Gabriel García Márquez

Contenido: Introducción. Capítulo undécimo de mi novela Las Mujeres del Sacerdote. Un poema y un cuento de García Márquez traduzidos. Discurso de aceptación del Nobel. Ensayo de Francisco Ynduráin. Artigo de Felipe de Paula. Ensaio de Morton de Medeiros. Biografía y Obras. Videos

La foto principal muestra el Palacio de la Proclamación, sede del Centro Gabo, ciudad caribeña de Cartagena de Indias, Colombia. La personalidad poliédrica y diamantina de Gabriel García Márquez, le llevó a inaugurar allí, en esa ciudad -imán del que no supo ni quiso separarse- la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano.

Cuenta de sí mismo García Márquez:
“Había desertado de la universidad el año anterior, con la ilusión temeraria de vivir del periodismo y la literatura sin necesidad de aprenderlos, animado por una frase que creo haber leído en Bernard Shaw: «Desde muy niño tuve que interrumpir mi educación para ir a la escuela». No fui capaz de discutirlo con nadie, porque sentía, sin poder explicarlo, que mis razones sólo podían ser válidas para mí mismo.”
Algunos de los autores que he leído y estudiado, tuvieron una formación al margen de la académica u oficial y, el resultado fue, en casos muy variados, admirable. Gabriela Mistral, es el más claro ejemplo de los que recuerdo. Vocación y fuerza de voluntad se imponen sobre las numerosas trabas, algunas insolubles, y al fin solucionadas con ahínco.
Creyéndose capaz de vivir del periodismo y la escritura, Gabriel García Márquez se dedicó a vivir la vida a su manera. Así fue mientras acumulaba conocimientos y experiencia, mientras aprendía de memoria los poemas espléndidos del Siglo de Oro español. Así fue mientras guardaba en la escarcela de la memoria todo cuanto sus ojos veían en letra impresa o a su alrededor amplio y cambiante. Hizo de su vida una novela de casi cien años. Y mientras la vivía para contarla, fue preparándose acto a acto, lectura a lectura, escrito a escrito, ensayo todo ello: Picasso gestando siempre el Guernica. Fue ideando la historia, tejiendo los movimientos, tierra, personas, animales y tiempo; demiurgo que tardó catorce, dieciséis meses en pasar de la mente, del corazón, del recuerdo, de la invención al papel, ese conglomerado gigantesco, lleno de acción, de belleza y ritmo, que llamó Cien años de Soledad.
Qué principio imborrable, qué gesto enérgico de director de orquesta, qué inicio explosivo de Sinfonía; declaración de intenciones, promesa y resumen:
Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo.

Qué página final tan llena de esperanza, de contenido que aún se puede seguir desarrollando ciento cincuenta o doscientos años más. Monasterio de El Escorial esa obra de Gabriel García Márquez, Cien años de Soledad, tramo y trecho tan solo, concreción parcial interminable, con todo el granito del macizo de Guadarrama fortaleciendo sus pies, envolviendo la magnífica escultura arquitectónica. Qué último derroche de capacidad y posibilidades, esa página postrera:
Sólo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Qué calistenia de mariposas en el valle cubierto de flores nos ofrece su conducción del tiempo. Gabriel García Márquez, administrador a su antojo de los tiempos real e imaginario mezclándose, danzando; actúa como demiurgo literario: Hágase el Tiempo, y fluya; yo lo guiaré en su discurrir. Danza inacabable de segundos y horas, sístoles y diástoles, rotación y traslación que van del uno al todo y del instante único al infinito de la eternidad. Lo que Velázquez, pintor de la luz, consigue en Las Meninas con la iluminación; Gabo, lo consigue en Cien años de soledad manejando el variadísimo fluir del tiempo según sus eficaces saber y entender.

 

 

 

 Macondo. Ilustración de “El libro de las hojas muertas (Editora Valnera) obra de Pablo Torrecilla, 2011

 

Un día dije, y fue antes de verme viejo, antes de sentirme viejo; creo que sucedió al encontrar viejos desde lejos a parientes cercanos:

Soledad es espera
porque sería mortal
la soledad sin ella.

Y ahora digo, para cerrar esta mirada sobre una obra y un hombre que han recibido ya todas la miradas:
Cuando, el día 22 de mayo de 1992, debido a la noticia aparecida en la primera y única plana del diario local, se supo que Macondo había sido designada por el Presidente como Villa Olímpica, y que iba a tener participación activa en los inmediatos juegos de Barcelona; el director del periódico, Juan José Jordán, fue nombrado alcalde para ser destituido de la alcaldía media hora después, cuando él ya había puesto como su sustituto en la dirección a Juan José Jordán, jefe de redacción. Ese mismo día, en la dehesa La Vaca Cega, situada en las proximidades del Río Gévora o Xévora, raya de España y Portugal en Extremadura, hubo una fiesta que unió en torno a la mesa a dueños, invitados y menestrales. Y yo, Pedro Sevylla de Juana, puedo asegurar que entre los dos acontecimientos no existía la menor relación.

 

Capítulo Undécimo de “Las Mujeres del Sacerdote”
Novela de Pedro Sevylla de Juana

En su juventud, Benjamí Creixell fue algo anarquista; en el plano teórico, quede claro. Entonces, al menos como hipótesis, se manifestaba contra el poder y corría tras la escurridiza libertad. Procuraba por todos los medios no ser arrestado, pues temía que su condición de judío añadiera delito a su actitud rebelde, incrementando la dura condena. Ahora, cuando todos aquellos postulados han perdido vigencia en su mirada, sin jefes que le reordenen la vida diaria, no tiene ninguna intención de emanciparse de los gobernantes, le basta con no participar en las elecciones; de modo que vota cuando se convoca algún referéndum si le interesa la pregunta formulada.
Hija de un emigrante aragonés con el riñón bien forrado, Neus participaba en una manifestación multitudinaria cuando la conoció Benjamí. Prohibido y anatematizado, discurría el desfile por Paseig de Gràcia; y lo formaban miles y miles de personas animadas por la unión de sus miedos. Avanzaban lentamente y coreaban un simple grito de guerra: volem l’estatut. Pretendían los que iban en cabeza conducirlos a la plaza de Sant Jaume, para allí afirmar su convencimiento reivindicativo con la lectura de algún escrito. Sucedió el onze de setembre, en una de las últimas diadas de la dictadura; y no habían pasado aún dos horas de la visita al Fossar de las Moreres. A intervalos medidos los disconformes cantaban Els Segadors, una canción popular del siglo XVII convertida en himno de la rebeldía. Los policías antidisturbios lanzaban pelotas de goma y con sus porras golpeaban a diestro y siniestro.

Vareaban a los que se movían y a los que permanecían quietos; a los jóvenes, a los maduros y a los ancianos. Un grupo de aquellos manifestantes quedó descolgado, y siete guardias rabiosos persiguieron a los indecisos, alejándolos aún más de la masa anónima. La mitad de los segregados –ocho o nueve- pudo escapar tomando por Consell de Cent; pero los siguieron dos números a la carrera. La última, una chica asustada, tropezó en un adoquín desalojado a medias de su cavidad. Uno de los policías levantaba la porra dispuesto a golpearla, cuando Benjamí miró hacia atrás descubriendo el gesto airado del iracundo. Empujó como pudo al uniforme y a quien lo vestía, logrando que perdiera el equilibrio. La chica vio la oportunidad de salir pitando, y cuando logró levantarse se largó a toda prisa. Las espaldas de Benjamí recibieron el castigo del otro agente, pero su generoso corazón, estimulado por la propia osadía, latía satisfecho. Se arrancó del brazo que pretendía detenerlo, hizo un quiebro liberador, corrió cuanto le permitieron las piernas, siguió a la joven por Balmes, entraron los dos en un portal, subieron las escaleras y esperaron en el descansillo con inquietud decreciente.

Nada, ni un ruido; el guardia debía de haber seguido a otros. Se besaron. Por tensión, por gratitud, por hermandad; no sabían por qué. Acaso debido a todo ello unido, se fusionaron en un beso que formaba parte de la eternidad prolongándola, iluminándola, justificándola. La muchacha era bella, se llamaba Neus Vallecea, y aunque ya no es la misma conserva el nombre. Comieron juntos ese día, y en la tarde asistieron a la proyección de West Side Story, una película que habían visto por separado unos cuantos meses antes, recién estrenada. Entre beso y beso apreciaron matices que la primera vez no habían notado: la poesía que impregna las escenas más duras, el dramatismo que baña hasta las secuencias idílicas. Tanto les gustó, que entraron de nuevo a la sesión nocturna. En la oscuridad de la sala se quisieron hasta el dolor de labios; sus manos conocieron secretos que pocas personas sabían. Al salir, de madrugada, ya eran novios. Un mes más tarde comenzaron a vivir juntos en un piso de la Creu Coberta, próximo a la Plaza de España.

De día seguían como hasta entonces, pero por las noches, y en los fines de semana completos, en su vivienda, carente de comodidades, inventaban el futuro sobre la marcha. Hijo y nieto de botiguers de un colmado sito en la calle Avinyó, Benjamí Creixell procede –sólo tres o cuatro generaciones- de L ́Ampolla, desembocadura del Ebro. Cuando vivía su padre veraneaba la familia allí por gusto; la gente los conocía y él y sus hermanos tenían amigos. Muerto el padre no volvió Benjamí a los antiguos espacios; ni al pueblo puerta del Delta ni al carrer de la ciudad. Siendo niño, y en la adolescencia aún, jugaba en la calle; y la calle se le entregó con toda su sabiduría. El casc antic, la ciutat vella, el barri gotic, el call jueu; ese espacio concreto guardaba la Barcelona más genuina, llenándolo de una infinidad de emigrantes que se refugiaba en sus casas pobres, en los recovecos oscuros, en la lucha cuerpo a cuerpo del tú o yo. Ni al mar inundado por el río, ni al carrer Avinyó quiso volver. Neus y los niños se hubieran encontrado a disgusto.

Estableciendo un silencio largo sobre su origen judío, estudió con los frailes del babero, los Hermanos de las Escuelas Cristianas; y como era despierto, a más de una moral útil en el mundo de los negocios, adquirió saberes que administrados con precaución le durarán hasta la muerte. Terminadas las clases, comparaba las enseñanzas religiosas de los frailes con las lecturas de los libros sagrados paternos, y la duda se instaló en su corazón porque el cerebro no supo resolverla. En aquellos días dio muestra de ingenio al fraile que les hablaba acerca del valor de la penitencia: Comprendo la mortificación del alma: dijo: ya que le va en ello la eternidad; lo que no entiendo es la razón del cuerpo para lacerarse, pues por más que se esfuerce dará en polvo y gusanos. No hubo respuesta, pues era la hora del recreo. Tampoco al día siguiente. Ni al otro.

Benjamí, cuando hace balance de su vida, se muestra contrariado: debe y haber apenas muestran coincidencias. Falta género; se trata de las ratas o de los ladrones, porque el recuento es de fiar y el arqueo –caja y bancos- se ha repetido tres veces. Algo importante se le escapa por entre los dedos apretados: arena o agua. No obstante, como se considera joven, confía al futuro la tarea de restablecer el indispensable y duradero equilibrio. En la mesa de la ruleta se llama azar a un rombo metálico de primordial cometido, pues al ser golpeado por la esfera dinámica rompe su inercia modificando la trayectoria. El verdadero azar, de quien toman los demás el nombre, es Dios. Si el azar existe, y corresponde a lo que dicen de él –un ente no sujeto a normas- el azar es dios. Un dios que tiene partidarios y detractores. Se dan, incluso, ateos negadores del azar; para ellos no hay otro más allá del que sirve de tope en las ruletas. Un tal descreimiento es la base de la filosofía que el padre del novio David, el matemático dedicado al juego, ha elaborado. Al azar, ese divino concepto que en opinión de Benjamí Creixell en este mundo no tiene cabida, se le combaten las mañas con la matemática, con los números. El uno, el dos, el tres y el cuatro se hacen balas que abaten al azar. Sí, Benjamí es un filósofo; pero exceptuando a su mujer, que guarda un silencio de tumba, los demás lo ignoran.
Hablando de la ruleta a quienes no conocen su uso, se suele explicar que la materia física, con su roce constante y la oposición variable, condiciona el libre giro de la bola. La esfera disminuye de manera progresiva su velocidad en dirección contraria al deslizar del disco. Esa corona giratoria, asiento de las casillas numeradas, opone impedimentos al rumbo de la férrea canica, abriéndole nuevas posibilidades que la sitúan ante dudas renovadas. La voluntad humana somete a su intención el impulso, suave, moderado o enérgico, que la mano confiere a la esfera metálica. Podía pensarse que un hábil lanzador está en el camino de la maestría, de la pericia que busca la casilla deseada. Pero es una de las múltiples variables, el resto no depende de él. En treinta y siete parcelas se divide la órbita de la ruleta. Los números, como si de naipes se tratara, están barajados; y manteniendo determinado orden universal, éste no se corresponde con el creciente ni con el menguante. La banca se reserva el cero para ganar a todos los partícipes de manera contundente, sin necesidad de improvisar explicaciones obvias. El capital, organizador del juego, y en su nombre el sacerdote celebrante, tiene la posibilidad de recoger beneficios de treinta y seis casillas, aunque paga treinta y cinco veces el valor de la apuesta afortunada.

