Contenido: Sobre Palencia. Navajas, relato a modo de introducción. Mapa de la provincia. Palencia es espacio de pensadores, artistas, escritores y poetas. Palencia es una y es múltiple. Palencia es espacio de Bodas Reales. Palencia es espacio de Historia. Larga y estrecha geografía. Tierra de Campos. El Cerrato. Villas Romanas. El Parque Natural de Fuentes Carrionas y Fuente Cobre-Montaña Palentina. El románico. Ruta de los Pantanos. Ruta de las ermitas rupestres. Camino de Santiago. El canal de Castilla. Castillos. Órganos Ibéricos. La capital. Videos sobre Palencia.

Foto de portada:  Ermita de San Pedro y de la Virgen de Consuelo, en Fuentes de Valdepero (Palencia)

 

 

“Navajas 1808” Relato de En torno a Valdepero

A poco más de la media noche, los agosteros, movidos por un muelle interno, se alzaban de los camastros. Cruzaron al momento las mulas unas calles desiertas que van a las eras; moderado, medido, se oyó seco el acompasado ruido de los cascos. En la noche prieta traquetearon los carros siguiendo unos caminos cruzados de magulladuras, obra del agua atormentada y del trajín de las ruedas de hierro. Entre dos luces las arrancadoras bostezaban con los ojos ciegos, buscando a tientas la palangana mediada de agua para sus abluciones. Humo salía de las chimeneas que al contraluz se elevó sereno, calmo; las mujeres prendían fuego en los hogares a la chamada de leña iniciando el día interminable. Descargado el primer viaje, sobre el carro para no perder tiempo, a esa hora temprana mordisquearon los hombres la raja de tocino y el coscorito, dando el primer tiento a la bota. En el interior recio de los chozos de piedra de los corrales -llanura del páramo- vestidos durmieron los pastores en colchón de nías, y antes del alba desayunaron unas sopas de leche recién ordeñada, recibida de la ubre misma en cuerno de vaca o en escudilla de madera. Quejábanse de su encierro las ovejas con insistentes balidos, y puestas en pie, impacientes, arremetían contra las compañeras. Deseosos de aprovechar el avance de la siega que empuja la caza y la arrincona, madrugaron también los cazadores; les esperaban los resecos montes, los valles verdes, las calizas laderas. Recostados en las lindes, rendidos sus cuerpos, los segadores rumiaron un zaraballo de pan moreno, a la espera de la señal que los pusiera, encorvados, en el duro tajo. De modo que al encaramarse el sol a las encinas del monte, y orientar desde allí sus rayos al pueblo, el campo era un hervidero de gente dispuesta.
De una voz fuerte, cargada de indignación, se pasó a los apóstrofes, a las interjecciones, a las blasfemias, a los gritos; y desde ellos se llegó a las manos, a los pies, a la cabeza. A baladros la emprendieron, a insultos, a acusaciones mutuas. El sol calentaba lo suyo ya en el nacimiento, refulgente y enceguecedor; señor de un cielo sin nubes que lo hicieran de menos. Se ha ido inflamando la mañana, sumando rojos tizones a la sangrante hoguera, que cruza lo alto y no tardará en alcanzar la vertical del medio día. Quienes barruntan las mutaciones meteorológicas, debido a alguna lesión antigua o a la metódica observación, auguran una tarde de tormenta.
Lo que comenzó siendo asunto de dos, se ha hecho pleito común de cuantos rondaban por las inmediaciones viendo u oyendo lo que acontecía. A puñadas se acometen, a sopapos, a empellones. Mas el hecho originario de la desavenencia permanece inalterado, bien visible. Al parecer, entraron las ovejas en sembrado de cebada y comieron múltiples cabezas de la orilla; podían verse todavía los pajones acéfalos, junto al destrozo de espigas secas abatidas contra el suelo, obra, sin duda, de los animales, de sus patas inquietas, de sus voraces dentelladas. En suma un cuarterón de grano y un real de vellón de desarreglo, treinta y cuatro maravedises de contante; ¿y por tan poca monta se organiza una trifulca que pone en peligro la integridad de los partícipes?

Lo que pasa es que llueve sobre mojado y los labradores se la tienen jurada a los pastores. Lo que ocurre es que los cazadores no respetan lo ajeno: cruzan los cultivos y los pastos haciendo sendero serpenteante, y tanto labriegos como zagales les tienen ganas. Espantan la caza los segadores en su lento avance, aseguran los cazadores; aunque en esas circunstancias, ojo avizor, aprovechan los tiros como nunca. Desposeídos de sensatez sus reproches, acusan a los segadores de procurar la progresión de rastrojos que dejan a las piezas sin resguardo. Perdices, codornices, torcaces, liebres y conejos han de buscar arroyos o linderas pobladas de zarzas, si es que no abandonan el lugar desprotegido. Los desarraigados segadores -forasteros atraídos por una ración de pan de tres onzas escasas, media libra de carne y un tercio de azumbre de vino, a más de un real de plata por jornada de corte- se ponen del lado de quien los paga y abandonan su desasosiego en la pelea. Los pastores quisieran romper a garrotazos los límites que levantan a sus pies, a las torpes pezuñas del ganado; y aunque el pago de Villazalama sea el sitio menos oportuno, dada la abundancia de yerba, memoria tienen de épocas y lugares ingratos. Los hortelanos aprovechan la ocasión de castigar a los pastores que rompen con su rebaño -si no éstos, otros de la misma calaña- las presas. Los de Husillos buscan resarcirse de las afrentas recibidas durante siglos de los de Valdepero, y éstos de los otros. Y los aprendices de bandolero encuentran en el lance oportunidad de curtirse. Las dos mitades del mundo se encaran en la pradera. La verdad es que todos se duelen de un destino duro que no les da ocasión de levantarse contra nada, ni de elevar quejas a un cielo dotado de oídos sordos.
Con esa hechura, el fabulador que da cuerpo y alma a la historia, se imagina la reyerta; y sabiendo que pudo suceder conforme a lo pensado o de manera aproximada, busca intervenir en pasadas épocas, recreándolas. Mas pone sobre aviso a los lectores acerca de su invención, y asegura que sin dar por probados los hechos, a la vista de las indagaciones previas, bien pudieran haber sucedido a la manera del cuento.
Suspendieron su exhaustiva actividad los consumeros del fielato, cuando la columna salió de Palencia por la puerta de Monzón. Algunos soldados habían formado parte de la guardia nocturna, otros estuvieron de francachela, pero todos cabalgaban erguidos, marciales. Dando escolta a dos carromatos tirados por mulos, partida en dos, avanzaba la formación con premura, sin descomponerse ni un ápice. La seguían, al margen, dos oficiales de vistoso uniforme cerrando la marcha.

Palencia posee el encanto del comercio bien surtido, y unas calles abiertas a lo extraño, que acogen gente de muy variada catadura. A mayores, los asuntos oficiales, que causan gran respeto a quienes poca formación y mundo alcanzan, en Palencia, sin remisión posible, han de resolverse. Dista Valdepero una legua de Palencia, y alrededor de media de los pueblos linderos entre los que descuella en población y territorio, por lo que suelen sus naturales ufanarse ante los forasteros de un cierto imperio injustificado. Las más de sus familias viven de la labranza, sacando un provecho añadido a los rebaños de ovejas. El pastoreo ocupa no sólo a rabadanes y a los que cinchan queso, sino también a quienes cardan la lana e hilan al pulgar, a más de aquellos que portan madejas hasta los telares de Palencia y Amusco o elaboran en el pueblo estameñas. De ordinario se relacionan sus gentes con las de Villalobón debido a la proximidad y a lo liso del terreno, amén de por ser dueñas de las mejores tierras del término vecino, las cercanas al arroyo Mayor. El camino real que desde Palencia lleva a la región cántabra -transitan por él diligencias y valijeros- une a Valdepero con Monzón; y cualquier labrador puede, en una mañana, llevar trigo en grano a la fábrica de harinas y volverlo molido. Las llanadas de Valdepero, Monzón de Campos y Husillos, están sitúadas en distintos planos -Valdepero arriba- y unidas por un desnivel brusco que convierte en cansado el paseo que los separa. A pesar de ello un diario ajetreo se empeña en enlazarlos.
Haciéndose raya natural entre Husillos y Valdepero, discurre plácido el río Carrión: tan sólo un fragmento exiguo al pie de las laderas. Traza allí una hoz abierta, por donde el agua se desliza sosegada; y las lavanderas, quienes buscan un higiénico remojón o persiguen la pesca de barbos, tencas, cangrejos y truchas, desde Valdepero acuden a la hoz. Baja a ella la senda de Vallejo, una de las tres que unen ambas villas -la más ventajosa debido a que su pendiente es poco inclinada- y al encontrarse con el río lo bordea hasta alcanzar el camino que baja por la Cuesta. Ese es el más corto de todos, pero el de mayor peligro, pues dado lo abrupto del terreno y lo estrecho del carril, no resulta raro que caballerías y carruajes se despeñen. Por no hablar de la ordinaria presencia de bandoleros, prójimos poco compasivos, dispuestos a suavizar la carga de los transeúntes. Sucede que a la distancia de una voz de la senda, ocultas a la vista, existen unas covachas sumidas en la humedad y lo oscuro, viviendas de quienes no tienen otra: desheredados, malhechores perseguidos por la justicia y algún eremita. Un poco más al mediodía, cerrando con su presencia cárcavos de considerable hondura -maravilla labrada por la naturaleza indómita, desfiladeros que a duras apenas franquean los asnos- baja el camino conocido como de Villazalama, por unir con tal pago a Valdepero y a Husillos. Se alarga esta tercera vía unas doscientas varas hasta encontrarse con las otras dos, y la recorren, más que nadie, pastores guiando rebaños. A partir del punto de unión, hecho ya camino único de veinte pies de firme, se dirige a la embocadura del puente que cruza el río a la entrada misma de Husillos. Señorío éste cuya iglesia fue en tiempos abadía afamada y poderosa colegiata.

