Benito Pérez Galdós

Contenido: Benito Pérez Galdós. Introducción. La Victoria del deseo, escrito en los dos idiomas. La Conjuración de las palabras traducido. Ensayo de Clarín sobre Galdós. Biografía. Obras. Videos

La estatua de Galdós inaugurada en enero de 1919 en el parque de El Buen Retiro de Madrid, labrada en piedra blanca de Lérida, es obra del escultor palentino Victorio Macho. Ambos, artista y modelo, amigos hechos en sus estancias en Santander, asistieron al acto de presentación de la escultura sufragada con dineros recogidos en cuestación popular. Galdós había quedado ciego tras las dos operaciones de cataratas, y apreció la escultura por el sentido del tacto.

Pérez Galdós y Victorio Macho ante la obra

 

Todo lo escribió este gigante de la escritura. Tan grande, que su obra podría constituir por sí sola la literatura completa de un país de tamaño mediano. Durante un tiempo viví en Valladolid en su calle; al final de la que lleva su nombre, en un segundo piso. Llegué a Madrid a los diecisiete años y de los dieciocho a los veintiuno, estuvimos uno frente al otro, Calle del Prado. Vivía yo en una pensión del número 21, y cruzando los seis metros de calle, estaba el Ateneo, que tantos y tan bellos recuerdos y experiencias había proporcionado a Galdós, y donde se alojan los más de sus libros; lector yo a diario hasta que cerraba la docta casa. Cuando, antes de cumplir los cincuenta, dejé mi puesto de trabajo en una empresa multinacional para escribir mi primera novela, fue a Pérez Galdós a quien pedí ayuda primero. Había traído yo a Madrid de mi casa paterna en Valdepero, algunos libros suyos ya leídos; entre ellos uno sin cubiertas cosido con fino hilo de bramante, que bien pudiera ser “Guerra de la independencia, extractada para uso de los niños”, pues cuenta con 349 páginas, acaba en Arapiles y termina con las últimas palabras de la narración del soldado Araceli: Amorosa y risueña me incitaba a ser lo que soy, el perfecto ciudadano español. No hay colofón y comienza en la página siete con el apartado II de Trafalgar. Son preciosas sus ilustraciones, posible trabajo del propio escritor.

Luego, en La Cuesta de Moyano y en las sucesivas librerías de viejo que iba encontrando en Madrid, o en las ciudades que visitaba por motivos de trabajo: Barcelona, Palma de Mallorca, Sevilla, Valencia o La Coruña, me hacía con nuevos ejemplares usados, de él y de otros, que acabaron formando la biblioteca de la casa de El Escorial, creciente en demanda de estanterías. Sí, Galdós me alimentó a intervalos más o menos distanciados, y su obra ha sido mi mayor y mejor nutriente. No sé lo que habrá de él en mis novelas, pero ha de ser mucho. Y hasta en mis relatos y poemas habrá formas o fondos suyos.

Me he preguntado muchas veces por su obra poética, convencido de que la hubo. Fue un escritor precoz, romántico él en esos años jóvenes. Aún me pregunto cómo sería la poesía lírica del escritor de “La sombra”. Conozco algún poema épico de lo poco que dio a conocer, quizá tímido de una timidez cerrada:

Un ruido sordo en el recinto suena
y los valientes de pavor transidos
contemplen todo con horrible pena
sus furores en miedo convertidos.
(…)
Disperso corre el engreído bando
a la vista del jefe furibundo,
con vergüenza y despecho deseando
que se lo trague el ámbito profundo.
¡Esclavo sin razón!, ¿por qué combates?
Humíllate al poder de los magnates.

O estos otros, satíricos, cargados de humor:

Es el espectro fúnebre
de aquel poeta extático
que a mártires y vírgenes
y apóstoles seráficos
colores dio poéticos
con sus serenos cánticos;
de aquel cuyos volúmenes,
que algunos llaman fárragos,
contienen más esdrújulos
que gotas el Atlántico.

Publicó en El Debate, noviembre de 1871, meses después de morir Bécquer, un artículo de análisis titulado “Las Obras de Bécquer”. publicó alguna crítica poética, dejándonos en ellas su idea y su respeto por la poesía, que los jóvenes de su tiempo, dice, han limitado a la belleza exterior, a la forma sin fondo. Propugna la poesía del pensamiento de los poetas alemanes, krausitas acaso. Escribió algún prólogo, también; y estaba al tanto de las corrientes poéticas y de los poetas. Creó numerosos personajes femeninos de gran hondura: Nina, Almudena, Nela, Clara, Fortunata, Perfecta, Rosalía, Gloria; tan solo como ejemplo. Poema y mujer. Poema y amor. ¿Escribiría poemas de amor que no se atrevió a difundir? Estuvo rodeado de mujeres hasta los diecinueve años: su madre, las tías, sus seis hermanas. Además, estaban las sirvientas. Conocía el universo femenino desde la posición de niño enfermo de asma, necesitado de cuidados. Fue el menor de diez hermanos y tuvo una madre dominante. Circunstancias que dan para iluminar la infancia y primera juventud incógnitas.

Su refugio debió de ser la poesía; estoy convencido. Leí, en mis tiempos de fiebre galdosiana, uno de esos poemas que ya he olvidado. Y me baso en mi propia trayectoria para tal sospecha. Recuerdo la época aquella en que descubrí el amor en Ana María Inmaculada, catorce años yo y ella algo así. Torrentes de poemas llegaron de improviso, que comenzaron tras las redacciones de los diez años y la pequeña novela de los doce, hija esta de mis abundantes lecturas. Pero a los catorce cristalicé en el sistema hexagonal como los copos de nieve, y Ana María  fue mi Sol: luz y calor en el centro de todo giro. A los diecisiete cristalicé en forma de cubo, primero fueron paredes transparentes como el Espato de Islandia, luego metálicas como la Pirita. Y esos tres años que van del hexágono al cubo, enamorado del amor y luego de la mujer, surgió la cascada de poemas enviados por correo, porque ella estudiaba en el Instituto y yo estaba interno en La Salle.

Leda y el Cisne, pintura de Gustave Moreau

Los dos Cisnes y Leda, Victoria del deseo
Poema de Pedro Sevylla de Juana
nas duas línguas

Cuarta Gracia de Rubens,
caminaba Leda, Primavera adelante
mostrando su belleza rotunda,
entre los transparentes pliegues
del tejido intangible que,
Reina recién desposada,
vestía.

A floresta alumiava o dia,
a Mata-Atlántica, o remanso do rio,
o rumor da corrente;
e os cisnes,
Blanco e Negro,
que ali se banhavam.

Se livrou Leda das insubstanciais vestiduras
para não as molhar,
e ficou tão nua como
quando ia vestida.

Enamoró a los cisnes de los que
se enamoraba sin propósito definido.
Oh, sus plumas límpidas. Oh, su cuello
de curva interrogante,
su elegante misterio.
Y los cisnes lucharon entre sí
 con todo el deseo
de su fuerza,
 con la fuerza toda
del deseo recién surgido.

Cabelos, rosto, ombros
braços, peitos,
o nácar de mil caracolas na pele rosada;
ventre, nádegas, coxas e a misteriosa
conjunção copulativa,
que acordava
do longo sonho
de castidade devido e reservado ao esposo.

Branco
e Negro
lutaram
pela escultura viva de mulher:
bicadas,
grasnidos
e puxões dos pescoços
enlaçados.

Los dos Cisnes, machos amigos da alma,
-têm alma esses animais-
señores de la hermosura animal,
de las armoniosas líneas,
se enemistaron por el afán reproductor
que puso en ellos Natureza.

Ganó Cisne Negro
y el blanco
huyó
a toda
prisa
picoteando su orgullo marchito
las plumas deshojadas,
las alas rotas,
el cuello desplomado.

Leda, testemunha da luta,
vivia os momentos com agitação virginal
enquanto os desejos, tanto tempo reprimidos,
iam desatando suas ligaduras,
despregando as dendrites,
sensibilíssima sensibilidade,
umedecendo a pele interna
 com um mel
tão líquido
como
 a água que recebia o sobejo.

Fue allí, en el estanque de las mil delicias,
donde el Cisne triunfador,
negras sus plumas brillantes,
iluminadas de su propia luz hasta
confundirse con el blanco inmaculado,
se acercó a la mujer de simetría perfecta,
figura de cálida y suave piel nacarada.

Lo esperaba Leda ansiosa y tímida,
señalando, más que cubriendo,
con las manos, su intimidad
trémula:
pechos altos, muslos prietos en la conjunción
esponjada, rebosante de melifluos deseos.

Não era humano Cisne Negro, porque era
o Pai Zeus, deus de deuses,
encarnado nele para possuir a Leda
e se adonar da sua imaculada pele de nácar
de seus peitos intatos
da sua intimide aberta
de seu desejo e seu prazer desbordantes
desbordados.

En el instante supremo de la Cópula
se oyó enérgico y suave
el Himno profano que tituló Eros:
“La victoria del Deseo”, compuesto
por Händel, Afrodita, Apolo e Himeneo
para ocasión tan memorable.

Essa longa e esplêndida sinfonia
de ritmo movediço,
que parecia ressuscitar com crescido vigor
após dos silêncios,
teve o efeito de acordar em mim a autocensura
e me evitar a descrição de tão
apasionado encontro.

Mal menor 
pues la imaginación de poetas y pintores
la ha dibujado en todas sus variantes posibles
durante los largos
siglos transcurridos.

PSdeJ Vitória ES Brasil 11 del 11 del 2016

Médico y amigo de Galdós, el doctor Marañón dice de él: “Y no puedo dejar de pensar ahora en Galdós igualmente soltero, por probable influencia de la emoción materna, hombre superviril y mujeriego, aunque tímido con las mujeres; y de inagotable ternura para los niños, cuyos juegos compartía y a cuyas opiniones daba tanta importancia como a las sentencias de los adultos más conspicuos. Yo mismo guardo, como uno de los recuerdos más gratos de la niñez, el de mis conversaciones sobre viajes, astronomía, medicina, política, etc., con el gran escritor.” Si no fue un don Juan, al menos fue un hombre a quien gustaban mucho las mujeres y de quien las mujeres se enamoraban. Tuvo varios amores asentados, y con Lorenza Cobián llegó a ser padre de una niña. Por sus obras sabemos como pensaba y todo lo que sabía sobre el amor y las mujeres. Por eso creo que, perdidos, borrados o entregados al fuego, Benito Pérez Galdós debió de escribir suficientes poemas de calidad más que aceptable.

Los libros de cabecera de Galdós, fueron, fundamentalmente, El Quijote y La Celestina; a ellos volvía una y otra vez. Páginas y páginas escribió para desarrollar un mismo asunto. No obstante, en su tiempo no era reconocido como autor de relatos breves. Emilia Pardo Bazán, amiga íntima, llegó a decir que no estaba tan dotado para el cuento, como para novela. Y lo dijo, escritora de cuentos ella, nada más aparecer los primeros de don Benito. Mi opinión es muy otra, por eso traduje al portugués uno de ellos. La Conjuración de las palabras. Cuento alegórico. Fue publicado en La Nación el 12 de abril de 1868. Va cuidado en todos sus detalles, y avanza lentamente como una pluma sobre el papel al formar líneas de caligrafía, o rauda, como cuando el dedo escribe sobre las nubes en el cristal de la ventana opaco de vaho. Se ha dicho que es una alegoría política de los días previos a la revolución de 1868. Está más clara la intención de poner en evidencia a los autores españoles del momento. El humor es un hilo conductor que empuja a intervalos el argumento, pues lo hay intencionado en planteamiento, nudo y desenlace.

La conjuración de las Palabras
Cuento de Benito Pérez Galdós

Érase un gran edificio llamado Diccionario de la Lengua Castellana, de tamaño tan colosal y fuera de medida, que, al decir de los cronistas, ocupaba casi la cuarta parte de una mesa, de estas que, destinadas a varios usos, vemos en las casas de los hombres. Si hemos de creer a un viejo documento hallado en viejísimo pupitre, cuando ponían al tal edificio en el estante de su dueto, la tabla que lo sostenía amenazaba desplomarse, con detrimento de todo lo que había en ella. Formábanlo dos anchos murallones de cartón, forrados en piel de becerro jaspeado, y en la fachada, que era también de cuero, se veía, un ancho cartel con doradas letras, que decían al mundo y a la posteridad el nombre, y significación de aquel gran monumento.
Por dentro era un laberinto tan maravilloso, que ni el mismo de Creta se le igualara. Dividíanlo hasta seiscientas paredes de papel con sus números llamados páginas. Cada espacio estaba subdividido en tres corredores o crujías muy grandes, y en estas crujías se hallaban innumerables celdas, ocupadas por los ochocientos o novecientos mil seres que en aquel vastísimo recinto tenían su habitación. Estos seres se llamaban palabras.

