Valle Inclán

Contenido: Introducción. Mi texto sobre Valle. Dos sonetos dedicados a Valle traducidos. Varios poemas de Valle traducidos. Un análisis de Valle escrito por José Agustín Goytisolo. Su autobiografía. Artículo de Manuel Azaña sobre Valle. Vida y Obra de Valle por Margarita Santos Zas Video

Abordo aquí la persona y la obra de don Ramón María del Valle-Inclán, a sabiendas de que es inabordable. No somos pocos los que esperamos que salga de la tumba alguna noche para añadir, quitar, corregir o actualizar, alguna de sus piezas maestras. Pues cambiaba tanto sus escritos, en sucesivos intentos de mejorarlos que, ni aún hoy podemos estar seguros de cual de todas ellas es la versión definitiva. Pasado, presente y futuro a un tiempo, Valle-Inclán es el Universo al completo, lo de arriba y lo de abajo en momentos sucesivos. Es la naturaleza en sus playas mansas y en sus seísmos destructores, es el geiser y el volcán sin solución de continuidad. Y si en otros escritores es necesario conocer su obra para conocer su vida, en Valle, la vida y la obra son una misma cosa, imaginación e independencia complementándose. El conjunto es algo inabarcable, incluso después de haber convivido con él como los amigos, o de haberlo transitado como los lectores. Contradicción y misterio que no son locura, porque se trata de una mente lúcida en cada momento cambiante, abarcándolo todo en instantes sucesivos, entre la palabra escrita, la dicha y sus retumbantes ecos.

Retrato de Valle Inclán pintado por Ignacio Zuloaga

El magisterio de don Ramón del Valle-Inclán
Escrito por Pedro Sevylla de Juana

¿Qué porción del ingenio de Valle procedía de la herencia paterna? ¿Cuál o cuáles de sus facultades aportaba la madre siguiendo unas reglas poco estudiadas? ¿Cuánta experiencia de la acumulada al final de sus días era hija del esfuerzo propio, y cuánta le venía del entorno –maestros incluidos- o de las copiosas lecturas?
Antes que nada, nacería el poeta, procedente de una visión sensitiva de las cosas, sensible, tierna, afectiva; y ahí estaba la madre entregando su forma de ser contradictoria: insistente, voluble, emotiva, práctica. Asido el poeta a la mano fuerte, dispuesto a imitar sus gestos característicos, seguiría al padre por el incómodo camino de la vida diaria; descubriendo las dificultades a las que se iba a enfrentar y la manera desarrollada por la humanidad para sortearlas. De esos paseos y de las lecturas iniciales arrancan el novelista y el dramaturgo, reforzados por las consejas escuchadas con deleite a los ancianos de calavera pelada y ojos hundidos.

La calle, la escuela, los compañeros, el maestro, los vecinos, la familia: en definitiva, el creciente trato humano, las relaciones personales, van alimentando al conversador agradable aficionado al baile y a los toros, alimentan al articulista que conoce asuntos variados y sobre ellos indaga, al contertulio capaz de entrar en opuestas materias, al hombre público que luego mostraría, al político cuyas perspectivas frenaron las urnas.
Unas facultades ayudan a otras, y entre todas –dos pasos adelante y uno atrás- van desarrollando una personalidad sui generis que cada vez da menos oportunidades a la influencia exterior, de la que, sin embargo, acepta esencias y elixires. Sucede que si el novelista y el dramaturgo parten del niño que iba a la escuela siguiendo angostos senderos, del muchacho que enfrentaba su manera de ser a las conductas ajenas; el conferenciante posterior se ase con fuerza a las materias aprendidas del estudio y trasiego cotidianos, a las disposiciones que los conocimientos contribuyen a aflorar. Sucede que, si el poeta se aficiona a la pintura, el narrador y el autor de teatro le dan el espaldarazo preciso para convertirse en experto; y el articulista, el conversador ameno, el conferenciante solicitado, el tertuliano influyente y el hombre público, facilitan que sea nombrado responsable de la conservación del tesoro artístico nacional y director de la Academia de Bellas Artes en la ciudad de Roma.

Hubo de vencer oposiciones: acres ironías, renuencias tozudas, el plúmbeo ancla de la inercia; frenos que de haber unido su actuación lo habrían retenido en la alcoba escribiendo poemas intimistas, relatos fondeados en el entorno inmediato, en su vida gris; empeñado en dar vuelta a lo escrito, juzgándolo desde otro punto de vista recién descubierto, recreando lo creado. Pero el carácter recio, el amor propio, la confianza puesta en sí mismo y el apoyo de quienes lo apreciaban de veras, defendieron su iniciativa con eficacia y ganaron.
Las causas y las consecuencias del caminar zigzagueante, en don Ramón del Valle y Peña se entrelazaban de modo duradero, influyendo las unas en las otras, trastocándose. El genio innumerable de Villagarcía llegó a decir, sincero y equivocado a partes iguales, que carecía de vocación literaria, que no obtenía deleite en el ejercicio de la escritura. Conocía él mejor que nadie las contrariedades del rastreador, el dolor sufrido ante la perfección imposible, el enorme derroche de energía; sus lectores descubren ese sacrificio en cada página, en cada párrafo, y lo valoran alto. Forzado por las circunstancias, galeote encadenado al banco, agita la péndola a modo de remo; pero, en cualquier caso, es él quien marca el ritmo de las paladas. Luchador, inconformista, gallego, emigrante, bohemio, irónico, austero, tierno, implacable, hidalgo, católico, pendenciero, bolchevique, federalista, conservador, revolucionario; del Valle era dueño de cien facetas contrapuestas que aceptaba con orgullosa resignación y defendía sirviéndose de su temible pluma convertida en espada y, de creerlo conveniente, con el propio acero. La alegoría de su peculiar figura, era, no más, el llamativo mascarón de proa que disimulaba un tajamar indómito.

El análisis de su escritura me condujo a esenciales hallazgos en el tratamiento del lenguaje. De Valle aprendí -eterno aprendiz él y constante maestro de la técnica- a no dar por concluida una novela, puliéndola, descosiéndola, virándola, volviéndola del revés –a la manera del montador de cine- hasta alcanzar la propia aceptación, prolongada lectura tras lectura. De él aprendí a alterar, a experimentar, a innovar. Sus escritos me han hecho comprender el valor de la elegancia, de la musicalidad y del colorido. A veces llego a asegurar que, en el aspecto literario, es el mejor encuentro que podía tener, y lo tuve. Y no es que su estilo afecte al mío de forma que no haya podido asumirlo, y se vea bajo mis barnices su madera recia; no, no es eso. Su obra es el manantial profundo en el desierto, pero también la soga y el caldero dejados junto al inexistente brocal, y es el palmeral que proporciona alimento, sombra y cobijo. Es la fogata prendida arriba de la montaña costera, cuando mi barco ignora la derrota que ha de seguir; y además el puerto abrigado y la carne, las verduras y el pescado frescos, rebosantes de vitaminas, que permiten continuar la travesía; y es la aguja de marear y el astrolabio que fijan mi rumbo llevándome a buen puerto.

Primero Tirano Banderas: versos de pedernal narrativo, aguafuertes, pirograbados, obra del ácido, del incendio sometido a la voluntad del autor; litografías prendidas en las paredes pugnando por descolgarse y conformar la realidad. Las Sonatas antes que nada. Confieso debilidad por la de Primavera; debido quizá al deseo irrefrenable, nacido cuando llegué a ella por primera vez, de recibir en los brazos a la pequeña que cae por la ventana. Admito mi inclinación por el fuerte Estío; correría enamorado tras la niña Chole si se dignara mirarme. Primero las Sonatas y el Tirano Banderas, después los Esperpentos y las Novelitas. ¡Qué de idioma hay en el escritor gallego!, ¡cuánto pueblo metido en su acervo hasta las raíces¡, ¡qué de exploración¡, ¡cuánto hallazgo!
Meditando acerca de don Ramón, tanto invento su juventud desconocida como su ignorada niñez en Arousa. Me veo, me palpo, me oigo, me huelo y me gusto en la cabecera del lecho recibiendo su ahogo en Santiago, aquel año que tan mal empezaba. Sobre su primera mocedad, ignota como una isla alejada de otras tierras, sitúo la ciudad de Pontevedra y un océano inmenso abierto a los audaces que imaginan en él sus pretendidas aventuras. Y alzado al balcón de la ría pinto un cuarteto de muchachas amables, ruborosas doncellas que toman su atrevimiento del grupo, sonriendo al mozuelo enérgico que azorado tuerce su paso decidido y apenas se atreve a observarlas. Sabe el muchacho que si sus ojos miran y ven, su corazón retraído y huraño se enamorará –sentimental y generoso- hasta el delirio. Sobre su infancia, poblada de barcos que se van a América, pescadores, contrabandistas, acomodo a un maestro de escuela que lee poemas bien trazados, bellísimos pedazos de prosas maduras o representa retazos amables de la comedia de la vida.

Sus amores, su fe, ¿cómo serían?, ¿cuál era el objeto reiterado o sucesivo?; ¿cuántos los cuidados linderos a la generosa dádiva? Le pinto un rostro seductor bajo la barba y entonces ya no necesita ese velo, ya puede ir por la calle al descubierto, pues su timidez se esconde en el abismo oscuro del alma y sale la arrogancia desechando el brazo sobrante. Voy a las tertulias donde representa el personaje por él encarnado, cuyo diálogo cambia cada día, y le apunto un papel que desconoce, escondido yo bajo la concha de nácar.

Es, sin embargo, la noche -trabajador incansable- su terreno; olvidado del hambre y del frío, escribe, repite, imagina, desarrolla, inventa, crea, recrea y al alba alcanza la maestría; ya da lecciones, ya es ejemplo. ¡Sus líneas rotas quiero! Busco en sus residuos, bajo las tachaduras, sus palabras erradas; hago mío cuanto él ha superado, aquello que dejó de apreciar en algún momento. ¡Ah! su bolsa de papeles destinados al fuego, ¡qué rica! Estoy por tomarla y recorrer la ciudad con ella al hombro, presumiendo.

Ensayo incluido en mi libro “Ad Memoriam” y recogido por El Pasajero, Revista de estudios sobre Valle Inclán, núm. 23, 2007
www.elpasajero.com/ventolera/sevylladejuana.html

Biografia:
Académico Correspondente da Academia de Letras do Estado de Espírito Santo no Brasil, Pedro Sevylla de Juana nasceu em plena agricultura, lá onde se juntam La Tierra de Campos e El Cerrato, Valdepero, província de Palencia, em Espanha; e a economia dos recursos à espera de tempos piores ajustou o seu comportamento. Com a intenção de entender os mistérios da existência, aprendeu a ler aos três anos. Aos nove iniciou seus estudos no internado do Colégio La Salle de Palencia; seguindo os superiores em Madri. Para explicar as suas razões, aos doze se iniciou na escrita. Cumpriu já os setenta e um, e transita a etapa de maior liberdade e ousadia; obrigam-lhe muito poucas responsabilidades e sujeita temores e esperanças. Viveu em Palencia, Valladolid, Barcelona e Madrid; passando temporadas em Cornwall, Genebra, Estoril, Tânger, Paris, Amsterdã, Cuba, Villeneuve sur Lot e Vitória ES Brasil. Publicitário, conferencista, tradutor, articulista, poeta, ensaísta, editor, pesquisador, crítico e narrador; publicou vinte e quatro livros e colabora com diversas revistas da Europa e América, tanto em língua espanhola como portuguesa. Trabalhos seus integram seis antologias internacionais. Reside em El Escorial, dedicado por inteiro às suas paixões mais arraigadas: viver, ler e escrever.

 

 

Ramón del Valle-Inclán en 1894

 

“México me abrió los ojos y me hizo poeta. Hasta entonces yo no sabía qué rumbo tomar.”: dijo Valle-Inclán al gran escritor y humanista Alfonso Reyes: “Aquella vitalidad patética, aquella cólera, aquella combatividad, aquella inmensa afirmación de dolor, aquel hombrearse con la muerte”, México en aquel primer viaje de Valle, 1892-1893. De todo aquello nació “Tirano Banderas”, su obra maestra, posiblemente. Dice Juan Antonio Hormigón sobre el Valle-Inclán de México: “Es un hijo de la burguesía media, algo liberal, algo aventurero, algo romántico”. Algo todo sobre algo nada, agigantándolo: añado yo.

Hay una definición que Rubén Darío hizo de Don Ramón en verso; un retrato contenido en un soneto, un cuadro pintado con palabras que expresan conceptos; un vaso, un cáliz, una crátera que lo contiene líquido y tornadizo; quizá una figura de nube, vapor de agua apenas. Lo traduzco al portugués y me veo obligado a cambiar el chivo, un tanto satánico, por cautivo, quizá otra característica de Valle, cautivo de sí mismo. Y me veo obligado a mudar ramo de olivo por guirnalda de divo, que siendo lo mismo diviniza un tanto al poeta. Hay dos “gran” que debo eliminar en aras de la métrica y el ritmo. Y los elimino sin pesar, pues en tan grande personaje sería redundancia mantenerlos. Así que, con todo, retrato original y retrato traducido son dos facetas de un mismo diamante.

Soneto de Rubén Darío
para el señor don Ramón del Valle-Inclán

Este gran don Ramón, de las barbas de chivo,
cuya sonrisa es la flor de su figura.
parece un viejo dios, altanero y esquivo.
que se animase en la frialdad de su escultura.

El cobre de sus ojos por instantes fulgura
y da una llama roja tras un ramo de olivo.
Tengo la sensación de que siento y que vivo
a su lado una vida más intensa y más dura.

Este gran don Ramón de Valle-Inclán me inquieta.
y a través del zodiaco de mis versos actuales
se me esfuma en radiosas visiones del poeta,

o se me rompe en un fracaso de cristales.
Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta
que le lanzan los siete pecados capitales.

Soneto de Rubén Darío para o senhor dom Ramón del Valle-Inclán
Tradução de Pedro Sevylla de Juana

Este dom Ramón, das barbas de cativo,
cujo sorriso é a flor de sua figura.
parece um velho deus, arrogante e esquivo.
se ateando na frieza da sua escultura.

O cobre de seus olhos por instantes fulgura
e dá um lume vermelho trás a grinalda de divo.
Tenho a sensação de que sento e que vivo
a seu lado uma vida mais intensa e mais dura.

Este dom Ramón do Valle-Inclán me inquieta.
e através do zodíaco de meus versos atuais
se me esfuma em radiosas visões do poeta,

ou se me rompe num fracasso de cristais.
Eu lhe vi se arrancar do peito a seta
que lhe lançam os sete pecados capitais.

 

Retrato de Valle-Inclán
Compuesto por Antonio Machado

Yo era en mis sueños, don Ramón, viajero
del áspero camino, y tú, Caronte
de ojos de llama, el fúnebre barquero
de las revueltas aguas de Aqueronte.

Plúrima barba al pecho te caía.
(Yo quise ver tu manquedad en vano.)
Sobre la negra barca aparecía
tu verde senectud de dios pagano.

Habla, dijiste, y yo: cantar quisiera
loor de tu Don Juan y tu paisaje,
en esta hora de verdad sincera.

Porque faltó mi voz en tu homenaje,
permite que en la pálida ribera
te pague en áureo verso mi barcaje.

