Valdepero Inicial

Contenido: Introducción explicativa de Valdepero. Mi poemario en portugués sobre los inicios. La historia del Rey y su legado, plena de detalles culturales, descripción minuciosa de una sociedad justa que pudo existir hace más de veinte siglos. La biografía actualizada em português y un video sobre los Vacceos.

Materia y energía,
en su cópula engendraron,
sístoles y diástoles,
el primer hálito de vida.

Valdepero, villa de mi nacimiento e infancia, antes de recrearlo yo mezclando lo real y lo irreal, siguió los pasos de la Naturaleza toda, de todo el Universo. Fue vapor incandescente, fluido llameante, comienzo de una solidificación todavía encendida, calor excesivo para cualquier forma de existencia. Desprendió gases ardientes, llamaradas, pan volcánico y lava, como si se tratara de un volcán activo, todo él magma. Tiempo, tiempo y tiempo en cada estadio: lo que suma tiempo, tiempo y más tiempo en la completa evolución. El poemario “Amanecer de Amaneceres” que va adelante traducido al portugués, lo describe haciéndose habitable y habitado. Planeta Tierra, ya; tibio primero, la vida inicial y la plenitud de vida. Piedras, plantas, animales, la raza humana diferenciándose del resto día tras día. Sus dificultades, el entorno, la trinidad de dioses y esa manera de observar el entorno y de imaginar el resto.

 

 

Vista parcial de Valdepero y su campo

 

La prosa posterior, titulada “El Legado del Rey”, imagina Valdepero en tiempos remotos. Época en que aún era el “Lugar del agua que surge” poblado por vacceos y romanos. Sirviéndose de la cordura apasionada de una historia de amor nada convencional, el Rey trasmite a los súbditos sus enseñanzas, todo lo aprendido. Sucesos ocurridos cuando la geografía, espacio rodeado de páramos y montes, de llanuras, cuestas y laderas, lo convierte en fortaleza donde a los naturales les resultan fácil la defensa y la colaboración con los vecinos, pobladores de la ciudad de Pallantia, muy próxima y más fuerte. Cada aspecto de la actividad diaria –dioses mandamiento, liturgia- y de la convivencia, ha sido detallado hasta hacerlo envidiable; inicial complemento de la larga y excelente historia documentada, que después escribirían -trabajo concienzudo de investigación y cariño similar al mío- dos historiadores coterráneos y coetáneos, quienes me pidieron la redacción del prólogo que redacté.

Nací de la tierra,
del agua, del viento,
del ardiente sol de medio día;
nací de la voluntad, de la esperanza,
del perseverante amor a la vida.

En un afán inmoderado
de comprender los entresijos del mundo,
adelanté un mes mi llegada a la realidad esquiva,
litoral abrupto;
donde lo negro no es del todo negro
y lo blanco nunca fue muy puro.

Mi Valdepero, el pueblo de mi infancia y mis recuerdos, está hecho de una mezcla bien amasada de lo constatado y lo intuido. Es un pan redondo de sabrosos coscoritos rodeando la miga central. Un pan cuya harina es mi percepción de la realidad circundante. Es espacio, mas espacio inconcreto, que abarca el territorio recorrido en la niñez: Casa Grande donde nací, y Casa junto al Arco en el Arrabal, adonde llegué a los tres años. Larga calle Mayor, y campo al que los traqueteos del carro me llevaban. Personas y animales domésticos, el cielo azul, blanco o gris en sus diversos tonos; árboles escasos de la carretera, Valdegayán y el Rabanillo, y arbustos crecidos en las laderas. Mi Valdepero es la familia: mis padres y mis tíos, los primos que me hacían de hermanos sin saberlo ellos ni yo; los amigos y sus familiares.

Reparto en una cesta la ración de matanza,
el chichurro en un puchero;
y tantos amigos tengo que no bastan
las quince arrobas del cerdo.

Valdepero fue un tiempo alargado que transcurría lentamente mientras yo trataba de hacerme quien soy. Aspecto que trasciende a la niñez; una niñez sencilla terminada a los nueve años con la marcha al internado de La Salle. Luego, las intermitencias de las vacaciones y los trabajos agrícolas realizados en ellas: preparación de la tierra, sementera y recolección; reforzaron mi idea de la vida, mente dispuesta a ampliar conocimientos.

Hubo frailes que me mostraron
la amplitud del cosmos más allá de las doctrinas
dominantes
y la verdad restringida;
y sayones con sotana que dañaron mis tímpanos
al forzar la entrega de la otra mejilla,
mientras mi boca magullada daba mordiscos rabiosos
a la pulpa tierna de mi propia estima.

Valdepero, Palencia, Madrid: itinerario inicial hecho con el equipaje íntegro de Valdepero. Palencia fue, en esencia, las paredes que cercaban el patio del colegio, la torre, el edificio alto de las clases y el dormitorio. Palencia fue la imagen de mi madre cambiando cada semana la ropa sucia de la muda por la limpia, en una bolsa blanca con mi número de interno, 102, bordado en azul. Fue la imagen de mi madre llevándome comida de casa, productos del cerdo de sabores arraigados y olores inolvidables. El lomo embuchado más que ningún otro. Palencia fue su cariño y el de mi padre, trabajador exhaustivo de un campo duro pero generoso, porque daba todo cuanto tenía. Fue los paseos semanales, marchando en hilera hasta llegar los jueves a las eras del Manicomio, y los domingos al campo de fútbol de La Balastera. Fue el aprendizaje base de los otros aprendizajes, conocimientos y disposiciones.

Se me opone el devenir de la existencia,
y descubro el tesón como un arranque
que la energía de los cíclopes en su ejercicio libera;
no hay vendaval, no hay brazo de gigante,
no hay quimera
que puedan sujetarme.

A los diecisiete años, Madrid ya fue para mí el mundo. Un mundo nuevo con su idioma diverso y sus maneras sociales distintas; estudio y trabajo compartiendo el día. Ateneo y lecturas, museo del Prado y la pintura reunida. Madrid fue punto de llegada: desgajado yo, desgajándome, ampliándome; entrando en lo nuevo sin abandonar lo viejo; amando lo viejo, idealizándolo, fabulándolo. Fue punto de partida para llegar a París, la Tierra Prometida; y para acercarme a Lisboa y a su idioma, mi segunda patria. También se hizo punto de partida para el recorrido mental de regreso: Madrid, Palencia y Valdepero. Fue entonces cuando mi Valdepero se convirtió en Leyenda y Mito.

 

 

Las últimas estancias en el extranjero me han ayudado a comprender por comparación: similitud o contraste; aspectos de mi forma de ser que existían sin explicación. En Brasil se extiende, ciudad y campo de labor, Muqui, sitio histórico del Estado de Espírito Santo, vastos cafetales y excelentes cosechas. No era la subsistencia de Valdepero equiparable a la prosperidad de Muqui, era el intenso amor de mi amiga, la gran hispanista Ester Abreu, a Muqui, quien me mostraba el alcance de mi amor a Valdepero. Nacida allí, descendiente de los fundadores, lo lleva en el corazón y lo refleja en su obra. En mis poemas y prosas de influencia brasileña, cada uno en su sitio, Muqui y Valdepero, Valdepero y Muqui, aparecen unidos. Allí peregriné con un sentimiento casi religioso. Fue en Brasil donde conocí el Sertão, los Sertões, una geografía árida que origina toda una filosofía de vida. Es esa filosofía sertaneja la que yo aprendí de niño en Valdepero. Amar mucho lo poco que se tiene y conservarlo; usar lo necesario, lo estrictamente necesario en prevención de tiempos peores. Está en mi biografía y en mi conducta a lo largo del tiempo. Y lo colectivo como suma superadora de las individualidades.

Los acontecimientos más notorios, ¡qué sutiles!
-niebla, etéreo tul- ¡qué breves!, ¡qué imprecisos!;
no conozco aún los detalles y ya el meollo olvido.
Por el contrario, hay hechos anodinos,
que se asen a la mente con todas sus fuerzas
y la memoria los mantiene vivos.

Me refiero a las sufridas lavanderas
-ropa sucia, azulete, jabón y banca
camino de la turbia acequia,
buscando el celo purificador del agua.

Hablo de la tajada de carne en la fiambrera,
bamboleo acompasado de las alforjas,
sobre el ancho lomo y las ancas sueltas,
cansino regreso de la mula torda;
torta de anises, turrón de almendra,
el bocado que mi padre se quita de la boca en el barbecho,
me trae la fragancia de la tierra recién abierta.

Fue en mi estancia en Villeneuve sur Lot, suroeste de Francia, donde me di cuenta de la importancia de lo común en Valdepero a lo largo del tiempo. Se dan en Francia todo tipo de asociaciones; tantas, que el municipio de la villa destina un atención importante a la vida asociativa. Valdepero se explica en lo individual de cada uno de los habitantes; pero cobra todo su sentido considerando el aspecto social. Lo colectivo define a un pueblo, existencia y esencia. En “La excentricidad de mi órbita” van estas estos versos y los anteriores:

Cuando la necesidad muestra los belfos
mi gente es solidaria,
y se conocen ejemplos
de la conducta entregada.

Llamados por el grito
de bronce de las campanas,
apremiante, hiriente, dolorido,
angustioso toque de quema;
el devastador incendio de los sembrados marchitos,
armados de herramientas
congrega a los vecinos.

Se ignora por lo general quien deja,
herrada y soga junto al brocal del pozo,
bebederos del campo y los renueva;
o quien allana en los caminos
hoyos, cárcavos, roderas.

Si un carro abocina y entorna en la ladera
o quedan presas sus ruedas en el barro,
fuertes brazos abandonando las tareas,
ayudan a las mulas a librarlo.

Acorazada de ilusión,
pletórica de miedos,
la experiencia de los míos rezuma realismo,
y saben que solo con esfuerzo
se da forma al destino.

 

 

La Iglesia de Valdepero vista desde el Castillo

 

Más allá del Ayuntamiento y la Hermandad de Labradores y Ganaderos, organizaciones públicas de gran importancia para lo común, en mi pueblo fueron naciendo agrupaciones que han preservado al municipio del deterioro irreparable y del olvido. La escuela y el origen de todas ellas puede estar en las Cuadrillas. Muchachos y muchachas pertenecían a su cuadrilla en cuerpo y alma. Formadas por edades, juntaban hasta catorce miembros nacidos en dos años próximos. Las cuadrillas eran la patria y la familia de los que a ellas pertenecíamos, fortaleciéndonos, reforzando la autoestima. Los padres mantenían la estructura ya casados y con hijos. Las meriendas semanales en los hornos de Florentín y Diocleciano, eran asunto de cuadrilla. Las tertulias en la fragua del herrero o en la barbería, algo de cuadrilla tenían. Estoy por asegurar que el influjo de las cuadrillas facilitó el arranque de las variadas asociaciones que fueron creándose. El Casino de Socios, la Cooperativa Agrícola, la Asociación de Amigos del Castillo y Monumentos; Las Cofradías de carácter religioso, la Asociación de Cazadores, las Agrupaciones de Mujeres, Varlozado y Almazuela. Todas ellas y alguna que no conozco, a más de los legados particulares, como el que puso en pie el Museo Teófilo Calzada, han conseguido, cada una en su área de influencia, que Valdepero sea lo que es hoy en vez de lo que hubiera sido.

