RELATOS PREMIADOS

Relatos 1-De la muerte y sus bromas  2-La cuestión baladí del vespertino amanecer  3-Marinero en la sentina  4-El atormentado sueño de la Albigense

 

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1.-De la muerte y sus bromas Pedro Sevylla de Juana

Ataúd es una palabra extraña de por sí, y a lo que parece muy baqueteada. El idioma castellano la recibió del árabe hablado en la península Ibérica durante la época larga de la estancia musulmana. Ha llovido desde entonces; incluso en el desierto de Atacama, donde nunca llueve. Pero no queda ahí la cosa; se sabe que el árabe la había tomado prestada del arameo, el arameo del hebreo y éste del egipcio. Todo por no adquirir responsabilidades en la denominación de arca tan simple. Todo por superstición, por temor a la muerte, último episodio de la vida, transición, culmen y deslizadero hacia lo desconocido.

El territorio más árido de La Tierra va, en Chile, desde Antofagasta, hasta Atacama, y desde los Andes hasta la Costa. Allí no hay tormentas; los vientos alisios se llevan las nubes. Los anticiclones del Pacífico y las altas presiones permanentes originan sequías larguísimas. En algunas partes del triángulo formado por Copiapó, Antofagasta y Calama, generaciones enteras se suceden sir poder presenciar el milagro de la lluvia. No obstante, si sucede el prodigio, surgen millones de flores alfombrando el desierto; paciencia incólume de las semillas.

El cerro de Chañarcillo, de más de trescientos metros de altura sobre la base, desveló su secreto en 1832, resultando estar hecho de pura plata; o casi. Juan Godoi, un cateador según unos, alguien que busca vetas minerales; cazador al decir de otros, puede que pastor de rumiantes; halló pedazos de plata en estado nativo asomando de la tierra. Se hizo Juan con los derechos de explotación, pero, extravagancia de pobre, precisó dinero inmediato. Así que Miguel Gallo, minero viejo de Copiapó, falto de suerte hasta entonces, se hizo con la mitad del tesoro por unas pocas monedas de curso legal. Gastó Godoy lo cobrado en muy pocos meses, fue a por más a la misma fuente, y Miguel Gallo se convirtió en propietario de la totalidad. Vivió Juan todavía unos años y lo hizo en la miseria, llamada absoluta, de quien no tiene donde caer muerto; lo que no impide obrar a la muerte. El viejo Gallo murió rodeado de propiedades, que en ese momento dejaron de pertenecerle; y es que la muerte sobre todo es rasero. Una plaza de Copiapó quiso acoger la efigie del insensato que carecía de paciencia y desconfiaba del futuro; tiempo, como se sabe, subordinado a los caprichos de la muerte. El pueblo minero nacido al pie del Chañarcillo tomó su nombre: Juan Godoi. Broma de la muerte, el pobre dejó, al marcharse, más memoria que el rico.

Cuando ocurre la historia referida en el cuento, las minas de plata de Chañarcillo ya han rendido ingentes beneficios a sus explotadores; habiendo contribuido en buena medida a la prosperidad de la región. Estamos en la última década del siglo XIX, y la geografía se corresponde con los alrededores del pueblo de Juan Godoy, las trochas abiertas hasta Pabellón, y un tramo del valle aprovechado por el río Copiapó para llevar su cambiante caudal al Océano Pacífico. Los mineros que remueven la tierra se saben situados en el extremo del mundo; pues la plata merma a ojos vistas, los trabajadores sobrantes se van a otros lugares y los trenes que parten hacia Copiacó y Caldera salen cada vez con menor frecuencia.

Evodio Cañas, descendiente de indígenas likan-antai, trabaja de barretero en la mina San Francisco, la Colorada; y su veta duerme a sesenta metros por debajo de la superficie. Luciendo el indumento indio, con un sombrero emplumado en la testa y ojotas nuevas en los pies, desposó Evodio a Eduvigis en una ceremonia que duró media hora y se celebró durante tres días, los tres días de fiesta del carnaval de febrero. Clarín, putu-putu, chorimori, ocarina y tamborín, juntos y por separado, amenizaron la parranda sacando los sones de la mejor música andina. Mi bella caití, le decía al acostarse cuando se ponía meloso; equiparando la nariz respingona de la esposa al pico curvado hacia arriba del ave negra y blanca. A su debido tiempo, parió Eduvigis un varón de cuatro kilos trescientos gramos y más de medio metro, que produjo en las entrañas maternas, rasgaduras suficientes para incapacitarla en lo tocante a similares procesos venideros. Pusieron al niño el nombre de Jovino, y hoy es un muchachote de algunas luces que gana 15 pesos mensuales como apir en la mina, la mitad que el padre. Pretende el puesto de mecánico o de maquinista de los nuevos ingenios que van llegando a la explotación; pero todo lo cambiaría por una plaza de carabinero.

La víspera de San Pedro, invierno de mil ochocientos noventa y tres, un error de cálculo que afecta al número de postes, vigas y puntales, produce el derrumbe de un tramo de techo en la galería donde Evodio desentierra el mineral: sales de plata mezcladas con arcilla ocre. Recibe el trabajador, influjo de su buena estrella, tan sólo el impacto de una roca, y no muy grande; que, sin embargo, obra de la mala suerte, basta para romperle la crisma y machacarle la sesera. Deberá enterrarlo Eduvigis; y la alegra que decayeran las antiguas costumbres de los ascendientes de Evodio, sobre todo la de enterrar a los deudos dentro de un hoyo cavado en la alcoba, dando al difunto una postura grotesca: casi sentado, las nalgas cerca del suelo, pegadas a los zancajos. Ensabanado quedaba en la tumba, rodeado del mejor manto y atado en fardo con cintas de colores. Prefiere lo de ahora.

Echa cuentas la viuda, y el dinero prometido por la empresa en concepto de indemnización, apenas le da para el pago de un maestro que ayude a Jovino a ingresar en el cuerpo de carabineros. Así que el entierro no provocará un despilfarro que se lleve el presente y el futuro. El responso del cura cuesta lo que la voluntad pueda comprometer, y el ataúd ha de ser cosa de su hermano, carpintero en Nantoco, pueblito de menos de medio millar de habitantes. A él le pedirá el cajón; y piensa pagarlo con referencias al parentesco y el desgrane de los recuerdos infantiles, que originaron el cariño fraterno ya diluido. Pagados el tinte y el arreglo de ropas, la compra de velos y calzado negro, en lo sucesivo habrán de comer papas y porotos cocidos, vistiendo de lo antiguo hasta donde alcance. Pero el hijo, un día cercano, lucirá uniforme y arreos de gala.

El jefe de estación, el bodeguero y los dos cargadores, disponen la salida del tren cuando llega Eduvigis a la taquilla para comprar un boleto de tercera clase. La unidad que lleva a la viuda camino de Nantoco, pasa por ambos Molle y toma las numerosas curvas y los pronunciados desniveles con tal parsimonia, que la buena mujer entretiene su intranquilidad contando las durmientes que ve por las rendijas del piso: zoquetes de madera renegrida que aguantan desganados el peso de los raíles y de cuanto ellos soportan. En Pabellón se fija en los depósitos de agua, dos, menores que el de Juan Godoy aunque de fierro, más modernos sin duda. De Pabellón a Nantoco se la hace muy corto, y el abrazo dado al hombre de su misma sangre, de su mismo rostro, de su mismo pensar, se acorta debido a la urgencia de la embajada.

Encargo del ricacho enfermo que al cabo agonizó en el mejor hospital de Santiago, un arcón de lujo, olorosa madera de algarrobo y el interior mullido; tan caro que nadie en la región lo querría ni a mitad de precio, es el regalo que el hermano de Eduvigis entrega a la hermana para enterrar al cuñado. “Mil años resiste ese tronco a la intemperie y dos mil bajo tierra”: Explica quien sabe de eso. Ayuda a la generosidad la falta de salida de urna funeraria tan suntuosa, y el riesgo de robo que representa. Pero aún así, la memoria de las privaciones a las que estuvieron sometidos ambos en la niñez, de los correctivos comunes recibidos del padre, de las veces que ella ocultó las escapadas nocturnas del muchacho; allanaron las dificultades que doce años sin trato personal oponían. Y no es poco acicate el desconsuelo que la viuda demuestra vestida de negro, velos y tules cubriéndole el rostro, lágrimas obedientes a la llamada de la conveniencia.

Debe apurarse, pues si la corrupción del cadáver que fue Evodio Cañas queda suspendida por la arena salitrosa que lo recubre y la sequedad del ambiente, el hijo ha de permanecer velándolo y no podrá bajar a la mina. Tres veces en semana sale de Copiapó un tren mixto con destino a Chañarcillo. Tiene suerte Eduvigis; ese día nuboso es un día de tren. Llega el convoy con muy poco retraso, y ve la mujer que tras el coche de viajeros rueda un vagón de mercancías descubierto, la mera plataforma protegida por tableros abatibles, empleado en el transporte de los equipajes y algunas vituallas para la mina. A él suben el ataúd de fragante algarrobo y mullido interior; dejándolo apartado por precaución de medrosos. Cuando en lo alto se van concretando las nubes, concluida la estiva, con cuatro bufidos de vapor arranca la máquina. Arrastra tras ella el carro de viajeros, dividido en tres compartimentos disímiles. En los destinados a primera y segunda clase, los pasajeros disponen de dos y cuatro filas de asientos respectivamente, de los que se ve alguno libre. El resto corresponde a tercera, y lo forman bancos corridos donde se apretuja la gente ordinaria. A continuación, casi colmado de enseres, va el vagón de equipajes.

Hay cuatro kilómetros desde Nantoco a Cerrillos, que pasan ante los ojos de Eduvigis descubriéndole el menguante caudal del río, filtrado, evaporación o robo, y las verdes orillas vegetales. En la estación de llegada baja un pasajero y suben dos: el señor Zenón, abarrotero local en declive, y Antimo Maquia, un mozo bragado de rostro ceniciento, gesto hosco y bigotes hirsutos. Una población variopinta llena el coche, hombres más que nada, de muy diversas procedencias a tenor de las parlas oídas y las fachas vistas. En tercera no quedan agarres libres para los que van de pie, y el incesante vaivén del suelo impide a Maquia continuar suelto; así que como el invierno viene suave pasa sin prejuicios al vagón de carga.

Al caer las primeras gotas de lo que luego sería una breve nubada, se sienta sobre los maderos serrados en forma de viga, puestos junto a un atado de capachos, próximos al ataúd. Arrecia el goteo y si al principio lo recibe contento, luego se incomoda. Piensa regresar al coche con los demás pasajeros; él conoce tretas para hacerse con alguna de las asas ya conquistadas. Tratando de embromar, de asumir su propia valentía o haciendo burla a la muerte, ni corto ni perezoso abre el arcón oloroso y se encierra en el interior mullido. Bien por la comodidad sentida, bien por la tibieza hallada dentro, acaso por el traqueteo o consecuencia de haber estado parrandeando buena parte de la noche, el caso es que al momento se duerme.