Las laderas que dificultan las relaciones entre villas, aparecen salpicadas de endrinos, acederas, carambucos y plantas aromáticas: romero, espliego, manzanilla; y las cubre una hierba recia muy apropiada para el pastoreo. Pastura que en el pago de Villazalama es comuniega y la disfrutan con iguales derechos los ganados de Valdepero y Husillos. Una abundante fauna de conejos, algún que otro zorro, y el huidizo lobo, a más de los volátiles, dueños de un cielo azul, tiran de los cazadores con fuerza; y es frecuente verlos, ojo avizor, recorrer los senderos de cabras flanqueados por galgos.
Sabino, zagal de Valdepero; y Tirso, zagal de Husillos; mozalbetes ambos que presumen de bozo y de una sombra de barba sobre el mentón, están hechos a pastorear sus rebaños desde niños. Se encuentran con frecuencia en los pastos de Villazalama y -hablando de lo suyo y de lo ajeno, jugando, lanzando piedras para probar el tino, peleándose por tantear sus fuerzas- mientras las ovejas retozan y enredan los canes, han forjado una amistad que se muestra inquebrantable si es sometida a prueba en discusiones o porfías. Mastines les ayudan a avecinar el ganado sin mezclas; pues aunque uno a uno conocen ovejas, chivas y carneros, da mucho trabajo poner a cada cual en su sitio. Se basta y se sobra cualquiera de ellos en esas circunstancias para cuidar de los dos rebaños, así que pueden, a la vez, llevar a cabo alguna tarea en los corrales o acercarse a Palencia bordeando la Miranda. Los amos aprecian el provecho de su destreza, pues crías, leche y lana son más abundantes desde que ellos apacentan. Sabino, mozo alto y recio que la peste dejó sin familia, quiso acercarse a la capital en día de feria, hace de ello casi dos meses. Tirso, joven apacible, primero de siete hermanos, tañendo la flauta hecha con su industria a partir de una caña cortada al borde del río, quedó al cuidado de los hatos. Cruzó Sabino los prados, las tierras pedregosas, los sembrados ralos; pasó cerca de las yeseras, de las canteras de roca caliza, hasta dominar el cerro del Otero y la ermita del Santo Cristo, horadada bajo la cumbre terrena que le sirve de techo. Recorrió en Palencia la ciudad y la Puebla; se acercó al mercado de la calle Burgos, que extiende sus mercaderías ante la iglesia de San Lázaro y el convento de Santa Clara, junto a los soportales, cercano a la salida que lleva a Villalobón y Astudillo. Compró un zurrón en buen uso y una manta de las llamadas de viaje y, sin prisa, recorrió algunas calles que saciaban su interés. Se echó al estómago un buen trago de agua, o cuatro para mayor exactitud, pues en la plaza Mayor probó de los cuatro caños de bronce; y en el pilón redondo de piedra jaspe bañó el rostro acalorado por la caminata. Atraído por la curiosidad, se acercó a la soberbia fábrica de piedra y ladrillo que da cuerpo al Hospital de San Antolín y San Bernabé. Institución benéfica tan poderosa, tan rica, que sólo en Valdepero posee casi dos centenares de aranzadas de tierra, donadas por personas piadosas en forma de viñas, en su mayoría descepadas y puestas en arriendo a buen precio. Pasó ante la mansión de don Manuel Peñalba, de admirable apariencia; y distrajo su curiosidad en la calle mayor mirando escaparates. En el comercio del italiano Julio Mesina halló una herramienta que parecía esperar su llegada; y la mirada inquieta se quedó fija en ella: pezuña de chivo la cabeza, las cachas de cuerno de toro y una hoja que impone respeto. Entró, preguntó el precio de la navaja, y dicho por el dependiente, salió de la tienda para pensar un momento. La vio de nuevo en la vitrina, y sintió la llamada del acero, de sus reflejos destellantes. Penetró en la tienda deseando tenerla en la mano. Un corte facilitaba a la uña el gesto de aprehender la cuchilla; probó la apertura, probó el cierre, el perfecto alojamiento de la hoja en la cama, en la hendida puchítera, y la atracción se le hizo irresistible. Se acordó Sabino de Tirso y fueron dos utensilios iguales los que compró, sabiendo que allí se quedaban todos los ahorros y los necesarios zahones de cuero. Volvió dando saltos de contento al subir la ladera de La Miranda, desandando el camino hasta llegar a Villazalama, donde, los perros primero y después su amigo, lo recibieron con franco alborozo. Mostró Sabino su navaja y Tirso quedó boquiabierto. Era tal la fascinación prendida en la mirada del amigo, que abreviando su gesto generoso, dijo: “Es tuya”. No acababa de creérselo Tirso y cuando la duda más le acuciaba, sacó Sabino del morral la otra para convencerle de que la suerte tenía dos maneras idénticas de presentarse favorable. Como en sueños se expresaron: “Mataremos cabritos, desollaremos corderos, formaremos figuras de leña, vaciaremos cuencos de madera, cortaremos lías de esparto; y nos jactaremos”.

Mas hoy, casi dos meses después, en los inicios de una recolección que no los deja fuera del todo, en el mismo lugar, sus pensamientos mozos siguen derroteros serios y el diálogo tiene como asunto el incierto porvenir.
-Estaremos aquí, ¿te parece?, en la pradera, en los corrales, hasta que nos tome el ejército para servir al Rey. Con el botín de las guerras haremos dineros y, hechos unos señorones, vendremos en favor de los nuestros. -Declara Tirso.
-Qué se nos da a nosotros del Rey… ¡América!, a América iremos; a Cuba, a Puerto Rico, a Río de la Plata, a su inmensa pradera. El Rey, llámese José, Carlos o Fernando, que se sirva a sí mismo. -Discrepa un Sabino exaltado.
Hablan luego de las inquietantes noticias que dibujan un país sumido en el desconcierto. No saben nada de política pero están recelosos. Y en eso se organiza en el extremo opuesto el revuelo ya mencionado: un segador y un pastor comienzan su perturbadora riña por causa de unas ovejas que han penetrado en el denso sembrado de cebada seca.
Ese día concreto, cinco de julio en el calendario, caluroso ya a prima hora, de buena mañana, los que bregan en la cuesta de la Media Legua junto al camino real de Cantabria los ven acercarse. Los que en las Altas siegan las cebadas -dichas del canónigo Ribera- pertenecientes al célebre Hospital, los ven venir gallardos y amenazadores. Cabalgan orgullosos en sus corceles negros, enhiestos, fieros, de mirada inhóspita; arropando a dos carromatos vacíos, y son lo menos treinta. Hay algunos jóvenes, otros de mediana edad; en sus cabezas revolotean recuerdos de la tierra madre, de parientes y amigos que quedaron lejos. Buscando un equilibrio inexistente, a las renuncias contraponen las imágenes de gloria que alcanzan a vislumbrar, las condecoraciones, los ascensos, el bastón de mando. ¡Franceses!, ¡soldados franceses!: la voz corre como el agua desbordada. Casi un mes antes se posesionaron de la capital; de arrasar Torquemada venían, de acuchillar a los vecinos todos, niños y mayores; de quemar el pueblo, de arruinarlo desde la propia base. Se trata de bárbaros, de bestias inhumanas; ruinas y cenizas dejan a su paso. Los ven con temor y asombro los agosteros que tienen su faena en el Altillo, y uno de los mozos, caballero en su burro, menos airoso que los franceses pero más rápido, se acerca al pueblo para prevenir a los vecinos.