Si quiere resultar premiado, el jugador está comprometido a arriesgar treinta y seis fichas, situando una en cada número estampado en el mantel, y a esperar que no salga el cero. Cuando esto sucede, la banca le paga con el propio dinero apostado, y aún se guarda una ficha como ganancia. Es más, apostando al mismo número cantidades idénticas una y otra vez, sin perder juego, cada treinta y siete veces como promedio, el apostante ganaría una. Pero no le devolvería el premio lo gastado, no equilibraría entradas y salidas; un descubierto de dos unidades cerraría la ronda. Sabe Benjamí –y ésta es la clave de su teoría- que en el tablero, como en la vida diaria, no se da la equidad. Hay defectos de fabricación, mínimos si se quiere, que inclinan la balanza. Ocurre lo mismo con el montaje, lugar y forma, de la mesa de juego. Hay que tener en cuenta, además, la forja de la esfera, en cuya forma el indiscutible azar toma cuerpo: sus inapreciables defectos, sumados al desgaste irrisorio del uso diario, son variables claras que desvían el comportamiento imparcial de la errática fortuna.

A poco que contribuya el obstáculo crecido en la frontera separadora de las divisiones, muralla liviana, invisible para el ojo humano; por mínimo que parezca el impedimento opuesto a uno de los números, las leyes físicas facilitan que la bolita se avenga con varios de los otros. Aun despreciado su corto alcance, una hendidura imperceptible de la madera, localizada en la pared del hueco, allana el ingreso. Si tras la observación de al menos veinte sesiones, conoce el investigador los receptáculos reacios a admitir la esfera y los que dan ciertas facilidades, estará en disposición de levantar un mapa con aquellos guarismos más premiados y con los menos distinguidos por la imaginaria suerte. Conocimiento de las irregularidades y paciencia: con estas dos armas la ganancia está asegurada. Es fácil entenderlo si quien lo explica es Benjamí Creixell: Cuando por razones físicas se reduce el número de las casillas afortunadas, las probabilidades del apostador crecen. Así, del teórico uno partido por treinta y siete, pasaría al uno partido por treinta y cinco, quebrado donde se encuentra el equilibrio; al uno partido por treinta y cuatro, umbral de la ganancia, o al uno entre veintiocho que representa un beneficio serio. De ese modo ocurrió en Valladolid, casino de Boecillo, en el que obtuvo Benjamí uno de los aciertos más recordados por lo sustancioso.

Al genio de los cálculos le gustan el jazz y el ajedrez; entiende mucho de ambos, y si encuentra conversador a su altura sostiene los argumentos durante horas. Con los amigos no pierde partida, y eso que cuando le retan se dedica a ensayar jugadas que no tiene definidas del todo. De joven pasaba las noches de los viernes escuchando esa música que algunos consideran hermética, cosa propia de iniciados. Iba a “Satmo”, el sótano de la Diagonal, en Barcelona; allí tocaba el piano Tete Montolíu, y Benjamí era uno de sus devotos. Llegó a simpatizar con el intérprete ya consagrado, y conoció al hombre. Neus seguía algo forzada a Benjamí, pero acabó hallando placer en escuchar ese modo, libre en apariencia, de mezclar los sonidos. En las bandas numerosas, donde cada intérprete improvisa al hilo de lo que toca el otro, la contingencia interviene de manera muy limitada. En efecto, aunque da la sensación de producirse una sesión diferente cada noche, acaban acoplándose los distintos estilos y surge por encima de ellos un estilo de grupo. Algo similar sucede en el juego de las sesenta y cuatro casillas: una apertura concreta dentro de las posibles, elegida porque sí; ya está llevando la estrategia por derroteros casuales. Pero ocurre que el arco de posibilidades se termina reduciendo a unas cuantas.

Le hubiera gustado al entonces muchacho dominar alguno de los instrumentos llamados de cuerda –para los de viento no tiene pulmones- pero el aprendizaje era un tanto pesado y, al poco de iniciarse en la guitarra, cansado de repetir acordes y arpegios, lo dejó. Neus, sin embargo, fue más persistente; y si bien aprendió con el novio los balbuceos y nunca fue a clase, continuó practicando las enseñanzas de un manual y aún se acompaña a sí misma en canciones simples. Benjamí Creixell desconoce el origen de su afición a prever el recorrido del albur. Vocación, corrige enseguida; grado que aventaja a la simpatía y al pasatiempo, ateniéndose al arraigo y a la intensidad. Acaso el inductor fue Demócrito, con su célebre teoría sobre el azar y la necesidad, en la que sitúa a ambos elementos organizando todo lo existente. Da por sentado que le sobrevino el apego al número estudiando el pensamiento de Pitágoras y la obra de Euclides, materia de Historia de la Filosofía en quinto curso del plan de estudios correspondiente a mil novecientos sesenta y tres. Reconoce que estimuló con ímpetu su interés, exaltándolo, la simbología de los números hallada en los libros sagrados de los judíos. El uno, el tres, el seis, el siete, el nueve, el doce y el cuarenta y dos van más allá de sí mismos, escapan a la tiranía del continente y a la limitación del contenido, cardinal y ordinal rotos en un estallido insólito. Puede que ya en el numérico despertar intuyera la existencia de unas leyes regidoras de los dígitos; y puede que desde aquel mismo momento, poniendo en marcha todo su empuje, intentara desvelarlas.

Probabilidad matemática y probabilidad efectiva, he ahí la cuestión; los condicionantes puestos a la primera originan la segunda, las limitaciones del dios azar dan nada menos que el ídolo de madera. Existen fructíferos manuales –Benjamí ha leído parte de ellos- que aconsejan la apuesta racional, consistente en ir doblando la cantidad cada diez jugadas si no se consigue superávit. Jugar incrementando la cantidad apostada a medida que se pierde; seguir la teoría del triángulo numérico y otras de esa índole, son ayudas de los expertos a los aprendices. Hay estrategias cuyas recomendaciones, para ser seguidas, precisan la posesión de una verdadera fortuna; y otras que marcan el camino a los jugadores carentes de abundantes recursos. Pero Benjamí está persuadido de que nada de eso sirve para hacer dinero en cantidades apreciables con una cierta regularidad. La estadística, capaz de facilitar la información que convierte en efectiva la probabilidad matemática, se ha demostrado a lo largo del tiempo como la única herramienta eficaz.

A Benjamí le hubiera gustado teorizar sobre el número, filosofar acerca del azar, falso dios; pero la editora quiere un libro destinado a jugadores, aficionados e introducidos, en el que se aconsejen pautas de comportamiento bien contrastadas, tendentes, más que a ganar, a no perder muy aprisa. La editorial desdeña un tratado, quiere un manual. Algo sencillo y práctico. Le cuesta un trabajo ímprobo alejarse de su deseo, de lo que su capacidad consiente, para escribir unas recomendaciones que se cierran en tres: observación, constancia y sangre fría. Si el azar es el desconocimiento humano de las reglas que rigen el devenir; la suerte es el azar tomando partido. El azar, tan aséptico, tan ecuánime, tan justo, volcándose en la acción de favorecer a un individuo, a una familia, a un país, en detrimento de los próximos o de los alejados. ¡Increíble! Esa exclamación resume lo que Benjamí piensa de la suerte. No cifra la suerte en una coincidencia aislada, le pide reiteración en el beneficio, insistencia en el favor y, entonces, la suerte falla.
Los estudios destinados a dominar a las máquinas, al mecanismo que las gobierna y a los hombres que las manejan, no están mal vistos per se; pero si se traducen en ganancias, los responsables del casino se las ingenian para dar fin a la buena racha. Más de seis casinos del país consideran a Benjamí persona non grata, y otros amenazaron al matemático tras ver rechazada su oferta de emplearlo como asesor. Desprecian el tiempo de estudio que una buena ganancia precisa: tarde tras tarde anotando jugadas, siguiendo el movimiento de la mano en el instante en que arroja la bola, calibrando el comportamiento de ésta cuando se da de bruces con los azares que la empujan por otro camino. No valoran el trabajo del jugador científico, y es preciso pasar las mañanas estableciendo cálculos, enfilando secuencias, hallando los números que más se repiten y los que aparecen menos.

Benjamí Creixell permanece impasible en la sala, la pasión se las ve y se las desea para arrastrarlo hacia el mantel. No le tiembla la mano al colocar las fichas, no se exalta su corazón al ver la casilla donde se detiene la bola. Es un cirujano en el quirófano, un investigador observando reacciones; un científico que cuenta en años el tiempo restante hasta que su tozudez consiga los frutos previstos. Consiguió Benjamí dominar una ruleta del Casino de Lloret de Mar, cuando cambiaron su posición y despidieron al crupier: un francés estirado puesto de acuerdo con otros para robar a la empresa. La bola se mostraba reacia a entrar en la casilla roja del quince; y no sólo en el quince, había un arco próximo -desde el veintiuno hasta el veintiséis, incluido el cero- que gozaba de menos posibilidades. Una tablilla muy fina elevaba un lado del mueble lo suficiente para empujar la bola hacia los números de enfrente, del veintitrés al uno. Los tramposos debieron de quedarse solos apostando; y pudieron alzar la mesa e introducir debajo la cuña. Benjamí tardó en saberlo casi tanto como los encargados de realizar muestreos periódicos. Los directivos consideraron el asunto cuestión interna, y no hubo noticia.

Los estudios ocupan a Benjamí un tiempo precioso en el que pierde como cualquiera. En Torrelodones, durante diez días, tras invertir cinco mil duros, no percibió ninguna rareza. En el undécimo, el rojo cinco y el cuatro negro, distantes entre sí, comenzaron a rechazar la bola. Sendas motas de polvo, algo de ceniza o el polen entrado por la ventana, adheridos a la madera, causaron el efecto resarciéndolo con creces. -Trabajar para un casino revelando a los codiciosos responsables los vicios de funcionamiento; ni lo piense. -contestó Benjamí al mensajero que le comunicó en Estoril la propuesta. Y añadió: Yo no reniego de mis convicciones ni me paso al otro bando. Señor, doy por terminada la entrevista. Y se ventilaban treinta mil duros.
La pura y escueta necesidad, de compensación ineludible, mueve los comportamientos de Benjamí Creixell y de Neus Vallecea frente a los Benítez Ferre; el azar ha quedado reducido a las áreas de arenas movedizas que presenta la forma de pensar de Mercedes. Ambos elementos –azar y necesidad- combinados, ofrecen la esperanza de éxito y el temor al fracaso.

Capítulo undécimo de la novela Las mujeres del Sacerdote, escrita y publicada por Pedro Sevylla de Juana

 

 

En una de esas largas conversaciones que mantenían cuando se encontraban, Neruda y García Márquez, hablando de sus obras, confesaron que ambos iban, en la búsqueda del género amado, hacia una confluencia ya próxima. Próxima, aunque podría ocurrir en una vida que aún no habían comenzado. Horizonte detrás del horizonte, la poesía de Neruda iba tras la épica, tras la poesía que dice, cuenta y explica; prosa, sin embargo, bellísima. Página tras página la narrativa de García Márquez perseguía la palabra poética, la luz interior de las letras unidas para sugerir lo que no acababan de decir.

Debieron de comenzar temprano sus intentos versificadores, quizá cuando contaba trece años y estudiaba en el colegio jesuita de San José de Barranquilla; porque allí dirigía a sus compañeros y profesores cortas sátiras festivas en forma rimada. El elemento más importante de su afán lírico es el transcurrir danzarín del tiempo, ese tiempo narrativo que es protagonista y espacio de la acción. La danza estelar del tiempo en la historia, más que nada en Cien años de soledad, es lo más cercano a la verdadera poesía que hay en buena parte de su obra. Y quizá el autor llegó a las 14,35 horas del día 17 de abril de 2014, sin haberlo comprendido.

