Antonio Machado

Contenido: Introducción. Mi poema traducido. Quatro poemas traduzidos de Machado. Textos de Machado. Ensayo de Ángel González. Analise de Francisco Cota Fagundes. Biobibliografía de Machado. Video

Recuerdo una frase de Cesáreo Gutiérrez Cortés, que me ayuda en las pesquisas: “No hay nada más sospechoso de falsedad que lo evidente”. Cuando todo aparece diáfano, perfecto, silencioso, dulce, azul y blanco, tibio, calmo; ¡cuidado! Entonces saco la lupa o el cuenta hilos, el termómetro, tomo el pulso y el aliento, pregunto, abro, giro, escarbo. El asunto importante que suscita la lectura de Machado, es, simple y llanamente, el modo y manera de leerlo; el cómo y cuánto debemos conocer para alcanzar la certeza de su pensamiento, y la posición que tomaba ante la vida y su intríngulis. Se ha dicho que no basta con leer solo algunos textos, prosa o verso; para conocer a Machado hay que tener en cuenta toda su obra. Supongo que esa afirmación viene motivada por sus cambios del punto de vista y de la propia visión. “Nunca estoy más cerca de pensar una cosa” —anota Machado en las primeras páginas del cuaderno Los complementarios— “que cuando he escrito la contraria.”

Bien, si eso es así, su obra al completo nos dará su completa evolución, pero no la visión principal, la dominante, síntesis y punto de apoyo, palanca. ¿Nos bastaría entonces con leer sus últimos trabajos? No, porque el paso del tiempo no es, casi nunca, sinónimo de progreso, sino la pura y sencilla división en estadios del proceso evolutivo. Así, el último momento, sería un punto más de la evolución, pero no el más representativo. La síntesis que algunos hagan en ensayos de enjundia, puede ayudar, pero la opinión, sea la que sea, que uno mismo se haga, debe ser la válida para cada uno. Por tanto, cuanto más se lea de Antonio Machado, mejor: suma de contradicciones más o menos conciliables. En todo caso, ante la duda irresoluble, podemos tomar, como acertada, la opinión de Juan de Mairena. No obstante, en cuanto a la coherencia de su conducta, siempre tendremos la rúbrica inequívoca de su muerte.

 

 

 

 Estatua de Antonio Machado delante del teatro Juan Bravo de Segovia. Obra, en bronce, de Ángel y César García.

 

Hay unos versos, palabras a buril gravadas, que quise, sin embargo, efímeras; y quizá también el autor, Antonio Machado, profeta a fuerza de ser sabio. Pero ahí siguen, tan vigentes como entonces:

Españolito que al mundo vienes
te guarde Dios,
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón.

y hay otros que definen la fe que, en mi tierra castellana, conocí de niño:

Igual que el ballestero
tahúr de la cantiga,
tuviera una saeta el hombre ibero
para el Señor que apedreó la espiga

Tenemos las dos Españas, y ese Dios que es aliado o no es, que obedece nuestra petición individual o la entorpece. La España de la razón y la España de la emoción, fluctuantes, en permanente vaivén. La de abajo y la de arriba, la de la derecha y la de la izquierda, la que dice y la que hace, la que mira y la que siente. Iba a decir, pero no: la que goza y la que padece. No, las dos padecen; porque a ninguna les salen las cuentas tal como las echan. Hay dos Españas aquí y allí, aquí y ahí, en el Norte y en el Sur, en el Este y en el Oeste. Hay dos Españas en el poblado mínimo. Y hay dos Españas en cada uno de nosotros. Hay dos Españas en España, y dos Francias en Francia, dos Alemanias en Alemania y lo mismo en cada uno de los países. Excepto donde hay una tan grande que parece toda, y una tan pequeña que parece inexistente. Esa situación es la peor: pastor y ovejas que le dan la leche, casi siempre contentas: la ubre llena, aprieta y duele.

Razón y emoción debieran ser complementarias, debieran dividirse la tarea: hay asuntos que son del corazón y asuntos que requieren la cabeza, la una matiza la impresión recibida por la otra. Pero casi siempre quieren que la otra ceda y se pliegue. Al respecto, escribí: Emoción y lógica caminaban juntas / humanas complementarias facultades / codo con codo por valles y llanuras, / y el hombre resultaba invulnerable.
A veces el pensamiento parecía tomar la delantera, / hasta que el sentimiento avanzaba decidido / alcanzando una ventaja manifiesta.

 

La unión y la fuerza
Poema de Pedro Sevylla de Juana

Chubasco, chaparrón, nubada:
se oye el murmullo de la lluvia en los cristales,
dilatadas pupilas de la casa;
rítmico repiqueteo, monótono, insistente,
furioso en ocasiones, sosegado a veces.

Como si se tratara de esas aves viajeras,
que emprenden el periplo migratorio,
preludios de invierno o primavera;
como estorninos dispuestos a iniciar sus vuelos acrobáticos,
las diminutas gotas se esperan atadas las unas a las otras,
unidas a las tejas del tejado,
al vidrio asidas, sujetas a las resplandecientes hojas
de los chopos erguidos en el llano.

Si ley que reprocha su conducta,
restringe valiosas libertades,
las gotas reclaman su derecho a reunirse
para formar gotas más grandes.

Cuando su número basta,
y llega al peso crítico el volumen congregado,
ventana abajo se deslizan raudas
pared o tronco abajo,
hacia la horizontal impávida, tonos grises o pardos.

Refresca el bochorno dominante,
el aire aligera su presencia
y en el precipitado ataque,
recelosas se estrellan
-tierra, piedra o follaje-
contra un suelo que opone menguante resistencia.

Cesa el repiqueteo, el susurro acompasado declina,
y las gotas gruesas
-suma de la suma de las más exiguas-
extenuadas, abatidas, enfermas,
reúnen en charcas dispersas sus fuerzas rendidas.

Llegan de aquí y de allá, de todas partes;
se juntan, forman balsas y lagunas,
se multiplican, rebosan, invaden,
y en la reguera gestante de hostilidad y furia,
incorporan el valor a una marcha imparable.

Descienden por la calle empujando obstáculos,
rompiendo presas, abriendo caminos estrechos,
canales amplios,
izando
cayados,
hoces,
horcas;
con el bronco canto
de los rebeldes
que aran profundo
su
propio
surco.

 

 

Chuva na janela

 

A união e a força
Poema e tradução de Pedro Sevylla de Juana

Chuvasco, aguaceiro, chuvarada:
se ouve o murmúrio da chuva nos cristais,
dilatadas pupilas da casa;
rítmico repenique, monótono, insistente
furioso em algumas ocasiões
sossegado às vezes.

Como se foram essas aves viageiras,
que empreendem o périplo migratório
prelúdios de inverno ou primavera;
como estorninhos dispostos a iniciar seus voos acrobáticos,
as diminutas gotas esperam atadas umas e outras,
unidas às telhas do telhado,
ao vidro agarradas, submissas às esplendorosas folhas
dos choupos erguidos no plano.

Se a lei que reprova sua conduta, ´
restringe valiosas liberdades,
as gotas reclamam o direito de reunião e de fusão
para formar gotas mais grandes.

Quando seu número basta
e chega ao peso crítico o volume congregado,
se deslizam rápidas
janela abaixo, parede ou tronco abaixo,
para a horizontal impávida,
tons cinzentos ou pardos.

Refresca o bochorno dominante
o ar aligeira sua presença
e no precipitado ataque,
receosas se estrelam
-terra, pedra ou folhagem-
contra um solo que opõe minguante resistência.

Cessa o repiquete
o sussurro compassado declina,
e as gotas grossas
-soma da soma das mais exíguas-
extenuadas, abatidas, doentes,
reúnem em charcos dispersos suas forças rendidas.

Chegam daqui e dali, de todas partes;
se juntam, formam balsas e lagos,
se multiplicam, transbordam, invadem,
e no rego gestante de hostilidade e fúria,
incorporam a coragem
a uma marcha
imparável.

Vão rua abaixo, empurrando obstáculos
rompendo represas, abrindo caminhos estreitos,
canais amplos,
içando
cajados,
foices,
forcas;
com o bronco canto
dos rebeldes
que lavram profundo
seu
próprio
sulco.

 

 

 

 

Cuatro poemas de Antonio Machado
Traducidos por Pedro Sevylla de Juana

 

RETRATO
Poema de Antonio Machado

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
y un huerto claro donde madura el limonero;
mi juventud, veinte años en tierra de Castilla;
mi historia, algunos casos que recordar no quiero.
Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido
—ya conocéis mi torpe aliño indumentario—,
más recibí la flecha que me asignó Cupido,
y amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario.
Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
pero mi verso brota de manantial sereno;
y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.
Adoro la hermosura, y en la moderna estética
corté las viejas rosas del huerto de Ronsard;
mas no amo los afeites de la actual cosmética,
ni soy un ave de esas del nuevo gay-trinar.
Desdeño las romanzas de los tenores huecos
y el coro de los grillos que cantan a la luna.
A distinguir me paro las voces de los ecos,
y escucho solamente, entre las voces, una.
¿Soy clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso, como deja el capitán su espada:
famosa por la mano viril que la blandiera,
no por el docto oficio del forjador preciada.
Converso con el hombre que siempre va conmigo
—quien habla solo espera hablar a Dios un día—;
mi soliloquio es plática con ese buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.
Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.
Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
Campos de Castilla Poema XCVII de Poesías Completas

 

Retrato
Poema de Antonio Machado
Tradução de Pedro Sevylla de Juana

Minha infância são lembranças dum pátio de Sevilla,
e um horto claro onde madura o limoeiro;
a mocidade, vinte anos em terra de Castilla;
minha história, alguns casos que recordar não quero.
Nem sedutor Mañara, nem Bradomín tenho sido
—já conheceis meu torpe alinho indumentário—,
mais recebi a seta que me atribuiu Cupido,
e amei quanto elas possam ter de hospitalário.
Há em minhas veias gotas de sangue jacobina,
mas meu verso brota de manancial sereno;
e, mais que um homem ao uso que sabe sua doutrina,
sou, no bom sentido da palavra, bom.
Adoro a formosura, e na moderna estética
cortei as velhas rosas do horto de Ronsard;
mas não amo os adereços da atual cosmética,
nem sou uma ave dessas do novo gay-trinar.
Desdenho as romanças dos tenores ocos
e o coro dos grilos que cantam à lua.
A distinguir me paro as vozes dos ecos,
e escuto somente, entre as vozes, uma.
Sou clássico ou romântico? Não sei. Deixar quisera
meu verso, como deixa o capitão sua espada:
famosa pela mão viril que a brandira,
não pelo douto oficio do forjador prezada.
Converso com o homem que sempre vai comigo
—quem fala só espera falar a Deus um dia—;
meu solilóquio é conversa com esse bom amigo
que me ensinou o segredo da filantropia.
A meu trabalho vou, com meu dinheiro pago
o traje que me cobre e a mansão que habito,
o pão que me alimenta e o leito onde jazo.
E quando chegue o dia da última viagem,
e parta a nave que não tem de tornar,
me encontrareis a bordo ligeiro de bagagem,
quase despido, como os filhos da mar.

 

A LA MUERTE DE RUBÉN DARÍO
Poema de Antonio Machado

Si era toda en tu verso la armonía del mundo,
¿dónde fuiste, Darío, la armonía a buscar?
Jardinero de Hesperia, ruiseñor de los mares,
corazón asombrado de la música astral,
¿te ha llevado Dionysos de su mano al infierno
y con las nuevas rosas triunfantes volverás?
¿Te han herido buscando la soñada Florida,
la fuente de la eterna juventud, capitán?
Que en esta lengua madre la clara historia quede;
corazones de todas las Españas, llorad.
Rubén Darío ha muerto en sus tierras de Oro,
esta nueva nos vino atravesando el mar.
Pongamos, españoles, en un severo mármol,
su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más:
Nadie esta lira pulse, si no es el mismo Apolo,
nadie esta flauta suene, si no es el mismo Pan.

Elogios Poema CXLVIII de Poesías Completas

 

À morte de RubénDarío
Poema de Antonio Machado
Tradução de Pedro Sevylla de Juana

Se era toda em teu verso a harmonia do mundo,
onde foste, Darío, a harmonia a buscar?
Jardineiro de Hesperia, rouxinol dos mares,
coração assombrado da música astral,
levou-te Dionysos de sua mão ao inferno
e com as novas rosas triunfantes voltarás?
Te feriram procurando a sonhada Flórida,
a fonte da eterna juventude, capitão?
Que nesta língua mãe a clara história fique;
corações de todas as Espanhas, chorem.
Rubén Darío morreu em suas terras de Ouro,
esta nova veio-nos atravessando o mar.
Ponhamos, espanhóis, num severo mármore,
seu nome, flauta e lira, e uma inscrição não mais:
Ninguém esta lira pulse, se não é o mesmo Apolo,
ninguém esta flauta soe, se não é o mesmo Pan.

 

 

El mañana efímero
Poema de Antonio Machado

La España de charanga y pandereta,
cerrado y sacristía,
devota de Frascuelo y de María,
de espíritu burlón y de alma quieta,
ha de tener su mármol y su día,
su infalible mañana y su poeta.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero.
Será un joven lechuzo y tarambana,
un sayón con hechuras de bolero,
a la moda de Francia realista
un poco al uso de París pagano
y al estilo de España especialista
en el vicio al alcance de la mano.
Esa España inferior que ora y bosteza,
vieja y tahúr, zaragatera y triste;
esa España inferior que ora y embiste,
cuando se digna usar de la cabeza,
aún tendrá luengo parto de varones
amantes de sagradas tradiciones
y de sagradas formas y maneras;
florecerán las barbas apostólicas,
y otras calvas en otras calaveras
brillarán, venerables y católicas.
El vano ayer engendrará un mañana
vacío y ¡por ventura! pasajero,
la sombra de un lechuzo tarambana,
de un sayón con hechuras de bolero;
el vacuo ayer dará un mañana huero.
Como la náusea de un borracho ahíto
de vino malo, un rojo sol corona
de heces turbias las cumbres de granito;
hay un mañana estomagante escrito
en la tarde pragmática y dulzona.
Mas otra España nace,
la España del cincel y de la maza,
con esa eterna juventud que se hace
del pasado macizo de la raza.
Una España implacable y redentora,
España que alborea
con un hacha en la mano vengadora,
España de la rabia y de la idea.

Poema CXXXV Poesías Completas Espasa Calpe colección Austral

 

O amanhã efêmero
Poema de Antonio Machado
Tradução de Pedro Sevylla de Juana

A Espanha de charanga e pandeireta,
fechado e sacristia,
devota de Frascuelo e de Maria,
de espírito burlão e de alma quieta,
tem de ter seu mármore e seu dia,
seu infalível amanhã e seu poeta.
O vão ontem engendrará o amanhã
vazio e por ventura! passageiro.
Será pessoa vil e azoratada,
um saião com feituras de bolero,
à moda de França realista
um pouco ao uso do Paris pagão
e ao estilo de Espanha especialista
no vício ao alcance da mão.
Essa Espanha inferior que ora e boceja,
velha e batoteira, agitadora e triste;
essa Espanha inferior que ora e investe,
quando se digna usar da cabeça,
ainda terá longo parto de varões
amantes de sagradas tradições
e de sagradas formas e maneiras;
florescerão as barbas apostólicas,
e outras calvas em outras caveiras
brilharão, veneráveis e católicas.
O vão ontem engendrará um amanhã
vazio e por ventura! passageiro,
a sombra dum velhaco atordoado,
dum saião com feituras de bolero;
o vácuo ontem dará um amanhã cavo.
Como a náusea de um bêbado farto
de vinho mau, um vermelho sol coroa
de fezes turvas as cimeiras de granito;
há um discordante amanhã escrito
na tarde pragmática e muito doce.
Mas outra Espanha nasce,
a Espanha do cinzel e da maça,
com essa eterna juventude que se faz
do passado maciço da raça.
Uma Espanha implacável e redentora,
Espanha que alvoreja
com um machado na mão vingadora,
Espanha da raiva e da ideia.