***

Una mañana sintióse gran ruido de voces, patadas, choque de armas, roce de vestidos, llamamientos y relinchos, como si un numeroso ejército se levantara y vistiese a toda prisa, apercibiéndose para una tremenda batalla. Y a la verdad, cosa de guerra debía de ser, porque a poco rato salieron todas o casi todas las palabras del Diccionario, con fuertes y relucientes armas, formando un escuadrón tan grande que no cupiera en la misma Biblioteca Nacional. Magnífico y sorprendente era el espectáculo que este ejército presentaba, según me dijo el testigo ocular que lo presenció todo desde un escondrijo inmediato, el cual testigo ocular era un viejísimo Flos sanctorum, forrado en pergamino, que en el propio estante se hallaba a la sazón.

Avanzó la comitiva hasta que estuvieron todas las palabras fuera del edificio. Trataré de describir el orden y aparato de aquel ejército, siguiendo fielmente la veraz, escrupulosa y auténtica narración de mi amigo el Flos sanctorum.

Delante marchaban unos heraldos llamados Artículos, vestidos con magníficas dalmáticas y cotas de finísimo acero: no llevaban armas, y sí los escudos de sus señores los Sustantivos, que venían un poco más atrás. Éstos, en número casi infinito, eran tan vistosos y gallardos que daba gozo verlos. Unos llevaban resplandecientes armas del más puro metal, y cascos en cuya cimera ondeaban plumas y festones; otros vestían lorigas de cuero finísimo, recamadas de oro y plata; otros cubrían sus cuerpos con luengos trajes talares, a modo de senadores venecianos. Aquéllos montaban poderosos potros ricamente enjaezados, y otros iban a pie. Algunos parecían menos ricos y lujosos que los demás; y aun puede asegurarse que había bastantes pobremente vestidos, si bien éstos eran poco vistos, porque el brillo y elegancia de los otros, como que les ocultaba y obscurecía.
Junto a los Sustantivos marchaban los Pronombres, que iban a pie y delante, llevando la brida de los caballos, o detrás, sosteniendo la cola del vestido de sus amos, ya guiándoles a guisa de lazarillos, ya dándoles el brazo para sostén de sus flacos cuerpos, porque, sea dicho de paso, también había Sustantivos muy valetudinarios y decrépitos, y algunos parecían próximos a morir. También se veían no pocos Pronombres representando a sus amos, que se quedaron en cama por enfermos o perezosos, y estos Pronombres formaban en la línea de los Sustantivos como si de tales hubieran categoría. No es necesario decir que los había de ambos sexos; y las damas cabalgaban con igual donaire que los hombres, y aun esgrimían las armas con tanto desenfado como ellos.

Detrás venían los Adjetivos, todos a pie; y eran como servidores o satélites de los Sustantivos, porque formaban al lado de ellos, atendiendo a sus órdenes para obedecerlas. Era cosa sabida que ningún caballero Sustantivo podía hacer cosa derecha sin el auxilio, de un buen escudero de la honrada familia de los Adjetivos; pero éstos, a pesar de la fuerza y significación que prestaban a sus amos, no valían solos ni un ardite, y se aniquilaban completamente en cuanto quedaban solos. Eran brillantes y caprichosos sus adornos y trajes, de colores vivos y formas muy determinadas; y era de notar que cuando se acercaban al amo, éste tomaba el color y la forma de aquéllos, quedando transformado al exterior, aunque en esencia el mismo. Como a diez varas de distancia venían los Verbos, que eran unos señores de lo más extraño y maravilloso que puede concebir la fantasía.

No es posible decir su sexo, ni medir su estatura, ni pintar sus facciones, ni contar su edad, ni describirlos con precisión y exactitud. Basta saber que se movían mucho y a todos lados, y tan pronto iban hacia atrás como hacia adelante, y se juntaban dos para andar emparejados. Lo cierto del caso, según me aseguró el Flos sanctorum, es que sin los tales personajes no se hacía cosa a derechas en aquella República, y, si bien los Sustantivos eran muy útiles, no podían hacer nada por sí, y eran como instrumentos ciegos cuando algún señor Verbo no los dirigía. Tras éstos venían los Adverbios, que tenían cataduras de pinches de cocina; como que su oficio era prepararles la comida a los Verbos y servirles en todo. Es fama que eran parientes de los Adjetivos, como lo acreditaban viejísimos pergaminos genealógicos, y aun había Adjetivos que desempeñaban en comisión la plaza de Adverbios, para lo cual bastaba ponerles una cola o falda que, decía: mente.

Las Preposiciones, eran enanas; y más que personas parecían cosas, moviéndose iban junto a los Sustantivos para llevar recado a algún Verbo, o viceversa. Las Conjunciones andaban por todos lados metiendo bulla; y una de ellas especialmente, llamada que, era el mismo enemigo y a todos los tenía revueltos y alborotados, porque indisponía a un señor Sustantivo con un señor Verbo, y a veces trastornaba lo que éste decía, variando completamente el sentido. Detrás de todos marchaban las interjecciones, que no tenían cuerpo, sino tan sólo cabeza con gran boca siempre abierta. No se metían con nadie, y se manejaban solas; que, aunque pocas en número, es fama que sabían hacerse valer.

De estas palabras, algunas eran nobilísimas, y llevaban en sus escudos delicadas empresas, por donde se venía en conocimiento de su abolengo latino o árabe; otras, sin alcurnia antigua de que vanagloriarse, eran nuevecillas, plebeyas o de poco más o menos. Las nobles las trataban con desprecio. Algunas había también en calidad de emigradas de Francia, esperando el tiempo de adquirir nacionalidad. Otras, en cambio, indígenas hasta la pared de enfrente, se caían de puro viejas, y yacían arrinconadas, aunque las demás guardaran consideración a sus arrugas; y las había tan petulantes y presumidas, que despreciaban a las demás mirándolas enfáticamente.

Llegaron a la plaza del Estante y la ocuparon de punta a punta. El verbo Ser hizo una especie de cadalso o tribuna con dos admiraciones y algunas comas que por allí rodaban, y subió a él con intención de despotricarse; pero le quitó la palabra un Sustantivo muy travieso y hablador, llamado Hombre, el cual, subiendo a los hombros de sus edecanes, los simpáticos Adjetivos Racional y Libre, saludó a la multitud, quitándose la H, que a guisa de sombrero le cubría, y empezó a hablar en estos o parecidos términos:
«Señores: La osadía de los escritores españoles ha irritado nuestros ánimos, y es preciso darles justo y pronto castigo. Ya no les basta introducir en sus libros contrabando francés, con gran detrimento de la riqueza nacional, sino que cuando por casualidad se nos emplea, trastornan nuestro sentido y nos hacen decir lo contrario de nuestra intención. (Bien, bien.) De nada sirve nuestro noble origen latino, para que esos tales respeten nuestro significado. Se nos desfigura de un modo que da grima y dolor. Así, permitidme que me conmueva, porque las lágrimas brotan de mis ojos y no puedo reprimir la emoción». (Nutridos aplausos.)

El orador se enjugó las lágrimas con la punta de la e, que de faldón le servía, y ya se preparaba a continuar, cuando le distrajo el rumor de una disputa que no lejos se había entablado.
Era que el Sustantivo Sentido estaba dando de mojicones al Adjetivo Común, y le decía:
«Perro, follón y sucio vocablo; por ti me traen asendereado, y me ponen como salvaguardia de toda clase de destinos. Desde que cualquier escritor no entiende palotada de una ciencia, se escuda con el Sentido Común, y ya le parece que es el más sabio de la tierra. Vete, negro y pestífero Adjetivo, lejos de mí, o te juro que no saldrás, con vida de mis manos.
Y al decir esto, el Sentido enarboló la t, y dándole un garrotazo con ella a su escudero, le dejó tan malparado, que tuvieron que ponerle un vendaje en la o, y bizmarle las costillas de la m, porque se iba desangrando por allí a toda prisa.

«Haya paz, señores -dijo un Sustantivo Femenino llamado Filosofía, que con dueñescas tocas blancas apareció entre el tumulto. Mas en cuanto le vio otra palabra llamada Música, se echó sobre ella y empezó a mesarla los cabellos y a darla coces, cantando así:
-Miren la bellaca, la sandía, la loca; ¿pues no quiere llevarme encadenada con una Preposición, diciendo que yo tengo Filosofía? Yo no tengo sino Música, hermana. Déjeme en paz y púdrase de vieja en compañía de la Alemana, que es obra vieja loca.

-Quita allá, bullanguera -dijo la Filosofía arrancándole a la Música el penacho o acento que muy erguido sobre la u llevaba-: quita allá, que para nada vales, ni sirves más que de pasatiempo pueril.
-Poco a poco, señoras mías -gritó un Sustantivo, alto, delgado, flaco y medio tísico, llamado el Sentimiento. A ver, señora Filosofía, si no me dice usted esas cosas a mi hermana o tendremos que vernos las caras. Estese usted quieta y deje a Perico en su casa, porque todos tenemos trapitos que lavar, y si yo saco los suyos, ni con colada habrán de quedar limpios.
-Miren el mocoso -dijo la Razón que andaba por allí en paños menores y un poquillo desmelenada, – ¿qué sería de estos badulaques sin mí? No reñir, y cada uno a su puesto, que si me incomodo…

-No ha de ser -dijo el Sustantivo Mal, que en todo había de meterse.
-¿Quién le ha dado a usted vela en este entierro, tío Mal? Váyase al Infierno, que ya está de más en el mundo.
-No, señoras, perdonen usías, que no estoy sino muy retebién. Un poco decaidillo andaba; pero después que tomé este lacayo, que ahora me sirve, me voy remediando.- Y mostró un lacayo que era el Adjetivo Necesario.
-Quítenmela, que la mato -chillaba la Religión, que había venido a las manos con la Política;- quítenmela que me ha usurpado el nombre para disimular en el mundo sus socaliñas y gatuperios.
-Basta de indirectas. ¡Orden! -dijo el Sustantivo Gobierno, que se presentó para poner paz en el asunto.
Déjalas que se arañen, hermano -observó la Justicia-; déjelas que se arañen que ya sabe vuecencia que rabian de verse juntas. Procuremos nosotros no andar también a la greña, y adelante con los faroles.

Mientras esto ocurría, se presentó un gallardo Sustantivo, vestido con relucientes armas, y trayendo un escudo con peregrinas figuras y lema de plata y oro. Llamábase el Honor y venía a quejarse de los innumerables desatinos que hacían los humanos en su nombre, dándole las más raras aplicaciones, y haciéndole significar lo que más les venía a cuento. Pero el Sustantivo Moral, que estaba en un rincón atándose un hilo en l que se le había roto en la anterior refriega, se presentó, atrayendo la atención general. Quejóse de que se le subían a las barbas ciertos Adjetivos advenedizos, y concluyó diciendo que no le gustaban ciertas compañías y que más le valiera andar solo, de lo cual se rieron otros muchos Sustantivos fachendosos que no llevaban nunca menos de seis Adjetivos de servidumbre.
Entretanto, la Inquisición, una viejecilla que no se podía tener, estaba pegando fuego a una hoguera que había hecho con interrogantes gastados, palos de T y paréntesis rotos, en la cual hoguera dicen que quería quemar a la Libertad, que andaba dando zancajos por allí con muchísima gracia y desenvoltura. Por otro lado estaba el Verbo Matar dando grandes voces, y cerrando el puño con rabia, decía de vez en cuando:
«¡Si me conjugo…!

Oyendo lo cual el Sustantivo Paz, acudió corriendo tan a prisa, que tropezó en la z con que venía calzada, y cayó cuan larga era, dando un gran batacazo.
Allá voy -gritó el Sustantivo Arte, que ya se había metido a zapatero-. Allá voy a componer este zapato, que es cosa de mi incumbencia.
Y con unas comas le clavó la z a la Paz, que tomó vuelo, y se fue a hacer cabriolas ante el Sustantivo Cañón, de quien dicen estaba perdidamente enamorada.
No pudiendo ni el Verbo Ser, ni el Sustantivo Hombre, ni el Adjetivo Racional, poner en orden a aquella gente, y comprendiendo que de aquella manera iban a ser vencidos en la desigual batalla que con los escritores españoles tendrían que emprender, resolvieron volverse a su casa. Dieron orden de que cada cual entrara en su celda, y así se cumplió; costando gran trabajo encerrar a algunas camorristas que se empeñaban en alborotar y hacer el coco.

Resultaron de este tumulto bastantes heridos, que aún están en el hospital de sangre o sea Fe de erratas del Diccionario. Han determinado congregarse de nuevo para examinar los medios de imponerse a la gente de letras. Se están redactando las pragmáticas que establecerán el orden en las discusiones. No tuvo resultado el pronunciamiento, por gastar el tiempo los conjurados en estériles debates y luchas de amor propio, en vez de congregarse para combatir al enemigo común: así es que concluyó aquello como el Rosario de la Aurora.
El Flos sanctorum me asegura que la Gramática ha mandado al Diccionario una embajada de géneros, números y casos, para ver si por las buenas y sin derramamiento de sangre se arreglan los trastornados asuntos de la Lengua Castellana.