 

 

 

 

O amanhecer dos amanecheceres
Poemário e tradução de Pedro Sevylla de Juana

UM
Em seu próprio final inalcanzável
arraiga o impossível princípio do tempo
e as bordas do espaço se afastam à velocidade da luz
seguindo os trinta e dois rumos da rosa dos ventos.

A eternidade é o tempo que demora a luz em percorrer
o espaço infinito,
a infinitude é o extremo espaço
que a luz atinge em seu percurso eterno;
se explicam juntas ambas,
a uma sem a outra
não são nada.

DOIS
No princípio, tempo e espaço protegiam,
justificando sua própria existência,
à instável energia.

A energia foi se transformando em matéria:
miríades e miríades
de estrelas e planetas,
montanhas, desfiladeiros, lagos,
mares, ilhas,planuras desertas,
pedras, argila, musgo, lagartos;
e a matéria adquiriu essa forma tão diversa.

Matéria e energia,
em sua cópula engendraram,
sístoles e diástoles,
o primeiro hálito de vida.

TRÊS
A vida vagava sozinha no charco finito
à espera duma divinidade empreendedora
dumas regras que deram sentido,
que acrescentassem a sua essência o desejo de saber,
a capacidade de criar e o raciocínio;
milénios iam demorar ainda argila e vontade
em formar pensadores que idearam com afinco.

No incerto maremagnum dos atardeceres vermelhos
dos amaneceres isentos de impurezas,
os mundos se afastam uns de outros pressurosos
empurrados pelo frenesi da sua carreira.

A razoável lógica marca às leis naturais a andadura,
pelos carriles definidos sossegada vai a evolução
destinada à melhora permanente de toda criatura.

QUATRO
Cruzando os limiares mais profundos
se unificam planetas e eletrões,
porque todo é um só assunto
o de acima e o de abaixo
o enorme e o minúsculo.

O dia e a noite
as frias neves e o carvão ardente
o bem e o mal
estavam nos inícios muito unidos
o supérfluo e o essencial
o sólido e o líquido.

Branco e preto eram a mesma cor
esquerdo e direito um único lado
costas com costas conviviam
iguais e contrários.

Nos códigos genéticos dos peixes e os sáurios
lutavam pela posterior evolução
símios e humanos.

Catedrais góticas e comoventes postas de sol
borbullhavam entre animosos sentimentos solidários
e disparos dirigidos à multidão alvorotada
por milhares de tiranos.

CINCO
Não podia durar eternamente a concordia
a tensão crescia como em cana arqueada
como em vulcão ativo,
as identidades de cada animal, de cada planta
de cada pensamento ou acção
se perfilavam.

A explosão libertadora
foi a consequência natural
e cada elemento encontrou sua relativa posição:
o caçador e a lebre
o adjectivo e o nome,
alvorada e poente.

Borralho de vulcões,
cinza e pardo amanhecia
duras as formas,
desabridas.

Deu começo a ordem das coisas
por rígidos preceitos governado
quando as pesadas rochas
conseguiram se diferenciar do barro.

SEIS
Terra e céu se separam,
noite e dia,
pedra e água,
empurra a planície à planície
se alçando elevadas as montanhas;
surgem páramos e montes numa dessas telúricas disputas
e os deuses põem em Valdepero sua mirada.

Crosta e medula calcárias,
assinaladas como ponto de arranque do Universo
por investigações exaustivas;
no tépidoe assentado Valdepero
teve começo a marcha inexorável dos dias.

Divulgou o vento origem tão remota
e Valdepero me habita desde então, me apaixona,
me vive, me morre,
me transforma;
perfila meus lábios e cheia minha boca.

SETE
Potenciando milhões de vezes
a cintilação astral com a lente polida
do frio e transparente gelo
emergiu a luz da amanhecida.

Uniram seus esforços Sol e Lua
gerando a evidência do discordante dia
zénite fervente, frialdade noturna
e a realidade nasceu da sua imagem refletida.

OITO
Sosegada, seletiva,
imparável a vida se potência,
sociedade de elementos,
zelosos da sua esencia.

Tierra de Campos,
Cerrato;
vales, páramo, planura;
e Valdepero,
pedra angular, síntese, coluna.

Em lugar tão cheio de verdades, límpida mirada,
tenho nascido;
colheita perdida entre os dedos,
esgotadas fontes, equilíbrio.
As últimas azinheiras do monte
confinam o espaço
ao redor não há nada: um buraco informe e vazio,
uma leviana noite de solidão,
o profundo abismo.

Um solo sem piedade, um céu azul cruzado de pardais
um século e outro iguais,
o firmamento apoiado no páramo e o monte
e sobre ele
a eternidade dos dias cercados pelas noites.

Ninguém foi capaz de cultivaras espigas
as raízes eram habitual alimento
e o gélido frio inseparável compañeiro.

Resulta extraordinário que em tão adversas circunstâncias
florescesse uma espécie humanizada
capaz de chorar ante o crepúsculo
e de sorrir ao alva.

NOVE
A chuva impetuosa tem transportado à insondável
profundeza do mar
mais de um palmo de altura
e mais de dois
de corteza nua;
a erosão perseverante,
impertérrita ladrona
com avaras garras de gardunha
do húmus fecundo a despoja.

Campo de nutrícios cereais:
trigo, avena e cevada
a chuva aparece de vez em quando
cultivados semeadoiros de colheitas parcas;
o murcho seco morde ovelhas com dentes de fome
e sofrem suas denteladas a pesca e a caça.

DEZ
As espécies vegetais se contam com os dedos
e não é mais copiosa a fauna, não;
nem muito menos.

Servem de assento às pedras
terra parda nos planos,
marga cinza nas encostas.
Costrollo,
ligaterna, rã, barbo, lebre:
de não ser o vento falto de vontade,
no concreto e o abstrato nada mais se move.

Choupos, cardos, cereais;
azinheiras, gatuñas, sarças;
fauna e flora elementares
sustenta a terra árida.

Terra de pincéis e de versos
Valdepero oferece umas poucas cores
mas tons,
centos;
cinza e pardo da terra, os mais singelos,
e o arrogante azul do céu
que o branco tem pervertido.

Aromas da argila molhada e do pão recém cocido
de erva acabada de segar
de messe úmida de orvalho fino.

Cheira o monte a tomilho e a alfazema
a camomila e a salva,
e a alecrim a ladeira;
a hinojo a lindera do horto,
a hortelã
e a orégano.

ONZE
Sem chuva,
em primavera só florescem as palavras:
vozes do seco, muita profundidade e pouca altura
planas,
agudas.

A palavra dita é um som efémero
a palavra escrita é um leve traço;
no entanto, pela palavra se mata
pela palavra se morre, no entanto.

DOZE
Moldou o rio seus meandros,
leito aberto,
seixo bem rolado;
cavalgou a madrugada para formas mais precisas
fomos muitos caçando as escassas lebres
e levantou irmão contra irmão a cobiça.

TREZE
“Que os arqueiros iniciem o ataque
caiam depois os cavaleiros
terminem os infantes a refrega”:
com voz profunda e com aprumo
exclamou vigoroso o estratega.

“Os mortos recolhidos por trás da linha de partida
não atingirão o ansiado paraíso”:
sentenciou iracundo o druida.

Não houve vitória que admitisse terna aos pacíficos
feridos pelas armas dum e doutro bando
nem leito de penas
que distinguisse aos inválidos.

Foram os pícaros
quem reivindicaram o triunfo
conseguido pelos audazes;
e para premiar aos heróis inúmeros
os pedestais resultaram insuficientes.

CATORZE
Tanta sede afogava os meus semeados
que dei nomes de água às penhas
às terras gretadas pelo verão
às raízes ressecas.

Partindo de projetos experimentados
construí minha casa:
um a um coloquei os pensamentos nobres
uma a uma as esperanças fundadas,
pedra nos alicerces, acima taipa e adobe,
telha baixo o ígneo sol e as noites estreladas.

QUINZE
Vieram de visita,
conquistadores,
ficaram um tempo
e, conquistados,
se foram.

Balanço equilibrado
de todos aprendemos
a todos ensinamos.

DEZESSEIS
Criadora do Universo e das Leis Naturais
estava sozinha Aiana no princípio,
deusa da Felicidade e a Harmonia
do Amor e o Equilíbrio.

O tempo parecia novo
quando a flexível Aiana
pôs os olhos no judicioso Pergio,
original agricultor
primeiro labrego.

Entre as glaucas ondas
dum trêmulo mar de aveia
tálamo de gavelas recém segadas,
o humano e a deusa completaram o amoroso ritual,
e desde aquela esplendente jornada
Pergio é imortal.

Bem como os lábios das pessoas felizes
desenham espontáneo o sorriso,
consequência do acendido Amor
se encarnou Muradis,
senhor do latente, da existência implícita
catalisadora essência do batido germinal
terceiro ângulo
lado concluinte da Trinidade.

Pedregal baldio
campo cereal e monte baixo,
horto sedutor e hortelão seduzido;
remoto e resistente ancoragem
me oferece o tronco primitivo:
porque filho de Lucio e neto de Pedro
depois de quinze mil e novecentas gerações
eu procedo de Pergio.

DEZESSETE
Escolho rodeado de fangas de vida,
atol cingido por movediços braços
que mexem a imagem cristalina
dos hipocampos machos
incubando ovos de mil fêmeas tímidas;
na planície densa, na meseta dura
nas ladeiras que circundam esta terra minha
encontrou o mar sua sepultura.

Neste páramo de alicerces sólidos
-estaleiro de varados navios
canteira aberta de templos românicos
góticos castelos
palácios solarengos
campina de pedregulhos álbidos
teve empinados marulhos lá no pleistoceno.

Posso mergulhar seus recantos, lamber o sal baixo as pedras
escalar escarpas rompentes
olhos fechados de olhada interna.

Nesta pedra alta,
nesta altura pétrea
se enterrou meu mar carregado de substância,
oceano de vida alongada em trinta séculos
e mais de mil proezas.