No obstante, García Márquez, en el relato breve, obedece a una idea y trata de desarrollarla con el mínimo gasto de recursos. Avanza floreciente y florecido de hallazgos argumentales, descubrimientos que facilitan la función de llegar, a pie o a caballo, hasta la idea final, llave de cierre. Y es en esos relatos y en sus poemas jóvenes donde son más evidentes el esfuerzo y la intención poéticos.

 

 

 

Textos de Gabriel García Márquez traducidos por Pedro Sevylla de Juana

 

Poema desde un caracol
Gabriel García Márquez

I
Yo he visto el mar. Pero no era
el mar retórico con mástiles
y marineros amarrados
a una leyenda de cantares.

II
Ni el verde mar cosmopolita
—mar de Babel— de las ciudades,
que nunca tuvo unas ventanas
para el lucero de la tarde.

III
Ni el mar de Ulises que tenía
siete sirenas musicales
cual siete islas rodeadas
de música por todas partes.

IV
Ni el mar inútil que regresa
con una carga de paisajes
para que siempre sea octubre
en el sueño de los alcatraces.

V
Ni el mar bohemio con un puerto
y un marinero delirante
que perdiera su corazón
en una partida de naipes.

VI
Ni el mar que rompe contra el muelle
una canción irremediable
que llega al pecho de los días
sin emoción, como un tatuaje.

VII
Ni el mar puntual que siempre tiene
un puerto para cada viaje
donde el amor se vuelve vida
como en el vientre de una madre.

VIII
Que era mi mar el mar eterno,
mar de la infancia, inolvidable,
suspendido de nuestro sueño
como una Paloma en el aire.

IX
Era el mar de la geografía,
de los pequeños estudiantes,
que aprendíamos a navegar
en los mapas elementales.

X
En el mar de los caracoles,
mar prisionero, mar distante,
que llevábamos en el bolsillo
como un juguete a todas partes.

XI
El mar azul que nos miraba,
cuando era nuestra edad tan frágil
que se doblaba bajo el peso
de los castillos en el aire.

XII
Y era el mar del primer amor
En unos ojos otoñales

***
Un día quise ver el mar
-mar de la infancia- y ya era tarde.

22 de Julio de 1947 La Razón Bogotá Colombia

 

Poema desde um caracol
Gabriel García Márquez
Tradução Pedro Sevylla de Juana

I
Eu tenho visto o mar. Mas não era
o mar retórico com mastros
e marinheiros prendidos
a uma lenda de cantos.

II
Nem o verde mar cosmopolita
—mar de Babel— das cidades,
que nunca teve janelas
para o luzeiro da tarde.

III
Nem o mar de Ulisses que tinha
sete sereias cantantes
qual sete ilhas cercadas
de música por todas partes.

IV
Nem o mar inútil que regressa
com um ónus de paisagens
para que sempre seja outubro
no sonho dos alcatrazes.

V
Nem o mar boêmio com um porto
e um marinheiro delirante
que seu coração perdesse
numa partida de naipes.

VI
Nem o mar que rompe contra o cais
uma canção irremediável
que chega ao peito dos dias
sem emoção, como tatuagem.

VII
Nem o mar pontual que sempre tem
um porto para cada viagem
onde o amor se volta vida
como no ventre duma mãe.

VIII
Que era meu mar o mar eterno,
mar da infância, inolvidável,
suspendido de nosso sonho
como uma Pomba nos ares.

IX
Era o mar da geografia,
dos pequenos estudantes,
que aprendíamos navegar
nos mapas elementares.

X
No mar dos caracóis,
mar prisioneiro, mar distante,
que levávamos no bolso
como brinquedo a todas partes.

XI
O mar azul que nos olhava,
quando era tão frágil nossa idade
que se dobrava com o peso
dos castelos nos ares.

XII
E era o mar do primeiro amor
Nuns olhos outonais

***

Um dia quis ver o mar
-mar da infância- e já era tarde.

Tradução PSdeJ Primeiro de novembro de 2017

La luz es como el agua
[Cuento – Texto completo.]
Gabriel García Márquez

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.
-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.
-No, -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.
-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más agua navegable que la que sale de la ducha.
Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio, aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.
Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.
-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?
-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.
La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.
De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.
-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.
-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.
El padre le reprochó su intransigencia.
-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.
En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.
-Es una prueba de madurez -dijo.
-Dios te oiga -dijo la madre.
El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario, se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.

García Márquez, G. (1992). Doce cuentos peregrinos (2ª Ed.). Buenos Aires, Argentina: Editorial Sudamericana.

 

 

 

 

 

A luz é como a água ( Texto completo. )
Conto de Gabriel García Márquez
Tradução Pedro Sevylla de Juana

No Natal, as crianças novamente pediram uma balsa a remos.
-De acordo, -disse o papai-, vamos comprar quando voltarmos para Cartagena. Totó, nove anos de idade, e Joel, sete, estavam mais decididos do que os pais pensavam.
-Não, -eles disseram em coro-. A precisamos agora e aqui.
-Para começar, -disse a mãe-, não há mais águas navegáveis aqui da que sai do chuveiro. Tanto ela quanto o marido tinham razão. Na casa de Cartagena de Indias, havia um pátio com um cais na baía e um abrigo para dois grandes iates. E em Madri moraram apertados no quinto andar do número 47 do Paseo de la Castellana. Mas nem ele nem ela se podiam negar, porque lhes prometeram uma balsa com seu sextante e sua bússola se ganhassem o laurel do terceiro ano da escola primária, e eles o ganharam. Assim que, o pai comprou tudo sem dizer nada a sua esposa, que era mais relutante em pagar dívidas de jogo. Era um belo barco de alumínio com um fio dourado na linha de água.

-O barco está na garagem, -papai revelou no almoço-. O problema é que não há como subi-lo pelo elevador ou pelas escadas, e na garagem não há mais espaço disponível. No entanto, na tarde de sábado seguinte, as crianças convidaram seus colegas de classe a subir o barco pelas escadas e conseguiram levá-lo para a sala de atendimento.
-Congratulações, -disse o papai-, e agora, o quê?
-Agora nada, -disseram as crianças-. A única coisa que queríamos era ter o barco na sala, e já está.
Na quarta-feira à noite, como todas as quartas-feiras, os pais foram ao cinema. As crianças, proprietários e senhores da casa, fecharam portas e janelas e quebraram o globo de vidro duma lâmpada incendida na sala de estar. Um jato de luz dourada, fresco como a água começou a sair da lâmpada quebrada, e eles o deixaram correr até atingir o nível quatro palmos. Então eles cortaram a corrente, dispuseram o barco e navegaram tranquilamente entre as ilhas da casa. Essa fabulosa aventura foi resultado da minha irreflexão quando participei num seminário sobre poesia de utensílios domésticos. Totó me perguntou como surgiu a luz apertando um botão, e não tive a coragem de pensar a resposta duas vezes.

-A luz é como a água -eu respondi- se abre a torneira e sai. Assim continuaram navegando nas noites de quarta-feira, aprendendo a usar o sextante e a bússola, até que os pais regressavam do cinema e os encontravam adormecidos como anjos de terra firme. Meses depois, ansiosos de ir mais longe, pediram um equipamento de pesca subaquática. Com tudo: máscaras, aletas, garrafas e espingardas de ar comprimido.
-Não é bom que tenham uma balsa a remos na sala de atendimento sem utilidade, -disse o pai-. Mas o pior é que também querem ter equipamentos de mergulho.
-E se ganharmos a gardênia de ouro do primeiro semestre?, -disse Joel.
-Não, -disse a mãe, assustada-. Já mais nada.
O pai lhe censurou sua intransigência.
-É que essas crianças não ganham um prego por fazer seu dever, -disse ela-, mas, por um capricho conseguem conquistar a cadeira do professor.

Os pais não disseram sim ou não. Mas Totó e Joel, que foram os últimos nos dois anos anteriores, ganharam em julho as duas gardênias de ouro e o reconhecimento público do reitor. Na mesma tarde, sem ter pedido nada novamente, encontraram no quarto o equipamento de mergulho na embalagem original. É assim como, na quarta-feira seguinte, enquanto os pais viram El último tango em Paris, eles alagaram o apartamento até uma altura de duas braças, mergulharam como tubarões domesticados debaixo dos móveis, e camas e resgataram do fundo da luz as coisas que, durante anos, se haviam perdido no escuro.

Na entrega dos prêmios finais, os irmãos foram aclamados como exemplo para a escola e receberam diplomas de excelência. Essa vez, os filhos não precisavam pedir nada, porque os pais perguntaram o que eles queriam. Mas eram tão razoáveis, que só quiseram uma festa em casa para agasalhar os colegas da classe. O papai, a sós com a esposa, estava radiante.
-É uma prova de madureza-, disse ele.
-Deus te ouça-, disse a mãe.
Na quarta-feira seguinte, enquanto os pais viam a Batalha de Argel, as pessoas que passavam pela Castellana descobriam uma cascata de luz descendo dum antigo edifício escondido entre as árvores. Saía pelas varandas, se derramava em abundância sobre a fachada, e se canalizou pela grande avenida em uma torrente de ouro que iluminava a cidade até o Guadarrama.

Chamados com urgência, os bombeiros forçaram a porta do quinto andar, e acharam a casa transbordada de luz até o teto. O sofá e as cadeiras de pele de leopardo flutuavam na sala em diferentes níveis, entre as garrafas do bar e o piano de cauda e o xale de Manila que tremulava a meio caminho como uma arraia de ouro. Os utensílios domésticos, na plenitude de sua poesia, voavam com as próprias asas pelo céu da cozinha. Os instrumentos da banda de guerra, que as crianças usavam para dançar, flutuavam à deriva entre os peixes coloridos liberados do aquário de mamãe, os únicos que boiavam vivos e felizes no vasto pântano iluminado. No banheiro vagueavam as escovas de dentes de todos, os preservativos do papai, os botões de creme e a segunda dentadura da mamãe, e o televisor do quarto principal flutuava ladeado, ainda aceso no último episódio do filme de meia noite proibido para crianças.

No final do corredor, flutuando entre duas águas, Totó estava sentado na popa da balsa, agarrado aos remos e com a máscara posta, procurando o farol do porto até onde o ar das garrafas alcançasse e Joel flutuava no arco ainda procurando o auge da estrela polar com o sextante, e seus trinta e sete colegas surgiram por toda a casa, eternizados no momento de urinar no vaso de gerânios, cantando o hino da escola com a letra alterada por versos de zombaria contra o reitor, de beber um copo de conhaque da garrafa de papai. Pois abriram tantas luzes ao mesmo tempo que a casa transbordou, e todo o quarto ano elementar da escola de San Julián el Hospitalario se afogou no quinto andar do número 47 do Paseo de la Castellana. Em Madri da Espanha, uma cidade remota de verões quentes e ventos gelados, sem mar ou rio, e cujos aborígenes de terra firme nunca foram mestres na ciência de vogar na luz.

Tradução PSdeJ 2 de novembro de 2017

 

 

Lo importante no era la vestimenta en la ceremonia de recepción del Premio Nobel, importaba de verdad lo que dijera. Y dijo, y dijo bien; ya señalado por el prestigioso dedo de la Academia. Explicó América desde sus ojos y su corazón, y explicando América explicó el Planeta, Europa, la triste y decadente Europa incluida. Injusticia, llevando de la mano a la pobreza y a la muerte. Vistió guayabera blanca como quería, traje caribeño de etiqueta, porque el otro, el esmoquin, es un traje de la clase dominante.

 

 

 

 Gabriel García Márquez en la recepción del Premio Nobel

 

 

Gabriel García Márquez La soledad de América Latina Discurso en el acto de recepción del Premio Nobel 1982.

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30.000 campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de Estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi 120.000, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200.000 mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100.000 perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de 1.600.000 muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se podría hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida.

Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante veinte siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12.000 lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a 8.000 de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3.000 leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo.

Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: “Me niego a admitir el fin del hombre”. No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Ilíada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Picchu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20151023041701/AntologiaColombia.pdf

 

 

Francisco Ynduráin Hernández

 

 

La obra de García Márquez: ensayo de apreciación
Por Francisco Ynduráin

No parece empresa sin grave riesgo la de intentar condensar algunas opiniones sobre la obra literaria de García Márquez, habida cuenta de la copiosa bibliografía que tenemos ya sobre ella. Si se está de acuerdo, sobra la reiteración, y en cuanto a disentimientos, los motivos podrían resultar prolijos o de escaso interés. Para nuestro autor, las mejores críticas provienen de las universidades norteamericanas, y otro hispanoamericano, Mario Vargas Llosa, ha escrito un esclarecedor ensayo interpretativo -García Márquez: historia de un deicidio (Barcelona, Barral, 1971)-, género en el que ya había mostrado agudeza e ingenio al analizar Tirant lo Blanc. Pero dejemos la crítica de la crítica y demos algunas impresiones de lector, que no aspiran ni remotamente a cerrar con ellas las múltiples posibilidades receptoras en los demás leyentes. Esta obra es abierta, si las hay y las hubo.