Mero soplo enredador, un vientecillo de nada lleva las nubes a otra parte dejando el cielo limpio y el aire reanimado. Entra el tren en Totoralillo cuando el Sol se presenta evaporando charquitos, volviendo la apariencia a lo previo. Rico o pobre, nadie baja en la estación; pero suben dos personas, un matrimonio que habrá de hacer transbordo en Pabellón si quiere llegar a Loros, donde con unos allegados partirá hacia Argentina. Marido y mujer siembran esa confidencia tres veces mientras buscan un equilibrio imposible. Después pasan al vagón de equipajes, se sientan en los maderos destinados a tirantes y fustes de mina, y dibujan la sonrisa ambigua de quien no sabe a qué carta quedarse. Desde su posición observan el horizonte inestable, acercando la mirada a su alrededor para llevarla de objeto en objeto, utensilios y vituallas, y ponerla sobresaltada en el ataúd. Se rebulle su mente hasta dar con los prejuicios supersticiosos guardados. Para ayudar a encontrarlos, la tapa del arca mortuoria inicia el movimiento de apertura y un rechinar inquietante. Por la creciente rendija asoma de pronto un rostro cetrino, mal encarado, ensombrecido por los bigotes híspidos; un muerto recién revivido que extendiendo la mano, con voz entrecortada, alcanza a decir: ¿Ha parado de llover?

Antimo Maquia descabezó un sueñecito dentro del arcón hecho de algarrobo y mullido de tela; y al despertarse obró como su natural pedía, sin intención de asustar. Pero los que iban a Loros con propósito de partir hacia Argentina, vieron lo que creyeron ver y saltaron del vagón corriendo como vicuñas asustadas carentes de rumbo. Por eso, ni los parientes que esperaban para acompañarlos, ni los hijos y nietos, tuvieron jamás noticias de su paradero. Y es que Antimo saltó tras el matrimonio miedoso, asustado del espanto percibido en los ojos abiertos de los asustados.

 

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2.-La cuestión baladí del vespertino amanecer Pedro Sevylla de Juana

UNO Hic et nunc, desde América del Norte, en vuelo especial, arriban medio centenar cumplido de mujeres y unos pocos hombres. El aeropuerto de Vigo los recibe hoy, doce de abril, tras una breve estancia en la capital del reino. En autocares llegan a Baiona, a la vista de la bahía, al monte Boi, al Parador de Turismo “Conde de Gondomar”. Son vendedores de frutas y verduras en la Red de Grandes Supermercados, organización que salpica de tiendas las ciudades, de una costa a la otra, desde el borde de Canadá hasta el de México. Un emigrante natural de Galicia, Pepiño, patrono de cincuenta mil personas, es el artífice de tamaña empresa; obra de un tercio de siglo de trabajo y economías. Jóvenes, simpáticos, alegres, sencillos y bulliciosos, los recién llegados se muestras despreocupados y optimistas; cinco o seis de ellos, mayores que el resto, por mimetismo, por comodidad, o porque así lo sienten se suman al disfrute del momento sin reservas. Ganaron -cada uno en su Estado- la promoción anual de venta de patatas gallegas, los célebres cachelos, vigente en toda la Federación. Si su número supera al que cabría esperar de lo dicho, se debe a que los Estados mejor surtidos de establecimientos aportan dos vencedores.

Relajan de este modo la tensión alcanzada en el desarrollo de la tarea. Han pasado trescientos sesenta y cinco días persiguiendo escurridizos objetivos: semanales primero, mensuales y trimestrales después; ilusión trasladada de uno a otro que se convierte en anual por simple acumulación. Europa, y el país pórtico, origen del producto extranjero cuyo consumo estimulan, ejercen un poderoso atractivo para ellos, que han sido informados de los tópicos más extendidos por carteles fijados a las paredes de la sala de descanso, por folletos turísticos compañeros de todas las comunicaciones interiores, y por la palabra de los jefes de tienda hasta el momento mismo de su partida. Desea el Presidente, Mister Baio, don José Baio Ferreiro, que conozcan la tierra galaica, de un extremo al otro, antes de visitar las grandes capitales.

Por razones entendidas en cuanto se descubren la natural maravilla del sitio y la magnífica obra humana, fue elegido como marco para celebrar la convención, el Parador de la localidad pontevedresa de Baiona, una de las perlas de la cadena estatal. A mitad de trecho entre pazo señorial y palaciego castillo, mezcla bien conciliada de ambos, el conjunto hostelero del “Conde de Gondomar” se alza en el privilegiado espacio donde la tierra celta pasa a ser agua atlántica, a dos zancadas del Club de Yates y de media docena de playas.

Su director -que lo fue antes de los paradores de Cervera, en la montaña palentina, de Cáceres, y de Las Cañadas del Teide, en la isla de Tenerife- César Álvarez, de cincuenta y tres años, alto, distinguido, un hombre del terreno, buen conocedor de la comunidad gallega, no cabe en sí de satisfacción. Propicia tal estado de ánimo, más allá del negocio en ciernes, la llamada personal, hecha desde su cuartel general en Chicago, por Pepiño, compañero de escuela y juegos infantiles. No es que tenga en poco la promesa de beneficios que representa una semana de estancia de tan nutrido grupo, en temporada baja para mayor favor; no, no es eso; sucede que valora las relaciones personales muy alto, y su amigo, ejemplo y referencia de todos los emigrantes, es una personalidad entrañable, ligada a la casa -asistió a la inauguración del parador en el sesenta y siete- que ayuda a Baiona en cuanta obra pública se concibe, ya sea el ajardinado de una plaza, la restauración de la iglesia o la dotación, a la biblioteca, de sustanciosos libros.

Le pide Pepiño que no haya carencias para sus empleados, y que se atenga en todo a lo dicho por Gladis, la persona de su total confianza que dirige el grupo. Un solo problema enturbia y disminuye su -por lo demás- entera complacencia: la cuestión, nada baladí, del “vespertino amanecer”. La guía, portavoz y traductora -huérfana temprana de emigrantes mejicanos, germinada en la tierra prometida, arrogante hasta un milímetro antes de la insolencia- en un español artificial prendido con alfileres, le pide, a manera de orden -forma dada por ella a las solicitudes cuando quiere ser obedecida- la visión de un “fascinante amanecer” para la tarde del último día, minutos antes de marcharse, broche de oro de la Convención. Nota Álvarez el imposible, claro que lo nota, pero lo piensa capricho de adinerados, y por otra parte ¿quién cuestiona las palabras de mujer tan imperativa?, ¿quién las pone en duda o pide añadidas explicaciones? Nadie en su sano juicio querría aventurarse.

DOS Podía haber sido virada a sepia, pero no, la fotografía que cuelga de la pared en el vestíbulo es, simple y llanamente, antigua. Debió de ser tomada en las inmediaciones de su inauguración –principios de siglo, acaso- pues aparecen guirnaldas de flores enmarcando la puerta, y de las balconadas cuelga ramaje dispuesto con gusto. El fotógrafo estampó su nombre en la parte inferior izquierda, subido al domicilio del estudio -una calle popular de Vigo- pero no se aprecia la fecha por más que los ojos busquen: o nunca estuvo o, impresa con tinta fugaz, terminó por borrarse.

Poco ha cambiado, sin embargo. Quizá el entorno inmediato: el suelo de tierra, después asfaltado, y el trazado irregular de las espaciosas aceras, ahora rectas y embaldosadas con azulejos en forma de rombo. Pero en lo que hace al edificio, permanece como en los primeros tiempos. Dada su ubicación, en una ciudad pequeña donde escasean las grandes construcciones, su tamaño relativo es considerable. Forma una manzana completa, salvo lo que resta el mínimo espacio que, en la fachada posterior, ocupa la tiendecita de golosinas. No es más que una excrecencia adherida como un hongo al tronco de un chopo, pero congrega allí a la bulliciosa chiquillería del colegio cercano en las numerosas horas de asueto. Intentos de compra hubo ante la anciana que despacha -propietaria única, carente de familiares- pero infructuosos, dado su indomable carácter tintado de orgullo.

El caserón se alza pétreo, recortando su silueta gris granito sobre el fondo diluido del cielo túrbido. El interior semeja un teatro por la disposición de sus salas repletas de estanterías, formando palcos alrededor del centro diáfano. Meollo convertido en un verdadero patio de operaciones, iluminado por una claraboya que, diez o doce metros arriba, es el cambiante cielo. Abunda en esa apariencia de escenario el entarimado de roble, poco frecuente en este tipo de negocios; jamás renovado a pesar de que el barniz perdió, con el roce continuado de las suelas, su brillo y consistencia.

El espacio abundante recibe los cachivaches más dispares que un coleccionista activo puede reunir en una prolongada existencia. Sorprendentes hallados uno a uno: máscaras rituales de tribus indígenas de Kenia y Canadá, un arpón desprendido del acerico viviente que era la ballena Moby Dick, la flauta de Hamelin, la Espada que el padre de Bernardo del Carpio insertó en la piedra del castillo de Valdepero, un cedazo utilizado por los buscadores de oro en los Urales, el yelmo de don Quijote, dos cabezas de hombre y una de mujer reducidas por los Jíbaros ecuatorianos. Impresionantes hasta el sobrecogimiento descubriéndolos reunidos.

A decir verdad, el ambiente propicia cualquier hallazgo; como el del atormentado capitán Ahab, arrastrando la pata de marfil y sus obsesiones por la cubierta; Bernardo del Carpio procurando el matrimonio de sus padres, o el de la labradora Aldonza mudada en Dulcinea.

El mostrador -gruesas tablas de haya descansando sobre recios puntales de roble- vasto cajón, sarcófago de gigante, constituye el soporte adecuado a tales mercaderías. Trabajado con esmero, se libra de la apariencia de pesadez rígida gracias a ciertas figuras que, talladas en su frente, le convierten en sugerente pieza artística.

Ordena ese mundo variopinto, el Jefe del Almacén: un individuo satisfecho de sí mismo. Celebró complacido, en fechas recientes, su quincuagésimo cumpleaños; y puesto a recibir al destino con alfombra de seda, incluso la moderada calvicie aporta, a su entender, madurez y gravedad al rostro, seguridad y experiencia a los gestos. Protegido por un guardapolvos gris, de él hace uniforme de trabajo, llevándolo como si se tratara del traje de gala del general, o de la toga que inviste de autoridad al juez. Conoce con exactitud el lugar destinado a cada objeto y el objeto destinado a cada lugar; flexible mapa que su mente dibuja a partir de una realidad configurada a imitación de lo ideado. Catalizador él mismo, organiza el caos y lo hace congruente ayudado de su sola presencia. Más esfuerzo le cuesta conseguir que los dos aprendices -contra quienes ha establecido una cruzada personal- entreguen sin tardanza los objetos solicitados por los clientes al Encargado del Mostrador.

