El Amor en la rinconada de San Miguel

Pedro Sevylla de Juana

El Amor en la rinconada de San Miguel, lleva como ilustración de portada El paso del tiempo, obra de Cesáreo Gutiérrez Cortés, destinada a figurar lo que el tiempo, mil años más, hará sobre una construcción tan indeleble como la torre de la iglesia de San Miguel de la ciudad de Palencia, donde, según la tradición, se casaron Rodrigo Díaz de Vivar y Jimena Díaz de Asturias.
Personaje protagonista de mi novela Ad Memoriam, Cesáreo Gutiérrez Cortés, tuvo una muerte heroica, pero temprana. No estuvo nunca conforme con ese final y, hace muy poco, a punto de cumplir setenta y cinco años al igual que yo, me lo manifestó herido. Así que tuvo la oportunidad de subsanarlo por sí mismo, y escribió el contenido íntegro entre numerosas ilustraciones propias:
http://pedrosevylla.com/cesareo-gutierrez-cortes-artista-y-pensador/
El territorio de la historia novelada es un espacio mío desde la niñez, y pude vivir los episodios que el inventa con verdadera satisfacción.

 

El amor en la rinconada de San Miguel
Novela de Cesáreo Gutiérrez Cortés

Amor es una palabra breve que termina en consonante de sonido fuerte. Y es que el amor llega a ser de esa manera. Pues precisa agudeza de ingenio en los amantes para sortear las dificultades, y fortaleza de convicciones para superar el transcurso del tiempo. Si se dan esas dos condiciones, la brevedad se irá alargando.
Una novela no se hace sumando relatos, es mucho más que añadidos parciales, debe formar una unidad de intereses, casas, campos, caminos y arroyos. Ocurre, que mi memoria, al recordar la época tratada, los va parcelando. Son parcelas de labor de un mismo pago, pagos de un mismo término municipal y hasta pueblos de una misma provincia. Lo dejo ahí, en la provincia, aunque tratándose de una provincia alargada como la nuestra, resulta muy diversa en paisajes, costumbres y cultivos. Quizá la capital amalgame todo y, en ese sentido, el conjunto de visiones ayudó a componer la novela.
La que hoy es Rinconada de San Miguel, cuando la escribí, año 2006, fue Plazuela de San Miguel. Supe luego que la plaza abierta en la parte posterior de la iglesia es la Rinconada, siendo la situada ante la entrada lateral y la fachada de la torre, la Plazuela. Pongo como protagonista de la historia a mi amigo Pedro Sevylla de Juana, cuya existencia conozco con cierta profundidad, y esa circunstancia actúa a favor de corriente, vela principal del velero.

 

 

UNO
En la vasta y cambiante ciudad de Madrid, donde moro desde hace años, iniciado ya el último cuarto de este siglo convulso, el que hace el número veinte de la era cristiana, me acaban de confirmar por carta la concesión de un premio literario, cuyo anuncio me llegó hace unos días a través del teléfono. Soy Pedro Sevylla, joven aún, y premian una novela hija de mi esfuerzo y de los aportes recibidos por todos los cauces que en mi desembocan. Valoran en ella el trabajo de recolector de elementos; mar yo, embalse de caudales que vienen de fuera, de suministros que asimilo lo mejor que sé y devuelvo transformados en jugos nutricios, producto reciclado y listo para ser consumido; porque no lo olvidemos, nada se crea ni se destruye. Soy un mero operario que manipula las esencias, un simple químico en mi laboratorio, tierra de labor a la que han abonado y sembrado; y ellos, los jueces, me consideran creador, si de personas no, de personajes, de sus obras y relaciones, de ambientes y escenarios. Comunican los promotores de la recompensa la existencia de otros premiados, un poeta desconocido para mí, un autor teatral de los que ya han estrenado la primera de sus obras y una actriz llamada Marina. Será sólo una coincidencia, pero el nombre me trae a la memoria otro idéntico, oído en el arranque de mi disposición escritora. Correspondía aquel a una muchacha huérfana, tímida, expansiva e ingenua a un tiempo, en cuya soñada presencia he tramado mil planes exploradores del precario equilibrio y de la frágil armonía que la vida ofrece. En la representación acompañaba ella a Teudenio, verdadero acicate para mi fantasía, pues mediante unos cuantos muñecotes explicaba una leyenda medieval conmovedora.
La cabeza se hace hervidero de emociones, percibo el crecimiento de mi autoestima y en estos instantes me creo capaz de escribir una historia cargada de sentimiento, donde los recuerdos se hagan presente y los deseos se cumplan en todas sus particularidades. Arquitecto sin título ni práctica, me atrevo a edificar un inmueble sobre los sólidos cimientos de la memoria acopiada en mi infancia; una casa de vecinos donde los habitantes entrecrucen sus baqueteadas biografías, haciendo de ella un reflejo del mundo entero y verdadero, del universo íntegro, compuesto de miríadas de planetas habitados por unos seres que se sospechan únicos, aislados y rodeados de éter: una mínima atmósfera cada vez menos respirable e inconmensurables distancias inexploradas; seres que se ilusionan y sufren aun careciendo de causa suficiente, llevados de acá para allá por lo visible y lo invisible, por lo de arriba y lo de abajo.

Palencia es mi segunda casa, mi cálido hogar agregado, refugio sólido al que acudo cuando la vida me empuja y me puede. Mis padres perseguían -primer objetivo de su vida dura y propósito en modo alguno desdeñable- el comprometido ideal de labrarme un porvenir, como se decía entonces. Debido a su iniciativa llegué a la ciudad desde Valdepero, donde la escuela unitaria de niños y el esforzado maestro ya no me podían ayudar con sus lecciones. Sucedió unos meses después de la mencionada actuación de Teudenio y Marina; el día concreto e inolvidable del tres de octubre de mil novecientos cincuenta y cinco, fecha que se ha ido consolidado como el importante mojón de mi existencia que sigue al primordial del nacimiento, y anterior, por muy poco, al que fija el derrumbe del mundo tranquilo que me cobijaba, sustituido por otro de ataques y defensas continuos.
En Palencia, pues, fijaré el lugar de la acción desarrollada en el presente relato: monumentos notables, edificaciones dividas en múltiples viviendas a modo de celdillas en una colmena, calles pavimentadas y paseos ajustados a las riberas del río Carrión. El pasado reciente será el cauce temporal del despliegue literario, suelo movedizo aún sin afianzar. Calibro los mimbres que poseo y aprecio su longitud, flexibilidad y consistencia; si con ellos no trenzo un buen cesto habré de examinar mis manos: es probable que carezcan de la necesaria soltura. Sucede que conservo aún, sin razón aparente, la huella indeleble de unas experiencias comunes a todos mis amigos, chavales de Valdepero que no eran distintos a los de otros pueblos; la impronta de unas enseñanzas pobres que acaso abrían resquicios por donde entraba la luz. Es de suponer que mi mente niña actuaba a la manera de la emulsión en una película fotográfica, donde lo visto y oído quedaban impresos de manera indeleble. Muchacho nacido en territorio rural, hijo y nieto de labradores, gente industriosa que se ponía a todo con buenos resultados –había libros antiguos en casa y los leía por placer- en mi primera visita a la urbe de Palencia la encontré evolucionada y moderna, asentada en un estadio superior al ocupado por los pueblos próximos. Movida en exceso si la enfrentaba en la balanza a villas como la mía o menores, llegué a ella temeroso, dominado por un recelo incierto ante todo lo que la apartaba de lo conocido, el número y longitud de sus calzadas limpias, de las plazas ajardinadas, el misterio imponente de las oficinas públicas y el imparable trasiego de personas y vehículos.

Los hechos acaban siendo sus consecuencias: las sensaciones que producen, la profundidad de penetración, la intensidad con que se graban. Los recuerdos procedentes de mi niñez, relacionados con la ciudad, se refieren a sonidos, colores y sentimientos. El monótono runrún de las llantas de hierro al rodar sobre el asfalto, mordiendo el arcén empedrado de la carretera de Santander, antiguo camino real de Cantabria, nos dormía a los infantes a trechos en la ida y en la vuelta. Fuera cual fuera la luminosidad, la ilusión convertía esos días de viaje en resplandecientes; incluso aquellos teñidos de oscuro por causa de inquietantes nubes. Parecerá exagerado, pero el camino formaba ya parte de la meta; una meta parcial que los chavales deseábamos lejana. Encontrábamos, no obstante, odiosos los preparativos: el aseo profundo, la muda de ropa, el avance de las tareas ordinarias. Llegar hasta las afueras capitalinas en carro nos llevaba en torno a los tres cuartos de hora; y los nombres dados a cada tramo del recorrido, al ser alcanzados, evidenciaban la consistencia de la progresión y la presteza del avance. Consideraba yo numerosos jalones: la Ronda, el corral de Baldomero, el camino de Husillos, el pozo de la Villa, el camino Carrío, las Alcantarillas, el palomar de don Manuel, el Altillo, las Altas, Mambres, la cuesta de la Media Legua, las casillas de los camineros: muchos, es cierto, y tengo la sensación de olvidar alguno. La soberbia vista del Cristo del Otero –fanal sobre el acantilado- desautorizaba cualquier duda nacida en mi interior más íntimo acerca de la dichosa existencia de una ciudad encantada, conocida en el orbe por el sonoro y melódico nombre de Palencia; convenciéndome hasta los bordes de mi capacidad emotiva, de que el prodigioso territorio y su admirable contenido seguían en su sitio de siempre, y a ellos, final y principio, llegábamos.
Comenzaba la esparcida aglomeración urbana, arribando desde el Norte, en el pago de El Barredo. Hacía de endeble muralla una inclinada fila de casuchas bajas, rurales aún; avanzadilla o retaguardia ciudadana desilusionante debido a la humildad de su presencia. La acequia, que discurría paralela a la línea de viviendas y era por allí subterránea, aparecía al otro lado de la carretera provocando un sonoro rumor de cascada. Siendo cada noche distintas las circunstancias, y hasta diversos los escenarios, en sueño recurrente del que aún hoy me acuerdo, estaba yo en un tris de entrar en la oscuridad de su recorrido oculto, impetuoso torrente que pugnaba por alcanzar la hondura y la libertad de cauce, cuando me despertaba tembloroso y sudado. Origen o resultado, a los nueve o diez años temía yo más que a cualquier otro peligro: caída desde lo alto de un árbol o una tapia, bajada de los lobos del monte, coces y pisadas de las mulas, entornado del carro; a la amenaza representada por el sumidero de entrada. Me imaginaba sumergido en la líquida negrura, hundiéndome y elevándome sin pausa, empujado de pared a pared, lento avance en vertiginoso zigzag, agregando mis gritos al barboteo del flujo, braceando desesperado bajo el agua hasta perder el conocimiento y acaso la vida, una vida apenas gastada. Tal desasosiego me acompañó en el camino de la adolescencia; etapa que, alcanzada, incorporó insensatez a mis actos, pues tomaba a broma los peligros ciertos al considerar exageraciones de adultos las reiteradas alarmas recibidas de padres y tíos.

Un buen trecho antes de alcanzar el carro la vertical de la acequia en su avance tranquilo, encaramado yo a la carga sobre una manta de cuadros parduscos, oía el zumbido intenso del agua despeñándose, y al no ver el pie del tajo lo imaginaba, por lo misterioso, fascinante. ¡Cuánto hubiera dado porque mi padre me dejara bajar hasta la desembocadura! ¡Cuánto por ver de cerca el salto enorme del rabión! ¡Cuánto! por ser espeleólogo y acompañar, iluminándome con una lámpara autónoma, al alborotado torrente desde la negra boca. Todas mis canicas, seguro, daría; las acumuladas pepitas de albérchigo, los billetes usados de tren y la peonza de aguijón templado; aunque me calaran las salpicaduras o terminara ensopada la blusa azul de las fiestas, naufragando el barquito bordado por mi madre sobre el bolsillo del pecho. Bajo un cielo insensible a la recién superada dificultad, con presteza menguante proseguía la corriente su marcha. Avanzaba donándose a las huertas halladas a su paso, activando en ellas la vida vegetal, postrer beneficio proporcionado a la naturaleza, previo a la entrega del líquido remanente al río Carrión, su verdadero padre.
Subido a la torre de costales repletos de grano, carga valiosa que llevábamos al Servicio Nacional del Trigo, único comprador autorizado, niño atraído por las novedades, me venía al pelo mi puesto de vigía. Descubrí desde lo alto del carro, en aquel punto fronterizo de El Barredo, vagonetas cargadas de arcilla -una, dos, tres, cuatro- arrastradas por parsimoniosos mulos sobre carriles de una vía férrea demasiado estrecha para tomarla en serio. Su lugar de destino era la cercana cerámica conocida por el nombre del dueño, don Cándido; factoría productora de ladrillos y tejas de variada forma, que liberaba, engreída, un humo denso y oscuro, sinónimo por aquel entonces –lo que son las cosas- de industrialización y progreso. Observaba –chaval a la conquista de las causas últimas- la paulatina merma del cúmulo de aprovisionamiento de la caravana, un terroso altozano que junto al otero del Cristo se elevaba abreviado, semejando desde mi punto de vista su hermano pequeño. Lo imaginaba transformándose día a día en elaborados materiales de construcción; muerte gloriosa recibida a manos de obreros que cavaban sin descanso para alimentar miles y miles de vagonetas, instrumentos ellas –por fuerza encarriladas- de un destino inexorable. Me maliciaba yo que una vez agotada la rojiza arcilla de la más pequeña de las colinas, consumida la menos alta, iban a continuar su labor devoradora en el cerro soporte de le ermita del Cristo, de la colosal imagen del Corazón de Jesús que ofrece o demanda sosiego con las manos abiertas; y el malestar producido por tal posibilidad me agobiaba en secreto.

De la cerámica en adelante la carretera iniciaba un descenso patente, de manera que los carros aligeraban la marcha en ese tramo final de firme adoquinado, y los mayores elevaban el tono del reducido parlamento, tratando de contrarrestar el ruido derivado del golpeteo de las llantas sobre la piedra. Al tiempo, los niños iniciábamos algún cantar que mostraba sin reservas el máximo desarrollo de una alegría nacida a la salida del pueblo. Llegados a la estación de ferrocarril debíamos cruzar un considerable entramado de resbaladizos carriles: brillante tono metálico del color gris la parte superior, estrecha banda de rodadura, y pardo oscuro a punto de virar al negro, suciedad largo tiempo acumulada, la base. Si la suerte nos acompañaba y el encargado erguía los longos varales de la barrera -rígidos dedos que señalaban de manera inequívoca la bóveda del cielo, un techo inestable en cuanto se refiere al matiz y a la forma- apresurábamos el paso, no fuera cosa que bajaran de improviso atrapándonos dentro. Resultaba harto frecuente la imposición de una larga espera: quedábamos quietos tiempo y tiempo con los ojos puestos en los vagones –de común destinados a trasladar mercancías- que realizaban prolongadas maniobras arrastrados o empujados por pesadas y ruidosas máquinas de vapor. En casos extremos, bien porque se hubiera olvidado el guardabarreras de franquear el tránsito o debido al retraso de un tren que no daba muestras de presentarse, habíamos de iniciar un largo rodeo hasta alcanzar el cruce de los Tres Pasos, pues la empinada pasarela de Villalobón representaba un impedimento insalvable para el carro cargado hasta más arriba de las teleras.
A primera vista Palencia presentaba un caserío amplio, cuya disposición en filas e hileras daba lugar a calles de desigual longitud; vías que se entrecruzaban formando en las intersecciones plazas de muy diversa apariencia. Las había sencillas: cuatro esquinas muy juntas; y espléndidas: capaces de albergar vistosos jardines. Calles y plazas que yo veía hormigueadas de gente anónima, transitadas por peligrosos coches y asaeteadas de sonidos estridentes. Recuerdo con meridiana transparencia -cómo no hacerlo- la calle Mayor y la plaza del Ayuntamiento, ambas distinguidas de las demás por soportales saturados de tiendas, en las que cualquier necesidad podía satisfacerse si se llevaba suficiente dinero. Irresistibles mensajes me enviaban las pastelerías, ante cuyos tentadores escaparates –ojos brillantes, boca encharcada por el estímulo- me detenía goloso. Arrastré a mi madre más veces de las que acepta la razón –debo mencionarlo aunque la confesión obre en mi contra- hacia el interior cautivante de un paraíso de aromas, con la insistente demanda de un bollo suizo de peseta; pero una vez dentro, situado frente al pastelero, cuando ya la suerte estaba echada y todo dependía de mi honestidad y de la tolerancia materna, pedía un empalagoso mil hojas que costaba, a mayores, setenta y cinco céntimos, tres reales exactos, un poco menos del doble.
Sucedido un día cualquiera, y como muestra del encanto que sobre mí ejercía la ciudad con su oferta inacabable de maravillosos objetos, menciono aquí otro hecho pintado de un mismo trazo. Ante un vaciador, situado a dos pasos de la Delegación de Hacienda de donde salíamos, vertí lágrimas cuantiosas dirigidas a ablandar la firmeza de mi padre, lagrimones brotados con el fin de convertir su negativa en compasión, ya que no me era dado alcanzar la aquiescencia verdadera y plena. Trataba yo de conseguir con pujos de llanto una mínima navaja, de adorno casi, que en el campo sería objeto de bromas. Pero a mi me llamaban con voz mimosa sus atractivos colores desde la vitrina, cortaplumas esmaltado en tonos verde, marrón y amarillo. Dos escudos, cortados siguiendo un patrón semejante, que se adherían por la espalda a las cachas, tiraban de mis ojos, ellos de la voluntad y ésta de los pies, dirigiéndolos hacia el interior del establecimiento. Su brillante acero enviaba irisadas ilusiones, envoltorio de mensajes cifrados que sólo yo entendía. Capricho fugaz, que una vez satisfecho, tras pasar una semana de un uso intensísimo alejado de mis ocupaciones principales, guardó la navajita en el cajón del olvido. En esos días tan bien aprovechados confeccioné chiflitos partiendo de una rama de chopo, seccioné los juncos con los que pude tejer un vergajo muy apropiado para mantener el orden en el juego de las tabas del castillo y grabé el nombre de Marina en un álamo de los que marcan la dirección a la carretera. Ofrecía la tienda ante la que se manifestó mi antojo vano, la trastienda para ser más preciso -recuerdo aún con nitidez la pintura verde esmeralda que preservaba la chapa de su cajón, el hierro fundido de las entradas, las cuatro columnas del recio soporte- un juego de la rana hecho de manera artesanal en una fragua de Mazariegos; por cuya propiedad no liberé siquiera un suspiro dado el alto precio de mi tasación, una cifra inaccesible que sólo establecimientos dedicados a entretener el ocio de su clientela podían pagar: una cantina o acaso una fonda.

Durante las esporádicas visitas a Palencia –con tal carácter las tomaba; y de cumplido, pues nos endomingábamos- en los viajes realizados a la ciudad, solíamos dejar el carro en las dependencias de la antigua Plaza de Toros, dentro del patio de caballos, arranque de los pasillos que llevaban a los vomitorios y a las pétreas gradas. Algún lejano parentesco debía de unirnos a la familia encargada de la custodia, que tenía allí cómodo aposento: una madre viuda y sus hijas solteras, cuyos nombres me esfuerzo en recordar sin éxito, aunque uno de ellos podía ser Sofía o algún otro coincidente en sonido. Existía, muy próxima, una avenida de considerable anchura, capaz de permitir el tránsito holgado de vehículos y personas y la reserva de un espacio destinado por la Municipalidad al estacionamiento de los carruajes llegados de los pueblos; área que nosotros usábamos cuando, por alguna razón, el coso nos estaba vedado.
En este segundo supuesto quedaba abarloado nuestro carro al costado de otros –de varas o de par, más pesados éstos, más voluminosos- rueda contra rueda, eje con eje, tratando de evitar el roce. Las mulas permanecían enganchadas, trabadas inclusive; era el caso de la Torda, una de esas bestias inquietas de las que cabecean, avanzan o cejan sin venir a cuento. Colgábamos de sus pescuezos las cebaderas, cuyo contenido traíamos ya mezclado: abundante paja de trigo y toda la cebada que era capaz de acoger una lata vacía de atún en conserva destinada a ese menester, al pie de un kilo de grano. El pienso, hasta que sólo era unas pocas granzas inalcanzables en el fondo, servía, a más de alimento, para entretener la impaciencia animal y evitar trastornos al vigilante: un mutilado de guerra, empleado municipal de edad mediana, falto del brazo derecho arrancado por la metralla en el frente del Ebro o en la toma de Bilbao –él mismo se contradecía- a quien habíamos de pagar cinco reales en concepto de tasa, tras escuchar sus advertencias acerca de los ladrones de taleguillas y carteras, prevenciones inútiles pues eran ellos tan hábiles que no estaba en nuestra mano impedir su trabajo.

Al medio día, en cuanto cerraban los comercios, sentados en las reforzadas tablas de la parte trasera del carro o recostados sobre la ancha acera en torno a una manta desplegada a modo de mantel, dábamos buena cuenta del contenido de la fiambrera: lomo en aceite, chorizos curados al humo de la cocina y al débil sol invernizo o tajadas de carne de vaca guisada en jugo de tomate; según se terciara. Hacían de tenedor o cuchara y hasta de escudilla, los pedazos de pan oreado, absorbente miga blanca y resistente corteza. Embuchábamos los bocados con la ayuda de algunos tragos de vino de la propia cosecha, traqueteado clarete, que desde la botella o la bota llegaba tibio a nuestra garganta. En ocasiones la manduca se iba con algún randa hambriento, de modo que nos veíamos obligados a buscar un arreglo rápido, y tras dar unos mordiscos al pedazo de pan relleno de finas rajas de mortadela, comprados –pan y embutido- en la vecina Plaza de Abastos, ahogábamos el orgullo herido con buches de agua de las fuentes públicas.
El verdadero ambiente ciudadano lo encontraba yo en los comercios de telas y de utensilios para el hogar, en las ferreterías antiguas y en los almacenes de aperos de labranza; pues las casas tristes y oscuras de los distintos artesanos, tejedor, cacharrero, herrador, guarnicionero, a las que iba acompañando a mi padre, refugiándome tras sus palabras y acciones, eran aún pueblerinas. En particular la del nombrado el último, un anciano achacoso que, sirviéndose de lezna, aguja y bramante embadurnado de pez, confeccionaba resistentes arreos, olorosos del recio cuero que les daba cuerpo. Vivía en compañía de una hija soltera en la buhardilla que era su taller, comedor y alcoba; cuyo techo caía hasta el suelo siguiendo la dictadura del tejado. En su parte más baja, cercadas por una alambrera, se criaban ocho o diez gallinas abastecedoras de huevos frescos; y unas cuantas parejas de palomas, involuntarias donantes de sus tiernos pichones a la gula despertada por celebraciones muy señaladas. Constituían permanente testimonio de la animal presencia, un vulturno cálido, el tufillo característico de los nidales y una permanente algarabía de cacareos y arrullos. Los almacenes, de surtido en apariencia inagotable, me parecían los genuinos representantes de las grandes poblaciones, cabeceras naturales de las aldeas diseminadas por el amplio terreno de su heterogénea influencia.

Por lo visto y oído nacemos desnudos y desprovistos de defensas, pero quienes nos rodean, familiares o simples allegados, considerándonos parte de sí, tratan con todas sus fuerzas de facilitarnos lo necesario para salir adelante. Cuando nos dejan solos, si no hemos desarrollado nuestras potencias o no sabemos utilizarlas, el miedo al futuro dirige los comportamientos. Dominados por un temor incierto, llegamos a la madurez acumulando objetos carentes de uso inmediato, reservas ficticias que hacemos crecer tanto como nuestro vacío requiere. Asimismo, para no sufrir en demasía, compensamos el constante abandono de proyectos con una creciente capacidad de olvido. Ambas conductas han sido estudiadas por concienzudos especialistas.
Si bien no he caído aún en el acopio enfermizo de provisiones, mi memoria, depósito de tamaño encogido para evitar sufrimiento, se llena con poco; de modo que para admitir nuevos aportes ha de olvidar los antiguos. Y así voy tirando.
Sin embargo, al leer el nombre de la actriz premiada junto al incógnito poeta y al autor de teatro ya estrenado, al lado del novelista en ciernes que soy, despiertan en mi mente los recuerdos desvanecidos. Se enciende de nuevo el claror apagado, al relacionar a esa tal Marina con la muchachita que despertó mi amor adolescente. No para ahí la cosa; estimulado por los sentimientos y emociones renacidos, seguro de mí, pretendo cobijar a los personajes de la novela que ahora comienzo, en un edificio levantado, ladrillo a ladrillo, con mi propia industria narrativa.
Según mi manera actual de entender la función narrativa, creo necesario mostrar al lector las piedras cimentales. Colabore a ello, pues, esta somera pintura del conjunto vecinal que tan honda impresión me causó en los primeros encuentros, la Palencia de mis tanteos adolescentes, territorio aprehendido en la época de estudiante interno –curso de ingreso y seis años de bachillerato- condenado a prisión mitigada que, no obstante, en mis dos salidas semanales y en las dilatadas vacaciones, me permitió conocer las causas de lo que observaba falto de la oportuna explicación.
El fin del segundo milenio –veinticuatro años escasos faltan para que concluya- despojado de magia y aún sin definir en sus términos exactos, sin afinar del todo; ha de constituir suficiente atalaya para escudriñar el pasado inmediato, tiempos de fundada esperanza que situarán a los personajes frente a sus propios actos, provechosos, perjudiciales o indiferentes según la concreta condición de cada uno. Va perfilando mi cabeza el discurrir del argumento embutido en su adaptable armazón, cuando se me cruzan obstinadas, interfiriendo, las estampas antiguas de Marina y sus títeres en el Patio del Castaño de Valdepero, en trance de representar la obrita que desencadenó una galerna en mi inquieto interior. Bueno será que dé cauce a ese surgir espontáneo y vaya luego, ya sin estorbos, a la invención pretendida.

 

 

DOS
En mis años jóvenes, de natural inquieto y averiguador, Palencia y todo su significado, gentes, geografía e historia, me absorbían. Yo aceptaba la situación algo aturdido, puesto a resguardo, silencioso y prudente; pero en el fondo, contento, satisfecho y orgulloso de transitar el lugar y el momento. Seguía yo a mi madre distrayéndome a cada paso con lo visto y oído, hasta que ella por temor a mi extravío me agarraba de la mano. Tras cruzar la férrea construcción de la Plaza de Abastos nos dábamos de bruces con el bello edificio de la Diputación; luego venía don Sancho, una calle solemne, salpicada de comercios de empaque; las posibilidades ofrecidas por los Cuatro Cantones me desorientaban: Norte, Sur, Este y Oeste; pasábamos ante la Oficina del Banco de España, y allí conducía a mi conductora hacia el portal con el fin de ver los leones de mármol; en un periquete, por General Amor, llegábamos al pasaje privado de la fábrica de gaseosas Prádanos; lo recorríamos a hurtadillas procurando no ser vistos por el encargado y al salir ya estábamos en la rinconada. Mientras mi padre procuraba agua al ganado, sirviéndose para acarrearla de una herrada de cinc traída en el carro con ese único objeto, yo, potrillo tras la yegua, nada más comer, hacía ese recorrido. Iba mi madre al encuentro de sus hermanas, deseosa de conocer las novedades producidas en las envolventes circunstancias, la salud primando sobre las demás. Ocupación que llevaba el encargo añadido, de llenar el tiempo muerto existente entre el término de la comida y la hora de abrir los comercios.
La Rinconada de San Miguel -espacio libre tras la célebre iglesia, a medias fortaleza y templo- sus aceras de cantos rodados, el pedregoso suelo, duro tapiz sobre el que los muchachos jugaban al balón -mis primos compartiendo tiempo de asueto e inquietudes con otros de una edad pareja- me mostraron la verdadera animación de la ciudad, porque la rinconada por aquel entonces rebosaba vida. Cohibido yo ante chavales tan despiertos, tan osados, tan parlanchines; dueños de expresiones cortantes, definitivas, alejadas de las oídas por mí a diario, más sonoras, más modernas; apenas participaba. Apabullado por su palique y desenvoltura quedaba a la espera de una oportunidad que me tornara existente para ellos, digno de consideración. No sé qué porción del pretérito hubiera alterado con tal de dominar en aquellos momentos la técnica del juego, por saber contar chistes graciosos en tiempo propicio, por correr más rápido que ninguno de ellos; pero, acostumbrado a la muelle yerba de las eras, me encontraba torpe y los guijarros suponían para mí un obstáculo insalvable.

Abundaban, in illo témpore, unos triciclos portadores del depósito de acarreo delante del ciclista; los vi en sucesivas ocasiones trasladando gruesas barras de hielo, artículos de limpieza, botellas de refresco, piezas de pan o cajas de frutas y verduras. Bordeaba junto a mi madre la plaza en dirección a las tiendas de la calle Mayor, y los observaba curioso, creyendo descubrir en ellos la más sencilla de las expresiones de actividad y progreso, el primero de los pasos dados en ese rumbo. Los jóvenes repartidores impulsaban aquellos velocípedos de carga merced al gran esfuerzo concentrado en los pies, y los conducían, carentes de manillar, forzando con las manos un tirante horizontal que iniciaba el arcón delantero. De modo que se contorsionaban como azogados cuando el peso de las mercancías era extremo, y exhibían su destreza dibujando florituras próximas a lo circense en sus cómodos viajes de completo vacío.
Uniforme de pana marrón y gorra de plato de la misma tela, si la memoria responde, me resultaba insólito ver a los parsimoniosos barrenderos tras el carrito de chapa galvanizada y el escobón de ásperas raíces prendido en su engarce; empeñados en la recogida de un rosario de excrementos que las caballerías de tiro dejaban como testimonio incontestable de su paso. Bosta apreciada que ciertas vecinas algo descaradas les solicitaban para abonar los tiestos: geranios, alegrías, begonias, reducidos rosales de pitiminí. Guardias del orden armados de su orgullo, inquietos agentes de la circulación, mujeres presurosas, desorientados varones, algún ocioso: gentes muy diversas recorrían tal encrucijada; realidad que en mi imaginación llevé al paroxismo, cuando en sucesivos días acerté a cruzarme con un oriental de ojos achinados y una joven de piel tan oscura como la de las antropomórficas piezas de cerámica que hacían de hucha en la colecta del Dómun.
La casa de mis tías se abría a la Rinconada por la parte dorsal de la acastillada iglesia. Carente de sótanos, a ras de la calle el portal aceptaba las puertas de dos trasteros; sobre él, accesible a través de una ancha escalera dotada de banzos de pino, barandilla de férreos balaustres y arambol de roble, se encontraba el piso de Julia, tercera hermana de mi madre descontando los ya fallecidos: Batilda y Alejandro. Era Julia una mujer fuerte, amable, abierta, sencilla, buena; y vivía allí con su marido, miembro de la policía armada, y dos hijos varones, primos de confianza plena. En la planta de arriba habitaba Fabiana, la mayor de los hermanos vivos, hembra sufrida, trabajadora, silente; que vivía entregada al cuidado del esposo, un mecánico experto en maquinaria y motores de explosión, y de los cinco hijos, dos chicos y tres chicas. El primogénito, hasta entonces brillante ingeniero en una empresa española de automoción, padecía alguna deficiencia arterial. La escalera alcanzaba, según creo, en un último tramo apenas usado, un desván intuido al que no subí nunca o no guardo de ello memoria.

Desprovistas de corrales y paneras, así como de cualquier forma de alojamiento animal: cuadras, gallineros, conejeras, establos; en las viviendas de esa casa descubrí yo la original forma de vida doméstica imperante en la ciudad, tan distinta de la establecida en el pueblo que parecía de otro país, de otra época. Singulares sonidos e inconfundibles olores, desconocidos por mí en su totalidad, nacían en cocinas faltas de un hogar que diera cobijo a las chamadas de leña y a la paja de cereales, donde pucheros renegridos cocieran con parsimonia garbanzos y alubias, y sartenes dotadas de tres patas frieran los huevos añadidos al chorizo. Asumía la función completa, un horno de carbón al que nombraban cocina económica o bilbaína, por ser en Bilbao donde se fabricaban, fundición salida de los hornos altos, según creo. Entreví su vientre en ignición perpetua, infierno dominado que calentaba el recinto a la vez que varios peroles, la olla a presión, una placa metálica y el agua contenida en un abreviado depósito equipado de grifo, mínimo surtidor que liberaba un chorrillo blanquecino a punto del hervor provocando murmullos de ordeño.
Estuve muy grave de niño –alguna enfermedad relacionada con la garganta o el vientre, capaz de afectar al corazón de no oponer eficaz remedio de manera inmediata- y para tener a mano al médico me dejaron mis padres en casa de la tía Julia. El practicante debía inyectarme penicilina con exagerada frecuencia, y a mí se me hacía cuesta arriba indicar el punto exacto de la punzada, cuya elección, dentro de un área delimitada por él, pasó a ser cosa mía; ¡ya ven qué gran privilegio! Era don Basilio un adulto de mediana edad con talla de niño aventajado, y lo acompañaba su hijo, crecido muchachote que seguía los pasos profesionales del padre aunque necesitara agacharse al pasar bajo el dintel de las puertas. La ele y la i; me hice amigo de ambos y terminé compartiendo sus bromas sutiles, las mismas que al principio herían sin saberlo mi encogido orgullo. Conquista de calidad, aunque no lo parezca, porque toleraron los enfermeros sin enojo grave, hasta con algo de broma, que arrancara de mi carne la aguja antes de inyectar el específico, la única vez que sentí el dolor del pinchazo, clavándola luego en el relleno insensible de la almohada. Hubieron de hervir de nuevo el aguijón y perdieron un tiempo para ellos precioso.
Aprendí, en la temporada de mi convalecencia, que entre mis tías y mi madre primaba el parentesco sobre las diferencias aportadas por el modo de vida. Eran hermanas y las concordancias superaban a los desajustes: la frente ancha de mi abuela, el delgado timbre de voz, la forma de disponer los cubiertos en la mesa, los padecimientos derivados de la mala circulación de la sangre y el rechazo del despilfarro y la mentira desarrollado en la niñez; facetas opuestas al mayor o menor cuidado estético y al color de los vestidos: mi madre tonos variados del gris y del marrón, mis tías conquistando parcelas del rojo, el verde, el amarillo. Conocí en ese tiempo que mi padre y mis tíos compartían valores transcendentes, un crecido aprecio de la tierra y de los animales domésticos, la constante inquietud por el porvenir de los hijos, la prevención ante los cambios y las novedades: “quietos hasta ver”, parecía ser su lema ante lo imprevisto. Y ese convencimiento de homogeneidad me acercó a mis primos, chavales preocupados como yo por la posición lograda frente a los otros: inferioridad, equivalencia o predominio. Ciudad y campo: forma despareja pero idéntico fondo.

De improviso comprendí que, azacanes del campo y todo, nos necesitaban; y me invadió un orgullo de clase nunca sentido, que pugnaba por exteriorizarse en las conversaciones. Agricultores y ganaderos de los pueblos próximos contribuíamos a proveer su despensa a diario. Pan del trigo cultivado en las tierras llanas, lentejas y garbanzos arrancados a las laderas, carnes tiernas y sabrosas de lechazos churros además de pollos y conejos de nuestros corrales formaban el común de su dieta sana: leche y queso de oveja, huevos de gallina, frutas y verduras regadas con el agua del Carrión, de los arroyos, de algún pozo. Aún hay más, nuestras compras salvaban los balances anuales de sus comercios. Por si fuera poco, el artesano que forjaba primores de hierro muy cerca del Puente Mayor, en cuyo taller compramos mi tía Julia y yo soportes colgantes para los tiestos de los balcones, era un herrero que en Ampudia aguzaba las rejas de los arados o templaba goznes y cerrojos para las puertas; y el jardinero encargado de regar las plantas del Salón, fue no hace tanto hortelano en Rivas. Nos proveían de aperos y herramientas, sí; pero sin nosotros no podrían vivir esa vida fácil, ese cómodo pasar que sustituye el cultivo de los productos y el cuidado de los animales por la compra de lo necesario en las tiendas. Somos como ellos: me dije, por aquel entonces tan lejano: son como nosotros. Pero no acabó ahí el cotejo, prosiguió a lo largo del tiempo y a lo ancho del espacio, un año y otro, aquí y allá.

Después vino la época de estudiante, agridulce; siete largos años, día y noche, sujeto a la disciplina del colegio, calle de San Bernardo esquina a Colón, estricta, incluso cruel con algunos y para otros laxa. Los compañeros, internos y externos, me descubrieron la gran variedad de caracteres existentes, los distintos orígenes y metas. Filias y fobias, coincidencias y disparidades, tocadas por la varita mágica del azar, me entregaron compañeros de juegos y amigos entrañables. Ellos formaban parte de la ciudad, de la provincia, y por su mediación entendí a Palencia. En el amurallado recinto conocí personas que habían encontrado allí su modo de vida, señoras de la limpieza, personal de la cocina, camareros, repartidores de los almacenes; y en las charlas mantenidas con ellos fui acumulando preciosos elementos de juicio. Buhardillas, chimeneas, ropa tendida, alcobas abiertas a la ventilación y a la mirada, amas de casa en continuo trajín: desde mi atalaya, ventanas altas de la clase, fui incorporando a mi acervo una ciudad poco vista, tejados de distintas hechuras y materiales, reveladores de las diferentes estructuras que los sustentaban.
Breves por necesidad, en el presente se van haciendo habituales mis estancias en la ciudad de Palencia. Me llaman para dar conferencias o voy por iniciativa propia con el fin de presentar mis libros.
Si dispongo de tiempo, impulsada por la memoria la voluntad me conduce a la Plaza de Abastos, estructura de hierro capaz de entusiasmarme. Aprecio la fábrica espléndida durante un buen rato, hasta que me saca del ensimismamiento el incansable ajetreo de quienes vocean las apreciadas virtudes de los productos en venta: escasos, distintos, recién traídos del lugar de origen –tierra o mar- en posesión plena de los numerosos beneficios dietéticos y gastronómicos reconocidos. Se apodera de mi atención el inquieto ir y venir de los que buscan el precio más bajo: unos por necesidad, otros como aventura. Al modo de antes, la limpieza sigue encomendada al agua; calderadas, baldadas o chorros a presión arrastran cualquier impureza, dando al comprador confianza en la higiene y frescura de lo que allí se expone. No veo, sin embargo, aquellas plantas exóticas –alguna variedad de helecho, a mi entender- que servían de cama al pescado en cajas de madera con agarraderos flexibles, trenzas de esparto insertas en las tablas por ambos extremos, anudadas para evitar el escape. El hielo, aunque se continúa usando, mejorado su efecto por las cámaras de refrigeración eléctrica, ya no se precisa en aquellas cantidades ingentes que desde la captura a la última entrega arropaban pescadillas, bocartes, sardinas, lirios, chicharros, fanecas, lochas y hasta carne de ballena en ocasiones contadas, una o dos veces al año. Compro lechazo de Baltanás -si sucede que no lo hay de mi pueblo, aún más gustoso- en una carnicería que lo vende churro y de un tamaño apropiado: siete kilos y medio, ocho quizá; más livianos, han compartido ubre, seguro; y de mayor peso, pueden haber pastado junto a las madres. Con todo, Ángel, el cortador, conoció a mi padre y a mí no me engaña.

Frente al gran mercado echo en falta el antiguo coso, construcción monumental que recorrí palmo a palmo cuando era aún un chiquillo. Puede que se formaran aglomeraciones de aficionados durante las fiestas, pero el valor del suelo liberado aceleró la demolición, de ello estoy convencido. Los propietarios, echando sus cuentas, verían claro el provecho: se iban a vender a precio de oro el espacioso solar y los materiales: hierro forjado y piedra labrada. Balconadas de férreo antepecho y adornos laterales, columnas trabajadas por artesanos, soporte de los techos en las andanadas. Traídos a carretadas desde Valdepero, los asientos de roca caliza formaban gradas y contrabarreras, circunferencias concéntricas seccionadas por los radios de los vomitorios. Yo dibujé su interior y don Roque, el maestro, premió mi trabajo, situado a medio camino entre lo lineal y lo artístico.
Una urbanización cerrada, embellecida por las plantas que proliferan en el patio central, ocupa el espacio donde en tiempos pasados se erguía severa la imperturbable plaza de toros; un suelo embaldosado en vez de la arena de las sangrientas victorias; y multitud de ventanas y terrazas haciendo de palcos. Situado en el estudio de mi domicilio madrileño, apuntando cualquier ocurrencia aprovechable, pienso que un conjunto como ese bien podría acoger la trama de mi próxima novela, porque allí, en apariencia, cuadra. La nueva construcción, abierta al ágora, resultaría el adecuado escenario para desenvolver a la perfección el argumento. Mas en cuanto me adentro en el reparto de los personajes veo que conviene un número reducido y en ese universo la convivencia no se estrechará tanto como mi historia demanda. Yo preciso una comunidad articulada, donde el territorio común y los comunes intereses propicien el entreverado de las conductas.
La Rinconada de San Miguel, por el contrario, se acerca a mi idea con acople de vaina para la espada, con ajuste de cauce para el río, funda de cuero flexible que adquiere la forma protectora del objeto enfundado. Ya sé, no existe en ella la edificación necesaria. Pero un escritor abarca entre sus muchos oficios el de arquitecto, y pretendo construirla siguiendo los planos desplegados en mi mente. Por esta licencia argumental solicito el perdón del lector, a quien me debo una vez atendidas mis propias razones.
Sobre la bruma levanto la casa, sobre el cenagal inhabitable, sobre movedizas arenas, sobre las cambiantes formas marinas y, sin embargo, resulta sólida como un castillo aferrado a la roca que le da cimiento, asentado en la peña con la que suelda perenne unidad. Sucede así porque provengo de mi infancia y de mi tierra, y las amo a ambas con un amor sincero, que si no es el mismo se le parece como una gota de rocío a una lágrima. Resultará recreación para quienes conocen el lugar y el tiempo, porque se establece en la desvaída postal formada en mis ojos durante aquellos años tan distanciados del hoy. Descansando en ella, y en algunos detalles grabados en mi cerebro virgen que actúan sin apenas percatarme, voy a fundar una sociedad que sirva a la fábula y se beneficie de ella, una convivencia propia de personas de carne y hueso, capaces de concebir sueños en apariencia irrealizables y de luchar con empeño por su concreción.

Espolea mi magín el acicate del premio recibido, vigoriza mi afán un amor traído por la casualidad al plano del presente; y tan alto grado de osadía alcanzo, que se manifiestan estos instantes previos con visos de ser los más favorables de mi vida. Puede que no sea cierto, pero si todas las potencias actúan orientadas por una misma batuta, la magnífica sinfonía resultante les corresponde. Y eso es a la postre lo que cuenta.
El veintitrés de abril, efeméride de fuertes resonancias literarias, Shakespeare y Cervantes uniendo sus biografías, encuentro a la actriz de nombre Marina en la entrega de los galardones: novela, teatro, poesía; y me esfuerzo en descifrar en su rostro las huellas antiguas. Como copia facciones que me hablan con alguna familiaridad: aquel cabello rubio, la misma mirada luminosa, su tez rosada y la naricilla chata; concluyo en afirmar que Marina la actriz es mi adorada Marina. La “Asociación Cultural Yunque de Papel” entrega sus premios anuales a última hora de la tarde. La ceremonia, celebrada en el salón noble de un prestigioso hotel, reúne a gente variopinta: desde personalidades pertenecientes a cualquier parcela literaria, hasta aprendices de todo, pasando por directivos de distintas asociaciones, algunas recién promovidas, dispuestas a ser partidos políticos en cuanto se pueda. De manos del presidente, un marqués de ilustre apellido, Marina recibe la placa conmemorativa y la dotación económica correspondientes a la mejor actriz. Habla el entregador con encomio del papel defendido en “Tartufo o el Impostor”, la tan traída y llevada comedia del controvertido Moliere. Al parecer, bordaba Marina a diario la Mariana, hija de Orgón y prometida de Valerio. A mí me entrega la placa y el sobre de narrativa en la modalidad de novela, una dama de edad provecta, protectora económica de “Yunque de Papel” en los azarosos momentos iniciales. Lee con voz temblorosa unas líneas en las que elogia “In memóriam”, doscientas ochenta y cuatro páginas que inventan la persona de un escritor intercalando el contenido de sus escritos. Nos ofrecen una cena íntima a la que asistimos, entre premiados y premiadores, unas treinta personas. A su término, actriz y novelista, Marina y yo paseamos sin prisa dejando al azar la tarea de fijar el itinerario, absortos en una conversación que primero iba para atrás y luego, afianzada, se atrevía a ir hacia adelante.

Liberando como libera en mí la mujer un cúmulo de emociones apretadas, embalsadas en las profundas interioridades: el cariño sentido por la muchachita huérfana, los poemas inspirados en su ingenuidad y en su belleza incipiente; y desarrollando en la actualidad una simpatía que se apodera de la sala y guía la ceremonia, hablamos de la importancia del premio recibido para pasar al instante a exponer nuestras propias vidas y llegar a la niñez. Allá coincidimos: en el Patio del Castaño de Valdepero, en la leyenda de “La Espada de Bernardo”, en Teudenio. Ella es la adolescente que modulaba las voces, emitía los sonidos más convenientes a la acción y llevaba los muñecos al son dictado por el argumento. Ella es la adolescente porque la lleva dentro de sí, junto a las otras. Yo soy el muchacho inquieto que ofrecía su voz aguda y sus manos ágiles; el precoz aventurero que quiso seguirlos en sus zigzagueos, rectas prolongadas, curvas abiertas y frecuentes cruces de caminos. Yo soy el chaval vivaracho y diligente, aunque sea el escritor premiado.
El amor, palanca y punto de apoyo, eleva el suelo de nuestras pisadas a la altura de las estrellas más altas, situándolo por encima de la Osa Mayor y de la constelación de Piscis. El amor, fuerza imparable, empuja el mundo hacia su objetivo, perpetuando las especies en una selección perseguidora de lo sublime a través de lo práctico. El amor, delicioso vino, enturbia el pensamiento y nos separa de la bestia acercándonos al ángel. Se conoce de antiguo que la fe mueve elevadas montañas, pero es preciso decir que el amor, con ellas, rellena los profundos valles facilitando la marcha del hombre. El amor, cataclismo natural, ha configurado con otros de su misma especie: volcanes, terremotos, ciclones; la geografía terrestre como hoy la conocemos. Sin sombra de duda tengo el convencimiento de estar enamorado, y en tal estado de alucinación las personas desarrollan la fuerza de los cíclopes, la intención pura de los dioses, la capacidad de trabajo de los héroes mitológicos. Digo amor y la palabra es todo; un punto ínfimo que contiene íntegro el Universo, enormidades y pequeñeces. Mi boca pronuncia el nombre del Cosmos, y yo soy el demiurgo que hace y deshace.

“Murió al poco Teudenio”: me revela la experimentada actriz; y al anunciarlo, sus ojos se bañan en lágrimas de pesadumbre y nostalgia. Se fueron en uno el concienzudo tutor de la niña, el hijo necesitado de la madre, el hermano pendiente de la hermana, el maestro dedicado a la alumna, el amigo preocupado por la amiga. Murió el protector, quien hacía las veces de padre, y hasta el verdadero padre si las sospechas de la niña poseían algún fundamento. Desapareció el rodrigón al que se asía su desarrollo y la adolescente se vio sola; dueña, hasta la última cana, de un asno tozudo, de un carrillo de toldo preparado para la representación y de unos trapos tejidos con los sueños que la mente humana anima. Quiso continuar el derrotero emprendido, pero no halló a nadie que supiera historias y las compusiera para la representación, a nadie que moviera los muñecos con la naturalidad del anciano prematuro; no halló a nadie que la empujara sirviéndose del solo empuje de su ejemplo, a nadie que convirtiera la diaria rutina en sugestivo episodio de un todo colmado de interés. Cuatro perras recibió, por asno y carro de unos buhoneros que, al casarse la hija, partían en dos la tribu. Las monjas de un convento al que entró a solicitar pan y agua se hicieron cargo de su educación de novicia, hasta que otras inquietudes y la mayoría de edad la pusieron de nuevo en el camino. Entonces representó comedias añadida a un grupo de teatro provinciano. De compañía en compañía, de papel en papel, fue perfilándose actriz, capaz de vestir cualquier piel ajena. Le concedieron el premio, hermano del mío, y nos premió el cielo con un encuentro soñado pero impensable. Nos vemos a diario desde aquella noche; incansables de la compañía que nos damos, felices de la felicidad vista en el otro. Nos queremos y formamos una alianza destinada a alcanzar la felicidad escribiendo historias y representándolas.

Progresamos rápido en el conocimiento mutuo y en el mutuo aprecio, porque tres semanas después me mudé al pisito ocupado por mi amada. Habitante yo hasta entonces de una amplia buhardilla situada entre las plazas de Ópera y Oriente, dotada de un ventanal abierto a los jardines de Sabatini y a la Casa de Campo, es decir, localizada en el Madrid que más me gusta; y convencido partidario, por añadidura, de la permanencia cuando se ha logrado la estabilidad; no supe oponerme a su persuasiva manera de invitarme a seguirla. Es que el amor tiene mucho de virtud teologal, y empuja a los enamorados, al igual que la fe, a emprender aventuras cuya conclusión requiere escalar elevadas montañas o adentrarse en procelosos mares con el ánimo de atravesarlos.
No es gran cosa el apartamento, pero cuenta con todo lo necesario para albergar nuestra vida en común y los restos de individualismo: dos alcobas y un salón mediano, cocina, cuarto de baño y aseo, y otra habitación que hace las veces de escritorio, en cuyas paredes fijé tres anaqueles, improvisados a partir de tablas resistentes de un pino crecido en Valsaín, provincia de Segovia; idóneos para soportar el peso de mis libros, los que releo a intervalos desiguales y me acompañan siempre. Una vivienda, en suma, digna de ambos; integrada, y no es mal sitio, en el barrio que desde la calle de Alcalá y el Banco de España llega hasta la parte baja de la Carrera de San Jerónimo, junto a la plaza de Neptuno. Decidimos quedarnos en lo suyo porque está próximo al teatro donde ella trabaja, y si exceptuamos los días de sesión plenaria, cuando los alrededores del Palacio de las Cortes se convierten en un hormiguero de procuradores, periodistas, fotógrafos y agentes de policía; salvo en esos momentos de verdadero caos, puede decirse que es acogedor y, comparado con otros, tranquilo.

 

 

TRES
Es de Angora; un ejemplar de pura raza, idéntico al de la ilustración que aparece sobre el vocablo en el tomo segundo de la enciclopedia. Ella nunca lo hubiera comprado; debe de costar un dineral. Se trata de un regalo imprevisible, de una cortesía fortuita. Doña Catalina -entre vecinas se dan ese tratamiento- emplea con cierta asiduidad términos poco usuales en conversaciones ordinarias. Y más ahora, muerto su marido, el instruido viajante de comercio, pues tomando prestadas las expresiones que él hizo suyas a fuerza de manosearlas, trata, no tanto de acercarlo actualizando su memoria como de rendirle homenaje, pues se encontraba en la gloria con él. Una gloria terrenal, claro, cien veces más saludable y compensadora que la eterna; pues la pugna con lo discrepante aquilata el conocimiento y el contraste añade valor a lo poseído; ejercicios que en el Cielo, quintaesencia de la perfección, ya no tienen cabida.
La conquista de tan original varón, recuerda, fue un ejercicio de estrategia militar o venatoria. Con propósito tal agitándose en su mente, sirvióse ella de una pitanza de categoría; resultando vencedora la cocinera de mérito en la campaña destinada a la seducción, y vencida la mujer, ya que terminó rindiéndole un cariño sin objeto hasta entonces. El léxico escogido se le quedó a doña Catalina pegado a las palabras heredadas; y a estas alturas se considera incapaz de distinguir unas expresiones de las otras. Carece de interlocutor dentro de las paredes que parcelan la vivienda; triste fatalidad la suya, pues la dama es de por sí locuaz. Mas la presencia del gato recién aparecido –como caído del cielo recibió obsequio tan inesperable- le permite expresarse en voz alta sin considerarse ida y rescatar del corazón la ternura destinada a la niña de sus entrañas, minúsculo ser que se fue a destiempo dejándola huérfana de hija, si ello es posible. Ante el minino puede modular arrullos enmudecidos por los prejuicios sociales o lanzar vigorosas interjecciones para interrumpir el curso de la acción ante incidentes de gravedad extrema. Reacciones que tras permanecer en su pecho largo tiempo reprimidas desatrancan los aliviaderos del alma.

