El Destino 
y la señorita Salus

Pedro Sevylla de Juana

Libro Editado por la editorial Caligrama, sello de Penguin Random House  ISBN: 9788417915537 /  eBook: 9788417915919

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A mis padres, que en la niñez me llevaron de la mano adonde yo quise ir.

«Quiero dar a conocer los prodigios que se observaron en el cielo tres días antes de los idus de octubre. Si alguien me preguntara la fuente en que bebí la noticia de aquellos hechos, la intuición, responderé, ayudó al pensamiento; la memoria lo trajo a colación para entregárselo a la capacidad narrativa».
Pedro Sevylla de Juana

Prólogo
:  Vida, muerte y resurrección
Por Cesáreo Gutiérrez Cortés

 

La novela

Escribió Séneca: «Erramos pensando en la muerte como obstáculo. No tenemos en cuenta que la muerte es el definitivo puerto de arribada. Morir más pronto o más tarde carece de importancia. Lo único que de verdad interesa, es morir bien». Y ese bien no es otro que el deseado por cada uno. A este pensamiento me atengo desde que el final de mis días aparece diluido en el horizonte cercano.
El Destino y la señorita Salus, tomado como libro único, me plantea diversas incógnitas de las que quisiera abordar alguna. En primer lugar, la consideración como libro religioso de la novela protagonizada por una mujer piadosa. ¿Es este un libro religioso, stricto sensu? Trata en profundidad aspectos cardinales de la religión y, en ese sentido, es un libro religioso.
Sin embargo, no es un análisis crítico cuyo objeto sea la religión en sí misma. Al menos, no lo es del todo. Entiendo que el estudio global sobre el fenómeno religioso, causa y consecuencia de las civilizaciones que se sucedieron, por inabarcable no se ha escrito ni se escribirá nunca; ya que sería la historia completa de la humanidad. Partiendo del concepto religioso tal como lo entendemos, siguiendo por la persona y su necesidad de guía y trascendencia en cada sociedad, avanzando por las religiones nacidas y extendidas a través de los tiempos en las grandes aglomeraciones humanas, el trabajo llegaría al estudio de las coincidencias y divergencias de las religiones monoteístas, mayoritarias en la actualidad. Desde ahí, trataría de conocer en qué medida satisface cada una de ellas la necesidad religiosa, poca o mucha, de las personas. Seguiría por la función social desarrollada tanto en lo concerniente al grueso de las poblaciones como a sus dirigentes, teniendo en cuenta que todo ello podría estar integrado en una fórmula matemática, quizá la ecuación de la relatividad general para el movimiento del universo. Demasiado, pues, el todo; vayamos a las partes. Aunque hemos de reconocer que, si recopiláramos todos los escritos donde, parcialmente, se ha desarrollado la cuestión, encontraríamos multitud de lagunas o desiertos. Y, en ese sentido, El Destino y la señorita Salus disminuye el tamaño de lo ignorado, al menos en una bocanada de agua o en un puñado de arena. Veo en ella una novela original y provocativa que analiza hasta el mínimo detalle los pensamientos y los actos de una mujer singular, dándonos a conocer el efecto de la religión en una persona
como muchas otras.
La segunda de las incógnitas que me plantea el libro es la razón que tuvo el autor, poco o nada practicante por lo que sé, para escribir un argumento de estas características concretas. Parto de una base sólida. Sé que, por su formación y educación, Pedro Sevylla de Juana posee sustento religioso suficiente, tanto en la parte teórica como en la práctica. Interno en un colegio religioso dirigido por una congregación de frailes de origen francés, pasó en el internado siete años de su vida.
No fue un periodo de tantos, pues ocurrió de los nueve a los diecisiete años: niñez, adolescencia y primera juventud. Y no se trataba de una época cualquiera, pues sucedió de 1955 a 1962, lapso que, en el país, fue el tiempo de una dictadura; una autocracia —raíz, tallo y ramas— dotada de fortaleza. Tiempo de dirigismo global, cuyo efecto se incrementa progresivamente desde la cúpula de partida hasta llegar al pie. Es ahí, en el tramo inferior, espacio y tiempo propicios, donde actúa con mayor exigencia.
Encaminar la educación de la infancia y de la adolescencia representa, además de dominar el presente, asegurar el dominio del futuro. En aquel transcurso, la diferencia entre la educación de un colegio de frailes y la de un seminario sacerdotal era de extensión exclusivamente, no de intensidad. Tentación, pecado y castigo tenían en ambos la misma consideración. La dirección espiritual alcanzaba los más estrechos rincones de la intimidad: Dios lo ve todo, de día y de noche, en cualquier espacio. Y conoce, incluso, nuestros más ocultos pensamientos. Los frailes también contaban con una red de acusicas envidiosos y confidentes premiados. A los diecisiete años, menor de edad, por tanto, llegó Pedro Sevylla de Juana a Madrid para seguir su formación. Fueron solamente unas horas de tren, un tiempo que no se le hizo pesado ni aburrido.
Con la nariz pegada al cristal estuvo esas horas viendo pasar, pueblo tras pueblo, los pequeños núcleos de población y las tierras de labor de cultivos cambiantes. Todo ello bajo un cielo azul que perdía intensidad al cubrir las montañas. Fueron unas horas bañadas de incertidumbre porque intuía que su vida iba a dar un vuelco vital. Al despedirse de sus padres y quedarse solo en la gran urbe mientras descubría lo nuevo subido a lomos de lo viejo, comprendió que su vida estaba siendo ya muy diferente; todo lo diferente que él estaba dispuesto a admitir y soportar.
Asfalto y edificios salpicados de árboles y arbustos cautivos y un enorme trajín de vehículos y personas circulando en forma de caos ordenado: eso vio en la primera mirada. Cruzó de un salto la valla existente entre los estudios de ciencias y los de letras y, además del latín que ya conocía, penetró en el griego y, como consecuencia, en los autores clásicos y en la filosofía.
Poco después, a los dieciocho años, comienza a trabajar en el Centro de Proceso de Datos del Ministerio de Hacienda, con sede en la calle Montalbán, junto al Parque de El Retiro. Lo que le lleva por proximidad a alojarse en una pensión de la calle del Prado, situada frente al número 21.
En ese número y en esa calle concreta abre sus puertas el Ateneo científico, literario y artístico. La institución, de carácter privado, fue fundada en 1835 por personalidades imbuidas del más puro espíritu romántico liberal. Teniendo a Larra como primer socio y a Azaña como prototipo de ateneísta, del Ateneo saldrían hasta dieciséis presidentes de Gobierno. En su biblioteca, una de las mejores dotadas de España, Pedro Sevylla pasa algunas horas de lectura casi a diario.
Como vemos, del pueblo de nacimiento, pasando por la pequeña capital de provincia, llega a la aglomeración ingente de la capital del país. Experiencia y aprendizaje logrados en un recorrido que, en cierto modo, recuerda al de la señorita Salus.
Por otro lado, inició mi amigo la escritura de esta obra al llegar a los cincuenta años, cuando ya contaba con once libros publicados, un aspecto que suma o potencia. De modo que, para cerrar mi incógnita, concluyo: pudo escribir la novela, quiso hacerlo y lo hizo. Aunque es necesario añadir que ese «lo hizo» tardó veinte años en completarse.
Si la evolución es desarrollo y el desarrollo completa proyectos, El Destino y la señorita Salus alcanza el culmen de la novela que, con el título de El dulce calvario de la señorita Salus, proporcionó a Pedro Sevylla de Juana durante el año 2000 el Premio Internacional Vargas Llosa de novela. Es de destacar que fueron trescientos sesenta y ocho originales, de muy diversos países, los que optaban al preciado galardón. El jurado anunció que el premio fue concedido por unanimidad de sus miembros.
Publicadas por la prensa, guardo las fotos hechas en la entrega de la distinción, efectuada en la sede de la propia promotora, la Universidad de Murcia. En ellas, el aún no premio Nobel tiende el reconocimiento documental y un ejemplar del libro con la tinta ya seca a mi amigo Pedro, el autor. También aparece Vargas Llosa aplaudiendo al premiado junto a las autoridades académicas y al patrocinador económico.
Muy próxima, en el quiosco de ese mismo día podía leerse la noticia de la renuncia de Álvaro Vargas Llosa como asesor de la campaña de Alejandro Toledo, candidato en las elecciones generales de Perú de 2001. En los actos posteriores a la entrega pudo verse a Mario Vargas Llosa muy afectado. Álvaro aseguró haber perdido por primera vez el apoyo de su padre, quien, habiendo sido candidato a presidente en las generales de 1990, de las que salió derrotado, decidió seguir apoyando en esos días a Alejandro Toledo, triunfador dos meses después.
En sus inicios, trataba la novela de una historia completa si nos atenemos al proceso natural de las personas: un siglo entero de peripecia vital por la España cambiante. Aunque, recibiendo más aportaciones argumentales y poniendo el énfasis en la vida de sacrificio, titulada La pasión de la señorita Salus, en 2010 volvió a publicarse. Se editó de nuevo dos años después con el énfasis de la escritura puesto en la muerte, esa perra rabiosa que muerde a los débiles. El título de entonces fue Pasión y muerte de la señorita Salus.
Tras la muerte, poco más podría añadirse. Frase que sería cierta si la señorita Salus no fuera quien fue, pues, en ella, la resurrección y la subida a los cielos superaban a la muerte y la vencían, dando fin al proceso de pasión religiosa iniciada a imitación del Maestro.
Veinte años de trabajo intermitente han dado, en opinión del autor, la contundencia, la belleza y la enseñanza que ahora se encuentran en la obra.
Pensé, al leerla por primera vez, que Pedro Sevylla de Juana había creado el arquetipo de mujer piadosa. Y pensé algo más, pues la persona desarrollada en la novela, a fuerza de leer libros religiosos parecía haber acabado con la sesera un tanto reblandecida.
Recordemos que eso es lo que ocurrió a don Quijote con los libros de caballería. Pero no, no era así. Si bien se trataba de un arquetipo, no era una simple recreación gráfica o literaria. Se trataba de una mujer de carne y hueso. Sí, de una anciana a quien el lector toma cariño al verla caminar despacio, respirando de manera forzada y con gesto fruncido en las cuestas; y sonriente en el cómodo camino de regreso. Pálpito y emoción, volitiva hasta más no poder, su voluntad remaba a favor y remaba en contra de la corriente. Satisfacción y desasosiego por igual aprovechables: una, en lo inmediato; el otro, en lo lejano.
Acababa el siglo XX y comenzaba el XXI en los días de la publicación. Saudade, nostalgia, añoranza de su persona y de la conversación sin bordes ni techo; hice lo imposible por ver a Pedro, tratando de conciliar mis viajes con su lugar de estancia temporal. Fue en Barcelona donde nos encontramos. Mi guía, él, en una ciudad que conoce, vive y ama. En ese mismo espacio debía yo indagar sobre Gaudí para una serie de artículos que vieron la luz en revistas internacionales destinadas a viajeros.
El argumento esencial y primitivo de la novela llegó al autor desde la realidad cercana: calles frecuentadas de una misma ciudad, configurando la mujer a una señora verdadera, en cuyo interior vio a Salus como Miguel Ángel vio la Pietá dentro del bloque de mármol. No sé si fue una labor de escultor la que realizó Pedro Sevylla quitando trozos sobrantes cada vez más pequeños, pero, si sucedió así, su labor escultórica continuó una vez publicada la andadura vital con la que este libro acaba.
Aquí está, por tanto, la señorita Salus, pulcra y definitivamente esculpida. Y aquí está, lector, el proceso que el tiempo llevó a cabo en la mente del escritor en su viaje tras las sucesivas reencarnaciones de la protagonista. Al fin dio con la Salus que sufre en sus carnes, en sus intenciones y deseos la pasión, la muerte y la resurrección, a imitación de Cristo; y la subida a los cielos, a imitación de la Madre.
Proceso que entendió prometido en los libros, en las enseñanzas maternas y en los testimonios de los grandes maestros y profetas.
Esta redacción última y definitiva, titulada El Destino y la señorita Salus, expande, en cierto modo, el sentido de la novela, llevándolo a extremos poco habituales por extraordinarios. Ciertamente, al principio, la señorita Salus se muestra beligerante con las incongruencias de la religión. No obstante, a medida que van pasando las horas de meditación en la soledad de la bañera, se percibe en ella un paulatino intento de suavizar el modo de ver los desacuerdos. Cada día supera la supuesta contradicción existente entre el examen de conciencia que va haciendo a intervalos, muy crítico con su propia conducta, y la esperanza de salvación que lleva al goce de la vida eterna.
Sabe que es una mujer como las otras en cuanto a las caídas confesadas, pero se esfuerza día tras día por mejorar su conducta, incluso, su forma de ser. Las lecturas de los textos sagrados, principalmente: san Agustín, san Francisco de Sales, las epístolas, los salmos y los evangelios que inicia y repite Salus con una satisfacción parecida a la hallada por los místicos, producen en ella un efecto desigual.
Sin embargo, su postura ante la pasión y la muerte de Cristo está avalada por las lecturas, pudiendo hacerse común a todos los cristianos, católicos o no. Extensión que no resta un ápice a su particular circunstancia.
Existe un tramo final dedicado a la resurrección y la asunción a los cielos que no corresponde ya a la meditación de la anciana porque ha muerto, pero sí a su intención. Lo escribe el nieto de la amiga Agripina basándose en la trayectoria de Salus y en las expresiones que él mismo la oyó pronunciar, unidas a las encontradas en las cartas que su abuela fue recibiendo a lo largo del tiempo de separación. Haciéndose eco, además, de lo que Cristo expresa en los evangelios acerca de la resurrección de todos los que crean en Él.
Hay una diferencia que no es poca cosa: ella sube al cielo por asunción y son los ángeles quienes la elevan, lo mismo que a la Virgen María; Jesucristo, según sabemos, subió por sus propios medios. Es la llamada ascensión.
La señorita Salus se hace piadosa por influjo de su madre, apoyándose a diario en el ejemplo materno. Lee los textos sagrados persiguiendo al mismo tiempo la conversión del padre. Es la figura paterna, la de un descreído que conduce a la familia como a una tropa militar o a un rebaño de ovejas: reparte humillaciones, sopapos u otros castigos si lo considera necesario.
La hermana mayor pretende ser la encarnación del mal. Incluso llega a presumir de prender la mecha en la casa de los abuelos cuando, en el incendio que la alcanza, muere la envidiada hermana pequeña. El recorrido completo de los recuerdos, desde el nacimiento en el área campesina hasta la muerte, muy mayor, en Madrid, pasando en esa ciudad la guerra, dura casi un siglo.
Personajes hechos a vivir a mordiscos, que no intervienen más que en la demanda ante el juzgado, ladrones de la voluntad y del patrimonio de sus hermanas, son los que fuerzan el carácter de Salus hasta el rencor extremo, excepción residual de su permanente enmienda. Esta sería mi apreciación comparativa. Hay más referencias a los textos sagrados en la nueva versión, además de la añadidura de los capítulos finales y las modificaciones del lenguaje en todo el texto.
La idea principal que engloba el argumento y la peripecia desarrollada recoge la realidad del pasado, del presente y las expectativas de progreso. También la forma de concebir lo venidero, partiendo de un pasado que va mejorando el presente para alargarlo hasta coincidir con la eternidad.
El Destino y la señorita Salus es una carretera bien afirmada: piedra y arcilla mezcladas y compactadas, donde cada página tiene su justificación. Causa y consecuencia forman unidad, siendo, con reiteración, intercambiables.
Al leer la novela, los creyentes no hallarán contrasentido entre el recuento que de la naturaleza de sus actos hace la señorita Salus, y el convencimiento adquirido de salvación eterna.
Y ello es así porque, arrepentida de todo corazón en los últimos instantes, será perdonada como cualquiera de los fieles. Está convencida de ser una persona como muchas otras, pero cree haber sido designada para repetir la pasión de Cristo, resurrección añadida, porque eso es lo que asegura el Maestro a todos los que le amen y sigan. Algo tan sencillo o dificultoso como lo que ella intenta cada día.
Los lectores, incrédulos, pensarán que las lecturas de los textos sagrados, iniciadas y repetidas por Salus con una complacencia semejante a la hallada por don Quijote en los libros de caballería, producen en ella un efecto de confusión parejo, por lo que se preguntarán: «¿Hasta qué extremos puede llevar la lectura literal de los textos sagrados a una persona carente de reflexión y afianzada por entero en la fe?». Hay, pues, en el libro, materia de interés para cualquier lector, sea cual sea su manera de pensar.
Complemento importantísimo es el profundo análisis que la doctora y profesora Ester Abreu Vieira de Oliveira hace de esta novela, conocedora ella, no solo del texto en sus diversos estadios, sino también del conjunto de la obra de Pedro Sevylla de Juana.

 

El autor

Aficionado a la lectura y deseoso de fijar al papel sus hallazgos y contrariedades, escribe Pedro desde muy temprano. Se rindió a la poesía sin condiciones, siendo la prosa poética el resquicio por donde le llegaron los relatos breves. Estos y las sorprendentes facilidades del procesador de textos le acercaron, ya asentado en la madurez, a la novela.
El interés por la lengua y la cultura portuguesas posibilitó su actividad de traductor y el regreso a la poesía. Tras haber trabajado en empresas multinacionales de primer rango antes de cumplir los cincuenta años, renunció al puesto que ocupaba, Jefe de Departamento de Publicidad en un fabricante de coches, para dedicarse a escribir a tiempo completo.
Académico correspondiente de la Academia de Letras del Estado de Espíritu Santo en Brasil, el descubrimiento de ese país enorme y la desbordante vitalidad hallada, considerable en todos los sentidos: geografía, historia, integración y cultura, representó un fuerte impulso para su trayectoria literaria.
El punto de partida del interés fue la exuberante personalidad de Gilberto Freyre, sociólogo y antropólogo profundo, científico de renombre internacional, concienzudo observador, filósofo y poeta, nacido en Recife; y su obra Casa-grande e senzala, de 1933. En esa obra y en las otras del 36 y del 57 encontró Pedro la esencia brasileña: gente, individuo y sociedad.
El estado de Bahia, con Salvador, su capital, fue el centro de llegada y distribución de los esclavos: hombres y mujeres jóvenes y fuertes, sobrevivientes de los viajes en barco desde África, donde habían sido cazados. Y en Salvador encontró Pedro Sevylla el verdadero significado de la palabra «miscigenação», cuño de Freyre. Con ese bagaje primero, su curiosidad por la erupción social brasileña: la inmigración, el cultivo de cacao y café y la industrialización lo llevó a otra palabra, «antropofagia». Es entendida esa voz como el acto de alimentarse de la cultura europea que llegaba al país y, digerida, de incorporarla a la cultura brasileña.
Tras ese término estaban la pintora Tarsila do Amaral y su lienzo Abaporu, de 1928, que Pedro escogió para ilustrar una de las portadas del libro Brasil sístoles y diástoles, bilingüe de poemas y relatos. Estando con Tarsila, ya estaba Pedro en la Semana de Arte Moderna de 1922 y en el modernismo. Fue el modernismo en Brasil un prolongado movimiento cultural vertebrador, no solo de la literatura y del arte, sino también de la sociedad. Y el modernismo atrapó a mi amigo desde los inicios hasta la terminación. Sí sucede que ese movimiento se ha ido diluyendo en otros hasta morir. Autores como Mario y Oswald de Andrade, Manuel Bandeira, Carlos Drummond, Cecília Meireles, Graciliano Ramos y Jorge Amado, entre otros, significaron para Pedro una verdadera transformación cultural y personal.
En su blog literario ha ido incluyendo estudios relativos y traducciones de los grandes escritores en las dos lenguas, tanto ibéricos como iberoamericanos.
Dio sentido a su vida, un sentido amplio y profundo, ejercitando los conocimientos como publicitario, conferenciante, traductor, articulista, poeta, ensayista, editor, investigador, crítico y narrador. Todas las ocupaciones lo hicieron a él; y él se vació en cada una de las ocupaciones para llenarse con todas juntas. La imprescindible independencia, el deseo de perfección y la necesidad de ser útil hicieron de él un corredor de fondo que reserva energías para un esfuerzo final.
En la actualidad, a los setenta y tres años, herido por las enormes diferencias sociales existentes, este es su lema: «Escribir es vivir, vivir es sentir y actuar». Va cerrando capítulos literarios y, tras Imago Universi Mei, una recopilación de su trayectoria poética; y de Los gozosos amores de Virginia Boinder y Pablo Céspedes, un análisis festivo de alegría y esperanza vitales, llega al actual, El Destino y la señorita Salus, un estudio y expresión de los considerados aspectos trascendentes de la existencia. Espero, apoyado en las coincidencias, que el tiempo le venga, en cantidad y calidad, ajustado a sus proyectos.

 

Obra de Pedro Sevylla de Juana

Narrativa:
Los increíbles sucesos ocurridos en el Principado (1982)
Pedro Demonio y otros relatos (1990)
En defensa de Paulino (1999)
El dulce calvario de la señorita Salus (2001)
En torno a Valdepero (2003)
La musa de Picasso (2007)
Del elevado vuelo del halcón (2008)
La pasión de la señorita Salus (2010)
La boca del infierno (2011)
Las mujeres del sacerdote (2012)
Estela y Lázaro vertiginosamente (2014)
Los gozosos amores de Virginia Boinder y Pablo Céspedes (2019)
El Destino y la señorita Salus (2019)

Poesía:
El hombre en el camino (1978)
Relatos de piel y de palabra (1979)
Poemas de ida y vuelta (1981)
Mil versos de amor a Aipa (1982)
Somera investigación sobre una enfermedad muy extendida (1988)
El hombre fue primero, la soledad vino después (1989)
Madrid, 1985 (1989)
Aiñara (1993)
La deriva del hombre (2006)
Trayectoria y elipse (2011)
Elipse de los tiempos (2012)
BRASIL, Sístoles y diástoles (2016)
Imago Universi Mei (2018)

Ensayo:
Ad memoriam (2007)
Análisis críticos de los autores tratados en el blog pedrosevylla.com

Traducción:
Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, al portugués. Textos de Camões, Quevedo, Ercilla y Bello, entre otros.
Libros completos, poemas y relatos pertenecientes a las literaturas en castellano y portugués, vertidos al otro idioma.

Ediciones colectivas:
Premios de narraciones Miguel Cabrera (1997)
Premios Relatos de la Mar (1999)
Premios Paradores de Relatos (2002)
Antología de cuento breve. Salón del Libro Hispanoamericano, México (2009)
II Día internacional de la poesía en Segovia (2011)
Antología de relatos hispanoamericanos Latin Heritage Foundation
(2011)
Palencia. Palabra y luz (2013)
DiVersos, Poesia e Tradução Portugal (2018)

 

1. Primera caída

La caída y el pecado son sinónimos en el vocabulario piadoso de la señorita Salus. No dice «pequé» cuando se explica ante el confesor; dice «caí». «Caí en el primero, en el segundo…», refiriéndose a los mandamientos de la ley de Dios. «Caí en el cuarto, en el octavo o en el décimo». Caídas con minúscula, en contraposición a las caídas de Cristo en el viacrucis. Tan meritorias estas que lograron la salvación de la humanidad.
Utiliza Salus palabras de sus distintos tiempos y lugares, a las que atribuye mucho más significado del que los diccionarios admiten, así que cuando habla quiere decir algo más de lo entendido por los interlocutores. Diferencia causante, en ciertos casos, de la poca comprensión encontrada.
En la mañana luminosa del domingo, la señorita Salus decidió caminar hasta el mercado viejo desplegado en el vecino barrio de Tetuán. Suele llegar a él, más que nada, por curiosear, única licencia que ha decidido permitirse, pues le atribuye una función terapéutica. Una curiosidad sana como la suya perfora una zarcera por donde se renueva el aire de la bodega angosta en que se ha convertido su mente.
Se levantó animosa y preparó un vaso de leche bien cumplido. Lo introdujo en el horno buscando elevar la temperatura unos cuantos grados y, mientras lo observaba girar, blanco como una conciencia sin mácula, advirtió que la tibieza configura su obsesión. Ni calor ni frío pretende. La búsqueda del equilibrio no se ciñe al presente punto de los alimentos que pudiera ser saludable, sino que invade todos los órdenes de la conducta.
Vive huyendo de los extremos, convencida de que en el medio reside la virtud tan perseguida. Puede hallarse en un error instintivo, involuntario, sin culpa; y lo sabe. Tal vez, en algún momento de un futuro impreciso, habrá de arremeter contra la ponderación con todas las fuerzas tratando de llegar hasta el confín bueno, el extremo de la virtud íntegra.
Los discípulos de Cristo no ayunaban como los de Juan: ella lo había leído. Y el mismo Jesús lo justifica: «¿Queréis hacer ayunar a los convidados a la boda, en la mesa del banquete y delante del esposo? Nadie remienda un traje viejo cortando un pedazo al traje nuevo».
No lo entendía con claridad y así se lo hizo saber al confesor. «La boda es un momento de fiesta y alegría, ya vendrán los momentos tristes», argumentó el ministro del Señor, quedando ella conforme sin razón verdadera. La celebración del banquete es sinónimo del establecimiento final del reino de Dios. El remiendo de lo viejo con lo nuevo abunda en la idea de que todo tiene su tiempo y su lugar apropiados. «Pues vaya, será así —pensó—. ¿Estaré pecando de morigerada?». Y no; no quería ella, en ningún caso, emendar la plana al Maestro, que quizá, como el Padre, escribía derecho con renglones torcidos.
Su director espiritual la acusaba de moderada en la fe y de indecisa en las relaciones con Dios, pero está convencida de que un día vendrá distinto y fijará la renovación del espíritu a su comportamiento. De esta manera, con palabras ensayadas antes de salir de casa se lo prometió al sacerdote cruzando los dedos índices; él lo vería.
—Llegará el cambio en cualquier momento y será el tiempo del fervor verdadero, encendido de pasión. Mi alma bendice la inmensa obra desarrollada y su firme e imparable devenir; el futuro, enfilado en un sentido que todavía no alcanzo a comprender. Llegará la muda y, entonces, saltaré la barrera que aún es obstáculo. Me entregaré sin condiciones, pues sospecho que, ciertamente, las medias tintas no valen con el Redentor.
—Amén —terminó diciendo el sacerdote, acosado por tal vehemencia orgullosa; y desvió su ataque hacia la soberbia, que mostraba el hocico feroz por entre las preciosas palabras—. Amén, hija mía, mas ten en cuenta que la vanidad es un perro rabioso que devora a su propio dueño. No olvides que, sin el Señor, somos el barro del que se sirvió para formarnos, la «nada» con la que hizo el barro.
Mientras resolvía acelerar el proceso de entrega, tomó Salus pequeños sorbos del níveo líquido a medio cocer, rechazando, por escrúpulo de gula, una insípida mantecada industrial, distinta a las tantas veces recordadas en su memoria procedente de la infancia. Cortando el hilo de su pensamiento se le hicieron presente las mantecadas y las rosquillas elaboradas por su abuela en la panadería del señor Gildos. Un horno de leña que ardía a trechos —infierno humanizado por un imposible Lucifer doméstico— lanzando peligrosas llamaradas y liberando aromas de encina y sarmientos de los que se beneficiaban las calles adyacentes.
El pueblo de su memoria es Encinas de Esgueva, un lugar donde su arraigo es tan profundo que ni el recuerdo de los más ancianos ni el testimonio de los documentos alcanzan a ver. Tallo y raíz formados por padres, abuelos, bisabuelos, tatarabuelos y otros más lejanos, dueños de sus mismos ojos y un andar parejo. Si nadie la detiene, puede llegar a Noé y hasta el mismísimo Adán, obra divina, perfilada con intención de semejanza. Lo humano semejante a lo divino; lo divino semejante a lo humano.
Planteó la cuestión al confesor y el hombre dijo: «No te hagas tantas preguntas, alma de cántaro, deja que la fe se explique donde la razón no puede». Alma de cántaro: no supo si debía sentirse molesta por la expresión, en sentido de hueca, vacía y tonta; o quizá, confiada. Y lo dejó pasar con un simple y efímero enojo, sin mayor análisis.
De esa manera, tan animosa como se había levantado, con un vestido gris perla muy apropiado para su edad, se dirigió a la calle. Para hacer tiempo quiso recorrer previamente la plaza de Castilla, ya que los puestos no terminan de formarse antes de las diez. Aunque, bien mirado, resulta entretenido presenciar el tejemaneje que se traen los propietarios en el trance de montar las mesas y los techos protectores; barras de soporte, fundas y cubiertas. Mercaderías variopintas extraídas de furgonetas que son como chisteras mágicas, como arcas o cofres presentes en la cueva de Alí Babá. Se suman una asombrosa habilidad, una precisión y una economía de gestos, hijas, sin duda, de la reiteración.
Dio la vuelta y tomó Bravo Murillo hacia abajo pensando en sus cosas. Cuestiones recurrentes, aceptadas por insoslayables: la razón de su lucha diaria, de su avance en mínima columna de uno con la espada en la mano, armadura de fe y esperanza, doncella de Orleans rediviva. A estos fantasmas reales sí se enfrenta, contra ellos se manifiesta impetuosa; nada de delicadeza en la lucha por la memoria de sus hermanas, nada de suavidad en la defensa de los intereses familiares.
Satisfecho de ella debiera sentirse el confesor que dirigía sus pasos inmateriales, su conducta de intenciones y objetivos. Sin embargo, en esta ocasión tan esencial, hablaba de ira el sacerdote, de venganza y de persecución para definir lo que ella considera un deber afrontado con valentía y coraje. Recomendó un perdón verdadero, una especie de amnistía para los culpables del atropello; y Salus, una vez disparada como una flecha, no pudo detenerse ni variar la trayectoria.
Quizá, de ese modo particular que él tenía de ver las cosas de ella, vino el alejamiento. Se negaba a darle la absolución, argumentando que el imprescindible arrepentimiento no estaba presente; y sucede que Salus no se consideraba en pecado. Varias veces resultó el sacramento una negociación infructuosa, terminada la cual abandonaba el confesionario respetuosamente, con los ojos bajos, pero herida, llena de desconfianza. Quizá del frecuente desengaño, de aquellas retiradas sin victoria, pero sin sometimiento, viene la separación paulatina hasta quedar en nada, en un olvido roto a intervalos.
En esos momentos, poblando su mente aparece el hombre, elevada envergadura y rostro armonioso, cuarenta y ocho años bien cumplidos. En cierto modo parecido a su propio padre, en algunos aspectos semejante al hijo que hubiera querido tener, dotado de ciertas características del esposo que a veces pensó real y concreto: pecho velludo de hombre, brazos de hombre fuerte, manos fuertes de hombre, cara y boca de hombre, torso y piernas de hombre enérgico, voluntad y arranque humanos y sensibilidad para comprender los asuntos femeninos.
Al distanciarse perdió un receptáculo de preocupaciones y una fuente de veredas orientadas hacia la salvación de su alma, tan desamparada y tan necesitada de guía; y no ha pensado en sustituirlos, aún apesadumbrada como camina, bajo esa carga excesiva de la que no sabe desprenderse. «Vino bien recomendado», se dice a sí misma con énfasis. Fue Agripina quien lo ponderó ilusionada, atribuyéndole prodigios de santidad, de entrega a los otros, los más desfavorecidos. Razón bastante para que, teniendo a un paso la parroquia, recorriera media ciudad en su busca. Y en invierno resultaba duro cruzar los descampados de aquel barrio obrero escogido por él. ¡Qué modo tenía de pagar el ingrato!
Las inquietudes de la señorita Salus son como los enemigos que toman una ciudad para pacificarla y, restablecido el orden, se quedan en ella implantando sus costumbres y adueñándose, poco a poco, de la voluntad de los habitantes. Seguras de su dominio, las turbaciones se ausentan hacia otras correrías, dejándole una paz ambigua, situada entre la languidez y el desasosiego. Mas no deben de ir muy lejos porque retornan al poco; cansadas, aunque aguerridas, duchas, con el ánimo templado. Traen la memoria hiriente del conocido como «árbol del ahorcado», situado en un valle fresco en los confines del pueblo donde nació —arroyo y manantial de Fuente las Brujas—, un tronco calcinado y un vástago tronchado, efecto del rayo caído años después.
Llegó Salus a los inicios del barrio de Tetuán viendo organizar el mercadillo como un campamento de voluntarios activos, independientes entre sí. Y fue esta libertad de actuación y lo coherente del resultado lo que le llamó la atención. Tiene ella bien firme la idea de la planta necesitada de alcorque y tutor para crecer erguida; y el ir y venir de varones y hembras de distintas edades sin un plan impuesto, la admira. No ve el rodrigón que encauza, acompaña y protege; y esa ausencia la desazona durante breves momentos.
Primero, el suelo se cubrió de piezas dejadas al azar, sin orden visible. Luego se alzó un esqueleto de barras metálicas, distintas en forma y en color. Le siguió un despliegue de lonas coloreadas que, a modo de carne, iban cubriendo los huesos. Recibieron estas, por último, una avalancha de género procedente de los puntos más alejados del orbe: América, Asia y la Europa central y norteña; países exóticos cuyos nombres leía claramente o intuía con dificultad escritos en los envases, según fuera el idioma que los explicara.
Tres horas después sucedió el incidente. Había visto todo lo allí expuesto; supo descubrir las gangas y se atrevió a preguntar precios o a regatear sin franca intención de remate. Cansada como un perro, miraba un puesto de ropa interior; fina seda de colores pálidos, exhibida sin decoro sobre un mostrador de tablas disimuladas por el cobertor rosa tan sobado.
Se trataba de prendas sensuales convertidas en símbolo, en representación de lo que habitualmente ocultan, tan íntimas como la desnudez de las personas, como la secreta fisiología cuyo desarrollo acompañan. Esa visión, producida en un lugar impropio, pudo ponerla en la pendiente del mareo.
También pudo hacerlo la necesidad sentida en el estómago. Se inclina más por la segunda. La debilidad arrastrada, producto de las comidas frugales de los últimos tiempos, la situaron en el deslizadero y su consciencia resbaló. Sufrió una bajada repentina de la tensión, una lipotimia, cualquier alteración del orden orgánico; vio todo oscuro y se sintió leve, ligera como una pluma que desciende a un pozo de negra dulzura.
Cayó blandamente al suelo y su cabeza dio en la esquina de un puesto que ella había visto disponer sin sospecha alguna de enemistad. De allí la recogieron los de la ambulancia, rodeada de transeúntes, sin aire apenas para llenar sus pulmones y continuar activa.
Ignora cuándo fue condenada a muerte: primera de las catorce estaciones en el viacrucis de su particular pasión. Sospecha que le cargaron la cruz tras el primer azote de la vida y el irreprimible llanto. Algo especial verían en ella los sayones en su pronta respuesta al cachete de bienvenida: ¿rebeldía, sometimiento…? ¿Quién sabe?
Lo cierto es que la creyeron capaz de soportar el peso del leño sobre hombros y espalda, llevándolo hasta la cima del monte Calvario; elegida entre miles, destinada a apurar hasta la última gota del cáliz que hizo a Cristo titubear. Ella, labrador de Cirene: voluntario forzado, personaje anónimo. A pesar de su esfuerzo por alejarse de la arrogancia, estaba convencida de enfrentarse a la tercera estación. Mantuvo solo un instante la idea en ese punto, pues sabía que el pecado de orgullo nace de la inmodestia consentida.
Por fortuna, la suerte estuvo de su lado y del inquietante golpe recibido al caer —tras dos radiografías, unos análisis y cuarenta y ocho horas en observación— no quedó sino una puerta abierta a la desconfianza en sus inocentes pies, en sus piernas sin culpa. Algo así como una ventana que mira al descrédito de sus propias fuerzas, al recelo ante las nuevas salidas. Sí, en adelante iba a limitar la duración de los paseos, la longitud, acaso; rodeando la manzana llegando, todo lo más, a la parroquia. Se expondría menos pero no reforzaría el desayuno, pues ahí, en la intemperancia, lo mismo que en la pereza, el demonio espera agazapado, embutido en su segunda piel, vellón de carnero.
Habita Salus el sexto piso de un edificio situado en el lado noble del Triángulo de Oro de Madrid, junto a oficinas de alto precio y hoteles muy afamados. Su calle posee notoriedad por discurrir cercana a grandes avenidas que se abren a la ciudad y al país entero. Goza la vivienda de dos balcones y de unas vistas de envidia. Un ventanuco lateral domina callejas que no van a ningún lado, pues tras dar un giro mueren frente al desnivel insalvable.
Tal desajuste es el resultado perceptible de los frecuentes cambios de un plan urbanístico, servidor de intereses que ella desconoce, aunque los sospecha beneficiarios de particulares sin conciencia. Hay casucas al lado cuyo suelo posee más valor raso que sustentando un edificio; y los propietarios no reparan goterones ni recubren desconchados. Esperan la declaración de ruina del inmueble por parte del ayuntamiento para que la piqueta pueda dar paso a la especulación.
Los inquilinos pagan con su incomodidad el provecho de los caseros, sabiendo que cuando el derribo llegue, a ellos, ancianos en su mayoría, les faltará un lugar a donde ir con su mísera pensión y su soledad enferma. Eso explica la clara discordancia del conjunto, pues al abrigo de construcciones espléndidas se acurrucan chamizos. Son locales alquilados a artesanos o a pequeñas empresas incapaces de pagar traspasos elevados. Imprentas, fotomecánicas o cualquiera de las actividades diversas de las artes gráficas, metidas de lleno en la crisis, allí han fijado su sede.
Se trata de un barrio cambiante, que ella recorre segura porque cree saber o intuir donde han abierto una zanja o han cortado la calzada, porque imagina conocer las alternativas posibles que, otros, más modernos allí, ignoran. A pesar de contar con esa ventaja en su haber, toma cuidado, cruza por los pasos de peatones cuando la luz verde indica que está permitido, esperando paciente frente al color rojo. Ha visto a ancianos seguir su vacilante marcha sin observar previamente si vienen autos, confiados en la habilidad de los conductores; y algunos pagaron la imprudencia con su frágil vida, quizá con el quebranto de huesos que ya no admiten soldadura.
Conocen a la señorita Salus en los bancos, en las tiendas de ultramarinos, en los comercios de objetos del hogar. Aprecian en esos sitios su carácter manso, dulce, apacible e inalterable. De los vecinos recibe muestras inequívocas de cariño, pero donde la sueñan, asegura, es en la parroquia; y ese afecto constituye su mayor defensa frente al futuro. Piensa recoger la cosecha de los años de arada y de siembra.
Tiempos idos de la ayuda prestada por sus débiles brazos. Memoria de las cuantiosas limosnas entregadas en forma de dinero y ropa vieja, todavía en buen uso, que ella sustituía por otra de estreno. Allí, en el sótano de la catequesis, recibirá lo que pida, afirma. Pero, en realidad, no existen fichas de los benefactores, el párroco vino del seminario hace unas semanas y los feligreses se van renovando en las tareas de caridad. Así que pregunta por Juan en Burgos, como decían, cuando era niña, los de su pueblo en casos similares.

 

2. Segunda caída

Está tan próximo mi desplome en la calle, víctima de un desvanecimiento, que el accidente de ahora refuerza el daño sufrido. Temo haber iniciado mi propia pasión, un viacrucis particular, pues me veo imitando a Cristo en su andadura, pesada cruz al hombro y corona de punzantes espinas: tercera y séptima estaciones. Consciente de que estoy a punto de incurrir en un terrible pecado de soberbia, al instante rechazo el pensamiento. Trazo una cruz en el aire, veloz como un relámpago, situando los puntos culminantes en la frente, el pecho y los hombros. Y hago, por añadidura, profesión de fe, intentando alejar la tentación aquí presente.
El resbalón en la bañera sucede casi dos semanas más tarde, en el anochecer del viernes. Pasa la hora de las nueve y media de la noche. Lo sé porque el telediario que suelo ver ya va por el pronóstico del tiempo. Decido bañarme, pues noto una extraña sensación de suciedad que se repite desde niña cuando, por cualquier razón, debo reprenderme. Algún motivo habrá que no percibo para que llegue a mí ese sentimiento en un viernes de rezos: misa en la mañana y, en la tarde, rosario. Es como si una lluvia de barro —polvo fino desatado en agua— hubiera descargado blanda sobre mi cabeza y escurriera mansamente por el cuello hacia abajo.
No es el azar quien nos escoge y nos une a mí y al desasosiego. Una razón ha de existir, pues estuve pensando en los míos: en una niña pequeña y bulliciosa, que era la alegría de la casa y tuvo una muerte trágica; pensé en un pastorcillo que nos traía leche y cabritos, hijo del obrero que, cuando mis padres eran campesinos, llevaba el rebaño a los pastos; pensé en mis abuelos, hechos ya el uno al otro como llave y candado, cuando tuvieron que irse llamados desde la eternidad por una voz que invitaba a la obediencia sumisa.
Luego llevé el pensamiento hacia mis padres, tan dispares ellos como el día y la noche; y por fin hasta ellas, mis hermanas del alma, que me dejaron un encargo difícil. Nombrar por su nombre las cosas ocurridas y rememorar las circunstancias que las rodearon equivale a tomar posesión de ellas, a aceptarlas en el presente y a comprometerse a darles continuidad. Eso creo y eso digo, admito y consiento.
Me baño los viernes cuando llega la noche porque lo aconseja la experiencia. Alternando el agua caliente y la fría se relajan mis músculos y quedan laxos los miembros, como si no fueran con ellos las órdenes de cambiar de postura. Arrebujada en el lecho consigo un sueño placentero que dura hasta la madrugada. Luego, en la penumbra de mi mente, nace y crece la inquietud. Comienzo a pensar en la marcha de la ofensiva que, después de mucho sopesar, inicié en solitario. Contando con unas fuerzas que parecen huidas o en trance de iniciar la desbandada, acometo a quienes burlaron la confianza de mis hermanas, buscando la toma en propiedad de sus bienes.
La costumbre del baño es relativamente nueva. Hasta hace cosa de un lustro me duchaba siguiendo indicaciones de mi confesor, que veía esta práctica más conveniente para la virtud. Ignoro las razones que le asistían, porque nunca se explicó de suyo y yo no me atreví a preguntar. Voy desnudándome en el dormitorio, acogedor a pesar de encontrarnos a mitad de un invierno seco de amaneceres fríos. Si el tiempo no muda su capricho, habré de encender la calefacción también en las horas tempranas. Veo la alcoba hecha a mis necesidades, íntima, personal; todos los objetos han ido ocupando el espacio adecuado.
A modo de adorno están los cuadros en las paredes: estampas crecidas, religiosa recreación de las vidas de los santos más míos. San Antonio aparece con una cruz en la mano en tarea de escudo; creo que fue recortado de una reproducción de la pintura de Dalí. También, una Inmaculada de Murillo rodeada de angelotes casi coritos. Hay unas figuritas de porcelana que parecen descansar sobre los estantes vacíos de la librería representando piadosas actitudes terrenales: la plegaria ante una imagen del Corazón de Jesús que unos niños depositan como si se tratara de un óbolo; el ayuno de un anacoreta en un paraje desértico, un espacio rasgado por un tronco hueco que sirve al eremita de morada.
Veo más aliños, que tendrían explicación cuando los puse, pero ahora la mirada pasa sobre ellos sin apenas notarlos.
Desprendiendo prenda a prenda, descubro el cuerpo de la anciana que lo ha respetado como al tabernáculo que es; depositario testimonial de la alianza con el Todopoderoso. Dejo deslizar el delicado raso de mi ropa íntima, que cae manso a mis pies descubriendo el cíngulo de esparto sobre las caderas, verdugo moderado de aspereza soportable. Desuno el cordón y aparece, testigo de su efecto, una rojez que tira a morada en su asiento de piel. Observo el contraste que ofrecen, mezclados sobre el taburete, raso y esparto, viéndome morigerada, en efecto, pero también voluptuosa. Y es que la contradicción integra mi identidad: raso y esparto soy. Discordancia y choque, incoherencia que debo conciliar en todo instante para no perder el norte.
El barro y un soplo divino originaron el género humano; no iba yo la ser excepción a una regla tan extensa. Raso y esparto serían más llevaderos si se unieran, si se mezclaran, contrarrestándose.
Quisiera ser el centurión que pidió a Jesús la salvación de su siervo. El centurión decía a cualquiera de sus soldados: «Haz esto» e, inmediatamente, el soldado lo hacía. Así quisiera ordenar calma a mis inclinaciones, así quisiera doblegarlas.
Deseando evitar una primera impresión desagradable, mediada la bañera de agua tibia, introduzco la pierna derecha hasta tocar el fondo resbaladizo. Es un esmalte de color blanco lo que toco; y está contaminado de amarillo por causa del goteo del grifo. Al apoyarme en las espitas, observo la irregularidad dominante: círculo rojo que corresponde al agua fría; y azul, en la destinada al chorro caliente, orden universal nacido de algún convenio aquí burlado.
Movida por la broma o el yerro del operario encargado de su instalación, sonrío una vez más mientras tomo impulso con el asidero, evitando forzar el comienzo rígido del tubo flexible de la ducha. Logra alcanzar la pierna izquierda a su compañera, escapando un suspiro de alivio de mis pulmones por la puerta entornada de la boca. Recostada en la muralla que contiene el agua tibia en su seno, observo el hacer y deshacer de la espuma, los continuos disimulos o apariciones de las manos, guías de una esponja respetuosa con los territorios íntimos de mi piel.
Todo transcurre dentro de una normalidad cien veces repetida, minucioso suceder de los gestos. Así sucede hasta que, terminada esa especie de rito hijo del recelo y la rutina, fuera ya de la bañera, llega el crítico momento de secarme los pies. Lo hago con la toallita rosa que lleva mis iniciales bordadas en hilo trigueño. Felpa de puro algodón la compone, al igual que a la toalla de la cara o a la sábana de baño con las que forma conjunto.
Estoy sentada en la orilla desde el lado de fuera. Me apoyo en el borde por miedo a que la banqueta destinada a ese uso —y el rígido hierro de las patas sin funda— resbale sobre las baldosas como la semana pasada. Y así; en posición tan incómoda, alzo las manos que sujetan primero el pie derecho. Elevo a continuación las manos y el pie hasta dar con una posición descansada para la espalda, tan comodona que, si la fuerzo, enseguida envía su protesta por medio de un dolor agudo.
Aquí llega el meollo de la cuestión, percance que trato de explicarme por entenderlo confuso. Es en ese instante preciso cuando, resultado del esfuerzo de alzar brazos y pie, mi cuerpo se inclina hacia atrás y recibo un peligroso golpe en la nuca. No para ahí el inconveniente, porque, de resultas, quedo encajada en el hueco de acero esmaltado que poco antes estaba mediado de agua jabonosa.
Estoy presa. Como queriendo escapar de la acción del destino, me siento una con el cálido flujo que andará recorriendo túneles y alcantarillas buscando, a través del río, el mar caudaloso, repleto de una vida millones y millones de veces renovada. Quisiera saber de cierto, si no es cobardía, ¿por qué mi imaginación hace ese mismo viaje?, ¿por qué se enreda en esa búsqueda de escapatoria? Aunque quizá no sea debilidad sino fortaleza, ese empeño en salvar la vida que nos fue dada por el Creador.
Mi mente se aturde buscando alguna salida del laberinto en el que me veo encerrada. Un dolor rojizo, originado en la parte superior de las vértebras cervicales, punza el interior impalpable y va penetrando en los tejidos, sea cual sea el lugar de su asiento.
Permanezco inmóvil durante un rato indefinido en los bordes, inconcreto en su duración, tras el cual intento incorporarme sin resultado práctico. Quizá moviendo lentamente las piernas y colocándolas por entero dentro de la bañera sería posible izarme, impulsar el cuerpo hacia arriba. Lo ensayo sin conquista, aunque logro, eso sí, reactivar la circulación sanguínea en los conductos angostos privados de caudal, burbujeando miles de puntitos en los pies, que al instante ocasionan un desagradable efecto acumulado. Quiero izarme. Lo intento apoyando las manos en el fondo, para conseguir un giro suficiente del tronco quieto. Advierto al instante el peso excesivo que opongo a mis débiles fuerzas, ya que apenas me muevo. Mente y corazón rechazan el cuerpo incómodo: frágiles e inocentes huesos, soporte del lastre que representa la carne. La carne, sí, en su doble vertiente; porque ella, al sentirse ávida de atenciones, como una gata sensual necesitada de caricias y deleites va frenando mi intento de pureza y salvación.
Sin cuerpo me hubiera preferido; alma sola, vaporosa y etérea, para ir y venir rauda, flotando en el aire. Siendo impalpable tendría contacto intelectual con los otros, entrelazándonos sin peligro de pecado, amándolos con un amor virginal e inmarcesible. Espíritu puro sería al que le entrara, por ósmosis, el saber del universo al completo: cielo e infierno; y sus diferencias esenciales. En simple deseo queda la pretensión, porque la naturaleza, ahora, según parece, no está en la idea de hacerlo posible.
Capturada en la bañera, de nuevo me enfrento al reposo. Voy ensayando diversas posturas, algunas insólitas, sin encontrar la buena. Fatigada, abandono los tanteos infructuosos y, en postura de quietud extrema, me dispongo a analizar el percance y sus con- secuencias. Trato de sujetar una luz que ilumine pensamientos útiles, provechosos principios de la física, hijos del raciocinio práctico y de la larga experiencia.
Al no acertar con la idea apropiada que coloque erguido el tronco —adobe agrietado sobre quebradizos pies de barro—, poco a poco me invade la consciencia de estar sumida en una desgracia invariable. Con la misma lentitud, me desengaño de la confianza excesiva puesta en mis propios medios; anciana desvalida que ni marido tiene ni hijos animosos que la socorran.
En trances parejos el ser humano se descubre diminuto, retrocediendo en esa insignificancia suya por naturaleza. Conoce que forma parte de un todo en interrelación permanente, donde es tolva que recibe de los otros y arcaduz que lo devuelve transformado. Su grandeza es la grandeza de la creación: microbios y planetas junto a volúmenes de tamaños intermedios mezclándose con ellos, homogeneizándose y tendiendo, al mismo tiempo, hacia la individualidad.
Los sueños del faraón veían siete vacas hermosas, metidas en carnes, paciendo en la orilla del río entre hierbas altas y juncos. Por la vereda del sueño llegaban otras siete vacas, estas feas y demacradas, acercándose a las vistosas; y, hambrientas como iban, creyéndose carnívoras, se las comieron. «Las vacas son años», explicó José, protegido de Dios.
—¿Y si sucediera que he vivido los tiempos buenos, muchos, al ser ya anciana, presentándose ahora los correspondientes malos? Si así fuera, habría de quedarme siete años en esta bañera; y no podría aguantarlos. Pero ¡¿qué me digo?! —Salen de la boca frases hueras, aprendidas de memoria en las lecturas santas; verdades que me fueron llegando despacio y reposan en el mismo granero. Altero la verdad impulsada por el temor a quedar atrapada, conmovida por el fuerte deseo de liberación. La desconfianza fue una constante en mi sentimiento, una línea recta que alineó la conducta. En este momento, el auxilio pasa a representar la única esperanza; y mi voluntad se entrega a esa posibilidad solitaria.
Debo aceptar, aunque carezca de práctica, lo que venga de los vecinos, de los desconocidos incluso; pues ahora sé que el rechazo de la ayuda es una manera sutil de egoísmo y soberbia. La caridad me dice que hasta de los enemigos he de admitir y, aun a riesgo de perder la vida, dos excepciones establezco. De ellos, no. Madre e hijo, forzadores de la voluntad de mis hermanas y torcedores de su deseo: de ellos, ni el pan ni la sal ni el aire siquiera.
Transcurre la primera hora sin una clara estimación de mi caudal de posibilidades. Sesenta larguísimos minutos sin hallar el verdadero perfil de las ocasiones propicias, carente de un diseño nítido, coherente con la realidad. Intento eludir el abatimiento como si de un avispón negro cruzado de amarillo vivo se tratara. Me acecha con sus ojos compuestos. En orden de combate el aguijón venenoso, alerta sus patas repletas de gérmenes tomados de muladares cercanos y dispuesto a contagiar enfermedades incurables: el paludismo, el dengue, el mal del letargo.
Temo al sueño esquivo, la bendita dormición o inconsciencia temporal, dones buscados con ahínco durante los últimos tiempos y que las circunstancias transformaron en hostiles. No he de dormirme, no; debo estar alerta como las vírgenes prudentes, presta mi alcuza de aceite, atenta al menor indicio que suponga una presencia humana: el roce de los pasos en la baldosa fría, la palabra suelta escapada de labios mudos, el tintineo de las llaves o el timbre de la puerta o del teléfono.
Las pantorrillas blanquecinas y los tobillos y los pies, insensibles, van tomando un color azulado y un tacto gélido hasta donde llegan las manos y las yemas de los dedos. Dobladas por las rodillas, las piernas van dejando de pertenecerme. El progresivo agarrotamiento me sitúa en trance de comprender a los paralíticos y a los lisiados; me hago en un momento unidad indivisible con ellos y, compartiendo el tormento y la necesidad de favor, les dedico una oración que aprendí de pequeña en el colegio de Medina del Campo. Es una loa al Creador, rimada en asonante, que cantábamos agradecidas por habernos dado la libertad de servirle con la suma de nuestras potencias; capacidades, todas ellas, recibidas de él, no lo olvidemos.
Un molesto hormiguillo me llega después de cada vibración instintiva; evolución aceptada como un triunfo sobre el árbol que permanece estático en mí, sobre la piedra que, atrofiándome, des- cubro intrínseca en mi ser. Agua y minerales soy, impulsos eléctricos, reacciones químicas y un soplo divino que lo pone todo a funcionar. Va siguiendo una norma estricta, perfeccionada a lo largo de millones de años.
Aunque cada célula de mis extremidades inferiores explote en diminutas estrellas punzantes suponiendo una tortura, las sé irrigándose, recibiendo oxígeno, alejándose de la gangrena; y esta apreciación me llena de gozo, un gozo incipiente que ha de ir creciendo. Retrocede entonces mi pensamiento hacia instantes lejanos que creía olvidados del todo y para siempre. Va creando, una tras otra, inéditas situaciones y, en mi modestia, el pensamiento no es protagonista, todo lo más, testigo y relator:
—Quien ama al padre más que a mí, quien ama a la madre más que a mí no son dignos de mí. Y quienes aman al hijo o a la hija más que a mí tampoco son dignos de mí. Y aquel que no carga su cruz y me sigue no es digno de mí, dice Jesús. Cumplí en cada caso. Ni al padre amé suficiente para considerarme indigna de Jesús ni a los hijos que no tuve. Cargué la cruz que me correspondió cuando fue preciso cargarla; la pesada carga familiar, inclusive, representada en las hermanas idas. Amé a la madre, sí, pero sin llegar al exceso dotado de peligro.

 

3. La demanda explica los hechos

Don José Martín Velarde, Procurador de los Tribunales, en nombre y representación de Salustiana Caballero Niño, de conformidad con lo que acredita la escritura de cesión de poder a mi nombre, que recibo, acepto y acompaño, ante el Juzgado comparezco y DIGO:
Que vengo a interponer demanda de juicio ordinario con el objeto de que sean declarados nulos los testamentos otorgados por Mapálica Caballero Niño en fechas 6 y 30 de marzo de 1993 e, incapaces para suceder por causa de deshonor a José María Pérez González e Inés Pérez González, domiciliados a efectos de notificaciones en Toledo.

HECHOS

PRIMERO. Que mi mandante, Salustiana Caballero Niño, es hermana de Mapálica Caballero Niño, fenecida en Madrid el día 25 de julio de 1993, festividad de Santiago Apóstol, a los ochenta y tres años de edad. Siendo la causa de su extinción un paro cardíaco producido por insuficiencia respiratoria, neumonía e infección generalizada, según consta en el certificado de defunción expedido por el Registro Civil.
La causante, Mapálica, dictó testamento pocos meses antes de morir, concretamente el 30 de marzo, ante el notario de Madrid don Fidel Rubio, nombrando herederos a Inés Pérez González y José María Pérez González, siendo las cláusulas testamentarias del siguiente tenor literal:

Primera. Con derecho a acrecer entre ellos, instituye como herederos a partes iguales, a Inés y a José María, madre e hijo respectivamente, ambos vecinos de Toledo y solteros de estado civil, que comparten el domicilio situado en la calle de la Ribera del Tajo, sin número.

Segunda. En previsión de que los citados herederos la premueran, establece por beneficiaria a su hermana Gumersinda Caballero Niño.
Este testamento tiene como derivación que los demandados, herederos universales, lo son en añadido de una vivienda sita en Madrid, en la calle Fernández de la Hoz, cada uno en la proporción de un entero y veinticinco centésimas, de diez enteros indivisos.
Del mismo modo, días antes, Mapálica otorgó otro testamento, en concreto el 6 de marzo, ante el notario de Madrid don Enrique del Corral, cuyas disposiciones testamentarias nos son desconocidas en su redacción, habida cuenta de que no nos ha sido facilitadas por la notaría al no figurar mi mandante como heredera.