Mucho antes de haber ganado el Nobel de Literatura, García Márquez tenía una masa de lectores asombrosa: a más de veinte millones de ejemplares ascendía el número de libros suyos, en versión original o traducidos a las lenguas más cultas. Imaginad cómo habrá aumentado ediciones y tiradas el Premio al haber refrendado un veredicto multitudinario, casi universal. SÍ siempre resulta difícil aplicar un criterio válido para obras de distinta naturaleza, el Nobel reduce esa área de inseguridad al tener como norte fundacional la búsqueda de escritores que crean en el futuro del hombre y cuyas obras hayan fomentado y dado pábulo a esa creencia esperanzada. Los valores puramente literarios se subsumen y acomodan a una proposición de orden ético, que aspira a validez y alcance universales. ¿Resulta así más difícil todavía la concordancia de opiniones?

Adelantaré -sin pruebas, porque no aspiro a demostración- que, considerada en su conjunto, la obra del colombiano me parece haber alcanzado algo que Unamuno viera hace muchos años (1899) en la obra de Rubén Darío, y que es una de las conclusiones a las que uno había arribado sin dar con expresión tan precisa. No argumento de autoridad porque sí, pero acudo en apoyo de una coincidencia que me parece decisiva. He aquí el texto de don Miguel: «Quiero añadir que por ser Darío más hondamente americano que otros poetas de América, por ser intra-americano, es más universal que ellos, porque dentro de su alma americana ha buscado el alma universal y por eso le han oído en París, y fuera de París, cuantos prestan oído a la voz de la humanidad y entienden a ésta cuando en lengua castellana habla».

La obra toda de García Márquez rezuma una constante intra-americanidad; de ello ha hecho su autor meollo y corteza de su escritura. Lo que no sabría medir es hasta qué punto ha tenido, además, la intención consciente y el propósito de alcanzar el radio máximo que incluya al hombre de hoy y al de siempre, al hombre con sus condicionantes de tal, asumidas o no. Esa ingente masa de libros suyos en tantas lenguas parece abonarlo con tal receptividad desde tantos puntos de vista y disposiciones lectrices. Claro que esto podría haber ocurrido con obras de muy distinta índole, como de hecho sucede con la que llamamos infraliteratura.

Considerada la obra literaria de Gabriel García Márquez desde una visión panorámica -y ello no implica preterición de sus artículos en la prensa, insoslayables-, lo primero que salta a la vista es que la narrativa se nos presenta en exclusiva: cuentos y novelas tienen como campo de atención y motivos los que ha extraído de su tierra natal, cualquiera que sea el grado de realismo o sobrerrealismo con que nos los transmita. No adelantaremos mucho si incluimos a nuestro autor en lo que se ha llamado «boom» de la novela hispanoamericana, no sin razón, ni sin reservas. Otros escritores de su misma naturaleza y más o menos rigurosamente coetáneos, próximos en cuanto al estímulo formal y a los modelos, fueron ciertos novelistas norteamericanos, particularmente los de la llamada lost generation: Faulkner, Dos Passos, Hemingway, o, en una ocasión, Thornton Wilder, al menos el de Los Idus de Marzo, según testimonio de Gabriel. Venía siendo lugar común en la crítica que la serie novelesca que empieza con Sartoris (1929) y se sitúa en el mítico Yoknapatawpha County -transposición literaria del Mississippi norte- había sido estímulo del Macondo de nuestro autor, nombre que vale para otra mitificación con fondo realista caribeño-colombiano. García Márquez dijo en su discurso al recibir el Nobel que Faulkner había sido su maestro, y pueden verse rasgos en visión y composición que tienen esa influencia, pero a tanta distancia y con tal poder de asimilación y recreación que, para mí, el modelo ha sido superado en el arte de la palabra y en potencia simbólica. Sí, es una opinión personal.

Hispanoamericanos e iberoamericanos -para incluir Brasil- han tenido acceso con notable retraso al cultivo de la gran novela, precedidos por los norteamericanos, aunque tengamos en cuenta el Periquillo Sarniento y Don Catrín de la fachenda, del mexicano Fernández de Lizardi, en el siglo pasado. Acaso haya que hacer un lugar aparte para lo ocurrido en Buenos Aires como centro europeizante adelantado. Pero, vista ahora la novela hispana de ultramar, se nos ofrece como una explosión fulgurante y masiva, con las consiguientes variedades y niveles de calidad, casi siempre con el denominador común de buscar expresión novelada a la intra-americanidad de cada cual, desde un Arguedas a Cortázar o Carpentier, por poner dos extremos.

Incidentalmente no puedo menos de recordar cómo lo americano, más especialmente lo mexicano, ha venido tentando plumas europeas, sajonas sobre todo, como las de D. H. Lawrence (The plumed serpent, 1926), Aldous Huxley (Eyeless in Gaza, 1936, o su anticipación utópica, pero con resonancias mexicanas, Brave New World, 1932 ), Graham Greene (The Power and the Glory) o Malcolm Lovwry (Under the volcano, 1948). Algo que parece obvio es que naturaleza y vida, paisaje y fauna de Río Grande hacia el lejano sur ofrecen a propios y extraños -sobre todo cuando los primeros adoptan un punto de vista distanciado, desde lo que llamamos civilización occidental- una fisonomía complejísima donde aparecen vinculaciones con un trasfondo primitivo que incide en lo mágico y de él toma fuerza y vuelos. Si comparamos esto con lo que han escrito en el plano sobrerreal autores de New England (Poe, Hawthorne, Melville) tendremos una pauta de referencia muy ilustrativa: los newenglanders, menos fundidos con un entorno natural primitivo, parecen más cerebrales, no tan viscerales como los nuestros, que no les han cedido en inteligencia.

Dejaré en interrogación, pero no sin urgencia por una respuesta, el valorar cuál ha sido la contribución hispana peninsular a este mundo novelesco de nuestra otra orilla. La diáspora de guerra y posguerra ha hecho que se siguiera, no sin gloria, lo que iniciaron Ciro Bayo y Valle-Inclán, y así tenemos la obra de Rosa Chacel, Francisco Ayala, Serrano Poncela, Martín de Ugalde, entre otros, o, desde España misma, González Aller, con su Niña huanca.
Pero el tema se me va ensanchando en radios de mayor longitud y García Márquez no tiene la atención debida. Vengo, pues, a su obra novelesca, y, siguiendo un orden no muy lógico, parto de una visión global de sus escritos para, luego, fijar mi atención en aspectos parciales de ellos. Por de pronto, vemos que no es un autor prolífico, pero sí de una gran concentración, en momentos críticos de madurez lenta, sin concesiones a la ocasionalidad publicista y siguiendo un proceso de intensificación cuya cima primera la veo en El coronel no tiene quien le escriba (1961) (él ha dicho que la considera su mejor obra), y alcanza su hasta hoy sumo ápice en ese compendio y semillero de novelería que es Cien años de soledad (1967). De aquí saldrán, en algún modo, con voz nueva y estilos distintos, personajes y situaciones que darán lugar a otros relatos, y en ésa, su novela más ambiciosa y plural, han cuajado motivos de narraciones menores precedentes. Sus dos novelas posteriores, El otoño del patriarca (1975) y la más reciente y última, por ahora, Crónica de una muerte anunciada (1981), suponen más novedad en la técnica narrativa y en el maleamiento del lenguaje (maleamiento, de malleus, ¡ojo!). No deja de ser notable que el autor parezca proceder por zancadas de siete años en su producción más relevante.

Una visión panorámica de toda esta obra la muestra evolucionando desde el estilo menos complicado de La hojarasca (1955), donde ya se estaba gestando la historia de Macondo, pasando por esa maravilla de El coronel, modelo de cuento en que con la más ceñida economía de medios expresivos se ha logrado el efecto más cautivador, obra acabada, perfecta. Una vez lograda la creación de ese lugar de Macondo, instalado ya definitivamente en la geografía literaria, en la plenitud de los cien años de soledad, se advierte, y lo ve cualquiera, una rebusca más calculada de artificios narrativos, de técnicas de estilo y de composición tomadas y hechas propias con marca muy suya. Primores de lenguaje y de formalismos, tienen para mí un valor supeditado a la capacidad inventiva y evocadora de una problemática humana del máximo rango y vigencia. Vayamos, pues, acercándonos al autor con esta mira.

Se nos impone ahora su obra como algo surgido de un contacto muy directo con su tierra y sus problemas, los de sus hombres, y la transmutación por el arte de la palabra no pierde tal vinculación con una y otros. Estamos de acuerdo con lo que dijo en su discurso ante la Academia sueca la víspera de recibir el Nobel, bajo el título «La soledad de América Latina». Fue una demanda de atención y respeto para sus coterráneos, una queja por la historia reciente de aquellas naciones, sometidas a las más humillantes dictaduras y desdeñadas por las llamadas potencias occidentales: «América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío […] La violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento». Para terminar pidiendo «una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la Tierra».

Ideas que se remachan en un artículo, «Cena en paz en Harpsund» (El País, Madrid, 22 de diciembre de 1982), donde cuenta su conversación con el primer ministro de Suecia, Olof Palme, dedicada toda ella a los dictadores americanos y la situación de las seis naciones de la América Central, especialmente afectadas por un poder excesivo. Todavía en un artículo posterior (5 de enero de 1983): América Latina «es una y tal vez la más dominante de mis obsesiones». ¿Las otras dos?
Aquellas estirpes condenadas a cien años de soledad son, desde luego, las de su tierra y las que él considera sometidas y humilladas a poderes extraños, no sin apoyo y aun requerimiento, a las veces, de los mismos nativos. En otra ocasión se quejó de cómo vemos desde Europa al hispanoamericano en caricatura simplista: bigote, guitarra y revólver. De todo ello venimos a confirmar lo que su obra literaria denuncia en escritura comprometida y, hay que decirlo, muy por encima de una propaganda directa, raciocinante o apasionada, que deja ancho espacio para ser gozada sin esas referencias, en su pura belleza por la palabra.

Dejemos, pues, pero sin olvidarlo, lo que esa obra tiene de alegato y denuncia a casos tan concretos; pero recordemos que fue después de su primer viaje al África negra cuando adquirió un sentido más pleno de su condición humana, con lo que las implicaciones de sus escritos van ganando en ámbito y aplicación. Nada humano le es ajeno, especialmente en lo que a la opresión se refiere, aunque sus relatos tengan escenario localizado y, en una coyuntura histórica determinada, la reciente, hasta reminiscencias que nos llevan a la época virreinal. Pero esos cien años de soledad creo que valen para cualquier centuria de cualquier lugar si hacemos una lectura en profundidad, y no forzada. ¿Por qué? Sin entrar en las intenciones del autor -toda obra genial ha superado con creces tal intencionalidad-, pienso que, en este caso, el texto desborda en sentidos y por pura penetración «poética» los planos local y temporal mitificados en los que ha situado personajes y acción. Esos cien años son, efectivamente, los que han gravitado como experiencias vividas o librescas sobre García Márquez: las guerras civiles de los mil días (1899-1902), la «hojarasca», que trajo y se llevó la explotación bananera -United Fruit Company- y, con ella, una manifestación, entre tantas otras, de la prepotencia de los «gringos» sobre los indígenas, más otros contactos con seres de civilizaciones extrañas: gitanos, árabes, italianos o franceses (francesas, más bien).

