Gabriela Mistral

Contenido: Gabriela Mistral. Introducción, fragmento inicial de El vuelo del velero Nova Era. Los sonetos de la Muerte y Besos, traducidos al portugués. Biografía y Cronología de Gabriela Mistral. Video con su voz

De los once premios Nobel de Literatura en lengua castellana, Gabriela Mistral, que lo ganó en 1945, es la única mujer. Aún más, fue la segunda mujer premiada en una nómina casi del todo masculina. Recibió el premio cuando aún las mujeres no tenían derecho al voto en las elecciones generales de su país. Esta circunstancia esencial, agranda su mérito. Y es un mérito constante, pues desde sus precoces escritos enviados a la prensa regional, de La Serena, Ovalle, así como a La Voz de Elqui, de su ciudad natal, Vicuña; encuentra una oposición, en buena medida, injustificada. Tal es la de Abel Madac, crítico, cuando se dirige en “cartas al director” a La Voz de Elqui: “La última producción de esta escritora de fecha 9 y que lleva por título ‘Voces’ ha venido a colmar por decirlo así mi afán por saber cuál es el origen de ese amargo pesimismo, ese lúgubre acento con que describe siempre con colores tétricos y sombríos el estado de su alma, pero todo ha sido inútil; en la forma, en el fondo de su artículo sólo se advierten frases huecas; expresiones altisonantes, llenas de énfasis, que no dicen nada a la mente, y, mucho menos al corazón; porque si debemos juzgar a la escritora por las producciones de su imaginación, ella sólo me da la idea de un cerebro desequilibrado, tal vez… por el exceso de pensar”.

Pero ahí está Lucila Godoy, con esa energía suya, para defenderse defendiendo a sus lectores. Primero da razones con el alma abierta: “No crea Ud. que pretendo elevar mis producciones a la altura de lo perfecto y notable que jamás tendrán, no; soy una novicia en la literatura…” Y el crítico responde de nuevo. Lucila cierra la polémica con un reto: pidiéndole que la critique cuando el crítico haya conseguido algún prestigio como escritor.
Luis Carlos Soto, antólogo de los poetas de la región de Coquimbo, la incluye en la antología destacando su pasión por Vargas Vila. Sobre ese aspecto Lucila llegó a decir: “A mis compatriotas les gusta mucho contarme entre las lecturas tontas de mi juventud al floripondioso Vargas Vila, mayoral de la época; pero esos mismos que me dan al tropical como mi único entrenador podrían nombrar también a los novelistas rusos, que varios de ellos aprovecharon en mis estantitos”.

La enorme importancia que aprecio en Gabriela Mistral, nombre de la escritora ya hecha; complemento de Lucila Godoy, para mí la escritora en ciernes y la maestra vocacional; se hace patente en los versos de mi largo poema “El elevado vuelo del velero Nova Era”. En él escojo a treinta y dos personajes históricos -de los que solo nombro a catorce- para efectuar el aventurado viaje en busca de un planeta habitable, para colonizarlo y prolongar en él la vida humana. Lucila Godoy forma parte de ellos.

Fragmento inicial de El vuelo del velero Nova Era
Poema de Pedro Sevylla de Juana

Adnotatio Praevia:
Envié a varios amigos el poema que aquí va, y sus reacciones fueron muy distintas. Desde la de aquellos que pidieron plaza en el velero, para ellos o para otros; hasta la de quienes establecían cierto paralelismo con el viaje de Cristóbal Colón. Preguntaban detalles sobre el objeto del viaje y la marcha de la nave, y tuve que precisar ciertos aspectos inconcretos. El título, adecuado a más no poder, procede de un amigo residente en São Paulo y nacido en Nova Era, estado de Minas. Una amiga, de Vitória, en Espírito Santo, experta en la vida y la obra de Florbela Espanca: “Um ente de paixão e sacrifício”, quiso que incluyera a la poeta portuguesa y, conociendo sus méritos sobrados, lo hice. Una amiga de Barcelona quería huir del economicismo imperante, de las enormes y crecientes desigualdades sociales originadas, del deterioro insostenible del equilibrio vital; y tuve que habilitar cuatro plazas más, para ella, su marido y los dos hijos. Debo añadir que Aurora, la capitana, nació en Salvador de Bahia de padre castellano y madre mediterránea. Por último, decir que mi Iberismo cultural, origen de mi Universalismo, me llevó de Portugal a Brasil, estados de São Paulo, Rio, Minas, Bahía, Pernambuco y Espírito Santo. Allí, en ES, Montanhas Capixabas, surgió de mi mente, el poema que dibuja el rumbo seguido a través de los elípticos campos siderales, y la llegada a la Tierra Prometida.

Un barco de vela de tres palos, cuyo nombre
es Nova Era,
impulsado por el viento cósmico
que origina un agujero negro,
abandona el Sistema Solar para dejar
en unos días
muy atrás la Vía Láctea.

Resuena “El Universo”, sinfonía imposible
compuesta e interpretada
por ciento veinte músicos de la familia Bach

Los palos Trinquete, Mayor y Mesana,
de aleación tan ligera e inalterable como el casco,
proporcionan confianza a Aurora Maris,
la capitana más intrépida que engendró
Naturaleza;
indómita mujer,
forjada en la aventura marina
al circundar La Tierra por los siete mares
comerciando en sedas y especias,
con ese barco sin remos ni cañones
que, al navegar,
sencillamente,
vuela.

Se oye en la inmensidad Blue Train, de John Coltrane

Olavo Bilac y Florbela Espanca, de escritura portuguesa;
Odiseo, el esperado, y su amada Penélope;
Erik, llamado el Rojo; Virgilio, Confucio, o Rei
dom Sebastião, Jules Verne, imaginativo practicante;
Maria Skłodowska, científica;
la maestra, poeta y diplomática Lucila Godoy,
Picasso, Galileo, uno de los grandes
del Renacimiento; y el escritor romántico
José Ignacio de Espronceda, viento en popa
a toda vela; son algunos
de los treinta y dos buscadores de un planeta
despoblado, dotado de agua y vida,
en el que puedan respirar, alimentarse,
reír y soñar;
donde la humanidad amenazada
consiga comenzar de nuevo,
trocando las pistolas y espadas de las panoplias,
por flautas, plumas de cálamo partido y pinceles.
Donde la filosofía, la investigación
y la docencia sean ocupaciones aventajadas,
los beneficios fabriles y comerciales respeten el ambiente
y permanezcan ajustados, se restrinja la herencia,
y los salarios mínimo y máximo caminen
de la mano. Una sociedad que reciba más
del más capaz, y entregue
más al más necesitado.

Suena Money Jungle, de Duke Ellington

letralia.com/letras/2016/05/27/el-elevado-vuelo-del-velero/

El velero Nova Era

Início de O elevado voo do veleiro Nova Era
Poema e tradução Pedro Sevylla de Juana

Adnotatio Praevia:
Enviei a vários amigos o poema que aqui vai, e suas reacções foram muito diferentes. Desde a daqueles que pediram praça no velero, para eles ou para outros; até a de quem estabeleciam verdadeiro paralelismo com a viagem do Cristóbal Colón. Perguntavam detalhes sobre o objecto da viagem e a marcha da nave, e tive que precisar certos aspectos indefinidos. O título, muito adequado, procede de um amigo residente em São Paulo e nascido em Nova Era, estado de Minas. Renata, uma amiga, de Vitória, em Espírito Santo, Brasil, versada na vida e a obra de Florbela Espanca: “Um ente de paixão e sacrifício”, quis que incluísse a poeta portuguesa e, conhecendo seus méritos sobrados, acedi. Carme, amiga de Barcelona, queria fugir do economicismo imperante, das enormes e crescentes desigualdades sociais originadas, do estrago insustentável no equilíbrio vital; e tive que habilitar mais quatro praças, para ela, seu marido e os dois filhos.
Devo acrescentar que Aurora, a capitã, nasceu em Salvador de Bahia de pai castelhano e mãe mediterránea. Por último, dizer que meu Iberismo cultural, origem do meu Universalismo, me levou de Portugal a Brasil, estados de São Paulo, Rio, Minas, Bahia, Pernambuco e Espírito Santo. Ali, em ES, Montanhas Capixabas, surgiu na minha mente, o poema que desenha o rumo seguido através dos elípticos campos siderais, e a chegada à Terra Prometida

Um barco de vela de três paus, cujo nome
é Nova Era,
impulsionado pelo vento cósmico
que origina um buraco negro de atividade intensa,
abandona o Sistema Solar para deixar
nuns dias
muito atrás a Via Láctea.

Ressoa “O Universo”, sinfonía impossível composta e interpretada
por cento e vinte músicos da família Bach

Os paus Trinquete, Maior e Mesana,
de liga tão ligeira e inalterável como o casco,
proporcionam confiança a Aurora Maris,
a capitã mais intrépida que engendrou Natureza;
indómita mulher,
forjada na aventura marinha
ao circundar A Terra pelos sete mares
comerciando em sedas e especiarias,
com esse barco sem remos nem canhões
que ao navegar
simplesmente voa.

Se ouve na imensidade Blue Train, de John Coltrane

Olavo Bilac e Florbela Espanca, de escrita em português;
Odiseo, o Esperado, e sua amada Penélope;
Erik, chamado do Vermelho; Virgilio, Confucio, o Rei
dom Sebastião, Jules Verne, imaginativo praticante;
Maria Skłodowska, científica;
a mestra, poeta e diplomáta Lucila Godoy,
Picasso, Galileo, um dos grandes
do Renascimento; e o escritor romântico
José Ignacio de Espronceda; são alguns
dos trinta e dois buscadores dum planeta
despovoado, doado de água e vida,
no que possam respirar, se alimentar,
rir e sonhar;
onde a humanidade ameaçada
consiga começar de novo,
trocando as pistolas e espadas das panóplias
por flautas, plumas de cálamo partido e pinceles.
Onde a filosofia, a investigação
e a docencia sejam ocupações aventajadas,
os benefícios industriais e comerciais
respeitem o ambiente e permaneçam ajustados,
se restrinja a herança,
e os salários mínimo e máximo
caminhem da mão.
Uma sociedade que receba mais
do mais capaz,
e entregue
mais ao mais necessitado.

