Bernardo Carpio

Contenido: Introducción. Relato: La invicta espada de Bernardo el Carpio. Tradução ao português do Preámbulo. Biografía em português. Video sobre Carlomagno.

A poco más de los tres meses de andadura de este blog, quiero agradecer su interés a los lectores —al pie de cuatrocientos— que lo visitan cada día, procedentes de un número de países que ya alcanza los ciento veinte. Agradecido y obligado con ellos quedo.

Las leyendas son reflejo de la personalidad de los pueblos que las crean, tiempo e insistencia; de su imaginación creativa, de su ansia de lo inasible.
Nacen de una anécdota simple, a veces; de una apariencia, de una sombra antigua en ocasiones. Sus perfiles difusos, diluidos, y esa reverberación de los espacios menos destacados, admiten variadas interpretaciones. Se extienden con lentitud, van pasando de lo individual a lo colectivo y viceversa. Y en ese avance en zigzag, cada receptor oral las trasmite añadiendo algún matiz propio, que las hace verosímiles dentro de lo insólito. La leyenda de Bernardo el Carpio, entre la realidad y la fantasía por tanto, ha sido interpretada de muy diversas formas; en ocasiones con interés político: ya fuera entre países, Francia y España; o entre facciones históricas dentro de un mismo país. Se le opone por ello a Roldán, y a Rodrigo Díaz de Vivar.

“La existencia de Bernardo del Carpió es dudosa. Para Menéndez y Pelayo, el Bernardo histórico era, o nieto de Carlomagno o hijo de Ramón, conde de Ribagorza y Pallars, y Teuda, hija del conde Galindo de Jaca. Feijoo, en sus Escritos históricos, arguyó que el silencio de las crónicas no es prueba contra la existencia de Bernardo del Carpio. Desfourneaux y Horrent especularon que la creación de esa trágica historia de amor, fue una respuesta española a la figura de Roldán quien también era ilegítimo.
Aunque Bernardo del Carpio no hubiese existido, su leyenda nació
de una necesidad política y moral; volvió a aparecer como respuesta a otros fines y duró a través de los siglos”. Marjorie Ratcliffe Universidad de Western Ontario https://cvc.cervantes.es//literatura

 

Imperio Carolingio a la muerte de Carlomagno

Nacido Bernardo en el Castillo de Saldaña y enterrado en Aguilar de Campoo, ambas villas, hoy, de Palencia; de su peripecia familiar trataron Alfonso X el Sabio y Cervantes. Lope de Vega le dedicó dos obras de teatro, Bernardo de Balbuena 40.000 versos en preciosas octavas reales. De él escribieron Valera y otros muchos, incluso Borges. La nómina de los que se ocuparon en sus escritos de Bernardo el Carpio es larga: el presbítero portugués Alexandre Caetano Gomes Flaviense, Ramón Menéndez Pidal, Juan de la Cueva, Agustín Alonso, Álvaro Cubillo, Lope de Liaño, Hilario Santos, Jorge Mira y Perzebal entre otros. Aseguraron su existencia historiadores fiables, entre los que se encuentra el padre Juan de Mariana. Ante todo ello me atrevo a decir: Si Bernardo no existió, bien mereció existir. Demos pues como real todo lo de él dicho y contradicho.

El relato de “La Invicta Espada de Bernardo”, parte de la leyenda del castillo de Valdepero, en Palencia. Está enraizado en la historia, pero tiempo y lugar no coinciden. Se trataría entonces de un posible castillo anterior, subido a una atalaya sobre la margen izquierda del río Carrión, el Nubis de los Romanos. Cuento mi visión literaria de Bernardo, hijo extra matrimonial de Ximena, hermana del rey Alfonso II el Casto de Asturias, y de Sancho Díaz, conde de Saldaña, de quien la leyenda del castillo dice que estuvo allí preso hasta la vejez, por Orden del Rey Casto, primitiva fortaleza de Fuentes de Valdepero.

Imagen parcial de Valdepero

La Invicta Espada de Bernardo el Carpio
Relato de Pedro Sevylla de Juana

Preámbulo
Entre las imágenes que pueblan mi larga memoria, se encuentran las suscitadas por la leyenda de “La Espada Invencida de Bernardo”, escuchada hace al pie de medio siglo -alcanzaba yo los doce o trece años de edad- a un titiritero conocido por Teudenio, barbado sujeto de una ancianidad adelantada dos o tres lustros, en cuya manera de ser convivían, habitándolo, un comediante de la legua y un juglar del medioevo que solían echarse una mano si la situación lo requería. Andaba Teudenio sobrado de conocimientos, pues añadía al saber de un maestro de escuela el interés por el origen de los hechos que define a los filósofos. Se comportaba de manera práctica en lo tocante a los grandes conceptos, obrando como un escéptico respecto a Dios y las particularidades que las religiones le atribuyen, pero su sentir era el de los desconfiados más que el de los indiferentes. No obstante, se descubría soñador a la hora de afrontar el día a día; tan lejos del utilitarismo como lo estuvo en la niñez, de la que aún conservaba algunos detalles muy acusados. De modo que, comparado con la generalidad de la gente conocida, sobresalía.

Confío en que si mi palabra no lo describe con claridad suficiente, añada su conducta la luz necesaria, ya que hombre tan singular iba de pueblo en pueblo por el Bajo Carrión y El Cerrato más próximo a la ciudad de Palencia, recitando versos y representando obritas de teatro. Aspecto positivo de su estrella, lo ayudaba -acogida a su generoso amparo- una muchacha huérfana de tez rosada, mirada luminosa, naricilla chata y rubias trenzas llamada Marina. Utilizaban ambos a modo de hogar ambulante un carro de varas entoldado, cuyo armazón, ligero y resistente, constituía un prodigio de la destreza carreteril. Tiraba de él un jumento de considerable alzada y cano hasta la última cerda, que situaba a los artistas ante auditorios de bolsa menguada. En Valdepero, mi pueblo, se afianzaron en el Patio de Castaño, al pie mismo de la iglesia, junto al cercado de servidumbre parroquial. A través de las rendijas de la puerta pudo ver el burro la abundante hierba del corralito, y una vez liberado de sus arneses se acercó al umbral con la boca hecha agua. Aún no existía la fuente que unos años después abrió el Ayuntamiento en el centro del callejón, de modo que si el carro simulaba el escenario, la plazoleta era una vasta platea que ni pintada le venía al farandulero para sus propósitos.

Cuando la acción se enmarañaba de manera que los brazos de padrino y ahijada resultaban insuficientes, o cuando el argumento reunía en primer plano a un número desusado de personajes y se requería sumar voluntades diestras, Teudenio solicitaba voluntarios entre los entusiastas de su arte. En esas me hallaba aquel doce de junio, víspera de San Antonio Abad; pues nada más comenzar los preparativos quise iniciarme en los entresijos de técnica tan sorprendente. Debido al natural curioso acumulaba yo fama de muchacho despierto, dado a la historieta y a la fabulación; y revoltoso hasta un milímetro antes de lo intolerable. Nada extraño le resultará al lector que, con todo ese bagaje a mis espaldas, llegado el momento de reclutar colaboradores estuviera un servidor entre los elegidos.

Tanto agradó el ensayo general de la obra a los allí presentes –a los niños los constantes manejos y a los mayores la trama- que el eficiente maestro y excelente persona, don Roque, se comprometió a preparar una versión adecuada a las posibilidades escénicas existentes en el pueblo. Arreglado el drama con esas miras, a su justo tiempo, un mes antes de la festividad de Nuestra Señora de la Antigua, patrona de la localidad, en el salón de baile comenzaron las lecturas del texto. Es necesario decir que por entonces, don Roque y don Jesús, el cura bueno del que fui monaguillo, colaboraban en la formación de un grupo de actores pertenecientes a la Acción Católica; unos cuantos aficionados, chicos y chicas solteros, a punto ellos de ir a la mili o ya vueltos, y una pareja de recién casados, quienes, participando de la afición a las comedias, se hicieron novios por el simple procedimiento de prolongar el primer papel representado: Romeo y Julieta, adaptación sui generis del drama de Shakespeare discurrida entre don Roque y ambos protagonistas.