Quien gobierna la sección de entregas es otro varón, algo más joven si acaso. Viste sin tacha, de manera próxima a lo impecable, pantalón claro y chaqueta oscura, grises ambos. Sabe escuchar a los clientes, atendiéndolos sin interrumpir sus pedidos o reclamaciones. Hace gala de una mano izquierda que suple las carencias de la casa, y suaviza los inconvenientes surgidos. Conoce bien el producto -todos los objetos y sus diferentes aplicaciones- estando facultado para aconsejar un útil existente en sustitución de otro no disponible. Cuando se trata de métodos o de resultados, es considerado un experto y los compradores piden su consejo o buscan su aprobación.

En lo alto, segundo anfiteatro, junto a la escalera, una luz tenue revela alguna presencia en actividad. Es el despacho, oficina contable, observatorio y faro del Gerente; caballero de edad incierta que, inclinado sobre la mesa de trabajo, muestra un pelo gris en clara evolución hacia el blanco. Dueño y señor del negocio, lo heredó del abuelo sin intermediación alguna, a causa del desautorizado matrimonio de su madre, hija sola. Su aportación al devenir cotidiano se limita a anotar entradas y salidas, costos y beneficios, precios de venta y pedidos al exterior; y en ocasiones, cada vez más frecuentes, a firmar como administrador único los compromisos adquiridos por la empresa. Su terno azul turquí -tejido de calidad y corte pasado de moda- representa la profunda raigambre de la compañía. Contribuyen a formar esa imagen, la cadena de oro del reloj que cruza su pechera, y el sombrero índigo posado en el perchero, tan atribuible a su dueño como la última pieza a un rompecabezas incompleto.

El escenario y el actor se van acoplando uno a otro cada día, -agua y vaso más que yugo y testuz- hasta que la actuación es sólo una consecuencia, hija de ambos. Y ese no es todo el determinismo admisible. Los papeles de la obra son distribuidos de manera inexorable por el autor, que tiene en la cabeza el conjunto. Los actores lo saben y desarrollan su texto adentrándose en el de los demás y aceptando injerencias. Afirmación que no reza con los mozos de galería, enredadores insatisfechos que todo lo cuestionan; protegidos, en última instancia, por la escasez de demanda del puesto.

En el exterior del almacén, una muestra de chapa negra con letra dorada, colocada con cierto sentido estratégico sobre el dintel de la puerta, anuncia el nombre de la sociedad: “La Incondicional”. Y donde en otros casos añaden la fecha de la fundación, aquí dice: “Desde siempre”; revelando una vocación de eternidad muy persuasiva. A medio metro escaso de la pared, situado sobre la acera, un letrero portátil colocado y retirado a diario por el Encargado del Mostrador, rectángulo vertical encerrado en un marco de hierro forjado que sujetan dos pies en ángulo agudo, exhibe un lema que es toda una promesa: “Si existe, lo tenemos”. Un complemento no escrito de este principio, de uso interno nada más, una especie de restricción mental no confesada a todos los clientes, añade: “Y si no, lo fabricamos”. Haciéndolo verdad un Taller situado en las afueras, mitad fragua, mitad laboratorio, donde el Maestro, un sabio inventor, chiflado hasta más allá de lo socialmente admitido, ejecuta encargos inverosímiles. No obstante, los veloces medios de comunicación aparecidos en los últimos tiempos, pueden hacer llegar a este rincón donde la tierra concluye, cualquier objeto que no esté almacenado o no se pueda producir.

TRES Pasado el primer trámite de asombrar al Encargado del Mostrador de “La Incondicional” con su descabellado pedido, y el segundo, de repetir la hazaña ante el Jefe del Almacén; Cesar Álvarez, director del Parador de Turismo “Conde de Gondomar”, logra subir al piso superior y hablar con el mismísimo Gerente. En esas está, tratando de hacerse entender, razonando lo irrazonable, cuadrando el círculo, explicando que necesita, a las siete de la tarde de una semana después, simple y llanamente, un Amanecer.

-Tienen la suerte- dice el Gerente de “La Incondicional”-de celebrar las reuniones en el salón de poniente, dotado de una cristalera que da a la bahía, idóneo para presenciar las mejores muertes de sol del mundo.

-Pues ya ve- añade el hostelero -lo fácil que sería para nosotros, a esa hora vespertina en que se nos pide un amanecer, separar las cortinas del ventanal, permitiendo a los cursillistas la contemplación de un ocaso que en este punto es definitivo. El sol no muere respecto del horizonte como en cualquier otro lugar, aquí desaparece verdaderamente, a ras del mar, dejando tras él toda la anchura del océano impregnada de sangrienta agonía. El amanecer, además de ocurrir por la mañana desde que el mundo es mundo, nos llega con un sol ya adulto carente de emociones. A pesar de ello, debemos complacer al cliente. Ustedes tienen que ayudarme, pues el amanecer existe y, si no quieren recibir una demanda por incumplimiento de promesa comercial, lo tienen o lo fabrican.

-Calma- pide el Gerente -al fin y al cabo, una salida de sol no es más que un progresivo aumento de iluminación, y eso, nuestro Taller, sabrá hacerlo.

CUATRO El Maestro del Taller desecha tal punto de partida y otros siete de parecido fundamento, convencido de que la técnica, aun la más avanzada, jamás suplirá con éxito a la naturaleza. Pasan lentos y rápidos, de manera simultánea, tres días completos. El tiempo, segundo a segundo, se va echando encima de quienes más lo necesitan, oprimiéndolos.

Los congresistas disfrutan de su condición ajenos al drama desencadenado. Descubren los monumentos próximos, se interesan por las antiguas leyendas, van iniciándose en los placeres de la gastronomía y oyen como quien oye llover las enseñanzas comerciales.

César Álvarez Montero, director del “Conde de Gondomar”, va de salón en salón, recorre los pasillos, cruza los espacios tranquilos, observa el trajín de la cocina y la limpieza de las habitaciones, lleva a la horizontal un cuadro, sitúa un mueble antiguo en su lugar, pasea los jardines, bordea la piscina, y todo ello con la mente puesta en el “amanecer vespertino”. Seguir las instrucciones de Pepiño: “Que mis empleados tengan lo que Gladis, la portavoz, pida”; constituye una meta irrenunciable. Las palabras de la enérgica mujer –con toda probabilidad unida a Pepiño Baio por lazos sentimentales, de índole carnal acaso- dan vueltas en su cerebro dolido.
Para el Gerente de “La incondicional”, la cuestión del amanecer se va convirtiendo a pasos agigantados en el asunto de su vida. Traer de Komodo un varano en cuarenta horas, reproducir los fiordos noruegos en las rías, simular el incendio del navío griego para una película, todo lo conseguido hasta el momento, no ha sido otra cosa que un ensayo, una exigente preparación para llevar a cabo este encargo.

Caminando sobre el estrecho balduque de fina arena blanca de la playa de A Ramallosa, ese día, el cuarto, al llegar las dieciocho cuarenta y nueve, puestos a trabajar su proverbial ingenio y la intuición inabarcable, el Maestro de Taller -interior inquieto y modos calmos- alcanza la inspiración. Da con un aparente arreglo, remedio de las dificultades acuciantes. Tan sencillo que, en su natural receloso de científico avezado a las repeticiones, continúa buscando. El quinto día, a la misma hora, mientras observa la antiquísima torre de la iglesia-colegiata, decide -a pesar de su simplicidad o a causa de ella- poner en práctica la solución encontrada.

Una llamada telefónica dirigida a Inglaterra, le lleva a otra al Japón; y ésta, a su vez, a una tercera con la tecnológica América. En la madrugada del penúltimo día, el Maestro cubre la extensa cristalera del salón de reuniones, con un tejido blanco de propiedades infrecuentes: urdimbre y trama dejan multitud de pequeñísimos resquicios. Piensa efectuar alguna proyección, pues ese lienzo se suele usar a modo de pantalla, ya que en su cara interna se ven con nitidez las imágenes proyectadas desde fuera.

CINCO Avanza la jornada última y, en la playa de A Ribeira, los huéspedes americanos disfrutan de la fiesta conocida como “Arribada de la Pinta”. Aquí Martín Alonso Pinzón, aquí el piloto de la nave, aquí el corregidor; ahí el contramaestre, ahí los marineros y los indios traídos como muestra. Aquí y ahí, cada uno en su sitio supuesto, escenifican el desembarco histórico, primer regreso de la carabela tras la gesta del Descubrimiento. No es uno de marzo, es abril mediado, pero el dinero de Pepiño Baio Ferreiro puede trasmutar las fechas. Gladis traduce un guión previo poniéndolos en antecedentes, y durante el acto se refiere a él con leves indicaciones que nada interrumpen. Disfrutan de lo lindo los tenderos de América, y tras un almuerzo cocinado y servido a la antigua usanza, quedan aún, la clausura y el fantástico Amanecer, ensalzado hasta la hipérbole por Gladis, la portavoz encargada de la animación.

En la penumbra de la sala las diapositivas destacan consignas y estrategias. Las cortinas azules cubren como la noche el ventanal. Varias sombras se deslizan cautelosas desde la puerta, tratando de pasar desapercibidas.

A las dieciocho horas y cuarenta y nueve minutos, finalizada la sesión, intenta Gladis atraer la mirada de César Álvarez, director del Parador de Turismo en que se encuentran, una de las manchas móviles que al encender la luz adquiere identidad reconocida. Lanza varias señas la guía -muecas y sonidos- con mesura al principio, dotando a la acción de cierto disimulo; luego con ostentación, sin ningún recato. La respuesta del director, mímica, consiste en pedir calma moviendo una y otra vez las manos abiertas de arriba hacia abajo. Pasados unos minutos, ante la evidente desesperación de la mujer, inicia el hombre la cuenta atrás. Uno a uno va ocultando los dedos extendidos de ambas manos, significando de ese modo los segundos que faltan: seis, cinco, cuatro.

La sala entera se mete de lleno en los tejemanejes, y espera el acontecimiento con expectación creciente; tan atenta a la llegada del instante anhelado, como si se tratara del día en que tres americanos pisaron, por primera vez, la Luna: tres, dos, uno, ¡ya!

En ese preciso momento los cortinones opacos, al compás de una música heroica y angustiada, inician, sin prisa alguna, un suave plegado. En el hueco que dejan va mostrándose, con la misma lentitud, un cuadro magnífico: momento inicial de una batalla, noche agónica que se resiste a la invasión del cercano día, negrura imperfecta de la que surge un punto entre ocre y sangre sobre el último horizonte posible, el infinito.

Punto amarillento, rojizo, que se torna círculo por momentos. Crece, progresa como la lucha librada por las notas musicales entre sí, que incrementan su dramatismo elevándolo hasta el cielo, donde las lóbregas nubes se encienden y aclaran sin apresuramiento ni descanso. Se desprende la circunferencia del manto negruzco, grisáceo, bermellón, ambarino, azulado, ante la mirada atónita de los congresistas emocionados, que perciben en su propia carne las encontradas posiciones de su origen múltiple: indio, negroide, eslavo, latino, germano, anglosajón.