Llegados los soldados al señorío secular de Valdepero, se dirigen, como era de esperar, a la plaza del Ayuntamiento; descabalgan y, antes que nada, fijan al poste dos edictos. Uno de ellos requiere la colaboración de los vecinos en la requisa, aportando al ejército amigo legumbres, grano, mantas, harina, y brazos fuertes para cargarlo todo. Traen la paz y la democracia, la instrucción de los ignorantes, las obras públicas y la igualdad de los pobres con los ricos; asegura el cartel. Y a modo de explicación, trencilla que ata el deber de unos y el derecho de otros, añade que ellos son “los conquistadores de Europa, enviados por Napoleón a todos los confines para descubrir a las gentes diversas su unidad de destino”. Firma, dando al contenido fuerza de ley, el General de División Lasalle, Conde del Imperio. El segundo cartel no es más que el bando del mismo militar dado el 17 de junio en Palencia, por el que la nueva autoridad prohíbe portar armas, blancas o de fuego, incluidas las habituales navajas, herramienta imprescindible en muchas tareas. “A quien en un cacheo le sean halladas será considerado soldado enemigo”.
Encuentran el ayuntamiento cerrado y al alguacil a la puerta, haciendo guardia, dispuesto a servir a la autoridad de hecho, sabedor de la venida de lo que el llama “destacamento aliado”. Le ordenan premura en abrir el Consistorio y buscar a los mandatarios del municipio y, a escape, deja franca la puerta y emprende el camino. Aprovechan el lapso los soldados para dar agua y pienso a los caballos, comer un bocado de pan con tasajo y beber un jarro de vino en uno de los dos mesones -el que está junto al arco de la puerta Hondón, seguramente- visto al llegar. Pasado ese tiempo tan prolongado, se personan el Teniente Alcalde Mayor y el Alcalde Ordinario, puestos por el Duque de Alba al frente del pueblo. Ambos conocen las atrocidades cometidas por los soldados en su avance imparable, y traen calculada la resistencia pasiva que pueden oponer a la guarnición de la capital -medio millar de soldados, avanzadilla de un ejército numeroso y dotado de toda clase de pertrechos- y al piquete que acaba de llegar al pueblo. Basados en ese razonamiento, recriminan su acción a las incendiarias de los dictados franceses sorprendidas por ellos al llegar a la plaza. La iglesia y las ermitas son, en su pensar, previsibles objetivos de los invasores: pinturas, tallas, objetos de culto, cruces, copones y patenas, oro y plata. Esas riquezas han oído que buscan. El trigo del Pósito, el grano de las paneras, las legumbres de alacenas y despensas, el ajuar hospitalario, y los lechazos resguardados en los apriscos de las rondas. Queda claro que los vecinos han de contribuir al sostenimiento de los ocupantes. Chorizos y lomos en aceite pueden disimularse, dentro de sus orzas, en los pajares. Lástima que a los marranos -sustento del próximo año- tan alborotadores, no se les pueda esconder en sitio alguno. Tardan en manifestar un aprensión alojada en lo oculto de la mente, un miedo que como padres o esposos no pueden restringir: las doncellas; hay soldados muy jóvenes que no tendrán miramientos, y disponer su guarda puede manifestarse insuficiente. Si los bandidos se conforman con víveres e imágenes, en interés del pueblo, la inteligencia conviene en entregárselos. Peor será si se quedan, ya que el castillo y la Casa Grande pueden tentar a unos jefes que precisan aposento para hombres y bestias

Situados los regidores en presencia de los oficiales que mandan la tropa extranjera -el capitán Bonet y un segundo cuyo nombre no entienden- su tono es conciliador, de capitulación aparente. Por ignorarlo, hablan con el deje lastimero que a todos los déspotas agranda; y si algo dicen de verdad sobre las posibilidades de ayuda, esa verdad se refiere a las deudas contraídas por el municipio, a los censos pendientes de pago, y a las rentas debidas al Duque. El rédito de ciento ochenta mil reales comprometidos al tres por ciento, se suma a obligaciones y cargas, de modo que el compromiso anual alcanza un monto de trece mil reales largos. Esa verdad de su boca quejosa abarca a las malas cosechas sufridas en los granos, y a la merma de vino: “Si les ha llegado a oídos su fama, han de saber que es bien cierta: las uvas mencía y garnacha dan cuerpo a los mostos, sabor a frutas maduras, y un color granate de tonos muy vivos; las bodegas profundas, de temperatura constante, facilitan una fermentación ajustada; las carrales de roble de nuestros montes, cuna y cama, comunican un aroma a vainilla que tiene buen predicamento. Eso es indiscutible, mas la cantidad es cosa divergente, pues si cuando éramos niños, de cada cinco obradas del término municipal -excluyendo montes y prados- una se destinaba a viñedo, ahora la proporción llega a una de cada diez. A mayores, las tierras libradas de cepas son de mala calidad y producen muy poco, algo de centeno, morcajo y avena, lo mismo que los peñascales de los páramos”. Todo eso manifiestan los ediles a unos oficiales que escuchan sin entender la esencia. No han traído intérprete y tergiversan lo que oyen y dicen. Los militares gabachos, camada de Napoleón, pagados de sí mismos, se muestran incapaces de admitir virtud a esta tierra y lo mismo a sus gentes.
Han dispuesto los campesinos un tentempié con el fin de ganar tiempo, y mientras los oficiales prueban las bondades de lo ofrecido, queso, jamón y un vinillo del año pasado que ha salido soberbio, el pueblo entero se afana en ocultar todo lo que de valor posee. Ciérranse las mujeres jóvenes -algunas contra su voluntad, pues han oído decir que son mozos guapos los franceses y lucen bigotes- en el falso suelo del escenario, interior del salón de baile donde a veces se representan comedias.

El siete de junio, la invasión francesa, un paseo militar sin más tropiezos que el de Torquemada, llegó a Palencia. Es de dominio público lo acaecido en el pueblo ribereño del Pisuerga, a raíz de obstruir sus gentes el puente que lo cruza tratando de entorpecer el avance marcial. Se conoce, asimismo, que desde el mes de marzo se encuentran en Madrid los franceses; ensálzase el levantamiento del dos de mayo, y no se ignora que los fusilamientos de patriotas duraron tres días completos. Quizá esas noticias expliquen porqué, en la capital, el Obispo y el Corregidor Ortiz pidieron clemencia y muchos vecinos huyen a León. En vista de que han ocupado la ciudad como casa propia, y viven a cuerpo de rey en residencias principales, se cree que los extranjeros han venido con la intención de quedarse.
Alaban los oficiales el paladar del vino, el color y el olor; tan a su gusto, que les parece francés. Se admiran del descubrimiento y piden dos bocoyes de sesenta cántaras. Bajo un sol ardiente crecido en su rigor se acercan al Pósito, dotado en números con seiscientas fanegas de trigo, pero se ultima la campaña y carece de provisión. Desconfía el capitán francés de los alcaldes, y pone a su lado al alguacil que parece más dócil, dirigiéndose a él en busca de información y respuestas. Cuatro cargas envasan en ocho costales que suben a uno de los carromatos. La pobreza del hospitalillo no facilita ocasión a los soldados de apoderarse de cosa apreciable, salvo unas mantas que el alguacil descubre recién llegadas del telar, reemplazo de las que aprovechan a los dos enfermos de tercianas, tan ralas, que se ve la luz atravesar trama y urdimbre, y manchadas, para colmo, del jugo de borrajas que los cura. De la ermita de Jesús Nazareno, pobre de solemnidad, sólo una capa del Cristo, bordada en oro, regalo de los humildes cofrades, pueden llevarse. Postergando la visita al castillo, cuya llave obra en poder del representante del Duque que ya ha sido avisado; y a la iglesia parroquial, al hallarse el cura administrando el viático a un moribundo, dirigen sus miras a la ermita de San Pedro.

Silvino, anciano ermitaño de la Virgen del Consuelo, y sepulturero del Cementerio Municipal, subido a la espadaña con el fin de asegurar bien el badajo de la campana, los ve acercarse. Tiene su vivienda de encargado adosada al campanario, y una parte de la huesera, libre de calaveras y tibias, hace las veces de huerto; así que ha ido desarrollando creencias sobre la otra vida que no son comunes. Sabiendo forzada a la autoridad no entrega las llaves que piden los alcaldes, y un soldado cualquiera da en el suelo con el cuerpo menguado y lo arrastra inerte tirando de un pie. Es vano el castigo, Silvino no cede. Deciden reventar el portón usando como ariete un banco de roble -medio tronco serrado, el asiento; y las patas, cuatro ramas gruesas- donde suelen tomar el fresco el enterrador y su familia: una esposa encorvada y una hija moza de mediana edad con el entendimiento reducido. Resultan sólidas las hojas de la puerta, y aferrados a ellas se intuyen los cerrojos internos; unidad forman barras y tablones y, siguiendo el ejemplo del ermitaño, tampoco ceden. Por indicación del alguacil entran en la casa y sacan a las dos señoras, medrosas, asustadas. En sus mujeres violentan a Silvino; un infame uniformado rasga las ásperas sayas con una bayoneta de hoja brillante que araña la piel. Alma impetuosa en cuerpo gastado, el octogenario hace frente al soldado bandido, y recibe un culatazo en el rostro que basta para derribarlo y concluir su diario penar. La esposa, compañera en las encrucijadas, con tal de evitarle tortura facilita las llaves al capitán de la tropa invasora, y se abraza al marido agónico al tiempo de verle dar las boqueadas. El gentío que se ha ido arremolinando, vecinos incapaces para las labores del campo -abuelos de cráneo desnudo, indignadas mujeres y atemorizados chiquillos- observa la avasalladora actitud de los soldados franceses mordiéndose la lengua. Cargan en uno de los carromatos, de considerables dimensiones para los usos del lugar, algunos cuadros de autor desconocido, dos tallas atribuidas a Alonso Berruguete que forman trinidad con un Cristo, el valioso cáliz y una casulla bordada con hilos de oro. Un chavalillo atrevido -poco más de diez años- cruza un palo en una de las ruedas para que no partan los ladrones llevándose el botín. Un pescozón lo derriba; y un puntapié, ya en el suelo, remata la hazaña valiente de un militar sin entrañas. La madre del niño acomete al verdugo gritando improperios, pero éste la toma de los brazos desnudos, del talle, y la arroja rodando por la alta lindera que bordea el camino de Taragudo y los montes. Los vecinos, con ademán hostil -tres docenas ya- debatiéndose entre el deseo de venganza y el miedo a las represalias, siguen a la cohorte extranjera, al alguacil y a los regidores, hasta el castillo. Los hombres que se afanan en el campo conocen lo que ocurre; esposas dolidas les llevan las noticias, y los motriles encargados del aprovisionamiento. Una orden, un ruego reciben del Alcalde Mayor, del Alcalde Ordinario: “Habéis de permanecer alejados de la villa; nada ganamos con el ataque, el destacamento es sólo una avanzada del cuerpo de ejército que ocupa Palencia”.