Por mi parte, en cuanto estuve capacitado y hallé oportunidad, busqué naturaleza histórica al romancesco relato de “La Espada Invencida de Bernardo”, encontrando harto ingrata la tarea. Está claro, a mediados del siglo noveno, cuando parece desarrollarse la trama, no existían los actuales castillos o abadía a los que ella se refiere. Mas, como resulta probado que todo mito participa de una base cierta, es de suponer que la fortificación y el cenobio iniciales -precursores de los ahora alzados- fueran el soporte sólido de la invención. Originada ésta en fuentes diversas, tales como las crónicas árabes, las narraciones cristianas o la erosionada tradición oral; nada impide que se aposenten en su esencia la ambigüedad y la paradoja.

Metido en los estudios que debían hacer de mí un ciudadano libre, respetado y próspero; tuve acceso a libros que trataban algún aspecto relevante de la leyenda, tanto en verso como en prosa. Así que el presente relato es la sumada consecuencia de tales orígenes y el aporte que la fuerza de mi imaginación haya sido capaz de añadir, que no será plumón de ave, supongo. Con todo, siendo el texto presente hijo de cien padres -poetas algunos, historiadores otros y hasta comediógrafos de nombradía- las maneras son las que vi la víspera de San Antonio y el día del Santo en el Patio de Castaño de Valdepero; de eso doy la fe que mi mermada capacidad de evocación admite.

Pasacalle de dulzaina

No sólo los cofrades, el pueblo entero andaba metido de lleno en las fiestas: calzadas limpias, balcones adornados, mozos asidos a su condición masculina, muchachas deseosas de agradar, niños incapaces de conservar la quietud más allá de un breve momento, padres desazonados por la estrechez de los zapatos finos y el deficiente anudado de la corbata, madres ocupadas en el adecentamiento de la casa, en la disposición de las blanquísimas mudas y la ropa elegante, en la búsqueda de ingredientes para completar las recetas de un menú extraordinario. Dianas, pasacalles, misa mayor oficiada por varios curas venidos de fuera al olor del lechazo, realzada con la poderosa voz, bronca y firme, de un predicador jesuita, flagelo de los incrédulos y de los tibios de corazón. A la anochecida, cuando -cresta amoratada, ojos, pico y principio del pescuezo violáceos- exhibían los mozos el trofeo de las cabezas arrancadas a los gallos vivos: trote forzado de las mulas contra las aves aterradas, patas asidas a la soga que de bombilla a bombilla cruzaba la calle; conocida ya la escopeta ganadora del afamado concurso de tiro al pichón: treinta y tres abatidos sin un solo yerro; tras el concurso de arada: surcos trazados con una cuerda ficticia; a esa hora mágica del anochecer, en el espacio elegido por Teudenio, la verdadera representación de los títeres, formal e íntegra, estaba a punto de comenzar.

Los pequeños errores descubiertos en el ensayo fueron corregidos uno por uno, y las manos de los colaboradores se movían ya con apreciable soltura. Un bullicioso público abarrotaba la plazuela: personas de toda edad y condición. Sentados unos en las sillas traídas de casa, y los más, de pie; habitantes del pueblo y forasteros exteriorizaban su entusiasmo.
Conducida por el ramal del verbo sugerente y acariciador de Teudenio, la imaginación de los espectadores formaba el decorado. Un lienzo blanco, un tafetán rojo y un fieltro verde, manejados con tino, pueden dar sustento o tejado a cientos de historias. Tenía el carro los peones –tanto los de varas como los traseros- bien hincados en tierra, las ruedas trancadas con cantos en forma de cuña y la galga ceñida a más no poder. Los intérpretes, Marina y Teudenio, se situaban dentro del carro fijando los pies en el suelo, ya que las tablas del fondo eran quitadizas. Un tablero no más ancho de un palmo y medio, dispuesto junto al travesaño que une las teleras, hacía las veces de mostrador, territorio donde los muñecos evolucionaban. Las ranuras abiertas a la madera ampliaban los recursos de las manos, permitiendo deslizar el disfraz de las figuras en su constante ir y venir. Eran las voces cosa de los trashumantes, que las modulaban en sus tres registros. La mocita imitaba los diversos matices de las femeninas; quedando las masculinas a cargo del hombre, simulador de la plática sosegada de los ancianos y del parloteo de infantes.

Lo más parecido al carro de los títeres

Cuadro Primero
La particular disposición de los recursos sugería el salón principal de un castillo. En lo que debía de ser el sitial del trono, aparecían un rey erguido –cetro y corona definiéndolo- y una joven cabizbaja; a hurtadillas escapaba de la escena por el lado izquierdo el infame acusador de la doncella. Hablaba el narrador con voz pausada, interrumpido por el amargo llanto de la reprendida. Ante la puerta, dos soldados armados de lanzas entrecruzaban sus pasos.
Una palabra clara y profunda, cargada de inflexiones, ponía Teudenio en el relato de la acción desplegada ante los ojos ávidos. “Muy otra sería la existencia de Ximena de no tener, como tiene, vinculado su destino por parentesco al del Rey de Asturias, Alfonso II el Casto. Hace Alfonso promesa de virginidad en nombre propio y en el de ella, sin buscar su aceptación como parece natural. Insolencia enorme. ¡Ah!, pero su hermosa y discreta hermana, que tal es el grado de consanguinidad existente entre ambos, se enamora de forma impetuosa como las mozas de toda condición suelen hacer cuando les ha sido vedado”.

“Un joven noble, dotado por natura de generoso espíritu y vivo ingenio, el valeroso conde castellano Sancho Díaz de Saldaña -gentil estampa en los salones, airoso a caballo, diestro en el manejo de la espada, fuerte el empuje de su pica, fiel vasallo del rey asturiano- gana la pública amistad y el amor secreto de Ximena. Pasión correspondida, que el fluir del tiempo hace notoria al mostrar la doncella signos evidentes de preñez. Gestación que, a pesar de enraizarse en el amor más puro, mancilla cuando se produce fuera de las uniones que Dios ha bendecido”.
“Abandona la sangre el rostro de Alfonso urgida por el apresurado corazón. En fiero lo convierte la ira: ojos ígneos y un rictus bárbaro en la boca; de modo que mil enemigos huirían de su encolerizada presencia. Oscureciendo ayes y lamentos, las reales órdenes portan una firme voluntad de observancia: Tú, impúdica, acrecerás la menguada virtud en un convento; el Conde, traidor, será preso hasta la muerte; y del bastardo, nacido del pecado, no quedará vestigio que sea nuestro estigma”.

Oyéronse unos golpes secos que bien pudieran ser obra de los soldados del Rey; no obstante, nacían de las cabezadas del asno en la puerta del corral, destinadas a forzarla para alcanzar la hierba. Las afectadas voces de Teudenio y Marina ponían angustia en la actitud de los personajes, y el medido agitar de brazos y cabeza de los muñecos, generaba una tensión que por momentos se iba adueñando del ambiente. Ignorantes de las pasiones que arrastran a los adultos con frecuencia, quedaban los niños en ayunas del argumento, pero al igual que los mayores tenían sus ojos clavados en la acción ocurrida bajo el toldo del carro, imponente castillo de sólidos cimientos y elevadas almenas, poblado por nobles y villanos en armonía forzada. Emocionado, el imperturbable narrador proseguía el relato:

“La desdichada amante, la infeliz enamorada queda recluida en la abadía de Fusiellos; comunidad de linajudas damas, señoras de biografías semejantes a la suya. Sin profesar ni tomar hábito por considerarse esposa, madre sin vástago a quien cuidar, reduce el ocio confeccionando filigranas de encaje, labor apenas estorbada por irreflexivos rezos y hondos suspiros. Como si de indómito enemigo se tratara y metida en fierros estuviera su energía, la custodian media docena de soldados disimulados de labradores”.

