante en los segmentos reaccionarios de la clase política.
La defensa de la libertad de tránsito y residencia, y de la fusión de razas y culturas, del mestizaje en todos los órdenes de la vida, realizada por mi padre forzando los límites fijados por la cerrazón irracional, constituye uno de los pilares fundamentales de su obra. Otro de los firmes arranques, basamento sólido de sus actos, vértebra de sus escritos, es la confianza puesta en la capacidad del hombre, del género humano en toda su compleja integridad. Puede flaquear en un momento determinado, retroceder cien pasos inclusive, pero su marcha acaba una y otra vez tomando la dirección del progreso.
De soñador le han tachado, de utópico empeñado en imposibles. Necedades, pretextos; ejemplos tenemos de utópicos activos, quienes, seguidos por cientos de soñadores, a los que se añadieron miles de realistas contrariados por un presente imperfecto, cambiaron el curso de la historia. No es el caso de Cesáreo, que nunca ocupó acción alguna en atraer las voluntades de los demás hacia sus propios objetivos; pero prueba la torpeza con que emplean el calificativo quienes, cabalgando a lomos de un robusto presente, no desean compartir su bienestar y desconfían del futuro por inexplorado.
El derecho de las personas a seguir los propios impulsos en la búsqueda de la felicidad, sin imposición de métodos ni caminos, recogido en la normativa esencial de países que dicen vivir en democracia, y abandonado a su suerte por numerosos gobiernos alegando su complejidad, es cimiento en el edificio levantado por Cesáreo a lo largo de los años. Viene a cuento aquí uno de los párrafos que, a propósito del gobierno del pueblo, por y para el pueblo; considerado el mejor de los métodos conocidos, deja escrito en “Desde el centro de la tierra”, su séptimo libro:
“…la democracia es un sistema social heterogéneo, que en cada espacio toma una forma peculiar, tan frágil como la vida del hombre que la persigue. Es el vivo caminar de la igualdad de los individuos todos ante derechos y deberes y de la libertad de actuación; igualdad y libertad en permanente tira y afloja. Resulta la democracia ser madre e hija del equilibrio inestable, en un círculo que cada día favorece la unión sin huella del principio y el fin. El respeto y la valoración de la persona son condiciones exigibles a la democracia, combinación formada por la suma de las voluntades tolerantes de sus miembros. Si la independencia, la paridad entre los seres humanos, el respeto al individuo y el deseo de entendimiento fallan -en conjunto o uno a uno- la democracia se queda en mera declaración retórica. Y sucede la merma con una frecuencia preocupante”.
La defensa de la persona sometida al grupo, de los beneficios colectivos frente a los individuales, del ciudadano atropellado por la administración, de la comunidad burlada por los egoísmos particulares; fue su permanente tarea. Por eso tiene con el escritor la democracia un amplio pasivo. Y siendo deudora la democracia, deudores son los derechos humanos, cuyo fraude denunció en cuanto lo tuvo a la vista. Y obligados los derechos humanos, comprometida está la libertad de expresión; pues sin denuncia el crimen permanece oculto, libre de impedimentos, de castigo disuasor.
La prematura desaparición de Cesáreo Gutiérrez Cortés nos impide conocer sus logros mayores, pues los trabajos cuajados suelen ser obra de la prolongada madurez. ¿De qué pensamientos, de qué creaciones literarias, de qué avances en el uso del lenguaje nos hemos visto privados por el inconsciente individuo que le impidió llegar a los cincuenta?, ¿qué forma tendrían sus novelas escritas a los sesenta años o a los setenta, alcanzado el dominio de la escritura cuyos recursos desarrollaba? Cuánta innovación nos daría una vida caminante hasta la senectud. Qué de veredas hubiera abierto su magisterio a nuevos escritores estimulados por su ejemplo.

 

Controversia entre Realidad y Fantasía

(Subtituló Cesáreo con este enunciado la parábola llamada “Floisbos”, publicada en la revista “Megafón”, de Buenos Aires, con el fin de ilustrar su manera de entender la creación literaria. Sirviéndose de un relato carente de pretensiones en apariencia, y echando mano de su característico sentido del humor, dilucida de manera gráfica la eterna controversia entre realidad y fantasía. Ambas representan para él pavimentos sólidos, a través de los cuales camina tranquilo porque los entiende miscibles e intercambiables; constituidos por una misma sustancia, palpable o incorpórea según convenga a la acción. Prueba este aserto el argumento de su novela “El amor en la Plazuela de San Miguel”, en cuyas áreas imaginadas el autor entra y sale, portando su realidad a cuestas, sin ningún tropiezo. Alcanzando el súmmum cuando pretenden vivir juntos el autor y su amada Marina, ella también creación de la mente, en uno de los pisos de la casa ideada como escenario del argumento).

En el Universo es, cuanto al Universo perturba o estimula. Estando interrelacionadas las partes –elementos definitorios o derivados, nociones y sujetos, agentes y pacientes- si son capaces de dar o recibir, existen. A falta de mejor actividad dedico mi esfuerzo a los conceptos, a lo que se puede imaginar, pues de lo imaginable está formado el Universo. Los componentes aún no concebidos, los impensados, existiendo, tiene la posibilidad de que la investigación o el pensamiento los transformen. Presentado el dichoso momento, si no son realidad serán ficción, y entre ambas posibilidades no establezco separación alguna, ya que sus consecuencias, que al fin y al cabo es lo que al Universo importa, pueden ser las mismas. Ergo, materia o inmateria, merecen, mirado así, el mismo trato.
Desde que la historia se moldea con la memoria imprecisa de los hombres, la realidad llega a nuestra mente capturada por la red de los sentidos. Indiferente a la pura o inficionada información recibida, la voluntad actúa con celeridad extrema; siendo esta premura y la inestabilidad del dictamen, causa de muchas zalagardas que han puesto a los hombres en aprieto. La imaginación, por el contrario, los sacó de apuros en las más comprometidas situaciones.
Los párpados entornados son los verdaderos motores de la fantasía. En el lapso en que los ojos se cierran a cal y canto, e invierten el sentido de su percepción nariz y oídos, lengua y palmas de las manos, pasando a actuar de dentro a fuera; la realidad pierde vigor y disminuye su influjo. Algunos aseguran que ínterin se rearma: restaña magulladuras, recompone los senos desgarrados de las alforjas o enmienda yerros reiterados; pero nadie ha logrado acumular pruebas corroborativas. Sentados estos principios, inamovibles como la arena disgregada de la roca, las bandadas de pájaros que vuelan hacia el Sur o los inexpugnables huracanes, puedo iniciar la fábula.
Sellé los ojos a la certidumbre con presteza, pues una verdad indiscutida abría sus fauces pretendiendo engullirme. Es eterna la rivalidad, la lucha cuerpo a cuerpo entablada entre lo probado a todas luces y la invención bien conducida, entre la verdad sentada y la fantasía primorosa. Procedí, pues, con diligencia; terminando de golpe con el peligro que suponía la realidad. Mas fue tan vertiginoso el cerrojazo, que no tuvo la imaginación oportunidad de salir tomando el ajuar imprescindible; conducta concordante con la costumbre adquirida al defenderse de otras alarmas menos perentorias.
La permanencia de la imaginación en la mente iba para largo; y a juzgar por la pesadumbre que revelaba su faz, conocía el trance nada halagüeño en que se hallaba. Comprobó dispositivo a dispositivo la perfección del artilugio de cierre: trátabase de una compuerta a modo de aduana, prevista para dificultar a los hechos el ingreso directo, sometiéndolos antes que nada a un prolijo juicio de intenciones; mas -circunstancia en verdad ambivalente- impedíale a ella, aun intangible como era, la salida. Alterado su ánimo, forcejeó sin provecho alguno agitando las bisagras; la ausencia de rendijas confería hermetismo al recinto.
Atenuado el consecuente enojo y en actitud pensativa, la imaginación recorría a zancadas el amplio espacio mental. Bien mirado, no debían ser tan luengos los pasos ni tan espacioso el hueco, ya que a causa del escaso oxígeno acogido, las ideas pudieron fermentar. Se produjeron a su abrigo gases tóxicos, cuyo olor, en verdad acre, avisaba a la imaginación del inminente peligro; la forma se tornó inestable y una lógica, no experimentada de manera suficiente a juicio de la ciencia, se impuso. Casi al instante la disparatada función tuvo comienzo. Ideas, pensamientos, meditaciones, discursos, conceptos, planes y obsesiones se generaron sin ajuste mezclándose al azar.
Las soberbias nubes, alzadas sobre campos y ciudades, amenazan lluvia; el agricultor acepta la bravata que desea ver cumplida, porque la cosecha está sedienta al final de la breve primavera y no llegan las raíces cereales al depósito del agua, ni disponen de cántaros bastantes que vayan a la fuente. Es insuficiente el mador que la fiebre procura para el caso. Beberían de bruces en el manantial de estar bien visto, pero la etiqueta es taxativa al respecto; no, sin disponer de un pañuelo de organdí –bordado en oro- para limpiarse los labios al término.
Giran las mariposas inquietas en torno al haz de luz. Dudan en sus inseguros vuelos. Dos de ellas, después de un breve intercambio de perfumes, cargan el haz sobre sus hombros y, todas juntas, se van. La estancia queda en penumbra. Otras dos, regresan. Se han olvidado del envés. Una vez retirado, la oscuridad pinta de negro el cielo raso, las paredes, el pavimento y el aire que impide la fatal reunión de los planos murales en el punto central.
Pese a todo, la imaginación dirigía el proceso y siguiendo sus impulsos entraba en calentura; crecióse la nueva lógica y los razonamientos se deslizaron incoherentes por la fácil pendiente del absurdo. Pretendía con ello llenar de humo el habitáculo y poner en el disparadero la válvula de escape. Moviéndose en círculo a vertiginosa velocidad, las imágenes irreales alcanzaban terrenos resbaladizos originando percepciones equívocas.
Junto al río Neva, ciudad de Petersburgo, en un periquete llego al museo del Hermitage. Minutos antes de la hora de cierre -medio día- estoy solo en la sala. Veo el sucedido, soy testigo de los hechos. El hombre del “Retrato de Hombre”, de Frans Hals, tiene hambre. Nunca el hambre apretó tanto, es la época de la penuria llevada a los extremos alejados. A su lado, vecino desde hace tiempo, cuelga oferente el cuadro de Pieter Claesz que alguien tituló “Desayuno con Jamón”. Alarga el brazo el hombre, dirige la mirada, cierra la mano. Vez sí, vez no; acierta. Desaparece primero el jamón, después el pan, las frutas luego. El vino se agota en varios sorbos. Fiel al nuevo contenido, y en cierto modo denunciando, escribo sobre la placa clavada en la moldura: “Restos de un desayuno”, de Pieter Claesz y el Hombre del Retrato.
El Infinito y el Uno caminan siempre juntos proyectando utopías ingeniosas. La Humanidad es el resultado de sus sueños creativos. Con clara intención de echar un indiscreto vistazo, una entremetida ojeada, me acerco brioso al obrador inmediato, vestíbulo del Otro Mundo donde se da origen a las vidas. El antiguo proceso artesanal cayó en desuso; se trabaja en serie, ya no se elaboran una a una. De cincuenta originales parte una máquina. Realiza, en diez segundos, quinientas primeras copias. De ellas nacen cinco mil imitaciones segundas, y de éstas, cincuenta mil terceras. Y así hasta el infinito menos una, con pérdida progresiva de calidad que las hace muy distintas del origen. La Dirección está intranquila; la demanda decrece en el continente europeo, escasea el trabajo, la distribución se ha encarecido y la inversión en maquinaria aún no ha sido amortizada. Desviar la producción hacia otras áreas no es posible, las almas configuradas para Europa no tienen aceptación debido al injustificado orgullo que las caracteriza. En una de las salas, ahora sobrante, ruedan una película publicitaria. Se proyectará en el cielo durante las noches lóbregas. Habrá regalos disponibles para los pedidos múltiples que incrementen la demanda.
Relámpagos, rayos, igniciones volcánicas, fuegos de artificio; en la impenetrable caja, reducto ocupado por la imaginación fermentada, se desprendían premoniciones faltas de manifiesta utilidad. Los efectos tóxicos del catalizador proseguían su cavilar loco.
Veo, intuyo, palpo una imagen remota, repetida miles de veces en un solo segundo hasta darle continuidad y persistencia, hasta grabarla a fuego en mis entendederas. Allá, en el lugar que los atribuyo, habitan un secreto estudio escondido en una torre que un picacho oculta. Disimulan la cumbre sempiternas nubes, densas, oscuras, de atormentado rostro y mal talante, origen de rayos y centellas refulgentes a los que siguen de cerca fragorosos truenos. Los imagino ancianos investigadores del tiempo; son los encargados de organizar los calendarios de forma que la historia tenga sentido. Ellos nos hurtan, sin el menor remordimiento, los veinticinco años del siglo cero. Período éste que sirvió de muestra, ensayo, tanteo, experimento; y estuvo situado, a modo de colchón, entre los siglos uno antes de Jesucristo y uno de la presente era. Escrito a lápiz, hilvanado, su duración fue corta: un cuarto de los otros. A buen seguro lo consideraron suficiente, al entenderse por entonces capaces de pasar a limpio su boceto, de escribir con la tinta indeleble de la pluma, de coser con hilo permanente, de iniciar sin perífrasis el período positivo. No es conocido este asunto, nadie se ha referido a él de forma tan eficiente como para quedar constancia escrita o dibujada. Hay alguna tímida mención en los Evangelios, ¿a qué tiempo se refiere, si no al que nos ocupa, la repetida frase `In illo témpore´ dixit Jesus…?” Y otra, no menos pusilánime, hallamos acercándonos al `Repertorio de los Tiempos´, de Andrés de Li, publicado en Toledo durante el año del Señor mil quinientos cuarenta y seis, donde la expresión “tiempos ningunos” puede designar a la época que nos interesa. Por el contrario, la tradición oral es rica en manifestaciones. Las culturas más diversas, alejadas las unas de las otras, se han hecho eco de diferentes maneras. Describen unas, las más fantásticas, a un dragón en trance de consumir a los cinco lustros del siglo cero, exhalando vaharadas de incandescentes vapores, llamaradas que expelen sus ardientes fauces. Trátase de un ladrón en otras narraciones, de los de turbante o casco en la cabeza y alfanje o espada enarbolados en su derecho brazo, quien a la fuerza se hace con el incompleto siglo y su misterio. Un triángulo interno a un círculo que se encuentra dentro de un cuadrado; en esta forma representan las fechas determinadas enseñanzas para introducidos, hermanados en secretas sociedades que guardan memoria tan lejana y recogen su rica experiencia.
En un ínfimo instante, en una fracción imperceptible de un diminuto lapso temporal, con gran estrépito explotó la mente. El gas producido en la fermentación, acumulado en grandes cantidades, se demostró combustible. Una chispa de ingenio, la primera surgida en mucho tiempo, logró que en la pequeña holgura todo saltase por los aires.
La realidad integrada por el cráneo -compuesta de huesos y encéfalo que, como es sabido, a su vez engloba a la médula oblonga, cerebro y cerebelo- la realidad, digo, resultó alterada en todos sus átomos: esencia y apariencia. Rota quedó; perforada, herida de muerte por un profundo cráter; situado para mayor desgracia en su ecuánime centro, entre los dos hemisferios y los ocho lóbulos. Resulta curioso cuando menos, salvándose la prisionera imaginación por volátil y escurridiza; la realidad de la cárcel, justo en razón de su solidez, resultó desbaratada.
El hueco originado sirvió para enterrar a la realidad muerta. Se la dio sepultura entre los dilatados sahumerios de una ceremonia multitudinaria, en la que ciertas frases de elogio compusieron un improvisado panegírico. Por suscripción popular se erigió un monumental mausoleo, confeccionado con jirones de niebla unidos entre sí por hilos de oro, tan finos, que el sastre fue acusado de hurto. La conducta de los hombres, sin el pernicioso ejemplo de los hechos reiterados, se dio a sí misma la trayectoria más recta que se recuerda.
Tal situación vino a ser efímera. Una larva de realidad, adherida a la hipófisis -sección posterior, nerviosa- apareció en abril entre los escombros. La evolución fue acechada en laboratorio; todas sus transformaciones hasta llegar a ninfa seductora. En el momento justo nació una realidad niña, que era en todo el rostro de la madre. La amiga imaginación permaneció siempre al lado de la realidad, ayudándola, dándole algunos consejos ajustados a principio y otros innovadores que abrían nuevos cauces. Creció la pequeña teniendo en cuenta las lecciones explicadas y las secuencias crípticas recibidas en la herencia.
Las inamovibles rocas, el agua ligera de las nubes, el viento agitado y las profundas soledades, dejaron de ser inexpugnables murallas elevadas entre la rígida realidad y la flexible fantasía, permitiendo a ambas entidades formar una unidad mestiza. Desde entonces camino sobre las aguas del estanque sin hundirme, avanzo tierra adentro preservando los ojos de partículas molestas, llego a las estrellas sin salir de casa y me alimento del maná que recubre los cardos en las amanecidas.

 