 

 

El Dios ibero
Poema de Antonio Machado

Igual que el ballestero
tahúr de la cantiga,
tuviera una saeta el hombre ibero
para el Señor que apedreó la espiga
y malogró los frutos otoñales,
y un “gloria a ti” para el Señor que grana
centenos y trigales
que el pan bendito le darán mañana.
Señor de la ruina
adoro porque aguardo y porque temo:
con mi oración se inclina
hacia la tierra un corazón blasfemo.
¡Señor, por quien arranco el pan con pena,
sé tu poder, conozco mi cadena!
¡Oh dueño de la nube del estío
que la campiña arrasa,
del seco otoño, del helar tardío
y del bochorno que la mies abrasa!
“¡Señor del iris, sobre el campo verde
donde la oveja pace;
Señor del fruto que el gusano muerde
y de la choza que el turbión deshace,
“tu soplo el fuego del hogar aviva,
tu lumbre da sazón al rubio grano,
y cuaja el hueso de la verde oliva,
la noche de San Juan, tu santa mano!
“¡Oh dueño de fortuna y de pobreza,
ventura y malandanza,
que al rico das favores y pereza
y al pobre su fatiga y su esperanza!
“¡Señor, Señor: en la voltaria rueda
del año he visto mi simiente echada,
corriendo igual albur que la moneda
del jugador en el azar sembrada!
“¡Señor, hoy paternal, ayer cruento,
con doble faz de amor y de venganza,
a Ti, en un dado de tahúr al viento,
va mi oración, blasfemia y alabanza!”
Este que insulta a Dios en los altares,
no más atento al ceño del destino,
también soñó caminos en los mares
y dijo: es Dios sobre la mar camino.
¿No es él quien puso a Dios sobre la guerra
más allá de la suerte,
más allá de la tierra,
más allá de la mar y de la muerte?
¿No dio la encina ibera
para el fuego de Dios la buena rama,
que fue en la santa hoguera
de amor una con Dios en pura llama?
Mas hoy… ¡Qué importa un día!
Para los nuevos lares
estepas hay en la floresta umbría,
leña verde en los viejos encinares.
Aún larga patria espera
abrir al corvo arado sus besanas;
para el grano de Dios hay sementera
bajo cardos y abrojos y bardanas.
¡Qué importa un día! Está el ayer alerto
al mañana, mañana al infinito;
¡hombres de España, ni el pasado ha muerto,
ni está el mañana—ni el ayer—escrito!
¿Quién ha visto la faz al Dios hispano?
Mi corazón aguarda
al hombre ibero de la recia mano,
que tallará en el roble castellano
el Dios adusto de la tierra parda.

Campos de Castilla Poema CI de Poesías Completas

 

O Deus ibero
Poema de Antonio Machado
Tradução Pedro Sevylla de Juana

Igual que o besteiro
batoteiro da cantiga,
tivesse uma seta o homem ibero
para o Senhor que apedrejou a espiga
e malogrou os frutos outonais,
e um “glória para você” Senhor que grana
centeios e trigais
que o pão bendito lhe darão amanhã.
Senhor da ruína
adoro porque aguardo e porque temo:
com minha oração se inclina
para a terra um coração blasfemo.
Senhor, por quem arranco o pão com pena,
sei teu poder, conheço minha corrente!
Oh dono da nuvem do estio
que a campina arrasa,
do seco outono, do gelar tardio
e do bochorno que a seara abrasa!
“Senhor do íris, sobre o campo verde
onde a ovelha pasce;
Senhor do fruto que o verme morde
e da choça que o aguaceiro rompe,
“teu sopro o fogo do lar aviva,
teu lume dá ponto ao louro grão,
e coalha o osso da verde oliva,
a noite de San Juan, tua santa mão!
“Oh dono de fortuna e de pobreza,
ventura e malandança,
que ao rico dás favores e preguiça
e ao pobre sua fadiga e sua esperança!
“Senhor, Senhor: na instável roda
do ano tenho visto a semente deitada,
correndo igual sorte que a moeda
do jogador no azar semeada!
“Senhor, hoje paternal, ontem cruento,
com duplo rosto de amor e de vingança,
a Ti, num dado de batoteiro ao vento,
vai minha oração, blasfêmia e alabança!”
Este que insulta a Deus nos altares,
não mais atento ao cenho do Destino,
também sonhou caminhos nos mares
e disse: “É Deus sobre o mar caminho.”
Não é ele quem pôs Deus sobre a guerra
para além da sorte,
para além da terra,
para além da mar e da morte?
Não deu o azinho ibero
para o fogo de Deus o bom ramo,
que foi na santa fogueira
de amor uma com Deus em pura chama?
Mas hoje… Que importa um dia!
Para os novos lares
estepes há na floresta umbria,
lenha verde nos velhos azinhais.
Ainda longa pátria espera
abrir ao curvo arado suas besanas;
para o grão de Deus há sementeira
baixo cardos e abrolhos e bardanas.
Que importa um dia! Está o ontem alerto
ao amanhã, amanhã ao infinito;
homens da Espanha, nem o passado tem morrido,
nem está o amanhã—nem o ontem—escrito!
Quem tem visto a cara do Deus hispano?
Meu coração aguarda
ao homem ibero da vigorosa mão,
que talhará no roble castelhano
o árido Deus da terra parda.

Poemas originais de Poesías Completas Espasa Calpe S-A. Colección Austral nº 149

 

 

Antonio Machado por Leandro Oroz Lacalle – Fondos de la Fundación Ortega y Gasset

 

 

Textos de Antonio Machado

Vida

“Nací en Sevilla una noche de julio de 1875, en el célebre palacio de las Dueñas, sito en la calle del mismo nombre. Mis recuerdos de la ciudad natal son todos infantiles, porque a los ocho años pasé a Madrid, adonde mis padres se trasladaron, y me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza. A sus maestros guardo vivo afecto y profunda gratitud. Mi adolescencia y mi juventud son madrileñas. He viajado algo por Francia y por España. En 1907 obtuve cátedra de lengua francesa, que profesé durante cinco años en Soria. Allí me casé; allí murió mi esposa, cuyo recuerdo me acompaña siempre. Me trasladé a Baeza, donde hoy resido. Mis aficiones son pasear y leer.”
De Madrid a París a los veinticuatro años (1899). París era todavía la ciudad del “affaire Dreyfus” en política, del simbolismo en poesía, del impresionismo en pintura, del escepticismo elegante en crítica. Conocí personalmente a Oscar Wilde y a Jean Moréas. La gran figura literaria, el gran consagrado era Anatole France.
De Madrid a Paris (1902). En ese año conocí en París a Rubén Darío.
De 1903 a 1910, diversos viajes por España: Granada, Córdoba, tierras de Soria, las fuentes del Duero, ciudades de Castilla, Valencia, Aragón.
De Soria a París (1910). Asistí a un curso de Henri Bergson en el Colegio de Francia.
De 1912 a 1919, desde Baeza a las fuentes del Guadalquivir y a casi todas las ciudades de Andalucía.
Desde 1919 paso la mitad de mi tiempo en Segovia y en Madrid la otra mitad aproximadamente. Mis últimas excursiones han sido a Ávila, León, Palencia y Barcelona (1928).
1931

Prólogos

A “Páginas Escogidas”
“Mi costumbre de no volver nunca sobre lo hecho y de no leer nada de cuanto escribo, una vez dado a la imprenta, ha sido causa en esta ocasión de no poco embarazo para mí. El presentar un tomo de Páginas escogidas me obligó no sólo a releer, sino a elegir, lo que supone juzgar. ¡Triste labor! Porque un poeta, aunque desbarre, mientras produce sus rimas está siempre de acuerdo consigo mismo; pero, pasados los años, el hombre que juzga su propia obra dista mucho del que la produjo. Y puede ser injusto para consigo mismo: si, por amor de padre, con exceso indulgente, también a veces ingrato por olvido, pues la página escrita nunca recuerda todo lo que se ha intentado, sino lo poco que se ha conseguido.
Si un libro nuestro fuera una sombra de nosotros mismos, sería bastante; porque francamente es mucho menos: la ceniza de un fuego que se ha apagado y que tal vez no ha de encenderse más. Y en el caso mejor, cuando nuestro libro nos evoca nuestra alma de ayer con la viveza de algunos sueños que actualizan lo pasado, echamos de ver que, entonces, llevábamos a la espalda un copioso haz de flechas que no recordamos haber disparado y que han debido caérsenos por el camino. La tristeza de volver sobre nuestra obra no proviene de la conciencia de lo poco logrado, sino de lo mucho que renunciamos a acometer. Nuestra incapacidad también en la merma de simpatía por nuestra obra y en la enorme distancia que media entre el momento creador y el crítico. En el primero coincidimos con la corriente de la vida, cargada de realidades virtuales que acaso no llegan nunca a actualizarse, pero que sentimos como infinitamente posibles; en el segundo estamos fuera de esta misma corriente, y aun fuera de nosotros, obligados a juzgar, a encerrar y distribuir las vivas aguas en los rígidos cangilones de las ideas ómnibus, a avaluar en moneda corriente lo más ajeno a toda mercadería. Es muy frecuente – casi la regla – que el poeta echa a perder su obra al corregirla. La explicación es fácil: se crea por intuiciones; se corrige por juicios, por relaciones entre conceptos. Los conceptos son de todos y se nos imponen desde fuera en el lenguaje aprendido; las intuiciones son siempre nuestras. Juzgarnos o corregirnos supone aplicar la medida ajena al paño propio. Y al par que entramos en razón y nos ponemos de acuerdo con los demás, nos apartamos de nosotros mismos; cuantas líneas enmendamos para afuera son otras tantas deformaciones de lo íntimo, de lo original, de lo que brotó espontáneo en nosotros.
El poeta debe escuchar con respeto la crítica ajena, porque el libro lanzado a la publicidad ya no le pertenece. Él lo entregó a juicio de los hombres, sino que nadie le obligase a ello. Asístele, sin embargo, el derecho de no ser demasiado dócil a admoniciones y consejos, y le conviene, sobre todo, desconfiar aun de sus propias definiciones. No se define en arte, sino en matemática – allí donde lo definido y la definición son una misma cosa -. Ante la crítica dogmática y doctrinera, aun la propia inepcia puede sonreír desdeñosa.
Cabe, no obstante, pedir al hombre de un libro un juicio voluntario de su obra, un precio de su propia labor; cabe preguntarle: “¿En cuánto estima usted esto que nos ofrece en demanda de nuestra simpatía y de nuestro aplauso?”. Responderé brevemente. Como valor absoluto, bien poco tendrá mi obra si alguno tiene; pero creo -y en eso estriba su valor relativo- haber contribuido con ella, y al par de otros poetas de mi promoción, a la poda de ramas superfluas en el árbol de la lírica española, y haber trabajado con sincero amor para futuras y más robustas primaveras.
Baeza, 20 de abril de 1917

A “Soledades”
Las composiciones de este primer libro, publicado en enero de 1903, fueron escritas entre 1899 y 1902. Por aquellos años, Rubén Darío, combatido hasta el escarnio por la crítica al uso, era el ídolo de una selecta minoría. Yo también admiraba al autor de Prosas profanas, el maestro incomparable de la forma y la sensación, que más tarde nos reveló la hondura de su alma en Cantos de vida y esperanza. Pero yo pretendí —y reparad que no me jacto de éxitos, sino de propósitos— seguir camino bien distinto. Pensaba yo que el elemento poético no era la palabra por su valor fónico, ni el color, ni la línea, ni un complejo de sensaciones, sino una honda palpitación del espíritu; lo que pone el alma, si es que algo pone, o lo que dice, si es que algo dice, con voz propia, en respuesta al contacto del mundo. Y aun pensaba que el hombre puede sorprender algunas palabras de un íntimo monólogo, distinguiendo la voz viva de los ecos inertes; que puede también, mirando hacia dentro, vislumbrar las ideas cordiales, los universales del sentimiento. No fue mi libro la realización sistemática de este propósito; mas tal era mi estética de entonces.
Esta obra fue refundida en 1907, con adición de nuevas composiciones que no añadían nada sustancial a las primeras, en Soledades, galerías y otros poemas. Ambos volúmenes constituyen en realidad un sólo libro. 1917

A “Campos de Castilla”
En un tercer volumen publiqué mi segundo libro, Campos de Castilla (1912). Cinco años en la tierra de Soria, hoy para mí sagrada –allí me casé; allí perdí a mi esposa, a quien adoraba—, orientaron mis ojos y mi corazón hacia lo esencial castellano. Ya era, además, muy otra mi ideología. Somos víctimas—pensaba yo— de un doble espejismo. Si miramos afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde en solidez, y acaba por disipársenos cuando llegamos a creer, que no existe por sí, sino por nosotros. Pero si, convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que se desvanece. ¿Qué hacer entonces? Tejer el hilo que nos dan, soñar nuestro sueño, vivir; sólo así podremos obrar el milagro de la generación. Un hombre atento a sí mismo y procurando auscultarse, ahoga la única voz que podría escuchar; la suya; pero le aturden los ruidos extraños. ¿Seremos, pues, meros espectadores del mundo? Pero nuestros ojos están cargados de razón, y la razón analiza y disuelve. Pronto veremos el teatro en ruinas, y, al cabo, nuestra sola sombra proyectada en la escena. Y pensé que la misión del poeta era inventar nuevos poemas de lo eterno humano, historias animadas que, siendo suyas, viviesen, no obstante, por sí mismas. Me pareció el romance la suprema expresión de la poesía, y quise escribir un nuevo Romancero. A este propósito responde La tierra de Alvargonzález. Muy lejos estaba yo de pretender resucitar el género en su sentido tradicional. La confección de nuevos romances viejos —caballerescos o moriscos— no fue nunca de mi agrado, y toda simulación de arcaísmos me parece ridícula. Cierto que yo aprendí a leer en el Romancero General que compiló mi buen tío don Agustín Durán; pero mis romances no emanan de las heroicas gestas, sino del pueblo que las compuso y de la tierra donde se cantaron; mis romances miran a lo elemental humano, al campo de Castilla y al Libro Primero de Moisés, llamado Génesis.
Muchas composiciones hallaréis ajenas a estos propósitos que os declaro. A una preocupación patriótica responden muchas de ellas; otras, al simple amor a la Naturaleza, que en mí supera infinitamente al del Arte. Por último, algunas rimas revelan las muchas horas de mi vida gastadas — alguien dirá: perdidas— en meditar sobre los enigmas del hombre y del mundo.

 

Poética

En este año de su antología -1931- pienso, como en los años de modernismo literario (los de mi juventud), que la poesía es la palabra esencial en el tiempo. La poesía moderna, que, a mi entender, arranca, en parte al menos, de Edgar Poe, viene siendo hasta nuestros días la historia del gran problema que al poeta plantean estos dos imperativos: esencialidad y temporalidad. El pensamiento lógico, que se adueña de las ideas y capta lo esencial, es una actividad destemporalizadora. Pensar lógicamente es abolir el tiempo, suponer que no existe, crear un movimiento ajeno al cambio, discurrir entre razones inmutables. El principio de identidad -nada hay que no sea igual a sí mismo- nos permite anclar en el río de Heráclito, de ningún modo atrapar su onda fugitiva. Pero al poeta no le es dado pensar fuera del tiempo, porque piensa su propia vida, que no es, fuera del tiempo, absolutamente nada.
Me siento, pues, algo en desacuerdo con los poetas del día. Ellos proceden a una destemporalización de la lírica, no sólo por el desuso de los artificios del ritmo, sino, sobre todo, por el empleo de las imágenes más en función conceptual que emotiva. Muy de acuerdo, en cambio, con los poetas futuros de mi Antología, que daré a la estampa, cultivadores de una lírica
otra vez inmergida en “las mesmas aguas de la vida”, dicho sea con frase de la pobre Teresa de Jesús. Ellos devolverán su honor a los románticos, sin serlo ellos mismos; a los poetas del siglo lírico, que acentuó con un adverbio temporal su mejor poema, al par que ponía en el tiempo, con el principio de Carnot, la ley más general de la naturaleza.
Entretanto se habla de un nuevo clasicismo y hasta de una poesía del intelecto. El intelecto no ha cantado jamás, no es su misión. Sirve, no obstante, a la poesía, señalándole el imperativo de su esencialidad. Porque tampoco hay poesía sin ideas, sin visiones de lo esencial. Pero las ideas del poeta no son categorías formales, cápsulas lógicas, sino directas intuiciones del ser que deviene, de su propio existir; son, pues, temporales, nunca elementos ácronos, puramente lógicos. El poeta profesa, más o menos conscientemente, una metafísica existencialista, en la cual el tiempo alcanza un valor absoluto. Inquietud, angustia, temores, resignación, esperanza, impaciencia que el poeta canta, son signos del tiempo, y al par, revelaciones del ser en la conciencia humana.

