24 cuentos pluscuamperfectos

24 cuentos pluscuamperfectos Pedro Sevylla de Juana

ISBN: libro papel 9788418152023 / eBook 9788418152566

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Todo tiende al orden, todo tiende al caos;
y el leve peso de un grano de trigo,
lleva la indecisa balanza
al súbito desequilibrio.
IMAGO UNIVERSI MEI

A Cordero, un gato que quiso aprender de mi cuando yo aprendía de él
A Amanda Meira, personaje de Los amores de Virginia Boinder y Pablo Céspedes
A los amigos ibéricos e iberoamericanos

Pretérito pluscuamperfecto, Diccionario de la RAE:
1.m. Gram. Tiempo perfectivo que sitúa la acción, el proceso o el estado expresados por el verbo en un momento anterior a otro, igualmente pasado.
El autor llama a este libro 24 cuentos pluscuamperfectos, porque reflejan el vaivén de los tiempos y en ese zarandeo aparece el temperamento de la existencia. Asegura escribir porque la escritura le impulsa y le arrastra, y para combatir la soledad o fijar al papel lo que ha ido aprendiendo. Escribe para sí y para los demás, de cerca y de lejos, de hoy y de mañana; para sus nietos especialmente. En 1982 publicó un libro manuscrito de relatos: Los increíbles sucesos ocurridos en el Principado. Uno de los cuentos es el Monólogo del extraterrestre acorralado. El primer ser llegado de otro planeta explica, por medio de los aromas emitidos, sus circunstancias personales y los sentimientos que le produce el análisis científico a que es sometido por los terráqueos que, al fin, lo destruyen. Pensó el autor incluirlo en esta selección, pero se limita a dejar constancia de su existencia.
En el blog pedrosevylla.com puede leerse: El crítico no es la brújula, ni el viento, ni la vela, ni el remo; pero tiene un poco de ellos y ayuda al velero a navegar. Críticas dadas y recibidas, la mayoría de los cuentos ahora revisados y reunidos, tomaron cuerpo en dos volúmenes, En torno a Valdepero y La musa de Picasso. Estos son algunos análisis que sobre ellos se publicaron:

En torno a Valdepero
“Asombra la diversidad del conjunto, así como el sutil tratamiento del tiempo”. Yves Germain (UFR d’Etudes Ibériques et L.A. Université de la Sorbonne – Paris IV)

“Tiene un estilo de gran vigor y el lector vive lo que Pedro Sevylla cuenta”. Giuseppe Bellini Università degli Studi di Milano

Manuel de la Puebla, doctor en Estudios Hispánicos y profesor de Literatura en la Universidad de Puerto Rico. Fundador y director de Ediciones Mairena. Crítico, ensayista, antólogo, poeta y narrador; escribió:
“En los cuentos de En torno a Valdepero, veo su valor artístico en un rasgo difícil de conseguir: el contar con frescura. Lenguaje claro y funcional que busca la comunicación. Reside también el arte de contar en la imaginación creadora que inventa y escoge asuntos, temas y ambientes interesantes y los pinta con desenvoltura y veracidad. Además del dominio del lenguaje, Pedro Sevylla cuenta con el dominio de la técnica. Las descripciones son breves y precisas. La presentación inicial de los personajes es sintética y relevante, la ambientación resulta adecuada a cada asunto y el desenlace llega en el momento oportuno. Los cuentos están muy bien escritos”.

Clemente Barahona Cordero en la Revista Focus Libros escribe:
“Pedro Sevylla de Juana es un escritor con oficio y gran inventiva, y no por sus numerosos escritos, sino porque «En torno a Valdepero», su último libro publicado, así lo demuestra. Les confieso que hacía mucho tiempo que no me encontraba con un castellano tan rico, con palabras y expresiones tan profundas y bien construidas. De prosa sencilla, con un ritmo narrativo lleno de armonía o acorde a lo narrado. Nueve relatos, nueve historias nacidas de un mundo creativo rico y de una realidad subjetiva, además adornada o fabulada con una proyección universal, pues lo contado desde un pueblecito palentino, atañe, sin duda, a nuestra condición humana.
Fuentes de Valdepero es el lugar literario donde se inspiran la mente y la mano de este narrador, artesano de nuestra lengua. Villalobón, Monzón, Husillos, Paredes de Nava, el río Carrión… elementos que forman parte esencial del escenario donde ambicionan, sienten, aman y mueren esos personajes tan humanos por su grandeza, sus miserias o por su pasión irrefrenable. En todos los relatos, de una u otra forma, está presente el amor.
Se abre el libro con un monólogo interior, donde todo se entremezcla en un presente continuo, al igual que nuestros pensamientos, deseos, miedos y sentimientos, su título es «El desvariado soliloquio de Elisa». Le sigue «Tres hombres y una mujer», impresionante historia, no sé si de un amor peculiar o demasiado cotidiano. La incapacidad para comunicarnos está reflejada en «El elevado vuelo del cóndor», cuyo desenlace es conmovedor. Así hasta llegar a «El legado del rey», que cierra esta ‘novena’ literaria de calidad. No podían faltar las aventuras de dos pastores de esas tierras en plena Guerra de Independencia, ni un trágico amor de legenda misteriosa con casa encantada, cuando sopla el Cierzo.
Si usted, lector, se decide a abrir las hojas de este libro, creo que no se arrepentirá, es más, se adentrará en un mundo de ficción o en un viaje a través del tiempo y del espacio altamente gratificante. Clemente Barahona Cordero (Revista Focus Libros)

La musa de Picasso
ISTITUTO DI STORIA DELL’EUROPA MEDITERRANEA Università degli Studi di Milano
NOTIZIARIO N. 29 (giugno 2008) a cura di Clara Camplani e Patrizia Spinato Bruschi
responsabile scientifico: Giuseppe Bellini:
Pedro Sevylla de Juana, La musa de Picasso. Giunta alla seconda edizione nel giro di pochi mesi, l’ultima raccolta di racconti testimonia del favore di un pubblico di affezionati lettori di questo autore vagabondo, attualmente residente a El Escorial, dopo aver vissuto a Valladolid, Barcellona, Madrid, Parigi, Amsterdam, nonché in Svizzera, Portogallo, Marocco. Un autore che ha al suo attivo dieci romanzi, riconoscimenti quali il premio Ciudad de Toledo per il romanzo nel 1999 e quello Internazionale “Vargas Llosa” per il romanzo nel 2000, finalista nel 2005 del premio per il romanzo Ateneo-Ciudad de Valladolid. Gli raccontos de La musa di Picasso spaziano da scenari che vanno da Ginevra a Roma, durante gli ultimi giorni di papa Woytila, da una ricostruzione non consueta dell’attentato dell’11 marzo, vista da un arabo vittima dell’attentato, alla originale analisi della figura di Picasso, il racconto che dà il titolo alla raccolta. In tutti Pedro Sevylla persegue la propria ricerca sulla complessità umana, esplorata nelle sue sfaccettature e nella sua omogeneità di fondo. (C. Camplani)

La musa de Picasso
Entre musas y brujas “El Norte de Castilla” Clemente Barahona
‘La musa de Picasso’ es uno de los once relatos que el escritor Pedro Sevylla de Juana nos presenta en el nuevo libro. Este autor, nacido en Fuentes de Valdepero, en la provincia de Palencia, esencialmente es un poeta, un verdadero artesano de la palabra como diría Goytisolo, pues en todos sus escritos, hasta en los más ásperos en cuanto a la temática, hay un marcado deje de fuerte expresividad lírica. Voy a transcribir el comienzo de este original análisis sobre la figura del pintor malagueño, para que usted mismo, lector, vea que no solo hay originalidad sino también un estilo magistral: «Está Pablo Ruiz Picasso, párvulo, Plaza de la Merced, en Málaga, robando jirones de luz a la ciudad, como quien escamotea a la vista de la vendedora manzanas rojas, verdes, amarillas del atestado puesto del mercado. La frutera no se inmuta porque en su abundancia es generosa con la necesidad, y aquel párvulo, alimentado de luz y de líneas secantes, concibe lo que será el llamado Arte Moderno». El segundo de estos relatos lleva por título ‘Memoria del 11 de marzo’, una visión diferente de aquel brutal y salvaje atentado. Ibrahim Ksar Alkebir es el narrador testigo que nos llegará a emocionar hasta lo más profundo de nuestro ser. La víctima intentará buscar una respuesta para la más brutal de las irracionalidades. Sin duda, nos hace pensar, meditar…
Si seguimos leyendo, nos encontraremos con dos historias de intriga y un mismo protagonista, un buen detective, que se identifica con el candoroso Padre Brown, aquel sacerdote de Chesterton, intuitivo y campechano, perseguidor de los delitos y considerado con el delincuente. En la segunda, titulada ‘En Roma, tras el amor’ asistimos, como telón de fondo, a los últimos días del papado de Juan Pablo I. Sevylla de Juana, una vez más, no olvida sus raíces y en ‘El oro escondido de las brujas’ homenajea a su querido Valdepero. Bien escritos, con una riqueza de vocabulario extraordinaria, el autor nos introduce en sus ricos mundos imaginativos. Si se decide a leer esta obra, cuando llegue a ‘Confidencias de Jana’, pensará, como un servidor, que es el relato más tierno y humano, aunque esa Jana sea una perrilla ingeniosa y obediente.
Dice de sí el profesor: Mi nombre es Clemente Barahona Cordero. Nací en Miranda de Ebro, Burgos. Llevo viviendo en Valladolid casi toda la vida. Soy licenciado en filología española, y diplomado en Filología Inglesa y Francesa: Trabajo de profesor dando clase de Lengua y Literatura españolas y de latín. Desde hace 15 años trabajo en los medios de comunicación. He tenido un programa de radio llamado «En castellano y punto» y también en la televisión de CyL. Colaboro en el programa Protagonistas fin de semana desde hace más de 15 años. Llevo 7 años, de crítico literario en el Norte de Castilla y de columnista del Diario Crítico.

Tíbet, esencia y existencia
“Una visita al Tíbet se convierte, para el escritor español Pedro Sevylla de Juana, en una exploración interior a través de los recorridos del alma en su búsqueda de la sabiduría; también, en motor de una reflexión sobre la diferencia de perspectivas entre Oriente y Occidente”: «Aparece el Tíbet cercado por países que flotan en el mar de la modernidad como gigantescos bloques de hielo; a la deriva si creemos la impresión recibida de los sentidos, pero con un rumbo previsto por la llamada Economía de Mercado, que hace gala en este caso de una paciencia oriental. Es posible preservar a El Tíbet de todo influjo materialista».  Revista Letralia, Tierra de Letras es desde 1996 la revista de los escritores de habla hispana.

 

A.- A propósito de los Centauros

Se ignora el carácter de la cópula, así como el tiempo que necesitó para obrar. Pero un frío domingo del mes de marzo correspondiente al año 2009, prodigio del nuevo milenio, en el lugar del globo llamado Villazalama, tierra de abundantes pastos situada entre Valdepero y Husillos, empezaron a nacer caballos con torso, brazos y cabeza de hombre o, visto de otro modo, hombres con lomo, cola y patas de caballo. La combinación genética había aportado una especie nueva: los centauros, realidad culminante de la fantasía humana que los creó, aquellos hijos de Ixión y de la nube Néfele, Hera mentida. Su presencia dio pie a preguntas carentes de respuesta lógica: animales o personas. La duda inundó las calles, llegó a los pupitres de las universidades, a los claustros de profesores; y de allí al intelecto de los filósofos. Las leyes vigentes resultaron inútiles para regular la convivencia de lo nuevo y lo viejo; mero papel mojado y tinta desleída. Desde los púlpitos los aguerridos prestes lanzaron anatemas que se oían en los despachos de los gobernantes. Los parlamentos trataron el asunto en sesiones agotadoras, hasta acabar aprobando la elaboración del pan de cebada y la venta de alfalfa en las verdulerías. Aparecieron en el mercado ponchos-manta antes inimaginables, y los negocios de construcción y equipamiento enriquecieron a los osados.
El hombre siguió el camino abierto, y su natural abusivo quiso confinar a los cuadrúpedos racionales. No pudo. Alas brotaron a los de mayor alzada, a los más ágiles. No eran gran cosa; dos apéndices lumbares emplumados que les permitían elevarse por los aires y desaparecer. A los seis meses las alas se demostraron transitorias; aun así, durante el medio año que duraba la metamorfosis, los centauros se expandían formando nuevas colonias. De modo que la especie recién nacida se distribuyó por los cuatro puntos cardinales poblando la Tierra.
Los híbridos nacían domados y nada añadió el hombre en ese sentido. La cabeza humana regía sus actos de bestia, humanizándolos; y la nobleza de la bestia parecía neutralizar los sentimientos egoístas del hombre. De manera que los nuevos individuos exhibían conductas íntegras añadidas a extraordinarias facultades. Temores y acusaciones iban perdiendo intensidad, hasta que la rutina quiso regresar a lo suyo. Púlpitos, tribunas y otros estrados reticentes acabaron tolerándolos. Se adaptaron los usos y las herramientas a las necesidades anatómicas de los híbridos, y en poco tiempo a los nuevos seres les resultó innecesario demostrar una superioridad evidente. Fueron penetrando en las formaciones castrenses, en la representación social y en la judicatura. Pronto ocuparon puestos de relieve en las empresas y en los ministerios; y ayudándose los unos a los otros, hasta los peor dotados alcanzaron buen acomodo.
Transcurrido medio siglo, los centauros dominaban las pirámides de poder, y pudieron abandonar el disimulo heredado de las personas. La raza humana, alejada de los centros de decisión, se vio confinada en el entorno de los trabajos manuales repetitivos, llevando a cabo tareas sucias o tediosas.
Por mis conocimientos de la antigua cultura fui uno de los destinados a escrutar los viejos libros impresos sobre papel, única fuente de sabiduría permitida a las personas, a quienes nos está vedado el ingente acervo electrónico. Debía censurar cualquier asomo, por sutil que fuera, de los llamados valores humanistas. Antiguos impresores, también forzados, editaban nuevos libros imitando la estampa de los viejos. Los lectores humanos iban abandonando las reivindicaciones de especie.
Yo inicié una conspiración callada, y para servir a los propósitos rebeldes, todos los libros corregidos esconden las líneas que acabas de leer, lector humano, dentro de extensos párrafos insubstanciales.
Los centauros, recelosos e inteligentes, han descubierto mi estratagema. Las leyes castigan con la muerte a los traidores; mañana al amanecer me cocearán en círculo hasta la expiración.

 

B.- De la muerte incesante

Ataúd es una palabra extraña de por sí y, a lo que parece, muy baqueteada. El idioma castellano la recibió del árabe hablado en la península Ibérica durante la estancia musulmana. Ha llovido desde entonces; incluso en el desierto de Atacama, donde nunca llueve. Es más: se sabe que el árabe la había tomado prestada del arameo, el arameo del hebreo y éste del egipcio. Todo por no asumir responsabilidades en la denominación de arca tan simple. Todo por superstición, por temor a la muerte, último episodio de la vida, transición, culmen y deslizadero hacia lo desconocido.
El territorio más árido de La Tierra va, en Chile, desde Antofagasta hasta Atacama y de los Andes a la Costa. Allí no hay tormentas, los vientos alisios se llevan las nubes. Los anticiclones del Pacífico y las altas presiones permanentes originan sequías larguísimas. En algunas partes del triángulo formado por Copiapó, Antofagasta y Calama, generaciones enteras se suceden sir poder presenciar el milagro de la lluvia. No obstante, si sucede el prodigio, surgen millones de flores alfombrando el desierto; paciencia incólume de las semillas.
El cerro de Chañarcillo, de más de trescientos metros de altura sobre la base, desveló su secreto en 1832: estaba hecho de pura plata; o casi. Juan Godoi, un cateador según unos, buscador de vetas minerales; cazador al decir de otros, puede que pastor de rumiantes; halló pedazos de plata en estado nativo asomando de la tierra. Se hizo Juan con los derechos de explotación, pero, extravagancia de pobre, precisó dinero inmediato. Así que Miguel Gallo, minero viejo de Copiapó, falto de suerte hasta entonces, se hizo con la mitad del tesoro por unas pocas monedas de curso legal. Gastó Godoy lo cobrado en muy pocos meses, fue a por más a la misma fuente y Miguel Gallo se convirtió en propietario de la totalidad. Vivió Juan todavía unos años y lo hizo en la miseria absoluta de quien no tiene donde caer muerto; circunstancia que no impide obrar a la muerte. El viejo Gallo murió rodeado de propiedades que en ese momento dejaron de pertenecerle; y es que la muerte es rasero. Una plaza de Copiapó quiso acoger la efigie del insensato que carecía de paciencia y desconfiaba del futuro; tiempo, como se sabe, subordinado a los caprichos de la muerte. El pueblo minero nacido al pie del Chañarcillo tomó su nombre: Juan Godoi. Increíble, el pobre dejó al marcharse más memoria que el rico.
Cuando ocurre la historia del cuento, las minas de plata de Chañarcillo habían rendido ingentes beneficios a sus explotadores; contribuyendo en buena medida a la prosperidad de la región. Estamos en la última década del siglo XIX, y la geografía se corresponde con los alrededores del pueblo de Juan Godoi, las trochas abiertas hasta Pabellón y un tramo del valle aprovechado por el río Copiapó para llevar su cambiante caudal al Océano Pacífico. Los mineros hablan del futuro incierto; pues la plata merma a ojos vistas, los trabajadores sobrantes se van a otros lugares y los trenes que parten hacia Copiacó y Caldera salen con menor frecuencia.
Evodio Cañas, descendiente de indígenas likan-antai, trabaja de barretero en San Francisco la Colorada, cuya veta duerme sesenta metros abajo. Luciendo el indumento indio, con un sombrero emplumado en la testa y ojotas nuevas en los pies, desposó Evodio a Eduvigis en una ceremonia que duró media hora y se celebró durante tres días, los tres días de fiesta del carnaval de febrero. Clarín, putu-putu, chorimori, ocarina y tamborín, juntos y por separado, amenizaron la parranda sacando los sones de la mejor música andina. Mi bella caití, le decía al acostarse cuando se ponía meloso; equiparando la nariz respingona de la esposa al pico curvado hacia arriba del ave negra y blanca.
A su debido tiempo, parió Eduvigis un varón de cuatro kilos trescientos gramos y más de medio metro, que rasgó las entrañas maternas hasta incapacitarla en lo tocante a similares procesos venideros. Pusieron al niño el nombre de Jovino, y hoy es un muchachote de algunas luces que gana 15 pesos mensuales como apir en la mina, la mitad que el padre. Pretende el puesto de mecánico o de maquinista de los nuevos ingenios de la explotación; aunque lo cambiaría todo por una plaza de carabinero.
La víspera de San Pedro, invierno de mil ochocientos noventa y tres, un error de cálculo que afecta al número de postes, vigas y puntales, produce el derrumbe de un tramo de techo en la galería donde Evodio desentierra el mineral: sales de plata mezcladas con arcilla ocre. Recibe el trabajador, influjo de su buena estrella, tan sólo el impacto de una roca y no muy grande; que, sin embargo, obra de la mala suerte, basta para romperle la crisma y machacarle la sesera. Deberá enterrarlo Eduvigis; y la alegra que decayeran las antiguas costumbres de los ascendientes de Evodio, sobre todo la de enterrar a los deudos dentro de un hoyo cavado en la alcoba, dando al difunto una postura grotesca, casi sentado, las nalgas cerca del nuevo suelo pegadas a los zancajos. Ensabanado quedaba en la tumba, rodeado del mejor manto y atado en fardo con cintas de colores. Prefiere la esposa lo de ahora.
Echa cuentas la viuda con el dinero prometido por la empresa en concepto de indemnización. Apenas da para el pago de un maestro que ayude a Jovino a ingresar en el cuerpo de carabineros. Así que el entierro no provocará un despilfarro que se lleve el presente y el futuro. El responso del cura cuesta lo que la voluntad pueda comprometer y no es mucho. El ataúd ha de ser cosa de su hermano, carpintero en Nantoco, pueblito de menos de medio millar de habitantes. Él proveerá el cajón, quedando satisfecho con referencias al parentesco y el desgrane de los recuerdos infantiles. Pagados el tinte y el arreglo de ropas, la compra de velos y calzado negro, en lo sucesivo habrán de comer papas y porotos cocidos vistiendo de lo antiguo hasta donde alcance. Pero el hijo, eso sí, un día cercano lucirá uniforme y arreos de gala.
El jefe de estación, el bodeguero y los dos cargadores, disponen la salida del tren cuando llega Eduvigis a la taquilla para comprar un boleto de tercera clase. La unidad que lleva a la viuda camino de Nantoco, pasa por ambos Molle y toma las numerosas curvas y los pronunciados desniveles con tal parsimonia, que la buena mujer entretiene su intranquilidad contando las durmientes que ve por las rendijas del piso: zoquetes de madera renegrida que aguantan a duras penas el peso de los raíles y de cuanto ellos soportan. En Pabellón se fija la mujer en los depósitos de agua, menores que el de Juan Godoi aunque de fierro, más modernos sin duda. De Pabellón a Nantoco se la hace breve, y el abrazo dado al hombre de su misma sangre, de su mismo rostro, de su mismo pensar, se acorta debido a la urgencia de la embajada.
Encargo del ricacho enfermo que al cabo agonizó en el mejor hospital de Santiago, un arcón de lujo, olorosa madera de algarrobo y el interior mullido; tan caro que nadie en la región lo querría ni a mitad de precio, es el regalo que el hermano de Eduvigis entrega a la hermana para enterrar al cuñado. Mil años resiste ese tronco a la intemperie y dos mil bajo tierra: explica el profesional que sabe de eso. Claro que ayuda a la esplendidez la imposibilidad de negocio. Pero, aun así, la memoria de las privaciones a las que estuvieron sometidos ambos en la niñez, de los correctivos recibidos del padre, de las veces que ella ocultó las escapadas nocturnas del muchacho; allanaron las dificultades que doce años sin trato personal oponían. Y no es poco acicate el desconsuelo que la viuda demuestra vestida de negro, lágrimas obedientes a la llamada de la conveniencia. Debe apurarse, pues si la corrupción del cadáver que fue Evodio Cañas queda suspendida por la arena salitrosa que lo recubre y la sequedad del ambiente, el hijo ha de permanecer velándolo y no podrá bajar a la mina.
Tres veces en semana sale de Copiapó un tren mixto con destino a Chañarcillo. El destino favorece a Eduvigis; ese día nuboso es un día de tren. Llega el convoy con muy poco retraso, y ve la mujer que tras el coche de viajeros rueda un vagón de mercancías descubierto, la mera plataforma protegida por tableros abatibles, destinado al transporte de vituallas para la mina. A él suben el ataúd de fragante algarrobo y mullido interior; dejándolo apartado por precaución de medrosos.
Cuando en lo alto se van concretando las nubes, concluida la estiva, con cuatro bufidos de vapor arranca la máquina. Arrastra tras ella el carro de viajeros, dividido en tres compartimentos disímiles. En los destinados a primera y segunda clase, los pasajeros disponen de dos y cuatro filas de asientos respectivamente, de los que se ve alguno libre. El resto corresponde a tercera. Lo forman bancos corridos donde se apretuja la gente ordinaria. A continuación, casi colmado de enseres, va el vagón de bagajes.
Hay cuatro kilómetros desde Nantoco a Cerrillos, que pasan ante los ojos de Eduvigis descubriéndole el menguante caudal del río, filtrado, evaporación o robo, y las verdes orillas vegetales.
En la estación de llegada baja un pasajero y suben dos: el señor Zenón, abarrotero local en declive, y Antimo Maquia, mozo bragado de rostro ceniciento, gesto hosco y bigotes hirsutos. Una población variopinta llena el coche, hombres más que nada, de muy diversas procedencias a tenor de las parlas oídas y las fachas vistas. En tercera no quedan agarres libres para los que van de pie. El incesante vaivén del suelo impide a Maquia continuar suelto; así que como el invierno viene suave pasa sin prejuicios al vagón de carga. Al caer las primeras gotas de lo que luego sería una breve nubada, se sienta sobre los maderos serrados en forma de viga, puestos junto a un atado de capachos, próximos al ataúd. Arrecia el goteo y si al principio lo recibe contento, luego se incomoda. Piensa regresar al coche con los demás pasajeros; pues conoce tretas para hacerse con alguna de las asas ya conquistadas. Tratando de embromar, de asumir su propia valentía o haciendo burla a la muerte, ni corto ni perezoso abre el arcón balsámico y se encierra en el interior blando. Bien por la comodidad sentida, bien por la tibieza hallada dentro, acaso por el traqueteo o consecuencia de haber estado parrandeando parte de la noche, el caso es que al momento se duerme.
Mero soplo enredador, un vientecillo de nada lleva las nubes a otra parte dejando el cielo limpio y el aire reanimado. Entra el tren en Totoralillo cuando el Sol se presenta evaporando charquitos, volviendo la apariencia a lo previo. Rico o pobre, nadie baja en la estación; pero suben dos personas, un matrimonio que habrá de hacer transbordo en Pabellón si quiere llegar a Loros, donde con unos allegados partirá hacia Argentina. Marido y mujer siembran esa confidencia tres veces mientras buscan un equilibrio imposible. Después pasan al vagón de carga, se sientan en los maderos destinados a tirantes y fustes de mina y dibujan la sonrisa ambigua de quien no sabe a qué carta quedarse. Desde su posición observan el horizonte inestable, acercando la mirada a su alrededor para llevarla de objeto en objeto, utensilios y vituallas, y ponerla sobresaltada en el ataúd. Se rebulle su mente hasta dar con los prejuicios supersticiosos guardados. Para ayudar a encontrarlos, la tapa del arca mortuoria inicia el movimiento de apertura y un rechinar inquietante. Por la rendija creciente asoma de pronto un rostro cetrino, mal encarado, ensombrecido por los bigotes híspidos; un muerto recién revivido que, extendiendo la mano, con voz entrecortada, alcanza a decir: ¿Ha parado de llover?
Antimo Maquia descabezó un sueñecito dentro del arcón lujoso y al despertarse obró como su natural pedía, sin intención de asustar. Pero los que iban a Loros con propósito de partir hacia Argentina, vieron lo que creyeron ver y saltaron del vagón corriendo como vicuñas asustadas carentes de rumbo. Por eso, ni los parientes que esperaban para acompañarlos, ni los hijos y nietos, tuvieron jamás noticias de su paradero. Y es que Antimo, ignorante de ser el origen, saltó tras el matrimonio miedoso, asustado del espanto percibido en los ojos abiertos de los asustados.

 

C.- La verdad de las brujas

Pongo por testigo a Pedro de Castañeda y Ortega, marqués de Peñaserrada, quien no me desmentirá si algún error se colara en estas páginas, porque Pedro de Castañeda, de natural indulgente, se fue de este mundo desajustado hace mucho tiempo. Madrileño, nació el año 1691 en el seno de una familia de tan buena disposición hacia el infante, que le hizo caballero de la Orden de Calatrava a la tierna edad de siete años. Ya mozo, tras diversos amoríos de adiestramiento, casó con doña Micaela Quiroga a quien no logró dar la descendencia deseada. Su primer empleo público fue el de Gobernador, que no es mal inicio; ocupó más tarde diversos puestos de Corregidor, alcanzando la cúspide de su brillante carrera de mandatario, reinando ya Fernando VI, al ser nombrado Intendente de la provincia de Palencia con un sueldo de treinta mil reales de vellón.
Al juicio de tan singular personaje me someto, porque fue él, quien, en el desempeño del cargo, eligió la villa de Fuentes de Valdepero para llevar a cabo la llamada Operación Piloto. Inicio y ejemplo del Mapa o Estado Provincial, según lo estipulado por la Real Junta de Única Contribución.
El día 11 de abril de 1750, rodeado de escribientes y contadores, desde el palacio asignado en la capital llegó el alto funcionario al municipio, alojándose una buena temporada en “La Heredad” por deferencia de los dueños. El 4 de noviembre remitió la documentación concluyente a la Junta. Un primor formal en opinión del marqués de Puertonuevo, juntero designado para el estudio de las veintidós operaciones piloto. Sirviéndose Castañeda de la experiencia adquirida en Valdepero, continuó, ya desde la ciudad, inventariando pueblo a pueblo la provincia de Palencia, parte de una obra ingente que afectaba a las circunscripciones provinciales de la antigua Corona de Castilla. Proyecto de tan vastas dimensiones fue conocido como el Catastro de Ensenada, título del marqués que lo impulsó, poderoso ministro del rey Fernando.
Por aquel entonces era Valdepero un Señorío perteneciente a la duquesa de Alba y condesa de Monterrey. Municipio mediano que, sin embargo, por derecho comprado a la Real Hacienda un siglo antes, percibía las alcabalas y los censos. Habitaban el término ciento cincuenta vecinos y lo servían dos alcaldes ordinarios. Salvo, don Fausto, terrateniente dueño de La Heredad que residía en Palencia dedicado a la política, los demás -labradores de tierras propias, aparceros, ganaderos, pastores, hilanderas y jornaleros- vivían por sus manos. Los pobres de solemnidad se arreglaban con los frutos silvestres hallados en el campo, algo de caza y pesca, las dádivas de los caritativos y los animales muertos por la peste.
Formaban el caserío del municipio ciento cincuenta y cuatro viviendas de piedra, adobe o tapial; a las que se deben sumar telares, corrales y tenadas de las rondas donde se guarecían las ovejas; el castillo y la iglesia, dos ermitas, tres mesones, abacería, taberna, pósito y hospital.
Imagino las calles cubiertas de polvo o alfombradas de barro, sequía prolongada y algún que otro diluvio; gallinas escarbando en ellas, mocosos metidos de lleno en sus juegos, perros, gatos, pardales y golondrinas. Al campo labrantío lo complementaban dos encinares grandes y una arboleda variada, una mina ya escasa de plata, tres yeseras y ocho colmenares; amén de los apriscos del páramo, el despoblado de Palazuelos y los prados comunales de Villazalama. Pasaba por el pueblo el Camino Real de Cantabria, vía de unión con Palencia y Monzón. Del Señorío partían los caminos de Husillos, Valdespina, Villagimena, Villalobón y numerosas veredas y carriles que llegaban a cualquier pago o terreno de labor.
Escopetazo oído al caer la tarde plácida, campanada en la noche dormida; ese efecto causa el séquito del intendente cuando llega a la calle Mayor. Bandos y pregones agitan las almas dentro de los cuerpos allá donde la voz alcanza. La unidad catastral y cada uno de los sujetos del censo, pertenezcan al estado general o al eclesiástico, no caben en su envoltorio de ropilla o sotana. El memorial, encabezado por los datos personales y familiares, consiste en una relación de todos los bienes, rentas, derechos y cargas; lista de propiedades y beneficios que debe ir firmada bajo juramento al entregarla a los responsables del catastro. “La que se nos viene encima”: se oyen decir unos a otros. Errores de interpretación, muda en el orden, tergiversación de los conceptos, tachaduras, correcciones o ilegibilidad de la letra obligan a la repetición. Hay impresos previstos para tales casos.
Está a punto de eclosionar el huevo de La Enciclopedia y avanza decidido el Siglo de las Luces, aunque la Inquisición lo sujeta con fuerza para mantenerlo en la oscuridad. En Valdepero, tomando el camino de Husillos, treinta estadales más allá de las últimas tapias, se encuentra una arboleda de veinte aranzadas con mención en el memorial de La Heredad. Álamos en su mayoría, aceptan otras variedades sin recelo y múltiples arbustos. Grupos tupidos suceden a ejemplares dispersos, y al inicio de una leve ladera rodeada de almendros y zarzas de endrinas, se alza una vivienda que fue refugio de leñadores y hoy habitan dos mujeres solas.
-Callaba mi boca para no alarmarla, madre; pero el pueblo anda revuelto y la inquietud va a más. Han llegado funcionarios de alto copete con la intención de hacer un inventario de las propiedades tangibles e intangibles, y los vecinos han de calibrar el grado de pobreza y resignación en que viven, cifrarlo, escribirlo y refrendarlo con una rúbrica que vale lo que el honor de cada uno. Quién iba a pensar que donde no llega la mano despensera del Rey llegara la recaudadora; entramos en tiempos movidos. Hemos de declarar la vivienda y el exiguo terreno cercado; eso si el señor de la Heredad no los registra como propios, que todo cabe en su voluntad voluble. Añadiremos los enseres del hogar, las ramas secas que el viento desprende de los árboles, el manantial y el arroyo, la burrita y sus alforjas. Y puestas a decir la verdad, digámosla entera: las primorosas mañanas de abril y las noches de agosto, refrescantes; los animales que pueblan la arboleda y el campo íntegro, pájaros y liebres; las laderas del páramo con sus hierbas aromáticas y los reflejos irisados del mineral de yeso. Lo que no es de nadie es de todos y es nuestro, porque nosotras sabemos aprovecharlo sin mermar su esencia.
Sale esa voz de los labios de una de las dos mujeres de la casa, la más joven, que permanece sentada en una silla de patas muy cortas. Se ocupa en el añadido de cenefa a una sábana de lienzo curado. Es bella, facciones suaves de una perfección sólo vista en algunas pinturas sagradas en las que aparecen vírgenes. Nariz proporcionada al óvalo de la cara, frente espaciosa, ojos abiertos a la vida, finísimos cabellos descendiendo en cascada sobre los hombros. Al andar se cimbrea su cuerpo espigado: cabeza, tronco y extremidades armonizados por un resorte interior. Se llama Marcela, cuenta treinta y tres años y su aspecto de fruta jugosa, madurada a la intemperie del campo, le viene de la vida silvestre que lleva. No ha conocido a su padre y se tiene por hija de quien agita el líquido de un caldero sometido al fuego. Es Leonarda, joven y hermosa no hace tanto, y hoy con arrugas en un semblante que conserva restos de esplendor.
Recoge la mujer mayor su pelo en forma de moño, viste ropas amplias de tonos oscuros y posee unas manos largas, inquietas, hechas a dar explicaciones, a reforzar la acción de las palabras. Para que su figura sea la de una anciana prematura, la espalda se ve un poquito arqueada. Ha debido de ser muy enérgica, y una gavilla de nervios también; porque aún alcanza al tiempo en su avance. Leonarda, la madre, es dueña de una biografía que de ser conocida algún escritor dejaría reseñada en un libro para conocimiento general. Asegura haber parido a Marcela, la mujer deseable, la mujer deseada, aunque del padre no menciona detalle que lleve a la identificación. Parece ser el asunto un secreto que no está dispuesta a desvelar, nada pecaminoso sin duda dada la limpieza de su corazón; años lleva la hija intentando descubrirlo sin resultado práctico.
-La cordura habla por tu boca, hija mía. Confiando en que el registro otorgue fuerza de título a lo registrado, declararemos nuestras exiguas propiedades. A más de la casa y lo contenido en ella, la poca tierra anexa y esas tres prerrogativas que la proporcionan su verdadera utilidad. La autorización de paso desde el camino de Husillos, el derecho a tomar del manantial el agua precisa para los usos domésticos y la ventaja de aprovechar como leña las ramas secas desprendidas de los árboles. De ese modo, si don Fausto, actual señor de la Heredad, olvidara el legado de su padre reseñado en el testamento que le hace a él heredero, tendremos un agarre más al que asirnos. Refugio y privilegios te permitirán escoger el camino cuando yo muera. Continuar mi labor si ese fuera tu deseo o emprender cualquier otra partiendo del saber adquirido en los libros que don Baldomero tuvo a bien donarme. Incluiremos en la lista de posesiones los minerales y vegetales que usamos en los tratamientos y la alcancía mediada de monedas de cobre, pago recibido de los enfermos que vienen llamados por el cuerno de la fama. A la relación añadiremos nuestra libertad y la independencia conseguida, frágiles en cualquier momento de la historia, pues los poderosos, en su afán de someter al rebelde, se valen de triquiñuelas que nosotras seríamos incapaces de utilizar. Es cierto, hoy por hoy, conscientes de la provisionalidad, nos pertenecemos a nosotras mismas, que al fin y al cabo es lo que más vale de aquello que vale.
Se debe saber que don Baldomero, el viejo señor de la Heredad, fue un hacendado distinto a los otros; más interesado en descubrir la razón de ser inherente a los hechos, que en acrecer la riqueza acumulada por sus antepasados. Inconformista y culto, recibía revistas y libros de Madrid y Barcelona; y hasta de la ciudad de París. Conocía la lengua francesa y estaba al tanto de los avances del pensamiento, vanguardia intelectual que en España era dominio de unos pocos. Desprendido y humanitario, los desprovistos de sustento recibían de él socorro cumplido y trataba con sumo respeto a los asalariados. La cocinera de su casa de Palencia enviudó dos años después de alumbrar el cuerpecillo de una niña, la infanta que en el bautizo recibió el nombre de Leonarda. Don Baldomero aceptó a madre e hija en las habitaciones destinadas al servicio. El preceptor de los niños Fausto y Micaela, sus vástagos, educó a la acogida sin distinción, y como el natural despierto de ésta respondiera a los estímulos y la pequeña mostrara afición a don Baldomero, el señor, ignorando las constantes travesuras que traían a la esposa a mal traer, la quiso como a hija propia. La hubiera adoptado cuando recién cumplidos los ocho años falleció la madre, pero doña Consolación, la esposa, se opuso. Al llegar a la mayoría de edad, Leonarda explicó a Micaela -uña y carne ambas- y luego a don Baldomero, que dejaba la casa de acogida para averiguar si lo aprendido bastaba para subsistir. Por sabida, no fue necesario mencionar la causa verdadera: la oposición constante de Fausto y de su madre, el trato hostil, su indisimulado desprecio.
Nada pidió en los años sucesivos a su antiguo tutor, a quien, sin descubrirse, observaba los días de Consejo en el Hospital de San Antolín y San Bernabé; donde la muchacha, protegida por un canónigo de la catedral, servía escudillas de caldo y ayudaba en los fogones. Sin embargo, el señor de la Heredad la tuvo presente a la hora de dictar sus últimas voluntades. En un intento de favorecerla de modo adecuado por si el futuro tomaba un cauce imprevisto, puso en sus manos los libros más sabrosos, naturalistas, filosóficos, en los que –adolescente despierta en busca de explicaciones- se sumergía hasta la madrugada cuando aún era huésped del testador. Añadió otros publicados más tarde, de dentro y de fuera, manifestantes silenciosos del pensamiento progresista; y en previsión de que el saber no bastara para salir adelante, hizo a la mujer legataria de una casa de piedra, agua salobre y leña cuantiosa. Todo lo abandonó entonces Leonarda: amistades, empleo y la rutina asentada durante años, para refugiarse en la arboleda del camino que desde Valdepero va a Husillos, acompañada por una niña preciosa, figura esculpida teniéndola como patrón.
Puerta principal orientada al Sur, postigo al Norte, es la construcción una vivienda mínima: dos alcobas enyesadas la componen en la parte superior, y en la de abajo una sala corrida y una alacena bajo la escalera. Visten las paredes desnudas largas repisas cargadas de recipientes de barro, estudios sobre los tres reinos de la naturaleza, tratados de filosofía y novelas: las más consideradas de ese género. El esconce formado a la izquierda del postigo admite sin riña la campana de la chimenea, hueco que consume de noche y de día una hoguera avivada con nuevos aportes de leña cuando el rescoldo anuncia su pronta extinción. Una amplia mesa de roble, cuyo tablero tiene un espesor de cuatro dedos, se arrima a la derecha rodeada de sillas.
En el exterior, rompiendo la rectitud del muro trasero, a un lado de la portezuela se asienta la cuadra de la burra, y sobre ella un gallinero al que las aves acceden mediante un tablón cruzado de astillas alisadas. Y en el lado contrario, un techo sostenido por columnas preserva de la humedad las ramas recogidas, la hojarasca reseca y algunas chamadas dispuestas para nutrir el hogar. A cinco estadales de los muros de piedra, lo que en estos pagos son casi dieciocho varas, se alza el tapial de la débil muralla, cierre de un cuadrado de campo, corral y huerto, que se une a la fachada principal formando una misma línea. Cruza dos veces el cerco, invasión y escape, un arroyuelo nacido entre juncos algo más arriba; de él se surten las mujeres para sus necesidades: bebida, abluciones, riego y coceduras. Sucede que cuecen ellas hierbas medicinales, raíces, cortezas, frutos y flores desecadas. Tuestan piedras y tierras ricas en minerales provechosos, las muelen, hacen barro con ellas y lo bullen. Tiene razón la madre, el lugar resulta pintiparado para sus prácticas, una medicina antigua muy eficaz, que evita los frecuentes sufrimientos de las gentes asentadas en la villa y en los pueblos vecinos, Husillos y Monzón, en la ciudad inclusive; personas principales y del común.
Sulfur, phosphorus, nitricum acidum, natrum sulfuricum, kalium carbonicum, hepar sulfuris, ferrum metallicum, calcarea phosphorica, arsenicum album, antimoniym tartaricum y aurum: son nombres escritos en los tarros, sacados de tratados antiguos que describen los síntomas de las enfermedades curadas por su influjo. Miel, aguijón de abeja, acónito, bellotas, árnica, belladona, camomila, espliego, escaramujos, estambres de cardo, gelsemio, fruto de taxo, brotes de adelfa, veneno de víbora, tomillo, licopodio, hojas radicales y pecioladas de pulsatila, diversas setas, corteza de ahuehuete y raíces de cipariso se suman al acopio. Algunas plantas y determinados animales poseen elementos capaces de matar; tósigos muy poderosos cuyo manipulado erróneo puede causar terribles convulsiones previas a la rigidez cadavérica. Ellas las utilizan como fuerzas de choque en situaciones excepcionales.
Salió Leonarda de la casa de acogida, domicilio urbano de don Baldomero, cuando para las leyes era una persona adulta, dueña de su destino, libre para ir adonde quisiera. Sin embargo, la negativa a aceptar más socorros del defensor limitaba sus pasos y los encarrilaba. Poseía unos brazos y una cabeza que por separado o juntos habían de proveer el sustento. Tocaba el piano con destreza y conocía cuestiones históricas que por lo general eran ignoradas en las aulas, filosofías que acabarían imponiéndose en el discurso de los intelectuales directores del rumbo de muchos. Dominaba el arte de disponer el ajuar de una casa principal, hacía exhibiciones de pericia en el encaje de bolillos y sus manos bordaban primorosas filigranas sobre tejidos cálidos. Por si fuera poco, podía moverse en sociedad mejor que cualquier señorita de las que se cruzaban con ella en las calles o en los salones de la gente que recibe. Con todo, de la catedral y en ella de un canónigo a quien contó con pormenor sus cuitas, se sirvió el destino para orientarla.
Tuvo que aprender Leonarda a pelar patatas y a fregar suelos, a lavar los frágiles cuerpos de los infantes que lloraban inmersos en sus propios detritos. Tuvo que iniciarse en la cura de pústulas, ampollas repletas de pestilencias en enfermos que, por suerte, tenían el olfato embotado. Llegó a conocer el tratamiento de las infecciones de los contagiosos, el purgado de la bilis negra de ciertos moribundos. Se interesó así por los preparados químicos y por los principios activos que les proporcionan su eficacia. Llegó a todo eso al aceptar un empleo cercano a la caridad en el Hospital de San Antolín y San Bernabé, donde los aritméticos y contables -aspectos de la matemática que ella dominaba- eran hombres respetables y a la vez incultos. Acabó encontrando un secreto atractivo en servir a los otros, en procurar a los demás un mínimo grado de satisfacción.
Llevó la entrega al extremo de dar su amor a un enfermo incurable necesitado de compañía y cariño. Fueron meses de felicidad para quien al cabo de ellos murió satisfecho; un muchacho que recobró la fe en las personas y llegó a albergar la esperanza de un mundo mejor. Tiempo de sacrificio constante para Leonarda y, acaso por ello, de complacencia y satisfacción. Muerto ya el padre en brazos tan caritativos, nació al cabo, con la hermosura y la vivacidad de un ángel, la niña Marcela. Al propiciar don Baldomero con su legado el arraigo de una realidad favorable, la legataria habitó la casa recibida, sacando adelante a su cría con ayuda del contenido de los libros y la colaboración de los tres reinos de la naturaleza.
Arranca una mañana apacible cuando Marcela, treinta y tres años de mujer hermosa, subida a horcajadas en el asno hembra, avanza parsimoniosa para recolectar la materia prima de cataplasmas, emplastos y tisanas que su madre se da buena maña en preparar. La domina un humor excelente, laderas del páramo próximas a los colmenares rodeados de romero. Inicia la mujer una canción espontánea que en sus labios cobra dulzura y sentimiento.
Un caballero alejado de la juventud, rampa por la cuesta subido a un corcel negro. Muestra con sus movimientos de ayuda unos bríos que la edad no ha restado. Cabalga contento, porque frisando los cincuenta vive aún días de plenitud. Lo ha sacado de Toro, ciudad donde llevaba menos de tres años de Corregidor, el nombramiento de Intendente de la provincia de Palencia. Acaba de tomar posesión en el pueblo de una segunda residencia que, complaciendo sus gustos y satisfaciendo de sobra sus necesidades, acaso no colme las apetencias de la esposa, más refinada y exigente. Pero desea iniciarse cuanto antes en el cumplimiento de la voluntad de sus jefes, Ensenada y el propio Rey, y no entra en los desajustes domésticos.
Ayer mismo llegó Peñaserrada a Valdepero, municipio escogido por él como punto inicial del Catastro. Desea el intendente recorrer el campo y hacerse una idea aproximada de las dificultades con las que se va a topar, pues se trata de un término dispar en el que no existen dos fincas iguales: altozanos y hondonadas, páramos y vegas, laderas grises y valles salpicados de manantiales origen de una red extensa de arroyuelos. Para colmo, el apego que los labradores ponen en las tierras a las que atan su inalterable destino, viene a dar personalidad individualizada a las parcelas, distinguiéndolas con ventaja de las contiguas. El dueño de la Heredad, persona de larga influencia en la provincia, le hace partícipe de todo lo que pueda necesitar: alcobas, servidumbre, comida y hasta el único caballo, el negro que ahora monta, de una espaciosa cuadra de mulas.
Caballero y rústica han de encontrarse, porque la canción es un llamado que atrae a modo de imán a quien la escucha. Queda absorto el señor ante belleza tan natural; y al saber que la mujer subida al borrico con modos varoniles, ayuda a su madre a preparar medicinas capaces de curar dolencias a enfermos de toda condición, preso de un propósito egoísta sin duda, se interesa por arte tan beneficiosa. Es cierto, ya no es quien solía ser. Los humores circulan por su organismo con algo de parsimonia, las piernas no dan de sí cuanto exige la voluntad de ejercicio, la acidez de estómago acompaña a las digestiones y la memoria reciente lo traiciona a veces. En estos días concretos sufre las consecuencias de un malestar general, impreciso; producto, al parecer, del traslado y sus múltiples dificultades.
Satisface a Marcela la estampa de don Pedro, herencia y educación; la complace tanto, que de conocer lo que ignora, la índole noble del caballero, su empleo de intendente, la presencia del hidalgo no mejoraría a sus ojos. Hablan del pueblo y de las gentes que lo habitan, de la salobridad de las aguas, de las parcas cosechas, de las excelencias del vino y, luego, de las enfermedades. En torno a las dolencias permanecen un rato, porque en la mente del marqués nacen preguntas concretas sobre los remedios: diluciones, maceraciones, cataplasmas, apósitos y emplastos que pueden oponerse a sus achaques. Pasado el mediodía, conocedores de las circunstancias que hubieran podido acercarlos de darse el hallazgo en la época adecuada, se separan con la promesa de un pronto reencuentro.
Dicta la vieja Leonarda los componentes de las medicinas y, de tanto repetírselo desde que era niña, la hija sabe de memoria el cuánto y el cómo de los componentes; y si ocurre que presta atención a la madre, es por no herir su amor propio, una forma aceptada de orgullo. Recoge Marcela tierras y plantas, y en un herbolario de la capital trueca las propias por las ajenas. Azufre, fósforo, ácido nítrico, sulfato sódico, carbonato potásico, fosfato tricálcico, mercurio soluble y sal marina recibe a cambio de flores, hojas y raíces de plantas curativas, venenos de víbora y de alacrán, médula ósea de mamíferos carniceros, polvo de cuerno caprino, bigotes de gato. Madre e hija curan enfermos y los restablecidos lo difunden, de modo que el sanitario destinado al hospital de Valdepero se ha ido haciendo enemigo oculto de las sanadoras. Propala por ello cuentos que dejan en mal lugar a las mujeres, dando pie a la desconfianza porque viven apartadas y de ellas nada especial se sabe. Así que, salvo los agradecidos, que los hay, pero son pocos como ya comprobó el milagrero Jesucristo, las gentes del lugar teorizan y especulan.
Don Fausto, el actual señor de La Heredad, y la vieja Leonarda compartieron espacio durante las épocas lejanas de niñez y adolescencia. Compartieron asimismo preceptor, rivalizando en los estudios de la teoría y en la puesta en práctica de lo aprendido. Cuando trataban de seguir el camino recto en los tramos faltos de indicaciones, los más necesitados de la intuición, el niño erraba. De modo que buscó el medio de quedar bien con poco gasto, utilizando el socorrido método de forzar los errores de la oponente; en una palabra, comenzó a hacer trampas. Fue descubierto en varias ocasiones y, desde entonces, su palabra careció de suficiente peso para oponerla a la expresada con aplomo por la protegida.
La aya de la pequeña Micaela, seguidora convencida de la ley del mínimo esfuerzo, universal y eterna como es sabido, con frecuencia la confiaba al cuidado de Leonarda, algo mayor. De modo que Micaela, distante de su hermano en los rasgos físicos y en el carácter, acabó entregando a Leonarda el cariño fraterno. La cabeza de don Baldomero, cargada de argumentos, habló al corazón de las cualidades que adornaban a la infanta acogida a su amparo. Despierta, intuitiva, prudente y, por si fuera poco, afectuosa; no es extraño que don Baldomero la tratara con mimo. Doña Consolación, la esposa, oponía a ese trato favorable un desprecio velado, suficiente para someter a Leonarda al imperio orgulloso de Fausto, hijo verdadero, en posesión de los derechos inalienables que confiere el origen. Andaba la casa dividida y el servicio, acaso por contradecir a la señora, rígida en sus exigencias, tomó partido por la niña agregada.
Llegada la muerte de la cocinera, madre de Leonarda, tuvo don Baldomero la ocurrencia de adoptarla; y la esposa, decidida a impedir la resta de un tercio de herencia al caudal de sus hijos, se opuso con todas las energías. De aquellos tiempos remotos viene que el actual señor de la Heredad, dedicado a la política con provecho, tenga inquina a Leonarda y hable mal de ella en presencia de aparceros y criados. Conocen éstos el sendero de su beneficio y en tal sentido orientan la conducta propia y tratan de dirigir la ajena: dicen y dicen engordando una hablilla que iguala a la baja a la hija con la madre, expertas ambas en el uso de almireces, matraces y alambiques tras objetivos mágicos y hechiceros.
Ocurre en ocasiones cada vez más frecuentes, el año pasado sin ir más lejos, que los productos del campo entrados en el pósito municipal, sobre todo en lo que hace a cebada y lechazos, suman cantidades menores que los recibidos en concepto de diezmos, primicias y limosnas por los curas asentados en la villa de Valdepero. Apaleados de palabra por las dos mujeres, denunciantes incansables ellas de los abusos recaudatorios y de la rápida acumulación de riquezas, los clérigos las pintan unidas al infierno por lazos directos y previenen a los demás contra ellas. En vano toma su defensa Francisco Carretero, uno de los regidores, porque Tomás Calvo, procurador síndico, se opone a él con voces más altas, a las que se une Francisco García, uno de los dos alcaldes ordinarios. No resulta extraño, pues, que la gente, aleccionada por quien tiene ascendiente sobre ella, viendo salir el humo en constante procesión de la casa de la alameda, espiras y círculos expandiéndose, escapando del hogar encendido, imagine a las mujeres estrechando el cerco a la piedra filosofal; brujas que, dominando los vegetales, marchan a la conquista del reino mineral, más hermético, menos relacionado con el resto de la Naturaleza.
A la búsqueda las creen del secreto de la trasmutación de unas cosas en otras, de unas piedras en otras. Así como sapos y culebras entregan su veneno para componer un filtro amoroso, y el halcón las barbas de su pluma caudal o un perro muerto por la rabia aporta el hueso molido de su taba izquierda; el sol, cuando se trata de trastocar la materia, envía uno de sus rayos a través de las nubes y señala con él, dormido entre otros, el pedrusco más propicio. Sopla la vieja Leonarda sobre la roca su mefítico aliento, mientras pronuncia misteriosos conjuros, latinajos de origen non sancto, fórmulas arcanas vomitadas en la oreja por el propio Lucifer en forma de macho cabrío durante el prolongado rito de su iniciación –tres noches contiguas de aquelarre- bruja inscrita ya en los libros arcanos con sangre de ratón albino. La sirve en los tejemanejes de la provechosa transustanciación una bruja aprendiz, su hija Marcela; y al cabo de unos instantes, lo que era una horadada piedra del páramo, se convierte en oro coruscante, noble metal apreciado por personas de latitudes y épocas muy diversas; tanto, que se tortura y se mata por él.
Pacto con el diablo aseguran. El olor a azufre sólo viene a confirmar lo cierto y sabido: rúbrica y sello. Poderosas fragancias se expanden desde la casa, procedentes de hierbas olorosas: tomillo, anís, aroma, hierbabuena, manzanilla, albahaca, hinojo, espliego; y están destinadas a enmascarar la pestilencia diabólica, el acrebite que denuncia la presencia de Lucifer. Filtros y bebedizos dicen que procuran las mujeres a quienes pagan con monedas de oro. Murmuran sin pausa los chismosos, y la mentira poco a poco va adquiriendo tintes de verdad. De madrugada ejecutan ensayos perversos que conducen al oro. Ávidas del dorado metal componen unas onzas cada madrugada y lo esconden en una madriguera abandonada por los animales, junto a la raíz de un árbol frondoso, en el interior de un tronco hueco del que nacen hongos comestibles. Proporcionan la muerte y la vida con la misma indiferencia y rinden culto a Satán, que unas veces es ave dentada y, otras, cuadrúpedo cornudo; y bajo ambas formas tienen con él comercio carnal. Y se tasan alto. Oro, oro; pretenden moverlo a paletadas, llenar las alforjas de la borriquita y en mil viajes nocturnos ponerlo a resguardo de ladrones en la arboleda, próximo al camino de Husillos, al pie del manantial, en los cimientos de la casuca, disimulado en escondrijos de urracas acaparadoras.
-En lo que será mi herencia usted yerra, madre; ni casa, ni huerto, ni cercado, ni paso franco, ni agua, ni leña serán míos. El actual señor de La Heredad o sus hijos harán valer la condición añadida al legado; se pondrá en la picota nuestra integridad, cuestión indispensable, seremos acusadas de brujería y por la acción del Santo Oficio nos arrebatarán la propiedad de lo nuestro. Esa posibilidad, próxima a la certidumbre, indica sin interferencias que hemos de marcharnos. Nada nos ocupa aquí que no podamos hacer en otra parte. Vayamos donde quienes curan a los demás siguiendo las leyes naturales sean respetados; una villa poblada por gentes libres de prejuicios, ajenas a cualquier modo de superstición, bien instruidas, con quienes podamos mantener conversaciones que pongan a prueba nuestra idea de las cosas. Un lugar en el que los vecinos no se santigüen al cruzarse con nosotras, y usted se libere de las incógnitas provocadas por su nacimiento y de las sospechas que suscita el mío. Debemos irnos antes de que ocurra lo que sin remedio ocurrirá. ¿No lo ve usted como yo, madre? No, no me iré sin usted; pero le pido que no se sirva de mi lealtad. Ya no vendrá el caballero de mis sueños para llevarme subida a la grupa de su caballo. Ya no me convertiré en esposa de un arriero de los que detienen su recua cada día en un sitio distinto. Nadie se acercará con la intención de hacerme señora de su tornadiza voluntad o vasalla de su firmeza; pasó mi hora y usted lo sabe, ¡no se valga, madre, de ello!
-No quiero salir huyendo, hija mía. Aquí está nuestra senda bien marcada y hallamos todo lo preciso para desenvolvernos. No nos echarán de la casa; obramos el bien y cualquiera lo sabe. Sirviéndonos de principios naturales de dominio público, hallados en animales, plantas o tierras, ayudamos a los vecinos a vencer la enfermedad, cuando, dolientes, recurren a nosotras. Practicamos la generosidad y la generosidad no admite pago; tampoco lo desprecia, porque el menosprecio del pago anula la más sencilla de las posibilidades de agradecimiento, la más inmediata. Los enfermos sanados serán nuestros valedores frente a la calumnia; ellos se alzarán contra la mentira y el vilipendio. No, no temas; respeto tu derecho a buscar la felicidad en otra parte. Si decides abandonar estos andurriales tan nuestros, en los que siempre he pensado morir, aunque comprenda que tu visión del edén es sólo un espejismo, si así lo deseas mis pasos irán tras los tuyos. Pienso que actúas de manera razonable al pretender un mejor acomodo; y mi corazón saltará de gozo cuando un hombre cabal venga a solicitar tu mano; aún es tiempo de amor y de bodas.
El marqués de Peñaserrada, caballero Intendente en su negra montura, sale del pueblo por el camino de Husillos sin que nadie le sirva de acompañamiento. Pasadas las eras, tras los últimos corrales, avanza todavía un poco, tira a la derecha por la vereda que lleva a la casa de las mujeres solas y allí se presenta. Ha ido la madre al espacio cercano de las laderas descarnadas donde el buitre anida, cárcavas enormes del declive que lleva a la llanada de Campos. Recoge huesos calcinados de mamíferos y aves, espaldares de ligaterna y costrollo, camisas de culebra, cáscaras de huevos de rapaces, uñas de raposos muertos. Inicia Pedro de Castañeda la conversación con la joven en el punto mismo en que la dejaron un mes antes. Hablan acerca del origen de la cultura que a borbotones sale de la boca chica, chorro de argumentos liberado en cuanto la mujer recibe conveniente estímulo. La madre, enciclopedia viviente, es el manantial; estudiada y leída como nadie de los contornos, escultura labrada por don Baldomero para hacerla hija suya y heredera de su inquietud por razones que devienen hechos.
“Hablando de la reina mora, por la puerta asoma”. No necesita Leonarda presentación por haberla descrito Marcela sin desvío de la realidad. De modo que entran de lleno en el inventario de síntomas, primera de las diversas enfermedades. Describiéndolos, el Marqués se explaya como en respuesta de examen. Lleva semanas temeroso de la muerte, da un valor extremo a los problemas cotidianos y sus dedos reciben señales que explican, a más de la piel de los objetos, la composición interna. Dolores del cuerpo propios de quien ha rodado monte abajo, pesadez de cabeza, un enjambre en el oído y pesadillas nocturnas. A una seña de la madre se encarama la hija a un escañil, y con poco esfuerzo alcanza en la repisa de la chimenea una planta puesta a secar. Ha de ser árnica. Tallo hueco de más de un palmo, ramas simétricas, hojas ásperas de forma ovalada, flor ambarina, semillas parduscas. Como quien lo ha repetido cien veces o ha visto hacerlo tomando nota, como quien disecciona un cadáver separa Marcela algunas partes del resto.
Sirviéndose de los sépalos pajizos y del puñal de las hojas, prepara la experta una infusión que debe tomarse caliente. Una tintura dispone a base de vinagre y el extremo majado del tallo. Sobre el cuerpo dolorido del noble el remedio inicia su acción lenitiva calmando la agitación de la mente. Principio curativo y memoria escrita del modo de empleo recibe el enfermo de su sanadora, con el fin de que el Intendente, prescindiendo de manos ajenas, se prepare la botica a sí mismo.
A los mensajes anónimos, acusadores de brujería y comunicación diabólica, siguen los que amenazan de muerte a las mujeres. Sobre los árboles de la alameda que va hacia la casa, se afirman los avisos usando puntas dobladas de cabeza minúscula. Leonarda y Marcela los leen al pasar, arrancando las púas para restañar la herida abierta a las plantas. Se internan al punto en el análisis de las abominaciones y en vez de dar al fuego lo leído, lo guardan como prueba.
Voces de penados, desgarradores gritos, aullidos de humanos imitando bestias, rompen el silencio en días posteriores. El miedo atenaza a las sanadoras, cuando, en el estanque calmo de la noche, una piedra envuelta en carta sin firma, rompe la quietud existente al penetrar por la ventana de la alcoba donde la madre duerme. El temor acoquina a las valerosas mujeres cuando, al levantarse, en la portada descubren el rescoldo de una hoguera y los tizones de dos efigies de palo que llevan sus propios nombres grabados en una tabla renegrida. Árboles, papel y fuego son exonerados de culpa. La boca trasmisora de lo que la cabeza maquina a instancias del corazón, la mano que convierte el odio en signos caligráficos, la que espeta la corteza inocente y los pies que saltan las tapias al amparo de la oscuridad, pertenecen a individuos diferentes unidos por lazos inconfesables. Es imperioso buscar, primero que nada, a la persona encubierta, cobarde, rastrera, capaz de inducir a otras a llevar lo concebido a la acción; persona o individuos anónimos, pero menos de lo que tales sujetos imaginan. Don Fausto, sin duda; los clérigos y el sanitario del hospital: alborotadores ellos de la mitad de los vecinos, quienes por impulsos del miedo o a la espera de algún pago se ponen al servicio de la fuerza callada.
En las semanas siguientes menudean las visitas del Intendente a la casa de la alameda. Lo empuja el cuidado de dos gestiones emprendidas. La primera de ellas tiene que ver con el trabajo. Dibujante experimentada de los animales, plantas y minerales usados en su arte, Marcela perfila el contorno de las parcelas pertenecientes a la unidad registral, los títulos que encabezan cada apartado y las letras iniciales de los capítulos. La segunda gestión se corresponde con el cuidado de la salud. Tratada la más acuciante de las enfermedades, las otras, aquellas a las que se ha ido haciendo el Intendente, reclaman atención de las sanadoras. A temporadas, el mal del vientre que le impulsa a orinar con extremada frecuencia, burlador del esfuerzo, le impide la consumación. Dolor agudo en el dedo gordo de los pies y ambas rodillas.
Por la chimenea escapan llamaradas llegadas del horno ardiente, volcán activo del hogar; borbotea el agua intentando escapar del calor excesivo. Desde el Pico Taragudo y la Fuente de la Atalaya, se ve ascender el humo sobre la vertical de la arboleda. Nux vomica, argentum nitricum, aconitum, apis bryonia y mercurius solúbilis salen de su encierro de meses. Abandonando los frascos que han sido prisión, sus provechosos principios activos se disponen a luchar contra un enemigo común, las molestias causadas al Intendente por sus achaques. Recepción y entrega de los memoriales, recuento de síntomas y preparación de tratamientos, en esas idas y venidas se va el tiempo sin sentir. Las pláticas sabrosas concluyen de madrugada y el intercambio de conocimientos rinde beneficio a ambas partes.
Por alguna expresión involuntaria de la madre, el Intendente descubre el cerco que soportan las mujeres. Pregunta, reclama y le explican los hechos entregándole los anónimos recibidos. Autoridad máxima de la provincia, con un gesto suyo ante las personas adecuadas las aguas vuelven a su antiguo cauce. Pero es sólo una tregua y los agresores permanecen al acecho. Esperan que el protector termine lo que ha venido a hacer al Señorío y abandone su término municipal.
Pedro de Castañeda y Ortega va recuperando la salud y, libre de dolencias durante días enteros, atraviesa una pradera de bienestar. Leonarda y Marcela, mermadas las acometidas, de los rostros con los que se cruzan reciben un mensaje claro: volverán reforzadas. Así que van dando escape a sus inquietudes sin mudar la idea de escapar. Pasa el tiempo y los métodos que el Intendente vino a ensayar, operación piloto, inicio y ejemplo del Mapa o Estado Provincial, alcanzan el pináculo de su concreción. Regresa el Marqués al palacio de la capital palentina en su coche de caballos. Atada a él por un ramal de esparto, una borrica que parece formar parte del séquito vigila el arcón donde las mujeres llevan los útiles de sanación precisos. En el interior del carruaje conversan con el alto funcionario y su esposa sobre lo cerca que dejan las preciosas posesiones, campo rico en los productos que necesitan y casa donde disponen de los remedios ya listos. Decididas a seguir dependiendo de sí mismas, continuarán la rutina en una casa baja de La Puebla, allí donde la ciudad se hace tierra de labor. Marcela, ocupada en el ejercicio de su ciencia, asistirá al Marqués en los dibujos de las unidades registrales pertenecientes a los otros pueblos.
La tregua establecida en Valdepero por los inductores y los inducidos se quebró en cuanto el Intendente y las mujeres tomaron el Camino Real con destino a la ciudad. Las espadas erguidas se abatieron sobre el cercado del plantío, sobre la puerta de la casa de las mujeres idas y sobre el postigo trasero, con el ánimo de derribarlos y penetrar en el misterio de su sala, de su alacena, de sus dos alcobas, de sus cachivaches diabólicos, de sus filtros y bebedizos, de sus conjuros mágicos capaces de trasmutar la piedra en oro. La codicia del oro impulsó el denuedo de los asaltantes más enardecidos. Oro imaginado que, al día de hoy, siglos después, acaso siga dormido en algún chiribitil del terreno, a la espera del osado que se decida a rescatarlo del sueño.