Bruno Merino y mis padres

Cesáreo esperó siempre del correo la comunicación de nuevas trascendentes. Constituía el hecho una extravagancia, pues sin razón concreta aguardaba, por ese medio, la llegada de algún recado propicio. Anacrónico procedimiento de contacto entre personas, había sido desplazado en las distancias nacionales por el teléfono. A lomos de las cartas, empero, viajaron algunas de las noticias desagradables; una de ellas fue la muerte de Estela, la primera mujer de las tres que ha esposado Bruno Merino. La vía aérea escogió el amigo para comunicarle el hecho luctuoso. Sobre el papel finísimo, escrito por ambas caras, se alternaban los renglones legibles y los ilegibles, los que se veían al revés transparentados. Era una mañana de lluvioso abril, y la noticia triste abrió a Cesáreo la necesidad de desahogarse. Fijó al papel la historia de Bruno, como quien detiene con la fortaleza de los brazos el discurrir de un río rápido y somero, que va dividiendo su corriente por la oposición de las duras rocas descollantes. Media resma la contiene, escrita de un tirón, hora tras hora las que van del medio día a la madrugada. De tal cúmulo salió materia prima suficiente para inducir la novela “Guerrillero en Chiapas”, una pequeña parte, tan sólo, de la vida descarnada del amigo.
Arranca su memoria del primer encuentro: Bruno y Cesáreo en la sacristía de la iglesia de San Zoilo, mirando el cuadro del martirio; y el azar urdiendo los hilos de sus vidas. Pocos días después, en Valdepero, ante el casón de Sindicatos, se dijeron su primer adiós. Iba Bruno Merino a cursar el doctorado en la Universidad de San Juan de Puerto Rico, al arrimo de su hermano, religioso de La Salle. Salía el de Carrión de los Condes de una larga crisis, y en la isla caribeña desarrolló, como siempre hace, con la máxima energía su propósito; de manera que la fortuna pudo premiarle con el encargo de unas clases impartidas a los estudiantes de los primeros cursos, sin dejar de recibir la deseada instrucción. Estela llegaba en esos días a la Universidad y, entre las ingenuas preguntas de la alumna y las ingeniosas respuestas del maestro, el amor surgió fervoroso. No conocía Bruno emoción tan absorbente, y día y noche dedicaba su atención a una mujer diez años más joven. Se casaron al inicio de las vacaciones veraniegas, y vinieron de viaje de novios a España. Año tras año peregrinaron al solar carrionés, y las veces que visitaron a mi padre: he leído su relato: vio un rostro armónico, parte principal de una cabeza ágil, inquieta; el periscopio de un submarino que escudriñaba los alrededores. Menuda, inteligente, tierna y tolerante; descubrió Bruno en Estela una compañera magnífica, como hecha de encargo para él. ¡Ah!, y una pésima madre; pues consentía todo a la hija de ambos.
Un virus letal abrevió la vida de la esposa bienamada, acortándola lustros en cuestión de días. La tajante enfermedad y la inesperada muerte hirieron al esposo en las honduras de su ser, y los versos salieron del manantial a borbotones: una riada lírica que anegaba la conciencia sin aviso previo. Su libro, “Amor”, es la consecuencia de una reiterada criba, pues juntando todos los versos escritos tenía bastante para tres densos poemarios. La crítica se deshizo en elogios sobre el estilo depurado de la escritura, la sinceridad de la intención y la belleza de las metáforas. Fueron tantos los encomios y tan fundados, que los miembros del jurado de un premio importante coincidieron en Bruno Merino a la hora de designar al ganador.
Le entregaron el galardón en el transcurso de una larga cena; y los organizadores tuvieron la feliz ocurrencia de situar en su mesa, junto a varios intelectuales reconocidos, a Clara. Clara resultó ser poeta; una poeta integra, total. Escribía poemas, claro; hermosísimos y penetrantes según los entendidos. Pero, a mayores, la poesía, descubierta al caminar, era su morada: multicolores mariposas despertando el vuelo a su paso en la alameda techada de ramas. La mirada prodigiosa de sus ojos cálidos transformaba en atrayente pintura la burda realidad. Su alegría de vivir se reveló contagiosa, y contagió a Bruno. A su lado mitigaba el hombre el dolor producido por la pérdida de Estela, hasta dar con un aspecto favorable de la soledad envolvente.
Clara y Bruno se encariñaron de manera natural, con la placidez de la noche al hacerse día y del invierno al alcanzar la primavera. Desposáronse unos meses más tarde, estimulados por un cariño mutuo al que urgía enramar el nido apropiado para seguir creciendo. El corazón de Bruno, refuerzo de la cabeza en la controversia especulativa de su crisis vocacional, estuvo vacío de sentimientos amorosos demasiado tiempo y, tratando de recuperar los años perdidos, se revelaba incapaz de prescindir del afecto femenino. Con su segunda esposa se presentó en Carrión, debiendo explicar a los conocidos que Estela había muerto, y ocupaba su lugar aquella morena afable y cargada de energía. Fue el único momento incómodo del viaje, ya que, en seguida, Clara, de manera natural, desplazó con su presencia la buena memoria de la compañera precedente. No debe extrañar que algunas de las personas del pueblo dudaran de la explicación de Bruno; de los países extranjeros conocían la extendida costumbre del divorcio, y en eso pensaron.
Estela era inquieta, impaciente y bulliciosa; y Clara parecía a simple vista divergente: reposada, calma, reflexiva. Si se pudiera hablar de la existencia de una cierta continuidad entre dos mujeres tan desiguales, diría que una fue el río joven descendiendo por la inclinada montaña en su curso alto, y la otra, el mismo río atravesando la planicie; pero no se puede hacer tal paralelismo y no lo hago. Quince años menor que Bruno, representaba Clara una hija temprana bien avenida con su padre. Se reverenciaban ambos y buscaban el éxito del otro antes que el propio. Publicaron un libro escrito a medias, y es obligatorio destacar que eso, en poesía, se da muy de tarde en tarde. Estaba Bruno orgulloso de la nueva esposa y la exhibía a la menor oportunidad. Ya era catedrático, y en sus intervenciones públicas se dejaba acompañar por ella, confiando en que el buen criterio de la mujer guiara sus pasos de la manera más conveniente. Comunicador nato, desenvolvía el poeta en la radio un programa semanal dedicado a las letras, y Clara buscaba en los lugares apropiados los poemas ejemplo de la ilustración.
Esta vez Cesáreo asistió a la boda. No así Úrsula, que emprendía por entonces una prospección arqueológica en Creta. Al no poder disfrutar los recién casados de una luna de miel distendida, debido a los compromisos laborales adquiridos, pasadas ceremonia y celebraciones se quedó mi padre en Puerto Rico hasta que, llegado el verano, vinieron los tres a España. En poco más de dos meses, juntos, propiciaron la aparición de una revista literaria y diseñaron el número cero. “Stella” se llamó esa publicación con la aprobación de Clara, y quizás con su complacencia. De reducido formato y alto número de páginas, durante años hizo de faro orientador en el panorama intelectual de la América hispana.
Producto de su estancia en la Isla, en febrero del año siguiente Cesáreo Gutiérrez Cortés dio a la imprenta un ensayo, noveno o décimo de sus libros, no lo sé muy bien; ya que por entonces debió de salir, además, “En torno a Valdepero”, el libro de relatos que mi padre escribió para saldar la deuda contraída con su villa natal, de la que tanto había tomado y seguía tomando. Noveno o décimo, alineación que no tiene mayor importancia, el ensayo titulado “Puerto Rico, entre el inglés y el taíno”, en doscientas páginas y pico refleja un país que camina sin posible retorno hacia la integración en los Estados Unidos, aferrándose como a clavo ardiendo a un remoto pasado que ha dado cuantiosos frutos. Su aceptación de una realidad contraria al deseo de las personas con las que había trabado relación en San Juan y Ponce, le acarreó reproches y enemistades. “No valen las medias tintas, es inútil nadar entre dos aguas; si la economía organiza el orden del mundo, la economía dicta que Puerto Rico se disuelva en la Federación de Estados, y que el idioma inglés sea la lengua de las instituciones y el comercio. El español tendrá debido uso en las letras y en las relaciones personales”. El propio Bruno, luchador por la pervivencia del castellano, se sintió herido; pero acabó imponiéndose la sincera amistad sentida entre ambos, y sin admitir la tesis valoró la expresión de un enfoque bien cimentado.
El segundo matrimonio de Bruno Merino constituyó una productiva etapa intelectual, pero ni el esposo satisfecho ni el inspirado poeta, fundidos en la proporción conveniente, se detenían a pensarlo. Hizo suya Clara a la chiquilla que crecía entre escritores; la calcada imagen de la malograda Estela. Debía de ser dueña la infanta del grácil braceo que distinguía a la madre en las conversaciones, de sus mismos ojos vivarachos: un mar sin fondo en el que caerán los hombres a su debido tiempo, al decir del padre; y de una copia exacta de la graciosa mueca formada por los finos labios que en Estela resultaba seductora. Aceptó Clara complacida a la hija de Bruno y cuando, tras una gestación sencilla, alumbro su propio fruto, una niña parecida en cien rasgos a su medio hermana, las educó unidas, sin establecer otras diferencias que las relativas a la edad.
Durante casi diez años habitó Bruno el Paraíso: Adán haciendo feliz a Eva y recibiendo de ella la dicha; pareja inicial que ha de inventarlo todo. El embeleso mutuo se prolongó hasta que unas fiebres arrancaron el alma a Clara, llevándosela, sin desplegar aún todas sus facultades, hacia el inexplorado territorio del que nadie ha vuelto. Gravemente mutilado, pidió al destino que truncaba el de su esposa, la gracia sin precio de poder seguirla; mas el azar tenía por lo visto otros planes. Sublimó el adorador su amor desgarrado, su cariño sin viviente objeto, en un libro de versos que mostraban la profundidad de la herida. Su mano obedeció de nuevo a la cabeza, quien dictaba verso a verso, asistida, una vez más, por el abatido corazón. Se acumularon los premios bajo el nuevo poemario, elevándolo hasta las altas cotas que un libro puede alcanzar. El poeta recibió homenajes y agasajos que jamás había imaginado. En la vivienda habitada por un padre y unas hijas faltos de brújula, menudearon las visitas: amistades íntimas, simples conocidos y mujeres deseosas de ocupar el hueco intangible que el paso lento de los días agrandaba. Colaboradoras de “Stella” eran, intelectuales, cultivadas; y vecinas o compañeras del matrimonio roto; damas, en definitiva, de su entorno cercano, dispuestas a unirse a un varón tan admirado como admirable.
Si en la elección de las dos primeras esposas Cesáreo fue consultado por Bruno, fiado de la experiencia del amigo en mujeres de su edad, es decir, jóvenes; para decidirse por la tercera, Isidora, no necesitó ayuda, ya sabía. Llevaba medio año viudo en su segunda etapa, y la soledad instaurada le acercó a la memoria el recuerdo de una chica que veía durante los veranos en Carrión.
Despachaba la muchacha con notable eficiencia novelas, periódicos y papel de escribir en la tienda de la que él se surtía. Recomendaba las calidades adecuadas al fin buscado, porque era amable de trato y más servicial que las propietarias al uso. Agradable, culta, linda: pronunció mentalmente estos tres calificativos pensando que eran los que mejor la cuadraban, y se prometió a sí mismo pedirle relaciones si todavía no estaba comprometida. La diferencia de edad podía ser un obstáculo, pues él pasaba de los setenta y ella no debía de llegar a los cuarenta y cinco. Treinta años a favor o en contra son muchos; sin embargo, su condición masculina orillaba los inconvenientes graves. La decisión privó de posibilidades a las candidatas isleñas, y Bruno hubo de lamentar la pérdida de alguna colaboradora despechada.
Isidora y Bruno Merino formaban una pareja sui géneris, pues si en el aspecto físico pertenecían a esa especie dispar que hay que unir con un lazo para saber que sus componentes van juntos, compartían espacio intelectual encajando como dos piezas contiguas de un rompecabezas. Se casaron en Carrión de los Condes y entre el acompañamiento figuraban mi padre y mi madre. En la iglesia de Santa María del Camino se celebró la ceremonia. El banquete fue servido en el mejor espacio posible de la comarca, la residencia jesuita de San Zoilo, convertida ya en hospedería.
Úrsula trató a Bruno en las visitas rendidas al poeta en los alargados días estivales; y dejó escrito mi padre que hallaron entre sí, profesor y arqueóloga, suficiente analogía como para haber iniciado una amistad directa e independiente. Es bien cierto; en la revista “Stella” publicó mi madre algunos trabajos de divulgación científica: aquellos que tratan de los yacimientos arqueológicos mayas: Selva Lacandona en Chiapas, México; y Laguna Petexbatúm en Petén, Guatemala. Pertenecen los mayas a una rica cultura prehispánica de lenguaje oral, y desde tiempos remotos dominaban la medición del tiempo y conocían las ventajas de la rueda aunque no se servían de animales de carga y arrastre. Cacao, maíz y resina de los árboles: caucho e incienso, silvestres o cultivados de manera muy rudimentaria, requerían parte de su actividad. En la revista de Bruno mi madre dejó constancia de la impresión recibida. Veo en ello prueba fehaciente de las abundantes coincidencias y de una relación que debió de ser prolongada.
En torno a la publicación, y a un trabajo de mi padre incluido en su último número, explicando el grosor de los hilos que lo anudaban a la poesía; Bruno Merino organizó un acto cultural en la Universidad de Salamanca. Pretendía el amigo, mediante ese gesto, salir al paso de quienes afirmaban, expertos teóricos incluso, que Cesáreo no había sido dotado para la creación poética.
Oficiaba de introductor el competente catedrático de Literatura Hispanoamericana, poeta él mismo, quien inició el acto presentando al editor Bruno Merino, puertorriqueño y español a un mismo tiempo. Bruno, por añadidura crítico literario en “Stella” y en el programa radiofónico, pintó con su palabra ágil la cuajada actualidad de la lengua castellana, rica en artesanos del verso tanto en una como en otra vertiente del Océano, pero escasa de poemas capaces de ser leídos mil veces y permanecer intactos. Daba la bienvenida a Cesáreo Gutiérrez Cortés, autor de una enormidad de versos, de los que leyó una muestra ilustrativa. Conozco su alocución exacta, porque facilitó una trascripción a mi padre, afectuosamente guardada en el arcón que yo poseo. Y dijo así:
“Poeta al romántico estilo, animan sus versos el ímpetu y la sinceridad de la palabra. Racionalista e idealista a partes iguales, su poesía es abierta y luminosa como la tierra en que nació. Pero la imagen romántica que proyecta, no corresponde al vate exaltado que se da en el siglo XIX. La personalidad de Cesáreo Gutiérrez Cortés resulta mucho más compleja: hombre de voluntad firme, es un amalgamamiento de pensador, sicólogo, sociólogo, observador y analista de la realidad; cuyo constituyente notorio es el poeta: substancia, trama y excipiente. Poeta sobre todo.
“La relación que los últimos versos escritos pueden tener con los que leí hace años es apenas perceptible. Todo está superado. La palabra ha sufrido una purificación ejemplar, al igual que los asuntos. Utiliza ahora un lenguaje sobrio, preciso: esquemático en algún momento, reducido a formas aforísticas en otros; enriquecido con numerosas imágenes, atenido a su naturaleza: la poética. Felicitaciones.
Desconozco si el admirable gesto de Bruno y la sincera confesión de mi padre obtuvieron el fin perseguido, incluir en la exigente nómina al recién llegado, desconocido poeta curtido por un largo ejercicio. Aunque es de creer que sin testimonio firme de su obra, por ejemplo los cuatro libros inéditos que analizan el curso del hombre sobre la tierra, iconoclasta y heterodoxo, de excelente factura y profunda raíz, el novelista seguiría dominando.

“Donde la poesía termina
y da la vuelta
convirtiéndose en prosa,
allí quiero estar
con mis versos”.

Expresó su visión de la poesía en esta precisa estrofa de sus años jóvenes y la remachó con las líneas que a continuación reproduzco:

“La poesía sugiere, y en esa faceta estriba su superioridad; pero puede concretar, puede decir, puede narrar. La poesía se ocupa de lo intangible con ventaja, pero puede acercarse a los hechos, a sus causas y consecuencias. Experiencia y pensamiento, utilizo el cauce universal del fluir poético, y la modificación más evidente, la línea continua de su escritura, añade funcionalidad sin perjuicio de la rima, del ritmo y la cadencia. Pretendo dar así un nuevo impulso a mi poesía, dotándola de más y mejores elementos para desarrollarse, para reflejar mi manera de ver, escuchar y entender la realidad”.
No publicó tales poemarios, capaces de consagrarlo; y hay explicación: teniendo a la existencia como tema de su canto, exponiendo en ellos la experiencia adquirida, ideas opiniones y convencimientos, constituyendo en esencia el propio testamento intelectual, consideró que los versos debían difundirse al término de su vida. Los amigos, muertos ya el autor, los dieron a la estampa formando unidad de edición: “Amanecer de pan y de simiente”, “La aldea itinerante”, “Mis pies sobre la tierra” y “Crecido a la intemperie”. El conjunto se llamó “La deriva del hombre”, porque de eso trata, de la distancia existente entre el lugar perseguido por el navegante y el de su arribada final. Entonces sí, entonces se equilibró su obra y los críticos acabaron por rendirse.
Los he leído cien veces y sigo hallando nuevos elementos de reflexión en cada nueva lectura, por eso puedo asegurar que la poesía fue, además del inicio de la actividad creativa, el auténtico fruto de su mente escrutadora, el verdadero punto de entronque con el Universo. Ateniéndome al testimonio de mi madre: alude a esa facultad en una carta; era, asimismo, un buen rapsoda; y declamaba, a pesar de su mala memoria, fragmentos que mucho tiempo después de la lectura seguían excitando su sensibilidad. Poemas completos de “Odas Elementales” y de “Confieso que he vivido”, obras ambas de Pablo Neruda, recibían vida en su pecho cuando la felicidad entraba en él y se quedaba el tiempo suficiente.
Obra de Cesáreo Gutiérrez Cortés, aparece en el poemario “Crecido a la intemperie”, la apología que el autor envió a una revista ya esfumada, órgano de expresión de un grupo de animosos partidarios de la ruptura con el pasado. Sucedió en los tiempos agridulces de la transición democrática, cuando llegaba al punto álgido la partida de ajedrez que decidía el alcance de la transformación política y social. Por entonces, quienes se habían destacado en la oposición a la dictadura, los que sufrieron castigos por defender a la democracia y los teóricos de la revolución; integradores todos ellos de la izquierda conciliadora, entraban en sospecha o alcanzaban la certeza de que sólo se iba a conseguir un lavado de cara, una puesta al día de las cosas, una adaptación del país a los nuevos vientos económicos que empujaban el mundo en un solo sentido. Reproduzco el conocido poema, titulado “Elogio de la Utopía”, porque desvela al poeta que toma posiciones frente a la realidad adversa y lucha con las armas que tiene; características ambas negadas en Cesáreo Gutiérrez Cortés por sus detractores.

“Hoy que la esperanza es breve y vive en desencanto diluida, ¿quién ofrecerá un futuro codiciado si muere la Utopía? Quién descubrirá la poesía, vedija entre las zarzas, velero de papel a la deriva. Quién pondrá imaginación en las pintadas -ingenio de las frases- que derribe barreras y murallas”.
“Por qué razón edificante la policía hostigará a los jóvenes, qué relato heroico reservará la madurez a los hijos y a los nietos, quién defenderá al pueblo de la acción de los políticos, quién inventará el orden al revés a cada instante, quién hablará de la persona, qué será de la palabra compañero, quién osará trazar camino propio, quién se opondrá a los intereses de los más interesados, qué será de la pluralidad de vías, ¿quién estará de nuestro lado, si muere la Utopía?”
“Quién reducirá las insalvables diferencias que separan halcones de palomas, quién amará al hombre por su esencia quebradiza, quién buscará la paz, el perdón, la valentía; el amor, la libertad, la convivencia, si muere la Utopía”.
“Quién impedirá que a nuestra arcilla vacíen en moldes inhumanos los que hacen herramientas de las vidas. Quién acogerá las excepciones, quién será de lo diverso garantía. Quién nos librará de la ortodoxia, quién nos sacará de la estadística, ¿quién sobrevivirá al sistema, si muere la Utopía?”

 

 

La soledad del hombre, indagación en la belleza, la poesía como hallazgo, el amor, la mujer y la ciudad de Salamanca

(Se trata de las confesiones de Cesáreo Gutiérrez Cortés publicadas en “Stella”, dentro del artículo al que me he referido en el capítulo anterior, explicando las coordenadas por donde se mueve su voluntad y las intensas llamadas a las que responde).

La sombra del hombre gira a su alrededor a lo largo del día; parte de sus pies y se alarga y se encoge según van pasando las horas. La sombra del hombre recorre los mismos senderos que el hombre, vadea los mismos ríos, ve los mismos paisajes, y además ve al hombre que no se ve a sí mismo. De modo que el hombre acaba considerando a la sombra su aliada. Pero la sombra del hombre no es más que la oscuridad que el hombre iluminado proyecta, y cuando la oscuridad envuelve al hombre oscureciéndolo, la sombra abandona al hombre y lo deja solo con sus miedos.
Si investigo las causas que me alejan de la soledad impulsándome a la acción, la belleza, entendida como equilibrio y armonía, ocupa un lugar primordial. A ella voy una y otra vez portando mi equipaje, reincidente de búsquedas pensadas o impensadas. Ya en ella, me quedo como en casa propia, refugio cálido o fresco según deseos y necesidades. Después apenas queda exploración, la belleza llena todo el yute de los sacos vacíos, toda la lona de los costales, los canastos hasta el asa, cestos, bolsos y bolsillos. ¡Hay tanta…!
Adonde dirijas la mirada, está: soberbias montañas, valles pronunciados, llanuras extensas, flora y fauna de variedad prolífica, desiertos formados por suaves colinas ricas en matices de un solo color o líquidas profundidades adornadas de peces y escollos coralinos; vastas nocturnas luminarias separadas entre sí por miríadas de kilómetros vacíos y repletas gusaneras de minúsculos virus invisibles. Se la ve desperezarse en el rocío de las madrugadas o cerrar los párpados tras las espléndidas puestas de sol. Por si no bastara, la mano del hombre y su ingenio han construido, pieza a pieza, todo un laberinto de hermosura. Pinturas partícipes de la armonía copiada de la naturaleza, floridas de aportaciones personales que diferencian a las unas de las otras; esculturas que siguen los derroteros marcados por la imaginación, responsable del exuberante derroche de formas y volúmenes ganados al aire; edificios insolentes, algo más que habitáculos, idóneos para que el espíritu aspire a alcanzar la estética suprema del arco celeste, de los horizontes huidizos; composiciones de Johan Sebastián Bach y Louis Daniel Armstrong: desde el murmullo del agua en el arroyo hasta el bronco cañón de las tormentas. Y un engarce íntimo de las artes bellas, ajustadas hasta conseguir la máxima perfección que el ojo humano puede apreciar, el entusiasmo que agota la capacidad emocional de las personas.
¡Abunda tanto la belleza!; escarbas y aflora. Se descubre tierna, voluptuosa, niña que se va haciendo mujer y camina sin pausa, conquistando habitaciones, la casa en sus dimensiones verdaderas, desde el propileo abierto a brisas cálidas, hasta el elevado palomar de los arrullos afectivos; calles, caminos, recorriendo el mundo, impregnándole de su vaho sutil, perecedero, renovado. Dispongo en los ojos un lugar destinado a ella cuando viajo; así, quienes esperan mi llegada, reciben en el relato su correspondiente porción llena aún de frescura. Simetría, orden, simpatía de los contrarios o de los iguales, similitud, contraste; llamada repetida al sometimiento, a la huida, a la norma y a la constante rebelión. Hay belleza para rato; las células y los electrones se organizan una y otra vez en hermosos conjuntos sucesivos, siguiendo al albur la ley de probabilidades.
La poesía adopta a la realidad, la amamanta, la acuna, la desnuda, y la hace suya, recreándola. La poesía es cangilón, es vasija, es vaso; y el poeta es arcaduz que entrega su mirada, su sospecha, sus sueños y quimeras, su saber y entender, su sentir, su deseo de amar. Poesía es belleza y equilibrio, es síntesis y es ritmo. Poesía es búsqueda. Poesía es progreso. Es donación, es aire, es acero, es espuma, es raíz, es vértigo.
Yo no sé si quien me hizo el regalo fue Bécquer, aquel Gustavo Adolfo enfermo en el cisterciense monasterio de Veruela, adonde caminé peregrino mucho antes que a Collioure, previo a Soria mi paso, en busca de Machado y su amor transformado en novia, en esposa, en hija, en compañera; entregado por completo al atractivo frutal de Leonor, huerto ella y hortelana al tiempo, tierra, agua y canal de riego.
O fueron Lorca, Darío, Vallejo y Neruda, tan distintos y tan míos; o Juan Ramón quizá, atrincherado en la pureza, quitándole a la margarita los pétalos albos, despojándola de tules, de adornos que enmascaran la esencia; o el pastor Miguel y la vida que le ahogó el corazón al respirar la tierra húmeda y germinada.
No sé; la poesía vino a mí muy de mañana, yendo a arrancar almortas con mi madre en plena noche, rodeados ella y yo de sombras insidiosas y sonidos intrigantes, camino de las bodegas hacia arriba, por valles escondidos de la luna creciente hasta llegar al páramo llano. Asperjaban esplendor mis ojos sobre la amanecida, luz y calor en efímera convivencia con el rocío a punto de iniciar la cabalgada, puesto ya un pie en el estribo. Acaso el mérito es de Góngora, portador de la belleza en fardos sobre el hombro, en la vereda yo del poético embeleso.
Puede ser, ignoro ese punto concreto, que recibiera la poesía de manera indirecta, reflejada, filtrada o enriquecida, mostrándome ella los matices añadidos por alguno de esos que llaman, y no sé por qué, poetas menores -Gabriel y Galán, Grilo, Campoamor, Villaespesa, considerados sin razón, estoy convencido, de segunda línea- trovadores que a su vez la hubieran hallado en los excelsos. Luna yo que recibiera de la tierra la luz estelar, y luego, sabida la fuente, fuera al Sol a beberla; porque las estrellas, señoras de sus planetas, poseen el brillo nocturno, el verdadero lustre esmaltado: una luz pura, suya por entero; y disfrutan difundiéndola, irradiándola en todos los confines, fundiendo la oscuridad al penetrarla.
Los extraños me salieron al sendero en mi tránsito, Tagore, Elitis, Maiakovski, Byron, Yeats, Witman, T. S. Eliot, Blake, Martinson, Ekelöff o Lundkvist, acompañados de Apolinaire, Rimbaud, Pessoa, Baudelaire, la Kazakova, la Wine y Leopardi. Todos contribuyeron, sin duda, a la coronación; pero la poesía estaba ya en la belleza que iba destapando a derecha e izquierda, a ras de suelo o en la cúspide.
Cuando me detenía en los imperceptibles detalles -conformadores de una plenitud ingenua- mi sensibilidad, virgen, enfrentaba millones de fibras nerviosas a la superficie de los objetos de uso cotidiano y mi intuición perforaba las foliaciones cutáneas de los frutos exóticos, entrando en la esencia verdadera de su pulpa, persiguiendo el jugo dulce y los atractivos colores. Después, derroteros extraños me acercaron a la compleja morfología del insecto, a la sorprendente complejidad de las mariposas; durante un tiempo permanecí en sus ojos compuestos, en sus alas variadísimas, en su inagotable calistenia.
Conquistó mi reverdecido interés el Universo inconcluso, espacio previsto para que la temperatura del color dibuje el cuadro perfecto, enorme mural en el que los seres humanos podemos ser elementos insustituibles. Trazando van las estrellas con voluntad decidida su vía hacia la nada ubérrima, estadio final que no es más que el principio de una evolución sin término -sístoles y diástoles, rotación y translación- eternizada por la sublime entrega del general convenio, a la euritmia que origina las conocidas músicas estelares.
Quise aproximarme al hombre arañando su impenetrable coraza, y para abrir las mentes cerradas a la mínima emoción hube de punzar corazones que destilaban fluidos purulentos. Avancé a través de los enormes cementerios en que se habían convertidos los campos cultivables, y no fui capaz de volver atrás la mirada. En la última trinchera hallé el amor y ante el amor me detuve, pues en su interior se dan cita los cuatro elementos y de allí parten las directrices fructíferas. El amor es la rama que origina las hojas, es el tronco del que arrancan las ramas, es la raíz que sustenta el tronco, es la tierra que alimenta la raíz, es la vida muerta que da a la tierra los imprescindibles nutrientes; y adonde quiera que vaya, el amor me precede.
Cinco años más joven que yo –lo supe luego- apareció la mujer bajo el dintel de la puerta: espiga, caña de movimientos gráciles, esbelta. El rubio caudal de su pelo me llegó de improviso, sus ojos glaucos me hablaron, sus mejillas rosadas; la creí, por los indicios, norteña, de la Europa del frío y la bruma. Al sentirla empequeñecida me crecí, se fue mi turbación a la trastienda, al fondo del cuarto oscuro, escondite de los errores sin arreglo; valentía me salió por la mirada, intrepidez esperaba en mis labios a ser dicha. Me interesó su rostro, exterior de un espíritu alegre y despierto. Mi soledad desperdiciaba un espacio suficiente para poner otro plato en el tablero redondo de la mesa.
Ese fue nuestro primer encuentro. Luego nos separamos y creció mi temor a perderla sin haberla descifrado. La imaginaba como un teorema indemostrable, como un silogismo de proposición única; pero regresé, se unieron nuestras manos, y se me concretó célula a célula, piel y sentimiento. Así supe que carecía de doblez y de artificio. Vino Madrid y se sucedieron los viajes incómodos, de aquí para allá buscando algo que entre los dos poseíamos. Por eso nos detuvimos en un recodo, curva cerrada, en la cansada corriente del río; para servir al reposo de los peces que aún no habían visto la orilla.
Salamanca es rica en matices. Posee el bullicio contagioso de los estudiantes jóvenes y el monótono sosiego de los días iguales; la continuada reflexión del investigador y la queja inútil del abatido que se adhiere a la desgracia, prohijándola; la meridiana penumbra de los libros abiertos a la verdad y la turbia luz del contradictorio proceder humano. El tiempo en Salamanca resulta ser dúctil y maleable; cubre bajo la misma capa de paño los territorios de la piedra labrada y del cristal hermanado con el acero. El espacio proporciona verticalidad a los sentidos, apropiándose de alturas intocables para proyectarlas sobre el lienzo de la Plaza Mayor. Salamanca es sencilla y fuerte como ama labradora, y fue dotada de un alma tan grande que las casas, los palacios, las iglesias, las aulas, están sobre el ánima sólida edificados.
Cuando en el interior marchito de la biblioteca donde trabajo, de improviso cantan pajarillos y murmuran arroyuelos con tintineo de campanas cristalinas, es la mujer que toca el piano. Cuando tras un largo cavilar improductivo, de repente mi pluma consigue alinear las letras aisladas en frases cargadas de sentido, es la mujer que va de un sitio a otro; es su influjo, es su presencia el catalizador que hace posible mi pensamiento acertado. Encuentro asideros al amor que están afianzados en la mujer, porque de ella parte la dicha que me corresponde. Pongo la mirada en los objetos con la decidida intención de mudarles el nombre, y sin deseo de obtener respuesta me pregunto: Cómo separar en mi entendimiento a la mujer del amor, de la belleza y de la poesía; si en la poesía, en la belleza y en el amor la mujer toma cuerpo; si en la poesía, en la belleza y en el amor, la mujer se concreta.
(La prosa poética de mi padre, sus deliciosos poemas expresados en líneas íntegras, alargadas hasta el margen de la página, me encandilan. Estimulan mi imaginación, la capacidad creadora; y cuando sucede que mi ánimo decae, me entrego a su lectura y los frenos se aflojan, las barreras se apartan y me incorporo al cortejo festivo de la existencia con paso diligente).