Textos de Antonio Machado Poesías completas Espasa Calpe.S.A.
Colección austral nº 149

 

 

 

 

 

Las otras soledades de Antonio Machado (Fragmento)
Por Ángel González Muñiz
En su Discurso de ingreso en la Real Academia Española

Señores Académicos:
Como es bien sabido, Antonio Machado, académico electo desde 1927, comenzó a escribir un proyectado discurso de ingreso en la Academia Española hacia 1929, e interrumpió su redacción definitivamente en 1931 por razones que se desconocen, aunque yo creo que pueden deducirse del preámbulo de ese proyecto. En ese texto inacabado (1777) (1), las primeras palabras de Machado son para expresar la “muy alta idea” que tiene de la Academia, y para confesar que se siente demasiado honrado por la elección: un honor en su caso desmedido y perturbador. Tras esas declaraciones, pasa el poeta a hacer algunas consideraciones un tanto inesperadas y ambiguas acerca de su aspiración a vivir de realidades que no estén en pugna —dice textualmente— “con la norma ideal que habíamos sacado de nuestra experiencia”. ¿Insinúa Machado que la condición de académico podría ser una de esas realidades que pugnan con su norma ideal? Como aclara enseguida, el ingreso en la Academia le plantea efectivamente un conflicto entre la realidad y el ideal, pero son las deficiencias de su propia realidad, y en ningún caso las atribuibles a la Academia, las que establecen ese desajuste: Antonio Machado no cree tener “las dotes específicas del académico”.

Y para acreditar su falta de cualidades presenta un desastroso historial de deméritos que justificaría, no ya la revocación de su nombramiento académico, sino la expulsión del instituto de segunda enseñanza donde daba clases. Él no es humanista, ni filólogo, ni erudito; sus letras son pobres; ha olvidado casi todo lo que ha leído; las bellas letras nunca le apasionaron, etc. Es evidente que Machado no está diciendo la verdad: el desarrollo posterior de su discurso, tan rico en erudición e ideas originales, lo desmiente. “No se achique usted tanto, señor Rodríguez. Agrada la modestia, pero no el propio menosprecio” (1916), dice Juan de Mairena a uno de sus más aventajados discípulos, que había comenzado en semejantes términos un ejercicio de retórica. Yo sospecho que Mairena se estaba riendo del académico electo, que se autodenigra de modo tan inmisericorde como injusto, aunque, en mi opinión, con una intención benemérita: disimular, para no ofender a la institución que le había abierto las puertas, su falta de simpatía por lo académico, que en otras ocasiones no tuvo empacho en declarar. “Pasé por el Instituto y la Universidad” —escribe en 1913 a Juan Ramón Jiménez—, “pero de estos centros no tengo huella alguna, como no sea mi aversión a todo lo académico” (1521).

Más o menos repite ese juicio en carta a Ortega (1514), en la que incurre en otras imprudencias: además de decirle que la vida —”la calle, el café, el teatro, la taberna”— es “algo muy superior a la universidad”, comete el doble error de llamarlo “maestro”, y de elogiar la obra de “el gran Menéndez Pelayo”. Con nada de eso está de acuerdo Ortega, que —abriendo un largo capítulo de desavenencias con el poeta, del que daré noticia más detallada— le expresa su disgusto a vuelta de correo: el desdén por la universidad puede implicar desdén a su persona, la palabra “maestro” connota vejez, y de Menéndez y Pelayo no es partidario. Desde entonces Machado llamará a Ortega “joven maestro” y rebajará su entusiasmo por don Marcelino, pero reafirmará, siempre que a mano venga, su aversión por la universidad. “El árbol de la cultura” —insiste tercamente Mairena— “no tiene más savia que nuestra propia sangre, y sus raíces no habéis de hallarlas sino por azar en las aulas de nuestras escuelas, Academias, Universidades, etc.” (2098).

Esta digresión inicial viene a cuento porque de Machado voy a hablar después, y también porque me da pie para decir en nombre propio algo acerca de la Academia. El desdén por la Academia fue —ya no parece serlo— muy común entre los jóvenes, que veían en ella la representación de lo obsoleto y muerto; actitud contrapuesta a la de aquellos que, generalmente al acercarse a la senectud —aunque haya habido casos de notable precocidad—, aspiran a sentar plaza de académico para ganar la consideración social que sus propios méritos no les deparan.
(…)
La admiración que todavía, después de haberla frecuentado durante tantos años, profeso a la obra de Antonio Machado, fue la razón que me movió a hablar hoy de algunos aspectos de su escritura en prosa, muy importante a mi modo de ver, y menos atendida por la crítica que su poesía. En toda admiración hay un componente de sorpresa, y la sorpresa que las cosas nos producen suele desgastarse cuando prolongamos nuestro trato con ellas. No es ése, para mí, el caso de Antonio Machado, cuya relectura me revela aún —insisto: al cabo de tantos años— matices inesperados. Y ello es así en gran parte porque, en conjunto, su poesía se configura como un cuerpo huidizo, esquivo, que se resiste a ser aprehendido en su totalidad, que desprende un halo cambiante —yo diría que también creciente— de significaciones cuyo perfil último es difícil fijar. Es muy probable que Antonio Machado tuviese en mente esa cualidad de su propia obra cuando, por boca de Juan de Mairena, dice que en las formas literarias no ve “sino contornos más o menos momentáneos de una materia en perpetuo cambio” (701).

El motor de ese “perpetuo cambio” es, en principio, el tiempo, la corriente infinita a la que ni la poesía —”palabra esencial”— puede sustraerse; ni la poesía, ni el sentimiento, ni, por supuesto, el pensamiento: Machado parece pensar de acuerdo con lo que Abel Martín llamaba Esquema externo de una lógica temporal, según el cual “A no es nunca A en dos momentos sucesivos” (681). Pero la movilidad de su pensamiento no se debe sólo a las inevitables modificaciones impuestas por el transcurso del tiempo, sino que parece obedecer a un mecanismo casi automático que proyecta su “pensar” hacia nuevas direcciones: “Nunca estoy más cerca de pensar una cosa” —anota Machado en las primeras páginas del cuaderno Los complementarios— “que cuando he escrito la contraria” (1118). En esta temprana observación, el poeta pecó de reticente; tal vez debería haber añadido que no sólo tendía a pensar en contra de lo que él mismo había escrito, sino también en contra de lo que habían escrito los demás. Él no dice eso, pero quien no tiene inconveniente en reconocerlo es Juan de Mairena, para el que “{pensar} algo en contra de lo que se le dice […] es la única manera de pensar algo” (1979). Seguramente por ese hábito de corregirse a sí mismo y a los otros admiraba Mairena a Bécquer, cuyo discurso, según él, estaba regido por “un principio de contradicción propiamente dicho: si, pero no; volverán, pero no volverán ” (2094).

A diferencia del de Bécquer, el discurso de Machado no parte de un “sí” para llegar a un “no”; lo que hay de afirmativo en su pensamiento es casi siempre el resultado de una previa negación, expresa o tácita, de lo que observa en su entorno. Y esa manera de pensar a la contra terminará definiendo a Machado como un disidente —o lo que es igual: como un solitario— dentro del panorama cultural y literario en el que su obra se produce. Sin embargo, la disidencia y la soledad no se explican únicamente por lo que sucede en el entorno. Hay algo inherente en Machado que lo mueve a establecer y a subrayar las diferencias con los demás: en primer lugar, su tendencia al diálogo y las formas y modos dialécticos; y luego, un temple inconformista con posos de un radicalismo atemperado, aunque no siempre, por una actitud esencialmente irónica, por un escepticismo de doble filo que llevado al extremo —mantener “una posición escéptica frente al escepticismo” (1974)— acaba adquiriendo cualidades positivas, afirmativas: el escepticismo, dice Machado por medio, otra vez, de Juan de Mairena, “lejos de ser, como muchos creen, un afán de negarlo todo, es, por el contrario, el único medio de defender algunas cosas” (1952).

Y en efecto, bajo el escepticismo de Antonio Machado no deja nunca de percibirse una obstinada defensa de algunas “verdades” para él irrenunciables, últimas y constantes referencias que le permiten resolver con coherencia sus propias contradicciones y deciden amplias zonas de su discurso: en el plano estético, la concepción de que la poesía es “palabra en el tiempo”; y la creencia en que la lírica descansa en dos pilares imprescindibles: el sentimiento y las ideas. En un sentido más general, desbordando lo específicamente estético, también es determinante su creciente atención a lo otro y a los otros, a la realidad (término que Machado suele sustituir por la palabra “naturaleza”) y al prójimo, actitud que le lleva muy pronto a salir del ensimismamiento simbolista, y que acaba imprimiendo una especial tonalidad (social, política) a su discurso. Hay en mis venas gotas de sangre jacobina, / pero mi verso brota de manantial sereno…, dice Machado en unos conocidísimos versos, que son un buen ejemplo de sus maneras irónicas y sus modales dialécticos. La serenidad está, en principio, reñida con el jacobinismo. Sin embargo, Machado aproxima tan distantes y contrapuestas nociones, y las hace compatibles en su persona y en la proyección de su persona: el verso.

Puede parecer —y acaso sea ésa la primera impresión del lector— que el fluir sereno del manantial del que su verso brota diluye en el poema, hasta desvanecerlas, las gotas de sangre jacobina afirmadas en primer término. Y sin embargo, esas gotas no están disueltas, sino emulsionadas, sin menoscabo de su integridad, en el caudal de serenidad que las arrastra. El jacobinismo, aun reducido a su mínima expresión —”unas gotas”— basta para precipitar la conciencia social y solidaria que imprime a la trayectoria de sus trabajos y sus días una dirección divergente y en muchos puntos opuesta a la que siguieron sus compañeros de generación. En todos esos aspectos, el pensamiento de Machado es inequívoco, pese a que la voz que lo expone sea incierta: pues no se trata de una voz, sino del conjunto de voces que pertenecen a los varios poetas que Mairena creía que un poeta lleva dentro de sí {1994). También Machado pensaba que “nuestro espíritu contiene elementos para la construcción de muchas personalidades, todas ellas tan ricas, coherentes y acabadas como aquella que se llama nuestro carácter” (1355).

No se me oculta que, ante ese mosaico de voces y personalidades a cuyo cargo corre la presentación de su obra, el lector de Machado puede espigar no pocos textos que desmientan la imagen del poeta y del pensador inconformista, disidente y radical que yo estoy tratando de dibujar aquí. Es posible ver en Machado un buscador de Dios, un hombre en sueños, un cantor de Castilla, un lírico elegiaco, un poeta del pueblo y muchas cosas más. Pero Machado es, deja de ser y sigue siendo todo eso como resultado de sus múltiples disidencias. Eso es lo que, apoyándome en textos suyos y ajenos, sin mediatizarlos —en la medida de lo posible— con mis personales preferencias, me propongo hacer hoy aquí: mostrar de qué manera y hasta qué punto disiente Antonio Machado, y, sobre todo, contra qué o contra quiénes disiente.

Sólo en el comienzo de su carrera literaria se manifiesta Antonio Machado acorde con su tiempo. A principios de siglo, sus todavía escasas prosas, empapadas de patriotismo pesimista, en las que recuerda “el reciente desastre nacional” y se duele de la pérdida de “los preciosos restos de nuestro imperio” (1483), definen la imagen tópica de un autor noventayochista. En cuanto a la escritura en verso, Soledades, su primer libro de poemas, responde fielmente a la estética modernista-simbolista en la que entonces militaban los más brillantes poetas jóvenes españoles (entre otros, su hermano Manuel y Juan Ramón Jiménez).

Precisamente, el poeta Juan Ramón Jiménez, a quien Machado admiró incondicionalmente, acabaría siendo para él la referencia decisiva que motiva su temprano distanciamiento de la estética simbolista, de la que se alejará para iniciar un acercamiento a posiciones que, sin ánimo de ofender, calificaré de aproximadamente realistas. Todo sucede en pocos meses del año 1904. El cambio es tan súbito que parece obedecer más a una mutación que a un proceso de evolución. Veamos cómo pasa de lo uno a lo otro.

En una carta fechada en 1903, Machado saluda con juvenil entusiasmo “al autor de Arias tristes” como dechado de poetas: “He recibido su libro admirable” —dice— “que leo y releo para empaparme de él y poder escribir algo de mi gusto” (1458). Elogios aún más encendidos, si cabe, dedicará en 1904 al libro Jardines lejanos, en el que observa y admira sus aspectos específicamente simbolistas: “V. ha oído los violines que oyó Verlaine y ha traído a nuestras almas violentas, ásperas y destartaladas otra gama de sensaciones dulces y melancólicas” (1465).
Pero en marzo del mismo año, apenas dos meses después de haber escrito esas palabras entusiastas. Machado publica en El País una crítica a Arias tristes {1469) en la que los reiterados elogios envuelven serias disensiones; unos comentarios, en apariencia inocuos, a tan “hermoso libro” —”Juan Ramón Jiménez no sabe lo que es tristeza…”; “Juan R. Jiménez se ha dedicado a soñar, apenas ha vivido vida activa, vida real…”— derivan en un franco reproche que hace extensivo a toda la promoción modernista, en la que el poeta en funciones de crítico todavía se incluye. Escribe Machado:

De todos los cargos que se han hecho a la juventud soñadora, en cuyas filas aunque indigno milito, yo no recojo más que dos. Se nos ha llamado egoístas y soñolientos. Sobre esto he meditado mucho y siempre me he dicho: si tuvieran razón los que tal afirman, debiéramos confesarlo y corregirnos. Porque no puedo aceptar que el poeta sea un hombre estéril que huya de la vida para forjarse quiméricamente una vida mejor en que gozar de la contemplación de sí mismo…: ¿no seríamos capaces de soñar con los ojos abiertos en la vida activa, en la vida militante? Acaso, entonces, echáramos de menos en nuestros sueños muchas imágenes, y tal vez entonces comprendiéramos que éstas eran los fantasmas de nuestro egoísmo, quizá de nuestros remordimientos (1470).

Palabras duras: “egoísmo”, “remordimientos”. ¿Qué ha pasado en el ánimo de quién sólo unos meses antes se deleitaba oyendo en los libros de Juan Ramón el eco de los violines de Verlaine? Es muy probable que Machado se reconociera con disgusto en el personaje que acabó viendo en los versos de Arias tristes: una “sombra” que Juan Ramón Jiménez proyecta en un paisaje soñado, irreal, “forjado” por un poeta que ha perdido la conciencia de su identidad. “Todas las poesías de este libro” —observa Machado— “son en el fondo la misma interrogación:.., esa sombra, / ¿será esa sombra mi alma?”. Esa era, más o menos, la pregunta que, en Soledades, el propio Machado, o su “desolado fantasma”, había dirigido a su vieja amiga la noche: “dime si sabes, vieja amada, dime / si son mías las lágrimas que vierto”. La crítica al libro de Juan Ramón Jiménez tiene mucho de autocrítica. La reacción en contra del autor de Arias tristes es también una reacción en contra del autor de Soledades. Lo dice expresamente: “lejos de mi ánimo el señalar en los demás lo que veo en mí”.

¿Habría reaccionado Machado en contra de su propia poesía si esos rasgos que le disgustan —ensimismamiento, desconexión con la vida, egoísmo— no los hubiera visto objetivados en los libros de su amigo? Posiblemente sí, aunque tal vez no tan temprano. En cualquier caso, el hecho de reconocerse en la sombra solitaria del cantor de arias tristes fue el estímulo concreto que lo llevó en ese momento a salir del “siempre desierto y desolado retablo de sus sueños” y a abrir los ojos a “la vida militante, activa”. En la versión definitiva, Soledades, galerías y otros poemas conserva, por fortuna, la mayor parte de los poemas escritos en el interior de las galerías del alma, pero en las composiciones nuevas ya está presente la realidad (a veces en formas muy prosaicas: “moscas”, por ejemplo). Y en el último poema escrito antes de dar el libro a la imprenta (“Orillas de Duero”), el poeta está ya instalado en la tierra firme de los Campos de Castilla. Desde ese título, la obra poética de Antonio Machado crecerá en disidencia o en oposición a la estética que había determinado sus versos iniciales, como él reconoce en una escueta anotación de 1913:

“Recibí alguna influencia de los simbolistas franceses, pero ya hace tiempo que reacciono contra ella” (1524).