 

D.- El soliloquio de Elisa

Nieva sin ganas. Descienden los copos tenuemente sobre la oscuridad que avanza. Parsimoniosa viene la noche desde los cerros y un día más pasa de largo sin que ellos se presenten. Va para un mes que me dejaron en este caserón, donde debiera sentirme muy acompañada de no ser porque quienes lo habitan, hombres y mujeres que no me hablan o yo no escucho, ni me comprenden ni alcanzo a entenderlos. Y no sé qué pensar de mi cabeza: gira y gira dando vuelta a las cosas, mirándolas del revés para penetrar su secreto, enmarañándolas sin haberlas hecho mías.
Me depositaron en el vestíbulo como mantón viejo o vestido usado dejados en la prendería a la espera de ser recuperados. Cualquiera diría que no les importo ni tanto así. Cualquiera diría…; y dirán. El pueblo entero será una hablilla y murmurarán en esquinas y zaguanes: “Abandonaron a la Elisa a su negra suerte; desasistida queda en un asilo. Prisa se han dado; ayer se hicieron con su herencia y ya tienen a la anciana recluida”. Esa será la comidilla del pueblo, ¡enredadores! Esta vez van con la verdad, pero no quita para que sean unos copleros movidos por el gusano de la envidia. Puede que Luisa sea la peor, la que mete cizaña a los otros. Porque ya ves, Fernando huye de las discusiones; y Aquilino, ni fu ni fa. Ni entra ni sale, es un cándido, un inocente con el alma pequeña. Así que están los dos a lo que diga la Luisa. Pienso a Fernando dolido porque me tiene ley. De seguir a don Tirso, ¡qué buen predicador hubiera hecho con sus luces y el palique! Lo sé, mi tío deseaba dejarle la parroquia al cesar.
Diga el médico lo que se le antoje, yo sé que estoy señalada por la muerte: siento rebullir en mi interior un gorgojo que se agita como gusano en su gusanera. Sí, la pálida señora ha debido de poner lugar y fecha a mi hora. El sitio no puede ser otro que este asilo, llamado con nombre de lo más campanudo para que la conciencia de los allegados se tranquilice. Moriré, me figuro, en los escalones que suben al cuarto; son muy altos y un traspiés a mi edad no tendría nada de sorprendente. Me encuentro achacosa y espesa como borrica trabada en la ladera del monte. No logro alcanzar las tierras altas donde crecen el espliego y la manzanilla y, si bajo, ruedo.
No, no quiero callarme. No hablo con usted ni con ese señor de boina; hablo sola y me cuento las penas para hallar consuelo. Me da en la nariz que el momento de mi muerte lo ha fijado la insensible muy próximo; quizá lo haya atado a la madrugada de mañana mismo, cuando descienda yo, trastabillando, la escalera. Sí, eso; a prima hora bajo amodorrada al comedor y mis pies no aprecian con exactitud la altura de los peldaños. No, no me callo; se me da una perra chica si usted no quiere oírme, me hablo a mí misma y a nadie más. Estaba en que sucederá mañana mi muerte; siento frío en el corazón y ese aviso no yerra. Rodaré, si no lo impide un milagro, hasta darme de bruces con el muro recién enjalbegado.
¡Qué prisa se dieron los malvados!, me digo. Marcharon a escape en cuanto arreglaron las primeras cuentas. Ahora espero en vano que se interesen por mí. No me extraña que las murmuraciones recorran la villa; el viento las trae y las oigo muy claras. Desde la cuesta de las yeseras llegan hasta la hoz del cuérnago. Los peces lo saben y van corriente arriba llevando la fábula. Hablan de la anciana que dio en vida sus tierras, la casa, la tenada, el palomar cercado y el corral de las rondas; ovejas, gallinas y conejos. Dicen de la boba, que entregó sus propiedades a los sobrinos, los malnacidos la llevaron a un asilo y allí la dejaron. Lo saben los pájaros y siguen su cháchara de árbol en árbol bordeando el lecho del río. Posados en los cables del tendido eléctrico, dan aire al parloteo referido a una anciana que cometió la locura de legar en vida lo suyo, sin subrayar que deseaba permanecer en la casa hasta el fin de sus días. Las liebres corren con el chisme en los dientes, royéndolo; parten cada una a su antojo al encuentro de los cuatro puntos cardinales. Llegadas a ellos lo sueltan para que viaje de oído en oído y todos lo conozcan.
Nieva aún y lo hace quedo, como si los copos cumplieran meramente con su obligación, sin poner gran empeño en cubrir la tierra. A mí, mirándola desde la galería, despojada del frío tan suyo, la nieve me parece harina, sal menuda, yeso en polvo. Es la hora de la merienda, pero aquí, con decir que cenamos pronto se ahorran el mendrugo de pan y la tableta de chocolate. ¡De qué hablo!, esa es merienda de pueblo, de cuando yo era una mocosa; han cambiado los usos y los niños comen bollitos que sus padres compran envueltos en celofana. Son muy escrupulosos, si por un descuido caen pedazos al suelo, dejan que dispongan moscas y hormigas. A buenas horas íbamos a abandonar el zoquete en mis tiempos; incluso tratándose de una rebanada de pan untada con miel, limpiábamos el grueso para ir escupiendo con sumo cuidado los cantillos. No, no se trata de pan y chocolate; a mí, mudada la merienda en cena por tacañería, me dan un vaso de leche descremada y unas galletas carentes de todo: hallazgos actuales que quitan la esencia de los alimentos so capa de perseguir la salud.
He de volver al pueblo durante unos días, pues temo que mis sobrinos, al arramblar con todo, hayan dejado las alcobas manga por hombro. Nunca han podido criticar a la Elisa y no les voy a dar motivo a mis noventa años. Tengo que ajuarar la casa; sábanas de lienzo curado, mantas de Palencia y cobertores de abrigo saldrán de su encierro salpicados de bolas de naftalina. Reservo aún las fuerzas precisas para alzar la tapa maciza que cierra el arca de la clerigalla; regalo de bodas de mi tío el cura a mis padres junto a los manteos de la Virgen; prendas donadas por la mujer de don Ambrosio a cambio de algo intangible y futuro, una promesa oficial de salvación que el mal cura no dudó en entregar por escrito. Puede parecer raro, pero sucede que mi tío Tirso obraba como dueño de la iglesia y hacía y deshacía a su antojo. Tomaré del arcón mis mudas, si aún están allí. Rampando puedo alcanzarlas sin caer dentro de ese catafalco. Camisetas, polainas y justillo; soy friolera y ninguna prenda me sobra. De buena mañana, si no me rompo la crisma al bajar las escaleras, preguntando a los vecinos, llegaré al coche de línea que pasa cerca de mi puerta y hace el favor de pararme.
Sépalo la abuela y sépalo usted, madre: Mis sobrinos me han dejado corita en medio de la plaza. Madre, entérese; entérese usted que tiene un gran corazón y amó a don Ambrosio al mismo tiempo que a padre. Habladurías, seguro; en el pueblo todo el mundo acaba siendo familia a nada que se hurgue, no es de extrañar que yo sea el vivo retrato del hacendado o que tomara sus mañas. Socórranme madre y abuela, vengan las dos en mi ayuda, pregonen mi desgracia. Conózcalo el mundo: Luisa, Fernando y Aquilino me despojan de mis propiedades enceldándome en esta mazmorra. No escuche señora, que son cosas de familia las que relato. Soy moza a mis años, sí; ni tuve ni tengo marido que oponga su brazo a la calamidad: A usted ¡qué papel se le da en este pleito! Tengo, para que lo sepa, tres sobrinos por toda familia, aunque ninguno de ellos me ha salido decente; los tres han hecho su sayo tomando la tela de mi capa, por eso el frío me convierte en carámbano.
Manuel, ¡qué bien te salió! Adivinaste la trayectoria de la bala antes de que la dispararan los rojos; te pusiste en medio cruzándote con ella en el momento cabal. Te proclamaron héroe y escribieron tu nombre en el atrio. Me querías, ya lo creo, mucho, mucho. Lo dijiste una o dos veces nada más porque eras mesurado en el habla, pero antes de tú decirlo yo lo sabía. Qué matrimonio tan raro hubiéramos hecho ahora, Manuel; sin casa, sin heredad, asilados en este refugio de ancianos, incapacitados para el amor, torpes de andadura. Me llevabas a las eras cuando nos hicimos novios, hasta que una noche de domingo volví a casa convertida en mujer. Milagro de tu hombría, pues al llegar a aquellos andurriales, cuando el sol agonizaba, tres horas antes, era tan sólo una mozuela de diecisiete años. Al día siguiente te dieron un fusil que disparaba muerte allá donde apuntara su caño. A ti, que te apenaban los pardales caídos en los ardides de la chiquillería, te enseñaron a apretar el gatillo y te enviaron al frente. Desde entonces recé cada noche en la cama para que no tuviera consecuencias lo nuestro; ocurrido al amparo de la caseta de Eusebio sobre un brazado de avena. Señora, deje de aplicar el oído que esto no le interesa; hablo con Manuel de asuntos de maridos y esposas porque en realidad soy viuda. Sólo me faltó la bendición del sacerdote, mi tío, quien me enseñó algunos latinajos, ciencias naturales, historia y geografía; negándose, en cambio, a absolverme del pecado de amor. Amor breve, nacido la víspera de Reyes y martirizado en julio de aquel año triste en el que los generales pedían al pueblo soldados. Hubo una medalla póstuma, Manuel, que no valdrá nunca lo que valía tu chaleco de pana colgado de un clavo. La guardo en el fondo del arca, sacrílego regalo hecho por mi tío a mi madre. Dentro de una cajita rosa, está tu pañuelo blanco, aquel pedazo de tela que me diste a lavar, impregnado de tu amor, cuando la ceremonia de mi iniciación hubo concluido.
Mañana, a la crítica hora de la amanecida, saldré a oscuras de la habitación y descenderé en silencio peldaño a peldaño. Llegaré al pueblo y sacaré el ajuar del arcón de nogal con herrajes de forja. Son cordones trenzados y sombreros de teja, alegoría del obispo que concedió el arca al templo. Colocaré cada cosa en su sitio y me quedaré a esperarte, Manuel, sentada en la estufa recién enrojada, mirando por la ventana con la idea de verte regresar de la guerra. Limpiaré tus heridas, las mortales primero, con agua hervida en la lumbre y jirones de una sábana sin estrenar. Confesaré a mi madre que en verdad fui una pécora, que ganó al suyo mi atrevimiento; pues si ella se dio a don Ambrosio teniendo marido, yo me di a mi marido sin serlo todavía. Me iré, ya me he determinado; en este sitio estorbo y hago falta en casa. Habrán dado buena cuenta los conejos del saco de amapolas y del canasto de mielgas, porque hace ya un mes que me vine y ellos comen sin tasa para desgastar los dientes. Las ovejas sufrirán la tortura de sus ubres repletas, hasta los corderos esperarán en vano a que el pastor los degüelle. Rebosará de miel la colmena y al pozo se le escaparán por el brocal láminas de agua pura. Imagino a las gallinas empollando los huevos en el nidal, doce, catorce, dieciséis, olvidadas del ama. Me viene a la memoria, con hilazas de niebla, la idea de que ya nada es mío; todo se lo entregué a los ladrones que me trajeron aquí con lo puesto. Malditos sobrinos hijos de mi hermano tres veces maldito, una por cada serpiente de las tres que parió mi cuñada, la Alfonsa; a quien, si el Señor es justo, habrá puesto en su Gloria, pues le daba el marido una vida de perro vagabundo. Era su cena un mendrugo de pan y una patada en las posaderas, propinada con el sano propósito de aligerarle la digestión antes de que se fuera a la cama.
Un viernes funesto, en pleno verano, el aire inclemente se llevó media aldea en su impetuoso girar: tejados, tapiales, chimeneas, bardas, ovejas y personas. ¡Oh, la tromba! Tú no estabas Manuel; sucedió el año triste en que te fuiste a la guerra de los unos contra los otros, vecinos y hermanos que se prestaban la víspera de los primeros tiros hoces, lías y horcas. Recogíamos la cosecha las mujeres auxiliadas por niños y ancianos, cuando las tormentas enseñaban sus dientes como perros rabiosos. Don Ambrosio cedió a padre un par de mulas y un obrero, de modo que cuando las lluvias llegaron el grano estaba ya en las paneras. Otros hubo a quien la suerte mostró la cara adusta y en las morenas se les nacieron las espigas.
La nevada arrecia. Se arremolinan los copos unos sobre otros, cuajados, densos. El suelo se nivela con premura. En mis adentros me alegro de haber sido engendrada por el riesgo y no por la costumbre. Me complace venir de la simiente de don Ambrosio, porque padre era un simple que no movía una espiga sin el permiso de madre. Es más, sospechando el hombre que de mi venida a este mundo era mero testigo, desde que tengo memoria me trató con desprecio, aborreciéndome.
Ignoro la forma que ha de tener el Cielo y las hechuras con que se presentará el Infierno. No digo que no me importe, me importa; es que me da igual ir al uno o al otro. Los imagino lugares asentados a manera de casas muy amplias, cálida una de ellas, al remanso de los aires fríos, muy grata durante el crudo invierno. La otra singularmente fresca, interiores sombríos protegidos por jardines regados con aguas rumorosas, buena para pasar el verano. Estando vedado ir de la una a la otra, qué más da donde me encuentre, la mitad del tiempo estaré a disgusto. Soy pecadora. El que juzga me dejará a medio camino, envidiosa de los que habitan ambas mansiones. En esa equidistancia forzada hallaré mi penar, perpetuo penar. Ya no ordena silencio la señora que escuchaba a mi lado; es que se calló mi voz y lleva el pensamiento el discurso a su desenlace.
No deseo irme aún con vosotras; digo en mi cabeza a las mujeres de la familia cuando agarran la manga de mi bata. Sé que intentan arrastrarme, cuesta del cementerio hacia arriba. Pálidas y delgadas representan mil años. Su respirar es tan fino que apenas se percibe. Me dan escalofríos; las invade el invierno y sus dedos son zarcillos de escarcha. Pretenden llevar a su sitio a la anciana en que me he convertido. Tras mi fuerza débil vienen y son legión: madre, abuela, bisabuela, tatarabuela, hasta mil generaciones de hembras anteriores a mí.
Es curioso lo que me ocurre. Al empezar el palique no me importaba marcharme, pero llegado el momento me da una pereza que no es otra cosa que miedo a lo oculto. Percibo el desgarro del tejido en las mangas, fibra de algodón que no es capaz de estirarse. Siento la desunión de la urdimbre y la trama, noto que los hilos gritan con ahogo como personas en trance de pasar a otro estado. Los hacía hermanados y ya ves, ha de ser ley de vida; a la hora de la verdad cada quien se arranca de su sitio con tal de salvarse.
No, Manuel; déjame estar aquí otro rato, solo hasta que la memoria termine su enredo. Puede que los errores no fueran tantos y encuentre el postigo entreabierto. Padre viene hacia mí con ademán de castigo. Hace mención de asirme una oreja y mostrarme un sendero que baja la escalera y se mete en lo umbrío. Don Ambrosio, que ahora es encargado de atizar los carbones del Infierno, me mira como a hija y solicita asistencia. Yo podría vaciar a escondidas de Pedro Botero un dedal de agua en sus labios resecos, pues sé freír un huevo sin deformar la yema y disponer las camisas albas y lisas como gustaban a padre. Don Tirso, mi tío, el sacerdote condenado por simonía, resulta ser bibliotecario del purgatorio y afirma que ya puede absolverme. Mi pecado se manifiesta menos grave de lo imaginado, pues ha consultado los libros de Dios y lo ve todo diáfano: es el amor lo que cuenta, no lo escrito en unos impresos que cualquiera puede poner al corriente.
Quienes se enfadaron conmigo negándome la palabra, tiran de mis manos, de mis brazos, de mi cabeza, de pensamientos e intenciones. Me alzan en volandas para ponerme en lo alto de la escalera empinada; parecen pretender que el peso de los años me empuje hacia abajo y ruede de escalón en escalón como costal de harina que toma la forma de los peldaños. Recibo una luz que deslumbra confundiéndose con la negrura. Es curioso, tantos años pensando que la muerte es lo oscuro, y resulta que oscuridad y luz al llegar a la saturación causan el mismo efecto. Casi cien años intentando huir del mal hacia el bien y en este instante postrero los opuestos se concilian: frío y calor, lo suave y lo áspero. Entro en la nada que es una quietud sacudida hasta lo imposible, la simulada en los radios de una rueda que gira rauda sin ningún descanso. Se unen los colores en mi único iris. Los dos ojos han sumado sus fuerzas, superponiéndose. Coincidiendo uno bajo el otro se funden los pigmentos y dan un blanco purísimo que lleva el negro dentro. Los ruidos se mezclan de forma armoniosa y oigo las músicas producidas por el avance equilibrado de todo lo que existe. Los misterios se van aclarando; no quedan ignorantes cuando el enigma se abre. Se amontonan los días hasta que todo es un presente ininterrumpido.
Mi soliloquio alcanza la madrugada. Viene de nuevo Manuel por un sendero largo que parece no tener fin. Trae a una niña hermosa consigo. Tiene ella los ojos despiertos de quien iba a ser mi marido y su frente amplia; mi nariz breve y mi boca de labios finos. Su cabello es castaño claro como el de Manuel y el mío. Llegan a mi espacio y me dan la mano poniéndome en el centro. Desde el descansillo enjalbegado de la escalera caminamos juntos hacia el lugar sin nombre donde el tiempo y el espacio se juntan y las guerras no existen.

 

E.- El atormentado sueño de la albigense

Insistente, corta el sable la maroma. El puente levadizo cae con súbito estruendo. Las lechuzas, sorprendidas, elevan el vuelo dispersando graznidos. Al ocultarse la luna tras las nubes la traición pudo consumarse. Caballeros entran a galope en el patio abatiendo al alevoso de un mandoble que le cercena limpiamente la cabeza. En ese instante postrero, cuando la cordura ilumina el cerebro, separado como está del corazón más de quince pies, comprende que los desleales no vuelven jamás a ser creídos; tienen enfrente a los dos bandos en liza. Su única duda consiste en saber quién de ellos ejecutará la sentencia dictada por el destino. La incertidumbre del renegado se resuelve en cuestión de segundos: es el invasor quien blande la hoja homicida, pagando con perfidia la perfidia. La cabeza que rueda por el suelo empedrado, escindida, amoratada, es su propia testa. La pica penetra por la cuenca de un ojo y el globo blanquecino se aparta para no interferir. Un caballero sin entrañas, de pie sobre la cabalgadura, eleva la lanza mostrando el trofeo. Rubios cabellos teñidos de sangre, el rostro macilento y un ojo estallado, revelan a los suyos la naturaleza del premio concedido a los traidores. Grana y oro mezclados, la cabeza emancipada del cuerpo y el pensamiento aligerado del lastre de las pasiones, se hacen proclama inicial de una matanza sin parangón en la historia.
¡Sangre sobre la sangre! Salvaje es el grito de los invasores. Se aprecia la gama íntegra de tonos bárbaros porque el dolor ahoga en el pecho los alaridos de los sitiados. Ágiles sombras se descuelgan de los muros, fantasmas armados de espadas espectrales se deslizan por las escaleras, toman las salas, hunden el acero en los cuerpos dormidos. ¡Sangre y exterminio!: claman los asaltantes. Al oír la llamada sale la sangre a borbotones dejando exangües los cuerpos. ¡Alerta! ¡alerta!: se oye gritar en la torre al vigía: qué nos atacan, ¡alerta! Los centinelas apostados en barbacanas, almenas y adarves caen sin exhalar un gemido. Saetas imparables surgen de la noche buscando antes que nada las gargantas para enmudecerlas. Ya en la caída, cuando las manos sueltan las armas para acudir al cuello, flechas hermanas de las predecesoras atraviesan los corazones dolientes sin calmar la hostilidad de los arqueros. La explanada del castillo es un hormiguero de soldados inquietos que van y vienen portando copioso aparato de guerra.
Rejones endurecidos invaden pechos generosos, los capaces de mayor indulgencia. La carne palpitante se abre a las picas como flor de doncella forzada, suspiros agónicos ablandan las piedras del muro. Las sanguinarias huestes enviadas por el Papa de Roma, a quienes se han unido las del Rey de Francia, atropellan los derechos todos matando la vida. Mercenarios pagados con limosnas extraídas de cepillos abiertos en miles de iglesias, mozos reclutados a la fuerza en las labranzas más pobres, desalmados acogidos al favor de la Cruzada contra los Albigenses y los engañados desde el púlpito, sorprendidos en su buena fe por la santa palabra que esta vez promete un botín generoso e inmediato; todos ellos, sacudidos con arengas de los caudillos, con marchas militares o himnos religiosos, abren en canal el vientre de las mujeres preñadas, prenden teas en los vestidos de las ancianas caducas y machacan los débiles cráneos de pequeñuelos desconsolados sirviéndose de mazas de madera y férreos pinchos. Bajan, más tarde, el paso marcial y el ademán decidido, a las mazmorras. Asombrados de que no haya cautivos ni presos, se dan un festín carnal con las tiernas muchachas que han sobrevivido al ataque.
Perfectos y Creyentes, quienes sufren de modo tan cruel e inhumano son los Cátaros. Los que reciben este trato brutal son los más puros seguidores de un Cristo espíritu, los amantes de la Concordia y de la Libertad, los hospitalarios, los que creen que el bien de los demás es el suyo. Los perseguidos como alimañas se higienizan a diario en contra de la costumbre extendida, trabajan con ahínco y huyen de los lujos, respetan la vida y no ofrecen sacrificios cruentos, ignoran los dogmas y la autoridad de reyes y pontífices, representan sin gaje ni ventaja a los conciudadanos cuando son elegidos y votan cada año a sus representantes. Mas una bula papal declara pecaminosa toda compasión sentida por la suerte de esos herejes. Las órdenes dadas desde la bicéfala jerarquía son terminantes. ¡Caiga la piedra que soporta la piedra!, ¡cese el latido que impulsa la vida! Nunca la historia hubo de relatar tanta saña; por ello los historiadores, en su juicio ecuánime, suavizaron los hechos.
Al poco de dormirse, atemorizada, despertó Lily. Las dolorosas imágenes de su pesadilla irrumpieron en la mente. Soldados forzaban a las novicias caídas de hinojos a los pies de las imágenes sacras. Ante las miradas huecas de los santos fue derramada la sangre virtuosa, reservada desde siempre al Amado. Trató Didier de sosegar a Liliane, Lily en familia, pues debido a la insistencia puesta en establecer su dominio carnal por derecho de esposo, se juzgaba culpable de la agitación. El blando lecho de la Cámara Nupcial, el protector baldaquín, la imagen figurada de los que en esa intimidad se amaron antes de regresar al torrente de la vida y, más que nada, el encanto irresistible de la inmaculada joven; llevaron al enamorado, tributario de una osadía irreconocible para la novia, a romper el compromiso adquirido. Antes de los esponsales convino la tregua Didier con una Lily intacte: tres días y tres noches más habían de retener el deseo en su cárcel. Liliane ha transitado como entre asperezas selváticas a lo largo de una jornada turbadora, y su mente mezcla las sensaciones y los convencimientos, aunándolos pese a la discrepancia de naturalezas. De un lado aparece la pasión excedida de Didier, un ardor poco menos que combatiente, nominado señor de la fortaleza que ella aún preserva. Del otro las históricas matanzas producidas en escenarios abiertos, obra de cruzados e inquisidores, cuyas víctimas eran gentes a quienes en razón de sus apellidos cree ella pertenecer. La imaginación encendida de Lily sumó, mezcló, agitó; transformando el requerimiento amoroso de Didier en un asalto brutal.
Amigo yo del novio desde la adolescencia, el afecto nació entre nosotros con el intercambio anual de hogares, Madrid en julio, en agosto Gaillac, entregados al aprendizaje del idioma del otro. Cultivé ese apego durante años y lo hice bien; de ahí que, el 28 de junio de 1997, en calidad de témoin asistiera a la boda de Didier Bournay et Liliane Peyrepertuse Mirepoix. Sacramento celebrado en la capilla de un castillo dispuesto como hotel en el Languedoc, proximidades de la ciudad de Albi, cuna de los albigenses o cátaros. Transcurrida la jornada de ritos y celebraciones, ocupo un aposento ejemplo de la sobriedad originaria. Expulsado del lecho por el entrechocar de la avidez de reposo con los pensamientos punzantes, desciendo a la penumbra del patio vacío y al silencio ornamental de las armaduras. Sentado en el sillón que en la mesa presidencial ocupó el desposado, me llegan las quejas de Lily. Posee la fiancé una belleza íntegra: su figura esbelta y armoniosa suma valor a la perfección del rostro y al candor casi infantil de su sonrisa. A los trece años estudiaba ella español en la clase de Didier y nos acompañaba de paseo para practicar la conversación. El mutismo abierto en torno a sus circunstancias personales, rodeaba de un halo de misterio sus atractivos. Nos mirábamos cómplices o lo creí fiado del corazón; por lo que mi memoria de copain la fue fiel durante un lustro de cruces postales: tarjetas, cartas y fotografías, mientras la timidez respetaba las buenas maneras propias de la educación recibida.
En un idioma o en el otro, Didier y yo nos fuimos hermanando. Practicantes de algunos deportes arriesgados, viajamos a nuevos lugares en vacaciones de verano o de Navidad: Escocia, Finlandia, Noruega, Italia, Suiza. Al acometer un ascenso alpino mi vida quedó en manos de Didier y el camarada fraterno la preservó arriesgando la suya. Hablábamos de la amiga común con veneración, estrella inalcanzable, quimera; callando la creencia de ser correspondidos. Tan deseada, tan temida, la hora de la verdad llegó; el simétrico y equilibrado sentimiento de Lily se desniveló por fin. Sabiendo a Didier incapaz de hacer trampas en asunto tan serio, estimo que la proximidad física jugó en su favor. Sufrí en lo más íntimo cuando me comunicaron la iniciación del noviazgo. Pené, además, porque debiendo alegrarme, el bien de mi salvador no me alegraba.
Como a pariente me ha recibido ahora Liliane en el seno de su familia y en el entorno de amistades. Puede que la amabilidad de trato corresponda a su manera de ser, cortés y generosa; cabe que esté compensando la acogida dispensada por mí el pasado verano en Madrid. Ocuparon ella y Didier las mejores habitaciones del piso de la calle San Bernardo, donde moro con mi madre viuda. Les cedimos la casa de Aranjuez, punto de partida de sus itinerarios turísticos. En el Museo del Prado la restauradora Liliane quiso ver las obras maestras de Goya y Velázquez; y el arquitecto Didier prefirió indagar en la evolución del edificio y los planes de ampliación. Mudado yo en guía de la joven, conduje la conversación a los tiempos idos, a lo que pudo ser. No le resultaba indiferente, deduje de sus hábiles respuestas; incluso, durante un tiempo, gocé de su predilección.
Por ensalmo, noche aún, al llamado de mi pensamiento Liliane abandona la Chambre Nuptiale del hotel castillo, sale al patio de armas y me encuentra absorto en esas cosas mías que tanto se relacionan con ella. Han de ser el lugar y el momento oportunos, porque pasado el instante inicial de sorpresa, deseosa de desahogarse, entra en conversación y me franquea el paso hacia sus interioridades. Pasando de un idioma al otro, tras explicar la pavorosa alucinación sufrida, sueño violento desencadenado por la acción de Didier, creyendo que las palabras pueden tornar lo confuso en comprensible inicia la exposición de las certezas y dudas más arraigadas:
«Procedente de varias generaciones de antepasados instruidos, poseíamos una biblioteca abundante y bien seleccionada, más de tres mil volúmenes cerrados en alacenas arropaban las paredes.” Entregada al ejercicio de desvelar su secreto, se arranca del alma Liliane los jirones más adheridos. «Pequeñas puertas acristaladas libraban de polvo y humedad tratados de filosofía e historia, colecciones de láminas artísticas, novelas de los grandes autores. Me escondía en la estancia cuando jugaba con mi hermana Flore y los primos, porque había esconces que permitían a una niña ocultarse respirando esa atmósfera de quietud y reserva. Curiosa de los enigmas encerrados en las páginas impresas, de puntillas, sirviéndome de uno de los sillones que bordeaban la mesa central o de la escalera si quería los volúmenes situados en lo alto, mi mano derecha extraía el pasador inserto en la anilla. Al principio fue sólo un entretenimiento que formaba parte del juego. Pasó a ser cosa seria cuando vistas las estampas dibujadas leía las líneas que, al pie, explicaban su significado. Debían de ser sugerentes las frases, ya que, por lo común, lograban intrigarme hasta el punto de buscar el sentido completo. Como si se tratara de un vicio, a escondidas fue progresando mi dedicación».
«A los once años adquirí la costumbre de la lectura. Sin duda exageraba, pues desaparecía durante horas y, cansados de llamarme, mis padres me veían llegar con los ojos rojizos, como si hubiera llorado. Eran historias protagonizadas por personas de vida azarosa las que me atraían; o libros religiosos repletos de piadosos ejemplos orientados a la causa de la salvación eterna. Descubría crónicas cuyas descripciones me aterraban; matanzas causadas a unas gentes buenas por secuaces de soberanos ambiciosos. Dejaron de interesarme los juegos que antes me retenían en el exterior, y la palidez de mi rostro iba a más. El médico hizo preguntas cuyo sentido yo no comprendía, consistiendo mi respuesta en tres o cuatro palabras y un alzar de hombros. Después de varias pruebas que no arrojaron síntomas claros de enfermedad, recomendó reposo y una alimentación reforzada; pues coincidía el escrutinio con un estirón de tal envergadura, que dejé pequeños a los niños de mi edad. Sin consultarme siquiera me enviaron con unos tíos que vivían al borde del océano, presqu´île de Capferret, en una casa soleada y abierta a los vientos, privilegiado mirador de la pequeña ensenada del puerto pesquero. Espacio acogedor y saludable, aunque carente de biblioteca. El mueble de uso extendido que solía mostrar en los estantes algunos libros, en general novelas de amor, manuales de medicina doméstica y algún diccionario enciclopédico; allí acogía figuras de porcelana. Sin historias que prestaran alas a mi imaginación y sin la compañía de otros niños por estar avanzado el año escolar, me aburría.
Para evitar la pérdida de curso, el cura de la capilla cercana dirigía mis repasos con explicaciones cortadas por el patrón religioso. Intentó llevarme a su terreno e hizo de mí una niña piadosa que se interesaba por los asuntos de los santos. Conocí los principios generales del catolicismo, y me topé con propuestas que necesitaban la colaboración ineludible de la fe para ser aceptadas. En ellas me detuve. De algo serviría la asistencia del sacerdote, no obstante, porque tuve éxito en los exámenes y pude pasar a la siguiente etapa escolar sin contratiempos. Mi aspecto fue, al cabo de esos meses, el de una jovencita alta, despierta y vigorosa».
Al cabo, va a resultar beneficioso que el sueño me abandonara forzado por la desazón, tormento nocturno de quien siente escapar la dicha a través de los agujeros del alma. Ha bailado conmigo Liliane en la fiesta, la he tenido en los brazos, me ha hablado al oído, he sentido el aliento cálido del beso familiar depositado en la mejilla al dejarme; y tales sensaciones arrimaban leña al fuego horas después, forzándome a escapar de la habitación. Puedo así beber de bruces el agua en el propio manantial, fresca y pura. Una esponja soy absorbiendo la esencia de cuanto libera su boca, una cámara fotográfica captando los detalles del gesto. Evalúo los múltiples matices de la voz, el movimiento cadencioso de las manos, el mohín inigualable de los labios finos; signos todos subordinados de un eje capital: la franqueza que anima a la apacible mujer hace unos instantes tan atormentada.
Envuelta como yo en el fluido sutil emanado de su relato, prosigue Lily las revelaciones: «Dice el Pandnamak i Zartust: Llegados a la edad de quince años, varón y mujer han de estar capacitados para afrontar las siguientes cuestiones: quién soy, a quién me debo, de dónde partí, adónde iré; a qué linaje y familia pertenezco, para qué he venido, cuál es mi obligación en este mundo; ¿soy de Ormuz o de Arimán? Mi padre debía de tener noticia de este pasaje, que me llegó mucho después, pues al alcanzar yo esa edad crítica, era él mismo progenitor quien estimulaba tales lecturas descubridoras de múltiples respuestas y nuevos interrogantes».
La inteligencia de Lily, ávida, destiló en los libros las narraciones de hechos luctuosos ocurridos entre los siglos XII y XIV, extrayendo opiniones bien fundadas. Versaban sobre cruzadas papales destinadas a acabar con los Albigenses, sobre batidas ordenadas por el Rey contra la independiente nobleza occitana. Lugares conocidos de oídas, como Béziers, Castelnaudary, Carcassonne, Peyrepertuse, Puivert, Puilaurens, Montségur o Quéribus; tomaban de pronto importancia primordial. Supo así de personajes abominables movidos por la ambición, la envidia y el odio; trinidad de estímulos disimulada tras acciones nobles que el pueblo llano alababa. Se refiere a los papas Inocencio III e Inocencio IV; a los reyes de Francia Felipe Augusto, Luis VIII y Luis IX. Se refiere a Pierre de Castellnau, legado papal, cuyo asesinato pudo ser el desencadenante de la crueldad armada; a Simón de Montfort y a su hijo, quienes dirigieron las cruzadas contra la independencia religiosa y territorial del Languedoc; y a Arnaud Amaury, representante de Inocencio III en Ocitania, jefe espiritual de los cruzados».
En tiempo tan provechoso para la formación, Liliane removió algunas capas de sedimentos descubriendo sus profundas raíces. Los suyos no son otros que los seguidores de Guillaume de Peyrepertuse, cuyo apellido, recibido de la estirpe paterna, ostenta ella con íntimo orgullo. Guillaume, acusado de rebelde y hereje, se enfrentó al Rey y al Papa con firme determinación; y por no someterse a los designios de tan insignes manipuladores fue excomulgado. Los suyos no son sino los descendientes de ambos Pierre Roger de Mirepoix, el viejo y el joven; organizador el muchacho de una expedición destinada a vengar a sus correligionarios, víctimas de la Santa Inquisición. La suma de orígenes la sitúa con claridad frente a los soberanos de Francia y los pontífices romanos. Mirando hacia atrás, simple hoja de un fuerte vástago, se sabe entroncada con los Cátaros o Albigenses. El Languedoc es su patria y siente más aprecio por catalanes y aragoneses que por los franceses del norte.
Temerosa de no poder concluir su confidencia, abre Liliane una pausa, respira hondo y cuenta que exploró los vastos territorios de la historia, conociendo la existencia de múltiples dioses; unos y otros verdaderos para sus devotos, unos y otros falsos para los infieles. Vestían ropajes distintos y la diversidad de símbolos aumentaba la confusión en que andaba sumida. Fue advirtiendo las discrepancias de los distintos dogmas y encontró en ellos contradicciones insalvables. Años atrás creía en un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Creía en Jesucristo, hijo primogénito de Dios y Dios Él mismo, que tomó apariencia humana con el fin de ser modelo para las conductas de la especie y lograr su redención. Creía con firmeza en su doctrina y aceptaba el ejemplo recibido de la crucifixión y la muerte. Creía en la resurrección, en la elevación a los cielos y en la eternidad de su reinado. Sí, iba a ser siempre cristiana y católica ferviente; pero no puede olvidar la implacable persecución de su pueblo, el exterminio de su propia sangre. ¡Cómo creer que la Iglesia es obra Dios, a la vista de los violentos métodos practicados para convencer!
En consecuencia, no practica un culto definido. Con la pericia de un comprador que recorre puesto a puesto el mercado, aceptando de cada vendedor lo que considera idóneo para sus necesidades, Liliane Peyrepertuse Mirepoix, de cada religión toma una frase, una creencia, una solución, un punto de vista. Hoy vive sin dogma, respetando unos cuantos principios que tienden alfombra a su manera de ser. Ve el mundo gobernado por los principios opuestos del bien y del mal, coexistiendo en un eterno equilibrio inestable. La mansedumbre, el perdón, la tolerancia, son virtudes que guían sus actos y rigen las relaciones con los demás. La castidad y la templanza encarrilan el proceder íntimo; también la austeridad. Sabe que el conocimiento emancipa, por eso lee, para poder discernir. “Todo con mesura; esa es mi máxima”: revela muy convencida la doncella; dotando a sus palabras del énfasis justo. “De todo, una muestra”: añade. En el exceso encuentra peligro, porque aleja de la armonía. “La riqueza acumulada debe ser distribuida a intervalos cortos para que no se convierta en la hidra de siete cabezas. Está bien probado que el mestizaje aflora las mejores predisposiciones de cada persona; que sometiéndolas a prueba las vigoriza”, amplía.
Aprecia Liliane mi entusiasmo ante el surgir incesante de las aguas guardadas en el aljibe de su memoria, por lo que, animada, continúa: «Espero que mis palabras esclarezcan las incógnitas de ciertas formas de liturgia presentes en la ceremonia de la boda, ajenas al rito canónico, admitidas por el padre Bergeret haciendo gala de una gran tolerancia. Tras este desahogo entenderás la elección del menú dispuesto para la cena, donde pescado y marisco eran los únicos animales presentes, y ello porque su procreación no es carnal. Te explicarás también el peculiar comportamiento desplegado por mí ante Didier, a quien al salir he pedido que me consintiera estar a solas”. Y clavando un cuchillo en mi corazón enamorado, prosigue: “Me atrae ese hombre como el otoño y las puestas de sol; me fascina como los pergaminos portadores de la sabiduría antigua, como las flores mínimas de las altas cumbres o el frágil rocío que perla la hierba en las amanecidas. Aprecio su timidez porque si mis ojos se sumergen en la profundidad marina de los suyos y lanzo las redes, las redes apresan reminiscencias de antiguas soledades que urgen mi compañía. La hembra sumisa y entregada que en ocasiones palpita en mí, en esas ocasiones se somete a su irracional arrogancia de macho. Él me completa con la fortaleza de espíritu que muestra en los momentos de mayor dificultad. Si sus manos buscan inquietas las mías y sus labios ardientes encuentran mis labios, la voluntad deja de obedecerme y mi dueño es él. Disculpo al amante que, habiendo doblegado el instinto durante demasiado tiempo, humano al fin, se ha rendido a los embates de un cuerpo tirano”. Exagera, pienso; sólo pretende justificar una elección que ya sabe equivocada. Ignora Lily la valoración que hago de su loa o, intuyéndola, la orilla. “Quisiera haber nacido deforme, dueña de un rostro carente de atractivos. Pensé arañar mis mejillas hasta ensangrentarlas, cubrir de ceniza los cabellos y esparcir el olor de la carne descompuesta sobre mi piel, para que nadie se acercara a mí llevado por la concupiscencia. Es terrible la lucha que soporto entre lo interno que pugna por salir y lo externo que pretende entrar. Mi atrevimiento uniría ambas fuerzas, aunque ignoro el resultado de la renovación constante y me reprimo. »
Prosigue su confesión: ¿Soy de Ormuz o de Arimán? Intento alinearme con la luz y me refugio en las tinieblas. Pero, ¿quién ha medido la dimensión exacta del Bien y la Verdad?, ¿quién ha calibrado el peso del Mal y la Mentira?
Al llegar a interrogantes de tal trascendencia se oye el cercano piar de unos pajarillos y la realidad adyacente reclama atención. Despunta el día introduciendo su difusa claridad a través de las rendijas de las puertas, alzándola sobre los altos muros, de modo que en claroscuros de gran belleza se perfilan los arcos de piedra que tengo delante. Ha salido Didier, desciende los escasos escalones, se sitúa ante Lily y borra mi presencia. Mi envidiado amigo trae con él una charla invasora referida al futuro inmediato. El viaje a Lanzarote que emprenderán al atardecer, el piso alquilado, residencia temporal en tanto reforman el viejo casón comprado en Toulouse, el trabajo de ambos, el regreso a la casa de los padres en fines de semana alternos. Ante el entusiasmo verbal del novio, el testimonio reposado de la novia nada puede hacer por mantener sus posiciones y se repliega.
Para facilitar su intimidad y preparar mi partida inmediata, vuelvo a la habitación de arriba con el alma sangrante. El deber de hermano deudor y el amor que quema mi corazón, sentimientos muy fuertes, tratan de alcanzar un acuerdo imposible. Desde la ventana abierta descubro a los novios unidos en un abrazo íntimo, dirigiéndose hacia la alcoba a pasitos que apenas avanzan. Fuerzo la postura para verlos subir los seis peldaños que llevan al tálamo y la cabeza fría, impulsada por el pecho ardiente, desequilibra mi cuerpo y lo pone en un tris de caer al suelo del patio. La reacción desesperada desprende del alfeizar una piedra mal asida que roza rauda el hombro de Didier. Queda mi amigo milagrosamente indemne, aunque su reacción instintiva descompone la amorosa unidad que formaba. En el retroceso veo llegar a mis ojos la mirada de Lilly portando un reproche destinado a romper mi absurda esperanza.

 

F.- Tres hombres y una mujer

“Yo, Esteban Treviño Pomar, hijo de Esteban Treviño Maeso y de Emilia Pomar Prados, a los setenta y cuatro años, en pleno uso de mis facultades mentales…” Así, dice Esteban que debo comenzar sus memorias. Me ha encargado tomarlas por escrito tal cual las vaya él refiriendo, para luego, en una segunda lectura, someterlas a la forma literaria. Quiere conquistar la posteridad o busca prolongar la existencia porque sospecha cercano su fin. En los ratos en que su disposición lo permite, me dicta al estilo de los emperadores romanos y de los faraones egipcios.
La disculpa puesta para emplear un escribiente en vez de hacerlo por sí, es su invalidez; lleva más de un mes desganado, sin ánimo suficiente para levantarse. Riquilda, el ama de llaves, llama invalidez a la innata pereza que en los últimos tiempos se ha exacerbado; pues caza en el coto cuando le apetece y retorna al lecho alegando una recaída. Don Tarsicio, el doctor, lo visita cada tarde en la alcoba. Le receta placebos bebedizos que Esteban toma como si contuvieran la esencia de la vida.
-Ricardito, no te separes de mí. En cualquier momento puedo tener una ocurrencia y debes anotarla.
A pesar de ser yo más corpulento y aventajarme él sólo en un año, me nombra como lo hacía de niño cuando jugábamos. Solíamos recorrer el barrio crecido allende las huertas, nos bañábamos desnudos en el río Carrión y ayudábamos a misa en la parroquia de San Pablo; aunque llegado el momento comulgó separado del grupo. Niño rico, Esteban hizo el bachiller en el mejor colegio, en cuya escuela gratuita cursaba yo cultura general. Un enorme deseo de progresar me llevó al esfuerzo y a la consecución de un título. A él, la holganza y el desinterés le pusieron a medio camino de todo. Lo que no fue óbice para que en la guerra civil yo combatiera en el frente, ocupando él un puesto de intendencia en la retaguardia.
Entré al servicio de su padre recién terminada la contienda. Después, puesto él al mando, me colocó a su lado para lo que se terciara: secretario, confidente y correveidile. Percibo en su trato un claro imperio sobre el empleado que me cree, con un cariño ocasional al amigo que fui. Estamos solos en la alcoba, acaban de sonar las doce y hoy es viernes; deseo marcharme pronto y confío en que mañana y pasado no me haga venir.
-Descuida Esteban –respondo- estoy dispuesto: el oído atento, la pluma cargada y el papel a mano por si se te ocurre alguna cosa.
Abre la alcoba a la plaza de la Catedral dos balcones, por los que recibe la luz y el rumor de la convivencia. Palencia es una ciudad sosegada donde el centro medieval se desmoronó y el nuevo se alza en el mismo espacio.
-Ricardito, pon que soy viudo, que mi mujer murió tras el parto de los mellizos, niño y niña, dejándome muy solo. ¡Quita ese gesto de tu cara, botarate! Ya sé que no sucedió así, pero suena más heroico. Di de mi Rosita que era una santa y yo la adoraba.
-Pienso, Esteban, que debemos seguir el orden de la vida y comenzar por el nacimiento.
-De acomodarlo te encargarás luego. ¿No eres escribiente?, pues escribe; ¿no presumes de ordenado?, pues ordena.
Sufro por ustedes, lectores que irán enterándose de los sucesos sin ningún concierto, aunque me propongo menguar el desbarajuste en lo que sea posible. Quizá se comprenda lo escrito si añado de mi cosecha frases que sirvan de ilación y sumo explicaciones a lo dicho por el amo.
Continúo el dibujo de la habitación en que estamos recluidos ambos: él voluntariamente, por manía de rico como asegura Riquilda; yo por devoción. Es amplia la estancia. Forma un rectángulo de lados iguales, dos a dos; y acoge los muebles precisos para permanecer en ella sin agobio.
La divide un espacio central expedito, recto sendero alfombrado que lleva a dos balcones separados por una columna y el macetero de un tronco del Brasil muy desarrollado. En la izquierda cuelga una representación del Gólgota. La Cruz de Cristo facilita el eje de simetría a la cama, a las mesitas de noche y a los armarios enfrentados. A la derecha, cubriendo el esconce próximo a la entrada y la mitad de los muros, aparecen los paños en ángulo de la librería, centenar y medio de libros encuadernados con piel; y en la bisectriz, un sillón de orejas. En el otro rincón, uno a cada lado, representando batallas navales, dos cuadros antiguos que pueden tener algún valor. Iluminada por la luz del balcón derecho, hay una mesa redonda de madera oscura y cuatro sillas con respaldo de piel repujada.
-Ricardito, pon que mi padre era pudiente; no vayan a pensar que me vienen las posesiones de las etapas de alcalde. Pon que tenía un negocio de vinos y dos comercios de comestibles; uno en la calle de don Sancho y otro en la plaza Mayor.
-Sí, Esteban; y en Becerril y Grijota, a más de casa abierta, tierras de labor y medio millar de ovejas. Sin olvidar el almacén de la carretera de Santander y las viñas de Cigales. Don Esteban, tu padre, efectivamente, era rico.
-Sí, sí; pero tú escribe y calla. ¡Ah!, no añadas ni una palabra de tu cosecha. El que dicta soy yo.
-Claro, Esteban; pero en dos cabezas cabe más memoria que en una sola, aunque la tuya esté bien dotada.
Luce una calva Esteban que avanza hasta la invasión completa, por eso envidia mi pelo abundante. Un bigote respetable deja en nada la boca. El color del rostro se prolonga en el cuello estirado, nacido este de unos hombros en curva. No fue guapo Esteban, pues de haberlo sido guardaría algún vestigio de ello.
Entra Riquilda portando en una bandeja un vaso mediado de agua, una rodaja de limón y una servilleta primorosamente festoneada. Tropieza ligeramente en el picaporte, se agita recomponiendo el equilibrio roto y sólo un milagro evita el desastre. Es raro; siempre sosegada parece nerviosa. Sobre la mesita izquierda, la más iluminada por hallarse próxima al balcón, exprime unas gotas que se unen al líquido transparente enturbiándolo. De manera tan sencilla elabora la “medicina prodigiosa”, socarrona expresión de don Tarsicio, bebedizo capaz de clarificar la sangre y excretar por vía urinaria los malos humores.
Riquilda es el alma de la casa, todo lo dispone con justeza y lleva aquí lo que yo, cincuenta años al menos. Amo, médico y criados pertenecemos a quintas muy próximas. Nací en el diecisiete y ellos uno o dos años arriba o abajo. Es este aspecto de la edad motivo de frecuentes porfías. Toma Esteban el inocuo específico con la aplicación de un niño obediente, rechazando el gesto amable de Riquilda destinado a limpiarle los labios con la servilleta. Tras exclamar: “¡Jesús, vaya modales!”; sale la mujer de la estancia refunfuñando.
Alguna vez me pregunta Esteban porqué hago distingos entre don Tarsicio y él. Respondo que no me sale dar el don a quien, por más que sea hombre leído, no logró diploma que lo imponga. En el barrio, en la ciudad entera, don Esteban le dicen, pero yo voy con el tú y él se resigna. No es sólo que nos conocemos desde pequeños; es que se sabe mi deudor. Terminada la contienda su padre buscaba un hombre de confianza y lo encontró en mi persona. Entendía yo de números y de letras lo suficiente. Él, que frecuentaba a los míos, honestos todos y discretos, pensó que yo estaba hecho del mismo barro. Me empeñé en aumentar el rendimiento de la tierra, la dedicada a cereales y vino. Fue sencillo; no tuve más que vigilar las escasas cuentas y sentar otras adicionales. Reduje los desembolsos innecesarios y las pérdidas de ingresos; asigné a los obreros tareas fijas y me cuidé de seguir la marcha del mercado y decidir las ventas. Las cepas de garnacha y tempranillo, bien cuidadas, aumentaron la producción. Llevada la bodega como debe ser, produjo un vino que, embotellado, se convirtió en emblema de nuestros productos. Mientras, Esteban, el hijo tarambana, perseguía mozas por toda la ciudad.
-Ricardito, pon que a la temprana muerte de mi padre hube de tomar las riendas de los negocios. Tenía treinta años y gracias al trabajo y a las buenas ideas he levantado la empresa y aumentado los beneficios.
-En esas estoy, Esteban. Recuerda las circunstancias que me trajeron a servir a tu padre. No olvides las tareas desarrolladas por mí siguiendo el aprendizaje del negocio. De manera que, a su muerte, lamentable desde todos los puntos de vista, cuando te hiciste con el mando era yo la persona mejor dispuesta para secretario y encargado general.
-Me ayudaste una enormidad, Ricardito, lo reconozco; pero se trata de escribir mis memorias, las que hablan de mi vida y trabajos dando a los demás un papel accesorio. ¿No te parece?
-Me parece, Esteban; me parece.
Riquilda, debo decirlo, era una jovencita muy vistosa, limpia como pocas y rebosante de salero. Atendía a doña Emilia, madre de Esteban, enferma del mal que la llevó a la tumba. Don Esteban, cazador experimentado, vio en la doncella una gacela desvalida y la atosigaba con requerimientos. Mas era lista la mozuela y mientras estuvo casado, señalando el compromiso, logró esquivarlo; exigiendo, una vez viudo, un descabellado matrimonio que el hombre rechazó.
Andando el tiempo, Esteban ocupó el castillo asediado por el padre y doña Rosita, la esposa, lo supo. Siendo este saber la royega que fue consumiéndola. Sospecho que la relación se prolongó, así que los dos hijos de Esteban y doña Rosita apenas estuvieron con los padres. Estudiaron en Madrid y Londres, encontraron acomodo lejos de nosotros, matrimoniando y distanciándose definitivamente.
Contaba Riquilda por toda familia con una hermana casada en la ciudad de Cartagena, a quien atendió en el parto de una niña retrasada mental, de cuya lenta evolución hemos sido testigos pues la trae con frecuencia.
-Pon, Ricardito, que mi hijo, llamado también Esteban, se unió a una heredera de extensas tierras y numerosa torada, allá abajo, en Andalucía; y que Rosita, la mayor, está casada con un diplomático muy considerado. Di que tengo cuatro nietos. Dos de ellos acaban de iniciar los estudios en la universidad de Cambridge, en la Gran Bretaña. Vienen poco a verme por la lejanía y las ocupaciones. Añade que me llaman por teléfono casi todos los meses y envían regalos el día del padre y el veintitrés de abril, fecha de mi cumpleaños.
-¡Oh!, sí; viven un presente halagüeño y les espera un futuro envidiable; sobrantes de todo, felices en la abundancia y sin la hipoteca de los afectos.
-¡Qué dices, botarate! Los afectos, qué sabrás de afectos. Tú, precisamente, casado con una muchacha de clase social elevada, contrariando la voluntad del suegro que desheredó a su hija. Tú, que cediste los hijos al abuelo para que al menos ellos disfrutaran los beneficios de una fortuna esquiva. Afectos; no me hables de afectos.
-Perdóname, Esteban. Ya sé; supones interesada la amistad, crees que sin caudales no hay amor duradero y consideras patrañas de farsante los actos de caridad. Perdona, soy un sentimental y me hiere verte abandonado por hijos y nietos, tratado como si fueras un pariente lejano.
– ¿Sabes lo que te digo, Ricardito?, que te metas en tus cosas y me dejes disponer las mías como guste. Nada tiene de malo que en mis memorias suavice las aristas a los hechos. Quiero hacerlo, puedo, y lo hago. Tú no eres nadie para censurarme. Escribe y calla.
Solía leer don Esteban libros de aventuras y cualquier texto que hablase de futuro; pretendía conocer lo que iba a venir para estar prevenido. Esteban, el hijo, heredó esa afición y la biblioteca; una colección coja, desequilibrada, compuesta por ejemplares que tratan con reiteración tales temas. Los títulos pertenecientes a la obra de Julio Verne juntan sus tapas con los estudios que la interpretan. Mi amigo se ha hecho un entusiasta y conoce del autor tanto como los especialistas. Pero no se detiene el conocimiento en la erudición; le sirve, además, para sacar conclusiones e ir intuyendo la deriva del mundo. Cree hasta extremos casi místicos en la concreción de la profecía. Se han realizado un noventa por ciento de las predicciones, según su cuenta particular. El resto, tarde o temprano, se concretará de igual modo. El cine dotado de sonido, el batiscafo, el helicóptero, la llegada del hombre a la luna, la bomba atómica, los rascacielos, los satélites artificiales y la televisión, avances imaginados por el escritor de Nantes, son hoy día realidades útiles.
Le interesa la obra de otros dos autores; circunstancia que evita la obsesión monotemática y la locura quijotesca. Compró buena parte de los libros de ambos y los mandó encuadernar al modo de los más antiguos. El primero resulta ser Tomás Salvador, nacido en Villada, a menos de cincuenta kilómetros de la capital. Es paisano, pero el entusiasmo no le viene a Esteban del origen común. Novelas como “El haragán” o “Cuerda de presos”, bastarían; pero está la propia vida del autor: agitada, comprometida, compleja, azarosa. La guerra civil parte en dos la familia. Al padre y al hermano mayor los sorprende en zona nacional. El futuro escritor se encuentra en Madrid con la madre y un hermano pequeño. Tiene quince años y ha de hacerse adulto para sacar adelante la casa. Alpargatero, peón de albañil, recogedor de carbonilla para vender los restos no quemados; tales ocupaciones intenta y otras más, aquellas que procuran sustento. Cuando el trabajo escasea y el frío aprieta, se guarece el muchacho en las bibliotecas públicas. Allí, esperándole, está la poesía, su primer amor. Al momento descubre a Quevedo, a Dostoievski, a Chejov, sus mejores maestros. Posteriormente se añade a los mozos de la División Azul y vive dos años en Rusia, de donde regresa con varias heridas. Elige Barcelona para establecerse; ingresa en la policía secreta y, curioso como es, sigue aprendiendo de la vida y de los libros. La sordera le incapacita para la indagación oral, si bien le queda la literatura y a ella se entrega por completo. Lee mucho y la lectura le lleva a escribir. Ha vivido la vida de cerca. Destaca en los periódicos y se atreve con la novela. Posee el conocimiento del mundo obrero, de los marginados, de los desheredados que malviven con honradez y de los que se ven obligados a delinquir o les gusta. Su experiencia en sobreponerse a la rigidez de la existencia, unida a un estilo personal de escritura, le sirven para conseguir los premios más prestigiosos. Su muerte, ocurrida hace por ahora seis años, le tuvo a Esteban una temporada metido en sí mismo, como si hubiera perdido a un pariente de mucho roce.
El otro es el canario Benito Pérez Galdós, de quien conoce casi todo. Valora las novelas por encima del teatro, quizá porque leído lo escrito para la escena pierde lustre. En su opinión, alcanza Galdós la madurez narrativa en “Misericordia”. Aunque, una novela poco conocida, “El caballero encantado”, imposible de alinear con el resto, le parece el compendio de lo creado por el autor. Guarda como un verdadero tesoro la primera de las cinco series de los Episodios Nacionales, aquella que ilustró el propio don Benito, gran aficionado a la pintura. Exhibe en el vestíbulo, para que la vea cualquiera, una copia del retrato que el maestro Sorolla hizo al escritor en 1893. La encargó Esteban a un pintor local muy prometedor, que por desgracia falleció de un tumor cerebral sin haber cumplido los treinta.
Había preparado mi mujer un arroz con chirlas y lomo de orza. Hemos comido felices sin preocuparnos del colesterol o el azúcar, pues son platos a más de sabrosos muy saludables. Vivo en la calle de doña Urraca, a dos zancadas tan solo. En la cocina de la casa de Esteban tomo café con Riquilda. Hemos hablado de los buenos tiempos. Me gustaba la muchacha y, no estando ninguno de los dos comprometido, me permitió algún acercamiento. Penetro en el salón haciendo el ruido justo para despertar a Esteban de una siesta breve. Despliego los papeles sobre la mesa y en la silla próxima a la pared descargo la notable humanidad de mi cuerpo.
-Espero Ricardito que no te hayas atiborrado de féculas y grasa. Tu salud no está para abusos y te necesito despierto porque voy a dictarte.
-Siento haberte sacado de la meditación. Seguramente estabas rumiando algún asunto de miga. Lo que es por mí, puedes empezar cuando quieras; estoy dispuesto.
-Píntame como un patrono que ha desarrollado conciencia social; que piensa en sus trabajadores y procura adelantarse a las demandas salariales. Cuenta que soy un demócrata respetuoso de los sindicatos. Incluso sabiendo que utilizan al obrero como pretexto para sus intereses políticos. Debes dejar claro que sigo creando puestos de trabajo.
-Sí, claro; eso y que mataste un perro a palos. Te condenaron a indemnizar a un trabajador, ¿recuerdas? Lo despediste porque tuvo la desfachatez de revelar los productos que mandas agregar al vino, esa química que convierte a un caldo de año en otro que ha alcanzado su madurez. El perro chillaba buscando un escape, pero estaba atado y recibía una descarga tras otra. Ladridos y gemidos, rebeldía y sometimiento arribaron a un suspiro último que le dejó inerte, sin alma, sin vida. No quise creer que en el perro azotaras al obrero infiel. Te aprecio más de lo que mereces y en seguida olvidé lo ocurrido; pero se me viene a la cabeza ahora que presumes de ecuánime.
-¡Alza la voz, insolente! Ignoro lo que murmuras; creo que me estoy quedando sordo. ¿Me oyes, Ricardito?, pon ejemplos de mi buena actuación cívica; di que entrego dinero para la celebración de las fiestas, tanto en la capital como en los pueblos, que colaboro con los ayuntamientos en lo que me solicitan.
Ya es media tarde cuando, terminadas sus ocupaciones, entra Riquilda. Vuelve a tropezar con el picaporte y zozobra; es extraño en ella tan ágil y tan despierta. Pienso que alguna inquietud distrae su atención. La veo disponer las agujas de punto y la prenda a medio urdir cobijada en una bolsa de lienzo. La miro aún, intrigado, cuando deja caer al suelo un ovillo de lana que da media vuelta y se sitúa a sus pies. Al momento principia a tejer sentada en el sillón patriarcal. Nadie más lo ocupa. Le viene ese privilegio de una rara tolerancia de Esteban, que pierde vigencia en cuanto el amo abandona la cama y desea arrellanarse.
Basándose en algunas noticias que ha visto en el televisor, anuncia la mujer que el verano entra con mal pie. Al terremoto de Irán se suma la ola de calor de los Estados Unidos. Esa intromisión en el coloquio existente tiene la virtud de romperlo, propiciando el inicio de otro nuevo donde ella empieza en igualdad de condiciones.
-Mira que eres pesimista, mujer; noticias buenas habrá y las callas.
-Sí, contadas y faltas de relieve; si no las recordaría.
-En Andalucía los socialistas han ganado por tercera vez. -Intervengo por terciar, sin ánimo de polémica.
-Ya salió el rojo de su guarida. No me hables de los tuyos; conozco su estilo. Hasta llegar al gobierno se les llenaba la boca de honradez, luego ¿qué han hecho?, lo de todos: colocar a los amigos y prepararse una hucha para cuando la gente los eche.
-Deja tranquilo al muchacho, Esteban; te consta, porque lo ha repetido cien veces, que rechaza sus malos modos. Teoría y práctica, a lo que se ve, caminan a cien leguas una de otra. Estos asuntos no debieran alborotarnos, al fin y al cabo, los políticos, se sitúen a la izquierda, a la derecha o en el centro, van a lo suyo. Si sucede que los sufrimos estoicamente es porque no nos queda otro remedio.
Se abre la puerta y entra don Tarsicio, impidiendo con su interrupción que la cosa llegue a mayores. Inicia un gesto de saludo y se queda un instante parado mirando hacia el lecho. Es alto y conserva el señorío que tuvo de joven. Su rostro, carente de arrugas profundas, muestra la antigua armonía.
-¡Hombre!, el matasanos; ya estamos todos. A ver qué opina.
-Opino que te veo alterado y no te conviene acalorarte, te sube la presión arterial y el corazón ha de redoblar su esfuerzo.
Sobre las últimas palabras toma el sendero imaginario que lleva de la puerta a los balcones. Unidas las manos en la espalda, gira en los extremos con aire marcial y, a veces, hace chocar los tacones de sus botines.
-Claro, claro; muy metido en tu papel vienes. ¿Algún asunto grave?
-Nada nuevo, deshidrataciones de niños y ancianos, a más de dos casos de enterocolitis. Eso es todo. ¡Ah! Y lo tuyo, que aún no sé encasillarlo.
-Sí, para burlas estoy. El botarate de Ricardito me habla de política y la buena de Riquilda, que ve todo negro, disfruta repitiendo las noticias tristes.
Se muestra contento don Tarsicio de encontrarse en tertulia con los amigos. No somos santos de la devoción de su esposa y él, por incomodarla, le anuncia que llegará tarde pues lo de Esteban es cuestión peliaguda. Han sido felices en su matrimonio mientras vivieron los hijos con ellos, pero ahora cualquier asunto que traten los enfrenta. En el fondo se culpan el uno al otro de la vida gris soportada por ambos, esclavos de una rutina irrompible. Joven médico del que los enfermos hablaban maravillas, de proseguir sus estudios hubiera llegado muy lejos. Su nombradía le puso en el camino de don Esteban, logrando suavizar los horribles sufrimientos de su última hora. Por cuestión de edad intimó con el hijo y, por extensión, conmigo y con Riquilda. Pudo trabajar en hospitales de América, pero su mujer, enemiga de cualquier aventura, lo impidió. Se siente sobre un velero inmóvil, quieto en medio del anchuroso mar; ocho, diez días, dos meses, un año aguardando la llegada del viento.
Se produce un silencio alargado. Esteban cambia de postura. Don Tarsicio prosigue su paseo. Riquilda, algo inquieta, calla; posiblemente cavile acerca de asuntos suyos que no quiere compartir o que deseándolo no sabe cómo hacerlo. Yo pongo en orden lo dicho por Esteban; enfilo sus memorias con ocurrencias mías, recuerdos e invenciones. Alzo la cara, los miro y me veo a mi mismo en otra posición, convergente la mirada en idéntico punto. Me gustaría dar con el tema que inicie una charla animada, pero por más vueltas que doy a las cosas en la cabeza, no hallo. Es don Tarsicio quien rompe la inercia.
-Ha muerto Eustaquio, el boticario; venía a decíroslo y se me olvidaba. Sucedió de repente, al amanecer. Le llegó la hora durante el sueño; tal vez ni se ha enterado. He tenido que certificar y no topaba con el argumento. Somos lamparillas; y su óleo, cuantioso, poseía una calidad envidiable. Ardió durante ochenta y cinco años hasta que aceite y pábilo se consumieron.
Un buen hombre; le he visto despachar boticas de urgente aplicación, a sabiendas de que el comprador no iba a pagar por falta de cuartos. Quizá la noticia no se preste a comentario sino a reflexión. Lo cierto es que el imperio del silencio se restaura y se prolonga. Impotente, vuelvo a lo mío; Esteban cambia de postura nuevamente, don Tarsicio pierde el ritmo para recobrarlo al instante y Riquilda progresa despacio en una tarea que requiere paciencia.
-Yo…, voy a daros una noticia que a buen seguro os va a sorprender.
Anuncia la mujer con tono pausado y sin levantar la vista de la labor.
-¡Bueno…!
Se oye decir a Esteban con un deje de temor que alarma a los otros.
-Mañana viene mi sobrina; y a propósito de ella debo haceros una confidencia que llega con cuarenta años de retraso.
La misma carencia de expresividad, logra, ahora, que interrumpamos nuestras reflexiones y miremos a la mujer con una atención antes ausente. Se refiere a la hija de su hermana, una chica que hemos visto hacerse mujer permaneciendo niña, pues ha pasado aquí temporadas, paciente de una insuficiencia mental que la impide decidir por sí sola. Vive, por tanto, con su madre viuda, delicada de salud.
-Mañana, ¿dices? Y lo anuncias ahora; eres de lo que no hay. Habrás dispuesto lo preciso.
La recrimina Esteban con notable tono de enfado.
-Si no te parece mal ocupará la habitación del fondo en vez de dormir en la mía como en otras ocasiones. Es soleada, tiene vistas al jardín y no llega a ella más ruido que el arrullo de las palomas. Comerá de la olla del servicio y ayudará en las tareas como una más, pues es obediente.
-Entonces, ¿viene para quedarse de manera definitiva?
Soy yo quien habla, pero la pregunta es de los tres, pues veo en los rostros de Esteban y don Tarsicio idéntica interrogación.
-Sí; mi hermana levanta la casa. Lleva años enferma, lo sabéis; y ha encontrado sitio en una residencia de ancianos.
No me he olvidado de la confidencia anunciada por Riquilda. Curiosidad y temor revela, asimismo, la actitud indecisa de los otros dos.
-Nos tienes sobre ascuas, mujer.
Acierto a decir.
-Voy a ello.
Expresa en tono solemne dispuesta a continuar.
-Recordáis que hace cuarenta años mi hermana vivía ya en Cartagena, donde su marido, mecánico de embarcaciones, trabajaba. Tuvo un embarazo difícil y dos meses y medio antes del alumbramiento ya estaba yo con ella, para regresar cuarenta y cinco días después.
Los tres asentimos con una leve inclinación de cabeza, ignorando el camino que seguirá el relato; inmersos en la evocación de hechos, nítidos hasta ahora, a la espera de que la mujer los modifique o confirme.
-Pues bien, lo que he venido atribuyendo a mi hermana a mí me pasó.
Mudos y quietos, Esteban y don Tarsicio parecen no entender la verdad contenida en esa frase. Sin embargo, yo intuyo en toda su crudeza un intercambio de papeles.
-Mi hermana, infecunda y deseosa de un hijo, me acogió al llegar mi embarazo al punto de hacerse notorio. Me asistió en el parto y aceptó como suya a mi niña; inscribiéndola en el registro civil con el apoyo del certificado cierto de una comadrona de la capital que no pudo distinguirnos.
Seres inanimados, los tres hombres carecemos de capacidad de movimiento y de articulación de palabra. Tristes vegetales, imaginamos madre a Riquilda, aquietando ella un cariño sin duda desbordado, viendo de tarde en tarde a la hija, eterna niña; y nosotros ajenos a todo, sin albergar sospechas.
-¿Por qué no lo dijiste?, ignorante. Habríamos ayudado a su sostenimiento, a que estudiara en un colegio especializado. Incluso, podría haber vivido aquí; sé que Esteban no se hubiera negado. -Es don Tarsicio quien habla de tan conmovida manera.
-Lo pensé –expresa la mujer- pero entreví una dificultad. Pronunciado el nombre del padre la discordia estaba sembrada entre nosotros; callado, me acuciaríais durante años con parecido desenlace. Ahora, por fin, puedo tomar las riendas: mi hija es incapaz de vivir sola y yo deseo con todas las fuerzas ampararla; aquí, si Esteban lo permite o en cualquier otro lugar.
-Que tonterías dices, mujer. Ésta es tu casa y la de ella. Hay sitio de sobra. –Expresa Esteban.
-Nosotros ayudaremos en lo que haga falta –añade don Tarsicio- ¿no es cierto, Ricardo?
-Sin duda; en lo que haga falta.
Repito maquinalmente, sin pensar.
-Hacéis bien –exclama Riquilda- porque, aunque no pienso revelar nunca el nombre, debo deciros que uno de vosotros tres es el padre.
Don Tarsicio, a punto de caer al suelo, apoya el brazo en el tronco de Brasil que se desploma con ignorado alboroto. Yo debo de presentar la imagen cabal de un difunto: lívido, exangüe, sin respiro. Esteban, un niño grande, esconde la cabeza bajo la almohada. Es evidente que los tres ocultamos suficientes razones para atribuirnos la paternidad recién descubierta. No sé lo que piensan los otros, pero yo me considero con toda justicia un desalmado. Prometí el matrimonio a Riquilda, se me dio ella sin reservas y, al quedar encinta, no me obligó a cumplimiento. Tanto ella como la hija me tendrán en todo; lo prometo.
Pasado un instante de notable tensión, la voz de Riquilda descubre un juicio, una filosofía y un pensamiento correctos, incluso ingeniosos; fruto, por fuerza, de una cabeza entonada, de una mente abierta, de una inteligencia sobrada que nunca atribuimos a mujer tan próxima y tan desconocida:
-Si dijera un nombre sería injusta: os amé a los tres, os quiero todavía; no me siento capaz de elegir a uno porque rechazaría a dos. Mi silencio preserva nuestra amistad, nuestro caudal verdadero, nuestro tesoro indiviso. Mi hija tendrá tres padres; tres legados la pondrán a resguardo de la desgracia y yo me desquito, a la postre, de tres egoístas que se aprovecharon de mi buena fe.

 

G.- La visita de la deidad

En la vasta extensión cercada de arbolado, sedosa pradera dividida por el curso en arco de un regato bien nutrido, a principios de otoño, cuando la Luna perseguía su plenitud circular, enigmático y apacible apareció el Ente. El viejo Liparus Glabirostris, de la familia de los Curculiónidos, profundo pensador y profesor eximio, receló siempre. Desconfiaba del Ser, presunto dios, inclusive en la época de general arrobamiento. No era para menos, la extraña apariencia: tanto el tamaño como la forma; ayudaba en alto grado despertando brazados de sospecha.
El Ente, delimitado por líneas suaves y planos carentes de ángulos, aceptaba las miradas interrogantes sin suspender la emisión de sonidos acompasados, sugerentes incluso para oídos insensibles a la cadencia ordenada. En su interior impenetrable abrigaba, sin asomo de duda, algún tipo de vida alejada de la convencional. Libre de hambre y sed, en armonía con la agradable temperatura ambiente, actuaba como cualquier recién nacido satisfecho, aunque sin el gracioso braceo y el gesto encantador. Permanecía en el propio lugar de su aparición, se expresaba utilizando un complejo lenguaje de signos visuales y acústicos y no manifestaba dependencia alguna del exterior. Resulta comprensible que cientos de conjeturas se tejiesen alrededor de su naturaleza.
El viejo Liparus pudo reconocer en él determinadas cualidades de la condición divina. Saltaba a la vista que era ajeno a todo lo conocido. Cierto, difería de las peculiaridades primordiales de los tres reinos; no parecía piedra ni planta ni animal. El estado de reposo en que se encontraba sumido debía de ser transitorio, pues había llegado hasta allí desde algún lugar tan remoto que no le precedió la noticia de su existencia. La aptitud para trasladarse al dictado del deseo le proporcionaba una independencia amplísima: rasgo que distingue a los seres superiores. Único, autónomo e inexplicable: semejantes atributos constituían los hilos que bordaban la perfección de su índole. Carecía, por el contrario, de la primera cualidad que los dioses exhiben: la capacidad sin límites de influir en el curso de los acontecimientos, generadora de prodigios que resaltan una trayectoria extraordinaria. Actitud opuesta a la de un demiurgo amoroso de su obra, exteriorizaba, añadida, una inexcusable despreocupación por la hermosura de la verde floresta y los inverosímiles rayos de sol que filtraba, por el rumor armonioso del agua al acometer meandros, desniveles y estrecheces; incluso por los curiosos que le cercaban con ánimo investigador. En ese punto exacto, equidistante del sí y del no, imposibilitada para desprenderse, anclaba Liparus su duda.
Quizás fuera sólo un destello de la movilidad potencial, pero la agitación se enseñoreaba del interior. Lo que podía ser tomado por el rostro, superficie circular de un cilindro achatado, espejo del corazón sensible, efectuaba raras muecas a cada instante. Los reflexivos investigadores, encabezados por Calathus Melanocephalus, perteneciente a la familia de los Carabídos, y su más directo colaborador, Agonun Dorsale, primo suyo; constataron que cambiaba la forma siguiendo un proceso repetido cada día. Tomando el anochecer como punto de referencia, la metamorfosis reproducía sus pasos, uno tras otro, de crepúsculo a crepúsculo; reiteración, método.
“¿Prodigios?; consigue ser portento suficiente la conmoción ocasionada por su venida hasta en los más escépticos”: argumentaban los partidarios, dirigidos por el coordinador de familias Prionus Coriarius, el mayor de los Longicórneos: “Negligencia ante la creación? Vino para permanecer a nuestro lado; he ahí el gran ejemplo de cariño que necesitaba este mundo egoísta”. “Sí, su existencia es monótona y repetitiva, pero, hechos a su imagen y semejanza, nuestra propia existencia es repetitiva y monótona. Nos desplazamos persiguiendo el alimento, nos agita el deseo de copular y corremos para huir o atacar. La Divinidad reposa porque se basta a sí misma: nada le falta y a nada teme”.
Los religiosos vincularon con ese argumento más que con ningún otro, el meritorio modo de alinear las conductas personales tras la forma de ser atribuida a la Divinidad. “Aquilatemos el proceso de nutrición rechazando la gula”: pidieron: “Limitemos la cópula a las exclusivas exigencias de la propagación de la especie. Abracemos a los enemigos. Sólo de esta manera seremos capaces de amansar nuestra agitación culpable”. Y sentenciaron: “La calma es el bien y el tumulto el mal; en la reducción de las necesidades se apoya la virtud”.
Sorprende la inestabilidad de las convicciones generalizadas en la sociedad: los Escolítidos, cavadores de galerías corticales, tachados de simples y parsimoniosos pasaron a ser percibidos como coherentes y equilibrados. “Vivir para ver”: pensaban los suspicaces.
El Círculo de Teólogos, por encargo del estamento creyente, soldó entre sí varias cavilaciones formando un verdadero cuerpo de doctrina, dogma de inmediata difusión y obligado conocimiento. Avanzaba el credo por la senda racional hasta el límite de sus posibilidades, momento en que hacía uso de la fe. “La Divinidad existe desde antes de los inicios, porque es el inicio; y seguirá cuando todo se extinga, porque lo conocido y lo sospechado tienen en ella su raíz y su tumba. La Divinidad no necesita engendrar descendientes, porque siendo única al tiempo es eterna”.
Dytiscus Latissimus, de la familia de los Ditíscidos, aparecía en público luciendo la casulla amarilla y negra de apariencia solemne, flanqueado por sus acólitos, dos luminosos Lampíridos. Partiendo de las verdades teológicas recién propagadas, había fundado el Inmovilismo Expectante, hermandad integrada por un creciente número de adeptos. Subido a cualquier prominencia y dueño de todas las respuestas, preguntaba: “¿Qué razones tuvo la Divinidad para tomar cuerpo y venir con nosotros? Misterio. Enigma que las mentes corrientes como las nuestras no pueden comprender. Vino, y eso debe henchirnos de orgullo y regocijo; quiso servirnos de guía y ejemplo y eso debe bastarnos. Pero, ¡cuidado!, podría irse; debemos cumplir al instante y hasta el último pormenor los dictados de su temperamento. Me encargaré de interpretar y divulgar sus mensajes con la asistencia de los discípulos más comprometidos. Ellos y yo renunciamos desde este preciso momento a aparearnos, y nuestra movilidad rozará el límite de la estática. Los hermanos en la fe construirán un Ara donde los fieles puedan adorar a la Divinidad y pedirle dones. Además, contribuirán a nuestro parco sostenimiento”.
Mientras todo lo dicho sucedía en la hierba que bordea el arroyo, el extravagante Ser continuaba su escasa actividad. La deidad, una cabeza redonda y plana de la cual surgían dos grandes apéndices desiguales, amorosos brazos dispuestos a cerrarse alrededor de cualquier elegido, daba leves señales de vida. La extraña entidad encarnada de esa guisa, carente de tronco y extremidades traseras, insensible al interés suscitado continuaba la sistemática reforma de los rasgos faciales y la emisión entrecortada de sonidos.
Sin estorbos dignos de ser tenidos en cuenta, Carabus Coriaceus, cazador astuto y guerrero de tenacidad reconocida, tomó el mando de los soldados en una ceremonia memorable. Al pie del altar, arcilla todavía húmeda recubierta con piedrecitas de colores, una charanga formada por Gryllus Campestris y Oecanthus Pellucens, músicos extranjeros, golpeaba los élitros en homenaje a la Divinidad. Animosa, atacaba con brío marchas capaces de alertar a los casacas verdes, guardia compuesta por Lytta Vesicatoria; y a los casacas moradas, escolta de Meloë Violaceus. A su compás, la cohorte de feroces machos Lucanus Cervus desfilaba en estado de excitación combativa. Jefes, soldados y buena parte de la población, veían en la Divinidad el gran caudillo que volvería respetado y temido al orden Coleóptero; orgulloso de la compleja diversidad de las familias que lo integran, de las poderosas mandíbulas de sus individuos, de la belleza de las alas, de la funcionalidad de antenas y escudo y del notable modo de vida conseguido. Por último, se presentaba la ocasión de someter a los pueblos vecinos, exigiendo tributos. Iba a presentarse la oportunidad de vengar la histórica afrenta de los odiados Himenópteros, en particular de los Apócritos, en extremo laboriosos y rápidos viajeros.
Distanciados durante una larga temporada, Dytiscus, Prionus y Carabus, habían de dilucidar quién de los tres ostentaría la supremacía. La fuerza proporcionaba argumento a Carabus, Prionus esgrimía su representatividad, la genuina voluntad del pueblo; mostraba Dytiscus en su mano la llave de la vida eterna. Reunidos en parlamento siendo ya noche ciega, tras ásperas discusiones se descubrieron compartiendo objetivos: la permanencia de la Divinidad, la protección de la identidad coleóptera y el establecimiento de una nueva organización social. Acordaron unir sus esfuerzos y tomar el poder formando un triunvirato de pares. Como primera medida sopesaron las consecuencias de ilegalizar la investigación filosófica, actividad superflua cuando se conoce cada palmo de las ramificaciones de la verdad. Sólo el temor al rechazo de los puristas les inclinó a penalizar las conductas en vez de los principios. Al día siguiente, Calathus Melanocephalus, obstinado practicante de la lógica; y Liparus Glabirostris, docente perseguidor de la certidumbre de los hechos probados; habían sido acusados de intrigantes quedando confinados en su domicilio.
Un extranjero, Lygaeus Saxatilis, gran Sacerdote del aliado orden Heteróptero, con el propósito de introducir el nuevo culto entre los suyos, solicitó licencia para estudiar la naturaleza de la Divinidad y las teorías que la explicaban. Locusta Migratória, jefe de los Quelíferos, por el contrario, denunció que el incremento del ejército coleóptero –soldados, armas y equipamiento- transgredía los acuerdos del pacto firmado después de la Gran Derrota. Se sumaron a la desaprobación, Tettigonia Viridissima en nombre de los Ensíferos, Blatta Orientalis, gran chambelán de los Blatarios; y muchos otros: Dermápteros, Odonatos, Apterigotos y Efemerópteros, que en el creciente belicismo de los Coleópteros veían un peligro para preservar la paz existente entre los diferentes Órdenes.
Calathus y Agonum, en el intento de escapar de una muerte cierta, burlaron el cerco impuesto a sus domicilios. Se ocultaron luego en la dermis telúrica y siguiendo túneles larguísimos surgieron en el territorio dominado por el orden de los Himenópteros, vencedor de la Gran Guerra, que, tras un largo periodo de coexistencia pacífica, volvía a ser considerado hostil a causa de la portentosa movilidad de sus individuos. Allí prosiguieron Agonum y Calathus el estudio de los numerosos datos recogidos, ayudados por concienzudos investigadores locales, un grupo de Apis Mellifera y el controvertido Vespula Vulgaris, disidente himenóptero amparado al asilo de los coleópteros, retornado a su patria de modo encubierto. Tal escrutinio derivó en un mejor conocimiento de la sustancia divina, de cuyas características podía derivarse utilidad práctica. Las rayas de forma cambiante dibujadas en el círculo capital, coincidentes una y otra vez en momentos semejantes de diferentes días, servirían para dividir el tiempo en fracciones exactas y alcanzar la tan deseada simultaneidad de las actividades comunes.
Siguiendo indicaciones de Véspula, dos veces traidor, la incursión nocturna de los Lamia Textor puestos al servicio de Carabus Coriaceus, encontró el laboratorio, destruyó los valiosos documentos y degolló a los investigadores absortos en sus cosas. Sufrieron los opositores un revés próximo al desastre y el Ser fue adorado en cualquier lugar, pues los fieles reproducían ad líbitum la sagrada imagen trazando el círculo capital y las dos rayas laterales de su emblema.
Extendido el culto, generalizados los sentimientos piadosos, sincronizada la intención común, el orden de los Coleópteros entró en la etapa más fructífera de su historia, cargada de motivos para dar gracias a la Divinidad. Era indudable que, protectora de los crédulos, propiciaba el progreso con su sola presencia. Entre esto y aquello se desnudaron los árboles de hoja caducada, orgulloso de su fuerza paralizante llegó el frío y en un lapso breve fue expulsado por los días radiantes de sol y sosegados de vientos. La vida eclosionaba de nuevo y un grupo de críos de Homo Sapiens se presentó en la explanada con su ordinaria algarabía. Desde los más profundos rincones de las huras, desde las copas más altas de los árboles, miedosos, cautelosos, los insectos todos percibieron la renovada calistenia de las evoluciones lúdicas. Al atardecer oyeron con nitidez las siguientes palabras, cuyo significado desconocían: “Mirad, un nicho de arcilla adornado con piedrecitas de colores. Dentro hay un reloj de pulsera. La pila está ya en las últimas. Los números cambian muy despacio y la música casi no se oye, me lo llevo de recuerdo”.
Horas más tarde, apaciguado el contorno, cayó la noche y la normalidad se hospedó en la pradera, en el arbolado circundante, en el arroyo que los cruza. Sólo entonces los insectos se atrevieron a salir de sus escondrijos: un pie y después otro, recelosos o temerarios. Todo para descubrir que la Deidad había partido dejando vacío el altar adornado con cantos coloreados. El Jefe Religioso Dytiscus Latissimus, recordó haber vaticinado no hace tanto lo que acababa de ocurrir. Alguna acción u omisión ofendería a la Divinidad. Únicamente la penitencia podía favorecer su retorno. Comenzó entonces un reiterado ejercicio de laboriosidad y obediencia ciega a las autoridades civiles, religiosas y militares. Todavía quedaba alguna esperanza.

