Dios Universo

La idea de Dios, en castellano y portugués

La noticia de Dios me llegó, creo, a través de la liturgia celebrada en la iglesia del pueblo: enorme, bella, misteriosa y fría. La realidad de la religión fue algo posterior; y apoyándome en la religión llegué a elaborar un sencillo concepto divino. Ese proceso fue obra de mi madre, una mujer buena, paciente y crédula, que trataba, hijo único yo, de darme lo mejor en el presente para el futuro. Iba con ella a los oficios religiosos, situándonos ambos en el área femenina familiar. Sepultura se llamaba el espacio, porque debajo había enterramientos antiguos bien delimitados. Detrás del hachero de la abuela, soporte de cirios y velas, estaban los reclinatorios. Se colocaban allí mis tías y los primos pequeños. Duró poco tiempo, porque enseguida quise pasar a los bancos de niños, enfrentados y simétricos de los ocupados por las niñas. En medio de ambos espacios escolares, quedaba el pasillo central y los puestos destinados a los miembros del Ayuntamiento.

 

iglesia-de-valdeperoIglesia de Nuestra Señora de la Antigua  Fuentes de Valdepero   Palencia

 

Hay que imaginar el impresionante retablo mayor, imán de todas las miradas. Imaginado, veamos, justo debajo y delante, el altar de las misas coronado por el sagrario. Todo ello en un espacio más elevado que el resto de la iglesia, separado por una verja de hierro en los laterales, y la escalinata central. Recuerdo que allí no podían subir las mujeres cuando el sacerdote oficiaba. Ignoro si encontraba extraña la discriminación; pero me temo que no. Los monaguillos debían ser niños y yo quise ser monaguillo muy pronto. Todo lo hice muy pronto, es verdad. Un cíngulo trenzado o un cinturón de cuero sujetaban las faldas de los manteos para que no las arrastrara. Aún así, a veces se soltaban parcialmente y pisaba el borde, despertando la risa en los asistentes.

Luego vinieron el internado y las dos mil trescientas misas obligatorias. Pero eso es otro contar. Primero conocí la realidad de los oficios religiosos, misa y sermones; que debieron llamarme poderosamente la atención. Recuerdo, quizá porque me lo dijeron pasado el tiempo; que en verano, durante el almuerzo de los agosteros, representaba yo una misa propia. Hacía de cáliz un vaso alto de madera, de aquellos que los pastores tallaban con la navaja, usados para beber la leche ordeñada en los pastos del páramo, corrales de piedra donde tenían su chozo. Copiaba la liturgia de manera bastante aproximada, pero a grandes rasgos. Consagración inclusive; y la misa terminaba con un sermón muy piadoso. Debía de tener cuatro años o cinco por aquel entonces.

Dios debió de llegarme niño en la Navidad, y en las oraciones rezadas al acostarme dirigido por mi madre. Jesusito de mi vida, cuatro esquinitas, y otras así. No sé el momento preciso en que Dios se hizo adulto, pero debió de ser en Semana Santa; ruptura total con todo lo anterior. Incluso el templo se transformaba con aquel largo lienzo, que descendía hasta el suelo sobre un altar del lateral derecho, mostrando escenas impresas de la Pasión. Dios moría realmente para los niños: podemos hacer lo que nos dé la gana, decíamos, porque no hay Dios. Llegaba el domingo y todo volvía a la normalidad; alegría de la Resurrección, preludio del día feliz de las rosquillas.

Este preámbulo sirve para diferencia la idea o concepto de Dios, de la realidad de Dios. Siempre que hablo de Él hablo de esa idea. Creo que no he sentido nunca su realidad, es decir su presencia. En el internado, a los nueve años, pude acercarme a la realidad de su existencia, pero no ocurrió; siguió siendo una posibilidad. Y sobre esa posibilidad trabajaron pensamiento e imaginación desde entonces. El primer principio: ahí está la necesidad de buscar explicación. La idea de Dios encajaba en su hueco como el dedo en el anillo perfecto. Es posible que ahí quedara todo, en la justificación del primer principio, origen del Universo, Creación.

Dios creador, eso era todo. El demiurgo, creador y alma del Universo. Los frailes, en sus explicaciones, añadían el Dios conservador, la divina Providencia. Recuerdo la definición: Providencia es el cuidado amoroso que Dios tiene de todo lo creado. Fue ese Dios Conservador de la Obra, encargado del mantenimiento, el que comenzó a defraudarme. Las noticias de desastres naturales o provocados, que se repetían sin ningún asomo de arreglo providencial, me hicieron desentenderme de esa parte divina complementaria.

Conocí al Dios Creador, protagonista del relato bíblico, Génesis 1:1, en las clases de religión, asignatura donde saqué matrícula de honor el primer año de bachillerato, a los diez años. Pronto empecé a manifestar dudas, y el fraile me situó de manera evidente en el grupo de los díscolos.

Omnipotente y eterno, al término de su tarea creadora, durara esta lo que durara, ya no era necesario. Explicaba el primer principio y, respecto a la necesidad de explicación del hombre, su tarea acabó. Quedaba la posibilidad de que, quince mil millones de años después, la Creación no se hubiera terminado; pero esa posibilidad, de confirmarse, acababa con su atribuida Omnipotencia. Esta elucubración elemental, la hacía sin plantearme el hecho de su existencia real.

Quise ser misionero en África, y esto es algo que no he contado a más de cuatro personas. Fueron meses de intención que acabaron en un viaje a Burgos desde Madrid, cuando aún no había cumplido los dieciocho años. Viajé toda la noche en el tren, con una autorización paterna recién escrita y firmada por mi propia mano. Iba decidido a ingresar en un noviciado de frailes con presencia en África. Pensé mucho durante el largo viaje. Hablé, también, sobre ello. Conversé con un sacerdote que me recordaba a don Jesús Fernández Pinacho, el cura bueno del que fui monaguillo. Le revelé mi intención; no teníamos sueño e íbamos solos en el departamento. Logró convencerme de que yo quería ayudar a los necesitados y luchar contra el hambre; pero no era religioso, no deseaba hacerme sacerdote ni convertir a los infieles a la fe verdadera. Eso, me dijo, puedes hacerlo aquí y ahora. En Madrid tienes suficiente campo de trabajo. De modo que sin salir de la estación, tomé el tren de regreso.

Debo considerar muy importante el asunto de Dios, pues escribí sobre él desde el principio de mi escritura. Se trataba de textos sencillos que fueron pasando de un libro a otro. En algún momento me consideré panteísta: O Dios es todo, o no es nada; llegué a escribir. Un Dios Universo como explicación lógica. También estuve enfadado con él, porque escribí: ¡Oh, el Demiurgo!, ¡cuántas cuentas tiene que saldar sobre sus actos fallidos, sobre sus errores descomunales! Huevo, larva, crisálida y mariposa: esa es la metamorfosis que la humanidad no siguió. Por eso creo que para saber lo pensado a lo largo de mi vida, sobre esa cuestión de singular importancia para mí, lo mejor es leer lo que escribí al respecto, en prosa y verso, traducido en parte al portugués, y recogido finalmente en dos libros últimos: Elipse de los Tiempos y BRASIL, Sístoles y diástoles. Compuse una novela religiosa, que llega a su cuarta versión con el título Pasión, muerte y resurrección de la Señorita Salus, actualmente en vías de edición.