Madrid, Abril de 1868.
Texto: Cátedra Letras Hispánicas, Edición de Alan E. Smith, 1997

A conjuração das palavras
Autor: Benito Pérez Galdós
Tradutor: Pedro Sevylla de Juana

Era um grande edifício chamado Dicionário da Língua Castelhana, de tamanho tão colossal e fora de medida, que, ao dizer dos cronistas, ocupava quase a quarta parte duma mesa, destas que, destinadas a vários usos, vemos nas casas dos homens. Se temos de crer num velho documento achado em velhíssima escrivaninha quando punham ao tal edifício na estante de seu dueto, a tabela que o sustentava ameaçava se desaprumar, com detrimento de todo o que tinha nela. O formavam  dois largos paredões de cartão, forrados em pele de bezerro jaspeado, e na fachada, que era também de couro, se via, um largo cartaz com douradas letras, que diziam ao mundo e à posteridade o nome, e significação daquele grande monumento.
Seu interior era um labirinto tão maravilhoso, que nem o de Creta o igualava. O dividiam até seiscentas paredes de papel com seus números chamados páginas. Cada espaço estava subdividido em três corredores ou distribuidores muito grandes, e nestes distribuidores se achavam inumeráveis celas, ocupadas pelos oitocentos ou novecentos mil seres que naquele vastíssimo recinto tinham sua habitação. Estes seres se chamavam palavras.

***

Uma manhã se sentiu grande ruído de vozes, patadas, embate de armas, roça de vestidos, apelos e relinchos, como se um numeroso exército se levantasse e vestisse a toda a pressa, se apercebendo para uma tremenda batalha. E a verdade, coisa de guerra devia de ser, porque inesperadamente saíram todas ou quase todas as palavras do Dicionário, com fortes e reluzentes armas, formando um esquadrão tão grande que não cabia na mesma Biblioteca Nacional. Magnífico e surpreendente era o espetáculo que este exército apresentava, segundo me disse a testemunha ocular que o presenciou todo desde um esconderijo imediato, testemunha ocular que era um muito velho Flos sanctorum, forrado em pergaminho, que na própria estante se achava na ocasião. Avançou a comitiva até que estiveram todas as palavras fora do edifício. Tratarei de descrever a ordem e aparelho daquele exército, seguindo fielmente a veraz, escrupulosa e autêntica narração de meu amigo o Flos sanctorum.

Diante marchavam uns heraldos chamados Artigos, vestidos com magníficas dalmáticas e cotas de finíssimo aço: não levavam armas, e sim os escudos de seus senhores os Substantivos, que vinham um pouco mais atrás. Estes, em número quase infinito, eram tão vistosos e galhardos que dava gozo os ver. Uns levavam resplandecentes armas do mais puro metal, e elmos em cuja cimeira ondeavam plumas e festões; outros vestiam lorigas de couro finíssimo, recamadas de ouro e prata; outros cobriam seus corpos com longos trajos até os calcanhares, a modo de senadores venezianos. Aqueles montavam potentes potros ricamente equipados, e outros iam a pé. Alguns pareciam menos ricos e luxuosos que os demais; e ainda se pode assegurar que tinha bastantes pobremente vestidos, conquanto estes eram pouco vistos, porque o brilho e elegância dos outros, parece que lhes ocultava e obscurecia. Junto aos Substantivos marchavam os Pronomes, que iam a pé e diante, levando a brida de os cavalos, ou detrás, sustentando a cauda do vestido de seus amos, já lhes conduzindo a guisa de guias, já lhes dando o braço como apoio de seus magros corpos, porque, seja dito de passo, também tinha Substantivos muito valetudinários e decrépitos, e alguns pareciam próximos a morrer.

Também se viam não poucos Pronomes representando a seus amos, que ficaram em cama por doentes ou preguiçosos, e estes Pronomes formavam na linha dos Substantivos como se de tais tivessem categoria. Não é necessário dizer que os tinha de ambos sexos; e as damas cavalgavam com igual donaire que os homens, e ainda esgrimiam as armas com tanto desenfado como eles.
Detrás vinham os Adjetivos, todos a pé; e eram como servidores ou satélites dos Substantivos, porque formavam ao lado deles, atendendo a suas ordens para as obedecer. Era coisa sabida que nenhum cavaleiro Substantivo podia fazer coisa direita sem o auxílio dum bom escudeiro da honrada família dos Adjetivos; mas estes, apesar da força e significação que prestavam a seus amos, não valiam sozinhos nem uma pisca, e se aniquilavam completamente assim que ficavam sós. Eram brilhantes e caprichosos seus adornos e trajes, de cores vivas e formas muito determinadas; e se via que quando se acercavam ao amo, este tomava a cor e a forma daqueles, ficando transformado ao exterior, ainda que em essência era o mesmo.

Como a dez varas de distância vinham os Verbos, que eram uns senhores do mais estranho e maravilhoso que pode conceber a fantasia. Não é possível dizer seu sexo, nem medir sua estatura, nem pintar suas facções, nem contar sua idade, nem os descrever com precisão e exatidão. Basta saber que se moviam muito e para todos lados, o mesmo iam para atrás como para diante, e se juntavam dois para andar emparelhados. O certo do caso, segundo me assegurou o Flos sanctorum, é que sem tais personagens não se fazia coisa a direitas naquela República, e, conquanto os Substantivos eram muito úteis, não podiam fazer nada por si, e eram como instrumentos cegos quando algum senhor Verbo não os dirigia. Depois destes vinham os Advérbios, que tinham catadura de ajudantes de cozinha; como que seu ofício era preparar a comida aos Verbos e lhes servir em todo. É fama que eram parentes dos Adjetivos, como o acreditavam pergaminhos genealógicos muito velhos, e ainda tinha Adjetivos que desempenhavam em comissão a praça de Advérbios, para o qual lhes bastava pôr uma cauda ou saia que, dizia: mente.

As Preposições, eram anãs; e mais que pessoas pareciam coisas, iam se movendo junto aos Substantivos para levar recado a algum Verbo, ou vice-versa. As Conjunções andavam por todos os lados metendo bulha; e uma delas especialmente, chamada que, era o mesmo inimigo e a todos os tinha revoltos e alvorotados, porque indisponha um senhor Substantivo com um senhor Verbo, e às vezes transtornava o que este dizia, variando completamente o senso. Após de todos marchavam as interjeições, que não tinham corpo, sina tão só cabeça com grande boca sempre aberta. Não se metiam com ninguém, e se manejavam sozinhas; que, embora poucas em número, é fama que sabiam se fazer valer.

Destas palavras, algumas eram nobilíssimas, e levavam em seus escudos delicadas empresas, por onde se vinha em conhecimento de seu avoengo latino ou árabe; outras, sem ascendência antiga de que se vangloriar, eram muito novas, plebeias ou de pouco mais ou menos. As nobres as tratavam com desprezo. Algumas havia também em qualidade de emigradas da França, esperando o tempo de adquirir nacionalidade. Outras, em mudança, indígenas até a raiz, se caíam de puro velhas, e jaziam esquecidas, ainda que as demais guardassem consideração a suas rugas; e as havia tão petulantes e presumidas, que desprezavam às demais as olhando enfaticamente. Chegaram à praça da Estante e a ocuparam de ponta a ponta.

O verbo Ser fez uma espécie de cadafalso ou tribuna com duas admirações e algumas comas que por ali rodavam, e subiu a ele com intenção de fazer gritaria; mas lhe tirou a palavra um Substantivo muito arteiro e falador, chamado Homem, o qual, subindo aos ombros de seus colaboradores, os simpáticos Adjetivos Racional e Livre, cumprimentou à multidão, se tirando o H, que a guisa de chapéu lhe cobria, e começou a falar nestes ou parecidos termos:
«Senhores: A ousadia dos escritores espanhóis há irritado nossos ânimos, e é preciso dar-lhes justo e rápido castigo. Já não lhes basta introduzir em seus livros contrabando francês, com grande prejuízo da riqueza nacional, senão que quando por acaso se nos emprega, transvertem nosso sentido e nos fazem dizer o contrário de nossa intenção. (Bem, bem.) De nada serve nossa nobre origem latina, para que esses tais respeitem nosso significado. Se nos desfigura de um modo que dá grima e dor. Assim, me permitam que me comova, porque as lágrimas brotam de meus olhos e não posso reprimir a emoção». (Nutridos aplausos.)

O orador se enxugou as lágrimas com a ponta da e, que de fralda lhe servia, e já se preparava para continuar, quando lhe distraiu o rumor duma disputa que não longe se tinha entabulado.
Era que o Substantivo Sentido estava dando bofetadas ao Adjetivo Comum, e lhe dizia:
«Cão, malandro e sujo vocábulo; por ti me trazem azafamado, e me põem como salvaguarda de toda a classe de destinos. Desde que qualquer escritor não entende nem pisca duma ciência, se escuda com o Sentido Comum, e já lhe parece que é o mais sábio da terra. Te vai, negro e pestífero Adjetivo, longe de mim, ou te juro que não sairás, com vida das minhas mãos.
E ao dizer isto, o Sentido hasteou o t, e lhe dando uma bordoada com ela a seu escudeiro, lhe deixou tão malparado, que tiveram que lhe pôr uma bandagem no ó, e lhe emplastar as costelas do m, porque se ia dessangrando por ali a toda a pressa.

«Haja paz, senhores -disse um Substantivo Feminino chamado Filosofia, que com toucas brancas de dona apareceu entre o tumulto. Mas assim que lhe viu outra palavra chamada Música, se lançou sobre ela puxando-lhe os cabelos e dando coices, cantando assim:
-Olhem a pícara, a melancia, a louca; pois não quer me levar encadeada com uma Preposição, dizendo que eu tenho Filosofia? Eu não tenho senão Música, irmã. Me deixe em paz e se apodreça de velha em companhia da Alemã, que é obra velha louca.
-Aparta, alvoroçadora -disse a Filosofia arrancando-lhe à Música o penacho ou acento que muito erguido sobre o u levava-: tira lá, que para nada vales, nem serves mais que de passatempo pueril.
-Pouco a pouco, senhoras minhas -gritou um Substantivo, alto, delgado, fraco e médio tísico, chamado o Sentimento. A ver, senhora Filosofia, se não diz você essas coisas a minha irmã ou teremos que nos ver as caras. Estese você quieta e deixe a Perico na sua casa, porque todos temos roupa suja que lavar, e se eu saco a sua, nem com barrela terá de ficar limpa.

-Olhem o mucoso -disse a Razão que andava por ali em panos menores e um pouquinho descomposta, -que seria destes badulaques sem mim? Não brigar, e cada um a seu posto, que se me incomodo…
-Não há de ser -disse o Substantivo Mau, que em todo tinha de se meter.
-¿Quem lhe deu a você vela neste enterro, tio Mau? Vá ao Inferno, que já está a mais no mundo.
-Não, senhoras, perdoem vossas senhorias, que não estou senão muito mais que bem. Um pouco decaidínho andava; mas depois que tomei este lacaio, que agora me serve, me vou remediando-. E mostrou um lacaio que era o Adjetivo Necessário.
-Me a tirem daqui, que a mato -gritava a Religião, que tinha vindo às mãos com a Política;- veiam que me usurpou o nome para dissimular no mundo seus ardis e enredos.
-Basta de indiretas. ¡Ordem! -disse o Substantivo Governo, que se apresentou para pôr paz no assunto.
Deixa-as que se arranhem, irmão -observou a Justiça-; deixe-as que se arranhem que já sabe Vossa Excelência que rabiam de se ver juntas. Tentemos nós não andar também à grenha, e adiante com os faróis.

¡Entanto isto ocorria, se apresentou um galhardo Substantivo, vestido com reluzentes armas, e trazendo um escudo com peregrinas figuras e divisa de prata e ouro. Se chamava a Honra e vinha a se queixar de os inumeráveis desatinos que faziam os humanos em seu nome, lhe dando os mais raros aplicativos, e lhe fazendo significar o que mais lhes vinha a conta. Mas o Substantivo Moral, que estava num rincão se atando um fio em l que se lhe tinha rompido na anterior refrega, se apresentou, atraindo a atenção geral. Se queixou de que se lhe subiam às barbas certos Adjetivos adventícios, e concluiu dizendo que não gostava de certas companhias e que mais lhe valesse andar só, do qual se riram outros muitos Substantivos presunçosos que não levavam nunca menos de seis Adjetivos de servidão.

Enquanto, a Inquisição, uma velhinha que não se podia ter, estava pegando fogo a uma fogueira que tinha feito com interrogantes gastados, paus da T e parênteses rompidos, na qual fogueira dizem que queria queimar à Liberdade, que andava dando pernadas por ali com muitíssima graça e desenvoltura. Por outro lado estava o Verbo Matar dando grandes vozes, e fechando o punho com raiva, dizia de vez em quando: «¡Se me conjugo…!
Ouvindo o qual o Substantivo Paz, foi correndo tão a pressa, que tropeçou na z com que vinha calçada, e caiu quanto longa era, dando um grande baque.
Lá vou -gritou o Substantivo Arte, que já se tinha metido a sapateiro-. Lá vou compor este sapato, que é coisa de minha incumbência.
E com umas vírgulas lhe fincou a z à Paz, que tomou voo, e se foi fazer cabriolas ante o Substantivo Canhão, de quem dizem estava perdidamente apaixonada.