 

H.- Amanecer en seis momentos

1- Hic et nunc, llega en vuelo especial desde los Estados Unidos, casi un centenar de personas bulliciosas. El aeropuerto de Vigo los recibe hoy, doce de abril, tras una breve estancia en la capital del reino. Se acercan en autocares a Baiona, a la bahía, al monte Boi, al Parador de Turismo. Son vendedores de frutas y verduras de la Baio Supermarkets Chain, organización que salpica de tiendas el país de una costa a la otra y desde Canadá hasta México. Un emigrante natural de Galicia, Pepiño, patrono de cincuenta mil personas, es el artífice de tamaña empresa; obra de un tercio de siglo de trabajo y economías. Jóvenes, simpáticos, alegres, sencillos y bulliciosos, los recién llegados se muestras despreocupados y optimistas; cinco o seis de ellos, mayores que el resto, por mimetismo, por comodidad o porque así lo sienten, se suman al disfrute del momento sin reservas. Ganaron cada uno en su Estado la promoción anual de venta de patatas gallegas, los célebres cachelos, vigente en toda la Federación. Si su número supera al que cabría esperar de lo dicho, se debe a que los Estados mejor surtidos de establecimientos aportan dos o más vencedores.
Relajan de este modo la tensión alcanzada en el desarrollo de la tarea. Han pasado trescientos sesenta y cinco días persiguiendo objetivos escurridizos. Semanales primero, mensuales y trimestrales después; ilusión trasladada de uno a otro que se convierte en anual por simple acumulación. Europa y el país pórtico, origen del producto extranjero cuyo consumo estimulan, ejercen un poderoso atractivo para ellos, que han sido informados de los tópicos más extendidos por carteles fijados a las paredes de la sala de descanso, por folletos turísticos compañeros de todas las comunicaciones interiores y por la palabra de los jefes de tienda hasta el momento mismo de su partida. Desea el presidente, Mister Baio, don José Baio Ferreiro, que conozcan la tierra galaica de un extremo al otro antes de visitar las grandes capitales.
Por razones entendidas en cuanto se descubren la natural maravilla del sitio y la magnífica obra humana, fue elegido como marco para celebrar la convención el Parador de la localidad pontevedresa de Baiona. A mitad de trecho entre pazo señorial y castillo palaciego, mezcla bien conciliada de ambos, el conjunto hostelero se alza allí donde la tierra celta pasa a ser agua atlántica, a dos zancadas del Club de Yates y de media docena de playas.
Su director, César Álvarez, de cincuenta y seis años, alto, distinguido, un hombre del terreno conocedor de la comunidad gallega, no cabe en sí de satisfacción. Propicia tal estado de ánimo, a más del negocio en ciernes, la llamada personal hecha desde su cuartel general en Chicago por Pepiño, compañero de escuela y juegos infantiles. No es que tenga en poco la promesa de beneficios que representa una semana de estancia de tan nutrido grupo, en temporada baja para mayor favor; no, no es eso; sucede que valora las relaciones personales muy alto, y su amigo, ejemplo y referencia de todos los emigrantes, es una personalidad entrañable. Ligado a la casa, asistió a la inauguración del parador en el sesenta y siete y ayuda a Baiona en cuanta obra pública se concibe, ya sea el ajardinado de una plaza, la restauración de la iglesia o la dotación a la biblioteca de muebles, aparatos y libros.
Le pide Pepiño que no haya carencias para sus empleados, y que se atenga en todo a lo dicho por Gladis, la persona de su total confianza que dirige el grupo. Un solo problema enturbia y disminuye su entera complacencia: la cuestión, nada baladí, del “vespertino amanecer”. La guía, portavoz y traductora, es una huérfana de emigrantes mexicanos germinada en la tierra prometida. Arrogante hasta un milímetro antes de la insolencia, ella, en un español artificial prendido con alfileres, le pide, a manera de orden la visión de un “fascinante amanecer” para la tarde del último día, minutos antes de marcharse, broche de oro de la Convención. Nota Álvarez el imposible, claro que lo nota, pero lo piensa capricho de adinerados. Por otra parte, ¿quién cuestiona las palabras de mujer tan imperativa?, ¿quién las pone en duda o pide explicaciones añadidas? Nadie en su sano juicio lo intentaría.

2- Podía haber sido virada a sepia, pero no; la fotografía que cuelga de la pared en el vestíbulo es simple y llanamente antigua. Debió de ser tomada al poco de su inauguración, principios de siglo acaso, pues aparecen guirnaldas de flores enmarcando la puerta y de las balconadas cuelga ramaje dispuesto con gusto. El fotógrafo estampó su nombre en la parte inferior izquierda, subido al domicilio del estudio, una calle popular de Vigo. No se aprecia la fecha por más que los ojos busquen, o nunca estuvo o, impresa con tinta fugaz, terminó por borrarse.
Poco ha cambiado, sin embargo. Quizá el entorno inmediato, un suelo de tierra después asfaltado y el trazado irregular de las aceras, ahora rectas y embaldosadas con azulejos en forma de rombo. El edificio permanece como en los primeros tiempos. Dada su ubicación, en una ciudad pequeña donde escasean las grandes construcciones, su tamaño relativo es considerable. Forma una manzana completa, salvo lo que resta el mínimo espacio que, en la fachada posterior, ocupa la tiendecita de golosinas. No es más que una excrecencia adherida como un hongo al tronco de un chopo, pero congrega allí a la bulliciosa chiquillería del colegio cercano en las numerosas horas de asueto. Intentos de compra hubo ante la viejita que despacha, propietaria única carente de familiares, pero infructuosos dado su carácter independiente.
El caserón se alza pétreo, recortando su silueta gris granito sobre el fondo diluido del cielo túrbido. El interior semeja un teatro por la disposición de sus salas repletas de estanterías. Forman ellas palcos alrededor del centro diáfano, meollo convertido en patio de operaciones iluminado por una claraboya que, diez o doce metros arriba, es el cielo cambiante. Abunda en esa apariencia de escenario el entarimado de roble, poco frecuente en este tipo de negocios; jamás renovado a pesar de que el barniz perdió su brillo y consistencia.
El espacio recibe los cachivaches más dispares que un coleccionista activo puede reunir en su prolongada existencia. Sorprendentes hallados uno a uno: máscaras rituales de tribus indígenas de Kenia y Canadá, un arpón desprendido del acerico viviente que era la ballena Moby Dick, la flauta de Hamelin, la Espada que el padre de Bernardo del Carpio insertó en la piedra del castillo de Valdepero, un cedazo utilizado por los buscadores de oro en los Urales, el yelmo de don Quijote, dos cabezas de hombre y una de mujer reducidas por los jíbaros ecuatorianos: impresionantes hasta el sobrecogimiento descubriéndolos reunidos.
A decir verdad, el ambiente propicia cualquier hallazgo; como el del atormentado capitán Ahab arrastrando la pata de marfil y sus obsesiones por la cubierta; Bernardo del Carpio procurando el matrimonio de sus padres o la labradora Aldonza mudada en Dulcinea.
El mostrador, gruesas tablas de haya descansando sobre puntales de roble, vasto cajón, sarcófago de gigante, constituye el soporte adecuado a tales mercaderías. Trabajado con esmero, se libra de una apariencia rígida gracias a ciertas figuras que, talladas en su frente, le convierten en sugerente pieza artística.
Ordena ese mundo variopinto, ayudado por la lógica, el jefe del almacén: un individuo satisfecho de sí mismo a poco que sus ojos digan verdad. Celebró complacido en fechas recientes su quincuagésimo cumpleaños y puesto a recibir al destino con alfombra de seda, incluso la moderada calvicie aporta, a su entender, madurez y gravedad al rostro, seguridad y experiencia a los gestos. Protegido por un guardapolvo grisáceo, de él hace uniforme de trabajo llevándolo con orgullo, como si se tratara del traje de gala del general o de la toga que inviste de autoridad al juez. Conoce con exactitud el lugar destinado a cada objeto y el objeto destinado a cada lugar; flexible mapa que su mente dibuja a partir de una realidad configurada a imitación de lo ideado. Catalizador él mismo, organiza el caos y lo hace congruente ayudado de su sola presencia. Más esfuerzo le cuesta conseguir que los dos aprendices entreguen sin tardanza los objetos solicitados por los clientes al encargado del mostrador.
Quien gobierna la sección de entregas es otro varón más joven. Viste pantalón claro y chaqueta oscura, grises ambos. Sabe escuchar a los clientes, atendiéndolos sin interrumpir sus pedidos o reclamaciones. Hace gala de una dilatada mano izquierda que suple las carencias de la casa y suaviza los inconvenientes surgidos. Conoce bien el producto, todos los objetos y sus aplicaciones, estando facultado para aconsejar un útil existente en sustitución de otro no disponible. Cuando se trata de métodos o de resultados es considerado un experto y los compradores piden su consejo o buscan su aprobación.
En lo alto, segundo anfiteatro, junto a la escalera, una luz tenue revela alguna presencia en actividad. Es el despacho, oficina contable, observatorio y faro del Gerente; caballero de edad incierta que, inclinado sobre la mesa de trabajo, muestra un pelo gris en clara evolución hacia el blanco. Dueño y señor del negocio, su aportación al devenir cotidiano se limita a anotar entradas y salidas, costos y beneficios, precios de venta y pedidos al exterior; y en ocasiones, cada vez más frecuentes, a firmar como administrador único los compromisos adquiridos por la empresa. Su terno azul turquí -tejido de calidad y corte pasado de moda- representa la profunda raigambre de la compañía. Contribuyen a formar esa imagen, la cadena de oro del reloj que cruza su pechera y el sombrero índigo posado en el perchero, tan atribuible a su dueño como la última pieza a un rompecabezas incompleto.
Agua y vaso más que yugo y testuz, el escenario y el actor se van acoplando uno a otro cada día, hasta que la actuación es sólo una consecuencia de ambos. Y ese no es todo el determinismo admisible. Los papeles de la obra son distribuidos de manera inexorable por el autor, que tiene en la cabeza el conjunto. Los actores lo saben y desarrollan su texto adentrándose en el de los demás y aceptando injerencias. Afirmación que no reza con los mozos de galería, enredadores insatisfechos que todo lo cuestionan; protegidos por la escasez de demanda del puesto.
En el exterior del almacén, una muestra de chapa negra y letra dorada, colocada sobre el dintel de la puerta, anuncia el nombre de la sociedad: “La Incondicional”. Y donde en otros casos añaden la fecha de la fundación, aquí dice: “Desde siempre”; revelando una vocación de eternidad muy persuasiva. A medio metro escaso de la pared, situado sobre la acera, un letrero portátil colocado y retirado a diario por el encargado del mostrador, rectángulo vertical encerrado en un marco de hierro forjado que sujetan dos pies en ángulo agudo, exhibe un lema que es toda una promesa: “Si existe, lo tenemos”. Un complemento no escrito de este principio, de uso interno nada más, una especie de restricción mental no confesada a todos los clientes, añade: “Y si no, lo fabricamos”. Haciéndolo verdad un taller situado en las afueras, mitad fragua, mitad laboratorio, donde el maestro, un sabio inventor chiflado hasta pasar lo socialmente admitido, ejecuta los encargos más inverosímiles. No obstante, los veloces medios de comunicación aparecidos en los últimos tiempos, pueden hacer llegar a este rincón donde la tierra concluye, cualquier objeto que no esté almacenado o no se pueda producir.

3- Pasado el primer trámite de asombrar al encargado del mostrador de “La Incondicional” con su descabellado pedido, y el segundo, de repetir la hazaña ante el jefe del almacén; Cesar Álvarez, director del Parador, logra subir al piso superior y hablar con el mismísimo Gerente. En esas está, tratando de hacerse entender, razonando lo irrazonable, cuadrando el círculo, explicando que necesita, a las siete de la tarde de una semana después, simple y llanamente, un Amanecer.
-Tienen la suerte- dice el Gerente de “La Incondicional”-de celebrar las reuniones en el salón de poniente, dotado de una cristalera que da a la bahía, idóneo para presenciar las mejores muertes de sol del mundo.
-Pues ya ve- añade el hostelero -lo fácil que sería para nosotros, a esa hora vespertina en que se nos piden un amanecer, separar las cortinas del ventanal permitiendo a los cursillistas la contemplación de un ocaso que en este punto es definitivo. El sol no muere respecto del horizonte como en cualquier otro lugar, aquí desaparece verdaderamente, a ras del mar, dejando tras él toda la anchura del océano impregnada de sangrienta agonía. El amanecer, además de ocurrir por la mañana desde que el mundo es mundo, nos llega con un sol ya adulto carente de emociones. A pesar de ello, debemos complacer al cliente. Ustedes tienen que ayudarme, pues el amanecer existe y, si no quieren recibir una demanda por incumplimiento de promesa comercial, lo tienen o lo fabrican.
-Calma- pide el Gerente -al fin y al cabo, una salida de sol no es más que un progresivo aumento de iluminación, y eso, nuestro Taller, sabrá hacerlo.

4- El maestro del taller desecha tal punto de partida y otros siete de parecido fundamento, convencido de que la técnica, aun la más avanzada, jamás suplirá con éxito a la naturaleza. Pasan lentos y rápidos tres días completos. El tiempo, segundo a segundo, se va echando encima de quienes más lo necesitan, oprimiéndolos. Los congresistas disfrutan de su condición ajenos al drama desencadenado. Descubren los monumentos próximos, se interesan por las antiguas leyendas, van iniciándose en los placeres de la gastronomía y oyen como quien oye llover las enseñanzas comerciales.
César Álvarez Montero, director del “Conde de Gondomar”, va de salón en salón, recorre los pasillos, cruza los espacios tranquilos, observa el trajín de la cocina y la limpieza de las habitaciones, lleva a la horizontal un cuadro, sitúa un mueble antiguo en su lugar, pasea los jardines, bordea la piscina; y todo ello con la mente puesta en el “amanecer vespertino”. Seguir las instrucciones de Pepiño: “Que mis empleados tengan lo que Gladis, la portavoz, pida”; constituye una meta irrenunciable. Las palabras de la enérgica mujer, con toda probabilidad unida a Pepe Baio por lazos sentimentales, dan vueltas en su cerebro dolorido.
Para el Gerente de “La incondicional”, la cuestión del amanecer se va convirtiendo a pasos agigantados en el asunto de su vida. Traer de Komodo un varano en cuarenta horas, reproducir los fiordos noruegos en las rías, simular el incendio del navío griego para una película, todo lo conseguido hasta el momento, no ha sido otra cosa que un ensayo, una exigente preparación para llevar a cabo este encargo.
Caminando sobre la fina arena de la playa de A Ramallosa, ese día, el cuarto, al llegar las dieciocho cuarenta y nueve, puestos a trabajar su proverbial ingenio y la intuición inabarcable, el Maestro de Taller, interior inquieto y modos calmos, alcanza la inspiración. Da con un aparente arreglo, remedio de las acuciantes dificultades. Tan sencillo que, en su natural receloso de científico avezado a las repeticiones, continúa buscando. El quinto día, a la misma hora, mientras observa la antiquísima torre de la iglesia-colegiata, decide, a pesar de su simplicidad o a causa de ella, poner en práctica la solución encontrada. Una llamada telefónica dirigida a Inglaterra le lleva a otra al avanzado Japón, y ésta, a su vez, a una tercera conferencia con la tecnológica América. En la madrugada del penúltimo día, el Maestro cubre la extensa cristalera del salón de reuniones con un blanco tejido de propiedades infrecuentes: urdimbre y trama dejan multitud de pequeñísimos resquicios. Piensa efectuar alguna proyección, pues ese lienzo se suele usar a modo de pantalla, ya que en su cara interna se ven con nitidez las imágenes proyectadas desde fuera.

5- Avanza la jornada última y, en la playa de A Ribeira, los huéspedes americanos disfrutan de la fiesta conocida como “Arribada de la Pinta”. Aquí Martín Alonso Pinzón, aquí el piloto de la nave, aquí el corregidor; ahí el contramaestre, ahí los marineros y los indios traídos como muestra; aquí y ahí, cada uno en su sitio supuesto, escenifican el desembarco histórico, primer regreso de la carabela tras la gesta del Descubrimiento. No es uno de marzo, es abril mediado, pero el dinero de Pepiño Baio Ferreiro puede trasmutar las fechas. Gladis traduce un guion previo poniéndolos en antecedentes. Durante el acto se refiere a él con leves indicaciones que nada interrumpen. Disfrutan de lo lindo los tenderos de América. Tras un almuerzo cocinado y servido a la antigua usanza, quedan aún, la clausura y el fantástico Amanecer, ensalzado hasta la hipérbole por Gladis, la portavoz encargada de la animación.
En la penumbra de la sala las diapositivas destacan consignas y estrategias. Las cortinas azules cubren como la noche el ventanal. Varias sombras se deslizan cautelosas desde la puerta tratando de pasar desapercibidas.
A las dieciocho horas y cuarenta y nueve minutos, finalizada la sesión, intenta Gladis atraer la mirada de César Álvarez, director del Parador en que se encuentran, simple mancha móvil que al encender la luz adquiere identidad reconocida. Lanza varias señas la guía, con mesura al principio, dotando a la acción de cierto disimulo; luego con ostentación, sin ningún recato. La respuesta del director, mímica, consiste en pedir calma moviendo una y otra vez las manos abiertas de arriba hacia abajo. Pasados unos minutos, ante la evidente desesperación de la mujer, inicia el hombre la cuenta atrás. Uno a uno va ocultando los dedos extendidos de ambas manos, significando de ese modo los segundos que faltan: seis, cinco, cuatro.
La sala entera se mete en los tejemanejes y espera el acontecimiento con expectación, tan atenta a la llegada del instante anhelado, como si se tratara del día en que tres americanos pisaron por primera vez la luna: tres, dos, uno, ninguno.
En ese preciso momento los cortinones, al compás de una música heroica y prometedora, inician sin prisa un suave plegado. En el hueco que dejan va mostrándose con la misma lentitud un cuadro magnífico. Es el momento inicial de una batalla, noche agónica que se resiste a la invasión del nuevo día, negrura imperfecta de la que surge un punto entre ocre y sangre sobre el último horizonte. Punto amarillento y rojizo que se torna círculo por momentos. Crece, progresa como la lucha librada por las notas musicales entre sí, incrementando su dramatismo, elevándolo hasta el cielo, donde las nubes se encienden y aclaran sin apresuramiento ni descanso. Se desprende la circunferencia del manto negruzco, grisáceo, bermellón, ambarino, azulado, ante la mirada atónita de los congresistas sobrecogidos, que perciben en su propia carne las encontradas posiciones de su origen múltiple: indio, negroide, eslavo, latino, germano, anglosajón.
El pan dorado, creciendo, inflamándose, se eleva como hostia en manos sagradas, cuando los instrumentos atacan posiciones vitales del interior de los presentes. Dorado redondel que se alimenta de la misma noche, pues crece a medida que la oscuridad se disipa, mientras los sonidos, acariciadores, hirientes, alcanzan el luminoso origen de la vida. En las mentes bulle el espíritu de las catedrales elevándose hasta el cielo contra el cielo, panes de oro adornando tablas flamencas o italianas, anunciaciones, descendimientos, resurrecciones divinas. A la derecha, el Monte Ferro y las islas diseminadas, tintados de rubí, de púrpura, irreales, parecen tener un alma afectada por tanta grandiosidad.
Pasan cuatro minutos exactos y la dorada hogaza que lo centra todo siendo ella el centro e inventando la simetría, difumina sus contornos disolviéndose en la misma luz que irradia: prístina, pura, destellante. Sucumbe como los acordes triunfales, ante el lento avance de los cortinones azules que, al extenderse, terminan con el espectáculo y con la tensión alcanzada por los congresistas allí presentes.
Se produce una liberación necesaria e indeseada, clímax retrasado con todas las fuerzas, placentero y satisfactorio como un acto de amor que deja los nervios exhaustos, lasos durante unos minutos prolongados.

6- Salen confusos los reunidos, sorprendiéndose de que los faroles de la entrada iluminen el crepúsculo. Hecho inexplicable para quienes acaban de ver el nacimiento de la luz; misterio éste que les impulsa, intrigados, hacia la fachada lateral correspondiente a la bahía. Allí, los focos permiten al maestro de taller desmontar la cámara de filmación y el sistema de proyección tridimensional traído desde Londres.
Gladis, la portavoz, abre los ojos, los oídos, incluso la nariz, la boca y las manos, desbordada por su propio asombro. Las emociones se suceden con una rapidez insoportable. En segundos pasa de la summa forma que ha contemplado dentro, a la res artificiosae descubierta fuera; cayendo de la cumbre a la sima.
Comprende que no se trata de un error de la naturaleza, de una peculiaridad de la geografía o de un fallo de su mente inadaptada al cambio de horario. El magnífico espectáculo del alumbramiento del Sol, momento inicial del mundo a la insólita hora del atardecer, es el resultado de la más vil de las manipulaciones. Una grabación, proyectada por detrás de la pantalla, les ha sido ofrecida en lugar de la realidad.
Exige explicaciones con la máxima energía de que está dotada, copiosa según tiene demostrado, creciéndose a la vista del semblante de corderos sobre el ara que muestran los culpables. De no recibir una respuesta persuasiva amenaza con hablar del engaño a Pepiño. Le descubrirá, asegura, el grupo de timadores que ha encontrado en Baiona, disfrazados de compañeros de escuela y amigos de la infancia.
Hundidos, deshechos, César Álvarez Montero, el Gerente de “La Incondicional” y el maestro del taller, desolados, anonadados, desgranan la historia que el lector conoce, más la sencilla idea de grabar el espléndido crepúsculo salpicado de livianas nubes transparentes, para proyectarlo presto de atrás hacia adelante y convertir, por arte del progreso, en victoriosa Salida del Sol la más doliente de las Desapariciones. De ahí los cuatro minutos de discrepancia entre las seis cuarenta y nueve, hora de la puesta, y el momento en que lo han visto surgir.
Los autores del milagro relatan la petición al extranjero de las avanzadas técnicas, la posterior complicación que hizo necesario un soporte magnético reversible; de forma que el Monte Ferro y las Illas, estando a la derecha en la realidad, no aparecieran a la izquierda en la proyección. Factible por la presencia afortunada de cinta tan especial en Nueva York; circunstancia conocida tras consultar con Tokio desde donde no hubiera llegado a tiempo. Metidos en harina, resaltan el éxito profesional que supone lo que ella califica de fraude.
-Nos esforzamos hasta lo imposible por complacer, sin objeción alguna, la extraña petición de un cliente tan entrañable como Pepiño. Rodar que nos mande.
Argumenta el director en nombre de todos.
-Nos esforzamos y el resultado ha sido una impecable salida de Sol vista a hora desusada. Un milagro de la técnica, sí; pero también de la voluntad de servicio y de la capacitación personal alineadas con la amistad y la gratitud.
-Pero si yo quería eso, presenciar un amanecer, la muerte del Sol -exclama Gladis, traductora y encargada del grupo –ver la manera singular que tiene aquí de ocultarse, disolviéndose en las olas ensangrentadas, extenuado y lánguido. Así me ha explicado Mister Baio cien veces el prodigio que alimenta de saudade su memoria.
-Disculpe, señorita, pero no tengo más remedio que corregirla; a la puesta de sol se le llama en castellano atardecer.
Aclara Álvarez Montero y se suman Gerente y maestro de taller reforzando la magnífica posición adquirida.
–Claro, claro; atardecer se llama.
-Bueno, pues eso. Amanecer, atardecer, anochecer; tienen ustedes palabras parecidas para nombrar hechos contrarios
Esgrime la mujer, lamentando no haber profundizado lo suficiente en la lengua de sus padres y en la humildad.
En ese instante descubre a unos hombres capaces de hacer, movidos por el afecto, lo que el amigo no se hubiera atrevido a pedir; y valora la grandeza del amado que despierta tales adhesiones, con quien, muerta la legítima esposa, va a contraer matrimonio.
Un día suplementario de estancia permite al grupo conocer el Altar Druídico, el depósito de Los Concheiros, la Campana y El Lago, joyas de las islas de Baiona, las célebres Cíes. Desde una de ellas, la de O Faro, a ciento ochenta metros de altitud sobre el acantilado, presencian el magnífico espectáculo del entierro del sol en las aguas que lo acogen. Verdadero atardecer, puesta de Sol única, inenarrable, de imposible olvido; que Pepiño, amoroso de su tierra y de su mar, lleva desde la niñez labrado en la memoria.
La mañana clara del día siguiente los ve despedirse de todo el personal. Van en autocares a Santiago de Compostela, donde, antes de tomar el avión que les situará en Londres, París, Roma y Atenas, piensan recorrer el equilibrado conjunto arquitectónico que enmarca la plaza del Obradoiro, punto final de los caminos de la fe; y el amplio espacio monumental de una ciudad que será siempre patrimonio de la humanidad toda, del Universo íntegro.
Allí, al pie de los autocares, se encuentran César Álvarez Montero, director del Parador, el Gerente de “La incondicional”, su Jefe de Almacén, el Encargado del Mostrador y el Maestro del Taller. Abrazan a quienes parten, cruzan con ellos palabras que prometen amistad inacabable, mientras los del pueblo entregan recuerdos para Pepiño, Mister Baio, Xosé Baio Ferreiro, el amigo de la infancia, emigrado que hizo fortuna. En el momento mismo en que el segundo autocar, llevando a la guía americana, arranca, todos los presentes pueden ver a miss Gladis, sirviéndose de un pañuelito bordado, enjugar una lágrima.

 

I.- Tíbet, esencia y existencia

Valorado ya como pensador y ensayista, escribía Cesáreo en Ad Memoriam su novela Alabanza de la serpiente alada, cuando necesitó realizar dos tareas incompatibles, seguir escribiendo y viajar a Himalaya para documentarse. Sabiendo que somos cuerpo y mente unidos, recordó haberlos visto separar en Los gozosos amores de Virginia Boinder y Pablo Céspedes. Pablo, monje tibetano con el nombre del protagonista, separó la mente de Virginia de su cuerpo para armonizarlos y, armonizados, volvió a unirlos. Suelen llevarse bien los distintos personajes de mis obras, así que pidió al monje ese favor y el monje aceptó. El cuerpo del escritor trabajaría en otros pasajes del libro mientras la mente volaba a Himalaya. Quiso que lo acompañara yo, por lo que mi mente viajó con la suya.
Según escribe Cesáreo, alrededor del año seiscientos treinta y dos de nuestra era, el soberano del Tíbet, Song-tsen Gam-po, envía a uno de sus ministros hasta Kashmir para aprender el arte de la escritura. Su marcha, la posterior implantación de la grafía en el reino y los beneficios derivados, vertebran la historia. Describe ésta a un rey prudente, que pudiendo tener cuatro esposas, toma dos de ellas por motivos políticos, una china y otra nepalí: China y Nepal, sus vecinos; y las otras dos impulsado por una corriente sincera de verdadero amor. Queda claro: escoge dos con el corazón para aumentar las posibilidades de ser correspondido. Cubren el armazón de la novela la vida de palacio y sus intrigas, a más de la propia mirada, sorprendida por una tradición milenaria poco divulgada en Occidente. Conjunción y síntesis de dos maneras dispares de interpretar el discurrir de la existencia: estática y dinámica, observadora y activa, pura y contaminada, religiosa y materialista. Sentir, entender, comprender, pensar y actuar. Todo en nuestra vida es efímero. Debemos reducir las necesidades y las urgencias. No existen atajos para alcanzar la felicidad. Los medios utilizados para llegar a ella no deben impedirnos su alcance.
La tradición es un desván repleto de objetos variopintos, ideas, hallazgos, espejismos y supersticiones; es un baúl heredado de los ancestros por sus vástagos, gentes sencillas dadas más a creer que a pensar. La tradición es freno en su creencia de haber aprehendido lo óptimo. La fábula colectiva es granero del que toman las gentes lo necesario para afrontar su vida sencilla. La leyenda asumida como verdad íntegra, obtiene de los creyentes el regalo de aunar potencia, esencia y existencia. La epopeya popular dice que Buda nació de su madre sin el concurso de varón. Un elefante blanco penetró en el seno femenino durante el sueño nocturno y surgió de las entrañas convertido en infante. Un niño que vino a modificar las costumbres, a sustituir unas verdades viejas por otras nuevas. En adelante: ni Dios, ni jerarquía sacerdotal, ni castas. Todo en esta vida es contrariedad causada por el apego a los bienes terrenos. El Nirvana, estado último de iluminación, acaba con la angustia; y al Nirvana se llega siguiendo el Noble Sendero Óctuple, camino que exige, además de la práctica de la virtud: palabra, acción y sustento; la concentración mental: esfuerzo, abstracción y vigilancia; y la sabiduría: mirada y comprensión.
Hoy se venera la huella dejada en una roca por Sanga Dorge, predicador del budismo a los serpas de Shar, instante preciso en que tocó tierra al finalizar su viaje por los aires desde Rong-phu. Apenas hace cien años se erigió un santuario a la permanente marca que el paso del tiempo desvanece y los sacerdotes perfilan. Vista desde dentro, la tradición es un tesoro entregado por los abuelos a los nietos con el mandato de preservarlo, enriquecerlo y ponerlo, formulando idéntico encargo, en manos de los descendientes. Pero, ¿cómo enriquecerlo sin modificarlo?
El artista nómada se desplaza en Tíbet de unos templos a otros, embelleciendo a todos por igual. En su intención está la paridad, pero también la mejora; de hecho, luchan en su alma sensible los dos objetivos contrapuestos. Termina por recorrerlos una y otra vez, en rueda, con el ánimo de igualarlos mejorando. ¿Cómo diferenciar estilos, épocas, influjos, dado este orden de cosas? Los tanka se firman, cierto; pero con frecuencia se superponen las telas cosidas que los forman o se pinta sin rodeos sobre la urdimbre y la trama. En tejidos de lino o de algodón bien tensos, se extiende de manera análoga una mezcla formada por siete partes de yeso y una de cola. La masa establece íntima unidad con el lienzo y el aire del ambiente orea el conjunto en el bastidor. Dibujos hilvanados con carboncillo, el pintor errante libera allí la memoria de su arte milenario; primero el centro protagonista, el resto más tarde, encargándose los pinceles de distribuir los colores definitivos. El amarillo no es sino arsénico engrandecido por su acomodo destacado; proviene el azul, del índigo; de la cochinilla, el rojo. La sabia y rica naturaleza provee al espíritu industrioso de los elementos precisos para su avance.
Los monjes llegan denotando una parsimonia que no es tal; van uno tras otro flemáticos, desarraigados del entorno y del fluir cotidiano, hasta de la propia vivienda. Gotas de agua aisladas marcan el inicio del chubasco; son copos fundidos, predecesores de un invierno por fuerza níveo, helado e inactivo. Han sido invitados los cenobitas por una de tantas familias, nada especial la señala. Durante varios días recitarán los textos sagrados: su voz, monótona e incansable, dirigirá la cantinela sin fin como un río adulto que desciende manso a través de valles cada vez más anchos; y elevará una insignificancia el tono en imposible vuelta atrás. Finalmente, la salmodia se disolverá en un mar sonoro, tranquilo y abundante.
Los vecinos se suman a la ceremonia en un pueblo alto del Himalaya próximo al cielo infinito; si la noche es clara, tocaremos las estrellas con la punta de los dedos y nuestro corazón alcanzará la felicidad. Las mujeres, esponjas que absorben con interés las enseñanzas, traen el té y el chang a intervalos irregulares en su deseo de no perder detalle. El ambiente es de recogimiento mental y de corporal reposo. Los niños se inician en el camino de la perfección, los mayores progresan en su instrucción religiosa. Son alargadas las páginas de los libros, ancho el lugar que ocupan sus renglones; han sido impresas con planchas de madera, y para grabar una tablilla dos personas meticulosas emplean cuatro jornadas completas. Es verdad, por añadidura, que dedican al cuidadoso esfuerzo todo el tiempo disponible: el que va desde el temprano inicio del día, hasta bien avanzadas las horas nocturnas; iluminándose con el tímido resplandor de las lamparillas de aceite.
Penetran nuestras mentes en Sum-tsek, templo de tres pisos de Alchi. Las atrae una pintura mural descubierta al terminar el estudio de una mínima porción de techo y retirar de ella la atención. Representa en forma geométrica, apoyándose en una simetría engañosa, el Universo íntegro o una parte que contiene el todo, pues en ella están las fuerzas impulsoras. La clarividencia observa complacida el mandala Vajra-Dhatu, deteniendo el tiempo en las pupilas. Primero una mirada de conjunto que se pierde en los mil detalles. Es preciso apartarla de los intereses particulares para que disfrute los beneficios completos. Cuadrado que abraza un círculo, protector éste, dentro de su aro inflexible, de un cuadrado más pequeño dueño de otro círculo interior. Vairocana, el buda resplandeciente, sedente en su trono, es el centro de todos los círculos, el centro de todos los cuadrados. Otros cuatro budas, correspondientes a los cuatro puntos cardinales, ocupan su estratégico espacio gobernando el arriba y el abajo, la izquierda y la derecha. Vértices y puntos intermedios sirven de asiento a divinidades femeninas. Los dieciséis bodhisattvas, protectores de la fe, símbolos de la acción beneficiosa, llenan uno de los círculos. Samanta-Bhadra y Vajrapani, están representados en la parte inferior. A la izquierda aparece una divinidad protectora. El argumento descrito se ve superado con creces por el insinuado; las figuras, numerosísimas, repetidas sólo en apariencia, son todas distintas y están dibujadas siguiendo las enseñanzas de los textos sagrados, donde el simbolismo adquiere una rígida jerarquía. El artista se considera afortunado, pues posee un pequeño espacio de libertad, un reducido plano de independencia, suficiente para dejar su impronta efectuando imperceptibles cambios sobre lo establecido.
La inquietud, el desasosiego y los variados puntos de vista llevan a visiones peculiares de la realidad; haciendo de ella otra muy diferente, postura inicial y consecuencias. Ya tenemos el punto de partida de un nuevo intento, que desemboca durante el postrer instante en una situación irreconciliable con la existente hasta entonces. Partículas volátiles se disgregan de las convicciones arraigadas, abriéndose en catarsis profunda que cuestiona los principios de la globalidad existencial. De ello surge una limpieza de prejuicios que coloca al espíritu en completa inocencia frente al porvenir, página en blanco que desea ser escrita. El hombre es barro endurecido al sol y, frente al universo enorme, un minúsculo germen de grandeza: arrastrada larva, crisálida enclaustra y florida mariposa.
La ida y la vuelta, la noche y el día, la acción y la espera, la continuidad y el cambio: los eternos principios contrapuestos están aquí presentes como opción y conviene tomar partido. Antigüedad y renovación luchan en Oriente. Una tercera vía de síntesis puede no ser el tercero en discordia sino la ruptura del dilema. Occidente quiere un Oriente próximo a sus gustos, a sus necesidades; y Oriente ha de romper su inercia y mudar el paso porque Occidente empuja con la fuerza arrolladora de las leyes del comercio.
Aparece El Tíbet y su entorno, significante y significado, cercados por países que flotan en el mar de la modernidad como gigantescos bloques de hielo; a la deriva si creemos la impresión recibida de los sentidos, pero con un rumbo previsto por la llamada Economía de Mercado, que hace gala en este caso de una paciencia oriental. Es posible preservar al entorno del Tíbet de todo influjo materialista. La transformación del modo de vida, junto al inminente cambio de sistema económico, reclama un área libre de contaminación, pura; reserva, referencia, mojón, contraste y faro encendido. Lo que deba hacerse al respecto ha de hacerse ahora o no se hará nunca.
Finalizada la tarea de Cesáreo en el techo del mundo, y la mía de acompañante, Pablo unió las mentes a los cuerpos que estaban en casa y fuimos quienes éramos. El cuerpo de Cesáreo había avanzado tanto en Alabanza de la serpiente alada, que le bastó quitar o modificar parte de lo conseguido, añadiendo bien distribuidos los conocimientos traídos de Himalaya para darla por concluida.

 

J.- Memoria del 11 de marzo

Soltándose de su agarradero celeste, sobre mi desguarnecido cuerpo se precipitó el mundo. La chapa ardiente descendía como un meteorito. No pude apreciar toda su amenaza porque las milésimas de segundo escapan al cálculo humano y el humo envolvente protegía su avance. Ensordecieron mis oídos, las piernas dejaron de obedecer cualquier orden que exigiera movimiento y la cabeza, un año más tarde, no halla explicación verosímil a lo sucedido.
En el hospital evitaron el desarrollo de la noticia, su vertiginosa propagación; isla de asepsia, nadie hizo tertulia utilizando el asunto del funesto desastre. Las visitas, aleccionadas por el personal sanitario, defendieron mi mente de su propia maquinación, de su roer dañino. Los expertos tratan aún de unir en mí el antes con el ahora, empalmando la cinta de los días rota por las explosiones.
Pensamientos espontáneos de personas que procediendo en nombre propio encarnaban a la humanidad, de los escritos aparecidos en los altares ardientes, de los papeles fijados a los muros, sentidas expresiones de repulsa, condolencias; mis amigos me trajeron un poema firmado con las letras mayúsculas PSdeJ, iniciales quizá de nombre y apellidos. Los había a miles, algunos dotados de valor literario, otros despreocupados de los aspectos formales; supongo que éste se hallaba más a mano. Me lo leyeron con voz entrecortada y supe lo que los demás sabían: los estrictos hechos desprendidos de sus causas. Porque me ayudó a comprender lo incomprensible, selecciono el núcleo, el meollo; y reproduzco aquí las estrofas que lo enclaustran.

En la apocalíptica escenificación del último desastre
los esbirros del terror atacaron a la sociedad en sus cimientos
con bombas repletas de fanatismo y de barbarie.
Perseguían el número, la turbamulta, el humano hormiguero,
caja de resonancia de su falsa razón inconfesable.

Al instante los cuerpos fueron acericos agujereados de metralla,
lavaron el suelo litros y litros de sangre efervescente,
cubrieron raíles y traviesas pedazos de carne adheridos a la chapa
y un desgarro de gritos huyó por las bocas abiertas en los vientres.

Incapaz la piedra, incapaz el árbol
incapaces el lobo y la serpiente
el tiburón y el leopardo;
resultaron ser infrahombres residuales, fragmentarios o cocientes
los únicos capaces de concebir tales estragos.

Sin embargo, más allá de la muerte conseguida, fracasaron,
más allá de comportamiento tan abstruso y tan cobarde
no fueron capaces de evitar que el cuerpo solidario
llevase su mano a taponar la herida inabarcable.
Ayer, tan sólo ayer -llueve sobre Madrid, doce de marzo-
el terror reventó trenes repletos de obreros y estudiantes.

Metáforas que si no evitan la crudeza de los hechos la suavizan, lo expresado en los versos suple mi carencia de recuerdos. De nombre Ibrahim, mozo de mediana altura me describo cuerpo enjuto, rostro levemente oliváceo, cabello crespo de un negro brillante, ojos vivarachos, bigote atendido con esmero. Así debía de marchar en los momentos previos a la matanza, decidido el ánimo, marcial casi, resuelto. Integraba yo la masa laboral madrugadora, marea formada por obreros de diversas especialidades y categorías, encaminada hacia la producción de objetos, hacia su comercialización y contabilidad, hacia el ordenamiento diario de la vida, hacia su prolongación inquieta o placentera. Era una de tantas personas diligentes que surgen a diario de las sombras nocturnas, orientadas por el impulso vital, por las crecidas necesidades básicas o por la inercia. Suenan en mi cabeza imperiosos los despertadores, las alcobas se iluminan de improviso, los cuartos de baño definen el orden de salida y las puertas de las casas expulsan cuerpos tensos recién pulidos. Al poco las bocas del metro vomitan ciudadanos pellizcados por la prisa, y las estaciones del ferrocarril engullen viajeros hasta anegar los andenes: rauda marcha del segundero en el reloj, progresivos carteles de aviso, voces apremiantes de la megafonía, gris bruñido de los carriles que se juntan a lo lejos. Me uno a los impacientes cuando, dándose una maña admirable, suben al tren y conquistan asiento; viajo con ellos, miles y miles de ciudadanos de aquí, de allá y de acullá, capaces de acelerar el mundo o de frenarlo si armonizan sus voluntades y de común acuerdo empujan o resisten.
Al día siguiente iba yo a tomar posesión de mi puesto de jardinero; y el coraje me llevaba en volandas sobre prados celestes. Encauzados los asuntos legales –permisos de residencia y trabajo- lo demás venía a la zaga. El administrador de una casa de ricos me había contratado la víspera como jardinero del área común y encargado de la piscina. Uno de mis compañeros de vivienda –la compartíamos siete emigrantes- un argelino de las proximidades de Saïda que lleva en España dos o tres años, cambiaba de oficio y me propuso como sucesor. Tan buena fama se había granjeado que su dedo, al señalarme, me designaba. Por vez primera la zumba del reloj me despertaría a una hora razonable, las siete menos cuarto de la mañana. Podía prescindir de las dos camionetas y del tren, necesarios para llegar a la obra; un autobús y el metro iban a bastarme. Ganaba una hora y cuarto, y ya no viviría muerto de sueño.
El estruendo liberó arroyos de sangre, afluentes de alaridos, envolventes nubes de humo y desconcierto. Pared o techo del vagón al que me disponía a subir, se abalanzó sobre mí una chapa huida de la fragua al rojo, guadaña recién afilada. Perdí la consciencia y entré en el reino de las sombras. Una parte del poema -el corazón, la médula- enmarcada y protegida por un cristal, ha presidido durante mi hospitalización la cabecera del catre articulado. Ese fragmento fue, en los primeros tiempos, el asidero de mi apetencia de saber; luego, cuando la mente se fue haciendo a la idea que antes rechazaba, escuché el relato, sostuve conversaciones aclaratorias, vi fotografías. Y en estos días, al cumplirse un año de aquello, las emisoras de televisión han reproducido cien veces la tragedia.
Ave indefensa, como si fueran perdigones me alcanzan las imágenes y reproducen para mí el trágico momento con sorprendente exactitud. La ilusión despertada por el nuevo oficio, la merma del viaje que orillaba el uso del tren y la alentadora perspectiva de medro económico, víctimas añadidas de las bombas, fenecieron. Vuelvo a ser pluma, hoja reseca a merced del viento, pavesa volcánica. Levantados por la memoria imborrable, cuajados de velas alojadas en sus estuches purpúreos, trescientos sesenta y cinco días después, primer aniversario, me doy de bruces con los altares que no vi y percibo el color rojo en el trance decisivo de inundar el matadero. Flujo y reflujo, el suelo, los canalillos y los aliviaderos desangran el recinto. Cuchillas, guillotinas, picas; y la esperanza, la rutina y la impaciencia se vuelven sangre y estupor. Ha pasado una eternidad desde aquello y las preguntas se callan ante la visión rezagada del desbarajuste. El desorden se apodera del orden y lo sustituye al modo de los gobiernos asaltante y previo en un golpe de estado. Las razones no son cosa distinta de los hechos y el Universo se circunscribe al área convulsa. Sangre espesa, carne líquida, baldazos y baldazos destinados a limpiar el polvo acarreado por los zapatos, la grasa evadida de las fiambreras, hojas rasgadas de algún diario gratuito, cigarrillos a medio fumar, chicle masticado. Estruendo, turbación, sangre, carne desgarrada y residuos.
El mundo abreviado, concreto, inicia en un suspiro su expansión; a las exclamaciones de dolor se unen los gritos de socorro y los miembros heridos inician la retirada ayudados por los miembros sanos. Carteras, bolsas, taleguillas, mochilas, maletas, documentos de identidad y abonos de transporte, troceados, chamuscados, destacan sobre el andén. Rojizas huellas de calzado pintan senderos en el cemento de las baldosas; titubeantes, porque los solidarios ignoran adonde llevar su impulso. Los heridos son tantos que establecen grados y jerarquía en la gravedad, y quienes se estiman capaces ayudan a los que suponen afectados por un daño mayor; de suerte que -madera de héroes- todos socorren a todos. Arrastran, yerguen, consuelan, ejercitan la hermandad. Gritos y trajín de cuerpos, el cataclismo ha sido consumado y el humo empieza a ralear. Los cuerpos inertes se someten a la prueba del espejo, y los que no alientan inician una capilla ardiente que crece y crece. Sirenas de ambulancias, llamadas telefónicas, fotógrafos, locutores y cámaras de televisión ofician de altavoces que cuentan al mundo lo ocurrido en las vías, en las estaciones, en los coches del tren, en el interior abierto de las personas. Brama Madrid. Utilizaron bombas: un grupo terrorista manipuló los explosivos: el atentado fue obra de personas movidas por creencias. Personas, no; alimañas, bichos. Ni alimañas ni bichos, los seres estudiados por la zoología no se atreven; ninguna especie produce individuos dispuestos a engendrar tal horror. Zarzas, no; gatuñas, no; ortigas, no.
Enfermos mentales sin capacidad de discernir, cerebros regidos por insuficientes neuronas de axón atrofiado, pusilánimes sometidos a voluntades más fuertes, doctrinarios de aberraciones filosóficas: ellos distribuyeron la muerte por los vagones del tren. Dictando sus pasos habían de estar los inductores: unos cuantos visionarios empeñados en salvar al universo mundo de su compás equilibrado y algunos intrigantes que obtienen un beneficio mínimo de la enorme destrucción causada. El dogma, sucedáneo de la lógica a quien suplanta, fue su herramienta.
Necesitado de explicaciones categóricas, el hombre busca el origen de todo lo existente y va tras el hacedor y su propósito. Descubre el futuro y concibe la propia trascendencia, distintas formas de inmortalidad. Pergeña hipótesis que tienen en cuenta los avances del pensamiento y algunos signos que los corroboran. La lógica es una azada que abre, cavada a cavada, el subsuelo; una escala que asciende, peldaño a peldaño, a las alturas. La fe, razón ajena, muestra al hombre el centro de la tierra en un instante, y en otro el cenit; sin progresión, sin análisis, sin el menor esfuerzo. La razón hace de la duda punto de partida; la fe posee la certeza incontrovertible. La razón elabora teorías abiertas a nuevas razones, la fe establece dogmas cerrados al análisis. El tiempo pasa, unas teorías suceden a otras, continente y contenido se transforman. La naturaleza entera es tornadiza: piedras, plantas y animales; la evolución parece ser norma universal. Sólo el dogma permanece -aciertos y errores iniciales- incrementando su desfase.
Mi nombre, Ibrahim Ksar Alkebir, no volverá a tener importancia; la biografía tampoco. Siete operaciones consecutivas me han recompuesto y ya no soy el que fui. He perdido al niño obediente que tras acarrear agua y leña se interesaba por los textos escritos, indescifrables, empeñado en conocer las claves que ablandaran su cerrazón. Atrás queda el muchacho despierto que aprendió a leer con muy poca ayuda, el soñador que estudiaba los mapas para hallar la senda que en la antigüedad llevaba a la región ignota donde las gentes, con independencia de las circunstancias de su origen, gozaban de las mismas oportunidades. Atrás queda el joven que se lanzó a la aventura y cruzó el Estrecho, disimulada unión de África con Europa, sabiendo que esa ruta no iba a la tierra de sus ensueños.
Agnosia: apenas queda correspondencia entre lo que soy y lo que fui; no me reconozco en los míos. Mi identidad actual emana del venezolano llegado de Ciudad Bolívar, minero en El Pao que, tras rescatarme de la chapa abrasadora y cortante, entregó una buena porción de su sangre a mis venas. La cirugía reiterada precisó luego otros donantes; así que de mi sangre originaria –padre, madre, abuelos- sólo quedan vestigios. Víctima musulmana de extremistas musulmanes, me salvó el arrojo sobrehumano de un infiel; infieles me recompusieron y durante este año decenas de infieles se han ocupado de mí: no es de extrañar que las enseñanzas religiosas recibidas en la adolescencia reclamen correcciones a diario. El mismo Dios y raíces compartidas, los cristianos, a quienes se refiere el profeta para bien o para mal en aleyas de distintas suras del Libro Sagrado, me han tratado como a uno de ellos o mejor. Extraño para cualquier religión, el psicólogo que transcribe mi enfoque de los hechos sustituyendo a mi mano diestra, todavía torpe, redactor encargado de ordenar mi decir embarullado, se manifiesta agnóstico. Duda de Dios y cree en mí a pies juntillas. Hijo es de la duda y del convencimiento; y yo le considero hermano porque ha liberado de mi interior el vigor secuestrado, el arranque y el empuje que antes poseía a brazadas.
El próximo lunes iniciaré una nueva andadura: recomendado por el sicólogo que endereza mis pasos, voy a trabajar bajo su tutela. Daré testimonio de mi propia mejoría y, sirviéndome de la experiencia acopiada, animaré a los remisos, a quienes se encastillan en el sufrimiento, a los que mantienen el libro abierto en la página donde se representa el desastre. El Alto Comisionado para las Víctimas del Terrorismo, organismo recién creado, ofrece un equipo de sicólogos al que presta ayuda un grupo de víctimas ya redimido, gente que ha experimentado mejoras y se enfrenta a los días con ilusión renovada. Aliviado en buena medida tras las sucesivas intervenciones quirúrgicas, apeado de la silla de ruedas, me voy haciendo a las muletas y paso media mañana en los potros de rehabilitación, estirándome, reforzándome, retornando en lo posible a mi ser. En cuanto cierro los ojos veo la chapa lanzada contra mi cuerpo desprevenido: un chafarote ardiente dueño de la fuerza recibida en la explosión, un disco solar que me deslumbra una y otra vez. Me dicen: “el tiempo y la voluntad sacarán a tu mente del laberinto, hilo de Ariadna que no debes soltar”. Lo creo, porque mi manera efectiva de enfrentarme a los problemas, sin librarme de ellos disminuye su efecto nocivo. No hay obstáculos insalvables: se saltan, se perforan o se rodean.
Al margen de cualquier confesión religiosa, de cualquier Dios, de cualquier mandato, se me ofrece la oportunidad de ser útil a los supervivientes de la tragedia que no logran recuperar el sosiego. Esperanza y reserva se mezclan en mi ánimo zarandeándome, renovándome. Esperanza y reserva se ayudan, se atemperan, aliadas en simbiosis fructífera. El próximo lunes, día catorce de marzo, abordaré mi inmediato futuro y, aunque temo no estar a la altura requerida, deseo con todas mis fuerzas que el lunes llegue cuanto antes.

 

K.- El elevado vuelo del cóndor

Cruza Brice el ágora con mirada y ánimo de visitante, atento al entorno, ávido de sorpresas. Le llama la atención la existencia de soportales afines a los que acaba de abandonar en la cercana calle Mayor, tal vez porque le parece que el techo de estos está situado más bajo. Se coloca el hombre frente al edificio del Ayuntamiento, retrocediendo marcha atrás unos cuantos pasos, los necesarios para que su vista domine lo primordial de la superficie. Llegado a ese punto crítico, nada le impide la visión casi completa de la plaza; ni siquiera el monumento al insigne paredeño Alonso Berruguete, uno de los imagineros más importantes del Renacimiento español, digno hijo de su padre, excelso pintor, recreador de la luz y adelantado a su tiempo.
Colocado Brice bajo el pórtico que va desde la Bocaplaza al Mercado de Abastos, nada se interpone entre él y ese espacio tan equilibrado; ni siquiera el ya señalado conjunto escultórico, bronce entregado a la piedra. Es obra de Victorio Macho, escultor palentino y universal de mucho nervio como puede verse; pues la belleza de la composición y su esbeltez satisfacen la exigencia de la mirada integradora.
Brice se observa en el espejo compuesto por una vitrina, y entre sombreros de diferentes materias y anchura de ala, nota la ausencia de uno de los ejemplares que los artesanos de Catacaos tejen en paja con un acabado finísimo. En los huecos dejados por las boinas, Brice se ve alto y fuerte, aunque algo cargado de hombros como su padre y su abuelo, cosa de familia al parecer. Se descubre extremadamente calvo, piel liberada de cabello añadida a un rostro de por sí abundante, acogedor de facciones inexpresivas, gesto ambiguo que se ha ido labrando junto a la nariz chata, labios gruesos, orejas grandes y mentón pronunciado. En resumen: una cabeza casi olmeca en un cuerpo más que andino.
Se ha citado Brice en un parquecito cercano a la estación. Lo piensa en diminutivo, persuadido de que ha de ocupar el jardín una superficie breve, pues así lo sugiere el nombre de “Los Jardinillos”, dado al espacio donde ha comprometido su encuentro con un escritor muy valorado en los ambientes literarios del país. Se trata nada menos que de Cesáreo Gutiérrez Cortés, viajero recién llegado a su villa natal en los alrededores. Va a pedir al autor de la soberbia novela “Alabanza de la serpiente alada”, un salvoconducto o carta de acceso para una editorial castellano-leonesa. Anduvo enterándose en las oficinas y conoce que, desde sus ventanas, se domina el terreno arbolado llamado Salón. Le dijeron, porque así lo inquirió, que los talleres se encuentran algo alejados para ir a pie, en el extremo sur del polígono industrial de “Pan y Guindas”.
Sucede que, siendo extranjero, Brice escribe cuentitos desarrollados en los lugares de arribo. Acaba de concluir un libro de narraciones que hablan de este paisaje árido, de esta gente recia, tópicos que apreció a las claras en cuanto llegó hace un mes. Vio una llanura no muy extensa y una vega fértil de tierra cereal y hortelana regada por el río Carrión. Viejo río, si puede llamarse viejo a algo en permanente renovación; viejo cauce al menos, corriente cachazuda. Vio una llanura bordeada de inclinaciones suaves, monte bajo y parameras; y una ciudad que se extiende a lo largo de la corriente por el lado izquierdo.
Alfredo Briceño Gómez no es español, y su acento iberoamericano lo pone de manifiesto al instante. Da a las palabras una armonía indefinida, sin relación con un país concreto. Vino desde Francia en cuanto terminó de ver París y las ciudades de más fuste; las elogiadas en los folletos turísticos. A la tierra gala llegó procedente de Gran Bretaña, tras un recorrido incompleto que soslayaba visitas, tan importantes para él, como las de Westminster Abbey, Windsor Castle, Minack Theatre, los megalitos de Stonehenge o Saffron Park. Fue precisamente en Londres, donde comenzó su periplo europeo. Allí volverá tras pasar unos días entre Sintra, Cascais, Estoril y Lisboa, recorriendo luego Italia de cabo a rabo; pues desde la capital inglesa, regresará, vía Nueva York, al punto de partida, centro del mundo. Considera así a su querida ciudad de más de medio millón de habitantes, situada a la orilla del Océano Pacifico, Norte de Perú.
Ha de proceder de gente de dinero; al menos eso se desprende de su particular modo de vida. Se alberga en una suntuosa residencia, viste ropas caras y frecuenta los mejores restaurantes. Come lechazo casi a diario con un gran placer, porque le recuerda al “seco de cabrito” de su tierra, dice; pero qué va, el corderillo de aquí tiene un sabor más delicado. Formaba parte de un grupo excursionista que recorre Europa, pero tanto se salió Briceño del guion definido por la agencia de viajes, que terminaron los guías por abandonarlo a su suerte. Así llegó a Palencia, donde fue prolongando una estancia que iba a ser de dos días. En las horas que llenan el hueco existente entre la media noche y el amanecer, da forma a historias apoyadas en pláticas sostenidas con cualquiera que acepte su palique.
Por Brice, apócope de Briceño, le conocen los muchos amigos que su carácter abierto facilita, o los pocos que la inconstancia le permite conservar. Permanece soltero sin intención consciente y sigue, mundo adelante, un discurrir errático que a nada ni a nadie conduce. Lo hace para ocupar el tiempo, propagando el apelativo apocopado en detrimento del íntegro. Pedirá al juez la muda del uno por el otro en cuanto vuelva a su barrio, pues la duplicidad le plantea problemas de discordancia entre lo dicho y lo escrito, entre lo bien entendido en familia y lo estimado correcto por las autoridades.
Se hospeda Brice en lo que fue un convento de monjas de clausura tapiado al exterior. Es su alcoba una celda ahora dotada de las mayores comodidades y adelantos. La primitiva fábrica pasa por ser una joya arquitectónica del siglo XVIII, toda ella de piedra. El añadido moderno que la convierte en hospedería combina el ladrillo cocido y el vidrio. La circunstancia monacal trastoca el pensamiento nocturno del hombre, de por sí dado a la fantasía. Su mente se libera del rígido justillo de la niñez, trocando a las novicias en mujeres de la vida. Recorren ellas la gama toda de los pecados de la carne, y por la mañana la conciencia restituye a su prístino estado de doncellas a hembras tan experimentadas. De día visita los pueblos de la provincia ricos en arte románico, la parte del camino de Santiago que la cruza, el Museo Diocesano, la Fundación Díaz Caneja, el Museo Arqueológico, hasta el archivo provincial que se trasladará al castillo de Valdepero de donde Cesáreo, el escritor de fama con el que ha quedado en verse, procede.
Un repentino dolor abdominal acompañado de nauseas, le puso en camino del Hospital Río Carrión. En sus salas y galerías descubre Brice un nuevo aspecto de la existencia: la lucha por recobrar la salud. Ignoraba tal orientación del comportamiento humano, pues siempre gozó de una lozanía inexplicable en quien no la busca. Cercenaron el apéndice porque la inflamación amenazaba con agudizarse. Brice tiene presente este episodio, después de todo, con cariño; porque la aventura originó dos cuentos que despliegan el argumento en el sanatorio.
En la primera de las narraciones, las enfermeras, tiranizadas por una jefa estéril a quien sólo conmueve el milagro de la procreación, parturientas y recién nacidos; son obligadas a trabajar hasta el agotamiento, doblando tres días por semana los turnos naturales. La queja se evidencia inútil, el director protege a quien nombró para el puesto por su capacidad de conseguir ahorros. Sintiéndose oprimidas, jóvenes esposas casi todas, acuerdan, entre manifestación de protesta y válvula de escape, quedarse preñadas a un tiempo. Cuando treinta y ocho embarazos ponen a prueba la capacidad de emoción de la jefa, un cambio se produce en su actitud. En adelante habrá una compañera más y una déspota menos.
En la segunda historia describe Brice el avance y desarticulación de una camada de enajenados, empeñada en ahorrar recursos presupuestarios eliminando a los ancianos. Se movían sus integrantes por todo el país reclutando prosélitos entre el personal clínico y, mediante una teoría económica perversa, pretendían conquistar voluntades de manera gradual, hasta lograr que, unos activamente y otros de manera pasiva, atacaran la debilitada resistencia a las enfermedades de los más añosos; clase pasiva que no aportando nada al erario público representa una carga creciente. María, enfermera alegre y audaz, ciertamente linda, comprometida con el servicio al paciente en el trance de la convalecencia, descubre y denuncia los actos de los confabulados salvando el sistema hospitalario de la barbarie. Compensa su actuación el mal sabor de boca dejado por el cuento anterior, pues encabezando la protesta de las gestantes no pudo predicar con el ejemplo al impedírselo la soltería.
Subyace en los relatos el hecho cierto de la continua disminución de recursos públicos, nacida de los dispendios que los administradores realizan en áreas menos vinculadas a la generalidad de los contribuyentes. Protagoniza ambas narraciones la enfermera María, pues a Brice le atraen su belleza y cordialidad. Ignora, sin embargo, que la muchacha hubiera aceptado su acercamiento, pues en el deje meloso contrapuesto a sus facciones rudas encuentra ella un cierto atractivo.
Se trataba de una apendicetomía, nada serio. Permanecerá hospitalizado cuarenta y ocho horas, salvo contratiempos, le dijeron. Debieron complicar lo suyo enfermedades conexas, porque debido a ellas o porque los gestores encontraron en él momio económico, su estancia en el hospital se prolongó hasta la semana, ocho días por ser sábado, nueve hasta la llegada del activo lunes, momento en que le dieron el alta. Y si no le importó el retraso fue por estar la enfermera María de guardia en fin de semana.
Nuevas para él, hijas del reglamento y de la ley del mínimo esfuerzo, aprendió en la clínica las costumbres de una actividad con aspectos inescrutables. Supo, valiéndose de indicios, el momento exacto en que le tomarían la temperatura o le pondrían inyecciones, el día fijo de los análisis, de la extracción de fluidos y de la práctica de radiografías.
Ocupaba la mitad izquierda en una habitación de dos camas, la suya, y la perteneciente a un anciano que, segundo a segundo, parecía recibir el hálito directamente de la técnica. Seguían los ojos de Brice el recorrido de las gotas de suero, caídas de frascos invertidos con la lentitud o presteza deseadas por la enfermera. Miraba precavido los cordones umbilicales por los que la química se iba incorporando al flujo sanguíneo, los cables conductores de impulsos eléctricos, alentadores de sístoles y diástoles en un corazón cansado; y la mascarilla donante del oxígeno encargado de ventilar los pulmones.
Llegó a distinguir sonidos tan diversos como el derivado del sistema de respiración asistida cuando añaden los aerosoles, y el de la cisterna, corto al vaciarse y alargado al irse llenando hasta donde la boya acepta. Sones que si se producen próximos son claros, nítidos; pero si nacen en otras habitaciones, situadas al principio del largo pasillo, precisan al experto que Brice se hizo. Logró diferenciar los pasos del personal de los correspondientes a los enfermos y a sus visitas. Los doctores llevan una cohorte de ayudantes y aprendices que caminan en tropel. Enfermeras y auxiliares se mueven con la agilidad de quien conoce su empleo. Brice llegó a separarlos entre sí por el leve matiz de su cadencia, a identificar a quien los producía, a añadirles rostro. Las señoras de la limpieza y los camilleros resultan ser pesados como elefantes y arrastran consigo, sin ningún miramiento, porta útiles o camas que al golpear en puertas y esquinas producen gran aparato sonoro. Los pacientes pasean suavemente sin dirección fija, carentes de objetivo; van y vienen al albur, dibujando un sendero zigzagueante. Las visitas llegan raudas y al poco se detienen, dudan, toman otra dirección cediendo velocidad ante la puerta exacta.
Llenando parte de la noche, los rumores venidos del pasillo, de la habitación de al lado o del área restringida, proporcionan una cierta sensación de calma. Cuestión de importancia, porque a intervalos irregulares, más bien de madrugada, se oye arrastrar el trágico biombo, útil para que el vecino vivo no perciba la marcha del compañero muerto. Se suceden en esos instantes de alteración, los cuchicheos y las carreras de quienes, por más que el hecho sea cotidiano, no terminan de acostumbrarse. Imagina Brice aún el cadáver con un crucifijo tiède encore de son dernier soupir, recordando al compañero ido y los versos de Lamartine. Fueron intensos los días de su estancia en la clínica y de todas sus impresiones y aprendizajes se beneficiaron los dos cuentos allí escritos y arraigados, unidos por María, la linda enfermera de Villamartín de Campos que lo enamoró sin saberlo.
Briceño, Brice para todo el mundo, deseaba venir a España desde niño; cuando cursaba los primeros estudios de geografía y alcanzó a ver el mapa chiquito de Europa con la excrecencia de la península ibérica. Deseaba venir porque los estudios le dieron a conocer la época de los conquistadores; guerreros ávidos de oro y tierras, clérigos empeñados en salvar las almas, comerciantes sirviéndose de espejuelos y abalorios para el trueque de tontos. Galeones regresados al solar patrio cargados de riquezas innúmeras con que sufragar las guerras imperiales.
Algo tardo de entendederas resultaba Brice en la escuela para los números; su memoria no retenía la tabla de multiplicar y se le resistían los quebrados. Así, no más, andaba en dibujo, sintiéndose obligado a escribir al pie una descripción para que se entendieran sus garabatos. Progresaba en historia: de los españoles lo sabía todo y conocía las andanzas de muchos caciques. En literatura hubo autores de su agrado, de los que se aprendió poemas o pasajes y las biografías.
Atraviesa Brice una época que por henchida no aprecia en todo su valor; pues, confundiendo lo ancho con lo largo, de puro llena le parece que no tendrá fin. Posiblemente sea mejor de ese modo, pues un leve temor la disminuiría. Ahora pasea haciendo tiempo, y del callejeo por esta capital antigua que resulta de lo más moderna, saca un placer que no sentía hace demasiados años. No son los alrededores de la Iglesia de San Francisco, en su ciudad de origen, los que cruza; templo donde los suyos proclamaron la Independencia un año que su memoria guarda indeleble desde los tiempos escolares, el 1.821. No resulta lo mismo seguir, parsimoniosamente, las calles de Los Gatos, Portal de Belén, Santo San Pedro o El Árbol del Paraíso, que ir, sin prisa alguna, del jirón de Lima al de Callao, o recorrer la orilla del río Piura en época de lluvias, cuando viene bravo. No es lo mismo, por supuesto, pero transitar por este rincón palentino se acerca mucho.
Espera la hora de entrevistarse con un escritor nacido y crecido a menos de una legua, calle Mayor de Valdepero, línea de unión de la Tierra de Campos y El Cerrato, límite exacto de León y Castilla, de donde estima el peruano que puede arrancar parte de su sangre, la procedente de este lado del charco. De manera que Alfredo Briceño Gómez se imagina unido a Cesáreo Gutiérrez Cortés por algo más que una simple inquietud escritora, por algo distinto al afán de ser notario de la vida; se juzga unido al palentino por la carne y el espíritu, raíces del habla y las ideas que intentan atarle a estos pagos. Seguramente vienen ambos de una tribu cazadora de la edad de piedra. Aspecto este que desconoce Brice si se dio en su país, que se daría, pero de otra manera: más desaforada, seguro; pues así es su tierra, enorme y sin meter en cintura. Ha oído hablar de la cultura Vicús y de los Tallanes, pero vivieron en su tierra anteayer como quien dice.
En cuanto llegue a Roma y recorra las catacumbas para impregnarse del sentir primero, piensa ver al Santo Padre. Ha solicitado audiencia y espera de la embajada noticias de su gestión. No es que sea devoto, pero se lo debe a su madre, que siempre deseó esa entrevista. La mamá de Brice, una chola de arranque y resistencia que murió de cien enfermedades juntas, mostraba inquietud religiosa desde niña. Mas el abuelo era un descreído y torció el deseo filial de profesar de monja. No recibió Brice en herencia más que el perfil inca mostrado por la mujer desde la distancia, un perfil al que cree tener derecho inalienable, pues legítimo inca se piensa y se quiere el hombre. Si no nació tan pálido como la harina de mijo, tampoco resalta entre los labradores llegados a Palencia, a merced ellos de una intemperie que insiste en sombrear rostros y en atemperar voluntades.
En Palencia ve Brice una ciudad recién edificada, a falta aún de algunos retoques que la dejen lista para la inauguración. Si algo se encuentra de tiempos idos es porque los monumentos son de verdad antiguos, piedra labrada con maestría que el tiempo ha ido pintando de color pajizo. Todo lo percibe con los ojos de ver grandote y lo encuentra pequeño, río, vega y oteros comparados con los de su América, montañas que son columnas del cielo, ríos inacabables e inabarcables, llanuras en las que uno puede perderse, tormentas infernales, lluvias que llegan casi a diluvios y sequías que duran lo que el hombre resiste hasta que la tenacidad, cuarteada, se quiebra.
Está convencido de que la naturaleza, acaso por no comprometerse de manera definitiva, desarrolló el mundo tras un ensayo previo, prueba de la que resultó una Europa manejable. Visto lo cual, envalentonada, tomaría un enorme pedazo de materia, quizá el resto guardado en la alacena, y tras pasar semanas amasando, estirando, bregando, dio forma a lo que iba a ser el mundo integro que conocemos por los viajeros que paran a nuestro lado a descansar y comparan.
La calle mayor de Palencia, humanizada hasta más no poder por los soportales, por el uso exclusivamente peatonal dado a la calzada, le parece a Brice un largo corredor, un mirador cubierto de visillos que fisgan curiosos el trasiego y reciben tímidas miradas compensadoras. Desde esa calle se eleva, cóndor de alas extendidas, explorando el Cristo del Otero en busca de su esencia, pues le intuye formando parte de los cuatro horizontes de un planeta que se ve azul desde la Luna. Viajero incansable, trata asimismo de comprobar la esfericidad de la tierra, pues si desde arriba se percibe claramente, aquí abajo precisa un acto de fe o un recto caminar que llegue al punto de partida.
Se sitúa el cóndor Brice, mentalmente, en el París de los suramericanos, de los latinos llegados de América siguiendo una costumbre inveterada; un París hormigueante de escritores en ciernes o ya hechos, arribados desde un lado o de otro de los Andes, columna vertebral de un cuerpo espacioso; del centro ístmico, o del sur norteño. París era una fiesta lastrada por la nostalgia, aguijoneada por la saudade, cuando Brice cambiaba sus soles por francos y sus francos por un amor mentido y por aburrimiento, mientras se hacía escritor a martillazos sobre un yunque que, a veces, era un vientre de mujer varada en el Quartier Latin, entre los bulevares Raspail y Saint Michel. De aquella época romántica sacó Brice una rara afición a un poeta profundamente melancólico: Alphonse de Lamartine, cuyas Meditations aprendió de memoria. A mayores, el naturalismo hizo presa en él, y en esos días se convirtió en defensor acérrimo de Èmile Zola, de “La bestia humana”, de “Nana”, de “Germinal”, de “La taberna”.
Desea Brice convencerse de que en Cesáreo Gutiérrez Cortés, con quien se va encontrar en menos de media hora, escritor que promete llegar a lo más alto y a lo más profundo, confluyen las culturas europea y africana que se mezclaron con la fuerza de los caballos al galope, de las lanzas y de las adargas; culturas europeas y africanas que se hicieron una con la cultura india de todas las indiadas cultivadas e industriosas, y de las contemplativas; cien generaciones americanas que en el propio Brice parecen converger; y así, cuando dentro de unos minutos se entrevisten, Europa, África y América tendrán en ellos su plática, vieja deuda de más de cinco siglos.
Se cree Brice hombre de raíces profundas, pues en épocas pretéritas fue minero. Aún niño y ya retiraba el mineral que el picador arrebataba al extremo más avanzado de la galería. En cuanto pudo, cargó vagones transportados por mulas. Fue entibador de galerías; fue picador, y dispuso de un ayudante: un niño que empezaba la carrera hacia la silicosis, hacia la incapacidad permanente y la pensión escasa. Lo sabía él y lo sabían todos; el niño, a su edad temprana, lo sabía.
Andando el tiempo llegó a ayudante de dinamitero, y cuando aprendió lo imprescindible acerca de las cargas y de las masas desplazadas, pasó a colocar los explosivos. Debía calcular el peso de la dinamita, el largo de la mecha, el lugar idóneo de ubicación y el número exacto de barrenos. ¡Qué hormiguillo le recorría el cuerpo durante la espera de la explosión! Cargaba de aire los pulmones, oprimía los oídos sirviéndose de los pulgares y, agachado en lugar protegido, esperaba impaciente a que todo saltara por los aires. Un placer físico iba tomando su cuerpo, célula a célula hasta dejarle en la boca un sabor acre a dinamita. Bombero fue y la visión del fuego le envalentonaba. Gozaba sí, en su lucha cuerpo a cuerpo con una de las fuerzas más impulsoras y devastadoras de la naturaleza. Gozaba cuando las llamaradas altas le cortaban el paso y manguera en ristre las rendía. Tenía las cualidades de un buen soldado al que un error mínimo y la medalla póstuma transforman en héroe.
Brice fue cantante de ópera y bailarín de ballet en el teatro Bolshoi de Moscú, aviador aliado en la segunda guerra mundial y cazador furtivo en Tanganika. Brice imagina vidas como otros sueñan vuelos a media altura o la repentina pérdida de los dientes, el caminar desnudos por la calle o la interminable caída barranco abajo sin llegar nunca al fondo. Pescador de altura se soñó, y otras seis profesiones repetidas sin orden con variantes que las renuevan.
Llega al lugar de la cita con Cesáreo Gutiérrez Cortés, el parque de los Jardinillos, frente a la estación de ferrocarril, con dieciocho minutos de adelanto, así que le sobra tiempo para recorrer el recinto y adentrarse en el mundo del ir y venir, vías y dependencias anexas: sala de espera, ventanillas de expedición de billetes, librería, cantina y oficina de atención al viajero. De esta última no da fe, pero la intuye necesaria y la sitúa por ello en algún espacio cercano a los lavabos. Acaba el recorrido y se sienta en un banco, porque el regional procedente de León destinado a Madrid llega en ese instante, y un rebullir de viajeros llama su atención. Entra en coloquio con los que descienden de los coches, por el sencillo procedimiento de prestarles la ayuda precisa en el traslado de maletas. Un matrimonio mayor ha de descansar tras el esfuerzo y Brice pega con ellos la hebra. Tanto, que cuando quiere darse cuenta la hora de la cita ha pasado y veinte minutos le distancian de Cesáreo Gutiérrez Cortés, el escritor autóctono que iba a aleccionarle acerca de la región y redactarle unas líneas destinadas al editor a quien pueden interesar sus cuentos.
Las gotas del frasco de suero glucosado siguen cayendo pausadamente, carentes de prisa, sobre el cúmulo cerrado en el vasito transparente y estanco, situado a dos centímetros largos de la fuente. Amanece mucho, un sol enorme llena el este de luz, impidiendo que la mirada de Brice se dirija en esa dirección. La mirada de Alfredo Briceño Gómez es, y ya es hora de decirlo, la mirada huera de quien no está en sí mismo.
Nació en Piura, estado, provincia, ciudad y río. Tal vez el río fue primero y al río le dieron nombre los españoles. Pedro Pizarro, hermano del célebre Francisco, el que murió trazando una cruz con su sangre, informa en un escrito que han llegado a Pirú; lo mismo dice la Crónica Anónima. De Pirúa, Piura; de Pirú, Perú: dicen los entendidos. Nació Brice en la ciudad de Piura, y de las varias etimologías existentes del nombre, se queda con la palabra que en quechua significa troje o granero, porque él quiere provenir de los incas y no de otros indios cualesquiera.
Brice no ha salido jamás de Piura; ni se le terció, ni quiso. Nació donde su madre en pleno trajín de lavandera se puso de parto, a la orilla misma del río. En lo poco que fue a la escuela le enseñaron a leer, a escribir y a sacar cuentas sencillas; luego estuvo en la calle haciendo mandados hasta que, ya guambra, medio cari, empezó a vivir a su aire. Lo aceptaron como aprendiz en la portería de un edificio de la Avenida Grau, próximo a la Catedral. Tenía catorce años a los que su envergadura sumaba varios más. Un lustro después, como resulta que los muertos requieren sustituto, alto y fuerte, vistió el uniforme que tanto había ambicionado. Entonces tuvo un ayudante al que hizo cómplice de sus fechorías. Consistían éstas en hurtos insignificantes, llevados a cabo dentro de las casas de las que guardaba las llaves para subir el correo y regar las plantitas.
Visitaba en aquel período la catedral, pues oyó decir que una capa de pan de oro cubría el altar mayor; y de hallarse el tesoro fuera de la iglesia o ser él menos supersticioso, lo hubiera descascarillado para llevárselo a los que no tenían comida. Cruzaba a diario la Plaza de Armas, adornada de tamarindos que dan fresca sombra, y del monumento a la Libertad, llamado “La Pola”; de modo que descubrió la casa museo de Miguel Grau, sus cuatro salas y la biblioteca. En la pieza reservada a la lectura, devoró libros de temas muy variados que le permitieron viajar sin moverse.
Brice no ha estado jamás en Lima, y menos aún en Europa, España y Palencia. Brice no ha salido jamás de Piura, ni falta que hace; él es un cholo piurano que supo ganarse la vida. Se hizo de sol y de verdes algarrobos; de chicha, de alfajor y de gofio; de tondero y cumanana. Se formó en la calle y en el río, en las picanterías y chicherías; y resultó alegre y burlón. Ya de niño bailaba el tondero como nadie, y de muchacho enamoró con su ritmo a cuantas chinas formaron pareja con él. Se unió a dos comparsas que vio actuar en fiestas, y no hubieron de echarle por desmerecer del conjunto. Una de ellas tenía por nombre “Los diablicos de Huancabamba”, y la otra, esa ya de la Costa, el de“Ño Carnavalón”.
Brice es un enfermo al que doctores, muy entendidos en lo suyo, tratan sin demasiado éxito en la Clínica de Investigaciones Médicas, un hospital piurano. Lleva tres años postrado en el lecho en estado de coma. Inconsciencia que se prolonga hasta el punto de ignorar que se le murieron los padres y que los hermanos dejaron de visitarlo hace tiempo, pues no tiene sentido pagar el billete del ómnibus para contemplar a una planta que no se sabe contemplada. Puede que jamás vuelva en sí, y si vuelve, la diferencia no será tanta porque quedará lastrado. Dicen los investigadores que vive una vida interior muy rica, que los granos sembrados con las lecturas pueden estar dando fruto. Dicen y dicen, pero las visitas se van de vacío.
Suele ocurrir al amanecer. En su estado le ilumina el alba, y comprende la incapacidad de comunicación a que está sometido. Se le viene abajo el universo donde se entrevista con personajes admirados, a los que ayuda o de los que recibe apoyo. Al clarear el día intuye que su rica vida interna es solamente fruto de la imaginación, ensanchada de niño por la lectura de enjundiosos libros como el ya nombrado “Del elevado vuelo del halcón”. En esos momentos lúcidos le anegan por dentro unas lágrimas que han de aflorar a fuer de profusas; y pone la cara muy triste para que, quienes observan su evolución, tomen buena nota e informen al doctor que lleva su caso e investiga con él. Pero a esa hora temprana las enfermeras comienzan su inacabable tarea, circular o elíptica si se quiere, y ya están a lo suyo; de modo y manera que las lágrimas de Brice, portadoras de su mensaje angustiado, se vierten una vez más sin ningún resultado práctico.