En la explanada del castillo esperan los exigidos bocoyes, colmados del vino que los franceses encuentran suyo en todos los sentidos. Los soldados disponen los carrales de roble en el carretón, y los sujetan con maromas a las teleras bajas y a los travesaños firmes, sirviéndose de los costales para impedir que rueden. Al lado, los santos, acostados sobre las casullas, cubiertos de doradas capas pluviales, atados con cíngulos, parecen ausentes de su misión protectora. Las mantas abiertas, extendidas sobre sacos de yute pletóricos de garbanzos, lentejas y titos, que cuatro uniformados requisaron de vacuas paneras, colman los huecos y completan el carro. No habiendo llegado la llave, aceptan del alguacil la idea de acometer la puerta del castillo con el carruaje desocupado. Toman de las cabezadas a los mulos, los fuerzan a girar hasta alcanzar la posición contraria, y amenazándolos, golpeándolos, consiguen que cejen, que reculen, hasta fijar los corvejones en tierra y elevar al cielo las manos. Golpea la madera a la madera y en el pulso obligado, sin gran deterioro, cede la puerta. Entran los invasores, observan el patio, se acercan al pozo insondable, recorren las habitaciones, y juzgan el recinto pintiparado para albergar a la tropa y a las caballerías, muy apropiado como almacén de víveres y polvorín. En nombre del General Lasalle y del Emperador Bonaparte toman posesión de la fortaleza; y aunque no dejan guardia, instruyen al alguacil para que el herrero ponga nuevos cerrojos y él guarde la llave. De la Casa Grande parecen no tener noticia, y se salva momentáneamente de la ocupación.

Don Pedro, el párroco, cincuenta años vividos, los diez últimos al espiritual cuidado de Valdepero; flaco, nervioso, recibe a los soldados con las puertas de la iglesia abiertas de par en par. Es pacifista y le producen espanto las armas. Tallas valiosas del altar mayor, madera oscura en su color natural; casullas de gala, tiesas de los hilos de oro que las adornan; la cruz de plata, el incensario del mismo metal, y la custodia que se muestra sólo el día del Corpus: todo ese tesoro deja Don Pedro que se lleven como si fueran baratijas, como si se tratara de viejos aperos de labranza. Rodeado como está de miradas coléricas, amilanado a la vista de los fusiles y los machetes, aturdido por incomprensibles palabras extranjeras, permite sin oposición que los objetos sagrados vayan a parar al carromato, y allí los acomoden entre cuatro tablas a modo de cajón. Tiembla don Pedro al lado de la sacristía; teme acaso que los soldados se acerquen al Sagrario, pues dentro está el Copón donde el Dios del Gólgota descansa tras su sacrificio. Eso hacen: al Tabernáculo se aproximan, y usando un sable como palanca saltan el cierre que no es sino un sortilegio, un ensalmo pensado para elevar al Creador sobre las criaturas, al Salvador por encima de los condenados; una clave válida para situar al Omnipotente arriba de los desvalidos humanos, que sólo arrepentidos de sus flaquezas -blanco el interior como armiño- son dignos de recibirlo en su oscura morada. Los ve hacer el medroso don Pedro, y enérgico de una furia que no sabe de donde le viene, como una exhalación se adelanta a los profanadores. Trata de tomar las Hostias consagradas -Cuerpo vivo de Nuestro Señor- quiere comulgar con todas ellas, guardarlas en el recinto sagrado del alma. Ya no siente miedo; se ve gigante y desprecia a las huestes armadas de Satán, desoyendo las palabras sin sentido que profieren. Forcejea con un salvaje, un ateo, un volteriano, con un jacobino enviado del infierno; y lo hace porque ama a Cristo más que a la vida cargada de potencias. Un empellón recibe que lo lanza contra la verja, frontera defensora del Sancta Sanctórun frente a las asechanzas del mundo engañoso. Don Pedro, que padece frecuentes arrebatos epilépticos, se agita echando espumarajos por la boca, y bracea y patalea como un poseso. Retroceden los soldados al verlo, quizá creyentes, quizá supersticiosos, y es el propio capitán Bonet quien, para dar ejemplo, golpea reiteradamente el cuerpo con la culata del fusil, y atraviesa el pecho del sacerdote con la bayoneta de uno de los espantados.

Han recibido los agosteros recado de no reñir con los militares, mas las mujeres de Valdepero no entienden los intereses que animan la política, y ante la cruel y despiadada actitud de los franceses, piensan suplir a unos hombres que prestan oídos a la autoridad y se los niegan a la sangre. Hablan en concilio de cuatro, de seis, de quince, porque se van sumando valientes, acaloradas. Hablan de ir al salón de baile y rescatar a las mozas de su propia cautela, y todas juntas, las unas y las otras -armadas de cuchillos tocineros, de atizadores del hogar, de rústicas escobas- asaltar al destacamento francés y cerrarse en el castillo por si vienen de Palencia refuerzos. Ya lo hicieron sus tatarabuelas en 1521, fecha que está grabada en el frontispicio de la fortaleza para que ningún vecino olvide. La mujer del Alcalde Mayor les baja los humos a las cabecillas con unos humos más altos de alcaldesa consorte, y todo queda en intento.
Está bien avanzada la mañana y el calor aprieta de lo lindo, pese a que unas nubes oscuras nacidas al Oeste se acercan al sol. El alguacil, que ha traicionado a su pueblo en varias ocasiones en lo que va de día, por una sola vez engaña al enemigo. En las indicaciones dadas a la patrulla que quiere ir a Husillos -sólo en él confían los oficiales- aconseja la parte más quebrada, el camino de la Cuesta, y se ofrece a acompañarlos. Almorzarán en las proximidades de la villa y visitarán la abadía, pues tienen noticia de los relieves valiosos que cubren sepulcros de gente principal. Dos chiguitos, previniendo a los que encuentran al paso, se encaminan a todo correr por el pago de las Brujas hasta Villazalama.
Precisamente en esos pastos ocurre la pendencia que enfrenta, unos contra otros, al mundo entero y verdadero. El bosque frondoso tuvo su principio en un insignificante brote, el caudaloso río fue una fuente; en ésta oportunidad el germen estuvo en un leve reproche, dirigido a un zagal por el segador que descubrió el desaguisado. Recibió como un cantazo el pastor la reprimenda, y contestó con alguna inconveniencia superior. Su agarrada inmediata resultó un imán para quienes se percataban de cerca o de lejos de lo ocurrido; y ahora, transcurrido un largo rato, salta el calañés por los aires, del jubón de bayeta se toman, del calzón de paño de Astudillo; a tirones descomponen la figura y dan con el oponente en el suelo. Allí las puñadas en el rostro, allí las trompadas en el pecho. Sabino y Tirso defienden antes que a nadie a los trashumantes, a los de chaqueta de piel de cordero, a los que huelen a leche agria; mas no tienen reparos en apoyar a los labriegos, ya sean de Valdepero o de Husillos, y a los segadores recién llegados. La contienda va perdiendo la intensidad inicial, y salvo los heridos a garrotazos que buscan desquite, el resto se acomete con desgana. Dos chavales llegan corriendo como galgos, y anuncian la cercanía de los franceses. Relatan en dos o tres frases -más no se necesitan- los crímenes cometidos contra el ermitaño y el cura, las heridas causadas a los indefensos, los múltiples robos. El exceso de tensión mata la reyerta, llegándose a la única determinación aceptable.
-¡A la cuesta! -grita un segador- allí los sorprenderemos.
-¡A la cuesta! -repite una voz que es un eco de voces, la unión de veinte voluntades al menos- que cada uno mude sus trebejos en armas: dalles, hoces, rastrillos, horcas, navajas, garrotes. -Añade el segador que parece más decidido.
-Poco somos si no recuperamos a los santos y vengamos a muertos y heridos. Poco somos si dejamos marchar a los soldados franceses sin escarmiento. -Así se expresa un desconocido Tirso en la parrafada más larga que de él se recuerda.

Alargan los chavales su carrera para dar aviso a los de Husillos y, al momento, horcas de guinchos puntiagudos -amotinadas, insurrectas- se yerguen amenazadoras; rastrillas de madera exhibiendo unos dientes desiguales, cual pendones de batalla o descabezadas cruces, se elevan hasta las nubes sombrías. Se enarbolan hoces de brillante filo, dalles temblorosos. Cachavas y cayados de fuerte apariencia bailan en el aire. Hondas giran preñadas de piedras. Óyese un fragor de batalla, un rumor de cortejo. Escopetas de relucientes caños se agitan buscando invisibles pechos franceses. Voces airadas maldicen a los culpables de la violencia y la rapiña, votos y juramentos prometen venganza. Sabino y Tirso descubren un uso agregado para sus navajas cabriteras, y de ellas reciben un valor crecido. Hombro con hombro marchan animosos en el grupo que se dirige a la Cuesta. Amigos, hermanos, una espiga forman los que antes se enfrentaban. No los separa el oficio, ni la circunstancia insignificante de haber nacido en un pueblo o en el otro, abajo o arriba; les une la defensa de aquello que les hace infelices, un albur que los lleva y los trae tras cosechas inciertas, a través de pedregales infecundos, apremiados por inacabables obligaciones que requieren el tenaz ejemplo del sol para llegar a término.
En los cárcavos se apostan, en las linderas cubiertas de zarzas. Toman posición en los recodos del camino, en las grietas del barranco. Un cazador queda arriba, vigilante de la tropa, ceñido a su perro. Ya no pica el sol, el bochorno parece venir de las nubes moradas que cubren el cielo, de los pajizos rastrojos, de los sembrados enhiestos, de los polvorientos caminos. Llegan los franceses con sus lucidos arreos, con fusiles y sables; a lomos de sus caballos llegan, subidos al pescante de los carros. Son lo menos treinta y de sus frentes resbala el sudor. Piensan unos en sus padres, en sus novias, en las esposas dejadas en la tierra patria, en los hijos acaso; otros, los despiertos, los más perspicaces, se preguntan al paso medido de los cuadrúpedos, si es ésta la gloria que vinieron a buscar ilusionados; si es ésta la tierra, si son éstos los hombres, cuya derrota les ha de procurar la perseguida fama, si a contienda tan despareja llamaba el emperador Bonaparte, y si los campesinos ven en ellos la grandeza de Francia: igualdad, fraternidad, libertad y progreso. Ya están al inicio de la cuesta y divisan Husillos, cuando unas gotas enormes se mezclan con la tierra suelta de las roderas, formando una mezcla que se hace barro denso. Cien truenos siguen de cerca a cien relámpagos o viceversa.