El pan dorado, creciendo, inflamándose, se eleva como hostia en manos sagradas, cuando los instrumentos atacan posiciones vitales del interior de los presentes. Redondel dorado que se alimenta de la misma noche, pues crece a medida que la oscuridad se disipa; mientras los sonidos, acariciadores, hirientes, alcanzan el luminoso origen de la vida. En las mentes bulle el espíritu de las catedrales elevándose hasta el cielo contra el cielo, panes de oro adornando tablas flamencas, italianas; anunciaciones, descendimientos, resurrecciones divinas. A la derecha, el Monte Ferro y las islas diseminadas, tintados de rubí, de púrpura, irreales, parecen tener un alma afectada por tanta grandiosidad.

Pasan cuatro minutos exactos y la dorada hogaza que lo centra todo siendo ella el centro e inventando la simetría, difumina sus contornos disolviéndose en la misma luz que irradia, prístina, pura, destellante, y sucumbe, como los acordes triunfales, ante el lento avance de los cortinones azules que, al extenderse, terminan con el espectáculo y con la tensión alcanzada por los congresistas allí presentes.

Se produce una liberación tan necesaria como indeseada, clímax retrasado con todas las fuerzas, placentero y satisfactorio como un acto de amor que deja los nervios exhaustos, lasos durante unos minutos prolongados.

SEIS Salen atolondrados los reunidos, sorprendiéndose de que los faroles de la entrada iluminen el crepúsculo. Hecho inexplicable para quienes acaban de ver el nacimiento de la luz; misterio éste que les impulsa, intrigados, hacia la fachada lateral correspondiente a la bahía. Allí, los focos permiten al Maestro de Taller desmontar la cámara de filmación, y el sistema de proyección tridimensional traído desde Londres.

Gladis, la portavoz, abre los ojos, los oídos, incluso la nariz, la boca y las manos, desbordada por su propio asombro. Las emociones se suceden con una rapidez insoportable. En segundos pasa de la summa forma que ha contemplado dentro, a la res artificiosae descubierta fuera; y cae de la cumbre a la sima. Comprende que no se trata de un error de la naturaleza, de una peculiaridad de la geografía o de un fallo de su mente inadaptada al cambio de horario. El magnífico espectáculo del alumbramiento del Sol, momento inicial del mundo a la insólita hora del atardecer, es el resultado de la más vil de las manipulaciones. Una grabación, proyectada por detrás de la pantalla, les ha sido ofrecida en lugar de la realidad.

Exige explicaciones con la máxima energía de que está dotada, copiosa según tiene demostrado; creciéndose a la vista del semblante de corderos sobre el ara que muestran los culpables. De no recibir una respuesta persuasiva amenaza con hablar del engaño a Pepiño. Le descubrirá, asegura, el grupo de timadores que ha encontrado en Baiona, disfrazados de compañeros de escuela y amigos de la infancia.

Hundidos, deshechos, César Álvarez Montero, el Gerente de “La Incondicional” y el Maestro del Taller, desolados, anonadados, desgranan la historia que el lector conoce. Añaden, sinceros como nadie fue, la sencilla idea de grabar el espléndido crepúsculo salpicado de nubes transparentes; para proyectarlo presto de atrás hacia adelante y convertir -por arte del progreso- en victoriosa Salida del Sol la más doliente de las Desapariciones. De ahí los cuatro minutos de discrepancia entre las seis cuarenta y nueve, hora de la puesta, y el momento en que lo han visto surgir.

Relatan la petición al extranjero de las avanzadas técnicas, la posterior complicación que hizo necesario un soporte magnético reversible; de forma que el Monte Ferro y las Illas, estando a la derecha en la realidad, no aparecieran a la izquierda en la proyección. Factible por la presencia afortunada de cinta tan especial en Nueva York; circunstancia conocida tras consultar con Tokio desde donde no hubiera llegado a tiempo. Metidos en harina, resaltan el éxito profesional que supone lo que ella califica de fraude.

-Nos esforzamos hasta lo imposible por complacer, sin objeción alguna, la extraña petición de un cliente tan entrañable como Pepiño. !Rodar que nos mande¡- argumenta en nombre de todos el director del “Conde de Gondomar” -nos esforzamos y el resultado ha sido una impecable salida de Sol vista a hora desusada; un milagro de la técnica, sí, pero también de la voluntad de servicio y de la capacitación personal, alineadas con la amistad y la gratitud.

-Pero si yo quiero eso, presenciar un amanecer, ser testigo de la muerte del Sol- exclama Gladis, traductora y encargada del grupo –ver la manera singular que tiene aquí de ocultarse, disolviéndose en las olas ensangrentadas, extenuado y lánguido. Así me ha explicado Mister Baio cien veces el prodigio que alimenta de saudade su memoria.

-Disculpe, señorita, pero no tengo más remedio que corregirla: a la puesta de sol se le llama en castellano atardecer- aclara Álvarez Montero, y se suman Gerente y Maestro de Taller reforzando la magnífica posición adquirida.

–Claro, claro; atardecer se llama.

-Bueno, pues eso. Amanecer, atardecer, anochecer; tienen ustedes palabras parecidas para nombrar hechos contrarios- esgrime la mujer, lamentando no haber profundizado lo suficiente en la lengua de sus padres y en la humildad.
En ese instante descubre a unos hombres capaces de hacer, movidos por el afecto, lo que el amigo no se hubiera atrevido a pedir; y valora la grandeza del amado que despierta tales adhesiones, con quien, muerta la primera esposa, va a contraer matrimonio.

Un día suplementario de estancia, permite al grupo conocer el Altar Druídico, el depósito de Los Concheiros, la Campana y El Lago, joyas de las islas de Baiona, las célebres Cíes y, desde una de ellas, la de O Faro, a ciento ochenta metros de altitud sobre el acantilado, presencian el magnífico espectáculo del entierro del sol en las aguas que lo acogen. Verdadero atardecer, puesta de sol única, inenarrable, de imposible olvido; que Pepiño, amoroso de su tierra y de su mar, lleva desde la niñez labrado en la memoria, integrado en el paisaje que la nostalgia imprime, tan profundo como el cauce de una realidad miles y miles de veces repetida.

SIETE La mañana clara del día siguiente los ve despedirse de todo el personal, porque van en autocares a Santiago de Compostela, donde, antes de tomar el avión que les situará en Londres, París, Roma y Atenas, piensan recorrer el equilibrado conjunto arquitectónico que enmarca la plaza del Obradoiro, punto final de los caminos de la fe; y el amplio espacio monumental de una ciudad que será siempre patrimonio de la humanidad toda, del Universo íntegro.

Allí, al pie de los autocares, se encuentran César Álvarez Montero, director del Parador, el Gerente de “La incondicional”, su Jefe de Almacén, el Encargado del Mostrador y el Maestro del Taller. Abrazan a quienes parten, cruzan con ellos palabras que prometen inacabable amistad, y los del pueblo encargan recuerdos para Pepiño, Mister Baio, o Xosé Baio Ferreiro, el emigrante que hizo fortuna, el amigo de la infancia. En el momento mismo en que el segundo autocar, llevando a la guía americana, arranca, todos los presentes pueden ver a Miss Gladis, sirviéndose de un pañuelito bordado, enjugar una lágrima.

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3.-Marinero en la sentina Pedro Sevylla de Juana

Mi mar: inmenso desierto, despeñadero profundo; aliento que viene de la palabra originaria y conocerá la consumación de los siglos. El decir del hombre compone a su costa misterios y leyendas a medida de la ignorancia, del miedo, de la admiración; arma historias del tamaño de los abrazos gozados, de los rechazos sufridos. Con todo, la imaginación puesta a inventar a veces concreta los relatos en torno a lugares y personas, pues sabido es que la naturaleza secunda a los inventores, animándolos, estimulándolos en el ejercicio de la fantasía, en la imprescindible labor de sugerir nuevos cauces a la realidad. Mi mar, calmo y agitado, colérico y apacible; es un padre severo, una madre tolerante: considerado si te sujetas a las normas que lo rigen, inmisericorde si las ignoras.

Amura de un barco gigantesco ha de ser la costa, o aleta, según se mire; arrufo o quebranto. Orilla de los galaicos, de los astures, de los cántabros, de los vascones. Piélago de las anchoas, del bonito, de la ballena; de la traína, bolinche, ardora, cerco y enmalle. Aguas de la necesidad y del esfuerzo, aventura cotidiana y despensa renovada.

Si comparamos áreas, migajas nos llegan. En determinadas partes, el Mar del Norte es una masa cambiante de pececillos, de anchoas fecundas que se manifiestan y mueren en actos muy próximos. Un número cercano al de las estrellas en las noches serenas, recorre el mar sin fijarse un destino ni preocuparse por seguir el sendero que lo alcanza. ¡Adelante!, ¡adelante!, parece decir la manjúa, y sigue contra viento y marea, a pesar de las bajas que causan otros peces y los aparejos del hombre. Millones y millones de anchoas que si no impiden la entrada en el agua a los remos, al menos la dificultan, entorpeciendo a las quillas la tarea de abrirse camino. Sin embargo, aquí disminuyen campaña tras campaña, despojos de la infinitud que anega el mar cercano.

Yo estoy sumido en mi lecho de tristeza, barquichuelo anclado en el puerto, varado en la orilla, en astillero de composturas. Un venenoso pez araña de púas calcáreas, un anzuelo ignorado entre los hilos, un arpón, una idea fija y puntiaguda perforan mis vísceras sensibles, los órganos vitales. Permanecen mis piernas en reposo, miembros lánguidos, estático el tronco entero, quizás el alma quieta, la voluntad decidida a la inacción y al abandono. La ventana me trae la brisa, los olores volubles, la visión del mar y su temblor constante.

A primeros de junio el bocarte puesto a salvo se aleja mar adentro en dirección nordeste, con la idea fija de unirse a la manada principal, que pasta y se aparea siguiendo un mandato atávico marcado en las agallas, en las escamas brillantes. Los huevos se agitan en el vaivén de la corriente, acompañando a los progenitores, eclosionando radiantes, felices; sumando, multiplicando el número, compensando la resta, invadiendo, alimentando, cerrando el ciclo que les da provecho y conciencia de utilidad en el conjunto del universo.

Mediado el mes de agosto, viniendo ya por el sendero de los días setiembre, la albacora, el atún blanco, llega al Cantábrico acompañado del cimarrón, y las anchoas son el cebo vivo que los ilusiona y hace prisioneros, víctimas. Otra vez los bocartes dando sentido a su vida, sirviendo al concierto estelar, haciéndose música celeste, aceite en el general engranaje. Pescadillas y bacalaos se nutren de ellos y, engordando, se transforman en digno bocado del esturión. El ciclo del alimento ¡qué maravilla!, del plancton a la ballena pasando cien veces por el hombre. Sin esperar que venga, saliéndole al paso en las Azores hacia el mes de junio, repitiendo batida ya huésped de nuestras aguas, con el señuelo suave de la anchoa es atrapado el atún.