 

4. Los afectos de la señorita Salus

Arrastra la señorita Salus una pesada carga de desvelos que pudo evitar de haberlo querido, pues tiene caudales suficientes para resistir veinte años. Es un decir, pero ella, en su intención de proporcionar tarea a la Virgen del Perpetuo Socorro y al Cristo de Medinaceli —de los que es devota—, apoyándose en tales ayudas se adjudicó las obligaciones. A sus ochenta años cumplidos, enarbolando el sable y la bandera de la independencia familiar, se halla comprometida en la defensa de ciertos derechos que los individuos apocados no suelen pretender.
La muerte de los padres, separada cuatro meses entre sí; y las de cinco hermanos, contando a la pequeña, fueron enlutándole la vida. Al color negro de los vestidos y al dolor propio del fallecimiento se añadieron las complicaciones de las herencias en disputa. Avenencias y discrepancias provocaron, además, tres fastidiosos conflictos. El primero, pasado por alto al suceder en el interior de la familia; y los dos últimos, relativos a Paly y Gumersinda, atendidos en tiempo y forma contra extraños, siguen un lento divagar por los recodos impredecibles de la justicia ciega y, por lo visto, renga. Aproniano, que así se llama el hermano pequeño, al que no se le halló adecuado diminutivo ni apócope biensonante, aún vive y podría echarle una mano en las gestiones, pero residiendo en Buenos Aires, carente de descendencia, le interesa poco la lucha lejana; y de eso sabe, pues según confiesa fue algo bandido en sus primeros tiempos del puerto, cuando hizo el dinero raíz de su actual patrimonio. Ahora, con el corazón averiado, está exento de aventuras; y no será ella quien le facilite la lanza y la armadura obligándole a armarse caballero ni quien tense el arco para que él lance las flechas.
Menos aún espera del sobrino que vive en Burgos, llamado Patricio como su padre, hijo único, descartado por sinvergüenza. Solo está interesado en las mandas que le puedan llegar, mientras da aire a la recibida de Paz con malas artes. De manera que, metida de lleno en la vejez, Salus se encuentra tan sola como siempre temió. Han ido muriendo sus hermanas muy queridas, dueñas de las manos niñas que tomaban las suyas cuando, medrosas, salían a la calle.
Sujetas de esa forma, fortalecidas, daban un corto paseo para entregar recados a conocidos del padre. Solían salir también con la intención de cumplir un encargo de compra, visitando alguna de las tiendas donde las fiaban al tener crédito abierto, un favor solicitado por la madre a los tenderos en contra de sus arraigados usos de pago inmediato, precisamente para evitar a las niñas perder los billetes o las monedas. Habían sido bien advertidas por la madre acerca de la intención aviesa de la gente que busca beneficio en las niñas solas. Habían sido prevenidas en el temor al padre si ocurría un percance por confiar en la gente. Han ido muriendo sus hermanas y la han dejado sola, terriblemente sola, frente a sus miedos más profundos.
La señorita Salus muestra al exterior un ser dulce y apacible, sereno y calmo. Y así la ve la gente. Acepta con conformidad y en silencio sus pesares, junto a los ligeros vaivenes de una edad bien conservada. Actitud que ha contribuido a labrarle ese gesto cordial en el rostro, un suave rictus que parece llegar del interior satisfecho. Vestidos bien conjuntados y gestos medidos suman armonía al conjunto, equilibrio buscado que no rompen aún los desajustes de la edad.
Las manos, finas, delicadas, constituyen su orgullo desde que, siendo adolescente, le dijeron a modo de cumplido que eran apropiadas para el ejercicio del piano. Su cuello, bien perfilado, no se queda atrás en la valoración. «Ha debido de ser guapa», piensa quien la ve por primera vez, pues aún conserva tersura en el rostro. Lo enmarca un cabello blanco eficazmente moldeado que proporciona ese toque de serenidad cultivado por ella.
Rebajan su estatura mediana, la inclinación leve de testuz y un ligero doblegar de hombros, gestos justificados por el uso de un bastón con empuñadura de bronce, copia fiel de una cabeza de águila. Tímida, modesta, sencilla y reservada: así es la señorita Salus. Tenaz, también; y altiva. Conjugación de opuestos que liman las aristas más cortantes a través de los tiempos largos de una vida disciplinada y, las más de las veces, rectilínea. De confiada ha pasado a ser recelosa: duda de buena parte de las personas que la rodean oponiendo motivos sobrados. Cuando era niña, paraban en burlas las buenas intenciones aparentes y, en los últimos años, todos los acercamientos que ha alentado han sido egoístas, ávidos de recibir. Quienes se ponían a su lado simulando el ritmo de su paso buscaban dinero en una u otra forma. Y esta generalización reza, incluso, para familiares muy cercanos; ahí está el sobrino Patricio como prueba fehaciente.
En presencia de personas afines —y sabe que hay pocas—, su ánimo muestra un sendero orientado a levante. Lo malo empieza cuando se queda sola, porque el eco de sus reflexiones choca entonces con las cuatro paredes reverberando gritos de angustia. Entonces se desploma sobre ella el tejado. Delgada cubierta de musgo resistente a la sequía, crecida sobre una fina capa de tierra de tres o cuatro granos de grosor.
Se precipitan sobre su cabeza las vigas de pino, la sujeción de las tablas de chopo sobre las que se asientan las tejas en un lecho de barro. Van tras ellas los caballetes del desván aplastando en su marcha cachivaches inútiles: la cuna donde se mecieron todos los hermanos, el caballo balancín, la muñeca de los ojos en el cogote, el rompecabezas de seis posibilidades y una inocente ratonera que nunca atrapó, por algún defecto en su mecanismo interno, ni al más incauto de los roedores.
Se desploman los muros sobre los cimientos formando un montón informe de ladrillos rotos, adobes quebrados y astillas finas como agujas. Y ella se encuentra enterrada bajo los escombros a la búsqueda angustiosa de respiro. Luego, como ninguna posición humana es eterna, retorna el ánimo y ve, a través de los cristales empañados, que el sol pugna por escapar de las nubes para deshacer la densidad de la niebla.
Confía en la Providencia, pero solo a medias. Naturales y provocados, ve los desaguisados del mundo, los oye relatar por quienes los presenciaron; comprueba a diario los rotos sin compostura y la duda entra por ellos. Jesús pide confianza en la Providencia; y ella la tiene en lo que respecta a la suya propia. Sabe lo que va a cenar y lo que comerá mañana, estando convencida de que en la nevera hay alimentos para el día siguiente y el día después. Ha ido aprendiendo que la vida es algo más que alimentos y vestido, más que acaparar como hormigas o abejas para un invierno crudo. Los lirios del campo como ejemplo, sumados a las aves que dirigen sus vuelos hacia la tierra hospitalaria. «Buscad, primero, el reino de los cielos y su justicia; y todo lo demás se os dará por añadidura —dice el Señor—. Baste a cada día su afán —el Señor añade». Pero ella, en su interior, enfrenta la actitud de hormigas y abejas con la perteneciente a las aves que cruzan volando los campos de trigo sin mirarlos. Y por no saber, no sabe con qué carta quedarse.
El futuro es, para la señorita Salus, el inicio del siguiente siglo, el horizonte que tiene al alcance de los dedos, tan solo a un palmo. ¡Ah!, pero sabe que puede encontrar dificultades para cruzar la divisoria. Son amenazas muy concretas, barreras ya insuperables: la muerte súbita, el infarto de miocardio, la tercera caída y cuarenta y siete maneras distintas de cáncer. Así lo afirma un doctor en su espacio de divulgación científica, que ella oye en la radio nocturna intentando engañar al insomnio. Sabedora de que toda frontera es una ficción, un espejismo, una raya marcada por nosotros, los humanos, para frenarnos o para darnos ánimos, quiere cruzar el secular trazo cuanto antes, aunque no sea 31 de diciembre.
Desamparada, víctima miserable de cualquiera de los naufragios, varada en la playa donde las olas la abandonaron, usa la treta de las metas parciales para obtener la sensación de avance. Horizonte aparecido detrás del horizonte, realidad tan antigua como la existencia humana. Aun sabiéndolo, quiere traspasar la línea imaginaria —ecuador, meridiano o paralelo— sin retraso. Vislumbra el siglo XXI todavía borroso, desenfocado por reverberaciones confusas o confundidas, pero le ilusiona la posibilidad tangible de ser protagonista: el segundo milenio terminado por ella y por ella iniciado el tercero.
Se imagina inaugurándolo, cortando la cinta de colores patrios para que la vida entre y siga su curso imparable. Solo pide llegar hasta entonces, enero de 2001, para mirar, como por una ventana, la vista que desde allí se abarca. Verá el pasaje de la ciencia y las costumbres, pensamientos que llegan y pasan, ideas que vienen y se instalan; y podrá hacer conjeturas sobre lo que sucederá de ahí en adelante.
Aparece en su mente, sin llamarla, la parábola de la cizaña, pronunciada por Jesús junto al lago ante los apóstoles y algunos de los seguidores más próximos, ausente ya la multitud curiosa. El reino de los cielos es semejante a uno que sembró en su campo una semilla excelente. De noche, cuando él y los suyos dormían, llegó el enemigo para sembrar cizaña entre el trigo. Creció el trigo y encañó fuerte; entonces, apareció la cizaña. No quiso el dueño extirparla como sugerían los obreros, pues temía que al hacerlo arrancaran también algunas espigas de trigo. Solo algunas espigas, suficientes, en todo caso, para retroceder; una actitud convertida en ejemplo presente y futuro.
Quisiera ser la Señorita Salus testigo del fin de los terremotos y huracanes devastadores, de las sequías que llevan la pobreza y la hambruna a las tierras olvidadas de África y a otras partes del globo. Quisiera conocer el fin de las guerras crueles, presenciar la agonía del egoísmo, el triunfo del bien y el regreso del «cordero». Espera la llegada de un Cristo triunfador del mundanal descalabro, sometiendo a sus consignas el imperio del mal. Y aunque no lo confiesa a cualquiera, cizaña y solo cizaña, quisiera ver sus pleitos resueltos, con los culpables de los atropellos castigados como es de justicia: madre e hijo en la cárcel.
La consciencia que arracima los hechos y los envuelve en papel de aluminio no guarda memoria exacta de las fechas, ignora el momento preciso, se contamina de referencias espurias que llegan de fuera con mucho aparato. La historia personal —y, a veces, la otra, la trascendente— se escribe a partir de esas fuentes dudosas, vacilantes. No obstante, se les concede un crédito alto.
En aquellos años iniciales, tan a menudo evocados, la señorita Salus se hace las primeras reflexiones tiernas, crédulas e idealistas; ya es consciente del entorno y está convencida de que su familia tiene fallas. No necesita comparar con otras; es clara la desarmonía, se palpa sin dar lugar a la duda. Aunque los gritos salen de una sola garganta, hay gritos. Algo más tarde comprende que las conductas son origen y consecuencia unas de otras; hechos posteriores de una misma voluntad están enraizados en alguno previo, todo va entretejido y no hay nada sin compañía.
El progenitor, alto, delgado e inquieto, usa traje de pana recia con chaleco a juego; también una visera de aspecto ferroviario. Gasta barba bien cuidada de un negro azabache y pelambre tozuda de crecimiento arbitrario, que él encauza de manera conveniente a su gusto. Rígido, austero y comprometido con la causa del ahorro, servidor del orden en una sola dirección, manda colocar en fila a los hijos y pone a Beremunda, la mujer, en cabeza, como uno más, al inicio de la hilera.
Baldomero, se llama. Es labrador y ganadero, hijo y nieto de agricultores amantes de la tierra y de lo que él llama «las buenas costumbres». Labra setenta fanegas y manda cuidar un rebaño saneado de sesenta y tres ovejas. Está subscrito al Norte de Castilla y lo lee cada noche de cabo a rabo. La historia le interesa, también las fronteras precisas que conforman las naciones; el equilibrio surgido entre bloques después de las batallas y el difícil reparto del mundo en áreas de influencia. Así, ve en la Iglesia una fuerza poderosa empeñada en torcer el discurrir natural de personas y naciones. Sabe que actuando con doblez y procurando su solo beneficio las convierte en rebaños y —naciones y personas— las encierra en rediles de piedra y doctrina.
Posee el señor Baldomero su forma particular de ver las cosas, midiendo con ese baremo hasta los hechos elementales de la vida, incluso la conducta de los animales: perros, gatos, gallinas y conejos. Del todo a las partes, su análisis camina a buen ritmo, sin mirar a los lados ni dar marcha atrás. Los demás atributos, integrantes de su manera de ser, aquellos que forjan el carácter en sus causas últimas, ni se ven ni se conocen. Se sospechan, sí; pero las sospechas de los que se atreven a confesarlas difieren.
Antes de atesorar una memoria estimable, se va Salus del campo tras los suyos, de las laderas grises que entregan espigas ralas, de allá donde las tres provincias comparten un llano y se yergue altiva la encina solitaria que da nombre al pueblo. Punto común se hace el lugar de Valladolid, Palencia y Burgos, gozando de las peculiaridades cerrateñas: valles fértiles y pedregosas parameras salpicadas de vegetación leñosa.
Entregadas las tierras a un vecino para labrarlas y yendo a medias en los gastos y en los beneficios, tras vender las ovejas al alcalde de Castrillo de Don Juan, muda el señor Baldomero el traje de pana por el mono de obrero del Estado.
Inicia de ese modo un éxodo aún ignorado en la totalidad, pues comenzando en la capital de la provincia seguirá por Medina del Campo y Salamanca para llegar, por último, a la urbe y cabeza del reino, poderoso imán. Lleva el padre sobre los hombros a Mapálica, seguida por la fabuladora Gumersinda, una Paz que es poco aún y la lengua de trapo de Salus. Salus, espantadiza, se oculta tras las faldas de su madre, en cuyo regazo llora la pequeña, esa Beremundita que lleva, desconociendo la coincidencia, el nombre materno.
La esposa prolífica camina amparada en las directrices del marido, avanzando él a duras penas por llevar al costado derecho un lastre que es, a la vez, un estímulo: cinco hijas y un vientre del que aún espera dos varones, anhelo encaramado a todos los otros.
El campesino, de nombre sonoro, al liberarse de las servidumbres de la tierra quiere estimular en los hijos disposiciones de las que carece, profundizando en las heredadas. Desea que tomen los suyos una actitud clara y decidida frente a los caminos del mundo. Por eso entra en comparaciones de los unos con los otros, haciendo de la casa un campo de batalla que, a ratos, pierde el disimulo. Buscando el estímulo que los proyecte más allá de ellos mismos, encuentra el rencor que los coloca fuera de sí. Un padre intransigente puede ser el principio de los males comunes. Genera una tensión insoportable, por lo que la lucha invade los rincones, las puertas, el techo y las paredes. Tomada la vivienda, el interior se atormenta día y noche; y las espadas surgen del techo y de las paredes.
Los hijos pelean, hermano contra hermano, por un puesto a la diestra de la consideración paterna. De esa misma refriega, la mayor, Paly —Mapálica es muy largo y suena a persona mayor—, sale reforzada. Dotada de fuerzas y mañas, consigue hacerse independiente de los otros para ejercer sobre ellos una autoridad que es reflejo de la que sufre en sí misma.
La madre —casada temprano, cuando otras empezaban a mirar a los mozos con interés creciente, a los dieciocho o diecinueve años— fue dotada de un arranque, en verdad, débil.
Anduvo ayudando al cura del pueblo en los asuntos considerados femeninos de la iglesia: ensayos del coro, bordado de casullas, lavado y almidonado de roquetes, limpieza del suelo, provisión de velas y cirios, etc. Por eso consultó la joven Beremunda al menos indicado de los conocidos sobre la conveniencia del noviazgo. El consultado era quien dirigía los actos de la joven con la idea de llevarla a ser monja, poniéndola al servicio directo de Dios en un convento. Sorprendido por la consulta, en cuanto se rehízo, pensó el sacerdote —y así se lo dijo a ella—: «Esa será la misión de tu vida, convertir en creyente al ateo».
Se somete, ya de novia, a los dictados del macho. Acaso le gusta de ese mozo viejo, que en doce años y en tres o cuatro amores la aventaja, la apostura de su estampa, la fuerza de su carácter, la firmeza de su única palabra. Es él quien escoge los nombres de los hijos —una imitación del suyo en la rareza—, pensando una justificación que no pasa de pretexto: el santo del día o un familiar lejano o el intento de hacer a sus hijos seres definidos y diferenciados del conjunto. Y esto último lo consigue de largo.
El universo que la casa constituye posee una abrumadora mayoría femenina. La madre, grávida una y otra vez en busca del varón que se haga cauce de los logros paternos, engendra sin apenas descanso. Y el señor Baldomero está, al menos en este sentido, orgulloso de ella y, para decirlo con justicia, agradecido, pues a sus años —cuarenta y tres cumplió el día que ella le comunicó el último embarazo— ya no es frecuente el deseo de engendrar vástagos.
El señor Baldomero desconocía el futuro inmediato, porque se le veía venir embozado y no daba la cara, pero sabía que las gotas avanzan mejor dentro de la corriente principal, yendo más aprisa aún si se sitúan en el centro. Intuía que las oportunidades de progreso no pasaban por la labranza. Debido a eso, estuvo un tiempo dando vueltas a la idea de aprovechar los impulsos que le quedaban, porque, ya en la madurez, cada día le iba a costar más decidirse.
Tras este proceso de desarrollo mental, dio por concluido el duro período de Encinas de Esgueva sin buscar el acuerdo de su esposa, que acababa de parir a la última de las niñas, la breve Beremundita, Dita para los hermanos. Dejando las tareas derivadas del cultivo y del pastoreo, horizonte asido al trabajo y a las privaciones, abandonó el campo para seguir el llamado del desarrollo producido en la ciudad.
Por aquellas fechas el señor Baldomero dirigía la manada como un macho animal, como el hombre primitivo que era. De ese modo, la condujo hasta Valladolid siguiendo el señuelo de un trabajo de futuro; consistía este en la instalación de líneas telefónicas a través de las sucesivas llanuras onduladas y de las laderas yermas, cruzando ríos que eran como arroyos y arroyos que se secaban en verano.
Durante el tiempo de Valladolid, pasaban las vacaciones en la casa de los abuelos de Encinas, de modo que el cambio se hizo más
llevadero. Y fue en ese tiempo, en uno de los intervalos festivos, cuando sucedió la desgracia más grande sufrida por la familia, refiriéndose siempre a ella como «el incendio». Lo nombraban así, indefinido, seguramente para obviar las terribles consecuencias provocadas.
Una vez asentados en la ciudad del Pisuerga, sería un rescoldo de amor aventado por las emociones del traslado y de la nueva vida o sería el estímulo del agua o de la alimentación impura de la urbe, el caso es que la madre quedó, una vez más, preñada. Se confirmó la sospecha inicial, por lo que en su seno tuvo el tiempo preciso a un varón que fue la tan esperada alegría del padre.
Se abrió un desconocido paréntesis de convivencia, pero la señora Beremunda, que sabía efímera la bonanza, esperaba en cualquier instante los truenos y relámpagos de una tormenta destinada a cerrar el corchete. Amoldado el matrimonio a lo que había, cada uno de los hijos fue abriéndose el sendero que las circunstancias les facilitaban.
Pensaba la señorita Salus que su padre era el demonio; y tenía razones sobradas para pensarlo. Cuando subía de la capital al pueblo, pisaba en el campo hileras de hormigas con intención, aplastando escarabajos al girar con saña la suela del zapato; per- seguía a los ratones por las paneras vacías de los abuelos o en la cuadra deshabitada, dejando venenos a la entrada de los escondrijos y, si salía de caza, disparaba a cualquier bicho viviente que se cruzara en su camino fuera o no tiempo de veda. Deshacía los nidos formados por las golondrinas en el sotechado, sin reparar en la existencia o no de crías indefensas; y todo, pese a que es bien sabida la labor meticulosa de esas aves, destinadas a librar de espinas la frente del Crucificado. Blasfemias contra los nombres más sagrados oyó de sus labios sucios.
Sucedió el hecho más llamativo la tarde en la que el padre remachaba un clavo con el martillo y, por torpeza, se machacó el dedo pulgar, encargado, con el índice, de la sujeción recta. Dolor y maldición contra el Creador casi llegaron en el mismo segundo. Y ella, osada como nunca fue, soltó un reproche que le salió de dentro:
—Perdónalo, Señor, porque no sabe lo que dice.
No hubo respuesta del reprendido, debido, quizá, a la intensidad del desconcierto originado por las palabras de la cría.
Para hablar de la falta de religiosidad de su progenitor baste decir que, si se derrumbara la iglesia con la torre y la nave central completa, a su padre no le atraparían los escombros. Es cierto que solo en los días solemnes —tres o cuatro al año— o con ocasión de bodas o entierros, asistía a los oficios. La reprensión de la clerigalla no iba con él, ni las amenazas referidas a la otra vida ni decir una cosa para hacer la contraria: conocía las mañas de los curas y estaba de vuelta de eso y de todo.
Excepciones aceptadas con interés eran las prédicas de los oradores sacros de las fiestas de la Asunción, San Mamés y San Roque, el 15, 16 y 17 de agosto, de quienes admiraba su buen decir. El modo de subir las escaleras del púlpito, revestidos con roquete y estola, adelantaba ya su categoría. Escuchaba estático y silente el señor Baldomero, poniendo la cara del entendido que busca gazapos.
Se sumergía en la corriente del discurso para seguir los meandros y, perdiéndose en los rápidos y en las cascadas, alcanzaba pocas veces la desembocadura. Si alguien de médula le preguntaba su parecer, señalaba con certeza el lugar de la parva por donde se escapaba el agua del predicador, el sitio exacto donde yacía la mentira de su decir maestro, de su charla florida, atenta a las formas, pero ajena al fondo de las verdaderas razones.
De ser cierto, como creía Salus, que el demonio se encarga de las vilezas mayores, su padre habría de ser un lacayo o un aprendiz de los que ensayan día tras día hasta alcanzar el refinamiento.
Cuestión de tiempo venía a ser el logro de su propósito emulador. Restando sobre eso, había leído ella que las personas de cualquier lugar y época necesitaron, también las actuales, descanso y contento. El error de algunas viene de no poner el pensamiento y el corazón en el verdadero descanso y en el verdadero contento. Por esa causa, quizá influjo de su madre, lo amaba con un amor abstracto, difuso en los márgenes. Se apiadaba de él, es cierto; y por él hubiera dado gustosa, segura de cumplir con su deber filial de cristiana, la vida joven que la agitaba de inquietudes. Sí, daría su vida a cambio de la conversión paterna a la fe verdadera.
Habla de esa fe que protege la existencia de lo grande y de lo pequeño en toda la naturaleza, la que abre caminos a la igualdad de oportunidades entre los humanos al completo, la que acepta ayuda y asiste a quienes la precisan, la que confía en el Creador y en sus ministros dignos de tal confianza. La señora Beremunda vio en la niña Salus un carácter afín y, por ello, estuvo dispuesta hacerle partícipe de su dificultosa misión; aunque, eso sí, sin atreverse a nombrarla. No llegó a confesar la madre su clara preferencia por la hija, aunque lo hizo con muestras de un cariño especial y enseñanzas piadosas. Por eso, a pesar de lo dicho y visto en contra del padre, era Salus consciente de que algo de bondad albergaba el alma del progenitor en su interior oscuro, pues si venía a mano, daba labor en su tajo a quien se lo pidiera con reflexiones de necesitado.

 

5. Razones y emociones

La hora que es, pasadas las once de la noche, no se presta a confiar demasiado en un rescate inmediato, así que predispongo mi estoicismo para soportar una espera prolongada. Me digo a mí misma que ya soy paciente. Esta nueva cualidad, pulida un día tras otro la agitación que me dominaba, se sitúa ahora junto a mí, camina conmigo a donde yo voy. Y es un hecho que favorecerá el logro de los propósitos tanto tiempo perseguidos.
Presto atención a los ruidos que proceden de la calle porque me parece oír gritos. Advierto, con el corazón más que con los sentidos, la petición de socorro que lanza desesperada una voz femenina. Espero, aguanto la respiración y escucho y, de ese modo, entiendo las palabras confusas que responden a una agitación extrema. Sí, es una mujer; la golpean, quizá la asaltan, violentan su intimidad, huellan su virtud. Trabaja de noche y su recorrido se cruza con el derrotero que los desalmados llevan en su afán de negocio o placer. Marido o amante la apalea como a un burro de carga de su propiedad; dependencia largo tiempo aceptada.
Sucede con frecuencia. A la emisora de radio que escucho de madrugada llaman algunas mujeres para contar su caso. Ocultan la identidad y hablan despacio, como si fueran pensando las palabras, temerosas de que él o ellos las oigan. De una u otra manera los hechos se relacionan con la violencia ejercida sobre criaturas indefensas; y son muchas. Las hay extranjeras, más vulnerables, cuya dificultad aumenta por el conocimiento incompleto del idioma y de las costumbres. Otras se animan al hablar, fiadas del anonimato que asegura el programa, denunciando hechos que la ley condena. Unas cuantas repiten, un día y otro, la llamada; desean desahogar la angustia al explicar los últimos actos de su drama. Las menos, quieren dejar constancia del buen trato recibido de personas con las que vivieron algún episodio trascendente. Son pocas, pero demuestran que hay de todo en la viña del Señor: largo y profundo valle de lágrimas junto a pequeños jardines de felicidad en lo alto de las laderas. Si miramos hacia arriba los veremos, conoceremos sus árboles, arbustos y flores.
Se oye una carrera, algunos pasos precipitados, un sonido como de botella de vino espumoso que se destapa de pronto. Puede que no sea nada, hechos sin ninguna relación entre sí, inconexos; los gritos separados de la carrera, la galopada ajena al descorchar de la botella. Alguien que llama a un coche de punto o grita a un amigo. No, sé que busco endulzar el mensaje que me envía la intemperie, donde el débil está a merced del fuerte, dependiendo este del ambicioso que lo dirige todo amparado en la sombra de su dormitorio blindado.
Jungla ciudadana poblada de una fauna de predadores nocturnos y de sus víctimas, apremiadas a salir de las covachas en busca de sustento. Unos y otros entienden que han de ser más fuertes y rápidos que los demás si quieren sobrevivir; más astutos que el resto. Es la noche de las pocilgas que salpican los alrededores, espacios de pecado y diversión grosera. Mandan hacer y hacen. La viscosa soledad; el hambre de cariños, la falta irremediable de objetivos que den felicidad o, al menos, contento.
A menudo me confortan los rezos, las reflexiones piadosas. Inician mis labios una oración de San Agustín que repito a mi manera cuando no veo las cosas nítidas, cuando el deslizar de los acontecimientos no presenta claridad; por eso, digo con él:
—Sedme propicio, Dios mío, aplacad vuestro enojo nacido en las culpas de la humanidad. Soy una transgresora de vuestros dictados, lo sabéis, pero si os invoco tendréis misericordia de mí y de los demás arrepentidos, porque sé que hicisteis al hombre a vuestra imagen, pero sois ajeno al pecado. Sedme propicio en esta hora amarga, Dios mío.
Repetirla resulta como un bálsamo que deleita y detiene el avance del dolor. Es su consecuencia, como la de un puente colgante que me aproxima a la orilla libre de enemigos. Cuando me encuentro en el margen bueno, alza hasta la vertical sus fauces abiertas, impidiendo a los perseguidores el paso y la captura. Veo oposición en los términos «hecho a vuestra imagen y semejanza» y «pero sois ajeno a su pecado», aunque entiendo que no la habrá, porque la deshace alguna explicación sencilla, una simple frase que el confesor no me ha confiado.
Pese a la quietud llegada con los rezos, conozco que atraviesa una prueba difícil mi fe: la aceptación del sacrificio sin queja. La voluntad divina es mi voluntad, su deseo es mi camino, su sendero, mi deleite; y sus discordancias son mis contradicciones. Voy dejando de notar las extremidades, se hacen de corcho por momentos. Esa pérdida de sensibilidad anuncia, acaso, que la columna vertebral está herida. Temo, con alarma interna, una inmovilidad prolongada, una pausa que vaya más allá del rescate, llegando hasta el fin de mis días.
Tiemblo, pero mi temblor no es producto de la fiebre. Reconozco que no me resigno a esa hipótesis de quietud forzada. Sería incapaz de ofrecerme resignada a la inmolación, incapaz de dar el divino testimonio que se me pide. No podría ser yo el cordero a sabiendas, por más que me lo propusiera día y noche. No, no seguiría sumisa al sacerdote por trochas y desfiladeros hasta llegar a la cima del monte, elevación destinada al altar del sacrificio.
Deseo que Dios, ante tal adversidad, me llame a su seno adelantando mi hora última. Nada puedo hacer aquí en favor de la continuidad de su obra, nada para salvaguardar la naturaleza ni nada que incremente la ayuda al prójimo. Más aun, necesitada yo de asistencia, transformada en rémora, de una manera imperceptible retrasaré la marcha del conjunto. Sin embargo, debo esforzarme más allá del límite aceptable.
Suena el teléfono cortando el pensamiento y la luz que lo ilumina. Suena el teléfono y me estremezco de modo involuntario, al margen del deseo. Me agito lo justo para observar con alegría que mi cuerpo reacciona a los impulsos, pero no hay dicha completa y, a la par, descubro inalcanzables el auricular y el micrófono, unidos y complementarios. Su repiqueteo me trae, intermitente, el contacto ansiado con el exterior, permaneciendo mi brazo, no obstante, a kilómetros de distancia. Sí, se hace señuelo que, por lo imposible de alcanzar, hiere. Suena y resuena en un intento consciente de procurar margen de reacción a una anciana de oído y pies torpes, descubriéndome el verdadero estado de postración.
Deja de restallar el toque, alentador y desesperante a un tiempo, permitiendo al silencio oírse de una forma innegable, romo, semejando el sonido de los golpes dados por una barra de hierro sobre la madera del tronco grueso de un árbol. Y ese vibrar silente resulta ser una clave que llama a los recuerdos; en ellos me refugio buscando ocupación y consuelo que distraigan mi pena. «Velad, pues —dice Jesús—, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor». Hemos de estar preparados y prevenidos, porque a la hora menos pensada llegará el «Hijo del Hombre».
La noche es el momento propicio para el robo y el pecado. Temo por ello a la noche. Bueno, ahora, a la luz del sol, ya se cometen crímenes. Mi morada, la que creí fuerte, está hecha en realidad de barro y ramaje. Yo soy la dueña de la casa y, a la vez, mi propia servidora. En ocasiones sucede que la servidora que soy no es leal, no es fiel a la dueña de la casa, una anciana que vive tranquila confiando en su servidora.
No entendía la expresión de «Hijo del Hombre» y pregunté su significado a mi confesor, que parecía saberlo todo. «Se refiere a la profecía de Daniel», me dijo. Y yo me quedé tan ayuna como estaba, dando por terminada la consulta para no incomodarlo. No lo dejé ahí, ¡buena soy cuando algo se me resiste! El Hijo del Hombre es el Mesías; y Jesús, al decirlo, se estaba atribuyendo ese título, pero ocurre que en los libros sagrados Dios llama al profeta Ezequiel «hijo de hombre» con el sentido de un simple ser humano.
Así que la búsqueda me alejó del conocimiento metiéndome de cabeza en el barrizal de la duda. «A ti, ¿qué te va en ello? —hubiera respondido mi director espiritual de haber insistido yo en la pregunta— ¿No tienes fe? Pues entonces, cree».
Enferma de calenturas cayó mi madre. Pensé en Santa Mónica, el cauce bendito de San Agustín, a quien madre imitaba en secreto. Del mismo modo fue ella quien me dio a conocer al doctor de la iglesia, que es desde entonces mi modelo de vida, mi ejemplo de lucha laboriosa para entrar en el redil eterno. Sufría madre desmayos como la santa, de manera que, pensando en una muerte cierta e inmediata, tuvo lucidez suficiente para entregar a sus hijos los consejos finales, aquellos que iban destinados a ordenar nuestra vida en el sentido inequívoco del cielo.
Nos pidió, sin esperar respuesta, el cuidado de los unos a los otros durante el resto de nuestros días; a los muchachos con especial cuidado, quizá por saberlos menos resistentes. Era su tono imperativo y de ruego a partes iguales; y supe que había contraído yo un compromiso profundamente entroncado con mi propia salvación. Después me habló a solas, como si fuera la elegida entre los demás. Por ello me sentí especial; ni mejor ni peor, simplemente distinta. Acababa de aceptar la atadura irrompible que me ligaba a los hermanos y, tras las palabras maternas dichas casi al oído, sumé una tarea de las estimadas como primordiales.
Sí, podía considerarse la más trascendente porque iba situada sobre las otras, de por sí abundantes y dificultosas. Lo angustioso es la suma, pues la consecución del conjunto me será demandada en la hora última, la de mi llegada al arco de entrada de la vida eterna. Se refería mi madre a la conversión de su esposo y nuestro padre; obligación constante que en mi mente ya había ido aceptando y cumpliendo con el paso irregular del tiempo.
Sufrimos todos, incluida Paly, aquellos días amargos de penosa agonía, de altibajos, que nos metían de pronto en la confianza, sumiéndonos al momento en la desesperación. Deliraba nuestra madre. En su desvarío repetía frases de una gran hondura que no he querido olvidar: «Yo os engendré, de mi útero sois. Amaos los unos a los otros como yo os he amado». Una selección, acaso, de las frases atesoradas en sus lecturas devotas: palabras arraigadas con fuerza en mi memoria.
Alrededor del lecho, de rodillas, conscientes de lo irremediable, pedíamos los hijos su curación tocados de una fe sobrevenida para ese momento tan específico. Vagaba nuestro padre por la casa como un poseso, mezcladas en su ánimo inquieto una rebeldía muy suya y una mansedumbre ajena que no conocíamos. Una mañana, al levantarnos, vimos con sorpresa que el sol nos enviaba sus rayos a través de los negros nubarrones; y la muerte comenzó un retroceso que iba dejando espacio a la vida. Intensos cuidados médicos y afectos tan claros nunca antes recibidos, colaboraron en su restablecimiento con el enorme deseo de vivir que aportaba ella, intención manifiesta de sacar adelante a sus venerados hijos.
Hubo un lastre sobre la alegría: el temor a que ocurriera al fin y al cabo el temible hecho nos tuvo en lo sucesivo sobre ascuas y, al menor síntoma de enfermedad, temblábamos. Un simple catarro era motivo de preocupación. Así que lo preveníamos abrigándola en exceso cuando no tenía más remedio que salir debido a que el objeto de su diligencia no estaba a nuestro alcance. La hicimos niña convirtiéndonos en madres y fuimos más lejos que ella en el temor y en el cuidado. El tiempo fue desmintiendo la fragilidad atribuida. En unos meses se liberó de nuestras preocupaciones infundadas. La imagen de un padre desasosegado por la enfermedad de la esposa se nos hizo querida, aferrándose a ella nuestro deseo en espera de una continuidad que no se produjo.
Si tuviera a mano el transistor, hallaría tolerable la permanencia obligada en este molde corporal. Más llevadero se haría, sin lugar a duda, el retraso del rescate. Atenta a las vicisitudes de quienes se comunican con la emisora para contar sus penas, apartaría las mías hasta disminuir la intensidad del sufrimiento. En horas nocturnas suelo escuchar a una jovencita, necesitada ella de un buen consejero que le dé indicaciones precisas sobre la manera de mejorar su papel en el programa.
No sabe indagar las razones verdaderas de los comunicantes ni sugerir cambios de conducta sin lesionar al que llama, desconoce cómo se encauza al oyente por derroteros provechosos e ignora la manera de poner sedante en las heridas; en suma, desperdicia la oportunidad de orientar a quien no encuentra el norte. Puede que la inexperiencia en los peliagudos asuntos que ha de tratar, propia de la edad temprana, dificulte su intención de auxiliar a los necesitados.
También llaman hombres. Algunos de ellos desvergonzados, si he de decir lo que pienso, porque buscan poner a la chica en un aprieto, planteando cuestiones masculinas que ella resuelve con una osadía rayana en el impudor.
Dios mío, ¡qué bien lo haría mi confesor! Su voz de terciopelo, su palabra medida y su temperamento ajustado al consejo pondrían un faro en la noche. Me atrevería a llamar para pedirle una ampliación de las contestaciones cortas que me da en el confesionario, su plaza fuerte. Pero no, no me atrevería; ni sé para qué lo digo.
Oigo con menor continuidad a un señor que ha de frisar los cincuenta. Dirige él sus consejos por derroteros más eficaces que la conductora del otro programa. Ordinariamente, son personas mayores quienes consultan; y los asuntos que tocan son los nacidos de la soledad y la privación de cariño o los que desembocan en aislamiento y abandono.
Me gustaría encontrarme en el lugar de los conductores de tales espacios radiados para dirigirme a los ancianos sometidos al insomnio opresor.
La moral cristiana, con las enseñanzas de madre en los valores puestos de manifiesto por los santos padres, servirían de vertiente a mi río de palabras. Todo mi empeño pondría en deshacer los nudos vitales de los confundidos y en enderezar los recovecos de su sendero recomendando una paulatina vuelta a las creencias de la niñez, porque ahí descubro el talón de Aquiles de los que padecen abandono y ausencia de afectos.
Instintos y pasiones usurpan el trono que han de ocupar por derecho la fe y la mortificación. Se alejaron los desgraciados en su juventud, no ya de la santa madre Iglesia, que sería menos arriesgado, sino también de Jesucristo y de su amantísima madre, sin recurrir a ellos buscando consuelo.
Es bien sabido que la práctica de la religión proporciona un beneficio irremplazable en estos casos. Da sosiego y esperanza a quienes han perdido capacidades tan valiosas, añadiendo compañía a quien ve en Dios al padre comprensivo y al amigo entregado. Gran parte de las contrariedades que acechan a los humanos mitigarían sus efectos si fuéramos consecuentes con la creencia en la vida eterna. Si, como decimos, estamos convencidos de que la vida no acaba con la muerte, es más, de que la verdadera vida comienza con la muerte, entonces, la vida temporal mínima que vivimos aquí carece de importancia. ¿Qué son sesenta, ochenta o, a lo sumo, cien años comparados con la eternidad? Cualquier hecho, individual o colectivo, que se produzca en el lapso mínimo de nuestra vida terrenal carece de trascendencia.
Pienso, mientras espero una liberación pronta, en los tiempos de recolección: en la vendimia, de niña yo en el pueblo; en las vendimiadoras derrochando alegría, en los sacatarreros ágiles; canciones y bromas. Odiaba hacer lagarejos, porque nosotras, las hembras, éramos de nuevo el blanco. Pienso en la era, al atardecer, días de bielda, cuando quedaba todo quieto mientras reponían fuerzas los agosteros. Me veo junto al montoncito de trigo recién liberado de la paja molesta, suave, dócil, moldeable y bello. Los niños jugábamos a rodearlo en corro hasta que alguno caía sobre el grano y padre nos echaba con cajas destempladas.
Me gustaba ver los corderos de pocos días, acariciarlos una vez detenidos y sentirlos huir temerosos de mis caricias. Los gatos de la camada reciente, cuatro o cinco y hasta seis o siete mamando, me tenían mucho tiempo de observadora. No me acercaba al rebaño en los corrales, la multitud me da miedo. Orgullosos y dominadores, los carneros, con su facha imponente, luchando entre ellos testuz contra testuz, me producían espanto. Las gallinas subiendo al gallinero al atardecer, como a son de corneta, me maravillaban. Y resulta curioso: el día del breve eclipse repitieron el gesto a las dos de la tarde.
Recuerdo con especial cariño el tiempo de mi estancia en Encinas de Esgueva: memoria de los hechos vividos unida, sin separación posible, a los relatos escuchados con gusto. Eran lecciones aprendidas, una tras otra, progresando como en una escuela de la vida. Tengo para mí que la infancia transcurrida en Encinas formó el carácter más mío, el que me distingue de los demás, el que me hace ser, para todos, la señorita Salus.
Estoy satisfecha de mí; siendo como soy, soy como Dios quiere. Se lo he leído al jesuita padre Alfonso Rodríguez en su Tratado de la conformidad con la voluntad de Dios. Todo lo recibido de él: inteligencia, voluntad, entendimiento e ingenio, las habilidades que él me ha dado, me bastan. Nada envidio de otros, nada me entristece en ese sentido porque a todos nos ha hecho conformes a él; y, de una u otra manera, equilibrados. No se muestran las personas por completo, lo que vemos de bueno se equilibra con lo malo que ocultan.

 

6. El incendio

En la primera época de Medina del Campo, la etapa triste de la señorita Salus, sucedió que, a su muñeca, la única suya, le sacó los ojos de alfiler su hermana Paly. Los clavó sobre el pelo en el cogote, donde no existe juguete que lleve la mirada, asegurándole que de esa forma original vería lo que nadie ve al andar, conociendo las traiciones antes de producirse.
La prohibición concreta de volverlos a su asiento originario tornó en extravagante a la figurilla de trapo, hasta más allá del incendio que inflamó los tejidos de sus cuatro faldas superpuestas, de su blusita bordada, de su cabeza deforme adornada de tirabuzones rubios de cordón trenzado, de sus piernas lacias, incapaces de rigidez; hasta de sus pies calzados con lona burda de color marrón claro. De milagro, por coincidencia cayó sobre ella una chapa, resguardándola, y sobrevivió con ligeras quemaduras.
Entregada de lleno a la tristeza se identificó Salus con esa muñeca distinta a las de su condición y durmió abrazada a ella, protegiéndola y protegiéndose, hasta que el asunto infortunado del habla, que tan desdichada la hizo, tomó mejor cariz. Los tallos quebrados de las flores, el hocico escaldado del gato forzado a beber la leche hirviendo y el pelo de un niño cortado a trasquilones eran obra de Paly. Por lo que se le oía explicar, obraba con una carencia total de arrepentimiento; condición esta de la contrición, imprescindible para alcanzar el perdón y recibir al Señor en la forma sagrada: pan cotidiano de los Ángeles.
Sí, Paly se iba a condenar sin remisión, pues comulgaba carente del arrepentimiento necesario y, es más, sin haber cumplido la penitencia ordenada en la confesión anterior. Seguidora de Satán con una probabilidad muy alta, se burlaba de la caridad, de la paciencia y de la tristeza condolida. Nada sacro tenía en cuenta, siendo, por aquellos días de infeliz memoria, rematadamente mala, perversa incluso. Interior y exterior, fondo y forma, espíritu y materia; todas y cada una de las células, palpables e impalpables, debían de ser taimadas en esa etapa torcida de la niñez que de natural es inocente.
Era de sospechar, no obstante, la existencia de algún resquicio en su alma dispuesto para que la bondad del Señor entrara en tan inicua persona, hija suya, al fin y al cabo. No parecía estar hecha a imagen y semejanza del Creador, esa es la verdad, pero la certeza del origen divino de Paly, incuestionable, permitía albergar esperanzas de enmienda, ya que siendo obra del mismo ser, alguna similitud había de tener con las demás personas, un mínimo aprecio al conjunto de la creación, al menos.
Soportaba la señorita Salus los efectos de una royega interna que mordía su corazón y cerebro. Cuando recapacitaba sobre tan desagradable asunto, hallábase culpable de pasividad. Algo debía hacerse y ella lo haría. Con ese fin concreto habló un par de veces con Paly. Fueron reflexiones muy breves desencadenantes de una burla cruel que ponía las cosas en su justo término, un término injusto alejado de la cordura: ejemplos de vidas santas entregadas al servicio de los demás, promesas de felicidad eterna en el cielo y amenazas de fuego inextinguible en las calderas de Pedro Botero. Emocional hasta el fondo, para todas las razones tuvo Paly una emoción de burla e insulto, pero Salus no desistió; era su obligación salvarla y la salvaría.
Romero, espliego, salvia, tomillo, geranios, rosas: dentro del cercado heredado por los abuelos en el valle abierto del río Esgueva la señorita Salus encontraba, de trecho en trecho, colonias de plantas aromáticas y flores de colores variados. Las abejas se posaban en ellas. Malvarreales de grandes corolas adornaban los rincones, luciendo unas varas largas, dotadas de cofres donde el polen se ofrecía tentador. Romero teñido de oloroso añil. Compactas flores de tomillo: ásperas, recias, sobrias y resistentes. Insectos de inquietante belleza descendían y ascendían majestuosos, libando y moviéndose impacientes, deteniéndose un segundo en cada flor, como recolectores temerosos de la meteorología adversa. Caían delicados para luego elevarse al modo de los equilibristas de circo, de los valientes artistas del trapecio.
Niña espantadiza: avispas y avispones hacían correr a Salus. El peligro quedaba evidenciado por las bandas amarillas pintadas en la espalda y por la mancha rojinegra de la parte anterior. Pesados abejorros, aparentando enormes zánganos peludos, zumbaban amenazadores. Iban tomando posesión de los tallos de espliego, doblándolos, arqueándolos y agitándolos en vaivén.
Tenues mariposas dibujaban acuarelas etéreas en el aire cálido. Cigarras, tábanos, moscas, mosquitos y algún saltacapas se entremezclaban yendo cada uno a lo suyo. Pájaros de trinos largos y vuelos cortos la entusiasmaban. Pardales, ruiseñores y mirlos iban desde la copa de los árboles hasta las tapias, buscando grano, frutas en sazón y orugas. Allí conoció la señorita Salus la naturaleza en plena actividad, la vida en su perfecta intersección colaboradora, dirigida, en su ignorancia, al fin que el Creador pretende.
Son vivencias guardadas con ternura, la memoria salvada del menoscabo que el tiempo comete, una isla soleada en medio del océano cuajado de brumas, un hilo del que se hubieran cortado trozos dejando el vacío entre los fragmentos intactos. Durante años, viviendo ya en otras ciudades, volvió a aquel paraíso cerrateño a principio de verano, antes de que la vida del cercado comenzara a atolondrarse. En esa propiedad, libre y a sus anchas, le gustaba a Salus pasar las vacaciones con algún hermano de los más pequeños, solícita de sus necesidades y crecida en la responsabilidad, madurando.
Cayó ella al arroyo que riega los fértiles cañamares —patatas, frutas, hortalizas y algún cantero de alfalfa— cuando llevaba puesto el vestido nuevo de volantes que su madre había compuesto dominando el oficio. Después de acostarse toda la familia, la señora Beremunda cortó el tejido con precisión meritoria y sobre el hilván efímero trazó un cosido recio, destinado a perpetuarse. La tela, de tono azul claro; y el agua del arroyo la oscureció al instante.
Mediado el verano, en las fiestas de su pueblo, hogar de los abuelos, era el día de San Mamés. Los agosteros interrumpían la siega del trigo, concluida ya la trilla de la cebada, confiando acaso en el apoyo del santo patrón, quizá impetrando su asistencia para evitar el pedrisco o las lluvias.
Acudían a la misa mayor luciendo el traje nuevo de toda la vida con gran embarazo. Al llegar el sanctus, la misa paraba y la dulzaina y el tamboril movían los pies ágiles de los danzantes, iniciando la vuelta al pueblo entre piruetas y coplas piadosas, recorriendo las calles delante de la imagen portada en andas por los cofrades. Los seguía un público numeroso formado de adultos, niños y ancianos; unos, vecinos; y otros, forasteros, llegados ex profeso. Subían las escaleras de piedra hasta el recinto del atrio, entraban en la iglesia y reanudaban la misa tomándola en el pasaje exacto donde la dejaron, momento en que el acólito hacía sonar la campanilla tres veces.
Las mujeres, finalizada la ceremonia, se apresuraban a disponer la comida, una vez más, diligentes. Menú extraordinario en cuanto a materias primas, objeto de una elaboración muy esmerada: caldo de gallina, merluza en salsa verde y lechazo asado; difusor de efluvios culinarios sin parangón. Disponían la mesa con mantel, cubiertos y platos guardados en el aparador.
Los hombres —desde los más mozos a los más ancianos— caminaban charlando hacia las bodegas cercanas. Una vez allí, trajinando lo mínimo para no mancharse, del carral empezado sacaban un jarro de vino burbujeante, abrían latillas de anchoas saladas y cortaban lonchas de jamón bien curado. Sentados al fresco de las escaleras o en la piedra del umbral, hablaban de sí mismos y de los otros, intercalando gustosos bocados y algunos tragos de vino.
Quedaban las niñas en el juego de pelota, dando puntapiés a un pedazo de teja, haciéndolo ir y venir por las parcelas de una campana pintada en el suelo con el yesón encontrado en las inmediaciones.
Cuando el juego perdía el atractivo inicial impregnándose de tedio, subían al Castellar para ver la agitación que dominaba las calles o se acercaban a la carretera despacio, exhibiendo sus prendas recién estrenadas.
Solo los chavales osaban, en un día así, apedrearse tras los muros del palacio, tomar la senda de Canillas para jugar en las ruinas del castillo o aproximarse al arroyo con la idea de arrancar juncos y trenzar vergajos ofensivos; solo ellos se atrevían a tentar al destino de esa forma, pues volverían irremediablemente sucios de barro y verdín. En el mejor de los casos, al saltar la tapia de un cercado, saldrían con un jirón, en forma de siete, prendido en la pechera de la camisola.
En un día tan señalado —que aún se celebra—, Paly incitó a Salus a seguirla con el fácil pretexto de un nido avistado y de pajarillos desnudos aborrecidos por la madre, en él. Quiso la compasiva Salus —Paly conocía el deseo de antemano— recogerlos y envolverlos en vedijas de lana hasta que tuvieran plumas. Quiso llevarlos a casa y alimentarlos con pedazos pequeños de gusanos y granos partidos de trigo hasta que tuvieran la facultad de volar.
Una vez más, su hermana mayor llevó la acción a la maldad innata, aprovechando las debilidades ajenas, cariños y cesiones. Llegadas al pie del mentido árbol, bajo los huérfanos inexistentes, a orillas de la corriente apacible y descontenta con el vestido rosa que estrenó el año pasado, Paly empujó a Salus sin disimulo y corrió campo a través hasta llegar al pueblo y alcanzar la plaza.
Hipando, se acercó Salus a la presencia serena de su madre con el vestido nuevo todavía húmedo. Por temor justificado o cariño inexplicable, Salus dijo que se había caído al arroyo tras dar un resbalón en la orilla cuando seguía a un pajarillo recién salido del nido.
Hazañas de índole idéntica se pueden contar, si no cientos, decenas. Con propios y extraños Paly actuaba de un mismo modo, consiguiendo que la fama de mala se pusiera en su contra. Los padres de otros niños de su misma edad no la querían junto a sus hijos, por lo que era habitual verla sola —puede que tramando fechorías—, sin importarle la opinión de los otros.
Al atardecer de ese día de fiesta, utilizando una piedra puntiaguda agujereó la tela rosa de su propio vestido, en el lugar exacto donde el dobladillo acaba y empiezan los dibujos acanalados. Buscaba eludir el castigo acusando del estropicio a su hermana, quien, todavía impresionada por el remojón de la mañana, no supo aceptar la culpa de manera convincente. Una mentira llevó a otra con facilidad, así que por dos diabluras enlazadas se quedó Paly sin su preciada ración de flan de huevo. Un castigo teórico, no del todo cumplido, pues perdida la forma del molde, le resultó fácil sustraer varias cucharadas sin que llegara a notarse.
El incendio que, poco tiempo después, devastó la casa de los abuelos, privó a Salus del mundo primero, sedoso y cálido. Fue
en la sala de estar donde comenzó el infortunio. Parece ser que había un brasero eléctrico debajo de la mesa y como si fuera frío invierno, sin saber la razón, acabó encendido. Las faldillas del mantel prendieron por el contacto en sus espirales al rojo, trasmitiendo a las cortinas las llamas, a los cortinones gruesos, a las contraventanas, ventanas, puertas y vigas de madera. Allí dormía Dita, la infanta adorada; y cuando hubo reacción fue imposible acercarse y salvarla.
Los vecinos acudieron como uno solo al toque de quema. Hombres, mujeres y niños, sin excepción alguna, lo intentaron todo; Paly, también. El agua sacada de los pozos en el barrio corrió de mano en mano dentro de calderos de chapa pesada, chorreantes, generosos de líquido salvador. Mientras, en las vertiginosas bajadas y en las subidas rápidas, las sogas humeaban polvo de esparto a su paso por las ruedas de las poleas chirriantes.
Cubrieron con piezas de fieltro las hogueras crecientes aisladas, ahogándolas. Hicieron semejante labor los cobertores destinados a la protección de enseres, las mantas parduscas usadas por el ganado de tiro; sirvieron, también, los densos mantones de estameña heredados de los abuelos, pero la corriente principal de las llamas no tenía arreglo. Escarbaron tierra las azadas que las palas arrojaban sobre los objetos llameantes. Unidas, las herramientas rompieron muros de adobe, golpearon piedras renegridas, cortaron caminos a un fuego que avanzaba imparable hacia las casas vecinas.
Trabajaron sin descanso hasta que, terminado el esfuerzo, subsistió un paisaje de escoria y ceniza. Ardieron objetos apreciados y, por ello, preciosos, de valor sentimental además del valor económico. Muebles heredados de nogal oscuro, cuadros antiguos, libros encuadernados en piel leídos por varias generaciones y documentos que algún día tuvieron relevancia jurídica.
Ardieron juguetes, dibujos y escritos infantiles, cintas, cuadernos, pequeñeces grandes. Y algo extraño: sobre una chapa doblada en forma de escudo, la muñeca de ojos traseros apareció solamente chamuscada. Se abrasó un perrillo que jugaba con todos, incluso a Mapálica hacía fiestas. El cachorro juguetón, atado en el pajar para que no importunara durante la comida, se fue convirtiendo en restos negruzcos y sus aullidos se alzaron y descendieron rajando el alma.
El color negro sometió a su imperio a los colores pastel. Así lo recuerda y lo sufre la señorita Salus, culpándose aún de haber desatendido a su hermanita.
Consumió el fuego la vida de la niña pequeña, un angelillo que Salus cuidaba como de sí misma. Dita, le decía ella, siguiendo el dictado de la ley del mínimo esfuerzo burlando el capricho del padre, quien le puso el heredado nombre de Beremunda, que nadie decía para no confundirla con la madre. Hubo en la evolución del nombre un momento intermedio, dueño del diminutivo, imposible por largo. La disminución ideada por la hermana cuidadora hizo fortuna y se generalizó.
En brasas, en un tizón se mudó el cuerpecito tierno que la inconsolable Salus, sintiéndose en alguna medida, causante, quiso trocar por el suyo entre alaridos desgarradores. Se ofreció al cielo a cambio de que su hermana volviera a respirar, se agitara del susto, pálida y desmayada, sin mayor consecuencia.
Se representa a sí misma ocupada en ayudar a las que atendían a la madre, paciente del malestar producido por el embarazo de quien luego resultó ser un chico llamado Patricio. Se ve todavía charlando alegre con los abuelos alrededor de la mesa situada en el sotechado umbrío. Pasado el tiempo, su mente representa las llamas: lenguas rojas y amarillas, blanquecinas y anaranjadas, lamiendo y mordiendo la cuna de pino con su boca seca, incandescente. Imagina la agitación infructuosa de la niña entre gritos de desesperación. Recuerda e imagina, abriendo la herida de nuevo en su corazón al rojo, amarillo y naranja hasta llegar al negro.
La señorita Salus quiso siempre por aquello, con un amor de hermana o de madre, a la gente del pueblo. Al conjunto de los habitantes está agradecida, aunque sea del todo cierto que es uno a uno como los recuerda en su labor de bomberos. Ocuparon los abuelos la vivienda que Baldomero cerró al abandonar la labranza, pero la antigua memoria de ambos se quedó en los escombros; y su vida, en adelante, ya tuvo menos sentido. Un temor sin razón conocida albergó el matrimonio hasta la muerte. Y en la mente de Salus, la desconfianza puesta en lo inesperado, en lo imprevisto, extendió su causa a la naturaleza entera, repleta de fuerzas indomesticables: tormentas, ventarrones, riadas, seísmos, derrumbes y el fuego destructor que todo lo consume con sus infinitas bocas dúctiles e inasibles.
Paly, la hermana perversa, se atribuyó siempre la autoría del incendio. «He sido yo, ¡¿qué pasa!?», exclamó retadora. «Busqué el infiernillo y lo encendí para verlo rojo. Dita, Dita: todos pendientes de ella, y a mí que me zurzan», dicen que dijo. Algo de verdad habría, pues era cierto que le gustaba el fuego con delirio. Las hogueras, que en las plácidas tardes de septiembre convocaban a los muchachos, la tenían de espectadora en los rastrojos. En una ocasión quiso aportar las cerillas y acabó, según parece, tomando la iniciativa. Contaba detalles que solo el autor podía conocer, daba increíbles razones y aseguraba haber sentido piedad del retozón cachorrillo, del perrillo que le hacía fiestas a ella a pesar del mal trato recibido. Para salvarlo quiso ayudar en el esparcido del agua, parece que añadió, musitando las palabras, como para sí misma dichas.
Acostumbrados como estaban todos a sus fantasías delirantes, nadie prestó atención al palabreo inculpatorio. Pero es verdad que, en momentos de pozo negro y de amargura, llegó la señorita Salus a convencerse de la veracidad del relato, segura de que su hermana resultaba muy capaz de cometer fechorías así de grandes una vez llegada al más alto grado de despecho y envidia.
Para entender un carácter de tal condición, ha de pensar en él como heredado del abuelo temible, padre de su padre. Se trata de aquel hombre que fue jefe de la Hermandad de Labradores y, por una disputa de lindes, asestó dos golpes a la cabeza de un vecino con una pala cortante, suicidándose al poco tiempo, al llegarle la consciencia del crimen cometido. El árbol llamado «del ahorcado», visto en el valle de Fuente las Brujas, un tronco quebrado por un rayo en un tiempo pasado, es la memoria dejada por el luctuoso suceso en el colectivo de entonces y en los sucesivos. Suposición de Salus que revela, al explicar la conducta de Paly, la forma de ser inhóspita del señor Baldomero, conducto del desasosiego y la rabia.

 

7. La demanda se va concretando

SEGUNDO.
Que la ya mencionada Mapálica dictó testamento en el año 1990, nombrando legítimas herederas a sus dos hermanas, Salustiana y Gumersinda Caballero Niño y, en su defecto, señalaba a un tercer beneficiario en la persona de su hermano Patricio, actualmente fallecido.
Se refuerza de esta manera la ya patente voluntad de Mapálica, deseosa de hacer de sus hermanas, Gumersinda y Salustiana, sus herederas ciertas.
A la muerte de Patricio, Mapálica otorgó nuevo testamento, concretamente el día 1 de marzo de 1992, por el cual instituyó, una vez más, a sus hermanas como beneficiarias. Actitud que denota en Mapálica, desde 1990, una voluntad permanente y reiterada de que Gumersinda y Salustiana fueran sus herederas universales e indiscutibles.