El diluvio es una realidad alejada del antiguo mito. Se ha concretado partiendo de un cielo negruzco, para precipitarse en un suelo ávido de líquidos, arcilla reseca. Ignorante de la zalagarda la columna entra en el declive con los carros situados en el centro. Uno va lleno y el otro esperan llenarlo en el pueblo que aparece allá abajo, al otro lado del río. Les ha dicho el alguacil que a la entrada hay una pradera y, en ella, un molino; espacio apropiado para acuartelarse. El camino se inclina por momentos; y a la derecha o la izquierda se turnan el barranco y la alta ladera siguiendo un zigzag que busca suavizar la pendiente. Surge una jauría de perros: sabuesos, mastines y los indefinidos, hijos de cien mezclas; obediente a unas voces cuyo origen se ignora, la horda canina ladra a los caballos de los caballeros, a los mulos que tiran de los carromatos, muerde sus patas, espanta su decisión, muda el sentido de su energía. Se alzan de manos las bestias y algunos soldados besan el suelo. Se oyen disparos de escopetas emboscadas; no se distinguen las cabezas que miran a lo largo del tubo, no se ven los dedos que aprietan el gatillo. Cazadores, aprendices de bandido y los bandidos hechos han esperado mudos pegados a la yerba seca; respiran hondo, apuntan con tranquilidad y ninguno yerra. Cuatro, seis soldados se doblan en sus cabalgaduras y resbalan hasta quedar tendidos al borde del carril. En personas armadas de hoces se transfiguran las zarzas, de las cárcavas surgen cuerpos que el chaparrón difumina, en las grietas del barranco nacen figuras espectrales que agitan dalles, rastrillos y horcas. No basta la galga para fijar las ruedas a las hendidas rodadas; crúzanse los carros, siguen la pendiente fácil y su peso arrastra a las mulas. Bestias y carretas descienden dando tumbos, soltando bocoyes de vino, costales de grano, imágenes sacras. Causando un ruido metálico las bayonetas prolongan cañones; se esparcen las órdenes a través de la lluvia, mezcladas con los gritos de pavor y las blasfemias. Los franceses reaccionan, y siguen al pie de la letra el manual que define las maniobras precisas en caso de emboscada. Un pastor cae malherido cuando la hoja ensangrentada de un sable abandona su pecho. Un gorro militar escapa de la cabeza aplastada por un robusto cayado. Cuatro, seis figuras armadas, procedentes de Husillos, se incorporan desde abajo al grupo atacante. Impetuosos caballos sin jinete se despeñan –ojos turbios en la líquida cortina, cascos torpes en el limo- sumándose a los descoyuntados por las vigas de los carruajes: patas quebradas, pescuezos torcidos, vientres sangrantes donde las astillas se internan, tripas exhalando el olor de la cebada a medio fermentar. Se recortan en lo alto unos contornos esquivos; varios mozos de Valdepero se incorporan al combate. Momentos antes de esparcir su carga preciosa -el mejor vino de la comarca- los bocoyes aplastan a los que llevan las riendas en el pescante: uniformes empapados de caldo, voces reclamando un socorro que nadie puede prestar. El agua baja con poderoso ruido de arrastre, con rumor de torrente; lavándolo todo -rostros y vestiduras- manchándolo todo.

En su nuevo menester las navajas de los dos amigos logran el desquite: fisuras abren a los vientres quietos, a los costados esquivos, cruzan caras y marcan mejillas. Descubre Sabino que atacan a un raposo, a un hortelano de Husillos; ve que una pareja de ventajistas, militares de la Francia invasora, intentan matar a un prójimo de quien ignora el nombre. Bayonetas manchadas de sangre amenazan su vida, una por el pecho, otra por la espalda. Lo ve Sabino y salta como un tigre apretando la navaja en su puño acerado. Tirso observa el movimiento del amigo y lleva luego su mirada al espantado rostro de quien teme ser doblemente ensartado. Basta una seña -ellos se leen la mirada- y cada uno ataca a un soldado. Aprovecha el hortelano el trance y se escurre como anguila. Los franceses, adiestrados en su oficio, esquivan con facilidad los envites. La rabia que Tirso contagia a su brazo se disuelve en el aire sin más consecuencia. Fatalidad de fatalidades, el empuje que Sabino pone en su navaja, desorientado, se interna en el pecho amigo; y el corazón generoso de Tirso recibe a la hoja del hermano como hermana.
Cesa la catarata y se desvanecen las nubes descubriendo un azul muy intenso; el olor a tierra mojada, a nías húmedas, impregna el ambiente. Sabino, dominado por una pena muy honda que lo ahoga, se sienta sobre una piedra blancuzca, truncada, solitaria; y desde ese punto de mira observa el tétrico paisaje de la cuesta, iluminado por un sol que ya ha traspasado la vertical hace tiempo.
-¡En mala hora compré las navajas! –Exclama Sabino a la vez que levanta la mirada dura y el puño cerrado hacia un cielo que ha recobrado la serenidad.
Ignora a ciencia cierta como se desarrolló el percance, más ya sabe que es el diablo quien templa las hojas de acero. Cree que su torpeza ha robado la vida al amigo del alma, y formando el ánima amiga parte de la suya, queda él incompleto, amputado. La sangre que hace unas horas fluía briosa por las venas, alimentando sueños jóvenes, llevando a la acción los proyectos maduros, se mezcla ahora con el sucio légamo.
-Si en esto consiste la ansiada victoria -se dice asqueado- debiera ponerse sobre aviso a los contendientes antes de comenzar las batallas; porque si esto es la victoria, la victoria en las guerras no existe.
Pregunta su conciencia qué será de los seis hermanos de Tirso, de menor edad que el muchacho muerto, sin padre los pobres y con la madre enferma. En lo íntimo se hace responsable de su suerte, y la liga desde ese momento a la suya. Se irá donde haya dineros, los ganará y ayudará a la familia que él ha desgraciado.

A quince se eleva en el lado civil el número de bajas; cinco cadáveres y diez heridos de importancia diversa; cuenta entre los leves el alguacil, viajero en el carretón desocupado. Del bando militar no quedan supervivientes. Un grupo de caballos que ha salido indemne, mordisquea unos juncos al final de la cuesta, en el pequeño llano que cruza un regato mínimo. Hay soldados víctimas de sus mismas armas, sables, bayonetas, tomadas por los lugareños en defensa propia, en el propio ataque; pero los hay que presentan heridas de navajas, de horcas, de hoces, y esos, ante el temor de una descubierta francesa que aclare el desastre, son llevados al pueblo y arrojados al pozo del castillo, a la insondable corriente subterránea en que se aprovisiona. Antes de dar parte a la tropa asentada en Palencia de lo acontecido en el pueblo, se ensaya el teatro que se ha de fingir. Hombres, niños y mujeres participan en la representación, para que a nadie se le escape un extremo que lleve al ovillo. Restaurada la confianza que en él tenía el Ayuntamiento, el alguacil se revela como un buen consejero. Los muertos propios, caídos a lo ancho de la Cuesta, se colocan en los escenarios del paso francés: el hospitalillo, el pósito, las ermitas, la puerta del castillo y la iglesia. Los vecinos proclives a aceptar en lo inexplicado la intervención divina, encuentran milagrosa la salvación de las tallas robadas al santuario del Consuelo, intactas cuando todo lo demás se ha hecho añicos. Acuerdan restituirlas al lugar de su culto, mas sin volverlas a los altares en previsión de nuevos saqueos; y emparedadas quedan en un esconce bien disimulado.
Inventan, con todo detalle, una explicación del suceso que los exonere de culpas: “Bebieron los soldados en el mesón hasta embriagarse, bebieron los oficiales en el Ayuntamiento; un alto hicieron para resguardarse de la tormenta y, abriendo la espita de los bocoyes, bebieron. Guiaron mal a los mulos que se despeñaron con toda su carga: allí están las duelas tronchadas de las carrales, allí las legumbres y el grano esparcidos, allí las vigas resquebrajadas de los carretones, allí los mulos mostrando sus vientres abiertos, allí están los cadáveres con aliento avinado. Los soldados abrieron pendencia unos contra otros, y unos contra otros los más se dieron muerte, desertando unos cuantos que conservaron la vida”.