Representación medieval en Valdepero

Cuadro Segundo.
Aparentaban los trapos del decorado una mazmorra en penumbra. Dentro de la angosta celda, un hombre encadenado se dolía tristemente de su sino. El narrador continuaba la exposición de los hechos, interrumpido a veces por las quejas del confinado; lamentos que el propio Teudenio había de ejecutar mudando la voz resuelta en otra desvalida:
“Tras una defensa infructuosa que da con diez soldados en tierra, el Conde, ignorante de la suerte corrida por su amada, cae en la celada dispuesta por el rey Alfonso. Cargado de grillos y cadenas, la tropa lo conduce a la pétrea fortificación situada a una legua de Palencia, castillo vigilante de la ribera en arco del Carrión, límite elevado de la villa que tomó el nombre de Valdepero en la repoblación reciente”.

En tal momento del pasaje, los espectadores de cualquier edad nacidos en la comarca inflamaban de orgullo su pecho, pues ese Valdepero de la historia no era otro que el nuestro, próximo a Fusiellos, hoy Husillos, mencionado también por Teudenio en su exposición. Yo mismo, que sujetaba un soldado con cada mano, no pude evitar un temblor perceptible, que debió de mostrar a los armados como consumados cobardes.
“En cuanto preso y custodios, tras llegar a la explanada del castillo, suben al ajarafe, cumbre de los recios muros, para leer y oír la sentencia; pide Sancho Díaz su acero, pues desea orar ante la cruz de la empuñadura como tiene por costumbre. Sobre el último amén, bajo la sorprendida mirada de los guerreros, con toda la energía de que es capaz su fuerte brazo, inserta media hoja entre dos piedras sillares bien ajustadas. Violencia sustitutiva, acaso, de la que, en ese momento de cólera inconmensurable, desea descargar sobre el duro corazón del soberano, tan casto como cruel y tan cruel como casto. Empeño ponen varios soldados en liberarla, y ni juntando sus fuerzas lo consiguen”.

“Recibe el Conde penoso aposento en una mazmorra insalubre y lóbrega, húmedos cimientos de roca viva carentes de los huecos que suelen formar puerta y ventanas; hoyo al que desciende en vilo a través de un pequeño lucernario abierto en el techo. En un capacho de masiegas los carceleros bajan los alimentos y alzan los desperdicios. El sol con sus interrumpidos rayos habla al preso del abreviado día y de la alargada noche, del cielo azul y el nuboso manto, de las estaciones cálidas y frías”.

“Tras el empeño de que nada descubra su origen, bautizan las monjas al recién nacido el día preciso de San Bernardo, dándole ese mismo nombre. Si ha de morir, se dice la madre superiora de la abadía, mejor hacerlo en la condición de cristiano. La hermana tornera, encargada de entregar el infante al verdugo, buscando infundir más énfasis a sus palabras, sugiere que las instrucciones escuetas y precisas trasmitidas por ella, provienen de un personaje acostumbrado a ser obedecido de todos sin obligación recíproca. Dócil de suyo la religiosa a más de por los votos profesados, con harto dolor de su corazón entrega la criatura a quien hace en el convento las veces de sacristán, jardinero y hortelano”.

“Mudo de nacimiento, trátase de un sombrío alquimista y astrólogo, intuitivo hasta el punto de armar con escasos detalles conjeturas que al cabo resultan bien ciertas. Sin perder de vista la suposición forjada, tuerce las intenciones homicidas de quien está en situación de imponerlas, señor principal desde luego, puede que el mismísimo Rey. Siguiendo el dictado de su voluntad desafiante, tatúa la divisa regia al recién nacido y lo abandona ante el postigo del castillo de Montesón. Frecuenta esta puerta trasera, según el acertado saber del adivino, la esposa del señor feudal, linajudo caballero temido en los contornos en razón de las frecuentes levas y requisas. Delatan los vagidos la mínima presencia, y Aldonza, la señora, toma al recién nacido a su cuidado. En adelante le procurará atenciones de madre, las mismas que a la pequeña Elvira, su verdadera hija, nacida por entonces”.

Sonreía, cómplice del narrador, la concurrencia; pues el Montesón mentado había de ser por fuerza el pueblo llamado Monzón, sito al norte, en el lado izquierdo de la carretera de Santander. Lo riega el río Carrión fertilizando su vega, y como sólo dista cuatro kilómetros del nuestro, rivalizan ambos en pasadas glorias y hasta en la presente andadura. Posee Monzón de Campos parada del ferrocarril, que a nosotros nos huye a resultas de la irregular geografía; si bien, la fábrica de su castillo actual se muestra pobre comparada con la espléndida del levantado en Valdepero. Sabía Teudenio el efecto de los nombres conocidos, y los citaba con prodigalidad, parsimonia y complacencia.
“Herido en su amor propio, Alfonso II el Casto jura mortificar a los transgresores con el mayor castigo que el rencor puede concebir. Así se las ingenia para que los enamorados se sepan inmediatos, uno cerca del otro sin poder verse ni oírse, ignorando el destino del hijo arrancado del seno materno en el primer sorbo de vida. Consigue el Monarca en demasía su propósito, pues inflamadas las mentes de los confinados hasta límites cercanos a la locura, ansían reunirse, santificar su cariño y encontrar al infante destinado por Dios a gobernar varios reinos”.

“Ximena, a un tiempo alentada y abatida, confía a las avecillas mensajes tiernos dirigidos al cautivo Conde, al hijo de ambos, vivo si del corazón se fía, muerto si el cerebro impone su opinión. Corcel trabado, el tiempo avanza tardo sobre la desesperación de los amantes, hiriéndolos con el insistente retumbo de sus cascos. Bajo las piedras que asientan la mazmorra, Sancho de Saldaña orada sin descanso un pasadizo. Progresa en dirección a la Abadía, y su visión disminuida por la permanente oscuridad le sirve apenas para conservar la línea recta. Se deba al despertar de la misericordia, a la espera interesada de alguna recompensa o a la sabida ineficacia de su severidad, lo cierto es que se suaviza el rigor de los carceleros y bajan herramientas cuando les son pedidas o izan la tierra resultante junto a los residuos”.
“Protegido de la Fortuna personificada en la bienhechora Aldonza, mujer de gran entereza, decidida y juiciosa, dotada por añadidura de un carácter plácido, crece Bernardo feliz, ocupando su tiempo entre los juegos con Elvira a la que sirve de paje y la formación necesaria a todo muchacho. No es de extrañar que, en tales circunstancias, prenda en los niños una apremiante necesidad de estar juntos y confesarse unas cuitas carentes aún de trascendencia.

Castillo de Monzón de Campos (Web del Ayuntamiento)

Cuadro Tercero
Un campo simulaban los lienzos; llanuras y altozanos se sucedían en sus pliegues. Se perdía en la lejura, delimitada por cuestas casi llanas, la bien imitada vereda de fieltro pardusco; caballeros en briosos corceles de tafetán ceniciento lo recorrían; y proseguía el narrador su discurso entre los ecos de una sombría canción que Marina, la joven huérfana, desgranaba enternecida, metida de lleno en la piel de la infeliz Ximena, dos veces torturada.