 

8. Rehén del destino

Como si de gelatina estuviera formado, se va haciendo mi cuerpo a la hechura de la horma: carne fría de color pálido azulado, piel lacia de tono rosa desvaído; insensible si no ejerzo esfuerzo sobre las extremidades, el tronco o la cabeza. Llega a mi mente la certidumbre de estar en la segunda caída, en la séptima estación de la pasión redentora; y me olvido de la parcela anexa destinada al sentimiento de culpa. Cedo al orgullo a medias, me refocilo a tercias en él, considerándome en todo merecedora de la inmolación de Cristo, premiada con una segunda versión sucedida en mí.
Ausente mi confesor, sus censuras no rigen, humano él como yo, al fin y al cabo. Acepto el contento que se extiende por todas mis células, la progresiva tranquilidad de ánimo, la serenidad que me invade, cuando sin disimulo miro mis manos. Pongo mi atención en ellas. Quiero ver en las palmas el desarrollo de heridas sangrantes, efecto de los clavos de sujeción al madero. No hay rastro; y eso me tranquiliza inquietándome. La luz, aunque es hermosa y deseable para nuestros ojos, como destaca san Francisco de Sales, los deslumbra al llegar cuando han permanecido largo tiempo en las tinieblas.
Caen de mi frente gotas rojizas que nacen de los arañazos infligidos por la corona de espinas. Luego, regresada la normalidad, me arrepiento y rezo un «Señor mío, Jesucristo», repitiendo con san Agustín: «¿Quién podrá hacerme rememorar los pecados de mi infancia? —y añado—: ¿Quién se pondrá de mi lado frente a las tentaciones de la juventud?». Porque allí, en la segunda puericia, la adolescencia recién alcanzada, la primera mocedad, está una de las claves de mi larga existencia, herida abierta, motor de mis acciones futuras.
La desconfianza se abrió entonces en ese espacio estrecho, donde deben encontrarse la mujer y el varón para que la humanidad prosiga. En esa coincidencia física imprescindible tiene su origen la sospecha de propósitos indecentes en quien se me acerca profiriendo palabras de amor; la suposición de intenciones dobladas en quien me promete afecto sin fin. Contradicción terrible y dolorosa, porque cuando la duda se va trasformando en certeza, excava de golpe el precipicio separador, renunciando, en ocasiones repetidas una y otra vez, a la fugitiva felicidad.
Me duelen las plantas de los pies. Es como si alguien las agujerease o hiciera en ellas una incisión profunda, un corte que abre en canal la carne viva sirviéndose de una hoja mal afilada. Puede ser que el clavo remachado a medias por el zapatero, cuyo extremo puntiagudo atraviesa la suela, haga de las suyas perforando la piel y llevando a la otra planta un dolor imaginario y reflejo. Puede que hayan comenzado a manifestarse los síntomas de mi portentosa mutación en apasionada pasionaria. Puede que así sea elegida yo al azar, con independencia de mis pocos merecimientos, pues no son tantos como para que deba ser señalada por ellos. El pensamiento va alejándose presuroso del lugar y del tiempo. Duración y espacio anclados al edificio, a la ciudad y al mundo, no aciertan a dar alcance a la reflexión. La meditación huye de mi esfuerzo.
Corre mi iniciativa tras algunos recuerdos que dan sustento al porvenir, si es que alguna vez llega, pero se pierde en distancias muy próximas. Los recuerdos cercanos se borran como un trazo de lapicero; un poco de miga de pan basta. Me dijo el médico del ambulatorio que la causa cercana era la poca atención que pongo en los actos reflejos. Será como dice, pero no lo acepto del todo. Sucede en mí como si fuéramos dos, una haciendo y otra recordando lo hecho. Por eso, a veces me pregunto: «¿Dónde habrá dejado ella las gafas, el monedero, las llaves?». Me sirve en verdad porque, conociendo sus costumbres, doy con los objetos enseguida.
Recuerdo que el maestro san Juan de Ávila, de padre descendiente de judíos, dice en Audi filia algo como: «No creo que haya habido en este mundo un santo que no desease ser mejor de lo que era, pero esto no les quitaba la paz, porque no lo deseaban ellos por su propia codicia, que nunca dice: “harto hay”, sino por Dios, con cuyo reparto estaban contentos». Así sucede en mí misma. Añadiendo yo, que esa afirmación se puede y se debe hacer extensiva a toda alma piadosa.
Insiste el teléfono en su intento de ayuda, en su deseo de comunicación. La respuesta se repite inexistente, dañando mi con- fianza en los hechos favorables y disminuyendo su posibilidad de éxito. Incoherencia flagrante. Quiero y no quiero ser rescatada, porque la realidad destruye cualquier expectativa y la espera dolorosa sigue siendo mi mejor baza, mi consuelo mayor. En este lecho deforme, duro y frío, gano tolerancia con la vida; me hago solidaria con todos los que sufren, soy incapaz de pecado y mis méritos aumentan. ¿¡Qué mejor cilicio!?
Sin embargo, tengo miedo del dolor que ha de traerme el minuto siguiente, temo el desespero de los momentos finales. A mí misma me asusto, débil y desorientada, sometida a la reacción de la mente adormecida. Eso es: una mente enferma y, además, culpable. Ella, sin otra ayuda, puede dar al traste con los reconocimientos acumulados en mi panera de méritos, así que, una vez más, la duda me desgaja.
Tengo la sensación de haber cruzado la media noche como un arroyo desbordado, me siento en trance de iniciar un lento descenso hasta la madrugada, camino del alba salvadora. Vendrán; quienes quieran que sean los que llaman por teléfono, vendrán. Alarmados por no obtener respuesta se acercarán a comprobar mi estado, pero ¿quiénes?, si no tengo a nadie, si estoy sola en el mundo.
Aproniano, el menor de los chicos, enraizado ya en Buenos Aires —uno de allí, seguro—, buen socorro representa, a más de un día de viaje entre avión y preparativos. Contando, además, con la realidad opuesta de su estado: gravemente enfermo de una dolencia coronaria que desaconseja ese medio rápido de venir junto a su hermana, presa sin él saberlo en el interior de la bañera. Acaso la esposa, a quien no tengo el gusto de conocer más que en fotos, le oculta los sinsabores de la vida para proporcionarle una vejez sosegada.
Está, pero como si no estuviera, mi sobrino, hijo de Patricio, de quien no espero nada tras el inicuo proceder mostrado con Paz después del intento de repetir la trastada conmigo. Ha dado de sí todo lo que es, un aprovechado, un egoísta de otra ralea; seguro que sale a la frívola de la madre, pues ella, al poco de nacer el hijo, se desvió de mi hermano.
Doce años cabales llevaba yo sin ver al hijo de Patricio; en concreto, desde el entierro del padre, muerto en el instante justo en el que empezaba a vivir, ya jubilado. No pudo el pobre adaptarse al ocio completo, al olvido de los compañeros, de los amigos influyentes, de los conocidos por mediación de su cargo en el gobierno civil.
Doce años sin ver a mi sobrino; y el hijo de mi hermano arrojó mi clemencia a los cerdos, a los puercos regaló mi olvido de las ofensas anteriores. Lo mismo hizo con mi llamada, hecha tras mucho meditar porque, al fin y al cabo, era mi pariente más próximo. Y mira si me molesté buscando el número de teléfono: Dios y ayuda me costó encontrarlo al no saber más que el nombre y el primer apellido. Por fin, me puse en contacto con él llena de alegría, como quien echa un cabo al pasado y va abriendo una puerta cuyos goznes rechinan.
Tendí los brazos, a través de su hijo, a mi hermano Patricio, del que fui niñera hasta que comenzó a ir al colegio. Estábamos el infante y yo la mitad del santo día juntos y dormíamos abrazados en la noche oscura que traía el miedo; le cogí por ello un cariño muy rico que se cobija aún en la memoria.
A tenor de los resultados, sin objeto ni sentido, el lagarto se tomó la molestia del viaje; esa vez supe defenderme. Vino el día de San José, aprovechando que en Burgos era fiesta y no perdía labores. Desconociendo el aspecto físico en que había desembocado su evolución natural, hube de sacarlo por los rasgos familiares: la frente despejada, la nariz aguileña y los ojos marrones. Es como si lo estuviera viendo; tan grabado se me quedó. Lo acompañaba su madre, la misma arpía; más vieja y más taimada que el día de la boda, si cabe; más irritante. Tan falsa como la tarde del funeral, cuando vertió lágrimas forzadas y pronunció exclamaciones de falso dolor por un marido que, tras el parto, fue día a día arrinconando. El hijo era suyo; y Patricio no podía opinar en lo referente al niño.
Traían con ellos a un notario alquilado; realidad que ya apuntaba el verdadero sentido. Pues al dictado de mi voz marchita —confusa yo, sin saber qué impulsos seguir de los muchos que me invadían, tan contradictorios—, forzando mi deseo, iban a nombrar heredero universal al sobrino: querían hacerle dueño de mis bienes. Salimos a la calle como en un paseo y nos acercamos a los bancos, abiertos en Madrid por ser día hábil. Allí puse las cuentas corrientes a nombre de ambos, ignorando a Aproniano, que me escribe con cierta frecuencia.
Insomne, las noches eternas me trajeron la herida del remordimiento; penaba por haber privado a mi hermano de lo que en justicia le pertenece, los bienes terrenales que me puedan sobrar. No progresó nada el caradura, pues en menos de un mes, arrepentida de lo hecho, todo volvió a su ser natural, como antes estaba. Y otra vez el mutismo y la ignorancia, reforzada la barrera por un resentimiento creciente:
—Guardaos de los falsos profetas; esos profetas falsos que vienen a vosotros revestidos de ovejas ocultando un interior de lobos feroces —dijo el Señor a quienes le seguían.
«¿Por ventura se cogen uvas de los espinos o higos de los abrojos?», describe el Señor a mi sobrino y a los de su calaña como si los conociera. Todo árbol bueno da excelentes frutos; y el mal árbol da frutos perversos. No se puede sacar de donde no hay; nadie es capaz de bajar lo que no ha subido; el ayer y el hoy no pueden intercambiar su orden de llegada: lo he aprendido bien.
Quien tampoco vendría, aunque conociera mi desgracia y quisiera venir, es mi entrañable amiga Agripina. Abuela viuda, de una edad pareja a la mía, tiene razones suficientes que lo impiden. Está interna en una residencia de ancianos, dominada por las cataratas que la van cegando, rehén de otros achaques que habitan y crecen dentro de su cuerpo. Apenas sale de la reclusión, porque cuando sale es para ir a los médicos. Suele hacerlo en coche si alguno de los hijos se presta a llevarla. Desde los tiempos amargos del colegio me llama «señorita». «Señorita Salus», me dice.
Nos seguimos queriendo con fuerza, dos almas en una somos, dos mitades de la misma persona. Le envío largas misivas relatando mis pasos uno a uno, pero son de agradecer sus cuatro letras, porque en su estado han de costarle un ímprobo esfuerzo, ya que los ojos no pueden guiar a la mano y la mano sola no acierta.
Tengo el deseo de abrazarla. Me dije hace algún tiempo: «De este fin de semana no pasa». Hasta proyectó mi cabeza el viaje en coche de línea a Bocigas, donde tenía su albergue. La pereza y el tiempo inclemente, añadidos al irlo dejando para más adelante, habían retrasado la visita. Metidos de lleno en el invierno crudo, cada vez me había resultado más difícil, pero ahora la han llevado muy lejos. Por eso estoy segura de que no vendrá, a pesar de creer, como creo, en los milagros diarios que pasan desapercibidos.
Si ellos no, ¿quién podrá acercarse? Los de la parroquia, si acaso; son gente buena y tienen tiempo de sobra para hacer visitas, aunque, pensándolo bien, el fin de semana resulta poco propicio. Estuve a punto de acompañarlos de casa en casa dando consejos, haciendo compañía, acortando las horas de tedio, dejando retazos de ilusión. Por dejadez me fui apartando de ese modo de caridad humana. Sé que los días de fiesta no hacen visitas. Si supero bien este percance que me retiene cautiva, prometo dedicarme de lleno a las obras de caridad, pero será en primavera, al regreso del buen tiempo cuando los días crecen y son más largos. De salir de este aprieto, si el frío que va llegando a mis huesos no acaba conmigo, ofrezco darme por entero a los necesitados del barrio.
¡Ladrones! Han de ser ladrones; llamaron por teléfono y, al no obtener respuesta, suponen la casa vacía. Vendrán en sigilo cuando esté abismada en el sueño y se llevarán el dinero y las joyas; y las hay de mérito: unas mías y otras salvadas del atropello hecho a mis hermanas. Vendrán y me encontrarán despierta, les atraerán mis gritos hasta el cuarto de baño y, viéndome indefensa, proseguirán con su robo.
No debo dormirme: he de estar despierta para hacerles frente y afear su conducta. Bien pensado, será mejor que me duerma: robarán de igual modo y no sufriré sobresalto. Gracioso estaría; sería una broma que fueran los ladrones quienes me ayudaran a salir de este atolladero, pero estoy desnuda y casi prefiero que roben sin verme, ignorantes del cuarto de baño, buscadores de objetos de valor en las alcobas.
Todavía habré de resistir: debo hacerme a la idea, pues hasta el lunes no llega Alberto, el nieto de Agripina. Para tomar experiencia en la conducción de litigios, viene el muchacho a diario aquí cerca, al despacho de la abogada que me lleva los pleitos. Trae el almuerzo, lo deja en el refrigerador, se va a sus quehaceres y vuelve al mediodía. Sobre mi mantel devora el contenido de su fiambrera, tan solo la fruta acepta de mí, pues no quiere ocasionarme incomodidades. Veo desaparecer los trozos de carne o pescado con suma rapidez, víctimas de ese apetito joven y espontáneo que descubre. Sintiendo su vehemencia contenida y la urgencia de sus actos me entran ganas de comer y me acometen impulsos de vida.
En la sobremesa, hablando de mis cosas, de su familia, de la actualidad cercana y de los proyectos que lleva adelante, yo me animo, me siento rejuvenecer. Me invade, de pronto, un interés desusado por lo circundante: los hechos y sus relaciones anejas. Se trata de coloquios breves, pues tiene poco tiempo y, como no es hablador, he de ser yo quien saque a colación los asuntos. «El esfuerzo de las personas y su cotidiano trajín —me explica— han de contribuir a la armonía. Hemos de ir entendiendo las razones del cercano y del distante, entrando en los motivos de sus actos, llevando la buena voluntad como tarjeta de presentación».
Es comedido y prudente en sus dichos, amable y cariñoso en el trato, a cualquiera encuentra virtudes y confía sinceramente en las personas. Optimista, piensa que avanzamos. Por eso abre al futuro la puerta atribuyéndole las buenas intenciones que yo no veo. Sin pretenderlo, porque es modesto, me descubre que escribe poemas y da forma de historias fingidas a la realidad que transcurre a su lado. Se ve que sigue los derroteros iniciados por su abuela.
Con Alberto recupero memoria y un tiempo precioso que creí perdido definitivamente. Le cuento mis penas de vieja, la parte de las preocupaciones que pueden ser entendidas por un chico joven. Es sabido que los jóvenes de ahora están en lo suyo, pero él es distinto y sé que comprende mi lamento. Me da su opinión sobre la andadura de mis demandas, siendo, en cierta medida, optimista acerca del resultado final.
Al poco, despidiéndose, se va. Me deja el silencio. Entonces el silencio me envuelve y con él, como un sobretodo, la consciencia de que estoy sola, más sola que antes de su llegada, me agobia. ¡Qué poco dura la compañía en casa de las personas solas!
En el primero de los Soliloquios del alma afligida delante de Dios, obra, según creo recordar, del sacerdote portugués Teodoro de Almeida, quien lo subtituló Gemidos de un alma triste sumergida en un mar de amargura, leí esta queja triste en la que el alma exclama: «¡Oh!, mi buen Dios, sálvame, que estoy pereciendo por instantes; casi sumergida me miro en esta horrible tempestad. Por momentos me veo llegando al fondo, como que ya no puedo hacer más por resistir el ímpetu de las olas, que sin cesar se revuelven sobre mí para anegarme. Procuro hacer esfuerzos, pero me faltan ánimo y aliento para sostener mi corazón sobre las aguas. Señor, venid de prisa en mi auxilio y dadme la mano, que me siento sumergir».
Es mucho más largo, pero el recuerdo me traiciona a trechos. «La misma tempestad que me cerca por fuera, por dentro me perturba; en mi interior todo es amargura, haciéndose amargura todo lo que me rodea. No veo remedio. Clamo a vos y no me oís». Lo pienso ahora, porque me parece escrito para la desgracia en que me veo envuelta. Es este el lugar del soliloquio y mi alma es el alma que se dirige a Dios.
La compostela, que cuelga de la pared en un cuadrito, recibida en un peregrinaje del que guardo recuerdos muy gratos, me facilita la decisión de hablar de su abuela a Alberto en cuanto vuelva. Conoce que deseo visitarla, pero ignora aún la manera de llegar al nuevo albergue y me ha prometido que, cuando él vaya, me llevará. Si adivinara el muchacho mi estado, tierra y cielo removería en remedio de mi pesar, pues me tiene afecto. Lo sé: construyo quimeras, dibujo espejismos, pues he de esperar a la mañana del lunes para que eso ocurra. Él usa la llave que le entregué y no he de abrirle la puerta. Avanza mi fatiga y sucumbo al paulatino adormecimiento de mis párpados, cerrándolos a cal y canto. Ladrones, ya podéis venir, estoy desfallecida.
Van pasando las horas como una procesión de Semana Santa: parsimoniosas, llenas de misterio, algo lánguidas, monótonas. Comprendo con su paso que el silencio es una invención crecida en el deseo de los ajetreados; realmente no existe. La noche está poblada de ruidos que nacen de la actividad reducida. Crecen, se multiplican, se rompen y disgregan; se unen, se restan, se transforman y van degenerando en sonidos más tenues que tornan a alargarse hermanados, a acortarse de improviso, a renacer más allá de su juego prolongando.
Un mar de olas múltiples semeja el ruido de la noche. Oleaje que se arrastra y se eleva a intervalos medidos, formando estribaciones de equilibrio inestable. Da miedo, reconforta, araña y tonifica. Y todo en clara dependencia del eco que encuentra en la mente, de la predisposición del ánimo. Percibo nuevos gritos y carreras. Contengo la respiración y son insultos lo que oigo, amenazas a la vida. En la casa alguien se levanta y abre una puerta que necesita aceite para sus bisagras, provocando al poco el descenso en cascada del agua.
La imagino marchando presurosa, recorriendo angostas tuberías y arrastrando detritus, inmundicias y cientos de secretos, colector adelante, a la depuradora y al río. Pienso en seguirla, satisfecha, entrando de lleno en el eterno ciclo que domina su caminar interminable.
Escribe san Lucas, y creo que Mateo y Marcos coinciden, algo así como esto: «Habiendo convocado a los apóstoles, les dio el Maestro un poder sobre los demonios y el de curar enfermedades, mandándolos, luego, a predicar. —Al hilo, añadió—: No toméis nada para el camino: ni cachaba ni alforja ni comida ni dinero ni más de una túnica. En las casas en las que entréis, quedaos el tiempo necesario. Y en las que no os quieran recibir, sacudíos el polvo de los zapatos; ni el polvo querréis de sus habitantes».
Me parece muy drástico el consejo; claro que muy humano, demasiado humano. De todos modos, poco eficaz; eso también. El poder sobre los demonios, yo lo pediría sobre los ladrones, él y ella, esos ladrones de mis hermanas.
No veo el rodar de los minutos persiguiéndose, pero los imagino reptando como lombrices de tierra fuera de su ambiente húmedo. Miro el brazo izquierdo y, aunque me quité el reloj para bañarme, lo busco en la muñeca. Suelo retirarlo para evitar que se empañe el cristal como me ocurrió en un olvido. Se veían borrosos los números y las manecillas jugaban al escondite, del modo en que se comporta el sol los días cubiertos cuando sale y se oculta a intervalos. Lo dejo descansar durante el rato que dura mi aseo; yace entonces de bruces, con los brazos de la pulsera abiertos y la esfera asentada sobre la ménsula del lavabo.
Para mi desgracia cerré la puerta, ganando mi pudor excesivo al miedo a quedar inmóvil, tal vez por creerlo remoto. De haber procedido como me aconsejan, irían mis ojos directos a la pared de la cocina. Cuelga de ella, a manera de adorno, un plato de cerámica que, sujeto al dorso, oculta el mecanismo motor de dos manecillas negras y otra roja, más larga, encargada de mostrar el paso diligente de los segundos. Si hubiera hecho caso a los que me quieren bien, pese a la distancia, dado su singular tamaño, mi vista lo dominaría.
La luz de la bombilla disimula el débil resplandor que llega por la ventana de cristal traslúcido, pues viene de un patio pequeño y, sobre el mío, aún hay otro piso. Apoyándome en indicios tan vagos me dispongo a esperar al alba ya inminente, voy numerando el tiempo, minuto a minuto, como si se tratara de los abalorios de mi rosario, misterios dolorosos. Ahora oigo rumor de pasos y murmullo de diálogos mínimos. Me alcanza el miedo en dos zancadas: representación de facultades antiguas de las que en el presente carezco.
Quiero cubrir mis vergüenzas, taparme la cara, la piel rosada y blanquecina de los muslos, la azulada de las piernas, el frente entero y las intersecciones ocultas. Décima estación adelantada a su tiempo, en un zigzagueante viacrucis cuajado de vaivenes. Deseo ocultarme deprisa, víctima de la zozobra, la inquietud y el sofoco, temiendo la entrada de un hombre dispuesto a auxiliarme. Me sobrecoge que, asomado a la puerta, haya de verme corita antes de entregar su ayuda y tomarme en los brazos, alzándome con tiento hasta colocar mis pies insensibles sobre las baldosas verdes y blancas y tratando de enderezar mi cuerpo tullido, rojo de pudor y recato.
No, no es nada; en unos instantes lo sé, al desvanecerse el ruido de los pies arrastrados y de los labios musitando esas sílabas cortas que, aun siendo, apenas son. Pero sucederá lo que temo y ansío en contradicción flagrante; sucederá cuando el lunes llegue Alberto y me encuentre de esta traza: con el pelo revuelto y desvestida. Volveré a sentir una vergüenza terrible, sin acertar a oscurecer las partes íntimas; y él, tan buen mozo y tan retraído, permanecerá púdico en el quicio sin atreverse a mirarme ni a echarme una mano. Pediré que llame a la vecina y ella, adelantada, me cubrirá con el albornoz de felpa rosa, bordado en rojo con mis iniciales. De esa manera, entre los dos, podrán incorporarme y llevarme hasta la cama.
Acabará el frío que me tiene aterida, los carámbanos de hielo de mis pies se irán entibiando y, rodeada de la lana cálida de la manta de Palencia, volverá a circular la sangre por mis venas. Un caldo de gallina, sustancioso e hirviente, me darán de beber; y mi estómago alcanzará su tono vital. Relataré mi peripecia, riendo quizá, gozosa de que haya pasado. Alberto —puede que lo haga por entenderlo de interés común— escribirá unas páginas que cuenten la derrota final de la desgracia, uniéndolas a las que sobre mí acumula su abuela Agripina.
«Pero ¿qué fruto esperan sacar de mis confesiones estos que las desean?», se pregunta san Agustín. Y lo hace, precisamente, en el relato de su obra titulada Las confesiones, que he leído traducidas por fray Eugenio Ceballos conforme a la edición de san Mauro. Fue impreso el libro en Valencia, en el año 1876, por Juan Guix; Cavanilles, 3, junto a la Universidad. Así lo dice el editor, Matías Terraza, en la página inicial. Lo aprendí de carrerilla para decírselo a mi confesor, pues quería saber en qué pastos alimentaba yo mi fe.
Al margen de eso, o por eso mismo, me pregunto yo si estas confesiones que hago serán conocidas y si servirán a las almas piadosas que las lean debido a su utilidad. Una vez más, no tengo respuesta más allá de las dudas sin aclarar.
Un reflejo pálido inicia su andadura por las habitaciones, se desprende de la calle y acarrea sonidos diferentes entrelazados en una mezcolanza que el día sostiene con su ajetreo. Viene de fuera la luz filtrada y me trae recuerdos. Murió el zagalejo que llevaba a la casa de los abuelos como un presente ofrecido a la hija del antiguo amo: jarras colmadas de blanca leche cubierta de dos dedos de nata y también un chivillo nacido fuera de tiempo. Tenía dieciséis años el mozuelo y, al parecer, yo le gustaba; luego supe que era cosa suya la ofrenda. La gente del pueblo murmuraba que la enfermedad, con el fin de robarle la sangre, le sajaba las venas por dentro. En su lugar era agua lo que inyectaba, decían hombres y mujeres en sus tristes confidencias supersticiosas. No había sucedido así, seguro; habrían de ser hijos de la ignorancia los dichos, pero yo le veía languidecer y morirse minuto a minuto y me daba una pena tan grande que también me moría.
Voy alargándome por el lado de los afectos, me deslizo por la suave pendiente y recorro los meandros dulces de ese río. Sucedió en Valladolid, en la plaza que llaman de la Fuente Dorada; y si cierro los ojos, lo veo: pasaba por allí cada día y descubrí, instalado en los soportales, a un barquillero dichoso, dueño de su almena disminuida, una torre roja del castillo inconcluso. Era señor de la fortuna orientada, azar representado en una fuerte lengüeta de acero flexible. Se alojaba el fleje en el centro móvil de la tapadera del bombo y, cual mariposa fugaz, girando y girando, tocaba las cien columnas que cerraban el círculo de la corona.
Paraba en una, elegida de antemano, ligeramente combada hacia adentro, ofreciendo mayor resistencia, facilitando un premio menor. Rodaba y rodaba la ruleta impulsada por las manos débiles de los escolares, niños y niñas portadores de la cartera repleta de libros, dueños de monedas de un real, pues ese era el precio de cada tirada: veinticinco céntimos. Números repetidos con intención, símbolos fáciles de retener aparecían custodiados por los topes dorados, balaustres grises de un tono metálico mate en el lugar lamido por la cimbreante membrana acerada.
Caminaba yo despacio bajo el techado de la plaza y permanecía un buen rato mirando a los chavales satisfechos que, tras probar su suerte, devoraban barquillos y obleas de color caramelo, matiz recibido de una tenue capa de miel y vainilla que los impregnaba de su delicioso aroma. Era un hombre joven quien dirigía el concierto, de anchas espaldas a las que ataba con correas el cilindro mágico repleto de misterio y delicadas golosinas. De esa guisa le veía marcharse por la calle Duque de la Victoria adelante, las veces contadas en las que llegué tarde a la cita. No tenía yo dinero y se
notaba. Permanecía a distancia, mirando la escena con unos ojos que debían de ser pedigüeños, porque una fría mañana de sol, llegada tras una semana de niebla, el hombre me llamó con un gesto amable y una sonrisa.
Puesta a su lado, apuntaban mis ojos al suelo sin verlo. Alzándome la cara me preguntó él mi nombre y de dónde venía y, como premio a mi ininteligible respuesta, me entregó una oblea que me supo a gloria. En adelante sucedió cada día el milagro, hasta que tomé confianza y era yo quien le tiraba de la chaqueta reclamando el premio. Por carecer del permiso oficial, dos guardias se lo llevaron una preciosa tarde de primavera recién nacida. Ese día, pidiendo gracia a los celadores, me dio dos barquillos y un beso. A fecha de hoy, tanto tiempo pasado, todavía represento el azar en una ruleta trucada que tiene su asiento en la tapa del bombo rojo donde la felicidad anida.

 

9. Una amiga muy especial

Del abuelo, padre de su madre, lleva la señorita Salus a través de los tiempos una memoria sólida. De él recibió la niña un trato más cariñoso que de su propio padre, lo que convierte al señor Baldomero, con excepciones, en un segundón, en casi un extraño. Amaba la niña también a la abuela, pero de modo distinto: justo pago de la adoración que la anciana sentía por la nieta. Pasaba largas temporadas en el pueblo a su cargo, pues desde Valladolid, entregada al cuidado de alguna persona conocida, el coche-correo la remitía a Encinas de Esgueva en poco más de una hora. El viaje se le hacía un guiño al ir observando el trajín agricultor de la gente laboriosa del valle.
A pesar de ser mayorcita, desde Medina no la dejaban ir sola por lo del transbordo. Temían la dificultad que supone para una chicuela recorrer las calles que van de la estación a la entrada de la Huerta del Rey, donde tiene la parada el coche de línea. «¡Ya ves!, un trecho de nada», decía. Además, ella conocía un atajo que cruzaba el Campo Grande. No, de nadie aceptaba golosinas, negaba la mano a cualquiera de los transeúntes que se ofreciera a llevarla y a ninguno descubría su itinerario o su destino final.
Un mal día se murió la abuela y, al poco, el abuelo, quien, aislado y a merced del viento, no supo abrir nuevo sendero en la vida. Hay momentos cuajados, íntegros, que ella evoca con el tono sepia característico de las fotos antiguas. Rescatada del fondo de la mente donde la acción oxidante del tiempo la empujó, la señorita Salus dibuja la búsqueda de setas. La practicaba en las tardes festivas de finales de octubre y comienzo de noviembre, cuando las lluvias propician el brote de las talofitas disimulado entre yerbajos y hojarasca. Estaba la tarde fresca, pero iba bien abrigada siguiendo al centímetro las indicaciones del experto. Laderas arriba recorría veredas apenas marcadas, pasos paralelos al camino del páramo; descendía a las vaguadas, monte abajo; y a las praderas, tras las botas de cuero que la precedían tras la mirada escrutadora a la que nada se le escabullía.
Su abuelo y ella cruzaban Canillas; podían intuir las casas de Hérmedes. Veían de cerca Castrillo de Don Juan y llegaban hasta las calles de Piñel de Arriba dibujando una «o» mal trazada con pulso de niño. Las hojas caducas mostraban sus tonos marrones y los infinitos ocres; una liebre emprendió la huida cuando la presencia de la niña y el anciano la sorprendió lejos de la gazapera. Pedregales, tierra seca, musgo crecido en la vertiente norte, zarzas, matojos, robles y, donde menos se esperaba, disimulado desde hacía unas horas, un día a lo sumo —su vida es muy breve—, aparecía el carpóforo, como decía el abuelo, sacado el término de un libro que mostraba a los hongos dibujados en su color exacto y que descubría en cuatro palabras las características más llamativas. La señorita Salus conoce dos variedades muy concretas: una de ellas, suculenta, carnosa, de un color marrón claro y un olorcillo que siempre anda buscando; y otra, pálida, blanquecina, sobre la que su abuelo advertía, en prevención del peligro extremo, que era tóxica y de efecto letal. Quisiera distinguir como él las partes del hongo con sus nombres científicos, valorar el color y la textura, saber cortar el talo facilitando el regreso al otoño siguiente y, al llegar a casa, guisarlas, sabrosas, a la manera sencilla de su abuela.
En tales caminatas se hizo inevitable que Salus conociera el yeso en su estado natural. Se servía el mineral de múltiples destellos para reclamar la atención de la niña desde las cuestas, cuando logró despertar en el interior ingenuo un interés creciente. Al principio le atrajo su aspecto festivo, alejado de la monotonía de las piedras, de la greda áspera con las que se mezcla sin reserva, pero luego halló más; le fueron reveladas la nobleza de la materia, la diáfana tersura emparentada con la poseída por las gemas: una esencia indefinida y el débil latido de lo inerte. Quiso liberar el iris vislumbrado en su interior, atrapado entre las finas láminas, casi transparentes, de su hechura. Una forma compleja que, una sobre otra, consiguen simular. Deseaba gustar, oler; aprehender, de una u otra forma, el cálido tono de miel diluida o de sol inicial que recibe el conjunto al distanciar la mirada.
Llevó, por indicación del anciano, varios pedazos a casa, alargados y de extremos agudos, comparables a remates de lanza o puntas de flecha. Los metió en la lumbre cuando solo era ascuas y, al volver un rato más tarde, la aparente transubstanciación se había producido. Acompañaba al trastoque íntimo el milagro de una verdadera mutación de la forma, del color y de la estructura. Desapareció el cristal por alguna razón misteriosa que la ciencia explica con todo detalle y, en su lugar, se presentó un clarión de tamaño similar. Molidos los trozos sin aparente esfuerzo, vinieron a dar un espeso polvillo. Y sirviéndose de él y de un poco de agua, demostró a Salus el abuelo que la evolución provocada por la industria del hombre llevaba a la sencilla belleza del cristal primario a transmutarse en práctica argamasa o en revestimiento de paredes.
De manera tan simple comprendió lo que, de la ciencia, las monjas trataban de enseñarle por un camino distinto. Así supo que la naturaleza está deseando mostrar sus secretos a quien tiene intención de conocerlos y pone constancia suficiente al servicio de la indagación. Desdibujaban ellas, las hermanas, ese principio con una valoración religiosa que la muchacha aceptaba a pies juntillas: el hombre, despreciando los planes del Creador, interroga a la naturaleza en su propio beneficio. Cuidado con la investigación, porque puede llevar aparejados los pecados del orgullo y de la soberbia. No debemos conocer más allá de lo que nos cuentan porque cuando Dios quiera que lo sepamos, nos lo revelará. La revelación es el único camino que lleva al conocimiento.
La recolección de la uva, practicada en esos tiempos del pueblo y de los abuelos, se imprimió en su mente más que ninguna otra labor del campo. Su recuerdo reposa intacto en la memoria de la señorita Salus; granero de cosecha cumplida. Agridulce, viene a su mente una y otra vez, de modo que lo suele contar con mayor o menor detalle dependiendo del auditorio. ¡Cuánto sol se acumula en los racimos repletos de jugo!, ¡cuántas gotas de lluvia!, ¡qué de afanes se ven por fin recompensados! Los mayores van como siempre, afanosos, a sus cosas, pero esos días lo hacen llenos de alborozo, felices. Ella, sus hermanas y los primos, jugando por entre las cepas, estorbaban a las vendimiadoras y a los sacatarreros. Se escondían, se buscaban, se perseguían y se hacían, los unos a los otros, lagarejos de lo más inocente: cuatro o cinco uvas a las que desgarraban el hollejo, derramando su pegajoso mosto en las mejillas rosadas y en la frente esquiva.
Distantes, estos juegos ingenuos, de los bocetos sensuales que los chicos pintaban con uvas tintoreras y sangrantes en la piel de las chicas bajo blusas y faldas. Salus lo veía barbarie: la violencia del macho contra la hembra sometida; ni andando el tiempo entendió ese lenguaje de los hechos, acaso mucho más directo que las palabras hurtadas a la lengua por la timidez. Cientos de sueños callados, vehementes deseos apenas contenidos rompían el dique y afloraban, desbordándose, esos días.
Seguían los jóvenes un rito de miradas furtivas, de risas sin causa, de gestos nerviosos. Y cuando las temidas probabilidades de ser rechazado se desvanecían, el mozo iba exultante tras la moza. Iniciaba ella una torpe carrera buscadora de un alejamiento suficiente del grupo, un espacio de intimidad; pues no deseaba ser vista cuando el racimo, pletórico de sustancia, vistiera de color granate su desnudez pálida. Entre gritos de entusiasmo generalizado y medias frases alusivas al atractivo recíproco, varón y mujer regresaban juntos, dueños de un andar lánguido, integrándose orgullosos a la vida en común que quedaba al acecho de otro asalto.
Merced a esos atrevimientos primitivos surgieron numerosos noviazgos, de los que cuajaron una buena parte de ellos. De regreso a casa, relataba Salus con su media lengua lo que le parecía de mayor oportunidad, mientras su madre y hermanas escuchaban divertidas. Nunca mencionó, sin embargo, la violencia imparable del macho ni el episodio entero de los lagarejos, pero su cabeza lo guardó tiempo y tiempo, añadido a la crudeza atribuida por ella al amor físico.
San Lucas no vivió durante la vida de Cristo, careció de esa suerte y no fue testigo de los hechos que narra. Lo advierte en el prólogo para que nadie se lleve a engaño, pero los investigó de manera muy escrupulosa, sin asegurar nada de lo que no estuviera convencido. Preguntó y escuchó a los que lo vieron. Contrastó los testimonios de los unos con los de los otros. Investigó los principios del cristianismo, a los ministros de la palabra, coetáneos y coterráneos de los apóstoles, hijos de la gente que le seguía de lugar en lugar. Investigó la verdad, la supo y la escribió.
Fue Salus a las monjas con el ejemplo del Evangelista para de- mostrar que el conocimiento se adquiere, también, buscándolo. Y las monjas quisieron convencerla de que el saber de Lucas nació mediante una de las formas que escoge el Señor para revelarnos la verdad: san Lucas fue un instrumento de la revelación. La mocita tuvo que aceptarlo y callar.
La anécdota que a veces cuenta Salus debió de suceder también en aquel tiempo. Ignoro los motivos, pero sé que existían, para que la chiquilla levantara una piedra plana que descansaba, tras su larga y laboriosa formación, sobre una ladera orientada al sur. Era más que una lasca, sin duda, pues medía dos palmos de ancho y medio de grosor. Y por su forma de cuña permitía imaginarla formando parte de una roca más grande, desprendida por mediación del pico de un azadón o de la reja del arado.
La superficie blanquecina presentaba dos o tres agujeros rellenos de una tierra grisácea. Bajo la piedra, oculta y protegida, enroscada como la cuerda de un reloj, sorprendiéndose, sorprendió Salus a una víbora. Sin necesidad de pensarlo, retiró la mano derecha con rapidez, con toda la premura de la que un acto reflejo es capaz. La pequeña cabeza triangular de la serpiente se agitó de igual modo, siguiendo los dictados de su instinto defensivo, decidida a morder la mano infantil en el arco que forman el dedo índice con el pulgar.
Seguramente, la destreza del ofidio obedecía al mayor ensayo o a una previsión fundamentada en la herencia de los de su especie. Una y otra vez el abuelo succionó el veneno introducido en la herida para escupirlo a continuación sobre una mata de tomillo que, al lado, prosperaba olorosa. Le fue administrado un antídoto en Esguevillas por un médico que reprendía sus quejas; y, en adelante, las piedras del campo se vieron rodeadas sin que osara tocarlas.
Medina del Campo ya fue otro cantar, sin vacilación alguna, más triste. Al parecer, se cerró el paréntesis de concordia y lo hizo de una manera muy próxima a la temida por la señora Beremunda. No sabían el porqué, aunque sospechas hubiera. El desencadenante pudo ser el incendio de la casa de los abuelos, verdugo de la pequeña Dita, un ángel terreno. Pudo ser, pero no sería solo la quema, en cuya extinción participó todo el pueblo, hasta los refractarios. Algunos vecinos estaban enfrentados al padre desde que, en época no muy lejana, llevaba el carro y las mulas por carriles trazados sobre sembrados de otros. Actuaba así debido a encontrarse el camino de siempre cruzado de hoyos y cárcavos.
Probablemente, no era solo ese asunto anterior de los carriles; debiera añadirse que al señor Baldomero se le subieron los humos al ser nombrado capataz. Exhibiendo un poder que no poseía, mandaba sobre los obreros con dominio exagerado, habitantes del pueblo inclusive, a quienes había facilitado el empleo. Les exigía esforzarse sosteniendo el brío durante las ocho horas hábiles, seis días a la semana: una precaria conquista de los obreros, unidos durante años y años, obligándolos, con cualquier pretexto, a comenzar antes o a terminar más tarde, sin complementar el salario de manera conveniente. Añadiremos que se quedó, por ese procedimiento tan ruin, sin los pocos amigos que había logrado juntar a lo largo del tiempo. Se le agrió el carácter y acabó desquitándose con los de su casa, pues ellos, por costumbre, no se oponían a su decir, aunque estuviera equivocado.
Gumersinda, Salus y Paz, de diez, seis y ocho años —la pequeña en medio—, salían del portal de la casa cogidas de la mano; tres vestidos lucían hechos por su madre de la misma tela. Quizá se excediera en la compra o quizá encontró un buen retazo a precio de saldo, ya que eran dos los que cada año cortaba; al resto le servía un arreglo de líneas y vuelos que los adecuara a la moda. Se unían las niñas en las horas huecas de la media tarde o en los días de fiesta para jugar a alcanzarse entre la gente que transitaba por la plaza, persiguiendo y escapando, desde la casa de Isabel la Católica hasta la entrada de la colegiata, pendientes, eso sí, de los movimientos bruscos y de los encontrones, temerosas de mancharse los trajecitos limpios. Paly, que en el verano dio un estirón, era una muchacha bien desarrollada, un poco chicazo, sin duda. A sus trece años no solía custodiar a las pequeñas, renuentes a su compañía.
Un día de fiesta, el señor Baldomero llevó a sus hijas al ferial de ganado. Resultó inolvidable. Miles de corderos, ovejas y lechazos, envueltos en lana esponjosa, se agitaban balando en busca de una libertad no bien conocida, en procura del pasto o de la ubre turgente. ¡Cuánto deseó Salus tener uno de los más pequeños —seis o siete kilos pesaban, le dijo su padre— en los brazos! Podía con él, ¡vaya si podía!; y le hubiera dado leche en una botella cerrada con tetina de caucho. Pudo acariciarlos y pasarles la mano por el lomo porque los dueños, embebecidos en sus tratos, no prestaban atención a una niña que se mezclaba con los animales. Ovejas churras, merinas y castellanas. Su padre les explicó la diferencia con visible agrado, pero las hermanas no mostraban interés y querían marcharse. Dentro del corazón sensible de la señorita Salus, quizá la visita al mercado esté valorada como uno de los acontecimientos más felices de su niñez, escasa de momentos de esos, pues además de profundizar en la vida animal, descubrió a un padre afectuoso y hasta efusivo que premió su interés con una caricia y un beso.
Perdida la ilusión que representaba Dita, llegado Patricio, primer varón y colmo de las aspiraciones del padre, la familia consideró el nacimiento del pequeño Aproniano como un añadido. Un inmerecido regalo del cielo, a quien todas las hermanas deseaban atender, pretendiendo, de hecho, jugar a las moñas con un muñeco de carne rolliza. Era Paly quien llevaba en este caso la responsabilidad al concierto —quién iba a decirlo— y la que desempeñaba las tareas más delicadas: mecerlo, darle los biberones oportunos y en el debido grado de temperatura, cambiar pañales y bañarlo. Había que verla, delicada y henchida de gozo, rodeada de las demás, obedientes ellas a sus mandados, colaborando en armonía con el mismo fin: la atención esmerada del niño-juguete.
La modestia de la señorita Salus se enraíza en los evangelios. Recordaba, leídas en san Mateo, las palabras de Jesús a propósito de escribas y fariseos: […] atan pesadas cargas sobre los hombros de los demás, pero ellos no mueven un dedo para llevarlas. Todas sus obras tienen como fin ser vistas y alabadas. También gustan de los primeros asientos en los banquetes y de las primeras sillas en las sinagogas. Les encanta que les llamen «rabí», pero vosotros tenéis un solo Maestro y sois hermanos. No llaméis padre a nadie, porque uno solo es vuestro Padre y está en los cielos. Que no os llamen doctores, porque uno solo es vuestro Doctor y es Cristo. El que se ensalce será humillado, quien se humille será ensalzado.
«¿No estaría —se preguntaba a sí misma— obrando de ese modo a los ojos del Maestro?». Durante medio curso, esas palabras de Jesús, leídas con un cierto temor, dieron vueltas y vueltas en su cabeza. ¿No estaría quien las pronuncia cayendo en el pecado que trata de denunciar? Sin embargo, Jesús era el verdadero Mesías, Hijo de Dios y segunda persona de la Santísima Trinidad; no solo puede acusar, es que debe hacerlo para marcar el camino. Llegada a esa conclusión, decidió humillarse a sí misma, quizá buscando ser ensalzada por los demás. De suceder así, sería espantoso, porque la batalla librada entre el orgullo y la humildad fue una constante en su vida.
En esos años de Medina del Campo, como no hace amistades asiduas y el señor Baldomero regresa cuando ya ha anochecido, la señora Beremunda cose demasiado. Está perdiendo los ojos detrás de la aguja y de los tejidos oscuros. Se da cuenta Salus y, apenada, se lo dice a Paz y a Gumersinda. Empuja el día con fuerza, sin descuidar por ello las demás labores. Está atendido el esposo a su gusto, crecen los niños sanos y van las niñas primorosas —muestra para las vecinas—; y eso lleva su tiempo. Mas todo es posible a costa de robar horas de sueño a la noche.
Quisiera Paz resultar de ayuda en casa, pero tan solo en el dibujo se desenvuelve con destreza. Salus toma de su madre la afición a la costura. Observa el movimiento de las manos laboriosas, de los dedos hábiles; los mira configurando patrones, los sigue tras el corte exacto de la tijera y el deslizar de los filos enfrentados mordiendo la marca de jabón. Va tras ellos cuando toman la aguja y entrecruzan con pericia las hebras. Voluntaria, aprende bastante de festones y zurcidos. En adelante, reciben la colaboración de manos tan predispuestas, si no para los pantalones y las faldas, que son prendas delicadas y difíciles de confeccionar, al menos para rodeas, paños, cortinas y el ajuar diario: servilletas, sábanas y hasta almohadones.
Esa ocupación no la libera de fregar cacharros, del encerado de baldosas ni del lavado de la ropa. Por esta y las otras afinidades de siempre, continúa Salus al lado de su madre. Tiene muy presente la grave enfermedad que estuvo en un tris de dejarla huérfana. Conserva en el interior las palabras dichas a ella sola, casi al oído, escuchadas creyendo que iban a ser las últimas. La admira y toma de ella ejemplo, imagen de paciente resignación y de calma. Comentan esas lecturas piadosas que las tienen ocupadas en las horas tranquilas del atardecer. Hablan de los progresos, mínimos, en la conversión del padre, claro que sin nombrarla de ese modo.
Si hubo algún eje familiar indestructible en aquellos tiempos y lugares, lo fue el formado por Paz, la dibujante, con la costurera Salus. No se trataba de un sedal resistente, no; tampoco era una cadena de eslabones gruesos; las unía un barrote de acero. Se daban coincidencias absolutas que reforzaban el cariño dispuesto al sacrificio. Una emprendía la senda y la otra colocaba sus pies sobre las huellas primeras. Unidas trataban de atraer a Gumersinda, aquella Sinda que habitaba un mundo ficticio, producto de tan fértil imaginación que, en ocasiones, ponía a la familia en dificultades con los conocidos: «A mis padres les ha tocado un pellizco del gordo», afirmaba. «Paly se casa en primavera con un capitán de artillería» o «en una tierra de los abuelos han encontrado un puchero enterrado, que estaba repleto de monedas de oro». Tomando, al ser descubierto el enredo, un desvío hacia lo frívolo y sin sustancia, eludiendo toda responsabilidad.
Frente a las hermanas se sitúa Paly, quien, al margen de las atenciones prodigadas a Aproniano, sigue siendo la misma, no nos engañemos. Intransigente y mandona, continúa persiguiendo en lo que puede los pasos del padre. Razón por la que ocupa su lugar en la mesa cuando él come fuera. Como consecuencia de sus barrabasadas recibe los castigos más duros, pero hace como si no concediera importancia a tal hecho, como si lo tuviera a gala por considerarlo testimonio de aprecio y predilección.
Entre el señor Baldomero y la hija mayor, sin acuerdo manifiesto, someten a la madre bondadosa y a las otras muchachas, pues ellas, no sabiendo qué partido tomar, desarrollan vínculos de protección rebajados por la blandura del gesto. Salus y Paz soportan órdenes y prohibiciones como pruebas de que el cielo envía a los devotos elegidos. Rezan, piden a Dios un prodigio y usando la religión como refugio, la oración hace de verdadero tejado. Sinda va acostumbrándose a los gritos: los oye como si oyera llover en una tibia primavera o en un cálido verano.
En el colegio de monjas de Medina, la señorita Salus viste uniforme verde y marrón. Es por esas fechas una niña muy vergonzosa, de un hablar tan raro que casi nadie la entiende, salvo Agripina, la amiga de la cara quemada que cobija en ella el rechazo sufrido. La chiquilla menuda, que parece su sombra, ha nacido en un pueblo situado casi al límite de la comarca, por eso está interna y llora de noche en la penumbra del lecho. Van juntas como dos hermanas siamesas aún no separadas; por eso las niñas malas murmuran acerca de esa amistad tan firme, dejando entrever una conducta perversa que las vuelve curiosas y las incita a ensayar.
De día tiene Agripina a la señorita Salus como contrafuerte, pero cuando llega la hora de apagar las luces del dormitorio se desata la jauría de lobas y las más cercanas se convierten en enemigas. Por eso queda vigilante hasta que el sueño la vence. Son bromas pesadas las que sufre dormida, trastadas de crías crueles. Desde retirarle la ropa de abrigo: colcha y manta en pleno invierno, hasta arrojarle a la cara un vaso de agua más que mediado.
Salus y Agripina, juntas, medran, haciéndose más fuertes. Influencia clara de los estudios religiosos que cursan, previstos para desarrollar otras habilidades, las compañeras de los últimos cursos y alguna monja joven se burlan de ellas y les dicen, con sorna, «las querubines», pues sabido es que esos seres celestiales, como mensajeros y emisarios que son del Señor, gozan del privilegio doble de una voz armoniosa y un rostro agradable.
A las niñas grandes quisiera Salus poner en un aprieto, llegar con alguna acción hostil hasta el punto límite, un minuto extremo que les obligara a solicitar la piedad que ella tiene en demasía. Se siente desnuda ante ellas, vuelta del revés, desgraciada. En esa humillación se apoya su temor al mundo, a adolescentes y a personas mayores. En ese desdén se sustenta el empuje con que irrumpe en los trabajos artísticos, en el estudio de la gramática y en el de aritmética.
Desde ese lugar elevado divisa la playa salpicada de caracolas vacías y conchas nacaradas, la verde pradera donde pacen un ternero y un potro; y ve desde esa atalaya la luz transparente al final del túnel opaco. Ahí cifra su triunfo inmediato: en el suceso insólito de ser cuanto antes la primera en esas materias, en recibir la felicitación de la sor directora cuando, clase por clase, vaya leyendo, las mañanas de los sábados, las calificaciones obtenidas durante la semana.
Sin quererlo, sin darse cuenta, Salus se atraganta con las palabras más largas, las que presentan recovecos oscuros. A veces le falta el aire e interrumpe las frases donde no corresponde, da una cadencia desusada y, nerviosa, acaba invirtiendo el orden de las sílabas, deformándolas, suprimiendo alguna y confundiendo unas letras con otras.
En momentos así, su escritura alcanza los mismos defectos; y los exámenes resultan confusos. Se esfuerza, pone el mayor interés en hacer las cosas como las demás, pero ella es distinta: hasta los seis años no ha ido al colegio. En casa recibe un sopapo del padre a cada error cometido; son tantos que no lleva la cuenta de los coscorrones y las bofetadas.
«Vos, solamente, Señor, sois quien puede hacer juicio cabal de lo que soy», escribe san Agustín, y se lo revela la monja que parece, de verdad, su amiga. Por eso, las colegialas Agripina y Salus, dos gatitos abandonados bajo la lluvia, tratan de ignorar los comentarios hirientes que sobre ellas oyen. Poco a poco se van entreverando hasta hacerse una sola, sincerándose del todo y ofreciéndose, abiertas como una alacena, la una a la otra. Se cuentan las experiencias mínimas y las ideas que creen originales. Hasta el significado oculto de sus sueños se confiesan.
Del cielo llega sor Dolores, o así se lo parece a Salus. Se trata de una jovencita afable, una novicia avanzada en ejercicio de suplente, que estudia una disciplina llamada logopedia. Acabadas las clases, sirve de refuerzo a las alumnas más retrasadas. Con la meritoria aprende Salus a respirar, pues resulta que ese acto reflejo, tan sencillo en apariencia, para ella no es tal.
Practica la dicción clara de palabras difíciles y escribe dictados plagados de trampas, tan variadas y tan juntas que no parecen reales, sino pensadas a propósito para que tropiece. Su esfuerzo en el estudio obtiene resultados: mejoran las notas y se coloca entre las más destacadas. La vida es distinta desde ese momento, se anima y alienta a la pobre Agripina que, con tal de no verse, no se mira en el espejo al peinarse y lleva unos pelos que provocan jolgorio.
La hermana Dolores convence a Agripina de una verdad que conforta: debajo de la piel encendida, plagada de arrugas y cica- trices que todos ven, existe otra, tersa y sonrosada, henchida de atractivo. Días vendrán en que los cirujanos expertos, eliminando con sumo cuidado la de arriba, dejen al descubierto la oculta; y en ese instante todos verán un semblante tan armónico como lo es su interior cuidado, su atrayente manera de ser.
Al finalizar los tres cursos que dura la estancia en Medina del Campo, apenas se le nota a Salus el habla rara; su padre cuando la castiga tiene otras razones que no necesita nombrar. Agripina, la niña del rostro abrasado que sacaba nueves en redacción, mientras espera el día feliz de su metamorfosis quiere hacerse escritora y poeta. Con palabras ajustadas dejará constancia de cuanto suceda a su lado y le llame la atención.
Seguro que va a conseguirlo, pues emplea tanto tiempo en leer que la escritura ha de ser cosa rodada. Posee Agripina imaginación suficiente; es muy observadora y, por si fuera poco, ha desarrollado la cualidad imprescindible de la constancia. Se enviarán una carta diaria, aseguran muy convencidas, elevando la promesa a compromiso jurado. Dos veces al día hablarán por teléfono, se verán a menudo; y la una sabrá las preocupaciones de la otra.
A las diez en punto de cada noche, la una pensará en la otra y, sirviéndose del pensamiento, se darán apoyo. Así lo acordaron en el adiós y para rubricarlo unieron la sangre de los dedos pulgares heridos con un alfiler, mientras formulaban una frase mágica sacada de un cuento, tan críptica que ni ellas conocían el verdadero significado. Mezclaron en un beso la propia saliva; prueba máxima de fusión entre dos personas, testimonio de identidad única.
La señorita Salus, desde que ocurre en ella prodigio tan destacado, va narrando a la amiga el desarrollo de su viacrucis particular, una pasión paralela a la de Cristo. Caminará ella, un paso detrás de otro, hasta llegar al monte Calvario; y Agripina y el mundo deben saberlo. Nada le esconde y, menos aún, los sentimientos íntimos o las sospechas fundadas.
Ofreció Agripina a la amiga recoger su experiencia en una historia algo sentimental, retratándola piadosa y entregada a la causa de la fe, lo que es cierto y bien cierto. La señorita Salus no olvida la promesa, por lo que, para dar materia a la amiga y verse en tales páginas, le manda apuntes de los libros que lee y relee, algunos cien veces, como las confesiones de san Agustín, su predilecto. Vidas ejemplares, biografías de santos: la de santa Teresa, que no va a la zaga de nadie; la de san Juan de la Cruz, san Gregorio Taumaturgo, san Francisco de Sales, santa Clara de Asís, santa María Egipciaca; y la de Ingunda, esposa de san Hermenegildo, pues si aún no ha sido canonizada queda claro que lo será en breve. Actúa a derecho por amor a los necesitados, persiguiendo que el ejemplo perdure en los que lean el relato de sus merecimientos, escrito con pormenor por su mejor amiga, acaso su única amiga.

 

10. La demanda añade datos

TERCERO. Que en el mes de enero de 1993 Mapálica entra en contacto con los presumibles herederos legítimos, José María Pérez González e Inés Pérez González. En la citada fecha, se inician los acontecimientos que dan base y sostén a esta parte demandante para considerar que los testamentos otorgados por doña Mapálica los días 6 y 30 de marzo de 1993 carecen de validez y eficacia. De la misma manera aprecia en los demandados indignidad para suceder y solicita que así sean declarados. Pasamos a exponer los hechos acaecidos, de forma ordenada en el tiempo:

1. En enero del año 1993, Mapálica, como consecuencia de haber sufrido una caída, precisaba ayuda para incorporarse de la cama, asearse o comer; así como de los cuidados que una persona tan mayor requiere y que sus hermanas Gumersinda y Salustiana, de edades también avanzadas, no podían facilitarle. Para tal auxilio buscó asistencia preguntando a unos y a otros, tenderos y compañeros de la parroquia. Por mediación de unos vecinos del barrio, logró Mapálica el conocimiento de Pérez González, hijo.
Este, no siendo médico ni enfermero, sin ejercer profesión alguna en aquella temporada, comenzó a prestarle los servicios de colaboración indicados. Fueron fijadas como pago las cantidades de seis mil pesetas los días laborables y diez mil los festivos.

2. El día 6 de marzo de 1993, doña Mapálica otorga ante notario un testamento cuyas disposiciones ignoramos. Pretendemos también su nulidad. Pasados quince días, el 21, al anochecer, la anciana es trasladada por los citados José María Pérez y su madre, Inés Pérez, al domicilio de ambos sito en Toledo. Es de destacar que llevan a cabo el tránsito sin el conocimiento previo de sus hermanas, socapa de facilitarle una atención más esmerada. En la residencia de los señores Pérez González no le permiten a Mapálica tener contacto ni directo ni telefónico con sus hermanas. No saben ellas a quien recurrir, sumidas como están en la angustia debido al deterioro que sufre la salud de la enferma y la carencia de noticias.

3. A partir de la salida de su casa para quedarse en el domicilio de José María y su madre, Mapálica realizó diversas disposiciones que afectaban a su patrimonio:
a) El 27 de marzo, seis días después de la llegada al domicilio de los demandados, otorgó poder tan amplio que facultaba a José María para administrar y disponer de todos sus bienes sin ningún tipo de limitación. Dicho poder fue utilizado al día siguiente para comprar una vivienda en la calle Desengaño de Madrid, por un valor de doce millones. El piso pasa a ser nuda propiedad de los demandados, reservándose Mapálica el usufructo; y lo paga íntegramente a pesar de no comparecer en el acto de compraventa, pues tiene ochenta y tres años y no se vale por sí misma.
b) El 30 de marzo, únicamente nueve días después de llegar al domicilio de los demandados y a tres días tan solo de conferir tan amplio poder, otorgó nuevo testamento a favor de los señores Pérez González, que entendemos nulo.