Doña Cándida, la del segundo, inquieto rabo de ligaterna –lagartija en su decir rural- rastrea de manera permanente situaciones desfavorables para los vecinos. Se alegra si las encuentra porque –enemiga del mundo- cree que lo considerado perjudicial para los demás la beneficia. En un portal iluminado con cierta desgana por quien tiene esa obligación -más sombras que luces- territorio hostil; encontró al gato abandonado, huido, solo, temeroso del rumor de los pasos precavidos. Mayaba a breves intervalos, debido a los rasguños que el hambre produce en el estómago cuando se ha pasado un día entero privado de leche materna. Tan desorientado iba el animal que intentaba tomar tres o cuatro direcciones a un tiempo, ignorante de la buena, por ver si acertaba. Lo recogió, consciente ella de que su propósito se alejaba de las obras de misericordia: amparar al desvalido, dar cobijo al falto de techo; de dónde si no el sigilo, el fingimiento, el temor a ser vista. Lo llevó a casa y le dio leche de vaca en un platillo que el minino vació a lametones; le preparó la cama, inclusive, sirviéndose su limitada habilidad de una caja de zapatos, estuche de un par que la mancaba comprado para estrenar en la feria de San Antolín. Pensaba devolverlos uno de aquellos días, pero sin conocer porqué transformó el embalaje en aposento para el gatito -luego supo que era gata- aun a riesgo de tener dificultades a la hora del cambio en la zapatería de Azofra. En el fondo anidaba la intención de dar nueva oportunidad al calzado, y en ese sentido argumentaban el precio -aminorado en su quinta parte como maniobra comercial- y la rara flexibilidad del cuero; unos días en la horma serían suficientes para obtener un largo provecho. Puede que su voluntad, de manera inconsciente, tuviera decidido llevarlos al obrador de Liborio, zapatero remendón; él sabría. De ahí el gesto de utilizar a manera de cuna el fieltrado cartón.
Se peina doña Cándida obligando a los cabellos a ir hacia atrás, dividida en dos la mata, hasta alcanzar el cogote donde se cruzan y entrelazan formando un moño mustio. No se corresponde su indumentaria con las consideraciones debidas al luto o al alivio, pero así lo parece. Suele vestir de oscuro: negro, prietos tonos del gris, azules fuertes; suavizando la lobreguez cromática, en ocasiones, diversas reservas de blanco en forma de círculos diminutos o sencillos dibujos repetidos hasta la saciedad. Cruzan la llanura de su frente los cauces secos de dos riachuelos que los aluviones de octubre y abril profundizan al erosionarlos, viejas arrugas compañeras de otras jóvenes nacidas a ambos lados de la chata nariz y de multitud de rayas trazadas por continuos fruncidos de la piel, esparajismos que suele dibujar con el menor motivo. Sus labios finos se unen a unos ojos sagaces del color impreciso del agua de mar -tornadizo, según dicen; dependiendo del estado de ánimo imperante- se unen mohín y mirada para poner en su rostro unos trazos de belleza que los demás agradecen.

Examinó de cerca doña Cándida su mano derecha, porque la escocía el espacio donde se unen los dedos índice y corazón, punto en el que la piel, a resguardo de roces, resulta más sensible. Había olvidado el arañazo; tenía sangre seca, y para desinfectarla lavó varias veces la herida con agua abundante y jabón lagarto. «Cualquiera sabe la variedad de inmundicias que habrá escarbado», se dijo a modo de excusa. Sentía dos punzadas dolorosas -también la mordió- y al lado se veían dos puntos marrones, separados el uno del otro por una distancia coincidente a simple vista con la posición de los colmillos. Las heridas desvelaban el ataque que pretendía ocultar, dejando a la intemperie su teoría del presente infantil, obra de unos niños que por nada del mundo se hubieran desprendido del juguete vivo. Pero nadie reparó en las magulladuras y la verdad quedó en el limbo, sin oportunidad alguna de nacer. Lo cierto es que el cachorrillo defendió, tembloroso y muerto de hambre como se encontraba, la preciada libertad. Usó las armas más eficaces recibidas de la Naturaleza: uñas y dientes; y lo hizo cumpliendo un impulso atávico, resorte activado por el miedo, pues la señora fue a propio intento al portalón de las escuelas donde se había resguardado el animalito, armada con una cesta de tapa y su gesto más adusto.
Una hora había pasado lo menos desde que salieron los alumnos, y otros eran los dueños del momento. Revolvían Roma con Santiago los encargados de la limpieza; mesas, sillas y papeleras tomaban posiciones alejadas de la de uso, y el olor a serrín húmedo predominaba. El encerado, extenso pizarrón sujeto a la pared frontal, a través de la puerta entreabierta mostraba dibujos grotescos y frases vejatorias para uno de los profesores: dictatorial e inflexible el calvo don Julio Revenga, si nos atenemos a lo escrito por el denunciante en su mensaje vejatorio. Vivarachas, algunas mocitas entraban y salían con cierta premura; vestían uniforme de color azul oscuro y parecían dotadas de saludable fortaleza. Desde el espacio en sombras las veía la intrusa cruzar con alboroto el vestíbulo; pues, manifiestamente inclinadas para hacer contrapeso, portaban –colmados en la fuente próxima- calderos de agua que en los envites vertían goterones una vez superados los márgenes. Como consecuencia del incesante teje y maneje, hubo de andarse con ojo la mujer para no ser sorprendida en aventura tan poco digna de imitación. Pero su considerable habilidad le permitió salir indemne del aprieto.
Doña Cándida hizo el cumplido a doña Catalina -se nombraban así eludiendo cualquier otra forma de intimidad- una semana después, cuando la gata, conocida ya la condición de hembra, salpicaba de jugos gástricos y leche devuelta los rincones oscuros y, lo que es peor, la funda color siena y la almohada marrón del baqueteado sofá, cuyos soportes leñosos acribillaba a arañazos. Ignoraba doña Cándida la procedencia turca del animal -zona de la antigua Ancyra, hoy Ankara y antes Angora- y se encontraba confusa, prendida de una cierta preocupación, porque su hijo vino a comer y apoyó al marido, al padre, reforzando la teoría de desprenderse de él, de ella, devolviéndola al portal de la escuela. «Pertenecerá a algún vecino y cuando esté curado, curada, es verdad, y haya costado unos cuartos alimentarla, la perderemos»; así se expresaban ambos varones en coincidencia. Afligida porque si se apartaba de la recomendación, y el marido estaba en lo cierto; si hacía ella de la capa un sayo y el esposo acababa llevando razón, iban a zumbarle los oídos de mujer avezada a escuchar reconvenciones, excitados por nuevas críticas, durante tiempo y tiempo.

Respecto al origen, imaginado por el escritor que encarno, del esposo de doña Cándida, y a la forma de ser que le atribuyo, existe una anécdota capaz de poner ambas circunstancias en claro. Me es forzoso advertir que a veces sueño el regreso, por fortuna imposible, al colegio de mi adolescencia y primera juventud, espacio y tiempo que mi memoria intenta recrear en la dimensión onírica, evitando con la treta el regreso de una realidad indeseada. Vuelvo, el curso preuniversitario me recibe, y encuentro allí un bedel que no hubo en mis años de interno; un conserje, obra de mi capacidad imaginativa, alto y enjuto, vestido de gris, el andar desnivelado y un gesto entre amargo y ácido. Su rostro cetrino, fijándose bien, resulta, en realidad, la dura faz de aquel prefecto de disciplina del que los alumnos sospechábamos una estancia prolongada en la legión extranjera del país vecino, donde, por causa del rigor de las reglas, había criado una úlcera de estómago que le agriaba la manera de ser. No llevaba vocación oculta la piadosa ocurrencia de ingresar en la orden; tratábase sin más de la huida de un prófugo. Sitúo, adrede, tal marido -mal encarado y de endiablado carácter- junto a tal esposa; y los veo a ambos entretejidos, sufriendo él las maliciosas manías de ella, y recibiendo ella los reproches de él, las mismas amonestaciones que en mi pesadilla de retorno a las aulas y al patio, el hombre ponía en su boca destinadas a los alumnos más díscolos, entre los que yo, estoy convencido, había de encontrarme.
Afuera llueve; diluvia, si se me permite la exageración. Atravesamos una mentida primavera que a nadie contenta. Cuando en un café de la madrileña glorieta de Bilbao leo para ella el capítulo redactado en los tres últimos días, a mi amada Marina le parece de perlas la inclusión de la persona en el personaje. Opina que de esa manera cobra la novela un efecto de realidad harto difícil de conseguir sirviéndose de la invención pura. Cree con firmeza que si al marido de doña Cándida lo pincharan con un alfiler, aun habiendo nacido ya mayor y en el universo ficticio de las páginas manuscritas, de su herida brotaría sangre de un rojo muy vivo. No tiene en cuenta, por creerlo indiferente para la obtención del provecho descriptivo, que mi personaje toma el cuerpo prestado en buena parte de otro personaje; que el bedel rellena lo más de su pellejo con un supuesto legionario, luego fraile real y verdadero de turbio carácter por causa de una herida gástrica. Replica que ambos, monje y soldado, son vasos comunicantes y se trasvasan virtudes y vicios, porque nacen de una misma mujer que los parió con dolor en consonancia con la maldición bíblica; así que su humanidad no llega al sujeto literario de manera indirecta ni diluida según afirmo.
Al hilo de lo hablado respecto al modo de concretar la idea narrativa, en la que ella participa de manera principal, mi amada, huérfana que ha sufrido lo suyo y lo ajeno, me explica las hechuras con que sus íntimos deseos integran, acomodan y ajustan la familia en cuyo seno quisiera haber nacido, posible reminiscencia de una verdad olvidada. Encabeza el conjunto armónico un padre amable y animoso, favorecido con un rostro dibujado a imitación del que mostraba Teudenio cuando el anciano prematuro, satisfecho e ilusionado, veía reír o llorar conmovidos a los espectadores de sus comedias y dramas. Es Teudenio, en la ficción disfrazada de realidad, un ganadero de ovejas tras los pastos más verdes, un comerciante próspero en caravana portadora de sedas, un marino descubridor de nuevos territorios; un hombre diligente y honesto, amante esposo de una mujer prudente y tenaz, dueña de un rostro perfeccionado copiando a las vírgenes de las estampas, madre de dos varones y de la propia Marina, niña adorada por todos. La viste el deseo, recalca la interesada en el tono exacto empleado en las confesiones, con prendas en apariencia contradictorias: voluble y obstinada, perseverante y tornadiza, amiga de las indagaciones y de los hallazgos. Vigorosa e indolente, juega en la portalada amplia de la casa familiar con los hermanos, chavales traviesos que se dan un aire a ella en los rasgos y en los modales. “¿Lo ves?, tu Marina está tururú”. Dice ella en tono de broma de sí misma, mientras el dedo pulgar de la mano derecha hace mención de barrenar la sien más cercana. “Ignoro aún si en verdad Teudenio fue mi padre, aunque lo dejara entrever en cuanta oportunidad tuvo, y ya mi cabeza lo fija a un suelo firme con vínculos indisolubles”.

Se hizo actriz, asegura, porque el viento de la vida soplaba en esa dirección; pero también para seguir una trayectoria mudable que le permitiera ser muchas personas siendo sólo una. Cuando cae el telón recobra su singularidad, pero conserva en su interior algún aspecto considerado valioso, perteneciente al personaje cuyo papel ha representado. No fue siempre titiritero Teudenio, me dice Marina; pasó antes por mil diversos oficios, y todos tenían en común la necesidad de ir de acá para allá. Eso los unió; y el amor al trabajo bien hecho. El dinero era lo de menos para él, y ella sigue ese proceder aprendido, acaso heredado.
El bedel Malanda –nombre o apodo, a saber- marido en segundas nupcias de doña Cándida, vino al mundo en Villasur, pueblito del partido de Saldaña que abre en su término las fuentes del río Ucieza. Aprendió las cuatro reglas, y con ellas presentes calibró un futuro que nada bueno prometía, por lo que emigró a la capital y se empleó en una tienda de ultramarinos situada frente a la pared occidental del Ayuntamiento. Despachaba garbanzos de la mejor cochura procedentes de Fuentesaúco, alubias suaves de La Bañeza, pequeñas de El Barco, gordas de La Granja; lentejas y titos del terreno, chorizo de Salamanca, morcilla de Burgos, queso de Valdepero y Baltanás, vino de Cigales y Serrada. Añadió un contrapeso a la báscula y sisaba treinta gramos en cada despacho de comestibles, y los clientes, fiados de tendero tan fiable, no se percataban del escamoteo. Hizo buenos duros entre sueldo e ingresos extras, por lo que contaba con una cuadrilla de amigos a quienes convidaba en los numerosos bares de la calle Mayor, donde solía encontrar chicas a las que presentar batalla.
Casó con la muchacha mayor de una estirpe de negociantes, conocida en el barrio de la Puebla por tratar en caballerías. Cuatro años le sacaba al mozo, y se hacían patentes los cuatro en el rostro serio, en el gesto hosco. La boda se celebró en San Lázaro, y acudieron, a más de familiares y amigos, multitud de curiosos. Les nació una niña el primero de marzo siguiente, un primor al que el nombre de María de los Ángeles le venía como las flores al búcaro, pues mostraba el rostro lleno y sonrosado abierto en permanente sonrisa. Murió la madre –los disgustos del hombre no fueron ajenos, ni los malos tratos, según testimonio de numerosos vecinos- expiró la hija del tratante cuando Angelines llegaba a los doce; y a Malanda se le oyó decir, tan sólo unos días después del entierro, que la casa era asiento carente de una pata. Formaba sociedad con un cuñado que se hizo cargo del negocio, recibió el importe de sus derechos y entró de bedel en el colegio cercano. Limpiaba allí las clases una moza vieja metida en carnes que por nombre –mal puesto- llevaba el de Cándida. Como al hombre le resultaba incómoda la vida con la adolescente, pues carecía de respuestas que la orientaran en tramo tan complicado de la existencia, aceptó el acercamiento emprendido por la compañera y, persiguiendo dar a la hija una madre y tener así dos criadas, aportó al matrimonio una hija. Angelines comprendió en seguida lo que se esperaba de ella, y en las frecuentes disputas del matrimonio aprendió a ponerse de parte de ambos, y a tener, enjuiciadas y disponibles, dos razones opuestas.

El hijo de doña Cándida y del bedel Malanda, sin que las leyes de la herencia lo justifiquen, es un muchacho bonachón de cara redonda y frente despejada. Llegó a este mundo con unos meses de retraso sobre la voluntad de los padres, en el preciso momento en que cada miembro de la pareja achacaba la causa de la infertilidad al cónyuge. Calmo, espontáneo, el muchacho parecía haber sido destinado a equilibrar con su sola presencia y la palabra suave las situaciones más desquiciadas. Fiel de la balanza familiar, el bedel y su esposa se atienen al pie de la letra a lo dicho por él, sea lo que sea, en general juicios y recomendaciones apropiados, cuyo seguimiento proporciona arreglos milagrosos a problemas en apariencia insolubles. Le adorna una facilidad natural para los ejercicios manuales, y a pesar de que su empleo de encargado del mantenimiento en la fábrica le tiene todo el día de sección en sección, dando beneficio a los útiles y a las herramientas, cuando llega al hogar, situado en el barrio de San Juanillo, repara cualquier desperfecto; y en la casa de sus padres ordena las anomalías y suple carencias. Dice Marina, cuando se lo dibujo, que era así el dueño de una pensión en la que pasaban Teudenio y ella lo más del crudo invierno; cuando los caminos se tornaban intransitables para el carro, y las plazas mayores de los pueblos se sumían en la más deprimente soledad.

 

 

CUATRO
El inmueble escenario de esta historia, situado en la Rinconada de San Miguel de la ciudad de Palencia, se edificó sobre un viejo caserón de labradores, de cuando la villa era todavía agrícola y rural y se daba poca importancia a los servicios; acaso cien años atrás, en las boqueadas del reinado de Isabel II. El dueño, hijo único, célibe, vive solo en el cercano pueblo de Valdepero. Habita una casona elevada al remanso del recio castillo, próxima a la espléndida iglesia, a un corto paseo –que suele dar al salir el Sol- de la rústica ermita y de la tejera atribuida a los romanos; y con no pocos motivos se le sospecha aferrado a un arcón de duros que recuenta una vez por semana. Anciano casi, nacido unos lustros después que el casón, lo heredó de su padre y lo reconstruyó modificando el uso. Se puso de acuerdo con un avisado contratista -de eso hace al menos una década- que le metió los perros en danza y se quedó con la parte del corral y los bajos, a cambio de la ejecución esmerada de la obra. Del corralón -espacio suficiente para que las mulas chozparan a gusto, incluso para que los carros evolucionaran sin dificultad- y de la parte inferior de las viviendas, a la altura de la calle, resultó una galería comercial ubicada sobre las cocheras del sótano. La componen doce tiendas de buen tamaño con entrada desde la rinconada, y un pequeño patio de luces y ornamento -plantado de arbustos y flores de temporada- que atiende doña Catalina por encargo de la Asociación de Comerciantes denominada “de la Rinconada de San Miguel».
El hueco correspondiente al portón de entrada –un arco de piedra que acogía dos pesadas hojas de madera tachonadas de clavos- desapareció en el nuevo muro, abriéndose en su lugar un pasadizo que da acceso a las tiendas por dos puertas de aluminio y cristal, situadas una a cada lado de la subida a las viviendas. Portal y escalera sustitutos de los antiguos, los que antaño, cada mes de agosto vieron subir a las paneras costales de lona repletos de grano, que permanecía ensilado durante el invierno con el fin de aprovechar el precio algo crecido de la primavera. Ganando en altura se elevaron tres plantas de pisos; dos por planta, dotados de vestíbulo, comedor, cocina, cuartos de baño y aseo, salón y tres o cuatro dormitorios. Los superiores disfrutan de terraza, pero cuentan sólo con tres alcobas; los cuatro de abajo, poseen, compensando la falta de terraza, una pieza más. Existen balcones, y en ellos tiestos con geranios que embellecen la fachada, incluso en el primero; tan cercanos a la calle en este caso, que los chavales del izquierdo se descuelgan hasta la acera cuando, por razones suficientes, son castigados a prolongar las tareas propias de sus estudios. Al final de las obras, sobre la marcha como quien dice, se modificó el proyecto, y de lo que estaba previsto tabicar como trasteros, un ático subido a la tercera planta, salieron una vivienda algo menor que las otras y un terrado común que, debido a deficiencias en la construcción, hubo de impermeabilizarse en dos o tres ocasiones. Dura lex, sed lex; como dijo el legislador romano: de haberse elevado los cuartuchos según estaba previsto, el volumen edificable se hubiera sobrepasado; por lo que el ayuntamiento negó los permisos apoyándose en la ordenanza vigente.
A la sala de estar o comedor, doña Catalina, que utiliza la cocina para servir las comidas informales, puede llamarle -y de hecho lo hace- con toda propiedad, recibidor; pues para acoger a las visitas sirve. No obstante, cuando llegan invitados de los de cumplido –ocurre dos o tres veces al año- pone la mesa en su sitio originario cuidando cada detalle de la presentación: mantel de hilo y el correspondiente juego de servilletas, bordados por ella, parte de su ajuar; vajilla de porcelana decorada con un filete dorado, círculo áureo situado justo en el borde; cubertería inoxidable del más fino acero y vasos y copas de cristal de roca labrado. Casi todo comprado en vida del difunto; pues, aficionadas unas a la astrología y a lo arcano, y conocidas otras de la época comercial, gozaban de numerosas amistades que se han ido disolviendo en el silencio de la dejadez. Esos días comprometidos, como complemento que a ella le parece importante, enciende una velita de roja cera a cada lado, y en el centro deja con naturalidad flores frescas: rosas, claveles, violetas o begonias, según vaya la temporada. A veces divaga sin riendas y pone la cabeza a la busca de recuerdos que provengan de entonces; hasta que –como ocurre ahora- algún suceso inoportuno la coloca de nuevo en la realidad. Suena el timbre dos o tres veces; y resulta imposible precisar, porque se suceden los sonidos segundo y tercero muy juntos, uno a caballo del otro.

-¡Doña Catalina! ¡Doña Catalina! Soy yo, la señora de abajo. Buenas, mire, venía… ¡Voy a hacerle un regalo! Le traigo un gatito, bueno, una gatita que le hará compañía.
Sin percibirse el ruido habitual de la chapa giratoria que descubre la mirilla –gesto innecesario una vez escuchadas las palabras de aviso, o suprimido de la rutina por temor a que se note- se abre la puerta con palpable prevención; pero a medida que se ensancha el ángulo, la confianza y la franqueza llegan hasta donde las bisagras permiten.
-Pase, pase; buenas, pase. Usted dirá. Me encuentra de verdadero milagro, porque había hecho idea de ir temprano a la Plaza; ya sabe, si se llega a destiempo resulta difícil encontrar buen pescado y le dan a una la carne que nadie ha querido. Me puse a ordenar los armarios, ¡imagínese!, y se me ha pasado el tiempo sin sentir; usted conoce como yo que, si se pone intención, en pisos tan espaciosos como estos, no se acaba nunca. Dígame, a qué debo el honor, qué se le ofrece…
Tímida, encogida, como si la edad pusiera sobre sus hombros un pesado yugo o considerara de mucho compromiso el paso que estaba dando, doña Cándida no cruza el umbral y, situada bajo el dintel, prosigue:
-Como aún no ha pasado un año desde la muerte de su esposo, y falta de hijos debe de encontrarse usted muy sola, he pensado… ¡Mire!, es una preciosa gatita; y muy dócil. Vea que pelo más largo y esponjoso tiene; su tacto recuerda al de la rebeca de Angelines y no me había fijado.
Doña Cándida insiste de manera atropellada; se la advierte insegura, apocada, nerviosa; pone demasiado énfasis en lo dicho y emplea un tono falsamente meloso que resulta risible.
-Angelines, usted la conoce, es mi hija mayor; bueno, de mi marido. Estuvo en Palencia el pasado invierno con su esposo Manolo y su hijo Manolín, ¿va haciendo memoria?, y se compró algunas prendas, entre ellas la chaqueta peluda a que me refiero.
-Sí, ya caigo en la cuenta; nos cruzamos en la acera dos o tres veces, y una de ellas los acompañaba usted. Lo cual, que iba Angelines peinada de peluquería y de punta en blanco; la encontré muy fina. ¿Y qué es de esa familia, se sabe algo?

-¡Ah!, no me extraña, es que ha salido muy presumida y algo manirrota; menos mal que les marcha bien el negocio: tienen una tienda de comestibles y hacen dinero, allá, en tierras de América. Residen en una ciudad que le dicen Dolores, cercana a un río muy ancho que lleva el nombre del país: Uruguay, creo. Eso cuentan, pues a mí lo que está al otro lado del mar me parece una tierra perdida en los mapas, y me da la impresión de que sólo en ellos existe. Un día de estos le enseñaré las fotos del niño. Siete añitos cumplirá el mes que viene, y es muy revoltoso, si usted viera…, no para a lo largo del día; y qué lengua, todo lo repite; hay que tener una precaución enorme cuando se habla estando él delante. Le llenan la cara unos ojazos marrones, unos labios finos, una nariz bien trazada y una frente amplia, pertenecientes al padre. Pero a lo que iba: mi hijo quiere…, mi marido dice…, no es como en los pueblos, estos preciosos animalitos cuestan dinero. Es un regalo de los nietos, los de mi hijo, los míos; y como vive sola, he pensado en usted. Le hará compañía, y en la terraza podrá criarla sin los inconvenientes propios del piso.
-¡Oh, doña Cándida; se lo agradezco en el alma! Cómo no se me habrá ocurrido a mí. En vida de mi difunto le hubiera dicho que no; condescendiente como era, nada hubiera objetado, pero sé que, a él, tan metódico, le incomodarían las travesuras y enredos propios de la especie. Ahora que, en las actuales circunstancias, puede resultar buena idea. La soledad es mala acompañante, no se hace una por completo a ella; y un animal doméstico abre espacio alrededor, permite expresarse y sacar de dentro afectos enmohecidos. La verdad, es muy de reconocer su gesto. Aunque no debiera sacrificarse; para usted supondría también distracción y sus nietos vendrían más a menudo atraídos por los retozos y aspavientos de la gatita.
-Imagino el trato que le darían y se me quitan las ganas de exponerla a sus abusos. Los niños pueden llegar a ser brutales cuando encuentran a alguien más indefenso que ellos mismos. Es como si se vengaran de la permanente sujeción que padecen. Aunque mis nietos, lo dice todo el mundo, son un modelo de sensatez y no suelen propasarse. Bueno, tiene usted que salir y sé que no es el momento adecuado, pero debiéramos hablar más; considere que me debe una visita. Damos rienda suelta al palique en el descansillo, y ya se sabe, a las paredes les nacen oídos deseosos de coplas para ir contando.

-Conoce usted, doña Cándida, que el cuidado de las flores requiere su tiempo, y yo pongo un empeño que no ceja ante la brevedad de su lozanía. Esa misma limitación me estimula a preparar la venida de otras nuevas, que den continuidad al ornato de terraza y jardín. A más, los muebles y el ajuar han de mantenerse presentables. Quiero decir, que el tiempo se me va como humo por la chimenea, y no deja espacio al necesario trato vecinal.
-Razón tiene, que nosotras debemos estar unidas y conservar lo nuestro, porque hemos anidado en la casa y los demás son aves de paso. Hoy en Palencia y mañana en Plasencia, como suele decirse. Usted ya me entiende -y añadió, mirando desconfiada al hueco de la escalera y bajando la voz- no les importa nada el edificio y todo lo tratan a baquetazo limpio.
Se nota en ambas un cierto grado de desasosiego; como si el trance por el que pasan fuera el de tomar un jarabe, un bebedizo excelente para la salud, pero desagradable al gusto y al olfato. De modo consciente o sin darse cuenta van elevando el nivel de su charla, e intentando sorprender a la otra con palabras brillantes, consiguen deslumbrarse a sí mismas.
Resístese en este instante la espantada gatita a pasar de unos brazos a otros. Se ase con uñas y dientes al regazo de doña Cándida, convencida de que el cambio –como todos los sufridos hasta ahora- la perjudica. Logra soltarla la donante, no sin merma de la urdimbre de su blusa, no sin deterioro de la trama, que por efecto del tirón se ven obligadas a desprenderse de algunos hilos quedando encogidas; los ve con desagrado la mujer doblados en bucle sin llegar a romperse, y con las manos ahora libres trata de volverlos a su posición correcta. Tensa, confusa, recelosa, sus ojos asustados reflejan el estado de ánimo con el que la michina acepta la mudanza: el derecho revela impotencia y sumisión, y el izquierdo manifiesta rechazo y rebeldía. La toma la receptora con gesto amistoso, y lo ha de percibir la morronga, porque corta en seco un zarpazo que ya iba por la mitad de su recorrido.
-Estoy en deuda, lo sé; y no tardaré en cumplir como se merece, pues a los bien nacidos corresponde ser agradecidos. -Añade doña Catalina con intención de remate.
-A seguir bien; que cuando no se tiene quien la cuide a una, una ha de ser su propia enfermera. –Ultima la conversación doña Cándida con éstas palabras dirigidas a doña Catalina, calculada expresión que otra en su lugar, mas quisquillosa -la misma doña Cándida, por ejemplo- hubiera tomado a mal.
Mis charlas con Marina producen un efecto adictivo; a veces me ocurre que no quiero separarme de ella y creo entender que el sentimiento es recíproco. La voy conociendo y la atracción inicial se incrementa de manera espontánea. Lo nuestro es amor; no me cabe duda. Tiene opiniones sobre lo que ocurre y, si encuentra interlocutor apropiado, las comparte exponiéndolas con rara precisión y maneras sencillas. El hombre débil la importa, quienes carecen de patria, los desarraigados; aquellos que sufren para que otros gocen. A la Evita Perón de la mejor época me recuerda, ahora que la de verdad atraviesa sus horas más tristes. Se viven en España momentos gloriosos, llegan los cambios que nos debía la historia y Marina los recibe con verdadero entusiasmo. Ha votado en las elecciones municipales del 25 de enero, pero no se fía; y va buscando las razones de su desconfianza en mis propios escritos. “El dictador ha muerto”, dice que dijo uno de mis personajes, “pero nadie ha encontrado el cadáver descompuesto de la dictadura”.
Viajamos a Barcelona –ida y vuelta en el día de descanso- para ver la película de Chaplin, “El gran dictador”, realizada en 1940 y exhibida aquí sólo de manera clandestina. Al verla, tan crítica con situaciones políticas similares a las nuestras, se entiende la razón del retraso en obtener los permisos. Por ver como respiran en Cataluña compramos en Las Ramblas el nuevo periódico nombrado “Avui”, hoy en catalán, lengua en que se expresa todo el contenido. En Madrid, saldrá otro diario muy pronto, pues ya está siendo anunciado. Va a llamarse “El País”; y aseguran que pretende ser el primero en cuanto hace a su difusión y objetividad. “¡Lo que nos estábamos perdiendo!”, exclama mi amada en un suspiro. Los intelectuales exilados siguen regresando, ahora le toca el turno a Salvador de Madariaga, escritor y diplomático de altura, que se expatrió al imponerse el régimen militar tras el fin de la guerra.
-Con la libertad, la cultura saldrá ganando. Estos serían buenos tiempos para Teudenio –afirma Marina con el dudoso pesar de quien cura una herida muy vieja a la que ya se ha hecho.
-También para la niña que fuiste –añado lacónico.
-Acaso no lo creas, pero jamás deseé una niñez distinta; incluso cuando estuve con las monjas –concluye mi amada.

 

 

CINCO
El piso situado al lado derecho de la primera planta, debido a la muerte de don Roque y a la partida de su esposa hacia algún lugar menos oneroso, lleva una temporada disponible; y el balcón vacío, sin vida ni color, lo revela. Aprovechó el dueño la coyuntura para aumentar el precio del alquiler, y por ésta u otra circunstancia, dos meses más tarde, permanece sin arrendar.
La personalidad de don Roque, singular en todas las facetas, es recordada por los vecinos que tuvieron la suerte de conocerlo. El maestro, jubilado tras una carrera profesional plagada de íntimas satisfacciones, y su protectora esposa, doña Jacoba; llegaron a la Rinconada tras abandonar el último pueblo en la cabina de la camioneta que trasladaba los muebles. Doña Jacoba, dúctil y maleable como el oro, enjuta, vestida en tonos oscuros, más de cuarenta años de sosegada compañía, incluso en el asiento corrido parecía seguir al hombre. Aparentaba poca cosa, pero la naturaleza dispuso en la mujer una voluntad hecha de sensible nervio y fibra resistente; por lo que la adversidad no la amilanaba. Destacaba en ella, a mayores, una bondad forjada en la renuncia de su provecho en favor de los demás: padres, hermanos e hijos. Emancipada de los unos, y en trance los otros de hostigar al porvenir, alineó sueños y habilidades con los del esposo. De aldea en aldea caminaron juntos; ella subordinada al varón que dependía en buena medida de la mujer. El zigzagueante vaivén de los designios ministeriales que los zarandeó sin aparente sentido, daba sus últimas boqueadas. Una vez más iría doña Jacoba allá donde pusiera el marido las miras y los pies; pero rogaba en silencio a la Virgen, de quien era devota, que los pies y las miras pararan en Palencia, donde la hija casada perseguía una cómoda rutina.
Varias generaciones de muchachos nacidos para ser labradores –fuertes, sufridos, perseverantes- hijos y nietos de tenaces labriegos, recibieron el beneficioso influjo de don Roque en pueblos por los que pasaban docentes con grandes carencias, que poco podían entregar más allá de su buena voluntad y lo aprendido de la vida viviéndola. La gente de Arbejal, Brañosera, Villamoronta, Cervatos, Antigüedad, Amusco, Monzón, Valdepero y Husillos estaba agradecida a don Roque, pues le atribuía el deseo de aprender y prosperar, la capacidad de defensa y las buenas maneras aparecidos en muchos de los adultos preparados por él, por él encaminados.
Para don Roque la vida era a tercias tarea, compromiso y responsabilidad; de modo que llegada la jubilación continuó en la brecha. Vistiendo el traje oscuro raído en los extremos más rozados: perneras del pantalón y mangas de la chaqueta; cubierto el escaso pelo gris con un sombrero todavía en buen uso y calzados los zapatos de los días festivos; elegante a la antigua, se trasladó, en efecto, a la capital, donde sus muchos merecimientos eran desconocidos y los homenajes recibidos -lo constató entonces- se ignoraban.

Experiencia y honestidad constituyen capacidades susceptibles de ser bien aprovechadas en la docencia. Sin embargo, le hicieron encargos fútiles, que él, de naturaleza sencilla, valoró por encima de la realidad. Tales eran, el de custodiar a las niñas de las clases elementales durante los recreos, cumplido en un colegio de monjas a trasmano de su vivienda; y el de nutrir de material escolar las aulas del inmediato Centro San Isidoro, dedicado a la formación nocturna. Asimismo, en tan reconocido liceo, llenando el tiempo vacío de las vacaciones, ayudaba a los estudiantes suspendidos en los primeros cursos del Bachillerato. Actividades éstas que le tenían distraído sin cansarlo; permitiéndole ir mucho más allá de lo exigido. Proponía a las párvulas juegos infantiles de los que aúnan entretenimiento y utilidad, buscando el adiestramiento del ingenio y el gusto por la participación en tareas colectivas. Añadía anotaciones de su propia cosecha, en los márgenes de los apuntes entregados a los jóvenes acerca de las postergadas humanidades, procurándoles el provecho que se deriva de tener una visión de conjunto: la mejora de las calificaciones y, más que nada, el apego a los conocimientos.
El personaje de don Roque Mediavilla figura en mi premiada novela y en algunos cuentos que reflejan memorias de la niñez. Se corresponde con la persona del único maestro que tuve en la escuela del pueblo; y es el hombre bueno que -unido a don Jesús Fernández Pinacho, el cura santo- señaló a mis padres que merecía la pena llevarme al colegio para proseguir los estudios. Su carácter sobrio, la elegancia moral y su ecuanimidad en los juicios lo metieron muy hondo en mi aprecio y en mi memoria. Allí, en la intimidad de mi ser, está también el sacerdote, muerto a consecuencia de un tumor cerebral; proceso mórbido que supuso el calvario íntegro de las trepanaciones, la corona de espinas, la lanzada en el costado y el desgarro de la cruz sufridos por el Salvador a quien imitaba. Marina, a mi lado en un Madrid florecido de jardines cuando escribo estas líneas, los conoció; pues en las representaciones de “La espada invencida de Bernardo” el maestro y el cura eran espectadores de primera fila, iniciadores de los parabienes dados a los intérpretes al término de la actuación. Ignoraba mi amor, en cambio, que don Roque escribió una versión de mayor complejidad partiendo de la representada por ellos; así es que se lo explico y le parece encomiable. Pregunta si poseo una copia y, por desgracia, mi respuesta ha de ser negativa. La esposa puede que haya muerto, habrá que indagar; no obstante, si vive o los hijos recibieron el manuscrito en herencia, es probable que lo conserven como oro en paño, a modo de reliquia. Complaceré a Marina con muy poco esfuerzo, aprovechando el viaje a mi tierra para comprobar ciertos extremos que afectan al desarrollo de la novela, aspectos algo difusos de la geografía recorrida por los personajes.
No puedo reprimirme e ignoro la causa, pero al llegar a este punto de la conversación y, tal vez sin orden de la voluntad, me oigo recitar estos versos:

En los reinos de León/ el Casto Alfonso reinaba:
hermosa hermana tenía, / doña Ximena llamada.
Enamoróse de ella/ ese conde de Saldaña,
mas no vivía engañado, / porque la Infanta lo amaba.
Muchas veces fueron juntos, / que nadie lo sospechaba;
de las veces que se vieron / la Infanta quedó preñada.
La infanta parió a Bernardo / y luego monja se entraba;
fizo el Rey prender al Conde / y ponerlo en grande guarda.

Me salen espontáneas las estrofas del romance anónimo, primeras de la introducción que Teudenio proporcionaba a la obrita; y noto que Marina las repite en su interior, pues sus labios se mueven en silencio y de los ojos se desprenden unas lágrimas hijas de la emoción sentida. Ahí está el pasado huidizo revolviéndose aún: recuerdos imborrables que pugnan con un presente incompleto. Páginas once y doce del libro de la vida, que acaso porque a ellas volvió la lectora protagonista en repetidas ocasiones, hecho el lomo a esa postura, las muestra con reiteración, aunque el texto que las compone sea sabido y resabido. A partir de ahora lo leeremos juntos y yo iré modificando la acerba interpretación que ella hace, laminando el dolor hasta volverlo transparente y confundirlo con el paisaje filtrado.
“Puedo ser útil a Marina”. Con qué sencillez se expresa el epítome de la felicidad: cinco palabras unidas en frase, en oración, en capítulo, en tratado, en materia. Cuatro palabras añadidas al nombre propio, que al margen de él y tomadas una a una resultan insulsas, insípidas, carentes de significado. Doy y recibo, entrego y acepto; cuánto alborozo aporta su natural alegría a mi inconsistente estado de ánimo, cuánta energía su empuje a mi voluntad vacilante. Constituye un bálsamo sobre mis heridas la proximidad de su esencia, un catalizador resulta en el desarrollo de mi ingenio el deseo de superación que la estimula. Su aceptación del futuro a medida que viene supone un acicate para mi actividad cuestionada a diario. Marina tiene que saberlo: desde que está conmigo soy feliz y me doy cuenta.
Las lágrimas que en este instante abrillantan sus pupilas me hablan de un ser excepcional, el anciano prematuro que se encargó de ella cuando la memoria infantil todavía no registraba los sucesos: tres o cuatros años de edad. Niña indefensa y timorata, recibió los mimos de la madre de Teudenio mientras el hijo hacía de mulatero en una recua, llevando chacina desde los límites de Palencia con León hasta los de Valladolid con Soria. Era ella una viuda que asió su futuro al del muchacho aficionado a la lectura y a las artes escénicas, y la llegada de Marina la trajo al presente la olvidada maternidad. Debió de existir, previa, inicial, una madre verdadera, arranque de los afectos entregados y recibidos; pero Teudenio no la definió entonces por no necesitarlo la historia con la que explicaba a la niña su procedencia. Una moza echada a perder, moradora de cualquier población de las que él visitaba; una vecina rendida al rechazo de los padres, cuando conocieron el fruto de su noviazgo furtivo; una joven aturdida por la responsabilidad de sacar adelante a su hija sin ayuda: en esos supuestos se mueve, pero ignora el cierto.

A continuación, me refiero a mí porque así lo desea; y desmenuzo la parte de vida que ignora: briznas o terrones, dependiendo de la importancia dada a lo ocurrido. Al igual que Teudenio y ella misma, pasaban por Valdepero buhoneros de toda laya, gentes muy rodadas que pretendían hacerse con algo de lo que no estábamos sobrados. Pero se conformaban con tan poca cosa que hasta el hierro viejo, cubierto de orín, abandonado en cualquier esconce del corral o de la tenada, les venía bien para su negocio. Algo similar ocurría con la ropa caída en desuso, rala ya por haber pasado de padres a hijos y de los hijos mayores a los más pequeños; adaptada en cada ocasión a las dimensiones del nuevo usuario, cosida, recosida y vuelta del revés. Al peso la compraban, digo compraban aunque en verdad el trueque –tan primitivo- era la base de los tratos, terreno en el que ellos, duchos, se movían a sus anchas. Cerámica desecho de algún alfar ofrecían a cambio, lustrada, vistosa: pucheros desportillados, cazuelas con mellas, botijos de pitorro herido. En los pueblos más pobres que el nuestro -si resultaban honrados con la visita de los comerciantes nómadas- podían verse las mismas prendas, tendidas sobre una manta en el suelo de la plaza mayor, individualizadas, tomadas en consideración una a una. Trocábanlas entonces por queso de la propia artesanía casera o chorizo de la última matanza. Aceptaban lana de algún colchón descompuesto; borra apelmazada, endurecida tras pasar medio siglo soportando cuerpos cansados, sudorosos, helados de frío. Incluso muebles de los abuelos admitían, si la madera se había salvado de las hormigas blancas -termes por nombre culto- y lo veían ventajoso.
Paso como por encima de brasas sobre los años duros del colegio, en los que hubo alegrías, y muchas, compartidas con los compañeros; pero las cubre la memoria con el manto oscuro de los frecuentes castigos, correctivos continuados que buscaban la uniformidad de conducta entre los alumnos, y tuvieron el efecto de doblegar mi espíritu emprendedor y activo, la rebeldía innata, los imposibles sueños y el empuje puesto en alcanzarlos. La lesión que daña mis tímpanos, impidiéndome apreciar los sones más agudos y los más graves de una sinfonía, obra es del Hermano Teodomiro y de sus tortazos; no teman, se despojaba el religioso del reloj de muñeca para prevenir el daño que la violencia pudiera llevar a maquinaria tan sensible.

Paso de puntillas por esos años y le descubro la llegada a Madrid, urbe y orbe ante mis ojos asombrados; el impacto sentido, el encontronazo que representó mi arribada. Desorientado me vi yo en la estación de Palencia, cruzando las vías vestido de domingo, portando mi pesada maleta de lona, brazo y mano izquierdos tensos, descoyuntados. De repente, como un rayo –espectáculo de animación y sonido- percibí el fulminante acercamiento del tren; una bala plateada venía hacia mí a mil por hora. Me libré del atropello, pero el viento resultante a punto estuvo de arrojarme al suelo. No se trataba de mi unidad, sino de otra mucho más moderna conocida como Taf. Subí al próximo, arrastrado por una oscura máquina de carbón que, divisada en la lejanía, tardó una eternidad en acercar los vagones al andén donde yo esperaba. Las cómodas butacas de los compartimentos cerrados de primera clase, se enfrentaban, más que a los de segunda, sin duda menos muelles y espaciosos, a los bancos corridos de tercera, donde se acomodaban apretujados los viajeros con menos posibles. El único lugar libre, destinado a mi insignificante persona con toda probabilidad, se hallaba allá donde la realidad se hacía ruidosa algarabía. Sentado en una esquina apartada, las ventanillas sustituían al instante paisajes de indudable interés para mis ojos; sin posible estudio, sin reflexión, camino de la memoria.
En los largos ratos de sosiego hablamos, Marina y yo, el escritor y la actriz, del futuro inmediato, del estricto mañana, porque ninguno de los dos mostramos propensión a llevar la hipótesis personal a plazo más largo. Lo observo repetido y de la norma hago ley: cuando algo la inquieta sitúa su mirada en las yemas de los dedos, primero la mano derecha, luego la izquierda; en ésta durante menos tiempo. Voy aprehendiéndola, ya conozco algunos de sus gestos más característicos. “Hay que darse por entero a la tarea emprendida”: me dice, al punto de marcharse ya a sus ensayos teatrales. Por eso, situando mi mente en Palencia, prosigo.

Un matrimonio joven habita el 1º izquierda, casa de vecinos. Ambos esposos son de la Valdavia: ella de Buenavista y él de Congosto. Se conocieron en la fiesta del pueblo de la chica, y después de dos años largos de noviazgo en los que sólo se veían los domingos, faltos de los ahorros adecuados, celebraron las correspondientes nupcias. Tiraron para arriba, hacia una geografía arrugada, asentándose en la zona minera. Aclimatados, hechos a la montaña y a su gente, no hace todavía tres meses que llegaron desde Guardo con los cuatro hijos: doce, diez, siete y cinco años: todos varones. El esposo trabaja en la factoría que la empresa “Aislamiento Eléctrico del Cobre” tiene en las afueras de la capital, donde presentó solicitud y fue admitido. La mujer vive angustiada e insiste a cada instante en expresarlo: A mi pequeño no le baja la fiebre, ¡estoy desesperada! Mi marido no ha llegado y ya son las tantas, ¡estoy desesperada! Da las boqueadas el sueldo y aún faltan diez días para terminar el mes, ¡estoy desesperada! No deja de ser una exclamación rutinaria, claro; pero vive, real y verdaderamente, fuera de sí, de sobresalto en sobresalto, manejando dos principios corroborados por los cotidianos sucesos: “La existencia no es ningún momio, y los que se mueren descansan”.
Sobre la pareja y los cuatro chavales se asienta doña Cándida, a la que hemos conocido en visita de buena vecindad. Moza de una larga soltería que rompió al casarse –como sabemos- con el conserje de un colegio de frailes, viudo; dio al hombre el hijo deseado, mas uno sólo a causa de la edad, inadecuada para esos afanes. Inducido por ella, el bedel hubo de vender el piso compartido con su primera esposa, y comprar éste segundo que pasó a gananciales: soleado y distraído al dominar la plaza desde los balcones. Al anochecer, apoyada de codos en la barandilla de hierro forjado, y respirando una atmósfera densa de gratos aromas –hierbabuena, espliego, orégano y salvia- procedentes de la jardinera, observa junto a su marido a los chicos del barrio, quienes cansados de correr tras la pelota se disponen a jugar al escondite. Escudriña con más detalle, dado su interés identificador, un oscuro reguero de mujeres tocadas de festoneados velos, que se dirige al rosario exhibiendo un aire piadoso.
Enfrente de doña Cándida, un matrimonio sin hijos recibió no hace mucho a una hermana de ella, distanciada en edad, que lleva por nombre el bíblico de Sara, universal y doméstico a un tiempo. Quince meritorios años confiesa muy ufana haber vivido la postrer alegría de sus padres, y asegura que vino a la ciudad deseosa de aprender corte y confección con vistas a ejercer de sastra en Autilla del Pino, su pueblo, donde se puede decir que no hay, pues la única que cose para otros es ya anciana y apenas ve a enhebrar la aguja. Durante los ratos ociosos, que suelen ser muchos, ayuda la mocita en las faenas menores de la casa: limpiar los suelos, recoger la cocina o acarrear la comida comprada en la Plaza de Abastos a mejor precio que en la Galería Comercial. Quien hasta su escapada ha sido Sarita, ya no permite que la nombren en diminutivo. Es una moza y exige trato de adulto para que su nombre no se desfigure. Como sucede con las colonias que se emancipan de la madre patria y reclaman su independencia, si se precisa una guerra para conseguirlo, una guerra habrá. Soñaba con instalarse en la capital y labrarse un porvenir; y lo primero es cosa hecha. Ahora va a lo segundo: en Palencia conseguirá un novio rico que la libere de temores, propósito íntimo que alcanzará lo más tardar en un año. La lucirá el mozo a la salida de misa de doce y bajo los soportales de la calle Mayor, porque sus vestidos, cortados y cosidos por sus propias manos, serán los más vistosos y ella sabe llevarlos.

En la planta tercera, terminada de pagar, escriturada y anotada en el Registro de Propiedades, la vivienda de doña Catalina es una más en cuanto a superficie edificada: ciento veinticinco metros cuadrados; grande para las que se diseñan hoy día. Un ajustado vestíbulo -duplicado visualmente por un espejo lateral- da entrada a las visitas, que si resultan ser de poco trato pasan al recibidor. Nombra de ese modo –según queda dicho- a una pieza amueblada por una mesa oblonga que sirve a comensales de postín tres o cuatro veces al año, cuatro sillas y una cómoda de seis cajones que soporta el televisor sobre un pañito trabajado a ganchillo. La animada caja de madera pulida, barnizada a modo, rebosa de penetrantes historias con las que a diario sufre sin tasa de buen grado. En verano hace la vida en la terraza, entoldada y tan verde de plantas y fresca de riegos, que asegura no sentir en ella los rigores del caluroso clima; pero eso sí, de siete a ocho de la tarde no hay mujer: se sienta junto al receptor para vivir un capítulo de la perenne e insustituible telenovela, y ni un cataclismo la aparta del complejo desarrollo de un argumento alargado hasta lo inverosímil.
Con doña Catalina comparten el tabique del salón -nexo de unión de las viviendas- y por tanto disfrutan de azotea, dos hermanos que alojan de continuo a tres pupilos, jóvenes estudiantes casi siempre. Son éstos, un mozo de Vertavillo, pueblo situado en el interior del Cerrato ceniciento y blanquecino -tierra de vegas fértiles y laderas yermas- y dos chavales de Rivas de Campos –término abundante de agua y arbolado- primos entre sí, que hablan de cultivos de regadío para el otro ignorados.
Menciono Vertavillo y Rivas, y hablaría de esas poblaciones un buen rato si tuviera oportunidad, pues de manera espontánea surgen los recuerdos dormidos. En Rivas de Campos se había asentado una tía, hermana de mi padre, debido a que matrimonió con un mozo del terreno. Pertenecía el marido a una familia de labradores, numerosa y compenetrada, en la que el bien del conjunto constituía el interés individual: hogar entero y verdadero, que yo, hijo solo y alumno interno acostumbrado a la permanente defensa de lo mío, he admirado siempre. Iba cada año a pasar las fiestas de San Martín con mis primos, y me quedaba al pie de una semana. En los corrales, cuadras y tenadas bullidos de animales, se me mostró en todo su esplendor el círculo de la existencia, la vida y la muerte alimentando sin pausa un equilibrio imprescindible para la continuidad y el progreso. Guardo memoria imperecedera de aquella arca de Noé, donde vi parir vacas, yeguas, ovejas y cerdas; fui aprendiz de etólogo durante largos ratos, observador incansable del natural actuar de terneros recién nacidos y potros que a duras penas lograban erguirse bajo el vientre de sus madres, forzados por la necesidad de alcanzar la ubre henchida; y tuve en mis brazos tiernos corderillos que instantes después iban a ser degollados por el pastor, navaja seccionando arterias fundamentales, en medio del guirigay que instauraban gallinas y patos. A manera de inocentes vedijas prendidas en las espinas de un endrino, rescato del olvido estas vivencias por si colaboraran a la explicación que intento dar.

En Vertavillo desempeñó durante años su oficio de maestra la hermana pequeña de mi padre, mientras la mayor se cuidaba de la intendencia de la casa; simbiosis fructífera que interesaba a ambas. Por esa razón, siendo yo adolescente, pasé parte de las vacaciones de verano en villa tan singular, conociendo así el verdadero Cerrato esbozado apenas en mi pueblo. Por aquellos pagos, un día tras otro viví en permanente aventura, pues las jornadas transcurrían más abiertas que las rutinarias del colegio de Palencia, y ajenas, por añadidura, a los cansados trajines agrícolas de Valdepero. En compañía del guarda forestal recorrí la geografía escueta –páramos y valles, monte bajo y feraces vegas- y los pueblos vecinos, escuchando la charla de personas salidas de moldes afines, de cuyas palabras y gestos se desprendían un pensamiento bien asentado y un poso pesimista que había de venir de antiguo; hombres y mujeres a los que pensé forjados a martillazos, magullados sobre el duro yunque, en el interior ardiente de alguna fragua destinada a esos usos desde los inicios del género humano. Pasaba la mañana entre chavales recién conocidos, con los que era preciso establecer antes que nada las reglas del juego, marcando los puntos cardinales y limpiando el suelo de cantos y abrojos, prejuicios pueriles que podían enfrentarnos. En el tiempo destinado a la siesta descubrí la Biblia junto a varios libros piadosos –mena entre ganga- y aunque no pasé de El Génesis me empapé bien de su poesía, sacando en limpio un refuerzo del anclaje que me une a la lectura y a lo antiguo. La pesca de cangrejos al anochecer, y en la noche ciega inclusive, llegó a apasionarme de tal modo que aquellas andanzas cuajaron en mi mente de muchacho en pleno desarrollo.

El ir y venir de las gentes en busca de sustento, cada uno a su manera, conformaba un paisaje dinámico que incrementaban los animales, enyugados ellos de manera permanente, tirando del carro o del arado, atados al pesebre exiguo. Sólo los perros podían elegir el sol o la sombra para tumbarse, pues sabían que alguien, siguiendo un mandato ineludible, lo dice la Biblia mentando a los lirios del campo, les arrojaría un mendrugo de pan llegado el momento crítico. Inteligentes canes, contemporizadores; toman partido a favor del que se queda contra el que va de paso. Y yo, nacido y criado en Valdepero, estudiante en Palencia, apreciaba mejor que nadie lo observado en Vertabillo y Rivas, de modo que me atrevía a generalizar y a hacer tabla rasa de los usos vigentes en el país.
Como si sucediera que el continente sirve de horma al contenido, ajustándose ambos día a día al milímetro, el ático de la Rinconada, de suyo distinto al resto, acoge a un matrimonio muy reservado que apenas se junta con los demás. Él se llama Julián, y a primera vista parece orgulloso y altanero; quizá porque camina erguido, la mirada puesta en las estrellas, dando a entender que vigila el universo porque le pertenece. Abundan en esa imagen de hombre duro, la marca que le corta el labio y unos rasgos severos bien delimitados. Ella, de nombre Teresa, baja las escaleras sin hacer ruido, paso a paso, medrosa, y va siempre muy limpia. Faltan por costumbre a las reuniones comunitarias, y no dicen más de dos palabras cuando se cruzan con algún vecino en la escalera o en los alrededores. Se diría de ellos que forman una pareja educada, pues no suelen dar motivo de queja, salvo por algún ruido aislado o una voz más alta que otra, motivados, quizá, por el comportamiento de los hijos: dos que tienen -un niño y una niña- tímidos y retraídos.
Si los siete domicilios pueden ser considerados en su complejidad siete pequeños países, la casa entera resulta un mundo diminuto, copiado a escala menuda. Juntos, el edificio que alberga a la comunidad, la Galería Comercial, las escuelas de la esquina derecha, y la fábrica de gaseosas de la izquierda, con la Rinconada y la iglesia, constituyen un sistema solar del que Galería y Parroquia son los centros de atracción; uno, dedicado al sustento del cuerpo, y el otro a mantener el espíritu alerta porque la carne es débil y el diablo anda ojo avizor. Los pecados del mundo al completo están representados en tan pequeño espacio: el puntito de la letra i, la cabeza de un imperceptible alfiler. Pero las virtudes humanas que oponen sus habitantes logran el equilibrio; un equilibrio inestable que en su afán de recomponerse a cada momento salpica de inquietud la existencia. Vendrían que ni pintados una gaceta impresa o una emisora de radio, medios de comunicación que tuvieran al día a los convecinos sobre las cuestiones privadas; pero no hay, y ellos mismos, en su ir y venir, difunden los rumores y las noticias sin hacer distingos.