 

Retrato composto por Don Antonio Machado
Traduzido por Pedro Sevylla de Juana

Eu era em meus sonhos, dom Ramón, viageiro
do áspero caminho, e tu, Caronte
de olhos de lume, o fúnebre barqueiro
das revoltas águas de Aqueronte. 

Abundante barba ao peito te caía.
(Eu quis te ver maneta em vão.)
Sobre a negra barca aparecia
tua verde vetustez de deus pagão. 

Fala, disseste, e eu: cantar quisera
loor de teu Dom Juan e tua paisagem,
nesta hora de verdade tão sincera 

Porque faltou minha voz em tua homenagem,
permite que na beira de clareza vera
te pague em áureo verso a barcagem.

Sonetos Traduzidos por PSdeJ em El Escorial o día 23 de abril de 2017

 

 

 Azaña y Valle-Inclán en la Cacharrería del Ateneo de Madrid, del que fueron presidentes

 

La vida, para Valle-Inclán, al menos en el tiempo madrileño, era poco menos que salvamento de náufragos en lucha por una tabla, o carrera por salir airoso y destacar. Por aquel entonces vivía en una buhardilla de la calle Calvo Asensio, barrio de Argüelles. Dijo Baroja, refiriéndose al día que lo visitó: “Don Ramón vivía en un cuartucho pequeño, con una cama en el suelo y una caja como mesa de noche. Tenía en la pared tres o cuatro clavos, en donde colgaba todas sus ropas.” Pero también añade: “Nuestras normas de vida eran distintas y nuestras estéticas se oponían. Fascinado por él lo he estado siempre”. Creo que la ambivalencia de sentimientos en la relación con Valle eran frecuentes entre los más cercanos. Veamos la razón de las dos vertientes: Amenaza Valle con una botella al grito de ¡”Majadero! ¡Majadero!”, a Manuel Bueno Bengoechea, escritor y periodista, por discrepancias en una tertulia del llamado Café de la Montaña. Manuel Bueno, propina un bastonazo a Valle en el brazo que, astillando los huesos, origina la necesidad de amputación y la consecuente manquedad. Hubo un encuentro posterior de ambos, donde Valle-Inclán dijo a Manuel Bueno: “Mira Bueno, lo pasado, pasado está. Aún me queda la mano derecha para estrechar la tuya.”

La rosa en Valle tiene un valor simbólico y, acaso, onírico, salpicados dentro de su obra. Son poemas y es teatro los que incluyen en sus títulos la flor; son poemas modernistas casi todos, además de una farsa y un esperpento: deshojada o de papel, la rosa, en estos casos últimos. Un símbolo como la niña y el acanto dice el propio autor que es la rosa para él. También aparece en los ensayos de La Lámpara maravillosa, y en alguno de sus cuentos. Inocencia y candor defendidos por las espinas del tallo.

Rosa de túrbulos
Poema de Ramón María del Valle Inclán

Era una reina de raza maya,
era en un bosque de calisaya,
y era la aurora. Daba el bulbul,
sobre mi estrella su melodía,
y en los laureles que enciende el día
daba mi alma su grito azul.

Crepusculares moscas de oro
abren su vuelo como un tesoro,
bordoneando con el calor.
Aroma el árbol de la canela,
y en el potrero se desconsuela
una vihuela de payador.

Indios que el tiempo cuentan por lunas
guían su esquife por las lagunas,
y por las selvas profundas van
ciervos y tigres. Sobre las lomas
eran los toros, y las palomas
bajo los vuelos del alcotán.

El lago canta versos solares,
y ondula la onda con malabares
juegos de luces, su indo chaúl.
Arduos jinetes como centauros
riñen combates contra los sauros
en la armoniosa ribera azul.

Y las pirámides con escrituras
de arcanas lenguas, y signaturas
de rudos soles, su sombra dan.
Y va graznando con negro vuelo,
por la turquesa magna del cielo,
el zopilote de Yucatán.

Entre las grietas de la pirámide
deja la sierpe su verde clámide,
y se hipnotiza frente a la luz.
Sobre las piedras con jeroglíficos
hace sus largos sueños científicos:
en la cabeza tiene una cruz.

Vuela la hamaca con ritmo lento,
las rosas frescas se dan al viento,
suelto en la fronda vuela el faisán.
Se enciende el día, la selva aroma,
la hamaca vuela, la niña asoma
un pie de oro bajo el fustán.

Rojos claveles prende en la rolla,
rojos corales al cuello enrolla,
rojo pecado sus labios son,
y sus caderas el anagrama
de la serpiente. Con roja llama
pintó su boca la tentación.

Era una reina de raza maya,
era en un bosque de calisaya,
y era la aurora. Daba el bulbul
sobre mi estrella su melodía,
y en los laureles que enciende el día
daba mi alma su grito azul.

 

Rosa de Túrbulos
Poema de Ramón del Valle-Inclán
Traduzido por Pedro Sevylla de Juana

Era uma rainha de raça maia,
era num bosque de calisaia,
e era a aurora. Dava o bulbul
sobre minha estrela sua melodia,
e nos loureiros que acende o dia
dava minha alma seu grito azul.

Crepusculares moscas de ouro
abrem seu voo como um tesouro,
guitarreando com o calor.
Aroma a árvore da canela,
e no potreiro pronto se apena
uma cítara de bom cantor.

Índios que o tempo contam por luas
guiam sua esquife pelas lagunas,
e pelas selvas profundas vão
cervos e tigres. Sobre as encostas
eram os touros, eram as pombas
baixo os voos do alto falcão.

O lago canta versos solares,
e ondula a onda com malabares
jogos de luzes, seu manto hindu .
Arriscados ginetes como centauros
rinham combates contra os sauros
na harmoniosa beirada azul.

E as pirâmides com escrituras
de arcanas línguas, e assinaturas
de rudes sóis, sua sombra dão.
E vai grasnando com negro voo,
pela turquesa magna do cosmo,
o zopilote de Yucatão.

Entre as gretas da alta pirâmide
deixa a serpe seu verde clâmide,
e se hipnotiza em frente à luz.
Sobre as pedras com hieroglíficos
faz seus longos sonhos científicos:
na cabeça tem uma cruz.

Voa a rede com ritmo lento,
as rosas frescas se dão ao vento,
solto na espessura voa o faisão.
Se acende o dia, a selva aroma,
a rede voa, a menina assoma
um pé de ouro baixo o fustão.

Minha rainha maia languidescia
sobre a rede. Dourando o dia,
era dourada baixo o huipil,
se abanicava com uma rosa,
dizia sua rede, com cadenciosa
curva de opio, versos de Abril.

Vermelhos cravos prende na rolha,
vermelhos corais ao colo enrolha,
vermelho pecado seus lábios são,
e seus quadris o anagrama
da serpente. Com vermelha chama
pintou sua boca a tentação.

Era uma rainha de raça maia,
era num bosque de calisaia,
e era a aurora. Dava o bulbul
sobre minha estrela sua melodia,
e nos loureiros que acende o dia
dava minha alma seu grito azul.

PSdeJ Traducido al final de abril de 2017

 

Rosa del paraíso
Poema de Ramón María del Valle Inclán

Esta emoción divina es de la infancia,
cuando felices el camino andamos
y todo se disuelve en la fragancia
de un Domingo de Ramos.

El campo verde de una tinta tierna,
los montes mitos de amatista opaca,
la esfera de cristal como una eterna
voz de estrellas. ¡Un ídolo la vaca!

Aladas sombras en la gracia intacta
del ocaso poblaron los senderos,
y contempló la luna, estupefacta,
el paso de los blancos mensajeros.

Negros pastores, quietos en los tolmos,
adivinan la hora en las estrellas.
Cantan todas las hojas de los olmos,
la mano azul del viento va entre ellas.

El agua por las hierbas mueve olores
de frescos paraísos terrenales,
las fuentes quietas oyen a las flores
celestes, conversar en sus cristales.

Con reflejos azules y ligeros
el mar cantaba su odisea remota,
gentil de luces bajo los luceros
que a los bajeles dicen la derrota.

Mi bajel, en el claro de la luna,
navegaba impulsado por la brisa,
sob ocultos caminos de fortuna…
¡Era el cielo cristal, canto y sonrisa!

Con el ritmo que vuelan las estrellas
acordaba su ritmo la resaca,
y peregrina en las doradas huellas
fue sobre el mar una nocturna vaca.

En mi ardor infantil no cupo el miedo,
la vaca vino a mí, de luz dorada,
y en sus ojos enormes, con el dedo
quise tocar la claridad sagrada.

 

Rosa do Paraíso
Autor: Ramón del Valle-Inclán
Tradução: Pedro Sevylla de Juana

Esta emoção divina é da infância,
quando felizes o caminho andamos
e tudo se dissolve na fragrância
dum Domingo de Ramos.

O campo verde de uma tinta terna,
os montes mitos de ametista opaca,
a esfera de cristal como uma eterna
voz de estrelas. ¡Um ídolo a vaca!

Aladas sombras na graça intacta
do ocaso povoaram os sendeiros,
e contemplou a lua, estupefata,
o passo dos brancos mensageiros.

Negros pastores, quietos nos penedos,
adivinham a hora nas estrelas.
Cantam todas as folhas dos olmedos,
a mão azul do vento vai entre elas.

A água pelas ervas move olores
de frescos paraísos terrenais,
as fontes plácidas ouvem às flores
celestes, conversar em seus cristais.

Com reflexos azuis e ligeiros
o mar cantava seu odisseia remota,
gentil de luzes baixo os luzeiros
que aos baixeis dizem a derrota.

Meu baixel, no claro da lua,
navegava pela brisa impulsionado,
sobre ocultos caminhos de fortuna…
¡Era o céu cristal, sorriso e canto!

Com o ritmo que voam as estrelas
lembrava seu ritmo a ressaca,
e peregrina nas impressões amarelas
foi sobre o mar uma noturna vaca.

Em meu ardor infantil não coube o medo,
a vaca veio a mim, de luz dourada,
e em seus olhos enormes, com o dedo
quis tocar a clareza sagrada.

 

Rosa matinal
Poema de Ramón María del Valle Inclán

Ante la parda tierra castellana,
se abre el verde milagro de una tierra
cristalina, en la paz de la mañana,
y el castañar comienza con la sierra.

El agrio vino, las melosas niñas,
la vaca familiar, el pan acedo,
un grato son de flauta entre las viñas,
y un místico ensalmar en el robledo.

El dionisiaco don de los molinos
enciende las divinas represalias,
y junta ramos celtas y latinos
en trocaicos cantares de faunalias.

Raptada, por la escala de la Luna,
la sombra de Tristán conduce a Iseo,
y amanece en las ondas sobre una
barca de luz, el áureo Cebedeo.

Al coro de la vieja romería
que tiene su camino en las estrellas,
la maternal virtud de la Mahía
lleva el triunfo de sus cien doncellas.

En un verde cristal de relicario,
son de esmalte los valles pastoriles,
tienen la gracia núbil del plenario
de las doncellas en los veinte abriles.

Al pie de las solanas abaciales
sinfoniza el bordón de las colmenas,
y en los huertos, en sombras de frutales,
dan su agreste fragancia las entenas.

Se enfonda y canta en las sonoras hoces
el Sil divino, de dorada historia,
y la gaita de grana da sus voces
montañera. ¡Del Celta es la Victoria!

 

Rosa matinal
Poema de Ramón María del Valle Inclán
Traduzido por Pedro Sevylla de Juana

Ante a parda terra castelhana,
se abre o verde milagre duma terra
cristalina, no sossego da alvorada,
e o castanhal começa com a serra.

O acre vinho, as melosas meninas,
a vaca familiar, o pão acedo,
um grato som de flauta entre as vinhas,
e um místico ensalmar no roboredo.

O dionisíaco dom dos moinhos
acende as divinas represálias,
e junta ramos celtas e latinos
em trocaicos cantares de faunalias

Raptada, pela escala da Lua,
a sombra de Tristán conduz a Iseo,
e amanhece nas ondas sobre uma
barca de luz, o áureo Cebedeo.

Ao coro da velha romaria
que tem seu caminho nas estrelas,
a maternal virtude da Mahía
leva o triunfo de suas cem donzelas.

Num verde cristal de relicário,
são de esmalte os vales pastoris,
têm a graça núbil do plenário
das donzelas nos vinte abris.

Ao pé das solamas abaciais
sinfoniza o bordão das colmeias,
e nos hortos, em sombras de frutais,
dão sua agreste fragrância as antenas.

Se aprofunda e canta nas sonoras gargantas
o Sil divino, de dourada história,
e a gaita de grana dá suas falas
montanheira. ¡Do Celta é a Vitória!

 

Rosa de Saulo
Poema de Ramón María del Valle Inclán

Fue mi grito de amor brama guerrera,
fue de Heracles mi furia redentora.
¡Sobre los hombros pieles de pantera!
¡Sobre la frente rosas de la aurora!

Amé el gladio y el salto cuando era
en el comienzo de la vida.
Ahora el délfico laurel de mi cimera
bajo la tempestad se dobla y llora.

En mi frente era luz el áureo casco
helénico. Al vencido Prometeo
fui a dar la libertad sobre el peñasco,

y alzando sus cadenas por trofeo
vi a Cristo en el camino de Damasco.
¡Ego credebam et laudavi deo!

 

Rosa de Saulo
Poema de Ramón del Valle Inclán
Tradução: Pedro Sevylla de Juana

Foi meu grito de amor brama guerreira,
foi de Heracles minha fúria redentora.
¡Sobre os ombros peles de pantera!
¡Sobre a frente rosas da aurora!

Amei o gládio e o salto quando era
no começo de esta vida.
Agora o délfico laurel de meu cimeira
baixo a tempestade se dobra e chora.

Em meu frente era luz o áureo casco
helénico. Ao vencido Prometeo
fui dar a liberdade sobre o penhasco,

e alçando suas cadeias como prémio
vi a Cristo no caminho de Damasco.
¡Ego credebam et laudavi deo!

 

El pasajero
Soneto de Ramón del Valle-Inclán

¡Tengo rota la vida! En el combate
de tantos años ya mi aliento cede,
y al orgulloso pensamiento abate
la idea de la muerte, que lo obsede.

Quisiera entrar en mí, vivir conmigo,
poder hacer la cruz sobre mi frente,
y sin saber de amigo ni enemigo,
apartado, vivir devotamente.

¿Dónde la verde quiebra de la altura
con rebaños y músicos pastores?
¿Dónde gozar de la visión tan pura

que hace hermanas las almas y las flores?
¿Dónde cavar en paz la sepultura
y hacer místico pan con mis dolores?

 

O passageiro
Soneto de Ramón del Valle-Inclán
Tradução: Pedro Sevylla de Juana

Tenho rompida a vida! No combate
de tantos anos já meu alento cede,
e ao orgulhoso pensamento abate
a ideia da morte, que o obsede.

Quisesse entrar em mim, viver comigo,
poder fazer a cruz sobre minha frente,
e sem saber de amigo ou inimigo,
apartado, viver devotamente.

Onde a verde quebra da altura
com rebanhos e músicos pastores?
Onde gozar da visão tão pura

que faz irmãs as almas e as flores?
¿Onde cavar em paz a sepultura
e fazer místico pão com minhas dores?