De la mano muerta de su amigo Sabino retiró la otrora atractiva navaja -puchítera de cabra, pata del demonio- y enlazándola con alambre a la suya -pezuña de Lucifer- arrojó con rabia el odioso atado al pozo del castillo, tenebroso agujero, tras los cadáveres uniformados culpables de todo. Evitando enfrentarse a los franceses, temeroso de poner a prueba su rencor, sin tomar hatillo, sin despedirse; escapando de sí mismo e ignorando la causa, camina el desgraciado muchacho hacia el Norte. Se dice que va a agregarse a la cuadrilla de rebeldes encabezada por el Marquesito. Se dice que se suma a la partida guerrillera, porque odiando las armas odia más a los soldados franceses. Se dice que marcha a Lebanza donde quiere ser lego. Se dice que pretende llegar a Santander para embarcarse hacia América.

PSdeJ Del libro de relatos “En torno a Valdepero”

Unas pinceladas sobre la provincia de Palencia Pedro Sevylla de Juana

Palencia es espacio de pensadores, artistas, escritores y poetas

“Ingeniero me dicen los poetas/poeta me dicen los ingenieros”.Así hablaba de sí mismo El poeta palentino, nacido y enterrado en Madrid, Francisco Vighi. Ingeniero y poeta a partes equilibradas. “Ventas de la Pernía” es uno de sus poemarios. Lo componen serranillas al modo del Marqués de Santillana. El Marqués de Santillana, Iñigo López de Mendoza, nacido en Carrión de los Condes, fue militar y poeta. Estuvo emparentado con Gómez Manrique, poeta y dramaturgo nacido en Amusco; y fue tío de Jorge Manrique. Jorge Manrique, nacido en Paredes de Nava, Palencia, escribió las Coplas a la muerte de su padre, que todos hemos recitado alguna vez.

El padre de Jorge Manrique era, nada menos que Rodrigo Manrique, uno de los primeros grandes de España, Gran maestre de la orden de Santiago, fue partidario destacado de Isabel la Católica en su lucha por el trono de Castilla, y estuvo presente en los pactos de los Toros de Guisando. Familia, la suya, titular de marquesados, ducados, condados, señoríos; y muy influyente en los asuntos de estado de su época. Aquí yace un hombre / que vivo dejó su nombre, reza el epitafio de Rodrigo Manrique. En eso consiste la inmortalidad humana; en la permanencia viva del nombre, del recuerdo.

De Paredes de Nava era el escultor Alonso Berruguete, hijo del pintor Pedro Berruguete; referencia fundamental, el hijo, de la imaginería española del Renacimiento. El grupo escultórico que lo homenajea en la plaza Mayor de Palencia es obra de Victorio Macho, discípulo en el tiempo y escultor palentino con obra en España y América, autor del Cristo del Otero, situado entre los más altos del mundo. Poetas, escritores, escultores y pintores, fotógrafos y artesanos, han ido haciendo la imagen de Palencia y su provincia.

Palencia es una y es múltiple.

Una y múltiple como España y Castilla y León. Palencia goza de lo asturleonés y de lo castellano por origen; y de lo cántabro, lo vasco y lo andaluz por las repoblaciones. Palencia es una provincia de la comunidad Autónoma de Castilla y León; la Autonomía más extensa de España, y la más rica en cuanto se refiere a patrimonio lingüístico, arquitectónico, artístico y cultural. Palencia participa de esas mismas características y de la riqueza patrimonial, con una cierta personalidad propia. Castellana y Leonesa como ninguna otra, tiene en el Río Pisuerga la línea histórica de encuentro, según afirma Anselmo Carretero en su libro “La personalidad de Castilla”, elogiado, entre otras personalidades, por Miguel Delibes y Victoriano Crémer.

Palencia es espacio de Bodas Reales.

El 19 de Julio de 1074, Rodrigo Díaz de Vivar, llamado el Cid, contrae matrimonio con doña Jimena en la iglesia de San Miguel de Palencia. Doña Jimena pertenecía a la más alta nobleza del reino, era biznieta del rey de León Alfonso V, sobrina de Alfonso VI, hija del Conde Asturiano Diego, y hermana de dos Condes de Asturias y uno de León y Astorga. En su matrimonio, Rodrigo hace gala de gran caballerosidad al dotar a su esposa de las arras. El fuero Castellano limitaba las arras a la décima parte de las propiedades del esposo, y el fuero Leonés consideraba la mitad de las riquezas. A Jimena le correspondía el fuero de León y a Rodrigo el de Castilla, por tanto podía acogerse a este, pero Rodrigo se guió por el fuero de León, según se ve en la carta de arras. En ella se enumeran 39 villas, entre ellas la actual Villajimena, limítrofe con mi pueblo y Monzón, lo que hace pensar que el patrimonio de Rodrigo era de unas 80 villas, fortuna que hace de la suya una de las primeras familias de Castilla.

En Monzón de Campos, hubo casamiento real, fue a principios del siglo XII y unió a Doña Urraca, hija de Alfonso VI de Castilla con Alfonso I de Aragón y Navarra. En noviembre de 1128 el castillo de Saldaña fue escenario de la boda real del hijo de Doña Urraca y Raimundo de Borgoña, Don Alfonso VII Raimúndez, con doña Berenguela, hija del conde de Barcelona Ramón Berenguer III. Para celebrar tan magno acontecimiento, se celebró una corrida de toros en la que hoy es la Plaza Vieja de Saldaña o Plaza de los Francos, la primera conocida en la historia taurina de España.

En noviembre de 1219, en el monasterio de San Zoilo, en Carrión de los Condes, la princesa Beatriz de Suabia, nieta del emperador de Constantinopla se casó con Fernando III el Santo; y uno de sus hijos fue Alfonso X el Sabio.
Germana de Foix, sobrina del rey Luis XII de Francia, el 19 de octubre de 1505, a los 18 años de edad, se casó por poderes en la localidad palentina de Dueñas con Fernando II de Aragón, de 53 años, viudo de Isabel la Católica desde hacía once meses.

En 1388, Catalina de Lancaster y Enrique III se casaron en la catedral de Palencia. Él tenía 10 años y ella 14. Por primera vez en la historia de Castilla y de España, los príncipes herederos fueron jurados como Príncipes de Asturias, siguiendo la antigua costumbre inglesa de nombrar a los futuros reyes Príncipes de Gales. Dos años después, el 9 de octubre de 1390, el rey Juan I fallecía. Así que con tan solo 12 años Enrique, y 16 Catalina, se convertían en reyes de Castilla. Bodas reales que no tuvieron lugar en Palencia por casualidad, sino por lo que Palencia significó a lo largo de la historia.

No es una boda sucedida en Palencia, es un nacimiento famoso: en 1188 nace en Palencia Blanca de Castilla, hija de Alfonso VIII y Leonor de Plantagenet, quien llegó a convertirse en reina de Francia por su matrimonio con Luis VIII. En Palencia transcurre lo principal de la vida del héroe, histórico y legendario, Bernardo del Carpio. Hijo extramatrimonial de Ximena, hermana del rey Alfonso II el Casto de Asturias y Sancho Díaz, conde de Saldaña, de quien la leyenda dice que estuvo preso en la primitiva fortaleza de Fuentes de Valdepero hasta la vejez, por Orden del Rey Casto. Nacido en el Castillo de Saldaña y enterrado en Aguilar de Campoo, de su peripecia familiar se ocuparon Alfonso X el Sabio y Cervantes. Lope de Vega le dedicó dos obras de teatro, Bernardo de Balbuena 40.000 versos en preciosas octavas reales. de él escribieron Valera y otros muchos, incluso el argentino universal Borges. Aseguraron su historicidad historiadores fiables, entre los que se encuentra el padre Juan de Mariana.

Palencia es espacio de Concilios.

Creada en el siglo III, la época de mayor influencia de la Diócesis de Palencia sucedió durante la monarquía visigoda. Sus obispos firmaron las actas de casi todos los concilios de Toledo. El obispo Toribio, el Segundo concilio, reinando Alarico. Murila el tercer Concilio, donde se convirtió Recaredo. El obispo Conancio, los concilios cuarto, quinto y sexto. “Conancio de Palencia” o “Conancio de Castilla” fue uno de los grandes obispos hispano-visigodos del siglo séptimo. En esa Época se logra que la práctica litúrgica sea la misma en todo el reino, dándose, a la vez, una fuerte renovación religiosa y gran desarrollo musical. Conancio nació en el Cerrato Palentino, actual Villaconancio. Los obispos Ascario, Concordio y Basualdo firmaron las actas de los concilios posteriores . Tras más de tres siglos de dominio musulmán, la diócesis fue restaurada en el año 1034.

En Palencia se celebraron dos concilios nacionales: Uno en el año 1129, presidido por el Arzobispo Raimundo de Toledo y el emperador Alfonso VII. Y otro en 1321, presidido por Pedro de Luna, legado del papa Clemente VII. Asistieron tres Arzobispos, 25 obispos y el Rey Juan primero, más abades, condes y señores de la tierra. En la abadía colegiata de Santa María de la Dehesa Brava, en Fusiellos, hoy Husillos, se celebraron dos concilios nacionales o generales: en 1088 y en 1104. También en Carrión de los Condes se celebró algún concilio de los llamados generales, como el del año 1103.
Tal protagonismo de la Diócesis Palentina da idea de la consideración alcanzada.

Palencia es espacio de Historia.