 

 

SEIS
Quienes conocen de años a doña Catalina cuentan algo que ella no suele referir. Afirman que, en Soria, regentaba una casa de comidas, limpia y cuidada como dorada patena. Buena moza, y dotada de una belleza serena de la que conserva restos cuantiosos, era entonces conocida por el nombre tomado del establecimiento: “El Hogar de Doña Andrea”. No era el suyo, eso está claro, pero pocos había en el secreto, y a ella misma le costaba rellenar de forma correcta, en este apartado, los documentos oficiales. Ocurre que tomó el traspaso a una anciana así llamada, cuyos hijos querían librarse de la penosa esclavitud de dar comidas y cenas a diario. Gozaba de opinión favorable el establecimiento, siendo muy conocido en los contornos; por lo que le recomendaron no dar voz a la mudanza. Estuvo de acuerdo en la permanencia del rótulo; ella era poco dada al protagonismo y así creía situarse en segundo plano. Tras una semana de intenso trabajo, notó que con menos dineros se arreglaba; de manera que, buscando el sosiego propio y el mejor acomodo de los comensales, redujo a ocho las diez mesas del comedor y reservó las noches para que su voluntad hiciera y deshiciera. Pudo así, en los alargados atardeceres, tomar uno u otro paseo en compañía de una amiga, acercarse a la concatedral de San Pedro o a una u otra de las varias iglesias de mérito que existen, cumplir visitas o aceptarlas; dependiendo la elección, sin riendas, de su estado de ánimo en exclusiva. Pero la afición culinaria demostró estar bien anclada, y parte del tiempo libre lo utilizaba doña Catalina en ensayos de salsas y nuevos guisos.
Las tardes de los jueves recibía en animada tertulia a un reducido grupo de íntimos. Solía ser su vespertino convite un aromático chocolate de canela, dispuesto, a propósito, el día anterior. Iniciaba su confección partiendo las tabletas en trocitos pequeños, los disolvía luego con sumo cuidado en el agua precisa, añadía leche y canela, y sin dejar de remover hasta el primer hervor, lograba una pasta olorosa en su punto exacto de fusión, equidistante de los dos estados: sólido y líquido. Llegado el momento, calentábalo al baño maría y lo servía como recién hecho, pero con sus cualidades potenciadas por el largo reposo. Sumaba unas finas hojuelas, a cuya masa, por iniciativa propia, añadía anises dueños de un saborcillo agradecido. No es de extrañar que tal agasajo fuera ponderado, y algunas vecinas buscaran por diversos medios estar entre las personas aceptadas. Sin duda la noticia obraba a favor de la buena fama de la casa de comidas, pero no era eso lo que con verdadero empeño buscaba; quería contar en el barrio, hacerse un hueco, ser respetada. Y a fe que –premio pagador del empeño- lo iba consiguiendo.

La puerta principal del mesón -pues otra trasera daba a un patio, huerto o jardín, que era su secreto orgullo junto con algunas recetas de invención propia- el portón de entrada, digo, estaba formado por tablones de recio roble labrado, figurando en relieve un cordón que se hacía lazada en las esquinas. Redondeaba su noble apariencia el cerco de piedra calcárea que le servía de marco, prestando a la casa un aspecto monacal muy apropiado para lo que allí se cocía. Las rejas forjadas, defensoras de ventanas simétricas, añadían al conjunto cierta solidez y firmeza. «Una silla cómoda ya es la mitad de una comida gustosa», decía la mujer con orgullo, refiriéndose a las suyas de madera, respaldo ajustado a la espalda y asientos de masiegas tejidas, muelles cual sillones, adecuadas para la permanencia placentera de los cuerpos en las prolongadas sobremesas.
En una ocasión desventurada se acercó al lugar de los recuerdos preciados y regresó abrumada de amargura, ya que le era imposible encajar la realidad en ellos. Un banco había adquirido el inmueble y en su solar edificó la oficina, de manera que escribientes y mecanógrafas se mueven donde antaño manejaba ella cazuelas y sartenes. Parte de la manzana había corrido una suerte pareja, y si las viviendas no se habían trasformado en establecimientos de crédito y ahorro, se habían convertido en una amuebladora o en un comercio de confecciones dotados de escaparates abiertos a la calle. Cualquiera de nosotros, lector, en su lugar, hubiera sufrido otro tanto. El mundo pretérito, tan grato, ya fenecido, se le aparece algunas noches, cuando el sueño cede el paso al ensueño, remiso aquel a cobijarse bajo los párpados.
Rememora en el corral el conjunto avícola formado por un gallo liberador de sus cantos sin orden ni concierto, y unas veinte compañeras, gallinas jóvenes alimentadas con grano -trigo y maíz- que procuraban huevos frescos a quien los pidiera en la mesa. Amiga de torreznos veteados de hebra servía parte de la puesta diaria, o frita en manteca de cerdo, añadiendo, en cualquier caso, la yema sobre la clara apenas batida; sirviéndose del fuego apropiado para que, en sólo tres minutos, estuviera blanca la tela que cubre la yema y dorado el pie de la clara. Pasados por agua, escalfados en jugo de carne, al plato, revueltos, con tomate, rellenos y en infinidad de tortillas. Todo ese juego daban las generosas aves y el rey del corral, a más de incubar alguna pollada, que, metida en carnes, cuando las crías contaban cuatro meses, hacíase delicia para el entendido. Asaba doña Andrea los capones a vivo fuego, con un poco de nuez moscada y sal gorda por todo condimento; ofreciéndolos sobre un lecho de berros frescos de un arroyo próximo, que los criaba poco antes de entregarse al Duero. Paladares había que peregrinaban leguas para repetir la experiencia de saborearlos. Doña Andrea, doña Catalina en verdad, también los guisaba de cien maneras, y todas ellas muy apetitosas.

Tres parejas de conejos guardaban el corral a mayores, permitiéndoles sucederse en cuantiosos gazapos, tiernas camadas destinadas a llenar cazuelas de barro con su carne suave y delicada. Nutríanlos frescas hierbas del campo -amapolas, mielgas- recogidas cada tarde por un pastorcillo; y aún jóvenes, constituían materia prima de un pastel de liebre muy afamado en las proximidades. Manjar beneficiario pasivo del recio sabor de un jamón de su propio cerdo -un puerco oscuro que tiempo atrás hozaba ajeno a su esperado provecho alimenticio- y de unas criadillas de tierra de las que le proveía el zagalejo en temporada. Las palomas del desván daban fin a una fauna que suponía, además de un ahorro, un complemento del mercado, en general escaso de primores.
La fresca cava situada en el sótano, al parecer, fue escenario de tremebundos hechos. El último, ocurrido lo menos medio siglo antes de ocupar la casa doña Catalina, es el que cuenta con más posibilidades de ser verídico. Sirvió de prisión a una moza arrestada por su propio padre, un industrial viudo de edad cercana a los cincuenta. Hasta fijar tal detalle afinaban las habladurías que recorrieron Soria cuando, en el curso de unas obras de solado que precisaban profundizar algo más de una cuarta, en uno de los rincones se encontró, así de somero –está escrito en los cuadernos de la policía- un esqueleto cuyas características, traducidas a personaje vivo, daban una moza esbelta que fue sometida a torturas, alimentación escasa, y a una muerte violenta ocasionada por golpes propinados en el cráneo con un objeto cortante.
Mal amada por quien debía cuidarse de su honra y sustento, receptor de los filiales cuidados, la joven sacó novio en la pradera del Balonsadero durante las fiestas de San Juan o la Madre de Dios; lo supo el padre y cayó en una insania que no le permitía vivir de inquietud. En el momento en que la relación de los prometidos alcanzó la madurez precisa como para hablar de boda, consiguió el desequilibrado, mediante amenazas o dineros, que el mozo se alejara sin retorno privándose de un gesto que le hubiera ennoblecido a los ojos de la abandonada, consistente en decir adiós explicando antes las razones de su marcha. Ido el pretendiente, encarcelada la novia en la propia casa, oscuro subterráneo al que nadie bajaba; sólo tuvo el padre que acusar a la pareja ante las autoridades: a él de mujeriego y raptor, a ella de seducida y raptada; cargos que, dada la condición de mayores de edad de ambos, fueron desestimados. Es de suponer que la reiterada negativa de la hija a someterse al amor imposible, llevara la locura del padre a su punto crítico. Un hombre –está escrito en los cuadernos médicos- fue sacado de esa vivienda y recluido en el manicomio, porque decía y obraba contra toda lógica. Las historias restantes, de un jaez parecido, han de ser invenciones de desocupados; pues de haber en ellas una pizca de verdad, los obreros encargados de la demolición de la casa y de las obras de construcción del banco, que vaciaron de tierra el solar hasta hacer hueco a dos plantas de cocheras, la hubieran advertido. Además, nada que las dé carta de existencia está apuntado en ninguno de los libros en que estas cosas se registran para que así consten tiempo y tiempo después.

En esa bodega tan traída y llevada de boca en boca –el techo en arco y las húmedas paredes recubiertos de piedra basta, labrada por un cantero poco esmerado- en esa caverna de los rumores escalofriantes a la que evitaba bajar la servidumbre en cuanto percibía el halo de su misterio; en esa cavidad bien ventilada a través de una zarcera que subía al patio, doña Catalina, en los recordados tiempos del figón, almacenaba como si tal cosa un buen surtido de caldos. Se los acercaba un vinatero ambulante establecido en El Burgo, y habían sido elaborados en encomiendas y heredades de renombre. De Langa de Duero y de Bocigas de Perales llegaban los más solicitados, de San Esteban de Gormaz y de Castillejo de Robledo; mostos nacidos de la célebre uva “Tinta del País” con ribete de las variedades “Tempranillo” y “Garnacha”, madurados en tinos de roble. Tintos aterciopelados y sedosos, vestidos de tonos rubí, dueños de penetrantes aromas y un sabor equilibrado con ligero gusto a la madera de que estaba hecha la cuna; rosados nítidos, transparentes, robustos, aprendices de tinto al decir de vendedor tan versado. Vinos nobles trasegados a los carrales en flexibles pellejos que viajaban derrengados –continentes de forma cambiante recibida del adaptable contenido- entreverados, abrazados en intimidad inerte sobre el duro fondo del carro. Vinos que permanecían en la bodega del sótano el justo tiempo establecido por los clientes con sus preferencias –paradojas muestra la vida- un lapso inverso a sus merecimientos; como si diéramos puerta antes a las visitas gratas que a las desagradables. Al servirlo, la entregada dueña solía deshacerse en elogios -justos los encomios, todo hay que decirlo- a los que daba fin con un dicho medieval que ella hizo suyo poniendo algún matiz que lo mejoraba: “El agua fertiliza los desiertos, y este vino resucita a un muerto”. Ella, tan ponderada, nunca ponía al vino frente al agua con ventaja del jugo de la uva fermentado, como suele hacerse; porque sabe que el alcohol se apodera de la voluntad de quien lo consume sin tino y llega a fraguar en torno a él la desgracia.
Los muchos viajeros que han parado en Soria saben que, como autor de estas líneas, no celebro lo mediocre; en inútil gesto elogio todo aquello que en la provincia no precisa de alabanza para ser apreciado. Paso a paso he recorrido esa tierra y conozco el paño; se dan en mí la coincidencia estética y la identidad entre lo esperado y lo descubierto. De entrañables andurriales –naturaleza y artificio- pueden dar fe mis pies incansables. Rostros armónicos reflejo del alma que los alienta, inspiradas conversaciones a las que el hambre o el sueño marcan las cesuras. Eterna compañía sin dilución posible, de mis estancias en Soria, sensualidad e intelecto se beneficiaron por igual. Hay una tierra cuajada de pinos, que antes abrazó raíces de añosas encinas, olorosas matas de espliego y tomillo; tierra seca que un día se empapó hasta rebosar en mil manantiales, padres de arroyos cangrejeros. Tierra marchita y esplendente, ávida de un agua que sigue dictados imprecisos y discurre por cauces de truchas y barbos, bajo un cielo azul o gris rayado de pardales, perdices y golondrinas. En fechas claves se enciende un fuego puro, altar del sacrificio alimentado de hojarasca y carrizo; ante él se adora el misterio que cerca la existencia del hombre, y se incineran en él el dolor, el abandono y la muerte. Soria: naturalezas inicial y última en coincidencia: Soria. Hago tabla rasa entre lo entregado por mí y lo recibido de esa geografía, abstracta a fuerza de concreción y de realismo; y esa equivalencia coloca a la ciudad en esta novela a modo de pantalla donde proyecto una parte de su asunto.

He de decir que visité la ciudad en la primera ocasión por motivos laborales, de una labor para cuyo desarrollo y conclusión no precisaba ni reloj exacto ni brújula acertada. Ese semidesierto que pasado a números arroja –arrojar es el verbo que emplean los peritos- una densidad de población cercana a los nueve habitantes por kilómetro cuadrado, se hizo entonces mi campo de operaciones, de estudio y de disfrute. Y si vuelvo una y otra vez, sucede porque hallo placer recorriendo las veredas que marcan surcos a las cuestas; porque me encuentro a gusto recorriendo campos y ciudades de su variada geografía, bordeando al padre Duero, rastreando escenarios de históricos avatares, hablando con gentes que no pueden marcharse de allí sin morir de añoranza, escuchándoles la relación de los meandros seguidos por su desigual existencia, cansada y aburrida vista desde el exterior. Tengo trato con sus naturales y me intereso por las tradiciones, en algún sentido distintas a las que perviven en mi pueblo, pero nacidas de un mismo núcleo formado de temores y esperanzas. Los seguí afectuoso tras unas sabrosas migas de pastor y un sencillo plato de ajo carretero, y me han dictado la manera de hacer los escabeches como ellos los preparan. Amigos originarios de diversas partes del país, y algunos extranjeros, exhiben en sus hogares –regaladas por mí- piezas de la cerámica torneada en Tajueco, Deza o Quintana Redonda, recuerdo de mis breves estadas en esas villas. Y poseo un álbum de fotos, disparadas unas –en los instantes previos al derrumbe- a monumentos que fueron únicos; y otras a parajes y edificios bien conservados, irrenunciable patrimonio de esa humanidad que orienta sus gustos por otros derroteros carentes de alma y enigma.
Sorprendo a Marina indolente y la propongo realizar una corta gira, en día de descanso, por la capital soriana y alguno de sus pueblos, entre los que es preciso incluir la pequeña aldea de Calatañazor. Pero elijo mal el momento de la propuesta y, tras escucharme sin aparente interés, continúa sumida en la inacción y el mutismo. Entiendo lo que la silencia y ante lo que la silencia callo.

Posee Marina un carácter animoso y optimista que pone de su lado a los inconvenientes y aparta del camino los problemas; eso es, junto a su preocupación por los necesitados -de cerca y de lejos- lo que más me gusta de ella, incluyendo la armonía de su rostro, su caminar decidido y el afán de permanente mejora. Pero hay días en que la melancolía la puede; una tristeza honda que, nacida de vete a saber qué asuntos materiales o intangibles va apoderándose poco a poco de su ánimo y ella se rinde sin lucha. No existe cosa o ser vivo en el mundo que la dé satisfacción en ese estado letárgico; lo he probado todo: llevarla o traerla, regalarla, prometerla, someterme, oponerme. Al parecer no existe cura más allá del paso del tiempo, dos días por lo general. No está para nada ni para nadie cuando ese sentimiento la invade, y lo mejor es mimetizarse con el entorno y pasar desapercibido. Y sucede que, por torpeza o desconocimiento de lo que se avecinaba, en el inicio de una de esas crisis hago la propuesta de excursión a la ciudad de Soria y sus alrededores, sin obtener ningún resultado práctico.
Yo amo de Marina hasta sus debilidades; y ello porque me sé débil. Memoria tan frágil como la mía no merece mucho crédito, y yo, sabiéndolo, desconfío y hablo del pasado con una gran reserva. “La vida es un globo hinchado por un gas más ligero que el aire. Nos entregan a cada uno el que nos corresponde anudado a la muñeca en el momento de nacer, y cuando, quejándonos del tirón sufrido pretendemos soltarlo, nos explican su naturaleza esencial con advertencia seria de que es volátil e irrecuperable. Con él vamos a todas partes; en ocasiones nuestro hilo se enreda con otros y cuesta un triunfo separarlos. Un mal día, por causa de cualquier abuso o desgastado de tanto trajín, se rompe el cordón y nos quedamos con la boca abierta viendo al globo subir y subir, hasta que comprendemos su verdadera importancia y morimos de pena”. Creo yo original la alegoría que expongo, hija de mi caletre inspirado; pero me descubre Marina que las monjas en sus enseñanzas morales, explicaban a las novicias la misma metáfora referida a la inocencia. Quizá para las hermanas vida e inocencia fueran una misma cosa, y yo escuché la parábola en el colegio sin dar a lo oído ninguna importancia.

Debajo del columbario -arrullos y aleteos permanentes- y sobre el fragante comedor, en el piso considerado principal delimitó doña Catalina su residencia soriana. Es cierto, y lo dice sin pretender inclinar la balanza de su juicio, aquella vivienda era acogedora y cálida, pero frente a la actual de la rinconada palentina, ni punto de comparación. Y es que ha progresado de manera evidente en aspecto tan importante de la ciencia del bien pasar. Dos habitaciones poseía a más del cuarto de aseo y una salita ajustada a las visitas solas, pequeña si eran parejas e incapaz si se reunían en tríos las amistades. De noche, espantamiedos más que defensa, era su acompañante una moza llegada de la Sierra de San Miguel, sollastre de día y cuidadora en todo tiempo de los animales según lo aprendido en su pueblo, Carrascosa, donde desempeñaba la misma tarea hasta que en casa fueron seis hermanos y tuvo que ponerse a servir. Refería la zagala anécdotas de la aldea: algunas recientes, vividas por ella; y otras oídas, de cuando el duque de Alba nombraba alcalde mayor y se mantenían en pie las ermitas de la Virgen de la Soledad y San Gregorio. Entre las primeras, el relato de las esporádicas incursiones del lobo a los corrales y las consiguientes batidas de los vecinos, buscando en verdad, pese al pretexto, un despiadado desquite. De las segundas, trágicas historias de vecindad, que llevaban a rabadanes y zagales a desnudar las navajas amenazadoras en apoyo de una verdad indivisible. Pasando de las unas a las otras se iban acortando las alargadas noches invernales, y el frío de la soledad se tornaba más llevadero. Con vistas al matrimonio, la señora instruía a la criada en las labores propias de un hogar y en el arte de los bordados sencillos, que la aprendiza dominaba en seguida por ser de natural despierto. Asimismo, prestaba sus brazos a las labores propias de la fonda, una viuda de la capital, servidora de escudillas en el hospicio antes de caer enferma de tisis por la mucha tarea. Una vez curada entró en el figón, donde había de colmar los platos sin tener costumbre tan pródiga, echando una mano en el cocido de caldos y el desplumado de aves.

 

 

SIETE
Por lo que va leyendo acerca de doña Catalina, asegura Marina que no la importaría haber nacido de semejante mujer. Se consideraría afortunada si una señora de esas cualidades fuese su madre: sensible, decidida, inteligente. La cabeza, que algunos días mustios da vueltas y vueltas imaginándola así o asá, llevándola, niña, de la mano, recobraría la calma. Pudo suceder, la digo: bastaría con que Teudenio, de ser el padre como parece, hubiera llegado hasta ella ejerciendo cualquiera de los oficios desempeñados entonces.
En los tiempos idos del Hogar, las vecinas conocían apenas la superficie de la dueña, pues de doña Catalina, a más del nombre postizo se sabía muy poco y ella no agregaba. Reservada o tímida, escondía que comenzó a navegar muy de mañana. Cortó amarras a los diecinueve años, forzada por la voluntad de parte de la familia dividida en dos facciones, sexo masculino frente al femenino. Se advertía privada de escapatoria, atrapada en las redes de una pasión rebelde, dominante. Toda ella hecha donación y renuncia de sí misma, voluntad solidaria con la del amado, se entregó sin condiciones en cuanto el objeto de su idolatría formuló promesas de futuro. Las leyes de la Naturaleza alentaban su entusiasmo y se enamoró del cariño, del galanteo, de las mieles de unos besos carnales que la mostraban el paraíso con el que tanto y tanto había soñado. Una inquietud de entidad extraña, péndulo oscilante entre el cero y el infinito, la forzaba a escalar las montañas más altas y a profundizar en las más hondas simas, a ser reina y pordiosera en una misma tarde, a ir y venir a un tiempo sin discriminar entre ambos sentidos. El desencadenante y beneficiario de tan generosas emociones, el muchacho en quien concretaba las netas virtudes, al que lustraba las capacidades deslucidas, ofrecía a las tiendas las mercaderías llegadas de donde la abundancia perjudicaba su precio: hierbas medicinales contra distintas dolencias, abalorios, fruslerías, espejuelos, broches femeninos para la pechera, trabajos artesanos en madera de olivo, dulces y licores de convento. Muestrario variopinto que el afectuoso arriero ponía a disposición de la novia, en especial las suculentas yemas y los desafinados amarguillos. De las muchas madrugadas que caben en medio año, las más, el atrevido joven escaló la higuera hasta al elevado cuchitril donde se sabía bien recibido. Dejó de hacerlo cuando un vecino insomne avisó a la familia de las cautas trepas, y conocedor de las aviesas intenciones de quien hubiera querido suegro comprensivo, de los tíos de la moza, primos y cuñados, quedó agazapado, a la espera de lo que el porvenir deparara. Sabido el prodigioso resultado de su insistencia amorosa, conocida de primera mano la maravilla de la procreación, cuando Catalina decidió huir fue tras ella decidido a aminorar el perjuicio causado.
Las antiguas llamadas de la sangre oídas por los varones de la estirpe, machos de convencimientos trasnochados, los llevaron a buscar furibundos el nombre del seductor para exigirle una satisfacción imposible: no ya el matrimonio, como en los dramas medievales, sino la vuelta de la joven a la inocencia perdida, la recuperación de la virginidad desgarrada. Interrogatorios acerbos que se prolongaban hasta bien entrada la noche, razones fugaces, sinrazones nimias, amenazas, promesas, maldiciones y algún bofetón sin dueño: eso sufrió; pero la acusación que perseguían los inquisidores no surcó los labios sellados de la muchacha. Inmoral llamó el cura a la ausente desde el púlpito en la misa mayor. De inmoral la calificaron las beatas que lo oyeron; y hasta los suyos lo repetían, cuando, compadeciéndose de la infortunada, quisieron suavizar los insultos. Inmoral, se dijo ella, sospechando que la moralidad es una norma engañosa dada por los verdaderos inmorales para someter mejor a los pudibundos.

Llegó a Zaragoza pasando por Soria, así que la ciudad maña le pareció vastísima. En contra de lo esperado se le abrieron puertas a los cuatro puntos cardinales: cancelas que daban a la parte de atrás y postigos laterales usados por quienes debían pasar desapercibidos, pero los portones de las fachadas principales resistían su empuje insistente. Desconocido para quienes pretendían de él lo imposible, el padre de la vida bullente en el seno de Catalina siguió a la mujer como una sombra, y a la hora de tomar decisiones aportó una clara visión de las causas y de las consecuencias. Sin duda merecía el amante el costoso silencio de la amada.
Aprovechó la ventaja desprendida de su estado, para erigirse en reina absoluta del corazón que la veneraba; así pudo probar sin ningún atisbo de duda la sinceridad del hombre, pues fue capaz de recorrer los vericuetos del sendero escogido por ella, vueltas y revueltas sin mapa ni brújula. Irreflexiva y falta de riendas que templaran su marcha, cambiaba de trabajo cada vez que las férreas argollas de la esclavitud se cerraban en torno a sus tobillos. Mudada la ocupación cambiaba de vivienda, pues necesitaba disponer en cualquier momento de un refugio cercano. Reconoce el alto costo emocional de abandonar aquellas pensiones que admitían huéspedes de paso, cuya característica más llamativa era la agitación constante; mientras que sintió alivio al partir de otras, donde, desde el principio tenía claro que no se haría a sus usos: tristes sustitutos de un hogar bien asentado, colonizadas por pupilos que llevaban años metidos en la misma conversación intermitente, seguidores fieles de la rutina y de un rígido horario. Asimismo, ocupó habitaciones pertenecientes a familias necesitadas de un complemento económico, pero en seguida se cansaba de las escrutadoras miradas de los hospederos, quienes parecían llevar una ajustada contabilidad de las entradas y salidas de quien ella consideraba su esposo. Unos meses después de iniciado el particular peregrinaje, en un hotelito próximo a las famosas basílicas –visitó con agrado La Seo a más de El Pilar- encontró un quehacer duradero: primero sirvió como doncella en las habitaciones, limpiando los suelos y el baño, mudando la ropa de las camas y las toallas húmedas; y luego fue ayudante de cocina, actividad de más goce.

Pudo desempacar, por fin, la maleta y prolongar la estancia; no porque viera su camino libre de exigencias, que lo marcaban muros paralelos, sino porque le gustaba la tarea y se ahorraba unos dineros en alojamiento. Dormía en el ático, dentro de un tabuco que miraba con un solo ojo, y pequeño, a un tejadillo perteneciente a la casa de al lado y al ángulo oscuro de un patio donde vertían las aguas los canalones que las aceptaban de los tejados allí confluentes. Como en Zaragoza escasas veces diluvia, y se filtraban -reflejados en la reducida ventana de una buhardilla- algunos rayos de sol; vislumbrándose, en añadidura, un retazo de cielo del tamaño de un moquero; se conformaron por el momento sus aspiraciones.
Regresaba de noche por vía imaginaria a la casa de los padres. Iba su intención de alcoba en alcoba, de panera en panera, llegaba a la cuadra de las caballerías, jugaba con alguno de los gatos, con el perro rabón, echaba granzas a las gallinas, acunaba su muñeca de trapo y vigilaba el sueño de los durmientes. Añorados tiempos aquellos, felices y sosegados vistos desde lejos, desde el escenario de la lucha diaria por la supervivencia. Sin embargo, en ellos arraigaba ese combate; y sabiendo que algún capítulo de su comportamiento fue inadecuado, en modo alguno modificaría las circunstancias de su amor furtivo.
Con los pocos ahorros que su previsión destinaba al ajuar y a costear una boda sencilla: vestido, misa, banquete y adornos florales; a los que añadía los esporádicos ingresos obtenidos como acompañante de alguna anciana sola, vivió un tiempo agridulce; el transcurrido desde que la despidieron del hotel porque el fruto de su vientre la entorpecía, hasta que su hijita cumplió quince meses y el Señor se apiadó de ella rescatándola de este valle de lágrimas. Puso Marina a la recién nacida buscando un nombre adecuado a sus ojos grises, verdes o azules; cambiantes a lo largo del día como la inquieta superficie del mar. Mas la criatura resultó ser de natural quebradizo, y fue contrayendo una tras otra el completo repertorio de enfermedades infantiles. La intervención divina la sacó de esos trances mediante milagros de efecto bien breve, porque las fiebres reumáticas traídas del nacimiento lograron lo que no pudo conseguir la tos ferina, dar fin a una existencia que, en lo que se atisbaba, iba a ser dura. A cada repaso dado a los recuerdos en los que goza de su pequeñuela, le pone méritos cuantiosos en alma y cuerpo, prendas que de vivir no tendría; y así, exclusiva y admirable, la ama tanto y tanto que amor de madre y escultor que se goza en su obra, se aúnan. Confidente, consejera y amiga hubiera sido doña Catalina para la pequeña; patrón, guía y sustento; madre que entrega todo el saber reunido como alcancía colmada de monedas: oro, plata, cobre y níquel. Desembarazada de obligaciones la desalentada Catalina, y sin recursos que la permitieran elegir, aceptó el empleo de señora de la limpieza de unas oficinas sitas en el Paseo de la Independencia, a cambio de un sueldo que apenas cubría sus exiguos gastos.
-¡Marina! -exclama mi amada Marina, que lee lo que yo escribo- claro, esa niña soy yo. ¿Lo ves?, Teudenio fue mi padre y mi madre es doña Catalina. Mi misterio, desvelado, se entiende y encaja.
-Pero la pequeña murió y tú gozas de una salud excelente
-No importa lo que diga el texto, seguro que está equivocado en ese punto. El novio, padre de la criatura, visto su carácter integro, me parece clavadito a Teudenio. Convéncete, aquella Marina vive, está en Madrid contigo y te quiere.
-Pudo suceder así, pero me cuesta creerlo. Cómo explicas que viviendo tu madre debiera criarte la abuela y de mocita te llevara tu padre en el carro de títeres. ¿Crees capaz a doña Catalina de perder de una vez a sus dos amores más puros? Se precisaría una catástrofe cuyos efectos aún hoy serían visibles en las cosas y en las personas. –Digo por decir, ya que conozco la debilidad de las razones frente a la emoción, siempre dando batalla ellas y siempre vencidas, y viéndome perdido en porfía tan desequilibrada callo y prosigo mi tarea.

En éstas estábamos, cuando los pedazos de la vida rota de Doña Catalina de pronto concordaron dando un quiebro el destino. La oposición cedió en la casa familiar de El Royo, muerto el padre, viudo de una santa, su madre, a cuyo entierro el rencoroso patriarca no la había permitido asistir. Labranza de par y medio de mulas, vivienda de labrador y un rebaño de ovejas: con los hermanos partió la herencia, estrechada por los años de paterna desidia en íntima colaboración con naipes hostiles de los cuatro palos. Recibió los dineros resultantes, cabales para tomar el traspaso de la casa de comidas que ofrecían en Soria; mudó de nombre a causa de un azar burlón y dio rienda suelta a su interior creativo, a su intuición inestimable, sirviéndose de lo aprendido en casa y de lo practicado en el hostal de Zaragoza para salir airosa de los complejos inicios.
De su madre, que demostró tener mano para las salsas y los postres, Catalina, mocita hacendosa, aprendió cinco maneras al menos de preparar la bechamela, bien sea de vigilia o admita jamón, lleve setas de cardo si las hay en las laderas, con ajo o sin ajo. A ella debe la capacidad de obrar prodigios con un manojito de perejil, y es que «cuando una se siente a gusto en la cocina, a dos pasos está el arte», como ella dice. Tomaba el perejil muy verde, lo majaba en el mortero hasta conseguir una pasta viscosa, y diluía, por último, la verdusca masa en un caldo de gallina y jamón al que había añadido con anterioridad unas gotas de vinagre de vino al espliego y una pizca de cominos y ajo machacado. De manera tan sencilla conseguía un aderezo de lo más generoso con cualquier carne seca o de pobre sabor.
En los mismos años mozos ayudaba a los pastores a preparar una caldereta de cabrito, y solía repetirlo en ocasiones contadas, pero en verdad, memorables. Cruzaba un trípode en el corral, y con ramas de pino y encina encendía un fuego de llamas rojizas y azuladas, que en la caldera de cobre freía los trozos de un cabrito mamón. Espolvoreaba flor de tomillo sobre las tiernas tajadas, manzanilla verde, romero y una pizca de clavo; moviéndolo todo con cucharón de madera. A imitación de los zagales, la clientela tomaba sus porciones del perol común, apoyándolas sin miramientos en la miga de un zaraballo redondo como la luna llena, hogaza abierta a guisa de plato. Ataitones de bacalao servía a modo de entrante, y un postre último al que decía “obispo” la doncella serrana que ayudaba en las faenas. Menester era no haber comido en dos días para dar cuenta de todo el condumio y del pan que lo acompañaba, muy metido en harina, denso, de duro trigo candeal.

Los feligreses -de tal modo llamaba ella a su parroquia por devota y asidua- acudían al territorio amigo de doña Andrea o doña Catalina persiguiendo satisfacciones delicadas, debilidades perdonables de quien huye de la gula, pecado concerniente a la cantidad como se sabe, nunca a la exquisitez. Ellos, los refinados conocedores, se hacían lenguas de lo bien que trataban a los estómagos en aquel comedor; lo que permitió a la fama volar hasta los palacios más encumbrados. Decíase que un duque arribaba bien acompañado a tan humilde fonda; y así sucedía: disimulado de rentista, cada tres semanas poco más o menos, se presentaba el aristócrata persiguiendo el propósito de afianzar el tornadizo corazón de su amada. Se añadía que una familia principal de la capital del reino, de las que pasan el verano en la magnífica ciudad de San Sebastián, y desde la Concha escapan a París, es decir, gente de mundo; daba un rodeo para detenerse en aquel figón y degustar platos exclusivos, solicitados por correo a la renovada y renovadora doña Andrea.
A mayores, la cocinera resultante de biografía tan ardua, señora de una sola pieza, dominaba la ciencia de trinchar la caza de forma que presentara un aspecto favorable, el arte de mezclar en plena armonía colores y formas decorando el plato y la técnica de adornar con flores y frutos los manteles, bodegón frutal bien iluminado. Pero si había que destacar dos virtudes sobre todas las que constituían su acervo, éstas eran bien claras, la sencillez y la paciencia, conductoras últimas de su vida y trabajo. Con ellas –naturalidad y espera- alcanzaba el paraíso en la elaboración de una exquisitez, culmen de su entrega a tan profunda vocación. Tratábase de un tembloroso flan que se deshacía en la boca, liberando aromas ascendentes, y sabores que, a través de la lengua y las encías, se deslizaban hasta el lugar donde el sentido del gusto tiene su acomodo. Allí la sensación se abría por completo -muda explosión de fuegos de artificio- dispersando miles de puntos luminosos que conquistaban en un santiamén toda la gama del arcoiris gustativo. Empleaba yemas de los huevos puestos por las gallinas propias, pintadas de un amarillo anaranjado que daba gloria verlas; azúcar moreno fundido en olorosa lava, cálida flor de camomila, fría corteza de limón raspada y leche entera de oveja. ¡Ah! y un saber hacer muy experimentado, que proporciona el toque distintivo de los verdaderos maestros. Doña Andrea -doña Catalina en honor de la verdad y de la exactitud- alcanzaba, sin duda, con la golosina descrita, tan honorable categoría.
Único motor del “Hogar”, se ocupaba en cuerpo y alma de lo suyo, que en su calidad de dueña era, dicho por lo sencillo, todo. La interesaba la marcha de los despenseros abastecedores, de modo que conocía sus dificultades a tiempo y podía suplir las carencias de unos con el servicio de otros. Indagaba de manera sutil en los gustos de los comensales, y de los asiduos rellenaba una ficha donde acumulaba esos datos, lo que la permitía anticiparse a sus demandas y satisfacer tanto los deseos razonables como los caprichos absurdos; por lo que no es de extrañar que los concurrentes se sintieran más a gusto en la mesa del figón que en la propia. Pero el compromiso terminaba ahí: elegía las amistades y preservaba su intimidad. “El local me explica a las claras, mis platos dicen todo lo que se debe saber, el desvelo puesto en la cocina y en el comedor, empeñada yo en que todo esté en su punto, vacía las últimas lagunas; lo demás es cosa mía”: contestaba si se le ponía en aprieto con alguna pregunta personal, de esas que no se conforman con el continuo escamoteo de la respuesta.

Aunque ciertos detalles dieran pie a imprecisas sospechas, nadie supo con certidumbre que vivía medio amancebada con un representante de artículos textiles: piezas completas y ropa de confección; visitante asiduo, en efecto, a quien conquistaba cada noche a base de la sabrosa sustancia de los alimentos y la sabiduría de sus caricias íntimas. Cerco doble y método eficaz, a tenor de los resultados, pues no tardando mucho logró atarle con los lazos sagrados que convierten al escurridizo amante en perseverante esposo. Las bendiciones religiosas lograron el milagro de transformarla en mujer casada, estado ideal para ella, cuyo beneficioso efecto llegó, inclusive, más allá de la marcha del buen hombre al otro mundo; pues al irse le dejó el título temporal de viuda honesta, que la intención de doña Catalina convierte en definitivo.
Una historia así, poco más o menos, oculta doña Catalina sin motivo de entidad; pues si no es una línea recta la representación de su recorrido, tampoco dibuja eses pronunciadas, dientes de sierra o espiras. El nacimiento de su hijita, fruto de un amor compartido, de la entrega simultánea de dos voluntades, no fue un incidente desgraciado sino un punto de partida estimulante, el despliegue de su capacidad protectora, acción y pensamiento hechos arroyo que busca el mar. Es una lástima que durara tan poco el ensayo; mas sacó partido de la experiencia y su juicio sobre el diario suceder de los hechos ya no fue el mismo. La pasión puesta por la naturaleza en las personas con la intención de que sea indeclinable, surtió efecto en ella, elemento previsto en la serie como acueducto destinado a salvar desniveles. Pero doña Catalina no lo entiende de la misma manera, y si habla de sus afectos nombra con tiento a quien fue su esposo, silenciando el período previo, cuando la sensualidad -culinaria tanto como amorosa- entraba y salía de la casa oculta en las sombras nocturnas. Ignora por completo el primer amor y su fruto malogrado. Calla la existencia del noviciado sensual, del aprendizaje de unos ritos poco evolucionados pero suficientes, reducto íntimo que considera incompartible. No obstante, aún alberga su pecho el eco de los latidos que en presencia del arriero impulsaba su corazón; sístoles y diástoles que se apaciguaron cuando nació la niña, como si ese y no otro fuera el objetivo de tanta seducción, de tanto embeleso. Murió el angelito y el padre ya no tuvo asidero en el alma de doña Catalina. De ahí el hueco abierto en ese esconce vital.

Por una errónea interpretación de la honra, censura la señora su biografía arrancándola páginas enteras; de modo que la pintura de sus afanes resulta más un cuadro conformado a brochazos que a pinceladas minuciosas. No tendría importancia si hiciera excepción con las personas de más trato, pero ni con ellas se abre. Nada hay inconfesable en su conducta, ni un ápice que deba permanecer oculto; y alguien ha de decir a la buena mujer –buena en el mejor sentido de la palabra- que si en el proceder correspondiente al tiempo orillado hubo alguna mancha, es de las que se quitan en contacto con el agua y el jabón.
“¡Prejuicios!, ¡obsesiones!”: Exclama Marina irritada cuando lee el capítulo; y achaca la actitud de doña Catalina a la intervención del censor que unos y otros -padres, educadores, la sociedad al completo- van fortaleciendo en las mentes humanas desde la cuna. ¡Prejuicios!, me digo, he aquí una palabra que equivale a un discurso; existen sellos acuñados cuya estampa obliga a las personas. Entiende la mojigatería que el pecado capaz de expulsar a Adán y Eva del Paraíso, y el que bajó de las alturas a los Ángeles malos para abandonarlos en los infiernos profundos, es uno solo: el pecado de lascivia inherente a la carne. Iguala el puritanismo deleite y pecado y, lo que es peor, sufrimiento y virtud; convierte a la mortificación en paradigma y enfrenta con prevenciones absurdas al macho y a la hembra, fuego y estopa que es preciso mantener separados. Y continúa su resoplo mi amada: “El macho es complemento y acicate, el macho es rodrigón y pared, soporte de la hembra que es yedra; yedra es el macho asiéndose a la hembra que es su escala, su estímulo y pináculo. El varón es a la mujer lo que la mujer al varón: el fundamento imprescindible para constituir pareja; y la pareja pasa a ser patrulla potenciada que se defiende bien en la lucha diaria, módulo universal destinado a la conquista de la felicidad y a la prosecución de la vida”. Y en ese momento feliz de la arenga, quizá por demostrarse valiente, opuesta a las fórmulas que constituyen en las gentes los prejuicios, Marina me pide que vivamos juntos.
Me pide Marina que vivamos juntos, y yo, que no deseo con más fuerza otra cosa, temiendo que reflexione y se desdiga, por preservar las palabras sin otro matiz que las manche, llevo la conversación a los días llenos de los títeres, cuando nos conocimos y yo supe lo que era la admiración y el amor, el recuerdo permanente y la añoranza sin tregua. Deseosa acaso de saber sí otras niñas como ella la precedieron en mi corazón, pregunta Marina por los ambulantes que a lo largo del año arribaban a Valdepero. Y aunque puedo explayarme porque eran muchos y cada uno iba a lo suyo, servidores de ocupaciones muy diversas, dada la alegría que configura el momento amoroso, creo conveniente deshacerme de algunos.

Callo la visita de unos forasteros que penetraban en el pueblo vestidos de oscuro, mostrando el gesto taciturno de quienes en los velorios de difuntos dan el pésame o lo reciben. Recorriendo sin orden las calles, parándose en las esquinas, leían a modo de anticipo, como quien pregona, un compendio de las tremebundas historias escritas de manera elemental, prosa o verso, que entregaban a cambio de un real cada una. Novedades ocurridas cinco meses antes lo menos, e historias clásicas sabidas por todos de antemano, de esas que, debido a algún exclusivo detalle o al interés del conjunto, rechazan el polvo denso del olvido. Muertes violentas; las más de las veces perpetradas sobre inocentes indefensos, mujeres o ancianos. Tan malos eran los asesinos, tan execrables los crímenes, que forzaban a las almas nobles a tomar partido contra los autores y sus nefandas obras. No constituían excepción las venganzas pasionales por causa de los celos; mas en el grueso de los casos, las malas relaciones vecinales y el robo, que siguen ocupando a menudo las secciones de sucesos de los periódicos, daban rienda suelta a su pluma, por lo general ajustada al fin perseguido.
Recuerdo con horror, y eso que desde entonces ha llovido lo suyo, el relato del crimen cometido en la ermita del Cristo; tan extenso, con tal detalle, que ocupaba dos cuadernillos. Los distinguía el ordinal de unas portadas en lo demás idénticas, primera o segunda parte, tinta roja perfilada por una línea negra; y se adquirían ambos de una sola vez si llegaba el dinero, dejando el segundo para más adelante o alcanzando un acuerdo entre vecinos con el fin de someterlos a intercambio. Existe en las inmediaciones de Palencia, en su lado Norte, un cerro llamado el Otero; en cuyo interior más elevado se excavó una cueva, albergue de una ermita rústica muy a propósito para la fe y los milagros. Las paredes, por aquellas fechas en que sucedió hecho tan luctuoso –pronto hará setenta años- aparecían cubiertas de exvotos; y en los espacios vacíos, situados a las diversas alturas que alcanza un hombre con el brazo, podían leerse frases alusivas a antiguas presencias, a intensos amores. Se hizo fama el templo de ser lugar de prodigios, fruto de la buena fe de los fieles y de la sugestión. Los novios iban a pedir mayor agilidad para lo suyo, si es que no acababa de cuajar su proyecto de convivir en pareja bendecida; y para dejar testimonio que sirviera al mismísimo Cielo, firmaban con una navaja sobre un corazón flechado, añadiendo en la parte inferior la data del día.
El genuino Cristo del Otero, dueño de la denominación, es una talla de Crucificado correspondiente al siglo XIII si los entendidos no yerran. Una figura oscura, desgreñada y de mirada trágica; como si el tallista supiera por adelantado del crimen y de su testimonio, y pusiera ya a la encarnada divinidad en el trance angustioso de presenciarlo. Sobre el Cristo del Otero -cerro, ermita e imagen- asentaron más tarde la enorme escultura del Corazón de Jesús, mensajero de paz, obra de Victorio Macho, que en el presente constituye el más claro símbolo de la ciudad de Palencia. Incluso sin la ciclópea escultura, el ceniciento cerro pelado –opaca greda gris con destellantes irisaciones de mineral de yeso- también se vería al entrar o salir de la ciudad por la carretera de Santander, antiguo camino real. Un asesinato horrendo ocurrió allí en la persona del ermitaño -yo escuché la recitación, romance terrible que declamaban los forasteros tristes vestidos de oscuro- obra de cuatro desalmados que ocultaban su rostro.

Finos cortes de cuchillos y navajas, suficientes para que se desangrara el hombre con incomprensible e insoportable lentitud; ardientes ascuas de fuego infernal en las asentaderas, objetos candentes sobre sus partes íntimas, punzantes alfileres entre uña y carne; y todo ello, mientras -atado con sogas- le acribillaban a preguntas acerca de la fortuna que debido a conjeturas erradas le atribuían. Total, por cuatro perras perdieron a Mariano, el ermitaño; al pie de cuatro mil reales contantes y sonantes: los dineros de las limosnas que no hallaban los bandidos, cuando ya cáliz, patena y la plata religiosa obraban en su poder. Por las monedas del culto lo mataron, por el contenido acumulado de un cepillo que era celestial alcancía de muchos devotos. Parece ser que Gervasio lo torturó hasta el borde mismo de la muerte; Gervasio, el Chivero, un alma sacada del averno y encerrada, para seguir penando, en un cuerpo dotado de fuerzas titánicas. En un tris de morir lo dejó, a un suspiro de la agonía, para esconderlo por último bajo un colchón de borra apelmazada que acabó de ahogarlo. Fueron, él y sus tres cómplices, condenados a muerte por igual, y luego, por igual –debido a razones oscuras que muy pocos entendieron: abogados defensores, miembros del jurado popular, autoridades civiles y religiosas- indultados. Quedó sin respuesta la cuestión secundaria de si la anciana criada del ermitaño participó en calidad de autora o sólo fue cooperadora imprescindible. Lo cierto es que se ensañaron con el pobre anciano, tanto y con encarnizamiento tan atroz, que la región entera, y acaso el completo país, quedaron conmocionados. Resulta comprensible su perturbación, fácil de entender desde nuestro punto de vista de niños o mayores, trastornados con el simple recitado de los hechos, cincuenta años después de acaecidos.
Hago bien en ocultar a mi amada visitas tan lúgubres, relatoras de sucesos tremebundos; rompería el encanto del momento, la poesía extendida por sus palabras, asentada en sus ojos. Pero no todos los vendedores ambulantes de crónicas voceaban sangre, los había que declamaban enjundiosos versos –los romances eran mis preferidos- modernos trovadores que relataban las cuitas de damas ultrajadas, socorridas por caballeros heroicos en la remota Edad Media. Ese era el caso de Teudenio, que con otros nombres había pasado por allí cientos de veces, recitando sus poemas juglarescos. Sólo que esta vez, y en compañía de Marina, más próspero acaso -sobre un carro llevado por un pollino de imponente envergadura, un mulo casi- movía los títeres.
Entra Marina de soslayo en esa materia resguardada, emotiva a más no poder para ambos, y el recuerdo triste de la muerte de Roldán a manos de Bernardo en Roncesvalles, más la de Bernardo encaminada de manera simultánea por Roldán –final de la obrita que desplegaban Teudenio y la niña sensible y despierta- fuerza a las lágrimas a dar un salto breve desde sus ojos a los míos.

 

 

OCHO
Doña Catalina y su marido hicieron duros el figón al poco de casarse, pues el viajante de comercio sufrió un accidente que le incapacitó para su oficio y precisaba ayuda. Se trasladaron a Palencia, ciudad de la que él era originario; compraron la nueva vivienda y el inválido abrió su alma a la ciencia y a lo oculto, con intención de desvelarlos, desvelándose. Inquiría respuestas precisas a las enseñanzas de Buda y Zoroastro, escudriñaba entre las ruinas de Persia, Caldea, Egipto, Grecia y Roma buscando las raíces de un presente insulso; iba a lo más profundo de la vida y obra de Platón y Sócrates, perseguía hasta los mínimos detalles de los misterios de Eleusis, se desvivía por conocer el oscuro período de la estancia de Jesucristo entre los esenios, alzaba cartas astrales, leía las manos, y arriesgaba prospectivas sobre los asuntos sociales y políticos, acertando con frecuencia en sus predicciones. Tras dejar el empleo de representante de tejidos, de la actividad de augur -arte y ciencia- no se lucraba, y podía; pagábale el disfrute de su ejercicio, el conocer mejor a vecinos y amistades, el comprenderlos y aceptarlos tal como eran y el hecho de asistirlos si se terciaba. De modo que, poseyendo los medios, la inclinación y el tiempo necesarios, dedicaba éste y los otros al servicio de quien precisase ver su futuro desnudo de misterio. Señores principales constituían, como es voz común, su clientela: políticos de todos los pelajes, banqueros, abogados metidos en pleitos difíciles, jueces en trance de despachar algún asunto peliagudo. No obstante, modistillas y ganapanes le pedían consejo sobre amores, y él se lo daba de su propio entender, sin necesidad de apoyarse en las estrellas.

Se muestra como una de tantas lagunas del saber, irresoluta por las teorías -aun las más avanzadas- de la evolución de las especies, que tales inquietudes nacieran y se desarrollaran en el hijo de un empleado de Correos en Palencia, de un simple repartidor de cartas y paquetes postales a lo largo de la avenida de Valladolid y de las calles tributarias, padre cargado de las mejores intenciones pero falto de posibles, en lo que respecta a la economía familiar, para dar a su despierto vástago estudios superiores que fueran más allá de los impartidos en la escuela estatal. ¿Qué vivencias, qué estímulos pudieron mover a la acción escrutadora de las ecuaciones de la vida, al chaval nacido y crecido en la palentina calle de Los Pastores, amigo de descargadores y maleteros de la estación?; ¿cuáles eran las causas de tan beneficiosas consecuencias? Se ignoraba todo ello, pero ocurría; allí estaban –es un decir- como prueba fehaciente las constantes lecturas que el antiguo viajante de comercio, ávido de conocimientos, emprendió.
La mínima porción de tiempo y el espacio indivisible se unen en la expresión “aquí y ahora”. La visión de las cosas desde tal punto de vista es fugaz, porque un segundo más tarde o un paso más allá se modifica. El concepto de eterno e infinito corresponde al extremo opuesto y proporciona una perspectiva inmutable. Sería la permanente posición del Demiurgo. A mayor campo visual corresponde una visión más difusa. El hombre se mueve entre lo próximo y lo remoto y alcanza el equilibrio al conciliarlos. La encarnizada lucha que libran el Caos y el Orden terminará con la victoria de uno de los dos. Para los pesimistas el Caos dominará. Los optimistas esperan que el Orden se imponga. La mayor parte de las teorías religiosas son optimistas. Mas el Orden y el Caos, principios de un Universo dual, avanzan en círculo; de forma que no sabemos quien sigue a quien. Ambos se necesitan, porque la existencia de uno justifica la del otro. Qué cuadrará el Orden cuando el Caos no desordene; qué enfilará o redondeará si el Caos acata sus normas. Qué desorganizará el Caos, cuando, fenecido el Orden, todo quede manga por hombro. Puede que el sobreviviente, liberando una enorme cantidad de energía al modo del núcleo atómico roto, se escinda; una parte inclinada al Concierto y la otra al Desorden. Y vuelta a la pendencia. Al hombre le ofrece más posibilidades de progreso el perfectible Caos que un Orden rígido y estático. El Universo se expande y se contrae. Las reglas que rigen la evolución de los astros son las mismas que gobiernan el comportamiento de los electrones. Lo macro y lo micro caminan tomados de la mano. Fe y razón no pueden enfrentarse porque habitan planos diferentes, son de naturaleza incomparable. La razón es herramienta de la mente humana, llave que abre cerraduras y candados; la fe obedece instrucciones del mundo emocional y tiene que ver con los deseos. La razón suma, resta, divide y multiplica; la fe manipula, ilusiona y sirve a trileros y prestidigitadores para llevar la apuesta a la cáscara de nuez equivocada, a la mano errónea. La razón es el sol que ilumina los paisajes, permitiendo descubrir, horizonte detrás del horizonte, que el mundo es una esfera; la fe es un manto oscuro tan vasto como la noche, y extendido sobre lo existente, una planicie inacabada, lo oculta a la mirada suplantando la realidad con invenciones improbables.