Soa Money Jungle, de Duke Ellington

Tenacidad, constancia, conocimiento, imaginación, capacidad de adaptación al medio. Eso vi en Lucila Godoy, aprendiz y maestra a un tiempo, cuando la elegí para formar parte de mi grupo de escogidos. Así contó ella las dificultades de su magisterio:
“Cuando yo fui echada del Liceo de La Serena mi madre y mi hermana pensaron en sacrificarme en bien mío, y hacerme regresar a la Escuela Normal, pues las tres habíamos visto claramente que yo no haría carrera en la enseñanza a menos de conseguir la papeleta consabida, que las gentes llaman título, palabra que quiere decir nombre pero que no nombra nada. Yo acepté e hicimos el triple esfuerzo de preparar exámenes, de obtener la fianza del caso, y de comprar el equipo de ropa. El día que mi madre fue a dejarme a la Escuela Normal la subdirectora, una gruesa señora; nos recibió en la puerta y sin oírnos y sin dar explicación alguna que le valiese y me valiese, me declaró que yo no había sido admitida. Pedimos hablar con la directora y la obesa señora lo rehusó, porque la directora era una norteamericana que no hablaba español. En esto no mentía, el ministerio contrataba para sus criollos algunos profesores que ignoraban la lengua”.

“En mis andanzas por el mundo recibí una vez una invitación a su casa de esta pedagoga yanqui, es lástima que no tuviese tiempo de ir para conocer a la buena mujer que me echó de la Normal chilena sin saber porqué y sin haberme visto. Pasaron muchos años y cual fatalismo del mestizo yo no averigüé porqué había sido eliminada. Cuando era profesora de Los Andes unos ocho o diez años después, recibí la versión que dio a mi jefe de mi rechazo aquella subdirectora estupenda. Ella contó a doña Fidelia Valdés –como decía mi jefa de la época-, que en un consejo de profesores de la Normal de La Serena el capellán y profesor don Luis Ignacio Munizaga, había exigido al personal que por solidaridad con él se me eliminase, pues yo escribía unas composiciones paganas y podría volverme en caudillo de las alumnas. El ilustre sacerdote (que más tarde será un hombre bastante desgraciado) fue bien lúcido cuando dijo que yo era una pagana. Todo poeta, cualquier poeta es eso o no es cosa alguna. Puede ser un cristiano de aspiración y puede ser un místico si tiene una corporalidad pobre o si va para viejo –a los dieciocho años- que era mi edad no se es sino un pagano. Cuento el incidente para decir a mis compatriotas que no me quedé sin Escuela Normal por fuerza ni por gusto y gana; la vieja chilenidad me la quitó, me dejó sin ella, me la quitó a pesar de lo dadivosa que he sido para dársela a unas tres mil mujeres más o menos. La pérdida hoy no me duele; pero todos los maestros y los profesores que me negarían la sal y el agua en los veinte años de mi magisterio chileno y a los que tengo contados en otra parte, saben muy bien de cuánto me costó vivir una carrera docente sin la papeleta, el cartel y la rúbrica aquella”.

Lucila Godoy, educadora

Escribía y reescribía sus trabajos, buscando, no la perfección, sino la antesala, aún mejor. Hasta seis versiones diferentes tuvieron algunos escritos. Así sucede con los famosos “Sonetos de la muerte”, con los que concursó en Chile a los Primeros Juegos Florales de Santiago, organizados por la Sociedad de Artistas y Autores de Chile en 1914, 23 de diciembre. Obtuvo el primer lugar. Ganó la flor natural, la medalla de oro y la corona de laurel, por la trilogía de sonetos firmados con el seudónimo de Gabriela Mistral. Ella no asistió para recibir el galardón. Pero estuvo. Fue en tren desde Los Andes, y presenció la ceremonia mezclada con el público del Teatro Santiago. Asistía el presidente de la República, Ramón Barros Luco. El poeta Víctor Domingo Silva declamó sus sonetos. El nombre literario de Gabriela Mistral quedó consagrado definitivamente. Había cumplido 25 años de Edad. De los “Sonetos de la muerte” también hay varias versiones. La propia Gabriela Mistral, lo explica en los Cursos de Verano de Montevideo en 1938:

“Yo escribo sobre mis rodillas y la mesa de escritorio nunca me sirvió de nada, ni en Chile, ni en París, ni en Lisboa. Escribo de mañana o de noche, y la tarde no me ha dado nunca inspiración, sin que yo entienda la razón de su esterilidad o de su mala gana para mí… Creo no haber hecho jamás un verso en cuarto cerrado ni en cuarto cuya ventana diese a un horrible muro de casa; siempre me afirmo en un pedazo de cielo, que Chile me dio azul y Europa me da borroneado. Mejor se ponen mis humores si afirmo mis ojos viejos en una masa de árboles. Escribo sin prisa, generalmente, y otras con una rapidez vertical de rodado de piedras en la Cordillera. Me irrita, en todo caso, pararme, y tengo siempre al lado, cuatro o seis lápices con punta porque soy bastante perezosa, y tengo el hábito regalón de que me den todo hecho, excepto los versos.

En el tiempo en que yo me peleaba con la lengua, exigiéndole intensidad, me solía oír, mientras escribía, un crujido de dientes bastante colérico, el rechinar de la lija sobre el filo romo del idioma. Corrijo bastante más de lo que la gente puede creer, leyendo unos versos que aún así se me quedan bárbaros. Salí de un laberinto de cerros y algo de ese nudo sin desatadura posible, queda en lo que hago, sea verso o sea prosa.”

Manuscrito de Los Sonetos de la Muerte

Los sonetos de la muerte
Poemas de Gabriela Mistral

I
Del nicho helado en que los hombres te pusieron,
te bajaré a la tierra humilde y soleada.
Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,
y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

Te acostaré en la tierra soleada con una
dulcedumbre de madre para el hijo dormido,
y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna
al recibir tu cuerpo de niño dolorido.

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,
y en la azulada y leve polvareda de luna,
los despojos livianos irán quedando presos.

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,
¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna
bajará a disputarme tu puñado de huesos!

II
Este largo cansancio se hará mayor un día,
y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir
arrastrando su masa por la rosada vía,
por donde van los hombres, contentos de vivir…

Sentirás que a tu lado cavan briosamente,
que otra dormida llega a la quieta ciudad.
Esperaré que me hayan cubierto totalmente…
¡y después hablaremos por una eternidad!

Sólo entonces sabrás el por qué no madura
para las hondas huesas tu carne todavía,
tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.

Se hará luz en la zona de los sinos, oscura;
sabrás que en nuestra alianza signo de astros había
y, roto el pacto enorme, tenías que morir…

III
Malas manos tomaron tu vida desde el día
en que, a una señal de astros, dejara su plantel
nevado de azucenas. En gozo florecía.
Malas manos entraron trágicamente en él…

Y yo dije al Señor: -“Por las sendas mortales
le llevan. ¡Sombra amada que no saben guiar!
¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales
o le hundes en el largo sueño que sabes dar!

¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!
Su barca empuja un negro viento de tempestad.
Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor”

Se detuvo la barca rosa de su vivir…
¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?
¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!

Os Sonetos da Morte
Poemas de Gabriela Mistral
Traduçao de Pedro Sevylla de Juana

I
Do nicho gelado em que os homens te puseram,
te baixarei à terra humilde ensolarada.
Que devo me dormir nela os homens não souberam,
e que temos de sonhar sobre análoga almofada.

Te deitarei na terra ensolarada com uma
doçura de mãe para o filho dormido,
e a terra se fará suavidades de cuna
ao receber teu corpo de menino dorido.

Depois irei polvilhando terra e pó de rosas,
e na azulada e leve poeirada de lua,
irão ficando presos os ligeiros despojos.

Me afastarei cantando minhas vinganças formosas,
porque a essa fundura oculta a mão de nenhuma
baixará a me disputar teu punhado de ossos!

II
Este longo cansaço se fará maior um dia,
e o alma dirá ao corpo que seguir não quer
arrastando sua massa pela rosada via,
por onde vão os homens, contentes de viver…

Sentirás que a teu lado cavam briosamente,
que outra dormida chega à quieta cidade.
Esperarei que me tenham coberto totalmente…
¡e depois falaremos por uma eternidade.

Só então saberás por que não madura
para as fundas covas tua carne ainda,
tiveste que baixar, sem fadiga, a não ser.

Se fará a luz na zona dos fados, escura;
saberás que a nossa aliança sinal de astros tinha
e, rompido o pacto enorme, devias morrer…

III
Más mãos tomaram tua vida desde o dia
em que, a um sinal de astros, deixasse o plantio
nevado de açucenas. Em gozo florescia.
Más mãos funestamente cortaram o fio…

E eu disse ao Senhor: -“Pelas sendas mortais
lhe levam. ¡Sombra amada que não sabem guiar!
¡Arranca-o, Senhor, a essas mãos fatais
ou lhe afundas no longo sonho que sabes doar!

Não lhe posso seguir, não lhe posso gritar!
Sua barca empurra um negro vento de tempestade.
Retorna-o a meus braços ou lhe segas em flor”

Se deteve a barca rosa do seu avivar…
¿Que não sê do amor, que não tive piedade?
¡Tu, que me vais julgar, o compreendes, Senhor!

