La boca del infierno

Pedro Sevylla de Juana

Tu es sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech
(Del himno para la ordenación sacerdotal)

No hay nada más sospechoso de falsedad que lo evidente (Cesáreo Gutiérrez Cortés)

A la vida: laberinto, escuela, promesa y acicate

 

 

La boca del infierno, de Pedro Sevylla de Juana                                                                                  Laberinto de pasiones

Blanca Vázquez – La República Cultural

Es la segunda vez que retomo una obra del poeta, novelista y ensayista palentino Pedro Sevylla de Juana, hablamos de su publicación de 2008 “Del elevado vuelo del halcón”. Con una larga trayectoria literaria, este autor ahonda, entre cortinajes y materia filosófica, en el ser humano, su sociedad, y sus interrogantes. Todo lo que cuenta lo extrae de su propio macuto bien surtido, como él mismo afirma, asuntos de enjuncia y nimiedades recogidas al paso.
Ahora con su vigésima novela, La boca del infierno, Sevylla de Juana cruza fronteras, entre el matrimonio y el adulterio, el sacerdocio y la vida marital, la maternidad y la adopción, entre las pasiones ocultas, y las apariencias de interés meramente económico, y sobre todo cruza fronteras entre dos familias, y sus necesarias alianzas, desde un lado, el amor, desde el otro, los beneficios financieros.
Los Creixell Vallecea y los Benítez Ferre son dos familias de diferente status cuyos hijos, Herminia y David desean casarse. Por tanto las familias han de reunirse para conocerse, medirse y claro está, compararse. Con una prosa engalanada, metafórica, señorial y recuperadora de términos decimonónicos en algunos casos, La boca del infierno supone todo un reto para el lector, que vuelve a una lectura en cascada de ideas y sentimientos, recelos e historia, adentrándose en el historial de una saga familiar, caminando entre generaciones, es decir la caverna familiar del hombre, tema en el que insiste Sevylla de Juana en casi toda su obra.
Un lenguaje casi poético, salpicado de términos catalanes, el autor no va al dictado de las modas literarias fugaces: las relaciones padres e hijos y de pareja, conformando unas familias que no tienen nada de líquidas por fuera, aunque sí por dentro. Las insatisfacciones se hacen presentes en un relato que habla sobre lo eterno e inamovible, pero el autor es muy recatado en sus exposiciones, poco extremo en su voyeurismo sobre los personajes y situaciones que se desarrollan en un contexto muy conservador.
Una lectura diferente, con ráfagas de novela histórica en algunos rincones: “ Si en los estertores del siglo XIX nuestro país era un vasto casino, un círculo de socios donde se discutían hasta la saciedad los problemas patrios, pero sin tomar ni una sola iniciativa que modificara el estado de las cosas ni el curso de los acontecimientos; los años setenta y ochenta de esa misma centena, cuando hambre, peste y guerra diezmaban la población, había de ser España una inmensa plaza de toros…”, de prosa un tanto rebuscada para hacer vivir la grandeza del lenguaje y sus muchas variantes, para aquellos que desean apartar lecturas livianas y llenar su tiempo con dudas existenciales de ficciones creadas.
Literatura realista como la novela del siglo XIX cuyo tema central era el ascenso social por la vía de entrar en los salones, la lucha que se describe es la del hombre con sus demonios interiores, y sus debilidades entrecruzando desafíos entre generaciones: “-Filosofías de vell caduc, chocheces; teorías nacidas de la acumulación de errores. Te aseguro que yo no las voy a necesitar. -Molt bé, defiéndete, ataca. La experiencia de los que llegamos primero, hija de escasos aciertos y abundantes fracasos, resulta ser una asistencia de lo más valiosa para los jóvenes que nunca habéis errado. Pero si desprecias lo aprendido por otros, también fracasará…”
Como dice el autor, se pone en escena la maternidad, la adopción, el adulterio, la religión, temas sociales como la inmigración y sobre todo las pasiones ocultas, todo sobre un escenario y un tiempo reducidos.

Blanca Vázquez

 

Capítulo Primero

Se llama Herminia. Nombre que dejó de oírse hace tiempo en el ambiente burgués de Barcelona: familias cerradas que se saben obra del esfuerzo y las circunstancias favorables. Núcleo trabado de apellidos viejos, reiterados con verdadera insistencia, que explican la particular posición de las ramas respecto al tronco. Para los de casa es Mina, pero sus amigos, y los tiene a decenas, la llaman cada cual a su modo: desde Abella, abeja en castellano; a Burbuja, Bombolla en catalán. La Nena, le dice Cristóbal con un cariño evidente; y Herminia aprecia el tono y el apelativo. Dotó la naturaleza a la muchacha de una habilidad prodigiosa para los trabajos manuales, y de ingenio e inventiva sobre lo que se considera normal en la gente de su entorno. El ejemplo de Mercedes logró acercarla sin prejuicios al trabajo; de modo que a los dieciséis años, motivados por la excelencia de las notas, recibía elogios y predicciones favorables.
Sus padres edificaron el mundo de la adolescente dentro del suyo; y a esa edad temprana exhibía un deseo imperioso de romper las paredes, agobiantes por cercanas e ineludibles. En el mundillo joven desparramaba sus afectos, manteniendo a los mayores a considerable distancia. Obraba como si el Universo estuviera formado por dos únicos planetas, viajeros a través de los espacios interestelares. Uno de formación reciente -valles profundos y montañas elevadas- poblado por muchachos de su misma edad. El otro, muy experimentado: rocas descompuestas y altitudes erosionadas; habitado por personas mayores. Entre ellas Mercedes, madre amantísima; y Cristóbal, padre tolerante; que confiaban a sus brazos la tarea de dar alcance al primero. Remaban en la corriente gaseosa buscando un acercamiento que les permitiera permanecer junto a Mina; y la niña, ayudada por los compañeros -Abella, estel, bombolla- batía los remos tratando de lograr una autonomía imposible. Se demostraban parejos los deseos de escape y las fuerzas de atadura; de manera que equilibraban la persecución, y ambos mundos se mantenían a una distancia razonable.

Algún indicio proporcionaba el estudio de las similitudes al que se aplicaban las voluntades paternas, dificultoso examen de los compañeros de aula y los amigos del barrio, uno a uno y en grupo. En sí mismos continuaron la búsqueda esclarecedora del misterio, en su propio interior transformado, emulsión impresa de la memoria antigua. Lo que ellos creían ser a la edad de la hija escrutaron. Indagaron en los testimonios de adolescentes crecidos en cualquier lugar y época, en los ensayos escritos por investigadores.
Iban tras el quid aclaratorio del comportamiento gregario, de esa sociedad joven e impenetrable, del recelo opuesto a los adultos: maestros, padres, parientes y vecinos. Atrincherados en la habitación, los muchachos de hoy afirman estudiar, escuchar música o redactar un periódico según los dictados de los profesores. La realidad los ve aislarse en una república propia, para la que emiten moneda de curso legal, objetos de trueque que ellos valoran: historietas dibujadas, carteles provocadores, discos musicales, prendas raídas. Exigen pasaporte a quien sobrepase los veintidós años de edad, y el conocimiento del santo y seña en vigor. Hablan una jerga tornadiza que no acaban de dominar, y toda su inquietud estriba en mantener vivo el derecho de pertenencia al grupo, siguiendo el avance de las condiciones de integración. Incomodísimo ejercicio que, de repente, abandonan.
Analizaban los padres el indumento de los colegas de Mina, la forma de peinarse; porque han hecho estandartes los jóvenes, signos excluyentes, de prendas y peinados. Llevó Mercedes a Cristóbal a una reflexión que podía develar el secreto: Nosotros, adultos, les hemos enseñado el rito; de nosotros han aprendido a cerrarse.
Es cierto, desaprueban el proceder inconsecuente que nos resulta tan querido, y el decir cotidiano cargado de tópicos y frases vacías. Se manifiestan cohibidos en nuestra presencia de jueces, hacen oídos sordos y, si pueden, nos esquivan. Somos injustos con ellos: alegando incomprensión, asegurando que lo suyo es el juego y la broma, no les hacemos partícipes de las inquietudes. Son cosas de adultos, nos oímos decir, dejándolos al margen, sin conciencia de estar obrando mal. La conducta de Mina es imitación o rechazo de la que ve en las llamadas personas mayores; puede que Mercedes desentrañara con su conjetura el enigma. Gaietà, sólo dieciocho años, y su madurez semeja la de un anciano. Es fácil percibir que se toma la aparente realidad en serio.

Domesticat!, ¡sotmès! –le dice la hermana crecida a su costado; un solo rodrigón los preserva erguidos y el mismo alcorque calma su sed- amansado, domado, vendido. -Enreda Mina, quien lo presiente de los padres sabiéndolo suyo sin mengua.
Gaietà, dispuesto a dar por ella la vida, no es capaz de acompañarla si ha de abandonarlos. Su ánimo se esfuerza hasta el límite; desde la hermana a los padres alarga los brazos y, desgajándolos de su estribadero en los hombros, no logra hacerse vínculo firme y durable.
-Què dius noia?; soy dos años mayor que tú, tengo amigos con los que me entiendo a las mil maravillas, y lo sabes. Pero eso no impide que vea al pare y a la mare persiguiendo nuestro bien al ir tras el suyo.
-Ja –Dice eso; y el monosílabo alberga la negación de la conformidad más allá de la duda.
Un método destinado a la prolongación de la humanidad, explicó Cristóbal a sus hijos, niños listos de diez y doce años, utilizando un símil que, por cercano, creyó comprensible. Decía: “Imaginad un pino del que penden piñas a punto de madurar. Sabéis que, llegado el momento, se abrirán las uñas para lanzar los piñones a considerable distancia. Caídos en tierra, con ayuda de la humedad, originarán nuevos pinos capaces de continuar el proceso. Vuestra madre y yo, somos, en tal caso, una de las piñas que liberan sus frutos propagando la especie. Vosotros, flamantes eslabones de la cadena humana, nos sucederéis en la tarea”.
Lo entendían, Cristóbal sabe que lo entendían; pero ¿no hubiera resultado más sencillo abordar, sin escamoteo alguno, la reproducción de las personas partiendo de la pareja y su propia sexualidad? Mercedes debió de hablar con Mina de mujer a mujer, porque el día que descubrieron a la hija abrazada a un muchacho mayor, contestó al aviso del marido: ¡déjala!, conoce bien la línea que no puede cruzar. Gaietà hubo de aprender por su cuenta tan espinosa cuestión; pues Cristóbal se quedó sin palabras cuando se disponía a prolongar la charla científica. Los amigos, compañeros de barca sobre el mar en galerna, ataban los cabos sueltos exagerando la picardía del proceso. Mina está convencida: la adolescencia y la juventud serían más sencillas si no las enmarañaran los padres. Con el fin de proteger la dicha y la inocencia de los hijos, retrasan su entrada en el universo de los adultos, territorio inicial de colaboración, donde unos y otros podrían entenderse.

Deseaba Mercedes, cuando estaba en edad de concebir, sobre todo lo demás una hija; incluso por encima del hijo que ya tenía. Pero su único parto se complicó de tal manera, que el médico se vio obligado a suprimir órganos esenciales para el hecho milagroso de la concepción. La esposa lloraba su dicha de madre de un niño hermoso, porque no podía darle una hermana. Cristóbal, desconocedor del modo de negar un solo capricho a Mercedes, se encontró ante una petición de lo más razonable. Una hija, sí; y con prontitud. Convenía que se criaran los hermanos a un tiempo y crecieran unidos, de modo que la adopción de la niña pasó en un suspiro de simple aspiración a actividad perentoria.
La solicitud de Mercedes llegó a Cristóbal por conducto de ese modo tan suyo de decir las cosas. El tierno tono empleado en sus ruegos hacía que en ella la entonación fuera lo mejor del argumento. Su decir era tan persuasivo como la tesis más elaborada. La manera, la forma, incluso sin fondo, se lo decían todo al marido; y tan claro que no seguía inquiriendo razones. Pretendía ella lo imposible, lo mencionaba, y él tomaba ese imposible de las fosas abismales, de las altísimas estrellas, y lo ponía a disposición de la mujer. Lo miraba, y él, adivinando la orden contenida en la mirada, la cumplía. Le dirigía la palabra, y se disponía él a proyectar las cruzadas más expuestas. Sonreía la mujer, y un mar atrapaba al compañero en las aguas ricas de corales y peces vistosos, un viento le alzaba el corazón junto a ingrávidas cometas. Y si pronunciaba su nombre empleando ese son, el aire cumplido de oxígeno insuflaba felicidad al pecho masculino. Asentaba el nombre de Cristóbal en los labios, y su nombre era él saliendo de la voz femenina, siendo creado en ese instante por la palabra recién pronunciada. Miles de años después de haberla conocido, gastaba aún el primer día de una eternidad sin fronteras. De forma tan sugerente acertó a pedirle Mercedes una hermana para el hijo, pues ella era incapaz de engendrarla; y el marido removió cielo y tierra para satisfacer esa exigencia lógica.

Al lado de la maternidad existe todavía un convento que acoge tras el parto a las madres sin recursos; ni la urbe ni el año dirán Mercedes y Cristóbal por no comprometer a la monja que entendió su problema y se propuso ayudarlos. Hizo falta dinero y no revelarán el monto; podían pagarlo y la cuestión terminaba. Se avino a razones la madre de la criatura, y pudieron llevar a casa a una niña rósea, que se asemejaba a Mercedes en las sedosas mejillas y en los labios finos; pudieron llevarse a una niña que de Cristóbal recogía la nariz un poco achatada. Era la viva imagen de los padres de acogida y aceptaron que llegara
por esa vía; pues los caminos del Señor son enigmáticos e intransitables para el hombre.
Sirvió a sus fines una madre soltera que huía con lo puesto. Tras ella, persiguiéndola; vieron marchar a la penuria, a la sinrazón y a la injusticia; soldadas la una y las otras, dándose, potenciando estorbo y freno. Pero qué podían hacer ellos, tan débiles en su anhelo, tan necesitados de niña, tan contentos de tenerla. Les hubiera gustado, eso sí, que el dinero entregado a la religiosa fuera punto de partida de una vida quieta, de los días en calma buscados por quien, ignorante del lugar en que el reposo se asienta, había de llevar siglos buscándolo. De una joven escapada de cuantiosos peligros se sirvió el Señor para darles la hija, la hermana con quien Gaietà crecería hermanado.

Hubieron de ponerle Herminia, siguiendo un deseo dicho por la madre de la niña a la monja. Se llamara ella así o alguna abuela, su mejor amiga o alguien que la trató como las personas de bien tratan a los necesitados; el caso es que pudiendo incumplir el compromiso no lo hicieron, y ahora la nombran Mina. Miracle tenía pensado Mercedes para la neófita, y complacía el nombre a Cristóbal por resultarle lógico, pues de un milagro proviene. Miracle, y todo estaba dicho: pasado, presente y futuro. En el largo tiempo transcurrido, más de tres lustros, no fueron capaces de elaborar una explicación suficiente para un patronímico que en las familias de Cristóbal y Mercedes no existe. Procedente del dios griego Hermes, mensajero del Olimpo; relativo a unas piedras sagradas, un voto hecho al cielo a cambio de un favor de los grandes; no, nada de eso: un capricho de madre que acechaba ese gusto ignorando el porqué. Doncs vagi!: decía al oírlo la hija sorprendida: ¡Pues vaya!
Vienen del campo, llegan de la tierra madre. Arcilla de la península o isleña lava volcánica, Mercedes y Cristóbal son los ricos sedimentos de la corriente de precursores que aportó un bagaje abultado; y ambos pretenden que sus vástagos sean los destinatarios de esa herencia acrecentada por ellos. Vienen de los llanos y de las laderas, llegan de la incertidumbre campesina que sujeta la realidad con alfileres.

Cristóbal era hijo único de una mujer resignada, capaz de sufrir sin queja el repertorio completo de las enfermedades mal llamadas femeninas. Al fin, por descuido de los médicos, la mató un carcinoma del cuello uterino. De ahí la reacción visceral del hijo contra galenos, padecimientos y muerte. El padre era un viñatero canario que quiso cumplir en Cataluña el viejo sueño de plantar un viñedo en Burdeos. No eligió Girona en virtud de una casualidad dirigida por el azar; fue un primo hermano, llamado a la carrera castrense y destinado en la propia capital, quien le señaló el lugar exacto del Baix Empordà donde podía prosperar el intento. Llegó el padre de Cristóbal al poco de enterrar a la esposa, cuando el hijo de ambos acababa de dejar el sacerdocio y se empleaba en un colegio como profesor de religión y latín. Conoció el hombre las viñas de Banyuls a más de las situadas en el Penedés y el Priorato, y estuvo de acuerdo con el militar. Inició lo que bien podía parecer una quimera de recién llegado, desconocedor del terreno; y con palos franceses y fórmulas canarias plantó un viñedo que daba un vino distinto a los otros, merecedor de una imposible denominación de origen específica. Las tres hectáreas de tierra iniciales se demostraron muy apropiadas para los grandes tintos; y el sueño de pionero fue concretándose cuando a su viña la siguieron otras y su manera de hacer tuvo eco.

Así fue como Cristóbal, alto, delgado y bien parecido, harto de repetir una y otra vez las declinaciones y de explicar el misterio de la Santísima Trinidad a niños de doce años que pensaban en el juego; llamado por el padre, llegó dispuesto a ayudarlo. Colmada la ilusión tanto tiempo mecida, no tardó el incipiente anciano en morir, convirtiendo al ex cura en dueño de una explotación próspera que ya dominaba. Debido a las circunstancias favorables coincidentes en su persona, Cristóbal empezó a prestar atención al espejo colgado en la entrada de la masía, mirándose al salir para dirigirse al pueblo o al entrar de nuevo.
Mercedes, en el reparto de señas de identidad, estaba destinada sin duda a ser yegua; pero un trastoque de claves y documentos, aceptado por el destino para que interviniera en la vida de las otras especies, le hizo mujer de carácter. Debió estudiar en la Facultad de Veterinaria para cumplir parte de tal designio, pero los rígidos tiempos de su adolescencia y primera juventud, no favorecían la existencia de padres que aceptaran esa profesión para sus hijas. Amaba Mercedes lo natural y la naturaleza la retribuía: tierra, plantas y animales se entendían con ella en un idioma que la muchacha incorporaba al humano. Por eso, siendo los padres propietarios de una granja y de un alfar, Mercedes seguía un impulso irrefrenable y a la menor oportunidad se iba a la granja.

Conquistar a Mercedes resultó tarea muy ardua para el inexperto Cristóbal: bella, acomodada y despierta, la pretendían candidatos solventes. Un muchacho de la abogacía y otro de la milicia esperaban su decisión; y más de un propietario estable. Pero no amaban como ella los tres reinos naturales: eran incapaces de abandonar el lecho de madrugada para atender partos de ovejas y vacas, incapaces de fijar durante horas la mirada en las plantas por el simple gusto de verlas crecer, incapaces de escudriñar en el color del ocaso la lluvia o el bochorno del día siguiente, incapaces de entender las leyes físicas que rigen el comportamiento de los minerales. Sí, eran negados para lo de ella; y Mercedes incorporó esa circunstancia a su juicioso cotejo, machos confundidos ante la elección.
Un arroyo en arco que llegaba al lecho del río con su tributo pequeño, hacía de frontera entre la finca de ganado perteneciente a la familia de Mercedes y el viñedo del padre de Cristóbal. Eran dos terrenos circundantes de sendas masías, separados del Daró por una frondosa arboleda. El mermado caudal del regato, acumulado en una presa que ensancha el cauce y lo ahonda, fertilizaba en la granja un ribete sembrado de alfalfa, y en la viña una huerta que daba para el gasto diario y un sobrante destinado a la venta. Durante las vacaciones de verano, buscando pasatiempo y a la par la satisfacción de ser útiles, coincidían regando alfalfa y hortalizas en días ardientes. Ella realizaba tareas que en muchachas tan finas eran impensables por aquel entonces. Guantes de goma protegían las manos, un pañuelo resguardaba su cara de los efectos nocivos del sol; puede que la ocupación redujera el encanto femenino, pero a Mercedes no le afectaba la merma ni pizca: poseía sobrante.

Observaba Cristóbal las evoluciones de la chica, los movimientos destinados a abrir más de lo convenido su compuerta. Apreciaba el muchacho la naturalidad mostrada al concederle una mitad reducida del agua sobrante. Mercedes sisaba y él, que hubiera regado las tierras de la muchacha antes que las propias, permitía con orgullo la sisa. Le birlaba parte del líquido y ese logro hacía felices a la tomadora y al despojado. Cantaba como una sirena, y para escucharla sin el riesgo desprendido del antiguo mito, hubo de trabar sus pasos Cristóbal introduciendo los pies en el limo hasta las rodillas.
Hablaron de la exigua corriente del arroyo, de la lluvia escasa, de las tormentas, de la erosión, de la feracidad de aquel pago, de la oportunidad de la siembra, de los cultivos más favorables, de las cosechas inciertas. Hablaron de los animales domésticos, de los salvajes, de su incesante reproducción, de su ir y venir con un sentido de continuidad y progreso. Hablaron del ser humano, animal emancipado de cuantiosas servidumbres, cuya pérdida de entendimiento con el resto del cosmos lamentaban. Hablaron de la especie, del hombre y la mujer, de su enredada complementariedad; y hablaron de ellos mismos. Sus colores preferidos eran el verde y el ocre, la materia apreciada el ámbar, el cielo de ambos venía a ser uno azul rasgado de blanco; la forma geométrica la elipse, los animales de traza mejor conseguida, caballo y delfín. Había ejercido de sacerdote Cristóbal, apartándose al poco del sagrado ministerio; y ella se rompió por dentro al enterarse. Ahí enmudecieron las confesiones mutuas; callaron movidos por la acción de un seísmo volcánico. Sí, era cierto; fue cura. En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, perdonó las faltas a los que se arrepintieron. Consiguió acristianar a los hijos de los incrédulos. Equilibró las necesidades de quienes le pidieron ayuda; y se sintió gigante al levantar sobre la cabeza a Dios en forma de hostia consagrada. Sol naciendo de las olas en el mar que rodea a su islita, y él, otro Atlante. ¿Por qué había de avergonzarse?, se atrevió a preguntar.
Hasta pasados unos días larguísimos de mudez total e intencionada, no liberó Mercedes borbotones de anécdotas relativas a su estancia en el colegio de monjas. En ese torrente confidencial hicieron acto de presencia tímidas alusiones al carácter exigente del padre. Talante que llevaba aparejado el perjuicio grave de volver exigente a Mercedes; primer y único reconocimiento del hecho propio negado en adelante. Confesión que dio pie a Cristóbal para manifestar lo sustancial del seminario, de su ordenación, del año de apostolado parroquial. Apareció la devoción materna que hizo seminarista al muchacho para salvarse ella mejor, para ser envidiada por las otras madres, para salirse a ratos de los persistentes sufrimientos físicos. Fue incapaz el hijo de enfrentarse, y ella lo empujaba hacia dentro de las tapias del seminario menor.
Era Cristóbal valiente -no existía muchacho de su edad que se le impusiera por la fuerza, ni educador dotado para doblegar su voluntad con castigos- y la primera noche de cada período escolar había de esforzarse en la sujeción de unas lágrimas llamadas por la añoranza de la forma de vida abandonada. No supo oponerse a aquella mujeruca de hierro flexible, y ella murió viendo realizado el gran sueño. Una vez enterrada pudo Cristóbal escapar a su influjo, y dando por cumplida la obligación filial, pidió al obispado la dispensa alegando el cerco sufrido. Mercedes entendió las razones del seminarista para concluir los estudios, y las del pastor de almas para abandonar a sus ovejas espirituales; viniéndole al presente la soledad del dormitorio compartido con cien compañeras. Aún se veía escondiendo bajo la almohada el llanto enmudecido, adolescente obligada a arrinconar los afectos agarrados al corazón. Fundada en la triste experiencia, ambos tomaron la misma resolución irrevocable: sus hijos iban a crecer guiados por la familia en lugar de hacerse mayores recogidos en un internado. A poco que ellos pudieran, no se encargarían de la educación infantil un sacerdote erigido en falsa figura paterna o una monja en trance de avivar la inclinación maternal reprimida. Sabían de fobias y filias trasmitidas por mentes enfermizas, capaces de poner intención en la transferencia. Lo habían vivido y, sabiendo la antelación con que obraban, echaron mano de la memoria para encarar el futuro aún lejano.

Profesores injustos salieron a relucir, notas puestas al azar sin dar importancia a los conocimientos, devociones y rechazos participando en la sinuosa marcha de los estudios, desilusión y abandono antes de llegar a la meta. Ambos prometieron dejarse aconsejar de libros adecuados y especialistas en la formación de infantes, porque las familias propias habían demostrado una ineptitud negligente en cuestión tan esencial.
Curaron pronto de espanto, ella del sufrido al saber lo del sacerdocio aceptado primero y abandonado después, y él del temor a ser rechazado precisamente por haber desertado del sacerdocio ya asumido. Allí, al pie del surco, sucedió; y entre besos torpes y caricias sabias, se refirieron a las diversiones perdidas y a los quehaceres fructíferos, al azar caprichoso y a las apetencias de felicidad. De la manera íntima en que uno se habla a sí mismo, se contaron proyectos que no habían dicho a nadie. Él estuvo a punto de exponer su fantasía de entonces al análisis femenino; ese ideal tan acariciado de llevar el vino y las hortalizas de sus cosechas crecidas a cualquier rincón del Ampurdà, de Cataluña, de España y del mundo. Furgonetas, camiones, trenes, barcos y aviones transoceánicos serían los medios de transporte. Pero, pensando en ella y en la total coincidencia deseada, dibujó una finca donde pudiera cerrar el ciclo la naturaleza; una tierra preparada para que las hierbas dieran pasto a los animales y éstos fueran aliados del hombre en los cultivos, a la antigua usanza. Autosuficiente sería y feliz con su esposa, si su esposa resultara ser ella porque ella lo quisiera. Con ese boceto se postuló como marido y desbancó a los oponentes que dominaban el futuro y a los que sabían el pasado al dedillo, a quienes explicaban parajes que sólo ellos conocían y a los que señalaban los caminos trillados. Pudo expulsar a los pretendientes de aquí y de allá, pobres y adinerados, sabios e ignaros, bellos y feos; porque teniendo ellos un propósito firme no ponían a Mercedes al frente sin ambigüedades.

 

Capítulo Segundo

Mercedes y Cristóbal tendieron una alfombra a los pies descalzos de Mina, y la niña avanzó sin molestias, pradera floreciente, musgo mullido. Sobre ese largo tapiz de cuidados, armónico por encima de otras cualidades, crecía sana y feliz. Mas de pronto comenzó a escribir un diario, y supieron que la muchachita en ciernes quería deshacerse de la chiquilla anterior, cortando los cabos de amarre con los dientes si fuera necesario. En la iniciativa advirtieron un proceso bien concebido. Primero el avance resuelto por arena áspera y piedrecitas buidas, sobre guijarros cortados en flecha; la posterior conquista territorial, diplomacia y uñas afiladas complementándose; y la ocupación definitiva del nuevo asentamiento, defendido con una cerca de empalizada y alambre de espino. Por primera vez consideraba valiosos sus propios asuntos -realidades o simples ensoñaciones- bien para volver sobre ellos en el momento oportuno, bien para desvelarlos a los ojos amigos. De eso se trataba; era obvio. Cuando Mercedes halló el cuaderno en la mesita de noche de la hija, intuyó que había sido nombrada destinataria primera del relato. Ansiaba Mina, sobre ello no quedaba duda, participar a su madre los hechos importantes que la sorprendían y las ideas alumbradas por su pensamiento escrutador; mas temía confesarlos de palabra y se comprende, pues de la exposición escueta podían inferirse otros sucesos, otras inquietudes, no indagados si su madre leía a escondidas. Tal era el convencimiento de Mercedes acerca del diario; y como quien cumple una obligación ineludible se empapaba cada mañana del contenido depositado por la chica al acostarse. Una vez más coincidían padre y madre en la apreciación de lo inmediato y de sus ricas articulaciones; y desde aquel preciso momento estuvieron al tanto de cuanta impaciencia alborotaba la mente de Mina. Vivirían complacidos y justificados, porque de esa manera, conocido el riesgo, contaban con la posibilidad de preservarla de las imprudencias propias y de las audacias ajenas.

Se producen cambios bruscos en mi manera de ser: abrazada a un frágil madero desciendo inmersa en la alocada corriente de un río inclinado que abre su cauce entre rocas amenazantes. -Ejercicio de redacción, poemita en prosa bien cuidada: pensaron los padres hombro con hombro- Zozobro, me hundo, salgo a flote, el tronco se dirige sin remisión hacia el peñasco; estoy a milímetros del choque fatal cuando un vaivén milagroso me permite esquivar el duro saliente, el islote escarpado -Restos de lecturas, finos envoltorios de colores, trabajo expuesto a la calificación, exhibición de capacidades: expresaron Cristóbal y Mercedes, cabezas juntas, miradas asomadas al escrito- Si antes me ordenaban mis padres la vida, y yo poco a poco iba rechazando su yugo, ahora el tirano está en el interior. Sin bridas, sin silla, sin espuelas, monto un caballo desbocado que no sé adónde va.
El calor y el frío, el negro y el blanco, la cima luminosa y la oscura profundidad; se suceden raudos, sin darme un tiempo para la adaptación: montaña rusa de un parque de atracciones desconocido. Me ruge un volcán, rompe la corteza con derroche de fuerzas, la lava inicia su lento discurrir, saltan en pedazos las peñas, chorros de fuego las acompañan en su escape y una ardiente fumarada alcanza los pliegues del cielo.

Lectora apasionada, descubro el párrafo anterior en un libro anónimo, en un cuaderno sin referencias temporales, obra de una muchacha como yo: confundida, desorientada, víctima de impulsos que escapan a su dominio, sorprendida por la propia conducta. Si soy algo, el cambio soy, la indecisión; la duda soy si sucede que soy algo: dice de sí y yo la acompaño. Tiene un modelo y se pone su abrigo, medias, bufanda y gorro de lana a juego: pensaron los padres: la redacción no es suya pero la comparte con puntos, comas y demás elementos de la ortografía.
Mercedes y Gaietà hablaban de Mina a menudo. Sabían que reservaba al padre un lugar preferente: humedad y calor ajustados. Conocía la muchacha que fue cura de mozo; no obstante, por precaución, madre e hijo ocultaron la sotana en el desván de la masía, teja y bonete envueltos en el paño negro. De modo que Mina no los vio y todos ignoran su sentir. La porción tomada por Mina del afecto de su hermano, es un pedazo que el corazón de Mercedes reclama. A pesar de todo, no hace distingos la madre entre niña y niño; y si hubo algún desequilibrio, jugó en favor de Mina, pues presidía los actos maternos un oculto temor a la injusticia, y quizá se excediera. Fueron los esposos, de común acuerdo, quienes cerraron un silencio grande sobre el asunto pequeño de la adopción; aunque pensaban, es verdad, poner a la interesada sobre aviso. Quizá los dieciséis años exigieran noticia tan esencial, y fuera el momento de desvelar su origen velado. Hace tiempo empezaron a abrirle las incógnitas trascendentes de la vida, conocimiento imprescindible para avanzar sobre seguro; y Mina las va incorporando con soltura a su acervo.

Alguien se adelantó y Mina lo fue diciendo a través de las frases manuscritas del diario. Estaban los padres con ella en esa inquietud como estuvieron en otras: el origen de los niños, el milagro de la maternidad, el discernimiento del amor sincero, las relaciones convenientes. La ampararon, uno por cada lado, en su caminar ligero y en su quedarse quieta; y de haberles estado permitido escribir en el cuaderno íntimo, allí donde ella finalizaba sus líneas con una pregunta, hubieran escrito la manera adulta de ver las cosas. Resistían la tentación a duras penas.
Le llamó Herminia; leyeron en las líneas confusas de quien no sabe qué camino tomar. Y estuvo en un tris de no responder, pues nadie le dice el nombre completo. Llegó la mujer a la salida
del colegio, y preguntó como una profesora a su alumna: con clara intención de medir la ignorancia. Iba a contestar como en los exámenes, pero algo en su interior se conmovió al ver un rostro semejante al propio. Se había peinado la mujer igual que Mina; pero aceptando la voluntad mimética, el parecido era notable. Por curiosidad, y porque la obediencia despertó al emplear la mujer un dominio acusado, siguió conversando a sabiendas de que no se debe hablar con personas anónimas.
Albergaba un presentimiento la niña: está escrito; grafía bien dibujada, como de quien va serenándose con el progreso de la confidencia. Poco a poco fue elaborando una conjetura que no se atrevía a salir del escondrijo. Las escasas anécdotas oídas acerca del segundo embarazo de Mercedes, las cien vaguedades dichas en lo tocante al nacimiento de la niña, contrapuestas al mil veces explicado de Gaietà; y el caminar pisando ascuas rojizas si la charla trataba del parto, ya no obedecían al hecho de invadir un terreno vedado a los niños. Su nombre, insólito en la familia como una avispa entre abejas, y las contradicciones frecuentes; mostraban algún suceso por demás extraño.
De haber dominado Mina las circunstancias, de haberse plegado los sucesos a las pretensiones, habrían respetado los padres adoptivos el derecho de la hija a conocer su identidad completa, esa voluntad de escarbar en la tierra buscando las raíces que alimentan la personalidad y mantienen erguidas las convicciones. Se presentó la oportunista mujer, y haciendo uso de una definición injusta de la maternidad, se atribuyó el mérito de ser la verdadera madre. Explicó el encuentro como el fin de muchos pasos, y no todos rectos; intervalos hubo de inactividad, carentes de recursos, pobres de iniciativa. Durante las últimas semanas observó su ir y venir sin atreverse a abordarla.
Cumplía condena la recién aparecida cuando Mina nació de su vientre; y lo dijo así, sin aviso previo, sin signo alguno de admiración. Puede interpretarse por la forma de las letras y el modo de redactar, que el estado de ánimo de la confidente, muchacha hablando al diario como a un amigo, vuelve a ser sereno. Salió de lo suyo quien dice ser la única madre, de sus pendencias con la ley; y buscó a la hijita sin que nadie le diera señas acertadas. La quiere a su lado, del todo y para siempre; y esa pretensión espanta a Mina. Tiene a sus padres, a Gaietà, a los animales de la masía, a los compañeros de clase, a Laia y Guillem, que son hermanos y siempre van con ella; y no quiere perder lo que tiene. Desea dar fundamento y arraigo a su vida, pero conservando el tallo y las ramas. No tiene familia directa la mujer; su nombre es Florencia, y la Herminia de quien procede el nombre de Mina, es una vecina buena que la cuidó a temporadas. Períodos de desvarío empleados por la abuela que la nueva madre descubre -servidora de sus veinte ardorosos años y de un proceder impulsivo- en ir tras su hombre dejando sola a la niña Florencia, quien pasando el tiempo pariría con dolor y habitaría una celda de la cárcel: consecuencia, causa o anécdota simple.

Cristóbal y Mercedes leyeron por entregas la historia contada en el diario, fueron con el cuento a Gaietà, y de resultas la hermana lo supo.
¡Traïció!, ¡deslleialtat!: exclamaba con voz penetrante por pasillos y habitaciones mientras buscaba un lugar seguro para enterrar el diario: ¡Perfídia!
En aquel tiempo, rico en emociones, ignoraron Mercedes y Cristóbal que la desdichada entraba presa; y lo que, pasado el tiempo, adquiría importancia suma: ese deseo arraigado en el interior más íntimo de recuperar a su pequeña. No averiguaron en un primer intento circunstancias tan intranquilizadoras, y después no quisieron hacerlo. De interesarse por ella hubieran conocido que el dinero entregado pagó su defensa, y que por buena conducta acortó la estancia en prisión. Estaba dispuesta a ir a los tribunales de no aparecer otra compostura más simple, le dijo a Mina asustándola. En un debate abierto la opinión pública se pondría de su parte, y lo mismo miles de ciudadanos, millones acaso, contrarios a los abusos del dinero que todo lo corrompe. Puede que los jueces, aquellos que tuvieron siempre listas palabras de condena, en tal tesitura le dieran la razón. De llevar a los tribunales la demanda, cabía la posibilidad cierta de que quitasen la muchacha a los padres adoptivos y, con ese temor punzante, Mercedes y Cristóbal no vivían. De acogimiento lo calificaba Florencia, que se había asesorado. Nunca hubo adopción, porque su propósito acababa en rescate; así había de ser cuando la madre fuera liberada de sus errores por el tiempo y la buena conducta sostenida.
Pensó Mercedes el asunto con rigor propio de empresaria, ideando un arreglo que había de convencer al marido. Mina, Gaietà y el propio Cristóbal –adquiría la ocasión importancia familiar- apoyaron su propuesta en cuanto terminó de explicarla. Pedirían a Florencia que viviera en la masía del antiguo viñedo, ocupándose en el abastecimiento y limpieza. Podría sustituir con ventaja a la vecina del pueblo cuyo marido labraba los canteros de hortalizas, ambos añosos y dominados por los achaques. La vivienda y el terreno de huerta lindante con el río no entraron en el trato cuando Cristóbal vendió viñas y bodega; de modo que Florencia, recibiendo de ellos ocupación y salario, iba a disfrutar de una tranquilidad desconocida. A mayores, en los días festivos y en las vacaciones, madre e hija, juntas, iniciarían un futuro en nada diferente al pasado perdido.
Anunciado y argumentado el proyecto por Mina, la madre recién descubierta aceptó el ofrecimiento de la familia adoptante y, regalando a la vecina sus pobres enseres, se acomodó en la masía de La Bisbal, nuevo mundo que iba a poblar de júbilo y sentimientos desconocidos.
Hablaron Mercedes y Cristóbal con una mujer avejentada. Abundaban las canas en su cabellera, y las facciones afiladas restaban belleza a un rostro no exento de armonía. Dejándolas solas, madre e hija sin historia ni práctica de trato; durante el puente de San José viajaron por Levante los esposos llevando a Gaietà. Buscaban el motor de las fallas, de la pólvora y el fuego; y pasearon al caprichoso y cambiante dictado de la multitud que los encarrilaba. Admirando los efímeros conjuntos artísticos de las plazas nutridas y los ninots indultats del museo; visitando las barracas de las huertas o probando los arroces en los lugares más y mejor recomendados, tuvieron en todo momento a Mina en la boca.
Al regreso, emocionada aún, la hija relató el beneficioso aprendizaje del encuentro con un pasado de imposible retorno. Descubrió en su progenitora a una mujer atormentada por el destino áspero y sañudo; que exteriorizaba un desmedido recelo ante lo inquieto y lo inmóvil, frente a lo ruidoso y a lo que guardaba silencio. La sintió asirse a ella como el naufrago a la traca o al cintón flotantes, igual que el despeñado al matojo que crece en la vertical del acantilado.
Experimentó Mina, si no un amor, al menos una ternura similar a la sentida ante los corderos recién nacidos o los tambaleantes potros. Con tales premisas, llegados al pueblo el inmediato viernes, y situados en el umbral de la vivienda, les sorprendió una Florencia rejuvenecida. La peluquera produjo el milagro: un teñido de pelo y el corte distinto, adecuado a sus características, abrían un ángulo nuevo a la mirada brillante. Incluso se suavizaban los pómulos con la abundante alimentación y el descanso obtenido. La palmaria realidad de sus años jóvenes, cuatro o cinco menos que Mercedes, se manifestó recuperando la belleza velada por el descuido. Ignoraba Cristóbal si lo motivaban las prendas regalo de la esposa que vestía la otra, pero descubrió un inconcreto parecido entre ambas, el posible entre dos criaturas distintas, doméstica una y la otra salvaje: sedosas mejillas, labios finos y piel entre rosa y canela. Viendo a las tres juntas -Mina en el centro- supo de dónde sacó sus rasgos la niña; de una o de otra eran todos, y los del padre, que la gente veía indudables, se diluyeron en líneas borradas y perfiles extraviados.

Poco a poco fue alejándose Mina del diario como de un amigo con el que, sin quererlo, se pierden coincidencias; ya sean las semejanzas del gusto por las cosas o los proyectos comunes. Dejó de registrar sus cuitas y se volcó en Mercedes; agradecía la madre la mudanza y apreciaba en la hija un crecimiento impensado. Daba gusto, ya se podía hablar con ella de todo, y no vacilaba al acercarse a las personas mayores. Se fue de la madre hecha un potrillo imprudente y regresaba mansa, confiándole sus secretos más íntimos, inclusive el desasosiego amoroso avivado por un chico que le sobrepasaba en cuatro años la edad y quería pasar a mayores.
La mujer aparecida de pronto ante la célula familiar de Mercedes, llevaba la clara intención de modificarla. La llamada Florencia, de uno u otro modo iba explicándose, definiéndose, haciéndose un hueco. Bisabuela, abuela y madre trenzaron con ella un vínculo que unió a cuatro generaciones. Utilizaban el nombre como nexo de unión, ya que el apellido, intransmisible, lo impedía. Fueron enlazando la cadena con afán de progreso, y de manera inconsciente Florencia la quebró en Herminia. Acaso renunciaba la madre a través del gesto a entregar la herencia, esas imperfecciones congénitas del cuerpo y del alma; puede que pretendiera poner a la hija a la cabeza de una nueva estirpe menos lastrada. Florencia, para desvelar los motivos de la ruptura onomástica, quiso referir su infortunio. Tenía diecisiete años cuando se entregó por completo a un muchachote fiero y manejable, falto de un oficio provechoso y sobrado de malas compañías. Con la firme pretensión de encauzarlo hacia el buen camino, acabó en los terrenos frecuentados por él, donde la ley no ejerce ni la mitad del imperio que la corresponde.
Un atraco más y volveré al redil, a los caminos trillados: aseguró el vividor. El último robo será el comienzo de una vida honrada; prometió el truhán. No es posible, advirtió ella; si así fuera, la honradez definiría los entreactos y en ellos no existiría diferencia entre el ladrón y el robado, entre las malas personas y las buenas. Pero el hombre había adquirido compromiso y resultó responsable y cumplidor; en adelante sería otro cantar. Los acontecimientos vinieron mal encarados sin razón visible, alejados de los supuestos que sustentaban el punto de partida; y el novio resultó, a más de herido, colaborador necesario de un crimen. Enamorada de veras, Florencia lo ocultó en su alcoba; incluso pagó una pequeña fortuna a un curandero para que, a escondidas, cosiera los agujeros por donde escapaban arroyos de sangre. Murió en sus brazos el amante, y la fuerza de las circunstancias encendió la luz a la policía sobre su amorosa complicidad. Una semana separó el parto del ingreso en la cárcel por aquel delito.
Madre ya, decidió que la celda no era un sitio conveniente para el aprendizaje de su hija. Acumulaba experiencia sobre la importancia del ambiente en la evolución de los infantes, y encargó a la monja que dejara a la niña al cuidado de una familia decente; ella la recobraría junto con la libertad cuando fuera.

A favor de Florencia hablaba su biografía, un itinerario calcado del mapa que la madre y la abuela le entregaron; relato de la lucha cruel librada en el subsuelo, el piso, la enramada y la copa de los árboles en la jungla enigmática. En apoyo de Florencia hablaba el esfuerzo realizado al cruzar el páramo infecundo, con la mirada puesta en la estrella polar o en el musgo asido a la cara norte de las piedras. Cuando adquirió conciencia exacta de lo que ocurría, ya estaba tras las rejas analizando la situación y definiendo una línea de conducta acorde con la realidad. Sometiéndose día y noche al reglamento y a quien lo interpretaba a su gusto, doce años de condena podían reducirse de manera considerable; y se redujeron.
Había transcurrido una eternidad desde que Mercedes y Cristóbal descubrieron la magnitud de su semejanza, la similitud de intereses, y seguía el marido hipnotizado por aquellos ojos seductores de la esposa: mirada perdida en infinitas cumbres, en precipicios insondables, en llanuras sin orillas; prisionero de la boca frutal voluptuosa: aliento de manzana y hierbabuena, arrullo de paloma. Continuaba magnetizado por la epidermis de pétalos y el coraje a duras penas contenido. Tenerla un solo segundo, pensaba antes de saberse amado, sería entrar en el fragante jardín de las religiones, el edén resultante de su crecida suma: Cielo, Paraíso, Walhalla, Olimpo, Nirvana; y todos los demás. Manifestaba ella una sensualidad a medida de la pasión masculina, y la iniciativa del macho añadía leña seca al fuego, maraña vegetal que ardía y ardía sin consumirse. El paisaje de Mercedes fue durante años el exclusivo panorama contemplado por el seducido, y en ese lapso extenso sumaba los placeres de la entrega a los de la recepción: tacto leve de pluma caudal sobre las suaves dunas, roce húmedo de los labios perfilando acantilados y marismas, fosas, incandescencias volcánicas. La presencia inseparable de Mercedes, anulaba en el macho deseoso que era Cristóbal, cualquier nostalgia de las hembras apreciadas como tales a lo largo del tiempo. Antes que ninguna otra la hospitalaria prima Candela, con quien mantuvo cientos de charlas sensuales previas a la cristalización del mutuo erotismo. Sucedió que la madre interesada quiso y supo apartarlo de los desvaríos mundanos, de las mujeres cálidas; y cuando pudo volver a ellas se hallaba ya ante Mercedes.

Le entregó la mujer todos sus néctares, y el agradecido Cristóbal prometió no recibirlos de ninguna otra, pues ahogando en el vaso de la esposa la sed renovada, saciaba con creces el deseo nacido a diario. Una tríada de virtudes incrementaba el atractivo de Mercedes, situándola a un palmo de la perfección. Había en la mujer completa, en su rostro bello, en su cuerpo magnífico, una belleza inasible que, surgida del interior, en vano trataba Cristóbal de dominar. Escapaba, arena o agua, por las junturas de los dedos hechos cuenco. Su conocimiento de las cosas venía tan ajustado a las necesidades, que el enamorado no hallaba lagunas ni fallas. No es que fuera erudita; era más que nada inteligente, y sabía amoldarse a las circunstancias o lograba someterlas.
Su comportamiento resultaba consecuente con las convicciones, pero la forma de actuar sorprendía; eran tantos los modos ofrecidos por su mente, que Cristóbal no podía predecir de antemano el que daría cumplimiento a la intención.
La familia consintió en descender a la hondonada de Florencia por no dejar a Mina sola. Deseaba la muchacha saber de dónde venía la progenitora para conocer el lugar del que derivaba ella misma, porque la línea de su existencia se hizo de repente una línea quebrada. Gaietà y Mercedes decidieron emprender el viaje a lo oscuro y Cristóbal condujo el automóvil, guía sumiso de cuatro pasajeros en visita de cumplido. Puso empeño la recién regresada en mostrar a la hija tal como siempre la había imaginado: inteligente, educada en los buenos principios, dominando las materias escolares y en excelente situación económica. Así que enarboló a la muchacha a guisa de bandera, para alzarse en puntas sobre el terreno y mirar por encima del hombro a las personas. Estaba inflada la mujer, pero se encogió hasta que sus ojos miraron de frente a las antiguas vecinas; entró en sus casuchas, probó las sencillas pitanzas, elogió sus aptitudes culinarias, interesándose por los insolubles problemas de tan sencillo remedio vistos con la mirada amplia que iba siendo su mirada.
Presentó a los acompañantes como santos vivientes, cuya generosidad y activa presencia no merecía; señores de pies a cabeza y de antiguo. Hicieron antesala, ella y la niña, en la casa donde estuvo sirviendo nada más quedar libre. La chica que abrió la puerta vestía uniforme; criada nueva ante quien Florencia hubo de explicarse. Alcanzaba el punto del enfado cuando el ama se acercó al reconocer el tono de voz, y al instante identificó en Mina a la hija que ayudó a descubrir. Se mostró agradecida la antigua empleada a los dueños, porque, conociendo su historia carcelaria y siendo precavidos, le dieron tal oportunidad. No desperdició el tiempo en el convento: dos meses y medio dedicados a la preparación del parto y a la escueta confección del ajuar. Tampoco en la prisión; recibió clases, emprendió lecturas, se interesó por conocimientos discordes y hasta opuestos: el riego del jardín y la desecación de flores. Quiso aprovechar lo aprendido en cuanto estuvo otra vez en medio de la calle, pero los informes que avalaban sus conocimientos descubrían al tiempo el lugar donde los había adquirido. Han pasado unos meses desde que dejé esta casa, y parece una eternidad: dijo Florencia al partir.

Mina calificó el viaje de pedagógico y esclarecedor. Había logrado penetrar en el universo de Florencia y se consideraba incapaz de hacerlo suyo. Pobreza y suciedad la espantaban, y percibía dificultades que no deseaba afrontar, esas que sin apenas notarse van estrechando la existencia de los humanos. El pozo resultaba más oscuro y más frío a medida que iba descendiendo; una negrura gélida imperaba cuando Mina cedió. Si sus raíces habían de tomar tales bifurcaciones, era preferible ignorar. En aquel yacimiento arqueológico, supuso Cristóbal, descansarían las noticias del padre bandido; y quizá por no hallarlas dio fin a su curiosidad la adolescente que se hacía mujer a marchas forzadas. Hasta aquella cota fue capaz de llegar, y para conocer el resto no necesitaba más asistencia que la proporcionada por el sentido común. El desaliento que aquietaba en Mina el ansia de averiguación, en cierto modo informó a Florencia, cuyo cariño montaba trampas complejas destinadas a arrancar a la muchacha del influjo de Mercedes. La zozobra iniciaba el asedio a la cabeza erguida de la muchacha, al tiempo de apoderarse del corazón encogido: vías de ataque complementarias.
-Gaietà -expresaba Mina con ternura- quiero hablar contigo de lo que me ocurre, por si pudieras aconsejarme. Otras veces lo hiciste y me sentí aliviada. Sabes que te considero sensato; demasiado a veces. Esa es mi única crítica. En lo esencial no he cambiado; pero no sé lo que piensas. Sigo siendo tu hermana, y lo seré siempre; aunque ahora esté un poco aturdida. Parece que he dado vueltas y vueltas en la rueda de la noria, y por eso la feria gira aún en mi cabeza. Si tú y el padre ocupáis el puesto de antes en el orden de mis afectos, cuando soy amable con Florencia temo molestar a madre, y estando las dos presentes no sé cómo debo llamar a cada una. Te aseguro que quisiera haber nacido dos veces para ser hija de las dos por igual. No sé si me entiendes.
-Si estás aturdida, yo soy un embrollo –respondía Gaietà perturbado- y en estas condiciones ignoro si mis palabras te pueden servir de ayuda. Temo el encuentro después de cada separación, porque dudo entre abrazarte como hasta ahora o hacer el gesto de los besos falsos en la mejilla. Debemos convenir nuestro trato y así sabré a qué atenerme. Desconozco si puedo contarte mis problemas y escuchar los tuyos o si estamos obligados a mantener una distancia formal debido a que ya no somos familia.
-Calla, no digas eso; llevamos dieciséis años unidos. Nos han alimentado las mismas caricias, idénticos mimos, papillas hechas a la vez; no hace tanto dormíamos juntos en la alcoba del fondo, recibimos ejemplo y enseñanzas comunes. Acéptalo: somos ramas de un solo árbol. Reímos y lloramos por motivos semejantes, la complicidad nos evita castigos con frecuencia y, a veces, muy pocas, chocamos como trenes que comparten vía. Seamos hermanos o no, como a hermano te quiero; así que obedeceré a mi corazón y seguiré sus impulsos. Si la razón no está conforme, que rabie y patalee. –Concluía Mina con fingida gravedad.

Era ya primavera, y la masía se llenó de gorjeos. Por una ventana abierta penetró el gorrión. Desayunaban Mercedes y Cristóbal en el jardín; los niños aún no se habían levantado. Florencia se esforzó tratando de echar al pajarillo -puerta o ventana- pero el ave era torpe. Llamado por los gritos, con la intención de ayudar, entró Cristóbal en la sala donde se desenvolvía la acción. Sucedíanse movimientos de manos,
raudas carreras, cambios de dirección y sentido, y en un soplo coincidieron varón y mujer en la misma baldosa. Se produjo el choque y acabó Florencia en los brazos masculinos, pues Cristóbal, más ágil, para impedir que cayera al suelo la tomó por el talle. Duró un segundo el contacto, pero sus ojos se cruzaron en un punto localizado a media distancia entre la sorpresa y la satisfacción.
Entró en esas Mercedes, sorprendió con su mirada las miradas remisas a desengancharse, y giró en silencio volviendo por donde había llegado. Ayudó Cristóbal a Florencia a recobrar la posición vertical y, mientras, el pajarillo descubrió la abertura y a través de ella se diluyó en el aire.

 

Capítulo Tercero

Los peces rojos del estanque inferior avanzan en fila de a tres dirigidos por un pez negro de mayor tamaño. Nadan en círculo, en elipse; se ciñen a la forma de las piedras salientes, dibujan frases en un alfabeto desconocido, descienden hasta tocar el suelo o se elevan rompiendo la lámina que soporta el peso del aire. El agua posee un tinte verdemar que agrada a la vista. La glauca transparencia permite contemplar la vida que se agita bajo los jacintos; uno de ellos ha eclosionado y ofrece una columna floral de suave color violeta. Larvas de distintas especies se pierden en el fondo oscuro cubierto de algas y hojarasca en descomposición. Una legión de insectos revolotea por encima de la superficie, posándose a intervalos en el espejo estremecido del agua; exquisito bocado de los peces con entrechocar de ondas.
En el estanque de arriba conviven peces adultos con sus crías. Uno rojo, encendido por un incierto claror oscilante, se relaciona amigable con los afines, hasta el punto de encabezar las evoluciones colectivas. A través de un reguero inclinado, próximo a la vertical y solado de rocas ásperas, erizadas; desciende el agua produciendo un murmullo apaciguador de los ánimos, efecto sedante que incrementa la corriente al entrar de golpe en el estanque de abajo.
El espacio lindante se enlosó usando cemento blanco y pizarra. Fue idea del ama Durán, según dijeron los encargados de vender la finca, hijos de ella, cuando se la enseñaron por primera vez a los Benítez Ferre. Preguntó Mercedes y ellos se explayaron dibujando a su difunta madre. Disponía el Ama de un espíritu artístico añadido a otras facultades: inteligente, sutil, honesta, enérgica, trabajadora, fascinante, cariñosa y, más quenada, reflexiva. Capacidades y virtudes equivalentes a las que Gabriel y Galán cita en su poema homónimo.

Pájaros de variadas especies beben en uno u otro de los estanques tras una parada estratégica en la abundante enramada. Los gatos de la casa, agazapados tras las hierbas ralas, acechan la tentativa de las aves con intención venatoria: miembros en tensión y uñas como alfanjes fuera de las vainas. Un sendero bordeado de laureles a modo de seto, enlaza la portalada de la casa con la zona húmeda; ascendiendo luego, ceñido a las rocas, hasta coronar la suave pendiente y perderse en el pasto posterior.
Forman el poblado tres construcciones contiguas bien diferenciadas. En el centro aparece el recio caserón destinado a los señores -planta baja, principal y tres desvanes lindantes- donde, en tiempos, habitaron sin estrechuras cuatro familias: el antiguo tronco de los Durán y tres ramas; pues el hijo mayor, del que nadie hablaba en aquellos días, recorría el globo terráqueo en un viaje sin término previsible. A la derecha, mirando desde los estanques, aparece la casita de los guardeses: un primor para un matrimonio de recién casados, mas algo reducida para las cinco personas que allí hacen su vida, ya crecidos los hijos y necesitados de mayor espacio. Al lado contrario se alzan las dependencias agrícolas, la cuadra del caballo –un ejemplar de tiro dedicado al paseo- gallineros, conejeras y palomar; pues los establos de las vacas y las pocilgas de los cerdos, debido a los desagradables olores que desprenden, fueron construidos al Oeste, próximos al río Gévora, donante involuntario del agua precisa.
La idea de encontrarse con los Creixell Vallecea en la dehesa se debió a Mercedes. En su mente laboriosa nació el propósito, fortaleciéndose día a día hasta alcanzar la capacidad de defenderse por sí mismo.