Al esposo de doña Catalina le interesaba la Naturaleza entera, el Universo al completo, de lo enorme a lo diminuto; sorprendiéndose con entusiasmo de sus pequeños descubrimientos, de los que hacía partícipe a doña Catalina mediante explicaciones prolijas. Ese ejercicio del magisterio le servía para reflexionar acerca de la intención exacta de las lecturas, valiendo al tiempo a la mujer para evitarlas. A tal proceder se debe que conocieran juntos la existencia de un mundo complejo y maravilloso, escondido entre la escoria y la hojarasca; tan cercano a nosotros que no lo vemos faltos de la conveniente perspectiva. Adquirió libros, se subscribió a revistas, asistió a conferencias, y fue arrastrándola tras él sin ella darse cuenta. La señora escuchaba los razonamientos con delectación, y ponía diligencia y esmero en las colaboraciones pedidas. Estaba el esforzado señor a punto de hacerse sabio, cuando una enfermedad que nunca dio la cara se alzó con su salud, cerrando la puerta a los felices augurios de los planetas. A ella le dejó, su venerada esposa, a falta de hijos, la casa ya pagada, un buen pasar fruto del ahorro y las economías, media pensión que se iba sin sentir y un camino trazado hasta el final por arraigadas aficiones.
Concluido el funeral, dichas las misas en pro del alma del finado, idos los últimos parientes, las escasas amistades y las personas meramente conocidas; vacía la casa, doña Catalina se descubrió, cualquiera que fuera el destino de su mirada, del todo sola. Escarbó en su entorno más inmediato y halló el cobijo de los libros de historia, el refugio de las obras de filosofía, la techumbre de los tratados astrológicos: diversos estudios sobre el movimiento de los Planetas, el famoso Alpherat, el Libro de las Casas, cien años de Efemérides, el saber de Sementovsky-Kurilo, de Alan Leo, de Georges Antarès y cien más, cuyo contenido ponía en práctica el difunto con verdadera devoción logrando magníficos resultados. Muere Pericles, el gran hombre de estado griego, y al mismo tiempo nace Platón, perseguidor de la Belleza y de la Armonía, metas a las que renuncia para someterse a la disciplina de Sócrates. Del maestro recibe el descendiente de Solón y de Codro, en sólo tres años, el amor por la Verdad y la Justicia, raíces de una doctrina cuyo influjo nos alcanza. Muerte y vida simultáneas que doña Catalina intuye danzando a nuestro alrededor, asiéndose de la mano para ensayar nuevas piruetas que las unan en un abrazo íntimo o las separen durante el tiempo en que refulge un relámpago. Se ve por ello habitante de un mundo siempre renovado y en permanente avance, donde el sufrimiento nacido de los hechos puede ser evitado, porque nada en ellos es irreparable ni definitivo. Del culto de Isis en Eleusis, llamada allí Deméter; de su hija Perséfona, de los sacerdotes del Ática, retoños de la Luna, mediadores entre la Tierra y el Cielo, algo se sabe; de tales misterios se conocen pormenores que podrían llevar a una aceptación de la vida como lugar de paso, peregrinación o purgatorio, capaz de poner al hombre en las mejores condiciones de acceder al Paraíso: un edén individual que quizá se dé en la misma casa en que transcurrió la existencia, y acaso tenga que ver con el equilibrio conseguido entre el cuerpo y la mente o con la satisfacción procurada por el empleo del tiempo en actividades gratificantes. Doña Catalina, basándose en su pobre experiencia, sin ahondar tanto, ha llegado por su cuenta a una conclusión análoga: el Cielo está aquí, aquí está el Infierno.

Acerca de los hechos de Jesucristo desde los trece a los treinta años, que los evangelios soslayan y su marido pensaba entregados a la iniciación en compañía de los esenios, no puede argumentar en conversación alguna, y menos en las mantenidas con el párroco, que la trataría de hereje. No obstante, en ese período dio cuerpo el Mesías a una teoría fundamental para una parte significativa del género humano. Sucede que la mayoría es apática y quienes buscan explicaciones parecen bichos raros.
“…todas las acciones que la virtud inspira son bellas, y todas ellas están hechas en vista del bien y de la belleza. Así el hombre liberal y generoso dará, porque es bello dar…”, dice Aristóteles en su “Ética”, y el fenecido esposo de doña Catalina lo leyó. “¿Qué iba yo a poder crear si hubiera dioses? Mi ardiente voluntad de formar me impulsa siempre hacia los hombres como el cincel es impulsado hacia la piedra”, escribe Nietzsche en “Así habló Zaratustra”, y el viajante, ido a la fuerza, lo leyó. “Aquí dentro están siendo torturados Ulises y Diomedes; juntos sufren un mismo castigo como juntos se entregaron a la ira.”, manifiesta Dante en su “Divina Comedia”, y el hombre aquel, que compartió lo mejor de su vida con doña Catalina, penetró en ello. A imagen y semejanza del admirado compañero lee la mujer con atención creciente, vuelve una y otra vez sobre lo no entendido, indaga, reflexiona, intuye; y todo para imponer, al cabo del esfuerzo, su punto de vista frente a las contradicciones. Posee un carácter práctico –virtud añadida- y de las incursiones lectoras extrae la enseñanza que más conviene al momento. Resuelta y decidida, en las encrucijadas toma el camino del medio y avanza sin mirar atrás.

Acercándose cuanto resulta posible a una momentánea realidad cósmica, está capacitada doña Catalina para calcular -tras acometer las precisas correcciones de tiempo y espacio- la hora sideral de nacimiento; sabe situar los planetas en su lugar exacto, precisar el signo, el ascendente, el nodo, las cúspides de las casas, el medio cielo y la fortuna; se muestra entendida en el trazado de los aspectos, en la configuración de los mapas y en su minuciosa interpretación. Colón, en su derrota, tropieza con América un doce de octubre; estaba, por tanto, el sol en Libra, posición que confiere alto sentido de la igualdad y de la justicia, del equilibrio y del orden, predisposición a la armonía. Tiene, en consecuencia, gran confianza en el proceso que inician los países resultantes de la disgregación emancipadora, y augura una unión futura, voluntaria y fructífera.
En ese contexto, la práctica culinaria queda, como se ve, relegada al ámbito de los recuerdos; expurgada memoria que doña Catalina rescata en incursiones dirigidas al otro lado de la pétrea pared, muro que ella misma levantó con el fin de preservar su intimidad. Deseó alejarse de los fogones, de los sabrosos guisos, a medias oficio e inspiración; y su voluntad acabó consintiendo. Satisfactoria tarea la eludida si el resultado roza lo sublime, si lo elaborado alcanza el perseguido equilibrio, situada la oficiante a milímetros del despeñadero sin caer. Sirvan de ejemplo las veces que estuvo a un palmo del desencanto, momentos cruciales en que hubiera bastado una imperceptible corriente de aire para cortar la salsa, descomponiendo su laboriosa ligazón; y pese a todo, no se abrió resquicio alguno que permitiera al gaseoso fluido penetrar, tijeras o cuchillo, en la homogeneidad de la mezcla. O cuando el incremento mínimo de la temperatura pudo modificar el gusto, poniendo un puntito de amargura o acidez, una leve aspereza en lo que era un milagro sensorial; y no obstante, el calor se detuvo con precisión en los grados cabales. Se ha alejado doña Catalina de la actividad culinaria, provechosa por igual para quien oficia el misterio y para quien comulga con arrobo, comensal que ha puesto todas sus expectativas en el contenido de la bandeja o ha cifrado sus esperanzas en lo que la cazuela portaba, sin ser en ningún aspecto defraudado; y situada ella al margen de los fogones y de la selección de las materias primas, en algún recipiente había de verter la inspirada creatividad, la sobrada capacidad de transformar o descubrir.
Separada, además, de los libros esotéricos que tan bien conoce, refugio de un universo mil veces más complejo que el real, mil veces más maravilloso; dotado de una existencia autónoma que tiene la facultad de alterar la marcha del verdadero, palpable e impalpable; apartada, recalco, doña Catalina de guisos y de libros, por algún lado había de romper su torrente interior, imparable como se ha venido demostrando a lo largo del recuento hecho a los actos de su vida.

El temor a la opinión de quienes la conocen equilibrada, y una prevención comprensible de allegar fama de bruja, la llevaron a las plantas; para las que se reconoce bien dispuesta y dotada de mano hábil. Primero fueron las de interior, tiestos alineados en cualquier espacio de la casa rico en luz solar: geranios, alegrías, begonias, ciclámenes y hasta camelias y azaleas japónicas. La conquista de la terraza supuso un incremento de su actividad: tiestos y vasijas decorativos acogieron hortensias, jacintos, narcisos, colgantes helechos, incluso boj y tejo, que en el tiempo frío cubre con transparentes láminas de material plástico. De modo que el encargo de la Asociación vino a proporcionarle a mayores un verdadero jardín, un mundo pleno de posibilidades. Y si en los críticos momentos posteriores al entierro del esposo, sólo los libros presentes en sus estantes, mudos mientras permanecían cerrados, pero locuaces en cuanto los abría; si sólo los libros heredados, en efecto, le dieron la orientación y fortaleza necesarias para seguir viviendo tras la viudez; ahora nutre su carácter de la energía que los vegetales reciben del sol, sintiéndose parte de un círculo cósmico en el que ella busca aún su lugar de encaje.
De ahí le viene la índole observadora a doña Catalina, de ese interés por conocer su espacio justo en el concierto general. De ahí el hecho repetido de pasar las horas muertas consultando estudios, y verificándolos en las propias plantas. Esa es la razón de que se incline tanto por las suyas como por las pertenecientes a la Galería Comercial. Y siendo todo relativo, aprendiza ella para sí, los demás la ven maestra; de manera que, con satisfacción en ningún caso fingida, proporciona plántulas, esquejes, semillas y consejos sobre flores a quien los pretende. “El exceso de riego ha hecho más daño a los jardines que el defecto”-advierte a quien le muestra hojas marchitas- “pues varios de los síntomas coinciden”. “Las corrientes de aire y los cambios bruscos de temperatura resultan fatales: con celeridad pasmosa las hojas pueden desprenderse del pecíolo dañado y cubrir el suelo”. “Contra pulgones, araña roja y larvas de polilla existen remedios naturales, correcciones que pueden prepararse en casa y resultan inocuas para el medio ambiente, atacado a diario por los pesticidas.”

Un haz de cálidas emociones –naturaleza en eclosión primaveral- a manera de los luminosos rayos de la alborada irrumpe en su consciencia de mujer afectiva y sensible, haciendo añicos la penumbra de melancolía en que se encuentra a menudo su alma. La compañera soledad, a cuyo costado pasa los días en conversación silente, en plática muda, se retrae, se comprime, y su predominio se va reduciendo a pasos de gigante. Los ojos se alegran en presencia de tanta hermosura, el olfato se ensancha abriendo las ventanas de la nariz a nuevos aromas y las yemas de sus dedos palpan las suavidades distribuidas por hojas, pétalos, estambres y pistilos. Siente un riachuelo cruzando su pecho, burbujeante corriente de un agua tan ligera que ha de estar formada por rocío, finísimas gotitas separadas entre sí por distancias mínimas, situadas al límite de la inexistencia, que a modo de niebla transparente la envuelve en luminosidad y frescura. Es feliz.
El lunes que viene Marina comenzará los ensayos de “Casa de Muñecas” del noruego Henrik Ibsen; obra que en su día supuso un acontecimiento literario turbador del panorama intelectual, quedando en lo sucesivo como un hito dramático difícil de igualar. En esa obra maestra, va ella va a defender el papel de Cristina Linde, amiga de Nora, la mujer del abogado Helmer; sobre el matrimonio descansa el peso de la trama, pero el siguiente papel es el correspondiente a Marina. Ha estudiado la obra y tiene muy afianzadas sus intervenciones, cuantiosas y repartidas a lo largo de los tres actos. Goza de una prodigiosa memoria que le permite repetir palabra por palabra, buscando el tono y la cadencia más convenientes al momento de la acción.
Cristina – “¡Qué giro tan inesperado! ¿Quién lo iba a decir? ¡Ya tengo por quién trabajar, por quién vivir, un hogar del que ocuparme! ¡Y procuraré hacerlo bien!”
Persiguiendo la naturalidad modula esas líneas de la obra, y promete repetirlas como suyas en todas las funciones; puesto el pensamiento en mí, en nosotros. “¡Qué feliz me haces!”, exclamo, “las escucharé en cada ocasión como tuyas, como nuestras, préstamo involuntario de Ibsen, a quien, sin duda, le halagaría saberlo”. Continúa imparable recitando el texto, y yo la escucho embobado.

Desorientada, impedida o agotada, mi mente de escritor se cierra a cal y canto, falta de iniciativa. Como uno más de los personajes de mi novela, llegado el momento de plantear la encrucijada, el nudo, embalse al que llegan todos los arroyos y del que surge el río de la solución, miro al frente y a los lados de manera simultánea y no sé qué ramal tomar. Dudo entre seguir la abierta senda náutica en cuanto suba la marea, o bien el angosto desfiladero que la tierra impone con su áspero relieve cuando la marea baja. Necesito espacio, distancia, aire, distracción, trasladar mi atención a un punto alejado del argumento. Marina, para quien ese repentino borrado mental no es nuevo, propone desembotar el engranaje de mi cerebro viajando a Valdepero y Palencia. Me parece de lo más oportuno, pues disponemos de cuatro días para nuestro disfrute, hasta que los ensayos la absorban por completo.
Examinaremos la Rinconada de San Miguel y sus alrededores, levantando un mapa de las calles que allí desembocan, calzada y acera, esquinas y recodos; tomaremos nota de la longitud y altura de los muros, de las distancias medidas en pasos que unen la puerta de la casa de vecinos y la entrada a las escuelas, el portalón del Templo y el pasaje de la fábrica de gaseosas. Nos proponemos visitar la ciudad y los pueblos limítrofes, escenario principal de los hechos narrados. Coincide que en el triángulo formado por Valdepero, Husillos y Monzón, ocurre lo más florido de la peripecia narrada en “La Espada invencida de Bernardo”, la obrita que Teudenio y Marina representaron en mi pueblo; de modo que podremos rememorar –carro y muñecos- los títeres raíz de nuestro amor y de mi vocación escritora. En la villa condal de Valdepero, desde lo alto de El Arrabal iniciaremos el recorrido de su larga calle Mayor, deteniéndonos al menos unos instantes en las escuelas de mi iniciación estudiantil, obra del estimado arquitecto Jerónimo Arroyo; al paso veremos el arco norte de la muralla, la Casa Grande, donde vine al mundo; la Casa de las Ánimas, origen de una leyenda terrible; y el patio de Castaño, espacio escogido por el destino para unirnos a Marina y a mí. Entraremos en la Iglesia parroquial para admirar el magnífico retablo mayor, en cuya imaginería, siendo yo niño, se coló San Isidro rompiendo el equilibrio existente. Por último, tras vislumbrar los vestigios del arco sur, nos acercaremos al legendario castillo, a su espléndida fábrica, a su interior herido y, por la carretera de Valdeolmillos, a la ermita de la Virgen del Consuelo, pegada al camposanto y a la explanada donde los mozos asentaban el ardiente pipote la noche de San Juan. Al término del paseo, está en nuestro ánimo saludar al propietario del edificio alzado en la Rinconada, un rico que hace vida de pobre, para conocer algunas particularidades de los vecinos y preguntarle las señas de la viuda de don Roque. Las tendrá, eso es seguro; la buena mujer las dejaría escritas por si llegaba correo después de su marcha. A una hora apropiada para las visitas, en la recogida vivienda de la anciana –más mayor ella, puede que algo torpe, pero tan solícita y amable- hablando de su difunto esposo, sacaremos a colación la pieza escrita por él acerca de las aventuras del héroe medieval. Ha de guardarla, dado su alto valor, junto a las escrituras de propiedad y los documentos notariales; entre el título de maestro y los diplomas recibidos a lo largo de su vida llena. Daremos cumplimiento de esa forma al objeto principal del recorrido, el logro de una copia que nos permita aproximarnos a la pieza redactada por el ingenioso Teudenio.

No discurren con ese rumbo los acontecimientos, van a su aire; son independientes de nuestra voluntad y se producen de otra manera. El empresario de la Compañía de Comediantes, sociedad circunstancial para la que va a trabajar Marina, le anuncia un cambio fundamental sobre lo hablado. Por motivos estrictamente económicos, que él llama razones de producción, no será “Casa de Muñecas” la obra representada. Para ajustar las cuentas del capitalista dispuesto a arriesgar su caudal persiguiendo el mayor beneficio posible, y lograr que el balance dinerario tenga mejor encaje, se pondrá en cartel nada menos que “La vida es sueño”, el drama sin par de don Pedro Calderón de la Barca.
Como si fuera una simple pirueta sin importancia el triple salto mortal que ha de dar la actriz, le ha pedido el director que se acomode cuanto antes a tan substancial giro, y estudie las estrofas, algunas largas, de su nuevo papel. Sucede este cambio, porque ha acordado el productor con el representante de los principales teatros de la América de habla hispana, que la compañía desarrolle por ellos una larga gira, y el agente impone el texto clásico.
“Es cosa muy distinta”, me dice una Marina desolada, “escrita dos siglos antes y, además, en verso. Ya me había hecho al carácter de Cristina y conocía sus mañas. No sé como me las voy a arreglar”. Respecto al valor de la obra, coincidimos en que las dos son laudables: de ambas se seguirá hablando con elogio en lo venidero, acaso con elogio parejo; pero la de don Pedro, después del mucho tiempo transcurrido sigue haciendo mella en las personas sensibles y hay quien la compara con el “Hamlet” de Shakespeare. En lo que se refiere a la forma versificada, la bordará mi amada en cuanto adquiera un poco de práctica; estoy convencido.
Pese a todo, no se retrasa el estreno como cabía esperar, y los ensayos comienzan el lunes prolongándose una hora más cada día. De modo y manera que el fin de semana largo con que contaba para descanso y solaz, las breves vacaciones que hacían posible nuestro viaje, habrá de ocuparlas en aprender los parlamentos en los que participa, y los largos soliloquios cargados de médula que la corresponden, como el de la escena décima de la jornada tercera. Diálogos y monólogos, ahí está lo bueno, correspondientes a un papel principal que no es otro que el de la bella Rosaura. “En eso ganas de largo; de un tercer papel pasas a dar la réplica al protagonista. Si en `Casa de Muñecas´ te hubieran dado el de Nora, todavía…”, argumento. No sé si debido a mis palabras o porque su capacidad de adaptación es muy grande, lo cierto es que añade. “Y para colmo, Cristina era viuda, no tenía hijos y se casó sin amar al marido”.

 

 

NUEVE
Desciende doña Cándida del piso superior frotándose las manos, al modo de quien acaba de cerrar un trato favorable o se ha librado de un problema peliagudo. Desciende ajena a la verdadera naturaleza de la indispuesta gatita, al exotismo de su procedencia, apreciado por lo general entre los conocedores. Ignora que, curado el animal, podía haberse vendido a buen precio, sacando de su arriesgada captura alguna ventaja. Mejor así; pues, de saberlo, al quebranto económico añadiría el sufrimiento de su corazón, sumando sin necesidad alguna un mal al otro con incremento del efecto dañino.
Desde el vestíbulo al cuarto de baño va doña Catalina conteniendo un alborozo contaminado de inquietud; porta a la gata como si fuera un niño díscolo, a medio camino entre la prevención y la ternura. Sujeta a un tiempo testuz y patas, posibles puntos de arranque del peligro, dificultando los aspavientos con los que el animal libera sus deseos de escape, su necesidad de defensa. Ignora una cuestión fundamental: que padece algún mal del vientre, una enfermedad poco conocida de las que proporcionan a los dueños mil quebraderos de cabeza. Pero ¡qué más da!, para cuidarla está ella; la ha adoptado y apechugará con la responsabilidad adquirida. Siente la manera sutil que la soledad tiene de estrecharse, y la percibe en retirada por vez primera desde la muerte de su marido. Derroteros bien conocidos toma entonces su mente autónoma, carente de bridas; el viajante de comercio se hace con su pensamiento una vez más, y el animalito, origen de la cavilación, pasa a un plano secundario durante breves momentos.
Instala doña Catalina a la gatita, de modo transitorio nada más, en la reducida estancia destinada a la íntima satisfacción de las necesidades corporales, aseo y evacuación de residuos, llamada por buen nombre, yendo tras las palabras finas y el eufemismo, retrete o cuarto de baño. La introduce con prudencia en la bañera de acero esmaltado -redil o cárcel- de la que no puede salir por sí misma, ya que resbalan sus patas y no se agarran las uñas por más que reitera el intento. Permanecerá allí hasta que le compre comida y disponga de un cajón con arena o tierra de infusorios; ¡que disparate! ¿no? Conoce doña Catalina palabras poco dichas, casi nuevas; o las piensa y no se atreve a decirlas. Las libera o las guarda dependiendo del interlocutor o de la seguridad que posea acerca de su correcto uso. Tierra de infusorios le sale espontánea, procedente de alguna revista científica a las que tan dado era su esposo.

Como habrá de referirse a ella en múltiples ocasiones, debe identificar a la gata, individualizarla, distinguirla de sus semejantes; resulta más práctico que utilizar pronombres, descripciones minuciosas o expresiones genéricas que no especifican. Tuvo que consignar en el Registro Civil el nacimiento de su pequeña, y le dio un nombre distinto al que tenía pensando desde que conoció su preñez: Marina en lugar de Rocío. El color de los ojos, cambiante, aconsejó la modificación. En el trance actual se siente negada para la sentencia inmediata; más vale acertar tomándose un tiempo que apresurarse y errar: se dice. En cualquier caso, será un apelativo sonoro y concluyente: de hembra, sí; pero de hembra decidida, como ella, poseedora de un espíritu acostumbrado a seguir sus propios impulsos. Un patronímico de princesa adelantada a su tiempo, independiente del rey, su padre; capaz de poner a prueba a los pretendientes y en vez de casarse con quien persigue al dragón, lo hace con el que conquista la voluntad de la bestia y la inclina de su lado. Un nombre exótico, de deidad antigua, oriental a ser posible; arranque de algún culto mítico y misterioso, perteneciente a Caldea o a Babilonia, culturas señaladas tan sólo como muestra clara de lo que quiere decir, pero sin comprometerse por una o por otra. Habrá de ofrecer cierta dificultad a la pronunciación para alejarlo de los abusos repetitivos que vulgarizan; pertenecerá a una lengua muerta, por tanto, o a la versión arcaica de una lengua viva.
¡Cuidado! sin exagerar, no vaya a ser el resultado tan extraño que nadie lo conozca y se vea obligada a aclararlo a cada paso: “Se llama –verbi gratia- Xania; era una princesa muy audaz de la apartada Calcedonia, ciudad del Asia Menor situada en la antigua Bitinia, frente a Bizancio, en el Bósforo»; forzada a aclarar cada nuevo nombre de manera indefinida. Quizá se encuentre ante una tarea demasiado compleja, pero de los libros cabe esperar asistencia eficaz. Puede serle válido el propio de Calcedonia, en la acepción de piedra preciosa, un ágata azul muy transparente. Lo mirará en el Diccionario Enciclopédico que su marido compró a plazos; veintidós tomos -todo el conocimiento de la humanidad- aceptados a un vendedor ambulante que sabía como hacer el artículo. Estuvo pagándolo a mil pesetas de las de entonces cada mes, hasta que la muerte pasó el compromiso de pago a la viuda. O en los catorce volúmenes de la Historia del Pensamiento, adquiridos por un medio semejante, de los que sacó un saber engarzado y vertebrado que desde Hesíodo llega a nuestros días, pasando por la filosofía Patrística, la Escolástica, el Humanismo Renacentista, Ilustración, Romanticismo y Existencialismo. ¡Qué más da!, fuentes no le faltan, y de ellas se servirá con cautela, pues la cuestión del nombre tiene demasiada enjundia como para precipitarse; de momento se llamará Gatita, a secas.

Demostrando poseer un garbo impropio de su edad, camina aún doña Catalina con el cuerpo erguido. Si bien, de una altura más que mediana, se muestra ligeramente cargada de hombros; pero, empeñada en corregir el defecto, en cuanto nota que ha incurrido en él, rectifica. Sigue de cerca la marcha de los acontecimientos y está atenta a las noticias que difunden los medios de comunicación, tanto las de alcance nacional e internacional del telediario de la noche, como las del Cimbalillo, repertorio de sucesos locales radiado a medio día. La interesan los hechos y sus razones, ya se trate de un cataclismo con miles de víctimas ocurrido a enorme distancia o de un accidente doméstico, en el que un cortocircuito incendia el trastero de una vivienda deshabitada, quinta de recreo de unos hacendados que poseen otras. Así es, a medida que el luto alivia su rigor, vestido y costumbres, se va abriendo ella al presente, hasta importarla el hoy tanto como el ayer o el mañana. A veces se pregunta si, dominando a duras penas su contenido, no estará buscando en los libros al esposo muerto; ya que fuera de los libros doña Catalina apenas enlaza con nada. Teme habitar en exclusiva un mundo de papel impreso, de teorías plegadas en el arca a modo de bordadas sábanas de hilo, herencia de la madre, de la abuela y de la tatarabuela; y acaso su temor esté justificado, porque si sale de él, de ese mundo, de esa arca, se ve disminuida, pierde valor ante sus propios ojos, intempestiva visita a quien nadie permite pasar del umbral.
Habla con el párroco del origen de todo lo existente, de lo visible y de lo invisible, de Dios y del hombre, de la vida y de la muerte, de la fe, de la conducta, del sacrificio, del premio y del castigo; y lo hace mostrando un afán abierto, desplegado, totalizador, universal; pero advierte al clérigo en exceso sectario y se desanima. “La humanidad no continuará otros mil años sobre la faz de la Tierra, si pierde el espíritu religioso que muchos combaten”: expresa el sacerdote muy convencido. “No ocurrirá, no tema; siempre habrá personas necesitadas de un ser superior que sirva de explicación a los misterios más trascendentes; buscadores de una fuerza titánica que les saque de apuros, a los que la vida eterna les concede la inmortalidad”: replica ella con un leve tono de sorna. “Me dan pena los ateos que luchan contra la fe; pero me dan más pena aún quienes, creyendo, no defienden sus convicciones. ¡Ay de los tibios!, ¡ay de los timoratos!, porque la vida es lucha y ellos se rinden antes de entrar en batalla”: exclama el cura.

Si lo dice por mí, se equivoca; no soy atea, ni tibia, ni timorata. Pero coincidirá conmigo en que resulta difícil aceptar un Dios tan contradictorio; con la mano derecha levanta la espada amenazadora y con la izquierda cura las heridas de aquellos a quienes abate; dicta unas leyes a la Naturaleza de la que forma parte el hombre, y condena al hombre cuando se somete a ellas: la pasión amorosa por ejemplo”: acusa la mujer. “No hay contradicción: la conciliación de los contrarios es el trabajo de la armonía; y Dios representa la Armonía suprema, territorio equilibrado en el que multitud de fuerzas, las que mantienen en su posición relativa a cada estrella del Universo, se complementan buscando un fin común”: contraataca el religioso”. Y así un día y otro, pendencia intermitente, metidos ambos en un tira y afloja constante, sin alcanzar conclusiones.
La mujer, indagadora de suyo, intentaba ahondar, en vida de don Roque, en el maestro, en el hombre de letras, en el profesor de ciencias, en el humanista; y el educador, literato, científico y filósofo, finalizada su carrera de enseñante, incapacitado ya para ejercer las tareas que le ocuparon tras la jubilación, carecía de afán didáctico porque era sencillo y modesto; y como se encontraba acribillado de achaques, veía ajenas, extrañas, las cosas del mundo situadas u ocurridas mil metros más allá de su gastado corazón, de sus huesos quebradizos, de su circulación obstruida. Pudo ocurrir que el anciano sintiera próximo el fin, que vislumbrara entreabierta la puerta de salida, y los problemas se hicieran relativos en su apreciación, invadiéndole un desapego renovado que resulta corriente en las personas llegadas a esa fase terminal; pudo suceder de tal manera, pudo suceder y doña Catalina así lo cree.
Don Roque; pero no sólo él, también su esposa: leída, ilustrada, mujer oculta en la densa sombra del hombre; formando parte de él, llegando adonde él no llegaba, supliéndolo, yendo más allá. Intimó con ella, con ambos; pero ya lo doméstico constituía el único patrimonio de la pareja, y la mirada se quedaba en las proximidades. De haberlos hallado cuando la sangre aceleraba su paso con las emociones, cuando se adherían a todas las causas justas, se diera la batalla en la plaza del pueblo o en las islas antípodas; de haberlos conocido tan sólo hace cinco años –fuertes aún, sólidos, íntegros- saltando de horizonte en horizonte hubieran sostenido numerosas e ilustradoras conferencias, discusiones de hondura perseguidoras de la verdad una y múltiple. Hace cinco años, incluso tres, hubieran llenado de reflexiones las vacuas anochecidas invernales, allanando el camino del sueño reposado, reparador.

El caso es que por más que lo intenta, doña Catalina no halla el alma gemela que resultó ser el viajante. Aquí, allá y acullá, doquiera que vaya o mire, una realidad escurridiza, carente de trascendencia, sin perfiles netos; hecha, todo lo más, de sucedáneos; tediosa como salmodia monocorde mil veces repetida, le fuerza a regresar al día a día en cuanto escapa tras su mente inquieta. Retorna ella a la cotidianidad de los dramas nimios, de la rutina reemplazada por otra anterior, tan olvidada que da la impresión de ser nueva a los ojos cansados; se disuelve en la niebla que no deja ver cosa alguna a cuatro pasos y acaba desapareciendo un segundo antes de ser engullida por el ambiente.
Era doña Catalina tan sólo una niña cuando los mayores depositaron la fe en su alma inocente. Los mayores eran los padres, los tíos, la maestra y el cura; los libros de sus lecturas dirigidas eran también –y acaso más, por indelebles- los mayores. Pero ellos, los mismos mayores, pusieron al lado –su alma era extensa- el amor a la verdad. Y ahora, pasados los años, ambos depósitos libran una batalla tan silenciosa como cruel. La fe, fuerte aún, impide que su amor a la verdad interrogue a todo lo que la rodea, rocas, plantas y animales, dedicándose a la investigación pura y estricta. El amor a la verdad nacida de la reflexión, la libra de los excesos a que la fe, dado su carácter emotivo, la hubiera impulsado.
El atajo que supone la violencia para los impacientes sin principios, matón de barrio o ejército dotado de la más avanzada tecnología destructora, la enerva y la enardece, dejándola dolorosamente inactiva. A dos manzanas de su casa, es un decir; muy próximas, se suceden unas guerras en apariencia tribales que persiguiendo el poder y el dinero van salpicando el mundo de sangre y hambrunas. Tan cercanos suenan los tiros y el cortante silbido de los machetes, que podría oírlos si no tuviera cerrados los oídos a sones tan desagradables: se acusa a sí misma la señora. No sólo ocurre en Vietnam; se producen, más o menos larvadas, otras guerras en Asia. En África y América, como rescoldos que de cuando en cuando reciben leña seca, de manera intermitente aparecen los conflictos bélicos; sin olvidar los callados enfrentamientos de Europa. En la misma España, levantamientos y algaradas mueren por sofocación, treinta años después de terminada la contienda entre hermanos, cuando el Consejo de Ministros acaba de conceder la amnistía para las responsabilidades contraídas en ella y Franco ha designado a Juan Carlos como sucesor suyo a título de Rey.

Reconoce que la tragedia afecta a millones de personas entre muertos, sometidos y desplazados. Con carácter esporádico esas vastas regiones forman parte de la venerada actualidad y son objeto de análisis; el eco dura una o dos semanas y, al poco, el silencio más opaco las cubre como duna móvil. Cuando es el Occidente rico quien ataca en defensa de sus bastardos intereses económicos, disfraza la violencia como eficaz prevención de desgracias aún más graves. Doña Catalina, impulsada por su amor a la verdad, busca, sin encontrarlo, el punto exacto donde la civilización se torció, con objeto de volverla al camino recto; y su fe la empuja hacia el campo de batalla para tomar partido, fusil en mano ejecutora o gasas y algodones en el papel de enfermera. Su voluntad y su inteligencia sufren lo indecible por el contrasentido que la mantiene apartada del compromiso. De ahí su ocasional insatisfacción, su pesadumbre esporádica; de ahí el retraimiento y la falta de trato continuado con los vecinos, de ahí su aparente e incomprendido orgullo, que la muestra de manera mentida observando a los demás por encima del hombro.
Se complace Marina, a la vista de las páginas acabadas de leer, en su idea primaria, elemental: ella es hija de señora tan fuera de lo común, y lo expresa como si el deseo se hubiera ya concretado y la revelación viniera de persona de altura, digna de crédito, cuyas palabras se hacen ley al salir de los labios y recogerse sobre papel pergamino plegado y lacrado. Encuentra en doña Catalina inequívocas raíces de su manera de ser y cita algunas: “Jamás he pertenecido a un grupo en cuerpo y alma, nunca me he alineado sin reservas con quienes muestran alguna característica similar a las mías, ya sea geográfica, social o religiosa. Siempre estuve contra el gremialismo que sirve de refugio a débiles y torpes, y de plataforma a los más ambiciosos”:
Narrador preocupado por la mejora de la realidad, encuentro yo razón a sus temores. Cuando los naturales de una ciudad, región o país –los cito tan sólo para ilustrar con ejemplos la tesis- los afiliados a partidos políticos o los seguidores de una doctrina religiosa, sin razón objetiva se consideran superiores a los integrantes de agrupaciones similares, están sembrando la discordia, sillar de la malquerencia y del odio. En estos días de apertura política, cuando se trata de legalizar a partidos y sindicatos, de redactar una verdadera constitución y de convocar elecciones legislativas, se debe tener mucho cuidado con las posiciones excluyentes. Expresiones en apariencia inocuas: nuestra religión es la única verdadera, vivimos en un país privilegiado, los de aquí somos tenaces y nadie nos ganará la partida o nos tienen envidia porque somos mejores; llevan a otras del siguiente tenor: si quieren lucha la tendrán. Y en momento tan delicado como el que vive el país, los líderes políticos que en estos momentos se inician en los tejemanejes y los medios de comunicación tributarios de las organizaciones que los sustentan, preparan una masa electoral capaz de aceptar la perversión de los principios democráticos y de apoyar las iniciativas de los legisladores, sus teóricos comisionados.

En esas estamos mi amada y yo, cuando el reloj que culmina el armario donde se guarda la loza marca la una de la tarde y conduzco la plática por lugares nuevos introduciendo un elemento de distracción. Preparamos ambos la comida, cocinera y ayudante, y expongo a su crítica mi aversión por el pollo. Cae ella en la trampa y pregunta por la raíz de la manía, en su opinión, una de las pocas rarezas observadas en mi comportamiento. Y como si tuviera una inacabable reserva de minutos y hasta de horas, me explico.
La peste, una derivación de la padecida por el hombre –enfermedad incierta o recurso verbal de la ignorancia- en su fase más aguda, arrojaba a las afueras de mi pueblo -molederos del camino de Valdespina, tapias de los últimos corrales- los despojos de las gallinas más débiles, viejas o dolientes de otro mal. Pues bien, como en la escasez nada se desperdicia, hasta las gallinas muertas tenían el aprecio de los más desventurados: la señora Mere, pobres de pedir, borrachines, peregrinos sin rumbo ni concierto, para quienes, cocidas durante horas, constituían un manjar que yo veía inmundo. Data de aquellas fechas mi irracional aborrecimiento de las aves de corral en el condumio.

 

 

DIEZ
No acepta doña Catalina cualquier tarea. Se compromete con aquellas de mayor capacidad de desarrollo, las dotadas de estabilidad, esas que prometen necesitarla tiempo y tiempo. El amoroso cultivo de las plantas cumple tal exigencia, porque, iniciado cuando el primitivo nómada se asentó en lugar favorable, perdurará en tanto su moderno sucesor mantenga el interés por aquello que le rodea, actitud radicada en la propia entidad humana. Otro tanto puede decirse del cuidado de los animales, pues el pastoreo ha de venir, sin duda, de tiempos aún más remotos. Así que sus pasos siguen en esos dos ejercicios un mapa levantado al detalle.
En clara contradicción con el desenlace previsto, debió de superar Gatita la pronunciada pendiente de la bañera, usada a modo de corralito o cercado de pared bastante para impedir su escapada. Al menos en esa dirección señalan la ausencia del animal y los frascos volcados sobre los baldosines azules del suelo. Uno de ellos, antes mediado de colonia, aparece hecho añicos; y los cristales resultantes, desperdigados, anuncian un peligro inminente escondido a medias tras el fuerte aroma que avanza tomando, habitación tras habitación, el resto de la casa. Pretende medir doña Catalina el efecto del desaguisado, y a lo largo del pasillo percibe unas huellas blanquecinas. Estudia una de ellas con detenimiento de rastreador, y ve un semicírculo de cuatro elipses paralelas ceñido con holgura a una corona de tres crestas que precede a otra elipse sola. El esquema se repite en cada uno de los imperfectos dibujos, y sugiere el calco de las almohadillas plantares de un animal carnicero, zigzagueante desde el cuarto de baño a la cocina. Huele a leche ácida, a vómito; y procede, casi seguro, de la porción de yogur que dejó en un platillo sobre el sumidero, con el fin de tentar al animal e inducirle a lamer la cremosa sustancia, impidiendo, a mayores, que introdujera una de las extremidades por el agujero del desagüe.

En la cocina, protegida por las escobas –una vieja, mocha; y otra nueva, barbuda- intuye la presencia de Gatita, pues nota el zarandeo de las flexibles pajas, y al instante caen los dos mangos sobre el respaldo de una silla de madera, desde donde, con duplicada estridencia, se precipitan al suelo. Asustada por el efecto de su acción, toma la michina el camino más corto hacia la puerta. Llega a ella, la halla cerrada, gira sobre sí misma y adopta una postura amenazante. Un grito de guerra emite, un mayido que quiere ser baladro de un félido mayor, león o pantera. Lomo flexionado hasta formar un arco, rabo tieso, pelo imitando las púas de un erizo, fauces abiertas: con esa facha la observa maravillada doña Catalina: uñas marciales, desenfundadas del acolchado estuche, al que se repliegan cuando el peligro ha pasado y finaliza la alarma. Con ese disfraz de fiera salvaje quisiera fotografiarla para el recuerdo. Un impulso reflejo, propio de ama de casa amiga del orden, la lleva a colocar en su posición correcta las escobas, prestando escasa atención a la marcha emprendida por la gata, que descompuesto ya el enojado ademán se refugia bajo las faldillas de la mesa redonda.
Pasado el primer incidente, el segundo remacha el mismo clavo abriendo una grieta en la duela de la conformidad. Llega doña Catalina de la calle, viene de consultar una cuestión de pagos en la ventanilla del Recaudador de Impuestos, y en el preciso instante de cerrar la puerta y colgar las llaves del clavo previsto para ello -rutina repetida miles de veces hasta alcanzar la perfección- en ese momento justo le llega un olor desagradable que en seguida atribuye a Gatita. En el pasillo localiza lo que imagina el viscoso resultado de la diarrea. Forzó a la pobre, recuerda de pronto la mujer, a ingerir una porción abultada de un preparado con apariencia de carne picada o pasta de hígado, extraída de un bote semejante a los de albóndigas a la jardinera o lentejas estofadas. En su fuero íntimo, doña Catalina acepta la propiedad de la culpa en lo referente al problema gástrico de la miza, ya que pretendía alimentarla a base de comida económica, y es bien sabido: lo barato acaba resultando caro. Adquirió la lata en una de las tiendas de la galería, supermercado familiar donde suele aprovisionarse de patatas y huevos para las tortillas; de lechuga, tomate y pepino, base de las ensaladas; de pan, leche y azúcar. Estaba situada en lugar preferente de la estantería, ofreciéndose junto a otras integrantes de una larga muestra, y su única virtud, pregonada por un cartel llamativo, le venía de ser la de menor precio.

Cielo azul salpicado de nubes blancas, temperatura algo fresca; al día siguiente, mediada la mañana, tras comprar el saco de absorbente mullido alejado por fortuna de la inadecuada tierra de infusorios, en la sección de frutas le entregan una caja hecha de quebradiza madera de chopo. Animada por el regalo sube presurosa las escaleras, y entra en casa tras rozar el quicio en dos ocasiones con las esquinas ásperas. La colitis prosigue haciendo estragos en la salud del animal, por lo que, paciente experimentada del mismo trastorno, le administra lo que su intención considera un octavo de pastilla, una pizca tan sólo de las que suele tomar ella, fijando en la memoria la preocupación de repetir la dosis cada ocho horas. Se pasa lo más de la jornada envuelta en fastidiosas preocupaciones hijas del momento, y en otras que su interés por el futuro le adelanta: el pago de la contribución urbana vence a finales de mes, el día tres se celebra la festividad de San Gregorio y debe felicitar la onomástica al administrador de la Galería.
Anochece ya cuando baja a la calle con la intención imprecisa de caminar un rato y proporcionar a la cabeza ocasión de despejarse. Suele repetir el recorrido porque se reconoce y se quiere hecha de costumbres bien probadas. Dobla a la izquierda en cuanto sale, bordea las escuelas, llega a la iglesia de la Compañía, y por la acera derecha del seminario baja hasta el río, el viejo Nubis romano. Se detiene en la orilla para ver el siempre cambiante paso del agua bajo el puente Mayor, y subiendo hacia la portada de la iglesia vuelve sosegada a su cobijo. Pero antes de pisar los cantos rodados de que está empedrada la acera, se da de bruces con doña Cándida, quien tras los habituales cumplidos pregunta por la salud de la gata, animado obsequio que tuvo a bien aceptar. Mostrando una naturalidad no ensayada, doña Catalina contesta con un «excelente» que mejora cualquier expectativa ya hecha; ocultando, es cierto, los inconvenientes gastrointestinales, pero sin afán de burla, por encubrir el pecado alimentario que se atribuye en su integridad. Ignorante doña Cándida del matiz, la respuesta la hiere en su amor propio, ya que podía darse el caso de haber regalado sin necesidad un animal bello y saludable.

Instalada de manera definitiva en el terrado, Gatita se acomoda con el resuelto ademán de una reina en el trono, utilizando para ello el interior de un cesto cuyo fondo cubren vellones de lana esponjosos y cálidos. Toma el alimento de un desportillado cuenco allí presente, con sus mellas y su desvaído color amarillento de tierra mal cocida; y bebe agua en otro, hermano hasta en los desconchados y en el tono deslucido. Suele depositar los excrementos –es proverbial la pulcritud de los gatos- en la caja usada para el transporte de frutas, olorosa de los melocotones que ha albergado, mediada, ahora, de la mezcla absorbente de arena y serrines. Curado su padecer digestivo a base de medicinas humanas -lo que reafirma a doña Catalina en la opinión de su difunto esposo sobre una misma naturaleza animal- y alimentada con los botes de carne y pescado más caros del estante, la micha crece feliz. Por ventura descubre un comportamiento dócil, y limita sus fechorías a dormir en cualquier parte menos en el lugar dispuesto, a romper, de cuando en cuando, una maceta; tronchar el tallo débil o desgajar la rama seca de una planta vigorosa, y a saltar el metro veinte de altura de la valla separadora, en su intento de llegar a la azotea vecina. Allí la convoca, usando un insistente bisbiseo inconfundible para ella, uno de los pupilos más jóvenes, juguetón como infante sano, con el que ha hecho buenas migas.
Prueba fortuna en la cultura griega; va doña Catalina a las leyendas más difundidas, y en torno a Perseo halla a la terrorífica Medusa, decapitada por el héroe. Unas líneas más tarde, se da de manos a boca con Dánae, encerrada en una torre por Acrisio, su padre. Trata el anciano con la extrema medida de evitar el cumplimiento del oráculo de Apolo, que vaticina un mal para él, rey de Argos, desprendido del matrimonio de su hija. Es Zeus quien burla la vigilancia convertido en lluvia de oro, engendrando en la doncella a Perseo. En un cofre pone el abuelo a hija y nieto, confiando al mar su alejamiento y extravío. Las mil aventuras vividas, cada una de ellas fatal para cualquiera de nosotros, no impiden que, por último, sin voluntad ninguna, Perseo cumpla el encargo del Destino. Discóbolo experto, un ligero desplazamiento del fuerte brazo hace que, en la lejanía, el disco halle la cabeza de su abuelo Acrisio dándole muerte. Los rayos del sol perturbaban la visión del anciano y le impidieron apartarse a tiempo. Es cierto, prueba doña Catalina fortuna en la cultura griega, pero Fortuna es romana y distribuye sus bienes sin mirar, sin ver al menos, ciega, voluble e inestable. Lo sabe ella y sabe que contra la realidad adversa sólo la constancia ayuda.

No le pondrá el nombre de la mortal Medusa: serpientes sus cabellos, petrífica la mirada, colmillos de jabalí, manos de bronce; ni los de Euríale o Esteno, sus hermanas inmortales. Mira a Gatita con pena, la ve tan indefensa, tan noble, tan entregada a las caricias, que se siente incapaz de bautizarla de manera precipitada. Tal vez Dánae, pero ¿no sería premonitorio de una desgraciada existencia?
El caso es que Altea la encanta; lo mismo el sonido que el significado. Era esposa de Eneo, rey de Etolia, cuando Dionisios se enamoró de ella. Tan a conciencia disimuló el marido su disgusto, tanto cerró ojos y oídos a lo que ocurría en palacio, que el dios del vino engendró en la hembra humana a la hermosísima Deyanira, regalando al hombre la primera cepa de vid. Magnífico, ¿no? Pero existe una bella ciudad en la costa mediterránea que lleva ese nombre, y quienes lo oigan se extrañarán de que una gata lo haya copiado, pensando a continuación que la dueña cuenta con escasos recursos imaginativos y hasta con muy pocas luces para iluminarse.
No adquirió su marido el libro que ella hojea con deleite por ver si su magín se ensanchaba –pone la mano en el fuego- incrementando los recursos intelectuales que la naturaleza puso a su disposición; hecho tenido por imposible y nunca discurrido ni deseado. Le movió, único empuje, el prurito del coleccionista que se topa en su camino con un texto singular. Debido nada más que a la rareza de su contenido, y ya es mérito; clara anomalía en su trayectoria de comprador, el curioso representante compró un ejemplar apócrifo. Respecto a este punto no cabe la menor duda: está redactado en un castellano tan poco científico como el que da forma a las recetas de cocina, no muestra pie de imprenta ni colofón y, lo que resulta concluyente, un charlatán se lo vendió durante la feria de San Mateo en Valladolid por cien duros. Se trata, pues, de un ejemplar apócrifo y bien apócrifo, estampado como si fuera genuino, del tratado conocido por la “Clavícula de Salomón”. Por desgracia le faltan –lo supo luego, al leerlo sin distracciones- unas páginas que constituyen su mayor merecimiento: la explicación del modo en que el Rey de Judá e Israel logró la ciencia infusa que hizo de él, tan sólo en una noche, el hombre más sabio de su época. Recoge, eso sí, la extensa relación de oraciones y las exigentes penitencias previas al prodigio que el interesado debe repetir durante años.

“¡Es una lástima!”, exclama doña Catalina mientras acaricia la tibia piel de la cubierta; dedos corazón y anular hechos tacto puro, destilado esencial de las terminaciones nerviosas, pasando someros sobre la superficie dorada de las letras que componen el título y por la suave curvatura del lomo, cuando devuelve el volumen a su lugar preciso de la estantería. Constituye en verdad una desdicha que exista tal merma de páginas y de contenido, pues bien la vendría el milagro en un caso como éste, perentorio, en el que es preciso dar a toda costa con la palabra clave, un nombre que defina y resuma a la desguarnecida Gatita. Aunque bien mirado, incluso hecho realidad el supuesto favorable de hallarse íntegra y detallada la fórmula, y obrando, además, su lectura efectos prodigiosos; la necesidad ineludible de un largo período de preparación del estado de ánimo, empleado en oraciones y penitencias, la inutiliza y desactiva para esta ocasión, impidiéndole mutar el orden lógico de las cosas.
Llega a este punto Marina en su lectura, culminando mi trabajo de escritor que se sabe leído y por ello aquilata sus palabras y las ideas que expresan, teniendo en cuenta a quien viene detrás con la vara de medir y el rasero. Mas la sé comprensiva y generosa y ese conocimiento me afianza en el argumento y la trama sin forzarme a retoque. La decepción de doña Catalina no es tal; se trata de una manera de hablar, simple desahogo, momentáneo deseo inconcreto: asegura mi amada. La mujer que quisiera por madre y tal vez lo sea, se esfuerza desde pequeña con el noble objeto de seguir progresando y no necesita las ventajas de ningún encantamiento. Acaba de darme su parecer sobre el último tramo de texto y se detiene pensativa. Adivino en la pausa más que cautela una duda sobre cómo afrontar el nuevo asunto. Sin duda la inquieta alguna cuestión de la que quiere hacerme partícipe y busca el modo adecuado.
Permanezco a la espera hasta que con voz encogida me dice que ha sabido por la prensa la noticia del asesinato cometido en la persona del embajador de Bolivia en París; venganza de quienes llevan el nombre del Che Guevara a modo de bandera. El general Joaquín Centeno, hace ahora nueve años, era comandante de la región militar de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia; y subido a su cargo mandó que eliminaran al guerrillero. No le da pena el general; pero ha pasado mucho tiempo y rencores tan largos la confunden. Puede que ni el mismo Che aprobara ese desquite. La sinrazón engendra sinrazón y, a mayores, confunde las causas y las consecuencias terminando por justificar la acción perversa de los enemigos.

El héroe romántico, empeñado en iniciar la revolución en el campo para llevarla después a la ciudad, fue uno de los ídolos de mi amada en su cercana juventud. Admite que acaso estuvo enamorada de la barba rala, del cigarro puro, de la estrella prendida en la boina, del empeño de su lucha, del mito que dobla la estatura del hombre. De darse la oportunidad le hubiera acompañado de buena gana en su marcha: perseguido a tiros por los militares, cruzando, extenuado, trochas y quebradas, muerto de hambre y de sed. Lloró su muerte, confiesa, como si fuera la de un hermano. Me expone cuestión tan íntima porque la considera un atrevimiento juvenil del que se siente orgullosa; y espera de mis labios cualquier muestra de entendimiento y complicidad.
No revelo emoción que la sirva, pero me vienen a la memoria los versos iniciales de un poema dedicado al Che, escrito por mí en los días aquellos de solidaridad universal y los recito:

Estaré contigo en la lucha y seguiré tus pasos
en cuanto me deshaga del cobarde que llevo dentro
un infame que me reprime atándome pies y manos.

El cobarde a que me refería sigue conmigo, tan campante, llevando el timón de mis reivindicaciones. “No te hagas reproches”, dice mi amada para consolarme, “la violencia se ha revelado ineficaz a lo largo de la historia; existen cuantiosos ejemplos”. Esas palabras son las últimas de verdadero contenido; la conversación languidece debido a la hora tardía, al cansancio y al sueño acumulados. No obstante, mi mente me hace ver que su afirmación sólo tiene validez en lo que concierne a los infortunados, porque la violencia ha sido útil a los poderosos a lo largo de esa misma historia; y también existen ejemplos cuantiosos.

 

 

ONCE
Voces a las que se denomina gritos, agudas, fuertes, alzadas sobre todos los sonidos del entorno, extemporáneas, agresivas, de riña; en la casa de la Rinconada apenas se oyen: los vecinos tratan por todos los medios de evitar el espectáculo. No quiere eso decir que se excluyan las desavenencias, pues las hay, y persistentes. Se dan, tanto en el portal, entre vecinos, como surgidas en el interior de las viviendas, protagonizadas por miembros de una misma familia. De las primeras resultan desencadenantes el riego excesivo de los tiestos situados en los balcones y la ropa tendida al sol, cuando de las prendas más esponjadas escurren gotas; también el orden cierto de los rotativos trabajos comunes, la basura sacada a destiempo, el volumen elevado de la música, el insistente golpear de un balón contra el suelo, el subir y bajar de las pesadas bicicletas y otras actividades por el estilo. Dificultades económicas que complican el intento de llegar a fin de mes sin acumular deudas, suelen causar las segundas; y los más variados celos o las formas adoptadas por los deseos de dominio y de autonomía en el arreglo diario, su difícil conjunción, la patente resistencia. Poco más agita el agua recogida en el embalse que es el edificio. Ni siquiera inquietan el ambiente de manera excesiva los trompicones que Julián, el perdonavidas del ático -del que la gente empieza a murmurar- algo miope según parece, da al subir cuando llega tarde y el silencio domina la noche. Si esos ruidos secos, aislados, indescifrables, no incomodan en demasía, cuanto menos lo harán la algarabía de los cuatro hermanos revoltosos, el bullicio festivo de los estudiantes o la animación de Sara, la aprendiza de costurera, por citar a los más proclives dado el excedente de energía que los zarandea. Su plétora es espontánea y natural, y los mayores, unos más que otros, han sido protagonistas de excesos similares a la edad correspondiente; por eso no incide en la ruptura de la necesaria cordialidad y de la armonía indispensable. Ni fu ni fa; diríase que la indiferencia es la dueña del ambiente.
Gatita, aún sin nombre propio -que ha de ser original pero no rebuscado, de sonoridad compleja para sortear la frivolidad; formado por tres sílabas a ser posible, pues ello imprime a la pronunciación un ritmo más vivo; y terminado en vocal, e ó a si así se halla- Gatita, digo, falta de un patronímico preciso que su dueña espera hallar pronto, cansada de comer, duerme; cansada de dormir, se despereza y dobla hacia arriba el espinazo, encorvándose, sacando joroba. Al instante comienza a saltar y a correr inclinada hacia un lado, torcida; tan ladeada que a veces se entorna y cae, apenando a su dueña que le ha tomado cariño y sufre sobremanera al verla enferma y torpe o al observar sus movimientos antiestéticos tan poco felinos. Pasado el saludable efecto inicial de las medicinas, su vientre se hincha y deshincha expulsando fétidos gases internos que la impregnan de olor desagradable. No le vendría mal a doña Cándida conocer el precario estado actual de la micha, para dejar de recriminarse como lo hace por andar regalando animales caros sin contrapartida alguna; mujer nacida para infelicidad propia y ajena.