 

 

Guerrillero en Chiapas

(Las frecuentes partidas y regresos, además de su copiosa obra escrita, revelan que mi padre era un hombre activo. Hasta tal punto, que si las circunstancias frenaban la realización de sus ideas, las ponía en práctica en las historias noveladas, barro moldeable a su gusto. El undécimo de los libros publicados, inspirado en la vida de Bruno Merino, acaso surgiera de un deseo de cumplimiento imposible. La novela titulada “Guerrillero en Chiapas”, en cuyo sobresaltado discurrir mete al amigo como en camisa de once varas, narra un combate al que Cesáreo, convencido pacifista, no podía agregarse. Esbozó la historia con ánimo de actuante, y al desplegarla siguió la vereda de su propio idealismo. Los párrafos que a continuación incluyo, revelan la fuerza motriz de la trama, desenvuelta en sucesivas versiones, hasta dejar al autor satisfecho de las trescientas quince páginas definitivas).
Una botarga cruzada de remiendos, sometida a mi cintura por una guindaleta de esparto; un sayo herido en más de diez lugares y un sombrero de bombonaje destejido, llevaron mi apariencia a la del indio inocente y resignado. Puede que en el interior íntimo fuera ya un guerrillero, aunque yo mismo ignorara esa compleja circunstancia y ellos no la percibieran. Horas antes seis soldados me perseguían por andurriales que conozco bien; mi traje me delataba, mi rostro apagado, mi aspecto de cura que finge no serlo. Descerrajaron sus tiros -ruidos sordos escapados del caño de las carabinas, esquirlas tajantes- a un metro de mi cabeza. Con la precaución del furtivo abandoné la choza. Vestía las ropas del esposo, campesino acusado de ser unetista, de estar sindicado; un cuerpo de menor envergadura si me atengo a la estrechez de su indumento, un cuerpo separado del alma por los paramilitares de «Justicia y Paz» o los de la «Máscara Roja»: qué más da, perros parejos. Era la indiecita tzotzil mi feligresa y opinaba que, blanco y gachupín, yo era un buen hombre: amigo de los abandonados por todos los gobiernos, incluido el del Cielo. ¡Que fácil resultó la mutación!; me veían como a indio desastrado cuando me encontré de nuevo con los federales que rastreaban la zona. Ignoraba en ese trance que me iba a añadir a la guerrilla, pero se cruzaron conmigo y hube de apaciguar mi andar dislocado, falto de la costumbre de ir sin alpargatas, heridas las plantas por peñascos, raíces y pinchos. No sabía que iba a ingresar en la partida rebelde, pero la mujer -en su pobre español- me propuso ampararme en el campamento, un vivaque cambiante que permanecía en una misma vaguada, en una misma ladera, en una misma cima. “Ellos lo mirarán, padrecito”, me dijo la mujeruca; y ellos me vieron. Cuatro horas les costó cerciorarse de que no era un confidente, cuatro horas de férreo interrogatorio; hasta que, vencidos sus escrúpulos, fui aceptado.
Un mes atrás, el veintidós de diciembre, un grupo uniformado, utilizando armas de gran calibre que sólo el ejército usa, asesinó por la espalda, mientras oían misa, a un lactante, catorce niños, veintiuna mujeres y nueve varones adultos. Habían de negarse las más de las balas a entrar en cuerpos tan atosigados, pero eran tantas que el pequeño resto bastó para reducir la vida a sangre derramada y piltrafas de carne. Al lado, los soldados escuchaban los tiros que abatían a los indefensos, y mostraron indiferencia ante el tableteo de las ametralladoras y los disparos secos de los fusiles de asalto. Oían, cómo no oírlos, los gritos desgarradores de los que acababan su corta carrera al pie del altar; brazos tendidos a la Virgencita que viste el huipil decorado con rombos de las indias tzotziles. Sufrían los militares, seguro; pero se mantuvieron quietos, impasibles, pensando que la degollina no iba con ellos. Cientos de familias dejaron sus chozas, abandonaron sus tierras e iniciaron el éxodo hacia las montañas. Cinco mil soldados, bien pertrechados y mejor nutridos, llegaron a pacificar la zona. Fue la matanza una gota en el mar de la violencia ejercida contra los indígenas, pero fue la gota que hizo rebosar la rabia en mi alma; al momento partí hacia Tuxtla Gutiérrez con el propósito claro de hablar al Gobernador y exigirle justicia. No me plegué a las negativas de audiencia, y quieto ante la puerta mantuve la pretensión durante cinco interminables días con sus noches sin fin. Tanto debió de molestar mi actitud que me detuvieron, fijando en meses mi arresto en el penal de Cerro Hueco. “Así recordará su oficio, curita”: expresaron los funcionarios; los mismos que, tras retenerme una semana, me dejaron marchar; para buscarme cómplices, supongo, y darme impune caza.
Hasta descubrir que unas sombras esquivas seguían mis pasos, rememoraba los momentos primeros de la llegada, cuatro años antes, a esta tierra cubierta de cobija esmeralda; geografía inaccesible cruzada por ríos cortos y caudalosos. A una legua escasa de San Juan Chamula y a otra sobrada de San Andrés Larraínzar -comunidades tzontziles cercanas a San Cristóbal de Las Casas, meseta de Chiapas- asenté mi recién nacida incertidumbre, compensada de largo por la piadosa expectativa que me empujaba a misiones. En un paraje amurallado de cerros y salpicado de cruces, en armonía con el paisaje apareció la parroquia. Me costó aclimatarme a la neblina y a las frecuentes lluvias, para qué negarlo; me costó hacerme al terreno suelto, a las trochas y barrancos, a la maleza, a los crespos espinos, a los duraznos, a los frijoles picantes y a las casucas de tejemanil o bajareque. En los poemas y relatos de Rosario Castellanos encontré la clave de la existencia del indio, un ser agreste capaz de dar su vida por la tierra, porque tierra quiere decir independencia y sustento. La tierra comunitaria digo, la que une y hace solidarios.
(Tales lecturas eran verdadero pasto literario de Cesáreo Gutiérrez Cortés, quien inducido por ellas deseó visitar Chiapas; y a esa tierra hubiera viajado el otoño posterior a su muerte, acompañado de Úrsula. Fascinaba a mi madre el mundo prehispánico, en especial la avanzada cultura maya, cuya beneficiosa influencia sobre la azteca llegó a comparar con la ejercida en Roma por Grecia. Imagino a Cesáreo caminando por atajos y recovecos, caballero andante dispuesto a defender con la sola fuerza de la razón y el aguzado filo de la palabra, los derechos humanos consagrados en los mandamientos de los distintos dioses, en las cartas magnas de la generalidad de los países y en los frontispicios de edificaciones soberbias. Me figuro a mi padre en trance de sacar de su error con el ejemplo, a quienes conculcan a diario las prerrogativas del hombre; procedimiento que se ha revelado insuficiente para obrar cambios significativos. Sin embargo, no puedo ver un machete en sus manos o una pistola, atacante o defensor de unos u otros. Penetra con la narración en el complejo continente americano, donde todo parece obedecer a un orden distinto al que rige el nuestro. En aquellas latitudes, el abuso y el desamparo propician que las solas alternativas al hambre sean el sometimiento o la muerte. Se disfraza la injusticia y logra engañar a las personas de buena disposición, quienes la toman por la ley natural de la diversidad, la que hace nacer ricos y pobres y los mantiene en sus puestos por los siglos de los siglos. Allí los desastres naturales y el inhumano exterminio de inocentes se suceden a intervalos cortos, y si el fin jamás justifica los medios, en los casos extremos medios y fin llegan a considerarse una misma cosa. No se apuntó mi padre a la guerrilla, pero llevó a Bruno a situaciones límite, haciéndole comprender el derecho de los corderos a convertirse en lobos contra el can. No fue mi padre guerrillero, mas tradujo su indignación en la cólera que forzó al religioso a ir un paso por delante del Evangelio).
Mi postura inicial, en nada distinta a la tomada en Saldaña o Cervera, de haber sido esas poblaciones tierra de evangelización, fue variando de modo paulatino; pues acá el apacible apostolado resulta terapia de paños calientes intentando sanar una pierna quebrada. La mitad de la feligresía desconoce mi habla extraña, lengua de invasores; así que con esfuerzo notable hube de aprender algo de tzotzil, rama desgajada del tronco maya-totonaco. Incluso en su lengua me sentí incapaz de explicar el misterio, para mí incomprensible, del Dios uno y trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, por igual eternos; y el milagro de la Transustanciación, repetido miles de veces cada día. No pude solicitar limosna, penitencia y arrepentimiento a quienes arrastran una pobre existencia cuajada de sobresaltos, que por habituales no pierden su esencia dañina ni su capacidad de emboscada. Y acabé aceptando su punto de vista sobre la Vida Eterna, deseable porque pone fin al trajinar y a las privaciones.
Costa, Sierra y Altiplano, dedicado a mi tarea hube de recorrer la región. El borde del Pacífico, la carretera Panamericana, los campos abrazados por los ríos Chiapa y Tzanconeja, movedizas rutas abiertas a diario sobre mulos cautos y agitadas piraguas, cafetales de Soconusco, Cañón del Sumidero, Los Altos, neblinosos bosques de agua y frío de la Sierra Madre, falda del volcán Tacaná. Hallé esbirros del dinero apaleando a desgraciados, sirviéndose de ellos a modo de mulos de carga. Sorprendí a pistoleros disparando por encargo sobre apacible gente asustada. Saliendo de vientres preñados, vi machetes teñidos de sangre al segar de un tajo dos vidas. Fui testigo de elecciones forzadas a favor del convocador y sus amos. Conocí cooperantes empeñados en recobrar para sus legítimos dueños una parte mínima del paraíso arrebatado. Supe, entonces, que el camino de la resignación no va a parte alguna, y que sin verdadera democracia la vía electoral es tiranía. Por primera vez mi alma albergó una indignación que minuto a minuto me ganaba. Sirviéndome de ella como de tijera rasgué el resistente pellejo de mis prejuicios. Liberación o abandono, me dije; o desunzo el yugo que somete las inermes voluntades al patrón, o regreso a la Tierra de Campos para encargarme de la misa de diez y las novenas. Integrado en la rebelión me enfrenté a los caciques, a los funcionarios del Gobierno y de la Procuraduría, a los militares, a las bandas armadas por el interés desviado. Avanzando con los indios descubrí que esa vereda porta en sí misma un arribo, se aleje o no el horizonte a mi paso.
(En la primera parte de la novela “Guerrillero en Chiapas”, esboza mi padre el proceso ideológico que lleva al fraile Bruno Merino tras una mayor implicación pastoral. El religioso, es decir, el hombre encauzado, rompe el dique que obliga a ofrecer la otra mejilla, y ante la injusticia extrema acepta las tesis de la Teología de la Liberación, uniéndose a la guerrilla para defender a su feligresía del sistema imperante, sin voluntad de atacarlo, castillo dotado de huestes pagadas. El argumento penetra luego en la actividad del guerrillero, en la lucha armada, y en el desgarro íntimo que el hombre religioso sufre, abocado a la violencia cuando todavía la condena sin paliativos. La historia alcanza su término doblegada por un violento huracán que arrasa Centroamérica).
Y en el otoño, girando a velocidad pasmosa, devastador, llegó el tornado con nombre de varón dicho en lengua inglesa. Incontrolada fuerza natural que pasó por Chiapas después de recorrer otros países sembrando la destrucción y la muerte. Por remediar el desastre dejé las armas, abandoné el campamento, recorté mi barba, vestí el alzacuello y volé hacia Madrid. Bullicio, desasosiego, efervescencia; ofrenda hacen de sí gentes de toda condición, el pueblo más que nadie. Los que poseen para ir tirando se privan de una parte imprescindible y dan su importe al socorro de veinte millones de damnificados. A los cepillos de las iglesias llegan monedas de cinco pesetas, de veinticinco, de veinte duros; arrugados y tímidos destacan varios billetes de mil, ahorros hurtados a la necesidad inmediata por si llegara a empeorar la situación.
En el almacén de Vallecas, nave repleta de artículos de uso frecuente destinados al área dañada, mantas y ropa de abrigo ocupan las estanterías. Junto a una zamarra en buen estado, unas botas de montaña dicen de un alpinista que por alguna razón no sabida cejó en el empeño de alcanzar la cumbre. Las farmacias aceptan medicinas aún activas, y reciben cuantiosos analgésicos, pastillas para el catarro y antibióticos de última generación; algunos envases de jarabe contra las alergias, cientos de frascos de vitaminas y reconstituyentes. Los sindicatos abren libretas de ahorro específicas, y los afiliados ingresan cantidades equivalentes al uno por ciento de sus sueldos mensuales. El joven, el anciano, la niña, la viuda, el mando intermedio, la madre de familia que a duras penas logra armonizar el aprieto y el exiguo jornal: el país entero se arroja de cabeza al afán solidario. Este pueblo, afectuoso con el emigrante aislado que, no obstante, recela del grupo, en la desgracia siente la hermandad de lengua y cultura y se da por completo.
Una moneda se hace pared frente al viento, el menor de los billetes acarrea en sus espaldas mil gotas de agua; y enjuga el torrente el socorro llegado de los cuatro puntos cardinales. Arroyos de ayuda vierten su dinerario contenido en ríos afluentes, éstos en los caudalosos, y los principales en un mar millonario que libera su tesoro en una cuenta bancaria. Soy testigo de tanta dádiva que mi proyecto de restauración se ensancha y fortalece. A una tómbola asisto, a una subasta televisada de prendas lucidas por artistas muertos; ideas singulares puestas en práctica para reunir un dinero que salve a los supervivientes de Chiapas, Guatemala, Belice, Honduras y Nicaragua, El Salvador, Costa Rica y Panamá, donde cien trillones de gotas encenagan los valles haciendo rasero entre montaña y poblado.
Treinta mil personas se aquietan sepultadas bajo miles y miles de toneladas de agua y cieno descolgados de todas las laderas, arrasando a su paso inconmovible la abundante vegetación, descubriendo y desperdigando los explosivos sembrados por las guerras contra los carros de combate y los cuerpos sin defensa de los habitantes presentes y futuros. Quizá, con ser tan generosa, sea insuficiente la dádiva, porque el hambre es de siglos y de la injusticia no se conoce el arranque: ya estaban allí instaladas cuando llegaron nuestros antepasados con abalorios y espejuelos a salvar almas, a enseñar a los indígenas a hablar en cristiano, a tomar su dorado metal y sus doncellas y a rayar la selva y la montaña con calzadas que todavía unen.
Sé que es así el género humano, dispar y enfrentado en sus numerosas porciones; integrado, como ejemplo tan sólo, por enterradores, prestamistas, ópticos, negreros, albañiles, diplomáticos, cirujanos, defraudadores de hacienda, traficantes de armas, personas, drogas e influencias; ropavejeros, voluntarios de organizaciones filantrópicas, donantes de sangre y ladrones. Ladrones de una o dos gallinas, merecedores de la cárcel perpetua con intervalos de libertad vigilada; y ladrones de un tesoro que esperan cualquier modalidad de amnistía, el olvido de la justicia grande para el delito grande, tan grandes delito y justicia que el pueblo no alcanza a entenderlos. Mil millones se lleva el ladrón importante, hurtados moneda a moneda a quienes tenían la moneda hurtada y poco más; mil millones desfalcados a las insuficientes Arcas del Tesoro Público. Y ese escamoteo, ese pillaje, son con seguridad el escamoteo y el pillaje de un dique que atajara el agua violenta, la apropiación indebida de una compuerta que soltara el caudal adecuado para el riego, para el aseo diario, para la sed que produce el esfuerzo. Los ladrones de cuello blanco se alzan en su robo con el médico y el arquitecto que pudieron ser el niño dedicado al narcotráfico y el obrero de la guerrilla pagado con un uniforme que confiere impunidad y proporciona tres comidas diarias. Esos malditos bandidos de diversos orígenes se llevan hospitales, escuelas, pantanos, carreteras, casas de hormigón armado, viviendas con habitaciones bastantes para niños y adultos, dotadas de agua corriente, electricidad y una alacena repleta de alimentos. Los ladrones de miles de millones, una montaña hecha de pesos, de quetzales, de dólares, de lempiras, de córdobas, de colones, de balboas; producen miles y miles de rateros robadores de gallinas, una multitud de aprendices de ladrones al menudeo, que abarrotando las cárceles no deja espacio para enrejar a los ladrones al por mayor.
Cadáveres hinchados sirven de pasto a zopilotes y canes hambrientos. Los mordisqueados rostros, los mutilados miembros y la descarnada osamenta son incinerados con gasolina y gomas de coche por los cooperantes: jóvenes idealistas llegados de fuera a entregar sus conocimientos y esfuerzo a los necesitados; exponiendo la salud al dengue, a la disentería y al paludismo, siguiendo las veredas recorridas por las tropas españolas hace un siglo o casi, pobres soldados que no pudieron pagar su exclusión de la forzada milicia. Zapatillas de esparto calzaban los mozos, y cruzaban a pie el manglar y la manigua para dar caza al rebelde mestizo, que sería luego mandado por sus propios compatriotas, tiranos nacidos a un kilómetro escaso del barrio de hojalata y escombros; explotado por conciudadanos enriquecidos en el cambalache del uno por cinco. Zapatillas de esparto y añoranza de la tierra madre, para prender al mulato insurrecto, hijo de siervos y, hoy, jornalero con derecho a cambiar de residencia; atado al bajareque, no obstante, porque viajar cuesta dinero y los billetes son salvoconductos que llevan impresos un valor aceptado y la efigie del valeroso a quien el insurgente debe libertad tan imperfecta.
Si el desheredado no perece víctima de la desgracia, desheredado continúa y engendra desheredados: mano de obra barata, herramienta de la injusticia que incrementa las diferencias sociales. Yo, el padre Bruno María, he cruzado el Atlántico temeroso de que con tanta necesidad surgida en Honduras y en Nicaragua, lleguen a Chiapas migajas de la ayuda extranjera. Por añadidura, los ladrones en gordo meterán la mano en la caja común y los Gobiernos repartirán las donaciones entre los suyos, dejando ayunos a quienes no los votaron.
El remate del Norte, el Centro y la cabecera del Sur, en el continente nuevo son todo uno; y los huracanes no tienen en cuenta las fronteras cuya fijación tantas muertes produjo. Miles de vidas costó dibujarlas estables, y varios siglos de discusiones y enfados, para que el torbellino de nombre innombrable vaya y las cruce sin salvoconducto y destroce las tierras del hombre rico, los caminos, los ferrocarriles del hombre rico y las endebles paredes y el techo endeble del hogar del pobre, los pobres brazos, los pobres pies del pobre hombre pobre: paredes, techo y extremidades, su única propiedad.
Ya se marcha el huracán, ya se vislumbra su abandonado campo de batalla, ya se ve su sendero de muerte y destrucción, ya amanece la calma y se inicia un nuevo ciclo, uno más, que repetirá paso por paso -caudillos, virreyes, gobernadores, caciques, prestes, hacendados, mercenarios- la vieja andadura.
Al pie del avión de regreso me prosterno a los pies de los poderosos tratando de evitar la realidad inevitable: que los abandonados sigan fundando sus viviendas en las torrenteras secas y en los obligados cauces de lava, que duerman sobre esteras, ahoguen su sed en agua corrompida, engullan maíz como único alimento y entreguen doce horas cada día de su tiempo sin valor a los recolectores de caña, de racimos cuajados de bananas, granos maduros de café y hojas de coca. Ambiciono que los hacendados devuelvan sus tierras a las comunidades, y la autoridad prepare maestros entre los indígenas, capacitándolos. Sólo eso ansío, nada más anhelo. El resto queda al cuidado del hombre pobre -indio, negro, mestizo y blanco- conocedor de cultivos que le dan sustento manteniendo el inestable equilibrio de la naturaleza. De esa manera pasarán los ineludibles huracanes con un mínimo costo; y yo, el arrogante padre Bruno María, veré innecesario empuñar el fusil para defender a los hombres pobres de las metralletas disparadas por los esbirros del hombre rico, quien mira la desigual batalla desde su torre inexpugnable, sin mancharse las manos, por si fuera verdad lo escrito por Rosario Castellanos, que el hombre pobre debe de asirlas limpias con las suyas callosas para introducirlo, sin riqueza alguna, en el Reino de los Cielos.
(Cuando Bruno Merino leyó en la novela el retrato del héroe que en buena medida fue, su sangre aceleró el paso por venas y arterias, y la mente concibió proyectos que la edad imposibilitaba. No cambió su ritmo de vida ni abandonó la edición de “Stella”, pero al relatar su biografía misionera, añadía elementos que la aproximaban un tanto a la invención de Cesáreo Gutiérrez Cortés).