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El espacio infinito y eterno,
el tiempo eterno e infinito (Elipse de los Tiempos)

En su propio final inalcanzable
se enraíza el imposible principio del tiempo
y los bordes del espacio se alejan a la velocidad de la luz
siguiendo los treinta y dos rumbos de la rosa de los vientos.

La eternidad es el tiempo que tarda la luz en recorrer
el espacio infinito,
la infinitud es el extremo espacio
que la luz alcanza en su eterno recorrido;
se explican juntas ambas,
la una sin la otra
no son nada.

 

Búsqueda (Elipse de los Tiempos)

Me inquietaban los enigmas de la primera mirada
y adoré a la Tierra fértil hasta saber
que era infecunda sin agua.

Adoré al Agua, comprendiendo
que es cosa del Sol
la inexplicable magia
de la evaporación.

Adoré al Sol ignorando
que su hoguera arde con llama viva
porque el soplo
huracanado del aire
enciende el calor, la luz y la energía.

Y adorando
al Viento fugitivo
descubrí mi error,
mi desvarío.

 

Dios y el hombre (Elipse de los Tiempos)

Los enigmáticos dioses de hoy y de siempre,
faros asidos a los más altos luceros,
perpetuamente insatisfechos si la tradición no miente
-pagodas, catedrales, mezquitas, sinagogas, beaterios-
con regocijo aceptan zalamerías y lisonjas de los fieles,
manifestándose atajo para los caminantes crédulos.

 

Incertidumbre (Elipse de los Tiempos)

Indefenso frente al cosmos arrogante
-desnuda raíz bajo la tierra desprendida,
minúscula lombriz,
larva inactiva-
todas las noches, de manera inevitable,
acepto un Dios a mi medida;
y orgulloso de las manos, satisfecho del cerebro,
irremediablemente,
cada amanecer lo niego.

 

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El primer principio (BRASIL Sístoles y diástoles)

En cuanto la indómita Naturaleza
facilitó al hombre abatido y maltrecho
un momento de tregua,
las mentes despiertas dedicaron su denodado esfuerzo
a escrutar enigmas de engañosa apariencia:
el soplo vital de mente y cuerpo,
los puntos de salida y afluencia
y el sentido último del Universo.

De ese proceso intelectual
surgió un Ser único y primero,
arranque y fin de todo lo existente y existido
por desearlo eterno;
y por considerarlo infinito:
un Ser enorme que contiene en su seno el Firmamento.
Identificó el hombre al Ser con el bien soberano,
tan generoso que permite la existencia del mal,
tan fuerte que lo vence a diario.

En lugares elevados o en cruces de caminos,
erigió altares bien dispuestos
para ofrecerle dones y sacrificios.

Fundó órdenes de ungidos sacerdotes,
de sacerdotisas intactas y obedientes;
encargados de pronunciar
-los menos torpes-
La última palabra
sobre lo bueno, lo malo y lo indiferente;
y de recaudar
-los más fornidos-
primicias y diezmos
con los que llevar el credo a todas las gentes.

El hombre comprobó con satisfacción velada
que la existencia del Ser daba respuesta a cualquier pregunta,
a cualquier inquietud humana:
la organización social, la administración de la justicia,
la libertad de elección
y la igualdad en la línea de partida.

El hombre se dedica desde entonces por entero,
a poner en marcha la sociedad global,
la de la tribu única y el reglado pensamiento,
siete mil millones
de activos consumidores y votantes satisfechos.

 

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O primeiro principio (BRASIL Sístoles e diástoles)

Assim que a indómita Natureza
facilitou ao homem abatido e exausto
um momento de trégua,
as inteligências reflexivas dedicaram seu denodado esforço
a escrutar enigmas de enganosa aparênçia:
o sopro vital de mente e corpo,
os pontos de saída e confluência
e o sentido último do Universo.

Desse processo intelectual
surgiu um Ser único e primeiro,
arranque e fim de tudo o existente e existido
por desejá-lo eterno;
e por considerá-lo infinito:
um Ser enorme que contém em seu seio o Firmamento

O homem identificou ao Ser com o bem soberano,
tão generoso que permite a existência do mau,
tão forte que o vence a cada dia.

Em lugares elevados
ou em cruzamentos de caminhos,
erigiu altares bem dispostos
para oferece-lhe dons e sacrifícios

Fundou ordens de ungidos sacerdotes,
de sacerdotisas intactas e obedientes;
encarregados de pronunciar -os menos lerdos- a última palavra
sobre o bom, o mau e o indiferente;
e de arrecadar -os mais fornidos- primícias e dízimos
com os que levar o credo a todas as gentes.

O homem comprovou com satisfação velada
que a existência do Ser dava resposta a qualquer pergunta,
a qualquer inquietude humana:
a organização social, a administração de justiça,
a liberdade de eleição e a igualdade na linha de partida.

O homem se dedica desde então por inteiro,
a pôr em marcha a sociedade global,
a da tribo única e o regrado pensamento,
sete mil e quinhentos milhões
de ativos consumidores e votantes satisfeitos.

 

grito

El Grito (BRASIL Sístoles y diástoles)

Mi grito es el grito del hombre enérgico
macho erguido y hembra valerosa
ciudad o campo abierto
calles, plazas y rondas
valle, ladera o cerro
las manos en altavoz sobre la boca.

Mi grito es el grito del día y de la noche
en este globo tan errado
siete mil millones de voces
fundidas en sonoro abrazo.

Mi grito es el rugido del tigre y la ballena
de seísmos y volcanes
el grito de la lava interna,
del viento que inflama las velas de las naves
el desgarrador alarido del huracán y la galerna.

Mi grito es el grito de la masa vegetal
grito de araucaria, encina y ceiba,
del cactus del desierto y la majagua del manglar;
un coro enorme que eleva
su voz descomunal

Mi grito es el grito de la tierra estable
y del líquido mar,
de las nubes cambiantes
y el azul desigual,
la queja suave
y el bramido estelar.

Mi grito es el grito animal
el grito de los vegetales
y de las piedras sin labrar.

Mi grito brota de la desesperación universal
y exige al demiurgo hipotético
sin nuevas perífrasis ni un pretexto más,
que aclare si la lucha imparable de lo falso y lo cierto
tiene algún sentido y obedece a un plan.

Mi grito es un grito total,
grito del Universo herido,
que no deja de gritar.

 

 

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O Grito (BRASIL Sístoles e diástoles)

Meu grito é o grito do homem enérgico
macho erguido e fêmea valorosa
cidade ou campo aberto
ruas, praças e rondas
vale, ladeira ou cerro
as mãos em megafone sobre a boca.

Meu grito é o grito do dia e da noite
neste globo tão errado
sete bilhões de vozes
fundidas em sonoro abraço.

Meu grito é o rugido do tigre e a baleia
de vulcões e sismos
o grito da lava interna,
do vento que inflama as velas dos navios
o desgarrador alarido do furacão e a galerna.

Meu grito é o grito da massa vegetal
grito de araucária, enzinha e ceiba,
do cactos do deserto e o mangue do mangal;
um coro enorme que eleva
sua voz descomunal.

Meu grito é o grito da terra estável
e do líquido mar,
das nuvens cambiantes
e o azul desigual,
a queixa suave
e o bramido estelar.

Meu grito é o grito animal
o grito dos vegetais
e das pedras sem lavrar.

Meu grito brota do desespero universal
e exige ao demiurgo hipotético
sem novas perífrases nem um pretexto mais,
que aclare se a luta imparável do falso e o certo
tem algum sentido e obedece a um projeto final.