Poemas traducidos por PSdeJ en El Escorial a finales de abril 2017
Sobre textos de la Cátedra Valle-Inclán

 

 

 

José Agustín Goytisolo

 

José Agustín Goytisolo
NOTAS SOBRE LA POESIA DE VALLE-INCLÁN
Universitat Autónoma de Barcelona Biblioteca d’Humanitats

Cuando se habla de Valle-Inclán poeta, se piensa casi siempre en toda su obra. Esto sucede porque tanto sus novelas como sus cuentos, ensayos, artículos y obras teatrales, están escritos empleando un lenguaje como de ensoñación, mágico, sugerente, que distorsiona la realidad o que vuelve cruelmente reales los sueños.
La prosa de Valle-Inclán, comparada con la de otros escritores del noventa y ocho -y no hablo de ellos como sus compañeros de generación, porque sostuvo con todos una relación muy distanciada y a veces hostil- su prosa, decía, propone una recreación poética muy valiosa, una recreación del idioma gastado y del seco discurso castellano que se escribía por entonces: Tuvieron’ que pasar muchos años para que la crítica descubriera el realismo mágico y hablara de Valle-Inclán como uno de los precursores de ese mágico realismo con el que se ha etiquetado a unos cuantos novelistas latinoamericanos. Asimismo ha resultado que el teatro de Valle-Inclán, apenas representado estando él vivo, es considerado hoy de largo, como el mejor de su época, y aún se podría añadir que es más actual que el de cualquier otro autor español que pueda ser normalmente representado en nuestros días, Lorca incluido. Es un teatro vivo, lleno de colorido y malicia o bien hacer, a caballo entre la esperpéntica realidad y la farsa amable y lúdica. En muchas de sus obras teatrales en verso, y como apartes del texto dialogado, Valle-Inclán explica en forma de pequeñas anotaciones o poemas los escenarios de la acción y las reacciones de los protagonistas. Valgan como ejemplos estos dos apuntes de la extraordinaria Farsa y licencia de la Reina Castiza:

Candelabros con algarabía
de reflejos, consolas de panza
y en los muros, bailando una danza,
los retratos de la dinastía.

Esa pincelada en versos de diez sílabas, que de un modo tan esquemático sitúan y definen el decorado, se convierte en otra, esta vez de carácter seudo-moral y divertida, escrita en eneasílabos, para caracterizar a las personas que se escandalizan por la conducta de la Reina, y a la reina misma:

Puritanos que a toda hora
sacan a cuento la moral
sin comprender que es la Señora
una Reina meridional.’

Los poemas de Valle-Inclán, reunidos por él mismo en un solo tomo llamado Claves líricas (1930), están repartidos en tres libros. El primero, Aromas de leyenda, apareció en 1907. Pese a su buena factura, es muy visible en él la influencia modernista, que Valle-Inclán debió recibir directamente de su amigo Rubén Darío, y posiblemente también del cubano Julián del Casal. Valle-Inclán admiró siempre a Darío, que por aquellas fechas ya había publicado Azul y también Cantos de vida y esperanza; ambos
poetas se intercambiaron composiciones entusiastas. La de Darío, el soneto iconográfico que comienza Este gran don Ramón de las barbas de chivo, abre la edición del primer libro de Valle-Inclán, que le correspondió más tarde dedicándole varios versos
de su poema Aleluya. Volviendo a Aromas de leyenda, Valle se sirve de la musicalidad modernista para cantar el arcaico mundo de las tradiciones y leyendas de Galicia, de su tierra de fabla antigua. Emplea el tetrástrofo monorrimo, al que añade pares de alejandrinos, y también tercetos monorrimos, y salta del endecasílabo al epta y exasílabo, en un intento de lograr que sus composiciones huelan a vino añejo. Once de los catorce poemas que forman este libro terminan en glosas o cuartetas escritas en ga- llego, recogidas del folklore y rehechas por el autor. En el libro aparecen santos, penitentes, ermitaños, labriegos, costumbres aldeanas, milagros, apariciones… Se nota, en estos poemas, el inicio de lo que será, en toda su obra, la pugna entre el lenguaje heredado (tradicional, postromántico, parnasiano, finiscular y aún el modernista) y su incesante búsqueda de un lenguaje propio. En varios poemas del libro (Estela de prodigio, Flor de la tarde, No digas de dolor o En el camino), se pueden encontrar bellos versos:

Aromaban las hierbas todas
con aroma de santidad…

Húmeda de rocío despierta la campana…

La aparente religiosidad del libro está teñida de fantasías y de amor por la tradición, el ritual y el misterio. Valle-Inclán siempre se decantaba por estética y no por ética en la elección de temas y de estilos, y aún veremos que también por estética decidía en sus preferencias políticas.
Este amor por las antiguas tradiciones, por los tiempos en los que no existía aún la burguesla, se corresponde con el monarquismo carlista y romántico del que hacía gala, por entonces, Valle-Inclán. En su segundo libro de poemas, El pasajero, (publicado trece años más tarde, pero sin duda escrito mucho antes, dado que La pipa de kif apareció en1919, y Valle-Inclán, al reunir sus libros situa a El pasajero en segundo lugar), continua siendo visible el amor por los tiempos antiguos adornados por la estética modernista. En este libro está mucho más claro el contraste entre la poética heredada y asimilada y el hallazgo de nuevas expresiones poéticas.
Así, por un lado, podemos leer:

¡Cómo me hablaste de las rosas
cuando rosas siegan mi hoz ….
o bien
Eternidad la gracia de la rosa
y la alondra primera que abre el día…

y contraponer estos versos, por otro lado:

Es la hora de la culebra:
el diablo se arranca una cana,
cae del árbol la manzana…

y también:

Soy el negro dueño
de la abracadabra,
y trisca en tu sueño
mi pata de cabra.
,
Entre ambos extremos, asoman a veces poemas de resonancia renacentista, como en el titulado Rosa de Job:

¿Quién vió por tierra rodado
el almenar,
y tan alto levantado
el muladar?

El pasajero es un libro bién construído, mucho más complejo y personal que Aromas de leyenda. En sus páginas, Valle-Inclán introduce ciertos elementos autobiográficos, aunque aquí debe señalarse que nuestro autor mezclaba o confundía continuamente realidad e invención, de tal modo que siempre ha sído difícil separar su auténtica vida de·su biografía imaginada.

En su tercer y último libro de poemas, La pipa de kif, ha desaparecido el lastre post-romántico y parnasiano, y también buena parte de la influencia modernista, reducida aquí a cierta sonoridad de algunos poemas y a su léxico. Val1e-Inclán ha digerido el modernismo y lo ha convertido en moderno, a su manera, naturalmente. La pipa de kif es un libro mucho más depurado que los anteriores, más personal. El gusto de Valle-Inclán por las escenas populares, la vida bohemia y el disparate están ahora
al servicio de un retratista implacable y cruel de la sociedad de su tiempo. Lo esperpéntico asoma a cada paso:

Enriqueta, oronda,
pechona y redonda
bailando el cancán…,

viene a ser algo así como el

…ideal amoroso
para un venturoso
jugador marchoso
que afloje e1 parné…

El empleo de argot de los bajos fondos, de la droga, del mundo de la prostitución. y aún de argot taurino o militar, que aparece a menudo en estos poemas, va a ser una constante en la obra posterior de Valle-Inclán.
Junto a mendigos, truhanes, alcahuetas, gitanos y chulos, ese mundo que hoy llaman de los marginados, asoma en muchas ocasiones la autoridad, representado por los guardias:

Entre los civilones un hombre maniatado
camína…

Negros y silueteados los tricornios …

Una luz que aún define la X amarilla
del correaje •••

…En los monolitos
del camino fuma la guardia civil.

Otras veces esa autoridad es aún más lúgubre y siniestra, y Valle Inclán la describe con aires de agua fuerte goyesco de pintura negra de Solana:

Tan, tan, tan. Canta el martillo,
el garrote: alzando están,
el verdugo gana el pan,
un paño enluta e1 banquillo …

Tampoco se escapan de1 retrato esperpéntico las autoridades religiosas por las que Valle-Inclán muestra ya un claro desapego, y a las que pinta sin compasión:

Con ritmos destartalados
lloran en tropel
mitrados ensabanados.
mitras de papel.

y también los aprendices de brujo:

Desfila un ringlero de seminaristas,
bayetas peladas como los sopistas…

No es ajeno a este cuadro variopinto el perfil o la caricatura implacable de personajes pertenecientes a la burguesía, ese bastión al que sirven y defienden los representantes de la autoridad. Así ve Valle-Inclán a uno de esos personajes:

Doña Estefaldina odia a los masones,
reza porque mengüen las contribuciones,
reprende a las mozas si tienen galán.
Oprime en sus rentas a los aparceros,
da buenas palabras al que llora pan.

Como ya quedó antes escrito, por pura actitud estética el Valle-Inclán monárquico, católico y tradicionalista, evolucionó hasta un republicanismo socializante y anárquico que no iba a abandonar hasta su muerte. En La pipa de kif surgen, de tanto en tanto, personajes rebeldes:

Hay un zapatero
que silba a un jilguero
“La Internacional”…

Otras veces el autor se caricaturiza a sí mismo, sin dejar de poner ribetes de autenticidad -relativa, claro- a sus palabras:

Yo anuncio la era argentina
de socialismo y cocaína.
De cocotas con convulsiones
y de vastas revoluciones.

El anuncio de era tal, hubiese tenido, sinó más eficacia práctica, sí más éxito y mayor aceptación entre muchos círculos a los que place esnifar, aspirar cocaína en polvo por la nariz, precisamente por su desengaño al constatar que el socialismo y la revolución quedan siempre lejos o se malogran. Por lo que se refiere a las drogas, el libro no tiene desperdicio. En especial, el poema La tienda del herbolario, en cuyos anaqueles Valle-Inclán coloca y canta los cáñamos verdes, la verde hierba de Estambul, que es, dice

…de alumbrados,
monjas que vuelan y excomulgados…

Después de pasar revista a otros, como él los llama, dulces venenos, destaca al opio que evoca sueños azules, a la hoja de coca, que al indio triste torna espartano. Y luego, puesto a sublimar todo cuanto pueda ser excitante, nos presenta el tabaco, el té́, el café, el pulque, el cacao y el mate, amén de los zumos de pita y de girasol. Como para dar ideas a los que gustan de hallar nuevos excitantes. ¡Si llega a entrar en una farmacia! Pero el autor se queda con su pipa cargada de grifa, de kif.
Otros poemas largos de corte descriptivo y casi fotográfico son Bestiario, El circo de lona y Aleluya. En el primero de ellos narra una visita a la Casa de Fieras del Parque del Buen Retiro, lo que le da motivo para glosar el aspecto y los movimientos y maneras de un buen número de animales: el león es un carcamal/ estilizado/ en el escudo nacional; el oso, cuando bosteza/ recuerda al conde de Tolstoi; la jirafa es una solterona que bebe hiel; la cotorra, una feminista que disparata; el flamenco, un absurdo monumental;

y la cigüeña, falta de fe
desacredita
a Simeón el Estilita
en penitencia sobre un pié.

El desastrado circo, con sus pobres atrezzos, sus hambrientos y roñosos animales, sus gastados números y su deambular de pueblo en pueblo, mueve a una cariñosa semblanza, y el poeta ve en él un cuento maravilloso, el fin de una fabulosa edad. En Aleluya los dardos satíricos de Valle se dirigen a críticos e historiadores de literatura, como Emilio Cotarelo y Julio Cejador, y a escritores como Ricardo León y Ramón Pérez de Ayala, sin olvidar un gesto burlesco para el político Antonio Maura.
Todo este novedoso, exuberante y personalísimo mundo poético, es el aviso de la gran mutación que la obra de Valle-Inclán irá experimentando a partir del inicio de los años veinte. Después de este libro, Valle afilará aún más su escalpelo, él y su obra se volverán más esperpénticos y anárquicos. El dictador Primo de Rivera le meterá en la cárcel por más de un chiste o inconveniencia que el poeta soltó en público y escribió. Desde entonces y hasta su muerte, Valle-Inclán escribiría sus mejores obras: Divinas palabras y Luces de Bohemia, para el teatro, y la por muchos motivos impresionante y actual novela de tema latinoamericano Tirano Banderas.
Sí, Valle-Inclán fue un poeta siempre, un poeta en toda la extensión de la palabra, un poeta en sus novelas, en sus narraciones, en sus ensayos y crónicas, en su teatro. Pero también fue un poeta muy valioso en su obra en verso.
https://ddd.uab.cat/pub/jag/jagobrcre/19XX/Goy_0603.pdf

Biografía de José Agustín Goytisolo
Poeta nacido en Barcelona el 13 de abril de 1928, de familia burguesa y castellano-hablante, sacudida por la muerte de la madre -Julia Gay- víctima de un bombardeo franquista sobre la ciudad en 1938. Ganó el Premio Adonais en 1954, el Boscán en 1956 con Salmos al viento, y en 1959 el Ausias March, con Claridad. Fue traductor de poesía de poetas italianos y catalanes. Suicidio o accidente, murió el 19 de marzo de 1999.

 

 

Retrato de interpretación sicológica de Valle-Inclán

 

Autobiografía
Realidad y ficción en la vida de Valle-Inclán
Texto de Valle Inclán en la revista Alma Española en 1903

Este que veis aquí, de rostro español y quevedesco, de negra guedeja y luenga barba, soy yo: don Ramón del Valle-Inclán. Estuvo el comienzo de mi vida llena de riesgos y azares. Fui hermano converso en un monasterio de cartujos y soldado en tierras de Nueva España. Una vida como la de aquellos segundones hidalgos que se enganchaban en los tercios de Italia para buscar lances de amor, de espada y de fortuna. Como los capitanes de entonces, tengo una divisa, y esa divisa es, como yo, orgullosa y resignada: “Desdeñar a los demás y no amarse a sí mismo”.

Hoy, marchitas ya las juveniles flores y moribundos todos los entusiasmos, divierto penas y desengaños comentando las Memorias amables, que comenzó a escribir en la emigración mi noble tío el Marqués de Bradomín. ¡Aquel viejo cínico, descreído y galante como un cardenal del Renacimiento! Yo, que en buena hora lo diga, jamás sentí el amor de la familia, lloro muchas veces, de admiración y de ternura, sobre el manuscrito de las Memorias. Todos los años, el Día de Difuntos, mando decir misas por el alma de aquel gran señor, que era feo, católico y sentimental. Cabalmente yo también lo soy, y esta semejanza todavía le hace más caro a mi corazón.

Apenas cumplí la edad que se llama juventud, como final a unos amores desgraciados, me embarqué para México en La Dalila, una fragata que al siguiente viaje naufragó en las costas de Yucatán. Por aquel entonces yo era algo poeta, con ninguna experiencia y harta novelería en la cabeza. Creía de buena fe en muchas cosas que ahora pongo en duda, y, libre de escepticismos, dábame buena prisa a gozar de la existencia. Aunque no lo confiese, y acaso sin saberlo, era feliz: soñaba realizar altas empresas, como un aventurero de otros tiempos, y despreciaba las glorias literarias.

A bordo de La Dalila -lo recuerdo con orgullo- asesiné a sir Roberto Yones. Fue una venganza digna de Benvenuto Cellini. Os diré cómo fue, aun cuando sois incapaces de comprender su belleza; pero mejor será que no os lo diga; seríais capaces de horrorizaros, Básteos saber que a bordo de La Dalila solamente el capellán sospechó de mí. Yo lo adiviné a tiempo, y, confesándome con él pocas horas después de cometido el crimen, le impuse silencio antes de que sus sospechas se convirtieran en certeza, y obtuve, además, la absolución de mi crimen y la tranquilidad de mi conciencia.