En todas estas situaciones sociales el motivo dominante, el término en que se cifran diversas experiencias vitales, no es otro que el de soledad: soledad individual y colectiva, soledad en el ejercicio del poder despótico y en sus víctimas, soledad en el amor, soledad en la espera y en la esperanza frustradas. El escritor ha tenido clara evidencia visionaria y voluntad de expresar tal estado de soledad, en varias instancias, no, acaso, en la última. Veamos: en una entrevista publicada en la revista Triunfo (14 de noviembre de 1970, págs. 12-18) contestó a las inteligentes preguntas de Ernesto González Bermejo y nos dejó en las respuestas, grabadas, para más certidumbre, una orientación lectora que me sigue pareciendo actual y vigente. Tomemos algunos pasajes en los que García Márquez se manifiesta sobre la soledad y veremos cómo es una constante con variaciones ocasionales y ocasionadas: así, en el coronel que espera en vano, en La mala hora, donde el alcalde se va hundiendo en su soledad de frustrado, «lo que era, evidentemente, un reflejo de la situación del país». O, en visión de conjunto: «En realidad uno no escribe sino un libro… En mi caso, sí, es el libro de Macondo. Pero si lo piensas con cuidado verás que el libro que yo estoy escribiendo no es el libro de Macondo, sino el libro de la soledad». Precisará aún más: «El punto que más me interesaba al escribir el libro (Cien años de soledad) es la idea de que la soledad es lo contrario de la solidaridad y que yo creo que es la esencia del libro […] La soledad considerada como la negación de la solidaridad es un concepto político […] Y nadie lo ha visto o, por lo menos, nadie lo ha dicho». Sin embargo, ese concepto reducido a su área política y aun con su antagónico de solidaridad, resulta insuficiente para resumir otros sentidos que Gabriel ha confiado a su palabra favorita: no es la misma la soledad que sienten y gravita sobre Aureliano Buendía y su familia, sobre Úrsula en su decrepitud o sobre Amaranta y su amor malogrado, o los veteranos esperando en vano carta con las retribuciones prometidas. Aureliano «apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un honrado pacto con la soledad» (en la novela, 1ª. ed., pág. 174, y en tantas otras más, de que hago gracia).

Ahora el vocablo tiene una densidad y una proyección que van mucho más allá de las coordenadas circunstanciales, históricas o sociales: el sentimiento de soledad ha trascendido y nos pone ante el hombre en trance de muerte próxima inevitable. Estamos ante algo de validez universal para todo hombre de cualquier lugar o tiempo, sean las que fueren las resonancias -remedios o resignación, rebeldía o indiferencia- con que cada cual acompañe ese estado supremo en el destino. Soledad es palabra clave que suena como leitmotiv ya en voz del narrador, ya desde el propio punto de vista de los personajes. Ahora cabe decir que el colombiano ha dotado a palabra de tan dilatado abolengo literario de una nueva signifícación, de un halo de connotaciones que le son peculiares, haciendo que tenga valor privado algo tan usual y tópico en la experiencia humana. Hace casi medio siglo el romanista alemán Karl Vossler -tan olvidado hoy- inició unos estudios sobre la expresión de la soledad en la lírica hispana, que después recogió en libro memorable. Desde textos medievales peninsulares o de otros romances, soledad tenía casi exclusivamente resonancias amorosas, resumía, como la saudade portuguesa, un dolor de ausencia o desamor, y tuvo acuñaciones léxicas de menos fortuna, pero de bella resonancia: la «solitud» de Gómez Manrique, la «soledumbre» de fray Hernando de Talavera. De ahora en adelante la voz «soledad», de abolengo coloquial y literario tan antañón, pasa a ser propiedad privada de García Márquez. ¿Cuántos escritores han cumplido hazaña igual o semejante?

Otro de los grandes motivos humanos que el escritor ha fijado en términos literarios está en El coronel no tiene quien le escriba, su obra predilecta. El suceso, la anécdota, no pueden ser más simples ni de menos trascendencia si se toman en su circunstancia realística: un coronel que espera años y años la pensión prometida y la incierta victoria de su gallo de pelea, remedios posibles para su miseria. Ni llega la pensión, ni el relato llega hasta la pelea gallera: se nos instala en el área de la espera pura, con doble tensión, retrospectiva y prospectiva. Como el relato empieza in medias res y no llega a final, feliz o desdichado, parece que con ello se nos da el estado de espera en su más nuda y honda realidad humana. Verdad es que el cuento se apoya en hechos reales o posiblemente tales; pero una vez más lo ocasional concreto ha trascendido a un plano de validez universal, la actitud de espera que marca al hombre en su destino y que se atenúa o enmascara con mitos, creencias, esperanzas más o menos fundadas. Pero, atención, sin asomo de moraleja o moralina. Estéticamente puro.

Otro de los motivos básicos en la narrativa de García Márquez es el del poder y sus abusos. De nuevo creo que nos hallamos ante personajes cuya base real es identificable con uno o varios dictadores hispanoamericanos (o europeos, en última instancia); pero la pluma del escritor ha mitificado los hechos y nos los ha convertido en algo que, sin perder apoyaturas realísticas, nos instala en un mundo de fantasía remontada, con lo cual gana en ejemplaridad y significancia universales. Hay, en el fondo, la tesis de que si todo poder corrompe, el poder absoluto corrompe absolutamente. De ahí que las monstruosidades que se nos dicen adquieran el rango de tipificación generalizante, sin dejar de conservar el color y el carácter de unas tierras donde la naturaleza parece haber mantenido la potencia genesíaca con la que se asocia toda desmesura humana. La obra, con muy acusada singularidad artística, puede situarse en la línea de las que han tenido como «héroes» a personajes históricos o no de la misma calaña: el Tirano Banderas, de Valle; Bocanegra, de Francisco Ayala; el señor Presidente, de Asturias, como ejemplos más dignos. Diré, todavía, algo más sobre esta novela, pues aquí el autor ha alcanzado un nivel de estilo y enfoques más recargados de artificio, con una irrestañable vena de dicción directa en fundidos de perspectivas que hasta hacen ociosa, o casi, la puntuación. One pièce de bravoure!

Al cabo de otros siete años de silencio, todavía nos ha dado un nuevo relato, Crónica de una muerte anunciada (1981), ingeniosamente organizado para recomponer, con fragmentos dispersos e inconexos, «el espejo de la memoria». Muerte y espera de noticias inspiran las tensiones del novelar y hasta parece proponerse algo como tesis de validez general: «Dadme un prejuicio y moveré el mundo».

Quedan muchos aspectos en la condensada obra del colombiano que no han podido ni ser apuntados. El de más entidad me parece su tratamiento de lo fantástico, inextricablemente presentado junto con lo real verosímil. En la muy larga lista de obras y modos de tocar este aspecto de la experiencia humana, artística o no, la pluma del colombiano ha dejado una marca personal, aunque no podamos menos de recordar a ese asombroso Juan Rulfo y su Pedro Páramo, o la mitificada Región, de Juan Benet, además del ya citado condado faulkneriano.

Bibliografía de García Márquez

Trece relatos en el diario de Bogotá El Espectador (julio 1948-mayo 1954).
La hojarasca, Bogotá, 1955.
El coronel no tiene quien le escriba, Medellín, 1961.
La mala hora, Madrid, 1962. Edición íntegra, México, 1966.
Los funerales de la Mamá Grande (Cuentos), México, 1962.
Cien años de soledad, Buenos Aires, 1967.
La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (Cuentos), Buenos Aires, 1972.
Ojos de perro azul, Barcelona, 1974. El otoño del patriarca, Barcelona, 1975.
Todos los cuentos de Gabriel Márquez, Barcelona, 1975 (no todos).
Crónica de una muerte anunciada, Bogotá, 1981.
Textos costeños, Barcelona, 1981 (artículos desde 1948)

Sobre la obra de García Márquez

Mario Vargas Llosa, Historia de un deicidio, Barcelona, Barral, 1971, y Peter Earle, García Márquez, en la col. «El escritor y la crítica», Madrid, 1981, donde se completa la información de Vargas Llosa en la bibliografía sobre nuestro autor.
Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, La novela en América latina: diálogo, Lima, 1968.

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/la-obra-de-garcia-marquez–ensayo-de-apreciacion/html/0309ce86-f603-498d-85a3-753ce1ac76c9_2.html

Francisco Ynduráin
(Aoiz, Navarra, 25 de junio de 1910 – Madrid, 25-X-1994). Estudió el bachillerato universitario de Letras por libre en Aoiz. Huérfano de padre y madre, a los dieciocho años se trasladó a Sangüesa con su abuela materna. Cursó la carrera de Filosofía y Letras en la Universidad de Salamanca, donde fue discípulo de Miguel de Unamuno. Se unió de manera voluntaria al requeté de Pamplona entre julio y septiembre de 1936.
Catedrático de Lengua y Literatura Españolas desde 1940 (en Oviedo), pasó en 1941 a la cátedra zaragozana que desempeñó durante treinta años hasta que fue trasladado a Madrid. Fue vicerrector y rector de la Universidad Internacional «Menéndez Pelayo» de Santander desde 1976 a 1979.
Publicó ensayos sobre Faulkner, Hemingway y Wolfe, y tradujo a Huxley. Y estudios como: ¿Por qué nos gusta el Quijote? (1942), El dialecto navarro-aragonés antiguo  1946), Notas lexicales (1947), El Quijote y Don Quijote (1950), España en la obra de Hemingway (1952), La novela norteamericana en los últimos 30 años (1952), Novelas y novelistas españoles (1936-1952) (1952), La obra de William Faulkner (1953), Mística y poesía en San Juan de la Cruz (1953), Resentimiento español: Arturo Barea (1953), El pensamiento de Quevedo (1954), Una nota a Celestina (1954), Refranes y “frases hechas” en la estimativa literaria del s. XVII (1955), Lope de Vega como novelador (1962), Obras dramáticas de Cervantes (1962), Sobre le nouveau roman (1967), Relección de clásicos (1969) y Galdós, entre la novela y el folletín (1970).
Editó para la Biblioteca de Autores Españoles el teatro de Cervantes, con importante prólogo, y el Pedro Saputo de Braulio Foz. De 1970 en su ensayo sobre El audaz, «Galdós, entre el folletín y la novela».
En 1993 se le otorgó el premio Príncipe de Viana, creado por el Gobierno de Navarra para reconocer la labor de creación, estudio o investigación en el campo de la cultura.

 

 

 

Felipe de Paula Góis Vieira

 

 

O legado de García Márquez na literatura hispano-americana
Artigo de Felipe de Paula Góis Vieira

O escritor colombiano Gabriel García Márquez faleceu no dia 17 de abril de 2014, aos 87 anos, na Cidade do México. Os relatórios médicos apontaram como causa da morte um quadro infeccioso decorrente de uma pneumonia. Na realidade, o autor lutava já há alguns anos contra um câncer persistente que atingia os seus pulmões, os gânglios e o fígado. E, ao que tudo indica, desde 2012, sua memória parecia falhar e evoluir para um quadro geral de demência. Era a crônica de uma morte anunciada, por uma espécie de dor improvável e escorregadia, da mesma natureza daquela que atingira o presidente do conto “Boa viagem, senhor presidente”. Aos poucos, o escritor colombiano transformava-se em um dos seus muitos personagens: uma espécie de patriarca carcomido pelo tempo, cujos “anos de glória e poder haviam ficado para trás sem remédio” (GARCÍA MÁRQUEZ, 2003, p. 20). Tal qual um dos moradores da pequena Macondo, Gabo começava a apagar da memória “o nome e a noção das coisas”, “a identidade das pessoas e a consciência do próprio ser, até afundar numa espécie de idiotice sem passado” (GARCÍA MÁRQUEZ, 2009, p. 85-86).

No México, nem mesmo Mamãe Grande teria funeral semelhante. Da mesma forma que a famosa matriarca de Os funerais da Mamãe Grande, o escritor de Aracataca morria “com cheiro de santidade” (GARCÍA MÁRQUEZ, 2007, p. 147). O Sumo Pontífice não compareceu à cerimônia como ocorre no conto, mas em compensação dezenas de milhares de pessoas desfilaram diante da urna que continha as cinzas do autor de Cem anos de solidão. Dentro do Palácio de Belas Artes da capital mexicana ressoavam diferentes melodias: músicas do compositor e pianista húngaro Bela Bartók e também cumbias e vallenatos de todo o Caribe. Do lado de fora do edifício, uma nuvem de trezentas e oitenta mil mariposas amarelas de papel, trazidas da Colômbia, reverberava no ar.
Segundo o historiador mexicano Enrique Krauze, que compareceu ao evento, um ancião portava um letreiro que continha os seguintes dizeres: “Gabo, te veré en el cielo”. Um pouco mais adiante, um garoto comentava: “Vengo a ver al rey de Macondo”.  De fato, García Márquez era o rei de Macondo e um dos escritores mais importantes e influentes da América Latina. Mas, não apenas isso. Era um dos autores mais populares, queridos e requisitados do continente. Nos anos em que ainda vivia a plenitude do ofício literário chegou a ser comparado com Cervantes; e não foram poucos os escritores, jornalistas e críticos literários que atribuíram à sua obra uma estatura bíblica e universal.