“Adolescente despierto e industrioso, crece Bernardo en el castillo de Montesón desconociendo su verdadero origen y el significado del dibujo grabado en la piel. Entre los rígidos ejercicios de adiestramiento y las cuantiosas labores asignadas, va fortaleciendo un amor amparado por Aldonza. Sabe la madre de Elvira que su hija venera a Bernardo. Ojos, manos y suspiros son los encargados del involuntario pregón. Y resulta el mensaje tan nítido e insistente que hasta el padre percibe los destellos. Mas de un corazón inhóspito y egoísta en sumo grado, cabe esperar que persiga planes ambiciosos, procurando sumar territorios y mesnadas por mediación del pretendiente. Separa a los muchachos como era de temer; da las ordenes precisas para que habiten dependencias alejadas y en las actividades comunes fija su posición de modo que les resulte dificultoso hablarse”.

“Un infierno arde inextinguible en el castillo, y no son los enamorados los únicos dolientes: sufre Aldonza con ellos por partida doble, una por cada amor contrariado. Cierta tarde quieta de primavera, un grupo de jinetes -los apasionados jóvenes, el padre y sus amigos- allá por los campos de Valdespina, trota tras la jauría perseguidora de un jabalí. Una viborilla surge de entre las piedras bajo las mismas herraduras. El corcel de Elvira, desbocado, parte como un rayo hacia un cercano bosquecillo, inicio de un valle húmedo cubierto de pasto. Brinca la cabalgadura para salvar el obstáculo que supone un tronco caído entre peñas, y da con la doncella en blando suelo, suave tierra alfombrada de esponjoso musgo y flores profusamente pigmentadas. A su lado corre Bernardo como el viento, como la sangre llamada por la herida. Reciben sus brazos a la amada y en un beso espontáneo, largo tiempo contenido, sus labios húmedos devoran a los que se rinden sin lucha. Llega raudo el receloso padre, a tiempo de sorprender la brevedad del dulce galanteo, y a latigazos rompe la armonía de la composición pictórica. Sucede en ese instante tan rico en emociones contrapuestas: Bernardo es expulsado del castillo como Adán lo fue del Paraíso, y acaso por motivos coincidentes: la transgresión, el avance de la voluntad rebelde a través de espacios prohibidos”.

“Desde la mazmorra de Valdepero se prolonga, largo y oscuro, el estrecho túnel excavado por la esperanza nacida de la desesperación. Avanza a duras penas descubriendo las raíces hondas de los árboles, rompiendo terrenos densos trabados de rocas. De quererlo, el Conde podría liberarse; pero dirige el túnel hacia Fusiellos: ansía oír, sentir a Ximena. Sabe que si huyera, el ejército al completo, una patrulla desorientada y hasta un solo escudero inhábil prenderían a un vagabundo casi ciego. Ximena intuye la cercanía que el corazón avisa, y escucha en silencio, durante largos ratos de atroz monotonía, el golpeteo de la azada y unos pasos imposibles”.
Descubría la historieta el origen de un antiguo mito, referido por los abuelos de la comarca a sus nietos: unen sendos conductos el castillo de Valdepero con el de Monzón y la Iglesia de Husillos. Un murmullo entrecortado de exclamaciones suspendió el relato un instante, pues Teudenio hizo un alto en el camino, parada momentánea, ya que aún quedaba mucho texto.

“Humanitario y culto, el abad acoge en el monasterio de Lebanza al joven Bernardo, viajero sin rumbo que cruza los espacios más ásperos de su existencia. En efecto, separado de Elvira por la fuerza, marcha sin gobierno con los pies y el corazón llagados. Escuela de altas enseñanzas, internado de nobles herederos: Filosofía, Retórica, Teología y Ciencias Naturales son allí afán cotidiano. Sin efectuar ningún pago ni trabajo servil que compense el trato recibido, permanece Bernardo los años precisos para que su ingenio bien dotado fructifique. Perfecciona el arte de la espada, con la lanza es hábil hasta extremos infrecuentes, adquiere los modales que todo caballero debe presentar ante la corte y notables conocimientos en materias principales”.

“Estimándose digno de Elvira a pesar del enigma de su origen, regresa Bernardo al castillo de Montesón. Allí la desgracia ha tomado la fortaleza y Aldonza naufraga en un mar de lágrimas. Su marido, acusado de felonía por un brioso conde leonés, no encuentra paladín para el juicio de Dios. Pálida y delgada, Elvira suplica asistencia a Bernardo, quien por su origen no puede ser armado caballero. Cree Aldonza llegado el momento de anunciar la regia estirpe de su antiguo acogido, acreditada por los signos grabados en el hombro. Hizo la mujer averiguaciones que desde la Abadía de Fusiellos la llevaron a la corte del rey Alfonso. Se ensancha el corazón de Bernardo cuando ve el blasón íntegro del escudo -réplica del dibujo tatuado en la piel curtida- azor en campo de gules sobre una mano inmaculada de mujer. El Señor del castillo, siguiendo la fórmula de la arcana ceremonia, en uso de sus prerrogativas le nombra Caballero del Azor. Dispuesto a defender a quien a su felicidad se opuso, azote de su pubertad enamorada, desdeña Bernardo el peligro desgajado de la acción: su casto tío conocerá que vive, y de nuevo intentará perderlo.”

Al llegar a este punto se oyó un rechinar de hierros, roce y golpeteo que bien pudieran anunciar el encontronazo sufrido por lanzas y armaduras si no fuera su razón la que fue. El codicioso asno acababa de romper con su propia industria el alambre que sujetaba la puerta del corralillo, y forzaba ésta para entrar, sin que supusieran obstáculo calificado para detenerlo ni frenarlo, los chirridos nacidos de los herrumbrosos goznes. Para sí tomó Marina enseñanza del imitado fragor atribuido a Teudenio. Por el contrario, el hombre admiróse de lo bien que la joven simulaba el ruido conveniente; y prosiguió la narración procurando mayor énfasis.
“Lanza indoblegable, espada de imparable acometida, vence Bernardo en el duelo lavando el reducido honor del esposo de Aldonza, padre de su amada, señor del abuso y del castigo, infortunio de la gente campesina. Elvira desea darse por entero a Bernardo; él lo sabe y ansía recibirla; y quien posee la potestad de interponerse, forzado por las circunstancias, no se interpone. Pero antes de llevar el amor a feliz término, la nobleza de su sangre exige al muchacho aceptar su propio sino. Debe presentarse ante el Rey Casto, poner brazo y espada a su servicio, solicitar licencia para desposarse y liberar al Conde Sancho de Saldaña y a la Infanta Ximena. Nada emprenderá hasta verlos unidos para siempre en matrimonio, hasta dejar de ser bastardo”.

Alfonso II el Casto, tarjeta de Reyes Asturianos, con sello

 

Cuadro Cuarto
Se repetía el palatino decorado inicial. Mostrábase el muñeco que hacía las veces de monarca, y en su presencia un caballero se postraba de hinojos mientras otros nobles atendían reverentes su parlamento. La narración iba adquiriendo por momentos un tono dramático, en claro contraste con lo sucedido en el escenario. Marina, la pupila de Teudenio, comenzaba a emocionarse. La ocurría con frecuencia: tomaba el alma de los personajes representados –Ximena, Elvira, Aldonza y varias monjas en aquella obrita- y pasaba sin ningún lenitivo por sus mismos padecimientos.

“Bernardo no desea hincarse de rodillas ante Alfonso, su Señor, sin portar alguna ofrenda de relieve y magnitud apropiados; poco diría de su liberalidad, inclusive de su nobleza, el gesto de acudir a la audiencia real con las manos vacías. Le entregará un presente, piensa, digno de un Príncipe tan elevado que lo posee todo en considerable cuantía y de suma calidad. Despierta en aquellas fechas la adormilada guerra contra los seculares enemigos del reino, y Bernardo se incorpora a la disputa. Merced a la fortaleza de su perseverante brazo y al ingenio de su mente serena, conquista y ocupa nuevas comarcas formando con ellas escabel para el excelso Soberano. Mas el Rey, que por casto no tiene descendencia, temeroso del derecho al trono que asiste a su sobrino, pospone una y cien veces la entrega de su enclaustrada hermana y del Conde preso, retrasando en consecuencia el sacramento que pondrá término a su deshonrosa bastardía”.