Aquel mismo día la fragata dio fondo en las aguas de Veracruz y desembarqué en aquella playa abrasada, donde desembarcaron antes que pueblo alguno de la vieja Europa los aventureros españoles. La ciudad que fundaron, y a la que dieron abolengo de valentía, espejábase en el mar quieto de plomo, como si mirase fascinada la ruta que trajeron los hombres blancos. Confieso que en tal momento sentí levantarse en mi alma de hidalgo y de cristiano el rumor augusto de la Historia. Uno de mis antepasados, Gonzalo de Sandoval, había fundado en aquellas tierras el reino de la Nueva Galicia. Yo, siguiendo los impulsos de una vida errante, iba a perderme, como él, en la vastedad del viejo imperio azteca, imperio de historia desconocida, sepultada para siempre con las nóminas de sus reyes, entre restos ciclópeos que hablan de civilizaciones, de cultos, de razas que fueron y sólo tienen par en ese misterioso cuanto remoto Oriente.
(Ramón del Valle-Inclán, “Juventud militante. Autobiografías”, Alma española, Madrid, 27 diciembre 1903, ápud Manuel Alberca, Cristóbal González, Valle-Inclán. La fiebre del estilo, Madrid, Espasa, 2002, pp. 265-267)

José Carlos Mainier

Valle Inclán sin mitos José Carlos Mainier,
Catedrático emérito de Literatura de la Universidad de Zaragoza
http://www.revistadelibros.com/articulo_imprimible.php?art=5238&t=articulos

Manuel Alberca concluye su notable y amena biografía de Valle-Inclán justo en la jornada de su entierro, para desmentir alguna de las palabras finales que se le atribuyeron y algunos episodios inventados que circularon como ciertos y que tuvieron como escenario el propio sepelio. Sin duda, afirma, todo «era una prueba más de la empatía que siempre despertó el personaje público y sus máscaras entre la gente. Pero ahora la leyenda debe cesar para que hable el relato veraz de los hechos». No sé si, a estas alturas, cabe apelar a tal cosa cuando Valle-Inclán es, sin duda, el autor español del siglo XX más concienzudamente estudiado y mejor conocido. Pero también es cierto que hasta 1960 no fue así y que su posteridad inmediata –rica de anécdotas y más atraída por su etapa modernista que por la de su madurez expresiva– le relegó ante figuras como Unamuno y Azorín, e incluso Baroja; después, lo cierto es que el inventor del esperpento y el renovador de la escena española sacó ventaja a todos y, en el cincuentenario de su muerte, en 1986, Gonzalo Torrente Ballester solemnizó por escrito lo que entonces pensaban casi todos: que era el mayor escritor español del siglo XX. Hoy el primer puesto andaría más disputado, pero nadie lo desbancaría del quinteto (o sexteto) de cabeza.

Pero las máscaras han sido pertinaces porque también eran y son «hechos», aunque lo sean a su modo. Lo cierto es que Valle-Inclán contribuyó como nadie a la aureola de excentricidad, intransigencia e intemperancia que siempre lo acompañó y que buscó como sello de identidad personal. Uno de sus más inteligentes valedores, Manuel Azaña, le previno del daño que podía ocasionar a su fama, en el precioso artículo «El secreto de Valle-Inclán» (1923): «Es probable que esté destinado a soportar una desfiguración grosera, popular, y que dure en la memoria del vulgo como un carácter terrible, agrio. ¿No padece Quevedo una reputación de procaz deslenguado?» El ejemplo no parecía descabellado y también lo esgrimió Unamuno con ocasión de su hermosa despedida de 1936, que luego comentaremos. Como el autor del Buscón, ningún otro escritor de su tiempo tuvo una intimidad tan inaccesible y pocos, sin embargo, contaron tantas cosas de sí mismos. Pero la intensidad de sus afectos sólo aparecía en su obra literaria; su vida parecía resolverse en anécdotas divertidas (y alguna vez apócrifas), réplicas venenosas o fantasías heroicas (que son lo contrario de lo íntimo). Al lado de tanta bisutería autobiográfica, exhibió –con mucha exageración, sostiene con razón Manuel Alberca– sus desazones vitales, que tampoco son exactamente la intimidad de un espíritu: Quevedo se quejó de sus tiempos menguados y Valle-Inclán, de sus postergaciones, de sus pocos ingresos y de la pobreza espartana de su vida. Ambos recurrieron con frecuencia el favor de sus amigos, o al del poder público, con una mezcla de soberbia, indiscriminación y chantaje; exageraron sus dolencias (que no fueron pocas, sin embargo) e incluso acabaron muy mal en sus matrimonios.

Un profesional de la literatura
Los testimonios y las cuentas que en este libro se esgrimen (y que conforman, entre otras cosas, una importante y necesaria biografía editorial de Valle-Inclán) no dejan lugar a dudas: nuestro escritor nunca fue pobre. Cambió de editores a menudo, sostuvo una estrategia de prestigio (de la que el empeño de sus Opera Omnia es testimonio evidente), se reservó la distribución de muchas tiradas de sus libros, utilizó con largueza la prensa como soporte de la publicación (o reedición) de sus obras y, en definitiva, logró ingresos holgados e incluso obtuvo de la Compañía Iberoamericana de Publicaciones (CIAP) el sueño de muchos: una suerte de salario mensual de tres mil pesetas que, entre 1928 y 1931, le aseguraba una vida más que acomodada. Pero mucho antes, cuando se presentó en Madrid a hacerse un nombre (con los cuentos de Femeninas, de 1895, como carta de presentación), Valle llevaba como viático un sueldo de dos mil pesetas al año en cuanto empleado fantasma del Negociado de Construcciones de la Dirección General de Instrucción Pública (en ese mismo ramo y unos años después, el sueldo inicial de los maestros nacionales era exactamente la mitad). En 1931, los términos del divorcio que le impuso Josefina Blanco –asesorada por la abogada y diputada radical Clara Campoamor– le resultaron muy gravosos, como lo venía siendo ya la educación de una prole abundante que tuvo a edad tardía, pero esta biografía deja ver que había vivido bastantes años de bonanza, a los que siguió la protección decidida del gobierno republicano.

Su amigo y admirador Manuel Azaña, con el concurso del ministro Fernando de los Ríos, proveyó para él cargos –conservador general del Tesoro Artístico Nacional y director del proyectado Museo de Aranjuez– y le confirió la dirección de la Academia Española en Roma, que ocupó hasta noviembre de 1934, entre peleas, quejas y reclamaciones, informes valiosos que eran desestimados por sus superiores y continuos y largos viajes a España. Y mientras se gestionaron aquellas ayudas, Valle no tuvo inconveniente en arrimarse a las huestes de Lerroux, por si había algún escaño que no estuviera comprometido, o por si los radicales llegaban al poder, como lo hicieron en 1934. En mayo de 1931, Azaña lo consignó en sus diarios íntimos de un modo que puede parecer brutal: «De Valle-Inclán, como no lo fundan de nuevo, no podrá hacerse un hombre respetable».

Es patente que Valle asociaba la grandeza de espíritu a la precariedad de bienes y la notoriedad literaria a la incomprensión y el desdén de los demás. Quizá se limitaba a reproducir un eco de lo que la historiografía romántica sostenía sobre la vida y fortuna de Cervantes, o lo que se recordaba de la azacaneada biografía de Zorrilla. Siempre se vio como un aristócrata del espíritu perdido entre una tropa de villanos, y puede que llegara a creerse que era el vástago de una familia hidalga y que su fe en el carlismo equivalía a la autodefensa de un kulak marginado por una democracia liberal hecha para horteras. Alberca expone muy sensata y concienzudamente el panorama de una familia más bien de tendencias liberales, de antecedentes conocidos (y parcialmente aristocráticos, incluso), en la que la fusión de los apellidos Valle e Inclán fue cosa corriente, y en la que el disfrute de algunas propiedades agrarias e inmobiliarias se combinaron con cargos políticos y con inversiones industriales en los ferrocarriles de una Galicia que se modernizaba como el resto de España.

El ensueño carlista y la invención de un país todavía feudal por parte del joven Valle-Inclán se fraguaron, sin duda, en sus años estudiantiles en Santiago, donde jamás concluyó sus estudios de Derecho (se atascó en la asignatura de Hacienda Pública, lo que parece un síntoma), pero donde practicó la esgrima y la equitación, frecuentó casinos y tertulias, leyó mucho y se acostumbró a la impunidad de la invención: en 1892 publicó en El Globo un artículo, «En el tranvía», en el que narraba un encuentro con Zorrilla. Pero el viejo romántico (que ni entonces ni nunca fue republicano, por cierto) murió al año siguiente y en 1892 ya no salía de su domicilio. Poco después volvía a publicar el mismo artículo en la prensa de México, donde residió un año, escribió bastante, tuvo alguna pendencia patriótica (en su condición de gachupín) y regresó como el soldadote del soneto cervantino: «Fuese, y no hubo nada». El viaje importante fue el de la segunda mitad de 1921, cuando conoció y defendió la revolución y saludó con entusiasmo al presidente Obregón, manco como él (sus andanzas pueden leerse en el excelente capítulo que Alberca titula «Huésped de honor»).

Pero no es fácil suscribir que en 1892 volviera de México con el «modernismo en su equipaje». Alberca acierta al recordar que Valle-Inclán no fue precisamente un autor precoz. Era un cuarentón cuando dio signos ciertos de maestría estética y de originalidad en las dos primeras Comedias bárbaras y en La guerra carlista, además de anticipar milagrosamente el universo y el tono de su madurez en la novela corta Una tertulia de antaño. Compensaría con creces el retraso porque –como advierte también Alberca– fue capaz de ofrecernos una porción de obras maestras en 1920 (Divinas palabras, Luces de bohemia, Farsa y licencia de la Reina castiza, El pasajero) y de escribir Tirano Banderas y los dos primeros volúmenes de El ruedo ibérico (La Corte de los milagros y Viva mi dueño), entre 1926 y 1928, lo que es casi un prodigio. Como la de Cervantes, la de literatura de Valle-Inclán fue fruto de madurez y de experiencia de la vida, también de sabias distancias o coincidencias –diríase que espontáneas, intuitivas– con las más atrevidas ideas estéticas de su tiempo. Sabemos poco, sin embargo, de lo que Valle-Inclán leyó y de lo que «respiró» de su ambiente; este libro habla poco de ello y quizá convendría no haber olvidado –lo señaló hace muchos años el ensayo La anunciación de Valle-Inclán, de Valentín Paz Andrade– su temprana frecuentación de la biblioteca pontevedresa de Jesús Muruais, bien provista de la nueva literatura decadentista francesa y de la traducida a esta lengua.

No nos engañemos: la concepción de las Sonatas, con su vindicación del pasado «políticamente incorrecto» y su desenvoltura de narrador galante la adquirió en las páginas de Jules Barbey d’Aurevilly. Pero también estoy convencido de que su idea fatalista de la Historia y la concepción de los personajes de La guerra carlista debe muchísimo a la impregnación de Tolstói, como yo apunté, a título de hipótesis, hace ya algunos años. Y que, en general, la literatura rusa dejó notable huella en la mezcla de piedad y desgarro con que se acercó, ya siempre, a sus criaturas.

Por otros senderos de una biografía: Valle y los demás
La biografía de Manuel Alberca ha buscado más el trazo de una semblanza personal (y profesional) del escritor, a costa de la dimensión más específicamente literaria, que aparece aquí y allá, por puesto, pero no de forma sistemática. Las setecientas páginas de este volumen han preferido poner en claro un perfil desmitificador (que, ni mucho menos, quiere decir justiciero) y alumbrar los pasos de una vida pública, que se ha sustentado en la indagación propia de muchos tramos de su existencia y que, en algunas etapas, complementa y pondera muy bien lo que ya habían aportado una serie de monografías recientes y muy valiosas: la compilación de Luis Mario Schneider de los documentos en Todo Valle-Inclán en México (1992), el libro de Jesús Rubio y Antonio Deaño, Valle-Inclán y Josefina Blanco. El pedestal de los sueños (2011), la documentación de Margarita Santos Zas y sus colaboradores contenida en Todo Valle-Inclán en Roma (1933-1936) (2010), además de las pacientes y beneméritas colecciones de entrevistas periodísticas, cartas y artículos dispersos en las que, desde los años ochenta, se han afanado Dru Dougherty, Amparo de Juan Bolufer, Javier Serrano Alonso y Joaquín y Javier del Valle-Inclán, que constituyen, a la fecha, un acervo documental del que disfrutan muy pocos escritores.

Todos esos datos invitaban a explorar vericuetos de la vida del escritor que yo echo de menos en el libro de Alberca. Aquí sólo en una ocasión se habla del consumo de opiáceos que, sin duda, fue inseparable de sus dolencias de vejiga y de una visión de las drogas que, en su tiempo, no delimitaba la prescripción médica y la adicción. Pero, hecha esta necesaria salvedad, el poemario La pipa de kif , así como las numerosas alabanzas de la relación de la droga y la inspiración que Valle hizo en sus cartas, no deberían pasarse por alto. Entre otras cosas porque no fue el único escritor de su tiempo interesado por el tema (desde Jean Cocteau hasta Walter Benjamin). Tampoco resultan simpáticos, sin duda, los coqueteos del escritor con el ocultismo, que se hacen tan patentes en La lámpara maravillosa y que han sido materia estudiada con solvencia por valleinclanistas como Eva Llorens y Virginia Garlitz. Alberca cita alguna afición espiritista en sus tiempos de estudiante en Santiago y habla muy por encima de los referentes esotéricos de La lámpara maravillosa. Pero esa dimensión ocultista tampoco fue ajena a la curiosidad de otros escritores: valga aquí la cita de W. B. Yeats, T. S. Eliot y Fernando Pessoa.

Aquellos fueron algunos de los senderos en que los pasos de Valle se cruzaron con las grandes intuiciones estéticas de su tiempo; por eso, también hubiera querido que se hiciera mayor hincapié en sus proclamas estéticas más contundentes, desde el artículo «Modernismo» de 1902 (en el que identifica el movimiento artístico con los efectos del uso sistemático de la sinestesia) y la jugosa «Breve noticia acerca de mi estética cuando escribí este libro» (que prologó Corte de amor, de 1903) hasta el precioso «Apostillón», vanguardista y expresionista, que abre la Farsa y licencia de la Reina castiza, sin olvidar sus curiosas declaraciones a la prensa sobre el cinematógrafo o sobre las populares «danzaderas», cuyos bailes y canciones también habían atraído a Gómez de la Serna y a Pérez de Ayala. Valle llegó a ser el modelo del escritor internacionalista y progresista, milagrosamente surgido del viejo insurgente carlista y católico.

