Cuentos Vitales

Tierra húmeda y semilla. Sol hasta el crepúsculo desde la amanecida. Y unos meses después, llega la espiga.

 

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Los cuatro cuentos siguientes, calificados como vitales, se refieren a la vida, y la defienden con braveza. Don Quijote y Sancho en el Camino de Santiago, es cuento pero también es poema, y contiene las sustancias poética y narrativa. Trata del cumplimiento de la última voluntad de un aventurero, a quien fuerzan a regresar a la existencia anodina de la que ha huido. El desvariado soliloquio de Elisa, cuenta la difícil situación a que la protagonista se ve abocada, llegando sola al lugar y al tiempo de la memoria; forzada a recordar porque le impiden hacer. Navajas, ocurre durante la guerra del pueblo español contra el ejército de Napoleón. Los distintos oficios de dos villas cercanas, situadas en la meseta norte castellana, olvidan sus diferencias para oponerse al ataque de un destacamento francés. Memoria del 11 de marzo, tiene como sujeto a un emigrante musulmán, que cruzó el estrecho en patera, siendo herido en el atentado.

Pudiendo elegir entre los variados relatos que escribí, y tratándose de unir cuatro de ellos, ignoro la razón de haber elegido precisamente estos. Pero, fijándome bien, los cuatro, dos colectivos y dos individuales, abordan el largo problema de la humanidad divida en dos mitades desiguales: dominadores y dominados. Los cuatro narran el lapso justo en que los dominados se resisten a serlo, sospechando o sabiendo, que la dominación termina, de una u otra forma, con la vida deseada. El lenguaje preciso también une a las cuatro narraciones; y la abundante documentación, que proporciona verosimilitud e interés. Hace de cierre un vídeo sobre la Constitución de Cádiz, y la importancia que tuvo para España y sus territorios americanos.

Sancho Panza & Don Quixote at plaza Teatro Cervantes

1.-Don Quijote y Sancho en el Camino de Santiago
Pedro Sevylla de Juana

Don Quijote de la Mancha, capítulo LXVII, apócrifo. (De la resolución tomada por el vencido caballero, acerca de visitar Santiago durante el retiro impuesto.)

Huyendo de las calzadas reales, de la enamorada Altisidora que acucia al de la Mancha, de la duquesa, con el escudero tan atenta; fiel don Quijote a Dulcinea y a su natural Teresa Sancho Panza, toman en Barcelona la ruta pirenaica.
Han resuelto, escudero y señor, en conferencia; hacerse perdonar del Cielo compasivo, tanto los errores muchos como los muchos pecados, recorriendo piadosos el Camino que lleva al sepulcro de Santiago.

Obtenidos salvoconductos y licencias, sin dictar –como se estila- testamento, se acomodan macuto y calabaza, sayal y escarapela y en recios bordones apoyan su esfuerzo.

Vislumbran Somport mas siguen adelante, deseoso el Caballero de la Triste Figura -más triste que nunca en ese instante- de ver en Roncesvalles la huella de Roldán y de los Doce Pares, de la espada en persona transformada, la bien forjada Durandarte.

Pasan las noches de claro en claro, pensativos, desvelados. Aflige al caballero la promesa absurda, de no tomar armas en un año, arrancada por el de “La Blanca Luna”. Torturan al escudero impidiéndole dormir, los insatisfechos azotes recetados por Merlín; sola medicina contra el encantamiento de la sin par Señora, que siendo princesa trocóse en labradora.

De Roncesvalles parten en pos de su destino, don Quijote y Sancho inusitados peregrinos. Tras el descarnado rocín y el asno rucio, a pie llegan por Viscarret hasta Pamplona, a Monreal, a Estella, a Nájera y a Burgos.

En la Ciudad del Cid, héroe al que el Ingenioso elogia, el rústico sucumbe al embeleso del artilugio que mueve en la catedral al papamoscas; y asombra al hidalgo cenceño, que las finas agujas no alcancen el Cielo.

Disciplinante Sancho por la gracia del destino, consigue de su negra fortuna sacar un buen partido, pues cobra a medio real los azotes ajustados a cuartillo.

Ciento treinta zurriagazos dase Sancho con una soga desabrida de reseco esparto. A los mozos castiga en verdad sobre su lomo, y equilibra así las coces recibidas, al recoger de un fraile los despojos en la aventura de la princesa vizcaína. Y el magro don Quijote ayuna, por reforzar el efecto de la tunda.

Atravesando Castrojeriz a Boadilla alcanzan, y sin temer la sangre que produce el daño -pensando dárselos a los yangüeses- doscientos zurriagazos se da Sancho.

En Frómista, al pie de San Martín, de traza espléndida -según el esforzado andante, del románico la fábrica maestra- ciento y setenta zurriagazos a quienes lo mantearon en la venta, aplica Sancho en el tronco amigo que sujeta su cabeza. Y los da con tanta saña y en cuerpo tan propio, que en un año no podrá vengarse de ningún otro contrario.

Ensalza don Quijote el afán puesto en el castigo, del que juzgaba incapaz a su escudero, de carne floja y espíritu tranquilo; y a costo bajo -mil seiscientos cincuenta reales- ya ve en Dulcinea, dejada la apariencia de pastora, la princesa más hermosa que la historia registra en sus anales.

El caballero de la figura triste, mudado a ser de Los Leones; en Villasirga explica al alma de cántaro que lo sirve y acompaña, que en tal pueblo existe un tesoro único en España.

Santa María es la templaria iglesia que hace de arca -Pantócrator, Apostolado, Anunciación, Epifanía- al retablo mayor, a los sepulcros y a la Virgen Blanca que el Rey Sabio alaba en sus Cantigas.

Un hervidero humano representa el Camino. Hormiguean por él gentes muy diversas: estudiantes, pícaros, reyes, soldados y mendigos, que hablan de Europa las diferentes lenguas, intercambian culturas sedimento de siglos y las bien atesoradas experiencias; llenan templos, refectorios, hospitales y cobijos, reposan, oran, curan llagas, se alimentan.

La estepa castellana descubren los viajeros, campo despoblado en favor de las ciudades, diezmado por la peste y el imán del Mundo Nuevo.
La expulsión de moriscos y judíos, la Inquisición y la barbarie represiva, llega a ver un don Quijote intuitivo, hidalgo para quien el trabajo no es estigma, entre los males que a Castilla llevan -en plata americana sumergida- a la dependencia exterior y a la pobreza.

Torna en Carrión el escudero a las punzantes disciplinas, y ante el Salvador magnífico de la iglesia de Santiago, ciento cuarenta y ocho zurriagazos se propina, azotando al galeote robador del asno. Y sin tasa alguna embaúla pan y vino, convento de San Zoilo refectorio y claustro, pétreos retratos de monjes distinguidos.

Antes de entrar en Sahagún, la cabecera de la octava etapa según el Codex Calixtinus, en un hospital asentado del Valderaduey en la ribera, alivia el escudero sus heridas con un bálsamo, que sin ser el de Fierabrás obra excelencias; mas la lanza atada a Rocinante no florece, como sucede en la leyenda que don Quijote evoca, donde el mismísimo Carlomagno se entremete.

Cruzan el Cea por el puente romano, donde Panza, pensando en los reales prometidos, doscientos cardenales añade a su espinazo, destinados al mayor enredador que haya existido, conocido en todo el orbe como Merlín el mago; y tomando de Mansilla de las Mulas el camino, llegan a León de un solo tranco.

Admiran de San Isidoro la trabajada piedra, las hechuras de la Catedral y de San Marcos, y en la orilla verde del Bernesga, al menos ciento y noventa latigazos recibe quejumbroso el escudero, puesto el vengador empeño en los bellacos que en Barataria remataron su gobierno.

En Rabanal desciende el ánimo de lo alegre hasta lo triste -célebre Casa de las Cuatro Esquinas- pues a punto están de toparse con el Rey Felipe, peregrino entre soldados de una escolta reducida.
Siguiendo el uso enraizado, en la Cruz de Ferro depositan las piedras traídas, los rodados cantos.

Ponferrada, Carracedo y Villafranca, los ven pasar sobre las bestias, mellado el temple y muda la palabra.
De pan y agua se alimenta el caballero en despoblado, y de caldo de convento en hospederías y hospitales, de modo que sus agudos rasgos parecen afilarse; los azotes que enriquecen al buen Sancho -larga cuenta confiada a la frágil memoria- abaten el espíritu y dejan el cuerpo tumefacto.

No son despojos de encarnizada lucha, son romeros que peregrinan a Santiago, y pastores serán cuando concluyan.
De Triacastela a Palas de Rei, y en el ocaso, desde el aventajado Monte del Gozo, logran la visión de la soñada Compostela, inundándose de lágrimas sus ojos.

Entran en Obradoiro como si entraran en el Cielo, con la misma humildad y devoción pareja, con la jubilosa expresión de los bienaventurados electos.

El pórtico de la Gloria, de méritos cargado, les entrega la catedral y las reliquias produciéndose el milagro: la mente de don Quijote recupera la cordura y Sancho se convierte en ilustrado; ya no hay delirio en el señor ni sandez en el criado, huyen los encantadores que todo tergiversan, y escapan por ensalmo las encantadas princesas.

Aceptada la verdad de los que consideran mentiras, las descomunales y enredadas ocurrencias contadas en los libros de caballería, dejan la apostólica ciudad y vuelven a la aldea, donde el cura y el barbero, el ama y la sobrina, conocedores del regreso, los esperan.

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2.-El desvariado soliloquio de Elisa
Pedro Sevylla de Juana

Nieva sin ganas. Descienden los copos tenuemente sobre la oscuridad que avanza. Parsimoniosa viene andando la noche desde los cerros, y un día más pasa de largo sin que ellos se presenten. Va para un mes el tiempo ido desde que me dejaron en este caserón, donde debiera sentirme muy acompañada de no ser porque quienes lo habitan –hombres y mujeres que no me hablan o a los que yo no escucho- ni me comprenden ni yo alcanzo a entenderlos. Y es que ya no sé qué pensar de mi cabeza: gira y gira dando vuelta a las cosas, mirándolas del revés para penetrar su secreto, enmarañándolas sin haberlas hecho mías.

Me depositaron en el vestíbulo como mantón viejo o vestido usado dejados en la prendería a la espera de ser redimidos. Cualquiera diría que no les importo ni tanto así. Cualquiera diría…; y dirán. El pueblo entero será una hablilla y murmurarán en esquinas y zaguanes: “Abandonaron a la Elisa a su negra suerte; desasistida queda en un asilo. Prisa se han dado; ayer se hicieron con su herencia y ya tienen a la anciana recluida”. Esa será la comidilla del pueblo, ¡enredadores! Esta vez van con la verdad, pero no quita para que sean unos copleros movidos por el gusano de la envidia. Puede que Luisa sea la peor, la que mete cizaña a los otros. Porque ya ves, Fernando huye de las discusiones; y Aquilino, ni fu ni fa: es un cándido, un inocente con el alma pequeña que ni entra ni sale. Así que están los dos a lo que diga la Luisa. Pienso a Fernando dolido, y es que el muchacho me tiene ley; ¡qué buen predicador hubiera hecho!, con sus luces, de seguir a don Tirso. Deseaba mi tío dejarle la parroquia a su cese.