Não podendo nem o Verbo Ser, nem o Substantivo Homem, nem o Adjetivo Racional, pôr em ordem aquela gente, e compreendendo que daquela maneira iam ser vencidos na desigual batalha que com os escritores espanhóis teriam que empreender, resolveram voltar a sua casa. Deram ordem de que a cada qual entrasse na sua cela, e assim se cumpriu; custando grande trabalho encerrar a algumas brigonas que se empenhavam em alvoroçar e fazer o papão.
Resultaram deste tumulto bastantes feridos, que ainda estão no hospital de sangue ou seja Fé de erratas do Dicionário. Têm determinado se congregar de novo para examinar os meios de impor à gente de letras. Estão redigindo as pragmáticas que estabelecerão a ordem nas discussões. Não teve resultado o pronunciamento, por gastar o tempo os conjurados em estéreis debates e lutas de amor próprio, em vez de se congregar para combater ao inimigo comum: assim é que concluiu aquilo como o Rosário da Aurora.
O Flos sanctorum me assegura que a Gramática há mandado ao Dicionário uma embaixada de géneros, números e casos, para ver se por bem e sem derramamento de sangue se arranja os transtornados assuntos da Língua Castelhana.

Tradução: PSdeJ El Escorial, marzo de 2017.

El medio habitual para publicar un cuento en el siglo XIX, era la prensa: diarios, semanarios y revistas. Volvían a publicarse posteriormente, ya unidos a otros del mismo autor, formando colección en un libro. “La conjuración de las palabras” cuento, publicado inicialmente en La Nación, fue incluido en el volumen de la novela “Torquemada en la hoguera”, a continuación de ella, con otros también publicados anteriormente, que Galdós llama composiciones sin atreverse a calificarlos, al no poderlos llamar, en rigor, novelas.

Consumado novelista y cuentista, Leopoldo Alas “Clarín” fue también un destacado crítico literario, admirado tanto por el público en general como por los más estudiosos. Hombre acertado y mordaz, sus comentarios acerca de la literatura, la ciencia, la política o la vida social de su época marcan el punto de incidencia de una realidad transformada en mundo literario complejo y personal, donde “Clarín” brilla con intensidad casi cegadora. “Clarín”, siempre seguidor de la literatura de su tiempo –tiempo de folletines y novelones, de grandes obras maestras y de bodrios sin sentido- fue un admirador profundo de la obra de otro monstruo de nuestra novela: Benito Pérez Galdós. Fruto de esa admiración (que no deja de exhibir sus más y sus menos en esta relación de años) son los artículos escritos sobre Galdós que abarcan buena parte de la obra del canario.
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Benito Pérez Galdós : estudio crítico-biográfico / por Leopoldo Alas (Clarín)

I –

Podría formarse un libro verde, o amarillo o colorado, como esos en que encuaderna la diplomacia sus garbullos internacionales, con las cartas y notas que han mediado entre el novelista insigne que va a ser objeto de mi cuento y… el que suscribe.
Uno de los datos biográficos de más sustancia que he podido sonsacarle a Pérez Galdós es… que él, tan amigo de contar historias, no quiere contar la suya. No tiene inconveniente en suponer que su Araceli, y su Salvador Monsalud y su Amigo Manso, por ejemplo, son tan poco recatados que nos relatan en tomos y más tomos su propia vida… y la ajena; pero él, Galdós, tan comunicativo cuando se trata de los hijos de su fantasía, apenas sabe si se llama Pedro, cuando hay que hablar del padre que engendró tanta criatura literaria, del pater Orchamus de ese gran pueblo que pulula en cuarenta y dos tomos de invención romancesca.
Tal vez lo principal, a lo menos la mayor parte, de la historia de Pérez Galdós, está en sus libros, que son la historia de su trabajo y de su fantasía. El hombre que en veinte años ha escrito cuarenta y dos tomos de novelas, muy pensadas las más, sin contar algunos otros trabajos sueltos, apenas ha tenido tiempo hábil para hacer otra cosa, fuera de las que no merecen ser referidas por venir a ser iguales en todos los humanos, grandes y chicos. Aunque hay algunas excepciones, los escritores muy fecundos suelen llevar vida sedentaria y tranquila, de pocos accidentes; son grandes trabajadores y necesitan ser avaros del tiempo y desconfiar de las pasiones, vanidades del mundo y otros ladrones de las horas.

Si Lope de Vega tanto fue y vino en su juventud, ya no se movió tanto cuando se puso a escribir de firme. Víctor Hugo, a pesar de su situación romántica en la historia de su pueblo, hizo mucho menos que dijo, y en su casa o en el destierro siempre fue un jornalero aplicadísimo… Pero este y otros muchos ejemplos y razones que podrían citarse no demuestran, ni a eso los encamino, que Pérez Galdós no tenga más historia que la de sus creaciones de artista. Sí la tendrá. Pero la tiene bajo llave. La principal causa de que, a lo menos por ahora, no quiera contar su vida al público, ni siquiera por modo indirecto, consiste, diga él lo que quiera, en la modestia del insigne escritor. La modestia de Pérez Galdós, como la de su íntimo amigo y compañero de gloria y de viajes, Pereda, es de las más seguras y ciertas, porque está arraigada en el temperamento; tiene mucho del rubor de la doncella en cabellos; y porque el símil es malo, pues en las figuras retóricas debe huirse de trocar los sexos, diré, rectificando, que se parece a la vergüenza de los niños ensimismados.

Ni Pereda ni Galdós son capaces de pronunciar cuatro palabras en público; no por las palabras, sino por el público. Para dar las gracias a una asamblea que les aclama, tienen que sacar del bolsillo un papel en que consta que vivirán eternamente agradecidos. Juntos emprendieron hará luego tres años un viaje a Portugal. Viajaron de incógnito, sin fijarse en ello. No vieron a nadie, no los vio nadie: supieron que en Lisboa varios literatos insignes jugaban al tresillo en cierto Círculo: «Bueno, pues que jueguen»; ellos, como dos comisionistas, siguieron adelante, ni vistos ni oídos.

Así viajó también repetidas veces por Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, etc., Pérez Galdós, que tiene en todos esos países y aun en otros más lejanos, admiradores y asiduos traductores. En el verano próximo pasado Galdós fue a Roma, y en la carta que me lo anunciaba no había más que preparativos y prevenciones contra las visitas e impertinencias de los admiradores y partidarios de su novela, que habían de procurar asaltarle por esos mundos…
A un hombre así, cuesta sudores arrancarle la declaración preciosa de que efectivamente nació en las Palmas, como ya creíamos saber todos por otros conductos. Me precio de ser entre los gacetilleros, más o menos bachilleres, de España, uno de los que tienen más trato y confianza con Galdós: habiendo de escribir una semblanza o cosa parecida del ilustre amigo, y con el propósito de obtener la mayor cantidad posible de noticias, para que por este lado a lo menos comenzara bien esta galería biográfica, valime de mi amistad, y un día y otro pedí al autor de Gloria datos y datos… Y después de larga y amabilísima correspondencia vinimos a parar en que Galdós no sabía a punto fijo lo que eran datos, lo que se le pedía; y en que, en todo caso, él había nacido en las Palmas, ciudad de las Afortunadas, como tenía declarado y se ratificaba. Exagero algo, pero poco, como el curioso lector va a ver en seguida. Con las noticias que nuestro Autor nos da, apenas hay para llenar una cédula de vecindad regularmente escrita. Es claro que esta escasez de datos se refiere a los que sólo Galdós podía suministrarme, no a los que yo he podido adquirir de otra manera. Así es que osaré asegurar que nació en una latitud no muy diferente de la del monte Sinaí, y a unos veinte grados Oeste del meridiano de París, que por el de Madrid vienen a reducirse a catorce.

Políticamente es Galdós español (y diputado); pero en la geografía natural es africano, como el ilustre poeta francés que nació en una de las islas vecinas de Madagascar… Por este camino podría llenar de datos, más o menos impertinentes, páginas y páginas; y si entraba en consideraciones antropológicas y sociológicas podría… hasta no acabar nunca; y todo ello sin saber palabra de quién era Galdós y qué costumbres, porte y carácter tenía. Pero déjome de considerar quiénes fueron los primeros habitantes de las islas Canarias, y qué grandes hombres isleños o de tierra firme produjo África en la serie de los siglos, y no me meto en consideraciones acerca del medio ambiente en que vivió nuestro novelista, ni saco consecuencias de la proximidad relativa del trópico de Cáncer al lugar de su nacimiento. Podrá haber relaciones, pero no he de estudiarlas yo, entre el genio literario de Galdós y la clase de productos naturales de su país, la fauna y la flora de las islas, clima, vistas al Océano, etc., etc., sin contar lo que podría sacarse a plaza, siquiera fuera por los cabellos, de los varios sistemas de colonización, asimilación, etcétera, etc.
Para mí, Galdós es… madrileño, por ahora, sin perjuicio de volver a estudiarle más adelante con más extensión y con más datos tocantes a su vida en su isla natal, como diría La Correspondencia de España.

 Habitación donde nació Galdós en Las Palmas (Casa Museo)

 

Nació donde queda dicho, en las Palmas, el 10 de mayo de 1845, de modo que según él confiesa entre suspiros, pronto cumplirá cuarenta y cuatro años. Nada me ha querido decir de los primeros de su vida, pero no debe de ser porque desprecie los recuerdos de la infancia hombre que tan bien sabe pintar el espíritu de los niños y sus armas y gestas. Su memoria ha de estar llena, a mi juicio, de los días de la niñez, y es muy probable, aunque él por ahora no quiera declararlo, que, si no los hechos exteriores, por lo menos los pensamientos, emociones y deseos del primer crepúsculo de su vida no sean insignificantes, merezcan conocerse para recreo del lector y para poder estudiar a fondo la historia del artista poderoso, que hoy nos oculta con velos de discreción y modestia muchas cosas que pudieran servir para penetrar mejor en el alma de sus obras. Por ciertas confidencias, me atrevo a esperar, algo temerariamente, que algún día el mismo autor de Celipines y Miaus juniores nos dé un libro que se parezca a los Recuerdos de su ilustre colega ruso el creador de Guerra y paz y Ana Karenine.

Y tengo esta esperanza, porque al cerrar la serie de escasísimas noticias que me entrega, con algún remordimiento de que sean tan pocas, dice: «Como usted ve, nada de esto merece que se le cuente al público; se lo digo por carecer de otras noticias de más valor, o porque las de verdadero interés son de un carácter privado y reservado, al menos por ahora y en algún tiempo». Si esto último quisiera decir que para algún día podíamos esperar de la pluma que trazó la historia de Monsalud, Araceli y el Amigo Manso la narración auténtica de otra vida, de donde todas esas se engendraron, si así fuera, bien podríamos perdonar hoy lectores y biógrafo la reserva, la modestia y los velos del insigne novelista.
Soy de los que opinan que en la historia de los hombres la de su infancia y adolescencia importa mucho, sobre todo cuando se trata de artistas, los cuales casi siempre siguen teniendo mucho de niños y adolescentes. En rigor, ser artista es… seguir jugando. Las mujeres, los adolescentes y los artistas… y algunos locos, entienden de cierta clase de intereses del alma, que son letra muerta para los banqueros, los hombres de Estado y ¡qué lástima!, hasta para los sacerdotes, las más veces.

Y… nada sabemos de la infancia ni de los primeros años de pubertad de Pérez Galdós. Él no dice más que esto: «que en el Instituto estudió con bastante aprovechamiento». «Nada se me ocurre decirle -añade- de mis primeros años. Aficiones literarias las tuve desde el principio, pero sin saber por dónde había de ir».
¿Cuál es el principio a que Galdós se refiere? ¿A qué edad hace él remontarse ese amanecer de sus aficiones?
No lo sé, ni me decido en este punto a aventurar conjeturas. En todo caso, no creo que haya sido un niño precoz, ni a lo Pascal y a lo Pope, ni menos cual esos otros que parecen pedantes en miniatura, como Alcalá Galiano, enclenque y petulante, coplero a los cuatro años, según nos refiere él mismo. Si alguna precocidad hubo en Galdós, debió de ser de esas recónditas en que la observación callada y la fantasía solitaria hacen el gasto. No debió de ser novena maravilla para deudos y amigos, ni mono sabio, ni flor temprana de estufa, sino más bien amigo del aire libre, alumno asiduo y entusiasta de lo que llaman nuestros vecinos l’école buissonière, la que cantó Víctor Hugo en muchas de sus novelas épicas, y especialmente en la famosa poesía Las feuillantines de Rayos y Sombras. Ni por su complexión, ni por su carácter y aptitudes físicas, muestra Galdós resabios ni consecuencias de una vida antihigiénica en la infancia; ni tampoco la índole de sus cualidades de artista nos habla de prematuras fatigas intelectuales ni de hipertrofias del sentimiento o de la voluntad en los primeros lustros o en la edad crítica.