 

11. Entre el temor y la esperanza

Disminuido el ajetreo y llegado el olor de los guisos, entiendo que ya es mediodía. Los pocos que trabajan en sábado y los que salieron de compras regresan con apetito envidiable, predispuestos para el refrigerio o el banquete, platos preparados con cariño en su ausencia. Siendo una excepción dolorosa los que vivimos solos, los que, por desgracia, no compartimos mantel. Nosotros debemos cocinar hasta estando cansados o calentar los alimentos preparados ayer en abundancia con la intención de alcanzar hasta hoy. Después lo engullimos de tres cucharadas en una mudez vacía; y si hablamos en voz alta, con nosotros mismos lo hacemos, relatándonos nuestras propias penas bien sabidas para hallar un consuelo engañoso. Siento en la boca del estómago, a intervalos irregulares, unas punzadas tolerables, por eso estoy segura de que no es aún el hambre, esa sensación de vacío que muerde por dentro, de debilidad e insuficiencia de las que hablan los pobres desnutridos. Lo mío es más bien una ligera molestia que, ahora, cuando los olores a comida conquistan la casa, se agudiza. El timbre suena, otra vez me reclama el teléfono inútil.
No, en esta ocasión el sonido es más largo y menos hiriente; comprendo que se trata de la puerta y la alegría me invade. Quiero decir a quien sea que estoy aquí, imposibilitada para abrir, necesitada de socorro, pero no me salen las sílabas que forman las palabras, no surgen las vibraciones que se hacen voces inteligibles al llegar a los oídos cercanos. Oigo con claridad la sucesión de un sonsonete más largo y una voz que pronuncia mi nombre con fuerza. Ahora sí, de mi garganta ha salido un grito de animal herido, que no es sino una vocecilla de anciana que llega, todo lo más, al recibimiento. La siento incapaz de atravesar la gruesa puerta de madera y acero, blindada para que los canallas cejen en su empeño ladrón. «Por favor —pido a la cancela—, filtra solo a las malas personas; si quien llama es la vecina de abajo o cualquier otra alma de bien, que insista, que espere».
Renuevo el grito, poniendo en él todo mi aliento. Trato de sostenerlo en el aire como aprendí de la hermana Dolores, de mantenerlo en alto hasta que la voz resuene en el descansillo de la escalera, sobrepasando las planchas entreveradas que acorazan y amurallan la entrada. Es solo un propósito; en realidad, mi quejido no sale al pasillo, queda prendido en el aire húmedo que me rodea. «Insiste, insiste», le insto a quien llama.
Por la manera de cortar la señal, remachando los toques prolongados con dos pinchazos breves, estoy convencida de que es la vecina. Chillo, me esfuerzo por elevar mi cabeza, mi boca, mis labios y mis cuerdas vocales; voy desgañitándome hasta llegar a comprender que no me ha oído, porque a los pocos minutos, con el eco de los penetrantes timbrazos, se desvanece la esperanza de ser socorrida.
Se va de mi lado el «Cirineo» sin poder tomar, como pretendía, parte del peso de mi cruz; y sé, sin lugar para la incertidumbre, que cruzo en este instante el umbral de la quinta estación. La tensión decae y una nube de sueño me envuelve. Es una verdadera lástima que la voz no responda a mi voluntad, que los sonidos agudos no surjan con fuerza. He tenido a unos metros de distancia a quien me hubiera puesto a salvo de la soledad y de la angustia; y he desaprovechado la ocasión.
Era la vecina; así lo entiendo sin prestarme a otras conjeturas, porque la forma peculiar de sus toques resulta inconfundible. Habita ella el piso situado debajo del mío y dos días a la semana me trae del mercado la compra. Se da un aire a mi madre y me la recuerda siempre que la veo. Sé que añade al precio de la etiqueta un recargo mínimo; entiendo que se cobra el favor. Es comprensible: sus ingresos no alcanzan a los pagos antes de fin de mes y debe echar mano a los ahorros menguados.
Convalece el marido de una larga enfermedad de los nervios que le viene de cuando se quedó sin trabajo. Sé que su pensión es insuficiente para mantener la casa y comprar las viandas imprescindibles. No han tenido hijos de los que esperar ayuda, circunstancia inocente y carga añadida llevada en silencio entre ambos sin referirse a ella. A pesar de todo, parecen felices; comparten la desdicha que los une y la dominan en vez de sufrirla. No sé lo que digo, su caso es mi caso en cuanto a los hijos, pero ellos son dos.
Invitó un fariseo a comer a Jesús. Entrando en su casa, lo sentó a la mesa. Lo recoge san Lucas en su evangelio de manera parecida. Entonces llegó una mujer pecadora, de las que ejercían su oficio indecente en la ciudad. Y la mujer se arrojó a los pies del Maestro, descalzándolos, besándolos, bañándolos con sus lágrimas y secándolos con sus cabellos. Luego los refrescó con ungüento. Dudó el fariseo en su interior más íntimo de la personalidad del invitado, pues si fuera quien decía ser, sabría de antemano la calaña de la mujer que así lo trataba.
Como respondiendo, refirió el Maestro en ese instante la parábola del prestamista y los dos deudores: uno de quinientos denarios y otro de cincuenta, diez veces menos. No pudiendo pagar ninguno, perdonó a los dos. Y el Señor pregunta al anfitrión quién de ellos debe estar más agradecido. La respuesta del fariseo satisface a Jesús, pero le reprocha no haber hecho con el Mesías verdadero lo mismo que la mujer acababa de hacer.
Por eso, porque la mujer obró mejor que el fariseo, perdonó todos sus pecados a la mujer. «Tu fe te ha salvado», dijo como explicación y despedida. A veces no entiendo el comportamiento humano de Jesús. Y esta es una de ellas. Serían las costumbres distintas. Pero, aun así, pretender que llegara la gente a conocer su divinidad y que le agasajara por ella no entra en mis pensamientos de lo que debió ser la conducta adecuada. Temo ser yo, por albergar dudas de este calibre, más hipócrita que los fariseos sin pertenecer a su secta. Y de ello me acuso y me arrepiento.
Salvo el frío, que bajo la piel hará su trabajo, hasta ahora la salud no se ha resentido de modo grave. Ni siquiera un mareo o una disminución de la presión arterial, tan propensa yo a esas menudencias. A intervalos percibo la irrigación sanguínea: sístoles y diástoles de mi corazón encogido; y la noto disminuir a poquitos el ritmo frenético de los primeros instantes. Aurículas y ventrículos llevan su agitación a la normalidad. La insensibilidad crece: no me pertenecen los pies ni los muslos, no los siento. Me es ajena la parte que se mantiene en contacto con el acero esmaltado, tibio a costa de la disminución de mi propia temperatura.
Puede que las piernas obedezcan a otra persona, a un aventurero abandonado a su suerte en la travesía del casquete polar intentando encontrar el norte, dudando durante horas entre los dos nortes posibles y muriendo congelado a una distancia equidistante de ambos; o puede que cumplan las órdenes de un tullido en su último esfuerzo por lanzarse a la piscina probática, demasiado alejado para lograr su deseo. A los estornudos reiterados respondo «¡Jesús!», creando a mi oído la ilusión de compañía. No es alergia al polvo ni al polen de las gramíneas, me estoy acatarrando y esas sacudidas constituyen síntomas claros. Si no es más que eso, un enfriamiento, me daré por complacida.
Culmina el sábado o eso parece. Y en este anochecer confuso, se diluye el día que llegó con retraso a la calle, trayendo una laguna de repartidores y un vacío de los coches que otras mañanas van al trabajo, aumentando, por el contrario, la intensidad del sonido en las cañerías, delator de más gente en las casas; ensanchando los ruidos difusos del vapor en la cocina, los gritos juveniles, las voces altas de madres exasperadas y la música insistente de varios transistores. Ajena yo a esos signos de vida en común, me encuentro sola, fuera de mi voluntad esta vez, oído atento e interpretación de lo escuchado.
Pienso que la madre del Señor estaba sola en su habitación cuando el ángel llegó a saludarla para anunciarle la maternidad divina. ¿Vendrá el ángel a saludarme?, ¿me sacaría de la bañera si se presentara? No puedo imaginarlo siquiera; me daría un soponcio. Se haría visible encarnándose en humano, aunque no acierto a imaginar con qué figura. Bello, esbelto y armonioso. ¿Hombre o mujer?
Prefiero mujer en estos momentos. Leí que san Rafael Arcángel dijo a Tobías, al identificarse después de pasar una jornada juntos: «Me veían comer y hablar, pero solo era apariencia». Así y todo, me vendría bien una simple charla con una persona conocida. De antes o de ahora, pero, si me dan a elegir, prefiero a la abuela.
Aunque, ¿quién va a venir a verme en fin de semana?, ¿quién va a pretender una respuesta mía concreta, fuerte, inequívoca, que revele mi estado angustioso? Nadie, seguro. Las visitas de cumplido cesaron hace tiempo; y de renovarse alguna, lo hará la tarde del domingo. Las llamadas telefónicas, carentes de respuesta, no producirán alarma. En festivo, ya se sabe, abundan las ocasiones de salir: la misa, la novena, una escapada al hogar de las vecinas, el habitual paseo con las compañeras de parroquia o alguna promesa debida a santa Gema en trance de cumplir; y cualquiera puede, además, imaginar otras variantes.
De conocer el estado lamentable en que me encuentro, esas personas que nombra mi deseo de compañía, esas almas de bien se compadecerían y vendrían a socorrerme. Como dice san Pablo, ¿quién enferma, y yo no enfermo? Empatía y solidaridad, esas son las virtudes que quiero encarnar en los otros, careciendo acaso de ellas. Sí, ayudo a los pobres con unas monedas que me sobran, pero ¿en qué y cuánto cambian su vida unas monedas de vez en cuando? ¿No estaré afirmando su pobreza y mi egoísmo al ejercer lo que llamo «caridad»? Pienso: «El bien que hago en este mundo me será devuelto con creces; y no solo en la otra vida, también en esta».
Si no puedes sacar al pobre de su pobreza, recomienda san Francisco de Sales a Filotea en su libro piadoso Introducción a la vida devota, hazte pobre como él; incluso más pobre que él. Pero yo me pregunto: ¿cómo podré ser de alguna utilidad no teniendo nada que ofrecer? ¡Qué empinada es la cuesta que sube a la perfección! Orgullo y soberbia; diría mi director espiritual: «Dios no te pide la perfección, alma de cántaro», añadiendo como un regalo esa expresión suya. Retintín que no acababa de satisfacerme ni de enojarme por completo, aunque sabiendo que «Filotea» significa ‘la que ama a Dios’, tenía yo suficiente razón para considerar un agravio la que me dirigía y, por ello, enfadarme.
Una vez más me la soltó como cierre de una respuesta. Ocurrió que estuve rumiando una nueva pregunta, al hilo de varias noticias que denunciaban a ministros del Señor por apropiaciones indebidas de propiedades, por castigos corporales en los colegios religiosos y por reiterados abusos inmorales infringidos a infantes puestos en su custodia. Algo irritado, o así me lo pareció, contestó con otras dos preguntas: «¿No hubo entre los apóstoles, siendo solo doce, un Judas que lo denunció a cambio de dinero? Pues ¿qué esperabas, alma de cántaro, entre cientos de miles de sacerdotes y frailes?».
Han pasado treinta horas lo menos y tengo sed; el hambre aún es llevadera, pero, en cambio, soy tierra reseca abierta en grietas ávidas de agua. Se esponjan los labios bajo la saliva salvadora, endurece mi lengua en el acto de mojarlos, como un abatido perro San Bernardo que corre en socorro del descaminado. Mojo las comisuras y se secan al instante, quedando lengua y labios ásperos y rugosos. Es una sensación de travesía del desierto, producto de un sol que se desploma sobre mi cabeza. No está la aridez de mi garganta proporcionada a su razón, hay un exceso que no explican las condiciones ambientales. Un clima extremado gobierna mi voluntad; el frío glacial abarca toda la epidermis y me sofoca la sed del más extremo de los veranos.
Una gota se desliza del grifo inalcanzable, culebrea por un meandro ya hecho que aparece amarillento, llega hasta el fondo corriendo hacia abajo y tomando la salida que dejé abierta al quitar el tapón con ruido hueco y no poco esfuerzo. Sin dominar una explicación satisfactoria, observo que, al paso de mi dedo, marcando un canal asciende el agua uno o dos centímetros. Dedico un supremo esfuerzo a atraparla; inútil intento, aún queda un tramo final, un trecho minúsculo imposible de reducir. Se trata de un espacio mínimo que, a efecto de neutralizar mi exigencia de líquido, lo mismo podían ser palmos, pies o leguas.
Me agito, miro al techo a la manera de los que recapacitan; no pienso, pero inicio el ademán, apunto una postura fingida como a veces hago en presencia de extraños. Proporciono una imagen de inteligencia despierta, de magín despejado en el primer instante, pero, qué va, nunca he sido demasiado avispada; de otro modo, ¿a qué viene meterme en estos enredos, berenjenales impropios de la gente lista?
A mi izquierda descubro, accesible, la esponja de frotar la piel. Con gran batalla la tomo entre las yemas del pulgar y el índice. Resbala, cae hasta el fondo y se para junto al muslo blanquecino, corito, impúdico. La mano izquierda y la derecha colaboran, se pasan el objeto absorbente una a otra, siendo esta última, la más próxima, la que se acerca al hilillo líquido succionado por la masa suave en visible expansión, hinchándose de aire y de las escasas gotas que tanto necesito y deseo.
Espero hasta el límite de mi impaciencia y, al final, la acerco a la boca y la estrujo. Noto sobre la lengua el tacto de las chispitas que suben al paladar. A las encías llega un gusto extraño: a jabón en polvo disuelto y a suciedad epidérmica. Mi piel, tan aseada como parece, ¡qué sabor salado guarda!, ¡qué impresión de desagrado ocasiona!, ¡qué indefinible efecto grosero! Sí, la sensación es acre, pero me libera de la angustia de estar abismada en la inmensidad de arena o de agua, me rescata del temor angustioso del condenado a la horca o del abandonado a su desgracia en un medio hostil.
Aquietada de manera momentánea la sed, el más apremiante de los apetitos, llega a la memoria, aún sensible, el recuerdo de la señora Beremunda, mi madre. Años y años de cariño y dedicación se resumen en esta comparecencia. La veo mermada, dirigiéndose hacia mí, su hija predilecta, su relevo en la tarea de la conversión del incrédulo, educada en la religión por ella para ese fin superior. Me tiende la mano tímida mirando a Baldomero, su señor, en busca de aquiescencia para la ayuda y observando luego, por el ángulo extremo del ojo, a Paly, la segunda autoridad, en un intento claro de interpretar su mueca.
Veo a esta, la hermana reacia a toda colaboración, negar con la cabeza, espantar el gesto bueno, propicio, con otro de desprecio. Percibo a mi madre indecisa, pusilánime e irresoluta quedar en cuclillas a la espera de la autorización expresa, clara e indubitable. Sufro por la mujer que ha sido el cauce de nuestra vida, deseosa de ayudar y privada de la precisa determinación. Padezco más por ella que por mí misma; me angustia más el amparo no prestado que el socorro no recibido. Y en ese preciso instante caigo en la cuenta de un hecho excepcional: comprendo, con una clarividencia extraordinaria, que la imagen materna que se compone ante mí no es producto del azar, sino que viene a cuento de mi propia trayectoria. Jesús, en la cuarta estación, encuentra a su amantísima Madre. Imposibilitada ella para impedir la pasión, ya que fue decidida en instancias más altas, aparece con los ojos llorosos y el mohín entristecido; hembra sensible y doliente, mujer y madre, al fin y al cabo.
El frío nocturno va extendiéndose a brochazos toscos desde el horizonte por donde el sol se fue; cae sobre el tejado e invade la casa, una habitación tras otra. Se precipita encima de mi cuerpo desnudo como lo hace la nieve, copo a copo, sobre la tierra yerta. Es transparente la túnica que me cubre, hielo perpetuo de los glaciares más elevados. El inconfundible son de la fiesta pagana, descreída, disminuye. En cuanto se apaga el zumbido constante se queda en estridencias aisladas que me atemorizan.
La destemplanza de ahora trae latigazos de pavor; son gritos que proceden de la alegría engañosa, de una aflicción peor que la mía. Lo llaman diversión y tiene de eso tan solo una pátina somera: en cuanto se rasca da entrada a una tristeza flaca que viene acompañada de amargura sin color, tintada en blanco y negro. Se me desploma la cabeza a intervalos sobre el cuello. El mentón cae en el hueso duro, haciendo lecho de él; yacija incómoda.
A pasos quedos se aproxima el sueño benefactor; mínima mariposa intangible. Me acaricia la frente con sus manos impalpables, cierra delicado mis párpados y, cuando ya inicia el sopor su labor beneficiosa, en tono brusco se abre la consciencia y el dolor penetra sin piedad en los ojos, en las sienes y en el cerebro sensible. La inquietud, nacida y asentada en mi espíritu, posicionada con estrategia, me impide por igual el pensamiento y el letargo. El tormento de acero y su efecto hiriente se hacen por momentos uno; conjunción dominadora e insoportable.
Dejo en su mínimo término a la atención debida al entumecimiento de las piernas y al picor de la cintura. Hago a un lado la sed y el frío, me quedo traspuesta y, cuando creo que han pasado horas desde que me quedé dormida, comprendo que no han sido sino algunos minutos, pues la secuencia de ruidos indicadora del momento así me lo hace saber.
La memoria recita de forma espontánea: «Apenas llegué a Roma, me sorprendió el recibimiento, pues fui castigado con el azote de una enfermedad corporal; me iba a los infiernos llevando conmigo todos los pecados cometidos contra vos». Viene al pensamiento, sin buscarlo, este párrafo de Las confesiones de san Agustín, porque mi situación se aproxima a la suya. Me doy cuenta de que, si muero en este trance sin contrición, estaría condenando toda mi eternidad; digo mía y no es mía solo: el tiempo inacabable es de todos. Así lo pienso.
Ese tiempo sin fin de júbilo celeste soñado sería sustituido por la penitencia más penosa, castigada yo a la privación de la presencia divina, la esencia y existencia consideradas gozosas, deliciosas y placenteras.
Me produce un pavor extraordinario el veredicto, pues viene después de una vida hecha para perseguir la salvación, pero imperfecta a causa de mi carácter humano. Trato de mostrar arrepentimiento y una contrición firme para todos los actos levantados contra el Creador y su doctrina. Episodios nacidos en mi cabeza arrogante y capaz de concebir las peores ingratitudes, tales como la de abofetear a quien proporciona a la mano el movimiento preciso para la ofensa.
En ejercicio sugerido por el director espiritual para evitar tentaciones, ocupo la mente en imaginar el infierno, una fantasía
dolorosa que practico a menudo. Lo pienso bien surtido de aparatos de tortura, muy activo, incapaz de averías que disminuyan o pierdan la capacidad dañina. Sufriendo los cuerpos, separados de las almas, el tormento sin fin; con altibajos intermitentes que van desde el máximo dolor soportable hasta la ausencia de sufrimiento, para seguir al momento incrementando de nuevo la mortificación.
Así, un día y otro, una rutina variable en su invariabilidad; y todo ello durando un tiempo que no puede acabar. Advierto que el temor al tormento físico coloca en mi corazón abatido un espanto insufrible, pero que representa una insignificancia al lado del miedo a su duración: indefinida, permanente, inagotable e inextinguible. Sumadas la cambiante viveza del tormento y su carencia de término, instante a instante, a través de la eternidad entera, originan una angustia que me sobrecoge desasosegándome.
Para las almas, incapaces de sufrir la tortura corporal, pienso en la pérdida de autoestima, esa consideración de mérito adquirido y del valor incrementado que las hace apreciadas. Ese pasar de creerse ellas el todo a no creerse nadie ni nada, para ir creciendo y disminuyendo sin parar. Vaivén de las potencias del espíritu según las entiende santo Tomás de Aquino: las vegetativas, puramente orgánicas, que activan y organizan la vida según la conocemos; las sensitivas, relativas a la valoración de lo material en forma de escala, el aprecio o rechazo de todo ello y las intelectuales, el entendimiento y el libre albedrío, considerando cuerpo y alma unidos y colaboradores, imprescindibles ambos para el funcionamiento de la persona en su integridad.
Puede mi mente concebir el proceso, esforzándose mi voluntad en pensarlo de ese modo: los huesos, la carne y la sangre inseparables del espíritu; principio, sustancia y esencia de todo el movimiento, de todo pensar y de la libertad que nos hace responsables. El alma eterna sufrirá, en añadido, el propio alejamiento de Dios, su origen y alimento, añadiendo a la presencia del daño la ausencia del beneficio.
Reconozco útil la recomendación del sacerdote para ahuyentar las tentaciones. Por eso, aunque él no lo dijo, continúo imaginando el cielo, pues, en cierto modo, compensa el ejercicio anterior. La estancia en el cielo ha de acontecer en otro confín, allá donde no pueda resultar contaminada por elementos extraños. Según me lo figuro, es el paraíso un prado de esponjosas nubes blancas cruzado por un arroyo fresco y rumoroso, corriente calma de flores, mariposas y avecillas. Sus márgenes se diluyen en suaves oteros de música, una melodía nacida de caramillos y arpas que tañen con singular maestría los ángeles.
Percibo la imagen de la gloria crecida dentro de un cuadro, una acuarela de pinceladas tenues. Refleja la pintura una extraordinaria placidez. Entre sus motivos, unos pececillos se inquietan de felicidad, resbaladizos e inasibles, que me saltan al regazo para mecerse en mi falda y arrullarse en mi cántico. Corderos y palomas hacen un corro de danza a mi alrededor, mientras corceles y flamencos de estampa admirable pastan y picotean trocitos inacabables del maná, sabroso alimento carente de despojos.
En la alegoría, exentos de padecimientos de ningún origen, las almas y los cuerpos cubiertos de túnicas blancas se deleitan en la esencia del Señor, Dios verdadero, representado por una luz que no deslumbra y un calor que no quema. Tan límpida luminaria da origen al prodigioso estado de beatitud que disfrutan durante toda la indefinida perennidad los fieles allí admitidos, pasando a ser este punto, el de la persistencia, el más tranquilizador, puesto que no es posible perder ni durante un solo segundo la condición de la que se goza; y ello, a lo largo del transcurrir inacabable de la inmortalidad.
Pamplinas sin fundamento son aquellas que explican la envidia incrementando el pesar o el gozo. Bastará, dicen, que los que penan sin esperanza y los que disfrutan sin temor se vean los unos a los otros para que la intensidad de su estado se incremente en todos ellos, pero no; resulta terrible la distancia existente entre el premio y el castigo. Finalizado el postrero de los juicios nada intermedio existirá. Los que abrazaron el bien y los que estrujaron el mal estarán situados tan distantes que nada sabrán unos de otros.
«¿Qué será de los tibios —me pregunto—, de los que nadaron entre dos aguas?» Y Jesucristo me da su respuesta divina: «Quien no está conmigo sin reservas, está contra mí sin reservas». Esta frase memorable me hace dudar de la compasión divina, de su enorme amor al hombre, hecho a su imagen y semejanza. Al instante, reacciono como picada por la víbora y me digo: «La justicia ha de estar por encima de la conmiseración; y Dios es, antes que nada, justo. Dios es la Justicia». Y me pregunto, a la vista de la actualidad: «Pobres sin lo mínimo y ricos atesorando y despilfarrando, ¿por qué?».
Se entristece mi ánimo y mi voluntad determina tomar resuelta el camino del sacrificio, abandonando la hipocresía y el recelo, losas enormes que amortiguan el ardor. De forma circular o elíptica percibo lo eterno, lo interminable; y en su superficie sin aristas coloco la vida como en un sendero plagado de altibajos y dificultades, salpicado de piedras agudas y cardos punzantes y bordeado de espinas, que solo son elementos de una prueba larga, larga y larga.
Superada la experiencia con mérito: fe, esperanza y caridad; se allana el camino alfombrado de una vegetación tanto más suave y olorosa cuanto más se acerca al Creador: principio y fin de todo, mayestático, providente y uno con el universo.
Y los tibios, los falsos y los desconfiados, arrepentidos de la conducta que cosecha espigas sin grano y uvas en agraz, purgaremos nuestras culpas hasta el fin de los tiempos, momento crucial designado por el Señor para decidir si nos rechaza o nos acepta a su lado. Terrible expectativa la nuestra; también la de él, porque si condena a muchos, si muchos no pasan la prueba, como el maestro que suspende a un número excesivo de alumnos, él no pasa la prueba; él se suspende.
La existencia del mal en el mundo, que los incrédulos señalan como prueba de su debilidad y hasta de su inexistencia, yo la utilizo para demostrar su esfuerzo sobrehumano, su cariño y su mérito. Con frecuencia pienso en el Creador como héroe, hombre o mujer, rodeado y atosigado por problemas a los que solo él puede dar solución. Le imagino mandatario de un país enorme, coincidente con el orbe entero, de planetas habitados y deshabitados, director de una empresa de esas que extienden sus tentáculos por todo el mundo. Su despacho es enorme y tiene muchos sirvientes que escriben y borran, que leen y recitan, que miran libros y anotan. Él está sentado en su sillón de ruedas, muy bien trajeado, fuerte, enérgico, pelo y barba blancos. Veo una sonrisa mansa y dulce en sus labios. Su frente luce las arrugas del tiempo y de la tarea sin fin.
La mesa es extensa y la ocupan teléfonos y teléfonos de esos antiguos de color negro. Suenan juntos la mayor parte de ellos y su sonido acumulado llena el espacio de angustia. El Creador descuelga los auriculares con el simple pensamiento, sin usar las manos. Oye las conversaciones múltiples, coincidentes en el tiempo y distintas en contenido; y de todas entiende los mensajes llegados.
Con el mismo pensamiento da al instante respuesta a todas las llamadas. De tener conocimiento de lo que las llamadas tratan, sabríamos que son angustiosas, angustiantes. Avisos urgentísimos de terremotos, volcanes, inundaciones y sequías ocurridos en cualquier lugar del globo, de todos los globos; pestes, pandemias, contagios mortales extendiéndose como un barro oscuro; asesinatos en masa y guerras locales desplegándose hasta generalizarse. Todos los desarreglos ocurridos desde los inicios concentrados en un solo instante.
Pienso en planetas ardiendo, explotando, chocando entre sí, desapareciendo en la nada; y en todo lo que puede ocurrir en el espacio infinito. Veo la desolación en el rostro del Creador y Pro- videncia de la totalidad. Ahí está el hombre Dios, con la mirada tristísima, mientras sus labios musitan quejas serenas. Lo noto tan esforzado ante tantísimos males concurrentes, sin poder solucionar todos los problemas al mismo tiempo, que deseo sufrir en mí todo lo que él sufre, calvario constante del Padre, Hijo y Espíritu Santo: personas primera, segunda y tercera de la Trinida. Entiendo la fortaleza sobrehumana de la Divinidad Creadora y conservadora de todo lo existente. Comprendo el enorme dolor del Dios amoroso que ve su hogar, su familia y su obra resistiendo a duras penas siglo tras siglo.

 

12. Sensualidad reprimida

Cuando la esperanza iniciaba su retroceso en los proyectos del padre, ese rígido señor Baldomero, por igual anhelante y desconfiado, el nacimiento de los chicos rompió la sólida rutina y desveló, paso a paso, el futuro. Se interesó por ellos como no lo había hecho por las muchachas, mirando al frente con ojos cargados de antiguas disposiciones que daba por desaprovechadas. Se hizo el propósito de ser el ejemplo y la cañada para quienes llegaban tras él necesitados de orientación; y se supo capaz de tal esfuerzo.
No miró dentro de sí buscando grietas y fisuras, en su carácter áspero, en su corazón endurecido; fue en el exterior donde persiguió las referencias. Medrar en el trabajo había supuesto hasta entonces su empeño constante, porque la penumbra envolvente le permitía ver nítido el lugar de llegada, un punto luminoso en la lejanía. Pero los varones nacidos consiguieron, sin saberlo, que el progreso laboral se hiciera para el hombre una llamarada surgida del mismísimo sol, de su ígnea masa, de sus vaharadas radiantes e incandescentes.
Desde que decidió el abandono de la agricultura, donde era su propio amo careciendo de servidores, un imán potente representó para el señor Baldomero el poder conseguido en la empresa por mediación del cargo.
Obedecía en los comienzos al modo de los sumisos, seducido por la voz de mando, por el ademán enérgico de quien daba las órdenes. Tras su nombramiento de capataz, puso en práctica el proceder aprendido en la observación constante de los jefes que más le atrajeron, aquellos que no admitían disculpas a las faltas ni réplicas a la recriminación. Deseaba que entre el acto de expresar su deseo y la diligencia de los peones no tuviese el tiempo rendijas, que ambos puntos formaran parte de una misma línea recta muy breve.
Poseía el mando un atractivo desmesurado, llegando a obsesionarle con una fuerza tan dañina como la que lleva a las mariposas confundidas a inmolarse en la luz de la llama. Fue creciendo en empuje, a pesar de que el arranque anterior descendía, porque la corriente de hierro fundido que circulaba por sus venas le venía de más allá de los brazos fuertes. Del interior del pecho intrépido llegaba una voluntad indómita, cargada de razones egoístas que el tiempo había curtido.
El paso de una a otra categoría se convirtió en una inacabable carrera, una tenaz persecución de horizontes sucesivos desde los que se dominaban nuevos valles cerrados por cuestas renovadas. Donde muchos compañeros desistían llenos de hastío por lo estéril del intento, él seguía adelante con los ojos cerrados. Y los ascensos le llegaron uno tras otro como peldaños de una escala interminable, apoyada más abajo que el propio suelo.
Si buscaba a sus pies el abismo del que provenía, hallaba un barranco poblado por gente sin aspiraciones que giraba siguiendo órdenes imprecisas dictadas por él. Endureció el trato, exigió mayor esfuerzo y le resultó agradable que en los antiguos compañeros naciera la inquina. Papa o rey se juzgaba; y su palabra se hizo entonces la ley de los estados, el breve terminante de los pontífices. No fueron los hijos el desencadenante, todo lo más le dieron la oportunidad de crecer en ambición. Con el pretexto de asegurar su bienestar se propuso ganar más dinero; y el sueldo y el poder venían de la mano en determinadas ocasiones.
De Encinas de Esgueva a Valladolid y, de allí, a Medina del Campo. Terminada la estancia en la industriosa población de tan nombrada historia y de tan afamadas ferias, efímera o sobrada según el juicio personal de cada uno, la señorita Salus y los suyos, en un viaje que iba siendo el discurrir de su vida, llegaron a la ciudad de Salamanca. El casco antiguo conquistó a la joven ya en los primeros pasos de los primeros paseos. Fue descubriendo los monumentos allí atesorados. Fue sintiendo en sí misma la vitalidad juvenil que bullía en las calles, pobladas por estudiosos provenientes de todo el mundo, entendiéndose, ¡oh, maravilla!, en lenguas diversas para ella ininteligibles. Luego, en el colegio, lo supo: una ciudad de ciudades superpuestas: románica, gótica, plateresca y barroca. De unirlas a todas en una sola, seductora, se ocupaba la piedra dorada de Villamayor.
Ganó la familia un patio en la mudanza; no era el corral de los abuelos, pero abría las puertas a la memoria, obligaba a añorarlo. La insignificancia de su espacio, aunque abrazaba la casa, lo hacía a tres metros de los muros sirviéndose de paredes que un hombre mediano, alzándose de puntillas, sobrepasaba con la mirada. En él criaban a un gato con vistas a enfrentarlo a los ratones llegado el momento. Lo había rescatado Salus de un secuestro en el que caminaba todo seguido hacia la muerte inmediata, pues un chaval de su edad arrastraba al felino sirviéndose de una cuerda anudada al pescuezo. Afeó la conducta al golfillo y, bien porque lograra ablandar su indiferente corazón, bien porque de pronto le aburriera maltratarlo, se lo cedió.
Anduvo el animal unos días algo cohibido, pero pasados estos se amoldó al nuevo sitio tomando iniciativas. Era juguetón por joven y de natural travieso, no paraba de subir y bajar, de ir y venir; corría tras las lagartijas hasta atraparlas, al lado de las mariposas y delante de moscones y abejorros. Se daba maña para saltar al jardín de una vecina cultivadora de florecillas de temporada: violetas, prímulas, pensamientos y petunias. Escarbaba el gatito la tierra suelta con la intención higiénica de ocultar los excrementos allí depositados.
Loable proceder estima cualquiera, mas la señora de al lado, que esperaba con el desarrollo de las plantas la floración de su edén particular, no era capaz de apreciar el aspecto social de tal conducta. A voces reiteradas, explicaba al gato —intentan- do claramente que la dueña se aplicara el cuento— el sentido último de la tapia, protectora de dos propiedades bien diferenciadas. Salus, amable por naturaleza con los animales, pese al recelo que el mordisco de la víbora opuso a su deseo de convivencia, comprendía mejor el comportamiento del intruso que el de la invadida.
Pensándolo, aún se ríe de la anécdota al imaginarse a sí misma frente al animal, incapaz de hacerle comprender la cuestión importante del derecho a la propiedad exclusiva, al uso y al abuso que entre los humanos tiene tanto arraigo. A él con esas pamemas; a él, que consideraba el espacio abarcado por sus ojos usufructo de todos los seres que por allí apareciesen; a él, que veía en los alimentos satisfacción de quien tuviera hambre y los tomara. Del mismo modo conocía el felino que la tierra removida es idónea para ocultar detritus, que enterrados de esa manera dejan de oler y fertilizan; o que atendido el cuerpo en sus necesidades elementales lo demás ha de ser juego y retozos. «¡Oh! —se dijo Salus—, si las personas aprendieran esos saberes y copiaran tales comportamientos, ¡qué distinta sería la vida sobre la Tierra!».
Crecen los infantes, que ya reinan en segunda línea tras el padre. Soberanos son de un mundo de mujeres que aprenden desde muy niñas a servir, a facilitar la vida a los varones, nacidos de pie, bienaventurados. Ellos gozarán en toda época y lugar de un ramal más distendido. Se debe estar en casa a las nueve; a las diez acaban todos de cenar y media hora después queda la cocina recogida. Y seguido, muy seguido, las camas abren sus colchas estampadas y sus sábanas pulcras: la bajera, lisa; bordada la encimera; dispuestas para recibir a los padres y a los hijos.
Duermen en habitaciones de dos camas, separadas por un feble tabique; de modo que los cuchicheos forzados y los murmullos prohibidos, a menudo cruzados de señales indicadoras de peligro, se permiten de no alcanzar su intensidad los oídos paternos. En tal caso, se comentan quedamente los deseos insatisfechos, las pequeñas coincidencias de los afanes con la realidad o las expectativas prudentes, hasta que Paly acusa a las que musitan palabras que no acierta a descifrar, imponiendo el padre la recta horizontal del silencio a tortazos.
No se puede leer más allá de cuatro páginas porque la luz se apaga al cuarto de hora y, por si fuera poco, se trasmite la idea de que los libros son caros y su lectura, las más de las veces, resulta una pérdida de tiempo. Se permite hojear el Norte de Castilla si se desea; existen números atrasados, faltos de noticias, fotos y opiniones que el padre, primer lector, ha recortado por interés o para impedir su conocimiento a las niñas.
A la señorita Salus le agrada sumergirse en historias alejadas de la suya, pobladas de héroes majestuosos y arriesgados y de villanos grotescos y acomodaticios, en cuyas páginas, las doncellas, a punto de perder la honra, son salvadas por el joven amado, dueño de una indómita tenacidad y un cuerpo armónico. Para ella pocos modos hay tan placenteros de ir desde la tarde hasta la noche —y contados—, que la satisfagan tanto. Amores profundos vecinos de pensamientos altos, dotados de un subsuelo de tristeza y privaciones, no son exclusivos de los libros; contenidos tales, si bien más descarnados y ordinarios, los puede encontrar en el periódico cuando, a hurtadillas, logra anticiparse al padre.
No es absoluta la rigidez del señor Baldomero en el asunto del horario: una hora se retrasa el programa nocturno en los días animados que anteceden a las fiestas, una excepción tan estricta como la regla madre, pues ninguno de ellos despunta. La norma rige lo mismo en Jueves Santo que en Nochevieja, cuando la gente recibe al año con los ojos bien abiertos, intentando adivinar si la cesta que trae en el brazo viene cargada de esperanza. Colmada, por condensar a las anteriores, la última noche del ciclo anual, sabia al aprovechar las mañas tomadas de las otras, no se parece a ninguna.
Ribera del trajín final y de la calma que se inicia, a caballo entre dos años, esa noche disfrutan de una cena opípara. No se privan de nada: sopa de mariscos, merluza en salsa y lechazo muy tierno. Cierran el desfile un postre de frutas y turrones, flan de huevo, un vasito de sidra y las uvas. Una, dos, tres, cuatro, cinco; hasta doce golpes da el lomo del cuchillo en la botella de anís, manejado por el padre marcando la cadencia. Todos engullen las uvas a ese ritmo y, agotado el ritual, se van a la cama.
Al rato, las bombillas se apagan siguiendo una inercia que transita carriles profundos. Sin embargo, hay más tolerancia en los cuchicheos, tanta que les encuentra despiertos el reloj de la iglesia al dar, una hora más tarde, las doce campanadas auténticas, las que abren de verdad la puerta principal al año inexperto.
En esa época florida de Salamanca, la señorita Salus recibe clases en el instituto. Geografía, Historia y Ciencias Naturales se convierten en el terreno roturado donde entierra la semilla, porque en la realidad del presente, satisfactoria y sugestiva, ve un sólido anticipo del futuro imaginado. Sabe que la curiosidad es el motor del progreso; y ella es una curiosa de la naturaleza y de la marcha de la humanidad.
Se acuerda de Agripina con frecuencia, echa de menos su tierno interior compasivo, la alegría mustia, los silencios taciturnos y la adhesión sin condiciones. Ninguna compañera se parece a su amiga, por eso no halla a nadie a su gusto. La quería, la quiere. Se escriben, no todos los días como habían prometido, pero sí dos veces por semana; hablan si pueden por teléfono y no decrece la afición entre la una y la otra.
Desde luego, la voz de Salus ha cambiado y nadie encuentra su antiguo defecto, pues el esfuerzo corrigió los tonos más ásperos. Hace amistades con una facilidad que a ella misma sorprende, pero es recelosa y se queda casi siempre en el vestíbulo de la intimidad. Ha sufrido ímprobos tormentos llegados de fuera, originados por apariencias mentidas, buscadoras de chanza, como para que ahora, a la primera, estime limpia y desinteresada cualquier aproximación.
Van pasando los años y Salus es ya una mocita muy espabilada, que además de adelantar en los estudios, secunda a su madre en la costura. Al contrario, Paly y Sinda, cada una por un motivo diferente, son negadas para el corte de telas y la confección. Ellas, hermanas, hijas de los mismos padres, estimuladas por el ejemplo común, siguen los estudios sin llegar a nada y realizan las labores más duras del hogar.
Paz confiesa a Salus que le gustaría aprender a bordar los primorosos dibujos que pinta; quisiera hacer filigranas con hilos de colores en un bastidor como el que usa su madre. La ha observado mientras añade en blusas y vestidos esas florecillas que gustan tanto a las clientas. Ella podría bordar diseños más complejos y variados. Como a su madre le parece de perlas, comienza embelleciendo pañuelos.
Agripina, la dulce Agripina, la arisca, conserva aún el rostro desfigurado por el agua hirviente. Ocurrió la desgracia cuando ella contaba trece meses y aún gateaba. El contenido de una olla cayó desde la lumbre que atizaba una chica del pueblo, servidora en la casa. Agripina, la sensible, la huraña, con su amor propio y con su resentimiento, desde el colegio de Medina no se estuvo quieta. A Salus, su única amiga, ha ido confiando durante estos años inacabables pero acabados, paso por paso, todos sus desvelos.
Salió del colegio y marchó a Valladolid con la intención de licenciarse en letras. Independiente, batida en el yunque y llena de energía; no le importó que allí le esperaran las burlas porque eran las mismas de siempre, pero solapadas. A fuerza de ignorar las afrentas y de mostrarse amable con todos, tardó cuatro meses en conquistar a los más refractarios.
Cultivaba con denuedo su desenvoltura poética y narrativa, insistiendo una y otra vez en un aprendizaje que sospechaba sin fin. Seguía leyendo con fruición; y de los clásicos, según creía ella exagerando en su apreciación, apenas le quedaba tarea pendiente. Tuvo la fortuna innecesaria de ganar algún concurso local, de los llamados juegos florales, lo que la fue convirtiendo, sin búsqueda, en el centro de un corro como ella aficionado a la escritura. Y Salus, que quiere a Agripina como no ha querido a nadie, cuando lee sus cartas se alegra y se entristece. En ocasiones, recita a solas un poema que escribió su amiga para que lo aprendiera de memoria y lo llevara en el corazón:

Palabra y pensamiento

Cuando hablo de amistad
hablo de intimidad.
Y cuando hablo de mi intimidad,
de esa intimidad
que solo tú conoces,
incorruptible,
me refiero al núcleo:
lo que en la Tierra es níquel y hierro
en su mayor parte,
pero también oxígeno y azufre.

Y todo ello a seis mil setecientos
grados de temperatura constante.
Pero ¿cómo entraste?,
¿cómo resististe ahí?
en ese interior ardiente
donde vive la niña que fui,
amurallada,
sola,
sin postigo ni lucernario.

Esa niña que te explicaba
de pe a pa todos sus secretos,
aclaratorios de la personalidad
que querías comprender.

Esa niña es el infante
que nos lleva de la mano por la vida.
Y en mí está secuestrada,
preservada por la mujer adulta,
para que nadie más le haga daño,
porque mucho sufrió
del daño recibido.

Solo tú conoces a esa niña.
Solo a ti
esa niña ha contado lo suyo
cuando entraste a preguntar
movida por una amistad,
también del todo
incorruptible.

Por aquel tiempo del poema debió de suceder lo de su viaje a pie por la Ruta Jacobea. Salus y Agripina, solas porque a nadie más necesitaban, se tomaron todo un mes, el de agosto de un año santo, para hacer el recorrido. Estaban ya cada una en lo suyo, pero seguían manteniendo en común una ternura que iba más allá de los recuerdos. No era solo que hubieran compartido un antiguo dolor, transformado por el tiempo en tristeza y origen de la actual melancolía; existían en ellas unos resortes secretos que lo actualizaban todo, activados por sí mismos cuando estaban juntas.
Se acortaban los días de manera imperceptible, tomados de dos en dos, uno de ellos y el consecutivo, pero comparados con los de final de junio, se les notaba encogerse. Comenzaron en el lugar en el que el Camino penetra en la provincia de Palencia, en Boadilla del Camino, y lo hicieron sin prisa. Algo de piedad había, sin duda, en su gesto, pues eran caritativas y estaban dispuestas a compartir espacio con algún leproso cubierto de pústulas que buscara el milagro de su curación. Sí, algo de piedad había en su intento, pero era el deseo de estar juntas el que primaba.
Hablaban caminando y, sentadas a la sombra de algún chopo, cansadas como perros, seguían una charla sin fin cuyo verbo nacía deseoso de originar el eco vecino. Bebieron agua de bruces en los manantiales, también en botijos que los atareados labradores les entregaban. Comieron sopas de ajo con ellos y caldos de convento en los hospitales de acogida. Durmieron tendidas encima de las esteras que ellas mismas portaban, sobre el duro suelo del interior de los albergues o bajo el cielo raso, según se terciara. Caminaban a intervalos irregulares deteniéndose ante cualquier paisaje, objeto, edificio o persona que despertara su interés. En las noches pasadas a la intemperie cálida, Agripina observaba las estrellas extasiándose ante tanta grandiosidad y belleza. Mientras, Salus guardaba silencio para no romper el encanto. No se aburrieron ni un solo instante, de manera que al llegar al Monte do Gozo se apoderó de ellas una pena enorme: vislumbraban Santiago, fin del recorrido. En Santiago consiguieron la ansiada compostela, escribiendo cada una en el dorso de la suya una reflexión sobre el viaje, para luego entregarla a la otra.
Subida a la atalaya de la edad provecta, distingue la señorita Salus su juventud como en un sueño nuboso, perforado en dos ocasiones por los rayos del sol. Algún día hubo de cumplir los dieciocho, pero como la erosión ha sido impertérrita desde entonces, no dejó rastro alguno, las remembranzas se han debilitado. Los diecinueve sí que los recuerda, también los catorce terribles, pero no los dieciocho. Se aferra a los diecinueve su memoria, porque en verano de ese año triste comenzó la guerra que llaman las gentes, con pesar, del 36, poniendo en la voz un deje de amargura y pesimismo.
Le queda de aquel tiempo un vacío que engulle la memoria de los alrededores, donde han de estar por fuerza mezclados los insustanciales dieciocho, que son paradigma de gracia y juventud en las chicas. Se sabe con frecuencia enredando fechas y lugares a estas alturas de la vida.
Los catorce son un hito cierto y mojón permanente. Recién entrada en la adolescencia, que la sale al encuentro en Salamanca, descubre dentro de la habitación compartida —al pie de las camas, la suya y la que acomoda a su hermana Paz— un espejo que por aquel entonces se hizo del todo compañero. En la alcoba luminosa asomada al patio de la casa, formando unidad con un armario de madera, del que era la puerta, pesada y crujiente como en cuento de miedo, estaba el vidrio de espalda bañada en azogue.
Inquiría ella, con insistencia, sobre el grado de la hermosura albergada en su cuerpo, alcanzando por toda respuesta, reflejada,
la imagen florecida de una joven grácil que, vanidosa, ensayaba combinaciones de vestidos y chaquetas, peinados de uno u otro modo, las blusas y las faldas que van bien a los zapatos nuevos, al broche o a la diadema.
Libertades se tomaba con su atuendo, valentías, desnudeces que el reflejo devolvía osadas, caricias que eran plumas en la piel abierta al roce suave. Ahí concluía el atreverse; ahí acababan las iniciativas coquetas; hasta allí iba la lisonja dirigida al Creador por la obra satisfecha de sí misma. Allí se detenía, ante un río caudaloso e indomable; allí hacía un alto forzado, porque un poco más adentro, un poco más profundo, la corriente discurría avasalladora y aleteaba el peligro, como un pez de voracidad conocida llegado dominante tras varios avisos.
Fue consciente de la marcha de su inocencia de niña a algún lugar alejado al observar, inquieta, que la confesión de sus pecados ya no era la misma retahíla de nimiedades, sabida de memoria desde la primera comunión. Elementos nuevos se agregaban remisos; era necesario repasar los actos más escondidos, los pensamientos disimulados; debía anotar las mínimas cesiones, las debilidades consentidas con reiteración. Comenzó la tortura representada por la búsqueda del progreso, por el perfeccionamiento de su proceder joven.
El señor Baldomero en su propio tajo colocó al tío Dimas, el hermano pequeño de la madre de Salus, recién licenciado como artillero en la mili cumplida en su propia ciudad. Guapo mozo que gustaba a las chicas y que estaba mucho con ella; lo admitió el señor Baldomero y en casa fue un huésped mimado. Andando el tiempo, pasó Dimas a componer la mayor inquietud de la señorita Salus; ninguna había encima de la producida por el joven gallardo. Quizá tuviera algo que ver aquella tarde de tormenta en Salamanca, cuando su padre aún no había vuelto del trabajo y su madre atendía a la abuela en el pueblo, una anciana expirante en su lecho de muerte; y ella, la nieta mimada, era una mocita que subía a las alturas con el pensamiento.
Girando en torno a los catorce, como un árbol crecido en el medio de la pradera, aparece la explosión emocional grabada con estrías permanentes en el recuerdo. Su tío Dimas, nueve años mayor que ella, aparece ahondando las muescas, subido al encanto de sus ojos negros y el bigote poblado. En el joven pariente encarnó el amor que revoloteaba etéreo alrededor de su cabeza alocada, confundiendo los razonamientos, mudando el color de las mañanas, ocultando las nubes, poniendo en las flores un carmín muy vivo, un ocre arrebatador y un verde dispuesto a arrastrar tras de sí a la naturaleza entera.
Veía músicas cuando la sonrisa de él se abría en la mañana; oía paisajes fantásticos, valles y montañas si pronunciaba su nombre con mimo. Chiquilladas eran, primicias que habría superado sin ayuda; ilusiones listas para ser trasladadas a otro sujeto más adecuado, pues sabía de sobra que el parentesco y la diferencia de edad anulan las iniciativas. El espejo de la habitación de Salamanca le facilitó el conocimiento de sí misma, avisándola de las rendijas por donde podía llegar el peligro. Y el peligro llegó a los catorce años; un obelisco en la planicie de los recuerdos marchitos.
Paz iba adquiriendo el rostro que tuvo su madre de joven, pero ¿quién se acordaba de los rasgos maternos sin retratos que los hubieran fijado a la época? El mismo gesto gastado, la misma mirada dolida mientras ayuda con los bordados. Paz, niña o moza, daba limosna y se entregaba en casa a quien lo necesitara; de continuo estaba dispuesta a ser de los otros, a dar, a perjudicarse si de eso se derivaba algún provecho, conociera o no al favorecido, le fuera o no devoto.
No tenía muchas luces, la verdad, pero poseía sensibilidad para el dibujo y la pintura; lo dijo la maestra de primaria y lo sabían en casa y en el barrio. Paz lo aceptaba con mucha resignación y algo de orgullo, sin intentar nada, sin perseguir ningún bien para sí misma. En el fondo, su propia limitación constituía un alivio, pues nadie tenía derecho a pedirle cabriolas ni juegos malabares, así que nadie lo hacía, pero ella tenía un espíritu artístico y lo iba a desarrollar, aunque costase.
Paz era, de hecho, el único nombre que el señor Baldomero puso con cuidado, presuponiendo la conducta posterior de la recién nacida. No lloraba en las noches y, más adelante, esperaba la llegada regular del biberón succionando la chupeta, agitando el sonajero o ensayando gorjeos prematuros. De modo que el padre no la tasó alto por apocada, porque el rincón era siempre su sitio, la fila de atrás o lo oscuro. Paz se confiaba a Salus, le refería su pesar por los vagabundos que duermen al sereno, por los niños que trabajan para sobrevivir, que piden o roban; por los jóvenes demacrados y sin horizonte; y por las mujeres rotas que en las calles malas fingen sonrisas.
Cuenta de Paz una historia la señorita Salus, que lo es a la vez de sí misma. Un día de agosto, en el último año de estancia en Salamanca, le dice Paz, como quien confiesa un tormento sufrido en secreto, que a su edad joven desea ser monja, ir a misiones para dar la poca energía que tiene. Es una decisión meditada en profundo y, si el padre se opone, le dirá, enérgica y respetuosa, que ante Dios su autoridad no es nada; que, por encima del derecho de los padres a torcer la voluntad caprichosa de los hijos, se sitúa el derecho de los hijos a seguir el destino. En Burgos tenía su asiento una orden religiosa que enviaba hermanas a África, a la lejana América, a la extraña Asia. Se las arreglan Paz y Salus para iniciar el camino sin que el padre sospeche; ponen por pantalla a una amiga y, en sigilo, toman un tren económico la noche del sábado.
Emprendieron una senda que, en cierto modo, llevaba al pasado, guiándolas la memoria en el retroceso evidente. De Salamanca hasta Medina del Campo hablaron poco y pensaron mucho, de forma que se les hizo llevadero el camino. No sospechaban que en Medina iban a hacer una larga parada; y aprovecharon ese tiempo muerto para razonar lo suyo asomadas a una ventana sin paisaje, abierta a una tapia renegrida. En el trecho que va de Medina a Valladolid, las ruedas giraban despacio porque estaba en obras la vía; al parecer, andaban mudando las traviesas consumidas por los tizones del carbón arrojado.
En Valladolid estuvieron una hora esperando a otro tren que traía demora; solo alcanzaron a ver unas luces mortecinas que podían ser de cualquier calle menos de la suya, pero fueron de su barrio, de su misma esquina, del piso donde la felicidad debió de quedarse olvidada. Recordaron lo imaginado mil veces y, poniéndose de acuerdo hasta en los detalles, inventaron día por día los años allí disfrutados. De Valladolid a Venta de Baños el viaje duró un suspiro. Mucho más se prolongó la espera en la bifurcación, tanto que descubrieron la ciudad de Burgos al claror de la amanecida.
Habían cruzado cincuenta pueblos, poco más o menos, y en alguno de ellos vieron subir y bajar soldados. Alguna vez el tren se detuvo en el campo raso, donde las sombras toman figura de animales temibles y de personas siniestras. Al viajar en esas condiciones, superado el sueño por las inquietudes, se oyen pláticas ajenas, que son las propias calladas. De pie, en el largo pasillo, acodadas ambas sobre el marco de la ventanilla, Salus explica a Paz que el país entero es tierra de misiones; la ciudad, con sus desigualdades, es terreno propicio a la entrega; la casa, tal como ambas la conocen, es territorio que requiere, imprescindibles, sus fuerzas. Le suplica compasión fraterna porque no quiere desprenderse de su compañía: la necesita más que nadie y una y otra vez le implora que no la abandone.
Salus sabe tocar la fibra sensible del corazón afectivo; y Paz se rinde a la evidencia: es irreemplazable, en su propia familia hace
falta. No salen de la estación, se quedan sin ver la catedral, la Cartuja o las huelgas como tenían previsto. Toman un tren de regreso, más rápido y de precio más alto, y están en casa para la comida sin que el padre pueda mostrarse ofendido. Han gastado los ahorros nacidos de sisas y recompensas, reales, pesetas y duros que guardaban para hacerse, la una a la otra, un regalo. Y ya se lo han hecho.
Sinda vivía en el tejado de la torre señalando el origen del viento, como una veleta. Estaba con las menores, pero en cuanto se descuidaban, ya era de Paly. A Sinda le interesaba el bullicio, la fiesta, el lucimiento, la holganza y los vestidos nuevos. Príncipes y princesas compartían con ella su carroza camino de la recepción real, su jauría de perros en la jornada venatoria. Por entonces descubrió a los chicos y puso el afán en gustarles; no a uno o a otro en concreto, a todos. La cabeza de Sinda era una verbena crecida en el real de la feria. Allí se oían las voces de la tómbola, los gritos de la caseta de tiro con pelota a la pirámide de botes, el puesto de los churros y el carrusel del tiovivo, de modo que ni Paz la recuperaba con sus reflexiones; los consejos apenas servían de arreglo durante más allá de un minuto.
Paly no estaba para ella; para nadie estaba, claro, pero a Sinda le soltaba unos sopapos soberbios cuando la mayor se sentía infeliz. Callaba Sinda, se sorbía las lágrimas al llegar a la altura de los labios y, como un perrillo, se dejaba acariciar por las otras, que permanecían al lado esperando el momento.
Para un observador atento, la rígida estructura familiar presenta indicios flexibles. Las esquinas se doblan como si pertenecieran a las páginas rayadas de los cuadernos, el tejado se alza para permitir que se airee la vivienda.
Buscan los mozos escapatorias con resultado positivo, ya que la calle los tolera más y el padre consiente lo que en las hermanas corrige. Pasan los días iguales, desgranándose uno tras otro del
enorme racimo, dando la sensación de que no restan a un total muy amplio. Monotonía. Y, al llegar la edad conveniente y convenida, salen de paseo, forman una cuadrilla de amigos y nunca les falta un billete de veinte duros en la cartera; eso sí, para hacer alarde, sin gastarlo.
Ocurre que el padre va perdiendo fuerza, su intrínseca energía y el proverbial rigor; o que la tolerancia puesta ante el caminar de los hijos es una indulgencia tendida a sí mismo: es un hombre, igual que ellos, de cualquier modo. De ser esto último, como parece desprenderse del minucioso análisis —ya que el carácter del señor Baldomero resulta inmutable—, padres de la discriminación que relega a las hijas, acaso se base su conformidad con los hechos en la creencia extendida de que los muchachos, por su naturaleza, están expuestos a menor peligro. Las hijas así lo creen, desde luego; y la madre comparte el convencimiento. No albergan, por ello, la esperanza de que el desahogo las alcance.

 

13. Los demandados y sus modos arteros

CUARTO. La única conclusión que esta parte alcanza, a la vista de los sucesos expuestos, es que los Pérez González, desde el inicio de su relación con Mapálica, una anciana enferma que precisaba cuidados constantes, hicieron gala de una afectividad inusual y falsa. Sirviéndose de tan ladino medio se granjearon, primeramente, la confianza y agradecimiento y, más tarde, la sincera amistad de la desvalida. Perseguían el lucro material —así lo desvelan los hechos resultantes— y con esa conducta fingida llevaron a la voluntad de Mapálica a suficiente engaño para que, apoyándose en una relación intensa en apariencia, en muy poco tiempo dispusiera el patrimonio a favor de ellos.
Alcanzaron los demandados su objetivo, ya que Mapálica realizó actos de disposición sobre su patrimonio que les ha permitido acceder a la totalidad de los bienes por dos vías distintas:
1. Por una parte, Mapálica, a sus 83 años, y siendo ya propietaria de la vivienda que habitaba, invirtió doce millones de pesetas en la compra de una casa sita en Madrid, en la calle del Desengaño, de la cual se reservó para ella el usufructo vitalicio; y madre e hijo se adjudicaron la nuda propiedad.
2. Habiendo fallecido Mapálica el 25 de julio de 1993, los Pérez González solicitaron el 2 de agosto de 1993 —ocho días después— al Registrador de la Propiedad de Madrid, la cancelación y extinción del usufructo de dicha adquisición, aportando los documentos precisos que les probaban como únicos propietarios.
3. Por otra parte, Mapálica otorgó dos testamentos en un intervalo de veinticuatro días, en marzo de 1993, nombrando herederos, en el último de ellos, a los demandados, en contra de la voluntad que había venido manifestando en los testamentos otorgados antes de 1993.
Queremos resaltar que el desplazamiento del patrimonio de Mapálica en favor de los Pérez González se llevó a cabo en cuestión de poco más de tres meses, ya que esta los conoció a primeros del año 1993; en marzo otorgó los testamentos que estamos impugnando y a mediados de mayo se adquiere la vivienda de la calle Desengaño con el dinero de Mapálica.

 

14. El pasado llega en ayuda del presente

¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué me entristeces? Tú recibes la luz del Señor que ilumina mis pasos. Aguanta firme hasta que se vaya la noche oscura, territorio de los malvados. Resiste y facilita mi aguante, alma mía, obra directa de Dios. Sonríe, ríe, hazme reír. Dios mío, ¿dónde estás? Quiero descargar en ti mi alma de pesares, quiero desahogarme de esta tristeza pesada que me asedia. Algo parecido leí a san Agustín y aquí lo repito para recibir consuelo. Alma mía, creada tú inmortal para recibir sin límite de tiempo el premio o el castigo que merezcas, corrijo, que merezca yo; alma mía, descansa en el Señor y tranquiliza mi ánimo.
Propicia mi mente la llegada de pensamientos piadosos, de los de médula religiosa y verdadera trascendencia. Doy vuelta a los consejos de mi director espiritual, los que me ayudan a evitar al maligno en la flaqueza, los que me asisten venciéndolo en períodos de serenidad. Si soy prudente, humilde y perseverante, ganaré la batalla contra el ángel rebelde, precipitado por su soberbia a un abismo sin fondo, un despeñadero al que, por todos los medios, trata de arrastrarme. En la carne, más aún que en el espíritu, estuvo mi debilidad, aunque en los dos tuve algún punto débil. «De ellos debí cuidarme más», me digo a mí misma.
Creo haber dormido aprovechando que la bombilla se cegó, esta vez de manera definitiva. Quizá se haya fundido su filamento, cansado de tanta incandescencia, fatigado al emitir en vano el fulgor sin descanso. Ha debido de durar mi letargo un buen trecho de noche, porque sin luz eléctrica veo más preciso el avance del día. Ha de ser el domingo el que viene, el día del Señor; y si él no lo remedia, me veré privada del consuelo de la santa misa.
Rechaza san Agustín, por vacías y engañosas, las predicciones de los adivinos. Y yo, no hace tanto, siguiendo las indicaciones de la vecina de abajo, llamé a esos teléfonos tan caros para saber lo que solo Dios sabe. Me costó decidirme y lo intenté varias noches, pues de día no me hubiera atrevido. Quería conocer si mis hermanas estaban ya en la gloria, además de interesarme si iba yo a reunirme con ellas en algún día próximo. También pregunté la fecha de ese día. Recibí una respuesta positiva a cada pregunta, dándome una fecha que me aseguraba la vida hasta casi los cien años. Sé que trataban de complacerme; y así fue, en ese momento me complacieron.
Las anginas acumulan el frío que les llega por cauces que solo los enfermos conocemos. Sube desde la espalda desnuda, desde las posaderas y desde los carámbanos en que se han convertido mis pies. Expuesta a las corrientes e inmóvil como me encuentro, incrustada en la bañera al igual que el corcho en la botella, poco puedo hacer por abrigarme. Siento punzadas finas al tragar las gotas que la esponja me cede. A la garganta doliente, mi talón de Aquiles desde pequeñita, se habrá sumado el pecho, porque me sacuden espasmos de una tos agarrada a los bronquios y a los pulmones; ya respiro con dificultad creciente.
¡Señor, os ofrezco este sacrificio y, si preciso fuera, mi vida! Aceptadlos, pues deseo dar utilidad a mi dolor. Lo añado a los padecimientos de los enfermos sin cura que esperan la muerte en cualquier lecho: duras tablas o colchones de lana mullidos. Sirvan juntos para mitigar el padecer de los desheredados, de aquellos que sufren hambre y sed de justicia diseminados por todo el mundo. Entre ellos, niños de la calle faltos de familia y escuela, esclavos en los campos de café y en la industria textil o impulsados a la delincuencia y al robo; carne, también, sometida por los inmorales, por sacerdotes y frailes incluso, para su disfrute desequilibrado.
Sirvan mis males contra las batallas, que como caballos de ajedrez saltan de un lugar a otro del globo, llevando el odio entre hermanos, enfrentándolos sin motivos de fuste más allá de las banderas diferentes o de las distintas creencias; situado en el fondo, un dinero que pretende, como único objeto, crecer, aumentar y acumular más dinero. Quiero contribuir a su alivio porque, so pena de tormento o corriendo a la busca de un bien ficticio, en los conflictos armados que asolan regiones enteras los débiles ponen los brazos y la vida al servicio de los perversos. Perversos, sí, quienes, deseando la guerra porque anula las reglas sociales, la provocan, aprovechándola luego para medrar más aprisa con el arreglo de los desastres producidos.
En mis lecturas y relecturas de los Evangelios, encontré pasajes en los que Jesús actúa o dice, como si sus hechos o palabras tuvieran el fin inmediato de cumplir las predicciones de los profetas. No es que eso disminuya mi fe en el Maestro como Mesías, pues según me explicó el director espiritual, esa misión de libertador, rey descendiente del rey David, que los profetas prometieron al pueblo hebreo, no resta una pizca a la misión del Mesías enviado. Pues es él, Hijo de Dios y redentor nuestro, quien llegó, mandado por el Padre, para salvar a la humanidad del pecado y darnos ejemplo de vida. Vino a servir, no a ser servido; vino a enfrentar, no a armonizar. Así que mi duda es natural y lógica; y es la duda la que me hace pensar y creer con fundamento. Así me lo explicó el confesor y así lo creo con firmeza: la duda es mi aliada.
Aquí, en este destierro donde Dios me ha puesto para probarme, una bañera de acero esmaltado que ya es mi prolongación, indigna yo de él, voy perdiendo toda esperanza, como quien entra en cualquiera de los nueve círculos del infierno y queda privado de escapatoria. Puede que la cavidad que habito en contra de mis deseos sea el lugar de mi purgatorio particular y, en ese mismo sentido, deba permanecer en él un largo período, de conformidad con la cuantía de mis faltas. Es posible que haya muerto y lo ignore, pues el tiempo se desliza despacio; reptil precavido.
Si es cierto que un médico anónimo, de los que estampan una firma ilegible al pie del certificado, me reconoció cadáver, si sucedió que algunos vecinos me dieron sepultura, lo siento en verdad. Esperaba terminar mis pleitos con ventaja y que los jueces me dieran la razón poniendo a la justicia del lado de mis hermanas, pobres mujeres confusas e indefensas. Hubiera querido darme cuenta porque deseaba observar el comportamiento de los conocidos en el velatorio. Me serviría para advertir si hubo o no lágrimas de pesar verdadero, para ordenar una nueva lista de amistades, más cercana a la realidad de la estima. Tenía ya dispuesta, desde hace tiempo, la ropa de cama y la mortaja que habría de ser mi último vestido; me habrán colocado cualquier cosa por estar más a mano y pareceré un espantajo. Pensaba dejar recogida la casa y los asuntos de mi herencia ordenados. Todo habrá quedado manga por hombro, ¡como si lo viera!
Me llegan indicios que, por su abundancia, descubren errada la sospecha de haber fallecido. Estoy viva y bien viva, de modo que queda en un mero aviso, en una advertencia, lo que durante un rato presentaba visos de realidad. Debo aprovechar este corto lapso complementario que se me concede para reaccionar con presteza sin dar tiempo al tiempo, por si no está de mi parte. Aunque atravieso un período de ánimo débil, no estando segura de ser rescatada, debo examinar mi conciencia y procurar la contrición.
Soy egoísta en cuanto me descuido. Noto que habita en mi interior una tendencia espontánea que trata de aprovechar los acontecimientos en beneficio propio. Sé que debo oponerme con toda la energía de la que he sido dotada. No estoy sola en el mundo, formo con los demás una unión que vale la suma de lo que cada uno entrega y la resta de lo que necesita cada uno, porque de ese saldo se ha de servir el futuro que avanza disfrazado del hoy más proclive a modernizarse.
He sido avara de bienes terrenales, de méritos del espíritu; busqué para mí la abundancia y, si incluí a los míos entre los beneficiarios: Sinda, Paz, mis hermanos, mi madre y mi abuelo, el resto del mundo me fue, en cierto modo, indiferente. Acumulo y conservo más bienes de los necesarios y no doy cuanto poseo a los pobres para seguir a Cristo como él pidió. Despilfarro el agua del grifo, la energía eléctrica y arrojo a la basura restos de comida que podrían alimentar a los necesitados con los que me cruzo a diario.
Recelo de todo y de todos; la desconfianza sigue siendo mi mayor suplicio. Piedras, plantas, animales y, no digamos, las personas me cercan amenazadoras, dispuestas a lanzarse sobre mí, a hacerme daño, a arrebatarme lo conseguido. Es pecado grave suponer taimados a todos los que vienen con intención de ayuda. ¡Señor, cuánto sufrirán ellos mi prevención exagerada! Un terreno firme me falta, una base donde fijar mis pies con seguridad, sin temor al hundimiento. Necesito cimientos que me mantengan erguida sobre el suelo duro. Disimulo mis defectos, aparento ser mejor de lo que soy, finjo tener una conciencia más proclive a la alarma, a la inquietud por la conducta torcida, por las obras contrarias a la creación y por los actos enfrentados al Hacedor Divino.
Soy religiosa, pero ni punto de comparación con la ferviente apariencia mostrada. La vanidad nubla mi cielo, enturbia mi manantial, oscurece mis amanecidas, mancha mi figura. Si sucede que estoy añadiendo culpa a mi culpa cierta, me alegro, pues sería peor que pecara yo por defecto, atribuyéndome menos faltas de las que fui responsable. El Señor las conoce en número y detalle y es él quien me ha de juzgar.
¡Ah!, la envidia: la infantil pelusa, los celos amorosos: enfermedad, sí, pero también pecado; compañera mía ha sido inseparable la envidia. Sentí la rivalidad de los cercanos prósperos, de los vecinos que ascendían en la escala social o económica, que para el caso es lo mismo. Era como si a mí me robaran su ganancia, el reconocimiento recibido de los demás.
Santo Tomás de Aquino relaciona la lujuria con el desorden de los actos o de los deseos. Y él, que la venció, sabía de eso. Si es cierto que dominé la lujuria, ocurrió porque la naturaleza lo dicta a mi edad. Mas consentí cuando la sangre corría por mis venas como un potro salvaje, desperdiciando ejemplos como los de santa Eulalia, santa Inés o santa María Goretti, quienes lo dieron todo, la vida inclusive, por la pureza y la castidad. Hice promesa de virginidad al Altísimo si fijaba una voz de ángel a mis gruñidos de perro. Escuchada por Dios, nada hice de más si soporté un cuerpo al que acucian las necesidades.
Advierto la turbación de mis pensamientos: ignoro la magnitud del tiempo disponible. Necesito descansar y la inquietud me lo impide; preciso ejercicio y soy incapaz de moverme. Me ayudarían las treinta flexiones de rodillas de cada mañana, el movimiento acompasado de brazos y piernas, la respiración completa que llena del todo los pulmones y poco a poco los vacía. Sufro lo indecible y desfallezco; no logro mantener la calma precisa para llevar a buen puerto el examen de conciencia. Interrumpo la búsqueda atropellada de faltas tratando de seguir el método que recomienda mi confesor.
A través del hilo telefónico, con repiqueteo incansable, una nueva llamada me sobresalta como una picadura de avispa o de escorpión. Recibo otra expectativa de socorro cuando ya, ensimismada en mis recuerdos, he olvidado donde me hallo; carro atestado en la pecina, cuerpo aventurero sumergido en un hoyo repleto de arenas movedizas. Oigo la llamada como quien oye el empuje del viento, pues me sé incapaz de levantar el auricular.
Sostenida por muestras sobradas me pienso otra vez en el purgatorio, muerta y bien muerta, situada dentro de la hoya en este ataúd blanco de pena y castigo. Conozco por creencia firme, reafirmada en los momentos actuales, que no se goza o se pena en común; a cada uno, en función de las circunstancias personales, le amenaza el castigo o le sonríe la beatitud. Y parece ocurrir en una dimensión propia de su vida terrena. En mi caso, esta bañera de acero blanqueado de esmalte. Sea así o no lo sea, bien pudiera serlo, estando el resultado conforme con méritos y culpas.
Ansiando comprobar la veracidad de la hipótesis, movida por el repicar repetido, ensayo un movimiento que se queda en simple intento sin resultado práctico, pues mis músculos revelan cierta dejadez a la hora de obedecer los mensajes cerebrales. El desasosiego me envuelve, penetra por los resquicios naciente y poniente, norte y sur. Invade la estancia como una riada imparable, eleva el nivel hasta inundar mi cuello, la barbilla, los labios, los huecos de la nariz y los ojos. Me ahoga, me ciega. Lo de menos es que suene el teléfono y no pueda atenderlo para pedir socorro, sin duda estoy penando; cien horas han de haber pasado desde que caí de espaldas y ya nadie puede volver atrás lo ocurrido.
Noto que las palabras salen fluidas en mi pensamiento, más finas, más elegantes, llegadas directamente, es bien seguro, de los
libros leídos que guardo en la memoria mejor afirmada, aunque sé que al Señor ni se le engaña ni se le impresiona con palabras bonitas. Dejémoslo así, el Señor me entenderá lo mismo y estarán más a su altura, a sus merecimientos humanos. Descalza quedaré yo en su presencia, con la cabeza baja, inclinada ante él en señal de adoración y máximo respeto.
La parroquia habrá estado completa de fieles: niños con sus padres, jóvenes juntos y personas mayores, más el grupo de ancianos a los que conozco bien. La mayoría cumpliendo el precepto. Algunos sobrecogidos de fervor. Habiendo comulgado y con la paz recibida en uno o varios abrazos, volverían satisfechos, cargados de armonía, a su tarea correspondiente. La televisión, como es costumbre, difundiría la misa para los enfermos, para los impedidos que tienen esperanza y fe. Yo, miserable de mí, me he visto privada de ambas, con la circunstancia agravante de que me acucia una necesidad inacabable de consuelo. Sin embargo, de sobra conozco, o creo conocer, cómo se habrán desarrollado las dos ceremonias.
Imagino una basílica remota cargada de tradición, una de esas románicas que a mí tanto me gustan, sencilla y recia, antiquísima. Entre las paredes de piedra y el techo de arcos robustos, oigo a un sacerdote de prestigio recitar un sermón de los que admiro: a medias reproche y halago para los fieles; subida y descenso, nudo enroscado y desenlace abierto. Mi mente repite silenciosa las palabras oídas al predicador, vocalizando con claridad inequívoca cada frase.
Desarrollo la reflexión constante del contenido, dando gracias a la Providencia divina por consentir el milagro de que mi garganta suavizara el vibrar de sus cuerdas. Feligreses vestidos de fiesta en consonancia con el lugar que visitan, la casa del Padre, siguen atentos los pasos contados que han de darse, poniendo intención en los gestos. Los cantos del coro, comedidos; cada nota en su punto de altura, cada inflexión en su momento adecuado, todas las voces conscientes de lo necesario que es buscar el conjunto.
En la parroquia la ceremonia resulta diferente a la televisada, menos dispuesta, más natural, más ingenua. Las paredes pintadas de blanco parecen desnudas, pues por toda imagen se ve un crucifijo situado donde habría de hallarse el altar mayor. ¡Qué digo!, ¡un crucifijo!, trátase tan solo de una cruz a la que le falta el Cristo. El cura nuevo concluye el sacrificio en media hora, como si fuera una tarea penosa que debe terminar cuanto antes, sin dar tregua a las almas necesitadas de mucha meditación y algún reposo. Unos jóvenes optimistas y divertidos, acompañándose de guitarras cantan canciones profanas que disminuyen el fervor a quienes ya somos viejos. Cualquiera habrá ocupado mi lugar en el centro del primer banco. Y mis cinco duros ayudan muy poco; por esa calleja no siento pesar ni por la del obligado cumplimiento del rito, mas no he recibido la sagrada forma y siento en el alma el hueco que ella me llena.
Hablo de comulgar, de recibir la sangre y cuerpo de Cristo en la hostia sagrada. Milagro diario de la transustanciación, miles y miles de veces repetido como lo más normal y lógico. El sacerdote obra el milagro con tan solo bendecir el pan y repetir las trascendentales palabras del Maestro: «Tomad y comed todos de él, que este es mi cuerpo». Y lo mismo con el cáliz y el vino: «Tomad y bebed todos de él, porque esta es mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por otros muchos para el perdón de los pecados». A veces lo pienso en esos instantes de recogimiento, arrodillada en el banco. Lo pienso y se inquieta mi interior. No es solo ver al Redentor, hecho de por sí inimaginable.
No es entablar con él una charla sobre su vida de niño a cargo de san José y de la Virgen María. No, es alimentar mi organismo impuro, mi alma de pecadora, por un instante purificados y en gracia. Es tener en la boca y bajar por el esófago las células, los tendones, los nervios, los fluidos internos del Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad.
Sí, eso es comulgar. Y estar en gracia es estar a bien con una misma y con los demás, con todos los demás; y no mantener resentimiento alguno en vigor. Lo dice Jesús: «Si vas a presentar una ofrenda y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja la ofrenda ante el altar, reconcíliate con tu hermano, vuelve y entrega la ofrenda. Muéstrate conciliador con tu adversario». Y yo, que sigo detestando a quienes abusaron de mis hermanas, comulgo todos los domingos. No voy a tener más remedio que revisar esa cuestión tan peliaguda.
Del patio interior llegan los aromas de un estofado sabroso, punzando el estómago en el punto exacto donde siento un ligero vacío, pero aún soy capaz de soportarlo sin poner gran empeño. Me preocupa que pueda estropearse la pescadilla que saqué de la nevera para descongelarla. Las manzanas reinetas, que me gustan ralladas o en compota, ya están en las últimas; tendré que decir a la vecina que vaya al mercado. De paso, que traiga papel higiénico y sal, pues del primero queda solo un rollo y de la segunda, una pizca reseca pegada al cristal del salero.
De mi voluntad se apodera un deseo insufrible de elevar un grito, un ansia inaguantable de sostenerlo en el aire hasta ser oída. No me refiero a un gorjeo armónico ni a un melodioso cantar, no; hablo de un grito primitivo y salvaje. Sé que puedo hacerlo, pero algo me frena: la prudencia o la discreción me detienen y, no obstante, mi garganta podría lograrlo. Creo haberlo dicho varias veces; y repetido, otras tantas. Fue la hermana Dolores, aún novicia, quien lo hizo posible; y el ansia de rugidos se somete a su recuerdo al instante: «Dios no es sordo y conoce de sobra tu lamentable posición», me imagino oyéndola advertirme bajito a imitación de mi confesor, aunque él, hablando más fuerte, añadiría al regaño aquel «alma de cántaro», tan suyo.
Resulta que yo no sabía respirar; ella lo dijo. Apenas tomaban aire mis pulmones, insuficiente volumen para prolongar el temblor de las cuerdas. Se agitaba el pecho y el vientre permanecía inmóvil. Debía inflar el abdomen al máximo con aire tomado a través de la nariz, retenerlo todo lo posible y, más tarde, proceder a la paulatina expulsión por la boca apenas abierta.
Nunca le importó que saliera en forma de silbido el aire devuelto. Me enseñó a utilizar el aire en el habla repitiendo en voz alta las vocales y, después, sílabas y palabras completas, prolongando al máximo la permanencia del aire en los pulmones antes de su fuga. No sé qué hubiera sido de mí sin ella, no sé qué hubiera sido de Agripina sin su asistencia. Dos pajarillos, Agripina y yo, débiles y asustados, permaneceríamos aún en el nido sin alzar el vuelo. La ayuda y el ánimo de la novicia enérgica nos hizo elevarnos, nos puso a la altura de las enemigas y, desde entonces, guardaron silencio o firmaron la paz con nosotras.