Diga el médico lo que se le antoje, yo sé que estoy tocada por la muerte: siento rebullir en mi interior un gorgojo que se agita como gusano en su gusanera. Sí, la pálida señora ha debido de poner lugar y fecha a mi hora. El sitio no puede ser otro que este asilo, llamado con nombres de lo más campanudos para que la conciencia de los allegados se tranquilice. Moriré, me figuro, en las escaleras que suben al cuarto; son muy pinas y un traspiés a mi edad no tendría nada de sorprendente. Me encuentro achacosa y espesa como borrica trabada en la ladera del monte; no logro alcanzar las partes más altas donde crecen el espliego y la manzanilla, y si intento bajar, ruedo.

No, no quiero callarme. No hablo con usted ni con ese señor de boina; hablo sola y me cuento mis penas para hallar consuelo. Me da en la nariz que el momento de mi muerte lo ha fijado la insensible dama muy próximo; quizá lo haya atado a la madrugada de mañana mismo, cuando descienda yo, trastabillando, las escaleras. Sí, eso; a prima hora bajo amodorrada al comedor, y mis pies no aprecian con exactitud la altura de los peldaños. No, no me callo; se me da una perra chica si usted quiere o no oírme, me hablo a mi misma y no molesto a nadie. Estaba en que sucederá mañana mi muerte; siento frío en el corazón y ese aviso no yerra. Rodaré, si no lo impide un milagro, hasta el descansillo, dándome de bruces contra el muro recién enjalbegado; y se me aclarará el rostro mientras me diluyo en la nada.

¡Qué prisa se dieron los malvados!, me digo. Marcharon a escape en cuanto arreglaron las cuentas; y ahora espero en vano que se interesen por mí. No me extraña que las murmuraciones recorran la villa; el viento las trae y las oigo muy claras. Desde la cuesta de las yeseras llegan hasta la hoz del cuérnago. Los peces lo saben y van, corriente arriba, llevando la fábula. Hablan de la anciana que dio en vida sus tierras, la casa, la tenada, el palomar cercado y el corral de las rondas: ovejas, gallinas y conejos; dicen de la boba, que entregó sus propiedades a los sobrinos y los malnacidos la llevaron a un asilo y allí la dejaron. Lo saben los pájaros y siguen su cháchara de árbol en árbol, bordeando el lecho del río. Posados en los cables del tendido eléctrico, dan aire al parloteo referido a una anciana que cometió la locura de legar en vida lo suyo, sin subrayar que deseaba permanecer en la casa hasta el fin de sus días. Las liebres corren con el chisme en los dientes, royéndolo; parten, cada una a su antojo, al encuentro de los cuatro puntos cardinales, y llegadas lo sueltan para que vaya de oído en oído y todos lo conozcan.

Nieva aún, y lo hace quedo, como si los copos cumplieran meramente con su obligación, sin poner gran empeño en cubrir la tierra. A mí, mirándola desde la galería, despojada del frío tan suyo, la nieve me parece harina, sal menuda, yeso en polvo. Es la hora de la merienda, pero aquí, con decir que cenamos pronto se ahorran el mendrugo de pan y la tableta de chocolate. ¡De qué hablo!, esa es merienda de pueblo, de cuando yo era una mocosa; han cambiado los usos y los niños comen bollitos que sus padres compran envueltos en celofana. Si por un tropiezo se les caen al suelo, dejan que dispongan moscas y hormigas. A buenas horas íbamos a abandonar el zaraballo en mis tiempos; aun tratándose de una rebanada de pan untada con miel, limpiábamos el grueso para ir escupiendo con sumo cuidado los cantillos. No, no se trata de pan y chocolate; a mí, mudada la merienda en cena por tacañería, me dan un vaso de leche descremada y unas galletas carentes de grasa: hallazgos actuales que quitan la esencia de los alimentos so capa de perseguir la salud, como si fueran a enmendar la plana a quien todo lo hizo: piedras, plantas y animales.

He de volver al pueblo durante unos días, pues temo que mis sobrinos, en su intento de adueñarse de todo, hayan dejado las alcobas manga por hombro. Nunca han podido criticar con derecho a la Elisa, y no les voy a dar, a mis noventa años, motivo. Tengo que ajuarar la casa; sábanas de lienzo curado, mantas de Palencia y cobertores de abrigo saldrán de su encierro, salpicados de gastadas bolas de naftalina. Reservo aún las fuerzas precisas para alzar la recia tapa que cierra el arca de la clerigalla; regalo de bodas de mi tío el cura a mis padres, junto a los manteos de la Virgen, prendas donadas por la mujer de don Ambrosio a cambio de algo intangible y futuro, una presbiteral promesa de salvación que el mal cura no dudó en entregar por escrito.

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Puede parecer raro, pero sucede que mi tío Tirso obraba como dueño de la iglesia y hacía y deshacía a su antojo. Si es que aún están allí, y espingándome logro alcanzarlas sin caerme dentro -resultaría terrible quedar encerrada en tal catafalco- tomaré del interior del arcón mis mudas: camisetas, polainas y justillo; soy friolera y ninguna prenda me sobra. De buena mañana, si me acompaña la suerte y no me rompo la crisma al bajar las escaleras, preguntando a los vecinos, pasito a pasito, arrastrando las rozadas alpargatas, subiré al coche de línea que cruza la Tierra de Campos y llega hasta el confín de El Cerrato después de pasar ante mi puerta, cabe la muralla en ruinas.

Sépalo la abuela y sépalo usted, madre: Mis sobrinos me han dejado corita en medio de la plaza. Madre, entérese; entérese usted que tiene un gran corazón y amó a don Ambrosio al mismo tiempo que a padre. Habladurías, seguro; en el pueblo todo el mundo acaba siendo familia a nada que se hurgue, y no es de extrañar que yo sea el vivo retrato del hacendado o que tomara sus mañas. Socórranme madre y abuela, vengan las dos en mi ayuda, pregonen mi desgracia. Conózcalo el mundo: Luisa, Fernando y Aquilino me despojan de mis propiedades y me enceldan en esta mazmorra. No escuche señora, que son cosas de familia las que relato. Soy moza a mis años, sí; ni tuve ni tengo marido que oponga su brazo a la calamidad, y a usted ¡qué papel se le da en este pleito! Tengo, para que lo sepa, tres sobrinos por toda familia, y ninguno de ellos me ha salido honesto; los tres han hecho su sayo tomando la tela de mi capa, y a mí el frío me convierte en carámbano.

Manuel, ¡qué bien te salió! Adivinaste la trayectoria de la bala antes de que la dispararan los rojos, y te pusiste en medio cruzándote con ella en el momento cabal. Te proclamaron héroe y escribieron tu nombre en el atrio. Me querías, ya lo creo, y mucho; lo dijiste una o dos veces nada más -eras mesurado en el habla- pero antes de tú decirlo yo lo sabía. Qué matrimonio tan raro hubiéramos hecho ahora, Manuel; sin casa, sin heredad, asilados en este refugio de ancianos, incapacitados para el amor, torpes de andadura. Tú me llevabas a las eras cuando nos hicimos novios, y una noche de domingo volví a casa convertida en mujer; milagro de tu hombría, pues al llegar a aquellos andurriales, cuando el sol agonizaba, tres horas antes, era tan sólo una mozuela de diecisiete años. Al día siguiente te dieron un fusil que disparaba muerte allá donde apuntara su caño. A ti, que te apenaban los pardales caídos en los ardides de la chiquillería, te enseñaron a apretar el gatillo y te enviaron al frente. Desde entonces recé cada noche en la cama para que no tuviera consecuencias lo nuestro; ocurrido al amparo de la caseta de Eusebio, sobre un brazado de avena.

Señora, deje de aplicar el oído que esto no le interesa; hablo con Manuel de asuntos de maridos y esposas porque en realidad soy viuda: sólo me faltó la bendición del sacerdote, mi tío, que si bien me enseñó algunos latinajos, ciencias naturales, historia y geografía, no quiso, en cambio, absolverme del pecado de amor; un amor nacido en la verbena de la víspera de Reyes, y martirizado en julio de aquel año triste en el que los generales pedían al pueblo soldados. Hubo una medalla póstuma, Manuel, que no valdrá nunca lo que valía tu chaleco de pana colgado de un clavo. La guardo en el fondo del arca -sacrílego regalo hecho por mi tío a mi madre- dentro de una cajita rosa, junto a tu pañuelo blanco, aquel pedazo de tela que me diste a lavar, impregnado de tu amor, cuando la ceremonia de mi iniciación hubo concluido.

Mañana, a la crítica hora de la amanecida, saldré a oscuras de la habitación y descenderé en silencio peldaño a peldaño. Llegaré al pueblo y sacaré el ajuar del arcón de nogal con herrajes de forja -cordones trenzados y sombreros de teja- alegoría del obispo que concedió el arca al templo. Colocaré cada cosa en su sitio y me quedaré a esperarte, Manuel, sentada en la estufa recién enrojada, mirando por la ventana con la idea de verte regresar de la guerra. Limpiaré tus heridas -las mortales primero- con agua hervida en la lumbre y jirones de una sábana sin estrenar. Confesaré a mi madre que en verdad fui una pécora, que le ganó al suyo mi atrevimiento; pues si ella se dio a don Ambrosio teniendo marido, yo me di a mi marido sin serlo todavía.

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Me iré, ya me he determinado; en este sitio estorbo y hago falta en casa. Habrán dado buena cuenta los conejos del saco de amapolas y del canasto de mielgas, porque hace ya un mes que me vine y ellos comen sin tasa para desgastar los dientes. Las ovejas sufrirán la tortura de sus ubres repletas, y los corderos esperarán en vano que el pastor los degüelle. Rebosará de miel la colmena y al pozo se le escaparán por el brocal láminas de agua pura. Imagino a las gallinas empollando los huevos en el nidal, doce, catorce, dieciséis, olvidadas del ama. Me viene a la memoria, con hilazas de niebla, la idea de que ya nada es mío; todo se lo entregué a los ladrones que me trajeron aquí con lo puesto. Malditos sobrinos hijos de mi hermano tres veces maldito, una por cada serpiente de las tres que parió mi cuñada, la Alfonsa, que si el Señor es justo, a su gloria la habrá llevado, pues le daba el marido una vida de perro vagabundo: era su cena un mendrugo de pan y una patada en las posaderas, propinada con el sano propósito de aligerarle la digestión antes de que se fuera a la cama.

Un funesto viernes, en pleno verano, el aire inclemente se llevó media aldea en su impetuoso girar: tejados, tapiales, chimeneas, bardas, ovejas y personas. Tú no estabas Manuel; sucedió el año triste en que te fuiste a la guerra de los unos contra los otros, vecinos y hermanos que se prestaban, la víspera de los primeros tiros, hoces, lías y horcas. Recogíamos la cosecha las mujeres auxiliadas por niños y ancianos, y las tormentas enseñaban sus dientes como perros rabiosos. Don Ambrosio cedió a padre un par de mulas y un obrero, de modo que cuando las lluvias llegaron el grano estaba ya en las paneras. Otros hubo a quien la suerte mostró la cara adusta y, aún en morenas, se les nacieron las espigas.