Cuatro meses después del accidente, cuando los efectos de la conmoción se iban diluyendo, al festejo del cumpleaños que me ingresó en la mayoría de edad asistieron todos. Vinieron a felicitarme y a tomar una copita de ron de caña: tres botellas remitidas por pescadores cubanos enterados de lo mío a través de radioescuchas. Desde entonces he vivido una rutina humillante que ayer se quebró. Ayer me impusieron las autoridades la medalla al Mérito Civil que me concedió el Ministerio. Durante el acto mezclé la alegría –acaso no pueda soportarla en estado puro- con una tristeza liviana, melancolía neblinosa, saudade de tiempos más completos; pero rompí una pasividad que acaso esté emparentada con el desencanto y la falta de proyectos. Mi madre, agitada, se movía sin pausa por las habitaciones, observándome, atendiendo a las visitas, sirviendo dulces. En los últimos instantes, los de mayor quietud, la noté satisfecha del esfuerzo realizado; y es de suponer que, aceptando la inexorable realidad de la desgracia, se viera, de algún modo, consolada por la condecoración.

Hasta Rosa llegó, vino tarde, cuando los demás se iban; temí su ausencia, pero al cabo lo preferí de esa manera, porque la tuve más próxima, junto al lecho. Primero, tímida, azorada, luego sentada en las sábanas, doblando con cuidado la colcha para no arrugarla, charlando de las cosas que encarrilan la existencia. Me llegaba su aliento tibio, su vivo olor a hembra; y me hubiera gustado tenerla abarloada conmigo aunque fuera un instante bien corto. Ella, la que pudo ser y ya no será, aparecía tierna, solícita, encantadora; como reprochándome mi timidez de entonces. Estaba yo por aquellos días, cuando el naufragio, rumiando unas palabras serias, buscando a la oportunidad un tiempo sereno, sin testigos.

Su sonrisa transparente, su mirada de seda y su voz mimosa de las preguntas y respuestas, daban confianza al arrojo frenado por el recelo menguante; iba a intentar decirle que el tiempo se me hacía corto con ella y que necesitaba más. Tiene novio; y lo anunció con indiferencia fingida. Viene a verla de tierras profundas, del fondo de la mina. No quiere pescadores me dijo. “Pues anda, que no hace sufrir la tierra cuando se hunden los pozos o explotan las galerías”: me salió de pronto. No le gusta el vaho de las vacas en el establo, ni el establo vacío, y de oficio más llevadero sólo encuentra guajes; los hombres hechos las buscan de ciudad. Espabilaba yo por momentos, azuzado por mis dos amores. El mar es un mundo sorprendente: dije, para que saliera ese sentimiento de mi interior más protegido: un arca: añadí: un baúl lleno de tesoros antiguos, atestado de futuro, expedito para los osados que levantan la cobertera invisible; disciplinado y noble. Sí, noble; –insistía- respeta a los valientes que arrebata y escupe sus cuerpos, los devuelve a la playa, se los entrega a las madres, a las novias o esposas; los empuja para que los lloren y bendigan, para que se unan a la tierra alta e inclinada del cementerio y mantengan los ojos abiertos a los cambios de humor de las olas. Lo escuchaba mi madre como quien no quiere la cosa, atenta a la ternura que presentía llegando a la boca desde el corazón. Ella pariente de pescadores que ya ha cubierto la cuota de sobresalto, pendiente día y noche tanto de la agitación como de la calma. Rosa, ya ves, no quiere enamorarse de los pescadores porque se van al peligro diario- me señaló mi madre reprimiendo las lágrimas en cuanto se fue la chica- es inteligente -añadió concluyendo.

Guapa, razonable, mujer de su casa, honesta -gusta a mi madre para nuera, y no lo disimula- limpia, discreta. Será mi amor en lo profundo del alma, promete mi cerebro confuso. A lo mejor me quería con amor ya hecho, crecido; y no lo supe. Y ahora, inmóvil, atrapado por el desastre de la quietud extrema, presos los miembros, rota la espina; que iba a hacer conmigo, pescado enredado en la malla, muchacho inservible. La miro pasar y la sueño; podíamos tener relaciones felices de no haber ocurrido el desastre, si me hubiera atrevido a hablarle cuando la Virgen del Carmen era motivo de fiesta. Me siento vivo; un vigor cálido sube desde los dedos por las piernas, por la médula, inundando mi pecho, mis brazos, mi cabeza.

El patrón de pesca, socio del armador, dejó, al marcharse, mil duros; ayuda lo que puede, está mal la mar, lamenta; lo sé, los peces disminuyen a zancadas de gigante, somos muchos y alguno utiliza artes que dando hoy pan guardan el hambre para mañana. No estaba amparada mi desdicha por ninguna póliza, era muy joven e iba con mi padre como si fuera un ensayo; no se asegura a los grumetes y lo sabíamos. Comprendo las razones de la propiedad, pero mi madre llora a escondidas, con lágrimas borradas que a veces descubro en dos surcos rojizos. Una madrugada de despiece azabache perdió todo el apoyo disponible; porque a mi padre -aún no lo creo- lo arrojaron por la borda un golpe de mar y un viraje del casco, cuando me liberaba de las bozas, la estacha, la lasca y los aparejos que sobre mí se habían dado cita impulsados violentamente por el agua, desgarrando tejidos, quebrando huesos. Preservó el hombre la existencia de alga que llevo, y por añadidura pagó con su cuerpo, que se fue alejando, buceando hasta las profundidades, agotando una sed enorme que viene de siglos, intentando sin ningún progreso beberse las aguas cuajadas de peces.

Volvió dos días más tarde inflamado y azul, siendo él y no siéndolo. Yo había salvado a dos, a tres, según confiesan ellos; no lo sé con exactitud, porque actuaba de forma mecánica, dirigido por fuerzas extrañas a mí, al dictado del instinto; aunque eso no cambia las cosas, no disminuye el mérito ante los otros, las simpatías ganadas, el sentimiento que crece y ensancha. Resultan efectivos los homenajes, pero cuando se fueron los promotores, el globo se vació y me quedé más huérfano. La medalla de orgullo que trajo el delegado ministerial ni hace compañía ni da sustento. Una silla de ruedas; rehabilitación que mueva los brazos, recuperar medio cuerpo de la cintura hacia arriba, todo eso han prometido entregarme.

El bacalao es muy fecundo, pone la tercera parte de su cuerpo, en peso, de huevas arracimadas. Allí estaba yo, allí mi barco para impedir que el mar se saturara. Colonias, ciudades, flotas enteras se sumaron; una técnica culinaria nació para darle salida. Así y todo, el esturión supo que era necesitado, el hombre iba a ser vencido. Cansados de esperarlo nos acercábamos a sus caladeros arrastrando redes largas -cuarenta, cincuenta metros de eslora- remolcadas por parejas puestas a rumbo, filando, soltando cable. De Barents traían piezas muy grandes, de Groenlandia, de Terranova, del Mar del Norte, del Báltico y de otros lugares de nombre extranjero y pronunciación difícil que no me aventuro a repetir.

Mi padre me lo contaba siendo yo un mocoso, y el recuerdo me guió cuando buscaba la puerta de entrada al futuro, ayudando -el ánimo decidido formulaba la solicitud- a que mi padre cediera y me dejara acompañarlo. En los días de mar enfurecida, terminaba pronto la tarea de restauración y me hablaba del remo y la vela, de la bancada, de la época heroica descrita por mi abuelo; se extendía en el diesel, en las embarcaciones, las bellas merluceras, las boniteras galanas; las comparaba luego con las bacaladeras y pasaba a otro mundo, el de la pesca de altura, más industrial, menos humano. Me decía de vientos, de tormentas aterradoras, de conquistas de cotas lejanas, de pesca abundante, de regresos en lastre, a la deriva, desanimados. Y yo sorbía en sus labios el mar, los infinitos matices y el comportamiento humano del gigante incansable.

El arte de la cacea cuenta en estas aguas con la larga tradición de la traína y el bolinche; sin embargo, opinaba convencido mi padre, no cuajó la mediterránea almadraba al pasar los túnidos en su peregrinaje anual alejados de la costa. Eslora de más de quince metros, manga, de casi cuatro; motor de ciento veinte caballos, que daban ocho nudos de velocidad temblorosa. Una merlucera en la que faenó en sus primeros tiempos, era descrita por mi padre y maestro de forma pareja con el cariño que perpetúa la memoria. Él y sus compañeros realizaban mareas de tres o cuatro días, faenando casi siempre con bolinche y, en raras ocasiones, con pincho. La agitación constante ponía a prueba los estómagos y los reflejos, enfrentándolos a los guiños, cabeceos y balances del casco.

Paseaba luego su añoranza por las boniteras, de casi veintiocho metros de eslora, siete de manga y puntal de tres y medio. Remarcaba, pleno de admiración, el potente motor de trescientos briosos corceles, capaz de alcanzar una velocidad de diez nudos. Los hombres compartían espacio –en igualdad de derechos- con algas, salitre, brea; aceite, combustible, agua, hielo, conservas, salazones y viveros. Docena y media de pescadores, concentrados en unos palmos tan sólo, y a proa, donde la nave es puro movimiento, debían hacer filigranas para hilvanar una convivencia obligada a durar doce o trece días. Pesca artesanal y de bajura, entrañable; de cuando el hombre y su oficio se enfrentaban a muy diversas dificultades, venciéndolas. Lo prueba el palangre destinado a los besugos, un arte nacido de la habilidad, la reiteración y la memoria; tradición verdadera, mejorada por cada generación, hasta llegar a la línea de cuatrocientos metros y un centenar largo de anzuelos. O la pesca al pulso en las aguas gordas, el calado de cestas, el cebo vivo y el cerco; expresiones que se hacen sinónimo de aptitud, experiencia y destreza.

Mi madre va a mariscar mientras quedo al mando de la casa; marcha a sacarle al mar unas pesetas que suma al dinero de la pensión de viudedad, escaso y amargo. La envidio; su posición es la ideal: anfibia como las sirenas. Cefalópodos, crustáceos, playas, arenales y acantilados; siento en sus piernas desnudas, en sus pies descalzos, el vaivén permanente que cubre y descubre el objeto de su búsqueda: almejas, navajas, mejillones. Me sitúo en su lugar: sus ojos son mis ojos, sus manos mis manos. Se torna flexible la bisagra de mi tronco, y empleando la intuición, la vista, el oído, el gusto, el tacto y el olfato, frágil madero frente a un mar inquieto, me apodero de un puñado de percebes gordos como dedos gordos.

Una tabla liviana o un tronco hueco, una brújula, un lienzo resistente; hubo marineros que llegaron lejos sirviéndose de medios tan elementales. Se hace necesario un entendido así en el astillero. Ambos se beneficiarían: el navegante y la embarcación. ¿Quién no ha deseado, en ocasiones concretas, unos metros de eslora a mayores para su barco? Cualquiera cambiaría el castaño empleado por los carpinteros, o el eucalipto, por roble de Francia o pino de Galicia. Si nos dieran a elegir preferiríamos siempre el duramen más compacto, y un buen tratamiento contra esos hongos parásitos culpables de la putrefacción cúbica que reduce a un tercio la vida de la nave.