 

L.- Sueños de un niño malo

«Ya verás como sí, como la luna asoma entre las nubes y desaparece por arte de magia, blanca y amarillenta, cenicienta y pálida. Ya verás como sí», me decía Santiago, primo a quien trataba yo de hermano al no tener ninguno. Efectivamente, una hogaza amasada millones de años antes en una tahona mayor que las de Florentín y Diocle, se reflejaba a intervalos en los cristales iluminando el arco de la muralla y la piedra en forma de dado de nuestra esquina, punto de encuentro de Fidel, Fortu y los Melgos reunidos en animada charla.
El día en que, recostado sobre el colchón y cantando de alborozo, mi padre me traía en el carro desde el colegio; Santiago salía a esperarme hasta el palomar de don Manuel o el Altillo. Durante las vacaciones iba yo a su casa o se quedaba en la nuestra después de cenar y dormía en mi habitación.
Era verano y las noches, indolentes y cálidas, nos escuchaban en el balcón, hablando y hablando hasta que pasaban las mulas camino de la era para acarrear las nías. Incansables bestias de carga y tiro llevadas del ramal por labradores adormecidos, acaso Eloy o Geñín, a quienes saludábamos con voz medida para no despertar a los nuestros, cuyo sueño debíamos interrumpir a la una menos cuarto de la mañana. Cumplido el encargo nos acostábamos en camas gemelas y tras las palabras no dichas desaparecíamos en la niebla que poblaba nuestros ojos. Después, persistentes, sublimación de los temores infantiles, venían los sueños. Aún hoy, de algunos me acuerdo vivamente, como de aquel que denominé

Sueño del pez de arena
protagonizado por el pez que se diluye cada noche en la playa extendida a lo ancho de una antigua postal, enviada por algún abuelo o tío desde cierta guerra inadvertida en la sugerente África. Tarjeta guardada entre las hojas de un libro sobre Las Cruzadas, encerrado, a su vez, en el cajón de la mesa de nogal, vecina de la que mi madre se servía una vez al año para embalsamar al cerdo. Animal renovado y constante al que yo tomaba cariño cada temporada, quizás por alimentarlo con una masa humeante, mezcla caldosa de harina de cebada y salvado de trigo; o con un hervido de patatas pequeñas como ceros mayúsculos, hechos por mi mano o las de Yayo, Lalín, Arsenio, Calleja o el Bala en la escuela de El Corro destinada a los párvulos.
Ceros titubeantes y amorfos como patatas deformes que el cochino comía deleitándose, ignorante de su trágica y cercana muerte y posterior aderezo, especiado junto a la mesa de nogal en cuyo cajón se guardaba el libro de relatos épicos y pasionales, referidos a las aventuras de los Cruzados que entre sus páginas amarillentas acogía la misiva, avanzadilla probablemente de un mantel bordado con motivos arábigos desde la impenetrable África, tan a mano en el mapa. Ilustración perfilada con estilo decidido y libre, evocadora de la placidez de la playa vista en sueños, instante intemporal en que unas manos, húmedas de espuma, modelan un pez de arena diluido en las olas.
Peje escurridizo procedente de galaxias un día cercanas a nosotros, alejadas por la expansión hacia los límites inexistentes del Universo, confines de la infinitud en que nosotros vivimos, vecina de si, lugar de nuestras cuitas y desvelos, territorio del pez que se licua en mis manos cada vez que los dedos lo apresan por el lomo y la cola, tratando de llevarlo al desván de mi mente con el único fin, ignorado por él, de ponerlo a salvo del gato y de los peces grandes que, como es sabido, se alimentan de congéneres de menor tamaño. Intento nutrirlo con flores flotantes, tan minúsculas, tan imperceptibles, que se confunden con el aire constituyendo un peligro cierto, pues nadie puede respirar pétalos, aunque sean mínimos; ni estambres, ni pistilos, por más que procedan de florecillas microscópicas como las que yo he palpado, caídas quizá de otro sueño que tuve la ocurrencia de llamar

Sueño de las flores del cielo
que trata de las flores nacidas del polen trasladado por los insectos o por el Cierzo; viento de mi niñez que los aventadores esperaban como como lluvia del mes de mayo. Obreros sentados sobre las piedras del vallado que, mientras llegaba el soplo idóneo, fumaban cautos un cigarro haciendo pared firme con la mano; y echaban un trago de vino recién traído de la bodega situada bajo la casa del Arrabal; aquel bodegón enorme y vacío, donde yo, juzgándome templado, tenía miedo cuando se apagaba la vela y buscaba ansioso la mano de mi padre. Cueva a la que descendía una escalera cubierta de la paja del corral, lanzada por las gallinas en su intento de picar los granos de trigo escondidos, escarbando, escarbando, peldaños abajo, a pesar de saber que sentados sobre los escalones algunas tardes de primavera mi padre y yo merendábamos sardinas saladas, escogidas entre las de mayor tamaño por mi tío Saturnino, estanquero y tendero de ultramarinos, del atabal de arenques dispuestos en rosa de los vientos; o comíamos jamón, curado por mi madre al humo del hogar y a las heladas nocturnas, desde la tarde inmediata a la infortunada muerte del cerdo.
Disolvíamos la sal de las sardinas y del jamón con un vino claro y limpio, elaborado por nosotros tras la vendimia alegre de las uvas plenas, polinizadas a tiempo, henchidas, maduradas en los meses de agosto y setiembre; pisoteadas en procesión de pies descalzos dentro de la pila del lagar, prensadas aprovechando la gigantesca viga y el pilón de piedra que, en mi sueño, se cimbrea tembloroso, incierto, amenazador; colgado del extremo de un tronco inacabable, haciendo contrapeso para estrujar los racimos y conseguir el derrame del mosto hasta llenar el pocillo perforado al pie. Sucede la acción en un otoño íntegro; teñida ya la tarde de tonos ocres y de lagarejos la piel oculta de las muchachas casaderas, postrado el sol a ras del suelo, cazador del horizonte en el poniente triste, tarde-noche, alfombra de pétalos y polen, aroma de flor polinizada.
Semillas diminutas suspendidas en el aire junto a finísimas gotas de agua, haciéndolas germinar aferradas al polvo rojizo del desierto africano, arena ínfima que el viento ardiente nos envía raras veces. Florecillas crecientes hasta el tamaño de una décima de milímetro, definidas, más que por su forma, apenas manifiesta, por sus colores: rojo, amarillo, azul, rosa. En mi percepción distorsionada de la realidad las veo aumentar de tamaño sueño a sueño, flotando a la altura de un hombre de pie sobre un carro, cayendo suavemente, dignificando las piedras del páramo, las grises yeseras de Taragudo, territorio de Heraclio; realzando los pardos barbechos de la vega, las laderas del monte, las riberas fértiles del arroyo Mayor y los majuelos generosos de las Altas. Llenando el campo de color, floreciendo el pardo y el gris, creando primavera en enero. Mis manos procuran juntar brazados y hacer acopio de gavillas, pero al cerrarse sobre la cosecha floral, los cardos traidores y las gatuñas dañinas punzan mis dedos, despertándome.
Regresaba, entonces, a la vigilia incompleta, y me apropiaba de la luz apretando el extremo de la pera que restablecía el circuito. Originábase al instante el brusco avivar de mi entendimiento, intranquilo hasta confirmar la presencia, entre los pliegues de la almohada embellecida de bordados y la colcha azulada, de la cabellera revuelta y los ojos cerrados de mi primo Santiago; y una vez comprobada la compañía y el acompasado respirar de quien no tiene penas ni preocupaciones porque no ve inmediato el peligro, tornaba a dormirme y soñaba con trompetas de plomo sopladas por ángeles llegados del mismísimo Apocalipsis, posados con un dominio propio de águilas altivas sobre el

Sueño de la expoliación de las trompetas del órgano
que volvía de forma recurrente y alterna, noche sí noche no, hasta el preciso y esencial momento en que los ladrones se quitan el sombrero de paja y la máscara de lienzo raído; retazo de una sábana usada, gastada, rala en los bordes, rasgada en el lugar de los ojos y la boca para que los amigos de lo ajeno vean y respiren. Trozo hermano de pieza del pañuelo que enjuga el sudor de su esfuerzo, separados ambos por la violencia de las tijeras afiladas y, nuevamente unidos durante algunos instantes, los que dura el acto de secar la piel húmeda cuando la desnudez, necesaria para el enjugado de la transpiración, hace inevitable el descubrimiento de la frente y las mejillas; situándome a punto de identificar sus rostros verdaderos y acaso sus auténticos nombres de ladrones de tubos de órgano. Mas en ese preciso momento el sueño tiene su fin, seguramente adelantado de alguna manera misteriosa por los mismos que hurtan las trompetas en la iglesia parroquial o por sus encubridores.
El órgano, que desde un lado del coro llega a lo alto del techo, es bajado pieza a pieza por quienes, esmerados, lo acaban de desarmar. Descienden ocultos tras sus caretas de agosteros o atropadoras, cuidando el paso lento, pie derecho moviéndose cuando ya el izquierdo está quieto, un escalón y luego otro, de noche y a oscuras por las tablas gastadas y crujientes de la escalera, hasta alcanzar la calle donde espera en silencio una galera callada de ruedas silenciosas, arrastrada por mulas con herraduras de goma; cómplices, herrador, mulas y galera, de los disfrazados que yo estoy en un tris de concretar, cuando debido a alguna acción maligna, dirigida a distancia utilizando facultades singulares, me despierto.
Deseaba iniciarlo exactamente en el corte producido dos días antes, sin conseguirlo; eternamente condenado por algún espíritu protector de los ladrones, a ignorar en su totalidad la segunda parte del sueño, esencial, repleta de claves, imágenes directas; aprendiendo, sin embargo, la primera en sus mínimos pormenores. Una y otra vez volvía a iniciarlo por el principio con distintas variaciones en los protagonistas; grupo de personas que en el sueño aparece, ofreciéndose al azar o a las matemáticas para que jueguen sus mezclas y combinaciones, un padre y tres hijos varones parecidos en el lienzo de sus carátulas, una madre con dos hijas y un hijo, dos jóvenes ayudando a sus padres. Tienen en común las permutaciones una conmovedora escena familiar, que hubiera servido de ejemplo a las generaciones actuales y futuras de ser su propósito confesable, invalidándola el empeño puesto en llevarse lejos, a otra dimensión probablemente, las melodías elevadas hasta lo sobrenatural de la Consagración, o las no menos sobrecogedoras del Sanctus; evitando, con su malhadada actitud, que la eufonía propicie ardores espirituales de feligreses tibios.
A pesar de su argucia, los tomadores para sí de la propiedad impropia, hallan en el pecado su penitencia. Sin duda pasan las de Caín, sudorosos bajo las máscaras de lienzo y los sombreros de paja, forzados a fundir el plomo de los cilindros huecos que con el concurso del viento logran maravillas sonoras; obligados a alimentar el fuego del horno y a ofrecer los pesados lingotes resultantes a Pedro Botero, único postor, en dilatadas negociaciones oficiadas entre calderas de azufre fundido que, como bien conocen quienes utilizan torcidas para desinfectar los carrales, exhala un hedor insoportable.
Y en ese álgido momento, con el olor a alcrebite y el calor extremo, despertaba, o llegaba sin rupturas a aquel sueño horrible conocido como el

Sueño del niño malo iniciador de la tromba
tan acongojante que me ponía remordimientos en la conciencia sensitiva, porque el niño malo era yo en la época funesta que quisiera olvidar. Mi nombre de niño malo era Pedro Demonio, puesto en justicia por una mujer íntegra, la esposa del señor Agustín, el albañil, debido a que en reiteradas ocasiones obraba mal, a veces sin quererlo, como aquella vez que junto al arroyo de Valdegayán jugaba con el perro de mi abuelo y lancé una piedra que, cual equilibrada saeta, alcanzó su objetivo, el rabo inquieto y vivaracho del can, hueso exacto sobre el que la rueda pequeña de la segadora pasó el día anterior.
Lejos de mí para intentar morderme, ladra el herido a las cañas que están cerca. Y las cañas, bien porque se asustan, que menudos ladridos son, o bien por el impulso de los agudos sones, entran en movimiento y con su temblor alteran la quietud del viento cercano y circundante. De tal modo vibran que causan una ligera brisa vespertina, impulsora, como en broma, de las cañas del arroyo; que, excitadas, agitan al viento que, instigado, zarandea a las cañas. Inician éstas, con su enérgico vaivén, un vendaval que dobla a las cañas hasta un punto cercano a la ruptura. Varas que, al liberarse un instante de tan alta presión, empujan violentamente al viento, situándolo al borde mismo de la galerna, y recibiendo su brutal azote en las tiñas, en las hojas acintadas y en el tallo erguido. En lanzas, flechas y arcabuces los convierten, y como catapultas lanzan el viento huracanado contra los árboles y las paredes de las casas, de las casetas, de los palomares, de los cercados que, como los endebles naipes de las casitas infantiles, se desmoronan.
Íntegros tejados cruzan las calles, perros y gatos huyen despavoridos, hombres, mujeres y niños son alzados en volandas por el ventarrón y dejados caer sin ningún miramiento. Relación que es tan sólo una muestra de efectos de la tromba, concluida, en apariencia, al detenerse las piedras más alejadas junto a la pequeña parva del arroyo. Renovada súbitamente al quedar una de ellas, y no precisamente la más liviana, sobre el rabo dolorido del perro, cuyo aullido mueve las cañas que habían tornado al reposo y, al moverse de nuevo, agitan al viento motor de las cañas, y así, tiempo y tiempo, hasta que de las paredes no queda piedra sobre piedra ni adobe sobre adobe, y nada hiere al dolorido rabo y todo se calma.
Sosegado el entorno abandonaba el sueño, como si el sosiego no fuera de mi interés o me escociera la conciencia, arrepentida de la época en que yo era un niño travieso y, sin querer, ofendía. Por esta razón, tratando de mejorar mi ánimo, me alejaba hacia otro sueño que llamo

Sueño de la ermita de los desesperados
esa iglesia de espadaña erguida, edificada hace cientos de años por piadosas gentes que, en añadidura, plantaron los árboles del Rabanillo, cuya fronda cortábamos los chavales, ramas verdes de hojas nuevas, transformando las de grosor adecuado en chiflitos. Dábamos valor al sobrante doblando arcos de enramada en las calles recorridas por el Santísimo, interior sagrado de la Custodia de plata, el día del Corpus; y por el señor Obispo, repartidor de sopapos llegado el momento de la Confirmación.
Chopos y ermita eran testigos, la tarde de los jueves, del sorteo abastecedor de chavales a dos bandos opuestos, moros y cristianos, dirigidos por don Roque, el maestro bueno que venía de Monzón en bicicleta. La tarde gozne de la semana olvidábamos la enciclopedia y el paramijo, para convertirnos en héroes de aventuras simuladas. Descendíamos por el interior de la chimenea negra y roja al horno de la tejera romana, fuego extinto hace veinte siglos, atacándonos con toscos palos a modo de espadas y lanzas. Disputábamos luego el resumido campanario, y los valientes que allí se encaramaban sustituían el culto de los vencidos por el de los vencedores.
Santuario ceñido a las novenas encargadas por cofradías devotas de la Madre de Dios y de su hijo el Cristo Crucificado; destinado, por razón de proximidad con el Camposanto, a las misas de difuntos, repetidas hasta conseguir la eterna salvación del encausado. Solemnidades celebradas frente al altar mayor, consagrado a la Virgen del Consuelo, refugio final de los desahuciados por el médico del pueblo y los especialistas de la capital. Rodean su efigie múltiples ofrendas de apariencia inquietante, que, en mi mente nocturna, en mi sueño agitado, llenan la estancia y pueblan la cama.
Cuelgan los exvotos del techo del altar, cubren las paredes, abarrotan la bóveda sobre la imagen venerada de la Virgen. Son cabezas, piernas, brazos, niños enteros semejando muñecos infantiles de figura patética, que en la pesadilla invaden el dormitorio y se alzan hasta donde yo estoy, asiéndose con fuerza a mis manos, a mis pies, a mis cabellos; hasta que la Virgen del Consuelo, inspiradora de fe tan desmedida, los aparta y me arropa restableciendo la calma.
Son ofrendas hijas de ese crédito inextinguible que mueve montañas, alegóricas donaciones como la muñeca de madera colgada más alta que ninguna, correspondiente al cuerpecito de la niña que, en un descuido de su madre, mientras enroja la trébede de la estufa, prende sus ropas en la más violenta llamarada, cambiante, esquiva, devastadora, amarilla, rojiza; ardiendo como una antorcha, víctima inocente en holocausto inútil. Crepúsculo escarlata cuyo significado los médicos no saben descifrar, dadas las confusas explicaciones de la angustiada madre quien, teniendo siete hijos más, quiere viva a la infanta y entra en las llamas como si fueran las aguas de la acequia. Sale al instante, forzada por el vulturno insoportable, para contar que el encargado de los trueques no admite el cambio de su vida por la de la hijita, inmolada sin objeto en el ara ardiente.
Exvoto como aquel pedazo de madera labrado a mano usando un cuchillo doméstico, representación fiel de un torso masculino armónico y vigoroso, esculpido y donado a la ermita por una moza a la que, de pronto, poseyó una manía incurable tras ser durante veinte años sensata y reflexiva. Conmovedora historia recreada por mi mente, inquieta de suyo, en el

Sueño de la muchacha que va con frecuencia al río
en busca del mozo, actor en el papel de novio en el teatro de la vida, quien en un momento muy apurado decidió iniciar la estirpe de pobladores de las aguas. Creyó de buena fe el joven que las profundas simas arañadas por los remolinos, guardaban la llave del equívoco y podían demostrar mejor que él su inocencia. Pensó que el líquido fluido disolvería la calumnia como si se tratara de los dulces terrones traídos de la azucarera, al reemplazarle el compañero del siguiente turno y salir corriendo, corriendo, impulsado por el deseo irrefrenable de ver a la novia.
La moza toma cada tarde el camino de Husillos y baja la cuesta con un sentimiento cambiante, movedizo entre la esperanza y el abatimiento. Arrepentida del crédito dado a las hablillas que lo dibujaron amando a otra, pesarosa de la momentánea duda que la hizo mostrarse hosca con la sangre de sus venas y el aire de sus pulmones, camina como si no existieran más galanes, como si la vida se fuera apagando en cada vela consumida ante el altar de la Virgen del Consuelo, como si creyera ajada y pálida la tersa y rosada piel y la edad se manifestara gris en sus cabellos dorados. Llega a la orilla, busca en la corriente agitada y no ve con claridad el amor que la estimula; no se muestra con total nitidez, pero en ocasiones, el torpe torbellino semeja un rostro, un cuerpo hundido en las revueltas aguas que arrastran tierra de torrenteras desnudas y estériles.
De vez en cuando se bosqueja el semblante sereno y el talle joven que, atraídos por el profundo silencio de los misterios oscuros, navegan río adentro hasta el centro de la tierra. Se evapora en el núcleo el jugo de las nubes cuando toca el fuego volcánico, y sube lentamente formando burbujas, violentos borbotones simuladores de un rostro identificado por la confianza intacta de la moza, y regresa de nuevo a la corriente para atrapar al prometido, licuado en el agua con el único y exclusivo fin de ser buscado por ella mil veces y otras mil más. Plena de firmeza, arrastrando su fe y su pasión desesperadas, pregunta la moza a los barbos, y sabe por ese conducto que su amor bracea eternamente entre dos aguas, una cálida y otra fría. Corrientes opuestas que no se mezclan jamás, porque si lo hicieran, los cuerpos de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, infantes y doncellas, ahogados desde que el mundo es mundo, saldrían a flote y los que buscan perderían la expectativa.
Angustiado yo por el temor a estar cumpliendo un sino inevitable, abría los ojos a la realidad y me agitaba durante minutos que se me hacían horas, hasta soñar con la vieja que me causaba un desasosiego distinto a todos los sentidos en mi niñez, mezcla de temor y lástima, añosa desdichada habitante del

Sueño de la anciana que comía hierbas del campo
invasor de mi mente cada vez que llenaba el estómago más de la cuenta. Acostado en la casa solariega del barrio del Arrabal, frente al arco, escuchaba el tictac del reloj de pared, monótono e incansable, siguiendo con los ojos cerrados el vaivén del péndulo, hasta caer lentamente en un sopor que, progresando imperceptiblemente, anulaba los sentidos. La oscuridad envolvente y la digestión pesada intrigaban para forzarme a imaginar las andanzas zigzagueantes de la andrajosa del sueño.
Vive sola en una casuca de las afueras, y aparece nubosa su faz arrugada, manzana marchita de áspera piel, pasada la época de esplendor vegetal, cuando el bocado se llena de jugo y produce placer a los dientes, a las encías, al olfato, a la mirada. Vieja renegrida lanzadora de venganzas envueltas en fórmulas mágicas que, por fortuna, no surten efecto inmediato. Sabe conjuros que abren los sedimentos prietos del misterio y, cuando habla sola, no hay tal; conversa con interlocutores invisibles. Existen testigos confesos que aseguran haberla oído en horrendos coloquios con pájaros negruzcos, que la responden profiriendo graznidos terribles o con lobos de ígneos ojos y aires esquivos que aúllan incomprensibles discursos.
No tuvo amores de joven y mayor acumula odios y desconfianzas, amargura y recelo visibles en el brillo apagado de los ojos, dormitorio de su enigma. Esquivada por los vecinos que ella misma trata de evitar, camina por las orillas de la vida en común para alimentarse de gallinas enfermas que le caen al paso, aves de corral sin prendeduras de macho para prolongar la casta, víctimas de la difteria y la peste que los perros respetan y ella descuartiza con sus manos huesudas. Otros días devora, como inficionada alternativa, cadáveres recientes de conejos de ojos hinchados, globos glaucos, esferas viscosas a punto de estallar, que tratan de salir de las cuencas, de escapar de sus órbitas para irse a circunvalaciones lejanas donde la epidemia que los mata sea ignorada, evitando así un triste final al borde del camino de Valdespina, junto a los molederos de más allá de las bodegas. Lugar exacto en que ella, decrépita y repudiada, en defecto de la carne que las enfermedades le entregan, busca para comerlas, barbajas que limpia de tierra e insectos con enérgicas sacudidas impropias de su edad, rociándolas con aceite de lubricar charnelas, contadas gotas de bálsamo verde y amarillo. Sustento vegetal, manjar de menesterosa cuando los vientos frescos y saludables alejan la peste que abate a los animales domésticos: gallinas cluecas, pollas ponedoras y lucidos conejos.
Me inquieta el sueño cuando me imagino llevando a la anciana la ración de matanza en una cesta de mimbre y en un puchero de barro el chichurro. Para llegar a su casucha debo seguir un sendero tenebroso que cruza el monte, adentrándome en las Covalañas repletas de salteadores armados con pistolones antiguos. Quédanse los bandidos la mitad de las viandas, y la vieja agradece la otra mitad con una sonrisa mal dibujada debido a la falta de costumbre. Regreso con el regalo de la piel de un cordero devorador de mielgas que la anciana, a quien el destino mostró siempre el envés, supo desollar sirviéndose de sus manos descarnadas como garfios. Lanudo pellejo que hace de alfombra tendido a los pies del lecho.
Un ruido de carros me pone en guardia, desvelándome, hasta que sumido yo en un letargo desparramado y tierno navego en círculo por la vasta noche, sorteando escollos de un mar aventado en exceso. Desde las profundidades abisales llego a desiertos interminables sembrados de gélidos diamantes y esmeraldas de un verde codiciado. En los espacios infinitos situados al otro lado de las estrellas, lo Imposible y lo Inexistente se deslizan francos vistiendo sendas capas de armiño impoluto, para conversar con quien Soy y quien No Soy fundidos en una sola pieza. Del candoroso manantial de mi mente brota lo diverso en sus formas más dispersas y alejadas, líquido que mi legitimidad bebe hasta ahogar su sed de figuraciones, dando rienda suelta a la pluralidad nocturna que torna el día monótono y hueco. Temeroso del alba, aguerrido y esforzado, me abrazo a los instantes seguidores del albur caprichoso; luchando a muerte en defensa de una entelequia que, aún hoy, no acierto a abarcar. Y continúo soñando hasta que me extravío en algún sueño, confundiendo los puntos cardinales durante el resto de la noche.
Cansado de tanto trajín imaginario acababa despertándome y me levantaba a las mil, cuando entraba el sol a raudales por las rendijas de la ventana, golpeándome insistentemente en los ojos y forzándome a abrirlos. Mi primo Santiago había desayunado sopas hervidas en cazuela de barro, rebañando la tosta que tanto le gustaba. La realidad se hacía un hueco sumándose al bando enemigo, y aprovechaba mi débil posición para obligarme a poner la vista sobre su espalda polvorienta y su caminar rectilíneo. Inmisericorde y tozuda se empeñaba en hacerme seguir los surcos marcados, ajena a otras posibilidades abiertas que yo veía y ella simulaba no percibir, con afán de alejarme definitivamente de mis sueños deseados y temidos, dando fin al verano y situándome, de pronto, en el día del regreso, con la compañía grata de Honorio, Vicente y José, al internado de los frailes del babero donde ella, la realidad invariable, era señora.
Animaba mi padre a la mula Francesa con interjecciones que sólo los dos entendían, y yo, recostado en el colchón, iba dejando con aflicción el viejo casón de La Hermandad, el corral de Baldomero, la Casa Grande donde nací, la Iglesia en la que fui monaguillo con don Jesús el bueno y el recio Castillo de mis juegos más audaces, para iniciar la vista del encuentro de San Bernardo y Colón, calles que al unirse, placas tectónicas, elevaban amenazadoras la torre del Colegio y el pabellón alto del dormitorio común. Incluso cabizbajo como iba, percibía detalles cada vez más nítidos, apoyada la cabeza en las manos y los codos en las rodillas, hablando tristes palabras con mi primo Santiago que, en su despedida, me acompañaba hasta el Altillo.

 

M.-El vasto casino del noventa y ocho

Ignoro sus conocimientos en lo tocante a los casinos de socios. Por si resultara que desconocen asunto tan complejo, les expondré en cuatro palabras mi definición. No será ortodoxa, pero tiene la virtud de ajustarse a la realidad. Son centros acogedores, dotados de salas destinadas al solaz de sus socios, quienes, en su interior, charlan, leen o practican juegos de mesa alejados de los ajetreos personales. Los casinos más cabales tienen algo de círculo exclusivo, un poco de ateneo y algo de sociedades inglesas. Son selectivos: prosapia y nobleza cuentan en el plácet otorgado a los aspirantes; dando a la nobleza un contenido amplio, pues admite el saber, aunque no vaya acompañado de dinero y rechaza el dinero si es de acumulación reciente y camina solo. No pueden ser socios las mujeres; disposición sexista que tranquiliza a las esposas.
Entre los asiduos habrá un erudito admirado por la mayoría, capaz de poner de actualidad los temas que aborda por mor de su fama de entendido. Le suelen acompañar varios estrategas, negados para dar salida concluyente a los problemas más apremiantes. En ocasiones se les une un tarambana, cautivador y de fácil palabra, dilapidador de fortunas que le llegan desde diversas ramas familiares. Categoría, ésta última, en la que cabe encuadrar a don Segismundo, de quien hablaré adelante.
Socios hay que no destacan a diario; y otros que solo asisten a las juntas generales, sin más pretensión que figurar en nómina tan prestigiosa y poder anunciar esa particularidad. Fauna heterogénea dentro de la similitud de casta, que contribuye, de uno u otro modo, a que tengan lugar las tertulias, verdadero motor de la opinión pública. Debo advertirles, con el solo objeto de que puedan usarlo en detrimento de la credibilidad inspirada por mis palabras, que yo soy el conserje de uno de tales casinos, concretamente del que corresponde a la clase preeminente de nuestra ciudad. Existe una réplica de tamaño reducido, un remedo conocido como el “Mercantil”, evitando por comodidad la palabra Círculo, que algunos comerciantes y oficinistas intentan dar apariencia de elegante sin resultado. En él admiten el dinero, aunque no tenga compañía, siempre que vaya limpio de irregularidades. Si bien es verdad que en esto del aseo son poco exigentes y en la prueba de admisión no participan más allá de dos o tres de los cinco sentidos. Llega a parecer suficiente que se disimule la suciedad o que no desprenda olores irritantes.
La nueva institución, también así se nombra, en contraposición evidente con la nuestra, arraigada en lo inmemorial; la nueva, digo, ocupa la planta alta de un viejo edificio situado en una plazuela recoleta con cierto encanto. Una iglesiuca de ladrillo contribuye al trasiego de beatas y clérigos ante su puerta, tres bancos de madera y cuatro acacias dan sosiego a quién lo busca y dos abarrotes facilitan el avituallamiento del vecindario. No faltan en la plaza desocupados que pierdan el tiempo a manos llenas, ni pardales que picoteen migajas o vuelen a la copa de los árboles en cuanto alguien se aproxima. Queda claro que no es el palacete de tres plantas y patio interior ocupado por el Casino, piedra antigua y escudo nobiliario en la fachada, alzado en el paseo de la Acera frente al Campo Grande.
Conozco al conserje que encauza el Mercantil. Una buena persona; de pocas luces, pero trabajador y serio. Sé de buena tinta que llevaba una participación del número 34.341, en el sorteo de la lotería y le ha tocado un buen pellizco. Lo anunció don Aldibundo Peña, el empresario de toros, socio del Casino y dueño de la administración de la calle Santiago. Se da la trasmigración entre ambas sociedades, mas solo en un sentido: basta que el solicitante haya pertenecido al Círculo para que la puerta del Casino se cierre a sus pasos; y es suficiente para entrar en el Mercantil la condición de antiguo miembro de nuestra sociedad.
Mi tarea es muy sencilla, me encargo de todo. Tengo un asistente y hasta de él me ocupo. Llego al lugar a eso de las once, y en la puerta esperan Jacinto y Encarna: el joven a quien trato de enseñar un oficio de provecho y la señora que limpia la institución. Debo añadir, modestamente, que desempeño las funciones de secretario desde hace dos años cumplidos; veinticinco meses y siete días para ser exacto. Quien ostentaba el título renunció al cargo para defender las colonias. Un idealista, un quijote era según dicen, pues no llegué a conocerlo a fondo; él circunspecto y yo escudado tras el cristal de recepción. Llevado por el entusiasmo ocupé su escritorio en cuanto me fue posible; y en calidad de ordenanza se contrató a un aprendiz, un mozalbete algo tímido que separé de una veintena de aspirantes. Le di aviso para que se presentara al examen, ensayando juntos las diversas pruebas hasta alcanzar un riguroso dominio. Recibió mi apoyo por ser sobrino de mi mujer, pues tras pasar tres años preparando unas oposiciones al Ayuntamiento se rebeló incapaz de sacarlas. Pese al parentesco, en el Casino, de común acuerdo, somos extraños. Debía establecerse en el cuarto de vigilancia que yo dejaba vacante, y ayudarme en lo relativo a la teneduría de libros con escritura caligráfica, pues sabe de oficina.
Perdonen la incisión, pero a partir de este acontecimiento creció en trascendencia mi cometido. En el despacho asigno las tareas al personal y estudio el correo: cartas y periódicos que deben ser valorados para actuar según corresponda. Sobre la mesa de nogal del señor presidente dispongo las cartas abiertas, clasificadas en orden de importancia según mi capacidad de informado. A su lado coloco las contestaciones, una lista de posibilidades que son sugerencias de quien domina el oficio. Abastecer la sala de juntas, cuando la sesión está próxima, merece mis cuidados directos. Sitúo, bien visibles, un atril de lectura y un viejo encerado. Sobre los pupitres de la biblioteca y en el salón de lectura, distribuyo diarios y revistas en los que las noticias de interés aparecen remarcadas. Atiendo en persona a las visitas; desanimando a los que desean afiliarse y no veo adecuados, o rellenando la solicitud de aquellos a quienes reconozco caballeros.
Entre esto y aquello se hace la hora de las primeras llegadas, las seis de la tarde. Don Justo, un coronel retirado, henchido de medallas y descalabrado en tres guerras, me llama Balbino y pone la mano en mi hombro cuando me hace confidencias. Él es uno de los primeros en presentarse. Posee acendrado el espíritu castrense y opinión clara respecto a las campañas de ultramar; no hace distingos entre ellas, lo mismo le da Cuba que Filipinas, perderemos ambas como él perdió el dedo meñique de la mano derecha, asegura muy serio. En Puerto Rico tiene puestas más esperanzas; al igual que el gobierno confía en la autonomía recién iniciada.
Mientras Jacinto se encarga de cerrar el postigo a los intrusos, atiendo a los socios que vienen y los acompaño a su lugar de acomodo. Voy tomando pronta nota de lo que desean beber para pasar el pedido al ambigú, atendido por Ricardo, marido de Encarna; cocinera ella de los guisos sencillos que aquí se consumen. Enraizados en Monzón de Campos, pegando a mi pueblo, forman un matrimonio de acuerdo sobrado. A más de por eso, los coloqué al parecerme solícitos y sumisos. Me quedo luego al tanto de las mesas, de los sillones, de los divanes; oyendo las conversaciones variadas que van creciendo en fuerza. Paseo sin intervenir de no ser requerido y, entonces, como quien no quiere la cosa, voy soltando a modo de palomas las últimas noticias procedentes de los periódicos o de los mentideros. Son los rumores mi fuerte, los que suenan más colmados; aquellos que llegado el momento previsto se hacen noticia. Aprendo mucho en mi puesto, se lo aseguro. He visto y oído en veinte años de dedicación, desde que, con la filosofía acabada abandoné el seminario, las historias de mayor alcance y las más peregrinas. Escribo poemas de tanto en tanto; y relatos breves. Así que algún día no lejano daré gusto a la pluma para contar lo más jugoso de lo que he presenciado.
Mencionar que, en los días corrientes, Navidad de 1.897, España entera sufre por la marcha de las contiendas, puede resultar exagerado; el común de la gente se ha ido adaptando a las desdichas. Por desgracia llueve sobre húmedo, y tales pérdidas, de darse, formarían parte del ocaso de un sol que nos iluminó sin descanso; fin de una serie interminable de quebrantos que en Cuba empezó cuando, en el primer cuarto del siglo XVIII, la rebelión de los vegueros se apoderó de La Habana y expulsó al gobernador Raxa. No obstante, las fuerzas vivas, quienes vigilan de cerca el futuro y los que cavilan, se muestran sinceramente afectados; lo que sirve para abrir una gran controversia en las tertulias. Hablan mucho los oradores, manifiestan con vehemencia su pensar, se lamentan de la situación, pero no suelen ir más lejos.
Lo que cuento en estas líneas amplía la definición que les di de un casino de socios, y no es otra cosa que lo sucedido a diario en uno de los más señoriales. La acción acontece en la ciudad de Valladolid, antiguo asiento de la corte española, en cuya calle de la Verbena habito, casi esquina a Huelgas. Allí tienen ustedes su casa y a mi persona para lo que gusten. Urbe mediana es mi patria adoptiva, una más entre las capitales de provincia si nos atenemos al número de habitantes, pero cargada de historia como la primera. Aquí se comentan, mezclándose, las noticias más dispares: las vicisitudes de las guerras de ultramar y la huelga de los panaderos, el robo a un tendero de sus mercaderías y el incendio prendido en un establo; y cada uno las ordena en su lista particular según la importancia atribuida.
Ocurre que los españoles de finales de este siglo confuso, intelectuales, hombres de armas, clérigos, individuos del pueblo llano; somos de esa manera, críticos pero pasivos. Vemos derrumbarse la casa y nos mantenemos a distancia, a salvo de los efectos desagradables del polvo y los escombros. Los hay que se dicen dispuestos a dar su sangre por la renovación, a favor de un futuro que a la vez sea pasado o a cambio de un porvenir espacioso: regeneracionistas cargados de ideas nada prácticas. Otros, como sabemos, sin abrir la boca se alistan en la defensa de las colonias y luchan por modificar la realidad adversa.
En mis años de servicio son cinco las presidencias que he conocido, congeniando con todos los socios, en particular con los que han pertenecido a la Junta de Gobierno. A las órdenes del presidente actual, el señor don Julio Saelices, liberal, me encuentro muy cómodo y mi posición se refuerza día a día. Es un hombre equilibrado y cabal, un gran estratega que posee la virtud de aproximar sin fuerza los polos positivos de dos imanes. Del anterior, don Rufino Molpeceres, conservador, he de decir que posee un carácter lógico, práctico y escasamente intrigante para ser el hábil político que es. Liberal y conservador, don Julio y don Rufino se apoyan, turnándose en la presidencia al conseguir que los socios voten a uno de los dos, el decidido previamente por ambos. Siguiendo el encargo del que ostente la presidencia, acerco mi opinión a los oídos más interesantes, los pertenecientes a quienes marcan la senda a su grupo de afines.
La tarde de la Noche Buena cerramos. En Valladolid, al contrario de lo que sucede en otras partes, las fiestas son muy familiares; se suspenden las funciones de teatro y en los cafés reducen el servicio a la mínima expresión. La velada se desarrolla en casa, pero con las puertas entornadas; de modo que, unidos los parientes cercanos, ponemos gran alborozo en los cánticos de villancicos y jotas. La cena se inicia a tiempo medido, once y treinta de la noche. De esa manera el pescado se sirve antes de llegar a la frontera de las doce y la carne a continuación, pero ya en el día siguiente que no es vigilia. El día de Pascua un sol radiante iluminó la mañana. Al salir de la iglesia parroquial de Santiago, tanto en la misa de doce como en la de una, el paseo de la Acera se vio muy concurrido. Tarde y noche los teatros se llenaron, llegando a faltar entradas para el Zorrilla. En la Tienda-Asilo se distribuyó una comida extraordinaria a los menesterosos, y las asociaciones benéficas repartieron cuantiosas limosnas. Hasta en los cuarteles hubo mejor rancho.
La Noche Vieja tuvo un discurrir distinto; tomadas las uvas la alegría desbordó las paredes de las casas y salió a las calles, intentando arrinconar las desgracias y propiciar que el año nuevo traiga la paz deseada.
Hoy es dos de enero, inicio laboral del año, y por causa de las festividades se ha acumulado la correspondencia: cartas atrasadas, avisos y diarios llegados en grupo; de modo que he de hacer un esfuerzo largo para ponerme al día. Ojeo la prensa tratando de sumergirme en la actualidad. Descubro en sus páginas noticias que han perdido interés y no serán, como consecuencia, objeto de debate en las veladas. Comienzo por el ejemplar más antiguo de “El Norte de Castilla”, en parte debido a la costumbre y en parte tratando de conocer con detalle el crimen de Villanubla. Ayuno yo de referencias escritas, me veo obligado a seguir una hablilla que va subiendo de tono como la crecida del río. No estoy dispuesto a darla por buena, pues confío tanto en la letra de molde, que si no veo impresa la exposición de los sucesos para mí no han acontecido. Hoy leo el relato del diario con nombres, pelos y señales. Ya puedo considerarlo verdad y estar seguro de que ocurrió arropado de todas sus circunstancias.
La página contigua acoge la descripción del huracán padecido durante la noche del treinta. Cincuenta años han pasado, manifiesta el periodista, desde que se desató una tormenta comparable a la que, hace tan sólo unos días, azotó la ciudad. Las campanas de todas las iglesias, de todas las torres y espadañas, se reunieron como lo habían hecho las nubes, fundiéndose en un abrazo del que resultó una campana inmensa agarrada al techo oscuro de la ciudad. Su sonido estaba formado por los truenos que ensordecían las calles y las casas; cortando las conversaciones, las lecturas, los pensamientos íntimos. Agua y ruido fueron sorprendidos por la luz de los relámpagos clareando la madrugada, mediodía encendido en un cielo abierto a la espuma de las olas y a la sal de las salinas. Chispazos saltaban como posesos negados a la calma, yendo de un horizonte a otro; fuegos de artificio, hogueras de un solo instante apagadas por el diluvio.
Al poco, una colcha fúnebre y un mantel níveo se descubrían en el cielo a intervalos pequeños, desorientando a las aves que saltaban aturdidas de tejado en tejado. Aclaró el cielo nocturno y durante un rato breve el negro fue menos lóbrego; llegó la luna rodeada de un séquito de estrellas llenando una porción de cielo mínima. Fue un momento, una pausa obligada, reposición de fuerzas, planteamiento de nueva táctica dentro de la estrategia guerrera. El viento, que zarandeaba arriba la campana enorme, quiso estar presente en el combate y llevarse un filamento de la gloria que, con certeza, alcanzarían los elementos frente a la ciudad y sobre las personas.
Aliado de aguacero y nublado, un airón recio arrasó tejados, levantó cubiertas, derribó chimeneas, mástiles de banderas ya desgarradas, cobertizos de techado pajizo, tenderetes de feria, chozas de pobreza. Tropa de refresco que viene a demostrar su ardor, su lealtad a la causa, entró por las guardillas de los desvanes, aulló en paneras mediadas de grano, en alcobas donde dormían las esposas asustadas unidas a los esposos tensos, quienes asidos a su propio miedo plantaban cara a las fuerzas libres de la naturaleza. Bajó a la calle el viento y se hizo el amo. Dominó esquinas, levantó aldabillas, giró fallebas, golpeó puertas mal cerradas, deslució faroles mustios, lanzando al espacio sombreros y paraguas abiertos. Abatió cuerpos envueltos en gabanes; y como un ejército bárbaro que asola las costas de los mares, campo de sus correrías, fue acumulando un botín discorde. El viento huracanado, subido a su propio orgullo, iba elaborando con el producto de la rapiña un ovillo que rodaba calles abajo y calles arriba, hasta que, en un reloj milagrosamente intacto, abrazado a una torre prodigiosamente entera, sonaron las tres de la madrugada.
Tan irreal lo vi que no daba crédito a mis ojos; es natural, los sé acostumbrados a engañarme en cuanto se presenta la menor oportunidad, y desconfiaba. Aunque ahora, leyéndolo en el periódico, prosa en lugar de poesía cualquier duda se disipa. El número de chimeneas arrancadas -escribe el periodista- de persianas deshechas, cristales rotos y otras averías análogas, es incalculable. El arbolado ha sufrido un gran deterioro en los jardines de El Campo Grande y en otros paseos: ramas desgajadas, tallos tronchados, raíces descuajadas. El servicio telefónico se vio interrumpido debido a la rotura de los hilos que produjo el abatimiento de los postes; el telégrafo sufrió retrasos y tardó en reponer las comunicaciones. Volcó el viento algunas casetas de los consumeros y suspendieron la circulación del tranvía. Era ya bien entrada la mañana, cuando el barómetro comenzó a detectar el aumento de la presión deprimida.
No por anunciado con antelación el suceso deja de hacer mella o resultar indiferente; incluso convencido de su precariedad, la paz alcanzada en Filipinas me procura alegría. Cualquier español sentirá, creo yo, como dice el periódico, verdadero y hondo regocijo. Hombres y dinero sin cuento nos cuesta esta ofensiva en tierra tan remota. Está echada la suerte sobre el archipiélago como sucede en las provincias americanas. Afirmado el honor de nuestro ejército por las victorias en innumerables revueltas de los insurgentes; embarcados hacia Hong-Kong los hermanos Aguinaldo, Llanera y otros cabecillas principales y firmada una paz honrosa en Biac-na-bató, sólo queda negociar la independencia.
Si conociera mis pensamientos don Justo, al que yo digo, porque sé que le gusta, mi coronel; me llamaría derrotista, acusándome de ser uno de tantos responsables de la pérdida de las provincias de ultramar. Engolado, diría así: “Se perderán, sin duda, como se perdió mi dedo meñique; y hay que buscar la razón en los malos patriotas, en las asociaciones masónicas, en los liberales vendepatrias y en los militares sin arrojo que capitulan para salvar la vida sin importarles un ápice la unidad nacional y el honor de un ejército heredero de tan gloriosas hazañas”. El revuelo derivado de los telegramas publicados en la Gaceta, ha sido extraordinario. La figura del artífice de la pacificación, el General Primo de Rivera, está siendo ensalzada mucho más allá de sus merecimientos. Y no es que tenga yo nada contra el militar de Estella, pero la solución de las armas se me antoja ficticia y efímera, pues las revueltas aplastadas generan un odio que se traduce en sublevaciones nuevas, más solapadas y sanguinarias que las anteriores. Dícese que allá sólo queda de la insurgencia habida algunas partidas de tulisanes bandidos; ignoran que el pueblo habrá tomado conciencia de la situación colonial, llevando en su ánimo, germinada, la semilla de la independencia esparcida por Rizal y Pinar. Cuántos ejemplos dimos nosotros de ello a lo largo de la historia, cuántas veces sacudimos el yugo opresor, para que ahora, descabalgados nosotros de la eterna rebeldía, no entendamos a los rebeldes.
Secundaría mi postura don Juan, el socio que llegó a ser edil de los liberales y se enfrenta de palabra a don Justo casi a diario; suelen persuadirme sus razonamientos, y con frecuencia los tomo prestados. Nos unen nexos de fuste ignorados por la gente. Procedemos ambos de una misma comarca palentina. Él, de Amusco, donde su abuelo, descendiente de vizcaínos y cántabros, representaba a una casa de maquinaria agrícola establecida en Rioseco. Yo, del Priorato de Santa Cruz de la Zarza, en el término municipal de Ribas de Campos. Aún tiene parientes en el pueblo de origen, y los visita con ocasión de las fiestas patronales; así que la tierra nos une.
Vine al mundo en una casita baja unida al molino, a unos pasos del convento de Canónigos Premostratenses. Ajeno al mérito de fábrica y adornos, en su bella iglesia fui bautizado; y siendo mi madre la encargada de proveer de óleo la lámpara del altar y de limpiar el recinto, pasé largos ratos bajo la mirada protectora de las efigies sacras. “Crecido en esas condiciones”, me embroma don Juan, “sólo un milagro podía salvarte de la ordenación religiosa, y no se dio”.
Él mismo me colocó en el Casino. Pasaba en Amusco el día de San Pedro, y se acercó a Santa Cruz acompañado de unos amigos versados en arte románico. Mi madre debió de expresarle su disgusto porque abandonaba yo el seminario perdiendo en la huida oficio y beneficio. Puede que se compadeciera de la buena mujer o que me hallara espabilado, el caso es que prometió encargarse de mi futuro si accedía a acompañarle a Valladolid dos días después. Coincidió que la Institución de la Acera de Recoletos, de la que era socio destacado, precisaba un joven de mi hechura y saber; y hasta ahora. También di clases particulares de latín a sus chavales y a unos sobrinos de la esposa que lo precisaban; y como decliné la compensación económica, me regaló un traje a medida cortado en el elegante bazar “El Águila” de la calle Santiago.
Basándome menos en tales coincidencias que en su liberalismo, imagino a don Juan secundando mi postura, la que recomienda cejar en el empeño de mantener las Islas Filipinas bajo nuestra férula, cerrando las heridas abiertas y la guerra en curso. Pasan de catorce mil los enemigos que han depuesto las armas, pero ellos mismos y los que admiran su ejemplo volverán a intentarlo en condiciones más prósperas. Dícese, también, que al general victorioso nacido en Estella le espera una alta recompensa oficial, y que los vítores al ejército salen espontáneos de todas las gargantas. La reina despachaba variados asuntos de su competencia en la cámara privada, cuando recibió la esperada noticia con vivo entusiasmo.
Sin deseo manifiesto vuelve mi atención hacia la noticia del crimen sucedido en Villanubla. La letra impresa es un imán para mi búsqueda de explicaciones. Resalta del texto un nombre: Felicitas. La describe como una joven agraciada en exceso, dueña de un rostro pintado mil veces por los artistas. El pelo endrino enmarca unos ojos que son manantiales profundos donde los mozos se precipitan sedientos, buscando el agua fresca de la que una sola gota los calma. Tiene Felicitas una perfección de trazos imposible de explicar. Cuando se incorpora del sillón de costura, se mueve el aire con ella agitando aromas del campo: romero, espliego e hinojo. En su cabeza despierta bullen cien proyectos. Se imagina esposa llevando a Tadeo en el surco las mejores tajadas de las ollas de lomo y chorizo; se piensa cosiendo a la puerta los pantalones gastados del hombre, transformando en hogar la cabaña, cuidando conejos y gallinas que ayuden al sustento, creciendo a los hijos con ejemplo y caricias. Y tiene lo que hay que tener para ser una mujer de las que hacen la felicidad de una casa: es honesta y discreta, hacendosa, limpia y ahorradora.
Qué suerte la de Tadeo, que no siendo nada le ha correspondido en el reparto de amores tal hembra. Bracero del campo, su par de mulas sale el primero a las tierras y vuelve cuando las estrellas rodean la Luna. Es quien ara más recto y profundo, el que sube a la panera más sacos de trigo; no entra en pendencia sin haber agotado las palabras y nunca golpea a quien yace en el suelo. Carece de cantero donde sembrar unos ajos, y la casucha que habitarán cuando se case con Felicitas, le ha sido proporcionada por un pariente que se acogió a la Tienda-Asilo. Cuando el amo rico le ceda en renta algunas de las tierras que labra, y sea tan labrador como otros, podrá ahorrar bastantes duros para comprar las fanegas de cultivo que se tercien.
Felicitas vive en el pueblo con los padres y su hermano, un trasunto de ella en buen mozo. La joven es sirvienta en casa de don Félix, el médico; allí come y duerme y, vistiéndose con poco, ahorra el jornal íntegro para hacerse un ajuar a su gusto.
Ramón ha visto crecer a Felicitas, con avidez le ha seguido el paso de chiquilla a muchacha y no quiere mal a Tadeo. Sueña con la chica dos veces cada noche, y la obsesión está llegando más allá de sus fuerzas. Si pudiera partiría en dos al mundo, lo cortaría por el ecuador con su navaja cabritera, poniendo en su mitad a Felicitas y a Tadeo en la otra. De ese modo la tendría a su lado sin barreras, podría admirar día y noche su rostro de diosa, recibiría el agua y el aire de esos labios perfectos: rocío sobre gajos de mandarina jugosa, sangrante coral. Podría con su posición pretender a cualquier otra, pero ha de ser Felicitas, se dice a sí mismo, o quedará soltero.
En la sección de noticias breves, el diario destaca que en la calle de Santiago fueron decomisados dieciocho pellejos de aceite de oliva. Al parecer, entró la mercancía de manera fraudulenta por uno de los portillos de la capital.
Desde Palencia cuentan que un incendio de pequeñas proporciones, prendido de manera casual por las ascuas de un brasero, ha destruido la estación de Cabañas, pueblo que se encuentra en la línea férrea que va a Santander.
Ha regresado a París la famosa bailarina Cleo de Merode, tras una estancia de cuatro meses en la ciudad de Nueva York donde no ha tenido un momento de descanso. Cuenta y no acaba de la sencillez de los americanos, de su admiración por la cultura europea. Viene encantada y es comprensible su encanto, pues trae una cantidad de dinero equivalente a veinticinco mil duros, cosechados por medio de un bien surtido repertorio de piruetas, del que destaca su famoso petit pas. Ha reunido la agraciada artista, a mayores, una cantidad considerable de alhajas, regalo de sus devotos.
Desde la América lejana llegan novedades de la actuación de los políticos yankées. Propalan insidias y noticias falsas buscando la caída de un árbol que talan a ocultas con serruchos de podar jardines. Existe un tal míster Sherman, vecino honorable, que da un buen hachazo al tronco. Va pidiendo a los ciudadanos alimentos cuantiosos, vacuna contra el hambre que, asegura el buen señor, mata lentamente a los escuálidos cubanos de la manigua. Olvida que luchan con tanto brío los supuestos desnutridos, que ponen en jaque a nuestras fuerzas cada tres por dos. Otro compatriota suyo propone en el senado de su Georgia natal, que todos los presidiarios de ese estado sean enviados a Cuba con aspiraciones de refuerzo a la insurrección, confiándolos a la disciplina insumisa del general Máximo Gómez y de don Quintín Banderas. No es de extrañar que oportunistas de segunda línea organicen festejos a nuestra costa, si su presidente, don Guillermo Mc Kinley, presionado por la campaña de William Randolph Hearst a favor de la guerra entre las dos naciones, en el mensaje dirigido a las Cámaras lanza diatribas y durísimos cargos al rostro curtido del general Weiler, marqués de Tenerife. Descalifica la política española puesta en práctica por el militar, tachándola de inhumana. La prensa comenta que la actitud solapada de Mc Kinley obedece a una campaña mucho más temible de lo que parece. Califica de brutal la guerra desarrollada en Cuba por Valeriano Weyler, y de cruel al régimen de concentración iniciado en la isla por el general. Eso no es todo, se jacta de que la subida al poder de los liberales españoles obedeció a indicaciones del Gobierno de Washington.
El domingo pasado hubo baile en Villanubla y, a lo que se oye, sonado. En este ejemplar el periódico sigue con el relato del suceso que conmueve a la gente, ya que ha optado por las entregas sucesivas debido al mucho espacio que ocupa. Incluida en las fiestas de la Navidad, se celebró el domingo una grata velada de baile. Ramón, garduña que amenaza el corral ajeno pretendiendo el trono ya conquistado por otro, se jugó el día anterior su felicidad a una sola respuesta. De las dos posibles, el sí contaba con la mitad de oportunidades dejando al no el resto, o eso creía. Pidió a Felicitas que le acompañara, asida de su brazo, a la danza. Pronto se demostró que las ciencias no cuentan cuando dicta el corazón. Siendo Tadeo el novio y ella una mujer de principios, habiéndose dado palabra de compromiso ante el altar de San Antonio, ambos se consideraban casados. En vano juró Ramón que la amaba por encima de todas las cosas, sobre todas las personas; en vano puso en juego toda su valía, las tierras llanas que dan tanto trigo, la casa solariega, los pares de mulas; en vano apeló al sentimiento y la pena, prometiendo que se mataría si lo rechazaba. Felicitas no se movió ni un centímetro de su no razonado, y siguiendo el camino emprendido, roto por dentro su ánimo, hecha un mar de lágrimas se acostó antes de la cena pretextando algún mal pasajero.
El citado domingo apareció nublado, una niebla persistente se asió al suelo hasta bien entrada la mañana. La misa pequeña se anunció casi sin repiques. En la misa mayor, por el contrario, voltearon las campanas y los bancos del ayuntamiento se vieron completos de concejales. Se jugó a la tanguilla y a las tabas, se tomó el vermouth con aceituna y anchoa y se comió mejor que otros días; hasta turrón hubo en los postres y una copita de mistela.
Después del café y la partida de cartas, más allá de la merienda en las bodegas, el pueblo se abrió a las idas y venidas de chicas y chicos, juntando parejas de novios o cuadrillas de amigos. Los compases iniciales de la orquesta se escapaban del salón e iban por las calles reclutando bailarines y espectadores.
Tadeo y Felicitas llegaron a su debido tiempo, pues hubo de esperar el mozo a que la moza dejara todo ordenado. Acompañado de los mozos viejos, Ramón se dejó caer muy próximo al descanso. Los de la cuadrilla venían de la bodega algo achispados, sin dar importancia al asunto de las novias, principal para otros. Ya en la segunda parte, Tadeo y Felicitas encararon todos los bailables con la dedicación de quien está ajeno a la tragedia que se acerca; él por ignorante de causas y ella por ver que el tiempo transcurre y nada sucede. Sentado en un banco con los otros, Ramón llevaba de cuando en cuando la mirada perdida hacia la pareja. La orquesta atacaba los ritmos de buenas maneras, como si fueran músicos de la capital, mezclando los sones con cierta maestría.
A una hora del término, los amigos solos de Tadeo quisieron arrastrarlo al ambigú para tomar un vaso, pues desde que se echó novia apenas se veían. No aceptaban las firmes negativas de él a ir sin Felicitas al ambigú o a la gloria, pero ellos eran más y ganaron. Al fin cedió a la costumbre y la novia quedó con las amigas que aún no tenían pareja. Proseguía la música ajena a estos manejos, cuando Ramón tuvo suficiente atrevimiento para acercarse. Le pidió baile con juramento de que luego se iría dejándola en paz por los siglos. Vio en el pedido Felicitas la ocasión de zanjar el problema y aceptó complacida en el trato. Fue un pasodoble corrido y el mozo la llevó en volandas a lo largo y a lo ancho de la sala, para que todos vieran que era capaz de conseguir a la moza si se lo proponía. Cumplió la primera parte de lo dicho, cruzándose con el novio que regresaba a su puesto. A eso de la media noche llegó el turno de la conga y la raspa, y tras ellas el silencio de los instrumentos dejó la tarima del salón sin pisadas. Así acaba la entrega de ese día en El Norte de Castilla y yo, secretario del Casino, quedo intrigado a pesar de conocer la continuación de la historia.
Se ha publicado nuevo artículo del señor Pi y Margall, en el que trata muy extensamente la cuestión cubana. Su opinión respecto a la autonomía se opone a lo que espera el Gobierno y casi todo el país. Cree el señor Pi, que es imposible alcanzar la paz en la gran Antilla por medio del nuevo régimen autonómico. Asegura que pronto nos convenceremos de lo inútil del esfuerzo hecho por el pueblo español, tratando de conservar aquella amada parte de España. Con el fin de evitar grandes males y la ruina de la metrópoli, Pi y Margall aboga por que se negocie la independencia cubana con los propios insurrectos que hoy nos combaten, quienes incendian los ingenios y las plantaciones. De este modo -está persuadido el autor del artículo- se obtendrán resultados beneficiosos y no llegaremos al extremo de abandonar la isla vencidos por falta de recursos de guerra. La negociación estribaría en conceder la independencia a los cubanos a cambio de que nos otorgaran mayores ventajas comerciales que a ningún otro país, y se obligasen, de un modo solemne, a pagar la deuda contraída por España bajo la garantía de la isla. El artículo ha sido objeto de numerosos comentarios y protestas, pues casi todo el país asegura que la paz vendrá de la autonomía, al igual que en Puerto Rico. Hay un punto que hace inaceptable el resto de no serlo por sí: el de pactar las condiciones con los adversarios. Probablemente sea pan de cada día en política, pero el pueblo llano no puede entenderlo.
No sé si se harán ustedes una idea exacta de mi pesar, temiendo que, a la noticia, debido a sucesos más recientes, no se le preste la atención debida en la tertulia de esta tarde. Procede mi sentimiento de las posibilidades retóricas que atribuyo al trabajo del señor Pi y Margall y a su mucha valía. Es, según creo, lo más sensato de lo dicho sobre tal asunto y durará un tiempo la polvareda levantada. Pero en el día de hoy, ya metidos dentro de 1.898, puede haber sido ganado en interés por algún hecho o dicho de Valeriano Weyler, Ramón Blanco, Sagasta o Martínez Campos, por ejemplo.
Deseo ver a don Juan frente a don Justo, ambos encabezando su sección, rodeados de los otros al modo del tiro de la soga, como en las peleas de gallos de ultramar. No habrá apuestas porque son señores, no habrá jaleos de ánimo a las partes, aunque no será por falta de ganas. Oigo lo que don Juan diría, de darle ocasión; y lo que respondería don Justo; enfrentados en lo dialéctico hasta no hallar ningún punto de compromiso. Situados, sin embargo, a un palmo de distancia el uno del otro en el aspecto humano.
-Una y otra vez hemos alzado los puños amenazadores liberando la soberanía que nos era arrebatada. Buscando los cuerpos invasores cortaron el aire nuestros cuchillos, los viejos trabucos nos reventaron en las manos tratando de rechazar a los asaltantes de nuestro territorio. Contra Roma luchamos en los valles y en las montañas, enfrentados al islam libramos la más dilatada pendencia que recuerdan los siglos, dispararon nuestros cañones a los soldados franceses. Formamos parte de un país guerrero de la libertad, un país en permanente custodia del albedrío, y entendemos que en la eventualidad de las tierras descubiertas libramos una batalla por la independencia propia. Esquina o ribazo, en cuanto observamos el más leve indicio de que intentan someternos, salta un resorte interior de nuestro pueblo y reacciona como mordido por el áspid. Sin embargo, no aceptamos la misma conducta de quienes hemos colocado bajo nuestro dominio. Estamos convencidos de que la independencia es una sola y acotada, y de entregar la que les corresponde, en la misma medida perdemos la nuestra. Y no es cierto. Como la llama es la libertad, como el fuego es la independencia de los pueblos; no sólo no disminuye si encendemos otros, sino que aumenta el resplandor de la hoguera resultante y, todas juntas, se protegen de los enemigos.
No les falta a los partidarios de don Juan nada más que aplaudir su diserto. Se ve en los ojos encendidos por la emoción que están orgullosos de su jefe de filas. Pero dura un momento, porque inmediatamente quedan a la espera de respuesta adecuada de don Justo, que no tarda en llegar.
-Así es, cada día dependemos más de la opinión internacional, de lo que diga de nosotros el concierto de naciones que observa de continuo nuestro comportamiento. Los periódicos nos advierten a la mínima salida de tono: ¡cuidado, que nos miran! En el fondo, dicen: no estropeemos ahora tantos siglos de gloria, no manchemos por una simpleza nuestra brillante hoja de servicios. Es la reacción del débil, del que no confía en sus fuerzas. Un ejército poderoso nos haría libres, pero desde los Tercios no lo hemos tenido; y antes tampoco. No por carencia de soldados valientes y decididos, que nos han sobrado; ocurre que no hemos engendrado generales. No hemos sabido hacer guerras, sino guerrillas; no hemos tenido jefes, tan sólo guerrilleros, capitanes de partida. Somos individualistas y lo exhibimos a la menor ocasión porque nos agrada ser así considerados. Ante el enemigo no presentamos un ejército, sino veinte; múltiples facciones que serán una tras otra aniquiladas.
A lo que sus fieles seguidores, notario, doctor en obstetricia y el empresario de toros y lotero, don Aldibundo, asienten con devoción. Sin duda consideran en su fuero íntimo que ha estado el alegato a la altura del oponente, mas no se vislumbra ganador y las espadas continúan en alto. De modo que se predisponen para una larga ofensiva, quedando a la espera de la andanada contraria como el artillero que ha disparado la suya y está durante un instante satisfecho.
-Tengo para mí, que está usted en un error voluntario cuando descubre la necesidad de un ejército fuerte.
Deja caer don Juan la frase envuelta en la sorna que le es característica, en la socarronería expresada cuando trata de herir suavemente sin que el oponente pueda acusarle de malvado. Se trata de un solo disparo y produce el efecto de la descarga de un pelotón de fusilamiento. Cuenta sin lugar a dudas con el apoyo incondicional de los suyos. Se sabe arropado por ellos y por el presidente, el señor Saelices, que no suele entrar en pendencias directas, pero considera a don Juan su representante en las lizas. Otro tanto sucede con don Justo y el señor Molpeceres, jefe de la actual oposición. Los generales no se han de ensuciar el uniforme en escaramuzas, pues su emperifollada guerrera ofrece más dificultades a la compostura y limpieza. Así que don Juan prosiguió contento del resultado obtenido por su pistola de un solo disparo, estocada certera:
-Un ejército fuerte es contrario a la paz. El ensayo de la guerra no le basta, y como el uso de la energía es su natural estado, de no haber defensa iniciará el ataque. Es sabido que con las lluvias que agitan los ríos, enturbiándolos, los que no tienen escrúpulos, medran. Sirven las guerras a intereses bastardos de los menos, que siguen su curso desde prudente distancia. La cuestión cubana es un asunto económico desde el principio, como lo fue la Conquista. España buscaba oro para expandirse por Europa y mantenerse en América. Había emprendido una huida hacia adelante, persiguiendo retrasar el desastre de su desequilibrio entre ingresos y gastos. Todo evoluciona, y a la apetencia del precioso metal se añadirá más tarde la necesidad de materias primas para elaborar productos acabados y, siguiendo la evolución lógica, una vez abastecido el mercado interno harán falta compradores foráneos; proceso, como se ve, puramente económico. Y los Estados Unidos, conscientes de esta realidad histórica, buscan en Cuba separarse un poco más de Europa. Ansían la posesión de toda la América hispánica y lo hacen empujando a España hacia su casa europea. Los cubanos han de saber, alguien tiene que decírselo, que cuando acaben de luchar contra nosotros habrán de empezar a librarse de los Estados Unidos.
Llegado a este punto se detuvo don Juan para tomar respiro, y allí, en el angosto recodo, le esperaba don Justo con todas sus reservas y cuatro o cinco socios que habían llegado un poco tarde.
-No voy a negarlo tan rotundamente como me gustaría, pues algunos aspectos del presente navegan entre dos aguas. Puede que ahora parte de los intereses sean económicos, pero en los inicios, España fue a América siguiendo un ideal religioso, el mismo que inspiraba la reconquista. Las sucesivas guerras libradas por el imperio en los teatros europeos tenían su origen en la defensa de la religión. Iglesia y Estado eran uno en esos fines, aunque reconozco que se separaron cuando el Estado necesitó oro y territorios para seguir su alocada carrera expansionista.
Ante el titubeo, como una saeta se lanzó don Juan al cuello de don Justo, sin dejarlo acabar.
–No hubo una sola reconquista ibérica, como tampoco fue única la conquista americana. Cada reino y cada virrey, luchaban para sí; mirando de reojo, no la tarea restante, sino el desequilibrio existente entre lo que unos y otros habían conseguido. No eran el sable, la lanza o el mosquete, las herramientas más utilizadas por los señores, sino la cinta de medir, constantemente desenvainada para establecer comparaciones. Porque en el avance desparejo, en el crecimiento desigual, estaban escondidas las agresiones que entre ellos se daban.
Entre réplicas y contrarréplicas seguirían la controversia, utilizando argumentos análogos, hasta las tantas. ¿Entienden a lo que me refiero cuando expreso mi pena porque no se discuta este asunto en tertulia? Pues si así sucediera, no tendría ocasión de tomar partido ora con don Justo ora con don Juan, soltando como por azar alguna idea oportuna en cada corro de fieles. Porque a mí lo que me llena es la discusión, la diatriba, ya que, si los contendientes son razonables, es la verdad la que gana y con ella todos salimos beneficiados.
Un grupo de entusiastas lo ha logrado. Hace tan sólo un año parecía una quimera, y hoy existen el edificio y los dineros que en unos meses modificarán su aspecto. Tabiques nuevos irán configurando las distintas dependencias, salas, despachos y pasillos. Un blanco inmaculado vestirá paredes y techos, maderas de nuestros montes tomarán la forma de muebles sólidos y una tienda de antigüedades proveerá los adornos. Albañiles, pintores y ebanistas irán completando, como en un rompecabezas, la sede del Ateneo de Valladolid. Las arduas gestiones han dado su fruto y no sólo la ciudad, la región entera gozará de un espacio abierto a la cultura, una ventana por la que entrarán raudales de luz y corrientes de aire fresco originarios de estas y otras latitudes. Poetas, escritores, artistas plásticos, pensadores y una larga relación de intelectuales se darán en él cita para proseguir la búsqueda. Gracias al trabajo de unos pocos, muchos podrán hacer notorios sus saberes e inquietudes, conociendo los trabajos ajenos en intercambio fértil.
Se ha recibido en la redacción del periódico un poemario que lleva el título de Fútiles, cuyo autor es el distinguido poeta de esta localidad don Narciso Alonso Cortés. El cuidado de la forma, el valioso contenido, la fluidez de las palabras surgidas como de una fuente rumorosa y cristalina; colman de belleza el libro haciendo agradable su lectura.
Aparece en la prensa nueva entrega del crimen de Villanubla y van a ella mis ojos:
Era ya la hora en que las personas cabales se habían recogido en sus lechos. Quedaban en pie aquellos que toda diversión se les hace poca o los que no encontraron ninguna de su agrado. De tal manera iba Ramón buscando algo que no sabía definir. Se encaminó hacia la iglesia, pero no era el rezo lo que buscaba, sino la cantina de Juan Fernández, muy próxima. Andaba deprisa como si la sed fuera el móvil de sus pasos todos, pero quia, ya había bebido bastante. Se quedó a la puerta, a la espera oculta de que saliera alguien bien determinado, el hermano de Felicitas, mozo noble y honrado que hacía suspirar a las chicas cuando hablaban de noviazgos.
Al cabo de un rato salió; iba acompañado de Emérito, amigo quinto de este año. Y al momento, como por ensalmo, surgió de las sombras Ramón haciéndose el encontradizo.
– ¡Hola! cuñado, ahora mismo acabo de dejar a tu hermana en la reja del médico. Hemos estado de palique desde que ella despidió a Tadeo. Nos vemos a escondidas porque es a mí a quien prefiere. A ese muerto de hambre que la pretende ya le daré yo para el pelo. Pronto se sabrá nuestro amor, pues esta noche, tras el último beso me ha prometido hacerlo notorio.
– ¡Calla, deslenguado! No manches la fama de Felicitas ni nombres a Tadeo, que pisa muy alto sobre tus ruindades. Retira lo dicho o pensaré que son palabras que dirige el vino y esperaré a que estés sereno para pedirte cuentas.
-Apártate Emérito que nada hay contigo. A por ti voy, cuñado, que no ha nacido hijo de madre que me acuse de mentiroso o bebido.
Con este diálogo atacó Ramón llevando al otro a un cuerpo a cuerpo confuso. El hermano de Felicitas buscaba más una defensa legítima que un ataque cierto. Se dieron puñadas, rasgaron las ropas de domingo y acabaron rodando por los suelos. Mientras, otros quintos formaban grupo junto a Emérito, sin ver la necesidad de tomar partido. De repente, el panorama adquirió un cariz trágico. Brilló el acero a la luz de la luna cuando una navaja prolongó los dedos. Fueron rápidos los movimientos que deshacían un abrazo breve. Se retiraron ambos como para tomar impulso, y el hermano de la joven hermosa, echándose al vientre las manos al tiempo de doblar su testuz sobre el pecho, hincó las rodillas en tierra. Con el paso vacilante de quien ha empinado el codo o disimula un dolor fuerte, partió Ramón del encuentro llevando aún abierta la navaja cabritera; y al cruzarse encogido con los quintos, les dijo:
-Recoged a ese, que ya ha recibido lo que le correspondía; y sabed que a mí no se me insulta en vano.
Verdad era, una puñalada mostraba el caído y de ella salía la sangre. Entre dos lo llevaron a casa, mientras un tercer mozo dio aviso al médico con cuidado extremo, para que Felicitas, allí servidora, no supiera que era su hermano el herido. Ciertamente, Ramón no salió mejor parado; de las dos cuchilladas una fue para él, la que su vehemencia torpe y la hebilla del cinto del oponente volvieron en su contra.
Pocas novedades se han originado en el conflicto de los panaderos. Un número elevado de expendedores de pan ha aumentado el precio a 40 céntimos desde los 36 a que se daba cada uno. En su defensa alegan que antes los panes pesaban 800 gramos y ahora tienen el kilo completo. Desconfiando, algunas personas han pedido a tiendas inmediatas de su total confianza el favor de pesar algunas piezas; de esa manera han podido comprobar que las vendidas bajo la base de un kilo tenían hasta seis onzas menos. Una vez conocido el bando de la alcaldía, los panaderos han mudado de actitud y el grueso de ellos está dispuesto a cocer. Hay, incluso, quienes piensan amasar más que de ordinario aprovechando así la oportunidad de aumentar la parroquia.
Ya eran más de las tres de la tarde y yo seguía embebecido en los periódicos. Mi ayudante atendía visitas o escribía a máquina siguiendo mis indicaciones, y la señora de la limpieza estaba a lo suyo en el piso de arriba. Abstraído en pensamientos insondables, volví a encontrar en mi mente a don Juan y a don Justo, enzarzados tal como los dejé en una disputa de hondura. Llegué a ellos a tiempo de oír que el liberal decía:
-Le aseguro a usted, que el problema de España estriba en que sus regiones, debido al mucho tiempo que han permanecido cerradas en sí mismas, presentan disparidades evidentes. Y usted me contesta que el problema de España hay que hallarlo en la mezcla de razas que aquí se ha dado. Exactamente al revés de cómo yo lo veo. Nuestros razonamientos avanzan en la misma dirección, aunque en sentido contrario. Partiendo de este punto, si somos lógicos y consecuentes coincidiremos en la necesidad de llevar a España al federalismo; opción respetuosa de las diferentes voluntades regionales y solidaria frente al objetivo común.
-Disto tanto de usted en el diagnóstico de la enfermedad, que el tratamiento que prescribo ha de ser muy otro. Una voluntad única y decidida es lo que pondría en vereda a este país hacia la grandeza. En las cuatro o cinco ocasiones grandiosas con que cuenta nuestra historia, así ha sido. Precisamos con urgencia una personalidad excepcional, dotada de una visión clara del lugar hacia donde debemos ir y de la energía necesaria para llevarnos. Usted le llamará dictador y yo le diré guía; tampoco en torno al nombre nos encontraremos.
El periódico del día trae la entrega final, anunciada con énfasis, del asunto de Villanubla: Como un herido grave que se duele de un daño irreparable, callado el orgullo, sangrando, camina Ramón de casa en casa en busca del socorro de quienes han recibido tanta ofensa suya en el tiempo.
– ¡Ayuda, que me desangro! Me han herido y necesito remedio. Por caridad, abridme. Soy Ramón Asensio y me muero. Salid, atreveos a negarme una cama, un sofá, una manta del ganado. ¡Cobardes!
Con la desesperación que domina a quien ve el final de su vida reflejado en los charcos; con el abatimiento del que, apretando la herida con las manos, fracasa en el intento de contener la hemorragia; desalentado, amenazando al destino con la boca fiera, da Ramón patadas a las puertas que por pertenecer a dueños rencorosos no se le abren, manotazos que dejan su huella ensangrentada. Ve, sumido en la desesperación de quien se encuentra solo cuando más necesita a la gente, como se corren visillos a oscuras y los cristales fríos se cubren del vaho producido por los que observan y callan.
En su caminar desorientado se apoya en los quicios para tomar resuello, y a duras penas sigue su camino agónico. Va cayéndose a intervalos cada vez más cortos, levantando apenas su cuerpo arqueado. Llama en la casa de don Fernando, el fiscal, sin ninguna confianza; por eso no espera y sigue su andadura. Golpea con el puño en la ventana de la alcoba donde duerme el sacerdote, dejando el confuso mensaje de su voz moribunda. Llega, por fin, a la puerta del médico. Allí su palabra se entrecorta en un angustioso reclamo.
– ¡Felicitas!, vengo a pedirte perdón y a despedirme; que tu hermano, por defenderte de mis malas palabras, me ha muerto. Mira si el doctor lo puede asistir, que yo, enloquecido por tu desamor, lo he matado.
Quiere la suerte, que el doctor, hecha la primera cura al hermano de Felicitas, habiéndolo dejado fuera de peligro, salga en esos cruciales instantes. Su presencia tiene la virtud de serenar los ánimos de quien gasta el postrer respiro en renegar de sus nefandas acciones. La que hubiera sido su última palabra no llega a salir de los labios, porque cerrando los ojos deja caer la cabeza y expira.
Mi vista se detiene más en los periódicos recientes, los de sumo interés, pues en ellos ha de hallarse, destacado, el predecible asunto de la tertulia de hoy. Leo los titulares uno tras otro, hasta que descubriendo busilis me interno en el cuerpo de texto. Cuando acabo de hacerme con la actualidad del país, una campanada suelta procedente del reloj de la Cámara de Oradores, anuncia el primer cuarto después de las seis. Salgo al paso rápido del coronel para desearle un buen año; y a continuación compruebo que todo está en orden: biblioteca y salón de lectura, el ambigú y la cámara, espacio donde las charlas tienen lugar. Observo que Jacinto, circunscrito al área del vestíbulo, progresa en el desarrollo de su incumbencia; y a la pulcra Encarna en el mostrador ayudando a Ricardo su marido, dándole impulso.
Recibo a don Juan, a don Justo, me felicita el señor Saelices, y poco a poco el año niño muestra su andadura repitiendo los pasos del viejo. La tertulia se inicia como si las cosas que ocurren tuvieran razón de ocurrir y nada pudiera ser de otra forma. Se comentan los sucesos de manera que parece pesar sobre ellos el carácter de ineludibles, como si estuvieran previamente determinados por el confuso e inexplicable destino que nos abarca a todos. En los parlamentos se trata, pura y simplemente, de analizar antecedentes y prever consecuencias, adquiriendo un loable saber científico. Pero nadie se ve incitado a la acción, intentando eludir o modificar los efectos si son perjudiciales o de ampliarlos siendo ventajosos; nadie pone voluntad de mejora. Dejamos que el río de los hechos, por su propio impulso, hienda el cauce. Se habla de la visita del general Weyler al señor Sagasta; de si procede o no, a la vista de los hechos allí ocurridos, levantar las garantías constitucionales en Barcelona. Hasta del fracaso que ha supuesto la suscripción promovida por el Círculo Conservador, con miras a erigir una estatua al señor Cánovas después de su asesinato. Noticias que mañana habrán perdido vigencia, siendo sustituidas por otras más novedosas. Así de efímero resulta ser todo, así de inexorable se muestra el olvido.
Decir que, en estos momentos, principio de 1.898, finales del siglo XIX, España entera es un Casino, puede parecer exagerado. Son numerosos los ciudadanos ajenos a entidades parecidas; por no hablar de los campesinos, de los hombres del mar, de los mineros, del pueblo, en suma; hechos al trabajo y a la opinión general sin entrar en detalles concretos. No obstante, las fuerzas vivas, las cabezas pensadoras y los que en tertulias cultas pasan las más de las tardes, sí que semejan estar metidos en la gran controversia de un inmenso círculo cultural y recreativo. Hablan mucho, manifiestan con vehemencia su pensar, se lamentan de la situación, pero no son capaces de mover una mano procurando el remedio.
Aquí estoy yo, seminarista que perdió la fe y no quiso buscarla; poeta aficionado y escritor de cuentos, decidido por fin a tomar la pluma para dejar a los hijos, dos que tengo, chico y chica, el testimonio de este mi tiempo.