O povoado fictício de Macondo, presente na obra do escritor colombiano desde a sua estreia literária em A revoada (1955), universalizou-se com a publicação, em 1967, de Cem anos de solidão. Em 2007, por ocasião do IV Congresso Internacional de Língua Espanhola, ocorrido na cidade de Cartagena de Índias, García Márquez afirmou categoricamente: “los lectores de Cien años de soledad son hoy una comunidad que si viviera en un mismo pedazo de tierra, sería uno de los veinte países más poblados del mundo” (GARCÍA MÁRQUEZ, 2007). Às vésperas de completar cinco décadas de existência, a saga da família Buendía atingiu a cifra impressionante de 150 milhões de exemplares vendidos, em aproximadamente 36 idiomas diferentes. Os números confirmam a onipresença do romance e a singularidade do seu autor: poucos escritores alcançaram a circulação, a fama e o reconhecimento de Gabriel García Márquez. Como isso foi possível? De que forma o autor alcançou o estatuto de voz privilegiada para falar e escrever sobre os problemas e vicissitudes da América?

As respostas para essas perguntas não são tão fáceis de captar. Quando pensamos a trajetória de Gabriel García Márquez, o esforço de reconstrução biográfica se torna extremamente melindroso. Como lembra o jornalista chileno Héctor Soto (p. 204), apesar de ter uma vida exaustivamente biografada e meticulosamente documentada, o escritor colombiano não é uma figura fácil de capturar. Sua trajetória pertence ao melhor das letras hispano-americanas, mas também ao mundo da fábula, no qual os dados aparentemente mais puros se mesclam à invencionice e ao embuste.[2] Gabo, apesar da obviedade do adjetivo, possui uma vida absolutamente literária e, tal qual a narrativa que o consagrou, mesclou o cotidiano ao insólito, o real ao fantástico, a história ao mito.[3] Sua biografia sempre esconderá um transfundo de polêmica e mistério irredutível.
Em mais de um sentido, Gabo se fez. Trabalhou com muito afinco para se converter em um grande narrador; com a perícia e a paciência de um artesão envelhecido no ofício, burilou a sua escrita e deu acabamento aos seus textos. Transformou-se, por assim dizer, em um grande escritor. Mas, apenas isso não era suficiente. Apesar do tom de quase desprezo com que falava da fama e do sucesso alcançados, o escritor queria ter repercussão massiva e sempre escolheu com muita precisão e cuidado as amizades, as inimizades e as redes intelectuais que lhe levariam a esse objetivo.[4]

García Márquez flertou a todo o momento com o poder, que o fascinava e seduzia não apenas como motivo literário. Com simpatia, humor e certa leviandade, desejou como poucos de sua geração ter livre acesso aos bastidores da política latino-americana. E, teve. Foi considerado por muitos de seus pares, e não sem certo tom de reprovação, como o escritor “amigo de ditadores”. No entanto, suas incursões ao ambiente político da época nunca o converteram em um intelectual estritamente político, nunca o fizeram refletir de forma mais séria e apaixonada sobre as contingências da vida pública. Dos grandes temas políticos da segunda metade do século XX – a igualdade, a liberdade, a democracia, o socialismo, a revolução, a globalização, a governabilidade, o desenvolvimento –, o autor nunca ditou cátedra ou foi referência de reflexão (SOTO, 2014, p. 229-230). Apesar da clara sensibilidade de esquerda e da forte consciência anti-imperialista que possuía, manteve-se, na maior parte do tempo, apartado desse debate que tanto empolgou os intelectuais que por aquela época atuavam no contexto latino-americano. Talvez, tanto quanto a reflexão sobre o poder, interessava-lhe o exercício do poder.[5]

Apesar da ausência de uma reflexão ensaística mais consistente sobre o tema, essa familiaridade cortejada e alcançada junto aos poderosos do continente o converteu no grande agente mediador dos assuntos e problemas políticos da América Latina. O escritor esteve presente, por exemplo, na devolução do Canal do Panamá, na libertação de presos nos cárceres cubanos, nos contatos do governo colombiano com a guerrilha, nas medidas administrativas para suavizar o embargo feito pelos Estados Unidos a Cuba, sem mencionar as grandes campanhas internacionais em favor dos direitos humanos e das causas emblemáticas da esquerda mundial (SOTO, 2014, p. 229). Na mesma velocidade que todos esses temas pipocavam pela imprensa e grandes veículos de comunicação da época, também milhares de exemplares dos seus livros eram vendidos no mundo todo. Quais relações podemos estabelecer entre esses fatos?
García Márquez faleceu no dia 17 de abril de 2014, aos 87 anos, na Cidade do México, depois de lutar por alguns anos contra o câncer nos pulmões, gânglios e fígado.

Podemos afirmar, de forma muito direta, que García Márquez construiu a si mesmo e buscou obstinadamente esse lugar de importância na história do continente. Essa intenção deliberada de “fazer-se” nasceu, sobretudo, da enorme capacidade que o autor possuía de ler o contexto histórico em que atuava e converter os assuntos aparentemente mais importantes e também mais triviais em relatos e anedotas. Tudo isso, obviamente, sempre acompanhado de uma cota bastante calculada de astúcia e projeção. Em entrevista concedida ao biógrafo inglês Gerald Martin, autor de Gabriel García Márquez: uma vida, o escritor colombiano confessou que todos nós temos três vidas: uma pública, uma privada e outra secreta. E quando esses três elementos se associam para criar uma personalidade altissonante e onipresente na história da América?

Ao ler as inúmeras entrevistas que García Márquez concedeu antes e após a fama, temos a impressão de que ele é o homem certo, no momento e local exatos. O acaso ou o senso bastante aguçado para notícias e acontecimentos de grande impacto o fizeram assistir de camarote a queda de inúmeros ditadores, bem como as grandes agitações políticas e sociais que comoveram o continente na segunda metade do século XX. Quase que por obra do destino, suas memórias e também biografias o colocam como uma espécie de observador privilegiado da história latino-americana. Sempre no olho do furacão, o autor buscou incessantemente entrelaçar a sua vida privada e familiar aos grandes acontecimentos históricos da América. Realidade, exagero ou invenção deliberada, qual efeito isso produziu sobre a repercussão e circulação de suas obras?

Ao leitor mais desatento, ficará, no mínimo, a sensação de que a vida de Gabriel García Márquez está intimamente associada ao mundo latino-americano e que, uma vez tão profundamente mergulhada nele, o autor seria de fato a voz amplamente autorizada a falar e escrever sobre a América.

A publicação de Cem anos de solidão, em 1967, converteu toda a obra anterior de Gabriel García Márquez em bons ensaios e esplêndidos rascunhos. O sucesso fulminante do livro direcionou o olhar da crítica para esses textos, identificando neles a cozinha na qual se foram elaborando a fogo lento os temas da violência, do despotismo, das famílias, dos clãs dinásticos, da guerra civil e seus coronéis, do matriarcado, da política e suas perversões, da solidão e da idade dourada e suas nostalgias; temas que, seguindo essa lógica, encontraram sua máxima expressão nesta obra definitiva e maior que foi Cem anos de solidão (SOTO, 2014, p.217).

No final da década de 1960, o romance se transformou em símbolo de um fenômeno editorial, o chamado boom da literatura hispano-americana. Em certo sentido, entregou à América Latina uma carta de identidade que até aquele momento pouquíssimos livros haviam conseguido impor com tanto consenso. O êxito do romance, como não podia deixar de ser, colocou García Márquez em outra galáxia, tirando-o dos locais por onde sempre havia transitado – a boemia literária, a picaresca da marginalidade e a eterna necessidade de se preocupar com as contas do final do mês – e instalou-o nos circuitos da fama e do poder. Era exatamente ali onde sempre quisera estar (SOTO, 2014, p. 221-222).

Notas
2 – Gerald Martin, autor de Gabriel García Márquez: uma vida, passou aproximadamente duas décadas pesquisando a trajetória do escritor colombiano. Sobre os desafios dessa pesquisa, ele comentou: “não foi fácil descobrir o fio da meada através das múltiplas versões que García Márquez deu a quase todos os momentos importantes de sua vida. Assim como Mark Twain, a quem García Márquez pode ser bem-comparado, ele adora uma boa invencionice, sem falar de um bom exagero, e gosta também que uma história seja satisfatoriamente bem-acabada, sem esquecer os incidentes formativos que construíram a história de sua vida. Ao mesmo tempo, também é brincalhão, antiacadêmico e fortemente a favor de mistificações, fuxicos e inequívocas intrigas quando se trata de despistar jornalistas ou professores. Isso é parte do que ele chama de seu mamagalismo […] pode ser traduzido discretamente como seu lado provocador, espirituoso. Mesmo quando se pode ter certeza de que qualquer anedota, ou um caso específico, é baseado em algo que ‘realmente’ aconteceu, ainda assim não se pode defini-lo de uma única maneira, porque logo se descobre que ele contou a maioria das histórias bem conhecidas de sua vida em várias versões diferentes, e todas possuem pelo menos um elemento de verdade” IN: MARTIN, Gerald. Gabriel García Márquez: uma vida. Rio de Janeiro: Ediouro, 2010. p. 22-23.

3 – Gabriel García Márquez é considerado um dos grandes expoentes do chamado “realismo mágico”, um dos muitos sintagmas utilizados pelos críticos para se referir a um determinado tipo de literatura que congrega a descrição realista a um senso de “mistério” e “adivinhação poética da realidade”. Em outras palavras, a literatura enquadrada dentro desse selo analítico costuma inserir em seu enredo e no desenvolvimento de seus personagens elementos “fantásticos” ou “maravilhosos”, percebidos na trama como parte constituinte da realidade ou da “normalidade”. A expressão foi utilizada pela primeira vez, para se referir à literatura hispano-americana do século XX, nos textos Letras y hombres de Venezuela (1948), de Uslar Pietri, e Magical Realism in Spanish American (1954), do crítico mexicano Angel Flores. Com o tempo, o debate sobre a funcionalidade do conceito se expandiu e outros termos foram utilizados para se referir a esse tipo de narrativa (o real maravilhoso americano, a literatura fantástica, o barraco e o neobarroco).

4 – Para Adriane Vidal Costa, estudiosa do tema e professora de História da América na Universidade Federal de Minas Gerais, a consagração e o sucesso editorial de Cem anos de solidão ocorreu, em grande parte, devido à rede intelectual latino-americana de esquerda que se formou na década de 1960. Costa afirma que o romance era ansiosamente esperado pelo público e crítica especializada, antes mesmo de ser publicado pela editora argentina Sudamericana em 1967. Esse clima de espera foi fruto da promoção e divulgação realizada por intelectuais importantes e consagrados do período. A atuação de Carlos Fuentes, idealizador da publicação parcial do romance em inúmeras revistas e suplementos literários do México, foi fundamental nesse sentido. Além dele, o escritor peruano Mario Vargas Llosa, futuro desafeto de García Márquez, foi um dos grandes responsáveis por fazer circular a ideia de que o romance era a novela definitiva do continente. Posto dessa forma, não apenas a qualidade literária do escritor colombiano, mas também as suas amizades e redes intelectuais foram fundamentais para o êxito que suas obras alcançaram. Para maiores informações, consultar: COSTA, Adriane Vidal. Intelectuais, política e literatura na América Latina: o debate sobre revolução e socialismo em Cortázar, García Márquez e Vargas Llosa. São Paulo: Alameda, 2013.

5 – É bastante famosa a crítica feita pelo escritor chileno Roberto Bolaño, que o acusa de ser “um homem encantado de ter conhecido tantos presidentes e arcebispos”. Além da amizade inabalável com Fidel Castro, García Márquez notabilizou-se por sua proximidade com figuras como o ditador panamenho Omar Torrijos e os ex-presidentes Felipe González (Espanha), Bill Clinton (Estados Unidos) e François Mitterrand (França). Na sua lista de amizades poderosas também se encontra a maior parte dos últimos presidentes da Colômbia.

https://www.unicamp.br/unicamp/ju/noticias/2017/05/09/o-legado-de-garcia-marquez-e-o-impacto-de-cem-anos-de-solidao-na-literatura

Felipe de Paula Góis Vieira
Possui mestrado e graduação em História pela Universidade Estadual de Campinas (UNICAMP), atuando principalmente nos seguintes temas: História da América Latina, História Intelectual, literatura hispano-americana, realismo mágico, identidade latino-americana. Atualmente desenvolve seu trabalho de doutorado no programa de pós-graduação em História da Universidade Estadual de Campinas, na área de concentração “Política, Memória e Cidade”.

 

 

 Morton Luiz Faria de Medeiros

 

A política em cem anos de solidão: um ensaio sobre una democracia da América Latina no século XX
Morton Luiz Faria de Medeiros Universidade Federal do Rio Grande do Norte

No ano em que se pranteia a morte do escritor colombiano Gabriel García Márquez, soa oportuno homenageá-lo a partir de sua obra mais viva e celebrada: Cem anos de solidão, que narra a saga da família Buendía e, em sua esteira, as vicissitudes políticas, econômicas e morais que marcam a América Latina no século XX. Tamanha é a grandeza dessa obra que se buscará, nessas linhas, fazer um recorte para salientar apenas uma de suas temáticas – a Política – aproveitando o momento eleitoral vivenciado no Brasil em 2014.