Meu grito é um grito total,
grito do Universo ferido,
que não deixa de gritar.

 

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El hombre esencial (BRASIL Sístoles y diástoles)

En los remotos tiempos, el Dios de las Cosechas,
cuando no existía aún la especie humana,
de cada región deshabitada de la Tierra
recogió el grano cereal que cultivaba.

Sumó arroz, trigo y avena
maíz y sorgo unió al centeno,
simientes de todas procedencias
llevó al molino más de ciento;
harina tamizada en uniforme mezcla
amasada y sometida a vivo fuego
hasta tostar por completo la corteza.

Del resultante pan recién cocido
un pedazo retornó a cada comarca
del cual proviene el hombre primitivo:
igual composición, distinta estampa.

Sea faz el hombre o sea espalda
rígido cuscurro o blanda miga
el color es lo único que cambia
la sustancia humana no varía.

 

O homem esencial (BRASIL Sístoles e diástoles)

Nos remotos tempos, o Deus das Colheitas,
quando ainda não existia a espécie humana,
de cada região desabitada da Terra
recolheu o grão do cereal que cultivava.

Somou arroz, trigo e aveia,
milho e sorgo uniu ao centeio,
sementes de todas procedências,
levou ao moinho mais de um cento;
farinha tamisada em uniforme mescla,
amassada e submetida a fogo lento,
até torrar bem a camada externa.

Do resultante pão recém-cozido,
um pedaço retornou a cada comarca,
do qual provém o homem primitivo:
igual composição, distinta estampa.

Seja face o homem ou seja costas,
rígida crosta ou suave miga,
a cor é o único que troca,
a substância humana não varia.

 

 

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El juego de la vida (BRASIL Sístoles y diástoles)

La Naturaleza juega
al juego de las sillas con el hombre;
lo han dicho en todos los tiempos
los más agudos pensadores.

Siendo como son insuficientes los asientos para todos,
cuando la música vuelve al silencio que rompe
y quienes giran en corro procuran acomodo;
los participantes menos hábiles, los más torpes,
los débiles, los incapaces de empujar a otros
e los que gustan en verdad de los acordes,
quedan fuera del enredo como espejos rotos.

 

O jogo da vida (BRASIL Sístoles e diástoles)

A Natureza joga
ao jogo das cadeiras com o homem;
disseram em todos os tempos
os mais penetrantes pensadores.

Sendo como são insuficientes os assentos para todos,
quando a música volta ao silêncio que rompe
e quem giram em corro procuram acomodo;
os participantes menos hábeis, os mais torpes,
os débeis, os incapazes de empurrar a outros
e os que gostam em verdade dos acordes,
ficam fora do enredo como espelhos foscos.

 

 

Estrofa del Vuelo del velero Nova Era  (BRASIL Sístoles y diástoles)

Entre la constelación de Orión y la estrella Sirius
durante un mínimo instante los tripulantes perciben,
imagen y semejanza del hombre,
al Demiurgo andrógino
acostado en suave lecho de nubes,
roncando acompasadamente
su sueño sin fin. Grandes, muy grandes
la cabeza, el cuerpo y las extremidades,
dotados de una gran belleza. Ojos límpidos,
piel tersa en la desnudez luminosa que muestra.

 

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Estrofa do Voo do Veleiro Nova Era (BRASIL Sístoles e diástoles)

Entre a constelação de Orión
e a estrela Sirius
durante un mínimo instante os tripulantes perceben,
imagen y semelhanza do homem,
ao Demiurgo andrógino
deitado en suave leito de nuvens,
roncando acompasadamente
seu sonho sem fim. Grandes, muito grandes
a cabeça, o corpo e as extremidades,
dotados de uma grade beleza.
Olhos límpidos,
piel tersa na desnudez luminosa que mostra.

 

La Ley de la gravitación Universal
Poema inédito de Pedro Sevylla de Juana

Cuando mi desbordante imaginación
imaginó oír el primero de los tres avisos
–campanas celestiales repicando y doblando,
apocalípticos tambores y trompetas
capaces de llenar con su grito bronco los enormes
huecos del silencio cósmico;
y en el Planeta Tierra
los recursos humanos
todos
en poder de unos pocos
individuos inhumanos–
advertencias anunciadoras del fin del Universo;
mi desbordante imaginación sintió la necesidad
de disponer de un Ser sabio, justo y fuerte
que impidiese la continuidad del destructor proceso.

Entendí la explicación, al parecer, científica,
que la imaginación tuvo a bien confiarme
sobre el origen del fin universal,
y aquí la expongo:
Habiendo llegado a su término la expansión
de los casi infinitos cuerpos celestes,
alcanzadas unas distancias, entre sí, descomedidas,
la Ley de la Gravitación Universal,
–inevitable hasta entonces–
quedaba sin efecto y, desorientados, estrellas y planetas,
comenzaron a chocar unos con otros
a velocidad exorbitada.

Sólo podía interrumpir la gigantesca colisión
un Ser tan fuerte o más que el Demiurgo Creador,
quien, dejando gobernar a las indecisas Leyes Naturales,
duerme el sueño iniciado al final
de las extenuantes tareas de arquitecto.

Me pareció laudable su intención, pero advertí
que un Ser así se había imaginado miles de veces,
quizá millones, colectivo o individualizado;
disponiendo alrededor de él
una parafernalia envolvente con apariencia
de caparazón de tortuga.

Se hace necesaria, en ese caso, respondió,
una renovación, una puesta al día,
que valore los conocimientos obtenidos
de la perseverancia puesta en la investigación
por la parte inconformista de la humanidad.

Luz será, expuso, ya puesto manos a la obra,
todo Él luz: un resplandor de intensidad máxima,
que elimine los ángulos oscuros en la desbandada
planetaria, o en su regreso
al punto inicial.

De arena será el Ser imaginado:
de arena recogida grano a grano de una playa de Vitória:
la amplia Camburi: hierro y carbón diluidos;
y de los arenales ásperos que, en Valdepero,
se encuentran detrás del Camposanto y la Ermita.

Arena todo Él, goteando por el orificio
central, unión separadora de dos conos opuestos
en posición mudable –aurícula y ventrículo–
continuidad, Él, del tiempo intermitente
medido y contado en gigantesco reloj de arena.

De esa manera
continuaba el proyecto mi imaginación,
desbocado ya su impulso creativo:
Un pozo de sabiduría será; de donde el hombre extraiga
innumerables calderadas.
Un libro grueso donde se puede consultar
cualquier asunto,
cualquier fecha, cualquier significado
que cualquier persona, animal, planta o piedra;
necesiten conocer para un fin preciso
o impreciso, próximo o remoto.

Un recipiente capaz, una hondonada también;
para que el hombre arroje todos sus desafectos;
sumidero
de elementos
residuales.

Espejo espacial en el cielo nítido, charcos de lluvia
o láminas de obsidiana en cada trecho, será;
para que las criaturas animadas e inanimadas
puedan conocer como el Ser las ve en el momento;
de forma que cada uno sepa lo que puede esperar
del Omnipotente y corregir su propia andadura
si fuera necesario y así lo deseara.

Ya que no puede existir democracia representativa
en la elección del Ser, debido a su unicidad irrepetible;
Él mismo elegirá consejeros humanos, que añadan
la sensatez humana en las cuestiones
que a la Humanidad afecten: dijo,
asombrándome una vez más y más que nunca.

