Juan Ramón Jiménez

Contenido: Juan Ramón Jiménez introducción. Mi poema y sus textos traducidos. Ensayos de Gastón Baquero y Ester Abreu. Biografía y Obras. Video de sus viajes.

“La torre de Moguer de cerca, parece una Giralda vista de lejos”. JRJ

Nos dice la forma de ser de Juan Ramón Jiménez, quizá de ambos, porque Zenobia y él para esas decisiones eran una sola voz y una sola voluntad; y nos habla de la manera de pensar y de actuar del matrimonio el hecho claro de que, cuando comienza la Guerra Civil en España, el poeta se adhiere al manifiesto de intelectuales a favor del Gobierno de la República y del Pueblo. Manifiesto firmado por verdaderos defensores del gobierno legal y defensores falsos, como Gregorio Marañón, Pérez de Ayala y Ortega y Gasset, quienes acabaron poniéndose al servicio fiel de la dictadura fascista. Y en ese apoyo resuelto a la República, el matrimonio acoge, en un piso de la calle Velázquez, a doce niños huérfanos abandonados. Zenobia sirve como enfermera en el hospital de sangre del Instituto Oftálmico. Juan Ramón habla al pueblo desde Unión Radio Madrid, condenando el golpe militar de los generales monárquicos, y pidiendo a la gente la defensa activa de los legítimos valores republicanos.

Cuando las cosas se ponen feas en Madrid, metida la ciudad en particular guerra civil localmente añadida, y Juan Ramón, asesinado ya Lorca, se siente perseguido como otros tantos intelectuales, por quienes, desde fuera de la capital sitiada, se conocen como la quinta columna de los golpistas; en ese entonces crucial, es Zenobia quien habla con Lola de Rivas Cherif, amiga, compañera en el hospital y esposa de Manuel Azaña, la que inicia las gestiones para que Juan Ramón y Azaña se entrevisten el 19 de agosto del 36. En la entrevista está Cipriano Rivas Cherif, cuñado de Azaña y amigo y admirador de Juan Ramón. Los embajadores monárquicos estaban siendo sustituidos desde el 14 de abril del 31 por intelectuales de confianza, y Azaña propone a Juan Ramón ser embajador en un país americano, posiblemente Estados Unidos. Rechaza el poeta la embajada, pero acepta ir como agregado cultural honorario a Washington, dependiente del nuevo embajador, puesto para el que sería finalmente nombrado Fernando de los Ríos el 21 de septiembre.

Juan Ramón es, antes que nada, su integridad; antes que nada, sus viajes, sus aficiones, su Moguer, su amor uno, a y con, Zenobia; su poesía. Y sus cartas, esa numerosa y valiosísima correspondencia. Y su Platero: libro universal, que inclinó la balanza a su favor en la concesión del Premio Nobel. Y la literatura española inmediatamente posterior, es antes que nadie Juan Ramón. En mis años jóvenes, poeta yo, primero que nada; lector de poesía antes que poeta y escritor, en mi primera juventud fui Bécquer, fui Juan Ramón y fui Rabindranath Tagore. También fui Neruda. Y todos ellos, a su debido tiempo, intensamente, causa y efecto, estuvieron unidos a mis reflexiones y a mis poemas; y mis poemas a mis amores juveniles. ¡Qué tiempos añorados aquellos! Pensamiento, amor y poesía.

 

 

 

 

 

La excentricidad de mi órbita
Poema de Pedro Sevylla de Juana

Nací de la tierra, del agua, del viento,
del ardiente sol de medio día;
nací de la voluntad, de la esperanza,
del perseverante amor a la vida.

Ante la inestable amanecida
-minúsculas gotas de rocío- me conmuevo,
ante la diminuta niebla suspendida
que a la incertidumbre da su cuerpo.

Tanta sed ahoga mis cultivos
que doy nombres de agua a las peñas
a las tierras cuarteadas por el estío
a las raíces resecas.

Hierro sometido al vivo fuego
yunque y martillo
se afana en la fragua el herrero.

La luminosidad inmaculada del ambiente,
me permite visiones ignoradas,
y lontananzas diviso sorprendentes.

Avanza en caravana lo existente,
buscando la igualdad
con un rasero
que todo lo torna diferente.

Emoción y lógica caminan juntas
-humanas complementarias facultades-
codo con codo por valles y llanuras,
y mi interior resulta invulnerable.

A veces el pensamiento parece tomar la delantera,
hasta que el sentimiento avanza decidido
alcanzando una ventaja manifiesta.

Veo en el presente movedizo,
la impalpable línea de contacto
entre el pasado que avanza acosador
y el futuro que retrocede acosado.

Y penetrando en el futuro a medio día
hallo entreabierta
y luminosa una rendija
por la que observando detenidamente
en la claridad del día
se ve el presente.

Me opongo al devenir de la existencia,
y descubro el tesón como un arranque
que la energía de los cíclopes en su ejercicio libera;
no hay vendaval, no hay brazo de gigante,
no hay quimera
que puedan sujetarme.

El milagro tantas veces repetido de la vida,
el reposado surgir del agua en los claros manantiales,
las leyendas y las rimas,
soledades,
el padre Duero, el romancero gitano,
y las cárdenas encinas
en la trova gozosa y dolorida me iniciaron.

Los enigmáticos dioses de hoy y de siempre,
faros asidos a los más altos luceros,
perpetuamente insatisfechos si la tradición no miente
-pagodas, catedrales, mezquitas, sinagogas, beaterios-
con regocijo aceptan zalemas y lisonjas de los fieles,
manifestándose atajo para los caminantes crédulos.

Poemas y relatos componen mi propósito;
palabras trabajadas con la obstinada insistencia
de quien rotura y repuebla un viejo soto,
pensando en las generaciones venideras
más que en beneficio propio.

Soy lapislázuli oculto en las entrañas de la tierra
serpiente abrazada al tronco de ébano
puerco espín, espléndida azalea
arena integrada en el hormigón de los cimientos.
Efímera flor,
agua en el pozo,
avara y generosa criatura,
ejercicio mental, carácter sólido,
que libera la energía de sus dudas
modeladora del cosmos.
Campesino nómada de la papa y la mandioca,
de la vaca,
el cerdo y el cordero;
ciudadano de centros industriales,
nacido de la mezcla de culturas,
mestizo de permanente mestizaje,
de la concordia huésped,
de la libertad amante.

Es pronto hasta que es tarde:
existe un punto idóneo de límite incierto,
para llevar a término feliz quehaceres muy variados;
tan fugaz y pasajero,
que cuando llega a ser
deja de serlo.

Todo tiende al orden, todo tiende al caos;
y el leve peso de un grano de trigo,
lleva la indecisa balanza
al súbito desequilibrio.

Descubro en el mundo una alacena,
repleta de vegetales vivos,
tímidas gacelas,
colibríes y cocodrilos al acecho
de la supervivencia;
una cadena que va de la serpiente al ave
y de la punzante zarza a las ballenas.

La roca labrada, la estrella de mar,
el marfil del elefante
y la sangre del irredento;
llevan impreso un código de barras
que explica la composición y el precio.

Al aire,
al aire que vibra en los oídos,
quiero gritar el manifiesto
de mi sentir más arraigado,
porque dentro de mí bulle el hombre conmovido
y se agita el afectivo ser humano.

Me hiere la creciente escasez
de los necesitados,
los progresivos
excedentes
de los ricos,
y tiemblo como nido de gusanos,
como epicentro sísmico,
como revuelto poblado.

Como de la mortífera peste
del despilfarro huyo
del desperdicio inerte.

Ideas llevadas a los hechos,
resido más en mí,
carne cubriendo por pudor el hueso,
cuantas menos necesidades
admito y alimento.

Escalador en la pendiente de los años,
iluminado por el fuego mortecino de la lumbre
subo aún, ojos venados,
sin saber cuándo haré cumbre.

Quedo a expensas de los fieles aliados
esos que impulsan la conquista de los días:
el deseo de vivir, el optimismo, el ejercicio metódico y diario,
la recreación imprecisa de los sueños y las costosas medicinas
de los laboratorios destacados
que el médico considera más científicas:
confianza en la humanidad futura y amor enamorado.

PsdeJ A lo largo de los años, todos los lugares.

 

 

 

 

Otoño en el Palacio de Cristal de El Retiro (Madrid)

 

 

A excentricidade da minha órbita
Poemas e tradução de Pedro Sevylla de Juana

Nasci da terra, da água, do vento,
do ardente sol de meio-dia;
nasci da vontade, da esperança,
do perseverante amor à vida.

Ante a instável amanhecida
-minúsculas gotas de orvalho- me comovo,
ante o diminuto nevoeiro suspendido
que à incerteza dá seu corpo.

Tanta sede afoga meus cultivos
que dou nomes de água as penhas
as terras rachadas pelo estio
as raízes ressecas.

Bigorna e martelo
ferro submetido ao vivo fogo
se afana na frágua o ferreiro.

A luminosidade imaculada do ambiente,
me permite visões ignoradas,
e lonjuras diviso surpreendentes.

Avança em caravana o existente,
procurando a igualdade com rasoura
que todo o torna diferente.

Emoção e lógica caminham juntas
-humanas complementares faculdades-
mão na mão por vales e planícies,
e meu interior resulta invulnerável.

Às vezes o pensamento parece tomar a dianteira,
até que o sentimento avança decidido
atingindo uma vantagem manifesta.

Vejo no presente movediço,
a impalpável linha de contato
entre o passado que avança assediador
e o futuro que retrocede assediado.
E penetrando no futuro à escondidas
acho entreaberta
e luminosa uma frincha
pela que observando detidamente
nos dias claros
se vê o presente.

Me oponho ao devir da existência,
e descubro o afinco como arranque
que a energia dos ciclopes em seu exercício liberta;
não há vendaval, não há braço de gigante,
nem quimera
que possam sujeitar-me.

O milagre tantas vezes repetido da existência,
o repousado surgir da água nos mananciais claros,
solidões, as rimas e as lendas,
o pai Douro, o romanceiro de ciganos y ciganas,
e as cárdeas azinheiras
na trova gozosa e dolorida me iniciaram.

Os enigmáticos deuses de hoje e de sempre,
faróis agarrados aos mais altos luzeiros,
perpetuamente insatisfeitos se a tradição não mente
-pagodes, catedrais, mesquitas, sinagogas, beatérios-
com regozijo aceitam reverências e lisonjas dos fiéis,
se manifestando atalho para os caminhantes crédulos.

Poemas e relatos compõem meu propósito;
palavras trabalhadas com a obstinada insistência
de quem ara e repovoa um velho souto,
pensando nas gerações vindouras
mais que no benefício próprio.

Sou lazulita oculta nas entranhas da terra
serpente abraçada ao tronco de ébano

porco-espinho, esplêndida azaléa
areia integrada no cimento.
Efémera flor, água no poço,
avara e generosa criatura,
exercício mental, caráter sólido,
que liberta a energia das dúvidas
modeladora do cosmos
Camponês nómada da papa e a mandioca,
da vaca, o porco e o cordeiro;
cidadão de centros industriais,
nascido da mistura de costumes,
mestiço de permanente mestiçagem,
da concórdia hóspede,
da liberdade amante.

É cedo até que é tarde:
existe um ponto idôneo de limite incerto,
para levar a termo feliz afazeres variados;
tão fugaz e transitório,
que quando chega a ser
começa outro novo.

Tudo busca a ordem, tudo pretende o caos;
e o leve peso de um grão de trigo,
leva a indecisa balança
ao súbito desequilíbrio.

Descubro no mundo uma despensa,
cheia de vegetais vivos
tímidas gazelas,
colibris e crocodilos ao espreito
da sobrevivência;
uma corrente que vai da serpente à ave
e do pungente espinho às baleias.

A rocha lavrada, a estrela de mar,
o marfim do elefante
e o sangue do irredento;
levam impresso um código de barras
que explica a composição e o preço.

Ao ar,
ao ar que vibra nos ouvidos
quero gritar o manifesto
de meu sentir mais arraigado,
porque dentro de mim ferve o homem comovido
e se agita o afetivo ser humano.

Me fere a crescente escassez
dos necessitados,
os progressivos
excedentes
dos ricos,
e tremo como ninho de gusanos,
como epicentro sísmico,
como revolto povoado.

Como da mortífera peste
do esbanjamento fujo
do desperdício inerte.

As ideias pensadas e os fatos feitos,
resido mais em mim,
equilíbrio manifesto,
quantas menos necessidades
admito e alimento.

Escalador na vertente da idade,
iluminado pelo fogo amortecido da lume
subo ainda com coragem
sem saber quando farei cume.

Fico às expensas dos aliados fiéis
que me impulsionam na conquista dos dias:
o desejo de viver, o optimismo,
esse exercício metódico e diário,
a recreação imprecisa dos sonhos
e os custosos
remédios dos laboratórios
que o médico considera
necessários:
confiança na humanidade futura
e amor apaixonado.

PSdeJ Ao longo dos anos, todos os lugares.

 

 

 

 

 

 

Textos de Juan Ramón Jiménez traducidos

1.- Platero y yo
Libro infantil de Juan Ramón Jiménez

Advertencia a los hombres que lean este libro para niños Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para… ¡qué sé yo para quién!… para quien escribimos los poetas líricos… Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Qué bien! «Dondequiera que haya niños», dice Novalis, «existe una edad de oro». Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca. ¡Isla de gracia, de frescura y de dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; ¡y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces, sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer!
El poeta, Madrid, 1914.

Platero (Fragmento inicial)

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: «¿Platero?», y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal… Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar, los higos morados, con su cristalina gotita de miel… Es tierno y mimoso igual que un niño, que una niña…; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra. Cuando paso sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo: —Tien’ asero… Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo.

Libertad

Llamó mi atención, perdida por las flores de la vereda, un pajarillo lleno de luz, que, sobre el húmedo prado verde, abría sin cesar su preso vuelo policromo. Nos acercamos despacio, yo delante, Platero detrás. Había por allí un bebedero umbrío, y unos muchachos traidores le tenían puesta una red a los pájaros. El triste reclamillo se levantaba hasta su pena, llamando, sin querer, a sus hermanos del cielo. La mañana era clara, pura, traspasada de azul. Caía del pinar vecino un leve concierto de trinos exaltados, que venía y se alejaba, sin irse, en el manso y áureo viento marero que ondulaba las copas. ¡Pobre concierto inocente, tan cerca del mal corazón! Monté en Platero, y, obligándolo con las piernas, subimos, en un agudo trote, al pinar. En llegando bajo la sombría cúpula frondosa, batí palmas, canté, grité. Platero, contagiado, rebuznaba una vez y otra, rudamente. Y los ecos respondían, hondos y sonoros, como en el fondo de un gran pozo. Los pájaros se fueron a otro pinar, cantando. Platero, entre las lejanas maldiciones de los chiquillos violentos, rozaba su cabezota peluda contra mi corazón, dándome las gracias hasta lastimarme el pecho.