¿Quién observa el comportamiento de la pintura frente a los organismos vivos o los elementos, mejor que el marinero? Quilla, costillares y forro; quién, de no ser el hombre de mar, puede aconsejar la forma, las mezclas de materiales, las uniones, las colas de mejor resultado práctico. Y en la sala de máquinas, corazón y alma del buque, el parecer del maquinista debería ser demandado. No es así y, desaprovechados, ni damos ni recibimos; desconocemos detalles imprescindibles para sacar provecho íntegro de las herramientas, de ahí accidentes, de ahí fracasos en el alcance de los objetivos.

La ballena llevó a los pescadores de este mar bravío a parajes lejanos. Osados, románticos, salían en busca de sustento. Argonautas intrépidos, único sostén de sus familias, columnas que en su caída arrastraban el hogar íntegro. Es más, hubo un tiempo en el que los cetáceos nos visitaban, poniéndose a nuestro alcance, ofreciendo su carne y su esperma, sus barbas, su piel, sus huesos: una montaña de utilidad neta. Un diestro arponero, en pie sobre la barca inestable impulsada por unos cuantos remeros, se oponía, en clara desventaja, a la fuerza descomunal, a la prontitud en las evoluciones, al aguante bajo el agua y a emersiones sorprendentes. ¡Por allá resopla!. Lucha noble entre el hombre y el cetáceo, que a duras penas lograba un doloroso equilibrio entre fecundidad y capturas. Me hubiera gustado conocer aquellos tiempos heroicos, pero ni mi padre ni mi abuelo los vivieron; sólo conozco las historias contadas en los ratos muertos entre sorbos de caldo o de orujo, redondeadas, embellecidas por la desmesurada imaginación de los narradores.

De la ballena al bacalao. Ahí sí que entro, en esa pesca aparecí. Galeones panzudos, goletas, bacaladeras evolucionando sin pausa, siglo a siglo, hasta fraguar una leyenda de riesgo nacida de cientos de marineros desaparecidos en cada temporada, embestidas del hielo deslizante, choques con montañas móviles de un azul niveo transparente, bodegas repletas de tiras de pescado cubierto de sal, destripado y sangrado a la perfección hasta conseguir el blanco de su carne gruesa, símbolo de calidad y alto precio. Terranova, tierra de promisión, paraíso inhóspito. Proas inclinadas y reforzadas, capaces de enfrentarse a las planchas de hielo. Dobles mamparos y forrado aislante para oponerse a los fríos del Atlántico Norte. La madera da paso al acero y esa evolución trae múltiples modificaciones. El tamaño aumenta; sesenta metros de eslora que en el dique seco parecen inacabables, pronto se quedan pequeños. Del bou se llega a la pareja. La capacidad de almacenaje incrementa la necesidad de las capturas, y como la duración de la temporada no varía, crece la urgencia en el llenado de la bodega apareciendo las primas de producción que redondean el salario. La rentabilidad se hace tirana y depredadora.

Hay que enfrentarse a la tormenta, debemos plantarle cara, poner proa al oleaje. Esta teoría ha causado desgracias sin cuento. El torbellino es temible cuando la espiral interior se desplaza con dos movimientos simultáneos, rotación y traslación a un tiempo, a la manera de la Tierra. Entrar en la vorágine es dirigirse al suicidio; la nave de madera gira cayendo o elevándose, pluma a merced del viento. La calma ofrece luego un paisaje asolado: enseres diseminados ocupan una inocente lámina líquida; palos, tablas, velamen y jarcias flotan quebrados, desgarrados, con un leve vaivén. Hay cadáveres entre los despojos, pero los supervivientes sufren una atroz agonía.

La tempestad, castigo de alguna divinidad colérica, capricho de la naturaleza fuerte y orgullosa, se ha manifestado originada por causas definidas y es previsible. Mas cuando el deterioro de la técnica impide la información, nada parece haber cambiado. Entonces la tranquilidad pesada del aire, el calor pegajoso y la incertidumbre de lo que va a pasar, estimulan el sexto sentido que acierta cuando espera el peligro inminente. De golpe todo se tiñe de negro, el cielo y el agua; las olas crecen oscuras por debajo, brillantes arriba, blanquecinas en la testuz y en el cogote. La agitación se inicia; el baile, la danza temible que no deja títere con cabeza, tienen allí su principio. Lo superior y lo inferior se intercambian hasta unirse en giro interminable. El cenit y la sima se encuentran en la misma vertical infinita y el barco se desploma. El agua barre la cubierta desplazando cuerpos inertes como objetos sin alma.

Los que maniobran apurados en cubierta se sorprenden indefensos y, si no logran asirse a tiempo a los salientes o a los entrantes, se hacen mar con los peces, las algas y los torbellinos que muestran el fondo abisal. Los relámpagos queman la noche, la llevan a la ignición y la evaporan en segundos. El rayo despoja a la nave del manto oscuro y la muestra pudorosamente desnuda. Los marineros, mi padre y yo entre ellos, nos agitamos frente a la potencia desatada del universo; seres primarios oponiendo briznas de energía a la fuerza de los cataclismos. Sin pensarlo –puro acto reflejo- con una mano me aferro a un cabo huidizo y con la otra al cinto del compañero arrastrado. Logro mantener los miembros al borde de la desgarradura, deslizo al desvanecido hasta un remanso donde la resaca lo lame sin llevárselo y, exhausto, me deslizo apoyado en los codos, en las rodillas, en el vientre.

Repto, resbalo, lombriz o culebra, y llego a tiempo de retirar un cráneo inconsciente, segundos antes de que el cofre situado sobre él rompa sus amarras y se estrelle contra la cubierta, machacándolo. Luego es mi padre quien me socorre, retirando los objetos que, ahogándome, me apresan. Mientras, los gritos se mezclan desgarrados, agudos los míos, de dolor físico; graves los de él, de emoción desbordada. Descuida un instante su cautela y una ola que viene del fondo y quiere llegar hasta la cúspide, se abate haciendo cúpula cerrada, abriéndose en claraboya, resbalando violenta por la llanura y llevando con ella al cuerpo sorprendido de mi progenitor que cae al laberinto nocturno. La calma llega, aparece el día, y en el recuento de bajas mi padre es uno de los desaparecidos y yo un inválido, incapaz de movimiento.

No sé si mi madre intuía la tragedia, puede que sí, las mujeres del mar la aguardan como un hecho inevitable. Pero tan completa, marido e hijo al mismo tiempo, así de llena y definitiva, seguro que no la sospechaba. La noticia del temporal, del naufragio, de los heridos y muertos, de los supervivientes, de los héroes en holocausto, de las vidas entregadas a la deidad marina, difundida por los medios de comunicación, con los gestos mío y de mi padre como ejemplo, dio la vuelta al mundo. Cartas, telegramas de solidaridad llegaron y aún llegan de los siete mares y de las cinco tierras. La medalla que en mi pecho las autoridades prendieron ayer, mitigará durante unos días el pesar de mi madre y sembrará la esperanza en su corazón. Yo quedo al acecho del milagro que mueva mis brazos, mi cintura; permanezco a la espera del cumplimiento de la promesa de una silla de ruedas motrices, que me lleve de un lado hacia otro y libere a mi madre de parte de la carga que soy para ella.

Recostado en el lecho frente a la ventana que da al mar uno y múltiple, durante las horas de luz y las primeras oscuras, espero la arribada del futuro y su atraque al abrigo del puerto; inventando derrotas por caladeros lejanos en pos de huidizas manjúas muy hábiles, capturas copiosas, capitán de mi barco de acero con cien metros de eslora lo menos.

 

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4-El atormentado sueño de la Albigense Pedro Sevylla de Juana

Insistente, corta el sable la maroma; y el puente levadizo cae con súbito estruendo. Las lechuzas, sorprendidas, elevan el vuelo dispersando graznidos. Al ocultarse la luna tras las nubes la traición pudo consumarse. Caballeros entran a galope en el patio abatiendo al alevoso de un mandoble que le cercena limpiamente la cabeza.

En ese instante postrero, cuando la cordura ilumina el cerebro, separado como está del corazón más de quince pies, comprende que los desleales no vuelven jamás a ser creídos; tienen enfrente a los dos bandos en liza, y su única duda consiste en saber quien de ellos ejecutará la sentencia dictada por el destino. La incertidumbre del renegado se resuelve en cuestión de segundos: es el invasor quien blande la hoja homicida, pagando con perfidia la perfidia; y la que rueda por el suelo empedrado, escindida, amoratada, es su propia testa. La alargada pica penetra por la cuenca de un ojo, y el globo blanquecino se aparta para no interferir. Un caballero sin entrañas, de pie sobre la cabalgadura, eleva la lanza mostrando el trofeo. Rubios cabellos teñidos de sangre, el rostro macilento y un ojo estallado, revelan a los suyos la naturaleza del premio concedido a los traidores. Grana y oro mezclados, la cabeza emancipada del cuerpo y el pensamiento aligerado del lastre de las pasiones, se hacen proclama inicial de una matanza sin parangón en la historia.

¡Sangre sobre la sangre! Salvaje es el grito de los invasores; y se aprecia la gama íntegra de tonos bárbaros porque el dolor ahoga en el pecho los alaridos de los sitiados. Ágiles sombras se descuelgan de los muros, fantasmas armados de espadas espectrales se deslizan por las escaleras, toman las salas, hunden las hojas de acero en los cuerpos dormidos. ¡Sangre y exterminio!: claman los asaltantes; y al oír la llamada sale la sangre a borbotones dejando exangües los cuerpos. ¡Alerta! ¡Alerta!: se oye gritar en la torre al vigía: Qué nos atacan, ¡alerta! Los confiados centinelas apostados en barbacanas, almenas y adarves caen sin exhalar un gemido. Saetas imparables surgen de la noche buscando antes que nada las gargantas, para enmudecerlas; y ya en la caída, cuando las manos sueltan las armas para acudir al cuello, flechas hermanas de las predecesoras atraviesan los corazones dolientes sin calmar la hostilidad de los arqueros. La explanada del castillo es un hormiguero de soldados inquietos que van y vienen portando copioso aparato de guerra.