Serán nombrados consejeros aquellos
impulsores de la convivencia activa
que entiendan lo propio como parte inseparable
de lo colectivo,
rotación y traslación a un tiempo,
pensamiento y acción, sostén y desarrollo.

El fenómeno de aproximación y escape
tiene lugar a intervalos medidos:
todo lo existente yendo y viniendo
la materia convertida en energía
coincidiendo en un punto,
esfera ingente y mínima,
a la espera de una nueva Gran Explosión,
gobernada, una vez más, por la imprescindible
Ley de la Gravitación Universal.

En lo concerniente a la actual Humanidad del Planeta Tierra,
puede quedar en una inquietante tranquilidad:
recibido el primer aviso
se debe evitar el segundo aldabonazo
comenzando la distribución de los recursos
concentración injusta en manos
de una minoría ínfima
de individuos inhumanos.

 

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A lei da Gravitação Universal
Poema inédito de Pedro Sevylla de Juana

Quando a minha desbordante imaginação
imaginou ouvir o primeiro dos três avisos
-sinos celestiais repicando e dobrando,
apocalípticas trombetas e tambores
capazes de encher com seu grito bronco os enormes
ocos do silêncio cósmico;
e no Planeta Terra
os recursos humanos
todos
em poder duns poucos
indivíduos desumanos-
advertências anunciadoras do fim do Universo;
minha desbordada imaginação sentiu a necessidade
de dispor dum Ser sábio, justo e forte
que impedisse a continuidade do processo destruidor.

Entendi a explicação, aparentemente, científica,
que a imaginação teve a bem me confiar sobre
a origem do fim universal, e aqui a exponho:
Tendo chegado a seu termo a expansão
dos quase infinitos corpos celestes,
atingidas umas distâncias, entre si, descomedidas,
a Lei da Gravitação Universal,
-inevitável até então-
ficava sem efeito e, desorientados, planetas e estrelas,
começaram a chocar uns com outros
a velocidade exorbitada.

Só podia interromper a gigantesca colisão
um Ser tão forte ou mais que o Demiurgo Criador,
quem deixando governar as indecisas Leis Naturais
dorme o sonho iniciado ao final
das extenuantes tarefas de arquiteto.

Me pareceu laudável sua intenção, mas adverti
que, um Ser assim, tinha sido imaginado milhares de vezes,
quiçá milhões, coletivo ou individualizado;
dispondo ao redor dele
uma parafernália envolvente com jeito
de concha de tartaruga.

Se faz necessária, nesse caso, respondeu,
uma renovação, uma atualização,
que valorize os conhecimentos conseguidos
pela perseverança posta na procura
da parte inconformista da humanidade.

Luz será, expôs, já postas as mãos na obra,
todo Ele luz: um resplendor de intensidade máxima,
que elimine os ângulos escuros na debandada
planetária, ou em seu regresso
ao ponto inicial.

De areia será o Ser imaginado:
de areia recolhida grão a grão duma praia de Vitória:
a ampla Camburi: ferro e carvão diluídos;
e nos areais ásperos que, em Valdepero,
se encontram trás o Campo-santo e a Ermida.

Areia todo Ele, gotejando pelo orifício
central, união separadora de dois cones opostos
em posição mudável –aurícula e ventrículo–
continuidade, Ele, do tempo intermitente
medido e contado em gigantesco relógio de areia.

Desse modo
continuava o projeto minha imaginação,
desbocado já seu impulso criativo:
Um poço de sabedoria será; de onde o homem extraia
inumeráveis caldeiros.
Um livro grosso onde se possa consultar
qualquer assunto,
qualquer data, qualquer significado
que qualquer pessoa, animal, planta ou pedra;
necessitem conhecer para um fim preciso
ou impreciso, próximo ou afastado.
Um recipiente capaz, uma profundeza, também;
para que o homem arremesse todos seus desafetos;
sumidouro
de substâncias
residuais.

Espelho espacial no céu nítido, charcos de chuva
ou lâminas de obsidiana a cada trecho, será;
para que as criaturas animadas e inanimadas
se possam ver como o Ser as vê no momento;
para que a cada um saiba o que pode esperar
do Ser e corrigir sua própria andadura
se fosse necessário e assim o desejasse.

Já que não pode existir democracia representativa
na eleição do Ser, por sua unicidade exclusiva;
Ele mesmo, elegerá conselheiros humanos, que acrescentem
a sensatez da Humanidade nas questões
que à Humanidade afetem: disse,
me assombrando uma vez mais e mais que nunca.

Serão nomeados conselheiros aqueles
impulsores da convivência ativa
que entendam o próprio como parte inseparável
do coletivo,
rotação e translação a um tempo,
pensamento e ação, sustento e desenvolvimento.

O fenómeno de aproximação e escape
tem lugar a intervalos medidos:
todo o existente indo e vindo
a matéria convertida em energia
coincidindo num ponto,
esfera ingente e mínima,
à espera duma nova Grande Explosão,
governada, uma vez mais, pela imprescindível
Lei da Gravitação Universal.

No relativo à atual Humanidade do Planeta Terra,
pode ficar numa inquietante tranquilidade:
recebido o primeiro aviso
deve-se evitar a segunda aldrabada
começando a distribuição dos recursos
concentração injusta em mãos
de uma minoria ínfima
de indivíduos desumanos.

 

 

 

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La visita de Dios (BRASIL Sístoles y diástoles)

En la vasta extensión cercada de arbolado, sedosa pradera dividida por el curso en arco de un regato bien nutrido, a principios de Otoño, cuando la Luna perseguía su plenitud circular, enigmático y apacible apareció el Ente. El viejo Liparus Glabirostris, de la familia de los Curculiónidos, profundo pensador y profesor eximio, receló siempre. Desconfiaba del presunto dios inclusive en la época de general arrobamiento. No era para menos, la extraña apariencia -tamaño y forma- ayudaba en alto grado despertando brazados de sospecha

El Ser, delimitado por líneas suaves y planos carentes de ángulos, aceptaba las miradas interrogantes sin suspender la emisión de sonidos acompasados, sugerentes incluso para oídos insensibles a la cadencia ordenada. En su interior impenetrable abrigaba, sin asomo de duda, algún tipo de vida alejada de la convencional. Libre de hambre y sed, en armonía con la agradable temperatura ambiente, actuaba como cualquier recién nacido satisfecho, aunque sin el gracioso braceo y el gesto encantador. Permanecía en el propio lugar de su aparición, se expresaba utilizando un complejo lenguaje de signos visuales y acústicos, y no manifestaba dependencia alguna del exterior. Resulta comprensible que cientos de conjeturas se tejiesen alrededor de su privativa naturaleza.

El viejo Liparus pudo reconocer en él determinadas cualidades de la condición divina. Saltaba a la vista que era ajeno a todo lo conocido. Cierto, difería de las peculiaridades primordiales de los tres reinos; no parecía piedra, no parecía planta, no parecía animal. El estado de reposo en que se encontraba sumido debía de ser transitorio, pues había llegado hasta allí desde algún lugar tan remoto que no le precedió la noticia de su existencia. La aptitud para trasladarse al dictado del deseo le proporcionaba una independencia amplísima: rasgo que distingue a los seres superiores. Único, autónomo e inexplicable: semejantes atributos constituían los hilos que bordaban la perfección de su índole. Carecía, por el contrario, de la primera cualidad que los dioses exhiben: la capacidad sin límites de influir en el curso de los acontecimientos, generadora de prodigios que resaltan una trayectoria extraordinaria. Actitud opuesta a la de un demiurgo amoroso de su obra, exteriorizaba, añadida, una inexcusable despreocupación por la hermosura de la verde floresta, por los inverosímiles rayos de sol que filtraba, por el rumor armonioso del agua al acometer los meandros, desniveles y estrecheces, y hasta por los curiosos que le cercaban con ánimo investigador. En ese punto exacto, equidistante del sí y del no, imposibilitada para desprenderse, anclaba Liparus su duda.