Asnografía

Leo en un Diccionario: Asnografía: sentido figurado: se dice, irónicamente, por descripción del asno. ¡Pobre asno! ¡Tan bueno, tan noble, tan agudo como eres! Irónicamente… ¿Por qué? ¿Ni una descripción seria mereces, tú, cuya descripción cierta sería un cuento de primavera? ¡Si al hombre que es bueno debieran decirle asno! ¡Si al asno que es malo debieran decirle hombre! Irónicamente… De ti, tan intelectual, amigo del viejo y del niño, del arroyo y de la mariposa, del sol y del perro, de la flor y de la luna, paciente y reflexivo, melancólico y amable, Marco Aurelio de los prados…Platero, que sin duda comprende, me mira fijamente con sus ojazos lucientes, de una blanda dureza, en los que el sol brilla, pequeñito y chispeante, en un breve y convexo firmamento verdinegro. ¡Ay! ¡Si su peluda cabezota idílica supiera que yo le hago justicia, que yo soy mejor que esos hombres que escriben Diccionarios, casi tan bueno como él! Y he puesto al margen del libro: Asnografía: s. f.: se debe decir, con ironía, ¡claro está!, por descripción del hombre imbécil que escribe Diccionarios.

http://www.vicensvives.com/vvweb/_pdf/Muestra-estampas-platero-y-yo-01.pdf

1.- Platero e eu
Livro infantil de Juan Ramón Jiménez
Tradução de Pedro Sevylla de Juana

Advertência aos homens que leiam este livro para meninos. Este breve livro, onde a alegria e a pena são gémeas, qual as orelhas de Platero, estava escrito para… que sê eu para quem! … para quem escrevemos os poetas líricos… Agora que vai aos meninos, não lhe tiro nem lhe ponho uma vírgula. Que bem! «Onde quer que haja meninos», diz Novalis, «existe uma idade de ouro». Pois por essa idade de ouro, que é como uma ilha espiritual caída do céu, anda o coração do poeta, e se encontra ali tão a seu gosto, que seu melhor desejo seria não ter que a abandonar nunca. Ilha de graça, de frescura e de dita, idade de ouro dos meninos; sempre te ache eu em minha vida, mar de duelo; e que tua brisa me dê sua lira, alta e, às vezes, sem sentido, igual que o trino da calandra no sol branco do amanhecer!
O poeta, Madri, 1914.

Platero (Trecho inicial)

Platero é pequeno, peludo, suave; tão macio por fora, que se diria tudo de algodão, que não leva ossos. Só os espelhos de azeviche de seus olhos são duros qual dois escaravelhos de cristal negro. O deixo solto e se vai ao prado, e acaricia tibiamente com seu focinho, as roçagando quase, as florezinhas rosas, celestes e gualdas… O chamo docemente: «Platero?», e vem a mim com um trote alegre que parece que se ri, em não sê que som ideal de guizo… Come quanto lhe dou. Gosta das laranjas mandarinas, as uvas moscateises, todas de âmbar, os figos morados, com sua cristalina gotinha de mel… É terno e mimoso igual que um menino, que uma menina… mas forte e seco por dentro, como de pedra. Quando passo sobre ele, nos domingos, pelas últimas ruas do povo, os homens do campo, vestidos de limpo e vagarosos, ficam o olhando: —Tien’ asero… Tem aço. Aço e prata de lua, ao mesmo tempo.

Liberdade

Chamou minha atenção, perdida pelas flores da vereda, um passarinho cheio de luz, que, sobre o húmido prado verde, abria sem cessar seu preso voo policromo. Acercamo-nos devagar, eu diante, Platero detrás. Havia por ali um bebedouro sombrio, e uns rapazes traidores tinham posta uma rede aos pássaros. O triste apelo se levantava até sua pena, chamando, sem querer, a seus irmãos do céu. A manhã era clara, pura, traspassada de azul. Caía do pinar vizinho um leve concerto de trinos exaltados, que vinha e se afastava, sem se ir, no manso e áureo vento do mar que ondulava as copas. ¡Pobre concerto inocente, tão cerca do mau coração! Montei em Platero, e, empurrando com as pernas, subimos, num agudo trote, ao pinar. Ao chegar baixo a sombria cúpula frondosa, bati palmas, cantei, gritei. Platero, contagiado, ornejava uma vez e outra, rudemente. E os ecos respondiam, arraigados e sonoros, como no profundo de um poço ancho. Os pássaros se foram a outro pinar, cantando. Platero, entre as longínquas maldições dos rapazes violentos, roçava sua grande cabeça peluda contra meu coração, me agradecendo até me lastimar o peito.

Asnografia

Leio num Dicionário: Asnografia: sentido figurado: diz-se, ironicamente, por descrição do asno. Pobre asno! Tão bom, tão nobre, tão agudo como és! Ironicamente… Por que? Nem uma descrição séria mereces, tu, cuja descrição verdadeira seria um conto de primavera? Se ao homem que é bom devessem lhe dizer asno! Se ao asno que é mau devessem lhe dizer homem! Ironicamente… De ti, tão intelectual, amigo do velho e do menino, do arroio e da borboleta, do sol e do cão, da flor e da lua, paciente e reflexivo, melancólico e amável, Marco Aurélio dos prados. Platero, que sem dúvida compreende, me olha fixamente com seus olhos luzentes, de uma macia dureza, nos que o sol brilha, pequeninho e faiscante, num breve e convexo firmamento verde e negro. Ai! Se sua peluda cabeçona idílica soubesse que eu lhe faço justiça, que eu sou melhor que esses homens que escrevem Dicionários, quase tão bom como ele! E tenho posto à margem do livro: Asnografia: sentido figurado: se deve dizer, com ironia, claro está!, por descrição do homem imbecil que escreve Dicionários.

2-. Juan Ramón Jiménez en Madrid

Parque del Retiro
Texto de Juan Ramón Jiménez

(…) Es la hora en que vamos siempre al Retiro, cuando ya se han marchado todos y se puede estar en aquel pinar con soledad. Me gusta pasear un poco y luego sentarme en un banco a confrontar aquello en que estoy trabajando con la Naturaleza; esto lo he hecho siempre y sirve de mucho (…) para que caigan las cosas superfluas (…) pienso en ello para dictarlo ya depurado cuando vuelvo.
Ensalza en sus textos el frescor vivo y cambiante del parque donde la naturaleza –de carácter animista– cobra fuerza:
Mis sueños han tenido cien veces esta vista prodigiosa, y la arboleda de detrás, en la metamorfosis del sueño, era ya pinar de Moguer, palmeras de Sevilla, castaños de Burdeos…, de Filadelfia, pero la Puerta era siempre la misma, única y perfecta.
Nunca he visto tristeza más hermosa que la del Retiro aquella tarde.
Entre el ramaje, de un verde casi amarillento, los pinos negros se veían aunque no se mirasen, y producían impresión, no de cosas, sino de sombras que fuesen llegando. He oído llorar a un árbol; en el tronco tenía voz de fiera y, en las ramas altas, voz de niño. También oí cantar al aire en la hojarasca.
(…) Todos los verdes, todos los oros y todas las luces (…).
¡Adiós, hojitas –y se mueven, locas en el viento–; hasta mañana!
Las sanas hojas lustradas de los chopos agrios del camino azulean de dulce cielo (…). Los firmes mirlos atraviesan sombra y sol (…), se truecan constantemente con el viento, como peces que nadaran un doble oleaje feliz de mar y aire. Cuesta abajo viene el agua susurrante y dichosa, sonando a tesoro abierto, entre la flor caída y la hojilla seca del cauce de tierra oscura, todo bordeado de avispas orinegras (…).

Parque del Retiro
Texto de Juan Ramón Jiménez
Tradução de Pedro Sevylla de Juana

É a hora em que vamos sempre ao Retiro, quando já se marcharam todos e se pode estar naquele pinar com solidão. Gosto de passear um pouco e depois me sento num banco a confrontar aquilo em que estou trabalhando com a Natureza; isto o fiz sempre e serve de muito (…) para que caiam as coisas supérfluas (…) penso em isso para ditá-lo já depurado quando volto.
Exalta em seus textos o frescor vivo e cambiante do parque onde a natureza –de caráter animista– cobra força:
Meus sonhos têm tido cem vezes esta vista prodigiosa, e o arvoredo de atrás, na metamorfose do sonho, era já pinar de Moguer, palmeiras de Sevilla, castanheiros de Burdeos…, de Filadelfia, mas a Porta era sempre a mesma, única e perfeita.
Nunca tenho visto tristeza mais formosa que a do Retiro aquela tarde.
Entre a ramagem, dum verde quase amarelento, os pinos negros se viam ainda que não se olhassem, e produziam impressão, não de coisas, senão de sombras que fossem chegando. Tenho ouvido chorar uma árvore; no tronco tinha voz de fera e, nos ramos altos, voz de menino. Também ouvi cantar o ar na folharada.
(…) Todos os verdes, todos os ouros e todas as luzes (…).
¡Adeus, folhinhas –e se movem, loucas no vento̵–; até amanhã!
As sãs folhas lustradas dos choupos azedos do caminho azuleiam de doce céu (…). Os firmes melros atravessam sombra e sol (…), se trocam constantemente com o vento, como peixes que nadassem um duplo fluxo feliz de mar e ar. Ladeira abaixo vem a água sussurrante e ditosa, soando a tesouro aberto, entre a flor caída e a folhinha seca do leito de terra escura, todo rodeado de vespas oro y negras (…).

3-. De Eternidades
Poemas de Juan Ramón Jiménez

¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
… Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
Que por mí vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
¡Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,
y suyo, y mío, de las cosas!

 

Vino, primero, pura,
vestida de inocencia.
Y la amé como un niño.

Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes.
Y la fui odiando, sin saberlo.

Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros…
¡Qué iracundia de yel y sin sentido!

…Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.

Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.

Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda…
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!

 

Eres tan bella
tú, como el prado tierno tras el arcoíris,
en la siesta callada de agua y sol;
como el rizado de la primavera,
contra el sol de la aurora;
como la avena fina del vallado,
contra el sol de poniente del estío;
como tus ojos verdes con mi risa grana,
como mi hondo corazón con tu amor vivo.

Textos: Antología General Ediciones Orbis 1983

De Eternidades
Poemas de Juan Ramón Jiménez
Tradução de Pedro Sevylla de Juana

INTELIGÊNCIA, DÁ-ME
o nome exato das coisas!
… Que minha palavra seja
a coisa mesma,
criada por minha alma novamente.
Que por mim vão todos
os que não as conhecem, às coisas;
que por mim vão todos
os que já as esquecem, às coisas;
que por mim vão todos
os mesmos que as amam, às coisas…
Inteligência, dá-me
o nome exato, e teu,
e seu, e meu, das coisas!

VINHO, PRIMEIRO, PURA,
vestida de inocência.
E amei-a como um menino.

Depois se foi vestindo
de não sê que roupagens.
E a fui odiando, sem sabê-lo.

Chegou a ser uma rainha,
fastuosa de tesouros…
¡Que iracúndia de fel e sem sentido!

…Mas foi-se despindo.
E eu lhe sorria.

Ficou com a túnica
de sua inocência antiga.
Cri de novo nela.

E se tirou a túnica,
e apareceu nua toda…
¡Oh paixão de minha vida, poesia
nua, minha para sempre!

ÉS TÃO BELA
tu, como o prado terno depois do arco-íris,
na sesta calada de água e sol;
como o caracolado da primavera,
contra o sol da aurora;
como a aveia fina do valado,
contra o sol de poente do estio;
como teus olhos verdes com meu riso grana,
como meu fundo coração com teu amor vivo.

 

 

 

 Gastón Baquero por A.P. Alencart

 

 

Eternidad de Juan Ramón Jiménez
Ensayo de Gastón Baquero

Al lado de mi cuerpo muerto,
mi obra viva.
¡El día de mi vida completa
en la nada y el todo
-la flor cerrada con la abierta flor-;
el día del contento de alejarse,
por el contento de quedarse
-de quedarse por alejarse-; el día
de dormirse gustoso, sabiéndolo, por siempre,
inefable dormirse maternal
de la cáscara vana y del capullo seco,
al lado del eterno fruto
y la infinita mariposa!

I

Ya está Juan Ramón Jiménez resuelto, disuelto de una vez, en la perfección de su Obra. De muy tierno cirio encendido contra el vendaval de la vida, escribió un poema titulado «Anden», y no pudo parar ya. Fue, hasta el último de sus setenta y siete años, un mártir, una víctima, un sitio adolorido del vivir humano, por cuanto a él se le escogió desde lo alto como a un depósito de creación y de insomnio. Estos hombres que reciben el poder o la ilusión de crear son los más castigados por la vida.
Tuvo un extraño destino y a él se abrazó, y en más de una ocasión faltó muy poco para que zozobrara penosamente, hundiéndose en el océano de la locura o perdiéndose en la espuma de una vida sin frutos, es decir, de una obra de superficie y apariencia. Pero ahora al cabo de su insistente existir, le vemos ya como dominador de la muerte y como domador de los vaivenes de la vida. Se le reconoce ahora, de cuerpo entero, en la integridad de una manera de existir que rebasa el heroísmo y va a dar en la propia santidad, en la santificación del existir, alcanzada siempre que un humano consigue transmutar la existencia en supervivencia.
Juan Ramón Jiménez nos ofrece un trágico e iluminador material, una ilustración suprema, para acercarnos al conocimiento vivo y probado de uno de los misterios fundacionales de la vida humana: el misterio de la Poesía.

II

De las formas de creación artística, es la poética la que más incertidumbre e incógnitas despierta, porque no da, como la música, un resultado «del lado de acá de la inspiración», ni, como la pintura, ofrece una elocuencia de lo entrevisto, ni, como la escultórica, fija sus límites en los propios contornos de la obra. La Poesía es la más misteriosa de todas las formas de creación, porque en ella se advierte, siempre que el poeta sea un artista cabal, que lo realizado es tan sólo, mínimamente, un recuerdo, una huella: la Poesía siempre permanece, victoriosa, del lado de allá de la creación, dejándose aprisionar sólo en destellos, en fragmentos muy sutiles y contados… Esta burla, esta fuga constante de la Poesía, ha desvelado a muchos seres intensos desde que el mundo es mundo.
Se deja ver la Poesía, se asoma riente y segura, pero en cuanto se la aproxima una mano o un pensamiento, ya no está; ya se ha ido hacia otro sitio lejano, desde donde sonríe y llama, para ser enseguida perseguida de nuevo. Contados cazadores, desde que el mundo es mundo, han traído a la tierra firme, desde las nubes y regiones altas donde la poesía se remueve y perfila, el trofeo de unos fragmentos, de unas ruinas. Los grandes poetas ciertos, los artistas, nos dan testimonio de ese cuerpo en fuga, y a la postre los poemas nos sirven como juramentos, como pruebas fehacientes, que hacen fe de que la Poesía existe y de que puede llegar a vivir dentro del hombre, a admitir una tal convivencia, una identificación con el hombre, que bien puede recibir el nombre sagrado de consustancialidad, de sustancia una con la sustancia original del hombre. Este proceso por el cual un ser efímero y mudable pasa a hacerse intemporal y eterno, pasa a esencializarse, es el ensueño supremo de las religiones, y es por esto mismo la más frecuente ilusión de todos los humanos, sépanlo o no. Y se presenta a la conciencia, al ensueño y a la nostalgia de duración y de antimuerte que siempre hay en los hombres, bajo forma de fe religiosa o dogmatizada, definida ya, sin necesidad de cacería lacerante, o bajo forma de fe poética, de llamada hecha desde sus altos bosques y riberas por la imagen fugaz de la Poesía.