 

 

Obra última de Cesáreo

Apenas dedicó mi padre unas pocas páginas a la manera de escribir, ni a la suya siquiera; dejaba ese menester a los críticos, a los profesores. Pero se había hecho un criterio y quiso explicarlo, tenía opinión y dejó constancia de ella. Dominó la novela y el cuento, dominó el ensayo; y en tres palabras definía sus diferencias. “La novela es el país; el cuento, la aldea; y no es una mera cuestión de tamaño. En la aldea cualquiera sabe del pie que cojea el vecino, y los verdaderos acontecimientos son raros; pero las emociones están a flor de piel, y hechos que para el país resultan nimios, como el nacimiento de un corderillo o la muerte de una mula, se viven con mucha intensidad. Los personajes que pueblan las novelas son hijos del autor y de su propio comportamiento; han tenido margen de maniobra suficiente para sufrir un traspié, así como para alcanzar sin ambages su lugar de arribada; y si están bien perfilados el lector se refleja en ellos o los aborrece, pero de igual a igual, en un plano humano que sobrepasa el libro. En los cuentos, al protagonista, correo que acerca la historia al lector, no le está permitido obrar por su cuenta; queda claro, un instante de distracción y el dardo marra el propósito.
El ensayo es el experto: médico, abogado, astrónomo, conocedor en suma de la materia que trata; quien nos explica el método idóneo para curar la enfermedad, la recta manera de ordenar nuestra defensa jurídica, la edad aproximada de los cuerpos celestes; desarmando las preocupaciones peligrosas, dándonos su opinión razonada, cimentada en amplísima experiencia. Vamos a su consulta porque confiamos en él, estimamos su preparación, un título académico lo avala. De su disertación nos convencen las razones, la lógica aplastante, el fundamento que desbarata las dudas. De nuestro grado de exigencia y de la profundidad de su análisis depende que obtengamos o no la satisfacción buscada en sus conocimientos, el arreglo inmediato, las posibilidades que el presente ofrece proyectadas al futuro próximo, al borroso pasado; estrategia o táctica, tranquilidad de conciencia, aliento y ánimo”.
Inició Cesáreo cuentos que llegaron a novelas; calibraba con ojo experto la capacidad del continente y la llenaba. Partía del cantero de tomates o pimientos, y siguiendo el camino del agua, buscando la acequia original, descubría espacios dedicados a las cebollas y a las borrajas. Encontraba finalmente al hortelano, un hombre justo; veíalo aforar el líquido según las necesidades de cada cultivo, venciendo la tentación de entregar, insuficientes o excesivas, idénticas raciones medidas en litros exactos. Autor que se sabe en posesión de una idea y de la técnica narrativa capaz de desplegarla de modo atractivo y comprensible, se movía a partir de ese momento por una huerta poblada de insectos aliados y enemigos: polinizadoras abejas y escarabajos devoradores de hojas; complejo universo interrelacionado.
Relatos que iniciaron su vida siendo independientes, gateando solos, poniéndose en pie sin ayuda; pasaron a formar parte de novelas; alejando así sus primitivos horizontes, incrementando con dignidad la trascendencia de su encargo. Si la compatibilidad de los tejidos se daba, convertíase Cesáreo en cirujano que une venas a las venas, nervios a los nervios, articulando el nuevo miembro como órgano del que se sirve el cuerpo preexistente: la vesícula, el hígado o una mano no mostrados antes por la acción. Esto ocurre en su obra “La estación donde el tren no se detiene”, pergeñada por mi padre acompañando al río Duero en el tramo fronterizo de los Arribes; novela, inicialmente corta, en la que siete personas, divergentes entre sí, suben a un tren que no pasa por el lugar exacto al que ellos desean llegar, pero los deja cerca o enlaza con otros que se aproximan a su sueño compartido: la mítica mina de oro que cada uno sitúa en un lugar diferente, según indique el mapa comprado a un moribundo, a un clérigo arrepentido de sus recientes pecados, a un perseguido que necesitaba dinero para escapar, a un inocente ignorante del valor de su entrega: extraños vendedores que resultaron ser uno solo, el mismo estafador que timó a los siete esperanzados buscadores de milagros. En las versiones sucesivas hubo personajes, alguno de los cuales alcanzó luego importancia crucial en la trama, que subieron al tren desde cuentos ya terminados, desde novelas en trance de conquistar identidad y suficiente autonomía.
Creó Cesáreo personajes que obraron por su cuenta, cuya actuación espontánea le procuró satisfacción, considerando superfluo meterlos en cintura. Buscaba la naturalidad, huía del artificio; y ese intento permanente constituía, en buena parte, su estilo. La palabra mil veces dicha por la gente que se gana la vida, en boca de sus personajes parece recién acuñada. Presente o pasado, primera o tercera persona; en esa elección dudaba hasta el término de la narración. En el ordenador, Osvaldo, su secretario, cambiaba con frecuencia el uno por el otro, la otra por la una siguiendo el dictado de mi padre. Elegante en la forma: evitó las expresiones soeces aun a los personajes abyectos. Preciso en el lenguaje: como pieza de un rompecabezas buscaba la palabra adecuada; de esa y no de otra se servía. Imprimía un ritmo vivo a las frases, alegre, como de marcha de los chiquillos tras la dulzaina y el tamboril en día de fiesta; y escapaba de la cacofonía como de la peste.
Quiero destacar por último la obra mágico-simbólica de mi padre, y obro así porque, fruto de la abundante experiencia previa, ese puesto ocupa en el orden de su creación. “Cárcavas”, una de las celebradas novelas de Cesáreo, fantástica, cerrada, compacta; es el resultado de tres años de trabajo, y forma trilogía con “La penetrante mirada del búho” y “Desdeñada vereda”. Cárcavas son esas peculiares heridas, grietas en forma de cuña, que los torrentes provocan a la montaña en sus faldas, en sus inclinaciones descarnadas; y los personajes de la novela que lleva ese nombre, compartidos con las otras dos, aunque vinieran desde la Sierra ecuatoriana de la mano de Osvaldo, una vez acomodados y aclimatados se pueden tomar por nativos de la España rural menos evolucionada. No se despliega la acción sobre un espacio preciso, tampoco se puede decir que la extienda en uno inventado; las señas inequívocas dicen que es de aquí, cerros infecundos donde la pobreza comparte territorio con el lobo y el buitre. El tiempo trata de manera inmisericorde a las personas, personaje él mismo, zarandeándolas, otoño o verano, principios o mediados de siglo. El aparente desbarajuste cronológico del argumento no es tal, los hechos siguen una pauta establecida, una cadencia que se repite en cada hilada, soldando incluso el transcurrir de acontecimientos que no guardan correspondencia entre sí.
El estilo escueto, sobrio, elemental; se adapta muy bien a la tierra descrita: laderas agrestes labradas por la erosión, cultivos mínimos y ganadería de subsistencia que van robando palabras y gestos inútiles al burilar la manera de ser de los habitantes: supersticiosos, rendidos, callados. La soledad vacía de los campos, atajos y desvíos, alcanza a las personas en sus achaparradas y míseras casas, muradas de piedra, algún ventano oscuro, techo lajado de pizarra. La soledad hueca de los días invernizos llega a los animales contritos por la indiferencia del amo, y se convierte también en personaje que influye en los otros. La pobreza, la soledad y un tiempo que retrocede o avanza sin ningún designio, se estremecen en medio de la naturaleza despojada de aderezos y provocan la tristeza del ambiente, un desconsuelo profundo cuyas raíces vienen de antiguo, padres, abuelos, bisabuelos, hasta los confines alcanzados por la memoria. Tiempo y espacio fronterizos, personajes instintivos vecinos del mundo animal, interminable transición, permanente huída en círculo.
A los treinta y ocho años, en ese período fértil de su escritura prodigiosa, intercalado, dio forma al conjunto de relatos, pequeña obra de arte que llamó “Al encuentro de los Celtas”. Tomando como pretexto a Ossián, hijo de Fingal, el héroe de los poemas publicados por Macpherson en 1760, origen de un verdadero culto que afectó a las mayores lumbreras de aquel tiempo; explora mi padre una cultura imaginativa y melancólica, que brilló con destellante luz durante algo menos de doscientos años, situados entre los siglos quinto y tercero previos a Cristo. Hubo de averiguar las características de la época: la geografía y las particularidades climáticas, la organización social, costumbres y modo de vida; hospitalidad, guerras, trashumancia, religiosidad, ganados, cultivos, arte, herramientas, mitos y leyendas. Precisó emprender una rara investigación, un rastreo exhaustivo de textos difíciles de encontrar, traducciones medievales de los monjes irlandeses, análisis y comentarios de valiosos hallazgos arqueológicos. De la abundante bibliografía existente, la científica, la verdaderamente acreditada, era escasa. Sin el concurso de Úrsula hubiera abandonado Cesáreo tan ingente tarea, pues contribuyó mi madre de modo esencial, sirviéndose de sus conocimientos y experiencia, de los muchos contactos establecidos en el desarrollo de su profesión. Buscaron en reducidos círculos de expertos, en publicaciones apenas propagadas, en actas de conferencias pronunciadas ante restringidos auditorios. Mereció la pena el esfuerzo realizado: el libro resultante es magnífico; en él se acumula cuanto de trasgresor poseía Cesáreo, envuelto en una desarrollada inclinación por los misterios de la naturaleza. Quiso mi padre que firmara Úrsula en calidad de coautora, pero nada ganaba ella restando gloria al amado y no aceptó; una mención de agradecimiento en el prólogo le parecía bastante.
Deja Cesáreo Gutiérrez Cortés un libro inacabado, carente de título; identificado, mientras hallaba uno conveniente, con un nombre que es a la vez un número, un indicador del puesto ocupado en la alineación cronológica de sus trabajos: “Propósito treinta y cuatro”, que mi madre, apoyada por los amigos, decidió mantener intacto, fase intermedia convertida en testimonio de su método, de su forma de escribir; destinado en exclusiva a los estudiosos. Cualquier otra decisión hubiera sido errada: publicarlo sin la maduración a que él sometía sus trabajos en las revisiones cuarta o quinta, constituía una ingratitud; y una traición que alguien fijara el término siguiendo su personal manera de entender y obrar.
Se desarrolla el asunto en las ruinas de un pueblo de piedra, situado en el área de influencia de un embalse que, río arriba, sujeta un mundo de agua. Se notan las restañaduras de la presa tapando el boquete fatal. Aconteció, escribe, que durante días enteros fueron llegando a su seno las aguas revueltas, sin tiento y sin pausa, con las que el temporal de lluvias compensaba un período de sequía extrema. Según parece, se despachó a gusto el cielo. En una noche terrible, borbotones salían a deshora por los aliviaderos rotos, reventados como vientres de pucheros, como pared de carrizo. Liberada de su encierro en un suspiro desgarrado, la oscura masa del agua corrió con bronco sonido de elefantes al trote, haciendo tabla rasa de cuanto encontraba a su paso, ya fuesen árboles o casas. La gente, cansada, dormía con un ojo abierto, desconfiada, precavida; pero llegó la corriente sin aviso previo y deshizo abrazos de amantes, unió a matrimonios que dormían en camas separadas, desbarató ilusiones y concretó miedos abstractos, habitantes inquietos de cabezas de todas las edades, de corazones desbocados tras impulsivas galopadas. Niños descansaban al amparo de abuelos, quienes, desesperados, se dejaban uñas y dientes en el intento de ponerlos a salvo. Hubo muertos que no pudieron ser enterrados en el pequeño cementerio por falta de sitio.
Treinta años llevan vacías las calles de la antigua aldea, porque cerca, a resguardo de la iracundia de los elementos, naturaleza indómita, un nuevo poblado intenta hacer sus veces. La pretensión falla en gran parte; y es que la gente gusta de lo suyo y tarda en hacer propios los cambios forzados. La televisión, en la hora de mayor audiencia, ofrece un programa turístico, muestrario de tierras vacías, de restos de casas y una iglesia en declive que exhibe orgullosa la espadaña y dos arcos rotos sobre los muros incólumes. Guía al ojo de la cámara, en su visita exploradora, un paseo bucólico de trochas cruzadas por perezosas ovejas; sendero de cabras que se adentra en robledos, en densos pinares, bordea las límpidas aguas del río truchero, y alcanza el ángulo en pie de un caserón que semeja un castillo. Es tan ensalzadora la fotografía y el sitio mostrado tan bello, que ganas dan de llegarse hasta allí abandonado el asfalto cotidiano.
Obedeciendo la llamada, sobre caserío tan despoblado –recibe sólo las visitas nostálgicas de una vieja que no se acostumbra a los patios nuevos- de las cuatro esquinas del mundo van llegando gentes dispares. Matrimonios sin techo avanzan aprisa delante de la noche, portando críos subidos a horcajadas de los hombros o refugiados en el trono del pecho; procesiones de pobres, corridos de todas las plazas, acarreando morrales repletos de sabiduría y altiva tristeza; romerías de ricos que para encontrar contento en sus juegos salpican de duros antiguos la tierra pisada; libertarios deseosos de fijar una comuna anarquista en la que todos sean distintos e iguales, y cada uno alcance a ser su propio rey librando a los demás de los amos.
Van ocupando los llegados una casa tras otra hasta su fin; los corrales hasta su término, y las marraneras y gallineros mientras queda alguno libre. Los menos dados a la superstición se refugian en el redil truncado del templo. Ponen su nombre al espacio conquistado, y atadas las puntas a un palo enarbolan sobre la techumbre una saya usada, un trapo negro carente de la letra A sometida al círculo, un pedazo de sábana festoneada en añil, una bandera tomada al enemigo durante la última guerra, una cruz de cañas atadas con juncos, el hierro frío y oxidado de una ganadería. Cuando las cubiertas resultan insuficientes se utilizan las tapias de la finca colindante, piedra encaramada a la piedra, elevadas las piedras dos metros. Sobre la altura colocan cielos rasos de madera y ramaje, que en la parte diáfana apoyan en varales de chopo. Llegado el momento en que toda la roca es muro de vivienda, los que se presentan acuden provistos de tiendas de lona teñida de vivos colores, y más allá de ellos los hay poseedores de saco de dormir y petate, y quien se hace un lecho de hojas y hierba en un hoyo. La convivencia resulta laboriosa, y de no ser porque todos la buscan habría de administrarse el orden; pues rubios o morenos, altos o bajos, cada uno guarda en la cabeza un modelo de sociedad, cuadrilla, tribu, ciudad, república, y se corre el peligro de que quiera imponerlo a los otros.
Cuando la concentración es ya un hecho e informan de ella los periódicos y la radio, llamados por las posibilidades que la muchedumbre ofrece, se acercan, también, los miembros de una compañía de teatro ambulante, amoldados a diálogos extensos, a decorados cambiantes y a caracterizaciones complejas; y lo que es de verdadera utilidad en el oficio, a las privaciones. Tras ellos, a un centenar de metros, miembros activos de una secta religiosa, cuyos pastores ven en los sucesos la señal de que el último día del mundo está próximo, se aproximan danzando y cantando, dispuestos a predicar a los allí asentados, católicos tibios, la fe de su dogma.

Coincidiendo con la instalación de tenderetes de venta ambulante y de echadores de cartas, se presentan tres mesnadas compuestas de fuerzas de choque: una compañía del ejército de tierra, seis pelotones de la guardia autonómica y cinco números del propio ayuntamiento. Han sido alertados por el complejo muestrario de graves violaciones legales allí convergente. La tropa nacional persigue la ocupación ilegítima de una propiedad privada, la fuerza autonómica intenta el desalojo del dominio público y los policías municipales exigen el cumplimiento de la ordenanza que prohíbe acampar.
Decididas a resistir el envite se aglutinan las distintas partidas de ocupantes, espontáneas defensoras del espacio conquistado; y unas van acumulando vituallas, cantos rodados, palos agudos y ramas de espino; mientras otras levantan barreras y cavan fosas que aíslan y protegen. Los que hablan alto, los de estatura elevada o los que poseen el don de la palabra diáfana, son seguidos por el resto sin que medien órdenes.
Cuando se encuentran en un mismo punto los grupos reglamentados, hay que ver la que arman. Cada quien se considera antes que los otros, de mayor mérito; y amenaza con someter a los demás a su disciplina. Se apoyan en la magnitud geográfica de su jurisdicción, claman a la preponderancia de la res nullius sobre la propiedad privada o ponen la proximidad en lugar preferente de derechos y obligaciones. Algo parecido ocurre en la cúpula, pues los tres comandantes deciden ejercer la cabecera de mando, y pintan su función como piedra angular de la jerarquía. Resulta digna de observar la subida de la disputa y la rapidez con que suman títulos y cargos a su humilde ralea; hasta que idean una sola jefatura dotada de tres jefes iguales.
En razón del prolongado tiempo que tarda en resolverse el embrollo: va ya para diez días y abren con la noticia los telediarios; a media mañana del jueves hace acto de presencia el obispo. Encabeza un nutrido grupo de sacerdotes revestidos de amito, alba, estola y bonete; y a continuación van el gobernador y otros políticos de signo diverso que, unidos en la defensa de la normalidad, comparten carruaje.
A más de los desavenidos jefes de las tres mesnadas, nacional, autonómica y municipal, allí presentes; elevan la voz algunos civiles que intentan llevar la batuta en tanto la guerra no dé comienzo. Parece legítima la pretensión, de manera que ambos poderes se reconocen y aceptan repartiéndose el tiempo de dominio: para unos las breves horas que restan al reino de la concordia, para otros los días de duro enfrentamiento. Diversas cabezas de la civilidad, ocupadas quizá en buscar un alargamiento de su periodo de mando, comprenden que deben al país una explicación clarificadora del intrincado cúmulo de razones en danza, situándose cada cual al lado de las suyas. La conferencia se organiza ante el mismo escenario de la inevitable batalla; campo de nadie equidistante de los dos pueblos: nuevo y viejo. Pero ¿quiénes subirán al estrado frente a las cámaras?; son decenas los que tienen algo que decir, y todos no caben. Dos días de pactos en los que se profieren y escuchan arengas, promesas e intimidaciones; logran limitar a nueve el número de sillones colocados en la improvisada tribuna. Entre pullas, insultos, voces elevadas y algún empellón, transcurre la sesión difundida en el acto por todo el país. Queda claro que cada quisque habla en nombre del grupo mayor y posee más legitimidad que el contrario; de modo que la retransmisión acaba como aquel célebre rosario celebrado al alba.
Por culpa de las idas y venidas, de los dimes y diretes, aún no se ha organizado una delegación que vaya a parlamentar con los invasores, y es preciso hacerlo; no estaría bien visto que se desenvainaran los sables antes de haber intentado conciliar voluntades tan contrapuestas. Corre prisa, pues el inmediato fin de semana aportará una nueva oleada de curiosos. El crepúsculo del viernes tinta de púrpura los blanquecinos jirones de un cielo salpicado de nubes, cuando se conocen los nombres de quienes, en la mañana del día siguiente, convendrán con los insumisos su inmediata partida o darán paso a los que instauran el imperio de la fuerza.

Cerrada ya la noche, sea que el hambre acucia y la dureza del lecho aguijonea las espaldas o debido a las necesidades de una higiene mal resuelta; bien porque el silencio y la soledad buscados se han roto, esperaban otra cosa o la fiesta ya no es tal; el caso es que, poco a poco, invierten los ocupantes el sentido de su marcha, y el pueblo antiguo queda vacío, marcado por las huellas de una batalla eludida: residuos abandonados junto a las piedras de los recios muros, los mismos que resistieron el paso de la pujanza devastadora del agua. Lamentan los escogidos para negociar con los indóciles, que las cosas sigan derrotero tan insulso; sin haber dado oportunidad de explicarse a la razón ni a las armas de imponerse.
Cuando sobrevino, enero de 1959, tuvo Cesáreo noticia de la catástrofe que arrasó Ribadelago, en la provincia de Zamora; y una década después, en pleno estío, acompañando a Úrsula, junto al nuevo poblado encontró los restos de la primitiva aldea, muros y techos tal cual los dejó el agua al marcharse. Poseo una fotografía tirada por mi madre en aquel momento, que saca a mi padre de cuerpo entero avanzando por entre las ruinas del pueblo antiguo. Viste el fotografiado la escueta indumentaria del viajero curtido por soles muy distantes, mínimo calzón y camisola abierta, anudada a la altura del ombligo. Esa imagen, sin el deterioro causado por el paso del tiempo, bien podría ilustrar la portada del libro que reivindica la figura de Cesáreo Gutiérrez Cortés, escritor y hombre. ¡Lástima!
Dos meses antes de su muerte, en un tono ligero cargado de ironía, sobre tan trágico sedimento urdió la antedicha historia, dándole conveniente acomodo en un entorno parejo al real. Analiza la manera de ser de las personas, las variadas uniones que entre ellas logran establecer, las divergencias surgidas entre los distintos grupos en función de los principios que los aguija: el poder y sus variadas formas, la libertad y sus límites, el dominio que confiere la investidura de cargos; la persecución de la notoriedad, el remedio de las penurias físicas e intelectuales, la búsqueda de la felicidad, el término de la desesperanza.
Caminaba mi padre abismado en el despliegue del texto cepa de esta sinopsis, cuando muy variadas circunstancias se reunieron contra él desencadenando el hecho nefasto, instante imprevisible en que un botarate fuera de sí cercenó su vida joven. Iba Cesáreo desarrollando el argumento en un recorrido ajeno de propósito, calle tras calle hacia ningún destino claro, sin duda abstraído de la realidad circundante, ya que en los inicios creativos solía proceder de ese modo. Impelido por un entusiasmo fecundo se sumergía del todo en la narración: teatro de la peripecia, carácter de los personajes, sus relaciones y el recado destinado al lector. Con indudable habilidad desplegaba tanto los asuntos vividos como los soñados, vaciando en ellos su carga de experiencias y el reiterado denuedo. Concluido un trabajo iniciaba el siguiente sin dilatadas pausas; y es que los protagonistas de sus historias parecían buscar al autor. Eso ocurrió con personajes históricos de la altura de el absolutista zar Nicolás II y su esposa Alessandra, Leovigildo, Fernán González, Rasputín, la Papisa Juana y el pintor Rivera; o con personas corrientes a las que puso a su lado la casualidad, tales son el pastor Bibiano, el cura Benigno Casillas o el protagonista de “Sofronio, una pasión desbordada”. Unos y otros se apoderaban de él, forzándole a esmerarse en la exactitud de las circunstancias históricas y en los rasgos de espacio y época feudo del relato.
Por su obra lo conocerán; su pensamiento íntegro está en ella diseminado, y corresponde al tiempo la tarea de ir fijando la cota exacta alcanzada por su valía. Con la divulgación de este escrito, del que a un tiempo soy conductora y conducto, pretendo mostrar al hombre consecuente, capaz de amar y de ser amado, actor y receptor de los mayores sacrificios.