“Durante meses permanece en erupción el volcán ardiente de la lucha, con suerte despareja la contienda se prolonga más allá de un año; y el propio Rey, buscando inclinar a su favor la equilibrada balanza, se suma a la vanguardia asistido por los caballeros más capacitados. En el fragor de la batalla, cuando se combate cuerpo a cuerpo, Bernardo descubre al monarca -penacho de plumas, armadura resplandeciente- descabalgado en medio de enemigos; y en espontánea reacción le cede su caballo, salvándolo de una muerte cierta”.
“Alcanzados los objetivos marciales, llevada la paz a los calcinados campos de labor, a los cadáveres mellados, al dolor asentado en los hospitales de campaña, a las derruidas fortalezas, a las aldeas arrasadas y a la gente harta de sufrir privaciones; en pago de tan demostrada fidelidad, de tanto arrojo, el Rey entrega a Bernardo la heredad del Carpio y el título de Señor. No obstante, apoyado en fútiles reparos, incumple una vez más su regia promesa; palabra de rey que asegura la inmediata redención de Sancho de Saldaña y Ximena de Asturias -Castillo de Valdepero, Abadía de Fusiellos- y la celebración inmediata de las ansiadas nupcias, redentoras de la ilegitimidad filial, impedimento de importancia para un noble que pretende el trono alegando derechos de sangre”.

Con todo, es posible mantener viva la esperanza, porque si oponemos a un corazón pétreo semejante al del Rey Alfonso, una voluntad de bronce como la del, ahora, Señor del Carpio, conoceremos que, en los más de los casos, vence la tenacidad imperturbable de quien sabe que los senderos de la vida con frecuencia atraviesan angosturas. De todos es sabido: el impertérrito tesón, el indefinido golpear del martillo sobre el yunque, noventa de cada cien veces, se acaban imponiendo.
“En audiencia carente de aderezos revela el Casto la razón de su pureza, y Bernardo, sirviéndose de una sola mirada, calibra la impalpable solidez del estímulo secreto, firme impulsor de las acciones todas de Alfonso. La continencia carnal tiene un sentido práctico, y en ese instante alcanza el punto adecuado de temperatura y la presión idónea para ser expuesto al sobrino, que sufre un profundo desengaño, porque, mostrado, resulta que no es simple devoción como pensaba”.

“Persigue recompensa el Rey, y la quiere, falto de la capacidad de espera de los eremitas y de las mujeres piadosas, en este mundo imperfecto, valle de ardientes pasiones apagadas por las copiosas lágrimas vertidas. Pretende su ambición el Sagrado Vaso, continente de la sangre recogida por José de Arimatea, de aquella fuente abierta a lanzadas en el divino costado. Jesús de Nazaret, verdadero Dios hecho hombre, rodeado de Apóstoles, la víspera de su anunciada muerte bebió en él, escanciada por el Padre, la pasión salvadora de la humanidad completa: hombres de todas las razas y credos, de todas las épocas y lugares, de toda condición. Conoció Alfonso la existencia del Santo Recipiente y al instante quiso poseerlo. Inquirió a sacerdotes y alquimistas, escarbó en antiguos códices, leyó el relato de intentos fracasados, testimonio fiel de las andanzas de algunos osados que se hallaban a las puertas del hallazgo cuando la muerte les arrebató la vida; y en su cabeza fue dando cuerpo a una hipótesis que adquiría visos de realidad. Descubierto ya el sepulcro de Santiago Apóstol, la búsqueda del Santo Grial parecía la más encumbrada de las empresas, dignas de un dignatario como él, distinguido por el Altísimo. Casto se quiere a sí mismo el Rey, porque si estuviera en los designios de Dios la entrega a los humanos del Vaso, de su milagroso influjo, sólo lo daría a un hombre de castidad sin mácula, portador de una tersura de alma cuasi infantil, recto de intenciones, carente de apetitos egoístas”.

“Incierta aventura a la que desea dar principio, aun sabiendo que la indagación puede resultar infructuosa y volverse contra quien puso tanta osadía en abrir el misterio, si por cualquier motivo impenetrable no entrara en los planes divinos revelarlo. Por razón de semejante peso encomienda a Bernardo la dura tarea; quiere hacer del sobrino la inmutable prolongación de su propio afán, el brazo armado, lanza y espada que el Cuenco Sacrosanto conquisten: divino talismán, refugio seguro y herramienta efectiva. Uno serán ambos, pureza y bravura unidas, prestos a separarse si las circunstancias así lo aconsejaran. Con el Grial, el poder omnímodo; la gloria con el Grial, la liberación y la perpetuación del reino; la unión con otros feudos que ofrezcan fortaleza. Con el Grial, aliado del Gran Carlos en la Gran Europa”.

El Grial del Museo San Isidoro de León

 

Cuadro Quinto
Tornó el escenario a representar un campo transitado por caballeros, aunque quizá la geografía fuera en aquel preciso momento más inhóspita: picos y hondonadas formaban los pliegues de las telas, pasajes estrechos muy propios para la emboscada, fáciles para el paso encubierto de cualquier cauteloso furtivo. Se daba un tono de misterio en la voz de Teudenio, que seguía narrando la aventura sin que su voluntad de perfección decayera.
Debo advertir al lector, que el pasaje completo de la búsqueda del Grial, emprendida por el protagonista a instancias de su tío, no se trataba en la obrita del titiritero y la niña; acaso tampoco tenga su raíz en los textos leídos más tarde –dramas, epopeyas- y haya que buscarle manantial en el que mi imaginación presta a historias tanto o más descabelladas. Prevenido queda el lector, así que prosigo sin prejuicios ni reserva.

“Cerca de un año camina Bernardo hacia el Oriente, acompañado de dos nobles escogidos por Alfonso de entre sus paladines; caballeros cumplidos que de valor habían dado cuantiosas muestras. Leales al Rey y a quien el monarca señale, ponen en peligro su vida protegiendo la de Bernardo en trances difíciles. Discretos hasta forzar los límites de la naturaleza humana -oído cerrado y lengua muda- marchan sin saber el porqué de la exploración callada y sin querer saberlo. Paso a paso se acercan al horizonte por donde nace el Sol, imán de los desorientados; un día es Pompeya el destino, luego Eleuxis y el misterioso Kernos, y más tarde el Trono de los Arcos. Por la mañana persiguen una Copa, al medio día un Caldero y en la anochecida una Bandeja. Perecen los caballos al subir cuestas empinadas, al vadear ríos agujereados de remolinos, víctimas de la emboscada de la nieve y los alfanjes, de la extrema sed que portan los ardientes vientos del desierto cargados de tamizada arena”.

“Llegado a Tierra Santa, medio año emplea Bernardo en la averiguación del enigma. Descubre huellas de expediciones memorables, corrige las numerosas inexactitudes de los mapas, penetra en las memorias olvidadizas de ancianos a punto de devolver su espíritu al Creador, estudia legajos reservados a instruidos en doctrinas herméticas, desvela secretos escondidos en oscuras covachas por sus depositarios y desciende a criptas funerarias donde yacen héroes descalabrados junto a valiosos objetos y sus armas rendidas; y en el postrero de esos trajines mueren los nobles caballeros a manos de saqueadores. Queda solo el sobrino de Alfonso, en efecto; pero los jirones de verdad, la minúscula evidencia y los indicios palpables, unidos de forma precisa, interpretados de manera eficaz, forman una flecha cuya punta manifiesta el sentido de la búsqueda. La prolongada peripecia que la ilusión acorta y el desengaño alarga, le va acercando palmo a palmo al Cáliz, lo aleja legua a legua. Oraciones reforzadas con dádivas generosas lo sitúan por fin en las proximidades, entregándole, cuando la esperanza se reduce ya a la puesta por la superstición en el azar, el ópalo y el oro hermanados, materia de la Venerable Copa. Ilustran su exterior, grabadas por una mano dominadora del oficio, algunas escenas vividas por el Héroe de la Cruz, a quien el Padre confirió la facultad de trocar en respetado trono el leño del patíbulo. Un claror sobrenatural la hace inconfundible; un prodigioso resplandor derivado de su esencia, que sólo las miradas limpias perciben y descifran”.