III

Pasan así a formar dos legiones esenciales los seres de utilidad suma para los humanos: a un lado los que hablan el lenguaje directo de Dios, los santos y los sacerdotes de todas las religiones, bajo el idioma de la religión dogmática, es decir, confirmada por la Revelación; y al otro lado, los que hablan el lenguaje metafórico de Dios, bajo el idioma de la Poesía. En cada lengua, como en cada pueblo despierto a las ansias del cielo -civilizado-, aparecen siempre los voceros de la divinidad, con mayúscula o con minúscula, clamando porque las gentes aprecien la compañía, la proximidad de Dios o, cuando menos, la proximidad de esas avanzadas o nuncios del Señor que son la belleza y el conocimiento de la sustancia.
No en vano es la época nuestra, acaso, la que con mayores aspavientos y empeños ha procurado analizar, investigar la esencia de la Poesía. Guarda este afán relación íntima con las angustias, con las desorientaciones, con las incertidumbres del tiempo. Instintivamente se ha comprendido que para el mal de alma, mental, filosófico, social, humano de nuestros tiempos, no hay más remedio que el remedio de Dios. Pero como una de las realidades más fuertes y verdaderas que salen al paso de los angustiados del tiempo es la de que Dios fue destruido en el corazón del hombre por los filosofismos hueros, pero fascinadores, por las sabidurías pobres, pero orgullosas, el instinto de salvación, el hambre sotérica, empujó a los pensadores y a los llenos de vitalidad a redescubrir a Dios, a reconstruirlo, bajo los vestuarios, disfraces, maneras y presencias que éste adopta ante la gente cegada de historia… Y como la metáfora más generosa, manuable e inmediata de Dios es la Poesía, nuestro tiempo ha presenciado, sin darse cuenta cabal de ello, un gigantesco esfuerzo por comprender lo que la Poesía es, por explicarse a fondo en qué consiste ese misterio, por perseguir a la Poesía hasta en sus últimos rincones y vericuetos, a fin de iluminarse con su iluminación y de salvarse con su salvamento.

IV

Obsérvese cómo paralelamente a los análisis desoladores sobre la historia y la realidad contemporáneas, a las filosofías de catástrofes y de nihilismo, crecieron los estudios sobre el ser de la Poesía. No creo que nunca antes la humanidad se haya preocupado tanto por conocer la esencia de una cosa que parecía harto conocida. ¿Por qué? Porque en el fondo de esa preocupación por la esencia de la poesía lo que está latiendo es la preocupación por la ausencia de Dios. Desde Bremond hasta las páginas culminantes de Martin Heidegger, montañas de páginas y páginas quieren explicarnos en qué consiste el ser y el querer de la Poesía. Naturalmente, el llamado a decir las palabras decisivas sobre esta manera de reconstruir al dios perdido -que no otra cosa es poetizar-, había de ser el hombre que más a fondo había estudiado la soledad, el extrañamiento, la pérdida de raíces y el anonadamiento de la existencia. Había de ser Martin Heidegger quien explicara con mayor onda y profundidad el ser de la Poesía… Pues bien: las más difíciles páginas de Heidegger o de los grandes poetas, desde Coleridge y Novalis, sobre este difícil tema, sus conclusiones deslumbrantes, sus enseñanzas, pueden ser traducidas en esta proposición: la obra del poeta español Juan Ramón Jiménez es una biografía de la esencia de la Poesía.
A desarrollar esta idea, es decir, a indicar algunas de las características del estar de Juan Ramón Jiménez en la poesía y, por ende, del ser de la poesía como es visto, realizado a través de Juan Ramón, vamos a dedicar esta evocación del poeta en su muerte.

V

El poeta verdadero, decía Juan Ramón, revive en sí, abreviadamente, la historia completa de la poesía. Este pensamiento, digno de Goethe (e incluso una glosa de Goethe), es aplicable por entero a su propio autor. Ilustra muchas teorías, explica muchas hipótesis, demuestra muchas proposiciones, la obra de un hombre que se inició instintivamente en la tarea poética, en el trabajo de poetizar al mundo, y que recibió del cielo la virtud de descubrir tempranamente en ese trabajo una sustancia muy parecida, cuando no igual, a la de Dios durante los primeros días de la Creación. Este descubrimiento impuso a Juan Ramón Jiménez la ética de su estética, es decir, la necesidad de una voluntad creadora, de una vigilia montada junto a su instinto, que manejara los intentos y los resultados del poetizar con una suprema delicadeza y con un infinito deseo de clavar la flecha en medio del blanco.
El desarrollo de la poesía de Juan Ramón es un viaje hacia la autenticidad de la poesía. Muchos poetas -vamos a llamarles así por convencionalismo- se quedan en mitad o a un tercio del escarpado camino, puesto que no hacen sino versos o, cuando más, poemas, de variable valor y calidad y de mayor o menor carga de poesía dentro de ellos; pero rarísimos son aquellos poetas que llegan a la poesía misma, a la creación de las cosas por la donación de nombres, o sea, a lo que Heidegger llama, como sinónimo de la poesía, fundación del ser por la palabra de la boca. Y la rareza no nace sólo de que Dios se complace en espaciar el nacimiento de los auténticos creadores, sino que proviene de que llegar a la poesía es tocar en un castillo de dificilísimo acceso, rodeado de caminos inextricables en apariencia y capaces de desalentar a quienquiera que se aproxime, mientras no llegue con ánimo de héroe, pasta de mártir y voluntad de fanático. Lo cómodo es quedarse en el verso, quizás si en el poema, o sea, en los alrededores, por las afueras de la ciudad, en las faldas del castillo de la poesía -mariposear en la exquisitez de lo que las buenas personas llaman poesía-; lo incómodo, lo mortificante, lo terrible, es ascender entre espinas, dificultades, sombras y luces, hacia un alcor envuelto entre nubes si se le mira desde abajo, pero al cual se adivina, se sabe radiante, si se le toma la proximidad…

VI

Juan Ramón Jiménez, como Ulises, partió en forma corriente. Un canto a Castelar, unas glosas a Bécquer, unas influencias de Vicente Medina y, luego, la acción de Rueda y de Villaespesa hasta el encuentro con Rubén y los franceses, son, si bien se mira, magnífico estreno para un poeta de su época y de su idioma, porque nada hay mejor para ascender de veras como comenzar por el primer peldaño de la escala. Y Juan Ramón, tan normal, tan clásico desde su nacimiento mismo, se inició en forma correcta: imitando, dejándose influenciar, siguiendo modelos… Insertemos aquí la observación de que fue un poeta espiritualmente sano toda la vida; pocos han estado por dentro menos enfermos que él, con tanta fama de enfermizo como padeció. Aquellos libros primeros, los que llegan hasta los Sonetos Espirituales, o sea, Almas de violeta, Ninfeas, Arias Tristes, Jardines Lejanos, los tres de Elegías, La soledad sonora, Pastorales, Poemas mágicos y dolientes, son indispensables en la obra de Juan Ramón y revelan por dentro una fuerza, un carácter misterioso, un temperamento lleno de reciedumbre, no obstante que los temas en sí fueran, como de moda, llorones, lánguidos y recorridos por una música que provenía de Darío o de los franceses. Abundan los versos-lemas de Samain, de Baudelaire, de Verlaine, de Rimbaud, a quien se toma aquello de «por delicadeza ha perdido mi vida»; y no es de olvidar que ya ha hecho suyo Juan Ramón el «renovarse o morir» de D’Annunzio, cuyo «Martirio de San Sebastián» apreciaba tanto.
Esta ley de la renovación va a convertirse en uno de los torcedores del poeta; incluso de sus dos primeros libros, Ninfeas y Almas de violeta, quiso hacer uno, titulándolo «Penumbra» primero y «Anunciación» después, con el objeto de republicar, enmendándolos y mejorándolos, aquellos poemas que consideraba menos malos… Porque Juan Ramón, desde el 1900 mismo, ya era un inconforme, un llamado a rectificarse, a depurarse, a buscar algo más allá, detrás de lo que había hecho; significativamente, como introducción de Rimas, escogió estos versos de Augusto Ferrán:

Yo no sé lo que yo tengo,
ni sé lo que me hace falta,
Que siempre espero una cosa
-que no sé cómo se llama…

VII

Esperar algo misterioso, inalcanzable, errante, pero presentido como cierto y posible, es el origen de la melancolía. Es la nostalgia, la honda tristeza de Juan Ramón. En apariencia, todo eso nace de debilidad, de condición enfermiza, de refinamiento y exquisitismo de esteta; pero, en el fondo, toda esa melancolía viene de un hambre interior, de una necesidad metafísica, de una —58→ insatisfacción, de una manera de estar ante el mundo, en el mundo, que reclama alimentos, paisajes y realidades negados por la realidad. No hay delicuescencia en Juan Ramón; hay auténtica melancolía de origen árabe si se quiere, muy llena del desistimiento de los poetas cordobeses -en el estudio de la obra de Juan Ramón hay que dedicarle una amplia mirada a la presencia árabe, porque él es un árabe de cuerpo entero, cristianizado hasta el límite del panteísmo, pero no más allá, por desdicha-, pero no hay debilidad. Juan Ramón es un fuerte, un voluntarioso, un recio, hasta en los momentos de mayor enlunamiento y de más desbordadas cantilenas de fuentes y palomas, de desmayos y sueñaciones. Por otra parte, apenas si cuentan en él, de raíz, las modas de su tiempo. Se expresa desde la forma de ellas, pero no pertenece a ellas. Él sabe que lo español verdadero, la entraña española, no tiene nada que ver con el modernismo ni con el simbolismo a la francesa. Por eso pudo dejar dicho: «¿El romanticismo? Nuestra segunda edad media. ¿El simbolismo? Nuestro tercer clasicismo». En esa primera etapa crece hasta la altura de un gran autor de poemas y se adivina en él al poeta futuro. Hay una severidad en su tristeza, hay una forma de anunciar que va a quedarse en soledad de soledades, que lo destacan ya de todo el ambiente. Por entonces escribe cosas tan bellas que se leen con renovado gusto, pese a las grandes diferencias que él mismo produjo después. Pero ha chocado con el mundo, no entiende ni lo entienden. Por la fricción con el subreino exterior, se aconsejaba a sí mismo:

…Y tú, ruiseñor mío, endulza tu tristeza,
enciérrate en tu selva, florécete y olvida;
sé igual que un muerto, y dile, llorando, a la belleza,
que has sido un huérfano en medio de la vida…

VIII

Esta incompatibilidad con el mundo de la apariencia no es sino un puente para enterrarse en el mundo pleno. Como Rilke, Juan Ramón estableció una clara diferencia, una manera de alejamiento social que redundaría en una entrañada manera de aproximarse a las raíces del ser y de las cosas. Con un prodigioso salto de la voluntad y del trabajo, salió de la melancolía quietista, de la penumbra, hacia su primera gran etapa, hacia la reconquista del clasicismo. Para Juan Ramón, la diferencia esencial entre clásico y romántico descansa en la atención, en el cuidado, en la voluntad que se ponga o se quite del poema; el clásico vela junto a su creación poética y no la permite sino aquello que conduzca hacia el encuentro o descubrimiento, hacia la encarnación sucesiva en poesía; el romántico da su poema sin pensar en la sustancia, sin voluntad creadora -canta con la inconsciencia del ave-, obediente a unos instintos, a unas ganas, a una espontaneidad, que no tienen programa ni finalidad. Clásico es equivalente, para nuestro hombre, a poesía española tradicional, pero de la tradición abierta, de la que él explica en forma bien precisa cuando dice en autoconfesión: «Canción, romance y verso libre (y prosa general) son las tres formas en que yo libertaría hoy gustosamente toda la poesía española o, al menos, la mía. ¿Qué necesidad tenía yo de calcar lo italiano, contando como contaba con el tesoro casi intacto para nosotros de la poesía de los árabes andaluces de Córdoba, Sevilla, Granada, tan unida en nuestros siglos medievales con los siguientes? De haber removido ese tesoro, yo hubiese realizado antes el simbolismo, ya que lo mejor del simbolismo es tan español por el lado de los árabes y los místicos que cualquiera puede comprobarlo. Más que alemán por la música o inglés por la lírica, como se dice, el simbolismo es por San Juan de la Cruz, español. ¡Qué no daría yo… porque todo el río, unos tres mil poemas huidores, manado en alejandrino franchute y en silva italianera, no lo hubiese escrito en corriente española; por no haber sido tan estúpido como lo fui en mi segunda juventud, por el parnasianismo y cierta parte del simbolismo… y por no tener que arrepentirme tanto de tanta versificación épica!».

IX

La paradoja que supondría iniciar una reconquista del clasicismo por el camino del sonetario espiritual es rota por Juan Ramón cuando hace el soneto salvado del itálico modo y lleno de una creciente libertad interior, aprendida en Lope, sacada de la sustancia española, que siempre es ética y tiende a lo trascendental. La libertad poética de este clasicismo está centrada en el alma y en sus problemas. Tiene sed de altura, desasosiego de mística, persecución de un ideal lejano. Ya antes, pronunciadamente, Juan Ramón venía diciendo que él —60→ buscaba con los poemas otra cosa de más allá; y su tristeza, y su deshumanización aparente, y su disgusto del mundo y de la calle, no eran sino preámbulos de una conciencia en carne viva. Es él el primero que siente la proximidad de la poesía como una torturadora visión bien real y bien cierta aunque difícil de acorralar, pero incansable en darle castigo y hambre a sus elegidos. Sabe que es un intermediario, un mensajero, y dice:

Poder que me utilizas,
como medio sonámbulo,
para tus misteriosas comunicaciones:
¡he de vencerte, sí,
he de saber qué dices,
qué me haces decir, cuando me cojes:
he de saber que digo, un día!