Benito Pérez Galdós, joven. Retrato atribuido a Nicolás Massieu y Falcón. Biblioteca Nacional

Pero confieso que no es de mi gusto insistir en tales cavilaciones y conjeturas, cabiendo en ellas tanta inexactitud y estando ahí el objeto de estos cálculos para reírse de ellos si van descaminados, como es posible. Sin embargo, ni en esta materia, ni más adelante, se puede prescindir de entrar en inducciones para suplir, hasta cierto punto, la falta de noticias seguras. Aunque también es cierto, que esta libertad no es muy amplia, pues hay que irse con tiento al conjeturar y suponer hechos, ideas, inclinaciones, etcétera, etc., por varias razones, unas de prudencia y otras de insuficiencia.
Es claro, que aun en el caso de que fuera yo zahorí para reconstruir la vida de Galdós, por dentro y por fuera, con lo que él es actualmente y con lo que de él puede adivinarse en sus libros, no había de penetrar en lo que él quiere tener reservado, por ahora al menos. Pero, además, existe insuficiencia de medios, no sólo por mis escasas facultades de Cuvier de almas, sino porque los novelistas, y especialmente los novelistas de la clase de Galdós, son acaso los escritores que menos se dejan ver a sí mismos en sus obras. Esa impersonalidad del autor, de que tanto se ha hablado, sobre todo de Flaubert acá, si era en este y algunos otros novelistas convicción sistemática, firme, seria, obedecida constantemente mejor que otros dogmas de escuela, es en Galdós todavía más natural y segura, sin obedecer acaso a propósito técnico, a una creencia estética; es más segura y natural porque nace del carácter y del temperamento. Y aquí, por vía de paréntesis, advierto al lector que empiezo a mezclar biografía y crítica, es decir, que hablando del hombre, ya voy diciendo algo del novelista.

Se ha dicho, en general con razón, que la novela es la épica del siglo, y entre las clases varias de novela, ninguna tan épica, tan impersonal como esta narrativa y de costumbres que Galdós cultiva, y que es hasta ahora la que ha producido más obras maestras y a la que se han consagrado principalmente los más grandes novelistas. El que lo es de este género es… todo lo contrario de un Lord Byron, el cual como se ha dicho hasta la saciedad, y con razón en conjunto, viene a hablar de sí mismo en casi todas sus obras, y es, según frase de un crítico, como un torrente profundo que borre entre altas paredes de peñascos, en un cauce estrecho. Se ha dicho también que el gran arte es, en suma, crear almas, y se puede añadir: para el novelista propiamente épico, crear almas… pero no a su imagen y semejanza.

Adán se parece a Jehová Eloím demasiado, o tal vez más exactamente, Jehová se parece demasiado a Adán; aquí hay lirismo. En la novela como la escribe casi siempre Balzac, o Zola, o Daudet, y aun Tolstoi, o Gogol… o Dickens (aunque este es más lírico), o Galdós, por muy sutil que sea el análisis que se aplica a encontrar el alma del autor, en la de los personajes, hay que reconocer que los más de estos nada tienen que ver con la realidad psicológica del que los inventó. Cierto es que el artista, aun el más épico, siempre saca mucho de sí, se copia, se recuerda, pero también existe el altruismo artístico, la facultad de trasportar la fantasía con toda fuerza, con todo amor, a creaciones por completo trascendentales, que representan tipos diferentes, en cuanto cabe diferencia, del que al autor pudiera representar más aproximadamente. Esta facultad, que es de las más preciosas en grandes novelistas de este género, en los poetas épicos, en los grandes historiadores, y en los grandes pensadores y políticos, esta facultad la posee Galdós en grado que alcanzan pocos, y es, con la gran imparcialidad de su espíritu sereno (en cuanto cabe) lo que más contribuirá a dar larga vida a sus obras.

Por todo lo cual, no es posible, sin grandes temeridades, inducir por los libros de nuestro autor mucho de lo que pudo haber sido en su infancia… y más adelante. Sólo diré en este punto, que acaso en los juegos de Araceli en la Caleta de Cádiz, en los arranques de Celipín, en la hija de Bringas y sus jaquecas llenas de fantasías, en las visiones de Miau mínimo y en otros fenómenos y personajes semejantes, de los 42 tomos de novela escritos por Galdós, se podría, rebuscando, y aventurando hipótesis y trasportando circunstancias, encontrar algo de la niñez del que es hoy don Benito para sus íntimos.

Galdós en la finca familiar de Los Lirios Monte Lentiscal en su visita a Gran Canaria en 1894. Foto: Casa Museo

De lo que no hay ni rastros en sus novelas es del sol de su patria; ni del sol, ni del suelo, ni de los horizontes; para Galdós, novelista, como si el mar se hubiera tragado las Afortunadas. Este poeta que ha cantado al mismísimo arroyo Abroñigal, y que se queda extasiado -yo le he visto- ante el panorama que se observa desde las Vistillas; que cree grandioso el Guadarrama nevado (como D. Francisco Giner)… jamás ha escrito nada que pueda hablarnos de los paisajes de su patria; no sueña con el sol de sus islas… a lo menos en sus libros. Jamás ha colocado la acción de sus novelas en su tierra, ni hay un solo episodio o digresión que allá nos lleve; es en este punto Galdós todo lo contrario de Pereda, su gran amigo, que se parece al Shah de Persia en lo de llevar siempre consigo tierra de su patria. Aun sin trasladar a las Afortunadas a sus personajes, podría Galdós decirnos algo de las impresiones que conserva, como poeta que de fijo fue en sus soledades y contemplaciones de adolescente, de los paisajes de la patria: pero como es el escritor más opuesto, en todos sentidos, a lo que llamamos el lirismo, en la acepción más lata y psicológica; como en vez de hacer que sus personajes se le parezcan pone todos sus conatos en olvidarse de sí por ellos y ser, por momentos, lo que ellos son (siguiendo en esto el buen ejemplo de Dickens que hasta imitaba, ensayándose al espejo, las facciones y gestos de sus criaturas); no hay ocasión en ninguna de las obras de nuestro novelista para esos saltos de la fantasía por encima de los mares y de los recuerdos, Galdós, en suma, es en sus obras completamente peninsular. La patria de este artista es Madrid; lo es por adopción, por tendencia de su carácter estético, y hasta me parece… por agradecimiento. Él es el primer novelista de verdad, entre los modernos, que ha sacado de la corte de España un venero de observación y de materia romancesca, en el sentido propiamente realista, como tantos otros lo han sacado de París, por ejemplo. Es el primero y hasta ahora el único. A Madrid debe Galdós sus mejores cuadros, y muchas de sus mejores escenas y aun muchos de sus mejores personajes. Si los novelistas se dividieran como los predios, se podría decir que era nuestro autor novelista urbano.

Aunque en una y otra de sus obras nos habla del campo, especialmente en Gloria y en Marianela, y a saltos en muchos de sus Episodios nacionales, bien se puede decir en general que Galdós no es principalmente paisajista, como lo es, por ejemplo, su amigo el insigne Pereda. Y por cierto que esta palabra paisajista, muy usada en el sentido traslaticio, tomándola de la pintura para la poesía, no es exacta en el sentido que yo quiero exponer aquí; el escritor paisajista es el que ve en la naturaleza el panorama y también el modelo de retórica, el que habla de la naturaleza a lo pintor, y así tan sólo. Pero hay algo más que esto en el poeta de la naturaleza, que no sólo la pinta sino que la siente por dentro, pudiera decirse; ve en ella, además del cuadro, una música, una historia, casi casi un elemento dramático. En Pereda, en Tolstoi, v. gr., hay todo eso. Galdós no es así; si pinta bien el cielo, los horizontes, montañas, mares, valles y ríos, árboles y mieses, no es por especial vocación y con preferencia y con lo más exquisito de su arte, sino cuando el caso necesariamente lo pide, y porque su gran imaginación y pluma hábil se lo dejan describir bien todo. Pues por todo eso, por no ser Galdós paisajista, o mejor naturalista (ya se comprende en qué concepto hablo ahora) no hay en sus libros reminiscencias de su patria. No se trajo este poeta pegada a la retina la imagen del sol de sus islas. Por eso no desprecia los gorriones, ni los chopos ni las demás vulgaridades de la naturaleza burguesa, podría decirse, que se encuentra en los alrededores de Madrid v. gr., como despreciaba sus similares de París Teófilo Gautier, refiriéndose a un poeta que había vivido en Oriente.
Podría resumirse en un rasgo general (no rigorosamente exacto, pero sí comprensivo de lo más de la idea) lo que vale la naturaleza en las novelas de Galdós, diciendo que es… el lugar de la escena, que representa esto o lo otro. La naturaleza en sus libros rara vez aparece sola, cantando esa gran música instrumental en que el hombre no interviene, o entra a lo sumo como accidente en la general armonía; y esto mismo se da la mano con la calidad del eminente antilirismo que ya he notado en el arte de Galdós. Como la Odisea, a pesar de ser una serie de viajes por el Mediterráneo, no pinta la hermosa naturaleza sino como fondo del retrato de Ulises, y casi también como en Shakespeare, la naturaleza decorativa acompaña al hombre para acabar de explicarlo, para darse asunto en que muestre cómo vive, cómo siente, cómo piensa, así en la novela de Galdós, las llanuras de Castilla, las montañas del Norte y los horizontes claros y los cielos puros de Andalucía acompañan a sus personajes, y por ellos salen a plaza, y a ellos se subordinan en el orden estético, siendo, en fin, todo lo contrario de lo que viene a suceder, v.gr., en El sabor de la tierruca, de Pereda, para dar un ejemplo de que todos pueden acordarse.
Dicho todo esto, en digresión más o menos enlazada con el hilo del discurso, queda visto lo necesario para comprender por qué no hará mucha falta en novelista como Galdós conocer muy a fondo y con pormenores lo que fue de su vida en su tierra y lo que aún ve de ella, cuando cierra los ojos y recuerda la niñez y la adolescencia, ya lejanas.

Salón de Actos del Ateneo de Madrid

II –

«Vine a Madrid el 63 y estudié la carrera de leyes de mala gana (la historia eterna de los españoles que no han de ser Gamazos); allá, en el Instituto, fui bastante aprovechado; aquí todo lo contrario. Tengo una idea vaga de que en los tres o cuatro años que precedieron a la revolución del 68 se me ocurrían a mí unas cosas muy raras. Hice algunos ensayos de obras de teatro, todo bastante mediano, excepto una cosa que me parece que era menos mala, si bien me alegro de que no hubiera pasado de las Musas al teatro; y el 67 se me ocurrió escribir La Fontana de Oro, libro con cierta tendencia revolucionaria. Lo empecé aquí y lo continué en Francia; al volver a España, hallándome en Barcelona, estalló la revolución, que acogí con entusiasmo. Después, estuve algún tiempo como atortolado, sin saber qué dirección tomar, bastante desanimado y triste (no siendo exclusivamente literarias las causas de esta situación de espíritu). En aquel tiempo (del 68 al 72) era yo punto fijo en el Ateneo viejo, pero me trataba con poca gente; apenas hablaba con dos o tres personas».

Por este tiempo a que Galdós se refiere en las anteriores líneas, que copio de una de sus cartas en que más quiso decirme, fue cuando le conoció D. José Pereda, la otra columna de Hércules de nuestra novela contemporánea. Creo que el lector verá con gusto que yo deje al mismo Pereda la palabra. Nadie como él puede decir su primera impresión al encontrar al que había de ser su compañero de armas y de glorias, amigo de veras y constante, con esa clase de afecto y simpatía que no suelen abundar en las relaciones privadas de los artistas, y menos en las íntimas, secretas y de pura intención. Pero hable Pereda, y Dios le pague en la medida que yo se lo agradezco las noticias y observaciones con que me regaló hace pocos días el ilustre autor de La puchera:
«…Le mando estos cuatro garabatos en respuesta, o mejor dicho, en cumplimiento del encargo que me hace usted en su carta del 12, y siento que sea tan apurado ya el plazo, porque el tema ese merece larga plática, que yo echaría con gusto, porque tengo el corazón repleto del asunto. Relatado al vuelo, queda reducido a muy poco, lo que podrá usted ver en la semblanza mía, hecha por Galdós, que precede a El sabor de la tierruca. Él no había publicado más que La Fontana de Oro y algunos artículos literarios que a mí me gustaban mucho, muchísimo.

Yo era a la sazón padre de la patria, y había echado al mundo las dos series de Escenas montañesas, muy conocidas de Galdós. Un día de verano del 71, esperaba yo en el vestíbulo de una fonda de esta ciudad a que bajara un amigo mío a quien había avisado que le esperaba allí. Maquinalmente me puse a leer la lista de huéspedes que tenía delante, y vi que uno de ellos era don Benito P. Galdós. Con ánimo de visitarle pregunté por él inmediatamente a un camarero que pasaba. ‘Ahí le tiene usted’, me respondió señalando a un joven vestido de luto que salía del comedor. Me hice cruces mentalmente, porque no podía imaginarme yo que tuviera menos de cuarenta años un hombre que se firmaba Pérez Galdós, y además Benito, y además hablaba de los tiempos de D. Ramón de la Cruz y de la Fontana de Oro como si los hubiera conocido. Yo tenía entonces treinta y ocho años.