“Ocho meses ocupa el regreso de Bernardo, restados en su integridad al reducido tiempo favorable, al delgado lapso que conserva sobre el yunque la incandescencia del hierro sujeto el imperio del martillo. Ida, búsqueda y retorno: considerable rezago en la empresa de unir a sus padres, en la grata ocupación de hacer feliz a la adorada Elvira, la novia más paciente que la reata de siglos ha entregado a la memoria. La travesía, orientada por lugares donde la lucha supone una dificultad constante, resulta enmarañada. Recurre a lanzas, a espadas mercenarias, ignorantes del tesoro protegido; y se ve envuelto en batallas de una guerra intermitente, que viene del temprano despertar de la ambición humana y llegará, es muy probable, hasta el final de las personas. Dificultad incrementada por el miedo al deterioro, a la pérdida y al robo del Preciado Cuenco que integra su fortuna. Señor de los señores, potencia de potencias, Alfonso II el Casto, rey y tío, en pago de tan elevado servicio procurará a Bernardo bienes innúmeros: la redención del pecado original que tanto le importuna, el abrazo enamorado de Elvira, hijos que vayan más allá que él, el propio Reino y la inmortalidad de sus hazañas cantadas por inspirados trovadores”.

Vista parcial del castillo de Valdepero

Cuadro Sexto
Por la forma de ambientar la parte trasera del carro, cualquiera de los presentes en el Patio de Castaño podía entender que la acción iba a desarrollarse de nuevo en un castillo. Tiñóse el relato de tonos lóbregos, y las voces resonaron entre solemnes y apesadumbradas. Teudenio ponía una vez más al servicio del texto toda su capacidad de recrear ambientes de incertidumbre y sospecha, consiguiendo que mayores y pequeños estuvieran muy atentos a las palabras surgidas de su boca y a los movimientos provocados en los muñecos por sus habilidosas manos. Marina, la niña huérfana, haciendo suyas las emociones de los personajes, contribuyó a la perfecta dramatización. Yo estuve mirando de reojo a la encantadora muchacha durante toda la obra, recuerdo, atraído por la armonía de su rostro y la gracia de sus animaciones, admirador en cualquier caso de la perfecta ejecución del papel encomendado.

“Ya en Europa, cuando, la parte más dificultosa de la ruta ha sido superada, Bernardo disminuye las precauciones y en una noche sin luna, mientras duerme, le despojan del Grial. Los mentidos mercenarios de su escolta, dóciles a señor principal atraído por el Vaso al igual que el Rey de Asturias, se lo arrancan del lugar oculto entre las ropas en que lo cosió a salvo de testigos. Abandonado a su suerte lo dejan; quebrada la lanza y espantado el corcel que debía devolverlo a sus ineludibles compromisos”.
“Nuevas pruebas de ingenio y tenacidad hubo de dar Bernardo para salir con bien y en tiempo breve del aprieto; las dio muy suyas, y tras visitar a Elvira, criatura asentada en su pensamiento íntimo, puede relatar al Soberano, sin añadir ni quitar hierro, los momentos dispares del milagroso hallazgo y del extraño robo. A estorbo del Cielo atribuye Alfonso el fracaso de la expedición: el verdadero Dios condena los sueños imperiales, la soberbia que empuja a los excesos. Recibe Alfonso a Bernardo con ceremonial de Príncipe; y admite que el esfuerzo, baldío a pesar de los pesares, debe ser premiado. Está en deuda con Bernardo, sangre de su sangre, y desvelándole los lugares donde tan próximos y tan alejados han pasado sus padres cinco lustros, cumple al cabo la promesa mil veces quebrantada”.

“En el salón del trono del castillo de Valdepero, el Conde don Sancho Díaz de Saldaña, revestido con sus signos de poder, ocupa el sitial de honor cuando Bernardo llega a besarle por primera vez la mano. Al fin padre e hijo frente a frente: una vida entera que decirse, todos los sentimientos que expresarse. La fría piel de las manos y del rostro, los cerrados ojos ciegos, la ausencia de aliento cálido, el color descolorido, macilento; le dicen, uno a uno y en conjunto, que su padre no es un hombre, que su progenitor es ya un cadáver y el cuerpo abrazado es el de un muerto. Y el mundo con sus montañas, llanuras, ríos, mares, precipicios, se le viene encima en un instante, espalda insuficiente, aplastándolo. Abre el odio acumulado la espita de su corazón magnánimo, y colma una escudilla hasta los bordes. El execrable proceder del Rey Alfonso con el hijo de su hermana, su único heredero, desborda el recipiente al añadir esta nueva felonía, que el género humano, por nueva y espantosa, aún no ha dado nombre”.

Antigua Abadía de Husillos

“Enérgico y sensato, Bernardo domina la cólera y reacciona con presteza. Va a Fusiellos, se dirige a la Abadía, abraza a su madre confundida y sin dar tiempo a las palabras –preguntas y respuestas miles- vuelve con ella hasta el Castillo. Junta las manos de los responsables de su vida: la mano amada, fría, deseada; mano muerta de amado ya extinguido, de anhelo vulnerado; y la mano amante, enamorada, trémula, entregada: nieve y sol fundidos. Y sin tiempo para ceremonias más prolijas, Bernardo de El Carpio, Caballero del Azor, en el salón del Trono del Castillo de Valdepero; con ayuda de un anciano sacerdote de cansadas pupilas, los declara, Conde Sancho Díaz de Saldaña y Ximena de Asturias, ante el Cielo y la Tierra eternamente unidos en santo matrimonio. Dura la ceremonia un lapso mínimo y en él se da la mutación, porque el bastardo, dejando de serlo, se convierte en legítimo heredero. Nada ni nadie se interpondrá en su camino hacia el regio trono y el amor de Elvira”.

“Entendiéndose dueño o porque asume el altruista compromiso, con sobrehumana pujanza que apenas se percibe, Bernardo arranca de la dura piedra el acero que su padre clavó con tanta saña. Sabida y celebrada durante décadas como la Espada del Reino, ante ella naufragaron orgullo y ambiciones. Y los soldados que montan guardia, los que la han rendido y los que esperan formarla; vitorean al príncipe heredero de Asturias y Cantabria, de Galicia, de León y de Castilla. Bernardo, erguido sobre la alta torre, levanta hacia al sol el brazo fuerte, y en su puño de hierro se asienta firme la férrea empuñadura de la espada. La cruz invertida se eleva en la finita vertical de su hoja destellante, hasta tocar con la afilada punta los primeros pliegues del más cercano de los siete cielos. Es de rabia el rayo reflejado, forja y temple, y reclama ir contra el Rey y conducir sin sentimiento la venganza. A la Corte irá secundado por cientos de voluntarios, acaso miles; surgidos de todas las aldeas, de todos los campos de labor, de todas las majadas. Pero antes ha de disponer las paternas exequias con la dignidad máxima que las circunstancias consienten, y dejar a su madre, una infanta Ximena encanecida, en el castillo de Montesón al cuidado de la amada”.