X

Esta lucha a brazo partido con el trance, con el espasmo de inspiración iluminada, con el arrebato, hace al clásico; no va a dejarse arrastrar a ciegas, sino que va a dedicar toda la vida a dialogar con la poesía, a preguntarse por qué, cómo, a qué objeto, para quién trabaja de veras en medio de tantas fatigas y tribulaciones. De los Sonetos Espirituales en adelante, con el gozne de oro del Diario de un poeta recién casado -ese libro radioso, inagotable, que puede situarse en la frontera del Juan Ramón romántico y el Juan Ramón clásico-, fijándose a la otra puerta de Estío, queda abierto en dos, en canal, el Juan Ramón llamado a eternidad. Ahora todo lo que escribe pasa por filtros y filtros, por revisiones y ajustes; se depura y concentra, debido a que tiene ante sí, a lo lejos durante el día, muy cercano durante el sueño, un modelo, una norma dictada por el destino. Se ve golpeado, traído y llevado, anegado desde el cielo por una constante lluvia de heladas flechas. Va descubriendo paso a paso lo que quiere, pero cada vez comprende mejor que lo que quiere es un heridor imposible. «Sin duda -dice- tengo una glándula que segrega “infinito”».
Con el Diario de un poeta recién casado, realiza una operación de salvamento total; ese mar que le dio tantos horizontes vivos, le dio también la plena —61→ conciencia de lo que buscaba; a los ojos del mundo iba a entregarse a un afán de perfección por la perfección misma; se le clasificaría como esteta, falseándola la vida a uno de los hombres que menos estetismo gratuito han padecido. Porque Juan Ramón trabaja hacia el perfeccionamiento del poema no para embellecerlo en rigor, sino para ajustarlo a una imagen, a una corrupción previa del poema. Va eliminando lo superfluo primero, y luego lo que a primera vista parecía necesario, pero que a los ojos del seguidor de la poesía resultaba estorboso. Se convierte en el sorprendedor, en el que no duerme:

Cada hora mía me parece
el agujero que una estrella
atraía a mi nada, con mi afán,
quema en mi alma.
Y ¡ay, cendal de mi vida,
agujereado como un paño pobre,
con una estrella viva viéndose
por cada májico agujero oscuro!

XI

Es la vida total entregada a la tarea poética. ¿Cómo se salva de la locura que no evadió Holderlin? Es realmente inexplicable, porque de cuantos hombres han tenido una idea fija, acaso Juan Ramón haya sido el más terco, el más inquebrantable, el más puro.
Y el más consciente, subrayemos. Porque al valor de dedicarse, de obedecer una llamada trágica en extremo, enloquecedora e implacable, unió este andaluz ensimismado el valor de ser enérgico y rotundo en sus preguntas; se daba aquello que lo metía en las redes de un destino, pero no lo hacía sin forcejear; después de estos libros mencionados como fronteras de su nuevo reino, de su ser nuevo, ya es una fuente que canta a gusto la fatalidad de su cantar. Suda y exuda la poesía por todos sus poros, pero no lo hace inconscientemente, no le ocurre hallarse con los poemas entre las manos, sin saber de dónde viene: él sabe, él quiere saber dolorosamente por qué le ha tocado este destino, por qué él y no otro ha sido el escogido. No es el genio, en el sentido que esta palabra tiene de generadores automáticos pasivos de la grandeza: es el hombre que se mira vivir, que se observa produciendo una forma de las cosas, una denominación sucesiva del mundo, y se siente feliz día a día con los frutos y claridades que recoge, pero que siempre vuelve sobre la cosecha, la revisa, la inspecciona, y se pregunta cómo ha sido, porqué ha sido, para qué ha sido… Halla, y lo dice, que su vida consiste en tener un alma abierta, con capacidad de expresión para redescubrir la realidad del mundo. Pone estos versos, que darían ellos solos a los pensadores alemanes materia para un libro denso y jugoso:

Las cosas están echadas;
más, de pronto, se levantan,
y, en procesión alumbrada
se entran cantando, en mi alma.

XII

Es Orfeo, es Dios, es el poeta. Esas cosas echadas son el mundo inerte, el mundo cotidiano, la creación repetida y olvidada a fuerza de hábito. Es la poesía quien las levanta a la vida de nuevo, quien las recrea. Y hay una voluntad lejana, tangente a la necesidad de crear, que es la sustancia, el motor del poeta y, por ende, la razón de ser de la poesía. ¿A quién ha de pertenecer esa voluntad de crear, o de recrear para los cansados ojos de los hombres los objetos del mundo? Obviamente ha de pertenecer, pertenece al reino de la creación pura, a la creación original, o sea, sin más, al Creador, a Dios. Por este breve encadenamiento se unifican los conceptos de poesía y de familiaridad con Dios; se entiende que, en definitiva, la poesía es una de las metáforas de Dios.
Juan Ramón Jiménez, a la hora de preguntarse a sí mismo por el sentido de su obra, hallaba que éste no era otro que el de «encontrar un dios posible por la poesía». Observaba que mucho antes de cristalizar en forma definida su concepto de Dios encerrado en la cáscara de la poesía, ya su ímpetu vital, su corriente creadora sentía y expresaba la nostalgia de un dios; en prueba de ello, Juan Ramón recordaba que al final de sus etapas iniciales, incluso de las más verdes y extranjerizantes, aparecía la idea de Dios en los poemas religiosos. Era el secreto enlace, el eslabón que mantiene, aún hoy, unidas estrechamente las poesías todas de Juan Ramón en un inmenso poema único -¡santa monotonía diversa de su obra!-, en una flor que fue deshojándose cuanto quiso hasta quedar desnuda y pura bajo el sí y el no de Dios, que son el día y la noche, la luna y el sol.
Un desafío, un diálogo a muerte con la poesía, con la soñada norma de perfecta expresión, fue dándole sucesivos hallazgos, revelaciones. Puede seguirse punto a punto en su obra, desde los albores de ella, el cerco tendido, la emoción de la proximidad; hay algo en Juan ramón del cazador que sabe cuál es la pieza que quiere cobrar, se echa a lo oscuro y denso del bosque, y no ceja. Hasta que un día -¡después de cuántos años, sufrimientos, sudores de sangre!, da de boca con el cuerpo buscado y se arroja frenético sobre él-. El encuentro tiene la misma emoción del matrimonio místico, del ligamento del Alma con el Esposo. Canta a la poesía, como el ruiseñor de San Juan le canta a Dios:

¡Ven ya del fondo de tu cueva oscura,
desnuda, firme y blanca,
y abrázate ya a mí, fin de mi sueño!
¡Reténme en nuestro abrazo,
como en una escultura material,
que nada, nunca, altere ni desuna!
¡Dame, de pie, el reposo;
dame el sueño, de pie;
dame, de pie y en paz, la sola idea,
el solo sentimiento,
la eterna fe en lo solo,
que en lo tanto, y en vano, espero, espero!

XIII

Nada, pues, de débil junquillo echado sobre un sofá componiendo poemitas para matar el ocio. Este hombrazo, Juan Ramón, es de un vigor, de una fuerza, de una reciedumbre, insólitas. Lo que se propuso fue lo más difícil y lo más arriesgado. Responder a la llamada de un espeso misterio, darle el frente de por vida y aceptar el reto de guerra a muerte, no es una empresa que los humanos admitan corrientemente. Se prefiere dar a entender que hay cosas más importantes, más «propias del hombre», como la política, la vida práctica en todas sus manifestaciones, la ocupación constante, los entretenimientos que no dejan poco a la meditación de lo ciertamente principal y decisivo. Y hundidos en esas infra-esferas, en esas cápsulas y tapaojos que tienen por objeto no dejar ver el mundo abierto, ni permitirle a la conciencia que se inquiete por el ser, pasan y repasan los hombres cotidianos, los que han llegado a injertarle a la magna maquinaria del universo un mundillo propio, local, hecho de costumbres rutinarias, de olvidos, de miedo a pensar. ¡Cuánta razón tenían los antiguos, y el Unamuno que los repitió, en aquello de que todo cuanto ocurre en la historia, en la política, en la vida de todos los días, sea revolución o quietismo, economía o progreso material, no tiene otro objeto ni finalidad que el servirles a los poetas como materia prima para sus cantos! Para sus cantos, es decir, para su poetizar, su recrear el mundo y su acercamiento a la presencia del Creador. Sólo que es enorme la energía requerida en un ser para consagrase a este trabajo. Juan Ramón, hombre fuerte, hombre de acero y granito en los fundamentos de su alma, explicaba:

¡Mis rodillas cojen, recias,
la desnudez magnífica –redonda, fresca, suave-
de la yegua parada de la vida!

Montar en pelo, bravíamente, ese animal terrible que es la vida, desnuda y pura, en sus raíces, en sus entrañas, es emprender una carrera de metas trágicas. Esto fue, esto quiso ser, la obra en marcha de Juan Ramón Jiménez. Un galopar hacia más adentro cada vez, hacia más abajo todos los días, más a lo hondo cada noche. Y el prodigio singular que nos ofrece es ese arco tendido en la órbita de una sola existencia: el hombre que se inicia en el encantamiento de las fuentes, de los rabeles, del agua quieta, de las violetas y nenúfares, y se va zafando, desnudando de ropajes, hasta llegar a escribir Espacio y Animal de Fondo, es uno que ha dado respuesta cumplida a su destino. Él lo veía claro cuando afirmaba:

Yo le he ganado ya al mundo
mi mundo. La inmensidad
ajena de antes, es hoy
mi inmensidad.

XIV

En lo solitario de esa inmensidad Juan Ramón veía que el vivir, y esencialmente el vivir poetizador, consiste en un diálogo entre el dios deseado por el hombre y el hombre deseado por Dios. Porque su originalidad principal radica en haber hallado al «dios deseante», al dios con deseos al respecto de los humanos. Tal idea -sintetizamos un pensamiento que requeriría muy extensa exégesis- es total y absolutamente congrua con el dogma católico, el completo, el perfecto, y se evidencia su verdad en la práctica cristiana, derivada directamente de Cristo, que es la encarnación del dios deseante. «Hoy pienso -decía Juan Ramón al final de sus años- que yo no he trabajado en vano en dios, que he trabajado en Dios tanto cuanto he trabajado en poesía». Lógicamente, el poeta, dador de nombres, da nombre también a Dios; y le da posesivo, para personalizarlo, cosa muy española. Para el Dios deseante tiene la audaz respuesta de la vida tocada a fondo, unificada con la del animal y con la del vegetal; para el Dios deseante, para el Creador que nos echó aquí, sobre la tierra, y luego nos espera de regreso a su reino, trasunto en conciencia ofrecida en la esencia, Juan Ramón tiene la grave polémica, la disensión que llamaríamos herética si él fuera un dogmático: hace coincidir al Dios deseante con la realización de la belleza:

Dios del venir, te siento entre mis manos,
aquí estás enredado conmigo, en lucha hermosa
de amor, lo mismo
que un fuego con su aire.
No eres mi redentor, ni eres mi ejemplo,
ni mi padre, ni mi hijo, ni mi hermano;
eres igual y uno, eres distinto y todo;
eres dios de lo hermoso conseguido,
conciencia mía de lo hermoso.
(…)
Tú, esencia, eres conciencia; mi conciencia
y la de otros, la de todos
con la forma suma de conciencia;
que la esencia es lo sumo,
es la forma suprema conseguible,
y tu esencia está en mí, como mi forma.
(…)
Eres la gracia libre,
la gloria del gustar, la eterna simpatía,
el gozo del temblor, la luminaria
del clariver, el fondo del amor,
el horizonte que no quita nada;
la transparencia, dios la transparencia,
el uno al fin, dios ahora solito en el uno mío,
en el mundo que yo por ti y para ti he creado.

XV

Este deslumbramiento de la perfección creadora humana es el gozo del artista que toca puerto después de sesenta años de viaje incesante. Teológicamente, no es sino la primera etapa de un nuevo conocimiento, de una nueva forma de existencia. Pensar que Juan Ramón iba a extasiarse por mucho tiempo como huésped de este nuevo reino, por vasto que él sea, es ignorar la esencia de la poesía y la absoluta identificación juanramoniana con esta esencia. Llegó a radiaciones como ésta:

«En el pedral un sol sobre un espino, uno.
y mirándolo, ¿yo?
Oasis de sequera vegetal
del mineral, enmedio de los otros (naturales
y artificiales, todas las especies)
de una especie diversa, y de otra especie
que tú, mujer, y que hoy, hombre;
y que va a vivir menos,
mucho menos que tú, mujer, si no lo miro.

Déjame que lo mire yo, ese espino (y lo oiga)
de gritante oro fúljido, fuego sofocante
silencioso, que ha sacado del fondo de la tierra
ese ser natural (tronco, hoja, espina)
de condición aguda;
sin más anhelo ni cuidado
que su color, su olor, su forma; y su sustancia,
y su esencia (que es su vida y su conciencia).
Una espresión distinta, que en el sol
grita en silencio lo que yo oigo, oigo.

Déjame que lo mire y lo considere.
Porque yo he sacado, diverso
también, del fondo de la tierra,
mi forma, mi color, mi olor; y mi sustancia,
y mi esencia (que es mi vida y mi conciencia),
carne y hueso (con ojos indudables),
sin una palabra iluminada,
que una palabra fuljidente,
que una palabra fogueante,
una espresión distinta, que en el sol está gritando
silenciosa;
que quizá algo o alguien oiga, oiga.

Y, hombre frente a espino, aquí estoy, con el sol
(que no sé de qué especie puedo ser
si un sol desierto me traspasa)
un sol, un igual sol, sobre dos sueños.

Déjanos a los dos que nos miremos».