-Cristófor –la esposa le llama así, en catalán, cuando intenta acercar posiciones; mejor dicho, cuando busca que la voluntad de él se someta a la suya- tú sabes que compramos la finca para invertir el dinero sobrante. También como un signo externo de prosperidad, ya que el capital puesto a resguardo en el banco no se ve desde la calle; tampoco los valores de la caja fuerte. Son una riqueza íntima que si se pregona dice poco del dueño; y si se silencia, nada. Una propiedad tiene valor cuando los amigos y los conocidos se lo conceden. ¿Qué representa una joya escondida? Poquita cosa: una secreta satisfacción para el propietario y, en ocasiones, temor a perderla. El deseo de posesión nacido en las personas que la contemplan, imprime en la etiqueta las características más llamativas y el alto precio pagado. Por el contrario, de la finca se puede hacer ostentación sin que se note; está ahí y los demás la tasan.
Marido y mujer llegaron juntos a la altura de los estanques, y charlan sentados en el banco próximo al agua. Sin propósito ni voluntad miran las evoluciones de los peces mientras piensan en lo escuchado o en la respuesta debida. Cristóbal, incluso cuando está en parcial desacuerdo, no suele oponerse a los deseos de la esposa. De todos modos, se dice, lo importante es que la petición de mano de la Nena pueda llevarse a cabo sin contrariedad. Tocante al efecto de las palabras de Mercedes en el marido, es fácil deducir que, siendo muchos los años pasados oyéndola dibujar argumentos similares, ya fue imbuido de su filosofía.
-Som –añade ella en tono pedagógico- la idea que los demás se hacen de nosotros en cada momento; y más que en ningún otro lugar, en el competitivo mundo de los negocios, donde la confianza es esencial.
-No, si no digo lo contrario; será como piensas –expresa Cristóbal, en un evidente abandono de posiciones discrepantes- tú sabes de eso. Lo que dices: el mundo comercial es una partida de mus y nosotros estamos en el juego. Aunque creo que para un matrimonio, el compromiso de la hija debe ser un asunto privado y familiar.

-Nada de lo privado es ajeno al negoci; fíjate bien, nada. Los principiantes lo ignoran; y así les brilla el pelo.
Advierte con pesar que, sin pretenderlo en modo alguno, ha logrado irritarla. Entre ellos suelen hablar castellano por mera costumbre. Se conocieron en ambiente y contexto de esa habla, y aunque Cristóbal domina el catalán, para ella es aún el desplazado que llegó desde las islas Canarias careciendo de la mínima voluntad de integración. No obstante, tanto las frases del marido como las de la esposa, pueden llevar, prendidas en ellas, el adorno de alguna sonora palabra catalana; piedra angular del argumento expuesto en castellano. Mercedes, cuyos clientes se encuentran repartidos por todo el país, habla ambos idiomas con la misma soltura y pasa de uno a otro sin advertirlo. Utiliza la lengua materna para dirigirse a la familia y a los empleados más adictos; la emplea también en los momentos adversos, cuando su enfado resulta considerable y la cólera fluye liberada de frenos. A menudo alcanza el enojo esa temperatura alta en las conversaciones de la pareja; y Cristóbal, al apreciar el cambio de idioma, sabe que está a punto de recibir un chaparrón, por más que el discurso carezca del tono inconfundible de quejas y reproches.
-A “La vaca cega” podemos traer a Benjamí y a Neus sin parecer que nos damos importancia; nunca han venido y sabes que les gusta el campo.
El nombre catalán que identifica el predio desde el día siguiente a la compra, fue una propuesta de Gaietà, poeta en ciernes, entusiasta de la poesía y un gran admirador de Joan Maragall, autor del célebre poema así titulado.
-Tienes razón. Tot sortirá bé; no cal seguir hablando de este asunto.
La inserción del catalán en la frase de Cristóbal denota una entrega definitiva. Se rinde con armas e impedimenta, y como suele suceder en las frecuentes discusiones, el armisticio firmado no contiene cláusulas benévolas para su punto de vista.

Acepta la posición femenina, ya que, sumadas las confluentes circunstancias, el lugar está más que justificado pese a la larga distancia que lo separa de Barcelona. Es cierto, la proximidad de la compra –se cumplen apenas ocho meses desde que firmaron la correspondiente escritura ante el notario de Badajoz- la petición de mano de Herminia y la celebración de la Semana Santa, que acumula cinco días de ocio; justifican el viaje. Cedió Mercedes, sin embargo, en el medio de transporte. Se resistía él a utilizar el avión, vehículo preferido por la esposa; pues el coche permite una convivencia mayor, muy necesaria en los momentos de incertidumbre matrimonial que transitan. En añadidura, de no existir urgencia y contando con relevo para el conductor, se hace distraído; y es mucho más económico.
Aprovecharon para trasladar la cristalería nueva: sesenta y tres piezas de cristal de Bohemia, que las turbulencias aéreas y los trajines de los estibadores hubieran puesto en peligro. Utilidad, ésta última, que persuadió a Mercedes de manera terminante. Salieron a la carretera a primera hora del jueves, laborable en Cataluña; pues aunque confiaban en el buen hacer de los guardeses, Pepe y Casilda –experimentados al haber sido mayorales de los Durán- prefería Mercedes disponer todo a su manera. Acabaron decidiéndose por el coche grande, al que suponen más seguro.
Hicieron una escala en Zaragoza, donde desayunaron, y otra segunda en Madrid para almorzar; llegando a la finca caída la tarde, cuando llevaban un buen rato circulando con las luces encendidas. Sin poder eludir las numerosas ocasiones que en un viaje tan largo se presentan, los esposos hablaron entre ellos en diversos trechos del recorrido; pero en cuanto prescindían del necesario control les salía un tono ácido. No sacó Mercedes a colación, como temía Cristóbal, los destapados amoríos del hombre. Habló de su abuelo materno, de sus padres, de su lejana niñez; y los chicos, renuentes en los primeros momentos, se sumaron a ese nostálgico recorrido sacando un patente placer al indagar en las raíces familiares. Captó por completo la atención de Mina, que acaso suplía con curiosidad el interés inherente a la hija que debió haber sido. La Nena, nombre que el padre acuñó nada más concedérsela, escuchaba con aplicación y preguntaba. Gaietà es filósofo y poeta, por eso tiende a ahondar en las emociones, propias y ajenas, así que bajó a la fuente para abastecerse.
Cayetano Comas, el bisabuelo -cuyo nombre, vertido al catalán, dio Mercedes a su niño- el besavi, como dicen cuando se refieren a él, llegó a Cataluña desde la villa aragonesa de Alcañiz, capital del Bajo Aragón y centro de una rica comarca agrícola regada por los ríos Guadalote, Martín y Matarraña. A los diez años, Cayetano, chaval despejado y de carácter algo inquieto, estuvo a punto de morir. Desafiado por los chavales mayores con quienes hacía buenas migas, bajó la mayor cuesta del pueblo subido a una bicicleta sin frenos en la que aún aprendía a mantener el equilibrio. La fortuna, casi siempre aliada, puso un arbusto en su recorrido y con arañazos en el rostro y en las extremidades saldó la imprudencia. En esa época leía de corrido, escribía sin faltas y era el primero de la escuela en lo referente al cálculo. Empero, junto a todas esas cualidades en su haber, tenía un defecto: los trabajos propios del campo le resultaba ingratos.
Los padres, pese a desearlo con todas las fuerzas, no ligaban al primogénito la deseada continuidad de la explotación agraria. Algunos familiares creían que Cayetano se sentía atraído por la vida alegre que llevaba un tío suyo, con el que pasaba largos ratos. Se trataba del hermano menor de su madre, un mozo arrogante cuyas calaveradas dominaban los coloquios de las gentes del pueblo. Daba serenatas a las mozas de buena familia, le atribuían numerosas conquistas en los mejores ambientes y maquinaba bromas ingeniosas de las que hacía objeto a personas de bien, el juez de paz o el alcalde entre ellas. Tarambana que, no obstante, se licenció en leyes en Bolonia, becado por el municipio. Fue uno de los fundadores del antiguo Liceo alcañizano llamado de la Unión, y tocaba el tambor mejor que nadie en Semana Santa. Mas como todo tiene en esta vida su momento; dio fin a sus excentricidades el hecho de unirse en sagrado matrimonio a una bella muchacha de las consideradas honestas y, para la comarca, ricas.

Cierto o no el influjo del tío, dada la renuencia de Cayetano a trabajar a la intemperie, en cuanto alcanzó la edad precisa lo emplearon como meritorio en una tienda de tejidos de la parte alta del pueblo. Siendo lo activo y despierto que era, en media jornada concluía los mandados; de modo que disponía de tiempo para echar una mano en la oficina ayudando al contable. Demostró no necesitar papel y lápiz para las cuentas sencillas, pues las hacía de cabeza, y el dueño comenzó a llevarlo con ese cometido a sus reuniones mercantiles. No había pasado un año aún desde que entró en la casa, y ya gozaba de la plena confianza de todos; tanto es así que le fue encomendado el cierre de algunos tratos de escaso monto. En esas andaba cuando el viajante de una fábrica textil de Mataró, apreciando su buena disposición para el comercio, le consiguió un empleo en su empresa.
Atravesaba el joven Cayetano la concreta edad en que el sentimiento de patria se va perfilando, y Cataluña, en muchos aspectos continuidad de Aragón, prendió en él con fuerza. Fueron tiempos duros los del inicio, de los que ponen a prueba la perseverancia y la paciencia. Durante años negoció Cayetano en textiles a lo ancho de las comarcas de Lleida y Girona, ciudades industriosas y pueblos deseosos de progresar. Por aquel entonces debieron de integrarse en su forma de ser las convicciones más profundas: la seriedad en el pago y la condición cuasi sagrada del cobro. Se tornó refractario a la simple caridad de perdonar una deuda, ya fueran una viuda pobre o un inválido los comprometidos; e incapaz de retrasar los plazos aceptados, con independencia de la respetabilidad de la causa. Asumida a modo de credo la defensa del inestable equilibrio entre el debe y el haber, el resto de su vida insistió, con la familia inclusive, en liquidar la mínima cuenta. Muertos los padres, entregadas al mejor postor las fértiles fincas del campo alcañizano y el conjunto de tenadas y corrales; con los recién cobrados dineros de su hijuela en la buchaca, dudó entre adquirir una masía rodeada de terreno de labor junto al río Daró o hacerse ceramista y copropietario de una locería en el término de La Bisbal. Como carecía de la experiencia necesaria en el ramo, y desconfiaba de las relaciones societarias más que de los socios, miembros éstos de una familia obligada a vender la tercera parte del alfar para saldar deudas de juego, optó por la tierra. Labró, sembró, plantó árboles, llevó ganado, construyó establos; y todo ello sin perder de vista a la industria, sección productiva en donde su opinión asentaba el progreso.

Pero el destino, generoso con las personas tenaces e industriosas, sin apartarlo del campo le puso en el horizonte las tareas de ceramista, pues en unos años de abundantes cosechas la libreta de ahorros acumuló una cantidad suficiente para comprar un alfar que ofrecían. Empleaba el negocio a diez vecinos del pueblo prácticos en el oficio, del que Cayetano desconocía aun lo más elemental. Si quería evitar el engaño debía darse prisa en aprender cuestiones tales como la calidad idónea de la arcilla, el punto justo de elasticidad de la masa, el manejo diestro del torno, la decoración más demandada por los compradores, el completo secado, el preciso grado de cocción, el retoque y todo lo concerniente al enrevesado mundo de la venta. Demasiados palillos para tocarlos solo, así que pidió a los antiguos propietarios que permitieran a la hija mayor continuar en su puesto al menos unas cuantas semanas. Al lado de la experta comprendió que, si bien en las cuestiones comerciales se las iba a arreglar a las mil maravillas, para los procesos técnicos necesitaría siempre a muchacha tan dispuesta.
A los tres meses, cuando ya iba a dejar la mujer su colaboración, le pidió Cayetano relaciones serias. Aceptó ella, al margen de consideraciones amorosas, porque el mundo del barro cocido era su mundo; pero puso la condición de vivir en el centro de la población, relegando a los días de fiesta la masía que él habitaba. Sumando los beneficios de la explotación agrícola y ganadera a los producidos por el alfar, pudieron costearse la nueva morada. Utilizaron para levantarla un solar próximo al antiguo mercado, espacio liberado al demoler las ruinas de un edificio que estuvo habitado por descendientes de franceses; aquellos que a finales del siglo XVIII arribaron a la villa huyendo de la revolución prendida en su país. Año y medio tardaron los albañiles en concluir las obras, y ese tiempo exacto duró el noviazgo, pues contrajeron matrimonio en cuanto la residencia estuvo lista.

No disfrutaron en modo alguno de luna de miel, ya que ambos, personas muy prácticas, consideraban tal costumbre un dispendio de duros, al que se añadía una pérdida manifiesta: la utilidad dada por ellos a ese tiempo. Mucha, en verdad, porque eran afanosos y querían avanzar a prisa. Dieron vida a un varón enclenque y a una chiquilla ingeniosa, la que en el transcurso de los años se convertiría en l ́avia Mercé, abuela muerta hace tiempo e incorporada a la memoria ávida de Gaietà y Mina. Aunque es propiedad de los hermanos de Mercedes, con quienes la mujer no mantiene trato desde que al abandonar la fábrica les vendió su participación, conocen los hijos la granja mentada por la madre. Y es que limita con la masía de Cristóbal, habitada durante un tiempo por Florencia, la progenitora de Mina; y lugar donde ellos suelen pasar algunos fines de semana y parte de las vacaciones.
De Mercé Comas, su madre, habló Mercedes a los hijos. También, con relativa voluntad, al marido; pues observó de reojo que Cristóbal escuchaba con aparente concentración. Hizo de ella una semblanza originada en el cariño filial, pues la definía como persona de índole sensitiva, acuartelada en un continente adusto; profesional bien formada en los entresijos del diseño gráfico y encargada de la parte artística en la empresa familiar. Algunas de las convicciones paternas recibiría en herencia, por ejemplo, las que consideraban justo reclamar a los vástagos los dineros empleados en su educación. Así actuó; pues llegó a aceptar del marido, primo suyo segundo o tercero, Genís Ferre, también ceramista, que procediera de esa forma con la propia Mercedes y sus tres hermanos.
Se puso el ahorrativo y austero Genís al frente del alfar en el momento más delicado del negocio, cuando, siendo diecinueve los obreros empleados en la producción, había de darse una metamorfosis profunda para no rechazar parte de los encargos. Pero supo afrontar el desafío. Nada timorato, es muy cierto; el padre de Mercedes tomó la artesanía del barro en ese estadio extremo, modernizó los viejos procedimientos, adquirió la maquinaria imprescindible y, estando empeñado en llegar cuanto antes al futuro, dio paso a la industria cerámica. Giro obligado, pues, salvo unos cuantos alfareros que preferían el sosiego al agobio, el resto de la competencia o lo había dado o estaba en ello. Sobre la villa de La Bisbal se elevaba, surgido de recias chimeneas, un humo denso que permanecía orgulloso día tras día arriba de los tejados.
Introdujo Genís Ferre el molde en la confección de las piezas, quedando el torno relegado al papel de mero testimonio de lo antiguo, que le permitía, no obstante, referirse aún a los procedimientos artesanales en los mensajes publicitarios. Inició la fabricación en serie de azulejos y baldosas, embellecidos por la esposa, la diseñadora Mercé, con motivos simples y a la par sugerentes, sacados de su caletre imaginativo tras dar vueltas a las ideas. Modernizó la distribución nombrando agentes sólidos, bien asentados en las ciudades y pueblos grandes, dueños de elementos de trasporte rápido. Y en la explotación agraria hizo tres cuartos de lo mismo: mecanizó los trabajos agrícolas y los de la granja, con un sentido de la sinergia desconocido en ese tiempo. Todo iba viento en popa, mas la bonanza económica no fue razón bastante para que se relajaran en casa una pizca las morigeradas costumbres.

-Marchábamos bien, pero nos reclamó a mí y a vuestros tíos el dinero empleado en costear los estudios. Se trataba de un préstamo, y nos lo advirtió muchas veces; siempre que nos veía decaer en el esfuerzo.
-¿Lo ves?, el abuelo tenía alma de pedernal; y su corazón, vacío de sangre y sentimientos, era el monedero de piel donde guardaba los ahorros.
Saltando rauda como un áspid sobre la última palabra de Mercedes, expresó la hija su rencor usando modos fieros.
-Tienes razón, Mina; era un desalmado –expresó ofendido Gaietà.
-No os excitéis tesoros, ya veis que las consecuencias no resultaron tan nocivas. Vuestros tíos y yo misma nos hicimos ahorradores. Lo sabéis, todavía huimos del despilfarro como del demonio; conducta que se irá imponiendo aquí y allá en los tiempos venideros: ciclos enlazados de excedentes y estrechez. Y más aún, trabajadores como éramos, nos exprimimos en los estudios con energía inusual, empleando el curso escolar en ocupaciones útiles, ajenas a diversiones o actividades banales. Los cuatros logramos conquistar en pocos años una posición destacada; fijaos bien, los cuatro. ¿No os da qué pensar?
-Sí, pero os hizo a su imagen, dueños de un carácter inclinado del lado de las cosas, apartado de las personas -fue Mina quien habló, mientras recibía un rayo en la mirada de su madre- y vista así, la vida es mucho más pobre. Perdona mamá, no trato de insultaros, ni de reprocharos ningún comportamiento; expreso el resultado de mi observación, nada más.
-Todo depende de los objetivos marcados, tanto del principal como de los secundarios. Si de lo que se trata es de ser felices, que así lo creo; ninguno de nuestros actos debe ir contra ese propósito. Es bien sabido que un poco de flexibilidad en bridas y espuelas favorece el galope de la cabalgadura, ¿no lo crees mamá?
-No conozco el parecer de las bestias, aunque como buena amazona prefiero que el caballo vaya al ritmo que le marquen mis piernas, aunque ese ejercicio me pida dedicar un esfuerzo constante.
Hablan hijo y madre utilizando términos ecuestres, porque ella recibió clases de equitación y quiso que ellos las recibieran.

 

 

Capítulo Cuarto

En el transcurso del viaje a Badajoz, acomodados en el automóvil caro, fueron múltiples los temas de su charla. Pero al entrar en el territorio de la comunidad aragonesa, hablaron de Alcañiz sin otro motivo que el proporcionado por la geografía alcanzada. Conocen bien la villa por haberla visitado en varias ocasiones; la última el pasado verano. Pretendían rastrear unas huellas perdidas, pisadas ahora ocultas, pertenecientes a una parte de la familia que se dispersó en cuanto la heredad –tierra y edificios- fue troceada o entregada a extraños. Los hermanos del bisabuelo Cayetano se fueron a vivir a Zaragoza, y de la descendencia nunca han sabido los Benítez Ferre ni su modo de vida ni el lugar exacto del acomodo. Cristóbal irrumpía a cortos intervalos en la conversación para opinar y alargarla, creyendo perseguir su provecho al obrar de ese modo simple. Llegaban a la tierra árida de Los Monegros cuando el coloquio, cerrando el paréntesis alcañizano, se situó en La Bisbal para volver a la fábrica de piezas de barro destinadas al ajuar doméstico. Cosa curiosa: al iniciar la conversación tras un reducido silencio, sin notarlo ninguno mudaron de idioma, pasando del castellano al catalán.
-Madre, ¿qué motivos te llevaron a dejar las labores agrícolas y los trajines de la alfarería? Entiendo que te apartaras de la agricultura, sacrificada e ingrata; pero el abandono de la cerámica no me cabe del todo en la cabeza. Modelando arcilla tu sensibilidad podía recrearse. –Intervino Gaietà, intentando interesar en la narración al padre y a la hermana, quienes echaban de tanto en tanto miradas indiferentes al solitario terreno cruzado.
-Ya ves, gustándome y todo, dejé el alfar.
-Puede que lo encontraras demasiado artesanal, poco evolucionado.
-No, no fue eso; aunque lo del retraso es cierto. El torno se inventó en Egipto hace lo menos cinco mil años. Las culturas precolombinas de América ya utilizaban moldes. Más de treinta siglos llevan los chinos aplicando la técnica del vidriado, los transcurridos desde que inventaron la porcelana. Y os puedo decir, que las cerámicas procedentes de la época de esplendor griego y chino, todavía resultan difíciles de superar.
Machete en mano inquiría Gaietà una y otra vez, abriendo sendero a la capacidad didáctica de Mercedes; pues padre e hija parecían poco o nada seducidos por la materia tratada. Preguntó el muchacho acerca de la tradición alfarera de La Bisbal, y la madre contestó con suposiciones formuladas a partir de lo oído en la villa, situando la época de inicio en el siglo XIX, cuando la explotación del corcho echaba raíces y en la sierra de Les Gavarres se plantaron extensos alcornocales.

-Lo que explicas tiene el valor de la cultura general y viene bien a cualquiera; pero a mí lo que me interesa es lo nuestro, lo que afecta a la familia. –Intervino Mina saliendo de su apatía anterior.
-Claro, claro, a eso voy. De lo que era un alfar como otros, el abuelo hizo una empresa; os lo he dicho. Bueno, mi padre ejecutó, pero el impulso preciso vino de la abuela, mi madre, que poseía una visión global del negocio y animó al marido a ir más allá de lo que él pensaba. Los hijos recibimos una casa boyante en todos los aspectos: tanto en lo económico como en lo técnico y comercial.
-Sí, pero no has contestado a la pregunta de Gaietà, y seguimos sin saber por qué lo dejaste. –Incidió Herminia con la precisión del carnicero que limpia de grasa y piel un solomillo.
-Ser mujer en aquellas fechas era un lastre; lo es aún, pero más liviano. Iba yo a encargarme de los dibujos impresos en las piezas; y para ello estudié diseño. Pero como debía poner esas artes al servicio de un proyecto empresarial, estudié producción, publicidad, gestión comercial y relaciones públicas. No pude sacar provecho de mis conocimientos, porque dirigían vuestros tíos y desechaban mis opiniones tras el análisis somero que los justificara. Ya estábamos casados cuando dejé de enfrentarme a ellos sin provecho, y les cedí a su precio justo la parte que me correspondió en herencia del alfar y la granja. Bullía en mi cabeza el embrión de la que hoy es nuestra empresa, “Febe Ideas y Realización”, y sumando a mi capital el que recibió vuestro padre al vender viñas y bodega, la pusimos en marcha.

-Nos conocimos regando canteros fértiles con la corriente escasa del arroyo, uno por cada orilla; vuestra madre cultivaba alfalfa para el ganado, no és cert Mercedes?, y yo hortalizas, que vendía en el mercado municipal.
Inició así su relato Cristóbal, partiendo del momento en que, llamado por el padre, llegó a La Bisbal desde el colegio canario donde daba lecciones; herido aún por el remordimiento de haber abandonado el sacerdocio. En un primer encuentro se enamoró de Mercedes con verdadero entusiasmo. Día a día fue desplegando ante sus pies una alfombra de buenas intenciones, y ella empezó a pisar el esponjoso tejido. Por lo que, cuando muchacha tan resuelta decidió dedicarse del todo a la cerámica, buscó él la forma de mantener tan agradable contacto. Seguro de que la logística servía para el fin y estaba a su alcance; a la logística se acercó.
Comenzó llevando mercancías de los proveedores a la cerámica Comas, y retirando pedidos de algunos clientes faltos de medios de transporte. Contaba en aquel tiempo con una nave que daba servicio al viñedo y una furgoneta para el reparto del vino; así que no le fue difícil almacenar mercancías y entregarlas en cualquier localidad de la comarca. Era un joven impulsivo y esperaba ilusionado al futuro, de manera que bosquejó una verdadera empresa de distribución, cuyo modelo, desarrollado al máximo de las posibilidades, debía servir a Mercedes en la tarea que desarrollase. En el viaje preliminar, mientras los operarios cargaban los vehículos, reanudaron la conversación dejada en los surcos; buscando continuidad y progreso en cada nuevo encuentro. Fueron novios durante dos años, y al poco de casarse formaron sociedad. Entró Cristóbal en la charla por el resquicio abierto, y lo hizo con gusto, pues temía que, una vez más, aprovechando la ausencia de extraños, hurgara la esposa en la herida abierta, sacando a colación su infidelidad.

La infidelidad, sí; la de mayor trascendencia. Porque si sucede que se vio con Florencia cinco o seis veces antes de que ella abandonara la masía sin dar explicaciones; también es cierto que no llegaron a consolidar la posición de amantes recién conquistada. Florecían ya el cariño y la admiración entre ellos cuando Mercedes expulsó a la mujer. Su relación con Candela, la prima enamorada que se hizo monja cuando él entró en el seminario, fue muy temprana y estuvo llena de generosidad. Así que califica de infieles a los amores mantenidos con Susana; y sólo a ellos. Mujer honesta, dueña de una disposición innata para los asuntos amorosos; dar y recibir sin medida, con ella fue infiel a la esposa. Habla de infidelidad como si cinco años de relaciones continuadas pudieran calificarse de simple desliz. Acababa de distanciarse de ella cuando Mercedes reconstruyó, día tras día, sus encuentros a través de los recibos pagados por la empresa, acusadores mudos y prueba eficaz. Rompió de manera concluyente los fuertes lazos que le unían a la amada, única persona capaz de comprender su oblicuo modo de enfrentarse a la vida; y se sintió liberado de la tensión interna, incomodidad profunda que le oprimía el pecho últimamente hasta ocasionarle el ahogo.

Mercedes eludió el escabroso tema; y lo que parecía una circunvalación interesada, forzada sin argumento de entidad, incrementó en el marido el miedo a penetrar en el terreno movedizo de los hechos y sus consecuencias inmediatas. Temía cada recodo alcanzado por la frágil conversación, ángulo muerto donde el detestable asunto hallaba espacio para colocar los pies y materia a la que asirse. Sufría la fluctuante incertidumbre, y hubiera preferido enfrentarse cara a cara al problema, incluso delante de los hijos, a sabiendas de que –al menos en ese punto- los tenía en contra. Porque Mercedes, una vez conocido el eje principal de las andanzas del marido, en lugar de representar el papel de víctima, a todas luces humillante, decidió adoptar la posición del juez que clasifica el delito y condena al malvado; y desde esa perspectiva, sin concesiones al pudor, habló con meridiana claridad a ambos muchachos. Supieron entonces, por añadidura, que el adúltero fue cura celebrante allá en la isla canaria de La Palma, carro de leña sobre el fuego; y desde entonces forman los tres una pared frente al antiguo sacerdote, esposo, padre y traidor.
También la Nena, que lo adoraba; la Nena, por la que Cristóbal siente veneración, a quien hizo entrega de la voluntad paterna desde la llegada a casa y los primeros balbuceos, tan graciosos y seductores. No sacó en el viaje Mercedes a colación el sufrimiento que la corroe, y en medio de la tortura soportada por el marido llegó a referirse a la novia Mina, a David, el novio; al espléndido futuro que los espera unidos en matrimonio, un matrimonio inalterable. Insistía la madre en el calificativo y en los sinónimos que suman y complementan: firme, estable, sólido, resistente, vigoroso. O resulta fuerte o no hay matrimonio; es perdurable o la familia no existe, alcanza la permanencia o los principios en que el edificio social tiene su asiento se agrietan y desmoronan: aseguraba. Pensó la irritada mujer, en un intervalo de mutismo, que el enlace sellaría con siete llaves, siete cerrojos y siete candados, el arcón de plomo donde permanece recluido el irritante episodio protagonizado por la Nena, amoríos de escándalo con el chico colombiano que conoció en una fiesta universitaria. El matrimonio con David lo situará en la trastienda, lo bajará al sótano o lo subirá al desván; convirtiéndolo en un mal sueño que nunca ocurrió en la realidad de los días. El padre esperaba mayor comprensión de la hija; una complicidad hasta cierto punto lógica, pues ella había sucumbido a una pasión similar a la suya. Herminia, la Nena, era joven; pero eso no cambia las cosas. Carecía de compromiso anterior, cierto; mas la naturaleza del hecho no deja de ser la misma. A medida que el razonamiento iba progresando en su cerebro, percibía el hombre que la lógica arrastraba los pasos y no lo acompañaba a las buenas, pues entre ambos comportamientos existía una distancia abismal.

En la cafetería de un hotel zaragozano abierto junto al templo de la Virgen del Pilar, descansaron durante media hora larga mientras desayunaban café bien cargado, algún bollo y frutas tropicales. Lo contado del tiempo obligó a dejar para la vuelta la visita a la Seo, embellecida: si es que cabe hablar de embellecimiento en iglesia tan bella; realzada por una profunda restauración. El cocinero de una fonda del viejo Madrid, que tiene fama de prepararlo como mandan los cánones, les ofreció el cocido local. Aceptaron con gusto, pues lo aconsejaba la oportunidad sin impedirlo la temperatura de una primavera que llega a buen paso. El antiguo puchero, muy extendido en el país, disfruta en la capital del reino de peculiaridades que le hacen distinto por lo sabroso. No hallaron pegas que ponerlo, y las buscaron. El saborcillo sincero de la sopa de fideos se adhirió con fuerza a las papilas de la lengua, y tardará en soltarse. Los garbanzos habían de ser especiales, pues, enteros a la vista, se deshacían sin necesidad de emplear los dientes. Jugosa carne de vaca, jamón, chorizo, tocino y morcilla; uno a uno y en junto se denunciaban dueños de la enjundia que daba gusto al resto. Cristóbal se atiborró de comida y apuró hasta las heces –es un decir- la botella del vino de San Martín de Valdeiglesias. En previsión de males mayores Mercedes no permitió que guiara el automóvil hasta después de llegar a Talavera, donde se detuvieron a matar la sed nacida de la pesada digestión. Entre unas cosas y otras el viaje se les hizo llevadero, pero llegaron a la dehesa rendidos.

Casilda y Pepe los esperaban con todo dispuesto; sin embargo, cenaron de manera frugal, y tras una sobremesa mínima se fueron a sus habitaciones. Era como si el fingimiento del viaje hubiera alcanzado el punto de saturación. Cristóbal y Mercedes duermen separados desde el descubrimiento del engaño, y la noche de ayer no fue una excepción. No sabía el marido qué hacer, pues Casilda, ignorante, ajena a cualquier traza de malicia, había preparado una cama grande en la alcoba principal. Existía otra; una plegable situada en el esconce, que permanecía doblada y revestida con un cobertor de lienzo estampado. Una mirada de Mercedes indicó al acoquinado su sitio, y aunque al extender el catre descubrió la falta de sábanas y colcha, se acomodó sobre el colchón de lana sin denuncia ni queja, arropándose con la tela destinada al camuflaje y al adorno. Miedo; tenía Cristóbal un miedo irracional a la ira de la esposa, al gesto iracundo de la espada flamígera arrojándole a la gehena de intemperie y la soledad. Nada más levantarse volvió el mueble a su posición inicial, buscando que nadie notara el uso hecho de él, y tirando del hilo llegara al ovillo de las razones. Con su pensamiento dañoso no pudo hacer la misma labor correctora.
Poco antes del medio día de Viernes Santo, los esposos continúan solos, sentados de manera inadecuada sobre el recio banco pegado al estanque inferior, observando sin atención las imprevisibles evoluciones de los peces. Pasa su diálogo de la trascendencia a la nimiedad sin variar el tono, y Cristóbal alberga la conciencia de estar sorteando el verdadero problema. Ve a Mercedes, hábil como de costumbre, orillar el asunto cardinal; perfilarlo de forma deliberada, definirlo y evidenciarlo al entrar en otras cuestiones carentes de interés o de pertinencia. Intuye Cristóbal a su esposa jugando con él al ratón y al gato, divirtiéndose a su costa; añadiendo, y no es la primera vez en lo reciente, la humana crueldad a la proverbial astucia felina. Desea el marido de todo corazón un arreglo que deje las cosas como estaban o casi, porque la desazón no le permite ningún sosiego. Espera temeroso la reacción de Mercedes, pues sabe que llegado el rencor a su punto álgido, puede actuar de manera agresiva. Incluso la invitación cursada a los Creixell Vallecea, sin otra finalidad, según ellos creen, que la de aceptar el matrimonio de la Nena con su hijo David; incluso ese asunto de tan alta jerarquía, queda al albur de lo que a la hora de la verdad, en pleno acto protocolario de la petición de mano, se le antoje a la mujer. Y con el objeto de castigarlo a él a través de la hija, puede decidir que la boda no se celebre. Cristóbal lo sabe bien: ella es de esa índole.

Gaietà y Mina salieron con el vehículo todoterreno usado por Pepe para moverse en la finca, pues sube a Alburquerque o baja a la capital con el viejo Renault, más rápido y moderado consumidor de combustible. Partieron los muchachos de buena mañana al acecho de maravillas campestres, y regresan con aspecto cansado. Dejan el coche en la portalada, y por el sendero bordeado de laureles se acercan en los estanques a sus padres. Traen una alegría que no logra un recibimiento acorde. Vieron cruzar el cielo, majestuosos, a dos ejemplares de grulla común; y es una suerte, porque la dehesa ha de ser tierra de invernada y en cuestión de días se irán a la parte de Europa de donde provienen. Vieron también palomas torcaces, tórtolas y algunas cigüeñas. De las cigüeñas, no sólo la variedad blanca, que abunda, sino también la negra, menos numerosa y más espantadiza. Explicaba Herminia a su hermano lo estudiado en clase acerca de cada especie. De los rabilargos le habló: ejemplares jóvenes, “ayudantes de cría”; sorprendidos llevando comida a un nido de otros para adquirir experiencia. De unos extraños cuervos, vestidos de plumaje azul, marrón y blanco, le dijo que vinieron de Japón, sin duda traídos en sus viajes por los portugueses como aves exóticas. Se muestra la chica entusiasmada con la finca, pues ve en su perímetro inacabables posibilidades de estudio de lo que más le gusta: minerales, animales y plantas: la entera naturaleza que rodea al hombre colocándolo en su sitio. Hay belleza dispersa, desplegada, visible aquí y allá; y la recoge Gaietà en sus ojos proclives al descubrimiento de equilibrio y armonía. Vieron flores autóctonas que Mina no reconoce, y esa carencia le incita al estudio y al aprendizaje. Hay formaciones rocosas que asimismo reclaman su atención. Por todo ello, vienen los hermanos tejiendo algunos proyectos que para completar su desarrollo necesitan del tiempo y del lugar; y por primera vez se unen en el pensamiento de los jóvenes el futuro y la finca.

-Hemos visto parajes muy bellos –explica el joven a los padres- y el paso de la luz matinal a través de las ramas, da a los árboles un aspecto ilusorio, fantástico.
No exagera: la dehesa se muestra esplendente en esos días primaverales. Aunque cabe la excepción. Tras las encinas dispersas y el trabado alcornocal, en dirección al río, después de atravesar un grupo de fresnos y alisos han encontrado una zona sombría. Allí se encuentra una torrentera que rompe el equilibrio visual. Añaden aridez a la hondonada los bordes de arcilla reseca y piedras descarnadas. Piensan los muchachos que la cárcava tendrá su sentido en los días de lluvia, pues acaba internándose, de pronto, en la tierra. El boquete, bordeado de un pasillo estrecho, ha de tragar el agua acumulada por las tormentas; que sin duda surge más abajo, uniéndose al Gévora en una especie de claveguera, una profunda cloaca que da algo de miedo.
-No sé lo qué pensáis hacer con la finca –dice Herminia a su madre- pero creo que se debe acondicionar la casa para que podamos venir David y yo cuando tengamos niños. Gaietà es de la misma opinión; ¿verdad? -Mira a su hermano demandando aprobación al decir la última frase. La confianza puesta por la hija en su próximo matrimonio, y la poética visión de las cosas que el hijo ha sacado sin saber de quién, pues todos fueron prácticos en la familia, llevan a Mercedes a pensar en lo suyo, en el naufragio del matrimonio por culpa de Cristóbal, ese Cristófor a quien llegó a amar de verdad en los primeros años, los más difíciles; y ahora relega a los rincones sin ningún miramiento. Se sabe cruzando la tierra de nadie de una tregua, ignorada por los demás, que ella se ha dado hasta el día después de la boda de Mina. A Cristóbal le alegra lo oído a la Nena y al chico; no asienta sobre ellos en vano su paterna esperanza, pues si ven su futuro ligado a la finca es porque atribuyen continuidad a la unión de sus padres.

 

 

Capítulo Quinto

Si en los estertores del siglo XIX nuestro país era un vasto casino, un círculo de socios donde se discutían hasta la saciedad los problemas patrios, pero sin tomar ni una sola iniciativa que modificara el estado de las cosas ni el curso de los acontecimientos; los años setenta y ochenta de esa misma centena, cuando el hambre, la peste y la guerra diezmaban la población, había de ser España una inmensa plaza de toros.
Lo refiere Pepe Solano, el guardés de “La vaca cega”: la mítica corrida de la Beneficencia de 1882, un mano a mano entre Lagartijo y Frascuelo, reflejaba con exactitud la situación social del momento. La España de aquella época turnista y reformadora estaba dividida en dos mitades: el pueblo y los liberales iban con Lagartijo; los conservadores eran partidarios de Frascuelo. Lagartijo enardecía a los públicos con sus filigranas de enorme belleza y distinción; y en una corrida celebrada en París con motivo de la Exposición Universal, republicano como era, se negó a brindar la muerte del toro a la destronada Isabel II. Frascuelo, noble corazón ante todo, llegó a decir de su émulo, que era el mejor torero nacido de mujer.
Lo vive al contarlo Pepe Solano, aficionado a la lidia por herencia o contagio, pues su padre fue banderillero antes de entrar en la Dehesa. Conoce, además, el actual guardés, la historia de la finca; y la refiere con idéntica palabra emocionada.
El pacense Tadeo Durán, primer patrón, volvió de las Américas con algunos duros y una esposa criolla. Quiso la mujer conocer la tierra de sus antepasados extremeños y, llegados a Badajoz le animó a comprar cincuenta fanegas de tierra, pegadas al río Gévora, a gentes que huían del campo para refugiarse en la ciudad. Una casita acogió al matrimonio y en ella nació el niño Salvador, muchacho despierto que en el predio acumuló la parte mayor de sus recuerdos. No hubo más hermanos, porque la lógica del cálculo económico materno así lo recomendaba.

Conocimientos nítidos y firmes obtuvo Salvador Durán de un excelente maestro portugués llamado Tructesindo Queiroz, portalegrense instruido en Évora y Lisboa, que le explicaba el sistema solar sirviéndose de manzanas colgadas del techo con bramante de distinta longitud. Poseía el preceptor una formación sólida tanto en ciencias como en letras, y al conocer el reclamo del señor de la Dehesa, difundido a un lado y a otro de la raya, se explicó con éxito en una conversación mantenida en pulcro castellano.
Incorporando a su carácter la quintaesencia de tales enseñanzas, vivió Salvador a sus anchas en el solar del padre. Crecía persiguiendo sueños audaces y, ya mozo, sirviéndose del conocimiento de las cosas y de las personas, con el apoyo de su convincente manera de exponer los proyectos, enamoró a una moza de Villar del Rey, hija única, y a sus progenitores, dueños de heredades extensas. Casó pronto, y trocando los terrenos alejados que el desposorio puso a su disposición, por otros pegados a la Dehesa, hizo suya la espaciosa superficie abarcada con la vista desde el otero, en cuya falda hoy día se asientan los estanques. Levantó el poblado aún existente: casa central de habitaciones amplias y altos techos, vivienda de los mayorales ajustada a las necesidades de una familia y cuadras capaces de albergar caballos y mulas en número acorde con previsiones optimistas. Trazó caminos y adquirió sementales bravos y hembras de bella estampa, iniciando una ganadería mestiza en la que cifró su secreto orgullo.

Cuatro niños nacieron y crecieron en la finca, ya bautizada con el rotundo nombre de “Dehesa Durán”; DD a secas y letras encaballadas, cuando por algún motivo se buscaba la máxima simplificación: mojones de la cerca, marca de las reses, arreos del ganado. Desempeñando tareas cada vez más complejas, aprendieron los hijos a valerse en la vida. Partían, y no era mucho, de las exiguas enseñanzas que las costumbres vigentes reclamaban a la escuela: las cuatro reglas, lectura y escritura con titubeos, el catecismo de los célebres padres Gaspar Astete o Jerónimo Ripalda y lo más elemental de la geografía y la historia referidas a la provincia y la nación. Fue labor del padre inculcarles los valores que rigen la conducta, procedentes en gran parte de don Tuctesindo. Pero, al parecer, cada uno los puso en práctica a su modo, porque al llegar a la edad en que el que más y el que menos deciden por sí mismos, el mayor tomó un camino que ponía los cuatro puntos cardinales a su alcance. Las escasas noticias que envió lo situaban avanzando hacia horizontes cada vez más difusos, causa de la herida penetrante por donde a la madre se le escaparon la salud y la alegría. Los otros tres quedaron al remanso de la espaciosa heredad con desiguales maneras, sin que su presencia llenara el hueco dejado por el ausente.
La segunda, Dolores igual que su madre y abuela, Lola para la familia y los conocidos, era una joven despierta llena de energía. Estuvo unida a su padre desde niña, y recibió del paterno depósito, sin acequia que las evaporara o modificara su concierto, las enseñanzas que el profesor luso imprimió en don Salvador, grave varón que ante ella se fundía como manteca en la lumbre. Moza precavida, Lola, llegado el momento, acertó a casarse con un veterinario de buena familia, quien más allá del ejercicio de su profesión no se metía en camisas de once varas, holgadas en exceso para sus cortas necesidades.

Falleció don Salvador cinco meses después de que lo hiciera la esposa; y al poco tiempo, el hijo aventurero, siguiendo la llamada ancestral del instinto, se presentó en la casa. Había dado la vuelta al mundo varias veces y empezaba a marearse. Casa y academia de idiomas: facilitó su establecimiento en Olivenza la venta de la hijuela a la hermana. Pagó doña Lola lo convenido con duros procedentes del esposo, y tomó en arriendo la parte de los otros dos. Pudo así la mujer iniciar algunas mejoras que su padre había previsto, y otras nuevas, propias de su caletre agitado, de la indoblegable voluntad. Suprimió el ganado bravío, capricho paterno más que empresa económica; en la producción de carne y leche sustituyó los verracos mestizos por otros de casta, introdujo nuevos cultivos y promovió al puesto de mayoral a Pepe, recién casado con Casilda, una joven discreta y hacendosa al servicio personal de los dueños.
Mandó el Ama construir los estanques según la idea desplegada en su cabeza, y los pobló de peces, cuyos continuos movimientos miraba largos ratos desde la orilla, si las dañosas preocupaciones atenazaban su ímpetu Fue sumando doña Lola un capital significativo, suficiente, de cualquier modo, para comprar las hijuelas de los hermanos menores cuando quisieron venderlas. Consciente de servir a los acariciados deseos del padre, evitó de ese modo sencillo la disgregación. Rígida y flexible según las circunstancias demandaran, se hizo respetar y querer a un mismo tiempo. Los trabajadores, ya fueran fijos o contratados para la temporada, le decían, con admiración, “el Ama”; recurrían a ella cuando la adversidad los perseguía, recibían sus palabras como artículos de ley y anteponían la prosperidad de la finca al interés personal, convencidos de actuar en su propio provecho.

Tres hijos varones la vinieron de perlas mientras fueron célibes; brazos incansables que colocaban cada cosa en su sitio con la ayuda del mayoral y unos cuantos obreros. Los cereales y el corcho, cerdos, vacas y ovejas dejaban su beneficio en el ordeño, la matanza o la recolección. Luego llegaron tres nueras que entendían el orden a su modo, tres modos divergentes del modo de entenderlo la suegra. No necesitó ésta utilizar su férula, bastó con mostrarla. Marcó el Ama los carriles y tras los hijos caminaron, alineadas, sus esposas. El veterinario persistía en su devoción, atendiendo las carencias de los animales si era requerido a ello y estudiando la rica fauna pobladora de la Dehesa. A veces daba consejos atinados, y doña Lola, segura dmisma, los ponía en práctica sin recelo. No era un caso de falta de carácter, pues el hombre tenía suficiente, y de haber matrimoniado con otra mujer de menores cualidades, se hubiera entregado brioso a la labor de conducir a los suyos. El motivo de la abdicación era el claro de huir de la redundancia, de la interferencia en lo ya dispuesto por la esposa, situada ella al pie del cañón, cargada de iniciativas. Sacaba placer de la actividad científica, y eso colmaba sus reducidas aspiraciones.
Sonó en el carillón de la vida la hora postrera del ama Durán. Torturada por un cáncer que iba creciendo de manera visible en detrimento de la parte sana del organismo, la coriácea consistencia de su naturaleza llevaba dos años largos en franco retroceso. De haber muerto antes el esposo, los últimos tiempos de doña Lola, privada de su balsámica presencia, de su discreta tolerancia, de su lealtad y cariño, hubieran sido más ásperos. Pero el marido, que en el tiempo de la enfermedad fue un ángel custodio solícito y discreto, se encontró, de pronto, incapaz de mediar con eficacia en las disputas surgidas entre las nueras. Las tres intentaban ocupar el hueco abierto en lo alto, para ordenar a su modo lo de abajo. Las tres querían sentarse en el sencillo sillón del trono, para realzarlo. Cangilones henchidos de orgullosos humos rodando en la noria sobre el eje del suegro, sucediéndose en el arriba y abajo de los interminables giros, las tres mandaban a todos sin que obedeciera nadie.

Del resistente cuero se desnudaba la realidad de la finca, y los arreos de la muda parecían de yute tejido. La rivalidad de las nueras fue una muestra a escala reducida de lo que vendría después. Los dóciles maridos se unieron a ellas iniciando una pendencia de hermanos; más cruenta y de peor arreglo como es sabido. En un momento de lucidez vieron la imposibilidad de conservar el legado en toda su amplitud, y libres de la fuerza aglutinante de la madre que los situó en su entorno y allí los mantuvo, decidieron traducir a monedas de curso legal las propiedades. No tardaron en dispersarse, dando cada cual un sentido diferente al individualismo común. El veterinario renunció en favor de los hijos a los bienes gananciales correspondientes, y tras recuperar las posesiones aportadas al matrimonio o el valor estimado, que no era viento de buñuelos, se acomodó en un pueblito llamado La Codosera, a la altura de Alburquerque, junto a la raya de Portugal. Elegido el lugar por parecerle el más conveniente a sus apreciadas ocupaciones, compró una casa antigua restaurada años atrás; donde, asistido por unos recién casados, prosigue el estudio de los animales autóctonos. Hijos, nueras y nietos le llaman por teléfono de tanto en tanto, visitándolo con una frecuencia menguante.
Decidirse la venta de la “Dehesa Durán”, y saberlo en Barcelona Mercedes, fue todo uno. Estímulo y reacción de un nervio humano sensitivo. De modo que viajaron Cristóbal y su esposa a Badajoz con la intención de cerrar el trato si, como parecía, debido a las desavenencias de los derechohabientes, era posible conseguirla por debajo de su precio. Es necesario decir que Casilda, la mujer de Pepe Solano, lleva el apellido Aziñaga, herencia castellanizada de un tatarabuelo portugués. Apellido coincidente con el de Pascual, el empleado de los Benítez Ferre que en Barcelona ejerce funciones de brazo derecho o primer encargado. Ambos, Pascual y Casilda, son hermanos y mantienen una comunicación fluida. Sucedió que los mayorales vieron peligrar su continuidad en la finca, pues los nuevos dueños suelen colocar al frente de la explotación a personas de su confianza, hechas a sus gustos. Mas si los amos de Pascual pasaban a ser sus amos, allí estarían ellos hasta el final de los días; añadiendo la posibilidad de que los hijos quedaran sustituyéndolos llegado el momento. No, no fue un simple favor; el aviso llevaba una intención primera que, disfrazada, no fue obstáculo para que Mercedes entregara a Casilda un buen pellizco en pesetas, demostrando con el gesto su gratitud.

Pepe, en el día a día, no suele dar puntada sin hilo, y sus movimientos se encaminan siempre hacia el propio provecho; pero desarrolló la virtud de la paciencia, sabe esperar y a simple vista parece una persona desinteresada. Se casó con Casilda porque la moza, según los indicios, fue concebida teniéndole a él en cuenta; amoldable y sacrificada le miraba con buenos ojos y él se percató de su valía al momento. Siendo niña sirvió a la maestra en los recados y en las tareas derivadas del hogar. A cambio, la educadora, que no andaba muy sobrada de recursos, le mostró todos sus conocimientos relativos a números y letras; mucho más de lo que hubiera recibido de compartir pupitre con las demás niñas. Por el camino de la historia sagrada le entró la religión en la cabeza, y deseosa de participar en los misterios entrevistos, descubriendo sus razones últimas, asistía a las misas y colaboraba con las chicas que cantaban en el coro o adornaban los altares en días festivos. De modo que no se casó Pepe con cualquier inculta o una descreída. Es la mujer una hormiguita que ahorra cada duro recibido, protegiéndolo de la erosión que el tiempo ejerce.
Alineando las facultades de ambos o poniéndolas a la par, es fácil imaginar que no andan descalzos ni tiene el riñón al aire. Han pasado años evitando incurrir en ejercicios demostrativos de la plenitud de su bolsa, pues no vestían más prendas que las recibidas de los señores, salvo algún trapillo por Pascua cuando estrenar se hace obligado. Es ahora, y a más de dos atavíos de fiesta y otros dos o tres de trabajo, no poseen sino un abrigo. Comen de la huerta y los corrales, duermen por cuenta de los dueños y viajan en sus autos. Parecen unos pobrecillos, pero todos los años registran tierras a su nombre allá donde nació la mujer, hija de obreros del campo habituados a labrar para otros, comarca cacereña de Zorita. Van acumulando terrenos cuando sucede que alguien los vende; y son los parientes quienes los llevan a medias ayudados por dos obreros de año.
El río Gévora nace en la sierra de São Mamede, distrito de Portalegre, en la región portuguesa del Alto Alentejo: donde le dicen Xévora. Entrega al Guadiana sus aguas en un punto cercano a la Dehesa, y los peces van y vienen de un tramo al otro. Pepe es un pescador muy habilidoso que conoce las costumbres de cada especie y saca beneficio de la experiencia. En cierto modo actúa de pescador científico, como los que llevan sus barcos por los mares más alejados en derrotas de meses. Con su caña equipada a la última, lanza, espera y recoge, llevado por la intuición y las lecturas de libros.

Los menestrales de La vaca cega forman un mundo que aun en lo abreviado resulta variopinto. Inician la nómina Casilda y Pepe, promovidos de mayorales a guardeses por los Benítez Ferre. Él, mandamás de los obreros e intendente de la finca; ella, encargada de mantener la vivienda en orden atendiendo a los amos cuando habitan allí. Los siguen sus hijos, dos varones que bregan en la dehesa, pues la muchacha, asentada en la capital, con la ayuda del esposo saca adelante una tienda de ultramarinos que da poco más de lo justo, y para el caso no cuenta. Los muchachos han encontrado en la finca su medio de vida, y tienen un claro imperio sobre los demás obreros. Goyo, el mayor, desviado de la mujer, hace de encargado en ausencia del padre; y Felipe, el pequeño, que pasa de los treinta y aún es mozo, imita a ambos cuando faltan.
Dos tractoristas bien avenidos llevan los asuntos relativos a la maquinaria, incluida la destinada al ordeño; uno es de Almendralejo y el otro de Oliva de la Frontera, pero viven ambos en Badajoz en casas próximas de un barrio nuevo. Hacen el trayecto juntos en el coche de uno o en el del otro, por semanas, con el objetivo inicial de ahorrar en gasolina y el añadido de disfrutar de la conversación. Dos obreros portugueses se encargan de las tareas molestas, ayudados por el peón nacido en el Atlas marroquí. El mayor de los portugueses, de nombre Basilio y natural de Esperança, hizo buenas migas con el marido del ama, ese veterinario tan interesado en el complejo mundo animal, y aprovecha los días de asueto para ganarse un mínimo sobresueldo ayudándolo en sus búsquedas. Fue él quien le indicó la comarca de La Codosera, río arriba, para afincarse; cuyos parajes conoce por estar ambos pueblos, uno a cada lado de la raya, muy próximos. Basilio desbasta trozos de madera con una cuchilla apropiada, hasta conseguir figuras que acompañan en una mesa del cobertizo a las que Ibrahim da forma. A pedido de Casilda, que piensa regalarlo a la parroquia, ambos burilan piezas de un Belén que deberán concluir a principios de diciembre. Es Basilio una persona inteligente, que de haber ido a la escuela podía haber ascendido en la escala social; pero las cosas son así y los pobres tienen el techo más bajo. Aquilino se llama el joven, y nació en Ouguela, tramo en que el río, siendo de nuevo portugués, vuelve a ser Xévora como en la infancia. Es algo brutote y hace gala de la fuerza de sus brazos, demostrando poseer maña en cantidad suficiente para cargarse solito un saco de trigo a las espaldas o un cerdo de nueve arrobas partiendo del suelo. Su esposa, Clara, llega con él cada día para encargarse de las labores domésticas ayudando a la guardesa.
Ibrahim, el peón, cierra la lista de empleados; Pepe le tiene estima y, dentro de lo que cabe, trata de ayudarlo ayudándose. Recuerda que él mismo entró en la Dehesa con la edad mínima, y la estima del Ama facilitó que pusiera en juego sus virtudes, llegando a representar la estabilidad y el orden que ahora viene personificando. Siempre ha habido armonía entre los obreros de la finca y, por lo visto, los nuevos dueños no la van a quebrar. Nino, el contable, no pertenece a la plantilla, pero está integrado en la nómina. Vive en una pedanía de Badajoz bautizada en su fundación tardía, los años cincuenta, como Gévora del Caudillo; y se acerca a la finca los sábados por la mañana. Pepe deja los documentos en el escritorio, y el muchacho incorpora los datos a los libros antes archivarlos. Para los demás empleados no deja de ser un señorito que con un trabajo fácil lo gana bien, aunque ignoran que al dar la entrada del piso se quedó sin ahorros y pagar la letra mensual le cuesta el esfuerzo de llevar más de diez contabilidades. Está soltero pero tiene una novia con la que no tardando acabará casado. Enamorada de veinticuatro años. ocho menos que él; no sabe si se aprovechó Nino de su inocencia o fue la propia inocencia la que lo encandiló. La familia de ella ignora todo el asunto, y Nino teme la activación de las formas cerriles del padre y los hermanos cuando se enteren. Porque está embarazada la chica, y él, quizá para desahogarse, se lo ha contado al guardés.