Fachada principal del castillo de Valdepero

Cuadro Séptimo
De nuevo el escenario mostraba un terreno abierto, valles pronunciados, abruptas montañas, algún llano. Por esos pagos trotaban ordenados los caballeros que luego se agitarían en batalla confusa. Diez manos hicieron falta, y los chiquillos llamados por Teudenio aceptaron el encargo agradecidos. El dramatismo del texto interpretado por el narrador llegó a su clímax; quejas y gemidos penetraban en los abiertos corazones y Marina no pudo remediar que el sentimiento dominase su estremecida voz. Entre tanto, yo, el chaval travieso y rebelde que llamaban Pedro Demonio los vecinos, motor del caballo de Bernardo, cabrioleé sin descanso para enamorar a la bella niña en el papel de Elvira.

“El célibe Rey de los Astures, tras la idea de la unión de reinos que más fuertes los haga, pretende unir los suyos al Poder incardinado en hombre, a Carlomagno. En la Corte tantean la amenaza que llega a villas y heredades; de modo que pueblo y nobles reciben a Bernardo con honores que sólo a los reyes se dispensan. Una vez más el corazón sangrante y la cabeza gélida se baten en duelo; y los dos caballos de siempre, albo el de la derecha, el de la izquierda oscuro, arrancando raudos en sentido opuesto, tiran de los miembros doloridos. Tiene a su alcance la dicha que le debe a Elvira, el dulce trago del amargo desquite y la llamada angustiosa de la patria. Por encima de los domésticos temores, sobre el lamento de las pretensiones personales, destaca clamoroso el crecido rumor de las armas invasoras: la Batalla de los Siglos, Roncesvalles, lo reclama”.

“Allí la hecatombe se avecina. Los esforzados brazos de la granada Europa portan sus armas más preciadas. Allí, Durandal; allí, la Espada del Reino liberada de la piedra, castillo de Valdepero; allí, el fragor de la lucha encarnizada. Nervio y sangre; hostiles los metales, los miembros, los huesos que soportan los sensibles tejidos de los cuerpos, los gritos que desgarran las gargantas y las testas cercenadas. Caen soldados a los pies de los caballos. Ruedan por los suelos, sin alma, paladines. Los Doce Pares, caen. Cae Roldán, protegido de los dioses, a manos del Caballero del Azor, Señor del Carpio. Y a manos de Roldán,
cae Bernardo”.

Batalla de Roncesvalles

Conclusión
En tan dramático momento, entre aplausos de inquietos chiquillos y emocionados adultos, bajaba el telón, que no era pieza distinta de la cortina encargada de oscurecer el interior del carro desde la trasera. Los peones de las varas y los situados atrás, dos a cada lado, permanecían hincados en tierra aunque algo inclinados hacia el exterior debido al continuo ajetreo soportado. Marina y Teudenio, partiendo de la espalda de los espectadores, en línea casi con la calle Mayor, los abordaban presentándoles las cestillas de la colecta en el momento idóneo. Con todo, se daban casos de mayores que echaban una perra gorda y de niños que habiéndose gastado la propina entregaban canicas o tabas. El jumento, de alzada considerable y cano hasta la última cerda, salía del corralito lamiéndose los belfos oscuros con la lengua rosada. Algunas mujeres, seguidas por sus vástagos, iniciaban el regreso a casa portando las sillas utilizadas durante la función; otras se quedaban comentando lo visto y oído.

Es tan pródiga la literatura universal en personajes contrariados, que resulta atrevido situar en el pináculo de la malaventura al encarnado por Elvira, castellana de Monzón y perpetua prometida de Bernardo. Son tantos los héroes sufridos, creados por autores de dramas y tragedias, que acaso sea sólo uno entre ellos Bernardo, noble sobrino del rey Alfonso, quien situó los intereses patrios, las guerreras obligaciones, las causas caballerescas y los deberes filiales por delante de su propia felicidad, cifrada en desposar a Elvira, la mujer amada, para vivir a su lado educando en las buenas costumbres a los hijos.

Las dos noches memorables en las que la obra fue representada por completo y profusamente aplaudida –no cuenta el ensayo previo de la víspera de San Antonio- colaboré con Marina y su protector; y en ambas ocasiones, al producirse la muerte del héroe, mis ojos se anegaron en lágrimas. No es de extrañar, por ello, que pasados los años, convertido yo en un hombre entero y verdadero, siga llevando impresa en mi memoria la leyenda de “La espada invencida de Bernardo”, tal como la refería el titiritero y juglar que llevaba por nombre, sacado  de la epopeya de Bernardo Balbuena, el de Teudenio.

Semanas después, meses inclusive, llamados por la voluntad o presentados de forma espontánea, repetía yo de memoria párrafos enteros del texto escuchado. En cuanto me acostaba, a oscuras y en silencio, transformábame en el animoso Bernardo de El Carpio y emprendía en mi mente aventuras sin cuento impulsado por el amor de Elvira. Regresaba de las campañas cargado de gloria, y con mi amada, ya esposa, me retiraba al campo sin esperar recompensa alguna del Rey. En una aldea elevada sobre los suaves valles de El Cerrato o asentada en la llanura de Tierra de Campos, donde ni el honor ni la hidalguía nos pedían cuentas que no quisiéramos rendir, vivíamos en armonía vecinal vigilantes del libre desarrollo de nuestros hijos. Es cierto, el rostro de mi amada en los recurrentes sueños, coincidía a la perfección con el de la bella muchacha de trenzas rubias, mejillas rosadas y ojos vivarachos llamada Marina, que prestaba a Elvira la voz y el movimiento en la historia mentida. Rostro amigo el de la huérfana, que en los días de mayor aflicción resultó ser bálsamo para mis magulladuras, frágil divinidad a quien pedía ayuda en las dificultades.

Me he preguntado muchas veces durante estos años si tenían un perro los cómicos; y no lo recuerdo. Un chucho callejero de esos que comen lo que encuentran al paso y, sin embargo, son fieles al dueño hasta la muerte de uno de los dos. Un can resistente a las enfermedades, del tamaño preciso para infundir respeto sin provocar temor, agrisado con algún corro negro o marrón oscuro, capaz de pasar inadvertido en cualquier paisaje campestre. Puede que tuvieran un perro así, de esos que no llaman la atención de nadie porque apenas ladran; pero no me acuerdo.

Efigie de Bernardo el Carpio, Plaza Mayor de Salamanca

La Espada Invencida de Bernardo el Carpio
Escrito e traduzido por Pedro Sevylla de Juana

Preâmbulo
Entre as imagens que povoam minha longa memória, são aqueles criados pela lenda de “La Espada Invencida de Bernardo” ouvida faz já quase meio século -alcançava eu os doze ou treze anos- a um titereiro conhecido por Teudenio, sujeito barbudo de uma velhice adiantada duas ou três décadas, em cujo modo de ser conviviam, o habitando, um comediante ambulante e um menestrel da Idade Média que costumavam se ajudar quando a situação o exigia.
Ia Teudenio sobrado de conhecimentos, já que adicionava ao saber dum professor de escola o interesse pela origem dos fatos que define os filósofos. Ele se comportava duma maneira prática a respeito dos grandes conceitos, atuando como um cético no referente a Deus e as particularidades que as religiões atribuem a divindade; mas seu sentimento era mais de desconfiança que de indiferença. No entanto, se descobria sonhador à hora de afrontar o dia a dia; tão longe do utilitarismo, como o esteve na sua infância, da que ainda tinha algumas nuances muito acusadas. Assim que, em comparação com a generalidade das pessoas conhecidas, ele sobressaía.

Confio em que se minha palavra não o descreve com clareza suficiente, adicione sua conduta a luz necessária, já que homem tão singular ia de aldeia em aldeia pelo Bajo Carrión e El Cerrato mais próximo à cidade de Palencia, recitando versos e representando pequenas piezas de teatro. Aspecto positivo da sua estrela, o ajudava —acolhida a seu generoso amparo- uma menina órfã de tez rosada, olhos brilhantes, nariz pequeno e tranças loiras chamada Marina. Usavam ambos, a maneira de vivenda móvel, uma carreta de varas toldada, cujo armação, ligeiro e resistente, era um prodígio de habilidade construtora. Puxava dele um jumento de considerável altura e grisalho até o último pelo, que levava os artistas até auditórios de bolsa minguada.