A partir de 1904, su prosa desarrolla y amplía las ideas expuestas en la crítica a Arias tristes. “No debemos huir de la vida…”; “hay que soñar despierto…”, reitera a Unamuno ese mismo año en carta que señala otro de sus puntos de fricción con el simbolismo: identificar el misterio con la belleza. “La belleza” —corrige Machado— “no está en el misterio, sino en el deseo de penetrarlo”. En 1916 completa, de momento, el pliego de cargos contra los simbolistas con un último reproche: creer que la intuición es suficiente para crear una obra de arte es, en su opinión, el error que los llevó a “su excesivo desdeño de las ideas”. Frente a ese “extravío”. Machado sostiene que el poeta debe “someter sus intuiciones a normas racionales” (1586).

Las negaciones de Machado derivan en propuestas afirmativas. Y a medida que se amplía el campo de lo negado, su pensamiento también se ensancha, se enriquece con nuevos planteamientos positivos, originales. Cuando, en torno a los años veinte, los experimentos vanguardistas y la ambición de pureza clausuran definitivamente la vigencia del modernismo, Machado encuentra en el arte nuevo otros motivos de disensión, que detecta puntualmente, con notable perspicacia y antelación, a medida que van tomando cuerpo en la obra de los jóvenes (y no tan jóvenes) poetas. En 1914 no se sabía aún por donde iba a ir la poesía española, pero Machado advierte ya, en un poema de Moreno Villa, el que para él sería el rasgo más negativo de la lírica futura:

“El peligro que puede correr este joven poeta es el del conceptismo. Hay en él imágenes que respondería intuiciones vivas; pero otras son coberturas de conceptos” (1160).

Mayor alarma debió haberle causado en 1916 observar el mismo fenómeno en el libro “Estío, de Juan Ramón Jiménez: “este gran poeta andaluz” —escribe Machado en su cuaderno— “sigue, a mi juicio, un camino que ha de enajenarle el fervor de sus primeros seguidores. Su lírica —de J. Ramón— es cada vez más barroca, es decir, más conceptual y a la par menos intuitiva. En su último libro. Estío, las imágenes sobreabundan, pero son coberturas de conceptos” (1190).

Con Estío, Juan Ramón Jiménez consuma su tardía deserción del modernismo —ya era hora, en 1916— y, bajo el signo de la “desnudez”, emprende la escritura de la que considera su verdadera obra: todos sus libros anteriores eran sólo un ensayo: “borradores silvestres”. La observación de Machado era acertada. En su segunda etapa, Juan Ramón Jiménez no apela al sentimiento, sino a la inteligencia: Inteligencia, dame / el nombre exacto de las cosas! / Que mi palabra sea / la cosa misma…, escribe en Eternidades (libro de 1920). Esa actitud podía haberle gustado a Machado, en cuanto a que significaba la vuelta a una objetividad que él también perseguía; pero no. Machado desaprueba lo que él llama el “fetichismo de las cosas”, síntoma del descrédito del sentimiento. Sólo porque desconfía de su “íntimo sentir”, el poeta crea imágenes “que pretenden ser transubjetivas, tener valor de cosas” (1214).

Pese a su perspicacia. Machado tardó en ver que si, al publicar Estío, Juan Ramón se arriesgaba a perder el fervor de sus primeros seguidores, la pérdida iba a estar compensada por el favor aún más fervoroso de una pléyade de brillantes discípulos: los integrantes del llamado “grupo poético del 27”, cuyo trabajo inicial se atendría a dos modelos: la “poesía desnuda” de Jiménez, y la “poesía pura” de Valéry. Cuando la vanguardia—ultraísmo, creacionismo— hace su ruidosa irrupción en la escena literaria española, Machado entiende al fin que el conceptismo, la sobreabundancia de imágenes y el barroquismo que había advertido en Moreno Villa y Juan Ramón Jiménez no eran fenómenos aislados y pasajeros, sino los primeros síntomas de una actitud pronto generalizada y duradera, de “una pertinaz manera de ver” —apunta y subraya en Los complementarios— “tan en pugna con la mía” (1208).

En esa breve anotación “al margen de un libro de V. Huidobro”, Machado trata de buscar “nuevas razones” que justifiquen “una lírica que sólo se cura de crear imágenes”. Y las nuevas razones no podían ser, en su opinión, “una creación ex nihilo de la razón pura, sino una superación de las viejas”. Sin embargo, lo que de su análisis se deduce es que no hay tal superación de las razones viejas, sino reincidencia en los viejos desvaríos, resumidos en “la parte realmente débil de {la} obra” de Mallarmé: “la creencia supersticiosa en la virtud mágica del enigma”, el empeño en enturbiar los conceptos con metáforas, que serán sólo “de buena ley cuando se emplean para suplir la falta de nombres propios y de conceptos únicos”. Pero “silenciar los nombres directos de las cosas, cuando las cosas tienen nombres directos, ¡qué estupidez!”.

La negación del simbolismo, que Machado matiza (“Mallarmé sabía también, y ése era su fuerte, que hay hondas realidades que carecen de nombre”), se combina ahora con ataques al “barroco literario español”. En el barroco, por el uso lógico de las metáforas como cobertura de conceptos, encuentra Machado la cifra y la caricatura de todos los errores de la nueva lírica. En 1920, el simbolismo, tal y como él lo había entendido y practicado, era ya historia. Y si vuelve a señalar los que él juzga desvaríos del simbolismo (y del barroquismo), no es ya para descalificar a simbolistas y barrocos, sino para refutar otras estéticas.

Ante el rico muestrario de “ismos” y tendencias que, en los años veinte, ofrece la lírica española, el pensamiento a la contra de Machado apunta simultáneamente a varias direcciones: contra el ultraísmo-creacionismo (“lírica al margen de toda emoción humana, … juego mecánico de imágenes,… arte combinatorio de conceptos ‘hueros”, 1653); contra el surrealismo (“ilogismo sistemático captado en las celebraciones semicomatosas del sueño”, 1359); contra la poesía pura (a la que dedica una negación también pura: esa poesía, “de la que oigo hablar a críticos y poetas, podrá existir, pero yo no la conozco”, 1662); contra el barroquismo recuperado y homenajeado por los nuevos poetas en la figura de Góngora; y todavía y siempre contra ciertos aspectos del simbolismo, origen de las especies que proliferan en su entorno.

Los ataques combinados al simbolismo y a la poesía pura le obligan a equilibrar y a sopesar cuidadosamente sus argumentos que, sin las constantes correcciones a que los somete, desembocarían en insolubles aporías. Lo que critica en unos como un exceso lo señala en los otros como una carencia. Si “el simbolismo declara la guerra a lo inteligible, y pretende una expresión directa de lo inmediato psíquico” (1360), “… horro, si posible fuera, de roda estructuración lógica” (1362), los poetas nuevos, en cambio, “son más ricos de conceptos que de intuiciones, y con sus imágenes no aspiran a sugerir lo inefable, sino a expresar términos de procesos lógicos más o menos complicados” (1764). Forzado por la necesidad de denunciar como insuficiente lo que en otras ocasiones rechaza por excesivo, Machado ajusta su pensamiento al “principio de la contradicción propiamente dicho” que, según él, regía el discurso de Bécquer: “sí, pero no”; sí a lo inteligible…, pero no; no a la intuición…, pero sí. Dicho en sus palabras: “No es la lógica lo que el poema canta, sino la vida, aunque no es la vida lo que da estructura al poema, sino la lógica” (1653). Pero el ideario estético de Machado pronto se va a complicar con otras preocupaciones, que darán motivo a nuevas y tal vez más graves disidencias.

En 1920, Machado responde a una encuesta dirigida a varios escritores por Cipriano Rivas Cherif sobre el tema “¿Qué es arte?”. En su respuesta, elaborada al hilo —o mejor dicho, al bies— de algunas ideas expuestas por el Valle-Inclán todavía modernista. Machado se muestra más interesado en la trascendencia y la significación social del arte que en las cuestiones estéticas propiamente dichas. Expongo muy sumariamente sus ideas, porque la réplica a que van a ser sometidas derivará en una larga serie de contrarréplicas que estimulan y mueven hacia direcciones muy concretas el pensamiento original de Antonio Machado. Sostiene Machado en ese escrito (1612 ) que, “hoy como ayer”, existen dos categorías de artistas: una esencialmente creadora, “que transforma en arte lo que no es arte”; y otra “que somete a una segunda elaboración los productos ya elaborados por el arte”. Los integrados en esta categoría, movidos por “el aristocraticismo inutilitário, o culto supersticioso a la inutilidad”, se entregan “a toda suerte de bellos simulacros”, y convierten el trabajo del artista en “actividad superflua”: sport, juego; el arte es para ellos “una finalidad sin fin”.

En contra de esa concepción del arte. Machado sostiene que “el arte es algo más [que juego]: es ante todo creación. No es juego supremo, sino trabajo supremo”; una tarea transcendente que, sin desdoro de la estética, puede tener una finalidad e incluso una utilidad a la que no vacila en atribuirle dimensión social. “¿Podrá el artista” —se pregunta Machado— “desdeñar para su obra los anhelos que agitan hoy el corazón del pueblo?”; pregunta retórica que obtiene una respuesta para él obvia: “Indudablemente, no”. Frente a los defensores de un arte sólo artístico, afirma Machado que “la materia con que el artista trabaja… no será nunca el arte mismo; es un deber primordial para el artista mirar, no tanto al arte realizado como a las otras ramas de la cultura, y, sobre todo, a la naturaleza y la vida”. En los años veinte, ese modo de entender el arte debió haber parecido insoportablemente obsoleto. En aquellos años, las palabras de Machado debieron haber sido recibidas ni siquiera con hostilidad: con absoluta indiferencia; tiempo de soledad para el poeta eminentemente cordial que siempre fue Antonio Machado, que deja entrever su marginación en estos versos reveladores: Le tiembla al cantar la voz, / que no le silban sus versos; / le silban su corazón. ¿Quién, especialmente entre los jóvenes, 28 iba a tomar en cuenta las opiniones de “ese poetón aportuguesado”, como dicen que lo llamaba Juan Ramón Jiménez, de ese “español antiguo, triste, apático, romántico y pobre”, como lo definió Cansinos Asséns? Nadie que yo sepa, con la única y notabilísima excepción del “joven maestro” José Ortega y Gasset.

(…)
La divergencia de los radicalismos de Ortega y Machado obedece, en el fondo, a diferencias de temple anímico y moral, de sensibilidad, como diría Ortega, o de sentimentalidad, que diría Machado: incluso a diferencias de educación primaria. Ese conjunto de condicionamientos es lo que lleva a uno a ver con desconfianza e irritación la “indocilidad de las masas”, y al otro a considerar con simpatía la posibilidad, no ya de una rebelión, sino de una revolución en su sentido más riguroso: “la revolución que es siempre desde abajo y la hace el pueblo” (2164). Estas palabras, escritas en Madrid en agosto de 1936, podrían atribuirse a un arrebato motivado por las circunstancias. Pero el arrebato viene de mucho más lejos, se remonta al menos a 1912, el año en que Machado se instala en Baeza, procedente de Soria.

En “la tierra de Soria árida y fría” sólo podía compartirse la pobreza. En cambio, en los “campos ubérrimos de Jaén”, la injusta distribución de la riqueza era un irritante escándalo, Al menos, así lo vio Antonio Machado, que en carta a Unamuno, datada en”‘ Baeza y en 1913, tras describir el desolador clima socioeconómico de la ciudad (situada “en la comarca más rica de Jaén” y “poblada por mendigos y señoritos arruinados en la ruleta”), comenta: “Cuando se vive en estos páramos espirituales no se puede escribir nada suave, porque necesita uno la indignación para no helarse también” (1534). Y algunas cosas nada suaves escribió por aquellos años, en prosa y en verso, el poeta.

Quiero recordar, aunque sean textos muy conocidos, el poema en que, frente a la “España inferior que ora y embiste”. Machado pone su esperanza en otra “España implacable… que alborea / con un hacha en la mano vengadora”. Y los versos incendiarios dedicados a Azorín, a quien propone con carácter de urgencia las mismas violentas soluciones: “hay que acudir, ya es hora, / con el hacha y el fuego al nuevo día”. Y el poema titulado “Los olivos”, en cuyo final, tras haber contemplado el panorama miserable de un pueblo andaluz en el que destaca la presencia de un convento llamado, irónicamente, “de la Misericordia”, el poeta, presa de “agria melancolía”, invoca a los “santos” cañones del general alemán Von Kluck para que desvelen el secreto que encierra esa “casa de Dios”, esa “amurallada piedad”, “erguida / sobre este burgo sórdido, sobre este basurero”.

¿Cómo debe entenderse todo eso? El poeta lo explica en carta a Ortega fechada en 1914, cuando su relación epistolar con el filósofo era frecuente. En esa carta. Machado reflexiona sobre los desastres de la política española y, con mayor violencia aún que en sus versos, se muestra partidario de barrer (¡y de fusilar!) a toda una “pandilla” de políticos incompetentes e inmorales: “obra santa” que, en su opinión, “debe encomendarse al pueblo”. Y lo admite clara, casi retadoramente; “¿Que eso es hablar de revolución? ¿Y qué?” (1555). Machado se expresa con justeza: eso es, efectivamente, “hablar de revolución”. Pero ya se sabe que del dicho al hecho hay un trecho —aunque no demasiado grande en su caso. Pese a que a veces se manifieste como tal, Machado no puede ser definido en puridad como un revolucionario. El fue un fervoroso republicano, partidario del diálogo inteligente y amoroso —sus modelos: Platón y Cristo—, que entendió y llegó a defender la legitimidad de la revolución cuando el diálogo no lleva a ninguna parte.

Para ilustrar su actitud, a Machado se le ocurrió la parábola del cochero loco o borracho que conduce a los pasajeros al precipicio; en ese caso, la única solución es arrojar violentamente a la cuneta al insensato conductor.

Y concluye Machado, a modo de moraleja: “Revolución se llama a esa fulminante jubilación de cocheros borrachos. Palabra demasiado fuerte. No tan fuerte, sin embargo, como romperse el bautismo” (1173). Todos los versos y prosas citados los escribió Machado en Baeza, entre 1913 y 1915, en el que podríamos llamar su periodo de indignación. El verso de Antonio Machado volverá a fluir por cauces de serenidad. Pero su pensamiento quedó marcado desde entonces por un sentimiento de simpatía hacia el socialismo (pese a no reconocerse como “un verdadero socialista”, creía que “el socialismo es la gran esperanza humana”, 2116) y de comprensión, e incluso de aceptación, de las soluciones revolucionarias, que no rectificará cuando la revolución sea en Europa un hecho consumado y para muchos aterrador; en cambio, al poeta, en 1919, le hacía mucha “gracia” el espectáculo, “en la Hesperia triste”, de ese

…hombrecillo que fuma,
piensa, y ríe al pensar:
cayeron las altas torres;
en un basurero están
la corona de Guillermo,
la testa de Nicolás!

Si en 1904 inicia Machado su retirada de las posiciones simbolistas, a partir de 1912, en todo lo que publica durante los años indignados de Baeza deja muy claro su distanciamiento de los planteamientos noventayochistas. Ya no se trata de pesimismo, de dolor de España, de vagos propósitos regeneracionistas: la suya es una indignación que reclama soluciones radicales. Creo que su actitud de comprensión hacia las soluciones revolucionarias es importante porque, por paradójico que pueda parecer, fue lo que le permitió pensar y comportarse como un liberal hasta el final de sus días. El miedo a la revolución paralizó el pensamiento liberal de los liberales más conspicuos, y llevó a muchos a renuncias y a filiaciones en ellos impensables. A diferencia, otra vez, de sus contemporáneos —con la excepción, quizá única, de Valle-Inclán— Machado nunca pensó atenazado por ese miedo.