A obra-prima do Gabo é coalhada de referências às práticas políticas e eleitorais vivenciadas nos regimes políticos latino-americanos do século passado – muitos dos quais, aliás, ainda presenciados até hoje: o coronelismo, e suas características secundárias – o mandonismo, o filhotismo, o falseamento do voto e outras ocorrências denunciadas por Victor Nunes Leal, antes mesmo do lançamento de Cem anos de solidão, em seu livro Coronelismo, enxada e voto, que servirá como arrimo subsidiário para as considerações aqui encetadas.

Primeiramente, há várias menções aos procedimentos preparatórios das eleições. O alistamento eleitoral, por exemplo, foi restrito ao homem maior de vinte e um anos (MÁRQUEZ, 2001, p. 96), não apenas delimitando a idade em que se adquiria a capacidade eleitoral ativa, mas, sobretudo, excluindo as mulheres do corpo eleitoral, posição adotada pelo ordenamento jurídico brasileiro até o advento do Código Eleitoral de 1932, que instituiu, em todo o país, a possibilidade de ser a mulher eleitora, mesmo sob as fortes resistências dos parlamentares da época, ciosos de “saber em que condições se deve arrojar a mulher no turbilhão dos comícios e na agitação dos parlamentos” (CABRAL, 2004, p. 19)! Ainda assim, o Brasil foi o segundo país da América Latina a reconhecer o direito de voto às mulheres, saindo à frente de Argentina e Venezuela (1947) e México (1953) (CASTRO, 2008, p. 444).

A preocupação com a ordem no dia das eleições também está presente no livro: “Na véspera das eleições, o próprio Sr. Apolinar Moscote leu uma ordem que proibia, desde a meia-noite de sábado, e por quarenta e oito horas, a venda de bebidas alcoólicas e a reunião de mais de três pessoas que não fossem da mesma família” (MÁRQUEZ, 2001, p. 96). Assegurase, assim, a chamada “lei seca”, que visa a “[…] preservar a lisura e a legitimidade das eleições, no tocante à garantia da ordem pública, num período em que afloram disputas pelos cargos de maior relevância ao destino dos governados” (CERQUEIRA, 2002, p. 671), bem assim restrições ao direito de reunião, para que o exercício do sufrágio não sofra, no dia da eleição, influência de aglomerações e ingerências indevidas.

Posteriormente, o autor de Cem anos de solidão narra os “cuidados” com que foi guardado o resultado do escrutínio popular pelo policial encarregado na cidade de Macondo, o delegado Apolinar Moscote: “Nessa noite, enquanto jogava dominó com Aureliano, ordenou ao sargento rasgar a etiqueta para contar os votos. Havia quase tantas cédulas vermelhas quanto azuis, mas o sargento só deixou dez vermelhas e completou a diferença com azuis” (MÁRQUEZ, 2001, p. 97).

A importância do delegado de polícia para a consolidação do prestígio dos situacionistas, aliás, já havia sido detectada, no Brasil, por Victor Nunes Leal (2012, p. 66), e é bem caracterizada na obra de Márquez quando Apolinar chegou em Macondo, mandado pelo governo central: cuidou logo de pregar “[…] na parede um escudo da República que tinha trazido consigo” (MÁRQUEZ, 2001, p. 58), como a simbolizar sua vinculação e fidelidade inexoráveis ao sistema político dominante e seu empenho em manter tal sistema a qualquer custo.

Tal narrativa deixa à mostra, ademais, as fraudes eleitorais copiosamente denunciadas nos sistemas eleitorais em nosso continente, bem como a preocupação dos responsáveis com a aparência de legitimidade que a votação podia conferir: Apolinar Moscote fez questão de deixar “[…] algumas vermelhas para não haver reclamação” para, em seguida, selar “[…] a urna com uma etiqueta atravessada pela sua assinatura”, ato de todo inútil porque, após a troca das cédulas, “[…] voltaram a selar a urna com uma etiqueta nova” (MÁRQUEZ, 2001, p. 97). Victor Nunes Leal (2012, p. 329), como se vislumbrasse com exatidão o que ocorreria em Macondo, relata “[…] que em alguns lugares as urnas puderam ser violadas e enxertadas, durante o percurso, sem que ficassem vestígios capazes de despertar a atenção dos juízes apuradores”, prática que, no Brasil, só começou a ser efetivamente combatida com o advento do Código Eleitoral de 1932, que confiou a tarefa de apuração da votação à Justiça Eleitoral.

Vê-se, igualmente, como o embate ideológico é refletido também na confrontação das cores: as cédulas azuis traziam os nomes dos candidatos conservadores, e as vermelhas, os dos “liberais” (MÁRQUEZ, 2001, p. 96). Estes, por sua vez, são nitidamente identificados com os socialistas e comunistas, tanto que Apolinar descrevia os liberais – assim como fizeram todos os oponentes da esquerda política – como “[…] gente de má índole, partidária de enforcar os padres, de instituir o casamento civil e o divórcio, de reconhecer iguais direitos aos filhos naturais e aos legítimos” (MÁRQUEZ, 2001, p. 96) e creditava o expressivo número de cédulas vermelhas “[…] à mania de novidade da juventude” (MÁRQUEZ, 2001, p. 98). Na escola onde estudava Arcádio, falava-se na “febre liberal”, que pretendia “[…] fuzilar o Padre Nicanor, converter o templo em escola, implantar o amor livre” (MÁRQUEZ, 2001, p. 100). Relata-se, ainda, que Apolinar “[…] convenceu a maioria dos habitantes de que suas casas deviam ser pintadas de azul” (MÁRQUEZ, 2001, p. 88-9), tal como sói ocorrer em muitos de nossos municípios, quando não se pintando as casas distribuídas pelo governo com as mesmas cores de seu partido, colorindo-se os próprios prédios públicos, em evidente afronta à impessoalidade que deve inspirar a Administração Pública (art. 37, caput, da Constituição da República).

O mandonismo, definida por Leal (2012, p. 60) como a perseguição hostil dos adversários do chefe local, aparece em outras passagens de Cem anos de solidão: quando o golpe militar fez-se finalmente sentir em Macondo, o médico da cidade Doutor Noguera – em quem se descobrira o passado “liberal” – foi levado arrastado, depois “[…] amarraram-no a uma árvore da praça e o fuzilaram sem qualquer julgamento” (MÁRQUEZ, 2001, p. 100-1).

Por seu turno, o filhotismo – ainda muito presente nos dias atuais em nosso país – foi retratado na ocasião em que o Coronel Aureliano Buendía partiu de sua cidade para ir lutar ao lado das forças do General Victorio Medina, quando incumbiu sua administração ao seu filho Arcadio, dizendo: “Nós deixamos Macondo aí para você” (MÁRQUEZ, 2001, p. 104). Por essa prática, os entes públicos são tratados como capitanias hereditárias, e encarados tal qual propriedades privadas do gestor público da ocasião que, assim, lega seu poderio político a seus parentes mais próximos, com vistas a perpetuar tal poderio.

Percebe-se, ainda, a concentração do poder político em um governo central, razão por que Apolinar tanto temia a ascensão dos “liberais”, a quem atribuía o esforço de “[…] despedaçar o país num sistema federal que despojaria de poderes a autoridade suprema” (MÁRQUEZ, 2001, p. 96). Essa concentração é responsável pela relação de dependência que o chefe político local ostenta em relação aos administradores públicos centrais, obrigado que está a se curvar às conveniências destes com vistas a conseguir benefícios para sua região ou Município – e, desse modo, fortalecer-se eleitoralmente. Assim se justifica a ida de Apolinar Moscote à capital, para conseguir que o governo construísse uma escola em Macondo (MÁRQUEZ, 2001, p. 88), porquanto é com esse desvelo pelo progresso do Município que “[…] o chefe municipal constrói ou conserva sua posição de liderança” (LEAL, 2012, p. 58). Dessa relação de dependência não se furtam nem os parlamentares locais, cujo prestígio não se alimenta, em regra, de suas contribuições para a produção legislativa ou para o controle do poder, e sim pelos “benefícios” palpáveis que lhe são concedidos pelo governo central, que, em troca, perpetua tal dependência dos entes locais e regionais.

Apesar da conhecida inspiração socialista de Gabriel García Márquez, ele não se furtou a reconhecer vícios que poderiam enodoar os governos de esquerda, que se seguiriam aos conservadores que reinavam na América Latina. Quando o comandante revolucionário Aureliano Buendía, por exemplo, incumbiu Arcadio da gestão municipal, este acabou assumindo a mesma postura autoritária dos militares – a começar pelo seu uniforme com galões e dragonas de marechal que passou a exibir, e em seguida fazendo uso abundante de decretos que consolidavam seu personalismo e mandonismo, chegando a baixar até quatro decretos por dia, “[…] para ordenar e determinar o que lhe passava pela cabeça” (MÁRQUEZ, 2001, p. 104). A dramática passagem do fuzilamento do General Moncada ordenada por Aureliano Buendía ilustra bem o perigo de o poder experimentado pelos revolucionários acabar por torná-los tão avessos à democracia quanto seus adversários depostos: ao justificarse que tal ato extremo não consistia em represália pessoal, mas em imposição da revolução, o Coronel Aureliano perguntou ao seu condenado “Você no meu lugar não teria feito a mesma coisa?”. A que, altivamente, o General Moncada retorquiu:

Provavelmente […]. Mas o que me preocupa não é que você me fuzile, porque afinal para gente como nós esta é a morte natural. […] O que me preocupa […] é que de tanto odiar os militares, de tanto combatê-los, de tanto pensar neles, você acabou por ficar igual a eles. E não há ideal na vida que mereça tanta baixeza” (MÁRQUEZ, 2001, p. 156)

Todas essas notas da obra-prima do Gabo retratam muitas das idiossincrasias e vícios que os modelos políticos latino-americanos apresentaram no século XX – e que ainda se encontram vívidas, em grande medida, até os dias de hoje, o suficiente para enxergar em Macondo a representação de toda a América Latina e as tragédias de seu povo explorado e marginalizado, fustigado pela indiferença de governos insensíveis e independentes. São esculturas poéticas das experiências políticas vivenciadas neste período, mas se erigem, sobretudo, como alerta para os passos futuros deste continente. No livro se vê bem caracterizado o coronelismo retratado por Victor Nunes Leal em sua obra, expressão que, embora se reconheça como brasileirismo, acabou se manifestando na autodescrição de Aureliano Buendía quando do fuzilamento de seu sogro Apolinar: “E não torne a me chamar de Aurelito, porque já sou o Coronel Aureliano Buendía” (MÁRQUEZ, 2001, p. 102). As lições extraídas de Cem anos de solidão, afinal, podem ser decisivas para que a democracia na América Latina não tenha o mesmo destino desgraçado da linhagem de José Arcadio Buendía: acabar perecendo, após sete gerações, para instaurar verdadeiros e sombrios anos de solidão.

REFERÊNCIAS
CABRAL, João C. da Rocha. Código Eleitoral da República dos Estados Unidos do Brasil; 1932. Brasília: Secretaria de Documentação e Informação do TSE, 2004.
CASTRO, Flávia Lages de. História do Direito geral e do Brasil. 6. ed. Rio de Janeiro: Lumen Juris, 2008.
CERQUEIRA, Thales Tácito Pontes Luz de Pádua. Direito Eleitoral brasileiro. 2. ed. rev., atual. e ampl. Belo Horizonte: Del Rey, 2002.
LEAL, Victor Nunes. Coronelismo, enxada e voto: o município e o regime representativo no Brasil. 7. ed. São Paulo: Companhia das Letras, 2012.
MÁRQUEZ, Gabriel García. Cem anos de solidão. Trad. Eliane Zagury. 49. ed. Rio de Janeiro: Record, 2001. Trad. de Cien años de soledad.

http://www.revistafides.com/ojs/index.php/br/article/view/443/706

Morton Luiz Fria de Medeiros
Possui graduação em Direito pela Universidade Federal do Rio Grande do Norte (1998), mestrado em Direito pela Universidade Federal do Rio Grande do Norte (2005) e doutorado em Ciências Jurídicas pela Universidade Federal da Paraíba (2016). Atualmente é Promotor de Justiça do Ministério Público do Estado do Rio Grande do Norte e Professor Adjunto da Universidade Federal do Rio Grande do Norte. Tem experiência na área de Direito, com ênfase em Filosofia do Direito e Teoria Geral do Direito, atuando principalmente nos seguintes temas: Direito, Poder Judiciário, Ministério Público, Direito Constitucional, Direito Eleitoral, democracia, improbidade administrativa e Hermenêutica Jurídica.
Informações coletadas do Lattes em 27/08/2017

 

 

 

Gabriel García Márquez con Mercedes Barcha, su esposa; y Gonzalo, su segundo hijo.