 

Respuestas de Cesáreo Gutiérrez Cortés a las preguntas formuladas por un neófito competente

(Bienaventurada de mí, a un paso ya de la rendición he dado con el libro, agotado desde hace años, que reproduce una entrevista hecha a mi padre. Sabido es que Cesáreo rechazaba las comparecencias ante la televisión, y se mostraba reacio a que los medios escritos publicaran su foto: mero trabajador de la pluma, huía de la popularidad que lo identificara caminando por la calle o en los espectáculos públicos. No obstante, aparece su retrato encabezando al menos diez páginas, un capítulo íntegro, del grueso tomo de conversaciones que el autor mantuvo con personajes descollantes en los contiguos terrenos de las artes y las letras. Sucedió, según se explica en las líneas de avance, que un joven, tan osado como despierto, se acercó al escritor ya hecho exhibiendo el documento de identidad, insólita credencial legitimadora de los coterráneos: primero de sus méritos disponibles, al parecer. Pretendía ser escuchado y respondido en razón de la vecindad de sus nacimientos; y Gutiérrez Cortés, por algún motivo mayor, decidió escuchar y responder. Creo útil reproducir tales páginas, porque hay en ellas preguntas ingeniosas y respuestas francas, ambas raras en los tiempos corrientes).

-Entrevistar a un colega de profesión ya consagrado, cuando se está en los inicios de la carrera literaria, ofrece en bandeja dos tentaciones, la de ser indulgente por admiración y la de intentar sobresalir a costa del entrevistado. El lector juzgará al término de su lectura a cual de las dos me someto o si, como es mi intención, logro soslayar ambas.
-Una buena entrevista requiere a partes iguales ingenio y sinceridad. Según creo, poseemos esas cualidades. No obstante, debemos permitir a las emociones subir en marcha al carro de la charla, de modo que la espontaneidad añada interés y frescura.

-Recién llegado de América: Colombia, Perú, Ecuador, Venezuela, Puerto Rico, Cuba, ¿cómo ha sido el reencuentro con una tierra tan querida?
-En mi primera visita encontré llanos altos, declives y hondonadas; desiertos inhóspitos, selvas de vegetación exuberante e islas paradisíacas ceñidas por playas sin fin; palacios de hacendados riquísimos y barrios donde habita la pobreza extrema, una tierra indómita que el hombre aún no puede someter. Recogí flores fragantes de colores vivos, portadoras de fecundas semillas; ramillete verbal acopiado con esmero para mi escritura, porque la quiero mestiza, hija de los modos de acá, cargados de remotas influencias, y de las maneras de decir de allá, tan bellas y precisas. No creo conveniente pesar la porción tomada a la abundancia para calibrar la generosidad de la gente que traté, y desconozco el valor de lo trasladado a mi obra. Dejé allá la amistad, llama que aumenta su ardor al extenderse, y acepté numerosos afectos. Ahora he podido calibrar la persistencia de aquel intercambio, porque muchas de las primeras impresiones permanecen en mi memoria, digeridas en mis cuatro estómagos de rumiante intelectual.

-Una mínima parte de lo percibido suscita el interés necesario para integrar la masa de recuerdos alojados en nuestra mente, archivo de límites cambiantes cuyas reservas no resultan fáciles de inventariar; de ellos se provee la escritura, pero igualmente existen factores externos que juegan un papel conductor en el proceso narrativo, elementos extraños que, una y otra vez, deciden con o por nosotros. ¿Admites este influjo ingobernable en tu vasta creación?
-No tengo una respuesta precisa. En general me resulta complejo deslindar los círculos nucleares de los marginales; y de haberme preguntado hace medio año te hubiera asegurado que nada exterior puede conducir mi voluntad, porque si algo me mueve, una de dos, o pertenece al espacio del carácter o está situado en el ensanche y lo amplía. Hoy descubro su efecto cuando, terminado un trabajo, busco la materia sobre la que versará el siguiente; y en la construcción de los diversos escenarios, obra de la memoria y de la investigación. Pero interviene también en la disposición de secuencias y capítulos, en la manera de acomodar el contenido en el continente; pues la experiencia propia se une a la obtenida en las lecturas y en el mismo cine.

-De fuera llega el azar, potro salvaje que se habrá resistido a la doma, ¿Qué porción de tus logros literarios debes al albur?
-El azar representa un factor primordial en la existencia de las personas, interviniendo ya en la conjunción de óvulo y espermatozoide. Podría decirse que coloca los carriles por donde discurrirá la conducta, que ahonda el cauce del río distinguiendo los futuros meandros; y siendo tan importante como es, en realidad desconocemos sus libérrimas reglas. Por fortuna, multitud de elementos lo debilitan, condicionándolo y restándole potencia. Choca con las costumbres, tan arraigadas y complejas; con los íntimos deseos y rechazos, hijos de una educación orientada hacia fines ajenos; forcejea con la moral imperante, impuesta por quienes tienen en su mano la capacidad de modificar las cosas y alinearlas según su personal manera de entender el orden. En la escritura, una de las actividades humanas, adquiere el azar un protagonismo frenado por el trabajo que el escritor se toma. Aunque fijo el argumento sobre cimientos firmes y nada cardinal espero del azar, me gusta que me sorprenda, pues sirviéndome de él amplío las posibilidades de expresar cuanto imagino. Considero nulo su aporte en los ensayos, escaso en las novelas y cuentos, concediéndole algo más de peso en el fluir de los poemas.

-La limitación atribuida al lenguaje, las escasas posibilidades existentes a la hora de formular las percepciones, las distintas miradas que sobre la realidad se vierten, ¿son surcos que llevan a la novela hacia un horizonte determinado, ajeno a la voluntad?
-La palabra cuenta con menor capacidad descriptiva que la fotografía, pero la fotografía, salvo por ciertos reflejos de confusa interpretación, no descubre el plano íntimo, la acción ocurrida entre bastidores, aquello que escapa a los ojos. Por eso los sentidos que perciben la existencia, la imaginación que ensancha su territorio, la lógica que la desentraña y la voz narradora, unidos a la inteligencia del lector, resultan una liga insuperable a la hora de comunicar, visible o invisible, la realidad, sus causas y los elementos que la modifican.

-¿Te ocupas del lector a la hora de escribir, cuentas con él, le asignas una tarea que complemente la tuya?
-Estoy a su servicio, mi meta es su entendimiento; pues sé que logrado el concierto entre escritor y lector cuaja la novela, se solidifica, se yergue como un menhir en la llanura, como un obelisco en la plaza. No obstante escribo para seres en permanente evolución, y no puedo tratarlos como a niños o a enfermos gástricos a quienes se tritura la carne y desmenuza el pescado. Tampoco siembro de trampas el sendero para probar su progreso en el conocimiento de las técnicas narrativas. Trato de esperar al rezagado pero sin perjudicar el ascenso del que sube a buen ritmo. Busco ese complejo equilibrio que marca la diferencia entre la obra redonda y la simple tarea bien desarrollada. Y dejo un cierto margen a la interpretación personal, a la capacidad hermenéutica que cada uno posee, de manera que es el lector quien cierra el proceso creativo, quien termina de concretar la novela.

-Se dará, en ese caso, una considerable diversidad de conclusiones, una distinta en cada lector si llevamos a la hipérbole la teoría. ¿No crees?
-Puede, y no es malo; debemos hilvanar, no coser; apuntar, no disparar; esbozar, no definir; dar pautas, no trasladar pensamientos. Por otra parte, el libro es un recipiente en el que se vuelcan elementos heterogéneos con la conformidad y, asimismo, con la ignorancia del propio autor; no debe extrañarnos, en consecuencia, que el lector encuentre brotes que el escritor no supo que ponía.

-¿Es posible, entonces, que una novela guste a dos lectores por motivos distintos, incluso por consideraciones contrapuestas?
-Claro. Si el autor es fiel a sí mismo, personalidad zigzagueante como todas, su escrito recogerá esa forma contradictoria de ver la realidad, y el lector tomará el partido de mayor interés, aquel que enfile mejor con su especulación. De hecho me sucede algo que apunta en ese sentido. “Cárcavas” se desarrolla en parajes agrestes y poblaciones deprimidas a los que no se nombra; pues bien, la editora recibe aún cartas de lectores que identifican la geografía con su comarca, áreas desérticas de cualquier región, y me injurian o alaban por causa de contenidos que desconozco y, según ellos, a mi magín se deben y yo los introduje en las páginas. Deteniéndome en los párrafos que señalan, poniéndome en el lugar desde el que ellos miran, comprendo que sus quejas o felicitaciones poseen fundamento: en el texto, embozados, habitan los principios que provocan tales reacciones.

-Tu intelecto crea de pies a cabeza unos personajes que representan en las novelas papeles muy diferentes, desde los más respetables a los malvados en extremo; comportamiento universal de los creadores con sus criaturas, ¿pones en ellos cualidades que como ser humano persigues o desprecias?, ¿modelas alguno a tu imagen y semejanza?, ¿les encargas tareas que no has sido capaz de llevar a cabo?; en resumen, ¿cuánto tuyo hay en ellos?
-En verdad, los protagonistas, principales y secundarios, son vástagos míos, pero de la misma manera son resultado de las circunstancias a las que han de adaptarse, tiempo y espacio que no pudieron escoger. En cuanto a si pongo en su manera de ser virtudes que para mí quisiera, te diré que pretendo asentarlas en su comportamiento como cualquier padre, pero de acuerdo con mi propio deseo de libertad no las dibujo indelebles, de suerte que pueden actuar desde el primer momento por su cuenta, neutralizándolas, sustituyéndolas. Algo semejante se da en el caso de los denostados vicios. Te aseguro que de mis personajes intento hacer personas, y en la medida de mi acierto son hijos de sus obras como cada uno de nosotros.

-El territorio adquiere en tus escritos valor de personaje, no es sólo el soporte de la historia, actúa sobre los demás, condiciona sus reacciones, los envuelve en su hálito, empuja a la acción.
-Es cierto; primero el área geográfica se hizo testigo y relator: veía, observaba, y guardaba en la memoria los hechos, a la espera de que alguien, en una etapa posterior, quisiera indagar. La arqueología sabe leer los signos que el suelo guarda en los distintos estratos. Más tarde el teatro de operaciones tomó partido por los protagonistas, facilitando su acción o retrasando la que los enemigos oponían. En ocasiones se hace evidente; por ejemplo en “La viga del carpintero”, donde la habitación, antes, durante y después del suicidio del padre, actúa de manera humana hablando en silencio al suicida; y en cierto sentido puede decirse que, sirviéndose de una penumbra tenebrosa, diseñadora del tétrico decorado, le incita a quitarse la vida.

-Hay un entorno mítico, que se repite idealmente, de una u otra forma, en casi todas tus novelas, se trata de la villa en que naciste, Valdepero. ¿Qué tiene de mágico, de especial este lugar para recibir tan privilegiado trato?
-Al margen de mi nacimiento, sobrepasándolo en importancia, está mi educación, la niñez dedicada al aprendizaje de los métodos y a la adquisición de conocimientos prácticos. Identifico el espacio con los hechos y a estos con las personas. En ese sentido la tierra llega a convertirse en mis familiares y amigos, en los vecinos del pueblo; y todos juntos, tierra, sucesos, personas, configuran mi infancia, desencadenante de la conducta posterior y de los logros alcanzados. Pero hay más, situado en Valdepero intuyo el lugar en que comenzó la vida: el espacio de la primera solidificación y de las iniciales espigas de trigo, las que originaron la marea universal y, molidas, amasadas, bregadas y cocidas en los hornos de Florentín o de Diocle, panaderos de mi niñez, alimentaron a muchedumbres famélicas en el transcurso de los tiempos. En la tierra árida de los páramos y en la fértil de las vegas regadas por arroyos escasos, el hombre aprendió a luchar contra los elementos, a dominarlos, a tornarlos favorables. Los influjos telúricos actúan allí con energía, y las personas dependen de su exclusivo esfuerzo, de la tierra y de los meteoros; y si no son tierra ellos mismos, son naturaleza evolucionada, seres entregados a la causa de la supervivencia y al progreso del conjunto.

-Palencia ocupa, de manera análoga, un emplazamiento de privilegio en tu obra; sé que estuviste interno en un colegio de frailes del que no guardas muy agradables recuerdos.
-Distingo con nitidez la ciudad del internado, y en el colegio levanto pared entre los frailes y los compañeros, entre el recreo y las clases. El comedor, mesas contiguas de cuatro asientos; los dormitorios, lavabos y roperos; la capilla, rezos y cánticos; y el patio, juegos y conversaciones, me descubrieron a los muchachos afines. El régimen disciplinario allí establecido: duro, rígido e injusto; que trataba a los alumnos según la posición social de la familia, otorgando al castigo físico y al ostracismo funciones pedagógicas, tuvo la virtud de contribuir a que la amistad floreciera con fuerza y la búsqueda de la libertad llegara a ser una constante vital. En las tardes de jueves y domingos yo veía la ciudad como un espacio abierto por el que caminábamos en fila de a dos. Después, Palencia fue el punto de arranque y llegada de todas las veredas, zaguán de un universo que yo quería recorrer sin prisas. El interés por los caminos me nació de la preocupación por las causas del deambular ajeno, por las consecuencias de mis actos fuera del entorno inmediato; y al fin, Valdepero y Palencia acabaron siendo, aunados, el hogar al que se regresa tras los viajes para restañar las heridas y preparar las nuevas andaduras.

-Hablas de la búsqueda de la libertad como de uno de los motores de tu existencia, y has puesto tu obra a su servicio. ¿La has encontrado? ¿Conoces a alguien que se haya dado de bruces con ella a largo de la historia? ¿Es acaso un espejismo?
–Relacionada con el individuo, la libertad es un paraguas guardado en el trastero, cuya existencia nos conforta hasta que llegan las lluvias y descubrimos las varillas rotas y la tela agujereada. Por otra parte, tendemos a la conformidad en todos los órdenes de la vida, y puede darse el caso de un cautivo, encadenado al muro húmedo de la oscura mazmorra, que se considere en posesión de un grado de libertad muy extenso, pues conserva intacto el cerebro que permite imaginar una realidad próxima a la aspiración reducida. Y en lo que hace al colectivo, la libertad adquiere unas proporciones cuantificables, unos grados establecidos por comparación con otras épocas, con otros espacios. Individual o colectiva, en su conquista es fundamental fragmentarla, convertirla en escalones de progreso, en territorio de avance; ir de mojón en mojón, cota a cota. Yo sé que existe, porque conozco los efectos de su ausencia. Soy una persona, libre por tanto, y no me adapto a los corrales cuando de apriscos pasan a cárceles, no produzco nada válido si he de permanecer cerrado deseando salir, me enojo si me fuerzan a marchar de donde estoy a gusto, si me dictan las pautas de mi propia conducta. Atravesamos un período histórico de desencanto, el dictador murió y, sin embargo, nadie ha visto el cadáver de la dictadura; por eso corremos el peligro de exclamar: “¡Ah, pero luchábamos por esto?

-El hombre y la sociedad, unidad y conjunto; ¿por qué y para qué se une la gente?
-El hombre es individualista por impulso, le hace social la razón. Se organizó en cuanto hubo de repartir la escasez, al producirse opiniones discordantes, para repeler ataques de las fieras o intentar su caza. Era necesario un administrador del orden, y algunos propusieron a un hombre bueno que los demás aceptaron. Cuando la bondad resultó insuficiente para que el hombre bueno se impusiera, apareció el hombre fuerte apoyando sus decisiones. Aumentaron los descontentos y fue el conciliador quien negoció hasta alcanzar el equilibrio. Los tres juntos hubieran formado un gobernante ideal, pero los ambiciosos lograron dividirlos en su beneficio, sustituyéndolos cuando comenzaron a aceptar los puntos de vista ajenos y a ceder. Para unos el ideal es la colmena, pues en ella cada movimiento de los individuos sirve a un fin común; para otros, entre los que me encuentro, la colmena constituye la máxima aberración. La sociedad lleva buscando una manera válida de organizarse desde los primeros instantes, y no ha dado aún con una que convenza a todos.

-¿Han muerto las ideologías como algunos afirman?
Si hablas de las ideologías como conjeturas que se van haciendo con múltiples aportaciones, como lugar de encuentro de las opiniones distintas, como cauce de los razonamientos; si hablas de las ideologías como teorías que no acabarán de concretarse porque están vivas; hijas y madres de la libertad, en mi opinión, siempre tendrán dificultades. Pero si te refieres al arca de la alianza portadora del dogma, al punto de partida de la difusión de doctrinas de iluminados, origen de acciones inducidas, te diré que existirán mientras las diferencias sociales se mantengan en términos tan dolorosos e injustos.

-Sé que te pongo en un compromiso gordo, pero también sé que no te importa, de modo que puedo preguntarte tu opinión sobre la anarquía.
-Sí, el compromiso es gordo en los tiempos que corren; pero la respuesta es sencilla y la acabo de dar en parte. Lo que vale para las ideologías en general vale para esta en particular. Ahora conviven la dogmática y la libertaria, y yo, contrario a la primera, soy partidario activo de la segunda.

-Dictadura y democracia, dos conceptos contrapuestos con mucha ligereza, ¿qué tienen, ambas, una de la otra?
-La materia prima de cualquier sistema es el hombre, y el hombre emocional es manipulable. Si la dictadura es el gobierno del individuo y la democracia el gobierno de la sociedad, yo prefiero la democracia; una democracia directa mientras sea posible, y representativa cuando no haya otro remedio. Yo prefiero la ley; una ley que sea la voluntad de los más y respete el deseo de los menos; una ley aplicada con justicia, a cuyo influjo nadie escape. Yo prefiero la separación de poderes, de forma que se garantice el buen funcionamiento del sistema. Pero el individuo actúa de forma interesada, y hay que estar ojo avizor para denunciar los abusos; por eso se necesitan medios de comunicación vigilantes, bien pertrechados de principios para que no se pongan al servicio de los manipuladores. Un muelle, un resorte resultan ser las teorías; la práctica y el uso atemperan las reacciones, y su ejercicio, que en los inicios se quiere limpio y terso, va contaminándose de forma progresiva hasta diluirse o provocar una reacción contraria. En la medida en que la democracia pierde pureza se acerca a la dictadura.

-¿Se da en alguna parte la auténtica democracia?
-La prueba del nueve de las democracias consolidadas es la existencia del hambre. Yo sé que la auténtica democracia es buena para el pueblo. Yo sé que el hambre es mala para el pueblo. Si la democracia en cuestión produce hambre, la democracia en cuestión no es la auténtica democracia.

-Pobres y ricos; he ahí la verdadera diferencia entre personas, el motivo cierto de cualquier discriminación. ¿Camina el mundo hacia la justicia distributiva?
-Hay indigentes que se sienten ricos con cinco duros; y dueños de mil millones, palmario objeto de la siquiatría, que se sienten inseguros y acumulan. Existe una ley universal que relaciona de manera directa la concentración del capital y la expansión de la pobreza. Se levantan murallas para que los pobres no invadan el territorio de los ricos, a sabiendas de que las fronteras matan; y no sólo las exteriores, también las internas: colectivas e individuales. La propiedad privada ya no es la bestia negra que fue para los intelectuales de mi juventud, y en esa deriva ideológica podemos ver, antes que una sabia rectificación, el buen funcionamiento de la propaganda capitalista. Te preguntas por la justicia distributiva y si miras a tu alrededor verás que está siendo sustituida por la buena voluntad y las limosnas.

-Es conocida tu postura acerca de una fe enemiga de la razón, suplantadora de ella, para ser preciso; así como tu constante defensa del derecho a la búsqueda de la verdad y a la actuación conforme a las creencias; ¿qué hay de nuevo sobre Dios?
-Al principio la figura de Dios estuvo representada por mi madre, hasta que mi padre la sustituyó; en otro momento se trató de una niña rubia de ojos azules, luego la Libertad, y ahora la Justicia, ambas con mayúscula; mi Dios ha ido cambiando a medida que yo crecía y me hacía una persona semejante a las demás. Dios es el ambiente apacible que nos circunda: temperatura y viento ajustados a los deseos, ocupaciones adaptadas a nuestra volubilidad, el sueño reparador y las necesidades satisfechas: un ámbito construido a nuestra exacta y cambiante medida. Dios es el techo y el muro que nos defienden de las inclemencias existenciales, el hermano protector de la insolencia de nuestras bravatas. Se comprende que haya despertado en todos los tiempos tanta expectación. No sé si existe o no, y creo que me moriré sin saberlo, pero en ocasiones deseo con todas las fuerzas que exista y tenga la decencia de acoger a los débiles y a los necesitados.

-Los padres, una niña rubia, la Libertad, la Justicia, Dios; ¿tiene la vida algún sentido?
-Para unos la vida es una senda que hemos de abrir en el boscaje selvático a fuerza de machetazos, y para otros el túnel de una mina que vamos horadando y apuntalando a un tiempo. Los primeros se ven impelidos a despejar sin posible pausa su entorno inmediato, porque dada la exuberancia de la fronda el camino se va cerrando tras ellos. Los segundos frenan el progreso cuando miran hacia atrás y se complacen en la obra ya acabada. Quizá ninguno de los dos grupos sepa donde se halla la entelequia que buscan, tierra prometida o placer aurífero, pero los subterráneos podrían regresar al territorio del que proceden. Yo hago examen de conducta de cuando en cuando, y en determinadas ocasiones me veo junto a los partidarios del tajo firme y enérgico, mientras que en otras creo pertenecer a la sección de zapadores. No he hallado por el momento su sentido a la vida, pero sigo buscado con ahínco.

-Pasado o futuro ¿con cuál te quedas?
Se trata de una parcelación generacional, que utiliza a modo de enlace la estrecha línea del presente. Los conservadores desean que el futuro admita más pasado y los progresistas que acepte menos. En términos temporales amplios carece de sentido, porque los hechos tienen raíces y efectos y de una u otra manera se prolongan.

-Una existencia puesta al servicio de la escritura, treinta y tres libros publicados, ¿ te queda algo esencial sin decir?
-Mi obra no es nada considerada sola, una gota en el mar de títulos que cada año se imprimen; bien pudiera borrarse sin grave quebranto. Pero considerada eslabón de una cadena, hecha itinerario, puesta al lado de la aportación de otros escritores, supone un tramo tan esencial como el de ellos. Mis escritos poseen valor si toman renuevos de los árboles caídos y los plantan para recoger frutos y semillas. Mis escritos ahí están; pero el mundo cambia, acepta nuevas maneras, y yo voy con él. Puede que completara el fondo hace años, mas la mirada está atenta a los sucesivos acontecimientos y la forma variará mientras viva.
(Así concluye el coloquio entre los dos escritores. Participó mi padre en otros de índole pareja, pero sucedió en la radio, medio de comunicación que a Cesáreo siempre fascinó. Por lo que he podido saber, el entrevistador, dueño de una personalidad entusiasta, avanzaba a buen paso por el camino del periodismo cuando fue captado por la política, actividad en la que llegó a ocupar puestos de relieve antes de fallecer atacado por una enfermedad fulminante).

Osvaldo Páez

(La persona que mejor conoció a Cesáreo, con la excepción lógica de Úrsula, fue Osvaldo. El antiguo colaborador de mi padre es hoy un intelectual de creciente prestigio en su tierra de origen. Vive en Quito, pero me ha visitado en dos ocasiones: asistió en Madrid a un Congreso de la Lengua, y volvió para promocionar una de sus novelas editada aquí. Guardo cartas suyas muy espaciadas, la primera de hace ocho años, cuando cumplí los quince. Poca cosa para quien fue amigo íntimo de Cesáreo y se considera su deudor. Creí estar ante un ser ambicioso, de esos que, redimidos del pasado por el esfuerzo, persiguen un brillante futuro. Pero, conocido mi propósito de impulsar la publicación del libro que el respaldó, frenada por la muerte de Úrsula, quiso enviarme algunos apuntes que debieron formar parte de la cepa originaria y la carta de despedida dirigida a los amigos. De esos escritos entresaco su valioso testimonio y alguna revelación sorprendente. Es más, al leerlos me parece estar leyendo a mi padre: hay expresiones sacadas sin duda de sus libros y de sus apuntes).