Fue tenaz y fue precoz, fue pionera, abrió puertas que se le cerraban. Así lo cuenta en sus escritos: “Empecé a trabajar en una escuela de la aldea llamada Compañía Baja a los catorce años, como hija de gente pobre y con padre ausente y un poco desasido. Enseñaba yo a leer a alumnos que tenían desde cinco a diez años y a muchachotes analfabetos que me sobrepasaban en edad. A la directora no le caí bien. Parece que no tuve ni el carácter alegre y fácil, ni la fisonomía grata que gana a las gentes. Mi jefe me padeció a mí y yo me la padecí a ella. Debo haber llevado el aire distraído de los que guardan secreto, que tanto ofende a los demás. A la aldea también le había agradado poco el que le mandasen a una adolescente para enseñar en su escuela. Pero el pueblecito con mar próximo y dueño de un ancho olivar a cuyo costado estaba mi casa, me suplía la falta de amistades. Desde entonces la naturaleza me ha acompañado valiéndome por el convivio humano; tanto me da su persona maravillosa que hasta pretendo mantener con ella algo parecido al coloquio. Con todo, me fui ganando un espacio y se pusieron a hacerme la vida. Por turno me traían un caballo cada domingo para que yo paseara siempre con uno de ellos. Me llevaban una especie de diezmo escolar en camotes, en pepinos, en melones, en papas, etc. Yo hacía con ellos el desgrane del maíz contándoles cuentos rusos y les oía los suyos. Ha sido ese tal vez mi mayor contacto con los campesinos después del mayor del Valle de Elqui”…

Escuela de Compañía Baja donde enseñó Lucila Godoy a los 14 años

Atacan algunos interesados a la maestra Lucila Godoy por donde más la duele, la falta de título académico, y ella se explica con estas palabras:
“Yo no los tengo, es cierto, mi pobreza no me permitió adquirirlo y este delito, que no es mío sino de la vida, me ha valido el que se me niegue, por algunos, la sal y el agua. Yo, y otros conmigo, pensamos que un título es una ‘comprobación de cultura’. Cuando esta comprobación se ha hecho de modo irredargüible, por dieciocho años de servicios y por una labor literaria, pequeña pero efectiva, se puede pedir sin que pedir sea impudicia o abuso. Usted no conoce mi vida de maestra y yo voy a resumirla en cuatro líneas porque la sé noble de toda nobleza… Con la obediencia y el deseo de servir de una empleada pública, accedí ir a Magallanes dejando atrás familia y todo, a ‘reorganizar’ el Liceo de Punta Arenas. Un pueblo entero, desde el obrero de la Federación hasta los capitalistas, pueden decir en qué forma cumplí mi misión. El Liceo de Temuco se encontraba en un caos de luchas internas y desorden, cuando el Gobierno me mandó allá. He conseguido llevar a él paz, verdad es que todas las profesoras son tituladas.

Trabajé, años antes, en una colección de poesías escolares (y trabajo en una de cantos) para los textos de lectura que sirven en todos los colegios. Todo esto es labor escolar, no literaria. Me dice usted en el acápite final de su tarjeta, que ‘no abuse de mi gloria’. No la tengo, mi distinguida compañera. Si la tuviese, no se me negaría el derecho a vivir, porque una gloria literaria es tan digna de la consideración de un país como una gloria pedagógica, y los pueblos cultos saben estimarla como un valor real, y saben defender a quien la tiene del hambre y del destierro. No la tengo; pero he contribuido mucho a que en América no se siga creyendo que somos un país exclusiva y lamentablemente militar y minero, sino un país con sensibilidad, en el que existe el arte. Y el haber hecho esto por mi país, creo que no me hace digna de ser excluida de la vida en una ciudad culta, después de dieciocho años de martirio en provincias.

Me enterneció su párrafo sobre sus hijos. Usted no quería ir a Temuco, porque no les faltara el sol, que es la vida. Yo también tengo una compañera, una madre anciana a quien no puedo llevar a los peores climas y a quien no veo, por esto, hace cuatro años.
Estoy absolutamente de acuerdo con usted en sus merecimientos para una dirección; lo estoy desde que, cuando iba usted a ir a Arica, deseé y trabajé porque fuera a Temuco, en mi lugar. Me dolió, como en carne propia, todo cuanto sufrió usted con la anulación de su nombramiento. No sólo es usted una profesora distinguida; es una gran mujer buena, un elevado y puro corazón, y la cuento entre la gente privilegiada que ha dado mi provincia: Magallanes, Silva, Mondaca, Molina, García Guerrero, etc. Y esto no lo digo sólo en esta carta; lo he dicho en todas partes a pesar de las amarguras que para mí ha tenido la campaña por el Liceo. Aunque me lo vede mi falta de título del Instituto Pedagógico, como no me lo veda mi corazón que la respeta y la quiere, me digo como siempre su compañera y la saludo muy cordialmente. Gabriela Mistral”.

Diplomática la autora también en Brasil, he querido traducir “Besos” como ejemplo de sus poemas de amor, entre los que se encuentran Ausencia: “Se va de ti mi cuerpo gota a gota”; Amor Amor: donde la progresión se marca en el último verso de cada cuarteto, siendo los otros tres argumento: lo tendrás que escuchar, lo tendrás que hospedar; Atardecer: Siento mi corazón en la dulzura / fundirse como ceras; Creo en mi corazón ramo de aromas, Desvelada, Día, Dios lo quiere, El amor que calla, Escóndeme: que el mundo no me adivine; Vergüenza: Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa; Volverlo a ver: y ser con él todas las primaveras; Yo canto lo que tu amabas: Soy la misma que fue tuya….

Besos
Poema de Gabriela Mistral

Hay besos que pronuncian por sí solos
la sentencia de amor condenatoria,
hay besos que se dan con la mirada
hay besos que se dan con la memoria.

Hay besos silenciosos, besos nobles
hay besos enigmáticos, sinceros
hay besos que se dan sólo las almas
hay besos por prohibidos, verdaderos.

Hay besos que calcinan y que hieren,
hay besos que arrebatan los sentidos,
hay besos misteriosos que han dejado
mil sueños errantes y perdidos.

Hay besos problemáticos que encierran
una clave que nadie ha descifrado,
hay besos que engendran la tragedia
cuantas rosas en broche han deshojado.

Hay besos perfumados, besos tibios
que palpitan en íntimos anhelos,
hay besos que en los labios dejan huellas
como un campo de sol entre dos hielos.

Hay besos que parecen azucenas
por sublimes, ingenuos y por puros,
hay besos traicioneros y cobardes,
hay besos maldecidos y perjuros.

Judas besa a Jesús y deja impresa
en su rostro de Dios, la felonía,
mientras la Magdalena con sus besos
fortifica piadosa su agonía.

Desde entonces en los besos palpita
el amor, la traición y los dolores,
en las bodas humanas se parecen
a la brisa que juega con las flores.

Hay besos que producen desvaríos
de amorosa pasión ardiente y loca,
tú los conoces bien son besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Besos de llama que en rastro impreso
llevan los surcos de un amor vedado,
besos de tempestad, salvajes besos
que solo nuestros labios han probado.

¿Te acuerdas del primero…? Indefinible;
cubrió tu faz de cárdenos sonrojos
y en los espasmos de emoción terrible,
llenáronse de lágrimas tus ojos.

¿Te acuerdas que una tarde en loco exceso
te vi celoso imaginando agravios,
te suspendí en mis brazos… vibró un beso,
y qué viste después…? Sangre en mis labios.

Yo te enseñé a besar: los besos fríos
son de impasible corazón de roca,
yo te enseñé a besar con besos míos
inventados por mí, para tu boca.

Beijos
Poema de Gabriela Mistral
Traduçao de Pedro Sevylla de Juana

Há beijos que pronunciam por si sós
a sentença de amor condenatória,
há beijos que se dão com a mirada
há beijos que se dão com a memória.

Há beijos silenciosos, beijos nobres
há beijos enigmáticos, sinceiros
há beijos que se dão só as almas
há beijos por proibidos, verdadeiros.

Há beijos que calcinam e que ferem,
há beijos que arrebatam os sentidos,
há beijos misteriosos que hão deixado
mil sonhos errantes e perdidos.

Há beijos problemáticos que encerram
uma chave que ninguém tem decifrado,
há beijos que engendram a tragédia
quantas rosas em broche hão desfolhado.

Há beijos perfumados, beijos tíbios
que palpitam em íntimos anelos,
há beijos que nos lábios deixam rastos
como um campo de sol entre dois gelos.

Há beijos que parecem açucenas
por sublimes, ingénuos e por puros,
há beijos traiçoeiros e covardes,
há beijos malditos e perjuros.

Judas besa a Jesús e deixa impressa
em seu rosto de Deus, a felonia,
enquanto a Magdalena com seus beijos
fortalece piedosa sua agonia.

Desde então nesses beijos palpita
o amor, a traição e as dores,
nos casamentos humanos se parecem
à brisa que joga com as flores.

Há beijos que produzem desvarios
de amorosa paixão ardente e louca,
tu os conheces bem são beijos meus
inventados por mim, para tua boca.

Beijos de flama que em rastro impresso
levam os surcos dum amor vedado,
beijos de tempestade, selvagens beijos
que só nossos lábios têm provado.

Te lembras do primeiro…? Indefinível;
cobriu tua face de rubores roxos
e nos espasmos de emoção terrível,
se encheram de lágrimas teus olhos.

Te lembras que uma tarde em louco excesso
te vi zeloso imaginando agravos,
te suspendi em meus braços… vibrou um beijo,
e quê viste depois…? Sangue nos meus lábios.

Eu te ensinei a beijar: os beijos frios
são de impassível coração de rocha,
eu te ensinei a beijar com beijos meus
descobertos por mim, para tua boca.
PSdeJ

Coquimbo

Amor a Romelio Ureta Carvajal, su gran amor, que primero fue suyo, luego fue de otra y después dejó de ser de nadie. Así se lo cuenta Lucila al amigo Manuel Magallanes, a quien, más tarde, amó:

“Alojaba yo cuando iba a Coquimbo en una casa que era los altos de la que él ocupaba. Esta noche de que voy a hablarle salía la familia a la playa. Temiendo verlo allá, yo no quise ir. Yo sabía que él estaba de novio y evitaba su encuentro. Lo quería todavía y tenía el temor de que me leyera en los ojos (él, que tanto sabía de ellos) ese amor que era una vergüenza. Desde el corredor de la casa se veía el patio de la suya. Me puse a mirar hacía abajo. Había luna. Vi el sirviente que traía de adentro unas ropas que pensé serían de él De su patrón-; después le oí gritar: “Ya me voy, patrón”. Comprendí que el patrón no había salido. Me senté y seguí mirando y oyendo. ¡Lo que vi y lo que escuché! La novia había venido a verlo y por evitar, quizás, la presencia del amigo con quien compartía la pieza, salió con ella al patio. Por otra parte, tal vez la luna los llamaba afuera. Trajo para ella un sillón: él se sentó en un banquillo. Recostaba la cabeza en las rodillas de ella. Hablaban poco o bien era que hablaban bajo. Se miraban y se besaban. Se acribillaban a besos. La cabeza de él -¡mi cabeza de cinco años antes!- recibía una lluvia de esa boca ardiente. Él la besaba menos, pero la oprimía fuertemente contra sí. Se había sentado sobre el brazo del sillón y la tenía, ahora, sobre su pecho. (El pecho suyo, sobre el que yo nunca descansé.) Yo miraba todo eso, Manuel. La luz era escasa y mis ojos se abrían como para recoger todo eso y reventar los globos. Los ojos me ardían, respiraba apenas; un frío muy grande me iba tomando. Se besaron, se oprimieron, se estrujaron, dos horas.