Quizás fuera sólo un destello de la movilidad potencial, pero la agitación se enseñoreaba del interior. Lo que podía ser tomado por el rostro, superficie circular de un cilindro achatado, espejo del sensible corazón, efectuaba raras muecas a cada instante. Los reflexivos investigadores, encabezados por Calathus Melanocephalus, perteneciente a la familia de los Carabídos, y su más directo colaborador, Agonun Dorsale, primo suyo; constataron que cambiaba la forma siguiendo un proceso repetido cada día. Tomando el anochecer como punto de referencia, la metamorfosis reproducía sus pasos, uno tras otro, de crepúsculo a crepúsculo; reiteración, método.

“¿Prodigios?; consigue ser portento suficiente la conmoción ocasionada por su venida hasta en los más escépticos”: argumentaban los partidarios, dirigidos por el elegido coordinador de familias Prionus Coriarius, el mayor de los Longicórneos: “Negligencia ante la creación? Vino para permanecer a nuestro lado; he ahí el gran ejemplo de cariño que necesitaba este mundo egoísta”. “Sí, su existencia es monótona y repetitiva, pero, hechos a su imagen y semejanza, nuestra propia existencia es repetitiva y monótona. Nos desplazamos persiguiendo el alimento, nos agita el deseo de copular y corremos para huir o atacar. La Divinidad reposa porque se basta a sí misma: nada le falta y a nada teme”.

Los religiosos vincularon con ese argumento, más que con ningún otro, el meritorio modo de alinear las conductas personales tras la forma de ser atribuida a la Divinidad. “Aquilatemos el proceso de nutrición rechazando la gula”: pidieron: “Limitemos la cópula a las exclusivas exigencias de la propagación de la especie. Abracemos a los enemigos. Sólo de esta manera seremos capaces de amansar nuestra agitación culpable”. Y sentenciaron: “La calma es el bien y el tumulto el mal; en la reducción de las necesidades se apoya la virtud”.

Sorprende la inestabilidad de las convicciones generalizadas en la sociedad: los Escolítidos, cavadores de galerías corticales -hasta entonces tachados de simple y parsimoniosos- pasaron a ser percibidos como coherentes y equilibrados. “Vivir para ver”: pensaban los suspicaces.

El Círculo de Teólogos, por encargo del estamento creyente, soldó entre sí varias cavilaciones formando un verdadero cuerpo de doctrina, dogma de obligado conocimiento e inmediata difusión. Avanzaba el credo por la senda racional hasta el límite de sus posibilidades, momento en que hacía uso de la fe. “La Divinidad existe desde antes de los inicios, porque es el inicio; y seguirá cuando todo se extinga, porque lo conocido y lo sospechado tienen en ella su raíz y su tumba. La Divinidad no necesita engendrar descendientes, porque siendo única al tiempo es eterna”.

Dytiscus Latissimus, de la familia de los Ditíscidos, aparecía en público luciendo la casulla amarilla y negra de apariencia solemne, flanqueado por sus acólitos, dos luminosos Lampíridos. Partiendo de las verdades teológicas recién propagadas, había fundado el Inmovilismo Expectante, hermandad integrada por un creciente número de adeptos. Subido a cualquier prominencia, y dueño de todas las respuestas, preguntaba: “¿Qué razones tuvo la Divinidad para tomar cuerpo y venir con nosotros? Misterio. Misterio que las mentes corrientes como las nuestras no pueden comprender. Vino, y eso debe hincharnos de orgullo y regocijo; quiso servirnos de guía y ejemplo, y eso debe bastarnos. Pero, ¡cuidado!, podría irse; debemos cumplir al instante y hasta el último pormenor los dictados de su temperamento. Me encargaré de interpretar y divulgar sus mensajes con la asistencia de los discípulos más comprometidos. Ellos y yo renunciamos desde este preciso momento a aparearnos, y nuestra movilidad rozará el límite de la estática. Los hermanos en la fe construirán un Ara donde los fieles puedan adorar a la Divinidad y pedirle dones. Además contribuirán a nuestro parco sostenimiento”.

Mientras todo lo dicho sucedía en el pasto que bordea el arroyo, el extravagante Ser continuaba su actividad mínima. La deidad, una cabeza redonda y plana de la cual surgían dos grandes apéndices desiguales, amorosos brazos dispuestos a cerrarse alrededor de cualquier elegido, daba leves señales de vida. La extraña entidad encarnada de esa guisa, carente de tronco y de extremidades traseras, insensible al interés suscitado en su ambiente, continuaba la sistemática reforma de los rasgos faciales y la entrecortada emisión de sonidos, audibles a considerable distancia.

Sin estorbos dignos de ser tenidos en cuenta, Carabus Coriaceus, cazador astuto y guerrero de tenacidad reconocida, tomó el mando de los soldados en una ceremonia memorable. Al pie del altar -arcilla todavía húmeda recubierta con piedrecitas de colores- una charanga formada por Gryllus Campestris y Oecanthus Pellucens, músicos extranjeros, golpeaba los élitros en homenaje a la Divinidad. Animosa, atacaba con brío marchas capaces de alertar a los casacas verdes, guardia compuesta por Lytta Vesicatoria; y a los casacas moradas, escolta de Meloë Violaceus. A su compás, la cohorte de feroces machos Lucanus Cervus, desfilaba en estado de excitación combativa. Jefes, soldados y buena parte de la población, veían en la Divinidad el gran caudillo que volvería respetado y temido al orden Coleóptero; orgulloso de la compleja diversidad de las familias que lo integran, de las poderosas mandíbulas de sus individuos, de la belleza de las alas, de la funcionalidad de antenas y escudo y del notable modo de vida conseguido. Por último, se presentaba la ocasión de someter a los pueblos vecinos, exigiendo abultados tributos. Iba a presentarse la oportunidad de vengar la histórica afrenta de los odiados Himenópteros, en particular de los Apócritos, en extremo laboriosos y rápidos viajeros.

Dytiscus, Prionus y Carabus anduvieron distanciados durante una larga temporada por cuestiones de altura: habían de dilucidar quien de los tres ostentaría la supremacía. La fuerza proporcionaba argumento a Carabus, Prionus esgrimía su representatividad, la genuina voluntad del pueblo; mostraba Dytiscus en su mano la llave de la vida eterna. Reunidos en parlamento siendo ya noche ciega, tras ásperas discusiones se descubrieron compartiendo objetivos: la permanencia de la Divinidad, la protección de la identidad coleóptera y el establecimiento de una nueva organización social. Acordaron unir sus esfuerzos y tomar el poder formando un triunvirato de pares. Como primera medida sopesaron las consecuencias de ilegalizar la investigación filosófica, actividad superflua cuando se conoce cada palmo de las numerosas ramificaciones de la verdad. Sólo el temor al rechazo de los puristas les inclinó a penalizar las conductas en vez de los principios. Al día siguiente, el obstinado practicante de la lógica, Calathus Melanocephalus, y Liparus Glabirostris, docente escrupuloso, perseguidor de la certidumbre de los hechos probados; habían sido acusados de intrigantes y confinados en su domicilio.