XVI

Llegó y siguió hacia adelante. A quienes imaginen que dejó cerrada su obra y que, por lo tanto, pueden extraer consecuencias filosóficas de su pensamiento último, cabrá siempre regañarles por poco entendedores de la sucesividad de aquel pensamiento y de aquel sufrimiento con las propias advertencias suyas: «Me imagino que este mundo nuestro pasará, y nosotros con él, sin que ningún lírico encuentre esta décima musa de la belleza interior absoluta, sin que haya un poeta que pueda expresar ni definir esta absoluta poesía bella. El anhelo de expresarla es lo único que puede ser la poesía. Si alguien la pudiera expresar del todo, se acabarían para siempre el poeta y la poesía. Y éste es el drama poco pensado del poeta: que tiene que descifrar el secreto hermoso del mundo cantando, y cantando de un modo sacro, gracioso y alado al mismo tiempo, como quiso Platón, siendo como es un hombre…».
El anhelo de expresarla, repitamos, es lo único que puede ser la poesía. Ese anhelo fue vivido, ardido por Juan Ramón Jiménez en toda su existencia. Deseó a Dios y fue deseado por Dios. Quiso descorrer algunos de los velos que hoy nos separan de la cristalina contemplación del Creador y para ello prendió claridades más altas cada vez. Aprendió de nuevo que Dios es el hombre conseguido de los nombres, la suma de la poesía, el resumen de poetizar.
A la lengua nuestra, a la conciencia del integral mundo hispánico, tan inclinada a la rutina de Dios, a la burocracia y costumbre del nombre gastado y sin esencia, Juan Ramón dejó una ofrenda, un ejercicio sangrante, unas claves para penetrar de vivo y de lleno en el misterio. Su vida fue coronada por la visión premística del panteísmo que nace de una liberación, que hoy, por lo menos, es un mudarse a las vecindades de Dios, cuando no el deseable vivir pleno en Dios mismo. Lleno de sereno gozo, al final de su tarea, pudo decir:

Todas las nubes arden
porque yo te he encontrado,
dios deseante y deseado…

XVII

No había llegado al final, al Perfecto, pero había llegado al Sotero, a la salvación primera, pues la Poesía había sido su Paráclito. Y había vencido, dominado a la muerte, y a la reacia y fugitiva Poesía.
Ante el puente de su Obra total, puente hacia el cielo, hacia la libertad, hacia la creación, podemos reconocer el milagro, y tocar la encarnación de lo inefable, y confesar que por fin hemos visto, en nuestra lengua, cómo es cierto, cómo es verdad, cómo es sí, que allí ha estado la poesía. Pues la obra de Juan Ramón Jiménez pregona la realización de una experiencia esencial, y sentimos dentro de ella que la Extraña se hizo presente al fin, que el dios volcó su parusía, que la fugitiva dejó tomarse las huellas y el temblor. Esta obra nos lleva de la mano, de la mano de la muerte, a repetir la palabra, la oración que nos reclama desde su silencio un hermoso jardín: sí, Dios ha estado aquí de visita esta mañana.

http://www.biblioteca.org.ar/libros/154625.pdf

Gastón Baquero nació el 4 de mayo de 1918 en la ciudad de Banes, Oriente. Estudio Ingeniería agrónoma y se doctoró en Ciencias Naturales. Colaboró con diversas revistas como periodista en el Diario de La Marina, la revista Clavileño, de la que fue fundador, y colaboró en Verbum. Publicó sus poemas en Espuela de Plata y Orígenes donde colaboraban José Lezama Lima, Virgilio Piñera, Cintio Vitier y Eliseo Diego. En esta época publicó los libros de poesía: Palabras escritas en la arena por un inocente, Saúl sobre su espada y Testamento del pez.
Su labor periodística lo llevó a ser jefe de redacción del periódico conservador Diario de la Marina.
Tras el triunfo de la Revolución cubana en 1959 se exilió a la España franquista de los sesenta, donde su poesía dio un giro radical en Poemas escritos en España (1960), Memorial de un testigo (1966), Magias e invenciones (1984) y Poemas invisibles (1991). Trabajó en el Instituto de Cultura Hispánica, en la Escuela de Periodismo y en Radio Exterior de España. En España tuvo muchas dificultades y, aunque desarrolló lo mejor de su poesía, no recibió reconocimiento sino tardíamente.
Su obra fue publicada finalmente en Cuba en 2001 se permite la publicación de una antología poética, La patria sonora de los frutos (Editorial Letras cubanas).
En mayo de 1997 el Círculo de Bellas Artes, la Residencia de Estudiantes y Radio Nacional de España convocaron a un homenaje a Baquero pero ya Baquero había entrado en el hospital donde fallecería el 15 de mayo de un infarto cerebral.

BIBLIOGRAFÍA

Poemas (La Habana, 1942)
Saúl sobre su espada (La Habana, 1942)
Ensayos’ (La Habana, 1948)
Poemas escritos en España (Madrid, 1960)
Escritores hispanoamericanos de hoy’ (Madrid, 1961)
Memorial de un testigo (Madrid, 1966)
La evolución del marxismo en Hispanoamérica (Madrid, 1966)
Darío, Cernuda y otros temas poéticos (Madrid, 1969)
Magias e invenciones (Madrid, 1984), poesías completas hasta la fecha, a cargo del poeta boliviano Pedro Shimose
Poemas invisibles (Madrid, 1991)
Indios, blancos y negros en el caldero de América (Madrid, 1991)
Acercamiento a Dulce María Loynaz (Madrid, 1993)
La fuente inagotable (Valencia, 1995).
Poesía (Salamanca, 1995)
Ensayo (Salamanca, 1995)
Poesía completa (Editorial Verbum, 1998)
Geografía literaria. 1945-1996: crónicas y ensayos (Madrid, 2007)

 

 

 

 Ester Abreu Vieira de Oliveira

 

 

Natureza e Amor no canto de Juan Ramón Jiménez
A Juan Ramón: para lembrar o seu canto
Ester Abreu Vieira de Oliveira

Juan Ramón Jiménez (23 -12- 1881- 28 maio -1958) teve uma forte influência na poética da “Generación de 27”, e muito contribuiu para o crescimento poético espanhol no século XX. De 1921 a 1927, publicou em revistas parte de sua obra em prosa, e de 1925 a 1935 publicou seus Cuadernos, onde se encontram a maioria de seus escritos. Para Agustín Caballero (1957, p. XVIII), vida e poesia são inseparáveis em Juan Ramón Jiménez e sua melhor biografia é a totalidade de sua obra. Mas aqui, das quarenta obras poéticas, de Juan Ramón Jiménez, nos deteremos para citar algumas poesias de Libros de poesía (1957). Desta obra citaremos poemas de: Estio, 1915, Poesía, 1917-1923, Diário de um poeta, 1917, Eternidades, 1918, Piedra y cielo (1917-1918), Belleza (1917-1923) e Animal de fondo (1949).
É sempre destacável a evolução da poesia de Juan Ramón, diferenciando a sua produção, principalmente em duas épocas. No poema número cinco, de Eternidades, o poeta nos fala dessa evolução:

Vino, primero pura,
vestida de inocencia;
y la amé como un niño.
Luego se fue vistiendo
de no sé qué ropajes;
y la fui odiando sin saberlo.
Llegó a ser una reina
fastuosa de tesoros…
¡Qué iracundia de hiel y sin sentido!
Mas se fue desnudando
y yo le sonreía.
Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica
y apareció desnuda toda.
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!

(RAMÓN JIMÉNEZ, 1957, Eternidades, p. 577)

Na primeira produção de 1898-1915, sentem-se influências modernistas e simbolistas. Pertencem a essa época Rimas de sombra, Arias tristes, Jardines lejanos e Pastorales, livros nos quais o eu lírico mostra muita melancolia, de acordo com a moda simbolista, e a paisagem se funde com o sentimento. Seguem a estes as obras com expressões líricas mais artificiosas: Elegías, La soledad sonora, Poemas mágicos y dolientes, Laberinto e Melancolia. Caracteriza essa época por uma produção melancólica. Há descrições paisagísticas, alusões sobre a morte e uma busca do amor. Predominam os versos curtos. Nessa época encontram-se SONETOS ESPIRITUALES. 1: Amor. 2: Amistad y 3: RECOJIMIENTO (1914-1915) (RAMÓN JIMÉNEZ, 1957, p. 1-71) e ESTÍO (A PUNTA DE ESPINA) 1: Verdor y 2: Oro (1915 (RAMÓN JIMÉNEZ, 1957 p. 72-209). De Estío seguem: “Víspera” e “Epitafio”.

VÍSPERA.

NO estarás es estar,
o nunca haber estado.
¡Amar, amar, amar!
La muerte… o el pasado.

¡Ansia de la presencia,
que lleva siempre en sí
el porvenir, la ausencia…!
Perdí… gané… ¡perdí
de nuevo!

¡Pobre amor,
que eres la fe temprana
y el último dolor!
¡Ayer, solo, o mañana!

(Hoy, rosal que, en el sueño,
ornas el padecer
con tu verdad sin dueño!
No… [Mañana o ayer!

¡Loco, nocturno afán
de la lumbre primera!
… Fueron siempre… y se van
amor y primavera.

(Juan RAMÓN JIMÉNEZ, Estío. 1957, p. 142-143)

EPITAFIO
DE NOSOTROS
Muertos tú y yo. Lo mismo
que un día de esos vastos,
con el suelo muy hondo,
con el cielo muy alto.
Amor, mi cuerpo arriba,
tu alma, amor, abajo.

(J. RAMÓN JIMÉNEZ, Estío, 1957, p. 171)

Na segunda etapa de sua produção tem início em 1916, com DIARIO DE UN POETA RECIÉN CASADO 1: Hacia el mar. 2: El amor en el mar. 3: América del Este. 4: Mar de retorno. 5: España y 6: Recuerdos de América del Este escritos en España (1916) (1957, p. 301-566). No poema a seguir pode-se observar uma luta contínua do eu lírico com o mar. Há desalento, pessimismo, inquietação. Cada onda é um não. A negatividade está fortemente no “Não” final. Logo o mar é a negação.

¡NO!

EL mar dice un momento
que sí, pasando yo.
Y al punto
que no, cien veces, mil
veces, hasta el más lúgubre infinito.

No, ¡no!, ¡¡no!!, ¡¡no!!!, cada vez más
fuerte, con la noche…
Se van uniendo
las negaciones suyas, como olas,
— ¡no, no, no, no, no, no, no, no, no, no! —
y, pasado, todo él, allá hacia el este,
es un inmenso, negro, duro y frío
¡no!

(RAMÓN JIMÉNEZ, Diario de un poeta recién casado. 1957, p. 275)

Essa é uma época que se pode dizer intelectual. Ela dá abertura à sua estética pessoal, a poemas metafísicos, e a uma aproximação com a literatura anglo-saxônica (Whitman) e hindu (Tagore). Nela predomina o tema do mar, o verso livre, a rima assonântica e os adjetivos se tornam mais escassos. Encontram-se também nessa etapa as obras: Eternidades e Piedra y cielo em que beleza e leveza se fundem e se intensifica o desejo de eternidade. Há poemas breves de grande amplitude lírica. Uma amostra de leveza e um processo de depuração artística na procura de beleza sãos os poemas: 1 (um), em que a flor, a rosa, adquire uma intensidade poética e, na irrealidade do poema, torna-se perfeita e equivalente à palavra poética de um ideal puro, e 28 (vinte e oito), em que o eu lírico divide o poema em dois instantes um visível e outro invisível por ele. E o branco (nuvem) visível proporciona um questionamento, ao mesmo tempo em que se torna possível harmonizar o universo inteiro.

I
EL POEMA
¡No le toquéis ya más,
que así es la rosa!

(RAMÓN JIMÉNEZ. Piedra y cielo, 1957. p. 721)

Nube

Lo que yo te veo, cielo,
eso es el misterio:
lo que está de tu otro lado,
soy yo aquí, soñando.

(RAMÓN JIMÉNEZ. Piedra y cielo, 1957. p. 751)

Há sempre em Juan Ramón Jiménez uma constante reflexão de sua obra e uma busca pela claridade em tudo. E como poesia é comunicação, no desejo de comunicar-se por meio da poesia, o poeta procura a “palavra exata” que pudesse melhor expressar-se e comunicar-se com os demais, para isso o eu lírico exige uma inteligência absoluta. Encontramos esse desejo de expressar o seu interior não só em algumas Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, de quem encontramos ecos na poesia jimeniana, como também em alguns poetas simbolistas e modernistas. Mas o eu lírico clama pela “inteligência” (com j “intelijencia”, conforme a fonética andaluza). É uma intuição própria, uma intuição de essência, uma ida às coisas mesmas, ao âmago das coisas.

¡Intelijencia, dame
el nombre exacto de las cosas!
…Que mi palabra sea
la cosa misma,
creada por mi alma nuevamente.
que por mi vayan todos
los que no las conocen, a las cosas;
que por mí vayan todos
los que ya las olvidan, a las cosas;
que por mí vayan todos
los mismos que las aman, a las cosas…
“Intelijencia, dame
el nombre exacto, y tuyo,
y suyo, y mío, de las cosas!

(RAMÓN JIMÉNEZ Eternidades. 1957, p. 575)

A terceira época de 1937-1958, o poeta considera-a “suficiente” ou “verdadeira”. É a evolução de sua poesia de religiosidade imanente. O poeta confessa:

[…] Si en la primera época fue éstasis de amor, y en la segunda avidez de eternidad, en esta tercera es necesidad de conciencia interior y ambiente en lo limitado de nuestro modesto nombre. Hoy concreto yo lo divino como una conciencia única, justa, universal de la belleza que está dentro de nosotros y fuera también y al mismo tiempo. Porque nos une, nos unifica a todos, la conciencia del hombre cultivado único sería una forma de deísmo bastante. Y esa conciencia tercera íntegra el amor contemplativo y el heroísmo eterno y los supera la totalidad.
Los poemas místicos finales de mi primera y mi segunda época están publicados, en síntesis, en mis libros particulares y en mi “Segunda antolojía poética”. Y estoy tan lejos ahora de ellos como de mis presentes vitales de esos tiempos, aunque los acepto como recuerdos de días que de cualquier manera son de mi vida. (RAMÓN JIMÉNEZ, 1957, p. 1384)

Essa etapa compreende 29 poemas em “Animal de fondo”, (RAMÓN JIMÉNEZ, 1957, p.1327-1382), ou seja, tudo o que, em seu exílio, devido à Guerra Civil Espanhola, escreveu tanto nos Estados Unidos como na Argentina. Nesses poemas o poeta imortaliza um momento de êxtase de estado de graça alcançado. É um livro místico que tem como tema central a aspiração à eternidade. Deus está presente na beleza do universo e não na miséria. “Soy animal de fondo” (1957, p. 1381) é um poema que reflete a profunda religiosidade de Juan Ramón Jiménez, diferente da ortodoxa, que brota de um ideal religioso muito pessoal: “En el fondo de aire (dije) ‘estoy’,/ (dije) ‘soy animal de fondo de aire’ (sobre tierra),/ ahora sobre mar; pasado, como el aire, por un sol/ que es carbón allá arriba, mi fuera, y me ilumina/ con su carbón el ámbito segundo destinado. / Pero tú dios, también estás en este fondo […]” Segundo ele, o caminho em direção a um “deus” é a busca da beleza, poesia:

[….] lo mismo que cualquier camino vocativo, el mío de escritor poético, en este caso; que todo mi avance poético en la poesía era avance hacia dios, porque estaba creando un mundo del cual había de ser el fin un dios. y comprendí que el fin de mi vocación y de mi vida era esta ludida conciencia mejor bella, es decir general, puesto que para mi todo es o puede ser belleza y poesía, expresión de la belleza’(RAMÓN JIMÉNEZ, 1957, p. 1385)

Para registrar o misticismo jimeniano, segue o poema “Por tanto peregrino”:

POR TANTO PEREGRINO

Dios en conciencia, caes sobre el mundo,
como un beso completo de una cara entera,
en plano contentar de todos los deseos.
La luz del mediodía
no es sino tu absoluto resplandor;
y hasta los más oscuros escondrijos
la penetras contigo,
con alegría de alta posesión de vida.