Procede doña Catalina a sustituir la comida de las latas de conserva, guiso gelatinoso de carne o pescado, elaborado al gusto de las personas hasta en los incitantes aromas añadidos; por bolitas compactas, secas, duras, crujientes, vendidas en saquitos de papel de tres kilos; pues cree que salen más a cuenta. Resulta cierto, y no sólo en el aspecto de la comodidad y limpieza; ya que descubre en el nuevo pienso, después de suministrar a Gatita tres o cuatro raciones, la virtud de calmar los vómitos y la diarrea. Por esa razón arroja lejos de sí los botes aún no consumidos. Desconfía de ellos aunque sean inocentes, que lo serán de resultar imparciales los análisis de cantidades y naturaleza practicados, cuya cuantía detalla con todo pormenor la parte superior de la cubierta impresa. La muda introducida en su alimentación hace perceptible el desarrollo del animal; suma peso a ojos vistas, endurece sus carnes y muestra un lomo más lucido. Adquiere, en suma, toda su belleza y dimensión el largo pelo esponjoso propio de la raza, alcanzando un brillo saludable y una lisura que da gloria ver y acariciar. En raras ocasiones dibuja su rostro una mueca mimosa, perfilada al cerrar los ojos y quedar, en apariencia, dormida; y esa pose infrecuente cautiva y embelesa a su dueña. A pasos agigantados va convirtiéndose en gata joven deseosa de saltar de la terraza a los tejados, y de investigar por su cuenta lo que hay debajo de las tejas rojas o al otro lado del caballete central.
Una curiosidad parecida, y aspectos similares de la evolución corporal, rigen la conducta de Sara, la hermana adolescente agregada al 2º derecha, que ya es una mozuela de buen ver y lo sabe. Se despreocupa de las tareas hogareñas y de su propio aprendizaje; tórnase díscola y tiende de manera perturbadora a lo festivo. Puede que influyan en ella las malas compañías, como suele decirse por costumbre; pero debe tenerse en cuenta que la jovencita resulta ser la compañía de las neófitas que pueblan el taller de costura, y alguna madre le atribuirá, con argumento o sin él, la emisión del mismo influjo nefasto sobre su hija. Y tampoco vale decir que Dios las cría y ellas se juntan; porque sus biografías difieren bien poco y es la sociedad la encargada de juntar lo homogéneo. Lo cierto es que Sara -descubridora de ciertos aspectos de la vida y de las personas en los que no había caído hasta el momento- lleva, a la vista de cualquier espectador, una temporada pasando de la euforia desbordante al decaimiento total, sin estadios intermedios. Comenzó una saludable mañana de mediados de mayo a mirar hacia arriba, interesándose, de pronto, por las posibilidades que ofrece la terraza del tercero derecha para el oreo y blanqueado de la ropa recién lavada. Ese descubrimiento y sus pequeñas intrigas, propiciaron una creciente amistad entre los hermanos hospederos y el matrimonio sin hijos. Veintitrés años celebra en estos días primaverales la causa y objeto del desasosiego de Sara, y será pedagogo a final de curso, si sucede que la suerte existe y se pone de su lado, porque con tanto trajín se detiene poco el estudiante ante los libros abiertos.
Piensa doña Catalina que ha llegado la hora de devolver visita a doña Cándida, pues se lo tiene prometido desde el día en que aceptó la gata, presente de los nietos, hijos de su verdadera sangre, dos y cuatro años, niño y niña. Aseveración de la abuela que los arañazos y mordiscos desmentían, y ¡qué caray!, la propia conducta anterior, poco dada a regalos estériles. “Tenía que haber bajado hace siglos, pero lo he ido retrasado sin concretar fecha, carente de un motivo manifiesto; mañana o pasado bajo”. De forma parecida razonaba un lunes tras otro con decidida intención de cumplimiento. “De esta semana no pasa”.

Y pasaba; no acababa de determinarse por alguna razón intuida. Doña Catalina no es mujer que deje para mañana lo que pueda hacer hoy; por lo que resulta fácil deducir que en este caso actúa contra su manera de ser frenada por algún prejuicio. “No es trigo limpio la mujer del bedel Malanda, no mira de frente, por su manga asoma la aguzada espina del puñal. Parece querer cobrarse el regalo a cada momento, requiere mi conformidad con sus dichos, busca que me ponga a su lado en lo relativo a la casa”. Y no; doña Catalina no necesita alinearse, ella es cabecera de fila y lo seguirá siendo.
Busco yo, mientras escribo estos párrafos, la razón de dar tanto protagonismo a un animal doméstico como es el gato, al que mucha gente considera zalamero, receloso, independiente, olvidadizo, vengativo y egoísta; y lo dicen así, larga serie de adjetivos, como si estuvieran describiendo al propio hombre, pintando con palabras su humana naturaleza. Desde que poseo recuerdos hubo gatos en mi casa; perros no: mi padre no era partidario de los canes por algún motivo que desconozco. En los corrales de los pastores formaban manada, y parece natural; sin embargo, los labradores como nosotros, si tenían uno en ocasiones escasas le facilitaban compañía. Falto yo de hermanos, de algún modo había de entretenerme; y los felinos, en la época de su vida que con licencia podríamos llamar infancia -etapa felicísima de una duración cercana al año- son incansables, retozones, vivarachos, enredadores, imprevisibles y en extremo bulliciosos; en definitiva, traviesos como el chaval que yo era. Los cachorros de perro también se comportarán así, pero ya digo, no pude comprobarlo. Luego, recuerdo, las crías alcanzaban la madurez, y los instintos comenzaban a traerlos y llevarlos por la calle de la amargura; pero cuando se encontraban satisfechos, careciendo de tareas pendientes que los atosigaran, tendíanse a mi lado reclamando alguna caricia, como si quisieran recordarme que un día no muy alejado nuestros antepasados fueron compañeros de fatigas. Conservar la amistad inicial con los gatos adultos resulta ser tarea en demasía laboriosa, que precisa, como condición esencial, mantener una conducta rectilínea, limpia de sospecha. Se debe procurar que ningún gesto hostil contamine miles de gestos aliados; y niño aún, acababa yo cayendo en algún modo de tentación que rompía el proceso y me obligaba a iniciarlo de nuevo. A la mínima trastada, que digo, al menor asomo de brusquedad que advirtieran en mí, desconfiados como son, hacían tabla rasa del acervo de un buen comportamiento continuado, y lo desmoronaban, castillo de arena que es preciso recomponer.

Hablo, en cualquier caso, de gatos vulgares, de los que cruzan las calles medrosos debido a las nefastas experiencias acumuladas en sus relaciones con los humanos: niños y adultos que los tratan a puntapiés o les arrojan piedras. Hablo de esos félidos vivarachos que de inmediato encuentran la brecha abierta a un escondite o una línea de escape. Los he visto encaramarse a las tapias con un vigor sorprendente, y alcanzar en dos o tres saltos ágiles los desvanes poblados de ratas y ratones, presas a las que aguardan inmóviles, dotados de una paciencia infinita, durante horas ante el umbral de la ratonera. Me refiero a esos gatos magros, vigorosos, resistentes a las enfermedades, únicos poseedores de las célebres siete vidas; miembros de la raza universal resultante de los millones de cruces que han tenido lugar durante miles de años. Han logrado, merced a la acción progresiva de las leyes naturales, unas características físicas bien definidas que admiten un corto número de variaciones en mañas, forma y pelaje, porque están ya muy cerca del ideal.
Lo descubrí al leerlo en algún libro o en revistas especializadas: existen razas llamadas puras -siameses, persas, de Angora y otras que ni del nombre me acuerdo- apreciadas por conservar, individuo tras individuo y generación tras generación, unas características invariables de estampa y comportamiento. Al enterarme creí estar ante casos de particularidades genéticas conseguidas en laboratorio, cercenando de uno u otro modo el derecho a la evolución. Igualaba yo a los biólogos capaces de trabajar en esos experimentos, con los jardineros escultores de bonsáis, que recortan de aquí y de ahí el crecimiento que llevaría las plantas a la normalidad. Vi en el incomprensible empeño, perversiones de la investigación puestas al servicio de los adinerados que pueden pagar caros sus extravagantes caprichos.
Consumida la materia de esta dilatada cavilación, me inclino a creer que las circunstancias personales expuestas en los párrafos precedentes, explican por sí solas la decisión de encomendar embajada tan vertebral a los gatos de la novela: Gatita y los hijos que la nacerán si la naturaleza se adelanta a las intrusiones humanas, a esa manía nuestra de intervenir en cuanto proceso conocemos. Mi amada Marina –lectora en trance de alcanzar al escritor con sus pasos curiosos, indagadores; seguidora inmediata de los trazos en cuanto son corregidos y afirmados- comparte el razonamiento y considera que a buen seguro estoy en lo cierto: de las ricas vivencias procedentes de la niñez y primera juventud toma la tinta mi pluma.

Al hilo me habla mi amada de la fascinación que siente por los animales australianos llamados koalas, unos ositos de peluche que en realidad son marsupiales. Se mueven con agilidad en las copas de los árboles, prefieren las ramas de eucalipto para alimentarse y pasan la mayor parte del tiempo dormidos. Desarrollaron un olfato excelente, son del todo pacíficos, poseen hábitos nocturnos y pueden comunicarse entre sí mediante rugidos. Desea, dice, y no es antojo inalcanzable -tomo yo nota de él para hacerlo efectivo en la primera ocasión que se presente- poner a caminar los dedos abiertos de sus manos sobre la gruesa piel de un ejemplar soberbio y, en reiterada caricia abridora de surcos, perder las dos primeras falanges en la jungla amiga formada por el lanudo y oloroso pelo. Es un capricho individualizado, cuajado tras largo tiempo de maduración en el conjunto anónimo de los antojos.
Marina ha dado con un nombre de koala muy propio del macho tranquilo que ella idea, y se lo pondrá cuando goce de su compañía. Se trata de una palabra capaz de sugerir por sí sola las cualidades de que estará conferido. Y a pesar de considerar un acierto su ocurrencia, no me la revela. Ignoro las razones que fuerzan la reserva, pero no las pregunto, pues cada día renuevo el propósito de dejarle una parcela propia en la que se mueva a gusto su intimidad, círculo donde penetraré, bienaventurado de mí, en el solo caso de que ella tenga la deferencia de invitarme a pasar. Y a veces lo hace; así que mi estrategia no anda muy errada. Aprendió a tocar la dulzaina y me lo descubre en el interior de una anécdota. Aprendió, pero de manera imperfecta; porque se precisa un considerable tiempo de ensayo para adquirir la maestría y no lo tuvo.

Uno de los buhoneros a los que, tras la muerte de Teudenio en tierras de Valladolid, vendió el carro y el asno canoso de considerable alzada; un mozo fornido, se empeñó en acompañarla hasta lugar seguro, “no fuera cosa que la asaltaran para robarla o algo peor”. Así que caminó a su lado los tres días que tardaron en dar con las tapias del convento donde la acogieron. Mozo viejo que sacaba buen partido a la capacidad extraordinaria de sus pulmones y a la habilidad de labios y lengua para dosificar el flujo del aire en la boquilla: él la enseñó. Hacía hablar a la dulzaina porque sumaba a sus dotes la finura de oído; y llorar más que nada, pues era un hombre de esencia triste. Estaba obligado a tomar compañera si quería ser alguien en la tribu, requisito imprescindible para conquistar la plenitud de derechos: poseer carreta propia, entrar en el reparto del dinero y hacerse oír en las reuniones del clan. Por esos motivos y algún otro agregado, deseaba una hembra hace tiempo; pero, desgarbado y lacio, las mujeres le huían. No era el caso de Marina, que se mostraba amable, le sonreía sin esfuerzo y escuchaba con interés su torpe parloteo. Él se daba cuenta y ponía los ojos en ella, que, por si fuera poco, apuntaba formas atractivas, fruta a poca distancia de la sazón, cuya cosecha el dulzainero estaba dispuesto a retrasar lo que ella quisiera. Acaso por eso la cortejó de manera sutil; mas la mocita, cuya ingenuidad por entonces permanecía intacta, sometida a medias a la prudencia y al pudor, o no se percató o no quiso que él lo supiera.
Deriva mi amada la charla hacia cuestiones filosóficas, y adopta un tono serio que carga el ambiente de melancolía. La humanidad o la civilización, por decirlo de algún modo, progresan, si, cuando lo nuevo se convierte en costumbre y rutina, buscan utilidad en lo todavía extraño para incorporarlo a su escarcela. Sólo si reparte su simpatía entre lo conocido y lo nuevo, el hombre avanza hacia una meta más elevada que el punto de inicio. Lo aprendió de Teudenio y se lo confirman algunas obras de teatro. Aquel anciano prematuro, su instruido maestro, le enseñó que la persecución del equilibrio entre lo poseído y lo anhelado, inestable como es notorio, proporciona impulso al esfuerzo humano y constituye el motor de sus conquistas.

 

 

DOCE
Cree sin la menor reserva doña Catalina que un planeta, afín a la casa, debe de estar derramando su influjo cósmico sobre las personas; pues actúa, y a lo que se ve de modo eficaz, en las relaciones domésticas; de suerte que la ceremoniosa frialdad va dando paso a un cordial acercamiento. El saludo forzado por la educación menos evolucionada, áspero y seco, arrojado como una piedra a quien resulta, en el mejor de los casos, indiferente; llega ahora al interés sincero por la marcha de las cosas, sedoso y ahuecado. No sabe qué pensar de cierto, pero intuye a doña Cándida y a la adolescente, servidoras de intereses opuestos, fragmentando la inercia del despreocupado olvido, la pesada roca puesta por el egoísmo en medio de todos para separarlos.
La aproximación de las voluntades permite emprender ciertas obras menores de remozado del inmueble. Tales son las que tienden a restaurar el arambol, enlucir las paredes y el techo del portal y afirmar las baldosas sueltas en los descansillos. Así que una cuadrilla de obreros, lo menos cuatro: dos albañiles, un cerrajero y un ebanista, a más del aprendiz que facilita al carpintero sus útiles antes de pedirlos; pelotón sin jefe, ha establecido turnos para no estorbarse. Es posible que el desconchado de las paredes pudiera esperar hasta acumular reservas ceñidas a ese rubro en el presupuesto, pero sucede que las visitas se llevan una pobre impresión de la casa y de sus habitantes, y los vecinos acuerdan en reunión general empolvarse una sola vez, aunque mientras, quince días acaso, los espacios comunes pierdan parte de su provecho. De ese modo, un fino trabajo de llana y el posterior enjalbegado vuelven las paredes a su ser original; y los dos albañiles se despiden hasta que llegue la hora de fijar las baldosas al suelo de los distribuidores, cuya inestabilidad se ha convertido en una verdadera trampa para los pies más torpes.

Toma el relevo el cerrajero, y con su arte y herramientas se enfrenta a los férreos balaustres desprendidos de la base que los solidariza al suelo, clara amenaza para quienes utilizan el arambol como apoyo al subir o bajar. El ebanista sucede al herrero y, en cuanto el ayudante extiende las herramientas como muestrario de mercader, añade los tramos rotos del barandal superior, los atornilla con nuevos tirafondos y lija de arriba abajo la madera del pasamanos, pues se ha ido oscureciendo en unos trechos debido a la suciedad y aclarándose en otros por el desgaste que supone el continuo roce. Pintado el hierro de negro y barnizada la tabla de color caoba, los albañiles regresan para rematar lo suyo. Levantan el piso de los descansillos y reponen el conjunto de las baldosas a pesar de no ser necesario, buscando antes que el ahorro la uniformidad. Terminada la restauración, los vecinos aprecian con agrado el valor añadido a la casa, que en lo referente a los elementos comunes ha quedado como nueva; y total con un gasto de cuatro perras al que contribuye -por supuesto, forzado- el dueño. La aportación del avaro es menor de lo que corresponde a su propiedad, llevándose, como acostumbra, raspaduras en sus garras de ave de rapiña, ocultas por el sencillo gesto de cerrar las manos volviéndolas puños.
Hasta ahora los bandos enfrentados han supuesto la constante. Primero y segundo contra el tercero, terracistas contra balconistas, los del lado izquierdo frente a los del lado derecho; propietarios, doña Catalina y doña Cándida, de una parte, y arrendados, todos los demás, de otra. Alianzas y hostilidades que no soportan la permanencia, siendo de consolidación difícil dado el natural individualista de los vecinos, que las prefieren variables, dispuestas conforme al proyecto tratado en cada ocasión. De esas rencillas se ha aprovechado en todo momento el ricacho, retrasando el cumplimiento de sus compromisos por falta de acuerdo. Los del ático, Julián y Teresa, que por lo visto y escuchado no resultan tan bien avenidos como parecía y hay quien los imagina librando una batalla sorda que el día menos pensado dejará de serlo; ese matrimonio extraño, ni cuenta: paga la cantidad que le asignan y se esconde detrás de la pasividad y el mutismo.

La nueva actitud, más abierta, más transparente, lleva a conocimiento general la naturaleza de los hábitos individuales consolidados día tras día; y de ambas circunstancias, causa y consecuencia, proviene una mayor adecuación de los recursos a las necesidades, pues entre los vecinos se producen préstamos y trueques de utensilios o alimentos, impensables tan sólo unas semanas atrás. El desarrollo de la información relativa a los otros, lleva a dominio público que los dos hermanos duermen juntos en la sala de estar. Las cuentas son sencillas si alguien se empeña en echarlas: tres habitaciones y tres huéspedes ocupando alcobas separadas –así lo requiere la imprescindible concentración en el estudio- empujan a los hermanos fuera. No es tarea de la moral su comportamiento, aunque lo señale de esa forma una malintencionada doña Cándida, porque duermen vestidos y cada cual en un sofá; sino asunto económico: entrados en años de vejez y comido su pobre patrimonio -unas tierras de secano y un majuelo perdido- no disponen de la pensión que se les suponía y deben tapar los agujeros abiertos por la operación de hernia que él sufrió, toda de pago al no tener derechos en vigor, obreros del campo por los que ningún patrono quiso cotizar. Eso se sabe, y también, que aprovechando los ratos en que se ausentan los hermanos y los pequeños asisten a clase, encontrándose solo el mayor de los pupilos, Sara, la modistilla, toma el sol en la terraza. Se divulgan como cosa propia las dificultades matrimoniales surgidas en el hogar de la lejana Angelines -hija emigrante del marido de doña Cándida- casada con un aventurero emprendedor y enamoradizo, que concluye con éxito el intento de dar alcance a una chica seis años más joven que la legítima esposa. Paso a paso, la intrusa, desplazando a la derrotada, ha ido ocupando su sitio y apropiándose de la ya mentada chaquetilla de Angora.

Que el camino de las personas sube una cuesta empinada, lo demuestra un hecho miles y miles de veces repetido. Al llegar la reflexiva senectud, cuando miramos hacia atrás, abarcamos el conjunto de la existencia de un solo vistazo. Desde la atalaya que el tiempo ha levantado, lugar impreciso, mira su vida Angelines y se pregunta si valió la pena salir de casa a los dieciséis años, presentarse en Madrid, ser recomendada como dependienta de una mercería, aprender el oficio a marchas forzadas, casarse con el chofer de los dueños, y seguirle, cuando el hombre se cansó de la rutina diaria, hasta la joven América, tan enorme y tan viva. Se pregunta si lo alcanzado compensa los trabajos que se tomó para salir adelante en Dolores, ciudad de Uruguay; las privaciones, las carencias. Se pregunta si mereció la pena dar tan prolongado tranco, y en el instante mismo en que lo hace, se acerca el fruto de sus entrañas, palpable carne de su carne, al lugar privado de coordenadas donde ella reflexiona, trayéndole en las manos vacías la viva respuesta en que se ha convertido. De uno u otro talante cumplimos instrucciones que sirven en mayor o menor medida a incógnitos proyectos ajenos; concluye muy filosófica, quizá más que nunca, quien ha dado una vuelta larga y está donde estaba al principio.
El niño majo, crecido un palmo desde la última visita, y en sazón aquel decir suyo tan gracioso, quebrado y lleno de indiscreciones; una maleta de ropa que el cambio de clima inutiliza en parte y algunos recuerdos destinados a entretener la sobremesa de las cenas; eso es todo lo que trae Angelines en su viaje de retirada pagado por el traidor. Miles de kilómetros salvará a través del océano, en un rápido recorrido abstracto que enlaza mundos por fuerza convergentes. Tardarán unos días aún en acercarse madre e hijo al reducido espacio familiar. Habrán de hacerse en él un hueco adaptado a sus presentes medidas, sin emplear codazos ni empellones que lo ensanchen; y encenderán un fuego capaz de dar calor e iluminar la estancia, ocultando en lo posible el humo consecuente. Por el bien de la armonía el padre no debe recibir señales de alarma, y menos aún la mujer destinada a reponer la conyugal servidumbre que el bedel perdió al morir su primera esposa.
Una caminata de diecisiete años de duración ha logrado madurar a Angelines: ya piensa como las mujeres de su edad y condición, ya ha adquirido sus temores, ya completó las defensas, muralla de cartón imitando a la piedra; y si no fuera porque aún existe la mancha –diluida, bien es verdad- que la naturaleza pintó entre la axila y el pecho cuando aún estaba en el útero, diría que ya no es la muchacha aquella de los parabienes dobles, uno destinado a dar gusto al padre y otro dirigido a contentar a la madrastra. Ahora está decidida a decir lo que siente; con tiento, sí, con buenos modales, pero lo que siente; sin aliños, sin importarle que uno de los dos se ofenda. Existe un muchacho en ciernes que no siendo suyo del todo la tiene sólo a ella, y está dispuesta a enfrentarse al huracán, seísmo, alimaña o malhechor que representen para él un peligro. Entiende de pesar y medir lo bastante para emplearse en una tienda, y el dinero ganado de ese modo le dará independencia.

Hasta el crítico instante de regresar su hijastra, ignoraba por completo doña Cándida el quebranto producido en la unión de Angelines. No se lo descubrió su guía, la echadora de cartas a quien ella recurre cuando se siente insegura. Debilidad del comportamiento que en esos días abiertos del inmueble se da a conocer de forma inusual: lo confiesa ella misma presumiendo de mujer advertida que sobre el resto de vecinos lleva esa ventaja. Usa la vidente un nombre extravagante para estas fechas y latitudes, muestra la actitud enérgica y firme de quien está acostumbrada a mandar, posee un acento meloso que envuelve lo dicho en papel transparente a modo de regalo y quema unos inciensos que huelen igual que los santos del Cielo. Casandra se llama a sí propia y obliga a que los demás la nombren de ese modo. ¡Casandra!, y con tal aviso aún existen personas inclinadas a creer en sus augurios. Se sirve la pitonisa de una intuición preciosa para fijar las predicciones, y de los datos ciertos que, cercados por la emoción del instante decorado de intriga y misterio, a los bobos se les escapan sin notarlo. La maliciosa doña Cándida –mira por donde, el patronímico llega a adquirir su verdadero sentido- doña Cándida la mal pensada cree a pies juntillas las profecías que la vidente formula, y acepta como inevitable el futuro entrevisto en la penumbra del oscuro gabinete cargado de enigmáticos signos, de símbolos arcanos, parte mínima de un lujoso piso situado en la calle Becerro de Bengoa. Acepta doña Cándida los vaticinios como palabra divina, y si sucede que no se cumplen, halla siempre la manera de justificar el desvío, cerrando en círculo su defensa, reforzándola por medio de una lógica que viste el yerro de acierto parcial, en cualquier caso, obra de los muchos méritos acopiados por la clarividente.

Claro que doña Cándida conoce la inclinación a la astrología de doña Catalina, incluso se le ha pasado alguna vez por la cabeza la idea de consultarla. La razón de no haberlo hecho se encuentra apuntalada por cuatro circunstancias de peso. La primera corresponde a que el trato entre ambas está todavía en mantillas; es, en cierto modo, superficial, justo es reconocerlo; y no avanza porque ninguna de las dos se sincera. La segunda obedece al largo tiempo que lleva en contacto con su guía, mujer fuerte que, sirviéndose de cartas, números y runas, incluso de los posos de las infusiones, le señala el camino más adecuado al momento, y ella se limita a seguir las indicaciones anotadas al margen. En tercer lugar, actúa la cuestión -nada insignificante según parece- de la inimaginable distancia existente entre los astros y las personas, que la obliga a dudar de la capacidad de cualquier diletante para captar los influjos individualizados. Por último, la que parece ser la de mayor trascendencia –indiscutible, concluyente, definitiva- no dará en su sano juicio dos duros al pregonero: protege sus secretos subida a un caballo, vistiendo férrea armadura, armada de espada y rodela; y está convencida de que si pusiera a una vecina al tanto de ellos, tarde o temprano acabarían siendo dominio de la casa entera y hasta del barrio.
El matrimonio asentado en el ático, del que ya se sospechaba un tormentoso discurrir, parece que cruza pasajes angostos; entre Escilla y Caribdis arrumba su embarcación. La proa golpea en una roca, luego en otra y en otra; el timón ya no trata de esquivar obstáculos, nadie lo dirige. Faltó roble para la quilla, se conformaron con eucalipto los carpinteros; dotaron a la barcaza de cuadernas desiguales en el grosor, algunas un tanto verdes; el mantenimiento, a cargo de neófitos, fue escaso. La nave sigue su derrota por inercia, desciende la arrancada, luego queda al pairo; una vía de agua se abre, desciende la regala para facilitar la entrada de las olas, dos manos achican y otras dos aumentan, pronto cambian de actividad; la nave no acusa apenas balance, el cabeceo es mínimo, bornea levemente, no la mecen ya las olas, aumenta perceptiblemente el calado, casi todo el casco es carena.

Se comenta que, dando término a las discusiones, él levanta la mano y la dirige hacia ella. Los tropezones en los peldaños, que retumban en el silencio de la noche cuando Julián vuelve tarde, no es cosa de la poca vista, sino de la visión distorsionada por el abuso del trago. Los ruidos y exclamaciones procedentes del interior del piso, son iracundos ataques que la mujer soporta resguardada en un rincón de la cocina, parapetada tras el mueble que oculta un esconce; y la insignificante defensa –verbal, casi siempre- que la mujer hace de su integridad. Se dice que el hombre tiene problemas en su trabajo y por eso bebe. Se dice que bebe y por eso tiene problemas laborales. Se dice que discuten y por eso bebe. Se dice que viene bebido y por eso la pega. Sucede a menudo que el progreso del deterioro suele intercambiar motivos y resultados hasta confundirlos. Trata de ocultar Teresa un cardenal aparecido en su barbilla, e inventa un origen absurdo que ya nadie cree.
Por airearse secretos, se ventila, haciéndose conocimiento común, incluso la existencia de silenciadas enfermedades; realidad hasta ahora íntima, vedada a los demás debido a una atávica creencia que considera castigo divino los padecimientos; males originados por execrables conductas que han de ser castigadas. Llegan así hasta el general dominio detalles concretos del mal que amenaza al pequeño, hijo amado de los que se promovieron desde el norte de la provincia, el infante de cinco años, el más modosito, el mejor educado, el que habla con juicio de muchacho mayor de lo que a su edad corresponde.
La transparencia de los tabiques, de las puertas, de las palabras, de las intenciones; la bolsa colectiva, en suma, que acoge las interioridades, propicia una tolerancia desconocida y una mayor libertad de actuación. Entra, por ello, la comunidad en un rodar más cómodo, sin excusa ya para fingir prácticas que en tan poco difieren. Ayudas se reciben de quien nunca se hubiera esperado, aun sin previa demanda. Como si se tratara de telúricos movimientos de encaje, la realidad, conocida en todos sus recovecos, hace sitio también a rupturas o enfriamientos temporales, que los no afectados en primera persona tratan de unir o caldear. Ajustada la falla, corregida la inestable posición, mudadas las opiniones, penetrada la manera de ser hasta la raíz primitiva, la que alcanza a padres y abuelos; hecha la luz sobre la penumbra engañosa, un orden de cosas distinto se establece y domina.

Enmiéndase la nefasta disposición inicial de los planetas, y las aguas desvían su caudal a cauces arenosos, marcando un lecho recto desprovisto de meandros. Pero cuidado, no nos engañemos; la ley de la gravitación universal no ha sido derogada, y en la esencia del agua habita aún el deseo de buscar la comodidad de descenso, camino del mar uno y vario, incapaz de rebose. Quiere esto decir, que el provecho propio continúa teniendo agarre; y que cada uno, por añadidura, sigue siendo cada uno.
La amada Marina disiente de mi modo de afrontar el pasaje, algún aspecto formal, y me mueve por lo manso a ajustar aspectos relativos a la manera de dar a entender lo que pretendo. Ella sabe: ha estudiado y piensa. Las monjas, sor Benigna más que nadie, quisieron darle una formación que la sirviera en el mundo, porque para el convento ya nació perdida: viéndolo y todo, la cuesta creer lo que no es palpable. “Santa Teresa se aficionó a la lectura de los libros de caballería en la mocedad, y comenzó a redactar uno de ellos con su hermano Rodrigo; ¿quién sabe los modos que el Señor emplea para convertirnos en sus instrumentos?”: la frase corresponde a la madre abadesa y mi amada la recuerda íntegra. Aritmética y gramática la explicaron junto a las novicias, historia sagrada, latín, nociones de griego y literatura religiosa: los místicos hasta la saciedad; y de filosofía, la vida y la obra de Pablo de Tarso, Juan Damasceno, Gregorio Nacianceno, Agustín de Tagaste e Hipona, Anselmo de Aosta, Alberto Magno y Tomás de Aquino. Ayudaba en la cocina sacando la sustancia oculta en los huesos cocidos tres veces, y quitaba a los cristales cualquier asomo de suciedad que los opacara; almas benditas parecían los vidrios, inmaculados, refulgentes. Estudió botánica para auxiliar mejor en la huerta: unos libracos de intimidante antigüedad que halló en la biblioteca dormidos. Hacia un saber práctico se ha orientado siempre su intención; conocimientos aplicables al instante que instantes después den fruto; ese y no otro objeto persigue. Y con esa base práctica se atreve a aconsejarme y yo, porque la sé preparada, acepto su punto de vista que corrige el mío.

 

 

TRECE
Resultado de esa temporada de relación franca, es el chisme que sobre el dueño de la casa -rico como pocos conocidos: poseedor de tierras en el pueblo y pisos en la ciudad- corre en círculo con visos de ser cierto. Lo contó, según dicen, sin duda para apoyar su verosimilitud, la señora de don Roque, el difunto maestro. Se lo había oído referir a su marido antes de que el buen anciano tomara el camino sin retorno. Luego ella se fue adónde van las viudas que han de dividir una pensión escasa: a lugar más favorable, a un piso económico en un barrio extremo, a un pasar liviano. Se marcharon ambos –ella tras él- del piso 1º derecha y no lo pueden desmentir.
Sucedió en los meses posteriores a la fecha del retiro, recién instalada la familia en la casa. La burocracia torpe consideró perdidos los documentos de solicitud del subsidio, y hubo necesidad de comenzar de nuevo su tediosa recolecta. En consecuencia, cuatro meses alcanzó la demora del primer cobro. Recuperado el dinero, don Roque, deseoso de abonar los alquileres adeudados, se dirigió en el coche de línea a Valdepero, lugar donde tiene su domicilio el propietario. La histórica villa de raíz antiquísima -pueblo donde yo nací- dista unos kilómetros de la capital, algo más de una legua de las de antes, según dijo el adinerado labriego, pues en el campo, al menos los más viejos, usaban todavía algunas unidades antiguas, expresándose en onzas, celemines, cargas, cuartas, obradas, arrobas, azumbres o cántaros. Allí, escuela de niños mayores situada en el arrabal, el maestro enseñó cinco de las reglas más importantes: cuatro pertenecientes a la aritmética y la regidora de la ortografía, muy consideradas por el educador y origen de múltiples quebraderos de cabeza para los chavales. De entonces data el trato con el casero; de ahí que le permitiera contraer tan cuantiosa deuda, impensable en otro inquilino. Suerte distinta corrieron los sagrados réditos.

Vive el hacendado cerca del soberbio castillo de traza gótica, próximo a la magnífica iglesia, a dos pasos de Puerta Hondón, resto del arco sur de la desaparecida muralla; y se nota en el porte del edificio que allí habita gente de dinero. Es su morada una soberbia vivienda de tres alturas, encerrada dentro de un espacioso corral. Todo su perímetro aparece vallado por un muro de piedra de la alzada de un gigante mediano, y sobre él, encaramada a lo largo de lo más alto, destaca una faja de alambre de espino. Se encargan tapia y red, según explicación liberada por el dueño, de impedir que salten los chiguitos y se lleven hortalizas y verduras. Teme también -y lo obstaculiza la tapia- que sentados a horcajadas sobre las ramas, coman las brevas de una higuera que da mucha sombra y poco fruto, pues unas veces florece pronto y se hiela, retrasando otras su madurez hasta que el otoño se va haciendo invierno destemplado y terminan entonces por caerse los higos sin llegar a la sazón. Le mostró el cercado: mitad jardín, la parte delantera: peonías, rosales, tuyas esmeralda; mitad tierra de labor, la parte de atrás: huerta de ajos y cebollas, patatas, alubias verdes, lechugas, tomates y pimientos; mezcla atropellada de los ambientes rural y ciudadano que no acababan de encajar. Guio sus pasos, a continuación, hacia la vivienda; y sobre una mesa del cuarto que el moroso inquilino consideró escritorio, el propietario recogió el dinero y rellenó cuatro recibos, uno por cada mes. Al inquirir don Roque la razón del exceso, contestó que convenía hacer las cosas como siempre: un mes, un recibo; un recibo, una anotación. Intuyó el maestro, dibujada en la cerrada mente del casero, una interna cuadrícula regidora de sus actos, y unos carriles trazados en el suelo por donde los pies se deslizaban sin aventura. Por último llegó el turno a los intereses nacidos de la demora, similares a los cobrados por los establecimientos bancarios en los descubiertos; pero para ellos ya no hubo comprobante. Lo comprendió de inmediato don Roque: fuera de toda estratagema que impidiera reclamaciones como cabría pensar, lo cierto es que no había desarrollado costumbre al respecto, la tolerancia demostrada con él era simple excepción.

El transcurrir inexorable de los días convirtió al solterón que el educador tenía ante sí, en el último superviviente de tres o cuatro ramas familiares sin descendencia, que confluían en él aportando sus bienes. A la manera de un apasionado guía de museo que intuye la cancelación próxima del recinto o su propio cese, ávido de mostrar su grandeza, poniendo calor en la explicación, alardeando, el rico comenzó a mostrarle la casa por el despacho en que se encontraban, escritorio cierto como había imaginado el visitante.
De él pasaron a un comedor dotado de sólidos muebles, reflejo de una posición que no se improvisa; aparador, mesa y sillas heredados de quien los heredó, es decir, muy antiguos. Albergaba la sala de estar y biblioteca, a más de unos sillones de orejas, cientos de volúmenes encuadernados en una piel cálida, flexible, carente de tinturas; igualados hasta en la impresión dorada de sus correspondientes títulos y los nombres de los distintos autores, y aparecían en los estantes dispuestos siguiendo un orden plegado a los dictados de la estética y de la simetría. Un faro los vigilaba y orientaba, un faro que era en esencia un reloj de pared cuya envergadura alcanzaba el alto de la habitación. En su equilibrado vaivén, el destellante péndulo cubría y descubría, siguiendo una inexorable alternancia, un círculo de figuras policromas: agosteros en trance de realizar faenas de la recolección del trigo. Unos dormitorios vio el impresionado visitante, verdaderas alcobas de poderosos señores; y en ellas, lechos de auténtico nogal macizo y armarios murales repletos de ropa cara: ajuar bordado por unas monjas de clausura sobradas de tiempo y paciencia, trajes pasados de moda desprendiendo un olor intenso, persistente y desagradable a naftalina; manteles, sábanas, colchas de indelebles dobleces y bordes tostados por una luz que la falta de uso concentraba siempre sobre los mismos hilos. En la amplia cocina, completa de aparatos electrodomésticos, se asentaba, bien holgado, un comedor rústico de madera de olivo, destinado al uso diario de los señores o de una servidumbre digna de ellos, allí inexistente. Formaba el mobiliario una mesa y sus sillas, haciendo juego; y en los rincones muertos, adaptados al espacio disponible, se apreciaban basares atestados de resistentes útiles de batalla: vajilla de cerámica artesana, cristalería de cristal de roca y cubertería de múltiples piezas acostadas, insertas en huecos forrados de terciopelo rojo, algunas de ellas de plata oscurecida. En el cuarto de higiene reclamaba la atención una bañera ovalada, equipada con un mecanismo de los que agitan intensamente el agua produciendo corrientes tranquilizadoras. Por no extenderme más en la minuciosa descripción, resumo; dicho en cuatro palabras, le mostró un espléndido palacio, amueblado a la antigua, iluminado con arañas de cristal de recargado diseño, que difractaban los rayos solares dibujando en las paredes cambiantes arcoiris. Absorto quedó don Roque ante tanta ostentación, ante tal magnificencia.

No sé por qué albur hubieron de bajar al sótano, sombrío espacio donde se desnudaban columnas y cimientos de hormigón armado -prueba fehaciente de la fortaleza de su fábrica- clareados por la luz que introducían unas troneras abiertas muy cerca del techo. Allí las distintas dependencias convivían sin tabiques. Cochera albergando un antiguo modelo de coleccionista con los neumáticos desinflados; cuarto de calderas para el agua caliente y la calefacción, en cuyo sesgo más alejado se vislumbraba una regadera con apariencia de ducha; trastero abarrotado de enseres en desuso y baúles cubiertos de una densa capa de polvo; adecuado habitáculo para el perro, un esbelto ejemplar de galgo cazador; y el área humanizada que estaba empeñado en ocultar. Pudo el invitado abarcar de una sola mirada todo lo necesario para desenvolverse una persona: un sofá de color oscuro con la cubierta raída y una mesa de chopo blanquecino sucia de derrames diversos; un armario cuya aldabilla de cierre aparecía rota y sustituida por una alambre enrollado; una pila sobre la que descendían, desprendiéndose del grifo en suave caída y precipitándose al fin con sonido monótono, una gota y otra y otra y otra, indefinidamente, en infernal tortura; un recipiente de gas inflamable; una cocina de chapa esmaltada, salpicada de círculos descascarillados, de elipses; un basar de madera sujetando cacharros ennegrecidos por el uso continuo y la deficiente limpieza; y al lado, apartada, una máquina de coser plegada sobre su eje, soporte involuntario del peso leve de un receptor de imágenes de televisión en blanco y negro, antigualla que quizá se cotizara en el mundo de las antigüedades. Ambos espacios antagónicos, vistos por el docente, inquilino pagador de sus deudas, mostraban el positivo y el negativo de una misma foto; lo de arriba proyectado abajo con toda su carga simbólica; el cenit traducido a nadir.

En contra de lo que pudiera pensarse, no constituía el plano superior del caserón el Cielo de quien, a la vista de los propios pecados, cree su deber penar todavía durante un tiempo en el Purgatorio, plano inferior. No, el sótano era la Gloria real y verdadera para el codicioso casero, y en él se encontraba a sus anchas. Confesó hacer en ese espacio la vida por hallar más gusto y mejor acomodo, libre de la precaución constante de preservar los valiosos objetos y, más que nada, por darse la oportunidad de tener a su lado el perro, acompañándolo, rompiendo la soledad envolvente.
De nuevo acerco el ascua a mi sardina; otra vez voy con la acción de la novela a mi pueblo buscando la difusión de su nombre, y en Valdepero sitúo la descarnada heredad del moderno Harpagón. Bien saben los que allí residen, mis coterráneos, que un personaje tal no se encuentra en cuarenta kilómetros a la redonda; pero hecho de retazos, sumadas las manías de unos y otros, unidos los defectos que en el sentido del ahorro exagerado apuntan los menos -quizá más acusados en generaciones anteriores, hijas de una agricultura a expensas de los meteoros, gente forzada a guardar para épocas de mayor penuria- bien podríamos componer un espécimen como el descrito en la narración. Desde luego, a Marina, que conoció en sus andaduras por esos parajes gente de toda laya, no le sale de ojo. Tampoco su casón ha existido, pero como sucede que quien hace un cesto se cree capaz de trenzar un ciento, yo, tras la reciente construcción de la casa de vecinos situada en la Rinconada, me atrevo a elevar el palacio del mísero.
Es verdad; podía haber suavizado yo la denuncia, introduciendo una razón religiosa que justificara la manera de ser del sujeto, un seguimiento estricto de los evangelios a modo de muestra. Pero en tal supuesto procedía vender la casa solariega y entregar el dinero resultante a los pobres. Tal vez, añadiendo el hallazgo durante la visita de algún elemento poético situado por mi imaginación a lo largo del recorrido: un lienzo pintado por él, la cría delicada de gusanos de seda, el cultivo de rosas hasta dar con una variedad única que llevara su nombre; pero no lo aceptaría la lógica de la relatada situación y no lo pongo. Me hubiera gustado, claro; mis dotes poéticas son abundantes. Debo señalar que inicié el recorrido de escritor en la poesía; cientos de versos dedicados al amor primero, a la mujer recién descubierta, a la muchacha que ponía voz a Ximena, Aldonza y Elvira, personajes femeninos de la leyenda explicada por Teudenio: Marina, mi musa, mi enamorada. Sé añadir almíbar al pastel desabrido, sé insuflar músicas a los corazones tristes; me hubiera gustado dar al casero otro retrato, más aún tratándose de un personaje que pudo ser mi vecino de haber coincidido en el tiempo; pero este es el chisme que corrió en aquellos momentos por la casa de la Rinconada, y limar las asperezas de una realidad punzante, equivale a esconder la cabeza bajo la arena y engañar engañándome.

No todos los inquilinos aceptan la hablilla; doña Catalina, sin alejarnos ni un palmo del lugar de los hechos, rehúsa participar en ese juego indecente. Valora ella las cabezas hechas a buscar asideros, las voluntades empeñadas en superar contratiempos a diario; se interesa por las actuaciones corrientes de la gente de a pie. Escéptica hasta donde le han ido haciendo los años, la discreta mujer, cuando se propalan intimidades envueltas en rumores que dañan la fama de las personas, opone sus dudas y se muestra incapaz de dar pábulo a lo oído. Jamás entra en esos tejemanejes; ella descompone los trazos y trata de comprender las razones de unos y otros por si pudiera serles útil. Para penetrar en lo angosto pide ayuda a la intuición, se sirve de la perspicacia, su gran aliada; interroga a la psicología –le gusta pronunciarla y escribirla con la anacrónica pe proveniente de la letra griega- y la ciencia que estudia uno a uno los comportamientos, acaba por desvelarle los impulsos que animan a la gente. Con todos esos útiles analiza el proceder del casero, si sucede que el proceder del casero se corresponde con el descrito en la burla, cosa que no acaba de aceptar en toda su extensión, aunque algo admita a la vista de la pobre indumentaria del hombre: raída y pasada de moda incluso vestido de domingo. Ha estado atenta a su ir y venir y a su estarse quieto, y estima que el peculiar carácter del rústico enriquecido en los tiempos recientes, proviene, como en tantos otros casos, de los años jóvenes, niñez y adolescencia. La abundancia le ha llegado cuando ya se había hecho a la escasez, y en la demasía no sabe moverse. Puede que al hombre le apoquen, por añadidura, defectos que ante los demás disfraza con sumo cuidado: una leve cojera, incontinencia urinaria, dientes cariados, la creciente calvicie, una pasión amordazada por los convenios sociales, algún vicio que le somete a su imperio. A tejer una teoría así de completa llega la antigua cocinera, si se propone analizar el camino de una conducta puesta en la picota por quienes no quieren saber.

Viendo cómo ve en doña Catalina una mujer prudente y muy bondadosa para los usos actuales, insiste en quererla por madre mi amada. Ella y yo hablamos de ambas, de la supuesta madre y de la hija supuesta, de su encuentro imposible; y metidos en harina, a través de la levadura, de la masa bregada y del horno ardiente, la conversación llega al obrador del monasterio donde estuvo Marina; es decir, donde a mí me interesa, punto de partida de su posterior itinerario. Con los dineros del carro y el burro acrecidos por el favor de las monjas depositarias, salió del cenobio para servir de muchacha de compañía a doña Angustias, una señora de edad mediana, falsa esposa de un general que tenía prometida a las monjas una manda en su testamento. Se trataba de una dama galante, esbelta y aún atractiva, buena porción de quien fue, justificada por sus deseos más que por sus actos. La desviaba del comportamiento originario el interés desmedido por la buena opinión de sus amistades. Marina, en el año que estuvo a su lado, trató de desnudarla de la coraza añadida a la piel, y con las tijeras filosas de los sentimientos mutuos cortó uno a uno los superpuestos vestidos que adornándola la encorsetaban. Confidente más que amiga, aceptó la joven particularidades íntimas de doña Angustias cuyo conocimiento la servía de mucho. Corista, actriz del género chico, tuvo a sus pies las más saneadas fortunas de Valladolid. No halló marido en tal ambiente, pero ese universo la ayudó a encontrar un protector apropiado. Se fue distanciando de la vida alegre y trató de hacerse olvidar la época de francachelas, con tan buen resultado que el general no tuvo inconveniente en casarse con quien empezó siendo su querida; y si sorteó el sacramento no fue por falta de ganas, pero era mucho el esfuerzo requerido y ella, para no atosigarlo, no lo exigía. Tiraba el escenario aún de Marina, y conociendo el militar la afición de la joven, quiso ayudarla. Así fue como mi amada entró en una compañía de medio pelo dedicada al teatro de autores españoles, de esas que confían los papeles protagonistas a actores conocidos, y el resto a principiantes; y cuando el interés por la obra decae en la capital, ya sin las estrellas, van a los pueblos en fiesta, cabezas de partido que juntan una población suficiente.

 

 

CATORCE
Indagadora, doña Catalina no saca nada en limpio del rastreo emprendido por el interior de la mitología incaica. Si Amarú, que la gusta como nombre destinado a concretar la personalidad de su michina, designa, aunque sagrada, a una serpiente; Cupay, resulta ser una especie de demonio. Da con Laica, armónico sonido: una deidad benéfica que libra a las personas de sus dolencias; pero en castellano la hermosa palabra se emplea para señalar a la mujer que, perteneciendo a una congregación, no ha recibido las órdenes sagradas; y a la escuela que por voluntad carece de enseñanza religiosa. Vocablos halla de sonido áspero y significado admirable, o de bello timbre que distinguen a espíritus maléficos. De modo que abandona la búsqueda un tanto contrariada.
Gatita, anónima aún, y sin esperanza de ostentar de inmediato un apelativo sonoro, cuando su dueña la acoge en el regazo y la acaricia desde la cabeza hasta el extremo de la cola o en la zona suave que aparece al levantar el mentón, se estira perezosa y sensual para que el contacto con la mano no se pierda y se prolongue por tiempo indefinido. Ronronea satisfecha y se mueve agitando las patas, abriendo y cerrando los dedos de forma mecánica, mostrando encorvadas las uñas y ocultándolas, aprehendiendo y soltando la ropa, viviendo el momento, apurándolo como si fuera consciente de la brevedad de los instantes tocados por la varita mágica de la felicidad. Durante largos ratos se ausenta, tabique separador de las terrazas arriba, hacia el tejado; y desde allí se dirige a procelosos mares, a inconmensurables desiertos, lugares incógnitos para doña Catalina que la espera preocupada. Noches enteras y parte de algunos días falta de su lugar privilegiado: oasis carente de peligros y abundante de alimentación vitaminada. Total, para irse a la aventura, a la caza de ratones, y en sospecha fundada de su cuidadora, al amor, al instinto, a las relaciones animales. A veces son los gatos los que rondan su entorno devolviendo visita, siendo ellos los audaces conquistadores; más que otros uno pardo de gran corpulencia al que doña Catalina, que para él sí tiene nombre, identifica como Cordero por su tamaño y mansedumbre.

Una situación paralela se da en el 2º derecha, donde la esposa representa el papel sufrido de doña Catalina, y su hermana Sara -que acaba de deslizar la enraizada vocación de modista hacia otra, más profunda aún, de peluquera- desarrolla el de Gatita sin mayor esfuerzo que el de hurtar su presencia a la hermana y al tiempo seguir el solo dictado de su voluntad indómita. El cuñado y marido queda al margen de los frecuentes forcejeos fraternos, atrincherado, en la reserva, esperando paciente a que algún suceso en verdad importante reclame su acción y le saque de la pasividad. Lleva años en ese lugar prominente sin que ningún aprieto de trascendencia haya ascendido hasta él con el propósito de solicitar su mediación decisiva.
Sara, recordemos, consiguió contra viento y marea venir a la ciudad y que todo el mundo dijera su nombre entero y verdadero; propósitos ambos avecinados en su cabeza largo tiempo atrás. Esta actitud de firmeza, acreditada en otros ejercicios con excelente resultado, debiera dar el amparo de la seriedad -seriedad y juventud no son excluyentes- al asunto de su mudada inclinación por uno u otro oficio; pero el dictamen de su hermana no lo separa de los infantiles antojos. Existe reflexión, sin embargo; la cosa tiene fundamento. Sara observa que hoy día la gente compra la ropa ya hecha y la arrincona en cuanto la moda sopla nuevos aires sobre el sentido estético. Se ve: el oficio de sastra, antaño muy valorado, está cayendo en desuso. Los encargos, en su mayor parte, se refieren a cortar lo largo o a ensanchar lo estrecho; y provienen de personas de pocos posibles que suelen pagar tarde cuando no se olvidan por completo de la deuda. Peluquera, en cambio, es una profesión que está en auge y va a más. Las mujeres que se creen alguien, y las que quieren que los demás piensen que lo son, se peinan en peluquerías de postín y presumen de tener peluquera fija a la que citan por su nombre de pila. Hoy, un buen peinado se firma y hace famoso al estilista que lo moldeó. En casa, ante su cuñado y su hermana, Sara intenta explicar las razones que hacen bueno el trastrueque de planes; y las desoídas razones indican que el desvío no es producto de la volubilidad.

Marina, quien escucha de mi boca con evidente agrado lo escrito desde su última lectura, en el pleito abierto entre las hermanas de Autilla del Pino se pone de parte de Sara. Disculpa a la moza su ondeante proceder y, en ocasiones, lo alaba sin salvedades. Parece sentir una indeterminada debilidad por la chica, y no sé el porqué del afecto ni el territorio estricto de donde la viene. Quizá esté sustentado en alguna coincidencia que no alcanzo a descubrir. Por eso repaso su vida tal como ella la cuenta, agujereada de olvidos y suposiciones no confirmadas. Careció mi amada de un hogar auténtico, donde la leche y la miel procuraran, junto al colchón de lana, la sensación de nido que hasta los pájaros poseen: cuatro ramitas, unas briznas de plumón y un pico acarreando insectos o gusanos. Antes que las monjas, Teudenio y la propia experiencia la instruyeron en aquellas materias que la vida exige conocer a los desamparados; y ella las aprendió con desprendido aprovechamiento. Su saber le viene del esfuerzo, y si no ahonda cuanto quisiera, es cierto que abarca cualquier disciplina. Su conocimiento procede de la desconfianza: le decían sus verdades las monjas y se dirigía a otras fuentes para contrastar; y sólo las coincidencias aceptaba para servirse de ellas. Forcejeo y suspicacia la ponen en el camino del avance y la mejora. Posee una filosofía escéptica que, no obstante, posibilita el hecho valioso de ser feliz; pues deja resquicios para que penetre la ilusión a raudales; más, mucho más, que la albergada por la muchacha de la novela. Sara lo ha tenido todo: un hogar pulcro y el ejemplo de quienes con el modelo señalaban lo que de ella querían. Sara lo ha tenido todo; aunque, eso sí, sin excesos, sin sobras. De modo que no sé en qué aspecto se da la coincidencia, si es que existe. Puede que admire la resolución de Sarita, como ella la llama; pues es cierto que la chica no acepta carriles ni férulas y obedece sus propios impulsos. Puede que alabe su conducta espontánea, su sinceridad en el trato con las personas; y en ese juicio sí que estoy con Marina. Sara resulta admirable si hablamos de llaneza, naturalidad y osadía; algo menos si nos referimos a las buenas maneras.