Secretario yo de Cesáreo Gutiérrez Cortés, en la bella ciudad de Salamanca me ocupo de labores muy variadas. La vertiente doméstica por un lado y la intelectual por otro. Para el aseo de la casa y los asuntos de intendencia cuento con la ayuda de una mujer competente, señora de cincuenta años, libre de cargas propias, que tiene su vivienda por la calle de las Huertas y el Cordel de Merinas, no muy lejos del río Tormes. Y es de agradecer, porque casi siempre nos acompaña algún invitado. Cuando Úrsula está con nosotros, temporadas de duración irregular cortadas por sus viajes, las variaciones son mínimas. Se limita ella a situar los adornos adquiridos en el sitio indicado por su reconocida estética, dispone la vida social de Cesáreo, supervisa grosso modo el flujo pecuniario, y en el resto, si no se dan complicaciones, ni entra ni sale.
La actividad investigadora me ocupa primordialmente. Reales o ficticios, los hechos y las personas precisan un entorno, un campo de acción, un escenario; y entre Gutiérrez Cortés y yo se lo procuramos. Encuentro placer al averiguar las circunstancias insignificantes, en general pasadas por alto, que sin ser fundamentales para la acción, de algún modo la condicionan y matizan. Pregunto a los protegidos de Cesáreo que aquí recalan, personas de amplios conocimientos que saben lo que dicen porque se han movido y piensan. Consulto las enciclopedias, la librería orgullo del salón, tres mil cien volúmenes que cubren las paredes de suelo a techo; los fondos locales, la Biblioteca Nacional situada en Madrid. He palpado verdaderas maravillas, llegando a examinar incunables o ejemplares únicos. En ese cordel mi saber se incrementa y yo refuerzo la confianza que apuesta por mi capacidad narrativa, por mi facilidad lírica.
Quiso el destino que conociera a Gutiérrez Cortés en mis propios dominios, shacta y pegujal donde yo era fuerte, y el conocimiento derivó raudo en acuerdo entre iguales por deliberado deseo de su generosidad. Valoré la atención puesta por el español en mi charla, curiosidad descubierta en sus inquisidores ojos de pensador que no se conforma y avanza hacia las razones y los resultados. La traída de mi persona, tan nimia como el exiguo equipaje empacado, fue cosa del destino. Contento yo como un párvulo, guambra que escapa por fin de su calle; y a la vez temeroso, aventurero que se dirige a la exploración del mundo; mi llegada a la ciudad alabada por la gente viajera, se convirtió en el suceso capital de mi corta existencia, en el ómnibus aprehendido al paso.
Descubrí en Madrid una ciudad alejada de los conquistadores, ajena a la que don Benito Pérez Galdós describe en su obra; reñida con la que mi imaginación hizo y rehizo día a día, líneas y colores sorprendidos en el relato de quienes escuché porque se explicaban a mi gusto. Había sido vuelta a edificar, supuse, con el sólo objeto de sorprenderme moderna y amplia, extendida por barrios interminables, abierta en espaciosas avenidas.

Algunas tardes vacuas de invierno, en Salamanca, translúcidos los cristales por efecto del vaho, ante el espectáculo cambiante de las llamas nacidas y crecidas en el hogar, rojizas, amarillentas, azuladas, blanquecinas; ausente Úrsula y libre la casa de cobijados, nos extendíamos Gutiérrez Cortés y quien esto escribe en confidencias. Leíale yo párrafos de escritores ecuatorianos para ilustrar mi niñez, le hablaba del indio, del runa pobre en su chacra, la vivienda donde lloran los chusos por falta de mazamorra, papilla de los pequeños; del guarapo hablaba yo, del alcohol que emborracha al pobre y le proporciona más que el olvido la inconsciencia; del cholo, mestizo de indio y blanco que obedece al taita patrón, al dueño de las vidas de otros y esclavo de la suya; de las zambas lindas a temprana edad pronto avejentadas; de la minga, organización del trabajo colectivo nacida en tiempos del imperio incaico. Me pagaba él con los duros de plata de sus recuerdos hondos, los de un niño despierto, temprano descubridor de los entresijos de la vida, espectador indiscreto del milagroso proceso que da continuidad a plantas y animales. Me retribuía con los doblones de su primera memoria, sorprendido vigilante del trajín que iba afirmando, palmo a palmo, la corta carretera que desde su villa de Valdepero alcanza uno de los pueblos limítrofes, con el que ni antes ni después hubo intercambio de visitas o trasiego de ovejas.
Llegaban de noche los invitados, de manera subrepticia; jamás pregunté y Cesáreo calló para no comprometerme, pero hablaba con ellos y su conversación revelaba voluntades dispuestas al sacrificio. Vi en ocasiones a Cesáreo dar dinero a los que partían hacia la incertidumbre, perseguidos por la justicia sin ningún género de dudas. Subida a esa conducta invariable me viene una creencia sólida y firme: Cesáreo perdonó al instante a quien le produjo las heridas mortales. Es probable que considerara víctima también a su verdugo; una suma de engañosos argumentos pudieron persuadirlo de la falsa verdad que hace del ataque la mejor defensa.

Junto al hombre apareció el escritor; caminaban juntos ambos, ayudándose. En esa faceta destaco la economía de medios: con unos pocos mimbres urdía una cesta que en seguida colmaba de flores y viandas. Realidad y ficción son en la obra de Cesáreo Gutiérrez Cortés intercambiables, y por si fuera insuficiente mi palabra, dejó escrito el juego llamado “Floisbos”, capacitado para remachar la afirmación. Digo juego y sé lo que digo, pues casi toda su obra constituye un juego, un juego muy serio, entiéndase; un experimento, una búsqueda, una investigación de nuevas formas de narrar. En sus novelas va, a mi entender, en pos del libro que sitúe al autor y al lector juntos y solos en el corazón de la tormenta, en el interior dinámico de la peripecia vivida por los personajes; dando, sí, pero a la vez recibiendo. Sus cuentos son vehículos ligeros que le llevan a mandados urgentes en lugares próximos, donde la acción se intensifica hasta alcanzar el paroxismo. Sus poemas son destilados conseguidos en laboratorio, extractos vitales, concentrados y píldoras obtenidos de los tres reinos de la naturaleza, flechas y señales que sirven al lector desorientado.
Por alguna razón desconocida para mí o acaso sin fundamento alguno, Gutiérrez Cortés imaginaba que Úrsula iba a sobrevivirlo. Esa conjetura le indujo a adquirir parte de la editora de sus libros, cuando los dueños quisieron asegurarse la continuidad de tan fructífera colaboración. Vio en la oportunidad una forma de ahorro vinculada de algún modo a su propio trabajo, y pensó que dispondría de una bolsa capaz de poner a la mujer a resguardo de las adversidades económicas, una alcancía hecha de vasos comunicantes que potenciaban su caudal. Fue incrementando la participación a la menor oportunidad, y en los últimos tiempos, alcanzada la cota que permitía tomar iniciativas, sustituyó el nombre del fundador, es decir, la marca comercial, por el de su pueblo. En añadidura, la titularidad de la compañía le aseguraba el gobierno de su obra, desde la impresión del texto al diseño de la portada; también el número de ejemplares, la oportunidad de las reediciones y el alcance de la distribución. Los derechos de autor pasaban a un segundo plano, meramente contable y administrativo.
Si de derechos hablamos, ateniéndome a su reiterado modo de obrar, puedo decir que en torno a sí y a su obra no quiso levantar barrera protectora ni cerca de espino. “Las ideas, los pensamientos, las creaciones y los hallazgos”, decía, “han de difundirse con generosidad, para que sus beneficios alcancen al género humano al completo”. Acervo común consideraba las páginas dadas a la imprenta; y consecuente con sus convicciones, puso el derecho a la propiedad intelectual en un rincón oscuro. Jamás persiguió a quienes se apropiaron de frases o párrafos íntegros de sus obras, ni a los que editaron pobremente sus libros de manera clandestina en algunos países de América, vendidos luego al bajo precio que los lectores podían pagar. De modo similar se comportó ante cualquier quebranto de sus prerrogativas.
Se hizo acreedor Gutiérrez Cortés de cuatro de los premios importantes a los que no es preciso concurrir; y le concedieron uno. Seguro que existe un porqué y quienes proporcionan los nombres de los galardonados lo conocen; cuestión política, supongo. Por otra parte, hasta bien asentada su actividad narrativa, participó en certámenes; por mera disciplina, por obligarse a un ritmo vivo de trabajo fijando inexorable la fecha de conclusión de los escritos. Si resultaba ganador mostraba un alborozo infantil, porque en los laureles, como en las cartas de los lectores, veía el termómetro y el barómetro que hablaban de la temperatura y la presión alcanzadas en sus novelas, de la progresión de su trayectoria. La comunidad de afectos establecida con Úrsula, que derivó en un hondo conocimiento mutuo, y mi propia vecindad intelectual, imposibilitaban el análisis ecuánime con que pudo contar en un principio. Luego vio encargos en los certámenes, y por encima de la inspección a la que era preciso someter la obra, percibía en ellos agazapado al jefe, al examinador, figuras de las que se separó en cuanto pudo hacerlo. Sin embargo, apreciaba la labor impulsora de vocaciones nacientes que ejercen las justas; las íntegras, servidas por un jurado comprometido con la ecuanimidad y la honradez, tanto en cuanto el hombre puede acercarse a esas cualidades.

En los concursos que exigían seudónimo para preservar el anonimato de los participantes, firmaba con el nombre adoptado de Máximo Valdeolmillos, reminiscencia, según me dijo, de sus años jóvenes; y eso es algo que muy pocos saben. Salvo en esas ocasiones, Gutiérrez Cortés no escudó sus trabajos tras ningún parapeto; yo creo que su esquema mental rechazaba las trincheras. Apreciaba por igual los valores recibidos y los desarrollados; por eso su firma sin rúbrica mostraba legibles nombre y ambos apellidos, padre y madre en idéntico plano al decir de los grafólogos, satisfecho de su propia persona y del entorno cercano. Caminaba a pecho descubierto y sus dedos desnudos no llevaron anillo; nunca anudó al cuello una cadena ni exhibió en la solapa una insignia. De ninguna agrupación gremial fue socio, ni se congregó en la defensa de sus intereses legítimos; pero encabezó manifestaciones reivindicativas de los derechos ciudadanos conculcados y se adhirió a demandas que pretendían ese fin, permitiendo que los organizadores utilizaran su imagen a guisa de bandera.
Refractario por cuestión de principios a ejercer la función de juez, Gutiérrez Cortés participó como miembro del jurado calificador en unos pocos concursos literarios; aquellos que apoyándose en la amistad solicitaban su nombre para adquirir prestigio y difundirse. Se vio persuadido por el afecto y ejerció con dignidad su cometido, esforzándose en lecturas íntegras que entorpecían el exceso de obras y la escasez de tiempo disponible dada la inmediatez del fallo.
“Vive, lee y escribe; por ese orden». Así de escueta fue la respuesta dada al muchacho merecedor de un accésit, quien en el momento relajado del refrigerio previsto como colofón de una de las entrega de premios, le pidió consejo para avanzar en el sendero de las letras recién emprendido. A él con esa pregunta, precisamente a él, tan remiso a marcar la dirección a los otros: “yerre cada uno por medios propios sin esperar los ajenos”, decía. Desconfiaba de las fórmulas hechas y de las normas cerradas, debido a la naturaleza de su ser; amante de la libertad y del ensayo investigador por encima de todo. Era consciente de sus limitaciones y jamás se erigió en maestro de nadie, ni en corregidor de conductas ajenas. Se sabía relativo: un simple miembro del amplio conjunto de la humanidad, formado por millones de individuos de ayer, hoy y mañana; un diente más de algún piñón del engranaje que, junto a poleas, bisagras y palancas, ayuda a mover la rueda de la historia.
Domino yo su obra como si fuera el autor; la trasladé del manuscrito al procesador de textos, di forma a algún pasaje determinado y, en ocasiones, serví de correo a las historias de sus tramas. Las novelas del realismo mágico, las mejor valoradas por los críticos, descansan sobre mi mesita de noche, y cuando la añoranza arrecia, en las horas de pesadumbre, son el pozo en el que sumerjo mi soledad, ¡tanto mío hay dentro!

Apenas asistí a la escuela; pero la curiosidad me llevaba en pos de los mejores maestros: gente estudiada poseedora de un carácter amable. De lejos me viene el fervor por la lectura y la afición a escribir. Así las cosas, cuando Gutiérrez Cortés me encontró, devoraba libros y rellenaba carillas en mi piececita del ático, iluminándome con una linterna debido a que el gerente del hotel nos escatimaba la luz en la madrugada. Treinta y siete años andando sin pausa y me encuentro en el punto de partida; debo de haber avanzado en círculo. Cargo sobre mi lomo de porteador un fardo de ricas experiencias, y noto, pese a ello, un vacío que no logro llenar. Jamás acepté que la euforia colgara de mi espalda: me sitúa el orgullo, general astuto, cruzando un desfiladero por el que mi pequeño ejército burla al adversario; y el sentido del ridículo me encuadra en un pasillo de seis por dos huyendo de mi sombra.
Confronto los merecimientos, y los míos, puestos al lado de los de Gutiérrez Cortés, se quedan en nada. Colaboramos ambos, y mi colina fue un grano de arena, mi río una gota de agua, añadidos a su cordillera y a su océano. Dejó a los lectores un mundo dinámico concebido capítulo a capítulo y libro a libro, conjetura e industria, a su exacta medida. Refugiaba en casa a activistas perseguidos, proporcionándoles el salvoconducto universal del dinero. Y por encima de todas las realidades y aspiraciones, cultivaba un amor reflejado hasta el infinito en dos espejos que se miran; imprescindible para agradecer al hoy su crepúsculo incomparable y esperar del mañana un amanecer único.
Si fuera conocida la naturaleza del amor, si se supiera qué gestos originan tanto derroche, si se diera coincidencia entre expertos sobre el alcance de su acción prodigiosa, si se hubiera evaluado la persistencia de su esperanza infundada, si perteneciera al dominio público el alimento que lo alienta, podría entonces identificarse con el amor el oleaje que produce en mi interior la presencia de Úrsula. Úrsula es hábil, es inteligente, es cauta; y adora a Cesáreo por encima de cualquier ser humano. Imaginemos que yo la amara sin otra razón que la enorme de sus personales prendas, imaginemos que ella notara mi ademán continuado; imaginemos. Supongamos que Úrsula, cauta, hábil e inteligente; no diera excesiva importancia a mi condición de seducido, que desarmara el efecto dañoso del amor infeliz conduciéndolo por el camino de la amistad, de la fraternidad, del maternal cariño; evitando así que desembocara en pasión arrolladora. Supongamos esa conducta en ella y supongamos que anticipándome, actuando yo a derechas, callara mi amor para evitar el proceso fallido.
Amo todas sus potencias, su esencia única, su armónica geometría, su movimiento grácil; y mi sentir no soporta mortificación alguna: un estímulo constante representa, un acicate para mi vocación de escritor en peligro de disolverse en el océano de Cesáreo Gutiérrez Cortés. Silencio. Reserva. Libre se ve mi sentimiento para salir del alma y expresarse; pero si saliera, ella, diestra, iba a tomar el rayo en sus manos para hacer de él primero una centella que luego transformaría en relámpago. Vaciando el ardor de la chispa la reduciría a luz, la luz de una lealtad redimida de obstáculos.
¿No son amor y amistad un mismo sendero que se bifurca? La amo y su delicadeza sublima el humano sentimiento llevándolo al ideal platónico. Poemas míos, dirigidos a Úrsula, cotejo en este instante con los de Cesáreo. Cualquiera de los conocedores de su obra le consideraría el autor, en la sinceridad parejos, en la belleza y hondura; su propio estilo. Soy consciente de la petulancia, pero estoy convencido de haber escrito los poemas amorosos que él no escribió.
Estimados amigos: He reflexionado acerca de las estipulaciones del testamento, y acabo de tomar una resolución de la que os hago partícipes mediante estas letras. El señor notario leyó once folios cuyo contenido nos convierte en herederos de Cesáreo Gutiérrez Cortés; dictados hace cinco años, en efecto, pero corroborados en sus mismos términos hace bien poco, sabiendo ya que en las entrañas de Úrsula bullía una vida hija de la suya. Pues bien, en el preciso momento de escucharlos aprecié una vez más la grandeza de espíritu que lo animaba y la pétrea solidez de su propósito. Saberse padre no forzó su conducta a cambio alguno que nos disminuyera en favor de la sangre, como cabía esperar de cualquier otro. Somos legatarios, por tanto, de quien nos quiso sus hermanos; y es tan pesada esa carga, reclama su generoso gesto tanta obligación, que no me creo con capacidad suficiente para aceptar el desafío.
Se me ocurre, agregado, un amplio muestrario de razones para rechazar su manda; pero todas ellas se vuelven copos de nieve añadidos al perpetuo ventisquero del primer motivo. Con arreglo a la creencia común, en aras de la imparcialidad se ha de evitar ser al mismo tiempo juez y parte; doctrina que me impide convertirme en editor cuando pretendo dar a conocer mis propios trabajos. ¿Sería imparcial al valorar frente a la mía la obra de otro candidato a la imprenta?, ¿cómo sabré si publicáis mis escritos atendiendo a la amistad en vez de a su capacidad de generar emociones? Quedaba un recurso y he desterrado esa posibilidad por consideraciones comerciales: poco diría de nuestra empresa que los libros de un socio fueran publicados por una editora distinta.
A mayores, se precisa tiempo, magnitud indispensable en el desarrollo de cualquier empresa, ¿de dónde me vendría en cantidad tan dilatada? Llena su espuerta el autor a diario: experiencias, exploraciones, tanteos y muy diversas lecturas; acopia piedras labradas, ladrillos y adobes de los que se sirve para construir los párrafos de sus escritos. Debe indagar en la vida diaria y familiarizarse con la conducta de las personas; pues teniéndolas como modelo compondrá el armazón de sus personajes, entornos legítimos y circunstancias verosímiles. Ha de dotar a la historia de cimientos bien arraigados, de suelo capaz de soportar el diario trajín de sus habitantes, de amplios y soleados corredores, de estancias cómodas con ventanales por donde entre la luz y salga la mirada, y de un techo opuesto ventajosamente a la intemperie. Concordarán los muebles y el uso a que van a ser destinados, y los adornos mejorarán la estética de los rincones. Abrirá las puertas a gentes empeñadas en la búsqueda de la resbalosa felicidad, titubeantes entre la virtud y el vicio, hechos a respirar el aire enrarecido del mundo, y a taponar con la palma de la mano la sangre roja que huye de las heridas.
Conviene al escritor ausentarse mientras reposa la argamasa y se consolidan los muros, en tanto se asienta sobre la realidad la actuación de los diversos personajes. Mudará el objeto de su pluma, alejando la mente de la obra que considera casi a punto, hasta romper por adelgazamiento el vínculo de la paternidad. Regresará sereno, deseoso de descubrir defectos antes que de constatar hallazgos; se topará con incorrecciones vertidas en el alumbramiento, pasadas por alto en el acto de la concepción. Del mismo modo ha de efectuar dos o tres repasos, y otros más si no lograra antes la satisfacción perseguida, metamorfoseado el autor en el más exigente de sus críticos.
No termina ahí la tarea de quien escribe; la prolongan los intentos de facilitar el fruto de tanto esfuerzo a los demás en forma de libro. Quehacer absorbente en el que no cabe obligarse a medias ni es posible compartir con otro de nervio. Se debe encontrar un editor que admita la obra, la deposite en el estante de lecturas pendientes junto a cien compañeras de fatigas y, pasados cuatro o cinco meses, tras leer las primeras páginas de todas ellas, halle la nuestra digna de consideración.
Es un buen principio, sin duda; mas carece de importancia si luego no se producen tres milagros consecutivos: la lectura reposada, la opinión favorable y la oportunidad de edición. Si tales prodigios acontecen uno tras otro por un azar que no investigaremos, la fijación de las condiciones económicas, la firma del contrato, los retrasos de la imprenta, la corrección de galeradas y la espera interminable se convierten en episodios menores.
En la negociación la modestia no ayuda en absoluto; tampoco la vanidad. Ningún interlocutor pondrá en nosotros la confianza que nos falte; y una fe sin sostén nos arrastrará en su naufragio. Las obras nacen con el encargo de conmover al lector, nosotros debemos persuadir al editor de que se producirá la conmoción de forma inexorable.

Mil, dos mil o cinco mil ejemplares. Ni pávidos ni imprudentes, coincidimos con el editor en los dos mil. La distribución pasa, en tal caso, a tener primordial importancia. El almacén es la tumba de los libros, pero sin publicidad las estanterías se convierten en depósitos de cadáveres. El librero persigue la rotación; o vende o devuelve. ¿Cómo se acelera el proceso sin poseer un capital destinado a la divulgación?, bien sencillo, con promoción personal. Ahí está el huevo del cóndor: el editor usará a modo de herramienta al escritor, y hará de él un zarandillo que va de acá para allá en cuantos días del libro, jornadas de firma, ferias o presentaciones se organicen; y eso lleva tiempo.
Estimándola un obstáculo para mis propósitos, rechazo la herencia. Y no la rehúso por rebeldía o desagradecida insumisión a la voluntad del donante, sino a modo de toma de postura frente al porvenir; apoyándome en la legitimidad de mi tentativa y en la capacitación que me facilitará el éxito. Renuncio a una donación que bien mirado pondría tranquilidad en mi vida; mas cedo mi porción sin incrementar las otras: iba a haber tres beneficiarios y los habrá. Orilló el amigo del alma a Bruno Merino y resulta comprensible; la edad avanzada, la falta de salud y la lejanía de su residencia se convierten en razones de peso; quiso darnos un medio de vida y el carrionés lo posee sobrado. Deduzco yo que si Cesáreo Gutiérrez Cortés entregó su sangre desprendida en resguardo de una mujer ultrajada, en las actuales circunstancias hubiera convertido a esa misma mujer en partícipe de sus bienes; sola ayuda capaz de sacarla del atolladero. Renuncio a mis derechos en favor de Perla; mis obligaciones son irrenunciables: peón en vez de torre, me seguiréis teniendo a vuestro lado reforzando la línea de defensa. Un Gutiérrez Cortés mezquino me hubiera metido de lleno en la avaricia, dispuesto a reclamar el caudal que en derecho pudiera corresponderme; su liberalidad me obliga a largueza.