El Museo Arqueológico de Palencia, que ocupa la llamada Casa del Cordón, ofrece muchas de las piezas recuperadas en la provincia. Otras están en el Museo Arqueológico Nacional, como el llamado “Tesoro del Cerro de la Miranda”, encontrado en ese pago de Fuentes de Valdepero, junto a Palencia; tesoro inicialmente muy disperso y aún no reunido del todo. Son torques y brazaletes de plata, monedas de la época ibérica e iberoromana.
Dos pueblos destacan en el espacio que ocupa la hoy provincia de Palencia, en la época previa a la llegada de los romanos: Cántabros y vacceos. Ocupaban los cántabros un área superior a la actual Cantabria, que en la actual Palencia llegaría hasta la antigua Pisóraca, Herrera de Pisuerga. Ocupaban los vacceos, el pueblo más evolucionado de la Celtiberia, una vasta región de la parte central de la cuenca del Duero. Destacaba en su organización socioeconómica, la importante actividad agrícola. Cultivaban, principalmente trigo y cebada, en un régimen de propiedad colectiva. Las cosechas eran abundantes, y nutrían a numantinos y arévacos. Por eso Escipión Emiliano, durante el sitio a Numancia impidió el suministro vacceo para acabar con la resistencia numantina.

Pallantia fue una de sus principales ciudades. ¿Hubo dos ciudades con ese nombre? De haber existido dos, la vaccea sería la situada en lo que hoy es Palenzuela. Los romanos, en tal caso, edificaron la que dio origen a la actual Palencia, junto al río Nubis, el Carrión que bordea la ciudad. Vestigio romano es el puente llamado Puentecillas, situado en la ciudad sobre el río, restaurado en distintas épocas.

En la Hispania visigoda Palencia alcanzó gran esplendor, llegando a ser sede de la corte y sede episcopal de importancia como hemos visto. La cripta de San Antolín, en la catedral; y la basílica de San Juan de Baños, son muestras de aquella época.

Espacio de Cultura, en los inicios del siglo XII, siendo obispo Tello Téllez de Meneses, se fundó en Palencia El Estudio General, -de hecho, la primera Universidad de España- con la aprobación pontificia. Se debe destacar la importancia de la familia Ansúrez, muy influyente en Castilla, con propiedades desde Liébana a Cuellar. Pedro Ansúrez, por encargo de Alfonso VI, repobló Valladolid con gente de Saldaña y Carrión.

En 1388, mientras los soldados palentinos estaban guerreando lejos de la ciudad, tropas del Duque de Lancaster la atacaron. Una fuerte reacción defensiva de las mujeres, evitó que Lancaster lograra tomarla. Desde entonces, la mujer palentina pudo lucir la banda amarilla de honor reservada a los varones. Hoy forma parte del traje regional. Ejemplo este, de lo mucho que cuesta a la mujer la igualdad de trato.

Larga y estrecha geografía

. En el rectángulo inclinado que es la provincia de Palencia, la diversidad está asegurada. De hecho, existen seis comarcas naturales y algunas subcomarcas. Esa misma disposición, en declive de Norte a Sur, propicia que los ríos Carrión y Pisuerga sean muy palentinos. El Carrión no llega a conocer otra tierra, y el Pisuerga, nacido en el término de Brañosera, primer municipio de España, tiene en la provincia de Palencia lo más de su recorrido.

El norte de la provincia tiene como características más llamativas la altitud y el desnivel, que, sumados, proporcionan el enorme contraste y su gran atractivo. Ahí se encuentran las máximas elevaciones provinciales, Peña Prieta (2.538 m), Curavacas (2.500 m) y Espigüete (2.450m). Las aguas de lluvia y nieve recibidas en estas elevaciones, originan los dos ríos nombrados, cuyos valles discurren casi paralelos hacia el sur de la provincia. Desde las respectivas cabeceras de las cuencas fluviales, aguas de ambos ríos alimentan cinco embalses.

La montaña palentina forma parte de la Cordillera Cantábrica. En sus bosques crecen hayas, robles, pinos, tejos, acebos; y se dan zonas de pastos, líquenes y musgos, donde se mueven los grandes mamíferos de la zona: jabalíes, corzos, ciervos, osos pardos y algún bisonte europeo, tras varios intentos de introducirlo. Las alturas montañosa forman valles pronunciados como Castillería, Redondos, Santullán, Covalagua y San Quirce. Erosión y tiempo perfilan las figuras caprichosas de los espacios naturales protegidos de Las Tuerces y el Cañón de la Horadada. La Cueva de los Franceses se encuentra en las proximidades de Aguilar de Campoo. Es una formación cárstica, con estalactitas y estalagmitas de gran belleza.

Sigue a las grandes alturas en el descenso un área semimontañosa con altitudes que llegan a los 1800 metros, de una interesante diversidad botánica. Zona de transición, más abajo, los ríos Boedo y Burejo proporcionan vegas feraces. Cereales y patatas cubren un terreno plácido y ondulado. Las vegas del río Carrión y sus afluentes, las lomas contiguas y las elevadas planicies de los páramos, llegan hasta el Sur de la Provincia.

El sur está integrado por dos comarcas bien distintas. Arcillosos suelos casi llanos que algunos chopos unen a un cielo azul cruzado de pardales, la Tierra de Campos palentina participa de las características comunes de tan amplia comarca natural. El tópico del color pardo desnudo y palomares en ruinas, se rompe en los trigales encañados, verde mar de olas agitadas por el viento. Los vacceos la poblaron antes que los romanos y los visigodos; y fue espacio despoblado y repoblado a intervalos. Cereales y ovejas, ladrillo y adobe, piedra labrada. Términos municipales extensos y casas labradoras, corrales y paneras, historia y arte. Iglesias y museos, sobriedad y hondura.El recuperado humedal de La Nava, es asiento de aves, muchas de ellas migratorias, de las que se han catalogado 172 especies. Tramos importantes del Camino de Santiago y del Canal de Castilla. Carrión de los Condes, Paredes de Nava, Becerril, Fuentes de Nava, Ampudia, Amusco, Rivas, Monzón, Husillos, Fuentes de Valdepero, Grijota.

vertavillo

 Dibujo que hice del entorno de la iglesia de Vertavillo, donde pasé un verano.

El Cerrato: pedregosos páramos llanos de 900 metros de altitud, laderas grises de tierra caliza, y verdes valles de 720 metros sobre el nivel del mar. Ocupa la parte sudeste de la provincia, entrando en Valladolid y Burgos. Estuvo poblado por vacceos y arévacos ya en el siglo III antes de Cristo. Fue repoblado con gentes provenientes de Cantabria y Vizcaya, y con mozárabes del sur peninsular. En la nueva tierra no existía apenas organización territorial. Realizaron presuras de terrenos, restauraron iglesias y recuperaron molinos con el fin de adaptar a sus necesidades el nuevo espacio. Cada familia recibía, por el llamado derecho de presura, la superficie de tierra que se podía arar de la salida a la puesta de sol. Palenzuela, Dueñas, Baltanás, Astudillo, fueron testigos de hechos históricos relevantes. Iglesias, ermitas, casas blasonadas, rollos de justicia.

Villas romanas. De la presencia romana en la hoy provincia de Palencia, quedan los restos de siete villas, dos ellas visitables. En ellas puede imaginarse el modo de vida del bajo imperio romano, contando con la ayuda inestimable de los mosaicos más bellos y mejor conservados de la Hispania romana. A la Villa Romana de la Olmeda la complementa el cercano Museo de Saldaña. La Villa Romana de la Tejada, descubierta en 1970 en Quintanilla de la Cueza, muestra un posible recinto termal de una residencia palaciega. Destaca en ambas el perfecto estado de conservación.

El Parque Natural de Fuentes Carrionas y Fuente Cobre-Montaña Palentina comprende 78.360 Hectáreas y 10 municipios. Es un espacio natural protegido, situado al norte de la provincia, que recibe su denominación de dos parajes conocidos como Fuentes Carrionas y Fuente del Cobre. Ambos considerados nacimientos oficiales de los ríos Carrión y Pisuerga, respectivamente. Situada en Velilla del río Carrión, la Laguna de Fuentes Carrionas está formada por dos lagos de origen glaciar. Una parte de las aguas llegadas de las montañas cercanas, entra a una altitud de 1750 metros, en el sumidero de Sel de la Fuente, de origen glaciar, iniciando el río Pisuerga y la formación cárstica de la Cueva de la Fuente del Cobre, donde, a dos kilómetros y medio, vuelven a surgir las aguas, ya a 1620 metros de altitud. El parque acoge encinas y sabinas, hayas, robles y abedules; una de las tejedas más notables de la Europa Occidental; y uno de los pocos pinares naturales de la Cordillera.

El románico. Hablamos de Palencia, la provincia de mayor concentración de románico de Europa. Monumentos completos o partes de alguno derruido o reconstruido posteriormente. El románico está distribuido por toda la provincia, de la Montaña a El Cerrato. Iglesias parroquiales y solitarias ermitas. Aguilar de Campoo, declarado conjunto Histórico Artístico, posee esculturas románicas expuestas en el museo de la Colegiata de San Miguel. Son románicas la ermita de San Andrés y la ermita de Santa Cecilia, a los pies del Castillo. El Monasterio de Santa María la Real, es la impresionante sede del Museo del Románico.

 Pueden establecerse tres rutas con centro en Aguilar de Campoo. Lo que puede dar idea de su abundancia. El Camino de Santiago, a su paso por Palencia, es de una gran riqueza artística correspondiente al románico. Hitos destacables son Frómista, Carrión y Villasirga. En el Sur está algo más disperso. Comienza en Palencia, donde es románica parte de la catedral. La iglesia de Villamuriel, la ermita de Fuentes de Valdepero, el pueblo donde nací; partes del monasterio de san Isidro de Dueñas, y de la iglesia de Santa María. Vertavillo, Torquemada y otros pueblos de El Cerrato poseen iglesias románicas en parte o su en su tatalidad.