Pero todavía hay otros dos aspectos referentes a la creación literaria que pertenecen plenamente a la jurisdicción de la biografía de un escritor: uno se refiere la visión que de él tuvieron los literatos contemporáneos; el otro concierne a la admiración y la influencia que ejerció en su entorno inmediato y que constituyó su posteridad inmediata. El aspecto más productivo es, sin duda, la confrontación de Valle con sus coetáneos, diálogo que, en nuestro caso, es prácticamente unilateral, pues nuestro hombre fue bastante remiso a hablar de sus colegas. Alberca ha recogido, por supuesto, las amonestaciones por causa de frivolidad y escapismo que muchos enderezaron al autor de las Sonatas. Las más significativas fueron, sin duda, las del joven e impetuoso Ortega y Gasset, empeñado en leer la cartilla a todos sus antecesores: a Unamuno por su espiritualismo hirsuto y antimoderno; a Baroja, por su arbitrariedad recelosa; a Azorín, por el esteticismo contemplativo que disimulaba su reaccionarismo de fondo. En una reseña muy precoz de Sonata de Estío (La Lectura, 1904), ya había reparado en «ese enfermismo imaginario y musical» que la poblaba; en 1908, en la revista Faro, ajustaba la puntería y daba una razón moral de su desvío: «Los señores Valle-Inclán y Rubén Darío tienen su puesto asegurado en el cielo, como pueden tenerlo Cajal y don Eduardo Hinojosa. Los que probablemente se irán al infierno –el infierno de la frivolidad: único que hay– son los jóvenes que, sin ser Valle-Inclán ni Rubén Darío, los imitan malamente».

La cita pertenece a un artículo en el que Ortega sentaba también la mano al impetuoso Ramiro de Maeztu. Pero éste también ya acaba de hacerlo, a su vez, con Valle-Inclán y seguramente donde más le dolía al escritor, al responder a la importante encuesta sobre el modernismo que ofreció la revista El Nuevo Mercurio (1907), por iniciativa de Enrique Gómez Carrillo: para el autor de Hacia otra España, desde 1895, Valle-Inclán «viene dedicando a esa causa [la del modernismo militante] doce o catorce horas diarias de charlas, discusiones y pendencias […] e ilustrando sus tesis con algunos escritos».
Aunque estuvieran en la misma orilla de un arte comprometido con la razón reflexiva, otros admiraron, sin embargo, el rigor con que Valle profesaba el culto al esteticismo. Fue el caso de Ramón Pérez de Ayala, quien convirtió a Valle en un personaje más de su novela Troteras y danzaderas (1913) bajo el nombre revelador de Alberto de Monte-Valdés y trocando la manquera del modelo por la pérdida de una pierna. Hubiera valido la pena que Alberca, que cita la novela, explorara en ella la teoría estética del imaginario Monte-Valdés que Ayala confronta en su relato con el modernismo banal y decorativo del crédulo Teófilo Pajares (remedo quizá de Francisco Villaespesa) y con sus propios conceptos, expresados a través de Alberto Díaz de Guzmán.

Todo lo vemos, más visible y ampliado, en la reseña de Cuento de abril (en la revista Europa) y en el penetrante balance «Valle-Inclán, dramaturgo», que Ayala incluyó en Las máscaras, y que tampoco se citan. Pero no todos los contemporáneos estaban por la misma labor de rescate: el primer manifiesto vanguardista gallego, el de Manuel Antonio, «Mais alá!», publicado en la revista Nós (1922), llamó a Valle «maestro da xuventude imbécil de Galiza». Aunque para esas fechas ya contaba con el apoyo, que fue decisivo, de Cipriano Rivas Cherif, un escritor y director de escena que había trabajado en Italia con Gordon Craig y que era íntimo de Manuel Azaña y que, con el tiempo, sería su cuñado. Valle-Inclán le debió gran parte de su rescate como dramaturgo. En las páginas de su revista, La Pluma, publicó Los cuernos de don Friolera y Cara de Plata, pero, sobre todo, le consagró un número monográfico, el 32 (enero de 1923), que situaba, sin ambages, el futuro sitio del escritor en la historia de la literatura española.

Por supuesto, casi todo esto se cita en la biografía de Manuel Alberca, aunque no se subraye cuanto hubiera podido desearse. No sucede así con una carta personal que Juan Ramón Jiménez incorporó al séptimo «cuaderno» de la serie Unidad (1925), con motivo del estreno de Divinas palabras: la «maravillosa tragicomedia» es, «por su multiforme pasión interna, por sus colores, por su lenguaje y estilo, sintéticos de la jerga total española –de todas las Españas–, la única obra “teatral” que se ha escrito en español, desde las mejores –Romance de lobos– de usted mismo». Y por eso, Juan Ramón ha enviado un ejemplar a Lennox Robinson, uno de los directores del Abbey Theater de Dublín, «donde como usted sabe dan sus representaciones los famosos y exquisitos Irish players. El otro día le decía yo a nuestro Alfonso Reyes que cómo se parecían algunas cosas de usted, esta hermosísima farsa en especial, a ciertas primeras obras –Yeats, Synge, Lady Gregory– del teatro irlandés moderno; lo que es lógico, al fin y al cabo, siendo usted gallego, celta, y siendo usted».

Más senderos: el reconocimiento tardío de Valle-Inclán
Nunca debió de recibir Valle un elogio tan encendido y tan certero. Pero no lo fue menos la ya citada necrólogica de Unamuno –siempre maestro en ese género– publicada en Ahora, el 29 de enero de 1936: le constaba al escritor que Valle-Inclán «seguirá nutriendo más los anecdotarios que las antologías», porque «su vida, más que sueño, fue farándula», y él se complació en ser «actor de sí mismo». Pero, en rigor, Valle alcanzó a ser sobre todo una lengua especial y única: «Se hizo con la materia del lenguaje de su pueblo y de los pueblos con los que convivió, una propiedad –un “idioma”– suya, un lenguaje personal e individual». En asunto del idioma, «en el fondo estaba la forma», que es «algo más sustancial que la mera superficie. Que lo formal no es lo superficial». Unamuno aplicaba a Valle una de las ideas más persistentes de sus últimos años: que fondo y forma eran una sola cosa y que «sabemos que la palabra hace el pensamiento y, lo que vale más, el consuelo, el engaño vital. Y él sabía, Valle –como sé yo–, que haciendo y rehaciendo el habla española se hace historia española, que es hacer España». Para el gran ególatra que fue Unamuno, no había mayor encomio que la formulación de esta hermandad póstuma: lo cierto es que la más certera síntesis de Valle-Inclán estaba en ese texto de un hombre que escribía en el último año de su vida sobre otro que acababa de morir.

Pero en aquel momento final, Valle también llegó a encarnar otra cosa: ser el modelo del escritor internacionalista y progresista, milagrosamente surgido del viejo insurgente carlista y católico. Un excelente libro de Manuel Aznar Soler, República literaria y revolución (1920-1939) (2010), estableció con precisión ese itinerario de Valle, que otros hicieron por él, y no es casual, por supuesto, que su recorrido se inicie precisamente en el año de publicación de la primera versión de Luces de bohemia. La ampliada que recogieron en 1924 las Opera Omnia ya tiene todos los elementos subversivos que condujeron en derechura a Martes de Carnaval y a esta entronización del escritor como espejo de una literatura revolucionaria. Alberca recoge el proceso siguiendo puntualmente las fuentes periodísticas. Si hubiera ido más allá del aciago 5 de enero de 1936 en que el escritor murió, hubiera consignado que el 14 de febrero, dos días antes de las elecciones generales que ganó el Frente Popular, se celebró un homenaje «popular» en el Teatro de la Zarzuela de Madrid, en el que intervinieron Antonio Machado, Federico García Lorca y María Teresa León, y que concluyó con una representación de Los cuernos de don Friolera por parte del grupo Nueva Escena (el recuerdo del acto fue exhumado por Juan Antonio Hormigón en 1986).

A la fecha, Valle ya había sido el referente honorífico de la delegación española que acudió al Primer Congreso para la Defensa de la Cultura (París, 1935), como se consigna puntualmente en nuestro libro; cuando el segundo de aquellos encuentros se inauguró en Valencia, el 4 de julio de 1937, el nombre de Valle-Inclán fue recordado por Julio Álvarez del Vayo en una de las alocuciones inaugurales. Lo que el escritor representó en la vida cultural del momento bélico lo dicen bien claro sendas ediciones populares de sus obras socialmente más significativas, ambas publicadas en 1938: La corte de los milagros, que contó con un expresivo y conocido prólogo de Antonio Machado, y Tirano Banderas, que lo tuvo de Enrique Díez Canedo.

No era la primera vez que Valle-Inclán era el referente de un interés estético colectivo. En torno a 1907-1910, los ciclos de las Comedias bárbaras y de La guerra carlista no fueron ajenos a la resurrección de la imagen de una España hidalga y algo solemne: Valle-Inclán coincidió en el tiempo con Ricardo León, Eduardo Marquina, José María Salaverría y algún otro en una moda retro (diríamos ahora) que Juan Carlos Ara Torralba definió muy bien en la excelente monografía Del modernismo castizo. Fama y alcance de Ricardo León (1996). Pero también en torno a 1930 las novelas tardías de Valle cambiaron la percepción del siglo XIX español y la manera de narrarlo: se nota alguna vez en las «Vidas Españolas del siglo XIX», de Espasa-Calpe, y lo advertí en los autores –habitualmente periodistas– de la serie «La Novela Política», de 1931. El remedo del estilo valleinclanesco fue abrumador en Madrid de corte a cheka (1938), la muy citada novela del falangista Agustín de Foxá, así como no son parvas las deudas que la concepción de su obra teatral Baile en Capitanía contrajo con la trilogía La guerra carlista.

Ninguno de los comentarios precedentes quieren ser tachas señaladas en un libro excelente. Antes bien, son formas de ese diálogo que espontáneamente se emprende con aquello que se aprecia y que, en el fondo, es un reconocimiento de sus méritos. No hay errores de bulto, aunque sí erratas y, en algún que otro caso, cosas que hubiera enmendado, sin duda, esa lectura reposada que la impaciencia de las editoriales siempre hace difícil. Al hablar de la popularidad de la película La malcasada, rodada por Francisco Gómez Hidalgo en 1926, ya fuera en el texto o en la larga nota que lo apostilla, se debió señalar que la presencia de Valle-Inclán (posando para Romero de Torres, al lado de la actriz protagonista María Banquer) y la del torero Juan Belmonte no son los únicos cameos sorprendentes de esta curiosa pieza. También tuvieron sus segundos de gloria el conde de Romanones y Alejandro Lerroux, los militares José Sanjurjo, José Millán-Astray y Francisco Franco (que parece que fue lector del primer Valle-Inclán), los escritores Fernández Flórez y Azorín, el tenor Miguel Fleta y… el mismísimo dictador de España, Miguel Primo de Rivera. Para una segunda edición, queda corregir en todas sus menciones el nombre del novelista Alejandro Pérez Lugín (que siempre figura como Alfredo), el de Raquel Meyer (cuyo apellido era Meller) y, en una ocasión, el de Luis Jiménez de Asúa, que aparece como Insúa (quizá deba añadirse que la popularidad del ilustre penalista, en relación con el homenaje de 1929 que se cita, se debió a la publicación de un libro de enorme y polémico éxito, Libertad de amar y derecho a morir. Ensayos de un criminalista sobre eugenesia, eutanasia y endocrinología, que había vendido tres ediciones en el año 1928).

Tampoco Antonio Ruiz Salvador fue el impugnador de la candidatura de Manuel Azaña a la presidencia del Ateneo madrileño, sino el estudioso de la citada institución que narró cómo Valle-Inclán sucedió a Azaña en la siempre disputada presidencia de la docta Casa. Por último, los dos candidatos finales a la dirección de la Academia de Roma no fueron Antonio Ovejero y José Pijuán, sino sus casi homónimos Andrés Ovejero (catedrático de Teoría de la Literatura y de las Artes y veterano socialista) y Josep Pijoan (arquitecto, historiador del arte, mano derecha de Enric Prat de la Riba en la Mancomunitat de Catalunya y codirector, con Manuel Bartolomé Cossío, de la enciclopedia Summa Artis).

Biografía de José-Carlos Mainer
Fue profesor en las Universidades Central y Autónoma de Barcelona y en la Universidad de La Laguna de Tenerife, antes de pasar a la Universidad de Zaragoza. Ha dado conferencias en toda Europa, en América del Norte y del Sur, y colabora en la crítica literaria de la prensa especializada. Ha realizado ediciones críticas de clásicos de la literatura española, como Juan Valera o del primer tercio del siglo XX, como Valle-Inclán, Antonio Machado, Pío Baroja, así como de autores más recientes: Ramón Gómez de la Serna, Francisco Ayala, Luis Martín Santos o Carmen Martín Gaite. Otras importantes obras suyas son La doma de la Quimera (1987);6 La escritura desatada. El mundo de las novelas (2001). Y una gran Historia de la literatura española (2010), dentro de uno de sus numerosos proyectos que ha impulsado. En el tomo 6 de esta nueva Historia reaparece La Edad de Plata, pero muy enriquecido y cambiado. En diciembre de 2002 se le concedió, en su segunda edición, el Premio de las Letras Aragonesas, otorgado por la Diputación General de Aragón. En 2004 recibe el premio de periodismo de El Correo10 a los valores culturales, éticos y democráticos del País Vasco. Coincidiendo con su jubilación como docente en la universidad de Zaragoza, se editó en 2011, Para Mainer de sus amigos y compañeros de viaje.

 

 

 

La Pluma fue una revista fundada por Manuel Azaña y Cipriano Rivas Cherif en 1920. Costeada por Azaña, contaba con pocos medios. Al intercambiarse con otras publicaciones similares fuera de España, y publicarse artículos de plumas reconocidas, adquirió notoriedad y prestigio. Colaboraron: Ramón Gómez de la Serna, Pérez de Ayala, Juan Ramón, Diaz Canedo, Madariaga, Unamuno, Alfonso Reyes, Pedro Salinas, García Lorca, Antonio Machado, Valle Inclán entre otros. En su número inicial, Azaña ya nombró a quienes no iban a colaborar, como la Pardo Bazán, Ortega y Gasset, Pío Baroja y alguno más.

El Secreto de Valle-Inclán
Por Manuel Azaña
Artículo publicado en la revista La Pluma, 32, enero de1923 pp 82-89.

Imaginemos que el mundo se rehiciese sobre un módulo dado por Valle-Inclán. No conservaría el mundo su forma esférica. En las partes donde Valle-Inclán lo hiriese con el rayo de su fantasía, la rutilante corteza del globo, dilatándose como un flemón, tocaría en el confín de las estrellas; en otras, que Valle-Inclán desprecia u olvida, la envoltura terrestre, desinflada, se hundiría, plegándose en abismos negros. Mundo tan irregular como el nuestro lo fue hasta que adivino, pocos siglos hace, a la perfección de la esfera: mares tenebrosos, inexplorados continentes, y en torno de las tierras civilizadas, el escita, el tártaro devastador. Valle-Inclán vería en imagen, dolorosa a fuerza de ser plástica, el friso ornamental de su vivienda, o el trazado y los colores del jardín; se inflamaría describiéndolos; el esplendor de la imagen brillaría en sus ojos, en su palabra, y encendido por el deseo de la hechura perfecta, vendría a resolver con ciencia propia los detalles más privados de cada oficio: el tejido, la talla, una pintura, la poda arquitectónica de su jardín, cualquier aplicación al ornamento de la vida, le absorberían en el goce de domar la rebelde materia y de vaciarla en las formas acabadas que brotan en su imaginación; Valle-Inclán se olvidaría de su papel de reformador del mundo.