Operan a vida o muerte al hijo pequeño de los asentados en la primera planta, y durante las horas más críticas tiene a los habitantes de la casa, incluidos los moradores del ático, metidos en un puño. A la mismísima doña Cándida la agita el suceso, si resulta que no es consumada actriz, fingidora de mérito e impertérrita farsante. También él, el infante templado, atraviesa toda la gama de sentimientos que va desde la euforia a la desesperación. Si los preparativos observados en casa le parecen una fiesta, el preludio de una excursión divertida; la llegada al hospital, la vista de la habitación y el trasiego de doctores y enfermeras le inquietan tanto que cohíbe sus impulsos por lo general francos y desinhibidos. El quirófano, su aspecto gélido y un tanto desangelado, y más que nada los ritos oficiados allí por el equipo médico, le muestran una realidad que por fortuna sus pocos años no permiten calibrar con justeza; así y todo, se angustia y grita llamando a la madre. El instrumental quirúrgico, esterilizado, sí; pero punzante, filoso, le nombra todos los matices del miedo, partiendo del lobo de los cuentos hasta llegar a los cadáveres que en las películas de terror se levantan contra los vivos; creciente negrura que, para mayor pesar, permite percibir sombras móviles armadas de cuchillos y garfios. Sale con bien de la intervención, y la convalecencia, vivida por los vecinos como propia, vuelve a enlazarlos. Se turnan en las atenciones, vigilias y presentes; y el niño se esponja y se expande tornándose mimoso y hasta posesivo. Aún así, resulta adorable y lo adoran; pero no de manera homogénea, hay quien lo adora más y quien lo adora menos; coincido en ese punto con Marina.

Doña Cándida, sin esperar la devolución de visita de doña Catalina –gesto ordenado por las buenas maneras que, sin explicación alguna, no acaba de producirse: un lunes y otro proponiéndoselo en vano- doña Cándida, digo, cumplimenta de nuevo a doña Catalina, esta vez en el terrado. Mas el encuentro no rinde beneficio, pues la reunión concluye sin alcanzar el compromiso que busca: un apoyo firme, capaz de ordenar las voluntades a su favor, en la elección de presidente de la comunidad de vecinos. “En justicia”, argumenta, “una de las dos debe representar los intereses comunes, pues nosotras ponemos más en juego que los alquilados”. Palabras estas, textuales, con las que doña Cándida, voluntariosa, abnegada, se ofrece plena de altruismo para un cargo que a doña Catalina no tienta ni pizca.
En los lánguidos momentos de la sobremesa, cuando Gatita abre las ventanas de los ojos, su dueña percibe a través de ellos un dudoso orgullo. Una arrogancia imprecisa que puede provenir del género, hallarse en la especie o ser privativa del individuo concreto que es: la comprobada suavidad del pelo, una fortaleza concentrada en las garras, ojos perspicaces, astucia disfrazada de vivacidad y la distinción de quien está hecho a pasear por desvanes palaciegos. Poseedora en propiedad de tan valorados caracteres, a buen seguro se sabe apreciada a pesar de su falta de garbo o su anonimato; y con ese capital la basta. En cualquier caso, parece patrimonio sobrado el hecho de ser félido, de Angora, dueña de un rostro armónico, limpia, eficaz cazadora y hembra fértil.
La fertilidad, hasta ahora supuesta como el valor en el soldado antes de la batalla, termina un buen día por constatarse: vientre endurecido, inflamados pezones, melosidad y languidez de movimientos. Sospecha doña Catalina lo que aún desconoce, pone los medios a su alcance para confirmarlo y cuando adquiere certeza, la buena mujer trata a Gatita con un mimo que para sí quisiera Sara, la aprendiza de peluquera, en idéntico estado.
Al final de los exámenes que ponen el punto final a los estudios, conseguido el título que ha ido acorralando año tras año, el pupilo del tercero se hace cargo de la situación, y asume la paternidad de la criatura que nazca, niño o niña, enteco o rebosante de salud. Primogénito del señor alcalde de una villa alzada sobre pálidas laderas -uno de tantos pueblos que salpican de tonos cárdenos el sobrio campo cerretano: mirador del valle abierto por un arroyo poblado de cangrejos, adobe y piedra, rollo del siglo XV: al pie de cien casas a lo sumo- de casta le viene al mozo la hidalguía. Decidido y consecuente como la familia exige, colócase en su lugar exhibiendo firmeza y hombría de bien. Dará clases en el Instituto de Enseñanza Media que lleva el nombre del insigne paredeño Jorge Manrique, pues un hermano de su madre es allí catedrático y puede arreglarlo. Han previsto celebrar la ceremonia de la boda, al igual que en otra época hicieron Jimena y Rodrigo, en la cercana iglesia de San Miguel; incluso tienen fecha reservada: el preciso día en que la novia –temblorosa, palpitante, conmovida- cumple dieciséis años.

A pesar de tener los remiendos a punto para los desgarrones, y estar atajado el mal hasta donde es posible, el impacto resulta tan demoledor que los principios profundos del edificio -cercano a la iglesia y punto de mira del barrio, si tomamos en serio el malicioso comentario de doña Cándida- se resquebrajan. Responsables del campo de acción, los dos hermanos pupileros miran al espejo y se descubren cubiertos de oprobio; un confuso bochorno pinta rojizos sus rostros ante los demás y, en la medida en que las circunstancias comprometen su buen nombre, humillados se piensan in aeternum. Única oportunidad en el curso del matrimonio, los del primero, padres del pequeño que se recupera mejor de lo esperado, sin saber a ciencia cierta los motivos, unas causas que olvidan la responsabilidad de ambos sexos en el asunto de la procreación, se consuelan del hecho ingrato de no haber tenido niñas. Afecta menos el suceso a doña Cándida de lo que corresponde a su temperamento, pues en estos días instala en su casa a los refugiados provenientes de Uruguay; no obstante, su rostro denota un cierto regocijo cuando, incapaz de quedarse al margen de cualquier suceso, prevenida ella como de costumbre, añade al primer comentario tres palabras que en su boca adquieren tintes trágicos: “Estaba cantado; se veía venir”. Subleva a Marina la frasecita y lo expresa: “Ya ves que salida de pata de banco; como para propinarle unos cachetes y quedarnos tan a gusto”.
Por último, a doña Catalina, quizá porque vive con cercana intensidad la evolución de Gatita, acaso porque rememora su propia biografía amorosa, la conmueve la noticia. Mujer que se sabe punto ínfimo en la línea de uno de los minúsculos cuadrados que forman la enorme retícula del Universo, integrada por elementos como el hidrógeno, el hierro, la marga y el liquen, la orquídea y el tapir, las bacterias y el elefante; doña Catalina experimenta un alto grado de complicidad, de tolerancia comprensiva con la muchacha gestante, para quien tiene vibrantes palabras de ánimo que tratan de ilusionarla. Por añadidura, la ceremonia que retornará las cosas al lugar debido, excita su imaginación. Iglesia de San Miguel, de la que los juglares y algún hombre docto contaron que sirvió de escenario a la boda de Rodrigo, el célebre Cid Campeador, y doña Jimena. Cierto, la noticia antigua puede ser invención de trovadores, rapsodas que pintaban el mundo y los sucesos a su modo, procurando halagar el oído de los nobles cuya protección pretendían. Ella ha mirado en los libros y sabe que la torre gótica actual data del siglo doce, mientras que la boda debió de celebrarse al comienzo del último cuarto del once. Ve por ello otra iglesia, menos esbelta, más fornida, de un estilo que es sobre todo románico. Admite, porque así lo desea, que en ese lugar se dio el matrimonio; en un templo anterior es evidente, elevado sobre el mismo suelo, del que sólo se conserva el pórtico.

Con todo, imagina la escena sin escatimar detalle. Ha examinado la estampa y los ropajes del Campeador en una pintura que quiere representar la jura de Santa Gadea, y con ellos lo viste. Es alto el paladín y camina erguido; su fortaleza no le viene de un excesivo desarrollo muscular sino de la voluntad resuelta. Los largos cabellos y la barba hirsuta agrandan su cabeza, y enmarcan una faz armoniosa tensada por el gesto grave de quien es capaz de exigir la verdad tanto al rey como a cualquiera de sus vasallos. Una túnica azul de cielo sin nubes viste sobre un sayal que tira a dorado y llega hasta los tobillos; y en la cintura, ceñida por un cinto de cuero, aparece la embocadura vacía de la espada invencible. En un rincón yacen la célebre Tizona, la loriga, la lanza de fresno de férrea punta, el yelmo pulido. Repican las campanas locas de alegría, y ramas de mirto adornan a intervalos la piedra desnuda de los muros recios. Viene el Campeador aún sudoroso de una batalla sostenida muy cerca, donde ha tomado partido por Sancho II contra su hermano Alfonso VI; y la intervención de sus huestes se ha revelado decisiva para la victoria. Jimena, la dama, a su lado, es el contrapunto: dotada de una tenacidad bien probada, su apariencia es frágil; y la considerable energía que desprende se ve neutralizada por la dulzura del rostro. El velo, ceñido a un cordón trenzado, oculta el cabello, de cuyo conjunto escapa un bucle de oro. Destaca en el rostro la armonía del óvalo: barbilla ajustada a los labios finos y una nariz, de trazo perfecto, que lleva a los ojos; unos ojos grandes de mirar sosegado. De los hombros cae en cascada un manto bordado por novicias a punto de profesar en una abadía de monjas de clausura; llega a los pies, oculta el calzado y se pliega manso en las losas frías del suelo. Porta el oficiante mitra de obispo y su atavío realza una dignidad que el clérigo trasmite sin esfuerzo. El rito al que se debe la ceremonia es aún mozárabe. Una veintena de invitados, nobles de probada lealtad, rodea el ara; niños y doncellas vestidos de blanco forman un grupo musical y canoro; y se aglomera entorno a la puerta una cuajada multitud de plebeyos gozosos.

A Marina, sabiendo que asistiría encantada a la ceremonia, la sitúo a resguardo de miradas tras una celosía que permite dominar la escena sin despertar recelo. Allí, al lado, la propia inventora, doña Catalina, se empapa de lo sucedido, sin que se percate quien llegada después pretende ser su hija. Terminada la liturgia del rito, por el Camino Real de Cantabria avanza la comitiva, y en Valdepero toma el camino de la villa donde van a celebrarse las fiestas de los esponsales. Las tierras y el caserío que la forman, propiedad de don Rodrigo, constituye el regalo del marido a la esposa; y el nombre de la esposa llevan desde entonces caserío y tierras de labor: Villajimena. Para adaptar esa pintura a la actualidad vigente ha de hacer doña Catalina grandes transformaciones; y sustituir a Jimena por Sara no resulta la menor ni la más sencilla de las obligadas.
Sara -arrollada por la estampida de cuadrúpedos, pisoteada por miles de pezuñas que huyen despavoridas de una amenaza incógnita, ensordecida por el fragor de miles y miles de impotentes bramidos; sepultada bajo las toneladas de nieve que el deshielo ha deslizado, aplastada por el frío manto cuyo desplome ha dado nombre al alud y lo ha estimado temible- la niña Sara no encuentra relación directa ni proporcionada entre la causa y sus efectos. Acción y reacción, a sus ojos, no se corresponden; y las ve medidas en magnitudes disímiles y alejadas entre sí kilómetros y kilómetros. Miradas tiernas, palabras dulces, inocentes besos, leves caricias, pensamientos excitantes, el profundo abrazo y, pasado el tiempo previsto por la naturaleza, un hijo que agita sus entrañas insuflando ilusión y ganas de vivir. No entiende a qué ton vienen los reproches, las malas caras, la erupción del pavoroso volcán, el temblor del dilatado terremoto y la extraña locura colectiva reservada para los cataclismos que ponen en peligro el mundo.
Un domingo carente de cualquier otro adorno festivo, en la misa de once, se leen las amonestaciones; formalidad a la que los novios, y más que los novios sus familiares, encomiendan la limpieza del borrón caído sobre ellos. Buscan eliminar la mancha, pero en realidad consiguen lo contrario, pues la noticia, circunscrita aún a la casa, anega en minutos el territorio íntegro de la parroquia. La noche de ese preciso domingo, alrededor de las dos de la madrugada, Gatita, siguiendo ancestrales impulsos que le han sido comunicados en el lenguaje de los genes, comprende que ha llegado la hora del parto y dirige sus esfuerzos en tal sentido. Uno tras otro –con una pausa de horas entre tercero y cuarto- van llegando los cachorros, y son cinco nada menos: tres gatos -esta vez no existen dudas acerca del sexo- iguales que ella, copias reducidas; una hembra jaspeada en fondo blanco, y otra, réplica de Cordero. Con los ojos sellados duermen y maman; incluso –actos ambos en verdad reflejos- mamando ávidamente son capaces de dormir de forma placentera.
La esperada apertura de los ojos ciegos, principio de la percepción visual que refuerza la auditiva, marca el inicio de lo que será un constante desfile de los vecinos ante el paridero de la terraza. Doña Cándida sugiere -quizás con una intención íntegra que en ella no se sospecha- reducir la camada en beneficio de la madre, ahogando a tres de los recién nacidos como era costumbre –sociedad rural cargada de hábitos primitivos, algunos muy concluyentes- en su lejana niñez. Haciendo caso omiso de tan drásticas recomendaciones, doña Catalina decide dejar la función selectiva a la propia Naturaleza, pues la madre y nodriza de todo lo existente, si lo estima eficaz, puede ejercerla con indiscutibles criterios, favorables al conjunto, en cualquier caso.
Aún convaleciente de la cirugía a que se sometió ignorando las incomodidades anejas, el delicado infante pide para sí la cría jaspeada. La apesadumbrada madre del niño y la complaciente dueña de la minúscula gata, acuerdan llevársela a sus infantiles dominios -un cajón vaciado con ese propósito, corriente receptor de juguetes situado en el balcón- al completar el período de lacta

 

 

QUINCE
Ni un breve momento se olvida Sara de sí, de la singular situación en que se encuentra: grávida, comprometida, las purificadoras amonestaciones ya publicadas, reservados en San Miguel el día y la hora de las nupcias. Quizá porque no logra arrinconar sus circunstancias y ha de atenderlas de modo permanente, abandona la confección del ajuar y pasa largos ratos ante el recién creado hogar de los felinos: una caja de laterales altos y suelo acolchado por dos bayetas de algodón superpuestas. Observa absorta las peleas de los mamones, luchas sin cuartel para conseguir un pezón abierto del que mane leche en abundancia, que los hay secos e inflamados y a simple vista no se distinguen. Se pregunta la razón que impide a las relaciones humanas deslizarse de manera tan sencilla, tan natural como en el mundo de los animales domésticos, que conoce a fondo por haber convivido en el pueblo con perros, gatos, gallinas, conejos y palomas, entre los que nadie malmete ni esgrime como cinta métrica las buenas costumbres; tan variables, por otra parte, de una latitud a otra, de una época a otra, de una clase social a otra. Se pregunta el origen de la manía de dar vuelta a las cosas buscándoles la falla. “Todos los vestidos tiene costuras”: dice en frase hecha para defenderse. Inquiere el beneficio que los censores obtienen de su actitud represora. Sí, se pregunta, inquiere; pero sigue sin la respuesta adecuada.
La Rinconada no es Autilla del Pino, pero casi: las mismas ojeadas escudriñadoras, idénticas críticas, similares prejuicios. Sobresale el caso de doña Cándida, una señora dañina, a todas luces infeliz, que vive pendiente de los otros, a los que ha ligado su propia existencia. Permanece atenta a las ajenas debilidades; y no para ofrecer apoyo, sino para resaltarlas y facilitar su percepción desde lejos. Se mantiene vigilante de las carencias; y no para suplirlas que sería lo humano, sino para agrandarlas sirviendo de caja de resonancia. Destaca el caso de doña Cándida, dedicada a los demás, espuela, fusta y bocado, para domeñarlos; aguijón, cuchilla y ácido, para zaherirlos allí donde más duele, en el lugar preciso donde ya existe llaga. Despunta, pero el caso de doña Cándida no es único: personas así existen en cantidad suficiente para que, bien distribuidas, cada comunidad tenga la suya. Las envuelve la desdicha porque se saben poca cosa y quisieran ser más; y ante situaciones como la de Sara se deleitan deshilachando en un solo rato la fama trenzada durante largos años, y hacen pie –por desgracia- en hechos que, de ser las circunstancias otras, darían motivo a los parabienes: una madre joven que establece un nuevo hogar.

Desprendida, generosa, en el terrado desmenuza Sara su tiempo comprimido y hostil en detrimento del adeudado al novio; y es que encuentra al muchacho algo frío y, en apariencia al menos, distante. No parece el mismo que un día muy próximo asumió con gallardía su responsabilidad. Incluso ella, ahora que no tiene impedimento para verlo y hablar de lo suyo, se halla remisa y falta de ganas. No es que no lo quiera, es que el muchacho ya no encarna el amor de que se enamoró la niña con todas sus potencias. No es que no lo quiera, lo quiere, pero de otra forma; más apacible, menos abstraída, sin tanta pasión, de un modo sereno y apaciguado.
Por ver si consigue animarla y darle el aliento que le es tan necesario, doña Catalina convida a comer a la adolescente, y a propósito compra en la plaza de abastos cangrejos y truchas. Disfruta por partida doble guisándolos, pues al rescatar del pasado las antiguas recetas, con ellas vienen vivencias de las que permanecen en su memoria escritas con buril. Los cangrejos; ¡ah, los cangrejos! Cebolla, ajos, guindilla, tomates y aceite de oliva del llamado flor de almazara. Se me olvidaba la sal: una pizca sí, pero de grano grueso; y sé que añade, aunque no lo mencione, un corto chisguete de un vino añejo que revive a una momia egipcia. Une esos ingredientes en una salsa que los cangrejos, autóctonos, nacidos en el alto Ucieza, reciben con deleite ya que dilata sus propios merecimientos culinarios: la rica carne de sus colas, la sabrosa parte inferior de tronco y cabeza, el interior gustoso de las patas. A la vista de tan buen recibimiento se crece la salsa, potenciando sus efectos elevadores del gusto -si todavía cabe el alzado- hasta llevarlo sin desdoro a paladares hechos a las exquisiteces: cardenales, príncipes, gobernadores, abades; cuanto más a los de ellas, anfitriona y agasajada, que no suelen alejarse en cuestión alimenticia de sopas, legumbres y algún extraordinario de bacalao a la vizcaína o vaca guisada en su propio moje.
Las truchas, ¡qué delicia! Las toman en su encebollado lecho cubiertas de una mixtura de limón, ajo, perejil y orégano frescos, el jugo virgen de la oliva y el más dorado de los vinos blancos. Se chupan los dedos las dos mujeres, aun teniendo a mano servilletas de hilo bordadas con el nombre de la dueña. De bocas ancianas escuchó pormenores de los pasos que se suelen dar, a propósito de estos guisos, en las serranas tierras de Soria, donde los riachuelos son rápidos y conservan las aguas límpidas. La joven Sara, acostumbrada a una larga rutina nutricia que viene de bisabuelas y tatarabuelas, intuye que existen grados crecientes en la tarea de cocinar comestibles, y que la cuidada elaboración de experimentadas fórmulas ayuda a avanzar por ellos.

Como ama de casa en ciernes, descubre de lleno una responsabilidad de la que no tenía el menor aviso, y consecuente con su buena predisposición pide a doña Catalina un escrito con recetas y algunas lecciones que resulten su inicio en el arte de mejorar los platos más pobres. Agrada en extremo tal petición a la cocinera, y se va su reflexión a la época feliz del Hogar, donde, en temporada de matanzas, a más del cerdo criado a capricho por ella a la vista de todos, en secreto entraban en la cocina otros cuatro o cinco, traídos de la majada de Juan Gil en la noche ciega para que nadie advirtiera el engaño. Fardel hacía y jijas, un bodrio de manteca e higos que enviaba el aroma a dos leguas; y el chichurro sanador de enfermos, ya en caldo ya tomado como origen de una sopa retinta, robusta de tropezones. Las migas completaban la variada oferta de esos días, y güeñas, morcillas, perniles y jamones prestaban su caldo a sabrosos cocidos a lo largo del año. Tomando el congrio como materia prima, obraba verdaderos prodigios; el congrio rancio, se entiende. Ya fuera guisado o en potaje, le regalaba ella unos preciosos estigmas de auténtico azafrán que lo hacían diferente. Con el entusiasmo crecido comienza doña Catalina en ese mismo instante a ejercer el magisterio solicitado por la joven prometida.
“La instrucción es ajuar, tanto o más que sábanas y manteles, porque éstos pueden comprarse”: contesta a su hermana; “aprender a guisar es sumar conocimientos, y los conocimientos independizan a la mujer y equilibran el matrimonio”. Calla su hermana porque encuentra verdad en lo oído, y Sara sube donde doña Catalina y aprende. Va de lo sencillo a lo complicado; y de lo complicado -que no sale ni a la de tres- regresa a lo simple; y al ver que lo domina avanza deprisa atacando a lo complejo como si llevara carrerilla, asaltándolo. Plantea, luego, cuestiones de aritmética, de geografía, de la historia antigua y de la más reciente; y la mujer del viajante, erudita, resurge en cien lecciones, granos de trigo caídos en tierra deseosa de alimentar raíces que sustenten tallo, flor y fruto sazonado.

Con maneras suaves y palabras sencillas habla doña Catalina a Sara de ciencias tan interesantes como la física, la química y la astronomía, que despiertan en la joven una curiosidad anunciada por la extendida apertura de los ojos, por el interés puesto en los labios maestros, concentrado en la voz y en el erudito mensaje que porta. Estática, dinámica, electricidad, ondas, reflexión de la luz. Materia, moléculas, átomos; protones, neutrones, electrones: el territorio de lo pequeño, maravilloso, movido por las mismas leyes naturales que gobiernan lo grande. Ley de la gravitación universal, estrellas, planetas, satélites; las similitudes que los engloban y las diferencias que los separan. Miríadas de mundos, distancias cósmicas, inconcebibles para mentes no avezadas a la difícil práctica de la abstracción. De la A a la Z, la enciclopedia abarca, a tamaño reducido, el universo al completo; si dispusiera de tiempo bastante, doña Catalina no tendría más que abrir sus páginas y liberarlo partido en lecciones.
Sin querer se introduce a veces en el terreno acotado por la astrología, donde lo científico sufre engañosas distorsiones debido a que el hombre, una más de las especies que pueblan la Tierra, se endiosa cuando se trata de practicar el arte de la adivinación, un vaticinio que utiliza el conocimiento -todavía en pañales- del influjo que los astros ejercen sobre las personas: sus congéneres y él mismo. El hombre, sí, ese aprendiz de demiurgo, se yergue por encima de todas cosas, de todos los minerales, de todas las plantas y se sitúa al frente del reino animal, primero de la larga fila. El hombre corito y desasistido, al que un microbio imperceptible mata en un santiamén; el hombre rebosante de orgullo injustificado, cuando se trata de estudiar el futuro por medio de las interpretaciones hechas a la carta astral, mero residente en este extraviado planeta, se erige en centro del Cosmos.

Nota su inadmisible trasgresión doña Catalina y regresa a la ciencia pura para hablar a Sara de Venus: “El segundo planeta del sistema si se tiene en cuenta la distancia que los separa del Sol, hermano de La Tierra en masa y tamaño, es el objeto celeste más brillante de los vistos desde aquí; claro está, tras el Sol y la Luna. Venus parece atractivo desde la distancia, pero de cerca, como algunos humanos, viene a ser inhóspito a más no poder”; y le basta citar a la profesora los quinientos grados centígrados de temperatura alcanzados por su corteza, la altísima presión atmosférica y las nubes portadoras de ácido sulfúrico, para que la alumna exclame: “Venus y yo seguiremos sin tratarnos por más que los adelantos lo hagan posible.” Marte, el planeta rojo, con años de casi setecientos días, días más largos que los nuestros y una temperatura media muy fresca, no obstante, le parece a Sara conveniente como segundo planeta, lugar apropiado para levantar una cerca y, en su interior, una casa rodeada de amplio jardín donde pasar los veranos terrestres. Llaman su atención los numerosos asteroides -más de cuarenta mil- que juntos no dan la masa de la Luna. Se hallan situados entre las órbitas de Marte y Júpiter; y sus nombres, sacados de la mitología griega, indican a doña Catalina que no va desencaminada cuando emplea esas fuentes para buscar apelativo a Gatita. Hay tanta belleza en las láminas mostradas, revela tanto misterio lo conocido, que Sara no acaba de hacerse una idea del conjunto porque la resulta inabarcable; pero tiene la virtud lo enseñado de ponerla frente a sí misma, y el conocimiento de su relatividad hace que los graves problemas, presentes un momento antes, acosadores, pierdan parte de su trascendencia o queden en nada.
Conocidos por interposición de los dos volúmenes de “Vidas ejemplares”, textos de cabecera en el convento, encantan a Marina los gestos nobles que jalonan el itinerario humano desde sus remotos orígenes. Y mezcla con ellos desde hoy el ejemplo recogido por partida doble -lo convexo y lo cóncavo, entrega y recepción- en el pasaje recién escrito. Corresponde al magisterio emprendido por doña Catalina con la esposa futura, y al complementario aprendizaje concentrado que inicia la moza: ventana abierta en la niebla que la envolvía. Complace a mi amada lo leído en las últimas hojas de mi novela, historia que avanza tomando forma y llenándose de contenido. Tuvo ella que libar de flor en flor, a modo de industriosa abeja, un néctar no siempre saludable -lugares y épocas distantes entre sí- para recibir lo que a Sara se le entrega en un solo punto y en unas cuantas semanas. Es como si las monjas en vez de darle su saber a sorbos durante años, se lo hubieran hecho beber de un trago largo y profundo, líquido harto concentrado; o como si la tutela de Teudenio, limitada por arte de birlibirloque a unos días, vaciara su enseñanza en la cuantía alcanzada en tiempo tan dilatado. No dice, sin embargo, que se ve en el lugar de Sara sin ningún esfuerzo, que se cambiaría por ella, hija deseosa de recibir de la boca materna los conocimientos guardados en la vieja memoria.

Trata mi amada de concretar lo que podrían haber sido su deseo y su sospecha hechos realidad. Ella, Marina, compartiendo afectos y espacio con doña Catalina y Teudenio. Claro que faltarían el carro de varas y el burro cano de considerable alzada; claro que no existirían títeres ni viajes continuos por la geografía y las gentes. Habría de renunciar a la esencia de su forma de ser, y eso no, a eso no quiere llegar. No se figura la vida confinada en una casa de un pueblito mesetario o en los arrabales humildes de una ciudad; prefiere el continuo vagar distribuyendo la alegría y el saber, prefiere la imaginación desplegada y las experiencias recogidas en los lugares de paso. Imagina a Teudenio bracero del campo, labrando el soto y la majada, el valle y el monte; o peor aún, obrero en una fábrica, trabajador de una larga cadena, pajarillo enjaulado. Y eso no; eso lo mataría. Parece que las hipótesis no mejoran una realidad tan viva, tan abierta y tan dura como la que ella tuvo la suerte de vivir. Y no es que se conforme, es que se siente orgullosa y complacida de aquel derrotero. Pero, rectifica al instante, bien pudiera doña Catalina haber viajado con ellos en un carro más capaz, acogedor de los padres, de la niña y de representaciones mayores, de más muñecos. Con su ingenio, que es mucho según ha comprobado, doña Catalina hubiera supuesto una ayuda en la elección y adaptación de las obras, en la recaudación de las aportaciones, en la economía del gasto.
Acto seguido doña Catalina explica a Sara como ve ella el principio de todo, el famoso estallido iniciador, los sístoles y diástoles que agitan el Cosmos sin término, la división de la masa única y su dispersión aún inacabada, la posterior inversión del proceso en un juego imparable; el enfriamiento de la materia y de las condiciones que exigió la vida para surgir en el agua, el salto a los otros medios, la evolución de las especies; el hombre, la tribu, la sociedad, el progreso; las filosofías distintas que tratan de explicar las razones últimas, las teorías sociales y los movimientos que originan, el carácter de los diversos individuos, el amor y el odio, las múltiples guerras, la paz disfrutada en los interregnos, el estudio, el estar al corriente del porqué de lo que sucede, la conquista de la libertad.
Habla la mujer madura con una lentitud sedante, y lo hace en un lenguaje sencillo que la mujer joven se esfuerza en comprender. Son tan oportunos los ejemplos utilizados, tan nítidas las figuras mostradas, que sucediéndose los descubrimientos de manera lógica los unos se explican en los otros. Al concluir las lecciones Sara ya sabe que ama a la niña -porque ha de ser una niña el ser que va adquiriendo forma y esencia en su vientre- sabe que ama a la niña que bulle en su interior, y concibe el propósito de enseñarle, en cuanto nazca, una por una las maravillas existentes en el entorno cercano del que parten los innúmeros caminos del hombre.

 

 

DIECISÉIS
Ciertos días, los escasos en que la nieve -copos titubeantes o manto esponjoso- se adueña de la mirada, llenándola; o aquellos en que la tarde se alarga indolente esperando una noche serena; tales jornadas, alejadas entre sí, doña Catalina añora los tiempos de la ciudad de Soria. Los dibuja su mente con perfiles nítidos, sin flecos de penumbra, mejorados de modo manifiesto. Ocupaba los días desde muy temprano, entraba en ellos con las primeras luces del alba: las labores de limpieza, tan repetidas en sus ajustados gestos, tan nuevas en su pretensión; la compra diaria, el ir y venir hasta muy tarde, ya oscurecido; metida de lleno en menesteres que procuran alegría íntima y reconocimiento externo. Los breves momentos de descanso, tan apreciados: sabrosos y reparadores; las charlas anodinas sobre cuestiones fundamentales que dejaban de serlo en cuanto acababa el análisis. Las gentes, las calles, las amistades: superficiales a pesar de su esfuerzo, sabidas de antemano, incapaces de generar sorpresas dignas de trascender, de ocupar un lugar en la memoria. El frío llegaba adelantándose al invierno, heraldo; y ella oponía a su acción devastadora tres capas de ropa: suave, cálida y burda. Un frío configurado a su medida: sano, tonificante, venido a lomos del viento desde el Moncayo. Nieve y hielo; atmósfera rica en oxígeno, pura, límpida; transparencia infinita que mostraba el azul del verdadero cielo, el séptimo. Doña Catalina respiraba a pulmón abierto hasta la llegada de la mínima primavera. De pronto el incandescente sol maduraba los cereales –trigo dorado y áspera cebada, esponjosa avena de bello trazo algo más tardía- era verano y doña Catalina daba inicio a los paseos por la hoz del Duero, sendero entre ermitas, bordeando el agua a trechos, intuyendo las evoluciones de los barbos en las aguas opacas. Anochecía el día despacio, acaso deleitándose en el sobrio proceso, saboreándolo; quizá por obligación, comprometido, sin ganas. Quedaban jirones de día prendidos en los arbustos, vedijas tendidas sobre las cuestas, y ella los recogía animosa, feliz inclusive, apurando el crepúsculo con satisfacción.

Esas jornadas inciertas, de opuestas características, nota más que nunca el hueco dejado por el representante de comercio, al partir el hombre hacia su postrer recorrido sin torna, atendiendo a la nueva clientela de la ruta asignada ya de manera definitiva. Busca doña Catalina un imposible equilibrio entre lo recibido y lo entregado, y valora por encima de todo -y es un buen cálculo- mostrados por él, el pretérito que la investigación hace presente, y el porvenir entrevisto en las predicciones. Se siente atada al compañero ido por un lazo que, primero el amante y luego el esposo, supieron anudar sin opresión; un vínculo que los unía –macho y hembra humanos- con la naturaleza íntegra. De hormiga la sacó, de abeja obrera, de la ignorancia que encadena la voluntad de los más a la de los menos. Gas, agua, arcilla, árbol, saurio, mono: el camino de la persona le mostró, lleno de obstáculos.
Ni la lluvia fina, ni los violentos chaparrones originados en el tiempo transcurrido desde que su hombre se fue dejándola sola, han logrado diluir el deseo de aprehender, tampoco invalidaron los conocimientos obtenidos por medio de la práctica: terrazas parciales y escalones que permiten continuar ascendiendo en la investigación. Atribuye a los estudios -fisuras abiertas en el muro que la rodea, rendijas que le muestran la vida en plena ebullición- y a las lecturas, la sensación de soledad que la envuelve. Se encuentra sitiada, distinta de cuantos la rodean; puesta en el centro por los demás, admirada por los mismos que rechazan su manera de ser: responsable, profunda, inquisitiva. No es el azar, no son las apariencias sociales, no es la inercia lo que la mueve; sus obras tienen cimiento pensado, columna vertebral y un significado metido de lleno en el conjunto, abrir y cerrar de compuertas, largo canal de irrigación, latido ancho del universo. El amor uno y múltiple la mueve. El amor a la vida renovada a diario, a las personas y a los hospitalarios lugares que las personas habitan, a los animales y plantas que los hacen habitables. Consciente de su esencia tanto como de su existencia, sufre las limitaciones de la fortaleza, barreras levantadas a su enorme poder; y avanza en espiral sin poder confiarse a ninguno. ¡Ah!, pero ella es capaz de soñar, de imaginar, de encontrar senderos de estrellas suspendidos en el aire; de crear un mundo completo, las tierras rugosas y los tersos mares, dentro de su reducida vivienda acogedora.
De la aldea en que se crio y se hizo moza se acuerda doña Catalina, de El Royo, de las labores aldeanas, de las fiestas que siendo chicuela tanto la complacían. Revive, más que ninguna otra, la peregrinación a la ermita de la Virgen del Castillo; romería dicha del Voto, por tener en una promesa su origen. Se ve entre los revueltos vecinos metida de lleno en la bulla; su vestido es el de volantes, aquel rosa y blanco que tanto la gustaba; sus zapatos los de brillante charol. La llegan imágenes vivas destacadas sobre un fondo difuso: cuadrillas de danzantes que ejecutan, en el espacio destinado al juego de pelota, las danzas de los palos y el trenzado del cordón siguiendo el compás marcado por los músicos. Salta la niña sobre un pie que repite apoyo y pasa la vez al compañero, éste en el aire hasta entonces; adelanta y retrocede imitando los pasos que ve dar a los más sueltos. Un ritmo interior, coincidente con el que mueve al grupo, le dicta, tirano, las pausas y los arranques. Se mezclan los colores de muy diversas formas, componiendo estampas que llaman la atención de sus ojos sorprendidos. Las risas y chirigotas, el timbre festivo de las voces, le incitan a seguir y la divierten.

Un mundo multicolor gira dentro de su cabeza -rotación y traslación a un tiempo- cuando, rendida, se va a la cama. Tarda en dormirse, porque, en plena oscuridad, sus ojos cerrados perciben las evoluciones de un cambiante caleidoscopio, remolino en espiral que no termina de mostrar sus cuadros infinitos. Luego, sueña; y el sueño tergiversa lo que ella conoce: muda el lugar de los hechos, coloca a su lado gentes incógnitas y se nota más alta, más crecida, cuarta dimensión inexplicable. Es una moza que interpreta los sucesos de manera ajustada; sus padres no la reprenden pues actúa con tino y los hermanos demandan su consejo en asuntos de mujeres, sus compañeras de siempre, de las que ella conoce el interior tapado y sabe muy bien como respiran. Ve a un forastero dirigirse a ella y sacarla a bailar; es alto y delgado, y en la profunda mirada asoma el cielo de sus ojos azules; la toma por el talle y como si fuera pluma logra elevarla por encima de los que forman corro alrededor. A la expectativa queda de lo que va a suceder, sin dar continuidad a lo iniciado, pues los cohetes y pasacalles la rescatan de la fantasía poniéndola ante una realidad bien distinta.
Algarabía, nerviosismo, gozo desbordante, contagioso. De improviso se presenta el lunes; el día grande viene de golpe, todo de una vez pisando una alfombra roja. De Langosto llegan, de Derroñadas, Hinojosa y Vilviestre; los cuatro pueblos que con El Royo forman la Hermandad de la Virgen. Seguida de cerca por la protectora mirada de sus padres, tras los hermanos mayores la niña Catalina camina animosa en medio de los romeros, asida la mano derecha a la izquierda de su mejor amiga: ella conduce, está claro.

Avanza la mañana y el calor aumenta; hay descansos, paradas para tomar respiro, y ella bebe de un botijo exiguo comprado por su padre a un vendedor ambulante de peteretes y bagatelas. Se detienen las autoridades y aquellos que portan los pendones de los cinco pueblos; y tras ellos todos se detienen. Arroja al crecido montón, como ve hacer a cada cristiano, una piedra de singular volumen con la que apenas puede; y reza, a continuación, un padrenuestro por el alma del moro que yace allí, según la tradición, muerto y sepultado.
Baila en el fresco pastizal que bordea el camino, corre, salta, enreda; y la complicidad de algún equilibrista amigo le salva de un merecido cachete: sin querer ha empujado en sus desquiciadas evoluciones a un adulto irascible y cascarrabias. Prosigue la marcha; y la desordenada columna, a pie o a caballo, ataviada con trajes de otra época, sube hasta el robledal de Rollanuela. En la pradera, del lado en que el santuario se abre, la romería desarrolla su acción más animada. Hermanados, hechos la una al otro, suenan gaita y tamboril; y lo hacen, si cabe, con mayor brío: se nota que los músicos no han de caminar mientras soplan o golpean; y al son que la murga arranca de los instrumentos, los danzantes ejecutan sus piezas y los mayores bailan imitados por los más chicos. Música, danza, miradas, voces, risas, correteos, descansos: sucede como si la alegría flotara, leve cuanto es, y contagiara su chispeante burbujeo, su inflamable aliento a los presentes.

Pregonan los buhoneros las mercaderías; al modo de un novillo bravo se agita la campana, alzando sus tañidos sobre todos los sones que enciende el momento; algún payador espontáneo saca de su guitarra coplas, presto coreadas por un grupo de entusiastas que se arracima en su entorno; curas y monaguillos rezan en latín, botas y porrones levantan la parábola de sus chorros de vino, irrigando sedientas gargantas; sobre mantas nuevas que tienen lo menos cien años, se extienden sabrosas viandas que invitan a la gula. Mas de pronto, la seriedad y el recogimiento se adueñan de los fieles, porque del templo sale en procesión la venerada imagen de la Virgen. Es un giro corto; un paseo que sirve a la Madre de Dios para conocer las contrariedades que los cinco pueblos soportan a diario, y la fe esperanzada que oponen. Las piezas de oro traídas de América por emigrantes recién regresados, ganan la subasta de andas; y son ellas, monedas de curso legal, subidas a la devoción, las que ingresan a la Virgen del Castillo en la ermita, depositándola con oscilaciones medidas en el hueco libre de su retablo. Tras la salve, coreada por voces discordantes –mayores y pequeños, señoras y señores- la algazara revienta de nuevo. Se canta, se grita, se come, se baila; y agotados o casi, los romeros disponen el regreso. La santa voluntad de los peregrinos se apodera del orden, y la muchedumbre, dejando de serlo, se divide en parejas, en cuadrillas, en solitarios andarines que no esperan ni son esperados; y cada uno llega al pueblo cuando sus pies se lo permiten.
Perdonó doña Catalina hace tiempo a un padre ceñudo que la apremiaba a marcharse del pueblo, abandonando la casa propia para servir en ajena, cuando ya empezaba a notársele en el vientre la huella del pecado. Decían pecado los hipócritas, los puritanos; decían pecado a la vez que arrojaban piedras sin contrición, mientras clavaban las navajas de sus ojos en el vientre lleno. Mas ella se supo sin culpa; amorosa de un idealizado amador a quien dio con cariño los diezmos y primicias de un goce muy breve. Tiempo después, ya sin fuerzas para iniciar un nuevo período de rencor, para renovar una aversión desgastada, perdonó a su padre. Le llegó al hombre la culpa de fuera, de la tradición y la costumbre, esclavo de una manera de pensar antigua, heredera de los tiempos oscuros y de las convicciones faltas de análisis. Hubo de dedicar mayor esfuerzo a descargar de culpa a los traidores, aquellos que cebados de envidia, al remanso del padre, escondiéndose tras sus anchas espaldas echaron leña al fuego hasta verlo prender la casa familiar por los cuatro costados.

Una niña de salud delicada le viene a doña Catalina al presente, esos días lánguidos, desde el limbo que la inocente habita; una pequeña que fue su hija en los tiempos oscuros que no quiere abrir a la luz del sol. Campanita de plata su primer vagido, el rumor de la lluvia sobre el río Duero, chisporroteo de una llama que el viento mece. Pétalos de rosa, alas de colibrí, sus manos, sus pies, inquietos, mínimos. Su risa marcaba el cenit, el nadir era el llanto; y el mundo flotaba y flotaba ajeno a todo lo demás. Su propia sangre, su carne recreada, su respiro; un milagro, una conquista. Iba a ser, venía para eso, quien ordenara el caos; investigadora, poeta, cirujana, primera de una nueva tradición de sacerdotisas en la Iglesia Católica, la voz que todos siguen, la voluntad que no va tras ninguna. No oyó, sin embargo, la madre, sus tiernas palabras, aquellas con las que la niña pudo haberla llamado; no fue testigo, la madre, de sus hechos libres, de sus vacilaciones, de sus dardos certeros. Se cebó la desgracia en la presa y la criatura quedó al margen del camino, sin haber dado muestras de su manera de ser, persona diferenciada del resto, orgullo de cuantos la conocían. Con todo, como si el cordón umbilical no hubiese sido cortado, un hilo invisible la une a la pequeña, cualquiera que sea el cielo que la cobije; y esos días lánguidos tira del cordón y su niña viene. Viene su niña andando por un sendero carente de principio, y la acompaña, hembra recién alumbrada, un buen rato en silencio; y con esos momentos aislados, la madre teje la ilusión impulsora de sus actos sin que los demás lo sepan.
Corazón agujereado por miles de cristalitos, Marina siente la ruptura interior de una concha de nácar que en él guardaba. El jarrón chino, perteneciente a una dinastía conocida por la perfección de su porcelana, invertidos los términos, yace a los pies del pedestal que lo exhibía, pedazos minúsculos de imposible compostura. Lee lo escrito sobre las relaciones de quien pudo ser su madre con la hijita verdadera, descubre en la pequeña bautizada por doña Catalina con el precioso nombre de Marina, ojos de color cambiante como el tornadizo mar, una criatura cuya muerte prematura la diferencia de ella; y libera unas lágrimas, aflicción y desesperanza de quien se queda huérfana de manera definitiva.

Dura el efecto lo que tarda un suspiro en abandonar el pecho a través de la boca; dura tan poco o sucumbe ante el disimulo: mi amada es actriz y yo no lo olvido. Al instante parece repuesta y en animada conversación nos adentramos por los vericuetos que trazaron al irse los tiempos antiguos. Mi interés va tras asunto tan nimio como es la duda, nunca resuelta, de si Teudenio y ella tenían o no perro, cuando iban por los pueblos llevando sus títeres. Me da Marina una respuesta que poca luz arroja sobre el momento preciso: no tuvieron can que pudiera llamarse suyo, aunque hubo alguno de los que viven a su libre albedrío, sin senderear, carentes de dueño asentado, que debido al trato cariñoso dispensado por ellos los siguió unos cuantos días; y en su breve estancia en Valdepero pudo darse esa coincidencia. La hubiera gustado, asegura, tener uno propio, cuidarse de él, enseñarle a buscar objetos escondidos a propio intento, a recoger un palo lanzado con fuerza, a saludar entregando la mano, a ejecutar variadas monerías en cuanto le hiciese una seña disimulada, a dar volteretas y a caminar erguido como las personas; pero entiende que podía incorporar un estorbo a las representaciones, distrayendo al modo del burro o de manera distinta: juegos con los muchachos o ladridos en los momentos cruciales; y a mayores, cualquier laborada llevada a cabo en los corrales o en las casas, podría enemistarles con las gentes cuyos corazones trataban de abrir a la par que sus consumidas bolsas.
Al hilo pregunta mi amada por Bernardo del Carpio, de quien ignora si existió en realidad; cuestión que el buen Teudenio no dejó zanjada. Me conmueven los reparos de Marina porque solicita el concurso de mis explicaciones históricas para disiparlos; y poseído yo por una inestable mezcla de huera vanidad y temor inconsciente a no estar a la altura esperada, me refiero a personaje tan íntegro sin desuncir la leyenda de los fidedignos anales. Y es que soy un fabulista decidido a servirse de sus invenciones para rellenar las lagunas de la investigación. Encuentro lícita la práctica si se dan, al menos, tres condiciones. Ha de efectuarse un esfuerzo previo de búsqueda, debe seguir lo inventado la misma vereda de lo notorio y se advertirá al lector de la licencia tomada destruyendo los malentendidos antes de producirse.

Existió, claro está que existió; estudiosos de renombre lo afirman. Apelo a la definitiva autoridad de Cervantes, respetuoso con la veracidad de lo tratado en sus obras. Sí, fue un héroe de talla, patriota esforzado, ariete de la oposición a los usurpadores carolingios. Encarnó Bernardo el mito creado en el medievo, opuesto por los españoles del siglo XVI al famoso Roldán de los franceses, a quien, según la tradición, el nuestro dio muerte en la batalla de Roncesvalles: choque sangriento donde perecieron -se dice- por si fuera poco, los muy valerosos y renombrados Doce Pares de Francia, gloria y prez del pujante ejército invasor. Teudenio y don Roque facilitaron en sus respectivas narraciones una muerte honrosa a Bernardo, acaso la única que le cuadraba. Recibió la estocada última del mismo Roldán que él había atravesado un segundo antes, gesto nacido de la vida que la muerte arrastra tras sí, la inercia de la que hablan los físicos. Los autores consultados coinciden en permitir al héroe seguir batallando por tierras lejanas; pero a mí me gusta más el final que presencié en el Patio del Castaño, villa condal de Valdepero, siendo niño.
De Bernardo, Señor del Carpio, se han ocupado incógnitos versificadores de romances, que el pueblo llano secundaba añadiendo o restando al recitar; y autores de tanto renombre como Alfonso X el Sabio, Lope de Vega y hasta el ya mencionado Miguel de Cervantes. A ellos se suma una pléyade extensa cuyos méritos no viene a cuento detallar y no detallo. Baste decir que acerca de su persona y aventuras se han escrito libros de caballería, obras de teatro, novelas y una epopeya en octavas reales, extensísima obra de Bernardo de Balbuena, un manchego de Valdepeñas nacido en la segunda mitad del siglo XVI, que fue cura virtuoso en México, abad mayor de Jamaica y obispo de Puerto Rico, donde murió y está enterrado. Bachiller, licenciado y doctor en Teología; de él dijo don Marcelino Menéndez y Pelayo: “…es a un tiempo el verdadero patriarca de la poesía americana y, a despecho de los necios pedantes de otros tiempos, uno de los grandes poetas castellanos”.
Con su obra “El Bernardo o victoria de Roncesvalles”, levantó Bernardo de Balbuena un monumento épico al legendario paladín. Si con todo, Bernardo del Carpio no existió, no seré yo quien dé fe sobre la presencia en este mundo de algunos conocidos con los que me cruzo a diario, cuya mano estrecho en prueba de amistad.
El rostro de Marina muestra en la frente una arruga que antes no tenía: hija de la incertidumbre en que lo endeble de mi razonamiento hunde a mi amada, supongo. A modo de ruego, deseando ilustrar lo explicado, entrego a la actriz los siguientes versos de Lope, en los que la enamorada Ximena da cuenta al amado Conde de Saldaña de la inminencia de su parto:

“Famoso don Sancho Díaz / Conde y Señor de Saldaña
y Rey desta infanta triste / desdichada en ser Infanta.
Un año hace justo, Conde / que enlazó nuestras dos almas
Amor con lazos estrechos / que es Dios quien todo lo iguala.
Y nueve meses también / en que entiendo estoy preñada
esperando cada día /el fruto de mis entrañas.
Todo ello ha estado en secreto / que Amor, aunque niño, calla
porque sé que ha de abrir puerta / a vuestra muerte y mi infamia.
No porque no merezcáis / don Sancho, prendas tan altas,
más porque Alfonso es cruel / Vos vasallo, y yo su hermana.
Que hay razones de su parte / que me han de ser muy contrarias
no perdonando por casto / los yerros de no ser casta”.

Dándoles un tinte dramático los recita Marina con voz templada por el oficio. De la destreza exhibida no me extraño ni poco ni mucho; puesto que la sé avanzando con buen pie por el teatro en verso, progreso debido al reiterado ensayo -cinco horas diarias- del papel de Rosaura en “La vida es sueño”. El director fuerza a los actores más de lo usual, pues se previene así de una crítica adversa que acortaría el largo previsto a la gira, llegando, inclusive, a impedir la provechosa temporada americana.
Irán a Argentina y de esa tierra tan querida lee Marina en el nuevo periódico llamado “El País” noticias poco tranquilizadoras: secuestros de periodistas, asesinatos de autoridades, torturas de personas que tienen significación política. Aparecen nuevos cadáveres flotando en el Río de la Plata, cuerpos mutilados que llevan vendados los ojos y las manos atadas. Y al lado, en Uruguay, los militares han cesado al Presidente. Las dictaduras parecen apoyarse las unas en las otras y, protegidas las otras por las unas, logran extenderse. Me lo comenta con un temor que en modo alguno es egoísta; y yo, que sufro como ella lo que la situación tiene de funesto para el común de la gente, trato de consolarla con el relato de la actualidad más próxima. Aquí las cosas se van encarrilando: la legalización de los partidos políticos, que celebran sus congresos en lugares públicos, parece ir en serio; se publican artículos antes reservados a la prensa extranjera y se producen debates abiertos acerca de temas que hasta ahora se trataban en privado y con suma precaución. Y por encima de todo –me complementa Marina- nos amamos; y el amor, es bien sabido, suma voluntades y defensas. Jamás nos sentiremos solos.

 

 

DIECISIETE
De nuevo el drama se cierne sobre los vecinos del 1º izquierda. Parece que la desgracia entra en las casas siguiendo oscuros designios, tan oscuros que al infortunio no le resulta posible guardar memoria de sus pasos; y cuando busca la salida, torpe como es, no la encuentra hasta después de pasar una larga temporada dando tumbos dentro y rompiendo cacharros. Justamente cuando el benjamín se recupera de la difícil operación a la que fue sometido, nace un temor fundado a que la fábrica rompa el compromiso firmado a su padre. Escasea el trabajo, y a los progenitores, preocupados por el futuro de sus vástagos, les costó muchas noches de insomnio decidirse; se quebraron la cabeza estudiando los pros y los contras hasta tomar una decisión que creyeron buena. Levantar la casa no es ningún juego, y al optar por el cambio aceptaron los riesgos que es preciso correr para atrapar la mejora. Podía ocurrir que se equivocaran, nunca se tienen todas consigo; a veces ocurren imprevistos que tuercen lo recto.
Días después se hace realidad lo que era tan sólo sospecha y cautela; al final del mes entrante dejará su puesto acompañando a veinte compañeros afectados; la imprevista anulación de un pedido hecho en firme, empuja a los directivos a tomar decisión tan radical. Hay razones –económicas, claro- casi siempre las hay; pero los débiles, sin pizca de culpa, acaban pagando el grueso de la vajilla hecha añicos. La mujer, encallecida y estoica, entiende justificada como nunca su expresión en tantas ocasiones repetida: ¡Estoy desesperada!
Acerca de su oscura situación reflexiona el esposo, una persona de carácter confiado, a quien su mujer no logra contagiar ni una mínima parte del pesimismo que la agobia. Espera el hombre que la fama de intuitivo, esmerado y trabajador, ganada donde quiera que la necesidad o el deseo le llevan, se ponga ahora de su lado. Tal vez la eficiencia que los jefes de antes le reconocen -ideó un método que sigue ahorrando cuantiosos duros en costos de explotación- rinda ahora beneficios. A lo mejor, la recta conducta que es su modo de vida, influye en la decisión y lo aceptan de nuevo en la Central Térmica. Si hiciera puente de ese modo sobre el tiempo roto, el mal quedaría reducido a un traslado infructuoso y a un breve retraso en la educación de los niños; quienes, por fortuna, no alcanzan edad de mayores necesidades. Con tales tintes pintado, rosa y azul muy vivos, se lo explica a la recelosa mujer, quien se estima realista y no puede creer que se dé la buena suerte en el mundo, ni la justa compensación de los méritos. ¡Dios te oiga!, exclama ella pidiendo una intervención divina irreemplazable.