Mi corazón confía en Perla, la mujer apaleada: hube de emplearme a fondo para vencer su renuencia a admitir mis derechos. Me propuso, qué os parece, secundarnos en la tarea emprendida, ayudar a la causa, seguir nuestras directrices; y ello sin compensación económica, pues se entiende obligada por exigencia de la gratitud a pagar su deuda mientras viva.
Librado de mi compromiso sin ensanchar el vuestro, no incurro en desconsideración y puedo seguir mi propia vía: prolongación de la que trazó Gutiérrez Cortés, paralela a ella o unos pasos en el desierto diferenciados y firmes. Vuelvo a mi Ecuador del alma, donde siempre estuvo mi alcorque, tronco yo sin riego desde mi venida. Me arrastran tras ellos el runa agraviado y el conquistador arrepentido que dio maltrato al indio. Vestiré cotona y calzaré hoshotas como cualquier huasicama si es preciso, me alimentaré de chapo, locro y chímbalos si no hay más remedio, dormiré sobre cutules en una chacra mísera. Me busco a mí mismo en quien soy y en quien no soy, pero os seguiré perteneciendo con toda el alma, pues formáis mi verdadera y única familia.
Confieso que separarme de vosotros me disgusta una enormidad, pero la dislocadura del eje que representaba Cesáreo, lleva a los radios a perder la inercia de su orientación y a interrumpir el giro. Se me hace cuesta arriba apartarme de Pablo, de su carácter noble y vehemente, de su manera natural de darse a las personas sin reservas, sin condiciones, por entero. Permanecería al lado de Perla, caña doblada por el viento, corcho sometido al ímpetu de la corriente, que nada ni nadie va a hundir o doblegar. Secciono mis brazos cuando me voy del lado de Úrsula; ciego mi mirada, tapono mis oídos y mi corazón cesa sus bombeos cuando me alejo de su belleza serena que la gravidez enaltece.

 

 

La inopinada muerte, el legado, la personalidad de Perla y el límite de la exaltación de Cesáreo

Ninguno de los íntimos pudo imaginar a mi padre abatido por una muerte como la que puso término a su corta y fértil vida. Pero quiero destacar que les hubiera sorprendido asimismo cualquier final distinto del imaginado: suave transición desde la senectud de magisterio a los homenajes póstumos y a los recuerdos imperecederos; breve agonía en un lecho cálido confortado por Úrsula y por mí, su hija, rodeadas de amigos. Y es que los acontecimientos, por escasez de premisas rigurosas o por haber puesto una fe ciega en la inercia, con más frecuencia de la aparente, sorprenden.
La prensa, de suyo simplificadora, daba escueta la noticia: “El eminente escritor Cesáreo Gutiérrez Cortés, acuchillado en una reyerta, se debate entre la vida y la muerte tras someterse a dos operaciones en el madrileño hospital de la Virreina”. El cuerpo de texto enturbiaba de ambigüedad la conducta del herido, al omitir datos que hubieran arrojado calderadas de luz sobre las circunstancias. Pongo por caso, el hecho de haber defendido a una chica de alterne a la que no conocía; evitando que fuera golpeada por un vividor. O que en el desigual combate, ejemplo también, Cesáreo oponía sus manos abiertas, deseosas de evitar cualquier mal, al cuchillo de cocina que armaba a su oponente, rufián empeñado en causar un daño que sosegara su orgullo herido. La televisión y la radio no mejoraban el resultado, sin duda a causa de provenir la información de los mismos veneros, una agencia de noticias que concedía el predominio a la confusa celeridad sobre la escrupulosa exactitud.
Sucede aún, titular a titular y noticia a noticia, los medios de comunicación dibujan inmutable el presente, un pasado que conocerán los ciudadanos del tiempo futuro en cuanto los historiadores recién graduados se pongan a rastrear en las páginas antiguas. El lento caminar de los años va convirtiendo sus documentos plagados de errores en testigos fidedignos, en respetables notarios. Influidos por costumbres generalizadas en el sector, los periódicos y las emisoras de ámbito nacional, como quien administra gotas medicinales, un día destacaron la gravedad de las heridas: dos, muy cercanas, confluentes en el hueso vertebral, que perforaban el intestino; y en las jornadas próximas las intervenciones quirúrgicas fallidas, la complicación del postoperatorio, la inversión del proceso y, a la postre, el mortal desenlace por infección generalizada y parada cardiaca.

Existiera o no voluntad, producto del incorregible apresuramiento propio del oficio o de la carencia de precisión imputable al periodista; el caso es que la biografía difundida desde varios soportes creadores de opinión, era, por parcial, equívoca. Pertenece al dominio público que, con demasiada reiteración, la ambigüedad asienta el mensaje más lejos de la verdad que la propia mentira. Pintaban su personalidad literaria sin la indagación mínima: palentino residente en Salamanca, viajero impenitente, escritor maduro, dueño de una obra sólida de calidad reconocida y temática dispersa. Obviaban que en el panorama internacional estaba considerado el exponente europeo que extendió, a este lado del Atlántico, el esplendor de la narrativa americana en castellano: Borges, Carpentier, Rulfo, Icaza, Fuentes, Sábato, García Márquez, Cortázar, Asturias, Vargas Llosa, Roa, Gómez Valderrama, Scorza y otros muchos; un fenómeno arraigado en autores de la talla de Valle Inclán, adelantado a su tiempo y a su espacio. Obviaban que Gutiérrez Cortés introdujo como ellos varios planos de acción, unificando los tiempos todos en un solo presente inacabable, incorporando aspectos imaginarios a la realidad, una realidad de perfiles difusos; llevando al extremo algunos elementos de esa técnica nueva de novelar. En la novela “El amor en la plazuela de San Miguel” el autor y su amada se convierten en personajes literarios dispuestos a vivir en el propio escenario de la novela, una casa de vecinos recién inventada. Carentes de pudor, los panegiristas pacatos, apoyándose en la frecuencia de sus viajes, terminaban por atribuirle un carácter inquieto, que de constante vital pasó, estaba bien a la vista, a ser la causa de su muerte prematura.

Esperar que otros escritores realizaran un análisis serio de los logros literarios de Cesáreo Gutiérrez Cortés, de sus aportaciones a la cultura, equivalía a ilusionarse en vano; pues tanto el encasillamiento de algunos en escuelas y familias, como el narcisismo de otros, no parecen proclives a divulgar las virtudes de quien, sin alinearse con nadie, vivió su propia e independiente soledad, indiferente al escándalo provocado por sus incisivas consideraciones, capaces de agitar la tradición mal fundada.
Pienso que en diarios y revistas debieron aparecer artículos relativos al fondo de su ideario, puesto en obra con la puntualidad que el devenir requería; reflexiones sensatas de intelectuales juiciosos. Pero ¡qué va!, afloró apenas el testimonio ligero de alguno de los que se decían amigos; dando a la palabra una amplitud capaz de albergar a los simples usuarios del ascensor con él coincidentes, quienes, para reafirmar su aseveración, contaban nimias anécdotas que sin humanizarlo lo trivializaban. No sé que pensar, pero los adoradores de ídolos de barro se convirtieron ante la grandeza de su imagen en iconoclastas. Los seguidores de dogmas fueron incapaces de aceptar los postulados progresistas de Gutiérrez Cortés y su norma de vida. Tan antagónica posición constituía desafuero suficiente para que sus amigos, capitaneados por mi madre, se propusieran una ofensiva pacífica, destinada a agrandar la memoria del escritor y del hombre.
Me hubiera gustado acompañar al féretro camino de Salamanca, donde reposan los restos de Cesáreo, reviviendo los momentos encepados en mi mente, en los que un adulto lleva de la mano a su pequeña, una niña ávida de hallazgos, de los hechos insólitos que cada día suceden durante el aprendizaje, y la ingresa a buen ritmo y sin sobresaltos en las dificultades de la vida. No obstante, hija póstuma, he de seguirlo a distancia, empeñada en un cariño tardío que carente de guía se ase con fuerza a las huellas. Pasó el cortejo ante Ávila, ciudad amada por mi padre y de la que hubiera querido despedirse; realizándose una breve parada, pedida por Úrsula, al borde mismo de los pétreos muros.

Días después de la inhumación, sin albergar la menor sospecha acerca de su contenido, los amigos asistieron a la lectura notarial del testamento. Las rigurosas cláusulas del protocolo legal, dictadas en un lenguaje antiguo y confuso -parece formar parte de una jerga gremialista al modo de la escritura ilegible de los médicos- sus ítem más y sus considerandos, sorprendieron a unas personas desprevenidas. Recibía Pablo Pintado Centeno la participación de Cesáreo en la propiedad de la imprenta, de suerte que el emigrante retornado bajo los auspicios del escritor, se convertía de pronto en dueño de un sexto de la empresa que le proporcionaba empleo, con la rara prerrogativa de participar en el nombramiento del director, su propio jefe. Para Osvaldo Segismundo Páez eran los valiosos volúmenes de la biblioteca que tan bien conocía, situada en el salón de la casa; debiendo entregar a mi madre los aportados por ella y los elegidos en función del interés personal. Participaba Úrsula Peña Andrade, además, en los derechos de autor de la copiosa obra, en compañía de quienes ella consideraba sus suegros y cuñados. Y por último, el heterogéneo grupo obtenía la titularidad del grueso de Valdepero Ediciones, la editora de una treintena de los libros de mi padre.
Arrastrados por el sentimiento que en instantes así dicta su norma, una vez conocidos los últimos deseos del testador, quienes formaban el grupo de íntimos acordaron reunirse de nuevo. Es cierto, faltaba Bruno Merino; pero añoso, enfermo del corazón y radicado en América, habrían de andarse con tiento a la hora de comunicarle el fin del amigo. Se vieron en un reservado de la vulgar taberna, escenario de los hechos, muy a propósito para apreciar la nobleza de la entrega. Unidos por la ausencia de Cesáreo, poderoso imán que los situó en su entorno, asumieron un compromiso en firme. Los destacados deudores se convertirían en propagandistas de su pensamiento y acción, vida y obra. Iban a dar forma definitiva al retrato que sustituiría al hombre. Dotado de meritorio y fácil cálamo, Osvaldo Páez, apartado de la herencia del escritor pero no de los trabajos originados por su fallecimiento, recibió el encargo de recoger en un libro la verdad menos conocida de una existencia fecunda.

Conozco el corazón humano: se inflama con facilidad, suma razones, las potencia, advierte en su seno un punto de calor, una llama minúscula, y se hace por ensalmo oxígeno que favorece el fuego. Es leña combustible, es seca retama; pero con la misma rapidez decae, evapora los motivos y, transformado en quemazón su sentir duro, olvida. Comprendo que en tan álgidos instantes, abiertas las almas en canal, sangrantes las heridas, trataran de obtener el grueso de su impulso: un acuerdo que dando satisfacción a todos consiguiera los resultados perseguidos. Iban a rastrear en la propia memoria, nítida aún, imborrable; en los testimonios que el tiempo dispersó, en las conjeturas que de ellos nacieran.
Por estimarlo útil para la asamblea, y con objeto de formalizar su cesión de derechos, Osvaldo llevó a Perla consigo. Algún sentimiento de pesar, algún dolor agudo o romo aflorando insistentes en el rostro de la invitada, armónico y sereno, hablaban de un camino arduo, proclive a episodios trágicos como el que originó la muerte de Cesáreo. Debió de atraer a mi madre aquella mujer tan atosigada y tan libre, que se salía de sí misma a través de los ojos, grandes y comunicativos, por los que entraba a raudales la luz de la mañana y un entorno aceptado con optimismo injustificado. De forma inmediata la acogió bajo su protectora amistad; hablaron, y conoció Úrsula una historia tan estremecedora que parecía dictada por la invención.
Nació Perla en Etiopía, uno de los países más pobres del mundo según se desprende del cotejo internacional, donde la esperanza de vida no alcanza los cuarenta años y gran parte de la población es incapaz de comunicarse por escrito. Hija y hermana de habilidosos pescadores de color tostado: por lo regular peces gatos y percas entre sus capturas; asegura haber nacido en una aldea próxima a Bahr Dar, ribera del lago Tana, fuente del Nilo Azul. Pasó sus primeros años rodeada de bellísimas especies arbóreas: jacarandás de flores azules, almendros indios y vistosas palmeras; de aves lacustres emparentadas con cormoranes y pelícanos, fieras en estado salvaje y serpientes venenosas encabezadas por la mamba negra. En tan espléndido paraje, oloroso de plantas aromáticas, niña avispada e industriosa, trenzando cañas elaboraba adornos, esteras, alforjas, cestas y capachos que vendía los viernes en el mercado. Tan despierta resultó y tan dócil, que sin haber cumplido todavía los once años, sobre una canoa de bambú y papiro atados con cuerdas, llamada allí tankwa, remando al costado mismo de los hipopótamos la llevaron al convento ortodoxo situado en una isla próxima. Aprendió a leer y a escribir con estimable corrección, y junto a los conocimientos religiosos recibió otros relacionados con la ciencia, el arte y la literatura, destacando en la música y en el canto del coro. Anticipándose unos meses a la solemne ceremonia de aceptación de los votos monjiles, unos militares en revuelta la raptaron para entregársela a su jefe como regalo. Transcurrido un año, un pronunciamiento de signo distinto la liberó del amo al que divertía con la sensualidad de sus bailes, dejándola sola en las calles de Addis Abeba. Logró abandonarlas al poco para recorrer Europa, integrante de un cuerpo de danza que tras actuar en Londres, París y Roma recaló en Madrid.

La piel pálida y los rasgos negroides del rostro constituyen una rara combinación genética. El cuello alargado y la elegancia y esbeltez de su cuerpo, proporcionan a la mujer un aire distinguido y majestuoso. En lengua amhárica entregó a los conocidos un nombre que es en verdad un sonoro y melodioso sobrenombre, traducido por Perla, con el que la distinguía de los otros niños su madre: durante un tiempo pescadora de ostras en Mitsiwa, al borde del Mar Rojo. Repetido como elogio entre el vecindario, terminó siendo adoptado por ella con arrogancia, grito de la guerra librada contra un mundo que sin pretenderlo opone valles y montañas a su paso decidido.
En nuestro país fue segunda esposa, pero aquí, sorprendente por descabellada, la posición siembra recelos. Concubina de un hombre maduro, diplomático perteneciente a una república cercana a su cultura, encaprichado de sus formas y modales en cuanto la vio actuar, habitó bajo el mismo techo que el marido y su primera esposa. Habla con elogio de aquel apacible período de la existencia, y es que precisa poco para sentirse dichosa; una palabra amable, una caricia leve y ata su cariño a los dadivosos. Llegó a experimentar amor y admiración por el amante al finalizar los tres años de convivencia, cuando comenzó el hombre a distanciarse poniendo por pantalla la demostrada incapacidad de darle un hijo. Otra muchacha, sin duda de menor edad, seguiría sus pasos en la interminable peregrinación del hombre tras la vida. Exploración anhelante que la esposa aceptaba a sabiendas de la esterilidad de su marido: prolongada partida de las conveniencias en la que ambos jugaban con los naipes marcados.

Esperanzado corazón, mano abierta y puerta entornada; hospitalaria mujer que no sabe ser de otra manera, agotó Perla sus escasos ahorros y vendió sus pobres pertenencias, salvando del naufragio el anillo, piedra verde engarzada en círculo de oro, que la regaló su esposo ficticio y del que, como si del amor mismo se tratara, prometió no desprenderse. Ya en el resbaladizo declive fue de local en local, cada vez peor iluminados, más alejados del centro, menos limpios; danzando, cantando, triste descenso; desnudando de estima sus principios.
Del abuso del macho decía protegerla un fanfarrón, cuya biografía estaba jalonada de transgresiones sin correctivo. Los maestros, incapaces de encauzar la rebeldía infantil, sin interlocutores adultos que proyectaran algún influjo sobre el niño, se desentendieron de él. Los abusos motivaban la ruina de la convivencia en su entorno; aunque por comodidad o por miedo sus víctimas presentaron contadas denuncias que no prosperaron: la justicia es lenta y él iba de acá para allá por falta de oficio. Unidas las circunstancias, causa y efecto, le consintieron encastillarse tras la habilidad para la burla del castigo y actuar a sabiendas de su impunidad. De modo que el imperio ejercido sobre Perla bien pudiera considerarse perseverante tiranía. No imaginaba la mujer, de por sí dada a la conjetura, el protagonismo que iba a adquirir ella en la vida de mi padre; ni por asomo pensó que uniría para siempre su nombre al de un escritor de prestigio, persona ejemplar, valiente ciudadano alejado de ella cien leguas.

Nací en Salamanca, pero en tan entrañable ciudad apenas he vivido unos días. Soy la infanta adorada, la princesa querida de las personas que vivieron con mis padres en estrecha amistad. Iba a crecer en presencia de los abuelos, de los tíos, a quienes mis circunstancias extremas apenaban hasta límites perniciosos; de las gentes de ambos pueblos que veían un luto inacabable en mis vestidos de color. Iba a formarme un espíritu brumoso, apocado, tendente a la autocompasión; pero hallé a Perla, la mujer que sin proyecto previo facilitó a mi padre la posibilidad de convertirse en héroe, y las cosas sucedieron de otro modo. Iba a ser yo la chiquilla mimada, la melancólica muchacha venerada por aquellos que formaron la comunidad de amigos de mis padres, familia sobrevenida, al margen de la atada por lazos de sangre; pero hallé a Perla y de ella recibí las claves que la vida utiliza para abrirse vereda a través de los inconvenientes: la renovación del estímulo y la persistencia en el empeño.
Cuando la prolongación de los estudios me impide regresar a El Escorial junto a los abuelos o se me hace tarde por cualquier otro motivo, ceno y duermo en su casa. Mucho he aprendido de ella porque son amplios sus conocimientos, y de valor práctico. Me contagió el optimismo que muestra a la mirada un cielo azul y un sol radiante tras los nubarrones negros. Perla ocupa un alojamiento luminoso en el barrio de Argüelles, noroeste de Madrid; un ático antiguo de techos altos que la rodea de espacio por todos los lados. Dedica a Valdepero Ediciones, la editora de la que es copropietaria, la total actividad de su cuerpo enjuto, empequeñecido, sombra acaso de la joven que fue; y de su mente desarrollada hasta alcanzar límites poco frecuentes. Tan poca cosa ella, y consigue que los proveedores respeten los precios y plazos pactados.
El sólido grupo formado a la muerte de mi padre para intentar su defensa, se circunscribe a tres miembros que apenas se juntan. Pablo es un técnico nato, un operario modelo que lleva a la perfección su tarea, un artesano en posesión del germen del artista pero sin la imaginación fecundadora. En las artes gráficas encontró un sustituto de la ebanistería que ni hecho de molde. Imprime libros, carteles, láminas y envases y se le ve llenarse de satisfacción cuando las máquinas culminan la tirada. Rememora el duro trabajo de la inhóspita mina surafricana, absorbente, denigrante; y asegura que no se cambiaría por nadie. Casó y carece de hijos, circunstancia que apesadumbra en mayor medida a la esposa, pues él deja la casa de buena mañana y regresa bien entrada la noche. Tengo con Pablo Pintado difíciles conversaciones sobre Cesáreo, y sus confidencias me sirven de poco, hechos fútiles que me llegaron antes y en mejores condiciones por otros conductos.

Bruno Merino, un abuelo de cabeza lúcida, nonagenario casi, vive en Carrión de los Condes cuidado por Isidora: ojos, manos y pies del marido. Habitan la casa de ella, la alzada sobre la antigua papelería, hoy convertida en tienda de trabajos artesanos traídos de Marruecos, porque siendo la mujer una comerciante nata y joven aún, no sabe estar mano sobre mano. Aunque Bruno ya no alcanza a ver el friso magnífico de la fachada, oyen misa a diario en la iglesia de Santiago y charlan con el anciano cura al acabar los oficios. Componiendo sus propios versos ya publicados, reformándolos, mutilándolos, en la aldea natal resiste el poeta los coletazos últimos de un albur previsible; pero su marchito corazón pasa la mayor parte del día en Puerto Rico; y es que en la isla borinqueña, bien casadas, viven las hijas, madres de cinco chiquillos. Al pie de un mes tardaron en revelarle el fallecimiento de mi padre, y su salud, que no acierta a descomponerse del todo, aguantó el envite. Lo conocí siendo una mocosa apocada, que apenas se atrevía a mirar a los mayores con detenimiento; y desde entonces, devota de su decir ameno, escucho los sucesos y anécdotas que enriquecen el lado humano de Cesáreo. Leí la correspondencia cruzada, prefacios de colaboraciones y múltiples muestras de unos lazos que nunca fueron rotos, e imagino hasta en los detalles la trascendencia que debió de alcanzar su amistad.

Por todos los medios trato de aclarar con Osvaldo ciertos aspectos de sus escritos referidos a mi padre, en los que percibo trazas de una queja afrentosa; pero se escurre como una anguila y no corresponde a mi pregunta directa con una respuesta franca y ajustada. Reconozco que poseo una visión arquetípica de Cesáreo Gutiérrez Cortés, natural en la hija mas no en la biógrafa; y la corrige a la baja ese sesgo percibido en la opinión del secretario. Intuyo en él un cierto grado de rivalidad inconfesable a mayores de la confesada, deseoso de emanciparse y sin confiar del todo en sus fuerzas, enamorado por añadidura de la misma mujer y quizás más adversario que amigo. No descarto que en su interior culpe Osvaldo Páez a Cesáreo de haberse servido de él, de apropiarse de alguna de sus historias, las que tuvieron asiento en Ecuador antes de ser trasplantadas a la geografía española. Resulta, pues, factible, que en el fondo de su alma considere a Cesáreo un aprovechado capaz de utilizar a los demás en beneficio propio, tomando de cada cual la porción necesitada de aquello que cada uno posee; de Úrsula, inclusive: su amor incólume a través de los tiempos. Estoy obligada a dilucidar este punto, pues si la acusación en verdad existiera y la motivara la envidia, debiera yo reflejarlo para que el lector juzgue al colaborador como se merece, falto de la fidelidad correspondiente al empleado y carente de la gratitud propia del favorecido. Aunque, después de todo, puede que no haya de cierto en mi desconfianza sino el temor de una hija a los daños del padre, al deterioro del retrato forjado por la necesidad de su imposible presencia; pues muerto el enemigo in pectore, nada obligaba a Osvaldo a renunciar a su herencia, ni a escribir un libro destinado a salvaguardar la imagen verdadera, opuesta a la acuñada por los cronistas en torno a su muerte.

Consolido mi oferta, cambiaría el holgado futuro por la infancia de ensueño que guardo en el interior de la mente, paseante yo en medio de Úrsula y Cesáreo, entregadas mis manos a las manos de ambos, hecha a sus caricias, imitadora de sus gestos. Sin aparecer mi nombre entre los beneficiarios de las mandas de mi padre, por ser hija de Úrsula y gracias a la generosidad de mis abuelos y tíos paternos, desde que alcancé la mayoría de edad poseo, a más de los íntegros derechos de autor, cinco octavos de la parte que mi padre poseía de Valdepero Ediciones. Coincide mi familia toda, las dos ramas, en el punto comprometido de mi educación. Se alinea Perla con los míos, y hasta yo misma me voy convenciendo del beneficio de cursar materias empresariales al término de mi formación de letras, pues algún día habré de conducir la marcha de la editorial. Sin embargo, cambiaría mi propicia fortuna por el vivo recuerdo de una niñez transcurrida junto a Cesáreo y Úrsula.
Iniciado el tercer milenio, la realidad nos muestra un planeta herido por la contaminación ambiental, sustentando a duras penas una humanidad que agranda a ojos vistas la distancia existente entre ricos y pobres, entre la escasez y el despilfarro que la anularía. Mientras, los modos dictatoriales de algunos gobernantes reducen la democracia a una representación de títeres y grupos terroristas colocan sus explosivos en medio de cualquier aglomeración. Momentos así confieren especial interés a la obra de mi padre y al libro que la reivindica, próximo a su conclusión.