Hombre que contempla a nuestro planeta desde una estrella, que trastueca los continentes, perfora los istmos que aún están cerrados, reenciende los volcanes fríos si la grandiosidad de un cuadro lo pide, enjuaga los senos del Pacífico con los caudales del Atlántico, trasplanta las razas, sigue el curso de las religiones; en suma, gran arquitecto del Universo imaginario, se abate a lo mejor sobre una presa minúscula, la apura, la atormenta y se atormenta, por encuadrarla en su tipo, por imprimir en lo real un acabamiento lógico. El mundo que Valle-Inclán hubiese de rehacer, saldría navegando incompleto. Tropezaría con alguna ley inviolable. Daría volteretas en los espacios. Los pasajeros, amarrados por la cintura, se preguntarían el porqué de sus penalidades. Entonces surgiría el héroe: precipitándose al gobernalle, voces de mando, denuestos, razones, argucias, todo le parecería bueno para sofocar la resistencia ajena. En viéndose perdido, él mismo aniquilaría su mundo, haciéndose volar en mil pedazos; se hundiría por su libérrima voluntad.

Valle-Inclán se solaza en ese mundo quimérico, del que sólo son emisarios amables sus criaturas poéticas. Es más amplio su espíritu que su arte. El arte concluye un poco de lo que su espíritu flota, y nos deja ver la gala, el ornamento de algunas estancias trabajadas con primor. Pero otras formas indecisas, otros límites vagos, un amontonamiento de materiales sin utilizar, modos insólitos que penetran como cuñas en el orbe de la gente llana, descubren la existencia de unas soledades fabulosas, de las que Valle procede, a las que va. Está en su reino, que apenas tiene con el nuestro un lado común, mucho más distante de lo que él cree. No iría a pedirle ensueños a la marihuana si el poder alucinatorio de su fantasía fuese menos pertinaz. De una nube quisiera saltar a otra nube; pero ningún beleño le hace soñar tanto como el ensueño en que vive. Fumando la pipa de kiff se aletargó; en la clarividencia ultraterrena del letargo, ¿qué pudo contemplar? ¿Algún séptimo cielo? ¿Abismos luminosos? ¿Verdades inefables? ¿La suma explicación de la vida? ¿Lo que valga la pena de filtrarse convertido en humo por los intersticios de la puerta del misterio? Valle-Inclán descubrió un retablo de maravilla: en una vasta pradera en declive, de un verdor chispeante, entre dos suaves colinas, un gran santo, un apóstol, un patriarca, sentado en un facistol, asistido de otras figuras menores; y a su espalda, cerramiento entre las dos colinas, una vidriera esplendorosa, de tan vivos y puros colores, como si la luz fuese una canción.

Valle-Inclán volvió de su trance rebosando placer; placer incompleto: echaba de menos algo, si el prado y las colinas, el santo y la vidriera no podían parecer mejor, el conjunto era una composición defectuosa, no estaba “bien resuelto”. Cavilando en la dificultad, sin vencerla, resolvió adormecerse de nuevo y absorbió la droga -me contaba- pensando ahincadamente en el prodigioso retablo; el prado, el santo, la vidriera, las colinas, fueron descubriéndose, bellos como antes, y, ¡oh gozo!, sobre el conjunto apareció bordeando la vidriera, estribando en las colinas, el Arco del Señor. El Iris era el único remate posible en tanta majestad… Valle-Inclán, trasladado a la región pavorosa de la doble vista, había ensanchado a términos colosales la vidriera de una catedral. El narcótico, sin revelarle nada, le disminuye, porque le deja inerte y apaga su poderosa voluntad de extravío.
Valle-Inclán, el hombre más altanero del mundo, con nadie se confiesa, nunca declara su secreto sentir. Hombre, más que violento, explosivo, siempre está sobre aviso, incluso cuando estalla; quisiera poder decir: sobre todo cuando estalla.

Es tan prodigiosa su facultad de personificar, de formar criaturas exentas, que los defectos y las cualidades de su carácter se han convertido en otros tantos personajes, con físico, actitudes y hasta vocabulario diferentes. Hay un Valle-Inclán colérico y otro maldiciente; hay un Valle-Inclán arriscado y temerario, y otro piadosos y recoleto. Si por ciertos atisbos fidedignos no se barruntara en Valle-Inclán la humanidad compasible y fatigada donde yacemos todos, pudiera creerse que existe íntimamente, que sólo es una máquina de acuñar piezas para el público. Detrás de esos personajes se oculta un hombre indomable, que no solicita la simpatía ajena exhibiendo desnudo su corazón. Alguna vez, yendo a encontrarme con Valle-Inclán, me he preguntado a cuál hallaría de los varios que existen. Rebozado en la Capa, a paso largo, remonta la calle de Alcalá: prestancia de caballero, cortesana desenvoltura, correspondientes a cierta manera de coloquios livianos, donde Valle-Inclán acostumbra a tratar prolijamente de algunas superfluidades (de esgrima, de cara, de linajes), con la afectación frívola, la superioridad negligente de quien no hallase para la vida mejor empleo.

La figura de l’honnête homme, del cortesano cumplido, cuadra en el carácter de Valle-Inclán con la reserva, el frío comedimiento de su gran trato; Valle-Inclán sólo es confianzudo para sus bufones. Si el rebozo pende desmayado de sus hombros, y él va despacio, habría que llevarlo al pórtico de una catedral, cuajarle de vieiras la esclavina de la capa, dejándole proferir jaculatorias dolorosísimas, emanadas de sus entrañas. Este es el Valle-Inclán peregrino de Compostela que nos cuenta el caso ejemplar de “una ilustre viuda de Maguncia”, o el terror sagrado de una noche en el monte. En cuerpo, sin la envoltura prestigiosa de la capa, tan flaco, tan escueto como parece por la manquedad, se deja ver el poeta ascético, macerado por tantos rigores y por las privaciones voluntarias. Valle-Inclán es el mayor enemigo de sus carnes. No duerme, pudiendo dormir; no come, teniendo qué. Diríase que el sufrimiento lo exalta. Bajo tal especie, Valle-Inclán se acerca más al doliente que hemos entrevisto en su recatada intimidad.

Metido en un corro, bajo techado, en la mesa del café o en el casino, Valle-Inclán suele poner en primera línea el personaje literario. Las extrañas gestiones de su apostura se pierden; la cabeza usurpa totalmente la función expresiva. Tan prono es un pope como un guerrero; tan pronto un cabecilla montaraz como un nigromante. Una chispa maliciosa se enciende en sus pupilas al provocar, melifluamente, opiniones comprometedoras. Es el instante de hacer proyectos, de tirar planes, el instante de los acuerdos fáciles, el de aplazar las realidades. Valle-Inclán transforma la conversación en género literario, donde puede lucir sobre las cualidades que son ya conocidas por sus obras escritas, otras, no pocos brillantes y difíciles. en esas máquinas habladas vuelca, sin atenerse a los cánones recibidos en los demás géneros, el archivo de sus observaciones y sus increíbles memorias, tratándolos con fantasía calenturienta.

Ciertas personas -hay gente para todo- se muestran escandalizadas por la inventiva de Valle-Inclán y deploran, como una tacha del poeta, que sus livianos decires no respondan a un concepto serio de la vida, no casen con las estadísticas o con los programas de gobierno o… con las Sociedades por acciones. Otros le escuchan atónitos, con señas de recelo, persuadidos de que Valle-Inclán está engañándolos. Y no falta quien, dándoselas de entendido, asienta con risas equívocas a na narraciones de Valle-Inclán, como si corroboraran las invenciones de un bromista. Es que el verbo y la acción no se acoplan en el espíritu de Valle. Con la palabra crea un mundo que adquiere la plenitud del ser en cuanto lo formula, simplemente. Lo mismo da que Valle-Inclán recuerde o profetice: allí no hay antes y después. Pedir que esas criaturas fantasmales advengan al orbe real, al terreno de la historia en que está la persona de Valle, o que el autor dé testimonio por sus personajes, tomando sobre sí la carga de representarlos, es absurdo; incluso cuando inventa, recuerda o vaticina en cabeza propia. Valle-Inclán otorga a la acción el menor espacio posible en su vida de hombre privado; en lo que hace se advierte un resabio traído de las esferas imaginarias de su mando: propende a lo grandioso; más aún: suscita lo grandioso, generalmente irrealizable, como estratagema para eximirse de las tareas menudas que enfrían la imaginación.

Y afronta el mundo necesario en que su persona vive, con tal ánimo, que de la necesidad hace virtud. Él se mece en el limbo de las libertades ilimitadas; si desciende al suelo de las realidades inexorables, ninguna le ha vencido, porque se adelanta a inventar y a proclamar por suyo lo que la fatalidad decreta e impone. Parece un juego y es todo el arte de vivir. Donde se acaban la resistencia a la necesidad y la gracia para convertirla en virtud, Valle empieza a ser un hombre como los demás. Pero esa coyuntura nunca se advierte; y, advertida, lo mejor sería disimularlo para no lastimar o violentar al poeta, que a fuer de tal se sustrae a las normas ordinarias. Una noche hallé vacío su puesto en la tertulia, pero las ramas curvas de sus gafas se apoyaban en el cristal de la mesa, como las antenas de un bicho. Don Ramón no andaría lejos. Un poco de ropa, apenas de bulto, tendida en un sofá, simulaba la silueta de un hombre. Sí, era Valle-Inclán; su cabeza de león reposaba sobre el brazo del sofá, en un cabo de aquella ropa. Al despertarse, la cabeza se irguió como si ascendiera sola por el aire, llevándose abrochada al pescuezo la chaqueta flácida; hechos los ojos ascua, alzando su mano abierta, exclamó con voz tonante al insertarse en la conversación: “¡¡Sí!! ¡¡El poeta debe ser un hombre absurdo!!” Nunca habrá sido fiel a sus ideas.

Hilvano con un rasgo común las variantes de su persona que Valle-Inclán ha pensado y estilizado, y obtengo un tipo complejo, quijotesco si fuese menos precavido, dominante si tuviese menos orgullo. El personaje a quien Valle-Inclán ha transmitido su nombre y su figura, es un semidiós movido por el afán de la justicia absoluta. Sus odios, su crueldad verbal, su intransigencia, pueden evocar, en el origen, un motivo de interés público aceptable. Es un héroe desprovisto de misericordia que ha tirado muchas piedras porque estaba libre de pecado. Se sitúa, naturalmente, en la extrema oposición. Es una picota de lo mediocre y de lo malo; un anticipo del juicio final para los chirles, los hipócritas, los vividores; es un hurón que vocifera sus despegos. Pero esa justicia, que ama tanto, no la aprende en otros ni menos la recibe de una ley exterior. Valle-Inclán es el hombre de la ley propia, que desprecia la jerarquía social y legal porque está corrompida. Vagando por tierra toledanas entró con unos amigos en la posada de Olías del Rey. Sobrevino un posadero, a quien por ciertos dimes y diretes amenazó con unos palos:
_¿Palos a mí? ¿De qué manera?
_¡Así! -y le dió unos cuantos estacazos.
_¡Dios mío¿ -exclamó la posadera-. ¡Dios mío! ¡¡Pegar al alcalde!!

El acento bufonesco con que remeda el grito de la posadera lleva todavía una segunda intención, enteramente añadida por Valle; subrayar su señorial despotismo, la turbulencia con que arrolla al representante de la ley. “¿Alcalditos a mí? ¿Y a tales horas?”, podría exclamar. No soporta alcaldes ni alcaldadas, llámense como quiera. De grato respeta el capricho ajeno; pero necesitaría ir en la vida por una vereda muy ancha para sentirse holgado. En que partes entran a formar su ley propia la herencia, unas siluetas históricas, arquetipos poéticos y un mesianismo vago, que suele andar por aquellos rincones mal conocidos de su universo, es menos importante que nombrar sus dos fundamentos: la independencia personal y el pundonor. No obligarse a doblar la cabeza ante nadie, sostener la fama y el crédito a todo evento; tales son, a mi parecer, las causas de muchas abstenciones y de algunas intromisiones de Valle, a costa de su bienestar y su comodidad, en tiempos; arriesgando locamente la vida, las raras veces que de ello ha sido caso.

Como todos los imaginativos Valle-Inclán se cree un gran general. Contemplando el tráfago de los ejércitos no sacia únicamente un goce estético. Le place una guerra movida, brillante, una guerra a lo Van der Meulen, con reencuentros de caballería, emboscadas y pistoletazos; o una guerra novelesca, como la carlista, en que la inspiración personal halla tantas ocasiones de lucimiento; o un aparato bélico teatral. Valle-Inclán, arrojando el bastón de mariscal al lado del Rhin, ¡qué magnífico envite! Pero en la guerra pensaría encontrar un acuerdo entre su capacidad de inventar y la acción, que hoy marchan juntas; entre la vastedad de su ánimo sin límites y los objetos a su alcance. La guerra, además, es la gran suscitadora y aprovechadora del pundonor. Valle-Inclán, animado de un pundonor fabuloso, habla de la guerra como del teatro natural de sus hazañas. Esto es quijotismo. Acometerá una acción sublime o correrá un paso ridículo, según el color del momento, sin cambiar el impulso.

Tropieza con una guerra de verdad, y se extasía en el peligro; pero también puede perecer un tonto. De madrugada, Valle Inclán y otros amigos iban por la carretera de Carabanchel a presenciar un fusilamiento. Vieron venir un tropel de ganado: el encierro de bueyes y vacas que subía al matadero. Los amigos se apartaron todos, menos Valle-Inclán. Gritábanle los vaqueros : “¡Apártese! ¡Apártese!” Y se negó a obedecer. Pasaron los de a caballo, llegaron las reses, y él se sostuvo tieso en la carretera, sintiéndolas trotar a sus costados. Tuvo, sobre Don quijote, la fortuna de que le molieran a coces.
Este es el tipo exaltado, impresionante, que Valle-Inclán alimenta con sus más robustas energías; acaso sea el Valle-Inclán de la historia o la leyenda. Es probable que Valle-Inclán esté destinado a soportar una desfiguración popular, grosera, y que dure en la memoria del vulgo como un carácter terrible, agrio. ¿No padece Quevedo una reputación de procaz deslenguado? Pero al hombre dulce e infantil, huidizo y modesto, el cultivador galaico que vive secretamente aherrojado por el personaje fabuloso de Valle-Inclán, un destino casi sobrehumano le pesaría.

 Margarita Santos Zas foto de La Voz de Galicia

 

Tres artículos de Vida y Obra de Ramón del Valle-Inclán
Por Margarita Santos Zas Directora de la Cátedra Valle-Inclán
Universidad de Santiago de Compostela

Ramón José Simón Valle Peña, tal era el nombre completo del futuro Valle-Inclán, nació, según consta en su partida de bautismo, el 28 de octubre de 1866 en Vilanova de Arousa (Pontevedra) y no, como al escritor le gustaba fantasear, cuando su madre atravesaba en barca la ría de Arousa. No fue tampoco en la casa solariega, conocida como pazo del Cuadrante, donde vino al mundo Ramón Valle, como la tradición señala. Era ésta la casa de sus abuelos maternos, con un escudo tallado en piedra, con el que Don Ramón ilustró algunas de sus publicaciones con la divisa: Mi sangre se derramó por la caza que cazó. Allí nació Carlos, el primogénito del matrimonio Valle-Bermúdez y Dolores Peña, que se trasladó poco después a una casa en la calle de San Mauro, conocida como El Cantillo (Allegue, 2000: 12-13), en la que vino al mundo Ramón del Valle-Inclán. En la formación de la personalidad histórica y artística del futuro escritor confluyen factores diversos, muchas veces contrapuestos, que se perciben ya en el entorno doméstico.