Empezó a nublarse, y cuando una nube cubrió la luna ya no vi más y esto fue lo más horrible. No pudiendo ver, imaginaba lo que pasaría allí, entre esos dos seres que se movían en un círculo de fuego. Yo había visto en ella temblores de histérica; él era un hombre frío, pero claro es que era de carne y hueso. No pude más.  Había que hacer que supieran que alguien los veía de arriba. ¿Gritar? No: habría sido una grosería. Despedacé flores de las macetas de arriba y se las eché desmenuzadas sobre lo que yo adivinaba que eran sus cuerpos. Un cuchicheo y, después, la huida precipitada. ¿Ha vivido usted, Manuel, unas dos horas de esa especie? -Vea usted lo que pasó al otro día. Iba yo a embarcarme para La Serena cuando al salir me encontré con él. Como otras veces, traté de huirle.  Me alcanzó y me dijo: Lucila, por favor, óigame. Tenía una mancha violeta alrededor de los ojos: yo otra un poco roja. La de él, pensé yo, es de lujuria ¡la mía era la del llanto de toda la noche! -Lucila, me dijo, mí vida de hoy es algo tan sucio que Ud. si la conociera no le tendría ni compasión. Quizás quería contarme todo; pero yo no le contesté no le inquirí de nada.

Lucila, le han dicho que me caso. Va Ud. a ver cómo va a ser mi casamiento; lo va a saber luego. ¿Qué pasaba en ese hombre a quien faltaban diez o quince días para unirse a aquella a quien, a juzgar por lo que yo oí, quería? ¿Qué alianzas son éstas, Manuel? Ella queriéndolo y explotándolo hasta hacerlo robar; él hablándome de su vida destrozada, a raíz de esa noche de amor con algo de la náusea en los gestos y en la voz. Esas son las alianzas de la carne. A la carne confían el encargo de estrecharlos para siempre, y la carne, que no puede sino disgregar, les echa lodo y los aparta, llenos ambos de repugnancia invencible. Siguió hablándome y acabó por decirme que en mi próximo viaje (que era en fecha fija) no iba a ir a esperar a la estación. No pudo ir; se mató quince días después. Le he contado esto para que crea usted que puede decírseme todo. Yo estoy segura de que no podré sufrir jamás lo que en esa noche de pesadilla. Estoy hecha para esto, para que se quieran a mi vista, para que yo oiga el chasquido de sus besos y les derrame jazmines sobre sus abrazos de fuego. Aquél en 1909; hoy, cualquier otro.. -¿Lo estoy ofendiendo, Manuel?  Perdóneme, en mérito de que le evito el relato fatigoso de lo que su carta ha hecho en mí. Los seres buenos se hacen mejores con el dolor, los malos nos hacemos peores. Así yo. Perdóneme”. -Su L. 20 de mayo. 1915.

Amor a los niños: “El futuro de los niños es siempre hoy, mañana será tarde”. Amor a Chile y a la tierra: sustento, enseñanza y alimento: Todo el libro “Poema de Chile”, y menciones constantes: “Han dado a Chile los comentaristas la forma de un sable, por remarcar el carácter militar de su raza. La metáfora sirvió para los tiempos heroicos. Chile se hacía como cualquier nación, bajo espíritu guerrero. Mejor sería darle la forma de un remo, ancho hacia Antofagasta, aguzado hacia el Sur. Buenos navegantes somos en un país dotado de inmensa costa”. “Yo veo el país en tres dimensiones: la geográfica, la económica, y hay todavía la moral. Cuando digo aquí moral, digo moral cívica”. “Toda cultura debería comenzar por la tierra”. Dudaba de sí, buscando un nombre que la representara; pero nunca dudó de la tierra que le daba esa fuerza, ese tesón enorme para luchar por lo suyo y por lo de todos, esa energía enorme, esa costancia que la elevó tan alto partiendo de abajo.

Monumento a Gabriela Mistral, obra de Francisco Gazitúa Parque Américo Vespucio Oriente (Santiago)

Biografía:

Gabriela Mistral nació el 7 de Abril de 1889 en Vicuña, ciudad nortina situada en el cálido Valle del Elqui, “entre treinta cerros” como ella misma gustaba de recordar. Fue bautizada como Lucila de María Godoy Alcayaga, según consta en los registros parroquiales de su ciudad natal. Su familia era de origen modesto. Sus padres fueron un profesor, Juan Jerónimo Godoy Villanueva, y una modista, Petronila Alcayaga Rojas.

La influencia de su hermana resultó determinante en su decisión de dedicarse a la enseñanza, promoviendo un pensamiento pedagógico centrado en el desarrollo y la protección de los niños. Su carrera docente fue sumamente precoz. Empinando los 15 años de edad, en 1904, ya había sido nombrada ayudante en la Escuela de La Compañía Baja, y en 1908 se desempeñó como maestra en la localidad de La Cantera. Su ingreso a la Escuela Normal de Preceptoras de La Serena se vio frustrado debido a la resistencia que despertaron algunos poemas suyos en círculos conservadores locales, que los calificaron como “paganos” y “socialistas”.

En 1910 se trasladó a Santiago, donde trabajó en la Escuela de Barranca y aprobó los exámenes especiales en la Escuela Normal de Preceptores. A partir de ese momento empezó a trabajar en distintas escuelas alrededor del país, como las de las ciudades de Traiguén, Punta Arenas, Antofagasta y Temuco. En esta última conoció al joven Neftalí Reyes Basoalto (Pablo Neruda), a quien introdujo en la literatura rusa.

Los progresos en la profesión docente corrieron paralelos al desarrollo de su producción poética. La prensa regional de La Serena (El Coquimbo), Ovalle y en Vicuña (La Voz del Elqui) difundió sus primeros escritos, entre los cuales se cuentan “El perdón de una víctima”, “La muerte del poeta”, “Las lágrimas de la huérfana”, “Amor imposible” y “Horas sombrías”, publicados entre agosto de 1904 y septiembre de 1910.

En 1908 sus trabajos fueron objeto de un primer estudio por parte de Luis Carlos Soto Ayala, quien recopiló en el volumen Literatura Coquimbana prosas como “Ensoñaciones”, “Junto al Mar” y “Carta íntima”. Durante su residencia en Coquimbito, Los Andes, compuso los famosos “Sonetos de la Muerte”, obra por la que obtuvo en septiembre de 1914 la más alta distinción en los Juegos Florales de ese año. Las lecturas que en ese entonces fascinaban a la autora incluían a Montaigne, Amado Nervo, Lugones, Tagoe, Tolstoi, Máximo Gorki, Dostoievski, Rubén Darío y Jose María Vargas Vila.

En junio de 1922 viajó a México invitada por el Ministro de Educación mexicano, el poeta José Vasconcelos, con el fin de colaborar en la reforma educacional y la creación de bibliotecas populares en ese país. Fue también en este año que apareció en New York Desolación bajo el alero del Instituto de Las Españas, dirigido por el crítico literario español Federico de Onís. A partir de esta publicación Gabriela Mistral adquirió reconocimiento y prestigio internacional siendo considerada como una de las mayores promesas de la literatura latinoamericana. También marca el inicio de una serie de publicaciones de la poetisa nacional en tierras extranjeras. En México se edita Lecturas para Mujeres en 1923 y un año más tarde en España se publica Ternura.

Durante la década de 1930 Gabriela Mistral dictó numerosas conferencias y clases en Estados Unidos, Centro América y Europa. En 1932 inició su carrera consular en Génova, Italia, pero que finalmente no logró ejercer al declararse abiertamente en oposición al fascismo. Hacia 1938 retornó a América Latina coronando este regresó con la publicación de Tala, libro editado en Buenos Aires a instancia de su amiga Victoria Ocampo. Posteriormente regresó a Estados Unidos con el respaldo de la Unión Panamericana.

A finales de la década de 1930 círculos literarios de distintos países comenzaron a promover a Gabriela Mistral para el Premio Nobel de Literatura. El Presidente Pedro Aguirre Cerda y la escritora ecuatoriana Adelaida Velasco Galdós se mostraron interesados en respaldar su candidatura a través de la traducción de sus obras.

En el ámbito de su vida íntima, la poetisa vivió trágicos episodios. En 1942, mientras vivía en la ciudad de Petrópolis, Brasil, fue impactada por el suicidio de dos de sus amigos, Stefan Zweig y su esposa, ambos judíos que habían huido de la persecución nazi. Un año más tarde, en 1943, recibió un golpe aún más doloroso, cuando su sobrino Juan Miguel, a quien apodaba con cariño maternal “Yin Yin”, también decidió quitarse la vida. Convertida en una figura pública, sus relaciones personales despertaron una curiosidad que aún no se extingue, particularmente en lo que concierne al vínculo con sus asistentes Laura Rodig y Doris Dana.