La nevada arrecia -se arremolinan los copos unos sobre otros, cuajados, densos- y el suelo se nivela con premura. En mis adentros me alegro de haber sido engendrada por el riesgo y no por la costumbre; me complace venir de la simiente de don Ambrosio, porque padre era un simple que no movía una horca sin el permiso de madre; y es más, como si supiera el hombre que de mi venida a este mundo de pecado era mero testigo, desde que tengo memoria me trató con desprecio, igual que si me aborreciera. Pienso, y no sé si será una herejía, que el caso de Jesucristo se parece al mío. Pero ¡ca!, San José era un bendito y cumplió su papel de manera correcta, apropiada a los fines del Señor.

Ignoro la forma que ha de tener el Cielo, y las hechuras con que se presentará el Infierno. No digo que no me importe, que me importa; lo que digo es que me da igual ir al uno que al otro. Los imagino lugares asentados a manera de casas muy amplias, cálida una de ellas, situada al remanso de los aires fríos, muy grata durante el crudo invierno; y la otra, singularmente fresca -interiores sombríos protegidos por jardines regados con aguas rumorosas- buena para pasar el verano; y si sucede que está vedado ir de la una a la otra cuando corresponde el tiempo de su beneficio, que más da donde me encuentre, la mitad del tiempo me sentiré a disgusto. Soy pecadora; el que juzga me dejará a medio camino, envidiosa de los que habitan ambas mansiones, y en esa equidistancia forzada hallaré mi perpetuo penar.

Ya no ordena silencio la señora que escuchaba a mi lado; es que se calló mi voz y lleva el pensamiento el discurso a su desenlace.
No, no deseo irme aún con vosotras; digo en mi cabeza a las mujeres de mi familia cuando intentan arrastrarme, cuesta del cementerio hacia arriba, con ellas. Pálidas y delgadas representan mil años, y el respirar es tan fino que apenas se percibe. Me dan escalofríos sus manos; las invade el invierno y los dedos son zarcillos de escarcha. Pretenden llevarse a la anciana en que me he convertido sin darme cuenta; tras mi aliento débil vienen, y son legión: madre, abuela, bisabuela, tatarabuela, y así hasta mil generaciones de mujeres anteriores a mí, hembras infelices golpeadas por la vida en pleno vientre, lugar angosto que hace de puerta al misterio de la procreación y a las pasiones que la propician.

Al emprender mi desbarrado palique no me importaba marcharme, pero llegado el momento me da una pereza que no es otra cosa que miedo al más allá, a lo incógnito. Percibo el desgarro del tejido en las mangas, fibra de algodón que ya no es capaz de estirarse; siento la desunión de la urdimbre y la trama, noto que los hilos gritan con ahogo como personas en trance de pasar a otro mundo: los hacía hermanados y ya ves, ha de ser ley de vida, a la hora de la verdad cada quien se arranca de su sitio con tal de salvarse.
No, Manuel, déjame estar aquí otro rato, hasta que termine mi delirante pensar; puede que mis despropósitos me encaminen por el lado bueno.

Padre viene hacia mí con ademán de castigo, y hace mención de asirme por el brazo y mostrarme un sendero que baja la escalera y se mete en lo oscuro. Don Ambrosio, que ahora es encargado de atizar los carbones del Infierno, me mira como a hija suya y me solicita asistencia: yo -que sé freír un huevo sin que se me rompa la yema, y disponer las camisas albas y planchadas como a él le gustan- podría vaciar un dedal de agua en sus labios resecos. Don Tirso, mi tío, el sacerdote aquejado de simonía, resulta ser celestial bibliotecario y afirma que ya puede absolverme; mi pecado se manifiesta menos grave de lo imaginado, pues ha consultado los libros de Dios y lo ve todo diáfano: es el amor lo que cuenta, no lo escrito en unos impresos que cualquiera puede poner al corriente. Quisiera preguntarle si existe clemencia para la inclinación de mi madre por don Ambrosio, pero seguramente no lo ha investigado donde debe hacerse, o quién sabe, acaso no le permiten revelarlo a la hija de la interesada.

Los que me quisieron -si fue bien o mal en este instante pierde importancia- los que se interesaron por mí, idos todos ellos, puestos de acuerdo para este regreso, tiran de mis brazos, de mi cabeza, y me conducen a la madrugada, momento en que pensaba escaparme a mis labores del pueblo. Me alzan de la galería y me ponen en lo alto de la escalera empinada; parecen pretender que el peso de los años me empuje hacia abajo, y ruede de banzo en banzo como un costal de harina que toma la forma quebrada de los peldaños. Recibo una luz que deslumbra la vista y se confunde con la negrura; es curioso, cien años pensando que la muerte es lo oscuro y resulta que oscuridad y luz, al llegar al punto de saturación, son una cosa misma.

Cien años intentando huir del mal hacia el bien, y resulta que en este instante postrero los opuestos se concilian: frío y calor, suave y áspero. Entro en la nada que es una quietud sacudida hasta lo imposible, la simulada en los radios de una rueda que gira sin ningún descanso. Se unen los colores en mi único iris -los dos ojos han sumado sus fuerzas, superponiéndose, coincidiendo uno bajo el otro- se funden los distintos tintes y dan un blanco purísimo que lleva el negro en su seno, reflejo de la nevada que me rodea ocultándolo todo, resaltándolo. Los ruidos se mezclan de forma armoniosa, y en esta suprema menudencia temporal oigo las músicas estelares producidas por el equilibrado girar de los mundos. Los misterios se van aclarando; no quedan tontos cuando el enigma se abre. Se amontonan los días enteros -ayer y mañana sobre el hoy- hasta que todo es un presente ininterrumpido.

Mi desvariado soliloquio alcanza la madrugada, y en cuanto advierten su remate vienen a por mí los que me precedieron en la cadena humana. No, dejadme otro rato, les digo en mi sesera a quienes me arrastran; pero desobedecen y caminan sin pausa, guiándome, desde el enjalbegado descansillo de la escalera, al lugar sin nombre donde el tiempo y el espacio se unifican.

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3.-Navajas Pedro Sevylla de Juana

A poco más de la media noche, los agosteros, movidos por un muelle interno, se alzaban de los camastros. Cruzaron al momento las mulas unas calles desiertas que van a las eras; moderado, medido, se oyó seco el ruido acompasado de los cascos. En la noche prieta traquetearon los carros siguiendo unos caminos cruzados de magulladuras, obra del agua atormentada y del trajín de las ruedas de hierro. Entre dos luces las arrancadoras bostezaban con los ojos ciegos, buscando a tientas la palangana mediada de agua para sus abluciones.

Humo salía de las chimeneas que al contraluz se elevó sereno, calmo; las mujeres prendían fuego en los hogares a la chamada de leña iniciando el día interminable. Descargado el primer viaje, sobre el carro para no perder tiempo, a esa hora temprana mordisquearon los hombres la raja de tocino y el coscorito, dando el primer tiento a la bota. En el interior recio de los chozos de piedra de los corrales -llanura del páramo- vestidos durmieron los pastores en colchón de nías, y antes del alba desayunaron unas sopas de leche recién ordeñada, recibida de la ubre misma en cuerno de vaca o en escudilla de madera.

Quejábanse de su encierro las ovejas con balidos insistentes, y puestas en pie, impacientes, arremetían contra las compañeras. Deseosos de aprovechar el avance de la siega que empuja la caza y la arrincona, madrugaron también los cazadores; les esperaban los montes resecos, los valles verdes, las laderas calizas. Recostados en las lindes, rendidos sus cuerpos, los segadores rumiaron un zaraballo de pan moreno, a la espera de la señal que los pusiera, encorvados, en el duro tajo. De modo que al encaramarse el sol a las encinas del monte, y orientar desde allí sus rayos al pueblo, el campo era un hervidero de gente dispuesta.

De una voz fuerte, cargada de indignación, se pasó a los apóstrofes, a las interjecciones, a las blasfemias, a los gritos; y desde ellos se llegó a las manos, a los pies, a la cabeza. A baladros la emprendieron, a insultos, a acusaciones mutuas. El sol calentaba lo suyo ya en el nacimiento, refulgente y enceguecedor; señor de un cielo sin nubes que lo hicieran de menos. Se ha ido inflamando la mañana, sumando tizones rojos a la sangrante hoguera, que cruza lo alto y no tardará en alcanzar la vertical del medio día. Quienes barruntan las mutaciones meteorológicas, debido a alguna lesión antigua o a la metódica observación, auguran una tarde de tormenta.

Lo que comenzó siendo asunto de dos, se ha hecho pleito común de cuantos rondaban por las inmediaciones viendo u oyendo lo que acontecía. A puñadas se acometen, a sopapos, a empellones. Mas el hecho originario de la desavenencia permanece inalterado, bien visible. Al parecer, entraron las ovejas en sembrado de cebada y comieron múltiples cabezas de la orilla; podían verse todavía los pajones acéfalos, junto al destrozo de espigas secas abatidas contra el suelo, obra, sin duda, de los animales, de sus patas inquietas, de sus voraces dentelladas. En suma un cuarterón de grano y un real de vellón de desarreglo, treinta y cuatro maravedises de contante; ¿y por tan poca monta se organiza una trifulca que pone en peligro la integridad de los partícipes?

Lo que pasa es que llueve sobre mojado y los labradores se la tienen jurada a los pastores. Lo que ocurre es que los cazadores no respetan lo ajeno: cruzan los cultivos y los pastos haciendo sendero serpenteante, y tanto labriegos como zagales les tienen ganas. Espantan la caza los segadores en su lento avance, aseguran los cazadores; aunque en esas circunstancias, ojo avizor, aprovechan los tiros como nunca. Desposeídos de sensatez sus reproches, acusan a los segadores de procurar la progresión de rastrojos que dejan a las piezas sin resguardo. Perdices, codornices, torcaces, liebres y conejos han de buscar arroyos o linderas pobladas de zarzas, si es que no abandonan el lugar desprotegido.

Los segadores desarraigados -forasteros atraídos por una ración de pan de tres onzas escasas, media libra de carne y un tercio de azumbre de vino, a más de un real de plata por jornada de corte- se ponen del lado de quien los paga y abandonan su desasosiego en la pelea. Los pastores quisieran romper a garrotazos los límites que levantan a sus pies, a las pezuñas torpes del ganado; y aunque el pago de Villazalama sea el sitio menos oportuno, dada la abundancia de yerba, memoria tienen de épocas y lugares ingratos. Los hortelanos aprovechan la ocasión de castigar a los pastores que rompen con su rebaño -si no éstos, otros de la misma calaña- las presas. Los de Husillos buscan resarcirse de las afrentas recibidas durante siglos de los de Valdepero, y éstos de los otros. Y los aprendices de bandolero encuentran en el lance oportunidad de curtirse. Las dos mitades del mundo se encaran en la pradera. La verdad es que todos se duelen de un destino duro que no les da ocasión de levantarse contra nada, ni de elevar quejas a un cielo dotado de oídos sordos.

Con esa hechura, el fabulador que da cuerpo y alma a la historia, se imagina la reyerta; y sabiendo que pudo suceder conforme a lo pensado o de manera aproximada, busca intervenir en pasadas épocas, recreándolas. Mas pone sobre aviso a los lectores acerca de su invención, y asegura que sin dar por probados los hechos, a la vista de las indagaciones previas, bien pudieran haber sucedido a la manera del cuento.