»Hablando, hablando, resultó que nos sabíamos mutuamente de memoria, y desde aquel punto quedó arraigada entre nosotros una amistad más que íntima, fraternal, que por mi parte considero indestructible, cuando lejos de entibiarse con las enormes diferencias políticas y religiosas que nos, dividen, más la encienden y estrechan a medida que pasan los años. Yo me explico este fenómeno por la admiración idolátrica que siento por el novelista y por la índole envidiable de su carácter dulcísimo; pero ¿cómo se explica en él la fidelidad que me guarda y el cariño con que me corresponde? En fin, que no acabaría si me pusiera a escribir sobre este tema. Todos los veranos nos vemos aquí (en Santander). En algunos de ellos me ha proporcionado el regaladísimo placer de pasar unos cuantos días conmigo en Polanco. Nuestra correspondencia epistolar ha sido frecuentísima durante algunos inviernos, y muy rara la carta en que hemos tratado en serio cosa alguna; y tanto de esas correspondencias como de nuestras conversaciones íntimas, he deducido siempre, que fuera de la política y de ciertas materias religiosas, en todas las cosas del mundo, chicas y grandes, estamos los dos perfectamente de acuerdo. ¿Será este el vínculo que más nos une y estrecha? Un detalle curioso: Galdós, que sería capaz de quedarse en cueros vivos por mí, no me regala sus obras cuando las publica, sin duda por no tomarse la molestia de empaquetar los ejemplares y mandarlos al correo…».

Benito Pérez Galdós en el jardín de San Quintín su residencia veraniega en Santander

He copiado todo lo anterior porque pinta a Galdós… y al retratista. Quiere explicarse Pereda como a pesar de las diferencias religiosas se quieren tanto él y Galdós; pues es porque la vida del espíritu es para las almas dignas de tan hermoso nombre, lo que era la milicia para Calderón de la Barca, una religión de hombres honrados. Menéndez y Pelayo defendiendo con entusiasmo a Galdós en la Academia, y diciendo de Lord Byron: «Espíritus dotados de tal energía, sea cualquiera el cauce por donde le han hecho correr, tienen en su propia fuerza inicial un título aristocrático que se impone a todo respeto», es un capitán de esa milicia, un sacerdote de esa religión de espíritus enérgicos. Galdós y Pereda son los Dióscuros del arte realista moderno en España, y a pesar de moverse en escenario muy diferente la fantasía de cada cual, ofrecen muchas afinidades sus ingenios. Si se me dice quién son en nuestras letras contemporáneas los artistas más inspirados por la vida real, menos sistemáticos, más genuinamente españoles, por cuanto representan no el purismo arcaico, sino el genio español tal como debe ser en estos días, respondo que Galdós y Pereda. Y si se me dice quién son los artistas de pluma menos vanidosos, menos mujeres, más sinceros, llanos, modestos y de veras cariñosos, respondo: Galdós y Pereda. Lo cual no quiere decir que no reconozca las mismas cualidades en otros pocos, pero en grados distintos.

“La Fontana de Oro”, aunque bien acogida, no tuvo por lo pronto todo el buen éxito que merecía, y muchos no la leyeron hasta que la fama del autor fue creciendo, gracias a los Episodios Nacionales. Pero a La Fontana de Oro le pasa lo que a las primeras novelas de los Rougon Macquart de Zola, que son excelentes, a pesar de no haber llamado la atención al principio más que de los pocos hombres de gusto que no aguardan para saborear lo bueno a que la fama lo sancione. Flaubert leía con deleite la Conquista de Plassans, cuando apenas se hablaba de Zola, cuando ni un solo artículo se consagraba a esta novela. En España también pasaba lo mismo, La Fontana de Oro deleitaba a un juez experto y de gusto, don Francisco Giner, por ejemplo, pero no daba a su autor todo el renombre que merecía desde luego. Tal vez esto contribuía a las vacilaciones y a la inquietud moral del novelista. De estas dudas de la conducta, de esta impaciencia nerviosa que producen los tanteos de una vocación que no se reconoce a sí misma por completo y con exactitud, algo nos dice, por reflejo, Salvador Monsalud, el protagonista de la segunda serie de Episodios Nacionales. Él también estaba seguro de servir para algo, y no sabía qué, y de todo probaba, y era político, y guerrero… y filósofo a su modo, y hasta ensayaba en el piano sus cualidades musicales… hasta acabar por romper las teclas con un martillo. «En aquella época se me ocurrían a mí unas cosas muy raras», nos dice más arriba Galdós, y estas cosas debieron de ser comezón de la voluntad, tanteos ideales de su fortísimo temperamento de artista, algo semejantes a los de Monsalud.
Acaso, acaso, ante la Revolución y la indiferencia del público por las cosas del arte, Galdós soñó en ser hombre de acción, como soñó toda la vida Byron que despreciaba a ratos en sí mismo, al hablador, al poeta, y como soñaba Stendhal, cuyo santo patrón, no era Homero, ni Dante, sino Napoleón I. Y es posible que el propósito, al principio para el mismo Galdós oscuro, indeciso, de escribir la historia novelesca de nuestra epopeya nacional del presente siglo, fuese en parte como una derivación de aquel prurito activo del entusiasta de la revolución y del joven ensimismado, de luto y triste a quien se le ocurrían aquellas cosas raras. Hay también un modo de ser hombre de acción en el arte, y las novelas de Galdós revelan al artista de este género; Galdós generalmente no profundiza en el sueño, en la vaga idealidad, sino en la vida social y en la moral, pareciéndose en esto último a muchos escritores ingleses, que por cierto él estima grandemente. Los Episodios Nacionales fueron populares en seguida porque, si no en los primores de arte que hay en muchos de ellos, en lo principal de su idea y en las brillantes, interesantísimas cualidades de su forma pudieron ser comprendidos y sentidos por el pueblo español en masa.

Galdós no debe su gran popularidad a vergonzosas transacciones con el mal gusto vulgar, sino al vigor de su talento, a la claridad, franqueza y sentido práctico y de justicia que revelan sus obras. En muchas de estas, especialmente en las escritas desde La Desheredada inclusive, acá, hay mucho más de lo que puede ver un lector distraído, de pocos alcances en reflexión y en gusto, pero en todas hay además ese gran realismo del pueblo, esa feliz concordancia con lo sano y noble del espíritu público, que lejos de ser una abdicación del artista verdadero, es señal de que pertenece su ingenio a las más altas regiones del arte, de que es de aquellos que la historia consagra, porque sin dejar de ser grandes solitarios cuando suben a las cumbres misteriosas del Sinaí de la poesía, bajan también, como el Moisés de la Biblia, a comunicar con el pueblo, y a revelarle la presencia de los Eloim, que han sentido en las alturas…

«El año 1873 -dice Galdós en el documento citado- escribí Trafalgar, sin tener aún el plan completo de la obra; después fue saliendo lo demás. Las novelas se sucedían de una manera… inconsciente. Doña Perfecta la escribí para la Revista de España, por encargo de León y Castillo, y la comencé sin saber cómo había de desarrollar el asunto. La escribí a empujones, quiero decir, a trozos, como iba saliendo, pero sin dificultad, con cierta afluencia que ahora no tengo». Esta falta de conciencia al escribir, y esta falta de plan de que habla Galdós, recuerdan los primeros libros de Daudet, que también salieron así, como quiera, es decir, como quería la rica vena de la juventud vigorosa segura de sí misma, de su abundancia y fuerza. Tanto en Daudet como en Galdós, las obras de la edad madura no salieron tan fácilmente, los dos se quejan de que les cuestan ahora más trabajo; pero esto consiste en que los productos del ingenio maduro y reflexivo, para ser de más peso y trascendencia necesitan más conciencia de lo que se hace, aunque sea sin contar ya la graciosa y descuidada espontaneidad de la juventud del artista, que ha de ser un gran maestro. Y con todo, esa Doña Perfecta que salió a empujones, muchos la consideran, yo no, como una de las obras más perfectas, mejor compuestas de su autor insigne.

Pero ya llegamos a Gloria; esta sí que es para muchos, para los más, la novela de las novelas de Galdós; a lo menos fue la que le dio más gloria, y no sé si dinero, la que le puso a la altura de los primeros novelistas en el concepto de la mayoría. Pues todavía, a pesar de todo eso, no aparece en Gloria el autor pacienzudo y reflexivo que trabaja una novela, como una cosa seria y que no se hace todos los días ni cada pocos meses, según con mucho juicio advierte el mismo Daudet a los que le llaman perezoso. Oigamos a Galdós:
«Gloria fue obra de un entusiasmo de quince días. Se me ocurrió pasando por la Puerta del Sol, entre la calle de la Montera y el café Universal; y se me ocurrió de golpe, viendo con claridad toda la primera parte. La segunda es postiza y tourmentée. ¡Ojalá no la hubiera escrito! X… tuvo la culpa de que yo escribiera esa segunda parte, porque me dijo (¡demonio de críticos!) que debía sacar las consecuencias de la tesis y apurar el tema».

Nada dice Galdós de cómo nació Marianela ni los datos (si estos son datos) que ha querido comunicarme añadan más a lo dicho, sino que «desde La Desheredada acá ha ido advirtiendo que cada vez le cuesta más el trabajo, sin duda por ser más reflexivo…».
Agotada, por ahora, la fuente de las noticias auténticas, todo lo demás que yo pudiera decir de oídas de la poco accidentada vida de Pérez Galdós, sería repetición de lo que han dicho los periódicos que en épocas distintas publicaron artículos biográficos del que ya todos o casi todos llaman primer novelista español. Por esos artículos saben los lectores que el autor de El amigo Manso fue periodista, que militó desde joven, del modo que su carácter, género de vida y aficiones se lo consintieron, en el partido liberal monárquico, en el cual figura todavía, hoy en calidad de diputado a Cortes por Puerto Rico. Saben todos también que Galdós no es amigo de exhibiciones ni reclamos, que se retira temprano, no va al teatro, que le da jaqueca; ni tampoco frecuenta lo que llamamos el gran mundo, aunque tiene buenas relaciones en las clases más altas… Prefiero, a dar una edición más de esta clase de notas biográficas, terminar por esta vez mi cometido hablando de mi Galdós, es decir, del que yo conozco, trato, quiero y admiro2.

III –

Galdós llegó a mi admiración y a mis simpatías, como a las de casi todos sus lectores, ganándose por la excelencia intrínseca de sus obras este homenaje espontáneo. Tiene razón Pereda; el Benito Pérez Galdós no sonaba a gran artista, joven y original y revolucionario de la novela. Era yo estudiante de Filosofía y letras en Madrid, cuando por vez primera me fijé en el nombre de Pérez Galdós leyendo en una librería la cubierta del Audaz, segundo libro del escritor que entonces me figuraba como un constitucional que en sus ratos de ocio escribía obras de vaga y amena literatura. Enfrascado en la lectura de filósofos y poetas alemanes, me parecían entonces poca cosa muchos de mis contemporáneos españoles… a quienes no leía. Ya iban publicados varios Episodios Nacionales cuando caí en la cuenta de que debía leerlos… Y a los pocos meses era yo, sin más recomendación que estas lecturas, el primer admirador de aquel ingenio tan original, rico, prudente, variado y robusto que prometía lo que empezó a cumplir muy pronto: una restauración de la novela popular, levantada a pulso por un hombre solo.

Conocí a Galdós en el Ateneo, en el Ateneo nuestro, el antiguo, el bueno, el de Moreno Nieto y Revilla; en el salón de retratos. Vi ante mí un hombre alto, moreno, de fisonomía nada vulgar. Si por la tranquilidad, cabal y seria honradez que expresa su fisonomía poco dibujada puede creerse que se tiene enfrente a un benemérito comandante de la Guardia civil, con su bigote ordenancista; en los ojos y en la frente se lee algo que no suele distinguir a la mayor parte de los individuos de las armas generales ni de las especiales. La frente de Galdós habla de genio y de pasiones, por lo menos imaginadas, tal vez contenidas; los ojos, algo plegados los parpados, son penetrantes y tienen una singular expresión de ternura apasionada y reposada que se mezcla con un acento de malicia… la cual mirando mejor se ve que es inocente, malicia de artista. No viste mal… ni bien. Viste, como deben hacerlo todas las personas formales; para ocultar el desnudo, que ya no es arte de la época. No habla mucho, y se ve luego que prefiere oír, pero guiando a su modo, por preguntas, la conversación.