En 1945 la Académica Sueca galardonó finalmente a Gabriela Mistral con el Premio Nobel de Literatura, premio que recibió el 10 de diciembre de aquel año. Años después de este reconocimiento de carácter universal en Chile se le otorgó el Premio Nacional de Literatura en 1951. Galardón que viene coronado a nivel nacional en 1954 con Lagar, que corresponde al primer libro de toda su producción publicado en Chile antes que en el extranjero

El 10 de enero de 1957, luego de padecer y luchar largamente con un cáncer al páncreas, Gabriela Mistral falleció en el Hospital de Hemsptead, en Nueva York. De manera póstuma aparecieron libros que reunieron parte de sus prosas, rondas, cantos, oraciones y poemas, como Motivos de San Francisco en 1965, Poema de Chile en 1967 y Lagar II, entre otros. El Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional de Chile conserva actualmente el más importante fondo documental dedicado a su legado, compuesto por 563 piezas, que incluyen manuscritos, epistolarios, fotografías y otros documentos privados.
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Monumento a Gabriela Mistral, Plaza de Armas Osorno

Cronología
Por Inmaculada García Guadalupe

El periodo comprendido entre 1889 y 1921 abarca la infancia, las primeras incursiones en la literatura, los dolorosos comienzos como maestra rural en su país, hasta que abandona Temuco para dirigir una escuela de niñas de la capital, mientras publica sus primeros poemas en periódicos locales y empieza a colaborar con la prensa internacional.
1889
El 6 de abril nace en Vicuña, pequeña ciudad del valle de Elqui (Chile), Lucila Godoy Alcayaga, en el número 759 de la calle Maipú, hoy denominada calle Gabriela Mistral. Su padre, Juan Jerónimo Godoy, es un maestro de escuela con una sólida formación en latín, griego, filosofía, literatura y teología, que además escribe versos, como los que dedica a su hija nada más nacer: «¡Oh dulce Lucila / que en días amargos / piadosos los cielos / te vieron nacer». Petronila Alcayaga, su madre, es una modista y bordadora. La niña es bautizada en la parroquia de Vicuña con el nombre de Lucila María. A los pocos días de su nacimiento la familia se traslada al pueblo de La Unión, conocido hoy como Pisco.

 Petronila Alcayaga, madre de Gabriela Mistral.

 

1891
Lucila crece en La Unión entre las canciones de cuna que su madre le canta para arrullarla y las ausencias del domicilio familiar de la figura paterna. Las canciones de cuna serán un elemento importantísimo en su poesía, composiciones que adquirirán protagonismo en su libro Ternura: «Porque duermas, hijo mío, / el ocaso no arde más: / no hay más brillo que el rocío, / más blancura que mi faz. // Porque duermas, hijo mío, / el camino enmudeció: / nadie gime sino el río; / nada existe sino yo».

Jerónimo Godoy, padre de Lucila

1892
Juan Jerónimo Godoy abandona definitivamente a su familia cuando la pequeña Lucila cuenta con tan solo tres años, según algunos biógrafos de la escritora, por encontrarse sin trabajo como docente y no poder mantener el hogar. Petronila Alcayaga decide dejar La Unión y establecerse con Lucila en Montegrande, aldea en la que vive su otra hija, Emelina Molina Alcayaga —quince años mayor que Lucila y fruto de un matrimonio anterior—, que ejerce en la aldea como maestra rural. La figura materna será esencial en la infancia de la poetisa, como lo atestigua su composición en prosa «Evocación de la madre», una de las páginas más emotivas de su creación: «y a la par que mecías, me ibas cantando […]. En esas canciones tú me nombrabas las cosas de la tierra: los cerros, los frutos, los pueblos, las bestiecitas del campo, como para domiciliar a tu hija en el mundo».
1894
De la mano de su hermana Emelina recibe Lucila las primeras lecciones escolares y aprende a leer. Años más tarde reconocerá la importancia de la palabra de su hermana en su formación y le rendirá tributo en su poema «La maestra rural»: «La Maestra era pobre. Su reino no es humano. / (Así en el dolorso sembrador de Israel). / Vestía sayas pardas, no enjoyaba su mano / ¡y era todo su espíritu un inmenso joyel!».

Lucila en su Primera Comunión

1896-1897
Lucila vive su infancia rodeada por las majestuosas montañas de los Andes en el valle de Elqui, su verdadera patria a la manera rilkeana, el lugar que siempre la acompañará y al que siempre querrá tornar a través de sus poemas: «Un río suena siempre cerca. / Ha cuarenta años que lo siento. / Es canturía de mi sangre, / o bien un ritmo que me dieron. / O el río de Elqui de mi infancia / que me repecho y me vadeo. / Nunca lo pierdo; pecho a pecho / como dos niños nos tenemos».
Las montañas, los ríos, el canto de los pájaros, conformarán su posterior universo poético. Los árboles, las flores, las semillas de fruta, las piedras de formas sugerentes serán los amigos, los juguetes de su infancia rural.
1898-1899
Las plantas, las flores y los animales que rodean la infancia de Lucila adquieren nombre propio de la mano de Adolfo Iribarren, quien enseña a la inquieta niña botánica, biología, geografía y astronomía. Los cuentos, fábulas y leyendas de la región, que conoce a través de los relatos de las gentes del lugar, completan su formación. De su infancia rural dirá Gabriela años más tarde que de volver a nacer no elegiría otro lugar para hacerlo «por conservar los sentidos vívidos y hábiles siquiera hasta los doce años y saber distinguir los lugares por los aromas; por conocer uno a uno los semblantes de las estaciones: por estimar las ocupaciones esenciales […] de los hombres: el regar, el vendimiar, el ordeñar, el trasquilar».
1900
Lucila abandona su adorado valle de Elqui para ingresar en la Escuela Superior de Niñas de Vicuña. La experiencia resulta traumática para la niña, pues es acusada de haber robado unos cuadernillos de papel y sus compañeras la apedrean. Lucila rehúsa defenderse, aunque es inocente, y abandona la escuela. A su regreso al hogar familiar pasa una época sin querer volver a estudiar. Se reencuentra con sus juguetes, sus amigos, su valle y la prodigiosa naturaleza del lugar.
1901
Lucila y su familia, compuesta por su madre y su hermana Emelina, abandonan el valle de Elqui y se desplazan a la población de La Serena, donde la figura de su abuela materna, Isabel Villanueva, cobra especial importancia en su formación al acercarle al estudio y conocimiento de la Biblia. Desde La Serena se traslada la familia a la población costera de Coquimbo, donde Lucila ve por primera vez el mar. La playa se convierte para ella en un nuevo espacio de libertad, en otro paraíso más de su infancia en comunión con la naturaleza: «Y ahora va a ser el único: / ni viñas ni olor de pueblos, / ni huertas ni araucarias, / sólo el gran aventurero. / Déjame, mama, tenderme, / para, para, que estoy viéndolo. / ¡Qué cosa bruja, la mama! / y hace señas entendiendo. / Nada como ése yo he visto».

El mar desde la playa en La Serena

 

1902
A sus trece años Lucila escribe sus primeros versos. La niña no vuelve a ser matriculada en el colegio y comienza su formación autodidacta.
1903
Comienza a trabajar como maestra en la escuela del pueblo de La Compañía Baja, próxima a La Serena; a esta profesión consagrará toda su vida: «¡Señor! Tú que me enseñaste, perdona que yo enseñe; que lleve el nombre de maestra, que Tú llevaste por la Tierra. / Dame el amor único de mi escuela; que ni la quemadura de la belleza sea capaz de robarle mi ternura de todos los instantes […] Dame el ser más madre que las madres, para poder amar y defender como ellas lo que no es carne de mis carnes».
1904
Conoce al periodista Bernardo Ossandón, quien le permite el libre acceso a su magnífica biblioteca, lo que será crucial en la formación de Lucila. En esta época se acerca a autores que ya nunca la abandonarán: como los novelistas rusos, el poeta Federico Mistral y el pensador francés Michel de Montaigne. El 30 de agosto aparece en el periódico El Coquimbo su primera publicación, el cuento «La muerte del poeta», que firma con su nombre verdadero.

1905
Decide formarse como maestra, para lo que solicita su ingreso en la Escuela Normal de La Serena, pero es rechazada por las ideas vertidas en sus artículos periodísticos, al ser consideradas ateas y revolucionarias, impropias de una maestra destinada a formar niños. No obstante, continúa dictando clases en la escuela de La Compañía, donde enseña a los niños durante el día y a los peones y obreros por la noche. Colabora en el periódico La Voz de Elqui aún bajo su nombre verdadero, aunque en algunas colaboraciones utiliza los seudónimos de Soledad, Alguien, Alma, x, Alejandra Fussler, y el que le acompañará más tarde para siempre, Gabriela Mistral.
1906
Su preocupación por la educación de la mujer se plasma en el artículo «La instrucción de la mujer» —que aparece publicado en La Voz de Elqui—, texto en el que solicita que las mujeres tengan derecho a la educación.
1907
Lucila es trasladada a la escuela de La Cantera, en un pueblo dentro de la provincia de Coquimbo. En este lugar conoce a Romelio Ureta Carvajal, empleado ferroviario que se convierte en su novio. Con el propósito de ganar dinero en las minas parte al norte, prometiéndole a Lucila que se casarían cuando volviera. A su regreso, acontecido al poco tiempo, se rompe la relación y Lucila debe sufrir la decepción de verse reemplazada por otra mujer: «Él pasó con otra; / yo lo vi pasar. / Siempre dulce el viento / y el camino en paz / ¡Y estos ojos míseros / lo vieron pasar!».

1908
Enseña en la escuela de La Cantera, villorrio cercano a Coquimbo. Posteriormente es nombrada secretaria en el liceo femenino de La Serena. Algunos de sus poemas son incluidos en la antología Literatura Coquimbana, preparada por Luis Carlos Soto, quien saluda a la nueva y prometedora poeta en un estudio que dedica a su obra. Por esta época Lucila se acerca a la obra de Rubén Darío, cuyos alardes verbales, ritmo musical y mundo de princesas versallescas la cautivan.

1909
Ejerce como maestra en la escuela de Cerrillos (Coquimbo). Continúa publicando en los periódicos El Coquimbo y La Tribuna y comienza a colaborar en la revista Idea. Luego de haber sustraído dinero propiedad del ferrocarril del que era empleado, Romelio Ureta se suicida. En su chaleco se encuentra una tarjeta y una foto de la escritora, por lo que se la considera causante de esta muerte, lo que siempre negará Lucila, pues en aquella época ya no tenían ningún trato. La noticia impacta a la poetisa y la sume en un profundo dolor que se trasluce en «Los sonetos de la muerte», elegía en la que muestra su amor hacia Romelio y reclama el derecho a poseerlo al menos en la muerte: «Del nicho helado en que los hombres te pusieron, / te bajaré a la tierra humilde y soleada. / Que he de dormirme en ella los hombres no supieron, / y que hemos de soñar sobre la misma almohada […] Me alejaré cantando mis venganzas hermosas, / ¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna / bajará a disputarme tu puñado de huesos!».
1910
Lucila realiza un examen en la Escuela Normal n.º 1 de niñas de Santiago con el fin de obtener el título de maestra, objetivo que finalmente alcanza. Tras este logro es destinada a la escuela rural de Barrancas, localidad situada al norte de la capital. Posteriormente pasa a ejercer como profesora de secundaria en el liceo de niñas de Traiguén, situado al sur del país en la zona conocida como Araucanía, y comienza una vida itinerante que la llevará en su profesión de maestra por diversas escuelas e instituciones del país.
1911
Lucila es trasladada al norte del país, a la región minera de Antofagasta, donde desempeña el cargo de profesora de geografía e historia. En agosto fallece, a la edad de 54 años, su padre.