Rejones endurecidos invaden pechos generosos, los capaces de mayor indulgencia; la carne palpitante se abre a las picas como flor de doncella forzada, suspiros agónicos ablandan las piedras del muro. Las sanguinarias huestes enviadas por el Papa de Roma, a quienes se han unido las del Rey de Francia -se mueven ambos por razones diferentes pero el ansia de poder es común- atropellan los derechos todos matando la vida. Los mercenarios pagados con limosnas extraídas de cepillos abiertos en miles de iglesias, los mozos reclutados a la fuerza en las labranzas más pobres, los desalmados acogidos al favor de la Cruzada contra los Albigenses y los engañados desde el púlpito, sorprendidos en su buena fe por la santa palabra que esta vez promete un botín generoso e inmediato; todos ellos, sacudidos con arengas de los caudillos, con marchas militares o himnos religiosos, abren en canal el vientre de las mujeres preñadas, prenden teas en los vestidos de las ancianas caducas y machacan los débiles cráneos de pequeñuelos desconsolados sirviéndose de mazas de madera y férreos pinchos. Bajan, más tarde, el paso marcial y el ademán decidido, a las mazmorras; y asombrados de que no haya cautivos ni presos, se dan un carnal festín con las tiernas muchachas, casi niñas, que han sobrevivido al ataque y desconocen la naturaleza de la agresión soportada.

Quienes sufren de modo tan cruel e inhumano son los Cátaros: Perfectos y Creyentes. Los que reciben este trato brutal son los más puros seguidores de un Cristo espíritu, los amantes de la Concordia y de la Libertad, los hospitalarios, los que creen que el bien de los demás es el suyo. Los perseguidos como alimañas se higienizan a diario en contra de la costumbre extendida, trabajan con ahínco y huyen de los lujos, respetan la vida y no ofrecen sacrificios cruentos, ignoran los dogmas y la autoridad de reyes y pontífices, representan sin gaje ni ventaja a los conciudadanos cuando son elegidos y votan cada año a sus representantes. Mas una bula papal declara pecaminosa toda compasión sentida por la suerte de esos herejes. Las órdenes dadas desde la bicéfala jerarquía son terminantes: ¡Caiga la piedra que soporta la piedra!, ¡cese el latido que impulsa la vida! Nunca la historia hubo de relatar tanta saña; por ello los historiadores, en su juicio ecuánime, suavizaron los hechos.

Al poco de dormirse, atemorizada, despertó Lily. Las imágenes sangrientas de su dolorosa pesadilla irrumpieron en la mente como en cenobio confiado. Soldados lúbricos forzaban a las novicias acogidas al amparo del ara, caídas de hinojos a los pies de una divinidad impasible. En la sagrada presencia se formuló la lujuria, concupiscencia acreedora de la consideración más lasciva. Ante las miradas huecas de los santos fue derramada la sangre virtuosa, reservada desde siempre al Amado. Trató Didier de sosegar a Liliane, Lily en familia, pues debido a la insistencia puesta en establecer su carnal dominio de esposo, se juzgaba culpable de la agitación. El esponjoso lecho de la Cámara Nupcial, el protector baldaquín, la imagen figurada de los que en esa intimidad se amaron antes de regresar al torrente de la vida y, más que nada, el encanto irresistible de la inmaculada joven; llevaron al enamorado, tributario de una osadía irreconocible para la novia, a romper el compromiso adquirido.

Antes de los esponsales convino la tregua Didier con una Lily intacte: tres días y tres noches habían de retener aún el deseo en su cárcel, antes de permitirse los goces sensuales. Liliane ha transitado como entre asperezas selváticas a lo largo de una jornada turbadora, y su mente mezcla las sensaciones y los convencimientos, aunándolos pese a la discrepancia de naturalezas. En un lado aparece la pasión excedida de Didier, un ardor poco menos que combatiente, nominado señor de la fortaleza que ella aún preserva. En el otro las históricas matanzas producidas en escenarios abiertos, obra de cruzados e inquisidores, cuyas víctimas eran gentes a quienes en razón de sus apellidos cree ella pertenecer. La imaginación encendida de Lily sumó, mezcló, agitó; transformando el amoroso requerimiento de Didier en un asalto brutal.

Amigo yo del novio desde la adolescencia, el afecto nació entre nosotros con el reiterado intercambio de hogares –Madrid en julio, en agosto Gaillac- entregados al aprendizaje del idioma del otro; y cultivé ese apego durante años como la empatía me aconsejó. Lo hizo bien; de ahí que, el 28 de Junio de 1997, en calidad de témoin, asistiera a la boda de Didier Bournay et Liliane Peyrepertuse Mirepoix, celebrada en la capilla de un castillo preparado como hotel en las proximidades de la histórica ciudad francesa de Albi, en el Languedoc, cuna de los albigenses o cátaros. Transcurrida la intensa jornada de ritos y celebraciones, ocupo un aposento del piso superior que guarda parte de la sobriedad originaria; y expulsado del lecho por el entrechocar de la avidez de reposo con los pensamientos hirientes, desciendo a la penumbra del patio vacío, al silencio custodiado por las armaduras armadas.

Usurpando el sillón que en la mesa presidencial ocupó el desposado, me llegan las quejas de Lily, fruto agraz de un espejismo terrible. Posee la fiancé una belleza íntegra: su figura de modelo fotográfica, esbelta y armoniosa, suma valor a la perfección del rostro y al candor casi infantil que trasluce su sonrisa. A los trece años estudiaba español en la clase de Didier, y a veces nos acompañaba para practicar la conversación. El mutismo abierto en torno a sus circunstancias personales, rodeaba de un halo de misterio sus seductores atractivos. Nos mirábamos cómplices o lo creí, fiado del corazón; y mi memoria de copain la fue fiel durante un lustro de cruces postales: tarjetas, cartas y fotografías, donde la timidez corregía las buenas maneras propias de la educación recibida. En un idioma o en el otro, Didier y yo nos fuimos hermanando. Practicantes de algunos deportes arriesgados, viajamos a nuevos lugares en vacaciones de verano o de Navidad: Escocia, Finlandia, Noruega, Italia, Suiza. Al acometer un ascenso alpino mi vida quedó en manos de Didier, y el camarada fraterno la preservó arriesgando la suya. Hablábamos de la común amiga con veneración –yo al menos- estrella inalcanzable, quimera; callando la creencia de ser correspondidos. Tan deseada, tan temida, la hora de la verdad llegó; el simétrico y equilibrado sentimiento de Lily se desniveló por fin. Sabiendo a Didier incapaz de hacer trampas en asunto tan serio, estimo que la proximidad física jugó en su favor. Sufrí en lo más íntimo cuando me comunicaron la iniciación del noviazgo. Pené, además, porque debiendo alegrarme, el bien de mi salvador no me alegraba.

Igual que a pariente me ha recibido Liliane en el seno de su familia, en el entorno de escogidas amistades. Puede que la amabilidad de trato corresponda a su manera de ser, cortés y generosa; cabe que esté compensando la acogida dispensada por mí el pasado verano en Madrid. Ocuparon ella y Didier las mejores habitaciones del piso de la calle San Bernardo, donde moro con mi madre viuda. Les cedimos la casa de Aranjuez, punto de partida de sus itinerarios turísticos. En el Museo del Prado la restauradora Liliane quiso ver las obras maestras de Goya y Velázquez; y el arquitecto Didier prefirió indagar en la evolución del edificio y los planes de ampliación. Mudado yo en guía de la joven, conduje la conversación a los tiempos idos, a lo que pudo ser. No le resultaba indiferente, deduje de sus hábiles respuestas; incluso, durante un tiempo, gocé de su predilección.

Como por ensalmo, noche cerrada aún, al llamado de mi pensamiento Liliane abandona la Chambre Nuptiale, sale al patio de armas y me encuentra absorto en esas cosas mías que tanto se relacionan con ella. Han de ser el lugar y el momento oportunos, porque pasado el instante inicial de sorpresa, deseosa la mujer de desahogarse, entra en conversación y me franquea el paso hacia sus interioridades. Tras explicar la pavorosa alucinación sufrida, sueño violento desencadenado por la acción de Didier, creyendo que las palabras pueden tornar lo confuso en comprensible, inicia la exposición de las certidumbres más arraigadas.

“Procedente de varias generaciones de antepasados instruidos, poseíamos una biblioteca abundante y bien seleccionada: más de tres mil volúmenes cerrados en alacenas, arropando las paredes desde el suelo de tarima hasta el artesonado del techo”. Entregada de lleno al ejercicio de desvelar su enigma, se arranca del alma Liliane los jirones más adheridos. “Puertas acristaladas, cerradas dos a dos con una aldabilla, libraban de polvo y humedad tratados de filosofía e historia, colecciones de láminas artísticas, novelas de los grandes autores. Me escondía en la estancia cuando jugaba con mi hermana Flore y los primos, porque había esconces que permitían a una niña ocultarse respirando esa atmósfera de quietud y reserva. Curiosa de los enigmas encerrados en las páginas impresas, de puntillas, sirviéndome de uno de los sillones que bordeaban la gran mesa central o de la escalera si quería los volúmenes situados en lo alto, mi mano derecha extraía el pasador inserto en el anillo. Al principio fue sólo un entretenimiento que formaba parte del juego. Pasó a ser cosa seria cuando vistas las estampas dibujadas leía las líneas que, al pie, explicaban su significado. Debían de ser sugerentes las frases, ya que, por lo común, lograban intrigarme hasta el punto de buscar el sentido completo. Como si se tratara de un vicio, a escondidas fue progresando mi dedicación”.

“A los once años adquirí la costumbre de la lectura. Sin duda exageraba, pues desaparecía durante horas y, cansados de llamarme, mis padres me veían llegar con los ojos rojizos, como si hubiera llorado. Eran historias protagonizadas por personas de vida azarosa, las que me atraían; o libros religiosos repletos de piadosos ejemplos orientados a la causa de la salvación eterna. Descubría crónicas cuyas descripciones me aterraban; matanzas causadas a unas gentes buenas por secuaces de soberanos ambiciosos. Dejaron de interesarme los juegos que antes me retenían en el exterior, y la palidez de mi rostro iba a más. El médico hizo preguntas cuyo sentido yo no vislumbraba, y mi respuesta consistió en musitar tres o cuatro palabras mientras alzaba los hombros. Después de varias pruebas que no arrojaron síntomas claros de enfermedad, recomendó reposo y una alimentación reforzada; pues coincidía el escrutinio con un estirón de tal envergadura, que dejé pequeños por comparación a los niños de mi edad, parientes y amigos.

Sin consultarme siquiera me enviaron con unos tíos que vivían al borde del océano, presqu´île de Capferret, en una casa soleada y abierta a los vientos, privilegiado mirador de la pequeña ensenada del puerto pesquero. Espacio acogedor y saludable, sin duda, pero carente de biblioteca. El mueble de uso extendido que solía mostrar en los estantes algunos libros, en general novelas de amor, manuales de medicina doméstica y algún diccionario enciclopédico; allí acogía figuras de porcelana. Sin historias que prestaran alas a mi imaginación, y sin la compañía de otros niños por estar avanzado el año escolar, me aburría. Para evitar la pérdida de curso, el cura de la capilla cercana dirigía mis repasos con explicaciones cortadas por el patrón religioso. Intentó llevarme a su terreno e hizo de mí una niña piadosa que se interesaba por los asuntos de los santos. Conocí los principios generales del catolicismo, y me topé con propuestas que necesitaban la colaboración ineludible de la fe para ser aceptadas. En ellas me detuve. De algo serviría la asistencia del sacerdote, no obstante, porque tuve éxito en los exámenes y pude pasar a la siguiente etapa escolar sin contratiempos. Mi aspecto fue, al cabo de esos meses, el de una jovencita alta, despierta y vigorosa”.