Consciente de la oportunidad, en ese empeño ando sumergida. Escrutadora y mansa, incorporo a la mía la mirada de Perla, de mayor hondura en determinados trechos. Porque, al modo de Penélope en el telar, avanzo y retrocedo. Desdeñadas las imprecisiones, las dudas, aquello que por inverosímil tiene visos de faltar a la verdad o de no coincidir con ella; es decir, expurgado, el volumen adelgaza. Mas de pronto se produce el hallazgo, la sugerencia observada que lleva a una huella inequívoca, un filón descubierto, y engruesa de nuevo aproximándose a su ser definitivo. Tejo el texto a golpes del corazón, a impulsos del cerebro, y si mi sentir filial se vislumbrara a través de los intersticios, en la postrera lectura habría de separarlo y darle nuevo acomodo.
Una vez distribuido y promocionado de manera eficaz, iniciaré la formación de una biblioteca que, sin sustituir a la paterna, tres mil y pico volúmenes a la postre desperdigados, se asemeje a ella en materias y autores. Partiré del centenar largo de los libros de mi madre, que forman el cúmulo de El Escorial, buhardilla desde donde mejor se aprecia el flanco sureste del Monasterio. Otros muchos figuran aún en los catálogos de las editoriales, y con la debida dedicación pueden adquirirse. Doy por perdidos los que considero de interés superior, hijos de circunstancias excepcionales e irrepetibles. Son los hallados por Cesáreo en sus viajes a lugares distantes, los recibidos como regalo de personas muy apreciadas, portadores de dedicatorias y firmas de intelectuales cuyas biografías aparecen en los textos de bachillerato, testimonio de un tiempo y de un lugar; y la porción que Osvaldo donó a organismos públicos o trasladó a Ecuador.

Quizá por acallar su mala conciencia, dentro de una caja como las que protegen zapatos, me envía el ecuatoriano una carpeta con folios, algunos objetos heterogéneos y una carta explicativa. Puesto el punto final al libro encargado, húmeda aún la tinta de su pluma, le entregaron los efectos personales de Cesáreo recogidos en el hospital. La caja recibida me los entrega. No esperaba de elementos tan sencillos mazazo tan devastador. Es como si la realidad de la muerte de mi padre me llegara de golpe en este instante. Un llavero de plata sustentada en piel, regalo de Úrsula; un cortaplumas nacarado que el propio secretario le entregó en su último cumpleaños; un pañuelo en cuyo anverso campan sus iniciales, letras de un tono marrón oscuro bordadas sobre el marrón claro de la tela; la billetera, refugio de su identidad: simples documentos oficiales que dan fe de su exclusiva persona: nombre y apellidos, lugar de nacimiento, domicilio; pruebas de la pertenencia a tal o cual asociación, cuyas obligaciones y derechos se detallan al dorso. Unos pocos folios manuscritos desarrollan la crónica de los últimos días. Quizá les falte una corrección final, pero encuentro en cada párrafo su estilo inconfundible. Une al relato del malhadado accidente la descripción prolija de los postreros momentos, los que concluyen su vida; y los pinta con un realismo que produce escalofríos. Había de ser premonición y, sin embargo, incluye detalles que confirman la sospecha de que está escrito en la agonía. Siendo mi permanente intención la de mostrar en lo posible la peripecia sin mediadores, de primera mano, a continuación reproduzco dichos apuntes.

 

 Describe Cesáreo el lance del que salió tan mal parado y los postreros instantes de su vida

(Conozco diversas interpretaciones de los sucesos ocurridos en la taberna de los hechos infaustos, entiendo las variadas actitudes adoptadas frente a la tragedia sobrevenida; y la misma Perla me cuenta su manera de ver el conflicto, la más cercana a la realidad, si en los momentos tristes que me invaden a veces pido su palabra sedante. Pero jamás pensé leer el relato de la propia víctima, su apreciación directa, las verdaderas razones de su intervención. He vertido copiosas lágrimas examinando las páginas que a continuación transcribo, recién recibidas de Osvaldo Páez, que pueden ser un excelente colofón para mi alegato en pro de Cesáreo Gutiérrez Cortés).

Al evocar las impresiones recibidas me sorprende la naturaleza del tiempo: flexible o rígido dependiendo de si la escrutadora mirada acepta o rechaza la realidad circundante. Tanto y tan poco, somero y profundo, henchido y liviano a la vez: millones de años y milésimas de segundo. Me convenzo ahora de mi suerte propicia, de mi buena estrella, luminaria coruscante en el ancho cielo, noches esplendentes y días fecundos. Ocupado en el recuento apacible se alegra mi corazón y como escritor me siento más afortunado de lo que cabía esperar del contexto vigente.

Para llevar a buen término inaplazables gestiones relacionadas de una u otra forma con mi oficio, llevaba yo dos días en Madrid, yendo de negociado en negociado del ministerio responsable de la cultura y de la promoción del libro. La jornada tocaba a su fin y, desaparecido del todo el mortecino sol, anochecía despacio. Paseo del Prado arriba, vagando, pensando, llegué a Neptuno y tomé la calle en que se encuentra el Ateneo, para continuar, León adelante, hasta Antón Martín y Lavapiés o Tirso de Molina. No sé por qué azar recorría yo aquellos barrios a la hora del deplorable infortunio, pues caminaba sin rumbo observando a las gentes sentadas en su puerta, oyendo hablar de asuntos concretos, retazos de imprecisas conversaciones en extremo apacibles. De los balcones colgaban prendas íntimas de un blanco triste, pantalones oscuros de trabajo, ropita infantil. Las puertas de los bares, abiertas de par en par, daban oportunidad de invadir la calle a las tonadas de moda. Varios chavales jugaban a perseguirse por entre los coches parados al pie del bordillo, entrando en los portales, subiendo y bajando escaleras, llamando a los timbres y escuchando como quien oye llover las quejas de las vecinas. Me sentía de un humor excelente, y no era para menos. Resuelto el problema de trayectoria que frenaba mi avance en la redacción del último libro –dos días en el atolladero agobian de veras- vislumbraba expedito el camino por el que había de alcanzar, ya sin valladares, su completo remate. Aún no tiene título; aunque es posible que el provisional alcance la categoría de permanente: “Propósito treinta y cuatro”, ya que ese es el número de orden ocupado en la lista de mis escritos.
Deambulaba aquella tarde satisfecho como digo, deslizándome por callejas donde la vida desarrolla su lucha cotidiana, cuando el griterío de una pendencia llamó mi atención. Salían las voces del lado derecho de la calle angosta -hilera de casas de mediana altura- y llegaban, sin duda, a los pisos altos y a las cercanas esquinas. Provenían los gritos de la parte central, originados a menos de treinta metros de mi vagar errático, abstraído yo los oía, puesta la cabeza en las historias de un artificio absorbente. Sin intención inspectora advertí en las paredes de ladrillo cubierto de masa pardusca, la existencia de unos desconchados profundos, heridas causadas por una intemperie de años sin defensa ni corrección. A medida que me acercaba se iban definiendo los matices de las exclamaciones, identificándose con más exactitud el lugar del alboroto.

Mi pésima memoria dibujaría con todo pormenor la puerta pintarrajeada, porque sobre ella destaca un cartel que saca del anonimato al local dándole nombre; cuyo tamaño, excesivo, sobrepasa en anchura las dimensiones del dintel. Pensaba salir de aquel laberinto aligerando el paso, en el preciso momento en que el ayear fue de hembra angustiada y en su queja reclamaba auxilio. De dos zancadas me puse en la cancela, la abrió mi impulso y presencié una escena que resultaría indignante a cualquier persona sensible. De un solo vistazo corrido abarqué la parte baja de un bar, compuesto según las apariencias por dos plantas. Una mujer yacía en el suelo al pie de la escalera, a cuyo arambol de hierro trataba de asirse. Giró la cabeza y percibí un trazo de sangre reciente cruzando sus labios; un cardenal índigo, derivado de alguna agresión, enmarcaba el ojo izquierdo; y era imposible no apreciar el maquillaje disperso y la expresión aterrada. Miraba impotente a un energúmeno que blandía el fuerte brazo de un contiguo sillón hecho añicos. Un camarero situado tras la barrera de cinc del mostrador, y seis o siete parroquianos sentados en torno a dos mesas, tensos, inmóviles y a simple vista atemorizados, observaban el ataque. Me interpuse, recuerdo, con un gesto instintivo, y esquivé el primer golpazo agachándome a tiempo. El ímpetu puesto por el mozo en el ataque se volvió contra él, derribándolo sobre el gastado suelo de baldosas moteadas. La mujer, asida a la barandilla como a clavo ardiendo, inició una mueca triste que deseaba ser una sonrisa dirigida a mí, el bienintencionado david dispuesto a enfrentarse al malvado goliat. Percibió mi retina la escena y la grabó indeleble, fui el testigo que repetiría mil veces los detalles capaces de proporcionar verosimilitud al conjunto. Los ojos del fanfarrón enrojecieron de rabia; se levantó raudo y corrió hacia la parte del mostrador que, junto a un cuchillo jamonero, ofrecía raciones de guisos oreados y una tabla de embutidos y quesos a medio cortar. La ira, su ira más profunda, la menos esclarecida, empuñó la cortante herramienta cambiando su uso al de arma. La ira y acaso el orgullo le empujaron, sorprendido el rufián en su propio terreno. Sucedió todo tan de improviso, que tras un pequeño giro y dos precisos enviones del brazo agresor, abiertas por la hoja punzante, acogía mi vientre dos cuchilladas.
Su rostro no parece el mismo, ha ganado suavidad; como si la tensión y el miedo la hubieran angulado entonces en piedra sílex. Ha venido a verme, se ha explicado con verdadera intención en todos los sentidos, imagen que mira desde el interior azogado del espejo. Conozco sus frentes variados, desde el nombre de Perla con el que la distinguen, hasta los rincones escondidos que ignora. Ha venido a amparar mi defensa, a dar razón a mi gesto, como excusándose por haber gritado llamando mi atención. Sabe que me operan dos veces al día y controlan las constantes vitales con aparatos sin responsabilidad que eximen de la suya a los cirujanos. Es merecedora de mi ayuda; lo hubiera sido en cualquier caso, desvalida y desgraciada; pero aprovechó el tiempo disponible: entiende que a los actos no los justifican sus consecuencias sino el empeño que impulsa la buena intención. Viene de lejos, del continente africano y de una arcaica cultura; viene de la arrogancia ancestral y del denuedo inquebrantable. Está aquí forcejeando con un destino hostil que cierra de día los huecos que ella abre de noche. Está aquí porque aquí está su batalla presente, y sabe que no hay lugar en la tierra donde pueda vivir sin lucha. Ha venido a dárseme, y ya soy suyo.

Hasta ahora me ignoraba activado por un hígado y un páncreas; y hoy, cuando los médicos los nombran con sigilo, siento a ambos sufrir. Mas no es el dolor físico el que me acucia, agudo, intermitente; no son las palpitaciones, reflejo del corazón, sístoles y diástoles puestos en las heridas, en las aberturas que reclaman cuidados; no, no es el dolor físico el dañino, con ser tan fuerte que a intervalos exige calmantes. Duele más la violencia impuesta a los débiles, a quienes olvidan sus potencias paralizados por la continua opresión; produce más daño la tortura de la injusticia que protege al codicioso, atenazando a los desabrigados, postrándolos bajo las acharoladas botas humillantes; es mayor el suplicio del desafuero que paga con el miedo inspirado las uvas agraces que arranca. Sometimiento en vez de afecto, pasividad en lugar de adhesión y cuerpos inertes en sustitución de las voluntades anudadas por la fraternidad.
La desolladura de mi vientre demuestra tan sólo la momentánea intención de herir, el improvisado deseo de causar daño que invadieron de repente a mi atacante; nada dicen de su índole perversa, por eso no la doy por probada. La precisión de las hendiduras penetrando órganos vitales, pudo buscarla el experto por puro placer competitivo, a la manera en que el tirador al blanco reúne sus disparos en un mínimo espacio, situado en el centro de la diana. La precisión pudo ser perseguida, y aun así no revela de él la habilidad sino la torpeza; pues su existencia habrá tomado un giro impensado. Veo salir un acre humillo producto de la dilución de los tejidos, de la lenta ignición; y siendo mi carne inerte la receptora del corrosivo derramado, puedo disculpar la ineptitud de las manos temblorosas que manejan el ácido sulfúrico o el agua regia. Excuso a mi agresor, que en un segundo borró todos sus proyectos, frenó todas sus carreras y mero instrumento de la ira estará arrepentido. Una madre tiene, sin duda, que habrá de sufrir cada día la permanencia del hijo en la cárcel. Perdono de todo corazón su proceder alocado, y si mi olvido reduce siquiera una pizca su pesar, yo olvido.
Desde la privilegiada atalaya a la que han subido mi cabeza –mullido cojín colocado bajo la nuca- mis ojos advierten las vendas entintadas de aguadija sanguínea, huella del desbarajuste que el cuchillo, dos veces hendido, ha causado en mis entrañas. Ven mis ojos las piernas inclinadas hacia el mismo lado, paralelas, simétricas, incapaces de escapar a las querencias de una camaradería que cuenta ya ocho lustros. Perciben el pecho híspido cruzado de rasgaduras superficiales, repujado de postillas. Miran mis ojos los pies descalzos, como inquiriendo; ¿qué se hizo de los calcetines, de los zapatos de piel ovina?, ¿qué fue del tejido suave, qué del cuero bien curtido, flexible piel de ternera condenada a garrote? Observan las puntas de la barba, espesura crecida a su entender, sin otro estorbo que el tijeretazo semanal destinado a volverla a su sitio, dibujando los límites de su entusiasmo, de su libertad vigilada. Este paisaje me pertenece, soy yo examinado por mi criterio concluyente, ejercicio tantas veces intentado sin éxito debido a la transitoriedad de las convicciones. En la habitación existe un espejo que atrapa mi desencajada figura antes de que lo hagan las pupilas, y en él las pupilas me sorprenden con una mirada nueva, metafísica, que saca conclusiones contradictorias de cuanto me afecta.

El brusco sueño de la conciencia posibilitó que mi mente guardase sensaciones fragmentarias, carentes de pedazos mínimos. Durmió la atención en el instante preciso, en el momento álgido, siguiendo itinerarios previstos por la naturaleza para evitar el sufrimiento de las personas. Desperté en un entorno aséptico dominado por el color blanco, suelo, techo y paredes, objetos y personas.
El lecho del hospital es arena costera, lugar de naufragio de la ballena varada; y la ballena es un delfín crecido de apetencias, agigantado de codicias. Presentimientos y temores aceleran el desarrollo de los propósitos, mientras el tiempo escapa de las manos abiertas. El lecho del hospital es la tumba de los trabajos que el hombre se toma para diferenciarse de sus iguales, es el hipogeo de su ambición desmedida, delfín convertido en ballena simulada. No somos nada extraídos del conjunto y nos damos cuenta de esa realidad de golpe, cuando el cirujano se sirve de sus facultades para frenar el avance de la muerte. Somos un erial que el agricultor se obliga a roturar, sacando a las peñas una fertilidad que no han tenido nunca porque no está en su esencia esa virtud. La cama del hospital es un pozo insondable al que desciende el moribundo en las elucubraciones de su duermevela. Lenta es la caída, propia de plumón ventral, de papel ligero, de cabello sutilísimo. Una ráfaga de viento frena la evolución y el tránsito se retrasa, supuesta merced pedida con los brazos en cruz a quien tiene la responsabilidad de prolongar la vida. Soy un agonizante que no sabe ya si quiere o no quedarse en este valle de abundancia, ribera de río que riega cereales, raíces, bulbos, y los crece alimento suficiente para que el repartidor hierre, a propósito, su acción distribuidora; dejando más a los semejantes a él, y nada, o tan poco que casi es nada, a aquellos que poseen un rostro desviado de su mal definida estética.

Se manifiestan en las heridas –de modo simultáneo en cada una de ellas- las miserias inherentes al ser humano que soy: pequeñas debilidades sobre las que he venido haciendo la vista gorda, y fallos de bulto disculpados como corresponde a una criatura solidaria con quienes sufren las mismas deficiencias. En estos momentos cruciales es preciso hacer arqueo; y calibrándome con los ojos tolerantes de medir a los míos, cargado de benevolencia, me juzgo y me absuelvo. La indulgencia alcanza a mi verdugo; como yo, víctima. Mi cariño abraza a la mujer caída en el suelo, macerada a golpes a lo largo de su irregular trayectoria. ¡Cuánta ternura ha sembrado y cuánta la queda aún sin desenvolver! Se corresponde mi corazón con el suyo, ambos se superponen; aurículas y ventrículos coinciden. Los amigos y mi amada Úrsula se resisten a abandonar el interior de mi pecho a través de las tajaduras, troncos erguidos de una misma arboleda de la que el hacha me separa.
El cerebro no ceja en su ardorosa actividad, invariable interrogatorio dirigido a los misterios del Universo, esperando que tanta insistencia logre entreabrirlos. Elabora así, apresurado, preguntas que parecen esenciales; pero vienen ya sin urgencia, sin que importe a la demanda ser o no atendida, que la respuesta sea una u otra, convincente o improvisada para salir del paso. Desconocemos si existen sogas a la medida de los pozos profundos, puentes que crucen las corrientes más anchas, placidez para cada dolor y fin previsto a cualquier principio. Nadie asegura que las contingencias estén numeradas, y que su ordenamiento obedezca a alguna sensatez. ¿Se sabe qué ramal hemos de aceptar en la bifurcación, adónde conduce el situado en el centro, cuál es el sentido de nuestra agonía? Percibimos entonces, no la verdad, que no es perceptible, sino su lenguaje extraño, su ajena dimensión; como si flotara arriba cuando nosotros gateamos, como si los signos con los que expresa su profundidad formaran también dibujos de una historia baladí, aceptada en sustitución de la auténtica, biografía provisional que pasa a ser sin darnos cuenta la definitiva.

En el lecho de muerte se representan las diversas vidas: la propia, dirigida hacia adentro, sin fingimientos ni imposturas; la vida que los demás vieron, la constituida en ejemplo de otras retrasadas, la que pudo ser y no fue según revela ahora el inventario emprendido; y en el lúcido torpor que invade la mente se unifican todas, se intercambian confusas, se aclaran con una luz misteriosa que las ilumina desde el interior, por el lado de las causas. Intentamos con desesperación raspar las tachaduras de los signos escritos, blanquear los borrones, alisar la arrugada superficie, tornarla tersa en un pispás, presentable. Procuramos sacudir las alfombras polvorientas, sacar las mantas al balcón para que la polilla vuele hacia arcones herméticos, disimular las telas de araña; dándonos cuenta enseguida de la inutilidad del empeño, pues nuestra transparencia nada oculta.
Un golpe de tos acerca un vaso de agua a nuestros labios, alejados más que nunca de la sed y de las líquidas necesidades; y unas manos blancas levantan con suavidad nuestra cabeza y esponjan la almohada, como si el enfermo aspirara a morir bien acomodado, a entregarse al sueño inacabable sin molestias. Tras la momentánea interrupción nos ponemos a elaborar planes para cuando la convalecencia pierda la razón que la justifica y la salud tome la circunvalación de la vida o el atajo de la muerte, siguiendo uno u otro de los sentidos opuestos. Fallido el intento de ordenar el futuro próximo en línea con la perfección exigida al pasado inmediato, un tejido rojo y blanco -los colores aislados de la seda, puros, sin el pigmento que los soporta; rojo y blanco definidos, acabados, concretos- una seda así, inmaterial, pasa a través de nuestras pupilas tiñendo de blanco y de rojo todo el universo concentrado en la habitación; tonos virginales, prístinos, ora sueltos ora mezclados, reunidos por fuerzas telúricas y a la vez separados en individualidades.

Soy consciente de mi equivocación, un error que dura hasta ahora: corrí en todo instante tras las situaciones aisladas. Comprendo, de pronto, como iluminado por un relámpago, que la propia esencia del mundo es la mezcla de los enemigos, los contrarios abrazados, el bien y el mal, el blanco y el negro, la vida y la muerte; y se dan estas formas, conciliadas como los opuestos polos de la piedra imán, tanto en las personas como en las cosas. Los afines poco tienen que entregarse, el intercambio para ellos es inútil. Advierto que si a pesar de las heridas mortales viviera -pues conociendo que en el vientre de Úrsula bulle una nueva vida, esencia de ambos destinada a expandirnos, muestra mi deseo clara predilección por la permanencia- si después de todo continuara yo mi inconcluso camino, buscaría de manera distinta, en otras partes, fijándome en pormenores que dejé sin atención, y hallaría, ¡vaya si hallaría! Iba a encontrar pruebas donde solía mirar perspectivas y horizontes: el sitio apropiado para el giro del viento, el porqué del graznido del cuervo, la razón última del galope del caballo -silla de montar cortada por la cincha y caballero herido- después de la batalla; el sentir de la enorme roca que rueda montaña abajo porque una hormiga ahuecó el mínimo terrón que la frenaba, o la avidez con que las gotas de lluvia se unen para formar torrentes; pues sé, ahora, que fenómenos tan insignificantes puede ser los que almacenan, diáfana, la disimulada explicación del mundo.

Se me ha revelado un nuevo método de exploración que entiendo infalible. Por este solo hecho noto que es irreversible la fase en que me encuentro; debo de estar entrando en la misteriosa eternidad de la que nadie vuelve. He traspasado -apenas albergo dudas respecto a tal punto- la barrera sobre la que nunca se han dado explicaciones, y todo me resulta discernible en este crítico momento. Soy capaz de medir la enorme distancia existente entre dos granos de arena vecinos, entre dos cabellos de un mismo mechón. Por contra, la indiferencia pinta de un solo color cada uno de los descubrimientos del trance. He buscado sentido a las marchas agitadas de las personas, diferenciando en décimas de grado la inclinación sobre la norma, y sé, al parecer ya tarde, que nada tiene importancia: la imparcialidad es la única regla universal, la no intervención es el mandato supremo; y no porque esté todo previsto, que puede estarlo, sino debido a que la tolerancia es grande. Nuestra rigidez en los pesos y medidas resulta absurda cuando en el Universo mil toneladas es polvo estelar, y mil millones de kilómetros son el palmo cósmico. La clasificación exhaustiva y el orden invariable se revelan contraproducentes, el intervencionismo ocasiona efectos desastrosos; conozco, ahora, que retrasan el desarrollo y el progreso.
Varón o mujer, al hijo que va ha sobrevivirme me dirijo: Permite que la naturaleza entera fluya según sus propios deseos, no te vacíes para convertirte en cauce, no cruces presas a la corriente, no alces muros; deja surgir, deja ir, deja llegar; limítate a ver sin sobresaltos como todo marcha hacia su propia justificación. El caos resultante es el orden verdadero. El azar es el auténtico señor de piedras, plantas y animales, de tiempos y distancias.