 

N.- Elixires

Virginia solía sentarse en la primera fila con su amiga Susana y dos muchachos que las cortejaban suavemente. Desde ese lugar de privilegio no perdía una sílaba de las pronunciadas por el profesor de humanidades. Pablo, en sus muchos años de docencia, no había visto alumno con tanto interés por la asignatura. En ocasiones cada vez más frecuentes, se dejaba llevar y dirigía su explicación a la muchacha rubia de labios finos y sonrisa ingenua. Se atrevió Virginia a consultarlo antes o después de las clases para aclarar dudas lógicas; extendiendo el aula a la alameda del campus. Pablo facilitó a la alumna su número de teléfono, y la joven encontró razones para llamarlo. El curso siguió aportando admiración y apego, de modo que al llegar el mes de junio y finalizar los exámenes, la joven alumna y el maduro profesor ya se consideraban verdaderos amigos.
Los retuvo el verano en la ciudad con razones de peso, descubriéndoles que veinte años de diferencia en las edades no son demasiados si se dan suficientes concordancias. Y se daban: el cultivo de la amistad, el realismo mágico, jazz y blues, la cultura egipcia, la solidaridad entre los países y las personas, ecología, pacifismo; y mucho más. Se veían todas las tardes, charlaban paseando bajo los plátanos del parque y, tímidos de una timidez doblegada, llegaron a tomarse de la mano o del brazo. Se despedían con largos circunloquios y llegados cada uno a su casa, el teléfono los unía en pláticas que duraban horas. Se entendían bien, la amistad fue derivando en amor si es que no lo era, hasta que a mediados de septiembre se descubrieron novios.
La vida empezó a girar alrededor como en una atracción de feria. Eran el eje del mundo y el mundo los protegía admirado de una pasión que superaba el obstáculo de la diferencia de edad. Por eso no advirtieron el recelo despertado en algunos compañeros ni supieron por qué se apartaban de ellos. Pasaron la Navidad con las dos familias y entonces sí, entonces percibieron los prejuicios.
Lo hablaron cautos entre besos y lágrimas, decidiendo seguir adelante con más bríos que nunca. Enseguida comprobaron que iban a recibir ayuda suficiente. Ayudaron las madres de ambos, Susana, unos cuantos primos y diez o doce amigos sinceros.
Se casaron el primer sábado de julio. Cincuenta y ocho de los ciento dos invitados lo celebraron con ellos. Tuvieron el recibimiento de la cruda realidad al regreso de la luna de miel en Alejandría y El Cairo. Murmuraban los envidiosos al verlos pasar desparejos y enamorados; y ellos, de interior sensible, sufrían las burlas.
En la buhardilla de la casa donde alquilaron un apartamento mínimo, cierto químico audaz componía dos elixires enfrentados: el que renueva la juventud y el que la aleja. Mientras el esposo recogía la tarta solicitada, hizo ella un encargo al alquimista que en su cubil mezclaba líquidos de distintos colores. Llegó él hasta el químico cuando Virginia compraba los adornos de papel de colores para la fiesta; pero el encargo fue bien distinto.
Llegado julio de nuevo, los esposos celebraron el primer aniversario de boda y se hicieron regalos. Al borde del lecho, ella con una copa de licor rojo y él con otra de refresco verde, antes de dormir brindaron por la felicidad compartida. Al despertar se mostrarían los obsequios.
Se amaron apasionadamente, durmieron abrazados, soñaron su sueño y la rosácea madrugada, despertándolos, iluminó los rostros sorprendidos de un hombre veinte años más joven y una mujer que había envejecido veinte años

 

Ñ.- Navajas

A poco más de la media noche, movidos los agosteros por un muelle interior se alzaban de los camastros. Cruzaron al momento las mulas unas calles desiertas que llevan a las eras. Moderado, medido se oyó seco el ruido de los cascos. En la noche prieta traquetearon los carros siguiendo unos caminos cruzados de magulladuras, obra del agua atormentada y del trajín de las ruedas de hierro. Entre dos luces las arrancadoras bostezaban con los ojos ciegos, buscando a tientas la palangana mediada de agua para sus abluciones. Humo salía de las chimeneas que al contraluz se elevó calmo; las mujeres prendían fuego en los hogares a la chamada de leña iniciando el día interminable. Descargado el primer viaje, sobre el carro para no perder tiempo, mordisquearon los hombres la raja de tocino y el coscorito, dando el primer tiento a la bota. En los chozos de piedra de los corrales, llanura del páramo, durmieron vestidos los pastores, desayunando sopas de una leche recibida de la ubre misma en cuerno de vaca o en escudilla de madera. Se quejaban del encierro las ovejas con insistentes balidos y, alzadas, arremetían contra las compañeras. Deseosos de aprovechar el avance de la siega que empuja la caza y la arrincona, madrugaron también los cazadores; los esperaban los montes resecos, los valles verdes, las laderas calizas. Recostados en las lindes, rendidos sus cuerpos, los segadores rumiaron un pedazo de pan moreno, a la espera de la señal que los pusiera encorvados en el tajo. De modo que, al encaramarse el sol a las encinas del monte y orientar desde allí sus rayos al pueblo, el campo era un hervidero de gente dispuesta.
De una voz fuerte, cargada de indignación, se pasó a los apóstrofes, a las interjecciones, a las blasfemias, a los gritos; y desde ellos se llegó a las manos, a los pies, a la cabeza. A baladros la emprendieron, a insultos, a acusaciones mutuas. El sol calentaba lo suyo ya en el nacimiento. Se ha ido inflamando la mañana, sumando tizones a la hoguera sangrante que cruza lo alto y no tardará en alcanzar la vertical del medio día. Quienes barruntan las mutaciones meteorológicas debido a alguna lesión antigua o a la observación metódica, auguran una tarde de tormenta.
Lo que comenzó siendo asunto de dos, se ha hecho pleito común de cuantos rondaban por las inmediaciones viendo u oyendo lo que acontecía. A puñadas se acometen, a sopapos, a empellones. Mas el hecho originario de la desavenencia permanece inalterado, bien visible. Al parecer, entraron las ovejas en sembrado de cebada y comieron múltiples cabezas de la orilla; podían verse todavía los pajones junto al destrozo de espigas secas abatidas contra el suelo, obra, sin duda, de los animales, de sus patas inquietas, de sus dentelladas voraces. En suma, un cuarterón de grano y un real de vellón de desarreglo, treinta y cuatro maravedises de contante; ¿y por tan poca monta se organiza una trifulca que pone en peligro la integridad de los partícipes?
Lo que pasa es que llueve sobre mojado y los labradores se la tienen jurada a los pastores. Lo que ocurre es que los cazadores no respetan lo ajeno: cruzan los cultivos y los pastos haciendo sendero serpeante, y tanto labriegos como zagales les tienen ganas. Espantan la caza los segadores en su avance, aseguran los cazadores; aunque en esas circunstancias, ojo avizor, aprovechan los tiros como nunca. Desposeídos de sensatez sus reproches, acusan a los segadores de quitar a las piezas el resguardo de los sembrados. Perdices, codornices, torcaces, liebres y conejos han de buscar arroyos o linderas pobladas de zarzas, si es que no abandonan el lugar desprotegido. Los segadores, forasteros atraídos por una ración de pan de tres onzas escasas, media libra de carne y un tercio de azumbre de vino, a más de un real de plata por jornada de corte, se ponen del lado de quien los paga y abandonan su desasosiego en la pelea. Los pastores quisieran romper a garrotazos los límites que levantan a sus pies, a las pezuñas torpes del ganado; y aunque el pago de Villazalama sea el sitio menos oportuno, dada la abundancia de yerba, memoria tienen de épocas y lugares ingratos. Los hortelanos aprovechan la ocasión de castigar a los pastores que abren con su rebaño las presas. Los de Husillos buscan resarcirse de las afrentas recibidas durante siglos de los de Valdepero, y éstos de los otros. Y los aprendices de bandolero encuentran en el lance oportunidad de curtirse. Las dos mitades del mundo se encaran en la pradera. La verdad es que todos se duelen de un destino duro que no les da ocasión de levantarse contra nada, ni de elevar quejas a un cielo dotado de oídos sordos.
Con esa hechura, el fabulador que da cuerpo y alma a la historia se imagina la reyerta; y sabiendo que pudo suceder conforme a lo pensado o de manera aproximada, busca intervenir en épocas pasadas, recreándolas. Mas pone sobre aviso a los lectores acerca de su invención, asegurando que sin dar por probados los hechos, a la vista de las indagaciones previas bien pudieran haber sucedido a la manera del cuento.
Suspendieron su actividad los consumeros del fielato, cuando la columna salió de Palencia por la puerta de Monzón. Algunos soldados habían formado parte de la guardia nocturna, otros estuvieron de francachela, pero todos cabalgaban erguidos, marciales. Dando escolta a dos carromatos tirados por mulos, partida en dos, avanzaba la formación sin descomponerse ni un ápice. La seguían, al margen, dos oficiales de uniforme vistoso cerrando la marcha.
Palencia posee el encanto del comercio bien surtido, y unas calles abiertas a lo extraño que acogen gente de catadura muy variada. A mayores, los asuntos oficiales, que causan respeto a quienes poseen poca formación y escaso mundo, en Palencia han de resolverse. Dista Valdepero una legua de Palencia, y alrededor de media de los pueblos linderos entre los que descuella en población y territorio, por lo que suelen sus naturales ufanarse de un cierto imperio injustificado. Las más de sus familias viven de la labranza, sacando un provecho añadido a los rebaños de ovejas. El pastoreo ocupa no sólo a rabadanes y a los que cinchan queso, sino también a quienes cardan la lana e hilan al pulgar, a más de aquellos que portan madejas hasta los telares de Palencia y Amusco o elaboran en el pueblo estameñas. De ordinario se relacionan sus gentes con las de Villalobón debido a la proximidad y a lo liso del terreno, amén de por ser dueñas de las mejores tierras del término vecino, cercanas al arroyo Mayor. El camino real que desde Palencia lleva a la región cántabra, por él que transitan diligencias y valijeros, une a Valdepero con Monzón; y cualquier labrador puede, en una mañana, llevar trigo en grano a la fábrica de harinas y volverlo molido. Las llanadas de Valdepero, Monzón de Campos y Husillos, están situadas en distintos planos, unidos por un desnivel brusco que convierte en cansado el paseo que los separa. A pesar de ello el ajetreo diario se empeña en enlazarlos.
Durante un trecho al pie de las laderas, haciéndose raya natural entre Husillos y Valdepero discurre plácido el río Carrión. Traza allí una hoz abierta, por donde el agua se desliza sosegada; y las lavanderas, quienes buscan un higiénico remojón o persiguen la pesca de barbos, desde Valdepero acuden a la hoz. Baja a ella la senda de Vallejo, una de las tres que unen ambas villas, la más ventajosa debido a que su pendiente es poco inclinada y al encontrarse con el río lo bordea hasta alcanzar el camino que baja por la Cuesta. Ese es el más corto de todos, pero el de mayor peligro, pues dado lo abrupto del terreno y lo estrecho del carril, no resulta raro que caballerías y carruajes se despeñen. Por no hablar de la ordinaria presencia de bandoleros dispuestos a suavizar la carga de los transeúntes. Sucede que, a la distancia de una voz de la senda, ocultas a la vista existen unas covachas sumidas en la humedad y lo oscuro, viviendas de quienes no tienen otra: desheredados, malhechores perseguidos por la justicia y algún eremita. Algo más al mediodía, cerrando cárcavos de considerable hondura, maravilla labrada por la naturaleza indómita, desfiladeros que a duras penas franquean los asnos, baja el camino conocido como de Villazalama, unión de tal pago con Valdepero y Husillos. Se alarga esta tercera vía unas doscientas varas hasta encontrarse con las otras dos, y la recorren pastores guiando rebaños. A partir del punto de unión, hecho ya camino único de veinte pies de firme, se dirige a la embocadura del puente que cruza el río a la entrada misma de Husillos. Señorío éste cuya iglesia fue abadía afamada y poderosa colegiata.
Las laderas que dificultan las relaciones entre villas, aparecen salpicadas de endrinos, acederas, carambucos y plantas aromáticas: romero, espliego, manzanilla. Crece muy cerca una hierba recia apropiada para el pastoreo; es la pastura del pago de Villazalama, disfrutada por los ganados de Valdepero y Husillos. Una fauna abundante de conejos, algún que otro zorro y el lobo huidizo, a más de los volátiles dueños del cielo azul, atraen cazadores con fuerza; siendo frecuente verlos recorrer los senderos de cabras flanqueados por galgos.
Sabino, zagal de Valdepero; y Tirso, zagal de Husillos; mozalbetes ambos que presumen de bozo y de una sombra de barba sobre el mentón, están hechos a pastorear sus rebaños desde niños. Se encuentran con frecuencia en los pastos de Villazalama y hablando de lo suyo y de lo ajeno, jugando, lanzando piedras para probar el tino, peleándose por tantear sus fuerzas; mientras las ovejas retozan y enredan los canes, han forjado una amistad que se muestra inquebrantable si es sometida a prueba. Mastines les ayudan a avecinar el ganado sin mezclas; pues, aunque separados conocen ovejas, chivas y carneros, da mucho trabajo poner a cada cual en su sitio. Se basta y se sobra cualquiera de ellos en esas circunstancias para cuidar de los dos rebaños, así que pueden llevar a cabo alguna tarea en los corrales o acercarse a Palencia bordeando la Miranda. Los amos aprecian el provecho de su destreza, pues crías, leche y lana son más abundantes desde que ellos apacientan.
Sabino, mozo alto y recio que la peste dejó sin familia, quiso acercarse a la capital en día de feria. Tirso, joven apacible, primero de siete hermanos, tañendo la flauta hecha con su industria a partir de una caña cortada al borde del río, quedó al cuidado de los hatos. Cruzó Sabino los prados, las tierras pedregosas, los sembrados ralos; pasó cerca de las yeseras, de las canteras de roca caliza, hasta dominar el cerro del Otero y la ermita. Recorrió en Palencia la ciudad y la Puebla; se acercó al mercado de la calle Burgos que extiende sus mercaderías ante la iglesia de San Lázaro y el convento de Santa Clara. Compró un zurrón en buen uso y una manta de las llamadas de viaje y, sin prisa, recorrió algunas calles que saciaban su interés. Se echó al estómago un buen trago de agua, o cuatro para mayor exactitud, pues en la plaza Mayor probó de los cuatro caños de bronce; y en el pilón redondo de piedra jaspe bañó el rostro acalorado de la caminata. Atraído por la curiosidad, se acercó a la soberbia obra de piedra y ladrillo que da cuerpo al Hospital de San Antolín y San Bernabé. Institución benéfica tan poderosa, tan rica, que sólo en Valdepero posee casi dos centenares de aranzadas de tierra, donadas por personas piadosas en forma de viñas, en su mayoría descepadas y puestas en arriendo a buen precio. Pasó ante la mansión de don Manuel Peñalba, de admirable apariencia; y distrajo su curiosidad en la calle mayor mirando escaparates. En el comercio del italiano Julio Mesina halló una herramienta que parecía esperar su llegada; y la mirada inquieta se quedó fija en ella: pezuña de chivo la cabeza, las cachas de cuerno de toro y una hoja que impone respeto. Entró, preguntó el precio de la navaja y, dicho por el dependiente, salió de la tienda para pensar un momento. La vio de nuevo en la vitrina, sintió la llamada del acero, de sus reflejos destellantes. Penetró en la tienda deseando tenerla en la mano. Un corte facilitaba a la uña el gesto de aprehender la cuchilla; probó la apertura, probó el cierre, el perfecto alojamiento de la hoja en la cama, hasta que la atracción se hizo irresistible. Se acordó Sabino de Tirso y fueron dos utensilios iguales los que compró, sabiendo que allí se quedaban todos sus ahorros y los necesarios zahones de cuero. Volvió dando saltos de contento al subir la ladera de La Miranda, desandando el camino hasta llegar a Villazalama, donde, los perros primero y después su amigo, lo recibieron con franco alborozo. Mostró Sabino su navaja y Tirso quedó boquiabierto. Era tal la fascinación prendida en la mirada del amigo, que, abreviando su gesto generoso, dijo: «Es tuya». No acababa de creérselo Tirso y cuando la duda más le acuciaba, sacó Sabino del morral la otra para convencerle de que la suerte tenía dos maneras idénticas de presentarse favorable. Como en sueños se expresaron: «Nos servirán a diario para desollar corderos, formar figuras de leña, vaciar cuencos de madera, cortar lías de esparto y presumir».
Mas hoy, casi dos meses después, en los inicios de una recolección que no los deja fuera del todo, en el mismo lugar, sus pensamientos mozos siguen derroteros serios y el diálogo tiene como asunto el porvenir incierto.
-Estaremos aquí, ¿te parece?, en la pradera, en los corrales, hasta que nos tome el ejército para servir al Rey. Con el botín de las guerras haremos dineros y, hechos unos señorones, vendremos en favor de los nuestros. -Declara Tirso.
-Qué se nos da a nosotros del Rey… ¡América!, a América iremos; a Cuba, a Puerto Rico, a Río de la Plata, a su inmensa pradera. El Rey, llámese José, Carlos o Fernando, que se sirva a sí mismo. -Discrepa un Sabino exaltado.
Hablan luego de las noticias que dibujan un país sumido en el desconcierto. No saben nada de política, pero están recelosos. Y en eso se organiza en el extremo opuesto el revuelo ya mencionado: un segador y un pastor comienzan su riña por causa de unas ovejas que han penetrado en el sembrado de cebada ya seca.
Ese día concreto, cinco de julio en el calendario, caluroso a prima hora, de buena mañana, los que bregan en la cuesta de la Media Legua junto al camino real de Cantabria los ven acercarse. Los que en las Altas siegan las cebadas del canónigo Ribera, pertenecientes al célebre Hospital, los ven venir gallardos y amenazadores. Cabalgan orgullosos en sus corceles negros, enhiestos, fieros, de mirada inhóspita; arropan dos carromatos vacíos y son lo menos treinta. Hay algunos jóvenes, otros de mediana edad; en sus cabezas revolotean recuerdos de la tierra madre, de parientes y amigos que quedaron lejos. Buscando un equilibrio inexistente, a las renuncias contraponen las imágenes de gloria que alcanzan a vislumbrar, las condecoraciones, los ascensos, el bastón de mando.
¡Franceses!, ¡soldados franceses!: la voz corre como el agua desbordada. Casi un mes antes se posesionaron de la capital. De arrasar Torquemada venían, de acuchillar a los vecinos todos, niños y mayores; de quemar el pueblo, de arruinarlo desde la propia base. Se trata de bárbaros, de bestias inhumanas; ruinas y cenizas dejan a su paso. Los ven con temor y asombro los agosteros que tienen su faena en el Altillo, y uno de los mozos, caballero en su burro, menos airoso que los franceses, aunque más rápido, se acerca al pueblo para prevenir a los vecinos.
Llegados los soldados al señorío secular de Valdepero, se dirigen, como era de esperar, a la plaza del Ayuntamiento; descabalgan y antes de nada fijan al poste dos edictos. Uno de ellos requiere la colaboración de los vecinos en la requisa, aportando al ejército amigo legumbres, grano, mantas, harina y brazos fuertes para cargarlo todo. Traen la paz y la democracia, la instrucción de los ignorantes, las obras públicas y la igualdad de los pobres con los ricos; asegura el cartel. Y a modo de explicación, trencilla que ata el deber de unos y el derecho de otros, añade que ellos son «los conquistadores de Europa, enviados por Napoleón a todos los confines para descubrir a las gentes diversas su unidad de destino». Firma, dando al contenido fuerza de ley, el General de División Lasalle, Conde del Imperio. El segundo cartel no es más que el bando del mismo militar dado el 17 de junio en Palencia, por el que la nueva autoridad prohíbe portar armas, blancas o de fuego, incluidas las habituales navajas, herramienta imprescindible en muchas tareas. “A quien en un cacheo le sean halladas será considerado soldado enemigo”.
Encuentran el ayuntamiento cerrado y al alguacil dispuesto a servir a la autoridad de hecho, sabedor de la venida de lo que él llama «destacamento aliado». Le ordenan premura en abrir el Consistorio buscando a los mandatarios del municipio y, a escape, deja franca la puerta y emprende el camino. Aprovechan el lapso los soldados para dar agua y pienso a los caballos, comer un bocado de pan con tasajo y beber un jarro de vino en uno de los mesones, el que está junto al arco de la puerta Hondón. Pasado el tiempo se personan el Alcalde Mayor y el Alcalde Ordinario puestos por el Duque de Alba al frente del pueblo. Ambos conocen las atrocidades cometidas por los soldados en su avance imparable, y traen calculada la resistencia pasiva que pueden oponer al piquete recién llegado y a la guarnición de la capital, medio millar de soldados, avanzadilla de un ejército dotado de toda clase de pertrechos. Basados en ese razonamiento recriminan su acción a las mujeres que arrancan los preceptos franceses recién fijados al poste.
La iglesia y las ermitas son previsibles objetivos de los invasores: pinturas, tallas, objetos de culto, cruces, copones y patenas, oro y plata. Esas riquezas han oído que buscan. El trigo del Pósito, el grano de las paneras, las legumbres de alacenas y despensas, el ajuar hospitalario y los lechazos de las tenadas. Queda claro que los vecinos han de contribuir al sostenimiento de los ocupantes. Chorizos y lomos en aceite pueden disimularse dentro de sus orzas en los pajares. Lástima que a los marranos -sustento del próximo año- tan alborotadores, no se les pueda esconder en sitio alguno. Tardan en manifestar una aprensión alojada en lo oculto de la mente, un miedo que como padres o esposos no pueden restringir: las doncellas. Hay soldados muy jóvenes que no tendrán miramientos, y disponer su guarda puede manifestarse insuficiente. Si los bandidos se conforman con víveres e imágenes, en interés del pueblo, la inteligencia conviene en entregárselos. Peor será si se quedan, ya que el castillo y la Casa Grande pueden tentar a unos jefes que precisan aposento para hombres y bestias
Situados los regidores en presencia de los oficiales que mandan la tropa extranjera, el capitán Bonet y un segundo cuyo nombre no entienden, su tono es de capitulación aparente. Por ignorarlo, hablan con el deje lastimero que a todos los déspotas agranda; y si algo dicen de verdad sobre las posibilidades de ayuda, esa verdad se refiere a las deudas contraídas por el municipio, a los censos pendientes de pago y a las rentas debidas al Duque. El rédito de ciento ochenta mil reales comprometidos al tres por ciento, se suma a obligaciones y cargas, de modo que el compromiso anual alcanza un monto de trece mil reales largos. Esa verdad de su boca quejosa abarca a las malas cosechas sufridas en los granos y a la merma de vino: «Si les ha llegado a oídos su fama, han de saber que es bien cierta: las uvas mencía y garnacha dan cuerpo a los mostos, sabor a frutas maduras y un color granate de tonos muy vivos. Las bodegas profundas, de temperatura constante, facilitan una fermentación ajustada; los carrales de roble, cuna y cama, comunican un aroma a vainilla que tiene buen predicamento. Eso es indiscutible, más la cantidad es cosa divergente, pues si cuando éramos niños de cada cinco obradas del término municipal, excluyendo montes y prados, una se destinaba a viñedo; ahora la proporción llega a una de cada diez. A mayores, las tierras libradas de cepas son de mala calidad y producen muy poco, algo de centeno, morcajo y avena, lo mismo que los peñascales de los páramos». Todo eso manifiestan los ediles a unos oficiales que escuchan sin entender la esencia. No han traído intérprete y tergiversan lo oído. Los militares gabachos, camada de Napoleón, pagados de sí mismos, se muestran incapaces de admitir virtud a esta tierra y lo mismo a sus gentes.
Han dispuesto los campesinos un tentempié con el fin de ganar tiempo. Mientras los oficiales prueban las bondades de lo ofrecido, queso, jamón y un vinillo del año pasado que ha salido soberbio, el pueblo entero se afana en ocultar todo lo que de valor posee. Se cierran las mujeres jóvenes en las habitaciones altas de las casas, algunas contra su voluntad por haber oído que son mozos guapos los soldados.
El siete de junio, la invasión francesa, un paseo militar sin más tropiezos que el de Torquemada, llegó a Palencia. Es de dominio público lo acaecido en el pueblo ribereño del Pisuerga, a raíz de obstruir sus gentes el puente que lo cruza tratando de entorpecer el avance marcial. Se conoce, asimismo, que desde el mes de marzo se encuentran los gabachos en Madrid. Se ensalza el levantamiento del dos de mayo, y no se ignora que los fusilamientos de patriotas duraron tres días completos. Quizá esas noticias expliquen por qué, en la capital palentina, el Obispo y el Corregidor Ortiz pidieron clemencia y muchos vecinos huyen a León. En vista de que han ocupado la ciudad como casa propia, y viven a cuerpo de rey en residencias principales, se cree que los extranjeros han venido con la intención de quedarse.
Alaban los oficiales el paladar del vino, el color y el aroma; tan a su gusto que les parece francés. Se admiran del descubrimiento y piden dos bocoyes de sesenta cántaras. Bajo un sol ardiente se acercan al Pósito, dotado en números con seiscientas fanegas de trigo, pero se ultima la campaña y carece de provisión. Desconfía el capitán francés de los alcaldes y pone a su lado al alguacil, dirigiéndose a él en busca de información y respuestas. Cuatro cargas envasan en ocho costales que suben a uno de los carromatos. La pobreza del hospitalillo no facilita ocasión a los soldados de apoderarse de cosa apreciable, salvo unas mantas que el alguacil descubre recién llegadas del telar, reemplazo de las que aprovechan a los dos enfermos de tercianas, tan ralas, que se ve la luz atravesar trama y urdimbre; manchadas, para colmo, del jugo de borrajas que los cura. De la ermita de Jesús Nazareno, pobre de solemnidad, una capa del Cristo se llevan, regalo de los humildes cofrades. Postergando la visita al castillo, cuya llave obra en poder del representante del Duque que ya ha sido avisado; y a la iglesia parroquial, al hallarse el cura administrando el viático a un moribundo, dirigen sus miras a la ermita de San Pedro.
Silvino, anciano ermitaño de la Virgen del Consuelo y sepulturero del Cementerio Municipal, subido a la espadaña con el fin de asegurar el badajo de la campana los ve acercarse. Tiene su vivienda adosada al campanario, y una parte de la huesera, libre de calaveras y tibias, hace las veces de huerto; así que ha ido desarrollando creencias sobre la otra vida poco comunes. Sabiendo forzada a la autoridad niega las llaves que piden los alcaldes, y un soldado cualquiera da en el suelo con el cuerpo menguado y lo arrastra inerte tirando de un pie. Es vano el castigo, Silvino no cede. Deciden reventar el portón usando como ariete un banco de roble, medio tronco serrado donde suelen tomar el fresco el enterrador y su familia. Resultan sólidas las hojas de la puerta, y aferrados a ellas se intuyen los cerrojos internos; forman unidad barras y tablones y, siguiendo el ejemplo del ermitaño, tampoco ceden. Por indicación del alguacil entran en la casa y sacan a dos señoras medrosas, asustadas. En sus mujeres violentan a Silvino; un infame uniformado rasga las sayas con la bayoneta que araña la piel. Alma impetuosa en cuerpo gastado, el octogenario hace frente al soldado bandido recibiendo un culatazo en el rostro que basta para derribarlo sangrante. La esposa, con tal de evitarle tortura facilita las llaves al capitán de la tropa invasora, y se abraza al marido al tiempo de verle dar las boqueadas. Se han ido arremolinando vecinos que, mordiéndose la lengua, observan la actitud avasalladora de los soldados franceses. Cargan los soldados en uno de los carromatos, de considerables dimensiones para los usos del lugar, algunos cuadros de autor desconocido, dos tallas atribuidas a Alonso Berruguete que forman trinidad con un Cristo, el valioso cáliz y una casulla bordada con hilos de oro. Un chavalillo atrevido, poco más de diez años, cruza un palo en una de las ruedas para que los ladrones no se lleven el botín. Un pescozón lo derriba; y un puntapié, ya en el suelo, remata la proeza de un militar sin entrañas. La madre del niño acomete al verdugo gritando improperios, pero éste la toma de los brazos desnudos, del talle, y la arroja rodando por la lindera que bordea el camino de Taragudo y los montes.
Los vecinos, con ademán hostil, debatiéndose entre el deseo de venganza y el miedo a las represalias, siguen a la cohorte extranjera, al alguacil y a los regidores, hasta el castillo. Los hombres que se afanan en el campo conocen lo que ocurre; esposas dolidas les llevan las noticias, o los motriles encargados del aprovisionamiento. Una orden, un ruego reciben del Alcalde Mayor y de un Alcalde Ordinario: «Habéis de permanecer alejados de la villa; nada ganamos con el ataque, el destacamento es sólo una avanzada del cuerpo de ejército que ocupa Palencia».
En la explanada del castillo esperan los bocoyes exigidos, colmados del vino que los franceses encuentran suyo en todos los sentidos. Los soldados disponen los carrales de roble en el carretón, y los sujetan con maromas a las teleras bajas y a los travesaños firmes, sirviéndose de los costales para impedir que rueden. Al lado, los santos, acostados sobre las casullas, cubiertos de capas pluviales doradas, atados con cíngulos, parecen ausentes de su misión protectora. Las mantas abiertas, extendidas sobre sacos de yute llenos de garbanzos, lentejas y titos, que cuatro uniformados requisaron de paneras casi vacías, colman los huecos y completan el carro. No habiendo llegado la llave, aceptan del alguacil la idea de acometer la puerta del castillo con el carruaje desocupado. Toman de las cabezadas a los mulos, los fuerzan a girar hasta alcanzar la posición contraria y, amenazándolos, golpeándolos, consiguen que cejen hasta fijar los corvejones en tierra y elevar al cielo las manos. Golpea la madera a la madera y en el pulso obligado, sin gran deterioro, cede la puerta. Entran los invasores, observan el patio, se acercan al pozo insondable, recorren las habitaciones y juzgan el recinto pintiparado para albergar a la tropa y a las caballerías, muy apropiado como almacén de víveres y polvorín. En nombre del General Lasalle y del Emperador Bonaparte toman posesión de la fortaleza; y aunque no dejan guardia, instruyen al alguacil para que el herrero ponga nuevos cerrojos y él guarde la llave. De la Casa Grande parecen no tener noticia, por eso se salva momentáneamente de la ocupación.
Don Pedro, el párroco, cincuenta años vividos, los diez últimos al cuidado espiritual de Valdepero; flaco, nervioso, recibe a los soldados con las puertas de la iglesia abiertas de par en par. Es pacifista y le producen espanto las armas. Tallas valiosas del altar mayor, madera oscura en su color natural; casullas de gala tiesas de los hilos de oro que las adornan; la cruz de plata, el incensario del mismo metal y la custodia que se muestra sólo el día del Corpus: todo ese tesoro deja don Pedro que se lleven como si fueran baratijas o viejos aperos de labranza. Rodeado como está de miradas coléricas, amilanado a la vista de los fusiles y los machetes, aturdido por las palabras extranjeras, permite sin oposición que los objetos sagrados vayan a parar al carromato y allí los acomoden entre cuatro tablas a modo de cajón.
Tiembla don Pedro al lado de la sacristía; teme acaso que los soldados se acerquen al Sagrario, pues dentro está el Copón donde el Dios del Gólgota descansa tras su sacrificio. Eso hacen: al Tabernáculo se aproximan, y usando un sable como palanca saltan el cierre que no es sino un sortilegio pensado para elevar al Creador sobre las criaturas, una clave válida para situar al Omnipotente arriba de los desvalidos humanos, que solo arrepentidos de las flaquezas son dignos de recibirlo en su oscura morada. Los ve hacer el medroso don Pedro y, enérgico de una furia que no sabe de dónde le viene, se adelanta a los profanadores. Trata de tomar las Hostias consagradas, cuerpo vivo de Nuestro Señor. Quiere comulgar con todas ellas, guardarlas en el recinto sagrado del alma. Ya no siente miedo; se ve gigante y desprecia a las huestes armadas de Satán, desoyendo las palabras sin sentido que profieren. Forcejea con un salvaje, un ateo volteriano, un jacobino enviado del infierno; y lo hace porque ama a Cristo más que a la vida cargada de potencias. Un empellón recibe que lo lanza contra la verja, frontera defensora del Sancta Sanctórun frente a las asechanzas del mundo engañoso. Don Pedro, que padece frecuentes arrebatos epilépticos, se agita echando espumarajos por la boca y bracea y patalea como un poseso. Retroceden los soldados al verlo, quizá creyentes, quizá supersticiosos, y es el propio capitán Bonet quien, para dar ejemplo, golpea reiteradamente el cuerpo con la culata del fusil y atraviesa el pecho del sacerdote con la bayoneta de uno de los espantados.
Han recibido los agosteros recado de no reñir con los militares, pero las mujeres de Valdepero no entienden los intereses que animan la política y, ante la despiadada actitud de los franceses, piensan suplir a unos hombres que prestan oídos a la autoridad negándoselos a la sangre. Hablan en concilio de cuatro, de seis, de quince, porque se van sumando valientes acaloradas. Hablan de rescatar a las mozas de su propia cautela, y todas juntas, las unas y las otras armadas de cuchillos tocineros, de atizadores del hogar, de rústicas escobas, asaltar al destacamento francés y cerrarse en el castillo por si vienen de Palencia refuerzos. Ya lo hicieron sus tatarabuelas en 1521, fecha que está grabada en el frontispicio de la fortaleza para que ningún vecino olvide. La mujer del Alcalde Mayor baja los humos a las cabecillas con unos humos más altos de alcaldesa consorte, y todo queda en intento.
Va bien avanzada la mañana y el calor aprieta pese a que unas nubes oscuras nacidas al oeste se acercan al sol. El alguacil, que ha traicionado a su pueblo en varias ocasiones en lo que va de día, por una sola vez engaña al enemigo. En las indicaciones dadas a la patrulla que quiere ir a Husillos, aconseja la parte más quebrada, el camino de la Cuesta; y se ofrece a acompañarlos. Almorzarán en las proximidades de la villa y visitarán la abadía, pues tienen noticia de los relieves valiosos que cubren sepulcros de gente principal. Dos chavales, previniendo a los que encuentran al paso, se encaminan a todo correr hasta Villazalama.
Precisamente en esos pastos ocurre la pendencia que enfrenta, unos contra otros, al mundo entero y verdadero. El bosque frondoso tuvo su principio en un insignificante brote, el caudaloso río fue una fuente; el germen del enfrentamiento estuvo en un leve reproche dirigido a un zagal por un segador. Recibió como un cantazo el pastor la reprimenda, contestando con alguna inconveniencia superior. Su agarrada inmediata resultó un imán para quienes se percataban de cerca o de lejos de lo ocurrido; y ahora, transcurrido un rato largo, salta el calañés por los aires, del jubón de bayeta se toman, del calzón de paño de Astudillo; a tirones descomponen la figura y dan con el oponente en el suelo. Allí las puñadas en el rostro, allí las trompadas en el pecho. Sabino y Tirso defienden a los trashumantes, a los de chaqueta de piel de cordero, a los que huelen a leche agria; mas no tienen reparos en apoyar a los labriegos o a los segadores si la razón es suya. Dos chavales llegan corriendo como galgos y anuncian la cercanía de los franceses. Relatan en dos o tres frases los crímenes cometidos contra el ermitaño y el cura, las heridas causadas a los indefensos, los múltiples robos. El exceso de tensión mata la reyerta, llegándose a la única determinación aceptable.
– ¡A la cuesta! -grita un segador- allí los sorprenderemos.
– ¡A la cuesta! -repite una voz que es un eco de voces, la unión de veinte voluntades al menos- que cada uno mude sus trebejos en armas: dalles, hoces, rastrillos, horcas, navajas, garrotes. -Añade el segador que parece más decidido.
-Poco somos si no recuperamos los santos y vengamos a muertos y heridos. Poco somos si dejamos marchar a los soldados franceses sin escarmiento. -Así se expresa un desconocido Tirso en la parrafada más larga que de él se recuerda.
Alargan los chavales su carrera para dar aviso a los de Husillos y, al momento, se yerguen horcas de guinchos puntiagudos y rastrillas de madera exhibiendo dientes desiguales. Bajo las nubes sombrías se enarbolan hoces recién afiladas, dalles temblorosos. Cachavas y cayados de fuerte apariencia bailan en el aire. Hondas giran preñadas de piedras. Se agitan escopetas de caños relucientes cuando se oye un fragor de batalla, un rumor de cortejo. Voces airadas maldicen a los culpables de la violencia y la rapiña; votos y juramentos prometen venganza. Sabino y Tirso descubren un uso agregado para sus navajas, y de ellas reciben un valor crecido. Hombro con hombro marchan animosos en el grupo que se dirige a la Cuesta. Amigos, hermanos, una espiga forman los que antes se enfrentaban. No los separa el oficio ni la circunstancia insignificante de haber nacido en un pueblo o en el otro, abajo o arriba. Les une la defensa de aquello que los hace infelices, un albur que los lleva a través de pedregales infecundos, apremiados por obligaciones que requieren mucha tenacidad para llegar a término.
En los cárcavos se apostan, en las linderas cubiertas de zarzas. Toman posición en los recodos del camino, en las grietas del barranco. Un cazador queda arriba, vigilante de la tropa, ceñido a su perro. Ya no pica el sol, el bochorno parece venir de las nubes moradas que cubren el cielo, de los rastrojos, de los sembrados erguidos y los caminos polvorientos. Llegan los franceses con sus lucidos arreos, con fusiles y sables; a lomos de sus caballos llegan, subidos al pescante de los carros. Son lo menos treinta y de sus frentes resbala el sudor. Piensan unos en sus padres, en sus novias, en las esposas dejadas en la tierra patria, en los hijos acaso. Otros, los despiertos, los más perspicaces, se preguntan al paso medido de los mulos si es ésta la gloria que vinieron a buscar ilusionados. Si es ésta la tierra, si son éstos los hombres, cuya derrota les ha de procurar la fama perseguida, si a contienda tan despareja llamaba el emperador Bonaparte, y si los campesinos ven en ellos la grandeza de Francia: igualdad, fraternidad, libertad y progreso. Ya están al inicio de la cuesta y divisan Husillos, cuando unas gotas enormes se mezclan con la tierra de las roderas, formando una mezcla que se hace barro denso. Cien truenos siguen a cien relámpagos o viceversa.
El diluvio es una realidad alejada del antiguo mito. Se ha concretado partiendo de un cielo negruzco para precipitarse en un suelo ávido de líquidos, arcilla reseca. Ignorante de la zalagarda la columna entra en el declive con los carros situados en el centro. Uno va lleno y el segundo esperan llenarlo en el pueblo que aparece allá abajo, al otro lado del río. Les ha dicho el alguacil que a la entrada hay una pradera y, en ella, un molino; espacio apropiado para acuartelarse. El camino se inclina por momentos; a la derecha o la izquierda se turnan el barranco y la ladera siguiendo un zigzag que busca suavizar la pendiente. Surge una jauría de perros: sabuesos, mastines y algunos hijos de cien mezclas. Obediente a unas voces cuyo origen se ignora, la horda canina ladra a los caballos de los caballeros, a los mulos que tiran de los carromatos, muerde sus patas, espanta su decisión, muda el sentido de la energía. Se alzan de manos las bestias y algunos soldados besan el suelo. Se oyen disparos de escopetas emboscadas; no se distinguen las cabezas que miran a lo largo del tubo, no se ven los dedos que aprietan el gatillo. Cazadores, aprendices de bandido y los bandidos hechos han esperado mudos pegados a la yerba seca; respiran hondo, apuntan con tranquilidad y ninguno yerra. Cuatro, seis soldados se doblan en sus cabalgaduras y resbalan hasta quedar tendidos al borde del carril. En personas armadas de hoces se transfiguran las zarzas, de las cárcavas surgen cuerpos que el chaparrón difumina, en las grietas del barranco nacen figuras espectrales que agitan dalles, rastrillos y horcas.
No basta la galga para fijar las ruedas a las rodadas hendidas; crúzanse los carros, siguen la pendiente fácil y su peso arrastra a las bestias. Animales y carretas descienden dando tumbos, soltando los bocoyes de vino, costales de grano, imágenes sacras. Causando un ruido metálico las bayonetas prolongan cañones; se esparcen las órdenes a través de la lluvia mezcladas con gritos de pavor y blasfemias. Los franceses reaccionan y siguen al pie de la letra el manual que define las maniobras precisas en caso de emboscada. Un pastor cae malherido cuando la hoja de un sable abandona su pecho. Un gorro militar escapa de la cabeza aplastada por un cayado robusto. Seis, ocho figuras armadas, procedentes de Husillos, se incorporan desde abajo al grupo atacante. Impetuosos caballos sin jinete se despeñan sumándose a los descoyuntados por las vigas de los carruajes: patas quebradas, pescuezos torcidos, vientres sangrantes donde las astillas se internan, tripas exhalando el olor de la cebada a medio fermentar. Se recortan en lo alto unos contornos esquivos; varios mozos de Valdepero se incorporan al combate. Momentos antes de esparcir el mejor vino de la comarca, los bocoyes aplastan a los que llevan las riendas en el pescante: uniformes empapados de caldo, voces reclamando un socorro que nadie puede prestar. El agua baja con poderoso ruido de arrastre, con rumor de torrente; lavándolo todo, rostros y vestiduras; manchándolo todo.
En su nuevo menester las navajas de los dos amigos causan temor a los soldados. Abren fisuras en los uniformes, pinchan costados, cruzan caras y marcan mejillas. Descubre Sabino que atacan a un hortelano de Husillos; ve a una pareja de invasores ventajistas, acorralando a un compañero de quien ignora el nombre. Bayonetas manchadas de sangre amenazan su vida, una por el pecho, otra por la espalda. Lo ve Sabino y salta como un tigre apretando la navaja en su puño acerado. Tirso observa el movimiento del amigo y lleva su mirada al rostro de quien teme ser doblemente ensartado. Ellos se leen los gestos y basta una seña para que cada uno ataque a un soldado. Aprovecha el hortelano el trance y se escurre como anguila. Los franceses, adiestrados en su oficio, esquivan con facilidad los envites. La rabia que Tirso contagia a su brazo se disuelve en el aire sin más consecuencia. Fatalidad de fatalidades, el empuje que Sabino pone en su navaja, desorientado, se interna en el pecho amigo; y el corazón generoso de Tirso recibe a la hoja del hermano como hermana.
Cesa la tempestad y se desvanecen las nubes descubriendo un azul blanquecino. El olor a tierra mojada, a nías húmedas, impregna el ambiente. Sabino, dominado por una pena muy honda que lo ahoga, se sienta sobre una piedra truncada, solitaria; y desde ese punto de mira observa el tétrico paisaje de la cuesta. Es testigo un sol que ya ha traspasado la vertical hace tiempo.
– ¡En mala hora compré las navajas! –Exclama Sabino a la vez que levanta la mirada dura y el puño cerrado hacia un cielo que recobra la serenidad.
Ignora a ciencia cierta el modo en que se desarrolló el percance, más ya sabe quién templa las hojas de acero. El demonio y su torpeza han robado la vida al amigo del alma, y formando el ánima amiga parte de la suya, queda él incompleto, amputado. La sangre que hace unas horas fluía briosa por las venas, alimentando sueños jóvenes, llevando a la acción los proyectos maduros, se mezcla ahora con el légamo sucio.
Si en esto consiste la ansiada victoria -se dice asqueado- debiera ponerse sobre aviso a los contendientes antes de comenzar las batallas; porque siendo la victoria tan dura, la victoria en las guerras no existe.
Pregunta su conciencia qué será de los seis hermanos de Tirso, menores que el muchacho muerto, sin padre los pobres y con la madre enferma. En lo íntimo se hace responsable de su suerte y la liga desde ese momento a la suya. Se irá donde haya dineros, los ganará y ayudará a la familia que ha desgraciado.
A quince se eleva en el lado civil el número de bajas; cinco cadáveres y diez heridos de diversa importancia; cuenta entre los leves el alguacil, viajero en el carretón desocupado. Del bando militar no quedan supervivientes. Un grupo de caballos que ha salido indemne, mordisquea unos juncos al final de la cuesta, pequeño llano que cruza un regato mínimo. Hay soldados víctimas de sus mismas armas, sables, bayonetas, tomadas por los lugareños en defensa propia, en el propio ataque. Los hay que presentan heridas de navajas, de horcas, de hoces y palos; y ante el temor de una descubierta francesa que aclare el desastre, son llevados al pueblo y arrojados al pozo del castillo, a la insondable corriente subterránea en que se aprovisiona. Antes de dar parte a la tropa asentada en Palencia de lo acontecido en el pueblo, se ensaya el teatro que se ha de fingir. Hombres, niños y mujeres participan en la representación, para que a nadie se le escape un extremo que lleve al ovillo. Restaurada la confianza que en él tenía el Ayuntamiento, el alguacil se revela como un buen consejero. Los muertos propios, caídos a lo ancho de la Cuesta, se colocan en los escenarios del paso francés: el hospitalillo, el pósito, las ermitas, la puerta del castillo y la iglesia. Los vecinos proclives a aceptar en lo inexplicado la intervención divina, encuentran milagrosa la salvación de las tallas robadas al santuario del Consuelo, intactas cuando todo lo demás se ha hecho añicos. Acuerdan restituirlas al lugar de su culto, mas sin volverlas a los altares en previsión de nuevos saqueos. Emparedadas quedan en un esconce bien disimulado.
Inventan con todo detalle una explicación del suceso que los exonere de culpas: «Bebieron los soldados en el mesón hasta embriagarse, bebieron los oficiales en el Ayuntamiento; hicieron un alto para resguardarse de la tormenta y, abriendo la espita de los bocoyes, bebieron. Guiaron mal a los mulos que se despeñaron con toda su carga: allí están las duelas tronchadas de los carretones, allí los mulos mostrando sus vientres abiertos, allí están los cadáveres con fuerte olor a vino. Los soldados abrieron pendencia unos contra otros, y unos contra otros los más se dieron muerte, desertando unos cuantos que conservaron la vida».
Del barro rescató Sabino la navaja de Tirso, y enlazándola con alambre a la suya, cien veces maldita, arrojó el atado al pozo del castillo tras los soldados culpables de todo. Evitando enfrentarse a los franceses, temeroso de poner a prueba su rencor, sin tomar hatillo y sin despedirse; escapando de sí mismo camina el desventurado hacia el Norte. Se dice que va a agregarse a la cuadrilla guerrillera encabezada por el Marquesito. Se dice que marcha a Lebanza donde quiere ser lego. Se dice que pretende llegar a Santander para embarcarse hacia América. Pero vaya donde vaya llevará en la intención a los hermanos de Tirso.

 

O.- Marinero en la sentina

Mi mar: inmenso desierto, despeñadero profundo; aliento que viene de la palabra originaria y conocerá la consumación de los siglos. El decir del hombre compone a su costa misterios y leyendas a medida de la ignorancia, del miedo, de la admiración. Arma historias del tamaño de los abrazos gozados, de los rechazos sufridos. Con todo, la imaginación puesta a inventar a veces concreta los relatos en torno a lugares y personas, pues sabido es que la naturaleza secunda a los inventores, animándolos, estimulándolos en el ejercicio de la fantasía, en la imprescindible labor de sugerir nuevos cauces a la realidad. Mi mar, calmo y agitado, colérico y apacible; es un padre severo, una madre tolerante: considerado si te sujetas a las normas que lo rigen, inmisericorde si las ignoras.
Amura de un barco gigantesco ha de ser la costa, o aleta, según se mire; arrufo o quebranto. Orilla de los galaicos, de los astures, de los cántabros, de los vascones. Piélago de las anchoas, del bonito, de la ballena; de la traína, bolinche, ardora, cerco y enmalle. Aguas de la necesidad y del esfuerzo, aventura cotidiana y despensa renovada.
Si comparamos áreas, migajas nos llegan. En determinadas partes, el Mar del Norte es una masa cambiante de pececillos, de anchoas fecundas que se manifiestan y mueren en actos muy próximos. Un número cercano al de las estrellas en las noches serenas, recorre la inmensidad sin fijarse un destino ni preocuparse por seguir el sendero que lo alcance. ¡Adelante!, ¡adelante!, parece decir la manjúa; y sigue contra viento y marea a pesar de las bajas que causan otros peces y los aparejos del hombre. Millones y millones de anchoas que, si no impiden la entrada en el agua a los remos, al menos la dificultan, entorpeciendo a las quillas la tarea de abrirse camino. Sin embargo, en nuestras aguas disminuyen campaña tras campaña, despojos de la infinitud que anega el mar cercano.
Yo estoy sumido en mi lecho de tristeza, barquichuelo anclado en el puerto, varado en la orilla, en astillero de composturas. Un venenoso pez araña de púas calcáreas, un anzuelo ignorado entre los hilos, un arpón, una idea fija y puntiaguda perforan mis vísceras sensibles, los órganos vitales. Permanecen mis piernas en reposo, miembros lánguidos, estático el tronco entero, quizás el alma quieta, la voluntad decidida a la inacción y al abandono. La ventana me trae la brisa, los olores aprehendidos, la visión del mar y su temblor constante.
A primeros de junio el bocarte puesto a salvo se aleja mar adentro en dirección nordeste, con la idea fija de unirse a la manada principal que pasta y se aparea siguiendo un mandato atávico marcado en las agallas, en las escamas brillantes. Los huevos se agitan en el vaivén de la corriente, acompañando a los progenitores, eclosionando radiantes, felices; sumando, multiplicando el número, compensando la resta, invadiendo, alimentando, cerrando el ciclo que les da provecho y conciencia de utilidad en el conjunto del universo.
Mediado el mes de agosto, viniendo ya por el sendero de los días setiembre, la albacora llega al Cantábrico acompañada del cimarrón, y las anchoas son el cebo vivo que los ilusiona y hace prisioneros, víctimas. Otra vez los bocartes dando sentido a su vida, sirviendo al concierto estelar, haciéndose música celeste, aceite en el engranaje general. Pescadillas y bacalaos se nutren de ellos y, engordando, se transforman en digno bocado del esturión. El ciclo del alimento ¡qué maravilla!, del plancton a la ballena pasando cien veces por el hombre. Sin esperar que venga, saliéndole al paso en las Azores hacia el mes de junio, repitiendo batida ya huésped de nuestras aguas, con el suave señuelo de la anchoa es atrapado el atún.
Cuatro meses después del accidente, cuando los efectos de la conmoción se iban diluyendo, al festejo del cumpleaños que me ingresó en la mayoría de edad asistieron todos. Vinieron a felicitarme y a tomar una copita de ron de caña: tres botellas remitidas por pescadores cubanos enterados de lo mío a través de radioescuchas. Desde entonces he vivido una rutina humillante que ayer se quebró. Ayer me impusieron las autoridades la medalla al Mérito Civil que me concedió el Ministerio. Durante el acto mezclé la alegría con una tristeza liviana, melancolía neblinosa, saudade de tiempos más completos; pero rompí una pasividad que acaso esté emparentada con el desencanto y la falta de proyectos. Mi madre, agitada, se movía sin pausa por las habitaciones, observándome, atendiendo a las visitas, sirviendo dulces. En los últimos instantes, los de mayor quietud, la noté satisfecha del esfuerzo realizado; y es de suponer que, aceptando la realidad de la desgracia, se viera, de algún modo, consolada por la condecoración.
Hasta Rosa llegó. Vino tarde, cuando los demás se iban; temí su ausencia, pero al cabo lo preferí de esa manera porque la tuve más próxima, junto al lecho; primero, tímida, azorada, luego sentada en las sábanas, doblando con cuidado la colcha para no arrugarla, charlando de las cosas que encarrilan la existencia. Me llegaba su aliento tibio, su vivo olor a hembra; y me hubiera gustado tenerla abarloada conmigo, aunque fuera un instante bien corto. Ella, la que pudo ser y ya no será, aparecía tierna, solícita, encantadora; como reprochándome mi timidez de entonces. Estaba yo por aquellos días, cuando el naufragio, rumiando unas palabras serias, buscando a la oportunidad un tiempo sereno, sin testigos. Su sonrisa transparente, su mirada de seda y la voz mimosa de las preguntas y respuestas, daban confianza al arrojo frenado por el recelo menguante; iba a intentar decirle que el tiempo se me hacía corto con ella y que necesitaba más. Tiene novio. Lo anunció con indiferencia fingida. Viene a verla de tierras profundas, del fondo de la mina. No quiere pescadores me dijo. “Pues anda, que no hace sufrir la tierra cuando se hunden los pozos o explotan las galerías”: me salió de pronto. No la gusta el vaho de las vacas en el establo, ni el establo vacío; y de oficio más llevadero sólo encuentra guajes; los hombres hechos las buscan de ciudad. Espabilaba yo por momentos, azuzado por mis dos amores. “El mar es un mundo sorprendente” -abrí a Rosa, para que saliera ese sentimiento, mi interior más protegido- “un arca” –añadí- “un baúl lleno de tesoros antiguos, atestado de futuro, expedito para los osados que levantan la cobertera invisible; disciplinado y noble”. “Sí, noble;” –insistía- “respeta a los valientes que arrebata y escupe sus cuerpos, los devuelve a la playa, se los entrega a las madres, a las novias o esposas; los empuja para que los lloren y bendigan, para que se unan a la tierra alta e inclinada del cementerio y mantengan los ojos abiertos a los cambios de humor de las olas”. Lo escuchaba mi madre como quien no quiere la cosa, atenta a la ternura que presentía llegando a la boca desde el corazón, pariente de pescadores que ya ha cubierto la cuota de sobresalto, pendiente día y noche tanto de la agitación como de la calma. “Rosa, ya ves, no quiere enamorarse de los pescadores porque se van al peligro diario”- me señaló mi madre reprimiendo las lágrimas en cuanto se fue la chica- “es inteligente:” añadió concluyendo.
Guapa, razonable, mujer de su casa, honesta -la gusta para nuera a mi madre y no lo disimula- limpia, discreta. Será mi amor en lo profundo del alma, promete mi cerebro confuso. A lo mejor me quería con amor ya hecho, crecido; y no lo supe. Y ahora, inmóvil, atrapado por el desastre de la quietud extrema, presos los miembros, rota la espina; que iba a hacer conmigo, pescado enredado en la malla, muchacho inservible. La miro pasar y la sueño; podíamos tener relaciones felices de no haber ocurrido el desastre. Ah, si me hubiera atrevido a hablarle cuando la Virgen del Carmen era motivo de fiesta. Me siento vivo; un vigor cálido sube desde los dedos por las piernas, por la médula, inundando mi pecho, mis brazos, mi cabeza.
El patrón de pesca, socio del armador, dejó, al marcharse, mil duros; ayuda lo que puede, está mal la mar, lamenta; lo sé, los peces disminuyen a zancadas de gigante, somos muchos y alguno utiliza artes que dando hoy pan guardan el hambre para mañana. No estaba amparada mi desdicha por ninguna póliza, era muy joven e iba con mi padre como si fuera un ensayo; no se asegura a los grumetes y lo sabíamos. Comprendo las razones de la propiedad, pero mi madre llora a escondidas, con lágrimas borradas que a veces descubro en dos surcos rojizos. Una madrugada de despiece azabache perdió todo el apoyo disponible; porque a mi padre -aún no lo creo- lo arrojaron por la borda un golpe de mar y un viraje del casco cuando me liberaba él de las bozas, la estacha, la lasca y los aparejos que sobre mí se habían dado cita impulsados violentamente por el agua, desgarrando tejidos, quebrando huesos. Preservó el hombre la existencia de alga que llevo, y pagó con su cuerpo, que se fue alejando, buceando hasta las profundidades, agotando una sed enorme que viene de siglos, intentando sin ningún progreso beberse las aguas cuajadas de peces. Volvió dos días más tarde inflamado y azul, siendo él y no siéndolo. Yo había salvado a dos, a tres, según confiesan ellos; no lo sé con exactitud, porque actuaba de forma mecánica, dirigido por fuerzas extrañas a mí, al dictado del instinto; aunque eso no cambia las cosas, no disminuye el mérito ante los otros, las simpatías, el sentimiento que crece y ensancha. Resultan efectivos los homenajes, pero cuando se fueron los promotores, el globo se vació y me quedé más huérfano; la medalla de orgullo que trajo el delegado ministerial ni hace compañía ni da sustento. Una silla de ruedas; rehabilitación que mueva los brazos, recuperar medio cuerpo de la cintura hacia arriba, todo eso han prometido entregarme.
El bacalao es muy fecundo, pone la tercera parte de su cuerpo, en peso, de huevas arracimadas. Allí estaba yo, allí mi barco para impedir que el mar se saturara. Colonias, ciudades, flotas enteras se sumaron, una técnica culinaria nació para darle salida. Así y todo, el esturión supo que era necesitado, el hombre iba a ser vencido. Cansados de esperarlo nos acercábamos a sus caladeros arrastrando redes largas -cuarenta, cincuenta metros de eslora- remolcadas por parejas puestas a rumbo, filando, soltando cable. De Barents traían piezas muy grandes, de Groenlandia, de Terranova, del Mar del Norte, del Báltico y de otros lugares de nombre extranjero y pronunciación difícil. Mi padre me lo contaba siendo yo un mocoso, y el recuerdo me guio cuando buscaba la puerta de entrada al futuro, ayudando a que mi padre cediera y me dejara acompañarlo. En los días de mar enfurecida, terminaba pronto la tarea de restauración y me hablaba del remo y la vela, de la bancada, de la época heroica descrita por mi abuelo; se extendía en el diésel, en las embarcaciones, las bellas merluceras, las boniteras galanas; las comparaba luego con las bacaladeras y pasaba a otro mundo, el de la pesca de altura, más industrial, menos humano. Me decía de vientos, de tormentas aterradoras, de conquistas de cotas lejanas, de pesca abundante, de regresos en lastre, a la deriva, desanimados. Y yo sorbía en sus labios el mar, los infinitos matices y el comportamiento humano del gigante incansable.
El arte de la cacea cuenta en estas aguas con la larga tradición de la traína y el bolinche; sin embargo, opinaba convencido mi padre, no cuajó la almadraba mediterránea al pasar los túnidos en su peregrinaje anual alejados de la costa. Eslora de más de quince metros, manga de casi cuatro; motor de ciento veinte caballos que daban ocho nudos de velocidad temblorosa. Una merlucera en la que faenó en sus primeros tiempos, era descrita de esa forma por mi padre y maestro. Él y sus compañeros realizaban mareas de tres o cuatro días, faenando casi siempre con bolinche y, en raras ocasiones, con pincho. La agitación constante ponía a prueba los estómagos y los reflejos, enfrentándolos a los guiños, cabeceos y balances del casco.
Paseaba luego su añoranza por las boniteras, de casi veintiocho metros de eslora, siete de manga y puntal de tres y medio. Remarcaba, pleno de admiración, el potente motor de trescientos briosos corceles, capaz de alcanzar una velocidad de diez nudos. Los hombres compartían espacio en igualdad de derechos con algas, salitre, brea; aceite, combustible, agua, hielo, conservas, salazones y viveros. Docena y media de pescadores concentrados en unos palmos tan sólo, y a proa, donde la nave es puro movimiento, habían de hacer filigranas para hilvanar una convivencia obligada a durar doce o trece días. Pesca artesanal y de bajura, entrañable; de cuando el hombre y su oficio se enfrentaban a dificultades discordes, venciéndolas. Lo prueba el palangre destinado a los besugos, un arte nacido de la habilidad, la reiteración y la memoria; tradición verdadera mejorada por cada generación hasta llegar a la línea de cuatrocientos metros y un centenar largo de anzuelos. O la pesca al pulso en las aguas gordas, el calado de cestas, el cebo vivo y el cerco; expresiones que se hacen sinónimo de aptitud, experiencia y destreza.
Mi madre va a mariscar mientras quedo al mando de la casa; ha de sacar unas pesetas que suma al dinero de la pensión de viudedad, escaso y amargo. La envidio; su posición es la ideal: anfibia como las sirenas. Cefalópodos, crustáceos, playas, arenales y acantilados; siento en sus piernas desnudas, en sus pies descalzos, el permanente vaivén que cubre y descubre el renovado objeto de su búsqueda, almejas, navajas, mejillones. Me sitúo en su lugar: sus ojos son mis ojos, sus manos mis manos. Se torna flexible la rígida bisagra de mi tronco, y empleando la intuición, la vista, el oído, el gusto, el tacto y el olfato, frágil madero frente a un mar inquieto, me apodero de un puñado de percebes gordos como dos dedos gordos.
Una tabla liviana o un tronco hueco, una brújula, un lienzo resistente; hubo marineros que llegaron lejos sirviéndose de medios tan elementales. Se hace necesario un entendido así en el astillero. Ambos se beneficiarían: el navegante y la embarcación. ¿Quién no ha deseado, en ocasiones concretas, unos metros de eslora a mayores para su barco? Cualquiera cambiaría el castaño empleado por los carpinteros, o el eucalipto, por roble de Francia o pino de Galicia. Si nos dieran a elegir preferiríamos siempre el duramen más compacto, y un buen tratamiento contra los conióforos, esos hongos parásitos culpables de la putrefacción cúbica que reduce a un tercio la vida de la nave. ¿Quién observa mejor que el marinero el comportamiento de la pintura frente a los organismos vivos o los elementos? Quilla, costillares y forro; quién, de no ser el hombre de mar, puede aconsejar la forma, las mezclas de materiales, las uniones, las colas de mejor resultado práctico. Y en la sala de máquinas, corazón y alma del buque, el parecer del maquinista debiera ser demandado. No es así y, desaprovechados, ni damos ni recibimos; desconocemos detalles imprescindibles para sacar provecho íntegro de las herramientas, de ahí accidentes, de ahí fracasos en el alcance de los objetivos.
La ballena llevó a los pescadores de este mar bravío a parajes lejanos. Osados, románticos, salían en busca de sustento. Argonautas intrépidos, único sostén de sus familias, columnas que en su caída arrastraban el hogar íntegro. Es más, hubo un tiempo en el que los cetáceos nos visitaban, poniéndose a nuestro alcance, ofreciendo su carne y su esperma, sus barbas, su piel, sus huesos: una montaña de utilidad neta. Un diestro arponero, en pie sobre la barca inestable impulsada por unos cuantos remeros, se oponía en clara desventaja a la fuerza descomunal, a la prontitud en las evoluciones, al aguante bajo el agua y a emersiones sorprendentes. ¡Por allá resopla! Lucha noble entre el hombre y el cetáceo que a duras penas lograba equilibrar fecundidad y capturas. Me hubiera gustado conocer aquellos tiempos heroicos, pero ni mi padre ni mi abuelo los vivieron; sólo conozco las historias contadas en los ratos muertos entre sorbos de caldo o de orujo, redondeadas, embellecidas por la imaginación.
De la ballena al bacalao. Ahí sí que entro, en esa pesca aparecí. Galeones panzudos, goletas, bacaladeras evolucionando sin pausa, siglo a siglo, hasta fraguar una leyenda de riesgo nacida de cientos de marineros desaparecidos cada temporada. Imagino embestidas del hielo deslizante, choques con montañas móviles de un níveo azul transparente, bodegas repletas de tiras de pescado cubierto de sal, destripado y sangrado a la perfección hasta conseguir el blanco de su carne gruesa, símbolo de calidad y alto precio. Terranova, tierra de promisión, paraíso inhóspito. Proas inclinadas y reforzadas, capaces de enfrentarse a las planchas de hielo. Dobles mamparos y forrado aislante para oponerse a los fríos del Atlántico Norte. La madera da paso al acero y esa evolución trae múltiples modificaciones. El tamaño aumenta; sesenta metros de eslora que, en el dique seco parecen inacabables, pronto se quedan pequeños. Del bou se llega a la pareja. La capacidad de almacenaje incrementa la necesidad de las capturas, y como la duración de la temporada no varía, crece la urgencia en el llenado de la bodega apareciendo las primas de producción que redondean el salario. La rentabilidad se hace tirana y depredador.
Hay que enfrentarse a la tormenta, debemos plantar cara, poner proa al oleaje. Esta teoría ha causado desgracias sin cuento. El torbellino es temible cuando la espiral interior se desplaza con dos movimientos simultáneos, rotación y traslación a un tiempo como la Tierra. Entrar en la vorágine es dirigirse al suicidio; la nave de madera gira cayendo o elevándose, pluma a merced del viento. La calma ofrece luego un paisaje asolado: enseres diseminados ocupan una lámina líquida; palos, tablas, velamen y jarcias flotan quebrados o desgarrados con un leve vaivén. Hay cadáveres entre los despojos, pero los supervivientes sufren una agonía atroz.
La tempestad, castigo de alguna divinidad colérica, capricho de la naturaleza fuerte y orgullosa, se ha manifestado originada por causas definidas y es previsible. Mas cuando el deterioro de la técnica impide la información, nada parece haber cambiado. Entonces la pesadez del aire, el calor pegajoso y la incertidumbre de lo que va a pasar, estimulan el sexto sentido que acierta cuando espera el peligro inminente. De golpe todo se tiñe de negro, el cielo y el agua; las olas crecen oscuras por debajo, brillantes arriba, blanquecinas en la testuz y en el cogote. La agitación se inicia; la danza temible que no deja títere con cabeza tiene allí su principio. Lo superior y lo inferior se intercambian hasta unirse en giro interminable. El cenit y la sima se encuentran en idéntica vertical y el barco se desploma. El agua barre la cubierta desplazando cuerpos inertes como objetos sin alma. Quienes maniobran apurados en cubierta se sorprenden indefensos y, si no logran asirse a tiempo a los salientes o a los entrantes, se hacen mar con los torbellinos que muestran el fondo abisal. Los relámpagos queman la noche, la llevan a la ignición y la evaporan en segundos. El rayo despoja a la nave del manto oscuro y la muestra pudorosamente desnuda. Los marineros, mi padre y yo entre ellos, nos agitamos frente a la potencia desatada del universo; seres primarios oponiendo briznas de energía a la fuerza de los cataclismos. De manera instintiva con una mano me aferro al cabo huidizo y con la otra al cinto del compañero arrastrado. Logro mantener los miembros al borde de la desgarradura, deslizo al desvanecido hasta un remanso donde la resaca lo lame sin llevárselo y, exhausto, me deslizo apoyado en los codos, en las rodillas, en el vientre. Repto, resbalo, lombriz o culebra, y llego a tiempo de retirar un cráneo inconsciente, segundos antes de que el cofre situado sobre él rompa sus amarras y se estrelle contra la cubierta, estrellándolo. Mi padre va en mi socorro retirando los objetos que me apresan. Los gritos se mezclan desgarrados, agudos los míos, de dolor físico; graves los de él, de emoción desbordada. Descuida un instante su cautela y una ola que viene del fondo y quiere llegar hasta la cúspide, se abate haciendo cúpula cerrada, abriéndose en claraboya, resbalando violenta por la llanura y llevando con ella al cuerpo sorprendido de mi progenitor que cae al laberinto nocturno. La calma llega, aparece el día, y en el recuento de bajas mi padre es uno de los desaparecidos y yo un inválido, incapaz de movimiento.
Desconozco si mi madre intuía la tragedia, puede que sí, las mujeres del mar la aguardan como un hecho inevitable. Pero tan completa, marido e hijo al mismo tiempo, tan llena y definitiva seguro que no la sospechaba. La noticia del temporal y del naufragio, de los heridos y muertos, de los heroicos supervivientes, difundida por los medios de comunicación con los gestos mío y de mi padre como ejemplo, dio la vuelta al mundo. Cartas, telegramas de solidaridad llegaron y aún llegan de los siete mares y de las cinco tierras. La medalla que en mi pecho las autoridades prendieron ayer, mitigará durante unos días el pesar de mi madre y sembrará la esperanza en su corazón. Yo quedo al acecho del milagro que mueva mis brazos, mi cintura; a la espera de una silla de ruedas motrices que me lleve de un lado hacia otro reduciendo la carga que soy, viviendo la vida nueva en sustitución de la que, por deseada, cabía esperar.
Recostado en el lecho frente a la ventana que da al mar, durante las horas de luz y las primeras oscuras, espero la arribada del futuro y su atraque al abrigo del puerto; inventando derrotas por caladeros lejanos en pos de manjúas muy hábiles, capturas copiosas, capitán de mi barco de acero con cien metros de eslora lo menos.