Liberado del miedo, el pensamiento de Machado circula en dirección contraria —es decir, por la izquierda— a la que siguieron sus grandes compañeros de generación, hasta cruzarse con alguno de ellos en el camino que lo llevó desde el modernismo y el noventayochismo hasta los aledaños del realismo y del socialismo. Estoy pensando en José Martínez Ruiz, anarquista —es cierto que un tanto de guardarropía— en su juventud, transformado pronto, dicho con versos del propio Machado, en el “admirable Azorín, el reaccionario / por asco de la greña jacobina /. Y en el Unamuno socialista de sus primeros años bilbaínos, convertido finalmente en el Unamuno agonista, que clausura por inútiles o vanas sus iniciales preocupaciones. (“¿Cuestión social?” —dice en su nombre don Manuel Bueno—. “Deja eso; eso no nos concierne”.)

Por último, la guerra española fue la piedra de toque definitiva que permite comprobar la divergencia de la trayectoria elegida por Antonio Machado respecto a la que siguió el resto de sus viejos amigos: Ortega y Gasset, Pérez de Ayala, Azorín, Baroja, su propio hermano Manuel… En la hora terrible de la verdad (y de muchas mentiras), y entre los supervivientes del periodo noventayochista, él fue uno de los muy pocos que defendieron hasta el final la causa republicana: la causa de su vida, que acabó siendo también la de su muerte. En ese momento difícil. Machado se quedó verdaderamente solo. Compensación: el acercamiento de los poetas jóvenes, que hasta entonces habían recibido (o ignorado) su obra con casi absoluta indiferencia. Sus prosas de guerra, que en conjunto son, a mi entender, el más certero y penetrante análisis escrito en aquellos años sobre la crisis de España y de Europa, también dan por rachas, tácitamente, noticia de su soledad; notas rememorando a los amigos muertos, cartas a los amigos lejanos agradeciendo o solicitando un gesto de solidaridad; y amargas reconvenciones, sin citar nombres, a quienes abandonaron o traicionaron a la República: “alguien que fuera de España, en la brumosa Albión…, no duerme porque como Macbeth, ha asesinado un sueño, y no precisamente en su castillo de Escocia, sino en el corazón de la City” (2483); ciertos pensadores que, “en las horas pacíficas, se venden por filósofos y ejercen una cierta matonería intelectual…. y en tiempos de combate se dicen au dessus de la mêlée” (2333).
No es difícil, revisando la nómina de sus contemporáneos, dar con el nombre de los aludidos.

Me hubiera gustado contrastar el “Epílogo para ingleses” que Ortega añade a La rebelión de las masas, datado en París y abril de 1938, con los artículos que en los últimos meses de ese mismo año escribe Machado en Barcelona, “desde el mirador de la guerra”. Ortega estaba a punto de ver realizada su idea: la sumisión de las masas; Machado estaba presenciando el desvanecimiento de su sueño: aquella República de trabajadores de todas clases, en la que había puesto tantas esperanzas. Pero no tengo ya tiempo para entrar en esos contrastes (muy violentos).

Ahora sólo me queda tiempo para dar una explicación que creo oportuna. No ignoro —es imposible ignorarlo— que en la inmensa bibliografía existente sobre la obra de Antonio Machado, las aportaciones de algunos miembros de esta Academia han sido muy importantes. Hablar yo de Antonio Machado ante eminentes personalidades que tantas y tan penetrantes cosas dijeron acerca de su poesía y de su pensamiento, puede, en principio, parecer un acto, ya que no petulante, al menos arriesgado. Si, tras algunas dudas, asumí ese riesgo, fue por dos razones que acaso valgan para justificar mi atrevimiento. La primera ya quedó dicha: mi admiración por el poeta, el pensador y la persona Antonio Machado. La segunda razón es un tanto anecdótica, tal vez trivial. Dentro de unas horas —mañana, 24 de marzo, sin ir más cerca— se cumple el 70 aniversario de la elección de Antonio Machado como miembro de la Academia Española de la Lengua: un hecho y una fecha que él mismo pareció olvidar. Remediar su propio olvido, traer aquí las palabras —aunque sea en una borrosa referencia— que fueron escritas para ser aquí leídas, es un homenaje, si se quiere mínimo, que yo he querido tributar a quien considero el poeta español más importante de este siglo. Muchas gracias a los señores académicos por la distinción; y a todos por la atención y la presencia.

(1) Los números entre paréntesis remiten a las páginas en que se encuentran las palabras citadas, o los artículos donde aparecen; referencia: Antonio Machado, Poesía y prosa, edición crítica de Oreste Macri, Madrid, 1989-

http://www.rae.es/sites/default/files/Discurso_ingreso_Angel_Gonzalez.pdf

Ángel González Muñiz ( Oviedo 1925-Madrid 2008), gran poeta iniciado en 1943, licenciado en Derecho, dio clase de Literatura Española Contemporánea en la Universidad de Alburquerque, Nuevo México (Estados Unidos). Además de poeta y profesor fue periodista y crítico de música y literatura. En 1985 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y en 1996 consiguió el Premio Reina Sofía de Poesía. También, en ese año, ingresó en la Real Academia Española, sillón P en sustitución de Julio Caro Baroja. El año 1989 recibió el Premio Ángel María de Lera de Literatura, del departamento de español y portugués de la Universidad de Colorado (Estados Unidos). Así mismo, ese año obtuvo el V Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana en reconocimiento del conjunto de su obra. Fue premio de Poesía Federico García Lorca en su primera edición, 2004. Ángel González Muñiz falleció en Madrid el 12 de enero de 2008.

 

 

 Francisco Cota Fagundes

 

Jorge de Sena – Discípulo de Antonio Machado? Da heterogeneidade do ser e das figurações do outro na poesia seniana (Trecho)
Francisco Cota Fagundes University of Massachusetts Amherst

Identificar, por perfunctoriamente que fosse, todas as vozes espanholas na obra de Jorge de Sena – desde as suas traduções, aos seus estudos sobre renascentistas e modernos, às evocações de numerosos escritores no seu corpus propriamente artístico – e nesse espaço enquadrar a de Antonio Machado – seria uma empresa hercúlea, merecedora embora, diga-se de passagem, duma extensa monografia (1). Limitar-me-ei, pois, a uma breve sondagem ao tema anunciado no título desta comunicação: a presença, em algumas obras de Jorge de Sena, mas com incidência especial para a sua poesia, das constantes temáticas compreendidas sob as rubricas tão machadianas da heterogeneidade do ser (o nosso despertar para a consciência do outro ou outros que nos habitam e dos outros que existem para além de nós) e das figurações desses outros (que assumem, na poesia seniana, uma galeria quase inesgotável de vozes e uma proliferação enorme de temas e subtemas).

Com base em obras senianas da mais variada índole, é relativamente fácil demonstrar que o autor de Campos de Castilla foi uma das presenças mais marcantes no itinerário artístico do poeta português e que a sua presença, embora abranja outras áreas da história literária, surge quase sempre em relação, por vezes até exclusiva, com os anunciados temas da heterogeneidade do ser e do outro. O presente trabalho pretende fazer uma breve sondagem à presença de Antonio Machado 1) no conhecido ensaio “Sobre António Machado”, em paratextos e nas traduções de poemas machadianos; 2) nos três poemas do volume póstumo 40 Anos de Servidão inspirados por aspetos da vida e obra de Machado; e 3) identificar e brevemente comentar o aparecimento, ainda na poesia de Post-Scriptum II, da constante temática da heterogeneidade do ser e das figurações do outro, assunto esse que Jorge de Sena nunca mais abandonará e que dá alguns dos seus melhores frutos em livros posteriores.

(…)Num breve ensaio editado na Brotéria (novembro1980) e reeditado por Eugénio Lisboa em Estudos sobre Jorge de Sena, José Bento chamou a atenção para alguns paralelos entre a poesia de Jorge de Sena (dois dos poemas senianos que aqui comentarei) e Antonio Machado. Uma das bases desse estudo é, sem surpresa, o ensaio “Sobre António Machado”, que o autor de Coroa da Terra edita em O Comércio do Porto, em novembro de 1957, e depois reedita em “O Poeta é um Fingidor”. Atendo-nos apenas ao que diz respeito à temática em foco, Sena afirma (3) : Quando há quinze anos, e com atraso de alguns, se publicou o meu primeiro livro de poemas, levava ele uma epígrafe de António Machado:

No es el yo fundamental
Eso que busca el poeta,
Sino el tu essencial.

Isto só por si não quererá dizer que, para mim, Machado surgira não apenas comum grande poeta que se admira, mas com um grande Mestre que se ama, pois que epígrafes são por vezes muito circunstanciais. (Poeta é um Fingidor 115)

Três páginas depois, Sena reincide no tema salientado pelo “proverbio” 36 (o citado acima), enquadrando-o num amplo contexto do que chama “derrocada dos valores tradicionais do psicologismo unitário”, derrocada essa que abrange (e tragicamente atinge!) Mário de Sá- Carneiro, dá brado em Fernando Pessoa, surge nas “intermitências” proustianas e ressurge nas “ambiguidades” de Pirandello. Sena cita uma célebre afirmação de um dos heterónimos de Machado: ‘“Se tornó a creer en lo otro y en el otro, en la esencial heterogeneidad del ser’”. Aliás, disse-o Machado, várias vezes e de muitas maneiras, em prosa e em verso. E, respeitante a Jorge de Sena, poucas mensagens provindas de outros poetas foram tão claramente ouvidas – e ecoadas e reecoadas – como essas mensagens concernentes à temática que aqui nos ocupa.

Como aponta o próprio Jorge de Sena, a solear 36 fora utilizada 15 anos antes como epígrafe, aliás à terceira das três secções de Perseguição (1942), o primeiro volume de poemas que o Poeta editou, tendo a primeira e segunda secções sido epigrafadas por textos assinados, respetivamente, por René Char e André Breton. Quer isto dizer que a poesia de Jorge de Sena surge em livro sob os signos do surrealismo e do compromisso inerente aos versos lapidares machadianos. Ao comentar a solear 15 (“Busca a tu complementario, / que marcha siempre contigo, / y suele ser tu contrario”), que ele considera tematicamente análoga à 36, Sánchez Barbudo escreve as seguintes palavras, que eu gostaria de reter: “Lo que Machado seguramente quiere decir es que hay que buscar el otro fuera, naturalmente; pero que el presagio de ese otro, la idea de él, la necesidad de él, está ya dentro de nosotros. Y eso es por lo tanto lo primeiro que hay que buscar y encontrar: esa figuración del otro, a priori en nuestra propia alma: Lo primero que hay que hacer, en suma, es reconocer la necesidad del otro, nuestra necesidad de amor” (Poemas de Antonio Machado 357-58).

Nos quinze anos que medeiam entre a epígrafe de 1942 e o ensaio de 1957, a poesia de Jorge de Sena – de Perseguição, a Coroa da Terra (1946), a Pedra Filosofal (1950) e à massa de poemas inéditos, alguns dos quais entrariam em outros livros publicados ainda em vida, como Post-Scriptum (1960), e outros editados postumamente, como 40 Anos de Servidão (1979) e Visão Perpétua (1982) – não esqueceu nunca a lição de Mestre Machado, lição essa que Jorge de Sena já vinha pondo em prática, com ou sem a ajuda de Machado, como veremos depois ao focarmos alguns textos dessa massa enorme de poesias que comprazem os dois volumes póstumos de juvenília – Post-Scriptum II (1985). Mas antes de perspetivarmos a poesia de Sena, fixemo-nos no “Prefácio da Primeira Edição” a Poesia-I, texto esse duma importância decisiva para a poética do autor de Coroa da Terra, como já demonstraram vários estudiosos de Jorge de Sena e como demonstrou, melhor do que ninguém, Jorge Fazenda Lourenço no seu A Poesia de Jorge de Sena. Nesse “Prefácio” Sena faz duas observações diretamente relacionadas com a temática da heterogeneidade do ser e da busca do outro. Uma delas diz respeito à caracterização, por parte do autor de Metamorfoses, da sua poesia como testemunho, acentuando Sena tratar-se dum testemunhar que “ultrapassa precisamente o solipsimo inerente à mais convivente das criações poéticas, e concede à poesia uma paradoxal objetividade que as fabricações da perfeição artística são incapazes de atingir, por demasiado dependentes do gosto, quando o testemunho vale pela refletida espontaneidade que apela e apelará sempre para a comunhão de todos os inquietos, todos os insatisfeitos, todos os que exigem do mundo, para os outros, a generosidade que lhes foi negada” (Poesia-I 28; itálicos de Sena).

A outra passagem do “Prefácio da Primeira Edição” a Poesia-I em que ouvimos um eco das admoestações machadianas tem a ver com a conhecidíssima defesa, como crítico, do “fingimento” pessoano, mas da recusa de Sena-poeta desse fingimento, por quanto “contrasta, quanto a mim, com a humildade expectante, a atenção discreta, a disponibilidade vigilante, com que, dando de nós mais que nós mesmos, testemunhamos do mundo que nos cerca, como do mundo que, vivendo-o, nós próprios cercamos do nosso maternal cuidado” (“Prefácio” 25).

Não é de admirar, pois, que na seleção de poesias de Antonio Machado que figuram no volume Poesia do Século XX (De Thomas Hardy a C. V. Cattaneo), Jorge de Sena enfatize, com poucas exceções, não poemas que se tornaram peças obrigatórias em representações antológicas de Machado mas sim textos que, pela maior parte, estão relacionados com a temática do outro, incluindo 9 poemas de “Proverbios y cantares”, entre os quais as soleares 1, 4, a nossa já conhecida 36 e a 66 (também citada esta última no ensaio “Sobre António Machado”: “Poned atención: / un corazón solitário / no es un corazón” – “proverbio” este que, como se sabe, ironicamente Machado vai fazer Jorge Meneses atribuir a “no sé quien, acaso Pero Grullo”. Poesías Completas: 710). Discutivelmente todos os poemas machadianos traduzidos por Sena têm alguma relação, mais ou menos direta, com a temática que aqui nos ocupa (4) . Não admira pois que a maioria destes poemas sejam glosados nos três poemas de 40 Anos de Servidão sobre Antonio Machado: ‘“Queria que a morte’”, “António Machado e S. Juan de la Cruz” e ‘“Este poeta que leio…’” (40 Anos 147-151) (5) , textos estes enquadráveis numa série de cerca de 60 poemas de viagens dispersos por vários livros de Sena e a que, nem de longe, poderia eu fazer justiça no âmbito limitado deste ensaio. Salientem-se, em cada um destes poemas que têm Antonio Machado como tema fulcral, alguns dos elementos principais que eles aportam à temática da heterogeneidade do ser e busca do outro e como dois deles, o primeiro e o último, mais ou menos diretamente se reportam a referências ao tema do outro – referências essas feitas e reiteradas ao longo duma série de textos ensaísticos, preambulares, traduzidos e criativos, que se prolongam por toda a vida de Jorge de Sena.

Os três poemas sobre Machado formam, de facto, uma minissérie sugerindo uma estrutura análoga a tema e variações e cujo elemento integrante é o tema do outro. Outra maneira complementar de encarar os poemas, sem abandonar a analogia musical, é vê-los como retratos ou perfis de Machado, com fortes implicações de autorretrato – recorrendo Sena, neste caso, a uma velha técnica que emprega em outros poemas, por exemplo, “Camões Dirige-se aos Seus Contemporâneos” (de Metamorfoses), em que aquilo que se diz sobre o biografado é também aplicável, em grande parte, ao biógrafo. Assim acontece no poema “‘Queria que a morte…’”, em que estão aludidos e glosados vários poemas de Machado, com particular relevo para “Retrato” de Campos de Castilla e a solear 66 já nossa conhecida. A referência ao exílio e à “derrocada de Espanha, a do povo / e a da História”, não pode deixar de evocar paralelos na vida e preocupações temáticas relativas a Portugal de parte de Jorge de Sena que, em numerosíssimas obras suas em poesia e prosa, lidou com a questão portuguesa do fascismo salazarista e que, em parte devido a ele, se autoexilou.