 

15. Las ilusiones crecen entre escombros

Cuando la situación se iba encarrilando en Salamanca para la familia, tomando los proyectos visos de hacerse realidad, la orden de traslado del padre resultó un mazazo fuerte que removió los cimientos sobre los que asentaban el futuro. Al señor Baldomero, quien tras varios ascensos ya era jefe de zona con una paga razonable, los que deciden asuntos de otros le promovieron a un puesto vacante en Madrid, donde la vida resultaba más cara. «No supone aumento de sueldo el traslado —le dicen—, pero la plaza gana en trascendencia». A esas alturas no consiguen engañarlo; sabe a ciencia cierta que habrán de acomodar la economía de la casa a las necesidades nuevas. El cambio parece un castigo y, si nos atenemos a los resultados, lo es, en efecto.
Las discrepancias habidas con la territorial propiciaron esa designación dañosa. Demontres de padre y del carácter endiablado que siempre ha tenido. Diantre de su cabeza orgullosa tocada de gorra arrogante. Belcebú de sus manos que llevan las riendas torcidas por su entender erróneo y, sin quererlo los otros, arrastran a todos por el mismo sendero. Arimán de los lazos invisibles que él teje en el trabajo, causa y consecuencia sin poder separarlas. ¡Malhaya, el señor Baldomero! Quiera Dios que se dé cuenta y recapacite sobre sus actos cuanto antes.
El camión que transporta holgados los enseres sujetos con cuerdas por el mismo precio lleva a las personas. Los padres van en la cabina junto al conductor. La señora Beremunda, con los ojos bien abiertos, aprecia los cambios que sufre el paisaje. Viajan los hijos en la caja entoldada, ocupando un espacio libre al fondo. Salus se acomoda entre las sillas de la cocina y la mesa desarmada del comedor, sentándose sobre un taburete de madera. Con maña y paciencia abre un resquicio separando algún pliegue de la lona. Por él ve pasar el mundo, que llega a bandazos, a vaivenes bruscos: prolongadas llanuras y cuestas empinadas, chopos solitarios y grupos de pinos. A su lado, las hermanas escuchan la forma del terreno que ella describe, el color de la tierra, las personas que se afanan y los cultivos que se van sucediendo. Patricio y Aproniano, ajenos a esos intereses, juegan como serpientes reptando por los recovecos que separan o unen los enseres. Cuando les llega el cansancio, echan una cabezada o charlan con las chicas acostados sobre unas mantas.
Tras algún descanso de bromas y veras intercaladas con avistamientos y escuchas, al acercarse a Madrid es Salus quien presta oídos a Sinda y a Paly en el relato encendido que hacen ellas de la gran ciudad. Dibujan calles bordeadas de comercios, plazas arboladas y unas avenidas tan anchas que parecen no tener orillas. Oye incrédula lo que ellas explican, pues supone que el camión no cruzará el centro activo; y después de confrontar lo escuchado con la impresión que recibe, lo corrige a la baja. Imagina suburbios modestos, con casas de dos o tres alturas, pues sabe a las hermanas por demás fantasiosas.
Solo contando con la buena disposición que la familia ha demostrado a lo largo de los años frente a lo que llega, se puede decir que el piso de Madrid es muy sencillo. Encaramado a la tercera planta de un edificio de cuatro, muestra desde la terraza un barrio a medio ordenar: todavía quedan calles sin cubrir de asfalto y se abren solares allá donde mires. No son lo que se dice «ciudad» los espacios libres ni tierra de labor como la que Salus conoce. Están formados por numerosas cargas de arcilla que una apisonadora dejó apelmazada a la espera de que alguien dé la orden de reanudar la tarea.
Pobres hierbajos crecen próximos a los adoquines de granito que bordean aceras embaldosadas de cemento. Espigas silvestres y raquíticas amapolas intentan una existencia cautiva entre residuos de cartón, tela, chapa y tablas. Han perdido el patio, que era un espacio absoluto. Arriba, las estrellas o el azul; abajo, la tierra toda, llegando a la profundidad de las raíces frutales o hasta donde surge el caudal profundo de los pozos.
Está el poblado ralo lejos de la verdadera villa, apartado de todo lo que la ilusión dibujó cuando en Salamanca conocieron la nueva del traslado: comercios bien surtidos, cafés elegantes, parques cuajados de flores y amplias aceras en las que la gente se entrecruza apresurada. Mas el aspecto desfavorable que su primera impresión descubrió, se confirma. Una urbe que se extiende por todos los confines y junta gente de cualquier parte ha de tener el peligro acechando.
Se perciben más abiertas las conductas y una libertad amparada en el anonimato. Las personas no tejen con esmero su fama ni la asean a cada instante; los actos son independientes unos de otros y no suman ni restan a un acervo hijo del empeño, impresiones ambas que convidan al padre a extremar la vigilancia, a redoblar el resguardo. Las hijas permanecen solteras y el hecho no es casual. Lo que es predestinadas, no están, pero si se saltan las barreras en algún intento afortunado, otras más altas aparecen.
Los pretendientes han de pasar por un tamiz estrecho. No se permiten las muestras de cariño: nada de venir a casa a buscarlas,
nada de tomarles la mano. Y en los días de fiesta, tan esperados, no se ha de confiar, como ya sabemos: traen su frontera, su límite rígido y cercano. Lo cómodo, en una situación tan restrictiva, es tener amigas que sean poquita cosa y vivan los días sin aspiraciones; chicas que se crean por debajo de una y que en tal creencia te consideren y se subordinen. Así lo piensa Salus. Sus amistades siguen esa pauta: carentes de estudios, admiran en las hermanas sus modales delicados atribuyéndolos a una ascendencia dotada de privilegios. Patricio y Aproniano viven al margen, como si ellos dos pertenecieran a otra familia de mayores posibles y más abierta a la calle.
Y en tan adversas circunstancias la señorita Salus se enamora. Vierte de inmediato la noticia a su amiga Agripina, en el recipiente profundo de la amistad consagrada. A pesar de la promesa contraria que aún está vigente, cuatro o cinco veces sueña con casarse y tener hijos. En una de las ocasiones, el chico — guapo, tímido, buen mozo — es seminarista. En el patio del seminario juega al balón con una pelota de cuero, tan recosida por los cuatro costados que de esfera apenas tiene nada. Habla latín con dulzura cuando la madre le pide que exhiba su saber avanzado. Va Salus a verlo cada semana siguiendo a dos amigas; una de ellas lleva la muda a su hermano, a quien ya da por perdido para el mundo y sus pompas.
Desconoce él que en el aprecio de Salus representa un hito, pero le agrada verla acompañando a su hermana cuando esta le entrega la ropa limpia. Le gusta tanto la joven retraída que, al llevar un tiempo pensando en renunciar a la eternidad de su sagrado ministerio, con Salus se cree dispuesto a torcer la vocación y el camino emprendido. La chica se enfada consigo misma porque había procurado que no se le notara el amor albergado en su pecho, viernes a viernes creciente, más candoroso y más tibio cada semana. No quería influir en el muchacho y se había hecho el propósito de no incitarlo a la renuncia, más que nada por responsabilidad. Sin embargo, una vez decidido, el estudiante de teología, misacantano casi, a un paso de ser tonsurado como quien dice, toma la vereda de en medio y, si ella no le hace caso, se va del seminario con la otra amiga, entre relamida y lacia, que trabaja en un taller de costura y acepta la situación sin obedecer prejuicios.
Otras veces las cosas llegan más lejos en la demostración, en el instante y momento en el que los besos se acumulan en los párpados y las promesas cuelgan del aire. Aprende lo que es sufrir por causa de los celos, lo que es ser feliz en razón de una sonrisa o de una mirada a las que se atribuye más interés del que llevan. Se va introduciendo en los misterios de la vida amorosa poco a poco, la toma en dosis muy pequeñas —aceite de ricino, áloe amargo—, por eso se muestra tan prudente y tan educada, tan laboriosa, tan austera, tan indiferente y tan esquiva. Sí, se imagina llevando una vida emancipada fuera del yugo y los arneses, pero será el ejemplo negativo que ofrece su propia familia o será que pronto se cansa del aleteo interno producido por la ilusión, el caso es que vuelve al compromiso de soltería adquirido consigo misma, alegando que se siente obligada a cumplirlo.
Una quebrada, una grieta profunda se abrió en la vida de la gente torciendo el sendero ideado. Se trata de la referida al tiempo aquel de vasta congoja, cuando iba Salus acercándose a los veinte años y estalló la revuelta, inhumana contienda entre iguales. Las vidas todas y la suya adentro cambiaron de rumbo; y lo que iba a seguir un sentido se inclinó por otro.
Su padre los reunió en casa después de la cena y, conciso, les habló de un general sublevado contra la República, al que seguían muchos militares. El mapa de España estaba siendo troceado e iban a pintarse los pedazos de rojo o azul, dependiendo de quién disparara más tiros. Eso y poco más era la guerra, que traía aparejadas sus consecuencias inmediatas: el hambre, el retroceso de las costumbres, el dolor, el abandono y la muerte. Perdiera quien perdiera no habría vencedores, pues el dolor del cazado alcanzaría al cazador.
El señor Baldomero se empeñó en ser neutral, anhelante del fin de las dificultades. Por un lado, le había empleado el gobierno legalmente constituido, aunque por el opuesto, gustaba de la imposición del orden y de la disciplina, principal atributo del bando fascista. La familia no tenía clara la opinión, así que la ambigüedad acabó por imponerse. De aquellos días de aceras levantadas, rugir de aviones y estallar de bombas sin saber el sitio exacto de su caída, la señorita Salus evoca, más enérgico que el racionamiento de víveres o el cuidado de los heridos, un ámbito festivo que profana el recuerdo de dolor tan amargo.
Se refiere a un baile celebrado tres calles más abajo de su vivienda, en un almacén que los dueños, de otras ideas, habían abandonado en su escapada. Era persuadida por Sinda, cuyos pies seguían el ritmo oído ya en la calle. Mas no iba del todo forzada, algo de travesura, de evasión y de olvido proporcionaba la orquesta formada por un ciego de mediana edad, un señor mayor y una señorita con voz de terciopelo brillante, recién cepillado.
Acompañando a Sinda, Salus se hacía seguir por su hermana Paz y Derita, la amable vecina. Entre los hombres había diversidad de edades y de cataduras. Solían llegar tarde y se presentaban solos o en cuadrillas mínimas. Las mujeres estaban allí un rato antes, se sentaban en un banco pegado a la pared y allí esperaban. En cuanto alguno de los chicos se arrancaba, otros lo seguían y empezaba el desfile. La aproximación servía para calibrar las posibilidades y solicitar una pieza con mayor fortuna.
Sinda aceptaba a todos: «Por no desairarlos», mentía; no podía estar quieta mientras los demás danzaban. Un muchacho que se vencía un poco al andar decía palabras de cariño a Salus con su voz ronca. Ella se dejaba llevar por los agraciados y, en los bailables lentos, cuando los jóvenes se acercaban más de lo debido, con un gesto entre enérgico y grave, soltándose, regresaba molesta a ocupar su lugar en el banco.
¡Qué lejos estaban ellas de Líster, de Modesto y de El Campesino! ¡Qué lejos de los asesores rusos y de los brigadistas internacionales! ¡Cuán ajenas vivían a los estados mayores, a los planes secretos, a las tácticas de acción ofensiva! ¡Cuán olvidadas tenían las trincheras del frente, ataque y defensa, origen de miles de cadáveres! Muertos inocentes los más, muchos anónimos, que recibían unas paladas de tierra allí donde el camión repleto de cuerpos descargaba, cementerio creciente. Ataques y batallas haciéndose origen de nuevos planes, ofensivas nuevas y nuevas contraofensivas. Resistencia permanente.
Había hitos como el ataque al Cuartel de la Montaña, a los barrios de Cuatro Caminos, Tetuán y Ciudad Universitaria, sobre todo; Getafe y su escuela bombardeada con los niños dentro. Sesenta niños degollados. El incendio del Museo del Prado, sofocado sin graves destrozos. Hitos que se hacían inicio de rumores, capaces de meter el miedo en el cuerpo a la gente: tenderos, funcionarios, artesanos, maestros y aprendices de los oficios corrientes, obreros.
Estando cerca, quizá demasiado, de la falta de comida, del sufrimiento, de las bombas caídas del cielo, de las balas perdidas y de las ejecuciones sin juicio, buscaban la distracción que permitiera olvidarse de lo que no palpaban con sus manos incrédulas. Todo en Madrid era confuso, desgarrado y efímero, pero su barrio de casas separadas se iba salvando.
Suele pensarse que entre explosiones y desastres no puede haber alegría, pero no es del todo cierto. Sinda vivió en esas terribles circunstancias sus días más felices. El remedo de baile en el barracón destartalado, los pocos vestidos vueltos del revés y la monotonía de los platos que su madre, de puro milagro, lograba preparar cada día no pudieron neutralizar su entusiasmo. Veía la vida de color rosa nítido, sintiéndose dichosa al notar en el pecho el respiro pausado y los latidos animosos del corazón. Llevaba la juventud esplendente allá donde fuera: calles acribilladas, interminables filas para adquirir lo imprescindible o misas a escondidas de los anticlericales declarados, a las que asistía tocada con un pañuelito blanco en sustitución del velo.
No buscaba su mirada el futuro que los otros se empeñaban en perseguir. En el sentir de sus padres y hermanos, una nube u otra oscurecían el horizonte, pero ella, Sinda, ni se inmutaba.
La familia de la señorita Salus formó una unidad indisoluble mientras los niños fueron pequeños; luego acortaron distancias con los padres y se hicieron críticos. Patricio, el mayor de los varones, de complexión fuerte, al comenzar la guerra andaba cerca de los dieciséis y estuvo en un tris de ser llamado a filas, cuestión de meses. Dominando cuentas y escritura, el muchacho seguía de noche estudios de humanidades con un sacerdote desertor. En ese concepto lo tenían en casa, pero el señor Baldomero, basándose en que no consagraba a diario ni se metía en política, lo aceptó sin trabas.
Enseñaba a alumnos de valía y, si no había dinero, trabajaba gratis. Daba consejos a quien se los pidiera, repartiendo comestibles y ropa por las casuchas desahuciadas. Se oyó, quizá inventado, que alguna vez concedió una partida de naipes a tahúres enfermos de consideración. Se decía del cura: primero, que era padre de un niño rubio, hijo de una extranjera sin pareja; y segundo, que llevaba consigo un crucifijo y una pistola, utilizando el uno o la otra en clara dependencia del modo que tuviera la dificultad de presentarse.
Sin conceder ventaja a los adversarios, es cierto, Patricio iba de aquí para allá desempeñando fugaces empleos de aprendiz mal pagados, por lo que al conseguir una plaza de botones en una compañía de seguros, se creció sobre el orgullo de contribuyente al sustento.
Progresaba el avance de las tropas rebeldes, los pedazos rojos del mapa se reducían a ojos vistas ante el avance de los azules, mientras el deterioro de lo dañado se acentuaba por momentos. Puentes, carreteras, líneas de ferrocarril, edificios estratégicos y fábricas sintieron en su propia materia la labor sigilosa de la aviación enemiga y de los fanáticos dinamiteros. En días tan desfavorables, después de una desavenencia de mucho alcance con su progenitor —«cuestión de principios», como él dijo—, tomó Patricio algo de ropa, todo el ánimo que pudo, las provisiones reunidas por sus hermanos y, lleno de miedo, se aventuró a cruzar de noche las líneas del frente. Tras un azaroso viaje —a punto estuvo de ser hecho prisionero o alistado sobre la marcha—, siguiendo rutas sinuosas en viejos coches de línea y pasando por Burgos y Palencia, llegó a Valladolid.
Era la ciudad el espacio de su nacimiento, el territorio soñado de la primera infancia. Época iluminada con luz mortecina, había sido reconstruida en la mente, quizá sobre los relatos de la madre y hermanas, con auténtica pasión. Recién regresado y nada más hallar a algunos familiares, comprobó que allí la realidad era otra. Se comía tres veces al día —llegaban provisiones de los pueblos— y la vida gozaba de una decorosa normalidad.
A la espera de ser requerido para cumplir su compromiso militar, entró a trabajar en un taller de imprenta propiedad de un sobrino del abuelo materno. Era este un sujeto sui generis por su apariencia bárbara, contradictoria con el afable trato prodigado tanto a conocidos como a extraños. Había hecho religión del papel, la tinta y el golpeteo repetido de las máquinas; y a esa pasión se entregaba. Tuvo Patricio que situar a un lado la prometedora profesión desempeñada en Madrid, para enfrentarse a un rápido adiestramiento llevado de la mano por un oficial impresor concienzudo y meticuloso. Ponía un gran empeño en ser cajista, mas hubo de interrumpir su entrega al nuevo oficio para incorporarse a un ejército triunfante que comenzaba a cantar la victoria final.
En favor del señor Baldomero conviene decir que fue adelantado en el abandono del campo, volviendo a serlo frente al trabajo femenino. Cuando Mapálica y Salus hicieron mención de colocarse, les facilitó un empleo: a la pequeña, en una empresa suministradora; a la mayor, en la propia Telefónica, donde había de resolver reclamaciones. Bastaba para el puesto una persona de carácter, por lo que Paly encajó a la perfección.
Los bombardeos sobre Madrid al principio iban contra objetivos militares; luego, contra la población civil para desmoralizarla. Madrid dejó de resistir y defenderse el 28 de mayo de 1939: entonces se entregó. Cesaron los zumbidos de los aviones y la alarma de las sirenas. Se recogieron los últimos cadáveres de personas y animales. Los escombros iban siendo apartados. Las tiendas comenzaron a vender algunos artículos poco antes inexistentes; iniciándose los tiros de los fusilamientos. Esta es la evocación que aún despliega la memoria de la señorita Salus.
Lo malo acabó dando paso a lo menos malo y, al poco tiempo, cuando los hechos se iban convirtiendo en dolorosos recuerdos, Salus, partiendo del sencillo trabajo desarrollado tan solo unos meses, se hizo a sí misma operadora de grandes centralitas. Era consciente de que nada podía esperar del azar si ella no ayudaba saliendo a buscarlo. Había que verla luciendo, como un galardón, la diadema de auriculares que aplastaba su peinado. Había que verla atendiendo peticiones vitales de comunicación urgentísima, siendo puente de plata entre inquietos hombres de negocios o enamorados demasiado impacientes. Resultaba diligente poniendo y quitando clavijas con sus manos ágiles, estableciendo hábilmente las conexiones y, también con habilidad, desconectando.
La educación del padre, tan contestada y adversa, consiguió, en esa parcela al menos, el fin perseguido. Escatimando lo que no fuera imprescindible, llevaba una vida de ahorro y una dedicación a lo suyo exhaustiva. Doblaba el turno cuando lo pedían sus jefes, hacía guardias sin ningún compromiso y entregaba días de fiesta a la empresa o noches de sueño. En fin, la subsistencia era una existencia sin pausas para la holganza o el gasto, por lo que pudo atesorar gran parte de las reservas actuales. Alcancía que ella, acostumbrada a las privaciones, valora muy por encima de su valor real de compra, pues los precios han subido lo suyo y parece no haberlo notado.
Agripina, llegada la edad en la que el semblante se convierte en el alma, no solo en su espejo —años de juventud durante los cuales, más que en el resto de la existencia, gustar resulta imprescindible—, pidió a su padre un pequeño milagro: la operación de cirugía tanto tiempo deseada. La luna le hubiera dado el hombre, las cataratas del Niágara, la Antártida fría o el paraíso terrenal, de haberlos pretendido la niña. Bien es verdad que hubo en la vida paterna un tiempo desbordado por el ansia de un hijo, pero era torpe y egoísta el deseo, y pronto lo supo.
Aceptada la idea de no tener en su sangre quien dirigiera el negocio de la lana, pensaba en un yerno emprendedor y precavido. Uno que aprendiera a distinguir calidades, a tratar con los ganaderos la compra del producto de cada esquilado y, una vez limpios y cardados los vellones, los vendiera a buen precio a los fabricantes de telas. Llevaría tiempo la enseñanza, pero estaba dispuesto a mostrarse paciente con el principiante. Para disgusto del padre, pasaba lejos de allí el camino de Agripina: no mostraban esas aficiones los jóvenes que podían atraerla.
Embutida en un cuerpo tan débil, se sabía resistente, por eso seguía empeñada en su intento de ser escritora. Deseaba que fueran libros todos los regalos; o dinero contante y sonante con el que hacerse dueña de los preferidos. Los leía y, al paso, fue juntando una biblioteca más que elemental. En sus escritos se notaba indudable progreso. Conduciendo un grupo de escritores noveles, fundó una sobria revista —cuatro hojas cosidas con lañas—, que andando el tiempo sería el germen de un movimiento literario rompedor del presente ambiguo, nacido del pasado imperfecto. Los olvidados de la vida, los apartados por los poderosos al borde del sendero y los que no se resignan a permanecer en la orilla tomaban protagonismo en sus cuentos. Sus poemas son íntimos fotogramas en blanco y negro. Solamente al final, en los versos que cierran contenido, aparece el color como una promesa, como una posibilidad más entre tantas.
Cataluña, Valencia, Castilla, León, Extremadura, La Mancha: de un lado a otro iba el comerciante y, sin esposa —muerta de unas fiebres cuando la niña había cumplido ocho años—, Agripina creció con la abuela, así que para el padre fue una alegría enorme saber que su hija ya podía ser operada. Pensó mucho en la solución desde que ocurrió el accidente, hizo preguntas a los especialistas más afamados y siempre le dieron la misma respuesta: no es conveniente operar antes de alcanzar el crecimiento completo. Ya era una mujer desarrollada; debían ir a Roma para que el mejor cirujano borrara las cicatrices y recompusiera el rostro estropeado. Había que ir a Roma y se fue. Es más, se vio al Papa y se trajo, en añadido, una bendición para incrementar y fortalecer los beneficios de la técnica quirúrgica.

 

16. La vida rehaciéndose

Al poco de acabar oficialmente la contienda iniciada con el golpe de estado, se extendieron los disparos de ataque y defensa por casi toda Europa, de modo que las dificultades de avituallamiento proseguían. En este entorno se movía la familia, cuando el Señor Baldomero, doliente aún de la herida dejada por el desleal Patricio, hubo de hacer cara a la marcha del pequeño. Partida, justo es decirlo, respetuosa con las formas y cumplidora con los procedimientos exigidos en sociedad, lo que no quita para que el padre imaginara su imperio reducido a escombros, desmoronado sobre los cimientos. Aproniano, al licenciarse de la mili y obtener de su padre permiso para fumar —aunque no gastaba, porque lo intentó dos veces cuando era poco más que un chiquillo y se sintió mareado; el benjamín, ¡cómo pasa el tiempo!—, hízose emigrante y cruzó el océano Atlántico, el célebre charco, en un paquebote que partía de Cádiz.
Después de mil aventuras, que mirándolo bien no eran tales, aunque a Aproniano se lo parecieron, llegó a la Argentina enorme, a su excesiva capital. Calles iguales, casas iguales, árboles iguales en la ciudad americana más europea de todas, dos veces fundada con medio siglo de diferencia. Geometría delineada sobre la misma pampa, hormigueada de tiendas en los bajos de los edificios. Pisada por italianos, españoles y judíos, que la hacían vital y emprendedora; por ingleses, franceses, alemanes y norteamericanos, que le daban diversidad y consistencia. Una cosa le llamó la atención: la magnitud desproporcionada de la naturaleza; desmesura en conflicto con lo que él conocía en dimensión reducida: el vasto cauce de los ríos, por ejemplo.
Acababa de ver el Río de la Plata, un mar con orillas. También las tormentas —presenció una magnífica, inenarrable sobre Montevideo al avistar la ciudad desde cubierta—, terribles, excesivas. Las negras nubes eran iluminadas por relámpagos grandiosos y el fragor de los truenos destacaba en medio del diluvio. Llegado a su destino vagó por los muelles y, al no encontrar otra faena, fue estibador: un trabajo muy duro que anhelaba dejar en cuanto tuviera unos pesos guardados. Se acomodó en una pensión económica atestada de emigrantes, comiendo en fondas de marineros unos platos a los que le costaba hacerse.
Los gastos ahogaban al ahorro y, para prosperar más aprisa, se integró en un grupo bandido que retiraba de noche mercaderías ocultadas de día al recuento de los barcos. Se trataba de supuestas entregas no recibidas en destino que se daban por no embarcadas o echadas a perder. Cuando tuvo los pesos que creyó indispensables para el inicio, entró en calidad de socio oportuno en una zapatería mal gestionada que caminaba a la deriva. Acortó el largo camino hacia la prosperidad y la independencia por el atajo del matrimonio con la hija del dueño, una joven no mal parecida, de gesto adusto, que le sacaba cuatro años. En la gestión del negocio llegó a sustituir al suegro con ventaja, pues el anciano le tenía ley y permitía que el emigrante hiciera y deshiciera.
Zapatero bien acomodado y marido aceptable, Aproniano se fue alejando en todos los aspectos de los parientes que dejó en España. Primero envió dos cartas muy seguidas, relatando de modo prolijo la monótona aventura del viaje y los inconvenientes hallados en la ciudad; después, nada de nada, hasta comunicar que se emparejaba con una porteña hacendosa. No dio hijos a la mujer, pero acrecentó su acomodo, mejorándolo donde ella nunca hubiera podido pensar. Debido a la distancia o por ser mezquino, debido a lo caros que resultaban los pasajes o quizá porque no le tiraba la familia, el caso es que nunca regresó. Estuvo solo y, como su esposa no reclamaba gestos amorosos, se hizo de piedra.
Fueron los hermanos de Salus, quienes mejor vivían, aquellos que dentro de las limitaciones podían considerarse libres, los que levantaron el vuelo y dejaron el nido del todo. Uniendo la escapada previa de Patricio y la posterior de Aproniano, estableciendo continuidad, haciendo hilera, Mapálica se fue a vivir cerca de la oficina del nuevo destino. Trasladada a un edificio de reciente construcción ubicado al otro extremo de la ciudad, sin comunicación directa, prolongaba mucho su jornada. No es que pretendiera ponerse al margen de todo lo anterior e intentara una nueva conducta, simplemente, necesitaba sosiego. Las visitas al hogar paterno efectuadas los días festivos mostraban una Paly inalterable. Gumersinda, Paz y Salus tuvieron habitación propia, lo que representó una conquista valorada por encima de cualquier otra. Disgustos de hondura costaba a la hermana mayor recuperar su espacio cuando volvía; y eso que la estancia era breve. A pesar de la independencia ganada, en las noches de tormenta confluían las tres en la alcoba grande. O cuando al padre le entraba el cierzo de frente y por la boca echaba sapos y culebras, pues por esas fechas el señor Baldomero recibió uno de los mazazos más dolorosos de su vida. Los nuevos directores de la empresa lo degradaron, pasando a la sección de cobros como inspector de los recaudadores de recibos. La esposa seguía cosiendo para una clientela cada vez más selecta, ayudada por Paz con sus primores bordados, pero él, herido en el interior más profundo, agrió su carácter ya agrio y despotricaba de todo y de todos.
Había ido Salus guardando dinero en una cuenta del banco con la idea invariable de comprar un pisito, así que cuando tuvo suficiente capital buscó ofertas cerca de donde trabajaba; vio anunciado uno pequeño que podía convenirla y allí se presentó. Los dueños explicaron que regresaban al pueblo de origen con la clara intención de vivir en el lugar de la adolescencia una vejez menos agitada, así que, pagando una parte gruesa del precio al instante, Salus lo hizo suyo y tomó posesión de la propiedad.
Ansiaba disponer a su gusto los muebles, salir con libertad plena, regresar a cualquier hora e invitar a quien quisiera. Sentía una necesidad imperiosa de realizar, después de tantas restricciones, todo lo que le fue impedido. Sinda, sin la tutoría de la hermana, se encontró perdida, encerrada en un pozo profundo, desorientada. Mas a los pocos meses ocupó Derita el hueco dejado por Salus; Sinda y ella eran uña y carne desde que vivieron próximas y salían juntas los domingos.
La joven Derita ilustraba los monumentos de Madrid con una voz clara y armoniosa de guía consumada. Movida por la gracia de las anécdotas que su amiga contaba, empezó Sinda a prestar atención a esa actividad tan divertida. Pronto estuvo dispuesta a echarle una mano, eligiendo los viajes cuyo destino la contentaba más. Terminó ocupando el tiempo sobrante yendo y viniendo con su amiga. Las seguía un grupo cambiante de turistas alegres, deseosos de escuchar, surgidas de una u otra boca que se van alternando en el relato, las historias pequeñas que llenan, conformándola, esa gran historia que sirve de pretexto. Transformada la distracción en un oficio que le viene como un guante ajustado, e imitando a Salus, encuentra Sinda razones suficientes para ocupar su propio nido. Incapaz de escapar, Paz quedó bordando preciosidades para algunas clientas fieles que lo eran ya de su madre o para otras modernas que se fueron añadiendo por mor de la fama.
«Debieron permanecer juntas», se reprocha a sí misma la señorita Salus, pero eran tan independientes las hermanas que cada una tomó su trote, acompasado a la forma de ser natural de cada una. Se juntaban en una casa o en otra por temporadas; se cruzaban, se entrelazaban a modo de cintas de colores que, en los desfiles de carrozas, arrojan desde los balcones quienes contemplan su paso. Pero en ciertos momentos estaban mejor solas. Así se explican muchas de sus dificultades, pues a la vida retirada corresponden los enigmas añadidos a las muertes.
Misterios hay para los que Salus tiene una explicación sensata que la justicia, tan meticulosa en la persecución de evidencias, aún no acepta. Tal es una mancha en la frente de Mapálica, apreciada cuando estaba de cuerpo presente, nunca antes surgida; y le da en la nariz que se debía a un veneno. O el habla forzada, percibida la única vez que logró hablar con la hermana en casa de los vigilantes, arrastrando las palabras a modo de pesados grillos carcelarios, inconexas, viscosas, como pronunciadas por una voluntad que ha sido entumecida a la fuerza.
Si su manera de ver las cosas sirviera de algo, el cautivador —sabe lo que se dice al utilizar esta palabra, la miró en el diccionario y encaja en varias acepciones—, el secuestrador de la voluntad de las hermanas estaría a estas alturas preso y bien preso. Lo mismo la madre, educadora y cómplice imprescindible del hijo. De ese modo, el ánimo tranquilo de Salus lograría el reposo ansiado que rechazan las preocupaciones. Se conforma con poco, tres años pide de presidio. ¡Ah!, y devolver lo que no es suyo. Por eso buscó un abogado e interpuso una querella criminal contra los canallas; y si se equivocó de letrado no debe echársele la culpa a ella, pues halló la consulta cercana a su casa y apreció en el despacho gran actividad. Por fortuna, pudo rectificar después de un alto costo de tiempo y dinero. La joven enérgica que tomó el caso allá donde el abandono lo había dejado, es de una honestidad ejemplar y tan hábil que, según cree la señorita Salus, va a meter a los demandados en cintura.
Paz, si por ella fuera, los hubiera absuelto de su acción abominable, a madre e hijo los hubiera perdonado; tan desamparados, tan unidos, apoyándose el uno en el otro desde que el padre se hubo negado a afrontar las obligaciones contraídas. Y no es que se lo haya sonsacado a ellos en un mínimo instante. No, imagina la historia desgraciada; concibe un relato de seducción y abandono, creyéndoselo a pies juntillas. Joven y enamorada piensa a Inés Pérez González, dada por entero a un señor ya maduro sin saberlo casado, bizarro militar de uniforme impecable. Recibe dinero en el momento del parto, aunque no mucho, para rehacer la vida. Queda advertida sobre el futuro silencio, amedrentada por palabras tan duras que la amenaza de muerte se desprende de ellas. Ama al hijo indefenso y le pone por nombre José María, como el padre, debiendo compartir madre e hijo un patronímico familiar de lo más corriente. Después, con el paso cansado del tiempo, se hizo tan dura, tan mala, que pretendía vengarse en cuantas personas pasaban a su lado, creyendo resarcirse del sino implacable.
Nació el niño sin el calor del hogar, con los malos ejemplos como único molde. Madre e hijo debieron cambiar de refugio con frecuencia, miedosos de que su historia fuera conocida. No ignoran, ¡infelices!, que al llevar los mismos apellidos son permanente reclamo de la curiosidad insana. Paz imagina otras historias por igual ingratas, construidas con ligeras diferencias: un señor del comercio es el padre o un marqués disoluto; ella, una sirvienta forzada. Paz hubiera hecho la vista gorda al desafuero, más por caridad cristiana que por inercia, por más que sea fácil quedarse de brazos cruzados. Salus, no; ella llegará hasta el final si es posible. De lo contrario, dejará decidido quién debe alcanzar la meta en su nombre. «¡Estaría bueno que escaparan de vacío!», repite en un tono que une a justicia y venganza en una sola expresión.
Murió Paz como había vivido, en silencio, sin eco, pero también sin rencores, sin un pensamiento egoísta. Fue una noche destemplada del mes de diciembre, una madrugada cargada de frío bajo un cielo salpicado de estrellas, sereno. Tuvo unas palabras de alivio que alcanzaron a Salus en su interior ya rígido. Un mes antes apareció el sobrino Patricio y tras cinco días de ajetreo dejó todos los documentos en regla; una regla hecha a su acomodo, que llevaba siempre a mano en el portafolios atestado de papeles. Con ella tomó las medidas pertinentes que le alzaban como único dueño de la herencia de Paz.
Con esa regla de milimetradas muescas espera Salus que sea medido el sobrino en el juicio último y arrojado al infierno hasta la purga íntegra de sus faltas graves, divina justicia sufrida en lugar de la humana. No, no era de iglesias Paz ni de besamanos, pero caminaba por las orillas de la calzada para ceder a los demás las aceras. Poseía pocas luces y se colocaba detrás, no tenía opinión sobrada de sí; y las buenas maneras, por ellas mismas, las elegantes formas carentes de contenido, nada le explicaban.
No seguía la liturgia en todos sus detalles, eso es bien cierto. Puede que no aceptara el dogma de principio a fin, pero a pesar de caer en el olvido de cumplir por Pascua, sin duda tiene un sitio reservado junto al buen Jesús. Es cosa segura que lo habrá ocupado sin tardanza, desde el instante preciso en que afrontó su comparecencia ante el Padre. Parecía poca cosa Paz, solo tres letras el nombre, pero las clientas que fue acumulando con los bellos dibujos bordados la echaron de menos tiempo después.
Alcanzó Agripina en Valladolid el cenit de su irregular existencia. Era por entonces la ciudad una urbe provinciana donde lo intelectual discurría en dos vertientes antagónicas que, si habían de converger en algún punto, lo harían en una tercera recién aparecida: el grupo innovador que ella encabezaba, un conjunto ajeno a cualquier compromiso de síntesis y, sin embargo, aglutinador de los contrarios. Abrigada por los suyos, llevó la palabra convencida y convincente a las aulas de la universidad e hizo religiosos adeptos.
Descendió a las tabernas con la intención de declamar su verso puro ante los obreros francos de servicio, plancton de la tierra, y consiguió un resultado alentador. Salió a la calle; y en torno a su decir sincero se aglomeraron gentes muy diversas que desbordaban las aceras, las plazas ajardinadas y los parques. Tras muchos afanes logró la joven publicar un poemario primerizo, seguido de un libro de relatos. Ambos le procuraron imagen de seria y profunda, preocupada por las grandes cuestiones que la vida, desde su inicio, no ha sabido respondernos.
Su voz era limpia como corriente de arroyuelo brotado en las cumbres, donde cualquier fuente es origen de ríos, comprendidos aquellos de caudal copioso. ¡Qué espontánea sonaba! ¡Cuánta ingenuidad contenían sus versos, cuánta lozanía su prosa! Había imperfecciones manifiestas, pero a su edad ¿quién domina del todo el lenguaje? Leía en abundancia e iba a conseguirlo. Si no alcanzaban sus escritos el éxito tangible, traían un viento nuevo, una brisa que renovaba el aire viciado de los salones palaciegos, entre cuyas paredes repintadas la cultura se había ido refugiando poco a poco. Con otras palabras, más refinadas, el decano de los críticos escribió en el periódico local algo semejante; y bastó para que le nacieran a la maravillada Agripina algunas adhesiones y cuantiosas discrepancias.
En su apariencia de muchacha dotada a un tiempo de dureza y fragilidad —diamante humanizado—, influían no poco su figura delicada, el tono pálido de la piel y la mirada penetrante surgida de unos ojos negros, luminosos, enigmáticos, atareados en no revelar del todo el contenido exacto de alegría y tristeza de la mezcla. Contribuían a la impresión contradictoria la timidez dubitativa de su marcha resuelta, el carácter inquieto e inquisidor y la conducta consecuente con los propósitos expresados en los escritos.
Sin hermosura, las facciones lograban una laboriosa armonía, ya que el restaurador de su piel, buscando la composición originaria del rostro había conseguido una naturalidad atractiva. Como si se tratara de pinturas valiosas liberadas de posteriores añadidos sin fortuna, afloraron los rasgos auténticos, los que daban cuenta de la personalidad más genuina. En suma, confesaba, porque estaba convencida de ello, que el doctor, en la suma de tres operaciones, había logrado descubrir a la joven que hubiera sido de no haber mediado el fatal accidente.
Con todo, seguía atesorando en el interior su encanto más valioso. Así lo veían dos jóvenes que, contándose entre los acompañantes asiduos, pasaban por ser los preferidos: un autor dramático que había estrenado una tragedia muy aplaudida por el crítico del segundo periódico y un poeta finalista de los juegos florales de Laguna de Duero. Nadie, como se ve, que pudiera ocuparse de la compraventa de lanas tranquilizando al padre sobre la continuidad de su ardua tarea y de la obra conseguida.
Mas ¿quién sabe algo del caprichoso destino, de los misterios ocultos en el corazón de las enamoradas, de los senderos recónditos que el amor transita hasta llegar a concretar las aspiraciones? Dio alas Agripina a un escribiente de la oficina paterna que no las hubiera obtenido por sí mismo. Jamás confesó las razones que la impulsaron y nunca se supieron, pues de no manifestarse voluntaria, no era cuestión de andar investigando para conocerlas. A la vista estaban en el novio la nobleza de carácter, la prudencia y su simpatía despierta. La relación avanzó como las nubes empujadas por el viento, porque en poco más de seis meses, de pretendiente serio pasó el contable a poner a los pies del patrón sus saberes y haberes formalizando el compromiso.
Los años movedizos que, muerte a muerte, descomponen la familia ya desgajada: primero los padres, la una tras el otro mediando un corto intervalo, van aislando a la señorita Salus del mundo. Y en los momentos tristes, que abundan en su vejez prolongada, se empeña en recordar las ausencias que le han ido haciendo mella honda. El padre, el enérgico y rígido señor Baldomero, doce años mayor que la esposa, mojón y valladar de la familia, aprisco de altas tapias, columna de orgullo, cuando vio destruido su imperio desde el interior ya nada tuvo que hacer en la vida. Empleado fiel de arranques irreprimibles, ascenso tras ascenso elevado sobre sí mismo y sobre los demás empleados, cuando los jefes resultantes de la pacificación del país le situaron tan abajo como cuando empezó, ya nada tuvo que hacer en la vida.
Nada tuvo que hacer en la vida y, por eso, murió. Se extinguió la señora Beremunda como se apaga la llama del pabilo al acabarse el aceite del candil; enjuta mujercilla, apenas una sombra limpiando habitaciones, siguiendo al esposo con la familia a cuestas, cosiendo a la luz filtrada por la ventana o caída desde la bombilla.
La fuerza centrífuga que el señor Baldomero frenó tanto tiempo, cuando perdió la confianza crecida durante años en su interior sellado, se hizo imparable. Como la bola de barro que en cada giro va perdiendo pellas, entre abandonos y muertes se fue quedando sin las razones admitidas para el forcejeo.
Entre los lances que narra la señorita Salus —y viene ahora a colación— está el infortunado entierro de la intrigante Paly, hermana mayor, trasunto del padre. Nubes negras se acercaban desde la mañana al horizonte próximo, que se iba ensombreciendo de manera apreciable; mientras tanto, los pájaros, inquietos, planeaban en círculos sin llegar a posarse. Gumersinda y ella oteaban un horizonte de presagios por la ventana abierta, cuando les llegó el aviso del traidor, mentido cuidador de Mapálica. Tan solo una voz espesa reptaba por el hilo, una voz alargada, sin médula; la misma que en esos días de la reclusión engañosa respondía invariable: «Doña Paly duerme y no debemos importunarla».
Se acercan las hermanas al hospital nada más recibir el recado, lamentando no haber sido advertidas de su ingreso a tiempo, padeciendo el extremo, nunca esperado, de no haberla visto viva. En el tanatorio montan guardia custodiando un cadáver de frente veteada que saben suyo a pesar de todo; restos olvidados por raptores inhumanos incapaces de prestarle atención una vez concluida la obra maligna. Desde la sala del velorio, un taxi que la empresa de pompas fúnebres pone a disposición de la familia las lleva tras el furgón donde va la difunta.
El calor se ensaña con el día llegado apenas sin rocío; pica la piel sometida a su influjo cuando ya son las seis de la tarde. Comienza a chispear en el momento de subir la primera cuesta ajardinada, inicio del otero donde los cipreses marcan el suelo sagrado del cementerio. Al evaporarse las gotas, el asfalto despide un calor suyo, acopio exhaustivo del oscuro manto de brea; y un vaho denso se eleva imprimiendo irrealidad al entorno. El responso completa la pobre despedida religiosa: breve oración y cuatro hisopazos, que tienen la virtud de perlar el ataúd de escarcha. Faltó una misa para poner a la difunta a bien con el otro mundo, ceremonia redentora de almas de un valor infinito; una misa, ¡qué menos!, pues ni eso tuvo, como si no diera para más la expoliación.
La estructura intrincada de patios y pasajes y, dentro de cada uno, la semejanza entre sí de los cuarterones, de los octavos, de los entramados polígonos regulares y de la simetría estética hacen difícil el recorrido exacto, sin divagar, en busca del objeto de la visita: un duelo que se disolvería presto.
Llueve con un ímpetu desacostumbrado. Cruzan el techo ennegrecido de la ciudad, multitud de culebrinas chasqueando luz. Desde la capilla inicial, paso forzado de todos los difuntos, dos empleados de la funeraria empujan el féretro. Va colocado sobre una plataforma rodante que chirría por falta de unto. El incondicional cortejo, compuesto por las escasas veinte personas que exige la decencia como acompañamiento mínimo, camina por el laberinto, confiado. Ve a los dirigentes consultar un mapa en las encrucijadas; y ese acto infunde ánimos a los desanimados.
Llegados a un punto donde esperan dos operarios del ayuntamiento, portadores de una escalera metálica, los unos entregan a los otros el testigo y los primeros se retiran. Último de la fila, vacila indeciso el sacerdote revestido de gala: alba, casulla, estola y bonete. Va flanqueado por dos monaguillos muy jóvenes. Ambos lucen roquete almidonado sobre manteos rojos: uno, encargado del hisopo; y el otro, custodio de la cruz plateada. Titubea el cura y, por fin, decide regresar a la sacristía, más acogedora.
Arrecia el chaparrón; dejan burbujas las gotas abultadas sobre los charcos ya crecidos. La hilera interminable de nichos que cubre las paredes es discontinua en la plazoleta por aparecer allí un hueco entre las lápidas de mármol gris o negro. Están grabadas con nombres tan parecidos unos a otros como si pertenecieran a una misma rama familiar.
La oquedad, que destaca como un claro en el bosque, como un plantío en el desierto, es la escueta residencia reservada al cadáver. Se encuentra la difunta, a salvo de la fatiga ocasionada por el trayecto y libre de las inclemencias atmosféricas, embutida en la caja sencilla, de pino recubierto con láminas elementales de madera noble. El interior va acolchado de telas pálidas, sedas imitadas sin demasiado empeño. «¡Para lo que sirve…!», pensó, práctica, Salus.
Los empleados municipales, facultados para colocar el cuerpo en la celdilla, reciben indiferentes el agua vertida con fuerza sobre sus cabezas. Cae aplomada, inclemente; se la ve transitar las vestiduras o resbalar por la piel hasta depositarse en las botas de goma, desbordándose luego, originando charcos sobre charcos ya hechos a admitir. Los observadores guarecidos bajo paraguas de colorido inarmónico —se percibe falta de acuerdo en este aspecto— musitan jaculatorias cortas, breves impetraciones. Apretujados como están, los más elevados recogen el agua que les corresponde. Y a través de las varillas metálicas, imitando a esas fuentes ornamentales colocadas por los ayuntamientos en parques recoletos, se la entregan a los menos robustos. Ellos, haciendo de concha intermedia, inundan impasibles a los compañeros pródigos; asignación devuelta sobre hombros y espaldas, a lo largo de faldas o pantalones resbaladizos.
Progresa el aguacero de manera palmaria; disminuye el espacio entre gotas hermanadas y unidas. Dejado el ataúd en el lugar a él destinado, enyesada en su perímetro la tapa interior provisional, menos presentable, los albañiles, ante la imposibilidad física de continuar el sellado de la lápida, la apoyan con cuidado en la pared y se alejan con paso rápido hacia el campamento de apoyo. Ha de ser la señal que los demás esperan, porque comienzan a dispersarse, ansiosos, buscando la salida. Recovecos, pasillos, patios y plazoletas se hacen un solo sendero repetido en mil espejos.
Desasistidos por los empleados de la empresa de pompas fúnebres, portadores del plano de regreso, incluso por los municipales, dueños de la experiencia itineraria, van y vienen desorientados los acompañantes, atribuyéndose, sobre los demás, la sabiduría del camino recto.
A cántaros se derraman las nubes repletas; rayos y centellas cruzan de oriente a poniente el cielo morado, a cañonazos replican los truenos. El diluvio y el viento inutilizan los paraguas, invirtiendo la tela, rasgándola y doblando las varillas. Sus propietarios los abandonan sobre las tumbas emergentes cual restos de una batalla o de un naufragio. Gumersinda y Salus hallan un hueco en el muro que la lluvia, copiosa, ha descubierto al des- prender dos piedras sujetas con argamasa soluble.
Salen juntas del laberinto, sin mirar a unos cuantos desorientados que cruzan y entrecruzan sus pasos; cercana la penumbra del anochecer, próxima la oscuridad de una noche sin luna. Abiertas las compuertas del cielo, caen de golpe todas las reservas.
Tres días estuvieron cuidándose la una a la otra el resfriado. Y fue Salus quien cayó en la cuenta de que un entierro así discurrido, pudo ser obra póstuma de Paly, su última broma, llevada a cabo para distinguirse de manera tan asombrosa.

 

17. La obstinación de los hechos

QUINTO. Que dada cuenta de los impedimentos de Salustiana para saber de Mapálica y, en definitiva, estando muy preocupada por el aislamiento en el que los Pérez González la tenían, comentó las inquietudes con su hermana Gumersinda, a fin de buscar una solución que sacara a Mapálica de la casa de los demandados.
Cuando Salustiana refirió este y otros asuntos a Gumersinda, esta le comunicó que José María se había ofrecido a cuidarla a cambio de que le vendiera el piso sito en la calle Coslada, vivienda habitada por ella, donde había establecido su domicilio. Añadió, seguidamente, con temor a la crítica, que ya era un hecho la venta, habiéndose reservado para sí el usufructo vita- licio. No advirtió a su debido tiempo sobre esta resolución a Salustiana porque así se lo hizo prometer José María, quien no tenía muy buena opinión de la hermana y esperaba su oposición.
Gumersinda Caballero Niño, al igual que la hermana Mapálica, dispuso sus bienes a favor de José María Pérez González. Le transmitió en marzo de 1993 la propiedad del piso de Coslada,13, por la cantidad de tres millones de pesetas, nunca cobradas; y a su vez otorgó testamento el día 6 de marzo de 1993, nombrando herederos a Mapálica y, en su defecto, a José María y a su madre, eliminando del mismo a Salustiana.
Meses después falleció Mapálica. Es entonces cuando ambas, Gumersinda y Salustiana, decidieron poner el asunto en manos de un abogado, iniciándose así un proceso penal por presunto delito de estafa y hurto contra José María Pérez y su madre. Proceso que se está tramitando en el Juzgado de Instrucción de Madrid, siendo objeto de este las compraventas realizadas por las hermanas Gumersinda y Mapálica y la sustracción de joyas propiedad de Mapálica, que esta guardaba en su domicilio.
En dicho proceso judicial, Gumersinda declaró ante el Juez de Instrucción:

a) Que desde el primer momento de su relación, recibió del querellado Pérez González muestras de profundo afecto. Fueron tan bellas las palabras, tan halagadoras las promesas de cariño, tan convincentes los regalos y las llamadas telefónicas que por fuerza hubo de pensarse querida como nadie lo había sido antes.

b) Que donó el piso a instancias del propio José María Pérez, quien, conociendo las limitaciones de su salud, le propuso cambiar la propiedad del inmueble por los cuidados de cualquier índole que ella necesitara, ofreciéndole hasta el final de sus días un trato tan amable y complaciente como el que, hasta ese momento, le venía dispensando y dándole, por último, la posibilidad de ser acogida en su domicilio de Toledo para vivir juntos, si ella lo deseaba.

c) Que el día 6 de marzo de 1993 le vendió la vivienda, sita en el número 13 de la calle Coslada, sin recibir ni una sola peseta que la resarciera y sin firmar ningún documento. Se utilizó esa figura de la venta fingida porque, según la opinión experta de él, se trataba de la mejor manera de cumplir con la ley vigente.

d) Que del testamento excluyó a Salustiana debido a que José María así se lo pidió, pues era notorio para ellos que su hermana se llevaba mal, tanto con él como con Inés, la madre. Los motivos de esa oposición había que buscarlos, según aseguraba él mismo, en unos celos irracionales que la consumían.

e) Que fue su hermana Salustiana quien le abrió los ojos y le hizo ver clara la situación de ambos, sus diferencias notables y las intenciones reales del querellado, que seguramente actuó del mismo modo con Mapálica.

f) Que en cuanto conoció el demandado la anulación del testamento donde aparecía como favorecido, al ser sustituido por otro posterior en el que no se le nombraba y sí a su hermana Salustiana, insultó y amenazó por teléfono a ambas, cesando en sus visitas y en cualquier otra forma de trato.