Suspendieron su exhaustiva actividad los consumeros del fielato, cuando la columna salió de Palencia por la puerta de Monzón. Algunos soldados habían formado parte de la guardia nocturna, otros estuvieron de francachela, pero todos cabalgaban erguidos, marciales. Dando escolta a dos carromatos tirados por mulos, partida en dos, avanzaba la formación con premura, sin descomponerse ni un ápice. La seguían, al margen, a caballo, dos oficiales de vistoso uniforme cerrando la marcha.

Palencia posee el encanto del comercio bien surtido, y unas calles abiertas a lo extraño, que acogen gente de muy variada catadura. A mayores, los asuntos oficiales, que causan gran respeto a quienes poca formación y mundo alcanzan, en Palencia, sin remisión posible, han de resolverse. Dista Valdepero una legua de Palencia, y alrededor de media de los pueblos linderos entre los que descuella en población y territorio, por lo que suelen sus naturales ufanarse ante los forasteros de un cierto imperio injustificado. Las más de sus familias viven de la labranza, sacando un provecho añadido a los rebaños de ovejas.

El pastoreo ocupa no sólo a rabadanes y a los que cinchan queso, sino también a quienes cardan la lana e hilan al pulgar, a más de aquellos que portan madejas hasta los telares de Palencia y Amusco o elaboran en el pueblo estameñas. De ordinario se relacionan sus gentes con las de Villalobón, debido a la proximidad y a lo liso del terreno, amén de por ser dueñas de las mejores tierras del término vecino, las cercanas al arroyo Mayor. El camino real, que desde Palencia lleva a la región cántabra -transitan por él diligencias y valijeros- une a Valdepero con Monzón; y cualquier labrador puede, en una mañana, llevar trigo en grano a la fábrica de harinas y volverlo molido. Las llanadas de Valdepero, Monzón de Campos y Husillos, están situadas en distintos planos -Valdepero arriba- y unidas por un desnivel brusco que convierte en cansado el paseo que los separa. A pesar de ello un ajetreo diario se empeña en enlazarlos.

Haciéndose raya natural entre Husillos y Valdepero, discurre plácido el río Carrión: tan sólo un fragmento exiguo al pie de las laderas. Traza allí una hoz abierta, por donde el agua se desliza sosegada; y las lavanderas, quienes buscan un higiénico remojón o persiguen la pesca de barbos, tencas, cangrejos y truchas, desde Valdepero acuden a la hoz. Baja a ella la senda de Vallejo, una de las tres que unen ambas villas -la más ventajosa debido a que su pendiente es poco inclinada- y al encontrarse con el río lo bordea hasta alcanzar el camino que baja por la Cuesta. Ese es el más corto de todos, pero el de mayor peligro, pues dado lo abrupto del terreno y lo estrecho del carril, no resulta raro que caballerías y carruajes se despeñen.
Por no hablar de la ordinaria presencia de bandoleros, prójimos poco compasivos, dispuestos a suavizar la carga de los transeúntes. Sucede que a la distancia de una voz de la senda, ocultas a la vista, existen unas covachas sumidas en la humedad y lo oscuro, viviendas de quienes no tienen otra: desheredados, malhechores perseguidos por la justicia y algún eremita. Un poco más al mediodía, cerrando con su presencia cárcavos de considerable hondura -maravilla labrada por la naturaleza indómita, desfiladeros que a duras penas franquean los asnos- baja el camino conocido como de Villazalama, por unir con tal pago a Valdepero y a Husillos. Se alarga esta tercera vía unas doscientas varas hasta encontrarse con las otras dos, y la recorren, más que nadie, pastores guiando rebaños. A partir del punto de unión, hecho ya camino único de veinte pies de firme, se dirige a la embocadura del puente que cruza el río a la entrada misma de Husillos. Señorío éste cuya iglesia fue en tiempos abadía afamada y poderosa colegiata.

Las laderas que dificultan las relaciones entre villas, aparecen salpicadas de endrinos, acederas, carambucos y plantas aromáticas: romero, espliego, manzanilla; y las cubre una hierba recia muy apropiada para el pastoreo. Pastura que en el pago de Villazalama es comuniega, y la disfrutan con iguales derechos los ganados de Valdepero y Husillos. Una fauna abundante de conejos, algún que otro zorro, y el huidizo lobo, a más de los volátiles, dueños de un cielo azul, tiran de los cazadores con fuerza; y es frecuente verlos, ojo avizor, recorrer los senderos de cabras flanqueados por galgos.

Sabino, zagal de Valdepero; y Tirso, zagal de Husillos; mozalbetes ambos que presumen de bozo y de una sombra de barba sobre el mentón, están hechos a pastorear sus rebaños desde niños. Se encuentran con frecuencia en los pastos de Villazalama y -hablando de lo suyo y de lo ajeno, jugando, lanzando piedras para probar el tino, peleándose por tantear sus fuerzas- mientras las ovejas retozan y enredan los canes, han forjado una amistad que se muestra inquebrantable si es sometida a prueba en discusiones o porfías. Mastines les ayudan a avecinar el ganado sin mezclas; pues aunque uno a uno conocen ovejas, chivas y carneros, da mucho trabajo poner a cada cual en su sitio. Se basta y se sobra cualquiera de ellos en esas circunstancias para cuidar de los dos rebaños, así que pueden, a la vez, llevar a cabo alguna tarea en los corrales o acercarse a Palencia bordeando la Miranda.

Los amos aprecian el provecho de su destreza, pues crías, leche y lana son más abundantes desde que ellos apacentan. Sabino, mozo alto y recio que la peste dejó sin familia, quiso acercarse a la capital en día de feria, hace de ello casi dos meses. Tirso, joven apacible, primero de siete hermanos, tañendo la flauta hecha con su industria a partir de una caña cortada al borde del río, quedó al cuidado de los hatos. Cruzó Sabino los prados, las tierras pedregosas, los sembrados ralos; pasó cerca de las yeseras, de las canteras de roca caliza, hasta dominar el cerro del Otero y la ermita del Santo Cristo, horadada bajo la cumbre terrena que le sirve de techo. Recorrió en Palencia la ciudad y la Puebla; se acercó al mercado de la calle Burgos, que extiende sus mercaderías ante la iglesia de San Lázaro y el convento de Santa Clara, junto a los soportales, cercano a la salida que lleva a Villalobón y Astudillo.

Compró un zurrón en buen uso y una manta de las llamadas de viaje y, sin prisa, recorrió algunas calles que saciaban su interés. Se echó al estómago un buen trago de agua, o cuatro para mayor exactitud, pues en la plaza Mayor probó de los cuatro caños de bronce; y en el pilón redondo de piedra jaspe bañó el rostro acalorado por la caminata. Atraído por la curiosidad, se acercó a la soberbia fábrica de piedra y ladrillo que da cuerpo al Hospital de San Antolín y San Bernabé. Institución benéfica tan poderosa, tan rica, que sólo en Valdepero posee casi dos centenares de aranzadas de tierra, donadas por personas piadosas en forma de viñas, en su mayoría descepadas y puestas en arriendo a buen precio. Pasó ante la mansión de don Manuel Peñalba, de admirable apariencia; y distrajo su curiosidad en la calle mayor mirando escaparates. En el comercio del italiano Julio Mesina halló una herramienta que parecía esperar su llegada; y la mirada inquieta se quedó fija en ella: pezuña de chivo la cabeza, las cachas de cuerno de toro y una hoja que impone respeto.navaja

Entró, preguntó el precio de la navaja, y dicho por el dependiente, salió de la tienda para reflexionar. La vio de nuevo en la vitrina, y sintió la llamada del acero, de sus reflejos destellantes. Penetró en la tienda deseando tenerla en la mano. Un corte facilitaba a la uña el gesto de aprehender la cuchilla; probó la apertura, probó el cierre, el perfecto alojamiento de la hoja en la cama, en la puchítera hendida, y la atracción se le hizo irresistible.

Se acordó Sabino de Tirso y fueron dos utensilios iguales los que compró, sabiendo que allí se quedaban todos los ahorros y los necesarios zahones de cuero. Volvió dando saltos de contento al subir la ladera de La Miranda, desandando el camino hasta llegar a Villazalama, donde, los perros primero y después su amigo, lo recibieron con franco alborozo. Mostró Sabino su navaja y Tirso quedó boquiabierto. Era tal la fascinación prendida en la mirada del amigo, que abreviando su gesto generoso, dijo: “Es tuya”. No acababa de creérselo Tirso y cuando la duda más le acuciaba, sacó Sabino del morral la otra para convencerle de que la suerte tenía dos maneras idénticas de presentarse favorable. Como en sueños se expresaron: “Mataremos cabritos, desollaremos corderos, formaremos figuras de leña, vaciaremos cuencos de madera, cortaremos lías de esparto; y nos jactaremos ante los mozos”.

Mas hoy, casi dos meses después, en los inicios de una recolección que no los deja fuera del todo, en el mismo lugar, sus pensamientos mozos siguen derroteros serios y el diálogo tiene como asunto el porvenir incierto.
-Estaremos aquí, ¿te parece?, en la pradera, en los corrales, hasta que nos tome el ejército para servir al Rey. Con el botín de las guerras haremos dineros y, hechos unos señorones, vendremos en favor de los nuestros. -Declara Tirso.

-Qué se nos da a nosotros del Rey… ¡América!, a América iremos; a Cuba, a Puerto Rico, a Río de la Plata, a su inmensa pradera. El Rey, llámese José, Carlos o Fernando, que se sirva a sí mismo. -Discrepa un Sabino exaltado.
Hablan luego de las inquietantes noticias que dibujan un país sumido en el desconcierto. No saben nada de política pero están recelosos. Y en eso se organiza en el extremo opuesto el revuelo ya mencionado: un segador y un pastor comienzan su perturbadora riña, por causa de unas ovejas que han penetrado en el sembrado de cebada seca.

Ese día concreto, cinco de julio de 1808 en el calendario, caluroso ya a prima hora, de buena mañana, los que bregan en la cuesta de la Media Legua junto al camino real de Cantabria los ven acercarse. Los que en las Altas siegan las cebadas -dichas del canónigo Ribera- pertenecientes al célebre Hospital, los ven venir gallardos y amenazadores. Cabalgan orgullosos en sus corceles negros, enhiestos, fieros, de mirada inhóspita; arropando a dos carromatos vacíos, y son lo menos treinta. Hay algunos jóvenes, otros de mediana edad; en sus cabezas revolotean recuerdos de la tierra madre, de parientes y amigos que quedaron lejos. Buscando un equilibrio inexistente, a las renuncias contraponen las imágenes de gloria que alcanzan a vislumbrar, las condecoraciones, los ascensos, el bastón de mando.

¡Franceses!, ¡soldados franceses!: la voz corre como el agua desbordada. Casi un mes antes se posesionaron de la capital; de arrasar Torquemada venían, de acuchillar a los vecinos todos, niños y mayores; de quemar el pueblo, de arruinarlo desde la propia base. Se trata de bárbaros, de bestias inhumanas; ruinas y cenizas dejan a su paso. Los ven con temor y asombro los agosteros que tienen su faena en el Altillo, y uno de los mozos, caballero en su burro, menos airoso que los franceses pero más rápido, se acerca al pueblo para prevenir a los vecinos.