 

Capítulo Sexto

Benjamí Creixell y Neus Vallecea, forman un matrimonio bien avenido, y son una pareja enyugada al carro familiar del que tiran con irregular empeño. Él es judío porque desciende de judíos, pero en lo que atañe a las tradiciones mantiene pocas ataduras. Casó con una gentil lo mismo que su padre y no opone ninguna resistencia a que sus hijos se unan a gentiles. “Todo varón entre vosotros será circuncidado: circuncidaréis la carne de vuestro prepucio, en señal de la alianza contraída entre yo y vosotros”: dice la Torah. Benjamí es circunciso y facilitó la circuncisión de David, más allá del octavo día preceptivo, en el año octavo, cuando otros padres operan a sus hijos de fimosis. Total, Abraham se circuncidó a los noventa y nueve años, y su hijo Ismael a los trece; iniciando así el cumplimiento del pacto con Yahveh.
Llega a más su tolerancia: educó a los niños en colegios católicos buscando una integración provechosa. Sin embargo, no hubo renuncia, les explicó los fundamentos del judaísmo para que estuvieran en disposición de elegir cuando desarrollaran la capacidad de hacerlo. Ignoraba Neus la genealogía cercana de Benjamí, hasta que, poco antes del matrimonio, en una de las conversaciones vino a colación y lo expresó sin encogimiento ni orgullo. Ella no da al asunto mayor importancia, porque salvo en la elección de nombre para los hijos, la observancia relajada del shabat y alguna otra restricción relativa a los alimentos, apenas la afecta. Cuentan con amigos también judíos, pero carentes de apego a las reglas, como ellos, apartados de la ortodoxia, tibios practicantes.

Los Creixell Vallecea tienen previsto aterrizar en el exiguo aeropuerto de Badajoz, y lo harán en torno a las ocho de la tarde, diez minutos arriba o abajo, porque con aviones de juguete como el que los conduce a la villa extremeña nunca se sabe. Pasó Benjamí hace dos años el meridiano de los cincuenta, temida raya que su mujer alcanzará el año próximo. Presentan a la mirada un saludable aspecto, y ella, además, una juventud inexistente, dibujada por los cuidados precisos y un desembolso de dineros cuyo incremento parece no tener fin. Los acompaña en el viaje el mayor de sus hijos, David, un joven de estampa agradable, que hace unos días cumplió veintisiete años y, por caer la conmemoración en martes, invitará a los amigos el primer sábado tras el regreso. Es algo retraído el muchacho, y el amor que profesa a Herminia le ata con irresistible vigor. Se siente tributario de un impulso comparable, en lo intenso, a los que originaron los extraordinarios episodios de enamorados que la historia revela. Paris pudo haber sido, dada la fuerza de su pasión por Helena; o Marco Antonio quizá, ante los irresistibles atractivos de Cleopatra; y más cercanos en el tiempo: Pedro I de Portugal o el británico Eduardo VIII. Benjamí, Neus y David llevan el comprometido objeto de solicitar la mano de la señorita Benítez Ferre a los padres, Mercedes y Cristóbal.
Sospechan que en la pareja prevalece Mercedes, y que a Mercedes la gobierna pura y simplemente su capricho errático. Aunque iban sobrados de tiempo, por puro nerviosismo se apresuraron a la hora de comer los Creixell Vallecea. Viven en el Eixample de Barcelona y en la mesa los acompañaban sus hijos. Raquel, la pequeña, asiste por la tarde a las clases de la facultad de Ciencias Empresariales y dedica la mañana a la preparación y al repaso de las materias. Terminó de recoger la cocina cuando los padres y el hermano, tras cruzar la fronda de papeles que una huelga de limpieza acumula en los pasillos, subían al avión procedente de Roma camino de Madrid. Es la capital de España una ciudad por la que siempre pasan de puntillas, sin dignarse echar una ojeada a sus calles ni cruzar la menor palabra con sus gentes, pues han oído decir que los monumentos son anodinos y los habitantes seres orgullosos y altaneros, hostiles a los catalanes. Les reprochan la entrega al trabajo y al ahorro tanto como el amor por lo suyo: geografía, edificios, lengua, literatura e historia. Pudieron curiosear en las dependencias aeroportuarias, y hacerse una composición de lugar acerca del punto en que se encuentra la pugna entre las dos ciudades en materia de instalaciones; llegando a la feliz conclusión de que –tras la remodelación del noventa y dos para atender a los visitantes de los juegos olímpicos- gana la marítima por dos a uno a la mesetaria.

Tanto empeño pusieron en escudriñar los elementos negativos, que a poco pierden el enlace con el vuelo de Badajoz, y eso que sólo tenían que subir a la terminal de vuelos nacionales. Desde el pequeño aparato que los traslada: una veintena de personas componen pasaje y tripulación; desde esa mínima altura ven el suelo muy cerca. Pueden observar las tareas desarrolladas en tierras de labor cruzadas de arroyos secos y linderas, algún río de caudal escaso, rieles de ferrocarril, carreteras y líneas eléctricas. Es un viaje rápido, pero sumado el precio de los billetes, ida y vuelta, cuesta lo que ellos consideran una pequeña fortuna. Están a la última pregunta, y si se permiten tal dispendio es porque lo consideran una inversión exigida por el difícil momento surcado. Quieren situarse a la altura de los Benítez Ferre, para hacerles creer que Herminia celebrará una boda decorosa. Sin embargo, cuando a la postre supieron que quienes van a convertirse en sus consuegros, ricos sin atenuantes comparados con ellos, harían el viaje en coche, recapacitaron; y de haber estado a tiempo los hubieran seguido por carretera. Las peripecias del viaje facilitarían la posterior convivencia en la finca, temida sin existir razón manifiesta. En Barcelona permanece Raquel, y los padres están pesarosos de que decidiera quedarse, pues estando Gaietà, con ellos tenía faena. Pero no encontró la muchacha una razón de peso que diera pie a su presencia.

-Pobre Raquel, pasará estos días intranquila, a la espera de conocer el desenlace de nuestra embajada. Sabe que no es cosa hecha, y que ese caballo de Mercedes puede poner los pies en alto y salirse por la tangente si le da la ventolera.
Habla Neus, la madre, arrugada en el asiento, mientras observa el paisaje que llega. Se dirige a su esposo con cautela, pues lo hace en catalán y no quiere llamar la atención de los pasajeros más próximos. Parece, en efecto, que la maniobra no será un paseo militar sino una peliaguda batalla, y poseen indicios suficientes para abrir el recelo. Al recibir de los Benítez Ferre la invitación a pasar en “La vaca cega” los días festivos de la Semana Santa, los Creixell Vallecea anunciaron que pedirían la mano de Herminia para David. La respuesta de Mercedes resultó ambigua: “Habrá tiempo para todo, y trataremos, si queréis, de esto, de aquello y de lo demás allá”.
-Mira, Neus; no me nombres al diablo que ya huelo sus vapores sulfúreos. –Replica avivado el esposo- ¿Nos hubieran convidado, sabiendo a lo que venimos, de no estar conformes?
-No te extrañe que esa presuntuosa nos haya mandado venir solamente para enseñarnos la finca. Porque, óyeme bien, él es un pobre hombre pero ella es un mal bicho, capaz de burlarse de nuestra intención. Nada me sorprendería que esa orgullosa, esa fatua quiera descubrirnos el abismo económico que nos separa y así obligarnos a recoger velas.
-¿Les crees capaces de organizar ese enredo, de moverse delante de sus hijos con tanta falsedad? No digas eso ni en broma; tendría gracia el asunto. ¡Caro fin de semana! ¡Bonita excursión! Ya ves, entre unas cosas y otras nuestro gasto se acerca a los cuarenta mil duros.
-Debió venir nuestra Raquel; no la hubiera resultado difícil encandilar a Gaietà con su sensibilidad y ternura. Esa cara de ángel heredada de mi madre y de mí, es un imán que obra milagros. El muchacho tiene alma de artista y le gusta la manera de ser de nuestra hija desde hace tiempo; lo sé, cuando están juntos la mira con arrobo. No me extrañaría nada que estuviera enamorado de la niña, de la armonía de sus facciones, de la alegría que desprenden sus ojos. Puede que necesite un empujón para decidirse a hablarla. El caso es que tienen una manera muy parecida de entender el mundo, y los une la generosidad, el interés que despiertan en ellos los necesitados. Te lo repito aunque me consideres pesada, debimos traer a Raquel, de ese modo dispondríamos de dos puentes para cruzar el río. –Dice la esposa denotando un cierto tono de resignación.
-Ya; si te comprendo. Aunque Raquel no se presta a manejos ni artimañas; y tú lo sabes.
-A pesar de ello debiste aceptar mi opinión; hubiera venido por obedecernos, y una vez aquí las posibilidades de intimar se multiplicarían.
-Sí, nos espera un calvario; porque incluso marchando bien el plan –habla Benjamí alarmado- si es tan soberbia Mercedes, seguro que pretende celebrar la ceremonia de la boda en la Catedral y el convite en un castillo de los que han puesto de moda las gentes del cine y los deportes. Querrá ir a medias en los pagos, seguro; y eso no se salda con promesas y sonrisas, pues si la obra es acorde con el escenario costará un potosí.
-Aunque así sea, no debes preocuparte; mi padre y el tío Celestino respaldan el matrimonio de David -revela la mujer, uniendo tras una pausa mínima una información preciosa para sus empeños- y me han prometido asistencia en el desembolso, que no ha de ser propina de infante como tú dices.
-Bien podían darnos un adelanto para tapar los agujeros más comprometedores, ahora que tanta falta nos hace el dinero para cancelar la hipoteca.
-Lo intenté; pero sabes de sobra que no comparten tu forma de pensar. Los dos coincidieron en el reproche: Lo que ha de hacer tu marido es ponerse a trabajar en algo de provecho.
El tío Celestino al que se refiere Neus, es hermano de su padre y patriarca de la familia Vallecea. Siendo el mayor de los hijos se hizo cargo de la labranza familiar, tierras emplazadas en la comarca de La Hoya de Huesca, término municipal de Gurrea, en la confluencia de los ríos Sotón y Gállego. También de una granja de animales de engorde, cerdos y pollos. Fue alcalde cuando los dineros del erario municipal y los propios de los ediles ocupaban vasos comunicantes; y de ahí el beneficioso trasvase que va aflorando.

El hermano pequeño, padre de Neus, emigró con la esposa a Barcelona, polo magnético para la gente del campo. Con cien mil pesetas -formadas de ahorros y préstamos- logró el traspaso de una casa de comidas en el barrio de Verdún: bar, almacén, cocina y salón comedor. Muchos de los obreros, dejando a la familia en su lugar de origen, llegaban solos, dormían en alguna pensión barata próxima al puesto de trabajo y se alimentaban en restaurantes dirigidos y frecuentados por paisanos. Materias primas de calidad compraba a buen precio el padre de Neus en la ribera del Llobregat. Con ellas guisaba la madre platos caseros; de modo que lograron reunir una parroquia abundante de emigrados aragoneses. Hablando castellano tanto ellos como su parroquia, quiso la mujer que aprendieran catalán y, sin perder las raíces, fueran catalanes. Cuando quedó viudo y los hijos se hicieron cargo del negocio, regresó al pueblo donde pasa con nada. Conserva los duros ahorrados, que son los mismos pero aprovechan menos porque todo sube, y los pone a disposición de cualquier familiar que los necesite; basta con que tenga un proyecto capaz de resistir su análisis.
-¡Qué saben ellos de números! Tengo la fortuna al alcance de los dedos, la huelo, la palpo. ¡Ahí está!, lo presiento. Se me escapa una y otra vez por milímetros, es cierto; pero la suerte se pondrá de nuestro lado y podremos darnos una vida de ricos: viajes, buenas relaciones y una posición envidiable; ya verás. Cuando lo pienso me hierve la sangre. Al diablo entonces con Mercedes y lo que Mercedes representa.
-Ya, ya; sí, te entiendo. Pero procura que el milagro se produzca pronto, porque en cualquier momento nos empapelan.
-Es un hecho. Llegó una carta certificada comunicándonos la fecha del embargo. No estabas en casa y no quise decírtelo para no angustiarte, pero el día veintitrés del mes que viene subastan el piso, si antes no presentamos un aval bancario por los cinco millones de la hipoteca.
-Mal arreglo tiene el asunto; descartados mi padre y el tío Celestino, a pocas puertas podemos llamar.
-Si todo sale como hemos pensado, nos avalará Cristóbal. Comprometidos los hijos, emparentados nosotros aunque sea de manera indirecta, no tendrá valor para ver impasible como nos desnudan. Nuestra desgracia será en parte la desgracia de su hija, y tratará de socorrerla.
-Hablas de Cristóbal como si en realidad fuera alguien. Pero quien corta el bacalao es Mercedes. No se mueve un alfiler en esa familia sin su consentimiento. Los lleva a todos del ronzal; y lo que es a ella, te aseguro que no le dolerá nuestra ruina. Romperá el compromiso y santas pascuas.
-Bueno, eso se verá cuando ocurra; si ocurre. Por ahora nuestra obligación es simular desahogo, mostrar que tenemos, si no para dar y tomar, que resultaría engreído y extravagante, al menos un cierto acomodo.
-Tú dedícate a trabajar en el libro para dejarlo listo cuanto antes. Ofrece tu colaboración en otros trabajos de la editorial. Pide un buen anticipo, consigue con ese pago una moratoria y a ver si así llegamos a la boda sin graves inconvenientes.

Parece haber cortado Neus el diálogo con esa apelación al trabajo útil, el que mueve en el buen sentido el objeto empujado. Porque ahí está el quid de la cuestión: si trabajara Benjamí en una tarea convencional, de las remuneradas cada mes con una cantidad equivalente al gasto, el río entraría en su cauce. Pero no; es un genio y busca la riqueza en los números como quien persigue el preciado metal en el placer aurífero, el tesoro del barco hundido en el fondo del mar o la mutación alquímica de los elementos. Un día nadarán en la abundancia, pero hasta que llegue ese momento las estrecheces amenazan con ahogarlos. También ella podía derrochar menos y lo sabe; por eso, porque no frena su despilfarro, son escasos los reproches que oye el marido. Esclava de la apariencia física, trata Neus de encarnar diez años menos de los que en realidad acumula; y para conseguirlo debe envejecer apenas veinticuatro horas por cada semana transcurrida. Esa obsesión y ese empeño exigen un esfuerzo constante y cuantiosos recursos económicos. Además están los hijos, banderas ondeantes de la sociedad conyugal, signos externos del aparente tren de vida que la familia puede permitirse. Tenerlos bien alimentados y vestidos a la última, facilitarles una formación acorde con lo que el futuro requiere, complementarla con seminarios especializados y un máster de suficiente prestigio, libros adecuados y viajes de estudios, exige cantidades crecientes.
Quiere la madre hablar con David, y Benjamí cambia de asiento; pues percibe en ese instante la entrada de una idea en su espacio mental y quiere concretarla fijándola al papel. Trata el padre de abatir el pájaro aparecido de pronto en el horizonte de su comprensión, un pensamiento relativo a la manera sencilla de lograr un cálculo complejo, cuadratura del círculo que ha estado persiguiendo a intervalos la semana última, acaso los dos o tres últimos meses, años quizá.

-David, dime ¿estás nervioso?
-Un poco; no voy a negarlo. Me preocupa Mercedes; quizá no le parezca yo bastante bueno para su hija. Por otro lado me tranquiliza lo que Mina dice de ella, pues asegura que su madre no es tan fiera como quiere figurar, que su aspereza no pasa de la apariencia. Conoce la mujer sus propias debilidades, sabe que alberga un interior en extremo sensible y, sabiéndolo, por defenderse, ha ido formando esa máscara que vemos.

-Valemos más que ellos, debes estar convencido. Tendrán dinero, no lo discuto; pero nosotros poseemos algo más valioso aún: formación y mundo, imprescindibles hoy día.
-Ya quisiera yo estar a la altura de Mina en cualquier terreno; en cualquiera, y sé lo que digo.
-Lo estás. En determinados aspectos muy por encima, te lo aseguro. Herminia estudió Ciencias Biológicas, una carrera que ofrece pocas posibilidades laborales. Tú acabaste Arquitectura con las mejores calificaciones. Además, llevas a buen ritmo las investigaciones sobre el Templo de Jerusalén, que algún día te darán un nombre de los llamados propios. Encontraste trabajo antes de salir de la Universidad, y aunque ahora no proyectes más que pequeños bloques de viviendas sociales, llegarán, no lo dudes, a encargarte urbanizaciones de lujo, fábricas, templos y remodelaciones de espacios urbanos. Por el contrario, ella ha tenido que ponerse a ayudar a sus padres porque no encontraba colocación.
-No es así, mamá; y tú lo sabes. Le apasiona todo lo relacionado con la naturaleza y estudió lo que quería. Sus padres gestionan un negocio que va viento en popa, y necesitan una persona que se ocupe de los contactos diarios con los proveedores. Mina, y eso se ve desde lejos, posee simpatía natural y un carácter abierto, de modo que consigue de ellos precios ajustados y preferencia en el servicio.
-Claro, claro; no voy a hablar de tu novia ni bien ni mal ni regular, es como es y lo demás sobra.
-Sí, sobra lo demás; pero lo vas añadir si no me equivoco. Apuesto a que lo haces.
-Soy tu madre y mi deber es conseguir que confíes en ti mismo. Al margen de las respectivas religiones, sirviéndonos del ejemplo, tu padre y yo os hemos trasmitido una moral bien definida y valores aceptados por la mayoría de la gente. Como se puede ver, teniéndolos en cuenta, tanto Raquel como tú habéis ido formando un criterio tolerante y flexible. De modo que estáis en las mejores condiciones para desenvolveros en las adversas circunstancias que se esperan. Llegado el momento de la verdad, sólo eso importa.
-¿Acaso crees que Mina no tiene moral y buen criterio? ¿Piensas que no está en disposición de afrontar los retos que se la presenten? Pues te diré que es más moderna que nosotros, más tolerante, más comprensiva, más benévola; ¿te parece malo? Si lo dices porque es adoptada, te diré que Mercedes y Cristóbal la educaron igual que a Gaietà, sin marcar diferencias. Pero si te refieres a los novios que ha tenido, has de saber que su comportamiento ha sido ejemplar; ella me lo ha garantizado. No cuajaron las relaciones y el comentario acaba ahí. De modo que no insistas; yo me conozco y conozco a Mina, por eso estoy convencido de no llegarle a la altura de la rodilla siquiera.
-Eres tímido y algo apocado, admítelo; y como actúes con esos prejuicios, entre la hija y la madre te van a desayunar. Más vale que espabiles, de lo contrario te tendrán a su servicio y danzarás al son que toquen.
En conversación tan íntima se hallan inmersos cuando cruzan un río, caudaloso en comparación con los encontrados hasta entonces, y ven, como en el fondo de un pozo, a unos hombres atareados en faenas agrícolas. Ha ido Neus elevando el tono de su conversación, y al llegar a este punto llama a su marido, pues ella no puede continuar sin enfadarse. A veces la ocurre y el resultado es pésimo.

-¡Benjamí!, explica a David cómo ha de caminar por la vida; dile que lleve la zancada firme y avance sacando pecho. Es posible que a ti, que miras alto, te entienda.
Con algunos inconvenientes se produce la permuta de asientos. David, para facilitar la maniobra, deja el lado del pasillo a su padre. Los demás viajeros observan tanto tejemaneje curiosos e intrigados, pues al no entender lo que dicen cada quien piensa una cosa. Así que, dándose cuenta de las miradas que suscitan, deciden hablar en castellano.
-Vamos a ver noi, ¿qué ocurre?
-No me llames noi, por favor. Mucho hablar de estima y presumir de consideración, y resulta que eres como mamá. He cumplido veintisiete años y, a pesar de ello, continuáis sin darme un margen razonable de confianza; difícil resulta adquirir práctica en estas condiciones. Dice ella que soy apocado y me vaticina un matrimonio al servicio de la esposa y de la suegra.
Tranquil xiquet, tranquilo, que todo tiene arreglo. Peligro hay; no seas ingenuo. Te gana Herminia en personalidad, eso se ve desde lejos; en aplomo y en determinación, segur; y de influir alguien en ella, es Mercedes quien influye. Figúrate que la madre es el mar, ella un río principal que desemboca en la madre, y tú un afluente que entrega todo su caudal a la niña. Pero ¿qué hay de malo en ello, si eres consciente de las circunstancias y adelantándote a los acontecimientos tomas la iniciativa al entrar por el aro? Ahí tienes a Cristóbal, el hombre no es más lanzado que tú y, sin embargo, ha sobrevivido. Haz como él: nada entre dos aguas, mantente al margen, vive a tu manera. Dices que el padre ve las cosas a través de los ojos de Herminia; y aseguras que la adora. Será un aliado si sabes acercarte a él; y al mismo tiempo le servirás de ayuda. ¿Cabe compostura mejor? El matrimonio no es más que una faceta del brillante de la vida; si sabes buscarlas, descubrirás otras. La variedad de aspectos, unos haciendo de contrapeso a los otros, hace apetecible la existencia.
Jo estimo molt a la Mina; la quiero y me basta estar con ella para ser feliz. Por muchos detalles, más allá de las meras palabras, sé que me corresponde y se encuentra muy a gusto conmigo. Lo demás me tiene sin cuidado
-Abre bien los ojos; el amor es una foguera que alimentada con cuatro ramitas y unos cuantos soplidos puede arder hasta el fin de la luna de miel. Pero luego viene el jarro de agua fría de los problemas a fastidiar la convivencia, y si ellos no apagan el fuego lo hará la rutina. Necesitarías un bosc enter d ́alzinas, un monte que te surtiera de leña durante años y años; y encontrarlo no está al alcance de las personas corrientes. No seas càndid, abandona ese camino; es el más dificultoso: todo subidas y estrechuras. Necesitas conocerte y conocerla. Sois islas de un mismo archipiélago, y mostráis la vegetación que cubre valles y cerros, la arena de la playa y la roca viva de los acantilados. Eso es lo primero que veis el uno del otro; y sin explorar a conciencia no encontraréis las cuevas subterráneas llenas de belleza y adornadas de misterio, ni los cráteres de volcanes durmientes, quizá la verdadera médula de vuestra personalidad. A ti te corresponde bucear, indagar, intuir; y todo para conocer los estímulos que producen en ella esas respuestas sorprendentes. Conocido el territorio que vas a habitar, trazarás veredas por las vertientes más accesibles y abrirás claros en el bosque, destinados a tierra de labor, en el terreno más fértil. Levantarás la casa junto al manantial que no se seca en verano, a resguardo de los vientos, fuera del cauce seco de los torrentes. Acaso Mina sea la mujer que te conviene, pero tú no serás el hombre de sus sueños si no la conoces palmo a palmo y obras en consecuencia.
Filosofías de vell caduc, chocheces; teorías nacidas de la continua acumulación de errores. Te aseguro que yo no las voy a necesitar.
Molt bé, defiéndete, ataca con rabia. La experiencia de los que llegamos antes a los obstáculos, hija de escasos aciertos y fracasos abundantes, resulta ser una asistencia de lo más valiosa para los jóvenes que nunca habéis errado. Pero si desprecias lo aprendido por otros, también fracasarás. Se repite el hecho generación tras generación; parece ser ley de vida.
-Perdona mi arrebato. Y dime, según tu modo de pensar ¿qué debo hacer?
-Ya te digo: estar atento, interpretar los indicios, levantar un plano de la situación y obrar en consecuencia. Sales de un círculo reacio a dejarte partir del todo, el formado por nosotros; y entras en otro remiso a permitirte la entrada completa, el de ellos. Si tuvieras una forma de ser firme, un carácter bien marcado; por favor, no te ofendas. Si tu personalidad descollara, caerías en la familia de Herminia como una piedra arrojada al estanque. Romperías el equilibrio existente, originarías el caos y con habilidad podrías componer una nueva armonía de la que serías la clave, el número áureo. Pero sucede lo contrario, eres pusilánime, asustadizo, un insecto que se posa en la finísima película de la superficie; y cualquiera de los animales que pueblan el entorno del lago tratará de engullirte, aus, peixos i granotes.
-Pues sí que das buenos ánimos. Pintas el escenario con tintes tan oscuros que me entran ganas de salir corriendo hacia cualquier parte, y de no parar mientras aguanten los pies.
-Sé realista, la posición no es nueva. Como sucede en las montañas que los alpinistas suben una y otra vez, ya existen estacas colocadas marcando el itinerario más conveniente. Si pudiera explicarme mejor, te convencerías de la verdad que trato de trasladarte. Por favor, atiende mi advertencia.
-Mel amarga! Resulta que para vivir con la mujer que quiero y formar juntos un hogar agradable, he de dar y recibir empujones hasta hacerme un sitio.
-Así es: miel amarga como tú dices; poco más o menos en eso se convierten los matrimonios, noi. O no advierte David la odiosa palabra empleada por su padre, a modo de rúbrica en la última frase de la conversación, o sucede que, dada la enorme trascendencia de lo oído, ha perdido importancia lo antes considerado un desprecio, y ya le da igual. El caso es que acaba ahí el dialogo ilustrador del próximo trecho del camino existencial, y ambos quedan en silencio mirando por la ventanilla quizá sin ver nada, ni la transitada carretera que cruzan en ese momento a escasa altura, ni el reducido embalse que puede verse a un lado, mancha verdiazul en la que se refleja un sol moribundo. La tarde avanza hacia la noche con una parsimonia cercana a la pereza, enredando su luz mortecina, macilenta, en los cerros más elevados, en las torres de las iglesias y en la copa de los árboles.
Benjamí vuelve a situar el pensamiento en lo suyo, en eso de los cálculos que antes o después lo volverán rico. Su mujer, la dulce Neus, la alegre, la vitalista y positiva Neus, tiene puesta en él, en su aventura fantástica, tanta esperanza como le es posible; y parece mucha, porque siempre fue confiada. Ahora, separada del matemático por dos filas de asientos, imagina lo que ha de ser la reunión del domingo, el momento clave de la clásica petición de mano y, anticipándose a los hechos, aísla las posibles contrariedades. Luego colocará a su lado soluciones acordes en intensidad y tamaño.

 

Capítulo Séptimo

Los escritos conservados pasan a ser documentos; es decir, memoria. Si como elementos del pretérito se estudian con atención, pueden revelar secretos insospechados. En el interior de los archivos encontró Mercedes valiosas huellas, útiles en la reconstrucción de las andanzas amorosas del marido. Facturas, comprobantes, vales y otros elementos contables dieron de sí lo consignado, contribuyendo a escribir una página trascendental para la alineación del futuro más inmediato de la familia. Pero dígase lo que se quiera decir, la desconfianza hubo de preceder a la búsqueda, de la misma manera que la búsqueda precedió al hallazgo; pues de otro modo no se sabría valorar lo encontrado y el descubrimiento carecería de efectos.
Parece lógico; deben darse indicios previos, recelos en cualquier caso, para que se busque y se establezca la relación existente entre hechos distanciados unos de otros en el espacio y en el tiempo. El episodio del pajarito desorientado, ocurrido hace dos lustros en la masía de La Bisbal, pudo ser el remoto desencadenante de la desconfianza. El alboroto originado llevó a la mujer a la sala donde el esposo -ventana o puerta- orientaba la huída del ave. Coincidieron en una misma baldosa Cristóbal y la progenitora de Herminia, la llamada Florencia; y Mercedes sorprendió el beso de sus miradas. Tuvo un gesto servicial el marido: brazos dispuestos a impedir la caída de la extraña, de la invitada, sujetándola por el talle con energía y delicadeza; y Mercedes vio prolongar ese gesto más allá de lo razonable. En la esposa legítima despertarían los celos de su larga latencia; y al espontáneo incidente, primera de las alarmas recibidas, podría achacársele el origen de la zozobra y de la investigación posterior.
Dormían los celos, eso parece, en la mente de Mercedes; y una vez despiertos quedaron ojo avizor a la espera de próximos acontecimientos. Pudo ocurrir que en los días sucesivos, en las semanas y meses posteriores, los celos denunciaran de nuevo a Cristóbal. Acaso visitaba el marido en días de labor la masía donde residía Florencia, y los celos fueron con el cuento a Mercedes. La engañada concibió la expulsión de la intrusa, pero siendo la intrusa la progenitora de Mina, iba a necesitar varias razones de peso. Mercedes, inteligente como ella sola, habló con Florencia sin testigos, y tras dos horas de conversación la entremetida salió de la casa por voluntad propia, decidida a no volver nunca. A saber el argumento que Mercedes desplegaría: amenaza, dádiva o promesa, que con seguridad afectaba al futuro de Herminia; artilugio explosivo que la madre biológica intentaría desactivar sin éxito.
Luego, a poquitos, despacio, vino el paulatino enfriamiento de las cálidas relaciones maritales; tan profundo, que acabó afectando al negoci, eje del proyecto común. Cuando el ocio o el trabajo unían a los esposos en Barcelona, la frialdad de trato y las frecuentes disputas complicaban la convivencia hasta lo indecible. Un abismo partía en dos el tálamo; y buscó Mercedes la razón del desapego en una enfermedad sobrevenida, en problemas ajustados más que nada a lo físico: la erosión del tiempo, la incipiente diabetes. Aunque, teniendo en cuenta que el marido cuenta apenas cincuenta años -tres menos que la esposa, quien, sin embargo, recibe el impulso del deseo carnal una vez a la semana- y el azúcar hallado en la sangre no pasa, en los reiterados análisis, de los ciento treinta miligramos por decilitro; fue preciso cambiar de orientación a la búsqueda.
Mercedes consultó con Mina de mujer a mujer; fue una queja incierta, genérica, desdibujada; una confidencia hecha a la hija que ya pensaba en su boda. Mas la hija mostró como otras veces mayor comprensión con el padre, y negada para hallar en él mácula significativa, insistió en la vejez prematura –que de por sí no es baldón- como causante del enfriamiento sensual. De no radicar ahí el germen, veíalo palpitar en una indisposición temporal motivada por el exceso de trabajo. Culpaba, en un tercer supuesto, a la angustia nacida de una circunstancia irreversible: el mundo primitivo de los hijos-niños se demolía. Y si los anteriores no, un cuarto factor tendría la culpa: la crisis económica que, afectando a los resultados momentáneos de la empresa, le traía a mal traer. Dispuesta estaba la tolerante Herminia a analizar cualquiera de las infinitas posibilidades, incluso mezcladas entre sí, antes de admitir que el padre se vaciaba en otra; y era sincera la hija en la reflexión: Cristóbal tenía defectos, pero no era capaz de llegar tan lejos en el engaño, más que nada por falta de atrevimiento, por carecer de esa iniciativa. La hija convenció a Mercedes de la ingenuidad de Cristóbal; y quedó admitido que el inexorable deterioro de las condiciones físicas era el causante de la disfunción.

Serían ya las diez de la mañana cuando Mercedes llamó al Palacio de Congresos de Valencia, donde durante cuatro días se celebraba la Worldwide Ebonist Assembly, convención internacional de los artesanos del mueble, que la sección española consiguió arrimar a la industriosa ciudad levantina. No hubiera telefoneado de no sobrar motivo, ya que, cuando caía en la cuenta, procuraba mantener la iniciativa de Cristóbal a salvo de su influencia. Tenía necesidad de confirmar una cifra, y la consultaba con el socio, no con el marido; pues siendo la misma persona, establecían de mutuo acuerdo esa separación, beneficiosa para la estabilidad de la empresa tanto como del matrimonio. Antes de las dos de la tarde, en la sede del partido político opositor, había de presentarse la plica: un voluminoso sobre continente de tres documentos complementarios. Por medio de ese estudio, “Febe, Ideas y Realización” pretendía organizar, subcontratando diversas funciones, el congreso de una organización bien situada en la carrera hacia el poder.
Como en cada una de las ocasiones precedentes, se presentaba reñida la puja; y no sabían si de conseguir el trabajo iban a cobrarlo. En cualquier caso, la empresa colocaría una cuña y abriría un postigo, de clara utilidad cuando los candidatos tomaran efectiva posesión de los grandes presupuestos. No ocupaba Cristóbal su espacio: un mostrador cercano a la sala de actos desde el que se domina el entorno. Lo sustituía la azafata que descolgó el teléfono y preguntó el nombre de la persona deseosa de hablar con el jefe. Mercedes respondió en dos partes buscando clarificar su posición, algo que ella misma necesitaba en aquel momento. Primero la cautela, la modestia: Una persona de la empresa. Al instante llegó la afirmación, la exhibición de fuerza: Mercedes Ferre, su esposa. Descubrió la posición a la manera de quienes están orgullosos del cargo desempeñado, y a la menor oportunidad lo exhiben impreso en la tarjeta de visita. La azafata, en cuyo entendimiento de la eficiencia entraba la acción de estorbar la caza del perezoso, pasó la llamada a la habitación del hotel adyacente, donde lo suponía abandonando el lecho.
Por extraño que parezca, debió de crecer Mercedes dos palmos al identificarse con tan alto título, y en esa cota elevada la hallaron las palabras llegadas a través del hilo telefónico. Las pronunciaba una voz suave, lánguida porque el letargo impedía al pensamiento una reacción más resuelta, difusa al haber perdido la nitidez propia del timbre femenino. Así que Mercedes oyó un ¡dígame! que tenía poco de profesional y mucho de doméstico. Durante un instante ínfimo se imaginó Mercedes activando un receptor ajeno al evento, colocado sobre la mesita de noche junto a un lecho de huéspedes. Sacaba a una extraña del sueño, y sintió la equivocación de la azafata. Imposible, se dijo al instante, el error de una profesional no puede alcanzar tal magnitud; y buscó una explicación admisible.

Esperaba hallar a Cristóbal cansado, afónico de tanto hablar con unos y con otros, afectado por el nerviosismo de la apertura, rendido al esfuerzo realizado durante la noche para dejar todo listo; pretendía preguntar una cifra al ejecutivo responsable de calcular los gastos en los presupuestos. Por eso, al toparse en su lugar con un ama de casa algo lela, la búsqueda de lógica se disolvió como un azucarillo en la leche tibia, dando paso a la prevención y al enfado. Tanto desde su condición de esposa como desde la de empresaria, quería que la torpeza se aclarase sin pérdida de tiempo, y en la punta de la lengua se iban situando con cierta estrategia algunos vocablos duros que la educación apartaba. De manera que cortés pero enérgica, dueña de esa energía que utiliza en los momentos graves, dijo: “Quiero hablar con Cristóbal Benítez, ¿quién es usted?” La mujer que estaba al aparato, sorprendida, despertó del todo en un mínimo instante y dio una contestación que fue en verdad improvisada: ¿Yo?, yo soy su esposa. Bien porque después de la noche de amor transcurrida se creyera con ese derecho, bien porque fuera un deseo largo tiempo acariciado, esa respuesta fue la que dio, y la pareció de perlas, pues la colocaba en su sitio y de paso salvaba el honor del amante.
Así hubiera acontecido de ser otra la persona que estaba al cabo del cable; pero en ese caso concreto, Mercedes, con una incredulidad que se iba despedazando a cada instante, oyó de nuevo –esta vez en su cerebro alarmado- la explicación pedida: Soy su esposa. ¿No era acaso la frase pronunciada minutos antes por ella con una suficiencia muy digna, contenta de estar casada con quien allí era el jefe, y de formar junto a él la empresa “Febe, Ideas y Realización”, tan prestigiada en el complejo sector de los eventos culturales y deportivos? Sí, lo era; la misma frase y, tal vez, enunciada con mayor orgullo.

Al borde del mareo se mantuvo durante unos segundos muy largos, vecina del desmayo; hasta que, ignorante de la expresión adecuada al momento, quedó en silencio con el auricular pegado a la oreja. “¿Quién llama?”: alcanzó a oír antes de sumergirse –cuerpo y mente- en un profundo valle, casi una sima, pues la voz escuchada pertenecía sin lugar a dudas a su marido. Saliendo, al parecer, de un sueño que podía ir por la mitad del recorrido, preguntaba Cristóbal a su compañera de lecho por la persona que llamaba; y oyó contestar in extremis, cuando ya su sentido común descendía a los infiernos del núcleo terrestre: no sé, será alguna de las azafatas. Entonces y sólo entonces, Mercedes, ya sin fuerzas, en el inicio de un desvanecimiento al que su voluntad aún se oponía, apoyándose de codos en la mesa, colgó. Acababa de recibir el brutal abordaje de una proa desconocida sobre su amura de mujer avezada a la navegación; y fue tan violento el choque de los acerados cascos, que por un momento creyó sentir en sus carnes el batacazo del mundo al caerla encima.
Recobrado el respiro, la realidad fue perfilando en la cabeza de Mercedes sus bordes hirientes. Explicaciones largo tiempo buscadas llegaron de pronto a su claro entendimiento, quedándose encaramadas a lo alto como cigüeñas en su nido. Rechazó las derivaciones físicas, fácil argumento utilizado para justificar las carencias de Cristóbal en el lecho marital; no existían tales: cumplía con otra respondiendo a un tirón del deseo no manifestado ante la esposa, ante un cuerpo maduro al que hace tiempo ella misma abandonó a su propia suerte. El recuento de la vida en común se inició espontáneo, a la manera de lo que ocurre, según dicen, cuando la agonía entra en la parte irreversible del proceso. Veinticinco años de matrimonio, irregulares, desiguales, llenaban su memoria desplegándose como mapas dispuestos para la consulta. Aceptada la condición de ex sacerdote del pretendiente, superado el rechazo inicial, hubo un período concordante en todo con lo soñado, que duró tanto tiempo como las voluntades de ambos, enyugadas, fueron capaces de resistir. Cinco lustros divididos en dos partes se ofrecían a la mirada de la mujer, esperando que ésta sacara las correspondientes enseñanzas. Era consciente de la necesidad de mantener la calma: debía obrar con tiento, sin precipitarse; cerciorándose bien antes de tomar una determinación de las que causan pesar en cuanto se ponen en práctica.

Se teme a sí misma en los impulsos, en la irreflexión se da miedo. Así que, tras sorprender al marido encamado con otra mujer, en las raíces más hondas buscó cepas que le explicaran, previos al noviazgo, las razones de la coincidencia y el pronto acercamiento. Joven asomada a un limbo vedado a los demás, muchacha altiva sin otra razón que la edad y sus escasos privilegios de fémina, en aquella época iba descubriendo ventajas donde luego hallaría inconvenientes. Ansiaba alcanzar el pináculo de la evolución mujeril, el acotado de un espacio propio que incluía la maternidad y la educación de los hijos. Cristóbal y ella se veían durante el buen tiempo; la vecindad de las parcelas los unió, la sed renovada de la tierra les mostró cien líneas de encuentro. A nada hubieran llegado de suyo en las condiciones normales, pero ella andaba dando vueltas a la idea de dejarlo todo e iniciar una vida nueva; y esa expectativa la tornaba muy asequible. Verdad; pero esa apertura coyuntural abría posibilidades a cualquiera; y hubo varios opositando al puesto, pretendientes con magníficas credenciales. Es cierto, otro cualquiera la hubiera servido con creces; lo eligió porque era como era.
La sorprendente revelación de haber orillado la misteriosa y mágica actividad del sacerdocio en época muy cercana; causó en ella un efecto ambiguo y hasta ambivalente: atracción y rechazo, retroceso y avance. Prometió él seguirla allá donde su inquietud la llevara, y ella apreció el esfuerzo de aproximación. Se reencontraron en la cerámica, ella hija del dueño, hermana de los jefes; y él un transportista recién llegado de la agricultura para enamorarla por completo y para siempre. Subieron juntos escarpadas laderas pirenaicas, descendieron vertiginosos ríos cabalgando sin bridas corrientes insondables y profundizaron en la complementariedad entrevista más allá de las similitudes. En la fiesta mayor del generoso barrio de Gracia, visitantes asiduos del centro de Barcelona, Mercedes y Cristóbal fueron dansaires de sardanas. Haciendo que tocaban el flabiol sustituyeron a dos músicos de la cobla, para que descansaran de su cansancio durante un rato. Como castellers aficionados formaron parte, él bajo ella y ella en la cúspide, del pilar de quatre que estuvo en un tris de derrumbarse. No eran adolescentes, y pese a ello, el amor en su carro de flores y esquilas, envuelto en música de chirimías y tamboriles, los arrastró con él. No eran adolescentes, más la ilusión fue mintiéndolos hasta llegar a creer que lo de todos los días, lo que sucede millones de veces, en ellos era especial y único.

Palmeras de dátiles erguidas junto al manantial: el día de los esponsales, denso, tibio y coloreado, se proyectaba allí, en los abiertos mapas de la memoria, destacando sobre la aridez del entorno familiar. Las actitudes refractarias de los hermanos, aquellos machos orgullosos que frenaban su participación en el gobierno de la cerámica, aparecían en el pergamino dibujadas. El territorio del pasado acogía, además, el recorrido iniciado tras la sacralización del vínculo: traslado a Barcelona, ajuste de las costumbres y los caracteres, concepción y arranque de la nueva empresa, dificultades económicas, el cargante embarazo, la complicación del parto que depositó a Gaietà en el umbral de este mundo contradictorio, la inmediata operación quirúrgica reparadora del desbarajuste íntimo y el crudo informe médico, revelador de la imposibilidad de repetir el milagro de la vida por haber extraído el útero y los ovarios de su estuche anatómico. Al lado, equilibrando, podía leerse el estimulante recuerdo de la adopción de una hermana para el hijo aislado, necesitado de compañía afectuosa.
En Barcelona, a cien metros de la Plaza de España, junto a la calle México, ocuparon los cuatro una vivienda reducida a lo indispensable por la merma de espacio que representaban la cochera del furgón, el despacho de los esposos y el almacén destinado a proteger de la intemperie materiales y herramientas.
Quiso la fortuna amiga que conservara Cristóbal la masía de La Bisbal, y en ella pasaban los días festivos; de modo que la ruptura con el mundo anterior no se produjo completa. El cuidado de los vástagos debía ser cosa de ambos, pero mostraba ella más solicitud, más desvelo que Cristóbal; y aunque se abstuvo de confesarlo, no le causaba pena alguna la imposibilidad de aumentar el número: con dos había estímulo y faena. Veintitrés meses tenía el varón destinado a colmar las expectativas del padre, cuando llegó la niña caída del cielo: un anhelo materno perseguido por Cristóbal con ahínco contra viento marea, recónditos caminos del Señor.

Parto y adopción constituían hitos clavados en el suelo con extraordinaria fuerza, mojones que marcaban el empiece de la deriva vital en los infantes. Una trayectoria que, en los primeros años, a los accidentes domésticos: caídas, quemaduras, golpes, punzadas y cortes; sumaba enfermedades corrientes como la gripe, la varicela, el sarampión o la apendicitis. Esos percances trastornaban el acontecer cotidiano, situando a la madre al borde del lecho, expectante de cualquier síntoma de mejora o agravamiento. Larga lista que incluía la parte menos deseable de la conducta filial, simples carencias o excesos de actividad y dinamismo, chiquilladas dañinas, transgresiones de las normas escolares y olvidos de las advertencias cientos, miles de veces repetidas.
Incidentes bastantes para hacer de la vida un paseo alfombrado de miedos y alarmas, que Cristóbal no entraba a valorar por considerarlos responsabilidad materna, tocantes al espacio femenino. Altozanos, lomas, cerros; elevaciones visibles en los mapas abiertos sobre la mesa, percibía Mercedes su inquebrantable voluntad de ser ejemplo válido para los hijos. Patrón y paradigma referidos a parcelas fundamentales de la honradez, prototipo de la dedicación firme a las tareas y el ahorro previsor. Orientó ella sus conductas, lo hace hoy todavía, presentando el bien y el mal referidos al aspecto exclusivo de la economía: ricos y pobres, dos de las muchas mitades disímiles de la creciente humanidad. Opuestos y complementarios ve a los dispendiosos y a los que no llegan al mínimo imprescindible; afanándose día y noche en su particular ejercicio: recaudan cuantiosos duros de plata o espigan exiguas monedas de cobre. A la avaricia que se priva de las comodidades y al despilfarro que da en bancarrota, extremos de un mismo pecado, opone la mujer de negocios una ponderación permanente destinada a librar a los niños de estrecheces futuras.
Procurando esclarecer los enigmas de la perseguida unión carnal –eufemismo procedente de la educación recibida- mostró a los niños una vida condensada en el entorno inmediato, posponiendo la conferencia explicativa de la cópula placentera y la fertilidad responsable, hasta hacerse evidente y palpable que la necesidad de información había desaparecido. Con todo, no exponían los mapas ante Mercedes más que la visión somera y fugaz de su matrimonio, recibida en un mínimo instante, ese lapso que inicia el gesto airado de colgar el teléfono a la intrusa. Parece ser una de las leyes de la ordenada Naturaleza: ante la duda sobre el comportamiento apropiado, las crías imitan a sus mayores. Es más, cerrando el círculo, los mayores posan como modelos con cierta satisfacción. Sobrepasando esa labor instintiva, los progenitores emplean parte del tiempo en conducir el desarrollo de las facultades en germen. La madre, aún más; porque el padre se queda en la reserva, a la espera de los momentos trascendentes o de la mocedad de los vástagos varones, época apropiada para endurecer su carácter en actividades amorosas, venatorias y guerreras. Aunque en eso tal vez integre Mercedes la excepción, pues siendo ella a mayores la estratega de la familia, marcó a Gaietà y a Mina el buen camino en todos los tramos; no hubo necesidad de molestar a Cristóbal. Con el deslizar de los días el padre fue dando en escolta de una comitiva encabezada por la madre; porque, causa y efecto a la vez, el enamorado regante y transportista, paulatinamente desbancado, fue sacando a la vista de los otros el pequeño espíritu que lo animaba, incapaz de enfrentarse con determinación y empuje a la realidad movediza.

Sin pretenderlo, Mercedes empujó al esposo hasta echarlo de las obligaciones. Debido a esa circunstancia pudo culparle luego de abandonar la tarea. Fue un error subyacente de los que se manifiestan tiempo después a través del daño causado. La falta de confianza en sí mismo, nacida de la desconfianza que hacia él mostraba la esposa, llevó a Cristóbal a rozar la cota más baja de su irresoluta valía. En esa cota, tope inamovible, se quedó; velero y viento, ella lo empujó, ella lo detuvo. Al iniciar el noviazgo lo elevó cien palmos sobre sí mismo, y lo dejó caer a lo hondo años después de casarse. Pudo subirlo de nuevo, pero ya no quiso. Con el tiempo logró amoldarse Mercedes al líquido esposo que la había tocado en suerte, convirtiéndose en molde. Sin embargo, nada estaba perdido; al fin y al cabo ella poseía energía suficiente para dos.
Yendo al principio topa con la presentación del proyecto de actividad comercial, destinada a conseguir un crédito. El director de la caja de ahorros no acababa de hacerse una idea favorable a los intereses del matrimonio. Progresaba a intervalos breves la exposición, de manera que cualquier persona un poco informada podía comprenderlo. No obstante, ante la pasividad de Cristóbal, la mujer hubo de explicarlo una, otra y otra vez. Los extraños no tienen en su lugar las entendederas, y a ella, promotora del propósito, le añadía clarividencia su fe; un entusiasmo de los que estremecen a las montañas. Cuánto ardor puso Mercedes en la aclaración, cuánto tesón en enterrar las lagunas que el banquero oponía a su avance, cuántas correcciones improvisó sobre la marcha para salvar su nonata obra del rechazo. Avanzaba con toda impedimenta, cuando Cristóbal, neutral al principio, se hizo estorbo neto. En el fragor del ataque a la imaginaria maqueta, al castillo construido en el aire, se alineó el marido con el oponente y Mercedes hubo de someter a un enemigo multiplicado. Al fin, el riguroso banquero comprendió que el empeño de tal mujer convertía el proyecto en viable, de modo que miró por donde ella miraba, vio lo que ella veía y concedió los dineros precisos.
Para colmo, después de suplirlo durante años en las tareas masculinas, va el desagradecido y la engaña privándole de los únicos instantes de comunión placentera. Nada dijo al simulador a propósito de la traición descubierta, ningún reproche hizo; y no por falta de ganas, entraba en su estrategia, eso es todo y del todo. Ninguna muestra de lo sucedido percibió ella en Cristóbal, cuando el marido empleado rindió cuentas del viaje a la esposa directora. Se creía el lujurioso falsario, una vez más, a salvo de las curiosas miradas. En cada ocasión empleaba todos los medios a su alcance para salvar las apariencias: jamás se registraba en los hoteles junto a la amiga. Llegaba la amante a la habitación como si fuera una visita comercial; utilizando la cafetería a modo de postigo o puerta falsa, ficticia portadora de un documento que precisaba la firma del hombre de negocios. Marchaba temprano, antes de que el ajetreo de los pasillos revelara la presencia de las camareras. Salía con todo el sigilo y, medrosa, escaleras abajo -huía de los ascensores por temor a encontrarse frente a frente con algún miembro de la recepción o de la conserjería- sobrevolando peldaños alcanzaba el recinto animado del bar, desde donde, tras tomar un café bien cargado y unos bollos recién horneados, se encomendaba a la movediza protección de la calle, a su efecto mimético.
Desconocía Mercedes esta táctica, ignorante asimismo de otros detalles que fueran más allá de la presencia de una mujer soñolienta compartiendo habitación con Cristóbal; una mujer tan osada que estaba usurpando no sólo el lugar de la esposa legítima, sino lo que es más importante, el propio título cimero. Quiso conocer la opinión y recibir consejo del hijo querido, pero un incierto pudor retrasaba el intento. Habló, por fin, con Gaietà, su tresor; y la charla resultó un soliloquio. Se quejaba la dolida mujer, y el muchacho, compadecido, con las lágrimas a punto de saltar de su encierro, dio en todo la razón a la madre, dichoso de encontrar el momento de volver cariño por cariño, defensa por defensa. El hijo, que debido a su natural justiciero se pone de parte del débil, del oprimido; veía en la hembra a la víctima de la conducta imperiosa del macho, papel que el padre representaba en su versión más reprobable.
Acudió de nuevo al empleado fiel, su brazo derecho en la empresa, Pascual Aziñaga, enterado de secretos que hasta el mismo Cristóbal desconocía; y el confidente, una tumba para tales cuestiones, estuvo otra vez dispuesto a escuchar. Mas no se limitó a prestar los oídos fáciles y albergar entre algodones lo revelado; hizo algo más: actuó. Se puso manos a la obra, entró en el archivo e indagó en los documentos, descolgó el teléfono e hizo llamadas.

Al término de sus pesquisas, dejando que las conjeturas fueran obra de Mercedes, en la espalda de unas hojas usadas para anotar a sucio las horas extraordinarias de los empleados, escribió cuatro carillas de datos que pusieron a la jefa en la cabecera del deslizadero. Sobre una de ellas Pascual anotó los números de teléfono a los que Cristóbal había llamado con mayor asiduidad durante los tres últimos años, y aquellos otros desde los que más llamadas recibió en el mismo período. Debe y haber conciliándose, formaban dos columnas diferentes, pues en el caso de las aceptadas no siempre figuraba el número de del emisor en los recibos; quizá por no contar el establecimiento correspondiente con receptores modernos de los que captan tal pormenor. La segunda hoja mostraba en el reverso los nombres de los hoteles donde solía alojarse en las distintas ciudades. Al lado aparecían datos como el precio pagado por la habitación, las cantidades satisfechas en el restaurante, las consumiciones de la cafetería y los extras desglosados: minibar, lavandería, prensa, propinas. Recogía un tercer folio las fechas y lugares de los eventos a los que asistió Cristóbal, el nombre de la persona de contacto designada por el cliente, la dirección postal de los patrocinadores y una descripción algo más que sucinta de la actividad realizada. Por último, un grupo de hojas que no bajaba de treinta, recogía el análisis exhaustivo de cinco eventos por año, veinticinco en total, elegidos al albur, un albur ayudado por la astucia. Se establecía en ellos un itinerario de pasos cuyo sentido indicaba, con suficientes garantías de veracidad, el instante preciso destinado por Cristóbal para salir del camino recto y seguir algún atajo insospechado o las circunvalaciones secretas.
La cuenta del comedor, almuerzo o cena; y la factura del bar, cantidad y naturaleza de lo consumido; relacionadas entre sí explican características personales y circunstancias anejas. Tomadas una a una, de ellas puede inferirse el estado de ánimo de quien comió o bebió solo en el restaurante o la habitación; el sexo y la edad aproximada de los convidados si disfrutó de compañía. El investigador Aziñaga, que iba tomando gusto al desarrollo del escrutinio, realizó ese ejercicio simple y obtuvo datos, que al unirlos en el tiempo y en el espacio señalaban preferencias, reiteración, continuidad en las particularidades y en las personas.

Las llamadas hechas o recibidas, por medio de detalles como la hora, el lugar de origen o destino y su duración; dicen mucho del grado de relación establecido y de las amistades más frecuentadas. Largas conversaciones detallaban en sus recibos los diversos hoteles. Colaborador imprescindible de Mercedes en la reconstrucción de la peripecia amorosa del marido, tuvo Pascual la feliz idea de relacionar ciertas llamadas de Cristóbal con las viandas pedidas por la noche y al medio día siguiente. Ese ejercicio, repetido viaje tras viaje, una vez y otra; prestó un buen servicio al facilitar resultados chocantes. Coincidencias y exclusiones, arrojaba torrentes de luz sobre lo incógnito. De esa manera tan sencilla y a la vez tan inteligente, lo hermético se abría, lo oscuro se iluminaba, lo furtivo dejaba de serlo y lo clandestino empezaba a mostrarse sin pantallas ni biombos.
En tiempos de los amanuenses tal trabajo hubiera durado medio año, pero en la era de la informática ocupó al hermano de Casilda los días hábiles de una semana. Otro lapso idéntico tardó en rellenar los vacíos constatados. Alegando el extravío de las facturas, reclamaba, en nombre de la contabilidad de la empresa, una copia de los documentos y ampliación del detalle. Añadió la información recibida a la ya procesada, y con todo ello pudo imprimir un meticuloso informe, que en nada desmerecía de los presentados por los investigadores privados a sus clientes o los agentes de la policía a los superiores.
Mentada la policía, es preciso aludir a que hubo necesidad de hablar con oncle Vicenç, comisario y padrino de Gaietà, para pedirle un favor indecente. En efecto, el funcionario, haciendo uso de las prerrogativas propias de las personas de su oficio y rango, consiguió nombres y apellidos de titulares de teléfonos partiendo del número asignado por la compañía, y propietarios de los coches a través de las matrículas. Detalles valiosos que para otro cualquiera estaban vedados. Hubo de explicarle, a modo de contrapartida, el fundamento de petición tan inusual; de modo que la burla conyugal de Cristóbal adquirió categoría familiar y se hizo merecedora de un mayor escarmiento.
La Nena tuvo la idea de escudriñar en el correo electrónico paterno usando su propio ordenador. Lo intentó en ausencia de oficinistas cuando ya lo había hecho Pascual. El secretario, bien por carecer de destreza o porque nada interesante había, nada encontró. Mina empleó parte de un fin de semana y no tuvo mejor suerte; pero recordó que a más del correo destinado a la empresa, su padre quiso abrir otro para tratar los asuntos particulares: familia y amigos. Ella misma había recibido por ese medio la felicitación de su último cumpleaños. Desconocía la clave de acceso, claro está; pero haciéndose pasar por el usuario, alegando la pérdida de la contraseña, recibió un enlace que se la facilitaba en el email primitivo. Encontrándose ya en el interior deseado, buscó contenidos sugerentes sin hallar texto alguno que superara en interés a las largas misivas de Candela. Era Candela, prima de Cristóbal, una monja que trataba al primo con verdadera devoción, con cariño sincero. Las fotos adjuntas, mostraban a una religiosa en traje de calle que conserva restos de la primitiva belleza. A través de la lectura de los cinco únicos mensajes, pudo conocer Herminia el entrañable fondo humano, situado muy por encima de cualquier otra consideración. Luego, pensó en la rareza representada por la carencia de continuidad o, al menos, de una clara ruptura. Cualquiera puede pensar que una relación tan amistosa por fuerza debe prolongarse. Intuyó la existencia de una nueva dirección de correo, destinada a cultivar un trato más intenso, más íntimo acaso; cuyos datos conseguiría empleando el tiempo y los conocimientos cuando dispusiera de ellos.