Herida en su amor propio, influida por la envidia, después de la primera ojeada doña Cándida no ha vuelto a subir a la azotea, donde los gatos continúan congregando a los vecinos. Mantiene una pendencia con el resto del mundo, una personal cruzada contra el Orbe completo, que arranca, acaso, de sus primeros días. Vivían en una casita del barrio de El Cristo, cuando un espanto cortó el fluir de la leche materna, siendo desde entonces su alimento una papilla –leche, harina y azúcar tostado- que la mujer calentaba en su propia boca para que no llegara fría al buche infantil. El padre trabajaba de peón en el taller de un marmolista, y se daba maña para unir las piezas sueltas de las sepulturas. Una mañana lluviosa de fines de noviembre, resbalaron sus pies en el mármol de la cúpula que coronaba un panteón -base ésta de la cruz que estaba afianzando- con tan mala fortuna que cayó de espaldas a lo profundo del hoyo vecino. El enterrador halló el cuerpo frío, desnucado, cuando, horas después, pasó por allí y observó el abandono en que se encontraban las herramientas, desorden estimado impropio de quien las usa a diario. Dejada al cuidado de vecinas que no llegaban a terminar su labor por falta de tiempo, puede decirse que doña Cándida creció sola. Asistió a la escuela a temporadas, y lo aprendido apenas da para leer despacio sin comprender del todo y firmar de dos trazos titubeantes. A los doce años se puso a trabajar, sirviendo a varias familias antes de encargarse de la limpieza de aulas en un colegio de chicos. La ocurre a menudo: se distancia de los otros por motivos incógnitos hasta para ella misma. Unas palabras acres, dichas sin poner intención, la suben a lo alto del tobogán; y en cuanto se descuida, zás, ya está en el suelo con las piernas en alto. Así y todo prefiere esa situación a la contraria, la que descubre afinidad suficiente con otras personas y la obliga a tantear el terreno pisado. Sin embargo, nada la impide enjuiciarse de forma severa echándose la culpa. Lástima que se defienda de los propios ataques con excesivo ardor, y concluya el personal alegato con una frase que a su juicio lo fundamenta todo: ¡Es mi carácter!

“¿Lo ves?”, me dice Marina, “debes reconocer que tenía explicación su índole agria, su afán enredador de los hilos que mueven las conductas ajenas”. Y me lo dice ella, que salvó al ángel que aún es de una infancia carente de progenitores, llena de días en que un zaraballo de pan y un pedazo de tocino era todo lo que se llevaba a la boca. Es una santa capaz de justificar cualquier maldad de otros. “Ya”, replica a mi cotejo, “pero yo tuve a Teudenio.”
Mala debe de ser la leche de Gatita, pues tres de los cachorros amanecen descompuestos. En vano reinicia doña Catalina el tratamiento que tan buen resultado le diera con la gata madre; veinticuatro horas después, la hembra jaspeada, tras dolorosas convulsiones queda tensa, estirada, rígida. Se produce un duelo generalizado mas divergente: mayor en el pequeño, que llora en un rincón con un hipo imparable; mudado a malsana alegría en la señora de abajo, arrepentida de haber regalado la micha, que según explicación reciente de Angelines -ya acomodada- es de pura casta y madre de cuantiosa descendencia. Un hueco excavado en el patio de la Galería Comercial, al pie de una adelfa blanqueada de flores, se convierte en tumba que el niño riega con abundantes lágrimas de imposible consuelo.
Rayos y truenos, viento huracanado, lluvia torrencial; un seísmo de elevado índice ha de estar agitando el ático. Se librará una reñida batalla: muévese la tierra con estrépito bajo los cascos de los caballos, percíbese el entrechocar de las lanzas. La noche rompe el mutismo reinante gritando quejas y lamentos, insultos soeces y su inmediata respuesta. Los dos niños sollozan y Teresa, la mujer, la madre, intenta calmarlos. Estrépito de cacharros rotos y carreras que acaban de pronto con un portazo de Julián, el marido, el padre. Por fin el silencio se adueña del tiempo y del espacio, y la tranquilidad firma el armisticio con los vecinos que han de madrugar.
Sucede, no obstante, que todo es relativo y el bien y el mal pueden mezclarse y convivir; lo digo porque llegada la mañana, a eso de las once, el casero va presentando a la entera comunidad, puerta por puerta como tiene por costumbre, a una familia de nuevos vecinos: gitanos pudientes, titulares de un almacén de hierro viejo. Componen una dinastía de chatarreros formada por tres generaciones y seis miembros: abuelo, padres e hijos. Sucederán –tras el intervalo ya sabido- a la familia del maestro en el 1º derecha. Buena estampa lucen, altos, morenos, noblotes; los varones parecen cortados por el mismo patrón, pero el anciano porta una vara que maneja con soltura. La única mujer recoge su pelo en rodete y viste de oscuro; es de suponer que por guardar luto a sus muertos. Vienen de barrios extremos, de calles sin asfaltar, de solares abiertos donde resulta fácil dejar agrupados los deshechos que forman la materia prima de su negocio. Compraron un corralón al otro lado del río, un trozo de huerta y una tenada. Han arraigado en la ciudad, respetan los tratos y adaptan sus ancestrales reglas a los tiempos modernos.

El abuelo, un patriarca grave e impasible, posee la apariencia que en mi recuerdo atribuyo a Julián el hojalatero. Era el hombre, cuya memoria me trae el viejo gitano, un componedor que arreglaba cualquier utensilio metálico: platos y cazuelas de esmaltado acero, alcuzas, espumaderas, palanganas. Mostraba un rostro cobrizo surcado de profundas arrugas, y una piel curtida por la continuada intemperie; su aspecto –como el de éste- correspondía al de un hombre sabio que ha recorrido el mundo cien veces y conoce el secreto de vivir según los propios deseos. Visitaba mi pueblo tres o cuatro veces al año, y yo lo acompañaba en su recorrido por calles y rondas, ayudándole a trasladar cachivaches. Por estar a su lado, escuchando un repertorio muy variado de anécdotas, llegaba yo tarde a la escuela y desazonaba a mi madre que, sin resultado, me buscaba para comer. Compartíamos –él anfitrión y yo convidado- en una cueva horadada en la Campiña, mirando al castillo, un arenque y un mendrugo. No resulta insólito, pues, que al mayor de los recién llegados –alto, delgado, enhiesto, finos labios, miembros nervudos, de andar pausado y elegante- lo pinte yo con pinceles que se van sin querer a reproducir lo apreciado; y el abuelo gitano -honorable, de carácter recto- sea en mis ojos un trasunto de aquel Julián, componedor que me contaba historias de su juventud, cuando luchó en una guerra y le dieron por muerto. Aprendí de él a dominar el estaño hasta hacerlo instrumento apropiado para el arreglo de objetos dispares. La falta de práctica llevó al olvido tal habilidad, pero bastaría intentarlo de nuevo para recordarla.
A los restantes miembros de la familia recién llegada los traza mi pluma fijándose en la memoria de los trilleros; estoy convencido. Componían aquellos una tribu de artesanos de la madera procedente de Cantalejo, pueblo de Segovia, y en sus varios periplos anuales, al llegar a la comarca del bajo Carrión, se alojaban desde tiempo inmemorial en nuestra casa. Los que eran padres siendo yo niño, correspondían con los hijos que acompañaban a los adultos en tiempo de mis abuelos. Se sucedían ellos, nos relevábamos nosotros, y el conjunto del universo proseguía de igual modo los giros y mutaciones previstos, sin desviarse un ápice de la derrota marcada. Formaban parte, por tanto, del imperturbable devenir del que tanto se ha escrito.

El carro entoldado seguía a un mulo hecho a la parsimonia, un mulo desengañado ya de las prisas humanas, porque el verano llega siempre a su debido tiempo, y las prestezas todo lo más alargan la espera en el lugar de arribada. La protección de aquel mundo ambulante quedaba a cargo de dos perros hijos de cien mezclas, chuchos ladradores que huían al primer amago de ataque. Los trilleros, fiados de la docilidad de la bestia de tiro, durante el viaje trabajaban al trantrán de las ruedas: martillos esgrimían, tenazas, escoplos y un útil apropiado para sacar esquirlas a la piedra sílice. Y en esas condiciones se hacían presentes en nuestra portada sin aviso previo. Si se daba el caso de haber salido nosotros al campo, con un dedo niño deslizaban la clavija hacia el interior de su alojamiento, y abrían la trasera tomando posesión del corral y las cuadras.
De calle en calle iba el padre pregonando la mercancía: curvos tablones de pino, empedrados, secos y carentes de nudos. Complementaba la oferta comercial con la de mantenimiento, consistente en la reposición de las piedras desprendidas en los trillos usados. Los nuevos, olorosos de la resina que rezumaban, apoyados en los muros de nuestra casa exhibían la airosa curva del cabezal, la fortaleza de gancho y travesaños o el perfecto mosaico de mil hendiduras ocupadas por otros tantos añicos de pedernal; anverso o reverso, según la posición que ocupasen. Los labradores necesitados de abastecerse, y los simples curiosos, realizaban una inspección minuciosa y preguntaban el precio en duros. Rompió la rutina la mecanización del campo, proceso imparable que daba fin en la labranza a la tracción animal. Cambiarían de oficio, es de suponer; quizá se inclinaron por la industria del mueble, quién sabe. El caso es que su recuerdo, y el de las historias recogidas en el quebrado itinerario seguido, dejadas como pago único de la posada, me dan pie a perpetuarlos, trasplantados. De modo que con esas mismas hechuras y unas mañas que difieren poco, pinto a los gitanos, nuevos vecinos de la casa que mi relato sitúa dando cara a la Rinconada frente al dorso de la iglesia.

Transcurridos dos días desde de la primera baja, la segunda hembra felina sigue idéntico camino hasta llegar al hoyo, todavía fresco, del patio ajardinado. La supuesta hija de Cordero alcanza su fin cuando aún no conoce del todo el interior del cajón ni a sus hermanos, sin dominar siquiera la técnica de desplazar las bocas que succionan a su alrededor, en lucha franca por el alimento que posibilita la supervivencia y da curso a la selección natural. Llega doña Catalina a desorientarse, y permanece sin explicación clara sobre la reacción del fármaco; pues en ella misma -al igual que en la madre- surte un efecto tal que corta de raíz las diarreas y, sin embargo, en las difuntas se ha revelado inútil. No parecen existir coincidencias de las que se deduzca la forma de obrar con acierto. Observa la marcha del tercer enfermo al que considera ya curado, cuando descubre en el pescuezo de Gatita un bulto de regular tamaño; un divieso o quiste oculto bajo el esponjoso pelo que cubre tan delicada zona.
En el primer piso, a los recién llegados y a quienes se van no les concede tiempo el destino para congraciarse. Todavía suben muebles los del piso del costado derecho desde la carriola, cruzándose en la escalera con los del izquierdo que los bajan a una camioneta, cuando empieza el revuelo de las despedidas. Breve ha sido la estancia, pero intensa; los niños, y más que ninguno el chiquitín, abrieron a los vecinos de par en par la ventana azul y blanca de los sentimientos, que en este instante afloran más tiernos que nunca sin precaución que los oculte. De fuente profunda surgen espontáneos los besos y abrazos, de cálida lana se trenzan sinceros los deseos de felicidad futura, y en corazones tan generosos nacen vehementes las promesas de futuros encuentros; mas todo ello será humo que el viento dispersa si el azar no procura otras circunstancias favorables, porque la condición humana tiende de suyo, tras situaciones como la que ahora viven, a la inacción y al olvido.
La melancolía que inunda las tardes tiñéndolas de tonos terrosos, impide a Sara preparar el ajuar como indican la corrección y la cordura. «Algo aprenderías en la academia; vamos, digo yo”: le espeta entre mandato y reproche la hermana emboscada en el límite de su paciencia. “Supongo que te habrán enseñado el modo de sacar provecho a la aguja. Pues a ello; que no te vendrá mal un poco de ejercicio.» Pero la joven, pese al acicate, permanece inactiva; su mirada se pierde en un punto inconcreto de la inconclusa labor –el bastidor, el tenso lienzo curado, los vistosos carretes de hilo- y se queda mano sobre mano sentada en una silla baja al pie del balcón, junto a la censuradora que teje una pieza para el sobrino sin atreverse a confesarlo. En alguna parte del mundo puede que esté sucediendo una escena opuesta a la que describo, y a Sara le gustaría formar parte de aquella, pero se ve que no es posible.

El bulto aparecido en el pescuezo de Gatita aumenta de manera perceptibles; va inflándose como un globo peludo soplado por una boca incorpórea. Se agranda tanto que impide a los molares masticar las olorosas bolas de comida, esféricos pedazos de esperanza más que de salvación. Falta la madre de nutrientes, sus pezones henchidos se limitan a un par; y las peleas libradas para ocuparlos acaban con el tercero de los mininos, debilucho tras su reciente diarrea, apartado no sólo de la acción sino también del estímulo que a ella conduce. Apenada le observa doña Catalina lamerse, alisarse los largos pelos blancos y negros de las patas, del pecho consumido, del lomo huesudo. Le abandonan los ánimos y sin ellos se le hace cuesta arriba ocupar un espacio fuera de su castillo prisión o emprender una actividad distinta. Los hermanos vigorosos, terminada la succión o cansados de succionar sin resultado práctico, abandonan la caja y conquistan el espacio limítrofe y aun el distante. Se observan enfrentados, calibran sus fuerzas, sus destrezas recién adquiridas, inician alocadas carreras sin dirección determinada o cambiantes persecuciones del uno tras el otro hasta que ambos ruedan abrazados, se levantan y ponen por medio una distancia que les parece suficiente para iniciar el próximo movimiento del lance: trepar un buen tramo de muro antes de precipitarse sobre un enemigo hipotético.
Con el fin de trasladar desde el piso del barrio de San Juanillo, el armario de tres cuerpos y la cama, cedidos a Angelines por su medio hermano, hijo de doña Cándida; la señora solicita a los nuevos vecinos la carriola. Resulta más caro, en comparación estricta, el servicio interno que el largo recorrido, y no está dispuesta a fomentar abusos. Por el tono dominante de la demanda, parece destinada a favorecer a los demandados. Cosa que no extraña a quienes la conocemos: familiares, vecinos, lectores de lo escrito, entre los que incluyo a Marina, y quien trata de captar los matices de su forma de ser para dejar de ellos memoria, es decir, yo mismo, el escritor; pero el resto del mundo, de oírla, se sorprendería. No es de extrañar, por tanto, que la sorpresa alcance a quienes acaban de llegar. Sorprendidos y todo, los hierrovejeros se portan con una amabilidad que la mujer desconoce, pues no entra en sus cálculos proporcionar un favor sin contraprestación bastante, y jamás entrega ayuda que no cobre de uno u otro modo.

Finaliza agosto cuando Gatita desaparece del universo colindante. Deja en el cajón un considerable hueco que sus tres hijos, debido al lento desarrollo, no logran llenar. Tras cuatro días de ausencia doña Catalina se va haciendo a la dolorosa idea de un abandono definitivo. La que fue su dueña justifica la deserción de la gata, y halla sobrada razón en la búsqueda de un lugar apartado donde morir sola. Herida en su orgullo de raza la piensa, avergonzada de su aspecto deforme, pues tiene presente que el desarrollo del tumor iba apagando el brillo de sus ojos, iluminados hasta entonces por la dicha.
Los hospederos de enfrente, separados o juntos, visitan de manera regular la terraza de los gatos desde que el estío los liberó de estudiantes. El asunto de la charla revela con claridad meridiana que hacen de los cachorros un fútil pretexto; ni una caricia para ellos, ni un comentario elogioso o despectivo; parecen pensar que al fin y al cabo se trata de animales, seres puestos ahí por la naturaleza para provecho o fastidio del hombre. Moscas aplastadas con una bayeta lanzada al vuelo, conejos desnucados de un certero manotazo, indefensos lechazos degollados a la vista de sus madres, gatos estrellados al poco de nacer, perros condenados a la horca por desplumar la cola de un gallo o protagonizar cualquier otra fechoría: la violencia embotó su escasa sensibilidad en una niñez ya lejana. En realidad, buscan la compañía de terceros para alejarse de sí, la brisa suave del terrado que los deja al pairo; persiguen el ronroneo sedante de la conversación insulsa, la distracción transitoria y el momentáneo olvido. Sin huéspedes que entreguen, además de sustento, el sentido de los días; con el alma abierta se hallan, en carne viva, expuestos a la acción de los sentimientos contrarios y de los propios, enemigos éstos aún más encarnizados. Refiere la hermana las rarezas del hermano proporcionando ejemplos indiscutibles, y él describe la conducta impropia de ella en la cocina, donde su falta de atención a los fogones pone a todos en peligro de incendio. Se transmiten soledad el uno al otro, y si no se necesitaran tanto como se necesitan, hace tiempo que cada uno iría por su lado. Doña Catalina descubre la deseada ocasión de emplear los adquiridos saberes, su evidente superioridad, y da consejos ajustados al conflicto que no son tenidos en cuenta. Tarde ya, comprende que los hermanos se vacían soltando lastre, que con escuchar la sobra. Vendrá septiembre a su debido tiempo, todo lo más con un leve retraso, empezará el nuevo curso, y unos u otros pupilos exigirán a los hospederos una ocupación que llena la mente por completo. Los gravísimos problemas de convivencia pasarán a ocupar el rincón donde guardan las escobas, las rodeas destinadas a recoger el polvo y un largo plumero de paloma y perdiz que él, mañoso desde la infancia, ha ido formando en los ratos libres.

Sin pezones, el problema de la alimentación adquiere tintes oscuros. Los de Angora rehúsan las alimenticias esferas, tan aromáticas, tan apetitosas; sus dientes todavía no responden al deseo. Doña Catalina, teniendo en cuenta los antecedentes, se opone a las conservas; y la leche de vaca debido a su efecto laxante no se manifiesta solución continuada. Lamenta de resultas haber arrojado los botes sobrantes, pues ha de reemprender su compra aunque en esta ocasión cambie de marca, pensando que los preparados para perros pueden ser más consistentes. Acierta, pues los de Angora comen con hambre, juegan durante todo el día y duermen unas largas siestas que les dejan derrumbados uno sobre otro. Hasta el pequeño se incorpora a las luchas simuladas en igualdad de trato; y a partir de ese fausto momento forman los tres un grupo tan alegre, tan agitado en sus retozos, en sus imitaciones de la vida adulta, simulados mordiscos y arañazos, que doña Catalina se descubre en trance de arrinconar las tristezas anteriores. Va hermoseando el retrato de Gatita en el recuerdo hecho presente; el cuello deformado y la torcida carrera aparecen en la recompuesta imagen plenos de armonía. Dilúyese en olvido el temor no confesado a que mueran los supervivientes.
Sara, quien por las cuentas hechas espera ser madre al poco de casarse, distribuye su desgana por toda la casa y al mismo tiempo la sufre íntegra. Es en la terraza de doña Catalina donde se desembaraza de la indolencia por completo; allí la tiende sobre los floridos tiestos y, sintiendo a la disminuida camada como propia, recibe un ánimo que ya apenas le resulta familiar. Prosigue el aprendizaje de las distintas materias y pone en práctica aquellas, como la cocina, susceptibles de ejercitar con los medios puestos a su disposición. Pero la noche se convierte en perro rabioso, en sigilosa víbora, en buitre atento a su agonía. En cuanto cierra la puerta de su alcoba, el pensamiento arrastra colchas negras y las coloca formando círculo delante de los ojos. Allá donde mire hay negrura; arriba y abajo, derecha e izquierda. Los malos sueños, reiterados, alejan el descanso renovando unas pesadillas que, terminadas, enlazan con otras más dañinas si cabe.

Marina sufre con la muchacha y me acusa sin sutilezas de someterla a tortura prevaliéndome de mi posición elevada: soy el creador y tengo en mi mano el destino de los personajes. Marina sufre con Sara y yo peno porque pena Marina. Estoy por endulzar el acíbar que toma la desorientada a la fuerza; obstruyo yo su nariz con el pulgar y el índice apretados, para obligar a la boca a abrirse y tragar. Estoy por convertirme en cireneo y portar la parte larga del leño, dejándola a ella, una vez descompuesta la cruz, el travesaño corto, el más ligero. Soy el creador de los caracteres, pero las reglas del comportamiento humano me vienen dadas y no puedo actuar a mi antojo.
Lo entiende mi amada por su índole de actriz y me habla de Calderón, de “La vida es sueño” y del papel de Rosaura –mujer y desdichada según la definen los versos- que en estos días asume como si fuera su propia vida, su identidad verdadera. Asegura haber estado en un tris de modificar las estrofas que recita, con el solo fin de favorecer la suerte de la dama. Si no lo hizo fue porque la alteración resultaría, por efímera, inútil; pues tras su despido cualquier actriz la llevaría con gusto a la literalidad. Pero se abstiene de enmendar la plana al genial escritor, más allá de las otras razones, porque Calderón creó a Rosaura fuerte, la dotó de un carácter capacitado para defenderse por sí y a su lado situó a Segismundo. Sara, sin embargo, es apenas una adolescente y está sola. Nadie la ayuda aparte de doña Catalina, que se esfuerza en proporcionarle la eficaz herramienta del conocimiento sin disponer del tiempo preciso. Habla la cordura por boca de Marina una vez más, de modo que me comprometo a atender sus razonadas indicaciones en lo que la tolerancia argumental consienta.

 

 

DIECIOCHO
Julián, el vecino del ático, pasada la una de la madrugada llega a casa cargado de alcohol. El silencio y la oscuridad se apoderan de la noche dejándola en nada, un de estorbo tan sólo para los distraídos; y los guijarros de la acera se hacen enemigos de quien no despliega todo su cuidado al andar. Tras varios intentos fallidos no atina con el interruptor que enciende las bombillas de la escalera, y ha de subir algunos tramos a gatas, porque, erguido, trastabilla y cae. Por fortuna la puerta está abierta y entra en el piso sin más inconveniente que un golpazo dado con el hombro en el marco. A voces llama a Teresa y a los niños, pero no recibe respuesta. Los imagina acurrucados en el ángulo de la librería o parapetados dentro del armario. Desde la Rinconada se percibe luz en las ventanas de algunas viviendas, son las que pertenecen a quienes han despertado por la brusquedad de los primeros desórdenes, ensayos flojos del inminente seísmo, e inquieren la causa de tanto alboroto. Va Julián al dormitorio con clara intención de vengarse de su mala suerte golpeando a la esposa; y al no encontrarla, enfurecido, la toma con muebles y aparatos electrodomésticos. Rompe, originando un gran estruendo, el receptor de televisión y algunos cuadros que cuelgan de las paredes en el pasillo; luego arroja por la ventana una plancha con el cordón enrollado sobre el asa en giros caprichosos.

Provenientes del hueco de la escalera, dotados de forzada sordina, le llegan gritos que reclaman silencio; y él ni siquiera contesta a los peticionarios: en su desprecio de cuanto no sea él mismo, los ignora bien ignorados. Vuelca los sillones y el sofá del tresillo, y a continuación la mesita de cristal y bronce. En ese momento, bajo el cenicero de barro cocido que las sujeta con su peso alisándolas, halla unas cuartillas manuscritas. Imagina al instante la activa mano de Teresa deslizándose por el papel armada de una pluma, y a pesar de la confusión de su mente, en gran parte obscurecida, la letra menuda le habla de ella, y lo mismo la agradable armonía de los rectos renglones; conjunto muy distinto a los trazos gruesos, signos desiguales y líneas caídas que caracteriza su propia escritura en estos días últimos. Imagina un recado de la ausente, tal vez el esclarecimiento de los motivos de su marcha o la indicación del lugar adonde ha llevado a los niños. Ignora, no obstante, que esos párrafos, uno a continuación de otro, llegan tan lejos como llegan, a desnudar la verdad y a ofrecerla desnuda; y que uno tras otro ahondan tanto como lo hacen, buscando las razones en lo más profundo y exponiéndolas. Comienza la lectura el hombre con escasa aplicación, y cuando aún no llega a la mitad, despreciando más que el inocente papel el hiriente recado, plagado de mentiras y exageraciones según cree, hace con las hojas un rebujo y lo arroja por la ventana entreabierta.

Quiere el destino que el burujo se quede en el balcón de doña Cándida, pues ella, si el viento no lo cambia de lugar, lo encontrará mañana y dará completa difusión al contenido. Julián, en cuya cabeza no entra que la esposa tome iniciativa, sigue buscando a los que callan dominados por un temor culpable, una madre angustiada y sus hijos; pues sospecha la añagaza de quien quiere que el marido desista y abandone la busca. A marchas forzadas recorre los cuartos, inspecciona cada rincón, mira en el armario y detrás de las puertas, y cuando se cerciora de que no hay nadie en casa, dando un portazo sale al descansillo e inicia un peligroso descenso. El ímpetu desmedido le lleva a abarcar tres peldaños de una sola zancada; cae, se levanta con un esfuerzo que excede en mucho a la necesidad, y el nuevo impulso, repitiendo el tambaleo, vuelve a derribarlo.
Se oyen el fluir del agua en los grifos abiertos y el característico soplido de las cisternas cuando restablecen su nivel; y un rato más tarde oscuridad y silencio vuelven a fundirse en una noche que trata de ser ella misma. Doña Cándida, avanzada la mañana, a eso de las doce, cuando las labores llegan a su término, encuentra en el balcón los arrugados papeles. Si fuera otra la favorecida podría perderse el mensaje, cabe esa eventualidad; y en tal caso nos quedaríamos ayunos de lo en él tratado. Pero ¡ca!, ella es curiosa y lo devora por completo. Quiere el destino que sea la parladora doña Cándida -y no otra- quien halle el manuscrito; quiere que la mujer se empape de su contenido de principio a fin, que lo valore como un secreto de interés general, y que motu proprio, ya sin influencia ajena, lo difunda. Una jornada tarda la pregonera en facilitar a los vecinos, yendo casa por casa, la lectura íntegra de la carta llegada de arriba. Al cabo de ese lapso breve, chicos y grandes conocen en sus más íntimos detalles la evolución de una imposible convivencia: la triste historia del maltrato que Teresa y los niños han estado recibiendo.

Me encontraba contigo, Julián, a diario; sucedía cuando sonaba el timbre indicador de la pausa para el almuerzo, y nos reuníamos los empleados pertenecientes a las distintas secciones. La gravedad asentada en tu rostro, dimanante de unos ojos huidizos, y la rigidez de tus movimientos cuidados, no invitaban siquiera al saludo. En la sala destinada a comedor, moviendo juntos la mesa que pretendías separar de la mía para desayunar solo, derramamos torpemente un vaso de café sobre tu pantalón beis recién estrenado. Fuesen mi gesto compasivo, mi palabra de pesar, mi disculpa entregada sin razón verdadera o tu azoramiento ante el accidente, lo cierto es que desde ese día comenzamos a hablar. Era una charla sincera, exclusiva; propia de los que tienen necesidad de comunicarse y toman la conversación en el lugar en que la dejaron el día precedente. Encontré en ti nobleza de corazón, germen de la honradez avalada por cien testimonios; y establecimos una corriente de intimidad que nos llevaba a entendernos sin palabras. Yo, Teresa, única hija de una costurera viuda que se había dejado los ojos en el zurcido para darme estudios, prestaba a la empresa mis servicios de administrativa experta, en progresión constante hacia la cabeza de la Dirección Contable cuando menos. Tú ibas para ingeniero técnico y Jefe Superior del Centro Operativo; estudiabas de noche, y a lo largo de la jornada laboral ponías en práctica las teorías reveladas por los libros de texto. Teníamos en común nuestras carencias y, a mayores, un vehemente deseo de abandonar el espacio impropio que durante un tiempo iba a recibirnos y a encarcelarnos.

De modo irregular superamos la etapa de tanteo y aproximación que constituye el noviazgo: períodos apasionantes se alternaron con otros dominados por la inercia y el sentimiento de haber adquirido un compromiso firme, vínculo del que ya resultaba imposible librarse: parientes, compañeros y amigos se habían hecho a la idea. Por lo que entonces creímos verdadera fortuna, estábamos en disposición de acortar el tiempo de mutua averiguación y lo acortamos. La ceremonia de nuestra boda resultó insulsa, desabrida; algo mejor discurrió el convite. A los postres la alegría tomó la sala, y tú, Julián, contabas graciosas anécdotas, presumiendo de esposa al estilo del labrador llegado de la feria sobre la mula torda recién comprada. Brindaste con tus amigotes en memoria de cuanto suceso antiguo os tuvo por testigos, y terminaste achispado. Yo estaba espléndida, y eso que mi vestido no era de los caros; pero poseo habilidad para lucir con elegancia la ropa sencilla. Me sentía atolondrada; todo lo veía aparente, fingido, como sacado de un sueño. Cuando abrí los ojos a la realidad, nos encontrábamos solos en un apartamento de la playa del Saler, próximo a la ciudad de Valencia, refugio que mis amigos Eugenio y Charo nos cedieron para la ocasión. Por fuerza el tren hubo de dejarnos en la estación un buen rato antes, un taxi nos acercaría, es bien seguro, a las cañas de la Albufera, al viento salobre del mar, a la playa estrecha y alargada. Encima de la mesita descubrí una botella de vino espumoso arropada con hielo, y de manera simultánea te sentí reclamar tus maritales derechos con vehemencia: no existía razón para la duda, la luna de miel había comenzado.

Durante ocho meses fuimos felices; luego el malestar llenó la alacena. Tus palabras duras, y a continuación las mías; mi voz alta, y sin dilación la tuya. Es posible que tu caja de resonancia estuviera algo descompuesta; tal vez permanecías anclado a la memoria de tus padres, muertos ambos con unos meses de intervalo. Tal vez fuera eso, o que el labio mermado, naciste con esa carencia y la operación no resolvió gran cosa, te traía al espejo una imagen no vista en rostro alguno por más que miraras. Dabas un rodeo, te defendías del inexistente ataque juntando una frase alargada que mi mente interpretaba de la peor manera; tomando la acepción más hiriente. Tal vez mi caja de resonancia estuviera descompuesta: es posible que yo me viera aún en las garras del malnacido que quiso forzarme; el dueño del piso arrendado, un furtivo que hallándome sola intentó tomarme como moneda de cobro. Tus besos nocturnos, groseros, carnívoros, esposo encendido, preludio de las caricias íntimas, antecesoras éstas de la consumación del acto, amor derramado que ineludiblemente iba a inundar mi cuerpo desnudo, tus besos robados, impuestos, eran los besos del otro, el monstruo que me arrebató el goce sin fijar fecha al esperado regreso.
Debiste de percibir, Julián, el incipiente rechazo, apenas un gesto algo brusco; pues llegaste a mí desde entonces en ocasiones contadas. Sin embargo, te necesitaba amante, suave, cariñoso, considerado, para recorrer el camino de vuelta al placer y al equilibrio. En tu paulatino alejamiento sospeché un amor disyuntivo y me negué a conocer la verdad. Ignoré tus primeras ausencias, tus incompletas explicaciones, y fui levantando una pared que sumaba adobes a los adobes con presteza.

Ahorraron los tuyos duro a duro: guarda de noche tu padre, tu madre limpiadora de escaleras; para darte unos estudios que te llevaran lejos. Mecánico de máquinas electrónicas te hiciste, una profesión limpia: vestías bata blanca cuando te conocí; de mucho futuro. Resultó cierto, lo has ganado bien. No, no era el dinero un problema; yo sumaba lo mío y juntábamos más de lo que resulta corriente. Cuando vinieron los hijos, tú, Julián, ¿recuerdas?, me obligaste a dejar la oficina. Eras muy hombre; cumplirías como fue mandado tu tarea de alimentar a la prole y defender el territorio de ataques externos; área de tu exclusiva responsabilidad que yo integraba. Te veías cazador enarbolando el hacha de sílex o tendiendo trampas en la enramada; guardián de la cueva. Saliste victorioso: abandoné el trabajo; coacciones y chantajes sin cuento hube de soportar antes de rendir mi voluntad a la tuya. Ahora, supongo que lo sientes, me encuentro indefensa frente a los gastos diarios; me veré obligada a administrar algunas comunidades vecinales y a dar clase de contabilidad a opositores para sacar adelante a mis hijos.
A partir de ese instante comenzó el deterioro: descuidabas la higiene y bebías ya sin excusa. Si tu carrera profesional no avanzaba conforme a las previsiones, en casa repartías órdenes a diestro y siniestro: tú el altivo jefe y yo la humilde empleada. Se hizo arisco tu trato hasta romper la imagen del Julián que yo quería, y dejé de ser la esposa amable para convertirme en la odiosa criticona de tus múltiples fallos.

Quién diría que las palabras, tan inocentes, se preñan de perdigones, de postas, de balas. Con ellas nos prometimos eterna felicidad y cantamos nanas a los niños, ¡quién lo diría! ¡Quién diría que se trata de la misma boca! Pero es así, las palabras inertes se activan con la intención, con el tono empleado, y se transmutan en bálsamo o veneno.
Tus padres te mimaron; de su necesidad salía tu abundancia, de su tolerancia tus travesuras. Ejercías violencia contra sus escasas negativas, y observaste que en tus arrebatos anidaba la ganancia. Por eso buscas la razón en la victoria y la fuerza de tus brazos avala tus acciones; asienta tu lógica su base firme en la brutalidad de los puños.
Éramos iguales, almas gemelas, siameses unidos por la espalda recién separados: asegurabas tú en los inicios de nuestra amistad. Éramos iguales, sí; pero mucho de lo tuyo me resultaba extraño. La música subida de tono te atraía con fuerza, los vivos acordes repetidos sin cambios tras intervalos muy breves, el ritmo invariable; yo prefería las melodías armónicas o el silencio. Me interesaba, ahora ya no me ocurre, por todo lo que fuera consistente y portara sabiduría sobre su lomo, alado caballo de avance y ascenso. A ti, Julián, te importaba aquello que representase juego y evasión, el ruido carente de base, la charla anodina, la nada envuelta en celofán. Yo retenía con gran esfuerzo mi vocación de águila para estar a tu lado, y tú no querías ser otra cosa que un gallo en el corral de la vida. Cuando te veía pasar en un periquete de la euforia al decaimiento, buscaba el desencadenante y casi siempre lo hallaba en mí. Creía que la aridez de tu carácter sólo se mostraba conmigo, mas pronto supe que en el trabajo tenías enfrentamientos muy serios. Aumentaba de modo visible tu afición a la bebida, engañosa botica cargada de peligrosas contraindicaciones; buscabas en el olvido la negación de los hechos adversos y la tranquilidad extraviada. No sé si el alcohol influyó en tu ataque al encargado; pero de los insultos pasaste a los golpes, y con cuatro perras te alejaron de la empresa. Saliste del edificio, orgulloso como eres, sin echar siquiera una mirada al pasado; por eso no viste que en los compartimentos vacíos de tu taquilla dejabas olvidado el sueño de alcanzar la cumbre.

Me culpaba yo de tu frialdad y, existiera o no, acepté a la otra; le hice un hueco, me aparté para cederle el paso. Al comienzo admití su presencia como un mal inevitable: eras hombre y tu naturaleza exigía desarrollo; luego vi en ella un complemento que me evitaba los profundos abrazos, los enviones fuertes, carentes de donación, egoístas. En esas circunstancias fuimos capaces de tener dos hijos; responsables de su existencia somos. Lanzas arrojadizas hicimos de sus tiernas voluntades. Su formación nos ha entregado incontables motivos, todavía más, para el desacuerdo; y mi sufrimiento es hoguera encendida en el rastrojo de su incierto futuro.
Al aparecer mi voluntad por entre las cortapisas, surgió el agresor que en tu interior albergas. Te hiciste atacante cuando mi personalidad asomó tozuda. El noviazgo fue un terreno de nadie que creíste tuyo, pero el matrimonio no confirmó tu dominio. En un principio fue el desprecio: nada de lo que yo hiciera o hablara tenía valor. Potenciabas mis errores hasta llevarlos a la magnitud del desastre; y yo pasé a desempeñar el papel de boba, indigna de desatar los cordones de tus zapatos, de secar con mis cabellos tus pies húmedos. Existe un sentimiento que recoge íntegro lo que hace a la concordia imposible. Rencor es la palabra que han asignado a ese efecto devastador, y se entiende como un malestar que va acumulando contenido día a día; un silo de heridas pequeñas, una panera de humillaciones y desprecios. El rencor se oculta bajo la hojarasca de las apariencias, y prosigue su acción insidiosa hasta hacer imposible cualquier intento de arreglo durable; es un muro emocional contra el que se estrellan las buenas intenciones, la reflexión y el arrepentimiento.
Una noche imprecisa te anuncié mi hallazgo: debido a tus frecuentes extracciones la cuenta corriente había traspasado la endeble barrera del cero. Y esa madrugada culminaste tu tanda de insultos con un empellón. Aceptado el envite porque necesitaba creerlo acto único, el tortazo de días después afloró junto con la sangre un temor escondido, un miedo antiguo procedente de la niña que estuvo sometida a una monja cruel. De mi nariz manaba una trencilla roja, un fleco de sangre que, sin embargo, me permitía percibir en tu aliento el alcohol ingerido. Hui en cuanto pude; pero tu llamada, tan dulce como las del primer período, puso alegría en la noche triste de mi interior magullado. Pedías perdón, pero buscabas silencio; así que iniciamos la etapa del disimulo: la familia no debía ver las llamas del infierno que nos abrasaba, su calor no calentaría a quienes nos conocieran. Nuestros hijos no saben fingir, y a través de su testimonio se oyeron desde la calle el batir de las espadas y el contener de los escudos. Los cardenales pintados por tu puño en mi rostro dejaron entonces de inquietarte; tenías razones que cualquiera podía comprender: yo me desmandaba y tú me ibas a encarrilar: dijiste como explicación de nervio.

La costumbre se adueña de las casas y reina en ellas una generación tras otra; los que llegan la adoptan sin preguntar y la toman como regla. Te forjamos entre todos, Julián. Jactancioso te hicimos; arrogante, bravucón, egoísta; orgulloso de una virilidad que no se arruga porque la fuerza bruta la respalda. Fraguamos en ti ese tirano fatuo que va por la vida entre ráfagas de viento y luminosos destellos; contribuimos todos a afianzar tu pedestal y tú ocupaste el lugar de la estatua. Buscando que nadie te hiciera de menos, era tu padre quien costeaba tus diversiones. Los amigos se sentían seguros a tu sombra, y amparándose en tus anchas espaldas iniciaban peleas en las que, sabedores de su debilidad, por ellos mismos nunca hubieran entrado. Yo también me culpo de someter mi voluntad a la tuya en la época despreocupada del cortejo, cuando decía que sí a tus propuestas, aunque no me gustaran ni pizca.
Los iniciales mitos que la historia antigua elevó a los altares, no se desgastan de manera visible. Madres, hermanas, esposas e hijas recibimos el proyecto de hombre en nuestros brazos; y resulta estar hecho de barro moldeable, página en blanco donde todo ha de escribirse. Nos rendirnos a sus encantos desde el primer balbuceo, acaso desde el primer vagido; y multiplica su hechizo nuestra propia mirada. En él impulsamos al hermano, al hijo, al padre, al marido; en nuestras manos está hacerle opresor o compañero. Sí, somos nosotras las que hemos de romper la costumbre, quienes debemos destruir la fábula.

Partiendo de la responsabilidad común y de los errores cometidos por ambos, en múltiples ocasiones intenté que recapacitáramos juntos. Tentativa inútil: las bromas y los improperios enfrentaban tu inocencia a mi culpabilidad, fragmentando una esperanza que poco a poco iba siendo neutralizada, desactivada, paralizada, rota. Tu conducta obedece a un principio inamovible; lo sé, lo has dicho infinidad de veces: soy tuya y tú eres mi dueño; mi vida y mis acciones te pertenecen por entero y en exclusiva. En consecuencia, cualquier conversación que tienda a cuartear tan sólidos cimientos está condenada una y otra vez al fracaso”.
En mi interior, dos fuerzas secuestradoras de la voluntad, condicionantes de mi conducta, suman sus tirones: el temor y la esperanza. Temo actuar, porque tu reacción volverá contra mi cualquier acto. Y hasta pensar temo; porque si pienso, actúo; y tu oposición se hará presente al instante. Siempre esperé que se produjera un cambio en tu conducta. Me explicaba a mí misma: Julián es noble y me quiere a su manera; tiene rarezas, sí; y un carácter fuerte que no logra dominar; pero de natural es sensible y afectuoso. Creía posible el regreso de los tiempos felices, aquellos en que me ofrecías flores y -debo decirlo, aunque no lo crea nadie- me recitabas poemas. Acababas de pegarme y te odiaba; mas en cuestión de horas creía posible la muda de tu comportamiento. El miedo es muy tímido y se esconde tras la sumisión y la sonrisa fingida; el miedo calla porque se le forma un nudo en la garganta que lo paraliza y ahoga. La esperanza se sienta en el último peldaño de la escalera, para cerciorarse, en cuanto llega el enemigo, de si viene o no cambiado para calibrar el tamaño y la calidad de la muda. Miedo y esperanza conducen a un mismo silencio, un silencio de cuchicheos y medias palabras que me impide revelar tu conducta torcida. De la denuncia que voy a presentar en cuanto salga a la calle, espero un efecto inmediato: miedo y esperanza, librarme de su forcejeo.
Estas líneas, colocadas para que las encuentres fácilmente bajo el cenicero de terracota, junto a las quinielas y cupones en los que cifras la prosperidad esquiva, te explicarán, cuando subas con los pies vacilantes y la cabeza afirmada en tus errores, lo que nunca dejaste que te contara, la acumulada lógica de mi querella. A partir de ahora nadie ignorará tus desprecios, tus insultos, coacciones y golpes; quienes nos conocen sabrán que me encerrabas en casa por celos o que amenazabas con desfigurarme el rostro sirviéndote de ácidos corrosivos; y te creerán capaz de cumplir tus amenazas.

Se iniciará, soy consciente de ello, un proceso doloroso; quisiera evitártelo y evitármelo y, por encima de todo, librar de tal tribulación a los hijos, verdaderas víctimas de nuestra falta de entendimiento. Los llevo a un centro de acogida donde proseguirán sus estudios, y si encuentro trabajo iniciaré con ellos una vida de libertad y respeto, ajena a la violencia, carente de rencor.
Resulta increíble que, a modo de témpano helado, tan sólo una parte mínima de lo que ocurría en el ático haya trascendido. Apariencias, puras apariencias; disimulo, todo disimulo; el piso era un infierno y no se oían ni el chisporroteo de los leños ni el rechinar de dientes. Si la policía o el juez buscan circunstancias que beneficiando a los inocentes acusen al culpable, nada podrán añadir los vecinos que signifique avance en la aclaración de los hechos. Por supuesto, si de doña Cándida hablamos, la entremetida señora, capaz de ver agua transparente en la realidad cambiante, está dispuesta a hablar con los periodistas y a exponer su opinión acerca de tan peliagudo asunto:
-Lo intenté, bien sabe Dios que lo intenté. Quise hacerme la encontradiza para que me invitaran a subir, pero nada, no recibían. Apenas hablaban con nadie: buenos días y hasta más ver; si acaso una queja debida al calor excesivo el día que pasamos de los cuarenta. Nunca los vi juntos. Él salía de buena mañana para ir a lo suyo, y regresaba muy tarde. Dos días seguidos debió de dormirse: me tocaba limpiar la escalera y lo vi bajar adormilado, anudándose la corbata con movimientos torpes. A los niños los sacaba siempre ella, cabizbajos, tristes; eso me hizo sospechar. Luego vinieron los continuos escándalos, las noches toledanas, las peleas en que se arrojaban cualquier cosa que tuvieran a mano. Teresa, así se llamaba la mujer, miraba con insolencia; le daría motivos, supongo. Por cierto, era guapilla y tenía buen tipo; pero desde la semana pasada su cara era la de una aparecida: sobre la piel pálida cardenales rojos, morados y amarillos, dependiendo del paso del tiempo; a veces sangre reciente: la figura propia de un cristo en el calvario.
Claro, se veía venir, no eran trigo limpio; pero a mí no me la daban, desde luego. –De este tenor hubieran sido sus respuestas a las preguntas siguientes:
-¿Tenía usted relación con Teresa o con Julián, oyó alguna discusión entre los esposos, presenció escenas de malos tratos o, al menos, tuvo sospecha de lo que pasaba?
Puede ayudar, por eso le fastidia que los gacetilleros no se acerquen a la Rinconada; parece no interesarles ampliar la noticia bebiendo en la fuente. Doña Cándida, como vemos, sí; pero el resto de los habitantes de la casa, no se apercibió de la erupción hasta sentir que la lava descendía por los escalones inundando los descansillos y el portal. Y es que el olor a azufre, tan característico, que los hubiera colocado en posición de alarma, se camufló con el de la cera roja, presente en los escalones. El misterio dominaba los actos del matrimonio, una pareja de lo más corriente, poco dada a las habladurías; y los pequeños, pobrecillos, retraídos y mustios no se abrían a nadie.

 

 

DIECINUEVE
Sin palabras se queda Marina ante el episodio de malos tratos ocurrido en el ático. Tras la lectura de la carta dirigida por Teresa a Julián, su corazón contagia al resto del cuerpo el malestar sentido, y la cabeza no puede quedar al margen del prorrateo. Alegando jaqueca mi amada se acuesta temprano, y hasta regresar del ensayo al día siguiente no expresa su preocupación. “Los niños, ¡qué será de esos niños!”, exclama a unos pasos de mí. “Pudo la mujer participar en la culpa, ella misma lo acepta, por acción u omisión; pero esos angelitos, nacidos en alguna tregua de la interminable ofensiva, son inocentes”. Sí, esos inocentes mamaron pesadumbre del pecho afligido, tomaron biberones de angustia, se alimentaron con la papilla del desasosiego. Amaron el rostro fiero del padre a quien ellos temían, enemigo interior cuyo nombre sonaba a amenaza. Junto a números y letras aprendieron que su familia no era como otras: gritos y silencio, un secreto de hermanos que los unía a la madre frente al lobo disfrazado de persona. Apocados, tímidos, retraídos, no sé cómo afrontarán el futuro, tan poca cosa ellos que apenas son nada. Ojalá el padre siga obrando sin remordimientos, que si se arrepiente a intervalos y quiere ejercitar su paterna responsabilidad, acabarán los niños desgarrados, víctimas tempranas de la esquizofrenia. El temor de mi amada llega a contagiarme y estoy por prolongar el papel de los niños. Leo en mi imaginación que el padre se va al extranjero y ellos estudian en colegios públicos. La madre encuentra un empleo acorde con sus capacidades y el amor pinta la casa y la perfuma, un piso soleado al lado de un parque donde viven los tres. La tentación me acucia durante un buen rato, pero el cabo desiste y se marcha; camina despacio hacia el lugar de reposo de los buenos propósitos carentes de continuidad.

Los inquilinos que ocupan el 1º derecha, recién alojados, descienden de una vieja civilización de trashumantes, cuyo reino, venido a dar en moderna república, se extiende por el ancho mundo a través del tiempo interminable. Trátase de un pueblo gobernado por la experiencia que la vida proporciona, y le unen lazos invisibles que siguen el complejo trazado de una vasta red de caminos. Poseen los nuevos vecinos un estricto código de reglas no escritas, y en la duda siguen los dictados imperiosos de la estirpe a la cual pertenecen. De la tribu provienen, de la propiedad compartida, del apoyo mutuo, de la defensa solidaria, de la palabra dada, del apretón de manos como rúbrica de cualquier acuerdo; pero también de la picaresca que torna precavidos a los extraños, de la añagaza que los defiende atacando. Llegan de una cultura que un día fue la de todos y cada uno de los habitantes de la casa; ocurre, por decirlo a la llana, que los otros abandonaron las ancestrales costumbres hace ya muchos, muchísimos años.
No representan los gitanos motivo de discordia; muy al contrario, son aceite que evita el chirriante roce de los piñones en el engranaje. Están hechos a vivir ceñidos y se dan a todos como ninguno lo ha hecho. El padre estuvo en la cárcel; confiesa que hirió a un contrario en el transcurso de una pelea. Fue una disputa iniciada cuerpo a cuerpo, individuo contra individuo; pero el añadido incesante de partidarios del uno o del otro los convirtió en dos bandos. Prendió la chispa en una controversia marcada por el raro hecho de que los contendientes, sobremanera prácticos, defendieran una cuestión de principios. Un herido de cierta gravedad, incapacitado para el movimiento, y un atacante enceguecido que no halló el momento de huir: en eso se transformó el animado campo de batalla a la llegada de la policía. Después quedó claro que en los inicios coincidían ambos en el meollo del asunto; acaso en el color y textura de una cáscara plena de matices. La divergente manera de entender las razones de un suceso, el método confuso de exponer los puntos de vista y la permanencia terca en las respectivas posiciones, los separaron enfrentándolos. Alguien terció con ánimo de apaciguar, mas le vieron ellos tomando partido a favor del adversario y dejándolos en minoría. Las navajas se desnudaron en las manos de tan malos conversadores, salieron a la calle los garrotes de curiosos que hasta ese momento parecían imparciales, y al poco, en el teatro de operaciones no cabía un alfiler. Con todo, lo más triste es que de esa misma manera comienzan las guerras entre los países.

El patriarca sufre en su interior dolorido, porque la tradición se va diluyendo en lo nuevo. Se olvidan las reglas que los han regido desde que el mundo es mundo, y las palabras del antiguo idioma se olvidan. Los jóvenes asisten a colegios públicos y siguen enseñanzas oficiales, así que no conservan diferencias llamativas con los compañeros de aula. Incluso el tono tostado de la piel, seña que ayudaba a distinguirlos, sea por las mejoras introducidas en la alimentación o porque las nuevas ocupaciones les preservan de la intemperie, en los que nacen ahora, ese tono aceitunado se aclara.
Trata doña Cándida de indisponer a los vecinos antiguos contra los nuevos, los serviciales recién llegados –olvida que la prestaron la galera para el transporte de muebles- acusándolos de ser gitanos; particularidad que nadie ignora y ellos no ocultan. Cuando dice gitanos en realidad quiere decir indolentes y marrulleros, individuos que simulan amoldarse a las costumbres de los que ellos llaman payos, pretendiendo generar una corriente de confianza que les facilite el enredo. Gitanos son y, por tanto, en su opinión de mujer acribillada de prejuicios, culpables de todas las fechorías cometidas por los de su ralea desde tiempos inmemoriales. Trata de indisponer a los más contra los menos, pero nadie la secunda en sus manejos y recibe en pleno rostro, sin paliatorios que valgan, alguna que otra tarascada.
Tras ese impensado revés, apunta la perniciosa actividad hacia el ámbito doméstico; en el propio hogar ensaya distintas maneras de encizañar a su marido contra la sufrida Angelines, su hijastra, quien ha tomado la resolución, en esta su segunda oportunidad, de decir lo que piensa pese a quien pese; con cuidado sin duda, con tiento, tratando de no ofender, pero lo que siente y no otra cosa, soberbia ella o pusilánime. Queda muy lejos, pues, el comportamiento resignado de cuando era muchacha y formulaba verdades dobles, una para el progenitor y otra para su nueva esposa; y parece que la madrastra reclama la suya por costumbre. Trata doña Cándida de indisponer al padre con la hija, carne de su carne al fin y el cabo, sin reacción manifiesta; pero el hijo de doña Cándida, medio hermano de Angelines, sale con reiteración en defensa eficaz, obligando al bedel Malanda a darse por enterado y ponerse en su sitio.