No es un sabio, pero sí un curioso de toda clase de conocimientos, capaz de penetrar en lo más hondo de muchos de ellos, si le importa y se lo propone. Se conoce que una de las disciplinas que menos le agradan a este literato… es la retórica. Es todo lo contrario de esos hombres de letras que en su vida han hablado en sus papeles más que de papel impreso o manuscrito; es de los artistas que no aman el material por el material. Si hubiera modo de ser novelista por señas, lo sería. Aunque en sus obras abunden los párrafos numerosos, pintorescos, llenos de colores, no hay aquí más que una válvula para otras tantas ideas e imágenes, no el prurito del período sonoro y rotundo, ni menos el afán pictórico-literario de hacer de las nueve o diez partes de la oración una paleta de colores. Cuando Galdós escribe mejor es cuando no piensa siquiera en que está escribiendo, y cuando tampoco el lector se fija en aquel intermediario indispensable entre la idea del autor y el propio pensamiento. Y Galdós escribe casi siempre así, y se puede decir que escribe… como viste, sin asomos de pretensiones, y porque no hay más remedio que escribir para explicarse. Su conversación no tira a ser chispeante, pero pocas veces deja de insinuar, si se trata de asuntos de importancia, algo que, si de pronto no brilla ni impresiona mucho, se va haciendo camino en nuestro espíritu y se hace recordar mucho tiempo después. Lo de latet anguis in herba se puede decir del ingenio de Galdós. Nadie como él para engañar a los tontos que no ven el talento sino cuando viste uniforme, cuando enseña bordaduras y cimeras que hieren los sentidos. Lo mismo que con él sucede con sus libros, cuya profundidad no quieren o no pueden conocer muchos, porque el autor no se lo anuncia con tecnicismos de estética o de sociología o de cualquier otra cosa de cátedra, ni tampoco con amaneramientos filosóficos o sentimentales, o declamatorios o populacheros.

Si hubiéramos de juzgarle por comparaciones, creo que se podría recordar, como el más semejante al de sus obras, el espíritu que predomina en los artistas ingleses de la novela, y aun en general se podría añadir que Galdós tiende a ser como varios personajes de sus últimas novelas, un español a la inglesa. Sus viajes más frecuentes al extranjero van a parar a Londres, y sus lecturas favoritas son ahora las novelas inglesas… y los libros de ciencia positiva, de aplicación inmediata. Y ya que llego a estas materias, y llego con prisa porque el espacio se acaba, extenderé una especie de padrón espiritual de Don Benito, guiándome por las señas de lo que yo he observado, y prescindiendo de amplificaciones que serían convenientes, pero que ya no caben en los estrechos límites de este folleto3.

Galdós es hombre religioso; en momentos de expansión le he visto animarse con una especie de unción recóndita y pudorosa, de esas que no pueden comprender ni apreciar los que por oficio, y hasta con pingües sueldos, tienen la obligación de aparecer piadosos a todas horas y en todas partes. De este principalísimo aspecto de su alma nos hablan, por modo artístico, varios personajes y escenas de sus novelas, por ejemplo, y sobre todo, ciertos misticismos muy bien sentidos y expresados de La batalla de los Arapiles, y singularmente aquel Luis de Gonzaga de La familia de León Roch, cuando próximo a la muerte, desde su jardín contempla el cielo estrellado, detrás del cual está el Dios de su fe de santo. Pero Galdós, fiel a su espíritu inglés, hasta para la religión prefiere el lado práctico de las cosas; y así, Doña Perfecta y Gloria particularmente, y el mismo León Roch, en general tratan la cuestión de las cuestiones, la religiosa, como interés humano, como asunto sociológico. Igual tendencia lleva a la filosofía, que también, es claro, anda a cada paso por sus novelas, con los disfraces de la poesía, indispensables para que se pueda transigir con ella en el arte. La filosofía de Galdós no es positivista, pero sí positiva, en el sentido de referirse a sus elementos éticos, políticos y físicos principalmente. La especulación por la especulación, y el ensueño poético filosófico no son de su gusto; la ciencia la quiere Galdós para algo práctico; el interés de la filosofía está en su aplicación a la conducta de los hombres… ¿Y el amor?

El único dios pagano que queda y que tanto tiene que ver, bien sentido, con filosofías y aspiraciones religiosas, el amor, ¿qué es de él en este novelista? Pues sólo puedo decir que yo no sé si en la vida tuvo novia mi ilustre amigo, que me ha contado muchas cosas… de otros, pero jamás sus primeros amores, ni los demás de la serie, si la hubo. Y en este terreno las conjeturas pecarían contra la prudencia. Sin embargo, diré que si pudiera ser ley psicológica del artista que a la larga su fantasía fuera a reproducir los sueños de sus preferencias, la mujer que más le gusta a Galdós, acaso la que vive en su recuerdo, y no sé si en algo más que el recuerdo, es la que se parece a María Egipciaca por la hermosura del rostro, pero más a Camila y a Fortunata por el espíritu; mujer muy española, de rompe y rasga hasta cierto punto, honrada por temperamento, suelta de modales, sin que lleguen a libres, la mujer más lejana de lo que llaman el cant en Inglaterra; porque Galdós, a mi juicio, iría a la Gran Bretaña por costumbres, política y hombres… pero no por mujeres. Siguiendo el orden de lo que llaman en la escuela los fines racionales, viene después del amor (con que la escuela no cuenta) el arte… ¿Qué opina y siente Galdós del arte? Pues opina que se les debe dejar a los artistas.

Sentencia que: explica latamente y con garbo Menéndez y Pelayo al poner, en su Historia de las ideas estéticas en España, como chupa de dómine al jesuita Jugmann. Pero Galdós no admite de buen grado a los críticos en el santuario, y en esto hace mal, pues deben entrar en él también los que además de críticos, sean artistas, como, v. gr., el citado Menéndez y Pelayo. A la música ha sido, y creo que es todavía, muy aficionado nuestro Autor; cuando era estudiante, y tal vez algún tiempo después, era punto fijo, como él dice, en el Real, probablemente en el Paraíso, del cual conservan recuerdos sus obras, singularmente Miau, un apodo creado en aquellas altas y filarmónicas regiones. En La desheredada hay todo un himno de grandiosa y vehemente poesía a una de las obras maestras de la música clásica; y por último, el obispo Lantigua de Gloria es el símbolo de los aficionados de corazón y sin oído, de la divina Euterpe: el pánfilo de la música, porque la adora sea como sea; manera de entenderla que tiene su filosofía, y que tal vez se da la mano con el wagnerismo de los últimos wagneristas, los que dicen que Wagner no lo era. Respecto de la pintura, baste decir que Galdós dibuja más que medianamente, que él mismo ha ilustrado algunos de sus Episodios Nacionales, y que hace años, allá en Santander, por el verano, tomó en serio el hacer acuarelas con todas las reglas y todos los chismes del arte.

De la escultura, que es el arte que Cánovas del Castillo encuentra más distinguido, no sé lo que piensa Galdós. Supongo que pensará que no tenemos escultores y que por eso le gusta a Cánovas. Llegamos, o mucho me equivoco, al fin económico, y aquí sólo hay que decir que Galdós es de los pocos españoles que pueden vivir con relativa holgura de lo que escriben, entendiendo por escribir el hacerlo como Dios manda y en puro arte de las letras. Sus libros, sobre todo la edición ilustrada de los Episodios, le han dado pretexto para viajar por toda España, creo que sin excepción de una provincia. Galdós prefiere a Santander para el verano, a Zaragoza para los días heroicos y a Sevilla para siempre y para soñar con ella… y a San Sebastián para maltratarlo como buen santanderino de verano. Del fin político no hay que hablar; ya he dicho que es Galdós diputado por Puerto Rico, y sigue la política liberal monárquica. Opina que esto es una perdición, como opinamos todos, desde el príncipe o capitán general altivo hasta el que pesca en ruin barca, o sea un cacique de campanario; pero añade Galdós que desde que ve la política española de cerca se ha convencido de que, si esta manifestación de la actividad anda mal y tiene grandes vicios, no está peor que otras muchas manifestaciones. Y también en esto acierta. Y ahora llegamos al fin… es decir, al fin de este folleto, porque dejo en el tintero muchas cosas que diría a tener más espacio disponible. Si algún día logro reunir más datos, diré lo que me falta. Y perdone Galdós por esta vez. Puede ser que al verse tan maltratado, o mejor, tratado tan mal, parodiando al otro, se diga: «¡Dichosos los pueblos y los Commeleranes que no tienen historia!».

 Monumento de Galdós obra de Victorio Macho en la Casa Museo, colocado en el Retiro de Madrid y luego llevado al muelle de Las Palmas

Nadie mejor que un amigo para contar lo que ve en el amigo o lo que el amigo le cuenta. El retrato que Clarín hace de Galdós pudo hacerlo cualquiera de los que se cruzaban con el escritor a diario, porque o bien Galdós era una tumba, que no lo creo; modesto sí, hasta la exageración seguramente, llegando a un control hermético sobre sus actos, esos que traslucen sin intención; o bien era una tumba Clarín, sobre los asuntos de su amigo al menos. No sabemos, pues, como era Don Benito tras leer a su amigo contarlo, salvo a grandes rasgos, pero sabemos como no era, y eso en estos tiempos en que se comercia tanto con las identidades falsas como con las verdaderas, ya es mucho saber. Pero él dijo de sí diciendo su pensamiento.

Pongo aquí un fragmento del discurso de ingreso en la Real Academia Española, 1897, titulado “La sociedad presente como materia novelable”:
“…Imagen de la vida es la Novela, y el arte de componerla estriba en reproducir los caracteres humanos, las pasiones, las debilidades, lo grande y lo pequeño, las almas y las fisonomías, todo lo espiritual y lo físico que nos constituye y nos rodea, y el lenguaje, que es la marca de raza, y las viviendas, que son el signo de familia, y la vestidura, que diseña los últimos trazos externos de la personalidad: todo esto sin olvidar que debe existir perfecto fiel de balanza entre la exactitud y la belleza de la reproducción…”

Palabras de Benito Pérez Galdós, leído por Serafín Álvarez Quintero en el Ateneo de Madrid el 28 de marzo de 1915: «Es mi Ateneo, mi cuna literaria, el ambiente fecundo donde germinaron y crecieron modestamente las pobres flores que sembró en mi alma la ambición juvenil. Aquel caserón vetusto, situado en una calle mercantil, empinada, de ruin aspecto y tránsito penoso, permanece tan claro en mi mente como en los días venturosos en que fue altar de mis ensueños, descanso de mis tardes, alegría de mis noches y embeleso de todas mis horas. El largo y ancho pasillo; la modesta biblioteca; el salón llamado Senado; las salas de lectura, irregulares y destartaladas; la cátedra dificultosa y entorpecida por pies derechos de madera forrados de papel; la Cacharrería y demás gabinetes interiores de tertulia no se pueden olvidar por el que vivió largos años en aquel recinto, aparejado con derribo de tabiques y adherencia de feísimos pegotes, sin más luces que las de la calle y patios lóbregos.
Si en la memoria vive el local, ¿qué decir de los hombres que en un período de veinte o más años allí moraron espiritualmente, allí disertaron, desde allí dieron luz, fuerza y calor a la sociedad española, encaminándola al estado de cultura en que hoy se encuentra? Todos los grandes cerebros españoles del siglo XIX han pasado por aquella madriguera. De oradores, no digamos; recuerdo haber visto a don Antonio Alcalá Galiano arrimado a las revistas extranjeras en el salón de lectura; en días posteriores vi a Ríos Rosas, a Olózaga, a Cánovas…»

Entrevista realizada a Galdós por El Bachiller Corchuelo en la revista Por esos mundos, julio 1910.
Bachiller – ¿Dónde fue usted bautizado?
Galdós.- En la Iglesia de San Francisco, que fue un convento… Aguarde usted. Voy a decirle una cosa curiosa. Cuando he oído el tañido de sus campanas, siempre he sentido una emoción entre triste y dulce. Su son no lo confundiría con ninguno. Lo distinguiría entre cien que tocasen a un tiempo.

Fe de Bautismo de Benito Pérez Galdós en Las Palmas de Gran Canaria: Fuente:
www.casamuseoperezgaldos.com/web/museo-perez-galdos/iglesia-de-san-francisco

“En Canaria, a doce de Mayo de mil ochocientos cuarenta y tres. Yo, Presbítero Don Francisco María Sosa, con licencia del infrascrito Cura del Partido de Triana, bauticé, puse óleo y crisma a Benito María de los Dolores, que nació el día diez del corriente, a las tres de la tarde, en la calle del Cano, e hijo legítimo del Teniente Coronel del Regimiento Provincial de Las Palmas Don Sebastián Pérez, natural de Valsequillo y Doña María Dolores Galdós, de esta Ciudad; abuelos paternos, Don Antonio Pérez y Doña Isabel María de Valsequillo; maternos, Don Domingo Galdós, natural de Vizcaya, Provincia de España y Doña María Medina, de esta Ciudad. Fue su padrino Don Domingo Pérez; advertile su obligación y espiritual parentesco y firmamos. Matías Padrón. Francisco María Sosa”.