 

18. El rencor adelanta a la fe

Debe de ser la tarde del domingo la que se desliza pesada y rugosa. Esta será si atiendo en el cálculo al recuento de instantes, de tiempo transcurrido desde el momento fatal de la caída; cómputo fijado en trazos del todo imaginarios que mi mente dibuja insegura sobre la superficie del techo. Ahora lo veo: la pintura blanca ya está deslucida; necesita un buen enjalbegado. Un sudor frío baja de la frente siguiendo los surcos que las arrugas, irregulares, fuerzan. Ciega mis ojos y me obliga a desear un pañuelo que llevo en la bata, destinado a aliviarme. Es la esponja, sin embargo, lo que alzo con esfuerzo hasta mi rostro y me sirve de bálsamo; un áspero sustituto del tejido suave que no está a mi alcance.
Caída en la cuenta de las similitudes, el contento me llega colmando mi pecho de aspiraciones, quizá vanas, saturándome de complacencia. La paridad existe en los hechos por más que trate de soslayarlo, huya o no por modestia de la realidad evidente. Discurro y entiendo, como consecuencia, de qué trata este pasaje de la estación sexta en el viacrucis de la pasión que sufro o gozo, cuando, en el calvario divino, la Verónica enjuga el sudor frío y la sangre que mojan el semblante demudado de la ofrenda. No voy buscando simetría en mi recorrido y, sin embargo, aparece con reiterada tenacidad, clara, alentadora, progresiva e inequívoca.
Ya no recuerdo cuándo cené por última vez. Y jamás probé pan sin levadura, de ese que se comía en la semana de Pascua en tiempos de Jesús. El primer día de los ácimos tuvo lugar la última cena. En un momento, seguramente muy tenso, el Maestro anunció que uno de ellos lo iba a entregar. Imagino a todos preguntando: «¿Acaso soy yo, Señor?». No era para menos, pues estaba escrito: Desdichado de aquel por quien el Hijo del Hombre será entregado; mejor le fuera no haber nacido. ¡Terrible! «El que mete la mano en el plato conmigo, ese me ha de entregar», dijo Jesús. Y Judas osó preguntar: «¿Soy acaso yo, Rabí?». Y oyó que el Maestro respondía: «Tú lo has dicho».
Me he preguntado muchas veces si eligió Judas el papel de traidor o si fue elegido para ese papel, porque ignoro si su forma de morir lo explica. Colgarse de un árbol, ¿es reconocerse culpable? Mi abuelo paterno lo hizo, quizá acuciado por la oposición de todo el pueblo.
Si yo muero en este trance, ¿qué explicará mi muerte sobre mi vida y qué dirá acerca de mi comportamiento? Pude ser yo quien entregara al Maestro; sí, el miedo me empujaría a hacerlo, aunque, bien mirado, lo haría para salvarme de la justicia terrena. Para alargar unos años la vida, me condenaría en lo eterno; una paradoja de solución improbable. Lloro por esa posibilidad, un desconsuelo atroz. Lágrimas saladas llegan a mi boca, que las sorbe para calmar la sed. Lo sé: puede que no salga de esta situación con bien, que la debilidad me impida abastecerme de agua, que no pueda llevar a mi boca sedienta las gotas precisas y la agonía se acorte. ¿Sería mi muerte un castigo? ¿Explicaría eso que pude ser también quien le entregara?
Hice bien en dictar nuevo testamento, pues deseo que me digan misas gregorianas hasta el importe de dos tercios del dinero que deje. Grupos de treinta misas anuales sin interrupción entre ellas, día tras día. Servirán para recibir el beneficio especial de los sufragios y aliviar mi pena en el purgatorio si ocurre que al final voy allí. Quizá no sea posible, pero me gustaría que los frailes de Silos, solo en la misa corpore insepulto y en la del primer cabo del año, cantasen el introito: «Requiem aeternam dona eis, Domine»; la epístola: «In diebus illis»; el ofertorio: «Jesu Christe, Rex gloriae, libera animas omniun fidelium defunctorum de paenis inferni et de profundo lacu. Lux aeterna luceat eis, Domine. Misesere mei, Deus».
He repetido desde jovencita estas palabras sin tener una idea muy clara de su significado, aunque el tono inconfundible de su piedad y tristeza trae una gran placidez a mi espíritu, un deseo amoroso de las causas divinas. Quizá se agarre ahí mi voluntad, puede que esté ahí el origen de ese deseo tan complejo como inexplicable. Estando de cuerpo presente, pido que me canten los himnos de difuntos unas voces recias y, a la par, devotas, hechas a madrugar en razón de sus plegarias, mortificadas por las tentaciones superadas. Unas voces de frailes y monjas, de esas voces acostumbradas al sacrificio a fuerza de sacrificarse a diario.
Hasta hace poco no confiaba en la ganancia de la oración; la veía más bien como consecuencia que como causa, como agradecimiento más que como petición. Pedid y se os dará. No veía directa esa relación y desconfiaba. «Es imprescindible la fe, alma de cántaro», me respondía el confesor. «Enséñanos a orar», piden al Maestro los discípulos. «Será eso —pensé—, mi ignorancia es supina». Has de perseverar, sí, pero ¿cuánto? Sin fin. Ora y labora. Quizá sea ese el secreto. «A Dios rogando y con el mazo dando», he oído a menudo.
Ahora sé que la oración obedece a una disposición de humildad. Es esa disposición la que en verdad ayuda: saberse inútil sin la ayuda del Señor. Ahora lo sé y todo queda claro. Orar para resistir la tentación. Eso es. Orar para persistir, para tener fe, para ser sincera, para amar al Señor y a los demás. A todos los demás. Y yo, orgullosa, impongo una excepción. Ahí está mi fallo. Esa es la razón de no obtener lo que pido.
Quedo laxa, descansada como el pecador arrepentido que se ha confesado rebosando contrición, siendo absuelto de todas sus maldades por ello. Se hará como he dicho mientras dure el dinero destinado a ese fin. Cuantía que, por desgracia, verán los herederos agotarse mucho antes de recibir yo el resto del tormento que ha de purgar mis culpas. Pretendo, además, que figure en una cláusula de efecto inexcusable esa obligación adquirida por los beneficiarios.
En especial, lo referente al fiel cumplimiento de mi deseo de descansar bajo una lápida de mármol rosado que dé realce y proteja mi sepultura. En su superficie, con letras hendidas y tintadas de añil suave, debe escribirse el siguiente epitafio tomado de las Meditaciones de san Agustín: «¡Oh, tú que amas al mundo, mira bien adónde vas! El camino que llevas es peligroso y lleno está de muerte. Entra dentro de tu corazón y desecha todo lo que no sea Dios».
De adelantarse mi ida al cumplimiento de mis disposiciones, espero que los derechohabientes —vaya palabreja, clara influencia del joven Alberto, nieto de Agripina—, espero que los beneficiarios se comprometan a seguir con los pleitos emprendidos. Sé de lo que hablo: tres años hace que inicié el proceso penal por delito de estafa y hurto. El primer letrado me sacó las perras: más de tres millones de pesetas, sin darme siquiera recibo; y el fiscal no califica los hechos probados, dice que es enrevesado el asunto y se toma su tiempo.
Al servicio de la demanda civil, recién presentada —la abogada lo asegura—, debería haberse incluido la calificación del fiscal, pues serviría de prueba si fuera el caso, esperado por lógico, de serme favorable. Parece llevar la galga echada mi carro en este recorrido y, además, son de temer los recursos, cualquiera que sea el sentido del fallo.
Así que por muy bien que me vayan las cosas, no veré el final ni sabré el desenlace. Y no es solo eso, persigo que mis hermanas tengan justicia y sus burladores castigo. Con ese encargo introduje a Agripina en la herencia. Es tan grande su dedicación a mis fines que pensé en ella como sucesora en la lucha. Estoy convencida de que seguiría mis afanes con eficacia y los llevaría a feliz término. Comprendo con tristeza que ya no es posible: va dando tumbos de una a otra residencia de ancianos, pero se lo ha encargado al hijo que vive en Madrid y a su nieto Alberto. Por eso van los tres incluidos en la testamentaría en calidad de favorecidos, pues no será mi hermano desde Buenos Aires, con un pie en la tumba; ni el sobrino, hecho al beneficio fácil, quienes den cumplimiento a mis aspiraciones más ardientes.
Ya ves qué tontería, no me acuerdo de cuándo cené por última vez y, sin embargo, me viene a la memoria mi antigua afición a la zarzuela. Cosa de la radio de entonces, todo el santo día prendida, como decía nuestro padre al arrancar enfadado el cordón del enchufe. Representaciones vi muy pocas; oía la música y las canciones, alegrándome la mañana y hasta la tarde.
Me aficionó nuestra madre, una gran aficionada. Decía ella que era creación genuinamente española trasladada a América, donde también había piezas de categoría. Las otras hermanas la oían, pero no la escuchaban. Y no era cosa solo de la gente baja, llegaba a las alturas sociales, decía mi madre, explicándome lo que oíamos. Había sátira y crítica en las letras. Es posible que ayudara a que las mujeres dejáramos de sentirnos tan obligadas al hombre. Aún en estos tiempos últimos, a veces me descubro tarareando algunos fragmentos que revuelan en mi cabeza sin yo saberlo. Es la que más me gusta; y vi dos de las tres películas que hicieron sobre su texto, pero ni punto de comparación: la radio ayuda a imaginar las escenas y a vivirlas mejor que la fotografía.
Nunca quise alojarme en un asilo; recelo de los extraños, desconfío de los que quieren situarse más próximos. La situación de Agripina, sometida a las normas escritas y a las no escritas, proporciona fuste a mi rechazo. Tampoco estoy dispuesta a juntarme con ancianos que contagian vejez, respirando achaques y dificultades mientras esperan la muerte. Quiero seguir a quienes conocen el camino que va adonde quieren ir, aunque no sepan muy bien de dónde vienen. Ellos pueden guiar mejor mis pasos, jóvenes siempre que puedo.
Mientras me valga por mí misma no iré a un sitio de esos donde se oyen lamentos constantes y los orines dispersos de los incontinentes, que son muchos, se acumulan en un mar nocturno que todo lo invade. No iré allí donde el rancho, guisado en común, emite sus efluvios identificables desde lejos quitando el apetito. Donde las confidencias, las íntimas incluso, se hacen en alto; donde se comparten sin cuidado cientos de secretos. Mientras pueda valerme me quedaré en mi casa, colocando a la soledad en el balcón para que se airee, quizá frente al televisor para que se sienta arropada. No soporto que cualquiera me indique el recorrido y marque el horario de mis pasos. En compensación, no pretendo decir a nadie lo que quiero que haga o deje de hacer.
Tengo sed, una sed profunda; siento hambre y siento un frío intermitente; estoy cansada en la carne y en los huesos, pero no siento el cansancio. Ni siquiera sé si mi cabeza piensa a derechas o desvaría. Apenas me queda perspectiva y la poca que me queda es solo ilusión. Voy a ser una virgen necia y me dormiré antes de que llegue el esposo. La lámpara ya se ha apagado; no tengo aceite para encenderla de nuevo. Seré la higuera estéril de la parábola. Vendrá el Señor a mí, hambriento, sin tener yo fruto que ofrecerle. No es tiempo de higos, pero en su ira santa, el Señor me secará para siempre.
Así es el Hijo del Hombre, capaz de maldecir a la higuera inocente o de mandar al viento quietud para que no zozobren las barcas y queden a salvo sus discípulos. Capaz de exorcizar al hombre aquel, poseído por una legión de demonios a la orilla del mar, sacándolos de su cuerpo para pasárselos a los puercos de una piara que por allí hozaba. Los cerdos inocentes, unos dos mil, en cuanto tuvieron a los demonios dentro, corrieron al acantilado y se arrojaron al mar donde murieron ahogados. Debo seguirlo, aunque a veces no comprenda del todo sus gestos. «No todo aquel que dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre celestial».
La suavidad de la piel y el agradable olor que desprendía la cara de mi padre me llevaba a frotar mi mejilla con la suya recién llegado de la barbería. Sucedía los jueves en Medina del Campo. Por lo general rechazaba mis intentos, pero saltaba yo a sus brazos y, a veces, él me aupaba. Le daba besos mientras, sentado en su sillón, leía el periódico, sintiéndome del todo afortunada. Luego llegaron las máquinas eléctricas, yo me iba haciendo mayor y nada fue lo mismo. Su cólera, sí; su cólera continuó aterrándome durante mucho tiempo.
En clara premonición de lo que me aguarda, impaciente, materia y espíritu se disocian en mí. Queda mi cuerpo líquido aceptando la forma de la cavidad que lo acoge. Mi mente se eleva hacia el techo, atravesándolo; cruza las nubes rutilantes de rayos nacidos de un sol moribundo situado ya en occidente, se dispersa luego por los cuatro confines del universo y comienza el regreso. Me siento inspirada cuando pronuncia mi mente estas palabras, como si el Espíritu Santo me asistiera al decirlas. Sería interesante saber si me oyen creyentes de otras partes del mundo que hablan distintos idiomas.
Acompaña mi pensamiento en su recorrido a los tonos suaves del color ocre, a los matices marrones de cualquier otoño y al verde esmeralda que inicia la vida. Abarca un bosque caduco que oculta laderas grisáceas, mueve una campana en lo alto de una torre en ruinas y, siguiendo los dictados de la grave voz de los océanos, llega a la presencia del Padre en la colina más alta del cielo. Es su ofrenda, mi ofrenda: una melodía compuesta por los trinos de las avecillas, el agitar acompasado de las alas de los colibríes, las vibraciones del viento al cruzar las estrechuras del bosque, el tintinear distante de multitud de luceros enormes y el rumor del agua que baja entre peñas.
Cuando sabe mi pensamiento que es aceptada, solicita permiso para retirarse y le es concedido. Regresa mi mente a través de las nubes, cruzando el tejado; y se une a mi cuerpo dormido. La creación entera se refugia entonces en mi corazón liberando débiles latidos, borbotones de sangre marchita. Ya soy el león, ya soy la gacela, ya soy la crecida yerba del pasto, ya soy el tembloroso estanque, ya soy la piedra y su eterna quietud, la campana y la torre, el horizonte rojizo que se tiñe de oscuro al anochecer; ya soy la insignificante persona que era.
Vengo a ser la señorita Salus, la niña tímida, la adolescente temerosa, la mujer madura y la anciana que avanza prevenida; quien a duras penas dominó sus pasiones: galerna del océano, simún de arena, huracán indómito y seísmo. Vengo a ser la amantísima esposa del cordero, apartada con dolorosos sacrificios de los amores humanos, que suelen inflamar la entrega al marido y los hijos abriendo cauce a los quehaceres cotidianos. Columna fuerte vengo a ser, testimonio elevado del Padre Eterno.
Como una ráfaga de viento frío, llega de improviso el recuerdo de padre y el quebranto vuelve de nuevo. Nexo de la tierra y el cielo pudo ser el árbol del ahorcado, sé que pudo serlo cuando mi antecesor pendía de su rama más resistente. Pararrayos de fulgor vivo fue, que requemó tronco y vástago: una nube de humo, negra columna descendiendo desde el séptimo de los cielos camino del infierno. Baldomero, infeliz Baldomero, testigo del descendimiento del cuerpo colgado. ¡Qué desgraciado fuiste!, ¡cuánta desazón sembraste!
¿Qué será de su cara limpia, recién afeitada, donde me frotaba de niña? Lo sé, lo imagino. A san Francisco de Borja leí que, al llegar a Granada con el cuerpo de la emperatriz Isabel de Portugal, cuando destaparon la caja de plomo y descubrieron el rostro de quien en vida fue hermosísima, lo vio él tan feo y tan desfigurado, tan fuera de lo imaginable que sintió pavor del mundo y de sus pompas, renunciando en adelante a ellas. Yo os ofrezco, Dios mío, no servir más a señores que se puedan morir. Prometo, Señor, no poner jamás el corazón en nada que puede fenecer y dejar de existir.

 

19. La ambición de los demandados

SEXTO. Consideramos que poseen en sí mismas una facultad esclarecedora y se hacen interesantes para el conocimiento del caso que nos ocupa; por esa razón, resaltamos algunas de las declaraciones vertidas por José María Pérez y su madre ante el Juzgado de Instrucción. A nuestro juicio acreditan el ánimo de lucro desorbitado que les movía en sus actos ante las hermanas Caballero Niño, anulando definitivamente cualquier motivación altruista que hubieran podido tener en los inicios de la relación. Entendemos que muy pronto olvidaron los móviles humanitarios y generosos, si es que en un primer momento los hubo, lo que les convierte en indignos para suceder a la causante.

a) José María Pérez González declaró, respecto a sus relaciones con Mapálica, lo siguiente:
A la pregunta que se interesaba por saber respecto a si cuando comenzó a cuidar a la impedida cobraba alguna cantidad, contestó que le eran pagadas seis mil pesetas diarias. A cambio, le daba penosamente la comida, cucharada a cucharada, y le ordenaba la cama después de vestirla y levantarla. Todo ello suponía un gran esfuerzo para él e insalvable para la madre, pues la enferma se encontraba débil y, en contraposición, metida en carnes, haciéndose arduo el ejercicio de incorporarla, izarla o colocarle la ropa. Preguntado sobre si recibió alguna otra cantidad, responde que, dada la lejanía de los hechos, no se acuerda; seguramente sí, añade a continuación, porque ella era desprendida con los que se portaban bien. Tenía muy presente, por otro lado, que a partir de llegar Mapálica al piso compartido por él y su madre, acordaron que, a cambio de atenderla, recibirían una colaboración para la compra de una vivienda sita en la calle Desengaño, propiedad que, por circunstancias comerciales favorables, se podía adquirir a buen precio, constituyendo una interesante inversión para la finada y, en igual medida, para ellos.
Referente a la razón de representar a Mapálica en la adquisición del piso, cuando ya habían llegado a ese acuerdo y ella podía actuar por su propia cuenta, contesta que tenía un poder ante notario y no era necesario molestarla.
Le es demandada una explicación acerca de la fórmula empleada en el abono del piso de la calle Desengaño; y contesta que los doce millones íntegros se pagaron con dinero de una libreta de ahorros de Mapálica. Su madre y él mismo lo sacaron de la cuenta una vez obtenido el acuerdo y la autorización de ella, que estaba muy ilusionada con la transacción, ya que el piso está próximo a la Gran Vía y, por la descripción hecha, le agradaba el salón dotado de balcones. Su satisfacción era lógica y estaba fundamentada en el usufructo vitalicio que ella, según lo convenido, conservaba, lo que le iba a permitir ocuparlo algún tiempo.
Interpelado José María por los motivos que llevaron a la anciana Mapálica, con ochenta y tres años y siendo ya propietaria de una vivienda, a invertir doce millones en otra de la que, por lo demás, no era dueña; contestó que ella sabía lo que estaba haciendo: el dinero en el banco apenas produce y si se presenta un buen negocio, una oportunidad tan ventajosa como aquella, debía aprovecharla. A las razones y motivos de la donación, los supone, ya que ella nunca lo dijo con claridad, provenientes del agradecimiento por las atenciones observadas con ella. Por otra parte, había pensado trasladarse al nuevo en fechas próximas, ya que presentaba comodidades de las cuales el piso de Fernández de la Hoz carecía; por ejemplo, más luz, por ser del todo exterior. Lo impidió el repentino empeoramiento.
Se pregunta a los demandados si Mapálica otorgó poderes y testamento en el domicilio del señor notario o si este, llamado por ellos, se desplazó al lecho de la enferma; y estos responden que el fedatario fue a la cabecera de la cama y allí recogió sus deseos ya conocidos.

 

20. Viaje soñado
 a Argentina y Tierra Santa

A la señorita Salus le hubiera costado lo indecible llevar una vida monacal. Estuvo diez días compartiendo celda con su amiga Agripina. Fue en la austera hospedería que ocupa parte de un con- vento. Iban a ser quince jornadas, pero a la décima claudicó. Las madres cistercienses de Calatrava, en penuria económica, han abierto al exterior esta puerta de ingresos. Como escasean las vocaciones y el cenobio es grande, tienen cabida en él las personas desasosegadas que buscan sosiego. Han de hacer, eso sí, una jornada de monjas.
Comienza en maitines y transcurre despacio, siendo interrumpida por rezos que llevan los nombres de las propias horas a las que corresponden. Termina con la oración que culmina la cena, una colación frugal de sopa de verduras y dos lonchas de queso que por carecer de grosor casi son transparentes. Silencio, contemplación y plegaria; las personas que llegan buscando momentos proclives a la reflexión allí caben. Fueron la señorita Salus y la amiga Agripina a unir sus soledades tras una separación muy larga. Así supo Agripina que la señorita Salus no estaba preparada para llevar una vida de mortificación y sacrificio: introdujo de matute alimentos de refuerzo y hablaba a escondidas. Lo contaban ambas entre risas sin voluntad de secreto; por eso lo pongo.
Fue breve el sufrimiento de Sinda, tres meses escasos duró la dolencia desde que dio la cara. Por fortuna sucedió en una temporada de aquellas en que las hermanas estaban juntas. De esa manera Salus pudo asistirla con delicada aplicación, poniendo en el empeño toda su capacidad de socorro, una paciente entrega diaria a la desvalida. Otra ventaja añadió la coincidencia entre la concordia fraternal y la enfermedad de la hermana: dejó en evidencia el peligro material al que estaba expuesta. Sirvió para que Salus frenara la acción de los conocidos ladrones de voluntades. Con su sola presencia pudo poner coto a las fechorías que tramaban confiados. Debido a esa coincidencia pudo mantener a raya a los arteros, madre e hijo, cercanos y vigilantes. Por ello, cuando todo hubo concluido y nada urgente reclamaba su atención, sintió ella la tranquilidad de espíritu de quien ha ido, en su deber, más allá de lo obligado.
Lo saben en la parroquia y en la agencia de viajes de la plaza de la Remonta, donde ha preguntado las condiciones. Sí, prepara la señorita Salus un viaje largo, doce horas de avión hasta Buenos Aires, al aeropuerto internacional de Ezeiza. Tiene el dinero apartado en una cuenta del banco, donde también lo saben. Es clienta desde mucho antes de la fusión, por eso conoce a uno de los escribientes de cuando era botones y le abría la puerta.
En esa región tan remota vive su hermano, menor que ella, casado sin haber conseguido descendencia que lo herede. Un fervor entrañable es la fuerza que anima a Salus a viajar tan lejos. Sueña, día sí día no, con abrazar a Aproniano antes de fallecer, como si con ello diera observancia a un mandato ancestral. Lo es la obligación adquirida con la señora Beremunda, que en el lecho de muerte le pidió vigilancia para el niño y cuidados de madre. Ver al hermano, conocer la realidad de su estado de salud, calibrar el alcance de la enfermedad cardíaca, valorar su situación económica y, después, regresar. Retornar y, a la manera de las olas en la playa, morir.
Caminará un trecho por la calle Corrientes, verá el puerto y el Teatro Colón, recorrerá en coche la interminable calle Rivadavia, se interesará por los gauchos templados y los cantantes de tangos porteños. Peregrinará al santuario popular de la plaza de Mayo —pegada a la pirámide de Mayo, frente al palacio del Gobierno, la célebre Casa Rosada— para rezar un día de concentración, rodeada de madres dolientes, de valientes mujeres. En ese lugar tan lleno de sufrimiento y de fuerza, rogará al Ser Supremo que, en lo sucesivo, no existan seres elevados sobre los cadáveres de los discrepantes, de los que piensan y actúan de modo distinto.
Iniciará amistad con la cuñada, a la que ha visto en fotos; y acompañada de ella se presentará en las zapaterías para evaluar la marcha de las cuatro tiendas. A la vista de la marcha del negocio, podrá decidir sobre la conveniencia de hacer una manda a Aproniano en el testamento. Entregará buenas horas a la charla con el niño mimado a quien nadie puso cortapisas. Tratará de reconstruir la realidad de otros tiempos, vividos con el joven aquel que llevaba en la cartera un billete grande cuando iba a las fiestas, al que ningún otro había de hacer de menos por expreso deseo del padre. Se fundirá con el hombre que día a día se fue haciendo viejo, tan alejado de ella, tan alejado de las propias raíces o tan alejado, nada más.
Serán horas de hermano y hermana, ellos dos solos, sin extraños que interfieran recuerdos, apartando por un momento a la esposa; ella lo entenderá. Periplo debido a la conciencia; deseado, soñado viaje íntimo adeudado a la madre, quien, formulando su voluntad última, sin adivinar la deriva viajera del hijo, no lo pidió expresamente. Trayectoria, en suma, que la llevará a través de los mares, de los peligros ciertos y del cansancio exigidos por su responsabilidad de modo forzoso antes de morir. Esas y otras cosas suyas explica al párroco nuevo, sentados ambos en la sacristía.
Desde que comenzó a trabajar como telefonista y oía fragmentos de conversaciones ajenas, a la señorita Salus le entró el gusto de imaginar mudas profundas en su vida quieta. Cambios de familia, de ocupación, de ciudad y hasta de país. Con todo y con eso, su existencia siguió los dictados de una inercia invariable; ni el peinado modificó a pesar de los vaivenes de la moda.
Sueña desde hace diez años con una cumplida peregrinación a Tierra Santa. Cumplida quiere decir amplia en el lenguaje de modista de su madre para las prendas. Por eso acumula libritos de reclamo e historias auténticas, vividas y escritas por alguien que fue, vio y vino entusiasmado. Relatos contados por personas piadosas que sacaron provecho del viaje. Ella, que es tan religiosa, piensa: «Ver Belén y morir; entrar en Jerusalén y morir; cruzar el río Jordán y morir», pero no es la muerte sino la vida lo que busca en la tierra de Jesús. Morirá a los asuntos del mundo y nacerá al amor, viendo lo mucho de interés que yace diseminado por toda la geografía árida de allá, parecida, simple circunstancia añadida, a El Cerrato de Encinas de Esgueva donde nació. Dará un adiós definitivo a la tibieza, se rendirá al Señor sin excusas ni condiciones.
Podría llegar más allá iniciando, libre de ataduras, los difíciles caminos de la mística. De ese modo entraría en íntima unión con Jesús, amoroso él de su alma rehabilitada. Tiene presente algunos ejemplos de mujeres del montón, quienes, partiendo de la vida sencilla que llevaban, por algún suceso insólito hicieron deliberada renuncia del barro que eran. Cuentan sus biógrafos que, viviendo desde aquel instante supremo en el orden de los espíritus puros, alcanzaron la santidad al ser tocadas por la gracia divina.
Claustro materno de acero esmaltado, bañera blanca cruzada por un reguero amarillento; esa prisión que la abraza, soportada con entereza, seguida del viaje piadoso a la tierra de Cristo, bien podía ser la piedra de toque, el catalizador necesario.
Visitará en Belén la iglesia de la Natividad, la Gruta de la Leche y el Campo de los Pastores; en Jerusalén, el Santo Sepulcro, la Vía Dolorosa, el huerto de Getsemaní, la tumba de María, el Cenáculo y la iglesia de la Dormición. Luego irá a Samaria, a Nazaret y al lago Tiberíades, el llamado «mar de Galilea». Entrará en Caná de Galilea, donde se celebraron las bodas que relata san Juan en su evangelio, donde Jesús, por encargo de la madre, aunque no había llegado su hora, produjo el milagro de la conversión del agua en vino. Por esos lugares santos, caminará tras los pasos del Señor hasta que los pies se le vuelvan llagas. Se sueña peregrina a lomos de un burro, cruzando países bárbaros que atacan a la expedición. Se alegra de ser degollada, de recibir el martirio a causa de su fe, pero en cuanto puede lleva la aventura onírica por derroteros tranquilos, hincándose de rodillas, por fin, en el desierto de Judea. Allí se ve dispuesta a someterse a un ayuno purificador que le permita, inocente como un niño, entrar en la Tierra Prometida, pero no se refiere a la antigua Canaán, sino a la vida eterna.
Habrá de renunciar para ello a las pompas de las ciudades actuales, a su injusto boato y a las enormes diferencias consolidadas y crecientes entre pobres y ricos. Deberá recorrer esos lugares que tienen nombres de la historia sagrada, de los santos Evangelios, donde es tan fácil alcanzar el último estadio de la virtud. Pasará de puntillas, como quien pisa sobre una alfombra de ascuas encendidas, por ciudades como Corozaín, Betsaida y Cafarnaún, pues ellas no reaccionaron del modo debido a los prodigios obrados en su seno. Basta caminar por los senderos detrás del Hijo de Dios, oír las parábolas y poner en práctica sus enseñanzas para situarse a la diestra del Padre; ejemplo dado por Tiro, Sidón, Naím y Jericó; y en las cuales se detendrá más tiempo. Un año de estos la parroquia preparará ese viaje, apuntándose ella la primera en la lista; ya se lo ha dicho al párroco nuevo, un hombre joven y enérgico en comparación con el otro.
Volará durante cinco horas a once kilómetros de altura, en compañía de otros cien ancianos, pero sola con sus pensamientos; al cabo, en suave descenso, se posará sobre el aeropuerto Ben Gurión. A la higuera estéril de la parábola verá ofrecer un fruto sabroso después de abonada. Enriquecido de fronda verá al árbol de la mostaza, que no hace tanto fue semilla minúscula; verá a la hija dormida de Jairo; y a los mercaderes arrojados del templo. Para recorrer la Betania, donde la fe de las piadosas hermanas resucitó a Lázaro cuando ya hedía, descalzará los pies, extremos culpables de haber torcido el itinerario de su larga existencia. Tocará el vuelo de la túnica de aquellos tullidos curados por la fe puesta en Cristo, que dejaron los apoyos para correr, según fuera el natural de cada uno, a ocuparse de sus asuntos más urgentes o a dar gracias al Salvador por el milagroso alivio.
Bajará al mar Muerto, el verdadero suelo del mundo, muy por debajo del nivel de nuestro mar Mediterráneo: «cuatrocientos treinta y cinco metros más hondo», dice el fascículo. Y subirá, a continuación, a Masada, sobre cuyas ruinas le contarán el desenlace fatal del asedio romano, la sutil argucia encontrada para que el suicidio no lo pareciera, salvo en el último caso.
Rezará ante el Santo Sepulcro, después de haberlo hecho frente a la estrella que marca el sitio exacto del nacimiento de Cristo. Esos son los dos puntos terrenos que fueron claves de una vida dedicada a los demás, ejemplo para el género humano y su propia salvación. Verá el desierto donde Jesús, tentado por el diablo, ayunó durante cuarenta días completos. Volvía del río Jordán y estaba lleno del Espíritu Santo, pero, al final, como humano, tuvo hambre.
La hora de la verdad la encontrará sentada en la ladera del valle Josafat, muy cerca del Padre Eterno, esperando que suceda ese final avisado por las diez mil trompetas turbadoras. Imagina el momento, siendo el prodigio, en su mente, una tormenta de gran aparato que sobrecoge al género humano allí reunido: pobres y ricos, armónicos y desajustados, de rostro hendido por cien cicatrices o límpidas mejillas, los que hablan con fluidez y los torpes de palabra. La negrura del firmamento amenaza con tinieblas indisolubles, pero cruzan la bóveda luminosos relámpagos que van de una estrella a otra estrella en un terrible enfrentamiento universal, el combate previo a la calma beatífica y resplandeciente que convertirá la noche eterna en día sin fin.
En ese instante magnífico los quejidos de arrepentimiento salen de todas las gargantas y se difunden agrandados por el valle en un eco irrepetible. Un rumor alzado hasta el séptimo cielo, donde el trono de Dios desparrama palabras de consuelo, acariciadoras y tibias como la manera de ser perseguida por la señorita Salus desde que tiene clara conciencia de su comportamiento piadoso. Callan los truenos que siguen a cada rayo destructor cuando una trompetería que viene de todos los confines anuncia la presencia del Verbo. Otra vez, el Verbo parece estar solo como al principio de los tiempos, para concretarse en el aviso de sufrimientos sin fin: «¡Ay!, de los malvados que no tuvieron arrepentimiento, ¡ay!, de los sordos que no quisieron escuchar, ¡ay!, de los tibios».
El eco del desfiladero retumba esa admonición y la hace pasar sobre todos los horizontes: cientos, miles, centenas de miles de horizontes. En este mundo y en los demás planetas al mismo tiempo, tiempo uno y eterno. La reconvención avanza corriendo con la presteza de la claridad hasta diluirse en callada mesura a los bordes mismos del infinito. Salus se arrepiente de su conducta templada, equidistante de la virtud y el pecado. Queda allí esperando a que le sea revelado el verdadero camino para recorrer por él los últimos metros, los más difíciles, cumbre o sima.
Quiere abandonar el comedimiento allí mismo para seguir las exigencias marcadas en las Tablas de la Ley. Mandatos que el propio dedo de Dios, su juez cercano, escribió sobre piedra para que los dotados de ojos los leyeran, para que quienes tuvieran voluntad los pusieran en práctica, sirviendo unos y otros humanos de ejemplo a los demás. Se sobrecogen los espíritus dentro de los cuerpos y la luz va ganando la partida a las tinieblas cuando aparece el Eterno sobre una nube de rosado mármol transparente. Padre, Hijo y Espíritu Santo, juntos, forman un solo Dios verdadero, diáfano como el cristal de los arroyos, ligeramente azulado como el hielo frío de las montañas y de los glaciares.
En ese lapso que es ínfimo y a la vez inacabable, pues el cuerpo no pesa ni padece, la Trinidad, una, con voz sonora que alcanza el imposible círculo concluyente y regresa, se manifiesta unificando pasado, presente y futuro. Se explica uniendo lo que se halla cerca y lo que se imagina lejos, lo de más arriba y lo de más abajo. Lo hace en una lengua que todos entienden porque es la misma que los padres emplean con sus hijos: es el habla de los amantes, de las personas unidas por la afinidad; se trata del idioma universal y eterno llamado amor, que por vez primera se pronuncia en su prístina esencia.
El Dios, Uno y Trino, se dirige a las personas de todas las edades y naciones, de aquí y de allá, sin distingos. Y lo hace en ese lenguaje que todos quisieran haber dominado en sus relaciones, porque ablanda la pétrea corteza que los faltos de corazón presentan y torna transparentes las valvas de los apocados ocultos en su propia concha.
En tono apacible pronuncia la Divinidad unas palabras vigorosas; sabe Salus por ellas que todos están perdonados. Se clausuran, por tanto, para siempre, no solo el purgatorio, cuyo término cabía esperarse, sino el infierno con todos los suplicios ideados por las mentes perversas. De modo que millones y millones de almas en ellos recluidas: ateas, apóstatas, herejes, cismáticas, disidentes, rebeldes, insurrectas y las contrarias a las reglas y normas de todo tipo abandonan su reclusión. Al instante, tomando un sendero alfombrado de florecillas, descienden a un valle fértil que resulta ser el paraíso.
A la señorita Salus le hubiera gustado que la amnistía estableciera excepciones. Y de no ser posible, grados; ciertos escalones que diferenciaran a los que se esforzaron como ella, viviendo entre cilicios y renuncias; y los que estrujaron la ubre de la vida, gozando a su antojo y valorando en poco el momento siguiente. Imagina Salus en ese caso a Gumersinda o a quienes, aún más infames, sorbieron con delectación el cáliz de las pasiones. Esos que libaron como mieles, desde las primeras gotas hasta las heces impuras, tal como les fue ofrecido por los enemigos del alma: el demonio, el mundo y la carne. Le hubiera gustado que el perdón no fuera absoluto ni igualara a todos, pero en ese momento recuerda la parábola del prestamista, borrando de su mente el pensamiento contrario que avanzaba gozoso.
Nada ha dicho el Eterno sobre la perversidad de Paly ni sobre la madre y el hijo de apellidos análogos, esos robadores malvados. Nada sobre el abogado que fue dando largas a su pleito mientras pedía dinero ni sobre el sobrino que quiso de ella lo accesorio después de dilapidar lo obtenido de Paz.
Nada ha dicho sobre el señor Baldomero, propietario de sus hijos y de la esposa sometida, al igual que de las sesenta y tres ovejas y de las setenta fanegas de tierra. No menciona —y, sin embargo, lo sabe— lo ocurrido en su habitación de Salamanca, cuando a los catorce años se cambiaba de ropa y entró su tío Dimas. Ahí está, herida y todavía dormitando, la ilusión descubierta un mes antes en su pecho adolescente. Era, es y será el amor inventado de pronto a partir de unos aleteos muy suaves, de un piar dulcísimo, de un trajinar de abejas en busca de polen.
También de un desasosiego que se torna por momentos quietud, para luego abrirse a la sensación contraria: una inquietud que agujerea el corazón o lo inflama. Era, es y será el amor humano, hijo del amor divino, tan viejo y tan nuevo como el mundo, día a día renovado, brotes verdes renacidos de las hojas secas. Sin principio ni fin, eterno de una eternidad mil veces repetida; el amor, recién descubierto en su voluntad ilusionada, acogido con temor y esperanza, se rompió como un jarrón de porcelana preciosa en el choque brutal con los hechos ciertos, con la realidad verdadera. El Supremo Juez conoce este episodio, por eso el valle del juicio final le da miedo. Cree que no va a tener valor suficiente para visitarlo, cuando por fin sea un hecho su peregrinación a Tierra Santa; si es que algún día llega a serlo.

 

21. El egoísmo
se opone a la amistad

A pesar de la extraña costumbre de apagarse a intervalos, de- mostrada hasta que se apagó del todo, echo de menos la luz de la bombilla. Me había acostumbrado a la extravagancia de su comportamiento y aceptaba con resignación los períodos lóbregos. No es cosa de magia, tiene una explicación bien sencilla que paso a referir: la lámpara, que sobre mi cabeza iluminaba con detalle la bañera, está formada por un casquillo de plástico negro que por mediación del calor se dilata e interrumpe el contacto. Al enfriarse vuelve a su ser y la luz se hace como en el principio de la creación, cuando el fíat se convirtió en la primera orden dada y recibida previa a la miríada de disposiciones que vinieron después invadiendo el mundo, enfrentadas las unas a las otras. Ahora, fundido el filamento por el uso excesivo, la penumbra dibuja misterios intuidos y la oscuridad los confirma.
La negrura, amenaza espantosa y aterradora, ya no me da miedo. Imagino oscuro al Gehena leído en la Biblia, donde será el suplicio y el crujir de dientes. Confundo y mezclo significados. El Gehena es el purgatorio o el infierno judío, según creo, donde los pecadores muertos purgan sus pecados purificándose. También he leído que es un valle cercano a Jerusalén. Es posible que fuera un vertedero donde se quemaban las basuras, imagen del infierno por ello. Todo es ahora muy confuso en la panera de recuerdos: paladas arriba y abajo, paladas a derecha y a izquierda lo han desordenado:
Vendrán gentiles y comerán con Abraham. Mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de fuera. «Allí será el llanto y el crujir de dientes», dijo Jesús. Algo así como que de fuera vendrán con más méritos que tú, así que tendrás que irte de casa por no haber espabilado. Las tinieblas, pues, son condenación. La oscuridad es penosa. A mí no me inquieta, pero echo de menos las intermitencias de la luz en la bombilla. La temida noche del domingo, áspera como lengua de felino, resbala dócil hacia el alba poniendo a mi disposición un tiempo precioso, destinado a reavivar el examen de conciencia interrumpido con el que espero poner mi alma en el concierto siempre deseado.
Procedo con orden y método, conforme a la práctica en la que fui instruida por el confesor. Me sumerjo de lleno en un profundo análisis de cada precepto. Los pecados capitales han dejado a su paso escombros que deben señalar a quien juzga, la acción o inacción de la marcha; las huellas borradas en el trayecto que va de la cuna a la tumba.
Orgullo: aquí me encuentro ciertamente pillada. Socapa de modestia y mansedumbre, llevo escondida en mi seno la serpiente de la soberbia; el deseo de ser mejor que los demás es el culpable. Preferida, inteligente, virtuosa; convertida por mi propio esfuerzo en criatura merecedora de la gloria eterna: así digo ser. El egoísmo lleva consigo el orgullo aparejado y un cierto desprecio a los demás, puede que mínimo. No cabe más que esperar el perdón del Eterno, del Todopoderoso; de otro modo, los años de purgatorio serán muy prolongados; digo años, pero serán siglos de los nuestros, seguro. Con las misas gregorianas inclusive. La avaricia es un pecado del que soy bien culpable; llamémosle ambición, aunque bien mirado no sé si existe diferencia entre ambas. Sin embargo, la ambición ahora es un mérito; ¿habrase visto más desfachatez?
Ya de niña me empeñaba en ganar una y otra vez jugando al paso del siete, a la brisca, al tute o la lotería. Cuando en la casa de Medina apostábamos todos en las noches de invierno, eran humildes garbanzos lo que componía la puesta. Tenía que ser la primera en el pasatiempo infantil de la campana o saltando a la comba. En las historias ficticias que representábamos los niños junto a las tapias recias del palacio de Encinas o en las eras cercanas al camino de Piñel, mi papel debía ser el principal, princesa o reina, para que participara con gusto; o el de la más bella esclava de quien se enamora el mismísimo emperador y la alza a su altura, la señora del mundo, a quien los súbditos obedecen sin pensarlo.
Todo ello en silencio, sin traslucir ansiedad. Amor propio, engreimiento y petulancia, ¿dónde está el deslinde? Primos hermanos son de la soberbia y el orgullo. A pesar de no tener necesidad de mayor salario, cuando en Madrid comencé a trabajar, sumé horas extra a la jornada común. Buscaba un incremento de la ganancia y acepté un trabajo complementario para sábados y domingos, extendiéndolo luego a las noches duras de las vísperas de fiesta, hurañas y desatendidas.
Acumulé un patrimonio valioso, acervo minúsculo si lo ponemos al lado de los que forman la clase media en estos tiempos de bonanza económica, pero capaz de situarme en la seguridad confortante. Intacto queda, por otra parte, al no repartir ni un ápice con los que no tienen donde caerse muertos, venciendo cada día mi voluntad a los caprichos.
La ambición religiosa que me impulsa hacia la vida eterna en primer plano y con protagonismo, ¿no será una forma de egoísmo y codicia? Envidia: ¿quién se libra de ella? La llamamos de muy diversas formas para suavizar su efecto, pues al partirse en pedazos disminuye la culpa contraída. Siendo emulación, es honesta, útil para el progreso de la gente y para el avance de los pueblos, pero si se desea, como es mi caso, ser querida por el padre a la manera de Paly o recibir el mismo trato que las demás niñas de la clase, las del habla clara, entonces es pelusa infantil y principianta. Son celos si el amor que se desea es el del hombre que se ha decidido por otra, una realidad que sucede entre adultos en la mayoría de los casos. Sin embargo, el pecado es uno solo sea cual sea el nombre recibido, seamos o no, con él, tolerantes. Y yo lo he sido y, acaso, aún lo soy.
¡Señor, sufro por causa de la sed! Tened piedad de esta pecadora que aún no se ha arrepentido del todo. ¡Señor, sufro por causa del hambre! Apiadaos de mí, incapacitada como estoy para alcanzar el total arrepentimiento. ¡Señor, sufro por causa del frío! Mostraos compasivo con esta pecadora sin enmienda completa. Señor, oíd la oración cortita que mi temor al infierno acaba de improvisar: Haced que la razón de mi rezo no sea el miedo, sino vuestro amor.
Pero ¿qué son mi hambre, mi sed y mi frío, al lado de las necesidades sufridas por los desheredados? Los llaman desheredados como si lo fueran del Padre, aunque son ellos, los ricos y los políticos que trabajan para los ricos, quienes los desheredan.
Ha pasado la noche sigilosa, de puntillas para no interferir en mi pensamiento crítico. Hace un buen rato que la alborada iluminó a medias el cuarto. Fueron creciendo nítidos a mis ojos los objetos con sus detalles. Por eso sé que soy yo; también sé que estoy aquí. Ejercicio de reconocimiento que me vi obligada hacer muchas veces a lo largo de mi existencia.
Ya es la mañana del lunes, se nota en los ruidos abundantes y reiterados; oigo con placer ese ajetreo ciudadano impulsado por la inercia. Se aprecia en las respuestas desabridas, transparentes porque están contenidas en voces alzadas mientras los tabiques son del papel con el que imprimen la Biblia. «Hacerlo barato y venderlo caro», parece ser el mandamiento de los constructores.
Los lunes la gente se mete en faena como es debido, iniciando la andadura periódica. Sí, esa unidad temporal se repite hasta el empacho: cincuenta y dos veces al año. Reiterada hasta la saciedad, ocasiona el abatimiento y la muerte paulatina de las ilusiones. Suceso trivial el de la rutina imparable, vano, casi insignificante e imperceptible, que borra las huellas más dolorosas de la sensibilidad de manera inconsciente. Apenas me queda algo de resuello y acelero el respiro; me abandonan las fuerzas necesarias para acarrear el agua con la esponja, trayecto alargado que va desde el tortuoso hilillo a la boca tan necesitada. Debo de tener fiebre; así lo supongo porque la frente me arde y las sienes saltan como si se tratara del dado encerrado en el bote del almendrero.
¿Por qué y para qué estoy aquí? Me acometen las dudas de siempre. Causa y efecto. Sustancia y objetivo. A continuación, me pregunto si lo explican o no las respuestas recibidas que tanto me satisfacen. Respuestas son el calor del cuerpo, el hálito de vida, el fluir de la sangre en las venas, las facultades de imaginar y pensar y, por encima de todo, la capacidad de acción consecuente. Sí, lo creo, una a una o sumadas, evidencian en mí, en la vida, un fundamento, una base, un punto de partida.
¡Qué simple es esa contestación tan compleja! La mirada comprensiva, la acción interesada en los demás, la entrega, la aceptación de los resultados visibles e invisibles; todos ellos, complementándose, lo reafirman. Un objetivo superior moviendo nuestros pasos, pero ¿eso basta? No, no es suficiente; además de para ser, se necesita una razón esencial para estar y para ir. El Creador, con su energía única de las que todas las demás se nutren; el Demiurgo, solo él facilita la causa imprescindible. Yo soy en el Padre o no soy, soy en Cristo o no soy, existo en el Espíritu Santo o no existo.
Entonces, ¿qué pasa con los ateos?, ¿no existen acaso? ¿No han sido hechos a imagen y semejanza de Dios? ¿No tienen, por casualidad, una mente pensante como la mía? Sí, la tienen; y por añadidura, una capacidad de deducción que acorta caminos. ¿Por qué no llegan, entonces, a una solución válida? Entiendo que arraigo en la divinidad como la luz de la bombilla arraiga en la energía eléctrica. Y eso vale también para los ateos, créanlo o no, sean o no culpables. Es mi voluntad la que da beneficio a las otras potencias del alma; es el afán de servir a la obra del Creador la que facilita a mi existencia carta de naturaleza y lugar de destino. Hay ateos que se ocupan de las cosas terrenas tratando de mejorarlas y de prolongar su existencia, que ayudan a las personas por ellas mismas. Entonces, ¿qué pasa con ellos?
Creo y quiero, luego soy: podría decir sin miedo a equivocarme. Podría decirlo, pero no lo digo. Me aterra la certidumbre de una frase tan corta. Cuatro palabras que sitúan mi muerte en tiempos lejanos. Y puede que no sean ciertas en todas las situaciones. Moría un poco cada vez que una burla hacía presa en mi voz o en el rostro deforme de Agripina, cada vez que un sopapo encontraba mi cara y cuando la víbora cerró sus fauces pequeñas sobre mi mano desnuda.
La puntilla me la dieron los ladrones de lo que me pertenecía: madre e hijo, el abogado traidor y los encargados de la justicia perezosa. Pequeño es mi amor y lo ahogan la desconfianza y el egoísmo. Egoísmo y desconfianza fundidos en un solo comportamiento que se alimenta y respira por sí mismo y para sí. Egoísmo y confianza involuntarios, nacidos como consecuencia, que no aceptan responsabilidad.
Un desierto de escrúpulos se tiende a mi paso, mas confío en su próximo término. No tardará en llegar Alberto, abrirá con su llave y me prestará la ayuda imprescindible. Tendré que guardar cama, seguro; el doctor lo ordenará para cuidar el enfriamiento contraído, el entumecimiento de los músculos y la falta del riego sanguíneo correcto. Alberto vendrá y esta postración dará paso al lento caminar de mis pies cansados, viajeros sin destino manifiesto. Vendrá y traerá la alegría. Vendrá y me hablará de sus cosas, mas yo llevaré el interés de la charla hasta su abuela: le preguntaré por la salud de la anciana y le haré un relato minucioso de los aspectos que él desconoce.
Estuve en la boda de Agripina con aquel mozo honrado que fue el escribiente de su padre. Su aspecto sencillo, vestido fuera de la moda de entonces, está recogido en las fotos y no es necesario rescatarlo de la memoria infiel. Conozco, y de eso no hay fotos posibles, las dudas que sitiaban su corazón, encogiéndolo. Ayudaba yo a vestirla y ella estaba ausente, como quien tiene su pensamiento en otros asuntos de mayor sustancia. Para una novia que en una o dos horas se convertiría en esposa no ha de haber, entendía mi razón, otro propósito de más envergadura. «Luego, se trata de eso —me dije—, de que no las tiene todas consigo; algún temor la impide estar a lo que corresponde en presente».
Pedí que nos dejaran solas. Y a solas comenzó un vertido de lágrimas que ni ella sabía dónde se hallaba la fuente. Confesó sollozando que, llegado el instante esperado, ni el hombre ni el matrimonio mismo le parecían convenientes a su carácter complejo, a su individualidad hecha a avanzar y a seguir adelante. No había ido en las efusiones con el novio más allá de besos y caricias superficiales. Y no se creía dispuesta a llegar hasta el fin sin transcurrir un tiempo razonable, que dependía de la confianza desarrollada a diario durante ese tiempo de prueba. Por otra parte, no deseaba renunciar en modo alguno a su función en el grupo literario ni a su quehacer intelectual. Temía, y el recelo ocupaba su pensamiento íntegro, el discurrir entero de la mente inquisidora de respuestas.
Prometí traer del enamorado un compromiso firme que zanjara ambas cuestiones, estando en media hora de vuelta con la palabra inquebrantable de quien no tenía otra. Recobró la sonrisa el rostro de mi amiga y, durante la ceremonia y el convite posterior, fue una novia que iba y venía disponiéndolo todo, atenta, juiciosa y feliz de haber dado el paso.
Pero no, este secreto, como otros muchos, no llegará a los oídos de Alberto desde mi boca; que sea su abuela quien lo cuente si quiere; aunque, sí, lo contaré yo: es bueno que se conozca lo bueno, todo lo bueno, de las personas. Dibujaré, en añadido, la impresión que recibí aquella tarde de invierno sombría en la que asistimos juntas a la recepción de un premio otorgado a escritora tan penetrante. Era ya de noche, aunque no pasaba la hora de las seis de la tarde. Las gotas frías que mojaban nuestros rostros llevaban algo de nieve en su interior. Buscando guarecernos de una intemperie así de áspera y desapacible y para hacer tiempo por añadidura hasta el comienzo del acto, visitamos una iglesia que abría sus puertas a mujeres de luto.
Poco después, recogida en un viejo caserón bien conservado, contemplamos una exposición de pintura. La integraban los cuadros que la selección de expertos distinguió en el correspondiente certamen. Conocimos a los artistas y hablamos con algunos de ellos, imitadores de la realidad o sus inventores. Entramos en su mundo de búsquedas íntegras y hallazgos parciales, yendo, algunos de ellos, en persecución del reconocimiento personal, imprescindible y primero.
Un salón rectangular, mediado de asistentes, acogía la entrega de recompensas literarias. En la consagrada a narraciones cortas, Agripina hubo de explicar su trabajo. El relato premiado expresaba por boca de un preso inocente la defensa imposible de los atormentados a quienes todas las apariencias señalan como autores de crímenes ajenos a sus actos. En aquella sociedad sin fisuras, carente de garantías legales, se producían errores que recluían a personas sin nombre. Condenados de antemano al ser incapaces de pagarse una defensa eficaz, no lograban librarse.
Aceptó mi amiga la placa que la acreditaba como ganadora del premio y entregó la dotación dineraria, varios miles de duros, a una sociedad filantrópica. Recibidas ella y yo por el secretario de los organizadores, permanecimos un buen rato charlando y tomando el tentempié que habían preparado. ¡Cuán satisfecha me sentí de Agripina!, ¡cuánto se envanecía mi orgullo al presentarme a concejales, al alcalde y a miembros del jurado como su mejor amiga!
No quedó en simple amistad nuestra relación, por estrecha que fuera. Había pasado a más en ocasiones distanciadas, pero capaces de aferrarse con uñas y dientes a la memoria: besos y caricias de lo que pensábamos amor prohibido sin serlo. Tardamos tiempo en descubrirnos ajenas al pecado.
En boca de Agripina, en su propio recuento, ante presentes y ausentes, ocupaba yo la mismísima cabeza del desfile de agraciados. Era la señorita Salus la más amada; y el triunfo de Agripina me descubría en un lugar relevante, enalteciéndome, convirtiéndome también en vencedora. Ya desde el colegio aposté por quien tenía potencias ocultas. Yo la impulsé, yo le di ánimos y la puse tan arriba. Tal sentimiento, inconfesable por estar formado de egoísmo, nació en aquella sencilla ceremonia. El pequeño éxito, aprovechado por ella para hermanarse conmigo, a mí me sirvió para relegar su cariño al plano de las relaciones interesadas, de esas que buscan compensación y ganancia en los actos. Orgullo que es soberbia; y rivalidad que es envidia pura.
Es posible que en el acontecimiento de la premiación quedara sepultado el amor generoso que había sentido por ella. Sí, pudo ser allí, en el salón de ceremonias, en el despacho y el pasillo donde el aplauso y las palmadas en la espalda venían a pagar a Agripina sus desvelos por la escritura; gratificándome, de paso, la compañía entregada en los momentos difíciles, aquellos de cuando ella era una niña maltratada buscando mi regazo y mis alas abiertas para cobijarse: pajarillo carente de un nido cálido.
Allí enterré, en una medida que no alcanzo a precisar, la afición primitiva, la que estaba siempre alerta, indagando necesidades y deseos para satisfacerlos. Allí retrocedió la voluntad que había compartido penas enormes y migajas de alegría. Señor, me acuso de estos pecados jamás descubiertos a mi director espiritual y, solo ahora, cuando he visto las orejas al lobo y he temido morir, confieso. Dios lo sabía, no era necesario que diera tres cuartos al pregonero. No hubo confesión, pero estoy convencida de que el arrepentimiento fue grande e inmediato.

 

22. Los demandados reconocen los hechos

b) Declaración de José María Pérez González respecto a sus vínculos con Gumersinda. El interpelado aseguró:
1. Ser cierto que Gumersinda le vendió la nuda propiedad de la casa de Coslada en tres millones de pesetas, reservándose ella el usufructo.
2. Que Gumersinda pedía al declarante la acogida de Mapálica en su casa de Toledo y que le ofreció la venta del piso a modo de compensación.
3. Acerca del otorgamiento testamentario de Gumersinda a su nombre y al de su madre, que la interesada insistió sobre el asunto hasta que ellos aceptaron, ya que tanto ella como su hermana tenían motivos sobrados de agradecimiento y cariño, y ellos no querían disgustarlas.
4. Que por el inmueble de Coslada él no había pagado dinero alguno en ningún concepto.
5. Que Gumersinda le nombró heredero porque deseaba ver a su hermana Mapálica bien atendida y ella manifestaba con frecuencia que, no habiendo tenido hijos por ser célibe, le consideraba a él como tal.
6. En relación con la cuestión del pago desproporcionado a los servicios, añadió: que le pareció estar bien pagado con todo lo recibido y lo que recibiría a la muerte, pero sin creerlo excesivo, pues el celo era el máximo y su dedicación exhaustiva. Pensaba, de todo corazón, que el afecto profesado no puede ser pagado con dinero, y que él puso todo su cariño en el cuidado. No pensó, al recibir las propiedades y mandas, en que perjudicara a nadie, ya que ellas no causaban inquietud alguna a los familiares y estos no se interesaron por las enfermas en ningún momento: ni el hermano de Argentina ni el sobrino de Burgos. Únicamente Salus preguntaba, pero movida por el egoísmo, envidiosa de los frecuentes regalos y disgustada por haber sido desplazada del trato y del testamento.