El estar tuyo contra mí
es tu secuencia natural: y eres
espejo mío abierto en un inmenso abrazo
(el espejo que es uno más que uno).
que dejara tu imagen pegada con mi imajen,
mi imajen con tu imajen,
en ascua de fundida plenitud.

Este es el hecho decisivo
de mi imaginación en movimiento,
que yo consideraba un día sobre el mar,
sobre el mar de mi vida y de mi muerte,
el mar de mi esperada solución;
y éste es el conseguido
miraje del camino más derecho
de mi ansia destinada.

Por esta maravilla de destino,
entre la selva de mis primaveras,
atraviesa la eléctrica corriente
de la hermosura perseguida mía,
la que volvió, que vuelve y volverá:
la sucesión corriente de mi éstais de gloria.
Ésta es la gloria, gloria sólo igual que ésta,
la gloria tuya en mí, la gloria mía en ti.

Dios; esta es la suma en canto de los del paraíso
intentado por tanto peregrino.
(RAMÓN JIMÉNEZ, 1957, Animal de fondo, p. 1377)

Nas primeiras obras de Juan Ramón Jiménez predomina o verso curto, principalmente o “octossílabo” e a estrofe do romance. Ele elaborou cantares, ocupou-se da poesia popular, pois acreditava que a arte e a poesia popular constituem uma imitação de eruditas formas. Dominou a forma métrica do verso alexandrino modernista (14 sílabas métricas do espanhol) e manejou o soneto clássico com maestria. Em sua procura pelo absoluto, na terceira fase de sua produção, retorna à canção, à simplicidade, à métrica tradicional. Utiliza um léxico simples e uma linguagem poética baseada na fala cotidiana.

CANCIÓN
DE DESVELO

Pájaro del sueño rosa,
¿de dónde eres, dónde estás?

— Cómo entra, ojos cerrados,
en nuestra honda oscuridad?—

Pájaro del sueño dulce,
¿quién te llama, adónde vas?
(RAMÓN JIMÉNEZ, Beleza, 1957, p. 1093)

Juan Ramón nasceu em Moguer (Huelva) uma referência constante e saudosa em toda a sua obra e fonte de inspiração, como no poema “Moguer, de 23 de enero”.

Moguer. Madre y hermanos.
El nido limpio y cálido…
¡Qué sol y qué descanso
de cementerio blanqueado!
Un momento, el amor se hace lejano.
No existe el mar; el campo
de viñas, rojo y llano,
es el mundo, que el mar adorna sólo, claro
y tenue, como un resplandor vano.
¡Aquí estoy bien clavado!
¡Aquí morir es sano!
¡Este es el fin ansiado
que huía en el ocaso!
Moguer. ¡Despertar santo!
Moguer. Madre y hermanos.

(RAMÓN JIMÉNEZ, Diário de um poeta . 1957, p. 234).

O poeta se identifica com Moguer (RAMÓN JIMÉNEZ (2016) no poema “CUANDO YO ERA EL NIÑO DIÓS”, de Nubes (“Nubes sobre mi calle”) (1896-1902) . No poema, mistifica o lugar e mostra duas épocas: a da feliz infância “cada casa era un palacio” e da vida agrícola com a abundância fornecida pelos vinhedos. Depois faz referência da perda do pai “primer faltar”, da decadência financeira familiar, de sua depressão, ida a sanatório e volta a Moguer.

CUANDO yo era el niño dios, era Moguer, este pueblo,
una blanca maravilla; la luz con el tiempo dentro.
Cada casa era palacio y catedral cada templo;
estaba todo en su sitio, lo de la tierra y el cielo;
y por esas viñas verdes saltaba yo con mi perro,
alegres como las nubes, como los vientos, ligeros,
creyendo que el horizonte era la raya del término.
Recuerdo luego que un día en que volví yo a mi pueblo
después del primer faltar, me pareció un cementerio.
Las casas no eran palacios ni catedrales los templos,
y en todas partes reinaban la soledad y el silencio.
Yo me sentía muy chico, hormiguito de desierto,
con Concha la Mandadera, toda de negro con negro,
que, bajo el tórrido sol y por la calle de En medio,
iba tirando doblada del niño Dios y su perro:
el niño todo metido en hondo ensimismamiento,
el perro considerándolo con aprobación y esmero.
¡Qué tiempo el tiempo! ¿Se fue con el niño Dios huyendo?
¡Y quién pudiera ser siempre lo que fue con lo primero!
¡Quién pudiera no caer, no, no, no caer de viejo;
ser de nuevo el alba pura, vivir con el tiempo entero,
morir siendo el niño Dios en mi Moguer, este pueblo

No seu regresso a Moguer dedicou-se a atividades artísticas: pintura e poesia publicando as obras: Elegías puras, Elegías intermedias, Las hojas verdes, Baladas de primavera, Elegías lamentables, Pastorales, La soledad sonora e Poemas mágicos y dolientes. Também escreveu Platero y yo (1917). Nessa obra, prosa poética, mescla fantasia e realismo, numa destacável linguagem, apresentando as relações de um homem com um asno. É um dos livros mais traduzidos do espanhol, excetuando o Quixote.
A obra de Juan Ramón Jiménez é rica e variada, tanto em prosa como em verso. Em 1956 ganhou o Premio Nobel de Literatura. Destaca-se o seu canto pelo reconcentrado amor pela paisagem bela, serena; pela expressão de indizível realidade interior.

VUELTA

Árbol que traigo en mí, como mi cuerpo,
del jardín: agua, alma:
¡qué música me hacéis allá en mi vida;
cómo soy melodía y ritmo y gracia
de ramas y de ondas
de ondas y de ramas;
cómo me abro, con vosotros, y me cierro,
cojiendo el infinito,
y dejándole ir —luces y alas—!

(RAMÓN JIMÉNEZ. Poesia, 1957, p. 951)

O verso livre não é um verso fácil e para Juan Ramón, ele exige muita “arquitetura” interna e externa, muito mais que o verso regular. Não é importante a extensão do verso, mas a intenção que traz . Por isso condena o verso do retórico por ser vão e faltar-lhe espírito.

¡Tan bien como se encuentra
mi alma en mi cuerpo
-como una idea única
en un verso perfecto—,
y que tenga que irse y que dejar
el cuerpo — como el verso de un retórico—
vano y yerto!

(RAMÓN JIMÉNEZ. Eternidades. 1957, p. 646)

A poesia de Juan Ramón é espontânea, demonstrando o seu desejo de simplicidade, de uma poesia sem retórica, simples e bela (como uma criança ou uma rosa).

¿Dónde está la palabra, corazón,
que embellezca de amor al mundo feo:
que le dé para siempre —y sólo ya—
fortaleza de niño
y defensa de rosa?

(RAMÓN JIMÉNEZ Belleza. 1957, p. 118)

Segundo Juan Ramón Jiménez, a perfeição na arte é a simplicidade do espírito cultivado, é a espontaneidade. E ele conseguiu ressonância e profundidade em sua obra e proporcionou uma elevação e reconhecimento mundial da lírica espanhola.

REFERÊNCIA

RAMÓN JIMÉNEZ, Juan. Libros de poesía. Sonetos espirituales. Estío. Diario de un poeta recién casado. Eternidades. Piedra y cielo. Belleza. Poesía. La estación total. Animal de fondo. Recopilación y prólogo de Agustín Caballero. Madrid: Aguilar, 1957.
_______. disponible em: http://www.poesiacastellana.es/documentos/monogr% C3%A1ficos/214-monogr%C3%A1ficos-%E2%80%93-recital-08-03-2005-juan-ram%C3%B3n-jimenez.html. Acesso em 8. dez. 2016.

SAINZ DE ROBLES, Federico Carlos. Historia y antología de la poesía española (en lengua castellana) del siglo X al XX. Madrid: Aguilar, 1963.

Biografia de Ester Abreu Vieira de Oliveira
Brasileira de Muqui, Espírito Santo, e residente em Vitória ES, possui graduação em Letras Neolatinas pela Universidade Federal do Espírito Santo – Vitória (1960), Especialização em Filologia Espanhola – Madri (1968) Mestrado em Lingua Portuguesa pela Pontifícia Universidade Católica do Paraná – Curitiba (1983), Doutorado em Letras Neolatinas pela Universidade Federal do Rio de Janeiro (1994) e Pós-Doutorado em Filologia Espanhola: Teatro Contemporâneo- UNED – Madri (2003). Atualmente é aposentada e Professor Efetivo – (Voluntari) da Universidade Federal do Espírito Santo – UFES- CCHN- DLL-PPG Mestrado e Doutorado em Edtudos Literários. Foi professora e diretora de Pesquisa e Pós-Graduação (DIPEPG) do Centro de Ensino Superior de Vitória. Tem experiência na área de Letras, com ênfase em Línguas Estrangeiras Modernas, com estudos sobre a poesia, o teatro e a narrativa das literaturas hispânicas e literatura brasileira. É vice-presidente da Academia Espírito-santense de Letras, e Presidente da Academia Feminina Espírito-santense de Letras. Pertence ao Instituto Histórico, Geográfico do Espírito Santo, Associação Brasileira de Hispanista, Asociación Internacional de Hispanista, à AITENSO. Coordenou eventos e publicações de obras

 

 

 

 

 Monumento a Juan Ramón Jiménez en Moguer, obra de Elías Rodríguez Picón

 

 

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ / VIDA – BIOGRAFÍA

Juan Ramón Jiménez Mantecón viene a mundo en el seno de una familia acomodada de cultivadores y exportadores de vino. Nace en Moguer (Huelva) el 23 de diciembre de 1881, a las 12 de la noche, en la casa de sus padres, en la calle de la Ribera número 2, esquina con la calle de las Flores. Al poeta siempre le gustó decir que había nacido el día 24 y fue el tercer hijo del matrimonio formado por Víctor Jiménez Jiménez y Purificación Mantecón López-Parejo. “Nací en Moguer, la noche de Navidad de 1881. Mi padre era castellano y tenía los ojos azules; y mi madre, andaluza, con los ojos negros. La blanca maravilla de mi pueblo guardó mi infancia en una casa vieja de grandes salones y verdes patios. De estos dulces años recuerdo que jugaba muy poco, y que era gran amigo de la soledad…”. En sus primeros años, Juan Ramón acude a las migas o parvularios de Doña Domitila y Doña Benita Barroeta. Sus estudios de primaria y elemental los realiza en el Colegio San José de Moguer y en septiembre de 1891, realiza en el Instituto de Segunda Enseñanza de Huelva, el examen de instrucción primaria. Ya en bachillerato se examina en 1892 del primer curso y en 1893 del segundo, obteniendo calificaciones de notables y sobresalientes. En septiembre, de este mismo año, el poeta queda interno en el Colegio de los jesuitas de San Luis Gonzaga, del Puerto de Santa María (Cádiz), donde se educaban la mayoría de los hijos de la burguesía. Allí tuvo por compañeros, entre otros, al poeta Fernando Villalón y a Pedro Muñoz Seca. Es en este Colegio donde se manifiestan sus primeras inclinaciones artísticas como queda reflejado en sus libros y cuadernos, con algunos poemas y dibujos. En 1894, 1895 y 1896 se examina de los cursos correspondientes, obteniendo a su vez buenas calificaciones y en ese último año obtiene el Título de bachiller y regresa a Moguer.

 

 

 

Casa Museo Zenobia-Juan Ramón Jiménez

 

 

En el verano de 1896 se enamora por primera vez e inicia un noviazgo con Blanca Hernández-Pinzón Flores, próxima a su familia pues Victoria, su hermana, era novia de José Hernández-Pinzón, hermano de ella. En septiembre de ese mismo año Juan Ramón parte a Sevilla con la intención de estudiar la carrera de Derecho, aunque está mucho más interesado en el arte, pintura y poesía. Empieza a dar clases de pintura con el pintor gaditano Salvador Clemente. Pinta bodegones, paisajes, algunos retratos, copia a los grandes como Velázquez. En Sevilla vuelve a enamorarse Juan Ramón, en esta ocasión de Rosalina Brau, una puertorriqueña cuya belleza y personalidad le conmovieron.
Cuando, en septiembre de 1897, vuelve a Sevilla tampoco tiene intención de estudiar. Empieza a ir al Ateneo y allí, en su biblioteca, lee a Bécquer, a Rosalía de Castro y Jacinto Verdaguer, se familiariza con el Romancero y con la literatura clásica española y empieza a creer que puede llegar a ser algún día un gran poeta. Escribe y envía sus poemas a periódicos y revistas de Huelva y Sevilla: El Progreso, El Correo de Andalucía, El Noticiero Sevillano, El Programa, Diario de Huelva…

En la primavera de 1899 vuelve a Sevilla para estudiar con cierta dedicación y se matricula en Derecho. Aprueba Metafísica, pero suspende Historia crítica de España, y no se presenta a Literatura general y española. Decide que abandona los estudios para siempre. Le atrae la literatura, quiere ser poeta y comienza Juan Ramón a publicar en Vida Nueva, de Madrid. Villaespesa y Rubén Darío le invitan entonces a trasladarse a Madrid a luchar por el Modernismo.
En abril de 1900 Juan Ramón llega a Madrid. Lleva todos sus versos, reunidos bajo el título de Nubes. En la estación de Atocha le esperan Salvador Rueda, Francisco Villaespesa y otros. Villaespesa le lleva a visitar imprentas, plazas, iglesias, cementerios, cafés, museos, jardines; le presenta a Rubén Darío, Benavente, Valle-Inclán, Azorín y Pío Baroja, y le acompaña a las tertulias de los principales escritores. Sus nuevos amigos le aconsejan separar los versos de Nubes en dos libros de distinto tono: Almas de Violeta y Ninfeas, que no aparecerán publicados hasta septiembre de ese año. En mayo regresa a Moguer, algo enfermo y desencantado del ambiente literario que se respira en Madrid.