En 1884, en una de sus cartas al diario «La Prensa» de Buenos Aires, reconocía el escritor su relación con Santander, donde tuvo casa, con estas palabras: «… me será muy difícil ser completamente imparcial hablando de Santander y de los montañeses, por el mucho cariño que tengo a este pueblo, mi cuartel de verano, mi refugio contra el calor desde hace catorce años. Esto y los buenos amigos, la benignidad del clima y las repetidas expansiones del ánimo, han creado en mí una predilección especial que no puedo ocultar, y reconociendo las bellezas de toda la región cantábrica, pongo siempre en primer lugar las de esta provincia, así como en la preferencia que suelo dar a todos nuestros septentrionales, hago siempre una segunda selección a favor de los montañeses» .

Monumento a Benito Pérez Galdós en Las Palmas Obra de Pablo Serrano

Biografia

Benito Pérez Galdós, Las Palmas de Gran Canaria, 1843 – Madrid, 1920) Novelista, dramaturgo y articulista español, máximo representante (junto con Leopoldo Alas «Clarín») de las corrientes realista y naturalista en la narrativa española. Pérez Galdós nació en el seno de una familia de la clase media de Las Palmas, hijo de un militar. Recibió una educación rígida y religiosa, que no le impidió entrar en contacto, ya desde muy joven, con el liberalismo, doctrina que guio los primeros pasos de su carrera política.

Cursó el bachillerato en su tierra natal, y en 1867 se trasladó a Madrid para estudiar derecho, carrera que abandonó para dedicarse a la labor literaria. En 1870 apareció su primera novela, La sombra, de factura romántica, a la que siguió ese mismo año La fontana de oro, que parece preludiar los Episodios Nacionales.

Dos años más tarde, poco después de la muerte de su padre y mientras trabajaba como articulista para La Nación, Benito Pérez Galdós emprendió la redacción de los Episodios Nacionales, probablemente inspirado en los relatos de guerra de su progenitor, que había participado en la guerra contra Napoleón. El éxito inmediato de la primera serie, que se inicia con la batalla de Trafalgar, lo empujó a continuar con la segunda, que acabó en 1879 con Un faccioso más y algunos frailes menos. En total, veinte novelas enlazadas por las aventuras folletinescas de su protagonista.

Durante este período también escribió novelas como Doña Perfecta (1876) o La familia de León Roch (1878), obra que cierra una etapa literaria señalada por el mismo autor, quien dividió su obra novelada entre «Novelas del primer período» y «Novelas contemporáneas». Este segundo grupo se inicia en 1881, con la publicación de La desheredada. Según confesión del propio escritor, con la lectura de La taberna, de Zola, descubrió el naturalismo, lo cual cambió la manière de sus novelas, que incorporarán a partir de entonces métodos propios del naturalismo, como es la observación científica de la realidad a través, sobre todo, del análisis psicológico, aunque matizado siempre por el sentido del humor.

Bajo esta nueva manière escribió alguna de sus obras más importantes, como Fortunata y Jacinta (1886-1887), Miau (1888) y Tristana (1892). Todas ellas forman un conjunto homogéneo en cuanto a identidad de personajes y recreación de un determinado ambiente: el Madrid de Isabel II y la Restauración, en el que Galdós era una personalidad importante, respetada tanto literaria como políticamente.

En 1886, a petición del presidente del partido liberal, Sagasta, Benito Pérez Galdós fue nombrado diputado de Puerto Rico, cargo que desempeñó (a pesar de su poca predisposición para los actos públicos) hasta 1890, con el fin de la legislatura liberal y, al tiempo, de su colaboración con el partido. También fue éste el momento en que se rompió su relación secreta con Emilia Pardo Bazán e inició una vida en común con una joven de condición modesta, con la que tuvo una hija.

Un año después, coincidiendo con la publicación de una de sus obras más aplaudidas por la crítica, Ángel Guerra, ingresó (tras un primer intento fallido en 1883) en la Real Academia Española. Durante este período escribió algunas novelas más experimentales, en las que, en un intento extremo de realismo, utilizó íntegramente el diálogo, como Realidad (1892), La loca de la casa (1892) y El abuelo (1897), algunas de las cuales adaptó también para la escena. El éxito teatral más importante, sin embargo, lo obtuvo con la representación de Electra (1901), obra polémica que provocó numerosas manifestaciones y protestas por su contenido anticlerical.

Durante los últimos años de su vida se dedicó a la política; en la convocatoria electoral de 1907 fue elegido por la coalición republicano-socialista, cargo que le impidió, debido a la fuerte oposición de los sectores conservadores, obtener el Premio Nobel. Paralelamente a sus actividades políticas, problemas económicos le obligaron a partir de 1898 a continuar los Episodios Nacionales, de los que llegó a escribir tres series más.
http://www.biografiasyvidas.com/biografia/p/perez_galdos.htm

 Retrato de Galdós por Joaquín Sorolla, 1894

 

 

La Obra

Observaciones sobre la novela contemporánea en España. Benito Pérez Galdós, 1870 Documento de la Casa Museo

(…) La verdad es que existe un mundo de novela. En todas las imaginaciones hay el recuerdo, la visión de una sociedad que hemos conocido en nuestras lecturas: y tan familiarizados estamos con ese mundo imaginario que se nos presenta casi siempre con todo el color y la fijeza de la realidad, por más que las innumerables figuras que lo constituyen no hayan existido jamás en la vida, ni los sucesos tengan semejanza ninguna con los que ocurren normalmente entre nosotros. (…)

Novela

La producción novelística de Pérez Galdós abarca desde 1870 con La Fontana de Oro hasta 1915 con La razón de la sinrazón. Casi toda una vida dedicada a la observación y captación de todos los aspectos más sobresalientes de la realidad. Inserto en la corriente realista que encontrará sus más fieles seguidores en la España de la segunda mitad del XIX y principios del XX Galdós evolucionará y trascenderá los límites de este movimiento hasta derivar en un estilo propio y genuino del que saldrán algunas de las novelas más importantes de la literatura universal.

En términos generales, Galdós incorpora desde una etapa ya temprana la realidad objetiva del mundo exterior y recurre a las técnicas de la documentación de los personajes y de la descripción detallada de ambientes y escenarios.
Podemos hablar, además, de una unión en su obra y en su estilo de características y tendencias que van desde el realismo de algunas novelas del Siglo de Oro hasta la influencia de los escritores rusos y franceses del siglo XIX y una preocupación por las corrientes religiosas y místicas presentes en toda la literatura española.

Su conciencia artística, su deseo de verosimilitud y su perfecto manejo de las técnicas narrativas hacen que su novelística sea un continuo y fiel reflejo de la sociedad española de los siglos XIX y XX.

Listado de novelas

1870 La Fontana de Oro
1870 La sombra
1871 El audaz. Historia de un radical de antaño
1876 Doña Perfecta
1877 Gloria
1878 Marianela
1878 La familia de León Roch
1881 La desheredada
1882 El amigo Manso
1883 El doctor Centeno
1884 Tormento
1884 La de Bringas
1885 Lo prohibido
1887 Fortunata y Jacinta. Dos historias de casadas
1888 Miau
1889 La incógnita
1889 Torquemada en la hoguera
1893 La loca de la casa
1894 Torquemada en el purgatorio
1895 Torquemada y San Pedro
1895 Nazarín
1895 Halma
1897 Misericordia
1897 El abuelo
1905 Casandra
1909 El caballero encantado
1915 La razón de la sinrazón. Fábula teatral absolutamente inverosímil

Listado de cuentos

1865 Una industria que vive de la muerte. Episodio musical del cólera
1871 La novela en el tranvía
1897 Rompecabezas

 Episodios Nacionales, 46 tomos Círculo de Lectores

 

Los Episodios Nacionales, compuestos de cinco series, las cuatro primeras de diez episodios cada una y la quinta y última de seis, suponen la incursión literaria de Pérez Galdós en un período concreto de la historia de España. Desde Trafalgar publicado en 1872 hasta Cánovas en 1912 se narran de forma novelada los conflictos que marcaron los sucesos de nuestro país desde 1805, fecha de la derrota de Trafalgar, hasta los primeros años de la Restauración borbónica. La preocupación por documentar su obra a través de entrevistas, memorias y correspondencia con personas implicadas en los sucesos, y su interpretación novelesca del pasado con la idea de comprender mejor el presente son algunas de sus características más destacables. Del patriotismo y exaltación de un país cuyo principal interés radica en la lucha por el progreso y la unidad irá pasando Galdós al desencanto y la desilusión originados por el ascenso de la burguesía, una clase social incapaz de llevar a cabo los ideales progresistas que había planteado en la Gloriosa.

Listado de Episodios Nacionales. 1ª Serie

1873 Trafalgar
1873 La corte de Carlos IV
1873 El 19 de marzo y el 2 de mayo
1873 Bailén
1874 Napoleón en Chamartín
1874 Zaragoza
1874 Gerona
1874 Cádiz
1875 La batalla de los Arapiles
1874 Juan Martín el Empecinado

Listado de Episodios Nacionales. 2ª Serie

1875 El equipaje del rey José
1875 Memorias de un cortesano de 1815
1876 La segunda casaca
1876 El Grande Oriente
1876 7 de julio
1877 Los cien mil hijos de San Luis
1877 El terror de 1824
1878 Un voluntario realista
1879 Los apostólicos
1879 Un faccioso más y algunos frailes menos

Listado de Episodios Nacionales. 3ª Serie

1898 Zumalacárregui
1898 Mendizábal
1898 De Oñate a la Granja
1899 Luchana
1899 La campaña del maestrazgo
1899 La estafeta romántica
1899 Vergara
1900 Montes de Oca
1900 Los Ayacuchos
1900 Bodas reales

Listado de Episodios Nacionales. 4ª Serie

1902 Las tormentas del 48
1902 Narváez
1903 Los duendes de la camarilla
1904 La revolución de julio
1904 O´Donnell
1905 Aita-Tettauen
1905 Carlos VI en la Rápita
1906 La vuelta al mundo en la Numancia
1906 Prim
1907 La de los tristes destinos

Listado de Episodios Nacionales. 5ª Serie

1908 España sin rey
1909 España trágica
1910 Amadeo I
1911 La primera República
1911 De Cartago a Sagunto
1912 Cánovas

Teatro Pérez Galdós en Las Palmas

Teatro

La obra dramática de Benito Pérez Galdós abarca un periodo que va desde 1892 con el estreno de “Realidad” hasta 1922, dos años después de su muerte, en que los hermanos Álvarez Quintero estrenan Antón Caballero. Treinta años de éxito sobre las tablas que contribuyeron a la renovación del teatro decimonónico mediante la introducción de conceptos, temas y técnicas teatrales novedosas con respecto a la producción dramática del momento.

Frente a una burguesía que había sentado las bases del drama sobre una moral hipócrita Pérez Galdós, influenciado por autores europeos como Ibsen y Maeterlink, pone en práctica un teatro más ideológico, preocupado por la estética, el estilo y la profundidad psicológica de los personajes.

El interés por las tesis regeneracionistas, algo que ya había planteado en algunas de sus novelas, le lleva a la creación de un teatro comprometido con la política, la sociedad y las preocupaciones del público de finales del siglo XIX y principios del XX.

Se trata, pues, de treinta años y más de veinte piezas teatrales que enriquecieron la escena española y suponen el punto de partida de un teatro contemporáneo y moderno que alcanzará su máximo esplendor con autores como Unamuno, Azorín y Valle-Inclán.

Listado de obras de teatro

1861 Quien mal hace bien no espere. Ensayo dramático en un acto y en verso, original del estudiante llamado Benito Pérez Galdós
1892 Realidad. Drama en cinco actos y en prosa
1893 La loca de la casa. Comedia en cuatro actos y en prosa
1893 Gerona. Drama en cuatro actos
1894 La de San Quintín. Comedia en tres actos y en prosa
1894 Los condenados. Drama en tres actos, con un prólogo
1895 Voluntad. Comedia en tres actos y en prosa
1896 Doña Perfecta. Drama en cuatro actos
1896 La Fiera. Drama en tres actos
1901 Electra. Drama en cinco actos
1902 Alma y Vida. Drama en cuatro actos
1903 Mariucha. Comedia en cinco actos
1904 El Abuelo. Drama en cinco actos y en prosa
1905 Bárbara. Tragicomedia en cuatro actos
1905 Amor y Ciencia. Comedia en cuatro actos
1908 Pedro Minio. Comedia en dos actos
1908 Zaragoza. Drama lírico en cuatro actos
1910 Casandra. Drama en cuatro actos
1913 Celia en los Infiernos. Comedia en cuatro actos
1914 Alceste. Tragicomedia en tres actos
1915 Sor Simona. Drama en tres actos y cuatro cuadros
1916 El tacaño Salomón. Comedia en dos actos
1918 Santa Juana de Castilla. Tragicomedia en tres actos
1922 Antón Caballero. Comedia en tres Actos

Fuente:
www.casamuseoperezgaldos.com/web/museo-perez-galdos/la-obra

Entierro de Benito Pérez Galdós en Madrid