Un extranjero, Lygaeus Saxatilis, Gran Sacerdote del aliado orden Heteróptero, con el propósito de introducir el nuevo culto entre los suyos, solicitó licencia para estudiar la naturaleza de la Divinidad y las teorías que la explicaban. Locusta Migratória, jefe de los Quelíferos, por el contrario, denunció que el incremento del ejército coleóptero –soldados, armas y equipaje- transgredía los acuerdos del pacto firmado después de la Gran Derrota. Se sumaron a la desaprobación, Tettigonia Viridissima en nombre de los Ensíferos, Blatta Orientalis, Gran Chaberlán de los Blatarios; y muchos otros: Dermápteros, Odonatos, Apterigotos y Efemerópteros, que en el creciente belicismo de los Coleópteros veían un peligro para preservar la paz existente entre los diferentes Órdenes.

Calathus y Agonum, en el intento de escapar de una muerte cierta, burlaron el cerco impuesto a sus domicilios. Se ocultaron luego en la dermis telúrica, y siguiendo túneles larguísimos surgieron en el territorio dominado por el orden de los Himenópteros, vencedor de la Gran Guerra, que tras un largo periodo de coexistencia pacífica, volvía a ser considerado hostil a causa de la portentosa movilidad de sus individuos. Allí prosiguieron Agonum y Calathus el estudio de los numerosos datos recogidos, ayudados por concienzudos investigadores locales: un grupo de Apis Mellifera y el controvertido Vespula Vulgaris, disidente himenóptero amparado al asilo de los coleópteros y retornado a su patria de modo encubierto. Tal escrutinio derivó en un mejor conocimiento de la sustancia divina, de cuyas características podía derivarse utilidad práctica. Las rayas de forma cambiante dibujadas en el círculo capital, coincidentes una y otra vez en momentos semejantes de diferentes días, servirían para dividir el tiempo en fracciones exactas y alcanzar la tan deseada simultaneidad de las actividades comunes.

Siguiendo indicaciones de Véspula, dos veces traidor, la incursión nocturna de los Lamia Textor puestos al servicio de Carabus Coriaceus, encontró el laboratorio, destruyó los valiosos documentos y degolló a los investigadores absortos en sus cosas. Sufrieron los opositores un revés próximo al desastre, y la Divinidad fue adorada en cualquier lugar, pues los fieles reproducían ad líbitum la sagrada imagen trazando el círculo capital y las dos rayas laterales de su emblema.

Extendido el culto, generalizados los sentimientos piadosos, sincronizada la intención común, el orden de los Coleópteros entró en la etapa más fructífera de su historia, cargada de motivos para dar gracias a la Divinidad. Era indudable que la Entidad, protectora de los crédulos, propiciaba el progreso con su sola presencia. Entre esto y aquello se desnudaron los árboles de hoja caducada, orgulloso de su fuerza paralizante llegó el frío, y en un lapso breve fue expulsado por los días radiantes de sol y sosegados de vientos. La vida eclosionaba de nuevo y un grupo de críos de Homo Sapiens se presentó en la explanada con su ordinaria algarabía. Desde los más profundos rincones de las huras, desde las copas más altas de los árboles, miedosos, cautelosos, los insectos todos percibieron la renovada calistenia de las evoluciones lúdicas. Al atardecer oyeron con nitidez las siguientes palabras, cuyo significado desconocían: “Mirad, un nicho de arcilla adornado con piedras de colores. Guarda un reloj de pulsera. Ah!, la pila está ya en las últimas: los números cambian muy despacio y la música casi no se oye”.

Horas más tarde, apaciguado el contorno, cayó la noche y la normalidad se hospedó en la pradera, en el arbolado circundante, en el arroyo que los cruza. Sólo entonces los insectos se atrevieron a salir de sus escondrijos: un pie y después otro, recelosos o temerarios; y todo para descubrir que la Divinidad había partido dejando vacío el altar. El Jefe Religioso Dytiscus Latissimus, recordó haber vaticinado hace poco tiempo lo que acababa de ocurrir. Alguna acción u omisión ofendería a la Divinidad. Únicamente la penitencia podía favorecer su retorno. Comenzó entonces un reiterado ejercicio de laboriosidad y obediencia ciega a las autoridades civiles, religiosas y militares. Todavía quedaba alguna esperanza.

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A visita do Deus (BRASIL Sístoles e diástoles)

Na vasta extensão rodeada de terreno arborizado, sedosa pradaria dividida pelo curso em arco de um regato bem nutrido, ao princípio do outono, quando a Lua perseguia sua plenitude circular, enigmático e aprazível apareceu o Ente. O velho Liparus Glabirostris, da família dos Curculiónidas, profundo pensador e professor exímio, receou sempre. Desconfiava do suposto deus inclusive na época de general arroubamento. Não era para menos, a estranha aparência -tamanho e forma- ajudava em alto grau despertando braçados de suspeita.

O Ser, delimitado por linhas suaves e planos carentes de ângulos, aceitava as olhadas interrogantes sem suspender a emissão de sons compassados, sugestivos até para ouvidos insensíveis à cadência ordenada. No seu interior impenetrável abrigava, sem assomo de dúvida, algum tipo de vida afastada da convencional. Livre de fome e sede, em harmonia com a agradável temperatura ambiente, atuava como qualquer recém-nascido satisfeito, ainda que desprovido do gracioso bracejo e do gesto encantador. Permanecia no próprio lugar de sua aparição, se expressava utilizando um complexo linguagem de signos visuais e acústicos, e não manifestava dependência alguma do exterior. Resulta compreensível que centenas de conjeturas se tecessem ao redor de sua privativa natureza.

O velho Liparus pôde reconhecer nele determinadas qualidades da condição divina.Saltava à vista que era alheio a tudo o conhecido. Certo, diferia sua essência das peculiaridades primordiais dos três reinos; não parecia pedra, não parecia planta, não parecia animal. O estado de repouso em que se encontrava imerso devia de ser transitório, pois tinha chegado até ali desde algum lugar tão remoto que não lhe precedeu a notícia de sua existência. A aptidão para se trasladar ao ditado do desejo lhe proporcionava uma independência amplíssima: rasgo que distingue aos seres superiores. Único, autónomo e inexplicável: semelhantes atributos constituíam os fios que bordavam a perfeição de sua índole. Carecia, pelo contrário, da primeira das qualidades que os deuses exibem: a capacidade sem limites de influir no curso dos sucessos, geradora de prodígios que ressaltam uma trajetória extraordinária. Atitude oposta à de um demiurgo amoroso de sua obra, aparecia, somada, uma inescusável despreocupação pela formosura da verde floresta, pelos inverosímeis raios de sol que filtrava, pelo rumor harmonioso da água ao acometer os meandros e estreitezas, e até pelos curiosos que lhe cercavam com ânimo investigador. Nesse ponto exato, equidistante do sim e do não, impossibilitada para se desprender, ancorava Liparus sua dúvida.