Llegados los soldados al señorío secular de Valdepero, se dirigen, como era de esperar, a la plaza del Ayuntamiento; descabalgan y, antes que nada, fijan al poste dos edictos. Uno de ellos requiere la colaboración de los vecinos en la requisa, aportando al ejército amigo legumbres, grano, mantas, harina, y brazos fuertes para cargarlo todo. Traen la paz y la democracia, la instrucción de los ignorantes, las obras públicas y la igualdad de los pobres con los ricos; asegura el cartel.

Y a modo de explicación, trencilla que ata el deber de unos y el derecho de otros, añade que ellos son “los conquistadores de Europa, enviados por Napoleón a todos los confines para descubrir a las gentes diversas su unidad de destino”. Firma, dando al contenido fuerza de ley, el General de División Lasalle, Conde del Imperio. El segundo cartel no es más que el bando del mismo militar dado el 17 de junio en Palencia, por el que la nueva autoridad prohíbe portar armas, blancas o de fuego, incluidas las habituales navajas, herramienta imprescindible en muchas tareas. “A quien en un cacheo le sean halladas será considerado soldado enemigo”.

Encuentran el ayuntamiento cerrado y al alguacil a la puerta, haciendo guardia, dispuesto a servir a la autoridad de hecho, sabedor de la venida de lo que el llama “destacamento aliado”. Le ordenan premura en abrir el Consistorio y buscar a los mandatarios del municipio y, a escape, deja franca la puerta y emprende el camino. Aprovechan el lapso los soldados para dar agua y pienso a los caballos, comer un bocado de pan con tasajo y beber un jarro de vino en uno de los dos mesones -el que está junto al arco de la puerta Hondón, seguramente- visto al llegar.

Pasado ese tiempo prolongado, se personan el Teniente Alcalde Mayor y el Alcalde Ordinario, puestos por el Duque de Alba al frente del pueblo. Ambos conocen las atrocidades que cometen los soldados en su avance imparable, y traen calculada la resistencia pasiva que pueden oponer a la guarnición de la capital -medio millar de soldados, avanzadilla de un ejército numeroso y dotado de toda clase de pertrechos- y al piquete que acaba de llegar al pueblo. Basados en ese razonamiento, recriminan su acción a las cuatro incendiarias de los dictados franceses, sorprendidas por ellos al llegar a la plaza. La iglesia y las ermitas son, en su pensar, previsibles objetivos de los invasores: pinturas, tallas, objetos de culto, cruces, copones y patenas, oro y plata. Esas riquezas han oído que buscan.

El trigo del Pósito, el grano de las paneras, las legumbres de alacenas y despensas, el ajuar hospitalario, y los lechazos resguardados en los apriscos de las rondas. Queda claro que los vecinos han de contribuir al sostenimiento de los ocupantes. Chorizos y lomos en aceite pueden disimularse, dentro de sus orzas, en los pajares. Lástima que a los cerdos -sustento del próximo año- tan alborotadores, no se les pueda esconder en sitio alguno. Tardan en manifestar un aprensión alojada en lo oculto de la mente, un miedo que como padres o esposos no pueden restringir: las doncellas; hay soldados muy jóvenes que no tendrán miramientos, y disponer su guarda puede manifestarse insuficiente. Si los bandidos se conforman con víveres e imágenes, en interés del pueblo, la inteligencia conviene en entregárselos. Peor será si se quedan, ya que el castillo y la Casa Grande pueden tentar a unos jefes que precisan aposento para hombres y bestias.

Situados los regidores en presencia de los oficiales que mandan la tropa extranjera -el capitán Bonet y un segundo cuyo nombre no entienden- su tono es conciliador, de capitulación aparente. Por ignorarlo, hablan con el deje lastimero que a todos los déspotas agranda; y si algo dicen de verdad sobre las posibilidades de ayuda, esa verdad se refiere a las deudas contraídas por el municipio, a los censos pendientes de pago, y a las rentas debidas al Duque. El rédito de ciento ochenta mil reales comprometidos al tres por ciento, se suma a obligaciones y cargas, de modo que el compromiso anual alcanza un monto de trece mil reales largos. Esa verdad de su boca quejosa abarca a las malas cosechas sufridas en los granos, y a la merma de vino: “Si les ha llegado a oídos su fama, han de saber que es bien cierta: las uvas mencía y garnacha dan cuerpo a los mostos, sabor a frutas maduras, y un color granate de tonos muy vivos; las bodegas profundas, de temperatura constante, facilitan una fermentación ajustada; las carrales de roble de nuestros montes, cuna y cama, comunican un aroma a vainilla que tiene buen predicamento.

Eso es indiscutible, mas la cantidad es cosa divergente, pues si cuando éramos niños, de cada cinco obradas del término municipal -excluyendo montes y prados- una se destinaba a viñedo, ahora la proporción llega a una de cada diez. A mayores, las tierras libradas de cepas son de mala calidad y producen muy poco, algo de centeno, morcajo y avena, lo mismo que los peñascales de los páramos”. Todo eso manifiestan los ediles a unos oficiales que escuchan sin entender la esencia. No han traído intérprete y tergiversan lo que oyen y dicen. Los militares gabachos, camada de Napoleón, pagados de sí mismos, se muestran incapaces de admitir virtud a esta tierra y lo mismo a sus gentes.

Han dispuesto los campesinos un tentempié con el fin de ganar tiempo, y mientras los oficiales prueban las bondades de lo ofrecido, queso, jamón y un vinillo del año pasado que ha salido soberbio, el pueblo entero se afana en ocultar todo lo que de valor posee. Ciérranse las mujeres jóvenes -algunas contra su voluntad, pues han oído decir que son mozos guapos los franceses y lucen bigotes- en el falso suelo del escenario, interior del salón de baile donde a veces se representan comedias.batalla12

El siete de junio, la invasión francesa, un paseo militar sin más tropiezos que el de Torquemada, llegó a Palencia. Es de dominio público lo acaecido en el pueblo ribereño del Pisuerga, a raíz de obstruir sus gentes el puente que lo cruza tratando de entorpecer el avance marcial. Se conoce, asimismo, que desde el mes de marzo se encuentran en Madrid los gabachos; ensálzase el levantamiento del dos de mayo, y no se ignora que los fusilamientos de patriotas duraron tres días completos. Quizá esas noticias expliquen el porqué, de que en la capital, el Obispo y el Corregidor Ortiz pidieron clemencia, y muchos vecinos huyen a León. En vista de que han ocupado la ciudad como casa propia, y viven a cuerpo de rey en residencias principales, se cree que los extranjeros han venido con la intención de quedarse.

Alaban los oficiales el paladar del vino, el color y el olor; tan a su gusto, que les parece francés. Se admiran del descubrimiento y piden dos bocoyes de sesenta cántaras. Bajo un sol ardiente crecido en su rigor se acercan al Pósito, dotado en números con seiscientas fanegas de trigo, pero se ultima la campaña y carece de provisión. Desconfía el capitán francés de los alcaldes, y pone a su lado al alguacil que parece más dócil, dirigiéndose a él en busca de información y respuestas. Cuatro cargas envasan en ocho costales que suben a uno de los carromatos.

La pobreza del hospitalillo no facilita ocasión a los soldados de apoderarse de cosa apreciable, salvo unas mantas que el alguacil descubre recién llegadas del telar, reemplazo de las que aprovechan a los dos enfermos de tercianas, tan ralas, que se ve la luz atravesar trama y urdimbre, y manchadas, para colmo, del jugo de borrajas que los cura. De la ermita de Jesús Nazareno, pobre de solemnidad, sólo una capa del Cristo, bordada en oro, regalo de los humildes cofrades, pueden llevarse. Postergando la visita al castillo, cuya llave obra en poder del representante del Duque que ya ha sido avisado; y a la iglesia parroquial, al hallarse el cura administrando el viático a un moribundo, dirigen sus miras a la ermita de San Pedro.

Silvino, anciano ermitaño de San Pedro y la Virgen del Consuelo, y sepulturero del Cementerio Municipal, subido a la espadaña con el fin de asegurar bien el badajo de la campana, los ve acercarse. Tiene su vivienda de encargado adosada al campanario, y una parte de la huesera, libre de calaveras y tibias, hace las veces de huerto; así que ha ido desarrollando creencias sobre la otra vida que no son comunes. Sabiéndolos obligados a la autoridad, no entrega las llaves que piden los alcaldes; y un soldado cualquiera da en el suelo con el cuerpo menguado y lo arrastra inerte tirando de un pie. Es vano el castigo, Silvino no cede. Deciden reventar el portón usando como ariete un banco de roble -medio tronco serrado, el asiento; y las patas, cuatro ramas gruesas- donde suelen tomar el fresco el enterrador y su familia: una esposa encorvada y una hija moza de mediana edad con el entendimiento reducido.

Resultan sólidas las hojas de la puerta, y aferrados a ellas se intuyen los cerrojos internos; unidad forman barras y tablones y, siguiendo el ejemplo del ermitaño, tampoco ceden. Por indicación del alguacil entran en la casa y sacan a las dos señoras, medrosas, asustadas. En sus mujeres violentan a Silvino; un infame uniformado rasga las ásperas sayas con una bayoneta de hoja brillante que araña la piel. Alma impetuosa en cuerpo gastado, el octogenario hace frente al soldado bandido, y recibe un culatazo en el rostro que basta para derribarlo y concluir su penar diario. La esposa, compañera en las encrucijadas, con tal de evitarle tortura facilita las llaves al capitán de la tropa invasora, y se abraza al marido agónico al tiempo de verle dar las boqueadas. El grupo que se ha ido arremolinando, vecinos incapaces para las labores del campo -abuelos de cráneo desnudo, mujeres indignadas y chiquillos entre curiosos y atemorizados- observa la actitud avasalladora de los soldados franceses mordiéndose la lengua.

Cargan en uno de los carromatos, de considerables dimensiones para los usos del lugar, algunos cuadros de autor desconocido, dos tallas atribuidas a Alonso Berruguete que forman trinidad con un Cristo, el valioso cáliz y una casulla bordada con hilos de oro. Un chavalillo atrevido -poco más de diez años- cruza un palo en una de las ruedas para que no partan los ladrones llevándose el botín. Un pescozón lo derriba; y un puntapié, ya en el suelo, remata la hazaña valiente de un militar sin entrañas. La madre del niño acomete al verdugo gritando improperios, pero éste la toma de los brazos desnudos, del talle, y la arroja rodando por la alta lindera que bordea el camino de Taragudo y los montes.

Los vecinos, con ademán hostil -tres docenas ya- debatiéndose entre el deseo de venganza y el miedo a las represalias, siguen a la cohorte extranjera, al alguacil y a los regidores, hasta el castillo. Los hombres que se afanan en el campo conocen lo que ocurre; esposas dolidas les llevan las noticias, y los motriles encargados del aprovisionamiento. Una orden, un ruego reciben del Alcalde Mayor, del Alcalde Ordinario: “Habéis de permanecer alejados de la villa; nada ganamos con el ataque, el destacamento es sólo una avanzada del cuerpo de ejército que ocupa Palencia”.valdepero

En la explanada del castillo esperan los bocoyes reclamados, colmados del vino que los franceses encuentran suyo en todos los sentidos. Los soldados disponen los carrales de roble en el carretón, y los sujetan con maromas a las teleras bajas y a los travesaños firmes, sirviéndose de los costales para impedir que rueden. Al lado, los santos, acostados sobre las casullas, cubiertos de doradas capas pluviales, atados con cíngulos, parecen ausentes de su misión protectora. Las mantas abiertas, extendidas sobre sacos de yute pletóricos de garbanzos, lentejas y titos, que cuatro uniformados requisaron de paneras insignificantes, colman los huecos y completan el carro. No habiendo llegado la llave, aceptan del alguacil la idea de acometer la puerta del castillo con el carruaje desocupado.