Baixeles e goletas, bergantins e corsários
aliados do vento noturno e da lua
sangrentos abordagens
e enterro de fortunas
na areia incontável.

Teve procelas e naufrágios,
percebo ainda as quilhas afundadas na névoa
sombra preta de azinhais coalhados
monte baixo de lebres e víboras despertas.

Caminho apalpando entre as túrbidas ondas
espumas que engessan a terra de labor
e agitam pombas indômitas.

Minha boca faminta de esturjões e pescadas
dá salobros mordiscos de papoilas,
dentes que põem a intenção na captura
e escondidos no beijo te devoram;
mar interno, mar de altura
amante imesidade inquieta e mórbida.

Laminárias, espirulinas, lagartixas
gorazes, fucos, alhelíes
albacoras, robalos, éguas
raposos, touros e delfins.

Ondeantes estrelas de mar
são as estrelas vespertinas
e as redes se inflaman de anchovas,
douradas espigas
ortigas, abrunheiros, douradas,
nenúfares flutuantes e sereias dormidas.

¡É minha terra!, exclama a garganta muda
e aqui, precisamente nestas rochas,
em meu deserto de espinhas maduras,
durante três milénios não esquecidos pela longa memória
huve banhos temperados e donzelas nuas.

Minhas líquidas origens, minha casta de marinho
descubro na tigela inundada das mãos
caldo de cultivo em minerais rico
torrão compacto ou disgregado
gozoso de antenas e de cílios

¡Oh! meu mar de terra
quanto arado te rasga,
e que escasso penetra.
¡Oh! meu oceano de pedra agraz
quanta brisa faz falta para te segar
quanto anseio de eternidade
para arar teus campos abisais.

DEZOITO
Bandeiras e trombetas,
páginas abertas dos livros;
cada um decide, guerra ou sensatez
campo de batalha ou caminhos.

Hastil talhadao das plumas,
sentimentos, intenções, desígnios:
tudo o aniquila a crueldade das disputas.

Arrasa a guerra povoados e colheitas
rompe os transparentes páramos,
domicílio da alva,
abandona barbechos destinados à relha
arranca corações robustos de dádivas
separa aos potros da égua
mata a vida na vida engastada
modifica a liturgia e desparrama o mel das colmenas.

Cada punhado de terra,
oculta uma gota de sangue:
veias confiadas no plano
artérias surpreendidas nos vales
e no mais alto do colhado,
a desmedida ambição culpavel.

DEZENOVE
Cai gota a gota o chuvisco
passo a passo, rama a rama
desfalece palmo a palmo
grão a grão se desgrana.

Saraiva, escarcha, chuva ou neve
persigo a água cristalina
regeneradora e renascente.

Quero descer como cascata
levando a minha terra amada
o água que ao campo falta.
PSdeJ

 

Vista parcial del Interior de la  Iglesia de Valdepero

Valdepero en tiempo de vacceos y romanos
“El legado del rey”, Pedro Sevylla de Juana                               relato del libro “En torno a   Valdepero”

Conviene antes de nada fijarnos al tiempo y al espacio, atarnos a algo sólido para impedir que el viento de la fábula nos arrastre. La urbe de Pallantia es nuestra referencia inmediata, su proximidad amedrenta forzando a una actitud precavida. Tan sólo una legua hacia el Sur nos separa de ella, y la calzada sufre un trasiego constante: carretas que van y vienen cargadas de alimentos y tejidos, caballos al trote, transeúntes que marchan a buen ritmo. Somos dos pueblos libres, romano el suyo, celtíbero el nuestro, que convivimos y comerciamos a pesar de las diferentes costumbres y creencias. Guardamos, sin embargo, memoria amarga de los tiempos de hostilidad. Nuestros antepasados dejaron el relato de los constantes ataques sufridos por los vacceos, cuya raíz compartimos.

Sobresale de entre todos el asedio de Marco Emilio Lépido a la Pallantia original, situada a seis leguas de la nueva, en la confluencia de dos ríos. La rodearon los romanos, a muerte la cercaron, como serpiente abrazaron sus defensas. Nos pidió ayuda y enviamos soldados en su defensa. Heroico resultó el aguante. Una noche de luna llena la fuerza resultante rompió el cerco romano. Sobre ellos cayeron los cercados, animados por el auxilio singular de nuestra Diosa. En el fragor de la batalla, Aiana Luna se ocultó palmo a palmo, hasta agotar su resplandor. Se eclipsó del todo y la noche fue misterio de fábulas terribles, ulular de lenguas y gargantas, redoble de tambores improvisados –calderos invertidos, marmitas, búcaros o cántaros- espanto de las bestias. Huyeron los romanos perseguidos por sus miedos, espantados de la súbita desaparición de la Luna y de las causas misteriosas, mágicas. Sufrieron tan dentro la derrota, que a no ser por la clemencia de los sitiados, los sitiadores, desorientados, hubieran perecido. Es tan sólo un ejemplo, puesto de relieve para afirmar que somos al poderoso vecino como avecilla para el águila. Asediaron los romanos a Pallantia, una y otra vez hasta lograr su destrucción. Se apropiaron del nombre dándose a la nueva, levantada junto al río Nubis.

Aldea y castro forman el asentamiento de nuestra tribu; tierra llana de vegetación copiosa, y alturas suficientes para albergar los altares sagrados rodeados de matojos, árboles y arbustos. Ocupamos valle y ladera, páramo y llanura, monte bajo del este y las grises cuestas ricas en mineral de yeso. Fuentes, manantiales y arroyuelos salpican los campos de verdor y de alamedas; “lugar del agua que surge” lo llamamos por ello. El trecho fluvial que conviene al contorno divisor en el noroeste, abre puertas impensadas a nuestro proceder industrioso, entregando a las azadas una vega fertilísima y sabrosos peces a las redes. Cuando miramos hacia atrás, resultamos ser casta compuesta de pueblos mezclados. Si bien enaltecemos las ramas ibera y celta situadas en el centro de nuestro ser, y nos consideramos hermanos de los vacceos, nuestros jóvenes están dispuestos a emparentar con cualquier miembro de otra tribu que busque pareja.

En materia de raza, costumbres y cultos, en la verdad sacada de los hechos repetidos, demostramos ser opuestos a la ortodoxia intransigente. Independientes nos sentimos, permeables a las nuevas corrientes, aguas que toman la forma de los meandros sucesivos. A pesar de su tamaño, de igual a igual tratamos a Pallantia, que prefiere el acuerdo y nos respeta. Colectivistas, fieros y nobles: tres palabras nos definen, que sumadas multiplican. En otoño repartimos las parcelas del campo por sorteo. Aramos y sembramos cada lote usando cabeza y corazón, y almacenamos en común la cosecha. Uno por uno vamos entregando todo lo recogido, para tomar del silo a lo largo del año según las necesidades particulares. El cultivo cereal y el cuidado de los rebaños de cabras y ovejas, reclaman el esfuerzo íntegro de nuestros brazos y nos procuran sustento. Lana hilan las mujeres, y tejen prendas de vestir que logran nombre allá donde llegamos como mercaderes de trueque.

La doma de toros y caballos salvajes es servicio adecuado a los que poseen fuerza y empuje, destreza en el manejo de los lazos: soldados expertos en el uso de las armas, caballeros hábiles e intrépidos, mozos arriesgados. Los animales poco dispuestos para el tiro o la carrera, los menos nobles, se sacrifican en el Templo para propiciar circunstancias favorables a la vida, las que dan suelo y cobijo a los hechos amigos. Nos llegan noticias esporádicas, que hablan de inmolación de tiernos cuerpos de púberes muchachas en territorios alejados; mas los dioses son lo que sus pueblos, y nuestras humanizadas deidades -felizmente contagiadas de las leyes sociales que nos rigen- rechazan las ofrendas humanas.

En la falda del Pico Taragudo, al pie del Lugar Sacro, entre arbustos verdinegros y flores coloridas -rumor tranquilo del agua descendente- brota el venero salobre que sirve a los presagios. Caen al agua, arrojados con fuerza que la divinidad ayuda –brazo débil de la Primera Sacerdotisa- once guijarros de colores; verde oscuro, azul pálido, gris intenso, ocre desvaído, uno tostado y otro rojizo que estando junto al negro anuncia la muerte a manos de enemigos. Enturbian las piedrecitas el agua en su embestida, nubes de polvo levantan que cubren el escenario. Cuando vuelven los posos al fondo, enmascaran parcialmente el cuadro colorido de los cantos y, en la disposición de unos frente a otros, se entrevé el futuro que los dioses reservan al humano. Quien habla el lenguaje divino y entiende a la divinidad alzada sobre todas las cosas, es hembra erguida de figura elegante y rostro bello; altiva dirige la mirada y acompasa la voz a los gestos de sus brazos, haciendo resonar la palabra en la bóveda bendita con respetable dignidad. Sólo ella interpreta fielmente los dictados y procura certidumbre a los mensajes.

 

 

Augur y sacerdote se hacen uno, complementándose para ensalzar a Aiana y ordenar su ritual. Son varón y mujer: él se ocupa del culto al Sol, ella entiende los cambiantes aspectos de la Luna y, sirviéndose de la adivinación, ilumina a los demás el camino. Dual es nuestra Diosa, de ahí la duplicidad de elementos dispuesta en el santuario. Un doble umbral nos recibe, donde la Puerta de Oriente acoge los virginales rayos del Sol, y la Entrada de Poniente se alegra del triunfo momentáneo de la Luna. Fundamentos primigenios –Sol y Luna- unificados en Aiana; ninguno es más que el otro, se suceden en inalcanzable persecución y se necesitan ambos; juntos propician el orden y la falta de uno originaría el caos. El inestable equilibrio universal depende del renacer constante de su armonía. Asume Aiana la protección de los creyentes y revela los hechos que vendrán acompañando al tiempo.

La madre es en nuestras casas el sostén de la familia, la columna que sujeta el techo, la viga poderosa que mantiene las paredes en su sitio. Acoge bajo su manto a los críos como el ave cubre con sus alas a los polluelos, educa y saca adelante a la camada, dispone la comida y el vestido, ayuda en el campo y aconseja al esposo. Y lo hace en silencio, sin llevar la cuenta de los beneficios que se le adeudan. El padre, durante el día espacioso, labra la tierra, pastorea, ejercita sus fuerzas y habilidades, caza y participa en los asuntos comunales; de noche celebra con ruidosos amigos sus avances o se apresta -del mismo modo- a olvidar los retrocesos. Apenas conoce los nombres de sus hijos, y los confunde reiteradamente suscitando aflicción en los interesados y gran alborozo en el resto. Mas llegado el momento de la iniciación, se ocupa de adiestrar a los varones en las complejas técnicas de labranza, en las habilidades de la lucha y en el arte del comercio; y lo hace con gusto, consciente de la importancia de su papel.