 

Capítulo Octavo

Los Benítez Ferre, tras tomar un breve aperitivo en los estanques de “La vaca cega”, y comer sin gana en la oblonga mesa de roble, se encuentran dispuestos a pasar media tarde del viernes con Pepe en la tediosa ceremonia de la rendición de cuentas. Es voluntad de Mercedes que asistan todos, aunque tras la sobremesa, recortada, los demás se cobijan en el refugio de sus habitaciones. A la pequeña salita en que ella dispuso el despacho o escritorio, sin hacerla esperar, llega Pepe; son las cuatro en punto, la hora convenida. Muy próximo a la media se presenta Cristóbal. A eso de las cinco se unen los hermanos. No resulta inconveniente mayor la tardanza del padre y los hijos, pues siguiendo indicaciones de Mercedes, no vuelve Pepe atrás en ningún momento ni se suscitan preguntas sobre lo ya tratado. Merece la gestión del guardés, teniendo en cuenta lo escrito en los libros y lo explicado de palabra, el beneplácito de la señora. La excepción es una irregularidad que afecta a Ibrahim, el peón nacido y crecido en Marruecos; pues lo empleó Pepe sin firmar contrato al carecer de la documentación pertinente. Era su gesto un intento palmario de ahorrarse el pago de la aportación a la Seguridad Social. Obedeciendo unas cuantas razones del todo prácticas –no quiere dar pie a la intervención de las autoridades- deja Mercedes órdenes concluyentes de ayudar al extranjero a conseguir los permisos y legalizar su situación. Metida de lleno en la largueza, fija una pequeña gratificación para Nino, el contable avecindado en Gévora, de quien asegura que ha hecho un buen trabajo.

En el aeropuerto de Badajoz aguardan los Benítez Ferre cuando los Creixell Vallecea descienden del pequeño avión. Va la tarde ya muy avanzada, y allí están los anfitriones sonrientes y habladores, presentando una cara amable a los invitados, como dictan la correcta educación y las buenas maneras. Falta Gaietà, pero Gaietà no es necesario; sin la presencia de Raquel, que no esté Gaietà importa muy poco a los Creixell Vallecea. Herminia y sus padres se acercan con actitud desembarazada y expresión afable a los que llegan. Exhiben los unos y los otros una devoción exagerada que la dicción artificiosa denuncia.
-Magnífico, un viaje magnífico. El aspecto del avión no da mucha confianza, pero aseguran que en estabilidad sobrepasa a los grandes, pues puede planear un buen trecho incluso con los motores parados. –Neus se expresa de ese modo, contestando a una pregunta obligada en tan peculiares circunstancias que, sin embargo, nadie ha formulado.
-No sé –interviene Mercedes- a mi me da un poco de reparo. Al verlo así, tan poca cosa, temo que una ráfaga de viento pueda llevarlo fuera de su ruta. Y no volará muy alto…
-Esa es la ventaja; se aprecia lo de abajo con todo detalle. Pasa el tiempo sin sentir; miras por la ventanilla y es como si vieras un documental en la televisión o una exposición de pintura centrada en los paisajes variados de esta parte del país. –Añade Benjamí en voz alta, como si aún tuviera el ruido de los motores cerrado en el pabellón de las orejas.

Pregunta Neus por Gaietà, y Cristóbal, descendiendo a pormenores innecesarios, informa que Felipe, hijo pequeño de Pepe, el guardés, ha querido mostrarle algunos aspectos de la Semana Santa pacense; y el muchacho lo acompaña gustoso. David y Herminia, metidos de lleno en su papel, apartados unos metros de los dos matrimonios, se hablan al oído y se besan con ternura en la frente y las mejillas. Benjamí y Neus los miran de reojo de tanto en tanto, alegrándose del almibarado galanteo que presencian. Llegaron al aeropuerto los Benítez Ferre en dos coches: Mercedes guiaba el modelo traído de Barcelona y Herminia el todoterreno; y ahora los casados ocupan la berlina y los novios el otro. Siguiendo las recomendaciones de Cristóbal, basadas en la información de Pepe, se dirigen a un afamado mesón de las afueras al que se llega por una carretera de circunvalación. El establecimiento es lugar obligado en las citas de la gente del toro y de los aficionados a la fiesta. Cerca de la entrada hay un espacio para dejar los coches, y los sitúan algo separados porque no hay huecos juntos. Cuando alcanzan el interior del local descubren con sorpresa que las paredes están tapizadas de fotos; son retratos del dueño saludando a diversos matadores de primera fila, instantáneas captadas por alguien afín a la casa aprovechando su parada en el comedor. Prueban en la barra algunos aperitivos, y recorren el salón como si fuera un museo, mirando cada cuadrito colgado. Descubren una nómina que estando presente en el recuerdo ya es historia y pasado. Se percibe el paso del tiempo en la apariencia del propietario, quien de foto en foto va dejando la juventud y hasta la madurez.

Terminada la inspección, movidos por el ejemplo de los maestros que allí comieron, los seis se sientan a una mesa del amplio comedor mientras oyen a Cristóbal decir muy ufano: Seguimos a los famosos porque son conocidos, sin tener en cuenta que son conocidos porque los seguimos. Halla ingenio Benjamí en lo dicho por el anfitrión, y entra a comentarlo cuando la gélida mirada de Mercedes, dirigida al marido, le aconseja callarse. Piden caracoles en salsa bravía y, desafiando a la suerte, asumen el riesgo que el vacuno representa. No es poca valentía la que demuestran, porque habiéndose decidido por el besugo a la espalda, admiten el guiso de rabo de toro, dicho de lidia al recomendarlo el camarero. El servicial doméstico añade en tono de broma que el vino de la Tierra de Barros, escanciado por él si los señores no se oponen, aminorará el peligro. Parece cierto, el consistente condumio se ve protegido por caldo de tanto cuerpo, que mataría cualquier daño oculto en la carne bovina, inclusive la peste reinante en Europa durante los últimos meses. Sabrosa está la comida, y la completa un postre dulce, una versión nueva de la leche frita de siempre, salpicada de tropezones de nuez reblandecidos en coñac.
Cristóbal participa poco en la conversación, puesta su mente en asuntos propios, en la manera absurda en que lo suyo con Susana ha ido finalizando. Apenas mete baza cuando hablan de Manolete, hijo de Manolete y pariente de aquel Pepete que murió en la plaza de Madrid y pocos recuerdan. Hablan del famoso matador, maestro del estoque y del pase natural, víctima de un miura llamado Islero. Calla Cristóbal y eso que sólo oye tópicos y a él le ha explicado Pepe la verdad que se esconde en el mito: toros pequeños y afeitados, personalidad por encima del arte; cada tarde la misma faena adornada de mucha emoción y algo de belleza. Como piensan tomar el café en casa, piden al camarero la cuenta, y Benjamí, más atento, se adelanta a Cristóbal y paga. Se nota el enfado de Mercedes que increpa al marido.

-Son nuestros invitados, qué van a pensar de nosotros. Si es que no estás a lo que tienes que estar. ¡Espantall!
-Déjalos pagar la cena, que bastante ponemos tú y yo.
-Una sola peseta empleada por ellos en nosotros, ¿me oyes?, una sola, busca equilibrar nuestro gasto; y en apariencia lo hace, ¿no lo entiendes, neci?
Los padres esperan a los novios durante unos minutos, y en cuanto salen los rezagados se dirigen los seis a los coches. Suben con Herminia quienes serán pronto sus suegros. David acompaña a Cristóbal y a Mercedes en el vehículo que conduce la esposa. Guía ella, seguramente porque desconfía de la buena disposición del marido. Al instante, entreverados en esas ternas, por carreteras secundarias se dirigen a la finca. Como si fuera cosa decidida de antemano, las conversaciones desarrolladas durante el trayecto giran sobre un mismo asunto: la marcha de los trabajos que ocupan a los jóvenes, y su evolución inmediata.
En la parte posterior de la casa principal, existe un espacio ajardinado de manera rústica. Desde dentro se llega a través del portón trasero abierto en el zaguán, una especie de vestíbulo en el que acaba el pasillo proveniente de la entrada. A lo largo de la pared hay dos poyos corridos, uno a cada lado de la puerta, que cuando doblan para formar un cuadrado se hacen frontera de un pequeño terrero poblado de frutales. El perímetro fue solado con baldosas algo toscas, unas de un color desvaído, otras de tonos más oscuros, de modo que recorriendo la gama del pardo no hay dos iguales. El techo lo forma un emparrado poco tupido que, en la corriente primavera, a medio día sirve para filtrar el sol y de noche protege algo del relente. Allí está Gaietà cuando llegan los coches y descienden anfitriones e invitados. El novio y sus padres, orientados por Mina, deshacen el equipaje, se asean, cambian de atuendo y se acercan adonde Cristóbal y Mercedes hablan con su hijo.

Cuenta el joven que, junto a Felipe, el hijo menor de Pepe Solano, presenció en Badajoz la procesión del Santo Entierro y Nuestra Señora de las Lágrimas, cuyo arranque se sitúa en la Parroquia de Santa María la Real –San Agustín para el común de la gente- y dibuja una O que se cierra en la misma iglesia tras recorrer lo menos quince calles y plazas. Aportan los demás una minuciosa descripción de la interesante venta donde cenaron, y entre todos logran pintarla de manera primorosa; así que lamenta el muchacho no haber ido con ellos, pues ha cenado las tapas con las que acompañan en los bares a las bebidas, y como bebe poco, poco ha comido.
Dadas las circunstancias, resulta temprano para recogerse, y la hospitalidad exige una velada agradable. Tejas y barquillos, café para los más dormidos, infusiones para quien tenga los nervios ligeros y algún licor fuerte, de los que insensibilizan la lengua y han de beberse a sorbitos. Ese piscolabis dispusieron Casilda y su hija, llegada la muchacha desde la capital con el fin de ayudar en la cocina a su madre. Ido el servicio a lo suyo, se inicia una conversación alimentada de contenidos banales: la infinidad de estrellas visibles en el cielo diáfano y la agradable temperatura de esa noche. Tras la fútil introducción, ya por abrir boca entrando en materia, ya en seguimiento de algún interés personal, es Benjamí quien pregunta la superficie de la finca y los cultivos que en ella se logran, así como los animales de engorde que cría; pues ha visto bellotas, unas a punto de la descomposición y otras enraizadas, al borde del camino que lleva desde la entrada de la cerca a las casas. Por esa brecha coloquial penetran diversos temas que facilitan el lucimiento a los Benítez Ferre; y la egocéntrica Mercedes se alarga y se ensancha impidiendo la entrada en la exposición al marido. Una vez exhibida la riqueza oculta y los planes de mejora para el crecimiento, pensados sólo en sus líneas maestras, la trivialidad vuelve a apropiarse de la conversación.

Cristóbal, el único que ha tomado café, cuando los demás agotan sus tazas de manzanilla o de poleo, ejerce el papel de anfitrión y sirve copitas de un licor hecho nada menos que de bellotas recogidas en los alcornoques. Menos dulces que las de encina, unidas a granos de anís y azúcar moreno, dan sabor al orujo de uva en cuya compañía permanecen medio año. Así hace y dice Cristóbal, dolido aún por los reproches recibidos de Mercedes al salir de la venta donde cenaron. Cata para conocer las bondades del líquido espiritoso, y vuelve a catar para confirmar la opinión. En esas está cuando alguien saca a relucir el tema del insomnio, que en mayor o menor medida resulta ser padecimiento de los presentes menos jóvenes. Del sueño se pasa a los sueños, vecinos desde el sexto día de la Creación; y Gaietà pide permiso para relatar la pesadilla que le atormentó unas cuantas noches a raíz de una excursión por los Pirineos gerundenses. Cristóbal, su padre, le hace ver que no es el mejor momento, pues los invitados merecen mayor formalidad. Como un escopetazo salta Mercedes en defensa del hijo, y de su boca brota un apoyo que se inicia enérgico para ir adquiriendo mesura a medida que crecen en la frase las palabras. Benjamí y Neus secundan a Mercedes en su beneplácito, y Cristóbal se sirve otro chorrito del gustoso licor.
Tras dejar en el traspatio de la mente lo escuchado a favor y en contra de su pretendido relato, Gaietà comienza con finas maneras la exposición. El año en que cursaba quinto curso de la Facultad, un grupo de amigos, chicos y chicas aficionados a la escritura, buscando la huella de Joan Maragall visitaron Sant Joan de les Abadesses. Allí escribió el poeta parte de su obra, incluidos los versos de “La vaca cega”, cuyo título da nombre a la finca. Continuaron por Sant Pau de Seguries a Camprodón, para llegar a Setcases, punto de descanso nocturno. Durmieron en una masía que los dueños alquilaban a los excursionistas, y fue allí donde la pesadilla del muchacho se produjo. La amiga con la que acampa a la orilla de un lago de alta montaña, trata de suicidarse; pero no desea hacerlo sola: se empeña en arrastrarlo a las aguas del fondo. El caso es que, rompiendo en pedazos desiguales las noches posteriores a la excursión, despertaba el narrador sobresaltado. Buscó, dice, sin hallarla, la causa de aquel sueño.

-Se aviene mal la razón con el capricho. No busques en los sueños lógica -dice Benjamí- no está en su naturaleza, no la poseen. Hay quien los encuentra hechos de la misma materia que la locura, pedacitos de ella.
-He oído decir en la radio a un experto –interviene Neus- que se sueña lo imposible, aquello que no ocurre y quisiéramos vivir; parece que el cerebro se conforma con esa figuración.
-Se expresan en un lenguaje impenetrable, formado por símbolos, imágenes relacionadas con la realidad oculta de la persona. –Añade Gaietà en tono de entendido.
-No importa su manera de producirse, los sueños orientan sobre lo que buscamos o acerca de lo que deseamos escapar; son premonitorios y existen personas que por ese conducto reciben avisos.
–Se oye decir a una voz musical que tiene su origen en los labios finos de la joven Herminia.
-Mis sueños –interviene David- aunque se presentan de forma distinta repiten su moraleja. Hablan de lo inalcanzable de algunos objetivos; y van desde animales que pretendo atrapar movido por su belleza, a objetos valorados muy alto.
Preocupa a David el interés de la audiencia; y comprende que la atención decae cuando oye roncar a Cristóbal. Por ello decide ceñirse en exclusiva al meollo para ir concluyendo.
-Otras veces me sitúan persiguiendo imposibles; y anoche, sin ir más lejos, surqué a pecho descubierto el espacio celeste camino de un punto de luz irreal, tenue y vivo a la vez.
-Ibas a tomar dos aviones -añade Cristóbal abriendo un solo ojo, polifemo dotado de una voz pegajosa surgida de la botella de licor- y tenías miedo, seguro. A mí también me pasa.
-A ti te pasa otra cosa distinta, babau borratxo. –Acusa Mercedes con inquina, en un tono de voz tan bajo que no llega más que al destinatario, sentado a su lado en el poyo.
-Yo, sin embargo -interviene Herminia- me sueño hada prodigiosa en un mundo real. En vez de conseguir vestidos a las cenicientas que han de ir a un baile y no poseen más que andrajos, colmo de agua pura el cántaro vacío de los sedientos, lleno de manjares la despensa de los necesitados y salvo a unos alpinistas desgraciados de caer al abismo y perecer.
-Tienes un gran corazón y te das a todos. –Dice su padre arrastrando las sílabas como si se le asieran al paladar.

Mercedes medita sobre lo que fue su vida con Cristóbal, quien a su lado sonríe con arte de bobos. Daría uno de los brazos sin vacilación, por haber conducido los acontecimientos últimos, los de la búsqueda de pruebas, por derroteros que la llevaran a la inocencia del esposo. Pero ahora todo está en manos de las emociones, y las emociones no se responsabilizan jamás de las consecuencias desencadenadas. Neus, que dice no recordar lo soñado, enaltece las formas narrativas de Gaietà, y pide al muchacho un favor que encaja en el derrotero íntimo tomado por la tertulia, el recitado del poema de Joan Maragall, a quien antes se ha referido el muchacho. La mujer lo aprendió en el colegio obligada por una profesora incondicional del poeta, y quiere que la venga de fuera, envuelto en emociones reales, para poder saborearlo.
“Topant de cap en una i altra soca / avançant d ́esma pel camí de l ́aigua / s ́en ve la vaca tota sola. Es cega”. Resulta de una gran belleza la entonación lograda por Gaietà, que insufla vida a las expresiones quietas, a las palabras dormidas; y añade su sentimiento de rapsoda al sentimiento puesto por el autor. Prosigue recitando Gaietà versos fuertes, delicados y trágicos, que describen el sentir interno del animal dolorido, hecho a los golpes y, no obstante, dispuesto a continuar el camino trazado. Cuesta poco imaginarse la escena de la vaca que va al bebedero apartada de las compañeras, dejada a su propia suerte, golpeándose con los salientes de los troncos, porque tiene un ojo muerto a causa de una piedra lanzada con mala fortuna, y el otro opaco, efecto de la tela que lo enturbia.
Al llegar al punto final, los respiros dominados vuelven al aire, percibiéndose un rumor que es la suma de alientos. La emoción termina con la tirantez de los nervios, y alguna lágrima pone brillo en los ojos de Neus y Herminia, más sensibles ellas acaso, quién sabe si más lloronas. Se miran unos a otros buscando una adhesión justificadora de la debilidad sufrida, y la encuentran; salvo en Cristóbal, genuina vaca ciega que está siendo tomada por un sopor ligero y cabecea a intervalos. Como si las miradas en él coincidentes lo llamaran a voces, despierta el achispado y aplaude sin ganas, ignorando a quién.

Su cabeza recibe imágenes antiguas; personas y lugares que se marcaron con intensidad en la mente joven. Oye a su madre explicarle las milagrosas facultades entregadas a los sacerdotes en su ordenación. Perdonar los pecados. Atar en la tierra lo que seguirá atado por siempre en el Cielo. Alterar la sustancia, trasmutar el pan y el vino en el cuerpo y la sangre divinas. Está ante el mar que rodea su Isla. Ve la hostia hecha sol, hogaza enorme que es la imagen de Dios Uno y Trino surgiendo de entre las aguas. Se ve elevándolo hasta tocar las nubes. Se pone de pie a duras penas y tomando la copa vacía, acierta a decir: Un momentet, que vais a presenciar el milagro de la consumación. Levanta los brazos de manera asimétrica, y la copa de cristal de Bohemia adquiere en lo alto refulgencia inusual. La atención de los presentes crece cuando la boca de Cristóbal, medio cerrada, libera unas palabras que han oído muchísimas veces a los sacerdotes en misa, instante prodigioso de la consagración: “Hic est enim calix sanguinis mei, novi et æterni testamenti; mysterium fidei; qui pro vobis et pro multis effundetur in remissionem pecatorum”. Pensando en lo orgullosa que estaría de él su amada prima Candela, le sale la fórmula a tropezones, partiendo las frases; pero esa circunstancia no resta gravedad ni transcendencia a la escena, que se fracciona en segmentos con la caída del oficiante, pelele de trapo, en los brazos de Mercedes. Cae con lentitud mientras escucha en su mente un fragmento del himno para la ordenación sacerdotal: Tu es sacerdos in aeternum secundum ordinem Melchisedech. Se ve obligada la esposa a ceñirlo para evitar que se rompa la crisma; y a justificar sin sentido la burla recién presenciada con una información que añade tintes sacrílegos a la procacidad de la broma.
-Hasta meses antes de casarnos fue cura en su tierra; y aún debe de sentir nostalgia.
Poco cabe añadir a lo visto y oído, por eso nadie habla cuando Herminia y David se hacen cargo del inconsciente. Mercedes, seguida por Gaietà, inicia el camino del dormitorio. Los demás, dudando entre sus escasas posibilidades de elección, optan por imitarla.

 

Capítulo Noveno

En el plano teórico, las posibilidades que el destino tenía de unir a Herminia Benítez Ferre y a Julio César Parodi, dama y vagabundo, no eran muchas. Tiempo y espacio se aliaban para reducirlas. Retiramos, por ejemplo, que el encuentro ocurra en Thailandia en época reciente. Se ocupa ella, mujer thai, en rastrillar el grano de arroz extendido para su oreo antes de enviarlo al molino, preciosa alfombra del color pajizo de la cáscara, rayada con todo primor por los surcos que los dientes del rastro dibujan paralelos; y él, rico señor de las tierras, pasa con su séquito a caballo, la ve, bella y vacilante en su presencia, se enamora de deseo y la lleva a palacio. Excluimos que en el Mercado de Ubuh, aldea de Bali central, Herminia, con un nombre autóctono vendiera las verduras arrancadas a la tierra; o que en la factoría de la Victorias Milling Company, de Negros, Filipinas, Herminia fuera operaria obligada a esforzarse a lo largo de agotadoras jornadas, capaces por sí solas de ajar su belleza magnífica; y Julio César, en uno u otro supuesto, viniera a ocupar alguno de los muchos sitiales que eleva la riqueza. Desechamos, digo, estas raras circunstancias miles de veces repetidas, porque las biografías que nos ocupan prescinden de Asia, y la sitúan a ella por encima de él.
De América partió el inquieto antepasado del galán, y no de las vastas praderas norteñas pobladas de búfalos; ni del área azteca en la época prehispánica. Tampoco del istmo central. Pertenecía el impaciente al inmenso Sur; y transcurría el último siglo del segundo milenio. Desciende de argentinos Julio César Parodi. De la Pampa extensa y sola emigró su abuelo paterno, de la Patagonia alejada, de la Sierra de San Luis. Hijo o nieto de emigrantes italianos y españoles, se arrancó del Buenos Aires laborioso por carecer de un proyecto claro. Pretendía lo nuevo, así que, cruzando el Río de la Plata, se presentó en Montevideo donde intimó con una belleza carioca; y siguiendo el cadencioso baile de las caderas se adentró en Brasil. Desde Río siguió el abuelo adelante, huyendo de unos hombres malos con quienes tuvo negocios de los llamados turbios, y se enredó hasta el tuétano. En Diamantino vivió un tiempo alquilándose a los ricos contra los pobres, haciéndose enemigos entre los que no se conforman con arrancarle al desalmado el alma y por añadidura le mutilan el cuerpo. Contracorriente en el torrente de la vida, continuó hasta Porto Velho. Allí se asentó, porque individuos como él llegaban a millares de todas partes, y las oportunidades nacidas al alba se esfumaban al anochecer. Incansables brazos de garimpeiros comenzaban a escudriñar el estaño contenido en la casiterita, y las fallidas explotaciones agrícolas denunciaban la pésima calidad del terreno. En ese momento justo, el abuelo Parodi, dejando preñada a la mujer con quien compartía las penalidades inherentes a los desheredados, recibió una facada en el corazón y regó con su sangre un barranco ignorante de leyes. Tres meses después nació aquel Parodi que un día iba a engendrar al mentado Julio César. Ignora el muchacho cual fue el itinerario vital del padre, quien no solía hablarle de sí. Pero en esas tierras se asegura que un fugitivo alcanza las mismas metas que un hombre libre, aunque en menos tiempo.

Caminar por senderos marcados apenas, medio borrados de pisadas huidizas, seguir trochas y desfiladeros, vadear ríos caudalosos infestados de peligros, adentrarse en las intrincadas selvas, pasar unas semanas con los rudos madeireiros, ayudar a quemar la floresta a los agricultores, unirse a los bandidos que diezman poblados indígenas o sumar los brazos a las cuadrillas trazadoras de la gran carretera, puede hacerlo quien no valora la vida y está empeñado en llegar rápido a la frontera peruana. En el territorio nombrado Perú, siguiendo el cauce del río Tapiche, alcanzó Requena; donde enemigos declarados de su patrón del momento lo esperaban. Quedó el fugitivo como Cristo en el Monte Calvario, después de explicarle con un caso práctico lo que solían hacer ellos, ejecutores fríos desprovistos de rencor, a quienes empleaban la fuerza y la maña en venganzas ajenas. Se marcharon los desquitados dándolo por difunto, porque de muertos sabían un rato y habían visto cien cadáveres con mejor aspecto. Pero no era su hora y mantuvo el resuello tras arrojarlo a la corriente del Ucayali. Unos campesinos lo encontraron enredado en matojos, comprobaron que alentaba, y en seis semanas de cuidados constantes pudo decidir y hacer sin ayuda.
Inició un largo viaje a través de la selva, siguiendo la vía abierta a sangre y fuego por sayones a sueldo de una compañía extractora de petróleo. Tomó la vereda conocida como de los Aucas, indios nómadas cuyo territorio selvático invadía, y después de muchas vicisitudes pudo llegar a Quito. Paró en la ciudad apenas unos días; urbe tranquila, calma, conquistada por la rutina: no halló en ella su ambiente. Colombia se hizo en su magín lugar de destino, y a ese país llegó en el momento en que los naturales elegían presidente. Fiesta y trago, vítores y mucho resentimiento; viéndose inmerso en un tumulto tan grande que sirvió de excusa a las autoridades para la declaración del estado de sitio. Los guardias apaleaban a diestro y siniestro rompiendo a los alborotadores, y con la sola guía de las apariencias físicas dejaron caer sobre las espaldas del errabundo Parodi toda su inquina. De buena encarnadura, en dos semanas estuvo listo para reanudar el culebreo de su camino Se cansaba de las hembras, pero no podía pasar sin ellas; y llegado a la ciudad de Pasto se arrimó a una pastusa de buenas hechuras, madre de dos niñas habidas en anteriores amancebamientos y, muy macho, la preñó a la primera.

Nació Julio César en el colombiano valle de Atriz. Allí, en Pasto, San Juan de Pasto, a los meros pies del Volcán Galeras, lo alumbró su madre. El Galeras es un monte dotado de una armonía fascinante. Majestuoso y altivo, en los primeros días del mundo se colmó de un fuego que expele en ocasiones solemnes y, a veces, trágicas. Pasa temporadas de sosiego y tranquilidad, y cuando siente los primeros síntomas de un inminente ataque de cólera, avisa a los observadores por medio de sismos para que prevengan a los vecinos y los alejen. Así se ve Julio César; eso mismo dice de sí. Se atribuye ese carácter que el volcán despliega: moderado durante un tiempo irregular, contenido acaso, y de pronto llega la explosión de gases, lava y cenizas liberando una energía más que considerable. Julio César fue bien acogido en el bohío familiar. Lo alimentaron con mazamorra las medio hermanas, porque la madre trabajaba fuera para que su hombre holgase y tuviera unas monedas destinadas al trago. El guambra hubo de madurar aprisa, pues no había cumplido aún los siete años cuando su padre escapó de la vida dura, del trabajo diario y de la escasez de todo. Le molestaba al hombre la miseria que suele acompañar a los pobres allá donde van. Miseria irregular del todo: algunos días más miseria que otros. Hubo de cargar la madre con las niñas y el propio Julio César; y aunque el alimento a su alcance era a todas luces insuficiente, las enfermedades no se cebaron en ellos.

Orientado por un maestro recto y perseverante que tenía como objetivo disminuir el analfabetismo en la población, el chiquillo aprendió a leer de corrido y a escribir disminuyendo las faltas de ortografía. Firmaba con mano segura poniendo sus dos nombres y el primer apellido, resumen de una historia ignorada. Quiso el profesor que estudiara los años necesarios para hacerse a su vez maestro, pues el país los necesitaba en buen número. Poseía el alumno como habilidad principal la buena memoria, y con los números parecía haber firmado un pacto de entendimiento. Destacaba en los deportes y por ahí hubiera seguido de tener alguna capacidad de sacrificio. Por dejadez no dominó ningún instrumento, aunque la música, tan presente en la vida de Pasto, enciende bengalas en su mente y le deleita el corazón. Vino a España por razones existenciales, y nada de lo que dejó al otro lado le obligaría a retroceder en su busca y rescate.
De la primera niñez, de la madre trabajadora, creyente y supersticiosa, queda en Julio César un poso emocional que le impide maldecir a Dios o a la Virgen; ninguna blasfemia sale de su boca llevando ese contenido. En Barcelona siente saudade y rememora las procesiones más vistosas del mundo. El sabor del helado de fruta y crema hecho en la paila por su madre buena, le quedó en el paladar como referencia; y se pasa el tiempo de calor, esté donde esté, probando helados hasta dar con uno que sepa así o tenga esa textura; y no lo encuentra. Por ayudarla o por juego, quiso girar la paila de cobre como lo hacía ella, y comprobó que su madre, girando la paila, era única. Eso y poco más trae de allá y de entonces, el muchacho que ha tomado la firme determinación de conquistar a Herminia.

Aun situados los jóvenes en la misma ciudad, resultaban dificultosos tanto la coincidencia como la alineación de vínculos, pues no frecuentaba Julio César los ambientes universitarios en los que la chica se movía, ni ella descendía a la parte baja de la ciudad transitada por él. De considerable envergadura –saca un palmo a Herminia siendo ella alta- se le ve venir incluso en una calle concurrida. Como los rasgos de su rostro ofrecen cierta armonía visible, y consigue colocar las manos sin que parezcan estorbos, manteniendo, además, una cadencia de movimientos agradable a la vista; necesitaría añadir el don de la palabra para cautivar a las mujeres. Y sucede que Julio César habla con soltura, dando a las palabras un soniquete meloso que acaricia cuanto sonido sale de su boca, torneándolo y puliéndolo como pieza de ebanista, endulzándolo como si de figura de repostero se tratara. Por si fuera poco, sus ojos grandes de mirar altivo iluminan una frente ancha cruzada por un mechón rebelde, suaves pómulos, poderosas mandíbulas, labios carnosos y una mueca de niño malo al que la madre, rendida sin condiciones al encanto infantil, perdona las travesuras.
Pensando en su porvenir pretendía Julio César dar con un atajo que le evitara la larga curva del sendero empinado, y vestido a la manera elegante de las clases pudientes comenzó a mostrarse en los bulliciosos corros de la Universidad. En las cafeterías de distintas facultades era fácil verlo aquel curso de mil novecientos noventa y cuatro; y si, permaneciendo sentado, las chicas lo miraban con insistencia, caminando lograba que las mismas chicas se dieran codazos mostrándoselo las unas a las otras entre risas y exclamaciones de admiración. Su entonación suramericana no lo sitúa en ninguna nación concreta; participa su deje de varios acentos pues ha viajado mucho, y nada específico almacena de lo traído de Colombia. Hecho de molde para el triunfo fácil y espontáneo, para la improvisación y el capricho; nada serio va a conseguir si no pone mayor insistencia y más continuidad en los empeños. Lo sabe y pretende corregir la conducta anterior.

En Barcelona se enorgullece de su hermana a medias, misionera seglar, una generosa muchacha enfermiza y corajuda, que socorre a los niños sin familia en los barrios marginales de Bogotá; un alma piadosa ignorante de las veces que aún ha de llamar a las puertas del Cielo para redimir a un hermanastro tan alejado de la fe. Pasa Julio César por ecuatoriano o natural de Perú cuando quiere esquivar la desconfianza muda. Trata de ahuyentar el análisis inoportuno de una ocupación discontinua, la suya, que deja abundante tiempo libre permitiendo vivir con desahogo. Y es que cuando la necesidad de plata profundiza y engorda, dejan de importarle la procedencia del dinero y la naturaleza del compromiso que debe adquirir para conseguirlo. Durante el período académico más agitado, encontró Herminia a Julio César desayunando en Ciencias Biológicas, facultad donde la muchacha estudiaba cuarto curso y algunas asignaturas de tercero, arrastradas como sábanas o colchas que Mercedes, sumadre, le hacía llevar de niña desde el tendedero a la alcoba. Estaba decidida a esforzarse para aprobar, y los ratos de respiro eran pocos. Su mejor amiga se lo presentó, y ella, con la cabeza en su próximo examen, no le hizo el menor caso.
Quizá fuera esa indiferencia la culpable de que él se interesara por las circunstancias de la chica preguntando a la compañera. Deduciendo, conoció por ese conducto que venía de una familia pudiente, y tal eventualidad le impulsó más que cualquier otra a la conquista. Se lo tomó como un reto personal y de esa única manera hay que verlo; primer acto consecuente de la íntima promesa de cambio. Puso empeño, un empeño en él desconocido. La primera vez que se amaron, sintió Herminia una mezcla de rechazo y sometimiento; amor y odio fundidos. Catalizador o detonante, la violencia se presentó en los momentos previos a la culminación. Supieron entonces que aquella pasión iba a dominarlos mientras vivieran, y que irían en busca de la fuente allá donde manara. Los intervalos entre encuentros se fueron abreviando hasta hacerse pausas breves. Les eran indiferentes el lugar y el momento; cualquiera servía cuando la necesidad de someter y ser sometidos avanzaba por las venas. El amor no tiene con la lógica ningún parentesco, y la razón fue descabalgada de los impulsos de Herminia. No era sólo placer; poco hubiera valido, poco hubiera durado; aunque disponía del ánfora capaz de albergar una cantidad desmedida. Se confundían en ella, metida de lleno en los duros combates amorosos, el deseo de vida y el temor a la muerte; porque ambas, muerte y vida, se persiguen para afirmarse, intimidad gozosamente maltratada, la una en la otra.

Arañó la hembra la espalda del macho hasta lograr la sangre que, sin consciencia, buscaba. Julio César debió de sentir el dulzor de la herida, porque su queja fue un grito terminal, expresión de llegada a la cima del monte que se escala; el ¡viva! de quien ha conseguido la meta considerada inasequible dos horas antes. No se trataba sólo del goce, porque la ternura se presentaba en los momentos más íntimos; y hubiera querido Mina que al sonreírla con esa sonrisa suya, tan devastadora, él la llamara Bombolla y Abella, cariñosos apelativos que usan para nombrarla sus amistades.
Tardaron en abrazarse aunque lo deseaban ambos. Quería él que ella se ofreciera, y ella buscaba ser objeto de una conquista imperiosa que la redimiera de culpa. Y sucedió de ese modo: hubo humillación exaltada de los sentimientos, desarrollo de la largueza de espíritu. Cayó Herminia de rodillas ante la hombría, e inhaló su masculino aroma liberando el misterio de la vida en tres o cuatro envites; y lo hizo con tal ansia, que de ese instante parecían depender el siguiente y la fila inmedible de los venideros, materia prima de la eternidad. Se sometió cuanto él quería, y Julio César la forzó hasta donde ella deseaba; ni un milímetro más. En ese sentido fue perfecto; pero la doble victoria resultó efímera y el antagonismo se produjo de nuevo. Es más, renacía con insistencia; por lo que necesitaban librar una batalla tras otra para sentirse satisfechos sin lugar a dudas, para pensar que la vida estaba hecha a medida de su capacidad de dar y recibir; y ambos se deslizaban a su antojo por la inclinada pendiente. El amor, si el amor consiste en esa contradicción que busca consumar la obra y seguir trabajando en ella, si pretende llegar a la conclusión de la ceremonia y desea la continuidad del rito, si el amor es la muerte y la vida girando en círculo una tras otra, unidas al ser, dándole motivo de existencia; si el amor es así, su amor, el amor de Herminia y Julio César, no era un amor al uso de los tiempos tranquilos, era el ímpetu renovado de las épocas trágicas, capaz de atarse y desatarse sin tregua. Cuando el reposo se adueñaba de la situación, porque el ánfora derramaba por el cuello su contenido, bastaba un gesto impúdico para comenzar de nuevo la acción desaforada.

Vincularse con lazos legales a una española, era un medio más que un fin: necesitaba el colombiano alargar la estancia en el país elegido para ir haciéndose un hueco. Círculo vicioso, la esposa, una vez conseguida, le proporcionaría una posición elevada; pero precisaba una posición elevada para conseguir esposa. El disfrute de los bienes, propósito de raíces profundas y antiguas, en el caso de Mina, le llegaba por añadidura. Era ambicioso; codiciaba el reconocimiento y el poder que da la plata; el incremento del valor concedido a su nombre, a su firma escrita. Emigrante que desea mejorar la posición a ojos vistas y acumular fortuna en un santiamén, ¿es Julio César culpable de la osadía, de la temeridad, motores de sus actos? De su forma de vida culpa a la herencia: bohemio, displicente, tornadizo. De su afán de prosperar sin esfuerzo culpa al modelo recibido en los genes. Por último, a las circunstancias que rodearon su niñez y adolescencia atribuye el carácter propio; con lo cual, ni la mínima responsabilidad queda a la persona, víctima si acaso. Su padre, su abuelo, y los padres y abuelos de ellos, propiciaron que él acumulase las particularidades negativas del individuo que es. Herencia y entorno le obligan a ir de un lado hacia otro buscando la felicidad; y esa búsqueda no es otra cosa que un derecho, uno de los pocos reconocidos como fundamentales por las leyes de casi todos los países. ¿Resulta Julio César culpable de hallar la dicha por mediación de unas prácticas extremas y extremadas? Propicios o enfrentados, a nadie que significara algo en el asunto importante de su amor impulsivo, a ningún conocido que inquiriera curioso, ocultaba Julio César el deseo de conquista que florecía en su pecho.

Estuvo dispuesto a hablar con Cristóbal, cuando creyó que era el padre quien se oponía a su amor con la Nena. Le vio Mina decidido a abordar a Mercedes en la puerta de casa, la noche memorable en que la joven dibujó la muralla elevada por su madre para separarlos. Quería explicarle la compleja verdad: frenesí incontenible y pasión devoradora latentes en la relación con su hija; aunque estaba seguro de que mujer tan testaruda no iba a destinar ninguna energía a entenderlo. Quiso decir a la madre, que en la hija tan amada, en efecto, encontraban término sus necesidades; pero que la joven con él cubría las suyas. Quiso que Mina dijera a su madre, que ella, en el interés por él, iba más allá de los intereses que pudiera él tener, colmándolos, sobrepasándolos. Que el amor, el deseo y la pasión de Herminia eran autónomos; y en ningún momento necesitaban para su existencia el amor, el deseo y la pasión de Julio César.
Lo seguiría la chica hasta lugares inhóspitos; capaz era de dejarse arrastrar por el bello extranjero hacia su mundo extraño, infierno y paraíso. Si no aparecía pronto otro remedio, estaba resuelta a cortar los lazos establecidos con la madre adoptiva, con la empresa familiar que le proporciona trabajo y dinero. En ese espacio de pesquisa aparecía una contradicción importante. Su voluntad, inducida por las crecientes emociones, aceptaba la pérdida de posición tan ventajosa. Era la lógica la que trataba de encontrar un punto de vista destinado a conciliar los enfoques sin el menor quebranto.

De nuevo, ejemplo y legado determinando carriles y hasta la estación término. Decidida a intentarlo todo venía la madre biológica de la lucha por la supervivencia, primer escalón en el ascenso hacia la volátil prosperidad. El hedonismo y el amor se revelaron en la hembra Florencia, transmisora de las frenos y estímulos de la joven Herminia, como fuerza de mucho tirón. No ignora ella que el propio Cristóbal se rindió con armas y bagajes al vistoso despliegue de los encantos femeninos. Y ahí, herencia y, además, ejemplo; encuentra ella el origen de su proceder concupiscente, sensualidad vista y recibida que explica el propio erotismo y hasta lo disculpa. Providencia benefactora de lo existente, minerales, plantas y criaturas: si el Destino contaba al principio con muy pocos medios para unir a la dama Herminia y al vagabundo Julio César, queda claro que los utilizó bien. Aunque, en honor de la verdad, no lo hizo del todo. Los puso en contacto, no cabe duda; y era un objetivo que parecía imposible de conseguir. Pero la lógica, raro caso en verdad, acabó por dominar a las emociones. Ahí está la prueba palpable: Mina y David aceptan su condición de novios; y en trance de pedir la mano de ella los padres del muchacho recorren la dehesa y sus alrededores.
En esa aspiración, el destino, entendido como acaso, albur o casualidad; encontró las circunstancias más favorables. Mina y David pudieron encontrarse por primera vez en la escuela, cuando cursaban primaria. Cabe esa posibilidad, pero ahora no son capaces de recordarlo. El colegio de frailes en preescolar era mixto, y los más pequeños –pantalón o falda verde obscuro, combinados con chaquetita de punto del mismo color en tono claro- se iniciaban en la lectura. Volvían a juntarse los mismos alumnos -ya adolescentes- en el COU, curso de orientación universitaria, cuando la rebeldía propia de la edad se empeñaba en transgredir las normas, y ellos prescindían del uniforme y de algunas clases. En la enseñanza general básica, lo mismo que en el bachillerato, las niñas estudiaban solas en el colegio de religiosas, situado dos manzanas más allá. Se llevaban bien los directores de ambas instituciones, fraile y monja, y colaboraban cuando la enseñanza exigía especialización o el número de alumnos disminuía; en cualquier caso, obedeciendo la alianza a los mutuos deseos de sanear la cuenta de resultados.
Desparejos en la intensidad del esfuerzo –ponía más interés el chico- ni David ni Mina destellaron en los estudios; con todo, lograron sacar los cursos en el tiempo debido. Esa marcha paralela permitió el reencuentro el año preparatorio del ingreso en la Universidad; y entonces pudieron relacionarse. Cercanos los apellidos atendiendo al orden alfabético, Benítez y Creixell formaron parte del mismo grupo de trabajo en las diversas tareas colectivas. Coincidieron, además, en la parroquia; donde asistían a reuniones juveniles que, tratando de dar al amor la ocasión de nacer puro y crecer sujeto a la decencia, organizaba el párroco incitado por algunos padres. Con el fin de propiciar matrimonios cristianos que educaran a los hijos en la fe, los juntaba luego en las dependencias de la sacristía, y bailaban o tomaban refrescos en un ambiente cargado de ingenuidad e inexperiencia. O eran lobos embutidos en piel de cordero o eran los últimos corderos de la ciudad, pensó Herminia al verlos. Si se atenía a la sinceridad enclaustrada en el comportamiento de David, cordero era y bien cordero, esponjosa lana y aspecto desvalido. Semejaba un perrillo faldero yendo tras ella en apoyo de cualquier iniciativa que la chica tomase.

 

Capítulo Décimo

Amanece el sábado sobre las colinas cuando Pepe, el guardés, sale de la casa en dirección a los establos. Es de poco dormir; con cinco horas escasas queda satisfecho. Nada más despertarse se inquieta y el desasosiego y el aburrimiento lo sacan de la cama. Aprovecha esa circunstancia para acercarse a los obreros cuando aún luchan contra la inercia del reposo nocturno. Guardando cierta simetría temporal, al anochecer se da otro momento proclive al abandono, cuando animales y peones regresan cansados. Pepe lo sabe y vigila el ordeño, la conservación de la leche, la separación de las crías que se defienden solas y el engorde de los cebones. Tiene que estar al tanto, pues si sucede que cuenta con sus hijos y los empleados son obedientes, ninguno es capaz de tomar decisiones fuera de lo dispuesto. Sabe que la vigilancia debe ser constante si se trata de impedir que los braceros caigan en la molicie y la rutina. Ha distribuido el trabajo de manera eficaz: los tractoristas y Goyo, el mayor de los suyos, se encargan de la agricultura y de la explotación arbórea; la ganadería es cosa de Felipe, los obreros portugueses y el peón marroquí. Lo que no quita para que unos y otros echen alguna mano en la actividad que lo necesite.
Pepe quiere acercarse hoy al río con los trebejos de pesca. Está empeñado en conseguir peces para el almuerzo, pues se ha jactado ante Mercedes de sus habilidades en ese terreno. Desea que pasen los días de la Semana Santa para dedicarse a lo suyo sin interferencias. No, no es que le incomode la visita, pues las cuentas están claras, su trabajo luce y conviene que quienes han de valorarlo lo sepan. Liberó a Nino, el contable, de presentarse en el escritorio; pero el muchacho es muy cumplidor y no quiere dejar tarea atrasada ni facilitar el menor extravío de documentos. Lo verá un instante, el tiempo justo de anunciarle el regalo de Mercedes, esa gratificación nacida del buen informe dado a la señora. Le vendrá bien al contable la ayuda para atender deudas pendientes.
Llega Pepe a los cobertizos y encuentra a Ibrahin, el peón “de Ksar el Kebir, una ciudad pegada a Larache, en Marruecos”, al decir del mismo muchacho en una sola frase dividida en tres tramos. Se trata de una localidad que dista de la finca menos que algunas de las capitales españolas. El marroquí duerme en la lastra de la tenada, y se levanta a eso de las seis y media. Una escalera rústica, formada por dos varales oscuros de roble o encina y travesaños de la misma madera, le sube a su cuarto. En ese espacio superior hace de lecho un camastro preparado para sustentar el jergón que el uso va deformando. Regalo de Casilda, un armario guarda sus prendas de vestir, alguna de ellas perteneciente a los Durán y usada después por Pepe. Es poco presumido y apenas se mira en la luna, desazogada a corros, que recubre la puerta casi entera. Una lámpara, del tamaño apropiado para la mesita, ilumina un cerco insuficiente; pero Ibrahim no suele encender la bombilla del techo, ya que dado su mayor tamaño y la intensidad de la luz que irradia, la considera derrochadora. Frío no pasa; le llega el calor animal de las ovejas y, a mayores, cuenta con dos mantas de las que se usaban para el ganado. Su olor personal, muy a su pesar y del aseo constante, se confunde con el que impregna techo y paredes, originado por las bestias y sus excrementos; un tufo de establo que a él no le disgusta del todo, aunque, pensando en los demás, trata de borrarlo de su cuerpo con frecuentes abluciones y agua de colonia. Para esos menesteres higiénicos dispone de una pieza situada al fondo de la nave, provista de ducha, retrete y un lavabo con espejo ante el que se afeita y se acicala.

Sonríe Pepe al saludarlo, porque Ibrahim, animoso, ya está atareado en lo suyo. En tono de confianza pronuncia Pepe dos palabras que suenan a cumplido árabe; y así ha de ser, porque el peón abre los labios y muestra unos dientes mal atendidos, devolviendo los buenos días en su peculiar castellano.
-Parece que vamos a disfrutar de un día claro y agradable temperatura ¿no crees? Y bien que nos viene, pues estamos de fiesta en la Dehesa. –Anuncia Pepe, llamando por el nombre antiguo a la finca; y es que no acaba de hacerse con la nueva denominación. Como solución intermedia transforma cega en ciega, y así, castellanizada, se atreve a decirla ante extraños.
Ha notado Ibrahim el tejemaneje de los señoritos y se lo explica a Pepe con dificultad. Ayer se acercó una pareja joven, que dada la soltura de gestos y el dominio mostrado en el ir y venir supuso próxima a los dueños. Le habló la chica; por cierto, muy guapa. Tanto, que, azorado, hizo como quien no entiende y siguió mudando la cama a las vacas, retirando el estiércol regado de orines y dejando en su lugar paja seca.
-Pues ellos –añade Pepe al hilo de lo expresado por el mozo- sus padres y unos amigos piensan recorrer la finca esta mañana. Así que ya puedes mostrarte amable. Sobre todo con la señora; ella me ha ordenado arreglarte los papeles.
Eleva el tono de voz y gesticula el guardés al dirigir la parla a Ibrahim. Sus manos, pájaros agitados, quieren dibujar en el aire objetos y acciones a la vez que los nombra, y el ejercicio continuado va logrando una síntesis graciosa que a su entender robustece el lenguaje oral. Pero cuando habla el extranjero, tratando de acelerar el proceso de instrucción lingüística recién emprendido, se esfuerza el maestro en corregir las palabras mal dichas, llevándolas a su sonido y significado correctos, tal como se dicen en Extremadura.

Quizá espere Ibrahim demasiado del mañana; es joven y confía sin razón de peso en el futuro, un tiempo inexistente que improvisamos a partir de fragmentos desclavados del pretérito marchito. Se ve portador de los documentos legales, y empieza a sentirse ciudadano libre capaz de ir adonde desee. Podrá elegir trabajo, y el lugar de residencia. Viajará a su capricho sin ocultarse de la guardia civil ni de la policía. No le gusta cuidar ovejas; piensa dedicarse por entero a la jardinería, y rodeado de plantas floridas oirá el rumor del agua saliendo de los surtidores. Ansía poder decir al patrono que no está de acuerdo, cuando el patrono exija demasiado o pague mal el trabajo bien hecho. Quiere mirar sin miedo a las chicas con las que se cruza en la acera; desea hablar de amor a las que le parezcan amables y receptivas. Pretende, incluso, iniciar los estudios precisos para hacerse médico.
De noche, en su ajada yacija, pasa revista a los hechos inmediatos, tan próximos que aún guardan tiernas las cicatrices. Cuando rememora el ayer y lo compara con el hoy recién iniciado, da el marroquí por bien empleado el padecimiento sufrido en la huída. El viaje en barcaza a través del Estrecho, el naufragio al pie de la costa soñada, la llegada a la playa aterido y sin fuerzas, la escapada a través de tierras extrañas orillando los lugares habitados; bebiendo en arroyos o en charcos de lluvia, comiendo frutos silvestres hasta llegar tan lejos como permitía el coraje. Y solo, al margen de los compañeros de travesía, para que el avance, siendo más difícil, resultara más sencillo. Creyéndose llegado al extremo norte de la Península, detuvo su paso en una gasolinera de mucho trasiego, donde solicitó trabajo y le encargaron la limpieza de un foso. Vio una cavidad impenetrable para cualquier persona: continente de un palmo de gasóleo mezclado con barro y emanaciones tóxicas en vez de aire puro. Forzado por la necesidad y protegido con una mascarilla que apenas mitigaba los hedores, calzando las botas de pocero que le entregó el encargado, descendió a lo que parecía su tumba. Salía a intervalos muy breves para vaciar la herrada cargada de desechos, o antes si le llegaba el ahogo.

Tardó más de media jornada en cumplir el encargo, y casi dos horas en quitarse la suciedad y despejar los pulmones de gases dañinos. Sació el hambre acumulada un guiso de patatas con carne del que se sirvió tres platos, y acostado en el cuarto de los utensilios sobre una estera de esparto, sobreponiéndose a las náuseas continuas durmió hasta el alba. Al despedirse, los empleadores le entregaron un puñado de monedas de níquel y cobre, varios bocadillos y una botella de agua; señalándole en el mapa de España fijado a la pared el lugar donde estaba. Descubrió que la población vista desde la ventana pertenecía a la franja sur de un país enorme, y la cortedad de la distancia recorrida agravaba su condición de indocumentado. No obstante sentía una seguridad confusa, apoyada acaso en la propia geografía y en la actitud de la gente. Algo mío tienen: se dijo; tengo algo suyo. Aquí habitaron mis antepasados durante siglos, la huella se distingue todavía, queda parte de su obra.
Dejando la gasolinera a la izquierda siguió Ibrahim su éxodo descaminado, línea quebrada hasta un cortijo situado al margen de las carreteras. Pasó allí tres meses entregando su esfuerzo a cambio de comida, vestido, un catre y algo de dinero que a la hora de comprar subsistencia apenas servía. Amilanado por la ambigüedad de las sombras nocturnas, las amigas y las enemigas con la misma traza; entregado a la sospecha que despiertan los murmullos oídos al paso cauteloso, espantado de los propios miedos, nacidos dentro de sí junto a la prudencia y la reserva, se despidió pretextando con gestos un mejor arreglo en otra parte.

Bordeó Sevilla, Coria del Río y Sanlúcar la Mayor; y desde Aznalcóllar, por Castillo de las Guardas, se presentó en Zafra. Desde allí, a los pocos días, estuvo en Jerez de los Caballeros, donde se vio obligado a hacer un alto por sentir los pies llagados y doloridos. Recibió ayuda de unas almas caritativas que aun desconociendo la palabra del profeta la respetaban: “El bien que hagáis sea para los padres, los parientes, los huérfanos, los pobres y el viajero”: dice El Corán en el versículo 211 de la segunda azora. Unos infieles que obraban como creyentes curaron sus desolladuras, alimentaron el estómago y le cedieron un lecho donde dormitó durante una larga semana. Dio por concluida la abreviada estancia dejando el testimonio de su agradecimiento en forma de un caballo árabe de madera de olivo, pieza labrada por sus manos con el auxilio de una navaja y un escoplo romo al que limó hasta aguzarlo. Partió Ibrahim una mañana a prima hora, y en una etapa interminable llegó a un paraje de encinares donde criaban cochinos. Se refugió en un sotechado accesible, y al abrigarse con el tabardo raído que llevaba, descubrió en el bolsillo interior, doblados, cuatro billetes: pago escondido de la escultura donada. Allí, por la mañana, lo emplearon en el antiguo oficio de porquero, que aprendió casi sin explicaciones. Pasó a gobernar la piara bajo las frondosas copas repletas de bellotas maduras, mientras construía en su cabeza castillos sin cimientos de torres elevadas.
Al borde de la Navidad, buscando la frontera y el posible escape que representan las rayas separadoras de los países, sorteando la gran urbe de Badajoz, alcanzó el territorio de “La vaca cega” y se topó con Pepe. El avispado guardés vio en el marroquí un peón industrioso, capaz de ocuparse con soltura en lo que hiciera falta y, sin consultar con Mercedes, lo empleó. El cobertizo que almacenaba en tiempos yerba y alfalfa secas, alimento invernal de las reses bravas, al suprimirse ese renglón del negocio quedó infrautilizado. Poco después el ama Durán contrató a los dos portugueses, y con el fin de que durmieran al pie del tajo cuando fuera preciso o se resguardaran en las horas de reposo, adaptó el henil como vivienda con muy poco gasto. Data de entonces el hogar de chimenea situado en un esconce; el tabique de rasillón lucido que delimita las habitaciones y un depósito que contiene agua sacada del pozo. El cuidado de cerdos y vacas obliga a los obreros portugueses a pernoctar en “La vaca cega” más de lo que quisieran; pues enfermedades y partos no distinguen el día de la noche ni las jornadas laborables de las festivas. Están los dos quejosos de que sea Ibrahim, el último en llegar, quien se ocupe de las ovejas, poco dadas a enfermar y, por si no bastara, capaces de parir sin asistencia.

Son ya casi las once cuando los señores y sus hijos se disponen a desayunar. Ofrece Pepe un revuelto de ajos tiernos y espárragos silvestres, y Benjamí, tratando de complacer a los dueños en la persona del guardés o tentado por la promesa de recuperar sabores perdidos, acepta. Se unen a él Cristóbal y Mina; David secunda la elección de la novia. Mercedes y Neus, junto con Gaietà, que se ha levantado el último, toman leche de las vacas propias, unas tostadas con unto de mantequilla casera y mermelada de tomate; innovación, el dulce, obra de Casilda muy alabada por quienes la prueban.
-Si sentís alguna curiosidad y soportáis los olores fuertes, podemos ver los establos. –Anuncia Mercedes a los invitados, cuando al salir del comedor da instrucciones a Pepe para que marque el itinerario.
-Yo voy; bueno, quiero decir que nosotros vamos. Los corderitos son una preciosidad, esponjosos como nubes de algodón, y parecen tan tiernos y desvalidos… Da gloria verlos mamar. –Habla Herminia siguiendo a su madre y dirigiéndose a David con una mirada ambigua, que busca la aquiescencia un momento antes de imponer la voluntad.
-Sólo estarán los recién nacidos y sus madres, como podéis suponer –explica la anfitriona- pues los otros ya salen al campo y se alimentan de pasto completado con el remanente de las ubres. A ovejas, vacas y cerdos, por separado, podemos encontrarlos a lo largo del recorrido. Para visitar los rediles es el mejor momento, pues a estas alturas de la mañana estarán limpios y ventilados. Quiero mostraros los adelantos que existen para facilitar la tarea de los obreros y aumentar la higiene en el ordeño y transporte de la leche. La alimentación natural y la limpieza constante forman la mejor vacuna, cuando se trata de prevenir enfermedades como la llamada de “las vacas locas”, que afecta ya a parte del ganado extremeño y está arruinando las explotaciones peor preparadas.