Toman de las cabezadas a los mulos, los fuerzan a girar hasta alcanzar la posición contraria, y amenazándolos, golpeándolos, consiguen que cejen, que reculen, hasta fijar los corvejones en tierra y elevar al cielo las manos. Golpea la madera a la madera y en el pulso obligado, sin gran deterioro, cede la puerta. Entran los invasores, observan el patio, se acercan al pozo insondable, recorren las habitaciones, y juzgan el recinto pintiparado para albergar a la tropa y a las caballerías, muy apropiado como almacén de víveres y polvorín. En nombre del General Lasalle y del Emperador Bonaparte toman posesión de la fortaleza; y aunque no dejan guardia, instruyen al alguacil para que el herrero ponga nuevos cerrojos y él guarde la llave. De la Casa Grande parecen no tener noticia, y se salva momentáneamente de la ocupación.

Don Pedro, el párroco, cincuenta años vividos, los diez últimos al cuidado espiritual de Valdepero; flaco, nervioso, recibe a los soldados con las puertas de la iglesia abiertas de par en par. Es pacifista y le producen espanto las armas. Tallas valiosas del altar mayor, madera oscura en su color natural; casullas de gala, tiesas de los hilos de oro que las adornan; la cruz de plata, el incensario del mismo metal, y la custodia que se muestra sólo el día del Corpus: todo ese tesoro deja Don Pedro que se lleven como si fueran baratijas, como si se tratara de viejos aperos de labranza. Rodeado como está de miradas coléricas, amilanado a la vista de los fusiles y los machetes, aturdido por incomprensibles palabras extranjeras, permite sin oposición que los objetos sagrados vayan a parar al carromato, y allí los acomoden entre cuatro tablas a modo de cajón.

Tiembla don Pedro al lado de la sacristía; teme acaso que los soldados se acerquen al Sagrario, pues dentro está el Copón donde el Dios del Gólgota descansa tras su sacrificio. Eso hacen: al Tabernáculo se aproximan, y usando un sable como palanca saltan el cierre que no es sino un sortilegio, un ensalmo pensado para elevar al Creador sobre las criaturas, al Salvador por encima de los condenados; una clave válida para situar al Omnipotente arriba de los desvalidos humanos, que sólo arrepentidos de sus flaquezas -blanco el interior como armiño- son dignos de recibirlo en su oscura morada. Los ve hacer el medroso don Pedro, y enérgico de una furia que no sabe de dónde le viene, como una exhalación se adelanta a los profanadores.

Trata de tomar las Hostias consagradas -Cuerpo vivo de Nuestro Señor- quiere comulgar con todas ellas, guardarlas en el recinto sagrado del alma. Ya no siente miedo; se ve gigante y desprecia a las huestes armadas de Satán, desoyendo las palabras sin sentido que profieren. Forcejea con un salvaje, un ateo, un volteriano, con un jacobino enviado del infierno; y lo hace porque ama a Cristo más que a la vida cargada de potencias. Un empellón recibe que lo lanza contra la verja, frontera defensora del Sancta Sanctórum frente a las asechanzas del mundo engañoso. Don Pedro, que padece frecuentes arrebatos epilépticos, se agita echando espumarajos por la boca, y bracea y patalea como un poseso. Retroceden los soldados al verlo, quizá creyentes, quizá supersticiosos, y es el propio capitán Bonet quien, para dar ejemplo, golpea reiteradamente el cuerpo con la culata del fusil, y atraviesa el pecho del sacerdote con la bayoneta de uno de los espantados.

Han recibido los agosteros recado de no reñir con los militares, mas las mujeres de Valdepero no entienden los intereses que animan la política, y ante la cruel y despiadada actitud de los franceses, piensan suplir a unos hombres que prestan oídos a la autoridad y se los niegan a la sangre. Hablan en concilio de cuatro, de seis, de quince, porque se van sumando valientes, acaloradas. Hablan de ir al salón de baile y rescatar a las mozas de su propia cautela, y todas juntas, las unas y las otras -armadas de cuchillos tocineros, de atizadores del hogar, de rústicas escobas- asaltar al destacamento francés y cerrarse en el castillo por si vienen de Palencia refuerzos. Ya lo hicieron sus tatarabuelas en 1521, fecha que está grabada en el frontispicio de la fortaleza para que ningún vecino olvide. La mujer del Alcalde Mayor les baja los humos a las cabecillas con unos humos más altos de alcaldesa consorte, y todo queda en intento.

Está bien avanzada la mañana y el calor aprieta de lo lindo, pese a que unas nubes oscuras nacidas al Oeste se acercan al sol. El alguacil, que ha traicionado a su pueblo en varias ocasiones en lo que va de día, por una sola vez engaña al enemigo. En las indicaciones dadas a la patrulla que quiere ir a Husillos -sólo en él confían los oficiales- aconseja la parte más quebrada, el camino de la Cuesta, y se ofrece a acompañarlos. Almorzarán en las proximidades de la villa y visitarán la abadía, pues tienen noticia de los relieves valiosos que cubren sepulcros de gente principal. Dos chiguitos, previniendo a los que encuentran al paso, se encaminan a todo correr por el pago de las Brujas hasta Villazalama.

Precisamente en esos pastos ocurre la pendencia que enfrenta, unos contra otros, al mundo entero y verdadero. El bosque frondoso tuvo su principio en un insignificante brote, el caudaloso río fue una fuente; en ésta oportunidad el germen estuvo en un leve reproche, dirigido a un zagal por el segador que descubrió el desaguisado. Recibió como un cantazo el pastor la reprimenda, y contestó con alguna inconveniencia superior. Su agarrada inmediata resultó un imán para quienes se percataban de cerca o de lejos de lo ocurrido; y ahora, transcurrido un largo rato, salta el calañés por los aires, del jubón de bayeta se toman, del calzón gastado de paño de Astudillo; a tirones descomponen la figura y dan con el oponente en el suelo.

Allí las puñadas en el rostro, allí las trompadas en el pecho. Sabino y Tirso defienden antes que a nadie a los trashumantes, a los de chaqueta de piel de cordero, a los que huelen a leche agria; mas no tienen reparos en apoyar a los labriegos, ya sean de Valdepero o de Husillos, y a los segadores recién llegados. La contienda va perdiendo la intensidad inicial, y salvo los heridos a garrotazos que buscan desquite, el resto se acomete con desgana. Dos chavales llegan corriendo como galgos, y anuncian la cercanía de los franceses. Relatan en dos o tres frases -más no se necesitan- los crímenes cometidos contra el ermitaño y el cura, las heridas causadas a los indefensos, los múltiples robos. El exceso de tensión mata la reyerta, llegándose a la única determinación aceptable.

-¡A la cuesta! -grita un segador- allí los sorprenderemos.
-¡A la cuesta! -repite una voz que es un eco de voces, la unión de veinte voluntades al menos- que cada uno mude sus trebejos en armas: dalles, hoces, rastrillos, horcas, navajas, garrotes. -Añade el segador que parece más decidido.
-Poco somos si no recuperamos a los santos y vengamos a muertos y heridos. Poco somos si dejamos marchar a los soldados franceses sin escarmiento. -Así se expresa un desconocido Tirso en la parrafada más larga que de él se recuerda.husillos

Alargan los chavales su carrera para dar aviso a los de Husillos y, al momento, horcas de guinchos puntiagudos -amotinadas, insurrectas- se yerguen amenazadoras; rastrillas de madera exhibiendo unos dientes desiguales, cual pendones de batalla o descabezadas cruces, se elevan hasta las nubes sombrías. Se enarbolan hoces de brillante filo, dalles temblorosos. Cachavas y cayados de fuerte apariencia bailan en el aire. Hondas giran preñadas de piedras. Óyese un fragor de batalla, un rumor de cortejo. Escopetas de relucientes caños se agitan buscando invisibles pechos franceses.

Voces airadas maldicen a los culpables de la violencia y la rapiña, votos y juramentos prometen venganza. Sabino y Tirso descubren un uso agregado para sus navajas cabriteras, y de ellas reciben un valor crecido. Hombro con hombro marchan animosos en el grupo que se dirige a la Cuesta. Amigos, hermanos, una espiga forman los que antes se enfrentaban. No los separa el oficio, ni la circunstancia insignificante de haber nacido en un pueblo o en el otro, abajo o arriba; les une la defensa de aquello que les hace infelices, un albur que los lleva y los trae tras cosechas inciertas, a través de pedregales infecundos, apremiados por obligaciones inacabables que requieren el tenaz ejemplo del sol para llegar a término.

En los cárcavos se apostan, en las linderas cubiertas de zarzas. Toman posición en los recodos del camino, en las grietas del barranco. Un cazador queda arriba, vigilante de la tropa, ceñido a su perro. Ya no pica el sol, el bochorno parece venir de las nubes moradas que cubren el cielo, de los rastrojos pajizos, de los sembrados enhiestos, de los caminos polvorientos. Llegan los franceses con sus lucidos arreos, con fusiles y sables; a lomos de sus caballos llegan, subidos al pescante de los carros. Son lo menos treinta y de sus frentes resbala el sudor.

Piensan unos en sus padres, en sus novias, en las esposas dejadas en la tierra patria, en los hijos acaso; otros, los despiertos, los más perspicaces, se preguntan al paso medido de los cuadrúpedos, si es ésta la gloria que vinieron a buscar ilusionados; si es ésta la tierra, si son éstos los hombres, cuya derrota les ha de procurar la fama perseguida, si a contienda tan despareja llamaba el emperador Bonaparte, y si los campesinos ven en ellos la grandeza de Francia: igualdad, fraternidad, libertad y progreso. Ya están al inicio de la cuesta y divisan Husillos, cuando unas gotas enormes se mezclan con la tierra suelta de las roderas, formando una mezcla que se hace barro denso. Cien truenos siguen de cerca a cien relámpagos o viceversa.

El diluvio es una realidad alejada del antiguo mito. Se ha concretado partiendo de un cielo negruzco, para precipitarse en un suelo ávido de líquidos, arcilla reseca. Ignorante de la zalagarda la columna entra en el declive con los carros situados en el centro. Uno va lleno y el otro esperan llenarlo en el pueblo que aparece allá abajo, al otro lado del río. Les ha dicho el alguacil que a la entrada hay una pradera y, en ella, un molino; espacio apropiado para acuartelarse. El camino se inclina por momentos; y a la derecha o la izquierda se turnan el barranco y la alta ladera siguiendo un zigzag que busca suavizar la pendiente.

Surge una jauría de perros: sabuesos, mastines y los indefinidos, hijos de cien mezclas; obediente a unas voces cuyo origen se ignora, la horda canina ladra a los caballos de los caballeros, a los mulos que tiran de los carromatos, muerde sus patas, espanta su decisión, muda el sentido de su energía. Se alzan de manos las bestias y algunos soldados besan el suelo. Se oyen disparos de escopetas emboscadas; no se distinguen las cabezas que miran a lo largo del tubo, no se ven los dedos que aprietan el gatillo. Cazadores, aprendices de bandido y los bandidos hechos han esperado mudos pegados a la yerba seca; respiran hondo, apuntan con tranquilidad y ninguno yerra. Cuatro, seis soldados se doblan en sus cabalgaduras y resbalan hasta quedar tendidos al borde del carril. En personas armadas de hoces se transfiguran las zarzas, de las cárcavas surgen cuerpos que el chaparrón difumina, en las grietas del barranco nacen figuras espectrales que agitan dalles, rastrillos y horcas.