 

Biografía de Gabriel García Márquez

El mejor y más completo recuento de su vida, tanto vivida como deseada, está encerrado en sus memorias. Al inicio de “Vivir para contarla”, cuenta como se presentó su madre cuando andaba buscándolo y lo encontró:

-Soy tu madre.
—Vengo a pedirte el favor de que me acompañes a vender la casa.
No tuvo que decirme cuál, ni dónde, porque para nosotros sólo existía una en el mundo: la vieja casa de los abuelos en Aracataca, donde tuve la buena suerte de nacer y donde no volví a vivir después de los ocho años. Acababa de abandonar la facultad de derecho al cabo de seis semestres, dedicados más que nada a leer lo que me cayera en las manos y recitar de memoria la poesía irrepetible del Siglo de Oro español. Había leído ya, traducidos y en ediciones prestadas, todos los libros que me habrían bastado para aprender la técnica de novelar, y había publicado seis cuentos en suplementos de periódicos, que merecieron el entusiasmo de mis amigos y la atención de algunos críticos. Iba a cumplir veintitrés años el mes siguiente, era ya infractor del servicio militar y veterano de dos blenorragias, y me fumaba cada día, sin premoniciones, sesenta cigarrillos de tabaco bárbaro. Alternaba mis ocios entre Barranquilla y Cartagena de Indias, en la costa caribe de Colombia, sobreviviendo a cuerpo de rey con lo que me pagaban por mis notas diarias en El Heraldo, que era casi menos que nada, y dormía lo mejor acompañado posible donde me sorprendiera la noche. Como si no fuera bastante la incertidumbre sobre mis pretensiones y el caos de mi vida, un grupo de amigos inseparables nos disponíamos a publicar una revista temeraria y sin recursos que Alfonso Fuenmayor planeaba desde hacía tres años. ¿Qué más podía desear?

(…) Hasta la adolescencia, la memoria tiene más interés en el futuro que en el pasado, así que mis recuerdos del pueblo no estaban todavía idealizados por la nostalgia. Lo recordaba como era: un lugar bueno para vivir, donde se conocía todo el mundo, a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. Al atardecer, sobre todo en diciembre, cuando pasaban las lluvias y el aire se volvía de diamante, la Sierra Nevada de Santa Marta parecía acercarse con sus picachos blancos hasta las plantaciones de banano de la orilla opuesta. Desde allí se veían los indios aruhacos corriendo en filas de hormiguitas por las cornisas de la sierra, con sus costales de jengibre a cuestas y masticando bolas de coca para entretener a la vida. Los niños teníamos entonces la ilusión de hacer pelotas con las nieves perpetuas y jugar a la guerra en las calles abrasantes. Pues el calor era tan inverosímil, sobre todo durante la siesta, que los adultos se quejaban de él como si fuera una sorpresa de cada día. Desde mi nacimiento oí repetir sin descanso que las vías del ferrocarril y los campamentos de la United Fruit Company fueron construidos de noche, porque de día era imposible agarrar las herramientas recalentadas al sol. La única manera de llegar a Aracataca desde Barranquilla era en una destartalada lancha de motor por un caño excavado a brazo de esclavo durante la Colonia, y luego a través de una vasta ciénaga de aguas turbias y desoladas, hasta la misteriosa población de Ciénaga.

Gabriel José García Márquez nació en Aracataca (Colombia) en 1927. Cursó estudios secundarios en San José a partir de 1940 y finalizó su bachillerato en el Colegio Liceo de Zipaquirá, el 12 de diciembre de 1946. Se matriculó en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Cartagena el 25 de febrero de 1947, aunque sin mostrar excesivo interés por los estudios. Su amistad con el médico y escritor Manuel Zapata Olivella le permitió acceder al periodismo. Inmediatamente después del “Bogotazo” (el asesinato del dirigente liberal Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá, las posteriores manifestaciones y la brutal represión de las mismas), comenzaron sus colaboraciones en el periódico liberal El Universal, que había sido fundado el mes de marzo de ese mismo año por Domingo López Escauriaza.

 

 

 

La casa de los abuelos, en Arataca; donde tuvo la suerte de nacer Gabriel García Márquez

 

Había comenzado su carrera profesional trabajando desde joven para periódicos locales; más tarde residiría en Francia, México y España. En Italia fue alumno del Centro experimental de cinematografía. Durante su estancia en Sucre (donde había acudido por motivos de salud), entró en contacto con el grupo de intelectuales de Barranquilla, entre los que se contaba Ramón Vinyes, ex propietario de una librería que habría de tener una notable influencia en la vida intelectual de los años 1910-20, y a quien se le conocía con el apodo de “el Catalán” -el mismo que aparecerá en las últimas páginas de la obra más célebre del escritor, Cien años de soledad (1967). Desde 1953 colabora en el periódico de Barranquilla El nacional: sus columnas revelan una constante preocupación expresiva y una acendrada vocación de estilo que refleja, como él mismo confesará, la influencia de las greguerías de Ramón Gómez de la Serna. Su carrera de escritor comenzó con una novela breve, que evidencia la fuerte influencia del escritor norteamericano William Faulkner: La hojarasca (1955). La acción transcurre entre 1903 y 1928 (fecha del nacimiento del autor) en Macondo, mítico y legendario pueblo creado por García Márquez.

En 1961 publicó El coronel no tiene quien le escriba, relato en que aparecen ya los temas recurrentes. En 1962 reunió algunos sus cuentos bajo el título de Los funerales de Mamá Grande, y publicó su novela La mala hora. Muchos de los elementos de sus relatos cobran un interés inusitado al ser integrados en Cien años de soledad. En la que Márquez edifica y da vida al pueblo mítico de Macondo (y la legendaria estirpe de los Buendía): un territorio imaginario donde lo inverosímil y mágico no es menos real que lo cotidiano y lógico; este es el postulado básico de lo que después sería conocido como realismo mágico. Se ha dicho muchas veces que, en el fondo, se trata de una gran saga americana. En suma, una síntesis novelada de la historia de las tierras latinoamericanas. En un plano aún más amplio puede verse como una parábola de cualquier civilización, de su nacimiento a su ocaso.

 

 

 

 

Tras este libro, el autor publicó la que, en sus propias palabras, constituiría su novela preferida: El otoño del patriarca (1975), al que seguiría el libro de cuentos La increíble historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1977), y Crónica de una muerte anunciada (1981).
El amor en los tiempos del cólera, se publicó en 1987.

En 1982 se le otorgó el Premio Nobel de Literatura.
Una vez concluida su anterior novela vuelve al reportaje con Miguel Littin, clandestino en Chile (1986), escribe un texto teatral, Diatriba de amor para un hombre sentado (1987), y recupera el tema del dictador latinoamericano en El general en su laberinto (1989), e incluso agrupa algunos relatos desperdigados bajo el título Doce cuentos peregrinos (1992). Del amor y otros demonios (1994) y Noticia de un secuestro (1997). En 2002, García Márquez publicó el libro de memorias Vivir para contarla, el primero de los tres volúmenes de sus memorias. La novela, Memoria de mis putas tristes, apareció en 2004.
En 2007, la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española lanzaron una edición popular conmemorativa Cien años de soledad.
Murió el 17 de abril de 2014.

 

 

Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes y Guillermo Cabrera Infante vistos por el pintor e ilustrador Fernando Vicente

 

 

BIBLIOGRAFÍA:

Relatos:

Los funerales de la Mamá Grande 1962
La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada 1972
Narrativa completa 1985
Los cuentos de mi abuelo el coronel 1988
Doce cuentos peregrinos 1992
Cuentos:1947-1992 1996
Yo no vengo a decir un discurso 2010
Todos los cuentos 2012

Novelas:

La hojarasca 1955
El coronel no tiene quien le escriba 1961
La mala hora 1962
Los funerales de la Mamá Grande 1962
Cien años de soledad 1967
El otoño del patriarca 1975
Crónica de una muerte anunciada 1981
El amor en los tiempos del cólera   1985
El general en su laberinto    1989
Del amor y otros demonios 1994
Memoria de mis putas tristes 2004

Periodismo:

Obra periodística 1: Textos costeños 1981
Obra periodística 2: Entre cachacos 1982
Obra periodística 3: De Europa y América 1983
Obra periodística 4: Por la libre 1984
Obra periodística 5: Notas de prensa 1991
Crónica, artículos, reportaje y ensayo:
Relato de un náufrago 1970
Cuando era feliz e indocumentado 1973
Chile, el golpe y los gringos 1974
Crónicas y reportajes 1976
De viaje por los países socialistas: 90 días en la cortina de hierro 1978
El olor de la guayaba. Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza 1982
Viva Sandino 1982
La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile 1986
El cataclismo de Damocles 1986
Primeros reportajes 1990
Como se cuenta un cuento 1995
Noticia de un secuestro 1996

Teatro:

Diatriba de amor contra un hombre sentado 1988

Guión:

El secuestro 1982
Erendira 1983

Autobiografía:

Vivir para contarla 2002

Filmografía:

1954 – LANGOSTA AZUL / Colombia / Alvaro Cepeda Samudio.
1964 – EL GALLO DE ORO / México / Roberto Gavaldón.
1964 – EN ESTE PUEBLO NO HAY LADRONES / México – Alberto Isaac.
1965 – TIEMPO DE MORIR / México / Arturo Ripstein.
1965 – LOLA DE MI VIDA / México / Miguel Barbachano.
1966 – JUEGO PELIGROSO / México /Arturo Ripstein.
1968 – PATSY MI AMOR / México / Manuel Michel.
1974 – PRESAGIO / México / Luis Alcoriza.
1978 – EL AÑO DE LA PESTE / México / Felipe Cazals.
1979 – MARIA DE MI CORAZON / México / Jaime Humberto Hermosillo.
1979 – LA VIUDA DE MONTIEL / Cuba-México-Venezuela-Colombia / Miguel Littín.
1980 – EL MAR DEL TIEMPO PERDIDO / Venezuela / Solveig Hoogesteijn.
1980 – ERENDIRA / México / Ruy Guerra.
1985 – TIEMPO DE MORIR / Colombia / Jorge Alí Triana.
1986 – CRONICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA / Italia- Colombia / Francesco Rosi.
1988 – SERIE AMORES DIFICILES / Televisión Española
1988-89 UN SEÑOR MUY VIEJO CON UNAS ALAS ENORMES / Cuba- España / Fernando Birri.
1989 – ME ALQUILO PARA SOÑAR / España-Brasil / Ruy Guerra.
1996 – EDIPO ALCALDE / Colombia-España / Jorge Alí Triana.
1999 – El CORONEL NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA / México-España-Francia / Arturo Ripstein.

Premios:

Premio de la Novela ESSO por La mala hora (1961)
Premio Rómulo Gallegos por Cien años de soledad (1972)
Premio Nobel de Literatura (1982)
Premio cuarenta años del Círculo de Periodistas de Bogotá (1985)

Enlaces:

http://elpais.com/especiales/2014/gabriel-garcia-marquez/
http://www.lavanguardia.com/cultura/20140417/54405916916/gabriel-garcia-marquez.html
http://elpais.com/autor/gabriel_garcia_marquez/a/
http://www.cadenaser.com/cultura/articulo/gabriel-garcia-marquez-55-anos-imaginando-literatura/csrcsrpor/20140417csrcsrcul_9/Tes
http://www.elmundo.es/cultura/2014/04/17/53503235e2704e2e468b457e.html
http://cvc.cervantes.es/actcult/garcia_marquez/
https://www.facebook.com/GabrielGarciaMarquezAuthor
http://www.el-mundo.es/larevista/num124/textos/quinter1.html
http://www.bbc.co.uk/spanish/seriemilenio03.htm
http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/04/140404_garcia_marquez_primer_editor_ob_ms.shtml

Tomado de “Vivir para contarla” y del enlace
https://www.escritores.org/biografias/370-gabriel-garcia-marquez

 

 

 Claustro de la Merced en la Universidad de Cartagena de Indias. Monumento con busto y cenizas
Gabriel García Márquez, murió en Ciudad de México el 17 de abril de 2014 y sus cenizas fueron llevadas a Colombia por su esposa Mercedes Barcha y sus hijos Rodrigo y Gonzalo.