-Iremos gustosos –dice Benjamí mirando a su mujer- Neus disfruta con los animales, y no tiene muchas oportunidades de verlos en su medio natural.
Se cuadran los excursionistas en dos coches; uno es el viejo Renault, que conduce Pepe. En él van los varones con la excepción de David, quien prefiere ir pegado a su novia y acompaña a las mujeres en el todoterreno guiado por Mercedes. Toman ambos el camino de tierra que atraviesa una extensión de monte bajo: encinas y matojos. Pueden apreciarse corros de tierra húmeda salpicados de bellotas buscando donde hincar las raíces y elevar el tallo. Más adelante, bajo una encina de copa monumental, ven unos cerdos hozando. No parecen buscadores de alimento; ahítos, por puro placer levantan el terreno que antes ya han hociqueado. Los vehículos cruzan luego el espacio destinado a los sorprendentes y mudables alcornoques; algunos de envergadura considerable, y al admirarse Benjamí de su gran tamaño, le habla Pepe del “El Abuelo”, el más corpulento de la región y acaso de España. Se encuentra el prodigio –ilustra con suficiencia el guardés- muy cerca de la finca, en Alburquerque, un pueblo medieval de larga historia.
Al salir de un recodo que tuerce a la izquierda se topan con las tenadas, un grupo de edificaciones de baja altura, techado con toldo de madera en ligero declive y tejas árabes salpicadas de musgo. Dejan los coches en la explanada anterior y allí descienden, a unos pasos de los portones. Evolucionan en torno a los edificios unos pájaros negros de belleza inquietante; semejan ballestas debido a la forma de arco adoptada por sus alas, y a la innegable semejanza de saeta que poseen su tronco ahusado y el pico. Entran en los huecos formados en las junturas de las piedras, justo a la altura del más elevado de los aleros, y salen al instante.

-Son vencejos reales –informa Herminia elevando la voz para que todos la oigan- y es raro que estén en zona habitada pues son más bien campestres. Habrán llegado hace poco de su peregrinaje, y este lugar, cercano al río, donde abundarán los insectos, le viene que ni pintado a su modo de vida. –Al notar que los del grupo no le prestan mucha atención, poco a poco va bajando el tono para acabar dirigiéndose a David casi en un susurro.
Entran todos tras el guardés, que duda entre ceder el paso o mostrar el camino; ya dentro, una después de otra recorren las instalaciones: tinados corridos modernizados por el Ama Durán y puestos al día, tras la compra de los Benítez Ferre, con los métodos y útiles más adelantados. Una mesa amplia, poco más que un tablero sobre cuatro troncos hermanos, presenta un admirable conjunto escultórico de muy diversa factura. Dos maneras muy distintas de entender la artesanía se descubren al instante, la de Ibrahin, algo tosca pero llena de ternura; y la del portugués Basilio, más elaborada y de aspecto trágico. Uno modela animales y personas el otro; por lo que colaboran y se aconsejan perfeccionando su arte.
En un aprisco cálido, arrimados a las madres, balan sus quejas los corderillos; apenas alcanzan a ponerse en pie, y abriendo las patas levantan la boca ansiosa hasta las ubres. Juega Herminia con el más pequeño, lo toma en brazos y lo acuna como si se tratara de un niño de pecho, y hasta le ofrece el seno izquierdo en simulación espontánea. A David se le abre la boca de admiración, al ver a la chica metida de lleno en el tierno papel de madre solícita. En cuanto explora las naves, la comitiva, paseando –hay un buen trecho- se dirige al río Gévora. David y Gaietà van solos detrás de los otros. Herminia camina al lado de Neus siguiendo a sus padres, a Benjamí y a Pepe que sirve de guía.

-Me agrada el arreglo logrado en vuestra finca; cada cual tiene su faena asignada, pero se ayudan cuando lo pide la buena marcha del conjunto. –Confiesa David a su amigo.
-Evaluada la situación con criterio urbano, el juicio no puede ser otro. “La vaca cega” goza de cierta autonomía, y los obreros llevan a cabo procesos íntegros, por lo que pueden sentirse satisfechos del magnífico resultado obtenido con su trabajo, aunque en ocasiones resulte agotador. Sí, aquí se puede seguir el ciclo de la naturaleza al completo y entender muchas de sus razones.
-Es cierto. A pesar de la mecanización introducida en la agricultura, el campo está más humanizado que la ciudad; y en concreto fincas como la vuestra.
-Ya; aunque creo que el deterioro producido en el entorno es palpable. Yo me considero ecologista, y tú lo sabes. Por eso, viendo el efecto de las labores agrícolas y el pastoreo sobre el Gévora, empobrecido de caudal y empobreciéndose de plantas y peces, sufro.
-No tiene sentido que te inquietes Gaietà. Por lo que puede apreciarse, la explotación racional se ha dado desde siempre en esta tierra.
-El hombre está resultado ser un animal nocivo para la Naturaleza. Su ambición no alcanza límites.
-Tienes razón. El hombre contemporáneo, integrante de lo que se ha dado en llamar la civilización occidental, desconfía del mañana y puede atesorar cuanto conquiste en forma de dinero. Ahí mismo, en esa desgraciada coincidencia, veo la causa de su proceder desquiciado.
Hablan así los dos muchachos, descubriendo una vez más, que sus puntos de vista, al ser contrastados, se aproximan hasta la coincidencia. Mientras, en la comitiva dispersa se dan otras conversaciones.
-Herminia, he pedido a David que nos dejara solas porque deseo hablar contigo. ¿No te molesta?
-¡No!, en absoluto; me parece bien. Sabes que David y Gaietà tienen mucho en común, y se hallarán a sus anchas conversando de las cosas que los unen. Hablemos, pues, de lo que te apetezca.
-Deseo saber si has sondeado a tu madre sobre lo que nos trae a vuestra finca. Venimos a pedir tu mano, y no queremos obrar en contra de su voluntad.
-Mi madre asegura que os hemos invitado a pasar unos días en “La vaca cega” y sus alrededores, para que, tratándonos sin agobios, nos conozcamos mejor.
-Ya, sí en eso estoy de acuerdo; pero has de entender que una cosa es vuestro noviazgo y otra nuestra relación con tus padres. Parece que congeniamos, pero si no fuera así, si surgiera cualquier diferencia, esa posible disparidad no debe afectar al amor que os tenéis ni retrasar la boda.
-Mercedes aprecia a David, y la agrada que nos casemos. Desde que cumplí los catorce años me repite que el momento más feliz de su existencia será el de mi entrada, vestida de novia, en la basílica de Montserrat. No tiene prisa, eso seguro; le costará desprenderse de mí.
-Es natural, entre madre e hija existe una complicidad que yo no puedo alcanzar con David. La mutua condición femenina allana caminos y alisa disparidades.
-No creas; yo estoy más unida a mi padre. Solemos apoyarnos en nuestras divergencias con mamá, y siento que él necesita mi respaldo.
-Ya pero Cristóbal desea tu bien y comprende que tarde o temprano tendrás que dejar la casa. Así ha sido siempre y lo será en el futuro.
-Aceptará mi voluntad sea cual sea. Conozco su manera de ser; no dirá nada, se ha ido acostumbrando a sufrir en silencio. En cuanto a mi madre, persigue, como es lógico, mi felicidad; pero fuera de sus planes no sabe identificarla. No te asombre que vaya con precaución.
-Entonces ¿tú crees que acepta vuestro plan de casaros a mediados de agosto? Hay tiempo de sobra para ultimar los preparativos…
-Estás muy tensa, Neus; relájate y vive tranquila. Podréis pedir mi mano; claro que sí. Luego fijaremos la fecha de la boda y hablaremos del piso que David y yo hemos visto varias veces; de la forma de pagarlo inclusive.
-No comentes nada a Mercedes de lo que hemos tratado en esta breve charla de amigas.
-No hace falta; es lista y se lo figura.

Suegra y nuera descubren invariables sus posiciones; y saben que la plática ha servido de poco. Simétricas respecto a David, que es el eje, ambas dependen de Mercedes, elemento clave de cualquier acción y seguidora incondicional de una brújula desimantada. Por si fuera poco, esposa indiferente a los afectos maritales, oculta sus cartas hasta al compañero de juego, ese desdichado Cristóbal que no sabe si viene o va. Se acercan los muchachos al grupo, y aprovechan los novios para tomarse de la mano con una sonrisa y avanzar unidos. Llegan ya muy cerca de donde está el sumidero natural, claveguera oculta a escasos cincuenta metros del río.
La “Vaca Cega”, en su extensión actual, resulta de lo más heterogénea; al menos así me lo parece. Entiendo que para aprovechar los diferentes tipos de terreno, complementarios si no me equivoco, se requerirán conocimientos profundos y una buena capacidad de decisión. –Expresa Benjamí en el momento en que dejan por la derecha un ralo encinar sembrado de trigo en los huecos, y por la izquierda una hondonada verde donde pasta una veintena de vacas.
-Tiene el tamaño idóneo. Su aprovechamiento requiere, a más de experiencia, intuición; y estar al tanto de la marcha del mercado. –Explica Mercedes aceptando satisfecha la posibilidad de explayarse- Nosotros llevamos poco tiempo y estamos en la fase de tanteo; pero hemos visto que al unir la agricultura con la ganadería ambas se refuerzan. De ningún modo se trata de una inversión dormida o de un lujo; produce beneficios que no siendo altos tienen a su favor la estabilidad. Los cereales, el corcho y la madera son poco volubles; y los años malos, si los hay, se remedian con ayudas oficiales o indemnizaciones del seguro. Otra música suena en la explotación pecuaria; ya que a los días de abundancia les siguen otros de escasez, y hay que estar prevenidos. Por mucho que nos esforcemos, las malditas epidemias pueden dejarnos sin nada en cualquier momento; ya es suerte que estemos libres de la enfermedad de “las vacas locas”, aunque, como los precios están por los suelos, nos afecta. Hemos ido tirando con cerdos y ovejas, pero acecha un nuevo peligro. Se trata nada menos que de la fiebre aftosa; así que intentamos reducir la cabaña actual para introducir animales nuevos, quizá avestruces, ya veremos.

-Cal que fuera mal momento para comprar. –Interviene Cristóbal en castellano con timidez acentuada.
-Era una oportunidad, y de haber tardado en decidirnos, cualquiera de los otros dos interesados sería hoy el dueño. Al margen de las dificultades por las que pasa la ganadería, están la tierra y las instalaciones, valores tangibles que aumentan año tras año. –Informa Mercedes en catalán, haciendo caso omiso de la frase mustia y contraída de su marido.
-Ya, eso sí; això és veritat. –Acierta a añadir Cristóbal.
-Pero hombre, ¿te parece poco? –Libera Benjamí la frase de su interior vigilante, con el doble objetivo de adular a la empresaria y evitar al marido la sensación de ser invisible y no contar para nadie.
Queda ella en silencio, saboreando el regusto dejado en la boca por las últimas palabras, o esperando a que el eco regrese de las colinas; pues considera que sus frases contienen todo lo que hay que decir al respecto. De la mano aún, se adelantan los novios, y pasan los primeros junto a la base del suave altozano, en cuya pendiente crecen yerba áspera y zarzas espinosas. La fuerte inclinación de la ladera y lo achatado de la cima invitan a seguir los pasos marcados y orillarlo.
-Ahí está la claveguera que os mencionamos. ¿Verdad Mina? –grita Gaietà a los padres lleno de infantil alborozo, refiriéndose al sumidero que los hermanos descubrieron juntos– Veréis; da un poco de miedo.
-Sí, se trata de una formación geológica bastante corriente; cárstica se llama. La tierra caliza se ha disuelto en el agua de lluvia dejando libre el conducto. –Añade Mina, cuya afición a los minerales, segunda en importancia tras la despertada por los seres vivos, pocos conocen.
Suben la escasa altura y se quedan en el borde del cráter, observando. Desde arriba se domina el paraje que destaca árido entre el verdor del resto. Se ve una torrentera donde confluyen varias pendientes blanquecinas, formando un recipiente natural a propósito para recoger el agua procedente de la lluvia. Forman el terreno materiales que en los alrededores yacen dispersos, una mezcla de pedregal calizo, arenisca, greda y terrones más consistentes. La erosión ha marcado surcos que obedecen en su recorrido a la naturaleza del suelo, respetando la materia dura y arrastrando o diluyendo la blanda. Gruesas piedras de superficie tersa defienden el cauce seco, el lecho áspero. Pero todas las estrías, las hendiduras rectas o torcidas, llegan a un agujero de diámetro no mayor de un metro, que se adentra casi horizontal en la tierra. Pepe lo muestra como una extravagancia propia del suelo, y lo nombra con las palabras empleadas por los portugueses para designarlo: a boca do inferno. Explica que, supersticiosos como son los dos trabajadores del país vecino, atribuyen al agujero formado en el fondo la particularidad de dar entrada a un larguísimo corredor subterráneo, conducto que está conectado, según dicen, con el centro incandescente de la Tierra, el infierno de que hablan los curas en sus advertencias a los pecadores. La verdad es otra muy distinta, pues el pasaje desemboca, añade el guardés dando a las palabras un tono de ironía, muy cerquita de aquí, en el río Gévora.

Con la mirada puesta en el curioso agujero, lo bordean; llegando, uno tras otro, al lado opuesto, el más cercano al río. Descienden en hilera dándose la mano, y avanzan juntos hasta alcanzar la ribera. Allí, en un plano inclinado, semioculto por la vegetación, observan un hueco que se puede relacionar con el otro sin alardes mentales. Puertas de entrada y salida que Pepe ha comprobado coincidentes, arrojando por la embocadura en día de lluvia un leño pintado de rojo. Tras un rato de espera pudo recogerlo en la desembocadura cercana. Recorren la orilla fluvial que va suavizándose hasta hallar un tramo expedito despojado de vegetación. Se aprecian en él multitud de pisadas hendidas en el fango; abrevadero de los animales según se desprende de la profusión de huellas. El caudal del Gévora disminuye, y hubo necesidad de construir allí una presa de tierra compactada. Pocos metros más adentro, protegida por vallado de enramada, se halla una huerta, abundante de verduras en los surcos recién regados. Ocupa un cantero considerable; tanto, que un motor, protegido de las inclemencias del tiempo por una armadura de madera techada de chapa, sirve en el empeño de elevar el agua necesaria desde el cauce.
A usos abusivos del agua como los que está viendo, se refería Gaietá sin saberlo en la queja presentada al amigo y futuro cuñado. El pensamiento de Mercedes sigue derroteros bien distintos. Deduce que de esas plantas se ha de surtir el caserío, y no sólo los guardeses y los obreros empleados en “La vaca cega”; también se aprovechará la hija residente en Badajoz y puede que hasta la tienda de su propiedad. Y todo ello gratis, pues en la rendición de cuentas no ha visto ninguna partida que revele el menor ingreso originado por su venta. El desagrado es agudo pero momentáneo, pues lo suaviza el recuerdo, todavía vivo, del río Daró en La Bisbal. Por ello busca con la mirada la complicidad de Cristóbal en ese aspecto, pero el marido está descuidado y no lo advierte. Ya en el plano racional, ayuda a la dilución del enfado la importancia del descubrimiento: la ribera tiene posibilidades hortícolas insospechadas. Desde el bancal reverdecido, haciendo un círculo algo deforme, atravesando una superficie arbolada y terrenos baldíos, regresan en silencio a los establos para subir a los coches. Después, sin bajarse siquiera, visitan los rincones más alejados, los más bellos o los más curiosos; y al filo de las tres de la tarde regresan al caserío cansados y muertos de hambre. Es un decir.

 

Capítulo Undécimo

En su juventud, Benjamí Creixell fue algo anarquista; en el plano teórico, quede claro. Entonces, al menos como hipótesis, se manifestaba contra el poder y corría tras la escurridiza libertad. Procuraba por todos los medios no ser arrestado, pues temía que su condición de judío añadiera delito a su actitud rebelde, incrementando la dura condena. Ahora, cuando todos aquellos postulados han perdido vigencia en su mirada, sin jefes que le reordenen la vida diaria, no tiene ninguna intención de emanciparse de los gobernantes, le basta con no participar en las elecciones; de modo que vota cuando se convoca algún referéndum y le interesa la pregunta formulada.
Hija de un emigrante aragonés con el riñón bien forrado, Neus participaba en una manifestación multitudinaria cuando la conoció Benjamí. Prohibido y anatematizado, discurría el desfile por Paseig de Gràcia; y lo formaban miles y miles de personas animadas por la unión de sus miedos. Avanzaban lentamente y coreaban un simple grito de guerra: volem l ́estatut. Pretendían los que iban en cabeza conducirlos a la plaza de Sant Jaume, para allí afirmar su convencimiento reivindicativo con la lectura de algún escrito. Sucedió el onze de setembre, en una de las últimas diadas de la dictadura; y no habían pasado aún dos horas de la visita al Fossar de las Moreres. A intervalos medidos los disconformes cantaban Els Segadors, una canción popular del siglo XVII convertida en himno de la rebeldía. Los policías antidisturbios lanzaban pelotas de goma y con sus porras golpeaban a diestro y siniestro.
Vareaban a los que se movían y a los que permanecían quietos; a los jóvenes, a los maduros y a los ancianos. Un grupo de aquellos manifestantes quedó descolgado, y siete guardias rabiosos persiguieron a los indecisos, alejándolos aún más de la masa anónima. La mitad de los segregados –ocho o nueve- pudo escapar tomando por Consell de Cent; pero los siguieron dos números a la carrera. La última, una chica asustada, tropezó en un adoquín desalojado a medias de su cavidad. Uno de los policías levantaba la porra dispuesto a golpearla, cuando Benjamí miró hacia atrás descubriendo el gesto airado del iracundo. Empujó como pudo al uniforme y a quien lo vestía, logrando que perdiera el equilibrio. La chica vio la oportunidad de salir pitando, y cuando logró levantarse se largó a toda prisa. Las espaldas de Benjamí recibieron el castigo del otro agente, pero su generoso corazón, estimulado por la propia osadía, latía satisfecho. Se arrancó del brazo que pretendía detenerlo, hizo un quiebro liberador, corrió cuanto le permitieron las piernas, siguió a la joven por Balmes, entraron los dos en un portal, subieron las escaleras y esperaron en el descansillo con inquietud decreciente.

Nada, ni un ruido; el guardia debía de haber seguido a otros. Se besaron. Por tensión, por gratitud, por hermandad; no sabían por qué. Acaso debido a todo ello unido, se fusionaron en un beso que formaba parte de la eternidad prolongándola, iluminándola, justificándola. La muchacha era bella, se llamaba Neus Vallecea, y aunque ya no es la misma conserva el nombre. Comieron juntos ese día, y en la tarde asistieron a la proyección de West Side Story, una película que habían visto por separado unos cuantos meses antes, recién estrenada. Entre beso y beso apreciaron matices que la primera vez no habían notado: la poesía que impregna las escenas más duras, el dramatismo que baña hasta las secuencias idílicas. Tanto les gustó, que entraron de nuevo a la sesión nocturna. En la oscuridad de la sala se quisieron hasta el dolor de labios; sus manos conocieron secretos que pocas personas sabían. Al salir, de madrugada, ya eran novios. Un mes más tarde comenzaron a vivir juntos en un piso de la Creu Coberta, próximo a la Plaza de España.

De día seguían como hasta entonces, pero por las noches, y en los fines de semana completos, en su vivienda, carente de comodidades, inventaban el futuro sobre la marcha. Hijo y nieto de botiguers de un colmado sito en la calle Avinyó, Benjamí Creixell procede –sólo tres o cuatro generaciones- de L ́Ampolla, desembocadura del Ebro. Cuando vivía su padre veraneaba la familia allí por gusto; la gente los conocía y él y sus hermanos tenían amigos. Muerto el padre no volvió Benjamí a los antiguos espacios; ni al pueblo puerta del Delta ni al carrer de la ciudad. Siendo niño, y en la adolescencia aun, jugaba en la calle; y la calle se le entregó con toda su sabiduría. El casc antic, la ciutat vella, el barri gotic, el call jueu; ese espacio concreto guardaba la Barcelona más genuina, llenándolo de una infinidad de emigrantes que se refugiaba en sus casas pobres, en los recovecos oscuros, en la lucha cuerpo a cuerpo del tú o yo. Ni al mar inundado por el río, ni al carrer Avinyó quiso volver. Neus y los niños se hubieran encontrado a disgusto.
Estableciendo un silencio largo sobre su origen judío, estudió con los frailes del babero, los Hermanos de las Escuelas Cristianas; y como era despierto, a más de una moral útil en el mundo de los negocios, adquirió saberes que administrados con precaución le durarán hasta la muerte. Terminadas las clases, comparaba las enseñanzas religiosas de los frailes con las lecturas de los libros sagrados paternos, y la duda se instaló en su corazón porque el cerebro no supo resolverla. En aquellos días dio muestra de ingenio al fraile que les hablaba acerca del valor de la penitencia: Comprendo la mortificación del alma: dijo: ya que le va en ello la eternidad; lo que no entiendo es la razón del cuerpo para lacerarse, pues por más que se esfuerce dará en polvo y gusanos. No hubo respuesta, pues era la hora del recreo. Tampoco al día siguiente. Ni al otro.

Benjamí, cuando hace balance de su vida, se muestra contrariado: debe y haber apenas muestran coincidencias. Falta género; se trata de las ratas o de los ladrones, porque el recuento es de fiar y el arqueo –caja y bancos- se ha repetido tres veces. Algo importante se le escapa por entre los dedos apretados: arena o agua. No obstante, como se considera joven, confía al futuro la tarea de restablecer el indispensable y duradero equilibrio. En la mesa de la ruleta se llama azar a un rombo metálico de primordial cometido, pues al ser golpeado por la esfera dinámica rompe su inercia modificando la trayectoria. El verdadero azar, de quien toman los demás el nombre, es Dios. Si el azar existe, y corresponde a lo que dicen de él –un ente no sujeto a normas- el azar es dios. Un dios que tiene partidarios y detractores. Se dan, incluso, ateos negadores del azar; para ellos no hay otro más allá del que sirve de tope en las ruletas. Un tal descreimiento es la base de la filosofía que el padre del novio David, el matemático dedicado al juego, ha elaborado. Al azar, ese divino concepto que en opinión de Benjamí Creixell en este mundo no tiene cabida, se le combaten las mañas con la matemática, con los números. El uno, el dos, el tres y el cuatro se hacen balas que abaten al azar. Sí, Benjamí es un filósofo; pero exceptuando a su mujer, que guarda un silencio de tumba, los demás lo ignoran.
Hablando de la ruleta a quienes no conocen su uso, se suele explicar que la materia física, con su roce constante y la oposición variable, condiciona el libre giro de la bola. La esfera disminuye de manera progresiva su velocidad en dirección contraria al deslizar del disco. Esa corona giratoria, asiento de las casillas numeradas, opone impedimentos al rumbo de la férrea canica, abriéndole nuevas posibilidades que la sitúan ante dudas renovadas. La voluntad humana somete a su intención el impulso, suave, moderado o enérgico, que la mano confiere a la esfera metálica. Podía pensarse que un hábil lanzador está en el camino de la maestría, de la pericia que busca la casilla deseada. Pero es una de las múltiples variables, el resto no depende de él. En treinta y siete parcelas se divide la órbita de la ruleta. Los números, como si de naipes se tratara, están barajados; y manteniendo determinado orden universal, éste no se corresponde con el creciente ni con el menguante. La banca se reserva el cero para ganar a todos los partícipes de manera contundente, sin necesidad de improvisar explicaciones obvias. El capital, organizador del juego, y en su nombre el sacerdote celebrante, tiene la posibilidad de recoger beneficios de treinta y seis casillas, aunque paga treinta y cinco veces el valor de la apuesta afortunada.

Si quiere resultar premiado, el jugador está comprometido a arriesgar treinta y seis fichas, situando una en cada número estampado en el mantel, y a esperar que no salga el cero. Cuando esto sucede, la banca le paga con el propio dinero apostado, y aún se guarda una ficha como ganancia. Es más, apostando al mismo número cantidades idénticas una y otra vez, sin perder juego, cada treinta y siete veces como promedio, el apostante ganaría una. Pero no le devolvería el premio lo gastado, no equilibraría entradas y salidas; un descubierto de dos unidades cerraría la ronda. Sabe Benjamí –y ésta es la clave de su teoría- que en el tablero, como en la vida diaria, no se da la equidad. Hay defectos de fabricación, mínimos si se quiere, que inclinan la balanza. Ocurre lo mismo con el montaje, lugar y forma, de la mesa de juego. Hay que tener en cuenta, además, la forja de la esfera, en cuya forma el indiscutible azar toma cuerpo: sus inapreciables defectos, sumados al desgaste irrisorio del uso diario, son variables claras que desvían el comportamiento imparcial de la errática fortuna.
A poco que contribuya el obstáculo crecido en la frontera separadora de las divisiones, muralla liviana, invisible para el ojo humano; por mínimo que parezca el impedimento opuesto a uno de los números, las leyes físicas facilitan que la bolita se avenga con varios de los otros. Aun despreciado su corto alcance, una hendidura imperceptible de la madera, localizada en la pared del hueco, allana el ingreso. Si tras la observación de al menos veinte sesiones, conoce el investigador los receptáculos reacios a admitir la esfera y los que dan ciertas facilidades, estará en disposición de levantar un mapa con aquellos guarismos más premiados y con los menos distinguidos por la imaginaria suerte. Conocimiento de las irregularidades y paciencia: con estas dos armas la ganancia está asegurada. Es fácil entenderlo si quien lo explica es Benjamí Creixell: Cuando por razones físicas se reduce el número de las casillas afortunadas, las probabilidades del apostador crecen. Así, del teórico uno partido por treinta y siete, pasaría al uno partido por treinta y cinco, quebrado donde se encuentra el equilibrio; al uno partido por treinta y cuatro, umbral de la ganancia, o al uno entre veintiocho que representa un beneficio serio. De ese modo ocurrió en Valladolid, casino de Boecillo, en el que obtuvo Benjamí uno de los aciertos más recordados por lo sustancioso.
Al genio de los cálculos le gustan el jazz y el ajedrez; entiende mucho de ambos, y si encuentra conversador a su altura sostiene los argumentos durante horas. Con los amigos no pierde partida, y eso que cuando le retan se dedica a ensayar jugadas que no tiene definidas del todo. De joven pasaba las noches de los viernes escuchando esa música que algunos consideran hermética, cosa propia de iniciados. Iba a «Satmo», el sótano de la Diagonal, en Barcelona; allí tocaba el piano Tete Montolíu, y Benjamí era uno de sus devotos. Llegó a simpatizar con el intérprete ya consagrado, y conoció al hombre. Neus seguía algo forzada a Benjamí, pero acabó hallando placer en escuchar ese modo, libre en apariencia, de mezclar los sonidos. En las bandas numerosas, donde cada intérprete improvisa al hilo de lo que toca el otro, la contingencia interviene de manera muy limitada. En efecto, aunque da la sensación de producirse una sesión diferente cada noche, acaban acoplándose los distintos estilos y surge por encima de ellos un estilo de grupo. Algo similar sucede en el juego de las sesenta y cuatro casillas: una apertura concreta dentro de las posibles, elegida porque sí; ya está llevando la estrategia por derroteros casuales. Pero ocurre que el arco de posibilidades se termina reduciendo a unas cuantas.

Le hubiera gustado al entonces muchacho dominar alguno de los instrumentos llamados de cuerda –para los de viento no tiene pulmones- pero el aprendizaje era un tanto pesado y, al poco de iniciarse en la guitarra, cansado de repetir acordes y arpegios, lo dejó. Neus, sin embargo, fue más persistente; y si bien aprendió con el novio los balbuceos y nunca fue a clase, continuó practicando las enseñanzas de un manual y aún se acompaña a sí misma en canciones simples. Benjamí Creixell desconoce el origen de su afición a prever el recorrido del albur. Vocación, corrige enseguida; grado que aventaja a la simpatía y al pasatiempo, ateniéndose al arraigo y a la intensidad. Acaso el inductor fue Demócrito, con su célebre teoría sobre el azar y la necesidad, en la que sitúa a ambos elementos organizando todo lo existente. Da por sentado que le sobrevino el apego al número estudiando el pensamiento de Pitágoras y la obra de Euclides, materia de Historia de la Filosofía en quinto curso del plan de estudios correspondiente a mil novecientos sesenta y tres. Reconoce que estimuló con ímpetu su interés, exaltándolo, la simbología de los números hallada en los libros sagrados de los judíos. El uno, el tres, el seis, el siete, el nueve, el doce y el cuarenta y dos van más allá de sí mismos, escapan a la tiranía del continente y a la limitación del contenido, cardinal y ordinal rotos en un estallido insólito. Puede que ya en el numérico despertar intuyera la existencia de unas leyes regidoras de los dígitos; y puede que desde aquel mismo momento, poniendo en marcha todo su empuje, intentara desvelarlas.
Probabilidad matemática y probabilidad efectiva, he ahí la cuestión; los condicionantes puestos a la primera originan la segunda, las limitaciones del dios azar dan nada menos que el ídolo de madera. Existen fructíferos manuales –Benjamí ha leído parte de ellos- que aconsejan la apuesta racional, consistente en ir doblando la cantidad cada diez jugadas si no se consigue superávit. Jugar incrementando la cantidad apostada a medida que se pierde; seguir la teoría del triángulo numérico y otras de esa índole, son ayudas de los expertos a los aprendices. Hay estrategias cuyas recomendaciones, para ser seguidas, precisan la posesión de una verdadera fortuna; y otras que marcan el camino a los jugadores carentes de abundantes recursos. Pero Benjamí está persuadido de que nada de eso sirve para hacer dinero en cantidades apreciables con una cierta regularidad. La estadística, capaz de facilitar la información que convierte en efectiva la probabilidad matemática, se ha demostrado a lo largo del tiempo como la única herramienta eficaz.

A Benjamí le hubiera gustado teorizar sobre el número, filosofar acerca del azar, falso dios; pero la editora quiere un libro destinado a jugadores, aficionados e introducidos, en el que se aconsejen pautas de comportamiento bien contrastadas, tendentes, más que a ganar, a no perder muy aprisa. La editorial desdeña un tratado, quiere un manual. Algo sencillo y práctico. Le cuesta un trabajo ímprobo alejarse de su deseo, de lo que su capacidad consiente, para escribir unas recomendaciones que se cierran en tres: observación, constancia y sangre fría. Si el azar es el desconocimiento humano de las reglas que rigen el devenir; la suerte es el azar tomando partido. El azar, tan aséptico, tan ecuánime, tan justo, volcándose en la acción de favorecer a un individuo, a una familia, a un país, en detrimento de los próximos o de los alejados. ¡Increíble! Esa exclamación resume lo que Benjamí piensa de la suerte. No cifra la suerte en una coincidencia aislada, le pide reiteración en el beneficio, insistencia en el favor y, entonces, la suerte falla.
Los estudios destinados a dominar a las máquinas, al mecanismo que las gobierna y a los hombres que las manejan, no están mal vistos per se; pero si se traducen en ganancias, los responsables del casino se las ingenian para dar fin a la buena racha. Más de seis casinos del país consideran a Benjamí persona non grata, y otros amenazaron al matemático tras ver rechazada su oferta de emplearlo como asesor. Desprecian el tiempo de estudio que una buena ganancia precisa: tarde tras tarde anotando jugadas, siguiendo el movimiento de la mano en el instante en que arroja la bola, calibrando el comportamiento de ésta cuando se da de bruces con los azares que la empujan por otro camino. No valoran el trabajo del jugador científico, y es preciso pasar las mañanas estableciendo cálculos, enfilando secuencias, hallando los números que más se repiten y los que aparecen menos.
Benjamí Creixell permanece impasible en la sala, la pasión se las ve y se las desea para arrastrarlo hacia el mantel. No le tiembla la mano al colocar las fichas, no se exalta su corazón al ver la casilla donde se detiene la bola. Es un cirujano en el quirófano, un investigador observando reacciones; un científico que cuenta en años el tiempo restante hasta que su tozudez consiga los frutos previstos. Consiguió Benjamí dominar una ruleta del Casino de Lloret de Mar, cuando cambiaron su posición y despidieron al crupier: un francés estirado puesto de acuerdo con otros para robar a la empresa. La bola se mostraba reacia a entrar en la casilla roja del quince; y no sólo en el quince, había un arco próximo -desde el veintiuno hasta el veintiséis, incluido el cero- que gozaba de menos posibilidades. Una tablilla muy fina elevaba un lado del mueble lo suficiente para empujar la bola hacia los números de enfrente, del veintitrés al uno. Los tramposos debieron de quedarse solos apostando; y pudieron alzar la mesa e introducir debajo la cuña. Benjamí tardó en saberlo casi tanto como los encargados de realizar muestreos periódicos. Los directivos consideraron el asunto cuestión interna, y no hubo noticia.

Los estudios ocupan a Benjamí un tiempo precioso en el que pierde como cualquiera. En Torrelodones, durante diez días, tras invertir cinco mil duros, no percibió ninguna rareza. En el undécimo, el rojo cinco y el cuatro negro, distantes entre sí, comenzaron a rechazar la bola. Sendas motas de polvo, algo de ceniza o el polen entrado por la ventana, adheridos a la madera, causaron el efecto resarciéndolo con creces. -Trabajar para un casino revelando a los codiciosos responsables los vicios de funcionamiento; ni lo piense. -contestó Benjamí al mensajero que le comunicó en Estoril la propuesta. Y añadió: Yo no reniego de mis convicciones ni me paso al otro bando. Señor, doy por terminada la entrevista. Y se ventilaban treinta mil duros.
La pura y escueta necesidad, de compensación ineludible, mueve los comportamientos de Benjamí Creixell y de Neus Vallecea frente a los Benítez Ferre; el azar ha quedado reducido a las áreas de arenas movedizas que presenta la forma de pensar de Mercedes. Ambos elementos –azar y necesidad- combinados, ofrecen la esperanza de éxito y el temor al fracaso.

 

Capítulo Duodécimo

Busca David desde niño, escapatorias no señaladas en los recovecos del laberinto vital: suelo, techo y paredes cubiertos de espejos. Para resolver el enredo: tramos reales rodeados de su imagen reflejada; para avanzar sin obstáculos, no cuenta con un cordón atado a la puerta de entrada que posibilite, tendiéndolo y ovillándolo, el retroceso acertado y la salida rápida. Se resiste a soslayar el enigma que el destino le ha formulado sirviéndose de una red de callejas tortuosas, semejantes en su contorno y disposición a las de un call judío; no pretende escapar de su intríngulis si ha de hacerlo por la abertura de ingreso; intuye la existencia de una desembocadura, y saldrá a través de ella. David, herencia y entorno, obedece a ese modo de ser. Quizá no muestre su innegable temperamento con Herminia, a la que se encadenó el primer día de una adolescencia alargada; pero lo tiene. Es una idiosincrasia enérgica, inclinada al progreso juicioso, rítmico, ordenado; y para convencerse de la propia valía no necesita llamar la atención y que los demás lo alaben. Quizá recorte su arranque en presencia de Benjamí y Neus, a los que se sujeta por agradecimiento filial; quizá no libere David ante ellos la que ha de ser su conducta instintiva, pues es un hijo bien educado que retribuye a los padres con un proceder modelo; pero tiene carácter y su carácter es fuerte. Lo ha demostrado en los estudios universitarios, esforzándose al máximo; consiguiendo casi siempre, a la chita callando, aquello que se proponía.

Sucede algo muy simple: el amor convierte en anguilas a serpientes bien demostradas; la educación hace niños de los hombres curtidos. Así lo cree, y se lo repite a sí mismo cuando, en ambas situaciones, se descubre de rodillas a los pies de la novia o de los padres. A lo mejor afloraba ya el futuro arquitecto en los tiempos lejanos de los juegos infantiles; es muy posible. El caso es que, ante los ojos atónitos de los compañeros, erigía los edificios más altos sirviéndose de naipes desechados por el uso frecuente –rayas, desgastes, dobleces- en partidas entre los familiares. Su sentido del equilibrio superaba al de los más hábiles, quienes veían crecer los rascacielos que la mano de David construía, planta sobre planta hasta lo desusado. Eran pirámides romas debido a la insuficiencia de cartas: oros, copas, espadas y bastos; briscas, triunfos y paja de relleno. Quizá el proyectado arquitecto de renombre, asomaba ya en los felices días dedicados a construir una graciosa casita de muñecas a su hermana. Es posible, porque los detalles puestos en el decorado afirmaban que la ciencia en él iba acompañada del arte. Puede que el arquitecto aún incógnito se mostrara en la adolescencia, cuando sus esparcimientos, sirviéndose de piedras del campo, consistían en oponer resistentes fortalezas a los ataques del bando enemigo. Puede que asomara su nariz la índole recia, artista y técnico a partes iguales, durante las clases de Religión; porque en los episodios bíblicos se interesó como ninguno de sus compañeros por los edificios complejos, ya fueran templos o palacios. Acaso en esos intentos preliminares estaba desafiando al padre, adulto con las mil primeras opciones gastadas. Puede que sirviéndose de aquel interés excesivo por la arquitectura, se opusiera al profesional que en los preámbulos de la formación universitaria del hijo, iba a desear disponer de un experto en la matemática, un licenciado en ciencias exactas, ayudante en el esclarecimiento de las leyes inestables de lo aleatorio.
Es preciso aclarar que la simple investigación, destinada al avance científico, no es algo que mueva a David a acelerar el paso. No, al muchacho le interesan las búsquedas de antiguas técnicas, ya experimentadas, capaces de despejar el camino a la construcción. El arquitecto David, mientras diseña casas de vecinos: cubículos endebles, escuetos y carentes de belleza; piensa en edificios singulares: iglesias, ministerios, mansiones de gobernantes; y añade elementos que luego le ordenan quitar. Obra así de modo reflejo; porque, sin pregonarlo a los cuatro vientos, va tras un sueño definido en toda su dificultad. Pretende averiguar donde se desvió el camino abierto por la arquitectura, hasta llegar a un presente que ve contradictorio: dotado de una enormidad de medios y, no obstante, desorientado, dando palos de ciego, dividido en movimientos erráticos: dogma y herejía mordiéndose la cola. El pasado no mejora su pésima impresión; y si mira hacia atrás, en lo inmediato sólo la escuela alemana de la Bauhaus le merece respeto suficiente. Llegado su análisis al siglo XIX, toma partido en la lucha planteada entre funcionalidad y belleza, apoyando una síntesis dispuesta a devolver a los artesanos -aprendices y maestros- el antiguo papel. En su andar retrospectivo descubre las oportunidades perdidas tras la Revolución Industrial. No le cabe duda, la decadencia se inicia con el abandono de los principios de El Renacimiento; la etapa más florida de la arquitectura si nos atenemos al beneficio del hombre, principio y fin de todo arte, de toda técnica.

Los gremios medievales, en opinión argüida de David, acertaron al hacer de la construcción una tarea colectiva; pero erraron al nombrar como único destinatario el ideal religioso. Roma y Grecia, tan estudiadas, no han dado de sí lo que podían, porque el hombre moderno cree tener necesidades urbanísticas divergentes. Indagó David en otras arquitecturas: rusa, islámica, india, china, azteca, inca y maya; hallando maravillas a las que dirige sus ojos con delectación. El Oriente, considerado como espacio cultural, es lugar de arranque y dispersión; y en esa parte concreta del mundo, en los remotos tiempos de la plenitud, según lo entiende David, el empeño constructor humano obtuvo los mayores aciertos. Es bien sabido que en aquellos días, la divinidad creadora ayudaba al hombre en su tentativa de lograr la perfección. El Dios arquitecto echaba una mano a los albañiles, marcando hitos no superados por ser insuperables. No entiende David a Occidente sin Oriente; los ve sucediéndose, entregándose el testigo en la carrera de relevos arquitectónica. Bucea en soluciones de tanta trascendencia como las abiertas por los proyectistas de Babilonia, herederos de los acadios y sumerios, y artífices, como se sabe, de míticos jardines, edificios reconocidos por su altura, magníficos canales estancos, largos puentes y fortificaciones sólidas. Secretos significativos a los que habían de sumar, sin duda, los avances recogidos en Egipto, cuna de constructores capaces de concebir templos y sepulcros inquebrantables para la fe y la esperanza. Y puede que conocieran arcanos aún mayores, de procedencias remotas, ocultos hoy entre las brumas de la ignorancia.

En la fértil región de Senaar, sur de Mesopotamia, cuando aquella tierra “era de una sola lengua y de una sola palabra”, el orgullo, la soberbia, la ambición desmedida y la falta de un claro entendimiento entre los hombres, echaron abajo, antes de su conclusión, el zigurat erigido en Babel, la puerta de los dioses. De ladrillos y betún se sirvieron los nómadas para construir una ciudad que los fijara al terreno; para elevar la torre que les hiciera superiores a los demás al fundirse con los propios cielos su remate azulado. Lo ha leído David en el tomo de la Biblia llamado Génesis, el primero de los cinco que forman la Torah o libro de la Ley. Demasiada altura para una fatigosa escalera espiral, formada de barro por alguien que no dominaba las vertientes corregidas de la técnica. Según David, no tuvieron en cuenta sus artífices las oscilaciones; y esa laguna dio al traste con el mirador, carente de elasticidad, cuando sobrepasaba los ochenta metros de altura y los vientos soplaban impetuosos, estimulados por el irresistible deseo de tumbar aquel mojón. Adobes cocidos en hornos abiertos, y brea a modo de eficaz argamasa; la rigidez de los materiales, su desigual resistencia, la solidaridad del conjunto hincado en la tierra sin tener en cuenta el necesario cimbreo, fueron la causa de que se resquebrajaran y cayeran los siete pisos sobre el cuadrado de la base. Imagina David el efecto ocasionado por torre tan eminente -esmaltada en la cima con plaquetas de tonos azulencos- sobre las gentes que la veían perderse entre las nubes bajas o diluirse en el arco celeste. Deduce que las experiencias acumuladas por el pueblo judío, heredero en la vía paterna, abarcarían los útiles conocimientos nacidos de su aprendizaje y los recogidos entre los egipcios, a su vez ensanche de los conocimientos propios con los acopiados en otras latitudes y épocas. Hallazgos de culturas surgidas en circunstancias propicias, durante un tiempo prósperas, y apagadas como el pábilo del cirio consumido. Sabe David, desprendido su saber de lo que va leyendo aquí y allá, que parte de ese rico legado, en concreto el segmento relativo a la arquitectura, se salvó de la destrucción a pesar de estar recogido en soportes de gran fragilidad.

Tales técnicas, en la visión de David, fueron puestas a salvo del mal uso y del olvido por iniciados, espíritus fanáticos que hubieran dado su vida temporal antes de cederlos a extraños o permitir su menoscabo. Sabe que el Arca de la Alianza –madera de acacia revestida de oro- albergaba las Tablas de la Ley y el ingente bagaje cultural. Sabe, en añadido, que el Tabernáculo, construido durante nueve fecundos meses por artífices hábiles, seguidores de Moisés en los difíciles y cambiantes caminos del desierto, era, a más de un altar portátil, un templo destinado a amparar el Arca. Según la firme teoría elaborada, al margen del origen divino de sus planos, el Templo de Salomón: depósito final de Arca y Tabernáculo; se erigió en sus dimensiones exactas debido a la avanzada solución que él mismo preservaba. El arquitecto vocacional tiene claro que la esencia contenida en legajos tan valiosos se trasladó a la indeleble realidad de la piedra. El hallazgo y la evidencia que pretende David, constituyen la prueba del nueve de cualquier hipótesis y el mejor salvoconducto para el ingreso del afortunado en la posteridad. Cipreses y cedros del Líbano, aserrados y labrados por los sidonios, diestros talladores, recibió Salomón, rey de Israel, de Hirán, rey de Tiro. Los mejores troncos, rectos como flechas en camino, fueron llevados por mar y pagados con copiosas cargas de trigo y aceite; lo dice la Torah. Un número muy alto de trabajadores, fuertes y animosos, reclutó Salomón en Israel para seleccionar los materiales de construcción y transportarlos hasta el monte Moriah. Otros más destinó a arrancar la piedra de los cerros y a labrarla, facilitando que la historia comprendiera la magnitud de la obra emprendida, al destinar para su gobierno y dirección una muchedumbre de tres mil trescientos maestros capataces.

Todo ello porque el rey David -cuyo nombre tomó Benjamí Creixell para su primogénito- quiso dejar memoria indeleble. Todo porque el guerrero David pretendía erigir un Templo a Yahveh que no desmereciera de su fastuoso palacio. Todo para iniciar la tarea que compensara, una vez consolidado el reino, la sangre derramada por él y sus sanguinarios soldados. Pero el gran Yahveh, recogiendo la idea, la adoptó como propia, trazó los planos precisos para llevarla a cabo y se los entregó al rey David con salvedades del siguiente tenor: se elevará el templo, pero el impulsor tendrá las manos limpias de sangre y el corazón libre de iniquidad. En efecto, el compromiso recaería en su hijo, el sabio, justo y pacífico Salomón, quien sumaría a sus glorias la de levantar la grandiosa construcción, paradigma y guía para muchas otras a lo largo de los tiempos.
Piedras enormes sirvieron a los cimientos sin ruido; piezas de bellísimo mármol blanco se añadieron a los muros sin ruido. Bloques hijos de la roca madre, arrancaban los canteros a la falda del monte, y allí, al pie de la herida abierta, los labraban y pulían; de modo que al llegar al espacio de la obra podían deslizarse unos sobre otros, acoplándose sin argamasa ni entrechocar de utensilios. Apenas se notaban las juntas, y a corta distancia las paredes semejaban una sola pieza. De una sola pieza, real y verdadera, eran las enormes columnas que los canteros extraían y daban forma. Oro y plata abundaban tanto como el cobre; y en su profusión parecían metales corrientes. De marfil y nácar corrían raudales, torrentes de espuertas. Los adornos del Rey, incluso los del soberbio palacio, comparados con los ornamentos del grandioso Templo de Yahveh, parecían alejados remedos y meras bagatelas.

Lo sabe el arquitecto David: tanta magnificencia tuvo un aguante próximo a los cuatrocientos años; sucumbiendo en los inicios del siglo VI antes de Cristo durante los enfrentamientos surgidos entre israelitas y babilonios. Un largo asedio de tropas bien pertrechadas aisló Jerusalén: nubes de flechas, bosques de lanzas, el desfile completo de miles de brazos prolongados por espadas férreas, el avance de miles de pechos protegidos por escudos impenetrables; trincheras que eran casi lechos de canales secos, cornamentas de carnero y testuces de toro en los arietes dirigidos contra portones y postigos. Todo el aparato de guerra invencible del lado de los sitiadores. Hambre, sed, peste y heridas profundas en el de los sitiados. Luctuoso hecho que despojó al mundo de aquel valioso compendio de hallazgos arquitectónicos, la fuente más completa de estudios para los interesados en el arte y la técnica.
No distaría mucho la táctica empleada por el ejército babilonio en la pavorosa destrucción del Templo de Salomón, de los modos puestos en juego por el ejército de Roma frente al nuevo Templo, imagen crecida del otro. Modales y modos de feroces salvajes en cualquier caso: según opina David Creixel; y la descripción de Flavio Josefo le sirve, salvando las distancias de tiempo y estrategias, para dibujar con los mismos colores trágicos ambas situaciones. Un militar, dice el historiador judeo romano, sin orden de sus jefes, sin detenerse a pensarlo un mínimo instante, causó el desbarajuste. Movido en exclusiva por el furor que las batallas engendran en el corazón rudo de los soldados, y animado por la actitud exaltada de muchos otros, envuelto como ellos en un afán de destrucción que en momentos tales se apodera de las mentes primarias, originó en Jerusalén el incendio destructor del Templo reformado por Herodes. A través del hueco de una ventana, abierto a la altura conveniente a la fatalidad, lanzó el mílite una antorcha que el viento avivaba con su soplo incansable. El fuego se propagó con rara celeridad de maravilla en maravilla, oro y sedas, hueso y madera labrados, pinturas y piezas escultóricas representando animales y plantas. Techo y columnas invadió entre desplomes ruidosos y agitados chisporroteos. Extraña aún a las personas sensibles. que quienes veían fenecer tanta riqueza, dejando las armas a un lado dedicaran su esfuerzo, no a un salvamento in extremis, como parece razonable, sino a una rapiña selectiva.

De manera tan atolondrada, un soldado semejante a otro, nacido en cualquier lugar del imperio, sin distinción alguna que supusiera rango, carente de abultada hoja de servicios y hasta de valentía; dio fin a la meritoria construcción y al esplendor del fastuoso decorado, destruyendo, de paso, las más asombrosas soluciones arquitectónicas, herencia del templo genuino. Tanto tiempo, tanto esfuerzo e inteligencia tanta puestos a levantarlo; y un torpe gesto lo tumbó en horas. Del minucioso relato le viene, piensa David, hijo del pacifista Benjamí y de la tolerante Neus, su desinterés por los asuntos guerreros y soldadescos. No brotó del aire el hecho de haber eludido el servicio militar alegando objeción de conciencia.
El muchacho arquitecto ha rastreado en los escritos, y conoce la existencia de un espacio geográfico único en el mundo, en todos los mundos. La explanada que en Jerusalén corona el Muro de las Lamentaciones, acoge el gozne del eje terráqueo y el punto de llegada del primer rayo luminoso tras el Fiat. En ella estuvieron la leña para el holocausto y el Ara en que Abrahán se disponía a sacrificar a su hijo siguiendo el mandato de Yahveh. Sabe David, que ese lugar santo, fue soporte firme de los pies de Mahoma en el inicio del Miraj. Se alza allí una mezquita sin parangón posible. Así es; sobre el solar calcinado del Templo de Jerusalén se edificó el llamado Domo de la Roca, maravilla de equilibrio y armonía cuya cúpula quedó recubierta de oro.
Pues bien, en la hipótesis que David acepta, mezquita tan espléndida es copia del Templo de Salomón por interposición de Santa Sofía de Constantinopla. El Templo fue imitado con tesón en lugares muy distantes. Próximo a Madrid, el Monasterio de El Escorial saca del Templo su planta, siguiendo lo explicado por Flavio Josefo. Espectros de sí mismas, las imitaciones tantas se le escapan a David como agua entre los dedos; pero aún puede superarlas haciendo realidad el sueño de Ezequiel. Conoce su libro profético escrito en el cautiverio babilónico, donde desvela, caña de seis codos en ristre, las dimensiones y elementos del que será el último Templo, el concluyente. Acaba de dar con una página de internet abierta en Tel Aviv, donde se puede visitar patio tras patio, habitación tras habitación, un templo virtual diseñado con las medidas facilitadas por Ezequiel. Un sueño, porque David trata de concretar esa obra arquitectónica, primero en dibujo y en maqueta luego. Hay más; hizo amistad con la directora de una biblioteca que pone a su disposición los fondos reservados a los investigadores; entre ellos un facsímil de “Dios Arquitecto”, obra de los jesuitas Jerónimo de Prado y Juan Bautista Villalpando. A lo largo del tiempo han sido legión los meritorios rastreadores, de cuyos intentos el suyo será colofón.

Ya advirtió David a Herminia que no es asunto baladí el empeño; años le llevará todavía. Pero están de su lado la constancia incorporada a la forma de ser y los conocimientos de la matemática y de la geometría, cuyo tedioso aprendizaje debe a su padre. Uno más raíz de cinco dividido entre dos, igual a uno coma seiscientos dieciocho: el número áureo, la proporción estética por excelencia, esencial en la pirámide de Keops a más de Erecteion y Partenón. Primero el uno seiscientos dieciocho, y luego el triángulo áureo, continente de ilimitados triángulos semejantes cada vez más pequeños: la perfección, la piedra filosofal arquitectónica. Los números sagrados y las medidas exactas de las obras babilónicas estaban recogidos en la tablilla del Esagil, junto a los Jardines Colgantes y la Torre de Babel, interior del palacio-ciudad de Nabucodonosor II. En tiempos de aquel rey, impulsor del progreso, le hubiera gustado vivir a David, imposible estudiante de las ruinas en las sucesivas expediciones.
El concienzudo David, arquitecto de futuro, diseña casas de vecinos de calidad mínima, feos cubículos multiplicados por mil, ejemplo de lo conseguido sin tener en cuenta otra cuestión que los beneficios empresariales, alejados estos, y mucho, de cualquier forma de belleza. No cae en el desánimo, porque el idealista y soñador David guarda un as en la bocamanga, que le permitirá salir victorioso de cualquier jugada comprometida. Crecido en los reveses, su atrevimiento despliega el proyecto secreto que lo elevará sobre la mediocridad ambiental. La confianza proporcionada por ese patrimonio le lleva a caminar satisfecho, soportando el tirón del fuerte carácter de los padres y el empuje de la dominante personalidad de su novia Herminia. La inmersión en la arquitectura judía va calentando el tibio sentimiento religioso de David, hasta el grado de iniciar los contactos previos al ingreso en una comunitat jueva progresista, que acaba de formarse en Barcelona. Parece que la práctica de los ritos despierta en la ciudad para sus correligionarios tras seiscientos años de sueño. Conocerá gente nueva de diversos orígenes, pues siguen llegando emigrantes de América y del centro de Europa, cada cual con un acervo distinto; y la sinagoga abrirá una puerta de salida a sus inquietudes por medio del estudio y el debate franco.

 

Capítulo Decimotercero

La sobremesa ocupa parte de la tarde del sábado en “La vaca cega”. Servidos por Casilda y su hija, los dueños y los invitados toman infusiones, licores dulces y pastas de té. Como aves que picotean un suelo rico y variado, charlan morosos acerca de los días corrientes; y a eso de las cinco abandonan el comedor guiados por el deseo de estar en sus alcobas. En el sillón de orejas del salón, escaño situado a dos pasos de la ventana, se asienta Mercedes. Cierra los ojos como si entrara en un sopor propiciado por la abundante comida. Tanto el pisto de calabacín, como el arroz con buche y las mondongas, estaban deliciosos y justificarían unas cabezadas. Sin embargo, Mercedes ha probado todo sin excederse, y si se aísla del exterior lo hace para reflexionar. Busca el modo de agradecer la buena disposición mostrada por los guardeses, que no dan descanso a su cuerpo; y la colaboración imprescindible de la hija, exenta de obligaciones de servicio en la casa. Sabe que si preguntara el importe de las horas dedicadas a atenderlos, no le sería cobrado; de modo que dejará al marcharse un talón relleno con una cantidad que cubra con creces lo debido, satisfaciendo cualquier expectativa de ellos por alta que sea. Cree que cien mil pesetas hablarán muy alto de los patronos. Tampoco es cuestión de ofender, apabullando con una cantidad exagerada, pues a lo peor sospechan que ellos, los Benítez Ferre, tratan de suplir con dinero la falta de señorío. Un ten con ten es lo provechoso, un equilibrio inestable. Así debió de hacerse la fama el Ama Durán, a quien envidia la huella indeleble que dejó en la finca y en los corazones de quienes la trataron.
El Ama Durán, a la que suelen poner como ejemplo los obreros antiguos, relacionándola con hechos o dichos plausibles que abarcan aspectos dispares del gobierno de la Dehesa; debió de ser excepcional según todas las referencias llegadas a Mercedes. Con un cuerpo enjuto muestrario de inconsistencias, bríos a prueba de obstáculos y la inteligencia práctica de los estrategas militares, desarrollaba cualquier proyecto y su fuerza centrípeta era el aglutinante del entorno. Dependían de ella, entre parientes y empleados, más de diez familias; y obraba poniendo las miras en esa responsabilidad. Quebrado para siempre el fino cristal de su respiro, Casilda cerró los párpados de la difunta. Mientras intentaba desplegar los dedos de las manos muertas, afianzados en forma de garfio blanquecino, Pepe, el guardés, supo que estaban siendo testigos del fin de una época de la que se acordarían en lo sucesivo. Ignora esa circunstancia Mercedes, pero en su interior comprende, aunque no quiera ni pueda reconocerlo, que con ella inicia la decadencia la finca. Bien le vendría poseer una mayor experiencia en el trato de domésticos, a la altura de la adquirida con el personal dedicado a la empresa; pero en Barcelona es distinto: todo está legislado, se atienen a la norma, y las cesiones de ambas partes acaban pagándose.