No basta la galga para fijar las ruedas a las hendidas rodadas; crúzanse los carros, siguen la pendiente fácil y su peso arrastra a las mulas. Bestias y carretas descienden dando tumbos, soltando bocoyes de vino, costales de grano, imágenes sacras. Causando un ruido metálico las bayonetas prolongan cañones; se esparcen las órdenes a través de la lluvia, mezcladas con los gritos de pavor y las blasfemias. Los franceses reaccionan, y siguen al pie de la letra el manual que define las maniobras precisas en caso de emboscada. Un pastor cae malherido cuando la hoja ensangrentada de un sable abandona su pecho. Un gorro militar escapa de la cabeza aplastada por un cayado robusto.

Cuatro, seis figuras armadas, procedentes de Husillos, se incorporan desde abajo al grupo atacante. Impetuosos caballos sin jinete se despeñan –ojos turbios en la líquida cortina, cascos torpes en el limo- sumándose a los descoyuntados por las vigas de los carruajes: patas quebradas, pescuezos torcidos, vientres sangrantes donde las astillas se internan, tripas exhalando el olor de la cebada a medio fermentar. Se recortan en lo alto unos contornos esquivos; varios mozos de Valdepero se incorporan al combate. Momentos antes de esparcir su carga preciosa -el mejor vino de la comarca- los bocoyes aplastan a los que llevan las riendas en el pescante: uniformes empapados de caldo, voces reclamando un socorro que nadie puede prestar. El agua baja con poderoso ruido de arrastre, con rumor de torrente; lavándolo todo -rostros y vestiduras- manchándolo todo.

En su nuevo menester las navajas de los dos amigos logran el desquite: fisuras abren a los vientres quietos, a los costados esquivos, cruzan caras y marcan mejillas. Descubre Sabino que atacan a un raposo, a un hortelano de Husillos; ve que una pareja de ventajistas, militares de la Francia invasora, intenta matar a un prójimo de quien ignora el nombre. Bayonetas manchadas de sangre amenazan su vida, una por el pecho, otra por la espalda. Lo ve Sabino y salta como un tigre apretando la navaja en su puño acerado.

Tirso observa el movimiento del amigo y lleva luego su mirada al espantado rostro de quien teme ser doblemente ensartado. Basta una seña -ellos se leen la mirada- y cada uno ataca a un soldado. Aprovecha el hortelano el trance y se escurre como anguila. Los franceses, adiestrados en su oficio, esquivan con facilidad los envites. La rabia que Tirso contagia a su brazo se disuelve en el aire sin más consecuencia. Fatalidad de fatalidades, el empuje que Sabino pone en su navaja, desorientado, se interna en el pecho amigo; y el corazón generoso de Tirso recibe a la hoja del hermano como hermana.

Cesa la catarata y se desvanecen las nubes descubriendo un azul muy intenso; el olor a tierra mojada, a nías húmedas, impregna el ambiente. Sabino, dominado por una pena muy honda que lo ahoga, se sienta sobre una piedra blancuzca, truncada, solitaria; y desde ese punto de mira observa el tétrico paisaje de la cuesta, iluminado por un sol que ya ha traspasado la vertical hace tiempo.

-¡En mala hora compré las navajas! –Exclama Sabino a la vez que levanta la mirada dura y el puño cerrado hacia un cielo que ha recobrado la serenidad.
Ignora a ciencia cierta cómo se desarrolló el percance, más ya sabe que es el diablo quien templa las hojas de acero. Cree que su torpeza ha robado la vida al amigo del alma, y formando el ánima amiga parte de la suya, queda él incompleto, amputado. La sangre que hace unas horas fluía briosa por las venas, alimentando sueños jóvenes, llevando a la acción los proyectos maduros, se mezcla ahora con el sucio légamo.

-Si en esto consiste la ansiada victoria -se dice asqueado- debiera ponerse sobre aviso a los contendientes antes de comenzar las batallas; porque si esto es la victoria, la victoria en las guerras no existe.
Pregunta su conciencia qué será de los seis hermanos de Tirso, de menor edad que el muchacho muerto, sin padre los pobres y con la madre enferma. En lo íntimo se hace responsable de su suerte, y la liga desde ese momento a la suya. Se irá donde haya dineros, los ganará y ayudará a la familia que él ha desgraciado.

A quince se eleva en el lado civil el número de bajas; cinco cadáveres y diez heridos de importancia diversa; cuenta entre los leves el alguacil, viajero en el carretón desocupado. Del bando militar no quedan supervivientes. Un grupo de caballos que ha salido indemne, mordisquea unos juncos al final de la cuesta, en el pequeño llano que cruza un regato mínimo. Hay soldados víctimas de sus mismas armas, sables, bayonetas, tomadas por los lugareños en defensa propia, en el propio ataque; pero los hay que presentan heridas de navajas, de horcas, de hoces, y esos, ante el temor de una descubierta francesa que aclare el desastre, son llevados al pueblo y arrojados al pozo del castillo, a la insondable corriente subterránea en que se aprovisiona.

Antes de dar parte a la tropa asentada en Palencia de lo acontecido en el pueblo, se ensaya el teatro que se ha de fingir. Hombres, niños y mujeres participan en la representación, para que a nadie se le escape un extremo que lleve al ovillo. Restaurada la confianza que en él tenía el Ayuntamiento, el alguacil se revela como un buen consejero. Los muertos propios, caídos a lo ancho de la Cuesta, se colocan en los escenarios del paso francés: el hospitalillo, el pósito, las ermitas, la puerta del castillo y la iglesia. Los vecinos proclives a aceptar en lo inexplicado la intervención divina, encuentran milagrosa la salvación de las tallas robadas al santuario de San Pedro y el Consuelo, intactas cuando todo lo demás se ha hecho añicos. Acuerdan restituirlas al lugar de su culto, mas sin volverlas a los altares en previsión de nuevos saqueos; y emparedadas quedan en un esconce bien disimulado.

Inventan, con todo detalle, una explicación del suceso que los exonere de culpas: “Bebieron los soldados en el mesón hasta embriagarse, bebieron los oficiales en el Ayuntamiento; un alto hicieron para resguardarse de la tormenta y, abriendo la espita de los bocoyes, bebieron. Guiaron mal a los mulos que se despeñaron con toda su carga: allí están las duelas tronchadas de los carrales, allí las legumbres y el grano esparcidos, allí las vigas resquebrajadas de los carretones, allí los mulos mostrando sus vientres abiertos, allí están los cadáveres con aliento avinado. Los soldados abrieron pendencia unos contra otros, y unos contra otros los más se dieron muerte, desertando unos cuantos que conservaron la vida”.

De la mano muerta de su amigo, Sabino retiró la otrora atractiva navaja -puchítera de cabra, pata del demonio- y enlazándola con alambre a la suya -pezuña de lucifer- arrojó con rabia el odioso atado al pozo del castillo, tenebroso agujero, tras los cadáveres uniformados culpables de todo. Evitando enfrentarse a los franceses, temeroso de poner a prueba su rencor, sin tomar hatillo, sin despedirse; escapando de sí mismo e ignorando la causa, camina el desgraciado muchacho hacia el Norte. Se dice que va a agregarse a la cuadrilla de rebeldes encabezada por el Marquesito. Se dice que se suma a la partida guerrillera, porque odiando las armas odia más a los soldados franceses. Se dice que marcha a Lebanza donde quiere ser lego. Se dice que pretende llegar a Santander para embarcarse hacia América.

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4.-Memoria del 11 de marzo Pedro Sevylla de Juana

Soltándose de su agarradero celeste, sobre mi desguarnecido cuerpo se precipitó el mundo. La chapa ardiente descendía como un meteorito. No pude apreciar toda su amenaza porque las milésimas de segundo escapan al cálculo humano y el humo envolvente protegía su avance. Ensordecieron mis oídos, las piernas dejaron de obedecer cualquier orden que exigiera movimiento, la cabeza, un año más tarde, no halla explicación verosímil a lo sucedido.

En el hospital evitaron el desarrollo de la noticia, su vertiginosa propagación; isla de asepsia, nadie hizo tertulia utilizando el asunto del funesto desastre. Las visitas, aleccionadas por el personal sanitario, defendieron mi mente de su propia maquinación, de su roer dañino. Los expertos tratan aún de unir en mí el antes con el ahora, empalmando la cinta de los días rota por las explosiones.

Pensamientos espontáneos de personas que procediendo en nombre propio encarnaban a la humanidad, de los escritos aparecidos en los altares ardientes, de los papeles fijados a los muros, sentidas expresiones de repulsa, condolencias; mis amigos me trajeron un poema firmado con las letras mayúsculas P, S de J, iniciales quizá de nombre y apellidos. Los había a miles, algunos dotados de valor literario, otros despreocupados de los aspectos formales; supongo que éste se hallaba más a mano. Me lo leyeron con voz entrecortada y supe lo que los demás sabían: los estrictos hechos desprendidos de sus causas. Porque me ayudó a comprender lo incomprensible, selecciono el núcleo, el meollo; y reproduzco aquí las estrofas que lo enclaustran.

En la apocalíptica escenificación del último desastre
los esbirros del terror atacaron a la sociedad en sus cimientos
con bombas repletas de fanatismo y de barbarie.
Perseguían el número, la turbamulta, el humano hormiguero,
caja de resonancia de su falsa razón inconfesable.

Al instante los cuerpos fueron acericos agujereados de metralla,
lavaron el suelo litros y litros de sangre efervescente,
cubrieron raíles y traviesas pedazos de carne adheridos a la chapa
y un desgarro de gritos huyó por las bocas abiertas en los vientres.

Incapaz la piedra, incapaz el árbol
incapaces el lobo y la serpiente
el tiburón y el leopardo;
resultaron ser infrahombres residuales, fragmentarios o cocientes
los únicos capaces de concebir tales estragos.

Sin embargo, más allá de la muerte conseguida, fracasaron,
más allá de comportamiento tan abstruso y tan cobarde
no fueron capaces de evitar que el cuerpo solidario
llevase su mano a taponar la herida inabarcable.
Ayer, tan sólo ayer -llueve sobre Madrid, doce de marzo-
el terror reventó trenes repletos de obreros y estudiantes.

Metáforas que si no evitan la crudeza de los hechos la suavizan, lo expresado en los versos suple mi carencia de recuerdos. De nombre Ibrahim, mozo de mediana altura me describo, cuerpo enjuto, rostro levemente oliváceo, cabello crespo de un negro brillante, ojos vivarachos, bigote atendido con esmero. Así debía de marchar en los momentos previos a la matanza, decidido el ánimo, marcial casi, resuelto. Integraba yo la masa laboral madrugadora, marea formada por obreros de diversas especialidades y categorías, encaminada hacia la producción de objetos, hacia su comercialización y contabilidad, hacia el ordenamiento diario de la vida, hacia su prolongación placentera.