Soy el primero, soy el último. Mi reino está en el precipicio y en la altura. El águila soy, soy el cordero; el toro bravo y el tímido ratón que no se atreve a salir de su escondrijo. En mi interior conviven los contrapuestos: ínfimo y supremo, apresurado y lento, ardoroso y frío. Desánimo y empuje lleva mi corazón hasta los brazos, y mis brazos le devuelven optimismo o descontento, dependiendo de que persigan insignificancias o intenten tareas de titanes. Al juicio de la Suprema Omnipotencia someto mis dudas, y si yerro siguiendo sus indicios, padezco igual congoja que ante los desaciertos inducidos por el desamparo. No seré yo quien culpe a los hados de mi extravío; quien denuncie a las luminarias nocturnas, imprecisas indicadoras del Norte, si me pierdo. En cualquier caso, se impone la cordura que aconseja drenar de angustias previas el proceder futuro. Y así un día y otro, sin desfallecimientos notables. Pagadas las desventajas a su justo precio, reiteradamente me sobrepongo a la calamidad; confieso, empero, que debo a mi madre el hábito adquirido, no es virtud que pueda atribuirme.

Con el excelso título de Centinela de la Justicia, me anunciarán en la antesala del dios Sol y en el portal de la diosa Luna, y dirán, como explicación bastante para justificar mi renuncia indiscutible, que deseando descansar del encargo pido mi relevo. Tal eufemismo contempla la fórmula oficial y nadie lo ignora, así que no debo desmentirlo. Elogiarán los heraldos en mí al incansable buscador de saber, al perseguidor de la justicia sin desmayo, a aquel que sigue las sendas apartadas movido por el deseo de llegar a nuevos lugares, a quien ara tan profundo el campo fértil como el estéril y pacta con los invasores hasta un millar de veces si con ello frena su avance. De mí afirmarán que fui para ver, vi para conocer, conocí para comparar, comparé para escoger y no me fue dada la elección. Añadirán que fui filósofo y amé la verdad anidada en el interior de los corazones.

 

 

 

No denunciaron con verdad los escasos adversarios otro comportamiento mío, distinto al noble y recto en el que fui educado. Ni los que se oponen a mi paso añadieron a mi nombre mácula o sospecha para no caer en el descrédito. Nada hice en mi provecho que perjudicara a otros, nada que aumentara mi hacienda, nada que me atribuyera valores inmerecidos. Otra fue en verdad mi pasión, otra mi culpa. En los últimos momentos de mi respiro, yo, vuestro amado Rey, sereno como las noches estivales, desinteresado como el amor materno, deseo manifestaros mi parecer sobre la existencia, crecido en el fondo de mi pecho desde que tengo memoria. Como la urraca he ido atesorando momentos preciosos, llamativos; como la ardilla tomé lo provechoso y lo puse en la panera común a la espera del hambre; como la hormiga acumulé reservas suficientes para el invierno. Hice mías las meditaciones de otros que me precedieron, enfrenté su contenido a los sucesos cotidianos -ordinarios e insólitos- y valoré la profundidad de su defensa y ataque. Corté, uní, me deshice de los adornos sin valor y de los reflejos brillantes. Hoy, cribado y ordenado todo el acervo, dispuesto está para salir a la luz en forma de palabras escritas. Ya no son las sentencias que, tomadas como ley, pudieran modificar vuestra conducta -por esa razón las guardé- son la opinión nacida de la experiencia de un hombre de voluntad recta.

Sólo vuestro provecho persigue el códice que mando redactar con esmero. En él se expresa así el escriba: “Una sola vida nos es dada, de manera que el fruto de la erudición propia ha de madurar temprano o no alimentará nuestra conducta. Así como escapáis del fuego, habéis de huir de todo aquello que representa aflicción. Perseguid la felicidad antes que cualquier otro bien, porque la propia búsqueda os será útil y, si, afortunados, dais con ella, no la reservéis para el disfrute propio, compartidla; pues en la donación se reproduce, y guardada en urna se amustia y palidece. Para alcanzar la dicha nacemos; venimos a desarrollar facultades que mejoren lo que nos rodea, y de esa actividad obtenemos gozo. Aquí y ahora es posible encontrar el Paraíso, porque verde y fresco está en nosotros. A modo de serpiente disimulada entre las piedras que bordean el camino para no ser vista -temor o sigilo- así obrareis con los adversarios. De la manera en que consideráis inocente y sin castigo la conducta de la piedra desprendida del vallado sobre vuestro pie, así debéis actuar con los que os ofenden. Porque la injuria, para ser ella misma, necesita de ambos, del ofensor y del ofendido. Sólo con agraviante no hay afrenta, sólo con afrentado no hay agravio”.

“Tenaces seréis, sin embargo; perseverantes en la defensa pacífica de los asuntos que os conciernen: opiniones reforzadas por la experiencia, derechos nacidos del esfuerzo, libertad conquistada lentamente, vida que a los demás sirve, el indivisible acervo. Ese trance probará vuestra prudencia, hará patentes la mesura y el tacto; madurez y sabiduría que concilian la paz y el legítimo disfrute de las recursos alcanzados”. Aiana es diamante de múltiples facetas, día y noche a un tiempo, luz y sombra simultáneamente, vida y muerte que a la otra originan, oriente y crepúsculo en vecindad. Aiana es la esencia del espíritu femenino, poseedor de dos corazones prestos a amar al hijo y al esposo, a defender las posiciones conquistadas, a despejar su marcha. Labrada en roca dura está -Diosa enaltecida por los seguidores- afianzada sobre el Ara firme. Ofrendas debidas al Sol, inmolaciones entregadas a la Luna, ocultan montañas y ríos de la Tierra Ignota, puesta de escabel por su esposo Pergio el día feliz en que nació Muradis, hijo de ambos.

Los pies desnudos de Aiana caminan perlando de beneficioso rocío los campos, protegiendo de las asechanzas a los fieles, fertilizando el suelo que pisan. Bajo su pétrea imagen, serena y dulce, se encuentra la doble losa del sacrificio. Allí la quietud, allí la tregua, allí los miembros laxos y el respirar pausado de los sueños beatíficos, el recogimiento y la meditación. Dos suaves tramos de sencilla escalinata -veintidós peldaños labrados en tosca piedra traída del páramo cercano- dan acceso al lugar de los ritos cada uno por su margen. Bajo ellos, la cueva de los misterios tenebregosos oculta huesos de animales sacrificados: équidos, bóvidos, ovinos; y las lanzas, espadas y puñales que acaban con la vida persiguiendo la más prolongada de las existencias, la eternidad infinita. Parten dos canales de la roca labrada, y en sendos pocillos logran su término. La sangre del sacrificio llega por ellos al fondo de la caverna, y allí la toman sacerdotes y sacerdotisas, entregándola en bebedizo mezclada con vino, a los fieles adoradores de una u otra vertiente de la Divinidad. En los lavabos que ocultan las puertas de entrada, ahondados en las columnas del arco, los ejecutores del sangriento sacrificio se enjuagan las manos. Me ofrecerás la vida inhábil y no quedarán en ti huellas del sacrificio: exhorta un renglón del Mandato.

 

 

Soy el señor de las pálidas laderas ricas en cristales de yeso, el caballero de los verdes valles bien labrados, el poseedor de los yermos calizos, el soberano de la ribera del río y de los arroyos numerosos, el gobernante de la tierra oscura que sacia a quien la cultiva. Sólo aquel que barbecha con igual diligencia todos los pagos, puede decirse agricultor. En socorro voy de la viuda que carece de bueyes, del infante que llora a su madre difunta, del anciano que no puede enderezar la espalda. Vuestro servidor soy. Soy aquel que en la paz advierte sobre los daños de la guerra odiosa, y en el combate aborrecible escudriña la fecunda paz. El que tiende la mano abierta soy; el que no ataca hasta haber recibido el séptimo ultraje. El que ayuda al discrepante a comprendernos desenredando malentendidos, razonando diferencias; el que concilia voluntades contrarias -pájaro y culebra, lobo y cabrito- y nada le sujeta de forma permanente. El que conserva a los jóvenes al lado de sus madres, novias y esposas, el que proporciona prosperidad al poblado.

Ese soy, el de la mirada alta puesta en el último horizonte hacia donde dirige las pisadas, el que está dispuesto a mudar el objeto de sus actos si la razón lo dice. El que ve el mal como gruta lóbrega, y encendiendo hogueras avanza miradores a la esperanza. El que no se rinde ni se entrega al desánimo, porque sabe que su despensa interior guarda recursos bastantes para el más largo de los asedios”. En las noches de plenilunio cercanas al solsticio de verano – triplicidad de fiestas que dan contento a los dioses- internos a un círculo de antorchas los jóvenes danzan siguiendo el son de gaitas, flautas y trompetas. Como muestra de acatamiento de la voluntad divina, saltan a lo alto y caen en tierra forzando la genuflexión. Entre dos volteretas apuran vasos formados de terracota que de mano en mano pasan, continentes del vino y la sangre de la expiación. Hasta el amanecer repiten los frenéticos ritmos y la progresiva cantinela: doscientos veintidós salmos, doscientas veintidós piruetas.

Si de la cópula sagrada a que se entregan los célibes iniciados se deriva un nacimiento, Aiana lo protege y para sí lo reclama. El signo grabado en el brazo de la criatura, la convierte en elegida en medio de los demás infantes.
Al mostrarse la adolescencia en el cuerpo y los modales, ingresará en el Templo e iniciará su preparación sacerdotal. Por entero se dará al estudio de las artes y las ciencias, al análisis profundo de los trescientos treinta y tres renglones del Mandato, a la inteligencia de los misterios divinos; intensamente se aplicará a la predicción hasta dominar las enseñanzas. En temible ceremonia, tensa y prolongada como maroma de la que tira un caballo, cuajada de pruebas complejas -caminar un pasillo de tizones encendidos, reprimir el pavor a la serpiente, aceptar sin herida la humillación de la ceniza en los cabellos- será consagrado al servicio de Aiana Sol si varón fuese, de Aiana Luna de ser hembra.

Gloria de su familia son los hijos entregados a la misión religiosa, la madre sube un escalón y andando el tiempo, una de entre ellas llegará al Consejo Real. A más del conocimiento exhaustivo y del cumplimiento escrupuloso del Mandato, se les exige la virtud que prometen en la ordenación; con pena de suplicio y muerte se castiga su desdoro. Los jóvenes, esposados en tan magna ceremonia, intactos hasta entonces, siguen aún nueve meses separados, para situar con seguridad en la solemne unión el origen del parto. A mí vendrán inmaculados, de mi partirán fértiles; noches de plenilunio, previa y dorsal del solsticio de verano. El fruto de su amor me satisface. Señala en el Mandato, otro renglón.