Le gustaría poder actuar como algunos aristócratas de las novelas, capaces de pedir dinero prestado al mayordomo, y formular a continuación órdenes ineludibles como si tal cosa. En Barcelona está el fiel Pascual, brazo derecho en los asuntos de la empresa y confidente particular de Mercedes. Habrá hecho gala de su habitual sigilo, sin duda; y nada sabrá la hermana por él acerca del adulterio. Pero han sido testigos los guardeses de la grieta abierta entre ella y Cristóbal, y han podido observar que el suyo no es un matrimonio bien remachado, pues el torpe del marido forzó la ruptura de la tregua. Casilda y Pepe no son tontos y a más de percatarse de la situación, habrán medido en decámetros cabales la distancia existente entre los anfitriones y sus convidados; pues Benjamí y Neus se asombran ante las nimiedades, y lo expresan en voz alta denotando falta de clase. Los amigos son la ventana por donde los demás calibran nuestro interior oscuro: filosofa ella: y Benjamí y Neus, en vez de añadir, restan. Sí, veinte mil duros es un pago adecuado.
La profundidad reflexiva de la mujer rastrea en la memoria inmediata, intentando descubrir la conducta que desde fuera ha podido advertirse en todos ellos, personas disímiles obligadas a convivir durante unos días. Percibe en Cristóbal una sumisión canina que va incorporando a su manera de ser, y lejos de gustarla el cambio lo aborrece. Desarrolla aversión al esposo y no acierta a explicarlo; no se debe sólo a la infidelidad tanto tiempo ocultada, al prolongado engaño; sucede que cuando lo mira se le vienen a los ojos todos los defectos que detesta. Primero está la creciente pérdida de carácter, cero a la izquierda se descubre; después una viscosidad de espíritu que recuerda a esos invertebrados recubiertos de mucosidades, caracoles o babosas; y por último, la permanente desorientación: viajero sin brújula ni sextante que ignora adonde va. Para colmo, comienza a excederse en el consumo de alcohol. Bebe sin moderación alguna en las comidas, toma copas cuando los demás prefieren refrescos y porta una petaca de la que, de tanto en tanto, recibe un buen trago. Hay en el proceder de Mercedes, más que indiferencia, brusquedad cuando se dirige al marido; crece en ella la animadversión.

Observa la madre cierta cordialidad en Mina cuando trata a los padres de David; la ve afectiva con el novio, recibiendo y dando caricias, explicando aspectos personales y familiares de la conversación que pueden ofrecer duda. David hace buenas migas con Gaietà, y Gaietà se encuentra cómodo en compañía del novio de su hermana. Algún día serán excelentes cuñados; mientras tanto, la posición de David se ve reforzada. De Neus y Benjamí destaca Mercedes su simpleza. Juegan a engañarla sin mala intención, forzados por las circunstancias adversas. Faltos de un trabajo de los que proporcionan salario fijo, carecen de un patrimonio aceptable. Serán judíos como se comenta, pero, la verdad se exterioriza, ni practican los ritos ni acumulan riqueza. Cuentan con unos hijos que no se merecen. La chica, Raquel, progresa en los estudios, resulta mona y jamás ha dado un disgusto a los padres. Y quien más importa, David, poca cosa en apariencia, es disciplinado, trabajador, servicial, afectuoso y muy comprensivo; está enamorado hasta el tuétano de Mina y permanecerá atento a los sucesivos caprichos de una esposa que le sobrepasa en arrestos. Así y todo, mil veces mejor David que el cazadotes de Julio César Parodi, a quien la chica parece haber olvidado.
Tan irregular balance puede verse desde el exterior, si quienes miran son tan perspicaces como Pepe y Casilda; se dice Mercedes, preocupada por el resultado de la descubierta que acaba de hacer. Y si interrumpe sus reflexiones, es porque uno a uno van llegando los demás al salón y saludan efusivos. Gaietà, último de la fila, aviva el paso para besarla. Neus se ha cambiado de ropa y se muestra sencilla y elegante, ligera y de buen humor; y es ella la que dice al llegar:

-¡Qué tiempo!; ni hecho a pedir de boca. Suele hacer frío y llover en Semana Santa, pero podemos estar en el año de la excepción.                                                                                                                                  -Sí, las tardes se van alargando y resultan espléndidas; lo que permitirá el lucimiento de las procesiones, porque no sé si sabéis que las de Badajoz cuentan con magníficos pasos y aún queda fervor en la gente. –Interviene Mercedes con énfasis al hilo de lo expresado por Neus.
-Pues ya ves, no gozan de la extraordinaria fama de otras; –afirma Benjamí, a quien su posición de judío poco practicante no le enfrenta a los ritos de otras religiones– será que los vecinos silencian sus méritos para que no vengan los extraños y los desvirtúen.
-De todas formas han perdido mucho del carácter religioso que las distinguía, según me ha contado Felipe, el hijo de Pepe. Año tras año van quedando en manifestaciones culturales de especial interés para los forasteros. -Apunta Gaietà con ánimo de informar, sin deseo de polémica.
-No me extraña; los curiosos nos recreamos viéndolas pasar. Hay penitentes que caminan descalzos por gusto, otros arrastran cadenas como los fantasmas y algunos flagelan sus carnes desnudas. Está claro, los turistas hallarán elementos chocantes, e intentarán explicar, poniendo el acento donde gusten, la barbarie o la devoción. –Añade Benjamí.
-Las manifestaciones religiosas forman parte de la cultura humana –es Gaietà quien lo dice- y cada pueblo ha llevado las suyas por cauces distintos, aquellos que son más cercanos a la forma de ser.
-Eso es cierto, partiendo de un mismo origen, los viacrucis recordatorios de la pasión y muerte de Cristo en el Gólgota, la Semana Santa ha tomado forma propia en cada geografía, reflejo de la peculiaridad de sus habitantes. –Quien así habla no es otro que David, y sin apartar los ojos de Herminia se dirige a todos.
-Valladolid y Sevilla son dos buenos ejemplos de lo que dices. En la ciudad castellana la conmemoración es austera, grave, incluso triste; cierran tiendas y cafeterías y en la calle se palpa el recogimiento. En la andaluza se trata de una fiesta, las tiendas y los locales de ocio permanecen abiertos; y los espectadores ven las procesiones desde la puerta o el interior de los bares. –Añade Mercedes.
-Existen lugares donde participan los vecinos en una pasión viva, escenificada con realismo. En Cataluña, Ulldecona, Esparreguera, Cervera y Olesa son las de mayor renombre; y en la provincia de Badajoz, Oliva de la Frontera, el pueblo de uno de los tractoristas, convierte en obra de teatro cada estación del viacrucis. –Informa Gaietà, que recibió explicación minuciosa de Felipe.
-Me agradaría verlo –expresa Herminia con entusiasmo aunque lo más interesante será participar en alguno de los episodios. Claro que actuarán los naturales de allí y comenzarán los ensayos con mucha antelación.
-Digo yo, que si hemos de asistir a alguno de esos ritos, y Oliva no está lejos, vayamos a Oliva. -Apunta David en línea con el deseo manifestado por su novia.
-Imagen proyectada en el espejo que la refleja, mentira sobre mentira, teatro del teatro; en ese pueblo la farsa parece duplicarse o triplicarse.-Acusa Cristóbal disparando su escopeta verbal, y es como si acechara el momento; pues la distancia existente entre la intervención anterior y la suya no llega al medio segundo.
-Los vecinos de esos lugares recrean escenas que la tradición da por ocurridas. Con la misma legitimidad se han descrito miles de episodios de la historia antigua, y jamás fueron cuestionados. De modo que a la obra representada en Oliva no debiéramos pedirle más explicaciones. –Acierta a decir Gaietà con intención de suavizar el abrupto tono paterno.
-Al margen de las razones religiosas, estamos en Semana Santa, se producen cientos de ceremonias de un gran valor plástico, y despreciarlas por cuestión de prejuicios no deja de ser cosa de resentidos o de cortos de entendederas. –Expresa Mercedes con firmeza; y zanjando la cuestión abierta por su marido, añade: -A ver Casilda, tú que eres devota y no pierdes una ceremonia, salvo éste año, que os hemos trastocados las costumbres; dime a qué procesión podemos asistir.
-Queda la que para mí es la mejor, la de más hondura. Tiene un nombre kilométrico que, en verdad, pocos repiten. Voy a intentar decirlo de un tirón; verán que trabalenguas. Procesión de la cofradía de nazarenos y costaleros de la Sagrada Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo y María Santísima Madre de la Iglesia.
-¡Largo título, vive Dios!; si es acorde con el recorrido, durará toda la noche y parte de la mañana. -Apunta Cristóbal en son de burla.
-Pero si preguntan por la procesión del “Resucitado” o del “Encuentro”, les indicarán el punto de partida, el Monasterio de Santa Ana. La completan dos pasos: uno pertenece a Cristo Resucitado y el otro a María Santísima, ambos de gran mérito. Salen por las traseras del monasterio, pues la puerta principal no admite su tamaño; de modo que deben estar atentos si no quieren perderse ese momento solemne. Va la madre tras el hijo, pero es tanto el gentío que al cruzar la plaza lo pierde de vista y sigue un camino equivocado. Se la ve, calle tras calle, suspirando por el fruto de sus entrañas al modo afligido de una madre de cualquier lugar y época –prosigue Casilda imparable; es muy religiosa, y como nota que la escuchan cuida las palabras y pasa a ser un predicador más de los muchos que ha oído- se aprecia en la madre un gesto de desconsuelo que mueve a llanto a las almas piadosas; avanza girando la cabeza, mirando a ventanas, esquinas y bocacalles; pregunta a las personas que encuentra si han visto al Mesías, única razón de su existir. Va hacia la plaza de España, porque algunos le indican que por esa parte vieron al Hijo del Hombre, hijo de Dios y Dios él mismo.
-No te contengas Casilda, que la explicación nos evitará ir a verla. -Espeta Cristóbal mordaz; aunque calla al instante, pues percibe que los ojos de los otros apuntan a la narradora, quien, regresada a la religiosidad, prosigue la exposición en un tono de iluminada que permite hablar por su boca a algún ser superior, puede que al mismísimo Espíritu Santo.
Pinta el cuadro Casilda con las paleta de los grandes maestros, cincela los pasos sirviéndose del buril de los mejores imagineros, relata lo ocurrido usando la palabra de los oradores excelsos; y los oyentes ven a la Virgen en la plaza de España cuando descubre al Hijo. En el lugar de la coincidencia se hace el día desde la noche obscura, madrugada gozosa del domingo. Cantan las aves, se oyen alegrías, las campanas lanzan sus sones de felicidad. Badajoz tiembla de gozo: los hijos perdidos y las madres que los buscan; porque allí, en la plaza, ha ocurrido el Encuentro. A los pies de la catedral se funden en un abrazo imposible. Son la tierra y la espiga, la flor y el fruto; el misterio de la vida y el misterio del amor a la vida. Y las emocionantes saetas surgidas de pechos henchidos lo confirman.

-Si la procesión es la décima parte de lo conmovedora y bella que aseguras, sin dudarlo un solo instante, yo voy. -Se le escapa a Neus la frase, audaz en el caso de una invitada que carece de iniciativa.
-¿A qué hora sale?, ¿lo sabes tú Casilda? –Inquiere la anfitriona con un interés que Neus, consciente de su precaria posición, agradece.
-Pasada la medianoche; la hora no es exacta; hay que estar al tanto de la actividad desarrollada en el interior.
-Si estáis de acuerdo –pregunta Mercedes al grupo- en cuanto acabemos de cenar, mientras se acerca la hora de la procesión del Resucitado, visitaremos en grupo las distintas iglesias de Badajoz. ¿Vendrás con nosotros Casilda?, y Pepe también, por supuesto; ¿vendréis? –Se expresa Mercedes así, sin rastro de exigencia en el tono, ruego más bien, convencida de que invitaciones como esa, de tal familiaridad, hechas en momentos emotivos, se corresponden con las que al Ama Durán le dieron tan buen rendimiento.
La cena es por fuerza frugal: ensaladas de hortalizas y diversos embutidos de los que escapa un olorcillo sustancioso. El aroma envolvente tienta a Benjamí, desvelando al cerdo curado que lo origina. “He aquí los animales que comeréis entre las bestias de la tierra: cualquier animal de pezuña hendida y casco partido que rumie, lo comeréis”: Dice la Torah: “El cerdo, que tiene la pezuña hendida y no rumia, es inmundo para vosotros”. La tentación busca en su avance una excusa que ofrecer a la voluntad, y por mucho que mira a su alrededor no halla clavo ardiendo al que asirse. En la pata de cerdo se ve la pezuña hendida, y rumiar como oveja, no rumia. Así que la firmeza, enfrentándose a pecho descubierto con la llamada de los sentidos, sucumbe. Sin que lo perciba nadie se abstiene David, más fuerte que el padre; y los otros toman de cada alimento una muestra. Terminaron tarde de comer y, aunque no merendaron, el apetito anda algo flojo. Dispone las bandejas Casilda, y Pepe regresa a la vivienda de los guardeses. Se cae a pedazos el hombre, cansado al igual que la esposa, pero él puede escabullirse y lo hace.
Cristóbal adoptó hace rato una actitud despectiva, y se toma todo a chufla y a chirigota, lo sagrado inclusive; aunque es fácil advertir que exagera la intención, que el sentimiento está siendo exaltado por el licor recibido con profusión de la petaca. Casilda conduce al grupo hasta San Roque, y en el interior del templo sus componentes ven juntos los pasos de “la borriquita”, los mismos que se lucieron en la tibia madrugada del viernes conmemorando la entrada triunfal del Mesías en Jerusalén. Desde allí se dirigen a la iglesia de la Concepción, acogedora de conjuntos escultóricos admirables: la Oración del Huerto, el Cristo del Prendimiento y la Virgen de los Dolores. En el interior del Convento de las Descalzas hallan el Cristo de la Espina al lado de la conocida como Virgen de la Amargura. No entra en el beaterio Cristóbal; prefiere quedarse en la calle observando a la gente. Eso asegura al menos. Aunque en realidad penetra en la cantina abierta en las proximidades para abastecerse; porque una sed de siglos cuartea la superficie reseca de su garganta, cuando la petaca del bolsillo interior entrega las últimas gotas. De ahí que no los vea dirigirse al barrio de San Fernando, en cuya parroquia descubren el Cristo de la Angustia; ni penetrar en la iglesia de San Andrés, donde contemplan los magníficos pasos del Descendimiento y de la Virgen de la Esperanza.

Antes de encaminarse los del grupo mermado hacia Santo Domingo, en busca de los cuatro pasos que desde allí parten, al doblar una esquina se topan con Cristóbal. Lo hallan enzarzado en una virulenta campaña anticlerical. Envía los dardos verbales contra los curas y sus procesiones, que ocupan las vías públicas desplazando a los transeúntes; contra el Papa de Roma y los tesoros acumulados en el Vaticano; burlándose, por añadidura, del misterio de la Santísima Trinidad y del milagro reiterado de la Transustanciación. Una cuadrilla de vecinos del barrio cree defender su identidad herida al preservar las creencias. Voces lo increpan, brazos lo amenazan; pero el fustigador no se calla. La suma de antagonistas va creciendo por momentos, y se revela dispuesta a silenciarlo empleando los puños. Logran su rescate oportuno quienes se consideran comprometidos con la conducta del padre, esposo, amigo o patrono. Aunque a la vista de los resultados parece algo tarde, pues ya muestra el ojo derecho a la funerala y una hinchazón rojiza adorna la frente; por lo que tratando de evitar males mayores se alejan escoltándolo.
Muestra el andar indeciso, inseguro, tambaleante; y salen de su boca las palabras sin demandar del cerebro en reposo la preceptiva conformidad. Se empeña en ser satírico, y le sobran frases de burla después de emplear unas cuantas a diestra y siniestra. En la ermita de la Soledad quiere Cristóbal imitar al Eccehomo, y con la pinta que lleva pocos arreglos necesita para conseguirlo. Luego insiste en representar el “amarrao” y es tanto el alboroto causado, que Mercedes encarga a su hija y a David que lo acompañen al coche y esperen hasta ver si mejora. Se han quedado sin ganas de continuar el periplo; por eso no entran en la iglesia de San Agustín, lugar de reposo del Cristo Yacente y de Nuestra Señora de las Lágrimas. A pesar de las constantes interrupciones no han perdido el tiempo; atendiendo la explicación que Casilda añade a cada paso encontrado, es como si hubieran asistido a todas las procesiones. Falta el ambiente, claro: pero podrán apreciarlo luego, en esa ceremonia a la que asistirán pasada la media noche.

Ya hay gente en la plaza cuando llegan orientados por la entendida. Preguntan la hora de inicio, y aún falta un rato. La guardesa Casilda, que trata a los empleados portugueses con familiaridad, y al peón marroquí como si fuera su hijo, está algo inquieta y no para de ir de la puerta principal a las traseras del monasterio para no perderse la inminente salida. La procesión del “Encuentro”, a más de numerosos cofrades tiene muchos seguidores; se lo explica la buena mujer a Neus que parece ser la más conmovida. A los otros, el desagradable comportamiento de Cristóbal los dejó turbados. Inician el desfile la Cruz de Guía y dos estandartes; a continuación sale el paso del Santísimo Cristo Resucitado, una imagen hierática, erguida y semidesnuda que tranquiliza el pudor con el lienzo de la etérea mortaja. Vencedor de la muerte y redentor de la humanidad, sus ojos miran a lo alto donde el Padre lo espera. En la mano derecha sujeta Jesús el lábaro con las iniciales griegas del Resucitado bordadas. Detrás va María Santísima Madre de la Iglesia, a quien el pueblo llama Virgen de la Aurora. Muestra la figura un rostro dulce rodeado de blonda, y su actitud es humilde. Los labios, finísimos, se tensan en un leve rictus de pesar: madre que ha perdido a su hijo. Sobre la cabeza porta una corona dorada y de las manos abiertas pende el rosario. Bajo el níveo manto bordado en oro, ceñida a la cintura por un cíngulo azul y blanco, aparece la túnica celeste. Herminia y David se unen al grupo cuando el desfile ya lleva media hora de avance; han dejado a Cristóbal dormido, con visos de no despertar de su noche oscura en toda la noche.
Tras los pasos caminan los nazarenos de la cofradía del Cristo y algunos invitados de otras hermandades; visten túnica y capirote albos con el escudo de los cofrades, escapulario y fajín de color amarillo. Los nazarenos de la Virgen Madre usan manto y cucurucho celestes, y un cíngulo blanco y azul igual que el de la Señora. El recorrido resulta como lo describió Casilda, pero más terrenal, más humano. No habló de la música la guía, y la música lleva el latido de los corazones al ritmo de los pies, incrementa la fe de los creyentes y realiza el milagro de convertir una representación en la pasión verdadera, aquella que hace veinte siglos se vivió en el cerro del Gólgota. Vuelve la procesión al lugar de su arranque, madre e hijo juntos; y es digna de ver la transformación del rictus que la dicha produce en los labios maternos. Desde el monasterio de Santa Ana, con intención de regresar a “La vaca cega”, el grupo formado por los Creixell Vallecea, los Benítez Ferre y Casilda se acerca meditabundo a los coches.

Cristóbal está donde lo colocaron; duerme aún, pero las palabras de quienes lo nombran consiguen devolverlo a la fría realidad, y la realidad lo percibe como un muñeco grotesco. La Nena trata de elevar la hundida posición paterna, y se dispone a sacarlo a flote relatándole la magnificencia de lo visto y oído; pero no llega a hacerlo porque en ese preciso momento percibe que el pare se ha dormido de nuevo. Como losa que flotara amenazadora sobre las cabezas, como cincho pectoral que oprimiera los corazones -y no sólo en el vehículo donde va Cristóbal, también en el otro- el silencio impone su inquietante presencia. La Nena da vuelta a los recuerdos amables llamados por el presente ingrato.
Conoce pormenores de la conducta de Cristóbal, anteriores al triste episodio actual, que ignoran Gaietà y Mercedes. A esa sección de la memoria vuelve sin pretender el regreso ni poderlo impedir. Candela y Cristóbal protagonizan la crónica sacada de los hechos. Supuso Mina que los primos debían de tener otro canal de comunicación, a más del descubierto. La existencia de cinco únicos mensajes, cruzados entre Candela y Cristóbal, en el correo electrónico abierto por el padre para tratar los asuntos familiares, era ilógica y daba que pensar. Entendió la rareza que representaba la ruptura de tan excelente relación amistosa, e intuyó la existencia de una nueva dirección email, destinada a cultivar un trato más intenso, cuyo secreto la iba a ser muy difícil penetrar.
Primos tan bien avenidos y encariñados tan hondo, por fuerza del sentimiento habían de tener una línea privada para su fluida comunicación; y Mina se dispuso a buscarla. Mil nombres se la ocurrieron en el ejercicio de dar con el nombre de usuario, pero uno a uno se fueron demostrando erróneos. Ensayó las posibilidades ofrecidas por los más próximos: Cristóbal, solo o incorporado al apellido; con punto de unión o guión bajo y alto entre ellos. Fuencaliente, el lugar donde nació, La Palma, la isla de su pueblo y Santa Cruz de Tenerife la provincia. El nombre de los abuelos, juntos y por separado; Benítez, solo y unido al municipio; Teneguía, el volcán inactivo, mito de su niñez, más múltiples combinaciones geográficas. Nada de nada, los muchos mensajes enviados chocaban contra el muro que los devolvía. Intentó la misma composición pegando Candela a los elementos cercanos a ella, probando distintos enlaces; y el resultado fue una repetición, un calco del efecto anterior.

A la postre, mirando a derecho la cuestión, tuvo en cuenta a dos personas que guardaban muchas similitudes; y Herminia conocía sus nombres concretos. Así que a las tres de la mañana de una noche dedicada a la investigación, optó por dirigir un envío de prueba a cristobalycandela@…, simulando ser una amiga de la infancia que se interesaba por ambos. Funcionó; porque, aunque falto de respuesta, el mensaje no fue devuelto. Una cuenta de correo, identificada de esa manera, permanecía vigente. Cabía la posibilidad de que fueran otras personas con los mismos nombres y afectos tan arraigados, residentes en cualquier punto del globo terráqueo, pero esa contingencia se alimentaba de una probabilidad ínfima.
Por el procedimiento ya utilizado de reclamar la contraseña olvidada, la posibilidad de obtener una nueva llegó al correo particular del padre. Entró la Nena en el misterio, y ¡Eureka!, allí habitaba la historia de amor más extraña y al mismo tiempo más conmovedora que la hija había conocido. Encontró cientos de envíos cruzados con el correo simétrico, candelaycristóbal@…, perteneciente a la mujer; y por ellos supo que la monja amaba a su primo desde la más tierna adolescencia, y en la actualidad luchaba contra un cáncer nacido en el pecho que se extendía con rapidez. Las fotos agregadas, hilera alargada en el tiempo, permitían comprobar que el cuerpo enfermo se consumía debido a los mordiscos de la enfermedad.
Cabían tres posibilidades de reacción; y las tres analizó Herminia. Avisar a la madre del engaño, revelar al padre el descubrimiento y, la que consideró menos cruenta y dotada de mayor humanidad, hacerse cómplice de la historia y preservarla.
Llegar al cortijo, entrar en casa y acostarse, son trancos de una acción única que los disminuidos anfitriones y los confusos invitados, muertos todos ellos de cansancio, desean realizar de manera simultánea. Pero el cadáver vivo del dueño está allí y retrasa la operación, hasta que, convertido en muñeco de trapo, es llevado en volandas por unos brazos que no quisieran hacerlo. Y a esa ruptura de la normalidad obedece que el sueño, liberador y a la vez lenitivo, tarde en presentarse.

Capítulo Decimocuarto

Con gestos imprecisos abandona Mercedes el refugio del lecho para asearse y vestirse. Luego, avivada con el agua fría, y en actitud de pasar revista, sale al pasillo. Por la recia escalera de roble desciende al comedor. Gaietá realiza gestos parecidos minutos después, y se aproxima a la mesa donde la madre espera el beso filial.
Casilda ha ordenado a Clara preparar zumos variados. Intuye que cada cual tomará uno distinto: naranja, pomelo, limón tomate, manzana, y zanahoria: ni en eso coinciden. Parecían tan uniformes al llegar, que los guardeses dijeron para sí: Cortados por el mismo patrón; Dios los cría y ellos se juntan. Mas no; han ido demostrando que es inconsistente el acople. Aparecerán uno tras otro como gotas de un grifo desajustado; lo sabe Casilda y continúa su trajín.
La mañana suave ya va muy avanzada, y la temperatura exterior invita a acomodarse en los estanques. Mercedes se ha sentado en el banco, los brazos en la mesa, y a su derecha se encuentra Gaietà.
-¿Descansaste hijo?
-Tardé en dormirme. No sé si por dar vueltas a lo ocurrido o porque se me había pasado la hora. Tengo ganas de que esto acabe, la verdad.
-Yo no he pegado ojo. Crees conocer a una persona y su comportamiento te sorprende; piensas que su indecencia ha llegado al límite, y sigue aumentando. Y para más inri, delante de extraños; el sofoco que sentí no se lo deseo a nadie.
-No sufras, madre; nada más puedes hacer.
-Buenos días. –Saluda Mina al aproximarse a ellos; se la nota tensa y exterioriza el disgusto en un mohín de labios fruncidos- Seguro que estáis poniendo verde a papá.
-Aciertas. Pero él solito se pinta de verde, de rojo y de azul marino.
-Es fácil entender el desorden de su comportamiento; basta con intentarlo. Mamá, piensa en el vacío que le haces. Decides sola; él no cuenta para ti.
-No entremos en eso. Su conducta a lo largo de estos días ha sido desequilibrada e hiriente; no repara en que debemos respeto a los invitados.
-¿Sabes?, estoy convencida de que nada de esto sucede de pronto. Era un muchacho lleno de energía cuando te conoció, capaz de efectuar los mayores sacrificios para complacerte. Abandonó sus sueños tratando de hacer realidad los tuyos. Ha trabajado mucho sacando adelante la empresa; le convertiste en un empleado más y lo desprecias porque carece de ilusiones. Tú lo has ido metiendo en el agujero en que se encuentra; y es más, no puede salir sin tu ayuda.
-Todo lo que hace resulta apariencia y disimulo. Me ha engañado siempre; y no sólo con Susana, la querida de los últimos años. Nunca te lo he dicho, pero supe que se enredó con Florencia. Menos mal que anduve lista y corté de raíz sus amores.

Tan grave revelación no tiene la consecuencia inmediata que cabría esperar, pues en ese preciso momento aparece ante ellos David. Se intercambian saludos moderados, hablan de nimiedades y miran sin prestar atención las evoluciones de los peces, que van y vienen ajenos al pesar humano, alternando la quietud con la rapidez de giros. Se presentan Benjamí y Neus ufanos y cordiales. Parecen no tener en cuenta las embarazosas incidencias de la noche anterior, como si la verdadera visita se iniciara en ese instante mismo. Habla Neus de las procesiones, no sólo de la llamada del “Encuentro”, de todas; porque cree haber visto la globalidad, guiada por las prolijas explicaciones de Casilda ante las propias imágenes. Se muestra satisfecha, y da la impresión de no atribuir la menor derivación a la actitud de Cristóbal. Benjamí converge en una misma plazoleta de dudosa conformidad, en idéntico mar de olas quietas, en el prado verde donde pastan bucólicos corderillos.
El protagonista de los actos que ponen a la familia en apuros, llega el último. Para su desgracia ignora que los demás forman un grupo de olvidadizos tomados del brazo; armónico proceder que proviene de aplicar en las junturas desportilladas el cemento traído por los Creixell Vallecea. De modo que avanza Cristóbal cohibido, encogido de hombros; y es tan poca cosa que su presencia mueve a compasión. Herminia se adelanta a su paso y pone la mejilla para recibir el beso acostumbrado. Este gesto, trivial por repetido, tiene la virtud de elevar al caído hasta una posición aceptable, de la que se creía desbancado sin remedio.
Titubeantes, con gesto y ademanes forzados, llegan Pepe y uno de sus hijos al espacio llano en que la mesa y los bancos reúnen a los señores. Traen un mueble de chapa y madera, que los presentes identifican como el juego de la rana. Lo sitúan a cinco pasos medidos, separado de cualquier estorbo; y de una bolsa de tejido verde con cinta de cierre dorada extraen los petacos. Explican las reglas de forma somera y, a modo de ejemplo, los presentadores del juego realizan una tirada cada uno, anotando las puntuaciones en una planilla. David y Gaietà se disponen a iniciar un mano a mano; pero al sumarse los otros empujados por la formidable fuerza de la imitación, deciden jugar en parejas. Cuentan con Cristóbal, quien parece haber tomado al pie de la letra la simulación del olvido y va con Benjamí.

Resulta agradable el entretenimiento, y al rato ya cruzan apuestas. El tiempo incrementa la longitud de sus zancadas cuando se ve bien aprovechado, y no es extraño que nadie advierta su caminar resuelto. Anuncia la hija de Casilda que la comida está lista; pero ellos, bien porque no han hecho hambre aún desde el tardío desayuno, bien porque les ocupa una última tirada que escribirá un nombre en la casilla destinada al ganador -se ha producido un empate entre la pareja integrada por los dos muchachos y la de Pepe y su hijo- siguen fuera un cuarto de hora a mayores.
Cuando penetran en el comedor, situada en el centro, les sorprende una mesa oblonga dispuesta con gusto y deseos de agradar. Es tan sólo el preámbulo: de la cocina llegan sabrosos olores. Nacidos en los fogones florecen tentadores aromas en oleadas muy juntas. Se suman las sensaciones olfativas a las visuales, producidas por el rico mantel bordado a mano y la disposición armónica de la vajilla de la Cartuja, más la cristalería esplendente de Bohemia. El conjunto despierta la curiosidad del sentido del gusto antes de llegar al verdadero apetito. Cuestión relacionada más con la calidad que con la cantidad, de cuya satisfacción -ausente en ese momento- se ocupa la gula, más vulgar, más primaria.
La comida del domingo pretende desbancar a la habitual abundancia festiva. Parece que los Benítez Ferre, mostrando la riqueza contenida en la finca, buscan impresionar de manera indirecta a los Creixell Vallecea. Casilda y su hija comenzaron el trajín muy temprano. Ha querido Mercedes preparar excelentes platos partiendo de materias primas que se dan de suyo en “La Vaca Cega”. Verduras, hongos, pescados, mamíferos, aves y frutas variadas.
Tendrán a su disposición gastronómica, espárragos de los llamados trigueros, pimientos asados, las delicadas criadillas de tierra, varias bogas, media docena de barbos, otra media de gubios, alguna tenca y dos ejemplares de jarabugo, un ciprínido raro, algo pequeño: peces todos ellos capturados en el Gévora por Pepe, incluso el último, hasta ahora sólo encontrado en el río Aljucén. Un poco de manga ancha se da en lo que cuenta, pues ha de subir el pescador hasta La Codosera o descender a las proximidades del Guadiana, ya que quitando la zona de la presa, en el tramo lindante con la finca escasean los ejemplares presentables. Hay lomo de jabalí en salmuera, procedente de un ejemplar abatido por el guardés y sus hijos hace mes y medio. Perdices capturadas en las trampas que Felipe tiende con ingenio y paciencia, Diversas mermeladas y almíbares de frutas silvestres componen el postre, y termina el yantar con infusiones de manzanilla, tomillo y hierbabuena, previas al celebrado licor de bellotas. El agua procede de un manantial del propio cortijo, y elaboran el vino los hijos de Pepe con los racimos que produce el espeso emparrado del patio trasero. Amasaron el pan las tres mujeres -harina integral del trigo cosechado allí mismo- y usaron la artesa y el horno de los tiempos en que se cocía en la dehesa. Es extensa “La vaca cega”, y rica; tanto, que en ella dueños y menestrales pueden llegar a ser autosuficientes. Ese es el mensaje remitido a los invitados.

Asisten a una ceremonia ajustada a las buenas maneras; y la inexistencia de una charla generalizada, tras la que Cristóbal se hubiera escondido, pone de relieve la turbación que tratan de encubrir. Las peticiones de acercar el salsero o la cestilla del pan, y las fórmulas de agradecimiento, aíslan al varón que ayer dio tan bochornoso y gratuito espectáculo, proporcionándole, por omisión, un claro protagonismo indeseado. No se da tiempo a la sobremesa acortando el desasosiego, y sin dilación alguna unos y otros abandonan el salón para aislarse en distintos grupos. Casilda y su hija recogen los restos de comida, los platos sucios, el cristal y los cubiertos usados; poco a poco el comedor va volviendo a su ser. El campo de acción se traslada a la cocina. Ha ido Clara fregando la loza a medida que la retiraban: fuentes de los aperitivos, platos hondos; y aun así, en el fregadero no cabe un cacharro más. Mercedes no permite lavar a máquina la vajilla decorada de la Cartuja de Sevilla, ni la cristalería nueva o los cubiertos de plata. Las hacendosas mujeres, puestas cada una a lo suyo, simple cadena de tres en una industria mínima, van progresando al enjabonar y aclarar. Boca abajo desprenden el agua restante vasos y copas y, escurridos, retornan cada uno a su lugar del aparador, memoria ayudada por la forma del hueco. Piensan ellas, sin decirlo; que al menos en la cocina, lo sucio y lo limpio se separan y el orden acaba sometiendo al caos a su rígido imperio.
Trae la tarde el momento de la crucial ceremonia, deseada y temida a partes iguales por los Creixell Vallecea. Miembros de las dos familias serán conferenciantes, en una cumbre esencial para la venida de alguna forma aceptable de futuro. En el salón grande Mercedes ha decidido celebrar la imprecisa conversa. Casilda y Clara dedicaron las mañanas de tres días a limpiar los suelos y a enjalbegar las paredes; y de tales trabajos quedaron complacidas. La mesa central es amplia; y a poco que se distraiga la atención al mirarla, parece de una pieza enorme. Pero hay dos junturas simétricas bien disimuladas, que unen los nudos de la pieza central con los de las tablas laterales, proporcionando al dibujo la continuidad buscada por el ebanista, un perfecto artesano de Trujillo, que hace cien años se encargó del ajuste. La circundan, rompiendo la perfecta horizontalidad del tablero, doce sillones valiosos y raros: madera labrada en los brazos y patas, cuero de vaca en el respaldo y en el espacio destinado a las asentaderas. Llega la luz prístina del ventanal entorpecida por los cortinones; filtrada, tamizada en su paso a través de los visillos; acomodada al momento. En el lado izquierdo de la puerta hay una mesa de patas abreviadas: cristal y bronce bien avenidos entre dos divanes enfrentados. Una mente lógica comprende enseguida que sofás y mesita han sido colocados en los tiempos vigentes, pues al costado opuesto, reclamando la simetría hoy fracturada, se ven una camilla con mantel de lino y sus sillas de enea junto a dos basares.
Aquellos a quienes se supone interesados postulantes, los padres de David, se sientan muy juntos; el muslo izquierdo de él pegado al derecho de ella. Patente ventaja sobre los oponentes, sin duda pretenden provocar un efecto de ósmosis que refuerce su posición amortiguada. Han elegido el más informal de los divanes: tela de color marfil con estampado de flores chiquitas. Nadie los ha acomodado, y el sofá de cuero marrón se hallaba primero; de modo que no se les puede acusar de inmodestia. En cualquier caso son realistas, y se saben oficiando un rito arcaico pero acaso inexcusable, destinado a mantener la tradición mejor enraizada junto a los distintivos de una sociedad en plena efervescencia.

Separados uno de otro, los anfitriones, padres de Mina, supuestos donantes de un permiso innecesario, ocupan el sofá de piel. Cercana a su padre, tocándolo con el vuelo del vestido, toma posición la novia. Se la ve esforzándose para controlar los nervios, porque atribuye a la reunión que va a comenzar, la categoría de antiguo protocolo que ella aborrece. La bióloga, geóloga aficionada, observa la extraña liturgia seguida, y ha de ir su memoria a los babuinos para encontrar una práctica similar; ha de remontarse a los monos, porque entre humanos, ni los aristócratas más trasnochados observan reglas de formalidad semejante. Al lado de Benjamí se acomoda David, pero entre ellos circula el aire; es un adulto suficiente y puede prescindir de rodrigón y tutela. Gaietà ignora si ha de estar o no presente, por eso busca en los ojos de su madre una respuesta clarificadora. Cree percibir un signo afirmativo, y en un sillón, equidistante de los dos divanes, fija su territorio neutral.
Enmarcan el campo de batalla dos cuadros antiguos, que de ser valiosos ya no adornarían la estancia, pues los herederos del Ama Durán se los hubieran llevado. Oscuros, casi negros, representan escenas de caza: uno muestra un jabalí acosado por una jauría de perros, y el otro una gacela joven acribillada de flechas. No tienen mérito como el simple análisis dice, pero su realismo es bien apreciable: en los ojos de los animales se percibe un terror agudo que ha de ser el miedo inspirado por el hombre, criatura cruel y sanguinaria, predador insaciable de la naturaleza entera. Una panoplia de espadas antiguas -acerico de madera labrada, al decir de Casilda- cuelga fatua y terrible del centro de la pared más estrecha, completando un conjunto ornamental que resalta a la vista sobre los muros recién enjalbegados.
Han preparado una merienda sui géneris, compuesta de dulces elaborados siguiendo fórmulas antiguas en el mejor obrador de la capital; pastelitos propios de las fechas -incluida la tarta conocida como técula mécula- golosinas horneadas con mimo por unas monjas de clausura. Segura de sus cualidades, se los recomendó a Mercedes la hija de Casilda, y ella misma, que conoce el convento, los encargó ayer recogiéndolos esta mañana. Son hojuelas, huesos de santo, alfajores, buñuelos, mantecados y rosquillas hechos a base de productos naturales, y se han de comer antes de que endurezcan. Vino dulce de Oporto y Jerez, moscatel de Alicante: tres botellas llenas se encuentran sobre la mesa permitiendo la comparación.

Cristóbal, que va haciéndose un experto, se encarga de la primera cata y da ganador al alicantino; según él, los famosos no responden a su predicamento. Poco convencido de su propio peritaje, lo revisa al instante modificando su juicio. El Jerez resulta, con mucho, el mejor; su sabor permanece más tiempo en el paladar. El inconsistente lleva en alta tensión varios días, porque teme y espera que la meditada reacción de Mercedes lo deje en la calle. Ignora, porque no se conoce lo suficiente, cómo va a actuar cuando ocurra el despido y quede a la intemperie. Sufre ante los silencios y le causan miedo los arranques de la conversación; porque, en esos momentos imprecisos, cuando pasa a ser fundamental dar con un tema que posea la virtud de no arder al instante, la deriva de la cháchara es imprevisible. Si fuera valiente habría tomado una determinación que cortara el suplicio perpetuo; pero a más de esconder la cabeza debajo del ala, quedarse encerrado en el silencio o atrincherarse tras el exceso de alcohol y verborrea; nada eficaz ilumina su mente. Otra vez la encrucijada, de nuevo las dos solas opciones: tomar el camino fácil o adentrarse en la vereda angosta. Retorna la eterna disyuntiva; y la evasión, tan denostada por la sociedad, esa escapada mal vista, hermosea ante sus ojos alineándose ancha y cuesta abajo.
Va colmando Mercedes su crecido vaso emocional con una impaciencia abstracta; también con resentimiento y amargura. Le pesa en el alma la traición de Cristóbal; ¡tan poca cosa el marido y ha logrado engañarla! Para mayor ignominia el periodo de burla ha sido largo, por lo que habrá dado pie el burlador a la desconfianza y a la sospecha; y a pesar de tal ventaja ha estado ella en ayunas. Más inteligente, más avisada según se estima así propia respecto al torpe de su marido; en ese asunto no lo ha demostrado. Necia y bien necia se considera por desdeñar los indicios palpables; imprudente y bien imprudente por fiarse de un individuo a medio sazonar, quebradizo e inmaduro como Cristóbal. Con cualquiera de los otros pretendientes la hubiera ido mejor; con cualquiera. Buen ojo el suyo; buena intuición. En los sueños de la esposa aparece el desgraciado asido a un saliente sobre el precipicio; un pequeño gesto lo salvaría, pero ella no piensa realizar ese gesto.

Disgustan a Mercedes los Creixell Vallecea. Conoce que se ahogan en un mar de deudas; y a pesar de ello, por el bien de Mina, hace como si lo ignorara. Busca en ese noviazgo un contraveneno; quiere evitar que su hija se case con Julio César Parodi. Pero si la pasión doblegara a la hembra, aceptaría el desarrollo de una relación subrepticia. Sabe el Cielo que esa tolerancia va contra sus principios, pero se enfrentará a los principios la madre con tal de impedir que la hija quiebre su espléndido futuro. Si la congénita sensualidad de Herminia, tan devastadora como se ha revelado, no pudiera hallar contento de otra manera, esposa de David y todo, podrá amar al bello colombiano. Tiene claro que el ganapán, siguiendo el atajo del matrimonio, intenta conquistar el derecho a la nacionalidad codiciada; paso previo al disfrute de la riqueza que Mercedes, sin ayuda de nadie o con más impedimento que colaboración, ha ido acumulando año tras año.
Desconoce la joven que su madre adoptiva en el terreno bélico es capaz de actuaciones indignas. Ignora que Mercedes amenazó a Florencia con desheredar a la hija común, si la madre biológica continuaba en la masía donde se veía con Cristóbal. Desconoce que la coaccionada se alejó sin dejar huellas para evitar ese mal y otros mayores, que iban a golpear de lleno a Herminia.
Despierta David en Mercedes un afecto instintivo, maternal; un cariño ingénito, primario; observado ya en los cuidados que las madres del mundo animal inmediato –hembras de pájaros, gatos y perros- dispensan a sus recién nacidos, y hasta a los ajenos. David propicia, sin sospecha siquiera, que afloren en Mercedes cualidades ocultas: ternura, franqueza, abnegación; aquellas capaces de impulsar al protector a desvivirse por el protegido. Ese aspecto juega a favor del muchacho. Pero no es todo; por encima de los afectos, la boda de David con Herminia es un asunto práctico: Adora él a la joven, y será para ella un esclavo que la convertirá en ama y señora. El subyugado verá por los ojos abiertos de la tirana, por sus oídos oirá; y en esas circunstancias, Julio César Parodi, escondido en el armario o bajo la cama, pasará desapercibido; tercer lado que completa el triángulo, si fuera un triángulo la exclusiva figura geométrica que puede hacer feliz a la hija.

Sentados en los divanes ante una mesa repleta de dulces, anfitriones e invitados hablan de nimiedades para ir abriendo boca. Se les ve temerosos –fauces abiertas de par en par, uñas en estado de alerta- vigilantes de una realidad que trata de engullirlos porque es su cometido. Tangible o imaginada, debe cumplir con todo rigor las leyes de la naturaleza, tiernas y crueles cuando corresponde a cada posición. Ambos bandos, fuertes y débiles, desprotegida manada de animales herbívoros y armada jauría de codiciosos carniceros, divagan a merced de la realidad fluctuante.
Desde el día en que fueron invitados a visitar la finca, ha ido acumulando Benjamí su recelo ante el comportamiento de Mercedes. Cree ver nítidas las intenciones oscuras, sus planes aviesos. Ha participado poco en las charlas, y Neus se lo ha señalado en un par de ocasiones: Tienes la cabeza puesta en otra parte. Sin darse cuenta, desde el presente, una y otra vez regresa a lo suyo: al problema económico, al embargo, a la escasa solución que representa el cobro del manual destinado a apostadores diletantes.
Hasta David pone un mayor empeño; y la propia Neus se enfrenta a Mercedes con las armas más convincentes: la sonrisa dúctil y una amabilidad originada en la mera superficie, simples raíces adventicias. También Neus cruza ese terreno de nadie que lleva a pasitos de la realidad a la ficción; pero lo hace de modo sutil, con delicadeza intencionada. Trata de propiciar un futuro favorable, pero es incapaz de ofrecer una vela a Dios y otra a Satán con tal de suprimir el margen de error. Riega a diario las plantas de la utilidad y la ganancia neta, hasta que por olvido las observa amustiarse. Recurre, entonces, a las lágrimas estancadas largo tiempo; unas gotas que no luchan con eficacia contra la sequía, pues debido a su alto contenido en sales la incrementan. La imagen que Mercedes proyecta sobre el lienzo de Neus, pantalla del entendimiento que reproduce los puntos luminosos y las carencias grises de las personas, es la de una escultura de arena compactada que el paso del tiempo va desdibujando: singular esfinge de Giza en el desierto existencial.

La mirada de Neus percibe al matrimonio anfitrión como nave próxima al naufragio, alejada de las aguas calmas de la edad madura. Herminia, aunque de gran corazón, tira al monte como las cabras. La meterá en cintura cuando se convierta en su nuera. Vigilará cada paso de la muchacha, y denunciará los dados en falso. David merece una esposa sensible al amor del esposo, amiga a más de compañera. La fatalidad ha querido que se enamorara a conciencia, de manera más que irracional de Herminia, encadenándose al banco como un condenado a galeras que remara por gusto. A Dios gracias, si encuentra hueco y techo, será feliz con las sobras de esa voluptuosidad desbordante de la muchacha. La suerte está echada, pero sigue prefiriendo a Gaietà; se ajustaría perfectamente a Raquel.
Para David, lo que no atañe a Herminia o a sus arrabales carece de importancia. Se asoma al mundo a través de los ojos de la novia, y lo percibe como ella desea. Siente un afecto incondicional por Cristóbal, cuyo inicio puede encontrarse en el cariño que la Nena pone en el padre. Sonará mal el símil, pero se aproxima a la realidad: Mina atrae al muchacho como la serpiente al pajarillo. Cierto: acompasa con ella el respiro y los latidos del corazón. En cuanto a Gaietà, baste decir que es su alma gemela.
Escaparía Mina en esos momentos previos a la petición de mano, si el ronzal de Mercedes le permitiera salir corriendo en busca de Julio César Parodi. Se refugiaría en el pecho fuerte del amante, se disolvería en sus besos y caricias, abriendo la puerta principal al empuje del macho incansable. Cuando su madre, para evitar los encuentros le prohibía salir de casa; en infinitas ocasiones Mina abandonó el cuarto para someter sus deseos a los deseos de Julio César. Infinitas veces, sí; pero insuficientes. Herminia se fugaría con Julio César si el imán del colombiano se opusiera con ventaja al imán de los padres: ley insoslayable de la gravitación universal que fija equidistancias. Antes de partir situaría en un castillo a Cristóbal; ese arrinconado que paladea licores dulces porque pulimentan su áspera vida y caldean el interior gélido, anestesiándolo. A resguardo de sí lo situaría, de su comportamiento errado; y de Mercedes, mujer dominante que dirigió al marido hacia un amor sucedáneo y ahora lo acorrala por ello. Desea el desguarnecido vivir con la esposa, dueña de la fortaleza que le falta; y a ese agarradero podría asirse si ella lo permitiera. Susana, joven y bonita, no fue para Cristóbal más que un adorno, un sello anular, un alfiler de corbata, el escape abierto. Sí, antes de partir con Julio César, dejaría la Nena a su padre a resguardo; y así lo tendría hasta que al títere actual regresara el hombre que fue.

Anochece en el exterior de la casa, y la luz del atardecer, a modo de un abanico que se cierra lentamente hacia el Ocaso, se torna pálida. Es como si su transparencia se opacara hasta el color ceniza, hasta el desvaído gris de la greda. Enciende Gaietà la lámpara del techo y el haz luminoso invade de pronto las miradas de los presentes golpeando las sensibles pupilas. Ya se va entrando en materia; los dulces han sido elogiados, se ha hablado de la apacible climatología reinante, de la flora y fauna de “La vaca cega”, del largo aguante de los costaleros, de lo difícil que resulta alimentarse de manera sana en tiempos de tanta contaminación ambiental, del doloroso drama humano de la inmigración, del goteo de muertes que representan los atentados de los fanáticos, la violencia machista y los accidentes laborales; de los jóvenes que entregan su esfuerzo a los demás en las llamadas oenegés, de las dificultades para encontrar empleo y de la importancia de la buena preparación académica. El coloquio inicia el camino previsto, el que Neus y Benjamí diseñaron. Ya es Herminia objeto y argumento de la charla, al instante lo será David. De ahí, a la pareja y a los novios que la forman no hay sino un paso, y ellos piensan darlo si no lo da Mercedes. Estando en los novios resultará muy fácil deslizar la charla hacia asuntos de mayor substancia, la boda primero: fecha y lugar de celebración.
En las buenas partidas de ajedrez, los expertos siguen una estrategia consistente en ir situando las piezas de modo que el jaque dado al rey se convierta en mate. Adelantan los peones para entorpecer el paso del alfil, del caballo, de la torre; colocan piezas que imposibilitan el enroque y ofrecen una apariencia de ejército fuerte, decidido a alcanzar la victoria. Como si se tratara de tormentas borrascosas, las impetuosas discusiones libradas entre humanos precisan una concienzuda preparación. En ese lapso, las nubes, cargadas de electricidad, se aproximan unas a otras formando una nube mayor que oscurece parte del cielo. Se dramatiza la apariencia del horizonte, y los paisajes captados en esos momentos por la emulsión fotográfica adquieren un tinte trágico que anuncia la proximidad de la descarga. Ninguno de los asistentes a la reunión vería en estas líneas un afán premonitorio de lo que el inmediato futuro les tiene reservado; pero el malestar flota en el ambiente y la intuición percibe alarmas inciertas.

 

Capítulo Decimoquinto

Gaietà exhibe perilla y bigote a lo Espronceda, poeta de culto para él, cuyos poemas “Canción de la muerte” y “Canción del pirata”, declama emocionado. Bigote y perilla, son restos de una barba becqueriana lucida hasta la víspera de San José, fecha en la cual decidió recortársela. Intuye la existencia de un desencadenante de su espontaneidad, en la lectura recién iniciada de “El libro de los muertos”. Revelación que amplía su mundo y lo trastoca, percibida al inicio, “Himno a Ra naciente”: Jepera, el creador de los dioses, hijo de Nut.
Gaietà advierte que su presencia va siendo innecesaria en la conferencia familiar, y con breves palabras de excusa sale del comedor. Llega a su alcoba con la ilusión de reanudar un trabajo que no siempre le resulta placentero. Sobre la mesa desnuda, un cuaderno presenta la página derecha intocada, orgullosa de sus posibilidades. A la izquierda, la carilla hermana, escrita en sus tres cuartas partes, reclama lectura y término. Es un breve poema que presentará el muchacho a un concurso convocado en Martorrell. Se perciben en su poesía influencias claras de aquellos poetas a los que más ha leído y admira: Joan Maragall, Verdager, Espriu, Guimerá, Carner, Segarra, Palau i Fabra, Manent. Muchos, porque ha buceado en parte de la poesía escrita en catalán desde hace dos siglos. Conoce, claro está, numerosos poetas de expresión castellana -Vallejo, Huidobro, Celaya, Carmen Conde y Neruda entre los más notables- y ha intentado algunos poemas en ese idioma, pero es en la lengua materna donde se mueve con soltura su lírica. Caso curioso, el castellano ha pasado a ser el vehículo de su prosa, y en castellano prepara un conjunto de relatos breves que avanza a zancadas desiguales. Abierto al clasicismo y a las vanguardias, algo elemental y primario bulle en su breve obra, prosa o verso, envuelto en una forma que busca a partes iguales la armonía y la ruptura. Original cuadratura del círculo, que le produce ciertos quebraderos de cabeza al abrirle puertas por las que no se atreve a penetrar. Así es él: siente vértigo al llegar al borde del acantilado y retrocede.
Inicia el repaso de lo escrito modificando unas cuantas palabras que le parecen poco adecuadas, cambia de sitio medio renglón y añade una estrofa nueva. Tras pasar media hora larga dedicado a versificar, satisfecho de lo que va logrando, decide cambiar de género. Piensa en la marcha de la reunión que se desarrolla abajo, mientras expande en su mente el argumento de una narración fantástica. Durante el largo viaje, en los tramos de silencio común, meditaba un cuento lúgubre cuya acción sucede entre encinas y alcornoques. Fue en el Baix Empordá donde descubrió el muchacho la existencia de los alcornoques, modestas alturas de Les Gavarres, cerquita de la fuente del Garó. Pasaba las vacaciones junto a Mina en la masía de La Bisbal. Hermanos inseparables, recorrían los espacios cercanos, y su fantasiosa mente infantil transformaba los chocantes árboles en fantasmagóricos engendros. El cuento recoge la riña cainita de ambas formaciones arbóreas. Se enfrentan en un paisaje pantanoso que la neblina torna, si cabe, más irreal. Influido por las lecturas románticas, sirviéndose de tintas que recorren la gama entera de los grises, dibuja los extremos húmedos de “La vaca cega”, cuando las tierras pegadas al río, en el invierno se encharcan. Ese ambiente tétrico le hace idear aparecidos y almas condenadas a estancias larguísimas en el purgatorio. Cuerpos y espíritus desgajados toman partido bien por las encinas bien por los alcornoques, generalizando la pendencia; pues los mortales, hombres y mujeres que viven del engorde del cerdo o de la industria del corcho, se inscriben en uno u otro bando según sus intereses. Los animales siguen atónitos la batalla, inmovilizados a causa del miedo. Origina la pendencia una historia de amor a lo Novalis, y no es casual. Gaietà, lector entusiasta de “Himnos a la noche”, llegó a mitificar al autor hasta el punto de dejarse crecer el pelo imitando su aspecto. La historia relaciona a una pastora de cabras con un porquero. El cuidador de los puercos inmundos alberga una pasión desbordante, y la dulce zagala se aleja del enamorado debido al olor que desprende. Toma el protagonista una decisión drástica, la de arrojarse al sepulcro que ofrece el pantano en sus pozas de cieno. Consumado el sacrificio, sabida la causa, se culpa la pastora del desdén injustificado; y en su interior tierno crece una hoguera atizada por la acusación de los alcornoques. Ellos saben bien lo que es sufrir el desprecio a causa de la apariencia, y vertebran el ejército del suicida. Toman la defensa de la zagala las encinas, porque se compadecen de los arrepentidos y acogen bajo su densa enramada a quienes buscan nueva oportunidad. Da comienzo de esta manera un enfrentamiento que hubiera llegado a ser universal, de haberse sumado los animales al conflicto en vez de paralizarlos el pavor.