 

P.- Don Quijote y Sancho en el Camino de Santiago

Don Quijote de la Mancha, capítulo LXVII apócrifo.
(De la resolución tomada por el vencido caballero,
acerca de visitar Santiago durante el retiro impuesto.)

Huyendo de las calzadas reales, de la férvida
Altisidora que acucia al de la Mancha,
de la duquesa, con el escudero tan atenta;
fiel don Quijote a su amada Dulcinea
y a su natural Teresa Sancho Panza,
toman en Barcelona la ruta pirenaica.

Resuelven, escudero y señor, en provechoso diálogo,
hacerse perdonar del Cielo compasivo,
tanto los errores muchos como los muchos pecados,
recorriendo piadosos el Camino
que lleva al sepulcro del apóstol Santiago.

Obtenidos salvoconductos y licencias,
sin dictar –como se estila- testamento,
se acomodan macuto y calabaza, sayal y escarapela
y en recios bordones apoyan su esfuerzo.

Vislumbran Somport mas siguen adelante,
deseoso el Caballero de la Figura Triste
-más triste que nunca en ese instante-
de ver en el abrupto Roncesvalles
la huella de Roldán tan admirada
y de los muy nombrados Doce Pares,
de la espada en persona transformada,
la bien forjada Durandarte.

Pasan las noches de claro en claro,
porque aflige al caballero la promesa absurda,
de no tomar armas en un año,
arrancada por el de “La Blanca Luna”.

Torturan al escudero impidiéndole dormir,
los insatisfechos azotes recetados por Merlín;
sola medicina contra el hechizo de la sin par Señora,
que siendo princesa trocóse en labradora.

De Roncesvalles parten en pos de su destino,
don Quijote y Sancho inusitados peregrinos.

Tras el descarnado rocín y el asno rucio,
a pie llegan por Viscarret hasta Pamplona,
a Monreal, a Estella, a Nájera y a Burgos.

En la Ciudad del Cid, héroe al que el Ingenioso elogia,
el rústico sucumbe al embeleso
del artilugio que mueve en la catedral al papamoscas;
y asombra al hidalgo en sus ensueños,
que de las pétreas torres las agujas
no alcancen a tocar las nubes de los Cielos.

Disciplinante Sancho por la gracia del destino,
consigue de su fortuna desigual
sacar un buen partido,
pues cobra a medio real
los azotes ajustados a cuartillo.

Ciento treinta zurriagazos dase Sancho,
con una soga desabrida
de reseco esparto.
A los mozos castiga en verdad sobre su lomo,
y equilibra así las coces recibidas,
al recoger de un fraile los despojos,
en la aventura de la princesa vizcaína.

Y el magro don Quijote ayuna
para reforzar el efecto de la tunda.

En Castrogeriz y en Boadilla se detienen
y sin temer la sangre que produce el daño
pensando dárselos a los yangüeses
doscientos zurriagazos se da Sancho.

En Frómista, encendidos los semblantes
ante San Martín de traza espléndida,
según el esforzado andante
del románico la fábrica maestra,
ciento y setenta zurriagazos de castigo
a quienes lo mantearon en la venta,
aplica Sancho en el tronco amigo
que sujeta su cabeza.
Y los da con tanta saña que en un año
no podrá vengarse de ningún otro contrario.

Ensalza don Quijote el afán puesto en el castigo,
del que juzgaba incapaz a su escudero,
de carne floja y espíritu tranquilo;
y a costo bajo, mil seiscientos cincuenta reales,
ya ve en Dulcinea, dejada la apariencia de pastora,
la princesa más hermosa que registran los anales.

El animoso caballero de la mirada triste,
en Villasirga revela a quien siempre lo acompaña,
que en el pueblo afortunado existe
un tesoro único en España.
Santa María es la templaría iglesia que hace de arca:
Pantocrátor, Apostolado, Anunciación, Epifanía,
al retablo mayor, a los sepulcros y a la Virgen Blanca
que el Rey Sabio alaba en sus Cantigas.

Un hervidero humano representa el Camino.
Hormiguean por él gentes muy diversas:
estudiantes, pícaros, reyes, soldados y mendigos,
que hablan de Europa las diferentes lenguas,
intercambian culturas sedimento de siglos
y las bien atesoradas experiencias;
llenan templos, refectorios, hospitales y cobijos,
reposan, oran, curan llagas, se alimentan.

La estepa castellana descubren los viajeros,
campo despoblado en favor de las ciudades
diezmado por la peste y el imán del Mundo Nuevo.
La expulsión de moriscos y judíos,
la Inquisición y la barbarie represiva,
llega a ver un don Quijote intuitivo,
hidalgo para quien el trabajo no es estigma,
entre los males que a Castilla llevan,
en plata americana sumergida,
a la dependencia exterior y a la pobreza.

Torna en Carrión el escudero a las duras disciplinas,
y ante el Salvador magnífico de la iglesia de Santiago,
ciento cuarenta y ocho zurriagazos se propina,
azotando al galeote robador del asno.
Y sin tasa alguna embaúla pan y vino,
convento de San Zoilo refectorio y claustro,
pétreos retratos de monjes distinguidos.

Antes de entrar en Sahagún, de la octava etapa cabecera,
según dice el Codex Calixtinus en su texto sabio,
en un hospital asentado del Valderaduey en la ribera,
alivia el escudero sus heridas con un bálsamo,
que sin ser el de Fierabrás obra excelencias;
mas la lanza atada a Rocinante no florece,
como sucede en la leyenda que don Quijote evoca,
donde el mismísimo Carlomagno se entremete.

Cruzan el Cea por el puente romano,
donde Panza, pensando en los reales prometidos,
doscientos cardenales añade a su espinazo,
destinados al mayor enredador que haya existido,
conocido en todo el orbe como Merlín el mago;
y tomando de Mansilla de las Mulas el camino,
llegan a León de un solo tranco.

Admiran de San Isidoro la trabajada piedra,
las hechuras de la Catedral y de San Marcos,
y en la orilla verde del Bernesga,
al menos ciento y noventa latigazos
recibe quejumbroso el escudero con empeño,
puesto el vengador ahínco en los bellacos
que en Barataria remataron su gobierno.

En Rabanal decae el ánimo que a la alegría embiste,
célebre Casa de las Cuatro Esquinas,
pues a punto están de toparse con el Rey Felipe,
peregrino entre soldados de una escolta reducida.

Siguiendo el uso enraizado,
en la Cruz de Ferro depositan las piedras traídas,
los rodados cantos.

Ponferrada, Carracedo y Villafranca,
los ven pasar sobre las bestias,
mellado el temple y muda la palabra.

De pan y agua se alimenta el caballero en despoblado
y de caldo de convento en hospederías y hospitales,
de modo que sus agudos rasgos
día a día parecen afilarse
Los azotes que enriquecen al buen Sancho
larga cuenta confiada a la frágil memoria,
bruñen el espíritu dejando el cuerpo magullado.

No son despojos de encarnizada lucha,
son romeros que peregrinan a Santiago
y pastores serán cuando concluyan.

De Triacastela a Palas, del sol en la dorada puesta,
desde el aventajado Monte del Gozo,
alcanzan la visión de la idealizada Compostela,
inundándose de lágrimas sus ojos.

Entran en Obradoiro como si entraran en el Cielo,
con la misma humildad y devoción pareja
jubilosa sensación de predilectos.

El pórtico de la Gloria, sólido a más de equilibrado,
les entrega la catedral y las reliquias
produciéndose el milagro:
la mente de don Quijote se equilibra
y Sancho se convierte en ilustrado;
el señor ya no delira
ni hay sandez en el criado,
huyen los encantadores que todo tergiversan
y las encantadas princesas escapan por ensalmo.

Aceptada la verdad de los que consideran mentiras
las descomunales y enredadas ocurrencias
contadas en los libros de caballería,
Quijote y Sancho vuelven a la aldea,
donde el cura y el barbero, el ama y la sobrina,
conocedores del regreso, los esperan.

 

Q.- El enmarañado caso que me llevó a Ginebra

Tiene todos los visos de ser el mes de abril el que nos envuelve, sin embargo, estamos en agosto, en los últimos días para ser preciso; y el año que recorremos corresponde en el recuento cristiano al mil novecientos noventa. Podía ser otro el momento, el relato lo admitiría con ciertos retoques de acomodo, pero la verdad sólo tiene un camino, quizá dos, y a ella me debo. La temperatura agradable, las flores recién abiertas, el matiz esmeralda de los prados verdes, los setos cuidados de las áreas públicas y mi inexperiencia en estas latitudes, pudieron llevarme a error de no haber consultado el calendario una y otra vez con motivo de la organización del viaje. La ciudad es Ginebra, si bien anuncian Genève los carteles que me han recibido; ocurre que cada idioma traduce los nombres geográficos siguiendo unas reglas que ignoro. Si el tiempo puede admitir variaciones sin trastorno grave, el lugar, no; o es Ginebra o la historia es otra muy distinta.
Tras caer sobre un toldo resistente desde un segundo piso, a mis treinta y ocho años inicio una nueva existencia. Magulladuras, contusiones y un susto de los que libran del hipo: hasta ahí llegaron las consecuencias; la afición, intacta; la ilusión, renovada. Pese a que la profesión de investigador privado activa todas mis potencias cada día, lo cierto es que no soy el atleta que era y estoy quedándome algo torpe para salir airoso de los equilibrios en la cuerda floja. Peligro cierto si se tiene en cuenta que, en Madrid, ciudad donde fijé mi residencia hace ya veinte años y me ocurrió el percance, he de fotografiar amores clandestinos adoptando posiciones inestables, funámbulo sobre el abismo sin fondo.
Aunque aquí, en los alrededores de Ginebra, desmintiendo mi edad, la sangre da brincos de avance y retroceso. Va de las aurículas a los ventrículos y de los ventrículos a las aurículas, con un rumor sonoro que ha de oírse a varios metros. Camino despreocupado mordisqueando una manzana roja, muestra gratuita de una tienda de esas que en los pueblos ribereños del lago ofrecen sus mercancías abriendo las puertas a los transeúntes. Avanzo despreocupado y, optimista como soy, observo el presente desde una nueva perspectiva; encontrándolo terso por fuera y jugoso por dentro: fruta madura, muchacha en sazón.
El hotel en que me alojo, situado en el número 47 del muelle Wilson, ostenta un nombre a primera vista apropiado: President; y luce sin provocar extrañeza una placa poblada con cinco estrellas rutilantes. Al llegar al suntuoso establecimiento me dirigí en primera instancia al encargado de recepción, contestando con leves titubeos a sus preguntas. Ante el conserje hablé algo más, dos o tres frases referentes a las maletas. ¡Qué delicia!, por fin podía dar utilidad al francés aprendido con gusto en el bachillerato.
Facilita cobertura ostensible a mi viaje la asistencia al Congreso Europeo de la Investigación Privada que, celebrado cada dos años, tendrá su desarrollo a lo largo de miércoles y jueves. Dos centenares largos de husmeadores nos reuniremos en el Palexpo, en sesiones de mañana y tarde con el epílogo del acto de clausura previsto para la noche del jueves. Discutiremos a puerta cerrada, ¡qué menos, tratándose de agentes secretos!; debatiendo asuntos protegidos por la reserva profesional, sobre los que el mismo programa no descubre gran cosa a quien carezca de la perspicacia indispensable.
La prolongación de la estancia carece de justificación. Un pobre diablo al estilo de quien les hace estas confidencias, dueño como único patrimonio de su instinto, tal vez su cortesía, incluso una pizca de inteligencia bien organizada; no puede alegar que estira su visita solo por placer. Y más llevando este tren de vida. Alguna excusa habrá que buscar con prontitud por si alguien indaga.
Mi caso no es único como pueden figurarse. Cuesta aceptar que detectives corrientes, de un perfil similar al que yo muestro, se puedan costear aposento y manutención tan suntuosos; así que resulta fácil deducir que les trae un propósito añadido, distinto al de comprobar la altura alcanzada por el célebre Jet d´eau. Asimismo, se concibe con dificultad, que más de doscientos investigadores venidos de cualquier país de Europa, tengan aquí un quehacer profesional coincidente con la celebración del Congreso. Pero si nos auxiliamos de la lógica convendremos en que así ha de ser: el turbio trasiego económico de las familias pudientes, del mundo empresarial y de la política, permiten abastecer de casos a los doscientos recién llegados y a doscientos más si aquí se presentan.
Entre nosotros existe un elevado pluriempleo, pues aquellos cuya moral es lo bastante laxa, llegan a aceptar encargos de dos clientes enfrentados entre sí en un mismo litigio. Pero quedémonos en este punto, no avancemos más; pues metido en harina corro el peligro de irme de la lengua y confesar que conozco a quien investigó al marido por cuenta de la mujer y a la mujer por cuenta del marido. Sí, fui yo, ¿satisfechos? Sin embargo, en la profesión se encuentran nobleza y pundonor a calderadas; héroes anónimos afrontan a diario riesgos que ni todo el oro del mundo puede compensar. El oficio de investigador está aquejado, además, de una seria perversión enfermiza: aun al margen de la conveniencia profesional, se buscan explicaciones a todo, nada se acepta tal como aparece en el primer contacto. Conocido un fenómeno, nos vemos impulsados a destripar su meollo hasta conocer esencia y sustancia. Es decir, diseccionamos por mero instinto especulativo, ya se trate del Misterio de la Santísima Trinidad, de simples disposiciones de los gobernantes o de cualquier manifestación procedente de la esposa.
En este instante, por diversas razones, algunas ya explicadas, me siento en verdad satisfecho; además de los donnadies, la flor y nata de los investigadores está inscrita en la Conferencia. Los mejores, los más sagaces, quienes gozan de una capacidad deductiva excepcional, los genios de apellido reverenciado en la sociedad aventajada, protagonistas de relatos extensos, aquellos que cobran verdaderas fortunas por arrojar luz a encargos oscuros carentes de solución. Se rumorea que una personalidad ya retirada, oriunda de la Gran Bretaña, explicará en la clausura como dio con los ladrones del banco ambulante que era el tren correo. Pero yo, para no desilusionarme si en el momento previsto no apareciera, hago oídos sordos. Resulta vano fiarse de los organizadores, individuos de espíritu comercial, que con tal de llenar las salas son capaces de difundir cualquier fábula que favorezca sus fines.
Situada en la confluencia de dos ríos y a orillas de un lago, me trae a la ciudad de Ginebra mi fama de baquiano, seguidor preciso de rastros difusos por trochas y desfiladeros urbanos. Del cero al infinito. Paso media vida liberando lamentos acerca del sino que me ata en Madrid a los embusteros infieles y a los afligidos traicionados, y en un año me pone delante de los ojos dos ciudades maravillosas. Meses después de Lisboa, Ginebra; pura carambola. Acumulaba yo verdaderas ganas de conocer la región, por lo que poco a poco atesoré suficientes mapas, planos y folletos para dar y tomar. Mi cliente es la Embajada de Holanda en España, entidad seria y meticulosa; una de las pocas que anticipan la mitad de los honorarios y entregan carta de crédito para hacer frente a los imprevistos. Consiste el encargo, simple y llanamente, en seguir a P. S. Taljaard, de La Haya. Convertido en su sombra como suele decirse, he de ir anotando sus actividades, tiempo y lugar, por si alguno de los movimientos indicara un proceder extraño. Comodísimo, ¿no?; una suerte.
En la oficina de la compañía americana de alquiler de coches situada en la calle de Lausanne, ponen a mi disposición un modelo recién salido al mercado. Se trata de una bella máquina que ofrece cualidades de difícil conciliación: rapidez y seguridad, elegancia y sencillez, adelantos electrónicos y clasicismo. La discreción buscada se obtiene en Ginebra, al contrario que en otras urbes, por la ostentación; la riqueza y el lujo visibles, aquí, camuflan. ¡Si me vieran…! Ataviado sin posible reproche, luciendo en cada ocasión el traje requerido, parezco un adinerado al que aburre tanto disfrute. Existe un sastre de Hong-Kong que dispone de taller de costura en la plaza Mont-Blanc, junto al muelle y el puente de idéntico nombre. Diligente el chino como pocos, en tan sólo unas horas me ha confeccionado cuatro ternos a la última. La tarjeta de crédito sin límite y las direcciones adecuadas producen milagros, máxime en una ciudad donde los santuarios más concurridos entronizan, en el espacio destinado al objeto de la fe, la inexpugnable caja fuerte: suma de realidades tangibles e intangibles.
El Congreso de la Perspicacia, a cuyas sesiones asistiré en la medida de lo posible, es, como ya he dicho, el señuelo destinado a desviar las miradas de mi verdadero cometido: colaborar en el esclarecimiento de un crimen. El cónsul honorario del Reino de Holanda en San Sebastián murió envenenado hace más de cien días. Resulta increíble que la averiguación de un crimen de trascendencia europea, haya sido encargada a un especialista en infidelidades del barrio de Pacífico en Madrid. Me froto los ojos y pellizco las mejillas para comprobar si se trata de un sueño y me hallo aún dormido. La amistad con el Agregado Cultural de la embajada holandesa contribuyó lo suyo, supongo; y el hecho de que la policía internacional y los detectives privados, encargados del caso en primera instancia, no lo resolvieran con la suficiente prontitud y eficacia a juicio del Ministerio de Asuntos Externos.
Existe un cadáver enterrado en el cementerio de la ciudad de Utrecht, de donde era originario el difunto; contamos con el resultado de la autopsia, revelador de la presencia en el organismo de un tóxico muy enérgico; y revolotean montones de móviles y decenas de homicidas potenciales. Faltan el verdadero autor, el impulso originario y el procedimiento practicado; en una palabra, todo. Yo debo seguir a un sospechoso ya descartado, por si en una segunda ronda, repetición de los ejercicios mal hechos, sonara la flauta. En esa falla estriba mi compromiso, y me siento por ello más acuciado, obligado al éxito. A los compañeros de pupitre, capacitados de sobra para sorprender mi doble juego, en confidencia amistosa les aseguro que acecho a un empleado infiel, diseñador de nuevos productos en una fábrica de artefactos electrodomésticos, porque, al parecer, facilita sus hallazgos a la competencia. Correspondiendo, ellos me cuentan otra mentira -más ingeniosa que la mía, eso sí- para justificar el disimulo de sus maniobras evidentes.
El diplomático, que gozaba de alguna popularidad en su patria, pensó dedicarse a la política; pero la familia y el sentido común se lo impidieron. Fue portavoz oficial durante el asalto, protagonizado por oscuros elementos internacionales, de la embajada sudafricana en Den Haag; y tras aparecer en los telediarios, sus cargos oficiales fueron siempre de cierta representación. Tanto progresistas como conservadores le ofrecieron un lugar en sus filas, mas no lo aceptó debido al enorme esfuerzo que le suponía alinearse tras otros, dados su carácter independiente y su proceder rectilíneo. Llegado el momento del retiro fue nombrado Cónsul Honorario para el País Vasco, agradecida la Cancillería a sus muchos servicios, y fijó su residencia en Ginebra. Si bien, enamorado de la geografía y las gentes vascongadas, y debido a su tarea consular, viajaba cada cuatro semanas a la ciudad del Bidasoa. Hombre metódico, repetía los desplazamientos con una precisión asombrosa, haciendo por costumbre escala en Madrid, donde visitaba la embajada neerlandesa; allí lo conocí.
De estatura mediana y proclive al incremento de peso, sólo una atención constante le libró de la obesidad y de la diabetes. Los imprescindibles hidratos de carbono, un ejercicio físico moderado y dos sesiones de yoga semanales, lo mantenían en perfecta disposición para abordar los años venideros fueran cuantos fueran. Forman la familia, su esposa, dos jóvenes hermanos de color prohijados durante su época de segundo embajador en Pretoria y un gato de Angora orgulloso y manso. La servidumbre se limita a dos empleados: un matrimonio procedente de Hondarribia, pareja discreta de antiguos pescadores; hace él de conductor, jardinero y lo que se tercie; y ella, de cocinera, dama de compañía y ama de llaves. Una porrusalda o un txangurro que, en cuanto a ingredientes, fueran más allá de la receta, podían ser la causa del fallecimiento; pero todos en la casa habían comido tales manjares y no iba por ahí la investigación. A pesar de las alabanzas que acerca de ellos vertía la señora, no quedaban exonerados de desconfianza los sirvientes. Es bien sabido, carente de coincidencia con los principios jurídicos de la democracia, para la investigación cualquiera es sospechoso mientras no se descubra al culpable; y aún entonces, cuidadito.
Llegado a Ginebra a primera hora del domingo, con tres días de anticipación sobre la fecha de inicio del Congreso, está en mi mano hacer excursiones. Nada frívolo se lo aseguro, todo dentro de un plan meditado a conciencia. Me acerco a Villa Diodati, antigua residencia de Lord Byron. Soy, debo decirlo, profundo admirador del apasionado poeta. Mi natural romántico se encandila con la entrega de Jorge Noel Gordon, su nombre cierto, a las causas más desasistidas, yendo a través de la época en romería permanente. La lectura de “La peregrinación de Childe Harold” confirmó mi sospecha: en Byron la vida iba tras la obra, justificándola. Para nosotros los investigadores, la búsqueda de la verdad necesita al menos tres ojeadas: dos para descubrir lo visible, otra para lo oculto. Y no porque lo oculto sea más sencillo, sino porque es causa y consecuencia de lo visible. En Hermance aletea la felicidad esperando a los mortales; eso sí, para hallarla se precisa un amor nuevo, viejos amigos, una cierta fortuna, tiempo libre e imaginación. A falta de algunas de esas condiciones visito el Parc des Eaux-Vives, el Castillo de la Bellerive, El Chalet de Lénin, St. Joseph du Lac, el Palais Wilson, la Villa Bhartoloni, el Palacio de la ONU, la villa de la Emperatriz Josefina, los castillos Rotschild y Rojo, la Villa Barakat del Aga Kan y el Castillo de Coppet. Todo cumpliendo con mi obligación, ganándome el jornal. En el Paraíso, cualquiera que sea el reservado para cada uno después de la muerte, no existirán, es de suponer, actividades como éstas, reparadoras de los rasguños que dejan las contrariedades habituales.
Vuelvo a la ciudad a una hora algo tardía, lo sé; no obstante, con la intención de expresar mis condolencias a los deudos del cónsul muerto, me acerco a su domicilio, Place Marteau, cerquita del hotel donde me alojo. Visita de un neto carácter social, destinada, sin embargo, a conocer el terreno que piso, pues no poseo mapa alguno que muestre el sendero a mis pies. No sé si lo he dicho, pero entiendo la vigilancia como anticipación. Procuro conocer del sujeto al que dedico mis desvelos hasta los pensamientos íntimos, tratando de colegir, más allá de su camino presente, que eso lo puede hacer un aprendiz avanzado, el camino futuro. Sabiendo antes de que ocurra si torcerá a la izquierda o a la derecha al llegar a la esquina, si se interesará o no por el Museo Ariana, o si de entrar en una embajada lo hará en la de la U.R.S.S o en la de los U.S.A., me adelanto y evito que se sienta perseguido, convirtiéndolo en mi perseguidor involuntario; de modo que de alimentar el sujeto alguna sospecha, la desconfianza recaería sobre él mismo, desconcertándose.
P. S. Taljaard ocupa la habitación 623, lo descubrí en el registro al inscribirme. Los funcionarios de la embajada que me reservaron el hotel lo sabían. Podían habérmelo comunicado y, sin embargo, no lo hicieron; estoy convencido: me sobrevaloran. Dando a entender una indefinida nostalgia de tiempos pretéritos pedí la 523, cuyo techo sirve a la suya de suelo. Por casualidad estaba libre y en ella me alojo. Sería exagerado decir que siento el calor de su respiro, pero oigo sus pasos, el golpear del agua sobre el acero esmaltado de la bañera, el rumor de las conversaciones telefónicas, su receptor de televisión, el quejido suave de puertas y cajones; e imagino con todo pormenor sus movimientos. Por añadidura, si uno se da maña suficiente, se puede sacar buen provecho a los conductos de ventilación del cuarto de baño y a las tuberías verticales.
En el cuaderno de operaciones anoto que el señor Taljaard resulta ser un deportista consumado, al menos un individuo deseoso de mantenerse en excelente forma física; por algo será. Se levanta cuando el Sol, poco más o menos, para iniciar el ejercicio. Él y yo practicamos la carrera pedestre. Desde el hotel parte un circuito de poco más de tres kilómetros que bordea un espacio inculto salpicado de árboles frondosos. Llevo las de perder, pues para evitar ser descubierto me obligo a saltar setos y a sortear arbustos. Luego, cansado como un perro, desde el salón situado entre el gimnasio y la piscina cubierta, soy testigo del progreso conseguido por Taljaard en los aparatos, así como de los numerosos largos hechos por la calle central combinando diversos estilos. Tanto la gimnasia como la natación le ocupan un buen rato; pero madrugando como madrugamos, antes de las diez estamos listos y dispuestos; yo para mis ocupaciones de espía, él para sus actividades malvadas.
El agua gobierna la vida que crece alrededor y, satisfecha, se recuesta en las riberas. Ninguno de los múltiples aspectos de Ginebra, ciudad y lago, destaca sobre los otros: el equilibrio la defiende y la atosiga. Ginebra es un concepto que los visitantes tratamos de dar cuerpo sin tener en cuenta a los naturales. Yo poseo aquí todo lo necesario para ser feliz; Naná me lo recuerda con su presencia, con la memoria de su perfume inmarchitable. Naná es la camarera que mira a los demás servidores del hotel por encima del hombro, subida a su condición de suiza, única entre colegas nacidos en países cercanos o remotos: yugoslavos, españoles, italianos, turcos, una pareja de filipinos. Por los ojos de Naná asoma, a sus treinta y dos años recién estrenados, una tristeza que otras personas tardan cuarenta o cincuenta en acumular.
Si depende de mí, hago las comidas en el restaurante del Hotel President: facilita la rendición de cuentas y su cocina es satisfactoria. La dilatada carta permite una variación racional de combinaciones poco frecuente en los hoteles. Naná me sirve platos sabrosos en su punto de cocción o fritura, ensaladas plenas de diversidad vegetal condimentadas con salsas que potencian el sabor individual y armonizan el conjunto. Y unos postres donde el chocolate se erige en protagonista, guiando al ejército de seguidores, cremas, natas, confituras; a la más deliciosa de las victorias. Naná traslada utensilios y alimentos moviéndose con notable agilidad entre las mesas, eludiendo la amenaza de las sillas en avance o retirada, dando largas de manera educada a quienes reclaman con urgencia su atención y abriendo en los labios una sonrisa franca, grisona al menos. Se desvive por dirigirme alguna palabra en castellano; fuera de lugar las más de las veces: buenos días o buenas noches cuando lo correcto resultaría decir buenas tardes dada la hora, influencia quizá del francés aprendido desde su romanche originario.
Aunque me cueste admitirlo, la presencia de Naná añade motivos a mi inclinación por el comedor del hotel; me agrada verla caminar y fruncir los labios finos y delicados, dibujando una tenue y armónica mueca cargada de melancolía. Necesito oír su vocecita, suave terciopelo teñido de azul y rosa pálidos, preguntándome si deseo tomar café que, como cualquiera de mis conocidos sabe, actúa como vomitivo o purgante en mi estómago. Azorada, trae la infusión a pesar de mi desacuerdo, interrogándose sobre el error cometido, al observar que pelo con precisión de cirujano las piezas de fruta y dejo la taza intocada. Insiste en sustituirlo por otro caliente y termino apurando hasta los posos en mi afán de complacerla. Compensa ella mi sacrificio sirviéndose de una expresión adorable en la que participan los ojos, rutilantes de felicidad, intérpretes fieles de la emoción sentida. Mi horario, avanzado respecto a la costumbre de Madrid, pero retrasado para la civilizada Europa, me convierte en el último comensal, el que comparte espacio y tiempo con los que levantan las mesas. Aprovecho el momento para cambiar con Naná, fuera del protocolo obligado entre empleada y cliente, unas cuantas palabras. Conoce de ese modo que soy investigador asistente al Congreso, y advierte mi interés profesional por el huésped de la habitación seiscientos veintitrés.
Se dirime una cuestión de grandes intereses en estos días, una guerra situada en el Golfo Pérsico. El petróleo, lucrativo y estratégico, es el quid de la cuestión. Ya no se utilizan las palabras cherchez la femme, para buscar el hilo de todos los ovillos. Ahora, en los líos internacionales, hay que buscar el petróleo.
Como resultado inmediato de la contrariedad, en Ginebra, a la orilla del lago y en hoteles similares al mío, se guarecen los dueños de la tierra que reserva en su seno el bituminoso tesoro. Señores tan acaudalados abandonan las plácidas y curativas fuentes termales de su área, cercanas al conflicto, para situarse a salvo de las armas que asolan el país. Tienen muy a mano su dineral y caminan inquietos, las espaldas guardadas, seguidos de cerca por la cohorte femenina. Naná conoce el estado de las cosas por los informativos de televisión, y debido a que ocupa la planta tercera del President una familia afectada. Lo comenta conmigo envuelta en una cierta reserva y, con malicia cómplice, me habla de un joven heredero al que ha echado el ojo. ¿A cuántos de nosotros, inspectores privados, dará ocupación la escaramuza?
Acerca de P. S. Taljaard recibí un burdo informe que aprendí de memoria, por lo que pude dejarlo en el despacho. No es que sea yo un portento de retentiva, sucede que el cuadernillo contiene una sola plana de conjeturas sobre sus actividades delictivas. Simplificando: complejos cambalaches internacionales de esa información considerada sensible. Yo, que soy como soy y no deseo cambiar, trato de conocer si lo conmueven las perlas de rocío de las flores en la amanecida o el despegue de un avión supersónico, y el abanico de estímulos intermedios.
Dirige la operación -así califican a los casos importantes de verdad- el que parece ser el mejor despacho de detectives del mundo, la Agencia Kioto de Japón, poseedora de oficinas dependientes en New York y Berlín. Supongo que para cada tarea habrán seleccionado al mejor especialista existente en el panorama internacional; por eso albergo alguna duda respecto a mi participación. No pertenezco a su red de colaboradores, así que debieron aceptarme los nipones a regañadientes. Aunque es cierto que resolví con cierta maestría un par de asuntos que requerían rapidez y discreción. Fueron encargos de la Embajada de Holanda en Madrid y gozo de su confianza. Puede ser eso.
Cabe, en detrimento de otras hipótesis más confortantes, que yo sea un peón de brega, la pieza menos valorada del tablero de ajedrez, aunque es cierto que puede acabar de reina. Es una elucubración nada más, pero entra dentro de lo posible que los estrategas asiáticos, en caso de resultados mediocres, comprueben la idoneidad de los pasos dados por sus agentes para evitar la persistencia de la torpeza. Puede que yo no sea más que el inspector del agente encargado, en su momento, de vigilar al facineroso llamado P. S. Taljaard. En cualquier caso, yo a lo mío y ellos a lo suyo; personaje principal o secundario, actuaré como lo hago siempre, con la cabeza despejada y los pies ágiles. En Madrid van y vienen por lo menos quinientas mil personas cada día, tratando de engañar a los dos millones y medio que procuran eludir el engaño; y yo no he caído de un guindo.
Mi cuadernillo de anotaciones registra circunstancias en apariencia anodinas: horas y nombres relacionados con los lugares en los que P. S. Taljaard repite, punto por punto, algunas de las excursiones que realicé durante los dos primeros días. A actuaciones semejantes me refiero al hablar de anticipación. En la mañana del martes, durante casi tres horas, a pie, admira las inmediaciones del lago y el famoso Jet d´eau, símbolo popular de Ginebra en el exterior. Camina descalzo a través de un verde trecho de parques floridos y compra extravagancias en el centro comercial; se detiene ante los edificios culturales más conocidos y frente a las modernas sedes de las instituciones internacionales. Voy con él por la ciudad vieja, la Catedral de San Pedro, el Ayuntamiento y el muro de los Reformadores. Varias veces se cruzan nuestras trayectorias, llegando a estar tan próximos que la cortesía impondría el saludo inclinando la cabeza o levantando el ala del sombrero inexistente; pero o no me conoce o lo aparenta con buenos resultados. Lo sigo cuando sube a un coche gris y sale de la ciudad.
El hambre acucia a Taljaard; le veo rebañar los platos sentado a la mesa en un restaurante de Coppet. Lo acompaña un joven de aspecto dinámico que habla alemán. Oculto tras unas plantas los pienso intercambiando comentarios relativos a madame de Stäel, la célebre impulsora del romanticismo francés, pues alternando el gesto señalan el castillo que sin duda ven por la ventana. A los postres recibe mi investigado un paquete del acompañante, un regalo según creo, pues la envoltura presenta ese aspecto. Ya en la calle, se separan. Taljaard toma la ruta de Nyon y llegado a la villa se transforma en turista. Embutido en la piel de quien todo lo mira viendo en realidad muy poco, se sitúa en los suburbios de Lausana, cuyas calles recorre como si buscara la tienda de souvenirs en la que al fin penetra. El brillo resplandeciente de la vitrina me impide apreciar con nitidez sus gestos, pero comprendo que se salen de lo amistoso. Tras dejar en el mostrador el envoltorio recibido en Coppet y aceptar a cambio un recibo o un talón bancario, abandona el establecimiento y la Villa. En mi investigación se producen lagunas, claro; se dan lapsus, despistes; pero los rellena Naná con lo sonsacado al huésped de la habitación 623 en la sobremesa de la cena.
El miércoles parte Taljardo -he decidido llamarlo así por comodidad- hacia el pintoresco poblado de Gruyères: fortificaciones, castillo, pinturas, casas antiguas. Dentro de una quesería abierta a los curiosos se fija en los diversos tratamientos que recibe la leche, solicita mayor precisión, datos que sólo un experto valora, y un informe que aparenta llenar mil folios pasa a ser de su propiedad. En una hora y veintidós minutos estamos en Berna, cuya parte antigua recorre Taljardo –me agrada ese nombre- con evidentes muestras de aburrimiento. Terminado el almuerzo, olvidando el dossier encima de la mesa, me pone en un aprieto; pues dudo entre seguirlo a él, de regreso a Ginebra por la autopista, o al paseante de edad avanzada que recoge a hurtadillas el librote. Seguir al anciano supone dejar libre al holandés, pues carezco de ayudante; así que me inclino por ir tras Taljardo. Sube a la habitación del President, y yo, pendiente del programa del día -de provecho máximo al tratar aspectos tan sólidos como las pensiones de jubilación y el subsidio de desempleo- a media tarde me incorporo al Congreso. Llegado al Palexpo, mi rostro adquiere la rigidez admirativa de quien descubre un dragón, el fantasma del enemigo sepultado ayer mismo o al casero que reclama varios meses de alquiler: Taljardo se sienta en las primeras filas y permanece atento a las resoluciones.
El jueves vuelve el farsante a las sesiones y allí, retornando a su personalidad de investigador, desarrolla una ponencia relativa al intrusismo. ¡Qué desfachatez!, estoy por denunciarlo. Viste un impecable traje oscuro y, prendido en la solapa, exhibe con ostentación un distintivo de asistente perfecta imitación del original. Su actitud deja de sorprenderme en cuanto recapacito: los malos, para mantener sin deterioro las posibilidades de triunfo, han de conocer los métodos y procedimientos empleados por los buenos. Entre tantos asistentes no será el único impostor, supongo. Contumaz, se presenta también a la clausura, y yo actúo, por comodidad o inercia, con discreción; al fin y al cabo, me digo, el cierre es un acto protocolario, nada confidencial. En el colmo de su descaro saluda a varios colegas, charla con otros y no pierde ronda cuando los camareros pasean las bandejas de canapés. Tras analizar la situación doy cuerpo a una hipótesis que voltea el supuesto anterior: yo soy el encargado de vigilar al agente Taljardo, verdadero detective que sigue a un bandido cuya identidad ignoro. Durante unos momentos el desánimo me toma en sus brazos, impidiéndome notar que la disertación de la personalidad británica sobre el descubrimiento de los ladrones del tren correo no se produce. Tras el punto y seguido mi carácter tenaz se sobrepone y regresa de nuevo a la labor, protagonista o comparsa
El viernes, falto de la cobertura del Congreso, pero librado de su servidumbre, mi trabajo se allana. Echo de menos, sin embargo, el enredo que la doble actividad añade. Pese a mi asistencia irregular, he podido comprender que la profesión tal como yo la concibo, el hombre tras el hombre con sus mismas armas: inteligencia, ingenio, inspiración; se acaba. Vienen los tiempos de la tecnología, de la electrónica, de la informática, de la sofisticación. No me interesa ese futuro. Continuaré mientras pueda en mi pequeño mundo entrañable, sin artilugios que suplan a los largos años de oficio. Una vez retirado viviré en el campo compartiendo historietas con los viejos de la solana. En cualquier caso, interesándome por la gente, anticipándome a su necesidad de ayuda, impidiendo las conductas aviesas y desenmascarando a los culpables.
El viernes, digo, sin otra obligación que la de acechar al escurridizo sujeto, objeto de mis desvelos, puedo desplegar todas las facultades de husmeador. Sale Taljardo muy de mañana con dirección a la campiña: pradera, colinas, ríos y riachuelos, bosques, viñas, cultivos protegidos de la intemperie, pueblos típicos de la historia de la Reforma que conocí días antes. Mi coche escolta al suyo con dificultad, pues razones tiene para identificarme, y resultaría difícil imponer la lógica de mi presencia. Al regreso, escuchando las canciones típicas del lugar como quien oye llover, cena en el restaurante Edelweiss. Ocupa la única mesa libre y yo recorro los alrededores haciendo tiempo, añorando las evoluciones de Naná, las mezclas de verduras que son sus ensaladas, los sabrosos peces del lago, los solomillos tiernos, los deliciosos pastelitos escogidos entre los mejores por su voluntad de agradar, el cargante café inclusive.
El sábado siento deslizarse los minutos con monótono tictac, y cuando parece que me va a consumir el tedio, un imprevisto rompe la rutina. A medias marcha y carrera, finalizado su recorrido por los alrededores del Hotel, concluida la sesión de aparatos en el gimnasio y la actividad natatoria, Taljardo, precediéndome, penetra de improviso en Place Marteau. Sorprendido hasta el pasmo le observo presentarse en el domicilio ginebrino del cónsul envenenado. Se identifica como incondicional del diplomático, con quien asegura haber mantenido correspondencia. Reclama una carta certificada, que el cartero devolvió tras dejar aviso. Minutos después de salir el holandés, belga mentido, el comedido mayordomo me lo cuenta. Mostró el extranjero documentación bastante a nombre de un tal G. Schouteet, enraizado en Charleroi, ciudad perteneciente a la provincia belga de Hainaut, señas exactas del destinatario. En consecuencia, convencidos de su sinceridad, le entregaron la misiva. No entraba en mis cálculos tal conducta, y aunque incapaz de reacción inmediata, intuyo que debo apoderarme de ese documento sin escatimar medios. Ya se crece mi ego, ya ocupo en la operación el legítimo puesto de agente elegido entre los mejores, ya me imagino persiguiendo al verdadero malhechor.
Salgo de la casa dejando al mayordomo con la palabra en la boca y, galgo tras la liebre, llego a la primera esquina al tiempo de verlo doblar la segunda. Gira en la tercera al divisarlo de nuevo. Menos mal: de pronto una calle larga. Un autocar de turistas japoneses invade calzada y aceras, llenándolos de bulla y desconcierto. Me viene que ni pintado el embrollo; un encontronazo, mano al bolsillo y la carta de Taljardo pasa a mi poder. Un sobre que contiene cheques de viaje y el correspondiente extracto bancario integran el botín; es decir, adversa y esquiva ventura, nada en dos platos. A la postre no he perdido el tiempo, ahora conozco que dos ingresos recientes hinchan sus reservas.
!Oh¡ Naná, magnifique. En cuanto se lo pido se presta a colaborar. Sale de la habitación 623 exultante, alborozada, con la carta oprimiendo el pecho bajo el uniforme. Me la entrega en el pasillo que lleva a recepción cerciorándose de que nadie la ve, pues arriesga la permanencia en el puesto. Lo pensé de esa hechura, es cierto; pero no puedo aprovecharme de la incipiente amistad que existe entre ambos. Naná sigue con exactitud mis instrucciones: entretiene al sujeto de nombre cambiante atándolo a una conversación anodina, mientras yo penetro en la habitación 623 con ayuda de la célebre tarjeta de crédito ilimitado, capaz de abrir todas las puertas según se sabe. A modo de red lanzo una ojeada experta a la alcoba de Taljardo, Taljaard o Schouteet, y en seguida hallo el documento. Está sobre el cenicero de la mesita de cristal, ante un diván color fucsia. A su lado, un encendedor de oro me explica con claridad la acción interrumpida. Se disponía a destruir lo que supongo prueba irrefutable, pero algo le hizo bajar a recepción donde lo encontró Naná. Impulsado por un presentimiento instantáneo, intento prender el chisquero sin arrancarle una chispa que inflame el gas licuado. Bendigo a la diosa Fortuna mientras constato que el orden de los objetos -más allá de la ausencia de la carta- permanece intacto, y con sigilo abro una ventana y salgo por la puerta. He tardado dos minutos y dieciséis segundos, una eternidad si pienso en mis intereses. En ellos pienso, y dejando la misiva bajo la alfombra de mi cuarto, desciendo a zancadas con el propósito de liberar a mi amiga de tan poco recomendable sujeto. Al verme, Naná pone fin a su plática con un “hasta luego” que me inquieta; he tardado una enormidad y se habrá visto forzada a adquirir algún compromiso.
Entro en el ascensor invadido por el desasosiego, y ya en la habitación, recostado sobre la cama, la carta: una carilla manuscrita dentro de un sobre matasellado; me encamina tras la hipótesis que en mi cabeza va tomando cuerpo a poquitos. Aunque la lógica parezca decidirse, a la hora de elegir el habla de común entendimiento, por el neerlandés, lengua del Cónsul muerto y del propio Taljardo; acaso para añadir verosimilitud a la personalidad aparentada, la primera misiva se escribió en francés y también la que yo poseo, simple contestación. Deduzco que el sospechoso no conocía al diplomático; lo escribió a su domicilio suizo para felicitarlo por la medalla recién otorgada y solicitar una sencilla información que venía al hilo del premio. Con el fin de asegurarse la respuesta incluía el franqueo preciso y facilitaba una dirección de Charleroi y el nombre de G. Schouteet; falsos, según todos los indicios.
No puedo asegurarlo de manera tajante, es tan sólo una corazonada, pero subido a mi capacidad de deducción afirmo que poseyendo la carta me acerco una enormidad al arma homicida. Me mojaría si fuera agua; de ser fuego me quemaría. El escrito devuelto a su remitente llegó cuando el diplomático había muerto y, a pesar de ello, mi olfato me dice que el funcionario murió por obra y gracia de algún elemento de esta inocente epístola, continente o contenido. Ni el texto es un bumerán capaz de volverse contra el redactor, ni el esfuerzo de escribirlo provocó en él una apoplejía; el contenido no guarda relación con el fatídico desenlace. La razón última del fallecimiento se encuentra en el continente. Ni hecho avión de combate o flecha acerada lo conseguiría el papel; entonces, ¿cómo sucedió? Entre tanta hipótesis una sola cosa es segura: el arma utilizada estuvo en contacto con el asesino, pero también con la víctima; fue el último nexo de unión, ocurre a menudo.
En su respuesta pone de relieve el Cónsul la agradable sorpresa recibida al hallar, en la carta llegada de Bélgica, tres sellos cuyo valor facial sumaba el importe que las normas postales suizas exigen para las cartas certificadas dirigidas al extranjero; signo sin duda de una personalidad amable y meticulosa. Mi inteligencia destapa en el gesto de Taljardo un cúmulo de posibilidades, pero al igual que Miguel Ángel, descubridor de su Moisés en el prisma de mármol, no descansaré hasta deshacerme del sobrante. Percibo una de las conjeturas surgiendo nítida de entre un millar, decidida a entregarme la base del argumento. Aguja en el pajar, aparecerá metálica, puntiaguda e indubitable.
Pero fijemos los pies al duro suelo, avancemos sobre la realidad terca. De no surtir efecto mi burda estratagema de abrir la ventana para que atribuyera a una corriente de aire el escape de la carta, ya como Taljaard el verdadero o como Schouteet el falso, el asesino intentará recuperarla. En ello le va, no la vida, por fortuna esta sociedad ha humanizado un tanto las condenas; pero sí algo que convierte en preciosos los días vividos, la tan preciada libertad. Amparado en tal certeza decido enviar la prueba al embajador de los Países Bajos en Madrid; carta y sobre dentro de un envoltorio de mayor tamaño, con el ruego de su férrea custodia hasta mi posterior comparecencia y explicación.
En una empresa de mensajería que tiene fama de ser tan rápida como eficaz, expido con premura el preciado documento y, a Dios gracias, al salir a la calle no veo a Taljardo como temía. Crecido dos palmos sobre mi metro sesenta y seis, todo lo contemplo desde la atalaya privilegiada que proporciona la estatura nueva. A nadie extrañará que dé por concluidas las actividades de rastreador y, más ancho que largo, a falta de concluir el informe me tome la tarde libre. Confieso que estoy tentado de reducir mi exposición de los hechos a tres palabras: “Llegué, vi y vencí”; así de exultante me encuentro.
El tiempo huye, es mediodía del sábado y el avión del domingo me devolverá a casa, a la rutina diaria, a las pesquisas sin fuste. Mi sueño se aproxima al desapacible despertar. Por suerte Naná libra y, en su grata compañía, metido en amor hasta el cabello, vuelvo a la villa de Lord Byron, a Hermance, a la naturaleza cultivada y a la poesía. Recorremos paisajes inolvidables que vamos integrando en nuestro corazón ávido de emociones; hacemos del momento un Paraíso intemporal y lo acotamos por los cuatro horizontes con altas tapias cubiertas de hiedra. Y al filo de la media noche regresamos al hotel rebosantes de dicha.
La puerta de la habitación 523, al abrirse, entrega a nuestra mirada el desconcierto que su interior alberga. Mis pertenencias desordenadas y el forro de la maleta desgarrado, me informan de una visita llegada sin aviso previo que no disimuló su afán de exploración. Por fortuna, ni Taljardo, ni P.S.Taljaard o G.Schouteet pudieron encontrar lo que buscaban, ya que lo buscado, alejándose a enorme velocidad del aeropuerto de Ginebra, habrá llegado a su destino. Sin dar tres cuartos al pregonero, Naná y yo restablecemos en lo posible el orden.
Aterriza mi avión en Madrid a media mañana del domingo, dejo en casa el equipaje y, sin echar siquiera un vistazo a la correspondencia acumulada en el despacho, me acerco a la legación de Holanda donde el propio embajador me recibe. Presento el informe y, antes de entrar en su análisis y comentario, me desvela algunos secretos que mi sagacidad advirtió sola o en compañía de la intuición. Se disculpa por la escasez de datos con que he debido trabajar, mas añade en su descargo que de ese modo lo dispusieron los japoneses. Dado que mi presencia en el equipo dimanaba de una recomendación del agregado cultural; ajeno yo a su red de colaboradores internacionales, había de ganarme la confianza.
A toro pasado su proceder me satisface; de haber resultado yo un detective torpe que por impericia descubre sus naipes, sabiéndose el seguido bajo vigilancia, a más de mantener sus pasos dentro de una estricta ortodoxia habría alertado a los cómplices. No soy de esos, pero saber de antemano que P.S.Taljaard, uno más de los detectives asistentes al Congreso, era sospechoso de servir a una red internacional de malhechores, podía sustraer rectitud a mis actos en virtud de una camaradería mal entendida o de simple rivalidad. En ocasiones, una información excesiva –es la experiencia quien habla- lleva a guiar las indagaciones por caminos errados orillando el verdadero.
Con orgullo mal disimulado expongo ante los altos funcionarios de la Embajada la teoría de mi descubrimiento: “Llevó a cabo el asesino su execrable crimen, valiéndose de una carta necesitada de respuesta; razón del envío de tres sellos poco frecuentes. Estampillas peculiares, no sólo debido al anverso, dos paisajes alpinos y el retrato de un científico, sino también por causa del reverso, la goma de pegar; mucílago compuesto, como uno más de sus ingredientes, por un insípido veneno que al modo del valor facial sumaba su efecto hasta alcanzar el nivel crítico”.
Almuerzo con mi amigo el agregado en un restaurante que sirve anguila ahumada y varias marcas de cerveza procedentes de los Países Bajos; y en cuanto regresamos a su escritorio, un alemán, analista experto en toxinas a sueldo de la Agencia Kioto, nos comunica sus conclusiones: mi hipótesis es exacta, los resultados la confirman. Existe total identidad entre la sustancia letal añadida al pegamento de los sellos, y la contextura del tósigo descubierto por la autopsia en las vísceras del Cónsul asesinado. “Obra el preparado con rapidez, mas no tanta que impidiera a la víctima acercarse al buzón de la esquina y volver a casa”, añade el especialista del laboratorio.
Desenmascarado el indigno Taljardo, detectives de la Kioto, basándose en mi acierto y actuado tan a derechas como yo, logran entregar a la justicia un variopinto entramado de facinerosos. Lo integra gente de la considerada preponderante: rentistas sin conciencia, ex ministros carentes de principios, funcionarios infieles, policías corruptos, hombres de empresa hechos al pillaje y la rapiña, nobles faltos de escrúpulos, expertos profesionales seguidores de métodos poco ortodoxos y simples canallas ávidos de dinero.
Obtenía la banda datos relevantes de las administraciones públicas y de poderosas compañías transnacionales, estudios y planes relativos a la expansión de sectores estratégicos. Se apropiaba de la información contenida en los discos duros de los ordenadores centrales, utilizando contraseñas y claves recibidas de quienes tenían encomendada su custodia. Juntaba así lo que en términos económicos se denomina información privilegiada, muy útil cuando se pretende especular en bolsa; obteniendo de las inversiones efectuadas con tal guía altas rentabilidades en tiempos muy cortos. Requerían los estafadores, y se comprende, la colaboración de algunas personalidades de influencia extendida, dueños de un prestigio sin mácula. Recibió el diplomático de la organización criminal una propuesta tan perversa como embaucadora, cuyo contenido puso en conocimiento de sus superiores. Sorprendió a los delincuentes la reacción y, heridos en su amor propio o temerosos del testimonio que pudiera dar llegado el caso, lo condenaron a muerte. La sentencia fue ejecutada como sabemos, a pesar de estar rodeado el Diplomático de excepcionales medidas de seguridad destinadas a impedirlo.
Es una lástima que no exista una clasificación de investigadores privados ordenada según la importancia de los casos resueltos; pues concluido éste, alcanzaría yo un puesto situado muy arriba y mi amada Naná podría mostrarse vanidosa ante sus amistades. No obstante, he ingresado por derecho propio en la nómina internacional de la prestigiosa Agencia Kioto, y ese vínculo, estoy convencido, me facilitará multitud de encargos tan enmarañados o más que el del malvado envenenador.

 