1912
Un nuevo traslado lleva a Lucila cerca de la capital, para desempeñar su cargo de inspectora y profesora de geografía y castellano en el Liceo de Los Andes. Comienza para ella una etapa feliz y tranquila, en la que se dedica plenamente a su labor creadora. Publica algunos poemas en la revista Sucesos y contacta con Rubén Darío, quien en ese momento se encuentra en París y dirige la revista Elegancias.

Tres premios Nobel: Mistral, Darío y Asturias

1913
Lucila recibe de Rubén Darío una cálida respuesta que la llena de alegría: en la revista que dirige el gran poeta saldrán publicados su poema «El ángel guardián» y su cuento «La defensa de la belleza». Comienza a emplear su seudónimo definitivo, Gabriela Mistral, que alterna con su nombre verdadero, en publicaciones como la Revista de Educación Nacional y Norte y Sur.

1914
Bajo el nombre de Gabriela Mistral, que ya nunca abandonará, envía una colección de poemas titulada «Los sonetos de la muerte» a los Juegos Florales de Santiago, concurso organizado por la Sociedad de Artistas y Escritores de Chile. Gabriela obtiene el primer premio —consistente en una orquídea de oro, un diploma y una corona de laurel—, pero no lo recoge por recato, a pesar de asistir a la ceremonia de entrega, en la que se mantiene alejada como un espectador más. A partir de este certamen adopta definitivamente el seudónimo de Gabriela Mistral, proveniente quizás de su admiración por los escritores Gabriel D´Annunzio y Federico Mistral.
1915
Publica en la revista Ideales su poema «Pinares», escrito a raíz de una visita realizada a Concepción, cuyo paisaje deja una profunda huella en la poetisa: «La montaña tiene / el pinar vestida / como un amor grande / que cubrió una vida […] El viento reposa / y el pinar se calla, / cual se calla un hombre / asomado a su alma. // Medita en silencio, / enorme y oscuro, / como un ser que sabe / del dolor del mundo».
Prosigue el descubrimiento de autores que influirán en su obra: Maeterlinck, Amado Nervo, Romain Rolland y Tagore. Ve publicadas muchas de sus composiciones en este año: «Los sonetos de la muerte» salen a la luz en la editorial Zig-zag, «La maestra rural» en la Revista deEducación Nacional y poemas como «Plegaria por el nido» o «La prevención» en las páginas de las diferentes revistas con las que colabora la autora. En esta época mantiene correspondencia con Manuel Magallanes Moure. El género epistolar será de gran importancia en la trayectoria de la poetisa, ya que a través del mismo desnuda su alma, muestra su lado más humano, su sensibilidad, sus anhelos y frustraciones.
1916
El profesor, abogado y político Pedro Aguirre Cerda entra en la vida de Gabriela Mistral, convirtiéndose en su amigo y protector.
1917
Es incluida en la antología de poetas chilenos Selva lírica, preparada por Julio Molina Núñez y Juan Agustín Araya. Poemas como «Los sonetos de la muerte», «La maestra rural» y «El ruego» son escogidos por los antologistas para celebrar la nueva voz poética que se alza esplendorosa.
1918
Pedro Aguirre Cerda nombra a Gabriela por medio de un decreto directora del liceo de niñas de Punta Arenas. La labor que desarrolla al frente de su nuevo cargo es importantísima: establece la escuela nocturna para personas adultas que no han podido estudiar, favorece la creación de bibliotecas, dicta conferencias, etc. En este lugar, distante y desolado, se reencuentra, una vez más, con la maravillosa naturaleza del país austral, lo que le permite escribir «Paisajes de la Patagonia», poemas que incluirá dentro de su primer libro: «Miro bajar la nieve como el polvo en la huesa; / miro crecer la niebla como el agonizante, / y por no enloquecer no cuento los instantes, / porque la noche larga ahora tan sólo empieza».

1919
El paisaje y la indómita naturaleza atrapa a la autora, quien disfruta de largos paseos y no cesa de recoger en su cuaderno el nombre de los pájaros y de las plantas, así como los cuentos que la gente del lugar le relata, lo que irá convirtiendo en materia poética. La muerte de Amado Nervo golpea duramente a Gabriela, para quien el poeta era uno de sus autores favoritos. De ese pesar deja testimonio en su poema «In memoriam»: «Amado Nervo, suave perfil, labio sonriente; / Amado Nervo, estrofa y corazón en paz: / mientras te escribo, tienes losa sobre la frente, / baja en la nieva tu mortaja inmensamente / y la tremenda albura cayó sobre tu faz».

Lucila Godoy con alumnas del Liceo de Niñas de Temuco.1920

1920
La importante labor educativa de Gabriela la lleva hasta Temuco, donde es requerida para mejorar el liceo de la región. Allí se encuentra con el joven Neftalí Ricardo Reyes Basoalto, conocido más tarde en las letras universales como Pablo Neruda. El gran poeta chileno siempre reconocerá la importancia del magisterio recibido de Gabriela, a la que dedica unas cálidas palabras en su libro de memorias Confieso que he vivido: «Por ese tiempo llegó a Temuco una señora alta, con vestidos muy largos y zapatos de taco bajo. Era la nueva directora del liceo de niñas. Venía de nuestra ciudad austral, de las nieves de Magallanes. Se llamaba Gabriela Mistral […]. La vi muy pocas veces. Lo bastante para que cada vez saliera con algunos libros que me regalaba. Eran siempre novelas rusas que ella consideraba como lo más extraordinario de la literatura mundial. Puedo decir que Gabriela me embarcó en esa seria y terrible visión de los novelistas rusos y que Tolstoi, Dostoievski, Chejov… entraron en mi más profunda predilección. Siguen acompañándome».
1921
Abandona Temuco y marcha hacia Santiago para dirigir el Liceo n.º 6 de niñas. Por esta época contacta con el escritor costarricense Joaquín García Monje, quien dirige la revista Repertorio Americano, de la que Gabriela pasa a ser colaboradora habitual.

1922
El gobierno mexicano ofrece a la poetisa participar en el programa educativo dirigido por el filósofo y ministro de educación, José Vasconcelos. Gabriela acepta el ofrecimiento y parte con Laura Rodig, que la acompaña en calidad de secretaria. En México es recibida por el poeta Jaime Torres Bodet y por la también maestra Palma Guillén, a quien más tarde dedicará su libro Talacomo reconocimiento a la profunda amistad que surge entre las dos. La escritora recibe un cálido homenaje a su llegada en el parque Chapultepec, donde no solo le esperan las autoridades del país sino también numerosos niños que la aclaman. Durante esta época Gabriela recorre el México rural y se gana el cariño de los lugareños, quienes aprecian su bondad y sencillez: «Esto en donde no estoy, / en el Anáhuac plateado, / y en su luz como no hay otra / peino un niño de mis manos. // En mis rodillas parece / flecha caída del arco, / y como flecha lo afilo / meciéndolo y canturreando […] Me miran con vida eterna / sus ojos negri-azulados, / y como en costumbre eterna, / yo lo peino en mis manos».