Escribe un poemario a hurtadillas; incluso para sí guarda cierta reserva, escrupulosa prevención hija de la desconfianza. Es una recopilación de poemas graves, de denuncia, que recoge pensamientos opuestos al hambre, a la corrupción, al goteo constante de obreros muertos en el tajo, al despilfarro, a la injusticia, al abuso de poder, al sometimiento del débil y a la sinrazón de la herencia. Respecto a la herencia redactó su punto de vista hace meses, y pensaba ahondar mucho más, pues considera crucial el asunto. Salvo el ajuar diario, todas las posesiones de los fallecidos debieran pasar al Estado. Tal acumulación de recursos permitiría a los gobernantes efectuar una distribución efectiva. Pero está atento a las intenciones manifestadas por los dirigentes, y la tendencia general es la de suprimir el gravamen. Acaso hayan llegado al extremo sus convicciones, pues si no fuera por la firme oposición de su madre, se alimentaría como lo hacen los desfavorecidos en cualquier área deprimida: dos o tres comidas y de plato único. La naturaleza, en sus variadas vertientes, lo colma. El mar ofrece el enorme atractivo de su cambiante estabilidad, la transparencia de sus calas, el misterio de los fondos abisales. Se extasía ante las montañas abruptas y las costas escarpadas; frente a la infinidad de tonos de la arena en el desierto. Las dudas son el extremo visible de la indecisión, y con ellas vive el muchacho escritor y poeta
En el salón de la casa, sede parlamentaria accidental, los novios y sus padres no entran aún en materia; han cerrado un círculo de palabreo en torno a la verdadera cuestión desde que los dejó Gaietà. Puede palparse la calma tensa que domina a los Benítez Ferre. Tratan de disimularla pero lo hacen con cierta torpeza y muestran las dagas bajo el sayal, punzones, anillos huecos repletos de veneno dulce. Mercedes habla a Cristóbal de manera forzada, alargando las palabras y acortando las frases, con una reticencia que los demás advierten. El marido se va colocando a la defensiva, y encastillado en la desconfianza da excesivo alcance al matiz de las palabras; de modo que acaba buscando doble sentido donde nadie lo puso. El matrimonio agrietado se hizo promesa tácita de normalidad hasta pasada la boda de la hija, y a trancas y barrancas los contendientes han ido cumpliendo. No obstante, las espadas, aun permaneciendo en alto, inician una inclinación peligrosa que puede dar al traste con la tregua pactada. Sucede que el recipiente de la dúctil transigencia es de capacidad variable, y por unas cosas u otras ha ido encogiendo, de modo que alcanza los bordes.

En los prolegómenos Neus ha embellecido su descripción de David, retrato mil veces pintado atendiendo las sugerencias del deseo; ha dibujado los perfiles difusos del paisaje extraño de Herminia, para que Mercedes pusiera las pinceladas firmes definiéndola exacta; y ahora es el turno de Benjamí, en este momento padre del novio ante todo. Habla con modos apacibles y certeros el varón obsesionado por hacerse rico siguiendo un atajo que él intuye y los demás desconocen. Los presentes oyen la palabra y escuchan el eco instantáneo pretendiendo hacerse una idea de adonde va el discurso.
-Superados los juegos infantiles, tras los primeros cursos escolares, se inicia una época considerada dificultosa para los adolescentes. La indefinición y las compañías influyen en los comportamientos más que las decisiones propias, más que la voluntad puesta en lo recto. Los padres no sabemos a qué carta quedarnos en esa etapa; fluctuando entre el refuerzo de la confianza y el andar sobre ascuas, sospechando un engaño ligado a otro engaño nada más descubrir el primero, el de menor cuantía. Así que cuando los compañeros de colegio iniciasteis la amistad, formando una pandilla alegre y sana que se reunía en los locales de la parroquia, nos tranquilizamos. En el esplai ibais adquiriendo importantes valores cristianos y sociales, afirmados en actividades nuevas. Así que vimos con buenos ojos vuestra incipiente amistad seguida al margen del grupo. Porque si el grupo nos gustaba, en vuestro afán de concreción notamos un avance. Reconocer similitudes el uno en el otro, y desear estar juntos compartiendo experiencias, fue el inicio de un deseo que os llevará, en un primer viaje, al día de vuestra boda.
Recomienda el sentido común pensar antes de exponer, y ello es posible si el orador conoce a la audiencia, sabe de lo que habla y ha fijado previamente el objeto de su disertación. Pero si no es así, y teme encontrarse con dificultades en cada meandro del sendero, el orador, inseguro, puede detenerse más de lo necesario entre frase y frase reforzando el guión que las une. Esa incertidumbre, esos titubeos dialécticos se producen en la charla de Benjamí, dando pie a intromisiones de apoyo o de corrección. Tal es la de Cristóbal Benítez, que inserta su opinión en la que cree oír, con la voz engolada y viscosa de quien habla para demostrar que aún es capaz de hacerlo, pues considera aliado al moscatel en vez de disimulado enemigo.

-Sí, ya es raro que frailes y monjas, partidarios acérrimos de la educación separada de chicos y chicas, acordaran establecer una clase común de mayores. Estoy de acuerdo: seguro que había gato encerrado.
El inciso de Cristóbal abre rendija, y Benjamí aprovecha para encauzar su marcha verbal, llevándola lejos del precipitado punto de llegada anterior: esa boda perseguida e incierta.
-Chicos y chicas cursaban el bachillerato separados por una raya imaginaria, cuya trasgresión, poco a poco, se convertía en propósito de los más osados. Digo, que si la segregación de sexos no buscaba aproximar a los jóvenes de una misma clase social, de convencimientos religiosos y políticos similares, ese era el efecto que producía. Los muchachos del colegio de frailes vivían pendientes de las muchachas del colegio de monjas, y viceversa; y ello en mayor medida que si fueran compañeros de clase. Así sucedió durante generaciones, con el beneplácito de unos padres satisfechos del resultado. Siguiendo esa carambola se conocieron, enamoraron y casaron muchos de ellos.
-No podemos entrar en la cabeza de frailes y monjas; y la pretensión de saber su intención tiene poco sentido. –Interviene Mercedes con un cierto deje de sarcasmo- Rige su conducta desde tiempos inmemoriales el deseo de evitar a todo trance la promiscuidad; pero siendo el hecho irremediable, lo mejor es encauzarlo. Debemos deducir, teniendo en cuenta las evidentes consecuencias, que la moral dirigía sus pasos.
-Ahora descubro su juego; los responsables perseguían un fin puramente económico. La natalidad disminuye a pasos de gigante y con ella los alumnos de primaria; y el fracaso escolar deja el último curso, el previo a la Universidad, sin alumnos para completar una clase en cada colegio. –Denuncia Cristóbal, y le salen las palabras trabadas unas a otras como reata de bestias, producto de las copiosas indagaciones que, sin embargo, aún no han dado con un triunfador entre los vinos generosos.
-No sabes lo que dices -Le espeta la esposa en catalán, abriendo sin razón aparente la presa que retiene sus palabras, pues está empeñada en guardar las apariencias– el dinero no es la principal de las miras para los centros religiosos. Las órdenes son herederas de su fundador y cumplen las piadosas funciones para las que fueron creadas.
-Sé lo que digo… –añade Cristóbal, y sin reforzar un ápice el argumento iniciado se calla.
-Aunque influyera el dinero, cosa disculpable, pues resulta imprescindible para mantener el rumbo del colegio; estoy con Mercedes: frailes y monjas tienen designios altos: como son la preservación de la inocencia natural, el adiestramiento de las conductas, la salvación del alma. -Sale perfecto el giro dado por Benjamí, trazado a compás; pues cuando parecía haber errado el picotazo, en la sonrisa de Mercedes nota que no ha dado en hueso sino en materia sensible.
-Fueran cuales fueran los motivos; el caso es que frailes y monjas unieron en las clases a chicos y chicas de la misma edad, procedentes de familias que gozaban de buena posición y compartían creencias, de modo que los puntos de vista de unos y otros acerca de la vida y su intríngulis variaban muy poco. Los jóvenes pudieron iniciar una convivencia compleja, que el tiempo se encargó de mostrar natural y conveniente. Esa circunstancia propició que David y Herminia se conocieran lo suficiente para gustarse y quererse. –Concluye Neus, harta de las discusiones estériles, pues sabe que, en cualquier caso, obran contra ellos.
Da por terminada Gaietà la revisión del cuento; el último párrafo le ha costado un buen rato, pero al fin queda a su gusto. Un leve dolor de cabeza y la merma de inspiración le llevan a salir a la portalada, dándose de manos a boca con la noche, dueña y señora del entorno. Camina sin intención, traza el aro imperfecto que quieren los pies, y llega a los estanques donde los aleteos rompen una placidez insostenible. Observa, escucha, pero al poco, inquieto, vuelve a la casa; y dejando un espacio de seguridad para pasar desapercibido, a través de la ventana observa la acción que el interior acoge. Sus ojos captan una escena bien iluminada y la reproducen nítida. La fotografía instantánea muestra a los conferenciantes sentados en torno a la mesa: A estas alturas cabría pensarlos ya distendidos, pero se los ve tensos, como si las incógnitas que iban a esclarecer se resistiesen. Buscan los unos la conveniencia, y los otros huyen de su perjuicio, porque siendo la realidad una, existen dos bandos perseguidores de intereses opuestos. A no ser Cristóbal, que ha evolucionado y está convencido de la inutilidad del pensamiento frente a las agresiones. El padre de la novia estima pasado el momento de meditar, y presiente llegada la hora de la acción. Pensar equivale a contemplar desde la barrera la deriva de los acontecimientos; y lo ajustado es bajar al ruedo. Pensar es labor de indecisos pacifistas, conciliadores de los contrarios, capaces de convivir con las víctimas quietas y el verdugo activo, con el cazador y la presa. Lo ve claro, en el actual estado de cosas al mundo le conviene un valiente, un esforzado que desee intervenir para ordenar los hechos en el sentido más práctico. Demasiado tiempo lleva la naturaleza persiguiendo el equilibrio sin alcanzar resultados concluyentes.
Cristóbal cree percibir que ofenden a la Nena, su defensa, su sostén, su baluarte. En la irrealidad del mundo etéreo que habita, soportado por vapores alcohólicos, intuye que acusan a la hija del alma de escasa experiencia amorosa, de bisoñez en asuntos de noviazgo; y no hay tal, Herminia no es una inocente inexperta que deba ser llevada de la mano por David. Cree Cristóbal llegada su hora, y en la hora el instante crucial. Espera dar la talla para que Mercedes pueda, al menos por una vez, sentirse orgullosa del marido como lo estaría Candela, la amada prima. Su hija, Herminia, y lo dice en voz alta para que todos se enteren, ya sabe del amor; ya conoce las causas y los resultados: ha tenido novio. El colombiano Julio César Parodi es su amante; y es un amante inmoderado.

Envuelto en la noche, noche negra como pechuga de cuervo, mirando el interior a través de la ventana, Gaietà ve la foto diáfana pero no puede apreciar el sonido. No comprende con exactitud lo que Cristóbal dice, no entiende las sílabas de la terrible frase pronunciada por el desquiciado, desencadenante de la erupción volcánica, columnas de lava ardiente y sulfúreas llamaradas; pero interpreta bien el sentido injurioso destinado a trastocar las partes y el todo. No es capaz de comprender la entonación exacta de la réplica de Mercedes, pero lee en el rictus de los labios, en el fulgor de los ojos, en el frunce del entrecejo, que ese ataque, duro como el pedernal, no es más que una defensa desesperada. Ignora, estímulo y respuesta, ambas frases; pero no se le escapa su trascendencia. Ve la estampa de sus progenitores metidos de lleno en el ojo del huracán, violento corazón de la tormenta; el uno haciendo girar el remolino destructor, y la otra, dominada por la ira, elevándolo a los cielos, poniéndolo a la vista de todos. Pero la transitoriedad finaliza en cuanto los ojos se cierran fijando la imagen a la memoria. Archivada queda en prevención de otras necesidades. De esa forma, el fragmento de la realidad más hiriente puede degradarse en mentira o solemnizarse en mito; y pertenece al tiempo la facultad de decir la última palabra.
-¿Qué quieres decir, llunatic? Por fortuna nuestra Mina no ha copiado tus modos; porque eres un bala perdida, un adúltero. ¡Sépalo el mundo! Me has engañado durante los últimos cinco años con una mujerzuela que para mayor escarnio lleva el nombre bíblico de Susana. Y mucho antes, en la propia masía de La Bisbal… Em fas fàstic, me repugnas. Mina cuenta con infinidad de amigos, chicos y chicas de su edad, y como carece de prejuicios y posee un corazón generoso, se relaciona con gente de otras clases sociales y emigrantes necesitados de su ayuda. -La explosión de la mujer se da en la lengua castellana, tal vez en un último intento de que el canario inadaptado quede enterado sin lugar a dudas.

Algo grave ha de estar ocurriendo, intuye Gaietà; pues la respuesta de su madre, para él insonora, reflejada en el rostro convulso, le suena a bufido destemplado, a furioso bramido. Será que la verdad oculta ha rasgado el velo y ya nadie ignora la doble vida de su padre. Cuánto mejor eran la ignorancia y la mentira que los tenían a todos en el limbo; a todos menos al protagonista, quien acaso no estuviese en la gloria. ¿Qué hace Herminia? Y David ¿qué hace? ¿Cuál es la actitud de Neus? ¿Y la de Benjamí? Gira Gaietà, se aproxima a la puerta, la impulsa y, abriéndola con recelo, entra. Pudiera ser invisible, pues nadie da muestras de percibir su presencia; cerilla encendida a pleno sol, medio día de agosto, cuando el breve brillo se diluye en el claror absoluto.
En un primer instante Benjamí y Neus no dan crédito a los sentidos; mas como su presencia en el lugar es un hecho cierto, y se ha dicho lo que han escuchado, terminan por admitir la realidad imperante. No obstante, son incapaces de calibrar el valor del descubrimiento. Por de pronto saben que Cristóbal y Mercedes levantaron la alfombra, y allí están las barreduras que adecentaban la apariencia de la casa. Abrieron el sótano, cerrado a cal y canto hasta ahora, y de él escapa un hedor que denuncia la presencia de diferentes cadáveres. Aceptaron los Creixell Vallecea la invitación de los anfitriones, convencidos de pertenecer a la ladina raza de los cazadores de fortunas, y de no ser por la pelea extemporánea, ellos, corderos inocentes, hubieran entrado satisfechos en la boca del lobo. Las miradas cómplices que se dirigen los Creixell Vallecea, sirven para confirmarles que la perplejidad es mutua. No se da el error de percepción, pero si se diera, la inexactitud sería mínima, incapaz de reducir las infinitas partículas de tanta evidencia.
Cierto, se ha librado una guerra civil ante sus propias narices, una reyerta familiar que los coloca a ellos, Benjamí y Neus, en lugar comprometido. Algún grado de beligerancia se han atribuir, pues en el momento de la carga pretendían unir a su hijo con la hija de los contendientes. Los ojos de Benjamí y Neus desean añadir contenido al mensaje; se preguntan por la conducta apropiada para salir indemnes del atolladero. Llevan la mirada hasta David, para ver si desde allí les llega ayuda; y lo encuentran abrazado a una Herminia que no es ni su peor retrato. Está la joven metida en un sollozo incontenible, a punto de alcanzar el llanto abierto; y recibe consuelo de quien parece satisfecho de poder sufrir con ella.
Ha caído la nieve acumulada arriba durante cientos de años, cumbre asomada al valle. La avalancha ha sepultado el paisaje íntegro en un solo segundo: los enhiestos pinos, el rumoroso riachuelo y la vida que albergaban. Liberada de pronto la fuerza opresora, todo lo existente se contrae oprimido. Una vez pronunciada la frase, Mercedes ya no es la dueña, y aunque está arrepentida de haberla articulado, no puede recuperarla y habrá de esperar a la dilución del efecto.
Portalada, otero y campo circundante, en el exterior de la sala trasformada en campo de batalla, de la mitad oeste del arco espacial, cubierta por nubarrones densos, no llega ni la mínima partícula de luz, el fotón indivisible. En el Este, donde los cirros dominan, se filtra algún rayo, prueba de que la Luna inicia el recorrido tras ellos; pero es tan poca cosa la lumbre que no puede iluminar “La vaca cega”. El caserío, dotado de bombillas de consumo reducido en esquinas y entradas, destaca como un oasis en el desierto oscuro. Culebrinas luminosas atraviesan el cielo; las sigue, retrasado, el retumbo de unos truenos distantes. Mercedes, tensa todavía, consigue a duras penas conciliar las fuerzas originadas en el corazón con las nacidas en la cabeza. No puede restañar las heridas abiertas, pero hace como si nada hubiera pasado, da por olvidado lo dicho y lo oído, y pregunta al otro matrimonio si no va siendo hora de iniciar la ceremonia de petición de mano.
-Bien; superada la disputa de esposos, que por confianza no os hemos ocultado, volvamos al punto anterior. Hablábamos del noviazgo de nuestros hijos, y tenéis algo que decir ¿no es así? Sabemos que a más de nuestra invitación os traía una embajada propia.
El silencio alargado se hace muro, hasta que la voz firme de Neus lo resquebraja.

-Cierto; eso era lo previsto, y se lo comuniqué a Herminia. Pero comprenderás que no es este el momento más adecuado: ni unos ni otros estamos en disposición de tomar decisiones de esa importancia. Entiéndenos; después de lo ocurrido estamos confusos y hemos de ordenar las ideas. Despreocúpate, lo vamos a tratar en presencia de Raquel en cuanto lleguemos a Barcelona. Solemos oficiar una especie de consejo de familia, en el que padres e hijos formulamos distintas propuestas, y nos hacemos partícipes de la considerada por todos más ventajosa. No obstante, os informaremos de la decisión aprobada nada más adoptarla, no temas.
Al pronunciar estas palabras, por primera vez en la historia de sus relaciones, los Creixell Vallecea adelantan a los Benítez Ferre. Se hace patente el azoramiento de Mercedes; pálida y muda. Con el interior resquebrajado, la reacción, si la hay, se hará esperar. Cada uno sufre por un motivo distinto, pero el sufrimiento de Gaietà es el más hiriente. El abatimiento los calla, y la suma de los mutismos forma el silencio reinante, un silencio roto a intervalos cada vez más cortos por el bronco sonido de los truenos, cuya intensidad aumenta. Nadie pronuncia una sílaba hasta que la anfitriona llama a la guardesa y le pide que sirva la cena. Está prevista una colación consistente en un sabroso caldo –substancia extraída de un hueso de jamón mediante su cocción prolongada- frutos secos y queso fresco rociado de miel. Pero una inapetencia general pone a todos en disposición de acceder sin dilación al lecho, donde, sin duda, las mentes iniciarán un trabajo arduo antes de entrar en el reposo buscado.

 

Capítulo Decimosexto

Un ambiente desapacible envuelve la madrugada en su avance hacia el lunes. En el exterior del caserío de “La vaca cega” domina la cerrazón del cielo cubierto de nubes tupidas. El viento agita con fuerza inusitada el arbolado, empuja insistente los vástagos más corpulentos y los troncos cenceños hasta someterlos a su antojo; se cimbrean varas y hojas, chocan unas y otras, se entrecruzan, tiemblan trabadas, unidas en abrazo fraterno, acaso para darse ánimo. Las encinas centenarias y los alcornoques debilitados por las sucesivas desolladuras, sufren lo indecible ante los resoplos del vendaval, arqueándose hasta alcanzar el límite de lo razonable, aquel en que las leyes de la naturaleza, unas leyes físicas que se encargan de mantener el concierto de lo existente, dejan de actuar y dan paso a las otras, las que gobiernan el caos, misteriosas para los humanos de imaginación enflaquecida. Resisten los vegetales hasta donde les es posible y, por último, transigen, ceden, chasquean y se desprenden de las extremidades muertas, leña de escaso poder calórico y nula belleza. Las negras nubes, globos hinchados a punto de reventar, se demuestran incapaces de sujetar en su fragua al relámpago, aviso candente del trueno inmediato, que sale a escondidas con las primeras gotas escapadas del espacio de reclusión.
Comienza la llovizna un tanteo, ensayo muy conveniente para calibrar las propias fuerzas, la densidad y la presión del fudre. En el inicio no es nada; de suceder de día, con el tiempo de asueto ya concluido, algunos se confiarían disponiéndose a proseguir sus ocupaciones a la intemperie. Pepe, que sabe de tormentas lo experimentado y lo oído a otros conocedores, ordenaría guarecerse a los suyos en los establos. Como si quisiera darle la razón, avalando su orden, un caudal, al parecer inagotable, iba a despilfarrarse a partir de ese instante. Pero gozan de impunidad los nubarrones negros; es noche cerrada y duermen los que han de dormir, los animales domésticos y las personas. Tal sucede en la casa destinada a los guardeses, donde el cansancio ha rendido a todos. Mas en la vivienda de los señores, tras la fallida conferencia frustrada por la mente errática de Cristóbal, por su palabra incoherente y la abrupta reacción de Mercedes, los cuerpos se agitan embutidos en los lechos.
El protagonista principal, tornando despacio a la turbia consciencia de una realidad punzante, da vueltas en la cama turca sin encontrar la posición de equilibrio. Intenta pensar en situaciones agradables, busca en los recuerdos, y se ve recién llegado a la adolescencia en el barrio de Los Canarios de su pueblo, Fuencaliente; celebrando con los parientes, los vecinos y algunos forasteros las fiestas de la vendimia. Comenzaba septiembre y el inmediato ingreso en el seminario era cosa hecha, pactada entre sus padres y el párroco. Ve a su prima Candela, muchacha de facciones agradables y desconcertantes formas femeninas en plena formación. Bailaba con ella cuando las otras chicas ya tenían pareja. Candela ensayaba ficticios pasos de baile con una amiga a la que abandonaba en cuanto veía llegar a Cristóbal. Anochecía, lo recuerda con claridad a pesar del tiempo transcurrido; el espectáculo de los caballos fuscos había acabado, también la danza de las solteronas y el curioso espacio de los versadores. Fue entonces, entre dos luces, cuando su prima le llevó tras las casetas de los feriantes y le pidió que la besara. Entornó los labios la chica, trampa de lengua; entró Cristóbal, y la muchacha tardó en soltarlo. Era el primer beso, y tuvo la virtud de abrirles la puerta de un mundo desconocido y cautivador. En la inmediata repetición, él tomó la iniciativa. Una semana después ingresó en el seminario, y de tanto en tanto le venía a la memoria la imagen de Candela al apagar las luces del dormitorio grande, trayéndole pensamientos impuros de los que acabó por no confesarse.

Cuando murió la madre, Cristóbal recibió una carta de pésame enviada por Candela, la hermana Catalina del Sagrado Corazón. Estaba ella al tanto de las razones que alimentaban el sacerdocio del primo y, en las últimas líneas, prometía salirse de monja si el muchacho le hacía su esposa. Tardó en responder, porque aparecía la madre en los sueños, y se refería a la Hostia elevada con los brazos fuertes, Sol naciente surgido del mar. Hablaba de su calidad de superhombre, capacitado para realizar el milagro de la transustanciación y perdonar los pecados. En la respuesta tardía anunciaba Cristóbal la petición de dispensa, paso previo para secularizarse; pero del matrimonio no hacía ninguna mención.
Mercedes, esposa ajena y alejada de los recuerdos íntimos del desequilibrado, enterrada en el lecho conyugal hasta más arriba de la nariz, se obliga a guardar un silencio roto por los constantes cambios de postura. La mujer es capaz de forzar la quietud deseada, con tal de que aquel a quien consideró su marido, no advierta las sacudidas de la excitación que la agobia. Simulan ambos estar poseídos por un sueño macizo, y obran de ese modo para no tener que reñir, pues cuando se prolongan las guerras dejan desmadejados a los bandos en pugna, y en el presente ya han recibido ellos suficiente cuota bélica.
La mujer se culpa de incontinencia verbal y de irreflexión. Decir que se culpa es una simple manera de hablar nacida del proceder frecuente de las gentes vulgares, componentes de esa abigarrada mayoría que se entrecruza en las calles del centro de Barcelona y vota conservador aunque lo haga a candidatos de izquierda. Mercedes se halla a salvo de sí misma y de los toscos remordimientos que roen las entrañas de otros. La atormentan, y no es poco, las maldades que con seguridad Neus y Benjamí le atribuyen, los puestos descendidos en su estima. Merma que ya da por sentada tras los desgraciados sucesos del anochecer reciente, secuela ineludible de ellos. No teme el quebranto del cariño o de la amistad, nunca perseguidos; sino el descenso del valor asignado a su recio carácter, a la solidez de ánimo que la induce a actuar, al aplomo de su conducta bien orientada, a su capacidad de afrontar las dificultades con éxito. Resulta fácil acusar al marido de todo: habla el desgraciado a destiempo y, además, aborda ante los extraños asuntos que la discreción esconde. En una palabra, procede de manera tan torpe que acaba haciendo daño a quien ama, como sucede con la Nena. Pero acusar a un muñeco proporciona una renta exigua; ante los ojos de los demás Cristóbal no tiene personalidad propia, y es tan poca cosa que de los actos del marido la responsabilizan a ella. Es lógico, siempre ha sucedido; de las chiquilladas de un mocoso ha de responder la madre.

No es preciso introducirse a ocultas en las alcobas de los demás, ni esperar que las palabras nacidas de la inconsciencia revelen el contenido de los sueños, aves revoloteando en la jaula cerebral. No existe ninguna necesidad de pedir ayuda a la nigromancia o de acudir a un oráculo de fama bien ganada, pues con el concurso de la intuición pueden comprenderse los insistentes y dolorosos pensamientos que agobian a Benjamí y Neus, David y Herminia. Hasta aquellos que conmueven al propio Gaietà, que siendo a quien en hipótesis menos afecta lo ocurrido, recibe el perjuicio por una triple vía: es hijo dilecto de Mercedes, hermano bien amado de Herminia y creciente amigo del atormentado David.
Extenderse en la inspección de Mercedes merece la pena, porque las cavilaciones de la mujer tienen más probabilidades de concretarse que las reflexiones quietas del resto. El carácter combativo la faculta para producir consecuencias provechosas o generar graves inconvenientes a su alrededor. En el incoherente comportamiento de Cristóbal puede percibir la mujer, si no un paliativo, al menos un amortiguador, un elemento que disminuye el tamaño del quebramiento personal. Es bien cierto, el estímulo inmediato, el acicate que empujó al bebido a vocear lo secreto, hay que buscarlo en el alcohol embuchado. Pero si profundiza la esposa en el análisis, si va tras la causa de que el hombre beba, encontrará que ella puso al esposo en el punto de mira de su mosquete. Lo oprime desde que conoció los primeros indicios de infidelidad, el episodio aquel del gorrión, cuando Cristóbal y Florencia pisaban una misma baldosa de la masía y sus miradas se engancharon en un beso de ojos.
El engaño repetido a diario, dibujado por el recuento de pasos durante al menos cinco años, no era cosa distinta de una sucesión de escenas, en las que Cristóbal Benítez representaba el papel protagonista y se consideraba macho activo. Fue la misma Mercedes quien, al poco de los esponsales, compitió con el esposo y se proclamó vencedora. Fue ella misma quien lo apartó del negocio; sus hermanos obraron con la hermana de modo equivalente, lo sufrió y aprendió a hacerlo. Ella fue quién postergó su papel masculino. En resumidas cuentas, la esposa legítima propició que cayera en brazos de Susana y Florencia. Acaso la muchacha que fue su querida supo escucharlo, puede que le concediera importancia y resulta factible que atendiera caprichos amorosos que hasta entonces le fueron negados. No cabe buscar un nazareno que cargue a sus espaldas la cruz; corresponde llevarla a la esposa fría y distante, a la empresaria preocupada antes que nada por los beneficios de la cuenta de resultados. En su deducción, causa y efecto se persiguen y se intercambian, confundiéndose.

¡Ah!, pero él, ese canario Cristóbal Benítez, no era ningún luchador; otro en su lugar se hubiera enfrentado a la hembra hasta hacerse un sitio a medida; y en la cabecera de la mesa cabían los dos. Distribuir con justicia la responsabilidad parece un ejercicio complejo y, además, inútil; porque el pasado resulta inamovible. Es el desastre inminente, avistado en el horizonte, lo que se debe evitar con uñas y dientes. Consciente de ello, se compromete Mercedes a mudar de conducta. Irá corrigiendo la manera de ser puesta en práctica, abriendo la puerta al que llama hasta donde la contrición la autorice. Mañana tomará la dirección más conveniente, y lo que parece perdido del todo, esencia y adornos: la boda de Herminia y David, quizá aún tenga buena compostura.
Diluido el recuerdo de los sucesos más reconfortantes, sufre altibajos Cristóbal que cambian con inusitada rapidez de orientación; pasa del cero al infinito en breves segundos, o lo que es lo mismo, asciende raudo a la cúspide desde el valle para regresar a la hoya un instante después. Trastornado en el catre de prisión falto de ajuar que ocupa a la fuerza, proyecta llegar hasta la esposa y propinarle los sopapos que le adeuda desde hace unos años; piensa acercarse a la cama para pedirle perdón cabizbajo y de rodillas, buscando el regreso al principio, cuando luchaban juntos contra las dificultades. Deduce que todo lo que haga por la Nena será insuficiente, y ahora, pasado el momento, no está seguro de si lo que dijo creyendo defenderla la favorecía. Quedó bien claro que no era una inexperta, pero en asuntos amorosos, y tratándose de una mujer joven, más vale ser inexperta que experimentada.

El alcohol juega con él su juego de engaños, le dicta falsos discursos muy bien redactados, repletos de una lógica nueva; y le dibuja la realidad intangible y volátil que se esfuma con sus propios vapores, dejando maneras que en cada ocasión tardan más en desaparecer. En el mundo revuelto de hoy, la diferencia entre lo considerado correcto y lo incorrecto, entre el bien y el mal, es mera cuestión de matiz. La disparidad que define los contrarios resulta minúscula; y el alcohol desprecia los detalles, va al bulto, impidiendo afinar la puntería. Acaso la ebriedad de Cristóbal sea de las filosóficas, porque metido de lleno en la mínima reflexión que el sopor acepta, considera que la vida del hombre es un tajo muy pequeño dado a la eternidad, un lapso destinado por el director del colegio a leer la escueta nómina de los diplomados y la inacabable lista de quienes deben acarrear leña para la estufa de hierro fundido o soportar reglazos en las palmas abiertas. Se organiza al instante una sociedad destinada a cumplir el veredicto, y los premiados ocupan en ella puestos de relieve. Él mismo, el propio Cristóbal, aparece citado entre los alumnos suspendidos, descubierto como insuficiente por un examen del que nada recuerda; realizado, es más que seguro, entre nervios desatados y acuciantes prisas. ¡Si conociera las normas del juego…! Pero las reglas cambian a voluntad de quien dirige la burla. En tales circunstancias da igual el Norte que el Sur, la derecha o la izquierda; su esfuerzo y su lucha son ciegos, y la piedra que lanza a lo alto cae sobre su mala cabeza. Todo es relativo en la vida, y nada tiene verdadera importancia; de ahí que concluya la torpe averiguación sumido en desaliento y un tanto aturdido.
La imperfección del raciocinio, sin embargo, expone ante el infortunado varón una simplificación reductora. En persona tan despreciable y despreciada, en su interior desaseado y sombrío, existe una llave que cierra la vida, un botón que oprimido apaga la luz. Se trata de una acción mal entendida por quienes dictan la moral, porque escapa al castigo que ellos mismos imponen. Resultará sencillísimo burlar la vigilancia; en la alcoba, bajo las sábanas de lienzo curado, las mantas palentinas y la colcha rosada, Mercedes duerme. Esa circunstancia le llena de un gozo casi lúbrico; se ve en el campo, alejado de cualquier persona, libre para hacer y deshacer a su antojo. El alcohol ingerido, al evaporarse, deja una densa confusión en la mente; y no sabe si el tronco que palpa es el suyo o corresponde a la imagen que aparece en el espejo cuando se mira.

En la alcoba destinada a David se encuentra Herminia; al muchacho lo ha derribado un síncope, y ella está junto al lecho, inclinada sobre el cuerpo exánime. Con cuidados maternales le limpia los labios de una espuma blanquecina que destila la boca entreabierta. Por ver si reacciona el desvanecido a los olores fuertes, desprendida como ella sola, ha perfumado el pañuelo con un chorro abundante de la cara colonia italiana, obsequio del novio en el día de Reyes. Ha confesado al muchacho la integridad del secreto pregonado al cincuenta por ciento entre el vino dulce y Cristóbal. Quiso explicarle, sin caer en reservas estériles, esa desordenada relación afectiva para que pudiera juzgarla. Corresponde con gusto a los amores de un joven llegado de Colombia; y si es cierto que no lo ve desde hace meses, cierto es también que siente añoranza de los cien vehementes encuentros. En términos así de directos ha admitido su pasión indómita; sin cargar ni deducir un grito de resistencia o acometida; tórridos mordiscos y abrazos, fragorosos combates; herida siempre abierta. Es probable que lo hayan desalojado del país entero por no tener en regla los papeles: se sintió obligada a añadir, porque vio llegar a las pupilas quejosas de David una chispa de felicidad. Así pudo suceder; porque Mercedes recurrió al tío Vicenç, padrino de Gaietà y comisario de policía: dijo, ya puesta a decir. Ha revuelto mi madre Roma con Santiago para que le aplicaran la ley, y se la habrán aplicado. Poco antes de que el enamorado sufriera los espasmos, aseguraba Herminia que seguirá al extranjero allá donde lo frenen las fronteras. Debes alejarte de mí –le rogaba entre lágrimas- para evitar padecimientos; sucede que el deseo me desborda y no puedo contenerme.
En ese punto de la confidencia sucumbió el muchacho, incapacitado para soportar el recuento íntegro de los descarríos de la amada. Cuando la ausencia sufrida por David estorbó que el joven la oyera, se disponía Herminia a explicarle que al principio aceptó a Julio César Parodi por rebeldía; sabiendo que su madre iba a oponerse. Era el novio que Mercedes detestaba. Después el río se salió de cauce, y cuando descubrió que era pendenciero y bravucón, un sujeto hecho a vivir al margen de la ley, mercenario y contrabandista; la gustó, sobre la estupenda hechura, por la amoralidad alardeada, por su desfachatez y desvergüenza. Gozando al pintar el interior despreciable, quería exponer a David los agravantes, esas circunstancias que la mostraban libertina y escandalosa hasta lo repudiable. Algo en su interior la impulsa a censurarse y a exponer sus culpas como mercaderías en la vitrina de las ofertas, a diseccionar la carne de los pecados ante un muchacho, en diversos aspectos, puro; único confesor que puede absolverla sin contrición de los futuros deslices.

Pensaba añadir, cuando el observador cayó abatido, que a veces estuvo con Julio César por miedo. Es cierto, temía verle esgrimir una navaja filosa si se negaba a satisfacer los deseos mutuos. Esperaba la aparición del arma que la exonerara de responsabilidad. ¡Ojalá! lo expulsaran del país las malas artes de Mercedes y sus influencias. Iba a sentirlo durante algunos meses, quizá años, pero luego volvería a su ser, libre de una pasión que no consigue el alivio en sí misma, una vertiginosa espiral que lleva en su seno el caos y al caos conduce.
Remite el desmayo y David resucita; vuelve de un sueño brumoso al mundo de los seres activos, y al ver que está con él Herminia, sonríe y se dispone a besarla. No hay duda, Herminia es suya; se casarán y nada ni nadie podrá separarlos. David siente la necesidad de argumentar en su favor, y expone ante la muchacha, como si de un tribunal examinador se tratara, que posee una cualidad de la que siempre estará ayuno el amante. La ama por encima de todas las cosas y por encima de todas las personas. Le atrae más que los ríos caudalosos y los desiertos resecos, más que los acantilados abruptos y los cráteres de los volcanes activos. La quiere en las plazas concurridas y en los túneles lóbregos de las minas; en la riqueza y en la pobreza. La quiere y hará por ella lo que ella ambicione para satisfacer sus íntimos deseos insatisfechos. Sí, se casarán aunque Benjamí y Neus opongan resistencia; aunque se vean obligados a hacerlo en una ceremonia íntima, al margen del bombo y los platillos lujosos que deseaba la jactanciosa Mercedes. Renunciarán al banquete multitudinario celebrado en un castillo con más de trescientos cincuenta invitados; pero se desposarán, cueste lo que cueste, en Santa María del Mar, iglesia preferida por Mina.
David, joven enamorado a conciencia y, por ello, crédulo; presume sincera cualquier palabra brotada de los labios de la novia; facultad purificadora atribuida a la fuente cuando en pura realidad se debe al delta de la desembocadura. Así sucede; las autoinculpaciones salidas de la boca amada, al llegar a los oídos del novio se trasmutan en alegato defensivo; concede a la propia confesión el valor probatorio de la inocencia. Erguido sobre la alta cima en que lo ha puesto la euforia, recuerda la actitud de sus padres, Neus y Benjamí, permanentes titulares de la autoridad moral y efectiva que él, hijo respetuoso y obediente, acataba hasta el presente momento. ¿Qué hará si, al fin y a la postre se oponen a su matrimonio; si Raquel forma barrera con ellos y también se opone?
“Yo soy Yahveh, tu Dios, que te ha sacado de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre. No tendrás otro Dios que yo. No tallarás imágenes. No te postrarás ante ellas. Honra al padre y a la madre para que vivas largos años en la tierra que Yahveh, tu Dios, te entrega”. Estas frases, oídas y leídas cien veces, obligan a la conducta, quiéralo o no la dirigen. Ídolo ella y él idólatra, ¿no le estará llevando al fetichismo su desmedido amor por Mina? ¿No pecará contra los padres si se opone a sus recomendaciones? Esquivando cuestiones tan nocivas, quién sabe si para contrarrestar la importancia dada a la infidelidad de Cristóbal y a los amores de la hija con un indeseable; cuenta David a Herminia la angustiosa posición económica en que sus padres se hallan inmersos; confesando el padecimiento de una enfermedad cuyos síntomas ha presenciado cuando le asistía. Se trata de un trastorno que sufre desde niño. Sucede cuando la herida mental llega a la dimensión crítica y la tensión nerviosa resulta insufrible. El mal afecta al cerebro y lo han padecido personas destacadas a lo largo de la historia. No lleva a ninguna consecuencia grave y se manifestaba en la fase liviana: las convulsiones eran mínimas y la pérdida de conocimiento duraba un instante. Él, David, como se va confirmando, tampoco es ningún portento; y llegará lo peor si no logra convertirla en su esposa. Herminia quiere ser veraz cuando minimiza el alcance del ataque visto, cuando quita importancia a la bancarrota de los Creixell Vallecea; y pretende ser franca cuando siembra cien besos en el rostro del chico y promete casarse con él aunque la humanidad al completo se oponga. David, situado en el ático del séptimo cielo, se compromete a sufrir en silencio si alguna vez aparece Julio César y ella lo recibe complaciente. Se lamerá la herida abierta en el alma, acurrucado en algún rincón obscuro, esperando a que ella, hembra encendida, dé fin a la voluptuosa lucha con el amante opresor. Quiere llevar a la mujer, en cuanto abandone el otro el lecho de lujuria, una bandeja de frutas recién cortadas del árbol.
Alejados del entorno que los envuelve, enfrascados en lo suyo, no se dan cuenta los jóvenes pero los cristales de las ventanas -transparencias lamidas por el agua de lluvia en su descenso- han adquirido la facultad de distorsionar las imágenes filtradas. Los cauces formados por las tejas árabes bajan llenos, repletos, ahogando los aliviaderos de los canalones. Arroyuelos espontáneos surcan la loma frente a la casa, entregándose a los estanques, llenándolos hasta rebosar por las hendiduras de las piedras. Ese es el momento concreto que Cristóbal, indeciso, inseguro, zigzagueante; elige para salir de la alcoba, bajar al salón, abandonar la casa y avanzar por el sendero hacia el lugar cercano en que se manifiesta el líquido infierno. Allí la tormenta es una dama poderosa: cabeza cargada de soberbia, vientre preñado de electricidad, manos ocupadas en forjar relámpagos y rayos, ropajes de viento y agua bien ceñidos, negrísima silueta rota a intervalos irregulares por chispazos terribles. Pero la tempestad perseguidora de un dramático protagonismo, de la que cualquier persona en su sano juicio huye, parece actuar de imán para el imprudente.

Cristóbal, tronco oblicuo en un tris de enharinarse de barro, extremidades en posición de cometa a punto de elevarse; sigue avanzando por donde le lleva la inercia, y se topa con el cielo abierto, con la poderosa turbina, incansable motor del temporal; con el caudal pesado que se precipita desde lo alto del cántaro celeste. Va hacia donde se han replegado potencias e ímpetus de la naturaleza y el hombre ya no ejerce el mando. Gatea el aturdido sendero arriba hacia el remate despuntado del pequeño promontorio. Se demora en la escalada, dos pasos adelante y paso y medio atrás, porque a cada impulso resbala rebozándose en el fango. Le queda aún la mitad del camino hasta culminar el otero, cuando, ladeado, con las piernas abiertas para ganar un poco de estabilidad, mira hacia abajo y ve un estero en lo que fue la meseta de los estanques, aguas turbias que se apoderan del espacio. Saca fuerzas de su propia flaqueza y reanuda el avance, senda arriba hasta alcanzar la cresta. Desde ese lugar, otra noche cualquiera, en un santiamén hallaría el descampado previo al refugio que suponen los árboles; pero las salpicaduras ciegan su mirada y no sabe orientarse. Penetra la humedad hasta la médula ósea, y la arcilla disuelta se adhiere a la ropa trenzando un nuevo tejido. Se escurre en los trancos que inician el descenso; y el barrizal coloca el cuerpo inhábil en uno de los hoyos rodeado de matojos que hacen de tope. Se supone en tránsito hacia la arboleda, hacia las cárcavas; intuye que por ese lado se encuentra el crecido río Gévora, definitiva solución de sus problemas irresolubles, y hacia la presa se dirige.
En ese instante incierto para el desquiciado que avanza no siendo el avance posible, Mercedes, simuladora de un sueño esquivo cuando le oyó salir de la alcoba y abandonar la casa; en ese momento en que el fugitivo lucha contra la adversidad, siente la desazón causada por el marido. Lo imagina perdido en el campo intransitable, y teme una caída que le parta la crisma, un fuerte resfriado que lo enferme y obligue a retrasar el regreso a Barcelona. Se viste una bata sobre el camisón, se calza las babuchas dispuestas al pie de la cama, y tras recoger la turca buscando que Casilda no adivine su uso, se aproxima quedo a la habitación donde el hijo da vueltas a los hechos, volviéndolos del revés por ver si de ese modo los entiende y los diferencia, causa y efecto.
-Gaietà, nen, escucha; atiende lo que te digo –susurra la madre desde la puerta cerrada, y lo hace en castellano sin razón aparente, acaso por tener el pensamiento puesto en Cristóbal- es preciso que te vistas y bajes; el pare ha salido de la casa y como no hay luz, en cuanto se aparte una mica, l ́embolicarà la tempestat.
El aldabonazo estimula al muchacho, y removido por un resorte interno salta del lecho pidiendo a su ánimo ocioso una respuesta adecuada. Desestima Mercedes la idea de alarmar a Herminia, y deciden ir solos tras el fugitivo, que ha de estar ebrio o desequilibrado para someterse a la acción sumada de la lluvia y el viento. A no ser, piensan ambos sin atreverse a traducir el pensamiento a palabras; a no ser que haya perdido la mínima ilusión y la vida ya le parezca insufrible. Quieren protegerse con ropa de abrigo impermeable y calzado resistente; pero al no hallar nada a mano salen como están.
-Con las veredas borradas, habrá tirado campo a través y nos costará una enormidad encontrarlo. En cuanto amanezca será más fácil. Debiéramos esperar, ¿no crees? Contarías con la ayuda de Pepe y los suyos; y ellos saben. –Apunta Gaietà, haciendo gala de una lógica inusitada.
-Sí; y que todos se enteren. Vols tu això?, Di, ¿lo quieres? No podemos tocar a rebato ni quedarnos aquí con los brazos cruzados. Cuanto antes salgamos más probabilidades tenemos de dar con él. Piensa que puede haber caído y necesitar ayuda inmediata. Al menos echaremos un vistazo por los alrededores. Quizá tengamos suerte.

Fuera, enorme desierto de negrura, nada ven madre e hijo; salvo unas raspaduras recientes desdibujadas por el turbión confuso. Nada perciben, excepto en los breves segundos que la borrasca dedica a iluminar el inhóspito campo de batalla, a calcular el progreso de su tarea y la inmediata trayectoria. Cae un mar de agua ofensiva sobre Mercedes y Gaietà, y el algodón del gabán y el cuero de los zapatos se convierten en esponjas absorbentes, en receptáculos constantemente excedidos. Sus cabellos son canalones que chorrean; entra el caudal por el cuello, y siguiendo el cauce de la piel temblorosa desemboca en los pies.
Están despiertos Benjamí y Neus, y muy juntos; hablan con voz callada de sus dificultades candentes, de la fallida operación de emparentar con el dinero. La dignidad, proceder íntegro de resultados perniciosos dadas sus circunstancias; la dignidad se une a los principios y les da alas, los envalentona. La dignidad es un lujo que los pobres no debiéramos pretender, se dicen; pues al cabo resulta un lastre plomizo que nos cierra el paso hacia la holgura. Ejemplo para los vástagos, resolvieron hace años rechazar los beneficios que hipotecaran; esos que obligan a tragar sapos y culebras. Pintan indeleble la raya que no van a traspasar, sabiendo que David la respetará en toda su longitud; pues le anima una misma idea de la honradez familiar. Esperan la aprobación de la hija buena, la muchacha que pudo haber enamorado al trovador Gaietà de haberlos acompañado; aunque dado el desastroso desenlace de la embajada, su viaje hubiera incrementado el despilfarro sin provecho.
En tales disquisiciones se hallan inmersos los reflexivos Creixell Vallecea, cuando, oído avizor, entre los ruidos separan con claridad los movimientos de los murmullos y conocen que alguien abandona el cuarto, desciende al piso bajo y, despacio, abre la puerta de la calle para cerrarla al instante. Un primer pensamiento se detiene en Cristóbal; acaso el exceso de bebida le ha sentado mal y Mercedes va a pedir a Pepe que traiga un médico. Se afirman en la suposición cuando, al poco, se repite el chirriar de los goznes y quien sea sale también a la portalada:

Herminia o Gaietà, porque uno de los dos se habrá quedado con el enfermo. Mas al no oír ruido de motores se les alcanza que alguna actividad ocupa a los que han salido; alguna tarea que el agua caída hace necesaria, una inundación o la prevención de ella. Creyéndose útiles, vestidos a medias, se apresuran a llegar al distribuidor para iniciar la pesquisa.
Devueltos por las dificultades, Mercedes y su hijo tratan de cambiar la indumentaria liviana que visten por otra más acorde; y hacerse con linternas, pues es tal la oscuridad que no aciertan a colocar los pies en suelo firme. Situados frente a una realidad hostil, sin capacidad alguna de escamoteo, se franquean ante los invitados pintándoles en dos trazos verbales la verdadera razón de su inquietud; y dado el estado de cosas no pueden negarse a poner sobre aviso a Pepe y a sus hijos. Recuperados de las convulsiones que el mal provocó, David y Herminia, en carne viva aún los sentimientos, se fusionaron en un abrazo íntimo, hasta que, laxos los miembros, el sueño los tomó a su cuidado. Despiertan requeridos por los tejemanejes de abajo, oyen las palabras realzadas, y con circunspección de furtivos se unen al grupo.
Los roces de la puerta principal, el chirrido de las bisagras, y la ansiedad puesta en las voces, alertan a Pepe y Casilda; quienes, temiendo algún suceso comprometido y sintiéndose en la obligación de asistir a los dueños, se presentan ante ellos acompañados de los vástagos. Conocida la causa de la bulla, la primera tentación recomienda subir al vehículo todoterreno y recorrer los caminos. ¡Grandísima locura! Percibe Pepe lo inútil de avanzar por calzadas de tierra en condiciones tan adversas. El desorientado Cristóbal caminará campo a través sin la brújula del conocimiento, atravesará las arboledas, vagará en zigzag; y no será visto hasta no estar frente a él. Además, fuera del firme de pistas y sendas, el coche podría quedar preso de ruedas en el barro o volcar. El caballo que montan sin distinción Pepe y sus hijos, es espantadizo y torpón; no dará juego. Descartados ambos modos de búsqueda, los guardeses proveen a dueños e invitados de impermeables y botas, para tomar juntos el sendero que ya ha integrado las huellas de Cristóbal, unificando el aspecto en todo su recorrido: charcos rodeados de lodo, lodo sobresaliendo y bordeando los charcos.

 

Capítulo Decimoséptimo

El pelotón avanza en fila hacia el Sur, encabezado por Pepe que ilumina el sendero con la potente linterna usada en las tareas nocturnas, de amplio haz y alcance ajustado a la vista. Lo cierra Mercedes, portadora de otro foco algo menos eficaz. Los demás van estudiando en lo posible el suelo que recibirá sus pies, poniendo cuidado al fijarlos donde no resbalen. Ha debido de alcanzar Cristóbal bastante ventaja o haber tomado distinto derrotero, porque el grupo perseguidor no encuentra marcas que señalen su marcha. En un desgaje de la ruta imaginaria, con el fin de duplicar las posibilidades se divide en dos la partida. Pepe conduce a los que sortean por el flanco derecho una elevación del terreno; y Goyo, el hijo mayor del guardés, pidiendo la luz a Mercedes, capitanea a los que tuercen hacia la izquierda: que son Gaietà, Benjamí y Neus. El agua cae sin tregua sobre los campos, y los charcos se ensanchan cortando la línea imprecisa que apenas orienta a los rastreadores. Goyo, baqueano experto, se muestra partidario de dar por agotada la vía y volver con su padre, ya que ese costado de “La vaca cega”, más bajo que el resto, es un intransitable charcal. Gaietà acepta el retroceso, y sin tardanza los suyos están con los otros, pues Pepe, David, Herminia, Mercedes y Felipe, se han detenido al remanso de una encina frondosa para recapacitar, y en ese instante trata el guardés de expresar su punto de vista razonado.
-Desconociendo el pobre señor el terreno, aunque tuviera pensado acercarse a algún lugar que a mí se me escapa, en cuanto perdiera de vista el caserío, cosa que esta noche ocurre a menos de cuatro pasos, ya no sabría seguir. Contando con ese inconveniente, si damos por rastreada la parte en que nos encontramos, pudo tomar una de las otras tres vías despejadas: la subida a los establos y los alcornocales, cuesta abajo hasta la vaguada que le pone en el río, o hacia los encinares del Este, entrada de la finca. Yo me inclino por el lado del río; y ahí el viento lo empujará sin permitir resistencia. En cualquier caso vamos a necesitar ayuda.
-¿Pueden venir los obreros? –inquiere Mercedes en un tono humilde impropio de ella, dueña y señora hecha a ordenar.
-¡Claro! Tenemos suerte, duermen esta noche en la finca los portugueses. ¡Goyo, ve a buscarlos!; y procura que Ibrahim se cubra con un saco de plástico, porque ese se viene en camisa. ¡Ah!, y traed los perros; bien mandados algo ayudarán. –Ordena Pepe a su hijo.
Piensa Mercedes en el infeliz de Cristóbal. Ahora ya no lo odia; muy al revés, siente por él un cariño de madre que se va expandiendo al pasar las horas sin encontrarlo. Imagina la mujer al inepto buscando el río para arrojarse a la corriente y terminar la vida. Pero es tan matusser, tan torpe, que sumando errores puede caminar en círculo y toparse con la casa. Hasta resulta creíble que en estos momentos, habiéndose bañado en agua tibia, se encuentre en la cama tan a gusto. Así que siguiendo esta corazonada, pide la dueña al guardés que Felipe la guíe de vuelta al caserío. Pepe, que no había contemplado esa cuarta eventualidad, asiente; de modo que Mercedes y su empleado, carentes de luz, precavidos, en la noche negra giran y avanzan en sentido opuesto.

No han dado los primeros veinte pasos cuando resbala Mercedes, se tambalea y cae de bruces sobre una piedra embarrada. Gaietà oye los quejidos que su madre profiere, provocados a medias por el daño y la rabia, y corre para auxiliar a la herida, contento de que el destino haya puesto en su mano la ocasión de devolver unas migajas a quien le dio el pan entero. Colabora en el izado del cuerpo; y sirviéndose de un pañuelo impoluto limpia la cara sucia de légamo y la ceja sangrante. Reinicia la mujer su andadura, y al verla tan torpe –tiene heridas también las rodillas- el hijo se ofrece a acompañarla haciendo de puntal y muleta. Ha de recibir cuidados para evitar infecciones, y apremia Gaietà al otro muchacho instándole a seguir cualquier atajo. Nada más llegar, proyecta en silencio Mercedes, lavadas y desinfectadas las magulladuras, si está el bandido en la cama –esa majadería y otras mayores pueden esperarse del atordit- aceptará la merecida reprimenda; pero si al clarear el día no hubiera aparecido, será entonces el momento de dar aviso al cuartelillo.
“Dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y vendrán a ser los dos una misma carne”: se lee en La Torah. Cuerpo erguido llevando a la vertical el cuerpo arqueado, espíritu crecido para fortalecer al espíritu débil, ase David a Herminia de la cintura. Es el joven uno más de la partida y quisiera ser el práctico que sitúa la nave en el puerto a salvo de cualquier viento enemigo. La Nena quiere vivo a su padre. El enamorado lo sabe; saldrá de la fila y, poniendo la mente a pensar, dará con él situándolo de regreso al caserío sin el menor rasguño. Cristóbal no sobrepasa la consideración de víctima, y quien va a ser su yerno desea rescatarlo para la familia y para sí propio; aliado si las cosas vienen mal dadas y se encuentra de manos a boca con Mercedes, reina y señora.
Del alcohol ingerido, pasados la euforia y el sopor, quedan una quemazón interior y un desasosiego que invitan a beber de nuevo para aletargarlos; porque las razones que empujan al trago siguen ahí, el trago no las aparta. Si el deseo de acabar con todo incitó a Cristóbal a dejar el lecho, en cuanto perdió de vista el caserío y se halló a merced de la suerte, el instinto de conservación fue apoderándose de la voluntad. Convencido de que lo buscarían en cuanto percibieran su ausencia, en ese convencimiento apoyó el avance y la continuidad. Pero ¿quién iba a notar su hueco en la turca si Mercedes dormía? La vio al salir de la habitación; el rostro cubierto hasta el bozo, los ojos cerrados. Sólo una persona insensible consigue conciliar el sueño en noche tan sombría: ¡hembra inhumana!, bien merece el escarmiento. Ahora quiere ponerla en un aprieto para probar su reacción. Desea verla sufrir, por eso dramatiza la realidad y la lleva hasta el extremo; suele hacerlo, y a veces consigue sus mediocres fines. La noche está contra él o es su aliada; en verdad no lo sabe. Se aleja de la casa, sube y baja colinas, pisa hierba líquida y hunde las piernas en el limo desleído, porque el sendero oculta a trechos su trayectoria. Cae y se levanta cien veces, en cada ocasión con mayor dificultad, con más tardanza. Desde el inicio de su descabellada salida ha transcurrido media eternidad. Hizo mal, allí se encontraba a resguardo; dolido pero a salvo de la tormenta. Su deseo de modificar el entorno hostil bien podía haber esperado la vigencia de una meteorología favorable. El corazón le martirizaba en la cama, pero ahora está aterido y se arrepiente de haber iniciado la peligrosa aventura en tiempo tan crudo.