El 3 de julio de 1900 muere en Moguer, víctima de una embolia cerebral, don Víctor Jiménez, padre de Juan Ramón. La muerte del padre lo dejó anonadado, le había cogido desprevenido y pensaba que a él también podía sucederle. Las noches se le convirtieron en pesadillas, con el corazón disparado y con un inmenso miedo a la muerte. La tensión acumulada le agobiaba y casi no la podía resistir, y de pronto, una noche no pudo más, sintió que se ahogaba y cayó al suelo, desvanecido. Este ataque se le repitió en días sucesivos, sintiéndose morir antes de desvanecerse, y le quedó un profundo temor a una muerte repentina. Sólo le tranquilizaba la presencia de un médico. Su ansiedad constante se había convertido en fobia, en un temor mórbido a la muerte. Calmaba su ansiedad buscando una protección externa, reclamando siempre la presencia del médico. Se traslada a vivir a Fuentepiña, la finca de su familia situada a escasos metros de la casa del doctor Rafael Almonte. Un año después su familia le interna en un sanatorio francés para enfermos mentales Castel d´Andorte, en Le Bouscat, Burdeos, que dirigía el doctor Lalanne. Allí estuvo de mayo a septiembre de 1901, instalado en la propia casa del Dr., sin relación alguna con el resto de los internos, y creó una estrecha relación con él, su esposa y sus hijos. Escribe Rimas bajo influencia de los simbolistas franceses. En septiembre es ingresado en el Sanatorio del Rosario de Madrid, donde será cuidado por el Dr. Simarro.

 

 

 

Bodegón pintado por Juan Ramón Jiménez en 1897

En la habitación del sanatorio organiza reuniones que se convierten en tertulias a las que asisten Machado, Valle-Inclán, Benavente… El sanatorio cobró fama en la época por esas reuniones. El sanatorio fue escenario también de la publicación de Helios, la mejor revista de la prensa española de su tiempo. En 1903, Juan Ramón publicó Arias tristes, libro que provocó el episodio que durante años, se tuvo por leyenda: su romance epistolar con Georgina Hübner, una muchacha limeña de veinte años. El interés por conseguir un ejemplar de ese libro, y por obtener, al mismo tiempo, sus autógrafos y sus cartas, hace que un grupo de jóvenes peruanos se invente una admiradora imaginaria para que sostenga con él un idilio por correspondencia de continente a continente. Cuando las cartas empezaron a ser más íntimas, Juan Ramón quiere conocerla personalmente. Entonces, el grupo de bromistas decide enfermarla y presentarla muy grave recluyéndola en un balneario. Juan Ramón anuncia su deseo de viajar a Lima, y entonces el grupo decide terminar con la historia “matando” a Georgina de tisis galopante, y haciendo que el cónsul de Perú entregue al poeta un cable comunicándole su fallecimiento. Juan Ramón inmortalizó este romance en su famosa “Carta a Georgina Hübner en el cielo de Lima”, del libro Laberinto. En 1903, el poeta abandona el Sanatorio del Rosario y se va a vivir a casa del doctor Simarro, quién pondrá a Juan Ramón en relación con los pintores Emilio Sala y Joaquín Sorolla, con la Institución Libre de Enseñanza y con don Francisco Giner de los Ríos. Ninguna de esas amistades consiguió superar la intimidad que unió al poeta con el matrimonio Martínez Sierra.

A mediados de 1905, Juan Ramón regresó a su pueblo natal en busca de su restablecimiento. Antes de abandonar Madrid, el poeta daba a imprenta Jardines Lejanos. Este Moguer al que Juan Ramón vuelve no es el mismo que dejara. Desde el fallecimiento de su padre ha ido mermando la fortuna de la familia, que ahora está en litigios. Para Juan Ramón es una época triste, llena de preocupaciones, en la que se agrava nuevamente su enfermedad. No trabaja nada y le sigue acechando su temor a la muerte. Juan Ramón busca consuelo en el campo de Moguer. Días de lectura y de disfrute rural en los que, sin embargo, la enfermedad vuelve a rodear al poeta de temores y presagios angustiosos. De 1908 a 1913, Juan Ramón dará a la imprenta diez libros de poesía: en 1908, Elegías Puras; en 1909, Las hojas verdes y Elegías Intermedias; en 1910, Baladas de primavera y Elegías lamentables; en 1911, Pastorales, La soledad sonora y Poemas mágicos y dolientes; en 1912, Melancolía, y en 1913, Laberinto. Son los años, también, en que Juan Ramón brinda su amistad a Platero, un burrillo pequeño y peludo que acaba convirtiéndose medio de transporte y en compañero indispensable para ir de Moguer a Fuentepiña. De sus salidas al campo moguereño y de aquel contacto, empezarán a fluir las página de Platero y yo, el libro que inmortalizó a Juan Ramón, cuya primera edición menor, apareció el 12 de diciembre de 1914.

En 1913, animado por Ramón Gómez de la Serna, decide volver a Madrid para vivir allí definitivamente. El Banco de España ha decretado la ruina de su familia como herederos de un capital embargado y para dedicarse a la poesía sería más fácil en la capital. Juan Ramón se hospeda en la calle Gravina, pero su estancia allí dura apenas unos meses. El ruido le obliga a buscar otra casa. Se muda a la pensión Arizpe. En esta pensión el poeta estaba muy a gusto, aunque la tranquilidad que le rodeaba era todavía relativa. Al lado de las habitaciones ocupadas por Juan Ramón, pared por medio, vivían unos vecinos muy ruidosos: un matrimonio norteamericano que cuando tenía visitas tocaban el piano, charlaban a voces y reían tan alto que él tenía que dar golpes en la pared para que se callaran. En medio del ruido Juan Ramón percibía una voz agradable y una risa de mujer que llamaron tanto su atención que se propuso averiguar quién era la joven alegre. Era Zenobia Camprubí, la hija de uno de los ingenieros de la Junta de Obras del Puerto de Huelva, a la sazón establecido en La Rábida y que podría haber conocido allí en el año 1909.
Más tarde, enterado Juan Ramón de que Zenobia y los ruidosos vecinos asistían a los cursos para extranjeros que impartía la Residencia de Estudiantes, Juan Ramón asistió a una conferencia de don Manuel B. Cossío y logró ser presentado a Zenobia. Juan Ramón vive en esa época en la Residencia de Estudiantes, donde dirige las ediciones, también colabora estrechamente en el proyecto y decoración de la nueva residencia, en la calle Pinar. El poeta diseñó parte del jardín, la biblioteca y eligió muchos de los materiales de las distintas dependencias. Al mismo tiempo trabaja en la Editorial Calleja.

Zenobia era una joven de muchísimo talento que llamaba la atención. Juan Ramón se había enamorado. Además de culta y sensible, le parecía una mujer agradable, finísima y muy inteligente. Pero su noviazgo no fue fácil. Que Juan Ramón fuese grave para el carácter desenfadado y juvenil de Zenobia motivó que ésta no le correspondiera inmediatamente. A los románticos requerimientos de Juan Ramón responde Zenobia con bromas. No le resultó fácil a Juan Ramón llegar al corazón de su amada y convencerla de que también un poeta débil y triste como él podría hacerla feliz. Además, Juan Ramón no encajaba en el tipo de pretendiente que los Camprubí habían imaginado para su hija. Juan Ramón fue venciendo todas las dificultades.
En enero de 1916, Juan Ramón abandona Madrid, pasa una semana en Moguer, con su madre y hermanos, y el 30 embarca en Cádiz rumbo a América: va a casarse con Zenobia.

 

 

 

 

Certificado de matrimonio de Zenobia y Juan Ramón

 

 

El 2 de marzo, Juan Ramón y Zenobia contrajeron matrimonio en la iglesia de Saint Stephen, de Nueva York. Tres meses pasaron por tierras americanas: Boston, Filadelfia, Baltimore, Washington…En este viaje escribe Juan Ramón Diario de un poeta recién casado. En julio, Zenobia y Juan Ramón volvieron a Madrid. Alquilaron una vivienda en Conde de Aranda 16, y allí, comenzaron su vida de casados. Zenobia va a facilitar a Juan Ramón todo para que él pueda dedicarse a su obra. Juan Ramón vuelve a dar nuevos libros a la imprenta: en 1916, publica Estío; en 1917, Sonetos Espirituales, Poesías escojidas, Diario de un poeta recién casado y la edición completa de Platero y yo; en 1918, Eternidades, y en 1919, Piedra y cielo. A la par que a sus libros, se entrega Juan Ramón por estos años, en colaboración con su esposa, a la traducción al castellano de una parte de la obra de Tagore y otros autores de interés como el drama Jinetes hacia el mar, del irlandés John M. Synge.

En 1922 Juan Ramón publica su Segunda antolojia poética, y en 1923, Poesía y Belleza, tres libros de especial relevancia en la historia de nuestra literatura. En 1924, invitados por la familia García Lorca, Zenobia y Juan Ramón viajan a Granada. Son los años en que Juan Ramón publica varias revistas poéticas: Índice, Sí y Ley, en las que colaboraron un grupo muy selecto de poetas y escritores ya consagrados: Azorín, Gómez de la Serna, los hermanos Machado, Ortega y Gasset. En ellas aparecieron publicados también los primeros versos de los más jóvenes: Gerardo Diego, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Rafael Alberti, Manuel Altolaguirre, Carmen Conde, Antonio Espina, Corpus Barga. Y junto a ellos artistas tales como Benjamín Palencia, Juan Bonafé, Francisco Bores y Salvador Dalí. Al mismo tiempo que editaba estas revistas, Juan Ramón dio a la imprenta sus famosos cuadernos: en 1925, Unidad; en 1928, Obra en marcha; en 1932, Sucesión; en 1933, Presente, y en 1935, las Hojas que cerraron la serie. Todos esos cuadernos contenían únicamente textos de Juan Ramón: caricaturas líricas, cartas, prosas poéticas, poemas, ensayos, poesías revividas, aforismos y anticipos de sus libros inéditos.

En 1926, abre Zenobia una tienda dedicada al arte popular, en sociedad con su amiga Inés Muñoz. El establecimiento se llama “Arte Popular Español” y en él se venden bordados, encajes, mantillas y objetos de arte. Con ello hacía realidad un viejo proyecto: convertirse en intermediaria en la compra y venta de estos artículos a cambio de una pequeña comisión. Más provechoso resultó para Zenobia ocuparse de subarrendar pisos amueblados a diplomáticos extranjeros de paso por la capital de España, sus beneficios los destinó la pareja a sufragar los estudios de su sobrino Juan Ramón, ahijado del poeta e hijo único de su hermano Eustaquio. Los trabajos rentables no eran, sin embargo, la ocupación predilecta de Zenobia. También le gustaba ser útil, sólo por el gusto de serlo. A partir de 1925, algunas alumnas de la Residencia de Señoritas consiguieron, gracias a su mediación, bolsas de viaje para estudiar en varios colleges norteamericanos. Y cuando al año siguiente se funda en Madrid el Lyceum Club Femenino, Zenobia participa activamente en su organización, y es su secretaria durante los años que lo preside María de Maeztu. Al mismo tiempo, Zenobia ha colaborado con distintas sociedades humanitarias como La Enfermera a Domicilio, El Ropero de Santa Rita o el Comité de Higiene Popular.

 

 

Escrito de Zenobia al dictado de Juan Ramón que lo firma

 

 

En agosto de 1928 muere en Moguer doña Pura, madre de Juan Ramón. Sólo unos días después fallece en Madrid doña Isabel, la madre de Zenobia. Es un año de honda tristeza pero al año siguiente, viaja a España José Camprubí, el hermano mayor de Zenobia, y al regresar a los Estados Unidos regala a los esposos el pequeño Ford que han utilizado él y su familia para desplazarse en sus viajes por la península. A partir de ese momento –Zenobia fue una de las primeras mujeres españolas con carnet de conducir-, viajar se convierte para Zenobia y Juan Ramón en una de sus más preciadas aficiones. Durante dos años recorrieron media España. La otra media la recorrió Zenobia sola, acompañada de familiares o de matrimonios amigos.

La existencia del poeta se complica en estos años con el drama en que se vieron envueltos los esposos cuando, en julio de 1932, tras esculpir el busto de Zenobia, se quita la vida Marga Gil Roësset, la joven escultora enamorada de Juan Ramón con un amor que sabe imposible; su fulminante ruptura con Jorge Guillén, en marzo de 1933, cuando deja de cumplir lo pactado con Juan Ramón respecto a una colaboración solicitada para la revista Los Cuatro Vientos; su meditada e irrevocable decisión de no autorizar la inclusión de ninguno de sus versos en ninguna antología de poesía española que se publique a partir de 1934; y su segunda rotunda negativa a ser elegido académico, cuando en junio de 1935 es llamado a ocupar un sillón en la Real Academia Española y declina el honor para sorpresa de todos. Son los años también en que Juan Ramón, huyendo de los ruidos vecinales y callejeros se ve obligado a cambiar sucesivamente de domicilio: Conde de Aranda, Lista, Velázquez, Padilla…

En 1936 estalla la Guerra Civil Española y se mantiene fiel del lado republicano llevando una importante labor de acogida de niños huérfanos. Los Jiménez convierten en guardería uno de los pisos que Zenobia realquilaba a extranjeros y diplomáticos, donde acomodan a una docena de niños. Para sufragar la manutención de estos niños, el matrimonio empeña en el Monte de Piedad diversos objetos de valor que poseían.
Ante las noticias alarmantes que llegan, Juan Ramón empieza a vivir en continuo sobresalto. Sus propios amigos le instan a que salga de España. A mediados de agosto, Juan Ramón se entrevista con Manuel Azaña, presidente de la República, y le expresa su deseo de obtener pasaporte para salir de España con dirección a Puerto Rico, donde debe atender ciertos compromisos literarios contraídos con anterioridad al levantamiento militar. El 19 de agosto de 1936 se expidió a Juan Ramón pasaporte diplomático de Agregado Cultural honorario a la Embajada de España en Washington, y el 22, Zenobia y él atravesaron el paso fronterizo de La Junquera, con dirección a París. Cuatro días después embarcaron en Cherburgo en el ‘Aquitania’ rumbo a Nueva York. Atrás dejaban su casa, y en ella sus únicos bienes materiales: muebles y pertenencias personales, y con ellas los libros y los manuscritos del poeta, con toda su obra inédita. No llevaban demasiado equipaje, creyendo que la ausencia sería corta y la situación política se calmaría pronto. No fue así. Se llevaron 22 años en América.