Al cabo, va a resultar beneficioso que el sueño me abandonara forzado por la desazón, tormento nocturno de quien siente escapar la dicha a través de los agujeros del alma. Ha bailado conmigo Liliane en la fiesta, la he tenido en los brazos, me ha hablado al oído, he sentido el aliento cálido del beso familiar depositado en la mejilla al dejarme; y tales sensaciones arrimaban leña al fuego horas después, forzándome a escapar de la habitación. Puedo así beber de bruces el agua en el propio manantial, fresca y pura. Una esponja soy absorbiendo la esencia de cuanto libera su boca, una cámara fotográfica captando los detalles del gesto. Evalúo los múltiples matices de la voz, el movimiento cadencioso de las manos, el inigualable mohín de los labios finos; signos todos subordinados de un eje capital: la franqueza que anima a la apacible mujer hace unos instantes tan atormentada.

Envuelta como yo en el fluido sutil emanado de su relato, prosigue Lily las revelaciones: “Dice el Pandnamak i Zartust: Llegados a la edad de quince años, varón y mujer han de estar capacitados para responder las siguientes cuestiones: quién soy, a quién me debo, de dónde vine, adónde iré; a qué linaje y familia pertenezco, para qué he venido, cuál es mi obligación en este mundo; ¿soy de Ormuz o de Arimán? Mi padre debía de tener noticia de este pasaje, que me llegó mucho después, pues al alcanzar yo esa edad crítica, era él mismo, mi propio progenitor, quien estimulaba tales lecturas descubridoras de múltiples respuestas y nuevos interrogantes”.

La inteligencia de Lily, ávida, destiló en los libros las narraciones de hechos luctuosos ocurridos entre los siglos XII y XIV, extrayendo opiniones bien fundadas. Versaban sobre cruzadas papales destinadas a acabar con los Albigenses, y batidas ordenadas por el Rey contra la independiente nobleza occitana. Lugares conocidos de oídas, como Béziers, Castelnaudary, Carcassonne, Peyrepertuse, Puivert, Puilaurens, Montségur o Quéribus; tomaban de pronto importancia primordial. Supo así de personajes abominables movidos por la ambición, la envidia y el odio; trinidad de estímulos disimulada tras algunas acciones nobles que el pueblo llano alababa. Se refiere a los papas Inocencio III e Inocencio IV; a los reyes de Francia, Felipe Augusto, Luis VIII y Luis IX. Se refiere a Pierre de Castellnau, legado papal, cuyo asesinato pudo ser el desencadenante de la crueldad armada; a Simón de Montfort y a su hijo, quienes dirigieron las cruzadas contra la independencia religiosa y territorial del Languedoc; y a Arnaud Amaury, representante de Inocencio III en Ocitania, jefe espiritual de los cruzados”.

En tiempo tan provechoso para la formación, Liliane removió algunas capas de sedimentos descubriendo sus profundas raíces. Los suyos no son otros que los seguidores de Guillaume de Peyrepertuse, cuyo apellido, recibido de la estirpe paterna, ostenta ella con íntimo orgullo. Guillaume, acusado de rebelde y hereje, se enfrentó al Rey y al Papa con firme determinación; y por no someterse a los designios de tan insignes manipuladores fue excomulgado. Los suyos no son sino los descendientes de ambos Pierre Roger de Mirepoix, el viejo y el joven; organizador, el muchacho, de una expedición destinada a vengar a sus correligionarios, víctimas de la Santa Inquisición. La suma de orígenes la sitúa con claridad frente a los soberanos de Francia y los pontífices romanos. Mirando hacia atrás, simple hoja de un fuerte vástago, se sabe entroncada con los Cátaros o Albigenses. Es su patria el Languedoc, y siente más aprecio por catalanes y aragoneses que por los franceses del norte.

Temerosa de no poder concluir su confidencia, abre Liliane una pausa momentánea, respira hondo y prosigue. Exploró, asegura, los vastos territorios de la historia, conociendo la existencia de múltiples dioses; unos y otros verdaderos para sus devotos, unos y otros falsos para los infieles. Vestían ropajes distintos y la diversidad de símbolos aumentaba la confusión en que andaba sumida. Fue advirtiendo las discrepancias de los distintos dogmas y encontró en ellos insalvables contradicciones. Años atrás creía en un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creía en Jesucristo, hijo primogénito de Dios y Dios Él mismo, que tomó apariencia humana con el fin de ser modelo para las conductas de la especie y lograr su redención. Creía con firmeza en su doctrina, y aceptaba el ejemplo recibido –pese a lo que tienen de trágico- de la crucifixión y la muerte. Creía en la resurrección, en la elevación a los cielos y en la eternidad de su reinado. Sí, iba a ser cristiana hasta acabar los días sobre la tierra, y católica ferviente; pero no puede olvidar la implacable persecución de su pueblo, el exterminio de su propia sangre. Cómo creer que la Iglesia fue inspirada por Dios, a la vista de los violentos métodos practicados para convencer. ¡Imposible!

En consecuencia no practica un culto definido. Con la pericia de un comprador que recorre puesto a puesto el mercado cada miércoles, y acepta de cada vendedor lo que considera idóneo para sus necesidades, Liliane Peyrepertuse Mirepoix, como ella se nombra, de cada religión toma una frase, una creencia, una solución, un punto de vista. Hoy vive sin dogma, respetando unos cuantos principios que tienden alfombra a su manera de ser. Ve el mundo gobernado por los opuestos principios del bien y del mal, coexistiendo en un eterno equilibrio inestable. La mansedumbre, el perdón, la tolerancia, son virtudes que guían sus actos y rigen las relaciones con los demás. La castidad y la templanza encarrilan el proceder íntimo; también la austeridad. Sabe que el conocimiento emancipa, por eso lee; para poder discernir, lee. “Todo con mesura; esa es mi máxima”: revela muy convencida la doncella; dotando a sus palabras del énfasis justo. “De todo una muestra”: me dice. En el exceso encuentra peligro, porque la aleja de la armonía. “La riqueza acumulada debe ser distribuida a intervalos cortos para que no se convierta en la hidra de siete cabezas. Está bien probado que el mestizaje concreta las mejores predisposiciones de cada persona; y sometiéndolas a prueba las vigoriza”, añade.

Aprecia Liliane mi entusiasmo ante el surgir incesante de las aguas guardadas en el aljibe de su memoria, por lo que, animada, continúa: “Espero que mis palabras esclarezcan las incógnitas de ciertas formas de liturgia presentes en la ceremonia de la boda, ajenas al rito canónico, admitidas por el padre Bergeret haciendo gala de una gran tolerancia. Tras este deshago entenderás la elección del menú dispuesto para la cena, donde pescado y marisco eran los únicos animales presentes, y ello porque su procreación no es carnal. Te explicarás también el peculiar comportamiento desplegado por mí ante Didier, a quien al salir he pedido que me consintiera estar a solas”.

Y clavando un cuchillo en mi corazón enamorado, prosigue: “Me atrae ese hombre como el otoño y las puestas de sol; me fascina como los pergaminos portadores de la sabiduría antigua, como las flores mínimas de las altas cumbres o el frágil rocío que perla la hierba en las amanecidas. Aprecio su timidez porque si mis ojos se sumergen en la profundidad marina de los suyos y lanzo las redes, las redes apresan reminiscencias de antiguas soledades que urgen mi compañía. La hembra sumisa y entregada que en ocasiones palpita en mí, en esas ocasiones se somete a su irracional arrogancia de macho. Él me completa con la fortaleza de espíritu que muestra en los momentos de mayor dificultad. Si sus manos buscan inquietas las mías, y sus labios ardientes encuentran mis labios, la voluntad deja de obedecerme y mi dueño es él. Disculpo al amante que habiendo doblegado el instinto durante demasiado tiempo, humano al fin, se ha rendido a los embates de un cuerpo tirano”. Exagera, pienso; sólo pretende justificar una elección que ya sabe equivocada. Ignora Lily la valoración que hago de su loa o, intuyéndola, la orilla.

“Quisiera haber nacido deforme, dueña de un rostro carente de atractivos. Pensé arañar mis mejillas hasta ensangrentarlas, cubrir de ceniza los cabellos y esparcir el olor de la carne descompuesta sobre mi piel, para que nadie se acercara a mí llevado por la concupiscencia. Es terrible la lucha que soporto entre lo interno que pugna por salir y lo externo que pretende entrar. Mi atrevimiento uniría ambas fuerzas, aunque ignoro el resultado de la renovación constante y me reprimo. “¿Soy de Ormuz o de Arimán?; ahí estriba mi titubeo. Intento alinearme con la luz y, no obstante, me refugio en las tinieblas. Pero, ¿quién ha medido la dimensión exacta del Bien y la Verdad, quien ha calibrado el peso del Mal y la Mentira?”

Al llegar a interrogantes de tal trascendencia se oye el cercano piar de unos pajarillos, y la realidad adyacente reclama atención. Despunta el día introduciendo su difusa claridad a través de las rendijas de las puertas, alzándola sobre los altos muros, de modo que en claroscuros de gran belleza se perfilan los arcos de piedra que tengo delante. Ha salido Didier, desciende los escasos escalones, se sitúa ante Lily y borra mi presencia. Trae con él, mi envidiado amigo, una charla invasora referida al futuro inmediato: el viaje a Lanzarote que emprenderán al atardecer, el piso alquilado, residencia temporal en tanto reforman el viejo casón comprado en Toulouse, el trabajo de ambos, el regreso a la casa de los padres en fines de semana alternos. Ante el entusiasmo verbal del novio, el reposado testimonio de la novia nada puede hacer por mantener sus posiciones y se repliega.

Para facilitar su intimidad y preparar mi partida inmediata, vuelvo a la habitación de arriba con el alma sangrante. El deber de hermano deudor que la retentiva sujeta, y el amor que quema mi corazón, sentimientos muy fuertes, tratan de alcanzar un acuerdo imposible. Desde la ventana abierta descubro a los novios unidos en un abrazo íntimo, dirigiéndose hacia la alcoba a pasitos que apenas avanzan. Fuerzo la postura para verlos subir los seis peldaños que llevan al tálamo, y la cabeza fría, impulsada por el pecho ardiente, desequilibra mi cuerpo y lo pone en un tris de caer al suelo del patio. La reacción desesperada desprende del alfeizar una piedra mal asida, y la fuerza de su peso roza rauda el hombro de Didier. Queda mi amigo milagrosamente indemne, aunque su reacción instintiva descompone la amorosa unidad que formaba. En el retroceso veo llegar a mis ojos la mirada de Lilly, portando un reproche destinado a romper mi absurda esperanza.