O género mesmo do poema e do seu “intertexto” (“Retrato”, de Campos de Castilla) é um elemento que estreita ainda mais os laços entre os dois poetas, pois Jorge de Sena era, como poeta, um consumado retratista e autorretratista. Mas é para a particularidade temática que Sena mais destaca no “Retrato” de Machado que desejaria chamar a atenção – os filhos do mar/los hijos de la mar. É com este “tema”, no sentido literário e musical, que começa o poema de Jorge de Sena. E é com esse tema que termina, ao mesmo tempo que urde, na teia que é ‘“Queria que a morte…’”, a solear 36, que não anda nunca muito longe de todas as considerações, poéticas ou extrapoéticas, que Jorge de Sena faz acerca de Antonio Machado. Assim termina o primeiro poema da série, que também tem como apanágio constituir um pastiche: “no es el yo fundamental eso que busca el poeta / sino el tu esencial. Desnudo / como los hijos de la mar. / Quem seriam, despojados, estes filhos do mar?” É como se Sena desejasse com a pergunta final prolongar no tempo, deixando-a em aberto, a identidade desse tú esencial a que a sua própria poesia, desde que a começou a escrever nos fins da década de 30 até à última década da sua vida – e, se incluirmos o “Prefácio” a Poesia-III, até quase ao fim da sua vida – fornecerá, nunca a resposta, mas vários tipos de resposta, envoltas sempre em novas indagações que pedem mais e mais respostas sempre mais ou menos suspendidas…

No segundo poema da minissérie, “António Machado e S. Juan de la Cruz” – escrito, como o primeiro, a 12/8/73 ainda em Segovia, Sena limita-se a contrastar a diferença entre “as visões ardentes” de ambos os poetas, com a diferença – atribuível a ele, Sena, também – que essa visão é religiosa num (San Juan) e humanista no outro (Machado). Este contraste diz, aliás, tanto respeito a uma caracterização da cosmovisão de Machado (evocando-se, em relação a essa visão, a solear 53 de “Proverbios y cantares”: “Tras el vivir y el soñar, / está lo que más importa: / despertar”) como a uma autocaracterização de Sena, cuja visão do mundo, particularmente no que respeita a um dos seus grandes temas, a visão humanista do amor, foi feita em oposição ao misticismo – de que S. Juan de la Cruz e particularmente Santa Teresa foram marcos contrastantes (veja-se o meu “Eros em Êxtase: ‘O Grande Segredo’”, em Metamorfoses do Amor).

O terceiro e último poema sobre Machado é o mais meditativo dos três e foi escrito menos de um mês depois dos primeiros dois, em Santa Barbara, Califórnia, mas ainda sob o impacto da visita a Segóvia. A circunstância do poema é a audição de música (não identificada, mas evocativa dos poemas de Arte de Música) e a simultânea leitura da poesia de Machado. Aliás, existe uma certa ambiguidade no poema, advinda sobretudo de, contrariamente à prática seniana aplicada aos poemas da série Arte de Música, não ser identificada a peça musical. Não seria de todo insustentável que a “música” inspiradora neste caso fosse a música da poesia de Machado. A meditação do poeta é sobre a condição do mundo e o papel que as artes, com particular relevo para a poesia e a música, podem representar nele. Para quem conheça os poemas de Natal dispersos pela obra de Sena o tipo de reflexão poética a que aqui se procede será bastante familiar. Na última estrofe, a mais breve mas a mais incisiva no que a Machado diz respeito, Sena vai retomar, variando-o, o tema anunciado no começo e no final do primeiro poema que, depois de uma chamada de atenção para “visões ardentes” deste mundo (em contraste com outros possíveis mundos), o tema do outro – o que deixa, note-se, a possibidade e necessidade da sua procura totalmente em aberto: “Leio o velho poeta. Queria-se / desnudo como os filhos do mar. / Pergunto-me quem sejam esses filhos, / se ainda os haverá nalgum lugar perdido”.

Constituiria uma imperdoável violência ao corpus poético de Jorge de Sena – para não dizer, valha a verdade, à minha pessoa de estudioso dele – tentar, no espaço que me é permitido e que agora me resta, uma perspetiva, por limitadíssima que ela tenha que ser, das manifestações da heterogeneidade do ser e da busca do outro na sua poesia, para além dos três poemas sobre Machado. Fiquemo-nos por uns quantos exemplos da poesia de Post-Scruptum II, cerca de 500 poemas, alguns de 1936, a maioria de 1938-39, nenhum deles posterior às primeiras diretas referências senianas a Antonio Machado. Uma olhadela à temática da heterogeneidade do ser e da busca do outro permitir-nos-á aventar algumas hipóteses sobre a pergunta que fiz no título desta comunicação.

O tema em epígrafe está explícito em cerca duma vintena de poemas destes dois volumes, a maioria no Volume 1. As modulações à volta da temática em foco são passíveis da seguinte classificação: poemas expressivos da solidão ou da prisão do ser, solidão e prisão essas que condicionam ou incentivam à busca do outro; o confronto com a presença do outro ou outros que nos habitam; o encontro com o outro (por vezes com bastante ambiguidade sobre se se trata dum eu exterior ou interior); o erotismo entre carinhoso e altruísta para com o outro versus o erotismo explicitamente egocêntrico, donjuanesno e por vezes sádico (modalidades que aflorarão, entre outras, em toda a poesia de Jorge de Sena); a circunscrição do outro à esfera humana e não à sobrenatural, como consta do poema apropriadamente intitulado “Vozes”, em que o sujeito poético se pergunta: “Porque quereis ouvir a voz dos anjos, / se não há vozes de anjos ou de arcanjos / em troca da voz do nosso mundo?…” (Vol. 1 35).

A ideia de solidão, associada a uma imagética subtil e por vezes ostensivamente narcísica, é apanágio de alguns poemas que incluí na primeira modulação, sendo os sonetos “Revolta” e “Glauca” dois dos meus preferidos. Em “Glauca” está expressa uma tendência suicida, subtil mas eficazmente unida a uma imagética de recorte narcisista: “—Água fria, que gelas quem te toma, / toma-me contigo até ao mais profundo / do abismo que tu cobres, imundo / abrigo de algas lentas como a goma…” (PS Vol. 1: 175). O último terceto de “Revolta” acentua novamente o pecado narcisista: “Dizem que o Universo é curvo e lá tem fim. / O meu não tem; ou então é profundo… / Curiosidade maldita! Perdido seja eu que mergulhei em mim!” (PS Vol. 1: 60). Diga-se de passagem que o narcisismo ostensivamente enforma, como é sabido, vários dos poemas machadianos de “Proverbios y cantares” (o 3 e o 6) e está implícito em vários outros. O poema seniano “Eliminar”, em que se proclama “Nunca amei ninguém / e, que eu saiba, ninguém me teve amor” e “Interposição” (em que o poeta reconhece que “Há sempre alguém / entre mim e ti”; PS Vol. 2: 328) constituem também expressões particularmente dramáticas da primeira modulação temática, com acento na consciência da solidão, atingindo este último poema um exemplo particularmente veemente da barreira entreposta entre o eu e o outro. A segunda estrofe deste poema de 11 versos é notável pelo caráter ambíguo da identidade desse outro, a qual se exprime mediante um sábio uso de imagens, como claridade e sombras, com fortes sugestões junguianas:

Uma claridade que domina,
Uma sombra que te desfaz,
Um corpo que te esconde,
Uma presença que nos separa,
Ou um nada indefinível…

“Desencontro” é um soneto que eu coloco na categoria de encontro com o outro. Mas embora a noção de um tu exterior seja marcadamente percetível, o último terceto torna-a ambígua para o leitor e, para o sujeito lírico, incómoda: “Ao corpo pesa muito o que não deu… / Oh meu amor! Quisera ser só eu, /Já que não posso ser só eu e tu!… (PS Vol. 2: 50). A incapacidade de partilhar, de dar-se ao outro, de o/a reconhecer na sua essencialidade, isto é, na plenitude dos seus direitos e da sua independência e liberdade, fazem com que o eu necessitado de companhia se retraia e suspire pela solidão narcísica. O que é acentuado neste terceto, e o torna particularmente rico, é o sintagma que perfaz o primeiro verso, ao corpo pesa o que não deu ao outro. Uma referência ao amor físico que não se realizou para si e para o outro? Ou uma referência àquilo que é do corpo mas não se enquadra necessariamente no domínio da fisicalidade – e que pode ser a ternura, ou o reconhecimento da plena outredade do outro? Será, assim, possível ver este poema como uma variação do tema expresso/sugerido no poema “Narciso” (Conheço o Sal…I), escrito em 1970, portanto 31 anos mais tarde do que este, em que o sujeito poético seniano, em plena madurez, compreensivelmente afirma, referindo-se ao amante de Eco? Eis a conclusão de “Narciso”(Poesia-III 197): “Não foi de contemplar-se ou de a si mesmo amar-se / que em limos se fundiu com sua imagem vácua, / mas de não ter sabido quanto não de olhar /nem só de húmidos beijos se perfaz o amor.” Resposta do Poeta ao seu próprio poema “Desencontro”?

A temática do outro interior é, porém, inconfundível no poema ostensivamente intitulado “O Outro” (datado de 25/10/38), poema que tem eco num texto poético intitulado “Diferenciação” (escrito em 20-21.9/39, data à qual o poeta acrescenta a designação ‘doente’). No primeiro destes poemas a identidade dos dois “outros” que habitam o sujeito poético é claramente transparente:

Oh meu Deus!
Bem sei que não ouves
porque não tens nervos nem ouvidos!
Mas faze com que o ser,
esse outro, que, dentro de mim
diminui a minha alegria
e transforma a minha dor ou a dor que ele gera
no que eu julgo ser poesia…,
sim, meu Deus,
esse ser,
faze com que ele
não morra antes de mim! (PS Vol. 1: 293)

No poema “Diferenciação”, por outro lado, a problemática do outro multiplica-se e complica-se. Ouçamos o jovem poeta nas duas últimas das quatro estrofes do poema:

Recordo-me do tempo
em que pedia para o meu poeta
uma vida tão longa como a minha…
e lembro-me que já outra vez me lembrei disto…
rio-me…
hoje que já penso em sucedâneos

Não, não é o poeta quem treme
ou deseja mover-se – sou eu…
Eu também tenho sucedâneos
Mas “eu”… está tudo dito. (PS Vol. 2 172)

O erotismo é uma zona temática de enorme importância na poesia e prosa de Jorge de Sena. Ouso eu dizer que é de muito mais marcante presença do que na obra de Antonio Machado. E ao lermos a poesia adulta de Jorge de Sena, sobretudo os três livros que comprazem Poesia-III e a sequência Sobre esta Praia (1972), não seria difícil aceitar, em relação à vivência do amor erótico na poesia seniana, que ela pudesse ser em parte considerada uma consubstanciação duma célebre afirmação atribuída ao heterónimo machadiano Abel Martín: “Se ignora o se aparenta ignorar que la castidad es, por excelencia, la virtud de los jóvenes, y la lujuria, siempre, cosa de viejos” (Poesías Completas 676). Bastaria ler o poema seniano “No comboio de Edinburgo a Londres” (de 1 de março de 73 e incluído em Conheço o Sal…) para confirmarmos a opinião martineana.

A poesia juvenil de Jorge de Sena contém, porém, mais do que em simples embrião, mas decididamente em número relativamente menor, as duas principais vertentes do amor erótico patentes não só na poesia mas na vasta obra em geral de Jorge de Sena: a vertente recíproca e altruísta para com o outro, em que o outro é objeto de ternura e encarado na plenitude da sua outredade e dignidade; e o amor – chamemos-lhe, com Abel Martín, de viejo, aquele em que está exemplificada outra afirmação do heterónimo machadiano: “La imaginación pone mucho más en el coito humano que el mero contacto de los cuerpos.” (Poesía completa 681). Bastaria lermos Poesia-III para largamente constatarmos estas palavras, embora seja e inegável que o erotismo francamente desbragado sempre emergiu, aqui e além, de toda a poesia seniana. É uma questão de dosagem.

A vertente do amor-ternura – que na poesia adulta se patenteia, por exemplo na oposição que o sujeito poético oferece ao amor místico expresso no Liebestod do Tristão de Richard Wagner – está exemplificada pelo lindo “Soneto do sono da terceira espécie” (Vol. 2: 190) que, como Mécia de Sena nos informa em nota ao poema, de início se intitulara “Inocência”, e no “Pequeno poema do amor desencontrado”. Em ambos os poemas transparece a mesma ideia: a do amor físico como uma violência e uma violação, à qual o jovem amante representado pelo sujeito lírico se subtrai – ideias estas que são, com muitas exceções, é certo, completamente invertidas na poesia adulta. O terceto do primeiro poema reza assim: “Que eu, triste e vagaroso, te cobri… / Cobri-me a mim também… Adormeci… / E adiei para outra altura as nossas bodas”; o outro poema conclui num eco do primeiro: “Deixa-te dormir primeiro… / Deixa… / Eu não te faço mal!…”(PS Vol. 2: 243). Poucas vezes, até mesmo nos poemas adultos mais graficamente eróticos de Jorge de Sena, porém, atingiu o poeta uma expressão de egocentrismo e sadismo como a que está exemplificada no poema “Lenço” – cujos primeiros três versos são variados ao longo de todo o poema, alías de 11 versos: “Se te fiz tão branca, / não foi para te sujares logo e por ti!…, / mas pra te sujar eu quando quisesse” (PS Vol. 2: 248).

A última figuração do outro para a qual chamarei atenção é a do outro social, exemplificado pelo poema “Multidão” – datado de 8-9/6/39 e que prenuncia os numerosíssimos poemas empenhados de Coroa da Terra – poemas diretamente relacionados com a cidade do Porto (e Sena era sobretudo um poeta urbano, não rural), poemas que exemplificam também outro dos conceitos básicos da poética seniana: a errância pois trata-se de poemas, muitos deles, designáveis pelo nome de walk-poems, modalidade essa, a dos hábitos peripatéticos de Jorge de Sena e sua musa, que se projeta, com igual empenho, em vários dos contos, como “A Campanha da Rússia”, de Andanção e Novas Andanção do Demónio e vários dos contos da coletânea integrada Os Grão-Capitães, que estudei no meu volume Metamorfoses do Amor: Estudos sobre a Ficção Breve de Jorge de Sena. Outra dimensão ou figuração do outro – que daria brado em toda a obra de Jorge de Sena – é um compromisso com uma humanidade cada vez mais vasta, cada vez mais abrangente, cada vez mais universal. Está essa figuração do outro, de fortes implicações humanistas e existenciais, representada, pelo poema “Natal” (PS Vol 2: 37), o primeiro, como indica Mécia de Sena numa nota ao poema (PS Vol. 2: 293), “o primeiro dos 15 Natais que Jorge de Sena escreveu” .

Concluindo: Perguntamo-nos se a opção de Jorge de Sena pela outredade interior e exterior que enforma a sua poesia (e de que aqui demos apenas uns quantos exemplos) uma outredade assente nessa expectação tranquila (de que nos fala no “Prefácio da Primeira Edição de Poesia-I) e na poética do testemunho (às quais se vêm alinhar os conceitos complementares da peregrinação e da metamorfose) e que terá constituído a resposta de Jorge de Sena a Fernando Pessoa, terá sido uma postura metafísica que ele aprendeu ou aperfeiçoou em Antonio Machado (o que a designação de “Mestre” parece sugerir); ou então, como os poemas que aqui esquematicamente analisamos dos anos 30 parecem sugerir, essa postura metafísica, embora ainda em estado de desenvolvimento, existia desde há muito quando Sena utilizou, como epígrafe a Perseguição, em 1942, a solear 36. Iniciei este trabalho com uma pergunta à qual não me atrevo a dar uma resposta definitiva. Concluirei com outra – para a qual nem sei bem se haveria resposta:

Será que a aproximação de Sena a Machado também tem algo a ver com o desejo de Jorge de Sena de marcar distância com esse outro tipo de outredade, o de Fernando Pessoa, que levaria à heteronínima – heteronímia essa da qual o autor de Peregrinatio ad loca infeta, para ser o poeta que realmente se tornou, tinha forçasamente que afastar?