Al llegar a Nueva York, los esposos intentaron recaudar fondos destinados a socorrer a los niños víctimas de la guerra. Después de un breve y descorazonante viaje a Washington en busca de apoyo al gobierno español que no interesó a nadie, los Jiménez embarcaron con dirección a Puerto Rico. En la isla Juan Ramón ultimó los detalles de las antologías que iba a publicar el Departamento de Educación, pronunció conferencias, se reunió con jóvenes universitarios y con niños de las escuelas… A finales de noviembre, al no encontrar en Puerto Rico talleres gráficos donde se pudieran imprimir las antologías, los esposos se trasladaron a Cuba. La Institución Hispanocubana le invita a dar una serie de conferencias en el teatro de la Comedia; traba amistad con los más jóvenes y mejores poetas y, a instancias suyas, se organiza un certamen para seleccionar y publicar los mejores poemas de aquel año y recogerlos en una antología con el título de La poesía cubana en 1936; participa en actos públicos de afirmación republicana, como el homenaje tributado a Federico García Lorca en el Teatro Nacional; colabora en las mejores revistas de la isla: Ultra, Carteles, Revista cubana, Verbum, Grafos, Lyceum…

Las confusas y alarmantes noticias sobre la guerra que reciben los esposos les llenan de amargura. Juan Ramón vive atormentado y con el pensamiento puesto en la tragedia que se cierne sobre tantos inocentes. En febrero de 1938, muere en el frente de Teruel, víctima de un proyectil enemigo, su sobrino y ahijado Juan Ramón Jiménez Bayo. La tristeza del poeta es indescriptible. Cinco meses después, los esposos viajan a Nueva York para que Zenobia disfrute de la compañía y el cariño de sus hermanos. La alegría de volver a encontrarse con ellos, mantuvieron a Zenobia sumida en un afanoso ir y venir, mientras Juan Ramón visitaba la Hispanic Society, asistía a los conciertos de la Filarmónica de Nueva York, o se perdía por las salas del Museo Metropolitano y las del Museo de Arte Moderno. A fines de noviembre volvieron a La Habana.

 

 

 

Declaraciones de Juan Ramón a la prensa cubana sobre la guerra

 

 

En enero de 1939, Zenobia y Juan Ramón dejaron Cuba para siempre y se instalaron en Coral Gables, Miami pues la situación económica que atravesaban ya se hacía insostenible y además el final de la guerra invalidaría sus pasaportes diplomáticos. Allí tropezaron con el inconveniente del calor, que les parecía insoportable, y el problema del idioma. Allí les llega la noticia del allanamiento de su piso de Madrid. Tres conocidos escritores asaltan su casa –respetada durante la contienda- y se han llevado cuadros, objetos de arte, fotografías, manuscritos, cartas, libros y otras pertenencias que solo en parte y tras larguísimas gestiones fueron devueltas, varios años después, a Juan Ramón.

En agosto, Zenobia y Juan Ramón, se trasladaron de nuevo a Nueva York. Al regresar, en octubre, a Coral Gables, encontraron un apartamento de su gusto, en un barrio silencioso y con jardines, y se instalaron en él. Juan Ramón volvió a trabajar como en sus mejores tiempos. Sólo las estrecheces económicas a las que a menudo debían hacer frente apagaban su entusiasmo. En enero de 1940, el poeta pronunció tres conferencias en la Universidad de Miami, y a continuación enseñó en la misma universidad un curso sobre poesía española contemporánea. En marzo los esposos viajaron a Orlando, donde ofrecieron conferencias que Juan Ramón daba en español, y Zenobia traducía en inglés con la intención de que lo entendieran bien. A lo largo de 1940, los Jiménez van a viajar dos veces a Nueva York, la primera, para comprar el coche que iba acompañarles durante el resto de sus vidas y la segunda para que Zenobia disfrutase de la compañía de sus hermanos. En octubre, Juan Ramón cayó enfermo y estuvo hospitalizado dos semanas.

En mayo de 1941, los esposos viajan a Dirham, en Carolina del Norte, para que Juan Ramón se someta en el hospital de la Universidad a un exhaustivo reconocimiento y le pongan un tratamiento que le devuelva la salud. En agosto regresaron a Coral Gables. En marzo de 1942, Juan Ramón volvió a dictar tres conferencias en la Universidad de Miami, y en julio participó, por segunda vez, en el curso de verano de la Universidad de Duke. Pronunció cinco conferencias y la que cerró el ciclo se convirtió en un homenaje de los estudiantes y los profesores al poeta español.
Entre 1939 y 1942, Juan Ramón escribió Romances de Coral Gables, que se publicó en 1948. En 1942 publicó Españoles de tres mundos; en 1945, Voces de mi copla; y en 1946, La estación total con las canciones de la nueva luz. En 1943, publicó en la revista Cuadernos Americanos, el fragmento primero de Espacio, un poema largo, de más de quinientos versos, que había comenzado a escribir en la Florida, cuya versión definitiva, puesta en prosa, apareció por primera vez en 1954, en la revista Poesía española. Al mismo tiempo que alumbraba Espacio, Juan Ramón escribió Tiempo, poema en prosa tan extenso como el primero, que no vio la luz hasta 1986.

En marzo de 1943, los esposos abandonaron Coral Gables y se instalaron definitivamente en Washington. Allí la vida del matrimonio se hizo nuevamente intensa y más interesante. En 1944, la Universidad de Maryland contrató a Zenobia para dar clases a los soldados que estudiaban español en el Programa de Instrucción del Ejército. Zenobia puso entonces de manifiesto sus hasta entonces ocultas dotes de maestra, y allí se quedó, como profesora de español, hasta 1951. El Departamento de Lenguas y Literatura Extranjeras contrató después a Juan Ramón para impartir seminarios para estudiantes graduados.

Los meses de septiembre y octubre de 1946 los pasaron Zenobia y Juan Ramón descansando en el Washington Sanitarium and Hospital, de Takoma Park. El poeta había pasado el verano algo abatido y pensaron que su estancia allí le resultaría beneficiosa. Por ese tiempo compraron una casa en Riverdale, a la que se mudaron en noviembre de 1947. Era una casita sencilla, de dos pisos, con un pequeño porche rodeada con un jardín de césped con olmos y robles y una buhardilla donde Juan Ramón podía guardar sus montones de libros y papeles. Allí escribió Juan Ramón su libro inédito Los olmos de Riverdale.
En agosto de 1948, la revista Anales de Buenos Aires invitó a Juan Ramón a dar una serie de conferencias en Argentina. El viaje resultó muy emotivo. Juan Ramón leerá cuatro conferencias en el teatro Politeama, de Buenos Aires. La presencia y la palabra del poeta, recibidas siempre con cálido aplauso, se extendió a otras ciudades: Córdoba, La Plata, Rosario, Santa Fe y Paraná. Durante este viaje, Zenobia y Juan Ramón pasaron una semana en Montevideo, donde el poeta leyó, en el teatro Solís, dos conferencias, y donde el Senado uruguayo celebró una sesión especial para tributarle un sentido homenaje. En Buenos Aires ofreció Juan Ramón una lectura de poemas de Animal de fondo, el libro que había comenzado a escribir a su salida de Riverdale. En noviembre regresaron a los Estados Unidos.

 

 

 

 Conferencia en Buenos Aires

 

 

A su regreso de Argentina, tenía nuevos proyectos. Empezó a trabajar en su obra sin descanso, sin advertir que su salud podía resentirse por su total dedicación. Llegó a ver publicado Animal de fondo, pero de repente sufrió una grave recaída. Posiblemente, la tarea que se había propuesto excedía a sus fuerzas y requería más tiempo del calculado, y eso le hundió en una prolongada depresión. En agosto de 1950, Juan Ramón ingresó en el Washington Sanitarium and Hospital, de Takoma Park, Maryland. Durante el otoño, Zenobia empezó a pensar en hacer un viaje a Puerto Rico, imaginando que el viaje por el mar y el volverse a encontrar en un país de habla hispana devolverían a Juan Ramón la salud perdida. En noviembre desembarcaron en San Juan. Los médicos del Hospital Presbiteriano que reconocieron al poeta diagnosticaron padecimientos nerviosos que requerían tratamiento adecuado. Tras descansar algunos días al aire libre, los esposos regresaron decepcionados a Riverdale. Antes de acabar el año el poeta volvió al Washington Sanitarium. Las últimas semanas de enero de 1951 las pasó internado en el Ugene Leland Memorial, hasta ser trasladado al pabellón psiquiátrico del hospital George Washington. Mientras Juan Ramón no mejoraba, Zenobia seguía pensando en volver a Puerto Rico u otro lugar donde él pudiera reponerse.

En marzo de 1951, los esposos regresaron definitivamente a Puerto Rico. Se instalaron en una pensión del barrio del Condado, donde había buenos médicos, exiliados españoles en los que Juan Ramón confiaba plenamente. En agosto Zenobia empezó a trabajar en la Universidad de Puerto Rico, y días después el matrimonio de mudó al Sanatorio Psiquiátrico Insular, donde el doctor García Madrid, que atendía a Juan Ramón, había habilitado un pabellón para vivienda de los tres. Juan Ramón empezó a mejorar lentamente. En noviembre de ese año 1951 los doctores diagnosticaron a Zenobia un cáncer de matriz. Se operó en Boston el 31 de diciembre en el Massachussets General Hospital. Regresó al lado de Juan Ramón el 1 de febrero. Juan Ramón pareció sanar de repente de todos sus males, pero en seguida recayó, y hasta agosto no acabó de sentirse totalmente curado. Reanudó su vida intelectual. En agosto de 1953, los esposos se mudaron a una casita de dos plantas en la barriada de Floral Park, de Hato Rey. Casi al mismo tiempo, Juan Ramón comenzó a dictar un curso sobre el Modernismo en la Universidad. Alternaba ese trabajo con la tarea de escribir nuevos poemas y ordenar y corregir los ya publicados. Estaba terminando Dios deseado y deseante, y preparaba tres nuevos libros: En el otro costado, Una colina meridiana y De ríos que se van. Reanudó también su colaboración con revistas y periódicos americanos, y empezó a enviar versos y prosas a las revistas de España que se los solicitaban.

 

 

 

 Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional Autónoma de México 1951

 

 

 

En marzo de 1953, la Universidad de Puerto Rico había celebrado el cincuentenario de su fundación inaugurando una magnífica biblioteca. Juan Ramón se sumó a la efeméride donando la suya completa: más de seis mil volúmenes. Dos años después, la Universidad agradeció tan generosa donación cediendo al poeta y a su esposa una gran sala para que sirviera de lugar de trabajo y a su muerte quedara convertida en centro de investigación encargado de honrar su memoria y custodiar los libros donados por Juan Ramón. Esa sala fue bautizada, por deseo del poeta, con el nombre de Sala Zenobia-Juan Ramón Jiménez.
Durante el primer semestre de ese año de 1953, el cáncer obligó a Zenobia a someterse a sesiones de rayos X. Al comenzar 1954, Zenobia volvió a recaer, y Juan Ramón sufrió una nueva depresión que le llevó de nuevo a los hospitales: primero al Hospital Municipal de Río Piedras, y después a Auxilio Mutuo. Al comenzar 1955, como la mejoría no llegaba, fue trasladado a la Clínica Psiquiátrica de Hato Tejas, cerca de su casa. A mediados de febrero recayó de nuevo, y con él Zenobia. Convencida de que volver a su tierra y reencontrarse con sus familiares y con su lengua devolverían a Juan Ramón la salud perdida, Zenobia empezó a pensar en un eventual regreso a España.

El año 1956 empezó con Juan Ramón calmado y contento, y Zenobia, mejorada y deseosa de vivir. Pero antes de acabar febrero Zenobia volvió a recaer. Al mes siguiente, los doctores confirmaron la reaparición del cáncer. En junio voló a Boston, para someterse a un severo reconocimiento en el Massachussets General Hospital. El diagnóstico no pudo ser peor. Tal vez no lograría sobrevivir mucho tiempo. Sólo tras recuperarse de las terribles heridas que le habían producido las prolongadas sesiones de rayos, podría esperar el milagro de una nueva intervención que le devolviese la vida por unos años más. En septiembre, volvió a Boston. Allí se desvanecieron todas las esperanzas. Su muerte era sólo cuestión de unas semanas, quizás unos meses. Regresó a Puerto Rico y fue internada en la Clínica Mimiya, de Santurce. Casi al mismo tiempo va a llegar a la isla Francisco Hernández-Pinzón Jiménez, el sobrino predilecto de Juan Ramón, llamado a Puerto Rico por Zenobia para que se ocupe del poeta en los días que sigan a su muerte. El 25 de octubre, la Academia Sueca concedió a Juan Ramón el Premio Nobel de Literatura. El 28 murió Zenobia. El 29 sus restos recibieron cristiana sepultura en el cementerio de Porta Coeli, de Bayamón, cerca de San Juan.

Tras las honras fúnebres por el alma de su mujer, Juan Ramón se encerró en una habitación de su casa para vivir en la oscuridad con su dolor. Dejó de comer, descuidó su higiene personal, se aisló de todo el mundo. Desnutrido y en un estado verdaderamente lamentable, fue ingresado en el Hospital Psiquiátrico de Hato Tejas. Un mes después, volvió, de nuevo, a la Universidad. En febrero de 1958, el poeta sufrió una aparatosa caída y se fracturó la cadera derecha. Operado, se restableció con rapidez, pero no volvió a andar. La familia del poeta trata de traerlo a España pero se niega. En los últimos días de mayo da su brazo a torcer y decide volver con su sobrino Francisco Hernández-Pinzón, pero Juan Ramón cayó enfermo de bronconeumonía. Trasladado a la Clínica Mimiya, de Santurce, no respondió al tratamiento de choque que se le impuso. El 29 de mayo muere Juan Ramón Jiménez en Puerto Rico, sin embargo, los restos de Zenobia y el poeta fueron trasladados a España y descansan en el Cementerio de Moguer, donde recibieron sepultura 6 de junio de 1958.

Bibliografía
Campoamor González, Antonio. Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Años Españoles (1881-1936). Sevilla, UNIA, 2014.
González Duró, Enrique. Biografía interior de Juan Ramón Jiménez. Madrid :, Libertarias/Prodhufi, 2002.

Vida – Biografía

 

 

Juan Ramón pintado por Joaquín Sorolla

 

Juan Ramón Jiménez. Obras

1900.- Nínfeas
1900.- Almas de violeta
1902.- Rimas
1903.- Arias tristes
1903.- Pastorales
1904.- Jardines lejanos
1907.- Baladas de primavera
1909.- Elegías andaluzas
1909.- Olvidanzas
1911.- La soledad sonora
1911.- Poemas mágicos y dolientes
1912.- Melancolía
1913.- Laberinto
1914.- Platero y yo
1916.- Estío
1917.- Diario de un poeta recién casado
1917.- Poesías escojidas
1917.- Sonetos espirituales
1918.- Eternidades
1919.- Piedra y cielo
1922.- Segunda antolojía poética
1923.- Belleza
1923.- Poesías de Juan Ramón Jiménez
1932.- Sucesión
1932.- Poesía en prosa y verso (1902-32)
1935.- Hojas
1935.- Canción
1936.- Poesía y prosa para niños
1937.- La poesía cubana en 1936
1942.- Españoles de tres mundos
1943.- Poesías
1945.- Voces de mi copla
1946.- La estación total con canciones
1946.- El Zaratán
1948.- Diario de poeta y mar
1948.- Romances de Coral Gables
1949.- Animal de fondo
1958.- Moguer

http://www.cervantes.es/ Fecha de actualización: marzo de 2016

 

 

 

Tumba de Zenobia y Juan Ramón en Moguer