Talvez fora só um clarão da mobilidade potencial, mas a agitação se ensenhoreava do interior. O que podia ser tomado pelo rosto, superfície circular de um cilindro achatado, espelho do sensível coração, efetuava estranhos trejeitos a cada instante. Os reflexivos pesquisadores, encabeçados por Calathus Melanocephalus, pertencente à família dos Carabídeos, e seu mais direto colaborador, Agonun Dorsale, primo seu; constataram que mudava a forma seguindo um processo repetido a cada dia. Tomando o anoitecer como ponto de referência, a metamorfose reproduzia seus passos, um após outro, de crepúsculo a crepúsculo; reiteração, método.

“Prodígios? Consegue ser portento suficiente a comoção ocasionada pela sua vinda até nos mais céticos”: argumentavam os partidários, dirigidos pelo eleito coordenador de famílias Prionus Coriarius, o maior dos Longicórneos: “Negligência ante a criação? Veio para permanecer a nosso lado; eis aí o grande exemplo de carinho que necessitava este mundo egoísta”. “Sim, sua existência é monótona e repetitiva, mas, feitos a sua imagem e semelhança, nossa própria existência é repetitiva e monótona.Nos deslocamos perseguindo o alimento, nos agita o desejo de copular, corremos para atacar ou fugir. A Divindade repousa porque se basta a si mesma: nada lhe falta e a nada teme”.

Os religiosos vincularam com esse argumento, mais que com nenhum outro, o meritório modo de alinhar as condutas pessoais trás a forma de ser atribuída à Divindade. “Aquilatemos o processo de nutrição rejeitando a gula. Limitemos a cópula às exclusivas exigências da propagação da espécie. Abracemos nossos inimigos. Só dessa maneira seremos capazes de amansar nossa agitação culpável. E sentenciaram: “A calma é o bem e o tumulto o mal; na redução das necessidades se apoia a virtude”.

Surpreende a instabilidade das convicções generalizadas na sociedade: os Escolítidos, cavadores de galerias corticais -até então tachados de simples e parcimoniosos- passaram a ser percebidos como coerentes e equilibrados. “Viver para ver”: pensavam os suspicazes.

O Círculo de Teólogos, por encargo do estamento crente, soldou entre si várias cavilações formando um verdadeiro corpo de doutrina, dogma de obrigado conhecimento e imediata difusão. Avançava o credo pela senda racional até o limite de suas possibilidades, momento em que fazia uso da fé. “A Divindade existe desde antes dos inícios, porque é o início; e seguirá quando tudo se extinga, porque o conhecido e o suspeitado têm nela sua raiz e seu sepulcro. A Divindade não necessita engendrar descendentes, porque sendo única ao tempo é eterna”.

Dytiscus Latissimus, da família dos Ditíscidos, aparecia em público luzindo a casula amarela e preta de aparência solene, ladeado por seus acólitos, dois luminosos Lampírides. Partindo das verdades teológicas propagadas há pouco, tinha fundado o Imobilismo Expectante, irmandade integrada por um crescente número de adeptos. Subido a qualquer saliência, e dono de todas as respostas, perguntava: “Que razão teve a Divindade para tomar corpo e vir em nossa companhia? Mistério. Mistério que as mentes correntes como as nossas não podem compreender. Veio, e isso deve encher-nos de orgulho e regozijo; quis servir-nos de guia e exemplo, e isso deve bastar-nos. Mas, cuidado, poderia se ir; devemos cumprir, num instante e até o último pormenor, os ditados de seu temperamento. Me encarregarei de interpretar e divulgar suas mensagens com a assistência dos discípulos mais comprometidos. Eles e eu renunciamos desde este mesmo momento ao acasalamento, e nossa mobilidade roçará o limite da estática. Os irmãos na fé construirão uma Ara onde os fiéis possam adorar à Divindade e pedir-lhe dons. Além disso contribuirão a nosso parco sustento”.

Enquanto tudo o dito sucedia na pastagem que bordeia o arroio, o extravagante Ser continuava sua atividade mínima. A deidade, uma cabeça redonda e plana da qual surgiam dois grandes apêndices desiguais, amorosos braços dispostos a se fechar ao redor de qualquer eleito, apenas dava sinais de vida. A estranha entidade encarnada dessa guisa, carente de tronco e de extremidades traseiras, insensível ao interesse suscitado no seu ambiente, continuava a sistemática reforma dos rasgos faciais e a entrecortada emissão de sons, audíveis a considerável distância.

Sem estorvos dignos de ser tidos em conta, Carabus Coriaceus, caçador astuto e guerreiro de tenacidade reconhecida, tomou o mando dos soldados em uma cerimónia memorável. Ao pé do altar -argila ainda húmida recoberta de pedras de cores- uma charanga formada por Gryllus Campestris e Oecanthus Pellucens, músicos estrangeiros, batia os élitros em homenagem à Divindade. Animosa, atacava com brio marchas capazes de alertar aos casacas verdes, guarda composta por Lytta Vesicatoria; e aos casacas roxas, escolta de Meloë Violaceus. Ao seu compasso, a coorte de ferozes machos Lucanus Cervus, desfilava em estado de excitação combativa. Chefes, soldados e uma boa parte da população, viam na Divindade o grande caudilho que tornaria respeitado e temido à ordem Coleóptero; orgulhoso da complexa diversidade das famílias que o integram, das poderosas mandíbulas de seus indivíduos, da beleza das asas, da funcionalidade de antenas e escudo e do notável modo de vida conseguido. Por último se apresentava a ocasião de submeter aos povos vizinhos, exigindo inchados tributos. Teriam a oportunidade de vingar a histórica afronta dos odiados Himenópteros, em particular dos Apócritos, em extremo laboriosos e rápidos viajantes.

Dytiscus, Prionus e Carabus andaram distanciados durante uma comprida temporada por questões de âmago: haviam de dilucidar quem dos três ostentaria a supremacia. A força proporcionava argumento a Carabus, Prionus esgrimia sua representatividade, a genuína vontade do povo; mostrava Dytiscus na sua mão a chave da vida eterna. Reunidos em parlamento sendo já noite cega, após ásperas discussões se descobriram compartilhando objetivos: a permanência da Divindade, a proteção da identidade coleóptera e o estabelecimento de uma nova organização social. Acordaram unir seus esforços e tomar o poder formando um triunvirato de pares. Como primeira medida sopesaram as consequências de ilegalizar a investigação filosófica, atividade supérflua quando se conhece cada palmo das numerosas ramificações da verdade. Só o temor à rejeição dos puristas lhes inclinou a penalizar as condutas em vez dos princípios. No dia seguinte, o obstinado praticante da lógica Calathus Melanocephalus, e o escrupuloso docente Liparus Glabirostris, perseguidores da certeza dos fatos provados, acusados ambos de intrigantes foram confinados no seu domicílio.

Um estrangeiro, Lygaeus Saxatilis, Grande Sacerdote do aliado ordem Heteróptero, com o propósito de introduzir o novo culto entre os seus, solicitou licença para estudar a natureza da Divindade e as teorias que a explicavam. Locusta Migratória, chefe dos Quelíferos, pelo contrário, denunciou que o crescimento do exército coleóptero –soldados, armas e bagagem- transgredia os acordos do pacto assinado depois da Grande Derrota. Se somaram à desaprovação, Tettigonia Viridissima em nome dos Ensíferos, Blatta Orientalis, Grande Chaberlán dos Blatarios; e muitos outros: Dermápteros, Odonatos, Apterigotos e Efemerópteros, que no crescente belicismo dos Coleópteros viam um perigo para a paz entre as diferentes Ordems.