 

 

Me quedan aún siete días de existencia y no trataré, en imposible quimera, de mejorar lo ya hecho; el río no regresa a la fuente. Sólo me resta incluir en el códice que dicto al escriba, el relato de últimas intenciones -fruto de la experiencia adquirida- esperando que pueda ser útil a mi sucesor y al pueblo inquieto. Criadas con mimo fueron las terneras, en ausencia de roces y rasguños; sangradas por completo en su sacrificio. Su finísima piel, persiguiendo el pergamino perfecto, ha sido dispuesta por el calígrafo: raída, adobada, estirada y seca. Y dicto al escriba: “En primer lugar desnudaré cuerpo y espíritu de toda pertenencia. Tan desvalido como soy me veréis, tan frágil como sois me veréis, tan incierto como soy me veréis; tan animoso, tan recio, tan pujante, tan esperanzado.

Todo lo extraño es superfluo, todo lo prescindible es ajeno. Poco necesitaba de lo que he poseído, nada me quedará de lo que tengo. De mi ajuar, una muestra elegirá el Depósito de Elementos Tribales, acopio de la memoria de nuestro itinerario; el abundante resto pasará a los más necesitados. A mis súbditos y a sus descendientes confiaré mi pensamiento, libre como la marcha inexorable de las cosas -lluvia y aves, viento y aroma de las flores- montaraz como las cabras que en los picachos se alzan sobre las patas traseras. Y mis obras, buenas y malas, completarán la opinión de los que me conocen, siendo ayuda del juicio de la historia; árbitro cuyo veredicto no temo.

Dentro de siete días tomaré voluntariamente el bebedizo que el Gran Ungido traerá en el Cuenco de la Alianza. Me imagino en trance tan riguroso, y desde el pasillo central del Templo veo avanzar a su Venerable Ancianidad con pies cansados, hierático, revestido del morado sobrepelliz, símbolo del poder que la Trinidad otorga. Aprecio sus albos cabellos ralos, su larga barba agrisada, ocultos a medias por la tiara protectora que inmuniza contra las pasiones más comunes. Lo escoltan dos filas de jóvenes esbeltos, gráciles, ensabanados de níveas túnicas de lino, testimonio de continencia y candor -once sacerdotes a la derecha, once sacerdotisas a la izquierda- encabezados por el Sumo Sacerdote, por la airosa silueta de la Sacerdotisa Máxima, mágico contraluz de las llamas vivas sobre la pared oscura.

Las manos temblorosas me entregan el Vaso del Desagravio, y apuro hasta la última gota por si ella fuera imprescindible para que el conjunto surta efecto. Será la única vez que beba en la Copa de la Concordia; Aiana, Pergio y Muradis están en su exterior representados, soberbio relieve de escenas cotidianas. El día de mi entronización decliné ese privilegio en servicio de la humildad y de la sencillez. El Primer Ungido -responsable de culto a la Trinidad, intérprete de los deseos divinos, juez supremo en asuntos de iniciados- y mi bondadosa Madre, fomentaron en los hijos varones aptitudes ajustadas a la ocupación de Rey; nos advirtieron de los peligros que acechan la ruta de quien gobierna, y la grave responsabilidad contraída, demandante de soporte sólido a cada uno de los pasos. Sobre el orgullo alertaron: hace creer al gobernante merecidos los cargos y empleos, los elogios recibidos; construye un pedestal al que lo eleva y le inclina a mirar a los demás, sus iguales, por encima de las cabezas, suponiéndolos bajo él en razón de los méritos. Y entre asuntos que a mí me parecieron baladíes, nos avisaron del mal que acarrea beber en crátera de oro vino reposado menos de diez años. No es de hoy, de siempre las madres, con mirada previsora, estuvieron atentas a los revulsivos que alejan el peligro de sus tiernos tallos bien amados; Reina Madre, la nuestra, no iba a serlo menos.

Las potrancas son preñadas por el viento Cierzo, en acción delegada de Pergio, Dios de la Tierra, que Aiana esposó sobre gavillas de un campo de avena alta y verde. Quedan fecundadas las yeguas mediante su soplo y paren potros tan veloces que no pisan la tierra, de ahí que se les piense voladores; pero ocurre verdaderamente que la rapidez de movimientos y la agitada polvareda impiden ver los cascos apoyados en el suelo, tomando brevemente el impulso que los eleva gráciles. Con reiteración observé el fenómeno, estudié su galopar desde todas posiciones y el misterio descubierto os confío. Muradis, único vástago de Pergio y Aiana, mora en su propio santuario junto al erigido en honor del Padre, alejados ambos un tiro de flecha del templo materno. Los devotos jóvenes del Hijo, piadosos y fornidos mocetones, piden con ahínco el crecimiento de la capacidad guerrera o amatoria, y se esfuerzan tanto por conseguir la perfección, que convierten en innecesario el respaldo divino. Esta experiencia he constatado, y el misterio repetido os abro y descubro. No desmantelo sólidos tejados porque sí, tras la verdad camino; mas os prometo que si sé de algún milagro al punto os lo diré.

Desconfiad de quien alcanzó fama de virtuoso sin vivir en consonancia con la virtud. Abrid vuestro corazón al malhechor arrepentido. Dos unos juntos -producto de la duplicidad de nuestras creencias- y sus múltiplos, deciden cantidades relativas a las cuestiones más dispares, lo que prueba la poca importancia que la acumulación posee. Podría ser otra la cifra resultante en muchos casos, pero se fuerza, alargando o reduciendo, hasta que se ajusta a lo aceptable. Junto al once permanente de la tribu, el oráculo señaló al siete como número sacro de mi reinado. Sus labios femeninos, tan delicados que de haber sido efigie el escultor alcanzara en ellos la perfección y fama inaudita; los labios de la pitonisa, Sacerdotisa Máxima, tan primorosos, liberaron profecías satisfactorias sobre el período de mi dominación: prosperidad que florece en la tierra abonada de trabajo, alianzas provechosas, tranquilidad en las fronteras La boca amada fijó, por añadidura, la hora y la forma de mi muerte. De modo que dicto al escriba a intervalos cada vez más breves.

Manos a la obra me puse. Sabiendo reducido el tiempo disponible, y conociendo su límite exacto, fui a lo concreto, evité divagaciones inactivas. En la cripta del templo depositó mi madre, en legítima oposición al destino desvelado, un odre lleno de vino joven, cosecha del anterior otoño, que había de envejecer aprisa ganándole dos años y medio al presagio. Dentro de una semana daré cumplimiento al vaticinio que me reserva un fin conocido en todos sus detalles; privilegio de reyes que agradezco más que ningún otro. La madurez del jugo de la uva será insuficiente para obrar en mi favor, la cueva de las divinidades no acelera el proceso. Aunque debo decir que nunca creí en el poder salvador del vino aún siendo la década cumplida; habladurías de comadres, supersticiones ignorantes, opiniones dictadas por el interés torcido de los mercachifles.

Calló el oráculo la causa de mi muerte, que se pensó enfermedad o herida en la batalla; por lo que a punto de llegar el tiempo fijado, a la vista de mi aspecto saludable, y disfrutando nuestro pueblo de una larga temporada de paz, los descreídos dieron por errado el augurio. No sucedió así; mi amor, concentrado en la Máxima Sacerdotisa de Aiana, desde tiempo atrás correspondido, se conoció en esos días. Tras una semana extendida por el tormento de la espera, a muerte nos condenaba el testimonio múltiple del rumor popular. Al cabo supimos que el Consejo Real y las Tres Palabras fijaban la consumación del duro castigo, justamente el día establecido por mi amada en su función de pitonisa. La promesa solemne de castidad que obliga a la Sacerdotisa Máxima, le hace más culpable; mi posición de Rey agrava los hechos.

 

 

Plumas movidas por el viento del destino con tal de darse a sí mismo cumplimiento, nos juzgan los más afines. Mas no es cierto, libres fuimos para amarnos, sólo nuestros corazones marcaron el sendero. Nos admiramos en secreto -pecho dolorido, impotente voluntad- desde el día de mi coronación, en la que participó ella por razón de su rango. Recuerdo sus armoniosos dedos sujetando etéreamente la preciosa corona, compitiendo aventajados con la plata y las piedras preciosas que la forman. A la altura de su suave seno la elevó, avanzó con ella palpitante, ligera y firme sobre sus pies desnudos, alcanzando al Ungido junto a mí para entregársela. Un rubor vivo encendió la rosa de sus mejillas al pronunciar las palabras rituales, mis ojos y los suyos se encontraron en el cercano infinito durante una breve eternidad. El septenio incompleto nos vio padecer y gozar de la afinidad nacida, respirando el mismo aire sin poder hablarnos, diciéndonos con la mirada y la sonrisa tanto como pueden expresar las palabras y las manos; siendo el uno para el otro objetivo y fin de sus actos, deidad sustituida. Ahí está la culpa, ahí los celos divinos se justifican.

Hasta la feria de Oriente y Occidente -gran fiesta de Aiana- no se concretó nuestra pasión. Coincidían después de veintidós años Solsticio de Verano y Plenilunio, las festividades de primavera y estío quedaron unidas, la alegría popular se desbordó en cataratas que todo lo inundan. Por doquier el fuego parpadeaba sus recados galantes. Árboles y arbustos, la hierba acogedora, el aire cálido, los aromas del romero y del espliego invitaban a dejarse llevar por la corriente. Nos abrazamos hasta el alba, cuerpo a cuerpo luchamos, y un triunfo doble premió nuestro esfuerzo. Incógnitos nos vimos, confundidos con las parejas que apenas se ocultaban en la nocturna oscuridad del campo. Aiana, ofendida y halagada a un tiempo, justa finalmente, iluminó con su faz de Luna nuestros rostros dichosos, y fuimos conocidos sin lugar a dudas. Primera y única ocasión de colmada felicidad, pecado punible con la muerte.

Desaforado castigo que acepto parejo a la causa que lo motiva. Otra y mil vidas diera por repetir de nuevo el encuentro. Se conforma mi afán y, como afirmando, se interroga satisfecho: ¿No valió la pena, acaso, conocer el Paraíso, entrar en él, sentirlo propio?, ¿no corona mi vida y la suya, unidas, Amor de tan altos vuelos, de tan holgada magnitud como el logrado por nuestra espera?, ¿no hemos de agradecer a los dioses el caminar que el castigo interrumpe, si el sentimiento albergado nos torna mártires de nuestra voluntad?, y ¿no habremos de preferir la muerte cuando la vida nos condena a una separación indefinida?