Ruta de los Pantanos. En la montaña se encuentra la denominada ruta de los pantanos, lugares de gran vistosidad y fama por la belleza de los parajes que la integran. Se pueden ver cinco embalses: Aguilar de Campoo, Requejada, Ruesga, Camporredondo y Compuerto. Además de su alto valor paisajístico, en todos ellos se permite el baño y los deportes de navegación a vela o remo.

Ruta de las ermitas rupestres. En Aguilar de Campoo puede empezarse el recorrido de estos recintos religiosos escavados en la roca arenisca. El más interesante es el llamado Santos Justo y Pastor, de Olleros de Pisuerga; uno de los mejores conjuntos de la Península. Está formado por una ermita principal y dos contiguas. La principal consta de dos naves con capillas absidales. En la situada a la derecha se abre una galería estrecha, usada como sacristía. En la de la izquierda, que fue capilla con su primitivo altar, se ubica otra capilla, en penumbra, descubierta en 1931. La excavación inicial data, posiblemente, del siglo X; ampliándose a finales del siglo XII de acuerdo con los modos románicos. Sostiene el coro una sola pilastra; y la decoración, mínima, muestra en él capiteles dobles, muy toscos, pero de gran belleza. Hay otras ermitas rupestres en Villacibio, Villarén, Cervera, Pomar de Valdivia y Cezura, enclave palentino en Cantabria.

Camino de Santiago. Vereda de tránsito de la cultura, el Camino de Santiago atraviesa la provincia de Palencia de este a oeste; desde el magnífico Pontefitero, uno de los puentes más largos del Camino, pegando a Burgos; hasta Grajal de Campos, pegando a León. En Frómista se pueden ver la ermita de la Virgen del Otero, el templo de Santa Mª del Castillo y la iglesia parroquial de San Pedro, donde, en un museo, guardan las famosas 29 tablas del retablo de Santa Mª del Castillo, obra del siglo XV. Destacando por encima de todo una de las construcciones románicas más representativas del Camino de Santiago, la famosa iglesia de San Martín, construida en 1083 y hoy reconocida entre las cumbres del románico de España y hasta de Europa. Perfección de equilibrio y armonía, fotografiado, dibujado y pintado por multitud de visitantes admirados.

En Villácazar de Sirga, la iglesia de Santa María la Blanca, del siglo XIII, guarda la imagen de la Virgen a la que cantó Alfonso X el Sabio, en sus Cantigas. Allí están las esculturas del pórtico y las del interior, los sepulcros del Infante don Felipe, hijo de Fernando III el Santo y el de su segunda esposa. Y el incomparable retablo mayor del siglo XV con 27 pinturas sobre tabla, presidido por un gran Calvario gótico de inicios del siglo XIV.

Carrión de los Condes, ciudad histórica y monumental, cuna, a más de los despreciados Infantes, maridos torturadores de las hijas del Cid, de ilustres literatos, como el Rabí Dom Sem Tob y el Marqués de Santillana. Y militares, místicos y políticos de renombre. Recorriendo las calles se ven casas blasonadas, templos, ermitas y conventos que se pueden visitar. Subrayando la iglesia de Santiago, cuya fachada es considerada prototipo del románico. El friso, en altorrelieve, muestra al Pantocrátor, figura trabajada con una finura y naturalismo infrecuentes en la escultura románica. En las afueras se encuentra el formidable Monasterio de San Zoilo, de diferentes estilos artísticos debido a las reconstrucciones. Esculturas, pinturas, sepulcros. Siendo lo más destacable el grandioso claustro renacentista, uno de los mejores de España.

El canal de Castilla En el siglo XVIII comenzó la construcción del Canal de Castilla, destinado a llevar los granos de la Meseta al puerto de Santander. Fue una de las obras más importantes de la ingeniería civil en Europa, que, en la pequeña parte construida, llegó, también, a las provincias de Burgos y Valladolid. Tiene forma de Y griega invertida, y 150 metros de desnivel. Se inició en Alar del Rey, y en la parte palentina se construyeron 38 esclusas. Son destacables los llamados artefactos construidos en las esclusas, que aprovechaban la energía hidráulica para su funcionamiento. Eran batanes, molinos de papel y de trigo, fábricas de harinas y centrales hidroeléctricas. También una serrería mecánica y una fundición siderúrgica. Instalaciones que con el tiempo evolucionaron en tamaño y tecnología. El canal ha sido muy estudiado y existe una amplia bibliografía sobre él. Hoy añade a su utilización para el riego, la navegación turística.

Las edades del hombre. En la exposición de arte sacro llamada en Palencia Memorias y Esplendores, que duró del 12 de abril al 31 de octubre de 1999, se expusieron en la catedral 290 piezas que vieron 612.039 visitantes. La exposición expresó la gran riqueza patrimonial que atesora la diócesis palentina, de la que se nutría fundamentalmente la séptima edición. Entre las obras que se pudieron contemplar había autenticas joyas del arte románico, interesantes piezas del gótico; pinturas y relieves del renacimiento y el barroco, además de piezas de orfebrería, marfiles y telas; todas ellas de una gran belleza y magnificencia.

Castillos. Al lado de la capital se levanta el castillo de Fuentes de Valdepero. La Diputación Provincial se hizo con la propiedad de la fortaleza en 1995 para destinarla a Archivo Provincial. Desde 1996 y durante quince años, diversas Escuelas Taller han rehabilitado el castillo y construido en su patio de armas el edificio del Archivo. Con muros que llegan a los 11 metros de espesor y una Torre del Homenaje incomparable, fue sin duda una de las fortalezas más seguras de cuantas había en la España del siglo XV.

El castillo de Ampudia, construido en ese siglo, es un castillo residencial que, además de su carácter defensivo y militar, posee elementos ornamentales con fines puramente estéticos. El Castillo de Monzón de Campos, estructurado en torno a un sólido torreón de planta cuadrada, cuenta con un recinto de forma trapezoidal del siglo XIV. El Castillo de Aguilar de Campoo se yergue sobre un monte a casi 1.000 metros de altura que domina la villa. A las afueras de Belmonte de Campos se encuentra el castillo sobre un pequeño alto. Quedan la magnífica Torre del Homenaje y restos de un recinto irregular, con una plataforma a la que se accede mediante la puerta defendida por un torreón en círculo. Existe castillo en Las Cabañas de Castilla; en Saldaña están las ruinas del ya mencionado en las bodas reales. En estado ruinoso el de Gama; con excelentes vistas desde su alto emplazamiento el de Torremormojón. Y es solo una torre el de Villanueva, llamada por ello, Villanueva de la Torre.

Órganos Ibéricos, Característicos de España y Portugal, solo en Tierra de Campos quedan unos treinta de estos órganos, pertenecientes a los siglos XVII, XVIII y XIX. Erguida y bella presencia en madera policromada, su sola estampa es de por si artística. Los fuelles acopian el aire que llega a los tubos de distintas longitudes. Corresponden a siglos de evolución del órgano inicial griego. En 2005 se empezó una campaña de restauración de estos instrumentos de emocionantes posibilidades musicales. Después se iniciaron festivales con una veintena de conciertos en las iglesias de las distintas localidades que lo poseen en la provincia. No puede participar el órgano de la iglesia de Fuentes de Valdepero, pues una noche, siendo yo niño, robaron la mayoría de los tubos accesibles; y así sigue. Hay empeño en los vecinos del pueblo, y conseguirán restaurarlo.

La capital. Pasear por la calle Mayor de Palencia, ya sea bajo los soportales o por el centro de la calzada peatonal, es una agradable experiencia en cualquier época del año, llueva, nieve o caliente el sol. La calle Mayor es un espacio de encuentros espontáneos o buscados. Antiguos y nuevos miradores, algunos magníficos, situados sobre los soportales, hacen de la calle Mayor, además, una calle atractiva. Edificios interesantes la jalonan, iglesias, conventos, palacios. Y allí, al lado, la armónica Plaza Mayor, soportales, tiendas, el Ayuntamiento y el conjunto escultórico que Victorio Macho esculpió dedicado a otro escultor, el ya nombrado Alonso Berruguete.

Al lado de la plaza Mayor quedan la Plaza de Abastos y el espléndido edificio de la Diputación. Hay que entrar en la Plaza de abastos, por cualquiera de las seis puertas de la férrea estructura de finales del siglo XIX. Estructura férrea que tiene el mérito de haber sido levantada sin soldaduras. Hay que moverse por entre los 148 puestos comerciales, escuchar voces y conversaciones, entrar en el suave ajetreo, porque esa es la vida de la Palencia viva. Se deben visitar las variadas Iglesias, San Pablo, San Francisco, Las Claras, San Lázaro, San Miguel, y la tan nombrada Catedral. Y desde la Catedral, dar un paseo por la orilla del río, por el Parque dos Aguas.

Caminar despacio, oyendo, viendo, sintiendo el pulso acompasado de la ciudad. Porque se trata de una ciudad de paseo y convivencia. Palencia es un conjunto moderno, más aún, nuevo. Dotada de un pobre casco antiguo que no era posible conservar, ha experimentado profundos cambios urbanísticos. Hoy día es una de las ciudades con mayor cantidad de espacios verdes por habitante de España; que posee un centro en parte peatonal. En los páramos cercanos a la ciudad se han ido alzando a los largo de la primera década del siglo XXI numerosos generadores eólicos que producen energía limpia y sostenible.

Palencia, es una provincia muy variada, muy completa, que bien merece una visita itinerante de, al menos, una semana.