Por iniciativa del crítico español Federico de Onís es publicado el primer libro de la poetisa, Desolación, en la editorial que posee el Instituto de las Españas de Nueva York. La obra está dedicada a Pedro Aguirre Cerda, figura esencial en la trayectoria de la poeta, y a Juana de Aguirre. El poemario se cierra con un «Voto» en el que la autora declara: «Dios me perdone este libro amargo y los hombres que sienten la vida como dulzura me lo perdonen también. / En estos cien poemas queda sangrado un pasado doloroso, en el cual la canción se ensangrentó para aliviarme».
La estructura del poemario —que se encuentra dividido en las secciones «Vida», «Escuela», «Infantiles», «Dolor» y «Naturaleza»— nos permite apreciar que muchos de los temas mistralianos aparecen ya esbozados en este primer libro. El título de la obra describe un paisaje desolado que coincide con el estado psicológico de la autora: «La bruma espesa, eterna, para que olvide dónde / me ha arrojado la mar en su ola de salmuera. / La tierra a la que vine no tiene primavera: / tiene su noche larga que cual madre me esconde. // El viento hace a mi casa su ronda de sollozos / y de alarido, y quiebra, como un cristal, mi grito. / Y en la llanura blanca, de horizonte infinito, / miro morir inmensos ocasos dolorosos».
1923
Aparece la segunda edición de Desolación, publicada en Chile por la editorial Nascimento. Gabriela prosigue en México, donde se crea la Escuela Hogar Gabriela Mistral, que publica a la poetisa sus Lecturas paramujeres, obra de la que se imprimen 20.000 ejemplares.
1924
Abandona México, país que le deja un recuerdo imborrable. Las autoridades educativas le erigen un monumento como reconocimiento a su labor en estos dos años. Desde México se dirige a Estados Unidos, donde dicta conferencias en diversas universidades norteamericanas. Luego recorre Francia, Suiza —lugar en que se entrevista con Romain Rolland—, España e Italia —donde conoce a Giovanni Papini—.Su segundo poemario, Ternura, es publicado en Madrid por la editorial Saturnino Calleja. El libro aparece dedicado a su madre y a su hermana Emelina. El acento poético de Gabriela cambia en este libro, que versa sobre los niños y el mundo que los rodea.
1925
Regresa por barco a Chile y realiza escalas en Brasil, Argentina y Uruguay, lugares donde es homenajeada. Vuelve a La Serena, donde se dedica a cuidar de su madre. Como reconocimiento a su labor docente el parlamento chileno le concede una pensión de jubilación. La Sociedad de las Naciones aprueba su ingreso en el Instituto de Cooperación Intelectual, en el que representa oficialmente a Latinoamérica.
1926
Parte rumbo a París para desempeñar el cargo de consejera del Instituto Internacional de Cooperación Intelectual, lo que le permite entrar en relaciones con personalidades de la época: Henri Bergson, Madame Curie, Paul Valéry, George Duhamet y Francois Mauriac, entre otros. En Chile sale a la luz la tercera edición de Desolación.
1927
En París conoce a algunos de los intelectuales más relevantes del momento, como Paul Rivet o Miguel de Unamuno, quien en ese momento se encuentra desterrado en la capital francesa y de quien dirá Gabriela: «Dos o tres años quedó vacante su cátedra de griego en Salamanca. Yo espero, para guardarlo entre los pocos hechos limpios de nuestro tiempo, el ejemplo de esos profesores españoles que dos o cuatro veces leyeron la convocatoria a concurso para reemplazar a su sabio y no se presentaban, haciendo fracasar el concurso […]. Pero al fin se halló un candidato y, por desgracia, fue un cura. La plaza se llenó: ¡pobre profesor con semejante sombra a su espalda en el pupitre!». Acude a Italia para participar en un congreso de maestros. Posteriormente viaja a Ginebra para asistir al congreso de protección de la infancia. Es nombrada miembro, junto a Alfonso Reyes y Alcides Arguedas, del comité editorial de la Colección de Clásicos Iberoamericanos, organizada por el Instituto Internacional de Cooperación Intelectual con el propósito de dar a conocer a los lectores de habla francesa los escritores hispanoamericanos de más renombre, como Rubén Darío y José Martí.
1928
Participa en la Primera Conferencia Internacional de Maestros, que tiene lugar en Buenos Aires, con un texto titulado «Los derechos del niño». Adopta a su sobrino Juan Miguel Godoy Mendoza, de cuatro años de edad —al que cariñosamente llamará Yin Yin—. El niño era hijo de su hermanastro Carlos Miguel Godoy y de una maestra española que este había conocido en la Península, cuando viajó a alistarse como voluntario en la Legión Extranjera. Muerta su madre a causa de la tuberculosis, el niño pasó a manos de Gabriela. A través del artículo «La cacería de Sandino» la escritora toma partido por el rebelde nicaragüense y contra la política intervencionista de Washington ejercida contra Nicaragua: «Mister Hoover ha declarado a Sandino “fuera de la ley”. Ignorando eso que llaman derecho internacional, se entiende, sin embargo, que los Estados Unidos hablan del territorio nicaragüense como del propio, porque no se comprende la declaración sino como lanzada sobre uno de sus ciudadanos». Representa a Chile y Ecuador en el Congreso de la Federación Internacional Universitaria de Madrid. Por iniciativa del Consejo de la Sociedad de las Naciones acepta un cargo en el Consejo Administrativo del Instituto Internacional de Cinematografía Educativa, institución con sede en Roma. Su primer proyecto al frente de este cargo será la filmación del cuento de Perrault La bella durmiente del bosque.

1929
La poeta sigue viviendo en Europa. Representa a Chile en Madrid, en el Congreso de Mujeres Universitarias. En esta ciudad recibe la noticia de la muerte de su madre, Petronila Alcayaga Rojas, en la población de La Serena, cuya pérdida sume a Gabriela en una profunda tristeza: «Madre mía, en el sueño / ando por paisajes cardenosos; / un monte negro que se contornea / siempre, para alcanzar el otro monte; / y en el que sigue estás tú vagamente, / pero siempre hay otro monte redondo / que circundar, para pagar el paso / al monte de tu gozo y de mi gozo». Un nuevo revés golpea a Gabriela: el Gobierno de Chile le retira su sueldo de maestra y se queda en Italia sin recursos económicos. Paradójicamente, este percance se convierte en un beneficio para su obra, que se incrementa notablemente al verse obligada a mantenerse dictando conferencias y publicando artículos y ensayos en periódicos y revistas. Poemas suyos son incluidos en la Antología de poetas hispanoamericanos preparada por Alice Stone Blackwell para una editorial de Nueva York.
1930
Colaboraciones de la autora se suceden en las más prestigiosas revistas y suplementos literarios del mundo hispano: El Universal de Caracas, el ABC de Madrid, La Nación de Buenos Aires, El Mercurio de Santiago y el Repertorio Americano de San José publican sus artículos y sus famosos «Recados», poemas que serán recogidos más tarde en su libro Tala. Realiza su segundo viaje a Estados Unidos invitada por la Universidad de Columbia. A lo largo de un semestre dicta cursos de literatura e historia hispanoamericana en Barnard College y en Middlebury College.
1931
Viaja a Puerto Rico invitada por la universidad de la isla. Recorre las Antillas, el Caribe y los países centroamericanos. En la República Dominicana, Cuba, Panamá, El Salvador, Costa Rica, Guatemala —donde recibe el doctorado honoris causa— es recibida con honores por las universidades y la intelectualidad de los distintos países.
1932
El Gobierno chileno otorga a la escritora un cargo consular, siendo destacada a Nápoles, donde no podrá desempeñar sus funciones por impedírselo el gobierno de Mussolini, que confina a la poetisa en arresto domiciliario en Roma. Gabriela será la primera mujer chilena que disfrute de un cargo diplomático, si bien el puesto asignado no es de los más altos dentro del escalafón diplomático; sin embargo, el salario le permitirá vivir dignamente y solventar sus preocupaciones económicas.
1933
Llega a Barcelona, donde recibe una nueva invitación de la Universidad de Puerto Rico para dictar una serie de conferencias. El Gobierno chileno destaca a Gabriela Mistral en Madrid.
1934
Visita diversas ciudades españolas: Málaga, Mallorca y Barcelona. La Secretaría de Educación de La Habana edita su conferencia La lengua de Martí.
1935
El Gobierno chileno aprueba una ley especial por la que se le concede el cargo consular de modo vitalicio, iniciativa promovida por un grupo de intelectuales europeos entre los que se encuentran Miguel de Unamuno, Romain Rolland, Ramiro de Maeztu y Maurice Maeterlinck entre otros. Desavenencias surgidas con los intelectuales españoles la llevan a abandonar pronto el país y a establecerse en Lisboa.

1936
La época vivida en Lisboa es, para Gabriela, feliz, tranquila y de gran producción. En suelo lusitano escribe la serie de poemas llamada «Saudade», que aparecerá incluida más tarde en su libro Tala. Dicta conferencias y colabora en las principales publicaciones portuguesas. Estalla la Guerra Civil española, acontecimiento que la golpea profundamente. Se desplaza a París para formar parte de las reuniones del comité de publicaciones de la Colección Clásicos Iberoamericanos.
1937
Continúa en Portugal desempeñando el cargo consular asignado. Realiza viajes a Francia, Dinamarca y Brasil. Su vinculación con el Comité de Cooperación Intelectual le permite prestar ayuda a los profesores españoles que han dejado el país huyendo de la guerra.

1938
Publica Tala, su tercer poemario. La poeta destina los derechos de autor a los niños españoles víctimas de la guerra civil. Tala es un nombre alegórico que simboliza la cosecha, unos poemas que están esperando a ser recolectados. En esta obra la poetisa quiere entregarse a los niños, a la tierra. En el libro, además, aparece por primera vez su voluntad americanista, su intención de cantar al gran continente al que pertenece, la importancia concedida al mestizaje y al elemento indigenista en el que ella misma se reconoce: «En el campo de Mitla, un día / de cigarras, de sol, de marcha, / me doblé a un pozo y vino un indio / a sostenerme sobre el agua, / y mi cabeza, como un fruto, / estaba dentro de sus palmas. / Bebía yo lo que bebía, / que era su cara con mi cara, / y en un relámpago yo supe / carne de Mitla ser mi casta».

Recorre Uruguay y Argentina. Permanece una temporada en Buenos Aires, invitada por su amiga Victoria Ocampo. Luego de trece años sin pisar suelo chileno regresa a su país, donde es recibida calurosamente y homenajeada por las principales instituciones y por la intelectualidad. Para Gabriela el reencuentro con los paisajes de su infancia resulta muy emotivo. Tiene la oportunidad de visitar nuevamente su adorado valle de Elqui. La comunión con la bella naturaleza de su querido Chile le inspira poemas como «Volcán Osorno» y «Lago Llanquihue»: «Bebo quieta lo que me das, / igual que bebe, curvado, el ciervo, / bebo pausada, regustándote, / bebo y sólo sé que te bebo […] Lago de Llanquihue, arcángel / que se me da prisionero, / gesto que mi antojo sirves, / abajadura del cielo, / doblada y caída, no hablo, / cegada de sorbo ciego, / y de ser tuya nada digo: / te bebo, te bebo, te bebo».
Prosigue su derrota por tierras hispanoamericanas. Viaja por Perú, Ecuador y Cuba. En las principales ciudades de estos países dicta conferencias: en Lima sobre O’Higgins, en Guayaquil sobre Juan Montalvo, en La Habana sobre José Martí.

1939
Realiza su tercer viaje por Estados Unidos. Parte rumbo a Francia, concretamente a Niza, para desempeñar sus funciones consulares. Comienza a hablarse de la candidatura de Gabriela Mistral al Premio Nobel, campaña encabezada por la escritora ecuatoriana Adelaida Velasco Galdós y respaldada por los más destacados intelectuales latinoamericanos del momento.
1940
En Francia se prepara una antología de su obra que irá acompañada de un prólogo de Paul Valéry. Este prologuista no satisface a Gabriela, quien considera que Valéry, pese a ser un hombre de cultura sólida, es incapaz de captar la esencia de la literatura hispanoamericana, situación que había dejado patente en su prólogo a la edición de la obra de Mariano Brull. Por orden de la autora se paga a Valéry el prólogo realizado y se encarga otro a Miomandre. Para huir de la guerra solicita ser trasladada a Brasil, adonde viaja con su sobrino Yin-Yin.