R.- Al fin, Roma

Mi tarea de investigador privado está formada de rutina y de sobresaltos; noventa y siete partes de rutina y el resto, hasta cien, de sobresaltos; más de tres, seguro.
Ejerzo en Madrid, ciudad escogida por naturales y forasteros para originar más embrollos de los que somos capaces de desentrañar quienes nos dedicamos a ello. Mi oficio es mi vida, a él me doy por entero; no obstante, las variaciones de asunto o escenario añaden atractivo. En ausencia de realidades, sueño. Me imagino representando el papel del candoroso Padre Brown, detective de mi estilo, intuitivo y campechano, perseguidor de los delitos y considerado con el delincuente; y un ligero parecido me une a Alec Guiness, el actor que lo encarnó en la pantalla. Embutido en la piel del curita viajo de ciudad en ciudad: trenes que cruzan las fronteras sin sentir, aviones que unen continentes, burritas que van de pueblo en pueblo. Con todo, Roma fue siempre piedra imán para mí. Hecho yo a seguir con gusto los mapas del trabajo, sin preocupaciones perentorias, gozando de entera libertad no hubiera sabido moverme.
Hace años, quizá demasiados, en un soleado mes de abril llegué a Portugal tras una cuestión nobiliaria: la vulgar pendencia entre dos primos carnales por el marquesado familiar. Acumulando pruebas de una conducta disoluta, anduve de la ceca a la meca: Estoril, Sintra, Cascáis, Lisboa. Pese a lo irregular de mi recorrido supe que me hallaba en un espacio privilegiado, configurado a través de los tiempos por las fuerzas telúricas que rigen la formación de las geografías y el clima.
Tiempo después vino Ginebra –primera guerra de Irak- y en su entorno viví una aventura de las que facilitan el saldo positivo a la vida de un detective. Resolví el encargo de manera satisfactoria, dándome a conocer en los círculos profesionales más exigentes. La agencia japonesa para la que trabajé desde entonces, me fue asignando casos saturados de complejidad, pero cuando cumplí los cincuenta, con una gratificación que sólo contentó a mi familia, me cesaron. De ese modo me vi abocado a lo de antes, el seguimiento de sospechosos de cualquier conducta infame. El caso es que los viajes me enseñan; en ellos adquiero conocimientos dispares que forman islitas en el mar de mi ignorancia. En Portugal entreabrí la puerta del mundo decadente y apolillado de la aristocracia. Ginebra me descubrió que, en el aspecto social, lo de arriba y lo de abajo se diferencian sólo en la envoltura: oropel en láminas maleables o papel de estraza. En Roma recibiré una lección ilustrada de historia universal y palparé vestigios de algunas de las intrigas que conmovieron al mundo.
Sí, al fin Roma. Me paso el día añorando Ginebra y Lisboa, y el destino me entrega en bandeja de plata la Ciudad Eterna, antigua capital del mundo, mi sueño vivido en mil noches de ensueño. De actualidad en estos días, abre los espacios de noticias en los distintos medios de comunicación. Sucede que abraza con cariño el escueto territorio del Vaticano, y vive pendiente de la salud de un hombre de cabeza patriarcal, piel rosada y cabello blanco, cuyos seguidores viven diseminados por el ancho mundo. Me refiero al Papa Juan Pablo I, cabeza visible de la Iglesia Católica, doliente, más allá de la enfermedad que consume su salud, de la reciente traqueotomía. Espera e incertidumbre son las palabras que definen la convalecencia posoperatoria del Sumo Pontífice. Su actividad se verá reducida durante la próxima Semana Santa, el período del año más significativo para los católicos, porque conmemoran en él la pasión redentora de Cristo, su muerte y posterior resurrección. Situado en la ventana de la clínica, muestra la televisión un Santo Padre enflaquecido, que no puede comunicarse en ninguno de los muchos idiomas que domina. Yo, que no soy religioso, me conmuevo al verlo crisparse y perdono la ostentación de sufrimiento señalada por los detractores.
Se nos viene encima el Domingo de Ramos, momento de trajín viajero, cuando me acerco a la agencia de viajes. Contrato un paquete de opciones situado a medio camino entre el viaje organizado y la aventura libre: billete de ida y vuelta, elección diaria de hotel entre varios de una misma categoría, excursiones en autocar por los alrededores, visitas guiadas a los museos, asistencia a ciertos actos de culto y póliza asegurando todos los riesgos. La flexibilidad conviene a mi tarea; pues me permite una adaptación rápida a lo imprevisto; y lo imprevisto sucede.
“Roma. Dentro de su vasto perímetro se encuentra todo lo que usted soñó algún día. Si duda entre ir o quedarse, vaya; si debe elegir entre varios destinos, decídase por Roma”. Así aboga el folleto publicitario, escrito por un convencido o un buen simulador. “Recorra las calles, pero deténgase en las plazas. Esos espacios libres ganan en antigüedad a la urbe; estaban ya presentes cuando Rómulo fundó la ciudad. Sobre siete colinas, asiento de los dioses, se elevaron monumentos que conmemoran las glorias patrias otorgando al pueblo un inmarchitable orgullo de estirpe. La gente se hizo con el ágora, pero los carruajes desplazaron a las personas. Se trata ahora de volver estos ámbitos a sus dueños primitivos, los peatones: Via Veneto, Corso, Villa Borghese, Piazza Venezia, Rotonda, Campidoglio, del Popolo. Piazza di Spagna, Navona, Campo dei Fiori y más, muchos más, la ciudad entera hasta donde sea posible”.
Dos clientes han solicitado mis servicios en un lapso de treinta horas. El primero de ellos, hombre creyente, católico practicante y padre amantísimo, teme que su hija esté desarrollando un amor inconveniente. Pequeños detalles causan su desvelo, una conducta sin tacha salpicada de nimiedades nuevas.
“En Roma pasee con calma. Actúe como si volviera a su propia ciudad tras años de ausencia, vaya redescubriéndola, inventándola; mírela desde ángulos nuevos. Olvídese de prisas y agobios: no debe superar experiencias previas, carece del don de la ubicuidad y los demás lo saben, no es un conquistador de los que hincan en tierra la enseña patria al tomar posesión del territorio en nombre del Rey. Usted, lejos del héroe antiguo, es un afortunado excursionista. Vagando por los Foros y el Palatino, temprano en la mañana o al caer la tarde, conocerá el verdadero placer de pasear”.
De profunda raigambre católica, el segundo cliente, padre viudo, vino a verme porque necesita afianzar la confianza puesta en un hijo modelo de obediencia. El planeado viaje a Roma de su vástago, puso sobre aviso al anciano. La liturgia de días tan señalados y la enfermedad del Papa, motivos confesados del viaje, pueden no ser más que el saliente del iceberg. Le crece, íntima, una zozobra enfrentada al antiguo crédito: su hijo alimenta una vocación religiosa, que si se concretara daría al traste con sus proyectos más queridos. Desea de mí el aporte de pruebas definitivas que vuelvan la tranquilidad a su espíritu.
En conclusión, debo seguir a dos jóvenes, chico y chica, de una religiosidad inusual, turistas en Roma durante la Semana Santa, que utilizan los servicios de la misma oficina de viajes y seguirán, por tanto, un itinerario común. “Jamás te fue Fortuna tan propicia”: dice con gracia mi esposa Naná, nos enamoramos en Ginebra y no acaba de dominar el castellano. Tampoco se esfuerza, sabe que me gusta su parla y con eso la sobra.
“Visite monumentos, mire, admire. Si le interesa, deténgase y acopie datos; si no, avance: iglesias, termas, catacumbas, fortalezas, villas, teatros, museos y jardines. No seré yo quien lo guíe, piérdase usted solo. Tratando de llegar a cualquier lugar conocido hallará los rincones más interesantes; y no sabiendo volver a ellos, el recuerdo los convertirá en únicos para el resto de la vida”.
Recurro a las habituales fuentes de información para conocer algo más de mis clientes. Se trata de dos hombres de negocios hechos a sí mismos, administradores únicos de empresas competidoras, cuidadosos de las alianzas que representan las relaciones amorosas de sus hijos, únicos a propio intento. Y resulta que, cada uno por su lado, desconociendo los desvelos del otro y sin un mínimo interés por dar tres cuartos al pregonero, contratan al más caro de los especialistas en seguimientos cautelosos, conductas dudosas, infidelidades, pruebas testificales, etcétera, etcétera. ¿Pura coincidencia? Tal vez; pero, solo tal vez y por ahora.
“En los ciento treinta escalones que suben a Trinitá dei Monti desde Piazza di Spagna, se sienta media humanidad con el solo objeto de observar el paulatino acercamiento de la otra media, que avanza peldaño a peldaño examinando a quienes permanecen sentados. Veinte siglos le esperan en el foro de Augusto, encaramados a la columna de Trajano».
El folleto magnifica las obras públicas y las personalidades de quienes las erigieron, persiguiendo un fin comercial. Mas, sin pretenderlo, me descubre la miseria escondida en lo grandioso, la desigualdad incrementada por las construcciones colosales. ¿Dónde se ocultan las chozas que compensan el despilfarro constructor de los palacios? Dada la amplitud del Imperio, la pobreza quedaría en los lugares dominados. Y en épocas más modernas, ¿de dónde vino el dinero para erigir el monumento a Vittorio Emmanuele de Piazza Venezia? Gigantesco. Ciclópeo. ¿Qué servicios públicos dejaron de prestarse para utilizar en su construcción los caudales suficientes? Sin duda el opúsculo no fue redactado pensando en mí, que llevo años esperando este momento, sino en los indiferentes, los tibios o los indecisos. Así es que lo doblo por el centro y me servirá su plano interior.
Aceptar dos encargos simultáneos por simple coincidencia en el tiempo y en el espacio, sin informar a las partes, ha de tener alguna contraindicación ética. Pero no seré yo quien lo confiese al uno rompiendo con el otro el debido secreto profesional. Rebajaré, eso sí, el montante final de mi factura, dado que los costos fijos pueden ser compartidos. De manera tan ingeniosa resuelvo a mi favor la objeción de conciencia surgida; todo un hallazgo de la lógica. Pero hay más, al viajar los espiados con la misma agencia y, por ende, en el mismo grupo, la duplicidad de espías no estaría justificada. Al contrario, resultaría perjudicial: el detective uno entorpeciendo el trabajo del detective dos, el dos entorpeciendo la tarea del uno, descubriéndose ambos al actuar como imágenes en el espejo el uno del otro. Imagínense lo chusco de la situación.
¿En verdad, Giovanni Pierluigi da Palestrina murió la fría noche del dos de febrero de 1.594? ¿Compuso toda la obra a él atribuida? Puedo confirmarles la existencia de gente que se hace preguntas de índole pareja: investigadores. Roma es una ciudad ideal para los estudiosos, estimulante de la indagación. Si se quieren conocer los caminos recorridos por la civilización para traernos adonde estamos, hay que visitar Roma y encerrarse en bibliotecas y museos o sentarse en los lugares públicos a observar el paso de la gente de a pie.
El método y el rigor son condiciones exigibles a la profesionalidad. Analizo las circunstancias a medida que se acercan a mi conocimiento, las registro en el expediente del caso y establezco mis objetivos acompañados del plan de acción. Ciencia y arte, mi oficio se sirve de la tenacidad dirigida del científico y de la intuición e imaginación propias del artista. Lo ilustra el caso que me traigo entre manos. Un padre quiere impedir que su hija inicie una relación incorrecta. Otro desea confirmar que su hijo pone límites razonables a la inclinación religiosa. Ambos muchachos viajan a Roma con ocasión de la Semana Santa, preocupados por el declive de la salud del Santo Padre. En consecuencia, mi primera hipótesis de trabajo, dando una voltereta en el vacío, supone al chico el amor inconveniente de la chica. La penuria actual de vocaciones sacerdotales o monásticas me empuja hacia el sendero más verosímil.
Ignorante de casi todo lo concerniente a los protagonistas, recibí una película familiar donde ella aparece jugando con sus ahijados, hijos de una sirvienta; y en actitud amorosa hacia su madre, con quien coincide en la perfección de los labios, de la nariz recta, de una frente que hace al rostro solemne. La grabación me ha servido para allegar opinión favorable; en mi fuero íntimo estoy convencido de que la vida familiar la satisface más que cualquier otro aspecto de la existencia.
Del varón, un joven perteneciente a cuanta congregación mariana existe en su entorno, que encuentra atractivo bajar torrentes en balsa o atravesar barrancos sustentado por una cuerda tendida sobre el abismo, recibí fotos ilustrativas de su biografía. Carente de madre desde la niñez, algún mensaje trata de enviar su conducta. De algún peligro huye, de algún miedo, acercándose temerario al precipicio.
Rondando por el vestíbulo de Salidas Internacionales, tan paciente como un tigre enjaulado, los esperaba yo en Barajas. Llegó ella con dos horas de anticipación; es el ansia del amor, me dije, siendo de natural precavido. A punto de cerrar la facturación él no había hecho acto de presencia. Lamentaba yo mi suerte hostil, pues su ausencia rompía el basamento inicial de mi trabajo. Sin el muchacho, ni amor, ni caso, ni pruebas, ni acierto, ni minuta. En esas andaba mi mente detectivesca, cuando el esperado llegó corriendo por el pasillo que une el área de vuelos nacionales con el de internacionales. He aquí, pensé, recordando al poeta andaluz, un hombre que sube a bordo ligero de equipaje, ya que únicamente una bolsa lo componía. Favorable circunstancia, pues sólo por no tener nada que facturar pudo correr azuzado por las azafatas hacia la puerta de la nave. Posee la facultad de calibrar los escollos, soslayándolos, o nació de pie: ya se resolverá la disyuntiva, especulé. Cierto, lo dicho sobre él servía para mí, ya que, maletín en mano embarqué con premura tras el joven.
Se sentaron alejados uno del otro sin más remedio, porque al comprar los billetes por separado no hay forma de reservar el contiguo. Anoto yo por costumbre los ramales seguidos en las encrucijadas, las paradojas e incongruencias de los personajes, tratando de definirlos para prever su conducta posterior; y por esos andurriales vagaba mi ingenio cuando me asaltó una terrible incertidumbre: el hombre de la bolsa bien podía no ser el sujeto esperado, pues en llegada tan dinámica no había visto con claridad sus facciones. Una cosa podía deducirse, el carácter de quien corre así y llega en el último segundo, se corresponde con el modo de ser del deportista amante del riesgo que me habían descrito los documentos gráficos. Algo más tranquilo, me dispuse a mirar el paisaje alcarreño por la ventanilla del avión, consciente de sobrevolar los cuadros de un pintor de esencia y hondura, de quien poseo un catálogo impreso hace al menos diez años: parcelas irregulares unidas por linderas, mil tonos del pardo salpicados de ocre y gris, verdes riberas de escasos arroyuelos, algún árbol, dos o tres casas rurales rodeadas de huertos.
Siguiendo a una señorita de uniforme violeta claro, que enarbolaba una pancarta con el nombre de la agencia de viajes, en Fiumicino, mis vigilados y veinticuatro compañeros de excursión, subimos al microbús encargado de dejarnos en los distintos albergues. Paramos ante palacetes de lujo, hoteles de cinco estrellas cuyas puertas con dosel guardan cancerberos de librea, pero ellos no se bajaron. Tampoco lo hicieron frente a las elegantes alfombras que desde la calle dan acceso a residencias algo más modestas. Por último, en la Via del Tritonne, cerca del Palazzo del Quirinal, descendieron ambos en el umbral de un modesto hotel de tres estrellas. Fui tras ellos. Sin duda se trata de jóvenes prácticos que saben valorar la relación entre la calidad y el precio, fruto tal virtud de una estricta educación familiar que los prefiere sencillos.
Les oigo decir sus nombres y, en efecto, se llaman Andrea y Jerónimo. Se inscribieron sueltos, en habitaciones individuales, sometiendo a prueba mi hipótesis del noviazgo, zarandeándola. Me registré a continuación y, detrás de mí, hizo lo propio una joven bellísima. Pensé, intranquilo, que un quinto espectador podría deducir sin fundamento, que los cuatro anteriores formábamos dos parejas decididas a ocultar su pasión. Por desgracia, para un investigador privado, cuando no existe otra realidad las apariencias son todo. Así de desalentador resulta mi trabajo; tras un momento de euforia, una espina toca el globo y el aire se desvanece en el aire con silbo de huida.
Papas y Emperadores tendieron una misma mirada centrípeta sobre el mundo. Pero lo que son las cosas, la semilla fructificó, tallo y raíces crecieron pujantes, rica y generosa maduró la espiga; y no se repara a estas alturas de la historia en el grano original, arrugado y vacuo.
¿Dónde empieza el Vaticano? Ente abstracto de circunscripción imposible, toma cuerpo en la Basílica y Plaza de San Pedro. Renacentista una y barroca otra, contribuyen ambas a conformar una de las unidades arquitectónicas más conocidas del mundo. En tan magnífico enclave, extraviándome, estoy a punto de separarme de mi doble objetivo y del resto de la expedición. La misa de Ramos congrega a cincuenta mil fieles y es fácil desunirse. No preside el Pontífice la bendición de palmas como es habitual, lo hace el cardenal Ruini, vicario de Roma, quien, al término de la procesión dice la misa. No obstante, tras el rezo del Ángelus, el titular de la Sede agita una rama de olivo desde la ventana de su alcoba, impartiendo la bendición. Le resulta imposible articular palabra a pesar de los visibles esfuerzos: la reciente traqueotomía aún se lo impide. “Da alegría verlo, da pena verlo”: musitan fieles allí congregados. El arzobispo Sandri, de la Secretaría de Estado, lee en nombre del enfermo un texto dirigido más que a nadie a los jóvenes, pues se celebra la Jornada Mundial de la Juventud.
El clero da a Roma una población exclusiva y preponderante que no acogen otras ciudades. Aun secularizado en la vestimenta, destaca del conjunto; su dominio, extenso y dinámico, sobrepasa el recinto del Vaticano, rebosa. Ha crecido un comercio de objetos de culto, al margen de las leyes comunes del mercado y, en época de crisis generalizada, florece.
Interesándome en lo que nos rodea, y separados los jóvenes por un señor de barba blanca que lleva del brazo a una señora metida en carnes, procuro no perderlos de vista. Vamos todos tras el guía, un joven florentino que da al español acento musical y declamatorio. Al intercalar palabras italianas en sustitución de las nuestras, ignoradas, nos muestra sin buscarlo un armonioso idioma del que iniciamos el aprendizaje en sus aspectos más elementales.
“Semejando dos granos de trigo en un puñado de cebada”, expresión de mi origen rural que aporto a la jerigonza del oficio, deambulan los hijos de mis clientes por salas y galerías. Y no es un decir figurado, en realidad se distinguen del resto del grupo integrado por matrimonios mayores o parejas muy hechas. Nos detenemos ante la Piedad, obra de Miguel Ángel Buonarroti, y sus rostros, distanciados como están, parecen unidos por la emoción sentida, idéntica según mi apreciación. Frente a San Longino y la cátedra de San Pedro, de Gian Lorenzo Bernini, observo a través de sus pupilas la gran sensibilidad atesorada. Debido a estos indicios comprendo que no se perderán la visita al Museo. Y así es, suben animosos la rampa helicoidal. Arte egipcio, etrusco, griego, romano, paleocristiano, italiano: arte acumulado por sucesivas voluntades acumuladoras, tesoro de Alibabá. La restauración de la Capilla Sixtina ha descubierto la luminosidad original; debían verla y la ven.
Avanzo a través de la historia recordando en todo momento que formo parte de los visitantes, grupo humano encargado de dar lustre a la ciudad. Si sucede que siglos después del apogeo se llena la boca de las gentes al nombrar a Roma, se debe a los visitantes. Si al oírla mencionar la imaginación se eleva tratando de abarcar el universo primitivo, se debe a los visitantes. Preteridas por la indiferencia de los residentes habituales, ¿qué sería de las ruinas sin el concurso de quienes llegamos deseosos de ver y tocar los vestigios de la civilización? Multitudes relevadas cada día en tarea tan concienzuda, apasionadas difusoras de lo visto, oído e imaginado, en nuestros lugares de origen somos trompetas colocando en disposición de marcha a la siguiente oleada.
No es tarea fácil la de los visitantes. Vagamos por calles, plazas, museos y tiendas; nos asombramos de la amplitud de los palacios, de la belleza de sus elementos, de la antigüedad evidente de lo visto; escuchamos, traducimos, pensamos, suponemos. Todo ello sin flojera, con espontánea celeridad, abreviando. Extasiados ante magníficos grupos escultóricos, recuperamos fuerzas. No sólo oramos, sentados en los bancos de las incontables iglesias, también buscamos sosiego. Descubrimos con agrado la Fontana de Trevi y, apoyados en su barandilla, recibimos alivio. Contemplando casi tendidos los frescos de los techos, reposamos. Exhaustos, en la intimidad del hotel, restañamos heridas: contusiones, pisadas, rozaduras.
Los zapatos mallorquines, cómodos, estrenados para la ocasión, aún no se han hecho a mis pies. Suerte que Andrea y Jerónimo, siguiendo la dinámica de los fluidos, se van acercando y será fácil seguirlos. Sucede en las salas de arte egipcio del Museo, entre una estela conmemorativa y el Torso de Sumo Sacerdote. Se examinan con insistencia, sonríen tímidos, hablan de asuntos triviales y se entienden a las mil maravillas. Vamos ya por el Panteón, Piazza della Rotonda, cuando rozan sus manos como al albur. Brillo afiebrado de los ojos limpios, muestra ella el inconfundible gesto del juego con los ahijados: mirada millones de veces repetida a lo largo de los siglos, reflejo instantáneo de la inestable felicidad. De esa misma forma me contemplaba mi esposa suiza en los primeros tiempos, hace de ello tres lustros, cuando yo era una divertida caja de músicas.
El anciano Pontífice, tenaz y sufrido, continúa resistiéndose a la enfermedad. Le cuesta acompasar la respiración, acumula dificultades para alimentarse y su organismo rechaza algunos medicamentos. Con todo, el miércoles santo, aunque no asiste a la tradicional audiencia, vuelve a aparecer en la ventana durante breves momentos. Bendice a los fieles que aceptan gozosos y apenados su presencia, e inicia un esbozo de saludo moviendo varias veces la mano. Ni una palabra, gestos tan solo; muecas de dolor que evidencian el padecer continuo. Una sonrisa incompleta se diluye en sus labios. Andrea y Jerónimo, superado el fingimiento que los mantenía espaciados, se confortan mutuamente enjugando en sus pañuelos blancos las lágrimas que fluyen de los ojos tristes.
Gatos fuertes, ufanos, descendientes de los leones y tigres circenses, vigilan Roma, el Patrimonio Nacional en todas sus facetas. Los carteles advierten con frecuencia que existen controles electrónicos. ¡Pura filfa! Si alguien toca piezas preservadas o se adentra por pasillos prohibidos, los felinos arañan, mayan, dan la alarma. Sin embargo, cuando, detrás de una estatua sin cabeza, teniendo al fondo el Colosseo, mis observados dibujan con suaves trazos el tímido contacto de sus labios tensos, los gatos ni se inmutan. Mucho se han relajado las costumbres en Roma.
Comprendo que Japón se ha convertido en una nueva provincia del Imperio. Miles de embajadores, portadores de ricos presentes disimulados en cheques de viajero, llegan cada día. Asimismo, ocurre con los ciudadanos de la América adinerada, novísima colonia. Jamás estuvieron tan alejadas de la metrópoli las fronteras. ¿Quién de los antiguos protagonistas imaginó continuidad tan provechosa? “Mañana no iremos, vendrán”: ¿Qué profeta aventuró tal vaticinio?
El Jueves Santo, desgajados del grupo general para participar en actividades más acordes con sus gustos, Andrea y Jerónimo forman parte de un grupo al que me agrego, cuyo interés primordial son las ceremonias propias del tiempo litúrgico. En la mismísima basílica de San Pedro, a las nueve y media de la mañana se celebra la Misa del Crisma con la bendición de los óleos sagrados. Debido a la ausencia del Papa preside el prefecto de la Congregación para los Obispos, cardenal Giovanni Battista Re. Por la tarde, en el mismo espacio, cardenales, obispos y presbíteros ofician juntos la Santa Misa en la Cena del Señor; homilía, lavatorio de pies y traslado del Santísimo a la Capilla del Monumento. Un cardenal chileno, el presidente del Pontificio Colegio para la Familia, sustituye al Santo Padre. Rumores sombríos sobrepasan los confines del Vaticano dominando en poco tiempo la Urbe: el Sumo Pontífice está en las últimas. No obstante, el portavoz del Vaticano, miembro español del Opus Dei, resta importancia al deterioro de la salud papal usando eufemismos que producen alarma. Andrea ya se pone en lo peor y, conmovida, toma de las manos a Jerónimo para acercarlas a su mejilla. El muchacho reacciona al estímulo y compartiendo el desasosiego intenta consolarla.
El Trastevere ya no es lo que solía. Han proliferado los restaurantes y la excesiva comercialización suscita la repulsa de los propios vecinos. Forman la excepción unos cuantos comedores originarios que permanecen invariables. Elegimos uno de ellos para cenar, un establecimiento hogareño, la casa de la abuela italiana que nunca tuvimos. Minúsculo jardín en la entrada, vestíbulo justo para cinco o seis personas, varios salones de diferentes tamaños y ambientes, una salita contigua a la cocina y el patio al que dan las ventanas.
¿No se lo he dicho? ¡Qué cabeza la mía! Coincidimos en la cafetería del hotel a la hora del desayuno, y un saludo cordial, el gesto valiente de situarme en su misma mesa, la charla interesada, las coincidencias y el aprecio mutuo, nos convirtieron en amigos. Forman una pareja encantadora. Jerónimo es un mocetón rubio y tímido que ya ha cumplido los veintiséis años. Dotado de una bondad natural con el injerto temprano del tallo religioso de la educación, resulta comprensivo y amable. Economista que añade a su preparación estudios empresariales, se desenvuelve bien con la informática y domina la lengua inglesa. Andrea, complementando al muchacho, es morena, posee la experiencia adquirida a lo largo de veinticuatro años bien aprovechados y aparenta una ingenuidad que superó hace tiempo. Abogada experta en Recursos Humanos, habla a la perfección inglés y francés y se entiende en alemán con escasas dificultades. Ambos son para mis ojos libros abiertos; en cinco minutos cumplimenté sus fichas. Mi conjetura inicial se revela pura especulación. Hablaron el segundo día y, ya en la presentación mutua, se reconocieron. Sus viviendas están situadas en urbanizaciones gemelas separadas por una autovía que es, de hecho, una frontera, un río caudaloso, una profunda garganta, una cadena montañosa. Pero frecuentan círculos coincidentes. Asistieron juntos, sin saberlo, a tres concentraciones de jóvenes católicos y a varias Vigilias de la Inmaculada. Un mismo verano visitaron la Costa Azul con sus respectivas familias; Andrea durante el mes de julio, Jerónimo en agosto. Apasionándoles las competiciones automovilísticas, él como piloto y ella como espectadora, pudieron coincidir en el autódromo varias veces. Advierten, de pronto, un afán desusado del destino por separarlos o unirlos con fuerza; y no se lo explican, pues para el común de los mortales no tiene el acaso más que indiferencia. Siempre oyeron a sus padres hablar de la otra familia en tono despectivo; atribuyéndola la malquerencia, los intereses desnaturalizados, la falta de escrúpulos comerciales y las propias dificultades económicas. Revolviéndose en el fondo de la rivalidad, intuyen una mezcla de envidia y admiración. Creen haber oído referir en alguna conversación entre adultos, que el padre de él intentó conquistar a la madre de Andrea, cuya elección recayó en el otro pretendiente. Han decidido los jóvenes orillar las diferencias familiares; más aún, ser nexo de unión, argamasa. Al exponer las razones de su presente visita a Roma, encuentran cierta ligazón en la conducta de sus padres: por separado, aparentando indiferencia, la propiciaron: sugerencias veladas o explícitas, constantes llamadas a la acción, verdaderos impulsos verbales y, más que nada, raro en ellos, la oferta de correr con los gastos.
Recibo el relato de sus vidas jóvenes en la trattoria hogareña del Trastevere que alguien del grupo sugirió cuando buscaban un comedor tradicional. Me invitaron a compartir mesa y diálogo, y aquí estamos. Recoge la comanda una anciana cuya viveza corresponde a la edad de su hija, de su nuera quizás. Andrea pide pasta; una porción abundante hecha de distintos colores y formas, paleta abigarrada de pintor, plato sabroso y digestivo que sirven a los llegados de fuera para que se hagan una idea rápida de la variedad inventada a través de los años. Añade la chica Ciuppin de pescado y el Pan di Spagna cierra su yantar. Verduras frescas aderezadas con aceite de oliva inician la comida de Jerónimo. Las sigue el Saltimbocca alla romana; un tierno escalope de ternera que Andrea prueba del tenedor del muchacho. Por último, Pasta Frola. La dueña me recomienda Caponata; berenjenas, apio y que sé yo qué, del todo deliciosos. Para seguir, un Coniglio al Marsala que extiende su fama por los alrededores; y el queso Pecorino a modo de postre. Yo bebí agua y ellos vino de Frascati. Soy un sentimental y quisiera compartir estos instantes con mi melancólica esposa Naná, camarera ascendida a jefa de sala en el hotel más lujoso de Madrid, de quien aún me enamoro a diario.
La sobremesa se prolonga en una charla cordial, y la sinceridad dominante invita a las confidencias. Debilitado por la camaradería y sin entrar en detalles, confieso mi profesión de Investigador Privado. No me rechazan; ignorando que son mi razón del viaje nada tiene contra mí. Habla Andrea con entusiasmo de Florencia, Venecia, Génova y Verona; ciudades que describe como si las hubiera recorrido palmo a palmo, sacado su conocimiento de los libros leídos. Tan a gusto de Jerónimo las dibuja, que acuerdan ambos incluirlas en el periplo europeo que emprenderán en verano.
Caleidoscopio que muestra al visitante una existencia plural, varias ciudades en un mismo espacio, Roma se comporta como un diamante tallado con pericia desigual por sucesivos expertos. Religioso o ateo, el peregrino encuentra la que busca. Pertenezca a un partido político o se considere anarquista, adorador de imágenes o iconoclasta, halla la más afín. Rea Silvia, hija de Numitor, fue la madre biológica de Rómulo y Remo; aunque si damos crédito a la leyenda, la verdadera madre, la del amor y los desvelos, la de los biberones cada tres horas, fue una loba. Licencia tenemos, pues, para solicitar a Roma cualquier cosa. Pidámosle la luna, y nos dará una luna preciosa, dispuesta a derramar su luz sobre los tejados, cayendo en cascada por los jardines románticos del Palatino, reflejándose inquieta en las aguas del río, de las fontanas en penumbra; casi mágica. Roma de noche se transforma. No, no es máscara, se trata de una faceta distinta de su personalidad ciudadana. Cambia el objeto y cambia la mirada; o viceversa. Recomiendo la intimidad de ese paseo a Jerónimo y Andrea, y me lo agradecen; porque los enamorados necesitan soledad para servir a su pasión y compañía que atestigüe la felicidad compartida.
Bien avanzada la mañana del Viernes Santo, quienes ya somos tres amigos inseparables que han dado al grupo la espalda, recorremos el centro ciudadano. Me hablan ellos de sus proyectos, pues ya los tienen. Son conscientes de la oposición de los progenitores, orgullosos y testarudos, pero están decididos a cambiar de domicilio, de ciudad y hasta de familia; renunciando a sus herencias. Descubro que me sospechan vigilante por encargo de uno de los dos, pero no saben de quién y eso me salva. El secreto profesional frena mi confidencia en la cota apropiada y ni niego ni confirmo, dejándoles la dulce intranquilidad de la duda. Esa misma noche vemos al vicario del Papa en la diócesis de Roma, cardenal Ruini, portar el lignum crucis en la ceremonia del Calvario. Desde el Coliseo hasta la colina del Palatino avanza la procesión con lentitud solemne, consumando el tormento al término de las catorce estaciones. Ni una sola vez, en los veintiséis años de su papado, el Santo Padre ha dejado de llevar él mismo la cruz.
¿Resulta Roma excesiva? Sí, pero solo en cierto sentido. Es demasiado compleja para una semana de permanencia, quizá para un mes; pero la perspectiva de pasar toda la vida en Roma puede atemorizar. Si es imprescindible ver Roma, por simétrica razón es obligado salir de Roma. De lo contrario, el punto de mira puede perderse y las partes serían anuladas por el todo. La línea inclinada de las colinas, la horizontal de los sepulcros y la vertical de los obeliscos establecen la bella geometría; pero unidas se hacen saetas que apuntan al corazón.
¿Se construyeron monumentos incompletos, estatuas y jardines envejecidos desde su concepción, deteriorados a propio intento? Llegamos a sospecharlo basándonos en las abundantes muestras diseminadas por plazas, patios y terrazas, con las correspondientes copias halladas en tiendas y talleres. Naná, mi emotiva esposa, a sus cuarenta y ocho años disfrutaría como una adolescente tomada por tan espléndida desolación. “El deber exige bordear el afecto”: según dice ella misma, paráfrasis acaso de algún dicho grisón.
Sábado ya, y aún hemos de ver algunos de los espacios más destacados, barrios sencillos, rincones entrañables. En los desplazamientos deslizamos ojeadas frecuentes por los escaparates con el fin de seleccionar encargos y regalos. Roma es diseño. Lo moderno son los escaparates; y en Roma los escaparates difunden diseño. La tienda más pequeña, de vitrina mínima, está cuajada de diseño; me refiero al buen gusto y a la armonía adecuados al uso del objeto. Compramos seda en uno de los numerosos puestos callejeros, corbatas, pañuelos; el precio es bajo y la calidad aceptable. Variedad de colores, de tonos, de dibujos. Libros; hojeamos una gran diversidad y adquirimos una pequeña muestra. Tenderetes colocados con primor en confluencias de calles, en bocaplazas de anchas aceras, ofrecen, junto a láminas de la ciudad antigua, ejemplares de cuidada edición, encuadernación magnífica y armoniosas portadas. Las librerías mejor surtidas muestran un abanico de posibilidades casi inagotable. Concentradas alrededor de la Piazza di Spagna y de Ludovisi, Andrea se da de bruces con tiendas de joyas, costura y piel, de fama reconocida. Veo calzado italiano en el Corso cuando mis pies y los zapatos mallorquines se abrazan hermanados. En Porta Portese recorremos un mercado popular parecido al rastro de la madrileña Ribera de Curtidores.
Al anochecer, nuestro destino inmediato es la Basílica de San Pedro, pues pronto empezará la Vigilia Pascual presidida por el cardenal Ratzinger, decano del Colegio Cardenalicio y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe; quien, en opinión de los entendidos, será el próximo Pontífice. Dicen que es docto: ha escrito libros y artículos y da conferencias junto a seglares de renombre. Dicen que su conservadurismo le hace látigo de los teólogos heterodoxos. Dicen que es el señor de una Curia dominadora de los cardenales.
En ocasiones me salgo de la fila para hablar con la gente de a pie. De esa masa surgen individuos sabios que llevan dos milenios de cultura a las espaldas. No lo parece a simple vista, se hace necesario entablar con ellos comunicación abierta para descubrirlo. Los habitantes de Roma han desarrollado un escepticismo creyente que, manifestado en una sabrosa charla, nos dice del clero católico y de su jerarquía mucho más que los sesudos vaticanistas en sus intervenciones televisadas.
El Domingo de Pascua, a las diez y media de la mañana oímos misa en la Plaza de San Pedro; la oficia el secretario de Estado, cardenal Angelo Sodano, muy cercano al Papa y enfrentado al bávaro Ratzinger. Hora y media después, un Santo Padre desfigurado, viva imagen del dolor, imparte en silencio la bendición «Urbi et Orbi” a setenta mil asistentes. Las lágrimas de centenares de espectadores enternecidos se convierten en un anticipo del cercano desconsuelo final. Gesticula el Pontífice con fuerza, pero la rigidez muscular sólo permite la salida de un áspero susurro. El Papa vive su particular semana de pasión, acercándose paso a paso a la cumbre del Gólgota.
La estancia, intensa en el sentir general, llega a su término. Nos gustaría quedarnos, pues se avecinan acontecimientos de gran trascendencia: la muerte, acompañada de un duelo que, desde Roma, como el agua incontenible de un embalse roto, inundará todo el Orbe. La exposición del cuerpo insepulto, miles y miles de fieles dispuestos a pasar un día entero con su correspondiente noche en una fila que no avanza, para luego echar un vistazo dolorido al cadáver. El entierro, la ciudad tomada por la policía y el ejército en actitud protectora de los mandatarios que representan a casi todos los países del Globo. El cónclave de electores, ciento diecisiete purpurados decididos a nombrar un sucesor que esté a la altura del extinto, capaz de seguir su obra y de mejorarla, llenando de paso la alcancía mermada. Ceremonias de un enorme colorido, inusitado hoy en día, repetidas al milímetro con independencia del paso del tiempo. Millones de peregrinos se apropiarán de la urbe para presenciar unos momentos históricos de los que vale la pena ser testigo.
Jerónimo, Andrea y yo, hablamos de permanecer en Roma unos días más, pero el vehículo de la agencia de viajes recorre los hoteles para devolver a los excursionistas al aeropuerto. Ni una habitación queda libre, ni una cama de pensión; puede que los catres desplegados en pasillos de casas particulares o los bancos públicos lleguen a ser objeto de disputas encarnizadas. El vientre metálico del autobús va atestado de bultos, y nosotros, con el sentimiento de ser llevados a la fuerza, dejamos la mirada perdida en las calles, en las plazas más transitadas, en los jardines maltratados, Piazza della Republica, junto a los negros estorninos que pueblan los árboles nevados de sus propios excrementos.
De Fiumicino a Barajas, mientras Andrea y Jerónimo se prometen amor eterno y dicha infinita, yo, en una de las últimas filas del avión, reintegrado al encargo que me llevó a la Ciudad Eterna, me empeño en consignar el transcurrir de los hechos que justifican mi viaje. En la entrevista de rendición de cuentas y presentación de comprobantes, habré de contestar cuestiones de mucho compromiso a cada uno de mis clientes, señores que se crecen ante los asalariados.
En la doble partida de ajedrez que ahora concluye, consigo hacer tablas: gano una y pierdo otra. Mi informe disgustará al padre de Andrea y aliviará al de Jerónimo. Debido a la mezquina actitud paterna se ha concretado la sospecha de un galanteo en Andrea, inadecuado desde el punto de vista del empresario intrigante, del antiguo pretendiente no correspondido. El miedo del otro cliente a una religiosidad excesiva del muchacho, modificadora del futuro diseñado por el egoísmo del padre, no se confirma. Reflexiono: no hay tablas; seré el mensajero de dos descalabros. El temor del padre de Jerónimo no va a diluirse, se transformará en otro, uno simétrico al que consume al padre de Andrea.
Ignoro donde quedó el detective sagaz, me equivoco de nuevo. No se muestra tan fiero el león como el cazador lo describe; cuentas rendidas, no aprecio el gesto hosco esperado en mis jueces. Distingo, sin lugar a dudas, una sonrisa incipiente, fragmentada en elementos complementarios, labios entreabiertos y ojos brillantes. Y hay más: recibo de ambos una prima no pactada, un plus destinado a premiar el óptimo desenlace del caso y mi neutralidad perdida, mi beligerancia a favor de las emociones, del sentimiento amoroso que arraiga en sus hijos.
Tras lo visto y oído columbro que, perjudicando a sus negocios la disputa, desean ambos la unión de sus vástagos y con ella una alianza comercial que los haga fuertes. Yo fui el cebo, el acicate de lo prohibido, la prueba del nueve; el alfil agitador de su tablero. En casa hablamos sin reservas, y cuando explico el caso que me llevó a Roma, mi hijo, lector de Chesterton a sus trece años, asegura que el sagaz padre Brown no se hubiera dejado engañar por embusteros tan fatuos. Mi esposa Naná sale al paso defendiéndome con una sonrisa cómplice, que resume un tratado no escrito acerca de la pasión amorosa.

 

S.- Confidencias de Jana

Corazón del terreno vallado, paraíso y cárcel, una vivienda aldeana constituye mi territorio vital, mi pequeño mundo. Dista del pueblo donde vive mi hermana un paseo; y de la ciudad, domicilio de mis hijos mayores, unas leguas. La gente pasa por mi puerta, saluda y, si las ocupaciones no son perentorias, charla conmigo, entra para tomar caldo o refresco dependiendo de la temporada en curso, y yo me pongo al día en el discurrir de los acontecimientos. Una vez a la semana de la tienda me traen provisiones variadas, y si quiero distracción y cultura la capital las ofrece. De manera que sigo la marcha inexorable de los días con un pesar ligero, prueba evidente de que, a pesar de mis males, en la casa me encuentro a gusto. Mi hermana, conociéndome como me conoce, la adquirió para que yo viviera cuando se afianzó el mal en las manos forzándome al retiro.
De estampa armónica, Jana es una perrilla ingeniosa y obediente, nacida con predisposiciones claras: seguir rastros, sostener en el tiempo la carrera, retrasar cuando es necesario la satisfacción de sus necesidades fisiológicas, traer y llevar objetos asidos con los dientes. Espabilada y ágil como ella sola; no necesita hablar para que se hagan cruces los desconocidos acerca de sus habilidades. Se alza sobre las patas y simula caminar como humana, comprende órdenes sencillas dadas con palabras o gestos y, si es ese su deseo, las ejecuta. Apenas ladra; para dar la alarma exige ciertas condiciones, las que afectan a mi seguridad o a la suya. Nos entendemos a las mil maravillas, y no es que yo me exprese a su modo; no, la comunicación se establece en el área extensa de la intuición. Recojo sus reflexiones y las paso a la palabra escrita. Creo conveniente dejar constancia de su visión animal de lo cotidiano y de sus críticas acerca de mi comportamiento, por si estuviera acertada. Puede que no sean más que figuraciones mías, pero me gusta creer que Jana me hace confidencias valiosas, ocurrencias relativas a su cultura, ciencia rica en matices poco conocidos. Me revela la ligazón existente entre el suyo y el ámbito humano, el diferente juicio hecho sobre las visitas según sean niños o adultos, hombres o mujeres. Puede que la perra no ponga intención y suceda que yo la estoy utilizando a modo de naipe de los adivinos o de líneas dibujadas en la palma de la mano, lector e intérprete del porvenir. Puede que sea así, pero cuando le señalo peligros inmediatos y ella obra en consecuencia, sorteándolos, seguro estoy de ser interpretado.
Siendo yo una persona de sesenta años cumplidos, disfrutando un retiro flexible, se comprende que mi hermana, diez años menor, a más de refugio me buscara compañía. Se desvive por mí como una madre lo hace con su hijo. Tina la decimos en vez de Constantina; aunque yo, estando los dos solos, la llamo Chiqui como cuando era niña. No se casó por atender a los padres, y cuando murieron ya se encontraba cómoda en la soltería; así que fue despidiendo uno tras otro a los pretendientes. Suele venir a verme los días festivos y da una vuelta a la casa, pues soy reacio a contratar asistencia. Apoyada en dos de mis hijos quiso casarme de nuevo, y para ello me trajo a la propietaria de unos perrillos de distintas razas que buscaba casas de acogida a los canes.
La que luego bautizaríamos con el nombre de Jana, era una cachorra flacucha y triste encariñada con su dueña, señora de mis años desviada del marido, que combatía la soledad transformando su caserón en una barca de Noé bien poblada. Jana, única hembra del muestrario, descubría a primera vista un carácter retraído. Algún temor evidenciaba, algún mal trato. Quizá en el viaje estuviera la causa, rectas y curvas por una carretera salpicada de baches. O en la temible aventura vivida aquella misma mañana, pues estuvo en un tris de servir a un organizador de peleas salvajes en el adiestramiento de los contendientes, perrazos ávidos de la sangre de indefensos cuzcos. El instinto avisado de la dueña facilitó el rescate en el momento preciso. Hubo de seguir para ello el rastro dejado por el malhechor, quien, aceptando la oferta del anuncio, se presentó muy temprano. El número alto de una calle breve, escrito en la copia del documento de identificación, la puso sobre aviso. La matrícula del coche y el poder de convicción demostrado con un empleado de la Oficina de Tráfico, la llevaron al interior de un recinto oscuro, donde, recluida en una mínima gayola metálica junto a jaulas de las que salían temibles ladridos, encontró atemorizada a la perrilla. Viaje y aventura propiciaron el malestar de Jana, las náuseas y la timidez. Su encogimiento contrastaba con la viveza de los machos. Si me decidí por ella lo hice conmovido por su melancolía y desabrigo.
Transcurridos diez meses puedo decir que me satisface la elección, pues Jana descompone a diario la inercia de mi vida. Empleo parte del tiempo en su cuidado, adelantándome a los peligros, vigilando las reservas de agua y pienso, atento a sus evoluciones. Incluso dedicado a mis tareas estoy pendiente de ella, del lugar de asentamiento, de la actividad que la distrae. Paga mis desvelos con la docilidad que le es característica, procurándome pasatiempo en la narración de múltiples historias. Un día me relata la experiencia acopiada en el casón de la señora que nos la entregó; y al siguiente el pasado remoto oído a su madre, quien por transferencia oral está en disposición de reconstruir al menos ocho niveles del árbol genealógico. Salta así del conocimiento adquirido por sí misma, sumada a diez o doce perros, seis gatos, una tortuga, un periquito, un loro y hasta un chimpancé; a la información que proviene de una larga hilera de ascendientes de fortuna dispar.
Territorio sobrepoblado, la casa en que nació estaba dirigida por una mujer sola. Del esposo, contaba un mastín criticón, que emigró a lejanos confines después de intentar sin fruto la convivencia con fauna tan diversa. Soportaba el hombre a algunos gatos, a dos o tres de los perros, a la tortuga, al periquito, pero era incompatible con el loro y el simio. Ni equipaje cargó, ni caudales; tal era su desesperación. Iban para cuatro los compañeros que se le escaparon a la señora y, de tanto en tanto, aún suspiraba. Babel de lenguas: miau, guau, pío, y otras de las que Jana desconocía el nombre: dominaba la casa un guirigay permanente. Disminuía de noche la intensidad de algunas voces, pero aumentaba la de otras, de modo que el reposo se hacía imposible sin una adaptación previa que muchos humanos no resistían. Útil me fue la revelación para colegir que las reiteradas visitas de la mujer iban más allá de comprobar la salud y el progreso de Jana; de modo que pude defender mi independencia con éxito, aunque tal proceder disgustase a la enredadora de Chiqui.
En el decir de Jana, la tortuga no se metía con nadie, el simio embromaba a todos y, resulta curioso, no eran perros y gatos los peor avenidos; era el loro, más orgulloso que don Rodrigo en la horca, quien, creyendo haber dado origen a los humanos o contar entre los primeros pobladores del paraíso, despreciaba a los demás compañeros. Hacía excepción, justo es reconocerlo, con un periquito que lo obedecía por miedo a su pico curvado y a las garras robustas. En cuanto a su propio origen, refiere Jana que su madre es setter inglés, perteneciendo el padre a la misma familia en su rama escocesa; de manera que, bien o mal, ladra dos lenguas y entiende alguna más dentro de las caninas. Sin duda ha heredado las formas que predisponen a la caza; aspecto que confirman las largas y veloces carreras que da por el campo, y la insistencia en traerme un palo que yo lanzo todo lo lejos que puedo. Un antepasado hubo que formó parte de la jauría del rey, aunque no precisa, bien es verdad, de que rey se trataba. Puede que fuera invención ocurrida a lo largo de la transferencia de memoria por algún abuelo fatuo, pero se desprende del porte elegante de Jana que algo de eso hubo.
Mientras escribo estas líneas, la protagonista de la historia permanece a mi lado. Simula dormir, pero en realidad maquina la liberación de los cordones que supone presos de los zapatos. Los desata sirviéndose de la boca hábil, de los dientes precisos, y espera durante unos instantes mi reacción. Me limito a rehacer lo deshecho, lazada que equilibra la longitud de las puntas y, creyéndome metido en el juego, torna a desatarla. Mi rendición desarma su propósito, por lo que se abandona a la dulce placidez de quien tiene todo hecho. Uno de los gatos cruza ante ella con paso precavido, temeroso de un arranque instantáneo, fuertes patas terminadas en uñas poderosas, romas de horadar la tierra en busca de tesoros arqueológicos formados por huesos antiguos. Ignora que Jana sólo pretende la simulación del cobro de piezas siguiendo el instinto, jamás apretará los colmillos sobre el pescuezo desguarnecido. Inicia la perra una carrera que la lleva a la velocidad del viento tras el félido, y este, con la ligereza propia del rayo, la esquiva. Los separa el estanque: el gato teme caerse al agua y la perra sabe vedado el espacio; peces y nenúfares podrían conmocionarse si irrumpieran en su elemento.
Llueve, y las gotas saltan del tronco a las ramas y de éstas a las hojas, reverdeciéndolas, abrillantándolas: perlas transparentes para el adorno de la yerba y los arbustos. Sale el sol a intervalos con el solo objeto de aclarar la escena, facilitando la percepción del efecto beneficioso del agua. Sorteando los charcos recorre Jana la parcela en labor inspectora de los cambios introducidos por Chiqui, quien en sus visitas se ocupa, supliendo mi creciente incapacidad, de la renovación de flores de temporada y del desarraigo de las malas hierbas. Ya no cruza la perra los canteros de césped, ya no arranca los rosales recién plantados ni mordisquea las petunias. Huele las plantas aromáticas, se roza a menudo con ellas: romero, salvia, tomillo, lavanda, albahaca, impregnándose de su olor agradable.
Entre los múltiples tallos de diferentes alturas y grosores, ásperos e impenetrables de la zona silvestre, donde, enmarañados, árboles y arbustos crecen a su antojo, hallazgos inconcretos aguardan a que Jana los extraiga de la oscuridad escarbando en la hojarasca. Ella parece saberlo, porque descubre un día tras otro un copioso botín de naderías. Poco dada a las contradicciones que observa en los humanos, en ocasiones lucha consigo misma. Gira tras su rabo como poseída por algún mal repentino, intentando un círculo imposible. A un mayor impulso de la cabeza hacia adelante se opone un superior empellón de la cola, de modo que la distancia entre ambas permanece invariable. Si por alguna maniobra afortunada consiguen los dientes su objetivo: ahí están el día y la noche coincidiendo en el alba, ahí están las mareas fundiéndose en un solo vaivén interminable.
Tras dos días de calma me avisa Jana de una próxima tormenta; aún está el cielo diáfano en su mayor parte, más en el horizonte oeste nubes oscuras se apropian del espacio y un vientecillo suave enfría el ambiente. Ha de tener una facultad privativa que no es maña ni habilidad, un sensor atávico del que no disponemos las personas, ya que siendo tan joven no puede atribuirse a la experiencia. Así es, en efecto, sucede según su barrunto; las gotas iniciales se advierten en los estanques, donde hacen saltar esquirlas líquidas que, al caer, suman círculos móviles hasta que toda la superficie es una agitación frenada por los nenúfares y ampliada por los pececillos que asoman el hocico. Culebrinas de luz proliferan a lo lejos. Cambian las condiciones previas, la claridad del día se diluye en la negrura que avanza; los olores de la tierra y de la hierba tienden a agudizarse, a afinar su mascarón de proa pasando de nao a esquife en su choque frontal con la nariz; y tanto lo visto como lo sentido predisponen a ponerse a resguardo.
Jana se guarece en un chozo que le construí bajo las ramas de un macizo de coscojas de distintos tamaños; cabaña de ladrillo recubierto de piedra que toma la caprichosa forma permitida por la presencia discontinua de troncos. Almendros, zarzas y dos vigorosas matas de romero crecen rodeándolo, abrazándolo, apropiándose de su hechura recia. Dentro, un largo pasillo desemboca en el vestíbulo del que nacen el pesebre, el bebedero y el lecho. Cinco ventanucos iluminan su interior, y una capa de yeso sobre los ladrillos distribuye la luz de modo homogéneo. Allí se siente propietaria y cualquiera que entre es un intruso o, como en mi caso, un invitado. Desde cualquier ángulo la vista resulta agradable: formas caprichosas que la naturaleza trenza y colores que van del verde a los floridos pasando por el intenso azul del cielo. Pero Jana no manifiesta inquietud por la belleza: duerme en su cubil o roe un hueso, ajena al exterior cambiante. Una manta de lana cubre el tablero donde ella descansa; así lo dispuse para que no la alcancen el frío y la humedad del suelo.
Sé que fue el lunes porque acompañé a mi hermana al coche de línea y bajaba repleto de estudiantes que pasan sábado y domingo en su casa. Así que el lunes, nada más abandonar la mesa, me dispuse a echar una cabezada tumbado sobre el forraje. Obro así buscando el influjo de los magnetismos telúricos y la pujanza de la naturaleza; tonterías acaso, pero yo creo en esas cosas. Coloco el brazo derecho a manera de almohada, y noto que la savia de la sangre se acelera en mis venas. Bien, aquella tarde, acostado de la manera referida, a las tres o quizá un poco más pronto, se acurrucó Jana a mi lado; y a pesar de saberme dormido quiso llamar mi atención acercando su hocico a mi oreja. En el duermevela sentía el rumor nacido en su boca profunda, y lo interpreté como la escasa cordura del momento me dio a entender. Comprendí que intentaba decirme algo y deduje que había de ser perentorio para ella, pues creía justificada la interrupción de mi siesta. La oí iniciar una historia que ofrece ciertos visos de verosimilitud, apenas reducida por los disparatados aspectos que toda conspiración introduce. Porque se trataba de eso, de una conjura urdida por El Consorcio de Grandes Almacenes para incrementar las ventas.
Hay perros, muchos en todo el país, silenciosos trabajadores empeñados en un solo objeto: que la gente del entorno, los dueños y sus familiares, los amigos y las esporádicas visitas, compren más ropa de lo que harían de por sí. Son dentelladas al desgaire, son zarpazos como en juego, son tirones y desgarros; y los hilos de punto se sueltan, los tejidos ralean, cayendo de su sitio los botones a manera de frutos maduros. Dominan el arte de diseñar el siete, número abundante en la ropa atacada, sietes escritos en el tejido descuajado, urdimbre y trama alzándose sobre un desconchado, un hueco, un agujero que descubre la piel o las prendas íntimas. Así un día y otro -con el esfuerzo extraordinario de los días de fiesta y de las vacaciones- la magnitud de la vestimenta deteriorada que ha de ser repuesta sube y sube, y con ella el negocio de los grandes almacenes reunidos en consorcio. Los útiles de riego, mangueras, sobre todo; uniones de colores vivos, boquillas, aperturas y cierres; sufren de igual modo su acción salvaje: agujeros del tamaño de los colmillos atacantes, grietas, fracturas, quiebras.
Al llegar mis nietos a Jana se le agita la cola de gozo, se le iluminan los ojos de alegría y va y viene girando sin sentido. Pone sus patas sobre los hombros débiles, de forma que haciéndoles perder el equilibrio da con ellos en el suelo. Saca la lengua, alargada como un pez, salmón húmedo y vibrante, y lame rostros y manos esquivos. En cuanto se tranquiliza ya es de ellos; la toman por juguete y sus patas, su piel, su pelo, se convierten en empuñaduras por donde la agarran para llevarla adonde quieren, volteándola como a campana sin badajo ni sonido. Los veo felices, dos o tres juntos, los cuatro a veces; y con fiestas responde la cachorrita a sus caricias mimosas y brutas, doblegada, sometido su orgullo. Yo me crezco en mi estatura de anciano que no quiere serlo, y me sacudo de encima diez años. Ella debe saber que me agrada su entrega, porque prosigue los retozos con los modos confiados de quien se comporta conforme a lo debido. Como si fuera a engullir los cuerpecitos tiernos, abre disuasorias sus fauces rojizas y negras, mas sólo una cinta de carne mojada sale en busca de rostros o extremidades. Cuando las mandíbulas se cierran sobre los dedos diminutos, lo hacen con un cuidado maternal que no da pie a la prevención.
Dos hijos tengo y una hija que vela por mí como ángel de la guarda o comisionada de la divina Providencia. Privada de vástagos trata de suplirlos con los sobrinos, quienes, en la manera que tiene ella de ver las cosas, heredaron su aspecto corporal: unos la nariz aguileña o los labios gruesos, otros el cabello rojizo o las pecas de las mejillas; hasta su modo apresurado de andar lleva alguno. No, no es bella, más su corazón es tan grande que todo lo humano cabe en él y sufre por los otros, pertenezcan o no a la familia. Mi yerno, su esposo, la adora y pone su voluntad en línea con la de ella. De nada carecen, al parecer, careciendo de tanto. Los chicos, sus hermanos, de carácter dispar, difieren en su actitud frente a los horizontes: mientras el mayor acepta el inmediato y lo toma por suyo, el pequeño no encuentra acomodo en ninguno de los conquistados, yendo, insatisfecho, cada vez más lejos en su exploración.
Adriana, mi venerada hija, con su tía forma un engarce que no tiene fisuras. Mi hermana, morena y chatilla, se distingue en el físico de todos nosotros, siendo esencia y substancia las nuestras. Quiere a su sobrina como a carne de su carne y sangre de la suya; y debe ser recíproco, porque congenian ambas y se ponen de acuerdo en las cuestiones que atañen a cualquier asunto por el que una de las dos se interese. Mis hijos, incluso el pequeño, el más mimado, el que siguió mi profesión y emigró a países pertenecientes a Asia y Oceanía; ven en ella una segunda madre. Los nietos que por aquí vienen, no conocen a sus primos extranjeros, descendientes del inquieto que casó con una oriental, modelo de alta costura, verdadera belleza de ojos rasgados. Jana es ajena a todo este batiburrillo humano, y acepta a los pequeños porque son inocentes como ella y proceden sin malicia alguna.
En el estanque grande, situado bajo otro menor para que la cascada de unión nos deleite con el murmullo del agua al romperse, en su fondo arenoso, encuentro con frecuencia lombrices de tierra de considerable tamaño; lánguidas, estiradas. Su detector de humedad les promete el paraíso y, hallado el exceso, sucumben. Jana me ve sacarlas con la red y no se conmueve. La muerte de la naturaleza le parece, según creo, una parte imprescindible del proceso vital. Así debe de ser porque, al rato, numerosas hormigas devoran los viscosos cadáveres. Hemos localizado dos nidos de mirlo en sendos huecos de la tapia, y Jana, después de ladrar durante un buen rato a los bulliciosos polluelos entorpeciendo el tránsito de los padres con el sustento, ha comprendido mis recomendaciones y se aleja cuando ve que llegan portando en el pico convulsos gusanos o insectos rendidos.
Mi interés retorna a la conjura y pregunto a mi confidente detalles tan importantes como el pago recibido, el beneficio que para los perros representa el deterioro de las cosas. Me contesta, avergonzándose de su materialismo, que existe un baremo, una escala progresiva de aliciente y un premio mayor si se alcanzan los primeros lugares de destrucción en el municipio, provincia, comunidad o en la nación completa. Hay correos, perros con pinta de vagabundos, que recorren las calles y las casas repartiendo las chuletas de cordero que cada uno ha ganado. Son ejemplares lustrosos, saciados, para que no sucumban a la seducción de la carga en detrimento de los ganadores. Costillas que no han de ser muy tiernas, imagino, pues una dentición tan poderosa como la mayoría de los canes presenta, agradece la dificultad de fractura ofrecida por los huesos. Pregunto, inquiero, suplico ampliación, más Jana se va en busca de no sé qué hipotética presa dejándome solo.
En la parte baja de la vivienda, frente a la cocina, existe una habitación que utilizo por su frescura de mayo a septiembre a modo de despacho. Una estantería de haya recoge los libros, un centenar largo que he leído en su mayoría; regalos de amigos y clientes traídos a lo que llaman mi destierro con el fin de suavizarlo. Son novelas más que nada; de escritores españoles ya muertos y de algunos americanos que aún viven; aunque también las hay escritas por franceses y rusos. Leo recostado en un sofá de masiegas trenzadas que ablanda un colchoncillo de borra. Los gatos me acompañan y, en cuanto me tiendo, se sitúan al lado apoyando la cabeza y las manos sobre mis piernas; de forma que a veces he de restringir cualquier movimiento, el de rascarme incluso, para evitar su espanto. Abren los ojos a lapsos irregulares, como vigilando la marcha de los sueños hacia la realidad, y arquean el lomo si mi palma los acaricia; no cuentan historias como las de Jana, son propensos al aburrimiento y a la huida, el pasado para ellos no cuenta, recelan de todo y si su voluntad lo quiere cambian de conducta.
Cuando la lectura cierra mis párpados dóciles me dispongo a recapacitar acerca de lo que ha sido mi vida. Tuve una esposa de figura armónica, desdibujada por la distancia que marcan el tiempo y la memoria débil. La conocí siendo aún adolescente, la amé como se ama a la tierra en que se nace y, aquejada de un mal que hoy tendría cura, murió en un invierno de hace catorce años. Quince meses de inactividad establecen frontera con el tiempo antiguo. Entre maestro de escuela, médico y actor de teatro estuvo mi profesión; pasé quizá por todas ellas: curandero por el método de los pases magnéticos y alguacil del ayuntamiento, matarife de cerdos y esquilador del ganado. Aunque quiera olvidar mi quehacer enmascarándolo, ocultándolo entre otros, en verdad fui sastre y modisto; lo sé, lo acusan mis manos donde progresa la artrosis. La enfermedad reside en ellas por igual, si bien es verdad que en la izquierda se apresura y toma más terreno. El dolor y la rigidez intiman mientras crujen los huesos y los cartílagos; estriándose, deformándose. El médico anuncia que el fin de toda actividad me espera contraído. Las vértebras lumbares parecen contagiarse, y cuando me agacho para ponerme los calcetines sufro un calvario. Al cuello llegará, a los pies; y el reposo será mi posición preferida. No existe cura; el tratamiento suaviza los síntomas todo lo más. Cuánto añoro mi taller de confección en la capital del reino. Costureras y modelos ansiosas se desplazaban en él siguiendo un orden que yo establecía. Echo de menos el tacto de las telas, cortadas con una perfección que me hizo conocido muy lejos. Sueño cada noche con encargos de vestidos de novia debidos a gentes principales, con peticiones de trajes de ceremonia para altos responsables de la administración del país. En la fantasía nocturna mi hijo pequeño regresa para hacerse cargo del negocio, pero al llegar la mañana él sigue su camino y yo estoy aquí, barca varada en la arena. Impedido, me salí del cauce en un recodo donde el agua del río se amansaba un tanto. Por aquellos días me llegó el premio al Diseñador del Año que siempre había perseguido. Moví hilos, hice amistades y hasta sumé afectos con esa idea, persiguiendo ese fin. Si cabe, fue mayor la tristeza, pues la enfermedad me arrebata más campo, más ilusión, más esperanza de vida y reconocimientos.
Muy de mañana, con el sol aún en el confín oriental, me siento bajo una encina y Jana se aproxima afectuosa. Al parecer desea hacerme alguna revelación, pues pega la boca al pabellón de mi oído y noto el cálido rocío de su aliento. Comienza una breve parla y al poco su decir adquiere núcleo: me revela que los gatos forman parte de la conspiración; debí sospecharlo, nadie más diestro que ellos. Se sirven de los finos garfios de sus uñas en el rasgado de cortinas, en los ataques perpetrados contra las telas de las paredes y de los canapés. Dejan surcos, obra de sus garras, en las patas de divanes, sillones y consolas; en la parte baja de aparadores y bargueños de maderas nobles, antigüedades costosas. Ayudan a precipitarse contra las baldosas del suelo, simulando un proceso iniciado por las imperceptibles vibraciones de la casa o el deslizar progresivo de la loza, las torres de platos que esperan el turno de fregado. Docenas de sardinas les llegan como premio desde el Consorcio de Grandes Almacenes por cada mueble deteriorado, por cada vajilla rota; felinos bien entrenados, con facha de gatos vagabundos, las reparten. A veces huele su pelo a pescado y los imagino recorriendo los andurriales donde se vacían los recipientes de sobras y desperdicios. Qué engañado he vivido con los mininos de aire inocente, cotidianos farsantes, capaces de manifestar un comportamiento amable, superficial o necio donde en verdad late la mala fe, la perfidia, la ingratitud y el vandalismo. En vano los interrogo sobre el particular, nada consigo; un mutismo cargante me ofrecen por respuesta.
Jana juega conmigo, se aprovecha de mi ingenuidad y se hace la enigmática, arrancando virutas al misterio en momentos que ella misma escoge, pormenores que espero con ansia acerca de la maquinación. Casi al anochecer, cuando le llevo el agua y las bolas de pienso preparado, denotando ausencia de sueño, por simple capricho desliza en mi oído sus suaves murmullos. Los ratones, huidizos, entran en juego; ellos, sometidos a la ley del Consorcio, también forman parte de la confabulación. Sus dientes finos e incansables poseen una gran capacidad destructiva. Alimentos, enseres leñosos, tejidos del ajuar, troncos y tablas de la techumbre; cuánto deterioro pueden introducir en nuestras vidas, cuánto gasto. Libros: decenas, centenas de ejemplares: incunables si a mano viene, ediciones príncipe, únicos; pinturas nacidas de artistas de renombre: paisajes, bodegones, retratos. Y todo por unos pedazos de queso, producto de las leches de oveja, vaca y cabra mezcladas, el de menor calidad. Me asombro, me indigno y exclamo, ¡basta!; no quiero oír más, pero ella sigue, regodeándose. Me anuncia como en añadido, que empresas de todos los ámbitos se han sumado a las tiendas, y el Consorcio ha pasado a llamarse de Grandes Sociedades.
Rompe la retahíla de acusaciones el hallazgo de sus detritos en lugar inconveniente, cien veces prohibido. Un grito sale de mi garganta hijo del enojo. No he logrado vencer en esta batalla. Ella dirige su proceder siguiendo una escala de valores que no conozco. Ignoro el mérito concedido por ella a cada palmo de terreno, qué jerarquía ha establecido entre los diferentes espacios; pero me disgusta que para abandonar sus excrementos haya elegido la ladera adornada de rocalla y espliego.
Me entera Jana de una actuación llamativa: instan los promotores del programa diseñado en el Consorcio a la convivencia de todos los animales, a la vecindad armónica, a la fructífera paz colaboradora. Perros y gatos, gatos y ratones, someten a la orden recibida sus inclinaciones naturales, y se persiguen, sí, pero sólo para guardar las apariencias. Mi bucólico mundo sufre un enorme deterioro en sus cimientos bien asentados, ¿dónde está la idílica inocencia de antaño que los poetas cantaban?
Pregunto por las aves y asegura Jana carecer de información concreta, y aunque cree probable que las urracas y los grajos se hayan alineado, las demás, temerosas de los procedimientos de caza exhibidos por el hombre, se resistirán a sumarse a la conspiración. De los insectos, opina que son, como algunos de los pájaros, individuos conscientes de su papel en el ciclo universal, cooperantes imprescindibles en la polinización y, de observar la maniobra, la estorbarían. Puede que constituyan excepción avispas y tábanos, añade, por último; incluso la mosca de los estercoleros.
De repente es sábado y mi apacible cárcel bulle de palabras amables y gritos de júbilo haciéndose paraíso agitado; se esfuman las rejas y veo retirarse a las tapias hasta desaparecer. Contenta se agita la enramada y el agua de los estanques multiplica sus ondas. Mi hermana Chiqui toma la tarea donde la dejó, imponiéndome un orden que parece acompasar su ritmo al mío. Orienta el amor la valoración del discurrir de los sucedidos, traza un sendero bordeado de flores y arroyos para que mis pasos lo sigan. Ramal de guirnaldas y dogal de seda lo sospecho; y debido a esa ambivalencia tirana y amable evita mi rechazo. Los muchachos, sangre de mi sangre, acaban alineándose: el varón conmigo, Adriana con su tía. Sufro la ausencia del más pequeño, el de espíritu inquieto, el creador de formas, el trotamundos; pero los nietos ahogan mi pesadumbre y embadurnan mi corazón de la dulce miel del olvido. Hasta que, al cabo, entre unos y otros invierten la rutina y me roban a Jana, cuyas idas y venidas interesadas salpimientan mi vida insulsa y anodina.

 

T.- La espada invicta de Bernardo

Entre las imágenes que pueblan mi larga memoria, se encuentran las suscitadas por la leyenda de La espada Invicta de Bernardo, escuchada hace al pie de medio siglo cuando alcanzaba yo los doce o trece años de edad, a un titiritero conocido por Teudenio, barbado sujeto de una ancianidad adelantada dos o tres lustros, en cuya manera de ser convivían, habitándolo, un comediante de la legua y un juglar del medioevo que solían echarse una mano si la situación lo requería.
Andaba Teudenio sobrado de conocimientos, pues añadía al saber de un maestro de escuela el interés por el origen de los hechos que define a los filósofos. Se comportaba de manera práctica en lo tocante a los grandes conceptos, obrando como un escéptico respecto a Dios y las particularidades que las religiones le atribuyen, siendo su sentir el de los desconfiados más que el de los indiferentes. No obstante, se descubría soñador a la hora de afrontar el día a día; tan lejos del utilitarismo como lo estuvo en la niñez, de la que aún conservaba algunos matices muy acusados. De modo que, comparado con la generalidad de la gente conocida, sobresalía.
Confío en que, si mi palabra no lo describe con claridad suficiente, su conducta añada la luz recomendable, ya que hombre tan singular iba de pueblo en pueblo por el Bajo Carrión y El Cerrato más próximo a la ciudad de Palencia, recitando versos y representando obritas de teatro. Aspecto positivo de su estrella, lo ayudaba -acogida a su amparo- una muchacha huérfana de tez rosada, mirada luminosa, naricilla chata y trenzas rubias llamada Marina. Utilizaban ambos a modo de hogar ambulante un carro de varas entoldado, cuyo armazón, ligero y resistente, constituía un prodigio de la destreza carreteril. Tiraba de él un jumento de considerable alzada y cano hasta la última cerda, que situaba a los artistas ante auditorios de bolsa menguada.
En Valdepero, mi pueblo, se afianzaron en el Patio de Castaño, al pie mismo de la iglesia, junto al cercado de servidumbre parroquial. A través de las rendijas de la puerta pudo ver el burro la abundante hierba del corralito, y una vez liberado de sus arneses se acercó al umbral con la boca hecha agua. Aún no existía la fuente que unos años después abrió el Ayuntamiento en el centro del callejón, de modo que, si el carro simulaba el escenario, la plazoleta era una vasta platea que ni pintada le venía al farandulero para sus propósitos.
Cuando la acción se enmarañaba de manera que los brazos de padrino y ahijada resultaban insuficientes, o cuando el argumento reunía en primer plano a un número desusado de personajes y se requería sumar voluntades diestras, Teudenio solicitaba voluntarios entre los entusiastas de su arte. En esas me hallaba aquel doce de junio, víspera de San Antonio Abad; pues nada más comenzar los preparativos quise iniciarme en los entresijos de técnica tan sorprendente. Debido al natural curioso acumulaba yo fama de muchacho despierto, dado a la historieta y a la fabulación; y revoltoso hasta un milímetro antes de lo intolerable. Nada extraño le resultará al lector que, con todo ese bagaje a mis espaldas, llegado el momento de reclutar colaboradores estuviera un servidor entre los elegidos.
Tanto agradó el ensayo general de la obra a los allí presentes, a los niños los constantes manejos y a los mayores la trama, que el eficiente maestro, don Roque, se comprometió a preparar una versión adecuada a las posibilidades escénicas existentes en el pueblo. Arreglado el drama con esas miras, a su justo tiempo, un mes antes de la festividad de Nuestra Señora de la Antigua, patrona de la localidad, en el salón de baile comenzaron las lecturas del texto. Es necesario decir que por entonces, don Roque y don Jesús, el cura, colaboraban en la formación de un grupo de actores pertenecientes a la Acción Católica; unos cuantos aficionados, chicos y chicas solteros, a punto ellos de ir a la mili o ya vueltos, y una pareja de recién casados, quienes, participando de la afición a las comedias, se hicieron novios por el simple procedimiento de prolongar el primer papel representado: Romeo y Julieta, adaptación sui generis del drama de Shakespeare discurrida entre don Roque y ambos protagonistas.
Por mi parte, en cuanto estuve capacitado y hallé oportunidad, busqué naturaleza histórica al relato romancesco de La espada invicta de Bernardo, encontrando harto ingrata la tarea. Está claro, a mediados del siglo noveno, cuando parece desarrollarse la trama, no existían los actuales castillos o abadía a los que ella se refiere. Mas, como resulta probado que todo mito participa de una base cierta, es de suponer que la fortificación y el cenobio primitivos, precursores de los actuales, fueran el soporte sólido de la invención. Originada ésta en fuentes diversas, tales como las crónicas árabes, las narraciones cristianas o la tradición oral; nada impide que se aposenten en su esencia la ambigüedad y la paradoja.
Metido en los estudios que debían hacer de mí un ciudadano libre, respetado y próspero; tuve acceso a libros que trataban algún aspecto relevante de la leyenda, tanto en verso como en prosa. Así que el presente relato es la consecuencia de tales orígenes y el aporte que la fuerza de mi imaginación haya sido capaz de añadir, que no será plumón de ave, supongo. Con todo, siendo el texto hijo de cien padres, poetas algunos, historiadores otros y hasta comediógrafos de nombradía; las maneras son las mostradas la víspera de San Antonio y el día del Santo en el Patio de Castaño de Valdepero; de eso doy la fe que mi mermada capacidad de evocación admite.
No sólo los cofrades, el pueblo entero andaba metido de lleno en las fiestas: calzadas limpias, balcones adornados, mozos a horcajadas de su condición masculina, muchachas deseosas de demostrar sus habilidades, niños incapaces de conservar la quietud más allá de un breve momento, padres desazonados por la estrechez de los zapatos finos y el nudo de la corbata, madres ocupadas en el adecentamiento de la casa, en la disposición de las mudas blanquísimas y la ropa elegante, en la búsqueda de ingredientes para completar las recetas de un menú extraordinario. Dianas, pasacalles, misa mayor oficiada por varios curas venidos al olor del lechazo, realzada con la voz bronca y firme de un predicador jesuita, flagelo de los incrédulos y de los tibios de corazón.
A la anochecida, cuando exhibían los mozos el trofeo de las cabezas arrancadas a los gallos vivos: trote de las mulas contra las aves aterradas, patas asidas a la soga que de bombilla a bombilla cruzaba la calle en el Arrabal; conocida ya la escopeta ganadora del concurso de tiro al pichón: treinta y tres abatidos sin un solo yerro; tras el concurso de arada: surcos trazados con una cuerda ficticia; a esa hora mágica del anochecer, en el espacio elegido por Teudenio, la verdadera representación de los títeres estaba a punto de comenzar.
Los pequeños errores descubiertos en el ensayo fueron corregidos uno a uno, y las manos de los colaboradores se movían ya con soltura. Un bullicioso público abarrotaba la plazuela: personas de toda edad y condición. Sentados unos en las sillas traídas de casa y los más, de pie; habitantes del pueblo y forasteros exteriorizaban su entusiasmo.
Conducida por el ramal del verbo sugerente y acariciador de Teudenio, la imaginación de los espectadores formaba el decorado. Un lienzo blanco, un tafetán rojo y un fieltro verde manejados con tino, pueden dar sustento o tejado a cientos de historias. Tenía el carro los peones delante y detrás bien hincados en tierra, las ruedas trancadas con cantos en forma de cuña y la galga ceñida a más no poder. Los intérpretes, Marina y Teudenio, se situaban dentro del carro fijando los pies en el suelo, ya que las tablas del fondo eran quitadizas. Un tablero no más ancho de un palmo, dispuesto junto al travesaño que une las teleras, hacía las veces de mostrador, territorio donde los muñecos evolucionaban. Las ranuras abiertas a la madera ampliaban los recursos de las manos, permitiendo deslizar el disfraz de las figuras en su constante ir y venir. Eran las voces cosa de los trashumantes, que las modulaban en sus tres registros. La mocita imitaba los diversos matices de las femeninas; quedando las masculinas a cargo del hombre, simulador de la plática sosegada de los ancianos y del parloteo de infantes.

Cuadro Primero
La disposición de los recursos sugería el salón principal de un castillo. En lo que debía de ser el sitial del trono aparecían un rey erguido, cetro y corona definiéndolo; y una joven cabizbaja. A hurtadillas escapaba de la escena por el lado izquierdo el infame acusador de la doncella. Hablaba el narrador con voz pausada, interrumpido solo por el llanto de la reprendida. Ante la puerta, dos soldados armados de lanzas entrecruzaban sus pasos.
Una palabra clara y profunda, cargada de inflexiones, ponía Teudenio en el relato de la acción desplegada ante los ojos ávidos. “Muy otra sería la existencia de Ximena de no tener vinculado su destino por parentesco al del Rey de Asturias, Alfonso II el Casto. Hace Alfonso promesa de virginidad en nombre propio y en el de ella, sin buscar su aceptación como parece natural. Insolencia enorme. ¡Ah!, pero su hermosa y discreta hermana, que tal es el grado de consanguinidad existente entre ambos, se enamora de forma impetuosa como las mozas de toda condición suelen hacer cuando les ha sido vedado”.
“Un joven noble, dotado de espíritu generoso y vivo ingenio, el valeroso conde castellano Sancho Díaz de Saldaña: gentil estampa en los salones, airoso a caballo, diestro en el manejo de pica y espada, vasallo fiel del rey asturiano; gana la pública amistad y el amor secreto de Ximena. Pasión correspondida, que el fluir del tiempo hace notoria al mostrar la doncella signos evidentes de preñez. Gestación que, a pesar de enraizarse en el amor más puro, mancilla cuando se produce fuera de las uniones que Dios bendice”.
“Abandona la sangre el rostro de Alfonso urgida por el corazón apresurado. En fiero lo convierte la ira: ojos ígneos y un rictus bárbaro en la boca; de modo que mil enemigos huirían de su presencia. Oscureciendo ayes y lamentos, las órdenes reales portan una firme voluntad de observancia: Tú, impúdica, desarrollarás la menguada virtud en un convento; el Conde, traidor, será preso hasta la muerte; y del bastardo, nacido del pecado, no quedará vestigio que sea nuestro estigma”.
Se oyeron unos golpes secos que bien pudieran ser obra de los soldados del Rey. No obstante, nacían de las cabezadas del asno en la puerta del corral, destinadas a forzarla para alcanzar la hierba. Las voces de Teudenio y Marina ponían angustia en la actitud de los personajes, y el agitar medido de brazos y cabeza de los muñecos generaba tensión en el ambiente. Ignorantes de las pasiones que arrastran a los adultos, quedaban los niños en ayunas del argumento, pero al igual que los mayores tenían sus ojos clavados en la acción ocurrida bajo el toldo del carro, imponente castillo de sólidos cimientos y almenas elevadas, poblado por nobles y villanos en armonía forzosa.
Emocionado, el narrador proseguía el relato: “La desdichada amante, la infeliz enamorada queda recluida en la abadía de Fusiellos; comunidad de damas linajudas, señoras de biografías semejantes a la suya. Sin profesar ni tomar hábito por considerarse esposa, madre sin vástago a quien cuidar, reduce el ocio confeccionando filigranas de encaje, labor apenas estorbada por rezos huecos y suspiros hondos. Como si de indómito enemigo se tratara y metida en fierros estuviera su energía, la custodian media docena de soldados disimulados de labradores”.

Cuadro Segundo.
Simulaba el fieltro del decorado una mazmorra en penumbra. Dentro de la celda angosta, un hombre encadenado se dolía tristemente de su sino. El narrador continuaba la exposición de los hechos, interrumpido a veces por las quejas del confinado; lamentos que el propio Teudenio había de ejecutar mudando la voz resuelta en otra desvalida.
“Tras una defensa infructuosa que da con diez soldados en tierra, el Conde, ignorante de la suerte corrida por su amada, cae en la celada dispuesta por el rey Alfonso. Cargado de grillos y cadenas, la tropa lo conduce a la fortificación situada a media legua de la abadía de Fusiellos, castillo vigilante de la ribera en arco del Carrión, límite elevado de la villa que tomó el nombre de Valdepero en la repoblación mozárabe”.
En tal momento del pasaje, los espectadores de cualquier edad nacidos en la comarca inflamaban de orgullo su pecho, pues ese Valdepero de la historia no era otro que el nuestro, próximo a Fusiellos, hoy Husillos, mencionado también por Teudenio en su exposición. Yo mismo, que sujetaba un soldado con cada mano, no pude evitar un temblor perceptible, que debió de mostrar a los armados como consumados cobardes.
“En cuanto preso y custodios tras llegar a la explanada del castillo suben al ajarafe, cumbre de los muros para leer y oír la sentencia, pide Sancho Díaz su acero. Desea orar ante la cruz de la empuñadura como tiene por costumbre. Sobre el último amén, bajo la mirada sorprendida de los guerreros, con toda la energía de que es capaz su fuerte brazo inserta media hoja entre dos piedras sillares bien ajustadas. Violencia sustitutiva, acaso, de la que, en ese momento de cólera, desea descargar sobre el corazón del soberano, tan casto como cruel y tan cruel como casto. Empeño ponen varios soldados en liberarla, y ni juntando sus fuerzas lo consiguen”.
“Recibe el Conde penoso aposento en una mazmorra insalubre y lóbrega, cimientos húmedos de roca viva carentes de los huecos que suelen formar puerta y ventanas; hoyo al que desciende en vilo a través de un pequeño lucernario abierto en el techo. En un capacho de masiegas los carceleros bajan los alimentos y alzan los desperdicios. El sol con sus rayos interrumpidos habla al preso del día abreviado y de la noche alargada, del cielo azul y el manto nuboso, de las estaciones cálidas y frías”.
“Tras el empeño de que nada descubra su origen, bautizan las monjas al recién nacido el día preciso de San Bernardo, dándole ese mismo nombre. Si ha de morir, se dice la madre superiora de la abadía, mejor hacerlo en la condición de cristiano. La hermana tornera, encargada de entregar el infante al verdugo, buscando infundir más énfasis a sus palabras, sugiere que las instrucciones precisas trasmitidas por ella, provienen de un personaje acostumbrado a ser obedecido de todos sin obligación recíproca. Dócil de suyo la religiosa a más de por los votos profesados, con harto dolor de su corazón entrega la criatura a quien en el convento es apoyo del sacristán, jardinero y hortelano”.
“Mudo de nacimiento, se trata de un personaje sombrío de quien se ignora todo, capaz de armar con escasos detalles conjeturas que al cabo resultan bien ciertas. Sin perder de vista la suposición forjada, tuerce las intenciones homicidas de quien está en situación de imponerlas, señor principal desde luego, puede que el mismísimo Rey. Siguiendo el dictado de su voluntad retadora, hiende una marca extraña al recién nacido y lo abandona ante el postigo del castillo de Montesón. Frecuenta esta puerta trasera, según el acertado saber del asistente, la esposa del señor feudal, linajudo caballero temido en los contornos en razón de las frecuentes levas y requisas. Delatan los vagidos la mínima presencia, y Aldonza, la señora, toma al recién nacido a su cuidado. En adelante le procurará atenciones de madre, las mismas que a la pequeña Elvira, su verdadera hija, nacida por entonces”.
Sonreía, cómplice del narrador, la concurrencia; pues el Montesón mentado había de ser por fuerza el pueblo llamado Monzón, sito al norte, en el lado izquierdo de la carretera de Santander. Lo riega el río Carrión fertilizando su vega, y como sólo dista cuatro kilómetros del nuestro, rivalizan ambos en glorias pasadas y hasta en la andadura presente. Posee Monzón de Campos línea y estación de ferrocarril que a nosotros nos huyen debido a la geografía irregular; si bien, la fábrica de su castillo actual se muestra pobre comparada con la espléndida del levantado en Valdepero. Sabía Teudenio el efecto de los nombres conocidos, y los citaba con prodigalidad, parsimonia y complacencia.
«Herido en su amor propio, Alfonso II el Casto jura mortificar a los transgresores con el mayor castigo que el rencor puede concebir. Así se las ingenia para que los enamorados se sepan inmediatos, uno cerca del otro sin poder verse ni oírse, ignorando el destino del hijo arrancado del seno materno en el primer sorbo de vida. Consigue el Monarca en demasía su propósito, pues inflamadas las mentes de los confinados hasta límites cercanos a la locura, ansían reunirse, santificar su cariño y dar con el infante destinado por Dios a gobernar varios reinos”.
“Ximena, a un tiempo alentada y abatida, confía a las avecillas mensajes tiernos dirigidos al cautivo, al hijo de ambos, vivo si del corazón se fía, muerto si el cerebro impone su opinión. Corcel trabado, el tiempo avanza tardo sobre la desesperación de los amantes, hiriéndolos con el insistente retumbo de sus cascos. Sancho de Saldaña se sueña excavando un pasadizo imposible bajo las piedras que asientan la mazmorra. Sirviéndose de él quisiera llegar a la Abadía y al amor de la esposa”.
“Protegido de la Fortuna personificada en Aldonza de Montesón, mujer de gran entereza, decidida y juiciosa, dotada de un carácter plácido, crece Bernardo feliz, ocupando su tiempo entre los juegos con Elvira a la que sirve de paje y la formación necesaria a todo muchacho. No es de extrañar que, en tales circunstancias, prenda en los niños una apremiante necesidad de estar juntos y confesarse unas cuitas carentes aún de trascendencia.

Cuadro Tercero
Un campo simulaban los fieltros bajo el toldo; llanuras y altozanos creaban sus pliegues. Se perdía en la lejura la vereda de lienzo pardusco delimitada por cuestas casi llanas. Caballeros en corceles de tafetán ceniciento la recorrían; y proseguía el narrador su discurso entre los ecos de una canción que Marina, la joven huérfana, desgranaba metida de lleno en la piel de la infeliz Ximena, dos veces torturada por el doble amor sentido.
“Adolescente despierto e industrioso, crece Bernardo en el castillo de Montesón desconociendo su verdadero origen y el significado del dibujo grabado en la piel. Entre los ejercicios de adiestramiento y las labores asignadas, va fortaleciendo un amor amparado por Aldonza. Sabe la madre de Elvira que su hija venera a Bernardo. Ojos, manos y suspiros son los encargados del pregón involuntario. Y resulta el mensaje tan nítido e insistente que hasta el padre percibe los destellos. Pero de un corazón inhóspito y egoísta en sumo grado, cabe esperar que pergeñe planes ambiciosos, procurando sumar territorios y mesnadas por mediación de un pretendiente poderoso. Separa a los muchachos como era de temer; da las órdenes precisas para que habiten dependencias alejadas y en las actividades comunes fija su posición de modo que les resulte dificultoso hablarse”.
“Un infierno arde inextinguible en el castillo, y no son los enamorados los únicos dolientes, sufre Aldonza con ellos por su amor contrariado. Cierta tarde quieta de primavera, un grupo de jinetes, los jóvenes, el padre y sus amigos, trota allá por los campos de Valdespina tras la jauría perseguidora de un jabalí. Una viborilla surge de entre las piedras bajo las mismas herraduras. El corcel de Elvira, desbocado, parte como un rayo hacia un cercano bosquecillo, inicio de un valle húmedo cubierto de yerba. Brinca la cabalgadura para salvar el obstáculo que supone un arroyo, y da con la doncella en la tierra alfombrada de pasto. A su lado corre Bernardo como el viento, como la sangre llamada por la herida. Reciben sus brazos a la amada y en un beso espontáneo, largo tiempo contenido, sus labios devoran a los que se rinden sin lucha. Llega el padre a tiempo de sorprender la brevedad del galanteo y, a latigazos, rompe la armonía de la composición pictórica. Sucede en ese instante tan rico en emociones contrapuestas, Bernardo es expulsado del castillo como Adán lo fue del Paraíso; y acaso por motivos coincidentes: la trasgresión, el avance de la voluntad rebelde a través de espacios prohibidos».
“Desde la mazmorra de Valdepero se prolonga, largo y oscuro, el estrecho túnel excavado en la mente del preso por la esperanza nacida de la desesperación. Avanza a duras penas descubriendo las raíces hondas de los árboles, rompiendo terrenos densos trabados de rocas. Va borrando Sancho la invención, pues se sabe incapaz de construirla. Por añadidura conoce que, si huyera, una patrulla desorientada y hasta un solo escudero inhábil prenderían a un vagabundo casi ciego. Ximena sufre la proximidad inútil, y cada día da a las avecillas el mismo mensaje de amor al levantarse y el encargo mismo de llevarlo hasta el amado”.
Descubría la historieta el origen de un antiguo mito, referido por los abuelos de la comarca a sus nietos: unen sendos conductos el castillo de Valdepero con el de Monzón y la Iglesia de Husillos. Un murmullo entrecortado de exclamaciones suspendió el relato un instante, pues Teudenio hizo un alto en el camino, parada momentánea, ya que aún quedaba mucho texto.
“Humanitario y culto, el abad acoge en el monasterio de Lebanza al joven Bernardo, viajero sin rumbo que cruza los espacios más ásperos de su existencia. En efecto, separado de Elvira por la fuerza, marcha sin gobierno con los pies y el corazón llagados. Escuela de altas enseñanzas, internado de nobles herederos: Filosofía, Retórica, Teología y Ciencias Naturales son allí afán cotidiano. Sin efectuar ningún pago ni trabajo servil que compense el trato recibido, permanece Bernardo los años precisos para que su ingenio bien dotado fructifique. Perfecciona el arte de la espada, con la lanza es hábil hasta extremos infrecuentes, adquiere los modales que todo caballero debe presentar ante la corte y notables conocimientos en materias principales”.
“Estimándose digno de Elvira a pesar del enigma de su origen, regresa Bernardo al castillo de Montesón. Allí la desgracia ha tomado la fortaleza y Aldonza naufraga en un mar de lágrimas. Su marido, acusado de felonía por un brioso conde leonés, no encuentra paladín para el juicio de Dios. Pálida y delgada, Elvira suplica asistencia a Bernardo, que no puede ser armado caballero. Decide Aldonza anunciar la regia estirpe de su antiguo acogido, acreditada por los signos grabados en el hombro. Hizo la mujer averiguaciones y esperó la oportunidad de revelar el resultado. Se ensancha el corazón de Bernardo cuando ve el blasón del escudo -réplica del dibujo tatuado- azor en campo de gules sobre una mano inmaculada de mujer. El Señor del castillo, siguiendo la fórmula de la ceremonia, en uso de sus prerrogativas le nombra Caballero del Azor. Dispuesto a defender a quien a su felicidad se opuso, azote de su pubertad enamorada, desdeña Bernardo el peligro derivado de la acción: su casto tío conocerá que vive y de nuevo intentará perderlo.”
Al llegar a este punto se oyó un rechinar de hierros, roce y golpeteo que bien pudieran anunciar el encontronazo sufrido por lanzas y armaduras si no fuera su razón la que fue. El codicioso asno acababa de romper con su propia industria el alambre que sujetaba la puerta del corralillo, y forzaba ésta para entrar, sin que supusieran obstáculo calificado para detenerlo ni frenarlo los chirridos nacidos de los goznes herrumbrosos. Para sí tomó Marina enseñanza del fragor atribuido a Teudenio. Por el contrario, el hombre se admiró de lo bien que la joven simulaba el ruido conveniente; y prosiguió la narración procurando mayor énfasis.
“Lanza inflexible, espada de acometida imparable, vence Bernardo en el duelo lavando el reducido honor del esposo de Aldonza, padre de su amada, señor del abuso y del castigo, infortunio de la gente campesina. Elvira desea darse por entero a Bernardo; él lo sabe y ansía recibirla; y quien posee la potestad de interponerse, forzado por las circunstancias, no se interpone. Pero antes de llevar el amor a feliz término, la nobleza de su sangre exige al muchacho aceptar su propio sino. Debe presentarse ante el Rey Casto, poner brazo y espada a su servicio, solicitar licencia para desposarse y liberar al Conde Sancho de Saldaña y a la Infanta Ximena. Nada emprenderá hasta verlos unidos para siempre en matrimonio, hasta dejar de ser bastardo”.