Bibliografia
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—-. A Poet’s Way with Music: Humanism in Jorge de Sena’s Poetry. Providence: Gávea-Brown, 1988. Lisboa, Eugénio (comp., org. e introd.). Estudos sobre Jorge de Sena. Lisboa: Imprensa NacionalCasa da Moeda: 1984.
.Lisboa, Eugénio (comp., org. e introd.). Estudos sobre Jorge de Sena. Lisboa: Imprensa Nacional-Casa da Moeda, 1984. 17 .Lourenço, Jorge Fazenda. A Poesia de Jorge de Sena: testemunho, metamorfose, peregrinação. Paris: Centre Culturel Calouste Gulbenkian, 1998.
—-. “Para um retrato de Jorge de Sena enquanto jovem leitor”. In Francisco Cota Fagundes & Paula Gândara (org.). ‘Para Emergir Nascemos…’: Estudos em Rememoração de Jorge de Sena. Lisboa: Edições Salamandra, 2000. 7-125.
.Machado, Antonio. Poesías completas. Edición crítica de Orestes Macrì con la colaboración de Gaetano Chiappini. Madrid: Espasa-Calpe; Fundación Antonio Machado, 1989.
—-. Prosas Completas. Edición crítica de Orestes Macrì con la colaboración de Gaetano Chiappini. Madrid: Espasa-Calpe; Fundación Antonio Machado, 1989.
.Mounier, Emmanuel. Existentialist Philosophies: An Introduction. Trans. with a Preface by Eric Blow. New York: The Macmillan Company, 1949.
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—-. Estudios sobre Unamuno y Machado. Madrid: Ediciones Guadarrama, 1959.
.Sena, Jorge de. Poesia I (Perseguição; Coroa da Terra; Pedra Filosofal; As Evidência; Post-Scriptum). 3.ª ed., revista por Mécia de Sena. Lisboa: Edições 70, 1988)
—-. Poesia-II: Fidelidade; Metamorfoses, seguidas de Quatro Sonetos a Afrodite Anadiómena; Arte de Música). 2.ª ed., revista por Mécia de Sena. Lisboa: Edições 70, 1988.
—-. Poesia-III: Peregrinatio ad loca infeta; Exorcismos; Camões Dirige-se aos Seus Contemporâneos; Conheço o Sal… e Outros Poemas; Sobre Esta Praia. 2.ª ed., revista por Mécia de Sena. Lisboa: Edições 70, 1989.
—-. 40 Anos de Servidão. Ed. Mécia de Sena. 3.ª ed. Lisboa: Edições 70, 1989.
—-. Visão Perpétua.
—. Antigas e Novas Andanças do Demónio. 4.ª ed., revista por Mécia de Sena. Lisboa: Edições 70, 1984.
—-. Os Grão-Capitães: uma sequência de contos. 5.ª ed. Lisboa: Edições 70.
—-. Post-Scriptum II. 2 vols. Recolha, transcrição, nota de abertura e notas de Mécia de Sena. Lisboa: Coedição Moraes Editores/Imprensa Nacional-Casa da Moeda, 1985.
—- (antologia, trad., prefácio e notas). Poesia do Século XX (De Thomas Hardy a C. V. Cattaneo). Antologia, tradução, prefácio e notas. 2.ª ed., revista por Mécia de Sena. Coimbra: Fora do Texto, 1994.
—-. “Sobre António Machado”. In “O Poeta é um Fingidor”. Lisboa: Edições Ática, 1961. 115-121. Williams, Frederick G. “Jorge de Sena: Moralist, Philosopher, Theologian”. In Francisco CotaFagundes & Paula Gândara. Tudo Isto Que Rodeia Jorge de Sena: An International Colloquium. Lisboa: Edições Salamandra. 193-212.
—-. “Spain as Seen in the Works of Portuguese Writer Jorge de Sena: Indifference, Repulsion, Envy, or Admiration?”. In Francisco Cota Fagundes & Irene Maria F. Blayer (org.). Tradições Portuguesas / Portuguese Traditions: In Honor of Claude L. Hulet. San Jose, CA: Portuguese Heritage Publications of Califórnia, 2007. 207-21.

(1) Para a lista mais completa até hoje e estudo da presença da Espanha no corpus artístico e extra-artístico de Jorge de Sena, veja-se Frederick G. Williams, “Spain as Seen in the Works of Portuguese Writer Jorge de Sena: Indifference, Repulsion, Envy, or Admiration?”
(3) A ortografia do espanhol, incluído o acento no primeiro nome de Machado, está de acordo com o texto de Jorge de Sena.
(4) Eis os poemas de Antonio Machado traduzidos por Jorge de Sena, na ordem em que estão incluídos no volume: “Me dijo una tarde” e “Desde el umbral del sueño” (de Soledades); “Retrato” e “Parábolas VI e VII” (de Campos de Castilla); “Proverbios y Cantares I, IV, XXXVI, XLVII, L, LIII, LXVI, LXXXVI, XCIII”) (de Nuevas canciones); e “La plaza tiene un torre” (De un cancionero apócrifo” de Abel Martín).
(5) Não é este o momento para defender a tese, comprovável a cada passo, que em muitos casos Jorge de Sena traduziu poemas que retomaria no corpo mesmo da sua poesia e prosa de ficção. Damos, como exemplo, os casos de Wagner, Nietzsche e Platen.

Fagundes, Francisco Cota. “JORGE DE SENA – DISCÍPULO DE ANTONIO MACHADO? Da heterogeneidade do ser e das figurações do outro no poesia seniana”. Aula Ibérica: Actas de los congresos de Évora y Salamanca 2006-2007). Ángel Marcos de Dios (Editor). Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 2007. 385-98.

Biografia de Francisco Cota Fagundes
U.S. citizen, born in the Azores, Portugal, emigrated to the US in 1963. Lived in California for 14 years; has resided in Amherst, MA for 39 years. Has taught Spanish and Portuguese language and literatures at the undergraduate level; Portuguese, Lusophone African, and Brazilian literatures at the undergraduate and graduate levels, and courses in Portuguese- and English-language literature of the Portuguese diaspora in the US. Literary critic, autobiographer, short story writer, and translator.

 

 

 

Antonio Machado 1917, óleo sobre lienzo de Joaquín Sorolla – Sociedad Hispana de América

 

 

Biografía de Antonio Machado

Sevilla, 26.VII.1875- Collioure (Francia), 22.II.1939. Nació en el célebre palacio sevillano de Las Dueñas. Vivían allí varias familias en régimen de alquiler y el duque de Alba, su propietario, encargó la administración al padre del poeta. La infancia de Antonio Machado se desarrolló en un ámbito familiar ilustrado y progresista. Su abuelo, Antonio Machado Núñez, fue catedrático en Ciencias Naturales en las Universidades de Santiago y Sevilla y formó parte del primer grupo de investigadores de los estudios prehistóricos en España. Su padre, Antonio Machado y Álvarez, doctor en Letras y abogado, fue un prestigioso folclorista y publicó el Romancero General, recogiendo y editando numerosas letras populares en el Folklore andaluz, el Cante Flamenco y Cantos Populares. Publicó también la Biblioteca de las Tradiciones Populares, importante trabajo que, junto con artículos periodísticos (que firmó con el seudónimo de Demófilo), le dieron justa fama entre los folcloristas extranjeros, sobre todo en Inglaterra. Su hijo Antonio le describe así trabajando en su casa de Sevilla: “Mi padre en su despacho / la alta frente, / la breve mosca, y el bigote lacio”.

El poeta guardará siempre una visión luminosa de su infancia sevillana: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla. Y un huerto claro donde madura el limonero”. En 1883 su abuelo fue nombrado catedrático de la Universidad Central de Madrid y allí se trasladó toda la familia Machado, donde vivieron entre selectas amistades vinculadas en general a la Institución Libre de Enseñanza, a cuyo instituto-escuela asistieron los dos hermanos mayores: Antonio Machado, de ocho años de edad, y su hermano Manuel, de nueve años, hasta que comenzaron el bachillerato en los institutos de San Isidro y Cardenal Cisneros.
Ante las necesidades de una familia ya numerosa, su padre se embarcó para Puerto Rico con el nombramiento de registrador de la Propiedad y la esperanza de volver mejorando su situación económica. Pero enfermó, y volvió en 1893 para morir en Sevilla, sin darle tiempo de llegar a Madrid junto a sus hijos, y en brazos de su esposa, Ana Ruiz, madre del poeta, que había ido a recibirle.

 

 

Ana Ruiz y Antonio Machado Álvarez, padres de Antonio Machado Ruiz

 

Los primeros años juveniles de Manuel y Antonio, siempre unidos, se repartieron entre las tertulias en la casa de amigos, académicos y escritores, donde se recitaban versos, participando también en los estrenos teatrales y la bohemia de los cafés. En este ambiente cultural conocieron a Enrique Paradas, fundador en 1895 de La Caricatura, periódico en el que aparecieron las primeras colaboraciones de Manuel y Antonio de crítica teatral, poesía satírica y de humor. Tomaron partido por las innovaciones métricas que iban naciendo en los albores del modernismo y firmaban con los seudónimos de Polilla, Manuel, y Cabellera, Antonio. Ya comenzaron a escribir en colaboración bajo la firma caballeresca de Tablante de Ricamonte. Fue entonces cuando conocieron a Valle-Inclán, miembro destacado de la bohemia madrileña. Antonio Machado participó activamente también en la vida cultural del Ateneo de Madrid. Pero no todo fueron gozos. En 1895 murió el abuelo, cuando los dos nietos mayores tenían veintidós y veintiún años y hubieron de asumir, junto con la abuela y la madre, el sostén de la familia. Los dos hermanos colaboraron en el Diccionario de Ideas Afines, dirigido por Eduardo Benot. La influencia ideológica de éste y otros viejos amigos de la familia, como Giner, Costa o Cossío, les preparó para entender en toda su tragedia el acontecimiento generacional que se aproximaba: el desastre del 98.

Manuel marchó a París en marzo de 1899 para trabajar en la editorial Garnier y en el mes de junio le siguió Antonio. Las tertulias literarias, el encuentro con grandes escritores del modernismo francés y con españoles como Baroja, la agitación de un país que saltó dividido en dos bandos irreductibles frente al caso Dreyfus, deslumbraron a los Machado. En octubre Antonio volvió a Madrid y dejó a Manuel un año más en París, donde vivió algún tiempo con Rubén Darío, Gómez Carrillo y Amado Nervo. En 1900 Antonio Machado trabajó como actor en la compañía de Fernando Díaz de Mendoza y en septiembre obtuvo el grado de bachiller. Madrid en esos años reunía a los rebeldes que empezaban a levantar con orgullo el nombre del modernismo como réplica descarada al mote despectivo con que les insultaban viejos escritores conformistas instalados en el poder. Estaban allí poetas como Villaespesa, Rubén Darío, Juan Ramón Jiménez, Blasco Ibáñez, Benavente y también los Machado, y los que en 1912 bautizará Azorín con el nombre de Generación del 98: Valle-Inclán, Baroja, Maeztu y también los dos poetas y hermanos Machado.

 

 

 

Todos admiraban por entonces a Unamuno y al viejo maestro Galdós. En la revista Electra aparecieron en 1901 los primeros poemas de Antonio Machado. En 1902 la Revista Ibérica, fundada por Villaespesa a la sombra de Rubén Darío, publicó en su segundo número poemas de los dos hermanos, como “Del Camino”, de Antonio. Los Machado volvieron a París, donde Gómez Carrillo proporcionó a Antonio Machado el puesto de canciller del consulado de Guatemala. Esta ausencia fue muy corta y a finales de año, pero con fecha de edición del año siguiente (1903), salió en Madrid el primer libro de Antonio Machado: Soledades, en la colección La Revista Ibérica. Su intimismo desde el acento modernista obtuvo un gran éxito y comentarios muy elogiosos. También volvió de Francia Juan Ramón Jiménez y comenzó la amistad y mutua admiración entre ambos poetas en el marco de la nueva poesía modernista y simbolista. El maestro Rubén Darío dedicó a Antonio Machado sus dos famosos poemas: “Misterioso y Silencioso” y “Ruego por Antonio a mis dioses”, que añaden puntos de gloria al joven poeta, además de demostrar el aprecio que por su poesía y persona comenzó a sentir el gran poeta nicaragüense.

Al mismo tiempo, Antonio Machado preparó oposiciones a cátedra de Francés para instituto de segunda enseñanza y obtuvo la plaza del Instituto General y Técnico de Soria, a la que se incorporó en septiembre de 1907 previa su toma de posesión en el mes de mayo. En 1907 aparecieron en la editorial Pueyo la colección de los poemas machadianos titulados Soledades, galerías y otros poemas. Entre ellos estaba su primer poema soriano: “Orillas del Duero”. En el curso de 1907-1908 a Antonio Machado le abrumaba el tedio, lejos de Madrid, donde quedaron sus intereses: familia, amigos, vida literaria. Soria era entonces una pequeña ciudad de provincias. El poeta de las conversaciones en los cafés madrileños se sentía al principio ajeno a la ciudad y mandó colaboraciones a la revista madrileña La Lectura, y escribía también para el periódico Tierra Soriana. Pero el poeta íntimo quedó prendido en los solitarios paseos por las callejuelas de Soria bajo la luz de la luna: “¡Soria fría! La campana / de la audiencia da la una / Soria, ciudad castellana / ¡tan bella! bajo la luna”.

 

 

 

 Leonor

 

De pronto surgió lo inesperado: en la casa de huéspedes había una jovencita de quince años hija de la patrona. Leonor era una belleza frágil, rubia y de ojos azules. Antonio va a amarla desde entonces con toda la pasión del amor primero. El 30 de julio de 1909 contrajeron matrimonio en Santa María la Mayor Leonor Izquierdo Cuevas, de dieciséis años, y Antonio Machado Ruiz, de treinta y cuatro. El poeta estaba ahora en la apacible posesión del amor y fue cuando el paisaje de Soria penetró mágico y vigoroso en la poesía de Machado, comenzando la nueva etapa esplendorosa y sublime de su poesía: álamos del amor en la ribera del Duero, grises alcores, cárdenas roqueras.

En el otoño de 1910 hizo una excursión con varios amigos a las cimas del Urbión y la Laguna Negra, escenario del futuro romance La tierra de Alvargonzález. En La Lectura publicó el poeta varios poemas que más tarde entregó a Gregorio Martínez Sierra para su posterior publicación en el libro Campos de Castilla.

En noviembre fue nombrado miembro de número de la Academia de la Poesía Española, y en diciembre le concedió la Junta, para la Ampliación de Estudios, la beca que había solicitado para seguir cursos de Filosofía Francesa en la Universidad de París.

En enero de 1911, desde Soria, se trasladaron Leonor y Antonio a la capital francesa. El poeta asistió a las clases de Bedier y en el Colegio de Francia recibió el magisterio del filósofo Bergson, por el que sentía gran entusiasmo y que era la auténtica razón de su estancia en la Universidad. Allí, en los ratos que le dejaban libre las clases y los paseos con Leonor, escribió el largo romance de tierras altas que concibió en la desnudez de la Laguna Negra. Lo envió a Martínez Sierra para que lo incluyera en Campos de Castilla.

 

 

Laguna Negra

 

Pero inesperadamente, el 14 de julio Leonor sufrió una hemoptisis. Era la fiesta nacional francesa y Antonio recorrió París sin encontrar un solo médico. Al día siguiente ingresó la enferma en una clínica, donde permaneció hasta septiembre, fecha en que regresaron a Soria. Trece meses vivió aún Leonor bajo el cuidado amoroso del poeta, que alquiló una casa en el alto del Mirón. En mayo de 1912 salió a la luz pública en la editorial Renacimiento su obra cumbre, Campos de Castilla, en que Machado abandonó la lírica intimista y se inundó de un paisaje que rebosaba las más profundas sensaciones humanas y donde latía la vida de las personas. Esta obra, que marcó el cambio de rumbo de la poesía española, fue entusiásticamente acogida en todos los ambientes literarios y en la prensa: entre otros artículos, los encomiásticos de Unamuno, en La Nación de Buenos Aires, de Ortega en Los Lunes de El Imparcial, de Azorín en ABC, etc., con el reconocimiento de un poeta en la cima de la literatura. Las relaciones con Unamuno fueron intensas y de especial admiración mutua. Poco después, el 1 de agosto murió Leonor a los diecinueve años.