Era una de tantas personas diligentes que surgen a diario de las sombras nocturnas, orientadas por el impulso vital, por las crecidas necesidades básicas o por la inercia. Suenan en mi cabeza imperiosos los despertadores, las alcobas se iluminan de improviso, los cuartos de baño definen el orden de salida y las puertas de las casas expulsan cuerpos tensos recién pulidos. Al poco las bocas del metro vomitan ciudadanos pellizcados por la prisa y las estaciones del ferrocarril engullen viajeros hasta anegar los andenes: lenta marcha del segundero en el reloj, progresivos carteles de aviso, voces apremiantes de la megafonía, gris bruñido de los carriles que se juntan a lo lejos. Me uno a los impacientes cuando, dándose una maña admirable, suben al tren y conquistan asiento; viajo con ellos, miles y miles de ciudadanos de aquí, de allá y de acullá, capaces de acelerar el mundo o de frenarlo si armonizan sus voluntades y de común acuerdo empujan o resisten.

Al día siguiente iba yo a tomar posesión de mi puesto de jardinero; y el coraje me llevaba en volandas sobre prados celestes. Encauzados los asuntos legales –permisos de residencia y trabajo- lo demás venía a la zaga. El administrador de una casa de ricos me había contratado la víspera como jardinero del área común y encargado de la piscina. Uno de mis compañeros de vivienda –la compartíamos siete emigrantes- un argelino de las proximidades de Saïda que llevaba en España dos o tres años, cambiaba entonces de oficio y me propuso como sucesor. Tan buena fama se había granjeado que su dedo, al señalarme, me designaba. Por vez primera la zumba del reloj me despertaría a una hora razonable, las siete menos cuarto de la mañana. Podía prescindir de las dos camionetas y del tren, necesarios para llegar a la obra; un autobús y el metro iban a bastarme. Ganaba una hora y cuarto, y ya no viviría muerto de sueño.qf13x8e1-640x640x80

El estruendo liberó arroyos de sangre, afluentes de alaridos, envolventes nubes de humo y desconcierto. Pared o techo del vagón al que me disponía a subir, se abalanzó sobre mí una chapa huida de la fragua al rojo, guadaña recién afilada. Perdí la consciencia y entré en el reino de las sombras. Una parte del poema -el corazón, la médula- enmarcada y protegida por un cristal, ha presidido durante mi hospitalización la cabecera del catre articulado. Ese fragmento fue, en los primeros tiempos, el asidero de mi apetencia de saber; luego, cuando la mente se fue haciendo a la idea que antes rechazaba, escuché el relato, sostuve conversaciones aclaratorias, vi fotografías. Y en estos días, al cumplirse un año de aquello, las emisoras de televisión han reproducido cien veces la tragedia.

Ave indefensa, como si fueran perdigones me alcanzan las imágenes y reproducen para mí el trágico momento con exactitud sorprendente. La ilusión despertada por el nuevo oficio, la merma del viaje que orillaba el uso del tren y la alentadora perspectiva de la ganancia ecnómica, víctimas añadidas de las bombas, fenecieron. Vuelvo a ser pluma, hoja reseca a merced del viento, pavesa volcánica. Levantados por la memoria imborrable, cuajados de velas alojadas en sus estuches purpúreos, trescientos sesenta y cinco días después, primer aniversario, me doy de bruces con los altares que no vi y percibo el color rojo en el trance decisivo de inundar el matadero. Flujo y reflujo, el suelo, los canalillos y los aliviaderos desangran el recinto. Cuchillas, guillotinas, picas; y la esperanza, la rutina y la impaciencia se vuelven sangre y estupor.

Ha pasado una eternidad desde aquello y las preguntas reiteradas se callan ante la visión rezagada del desbarajuste. El desorden se apodera del orden y lo sustituye al modo de los gobiernos asaltante y previo en un golpe de estado. Las razones no son cosa distinta de los hechos y el Universo se circunscribe al área convulsa. Sangre espesa, carne líquida, baldazos y baldazos destinados a limpiar el polvo acarreado por los zapatos, la grasa evadida de las fiambreras, hojas rasgadas de algún diario gratuito, cigarrillos a medio fumar, chicle masticado. Estruendo, turbación, sangre, carne desgarrada y residuos.

El mundo abreviado, concreto, inicia en un suspiro su expansión; a las exclamaciones de dolor se unen los gritos de socorro y los miembros heridos inician la retirada ayudados por los miembros sanos. Carteras, bolsas, taleguillas, mochilas, maletas, documentos de identidad y abonos de transporte, troceados, chamuscados, destacan sobre el andén. Rojizas huellas de calzado pintan senderos en el cemento de las baldosas; titubeantes, porque los solidarios ignoran adonde llevar su impulso. Los heridos son tantos que establecen grados y jerarquía en la gravedad, y quienes se estiman capaces ayudan a los que suponen afectados por un daño mayor; de suerte que -madera de héroes- todos socorren a todos. Arrastran, yerguen, consuelan, ejercitan la hermandad. Gritos y trajín de cuerpos, el cataclismo ha sido consumado y el humo empieza a ralear.

Los cuerpos inertes se someten a la prueba del espejo, y los que no alientan inician una capilla ardiente que crece y crece. Sirenas de ambulancias, llamadas telefónicas, fotógrafos, locutores y cámaras de televisión ofician de altavoces que cuentan al mundo lo ocurrido en las vías, en las estaciones, en los coches del tren, en el interior abierto de las personas. Brama Madrid. Utilizaron bombas: un grupo terrorista manipuló los explosivos: el atentado fue obra de personas movidas por creencias. Personas, no; alimañas, bichos. Ni alimañas ni bichos, los seres estudiados por la zoología no se atreven; ninguna especie produce individuos dispuestos a engendrar tal horror. Zarzas, no; gatuñas, no; ortigas, no.
Enfermos mentales sin capacidad de discernir, cerebros regidos por insuficientes neuronas de axón atrofiado, pusilánimes sometidos a voluntades más fuertes, doctrinarios de aberraciones filosóficas: ellos distribuyeron la muerte por los vagones del tren. Dictando sus pasos habían de estar los inductores: unos cuantos visionarios empeñados en salvar al universo mundo de su equilibrado compás y algunos intrigantes que obtienen un beneficio mínimo de la enorme destrucción causada. El dogma, sucedáneo de la lógica a quien suplanta, fue su herramienta.velas-a-las-victimas

Necesitado de explicaciones categóricas, el hombre busca el origen de todo lo existente y va tras el hacedor y su propósito. Descubre el futuro y concibe la propia trascendencia, distintas formas de inmortalidad. Pergeña hipótesis que tienen en cuenta los avances del pensamiento y algunos signos que los corroboran. La lógica es una azada que abre, cavada a cavada, el subsuelo; una escala que asciende, peldaño a peldaño, a las alturas. La fe, razón ajena, muestra al hombre el centro de la tierra en un instante, y en otro el cenit; sin progresión, sin análisis, sin el menor esfuerzo. La razón hace de la duda punto de partida; la fe posee la certeza incontrovertible. La razón elabora teorías abiertas a nuevas razones, la fe establece dogmas cerrados al análisis. El tiempo pasa, unas teorías suceden a otras, continente y contenido se transforman. La naturaleza entera es tornadiza: piedras, plantas y animales; la evolución parece ser norma universal. Sólo el dogma permanece -aciertos y errores iniciales- incrementando su desfase.

Mi nombre, Ibrahim Ksar Alkebir, no volverá a tener importancia; la biografía tampoco. Siete operaciones consecutivas me han recompuesto y ya no soy el que fui. He perdido al niño obediente que tras acarrear agua y leña se interesaba por los textos escritos, indescifrables, empeñado en conocer las claves que rompieran su cerrazón. Atrás queda el muchacho despierto que aprendió a leer con muy poca ayuda, el soñador que estudiaba los mapas deseoso de hallar la senda que en la antigüedad llevaba a la región ignota donde las gentes, con independencia de las circunstancias de su origen, gozaban de las mismas oportunidades. Atrás queda el joven que se lanzó a la aventura y cruzó el Estrecho, disimulada unión de África con Europa, sabiendo que esa ruta no iba a la tierra de sus ensueños.

Agnosia: apenas queda correspondencia entre lo que soy y lo que fui; no me reconozco en los míos. Mi identidad actual emana del venezolano llegado de Ciudad Bolívar, minero en El Pao, que tras rescatarme de la chapa abrasadora y cortante, entregó una buena porción de su sangre a mis venas. La reiterada cirugía precisó luego otros donantes; así que de mi sangre originaria –padre, madre, abuelos- sólo quedan vestigios. Víctima musulmana de extremistas musulmanes, me salvó el arrojo sobrehumano de un infiel; infieles me recompusieron y durante este año decenas de infieles se han ocupado de mí: no es de extrañar que las enseñanzas religiosas recibidas en la adolescencia reclamen correcciones a diario.

El mismo Dios y raíces compartidas, los cristianos, a quienes se refiere el profeta para bien o para mal en aleyas de distintas suras del Libro Sagrado, me han tratado como a uno de ellos o, si cabe, mejor. Extraño para cualquier religión, el psicólogo que transcribe mi enfoque de los hechos sustituyendo a mi mano diestra, todavía torpe, redactor encargado de ordenar mi decir embarullado, se manifiesta agnóstico. Duda de Dios y cree en mí a pies juntillas. Hijo es de la duda y del convencimiento; y yo le considero hermano porque ha liberado de mi interior el vigor secuestrado, el arranque y el empuje que antes poseía a brazadas.

El próximo lunes iniciaré una nueva andadura: recomendado por el sicólogo que endereza mis pasos, voy a trabajar bajo su tutela. Daré testimonio de mi propia mejoría y, sirviéndome de la experiencia acopiada, animaré a los remisos, a quienes se encastillan en el sufrimiento, a los que mantienen el libro abierto en la página donde se representa el desastre. El Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo, organismo recién creado, ofrece un equipo de sicólogos al que presta ayuda un grupo de víctimas ya redimido, gente que ha experimentado mejoras y se enfrenta a los días con ilusión. Aliviado en buena medida tras las sucesivas intervenciones quirúrgicas, apeado de la silla de ruedas, me voy haciendo a las muletas y paso media mañana en los potros de rehabilitación, estirándome, reforzándome, retornando en lo posible a mi ser. En cuanto cierro los ojos veo la chapa lanzada contra mi cuerpo desprevenido: un chafarote ardiente dueño de la fuerza recibida en la explosión, un disco solar que me deslumbra una y otra vez. Me dicen: “el tiempo y la voluntad sacarán a tu mente del laberinto, hilo de Ariadna que no debes soltar”. Lo creo, porque mi manera efectiva de enfrentarme a los problemas, sin librarme de ellos disminuye su efecto nocivo. No hay obstáculos insalvables: se saltan, se perforan o se rodean.

Al margen de cualquier confesión religiosa, de cualquier Dios, de cualquier mandato, se me ofrece la oportunidad de ser útil a los supervivientes de la tragedia que no logran recuperar el sosiego. Esperanza y reserva se mezclan en mi ánimo zarandeándome, renovándome. Esperanza y reserva se ayudan, se atemperan, aliadas en simbiosis fructífera. El próximo lunes, día catorce de marzo, abordaré mi futuro inmediato y, aunque temo no estar a la altura requerida, deseo con todas mis fuerza que el lunes llegue cuanto antes.