En la casa familiar se respiraba un ambiente de mundos encontrados. Su padre, Ramón Valle Bermúdez, funcionario en Pontevedra y periodista con inclinaciones literarias, fue un liberal ligado a destacadas personalidades de la época y del regionalismo gallego. Su actividad estuvo vinculada al grupo liderado por Montero Ríos, cuya principal plataforma de expresión fue La Opinión Pública, que Ramón padre fundó, como haría más tarde con el semanal La Voz de Arosa, del que se conserva poco más que su cabecera. Por su parte, Carlos Luis Valle Malvido, abuelo del escritor, fue militar de profesión y hombre también de ideas liberales. Acusado de haber ordenado la muerte de un hombre, sufrió cárcel, emigró a Portugal y tras numerosas vicisitudes fue amnistiado en 1838. En suma, una tradición de ilustrados, que desenvuelve su actividad en pequeñas ciudades provincianas con una singular vida cultural, como Pontevedra, en la que el joven Valle cursó su bachillerato, que inició en 1877-1878, obteniendo el Grado de Bachiller en el curso académico 1882-1883.

Frente a esta tendencia liberal asociada a la rama familiar paterna, la materna, que representa Dolores Peña Montenegro, supone una tradición arraigada de mayorazgos campesinos gallegos, de abolengo tradicionalista, implicada en conspiraciones carlistas e incluso en la última guerra carlista (1872-1876), en la que un tío materno, según testimonios varios, había participado. No por imprecisas hay que descartar las noticias de ese carlismo familiar, al que Don Ramón aludirá expresamente en una entrevista publicada en Heraldo de Madrid (4 de marzo de 1912): mi familia también era carlista. De hecho, su hermano menor, Francisco, figuraba en 1911 como vocal de la junta local del movimiento carlista en Pontevedra (El Correo de Galicia, Santiago, 30 de marzo de 1911, en J. y J. del Valle-Inclán, 1998: 16, I).

Hasta que comienza su bachillerato, Ramón Valle vive en esa sociedad campesina, arcaica y profundamente tradicional, a la que volverá años más tarde para instalarse en tierras de Cambados y A Pobra do Caramiñal; tierras que con frecuencia fueron marco geográfico de sus ficciones y fuente de leyendas, tradiciones y creencias supersticiosas, a la par que cantera de personajes y paisajes de sus obras. De la infancia y adolescencia de Valle-Inclán apenas hay más que datos sueltos, porque nunca habló por extenso de su familia, integrada por dos hermanastros (fruto del primer matrimonio de Ramón Valle Bermúdez) y tres hermanos (los árboles genealógicos de las diferentes ramas familiares, reconstruidos por Pereira Pazos y Prego Cancelo (2008) a partir del fondo documental Valle-Inclán/Alsina, permiten hoy conocer con precisión la familia y ascendientes de Valle-Inclán). El mayor, Carlos, abogado, periodista y autor de varias obras literarias de relativo éxito, tuvo un papel influyente en la formación intelectual de Ramón, y juntos colaboraron en la prensa gallega en sus años universitarios; tal el caso de Café Gotas (edición facsímil, 1999), semanario en el que Carlos fue el primero en firmar con el apellido Valle-Inclán, procedente, a su vez, de su ilustre antepasado Francisco del Valle-Inclán, catedrático de la Universidad de Santiago y fundador de su primera biblioteca. En este proceso formativo adquiere un lugar destacado la figura y obra paternas, al actuar como enlace entre dos mundos culturales, que constituyen la plataforma en la que inicialmente se asienta la formación literaria de Valle-Inclán.

El nombre de Ramón Valle Bermúdez está muy unido por lazos de amistad a dos personajes de la época -Manuel Murguía y Jesús Muruáis- que representan, respectivamente, el llamado «Rexurdimento Galego», relacionado estrechamente con el mundo local y familiar de Valle; y el mundo cultural europeo con el que el inquieto joven conecta a través del círculo pontevedrés de Muruáis, que frecuenta tras su primer viaje a México y hasta su definitiva marcha a Madrid. El primero de esos dos polos de atracción no es desvinculable de la etapa universitaria de Ramón Valle en Santiago, ciudad a la que se trasladó una vez terminado el bachillerato. En Compostela, según consta en su expediente académico, conservado en el Archivo General de la Universidad, se matriculó en Derecho en 1884. Hasta 1889, en que abandona la carrera jurídica, Valle aprobó tan solo 8 asignaturas de las 19 que integraban la licenciatura. La definitiva desconexión de la vida estudiantil se produjo a raíz de la muerte de su padre en 1890, en que retorna a Pontevedra.

Lectura de “Divinas palabras” con Valle-Inclán, Enric Borràs, Fernando Porredón, Amalia Sánchez Ariño, el escenògrafo Alfonso Rodríguez-Castelao, de peu Miquel Ortín, Pedro López Lagar y Cipriano Rivas Cherif entre otros.

El retorno de Valle-Inclán al teatro
En los años posteriores a las Sonatas Valle continúa asistiendo a las citadas tertulias de los concurridos cafés madrileños. En 1907 don Ramón contrajo matrimonio con la actriz Josefina Blanco. Se habían conocido a principios de siglo en el círculo teatral de María Tubau. Tenía 43 años cuando nace su hija María de la Concepción. Después vendrían Joaquín María (muerto prematura­mente), Carlos Luis, María Beatriz, Jaime Clemente y Ana María Antonia. De la vida familiar Valle-Inclán-Blanco se sabe poco y hasta hoy se han guardado celosamente los datos relativos a la conflictiva relación matrimonial, que terminaría en divorcio. Por lo que respecta a su obra, a partir de las Sonatas comienzan a percibirse signos de un cambio que se va a ir haciendo cada vez más notable, a la par que su producción literaria se abre en tres direcciones: poética, dramática y narrativa.

1906 marca el retorno de Valle a las tablas como creador. El 25 de enero estrena en el madrileño teatro Princesa El Marqués de Bradomín. Coloquios románticos, una obra collage que, al refundir textos anteriores, tiende un puente entre las Sonatas y la trilogía «bárbara», que comienza a pergeñar en estas mismas fechas. En 1907, junto a su primer libro de poemas, Aromas de leyenda. Versos en loor de un santo ermitaño, edita el texto inaugural de dicha trilogía: Águila de Blasón. Con ella hace su aparición la saga Montenegro, encabezada por el patriarca, don Juan Manuel, viejo hidalgo de noble pazo gallego, que contempla con impotente rabia y honda nostalgia cómo su mundo, la arcaica sociedad que representa la Galicia decimonónica -la misma que Valle-Inclán vivió de rapaz-, se desmorona ante el empuje de la nueva y pujante sociedad burguesa, capitalista y liberal. Entre ambas aparecen las generaciones más jóvenes, desarraigadas por el cambio -los hijos del viejo hidalgo-, que acabarán por convertirse -con la excepción de Miguel- en ladrones del patrimonio familiar y, finalmente, en parricidas.

Completan la trilogía Romance de Lobos (1908) y Cara de Plata, publicada en 1922 en la prensa y al año siguiente como libro. Tiene éste la particularidad de que, siendo el tercero de la serie, argumentalmente es el primero, ya que la muerte de Montenegro a manos de sus hijos, en Romance de Lobos, impedía continuar el ciclo en esta dirección, por lo que Valle recreó en Cara de Plata los antecedentes lejanos del dramático desenlace. De la trilogía solamente se estrenó en vida de su autor Águila de Blasón, representada en Barcelona el 2 de marzo de 1907. Josefina Blanco interpretó un breve papel, ponderado en los comentarios críticos contemporáneos. No era la primera vez, ya había actuado en El Marqués de Bradomín, en 1906. Y nos consta que preparaba para su estreno Romance de Lobos, ya que entre los manuscritos del escritor se conserva un ejemplar de la primera edición, con notas de puño y letra de Valle-Inclán, indicativas de la voluntad de adaptar el texto a los medios escénicos con que se contaba en la época, reduciendo su extensión, fundiendo o suprimiendo escenas y prescindiendo de todos aquellos elementos que, por su aparatosidad o número de personajes, podían dificultar su puesta en escena. La obra no llegó a representarse por razones que ignoramos.
Estos estrenos y, en particular, el de Águila de Blasón y el proyectado de Romance de Lobos, confirman que Valle, cuando escribió estas obras, pensaba en ellas como textos representables, lo que desmiente la idea, bastante extendida, de que las piezas dramáticas de don Ramón fueron concebidas como teatro leído.

Valle-Inclán fue ante todo un hombre de teatro, que enfocaba toda su literatura, como señaló Pérez de Ayala con perspicacia, sub specie theatri. Hecho que confirma el montaje de nuevas piezas teatrales: 1908 publica una reelaboración de su primer drama, ahora titulado El Yermo de las Almas, que estrenó Margarita Xirgu en Barcelona en 1915; en 1910 escenifica La Cabeza del Dragón (1 de marzo) y, con diferencia de días (19 de marzo), Cuento de Abril. Precisamente en 1910 emprende Valle con su esposa una gira por varios países de Latinoamérica con la Compañía García-Ortega, de la que formaba parte Josefina, para incorporarse después a la Compañía Guerrero-Mendoza con la que continúa viaje a Chile y Paraguay, entre otros (Garat, 1967; Garlitz, 2000; Guitián y J. del Valle-Inclán, 2008). En un vapor de la «Mala Real Inglesa» la Compañía, en la que Valle figuraba como director artístico, embarcó en Lisboa y llegó, finalmente, a Buenos Aires el 22 de abril de 1910.

Coincide esta estancia del escritor con la conmemoración del Centenario de la Independencia de Argentina, para cuya celebración el Gobierno había organizado diversos actos y festejos. Don Ramón -que visitó varias ciudades como conferenciante- da cuenta en las crónicas que envía a España desde Buenos Aires de aquellos acontecimien­tos y aprovecha para criticar a la embajada oficial española, crítica que hace extensiva al Gobierno liberal presidido por Canalejas. No obstante la actividad del escritor durante su estancia en el país no se redujo a la de cronista. Además del estreno de Cuento de Abril, recibido con críticas muy favorables, impartió numerosas conferencias (al igual que ocurrió en los restantes países de la gira, especialmente en Chile), al tiempo que fue objeto de homenajes, entre los que cabe destacar el del Centro Gallego y el del Círculo Tradicionalista de Buenos Aires. En esta última ocasión, a la que Valle asistió como invitado de honor, proclamó sin tapujos su tardía incorporación al partido carlista, llamando a sus miembros «correligiona­rios», que, a su vez, le agasajaron y correspondieron con grandes elogios en sus principales periódicos.

El camino hacia el esperpento y el giro a la izquierda
Durante el período de relativo silencio, en el que se desarrolla la Gran Guerra (1914-1918) y la Revolución Rusa (1917), se gesta la crisis artística que precede y acompaña el nacimiento de las vanguardias, Valle reenfoca su obra y prepara la fórmula que desembocará en el esperpento. Otros factores de ámbito nacional o de índole personal contribuyen a este cambio de rumbo que, digámoslo una vez más, de ninguna manera es brusco. Tras el silencio, los años 1919-1920 suponen la apertura de las compuertas que dejan paso franco a nuevas obras: salen a la luz dos libros de poemas La Pipa de Kif(1919) y El Pasajero (1920), que, pese a sus notables diferencias estético-estilísticas, se gestan casi al mismo tiempo; y varias obras teatrales aparecen en versión periodística, tal es el caso de Farsa y Licencia de la Reina Castiza (1919), Farsa de la Enamorada del Rey, Divinas Palabras. Tragicomedia de aldea (1920), y la primera versión de Luces de Bohemia (1920). Es éste el momento que marca la transformación de su obra hacia una visión desgarrada y crítica de la realidad nacional. El cambio se ha producido, según gran parte de la crítica, a consecuencia de otro paralelo en sus posiciones ideológicas, motivado por una profunda crisis personal, que determinaría una ruptura radical en torno a 1920, año de viraje ideológico y estético total -como se ha calificado-, concretado en la creación de una obra escrita bajo una honda preocupación sociopolítica: el esperpento. De modo que se suele admitir en don Ramón un largo proceso de toma de conciencia, de adopción de una postura cívica, que sigue un camino inverso al de sus coetáneos, los llamados «noventayochistas». De ahí que se le haya considerado, en expresión de Salinas, hijo pródigo del 98.

Esta lectura de la trayectoria del escritor ha contribuido a perpetuar la presunta oposición entre un Valle-Inclán modernista, desligado de la realidad, y otro esperpéntico, comprometido con ella. En esta misma línea se contempla su evolución ideológica: desde un carlismo, tildado de estético, hasta una etapa, fijada en torno a 1920, que adjudica a Valle un compromiso con los sectores progresistas (el famoso «giro a la izquierda»), que lo acomoda entre los anarquistas, bolcheviques, comunistas, republicanos…, atribuyendo a la volubilidad del escritor o a su afán de singularizarse tal disparidad de adscripciones. Pero Valle-Inclán -conviene subrayarlo- no es un individuo ni tan voluble ni tan contradictorio como se ha (se le ha) querido presentar. El inconformismo es una constante de la vida del escritor. Su rebeldía ante la realidad que le tocó vivir se manifiesta en su trayectoria literaria de modos diferentes: primero, como una actitud de huida, de evasión de la realidad, que no es, sin embargo, una postura gratuita, sino un mecanismo de protesta, posiblemente poco eficaz, pero supone una actitud ética indiscutible. Ahora bien, llega un momento en que Valle parece no conformarse con mostrar su rechazo del mundo entorno por la vía esteticista y evasiva de las Sonatas; y, a continuación, trata de reflejar en clave épica una realidad social irremediablemente desaparecida, para contraponerla a un presente que repudia, fórmula que ejemplifican sus Comedias Bárbaras y La Guerra Carlista. Ambas vías -evasiva y ennoblecedora- se diría que no le resultan satisfactorias. Por fin, Valle, que siempre gozó de una despierta conciencia cívica, hace patente su desacuerdo con la realidad político-social contemporánea y su preocupación entonces se centra en la búsqueda de recursos artísticos que hagan más eficaz su actitud crítica. La respuesta será el esperpento.

No obstante, éste surge de una larga búsqueda en pos de un estilo gráfico, de una técnica teatral dinámica y densa y de una visión del absurdo, relacionado con lo grotesco. Término que, tanto en la literatura española (recuérdense las populares «tragedias grotescas» de Arniches) como la francesa entre las europeas, se había convertido en una de las claves de la literatura contemporánea. De hecho, la presencia de lo grotesco es una constante en la obra del escritor, que se va intensificando paulatinamente, siendo un componente fundamental de las farsas valleinclanianas, que la crítica suele señalar como simples prefiguraciones del esperpento, olvidando la especificidad de estos textos. Cuatro escribió Valle: La Marquesa Rosalinda. Farsa sentimental y grotesca (estrenada en 1912 y publicada en libro al año siguiente), Farsa Infantil de la Cabeza del Dragón (estrenada en 1910 y publicada en 1914), Farsa de la Enamorada del Rey (1920) y Farsa y Licencia de la Reina Castiza (1920/1922, estrenada en 1931), reunidas las tres últimas en el volumen Tablado de marionetas para educación de príncipes (1926).