 

23. Las asechanzas de la vejez

La realidad cambiante quedó anclada a la geografía; la película, tantas veces vista, desgastados sus engarces de la orilla, se hizo una sucesión de fotos fijas, inmóviles. El mundo, tan vasto que la bola que lo representa ha de ser girada sucesivas veces con el dedo para que muestre todas las facetas de sus caras múltiples, se hizo pequeño de repente. El globo terráqueo, habitado por siete mil millones de seres humanos incógnitos, al comienzo del verano se convirtió, de la tarde a la noche, en un espacio reducido. Las tierras rugosas y los mares extendidos encogieron.
Setenta personas mayores, de una edad cercana a los ochenta, colonizaban veintitantas alcobas, cinco o seis pasillos y la sala de estar, completa de divanes: ni uno más hallaría acomodo sin perder su armonía el conjunto.
En ese archipiélago de individualidades, la densidad de población era alta, ya no se hallaba intimidad aun persiguiéndola; un paraje desprovisto de desiertos y zonas despobladas. Olvidos, afanes, prevenciones; eran islas unos y otros residentes, por los cuatro costados limitaban con la falsa protección de los recelos, librando una lucha sorda que al anochecer era cruenta y sin circunloquios; burbujas, pompas de jabón y globos cautivos. La casa tenía algunos aspectos de prisión: paredes altas y enrejado de hierro.
Poeta por encima de todo, entre la vulgaridad reinante Agripina descubrió, en diez minutos de búsqueda insistente, un patio donde dormitaban dos gatos, pequeño jardín acogedor de tres árboles frutales; hierba verde rodeando una roca de las que crían musgo y el agua de un estanque habitada por seis peces rojos, tres negros y una tortuga cóncava que agitaba las patas. A ambos lados de un corredor central abierto por dos ventanales enfrentados, se transformaba en paisaje una muestra cautiva del campo. Ejemplares elegidos en los tres reinos se reunían allí para parlamentar, bajo un cielo azul que evidenciaba, con el color puro, su existencia; prueba irrefutable hasta para los descreídos.
No era su casa, no; no era la casa del padre, lo supo al instante Agripina. Lejos estaba de aquellos espacios amados: establos, cuadras, cobertizos, salas de cardado y, al lado izquierdo, la vivienda. Las dependencias, que hasta entonces sirvieron al comercio de lanas ejercido en su pueblo, fueron ofrecidas a quien quiso y pudo pagarlas. Con el importe se saldaron las deudas acumuladas, quedando un remanente para comprar el piso de Valladolid, vivienda vendida más tarde, a instancias de la necesidad perentoria, con su contenido íntegro: los muebles de estilo y los libros. La obra de muchos autores ordenados por el apellido, desde la primera A hasta la última Z. Las grandes epopeyas antiguas, el pensamiento griego, el saber latino, los clásicos españoles, franceses, rusos, alemanes, los americanos modernos y las influencias de todos ellos. Diría nombres, pero partiendo de Homero, Virgilio, Dante y Dostoievski la lista sería interminable. Y en ellos, las obras preferidas: la Ilíada, La Eneida, la Divina comedia, Crimen y castigo, tan solo como ejemplo. Al frente de los españoles y los iberoamericanos estarían en su aprecio Cervantes y su ingenioso hidalgo don Quijote, Cortázar y la Maga de Rayuela, la poesía toda de Juan Ramón y Neruda. Perdida sin remedio la rica biblioteca, vino la falta de vista a apartar a Agripina de la lectura para siempre, pero siguió escribiendo, aunque fueran renglones torcidos, pues alguien, quizá Alberto, se encargaría de enderezarlos luego.
La fastidiosa derivación de su enfermedad, células óseas que se van degenerando y plaquetas destruidas que no se renuevan, le privó de la esperanza de volver a lo intenso de antes. Lo cercano iba quedando lejos. Tras una larga temporada en hospitales, con su inseparable carpeta de apuntes bajo el brazo llegó Agripina al archipiélago humano que ha ido descubriendo en su exploración. Después de treinta meses acercándose a la naturaleza por la espalda, estimulada por una enfermera santa y sabia de nombre, Úrsula —que ella, en sus adentros, llama sor Dolores en memoria de la novicia aquella de Medina—, recobró con la alegría la confianza; con la confianza, las ganas de vivir y, con las ganas de vivir, la vida.
Cuando murió el esposo —una caída sin fortuna desde lo alto de la camioneta, encaramado a las sacas de lana— quedó sola. Sola y casi desierta, porque su corazón estuvo a merced del viento y de la escarcha, se le resintieron los huesos aflorando dolencias ocultas y volvieron de la niñez los atropellos.
Ahora, la salud está incompleta, aunque si alguna deficiencia le acucia, quizá sea las cataratas, que aumentan de grosor y la van cegando. La operación será cosa de tiempo, ya le han dicho en la Seguridad Social que al pie de un año; hay otros esperando y no es ninguna urgencia. Los médicos aseguran que la cirugía avanza a pasos de gigante en este campo. De hecho, en las clínicas privadas la intervención es inmediata y emplean, además, métodos tan modernos como el rayo láser, que reduce el riesgo y el suplicio. No acaba de entender el porqué de esas diferencias, pues ella, partidaria acérrima de la justicia, tomó siempre partido por lo público. Formará parte el resultado, sospecha, de algún propósito que pretende inclinar, poco a poco o mucho a mucho, la balanza de un platillo al otro.
Las novedades la asustan lo indecible, se defiende asegurándolo. No quiere prestarse a experimentos, argumenta. Si los que entienden se equivocan o la técnica encuentra variaciones no previstas, sus ojos serán los perjudicados. Eso dice, pero lo que de verdad sucede es que, en su interior más recóndito, la domina un sentido heredado del ahorro, de evitar el despilfarro: la luz que no se necesita, la escasa agua del cántaro, la comida sobrante que origina nuevos platos, la ropa remendada que pasa en las familias a los hermanos más pequeños… Resulta que el administrativo con quien matrimonió no entendía el negocio de las lanas como el suegro o eran los tiempos otros, menos propicios; el caso es que sacaban lo justo para continuar al paso: un paso bien medido y calculado.
Muerto el esposo, las dificultades se unieron frente a ella; y es sabido que, del relato breve, de los poemas sacados del corazón y de la mente a un tiempo no se vive. Y su gran obra de pensamientos y análisis guardada en la libreta hasta ser trasplantada a los cuadernos, protagonizada por su amiga Salus y teniéndola a ella, la autora, como personaje secundario, quedará incompleta hasta que una de ellas agote el último respiro.
Volcada en los hijos día tras día, le parece que utilizar los ahorros en sí misma es, en cierto modo, resarcirse y cobrar la dedicación. Al fin y al cabo, a su edad última pocos sueños se materializan reclamando miradas. La muerte resulta ser contradictoria como ella sola: camina siempre al costado, a un palmo nada más; y parece tan alejada que ni se la vislumbra ni se la intuye.
Como en la residencia de ancianos, Agripina tiene horas de sobra y le vienen grandes los días —mangas que los brazos no llenan, vuelo del vestido que barre las baldosas—. A veces, sin hacer especial énfasis, busca las respuestas a las preguntas reiteradas: ¿por qué sigo aquí?, ¿para qué? Está convencida de que los actos no justifican su existencia; no viene su sendero de sitio alguno de interés ni va a ningún punto cardinal. La vida la tuvo sumida en desconcierto y a estas alturas aún no comprende quién o qué azuza su paso.
Desde el balcón adornado de geranios ha visto desfilar un siglo casi entero; precioso uniforme viste y porta un estandarte cuyo simbolismo, cambiante, ignora. Sus manos vacías presentan los dedos separados; por las aberturas debió de deslizarse la arena reseca de las horas. Tras una honda reflexión formula dos cuestiones: ¿en qué consiste exactamente el encargo que me hicieron al nacer?, ¿de cuántos caudales, facultades y dinero dispuse para llevarlo a cabo? Rematan su meditación incursiones por terrenos fronterizos; y una melancolía, semejante a la lluvia menuda, va empapando la ropa.
Fingió, inventó, dio vida a personajes —literarios, eso sí; y no es plumón de ave—: hombres y mujeres que sin ella no hubieran mostrado su decir encallecido por la experiencia. Desconoce lo que sintieron los lectores o si se sirvieron de los textos, de las frases, de las dudas y de las afirmaciones para sacar provecho y vivir mejor el día a día. A su juicio resultan pequeños el recuento y los hallazgos. Acaso aparezcan omisiones volviendo otra vez desde el principio. Nuevo ensayo; y el olvido de un hecho o la confusión de la realidad con la simple aspiración disminuyen la suma y, en consecuencia, el mérito.
¡Qué memoria!, a poco pasa por alto la actividad más ejercida: fue madre. De los días hizo una sala de espera, un portal que cuelga ilusión en las paredes, cauce del río interminable. Los restantes hechos, si los hubo, se difuminan en la niebla; una imagen vaga sin identidad posible, sin certeza de su existencia limitada.
Vivió carente de un esconce donde agonizara la incertidumbre o de un recodo hostil a la sospecha, por eso asegura haber aprendido, al fin y al cabo, la lección: una larga lista de artículos tomados de reglamentos ajenos, pues tras una resistencia dolorosa, terminó por observar sumisa los dictados como si fueran propios o buscaran su beneficio.
Papel secante veteado de tinta reseca; se encuentra culpable en su interior del acatamiento de la realidad sin condiciones, de su rendición última tras una lucha constante que, a la vista de lo poco logrado, resultó insuficiente. Y termina el recuento y el examen, sin saber si fue más importante lo dicho en los momentos de valentía o lo callado por temor. No se está justificando, no lo necesita. Y es que, superados los días tristes del colegio en los que necesitaba el apoyo de la señorita Salus, se sintió capaz de afrontar su destino.
Isaac, víctima dispuesta a sabiendas, camino del monte Moriah acompaña a su amado padre hasta el altar. Intuye la voluntad de Yavé y la de su fiel servidor; y disculpa ambas. Considera al destino inevitable y se perdona a sí mismo la actitud pasiva, la subordinación a otras voluntades. El residente de su mismo nombre, el Isaac de piernas cercenadas, un tronco en una silla de ruedas, maneja su cuerpo con soltura sirviéndose del concurso imprescindible de sus fuertes brazos, de sus hábiles manos, de sus sensibles dedos y de su cabeza serena. Subido a la arrogante pequeñez, sonríe Isaac a la existencia misma, que sin él saber la causa frunce el ceño cuando se encuentran.
El compañero Matías, que hubo de ser buen mozo en la agitada juventud, un bailarín incansable cuando seguía impertérrito las fiestas comarcales —si se ha de tomar por buena la diversa relación de sus andanzas—, lleva con parsimonia el cuerpo encorvado sobre la agarradera móvil, dependiente del andador mecánico. Se le oye llegar profiriendo lamentos sin razón aparente y maldiciones algo rebuscadas. Su presencia de matasiete conmueve, pero en el fondo es frágil. Los bigotes agresivos ocultan un carácter sensible en la comisura de los labios, apoyándose en los párpados que cierran los ojos para especular sobre lo más inmediato.
La compañera Elisa, abandonada por lo de cerca y lo lejano, no recibe visitas ni tiene quien pague sus facturas mensuales. Los lirios del campo no tejen, por eso aceptan de la Providencia vigilante las vestimentas más bellas. Las avecillas que trenzan sus nidos al remanso de fríos gélidos y garras afiladas no siembran, pero disponen de la cosecha necesaria para alimentar a los polluelos. Los parientes de Elisa vendieron la casa que les dejó en herencia prematura y emigraron a la ingratitud, a la insensibilidad y al egoísmo.
En el archipiélago humano, islitas los residentes, la ropa de cada uno tarda tres semanas en ser comunitaria. ¿Quién sabe, después de los lavados que destiñen la tinta del nombre, distinguirla?, ¿quién lleva el difícil control de la propiedad originaria si los dueños son desmemoriados? Y más aún, ¿qué hemos de hacer —se preguntan las auxiliares encargadas— cuando alguien necesita camisa limpia y carece de reserva, si no se puede cerrar el armario vecino rebosante de prendas nunca usadas? Mientras duren las vitaminas ya adquiridas que la Seguridad Social dejó de recetar sin pago, serán fondo común.
El compañero Tomás, de noventa años y antiguo corredor detrás de las perdices, arrastra sus pies, pasajeros en grandes zapatones, por los pasillos cien veces recorridos. Habitual devorador de galletas tostadas, hoy come mandarinas: las pela a mordiscos incompletos y arroja las cáscaras, buscando que no estorben, en los rincones menos transitados. A su esposa se la llevó hace años, la invisible cuchillada que abría y reabría una nuera desnaturalizada al negarle la visita del nieto más pequeño, hijo de su hijo; y Tomás aún busca a la esposa por los intrincados corredores de la residencia.
Sea una hora u otra, pronto o tarde, Jacinto pregunta, porque en verdad lo desconoce, el nombre del pueblo en el que se encuentra. Al oír la respuesta se levanta invariablemente y hace ademán de colocar un morral sobre sus hombros, dirigiéndose hacia la puerta con intención de irse. Recuerda que quedó con un sobrino a la entrada de la iglesia en la misa de las once. Diez veces al día repite la misma ceremonia.
Fermín, Agapita y Roque buscan un voluntario para jugar al tute. Josefa está enferma y ha descabalado las parejas. Se enfrenan de palabra defendiendo a los pueblos respectivos y no pueden separarse. Cantar las cuarenta, veinte en bastos o juntar tute de reyes son triunfos que atribuyen a Villamediana, Esguevillas, Puras o Carbonero el Mayor, territorios de sus hazañas memorables, libradas por machos o hembras, cada uno en lo suyo, campo o casa.
Desde hace más de medio siglo Consuelo y León son matrimonio. Eran novios precoces cuando la quinta del biberón fue llamada a filas, ya iniciada la guerra. Durante siete años perteneció él al ejército y en ese tiempo los jóvenes se vieron en contadas ocasiones. Licenciado León, contrajeron matrimonio y prometieron a la Virgen —cuyo nombre tomaron los padres para ella— no volver a separarse. Los hijos les ayudan en el pago de la mensualidad y, juntos como están, tienen la sensación de no haber levantado la casa. Arsenia escribe cartas apoyando el cuaderno en la mesa de la esquina; tacha, rectifica, pasa a limpio, lee en voz alta y, cuando se considera preparada, trata de enviarlas por la rendija del buzón interior de sugerencias. Declama oraciones sentidas con son monocorde e historias de santos; y describe paisajes idílicos poblados por personas felices, de modo que no le falta quien preste atención. Hasta tiene una alumna deseosa de aprender a relatar como ella. Le pide un apoyo imposible, porque Arsenia no sabe enseñar lo que sabe.
—Hay dos auxiliares de baja y una más se ha despedido; y han venido otros seis viejos. Los fines de semana son agotadores —contesta Candelas sin intención de queja cuando abre la puerta y le preguntan por la marcha de las cosas, ignorante de que ha dado a su respuesta una extensión inesperada.
—Consorcia, te lo advierto por última vez: si sigues desnudándote no te volveré a vestir —amenaza la directora, poniendo orden en la blusa y la chaqueta de la mujer de luto, delgada y triste que va dejando sus prendas colgadas de todos los salientes. La expresión pausada de una nueva denuncia su bisoñez.
—Por favor, señorita, déjeme la llave, pues mis hijos no saben dónde estoy y sufrirán preocupación.
—Eloísa, te lo he dicho hoy en siete ocasiones lo menos: han sido tus hijos, los tres, quienes te trajeron; y si no vienen a verte será por un motivo difícil de cambiar.
Al iniciar la visita familiar, uno cualquiera de los sábados, presenta Agripina su propuesta:
—Hijo, quiero irme de aquí; no te digo hoy ni mañana. En este sitio estoy a disgusto, tú lo sabes. No me hago con los compañeros, pierdo mucha vista y avanzo a cambio de superar los tropezones. Ya no soy lo que fui, debéis ir pensándolo.
Se esfuerza en su alegato el heredero, convencido de que sus verdades no serán entendidas:
—No te imaginas lo dura que es la vida en Madrid, nada que ver con vivir en Valladolid o en el pueblo. Todo es caro: la vivienda, la comida, la ropa y los colegios. Sabes que Matilde trabaja. Gracias a ello podemos seguir con la vida que llevamos. El piso, además, es pequeño; ¿dónde ibas a dormir? No podemos, es imposible: tú necesitas un cuidado especial. —Hay en la expresión de su argumento trazas de amargura—. No estás sola. Nos tienes a nosotros. Mis hermanos, Alberto o yo mismo venimos todas las semanas. Sabes bien que no nos detienen ni la lluvia ni el frío.
Pero ¡di algo! ¿Por qué callas? ¿No tienes nada qué decir? Conscientes de que la residencia es un lugar cerrado, donde todo se concentra y empequeñece, salimos fuera para ampliar tu espacio vital. Tratando de ejercitar la memoria, hablamos de sucesos antiguos, los ocurridos en los mejores tiempos, cuando formabas una pareja feliz con nuestro padre. Paseabais celebrando las travesuras de los hijos dóciles, hablando de la marcha de las cosas y del generoso beneficio de la lana recién vendida. ¿No lo recuerdas?
—Sí, ¿cómo no iba a acordarme? Muchas veces a lo largo del día me acuerdo. ¿Sabes tú dónde estamos? Pues yo no: ni me hago una idea.
—Estamos muy cerca de Olmedo, en el pueblecito de Bocigas, donde acaban las casas, en la pradera que está junto a la charca. Hemos venido otras veces.
—Sí, veo una yegua girando alrededor de la estaca de hierro a la que está sujeta: soy yo, encadenada.
—Hay más. Piafa la yegua, relincha, lanza al aire coces; se la ve contenta de estar junto al potrillo. Descubrimos gansos persiguiendo libélulas, moscas y mosquitos; y ranas tratando de alcanzar a los mismos insectos. Observamos el vuelo incansable de las golondrinas sobre nuestras cabezas; esperamos el paso del tropel de ovejas y corderos: un rebaño, ordenado por los perros, que avanza balando. Contemplas con agrado la evolución de las palomas. Tus ojos gastados las esperan mientras beben y picotean briznas de yerba, semillas y lombrices. Las sigues, sobresaltada, cuando el menor indicio de peligro les incita a volar hacia la torre, donde anidan en buena vecindad con las cigüeñas.
—Claro, es cierto. Pero ¿y los niños?, ¿dónde están los niños? No he visto más de dos; y eso que no es día de escuela. Será que no hay niños aquí. Ya ves que lugar más amable.
Falto de una respuesta que abra un nuevo cauce, calla el hijo; se sume en un mutismo que causa pesar al noble corazón de la madre, convencida la buena mujer de que las circunstancias del mundo, una vez más, se ordenan en su contra.
Un mal día, Agripina se descubre enferma: la sacuden escalofríos continuos, un dolor anónimo punza su costado, tiene algo de fiebre, ya no come y está deshidratada. Agripina, que a primeros de año se pondrá en ochenta y uno, ha de ser ingresada en el hospital de Medina del Campo. Rodeada de la blancura aséptica de techo y paredes, sufre el mordisco de la soledad triste y vacía que en las noches de insomnio se hace insoportable. La cama lindante está habitada por la muerte. Observa el trajín de los doctores, unas sombras detrás del biombo, sumida en pensamientos tristes. Conoce que la muerte no es delgada; tiene carne pálida en los huesos y una hija maestra que enseña a leer a los niños de Ataquines. El pensamiento la lleva en volandas cerca del principio y, si no llega al instante fatal del infortunio —trece meses contaba cuando el descuido de la cocinera propició el desdibujo del rostro—, le permite al menos deslizarse hasta el instante preciso en que su madre murió, confiándola, a sus ocho años, al cuidado maternal de la abuela.
Derrama lágrimas en los rincones emocionales, humedeciendo de noche el embozo de la sábana tibia. Se acerca su mente a los libros escasos del recuerdo, leyendo párrafos memorables que en las tardes quietas liberan las historias guardadas. Suma Agripina, escuchados de los labios de la abuela, los sucesos insólitos que vivió o le explicaron; hasta que el mundo interior se expande y engrandece. Mas en aras de su porvenir la internaron en el colegio de Medina. Ha debido hacer un redondel de su vida, piensa, para venir a dar al mismo sitio tras los años transcurridos. Llegó al pueblo grande, capital de la comarca, e ingresó en un colegio de monjas donde la felicidad, tan frágil, se rompió en mil añicos por la burla de las compañeras. Algunos fragmentos lograron reunir nuevamente la señorita Salus y ella, ayudadas por la hermana novicia sor Dolores; y con esa ventura recompuesta ha vivido hasta ahora.
Los hijos, y su nieto Alberto más que ninguno, continuadores de la estirpe, vienen a verla con frecuencia; los parientes de su edad se han ido quedando en los inviernos y por cautela le ocultan su muerte. El silencio es ejecutor callado de la tortura, su acción deja secuelas, hay una herida que no recibe cicatriz y nada será igual en los meses venideros. Catorce días en el lecho, trece noches; ha contado las horas una a una y a falta de papel y lápiz repasa la cuenta en la cabeza.
Le han dado el alta y retorna de nuevo a la rutina de la residencia; la vida inapelable continúa y, por ella, los hechos se deslizan enlazados. Oye Agripina con una cierta complacencia los sones cotidianos. Y la tela de sus ojos, cada vez más turbia, le permite apreciar contornos conocidos. Rumores y cuchicheos forman una hablilla que va a más, ensanchando su alcance al pasar de bocas entrecerradas a oídos bien abiertos. La alarma hiere al penetrar en las mentes más sensibles; las otras rechazan el oleaje intermitente para acercarse a la orilla persiguiendo la dulzura del engaño o del olvido. Agripina no interpreta con claridad, su mente se esfuerza, pero lo hace en vano; ha de ser asunto de los hijos: a ellos las noticias inquietantes, a ellos la realidad arisca, a ellos los problemas.
Cierran la residencia, según dicen las voces más avisadas: la tapian a cal y canto, ciegan las escasas puertas y ventanas, tapan sus chimeneas renegridas; la clausuran sin dejar resquicios, sellan las rendijas con esparadrapo resistente y cubren sus tejados con lona impermeable. ¿Se quedarán dentro los ancianos? Alguno de los residentes lo pregunta inquietando a otros. El rumor se desprende de las conversaciones más advertidas, las cercanas al origen, el epicentro del seísmo. Aseguran esas voces que la dirección adeuda un pico considerable al dueño de la finca, que no paga cada mes el promotor la renta prometida. Lo dicen las palabras cautas, lo repiten las voces carentes de circunspección y se hace un clamor que angustia a los corazones sanos.
—Hijo, entérate bien de lo que hablan, no sea que tengan fundamento los temores. No vaya a suceder que por no prestar oídos nos sorprendan los hechos.
—Recibí ayer, madre, una carta que confirma los cuchicheos; en ella dicen que nos dan una semana para buscarte otro sitio. No mencionan las razones del cierre ni justifican la urgencia. El gestor asegura que es tan solo una bravata. El dueño, rico hombre, posee agarraderas fuertes en las altas instancias. Si precisa el edificio para otros negocios más rentables, conseguirá el desalojo. Puede que algún funcionario amigo, siguiendo sus instrucciones, amenace a los familiares tratando de vaciar la propiedad con la menor resistencia posible de inquilinos molestos. No se atreverán a cerrar la residencia, carecen de motivos: el entorno es muy tranquilo, el precio resulta adecuado para la generalidad de las familias, las chicas son de trato amable, os bañan cada día, las habitaciones están limpias, hay servicio médico y alimentación bastante. No te debes atormentar con miedos infundados; después de la riada, las aguas volverán donde solían.
Con la sola intención de tranquilizarla, eso dice a Agripina su hijo, a sabiendas de que, no tardando mucho, las cosas ocurrirán como siempre ocurren: el poderoso ganará la partida a los ancianos dueños de la razón completa; también a los familiares responsables. Sí, es cierto: después de las riadas, las aguas vuelven a su cauce; aunque también es verdad que las tierras aledañas al cauce quedan arrasadas por el agua que bajó empujando y empujando fuera de madre.

 

24. Examen de conciencia

Ha debido de entretenerse Alberto; los otros días llegaba más temprano. Es posible que el metro esté en huelga o puede que lo hayan parado debido a un accidente. Algún desfile o manifestación habrá: protestas de gente enojada cortando las calles; en Madrid hay muchas por ser el centro de mando. A intervalos se me va el pensamiento, la concentración necesaria de la mente. Mi cabeza toma derroteros que yo no domino. Me cuesta un esfuerzo ímprobo traerla de nuevo para seguir el examen de conciencia iniciado, el recorrido sincero y último por los pecados capitales.
Creo que llegaba a la abominable lujuria, ese pecado del cuerpo tan impetuoso que, como un desaforado huracán, empuja o arrastra a las almas. Serpiente zigzagueante y huidiza aparecida de improviso, con los colmillos rebosantes de un veneno capaz de contener la fortaleza y la voluntad más probadas. Aunque no lo parezca debido al disimulo, he sucumbido a su influjo y tengo pecado abundante en esa ladera pronunciada del instinto. Es en mí la sensualidad una pasión ya menos potente, pues el decaer de la carne que propicia la suma de tiempo a la edad y el efecto de ablandarse la piel como una manzana mustia, hace sin mérito alguno más virtuosa a la intención.
Sufrí estímulos insistentes que fueron derrotados sin razón ciertos días. Sol, lluvia o nieve: no era cuestión del tiempo atmosférico. Estuve en un tris de caer en numerosas ocasiones; y cuando caí, el remordimiento sufrido pagó con creces el precio atribuido a deleite tan somero y tan breve.
El demonio no encontró desguarnecido este flanco, pues siendo propensa a la voluptuosidad, opuse el cilicio y la disciplina, instrumentos de templanza que me mantuvieron erguida en mi intención, incólume, a salvo de la temida podredumbre las más de las veces. No hubo insano afán en mi afición por Agripina: besos y caricias recorrían los caminos trazados en dos almas gemelas, habitantes de cuerpos mellizos. Fiestas y agasajos sensuales reforzaron nuestro espíritu debilitando la carne; y si la carne cedió en algún momento, lo hizo sin consciencia alguna de pecado porque no había rastro de pecado.
Carecieron de deseo carnal las relaciones con el sacerdote que dirigía mis pasos; era un amor sublimado, divino, llevado muchos metros más allá de la pasión, muy alejado de ella. Era admiración, agradecimiento y clara necesidad de obtener soporte y guía. Su físico guardaba atractivo y exhibía un carácter enérgico; me gustaba, no voy a negarlo, pero él jamás se dio cuenta. Me entregué a su seguridad interior, a su firmeza en la fe y a su figura humana, pero solo en el ejercicio de la mente. Muy lejos estaba la concupiscencia; y si hubo tentación, que puede que la hubiera, se impuso al instante el rechazo. Acaso le convertí en mi dios terrenal, mi juez en el mundo; y lo elevé tan alto que algo de idolatría había en mi manera de verlo, subido al pedestal que yo construí con mi ciega mirada.
«El amor ocupa el primer lugar entre las pasiones del alma», dice San Francisco de Sales a Filotea. Es el guía de los movimientos del corazón. Todo lo hace depender de él y nos asemeja a lo que amamos. No todo amor es amistad, aunque toda amistad es amor. Se puede amar sin ser amado. El amor y la voluptuosidad a mí me parecen inseparables: la una consecuencia del otro. Hubo voluptuosidad, pero lo noté y me opuse a tiempo de profundizar en la sensación o de llegar más lejos cuando, a los catorce años, mi tío Dimas entró en la habitación donde me mudaba de ropa y descubrió mis intimidades.
No hubo deleite en el contacto suave de su mano sobre mi piel acompañando a la blusa o llegando a la cadera, mientras sus labios abiertos descendían de la frente por la mejilla hasta mis labios cerrados. Hubo sensualidad y, por eso mismo, salté como mordida por una culebra, corriendo a medio vestir hasta el cuarto oscuro de los trastos viejos y la ropa sucia. No hubo complacencia porque hubo dolor; y el dolor profundizó mucho más en la memoria, haciéndose remordimiento profundo en cada uno de mis arqueos de culpas. Hubo caída y la confesé con desconocidos en iglesias distintas, convencida de que no me iba a ser perdonado.
No merecía mi tío lugar de privilegio en mi corazón, no eran ciertas las virtudes con las que yo lo vestía. Él no entraba a analizar el valor de las miradas, de las palabras suaves o el mensaje de las flores que traen la primavera. Él no entendía el canto de los ruiseñores poblador de la cabeza efervescente de una muchacha recién llegada a los sueños.
Hasta el cuarto oscuro de la ropa sucia, de los objetos caídos en desgracia, me siguió; y en él descubrí una forma de locura que yo desconocía. La concupiscencia buscando, violenta, la carne débil. La actitud del hombre concreto, sus manos, su cuerpo y las palabras que contradecían a los ademanes me presentaron un mundo adulto de hombres y mujeres entrelazados que desdeñé para siempre. Agripina abrió en mí su refugio cuando las palabras ásperas y desabridas me salían de dentro, detersorias y cauterizadoras, arrastrando la inmundicia y cicatrizando por unos pocos momentos la herida.
La gula no hizo mella honda en mí. Apenas gustaba cosa distinta de los dulces cocidos por mi madre en el horno del señor Gildos, el panadero, cuando estábamos en Encinas de Esgueva. Eran mantecadas, rosquillas, pastas y amarguillos tan solo. ¡Ah!, también el arroz con leche de los días de fiesta, en su punto de dureza y blandura, moreno de canela, algo contaminado de un ácido saborcillo a corteza de limón. Hubo arroz con leche en todos los lugares en que estuvimos; domingos y festivos. Se me olvidaban las perrunillas, aquellas pastas de harina, manteca, huevo, azúcar y almendras en las fiestas de Navidad en Salamanca. Agua clara fue mi bebida dominante: cuenco de las palmas dobladas, fuentecillas del campo, arroyuelos, vasos transparentes colmados del grifo situado en la cocina. Me gustaban el lechazo asado y el conejo puesto a dorar sobre brasas de carbón; el seguimiento de unas lentejas estofadas que mi madre preparaba con esmero; un tembloroso flan de huevo moteado de agujeros oscuros, tentador bajo el caldo deslizante de azúcar fundido.
Eso es todo o casi todo lo que, referido al pecado del estómago, recuerdo; en el presente hay un manjar que no es nada y a mi pesar me deleita: se trata de las aceitunas que aliñan en Camporreal: su sabor me incita a comprarlas y, como no me hacen mal, una tras otra las acabo en un periquete.
Este mediodía que se escurre como una anguila intentando pasar desapercibido para que no me dé cuenta de la ausencia de Alberto, no ha de pertenecer al lunes de mi esperanza, ha de formar parte del lunes bastardo nacido de un domingo pagano y un martes de carnaval, frívolos y deshonestos. En él no ha de llegar mi liberación, en él no pongo ya mi esperanza.
Digo con san Agustín: ¿a cuento de qué viene mi intento de interrogatorio personal, cuando solo vos, Señor, sabéis cabalmente de mí? ¿A qué viene el examen de los actos, hijos de mi voluntad, el estudio de su intención última, de su culpabilidad o rectitud? ¿A santo de qué el ejercicio, si no es necesario porque ninguna luz añade a la vuestra? Sé que os amo. Y lo sé desde el interior profundo, desde la mirada cóncava que abarca mi alma y la escruta en cada uno de los recovecos.
Nada puede ocurrir en el mundo, Señor, sin que vuestra voluntad lo permita, sin vuestro consentimiento: ni el desprendimiento de una gota de agua de la nube llena, copo de nieve o granizo, ni el descenso de una hoja perenne o caduca. Sé que soy vuestra, Señor. Por esa razón conozco cuáles de mis obras son dignas, no ya de la Divinidad que encarnáis, que sería un vano intento, un sueño fatuo, sino de la humanidad a la que pertenezco. Confío en la memoria, que relata y recuenta las acciones; confío en el entendimiento que las califica, porque a ellas les fue encomendado por vos potenciar mi espíritu.
El ejercicio de confesión es necesario para que yo me dé cuenta de si la voluntad participó en los actos y en qué grado lo hizo, de modo que pueda arrepentirme exactamente de lo que a mi juicio sucedió. Dios lo sabe, pero el saberlo yo califica los hechos de una manera u otra, pues el arrepentimiento debe estar en consonancia con mi valoración. Dando curso a estos pensamientos me dispongo a acomodar mi mente en un lecho de sábanas blancas, acunando con lentitud el cansancio como a un recién nacido, meciéndolo, dejando en su oído un arrullo liviano, un ronroneo aterciopelado hasta lograr que, como un corderillo, se duerma sobre la paja limpia.
Quisiera estar errada sobre el tiempo transcurrido durante mi somnolencia, pero no es así. He permanecido atolondrada un buen trecho. Taimado anochecer de lunes ha de ser el que encaro, vespertino crepúsculo que alarga sin motivo mi prisión tendiéndome largos puentes de cuerda, bamboleantes pasarelas sobre el
abismo. El frío, el hambre, la sed y la desesperanza me llevan al desconcierto. Está ya oscuro. Y ni el teléfono ha insistido en su aviso ni la vecina ha vuelto a llamar al timbre de la puerta dispuesta a escuchar mis lamentos. Yo hablé a Agripina de una visita que a la postre no hice y ese comentario sin importancia habrá jugado en mi contra. Indudablemente, me supone rindiendo culto a la amistad y al cariño, por lo que comprobada mi ausencia no repetirá sus llamadas hasta pasados unos días.
Me preocupa Alberto, algo le habrá impedido venir. A él, que es tan cumplidor, cualquier mal ha de tenerlo aferrado: una enfermedad de las que obligan a guardar cama y silencio, una gripe con extrema afonía, una infección de garganta; un percance en el coche por culpa de otro, pues es muy prudente. O una agresión en la calle para robarle lo suyo: se habrá opuesto y, siendo más los ladrones, lo dejarían herido. Pero no voy a ponerme en lo malo, tengo que ser confiada. Tendría un examen, es posible, estamos en la época, pero es muy juicioso y me habría prevenido. No, ha de ser algo inesperado. Pienso que cualquiera de las llamadas, de las varias que me trajo el teléfono, sería la suya, de advertencia oportuna. Así lo creo y así será.
Convencida por primera vez de la ausencia de una compostura para mi encierro, cierta de que aquí todo concluye, he de seguir el análisis minucioso de lo acontecido en mi vida, larga vereda que bordea el mar, lisa, ininterrumpida y sinuosa. Entorno los ojos y percibo una luz diáfana, límpida, transparente. En el centro del haz descubro, pergeñado con sus propios destellos, un rostro familiar. Un semblante de varón que es de por sí luminoso, no iluminado; el origen del resplandor, no el receptor de la claridad; una estrella que proporciona a los planetas la luz de su reflejo.
Posee ese semblante una sonrisa amable y confortadora que anima a seguirle. Gasta una barba rubia como la miel y un pelo sedoso y brillante; cabellos impregnados de gotas de rocío, del aroma de las flores silvestres. Sus ojos me miran trayendo un mensaje esperanzador, su boca me habla sin pronunciar voz alguna; hay en mí una disposición de inteligencia con él que yo ignoraba. Me torno gozosa porque identifico a Jesús en ese rostro sereno de Soberano Celestial.
Siguiendo a san Pablo, digo: «Señor, ¿qué queréis que haga?». Frase breve y llena, como dice san Bernardo de esa ofrenda sencilla y completa. ¿Qué deseáis que haga? Me pide fe íntegra y persistente en el afán redentor de su pasión, en la madre que intercede humilde ante su divina piedad, en el premio reservado a los múltiples seguidores de la cruz, entre los cuales me encuentro: caminantes hasta la expiración del Gólgota y, más allá de ella, el sepulcro y la resurrección.
Abro los ojos y allí, donde estaba el rostro, percibo un halo resplandeciente que disminuye a ojos vistas para ser solo un azulejo más claro que el resto. Me arropa una armonía interna, una tranquilidad cristalina y prosigo el recuento, inmersa yo en ese ánimo, consciente de estar al pie de la octava estación, camino del monte Calvario.
En el territorio de la mente me dirijo a mi Señor Jesucristo, Dios de bondad, Padre de misericordia; luego me presento ante su esencia con el corazón humillado y contrito. Debo encomendarle mi última hora y lo que después de ella me espera. Pido a mi hermana Paz su mediación ante el Redentor, convencida de que, habiendo llevado una existencia tan santa, se encuentra en estos momentos en su compañía gozando la eterna recompensa de la presencia del Padre.
A mi pesar, la cólera se hizo conmigo, dominándome. Acepté enfados que se resolvieron difundiendo reproches a niñas y niños de mi edad, reacciones que superaban con creces la violencia debida al estímulo. La cólera causó mis mayores movimientos, mis acciones más resueltas: frente a mi sobrino interviene la saña; frente a los embaucadores que durmieron el sentir natural de mis hermanas interviene la rabia; contra el daño recibido de Paly, contra el primer abogado y su sangría de dinero a cambio de nada, me mueven el arrebato y la furia. El rencor nace en mí una vez mitigada la ira; no diré que es odio, pero guarda cierto parentesco y dura lo suyo. Furia, rabia, cólera y enojo dirigieron con insistencia mis actos. Una vez idos quedó un poso de animadversión que me mueve a continuar la venganza.
El beato Juan Rusbroquio, doctor y venerable nacido cerca de Bruselas, menciona el acuerdo al que llegaron Cristo y santa Catalina de Sena: «Hija, olvídate tú de ti, por acordarte de mí; y yo pensaré siempre en ti, teniendo cuidado de ti». Buen contrato que yo podría firmar con provecho una vez dominada mi cólera.
Conocido su peligro, dominé la pereza desde que tengo memoria. De ese pago soy dueña. Me levantaba de la cama en cuanto los ojos se abrían a la consciencia y el pensamiento tomaba derroteros resbaladizos, proclives a iniciar a los sentidos en la misteriosa danza de los siete velos, consumada la cual, tomaban de mí el cuidado y dirigían la acción a sus turbios intereses. Por defender mi voluntad del asedio a que le sometía la holganza, tomé la diligencia entre mis costumbres, exageré el trajín en cuantiosas ocasiones; la vivacidad, agitada, me causó muchos desarreglos. La recomendación del confesor vino paralela a mi conducta: por una sola vez caminaron coincidentes.
Tengo fiebre. Sí, este calor de la cabeza ardiente es fiebre. Ha de agradarme la fiebre, pues es obra de Dios. Como dice san Agustín:
«Debe agradar a los buenos lo que a Dios agrada». Aunque, agradándome y todo, trae un inconveniente consigo, una dificultad que ahora cuenta. Mi mente se pone a delirar. En este estado puede que equivoque mi cómputo, ignorando lo principal de las faltas si atino en lo insignificante. No obstante, el tiempo apremia, así que, sumida en el penar y el titubeo, he de seguir el inventario.
Una falta contra Dios resulta ser, en este control, la tibieza sobre la que tanto el confesor me previno; la ausencia de una enérgica toma de bandera, la indecisión de mis pasos al frente. Serán también opuestos a la devoción debida al Padre el disimulo de las convicciones, el aceptar y repetir las preces sin reflexionar y sin aceptar del todo su contenido. Por contrarios a mis semejantes se han de tener a muchos de mis actos, de mis prácticas: acaso fui indócil para quienes se ocuparon de mi educación, traté con indiferencia y descrédito a las personas que no se sometieron a mis pretensiones y me alejé del afecto y de la misericordia en el trato con los más limitados, los faltos de recursos físicos o mentales.
A propósito de la falta de confianza en las dotes recibidas del Creador y en la envidia derivada de quien creemos mejores, recuerdo una anécdota oída a un experto, el profesor de religión en Salamanca. Es sobre san Alberto Magno, maestro de santo Tomás de Aquino, quien fue desde jovencito muy devoto de la Santísima Virgen. Yendo mal en los estudios y creyéndose negado para ellos, temeroso de no sacar buenos resultados quiso abandonar el monasterio de Santo Domingo.
En su sueño aparecía, desde el suelo del patio hasta lo alto del muro, una escala por la que debía subir para encontrar la salida. Arriba se encontró con cuatro matronas, tres de las cuales le impedían marcharse con empujones y argumentos incontrovertibles. La cuarta era nada menos que la Virgen Madre de Dios, a quien pidió ayuda en el estudio de la filosofía, disciplina que estudiaba y no comprendía. La Virgen se comprometió a ayudarle si él se ayudaba estudiando con ahínco.
Para que supiera que el origen de la capacidad de aprendizaje obtenida era de ella y no mérito propio, le dejaría una señal. Tal señal consistía en que días antes de morir, disertando públicamente olvidaría todo lo sabido relativo a las ciencias. Tan satisfecho quedó de la visión que en adelante aprovechó cada instante en el estudio, no solo de la filosofía, también de la teología y de las Sagradas Escrituras, llegando a ser el obispo doctor de la iglesia que fue, un destacado teólogo, filósofo y patrón de los estudiantes de ciencias naturales.
En efecto, tal como la Madre de Dios le había anunciado, disertando en Colonia se quedó en blanco de todo conocimiento adquirido estudiando. Recordando la promesa de la Virgen, cerró el acto relatándola con la recomendación a los presentes de valorar en todo caso las capacidades recibidas y la obligación de aprovecharlas que cada uno tiene, sin envidia de nadie, pues cada uno recibe lo suyo y con lo suyo se obliga. Conociendo que había llegado la hora de su muerte, se retiró a un convento a meditar sobre la lección recibida de la Virgen María, a quien le bastó la promesa de ayuda para que él se ayudase e hiciera por sí mismo el prodigio.
Uno a uno doy lectura mental a los mandamientos de Dios y a los de la santa madre iglesia. Terminada la comparación entre lo que es y lo que debió ser mi vida, me arrepiento de todo corazón de las debilidades y, con palabras aprendidas de memoria, exclamo:

—¡Señor mío y Dios mío!, que te ofendes con el pecado y te aplacas con la penitencia, he aquí una oveja descarriada que vuelve al redil; acéptala en tu seno por toda la eternidad, pues su voluntad estuvo puesta a vuestro servicio. Débil como la hiciste, renunció al mundo y a sus deleites mentidos aceptando la dura brega de tus operarios. Señor, a vos llega esta alma atormentada que recibió suplicio siguiéndoos en el camino del Calvario, reviviéndolo íntegro excepto en la tercera caída, innecesaria como sabéis. Aceptadla, Señor. Os lo suplico por mediación de vuestra Madre y del bien amado discípulo Juan.

Nada queda sin hacer de lo que debía hacerse. Un profundo y placentero sueño me invade progresando a intervalos cada vez más breves. El sopor me arropa colmando mi hambre y mi sed. Un suspiro prolongado sale de mi pecho sin pasar por la garganta, sin cruzar el arco que los labios trazan en la boca. Un olor a romero y jazmines, a lejano sándalo, a cedro, a tierra húmeda y pan recién cocido invade progresivamente la estancia. Un sonido suave que ha de tener su origen en violines se mezcla con toda una orquesta indiferenciada, produciendo una melodía que tiene sobre mí un efecto sedante y revitalizador a un tiempo. Me doy cuenta, soy consciente del momento.
Se enseñorea de mi mente una claridad concreta que permite ver el mundo y entender sus misterios. Una nube de algodón imperceptible me rodea en un cálido abrazo, trasladando mi cuerpo al horizonte más lejano de todos los posibles, el lugar del nacimiento del sol, el momento inicial del universo, donde los colores se funden en uno nunca percibido y las medidas de los objetos desaparecen: altura, grosor y longitud, situadas en otra dimensión inapreciable, en un punto ínfimo que se confunde con la ausencia de la materia y de la energía.

 

25. La demanda se completa

c) Testimonio de Inés Pérez González respecto a las causas y consecuencias de su relación con Mapálica y Gumersinda:
1. Inés Pérez González declara que apenas tuvo contacto ni trabó amistad con Gumersinda, quien le fue presentada por Mapálica en una visita al piso de Fernández de la Hoz donde coincidieron.
2. No hubo roce, pues no llegó a vivir con ellos y era su hijo quien la visitaba. Sin embargo, habló con ella dos o tres veces, sacando la impresión de que se trataba de una mujer de mucha conciencia, que se mostraba agradecida a su hijo por todo el bien que estaba haciendo a las hermanas. Y habiendo llegado el caso la hubiera acogido y asistido, pues de confirmarse, como era de esperar, el carácter bondadoso y sencillo, cabía la posibilidad de que congeniaran.
3. Por el contrario, el trato con Mapálica fue muy intenso, estableciéndose una confianza de hermanas, pues las verdaderas no se hacían, dado su desapego, tan acreedoras.
4. Mapálica le confesó en una ocasión que, al conocerla, se le abrieron las puertas de los cielos, pues se encontraba muy sola y falta de cariño. Desde ese momento se llevaron bien y le ilusionaba la idea de ir a vivir con la declarante a su casa, más aún al estar situada en Toledo, ciudad por la que sentía predilección.
5. Reconoce Inés que antes del traslado cobraba seis mil pesetas diarias por darle de comer y vestirla los días laborables y diez mil los festivos; que la comida era pagada por la enferma y la cocinaba su hijo. Así sucedió tras el cambio de domicilio, pues ella tuvo que ir a tomar las aguas a un balneario en dos ocasiones buscando restablecer su salud precaria.
6. Mapálica confió una inversión a José María, hijo de la interpelada, pues tenía dinero infructuoso y pensaba que su vida iba a ser más larga de lo que en realidad fue. Buscaba un beneficio próximo y una seguridad de futuro; y se decidió por una operación inmobiliaria cumplidora de ambas condiciones. El hecho de mandarles a ellos la propiedad no cambiaba las cosas, pues de haberla necesitado Mapálica se habría vendido poniendo el importe a su disposición.
7. Frecuentemente expresaba Mapálica que José María era para ella como un hijo y que estaba siendo tratada con todo mimo y cariño. Si estuvo algunas veces sola la enferma fue con el fin de que descansara; de todos modos, siempre tenía el receptor de la televisión encendido, porque en algunos programas hallaba distracción y otros la distendían y relajaban llegando a dormirla.
8. El periodo de acogida a la enferma tan solo duró tres meses. Es rigurosamente cierto. Por desgracia, empeoró hasta tal punto que hubo de ser ingresada en el hospital, falleciendo dos días más tarde. En estas circunstancias el precio pagado se puede considerar alto; es razonable y no tienen nada que objetar, pero la valoración es, de necesidad, otra si se tiene en cuenta que su intención y la del hijo eran la de atenderla hasta el final, ocurriera este en los citados tres meses o en diez años. Longitud de la existencia, por otra parte, carente de exageración dada la actual esperanza de vida para la mujer, más aún dadas las abundantes y adecuadas atenciones que la anciana recibía.

 

26. Fin de la amistad

Una semana escasa después de recibido el único aviso mandado a los familiares de los internados, sin indicar la fecha de aplicación ni explicar las razones, en la residencia de ancianos vecina del consistorio se notaba un revuelo inusual. Las chicas dejaban en el portal de la casa, metida en bolsas, la ropa de los armarios; y unos extraños se agitaban inquietos dando órdenes al personal y buscando la aquiescencia de una dama enjuta, vestida de gris, que permanecía en silencio y se expresaba con gestos tajantes.
A media mañana, un fragor de ambulancias y coches de la fuerza pública violentó el sosiego habitual de la considerada plaza Mayor. Irrumpieron los vehículos bruscamente, se detuvieron alrededor del jardín, descendieron sus ocupantes y, denotando práctica, cada uno de ellos se ocupó con premura de su cometido. Entraron los enfermeros dentro del caserón y, debían de estar ya dispuestos los residentes, porque enseguida se hicieron cargo de ellos, sacando a unos en brazos y a otros sobre camillas. Una vez en la calle, sin excesivo esmero —era evidente que primaba la celeridad—, introdujeron a los viejecitos en distintas ambulancias de mayor tamaño que las habituales. Los guardias, en número considerablemente menor que el de ancianos, permanecían alerta; no hubo resistencia y resultó innecesaria su intervención.
Podía ser que esperaran la discrepancia de los parientes, pero al no haber comunicado ni el día ni la hora del traslado, nadie llegó con esa expectativa. Un ulular de sirenas huidizas dio fin a un desahucio tan preciso, tan correcto y tan rápido que, a los vecinos del pueblo, en su mayoría personas mayores, testigos casuales de la maniobra, no les dio tiempo a librarse de la sorpresa.
Veintidós horas después del desalojo, un día nublado, hosco y poco grato, Alberto, el nieto de Agripina, en su visita semanal se encontró clausurada la residencia. La puerta permanecía candada, con el timbre falto de corriente, mudo. Las persianas cerradas de los ventanales situados en la planta superior resaltaban oscuras tras los retazos de lienzos colgados de los balcones. Las telas exhibían, compuestos con letras negras, reproches dirigidos al dueño del edificio y a los funcionarios.
Sin duda eran obra de los empleados, solidarios ellos con la dirección que les procuraba trabajo y con los ancianos a los que atendían. El asombro de Alberto fue mayúsculo: faltaba una comunicación previa que concretase motivos, fecha y hora; nadie había requerido su aquiescencia y ningún aviso aparecía fijado a la puerta explicando lo ocurrido. El factor sorpresa resultaba imprescindible para que los autores cometieran tamaña alevosía.
El vecino de la puerta de al lado, un hombre mayor que se servía de muletas para andar, colmado de rabia y amargura detalló a Alberto la tropelía por él presenciada. Se le saltaron las lágrimas cuando se quedó sin palabras para continuar el relato. Recurrió el nieto al cuartelillo en busca de una asistencia que le indicara el paradero de Agripina. Ante su enojo manifiesto, el cabo defendió la acción ordenada por la juez.
—Malos tratos habían de darse para tomar tal medida —dijo—; una alimentación inadecuada y otras posibles infracciones, no sé, no conozco el sumario de cargos, mas yo mismo comprobé que los olores de los guisos llenaban los pasillos mientras la puerta de la calle permanecía cerrada para los internos. —Al destacar Alberto que la retirada se hizo sin avisar a los familiares, el guardia fue contundente—: Estas cosas se hacen así o no se hacen. Imagine setenta u ochenta parientes airados oponiéndose, ¿lo imagina?, pues ya tiene la respuesta que me pide.
Calmados los ánimos, el cabo enteró al reclamante del destino de su abuela: la sierra de Gredos, donde la provincia de Ávila toca a la de Toledo y acaba la comunidad de Castilla y León. En el pueblo de Mombeltrán, a 141 kilómetros por carretera.
Está Agripina conmovida cuando llega Alberto al nuevo albergue, cercano al castillo. Lleva el nieto una luz de la que está necesitada. Con la fuerza de los rayos solares, el día se abre por entre jirones prietos, la mañana surge e inaugura la normalidad. Por fin conoce la anciana que el mundo sigue prendido de lo alto, pues en su ignorancia del suceso temió que se hubiera precipitado a los abismos llevándola consigo.
De madrugada los prepararon para una excursión. Sorprendidos y hasta contentos permanecieron esperando la llegada de los coches, sin desayunar para no marearse. No todos fueron a ese sitio, pero hasta allí, en dos ambulancias, viajaron veintiséis impedidos, corderos conducidos a un incógnito lugar siguiendo designios hostiles; lo relata la abuela entre sollozos. La mitad de la carga en cada una de las furgonetas. Caídos en el piso, hacinados, recibiendo y dando vómitos, olores naturales de orines y excrementos: incontinencia propia de personas mayores asustadas.
Apartada de los suyos, Agripina se creyó secuestrada por desconocidos malvados cuando ya se preparaba para morir en Cristo. Los demás internos, compañeros de viaje, ven en el conocido nieto de Agripina al hijo o al sobrino y se abrazan a él retrasando su paso. Cada uno suma al relato una palabra, una frase, un párrafo —dependiendo del estado mental— y Alberto elabora con todo ello una teoría, si no de los hechos, sí de sus consecuencias.
Trata el joven de disimular la pena que le invade y, para mitigar la de su abuela, le muestra los alrededores. Los pies torpes y los ojos velados no permiten ir más allá de los paseos en coche y las charlas con vecinos. Conocen, en una fría tarde que ha firmado en esos momentos exactos la paz con el tiempo adverso, aspectos señalados del pueblo hospitalario. Es una villa llamada hace siglos Colmenar de las Ferrerías, que por obra de don Beltrán de la Cueva, valido del rey, pasó a ser el «Mombeltrán» escrito en los carteles.
Apenas logra conmover a su abuela la historia de amor vivida por el caballero con la reina, su señora, ni el posterior nacimiento de la niña Juana que dio origen a una guerra. Observan el castillo movidos por un interés decreciente; la plaza, las casas levantadas con voluntad de permanencia y, sobre todo, la arrogante montaña que se alza lindante. Tras la merienda, en la que la anciana se esfuerza por tomar algún sorbo del tazón para satisfacer al nieto, tiene este que despedirse. La abuela, pasando un momento de vacilación, a su pesar, lo acepta. Pero los otros, como un ancla de salvación o un clavo ardiendo, se agarran a la ropa del joven y no quieren dejarlo marchar.
Ido Alberto, agudiza la soledad sus aristas en el extremo más puntiagudo; y Agripina, con suficientes rencores que oponer al destino, la reconoce como compañera inseparable y habitante de su corazón, venero de todos los escritos alumbrados. ¡Qué lejos queda la época gloriosa!, un tramo de la existencia ya desatendido, en el que se reconocía su nombre en el interior de los despachos públicos, reverenciándola devotos incondicionales. Aquellos libros tan trabajados, hijos mayores de su ingenio, en los que pocos lectores habrán hallado la intención completa puesta por la autora, presumiblemente olvidados en anaqueles cubiertos de polvo, constituyen ahora los restos del triunfador naufragio.
Aliado y enemigo, el reposo la convierte en vigilante del desvelo. Las nubes negras que se han ido citando en ese lugar preciso desde las cuatro esquinas, añaden sombras y justifican las prevenciones. Acecha Agripina al relámpago que penetra a través de la rendija de sus ojos, ventana mal cerrada o insuficientemente abierta. Aguarda al trueno inmediato del chispazo, revelador de una proximidad preocupante. A pesar de que sabe al ruido inerme, cuando resuenan los cielos teme al trueno y lo piensa encaramado a los vientos que están sobre el tejado. Echa en falta la vela a medio consumir, rescatada del monumento en la Semana Santa, un sagrado talismán que aleja los nublos más congestionados, aquellos que van repletos de peligro. Quiere echarse un rato; duda durante un momento y nadie se percata de lo que su voluntad dispone.
En su nueva habitación, prevista para tres personas, tendida sobre la manta, pues pone buen cuidado en apartar la colcha para no arrugarla, con los ojos abiertos escudriña el torrente de grisura que inunda la estancia. Percibe el borde trasero de la cama, el armario que la corresponde, la puerta de salida y el perchero, donde la bata permanece descansando, mirando a la pared y dándole la espalda; a ella, que es la dueña y la compró en unas rebajas. El último trueno ha sido horrible, el mundo retumbaba y retumbaba, parecía inmediato el fin de todo; el rayo ha debido de caer muy cerca: en la cima del monte, sobre los árboles desnudos de la ladera inclinada o sobre la veleta de la iglesia. Es entonces cuando piensa unirse a los demás en la sala, porque acompañada se cree más segura.
Inquietudes antiguas, el miedo irracional y una excitación creciente, invaden su cerebro, que exaltado, no obedece directrices lógicas. Con mucho cuidado y un esfuerzo ímprobo consigue erguirse a medias. Inclinada hacia adelante se desliza muy despacio. Las manos se adelantan, escapan de los brazos como antenas detectoras, asistentes de las pupilas casi ciegas. Tropieza en una zapatilla, pierde el equilibrio y se da de bruces con las duras baldosas que dibujan rombos en el pavimento.
Terminó la tormenta su festival de luces y sonidos. Anochecer velado, el dolor lo enturbia todo; Agripina no percibe imágenes ni escucha ningún ruido. Se abandona a un blando sentimiento de impotencia. No grita; si gritara alguien la oiría. Nadie viene y el miedo la apoquina; anciana y sola, alejada de los hijos, de las nueras, de los nietos, sin marido. Acude la sangre a la salida inexistente, se queda a flor de piel y la enrojece ennegreciendo. Oscurecen la frente, la sien izquierda, el ojo de ese mismo lado, la nariz y el pómulo saliente. Parece un eccehomo, un Peer Gynt, un nazareno: así lo teme al menos.
Ejecutando bellas evoluciones de una suavidad tranquilizadora y envueltos en un silencio manso, como mariposas blancas se deslizan los copos desde las nubes circundantes. Poco a poco van albeando las cuestas empinadas y el pétreo castillo. Es raro el fenómeno atmosférico que acaba de ocurrir: una tormenta de enorme aparato eléctrico y, a su término, la llegada de la nieve.
Agripina permanece en el suelo sin quejidos ni lamentos; el dolor agudo del principio poco a poco se adormece. Dentro de la desgracia cabe aún la suerte, puede que todo esté previsto: alguno de los hijos habrá tenido en cuenta la eventualidad de su percance. Entra en la fase de sosiego, siente oleadas de alivio, la cubre una sensación profunda de vacío cercana a la felicidad. Siente expandirse el aire en los pulmones y oxigenarse la sangre de las venas. El suelo está acolchado, un pozo sin fondo, un abismo de plumas y regazos acogedores esperan su cuerpo para acunarlo. Un manto inmaculado de esponjoso armiño cubre el valle desde el pie de las montañas hasta las altas cumbres; enharina las calles, enjalbega las plazas y cubre de nieve la pendiente leve de los tejados.
Las nuevas chicas entran con sigilo. No viene Alicia, en quien fiaba todo. Se retiró a cuidarse de la malaria traída de Guinea, pero una vez curada se quedó sacando adelante la casa, madurando frutos; frágil amapola, fuerte lirio, infantes adorados. No vienen Sonia y Noelia, que tanta paciencia derrochaban en el aseo cotidiano y en las comidas prolongadas; es de creer que perderían el trabajo al cerrarse el centro de Bocigas. Pasan las chicas correspondientes de la residencia nueva para sorprenderse al encontrar a la escritora desconocida caída en el suelo. Yace hecha un ovillo de huesos y de piel, dormida; cuerpo y mente dormidos. Un leve calor que se va debilitando, el respiro inexistente y todas las constantes que aprendieron a medir en el cursillo indican que está muerta.
El médico, llamado con urgencia, nada puede hacer más allá de certificar el fin de las dificultades. Los hijos van llegando en el orden que impone la distancia desde los respectivos domicilios. Alberto regala a Clemen y a Serapia, dos compañeras llegadas en la misma ambulancia, las cuatro prendas sobrantes del indumento de su abuela, reservando para sí un cuaderno de pastas amarillas, continente de apuntes con los cuales la anciana pensaba componer la historia triste de su amiga Salus. Resulta cierto que está todo previsto. La aseguradora El Crepúsculo dispone un ataúd adornado con herrajes de latón y crucifijo dorado; las flores frescas, el furgón que transporta a la finada y las exequias todas siguiendo una secuencia imperturbable.
En las condiciones de la póliza se acuerda una parada en la iglesia de su villa natal. Allí la colocan: frente al altar mayor dedicado a la Virgen de la Antigua, retablo de madera de un gran valor escultural. Nunca estuvo en tal parte del templo, teatro de las sacras ceremonias y territorio de los hombres; unos bancos cercanos al sagrario misterioso son el lugar reservado a los concejales del ayuntamiento, a los niños de primera comunión y al catafalco del día de difuntos. Acostada en esa posición, mirando al cielo, ve los arcos valientes que sujetan la techumbre, la balaustrada labrada del coro, la capilla de los santos mártires y los restos del órgano, salvados por la luz de la mañana que ahuyentó, sin darles tiempo para completar su acción maligna, a los desconsiderados ladrones por encargo de las trompetas. Nadie los buscó, nadie los persiguió, nadie los encontró.
Se celebra, buscando el eterno descanso de su alma, una misa de cuerpo presente: sacrificio, réquiem y responso. Se oyen latines recitados con un soniquete preñado de melancolía que ponen la tristeza en la mirada empobrecida por el recogimiento, en los labios mustios y en el ceño fruncido de todos los presentes. Contribuyen sobremanera a crear la atmósfera de aflicción precisa, el plañido intermitente de las campanas recias —entrechocar del bronce contra el bronce—, el chisporroteo saltarín de los cirios y la visión del bonete invertido recibiendo limosnas.
Sus cuatro hijos la portan a hombros. Dos delante, a los pies; dos detrás, a la cabeza. Cuatro varones; no había parado mientes en la utilidad de ese detalle: no han hecho falta extraños. En lenta procesión que agota el largo repertorio de jaculatorias, paso a paso acercan la caja de madera al cementerio siguiendo un camino salpicado de cruces. Los sembrados de las cuestas pardas, los que rodean al pueblo y los cercanos al arroyo, respondiendo a lo esperado comienzan a nacer: despuntan las verdes hierbecillas, ralean tenues pinceladas. Es el final de un enero mohíno, el preciso día en el que hubiera cumplido los ochenta y uno, momento en el que hizo aparición la carta portadora del aviso: «Tengo el placer de comunicarle que, llegado el turno para eliminar la tela de sus ojos, el día 6 de febrero deberá presentarse en ayunas», dicho ello con una redacción más técnica. Habrá que poner sobre aviso a los que operan para que no pierdan el tiempo y pasen al siguiente enfermo.
El camposanto abre sus puertas de hierro con agudos chirridos, quejas dilatadas que se sostienen en el aire imitando lamentos de doliente. Las flores dejadas como ofrenda en noviembre son tallos resecos sobre las lápidas grabadas con breves epitafios. Ante las tres cruces del paseo central, representación del Gólgota, el señor cura inicia un padrenuestro. Continúan Micaela y Batilda, amigas en los días de charlas y costura; Vicenta, Encarna, Fidel y Fortunato; pronto es un clamor que llena el aire. Descendido con tiento al hoyo de la sepultura, sobre pétalos de amapolas el arcón recibe una lluvia de tierra, pequeños tabones recogidos en la pala reluciente, estrenada para el trance por los melgos, albañiles ellos por la fuerza de las circunstancias.
Las coronas de flores y los colores mezclados de los ramos cubren la tumba unificada de la mujer y del marido. A Alberto, mejilla abajo le resbala una lágrima; dolor sobre dolor, más abuela de él su abuela que de ningún otro, su ejemplo y estímulo. En los labios del nieto más pequeño florece incompleta una sonrisa: le han dicho —y lo piensa cierto— que la abuelita ha llegado a la gloria y estará arriba en forma de estrella luminosa, visible para todos en las noches serenas. Bulliciosos se persiguen, de los tejados de la ermita a los chopos del plantío, macho y hembra, dos pardales. Un almendro aguarda su pronta floración en la ladera.