Calathus e Agonum, na sua tentativa de escapar de uma morte certa, burlaram o cerco imposto a seus domicílios. Se ocultaram logo na derme telúrica, e seguindo túneis larguíssimos surgiram no território dominado pela ordem dos Himenópteros, vencedora da Grande Guerra, que após um longo período de coexistência pacífica, volvia a ser considerada hostil por causa da portentosa mobilidade de seus indivíduos. Ali prosseguiram Agonum e Calathus o estudo dos numerosos dados recolhidos, ajudados por conscienciosos pesquisadores locais: um grupo de Apis Mellifera e o controvertido Vespula Vulgaris, dissidente himenóptero amparado ao asilo dos coleópteros e retornado a sua pátria de modo encoberto. Tal escrutínio derivou em um melhor conhecimento da substância divina, de cujas características podia se derivar utilidade prática. As raias de forma cambiante desenhadas no círculo capital, coincidentes uma e outra vez em momentos semelhantes de diferentes dias, serviriam para dividir o tempo em frações exatas e alcançar a tão desejada simultaneidade das atividades comuns.

Seguindo indicações de Véspula, duas vezes traidor, a incursão noturna dos Lamia Textor ao serviço de Carabus Coriaceus, encontrou o laboratório, destruiu os valiosos documentos e degolou aos pesquisadores absortos nas suas coisas. Sofreram os opositores um revés próximo ao desastre, e a Divindade foi adorada em qualquer lugar, pois os fiéis reproduziam ad líbitum a sagrada imagem, traçando o círculo capital e as duas raias laterais de seu emblema.

Estendido o culto, generalizados os sentimentos piedosos, sincronizada a vontade comum, a ordem dos Coleópteros entrou na etapa mais frutífera de sua história, carregada de motivos para ficar agradecido à Divindade. Era indubitável que a Entidade, protetora dos crédulos, propiciava o progresso com sua única presença. Entre isto e aquilo se desnudaram as árvores de folha caduca, orgulhoso de sua força paralisante chegou o frio, e em um lapso breve foi expulso pelos dias radiantes de sol e sossegados de ventos. A vida eclodia de novo e um grupo de crianças de Homo Sapiens se apresentou na esplanada com sua ordinária algaravia. Desde os mais profundos cantos das luras, desde as taças mais altas das árvores, medrosos, cautelosos, os insetos todos perceberam a renovada calistenia das evoluções lúdicas. Ao entardecer ouviram com nitidez as seguintes palavras, cujo significado desconheciam: “Olhem, um nicho de argila adornado com pedras de cores. Guarda um relógio de pulseira. Ah! A pilha está já nas últimas: os números mudam muito devagar e a música quase não se ouve”.

Horas mais tarde, apaziguado o contorno, caiu a noite e a normalidade se hospedou na pradaria, no terreno arborizado circundante, no arroio que os cruza. Só então os insetos se atreveram a sair de seus esconderijos: um pé e depois outro, receosos ou temerários; e tudo para descobrir que a Divindade tinha partido deixando vazio o altar. O Chefe Religioso Dytiscus Latissimus, lembrou orgulhoso seu vaticínio acerca do que acabava de ocorrer. Alguma ação ou omissão ofenderia à Divindade. Unicamente a penitência podia favorecer seu retorno. Começou então um reiterado exercício de laboriosidade e obediência cega às autoridades civis, religiosas e militares. Ainda ficava alguma esperança.

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Fragmentos (Pasión, muerte y resurrección de la Señorita Salus)

¿Por qué estás triste alma mía, y por qué me entristeces? Tú recibes la luz del Señor que ilumina mis pasos. Aguanta firme hasta que se vaya la noche oscura, territorio de los malvados. Resiste y facilita mi aguante, alma mía, obra directa de Dios. Sonríe, ríe, hazme reír. Dios mío, ¿dónde estás? Quiero descargar en ti mi alma de pesares, quiero desahogarme de esta tristeza pesada que me asedia. Algo parecido leí a San Agustín, y lo repito para recibir consuelo. Alma mía, creada inmortal para recibir sin límite de tiempo el premio o el castigo que merezca, descansa en el Señor y tranquiliza mi ánimo.
….
En mis lecturas y relecturas de los Evangelios, encontré pasajes en los que Jesús actúa o dice, como si sus hechos o palabras tuvieran el fin inmediato de cumplir las predicciones de los profetas. No es que eso disminuya mi fe en el Maestro como Mesías, pues según me explicó el director espiritual, esa misión de libertador, rey descendiente del Rey David, que los profetas prometieron al pueblo hebreo; no resta una pizca a la misión de Mesías cristiano, hijo de Dios y redentor, enviado por el Padre para salvar a la humanidad del pecado, y darnos ejemplo de vida. Vino a servir, no a ser servido; vino a enfrentar no a armonizar. Así que mi duda es natural y lógica; y es la duda la que me hace pensar y creer con fundamento. Así me lo explicó el confesor, y así lo creo.
……
Qué será de los tibios, me pregunto, de los que nadaron entre dos aguas. Y Jesucristo me da su respuesta divina: “Quien no está conmigo sin reservas, está contra mí sin reservas”. Esta frase memorable me hace dudar de la compasión divina, de su enorme amor al hombre, hecho a su imagen y semejanza. Al instante reacciono como picada por la víbora, y me digo: La justicia ha de estar por encima de la conmiseración; y Dios es, antes que nada, Justo. Dios es la Justicia.
….
Ante el Juicio Final, quiere abandonar la intuición allí mismo, y seguir las exigencias marcadas en las tablas de la ley, mandatos que el propio dedo del Dios que la va a juzgar escribió sobre piedra, para que los dotados de ojos los leyeran, y los que tuvieran voluntad los pusieran en práctica, sirviendo de ejemplo a los demás. Se sobrecogen los espíritus dentro de los cuerpos, la luz va ganando la partida a las tinieblas, y el Eterno aparece sobre una nube de mármol -Padre, Hijo y Espíritu Santo- transparente como el cristal de los arroyos, ligeramente azulado como el hielo frío de las montañas y de los glaciares.
En ese lapso que es ínfimo y a la vez inacabable, pues el cuerpo no pesa ni padece, la Trinidad Una, con voz sonora que alcanza el círculo final y regresa, se manifiesta unificando pasado, presente y futuro, lo que se halla cerca y lo imaginado lejos, lo de arriba y lo de abajo. Lo hace en una lengua que todos entienden porque es la misma que los padres emplean con sus hijos, el habla de los amantes, de las personas unidas por la afinidad; se trata del idioma universal y eterno llamado Amor, que por vez primera se pronuncia en su prístina esencia. El Dios Uno y Trino se dirige a las personas de todas las edades y naciones, de aquí y de allá, sin distingos, en ese lenguaje que todos quisieran haber dominado en sus relaciones, porque ablanda la pétrea corteza que los faltos de corazón presentan, y torna transparentes las valvas de los apocados ocultos en su propia concha.

En tono apacible pronuncia la Divinidad unas palabras vigorosas, y sabe Salus por ellas que todos están perdonados y se clausuran, para siempre, no sólo el Purgatorio, cuyo término cabía esperarse, sino el Infierno con todos los suplicios ideados por las mentes perversas. De modo que millones de almas en ellos recluidas: apóstatas, herejes, cismáticas, disidentes, rebeldes, insurrectas, y las contrarias a las reglas y normas de todo tipo, abandonan su reclusión y, tomando un sendero alfombrado de florecillas, descienden a un valle fértil que resulta ser el Paraíso.

PSdeJ