Em Valdepero, meu povo, se assentaram no Pátio de Castaño, ao lado da igreja e da cerca de servidão paroquial. Pelas frestas da porta do curral podia ver o burro grama abundosa; e uma vez desembaraçado de seus arreios, se aproximou à portinha se delambendo. Ainda não existia a fonte que alguns anos mais tarde, abriu a Câmara Municipal, no centro da praça. Por isso, se o carro simulava o cenário, o espaço era uma plateia que nem pintada servia ao titereiro para seus propósitos.
Quando a ação se emaranhava tanto que os braços de padrinho e afilhada resultavam insuficientes, ou o argumento reunia no primeiro plano um número incomum de personagens, era necessário adicionar vontades destras. Então Teudenio procurava voluntários entre os entusiastas da sua arte. Nestes me achava eu o 12 de junho, véspera do São Antonio Abade; e nada mais iniciar os preparativos quis participar nos mistérios desta técnica incrível. Devido ao meu natural curioso, acumulava eu fama de menino acordado, dado a contar estórias e a fabular; e brincalhão até um milímetro perto do intolerável. Não resultará estranho ao leitor que, com toda essa bagagem atrás de mim, ao tempo de recrutar colaboradores eu estava entre os escolhidos.

Tanto gostou o ensaio geral do trabalho aos presentes -às crianças os constantes maneios e aos idosos a trama- que o bom maestro da escola, Dom Roque, se comprometeu a preparar uma versão apropriada para as possibilidades cênicas existentes no povo. Com efeito, no salão de baile, ele começou a ler o texto do drama fixado com esse ponto de vista, no momento justo: um mês antes da festa de Nossa Senhora da Antigua, padroeira da vila. Escusado será dizer que, em seguida, Dom Roque e Dom Jesús, o bom sacerdote, colaboraram na formação dum grupo de atores pertencentes à Acção Católica: alguns aficionados, jovens solteiros, eles próximos ao serviço militar ou já voltados; e um par de recém-casados, que, compartilhando o amor das comédias, se fizeram noivos pelo procedimento simples de prolongar o primeiro papel representado: Romeu e Julieta, adaptação sui generis do drama de Shakespeare, discorrida entre Dom Roque e ambos protagonistas.

Pela minha parte, quando me senti capacitado e encontrei oportunidade, procurei justificação histórica para o romanesco relato de “La Espada Invencida de Bernardo”, encontrando ingrata a tarefa. É claro, no meio do século IX, quando a trama se desenrola, não existiam nem castelo nem abadia actuais. Mas, como é sabido que os mitos participam duma base certa, se presume que a fortificação e o cenóbio iniciais —precursores dos alzados agora- foram o suporte sólido da invenção. Originada esta de várias fontes, tais como as crónicas árabes, narrativas cristãs ou a desgastada tradição oral; nada impede que se aposenten na sua essência, ambiguidade e paradoxo.

Metido em estudos que deviam me tornar um cidadão livre, respeitado e próspero; eu tinha acesso a livros que continham algum aspecto relevante da lenda, tanto em verso como em prosa. Portanto, esta história é o resultado da conjugação de tais fontes e a contribuição que a força da minha imaginação tem sido capaz de adicionar; que não será penugem de ave, suponho. Com tudo, sendo o texto presente filho de cem pais —poetas alguns deles, historiadores outros, e até comediógrafos de renome- as maneiras são as que vi a véspera do São Antonio e o dia da festa, no Pátio de Castaño de Valdepero. De isso dou a fé que minha minguada capacidade de evocar admite.

Não só os confrades, toda a cidade estava envolvida plenamente nas férias: calçadas limpas, balcões ornamentados, moços asidos à sua condição masculina, meninas ansiosas por agradar, crianças incapazes de manter a calma para além de um breve momento, pais desassossegados pela estreiteza dos sapatos finos e o deficiente laço da gravata, mães empregadas na arrumação da casa, no arranjo da muda branca e a vestimenta elegante, na busca de ingredientes para completar a receita dum menu especial. Alvoradas, desfiles, missa maior oficiada por vários sacerdotes chegados ao cheiro do cordeiro assado, cerimônia realçada com a voz poderosa, rouca e firme, dum predicador jesuíta, flagelo dos incrédulos e dos tibios de coração.

Ao cair da noite, quando -crista arroxada, olhos, bico e início do pescoço violáceos- exibiam os moços o troféu das cabeças arrancadas aos galos vivos: trote forçado das mulas contra as aves aterrorizadas, patas atadas à corda que atravessava a rua; conhecida já a escopeta ganhadora do afamado concurso de tiro ao pombo: trinta e três abatidos, sem um só erro; depois da proba de arada: sulcos retilíneos num tempo mínimo; nesse momento mágico do crepúsculo, no espaço escolhido por Teudenio, a verdadeira representação dos títeres, formal e íntegra, estava pronta a começar.

Os pequenos erros descobertos no ensaio geral foram corrigidos um por um, e as mãos dos colaboradores se moviam já com apreciável soltura. Um buliçoso público abarrotava a praça: pessoas de todas as idades e condições. Sentadas umas nas cadeiras trazidas da casa, e as mais, em pé; vizinhos de Valdepero e forasteiros exteriorizavam seu entusiasmo. Conducida pela palavra sugestiva e acariciadora de Teudenio, a imaginação dos espectadores formava o cenário. Uma tela em branco, um tafetá vermelho e um feltro verde, manejados com sabedoria, podem ser suporte ou telhado de centenas de histórias.

Tinha a carreta os peões -tanto os de varas como os traseiros- cravados no chão, e as rodas trancadas com pedras em forma de cunha. Os intérpretes, Marina e Teudenio, se situavam na parte posterior da carreta con os pés no chão, já que a tábua do fundo era movediça. Uma prancha de palmo e meio, disposta junto ao travessão, fazia de mesa onde as bonecas evolucionavam. As ranhuras abertas na madeira ampliavam os recursos das mãos, permitindo deslizar os disfarces das figuras em sua constante evolução. Eram as vozes coisa dos titereiros, que as modulavam como e quando convinha. A menina imitava as várias nuances femininas; Teudenio se ocupaba das masculinas: simulador da conversa sossegada dos anciões, e da parla apressurada dos infantes.

 Espada de Bernardo Armería del Palacio Real

Biografia:
Académico Correspondente da Academia de Letras do Estado de Espírito Santo no Brasil, Pedro Sevylla de Juana nasceu em plena agricultura, lá onde se juntam La Tierra de Campos e El Cerrato, Valdepero, província de Palencia, em Espanha; e a economia dos recursos à espera de tempos piores ajustou o seu comportamento. Com a intenção de entender os mistérios da existência, aprendeu a ler aos três anos. Aos nove iniciou seus estudos no internado do Colégio La Salle de Palencia; seguindo os superiores em Madri. Para explicar as suas razões, aos doze se iniciou na escrita. Cumpriu já os setenta, e transita a etapa de maior liberdade e ousadia; obrigam-lhe muito poucas responsabilidades e sujeita temores e esperanças. Viveu em Palencia, Valladolid, Barcelona e Madrid; passando temporadas em Cornwall, Genebra, Estoril, Tânger, Paris, Amsterdã, Villeneuve sur Lot e Vitória ES. Publicitário, conferencista, tradutor, articulista, poeta, ensaísta, editor, pesquisador, crítico e narrador; publicou vinte e quatro livros e colabora com diversas revistas da Europa e América, tanto em língua espanhola como portuguesa. Trabalhos seus integram seis antologias internacionais. Reside em El Escorial, dedicado por inteiro às suas paixões mais arraigadas: viver, ler e escrever.