Cuadro Cuarto
Se repetía el decorado palatino inicial. Mostrábase el muñeco que hacía las veces de monarca, y en su presencia un caballero se postraba de hinojos mientras otros nobles atendían reverentes su parlamento. La narración iba adquiriendo por momentos un tono dramático, en claro contraste con lo sucedido en el escenario. Marina, la pupila de Teudenio, comenzaba a emocionarse. La ocurría con frecuencia: tomaba el alma de los personajes representados, Ximena, Elvira, Aldonza y varias monjas en aquella obrita; y pasaba sin ningún lenitivo por sus mismos padecimientos.
“Bernardo no desea hincarse de rodillas ante Alfonso, su Señor, sin portar alguna ofrenda de relieve y magnitud apropiados; poco diría de su liberalidad, inclusive de su nobleza, el gesto de acudir a la audiencia real con las manos vacías. Le entregará un presente, piensa, digno de un Príncipe tan elevado que lo posee todo en considerable cuantía y de suma calidad. Despierta en aquellas fechas la guerra adormilada contra los enemigos seculares del reino, y Bernardo se incorpora a la disputa. Merced a la fortaleza de su brazo y al ingenio de su mente, conquista y ocupa nuevas comarcas formando con ellas escabel para el excelso Soberano. Mas el Rey, que por casto no tiene descendencia, temeroso del derecho al trono que asiste a su sobrino, pospone una y cien veces la entrega de su hermana y del Conde, retrasando en consecuencia el sacramento que pondrá término a su deshonrosa bastardía”.
“Durante meses permanece en erupción el volcán ardiente de la lucha, con suerte despareja la contienda se prolonga más allá de un año; y el propio Rey, buscando inclinar a su favor la balanza, se suma a la vanguardia asistido por los caballeros más capacitados. En el fragor de la batalla, cuando se combate cuerpo a cuerpo, Bernardo descubre al monarca, penacho de plumas y armadura resplandeciente, descabalgado en medio de enemigos; y en espontánea reacción le cede su caballo, salvándolo de una muerte cierta”.
“Alcanzados los objetivos marciales, llevada la paz a los campos de labor, a los cadáveres mellados, al dolor asentado en los hospitales de campaña, a las fortalezas derruidas, a las aldeas arrasadas y a la gente harta de sufrir privaciones; en pago de tan demostrada fidelidad, de tanto arrojo, el Rey entrega a Bernardo la heredad del Carpio y el título de Señor. No obstante, apoyado en fútiles reparos, incumple una vez más su regia promesa; palabra de rey que asegura la inmediata redención de Sancho de Saldaña y Ximena de Asturias, castillo de Valdepero, abadía de Fusiellos, y la celebración inmediata de las nupcias postergadas, redentoras de la ilegitimidad filial, impedimento de importancia para un noble que pretende el trono alegando derechos de sangre”.
Con todo, es posible mantener viva la esperanza, porque si oponemos a un corazón pétreo semejante al del Rey Alfonso, una voluntad de bronce como la del Señor del Carpio, conoceremos que, en los más de los casos, vence la tenacidad imperturbable de quien sabe que los senderos de la vida con frecuencia atraviesan angosturas. De todos es sabido: el impertérrito tesón, el golpear indefinido del martillo sobre el yunque, noventa de cada cien veces, se acaban imponiendo.
“En audiencia carente de aderezos revela el Casto la razón de su pureza, y Bernardo, sirviéndose de una sola mirada, calibra la solidez del estímulo secreto, firme impulsor de las acciones todas de Alfonso. La continencia carnal tiene un sentido práctico, y en ese instante alcanza el punto adecuado de temperatura y la presión idónea para ser expuesto al sobrino, que sufre un profundo desengaño, porque, mostrado, resulta que no es simple devoción como pensaba”.
“Persigue recompensa el Rey, y la quiere, falto de la capacidad de espera de los eremitas y de las mujeres piadosas, en este mundo imperfecto, valle de pasiones ardientes apagadas por las lágrimas. Pretende su ambición el Vaso Sagrado, continente de la sangre recogida por José de Arimatea de aquella fuente abierta a lanzadas en el costado divino. Jesús de Nazaret, verdadero Dios hecho hombre, rodeado de Apóstoles, la víspera de su anunciada muerte bebió en él, escanciada por el Padre, la pasión salvadora de la humanidad completa: hombres de todas las razas y credos, de todas las épocas y lugares, de toda condición. Conoció Alfonso la existencia del Santo Recipiente y al instante quiso poseerlo. Inquirió a sacerdotes y alquimistas, escarbó en antiguos códices, leyó la narración de los intentos fracasados, testimonio fiel de las andanzas de algunos osados que se hallaban a las puertas del hallazgo cuando la muerte les arrebató la vida; y en su cabeza el Casto fue dando cuerpo a una hipótesis que adquiría visos de realidad. Descubierto ya el sepulcro de Santiago Apóstol, la búsqueda del Santo Grial parecía la más encumbrada de las empresas, dignas de un dignatario como él, distinguido por el Altísimo. Casto se quiere a sí mismo el Rey, porque si estuviera en los designios de Dios la entrega a los humanos del Vaso con su influjo milagroso, sólo lo daría a un hombre de castidad sin mácula, portador de una tersura de alma cuasi infantil, recto de intenciones, carente de apetitos egoístas”.
“Incierta aventura a la que desea dar principio, aun sabiendo que la indagación puede resultar infructuosa y volverse contra quien puso tanta osadía en abrir el misterio, si por cualquier motivo impenetrable no entrara en los planes divinos revelarlo. Por razón de semejante peso encomienda a Bernardo la dura tarea; quiere hacer del sobrino la prolongación de su propio afán, el brazo armado, lanza y espada que el Cuenco Sacrosanto conquisten: divino talismán, refugio seguro y herramienta efectiva. Uno serán ambos, pureza y bravura unidas, prestos a separarse si las circunstancias así lo aconsejaran. Con el Grial, el poder omnímodo; la gloria con el Grial, la liberación y la perpetuación del reino; la unión con otros feudos que ofrezcan fortaleza. Con el Grial, aliado del Gran Carlos en la Gran Europa”.

Cuadro Quinto
Tornó el escenario a representar un campo transitado por caballeros, aunque quizá la geografía fuera en aquel preciso momento más inhóspita: picos y hondonadas formaban los pliegues de las telas, pasajes estrechos muy propios para la emboscada, fáciles para el paso encubierto de cualquier furtivo cauteloso. Se daba un tono de misterio en la voz de Teudenio, que seguía narrando la aventura sin que su voluntad de perfección decayera.
Debo advertir al lector, que el pasaje completo de la búsqueda del Grial, emprendida por el protagonista a instancias de su tío, no se trataba en la obrita del titiritero y la niña; acaso tampoco tenga su raíz en los textos leídos más tarde, dramas, epopeyas, y haya que buscarle manantial en el que mi imaginación presta a historias tanto o más descabelladas. Prevenido queda el lector, así que prosigo sin prejuicios ni reserva.
“Cerca de un año camina Bernardo hacia el Oriente, acompañado de dos nobles escogidos por Alfonso de entre sus paladines; caballeros cumplidos que de valor habían dado cuantiosas muestras. Leales al Rey y a quien el monarca señale, ponen en peligro su vida protegiendo la de Bernardo en trances difíciles. Discretos hasta forzar los límites de la naturaleza humana, oído cerrado y lengua muda, marchan sin saber el porqué de la exploración callada y sin querer saberlo. Paso a paso se acercan al horizonte por donde nace el Sol, imán de los desorientados; un día es Pompeya el destino, luego Eleuxis y el misterioso Kernos, más tarde el Trono de los Arcos. Por la mañana persiguen una Copa, al medio día un Caldero y en la anochecida una Bandeja. Perecen los caballos al subir cuestas empinadas, al vadear ríos agujereados de remolinos, víctimas de la emboscada de la nieve y los alfanjes, de la sed extrema que portan los vientos del desierto cargados de arena tamizada”.
“Llegado a Tierra Santa, medio año emplea Bernardo en desenvolver enigma tan bien envuelto. Descubre huellas de expediciones memorables, corrige las inexactitudes de los mapas, penetra en las memorias de ancianos a punto de devolver su espíritu al Creador, estudia legajos reservados a instruidos en doctrinas herméticas, desvela secretos escondidos en oscuras covachas por sus depositarios y desciende a criptas funerarias donde yacen héroes descalabrados junto a valiosos objetos y sus armas rendidas. En el postrero de esos trajines mueren los nobles caballeros a manos de saqueadores. Queda solo el sobrino de Alfonso, en efecto; pero los jirones de verdad, la minúscula evidencia y los indicios palpables, unidos de forma precisa, interpretados de manera eficaz, forman una flecha cuya punta manifiesta el sentido de la búsqueda. La peripecia que la ilusión acorta y el desengaño alarga, le va acercando palmo a palmo al Cáliz, lo aleja legua a legua. Oraciones reforzadas con dádivas generosas lo sitúan por fin en las proximidades, entregándole, cuando la esperanza se reduce ya a la puesta por la superstición en el azar, el ópalo y el oro hermanados, materia de la Venerable Copa. Ilustran su exterior, grabadas por una mano dominadora del oficio, algunas escenas vividas por el Héroe de la Cruz, a quien el Padre confirió la facultad de trocar en trono respetado el leño del patíbulo. Un claror sobrenatural la hace inconfundible; un prodigioso resplandor derivado de su esencia, que sólo las miradas limpias perciben y descifran”.
“Ocho meses ocupa el regreso de Bernardo, restados en su integridad al tiempo favorable, al fino lapso que conserva sobre el yunque la incandescencia del hierro sujeto al imperio del martillo. Ida, búsqueda y retorno: considerable rezago en la empresa de unir a sus padres, en la grata ocupación de hacer feliz a la adorada Elvira, la novia más paciente que la reata de siglos ha entregado a la memoria. La travesía, orientada por lugares donde la lucha supone una dificultad constante, resulta enmarañada. Recurre a lanzas, a espadas mercenarias, ignorantes del tesoro protegido; y se ve envuelto en batallas de una guerra intermitente, que viene del despertar de la ambición humana y llegará, es muy probable, hasta el final de las personas. Dificultad incrementada por el miedo al deterioro, a la pérdida y al robo del Preciado Cuenco que integra su fortuna. Señor de los señores, potencia de potencias, Alfonso II el Casto, rey y tío, en pago de tan elevado servicio procurará a Bernardo bienes innúmeros: la redención del pecado original que tanto le importuna, el abrazo enamorado de Elvira, hijos que vayan más allá que él, el propio Reino y la inmortalidad de sus hazañas cantadas por trovadores inspirados”.

Cuadro Sexto
Por la forma de ambientar la parte trasera del carro, cualquiera de los presentes en el Patio de Castaño podía entender que la acción iba a desarrollarse de nuevo en un castillo. Tiñóse el relato de tonos lóbregos, y las voces resonaron entre solemnes y apesadumbradas. Teudenio ponía una vez más al servicio del texto toda su capacidad de recrear ambientes de incertidumbre y sospecha, consiguiendo que mayores y pequeños estuvieran muy atentos a las palabras surgidas de su boca y a los movimientos provocados en los muñecos por sus manos. Marina, la niña huérfana, haciendo suyas las emociones de los personajes, contribuyó a la perfecta dramatización. Yo estuve mirando de reojo a la encantadora muchacha durante toda la obra, recuerdo, atraído por la armonía de su rostro y la gracia de sus animaciones, admirador en cualquier caso de la perfecta ejecución del papel encomendado.
“Ya en Europa, cuando, la parte más dificultosa de la ruta ha sido superada, Bernardo disminuye las precauciones y en una noche sin luna, mientras duerme, le despojan del Grial. Los mentidos mercenarios de su escolta, dóciles a señor principal atraído por el Vaso al igual que el Rey de Asturias, se lo arrancan del lugar oculto entre las ropas en que lo cosió a salvo de testigos. Abandonado a su suerte lo dejan; quebrada la lanza y espantado el corcel que debía devolverlo a sus compromisos”.
“Nuevas pruebas de ingenio y tenacidad hubo de dar Bernardo para salir con bien y en tiempo breve del aprieto; las dio muy suyas, y tras visitar a Elvira, criatura asentada en su pensamiento íntimo, puede relatar al Soberano, sin añadir ni quitar hierro, los momentos dispares del hallazgo y del extraño robo. A estorbo del Cielo atribuye Alfonso el fracaso de la expedición: el verdadero Dios condena los sueños imperiales, la soberbia que empuja a los excesos. Recibe Alfonso a Bernardo con ceremonial de Príncipe; y admite que el esfuerzo, baldío a pesar de los pesares, debe ser premiado. Está en deuda con Bernardo, sangre de su sangre, y desvelándole los lugares donde tan próximos y tan alejados han pasado sus padres cinco lustros, cumple al cabo la promesa mil veces quebrantada”.
“En el salón del trono del castillo de Valdepero, el Conde don Sancho Díaz de Saldaña, revestido con sus signos de poder, ocupa el sitial de honor cuando Bernardo llega a besarle por primera vez la mano. Al fin padre e hijo frente a frente: una vida entera que decirse, todos los sentimientos que expresarse. La fría piel de las manos y del rostro, los cerrados ojos ciegos, la ausencia de aliento cálido, el color descolorido, macilento; le dicen, uno a uno y en conjunto, que su padre no es un hombre, que su progenitor es ya un cadáver y el cuerpo abrazado es el de un muerto. Y el mundo con sus montañas, llanuras, ríos, mares, precipicios, se le viene encima en un instante, espalda insuficiente, aplastándolo. Abre el odio acumulado la espita de su corazón magnánimo, y colma una escudilla hasta los bordes. El execrable proceder del Rey Alfonso con el hijo de su hermana, su único heredero, desborda el recipiente al añadir esta nueva felonía, que el género humano, por nueva y espantosa, aún no ha dado nombre”.
“Enérgico y sensato, Bernardo domina la cólera y reacciona con presteza. Va a Fusiellos, se dirige a la Abadía, abraza a su madre confundida y sin dar tiempo a las palabras, preguntas y respuestas miles, vuelve con ella hasta el Castillo. Junta las manos de los responsables de su vida: la mano amada, fría, deseada; mano muerta de amado ya extinguido, de anhelo vulnerado; y la mano amante, enamorada, trémula, entregada: nieve y sol fundidos. Y sin tiempo para ceremonias más prolijas, Bernardo de El Carpio, Caballero del Azor, en el salón del Trono del Castillo de Valdepero; con ayuda de un anciano sacerdote de pupilas cansadas, los declara, Conde Sancho Díaz de Saldaña y Ximena de Asturias, ante el Cielo y la Tierra eternamente unidos en santo matrimonio. Dura la ceremonia un lapso mínimo y en él se da la mutación, porque el bastardo, dejando de serlo, se convierte en legítimo heredero. Nada ni nadie se interpondrá en su camino hacia el regio trono y el amor de Elvira”.
“Entendiéndose dueño o porque asume el compromiso, con sobrehumana pujanza que apenas se percibe, Bernardo arranca de la dura piedra el acero que su padre clavó con tanta saña. Sabida y celebrada durante décadas como la Espada del Reino, ante ella naufragaron orgullo y ambiciones. Y los soldados que montan guardia, los que la han rendido y los que esperan formarla; vitorean al príncipe heredero de Asturias y Cantabria, de Galicia, de León y de Castilla. Bernardo, erguido sobre la torre, levanta hacia al sol el brazo fuerte, y en su puño de hierro se asienta firme la empuñadura de la espada. La cruz invertida se eleva en la finita vertical de su hoja destellante, hasta tocar con la punta los primeros pliegues del más cercano de los siete cielos. Es de rabia el rayo reflejado, forja y temple, y reclama ir contra el Rey y conducir sin sentimiento la venganza. A la Corte irá secundado por cientos de voluntarios, acaso miles; surgidos de todas las aldeas, de todos los campos de labor, de todas las majadas. Pero antes ha de disponer las exequias paternas con la dignidad máxima que las circunstancias consienten, y dejar a su madre, una infanta Ximena encanecida, en el castillo de Montesón al cuidado de la amada”.

Cuadro Séptimo
De nuevo el escenario mostraba un terreno abierto, valles pronunciados, abruptas montañas, algún llano. Por esos pagos trotaban ordenados los caballeros que luego se agitarían en batalla confusa. Diez manos hicieron falta, y los chiquillos llamados por Teudenio aceptaron el encargo agradecidos. El dramatismo del texto interpretado por el narrador llegó a su clímax; quejas y gemidos penetraban en los corazones abiertos y Marina no pudo remediar que el sentimiento dominase su voz estremecida. Entre tanto, yo, el chaval travieso y rebelde que llamaban Pedro Demonio los vecinos, motor del caballo de Bernardo, cabriolo sin descanso para enamorar a la bella niña en el papel de Elvira.
“El célibe Rey de los Astures, tras la idea de la unión de reinos que más fuertes los haga, pretende unir los suyos al Poder incardinado en hombre, a Carlomagno. En la Corte tantean la amenaza que llega a villas y heredades; de modo que pueblo y nobles reciben a Bernardo con honores que sólo a los reyes se dispensan. Una vez más el corazón sangrante y la cabeza gélida se baten en duelo; y los dos caballos de siempre, albo el de la derecha, el de la izquierda oscuro, arrancando en sentido opuesto tiran de los miembros doloridos. Tiene a su alcance la dicha que le debe a Elvira, el dulce trago del desquite y la llamada angustiosa de la patria. Por encima de los temores domésticos, sobre el lamento de las pretensiones personales, destaca clamoroso el crecido rumor de las armas invasoras: la Batalla de los Siglos, Roncesvalles, lo reclama”.
“Allí la hecatombe se avecina. Los esforzados brazos de la granada Europa portan sus armas más preciadas. Allí, Durandal; allí, la Espada del Reino liberada de la piedra, castillo de Valdepero; allí, el fragor de la lucha encarnizada. Nervio y sangre; hostiles los metales, los miembros, los huesos que soportan los sensibles tejidos de los cuerpos, los gritos que desgarran las gargantas y las testas cercenadas. Caen soldados a los pies de los caballos. Ruedan por los suelos, sin alma, paladines. Los Doce Pares, caen. Cae Roldán, protegido de los dioses, a manos del Caballero del Azor, Señor del Carpio. Y a manos de Roldán,
cae Bernardo”.

 

Conclusión

En tan dramático momento, entre aplausos de inquietos chiquillos y adultos emocionados, bajaba el telón, que no era pieza distinta de la cortina encargada de oscurecer el interior del carro desde la trasera. Los peones de las varas y los situados atrás, dos a cada lado, permanecían hincados en tierra, aunque algo inclinados hacia el exterior debido al continuo ajetreo soportado. Marina y Teudenio, partiendo de la espalda de los espectadores, en línea casi con la calle Mayor, los abordaban presentándoles las cestillas de la colecta en el momento idóneo. Con todo, se daban casos de mayores que echaban una perra gorda y de niños que habiéndose gastado la propina entregaban canicas o tabas. El jumento, de alzada considerable y cano hasta la última cerda, salía del corralito lamiéndose los belfos oscuros con su lengua rosada. Algunas mujeres, seguidas por sus vástagos, iniciaban el regreso a casa portando las sillas utilizadas durante la función; otras se quedaban comentando lo visto y oído.
Es tan pródiga la literatura universal en personajes contrariados, que resulta atrevido situar en el pináculo de la malaventura al encarnado por Elvira, castellana de Monzón y perpetua prometida de Bernardo. Son tantos los héroes sufridos, creados por autores de dramas y tragedias, que acaso sea sólo uno entre ellos Bernardo, noble sobrino del rey Alfonso, quien situó los intereses patrios, las obligaciones guerreras, las caballerescas causas y los deberes filiales por delante de su propia felicidad, cifrada en desposar a Elvira, la mujer amada, para vivir a su lado educando en las buenas costumbres a los hijos.
Las dos noches memorables en las que la obra fue representada por completo y profusamente aplaudida –no cuenta el ensayo previo de la víspera de San Antonio- colaboré con Marina y su protector; y en ambas ocasiones, al producirse la muerte del héroe, mis ojos se anegaron en lágrimas. No es de extrañar, por ello, que, pasados los años, convertido yo en un hombre entero y verdadero, siga llevando impresa en mi memoria la leyenda de “La espada invicta de Bernardo”, tal como la refería el titiritero y juglar que llevaba por nombre, sacado de algún libro, el de Teudenio.
Semanas después, meses inclusive, llamados por la voluntad o presentados de forma espontánea, repetía yo de memoria párrafos enteros del texto escuchado. En cuanto me acostaba, a oscuras y en silencio, me transformaba en el animoso Bernardo del Carpio y emprendía en mi mente aventuras sin cuento impulsado por el amor de Elvira. Regresaba de las campañas cargado de gloria, y con mi amada, ya esposa, me retiraba al campo sin esperar recompensa alguna del Rey. En una aldea elevada sobre los suaves valles de El Cerrato o asentada en la llanura de Tierra de Campos, donde ni el honor ni la hidalguía nos pedían cuentas que no quisiéramos rendir, vivíamos en armonía vecinal vigilantes del libre desarrollo de nuestros hijos. Es cierto, el rostro de mi amada en los recurrentes sueños, coincidía a la perfección con el de la bella muchacha de trenzas rubias, mejillas rosadas y ojos vivarachos llamada Marina, que prestaba a Elvira la voz y el movimiento en la historia mentida. Rostro amigo el de la huérfana, que en los días de mayor aflicción resultó ser bálsamo para mis magulladuras, frágil divinidad a quien pedía ayuda en las dificultades.
Me he preguntado muchas veces durante estos años si tenían un perro los cómicos; y no lo recuerdo. Un chucho callejero de esos que comen lo que encuentran al paso y, sin embargo, son fieles al dueño hasta la muerte de uno de los dos. Un can resistente a las enfermedades, del tamaño preciso para infundir respeto sin provocar temor, agrisado con algún corro negro o marrón oscuro, capaz de pasar inadvertido en cualquier paisaje campestre. Puede que tuvieran un perro así, de esos que no llaman la atención de nadie porque apenas ladran; pero no me acuerdo.

 

U.- Buscando a Esmeralda

Cantaba Les temps des cérises, cuando los caballos llevaban en volandas el carro y las ruedas apenas tocaban el suelo. Así comencé mi relato, en cuanto llegué a El Escorial procedente de la región francesa de Aquitaine.
Para las gentes del camino solo eran una ráfaga de viento. Sin embargo, eran dos yeguas alazanas enganchadas en reata tirando de un carruaje ligero. Pero eran, un joven de cabellos largos sobre el pescante y, en el interior, una mujeruca que no miraba el paisaje. Pasaban como una exhalación de vez en cuando, imprevisibles.
Cheveaux, vite, vite!, gritaba erguido el muchacho restallando en el aire el látigo. Y su orden parecía formar parte de la letra de la canción que interrumpía: Galopez!, qui est très court le temps des cerises.
Se detenían al anochecer en espacios utilizados por gitanos y quincalleros: restos de fogatas rodeados de piedras negruzcas, unas prendas raídas, bolsas sin fondo. Mientras preparaba algún alimento, la madre le observaba pasear inquieto repitiendo las frases oídas a diario: “Estuvieron aquí, ayer se fueron, ese pañuelo se le entregué a Esmeralda cuando la vi bailar por primera vez”.
Amanecía, y ya tomaban café y biscuits de una caja de chapa decorada. La madre sabía que su hijo, mirada perdida en el infinito, iba repitiendo mentalmente tres palabras encadenadas: Esmeralda, amour, route.
Nos vamos, decía el muchacho animoso: llegaremos a Champlat, allí estarán. Cheveaux, vite, vite!
La mujeruca lo oía a diario como si fuera la primera vez. No se extrañaba de tanta esperanza sin fundamento, porque ella misma buscó tiempo y tiempo a su amado de trinchera en trinchera, sabiendo que había muerto el primer día de la primera batalla. Y lo buscó con el afán y la pesadumbre añadidos, de querer decirle que en su vientre bullía una vida, síntesis de la vida de ambos.
Debo decir al lector, que este cuento surge de sucesos reales ocurridos en los años 1914 y 1934, en Château-Thierry, proximidades del rio Marne. Se los oí narrar a Catherine y a su esposo Jean Paul en la sobremesa de la cena de mi despedida, jardín de su casa de Pujols, acompañados de Pierre, Maurice y las esposas de ambos.
Una de las mujeres, la esposa de Pierre acaso, imaginó que el joven del relato encontraría a Esmeralda en Champlat. La encontrará, sí, dijo otra de las mujeres, posiblemente la esposa de Maurice, pero ocurrirá tras una larga búsqueda. Fue Catherine, Cathy para los conocidos, quien aseguró que Esmeralda era un producto de la imaginación del joven. Pero, aun así, añadió: el enamorado acabará encontrándola: Voici l’énorme force de l’espoir et la volonté ensemble.
Creo que influyó emocionalmente en los comentarios de los presentes, el hecho de que tuviéramos a la vista el magnífico espectáculo representado a nuestros pies por Villeneuve sur Lot iluminado. Tristes historias que dan idea de la precariedad de la vida: dijo Cathy visiblemente emocionada. Oui, añadió Jean Paul, mai, à la vue de tant de beauté, il faut tenter de vivre. Luego se ocultó la luna y ya fue noche siempre.

 

V.- Acerca del Juicio Final

Prometieron los distintos dioses, a fieles e infieles, un examen imparcial para el final de los tiempos; y un veredicto concluyente. El premio o el castigo eternos serían las consecuencias ineludibles. Pues bien, los habitantes pasados y presentes de todos los planetas y galaxias del Universo, han de saber que la hora ha llegado. Así inicia su parlamento el maestro de ceremonias escogido en Castilla y León por el Dios de los Cristianos, dirigiéndose a la vasta multitud de individuos variopintos que escucha abajo. Aparecen embutidos muchos de ellos en cuerpos recién resucitados; almas incómodas aún con el molde. De buena figura arcangélica, se yergue el heraldo en la prominencia que representa Valdepero respecto a Tierra de Campos. Esa vasta llanada desprovista de árboles que se extiende por las provincias de Palencia, León, Zamora y Valladolid, es la platea del auditorio. Va mediado el dieciséis de marzo de dos mil treinta, y la cúpula celeste emerge sombría iluminada apenas por un sol lívido.
-Ha querido Nuestro Señor reunirlos en este lugar, idóneo para acoger tal aglomeración, porque el punto donde se levanta el estrado, arriba de la cuesta, pertenece ya a El Cerrato, geografía semejante al Valle de Josafat referido en los libros sagrados. En aquel espacio oriental rinden sus cuentas los judíos, congregados en torno a Yaveh.
Se silencia la voz, y diez mil trompeteros la remachan con una ráfaga musical a la vez inquietante y tranquilizadora. Bien visibles desde abajo, los músicos, situados en hilera alargada desde el Sendero Vallejo hasta el pico de La Miranda, dan muestras de complacerse en su labor. Un gesto enérgico, casi militar, del maestro de ceremonias, los enmudece.
-Nuestro Señor examinará a cada individuo por separado, pero el conjunto va a declarar de manera simultánea. Los evaluados ejercerán su propia defensa, siendo, a la vez, acusadores de sí mismos. Capaces de emociones y sentimientos, para someterse a idéntico escrutinio se suman los animales domesticados y los independientes. Si alguien tiene dudas acerca del trance, ahora puede resolverlas, porque una vez iniciado el ejercicio todo transcurrirá mentalmente.
Eso dice el heraldo, y hace un corto mutis esperando a que alguien de entre el público concrete el gesto inquiridor. Regresa a primer plano cuando una mano se eleva a lo lejos pidiendo la palabra.
-Hable señor Sebastián, vigésimo cura de Villalpando, ¿cuál es su duda?
-Entiendo que se va a juzgar a las conciencias y a las voluntades, ¿es así?
-Así es; la diferencia existente entre la idea que tenían ustedes de la manera justa de obrar y el comportamiento desarrollado a la postre, establecerá la cota de mérito atribuida. Ese análisis harán en el interior de los corazones los cuestionados, y Nuestro Señor lo conocerá al instante.
-Diga usted, Ceniciento, asno servidor del primer alcalde de Bolaños, ¿cuál es su duda? -Aaahhh, aaahhh… Oigo un rebuzno claro, rotundo, casi inteligible a pesar de la enorme distancia que me separa de la bestia. Y al momento escucho la palabra del portavoz, descifrada por todos los presentes, luciérnagas y cigarras inclusive.
-La obediencia debida, como usted, Ceniciento, llama a la fuerza que le obliga a ir y venir, es común a todas las especies, incluida la humana; y exime de culpa si se luchó con energía contra ella en defensa de los propios convencimientos.
-Es su turno, hormiga sin nombre, habitante del término de Sahagún, entre los ríos Cea y Valderaduey a mediados del siglo dos de nuestra era, ¿cuál es su duda?
Percibo un balbuceo reiterado, y de su entonación se desprende juventud, adolescencia acaso, puede que infancia ingenua y confiada. Recia e instantánea llega la respuesta del maestro de ceremonias.
-Quienes fueron alimento de otros al principio de la existencia, careciendo de tiempo para decidir por su cálculo de manera responsable, y los que nacieron muertos o fallecieron antes de nacer, recibirán otra oportunidad. Una vida nueva los espera, independiente de la anterior, sin conexión alguna con ella. Van a ser el principio de otro ensayo divino, que se beneficiará del progreso conseguido en el que ahora tiene término.
-Pregunte, virus del tipo A(N1H1), difusor de la epidemia de gripe de 1918, ¿cuál es su duda?
Escriba yo y notario, mero espíritu sin carne ni hueso, la inaudible expresión del virus me produce un mudo estremecimiento del que, sin embargo, extraigo este sesudo mensaje:
-El contagio que yo contribuí a extender y a prolongar, mató a setenta millones de personas, ¿agrava mi pecado la enorme dimensión de la tragedia ocasionada?
-Usted fue instrumento de las leyes naturales en vigor, tira y afloja que busca el equilibrio y la mejora de todo lo existente; si no puso intención adicional, vengativa, por ejemplo, nada tiene que reprocharse en ese sentido.
Termina el preámbulo aclaratorio, y en ese preciso instante, cuando alcanza el sol su prístina excelencia luminosa, envuelto en una ensordecedora trompetería de cien mil elementos, irrumpe el Dios de los Cristianos en forma de nube transparente que lo llena todo, juez supremo de sentencia inapelable. Se hace entonces el silencio universal, y en los diversos lugares del Cosmos en que existe o ha existido vida, los dioses de todos los tiempos, exempli gratia, Alá en la explanada de La Meca, Zeus subido al monte Olimpo, Tao en la inmensa China, y Teotl entre los aztecas, mañana, tarde o noche, inician el juicio final.

 

 

W.- La soledad de Picasso

Está Pablo Ruiz Picasso, párvulo, Plaza de la Merced, en Málaga, robando jirones de luz a la ciudad, como quien escamotea a la vista de la vendedora manzanas rojas, verdes, amarillas, del atestado puesto del mercado. La frutera no se inmuta porque en su abundancia es generosa con la necesidad, y aquel párvulo, alimentado de luz y de líneas secantes, ha sido destinado a alumbrar el llamado Arte Moderno; corte, escisión, tajo de alfanje, a manera de salto brutal en una evolución que no va a dejar títere con cabeza, convirtiendo el presente, hecho y derecho, en picadillo.
Asiste a clase lo imprescindible para saber el origen de las cosas, los principios del hombre y la extensión exacta del Universo; recogiendo, en el ínterin, algunos de los materiales con los que, siendo adulto, jugará a reproducir lo visto, lo intuido, lo soñado, lo imposible. Colores, formas, superficies, volúmenes, energía, inspiración, equilibrio y armonía que caben en un pozo profundo mediado de aguas finas. Pergeña para el Arte un Nuevo Orden, dispone una Vanguardia, avienta una Estética de última cosecha; depura, doma, renueva, agita, revoluciona la Vieja Realidad.
Los juguetes del niño Picasso -un caballo de cartón regalo de su abuela materna, un parchís, testigo involuntario de alguna historia desgraciada; un rompecabezas formado por exaedros depositarios de seis posibilidades- son juguetes instructivos que entretienen desarrollando las capacidades innatas. Mas las piezas lúdicas en sus manos se hacen herramientas, materia prima de futuras creaciones, origen de mundos en mutación constante, verdad personal destinada a ser compartida y asumida más tarde como propia por los coetáneos y herederos.
Picasso, infante aún, es ya un arroyo impetuoso, un torrente que se debe encauzar para que no rebose energía desperdiciándola en arideces. Corre, brinca con su perro, descubre el mar inmenso y la arena incontable, saluda a su tío, jefe de los médicos del puerto, partero de su madre cuando Pablo tuvo el antojo de nacer, once y cuarto de la noche; y se encuentra a gusto si logra salirse con la suya y llevar adelante sus empeños. Ama y odia en alternancia a los mismos objetos, a idénticas personas; ama y odia hasta someter a unos y a otras a su inabordable tiranía. Resplandece en los dibujos la originalidad del diseño, trazos desbocados capaces de engullir la inercia de un mundo que viene de lejos; arrasando los imperios individuales en que se sustenta, los credos más desarrollados que lo explican. Por fortuna, vigilante de todo acontecer, camina a su lado la barba dorada del padre, única imagen respetada, por cuyo solo influjo se somete a las coordenadas más estrictas.
Allí comienza una musa a seguirlo, en esas tempranas horas del primer trabajo acabado, para que se habitúe poco a poco a su compañía, a su valimiento. Procede de innúmeros artistas fenecidos, desde el original dibujante rupestre, hasta Jean-Auguste-Dominique Ingres, a quien dejó apenada el día de su muerte. Vagó casi cuatro lustros hasta convencerse del ingenio y el empuje del nuevo protegido. Habiendo decidido de manera categórica servir al niño inquieto de mirada penetrante, escolta a Picasso esa especie de sombra que tiene mucho de humana porque en cierto modo representa la conciencia del padre, transmisora de un credo que el día de mañana formará parte esencial de su verdadero pensamiento independizado. La musa posee la clarividencia de un maestro, eterna educanda en investigaciones progresivas; la lucidez de un poeta de la expresión artística, la tenacidad de un soldado sobrepuesto a cien derrotas. Será un álter ego desarrollado en el fondo de la intimidad, dotado de criterio propio que el protegido tendrá muchas veces en cuenta. Si lo cree necesario se convertirá en censuradora, pues posee alguna habilidad para el trazado de límites, está especializada en armonizar dimensiones y sabe introducir tierra y mar en el lienzo, al hombre concreto y al abstracto. Pero no insufla ideas en las mentes cerradas, ni dicta a los indolentes el modo de ponerlas en práctica. Ha sido dotada de un talento fuera de lo común y de una pasión enorme; y los pone al servicio de cada uno de los intentos que suceden al vigésimo.
La musa vislumbra la necesidad del padre que Pablo Ruiz Picasso encubre; silueta alargada, modales exquisitos. A los cinco años concluye el novicio su primer retrato, y con ser de gran ayuda, determinante acaso, qué pequeño queda el gesto de don José Ruiz llevando la mano que sujeta el carboncillo o desliza el difumino, exigiendo insistencia hasta la extenuación. Minúsculo queda frente a la actitud beligerante adoptada cuando el trabajo ha concluido. Porque el arte lo es, si exhibido sin pudor recibe las miradas ajenas; aprobación, indiferencia o rechazo. Y ahí su padre juega un papel esencial al convencer a la esposa, ama de casa renuente a la cesión de una pared estratégica. Favorece el progreso del niño la circunstancia insólita de disponer de una sala de exposiciones; y lo es el recibidor de las visitas, algunas versadas en cuestiones pictóricas. La necesidad del padre, sobrepasados los naturales afectos, en Picasso llega hasta la brumosa mañana coruñesa, momento solemne en que recibe los viejos útiles y el maletín de colores de su progenitor. “Te entrego mis pinceles”, dice la musa que dijo don José “ya puedes pintar, ahora dominas el dibujo. Pero recuerda, los pinceles son instrumentos de las ideas, de la técnica, de la intuición; ellos, de por sí, no dan cuerpo a los cuadros. Obedecen a la mano, pero la mano debe someterse a la cabeza y al corazón; siente, pues, y practica”.
Tras la ceremonia iniciática ya es derechohabiente; ha ingresado en el amplio círculo de artistas donde su padre milita, espacio defendido con númerus clausus de intrusos faltos de legitimidad. Anillo integrador de aros menores que albergan otros cada vez más reducidos. Conformado el sistema por circunferencias concéntricas, el conjunto escuda el nimbo de los que ya conocen la gloria, última corona protectora de siete artistas preeminentes. Forma parte Picasso, en la orilla aún, de la reserva cultural que crece en los momentos de libertad y progreso, disminuyendo en los períodos tristes de guerras y posguerras. Aprender es su mira inmediata y así lo expresa, aunque tan apagado que sólo la musa lo escucha; tiene intención de irrumpir, único provecho del esfuerzo y la devoción, en el recinto exiguo que incluye a El Greco, que contiene a Cézanne; relegando al término de su adiestramiento la ambición desmedida de ser uno de los siete, verdaderos genios capaces de maravillar al mundo con sus trazos, desde las cavernas hasta el límite que pongan los siglos.
La musa del pintor, hasta ahora circunscrita al cumplimiento de misiones de tutela, pretende tomar la iniciativa encaminando los pasos de Picasso adolescente. Metida de lleno en la nueva tarea, propicia que, sirviéndose de tiza sustraída de las clases, dibuje el muchacho en las paredes del Instituto Da Guarda suaves paisajes del mediodía añorado y palomas portadoras de ramitas de olivo. El trazo enérgico de las líneas que conforman las alas y el pecho, habituado a resistir las embestidas del aire, facilita la fuerza necesaria para emprender el vuelo y elevarse sobre las cosas, a la altura de las ideas. Pinta Picasso, imberbe, muchachas púberes de formas caprichosas, que una vez trazadas se enamoran de él y le rinden el tributo del candor y los sueños sensuales. Porque hay en el pozo de sus ojos un magnetismo que atrae, porque se mueven sus brazos con un ademán tan decidido que da seguridad; y su testuz de toro bravo posee tal fuerza en reposo, que parece estar en disposición de defender todas las causas justas que en el mundo existen.
La musa sospecha que Pablo Ruiz no será Picasso, dueño de sí, expandido, hasta mil ochocientos noventa y siete, cuando la rebelión conquiste el último reducto sagrado, sobrepasando su estética al elegante y desenvuelto estilo del padre; cuando lo que desea ser dé un golpe de mano a lo que es, tomando las riendas. Con paso de tan enorme consecuencia, zancada debida a la madurez y a la disposición, tratará de ampliar el ámbito reducido que representan en sus raíces lo castellano, lo vasco, lo español; sin desdeñarlo, trascendiéndolo. Tomará, con ese gesto simbólico, la ciudadanía del mundo, que en él evoca, por lejano, por europeo, lo italiano de su origen. A pesar de ello, se percatará muy pronto de que el primitivo Ruiz y el Picasso evolucionado coinciden en la visión de un último horizonte de líneas y colores, que no es sino la expresión de la Obra, resultante de todas las tentativas pictóricas, de todos los estilos y tendencias. Obra o Cuadro con mayúscula, producto de los cien años de su trabajosa investigación y de media eternidad antecesora: Jan Van Eyck y la revolución oleaginosa, lo germano sobre lo latino, lo extraño por encima de lo propio, hasta las cuevas decoradas en el neolítico. “Intrínsecamente, de El Quinto Sello, de Doménikos Theotokópoulos, a las Demoiselles, hay más distancia que entre el primer cuadro de Picasso y cualquiera de los últimos, de mil novecientos setenta y dos, pongamos por caso”. Así de tajante es la musa al respecto.
Los protagonistas del cuadro Les Demoiselles D´Avignon, óleo sobre tela culminado por Pablo Ruiz Picasso entre junio y julio de mil novecientos siete, son, de izquierda a derecha: una mujer concebida como varón que llega del proscenio sosteniendo una cortina, personaje del que la musa explica su condición de médico en ciernes; una señorita desnuda o casi, brazo zurdo alzado, mano detrás de la cabeza; otra señorita situada al fondo de la escena, los dos brazos elevados, las manos ocultas y un lienzo que realza lo que no alcanza a cubrir y lo cubierto; un diestro marino que en un estudio previo, gouache sobre papel, lía un cigarrillo; y una mujer sentada que se muestra sin fingimientos. Personajes que hablan un lenguaje aún no formulado, sabiéndose banderas de la nueva expresión artística y verdugos de la precedente; símbolos de una proclama premeditada, meditada y, a la postre, lanzada como una jabalina sobre el buen gusto de un pasado que allí, a sus pies, herido de muerte, agoniza. Conoce la musa que lo vivido por Picasso hasta entonces, tenía como meta velada contribuir en algún momento impreciso a la concepción de este Cuadro, y que, el resto de su vasta producción pivota sobre él, incluso su obra magna bautizada Guernica.
El día concreto en que Picasso recibe de un cierto Géry Pieret el producto del provocador robo del Louvre: dos vasos ibéricos; la musa que examina el íntimo carácter del genio no está presente, raro hecho en alguien consustancial, y se pierde la íntima alegría reflejada en el espejo del rostro y el supuesto deseo de propiedad que deja entrever. Aprecia, y para el caso es lo mismo, el brillo de las pupilas codiciosas ante la máscara fang que Vlaminck dona a Derain; o un rictus complacido, brotado el día singular de principios del estío al visitar el Musée d´Etnographie del Trocadéro, cuando le es revelada toda la pureza del arte primitivo.
Los personajes del cuadro Les Demoiselles d´Avignon, poseen vida previa y disfrutan de una evolución que tiene mucho que ver con la marcha del hombre. Sucede a partir del verano de mil novecientos seis, cuando el artista inicia los trabajos preparatorios, encinta ya su mente de luces y oscuridades, de las formas mórbidas que las bañistas exhiben en las playas ardientes. Maneja Picasso los pinceles como vertederas que arrancan inestimables vestigios ancestrales o tapan semillas dejadas en el surco junto al arroyo que asegura el riego. Porta la herencia del pintor románico, del gótico, del hombre del renacimiento; camina avizor de todos los antecesores, bebe en sus fuentes hasta la complacencia o el ahogo; y avanza a la manera del progreso, rompiendo consigo mismo, pisando sobre los escombros de los modelos.
La musa semeja a su debido tiempo un chiquillo, un adolescente, un hombre maduro o un anciano; y con la excepción conocida sigue a Picasso a todas partes. Observa, anota, valora y saca conclusiones, ayudada en cada momento por la clarividencia intrínseca. Rememora sucesos remotos y va descubriendo afinidades hasta que los sucesivos cotejos se ponen de parte del presente. Mantiene la musa el ritmo cambiante del pintor, jinete Picasso hecho ya al caballo desbocado que monta, bien aprendidos los quiebros, asido a las crines abundantes. Sin deterioro del sincronismo alcanzado, al colegial Pablo Ruiz le cohibió cien veces la inevitable presencia de la musa: generosa porque carece de objetivos propios, obstinada porque en la insistencia cifra el éxito.
Silueta recortada en los contraluces urbanos, obligada a seguir callejuelas definidas por las líneas curvas de las casas, de la mano del muchacho que va para pintor la musa descubre Barcelona, estudia Bellas Artes en Madrid, se da de bruces en el Museo del Prado con el Giotto, los Flamencos, Goya, Velázquez, Cranach, el Greco; cura la escarlatina en Horta de San Joan y recibe el impulso derrochado por Picasso en su continuo deambular entre artes distintas: pintura, grabado, escultura, cerámica; dominador de la creación al margen de los materiales empleados. De Altamira a la realidad virtual rastrea la musa las Edades del Hombre, hasta comprender al animal civilizado por el pensamiento, capaz de suavizar sus hábitos, desde comer congéneres hasta alimentarse en exclusiva de yerbas a punto de ser engullidas por vacas.
Las barreras que a lo largo de su vida cerraron el paso al rebelde Pablo Ruiz, fueron desencadenante, al decir de la musa, de cientos de esbozos acres, cartas durísimas, manifiestos, relatos, obritas de teatro y pequeños poemas que el autor ocultaba junto a pedazos de intimidad y ensayos fallidos. En ocasiones el cerebro de Picasso se encuentra henchido de cólera divina, aquella que expulsó del Templo a los mercaderes y, haciendo suyo el Dogma del Medievo, lo esgrime como espada flamígera, como tizón al rojo. Con él rasga la seda de la hipocresía e incendia el mundo acomodado que lo ahoga. Luego, los truenos agonizan, la lluvia escampa y un olor a tierra fresca invade el recinto, hasta que poco a poco los amigos se atreven a levantar cabeza.
Tanto como Barcelona le dice el París de mil novecientos a Picasso, que parte de la cervecería de “Els quatre gats” de Pere Romeu, refugio y escuela. Le explica lo mismo la capital francesa, pero emplea palabras más vigorosas y su discurso acaba convenciéndolo. Las personas con las que coincide poseen un barniz de lucidez que sólo se expende en Montparnasse, y los temas de conversación siendo idénticos son más universales, más trascendentes. Si en el Paralelo el arte depende de la Vida, en el Barrio Latino la vida parece supeditada al Arte. En opinión meditada del desplazado, París es a Barcelona lo que Barcelona a Horta de San Joan.
En el Louvre se da de manos a boca con la Coronación de la Virgen, de Fra Angélico; La Nave de los Locos, de El Bosco; La Gioconda, de Leonardo. Admira los Dos Esclavos, esculturas gemelas de Miguel Ángel; los retratos que de Covarrubias pintó El Greco y de Descartes, Frans Hal. Se detiene largo rato ante el Desnudo de Betsabé, de Rembrandt; los Funerales de San Buenaventura, de Zurbarán; la Adoración de los Pastores, de La Tour; Las Bañistas, de Fragonard. Y algunas de sus preguntas estéticas reciben abundantes respuestas de Ingres, Courbet, Corot y Daumier. La existencia discurre vertiginosa en la capital del arte, y lo que allí sucede parece tener una importancia decisiva para la armonía de los mundos, lámparas colgadas de un techo oscuro y elevado. Se apasiona Picasso con el desgarrado Toulouse-Lautrec y los impresionistas, y oye a la Ciudad Luz dictar principios tan claros, tan llenos, que no puede asimilar todo el contenido y ha de regresar al remanso de Málaga, donde sus raíces ahondaron durante diez años y aún son robustas, en busca de base y referencia.
Digerida ya la primera ingestión, desde la tierra inicial vuelve a la villa de París; regresa con el simple propósito de entregarse y conquistarla. A partir de ese momento el hombre supera en trascendencia a las cosas, encabeza el desfile de la naturaleza, dirige el concierto universal. Max Jacob ve, junto a la musa, como en el frío invierno de 1902, persiguiendo el calor esquivo, la estufa consume ochocientos noventa y seis apuntes que el español tomó del natural y de la memoria a partes iguales, en horas de tumultuosa iluminación. No importan las privaciones; inspira allí el aire expirado por Apollinaire o Cocteau y conoce a los surrealistas nacidos de las cenizas del dadaísmo. El tiempo camina a su costado, pero Picasso no espera asistencia del tiempo: abre veredas en selvas o pedregales, y cuando los seguidores las convierten en caminos, inicia otras nuevas. Busca sus amigos entre los escritores, y si acepta a algún pintor, como Braque y Derain, ve en ellos cualidades literarias. Y a pasos o zancadas se acerca al Cuadro.
La musa desea conocer el desgaste derivado del pretérito y la cantidad de futuro que el destino reserva al pintor; examina con ese solo objeto la calidad e intensidad de los trazos, con los cuales, como con un bisturí, Picasso disecciona los días ahíto de gloria y saturado de pigmentos. Ante un envite interesante juega todas sus cartas; una tras otra en pos del triunfo. La mujer es uno de sus motores, y si alguna lo atrae despliega su cola de pavoreal hasta conquistarla. Es animal su forma de cortejo, lleno de probadas claves primitivas que dan resultado en otras especies. Finge si es necesario y juega a ser él; desarrolla una imagen que imita a la propia, actúa el hombre. Mas si todo falla, aunque lo odia porque ataca a sus convencimientos más profundos, exhibe al artista de mérito y lo sube al platillo desequilibrado de la balanza.
En su último ensayo Matisse muestra a Picasso la naturaleza encontrada más allá de ella misma, la discontinuidad material de las células organizadas en islas, agrupadas en archipiélago vital. Técnicas que cuentan con la complicidad del ojo para ser percibidas en toda su magnífica impureza. Y allí está la musa, menuda, modesta, con la disimulada fascinación de un chiquillo que doma un balancín, cómplice de los dos maestros que se comunican a media voz secretos enigmas vedados al resto de la humanidad. Acerca los pinceles trocados, confunde la intención y logra otra nueva, contribuyendo según su entender a la anarquía que acaba dando de sí imágenes fingidas, sustitutas aventajadas de la realidad.
No ignora la musa a estas alturas que el óleo prefiere el lienzo de lino al de cáñamo; que la pintura, para evitar el virado al amarillo, precisa un secado de casi doce meses antes de recibir el barniz. Tal como es, experta, puede valorar los trabajos obsesivos que Picasso se toma para hacer de las Demoiselles el Cuadro. Durante el otoño de mil novecientos seis, sirviéndose de sus manos incorpóreas, de sus ojos transparentes, junta la musa cincuenta y ocho ensayos y los aglutina en un cuaderno: lápiz y tinta china sobre el papel de las hojas apaisadas, cosidas con un cordel y protegidas del roce por unas pastas de cartón recubierto de tela. Desnudos de frente o de perfil, erguidos o sentados, en movimiento o estáticos. Retratos, autorretratos, cabezas, rostros, manos, orejas, pies; y varias páginas en blanco que contienen mil proyectos aún sin concretar, los más airosos.
Kandiski, Klee y veintitrés pintores cuyos nombres o sobrenombres comienzan por Ka, como Kokoschka, son acusados de copiar a Velázquez, Vermeer, Van Gogh y otros veintidós pintores cuyos sobrenombres comienzan por Uve. Picasso es el defensor de los copistas dado su conocimiento de los copiados. Un cuervo que abre las alas oscuras, negras de un negro azulado, rojizo y amarillento; en representación de los pintores que comienzan por Erre, Rivera el primero, se ocupa de los intereses de los copiados. Hace de juez el Sentido Común y demuestra que no hay tal plagio; pisa el carpintero las tablas de los peldaños iniciales en su intento de colocar las duelas de los posteriores, anticipados a los que alcanzan el segundo piso y el tercero.
En el acto de atravesar una laguna creativa descubre la musa al pintor; y con destreza de sicólogo descompone ella recuerdos que pueden servir a Picasso de asidero. Tras ese fin rememora un paseo en mula desde Tortosa a Horta de San Joan; cuyo recorrido le mostró la vida y su parsimonia ensayada: desde el enjuto jefe de estación silbando sin pito la orden de salida al tren, hasta un pastor mudo que se expresaba con gestos cargados de energía, punzones las manos grabando mensajes sencillos sobre el encerado del aire.
Ofrece Picasso a los ojos verdes de Fernande Olivier la belleza del arambol, hierro y madera conjugados, en su nuevo estudio de la rue Ravignan. Penetra la musa tras ellos en las formas mágicas de un edificio ignorante del arriba y abajo, laberinto ruinoso y esplendente de escaleras, puertas y pasillos. En el bateau lavoir, nombre dado al espacio por Max Jacob, la musa vivió a sus anchas rodeada de poetas, filósofos, escultores, enredados en constantes discusiones artísticas y filosóficas, en diabólicas y angelicales avenencias.
El día en que Picasso cumple veinticinco años se sincera con el dulce amigo Juan Gris para aligerar su carga íntima. Como el subversivo que trama arrojar una bomba al paso del rey, le avisa con voz de secreto: “El cuadro que concluyes, signado Juan Gris, alcanzará el honor de ser el último del orden arcaico.” Y lo apremia, porque en solitario emprende la cruzada. Lleva Picasso, en su interior de auténtico revolucionario, mil lienzos enroscados como serpientes y cuatro enmarcados, entre ellos están, la Mujer ante el Espejo, las Señoritas de Aviñón y el enorme Guernica, que le causa un daño atroz en la frente y en el pie derecho, puntos de coincidencia de dos esquinas.
Intentando las Demoiselles d´Avignon, el verano de mil novecientos seis, para hacer muñeca toma apuntes; uno de ellos, en gouache sobre papel, lo forman Tres Desnudos, dos mujeres y un hombre. Escribe en los márgenes frases poéticas que rompen el encanto existente sin pretenderlo, entronizando la palabra como signo pictórico, acrecentándola, espigando el dibujo. Ahí se conjugan las claves arcanas que representan el cosmos, portado el firmamento, objeto de la gravitación universal, debajo de la boina, sobre las mandíbulas recias.
Toma Picasso prestados los lienzos que más le interesan en ese instante, dominio de maestros: El Baño Turco, de Ingres; Las Tres y las Cinco Bañistas, de Paul Cèzanne; El Quinto Sello del Apocalipsis, de El Greco; El Desnudo Azul, recuerdo de Biskra la obra de Henri Matisse y Las Bañistas de André Derain, entre ellos. Acepta, también, el arte prehistórico introducido en su cabeza a través de los ojos, lucernarios inmensos; y empareja, bueyes de su carreta, la técnica aprendida y las aspiraciones que le impulsan a alcanzar lo sublime. Uncida la yunta, agradece a su padre la férrea disciplina inculcada, rigidez de normas que le ha sido muy útil. Acarrea hace meses el caldo nutricio, veinticuatro horas diarias en los matraces meníngeos, hasta que la reacción se produce y pinta, ara, surca el mar con su cañonero y alcanza tierra firme en un esquife. Días enteros, noches enteras, fragmentos, figuras completas, ensayando, analizando, mezclando como alquimista buretas y pipetas, conjugando como músico piano y violín, rasgueos de guitarra; hasta que va saliendo el cuadro miembro a miembro, esquinas, bordes, tormento a tormento, siempre en presencia de la musa, que toma nota de cuanto ve y sospecha, para que la posteridad conozca las dificultades de ese parto. Se suceden las cuatro estaciones, frío y calor, inquietudes y certezas, y la musa comprende, lo aprecia en la amplitud de la mirada con que el pintor la contempla, que Picasso está satisfecho de esa pintura tan avanzada. En cuanto el tiempo la seque y el barniz no suponga un peligro para los colores, al margen de las coordenadas conocidas, habrá de colgarse de la bóveda celeste Les Demoiselles d´Avignon. Ha vertido en esa pintura su acervo íntegro y puede que con ella haya logrado el Cuadro. Satisfecho de su capacidad, cree el genio llegado el momento de prepararse para el Guernica, que quizá tarde en llegar treinta años.
La musa sorprende enfermo a Picasso, úlcera abierta en el estómago, saco receptor de todos los males. Pero el doctor Guttman no ausculta la mente, asiento real de las dolencias; si lo hiciera hallaría un virus que se debilita y refuerza a intervalos irregulares, un germen que no se puede destruir sin matar la propia vida porque es su raíz. No merece la pena levantarse en semejantes días, cuando el bacilo posee las fuerzas que arrebata; no merece la pena pintar, ni hablar con Balthus sobre pintura. “Qué sabe él, qué sé yo, qué sabe nadie del retrato; qué sabemos los pintores del aire que envuelve a las figuras, de la sangre que va y viene por venas y arterias, de los sentimientos y opiniones que anidan en cabezas o pechos, de la savia que recorre las ramas del olivo, de la eternidad que hace sensibles a las piedras; qué conoce el hombre de la esperanza del hombre, de la estrella polar que ordena el caos en cosmos frente a ella, marcando la senda a todo el universo nocturno; qué sabe nadie de lo desconocido, qué sabemos los pintores de pintura.”
En un momento de tregua determina irse a la casa de Dora Maar, situada en la Vaucluse. Llegado a Ménerbes, para calmar la opresión enciende la chimenea y observa fascinado el fuego, traza líneas móviles sobre múltiples hojas de papel, las dota de suficiente profundidad para que se perciban todas las llamas, una tras otra, una delante de otra, una al lado de otra, separadas las unas de las otras; aislándolas, individualizándolas y concediéndoles la importancia que no le dan al insistente dolor, avisador del mal como alcandora en collado, ni el médico ni los que se dicen amigos.
Disminuye su fecundidad creadora y trata de leer las cartas de Olga Koklova. Son letras desiguales mezcladas sin orden ni concierto, márgenes invadidos, líneas dibujadas de arriba a abajo, expresándose en todos los idiomas conocidos por ella, ruso, español, francés, o por ella inventados; perfilando ondulaciones de náufrago que se arrastra en el desierto. Y al menos durante un segundo cree a Olga la iluminada que conoce el secreto, esa revelación vital esperada desde los cinco años, cuando expuso en el recibidor de casa su primer retrato. Allí, en los poemas que son resplandores ígneos, está ella con su sabiduría animal, con su conocimiento telúrico de las tormentas y la caña de medir los acantilados.
De improviso resuelve correr hacia la pequeña Maya, dejada en manos de Marie-Thérese Walter, quien educa a su niña para ser hija adulta de Picasso. La actitud materna lo irrita, e irritado cede al impulso de romper apuntes, incluso obras acabadas que reinicia de nuevo con furia, porque la destrucción suele apaciguarlo y el renacer dota de plectro a los cuadros insulsos. La musa observa que Picasso, el pintor genial, se suicida y abdica en el hombre, un individuo de mirada ferviente fugitivo de sí mismo; sabe que existen estímulos a miles, aptos para sacarlo de la apatía y situarlo frente al mundo, dispuesto a modificar la órbita prevista; por eso toma nota y finge indiferencia.
Los encuentros de Picasso con Neruda comenzaron, asegura la musa, en mil novecientos treinta y cuatro, alrededores de la Casita del Príncipe, en El Escorial. Pasean solos por los jardines en charla animada, almuerzan juntos y, por separado como han ido, regresan a Madrid con sus íntimos. Poco se sabe de esta primera entrevista, propiciada por la Embajada de Chile a iniciativa del agregado cultural; la musa no reveló los asuntos tratados ni la profundidad del coloquio, tan sólo se conocen dos detalles: lamentaron la marcha insegura de la justicia social, intercambiaron libros. Picasso regaló uno de ellos a Olga Koklova, la Araucana, de Alonso de Ercilla.
Es París, sin embargo, la villa que ve nacer un profundo sentimiento entre ambos a pesar de la diferencia de edad. Ha cumplido Pablo Picasso cincuenta y seis años y Neruda es un joven de treinta y tres, vehemente y orgulloso. Pero ¿no es el orgullo la fuerza que impulsa en ocasiones al pintor? En el segundo año de la Guerra Española trabaja Neruda, recién llegado de ella, en un libro difícil y aflictivo, “España en el Corazón”. Como dos embarazadas que se intercambian experiencias, él y Picasso, que esboza el cuadro “Guernica”, se orientan el uno al otro disolviendo dudas que van más allá del mero arte, introduciéndose en la filosofía de los conceptos. La madurez de Picasso se impone y admite Neruda sus sabios consejos como gotas de un elixir prodigioso y escaso. Son frases de amigos tolerantes las que se cruzan a propósito de los poemas que Picasso escribió en mil novecientos treinta y cinco, tratando de llenar el hueco dejado por la pintura tras su separación de Olga y el consiguiente abandono de los pinceles. Los escritos, florecidos de ilustraciones que enriquecen, muestra el pintor con pudor de colegial al poeta consagrado, encontrando ahí el punto de equilibrio entre lo dado y lo recibido. “¡Soy un pintor anciano y un poeta en pañales!”, anota la musa que acertó a exclamar.
Si no busca la coincidencia con Neruda, ¿qué persigue Picasso al escoger entre sus ocho nombres el de Pablo? ¿Qué lleva a Ricardo Eliecer Neftalí a adoptar de manera oficial el nombre de Pablo en sustitución de la frondosidad onomástica, de no ser el deseo de coincidir con Picasso? Diferencias hay, seguro, en su relación; porque dos caracteres tan fuertes como los suyos por fuerza han de chocar. Los ve con sus ojos vacíos la alta cresta, férrea mirada de la torre Eiffel: pasean juntos, bien por una orilla bien por la opuesta a lo largo del Sena, discutiendo en tono amigable de política y de mujeres. Mueren los dos Pablos en mil novecientos setenta y tres, puestos de acuerdo definitivamente, después de la ausencia de trato que marca indeleble una última tarde en el Trocadèro, la víspera del viaje de Picasso a Antibes.
Desarrolla el genio mucho amor a la obra de los demás, y no es frecuente en este período de luchas cuerpo a cuerpo: recalca el tono admirativo la musa al decirlo. Los adorados en uno u otro momento forman una hilera estirada. Y no es sólo de grandes, también los menores la integran. Si se da la valía, por oculta que esté, Picasso la descubre y la pregona. ¡Cuánto le deben los otros! Casi tanto como le adeudan las artes: la pintura en la que fue primero, la escultura, rendida como novia enamorada; y la arquitectura, que recibió esbozos de itinerarios nacientes. Eso y más se obliga el siglo: responde la musa embelesada.
Difuso evoca la musa un entierro en la Provenza, época amable de la cerámica, al que acude acompañando a Picasso. El recoleto cementerio mediterráneo, arraigado en la antigüedad clásica a través de la etimología del nombre, dormitorio; es, en efecto, lugar de descanso formado por patios ajardinados. Allí, área non sancta destinada a los suicidas, el pintor y su musa forman parte de un multitudinario cortejo fúnebre. Despide el duelo a una joven que el cristal del ataúd permite ver: pálida novia coronada de rosas albas, velo de tul blanquísimo. Las rocas, dolidas por no poseer entre sus facultades la de ablandarse a voluntad: lecho de plumas, esponjosos vellocinos de cordero; recibieron el cuerpo empujado por la desesperación desde lo alto del acantilado. Recién salida de la adolescencia, la pasión de un amador experimentado la hizo corro rindiéndola sin condiciones. El bandido, ya casado, faltó a la cita en una ermita dispuesta para la ceremonia nupcial; y la novia, privada de la dicha y burlada, corrió hasta el despeñadero. Pretende la musa alardear del pintor interesado por lo que le rodea, pasto de su arte, en los días aquellos de Antibes, Vallauris, Mougins y Vauvernagues, cuando buscaba senderos fuera del camino, descubriendo Levens, Saorge, Breil, Lerins, Vence, Fréjus, Valbonne, Robion. Sisteron, Digne, Sourribes y muchos otros, en los que se empapó de arte románico.
Percibe la musa la tensión que Picasso origina en su entorno inmediato; sucede cada vez que el genio entra en las estancias donde otros charlan desenvueltos, incluidas sus mujeres o dilectos amigos. Es el revisor del tren que sorprende a los viajeros sin billete; la autoridad central visitando de improviso a los delegados de provincias. Olga escapa a este influjo, ella actúa con la indiferencia deseada por el propio pintor.
Habitan la memoria de Picasso dos viajes significativos; uno de ellos a Polonia, motivado por el Congreso de la Paz; y el otro a Rusia, llamado por los expositores de su obra en Moscú. Esas aproximaciones representan dos oportunidades de visitar Leningrado. Medio en broma, cumpliendo el arcaico ucase del zar Pedro I, el genio entrega a los mandatarios de la ciudad una piedra añadida a su equipaje, canto rodado con forma de madre que abraza a su hijo, recogido en Málaga durante su última estancia. En el centro de la urbe, a orillas del Neva, en el antiguo Palacio de Invierno lo espera el Ermitage: lienzos, esculturas, grabados, monedas y un variopinto muestrario de culturas diversas. Ocho días abarca el periplo decidido de antemano según sus preferencias, y una infinidad de anotaciones y multitud de apuntes dan fe del aprovechamiento. Acompañado por la musa recorre luego la ciudad: parques, castillos, museos y palacios, dedicando unos días a conocer alfares de porcelana, cuyos métodos enlazan con los empleados por chinos y sajones.
En su fecunda madurez recibe Picasso montañas de testimonios en todos los idiomas: libros de arte, novelas, revistas, ensayos y documentales que lo tienen como objeto de su redacción o hablan de él en alguno de sus capítulos. En caso tal, muestran, mediante un papel doblado, las páginas concretas. Junto al llamado “Andén de la Estación”, único lugar de la casa donde la convivencia se hace posible, se va acumulando un variopinto muestrario que espera la mirada crítica del interesado. Sabe la musa que el Genio, vivo, se ha convertido en un valladar y que, muerto, desencadenará un torbellino de acciones, de información, de estudios, de homenajes; y oye musitar con voz ambigua a los otros, a los sufridos oponentes, a quienes esperan que la sede del dios quede vacante: “Picasso, siempre Picasso; como si todo en él empezara, como si todo en él concluyera.”
En verdad es así; quien venga detrás, si quiere hallar el espacio exacto de la pintura, habrá de subir al desván de la improvisación o bajar al sótano de las raíces. No recuerda la musa, sin embargo, haberle oído pronunciar esa frase tan divulgada: “yo no busco, encuentro”. Picasso es pródigo en dichos de fuste y no necesita atribuciones espurias. Los chistes, las anécdotas graciosas, las humoradas al hilo de la acción menudean en sus charlas, hasta que una ventolera de malhumor arrasa todo vestigio de mansedumbre.
Ha ido la musa viéndole atesorar minúsculos sobrantes, objetos remanentes del quehacer cotidiano, un cordón de seda, una medalla hallada en la calle, botones de nácar, imperdibles; a la espera de descubrir su posterior utilidad. Así, la memoria del rayo que mató en Horta de Sant Joan a un anciano y a su hija, se hace presente, cuando, diez, veinte, treinta años más tarde se enfrenta Picasso a la carencia de luz en un retrato de hombre, convirtiendo su trazo sombrío en pincelada resplandeciente. Ignora lo que va a aflorar al situarse frente a un lienzo en blanco; son las primeras líneas las que sugieren el camino a las siguientes y la brochada inicial la que llama a las otras. En los veinte años que dura su atardecer, consciente de que ya no es vanguardia, concluida la pintura juzga incompleto el trabajo a sabiendas de que está terminado. En esos momentos de fragilidad emocional desconfía de sus fuerzas, de los logros conseguidos por su dedicación, pero está convencido de haber visto el Cuadro de cerca, de haberlo tenido varias veces en el extremo untuoso de los pinceles, al alcance de los dedos. La musa, avezada a cotejos difíciles, conocedora de cada palmo de la obra de Picasso, está persuadida de que, en la Exposición Última, organizada con ocasión del Juicio Final, habrá dos cuadros del genial pintor. Les Demoiselles y Guernica formarán su aporte, considerándose el resto repetición o ensayo. Porque si al Guernica le falta color según los detractores, le sobran fuerza e ingenio, desborda comunicación y energía. Constituye en sí mismo un moderno anuncio publicitario, el cartel de una valla pacifista, un grafismo sublime que incita a la paz más y mejor que la suelta de miles de palomas.
Rugen pesados los aviones repletos de bombas y dejan caer a intervalos medidos su carga mortífera. Todo en el suelo se quiebra a la llegada de la potencia explosiva, todo se deshace. Piedras, plantas, animales y personas diluyen su existencia. Hay un clamor que es rugido, bramido animal, desgarro de vísceras humanas, desgajar de troncos, fundir de órganos. Y el Pintor, que acumula la rabia de todas las heridas, pinta los horrores que siente ante las guerras. Es Picasso un prodigioso creativo en el Guernica, y nada que se acerque a ese encargo se ha pintado después. Ningún original salido de las afamadas agencias de publicidad convence tanto. El mensaje del tarjetón postal explota en todos los corazones.
Llega la Navidad de mil novecientos setenta y dos por sorpresa, y la musa descubre a Picasso aterido, un cuerpo debilitado que si se mira en el espejo no se reconoce: facciones afiladas y ojos crecidos. Regresa a su mente el recuerdo de lo ya olvidado, detalles sin importancia de la época moza, adolescencia, niñez. Valora lo trivial y cotidiano como nunca ha hecho y percibe en los objetos de su pintura una fuerza interior que alimenta la energía de sus brazos. El genio trabaja con el ímpetu del que anhela hermosear el juicio merecido a la Historia, con la intensidad de quien desea desembarazarse de cien cuadros que aún bullen en su cabeza.
-Mientras yo duermo, tú velas; no creas que no me doy cuenta. -Dice Picasso a Jacqueline, que ocupa, ya sin reservas, el inmediato territorio materno.
-Si cierras los ojos permanezco inmóvil para no incomodarte. Espero con ansia tu próximo respiro, y no sabes lo que me tranquiliza notar la llegada del aire a tu pecho, ver que se hincha y afloja a intervalos regulares como un fuelle manejado por manos experimentadas. Debo estar alerta para prevenir cualquier retroceso. -Añade ella a modo de tímida confidencia.
– ¿Cuándo descansas?
-No pienses que todo es vigilia; a veces el sueño me vence.
En la primavera del setenta y tres, como gotas iniciales de una tormenta, van llegando visitas al Mas Nôtre Dame de Vie, en Mougins. Gertrude Stein hace de avanzadilla, y su singular presente, piedra sobre piedra, es la iglesia de Santa María de Tahull, incluido el Pantócrator. La sigue Pablo, hijo del pintor, que descubre bajo el brazo una gavilla de rayos solares filtrados por las vidrieras góticas de León y Chartres. Pignon, portador de una talla del Perú precolombino. Sabartés y un relieve micénico. Mondrian, abrigando en el pecho un ejemplar de “Rayuela”, llega con la Maga y Cortázar. El abogado Schneider cabalga un toro de cinco años que luce seis banderillas en lo alto de la cruz. Elitis y Alberti, estopa encendida y violín afinado, llegan conversando acerca de un artículo de la revista “Verve”, mil novecientos cincuenta y uno, en cuyas páginas el griego compara al pintor con Alejandro Magno, pincel en vez de espada. Y por último Hélène, que guía un Amor niño sonrosado.
En la sala contigua a la alcoba oscura, residentes y visitas esperan sentados en rueda y hablan bajito. Algunos rezan, otros maldicen la debilidad de la vida, tan cargada de muerte que la desnivela. Ofrendan los presentes traídos a una deidad abstracta que ninguno nombra. Desean oponerse a la enfermedad y a la muerte, antropomórficas ambas, guerreras de negra armadura y espada flamígera; tratan de oponerse, pero ignoran cómo se activa el resorte que alza el puente levadizo y cierra la puerta de entrada en el cuerpo inerme.
Sobre el ara pacis del lecho, recoge Jacqueline en sus labios de los labios amados el último suspiro. Consuma Picasso su agonía y la musa, dotada acaso de eternidad, le cierra los párpados y se dispone a vagar sobre las ciudades y los campos, iniciando la búsqueda de un artista de estirpe, renovadas inquietudes y voluntad indómita, a quien prohijar.

Índice

A.- A propósito de los centauros
B.- De la muerte incesante
C.- La verdad de las brujas
D.- El soliloquio de Elisa
E.- El atormentado sueño de la albigense
F.- Tres hombres y una mujer
G.- La visita de la deidad
H.- Amanecer en seis momentos
I.- Tíbet, esencia y existencia
J.- Memoria del 11 de marzo
K.- El elevado vuelo del cóndor
L.- Sueños de un niño malo
M.- El vasto casino del noventa y ocho
N.- Elixires
Ñ.- Navajas
O.- Marinero en la sentina
P.- Don Quijote y Sancho en el Camino de Santiago
Q.- El enmarañado caso que me llevó a Ginebra
R.- Al fin, Roma
S.- Confidencias de Jana
T.- La espada invicta de Bernardo
U.- Buscando a Esmeralda
V.- Acerca del Juicio Final
W.- La soledad de Picasso