Las páginas de estas farsas, como la mayor parte de la obra de don Ramón, están salpicadas de ecos culturales en forma de cita interna o solapada alusión, pero algo ha cambiado con respecto al juego intertextual característico de la obra del escritor, porque estos guiños culturales adquieren un componente popular y un sentido paródico. Valle ha comenzado a enfocar la realidad con una lente deformante y burlona. El toque poco respetuoso, la ironía o la ambivalencia semántica de las primeras farsas se truecan en Farsa y Licencia de la Reina Castiza en acerada caricatura -befa septembrina- de situaciones y personajes históricos, convertidos en «muñecos»: la reina Isabel II, el rey consorte, su matrimonio y amoríos son vistos desde una óptica, que se explicita en estos versos que encabezan la farsa: Mi musa moderna / enarca la pierna, / se cimbra, se ondula, / se comba, se achula / con el ringorango / rítmico del tango,/ y recoge la falda detrás. La lengua popular, castiza y desgarrada, el ademán gesticulante, la animalización de los personajes, las situaciones absurdas, la sátira política… Es el umbral del esperpento.

Por otra parte, Valle-Inclán en estas mismas fechas cierra el ciclo de sus Comedias Bárbaras con la publicación, ya mencionada, de Cara de Plata. Dos años antes había visto la luz una de las obras más valoradas del escritor, Divinas Palabras (1919 en la prensa y en 1920 como libro), que se anuncia como Tragicomedia de aldea en un contexto gallego, que a partir de estas dos piezas abandona definitivamente, si se exceptúa La Rosa de Papel, también ubicada en Galicia, aunque su función dramática es en este caso muy secundaria. Localización, ambientes y personajes resultan familiares al lector fiel a la obra del escritor en esta Tragicomedia de aldea, pero lo grotesco se filtra por todos los recovecos del mundo que en ella recrea. El «Baldadiño», una pobre criatura hidrocefálica, es llevada de aldea en aldea en un carretón con objeto de provocar la compasión de la gente y, de resultas, su caridad. Así el monstruoso personaje se convierte en un negocio que se disputan varios familiares. Ése es el núcleo de Divinas Palabras en torno al cual se desarrollan la envidia, el odio, la avaricia, el adulterio…, acompañados de rituales milenarios, brujería y supersticiones. Todo ello transmitido con una lengua versátil, capaz de revelar las personalidades y estados anímicos de sus hablantes, que se manifiestan a través del planto, el grito, la frase acerada, el refrán y las divinas palabras: el latín, lenguaje arcano capaz de detener, con su ignoto significado, la mano de quienes estaban dispuestos a «arrojar la primera piedra» sobre la adúltera Mari-Gaila, en una nueva versión de la evangélica María de Magdala. Divinas palabras, culminación, en definitiva, del teatro que representan las Comedias Bárbaras, apunta rasgos que, aun alcanzando en la tragicomedia sentido pleno, la acercan al esperpento.

Documento de Valle-Inclán en http://www.elpasajero.com/ventolera/zuloaga.html

Los últimos años
Valle-Inclán era una figura incómoda tanto por su obra como por sus actitudes y actividades. Nunca renunció a las tertulias cafeteriles, ahora en el elegante Regina y en la Granja del Henar, ambos en la madrileña calle de Alcalá. De 1927 data la única imagen «viva» de don Ramón. Se trata de un fotograma de la película La Malcasada, dirigida por Francisco Gómez Hidalgo, en el que el escritor aparece con Romero de Torres y la actriz María Blanquer en el estudio madrileño del pintor andaluz. Ese mismo año participa con otros intelectuales en la creación de la Alianza Republica­na. Protagoniza asimismo un episodio sonado en 1929, al promover un gran escándalo con motivo del estreno de El hijo del diablo, de Montaner, que terminó con su reclusión en la cárcel Modelo de Madrid. Por vez primera Valle se encuentra en una situación económica desahogada al firmar un contrato con la C.I.A.P., aunque no duró mucho tiempo, ya que la editorial quebró en 1932.
El fenómeno mundial de la politización de la cultura, que se produce en los años 30, se constata igualmente en España, evolucionando del vanguardismo deshumanizado al compromiso antifascista. Valle, aunque más de una vez había elogiado a Mussolini, en la línea de su manifiesta admiración por personalidades carismáticas, bien que a veces situadas en las antípodas ideológicas, fue nombrado presidente de honor de Amigos de la Unión Soviética en 1933, miembro del Comité Internacional contra la Guerra, del que formaban parte numerosos intelectuales europeos y americanos; en 1935 fue miembro del Congreso de Escritores para la Defensa de la Cultura y presidió, asimismo, la campaña nacional contra la pena de muerte.

A partir de 1930 Valle-Inclán, con la excepción de su inconclusa Baza de Espadas y El Trueno Dorado, novela publicada en prensa en 1936, se limita a reeditar sus textos, aunque suele retocarlos, perfeccionarlos, entregando incluso versiones ampliadas como sucede con la definitiva de La Corte de los Milagros (añade «Aires nacionales» en 1931). Esto significa, como antes adelantaba, que no abandona el proyecto de los «Amenes» del reinado isabelino, idea que abonan tanto los textos publicados en el mencionado Valle-Inclán inédito (2008), estrechamente relacionados con los temas de esta serie histórica, como los manuscritos del escritor, entre los que se conservan importantes materiales, todavía pendientes de estudio, que remiten al mismo ciclo histórico, a cuyo continuidad, por otra parte, Valle se refiere en diversas ocasiones en cartas y entrevistas de estos años (vid.J. y J. del Valle-Inclán, 1994).
Además de las ediciones sueltas mencionadas, el escritor también reúne bajo un nuevo título, significativo, eufónico y evocador, obras del pasado próximo o lejano: la obra poética editada en Claves líricas (1930), tres de sus esperpentos en el ya citado volumen Martes de Carnaval (1930), y la narrativa breve en Flores de Almendro (1936). Agréguense algunos estrenos, tardíos por demás, como el de La Reina Castiza y El Embrujado, en 1931, y Divinas Palabras en 1933. Los últimos trabajos de Valle-Inclán, testimonio de su prolongado maridaje con la prensa, son periodísticos: una serie de artículos, titulada genéricamente «Paul y Angulo y los asesinos de Prim», publicada en Ahora en 1935, que parecen también imbricarse en la serie de El Ruedo Ibérico.

Sorprende esta actividad en un hombre cuya salud estaba muy quebrantada, pero no era obstáculo para que siguiese atentamente los acontecimientos de su país. La proclamación el 14 de abril de 1931 de la II República sitúa a Valle-Inclán entre las filas de sus simpatizantes (De Juan y Serrano, 2007), sin que esa simpatía resulte contradictoria con sus lealtades tradicionalistas, pues también los carlistas recibieron con expectante esperanza el nuevo régimen, virtualmente capaz de sustituir las caducas instituciones por otras que imprimiesen al país otro rumbo. El mismo año de la proclamación de la República, Valle recibió del pretendiente carlista, don Jaime, la más alta condecoración del partido: la Cruz de la Legitimidad Proscrita. Por su parte, el Gobierno republicano nombró a Valle en 1932 conservador del Patrimonio Artístico Nacional, cargo bien remunerado, que apenas le duró el tiempo de tomar posesión, ya que dimitió ante el estado de abandono de palacios y museos de los Reales Sitios y la falta de eco ante sus propuestas y proyectos. Ese mismo año fue nombrado presidente del Ateneo madrileño y fue objeto de un homenaje de desagravio por no habérsele concedido el Premio Fastenrath de la Academia a su Tirano Banderas.

La vida familiar del escritor sufre en estas fechas un profundo cambio: el divorcio de Josefina supone que Valle-Inclán se hizo cargo -al menos temporalmente- de sus hijos, con los que se trasladó a Roma, cuando el 8 de marzo de 1933 fue nombrado oficialmente, después de un controvertido proceso, Director de la Academia de Bellas Artes de la capital italiana, si bien se sabe por cartas escritas aquellos años, que no pudieron permanecer mucho tiempo en Roma. El desempeño de sus funciones como director del centro de San Pietro in Montorio, que albergaba 12 pensionados de pintura, escultura, grabado, música y arquitectura, fueron fuente de conflictos con los propios artistas becados y las autoridades ministeriales, de las que dependía la Academia, que no aceptaron el ejercicio real del cargo y no puramente nominal, que Valle quiso desempeñar en un fallido intento de devolver a la Academia de Roma su antiguo y perdido prestigio. Varios intentos de dimisión y otros tantos de cese por parte de las autoridades ministeriales, jalonaron esta etapa, de estancias intermitentes en Roma y largos períodos en Madrid, motivo de polémica y acusaciones contra el escritor, de las que se hizo eco la prensa madrileña y gallega (Santos Zas, Mascato y Carreiro, 2005). Este cúmulo de sinsabores y expectativas frustradas, unido a la frágil salud del escritor, decidieron su retorno definitivo a España el 3 de noviembre de 1934, aunque Valle fue titular del cargo hasta su muerte. Por lo demás, los silencios y las anécdotas vuelven a ser los compañeros de los años romanos.

En marzo de 1935 Valle-Inclán llega muy enfermo a Santiago de Compostela para ser sometido en la clínica de un viejo amigo, el Dr. Villar Iglesias, a un tratamiento de «radium». Diversos testimonios -cartas, prensa- permiten reconstruir los últimos meses de su vida en Compostela (Javier del Valle-Inclán, Reigosa y Monleón, 2008), donde fallece el 5 de enero de 1936. Sus restos reposan hoy en el cementerio compostelano bajo una gran losa de granito, tan austera como fue su propia vida. Grabado, hendido en la piedra, se lee su nombre. No necesita más para recordarnos quién fue, porque su obra, ya centenaria, lo ha consagrado como un clásico.

Margarita Santos Zas es Doctora en Filología Hispánica por la USC (1989). Profesora Titular de Literatura Española (1992) en el Departamento de Literatura Española, Teoría de la Literatura y Lingüística General, Facultad de Filología de la USC y directora de la Cátedra Valle-Inclán, desde su creación en 2002.

La Cátedra de Extensión Cultural Valle-Inclán de la Universidad de Santiago de Compostela se creó el 20 de marzo del 2002, en virtud de un Convenio de Cooperación entre la USC (Excmo. y Macgo. Sr. Rector D. Darío Villanueva Prieto) y el Ayuntamiento de la ciudad (Ilmo. Sr. Alcalde D. Xosé A. Sánchez Bugallo ), con el objeto de proporcionar un marco de integración y apoyo a la tarea de investigación, actividades y proyectos que desde 1988 viene desarrollando el Grupo de Investigación Valle-Inclán de la USC (en adelante, GIVIUS).

http://www.cervantesvirtual.com/bib/portal/catedravalleinclan/pcuartonivel1f55.html?conten=autor&pagina=autor17.jsp

Obras de Valle-Inclán

NOTA: Las fechas, cuando son dobles, hacen referencia primero a la publicación
de la obra en la prensa periódica y luego en volumen.

Femeninas (1895, relatos)
Epitalamio (1897, relatos)
Cenizas (1899, teatro)
La cara de Dios (1900, novela por entregas)
Sonata de otoño (1902, novela)
Corte de amor (1903, relatos)
Jardín umbrío (1903, relatos)
Sonata de estío (1903, novela)
Sonata de primavera (1904, novela)

Flor de santidad (1904, novela)
Sonata de invierno (1905, novela)
Jardín novelesco (1905, relatos)
Historias perversas (1907, relatos)
Águila de blasón (1907, teatro, de la serie Comedias bárbaras)
El marqués de Bradomín. Coloquios románticos (1907, teatro)
Aromas de leyenda (1907, poesía)
Romance de lobos (1908, teatro, de la serie Comedias bárbaras)
El yermo de las almas (1908, teatro)
Los cruzados de la Causa (1908, novela, de la serie La guerra carlista)
Corte de amor. Florilegio de honestas y nobles damas (1908, relatos)
Una tertulia de antaño (1909, novela)
Cofre de sándalo (1909, relatos)
El resplandor de la hoguera (1909, novela de la serie La guerra carlista)
Gerifaltes de antaño (1909, novela de la serie La guerra carlista)
Cuento de abril (1910, teatro)
Las mieles del rosal (1910, antología de cuentos)
La cabeza del dragón (1910, estreno/1914, edición: teatro)

Voces de gesta (1911, estreno/1912, edición: teatro)
El embrujado (1912, 1913, teatro)
La marquesa Rosalinda (1912, estreno/1913 edición: teatro)
La lámpara maravillosa (1916, ensayo)
La medianoche. Visión estelar de un momento de guerra (1916, 1917, crónicas)
En la luz del día (Un día de guerra. (Visión estelar) Segunda Parte) (1917, publicada en El Imparcial: novela)

La pipa de kif (1919, poesía)
Divinas palabras. Tragicomedia de aldea (1919, 1920, teatro)
El pasajero. Claves líricas (1920, poesía)
Luces de bohemia (1920, 1924, teatro)
Farsa de la enamorada del rey (1920, teatro)
Farsa y licencia de la Reina Castiza (1920, 1922, teatro)

Los cuernos de don Friolera (1921, 1925 teatro)
¿Para cuándo son las reclamaciones diplomáticas? (1922, teatro)
Cara de plata (1923, teatro, de la serie Comedias bárbaras)
La rosa de papel (1924, teatro)
La cabeza del Bautista (1924, teatro)
Tablado de marionetas para educación de príncipes (1926, teatro; incluye Farsa y licencia de la reina castiza, Farsa italiana de la enamorada del rey y Farsa infantil de la cabeza del dragón)
El terno del difunto (1926, teatro)
Ligazón. Auto para siluetas (1926, teatro)
Tirano Banderas (1926, novela)
La corte de los milagros (1927, novela, de la serie El Ruedo Ibérico)
La hija del capitán. Esperpento (1927, teatro)
Sacrilegio. Auto para siluetas (1927, teatro)
Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte (1927, teatro; incluye Ligazón, La rosa de papel, La cabeza del Bautista, El embrujado y Sacrilegio)
Fin de un revolucionario. Aleluyas de la Gloriosa (1928, novela)
¡Viva mi dueño! (1928, novela, de la serie El Ruedo Ibérico)
Claves líricas (1930, recoge toda su poesía)
Martes de carnaval. Esperpentos (1930, teatro; incluye Las galas del difunto –El terno del difunto–, Los cuernos de don Friolera y La hija del capitán)
Baza de espadas: vísperas septembrinas (1932, novela incompleta, de la serie El Ruedo Ibérico)
El trueno dorado (1936, fragmento de novela, de la serie El Ruedo Ibérico)
Flores de almendro (1936, recopilación de cuentos)
Obras completas (2002)

htpp://www.elpasajero.com/Obras.htm

 

 

 

Tumba de Valle-Inclán

 

 

Te dejo mi cadáver, reportero.
El día que me lleven a enterrar,
fumarás a mi costa un buen veguero,
te darás en «La Rumba» un buen yantar (…)
Para ti mi cadáver, reportero
mis anécdotas todas para ti.
Le sacas a mi entierro más dinero
que en mi vida mortal yo nunca vi
(Carta de Valle-Inclán a Pérez de Ayala, 04-02-1933)

Te deixo meu cadáver, jornalista.
No dia que me levem a enterrar,
fumarás um bom charuto a custa minha,
te darás em «A Rumba» um bom jantar (…)
Para ti meu cadáver, jornalista
minhas anedotas todas para ti.
Sacas do meu enterro tanta guita
que em minha vida mortal eu nunca vi
(Tradução de Pedro Sevylla de Juana)