El suicidio requiere un suicida; nada más y nada menos que un suicida. El suicidio demanda un cobarde que se amilane ante los envites de la existencia. El suicidio exige un valiente que, llegado el momento último, el instante supremo de tomar la decisión irrevocable, rompa y rasgue cuanto haya que romper y rasgar. En Cristóbal, aunque parezca mentira, conviven los dos varones. Mas él, hablando en plata, no piensa procurarse la muerte; le da igual si, descarnada como es e insensible, llega esa noche portando la guadaña de la alegoría o un venablo bien afilado; pero de ahí a hacerse el encontradizo con ella va un trecho. La muerte tiene una cosa buena, y es que corta de raíz cualquier mal; y tiene un lado pésimo: cierra el camino a las mejoras futuras. Para los familiares de Cristóbal, exceptuando a Mina que lo quiere de veras, la muerte del infortunado produciría una complicación momentánea, el efecto de un petardo de feria en el silencio y la oscuridad nocturnos. Dado que el negocio no iba a resentirse ni una pizca, porque Mercedes establecería un nuevo orden en el breve plazo de una semana, el resto de las consecuencias apenas se harían notar. En Herminia, excepción clara, un cataclismo sucedido al costado, bajo los pies o sobre su cabeza, produciría menor destrozo que la desaparición del pare.
Ya no le darán alcance: saldrían tarde en su busca y ha dispuesto de tiempo suficiente para alejarse dos leguas al menos. Si; el viento empujaba con clara intención, tomando partido. Oye el fragor de una corriente impetuosa que atribuye al Gévora, crecido, exaltado; y lo presiente llevando su urgencia a desaguar, a entregarse al Guadiana y al Océano forzado por la pendiente y la inercia. Pero él está a tiempo de cambiar el sentido de su escape, el oído puede guiarlo; porque alejarse del retumbo equivale a acercarse a la familia, a los amigos, a los servidores y al resto de los seis mil quinientos millones de habitantes de este mundo, que acaso no es el único habitado de la galaxia, circunstancia destinada a ensanchar su presente soledad. Activada la alarma en los suyos y provocado el rastreo, se dan las condiciones ideales para volver al grupo como un integrante agregado cuando ya la batida progresa.
Buscado y buscador se ve Cristóbal, el enceguecido; perro intentando en círculo morderse la cola. El retroceso equivaldría a ceder con las orejas gachas; y no lo hará cuando puede aprovechar el hueco abierto entre él y los otros para llevar a cabo su hombrada. Se descubre en el lugar idóneo si desea echar un pulso al destino, si pretende mirar cara a cara a la fatalidad y comprobar el grado de predeterminación existente. Debe llegar a la tenebrosa y gélida estancia. Debe llamar a la puerta con golpes solemnes y arrojar el guante cuando abra la muerte. Atravesará el manglar, terreno pantanoso sembrado de cocodrilos y arenas inestables. Se adentrará, machete en mano, en la selva cerrada. Caminará en línea torcida cortando las ligaduras que la lujuriante vegetación opone, para penetrar en el terreno de las serpientes dotadas de veneno instantáneo o de cuerpo constrictor, en el territorio de los carniceros temibles. Se ofrecerá a modo de víctima propiciatoria con cuidado sumo para no resultar herido. Se situará en las fauces abiertas, haciendo gala de una precisión matemática que le permite exponerse sin riesgo hasta la centésima de segundo en que tiene lugar la acción de los rescatadores. Según su cálculo será liberado en el instante cabal, y vuelto a la vida sosegada y al descanso. Si la estrategia cuenta con fundamento, el final feliz dejará a los libertadores satisfechos de haberlo redimido, y a él, Cristóbal, obligado con los autores del rescate in extremis, dispuesto a disfrutar de los parabienes y agasajos. Se lo han referido en alguna oportunidad, lo vio en un documental de televisión o lo ha leído en los artículos de divulgación científica del suplemento dominical: la corriente de los ríos, en los recodos, produce remolinos capaces de arrastrar personas a las profundidades. Sabe que el agua llegada a los pulmones asfixia al instante; y que los cuerpos de los ahogados se hinchan hasta resultar irreconocibles. Pero si uno u otro cualquiera de entre quienes lo buscan, incluida Mercedes, en el momento apropiado insuflara aire en sus pulmones y agitara a compás la caja del tórax, la vida iría recuperando terreno hasta hacerse con el cuerpo y sus limitadas aptitudes.

La liberación, poco menos que milagrosa, sucedida de esa manera, daría sentido al abandono del claustro materno entre vagidos; ceremonia fundacional de la infancia. Justificaría los alardes obrados cuando quería hacerse mayor a toda costa. Esculpido de manera indeleble le quedó: buril o pirograbado. Buscaba fama de tenaz y valiente, perseguía la aceptación de los muchachos y, niño aún, compitió con ellos la noche de San Juan, cuando el volcán arisco rompió Cumbre Vieja. Sin ser el primero, no fue el último que dio la vuelta, muy cerca ya del río de lava. No resultó ganador de la prueba; lo fue el muchacho que llegó al hospital con los pulmones y el rostro quemados.
El renacimiento así acontecido –Mercedes rescatando al marido en el postrer instante- proporcionaría razón de existir a la madre deseosa de contemplarlo revestido de los ornamentos sacerdotales: alba impoluta, estola y casullas bordadas con hilos de oro, capa pluvial tejida de seda aportada por miles de activos gusanos. Hostia alzada por las manos fuertes, Sol emergiendo de entre las olas. Una madre enferma que al año escaso de la ordenación, cumplidos los sueños, dejó viudo al padre. Salvarse de morir ahogado daría sentido al largo período de estudios en el seminario de La Laguna, su renuncia al amor y a la prima Candela; también al año de sacerdocio ejemplar en Los Llanos de Aridane, cargando a sus espaldas múltiples contradicciones. Proporcionaría motivos suficientes para obrar como obró, a un padre reñido con el presente heredado y rebosante de fe en el futuro; capaz de abandonar Fuencaliente y las islas de sus ancestros para establecerse en una tierra alejada.
Al contrario, si no llegara a tiempo la esposa para insuflarle el aliento, qué pobre bagaje, qué recorrido tan triste. A lo largo de toda la vida estuvo dispuesto a entregar las más preciadas pertenencias por salir de la medianía y alcanzar un esplendor flamígero. El ex sacerdote Cristóbal llegó a Cataluña y hubo de adaptarse al entorno nuevo, tan distinto; hubo de adentrarse en el paisaje del Baix Empordà para hacerse uno con él. Lo logró; pero resuena aún en su cerebro el reproche de Mercedes, que le pinta un retrato de emigrante perpetuo incapaz de integrarse. Crítica carente de justificación: toma como suyo lo catalán e imita las formas vistas y oídas. Con todo, la mirada de Mercedes se asoma por encima del hombro, pues sigue creyendo que es incapaz de ponerse a su altura, hábil negociadora y empresaria arriesgada, hija y nieta de emprendedores.

Esta noche ha salido Cristóbal del caserío enfrentándose a una naturaleza desencajada y, cometa sin amarre, se sitúa en el ojo del huracán. Descubre, fantasmagórica a la luz intermitente de los relámpagos, una corona de tierra y piedra desnudas que culmina un altozano. Dura la visión unos instantes brevísimos, los necesarios para iniciar el ascenso de la leve ladera. Ha de empujarlo la inercia porque su voluntad no pone tesón en la subida. La fuerza de la costumbre lo desplaza, un pie tras el otro hacia el lugar debido, pues el cerebro no coordina los músculos responsables del movimiento.
Las ha borrado el agua, el copioso diluvio caído, pero justo donde dibuja sus pisadas, estuvieron las de Herminia y Gaietà. Allí descubrieron la formación agreste que llaman a boca do inferno los obreros portugueses, y ellos bautizaron como la claveguera. Es posible que sea un suelo salpicado de sangre, teatro de luchas entre los indígenas y los invasores. Por donde él se arrastra pudo caminar hace siglos Hernán Cortés; el niño que superaba enfermedades mortales antes de partir hacia Salamanca, mucho antes de llegar a la tierra recién descubierta. Allí mismo, en esos andurriales ahora tan enfangados, acabada la guerra del 36, pudieron fusilar a los contrarios unos asesinos fanáticos, capaces de abandonar los cadáveres sin sepultura, con el diabólico objeto de infundir pavor a los desobedientes. Y el desdichado Cristóbal, antes de caerse por centésima vez, pie derecho forzando el apoyo al término de la zancada insegura, revienta un hormiguero repleto de larvas que el agua dispersa hasta la desaparición.
Se yergue esforzándose, mientras las cavilaciones insisten en mostrarle el almacén de tentativas sin éxito, la banasta de aciertos parciales. Enreda su andar en los hirsutos hierbajos, y cae al otro lado del boquete abierto en el terreno, dentro del mínimo cráter de un volcán falso que traga en vez de vomitar. Entre bromas y veras intentó el suicidio hace ahora tres años. Susana le exigía abandonar a la familia y casarse con ella, mujer dotada de paciencia y cariño como demostraba su larga trayectoria afectuosa. De lo contrario -le dijo entre amenaza y simple declaración de intenciones- sintiéndolo y todo romperé el noviazgo. Lo quería, y no se conformaba con los esporádicos encuentros clandestinos.

¿Qué iba a ser de él sin soporte, sin espaldar, sin ánimos? Intentó quitarse la vida masticando una hoja de adelfa arrancada a un ejemplar exuberante, adorno floral del acceso a “Febe, ideas y realización”. Puede que no sea tan letal, que la cantidad resultara insuficiente o que, arrepentido, hizo por escupir la pasta ingerida y expulsó una parte considerable del tósigo. Al hilo de su discurrir, pero ajeno a él, el diluvio, zarandeado por el viento, se concentra sobre el cenagal de su persona y le deja en un instante impoluto. Cristóbal procura erigir su estatua sobre el pedestal de los pies enredadores, indecisos; pretende alcanzar la cima de la parva, y lo hace en el momento mismo de captar las voces y ladridos llegados por el Este. Los oye, corresponden a sus buscadores y a los perros de pastoreo; y conoce que se aproximan porque los sones van incrementando su imperio. Lo verán, lo pondrán a salvo; sólo queda aparentar la parte más angustiosa de la situación. Sumido en estos pensamientos inicia una maniobra ascendente que, sin embargo, logra el efecto inverso: su cuerpo se desliza por la ladera interna.
Goyo, Ibrahim y los obreros portugueses, ejecutantes de la cantinela que llama al perseguido –cadencia marcada por las condiciones del suelo y la actitud de los canes- se acercan hasta distinguir las huellas de unos zapatos de vestir que entre ellos nadie calza. Se despeja la duda, pertenecen al prófugo buscado, al desorientado Cristóbal, apocado individuo a quien por primera vez en su existencia alguien sigue. Ibrahim, el marroquí nacido junto a Larache, presiente el drama que comienza junto a él y decide intervenir. Es hijo de una mujer fuerte que guió la niñez y la adolescencia de sus seis vástagos, aventando explicaciones acerca de los actos que ennoblecen y denigran. Una mujer seguidora del islam corregido al alza por teorías bahaístas, síntesis de las antiguas creencias. También es hijo Ibrahim de un soñador, que teniendo al lado de su casa el Jardín de las Hespérides, tan cerca que podía alcanzar las manzanas de oro desde su ventana, quiso cruzar el Estrecho rumbo al paraíso en una embarcación endeble. Víctima de un naufragio predecible, murió su padre ahogado frente a la soñada Europa, avistando ya las playas de Tarifa. Partidario Ibrahim de integrar a las mujeres en el mundo de los varones, dotándolas de derechos y deberes iguales; partidario del amor fraterno entre las personas de cualquier latitud, de la educación de los niños en la ternura, la solidaridad y el respeto a todas las creencias ajenas; intuye el peligro extremo en que se halla Cristóbal y se apresta a salvarlo.

Ibrahim, el muchacho que se propone dar un vuelco a su vida si Pepe le entrega los documentos precisos; el marroquí generoso sube al instante hasta la cornisa y descubre el interior completo del redondel: torrentera y desagüe. Uno de los perros le sigue, el más chico, compañero de juegos. Mira el muchacho y sus ojos registran un cuerpo empeñado en mantenerse en el lugar que ocupa, una oquedad en medio de la pendiente interna, asido a un inconsistente arbusto espinoso. Oye entonces una canción que su madre utiliza para darse ánimos; un salmo religioso recitado con voz monocorde cuando la sañuda realidad se opone al empeño de sacar adelante a los hijos. Subido a las últimas estrofas, las más melancólicas, escucha Ibrahim el grito proferido por la mujer en la noche; sueño repetido del naufragio del esposo en plena mar y en agua fría. El hijo bueno ve en el cuerpo que se agita el cuerpo amado de su padre y decide actuar.
Descosida y malograda, Cristóbal prefiere la vida; por eso, aferrado al espino como a clavo ardiente, lucha contra la bravura del agua con brazos y piernas, cabeza y corazón. Lucha, pero sucede que es muy poco defensor para tan gran ataque. La naturaleza entera, puesta en su contra, ha dictado la sentencia de muerte y se dispone a ejecutarla. No quiere condenarse y pasar los restos sin fin en el infierno. Fui infiel; y no sólo a la esposa; traicionó a las mujeres que amó. Primero a Candela y, a la vez, a la jovencita que ayudaba a su madre en las labores de casa; aventajada aprendiz. Susana y Florencia, tan semejantes y tan disímiles. Cinco fueron las burladas y, además, su madre. Doble engaño filial: al ingresar en el seminario sin vocación y al abandonar el sacerdocio nada más morir.
Pecado y contrición se justifican en Cristóbal y, arrepentido en lo profundo, la fórmula del sacramento de la penitencia sale de su boca muda: Ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti. Ignora si el poder de perdonar las faltas incluye las cometidas por él mismo, pero el tiempo se agota y ha de intentarlo. Amén, se oye decir. El emigrante que cruzó el estrecho sobre cuadernas podridas, con el propósito íntimo de aprender la ciencia médica para prolongar hasta lo inusual la vida de su madre; el marroquí optimista, el activo, el valiente Ibrahim, comprendiendo la magnitud de la empresa de salvamento que va a emprender, tentado está de regresar junto a los otros para pedir ayuda. Mas intuye que ha de de intervenir ahora o ya no será necesario; lo agarra con rapidez o el pobre hombre será arrastrado por el ímpetu del mar irritado en que se ha convertido el torrente.

Dura un segundo la incertidumbre, pero allí, inclinado sobre la pendiente, rodeado de turbulencias, rememora la galerna que hundió la barquita en que viajaba su padre. Imagina las olas ingentes, las ve alzando el juguete de forma naviera, colgándolo del cielo y dejándolo caer a los fondos marinos repletos de conchas abiertas y arena exprimida, retiradas las aguas que eran colchón y camino. Le llegan ráfagas luminosas desde el horizonte, destellos fugaces de las descargas eléctricas, y el sabor dulzón de los dátiles le enciende de nuevo la bóveda del paladar y las sensibles papilas. Empujado por las visiones se lanza resuelto tras el cuerpo hermano, hundiéndose hasta los respiraderos nasales en la zarandeada masa líquida. Ensaya un braceo apresurado opuesto al empuje del agua, al piélago que asciende, desciende y va hacia los lados impulsado por fuerzas indomeñables, desmontados los vectores en diez mil sentidos opuestos. No obstante, para Ibrahim, entregado al determinismo desde hace diez generaciones, la existencia se concreta en el cumplimiento de las diversas leyes naturales. Obedecen a ellas la violencia brutal, irreflexiva; y la armonía forzada, deseosa de alcanzar el equilibrio y la quietud. Espacio y tiempo cruzan la fase crítica de las convulsiones, autorizadas a golpear con brutal desinterés al naufrago, arrastrándolo hacia la parte estrecha del embudo, rompiendo cualquier posibilidad de conservación de la vida: frágil estambre de una efímera flor del desierto.
¡Qué fue de la lucha de clases? ¡Qué se hizo del odio al explotador? Henchido de amor infinito por la humanidad, se ciñe el obrero al patrón cuando el espino que hace de asidero separa su raíz de la tierra húmeda. La situación empeora hasta donde está autorizada, y pasan ambos a formar parte del conjunto de palos, pedruscos, hierbajos y agua envolvente. No transcurre medio minuto desde el comienzo del abrazo -extremidades de los dos náufragos entremezcladas, troncos en arco imposible- cuando comienzan a viajar sin orden, aspirados por la estrechez de la claveguera, boca negra del infierno que fagocita con la misma indiferencia aguas turbias, fango y agonizantes cuerpos humanos. Resulta sencillo comprender lo que cavilan los dos varones –pedazos de arcilla pensante para la naturaleza- mientras son engullidos y juntan la acción de sus bocas en un intento desesperado de beber el brazo líquido que provoca la sed capaz de liberarlos. Es posible saberlo porque dicen los que han indagado, que en esos instantes se apresuran las personas a efectuar un arqueo personal, en previsión del último juicio. Parece que en el trance de traspasar la frontera del otro mundo, los agonizantes se aprontan a revisar los hechos de su existencia, proezas y mezquindades, uno a uno en un tiempo ínfimo.

 

Capítulo Decimoctavo

Conoce Cristóbal la imposibilidad de hallar un escape, sabe que la inercia, lo que en términos coloquiales se conoce como rutina, es común al universo; y sabiéndola inconmovible la acepta resignado. Agradecido queda a Ibrahim; pues intenta salvarle a costa de la vida propia, y en nada desmerece su acción la carencia de resultados prácticos. Va a morir y se le da un comino; para lo que espera de este mundo tan desigualado, mejor la muerte. De ocupar el interior de un pavoroso incendio, de tratarse del fuego que tanto le espanta, pediría gracia a quien gobierna estas cosas, principio universal si es que hay principio. No desea morir, lo que pasa es que carece de apego a la vida. Mas por pagar al esforzado que viaja con él a través del túnel tenebroso, héroe que merece vivir, no le importaría salvarse y salir al otro extremo de la claveguera, lugar donde los obreros portugueses y Goyo, el hijo de Pepe, escrutan las cercanías sin saber que la tardanza resolverá la ecuación de modo imperfecto, dando un producto que es a la vez el resto: dos cadáveres complementarios, dos piezas contiguas de un enigmático y extenso rompecabezas existencial.
A Ibrahim le entristece llegar al final a hora tan temprana, porque ya iba haciéndose a la casa y a sus habitantes; porque siguiendo el dictado de Mercedes, el guardés le procuraría los documentos que convierten a los emigrantes ilegales en personas. Podría viajar, recorrer la tierra de sus antepasados; visitar la Alhambra de Granada, a medias fortaleza y palacio, cuya construcción duró varios siglos; orar a los pies del alminar que fue la Giralda de Sevilla, y pasar largos ratos en el interior confuso de la célebre Mezquita de Córdoba. Pero no obrará como los impíos que a la hora de la muerte piden a Dios que les alargue la presencia. Intenta salvar a un infiel porque en él ve antes que nada a un ser vivo, y la vida es esencia y potencia. Al margen de lo que está escrito, contradictorio a veces, encuentra Ibrahim valor a su gesto emocional: y si no va a ser médico, si no va alargar la dura existencia de su madre, al menos dará a la mujeruca un motivo de orgullo en las nobles circunstancias de la muerte del hijo. “Ni el polvo ni la humillación cubrirán la faz de los que obraron bien: esos son los huéspedes del Paraíso y permanecerán en él eternamente”: se lee en el libro sagrado; y también: “por debajo de los que creen y hacen obras piadosas correrán los ríos en jardines de ensueño”. Así lo escribió el profeta al dictado de Ala. En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso; rememora Ibrahim y añade, producto de las enseñanzas bahaístas: En el nombre del hombre.

Allí están las siete puertas cerradas del magnífico alcázar, allí está la llave que abre la puerta principal y los seis postigos. Allí el mapamundi de tamaño monumental, en el que aparecen cada uno de los incontables pueblos, y en ellos las personas inconfundibles de sus pobladores: nombre, apellidos y filiación completa escritos en una ficha colgada del cuello. Acompasan los moribundos su vaivén a los vaivenes de la corriente, llamada desde el centro de la tierra para extinguir el incendio que habita el núcleo desde los tiempos originarios. Los náufragos abren la boca para morder el aire que reclaman los pulmones, y el agua, que busca huecos por donde expansionarse, entra en las bocas, bordea caninos, premolares, molares e incisivos; inunda los fosos de las lenguas, riega los paladares, baja por laringes y tráqueas con turbulencias ruidosas, alcanza los pulmones y los anega. La vida, cobarde como una rata de barco, escapa con rapidez de esos organismos que ya no le ofrecen garantía; de modo que cuando los troncos, las cabezas y las extremidades salen enmarañados del tubo de tierra por el lado que muestra a las aguas el lecho del río, los cuerpos de quien no pudo ser salvado y del fallido salvador ya son cuerpos muertos.
Goyo, hijo mayor del guardés, y los dos portugueses, que junto a Ibrahim vieron las huellas de Cristóbal: idas y venidas desordenadas, avances y retrocesos; acaban de explorar los alrededores sin logro; y alarmados por la tardanza del peón marroquí, a gatas, terminan por encaramarse hasta donde él subió. Arriba descubren el origen de rumor tan sonoro que ahoga los gritos perrunos: el aluvión procedente de la parte trasera, el arroyo desbordado que les ha obligado a retroceder. Observan con cuidado, escrutan plenos de atención, y nada aprecian que les permita orientar su búsqueda. En el cráter que tienen ante sí no hay presencia humana ni puede haberla, abismal escondite del torrente indisciplinado. Goyo y los otros piensan que ha descendido Ibrahim por el lado del río, único flanco libre. Tratan de bordear el hoyo pagando el mínimo precio, y pisan con precaución para no caer en la insaciable boca do inferno, acceso al inframundo. El perrillo queda en el lugar liberando un quejido alargado. Llegan los tres batidores a la ribera inundada, crecido río Gévora, punto ya reconocido; y al no hallar al mozo marroquí ni recibir réplica sus llamamientos, apreciando el gesto del can como indudable indicio, admiten lo peor: que arrastrado por la imparable corriente se lo ha tragado la diabólica cloaca. Incapaces de proseguir una tarea que los supera a ojos vistas, intentan hacerse oír de los otros con gritos cargados de angustia que vuelven de vacío. El hijo de Pepe asume el mando de la minúscula patrulla, y da instrucciones a los exploradores bisoños para encontrarse con su padre camino del caserío. Exhibiendo la firmeza de quien sabe lo que dice, formula un principio táctico destinado a reforzar su posición de comandante: Superada en urgencia por la desgracia recién ocurrida, la búsqueda del extraviado Cristóbal ha de pasar a segundo término.

Va amaneciendo mientras se aproximan al poblado los tres exploradores ahora encogidos, y los rayos del Sol se hacen los remolones en su asiento, primer horizonte amarillento y rojizo del Este. El día llega con la intención de ser luminoso; las nubes han agotado sus oscuras reservas acuíferas, la destellante carga eléctrica y su enojo terrible. El cielo se muestra límpido en casi toda la bóveda: o han ido los nubarrones a surtirse al mar o se han vaciado quedándose en nada, unos jirones blancos desperdigados al extremo Norte, quizás los odres vacíos. Goyo y los portugueses bajan sin cautela el barrizal en que se ha convertido la cuesta de los estanques, se acercan sueltos al caserío a través de la portalada, y excitados por la desgracia que van a anunciar tanto como por la que temen descubrir, irrumpen en la casa de los señores a tiempo de oír las voces altas de una acción que no los tranquiliza.
Al principio de la batida tuvo Mercedes la inconsistente sospecha –corazonada todo lo más, pues carecía de lógica- que situaba a Cristóbal de vuelta al lecho sin quebranto; y retrocedió guiada por Felipe y seguida de Gaietà. Llegados a la casa, desinfectados con tintura de yodo los arañazos producidos al caerse, a la luz de una vela recorrieron las alcobas sin encontrar en ninguna al esposo. Quisieron dar parte a la Guardia Civil de la desaparición, pero carecían de electricidad y sin ella no funciona el teléfono, modesta emisora de radio propia de lugares a los que la línea no llega. Noche de contratiempos, agotadas las baterías en el intercambio de preguntas y respuestas, los aparatos móviles de Mercedes y Benjamí quedaron inertes.
Cuando Felipe disponía el todoterreno para la marcha, se presentaron su padre, el matrimonio Creixell Vallecea y los novios. Fue un momento de inusitada tensión; Herminia, la Nena, echaba en cara a su madre el desprecio dispensado al huido, maltrato culpable inicial de la muerte si al cabo la muerte marcaba el desenlace. Superada sin avenencia la disputa, aceptada la tregua impuesta por la presencia de extraños, quiso Mercedes que partiera el guardés hacia la comisaría de la capital para denunciar la desaparición del dueño de “La vaca cega” durante la tormenta. No había transcurrido aún el tiempo decretado para el inicio de un rastreo en toda regla, y quedó Pepe en reiterar la denuncia si amanecía sin producirse el encuentro. En los prolegómenos de esa segunda gestión andan el facultado y los otros, cuando aparece el grupo de Goyo añadiendo el relato de la nueva tragedia. Presentarse su hijo flanqueado por los operarios nacidos más allá de la raya, manifestar éstos la ausencia de Ibrahim arrastrado por el ímpetu de la torrentera, y salir Pepe raudo hacia Badajoz, son tres acciones que se producen simultáneas, a caballo de la misma unidad de tiempo.

Comunica Pepe al comisario que su patrón permanece en paradero desconocido, y añade a la denuncia la pérdida de un peón, arrastrado, según todos los indicios, por la corriente del arroyo. Escritas las diligencias pertinentes, especialistas en esa clase de tareas escudriñan la finca: la tierra pelada y las arboledas, las vaguadas y los altos, pero sobre todo la vega, la ancha banda lindante con el río. Quiere David añadirse a los buceadores en la inmersión, porfía con el que la encabeza, se oponen los padres, la novia, Gaietà y Mercedes; quedándose al cabo en tierra firme. Los buzos no hallan hasta mediada la tarde los cuerpos desaparecidos. Varios kilómetros navegaron sus cadáveres acercándose al río Guadiana. Allí, a cuatro brazadas de donde las aguas se juntan, en el remanso quieto de un recodo, enredado Ibrahim en una colonia de ovas y aprisionado Cristóbal bajo un tronco hincado en el talud, en los comienzos de la corrupción de sus cuerpos aparecen los dos.
Azulados, yertos, rígidos; los restos desnudos, disimulados por un sudario gris metálico, permanecen en las dependencias del depósito de cadáveres. Son estancias frías, sobrecogedoras, que imitando a las habitaciones hospitalarias recuerdan a las salas destinadas al despiece en los mataderos. Dentro de ellas se trabaja con órganos sin vida, desposeídos ya de gran parte de la dignidad humana; y debido a esa merma los empleados acostumbran a tratarlos sin miramientos. Quedarán en lugar tan desagradable hasta que la autopsia ordenada por el juez se practique; y como en estos casos de ahogamiento la corrupción es más rápida, ocupan arcones refrigerados.
El color reúne tonos violáceos y amarillentos sobre la piel estirada, y el pelo conserva adheridas briznas vegetales cuando Mercedes trata de identificar al marido. Lo hace con dificultad, pues, a más de la inflamación, numerosas erosiones desfiguran el rostro. Sirven de ayuda algunas marcas particulares. Una cicatriz vertical de cinco centímetros situada en la axila, bajo el brazo izquierdo, disimulada por el vello ralo. El diente mellado, roto siendo aún niño, cuando, sudoroso, terminado el juego en el patio del colegio, bebía agua en una de esas fuentes de chorro hacia arriba. Un compañero burlón forzó la cabeza para que se lavara la cara; con tan mala fortuna y tanto impulso que uno de sus incisivos chocó con el pitorro de bronce. Tras ese triste ejercicio de concentración se sume la esposa en el desconsuelo, incapaz de aceptar el estado de viudez descubierto de pronto. La excesiva presión arterial le hizo creer que ella se iría antes al otro mundo. Pepe identifica al peón, quien a falta de algún documento que lo individualice y de familiares que lo reclamen, figura como Ibrahim Ksar el Kebir. Ignorantes de los verdaderos, han formado los apellidos con el nombre de la población de origen, territorio cercano a Larache, adonde pretendía volver en cuanto los estudios y las prácticas médicas, le permitieran cuidar la salud de su madre y de los muchos pobres que no pueden pagarse una atención conveniente.

Salió Cristóbal por su propia voluntad obedeciendo razones sin esclarecer, pues nadie se explica qué buscaba el dueño de la finca a tales horas en medio del temporal. Familiares, amigos y menestrales ignoran si Cristóbal sufrió un accidente o quiso suicidarse arrojándose a la boca del infierno, pero tienen claro que el sacrificado Ibrahim murió al intentar salvarlo. Debieron de viajar unidos los cuerpos en un fuerte abrazo, siguiendo los vaivenes de la corriente impulsora, crecida una enormidad por el diluvio caído. Tal vez quedaron atrapados en la telaraña de algas, permaneciendo juntos hasta que la fuerza del agua o el empuje del tronco los separaron. No son indiferentes los modos, pues si Cristóbal se aferró a su esforzado salvador, la hipótesis del suicidio, la más humillante para la familia, se desarma sola.
Los que saben su amor correspondido, no se quitan la vida. Es el principio extraído de una constante amenazada por muy pocas excepciones. Amó Cristóbal a Susana, pero el amor entre ambos concluyó, porque en este mundo hasta el amor concluye si no se nutre; y ni Cristóbal ni Susana lo alimentaban a esas alturas temporales. Ama Cristóbal a la prima Candela cuando ocurre el hecho luctuoso, y la prima Candela devuelve un amor todavía más fuerte. La Nena lo sabe desde hace algún tiempo, sacada la noticia de los mensajes leídos en el correo candelaycristobal@…; punto de encuentro de los amantes. Se hizo cómplice Herminia del amor infrecuente, flor del desierto o de las cumbres nevadas, y optó por guardar la noticia entre el ventrículo y la aurícula, secreto del que se siente partícipe única. Las cartas cruzadas en el inicio de su nutrida correspondencia, hablaban de los tiempos pasados y del estado de salud en aquel momento. Candela reveló a Cristóbal que andaba de médicos, porque tras las pruebas pertinentes le diagnosticaron cáncer. Enfermedad avanzada de difícil y dolorosa cura, que progresaba como patrulla militar ocupando el vientre arriba y abajo. Luego hicieron memoria del beso dado detrás de las casetas de feria en Fuencaliente. Tan excitante que acabó con la inocencia de ambos. Primera caricia real y verdadera, según se desprende del escrutinio; a la que siguió una tanda exploratoria de los cuerpos recién descubiertos. La pronta entrada en el seminario cortó a cercén el progreso.
“¡Cuán bella eres! Son tus ojos como palomas”: escribió él. “Tú sí, amado mío, eres hermoso y agraciado”: escribió ella. Siguieron un proceso ascendente, lo vio Mina en los numerosos mensajes leídos. Hubo un período de noviazgo lleno de palabras bellísimas y respetuosas; el Cantar de los Cantares se dijeron íntegro en ese tiempo. “Reciba yo un ósculo de tu boca. Porque tus caricias son mejores que el vino”: Escribió él. “¡Oh tú querido de mi alma!, dime donde tienes los pastos”: escribió ella. Una noche de sábado, mientras Mercedes en su casa, y las monjas en el convento dormían, osó escribir Candela la frase que encendió a Cristóbal: “En mi lecho eché de menos por la noche al que ama mi alma”. Dentro del ciberespacio celebraron los novios el himeneo, y la pérdida virtual de cualquier contención, expandió por el universo íntegro los deseos complementarios de entrega y recepción sublimados. Comenzó un período de pasión avasalladora, y el lenguaje se hizo procaz. El fluir del tiempo no supo atemperarlo, y así llegaron a los modos últimos, de un erotismo exacerbado.

El complejo canje de los proyectos que se cumplirían de producirse varios milagros sucesivos, no lograba frenarlos; es más, resultaba eficaz acicate. Hace unos días llamaban a los órganos sexuales por sus nombres verdaderos, los que hieren los oídos de las gentes bien educadas. Estaba el pare viviendo una trágica historia por demás hermosa; bellísima sin duda. En su locura alimentaban los amantes el amor prohibido con el expresivo lenguaje del sexo desnudo, erguido y abierto; crudas palabras que describen escenas eróticas cruzando una tras otras las barreras elevadas por las gentes más tolerantes. Recorrían en sus escritos la gama toda del libertinaje; lo que no conocían lo inventaban sobre la marcha, acercándose en sus excesos concupiscentes a la frontera que nadie ha traspasado. Hacía Cristóbal de dulcero en la vida de su prima, al tiempo que restaba acíbar a la suya triste. No, no es indiferente la situación anímica del ahogado en los momentos previos al ahogo, pues si Cristóbal amaba y se sentía amado, las ganas de vivir surgidas de su corazón harían imposible el suicido.

 

Capítulo Decimonoveno

Las incógnitas abiertas no cuentan con llave adecuada para cerrarse, y ha de procurarla la investigación policial. Los agentes, siguiendo una rutina obligada por la propia naturaleza de los hechos, interrogan uno tras otro a quienes iban con el peón cuando desapareció y a los que pasaron con el señor las horas previas a su desgracia. Los retazos oídos sirven para enterar a los investigadores de las disputas conyugales de los dueños, empleadores de un emigrante sin la documentación pertinente. La causa directa de ambos óbitos queda pendiente de definir hasta contar con el resultado de las autopsias. Despliega el forense su instrumental, aleación metálica de una insensibilidad extrema, y se sirve de la técnica en todo aquello que la técnica permite. Añade el fruto de una larga experiencia, y cuando está en condiciones de dictaminar –cosa que ocurre bien avanzado el martes- certifica que los cadáveres han llegado a ser tales debido a la falta de oxígeno. Presentan los pulmones encharcados y signos de una resistencia al ahogo cercana a la extenuación. No se aprecian indicadores de violencia ejercida sobre los cuerpos, por lo que en ambos casos se descartan acciones punibles contra terceros.
Resultando imposible establecer la identidad de Ibrahim –al menos datos elementales como nombre y apellidos, el domicilio de la familia y la nacionalidad presente- deja su fallecimiento de ser cuestión diplomática o judicial, quedando en asunto propio de la inspección de trabajo. Se trata de un varón joven, falto de documentación, que mide un metro setenta y ocho centímetros, de tez morena y pelo ensortijado, obrero de la finca en situación irregular. Mientras llega el momento del entierro, fijado para las once horas del día siguiente, miércoles; en el tanatorio de la ciudad exponen los cadáveres para la vela. Bajo el cristal de las cajas reposan Ibrahim y Cristóbal, irreconocibles. Sus caras son globos tumefactos que alguien de la funeraria ha tratado de corregir con maquillaje; payasos tristes semejan, máscaras trágicas de la Grecia antigua. Mercedes frunce en los labios un rictus de abatimiento, que resulta incomprensible para quienes conocen lo malas que fueron las relaciones de los esposos en los últimos tiempos. Ella misma se sorprende de la reacción que el suceso desencadena en su ánimo. Al lado, Gaietà le procura consuelo mediante palabras de alivio que la mujer agradece esbozando una sonrisa lacia: dos pétalos de rosa marchita los labios. En el esconce, Herminia, la Nena, se halla sumida en un pesar impreciso, brumoso; ojos turbios que iluminan el gesto abatido de una luchadora herida. Por su propia cuenta y en nombre del afecto, los obreros portugueses, parados frente a los ataúdes, musitan una oración sin acabar de creerse lo ocurrido. Su compañero, el joven días antes tan lleno de vida, henchido de ilusión, ha dado en carroña tras el intento fallido de salvar al chiflado del amo. Pepe, sirviéndose de los brazos que obedecen sus mandados, debe restaurar la normalidad en “La vaca cega”, muy deteriorada por la tempestad: troncos tajados en encinares y alcornocales, desolladuras en el terreno, tejas volteadas; así que llevándose a todos los que con él han llegado, se despide hasta el día siguiente.

En el umbral se encuentra Pepe con Nino. El contable ha gestionado todo el papeleo obligatorio: permisos administrativos, servicios funerarios y ceremonias religiosas; informando a los empleados municipales del cementerio de Nuestra Señora de la Soledad. Pepe aprovecha para agradecerle la ayuda prestada, y ambos se funden en un abrazo enérgico. Los Creixell Vallecea practican un silencio que va más allá de lo adecuado hasta para un funeral. Así es, en efecto; Benjamí y Neus apenas susurran entre sí, y no osan dirigir la palabra a los Benítez Ferre. Ni siquiera hablan a David; pues el hijo, situando su silla junto a la
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de la novia, ase a la muchacha del brazo y la colma de ternura: la mirada lánguida y la actitud entre agradecida y protectora. Nadie conoce la propiedad del tejado sobre el que se encuentra la pelota del dicho, ni quién de los jugadores está obligado a mover ficha reiniciando el juego. Los padres del novio aplazaron sine díe la petición de mano, pero los enamorados no se dan por aludidos y actúan como si tan drástica decisión no los obligara en modo alguno. Por otro lado, ha muerto Cristóbal, y Mercedes no parece la de antes; incluso está decidida a velarlo toda la noche; proceder propio de las generaciones pasadas que ya no se estila. Sin duda impera una tregua que terminará en la ciudad de Barcelona, en cuanto los dos bandos, sin apasionamiento, recapaciten acerca de los tristes hechos sucedidos.
Progresa el tiempo a pie torpe, y como si su avance y el silencio fueran la misma cosa, una calma tensa se adueña poco a poco de la estancia. Los que velan dan cabezadas figurando reverencias, y se sumen en un sopor creciente que intentan rechazar rompiendo la postura a intervalos cada vez más cortos. Entre asuntos trascendentes de la actualidad, piensa Herminia en la capacidad afectuosa de su padre, satisfecha por varios conductos durante buena parte de su vida; en la conveniencia de comunicar a Susana la muerte de Cristóbal y en la oposición indudable de Mercedes. Piensa en Candela, la prima monja que supeditó su vida a un amor prorrogado siendo improrrogable. Permanecerá ignorante de lo ocurrido, porque la congregación priva a las monjas de noticias familiares, salvo las relativas a los óbitos paternos o las bodas de hermanos. Carece Mina de otro medio de comunicación que no sea el correo electrónico conocido; pero prevenirla a través de ese canal secreto lleva aparejado denunciarse como furtiva y avergonzarla. Ahora que si calla, Candela se creerá abandonada y sufrirá lo indecible. Dilema que Mina no acierta a simplificar y, de resultas, sufre. Falta del consuelo que representaban los mensajes enviados y recibidos, la ve consumida por el cáncer, acelerando un proceso de por sí apresurado. Da vuelta a los hechos la joven abrumada, los sopesa y mide, calibra su densidad, y a eso de las tres de la madrugada, sorprendiendo a los presentes, sale de la reflexión y espeta en castellano a su madre:

-Mare, debes explicarme tus intenciones; no entiendo la razón de dar tierra al pare tan lejos de casa, y menos aún sin avisar a parientes y amigos. No es un apestado que contagie infecciones, ni un mal nacido a quien nadie quiera acompañar en su entierro. Costó una fortuna construir el panteón familiar del cementiri de Montjuïc, y en él debiera reposar tras despedirle los que le apreciamos en vida. Dime qué motivo existe para dejarlo en una ciudad donde carecemos de raíces, a la que vendrás para la rendición de cuentas de “La vaca cega”, una vez al año.
-Tens raó filla. Estamos ante una muerte poco común, tú lo sabes; y las derivaciones son extrañas también. Tardaron horas en hallar el cadáver, y la autopsia retrasó aún más el entierro. No sé si te has percatado, pero ya hiede. He dado instrucciones concretas a Pepe para vender la finca. Está resultado nefasta y en ella sufriríamos la amargura de los recuerdos. Por eso, los restos de tu padre no permanecerán en Badajoz mucho tiempo. Para cumplir con sus deseos encargaré una sepultura en el cementerio de Fuencaliente, junto a sus allegados. Allí tendrá un funeral como debe ser, y en Barcelona se le dirán misas a las que asistirán cuantos quieran.
Al nombrar Fuencaliente quiere recordar Mercedes el lugar situado en la isla canaria de La Palma, provincia de Tenerife. Allí nació Cristóbal y viven aún algunos primos, resto de una familia de vinateros afincados desde varias generaciones atrás en las proximidades del volcán Teneguía.
-¡Barboll! Mentira y de las gordas; el pare no habló jamás de eso; estoy convencida. Conoces tan bien como yo que era muy supersticioso y evitaba cualquier referencia a la muerte. Es más, el abuelo, su padre, reposa en el cementerio de La Bisbal. Tu razonamiento es falso, parece una simple excusa para distanciarlo de nosotros. Ya lo veo, hasta después de muerto te avergüenzas de él.
-Escolta, filla: tú no sabes lo que dices. Lo manifestó en varias ocasiones; Gaietà te lo puede confirmar.
-Estimo a Gaietà como a un buen hermano, pero es tu perrillo faldero. Mentiría mil vegades con tal de darte gusto una.
¡Desvergonyida!, ¡sóc la teva mare! Si no respetas a tu hermano, respétame a mí al menos.
-Respecto dius. Sí, el mismo que mostraste arrojando al carrer a Florencia, mi madre de sangre. Recuérdalo; sucedió en La Bisbal cuando vivía de prestado en la masía del pare. Se marchó sin decirme adiós. La amenazaste con graves daños, y por temor a perjudicarme inició un alejamiento que dura encara. Lo sé hace tiempo y callaba esperando tu arrepentimiento. Inútil espera; el orgullo te ha impedido cualquier rectificación. Pides respeto, y te aseguro que con todo el respeto del mundo voy a enfrentarme a tus torpes manejos. Veremos antes que nada el testamento; puede llevar disposiciones que alteren tu voluntad o la impidan. Lo primero que haré, si soy heredera, es negarme a vender mi parte de la finca. Así que hazte a la idea. –Se expresa contundente Herminia, con excitación y enojo apreciables para quien la conozca bien; pues suele guardar los modos corteses de una educación esmerada.
En ese lapso tenso David comienza a agitarse: brazos y piernas, hombros, cuello y cabeza; y en ella el rostro: nariz, boca y ojos; esbozando una mueca horrible. Parece sumido en las derivaciones de una nueva crisis epiléptica; aunque por los efectos visibles menos fuerte que la anterior. Trata de sujetarlo Herminia sin conseguir apenas su propósito, en tanto se acercan resueltos Neus y Benjamí. Se dan muy buena maña los padres, amarrándolo con un abrazo que sin dejar de ser paternal sobrepasa la actitud afectuosa.

Haciendo uso, una vez más, de movimientos bien ensayados, frenan la agitación e impiden que se golpee la cabeza o se muerda la lengua. Tras varios minutos de forcejeo decreciente, se recupera el muchacho.
-¿Ves lo que has logrado? Le ha vuelto a dar el mal por tu culpa; es muy sensible, me quiere mucho y no puede tolerar que se enfrenten conmigo.
De esa manera fortuita descubre Mercedes que David padece alguna enfermedad cuyo alcance ignora. Puede ser un mal incurable y hasta contagioso, que le impedirá llevar una vida normal, incapacitándolo para las tareas que exigen esmero y atención constantes. Puede que en su estado engendre hijos como él, delicados o enclenques.
-Es un enfermo y puede infectarte ¿te das cuenta? No debes cargar con él. Te ordeno que rompas ahora mismo las relaciones. Prefiero verte soltera a mal casada.
-¿Piensas que es un inválido? Pues no lo es. Lo han visto varios especialistas y dicen que lo suyo carece de importancia: son convulsiones sicológicas y no epilepsia como en un principio creyeron. Por eso le permiten practicar deportes arriesgados; hasta submarinismo, ya ves que enfermo. –Opone Herminia a la taxativa orden de su madre.
-Dice la verdad: nuestro hijo está tan sano como el tuyo; y uno de estos días concluirá un trabajo de investigación que le va a dar nombre y dinero. Pero impediremos su noviazgo con la joya de tu hija, aunque ahora la astuta se muestre adaptable como un guante de cabritilla. Su padre, Raquel y yo, haremos entrar en razón a David; porque si existe un daño mayor que cualquier enfermedad, lo es su intención de atarse para toda la vida a una mujer de moral tan relajada.
–Estalla Neus con un profundo sentimiento materno.
-Ya, ya; tus insultos no cambian la realidad de los hechos. Mi hija es católica practicante como todos nosotros, y la moral católica está por encima de cuantas existen; lo sabe cualquiera.
-Si lo dices porque Benjamí es de ascendencia judía y, por tanto, nuestros hijos; te diré que en asuntos religiosos no se muestran dogmáticos. Yo soy católica como tú, y quise que se educaran en nuestra fe. Conocen ambas, y toman lo mejor de cada una. No obstante, la diferencia es mínima, porque en el judaísmo tienen su raíz musulmanes y cristianos. Con todo, son las personas las responsables de su conducta, no las religiones a las que dicen pertenecer.
-Sí, las personas como tú, capaces de vender el alma al diablo a cambio de juventud y belleza. Tú, que gastas lo que no tienes en cirugía estética y potingues. ¿Acaso crees que nos chupamos el dedo? Bajo los afeites de la restauración aparece la edad que rechazas y el rostro con el que no estás de acuerdo. –Contraataca con dureza Mercedes. Se conmueve Gaietà como nunca antes, viendo a su madre enzarzada en pendencias de taberna. En vano trata de arrancar el dardo que se adentra en el corazón; pues Mercedes continúa esparciendo acíbar.

La luz del día devuelve la inquietante presencia de los cadáveres, que han pasado la noche tras la puerta cerrada de los oratorios. Algo más tarde se presentan los operarios para iniciar con indiferencia la rutina. En el cuarto donde reposan Ibrahim y Cristóbal penetran dos varones que visten casaca gris de tono oscuro y pantalones claros del mismo color. Usan una puerta posterior disimulada entre los cortinones, y saludando con un movimiento de cabeza sitúan los ataúdes sobre soportes rodantes. El que parece mayor se dirige a Mercedes y pregunta con voz queda si alguien quiere despedirse de los difuntos. Como nadie hace el menor gesto, la mujer mueve la cabeza en sentido negativo y el demandante y su compañero colocan la tapa, la sujetan doblando los pestillos y depositan sobre los féretros sendas coronas de enramada entretejida de flores. La misma leyenda en letras mayúsculas ocupa la longitud de las bandas: los tuyos no te olvidan. La funeraria, a falta de instrucciones, cumplió con lo mínimo obligado.
El sepelio resulta desangelado y artificioso; la ceremonia, presenciada por quince personas todo lo más -incluyendo unas beatas que ya estaban en el templo cuando se acercó el duelo- parece ser un mero trámite que es preciso cumplir con presteza. El cura y los dos acólitos no mejoran la impresión, pues rezan sin conciencia del significado de las palabras dichas, como si tuvieran ganas de acabar cuanto antes para quedar libres de obligaciones o celebrar otro ritual. Mercedes llora en silencio, a intervalos, asida al brazo del hijo. Gime Herminia arropada por un David entero que le sirve de sostén cuando se queda floja. En momento tan angustioso rompe la hija su llanto mudo en un grito desgarrado; y no es David quien sufre un nuevo síncope, es ella la que se desmaya arrastrando al joven cuando cae al suelo. El incidente tiene la virtud de poner en contacto físico a la madre y al hermano de la desfallecida con los padres del muchacho; las cuatro cabezas están a un palmo una de otra al tratar de atenderlos, y por fuerza han de mirarse. Mas a veces los ojos miran sin ver; y esa ocasión es una de ellas.
Ladrillos sobre ladrillos y rasillón cerrando las aspiraciones. Sirven al propósito de dar descanso a los muertos dos nichos abiertos en la pared. En ellos Mercedes esconde dos cadáveres: el perteneciente al héroe y el que deja el suicida arrepentido. Así lo piensa Mina en ese acto triste. Ya no existe en el cementerio el terreno destinado antaño a los que acortaban con intención su vida, y a quienes, de cualquier manera, morían al margen de la fe católica; de modo que en el muro bendecido, entre ambas sepulturas sólo hay una fina pared de rasilla. El sexto sentido avisará a la madre de Ibrahim, y ella dirá a los hermanos que el emigrante ha llegado al Paraíso. Así resucito a los muertos: Dijo Alá a Abrahán: Toma cuatro pájaros, aproxímalos a ti y hazlos pedazos. A continuación pon un trozo de sus cuerpos en la cima de los montes. Llámalos; vendrán a ti presurosos. Comprende que Dios es poderoso y prudente.

Aunque bracero y patrón ocupen sepulcros contiguos en el mismo cementerio -coincidencia que será provisional según ha prometido Mercedes a Herminia- ni siquiera la muerte iguala a las personas. Los difuntos, ricos y pobres, siguen muy distintos caminos mientras esperan el llamado del juicio final, trompetería audible en todos los confines y a cualquier hondura. Aseguran algunos expertos, que la carne última de los que en vida se bañaron a diario en agua de colonia, alimentándose a pedir de boca, libres de las magulladuras del trabajo físico: es decir, la carne perteneciente a los cadáveres de primera; se descompone lentamente, a poquitos, exhalando agradables perfumes. Los tejidos maltratados de quienes padecieron toda clase de privaciones, se desbaratan de la noche a la mañana entre líquidos putrefactos y olores pestilentes. Ni el menor punto de comparación existe entre los gusanos que se alimentan de unos y otros. Dos clases sociales opuestas pueden apreciarse a simple vista entre los vermes. Los devoradores de cuerpos pobres viven envidiosos del pasto puesto a disposición de los privilegiados. Si pudieran, emigrarían; pero toneladas de campo los separan del pesebre ideal. Los hijos de la fortuna temen la irrupción de una masa hambrienta de lombrices necrófagas en su territorio, y ese temor los tiene sobre ascuas. No queda ahí la cosa; los huesos pertenecientes a los ricos no se juntan con los otros. Nobles huesos al modo de los gases nobles o de los metales preciosos, sólo con los iguales hacen buenas migas. Los huesos de los pobres se mezclan entre sí según los usos democráticos, y el barro que origina su descomposición se revela más compacto y resistente a la hora de edificar sobre el pasado el futuro.
Ningún signo religioso preside la porción de muro ocupado por el musulmán, pero Mercedes ha pagado una lápida que lleva esculpido, sobre la fecha, el nombre de Ibrahim Ksar el Kebir, recién acuñado para la burocracia. Una guirnalda de enramada tierna y flores silvestres da la nota poética. La han trenzado los tres portugueses, el matrimonio formado por Aquilino y Clara con dirección artística de Basilio; y constituye o testemunho de sua amizade. Lástima que no pueda mostrar una cruz dorada adherida: dicen: el nicho parecería una verdadera sepultura.

Desde la finca, adonde han vuelto para recoger el equipaje, un taxi traslada a los Creixell Vallecea al aeropuerto. No aceptan que los lleve Pepe; se ofrece el hombre de manera espontánea, pero siendo el vehículo una herramienta de trabajo, a la postre el favor provendría de Mercedes. Tras lo ocurrido, de mujer tan soberbia y dominante no iban a aceptar el agua que los librara de perecer en el desierto, ni el aire que prolongara su respiro en la agonía. Lo dice así Benjamí, consciente de la exageración, como ejemplo extremo de la animosidad surgida en su pecho enfático. Roto el noviazgo de David, que establecía la sola esperanza de escapar de la miseria, a su economía no la tumba el gasto añadido de tres mil pesetas. ¡Qué le hace una estrella más al firmamento?, como diría Pedro Gómez Valderrama, escritor de médula y coraje del que habla Raquel admirada.
Benjamí y Neus abandonan entre serenos y aliviados el nido de la víbora: de manera tan poco generosa llama Neus a la anfitriona; pero David, incapaz de separarse de Mina, no va con ellos. El muchacho ha resistido el embate tozudo de los padres: algunas razones sólidas y, al menos, otras tantas apelaciones emotivas. Está claro que el asunto pertenece al dominio del corazón, voluble como él solo; la intervención de la cabeza queda reducida a meras pinceladas estéticas. Los novios han decidido regresar en tren, un viaje tedioso amenizado por una buena ración de películas y el placer de estar juntos. Desoyendo las prevenciones que llegan por los dos costados, proyectan alquilar un alojamiento mínimo y vivir en él mientras se resuelve la testamentaría. El régimen económico de Cristóbal y Mercedes era de separación de bienes, pero participaban a partes iguales en la propiedad de “Febe, Ideas y Realización”; y salvo las dos hijuelas, de la empresa común ha salido la práctica totalidad del patrimonio.

Desea conocer Herminia la amplitud de su derecho sobre el piso de General Mitre, comprado en tiempos de bonanza; pues la gusta para vivir y quiere llegar a un acuerdo con Gaietà. La boda vendrá cuando puedan soportar el dispendio; día, que siendo realistas, sabe distante. La chica, bióloga de formación, se niega a seguir trabajando con la madre en el empleo actual, gratificante y bien pagado; por lo que deberá buscar alguna tarea sustitutiva. David ve inevitable el retraso de su tratado de Arquitectura, pues desea fortalecerlo con investigaciones acerca de edificios considerados singulares a través de la historia y, estando interrelacionados, tendrá que seguir la cadena. De la constructora pretende un ascenso con aumento de salario –tiene unos jefes muy estrictos en ese aspecto crucial- y fija la petición al momento de fama que le llegará tras la publicación de la obra, cuando las alabanzas recibidas de los expertos le sirvan de apoyo y acicate.
Gaietà y Mercedes van a permanecer en la finca hasta el jueves, pues los guardeses quieren hacerse con la propiedad de “La vaca cega”, y han de ajustar el precio y forma de pago. Se explica Pepe en ese sentido al cabo de cien titubeos y veinte circunloquios. La conversación, iniciada en los establos, tiene a los estanques como paso intermedio y finaliza en torno a la mesa del despacho. Modestas hormiguitas hicieron una hucha gorda sin aparentarlo; y recobrada la dueña de la sorpresa inicial, firma con los pretendientes la opción de compra previa al compromiso firme. Documento que será redactado en cuanto la propiedad resultante del testamento quede establecida; si ocurre que Herminia se desdice de sus amenazas. Acepta Mercedes que hagan efectivo el importe en pagos parciales, pues aunque Pepe Solano y Casilda Aziñaga tienen una crecida libreta de ahorros, lo más está a plazo fijo y en deuda del Estado. Por otra parte, han de poner a la venta las tierras adquiridas en el pueblo de ella, las que llevan a medias sus hermanos; y el otoño, fresco el dinero de las cosechas, es el momento más oportuno.

Atados los cabos sueltos, inician madre e hijo el regreso a Barcelona en el coche grande, el que explica la buena marcha del negoci. Conduce Mercedes, y Gaietà ocupa el asiento de al lado. No miran el cuero de becerra del diván trasero; temen descubrir los huecos que denuncian la atrocidad de lo ocurrido. El viaje es largo, pero se turnarán al volante, y la carretera forma en todo su recorrido autovía cuando no autopista. Presienten que no van a volver: dejan a Cristóbal en prenda, pero tanto el cementerio como el notario están en Badajoz y no es necesario acercarse a la finca. Atracción y rechazo, pretenden equilibrar los filosos sentimientos que inquietan su interior. Alcanzan el dintel de la entrada, puerta de doble hoja rendida a su paso. Los hijos de Pepe trabajan allí, y cada uno empuja un batiente hasta dejarlos abiertos de par en par. Se detienen los viajeros con la intención de despedirse, y agradecen a los hermanos, a más de la ayuda prestada en la batida, el gesto de formar cuadrilla con Gaietà y David para llevar el ataúd a hombros el trecho final. Ninguno nombra a Ibrahim; tratan de evitar el dolor que causa la inutilidad de muerte tan heroica. Al reanudar la marcha, por los retrovisores ven a los menestrales proseguir la tarea. Carecería de importancia el hecho, si no estuvieran ocupados en sustituir el cartel que soporta el emblema de la finca. Confiados e impacientes, curten la piel del oso que aún no han cazado. Dura la visión un instante mínimo, mas suficiente para imprimir a fuego una imagen que el tiempo no podrá desvanecer. Goyo y Felipe afianzan con recios clavos de cabeza cuadrada, el cartel que enmarca el rótulo nuevo: “Dehesa Solano”; y hacen astillas el viejo, el que mostraba el poético nombre de “La vaca cega”.

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