¡Dulce final por tantos envidiado!, termina mi afán por exclamar. “¡Respétese el oráculo hasta en sus mínimos detalles, sí! En nombre de mi madre acátese el oráculo, obedézcase el auspicio en nombre del pueblo, en nombre de las divinidades tenga la predicción exacto cumplimiento. Llévese a puntual observancia el oráculo porque es la voz una y múltiple del pueblo, el verbo rígido y sagrado de los dioses, la expresión flexible y amorosa de la madre del Rey”. Si se hiciera caso omiso de la coincidente voluntad del Consejo Real con las Tres Palabras, se cuartearía el arranque de nuestra civilización, pues sabido es –se enseña a los escolares – que nuestra cultura tiene su basamento sólido en la firmeza de esos pilares invariables: Pueblo, Dioses y Maternidad. Si se desoyera la voz de la profetisa, nuestra forma de vivir enraizada en las costumbres tantas veces probadas, se resquebrajaría. No seríamos nosotros, otros seríamos y por otro nombre debería conocérsenos”.

“Pero ¡ay! de la Augur si por su cuenta sentenciara, siguiendo impulsos del corazón variable; ¡ay! de la Vidente si no fuera simple instrumento del destino; ¡ay! de la Adivina que buscara algún provecho, que tuviera voluntad de mejorar situaciones, o se inclinara de uno u otro lado; ¡ay! de la Pitonisa puesta al servicio de causas justas o injustas, que no hiciera de mero cauce para la intención divina. Sus padres, sus hermanos, sus íntimos amigos, serían repudiados por el pueblo y no obtendrían el descanso de los tiempos inacabables. Ella misma sería testigo de la extinción de su obra antes de morir lapidada, desasosegado el espíritu por el abandono del cadáver al hambre de las alimañas”: Escrito está en el Mandato.

 

 

Puedo eludir el destino así trazado, me es dado circunvalar el peligro; la barca del poderoso siempre encuentra salida en los puertos de la desgracia, un viento favorable empuja la popa, olas propicias permiten el avance de su quilla, pero, ¡cuidado!, un Rey dispone de recursos que no son suyos. Ofrecería todo lo terrenal por librar a mi amada de los doscientos veintidós azotes que ha de recibir, y yo debo infligirle. Hoy, en la ceremonia inicial, se leerá la sentencia ante las enfebrecidas gentes que sueltan rienda a sus instintos. Calmados los gritos de venganza o de piedad, yo arrojaré veintidós veces mi amoroso brazo contra el dorso desnudo; rasgará el aire desvalido mi látigo, cortará la piel indefensa y sometida, marcará a fuego su abominable contacto; y por si no bastara, dos personas elegidas en legítima representación del pueblo -Consejeros Reales- sobre el campo de batalla ensangrentado descargarán sendos golpes de fusta. Desde mañana hasta los instantes extraordinarios que preceden a nuestra inmolación forzada, a razón de una cada día, seguirán seis tandas de treinta y tres flagelos.

Daría cualquier posesión, todas juntas inclusive, porque saltara el tiempo del castigo como un atleta brinca sobre el foso de arena; pero qué virtud representa entregar lo que no podré llevarme. Haría de otro mis méritos a cambio de librarla del suplicio y del baldón si Aiana aceptara”. “No quiero, sin embargo, huir con mi idolatrada como es sin duda nuestro deseo; explícito el de ella, oculto el mío. No, no lo haré; pondría en juego el honor que con reiteración ha sido mi verdadero patrimonio. Dos caballos, blanco y negro, opuestos en su tiro, desgarran mis músculos, descoyuntan mis huesos. Alerta mantengo la voluntad, unida con firmeza al cerebro, prevenida del deseo sin respaldo ortodoxo. Un Rey debe conocerse y dominar sus vehemencias, de otra manera, ¿cómo logrará superar a sus enemigos, por qué mérito le seguirán sus partidarios, qué derecho invocará en la aplicación de la justicia?

En la corta entrevista concedida por el Consejo como favor postrero, ella -mi amor único, mi sentir desbordado, mi criatura predilecta- angustiada de certidumbres me suplica que reserve mi vida sin renunciar ella al duro castigo que merece. El suplicio recibido de mis brazos a modo de caricias, y la muerte liberadora, bastarán. Aiana se considerará pagada con su exclusivo sacrificio, asegura ponderada mi verdadera vida -sangre de mis venas y aire de mi respiro- conocedora e intérprete del divino pensar. El Primer Ministro, camarada fiel, traicionando sus juramentos, me ha ofrecido el más rápido de los corceles y salvoconductos extendidos por su mano. El Primer Sacerdote, apiadado, traicionando su fe, me habla de un disimulado pasadizo que llega hasta el valle, donde espera un carromato de seis ruedas presto a la partida; incluso una noche propicia ha pedido a la Trinidad y una lluvia fina que borre las huellas de herraduras y envejezca las rodadas recientes. Dos bolsas repletas de monedas de oro -aceptadas en todos los confines y estimadas por los romanos por encima de la plata- he rechazado a un grupo de súbditos leales, agrupados en facción defensora.

“No, no, y mil veces no. No existen pontanas ni troncos tan largos que alcancen los dos lados del río ponzoñoso de la culpa. No me refugiaré en el regazo materno, protector y cálido. Justo es que entregue el óbolo de mi sangre inflamada en la ceremonia de la expiación. Mi conciencia sensible exige que soporte la carga debida. Forzar un paso entre los escollos, por estrecho que sea, es labor que rechazan mis convencimientos. Aceptaré el destino en la forma mostrada por la conjunción de piedras en el agua. Hace casi siete años que la muerte compañera fue aceptada a ojos ciegos por mi virtuosa Madre, presidenta ya del Real Consejo, fiada de mis fuerzas. Garante de la rectitud de los actos que desgranase el reinado, entregó su honor en prenda de mi voluntad, por humana, débil. No debió hacerlo, pienso, pero una madre da su carne en alimento filial, da su sangre en bebida, el aire de sus pulmones da en respiro del hijo; y nada espera a cambio, nada desea más allá del bien que inunde la vida desprendida de sus entrañas.

Quién iba a pensar que las muestras de cordura dadas por mí, su segundo hijo, la formación adquirida en los viajes a países amigos, el interés puesto en el desarrollo de los hechos y en sus causas ciertas, la curiosidad por las ciencias y las artes, la intención recta y la entrega ardiente a los asuntos de todos; quien podía pensar que esas cualidades mías iban a quedar ocultas tras el amor prohibido. Tales valores, considerados necesarios en un monarca, contrapuestos al espíritu apático de mi hermano mayor, descartada mi hermana por su expreso deseo, indujeron a nuestra madre a designarme príncipe, heredero del Rey mi tío. Quién podía sospechar, reitero, que todas esas virtudes manifiestas habrían de tener el punto flojo, la duela desprendida, en mi corazón sensible y permeable, incapaz de oponerse al amor, en el comportamiento honesto que me impide matrimoniar por intereses de Estado.

Mas el futuro reserva sorpresas a las madres, cuando los hijos se sirven de la propia voluntad y desarrollan un carácter libre. Así torcí el camino de sus pretensiones, y lo zanjé para los futuros pasos familiares; esa herida le produje en conciencia, hija y nieta de madres de Rey, señora a quien su propio vientre da la espalda. Si en mi reinado disminuyeron la pobreza, la guerra y la injusticia, mérito y beneficio al pueblo corresponden. Si fracasé en empeños bienintencionados, o caí en olvido de valores que la gente tiene derecho a demandar a su soberano, por injusto que resulte, es mi Madre quien erró al elegirme y rendirá de ello cuentas. Al destierro le condena también mi manera de reaccionar, acorde con las creencias íntimas; mi aceptación de la culpa y el castigo. La fuerza mi conducta a salir de esta tierra que es la suya, y la de sus antepasados hasta donde los legajos prueban: vega fértil del arroyo Grande, llanuras arboladas y laderas grises, manantiales y pozos donde se abreva el ganado, páramos pétreos y montes de encinas.

Triste compañía será la memoria del hijo caído en quien cifró su mayor deleite. ¡Ah!, pero mi deshonestidad, mi cobardía, mi huida a través de los países amigos con falsas credenciales y monedas verdaderas, hubieran agravado su deshonor, pisoteando el bancal fecundo de los méritos familiares, condenándola a un suplicio añadido al suplicio de por sí cruel, descrito con minuciosidad en el Mandato: “Serán arrancadas y disgregadas las piedras de su hogar, una tras otra hasta los cimientos”. Mi conducta, valiente y sacrificada, será el asidero de su conformidad, cuando, en el crudo invierno, se arrastre mendigando una manta para mitigar el frío. El orgullo legítimo habitará aún su pecho, cuando vista “andrajos en paraje de zarzas y ortigas, fuera de poblado respetable; cuando sea su morada un muladar y se alimente de despojos”, cuando los mentecatos, para sentirse alguien y divertirse, arrojen cernada sobre su cabeza.

 

 

Tenga, pues, fin completo mi poder; es conveniente y razonable. No resulta prudente que los monarcas permanezcan en el trono según su voluntad, se dan abusos, todo acaba plegándose a sus deseos. No favorece a la concordia, empero, que los gobernantes cesados caminen sin la túnica de Armiño, pueden seguir deseándola y dedicar sus esfuerzos a la intriga. Hagamos para ellos un lugar en el Consejo, su opinión será provechosa. Soy consciente de la impopularidad de una norma que corone reyes de término previsto; mas ese límite convierte el sacrificio en llevadero, y el honor recibido al ejercer la nueva ocupación de consejeros esmerila el final trágico, tornándolo aceptable. La gente acabará acostumbrándose y apreciará las ventajas”. El mayor castigo, al aplicar las penas de muerte, lo recibe el verdugo forzado; remordimientos roen su corazón en adelante, día y noche. Por eso me alegro de morir en cuanto remate la séptima tanda de latigazos que mi brazo, traicionando a mi corazón, descargará sobre la espalda amada. Entre los gritos gozosos o apenados de los asistentes, densas lágrimas recorrerán nuestras mejillas -flagelador y flagelada- haciéndose barro en el hollado pavimento, fundiéndose con el polvo escarnecido.