 Gabriela y su querido Juan Miguel Godoy Mendonza: Yin-Yin

1941
Desde Niteroi, Gabriela marcha a Petrópolis, ciudad próxima a Río de Janeiro. En este lugar entabla contacto con el escritor judío de origen austriaco Stefan Zweig y su esposa, quienes huyendo de los horrores de la guerra y de la persecución nazi se habían refugiado en el país sudamericano. Las visitas de la escritora al matrimonio Zweig son frecuentes y nace de ellas una profunda amistad.
1942
Ante la amenaza inminente de ser entregados a los nazis, Stefan Zweig y su mujer se suicidan, lo que constituye un tremendo golpe para Gabriela. Fruto de este dolor será el artículo «La muerte de Stefan Zweig», en el que la poeta recuerda la última conversación que mantuvo con el escritor austríaco y realiza una semblanza del personaje: «Porque no sabemos todo lo que este hombre padeció desde hace unos siete años, desde que el escritor alemán fiel a la libertad pasó a ser bestia de cacería. Su sensibilidad superaba a la mostrada en sus libros […]. Su repugnancia a la violencia era no sólo veraz: era absoluta. Le importaban todos los pueblos y se había apegado muchísimo a los nuestros».
1943
La muerte vuelve a sacudir los pilares de la existencia de la poetisa: su sobrino Yin Yin se suicida con arsénico. La poesía vuelve a ser el cauce en el que podrá verter tanto dolor: «Todavía, Miguel, me valen / como al que fue saqueado, / el voleo de tus voces, / las saetas de tus pasos / y unos cabellos quedados, / por lo que reste de tiempo / y albee de eternidades. // Todavía siento extrañeza / de no apartar tus naranjas / ni comer tu pan sobrado / y de abrir y de cerrar / por mano mía tu casa».
1944
Continúa colaborando en prestigiosas revistas y periódicos del ámbito literario, en los que publica ensayos y poemas. Prosigue la campaña en favor de su candidatura al Premio Nobel, durante la cual se traduce su obra en el país nórdico.
1945
A sus 56 años recibe el Premio Nobel de Literatura, noticia que conoce por el embajador sueco en Brasil. Viaja hasta el país nórdico en barco para recibir el galardón de manos del monarca sueco. Es la primera vez que un escritor latinoamericano es reconocido con tan alta distinción. En su discurso ante la Academia Sueca declara: «Hoy Suecia se vuelve hacia la lejana América Ibera para honrarla en uno de los muchos trabajadores de su cultura. El espíritu universalista de Alfred Nobel estaría contento de incluir en el radio de su obra protectora de la vida cultural al hemisferio sur del continente americano tan poco y tan mal conocido».

1946
A partir de este momento los reconocimientos se suceden de manera continua: Francia le concede la Legión de Honor, Italia el doctorado honoris causa de la Universidad de Florencia, y Cuba la medalla Enrique José Varona de la Asociación Bibliográfica y Cultural de Cuba. Sus funciones consulares la llevan hasta Estados Unidos, al ser destinada a Los Ángeles. En Francia se editan dos antologías de su obra.
1947
Recibe del Mills College de California el doctorado honoris causa. Celebra recitales de poesía en la Universidad de California, dicta conferencias en distintas universidades del país. En este año fallece su hermana Emelina. La escritora reside en California, donde goza de paz y soledad para proseguir su creación poética. Traba una sólida y profunda amistad con el escritor alemán Thomas Mann, quien cuando deja Estados Unidos para regresar a Alemania cede su secretaria, Doris Dana, a la escritora chilena. Desde entonces Doris acompañará a la escritora hasta el final de sus días. El paisaje californiano impregna la poesía de Gabriela: «Llama de la California / que sólo un palmo levantas / y en reguero de oro lames / las avenidas de hayas: / contra-amapola que llevas / color de miel derramada. // La nonada por prodigio, / unas semanas por dádiva, / y con lo poco que llevas, / igual que el alma, sobrada, / para rendir testimonio / y aupar acción de gracias».

1948
Abandona California y parte rumbo a México, lugar en el que deberá desempeñarse como cónsul. Vive en Veracruz, donde recibe las visitas de viejos y entrañables amigos como Palma Guillén —a la que había dedicado Tala— y el humanista Alfonso Reyes, del que destaca «ser un hombre salido de nuestra América sin los defectos del hombre de nuestros valles: la vehemencia, la intolerancia, la cultura unilateral […]. Mucho enriquecimiento le ha venido de los tres contactos mayores que se ha dado a sí mismo: el inglés, el español, y el francés. Cavando en uno solo de esos suelos, por mucha suerte que tuviese en la cava, se le hubiesen quedado perdidos muchos hallazgos».
1949
La escritora apoya la candidatura de Alfonso Reyes al Premio Nobel de Literatura. Prepara un nuevo poemario centrado en la naturaleza chilena, paisajes de su infancia que nunca le han abandonado, lugares recorridos a lo largo de su vida que han impregnado toda su creación. La salud de Gabriela comienza a resentirse.

Gabriela Mistral y Carmen Conde (1950)

1950
Abandona México para regresar a Estados Unidos. En Washington recibe el Premio de la Academia Norteamericana de la Historia Franciscana, que reconoce su contribución a la cultura. Es destinada a Nápoles para ocupar el consulado de Chile en esta ciudad.
1951
Recibe el Premio Nacional de Literatura de Chile, cuya dotación destina a los niños sin recursos que viven en el valle de Elqui. Los problemas de salud persisten, la diabetes afecta su capacidad por Juan ciudad donde enseñara la escritora, decide rendir homenaje a su figura encargando una estatua suya a la escultora Laura Rodig. El gran cariño despertado por Gabriela hace que los niños pidan copias de la estatua a la escultora que, en broma, les dice que lo haría encantada de tener suficiente bronce. A los pocos días Laura Rodig recibe la visita de la policía en su taller, acusándola de incitar a los niños al robo.
1952
Continúa en la preparación de su libro Poema de Chile, para el que se documenta leyendo numerosos libros sobre la flora y fauna del país.
1953
Viaja nuevamente a Estados Unidos, donde es designada cónsul en Nueva York. Sus problemas de salud se agravan. Desde allí viaja a Cuba para tomar parte de la conmemoración del centenario del nacimiento de José Martí. Ofrece un recital poético en el Ateneo de La Habana, cuya presentación corre a cargo de Dulce María Loynaz.
1954
La Universidad de Columbia otorga a Gabriela Mistral el doctorado honoris causa por su brillante trayectoria y su contribución a la literatura. Viaja a su país natal luego de 16 años de ausencia. La Universidad de Chile le concede el doctorado honoris causa. Ofrece un recital poético en el Estadio Nacional de Santiago de Chile, donde es aclamada por sus compatriotas. Lagar, su cuarto poemario, es publicado por la editorial chilena Pacífico. Gabriela se siente satisfecha con esta publicación por ser la primera vez que uno de sus poemarios es lanzado en su Chile natal. El título muestra la voluntad de la autora de volver al mundo rural, pero ya desde la serenidad que ha alcanzado su voz, que incluso se muestra reconciliada con la muerte.
1955
A su regreso a Estados Unidos su salud se ve seriamente debilitada. Acude como invitada de honor de la ONU a la celebración del séptimo aniversario de la promulgación de la Declaración de los Derechos Humanos, celebrada en Nueva York.
1956
Participa en el que será su último acto público: el encuentro de la Unión Panamericana en Washington. Los médicos diagnostican a Gabriela cáncer de páncreas. El Gobierno chileno aprueba conceder a la poeta una pensión vitalicia.
1957
El estado de salud de la poetisa empeora gravemente. Tras ser internada en el hospital comienza su agonía, hasta que en la madrugada del jueves 10 de enero, mientras la ciudad de Nueva York es cubierta por un espeso manto de nieve, muere. Las palabras de su poema «La extranjera» adquieren más relevancia que nunca: «Vivirá entre nosotros ochenta años, / pero siempre será como si llega […]. Y va a morirse en medio de nosotros, / en una noche en la que más padezca, / con sólo su destino por almohada, / de una muerte callada y extranjera».

Tras conocer la noticia de su fallecimiento la ONU interrumpe la sesión que estaba celebrando para rendir tributo a la memoria de esta gran poeta. Los homenajes a su memoria se suceden por todo el mundo: Francia, España, Estados Unidos, Suecia, Líbano… y toda Latinoamérica honran su persona y su obra. Los restos de Gabriela son trasladados a su Chile natal. Se decretan tres días de luto oficial y multitud de personas le rinden el último homenaje. Gabriela es enterrada en Santiago, con el hábito de San Francisco según su deseo, mientras se construye su panteón. En su testamento lega los derechos de sus obras publicadas en el hemisferio sur a los niños pobres de Montegrande, los relativos a las obras publicadas en el hemisferio norte a Doris Dana y a Palma Guillén, quien a su vez los lega a los niños pobres de Montegrande.
1960
Los restos de Gabriela son trasladados al cementerio de Montegrande, donde, según la claúsula ix de su testamento, quería reposar, en su adorado valle de Elqui, en el pueblo donde pasó su infancia y estudió las primeras letras: «Es mi voluntad que mi cuerpo sea enterrado en mi amado pueblo de Montegrande».
1967
La editorial Pomaire de Santiago de Chile publica su último libro, Poema de Chile, en el que la poetisa había trabajado sin descanso en los últimos veinte años de su vida. En estos poemas Gabriela regresa a su querido Chile, país que recorre a través de sus animales, de sus árboles, de sus plantas, de sus montañas. El libro está estructurado como si de un viaje se tratara, un viaje en el que ella es la guía que va contestando las preguntas de su interlocutor, un niño que simboliza al pueblo chileno y al que ella enseña, como la maestra que siempre fue. El valle de Elqui, su última morada, ocupa un lugar notable en el poemario: «Tengo de llegar al Valle / que su flor guarda el almendro […]. Van a mirarme los cerros / como padrinos tremendos, / volviéndose en animales / con ijares soñolientos, / dando el vagido profundo / que les oigo hasta durmiendo / porque doce me ahuecaron / cuna de piedra y de leño […] y yo me duermo embriagada / en sus nudos y entreveros».
http://cvc.cervantes.es/literatura/escritores/mistral/cronologia/cronologia_01.htm

Retrato de Gabriela Mistral pintado por Juan Francisco González