 

27. La ayuda llega tarde

La venida del joven Alberto a la casa de la señorita Salus, tan esperada que una estrella podría haberla anunciado, no tuvo lugar el lunes, como estaba previsto antes de que el albur mudara los planes. Sino cruel e injusto, dueño de la voluntad de los hombres y, más aún, de las mujeres. Rompe lo unido y desgarra lo cosido con tanto esfuerzo y cariño. Sala las tierras fértiles y las convierte en eriales. Tiene, sin duda, otro rostro amable, pero no es el que Agripina ha visto la mayor parte del tiempo.
Sucedió que los acontecimientos se precipitaron en torno a la abuela de Alberto. Las circunstancias dieron a su persona, anciana recluida en una residencia de viejos, desconocida ella allí por todos, un indudable protagonismo. ¡Ah!, las circunstancias, las trágicas circunstancias se acercaron trayendo la muerte a la escritora y poeta, dejándola tendida en el suelo, sin respiro, sin consciencia. Quiso Alberto advertir a la señorita Salus del daño sufrido por su mejor amiga, pero la señorita Salus no debía de encontrarse en casa. El teléfono sonaba y sonaba sin que nadie lo descolgara para recibir el recado.
En la madrugada del martes aparece el cielo, como si de un presagio fatal procediera el color, teñido de oscuro añil. Y a las diez menos cuarto de la mañana, al igual que sucede cada día de trabajo, un ruido de llaves se aprecia, previo al leve quejido de la puerta al abrirse. Ha de tratarse por fuerza del nieto de Agripina, ese mozo serio que no encuentra trabajo después de un año de haber terminado la carrera, por lo que prolonga unas prácticas en el despacho de enfrente. Viene a dejar el almuerzo en el refrigerador: sabrosas viandas cocinadas por su madre, que logran el difícil encargo de incrementar un apetito ya bien despierto de por sí.
Nombra a la dueña de la casa como de costumbre y, al no obtener contestación, levanta la voz y repite:
—¡Salus!, ¡Salus!, ¡Salus! ¡Señorita!
Mientras va abriendo una tras otra las puertas que dan al pasillo. Sobre la mesa redonda de la cocina descubre un vaso de leche, relacionándolo al instante con el horno que en la encimera permanece abierto. Al lado, espera turno —es de pensar— una fuente plana, decorada con amplias elipses azules y rojas, continente de dos rodajas de un pescado blanquecino que comienza a descomponerse sumergido en su propio jugo.
Desatendiendo la sospecha que siente crecer en su corazón, piensa a la anciana trajinando en el dormitorio y a él se dirige. Le lleva cauto la prudencia tímida y devota, sabiendo el muchacho que se acerca a un santuario femenino. Repite de nuevo el nombre de la anciana, enfrentando el temor a no obtener respuesta y con la esperanza empeñada en conseguirla:
—¡Salus!, ¡Salus!, ¡Salus!
Titubea en el umbral frente a los ramales de su conducta inmediata; y allí permanece unos instantes tratando de escuchar algún sonido que delate movimiento. Nada revela una situación bien definida, así que, herido por la incertidumbre, penetra en el sanctasanctórum, donde observa con alarma que la cama no ha sido deshecha. En el ángulo izquierdo un sillón acoge la ropa de calle doblada: vestido y chaqueta flanqueados por el bastón y un bolso de piel algo rozado. Este hallazgo le lleva al cuarto de aseo y, otra vez, exclama al aproximarse:
—¡Salus!, ¡Salus!
Obteniendo por toda expresión un silencio que a esas alturas resulta demasiado elocuente.
Con la desconfianza indefinida que obedece a cien causas mezcladas, empuja la hoja de madera de pino que él mismo barnizó, viendo, a medida que esta se abre, una combinación de seda y otras prendas íntimas dejadas sin concierto encima de un taburete. En fuerte contraste con la suavidad del rayón, de un pálido tono rosa, enroscado como una serpiente resalta un rudo cilicio de esparto. Entra por completo y, allí, dormida, descubre a Salus; una anciana pálida, doblada, hecha a la forma de la bañera que contiene atravesado su cuerpo desnudo; desnudez de anciana dos veces desnuda.
A causa de la vergüenza se retrae un momento, musita unas palabras vacilantes y, al no recibir señal alguna, se aproxima medroso. Teme un vahído, un mareo de aquellos a los que es tan propensa. Se coloca al costado, tiende la mano temblorosa y levanta la cabeza mustia que apoya en el pecho su peso. Al soltarla —barbilla roma, labios purpúreos, nariz blanquecina y ojos cerrados— cae inerte de nuevo. A pesar de notar el tacto tibio, se apodera la alarma de su interior afligido, pues no percibe el aliento y empieza a creer que se trata de un mal que va más allá del desmayo.
Alcanza el pasillo y se precipita escaleras abajo hacia la vivienda de la vecina. Toca el timbre y, pasado un minuto intenso y largo, abre la puerta el marido, quien dibuja en el rostro una franca sonrisa y le ofrece, hospitalario como siempre es, la entrada. En raudo aluvión intenta relatar el descubrimiento. Cuando va por la mitad de una historia confusa, aparece la mujer deshaciéndose de un delantal sujeto al cuello por una cinta granate. Mientras ascienden los pocos peldaños, ella le refiere su creencia de que Salus estaba pasando unos días con Agripina, por ello no sintió alarma cuando llamó al timbre sin obtener fruto alguno. No informa Alberto, en esos momentos tan inadecuados, acerca del penoso traslado que tuvo su abuela, madre de su padre; ni de la confusión de su mente revuelta ni de la caída que dio término a una larga existencia, a medias luminosa y sombría.
Sin pérdida de tiempo penetran en el cuarto de baño y, con los cinco sentidos puestos en la observación, obtienen la certeza de que la vida, al marcharse, ha dejado vacío de energía ese cuerpo. Ambos opinan que se ha consumado la desgracia hace un tiempo muy corto y que, de haber adelantado Alberto la venida, tal vez hubiera habido algún remedio. Entonces sí; quizá por justificar su tardanza involuntaria, el muchacho relata a la vecina los hechos dolorosos que la ocasionaron: el traslado inhumano de la abuela y su llegada a un espacio lejano donde esperaba la muerte.
Sobre la consola del dormitorio de la casa de Salus, donde lleva tiempo colocado, se halla un sobre blanco cruzado en diagonal por letras negras. Pueden leerse dos palabras: «Últimas voluntades». En él están descritos los movimientos que se han de seguir llegado el trance recién llegado. El desbarajuste comienza a apoderarse de esa vivienda siempre tan quieta y ordenada. El médico, al redactar el certificado de defunción, tiene todas consigo y asegura que no es necesaria la autopsia si el juez así lo decide. El juez de guardia lo decide así, concediendo permiso para levantar el cadáver. Empleados de varias especialidades, pertenecientes a la funeraria, se van sucediendo. Luego llegan otros avisados por ellos, además de parientes, amigos y vecinos.
El salón, que da a la calle por la balconada donde Salus se quedaba tantos ratos viendo pasar la vida, se convierte en el lugar del velatorio. Muestra en el centro un catafalco de madera que ya ha dado de sí mil servicios como este. Soporta el armazón el cuerpo inmóvil de una quietud serena, ataviado con galas que son a todas luces impropias. El mejor vestido, el que ella guardaba para la ocasión, es un vestido antiguo que dejó de llevarse hace muchas temporadas.
Viene el futuro inmediato, el más próximo; y se desenvuelve conforme a los deseos de Salus, siguiendo el rumbo que su voluntad dictó en el escrito testamentario, cuyo extracto colocó ella sobre la cómoda con clara intención de observancia. Si no puede ser Agripina, situada más allá del espacio y del tiempo, más allá de los afanes humanos, quien dé cumplimiento al mandato ineludible e inalterable, lo serán Alberto y su padre, beneficiarios del todo comprometidos, junto a la abuela, de la mitad de la herencia y de todas las cargas.
Aproniano, el hermano a quien ella quería visitar próximamente, figura como beneficiario de la otra mitad. Son Alberto y su padre quienes convocan al orbe a un sepelio que la liturgia de los cánticos convierte en multitudinario. La basílica de San Francisco el Grande, dotada de la mayor cúpula religiosa de España, de treinta y tres metros de diámetro y con pinturas de Zurbarán y Goya: en ese espléndido escenario se desarrolla la solemnidad.
Estaban presentes en el templo los conocidos de Encinas de Esgueva y Valladolid, de Medina del Campo y Salamanca, sumados a los vecinos de los barrios madrileños donde Salus residió y a los fieles habituales de la que ella consideró siempre su parroquia. La acompañaban los amigos de los padres y hermanos; los compañeros de los diversos trabajos, en los que se mostró en extremo cumplidora y fiel; quienes tuvieron relación directa o indirecta con la finada y muchos otros que apenas oyeron alabar sus virtudes: honradez, modestia y templanza.
Sí, habían de estar presentes todos ellos, unidos por el deseo de tributar un homenaje merecido a la señorita Salus, para que se viera el templo tan atestado, de forma que los últimos en llegar abarrotaran las puertas abiertas, desbordando las aceras.
Es posible que no vinieran de lejos los presentes ni movidos por las esquelas publicadas en los periódicos o fijadas a las puertas de las iglesias de las poblaciones que fueron testigo de su itinerario. Quizá se tratase solo de curiosos que leyeron el aviso fijado al lado derecho de la puerta. Pudieron otros escuchar a su paso los cantos gregorianos, en un momento ciertamente irrepetible. Único, sí; ya que los discos grabados por los monjes de Silos, puestos de moda, se vendían como rosquillas a lo ancho del mundo. El caso es que no se vio en el barrio antes ni se vería después, funeral más numeroso; a no ser el de algún personaje de fama extendida. Si la señorita Salus pudo contemplarlo desde algún lugar del cielo, si desde el purgatorio le permitieron, como un favor especial, ese privilegio, será feliz durante los siglos de los siglos que dure la eternidad.
Para dar utilidad a sus conocimientos o añadir nuevos, colabora Alberto con el notario que lleva la testamentaría de Salus. Acompaña al oficial del escribano en las visitas a las oficinas del juzgado, a los registros de la propiedad, a la recaudación de la Ha- cienda Pública y a la compañía que procede a la enajenación de los bienes de la fallecida.
Por medio de una entidad bancaria que tiene en Buenos Aires una oficina abierta, envían a Aproniano su parte y le libran de cualquier compromiso, pues dado el grave padecimiento de su corazón y la enorme distancia, la señorita Salus, aconsejada por la razón, así lo dispuso.
Dando mayor aplicación a los veneros recibidos, mandan colocar la lápida de mármol rosado portugués, que es un sol naciente para el lúgubre cementerio cuando su superficie bruñida refleja los rayos primeros y últimos del día. «Dios mío, tú eres mi puerta a la eternidad». Añade al pie de la lápida, a modo de conclusión, esta breve frase en letras doradas; sentencia inspirada y solemne comprometida con la causa eterna que Salus había dado vueltas y vueltas en su cabeza antes de añadirla al epitafio. Posee el mensaje la virtud de fijar la piedra a la tierra, pues de otro modo se iría elevando hora tras hora hasta alcanzar el cenit y desaparecer por el poniente.
Padre e hijo encargan en la parroquia la serie de treinta misas conocidas como gregorianas, durante un mes completo, día tras día, sin interrupción entre ellas para dar mayor impulso al salvoconducto presentado por la difunta a la entrada de la gloria. Redoblan ambos el esfuerzo puesto en los pleitos, consiguiendo que los malvados violadores de la última voluntad de las hermanas, sin nada más que argumentar en su favor, desistieran de seguir pleiteando y fueran condenados.
Tras una búsqueda complicada por el hecho de no conocer el nombre del sacerdote que fue su confesor ni la parroquia del extrarradio en que servía a los fieles, estuvieron delante de un hombre fuerte, enérgico, sencillo y bueno. Con carácter, voluntad de hierro y capacidad de entrega, iba el cura vestido con traje de pana negra, sin alzacuello, cubriendo su cabeza una boina. Aún recordaba a la perseverante señorita Salus con cariño, por lo que aseguró sentir mayor pena dado el escenario y la duración de su agonía. Se encargaba el hombre de una parroquia nueva, cuya iglesia fue levantada por voluntarios sucesivos sirviéndose de materiales sobrantes de obras. Alrededor, crecía de noche un barrio de chabolas habitadas por familias marginadas de la sociedad. Él se encargaría de repartir entre los más necesitados los bienes que, a poquitos, se fueran recuperando de la expoliación sufrida, origen de tantos quebraderos de cabeza como superó la señorita Salus.
Todo se hace como ella quería y, de uno u otro modo, los caudales íntegros se emplean en la reducción de su tiempo de estancia en el purgatorio, por si hubiera de hacer el alma esa parada intermedia antes de subir a lo más alto. Sin embargo, las dos personas que recogieron su cuerpo exánime del lugar de expiración, Alberto y la vecina, no fueron conscientes de la equimosis rojiza aparecida en las plantas de los pies y en las palmas de las manos; y a Salus le hubiera satisfecho saber que existían testigos del prodigio.
Tampoco apreciaron el gran parecido de la mujer que tomó en sus brazos el cadáver, con la señora Beremunda, la madre mesurada; nariz, ojos, labios, perfilados por idéntico dedo; frente ancha hasta llegar a un cabello de nieve y ceniza. No, no se dieron cuenta, en suma, de que estaban pasando ante las últimas estaciones del viacrucis, las que dan fin a la pasión soportada por ella, las que agotan el largo calvario que ha sido la existencia de la temperada señorita Salus.
Una cuartilla doblada de papel manuscrito se halló en el lugar del monedero de Salus destinado a los billetes grandes. Por si explicara su posición ante la muerte en los últimos tiempos, aquí va el contenido:

Bienaventurado el que tiene siempre la hora de su muerte ante sus ojos y se apareja cada día a morir. Si viste morir a algún hombre, piensa que por aquella carrera has de pasar. Cuando fuere de mañana, piensa que no llegarás a la noche. Y cuando fuere de noche, no te oses prometer el hecho de ver la mañana, porque muchos mueren súbitamente. Por eso, vive siempre aparejado y con tanta vigilancia que nunca la muerte te halle des- apercibido; porque vendrá el Hijo de la Virgen en la hora que no se piensa. Cuando viniere aquella hora postrera, de otra manera comenzarás a sentir de toda tu vida pasada; y mucho te dolerás porque fuiste tan negligente y perezoso. ¡Qué bienaventurado y prudente es el que vive de tal manera, cual desea ser hallado en la muerte!

Enseñado al confesor, dijo que pertenecía al capítulo XXIII, titulado «Del pensamiento de la muerte», correspondiente al libro De la imitación de Cristo o Menosprecio del mundo. Para tenerlo a mano en sus salidas, lo copió de uno de los libros de cabecera que ella solía leer al acostarse, obra de Thomas Kempis, nacido en Kempen, Alemania, canónigo seglar agustino del siglo XV, de fama mundial a causa de ese libro.

 

28. El momento deseado de la resurrección

Al referirse a la señorita Salus, la amiga Agripina contaba las contrariedades que ambas sufrieron en el colegio de Medina del Campo debido al estudio de los textos que habían de aprender de memoria sin llegar a entenderlos. Una de las hablillas tiene suficiente entidad como para no ser dejada en el tintero.
Es un asunto ligado al padre jesuita Gaspar Astete, nacido en un pueblo de Salamanca en el siglo XVI y muerto en Burgos. Vivió en Simancas y en Valladolid; y la obra fundamental llamada Catecismo de la doctrina cristiana por preguntas y respuestas fue publicada al final de su vida.
Resultó el cuadernillo de gran importancia en la expansión de la Reforma católica y en la evangelización de América, llegando a las mil ediciones. La señorita Salus y su amiga hicieron lo imposible por dominarlo porque era «el compendio simple de lo que todo cristiano debe saber y cumplir para salvarse». Y ellas, como todas las muchachas, querían salvarse. Había más: los arzobispos de Sevilla y Burgos concedían indulgencias a quien lo leyere o escuchare. Debe destacarse que pasó a ser instrumento esencial de los sacerdotes y educadores, quienes debían ceñirse al texto exacto, sin añadidos ni florituras de su propia cosecha.
El concepto más espinoso venia dado por una pregunta sobre la Virgen Madre de Dios y su correspondiente respuesta.
Pregunta: ¿Pues cómo se obró el misterio de su Concepción?
Respuesta: En las entrañas de la Virgen María formó el Espíritu Santo de la purísima sangre de esta señora un cuerpo perfectísimo, crio de la nada un alma y la unió a aquel cuerpo; y en el mismo instante a este cuerpo y alma se unió el Hijo de Dios; y de esta suerte el que antes era solo Dios, sin dejar de serlo, quedó hecho hombre.
No era solo que las alumnas quedaran in albis del significado, lo peor vino cuando ellas dos lo discutieron en profundidad y consultaron con la monja las dudas. La monja, careciendo de una explicación inteligible, las obligó a quedarse en la clase en las horas de recreo durante una semana estudiando el catecismo.
El tiempo empleado dio para bromas, pues estando juntas olvidaban las preocupaciones. Si bien, al poco, el desasosiego acabara imponiéndose. He aquí uno de los motivos:
Pregunta: ¿Cuándo vendrá a juzgar a los vivos y los muertos? Respuesta: Al fin del mundo.
Pregunta: ¿Y entonces han de resucitar todos los muertos? Respuesta: Sí, Padre, con los mismos cuerpos y almas que tuvieron.
La noticia de la resurrección era buena, pero en sus condiciones, con un rostro desfigurado por la quemadura y voz ininteligible, mantenerse en las mismas circunstancias durante la eternidad equivalía a ser objeto de burlas en ese tiempo sin conclusión.
Queda claro que, de una u otra forma, a lo largo de su irregular existencia, la señorita Salus conoció el secreto de la vida y nos lo fue revelando. La voluntad y la perseverancia, puestas al servicio del propósito mantenido como objetivo vital, acaban dándonos la razón y el premio. Persevera y vencerás, parece decirnos a quienes la conocimos, como resumen de sus pensamientos, de sus dichos y, sobre todo, de sus actos.
En la Historia de la Iglesia Católica (BAC MCMLV, tomo I, capítulo I), del jesuita padre Bernardino Llorca, la señorita Salus dejó subrayado este concreto párrafo:

Confirmados plenamente los Apóstoles y cumplida ya la misión redentora de Cristo, se reunieron todos en el monte Olivete, y con una majestad digna de Dios, se elevó Jesús a los cielos a vista de todos sus discípulos y apóstoles reunidos. Sus últimas palabras fueron de consuelo y aliento. Su ascensión al cielo era necesaria. Muy en breve los enviaría al Espíritu Santo, que les comunicaría aquella fortaleza espiritual que necesitaban para extender en todas partes el reino de Dios, su Iglesia santa. Ellos, efectivamente, se mantuvieron aquellos días estrechamente unidos en el cenáculo en torno a la Santísima Virgen, hasta que diez días después, el día de Pentecostés, descendió sobre todos el Espíritu Santo, con lo que se trocaron en otros hombres.

Ninguna novedad presenta, nada dice que ella no hubiera leído en otros autores, pero quiere dejar constancia del conjunto y lo recalca. Además de subrayar el párrafo, entrecomilla esta idea: «Ellos, efectivamente, se mantuvieron aquellos días estrechamente unidos en el cenáculo en torno a la Santísima Virgen, hasta que diez días después, el día de Pentecostés, descendió sobre todos el Espíritu Santo, con lo que se trocaron en otros hombres». La madre estaba presente, como uno más, como la primera entre los demás.
Los planes de la Providencia, los designios del Señor, lo que la gente conoce como el Destino, el suyo también, es el concepto que afianza a la lectora en su idea de estar siendo utilizada, al modo en que los judíos lo fueron, en la pasión y muerte de Jesucristo. Por tanto, lo sería de igual modo en la resurrección determinante.
Es sabido que Alberto, nieto de la poeta y escritora Agripina, encontró un cuaderno de apuntes entre las pertenencias de su abuela cuando la anciana falleció en la residencia de Mombeltrán, adonde había sido llevada arrastras. Parece ser que Agripina anotó todo lo que supo o imaginó de la Señorita Salus para cumplir con lo prometido a la amiga del alma: «Testificaré sobre tu vida trecho a trecho, no lo olvides; vive tu tiempo conforme a los dictados de la conciencia y mi testimonio dibujará un buen retrato». Parece una sentencia bíblica pronunciada, lo más seguro, para afirmar y reafirmar el comportamiento metódico de la amiga.
Al encontrar ese texto, heredado en cierto modo, Alberto se vio distinguido por el dedo de la abuela para continuar la narración. Es cierto, obligado a acabarla de manera que formara una unidad, tuvo que olvidar sus expresiones jurídicas y tomar las literarias que componían su segundo lenguaje, un lenguaje a veces poético, tomado como ejemplo de la muy leída literata Agripina. De modo que la forma de todo lo conocido hasta ahora desde la primera página tiene como autora a la abuela, siendo lo que se puede leer hasta llegar a la última, exclusivamente trabajo derivado del joven, quien, por cierto, no tuvo más remedio que buscar justificación a sus impresiones en el armario acristalado donde su abuela fue guardando los libros leídos. Faltarían, a buen seguro, los prestados que no fueron devueltos, pero se compensarían como ocurre en estos casos con los que llevaron el camino contrario.
Hay un pasaje que solo relata san Mateo en su evangelio:
Concluido el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena y María, la de José, fueron a visitar el sepulcro. Aún no podían avistar el lugar exacto, cuando se produjo un gran temblor de tierra. Sucedió que, en el mismo trance, un ángel del Señor bajó del cielo, hizo rodar la piedra que sellaba el sepulcro, liberó el cuerpo divino y se sentó sobre la lápida. Su manera de llegar y su aspecto coincidían con el de un relámpago; y sus vestiduras eran blancas como la nieve recién caída. Al verlo, los fieros guardias armados que cuidaban el sepulcro recibieron una sacudida fortísima que los hizo temblar de espanto para quedar, al momento, insignificantes, petrificados, como muertos. Cuando llegaron a la sepultura las mujeres, estaban consternadas por la aparición. Entonces, el ángel dijo: «No teman, yo sé que ustedes buscan a Jesús, el Crucificado. El Maestro no está aquí, porque ha resucitado como había dicho. Vengan a ver el lugar donde estaba y vayan enseguida a decir a sus discípulos que el Señor ha resucitado de entre los muertos y llegará antes que ustedes a Galilea; vayan y allí lo verán. Esto es lo que yo tenía que decirles».
Mientras las mujeres iban a cumplir el mandato, algunos de los guardias que presenciaron el prodigio llegaron a la ciudad e informaron a los príncipes de los sacerdotes de todo lo que, en su presencia, había sucedido.
Después de reunirse los guardias con los ancianos y tener lugar la deliberación del consejo, dieron una considerable suma de dinero a los soldados, diciendo «Explicad esto: “Mientras nosotros dormíamos de madrugada un sueño profundo, sus discípulos vinieron y, abriendo el sepulcro con palancas, robaron el cuerpo”. Y si lo contado por vosotros llega a oídos del gobernador y no lo cree, nosotros lo convenceremos y os evitaremos las dificultades que tengáis por ello».

Así que los guardias tomaron el dinero e hicieron lo que les habían ordenado. Esa fue la mentira que se divulgó extensamente entre los judíos, permaneciendo tiempo y tiempo en la memoria popular. Puede que haya llegado hasta hoy y sea creída por algunos creyentes de buena fe.
Este incidente, conocido sin duda por la señorita Salus, daría origen a la duda que, en ciertos momentos, albergó la buena mujer a propósito de la resurrección de Jesucristo. Duda, bien es verdad, tan equilibrada por el lado de la fe y tan rápidamente cerrada que ni pensó en consultarla con el confesor.
Sabido es que la señorita Salus, iniciada por la madre y movida por la propia voluntad, leyó cuanto libro sagrado llegaba a sus manos; más que nada los Evangelios. El ejemplar deslucido que los contenía fue el primero de sus libros de cabecera; leía un rato largo cada noche antes de conciliar el sueño, dejando anotaciones al margen o entre líneas, escritas a lápiz. Queda acreditado, por tanto, el descubrimiento de las concordancias y discordancias surgidas entre los evangelistas. También ligaba unos pasajes con otros, de modo que sacaba consecuencias que la sirvieron para formar su opinión del momento; y de ahí las ideas religiosas que tuvo y mantuvo.
Leyó Salus en san Juan, 11-25, que Jesús dijo: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá; y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá». Estas palabras del evangelista prendieron en su alma sensible con la más fuerte de las convicciones que una devota llega a alcanzar. Más aún cuando lo leído había sido escrito por Juan, para Salus el mejor informado de los cuatro y el de mirada más certera.
No obstante, la señorita Salus, lectora de gran diversidad, encontraba contradicciones que ella consultaba con el confesor o se explicaba a sí misma como su fe la daba a entender.

 

29. La asunción a los cielos

Hay un asunto al que se suele dar poca importancia aun teniéndola notable: es la consideración de la mujer en la Iglesia. La señorita Salus leyó que hasta el año 585, en el Concilio de Macon, las mujeres, con excepción de la Virgen María, no tuvieron alma reconocida. Fuera o no cierto lo leído, ella sabía bien lo que la mujer había significado para la Iglesia a lo largo de los siglos: no podía participar en los coloquios de fieles y, si quería hacer alguna pregunta referente a los asuntos tratados, había de esperar a llegar a casa y consultar al esposo. San Pablo explica a los corintios en su primera carta: «Cristo es la cabeza del hombre; la cabeza de la mujer es el hombre y la cabeza de Cristo es Dios». En añadido, veía Salus lo que la mujer representa dentro de la Iglesia en la actualidad; y con ello le bastaba. Si María fue la excepción femenina para la jerarquía católica, puedo asegurar que ella quiso ver a todas las mujeres tratadas del mismo modo. Ahí, probablemente, arrancaba la devoción que tuvo a la Madre de Dios. Ahí, quizá, halle fundamento el hecho de querer parecerse a ella hasta el momento final.
Interesada por el arte sacro, vio la señorita Salus en la misma visita dos cuadros del Museo del Prado que evidencian una costumbre nacida en los primeros tiempos del cristianismo. Son estos, el Entierro de santa Cecilia en las catacumbas y el Entierro de san Lorenzo en las catacumbas. Ambos cadáveres van envueltos en lienzos, al modo en que fue cubierto Jesucristo. Los cuadros despertaron el interés de la devota por las catacumbas de Roma, ciento setenta kilómetros de túneles que, en sus laterales, albergan miles y miles de tumbas. Muchas de ellas quedan bajo una sola arteria, la Vía Apia. Así pues, lugar de refugio y reunión de los fieles perseguidos, fue también cementerio, es decir, dormitorio. Ellos consideraban la muerte un tiempo de sueño, de espera, hasta la resurrección. A quienes morían bajo los suplicios y la espada del martirio les prestaban una consideración mayor, reflejada en la mayor importancia de sus enterramientos. Salvo en el espacio iluminado por los lucernarios, todo era oscuridad y negrura.
Reflexionando, sacó la señorita Salus tres enseñanzas de suma transcendencia: la esperanza en la resurrección viene de lejos, la muerte más deseada ha de ser la recibida en la consumación del martirio a causa de la fe y, por último, que el culto a los muertos no es más que el sueño transitorio de los difuntos velado por los creyentes vivos.
En lo referente a la resurrección de los muertos, una forma sencilla de explicar la evidencia de las palabras divinas es pensar lo que el Hijo del Hombre quiso encerrar en ellas. Se refería, simple y llanamente, a que los creyentes al morir resucitan para no volver a morir jamás. No caben otras interpretaciones derivadas.
Incluso así, como algunos de los cristianos de la iglesia de Corinto negaran la resurrección de los muertos, escribió san Pablo a los corintios: «Sabemos que Cristo fue muerto por nuestros pecados según las escrituras. Y que fue sepultado y resucitó al tercer día, conforme a lo también recogido en las escrituras. Que fue visto por Cefas, Pedro por otro nombre, y más tarde por María Magdalena y los doce. Y por Santiago y por mí, el último de los apóstoles yo, el más indigno porque antes de creer luché contra la Iglesia. Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe. Falso testimonio daríamos, pues si los muertos no resucitan, Cristo, en cuanto hombre, tampoco resucitó. Queda del todo probada por los testigos lo que las escrituras anunciaban».
Podemos suponer a Salus conocedora de que el IV Concilio de Letrán, del año 1215, convocado por el papa Inocencio III y celebrado en la basílica romana de San Juan de Letrán, dejó sentado que en lo referente a la resurrección de los muertos: «Todos ellos resucitarán con el propio cuerpo que ahora llevan». Ha llovido desde entonces, como ella diría. Considerándolo cierto, la dificultad se reduce a entrever cuándo sucederá y cómo serán los cuerpos de los resucitados. Según san Pablo, la resurrección generalizada tendrá lugar cuando el mundo acabe y venga Cristo de nuevo para el juicio final, la llamada «parusía»: segunda venida de Cristo, el advenimiento de un Cristo triunfante sobre el mal.
En Apocalipsis 21, 4 está escrito, refiriéndose a los resucitados: «Dios enjugará toda lágrima de sus ojos y no habrá ya muerte, ni habrá llanto, ni lamento, ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir».
San Pablo fue una fuente inagotable de explicaciones para la señorita Salus. En Corintios 15, 55-57 explica como sucederá: será en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, cuando suene la trompeta final los muertos resucitarán incorruptibles y nosotros seremos transformados.
El cuerpo y sus características se explican un poco en Filipenses 3, 21, cuando San Pablo añade que Cristo «… transformará nuestro pobre cuerpo mortal haciéndolo semejante a su cuerpo glorioso».
Abundando sobre eso, en San Mateo 22, 30 Salus leería: « Porque en la resurrección, ni los hombres tomarán mujeres, ni las mujeres marido; mas son como los ángeles de Dios en el cielo.
También escribió San Pablo que los cuerpos de los resucitados no podrán enfermar y su movilidad será la vertiginosa de los espíritus.
Salus, pues, conociendo lo que aquí queda reflejado, pudo llegar a esa misma conclusión y aplicarse la creencia a sí misma. Si la sabemos en el convencimiento de que su vida última iba repitiendo la pasión de Jesús, paso a paso, resulta lógico creer que no acabara en la muerte su imitación, debía llegar a la resurrección, el acontecimiento que justifica y ensalza todo lo demás, incluido el grueso de la doctrina.
Escribe San Juan, en el versículo 17 capítulo 20 de su evangelio, la escena emotiva en la que Jesús dice a María Magdalena, cuando la mujer se acerca a él al poco de resucitar, más lacónico que en otras ocasiones, la tan repetida frase conocida en su forma latina de «noli me tangere», literalmente ‘no me toques’. Frase que podía interpretarse como un rechazo o una advertencia de trato para los nuevos tiempos. Aunque, si tenemos en cuenta el significado en griego de la expresión equivalente, el sentido se modifica lo suficiente como para mejorar la interpretación a «no me retengas». Que es, no un rechazo, sino una exhortación hecha para destacar la continuidad de su obra inacabada. Misión que, en «Los hechos de los apóstoles, 1-8», se explica con las palabras del Maestro a los discípulos, dichas momentos antes de elevarse a los cielos: «Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, hasta los confines de la Tierra». Dicho esto, los apóstoles lo vieron elevarse, ocultándolo una nube de la vista de ellos.
La resurrección del Señor, tal como había prometido él en sus prédicas, vista por los ojos abiertos de la Señorita Salus, era un simple paso hacia la ascensión a los cielos para reunirse con el Padre, hecho que debía ocurrir una vez cumplida la misión terrenal encomendada. De ahí que ella, deseándola para sí misma, terminada su labor tiempo atrás, no la esperara de la misma manera.
De hecho, la estampa que le servía de marca páginas señalando los párrafos a los que deseaba volver en sus lecturas inmediatas, no era otra que la reproducción de un cuadro del gran pintor francés del siglo XVII, Nicolas Poussin. Se trata de una escena en la que se ve a la Virgen ascendiendo entre nubes a los cielos. Nuestra Señora es elevada por catorce angelitos, colocados en forma de columna irregular que parte del sepulcro recién abandonado. Se considera importante el hecho de que fueran los ángeles quienes la impulsaran —asunción— y no subiera ella por su propia acción como Jesucristo. Hay en la Virgen María una actitud pasiva, que es simple obediencia. desde que aceptando su destino respondió: «Hágase en mí según tu palabra».
La asunción de la Madre del Señor a los cielos está entre los dogmas de fe definidos por la Iglesia. Fue proclamado por el Papa Pío XII el día 1 de noviembre de 1950, en la constitución Munificentissimus Deus. Tras consultar las enseñanzas de los teólogos y de los santos como san Antonio de Padua, san Alberto Magno y santo Tomás de Aquino, la interpretación de san Buenaventura, el pensamiento de la Escolástica en san Bernardino de Siena y la confirmación de los escritores sacros como san Francisco de Sales, a la luz de su saber y entender, se redactan preámbulo y texto.
El preámbulo y el texto dicen así:

Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces, después de invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para mayor gloria de Dios omnipotente, Dios padre que otorgó a la Virgen María su peculiar generosidad; para honor de su Hijo, rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria de la propia augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que «La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo».

Que la Señorita Salus pensó para sí misma en el ejemplo de María y no en el de Jesús; se corresponde no solo con el hecho diferenciador que muestra al Hijo obligado a dar fin a la vida pública, dejando las últimas enseñanzas a los apóstoles y a los numerosos seguidores, sino también, y principalmente, para establecer la diferencia entre el Hijo de Dios y la Madre del Hijo de Dios, humana ella, al fin y al cabo.
La Virgen debía ser modelo para los demás humanos. Ejemplaridad que se pide a cualquier creyente y, por tanto, a la propia señorita Salus. En consecuencia, según ella creía, todos resucitaremos de ese mismo modo, siendo elevados hasta alcanzar la gloria y la felicidad eterna en la presencia de Dios.
El favor hecho a Salus supone, nada más y nada menos, adelantar el momento de la resurrección, como se hizo con la Virgen, resucitando ya con el cuerpo celestial que los ángeles suben.
Por eso, no resulta difícil imaginar que el mármol rosado de Portugal, lápida destinada a cubrir y preservar la fosa terrena de la señorita Salus, se fuera encendiendo e incendiando al atardecer con el fulgor fortalecido del sol poniente, de por sí lánguido y quebradizo; momento en que los ángeles apartaban la losa de su sepultura sin esfuerzo.
Luz en clara oposición a la oscuridad del cementerio situado en las catacumbas. Sería dado a los espectadores apreciar la luz
sobre la lápida en su evolución paulatina desde el amanecer incruento, subiendo a la montaña luminosa del mediodía, para descender luego, ladera de claridad abajo, hasta la sangrienta incertidumbre del crepúsculo, momento inmediatamente anterior a la llegada del melancólico gris que avanza hasta el negro final.
Luz y oscuridad se hacen símbolos que reproducen los colores blanco y negro, opuestos ya para siempre con idéntico significado: cielo e infierno, santidad y pecado, lo bueno y lo malo; más aún, el bien y el mal. Cuestión que no carece de importancia, pues lleva a las gentes a adaptar a los colores su conducta de aceptación o rechazo.
De los tonos y matices se tomaría para el trascendental acontecimiento el color rosado, dueño de la delicadeza carnal de los capullos de amapola aparecidos de manera prematura al rasgar la cubierta verde. Amapola, flor que la señorita Salus apreciaba por encima de cualquier otra al atribuirla similitudes con su propio carácter. Débil ella al principio, resistente más tarde, para volver de nuevo a la animosa debilidad. Se tomaría, además, el azul más puro de todos los celestes, nacido en el arcoíris inaugural del firmamento, escogido antes de que el blanco lo contaminara. Contaminación a su vez del blanco el azul, pues la luz prístina es la suma de todos los colores.
Llegado el instante preciso, se oirían los sones de dulzaina y tamboril recorriendo en procesión las calles enramadas de todos los pueblos en fiesta y los cohetes lanzados desde los atrios de las iglesias románicas en su transición al gótico. Se verían vivísimos fuegos de artificio rompiendo las noches de verbena. Caerían aquellos confites y peladillas que los padrinos lanzaban a los niños, yendo desde la pila bautismal hasta el portal de la casa en las mañanas o tardes de los domingos de bautizo.
Debemos imaginar el olor a sándalo extendido por el entorno, hinchiéndose el espacio, colmándose con los sones multiplicados
de la trompetería triunfal y los cantos sobrehumanos de los monasterios al alcanzar su expresión máxima; siendo entonces y solo entonces, tres días antes de los idus de octubre, día 12 del mes, asumida la señorita Salus. Quedaba tras ella, sobre el borde del sepulcro abierto, el lienzo que la cubrió en el interior. Vestida con las mejores prendas que pudo imaginar, con los brazos abiertos y la mirada puesta en lo alto, ocupando en cuerpo y alma el interior de la columna de ángeles, impulsada y atraída por ellos, subió, subió y subió hasta alcanzar, tímida y crecida a un tiempo, la mismísima antecámara del trono del Padre.

Podéis ir en paz, la vida continúa.

 

Análisis
Por Ester Abreu Vieira de Oliveira

Médula, intríngulis y cierre definitivo de la aventura terrenal de la señorita Salus, según afirma el autor; el libro comienza con unas palabras de Cesáreo Gutiérrez Cortés. Es Cesáreo el principal heterónimo de Pedro Sevylla de Juana, casi un trasunto de él en algunas ocasiones, ya que llega a mostrarse a modo del relator omnisciente, pues sabe tanto del autor como el propio autor; incluso más, porque goza de mejor memoria. Ambos nacieron en el mismo lugar y día, llevando en adelante vidas muy diversas. Ejemplo este, nítido por repetido ad infinitum, del nacimiento de las personas, del tiempo y lugar; y de la consiguiente progresión vital en perfecta concordancia.
De tal modo que no solo la pobreza y la riqueza materiales se heredan por así dictarlo las leyes de la propiedad privada, sino que hasta el ejemplo del entorno muestra diferentes maneras útiles, seguidas como si fueran cosa propia. Debemos tener en cuenta este aspecto porque la familia de la señorita Salus es determinante en su conducta y lo mismo sucede con sus expectativas. Más la madre, por su amor silencioso y su ejemplo; menos el padre, debido a los gritos, los castigos y su incoherencia; y en diversa cuantía, los hermanos, por sus afinidades y apoyo. Ese mundo tan cerrado, en su peculiar manera de comportarse, va configurando caminos individualizados que tienen mucho de paralelos. Y todo ello sucede de manera natural y, en apariencia, lógica; siendo, como se sabe, las emociones en estos casos las más influyentes.
La historia de El Destino y la señorita Salus se narra en 29 capítulos, cuyos títulos resumen hechos que conforman la existencia y la muerte de Salus. La protagonista, una octogenaria de piel rosada, estatura media, calma, risueña, indulgente con los sufrimientos que la edad le trajo y de carácter firme, era tenaz en la consecución de sus objetivos, mostrándose vanidosa de las manos. Tenía el cuello alargado y los cabellos blancos sujetos en un moño. Usaba bastón con empuñadura de bronce en forma de cabeza de águila.
Pedro Sevylla de Juana, autor de 27 libros —novelas, ensayos, cuentos y poemas—, escritor sensible, destaca a la mujer en sus escritos, tanto su vida difícil como sus anhelos reiterados. En esta obra, la mujer es Salustiana Caballero Niño —Salus—, de carácter dulce, agradable e inalterable, que vive en el sexto piso de un edificio situado en el lado noble del Triángulo de Oro, al norte de la ciudad de Madrid. Su historia se mueve entre los conflictos de varios mundos: el familiar, el de los amigos y el de la religión; alcanzado este último a través de las interpretaciones hechas en lecturas de textos de san Pablo, san Agustín y san Francisco de Sales, de las epístolas y de los salmos. También, hallados en escogidos pasajes de los evangelios y en las enseñanzas maternas, sumados a la convivencia desarrollada en el colegio de religiosas. En su autoconciencia, reconoce el carácter orgulloso que intenta someter a las enseñanzas cristianas de amor al prójimo.
Su vanidad y orgullo culminan en el alejamiento total de la vida exterior y en la concentración de los deseos de alcanzar lo sublime. En esta obra, el autor se sirve con frecuencia de intertextos religiosos, tratando de preparar al lector para el momento culminante de la resurrección de Salus.
En los últimos capítulos, la narrativa se revela como un relato de un relato, cuando el lector conoce que Agripina, la amiga escritora de Salus, había dejado unos apuntes cumpliendo una vieja promesa a la amiga: «Testificaré sobre tu vida trecho a trecho, no lo olvides; vive tu tiempo conforme a los dictados de la conciencia y mi testimonio dibujará de ti un buen retrato».
Un nuevo narrador dará término a la novela: Alberto, el joven nieto de Agripina. Es cierto, obligado a acabarla de manera que formara unidad, tuvo que olvidar sus expresiones jurídicas y tomar las literarias que componían su segundo lenguaje, un lenguaje a veces poético, tomado como ejemplo de la muy leída literata Agripina. De modo que la forma de todo lo conocido hasta la muerte desde la primera página, tiene como autora a la abuela, siendo lo que se puede leer hasta llegar a la última, exclusivamente trabajo derivado del joven.
La función del arte de transfigurar la realidad ya fue vista por Platón, cuando, en la República (1956), Sócrates dice que los poetas trágicos son imitadores que realizan simulacros de simulacros, copias de copias. En este sentido, el arte, por ejemplo, presenta un mundo invertido en un proceso de identificación con lo conceptual entre arte y vida. Y el arte busca hacer creer que presenta lo real, lo que, según S T. Coleridge, tiene como consecuencia la suspensión de la incredulidad.
El estado onírico del escritor al crear su obra es semejante al estado del sueño, de su recordar y relatar, trayendo a la superficie estratificadas evocaciones que, por lo contiguas, se van uniendo. Sin embargo, el novelista en su escritura busca convencer y persuadir al hipotético lector haciendo el sueño verosímil. Para ello, es necesario que tanto los personajes como las situaciones por ellos vividas sean creíbles.
La narrativa proporciona al escritor la oportunidad de modelar a los personajes y la congruencia añadida de entregarles el soplo vital en el tiempo y en el espacio. El escritor Pedro Sevylla de Juana da sustancia física y mental a una octogenaria y poco a poco va llevando al lector al conocimiento de la vida presente de la señorita Salus, tanto los problemas de un cuerpo ya cansado como la situación familiar tras la pérdida de amigos y familiares; incluso el resultado de las herencias mal resueltas, unas y otras en forma de apropiaciones indebidas de personas engañosas.
Los capítulos que conforman la novela sirven al lector para tomar conocimiento del pasado de Salus —su infancia y juventud—, de su modo de pensar y de la personalidad entera, en retratos individualizados como el suyo y los de su familia cercana. Va avanzada la novela cuando el lector descubre que se trata de una historia de memorias, producida por Agripina, que, dominando el acto de escribir como un arte, recupera la historia de su amiga Salus para el tiempo y el espacio de la posteridad. Al rescatarla, organiza las vivencias de su amiga-personaje, las rememora, las interpreta reconstruyéndolas en destellos. Los fragmentos de las remembranzas del personaje protagonista van suministrando los elementos que forman parte de su personalidad y genealogía, de su psique y su pensamiento, de sus temores y esperanzas. Asimismo, los mecanismos que indagan en sus dudas, sus tormentos y deseos. En la reunión de los pedazos de la memoria de Salus los hilos narrativos se entrelazan a lo largo de la novela.
Freud considera que las creaciones artísticas constituyen realizaciones de deseos —inconscientes y reprimidos—; y por eso las estudió como narraciones de sueños, actos fallidos y síntomas neuróticos. Según ese psicoanalista, como la experiencia de la satisfacción queda asociada a la imagen del objeto que la provocó, cuando surge el estado de tensión, la visión del objeto que proporcionó la satisfacción (agrado o desagrado), se reactiva.
Freud separa la energía psíquica en dos modos de circulación: la energía libre y la conexa. Esta corresponde al desagrado-función de defensa del ego, relacionado con el inconsciente. Su descarga es retardada o controlada, pendiente del resultado de una transformación del proceso primario que se presenta en los sueños; pues los secundarios están en el pensamiento de la vigilia, en la atención, en el raciocinio y en el lenguaje. En los sueños, las conexiones son absurdas, contradictorias y / o extrañamente alocadas. Lo que se recuerda, gracias al olvido, es fragmentario, por lo tanto, inconexo. Luego el sueño recordado es un sustituto deformado de contenido inconsciente y, por eso, se dan en el sueño dos registros: el sueño recordado y contado por el soñador y otro oculto, inconsciente. Y Pedro Sevylla de Juana, en esta obra coloca a su personaje, Salus, dentro de ese proceso onírico en sus últimas horas de existencia; y el lector se va dando cuenta de los momentos de agrado y desagrado, de satisfacción y de reproche de la protagonista.
En la introducción de La poética del espacio, Bachelar (1989) observa que los valores imaginativos de un espacio amado, o sea, de un espacio de felicidad, son positivos y llevan al delirio. En esa óptica, si nos refugiamos en un rincón agradable, ese espacio provoca en nosotros un mundo onírico, un desbordamiento de imágenes y de recuerdos. Así, percibimos que tanto Freud, el psicoanalista, como Bachelard, el filósofo, tienen un punto común: la fragmentación de lo recordado y la reorganización de este en función de las muchas semejanzas.
El espacio familiar y onírico de Salus es el cuarto de baño y, de él, lo expresamente utilizado para dar inicio a su último deseo, para sus perturbaciones y deleites, ese espacio íntimo es la bañera. Dentro de ella, los pensamientos de Salus regresan a su infancia, a su familia, a su padre y a su bondadosa madre, la señora Beremunda; imagen esta, semejante a la de la hija en la memoria de Salus, pero quienes la sacaron de la bañera para vestirla no observaron esa semejanza: «nariz, ojos, labios, perfilados por idéntico dedo; frente ancha hasta llegar a un cabello de nieve y ceniza».
Como Marcel Proust hace con Charles Swann de En busca del tiempo perdido, rememorando el pasado al comer un panecillo humedecido, Pedro Sevylla de Juana provoca la revelación de los pensamientos de Salus en sus idas al pasado, mojada ella misma en la bañera.
La casa y sus dependencias provocan siempre sueños en nosotros. Retrotraerse a su interior es natural, pues es en las habitaciones donde ocurren la mayoría de los acaecimientos diarios de convivencia familiar. Por eso, la casa es la mejor informadora de nuestro estado y muestra los comportamientos interior y exterior. La propia manera de actuar sirve por sí misma para mostrar la personalidad de los habitantes. Y los cuartos de baño son lugares elementales en la vida diaria de una persona. En su interior se dan los momentos de aislamiento y mayor intimidad, pero en cuanto a la bañera, esta se asemeja al útero, por la forma y por contener líquido, agua, elemento primordial, punto de partida del surgimiento de la vida.
En los mitos encontramos asociaciones de nacimiento y renacimiento en el agua: mar o río. Ejemplos de nacimiento de la vida y de la salvación en el agua son Venus y Mitra, en la mitología griega; Moisés y Cristo, en la Biblia y Amadís de Gaula, en la épica medieval. Se da también la asociación de ideas, zambullida del inconsciente, en el acto de entrar y salir del agua, cuando se desprende el lado oscuro de la personalidad por la inmersión en el agua sucia. El agua representa la hondura materna, el lugar del renacimiento y el inconsciente en sus aspectos positivo y negativo. Según la mitología, en las aguas del Estigia el sol desaparece para renacer. En la misma mitología griega, Caronte, el barquero de Hades, lleva a los muertos a los infiernos en balsa. Para Bachelar, Caronte es el guardián de los sueños profundos de las aguas pesadas.
Sin embargo, mientras el agua sucia simboliza la aceptación por parte del ego de los aspectos oscuros de su personalidad, el agua limpia es purificación, es la imagen del perdón del pecado original, conseguido en el bautismo. El agua limpia es símbolo de renovación y renacimiento. De esta forma el bautismo cristiano es entendido como ablución, la separación del pecado y el alejamiento de los males. Las emociones también se encuentran representadas en el agua. La entrada en la bañera simboliza el inconsciente o la imagen de un recipiente en la alquimia. Así vemos que existe una especie de ritual en el acto de entrar Salus en la bañera:
Todo transcurre dentro de una normalidad cien veces repetida, minucioso suceder de los gestos. Así sucede hasta que, terminada esa especie de rito hijo del recelo y la rutina, fuera ya de la bañera, llega el crítico momento de secarme los pies. Lo hago con la toallita rosa que lleva mis iniciales bordadas en hilo trigueño. Felpa de puro algodón la compone, al igual que a la toalla de la cara o a la sábana de baño con las que forma conjunto.
Estoy sentada en la orilla desde el lado de fuera. Me apoyo en el borde por miedo a que la banqueta destinada a ese uso, rígido hierro de las patas sin funda, resbale sobre las baldosas como la semana pasada. Y así; en posición tan incómoda, alzo las manos que sujetan primero el pie derecho. Elevo a continuación las manos y el pie, hasta dar una posición descansada a la espalda, tan comodona que, si la fuerzo, enseguida envía su protesta por medio de un dolor agudo.
Cuando Salus decidía bañarse era porque notaba una extraña sensación de suciedad, efecto que le surgía desde niña. Para ella, el baño era una forma de bautismo, de purificación, de redención, de remisión de los pecados, de santificación. En ese momento brotaba el erotismo reprimido del personaje. Era todo un ritual desplegado incluso en el momento de secarse, pero es en el instante del baño cuando ella rememora los momentos felices y tristes, es decir, su vida desde niña. El baño la servía para obtener paz y dar continuidad al pasado, incluso para obtener el beneficio físico de la relajación. Dice ella:
Algún motivo habrá que no percibo para que llegue a mí ese sentimiento en un viernes de rezos: misa en la mañana y, en la tarde, rosario. Es como si una lluvia de barro —polvo fino des- atado en agua— hubiera descargado blanda sobre mi cabeza y escurriera mansamente por el cuello hacia abajo. No es el azar quien nos escoge y nos une a mí y al desasosiego. Una razón ha de existir, pues estuve pensando en los míos: en una niña pequeña y bulliciosa, que era la alegría de la casa y tuvo una muerte trágica; pensé en un pastorcillo que nos traía leche y cabritos, hijo del obrero que, cuando mis padres eran campesinos, llevaba el rebaño a los pastos; pensé en mis abuelos, hechos ya el uno al otro como llave y candado, cuando tuvieron que irse llamados desde la eternidad por una voz que invitaba a la obediencia sumisa. Luego llevé el pensamiento hacia mis padres, tan dispares ellos como el día y la noche; y por fin hasta ellas, mis hermanas del alma, que me dejaron un encargo difícil.
Nombrar las cosas ocurridas por su nombre y rememorar las circunstancias que las rodearon, equivale a tomar posesión de ellas, a aceptarlas en el presente y comprometerse a darles continuidad. Eso creo y eso digo, admito y consiento.
Cuando el novelista consuma la escritura de una obra literaria, la historia se hace realidad en el mundo y el narrador del hecho dirige su mirada nueva hacia el objeto o asunto, abstrae su esencia y pasa a considerarlo como podría haber sido concebido de acuerdo con la razón. En esa relectura del mundo, el «nido» del hombre no es cerrado como el interior de una concha. Al contrario, él nunca termina, pues la imaginación del escritor lo prolonga. Así, Pedro Sevylla de Juana presenta su personaje en un estado onírico, divagando en el depósito de sus vivencias, cuajado de todo lo que vio, oyó y leyó. De esta forma, aunque se guarde secreto de un hecho o situación, es decir, aunque no se hable de él, forma en el interior algo lejano y vivo que renace con una fuerza absorbente, la fuerza del encantamiento.
Eso ocurre con Salus: todo lo guardado, oculto desde hace años, llega a su pensamiento en el momento en el que se encuentra en un baño prolongado, ya sin el agua inicial. Es de creer que Salus acepta a la Iglesia tal como es, una sociedad imperfecta de origen divino, guiada por la divinidad, pero formada por hombres y mujeres a lo largo de su historia. Imperfecta, por tanto, como la sociedad civil en la que vive. Guerras promovidas por la ambición terrena de los papas y el largo oscuro periodo de la Inquisición. Aun así, con altibajos y zigzagueos, lleva veinte siglos de trayectoria. Hubiera naufragado de no tener constante ese soplo divino que empuja sus velas hacia adelante. Aunque bien pudiera no ser así, pues pudiera ser que la mirada del hijo de Dios no la guiara con los modos divinos sino humanos. Es en ese instante preciso cuando el subconsciente de Salus rechaza la duda y, con ella, la posibilidad apuntada.
En cuanto al aspecto memorístico de El Destino y la señorita Salus, buscamos en la afirmación de Bergson (1989-1998) respecto a que las cosas vienen a la superficie —imagen presente— saliendo de las tinieblas, del inconsciente. La ida del presente al pasado se hace primero en el pasado en general, yendo pronto hacia una determinada región del pasado. Estos momentos son fugaces y, para llegar al punto crucial, necesitan una actitud corporal. El recuerdo se hace imagen por la ley de la semejanza, porque una percepción evoca un recuerdo por atracción mecánica de lo semejante. El recuerdo, según Bergson, se conserva en el tiempo real que la conciencia proporciona, pero no en el cerebro.
Nuestro pasado, según ese filósofo, casi siempre permanece oculto para nosotros, porque está inhibido por las necesidades de la acción presente, pero viene a nuestra consciencia en las representaciones del sueño. Y Salus va recordando partes de su vida en familia y la convivencia con la amiga Agripina en un momento de placer corporal. En esa hora procura reconciliarse con Dios, arrepentida de la soberbia, entre otros pecados; de la soberbia, origen de otros pecados.
En contacto con el agua, la sexualidad de Salus aflora y, erotizada, su imaginación va al rincón más profundo de su ser y, poco a poco, recuerda al mujeriego tío Dimas, nueve años mayor que ella, de ojos negros y bigote poblado. Aflora la sensación de voluptuosidad que despertó en ella; del abuso sufrido y del silencio o, mejor, del secreto guardado al no revelar a su padre lo sucedido con el tío. Tenía catorce años y se cambiaba de ropa cuando entró él. En ese día la buena imagen que tenía del tío se esfumó. Aquella brutalidad la marcó. Fue una herida en el amor suave y recto que ella imaginaba:
El señor Baldomero en su propio tajo colocó al tío Dimas, el hermano pequeño de la madre de Salus, recién licenciado de artillero en la mili cumplida en su propia ciudad. Guapo mozo que gustaba a las chicas y estaba mucho con ella, lo admitió el señor Baldomero y en casa fue huésped mimado. Andando el tiempo pasó Dimas a componer la mayor inquietud de la señorita Salus, ninguna había sobre la producida por el joven gallardo. Quizá tuviera algo que ver aquella tarde de tormenta en Salamanca, cuando su padre aún no había vuelto del trabajo y su madre atendía a la abuela en el pueblo, anciana expirante en su lecho de muerte; y ella, la nieta mimada, era una mocita que subía a las alturas con el pensamiento.
Ese recuerdo estimula un dolor que aparece a intervalos, cuando más indefensa se encuentra. Daga que profundiza la herida y lenitivo que la hace soportable. Es curioso que la imagen del padre y del tío, por motivos que desconoce, lleguen juntas en la evocación, acaso porque están ligadas en el origen, ya que el padre le dio el empleo y una habitación en la casa. Es como si culpara al padre por ello. Aparece, también, un sentimiento de culpabilidad en Salus, como suele suceder en las víctimas de abusos.
«Nada ha dicho Dios sobre el señor Baldomero […] No menciona —y, sin embargo, lo sabe—lo ocurrido en su cuarto de Salamanca, cuando a los catorce años se cambiaba de ropa y entró su tío Dimas». El contacto de la jovencita con el hombre adulto no fue placentero, sino sensual. Por eso huyó hacia el cuarto de la ropa sucia. Ese fue su tormento durante muchos años: haber sido atacada por un hombre de su familia.
El remordimiento la llevó a confesarse varias veces y a alejarse del acto sexual:
Hubo voluptuosidad, pero lo noté y me opuse a tiempo de profundizar en la sensación o de llegar más lejos, cuando a los catorce años, mi tío Dimas entró en la habitación donde me mudaba de ropa y descubrió mis intimidades.
No hubo deleite en el contacto suave de su mano sobre mi piel acompañando a la blusa o llegando a la cadera, mientras sus labios abiertos descendían de la frente por la mejilla hasta mis labios cerrados. Hubo sensualidad y, por eso mismo, salté como mordida por una culebra, corriendo a medio vestir hasta el cuarto oscuro de los trastos viejos y la ropa sucia. No hubo complacencia porque hubo dolor y el dolor profundizó mucho más en la memoria, haciéndose remordimiento profundo en cada uno de mis arqueos de culpas. Hubo caída y la confesé con desconocidos en iglesias distintas, convencida de que no me iba a ser perdonado.
En los capítulos «El momento deseado de la resurrección» y «La asunción a los cielos», Alberto se encarga de la narración para concluir los apuntes de su abuela Agripina sobre la amiga. Estos son los momentos más elevados de la existencia de Salus. El recurso técnico de un narrador que termina la obra de otro nos recuerda obras como don Quijote de la Mancha, en el que Cervantes utilizó esa técnica sirviéndose de Cide Hamete Benengeli, el historiador musulmán inventado por él.
Se inicia el penúltimo capítulo recordando el Evangelio según san Mateo 28,1, que narra la mañana del sábado, después de la muerte del Maestro, cuando las dos Marías fueron al sepulcro a visitarlo y allí un ángel les dio la noticia de la resurrección de Jesús. Parece que tal estrategia sirve para reafirmar lo que antes fue dicho por la amiga Agripina, como constaba en los apuntes: que Salus era gran lectora de libros sagrados y que estos la marcaron mucho. De las abundantes lecturas, Salus sacaba una interpretación propia destinada al agrado personal. Así, en las palabras del Evangelio de San Juan 11, sobre la fuerza de la fe de aquel que, aunque muera, si cree, vivirá, Salus concluyó que así sucedería con ella. Según el narrador, estaba convencida de la resurrección: «Si la sabemos en el convencimiento de que su vida última iba repitiendo la Pasión de Jesús paso a paso, resulta lógico creer que no acabara en la muerte su imitación, debía llegar a la Resurrección, el acontecimiento que justifica y ensalza todo lo demás, incluido el grueso de la doctrina».
Su decodificación de lectura nos recuerda a Alonso Quijano, que leyendo los libros de aventuras de caballería se hizo caballero para defender a los indefensos y alcanzar la gloria humana, pero la señorita Salus difiere de don Quijote, el caballero de la triste figura, pues él salió en busca de aventuras para hacer el bien, en la lucha por ayudar a los demás, pero ella revierte sobre sí misma la gloria y la felicidad eternas. Al final, el segundo narrador colorea el deseo de Salus y añade luz, sonidos y perfume de sándalo para describir la sublime resurrección de la protagonista y la espléndida pintura de la inmediata asunción a los cielos:
… el mármol rosado de Portugal, lápida destinada a cubrir y preservar la fosa terrena de la señorita Salus, se fuera encendiendo e incendiando al atardecer con el fulgor fortalecido del sol poniente, de por sí lánguido y quebradizo; momento en que los ángeles apartaban la losa de su sepultura sin esfuerzo. […] Debemos imaginar el olor a sándalo extendido por el entorno, hinchiéndose el espacio, colmándose con los sones multiplicados de la trompetería triunfal y los cantos sobrehumanos de los monasterios al alcanzar su expresión máxima; siendo entonces y solo entonces, día 12 de octubre, asumida la señorita Salus. Quedaba tras ella, sobre el borde del sepulcro abierto, el lienzo que la cubrió en el interior. Vestida con las mejores prendas que pudo imaginar, con los brazos abiertos y la mirada puesta en lo alto, ocupando en cuerpo y alma el interior de la columna de ángeles, impulsada y atraída por ellos, subió, subió y subió hasta alcanzar, tímida y crecida a un tiempo, la mismísima antecámara del trono del Padre.
En la narrativa de Alberto se percibe lo insólito, el extraordinario acontecimiento —trascendental acontecimiento— demostrativo de que el deseo de resurrección de Salus se realiza. Lo maravilloso ocurrió en su sepulcro con transformaciones de luz, color, perfume y sonidos.
El Destino y la señorita Salus, como toda obra original, resulta del ensamblado de lecturas y escritos asimilados por el autor a lo largo de su vida, pues cada uno de los textos es un intercambio discursivo de otros; origen y resultado de una polifonía diversificada, según Mikhail Bakhtin (1981). Es decir, que el personaje sigue un camino de dichos y hechos que, en cierto modo, ha seguido antes el autor. Ese proceso los une y los hace, creador y obra, coherentes.
La intertextualidad, casual o no, visible o no, algunas veces ocurre con independencia de los propósitos del autor, pues con el bagaje cultural que trae de otras lecturas dará un nuevo enfoque. El lector, a su vez, puede encontrar intertextos que pasaron desapercibidos para el autor en el presente, citas que van como anillo al dedo a la situación descrita en el argumento. Esta es la provocación que hacemos al lector al presentar esta novela.
En fin, la obra de Pedro Sevylla de Juana ofrece una total fluidez nacida de la técnica narrativa, gran calidad de los lenguajes utilizados, que se concilian y se complementan dando placer al lector a lo largo del desarrollo de la trama. En cada página se encuentra un estímulo para continuar la lectura y una confirmación del talento literario desplegado. Recomiendo esta novela por la destreza del autor y por la calidad de la obra.

Biografía de Ester Abreu Vieira de Oliveira

Possui graduação em Letras Neolatinas pela Universidade Federal do Espírito Santo-Vitória (1960), Especialização em Filologia Espanhola — Madri (1968), Mestrado em Língua Portuguesa pela Pontifícia Universidade Católica do Paraná — Curitiba (1983), Doutorado em Letras Neolatinas pela Universidade
Federal do Rio de Janeiro (1994) e Pós-Doutorado em Filologia Espanhola: Teatro Contemporâneo— UNED — Madri (2003). Atualmente é aposentada e Professor Emérito da Universidade Federal do Espírito Santo — UFES— CCHN— DLL-PPG, Mestrado e Doutorado em Estudos Literários. Foi professora e diretora de Pesquisa e Pós-Graduação (DIPEPG) do Centro de Ensino Superior de Vitória ES. Tem experiência na área de Letras, com ênfase em Línguas Estrangeiras Modernas, com estudos sobre a poesia, o teatro e a narrativa das literaturas hispânicas e literatura brasileira. É vicepresidente da Academia Espírito-santense de Letras, e foi presidente da Academia Feminina Espírito-santense de Letras, pertence ao Instituto Histórico, Geográfico do Espírito Santo, Associação Brasileira de Hispanistas, Asociación Internacional de Hispanistas, à AITENSO. Coordenou eventos e publicações de obras.

Bibliografía

Bachelard, G. (1988). A poética do devaneio. Trad. de A. P. Danesi. São Paulo: Martins Fontes.
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