Después, todo sucederá vertiginosamente, y el sufrimiento se diluirá en la confusión del ánimo; instrumentos del destino seremos, voluntades rígidamente conducidas. “Dejo mi cadáver a la tierra, pero también al agua, pero también al viento, pero también al fuego. Sólo mi corazón será enterrado, sólo mi tronco será cedido a la pira, sólo mis brazos y piernas se sumergirán en el río, sólo mi cabeza será lamida por el viento”: Así dicto al escriba el modo en que será repartido mi cuerpo. Profundas razones asisten a la perseverancia que aún me empuja. Amo a mi pueblo en un presente interminable que abarca el futuro y el pasado. Es mi tronco mi lastre, mi condena, lo terrenal que en mi habitó, el inferior esclavo, el ímpetu confuso, el empuje irreflexivo. De haber sido explorador y aventurero, mis ágiles miembros se hubieran hecho alas capaces de conquistar la imposible altitud de las montañas, la ingravidez sobre las aguas río adentro, mar adentro; y conseguido el progreso en espacios alejados, fructuosos de misterios, regresaría yo cargado de conocimientos y frutos de la naturaleza. Si mi cabeza mantiene elevado el pensamiento y alta la mirada, durante el escaso tiempo que aún me queda, puedo sorprender los resortes ocultos de la existencia.

“Al pie del templo dedicado a Pergio, Señor de la Floresta, Dios del Mundo Vegetal, agricultor primero, en la pira funeraria será incinerado mi vientre. Junto al santuario de Muradis -Señor de lo latente, de las facultades aún no afloradas- arderá mi abdomen. Las cenizas resultantes se dispersarán desde el Pico Taragudo – miradores abiertos a Oriente y Occidente del templo del Sol y de la Luna- un día tormentoso, cuando el viento enojado sople en mil sentidos opuestos. Cubrirá la tierra el corazón, bajo el sepulcro que rememora la brevedad de mi gloria. En el lugar destinado a la inexistente cabeza crecerán flores. Una virgen las regará con agua recogida en la fuente Atalaya y en el venero Amargo, inagotables manantiales surgidos de la sed divina que ansía ser saciada. Avivará el Cierzo una llama eterna en el lugar debido a mis pies idos, a mis manos escapadas. Pies que tantas veredas iniciaron, manos que a tanta idea dieron forma, que tantos dones entregaron. Mis ligeras y laboriosas extremidades – dueñas del espacio cercano y de las caricias- pasto serán de los peces en el trecho de río que circunda el noroeste, eterna corriente cada día renovada. Depositarán en la más alta cota del territorio, arriba de los páramos, mi cráneo, desarrollado y
resistente; permanente cofre del pensamiento fluido. Situarán mi recia calavera en la cresta de la encina milenaria. Pulimentada al sol, radiante hueso, su fulgor alejará a las aves rapaces. Desde el lugar preeminente mi cabeza lo verá todo, todo lo oirá, y vendrá en concebir los más acertados raciocinios inspiradores de acción al nuevo Rey, al soberano que inicia, debido a mi conducta tachada, una nueva dinastía. Nace el monarca de mi muerte, en camino le pone el sufragio que elige su nombre entre los
indicados al Consejo por el Ungido y la Virtuosa. Prestará mi madre de esa manera el último servicio a la Tribu antes de partir hacia la nada, hacia la Tierra Ignota. Cualquiera que sea mi lugar de reposo, amará mi corazón a la naturaleza íntegra; a piedras, plantas y animales tendrá en cuenta, presentada la oportunidad de interceder ante los dioses complacientes “.

 

 

“La fortaleza que me suponéis os entrego, no la debilidad que sentí estremecerme en los momentos difíciles. La confianza que pusisteis en mí me transformó en héroe; y si defendí vuestros intereses, no hice otra cosa que pagar mi deuda. Aceptasteis mi ayuda, y convencidos de recibirla en el momento adecuado, no os fue precisa. Qué enorme ventura alcanzo: soy el Rey siendo el padre, siendo el hermano, siendo el amigo, siendo el defensor; siendo el último soy el primero”. A intervalos la flojedad me ataca, lobo hambriento ante oveja cerrada en el aprisco. Lucho, resisto, ataco y, agredido, me defiendo. No, no puede el Rey abolir la ley que le condena. No puede el Rey cambiar el renglón del Mandato que le impide unirse a la Sacerdotisa. Y aunque el Rey pudiera, el hombre que es no debe consentirlo. Acción cobarde, indigna, manchada de injusticia manifiesta. Pese a que lo comprendieran amigos y enemigos, aunque nos dieran su bendición Aiana, Pergio, y Muradis -Trinidad de Amor nacida de una pasión como la nuestra, incontenible, sublime, sublimada- no, el individuo social no debe consentirlo. Si aceptara las propuestas tentadoras, si cayera en cualquiera de las múltiples formas que adopta la vileza, mi nombre sería excluido por el pueblo de las palabras nombrables.

Y dicto al escriba: “Qué es la vida que nos mueve, sino la brisa agitadora de las briznas altas en la hierba del pasto; la leve turbación y el viento imperceptible que genera. Nada es; lo sé con certeza: una infección desarrollada en la piel abierta por el menor de los rasguños, la picadura corrompida de un insecto, unos minutos de agonía, juntos o por separado, la concluyen. Le da fin entre estertores un polvillo desecado, liberado de los fuertes colmillos de sierpes sinuosas, menos activo que el que mata al zorro, inferior en efecto al que envenena al lobo. Me reconozco débil y sé que un viento del Norte, frío, bastaría para matarme. Un sol continuado, el hambre o el exceso de comida, el cansancio, el permanente aburrimiento”.

Miles de causas pudo tener la conclusión de mi respiro: el latir desacompasado de mi pecho, un mero desequilibrio entre el cuerpo y el espíritu. La pócima ideada por el aprendiz de brujo –raspaduras de un rizoma poco extendido, las hojas picadas de una planta poco común compuesta en la proporción exacta se demuestra capaz de abatir a un guerrero. Cuánto mejor obraría la fórmula magistral, arcano heredado por el Brujo Maestro, explicativa de la sabia cocción de raros tóxicos aportados por la mitad cruel de la naturaleza. “La mano ejecutora elabora el preparado cuidando cada uno de los pormenores, peso, humedad, temperatura; toma en cucharita de plata el extracto necesario, lo acerca al Cuenco Sacro mediado de vino a punto de cumplir los diez años de reposo, espolvorea porciones mínimas hasta completar la dosis exacta y agita la mezcla liberando energía bastante para lograr la dilución”.

Queda probado que cualquier desequilibrio puede alterar la vida humana; a veces, sin provocar reacciones de pesar en los más próximos. Porque si no es un medio para procurar el bien común, la vida es agua que se pierde en el torrente arrastrando tierra fértil en su huida. Por eso, porque la vida no es nada sin nobles sentimientos, sin actitudes magnánimas, me someto a lo dictado y arrojo las insistentes tentaciones al abismo.• “Igual arriba y abajo, igual lo grande y lo pequeño, igual lo negro y lo blanco, lo armónico y lo estridente, lo suave y lo desagradable al tacto; así es, todo lo creado, a mis ojos”.

Asentado en estas palabras de Aiana que un renglón del Mandato contiene, un decreto mío dio fin a la esclavitud residual que padecíamos. Floreciente en otros pueblos que basan en su comercio la prosperidad de las familias descollantes, temo que a mi muerte regrese de manera engañosa para ser normalizada después. Impídanlo los Dioses a los que suplico ahora, y el nuevo Rey que se opondrá sin equívocos. “Os dejo el tintineante parpadeo de las estrellas, el pálido reflejo de la Luna y los cegadores rayos del Sol. Las vastas praderas de mi sueño os dejo, los valles abiertos y los desfiladeros, los montes arbolados y el río Nubis, cuyas aguas arrastran plata, oro y transparentes piedrecitas de colores. Os dejo los grandes rebaños y los graneros repletos, crecidos por mi intención perseguidora de la prosperidad. Tratados eruditos os dejo, escritos por curiosos observadores de la naturaleza, que explican el modo en que se producen y la causa inmediata de los fenómenos naturales; fantásticas leyendas que las abuelas suelen recitar a sus nietos en las largas noches de invierno. Os dejo la nube que descarga lluvia suave, y el manantial fresco que calma vuestro ardor en el estío. También las minúsculas gotas que se desvanecen en las flores siguiendo el reiterado círculo del día. Os dejo el aprecio que tengo a la naturaleza y el afán puesto en respetarla y servirla”.

Los funerales de los Reyes son recordados por la curiosidad que suscitan, cercana a lo malsano. El pueblo ama a los monarcas más que nunca el día de su muerte, cuando los descubre personas linderas de su propia fragilidad. En ese momento admiración y odio se funden en un pesar liviano; oportunidad perdida de agasajo o sedición. Largas ceremonias funerarias prefieren los súbditos; ritos lentos y meticulosos, pausados, sincrónicos con el doblar de las campanas o el redoblar de los tambores. Desean ver de cerca troncos de caballos de bella estampa, negros como las tinieblas, blancos como el yeso molido, lujosamente enjaezados. Desfiles quieren de fornidos soldados, erguidos y adustos, concentrados en su marcha al compás de los himnos.

 

 

Mandatarios vecinos esperan ver, príncipes provenientes de lejanos países, portadores de presentes exóticos en prueba de buena voluntad. Plañideras que sequen sus lacrimales inagotables, y desgarren a fuerza de quejidos el manto celeste. Saltimbanquis, charlatanes, acróbatas, tragasables, comedores de fuego. Escribanos que analicen los hechos, les den coherencia y los fijen al pergamino, dispuestos a llegar con su noticia a las generaciones venideras. Cantores demanda la gozosa muchedumbre, poetas que fabulen insatisfechos el deslizar monótono de las horas, y engrandezcan los actos cotidianos sacándolos de sus justos términos hasta convertirlos en gestas memorables. Eso quiere el pueblo y lo tendrá abundante; la noticia ha volado sobre las alas del viento y desde espacios alejados vendrán observadores a nuestras exequias.

El dolor y la vistosidad de la ceremonia se darán la mano. Quedará resarcido el pueblo, incluso de la suerte adversa, porque la justicia es universal y a todos alcanza, a la Sacerdotisa Máxima y al propio Rey. La mujer íntegra, la hembra preservada cuya imagen virginal se fijó inmutable en mis pupilas, con gesto dolorido descubrirá la espalda. Mostrará las hendiduras labradas por el látigo insensible, obra directa de mis brazos. La amante enamorada, incapaz del odio y del rencor, suavizará el áspero rictus de sus labios vaciando con extraño deleite el mortífero contenido de la vasija sacra. Sorberá con fruición hasta la última gota librada a sus labios -agradable ponzoña- como si fuera un jarabe que actuara a favor de la vida. Se la verá pasar, durante breves instantes que parecerán eternos, de la placidez del gesto a las penosas convulsiones, recibiendo a la muerte deseada, redentora del sufrimiento atroz causado por las llamas que consumirán su vida. Por añadidura, los asistentes a la Ceremonia Final de mi dominio, en sus oídos dignos de fe escucharán el estertor que agota el aire en mis pulmones, verán con sus ojos tan sinceros la horrible mueca que el veneno dibuja en mi semblante; comprobando por sí mismos que se da fiel cumplimiento al augurio: inflexibles palabras que Aiana dispuso -cruel ironía- en boca de la Sacerdotisa, Augur del Reino, que expira muy cerca.