Antonio abandonó la ciudad ocho días después, no pudiendo soportar la ausencia de Leonor: “Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería / Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar. / Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía / Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar”.

El 15 de octubre recibió la confirmación de su nombramiento como catedrático de Lengua Francesa en el Instituto General y Técnico de Baeza y aquí, “en un pueblo húmedo y frío, destartalado y sombrío, entre andaluz y manchego”, encerró Antonio su soledad entre libros. Fue entonces cuando estudió la lengua griega para leer en su fuente a Platón y a Aristóteles.
Profundizó en Descartes, en Kant, en Bergson. Todos los veranos se examinaba en la Universidad de Madrid ante Bartolomé Cossío o el joven profesor Ortega y Gasset, que empezaba entonces a tener gran fama.

 

 

Fuente de Los Leones en Baeza

 

En 1916 obtuvo la licenciatura en Filosofía y Letras. Lo demás eran las clases en el instituto y sus paseos junto con las tertulias en la rebotica de Almazán, farmacéutico y profesor de Gramática. El recuerdo de Leonor le seguía y traía a sus versos la tierra de Soria, más entrañable ahora en la lejanía: “Allá en las tierras altas, / por donde traza el Duero / su curva de ballesta / en torno a Soria, entre plomizos cerros / y manchas de raídos encinares, / mi corazón está vagando en sueños…”.

Antonio estaba ya siempre en las citas de todos los acontecimientos literarios, reflejando su personalidad poética y social. En carta a Miguel de Unamuno hizo un retrato de la comarca andaluza que era ahora su retiro: mendigos y señoritos, jugadores, emigración y pobreza: “Esa España inferior que ora y bosteza / vieja y tahúr, zaragatera y triste: / esa España inferior que ora y embiste, / cuando se digna usar de la cabeza”.

Siguió escribiendo y publicando sus poemas en La Lectura. Su poesía iba haciéndose cada vez más meditativa, más condensada en la descripción del paisaje con olivos de Jaén: “Campo, campo, campo. / Entre los olivos. / Los cortijos blancos”.
Ante la muerte en 1915 del gran maestro institucionista Francisco Giner de los Ríos, Antonio compuso su emocionada despedida, que se publicó en la revista España, de la que era colaborador asiduo: “¡Oh, sí!, llevad, amigos, / su cuerpo a la montaña, / a los azules montes / del ancho Guadarrama”.
A finales de año le nombraron vicedirector del instituto de Baeza y no ocultó entre sus compañeros su adhesión en la Primera Guerra Mundial a la causa de los aliados, firmando el manifiesto de los intelectuales españoles.

 

 

Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza

 

En 1916 murió el maestro Rubén Darío, el buen amigo y admirador de Antonio Machado, que recibió este canto póstumo del “silencioso y misterioso” Antonio, como un día Darío le llamara: “Rubén Darío ha muerto en su tierra de Oro, / esta nueva nos vino atravesando el mar. / Pongamos, españoles en un severo mármol / su nombre, flauta y lira, y una inscripción no más…”.

En 1917 Machado publicó en la editorial Calleja Páginas Escogidas y en las publicaciones de la Residencia de Estudiantes la primera edición de sus Poesías Completas. En México se editó la antología Poemas de Antonio Machado y Manuel Machado.
En Baeza conoció a un joven granadino de diecinueve años que formaba parte de una excursión, y así se encontraron por primera vez Antonio Machado y Federico García Lorca. El poeta, siempre comprometido socialmente, formó parte de la Comisión para la Reforma de la Segunda Enseñanza, en medio de una polémica que enfrentó a los diversos sectores del profesorado.

En el otoño, consiguió lo que llevaba esperando desde hacía años: el traslado a otra ciudad que le acercase a Madrid. Segovia fue, por Real Orden de 30 de octubre, la sede de sus días lectivos, desde la que se trasladaba todos los sábados a Madrid. De nuevo estaban juntos Manuel y Antonio, en casa del primero o en las tertulias de los cafés de Madrid. Publicó entonces Antonio la segunda edición de Soledades, galerías y otros poemas, mientras siguió escribiendo los Complementarios.
Durante doce años iba y venía en tren de su instituto de Segovia a las reuniones y calles de Madrid. La llegada del poeta fue saludada por los periódicos segovianos: el “vigoroso y culto poeta”.

 

 

Casa Museo de Machado en Segovia, antigua pensión de
la Calle Desamparados

 

Una pensión de cinco pesetas con habitación independiente, aunque modesta, resolvió el problema de su alojamiento en la calle de los Desamparados. Comenzó a colaborar también en la revista La Pluma, en el diario El Sol y envió también artículos a Los Lunes del Imparcial y a La Lectura, continuando así sus colaboraciones en prensa desde su etapa de Soria. El poeta fue también uno de los propulsores de la creación de la Universidad Popular en Segovia, un proyecto avanzado de renovación cultural. Muy interesado en la transformación real de España, fue uno de los fundadores en 1922 de la Liga Provincial de los Derechos del Hombre.

Continuó colaborando normalmente en La Voz de Soria y en Índice, revista recién fundada por Juan Ramón Jiménez, donde recibieron apoyo los nuevos gongorianos que más tarde se denominarán Generación del 27. Sus Proverbios y Cantares empezaron a aparecer desde el primer número de la Revista de Occidente, creada por Ortega y Gasset en 1923, y enviaba también colaboraciones a la revista España.
Desde este año comenzaron los dos hermanos a escribir juntos para el teatro. Primero prepararon una versión de El condenado por desconfiado de Tirso de Molina, que se estrenó al año siguiente en Madrid. Hicieron también una traducción de Hernani de Víctor Hugo y adaptaciones del teatro de Lope de Vega.

Antonio gozaba del máximo prestigio en los ambientes poéticos. Formó parte del jurado que concedió a otro joven poeta, Rafael Alberti, el Premio Nacional de Literatura por su primer libro, Marinero en tierra, y a Gerardo Diego el segundo premio por Versos humanos.

Manuel y Antonio publicaron en 1924 Ópera omnia lírica y Nuevas canciones, respectivamente. También en la revista Alfar de La Coruña aparecieron poemas de Antonio, quien en 1925 reeditó Páginas escogidas y publicó Reflexiones sobre la lírica en la Revista de Occidente. Este mismo año le nombraron miembro correspondiente de la Hispanic Society of America. Para los Machado 1926 fue el año de su intensa y larga colaboración teatral. El 9 de enero estrenaron la primera de la serie de obras de teatro originales escritas en colaboración, las Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel, y ambos recibieron el homenaje de la Institución Libre de Enseñanza con palabras emocionadas del institucionista y gran amigo de la familia Manuel Bartolomé Cossío. Hasta 1932 siguieron escribiendo y estrenando en Madrid: Juan de Mañara, Las adelfas, La Lola se va a los puertos, La prima Fernanda y La duquesa de Benamejí.

 

 

 

Como hombre que vivía la actualidad política de su tiempo, el poeta firmó en 1926 el llamamiento de la coalición Alianza Republicana. Ese mismo año se publicó en la Revista de Occidente, El cancionero apócrifo de Abel Martín. En 1927 fue elegido miembro de la Real Academia Española, cargo que no llegó a ocupar, para el sillón que ocupó Echegaray. En 1928 el poeta publicó la segunda edición de sus Poesías Completas (1899-1925), colaboró en la revista Manantial de Segovia, en la Gaceta Literaria y en la Revista de Occidente, donde en 1929 se incluyeron las primeras Canciones a Guiomar, el nombre poético que Machado dio a Pilar Valderrama. Ella había querido conocer al famoso poeta el año anterior y se dirigió a Segovia llevando una carta de presentación de María Calvo, hermana del actor amigo de los Machado. Desde entonces aquel entusiasmo por el poeta generó una relación amorosa y sentimental que duró hasta su separación con motivo del inicio de la Guerra Civil en julio de 1936, amor que no llegó a transformarse en mayores vínculos físicos, pero que se trasluce literariamente en los poemas que Antonio le dedicó desde entonces.

En 1930 escribió el poeta en El Imparcial un artículo sobre el libro Esencias, que Pilar Valderrama acababa de publicar En abril de 1931 el poeta, con otros republicanos, izó la bandera republicana en los balcones del Ayuntamiento de Segovia y durante tres días se encargaron de mantener el orden en la ciudad. Al comienzo del curso académico 1931-1932 fue trasladado Antonio al instituto Calderón de la Barca de Madrid. Desde entonces hasta que la Guerra Civil le llevó a Valencia, se instaló en la casa de su hermano José, donde vivía también la madre. Los dos hermanos continuaron con su mutua admiración como poetas y su cariño fraternal, que llegó hasta el final de sus días.

 

 

 

Como ha señalado la sobrina del poeta, Leonor Machado, Antonio tenía el aspecto de ir por el mundo sin verlo, distraído como consecuencia de abstraído. En la cabecera de su cama seguía el retrato ovalado de Leonor vestida con el mismo traje que en la fotografía de boda, porque su recuerdo nunca abandonó al poeta. En 1931 el Ayuntamiento de Sevilla nombró a los hermanos Manuel y Antonio, Hijos Adoptivos de su ciudad natal. Mientras, el poeta era el centro de la actividad cultural de Madrid y de España. En 1932 la ciudad de Soria nombró a Antonio Hijo Adoptivo en agradecimiento a tantos poemas consagrados a la tierra soriana. Participó en el homenaje ofrecido a Valle-Inclán, al que asistieron Unamuno, Juan Ramón Jiménez y Américo Castro, que se tenían entre sí una gran admiración.

En 1933 apareció la tercera edición de las Poesías completas de Antonio y publicó los Últimos comentarios de Abel Martín. La Barraca, teatro universitario dirigido por García Lorca, escenificó La tierra de Alvar González. En este año el poeta formó parte del patronato de misiones pedagógicas. En 1935 empezó a publicar las Primeras prosas del Juan de Mairena, en el Diario de Madrid, con lúcidas observaciones sobre el momento político de la República, que continuaron también en El Sol. Este año le trasladaron al Instituto Cervantes de Madrid, recién creado, y le ofrecieron la presidencia del Comité Mundial de los escritores para la defensa de la cultura. En Madrid se fueron dando cita grandes intelectuales de todo el mundo, entre ellos Pablo Neruda, admirador del gran poeta español.

Antonio publicó a comienzos del año 1936 la cuarta edición de Poesías completas y Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo, ambos en la editorial Espasa Calpe de Madrid.

Los acontecimientos literarios y políticos se acumularon en los primeros meses de ese año. En enero había muerto Valle-Inclán y en el homenaje popular a su memoria Alberti leyó unas cuartillas de Antonio Machado. Pocos días antes éste había sido uno de los que firmaron una convocatoria en honor de Alberti, recién llegado de Rusia. Las elecciones de febrero dieron el triunfo al Frente Popular y a finales de mes se firmó el Manifiesto de la Unión Universal por la Paz. El poeta fue uno de los firmantes como vocal del comité español.

Al comenzar la guerra, el 18 de julio, Machado estaba en Madrid con su madre, hermanos y sobrinos. Manuel había partido para Burgos el 15 del mismo mes a visitar a una hermana de su esposa, religiosa en un convento burgalés. Así quedaron separados los dos hermanos para siempre. También la guerra separó a Guiomar y a Antonio. Ella en Galicia y él en Madrid. El poeta, fiel republicano, prestó su apoyo al Gobierno agredido por la sublevación franquista escribiendo en El Sol, Madrid y en Cuadernos de la casa de la cultura, de cuyo patronato era presidente. El 17 de octubre de 1936 publicó, en el semanario Ayuda, la elegía a Federico García Lorca, asesinado en agosto: “El crimen fue en Granada”. Preocupados por la seguridad del poeta, Alberti y León Felipe le aconsejaron que se trasladase de Madrid a Valencia con su familia.

 

 

Casa de Rocafort, donde vivió Machado con parte de su familia

 

Año y medio vivieron en Rocafort, un pueblecito cercano a la capital. El poeta tenía buen ánimo, pero la salud muy resentida. Desde Valencia Antonio Machado escribió asiduamente en Hora de España lo que será el tomo segundo de Juan de Mairena y numerosos artículos para otras revistas y periódicos. Colaboró también en el Servicio Español de Información y publicó su último libro, La guerra, con ilustraciones de José Machado. En 1937, ante las juventudes socialistas unificadas, pronunció el discurso del 1 de mayo y otro en la clausura del II Congreso Internacional de Escritores, que organizó en Madrid y Valencia la Alianza de Intelectuales Antifascistas.

 

 

Artículo de Machado en la Vanguardia 1938

 

A comienzos de marzo de 1938 se trasladaron a Barcelona el poeta, su madre y José, con María, su esposa, y sus sobrinas. Allí siguió colaborando con prosa y verso en las mismas publicaciones y escribía asiduamente en La Vanguardia de Barcelona y en periódicos de Soria y Madrid. Contribuyó también, para ser radiados, con otros trabajos consagrados a la buena causa para la República. Prologó, además, la edición de La Corte de los Milagros de Valle-Inclán. Ante el avance de las tropas franquistas, comenzó en Barcelona el éxodo de la población. Antonio Machado y su familia fueron evacuados por la Universidad de Barcelona el día 22 de enero de 1939 junto con otros intelectuales, como Carles Riba, Corpus Barga, Tomás Navarro Tomás, etc., iniciando una penosísima travesía hasta llegar a Collioure, pequeño puerto francés del Mediterráneo, próximo a España. Durante el penosísimo camino el poeta tuvo que abandonar su equipaje y así se perdieron los papeles que llevaba.

A su llegada a Collioure se dirigió al pequeño hotel de Buñol-Quintana. Corpus Barga llevó a la madre, Ana, en brazos, mientras que José ayudó a Antonio, que apenas podía andar. Al final llegaron al hotel y fueron recibidos por madame Quintana. Éste iba a ser el último refugio del poeta y de su madre. Antes de un mes ambos habían muerto de tantas penalidades. Los dos terminaron acostados en una pequeña habitación, una cama junto a la otra. En dos días agonizó el hijo al lado de la madre, él consciente, ella sin apercibirse de nada. Murió el gran poeta el 22 de febrero a las tres y media de la tarde. Tres días después moría ella.

El día 23 enterraron al poeta rodeado de exiliados españoles y de la población de Collioure y de otras muchas personas llegadas al pueblecito mediterráneo.

 

 

Tumba de Antonio Machado

 

Las autoridades españolas en el exilio y las francesas también estaban presentes. El féretro, cubierto por la bandera republicana, lo llevaban a hombros españoles, entre ellos varios oficiales. En el gabán del poeta encontró su hermano José sus últimos versos, “Estos días azules y este sol de la infancia”. Se cumplía lo que había escrito: “Y cuando llegue el día de mi último viaje / y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, / me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, / casi desnudo, como los hijos de la mar”.

La madre y el poeta están enterrados en el pequeño cementerio marino de Collioure. Las obras del poeta están presentes y traducidas en las principales lenguas del mundo.

El reconocimiento universal de Antonio Machado fue formalmente declarado por la UNESCO, a petición de la Fundación Antonio Machado, en reunión celebrada en París en 1989, “Poeta de valores universales”.

Biografía escrita por Manuel Núñez Encabo. Codirector del centro europeo de Excelencia Universidad Complutense de Madrid. Fundador y presidente del Fundación Española Antonio Machado desde 1985. Presidente del Instituto Euro-americano de Cultura Antonio Machado. Presidente de los actos nacionales e internacionales de la conmemoración del 50 aniversario de la muerte de Antonio Machado en 1989. Presidido por los Reyes de España. Miembro del Comité Nacional en 1912 del Centenario de la publicación de Campos de Castilla. Promotor del hermanamiento entre Soria y Collioure. Autor de numerosas publicaciones sobre la vida y la obra del poeta, entre ellas su biografía en el Diccionario Biográfico Español.

Real Academia de la Historia

 

 

 

 Nota de la Agencia Fiel, 24 de febrero de 1966, reflejo del acto prohibido, en realidad, el día 20.

 

Los hechos están narrados por Vicente Molina Foix en el enlace:
http://machadoenbaeza.es/2011/08/paseos-con-antonio-machado-1983/