Acontece entonces; después de los antedichos fracasos, la enrevesada señora adquiere una fe sobrevenida, una fe de intensidad muy alta, y se cobija en ella -alpinista a quien sorprende la primera nevada invernal en pleno otoño- como si se tratara de un refugio de alta montaña. Tórnase beata de pronto, y a diario asiste en la parroquia a los distintos oficios, permaneciendo en actitud piadosa largos ratos. Pero su irrefrenable religiosidad no se conforma con un solo templo, y visita asimismo la Sacra Iglesia Catedral y el convento de las Claras, donde la toma un temor supersticioso al Cristo yacente, al que le crecen -es voz común- las uñas y el cabello; por lo que dirige sus pasos a San Lázaro, San Pablo o Santa Marina, y en esas y en otras iglesias exhibe un extenso repertorio de profundas devociones.
Lleva doña Cándida los escapularios –espaldar y peto unidos con un cordón granate- como si fueran sinapismos del alma; y la fe a manera de amuleto que previene el rechazo. Por añadidura se somete a suplicios que nombra penitencia; y todo para hacerse perdonar sin arrepentimiento. La recia puerta, la pared amurallada de la iglesia y su alta torre del homenaje la reciben porque a nadie rechazan si no lleva visibles las armas ofensivas; y los otros templos ignoran de quien se trata. En bancos cercanos a la pila del agua bendita, los inmediatos a la puerta por si ha de salir en plena ceremonia, entre beatas de antiguo que musitan un rosario sin fin, deja deslizar las horas muertas meditando venganzas. Mujeres piadosas que habitan en el barrio, capaces por tanto de distinguir su disfraz, se santiguan al verla como si el demonio en cuerpo infernal estuviera frente a ellas

De haberse percibido en doña Cándida un deslizamiento hacia otras posiciones más persuasivas –la caridad, verbi gratia; el trato amable- podría entenderse su repentino afán de disciplinas y rezos. Si se tratara de superstición, si la creencia ciega puesta en la adivina que guía sus actos más comprometidos, se hubiera mudado de lugar y habitara ahora los espacios santos; el sendero emprendido supondría evolución, y cabría esperar avances que la acercaran a la fe verdadera: la del “Amaos los unos a los otros”, para ella aún incomprensible. Pero no; no espera del cielo ninguna señal que le indique el recorrido más recto, el de darse por entero a los demás. No; ha de obedecer la presente conducta a motivos discrepantes de los analizados, los que animan al lobo a disfrazarse de cordero; porque sigue visitando el cuarto oscuro del lujoso piso situado en la calle Becerro de Bengoa, y no da su brazo a torcer en las reuniones de la comunidad, cuando se defiende el bien común al que ella se opone hasta modificarlo, hasta hacerlo coincidente con el suyo, perfil a perfil, hueco a hueco, lomo a lomo.
El edificio, piensa doña Catalina, debe de haber pasado a la jurisdicción nefasta de dos planetas, Júpiter y Neptuno, situados en posición de destierro en el signo de Virgo, al que por fortuna damos fin. Las relaciones personales, a punto de llegar el otoño, entran en declive; amarillean las hojas, se quiebra el pedúnculo que las une a la rama y caen al suelo cubriéndolo de pesadumbre. Ocurre que, agotadas las posibilidades de unión –ceñidas como es sabido a los elementos comunes y a las zonas de intersección- las personas no son capaces de dar más de sí. Eso cree, porque ella misma atraviesa una etapa difícil en lo que hace a las emociones; pero luego recapacita y entiende que la realidad no es tan aciaga como la percibe. Los altibajos forman parte de la trayectoria; y acosando a los días cubiertos de nubes, emisarios aparentes de una tormenta inmediata, llegan días luminosos en que la naturaleza entera parece sonreír. No sucede nada especial, no; ocurre tan sólo que la vida prolonga su curso mudable.

Cuando parece que se ha pronunciado la última palabra acerca de la borrascosa vida marital de Julián y Teresa, la inconciliable pareja del ático; pues ella se fue al hogar de acogida llevándose a los hijos y de él nada más se supo; cuando la casa entera guarda ya el relato de lo sucedido en el baúl destinado a los nietos, resulta que todavía resta el epílogo. Fiados de las apariencias, en lo que enlaza con el asunto, los vecinos viven descuidados; mas producto de la casualidad o de un aviso traidor, el hombre malo se presenta en la casa y sube al último piso. No deja de ser sospechoso, que ese instante coincida con el aprovechado por la apaleada para recoger los cuatro trapos que no pudo llevarse en su escape; el apaleador la acechaba, seguro. Recordemos que ella actuó al fin con cabeza, y al salir a la calle para presentar la denuncia del maltrato, rompió en mil añicos una incertidumbre bien fundada. Recordemos que dejó bajo el cenicero de terracota una carta manuscrita destinada al desequilibrado, las varias cuartillas que el mismo desequilibrado, bebido como estaba, alelado, turbio, leyó a medias y muy por encima, sin alcanzar a entender lo que, en resumidas cuentas, pretendía la mujer. Así que, en ayunas de las intenciones de Teresa, sin trabajo ni ocupación que reclamasen su tiempo, dolido en su orgullo, debió de esperarla impaciente.
El primer insulto ataca su honestidad de hembra, y ante el silencio se crece el cobarde y se irrita, de modo que la segunda andanada va dirigida contra la misma virtud, pero esta vez perteneciente a la madre, aquella anciana que se dejó la vista cosiendo para que la hija estudiara. Silencio de nuevo, a buen seguro sigue la mujer instrucciones precisas de algún abogado: “silencio, si acaso buenas palabras, promesas, lo que sea con tal de calmar a la bestia”. Pero el bruto ase a la mártir por el hombro con su mano izquierda y con la derecha le propina un bofetón. “Eres mía”, exclama exhalando un alarido, “no vas a dejarme, seré yo quien te abandone cuando me dé la gana. Y exijo, me oyes, exijo que traigas a los pequeños; ellos también son míos.”

Llaman a la puerta de manera insistente, con forzado apremio, gritan; es doña Catalina, que piensa conmover al irracional con razonamientos, con palabras de discurso que ella sabe juntar en la forma apropiada. Es doña Catalina pero no está sola: se ha añadido el patriarca de los gitanos, y lleva éste la vara de mando porque cree que a su autoridad no va a resistirse. Suben la hermana de Sara y los hospederos, y la propia Sara sube, ofendida en lo más íntimo, allí donde la mujer que es se siente solidaria con las otras. Y hasta Marina y yo nos hubiéramos acercado a la puerta del ático, de haber hecho caso a mi amada que así lo quería, dispuesta como estaba a que una actriz de segunda se hiciera cargo del papel de Rosaura y, lo que es más costoso, de los aplausos que en cada una de las dos representaciones diarias arranca a los espectadores. Troncos de árboles robustos, arietes enfrentan los vecinos a la cancela, que no se abre a los ruegos, a la lógica de las explicaciones ni a las órdenes de quien puede darlas; golpes oponen, empujones, puntapiés.
Se ve a simple vista, cualquier gesto resultará inútil mientras no se avise a la policía; y el rufián, cerrado con criatura tan débil, ofuscado, puede ocasionar una desgracia. Siguiendo impulsos extraños, puesta al teléfono, una vecina marca el cero seguido del nueve y del uno, y explica al interlocutor que halla al otro lado, exagerando quizá, el drama que ya da por ocurrido. Es doña Cándida, doña Cándida, sí; ¡quién iba a pensarlo! Se personan los guardias y no se andan con paños calientes; de dos empellones la pareja de fornidos mozos rompe las bisagras y se adentra en lo más oscuro de la gruta, dimensión exacta donde el oso devora a su presa. En total un labio inflamado y una ceja partida, tal es el saldo negativo que la mujer presenta. Los agentes se llevan a Julián esposado, un Julián que parece no apreciar la realidad en la que se halla inmerso, porque camina gritando su derecho sobre la que todavía es su esposa, el derecho a retenerla y pegarla si ocurre que se lo merece.

Si el más grande, el más fuerte, el más juguetón de los de Angora enferma sin remedio, ¿qué esperanzas de salvar alguno le quedan a la dueña? Ha de hacer otro hueco que acoja en el patio al cuerpo rígido y exánime, y lo cava pegado al eleagno. Emplazada en la raíz de la lengua la alta dosis de comprimido -casi un cuarto- y tragada tras un nivelado forcejeo -la mujer, más fuerte; mejor armado el gato- si no resulta remedio eficaz es causa segura de pesadumbre. Se acusa doña Catalina de no haberlo llevado al veterinario que pasa consulta en la calle Árbol del Paraíso, de excederse en la administración de medicinas, de egoísta y roñosa; llegando al extremo, injusto se mire por donde se mire, de ver a una mujer ruin cuando se asoma al espejo. En su concurso viene a la memoria una Gatita siempre delicada, y una frase no dicha la conforta: «Quizá la enfermedad de la madre fuera contagiosa, y por herencia o a través de la le leche se reasentó en los pequeños». El angosto conducto, abierto de manera oportuna, se hace túnel que va de la celda de la reclusa a la llanura inacabable, a la soñada libertad. El contenido exculpatorio de la primera oración, sujeto, verbo y predicado; su tranquilizadora coherencia, envía a doña Catalina un delgado rayo de aliento que se percibe nítido en medio de tanta aflicción.

Sola en casa, Sara, la adolescente forzada a pasar de la noche a la mañana a la condición de adulto, de improviso siente necesidad de compañía. En un solo lugar de este limitado universo se encuentra a sus anchas, de modo que dispone una corta escapada al terrado, territorio de los gatitos, donde llega a tiempo de ver morir al más movido. Se entretiene allí un rato y regresa casi a obscuras; evita diluir la penumbra porque su desconsuelo no quiere ser observado de reojo ni a través de la mirilla de las puertas. Tropieza torpemente en la escoba que doña Cándida olvidó en los escalones -le toca esta quincena la limpieza- y rueda hasta el descansillo.
Rompiendo el gran silencio -el que permanece detrás de las conversaciones laxas, de los escapes de vapor, del rechinar de las sillas al ser mudadas de lugar, del entrechocar de coberteras y perolas, del matinal ajetreo- quebrando el oscuro cristal que es el cuerpo mudo de la calma completa, escaleras abajo se oye un ruido seco. Sugiere un saco de patatas precipitado desde lo alto de un carro, un pellejo de vino caído de los hombros de quien lo porta; es una resonancia de bombilla que se rinde a la implosión, de madero golpeado por el martillo sobre el férreo yunque, como de un fardo de alfalfa seca arrojado al suelo de tierra batida desde la lastra.
Surgen los vecinos asombrados en los quicios de las puertas, perciben un bulto que gime, encienden la luz y aprecian de golpe la desgracia. De la mejor manera recogen a la desdichada, y lo hacen con un pesar mayor por tratarse de ella. Los jóvenes pertenecientes a la familia de chatarreros, alquilando un coche de punto de los que esperan viajeros entre el Trompadero y la calle Mayor, la acercan con la precisa urgencia hasta la clínica.
Dos días después traen los suyos a Sara, y es una Sara distinta: pálida, demacrada, ligera de peso; negras ojeras adornan sus ojos, y en la frente muestra una arruga que antes no tenía. Diez años más aparenta, y forzando la intención sonríe a los que se interesan por su estado.
-Lo ha perdido. -Musita entre dientes su hermana como explicación concluyente.

 

 

VEINTE
Me hago el remolón y privo a Marina de la fatal noticia, mientras se me ocurre la forma de empequeñecer el sufrimiento derivado de su lectura. Ignora por ello que, tras una semana larga de mirar sin ver, de oír sin escuchar, de pensar en todo y en nada a un mismo tiempo; vacío su vientre y la maternidad burlada, toma Sara la determinación –firme como todas las suyas- de modificar las constrictoras circunstancias que la envuelven, las que desarman su intimidad pieza a pieza: corazón, brazos, útero, pulmones. Pretende deshacer el nudo, seccionarlo si fuera preciso, para evitar que el nudo la sujete a ella, fijándola a la casa de su hermana, al edificio, a la Rinconada; en fin, a una rutina de menguante compromiso con la realidad contigua. Secundada por la voluntad se orienta hacia un territorio más hospitalario, abstracción que tomará cuerpo en el momento oportuno -Norte, Sur, Levante o Poniente- cuando lo descubra. Respaldada por la inteligencia y la intuición unidas, se compromete con una resolución perturbadora, densa; con una osadía que, no obstante, tiene todas las trazas de querer alejarse de los problemas antes que correr hacia las soluciones.
Me hago el remolón, retraso el momento, pero a la postre, lo escrito, destinado a la lectura, se lee. Lo lee Marina y rompe en un llanto infantil, inconsolable. Ella, que defendía a capa y espada el derecho al amor de la jovencita, el derecho a la maternidad de la adolescente. Ella, que había puesto muchas esperanzas en la nueva pareja, en la niñita que iba a nacer para unir a los padres en su cuidado y adiestramiento. Ella, que veía en doña Catalina una maestra savia para la madre y la hija. Ella, la sensible actriz, ha sido defraudada. El destino es mil veces cruel para una que es considerado: dice mi amada mientras enjugo sus lágrimas.

Orgullosa como es, no acepta Sara la insignificancia en que a sus ojos se ha convertido.
Desdoblada, dividida en dos, la una no valora a la otra. Huye de sí misma la muchacha y se dispone a abandonar el nido. No es que procure evadirse de su habitación -jaula de pajarillos que la apresa protegiéndola de los depredadores, que la preserva de las rapaces aprisionándola- no es que quiera partir del barrio íntegro y de la entera ciudad al modo -como sería deseable- de quien abandona el aula tras el examen fallido de una asignatura: dolida sí, pero experimentada, fortalecida y dispuesta a enfrentarse a otras pruebas de mayor dificultad. Mas bien parece acometer la simple escapada del influjo que sobre ella ejerce aún Autilla del Pino: padres, tíos, amigos, simples conocidos; quienes acerca de su comportamiento siempre tendrán algo que decir. Queda claro, intenta desligarse del hogar donde la hermana y el cuñado se erigen en jueces benévolos, habituados a perdonar a regañadientes los malos pasos de sus pies, por principiantes, torpes; busca apartarse de la terraza de los besos breves, del pétreo templo donde se anunciaron sus amonestaciones, de las calles céntricas de Palencia, de las salas de cine o de baile frecuentadas; y lo hace porque intuye que los hechos seguirán tiempo y tiempo en vigor, dedo índice en ristre, acusadores; y la memoria, cuando callen los hechos, la perseguirá sin dejarla tranquila ni a sol ni a sombra.
En cuanto conoce doña Catalina la drástica ocurrencia se hace en voz alta algunas preguntas, modo inequívoco de plantear tales cuestiones a la comprometida. Sara las oye en su mente y sube al terrado de los gatos. Las oye la joven y trata de responderlas primero que a nadie a su propia inquietud, adolescente madurando a pasos agigantados, retrocediendo rauda hasta una niñez alejada de responsabilidades: doncella perdida de manera concluyente en el camino que une ambas etapas. Se va buscando un mirador que a más de dominar la Tierra de Campos al completo, como la atalaya de Autilla, desde él se divise el mundo con todos sus atolladeros, desiertos o mares sin fin y lugares poblados, quizá los más peligrosos.

La avisada señora concede al momento una importancia decisiva, porque la actitud que muestre la joven facilitará la aparición de un porvenir más o menos favorable, más o menos próspero; y quiere incidir en la actitud. Sí, Sara ya está en condiciones de distinguir el bien del mal; pero el bien es escaso, impreciso y equívoco. Expresándolo de forma escueta: la muchacha siente el impulso y, sin oponerse lo mínimo exigible, se alinea con él y lo acompaña, aguas de un arroyo partidarias estrictas de la comodidad. El tiempo dirá, claro; pero cuando el tiempo diga ya será tarde para prevenir y no habrá vuelta de hoja. De ahí que doña Catalina, alarmada, quiera poner toda la carne en el asador y desplegar a los ojos de Sara un amplio abanico de posibilidades, algunas de ellas aún sin analizar.
Sara desea despedirse de doña Catalina y de los inquilinos del primero; en cuanto hace a los otros vecinos no siente gratitud bastante que la obligue. Permanece un buen rato en la terraza viendo a los mininos supervivientes, dos debilitados gatitos que unas horas antes andaban metidos en interminables juegos de ataque y defensa, enfermos ahora de esa enfermedad inexplicable o, tal vez, sólo inexplicada: líquidos detritus coloreados de sangre, desánimo, desmadejamiento, inactividad, mayidos. De su sombra se disfrazan, agónica figura alejada del incontenible y esplendoroso impulso vital que parecía animarlos. Así los ve Sara, que alarga la despedida buscando un cierre apropiado, merecedor de posteriores recuerdos.

Mece las hojas de las plantas y sus tallos un vientecillo suave, una leve brisa que no alcanza a distraer el pensamiento de la señora, absorbido por la pasividad de los moribundos animales, por la suerte de Sara. Puede que el soplo sea la palabra muda, el propio silencio de la joven, ahora desengañada y prudente; un silencio que ha cruzado el desierto y la mar océana, que se ha dejado vedijas prendidas en las zarzas y con la misma indiferencia ha recogido el néctar de las flores. “He crecido estos días y lo noto”, parece decir una voz tan delgada que apenas rompe el mutismo; “me siento por dentro más ancha, más alta, más profunda. Acepto verdades que antes desdeñaba, y desprecio evidencias que creí a pies juntillas”. Ésta u otra revelación gemela cree escuchar doña Catalina de los labios quietos de Sara, pues a la viuda del viajante, introducida en el complejo mundo de los sentimientos, le basta una mirada para comprender.
No desea vivir con el novio, asegura -ahora ya sí, con la boca grande- porque cada día le trae un argumento contrario a la boda; lo deja el amanecer sobre la almohada y desde el alba va ella dándole vueltas, ora al derecho ora al revés, incorporándolo poco a poco a su razonamiento. A tan temprana edad no puede enfrentarse al matrimonio, a las responsabilidades recién enumeradas, a la sujeción; porque ella está todavía en la época del tanteo, de los ensayos, del aprendizaje. Dudas la asaltan en soledad imitando a los bandidos de rostro tapado, y una niebla espesa va poblando sus ojos que ya no ven nada nítido. En ellos se difumina el rostro de quien fue su amante inmaduro –remolino de aguas turbias- pasando a formar parte de una cara compuesta por otros ojos de los que deseó ser mirada, por labios distintos en los que quiso beber. El descubrimiento y la conquista ocurrieron de manera casi simultánea; la reflexión no halló espacio suficiente para mostrar el verdadero camino, careció de una perspectiva eficaz. El dulce sueño del amor sospechado, entrevisto quizá, envolvió la razón en férrea coraza, oscureció la mirada interna sirviéndose de un lienzo tupido y unió las fuerzas dispersas en una ansiosa llamada hecha al deseo desequilibrado. Pero la pasión, perecedera ella, caediza como las hojas del chopo, de la higuera y del roble, refrescante bebida edulcorada que provoca nueva sed, no se acallaba; el ardor apasionado se sucedió a sí mismo tratando en vano de satisfacerse. En estas circunstancias comprende que cometería una locura si se uniera al muchacho, al que intuye, sin realizar ningún esfuerzo, atravesando una planicie árida –pedregal sobre arena reseca, sobre marga blanquecina- prolongación de la que ella cruza. Serían, así lo piensa, un ciego guiando a otro ciego en la travesía del río sin puente sobre piedras inestables y resbaladizas.

Es preciso preservar la esperanza, porque la esperanza alienta brasas en rescoldos tibios; porque clarifica las aguas estancadas y permite ver el fondo del embalse; porque tira con fuerza de la voluntad amodorrada. Por eso, porque no pierde la confianza, porque la trasmuta en fe, deja abierta una puerta al amor; sabiendo que, en lo sucesivo, quien le ofrezca la llama viva será sometido a cien pruebas hasta cerciorarse de que su esencia es genuina. Vivirá en Bilbao y no serán su trabajo el de modista ni el de peluquera; por mediación de una chica del pueblo que se fue antes, ha encontrado una casa de confianza donde servir, y se cree capaz de desempeñar las diversas funciones siguiendo el ejemplo recibido de la madre y la hermana.
Aplaude doña Catalina la madurez de criterio y el arrojo de la muchacha, y sabiendo que todavía la espera un completo calvario, la cree dotada de suficientes fuerzas para llegar a la cima del cerro, donde la cruz ahora soportada se transformará en soporte y mojón. Como el tiempo es incapaz de detenerse, y no permite a las gentes estirarlo cuanto desean, fundidas en un abrazo fuerte –doña Catalina y Sara, tan iguales, tan distintas- se desean que todo ocurra en adelante según la voluntad proponga, como dicte la imaginación.

Libera a solas doña Catalina el pesar que ha logrado contener en presencia de Sara, producto de los obstáculos que el destino opone al paso aturdido de la chica. Suspira abarcando la plena profundidad de su pecho, derrama alguna lágrima, y el pensamiento, tras mariposear por todos los sucesos adversos que en los últimos tiempos han afectado a la moza, termina posándose en el más reciente, el de mayor alcance y hondura: la pérdida de la hija. Porque iba a ser una niña, sin duda; aunque, salvo su intuición, nadie lo haya dicho. Y es que se ve en esa mozuela triste cada vez que la mira; y acaba trasvasándola sus propias circunstancias para explicarla mejor. Se ve en su mirada esquiva como en espejo empañado, y se descubre atravesando la época más obscura de su desigual existencia; cuando sumida en la desesperación fue expulsada del cálido hogar donde todo iba a su paso, para caminar contra corriente por el laberinto de calles de la ciudad, fronda cuajada de peligros ciertos e inciertos. Desprotegida y sin planos, ella, la anatematizada, descendía a las cloacas rebosantes de aguas sucias que las vecinas arrojaban a la calle al acabar sus fregados. Saboreó el fruto prohibido del árbol engañoso del bien y del mal, paraíso pintado con vivos colores selváticos, y la cólera del padre cayó sobre ella obligándola a separarse, a arrancarse de los hermanos y de la madre, de la mujer honesta que tanta enseñanza y amor desplegaba. La siguió el amante, quiso a su pequeña como padre esforzado, y cuando la pequeña murió, la ahora doña Catalina, dolida en lo más íntimo, le arrojó de su lado; quizá porque amándola como nadie le descubrió el lado amargo del amor. Sabe que no obró a derechas, y se pregunta a menudo si, en su marcha, el arriero, explorador intrépido, tomó el largo camino de las Américas o se quedó, todavía enamorado, a la vuelta de la esquina, esperándola.

Sin un ápice de egoísmo, durante la descubierta cerebral fondea doña Catalina en su propia ensenada; y es que la semejanza con la mozuela resulta tan grande que hurgar en su interior equivale a hacerlo en el de la joven. La estremecieron las aguas bravas del embalse al invadir en plena noche el portal de la casa, la cocina y las cuadras; se amilanó ante las llamaradas prendidas en el techo, múltiple hoguera que convertía en antorchas los cuatro costados; y fue ella quien abrió las compuertas, quien aplicó a la madera reseca la cerilla incendiaria. Ella fue la responsable de que en la familia irrumpiera sin aviso el desconsuelo y se quedara. Enloqueció el padre, víctima de un honor mal proyectado que le obligaba a actuar en despropósito. El embarazo a deshora fue el desencadenante; y doña Catalina, si cierra los ojos y pone intención, ve aún el dedo rígido que la enviaba al destierro. Resulta posible que en el pecho paterno la contrición luchara desde el primer instante contra la tozudez. Por desgracia ésta última poseía más cepa y venció. Sospecha la afectada, y quizá con acierto, que el abandono posterior de los cultivos agrícolas, la prolongada desidia y la tendencia al juego que conquistó al anciano, tuvieron el desgraciado origen en el remordimiento provocado por la expulsión. Con todo y con eso, paralelismo en declive, ella llevaba sobre Sara la ventaja de un vientre henchido de ilusión y cargado de las posibilidades que la vida libera.

Llega Sara al piso de los nuevos empujada por el afecto, y ellos, conscientes de estar ante una conversación irrepetible, quieren consumirla hasta los posos. Una fiebre espontánea potencia las simpatías iniciales, y acelera el procedimiento por medio del cual evolucionan los cariños. Muestran jalones de la vida ya pasada y desgranan de modo alternante, al hilo de lo escuchado, nuevos recuerdos sugeridos. Ponen sobre la mesa los dulces recién horneados y el álbum de fotos; y van intercambiando, como piezas inmarcesibles, las pertenencias a las que tienen más apego. En todo ello ocupan casi dos horas que se deslizan con marcada suavidad, etéreas, inadvertidas. Mientras, la hermana pasa tres veces a llamar a la chica; y es que se va haciendo la hora del tren y aún no ha decidido las prendas que llevará en la maleta y las que vestirá durante el viaje.
En la fresca terraza doña Catalina observa impotente a los dos de Angora, incapaz de insuflarles vigor o de proporcionarles alivio. Soporta con estoicismo creciente, como si se produjeran sobre su propia carne, las agudas dentelladas con que el dolor muerde a los gatitos, los desgarros de unos quejidos cada vez más débiles. Mientras espera el taxi que la llevará a la estación, da Sara una vuelta postrera a la Galería Comercial, convencida de estar a punto de emprender un viaje sin retorno, ya que en mucho tiempo no va a poder enfrentarse a tan ingrata memoria. Dice adiós al carnicero y al dependiente de la panadería, pues en el trato diario tuvieron ambos suficiente amabilidad para entregarle a ella una porción apreciable. No mira al patio de las plantas; teme que sus ojos registren como última imagen el cementerio de los gatos. No mira y hace bien, porque si mirara vería a doña Catalina abrir con un cultivador dos huecos, uno a cada lado del viburno.

 

 

VEINTIUNO
Arrepentido de mi conducta censuradora arreglé sin tardanza el escamoteo de una hoja perteneciente a la novela que el capítulo anterior da término, la que corresponde a la explicación del accidente de Sara y al malogro de su maternidad nada menos. Confieso mi culpa y el fin perseguido; así como mi inmediata reacción reparadora. Marina afea mi comportamiento, apostado entre el que viene del marido y el usual en el padre, valorando, no obstante, el amor que lo provocó. En lo concerniente al daño evitado, puedo decir que no fue tanto como yo temía. Por su condición de lectora sintió lástima de Sara y se solidarizó con ella desde las primeras líneas, por lo que las sucesivas desgracias sufridas por la joven, no añadían tristeza, sino que reforzaban la razón de la ya sentida. Bien mirado, robustecían el acierto de haber tomado partido por ella. Han acechado impacientes sus ojos lectores el movimiento de mi mano escritora, la animación de mis dedos ágiles sobre el teclado alfabético, terminando su tarea seguidos y seguidores casi a la par. Valora mi adorada en El amor en la rinconada de San Miguel, el beneficioso efecto de sus correcciones, sugerencias, dicho por lo suave, nacidas de unos conocimientos, los suyos, que complementan los míos; sumando así la diversidad de los puntos de vista. La hubiera gustado que, en la urdimbre, la realidad y su reflejo progresaran juntos a través de un tiempo continuo carente de fisuras, o con rendijas estrechas por las que a lo sumo pasara de canto una perra chica, moneda de pago de los niños tras las representaciones del carro. Ella ve de esa traza su vida y le parece que lo novelado debe seguir tal camino. Somete a mi juicio su interpretación de los distintos pasajes, buscando la coincidencia entre los elementos volcados al escribir y los hallados en el rastreo. Agradezco en lo que vale el empeño puesto en la lectura, pero me ha visto trabajar y alaba de igual forma mi esfuerzo: los largos días empleados, las reiteradas consultas, la profunda corrección de las versiones sucesivas, la lucha sostenida contra los párrafos más rebeldes. Lectora ejemplar y modelo de compañera, con el hecho cierto de haber logrado su aprobación matizada me siento pagado.

En una clara demostración de confianza en mi capacidad creativa, me pide Marina que dé a la narración forma teatral, modificando el recorrido de alguno de los personajes, de suerte que ella misma pueda representar el complejo papel de Sara. Habría que sacar de la adolescencia a la chica, o caracterizar a la actriz disminuyendo la edad aparente; en cualquier caso, la reforma representa un reto al ingenio y estoy dispuesto a asumirlo. Pero no soy autor de teatro; salvo un drama sencillo, una especie de auto sacramental escrito hace lustros a imitación de los entregados a la estampa en el Siglo de Oro. Le di cumplida forma, por completo en verso, a lo largo de una primavera de los tiempos felices en que yo era poeta y no de los malos. Más allá de esa piececita no he hecho cosa alguna en forma dialogada.
Está, pero no me atrevo a proclamar mi autoría, “La Leyenda de la Espada de Bernardo”, obrita de teatro hecha de retales: los cuadros, grabados a buril en mi mente, extraídos de la versión primera, la que daban vida Teudenio y la muchachita, hoy mi adorada; la redacción de don Roque, lo hallado en las bibliotecas y lo imaginado, nacido acaso de las otras partes. Se representó tan sólo en una o dos ocasiones, por cierto; la pusieron en escena alumnos de enseñanza media, quienes, con motivo de las fiestas de Santo Tomás de Aquino, dirigidos por el tutor quisieron sorprender de manera grata a los padres.

El hecho central de la pieza, corazón y base del argumento, no es otro que la entorpecida boda de Sancho de Saldaña –enamorado muerto y bien muerto- con Ximena de Asturias, oficiada en el salón del trono de la antigua fortaleza erigida en mi pueblo, anterior con mucho a la soberbia fábrica del actual castillo, de la que los naturales de allí y los allí asentados procedentes de otros lugares, nos sentimos orgullosos. Familiares y amigos de los colegiales abarrotaban el salón de actos. Se manifestó papel bien perfilado, pleno de vigor, el correspondiente a Bernardo del Carpio; sobre todo en los momentos cruciales: cada vez que exige al Rey su tío, Alfonso II el Casto, la liberación de sus progenitores; y la escena donde el personaje, enérgico, dicta al sacerdote la fórmula matrimonial que el anciano repite vertida al latín, mágica expresión capacitada para redimir al hijo del pecado de ilegitimidad y dejar expedita la vereda que le conduciría al trono para sentarse en él por derecho. La muerte simultánea de ambos héroes, Roldán y Bernardo, motivó aplausos sinceros, ajenos a cualquier compromiso. Permanecí nervioso durante toda la función, y en silencio marcaba el tono de las intervenciones; pero salí contento del progreso alcanzado en la pieza, dispuesto a seguir el dificultoso camino de los dramaturgos. Trabajé hasta vaciarme y aporté soluciones narrativas, pero, insisto, en justicia no puedo llamarme autor porque recibí substanciosos aportes de veneros variados y muy ricos.

Prometo a Marina acometer los trabajos tendentes a la metamorfosis, la traducción al humilde lenguaje real, donde cualquier artificio se nota y es motivo de chanza. Pondré todo mi cuidado y lo aprendido en las múltiples lecturas, al servicio de unos diálogos que parezcan oídos en la calle a personas de carne y hueso, gente de a pie y de a caballo que caminan juntas. Acaso sometidos a alguna corrección ligera, para que quienes los oigan mejoren el habla. No deseo retirar el telón que esconde a mis ojos su vida, y Marina se empeña en mostrarme el interior de un paréntesis abierto el día en que Teudenio y ella, subidos al carro entoldado del que tiraba un burro de considerable alzada y pelo cano hasta la última cerda, partieron del pueblo seguidos, es posible, por un perro callejero que no tenía nada mejor que hacer. Se empeña mi amada en ilustrar mi desconocimiento, retratando con su palabra lo sucedido en un tiempo que considera, para el asunto importante del amor, huero. “No”, la digo, “prefiero el misterio, el vacío, la laguna, el lapso oculto; así la tarea de descifrado durará el resto de mis días, y cualquier reacción ilógica de tu parte, si aparece de pronto, la atribuiré a maniobra derivada de lo ocurrido en los tiempos ignotos”. Consiente sólo por complacerme, y me habla del futuro, pues ese periodo pertenece a ambos en un régimen matrimonial de bienes gananciales como será, a buen seguro, el nuestro.

Se producen acontecimientos en este país, que arrancan esquirlas a pasado tan pétreo; cambios de apariencia para los que estaban preparados muy pocos. Salimos de una dictadura fraguada a conciencia en cuarenta años de actividad, y atravesamos una época de cambios políticos y sociales cuyo alcance resulta arriesgado predecir. Integramos el mapa de Europa y hemos de amoldarnos a sus organizaciones, tanto a las de contenido económico o militar como a las políticas. Hasta el momento las fuerzas clandestinas hacían frente común contra el dictador, pero ahora cada cual entiende el futuro a su modo y encuentra enemigos entre los compañeros de lucha. En tales circunstancias, organizar una democracia donde prime el bien común, acarreará no pocas dificultades. Proliferan los mítines, las manifestaciones, encuentros y marchas a favor o en contra de lo que se avecina, y con frecuencia se oyen disparos que acaban dejando heridos, y hasta muertos, tendidos en las aceras. El Rey Juan Carlos, primer Jefe de Estado tras el Generalísimo, nombrado por el propio tirano para sucederlo, ha designado como Presidente del Gobierno a Adolfo Suárez con claro disgusto de la oposición progresista. Sucede Suárez a Arias Navarro, ex alcalde de Madrid, dimitido con anterioridad. El Consejo de Ministros, presidido por el Rey, ha creído conveniente otorgar, a los peticionarios de una amplia amnistía, un indulto limitado que recoge los delitos y faltas cometidos por activistas políticos o intelectuales disconformes, por infractores de las normas administrativas, militares rebeldes o sediciosos y hasta por objetores de conciencia.

Desde la entrega de los acreditados galardones, instante feliz de nuestro reencuentro –fallida la puesta en escena de “Casa de Muñecas” del noruego Ibsen- Marina ha representado aquí, en Madrid, con gran éxito, el papel de Rosaura en “La vida es sueño”, drama en verso de Calderón de la Barca. En cuanto a los dineros ingresados, es preciso explicar que se han sucedido meses de buena afluencia de espectadores, pero, a lo que parece, ya decae el flujo, quizá por agotamiento de aficionados. Así que, integrando la compañía formada para actuar una temporada completa, partirá Marina muy pronto hacia la enorme América; y lo que me complace y me alarma, está empeñada en que yo la acompañe. Piensa seguir con verdadero detenimiento –mirando por encima del hombro mientras escribo- los progresos de la tragicomedia; sobre todo el personaje de Sara a quien ella está dispuesta a prestar alma y cuerpo. Posee recursos bastantes, asegura, para darme el envite que me ayude a continuar escribiendo, si llegara el caso de hallar yo algún obstáculo que frene mi avance, cualquier escollo de esos que a los autores nos dejan, durante momentos más o menos largos, varados en una playa tintada de ocre rojizo como pinto yo siempre a la desesperación.
Sólo porque trabajando a su lado me salen las frases bordadas, ajustadas al argumento, servidoras de él; sólo porque el interés despertado lleva al lector en volandas en busca de un clímax que se produce en el capítulo adecuado, en el párrafo preciso, mediante la frase correcta; sólo porque lo leído deja una sensación placentera a más de enseñanzas; basándose nada más que en eso imagina sencillo el acto de escribir. Y no hay tal; “yo sufro cien para gozar uno”. No lo cree cuando se lo digo; me envidia. Sus agotadores ensayos y la doble función, no tienen a su juicio equivalente en mi quehacer casi lúdico. Olvida las horas que paso leyendo, investigando, conociendo hechos y lugares; los miles de folios primeros que entregué a las llamas, los ratos que ocupo dando vueltas y vueltas a las páginas más resistentes, aquellas que no salen ni a la de tres, cruzadas, enfrentadas al autor como puntas de lanza, como flechas enemigas; ignora que lleno dos veces por semana mi papelera con folios repletos de renglones tachados.

Excluye Marina la posibilidad de actuar para el cine o la televisión; no se lo han propuesto aún, pero ya tiene preparada la respuesta que dará cuando ocurra. “Los actores de esos medios no viven la escena”, dirá, “actúan a trompicones y de manera dislocada, sin orden ni concierto; las secuencias no se ruedan íntegras, y pueden grabarse juntas escenas alejadas en el tiempo por el mero hecho de compartir escenario. Resulta corriente que los actores desconozcan la integridad del guion y, por si fuera poco, el ahorro de costos ejerce una influencia considerable sobre el resultado final”. Generaliza y, algo tímido, se lo hago notar. Acepta la observación y responde que se codea a diario con excepciones, pero no las tiene en cuenta por si, en el supuesto admisible de darse el caso, no estuviera su persona entre ellas. Y agrega, con ánimo de ampliar el argumento, que tanto las películas como los programas televisivos dependen de la técnica: un intermediario impasible. Considera mi amada que el ojo de cristal, incluso utilizando lentes talladas con las técnicas más modernas y precisas, no se acerca ni de lejos a la sensibilidad alcanzada por el ojo humano, órgano que lleva milenios y milenios adaptándose a una realidad cambiante. Puede la cámara captar la escena íntegra, y también los matices; pero no al mismo tiempo. La panorámica y el plano de detalle se producen de manera consecutiva, nunca simultánea. Si el fotógrafo se ocupa del todo y registra el conjunto, pierde el mensaje emitido por cada una de las partes, y se le escapan señales tan reveladoras como el brillo de las pupilas y la humedad de los labios, el frecuente pestañeo y el sudor que humedece las palmas de las manos. El objetivo no aprecia las minúsculas reacciones físicas, indicios aclaratorios del estado de ánimo del que provienen; y lo que es peor, no se emociona por contagio ni contagia emociones como entre los espectadores ocurre. Más aún, lo dicho para la cámara puede aplicarse, en distinta medida, al micrófono.

Marina es actriz de teatro; para ella resulta primordial conocer el terreno en que se desenvuelve, necesita estar al tanto de las virtudes y defectos de los demás personajes y saber el propósito que el autor encomendó a su papel para el buen desarrollo de la obra. Precisa mirarse de cuando en cuando en el espejo del público para saber si su forma de hacer y decir todavía conmueve. Los aplausos sinceros y las estimulantes sonrisas alimentan su provisión de firmeza; y vayan en contra o a favor de la interpretación los comentarios oídos –fondo y forma- espolean y estimulan su permanente afán de mejora.
-Si me apuras -puntualizo- te encuentras de verdad a tus anchas en los títeres, ante un público de niños y adolescentes, ante personas mayores capaces aún de ilusionarse y soñar.
-Justo, has dado en el clavo: me gustaría trabajar con muñecos de tela. Insuflaría en ellos el hálito de vida que les transmuta en personas corrientes, les dotaría del movimiento y los gestos privativos de los personajes de teatro, del tono adecuado a la simulación de los sentimientos cambiantes que hace a los actores. Sí, volvería a los títeres –confirma ilusionada, niña por un instante- regresaría a la infancia, a Teudenio y a los pueblos comarcanos de Valdepero, para recitar la leyenda de Bernardo; pero ya no es posible.

 

 

VEINTIDÓS
Por más vueltas que doy en la cabeza a mi marcha, no me acabo de ver yo en América; y me gustaría. Naturaleza indómita en plena evolución, gentes sencillas decididas a entregarse a los demás y recelosas de hacerlo; multitud de historias fantásticas dispuestas a convertirse en soporte de mis novelas. Pero si Madrid me resulta agobiante y no suelo traspasar las fronteras del barrio, ¿qué haré yendo de la ciudad de México a La Habana, a San Juan, Bogotá, Quito, Lima, Santiago, Asunción, Montevideo y Buenos Aires? Yo, que he conseguido dotarme de unas costumbres sencillas, qué iba a hacer en ese ambiente festivo de la farándula –lo he visto, y hasta lo he sentido en estos meses- me refiero al clima que se produce en cuanto las funciones terminan y la tensión acumulada pide un escape. Están hechos los actores a trasnochar y se levantan tarde; justo lo contrario de lo que yo suelo hacer. No puedo prescindir del aire que respiro a diario en El Retiro, y echaría de menos a las gentes con las que hablo a menudo. La novedad postergaría mi escritura, y yo soy porque escribo. Incomprendido e incapaz de comprender, un ser extravagante ellos me considerarían, mi amada incluso, que iba a encontrar mayor afinidad entre los compañeros.
Se lo expongo a Marina y lo entiende. ¡Con lo mal que me explico! Han de ser su tolerancia y su afecto, puestos a comprender mis razones, los que hacen posible el prodigio. Ella es quien encuentra el camino que conduce al futuro deseado por ambos. Renuncia a los viajes, a la gira americana, a separarse de mí. Ella va a salvar mi vida separándola del tedio y del agotamiento a que estaba abocada.
-Ya que acompañarme en mi recorrido por las Américas se te hace cuesta arriba, viviremos en Palencia si te parece bien.

Oigo su propuesta, una de tantas, pero bien rumiada, porque una intención así no se improvisa. Lleva un mundo completo de posibilidades, tan cuajado de ellas, que rodean mi ánimo y le dejan sin avituallamiento. Mi silencio estimula su temeridad, y manteniendo el tono prolonga la exposición de su plan de acción, que, por lo visto, me obliga y mucho.
-Hablarás con el casero que habita los sótanos de su magnífica residencia situada en Valdepero; ese hombre huraño que siendo rico lleva una existencia de menesteroso, y no teniendo herederos vive como un padre sacrificado en favor de su crecida prole. Me refiero al dueño, entre otras muchas propiedades, de la casa de vecinos descrita en tu novela recién terminada El amor en la rinconada de San Miguel. Hablarás con él, y si aún no ha arrendado el ático que quedó libre cuando la policía arrestó al botarate llamado Julián, aquel sujeto tan desalmado, verdugo de la esposa y de sus hijos; y si el ático, que sin duda goza de unas vistas magníficas, aún está libre, y viéndolo, habitación a habitación y baldosa a baldosa, resulta de nuestro agrado, lo ocuparemos. Uniremos nuestro amor a los amores crecidos en esa casa; un completo muestrario. Pintaremos las paredes de color azul claro y tonos suaves del rosa, del verde pálido. Cultivaremos plantas durante todo el año y nos visitarán cientos de amigos.

Me lanza al regazo, sin ejercer violencia, un proyecto de vida que ha de satisfacer a la persona más fría, aun a quien carece de entrañas y no se hace a las cosas; y a mí, que tengo los recuerdos de la niñez atornillados a la mente adulta, su proyecto, pensado y repensado hasta asegurarse de alcanzar un atractivo irresistible -encanto directo y derivado- me traspasa dejándome herido. Aprecio su condescendencia hasta en la envoltura, fino papel adornado con formas y colores propios de la cubierta de los regalos caros. Observo, palpo huelo; y el silencio se queda conmigo enmudeciendo mi boca, afirmándola tiempo y tiempo en el gesto lacio de la sorpresa. Acierto a mirarla y la veo: lejos Marina de divagar, su imaginación traza planes acerca de la manera futura de aprovechar el momento y ser feliz conmigo.
-Me imagino –confiesa- habitando la vivienda que culmina el edificio y, en ella, impartiendo clases de interpretación a los jóvenes deseosos de ser actores; divulgando la artesanía olvidada que compone muñecos de trapo vacíos, el arte de darles el movimiento ajustado a su papel; ensayando la manera de imitar diferentes voces de acuerdo con las necesidades de la obra y la habilidad de producir los sonidos que sugieren el ambiente apropiado, hasta sujetar la acción al espacio y al tiempo. Y todo podré hacerlo a partir de ahora, mientras tú, en una estancia contigua, lees, piensas y escribes.
Cuelgo ese lienzo recién pintado por ella en la pared de mi escritorio, y al margen anoto el título que acabo de darle: Felicidad recién amasada, oreándose.
-Cabe que forme una compañía de aficionados y me reúna con sus componentes dos veces por semana; ensayaremos días y días hasta sabernos preparados para mostrar en público nuestro progreso.

Sí, la creo; como no creerla cuando su voz camina al trote sobre un prado esmeralda, donde no puede dar ningún traspiés, donde, si tropezara con la tierra extraída por un topo al cavar su madriguera, caería en mullido, sintiendo todo lo más un goce suficiente para equilibrar el susto al instante. La creo y callo; así que, suponiéndome dispuesto a escucharla, prosigue.
-En días señalados -anuncia mi amada- la fiesta grande del pueblo, la Virgen del Consuelo, el Cristo de Valrozado, San Antonio de Padua, San Isidro o San Roque, representaremos comedias de enjundia y regocijo en el Patio del Castaño de Valdepero. Dominadas las escenas repetiremos obra en Palencia, Rinconada de San Miguel, nuestro barrio; tanto durante la feria de San Antolín como por la patrona, la Virgen de la Calle; o en las celebraciones tan entrañables de San Marcos o Santo Toribio.
Me arrastra su elocuencia, miel que sus labios destilan, fulgor confiado de sus ojos sinceros; y sin pensarlo dos veces salto hasta ponerme a su lado. Y estando junto a ella, como ella hablo y hablo.
-Yo -le digo- continuaré la tarea emprendida, observando el trasiego de los acontecimientos como a mí me gusta, subidos a sus propias causas, soporte de las consecuencias; cavilando acerca de los secretos que la vida guarda a la investigación de los más osados, de aquellos que tienen fe en sí mismos y persiguen los sueños hasta darlos alcance.
Es cierto, esas serán mis principales ocupaciones, las que a modo de manto cubrirán las otras, incluidas las de darme a la gente y observar su ajetreo, hasta averiguar de que alambiques provienen sus destilados; mas todo lo dejaré si Marina reclama mi presencia. Sueño con un pasar así de simple, con un transcurrir tan venturoso. Regalaré a mi amada un koala plácido que ella llamará, según lo decidió hace tiempo: Amadul –revela por fin el nombre que tanto escondía- un cachorrillo vivaracho y tierno, que permita a la dueña mover bajo su pelo lanudo los rosáceos dedos y sacarlos fragantes, emitiendo efluvios balsámicos. Le ofreceré las primeras flores de la temporada, las irisaciones cambiantes –oro y miel mezclados- que el mineral de yeso atesora entre sus láminas finísimas; y los primeros copos de nieve, los encargados de romper el otoño en minúsculos fragmentos.

Tomados de la mano recorreremos la ribera del Carrión hasta sus fuentes, la del Duero hasta llegar a Oporto; haremos el Camino de Santiago, peregrinos que no ponen la atención en la meta sino en el recorrido. La ciudad será nuestra en su latir acompasado, mañanas repletas de inquietudes, tardes algo más tranquilas y la pactada tregua nocturna. Nos uniremos a los vecinos del barrio en una amistad sencilla y duradera: a doña Catalina, a doña Cándida inclusive, por muy dificultoso que resulte con tal mujer el intento; a los maestros de las escuelas vecinas, a los operarios de la fábrica de gaseosas, a los muchachos que juegan a retrasar aquello que resulta inevitable: tiempo y lugar, el fin de lo bueno. Iremos a otros barrios, conoceremos personas que se pasan la vida intentando compensar con alegrías mínimas las tristezas grandes; empujaremos su carro cuando vayan cuesta arriba, y aceptaremos sus manos si sucede que la falta de fuerzas nos impide arrastrar el nuestro.
Escogiendo el destino por razones diversas, al modo de la mariposa que en sus evoluciones llega a una flor, la cordura se posa en mi fantasioso cerebro y me ayuda a comprender que Marina y yo caminamos sobre alfombras flotantes, sobre nubes de algodón. Ha de llevar tiempo trabajando la oferta, carece de lagunas: territorio delimitado a mi medida. Y se percibe en su interior tanta cesión de derechos, que me obliga a declararla inviable. Si cede mi amada con daños, sufrirá su corazón sometido: pajarillo preso en la jaula, invisibles barrotes y tamaño engañoso. Mas si renuncia sin merma, por puro placer, entregada como está a su profesión, acaso suceda porque persigue lo que yo persigo, el espejismo reverberante de la niñez, los tiempos de la trashumancia. El amor, nuestro amor, depende de la firmeza de su engarce, de la solidez de los cimientos que lo sustentan. De afianzarse sólo en el recuerdo de vivencias tan lejanas, resistirá lo que la amistad resista, porque no pasará de amistad.

Amor o amistad; ¿quién está capacitado para diferenciarlos? Amor y amistad, dos caras de una misma medalla.
A pasos de gigante se aleja el amor verdadero del egoísmo, bandido que toma prestadas sus ropas para camuflarse. El amor arrastra y el egoísmo empuja. El amor es abrazo que protege, no dogal que sujeta; es acicate y no freno. El amor es un río de fluir constante, libre de estiajes y avenidas. El amor se adapta al carácter ajeno sin intentar corregirlo.
Condiciones que cumple con poco esfuerzo la amistad.
Esas sí, pero hay otras. El amor es dinámico y tiende a expandirse, va a más y origina su propio avance.
La amistad camina, el amor galopa. La amistad llama a la puerta, el amor la derriba. La amistad se alimenta, el amor devora. La amistad comparte, el amor acapara. La amistad ilumina, el amor quema. El amor es salvaje, la amistad es civilizada. Los estudiosos de cuestiones tan resbaladizas clasifican en tres grupos las diferencias: de tiempo, de ámbito y de intensidad. El amor se apoya en el presente, mira de soslayo al pasado, pero tiende hacia el futuro. El amor no se conforma con una o dos facetas de la persona, le interesa el conjunto -forma y fondo- y lo quiere en exclusiva. El amor es un volcán en plena erupción cuando la amistad es el volcán dormido. La amistad llovizna y el amor diluvia. Cuando el amor se marcha la amistad se queda. Quizá sea la amistad el amor atemperado.

Madrid, Palencia, Venecia, Acapulco, Moorea, las islas Seycheles: amor o amistad, puede que la geografía actúe como catalizador, y lo mismo el clima que la ha conformado. Marina y yo, amantes cargados de vehemencia, tendemos ya a sosegarnos; y el giro que ella pretende dar a nuestra vida, uniéndonos en actividades próximas, es acaso el estímulo preciso.
Ignoro si por el camino de Swann, imitando a Marcel Proust, busco el tiempo perdido; pero sé que en Palencia permanece la ciudad que Marina y yo amamos. Los soportales de la calle Mayor congregan aún a residentes y forasteros, paseo arriba y abajo, mañana y tarde, hasta fatigarse. El río Carrión acompaña al tiempo en su escapada utilizando el mismo cauce, algo mermado, eso sí; más sucio. La estación de ferrocarril continúa aceptando y despidiendo viajeros, y las calles, al recuperar los nombres que algún alcalde nombrado a dedo les arrancó, se acercan, al menos un poquito, a lo que fueron. La esencia permanece en la urbe a pesar de los barrios surgidos y del considerable incremento de la población. El casco antiguo, endeble y falto de encanto, desmoronado, cede el paso a edificios obligados con el entorno, respetuosos de la armonía y el equilibrio. De modo que cuando hablamos de Palencia, nos referimos a una ciudad nueva en cuyo interior se acomoda la originaria; a un cuerpo rejuvenecido que proporciona albergue al primitivo espíritu, a un alma gastada que impulsa los sístoles y diástoles del robustecido corazón.
Hijos y nietos, en ellos permanecen las personas que conocimos; su carácter abierto los capacita para entablar conversación con extraños, para ahondar en lo personal, en lo íntimo, mostrando sin ambages ni tapujos tanto las heridas como los provechos. En los descendientes se encarnan quienes poseían una cortesía campechana, un decir espontáneo y sincero; varones y mujeres hechos a vivir en compañía, a sufrir y gozar con idéntico estoicismo.

Si el hombre imagina su futuro con reiteración, le resulta fácil aventurar las tareas precisas que llevará a cabo llegada la hora. Sin embargo, las más de las veces, los deseos acaban sometiéndose a las mañas empleadas por la realidad para imponerse a lo premeditado. Abandonamos Marina y yo el acogedor refugio que hemos ocupado en Madrid junto a la Plaza de las Cortes, donde los guardianes de las esencias patrias urden sus intrigas. Viajamos a mi tierra como quien va a someterse a las pruebas de un ensayo, y alquilamos el ático de la casa erigida en la Rinconada. Permanecía libre debido a la extensión de su fama, un bisbiseo imparable que habla del matrimonio deshecho a estocadas y mandobles, de la denuncia presentada por la esposa harta de aguantar humillaciones y de la lenta acción de la justicia que permitió al agresor prolongar la tortura de la madre y los hijos. De ahí, de la charla mantenida con el dueño de la vivienda, del apretón de manos que sella el acuerdo, arranca nuestro ambicioso plan; su desarrollo queda a merced de la voluntad que pongamos.
Es preciso aceptar que la vida y la muerte no se enfrentan; se suceden en círculo interminable. Que los contrarios no son tales; conforman dos semiesferas que encajan a la perfección, positivo y negativo de una fotografía, día y noche. La pareja que formamos Marina y yo ha de asentarse sobre cuestiones así, precisa unas cuantas coincidencias que se reducen a una sola, la necesidad de buscar nuestro lugar en el Universo. Partimos de puntos cercanos y hemos elegido un destino común, pero cada cual ha de escoger su ruta.

Cuando las cosas, apartada la envoltura, dan la cara; cuando el trasparente celofán que las cubre retira su brillo, la realidad se manifiesta jaspeada de matices. En amistad acaba dando lo que creíamos amor inalterable; rescoldo tras la llama. Nos visitan en la Rinconada el director de la obra y quien en la representación hace de Segismundo; hablan y hablan con Marina mientras espero impaciente el resultado de su parlamento. Al cabo, mi amada me anuncia que se va a América con los suyos, esos cómicos que llevan en la sangre la pantomima. “¡Cómo voy a dejarlos en trance tan comprometido!”: dice conquistada. Razón tiene, aunque a mí esa razón me hiera. “Serán sólo unos meses. Después regresaré a la Rinconada”. El lunes a las tres de la tarde sube al avión en el aeropuerto de Barajas, y yo, esperando su prometido retorno, quedo en el ático de la ciudad de Palencia, con la mirada puesta en el cielo por el que regresará. Junto a la torre recia de la iglesia donde se unieron Jimena y el Cid, adapto al teatro porque ella me lo pide, la novela aquí contenida, cuyo título, El amor en la rinconada de San Miguel, me sugirió la propia Marina.