El pueblo exige inmejorable aspecto a sus Señores, reclama a los Monarcas una luminosa figura que eclipse la antigua memoria. Magnífica planta y caminar decidido, don de gentes, dominio de las artes venatorias y de los deportes arriesgados. Ricas túnicas, brazaletes bruñidos, fíbulas de plata, piedras preciosas y cálidas pieles sobre los hombros, marfil y perla. Mas amortajados, ese mismo pueblo observa a sus soberanos con actitud incierta, teme hallarse ante fingidores de la postura o ante magos que realizarán el prodigio de la resurrección cuando convenga. Tras los ritos funerarios busca en el rostro embalsamado la serenidad de ánimo. De todo ello recibirá mi tribu hasta saciarse.

Acostado sobre el lecho crematorio, expuesto a las miradas indagadoras, exhibiré la corona y el cetro de plata maciza que forman parte del Tesoro Regio y son patrimonio del Estado. Pasan de unos monarcas a otros a lo largo de los años, siendo testigos mudos de la conflictiva historia y de la conforme. La ausencia de piezas tan codiciadas en los enterramientos, y de adornos valiosos, contribuye a que los ladrones de tumbas pierdan el antiguo interés por su oficio. Vestiré el jubón bordado en oro fino que tan bien se me acomoda, sucinto bajo la túnica de seda de mi coronación; los brazaletes enredados como serpientes al antebrazo enérgico, y el afiligranado torque que oculta parcialmente el pecho; joyas de precio suficiente para comprar un ejército si fueran enajenadas.

Sujeto al cuello por el broche argénteo que figura una pelea de caballos erguidos, colgará de mis hombros el Manto de Armiño, símbolo de la imparcialidad de la justicia. Defenderán mis pies los borceguíes de piel de
potrillo; ceñirán mis piernas las calzas tejidas por primorosas manos de maestras artesanas. Mostraré la espada fiera que los romanos han copiado; su estudiada empuñadura, la vaina protectora y los correspondientes arreos trabajados con pormenores muy apreciados. Todo ello colgará luego -el arma y su arnés- en la pared norte del Salón Real, haciendo compañía a
similares objetos cedidos en las exequias precedentes. Luciré tales galas por segunda vez, de las tres que el Mandato preceptúa: coronación, esponsales y honras fúnebres. Su conservación y custodia es obligación de la esposa diligente, y yo, a pesar de los reiterados apremios del Consejo -empeñado mi amor en empresa imposible- hurté al pueblo las bodas reales. Fastuosos desposorios de ostentación y alegría, inacabables ferias que el pueblo vive intensamente. Ceremonias prolijas enfervorizan a los espíritus dispuestos, músicas vertiginosas conducen a las danzarinas, descalzas sobre estrados cubiertos de flores.

Calderas repletas de condumio expanden aromas de guisos consistentes, hogueras de sarmientos retorcidos doran lechazos muy tiernos, vinos traviesos abandonan los jarros en los ocurrentes brindis festivos. Mozos ágiles hurtan sus cuerpos a toros jóvenes que envisten a ciegas, revoltosos infantes se agitan en esparcimientos sin fin. Celebración que, pasado el tiempo, continúa la gente reclamando sin convicción alguna, persuadidos de haber perdido la oportunidad de contemplar juntos el real atuendo y el albo vestido de la desposada. Aunque la dinastía se aseguraba a la postre la continuidad en mis sobrinos, si por convenir a la vida social hubiera elegido compañera, y en consonancia con los deseos del pueblo, dada mi
condición, hubiera firmado el contrato matrimonial ante los altares de Aiana y Pergio; en los luctuosos instantes que se avecinan, la elegida permanecería a la cabecera del lecho mortuorio durante el largo desfile de condolencia. Revestida de manera sencilla –níveo peplo sobre rústico sayal- agradecería la esposa durante horas las muestras de dolor de mis súbditos. Conservaría esas ropas, sin otra mudanza que la debida al aseo, mientras el uso incesante no las convirtiera en harapos. Hasta ese día, constatado por el Consejo, durarían su aflicción y su luto.

En adelante podría regocijarse y contraer nuevas nupcias. Alumbra mi mente la imposible visión de dos túmulos bien distintos. El mío fastuoso, el de mi amada austero. Alejada de mí yace la Sacerdotisa Máxima: vestidura de lino cerrada hasta el cuello, ejemplo de sobriedad; cíngulo apretado a la cintura, mirto oloroso en las manos unidas sobre el pecho, sandalias de esparto anudadas a la pantorrilla. Efecto claro del mortecino sol que camina lentamente hacia el Ocaso, aparece sonrosado su pálido rostro, perfil de líneas bien dibujadas, trazos precisos de un artista inmortal. Los finísimos cabellos, sujetos por el arco de la diadema, enmarcan los ojos cerrados de una faz dormida. Dibuja su frente límpida una arruga somera e intuyo que ha sufrido al tomar el tóxico. Mi deseo de perfección desharía ese pliegue, de modo que en su rostro se asentara la belleza absoluta.

 

 

Permaneceremos expuestos durante un día entero; y las gentes no desaprovecharán la ocasión histórica de contemplar, aunque espaciados, a los protagonistas de una historia de amor prohibido que la aplicación de la condena convirtió en gesta inolvidable. A punto de concluir su tarea, mi mente formula una hipótesis sobrado arriesgada: la semilla prendió en sus entrañas y en ellas una vida nueva pugna por independizarse. Si así fuera, ¿no se estaría condenando a la mismísima inocencia? Me interrogo en soliloquio que no obtiene contestación. “El hijo del pecado no es pecado, en él aflora la gracia y prospera la honestidad”: Lo dice el Mandato. Nunca sabré si se produjo el milagro, si engendramos un embrión que desarrollaba tejidos elementales en el momento de la ejecución, un tierno infante dotado de inteligencia, bondad y hermosura; un heredero sin posibilidad de reinar tras mi sucesor. Debiera posponerse la ejecución de la sentencia hasta lograr certidumbre; y convencido el Consejo de que otra vida aleteaba en el vientre de la Primera Sacerdotisa, el instante del parto o el final de la lactancia señalarían, ya sí, la hora de su envenenamiento y cremación. No, ni entonces; si se priva de madre al recién nacido, de uno u otro modo le alcanza la condena.

¿Qué será de la hiedra altiva sin tutor ni sustento sino planta rastrera! Saberme padre me hubiera consolado, pues una parte de mí proseguía el camino. Las enseñanzas escritas en este legado, leídas por mi hijo, incrementarían el provecho perseguido. La vida se aferra a la vida con todas sus fuerzas. La vida reclama un espacio a su misterio, quiere explicarse y espera una oportunidad. El hombre no tiene derecho a cortarla pues cercena con ella potencias, y los dioses que las normas inspiran deberían saberlo. Tras el lamento humano de las trompetas, se presentará el quirurgo portando el cuchillo afilado y el hacha terrífica.

A la vista de todos tomará mis despojos, y con modos carniceros los irá troceando. Pero ya no me importa. Si ella ha muerto y arrebatan cualquier oportunidad a nuestro hijo, lo que hagan con mi insensible cuerpo carece de importancia. Qué se me da a mí si el quirurgo separa o no la cabeza del resto, si retira o no el corazón del resto, si aparta o no las extremidades del resto, si desliga o no el tronco del resto. Ni siquiera la sangre acudirá a la llamada del filo enrojeciendo el empedrado. No podrá lamerla mi perro entre aullidos de pena. El can compañero abandonará el recinto murado, renunciará definitivamente a vivir en palacio, y se empeñará en velar mis pedazos dispersos en interminable recorrido. Uno éramos, dueño y animal, en la caza y en los juegos; sus lametones sustituían con ventaja a los bálsamos en mis heridas, mis caricias tranquilizaban su impaciencia. Siento abandonarlo a una suerte negra, al vagar desesperado, a la soledad sin consuelo.

Os dejo mi ejemplo en aquello que para vosotros constituya modelo, en la aceptación de las leyes, en el cumplimiento del Mandato; civiles y religiosas seguí las normas, las más duras incluso, lo mismo aquellas que, obligando a los demás, por mi condición no me obligaban. Y si como hombre he fallado, la causa fue noble -pasión irresistible por hembra de tanta valía- y esforzado y orgulloso acepto el castigo que acompaña a la incorrección. Mi temple en la batalla, mis afanes por construir una paz laboriosa y ubérrima, el respeto procurado al vencido y la actitud serena ante la adversidad os dejo. Os dejo mi vida, y sobre ella mi muerte, que la dignifica. Escrito por el escriba al dictado de mi corazón sobre delgado pellejo de becerra, en calidad de Real Legado os dejo mi conducta recta, pero también la desviada, porque, a buen seguro, de las dos extraeréis enseñanzas. PSdeJ

 

 

Biografia:

Académico Correspondente da Academia de Letras do Estado de Espírito Santo no Brasil, Pedro Sevylla de Juana nasceu em plena agricultura, lá onde se juntam La Tierra de Campos e El Cerrato, Valdepero, província de Palencia, em Espanha; e a economia dos recursos à espera de tempos piores ajustou o seu comportamento. Com a intenção de entender os mistérios da existência, aprendeu a ler aos três anos. Aos nove iniciou seus estudos no internado do Colégio La Salle de Palencia; seguindo os superiores em Madri. Para explicar as suas razões, aos doze se iniciou na escrita. Cumpriu já os setenta, e transita a etapa de maior liberdade e ousadia; obrigam-lhe muito poucas responsabilidades e sujeita temores e esperanças. Viveu em Palencia, Valladolid, Barcelona e Madrid; passando temporadas em Cornwall, Genebra, Estoril, Tânger, Paris, Amsterdã, Villeneuve sur Lot e Vitória ES. Publicitário, conferencista, tradutor, articulista, poeta, ensaísta, editor, pesquisador, crítico e narrador; publicou vinte e quatro livros e colabora com diversas revistas da Europa e América, tanto em língua espanhola como portuguesa. Trabalhos seus integram seis antologias internacionais. Reside em El Escorial, dedicado por inteiro às suas paixões mais arraigadas: viver, ler e escrever.